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Qué difícil es ser Dios

Qué difícil es ser Dios

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Qué difícil es ser Dios

Comprimento:
270 página
6 horas
Editora:
Lançado em:
Mar 26, 2017
ISBN:
9781370311453
Formato:
Livro

Descrição

En esta novela nos encontramos con una serie de individuos escondidos a plena vista, sobre el terreno en una sociedad medieval, destinados a observarla para que otros compatriotas con vocación historiadora saquen sus propias conclusiones mientras que ellos se limitan a contemplar sin casi intervenir. Estos observadores, estos dioses mucho más avanzados e ilustrados, descubrirán lo frustrante y difícil de su labor a medida que la desempeñen y nosotros, como lectores, nos adentremos en una estupenda historia de ciencia ficción social y aventuras (entre otras cosas), descubriendo su origen y los vericuetos de la sociedad en la que se hallan inmersos.
Por otro lado también iremos desentramando con el paso de las páginas cómo los asesinatos y desapariciones organizados desde un ministerio de esta sociedad hacia miembros de la élite intelectual y científica de la misma (y provocando por tanto su retraso y estancamiento) con los que tras la Segunda Guerra Mundial sufrieron los escritores soviéticos por parte de ese gobierno represor, que les decía sobre qué debían escribir y cómo, hasta el punto de poder identificar al hediondo ministro (un personaje escrito para ser detestado) con el líder del KGB en aquel momento. Y es que los mismos Strugatski recibieron “recomendaciones” de “debéis escribir más como en este libro que en como aquel, o dejar de escribir”. Su respuesta fue, desde luego, como la de Berlanga, muy inteligente.
También queda patente el considerable desprecio de los Strugatski por ese vulgo al que, una vez que sus gobernantes les decían cómo pensar, se convertían en peligrosa jauría casi orwelliana, sin cuestionarse sus actos, pues estos iban a favor de su patria/partido/camaradas. Estas deducciones de los escritores para con sus compatriotas y líderes resultan doblemente tristes por su lamentable vigencia hoy, en la que un gobierno ruso que reprime a su élite intelectual (recordemos sus asesinatos con isótopos radiactivos), emplea el terrorismo de estado sin que le tiemble el pulso, tiene a Putin, ex KGB, con unos índices de popularidad mayúsculos. La misma historia repetida, en resumidas cuentas.
Así, con Qué difícil es ser Dios, nos encontramos con una estupenda historia de ciencia ficción per se entretejida con una contundente crítica cuyo único problema es que, debido a su corta extensión, deja con ganas de más. Y es que los personajes están muy bien construidos, no resultan planos y tienen sus motivaciones y vericuetos, con el buen desarrollo psicológico característico de estos escritores. Y por otro lado están los paralelismos soviéticos. Dos por el precio de uno.

Editora:
Lançado em:
Mar 26, 2017
ISBN:
9781370311453
Formato:
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Qué difícil es ser Dios - Arkadi y Boris Strugatski

auto.

Capítulo I

Cuando Rumata dejó atrás la tumba de San Miki, séptima y última de aquella carretera, había anochecido ya por completo. El alabado caballo jamajareño que le dió Don Tameo como pago de lo que había perdido a las cartas resultó ser un auténtico penco. Sudaba, se rozó las patas, era lerdo, y trotaba tambaleándose. Rumata le apretaba los flancos con las rodillas, lo fustigaba entre las orejas con el guante, pero el animal no hacía más que mover tristemente la cabeza sin acelerar el paso. A lo largo de la carretera había unos arbustos que en la oscuridad parecían nubes de humo petrificadas. El zumbido de los mosquitos se hacía insoportable. En el turbio cielo, sobre su cabeza, titilaban unas deslucidas estrellas. De vez en cuando soplaba un vientecillo templado y fresco a la vez, como solía ocurrir cada otoño en aquel país marítimo, de días polvorientos y sofocantes y noches frescas.

Rumata se embozó mejor en su capa y soltó las bridas. No tenía por qué apresurarse.

Faltaba aún una hora para la medianoche, y el Bosque Hiposo se distinguía ya formando una negra franja dentada en el horizonte. A ambos lados de la carretera se extendían campos cultivados, entre los cuales centelleaban a la luz de las estrellas los malolientes pantanos y se destacaban las sombras de los túmulos y las podridas empalizadas del tiempo de la Invasión. Allá a lo lejos, a la izquierda, se veía un resplandor que aumentaba y disminuía a intervalos. Debía estar ardiendo alguna aldea, una de tantas Cadaverinos, Ahorcaperros o Atracabobos que por real decreto habían cambiado sus antiguos nombres por los de Villa — soñada, Buenaventura o Los Serafines. Aquel país, cubierto por la capa de sus nubes de mosquitos, desgarrado por sus barrancos, inundado por sus pantanos y azotado por la fiebre, la peste y los resfriados hediondos, se extendía cientos de kilómetros, desde las orillas del Estrecho hasta la saiva del Bosque Hiposo.

Tras una de las curvas de la carretera, una sombra surgió de entre los arbustos. El caballo se estremeció y enderezó las orejas. Rumata cogió las bridas, tiró como de costumbre de los encajes de su manga derecha y echó mano a la empuñadura de su espada. El hombre que había salido al camino se quitó el sombrero.

— Buenas noches, noble Don — dijo quedamente —. Os pido mil perdones.

— ¿Qué deseas? — preguntó Rumata, prestando oído. No existían emboscadas silenciosas. Los bandidos se descubren por el crujir de alguna cuerda; los Milicianos Grises, por no poder contener los eructos producidos por la mala cerveza; las partidas de los barones, por su fiero resuello y el entrechocar de sus armaduras; y los monjes cazadores de esclavos, por su ostentoso rascarse. Pero entre los arbustos reinaba el silencio. Por otra parte, aquel hombre no parecía ser un cebo ni tenía su aspecto: era un hombrecillo rechoncho, vestido con una humilde capa.

— Permitidme ir junto a vos — dijo, haciendo una reverencia.

— Está bien — dijo Rumata, dando un tirón a las bridas —. Puedes sujetarte al estribo.

El hombre echó a andar al lado de Rumata. Llevaba el sombrero en la mano, y en su cabeza relucía una gran calva. Parece un comerciante, pensó Rumata. Irá comprando lino o cáñamo a los barones y asentadores. Pero tiene que ser atrevido… Aunque quizá no sea comerciante. Tal vez sea un intelectual. Un fugitivo. Un proscrito. Esos son quienes más andan de noche por las carreteras en estos tiempos. Claro que también puede ser un espía…

— ¿Quién eres y de dónde vienes? — preguntó Rumata.

— Me llamo Kiun — dijo el hombre tristemente —. Vengo de Arkanar.

— Creo más bien que huyes de Arkanar.

— Sí, noble Don; huyo de Arkanar.

Un pobre hombre, se dijo para sí mismo Rumata. ¿O tal vez un espía? He de probarlo ¿Y para qué? ¿Qué me importa? ¿Quién soy yo para probar a nadie? ¿Por qué no he de creer en lo que me dice? Está claro que es un intelectual que huye de la ciudad para salvar su vida. Va solo y tiene miedo, y como es débil busca protección. Ha encontrado a un aristócrata. Los aristócratas, por su orgullo y estupidez, no entienden de política, pero sus espadas son largas y no les gustan los Grises. ¿Qué impide pues que Kiun busque el desinteresado amparo de un aristócrata estúpido y orgulloso? No, no lo probare. No es necesario. Hablaré con él para pasar el rato, y luego nos despediremos como buenos amigos.

— Kiun… — murmuró —. Yo conocía a un Kiun. Vendía drogas y era alquimista. Vivía en la Calle de la Hojalata. ¿Eres pariente suyo?

— Sí, noble Don — dijo Kiun —. Pariente lejano. Pero a ellos les da lo mismo… hasta la duodécima generación.

— ¿Y hacia dónde huyes, Kiun?

— A cualquier parte. Cuanto más lejos, mejor. Muchos huyen a Irukán. Intentaré llegar allí.

— Entiendo, entiendo — dijo Rumata —. Y seguramente has pensado que algún noble Don podrá ayudarte a pasar el puesto fronterizo.

Kiun no respondió.

— ¿O acaso crees que este noble Don no sabe quién es el alquimista Kiun de la Calle de la Hojalata?

Kiun siguió callado. Creo que no he hablado como debía, pensó Rumata. Entonces se levantó, apoyándose en los estribos, y gritó, imitando la voz del pregonero de la Real Plaza: — ¡Se te acusa y eres culpable de horrorosos e imperdonables crímenes contra Dios, la Corona y la Seguridad!

Kiun seguía callando.

— ¿Y si este noble Don adorara a Don Reba y fuera fiel de todo corazón a la palabra y obra de las Milicias Grises? ¿No crees que esto pueda ser posible?

Kiun no pronunciaba palabra. A la derecha de la carretera fue destacándose de la oscuridad la quebrada sombra de una horca. Del travesaño pendía un cuerpo desnudo, colgado por los pies. No hay modo de sacarle nada, pensó Rumata. Tiró de las bridas, cogió a Kiun por un hombro y lo hizo girarse hacia él.

— ¿Y si te cuelgo ahora mismo al lado de ese vagabundo? — dijo, mirando el pálido rostro y las oscuras fosas de sus ojos —. Yo personalmente. Pronto y con facilidad. Con una buena cuerda arkanareña. En nombre de los ideales. ¿Por qué no hablas de una vez, sabihondo Kiun?

Kiun seguía sin responder. Pero castañeteaba los dientes y se retorcía bajo la mano de Rumata como una lagartija atrapada bajo una bota. En aquel momento algo cayó a la cuneta de la carretera, y se oyó un chapoteo. Y, como si quisiera ahogar ese ruido, Kiun comenzó a gritar desesperadamente: — ¡Cuélgame! ¡Cuélgame, traidor!

Rumata tomó aliento y soltó a Kiun.

— No temas — dijo —. Sólo era una broma.

— Mentira, mentira… — refunfuñó Kiun —. ¡Por todas partes mentira!

— No te irrites — dijo Rumata —. Será mejor que recojas lo que tiraste antes de que se moje.

Kiun aguardó un poco, balanceándose medio sollozando y sacudiendo inútilmente su capa con las manos, hasta que por fin se metió en la cuneta. Rumata le esperó, encorvado en su silla. Esto quiere decir que tiene que ser así, pensó; que no hay otra salida…

Kiun salió de la cuneta, ocultando bajo su capa lo que le había caído.

— Libros, ¿verdad? — preguntó Rumata.

Kiun negó con la cabeza.

— No — dijo con voz ronca —. Tan sólo un libro. Mi libro.

— ¿De qué trata?

— Temo que no os interese, noble Don.

Rumata suspiró.

— Cógete al estribo. Vamos.

Caminaron en silencio durante largo rato.

— Oye, Kiun — dijo finalmente Rumata —. No tengas miedo. Todo fue una broma.

— ¡Qué mundo tan bueno! — profirió amargamente Kiun —. ¡Qué mundo tan alegre! Todos bromean, y todo el mundo lo hace del mismo modo. Incluso el noble Don Rumata.

Rumata se sorprendió.

— ¿Sabes como me llamó?

— Por supuesto que lo sé — dijo Kiun —. Os reconocí por la diadema que lleváis en la frente. Y me alegré de encontraros en la carretera.

Por eso me llamó traidor, pensó Rumata.

— Creí que eras un espía — dijo —. Tengo la costumbre de matar a los espías.

— Un espía… — repitió Kiun —. Sí, claro. «¡En estos tiempos es tan fácil y remunerador ser espía! Nuestro águila, el noble Don Reba, procura saber lo que hablan y cómo piensan todos los súbditos del Rey. ¡Ya me gustaría ser espía! Aunque no fuera más que el humilde confidente de la taberna La Alegría Gris. ¡Qué cosa tan honrosa sería! A las seis de la tarde entraría en el salón de bebidas, y me sentaría en mi mesita. El dueño se apresuraría a servirme personalmente la primera jarra. Podría beber cuanto quisiera. La cerveza la paga Don Reba… es decir, no la paga nadie. Mientras bebiera, estaría escuchando. A veces haría como que tomaba notas de las conversaciones, y la pobre gente vendría a mí asustada proponiéndome su amistad y su bolsa. En sus ojos no vería más que lo que yo querría: una lealtad perruna, un temor respetuoso, y un admirable odio impotente. Podría entonces sobar a las jovencitas y estrechar entre mis brazos a las mujeres delante de sus maridos, sin que estos hicieran más que sonreírme servilmente.» Un magnífico razonamiento, ¿verdad, noble Don? Lo escuché de boca de un muchacho de unos quince años, un alumno de la Escuela Patriótica.

— ¿Y qué le dijiste? — se interesó Rumata.

— ¿Qué le podía decir? No me hubiera entendido. Por eso le conté cómo las gentes de Vaga Kolesó les rajan la barriga a los confidentes que cogen y les echan dentro pimienta, y cómo los soldados borrachos meten a los espías en sacos y los ahogan en los albañales. Pero él no me creyó. Me dijo que en la Escuela no les habían dicho nada de eso. Entonces saqué un papel y escribí nuestra conversación, pensando en aprovecharla para mi libro, pero él creyó que era para delatarlo y se orinó en los pantalones de miedo.

Entre los arbustos empezaron a verse las luces del albergue de Baco el Esqueleto.

Kiun se calló.

— ¿Qué ocurre? — preguntó Rumata.

— Hay allí una patrulla de Milicianos Grises — murmuró Kiun.

— ¿Y qué? — dijo Rumata —. Ahora escucha otro razonamiento, estimado Kiun: «Nosotros apreciamos a estos sencillos y toscos muchachos, nuestras bestias grises de combate, porque los necesitamos. Desde ahora el pueblo tendrá que morderse la lengua si no quiere que se la arrollen a la garganta y la cuelguen luego de un árbol» — Rumata se echó a reír a carcajadas, porque lo que acababa de decir le había salido perfecto, en la mejor tradición de los Acuartelamientos Grises.

Kiun se encogió como si quisiera meter la cabeza entre los hombros.

«— La lengua de la gente sencilla ha de saber cuál es su sitio. Dios no le dio la lengua al pueblo para que charle, sino para lamer las botas de su amo, que como tal le fue dado por los siglos de los…» En el poste que había a la entrada del albergue estaban atados los ensillados caballos de la patrulla de Milicianos Grises. La ventana estaba abierta, y se oían roncas y maldicientes voces, y el entrechocar de la taba contra la mesa. En la puerta estaba el propio Baco el Esqueleto, que cerraba completamente el paso con su descomunal panza.

Vestía un chaquetón de cuero con las mangas remangadas, y sostenía un machete en su peluda mano. Posiblemente había estado cortando carne de perro para sus huéspedes y, sudando aún por el esfuerzo, había salido a refrescarse un poco. En la escalera estaba medio acurrucado un miliciano con el hacha de combate entre las rodillas. El mango del hacha empujaba su cara hacia un lado. Se notaba que había bebido mucho, y su aire era melancólico. Al ver al noble Don, tragó saliva y gritó con voz afónica: — ¡Alto-o-o-o-o! ¿Quién va-a-a-a? ¡Vo-o-s, noble Do-o-on!

Rumata, con la barbilla desdeñosamente levantada, siguió adelanté sin mirarlo siquiera.

— …pero si su lengua no lame la bota que debe — prosiguió en voz alta —, entonces hay que cortarla, pues ha sido dicho: «tu lengua es mi enemigo».

Kiun iba escondiéndose tras la grupa del caballo y andando a grandes zancadas.

Rumata veía con el rabillo del ojo cómo su calva estaba perlada de sudor.

— ¡Alto, he dicho-o-o-o-o! — volvió a gritar el miliciano.

Inmediatamente se le oyó rodar por las escaleras, armando gran estrépito con el hacha y lanzando votos a Dios, al diablo y a toda la noble canalla.

Serán unos cinco, pensó Rumata mientras tiraba de sus puños. Son unos borrachos carniceros. Es absurdo.

Dejaron atrás el albergue y torcieron hacia el bosque.

— Si es necesario, puedo ir más aprisa — dijo Kiun, con acento falsamente decidido.

— ¡Absurdo! — repitió Rumata en voz alta, deteniendo el caballo —. Sería absurdo haber cabalgado tantos kilómetros sin entablar combate ni una sola vez. ¿Tú nunca sientes deseos de pelear, Kiun?

— No, noble Don. Nunca he sentido ese deseo.

— Eso es lo malo — murmuró Rumata, mientras hacía dar media vuelta al animal y se ajustaba tranquilamente los guantes.

Por la curva aparecieron dos jinetes, que al verlo se detuvieron en seco.

— ¡Hey, vos, noble Don! — empezaron a gritar —. ¡Mostrad vuestro salvoconducto!

— ¡Patanes! — replicó Rumata con voz cristalina —. ¿Para qué queréis mi salvoconducto, si sois analfabetos? — apretó con las rodillas al caballo y, al trote, fue al encuentro de los milicianos. Están acobardados, pensó: titubean. Al menos les daré un par de guantazos…

No, no vale la pena. Aunque me gustaría desahogar un poco el odio que he ido acumulando durante todo el día. Pero no vale la pena. Hay que seguir siendo humano, hay que saber perdonar y permanecer tranquilo, como los dioses. Que hieran y profanen si quieren: nosotros seguiremos tan tranquilos, como los dioses. Los dioses no tienen por qué apresurarse, disponen ante sí de toda la eternidad.

Con estos pensamientos llegó al lugar donde estaban los milicianos. Estos levantaron sus hachas, confusos y retrocedieron.

— ¿Y bien? — preguntó Rumata lentamente.

— ¡Oh! Sois vos — dijo el primer soldado, indeciso —. No os habíamos reconocido. ¿Sois realmente el noble don Rumata?

El segundo soldado hizo dar media vuelta a su caballo y huyó al galope. El primero seguía retrocediendo, tras bajar el hacha.

— Os pedimos mil perdones, noble Don — dijo rápidamente —. Nos equivocamos. Fue un error. Los chicos han bebido un poco y están deseando… ya sabéis… — empezó a alejarse, haciendo andar a su animal de costado —. Vos comprenderéis… los tiempos son malos…Tenemos que dar caza a los ilustrados que huyen… No querríamos que el noble Don presentara una queja…

Rumata le volvió la espalda.

— ¡Llevad buen viaje, noble Don! — le deseó el miliciano, como si se quitara un peso de encima.

Cuando se hubo alejado lo suficiente, Rumata llamó a media voz: — ¡Kiun!

Nadie respondió.

— ¡Eh, Kiun!

Tampoco esta vez recibió respuesta. Entonces aguzó el oído y, entre el incesante zumbar de los mosquitos, distinguió un susurro entre los arbustos. Seguramente Kiun se estaba abriendo paso apresuradamente hacia el oeste, donde a unos treinta kilómetros de allí se hallaba la frontera irukana. Y esto es todo, se dijo Rumata. Se acabó la conversación. Siempre ocurre lo mismo. Un control, un prudente intercambio de parábolas de doble sentido… Uno pierde semanas enteras en charlas triviales con toda esa chusma, y cuando tropieza con un hombre de verdad no puede cambiar con él dos palabras.

Hay que protegerlo, salvarlo, mandarlo a sitio seguro… Y lo más triste es que uno lo ve marchar sin que el otro haya acabado de comprender si fue realmente un amigo el que lo ayudó o tan solo un degenerado engreído. Y lo mismo le ocurre a uno, que se queda también sin saber nada de él, de lo que realmente quiere, de lo que puede hacer, de lo que persigue en su

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