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1914: De la paz a la guerra

1914: De la paz a la guerra

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1914: De la paz a la guerra

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4.5/5 (12 avaliações)
Comprimento:
1,139 página
20 horas
Editora:
Lançado em:
Apr 1, 2016
ISBN:
9788415427834
Formato:
Livro

Descrição

El relato definitivo de las fuerzas políticas, culturales, militares y personales que llevaron a Europa hacia la Gran Guerra.
La Primera Guerra Mundial puso fin a un largo periodo de paz sostenida en Europa: una época en la que se hablaba confiadamente de prosperidad, de progreso y de esperanza. Y sin embargo, en 1914 el continente se lanzó de cabeza a un conflicto catastrófico, que mató a millones de personas, desangró las economías nacionales, derrumbó imperios y puso fin para siempre a la hegemonía mundial europea. Fue una guerra que hubiera podido evitarse hasta el último momento. La pregunta es: ¿por qué se produjo?
Empezando en el siglo xix y acabando con el asesinato
del archiduque Francisco Fernando, la gran historiadora Margaret MacMillan desvela la compleja red de alianzas, cambios políticos y tecnológicos, decisiones diplomáticas y, sobre todo, personalidades y debilidades humanas que llevaron a Europa al desastre.
Una narración imprescindible para conocer el mundo de hoy entendiendo mejor el de hace un siglo.
Editora:
Lançado em:
Apr 1, 2016
ISBN:
9788415427834
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Melhores citações

  • El darwinismo social, ese hijo bastardo del pensamiento evolu- cionista, junto con su primo el militarismo, fomentaron la creencia de que la competencia entre naciones estaba de acuerdo con el orden natural, y que al final sobrevivirían las más aptas.

  • El siglo xix fue una época extraordinaria en cuanto al progreso de la ciencia, la industria y la educación; progreso que se basaba en gran parte en una Europa cada vez más próspera y poderosa.

  • La ciencia y la tecnología, que tantos beneficios trajeron a la humanidad en el siglo xix, trajeron también armas nuevas y más terribles.

  • ¿Cómo pudo Europa hacerse esto a sí misma, y al mundo? Hay muchas explicaciones posibles, tantas que resulta difícil decantarse por una.

  • Las conversaciones entre los ejércitos de Francia y Gran Bretaña ya habían alentado a los franceses a pensar que podían contar con apoyo militar terrestre por parte de Gran Bretaña, por mucho que Grey insistiera en que tenía las manos libres.

Amostra do Livro

1914 - Margaret MacMillan

paz?

I

EUROPA EN 1900

El 14 de abril de 1900, el presidente de Francia, Émile Loubet, encarecía la justicia y la bondad humana en su discurso de inauguración de la exposición universal de París. Bondad hubo muy poca en los comentarios de la prensa del momento. Las exposiciones no estaban listas, el lugar era un caos polvoriento de edificios en construcción, y casi todo el mundo detestaba la estatua gigante de la entrada: una figura de mujer con un elegante vestido de noche, cuyo modelo era Sarah Bernhardt. La exposición, no obstante, fue un triunfo absoluto, con más de cincuenta millones de visitantes.

Por su estilo y contenido, la exposición era entre otras cosas una celebración de las glorias del pasado, y cada país exhibía sus tesoros nacionales –cuadros, esculturas, libros raros o manuscritos– y sus actividades típicas. Así, en el pabellón canadiense había montañas de pieles, en el finlandés se mostraba mucha madera, y los portugueses decoraron el suyo con peces. Buena parte de los pabellones europeos imitaba grandes edificios góticos o renacentistas, aunque el de la pequeña Suiza era tipo chalet. Los chinos reprodujeron una parte de la ciudad prohibida de Pekín, y Siam (la actual Tailandia) levantó una pagoda. El imperio otomano, aquel imperio mermado pero aún grande, que se extendía desde los Balcanes, en el sur de Europa, y, cruzando Turquía, hasta el Oriente próximo árabe, escogió un pabellón que era una mezcla de estilos muy similar a la composición de sus pueblos, entre los que había cristianos, musulmanes, judíos y demás. Resultaba muy apropiado que aquel pabellón, erigido con azulejos coloreados y ladrillos, arcos, torres, ventanas góticas y elementos de mezquitas y del gran bazar de Constantinopla (hoy Estambul), se asemejase de algún modo a Santa Sofía, la gran iglesia cristiana convertida en mezquita tras la conquista otomana.

El pabellón alemán lo remataba la estatua de un heraldo tocando una trompeta, lo cual resultaba bastante adecuado para la más reciente de las grandes potencias europeas. Contenía una reproducción exacta de la biblioteca de Federico el Grande; con notable tacto, los alemanes no se centraron en sus victorias militares, muchas de las cuales habían sido contra Francia. La fachada occidental, no obstante, hacía una velada alusión a la nueva rivalidad que se estaba gestando entre Alemania y la mayor potencia naval del mundo, Gran Bretaña, mostrando un mar tormentoso con sirenas cantando, y podía leerse una divisa, que se rumoreaba había sido escrita personalmente por el gobernante de Alemania, el káiser Guillermo II: La estrella de la Fortuna invita al valiente a levar anclas y lanzarse a la conquista de las olas. En otras partes de la exposición se veían las huellas del rápido incremento del poderío de un país que existía tan solo desde 1871: el palacio de la electricidad contenía una grúa gigante alemana capaz de levantar veinticinco mil kilos.

El imperio austrohúngaro, el amigo más cercano de Alemania en Europa, tenía dos pabellones independientes para cada una de las mitades de lo que había dado en llamarse la monarquía dual. El pabellón austriaco era un triunfo del art nouveau, el nuevo estilo de moda en Europa. Querubines y delfines de mármol jugueteaban en torno a sus fuentes, sus escaleras estaban sostenidas por estatuas gigantescas, y cada centímetro de sus paredes parecía cubierto de pan de oro, piedras preciosas, máscaras –tristes o alegres– o guirnaldas. Había un gran salón de recepciones reservado para los miembros de la casa de Habsburgo, que llevaba siglos gobernando aquel gran imperio que se extendía desde el centro de Europa hasta los Alpes y el mar Adriático. Y las exposiciones mostraban con orgullo la obra de polacos, checos y sudeslavos de la costa dálmata, apenas unos cuantos de los muchos pueblos gobernados por la monarquía dual. Al lado del pabellón austriaco, separándolo del de Hungría, se levantaba uno más pequeño: el de la diminuta provincia de Bosnia, que técnicamente pertenecía aún al imperio otomano, pero que desde 1878 era administrada por Viena. El pabellón bosnio, con sus hermosos ornamentos fabricados por artesanos de Sarajevo, su capital, parecía, según la guía Hachette, una jovencita a quien sus padres muestran por primera vez al mundo.¹ (Unos padres no precisamente felices).

1. En la guerra de 1899-1902 entre el imperio británico y las dos repúblicas independientes afrikáners (o bóers) de Sudáfrica, la simpatía de gran parte del mundo estaba del lado de los afrikáners. Lord Kitchener en particular fue blanco de la repulsa internacional por su brutal política de quebrantar la resistencia afrikáner destruyendo sus granjas y ganado, y confinando a sus mujeres y niños en campos de concentración.

La atmósfera del pabellón de Hungría era fuertemente nacionalista (los críticos austriacos comentaron con acritud que las obras de arte típico allí expuestas eran vulgares, de colores chillones). Entre lo expuesto había también una reconstrucción de la gran ciudadela norteña de Komárom, que se interpuso en el camino de los otomanos cuando, en el siglo XVI, estos penetraron en Europa desde el sur. Más recientemente, en 1848, Komárom fue defendida por nacionalistas húngaros en su revuelta contra los Habsburgo, hasta caer en manos de las tropas austriacas en 1849. Otro salón estaba dedicado a los húsares, famosos por su valentía en las guerras contra los otomanos. Las exposiciones prestaban menos atención a los millones de personas de etnias no húngaras, como por ejemplo croatas o rumanos, que vivían dentro de las fronteras de Hungría.

Italia era un país casi tan reciente como Alemania, y también una gran potencia, más por cortesía que por méritos reales; su pabellón semejaba una enorme catedral ricamente decorada. Sobre su cúpula dorada se alzaba un águila gigantesca, que extendía sus alas en actitud triunfante. El interior estaba repleto de arte medieval y renacentista; pero las glorias del pasado podían tener un peso abrumador para un país joven y pobre. Gran Bretaña, en cambio, prefirió no llamar la atención, pese a que controlaba gran parte del comercio y la manufactura mundiales, poseía la mayor armada y su imperio era el más extenso. Su exposición la albergaba una placentera residencia campestre con entramado de madera estilo Tudor, diseñada por el joven arquitecto Edwin Lutyens, y consistía fundamentalmente en cuadros ingleses del siglo XVIII. Varios propietarios de esta nacionalidad se negaron a prestar obras de sus colecciones privadas, debido a que las relaciones entre Gran Bretaña y Francia, tradicionalmente difíciles, estaban muy tensas en 1900.²

Rusia ocupaba un lugar privilegiado en la exposición, por ser el aliado favorito de Francia. Las exposiciones rusas eran enormes, y estaban repartidas por distintas localizaciones, desde un sólido palacio estilo Kremlin, dedicado a Siberia, hasta un pabellón profusamente decorado, bautizado en honor de la madre del zar, la emperatriz María. Los visitantes podían admirar, entre muchas otras cosas, un mapa de Francia confeccionado con piedras preciosas que el zar Nicolás II había enviado como presente a los franceses, y maravillarse ante la magnitud de las posesiones de los Románov. Los franceses no tenían un pabellón propio; después de todo, la exposición se había diseñado en su totalidad como un monumento a la civilización francesa, al poder francés, a la industria y la agricultura francesas, a las colonias francesas, y había salas dedicadas a los logros franceses en cada una de las exposiciones especiales. La sección de Francia en el Palais des Beaux-Arts, según la guía, fue naturalmente un modelo de lujo y de buen gusto. La exposición marcó la reafirmación del estatus de gran potencia de aquella Francia que solo treinta años antes había sido completamente derrotada cuando trató de impedir que Alemania se constituyese.

Los franceses, con todo, declararon que la exposición universal habría de ser un símbolo de paz y armonía para toda la humanidad. Aunque, de las naciones presentes en París, más de cuarenta fueron europeas, también tuvieron pabellones Estados Unidos, China y la mayoría de los países latinoamericanos. Pero, como si fuese un recordatorio de dónde radicaba el verdadero poder, gran parte de la exposición estaba dedicada a las colonias, de las que las potencias europeas exhibían sus posesiones. Las multitudes pudieron contemplar con asombro plantas y animales exóticos, caminar por réplicas de aldeas africanas, ver trabajar a artesanos de la Indochina francesa, o comprar en zocos del norte de África. Un observador estadounidense comentó con severidad: bailarinas flexibles ejecutan las peores contorsiones que hayan conocido las seguidoras de Terpsícore.³ Los visitantes partían con la reconfortante certeza de que su civilización era superior y que sus beneficios se estaban expandiendo por todo el mundo.

La exposición parecía el modo adecuado de clausurar un siglo que había empezado con revoluciones y guerras, pero al que ahora caracterizaban el progreso, la paz y la prosperidad. Europa no había estado del todo libre de guerras durante el siglo xix, pero no podía compararse con las prolongadas luchas del xviii, ni con la Revolución Francesa, ni con las guerras napoleónicas que habían involucrado a casi todas las potencias europeas. Las guerras del xix habían sido por lo general conflictos breves –como el de Prusia y el imperio austro-húngaro, que duró siete semanas–, o guerras coloniales, en que se combatía muy lejos del territorio europeo. Los europeos debieron prestar más atención a la guerra civil estadounidense, que, además de durar cuatro años, constituyó una temprana advertencia de que la tecnología moderna, el humilde alambre de púas y las palas, estaban haciendo que la ventaja bélica se decantase hacia la defensa. Aunque en la guerra de Crimea, a mediados de siglo, habían participado cuatro potencias europeas, esto había sido una excepción. En la guerra austro-prusiana, en la franco-prusiana y en la ruso-turca, las otras potencias se habían mantenido prudentemente fuera del conflicto y habían hecho todo lo posible por restaurar la paz.

Bajo ciertas circunstancias, la guerra seguía considerándose una opción razonable para las naciones si estas no encontraban otra manera de alcanzar sus objetivos. Prusia no estaba preparada para compartir con Austria el control de los estados alemanes, y Austria estaba decidida a no concedérselo. La guerra subsiguiente zanjó la cuestión a favor de Prusia. El coste de recurrir a la guerra era alto, pero no prohibitivo. Tanto la duración como el alcance de las guerras eran limitados. Los ejércitos profesionales combatían entre sí y el daño a los civiles y a las propiedades era mínimo, en comparación con lo que estaba por venir. Todavía era posible atacar y obtener victorias decisivas. Sin embargo, tanto la guerra franco-prusiana de 1870-1871 como la guerra de Secesión estadounidense habían dejado ya entrever que el modelo estaba cambiando: el reclutamiento permitió que los ejércitos fuesen más grandes, y el aumento de la potencia de fuego, con armas mejores y más certeras, determinó que las fuerzas de los prusianos y sus aliados alemanes sufrieran cuantiosas bajas en sus primeros ataques contra los franceses. La rendición del ejército francés en Sedán no significó el final de la lucha. Por el contrario, el pueblo francés, o al menos grandes sectores de él, optaron por mantener una guerra popular. Pero incluso esta llegó a su fin. Francia y la nueva Alemania hicieron las paces y sus relaciones se fueron restableciendo gradualmente. En 1900, la asociación de empresarios de Berlín envió un mensaje a la cámara de comercio de París con motivo de la apertura de la exposición, deseando éxitos a esta gran empresa, que está destinada a acercar más a las naciones civilizadas del mundo, en los empeños comunes a todas ellas.⁴ La gran cantidad de visitantes alemanes que se esperaba en París ayudaría a construir, como deseaban muchos en Alemania, mejores relaciones entre ambos pueblos.

La guía Hachette afirmaba que todos los pueblos de la Tierra habían trabajado en la exposición: Han reunido sus maravillas y sus tesoros para revelarnos artes desconocidas, descubrimientos olvidados, y para competir con nosotros en una pacífica carrera en la que el Progreso no cejará en sus conquistas. En la exposición podían verse por doquier los temas del progreso y del futuro, desde las nuevas pasarelas móviles hasta las salas de cine. En uno de los pabellones, el Château d’Eau, con cascadas, fuentes y luces de colores que inte-ractuaban con el agua, la pieza central de una fuente gigantesca era un grupo alegórico que representaba a la Humanidad guiada por el Progreso, avanzando hacia el Futuro y derrotando a la curiosa pareja de la Rutina y el Odio.

La exposición era un muestrario de cada país, pero también un monumento a los más extraordinarios y recientes logros de la civilización occidental, en la industria, el comercio, la ciencia, la tecnología y las artes. Uno podía contemplar las nuevas máquinas de rayos X o quedar anonadado, como quedó Henry James, en el salón de las Dinamos; pero el descubrimiento más excitante de todos era la electricidad. El artista futurista italiano Giacomo Balla llamó a sus hijas Luce y Elettricità, en recuerdo de lo que vio en la exposición de París. (Su admiración por las máquinas modernas le llevaría a llamar Elica [Hélice] a su tercera hija). Camille Saint-Saëns compuso para la exposición una cantata especial en loor de la electricidad, Le feu céleste [El fuego celeste], para orquesta, solistas y coro, que fue tocada en un concierto gratuito. El palacio de la electricidad resplandecía con cinco mil bombillas, y en lo más alto de su techo se erguía el Hada Electricidad en su carroza tirada por un caballo y un dragón. Y había otras docenas de palacios y pabellones dedicados a las actividades más importantes de la sociedad moderna, como la maquinaria, la minería y metalurgia, las industrias químicas, el transporte público, la higiene y la agricultura.

Y había todavía más, mucho más. Los segundos juegos olímpicos modernos tuvieron lugar en el cercano Bois de Boulogne, como parte de la exposición. Entre los deportes participantes estaban la esgrima (donde los franceses se lucieron), el tenis (un triunfo inglés), el atletismo (dominado por los estadounidenses), la carrera de motocicletas y el croquet. En el anexo de la exposición, en Vincennes, se podían examinar los nuevos automóviles y ver carreras de globos. Raoul Gri-moin-Sanson, uno de los primeros directores de cine, ascendió en su propio globo para filmar la exposición desde arriba. Como decía la guía Hachette, el evento fue el magnífico resultado, la extraordinaria culminación de todo un siglo: el más fecundo en descubrimientos, el más prodigioso en la ciencia, el que ha revolucionado el orden económico del universo.

A la luz de lo que estaba por ocurrir en el siglo xx, esta jactancia y autocomplacencia nos resultan penosas, pero en 1900 los europeos tenían buenas razones para sentirse satisfechos del pasado reciente y confiados en el futuro. Los treinta años posteriores a 1870 habían traído una explosión de productividad y riqueza, así como una transformación en la sociedad y en el modo de vida de la gente. Gracias a una alimentación de mejor calidad y más barata, a los adelantos en la higiene y a los espectaculares avances en medicina, los europeos vivían mucho más y estaban más sanos. La población pasó de cien millones a un total de cuatrocientos millones, y Europa fue capaz de absorber tal crecimiento gracias al incremento de su producción industrial y agrícola, y al de sus importaciones de todo el mundo. (Y la emigración funcionó como una válvula de escape: en las dos últimas décadas del siglo, unos veinticinco millones de europeos se marcharon en busca de nuevas oportunidades a Estados Unidos, y algunos millones más lo hicieron a Australia, Canadá o Argentina).

Las ciudades y pueblos de Europa iban creciendo con la llegada de cada vez más personas provenientes del campo que acudían en busca de mejores oportunidades en las fábricas, los comercios y las oficinas. En vísperas de la Revolución Francesa de 1789, París tenía unos seiscientos mil habitantes; en la época de la exposición, cuatro millones. Budapest, la capital de Hungría, mostraba el índice de crecimiento más espectacular: en 1867 tenía 280.000 habitantes, y en los días de la Gran Guerra, 933.000. Conforme disminuía el número de europeos que vivía de la agricultura, crecía el de las clases obreras industriales y la clase media. Los obreros se organizaron en sindicatos, que a finales del siglo eran legales en la mayoría de los países; en Francia, el número de obreros sindicados se quintuplicó en los quince años anteriores a 1900, y solo un poco antes de la Gran Guerra estaba a punto de alcanzar el millón. En reconocimiento de la importancia creciente de la clase obrera, la exposición tenía muestras de viviendas piloto para los trabajadores, así como de organizaciones dedicadas a su desarrollo moral e intelectual.

Alfred Picard, el ingeniero que organizó la exposición de París, recomendaba a los visitantes que empezaran por el palacio de la enseñanza y la educación. Decía que la educación era el origen de todo progreso. El palacio mostraba currículos y métodos de instrucción, desde la escuela primaria hasta la universidad, tanto en Francia como en otros países. La guía Hachette afirmaba que la exposición de Estados Unidos merecía una visita, para ver los curiosos métodos de instrucción que preferían los estadounidenses (sin especificar cuáles podían ser). También había muestras especiales de educación técnica y científica, y de clases nocturnas para adultos. Según iba cambiando la economía de Europa, los gobiernos y las empresas fueron comprendiendo que necesitaban una población más instruida. El final del siglo xix fue testigo del auge de la educación universal y la alfabetización. En vísperas de la Gran Guerra, incluso Rusia, comúnmente considerada la potencia más atrasada de Europa, tenía en la escuela primaria a casi la mitad de los niños que vivían en ciudades y pueblos, y al veintiocho por ciento de los que vivían en el campo; su meta era llegar al cien por cien en 1922.

El incremento de las bibliotecas públicas y de la instrucción de adultos promovía la lectura, y las editoriales respondieron a los nuevos mercados masivos con historietas, ficción sensacionalista, novelas de misterio e historias de aventuras, como las de vaqueros. Surgió la prensa periódica de circulación masiva, con sus grandes y ostentosos titulares y el uso abundante de ilustraciones. En 1900, el Daily Mail de Londres tiraba diariamente más de un millón de ejemplares. Todo esto contribuyó a expandir los horizontes de los europeos, y también les hizo sentirse parte de unas comunidades mayores que las de sus antepasados. Donde antes la mayoría de los europeos se veían a sí mismos como miembros de una aldea o una ciudad, ahora se sentían cada vez más alemanes, franceses o ingleses, como parte de algo llamado nación.

No había ninguna exposición en París dedicada específicamente al arte de gobernar, pero en muchas se mostraban las iniciativas cada vez más numerosas que acometían los gobiernos, desde las obras públicas hasta el bienestar de sus ciudadanos. Gobernar en la nueva Europa era por entonces una tarea más complicada que hacía solo treinta años, debido a que la sociedad era más compleja. La extensión de la democracia y del derecho al voto significó la expansión de un público cada vez más exigente. Ningún gobierno deseaba grandes cantidades de ciudadanos descontentos; estaban demasiado frescos en Europa los recuerdos de las revoluciones anteriores. Por otra parte, el hecho de que todos los ejércitos europeos, excepto el de Gran Bretaña, dependieran ahora del reclutamiento de jóvenes durante un número limitado de años, dio como resultado que las clases gobernantes requerían de la cooperación y la buena voluntad de las masas. Como afirmó el príncipe Yevgeny Trubetskoy, uno de los más inteligentes aristócratas rusos: No se puede gobernar en contra del pueblo cuando es necesario recurrir a él para defender Rusia.

Los gobiernos habían descubierto que tenían que proveer a sus poblaciones de algo más que de seguridad básica. Esto tuvo que ver en parte con la esperanza de evitar conflictos sociales, pero también con el hecho de que una población activa más saludable e instruida era mejor para la economía y para el ejército. Otto von Bismarck, el gran canciller de Alemania, fue el primero en promover el moderno estado del bienestar, con cosas tales como el seguro por desempleo y las pensiones de vejez en la década de 1880, y su ejemplo fue seguido en toda Europa. Los gobiernos comprendieron también que necesitaban mejores servicios de información para poder gobernar eficazmente. La estadística se convirtió en una herramienta importante a finales del siglo XIX. Gobernar exigía ahora un personal cualificado. El antiguo método, propio de aficionados, en que los jóvenes eran escogidos para el ejército o el funcionariado según su familia y sus conexiones, ya no servía. Los oficiales que no pudiesen leer mapas o que no entendiesen de táctica o logística no podrían manejar los ejércitos modernos. Los ministerios de Asuntos Exteriores ya no podían ser un agradable refugio para caballeros que gustasen de inmiscuirse en asuntos diplomáticos a la ligera. La llegada del nuevo e imprevisible factor de la opinión pública significó que a los gobiernos les empezó a resultar imposible manejar libremente sus asuntos exteriores.

El desarrollo de las comunicaciones, como las nuevas, rápidas y baratas oficinas de correos y telégrafos, no solo facilitó el contacto de los europeos entre sí y fomentó el sentimiento nacionalista, sino que también les hizo conscientes de lo que sucedía en otros países. También ayudó el hecho de que los viajes fuesen más fáciles y asequibles. En las ciudades, los vehículos tirados por caballos fueron dando paso gradualmente a nuevas formas de transporte, como los tranvías eléctricos. La primera línea del metro de París fue inaugurada a tiempo para la exposición (y justo a la par iniciaron sus actividades los primeros carteristas del metro). Las redes de ferrocarriles y de canales se extendieron por toda Europa, y las líneas de los vapores se entrecruzaban por los océanos. En 1850 había solo 22.500 kilómetros de vías férreas en todo el continente; en 1900, más de 288.000. Los visitantes de la exposición de París provenían de todas partes de Europa, así como de los lugares más distantes: miles de estadounidenses estuvieron aquel verano en París. Había aparecido un nuevo fenómeno: el turismo de masas. El viaje de placer, antes solo para los ricos y privilegiados –piénsese en el Grand Tour que los jóvenes de la nobleza solían hacer en el siglo XVIII–, estaba ahora al alcance de la clase media, e incluso de la clase obrera próspera. En la década de 1840, un inglés emprendedor, Thomas Cook, comenzó a utilizar los nuevos ferrocarriles para organizar las excursiones de distintas asociaciones antialcohólicas. A finales de siglo, la Thomas Cook & Son organizaba viajes para miles de turistas cada año. En 1900, como era inevitable, la empresa ofertó un programa especial de visitas a París y a la exposición.

Europa empezaba a parecerse al mundo que conocemos. Las ciudades estaban deshaciéndose de sus barrios bajos y sus estrechos callejones, y construyendo calles y espacios públicos más amplios. En Viena, el gobierno permitió la urbanización de las franjas de terreno que antes protegían el acceso a las viejas murallas de la ciudad. La Ringstrasse, con sus enormes edificios públicos y sus elegantes bloques de apartamentos, se convirtió en el símbolo de la nueva ciudad moderna. Y Viena, como otras ciudades europeas, estaba más limpia y salubre hacia el fin del siglo, y también más iluminada, puesto que las luces eléctricas habían reemplazado el viejo alumbrado de gas. Uno quedaba sorprendido y encantado al volver a visitar las grandes ciudades europeas, decía Stefan Zweig, el famoso escritor austriaco: Las calles eran más anchas y hermosas, los edificios públicos más imponentes, las tiendas más elegantes.⁶ Cosas tan prosaicas como los mejores desagües, los baños integrados en las casas y los suministros de agua limpia significaron que algunas enfermedades antiguas como el tifus y el cólera, antes muy comunes, empezaran a desaparecer. En la exposición de 1900, el Palais de l’Hygiène mostraba orgullosa-mente los nuevos sistemas de calefacción y ventilación para edificios públicos, como los hospitales, y en una sala dedicada a la lucha contra las enfermedades ocupaba el lugar de honor un busto del gran Louis Pasteur. (Una visitante canadiense dijo que habría disfrutado más de esas exposiciones si no hubiera habido tantos franceses horribles por todas partes).⁷

En otra exposición, dedicada a las telas y la indumentaria, los franceses mostraban la obra de sus mejores modistos, pero también las prendas de confección, que ponían la moda al alcance del consumidor de clase media. Los nuevos artículos de consumo –bicicletas, teléfonos, linóleo, libros y periódicos baratos– se estaban volviendo parte de la vida cotidiana, y los nuevos grandes almacenes, así como las compras por catálogo, los ponían a disposición de todo el que pudiese permitírselos. Y cada vez eran más los europeos que podían permitírselos. Gracias a la producción en serie, lo que antes eran artículos de lujo ahora resultaban asequibles para el común de los hogares. En la década de 1880, las fábricas alemanas producían setenta y tres mil pianos al año. Las funciones y los entretenimientos públicos eran más baratos y más elaborados. El nuevo medio del cine desencadenó la construcción de salas especiales, a menudo bellamente decoradas. Los franceses también tenían los café-concerts, donde, por el precio de una bebida o un café, los clientes podían disfrutar de uno o dos cantantes, quizá de algún comediante, e incluso de bailarinas. En Gran Bretaña, las public houses, con sus luces brillantes, sus resplandecientes adornos de latón, sus sillas tapizadas y su empapelado en relieve, ponían un toque de glamour a una salida nocturna de los miembros de las clases bajas.

Los europeos también estaban comiendo mucho mejor. Uno de los palacios de la exposición mostraba las glorias de la agricultura y la gastronomía francesas (así como una escultura colosal de la apoteosis de una botella de champán), mientras que otros, como el Palais de l’Horticulture Étrangère, exhibían productos alimenticios de distintos lugares del mundo. Los europeos comenzaban a acostumbrarse a las piñas de las Azores, el cordero de Nueva Zelanda o la carne de vaca argentina, traídos en los nuevos barcos frigoríficos o enlatados en conserva. (La sopa enlatada de Campbell ganó una medalla de oro en la exposición de París). Las mejoras en la agricultura y la utilización de nuevas tierras de cultivo en todo el mundo, así como un transporte más barato y rápido, provocaron una caída de casi el cincuenta por ciento en los precios de los productos alimenticios durante el último tercio del siglo. La vida era color de rosa, especialmente para las clases medias.

Stefan Zweig, que tenía diecinueve años en 1900, nos ha dejado un retrato de su despreocupada juventud. Su familia era próspera e indulgente, y le permitía hacer lo que quisiera en la universidad, en Viena. Era un estudiante muy poco aplicado, pero un lector incansable. Acababa de empezar su carrera de escritor, publicando sus primeros poemas y artículos. En lo último que escribió, El mundo de ayer, se refirió a los años de su juventud previos a la Gran Guerra como la edad de oro de la seguridad. En particular, el mundo de las clases medias era semejante a la monarquía de los Habsburgo: estable y permanente en apariencia. Los ahorros estaban a salvo, y la propiedad podía pasar con seguridad de una generación a otra. La humanidad, en especial la europea, estaba ingresando a todas luces en un estadio superior de desarrollo. Las sociedades no solo eran cada vez más prósperas y estaban mejor organizadas, sino que además sus miembros eran más amables y racionales. Para los padres de Zweig y sus amigos, el pasado era algo deplorable, en tanto que el porvenir se presentaba cada vez más resplandeciente. Nadie creía que pudiesen producirse recaídas en la barbarie, como por ejemplo guerras entre las naciones de Europa, más de lo que creía en brujas y fantasmas; nuestros padres estaban profundamente convencidos del infalible poder unificador de la tolerancia y la conciliación.⁸ (Zweig, por entonces exiliado en Brasil, envió el manuscrito a su editor a principios de 1941. Pocas semanas después, se suicidaría junto a su segunda esposa).

Tanto esta edad de oro de la seguridad como las evidencias del progreso antes de la Gran Guerra eran especialmente notables en Europa occidental (incluida la nueva Alemania) y en las regiones más desarrolladas del imperio austrohúngaro, como sus territorios alemanes y checos. Las grandes potencias, que combinaban riqueza, territorio, influencia y poderío militar, aún eran todas europeas: Gran Bretaña, Francia, Alemania, el imperio austrohúngaro e Italia; y en la frontera oriental de Europa, Rusia, un país que nunca había sido considerado realmente europeo, iniciaba su espectacular ascenso a la condición de potencia mundial. Pese a que muchos la veían atascada en algún punto del siglo xvi, Rusia se hallaba de hecho en vísperas de un despegue económico, y quizá también político. En las muestras rusas de la exposición de París estaban los homenajes de rigor a las glorias del pasado y a la civilización rusa; pero también había locomotoras, máquinas y armas. En el pabellón específico de la Rusia asiática, los visitantes podían sentarse en vagones de ferrocarril que se mecían suavemente para dar ilusión de movimiento, mientras pasaba junto a ellos un panorama pintado de los nuevos y vastos territorios orientales de la nación. El mensaje era que una Rusia dinámica estaba adquiriendo nuevas colonias, que unía por medio del Transiberiano y a las que les llevaban los beneficios de la civilización moderna, entre ellos la tecnología para explotar sus riquezas naturales.

Esto no eran meras ilusiones por parte de los rusos. Desde la década de 1880, el desarrollo de su país había sido extraordinario en todos los aspectos. Como en el caso de otras exitosas historias posteriores –por ejemplo, la de los tigres asiáticos tras la Segunda Guerra Mundial–, la economía rusa estaba dejando de ser principalmente agrícola y comenzando a ser industrial. Los índices de crecimiento del país –a un promedio del 3, 25 por 100 anual– igualaban o superaban a los de líderes mundiales como Gran Bretaña y Estados Unidos en un periodo similar. Aunque la guerra con Japón y los subsiguientes levantamientos revolucionarios de 1905 retrasaron el desarrollo de Rusia, se recuperó rápidamente en los años anteriores a la Gran Guerra. Ya en 1913, Rusia era el mayor productor agrícola de Europa, y en lo industrial estaba alcanzando a gran velocidad a las otras potencias. En vísperas de la guerra, se hallaba en el quinto puesto entre las naciones del mundo en producción industrial.⁹ Y había evidencias, entremezcladas, claro está, de que la sociedad y la política rusas iban hacia una fase más liberal.

¿Qué hubiera pasado con Rusia de no haber sobrevenido la Gran Guerra? ¿O si hubiera logrado de algún modo permanecer al margen? ¿Habría habido una revolución en 1917? Sin la guerra y el colapso del viejo régimen, ¿habrían sido capaces los bolcheviques, aquella facción revolucionaria, de hacerse con el poder e implantar sus políticas rígidas y doctrinarias? Nunca lo sabremos, pero no es difícil imaginar un camino diferente, menos sangriento y costoso, para la llegada de Rusia a la era moderna. También resulta tentador imaginar un futuro distinto para Europa. En 1900, esta tenía mucho que celebrar, y también sus potencias. Gran Bretaña, pese a tener rivales en el continente y en todo el mundo, seguía gozando de seguridad y prosperidad. Francia parecía haber dejado atrás sus décadas de revoluciones y levantamientos políticos, y estar recuperada de su humillante derrota a manos de Prusia y sus aliados alemanes en la guerra de 1870-1871. Alemania tenía la economía con un crecimiento más rápido de Europa, y estaba extendiendo velozmente su influencia hacia el este y el sur mediante el comercio y las inversiones. Parecía decidida a convertirse en el motor del corazón de Europa, y sin necesidad de emplear su poderoso ejército (como finalmente ha logrado en las últimas décadas del siglo xx). El imperio austrohúngaro había sobrevivido, lo que en sí mismo era un triunfo, y sus múltiples nacionalidades disfrutaban de los beneficios de ser parte de una unidad política y económica mayor. E Italia se iba industrializando y modernizando.

Las muestras coloniales en la exposición permitían también vislumbrar el extraordinario poder que había logrado acumular una porción muy pequeña del mundo en el curso de los siglos anteriores. Los países europeos dominaban la mayor parte de la superficie terrestre, ya fuera mediante sus imperios formales o mediante el control en la práctica de buena parte del resto, por su poderío económico, financiero y tecnológico. Se estaban construyendo en todo el mundo ferrocarriles, puertos, cables de telégrafo, barcos de vapor y fábricas, empleando experiencia y dinero europeos, y generalmente administrados por compañías europeas. Y el dominio de Europa se había incrementado espectacularmente en el siglo xix, gracias a que su revolución científica e industrial le había concedido, al menos por un tiempo, una ventaja sobre las demás sociedades. En la primera guerra del Opio entre Gran Bretaña y China, a finales de la década de 1830, los británicos emplearon un buque de vapor blindado (llamado con justicia Nemesis) contra una marina todavía equipada con los juncos de que China se había valido durante siglos. En 1800, antes de que surgiera esta abismal diferencia de poderes, Europa controlaba aproximadamente el treinta y cinco por ciento del mundo; ya en 1814, la cifra era el ochenta y cuatro por ciento.¹⁰ Ciertamente, este proceso no siempre había sido pacífico, y las potencias europeas habían estado varias veces al borde de la guerra en su pugna por los trofeos. Pero en 1900 las tensiones provocadas por el imperialismo parecían estar amainando. No quedaba mucho que repartir en África, ni en el Pacífico ni en Asia, y existía, o parecía existir, un consenso general en que no hubiera más anexiones bruscas de territorios de estados en declive como China o el imperio otomano, por más que su debilidad tentase a los imperialistas.

Habiendo llegado a estos niveles de poder y prosperidad, habiendo alcanzado tantos logros en tantos campos durante el siglo recién concluido, ¿por qué querría Europa tirarlo todo por la borda? Había muchos europeos, como los padres de Stefan Zweig, que opinaban que semejante temeridad y locura resultaban simplemente imposibles. Europa era demasiado interdependiente, sus economías estaban demasiado entrelazadas, como para romperse en una guerra. Eso no sería racional, cualidad muy admirada por entonces.

Se daba por sentado que, en general, la marcha del conocimiento a lo largo del siglo XIX, en todo tipo de campos, desde la geología a la política, había aportado mucha más racionalidad a los asuntos humanos. Mientras más supieran los seres humanos, acerca de sí mismos, de la sociedad o de la naturaleza, más basarían sus decisiones en hechos y no en emociones. Con el tiempo, las ciencias –incluidas las nuevas disciplinas sociales, como la sociología y la política– desvelarían todo cuanto necesitáramos saber. La historia de la humanidad es parte integral de la historia de la naturaleza –escribió Edward Tylor, uno de los padres de la antropología moderna–, y nuestros pensamientos, voluntades y acciones se atienen a unas leyes tan firmes como las que gobiernan el movimiento de las olas, la combinación de ácidos y bases, y el crecimiento de las plantas y los animales.¹¹ Ligada a esta fe en la ciencia –o positivismo, que era el nombre que recibía en la época– existía una fe equivalente en el progreso; o, como solían escribir los europeos, el Progreso. Se daba por hecho que el desarrollo humano era lineal, aunque no todas las sociedades hubieran alcanzado el mismo nivel. Herbert Spencer, el filósofo británico más leído de su tiempo, argumentaba que las leyes de la evolución valían tanto para las sociedades humanas como para las especies. Además, el progreso era visto generalmente de manera uniforme y sin excepciones: las sociedades desarrolladas eran mejores en todos los ámbitos, desde las artes hasta la política, desde las instituciones sociales hasta la filosofía y la religión. Los países europeos iban a todas luces en cabeza (aunque cabían dudas en cuanto al ranking entre ellos). Y las demás naciones terminarían siguiendo sus pasos, algo de lo que eran ejemplos prometedores los antiguos dominios blancos del imperio británico. En la exposición, decía la guía, las muestras japonesas despertaron considerable interés; Japón se había adaptado con maravillosa celeridad al mundo moderno y era ahora un actor más en las relaciones internacionales, si no a nivel global, sí desde luego en Asia.

El otro peligro que comenzaba a amenazar la hegemonía europea provenía del oeste, del nuevo mundo. Cuando, en un principio, Estados Unidos fue excluido de la serie de pabellones extranjeros importantes que había a lo largo del Sena, el jefe de su delegación en la exposición, un rico hombre de negocios de Chicago, explicó por qué se trataba de algo inaceptable: Por sus avances, Estados Unidos no solo merece ocupar un puesto prominente entre las naciones de la Tierra, sino también en la vanguardia del desarrollo de la civiliza-ción.¹² En 1900 Estados Unidos ya se había recuperado de la guerra de Secesión. Su gobierno había aplastado los últimos vestigios de resistencia india, y dominaba ya su vasto territorio al completo. Los inmigrantes acudían en tropel a trabajar en sus granjas, sus fábricas y sus minas, y la economía estadounidense se expandía rápidamente. Así como Gran Bretaña había liderado la primera revolución industrial a principios del siglo XIX, a base de carbón, vapor y hierro, Estados Unidos, con su red eléctrica y su aparentemente infinita capacidad para la innovación tecnológica, iba a la vanguardia de la segunda a finales del siglo. Hacia 1902, las plantas estadounidenses producían más hierro y acero que Alemania y Gran Bretaña juntas. Las exportaciones de Estados Unidos, desde las de cigarrillos hasta las de maquinarias, se triplicaron entre 1860 y 1900. Para 1913, el país ya tenía en sus manos el once por ciento del comercio mundial, y esta cifra iba creciendo cada año.

En la exposición, el pabellón estadounidense, que acabó ocupando un sitio privilegiado junto al río, era una maqueta del Capitolio de Washington, que tenía en su cúpula una escultura gigante representando a la Libertad montada en la carroza del Progreso tirada por cuatro caballos. El corresponsal de The New York Observer describió para sus lectores las exposiciones de Estados Unidos: soberbias piezas de escultores estadounidenses como Augustus Saint-Gaudens, magníficos muestrarios de joyas de Tiffany & Company, o relojes de pulsera y de pared que podían equipararse a los que venían de Suiza. Solamente un par de muestras de Londres y París, decía con desdén, se aproximaban a la perfección de los trabajos de orfebrería expuestos por Estados Unidos. Y había muestras de tecnología estadounidense–máquinas de coser Singer, máquinas de escribir, enormes dinamos eléctricas– y de materias primas –cobre, trigo, oro– que estaban abarrotando los mercados del mundo. Se hizo lo necesario –escribía el corresponsal con autocomplacencia–, para que los millones de visitantes se llevaran una profunda impresión del poderío, la riqueza, los recursos y la ambición de Estados Unidos.¹³ Para él, la exposición de París palidecía en comparación con la feria universal de Chicago de 1893.¹⁴ La suya era la voz de la nueva autoconfianza estadounidense, así como la de un creciente nacionalismo que ambicionaba jugar un papel más importante en la escena mundial.

Algunos historiadores, como Frederick Jackson Turner, argumentaban que había llegado el momento de traspasar las costas de Norteamérica y extender la influencia estadounidense hasta las islas cercanas y hasta otros países. La doctrina del destino manifiesto de Estados Unidos encontró muchos oyentes ávidos, desde hombres de negocios en busca de nuevos mercados hasta cristianos evangélicos en busca de almas que salvar. Aunque los estadounidenses no consideraban que su expansión fuera imperialista –a diferencia de las potencias europeas–, ciertamente Estados Unidos adquirió de algún modo territorios y esferas de influencia. En el Pacífico estableció una presencia tanto en Japón como en China, y se hizo con una serie de islotes, cuyos nombres –Guam, Midway, Wake– se harían famosos en la Segunda Guerra Mundial. En 1889 Estados Unidos se enzarzó en una complicada disputa con Alemania y Gran Bretaña por el reparto del archipiélago de Samoa, y en 1898 se anexionó el de Hawaii. Como resultado de la guerra hispano-estadounidense de ese mismo año, Estados Unidos se hizo con el control de las Filipinas, Puerto Rico y Cuba. Centroamérica y el Caribe se convirtieron en un patio trasero cada vez más importante, en la medida en que el flujo de inversiones estadounidenses se iba extendiendo hacia el sur. Hacia 1910, los estadounidenses eran dueños de una parte de México mayor que la de los propios mexicanos. Hacia el norte, Canadá continuaba siendo una tentación para los anexionistas.

La creciente presencia mundial estadounidense hizo evidente algo que, en un principio, no fue bien recibido: Estados Unidos tendría que invertir dinero en una armada moderna; una armada que, además, pudiese operar tanto en el Atlántico como en el Pacífico. En 1890, en un momento en que un país pequeño como Chile tenía una marina más poderosa que la de Estados Unidos, el congreso aprobó con reticencia los tres primeros acorazados modernos estadounidenses. El crecimiento progresivo de su poderío militar fue de la mano de una creciente disposición de Estados Unidos a reafirmar sus derechos contra las demás potencias. En 1895, el nuevo secretario de Estado, Richard Olney, ascendió al rango de embajadores a la jerarquía de los delegados estadounidenses en el extranjero, para que pudiesen hablar en pie de igualdad con sus homólogos de los demás países. En ese mismo año, el testarudo y belicoso Olney intervino en la disputa de Gran Bretaña con Venezuela a causa de las fronteras de este país con la colonia británica de la Guayana para advertir a Salisbury, el primer ministro británico. Hoy Estados Unidos es prácticamente el soberano de este continente, y su voluntad es ley para los súbditos confinados a su influencia –escribió Olney, añadiendo que– sus infinitos recursos y su posición aislada lo hacen amo de su circunstancia y prácticamente invulnerable contra cualquier potencia, o contra todas. A Salisbury no le gustó, pero Gran Bretaña ya tenía suficientes problemas en otras partes del mundo; así que consintió en remitir la disputa a un arbitraje. Cuando Estados Unidos arrebató Cuba y Puerto Rico a España en la guerra de 1898, tampoco Gran Bretaña hizo nada. En los años siguientes, los británicos renunciaron a todo interés por construir un canal a través del istmo de Panamá, y retiraron su flota del Caribe hacia sus aguas territoriales, concediendo de facto a Estados Unidos el dominio sobre la región.

El hombre que mejor ejemplificaba el nuevo clima nacional en Estados Unidos era Theodore Roosevelt, cuyo primer y más exitoso proyecto era él mismo. Habiendo sido un niño enfermizo y poco atractivo en el seno de una familia de la vieja clase dirigente, Roosevelt llegó a ser, a fuerza de pura voluntad, un temerario cowboy aventurero, explorador y cazador (el Teddy Bear, el osito de trapo, lleva su nombre). También es considerado un héroe de la guerra hispanoestadounidense, por la carga contra la Loma de San Juan; aunque sus numerosos críticos señalaron que en sus memorias daba la impresión de que la guerra la había ganado él solo. Henry James se refirió a la mera encarnación monstruosa de un estruendo monstruoso y sin precedentes, y le puso de mote Theodore Rex. A Roosevelt lo movían la ambición, el idealismo y la vanidad. Su hija hizo este famoso comentario: Mi padre siempre quería ser el muerto en el entierro, la novia en la boda y el bebé en el bautizo. En septiembre de 1900 fue nombrado presidente, cuando un anarquista disparó contra el presidente William McKinley. A Roosevelt le encantó el cargo –el púlpito del bravucón–, y disfrutó especialmente con la política exterior estadounidense.¹⁵

Como muchos de sus compatriotas, Roosevelt pensaba que Estados Unidos debía ser una fuerza que actuase en favor del bien en el mundo, promoviendo la democracia, el libre comercio y la paz, elementos que para él estaban relacionados. En su primer discurso en el congreso, en 1901, declaró: Lo deseemos o no, hemos de reconocer de aquí en adelante que, al igual que derechos internacionales, tenemos deberes internacionales. También dejó claro que, bajo su lideraz-go, Estados Unidos respaldaría sus buenas intenciones con su fuerza efectiva, lo cual significaba una armada poderosa. Ningún punto de nuestra política, exterior o interior, es más importante que este para el honor y el bienestar material, y sobre todo la paz, de nuestra nación en el futuro. A Roosevelt siempre le habían fascinado los barcos y el mar (lo mismo que a su contemporáneo el káiser Guillermo II de Alemania), y cumplió plenamente su palabra. La marina estadounidense, que tenía once acorazados en 1898, cuando Roosevelt pasó a ser vicepresidente, contaba con treinta y seis en 1913, y era la tercera del mundo en tamaño después de las de Alemania y Gran Bretaña. El crecimiento económico de Estados Unidos y su creciente poderío militar preocupaban a los europeos. Mientras que los británicos optaban por el entendimiento, el káiser Guillermo hablaba a cada rato de la necesidad de que las potencias europeas se unieran para hacer frente a los desafíos que, según él, representaban Japón y Estados Unidos, quizá por separado, quizá a la vez. Como el káiser era notablemente inconsistente, también habló en otras ocasiones de colaborar con Estados Unidos contra Japón. Tanto al káiser como a los propios estadounidenses les hubiera parecido fantasiosa la posibilidad de que Estados Unidos interviniese cada vez más en los asuntos de Europa en el siglo venidero, y de que participase además, no una, sino dos veces en sus grandes guerras.

El siglo que acababa de pasar parecía demostrar que el mundo, especialmente el europeo, se alejaba cada vez más de la guerra. Con unas pocas excepciones, las grandes potencias se habían unido desde el final de las guerras napoleónicas en el concierto de Europa, para abordar los asuntos internaciones del continente. Los principales estadistas de las potencias se habían habituado a consultarse mutuamente, y distintos comités integrados por los embajadores se habían reunido con frecuencia para tratar temas prioritarios, tales como las deudas del gobierno otomano con grupos de interés foráneos. El concierto había conseguido preservar la larga paz europea desde 1815, salvaguardando tratados, insistiendo en el respeto de los derechos de las naciones, alentado la resolución pacífica de disputas y, cuando era necesario, llamando al orden a las potencias menores. El concierto de Europa no era una institución formal, sino un modo sólidamente establecido de afrontar las relaciones internacionales que prestó un gran servicio a varias generaciones de europeos.

El progreso había llegado de la mano de la paz, y la Europa de 1900 era muy distinta de la del siglo anterior, infinitamente más próspera y aparentemente mucho más estable. Las reuniones que tuvieron lugar en el palacio del congreso durante la exposición de París reflejaron las generalizadas esperanzas de que el futuro fuese todavía más luminoso. Hubo más de ciento treinta eventos diferentes, que incluyeron debates sobre la condición y los derechos de la mujer, el socialismo, la lucha contra incendios, el vegetarianismo y la filosofía.¹⁶ El IX congreso por la Paz Universal, que se celebró allí, ganó el gran premio de la exposición por sus trabajos. Reinaba en el mundo una atmósfera maravillosamente despreocupada –escribió Zweig–, pues ¿qué podría interrumpir aquel crecimiento, qué podría oponerse a aquella energía que extraía constantemente nuevas fuerzas de su propio impulso? Europa nunca había sido más fuerte, más rica ni más hermosa, nunca había creído más fervientemente en un futuro todavía mejor.¹⁷

Ahora sabemos, naturalmente, que aquella fe en el progreso y la razón resultaron tristemente erróneas; que los europeos de 1900 estaban abocados a una crisis en 1914 que no supieron manejar, con espantosas consecuencias: dos guerras mundiales y una miríada de contiendas menores, el auge de los movimientos totalitarios, tanto de derechas como de izquierdas, conflictos encarnizados entre distintas nacionalidades, y atrocidades a una escala inimaginable. No fue el triunfo de la razón, sino el de su opuesto. La mayoría de ellos, sin embargo, no sabía que jugaba con fuego. Hemos de intentar apartar el conocimiento de lo que sobrevendría y recordar que la mayor parte de los europeos de la época no se percataban de que ellos y sus líderes estaban tomando medidas que reducían sus opciones, y que terminaron por destruir su paz. Hemos de intentar comprender a aquella gente de hace cien años. Necesitamos acercarnos tanto como podamos a lo que ocupaba sus mentes: sus recuerdos, sus temores o sus esperanzas. ¿Y cuáles eran sus axiomas tácitos, aquellas creencias y valores de los que no se molestaban en hablar porque eran comunes a todos? ¿Por qué no vieron los peligros que se cernían sobre ellos en los años previos a 1914?

Para ser justos con aquel mundo perdido de 1900, no todos los europeos compartían la confianza general en el futuro de la humanidad, ni en su racionalidad. Por mucho que la exposición de París celebrase tanto la confianza en el progreso como el positivismo –con su fe en que la ciencia podría resolver todos los problemas–, estos dos pilares del pensamiento de finales del siglo xix estaban siendo atacados. Las pretensiones de la ciencia de revelar un universo en el que todo funcionara de acuerdo con leyes metódicas estaban cada vez más en entredicho. Los trabajos de Albert Einstein y de otros físicos sobre las partículas atómicas y subatómicas indicaban que, bajo el mundo material visible, se extendían la indeterminación y los fenómenos aleatorios. La realidad no era lo único en cuestión. También se hallaba en tela de juicio la racionalidad. Los psicólogos y los nuevos sociólogos estaban demostrando que las fuerzas inconscientes actuaban sobre los seres humanos más de lo que se suponía. En Viena, el joven Sigmund Freud inventaba la nueva práctica del psicoanálisis para sondear el inconsciente humano, y en el mismo año de la exposición publicó La interpretación de los sueños. El estudio de Gustave Le Bon sobre cómo la gente puede comportarse de formas inesperadas e irracionales cuando está en grupo causó una profunda impresión en aquella época, y aún hoy es utilizado, entre otros por el ejército estadounidense. Su libro sobre la psicología de la multitud, que vio la luz en 1895, fue un éxito popular, y se tradujo al inglés de inmediato.

La exposición de París celebraba asimismo el progreso material, pero sobre este también existían dudas. Aunque Karl Marx celebraba la destrucción creativa del capitalismo, por cuanto deshacía las viejas sociedades y traía organizaciones sociales nuevas y nuevos métodos industriales de producción, que, en última instancia, beneficiarían a los pobres y a los oprimidos, muchas personas, tanto de izquierda como de derecha, deploraban semejante proceso. Al gran sociólogo francés Émile Durkheim le preocupaba que se perdieran las viejas comunidades estables conforme la gente se fuera mudando a las grandes ciudades. Parte de los motivos por los que Pierre de Coubertin, el fundador de los juegos olímpicos modernos, valoraba tanto el deporte era porque este desarrollaba al individuo y lo armaba contra los efectos igualadores y embotadores de la civilización democrática moderna.¹⁸ Y la vida, ¿no se estaba volviendo demasiado rápida? Los médicos habían descubierto una nueva enfermedad, la neurastenia, un agotamiento y colapso nerviosos, del cual culpaban al ritmo febril y a las tensiones de la vida moderna.¹⁹ Un visitante estadounidense a la exposición quedó anonadado por la cantidad de automóviles nuevos que había en París: Vuelan por las carreteras, pasan zumbando por las calles como relámpagos y amenazan con sustituir a los coches de caballos, sobre todo para el tráfico pesado.²⁰ En la propia exposición, los visitantes se subían y se bajaban cautelosamente de una acera móvil, y la multitud se apiñaba para ver las frecuentes caídas.

¿Y realmente era la sociedad europea superior a todas las demás? Los estudiosos de la historia de la India o China, por ejemplo, ponían en duda que Europa estuviese a la vanguardia de la civilización, y señalaban que esos dos países habían alcanzado grandes esplendores en el pasado, pero que obviamente habían sufrido un declive. De modo que podía ser que el progreso no fuese en absoluto lineal. De hecho, tal vez las sociedades pasaban por periodos cíclicos de desarrollo y decadencia, y las cosas no necesariamente iban siempre a mejor. Y, en cualquier caso, ¿qué era la civilización? ¿Eran los valores y conquistas de Occidente realmente superiores a los de otras partes del mundo y a los de otras épocas? La guía de la exposición se refería con condescendencia a la pequeña exhibición de arte japonés, diciendo que esta mostraba cómo los artistas japoneses se aferraban tenazmente a sus estilos tradicionales; pero una nueva generación de artistas europeos encontró inspiración en las artes de otras culturas no europeas. Cuando Vincent van Gogh empleó los estilos de los grabados japoneses en sus cuadros, o cuando Picasso se nutrió de las esculturas africanas, a estos y a otros artistas europeos no les pareció que dichas obras fuesen encantadoramente primitivas ni anticuadas, sino diferentes y portadoras de conceptos que faltaban en el arte europeo. Cuando el conde Harry Kessler, un alemán urbano y culto, visitó Japón en la década de 1890, contempló Europa bajo una luz nueva y desfavorable: Somos más fuertes en el terreno intelectual, y quizá también en el moral –aunque lo dudo–, pero, en lo que respecta a la verdadera civilización interior, los japoneses están infinitamente por delante de nosotros.²¹

La exposición de París exhibió síntomas, fáciles de ver retrospectivamente, de aquellas tensiones que poco después destrozarían la civilización europea. Las exposiciones coloniales y nacionales, que constituían, después de todo, una demostración de fuerza, traslucían las rivalidades entre las potencias. Un famoso crítico de arte de la época se burlaba de las pretensiones francesas de liderar la civilización europea, y refirió sobre su visita a la exposición: Francia no desempeñó el menor papel en las enormes transformaciones que el comercio y la industria produjeron en otros países, especialmente en sus constantemente peligrosos vecinos, Gran Bretaña y Alemania.²² Los franceses, por su parte, tenían un gran edificio dedicado por entero a la expedición del capitán Jean-Baptiste Marchand por África dos años antes, la cual estuvo a punto de provocar una guerra con Gran Bretaña; y Loubet, el presidente francés que había hablado de la justicia y la bondad humana en la inauguración, en parte había decidido celebrar la exposición en 1900 para adelantarse a los alemanes, que habían estado planeando otra para Berlín.²³ La exposición de París, según Picard, su principal organizador, no solo reflejaría el genio de Francia, sino que demostraría que nuestro hermoso país se encuentra, hoy como ayer, a la vanguardia misma del Progreso.²⁴

Y parte de ese progreso lo constituían las artes militares. El palacio de los ejércitos y las armadas (en un edificio que semejaba una fortaleza medieval) mostraba, según la guía, los grandes avances de la década anterior en la creación de armas más destructivas. Señalaba como un equilibrio deseable el hecho de que la capacidad defensiva también se hubiera incrementado, con cosas como placas blindadas aún más fuertes. En las secciones reservadas para los países extranjeros, los británicos habían construido una Casa Maxim, con la fachada decorada con obuses y cañones, dedicada a la nueva ametralladora del mismo nombre. Los rusos trajeron parte de su nuevo arsenal, y el emperador alemán envió una selección de sus uniformes favoritos. En el exterior, un pabellón independiente erigido por la compañía francesa Schneider mostraba su artillería. El catálogo oficial de la exposición afirmaba que la guerra era connatural a la humanidad.²⁵

La exposición contenía también augurios del sistema de alianzas que obligaría a las potencias europeas a alinearse en bandos en los años previos a 1914. El día de la apertura, el presidente francés inauguró también un nuevo puente sobre el Sena, bautizado con el nombre del difunto zar Alejandro III. Después de todo, el gobierno ruso, decía la guía, se había esforzado enormemente en colaborar con la exposición, esta gran obra de paz. La alianza franco-rusa era reciente –había sido firmada apenas en 1894– y aún resultaba problemática, por el vínculo que suponía entre la autocracia rusa y una Francia republicana. Tenía una función tácitamente defensiva, aunque sus detalles eran secretos. Alemania, no obstante, se intranquilizó, a pesar de que contaba también con un aliado defensivo: el imperio austrohúngaro. El nuevo jefe del estado mayor del ejército alemán, el conde Alfred von Schlieffen, comenzó a hacer planes para una guerra en dos frentes, contra Rusia en las fronteras alemanas del este, y contra Francia en las del oeste.

La mayor de las potencias, el imperio británico, no tenía alianzas con nadie y hasta ese momento no era algo que le preocupara. Pero 1900 no fue un buen año. Los británicos habían marchado a la guerra despreocupadamente en Sudáfrica, el anterior contra dos repúblicas afrikáners mucho más pequeñas: el estado libre de Orange y la república de Transvaal. Un enfrentamiento tan disparejo –la totalidad del imperio británico contra dos estados diminutos– debió haber tenido un desenlace previsible, pero lo cierto es que a los británicos no les fue nada bien en la por entonces llamada guerra de los Bóers. Aunque los afrikáners ya habían huido hacia el final del verano, no acabaron de declararse vencidos hasta la primavera de 1902. Igualmente preocupante era el hecho de que aquella guerra demostró cuán impopulares eran los británicos en gran parte del mundo. En Marsella, los lugareños dieron una cálida bienvenida a una delegación proveniente de Madagascar que iba camino de la exposición y a quienes confundieron con afrikáners. En París, una creativa casa de modas confeccionó un sombrero de fieltro gris, à la Boer. En la propia exposición, al modesto pabellón de Transvaal, con su bandera que ondeaba orgullo-sa, acudía una gran multitud, decía la guía Hachette, para demostrar su simpatía por la heroica y pequeña nación que está defendiendo su independencia en el sur de África. Montañas de flores dedicadas al héroe, al patriota o al amante de la libertad rodeaban el busto de Paul Kruger, su expresidente.²⁶

Esa simpatía, junto con el deleite cuando las fuerzas británicas sufrían derrota tras derrota, tenía ecos en toda Europa. Los comentarios en el continente utilizaban mucho la imagen de David y Goliat. El semanario alemán Simplicissimus publicó una caricatura en la que un elefante muerto era picoteado por aves carroñeras y un torrente de hormigas se precipitaba sobre él comentando: Más dura es la caída. Asimismo, causaron conmoción las tácticas brutales que los británicos emplearon para lidiar con las guerrillas afrikáners. El general Kitchener, quien asumió el mando, ordenó capturar a las mujeres y niños de la zona y enviarlos a campos de concentración para que no pudieran seguir alimentando y acogiendo a sus combatientes. Debido a nuevas torpezas británicas, aquellos campos se convirtieron en antros de enfermedad y muerte. Una caricatura francesa presentaba a Kitchener como un gran sapo agazapado sobre unos cadáveres de afrikáners, y también circularon caricaturas obscenas de la reina Victoria. Su hijo y heredero, el príncipe Eduardo, se negó a visitar la exposición por este motivo.²⁷

Las grandes potencias dependen tanto de sus ejércitos y sus recursos como de su prestigio y de que los otros se percaten de su poder. En 1900 Gran Bretaña aparecía débil y peligrosamente sola. En una maniobra enteramente defensiva, comenzó a limar asperezas con las demás potencias, así como a buscar aliados. Sin embargo, esto también podría contemplarse como uno de los muchos pasos que condujeron a la Gran Guerra. Europa desembocaría en un sistema de alianzas que la dividió en dos bandos cada vez más suspicaces y mejor armados. Y estaba también el conjunto, minoritario sin duda, de las personas a las que no les preocupaba la posibilidad de una guerra, o que en realidad la deseaban, pues la veían como un componente noble, necesario e inevitable de la historia humana, o como un procedimiento para resolver los problemas internos de su país. Del otro lado, estaban todos aquellos europeos, incluidos muchos de sus

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Análises

O que as pessoas pensam sobre 1914

4.3
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Avaliações de leitores

  • (5/5)
    Engaging history that looks at the roughly fifteen year period before the outbreak of World War I, though of course there are interludes where history going back further is examined. What is quite intriguing is that the author shows the sheer number of close calls for war, and makes you wonder whether World War I really was the surprise that many thought it was. One annoyance is that the author repeatedly uses the word "unkindly" to describe some cutting remark or other. Another tic was three citations to Wind in the Willows in the space of a few pages; even if Toad and Wilhelm II had something in common, that's a bit much. One big positive: a superb choice of illustrations and political cartoons to go with the text, one of the strengths of the book. It would be unkindly not to recommend this.
  • (3/5)
    I love reading history and didn't know all that much about World War i so when someone recommended The War That Ended Peace I had to get a copy.This is the most detailed book I have ever read about the long weary road up to the First World War.The author goes back properly I think to before the turn of the century and captures a lot of good information about the various national insecurities and the various national paranoia. There are capsule biographies of many long forgotten statesmen whose words and deeds add color and texture to the landscape.(The Modern world reminds me muchly of the time before 1914 for the general touchiness of various world leaders the fanatic nationalism (or sectionalism) and the sense that what "everyone knows" to be true today may turn out not be true after all.)Perhaps in the end World War I was just a set of toppling dominoes that would have toppled anyway sooner or later. But you know this week I put it down about half finished and I doubt i will pick it up again. When you study every tree root to branch sometimes you lose sight of the forest.
  • (4/5)
    First rate book and as usual for McMillan an easy read for such a complex topic. I wonder if this could have been handled in a shorter book without so much detail? A personal thing. I did make the mistake of taking this away on a road trip - not the ideal environment for a review hence possible my comment.
  • (5/5)
    The War that Ended the Peace by Margaret MacMillan Published in November 2013If the “Guns of August” by Barbara Tuchman and other similar books wetted your appetite in your search for the reasons that initiated WW1, then this is a must read. Beware, although an extremely easy read, this book is real long at 645 pages of narrative and is followed by excellent notes, a long bibliography and an excellent index. The publisher is also to be congratulated by providing a good number of clear and most legible maps and other photographic illustrations. MacMillan is Provost of St Anthony’s College, Oxford and this book is a fully supported Academic Treatise. The book is well chaptered in a good Chronological time line and is well researched. To my view there is a mite too much trivia, such data can be considered as supporting evidence to illuminate traits of key individuals. I labored through the book but gained my best insight into the years leading from 1870 up to the start of the five major powers plus others who entered into hostilities in August 1914. Clearly in my view this book is the best in its class.In my view this is the best and fullest account of factors that led to the onset of hostilities. I have read 10 such books that sought out the reasons as to why the war ever occurred.The hatred of Austria-Hungary‘s Conrad for Serbia comes across most strongly. Details of all the major individuals are never lacking across all the major contenders. War-mongering was not limited to Germany. The major crises from 1907 through 1914 are well covered in the sequence as they unfolded.My conclusion from reading this fine history is that the two major empires, namely: 1) the Austrian-Hungary and 2) the Ottoman empires were extremely unstable and therefore most volatile. The Entente (Russia, France, England) and the Alliance (Hungary-Austria, Germany, Italy) powers were forever attempting to increase their colonial influences and the peace was most fragile. The period 1905 to 1914 was close to war many times and major or minor crises could have caused a major war to break out over seemingly minor events associated with Morocco in 1905 or yet again in 1911 or due to unrest in the Balkans in each and any year between 1906 and 1914.As a result of my excitement, I find that I must immediately read MacMillan’s 2007 published book entitled “Paris 1919” without pausing to take in any fictional entertainment. (Mike Hodges: May 2014)
  • (4/5)
    Yes, it's another book about The Causes of the First World War. This one takes a more traditional view of matters, but is well written and thorough, and avoids giving any pat answers. It's Complicated. I've got my own views, but I don't disagree fundamentally with the general ethos of either book. I will say that the more I read about the period, the more I dislike Asquith.
  • (4/5)
    Not my first go at reading the events that lead to the start of the Great War, perhaps not as clear cut as general history courses would have you believe. A well written book that manages to keep a foot in the present as well, making the events relevant to the modern reader.
  • (4/5)
    The period before World War 1 seems to come into season roughly every generation. A new crop of historians begin to plough the rich field of controversy, blame and nostalgia in search of new insights, or at least to fulfill the insatiable appetite of a new generation of readers. The appeal lies in a number of factors - the complex interaction of events, motives and personalities bears all the fascination of the most gripping of true crimes. Like the Jack the Ripper case, the books and documentaries continue to pour forth.
    The cycle began soon after the conclusion of hostilities, as participants published studies and document collections designed to deflect blame. The effort was not purely academic as Germany sought to escape the massive reparations demanded at Versailles, underpinned by the famous ‘War Guilt’ clause. The German histories were reinforced by US historians including Harry Barnes and Sidney Fay. He argued that all the powers were to blame. The most significant author arguing against these ‘revisionist’ works was Italian Luigi Albertini who spent almost twenty years writing Le origini della guerra del 1914 (1942). In its English edition it contained over 2000 pages of research and explanations, having interviewed virtually all of the surviving participants in the immediate events of summer 1914. His books are still recognised as one of the best sources.
    After the Second World War had been digested another generation approached the topic, with the benefit of greater distance. Ironically it was Fritz Fischer, a German historian who became virtually the first historian for decades to put virtually the entire blame for the war on Germany in his landmark work Griff Nach der Weltmacht (1961). He was strongly attacked as a traitor by other German historians. The provocative English historian A J P Taylor argued for a complacent reliance on the old “Concert of Europe” and unstoppable military plans in War By Timetable.
    The centennial of the war saw an astonishing number of fresh works appear on the subject. Probably Margaret MacMillan’s The War That Ended Peace is one of the most prominent, although The Sleepwalkers by Christopher Clark has apparently achieved the most publicity and high sales, especially in Germany where over 200,000 copies are reported to have sold. This is likely to be partially due to Clark’s views being closer to Taylor’s than Fischer’s! A bookshelf could be filled with just some of the other efforts - Sean McMeekin’s The Russian Origins of the First World War and July 1914, Paul Ham’s 1914: The Year The World Ended, Max Hasting’s Catastrophe, David Fromkin’s Europe’s Last Summer, T.G. Otte’s July Crisis. Over coming years I will review and compare some of these works.
    MacMillan’s book seemed like a good reliable place to begin my quest. Understanding the twentieth century for most people over forty with an interest in history is a gripping pursuit. All of us either personally or through our family have seen the effects of a century of profound change and extraordinary violence. The so-called thirty years war (not a term I personally agree with) hung over the lives of the late Victorians and the ‘great generation’ of the early twentieth century, and despite its destruction also acted as the catalyst for the age of prosperity that followed. Finding the explanation for the carnage of the trenches and the holocaust leads us to July 1914, but one quickly realises that the quest begins earlier.
    Michael Howard in The Oxford History of the Twentieth Century begins his chapter on the World Wars at the turn of the century with two events that suggested that European world hegemony was under threat - the defeat of Spain by the USA, and the humiliation of Russia by Japan. MacMillan also begins her story in the milieu of 1900 with the Paris Exposition as centrepiece. She describes a world of faith in science and Progress with a capital P. The book then turns to diplomacy. The first few chapters zoom in on Germany and Britain, the leading nations economically and in Germany’s case apparently gripped by jealousy. The book describes how the nascent alliances of 1900 - the Dual Alliance of Austria-Hungary and Germany, the Franco-Russian alliance - became ever more important as crutches of security. Russia relied on French finance. France’s lingering fear of Germany following the Franco-Prussian War lead her to dream of an alliance where she could “lean simultaneously on Russia and England against Germany”. Germany ended up tied to Austria-Hungary almost by default. As a German ambassador said: “How often do I ask myself whether it is really worth it to attach ourselves so firmly to this state which is almost falling apart and to continue the exhausting work of pulling it along with us. But I cannot see any other constellation that could replace … an alliance with the Central European power”.
    MacMillan expertly ranges through the great powers, analysing their power structures, diplomacy, strategic options and the outlook of their leadership.
    This is old fashioned diplomatic history. We arrive at chapter 9 before we ask “What Were They Thinking?”, an examination of European’s world view. MacMillan makes clear her belief that the decisions for and against war “were made by a surprisingly small number, and those men - few women played a role - came largely but not entirely from the upper classes”. Most of the chapter focusses on the elite - the arts, philosophy and in particular social darwinism. Nationalism and imperialism were natural outgrowths of elite obsessions with power and vitality. Militarism and war became glamourous.
    MacMillan then explores social movements and beliefs in more detail - the peace movements and conversely the military planners. “A general war, fought at the heart of Europe, was becoming thinkable”. Again we focus on that ‘small number’ - intellectuals, financiers and the peace movement. Most of the countries of western Europe by this time had (or close to had) universal male suffrage. MacMillan spends a few pages on the Second International which through some member parties such as the SPD in Germany had a mass membership. This coverage is good, but again focusses on the leadership. One of the problems with this approach to history emphasising the individual and diplomacy is the risk of ignoring the masses. Perhaps this isn’t so serious in this period when we know that the final decision-making was taken by Presidents, Foreign Secretaries, Emperors and General Staffs. It does seem important though to consider what the views of the majority were, what influence they had through the limited democratic process and to what extent they impacted upon decision making. The sense from the book is very little but I would have liked to see a bit more consideration of this, even if the conclusion was that the ‘great man’ theory in looking at the end of peace is entirely justified.
    And so from the war plans we move to the final eight chapters, a rich and detailed narrative of the crises, Sarajevo assassination and the end of the “Concert of Europe”. The impression of bluster and of crises averted is built up deftly and makes the complacency of summer 1914 (above all that of British foreign secretary Sir Edward Grey) comprehensible. The length of time from the assassination to the outbreak of war, usually brushed over, is revealed in full as a month of slow, contingent and unpredictable developments. I was almost on the edge of my seat at the end of July as German Chancellor Bethmann Hollweg suggested that Germany would not take any territory from France after the war, and would respect Belgium’s integrity after the war. I think MacMillan is a little kind in even suggesting that this might have been a genuine attempt at avoiding a general war. Most of the German and Austro-Hungarian diplomacy in July seems disingenuous. This is not to say that others were faultless. Doubtless Grey’s opaqueness with regards to Britain’s intentions betrayed uncertainty and left an opening for Germany to engage in wishful thinking.
    MacMillan’s excellent Introduction supplies most of the interpretation in the book, as well as her attitude to the past and its study. “Very little in history is inevitable”, “the part played in human affairs by mistakes, muddle or simply poor timing”, “inertia, memories of past clashes or fear of betrayal”, “a fundamentally weak character”. She certainly doesn’t ignore “the arms race, rigid military plans, economic rivalry, trade wars, imperialism with its scramble for colonies, or the alliance systems dividing Europe into unfriendly camps”. The book does tend though to reinforce the importance of the character and decisions of individuals, chance and the course of events. MacMillan does find some factors “more culpable” (blameworthy?) than others - Austria-Hungary’s intense desire to punish Serbia, Germany’s uncompromising backing of her, Russia’s haste to mobilise. More profitable however is the deeper examination of the previous couple of decades to identify why in summer 1914, with yet another crisis, war instead of continued peace was chosen. This book is an excellent source of information and explanation to understanding the reasons behind that decision.
  • (4/5)
    A comprehensive book that looks at all the major players in the allies and the triple alliance, not just the country leaders, but foreign ministers, military, etc. It is quite involved and requires focus if you are not familiar with all these people. The only criticism is that the author clearly has some opinions and often uses modern (2000ish) examples to illustrate her point-even if it remains to be seen if those illustrations are accurate. This could lead to a shorter shelf life of an otherwise impressive work.
  • (3/5)
    Well written and well researched, this account of the origins of World War I provides an excellent overview. I find it intriguing that the reasons for the Great War continue to be studied and debated 100 years later. My one complaint about this book is that the author didn't really answer the question she set out to answer: why did peace fail? It had proven to be successful in so many previous incidents.
  • (4/5)
    This book is a very readable contribution to the public knowledge about the run-up to WWI. What I noticed about it is the relatively large number of references to the foreign affairs of the period 2001 to 2012. The more substantive strength is the survey of the Balkan crises that had a cumulative effect in dulling the fears that a major war could erupt among the great powers. The other large books dealing with this event have had differing focuses regarding the background. " The Guns of August" concentrated on the interlocking alliance mechanism, creating an avalanche scenario for the outbreak. "Dreadnought" by Massie was concerned with a detailed study of both the British, French, and German cabinets and high command, to outline the political and military group-think that made the alliances work. In "the Proud Tower" Tuchman revisited the broader social scene to shore up her rather narrow portrait with supporting detail. The massive Gilbert Martin Winston Churchill centred biography with supporting documents was a very narrow look.MacMillan is a clever writer, and her vision does reveal scary similarities between the WWI situation, and the present world, with its running low-key wars and the hovering possibility of a great power flare-up, say over the Ukraine with the warm early summer of 1914. Thus I recommend it heartily as a lush experience, with a very frightening sting in its tail.
  • (5/5)
    Wonderfully well researched and expertly told. Provides an excellent insight to the frame of mind of the various leaders of Europe and the rising nationalism of their populations at the time. I can't wait to read her earlier book, Paris 1919, to see how it all ends.
  • (5/5)
    Wow what a fantastic book! I have not enjoyed a book of history this much in quite some time. MacMillan's has an engaging writing style and can tell a story better than most. She covers the lead-up to World War I beginning at the end of the 19th century and continuing up to the opening shots. She looks at all of the players involved in detail, yet she does not get bogged down in the detail to make the book drag. Her opening chapters on the Paris Exposition of 1900 captured me and was so good that I may assign it to my European History classes in the future. Outstanding history and I cannot wait to read her next book.
  • (5/5)
    With the centennial of the outbreak of Wortd War I upon us, a torrent of books on the topic has been unleashed. When I clicked on "The War That Ended Peace" in Amazon, two other major histories on the prelude to the War popped up at the bottom of the page (Clark's "Sleepwalkers" and Harris' "Catastrophe 1914", and Amazon shows 16 PAGES of books on the War due for publication next year. That list will surely grow. So why read this one? Because it is as good as all the glowing reviews suggest, for three reasons. The history is excellent. The writing is excellent. And it makes the reader think. To begin with the history, Ms. MacMillan is a noted historian who has no need to prove her mastery of this period. She studied history at Oxford, focussing on the late 19th and early 20th centuries, has taught on the period and on international relations in particular, and is widely published. But for me, what stood out about the history in this book wasn't the qualifications of the writer, but the vividness with which she used sources from the period, and her thoroughness in trying to make clear each point of view in each crisis. Her analysis demonstrates the extent to which individuals had an impact on Europe's progress from peace to war, and she brings this out in vivid sketches of the key men of the time (only a few women, mostly wives, but that's the way it was). As to the writing, she is very clear about very complex events. More than that, her writing is a pleasure to read: it pulls one along despite all the names and places and military rumblings. Finally, as to her ideas, Ms. MacMillan makes it clear that she does not believe that the FIrst World War was inevitable. That is a bitterly argued point in historiography, with many arguing that nothing could have been done to stop it. If that's right, the War does not have many lessons for the current day: we, presumably, have our own inevitabilities, which will continue peace (for some, at least) or move us into war. But if World War ! was not inevitable, one can study the choices and decisions that helped bring it about, in the hope of learning from past mistakes. Ms. MacMillan clearly thinks that this is appropriate, noting that there are some similiarities between the world of 1914, and the world of today. I can't compare this book to the other two "big" entrants in the how-Wortd-War-I began stakes, or indeed to Barbara Tuchman's "Guns of August", which I read too long ago to remember in any detail. But I do intend to reread Tuchman, and to read "Sleepwalkers" and "Catastrophe 1914". After doing so, I may revise my review of "The War the Ended Peace". I shall be very surprised, however, if I revise my very positive opinion of it.
  • (4/5)
    Anyone under the illusion that the outbreak of World War I was the result only or even mainly of the assassination of an Austrian Archduke in Serbia will be disabused of that conception after reading this thorough account by Oxford University scholar Margaret Macmillan. In fact, after reading this book, one can only wonder how in the world war was averted until 1914.Macmillan provides a detailed introduction to all the major players in European international affairs at the turn of the 20th century. She also reviews the alliances, competitions, hostilities, jealousies, and the sociological currents feeding the inchoate war machine: in particular, inflated senses of honor, nationalism, imperialism, and what one might call a racist interpretation of Darwinism.At this time, the major European powers (Britain, France, Germany, Russia, Austria-Hungary, and Italy) were competing for hegemony in several dimensions:First, they wanted to be seen as strong and powerful military states.Second, they wanted as big a share of the colonial pie as they could grab. Colonies could be exploited for natural resources, laborers, soldiers, and the psychological benefit of the impression of world dominance. Britain and, to a lesser extent France, had stolen a march on the others by gobbling up large tracts of Africa, India, and China. In addition, the Ottoman Empire was correctly viewed as on the verge of dissolution, which would soon open up great opportunities for colonizing oil rich areas of the Middle East. Germany in particular was trying to make up for lost time. Each of the powers feared that if it didn’t leap into the fray first, it would lose out, and a hated rival would steal “its place in the sun.”Third, each, albeit in varying degrees, had a sense of racial and/or ethnic superiority, which contributed to their determination to dominate lesser groups.Fourth, the very powerful memes of nationalism, radicalism, and anti-Semitism all were roiling around in the air and causing destabilization.An important factor adding to instability was the fact that no one Power was in position to dominate the others. Accordingly, all the Powers sought to ally themselves with any other strong Powers whose interests did not conflict too seriously with their own. By 1910, Europe had divided into two rather hostile (but not yet warring) camps: (1) the Triple Alliance—Germany, Austria-Hungary, and (rather reluctantly) Italy; and (2) the Entente—France and Russia and (maybe) England.Members of both the Alliance and the Entente perceived their own agreements to be primarily defensive in nature. But MacMillan points out that those same arrangements seemed to outsiders to be offensive in purpose. As a result, every continental Power perceived itself to be surrounded by hostile forces, and endeavored to prepare for what seemed like an inevitable outbreak of war.In addition, advances in technology, particularly railroads, made it possible to mobilize a country’s army in a much shorter time than in previous years. This situation created pressure on the others to be ready to mobilize at a moment’s notice. Otherwise, you could be caught at a great disadvantage, if an enemy Power was ready to deploy before you were. Thus, Europe was a powder keg, with players just waiting for an excuse to light the fuse.  The Balkans, being the most volatile area at the time, was merely the most likely source of the much-anticipated spark.  [Ironically, Europe had weathered at least three very close calls (the Moroccan Crisis and two Balkan Wars) between 1908 and 1913 that had nearly resulted in war but were smoothed out in the end. But the pressure was building, and no leader took the necessary steps to defuse the new crisis adequately.] After the death of Franz Ferdinand, Austria-Hungary issued a humiliating ultimatum to Serbia that could never be accepted, and the game was on.Discussion: This is a detailed history of the period immediately preceding World War I, rather than a history of the war itself. To that end, MacMillan tells you everything you always wanted to know about the situation in Europe at that time. While she spreads plenty of blame all around, she is probably in the camp assigning the most blame for the war to Germany, with its possibly insane kaiser and its power-hungry and ideologically extremist ministers.One criticism is that the author could have forgone the minutiae about the predilections of various ministers and their wives for fishing or gardening and the like. In their place, she would have served readers better by adding background on the popular writers of the time, such as Houston Stewart Chamberlain, whose influential book Foundations of the Nineteenth Century (1899) argued that Germany, constituted primarily of the (allegedly) superior Aryan race, needed to come out triumphant in the never-ending struggle among ‘the chaos of races.” [Chamberlain was British, but later became a German citizen.] The anonymous and infamous Protocols of the Elders of Zion, first published in Russia in 1903, and positing a worldwide Jewish conspiracy to take over the world, was also widely translated and disseminated. Many of the racist tracts at the turn of the century, such as The Social Role of the Aryan by the Frenchman Georges Vacher de Lapouge (1899) explicitly cited Darwin to provide a scientific imprimatur to the advocacy of racial eugenics. These ideas caught fire among the political and intellectual elite in Europe at the century’s end, and indeed, were still fueling social policy before and during World War II. Some background on these writings would have provided a much-needed explanation for the currents of thought that roiled these turbulent times, and would have helped displace another commonly held misconception that it was mainly the unsatisfactory resolution of World War I that resulted in World War II.Evaluation: This book is an excellent addition to any World War I library. MacMillan provides a fascinating backstory to many of the events leading up to the war. While some may take issue with her emphases, this book is definitely worth consideration. We listened to an audio version of this book. The narrator, actor Richard Burnip, is quite competent and has a delightful British accent. Our only complaint is that each disc ended and then started over with nary a breath in between.
  • (5/5)
    I have read and enjoyed two other books by this author I wasn't disappointed this time. The book is a history of Europe from 1900 to 1914. I was glad to see that Eastern Europe and Turkey received the same level of attention as Germany and Britain. Barbara Tuchman in The Proud Tower and Guns of August concentrated on Russia and Western Europe. Newer books on this topic,The Sleepwalkers: How Europe Went to War in 1914 and Catastrophe 1914: Europe Goes to War seem to show that a more inclusive approach is the coming trend. The first part of the book is a discussion of the state of Europe in 1900. The personalities and events seemed to conspire to keep Germany on center stage a large portion of the time. They were an expanding power whose ambition was fueled by the ego of Whilhelm II. He exercised a great deal of power in foreign affairs and military relations where his behavior ranged from embarrassing to dangerous. The author describes him going through the diplomatic correspondence writing comments followed by multiple exclamation points. This is one example of the level of detail maintained by the author throughout the book.The dreadnought program and problems with Ireland dominated events in Great Britain. Germany's construction of a navy to compete with Great Britain caused constant friction between the two countries. Another example of Whilhelm's desire for Germany's "place in the sun" that led to the country's increasing isolation. Austria-Hungary was Germany's faithful ally but there was a question as to her value in a crisis. As described by the author Austria-Hungary was barely a step up from the Ottoman Empire as a military power. A polyglot collection of various peoples and cultures their military was seriously handicapped by the fact that their officers and enlisted men often did not speak the same language. Her military had not been tested since it's defeat by Prussia in 1866.Opposing Germany and Austria-Hungary were France and Russia. Italy is allied with Germany and Austria-Hungary. The alliance of France and Russia was based upon a mutual fear of Germany. Russia was recovering from war and revolution in 1905. France was building an overseas empire and aspired to the glory of the past. At the same time she worried about her low birth rate and lack of soldiers compared to Germany. In 1908 a series of crisis begin with Austria's annexation of Bosnia-Herzogovina. Between the annexation and the beginning of WWI there are two wars in the Balkans, France and Germany face off twice in Morocco and finally the Archduke Franz Ferdinand is assassinated. The author's penchant for detail provides the reader with a blow-by-blow account of the assassination complete with the Archduke's last words to Sophie.Franz Joseph, the Emperor of Austria, is not really that sad to hear that the Archduke was murdered. The Archduke caused a scandal when he married beneath his class and none of his children are eligible for the throne. The Austrian's do see a great opportunity to assert themselves and punish Serbia. There was evidence that the murder weapons were provided by Serbian military personnel acting as members of a secret society. Austria-Hungary gets a promise of support from Germany so when the Russians decide to back Serbia the lights begin to go out all over Europe.The book is a well written narrative and the author maintains a consistently high level of scholarship. The book is accessible to the general reader and I recommend it as an excellent survey history on this topic.
  • (5/5)
    It was going to be a short war…forty days beginning to end…a blip on the way to bragging rights for the nations that came out on top. Of course it didn’t work out that way but then nothing in the years that led up to WWI worked out as planned.Margaret MacMillan’s recently published book is a tour de force of narrative non-fiction that provides a very readable history of the people who ultimately made the decisions and the events that took place in the decades before 1914 that ultimately led to war. As a reader who knows very little about the intricacies of the war, I came away with a much more cogent view of what happened. Consensus has always been that the Germans were to blame but MacMillan takes the idea that the German Kaiser, Wilhelm II, caused the war and turns it on its head by showing how the Germans were hemmed in by the alliance formed by Great Britain, France and Russia.I was struck by the step by step account that MacMillan laid out: the alliances formed, the development of war plans years ahead of time, the build-up of naval forces and the development of dreadnoughts, the arms race, the divergent political views, the increased importance of the oil fields in the Middle East, the growth of Socialism and the peace movement, the secret pacts, the amplified significance of public opinion, the role of accident in history and the fascinating figures that were brought vividly to life. Those characters included, on the British side a young Winston Churchill, the Prime Minister Herbert Asquith, King Edward VII, and Queen Victoria; in Germany Kaiser Wilhelm II, vonMoltke the Younger, the Chief of Staff and Alfred von Tirpitz who oversaw a massive naval building program; in Russia, the Tsar Nicholas II and his wife; and in Austria-Hungary Emperor Franz-Joseph and the Archduke Franz Ferdinand, whose assassination proved to be the tipping point. All of these people contributed to the long lasting peace that Europe had been enjoying during the 19th century and the final demise of that peace in 1914, when Europe began the process that “laid waste to itself.”In her introduction, MacMillan opines:”Most of the copious literature on the events of 1914 understandably ask why the Great War, broke out. Perhaps we need to ask another sort of question: why did the long peace not continue? Why did the forces pushing towards peace---and they were strong ones---not prevail? They had done so before, after all. Why did the system fail this time? One way of getting at an answer is to see how Europe’s options had narrowed down in the decades before 1914.” (Page xxxiii)She goes a long way toward making the case for what might have been had cooler heads prevailed and she does so in a very engaging narrative. Very highly recommended.
  • (5/5)
    This is a masterful work. In 20 chapters and an Epilogue the history of Europe so far as it relates to World War One is lucidly set out in chronological order covering the time from 1900 to 1914, At first I thought it was not telling much new but as the events are set out and the book leads to its climax one is utterly caught up in the account. The author does not spend time on original sources, but her selection of facts from the many books consulted (all, thankfully, identified in a 16-page bibliography) sets out a panorama stunning to contemplate.and which I thought shows the pertinent events in the pre-war world in a vivid way. Reading the book one realizes that some of the questions relating to the genesis of the War cannot be answered definitively but I think she points to probable answers.
  • (4/5)
    Decent read setting the scene on how the major powers were developing over the previous 20 years which meant that war would be inevitable. I prefer Clarke's The Sleepwalkers which give more detail on actual events and the specific of the situation in the Balkans.
  • (5/5)
    A masterpiece. Deals with the difficult topic of the significance of personalities in historical events.
  • (4/5)
    This book begins with the Paris Exposition of 1900 and after twenty long chapters, ends with an epilogue on the declarations of war by the principal protagonists in August 1914. It is extremely well written; a major historical work of Europe during the first fourteen years of the twentieth century. Each chapter details the separate historical events at some length that caused or may have eventually caused the war that ended the peace. Sixty-five million served, 9 million died and 20 million were wounded. It brought down four European empires and weakened the colonial powers of Britain and France and also spawned communism and fascism. Throughout the book, Margaret draws some similarities between the first decade of the twentieth and twenty-first centuries. Chapter sixteen is about The Balkan Wars in 1912/13 and does this sound ever so familiar today? Has anything really changed in 100 years? I quote -"The growth of National movements had welded peoples together, but it had also divided Orthodox from Catholic or Muslim, Albanians from Slavs and Croats, Serbs, Slovines, Bulgarians or Macedonians from each other. While the people of the Balkans had coexisted and intermingled, often for long periods of peace through the centuries, the establishment of National states in the nineteenth century had too often been accompanied by burning of villages, massacres, expulsions of minorities and lasting vendettas." The writer explains that the 'Great War' was not produced by a single cause but by a combination of decisions. What the arms race did was raise the level of tensions in Europe and put pressure on decision makers to pull the trigger before the enemy did. Even although the major players talked of peace and expressed their horror of war, their sense of honour prevented any retreat. One can read this splendid book and still ask how the assassination in Sarajevo of the heir to the throne of Austria-Hungary could bring about the clash between Europe's major and minor nations. Margaret MacMillan has written a long book to pose that question and concludes that the search for a full explanation which began the day the first battle was fought, continues to this day. Recommended serious reading.