Duología Contando Estrellas by Sineia Rangel by Sineia Rangel - Read Online

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Duología Contando Estrellas - Sineia Rangel

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Epílogo

Sumario

Prefacio

Fera e Amber

Prólogo

Parte I

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Parte II

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Epílogo

Liam e Hope

Prólogo

Parte I

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Parte II

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Parte III

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Parte IV

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Parte V

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Epílogo

Post Epílogo

Prefacio

Escogí la difícil misión de escribirles a ustedes un poquito sobre Fera, Amber y Hope. Fera es un tipo completamente apasionado y que no niega sus sentimientos, un gentleman que no deja que Amber dude de su amor, muy por el contrario, él la conquista cada día con pequeños gestos. Pa’ resumir: Fera es el hombre que deseamos encontrar cuando salimos de casa. Pero quien conoce al papá de Fera, JP (Pasión Sostenida) sabe que no podría ser diferente. Así como el papá, Fera nunca desistió de su mujer y enfrentó grandes dificultades en su vida, para mantener su amor. Su enfrentamiento fue tan lleno de fe y esperanza que nos hace ascender y elevar estos sentimientos en nuestra propia vida.

Amber es una mujer suertuda, antes de relacionarse amorosamente con Fera, ella ya era la mejor amiga de Gustavo, ¡¿ustedes tienen idea de lo que es tener estos dos hombres en la vida?! Amber encontró a la persona que la hizo amar la vida inclusive con tantos dolores y dificultades. Una mujer fuerte, llena de autonomía, que conquista su lugar al Sol y no permite que los desafíos la derrumben para siempre, lucha por su vida fervorosamente. Una pequeña notable como dice Fera, que se hizo aún más notable cuando es regada con tanto amor y devoción.

Con estas pequeñas descripciones, ¿ustedes consiguen imaginar cómo es la relación de ellos dos? Porque así, con tanto amor, cariño, conexión entre ellos, ¿cuáles serían los problemas que enfrentarían? Una pareja con un amor fortalecido, donde parece que nada es amenazador pa’ este amor, a no ser..., a no ser la propia vida. Al final, cuando no se tienen bellacos, enemigos, se tienen zancadillas en la vida, altos y bajos en la vida para hacerte crecer, ¿no es así? Siendo así, los enfrentamientos de Fera y de Amber son muy reales y probablemente pueden suceder contigo o conmigo (Dios nos proteja, para que no) y esto nos lleva a desenvolver nuestra empatía y a reflexionar sobre qué haríamos, hasta dónde tenemos resiliencia para una situación de aquéllas.

Hope, ¡aaaah! Hope es mi predilecta. Nuestra pequeña Einstein, me hizo llorar con su inocencia y su inteligencia emocional, si un día, he de tener hijos, quiero que sean un pedacito de lo que Hope es. Desde niña, Hope ya se muestra intensa e inteligente como los padres, con sus ideas brillantes sobre el mundo, ella te abre los ojos frente a las dificultades de conectarse con las personas. Y la importancia de ser amada.

Mientras crece, Hope no pierde nada de su intensidad y de su pasión por el Universo, pero de a poquito la vida (¡¡ella, una vez más!!) le va mostrando a Hope que nosotros podemos tener nuestro propio Universo y que explorarlo puede ser tan o más gratificante que hacer descubrimientos en Marte. La palabra que para mí, define a Hope es SUEÑOS y siendo una soñadora realista, ella está obligada a dejar el mundo de la Luna y pisar firmemente en la Tierra. Pero redefinir los sueños no es fácil y por eso Hope pasa por un proceso de adolecer psicológico, que nos hace reconocer este proceso como inherente al ser humano.

Pero así como Amber, Hope (¿será que la suerte en el amor es genético?) tiene la suerte de encontrar a una persona que hace todo por ella, que va a la lucha día a día, pa’ tenerla en su vida. Éste es el nerd tierno y romántico Liam. Liam es reservado, tranquilo, sin embargo, intenso y verdadero en sus sentimientos. No parece al principio, pero él tiene una fuerza en su querer, una determinación en sus acciones, ¡que llena nuestro corazón de amor! Liam se entrega por entero y si fuera posible buscaría las estrellas para Hope. Él se moldea y se redefine para caber en el mundo de Hope, pero sin nunca perderse y es por eso que él tiene la fuerza de traer a Hope desde el fondo del pozo a sus brazos.

Es la humanidad que Sinéia aplica en sus personajes la que nos cautiva, es la realidad de sus historias las que nos envuelve. Y fue con esa familia, esos personajes, esas historias, que ella alcanzó mi emocional y superó el desafío de hacerme llorar. Contando Estrellas No es ni de lejos el libro más triste y dramático que he leído, pero Sinéia va robando pedacitos de mi corazón con cada personaje que ella escribe, y Hope simplemente lo conquistó de una manera improbable e inexplicable. ¡Oh! Creo que he hablado demás, ¡¡¡discúlpenme!!! ¡¡¡Vayan al libro y sean capturados por estos personajes, como yo lo fui!!!

¡¡¡Beso!!! Jéssika Alves

SINÉIA RANGEL

DUOLOGÍA CONTANDO ESTRELLAS

LIBRO 1

Prólogo

Estaba atrasado, estaba siempre atrasado, enrollado con alguna chica, donde fuera: en la biblioteca, en los pasillos, en el apartamento que comparto con Gustavo. Mientras él es el ejemplo de organización y compromiso con los estudios, yo soy el caos generalizado, en vísperas de evaluaciones y entrega de informes, me quedo despierto la madrugada, con la cara metida en los libros; los días restantes, mal consigo encontrarme sin consultar la planilla de clases.

Levanto la muñeca para verificar la hora. Tengo veinte minutos para llegar a la biblioteca y encontrar los libros que necesito. Debería haber venido una hora atrás, tenía todo planeado, excepto el toqueteo en el baño de la cafetería. Fue un gran manoseo. ¿Cuál era el nombre de ella? No lo recuerdo. Creo que no le pregunté.

El celular vibra, meto la mano en el bolsillo del pantalón, sin parar de andar porque no puedo perder más tiempo.

— Fera, ¿no tenías que coger algunos libros en la biblioteca?

— Di que estás en Widener.

— Tú eres un maldito hijo de perra suertudo — dice, carcajeando. — Envíame los títulos por mensaje y corre porque sólo tengo un préstamo a favor.

Nerd.

— No tengo la suerte de estudiar diez segundos y conseguir la nota máxima.

— ¡Ah! Mientras tú vas a pasar la madrugada comiéndote a una tía, estaré comiendo la mierda de esos libros y oyendo los rugidos.

— Hablando de tía, mi colega es tu número.

— ¿Pero?

— Nada.

— Tú has pasado días con esa chica, estás diciendo que ella es gustosa, pero no vas a cogerla ¿y me estás tirando la bomba en los brazos? Tienes algún inconveniente, Gustavo, te conozco.

— Ella me gusta, es una chica simpática, por eso creo que es mejor mantener la amistad.

— Claro. Julia es la única que tiene sexo y amistad. — Sonrío. — Eso es porque tú, obviamente, no estás enamorado de ella.

— No estoy enamorado de ella — él rezonga. — Julia es diferente y es el mejor sexo de mi vida.

— Quiero ver cuál será tu reacción cuando ella decida diversificar.

— Ella no va a salir por ahí haciendo sexo con cualquiera, Fera — dice en tono de irritación. — Manda la lista.

— Mantén a la gustosa ahí, quiero conocerla. — Desconecto.

Llegué a la biblioteca faltando cinco minutos antes de cerrar. Estaba llamando a Guga cuando lo vi junto al mostrador de retiro de libros. Al frente de él, sujetando una pila de libros, había una muchacha bajita de cabellos castaños, usando coturnos, jeans y un muletón.

Guardé el celular, puse las manos en los bolsillos de la chaqueta del muletón y me acerqué al mostrador, examinando entre las mesas y pasillos dentro de mi campo de visión; además del chico que estaba siendo atendido por la bibliotecaria y acababa de salir, no había nadie más.

¿Es ella? ¿Mi número? Sonrío en pensamientos. La chica tiene la mitad de mi altura, un trasero legal, pequeño, pero empinadito, eso es todo lo que hay para ser visto; el muletón está tragándosela, que es lo mismo que usar una camiseta con un aviso: mantenga distancia, no estoy interesada en sexo. Gustavo se está burlando, hijo de perra.

— ¿Los encontraste todos? — le pregunto a Guga, pasando los dedos por los lomos de los libros.

— No exactamente. — Él guiña y mira a la chica.

Ella acabara de poner los libros sobre el mostrador y estaba hablando con la bibliotecaria. Mis ojos descienden por su trasero, no fui justo cuando la describí como legal, ella es maravillosa, tan redonda y firme. Pero ¿qué estoy haciendo? Levanto los ojos y le doy a Guga una palmada en la cabeza.

— ¿Qué? — Él sonríe de mi desgracia.

— ¿De qué te estás riendo? No eres tú quien va a llevar suspensión. Sólo está faltando el libro de...

— Disculpa — dice la chica. Me giro nuevamente y ella está sonriendo, mirándome de lado. — Estoy con el último volumen disponible — agrega, levantando el libro que puede decidir mi futuro.

Un ocho en mi score y adiós Harvard Medical School, ni con mi currículo de oro, que incluye misiones a África, trabajo voluntario en la Cruz Roja, asilos, grupos de cáncer y en situaciones de desastres, podrán ayudarme.

De repente, mi cerebro está registrando posibilidades de carreras a las que puedo ingresar cuando termine Harvard College con la mierda de un ocho manchando mi histórico de notas académicas.

— ¿Podemos negociar? — Frunzo el ceño. Pensando si debo usar mi mirada de invocación. — Prometo, que mañana es todo tuyo.

— Amber, este es Fera — dice Guga.

— ¿Fera? — Ella pone el libro encima de la pila de libros sobre el mostrador. — Tú tienes que enseñarme cómo es posible estudiar en la víspera y obtener la nota máxima — comenta, extendiendo la mano para saludarme.

Sostengo su mano, su toque es frío y la piel suave. Un escalofrío en mi nuca y me la trago en seco, mirándola fijamente.

Las mejillas en su rostro y la nariz tienen pecas suaves, de aquéllas que pueden esconderse fácilmente con maquillaje, pero ella no las esconde. Su mirada me observa, curiosa, y los labios se curvan en una sonrisa delicada.

— ¿Entonces? — Ella sonríe más abiertamente.

— Fera — le digo. Sé que ella sabe, Guga acabó de presentarnos, pero no consigo pensar en nada más para decir.

— Ahora tú, Fera. — Ella saca la mano y apunta hacia el mostrador.

— ¿Qué ha sido eso? — Guga murmura.

— Dame luego los libros y cállate — rezongo bajito para que ella no nos escuche.

— Hazlo mejor, por favor — él la provoca, sosteniendo la sonrisa.

Tomando los libros, le doy la espalda a Guga, ignorando su último comentario y pongo los libros en el mostrador.

Amber está al lado. La miro de reojo, ella guarda algunos de los libros en el bolso, después de cerrarlo, se lo cuelga en el hombro y toma los libros restantes, enseguida se gira y conversa con Guga.

— Su número, por favor — pide la bibliotecaria. — Aquí está su recibo. Buenas noches.

— Gracias, buenas noches. — Tomo los libros, asegurándolos con ambos brazos, en una especie de abrazo vertical.

— ¿Tú vas a leer todo eso hoy? — Amber levanta la ceja.

— Ustedes pueden conversar allá afuera, necesito cerrar la biblioteca, los demás ya se han ido. — la bibliotecaria finge una sonrisa.

— ¡Oh, sí! Discúlpeme — dice Amber. — Buenas noches.

Nosotros salimos conversando y continuamos andando; no sé ellos, pero yo no estaba prestando atención hacia dónde estábamos yendo, sólo quería continuar escuchándola hablar.

—Chicos, buenas noches — Amber interrumpe la caminata. — ¿Nos vemos mañana? — pregunta, ofreciéndome el libro.

— ¿Tú vives en los dormitorios? — Tomo el libro.

Primero, porque necesito hacer la lectura para mañana, segundo, porque es un motivo para reencontrarla.

— Comparto una casa del segundo año con otras cuatro chicas — me explica. — Creo que ya oí tu nombre por allá. — Ella se muerde el labio y asienta con los ojos. — Buena suerte, Fera — replica, con una sonrisa atrevida. — Hasta luego, Guga.

— Buenas noches, Amber. — La voz de Guga suena distante, miro hacia atrás y veo que él está a algunos metros adelante. — Pídele luego el número, Fera.

— ¡Cállate, Gustavo! — le digo, demasiado alto.

Amber sonríe y sus ojos muestran un aire de curiosidad otra vez.

— Puedes enviarme el libro con Guga — dice, alejándose. — O... — Ella se detiene y se da vuelta de nuevo en mi dirección.

Los ojos vacilan, se fijan en el suelo, se da vuelta hacia atrás, en la dirección que ella va a seguir, y entonces, me examinan con cautela. Ella está indecisa.

— ¿Puedo acompañarte hasta el dormitorio?

— Tú debes estudiar — argumenta. — Y no estoy con paciencia para conversar con las chicas, si nos vieren juntos... — ella pausa. — Tú hiciste sexo con algunas de ellas y eso es una mierda, porque... no sé, sólo no quiero hacer parte de eso.

— Realmente es una mierda. ¿Dónde estabas escondida, mientras hacía sexo con la compañera de cuarto equivocada?

— En la biblioteca. — Ella sonríe, las mejillas se enrojecieron. — Sólo una corrección, son las compañeras de cuarto, en plural y múltiplo de tres.

— ¡Joder! ¡¿Tres?! ¿Tú puedes cambiar de compañeras de cuarto?

— ¿Tú puedes parar de hacer sexo con todas?

— ¡Ay! — Finjo una expresión de dolor y ella carcajea alto. — Amber, ¿quieres salir conmigo?

— ¿Qué tal así? Vamos a salir, pero sólo vamos a hacer sexo, si tú no tienes sexo con otras chicas por tres meses.

— ¿Eso es una apuesta?

Ella piensa por algunos segundos.

— Sí. — responde, mirándome a los ojos.

— ¿Cuál es mi castigo, si pierdo?

— Hago sexo con Guga y tú vas a oír todo desde tu cuarto. — Ella levanta la ceja, desafiándome.

— Por ti, me hago célibe.

— Tú puedes pedirle mi número a Guga — lo dice bastante alto para que él nos oiga.

— ¡Finalmente! — exclama Guga. — Ahora vamos que está frío, joder.

— Te llamo mañana.

— No. — ella me da la espalda y sigue caminando.

— ¿Amber?

Ella mira hacia atrás, sonriendo.

— Encuéntrame en la biblioteca después del almuerzo — me pide. No, ella ordena, pero no importa. Estaré en la biblioteca y no voy a atrasarme.

— ¡Fera, vamos! — grita Guga.

— ¿Dónde está tu coche? — le pregunto, apurando el paso para alcanzarlo.

— Ahí al frente. Sabía que ella era tu número — comenta, entre risas. — Puedes agradecerme por presentártela.

— Hicimos una apuesta, voy a quedarme sin sexo durante tres meses.

— ¿Por qué concordaste con eso?

— Porque ella sólo va a salir conmigo así.

— ¿Y si tú hicieras sexo?

— Ella hace sexo contigo.

— ¡Qué! ¿Estás loco, joder?

— Yo no voy a perder.

— João Guilherme, hijo de perra, juro que te voy a golpear si tú pierdes esa apuesta, porque estaré obligado a rechazarla por tu causa y voy a perder la amistad de ella. ¿Qué apuesta hija de puta, es ésa?

— No importa, Guga. Voy a vencer, como tú mismo dijiste ella es mi número.

––––––––

"No hay desesperación tan absoluta como aquella que viene con los primeros momentos de nuestra primera gran tristeza.

Cuando aún no sabemos lo que es haber sufrido y haberse curado.

Haberse desesperado y recuperado la esperanza."

One Tree Hill

(Traducción libre)

Capítulo 1

Mi turno había terminado horas atrás, estaba de salida cuando Amber me llamó. Nosotros trabajamos en el mismo hospital, soy neurocirujano y ella pediatra, mantenemos una relación íntima desde la universidad, exclusivos, pero sin rótulos.

La verdad es que vivimos juntos hace más de cinco años, aunque cada uno tiene su apartamento y nuestra ropa queda desparramada entre ambos; estamos donde el otro está y soy feliz así porque ella me hace feliz.

Atendí la llamada disculpándome por el atraso y avisándole que estaba llegando al estacionamiento. La mayor parte de las veces intentamos conciliar nuestros horarios y en nuestra profesión estamos más que habituados a las complicaciones, como hoy.

Amber aún estaba en el ala pediátrica, con una paciente de seis años, con fractura abierta en el cráneo, con hundimiento, víctima de un accidente automovilístico, no esperé que ella prosiguiera con las informaciones, le dije que iba corriendo a la emergencia pediátrica.

Seis horas después estaba dejando el centro quirúrgico. Amber esperaba al lado de afuera, ella debía haberse ido, siempre es así, ella se aflige con cada posibilidad de óbito de un niño, independientemente si su turno haya o no terminado, sólo se va después de informales a los padres, sea para vibrar con ellos o para lamentar su pérdida.

Nosotros tenemos nuestro código, cuando la cirugía es exitosa, sonrío para ella, de lo contrario, muevo la cabeza. Me saco la máscara y la miro sonriendo, puedo ver su suspiro de alivio. Amber viene a mi encuentro y pone sus brazos en mis hombros, abrazándome.

La madre de la niñita murió en el accidente, el padre que llegó al hospital minutos después de ella ser internada, estaba trastornado. Cuando lo reencontramos después de la cirugía, su primera pregunta fue si su hija estaba viva, la confirmación fue seguida por una sonrisa llena de lágrimas, que no desapareció cuando ponderé sobre la gravedad del caso, explicando que tendríamos que esperar para ver como ella respondería al tratamiento.

— Creo que perdimos la reserva de la cena — comentó, mientras caminamos abrazados por el estacionamiento.

— ¿Por qué aún hacemos reservas? ¿Hubo alguna vez en la que hayamos conseguido ir?

— No, que lo recuerde. ¿Quieres intentar encontrar un restaurante veinticuatro horas o nos arreglamos con lo que tenemos en la nevera? — destrabo la alarma del coche.

— Lo que haya en la nevera está genial.

— Entonces es mejor irnos a mi apartamento.

— ¿Tú estás insinuando que no tengo nada en la nevera? — Ella saca su mano de mi espalda y se detiene, me encara con las cejas levantadas, intentando parecer brava, no sé cómo ya que Amber mide un metro y medio, ella es una miniatura, mientras que yo mido casi un metro noventa.

— Yo aún no tuve tiempo de reabastecer la nevera y tú sólo compras yogur y enlatados, por lo tanto, no es una insinuación, es una realidad.

— Nos vemos en mi apartamento. — Ella destraba la alarma del coche. — ¿Tenemos planes para mañana?

— Quedarnos en la cama. — Meneo la cabeza. — Sin ropa.

— ¡Perfecto! — Ella sonríe y entra en el coche.

Sentado, con las manos en el volante, la observo sacarse los zapatos de taco alto en el banco de atrás y girarse para coger el mocasín. Espero por ella, es un hábito, siempre conduzco detrás de ella, alguna parte irracional de mi cerebro cree que estar de ojo en ella asegura su protección.

En veinte minutos, estábamos en el estacionamiento del predio. Antes de que ella pudiera salir del coche, estaba ya abriendo la puerta y llevándola a mis brazos.

— Cartera — dice, sonriendo. — Necesito de la cartera, Fera.

— Creo que no — murmuro, besando su cuello.

— Sí, la necesito. — Ella se desenreda de mi abrazo, gira el cuerpo y me besa. — Dos segundos.

— Ningún segundo más. — Muerdo su labio.

Amber humedece los labios, sonríe y se inclina hacia el coche, curvándose para alcanzar la cartera.

— Podemos irnos — afirma, entregándome la cartera. — Llévamela.

— ¿Tú estás transportando órganos? — la provoco, exagerando el peso de la cartera.

— Inténtalo de nuevo. — Ella entra en la jugarreta.

— ¿Tú secuestraste a un bebé?

— Caliente, muy caliente — dice, mientras entramos al ascensor.

— Voy a decir que me obligaste a ayudarte.

— Tú parecías bastante animado en ayudarme. — Sonríe maliciosa.

— ¿Amber? — Estrecho los ojos, analizándola. El ascensor se abre en nuestro piso. Ella hace una expresión inocente y sale, intentando parecer desinteresada. — ¡¿Bebé?! — le pregunto, adelantando el paso para alcanzarla. — ¿Vamos a tener un bebé?

— ¿Vamos? — me pregunta, girándose hacia mí, sus ojos se fijan en los míos. — Una pista, la respuesta está en tus manos.

Miro la cartera, abro el zíper y revuelvo todo, buscando mi respuesta, tal vez un sobre o un test de farmacia. Siento la excitación provocada por la feniletilamina, seguida de la agitación de la noradrenalina y mi frecuencia cardíaca entra en frenesí cuando encuentro un sobre con el timbre del hospital entre sus necessaires.

Sostengo el sobre en una de las manos, una de las alzas de la cartera pende de mi brazo, curvándose rumbo al suelo, Amber toma la cartera y la cuelga en la manilla de la puerta. Aún estoy mirando el sobre.

Ella pone sus manos sobre las mías y nuestros ojos se encuentran, ella es como brisa, suave y serena, transformando mis días en serenidad. Miro nuevamente el sobre. Siento las lágrimas acumulándose, respiro alto y pesadamente.

Rasgo el lacre y tiro el papel, entonces veo una tarjeta pegada en la parte interna, con la frase: "¡Hola, papá! Mantén la calma, pues estoy llegando". Desdoblo el papel y leo, Beta-HCG positivo.

— ¡Vamos a tener un bebé! — exclamo, abrazándola, levantándola del suelo. Amber cruza los brazos en mi cuello y sonríe, mientras lloro y le arrojo besos sin fin a sus labios. — Un bebé, nuestro bebé.

— Nuestra pequeña fierita.

— Somos padres. — La pongo en el suelo. — Diez minutos atrás éramos sólo nosotros y ahora somos padres — pongo las manos sobre su abdomen.

— Nuestro bebé está hambriento, papá — ella comenta, acariciando mi barba.

— Tú no puedes estar sin alimentarte durante tantas horas. — Meto la mano en el bolsillo del pantalón para coger la llave.

— Ya lo sé, pero en el trajín del hospital acabo olvidándolo. — Ella retira la cartera de la manilla. — ¿Por qué tu llave está siempre más accesible?

— Porque no tengo una cartera llena de bolsas. — Abro la puerta. — Vamos a empezar con la caza de los vegetales, hasta voy a cruzar los dedos.

— Ahora que tengo que comer por él también. — Ella alisa su vientre. — Hice el sacrificio de escoger algunas frutas y verduras cuando fui al supermercado.

Cierro la puerta y la pongo en mis brazos.

— Te amo — le digo, llevándola a la cocina. — Creo que es el momento de asumir que somos más que amigos con beneficios.

— Todos lo saben.

— Lo sé. — La pongo sentada en la mesa. — Apenas vamos a parar de negarlo y vivir juntos de una vez.

— ¿Oficialmente? — Ella cierra sus piernas en mi cuadril.

— Oficialmente.

— Tu apartamento tiene dos suites, una puede ser para el bebé.

— Nuestro apartamento — corrijo. — Podemos redecorarlo.

— Me gusta como es.

— ¿Mañana hacemos tu mudanza?

— ¿Y nuestro plan de quedarnos en la cama?

— ¿Podemos aplazar la mudanza por un día? — Sonrío.

— Perfecto.

— Voy a preparar nuestro refrigerio de la madrugada.

Después de un beso, voy hacia la nevera. Abro y miro hacia atrás, la veo sonreír, satisfecha al ver mi expresión incrédula frente a las bandejas llenas de frutas y verduras, además de los habituales yogurts.

— Soy una buena madre, todo lo bueno y saludable para nuestro bebé.

— Tú eres una madre increíble.

Capítulo 2

Cuando llegamos a casa después de un turno de 48 horas, todo lo que conseguimos pensar es en comer y dormir, así después de una comida rápida, nos bañamos juntos y nos desmoronamos en la cama.

Sexo no es ni de lejos una posibilidad, podríamos ir cada uno a su apartamento, pero nunca fue así porque aunque hayamos pasado los últimos quince años repitiendo que somos amigos cada vez que comentan sobre nuestra relación, nunca fuimos solamente amigos.

A veces, cuando pienso en nosotros, siento que somos una pareja de viejos, no porque seamos viejos, sino porque estamos juntos hace mucho tiempo y tenemos manías de parejas, hábitos que se han ido consolidando a lo largo de los años; una de esas manías es que siempre dormimos en posición de cucharita cuando estamos demasiado cansados para hacer sexo.

Detesto dormir tipo cucharita porque su cabello queda extendido en mi rostro y mi nariz queda punzando, entre tanto, me encanta sentir su cuerpo moldeado al mío, adormecer con la nariz fisgando su nuca e impregnado de su olor. Por eso, cuando ella se acuesta y se gira hacia mi lado, encajando el trasero en mi pelvis, mi cuerpo obedece a su pedido de cercanía, envuelvo su abdomen y hundo el rostro entre su cabello hasta que mi nariz se desliza sobre la piel suave de su nuca.

Ayer en la noche, no estaba apenas cansado, saber que voy a ser padre, que un pequeño ser es parte de nosotros dos y de nuestro amor que está llegando, me dejó eufórico y me costó adormecer, mi cerebro y cuerpo estaban en guerra; uno quería desligarse de las próximas diez o doce horas, el otro tenía mil ideas para el cuarto del bebé y una lista de posibles nombres.

Con los ojos cerrados y el rostro enterrado en su cuello, de a poco el sonido de sus batimientos se impuso sobre mis pensamientos e imaginé cómo sería cuando envés de un, adormeceré con el sonido de dos corazones.

Fue la primera vez que soñé con nuestro bebé. No sabría decir si era un niño o una niña, pero era nuestro, mío y de Amber, el hijo que deseamos juntos, que tantas veces fue un asunto en nuestras conversaciones de madrugada y motivo de pequeñas discusiones en relación a lo que él debería heredar de nuestras personalidades y, al final de la noche, todo terminaba en sonrisas y sueños.

Es real, nuestro bebé dejó de ser un sueño y no podía sentirme más feliz. Desperté sonriendo, miré el reloj en la mesita de noche, eran catorce horas. Me levanté, fui al baño, me lavé la cara y me cepillé los dientes, enseguida fui a buscar a Amber.

La encontré en el sofá, con el notebook en los brazos y un pote de manteca de cacahuate entre las piernas. Ella todavía estaba vestida con unas de mis camisas básicas, su pijama favorito, de biquini y medias.

— Tú no estás cumpliendo nuestro plan del día — le digo, cogiendo el notebook y colocándolo sobre la mesa de centro.

— No quería despertarte, pero estaba difícil mantener mis manos lejos de ti. — ella tira el cordón de mi pantalón de pijama.

— ¿Manteca de cacahuate? — Junto los ojos, pesco el pote y la cuchara que ella sostiene entre los labios y los pongo en el suelo. — Así voy a ponerte de castigo — susurro, subiéndome en el sofá e inclinándome sobre su cuerpo. — ¿Qué es lo que estabas diciendo sobre dejar las manos lejos de mí? — la provoco, cuando ella mete las manos dentro del pijama y aprieta mi trasero.

— Ahora despertaste, — Ella me muerde el labio y me baja el pijama, libertando mi pene — mis manos se van a quedar exactamente aquí. — añade en susurros, volviendo a apretar mi trasero y empujándome dentro de sus piernas.

— Diviértete. — Le saco su biquini de lado.

— Con mucho gusto.

Amber presiona nuestras pelvis y mi pene la penetra, rápido y profundamente. Ella gime y clava sus uñas en mis caderas. No demoré en envolverla por la cintura y traerla hacia mí.

Sentado sobre las rodillas, el biquini enrollado en mis pantorrillas y con ella en mi regazo cabalgándome, mis manos palpaban sus senos por debajo de la camisa. Ella tiene senos pequeños y alrededor de la aréola tiene pequeñas pequitas, cuando está excitada se ponen ligeramente rosadas.

La sostengo desde la camisa y la sacudo, levantándola y arrojándola sobre el apoyo del sofá. Ella continúa saltando en mi pecho y sus uñas retoman los arañones en mis hombros, así que la camisa pasa por su cabeza.

Inclino el rostro hacia sus senos y deslizo la lengua sobre su mamila, manteniendo los ojos abiertos para apreciar el rubor de la excitación de sus pequitas. Siento las primeras señales de su orgasmo, el preanuncio del temblor de sus piernas y el apretón firme de sus manos.

Abrazo su cuerpo y la hago acostarse, tomando sus senos en el calor de mis labios y apretándolos fuerte. Amber pasa las piernas por mis caderas y me tira de los cabellos, gimiendo deliciosamente.

Con el rostro aprisionado en sus senos, levanto el brazo y guío mi mano hacia sus labios, rodeándolos. Ella succiona mi dedo, chupándolo lentamente, en oposición a la urgencia con que sus pies me impulsan a penetrarla.

Muerdo ambas mamilas y recorro con la punta de la lengua su busto, siguiendo hacia el cuello, hasta reposar sobre sus labios, que me reciben hambrientos, ansiosos por tragar los murmullos de nuestro gozo.

Sus dedos recorren mi espalda, deslizándose sobre la capa de sudor. Mis manos están enmarañadas en sus cabellos, sosteniendo su rostro con delicadeza, mientras tanto nuestras lenguas se divierten con chupones lascivos.

Ella arquea la columna, las piernas se contraen, siento mi pene excavando su interior, embetunándose de su humedad y las contracciones de su vagina apretándolo, conduciéndome al éxtasis.

Del beso devastador de minutos atrás sólo restaron jadeos y el toque caliente de sus labios. Aun sujetando su rostro y con los cuerpos conectados, sorbo su labio inferior y ella lo retribuye con un besito, alisando mi cabello.

— Puedo quedarme aquí para siempre.

— No, no