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El General Wlassow Historia de una tragedia

El General Wlassow Historia de una tragedia

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El General Wlassow Historia de una tragedia

Comprimento:
605 página
8 horas
Lançado em:
Dec 5, 2018
ISBN:
9780463855980
Formato:
Livro

Descrição

Son innumerables los libros que se han escrito sobre Rusia y la Unión Soviética en especial sobre la época del terror interno y externo promovido desde la dictadura stalinista desde el Kremlin en Moscú. Podría creerse que tal género de literatura ha colmado todos los vacíos y que nada nuevo hubiera pododo escribirse o decirse. Sin embargo he aquí en El General Wlassow, historia de una tragedia un libro de un interés palpitante que enfoca la opresiva rigidez soviética, desde un ángulo totalmente inédito.
No es sólo la trágica aventura del General Wlassow lo que nos narra Edwin Erich Dwinger -el famoso escritor alemán especializado en temas eslavos- sino el gigantesco esfuerzo llevado a cabo por muchos rusos anticomunistas, para liberar a su patria del despotismo bolchevique y entenderse con lo que se ha dado en llamar civilización occidental.
Un proverbio dice que el hombre es el único animal que tropieza dus veces con la misma piedra. Este documento escrito a manera de amena crónica con profundo contenido político, estratégico y geopolítico, de amplia resonancia en todos los círculos académicos y de seguridad internacional, podría servir para que tal cosa no sucediera en las relaciones de los países democráticos, con los regímenes comunistas cuya mentalidad y conducta son similares y copiadas de la visión esclavista soviética.

Lançado em:
Dec 5, 2018
ISBN:
9780463855980
Formato:
Livro

Sobre o autor

Edwin Erich Dwinger -el famoso escritor alemán especializado en temas eslavos-, con importantes investigaciones y crónicas de la conducta soviética de la dictadura estalinista durante la Segunda Guerra Mundial

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El General Wlassow Historia de una tragedia - Edwin Erich Dwinger

El general Wlassow, Historia de una tragedia

Edwin Erich Dwinger

Colección Segunda Guerra Mundial N° 3

ISBN: 9780463855980

Smashwords Inc.

Ediciones LAVP

Tel 9082624010

New York City USA

www.luisvillamarin.com

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en sus partes, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio sea mecánico, foto-químico, electrónico, magnético, electro-óptico, por reprografía, fotocopia, video, audio, o por cualquier otro medio sin el permiso previo por escrito otorgado por la editorial.

El general Wlassow, historia de una tragedia

Introducción

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Introducción

Andrei estaba sentado delante de la rústica cabaña, formada por cañas que, cual solitario islote, hallábase enclavada en medio del bosque. La parte alta de su enorme corpachón, coronada por una cabeza de ruda configuración, alcanzaba, aun así, casi la misma altura de la choza.

La cruda luz diurna iluminaba unas facciones huesudas, de labios gruesos, entre los que asomaba una dentadura fuerte, saliente como la de un animal de la selva; una boca tan grande, que hasta parecía dominar la angulosa mandíbula. Semejábase a uno de esos hombres de las cavernas, un gigantón de épocas pretéritas, de pálida y voluminosa encarnadura.

Durante largo rato permaneció en la misma postura, descansando ambas manazas sobre sus rodillas encogidas. Luego las fue abriendo lentamente volviendo las palmas hacia el calor solar, como si quisieran absorber los tibios rayos. Finalmente estiró unas piernas interminables.

Al hacerlo, sus tacones fueron trazando dos estrías horizontales en el cenagoso suelo, cuyo musgo, que servía de pasto a los antas, cubría como un tapiz esponjoso y verdáceo todo aquel pantanoso terreno. Calzaba pesadas botas de montar, recubiertas de una gruesa capa de barro, que, más abajo de la rodilla, casi ocultaban por completo unos ajados pantalones de aldeano, llenos de remiendos y zurcidos.

Durante breves momentos contempló pensativo las puntas de sus botas. Su mirada se desvió luego, perezosamente, hacia los selváticos matorrales que le rodeaban. El espacio libre en el cual se hallaba situada la cabaña, no media sino unos pocos metros.

Rebasados éstos volvía a surgir, amenazador, el bosque enteramente encenagado, que parecía como si, cada hora, cada día, intentara, torvo, ir cercenando aquel breve espacio habitado por un ser humano, un intruso, extendiendo una lengua babosa y húmeda, que ya había conseguido vencer a la naturaleza en los inmediatos contornos de aquella pantanosa selva; lengua, sin embargo, que se hallaba casi exánime, petrificada aun por los tríos de un final de invierno ruso. El peso de la nieve había aplastado toda la vegetación, cubriendo los helechos y demás plantas lagunicias.

A pesar de ello, no había logrado despejar totalmente el lugar, ni doblegar por completo la pujanza de una incontrolada vegetación de selva virgen.

Los alisos erguían al cielo sus troncos rollizos de pardusca corteza, formando una oscura muralla casi infranqueable, levemente animada de trecho en trecho por los tintes más claros de un grupo de abedules. Las ramas aparecían revestidas de ese musgo que, al igual que la herrumbre, iba Invadiéndolo todo: cada planta, cada centímetro del suelo, la misma corteza de los árboles, dando la impresión de ser una tierra que hasta entonces no hubiera sido jamás hollada.

«¿Estará ya próxima la primavera?», pensaba Andrei, respirando fatigosamente. «¿Incluso aquí en el siniestro Wolchow, en la más lúgubre provincia de la inmensa Rusia?».

Como si quisiera darle una rápida respuesta, se le acercó, zumbando rumorosa, una libélula. Su cuerpecito reluciente apenas se movía, mientras, como impelida por dos invisibles propulsores, se mantuvo unos momentos, casi Inmóvil en el aire, frente a él.

Sus alitas refulgían opalescentes. De vez en cuando, adelantaba unos centímetros en el espacio, para en seguida volver a quedar suspendida, como marioneta sujeta a unos hilos imperceptibles, y luego desaparecer, súbitamente decidida, hacia lo alto.

—Asómate, Dunia— gritó entonces—. Llegó ya la primavera.

Su vozarrón recordaba el de Chaliapin. Era, como el del célebre bajo, de una profundidad abismal, aunque suave como las notas de un órgano.

Desde el interior de la rústica choza se oyó el Inconfundible ruido producido por unos pies, que pisaban perezosos. Después apareció en el umbral una tosca figura de mujer. Cubría su labio superior un leve vello, tal como suele ocurrir a algunas ancianas: pero la verdad es que se hallaba aún en la plenitud de su vida.

De cara redonda, como una luna llena, y nariz roma, recordaban sus facciones las de una foca. Llevaba el cabello rapado como cualquier hombre. Vestía una vieja chaqueta de paño, que sostenía en torno a su abultado talle con un cinturón de cuero desgastado, sin lograr, empero, domeñar un busto también excesivamente voluminoso. Cubría sus hinchadas piernas con unos viejos pantalones de soldado, que terminaban metidos en un par de botas, de cuya parte alta emergían, también hinchadísimos, los tobillos. Toda su persona ofrecía un aspecto enfermizamente adiposo.

—¿Qué ocurre, compañero?— inquirió, gruñona, apoyada contra la entrada de la cabaña, mientras, entornando sus ojos, se llevaba una mano, también informe, exageradamente negra, a la frente. Su mirada, al posarse en él, fue dulcificándose, tornándose por momentos bondadosamente maternal.

—Ven, Dunia. Acércate. Siéntate un rato al sol. Te hace tanta falta como a mí mismo — contestó, Invitándola con un ligero ademán.

—Con el trabajo que ya me cuesta ponerme en pie por las mañanas, voy a sentarme ahora. ¿Para qué? ¿Para volver a levantarme luego? ¿Para qué hacer dos veces ese mismo esfuerzo? — protestó ella.

—Todo eso irá desapareciendo poco a poco. El calor del sol te restablecerá. Hace milagros. Pronto se secará el ambiente...

—No se haga ilusiones, Andrei. En este maldito lugar nunca jamás se seca nada. Todo es humedad. Y aunque no fuera así, ¿qué es lo que podrá ocurrir? Se irán descomponiendo los miles de cadáveres que nos rodean, y todo el pantano se llenará de malos olores. Y el caso es que aun saldremos ganando.

—¿Por qué lo dices, Dunia?

—Sencillamente porque, en ese caso, yo misma no apestaré tanto como ahora y usted quizás lo note menos; por mucho que — agregó, no sin cierta rabia reprimida — seguiré hediendo como un macho cabrío... y quizá salga de este cuerpo de hipopótamo mío toda el agua almacenada, si vuelve a hacer calor alguna vez...

Bajó la mano, revestida de gran suciedad, que había sostenido unos momentos contra una mejilla, que ahora apareció como hundida, dando a su cara, habitualmente redonda, un aspecto torcido, aplastado. Era como si en aquel instante quisiera ver brotar de la mano el agua que llenaba por completo todo aquel corpachón, hidrópicamente desfigurado. Tal como si su cuerpo estuviese modelado en blanda pasta, su moflete fue recuperando lentamente la forma acostumbrada.

— ¡Hemos de marcharnos, irnos antes! —exclamó airada.

Capítulo I

—Nos alcanzarán...— objetó Andrei.

—No somos soldados. ¿Qué pueden hacernos, pues? Nos dejarán correr, como han hecho con los restantes aldeanos. O bien nos iremos con los partisanos; con ellos posiblemente podremos vivir... U

—Es preciso aguardar aún, Dunia. Yo todavía no puedo emprender la marcha.

—Esperar, ¡siempre esperar!— protestó ella, furiosa—. Hasta que estemos completamente agotados, ¿no? Se está acabando hasta la sal. Apenas quedan ya unos granitos. También se me está terminando la piedra con que enciendo la lumbre.

—En ese caso, mantén encendido el fueguecito. No creo que ahora tengas muchas cosas en que ocuparte...

—Resulta sencillo aconsejar, compañero; pero, ¿y de dónde sacaré la madera necesaria, en esta maldita soledad, donde todo está tan mojado como si el mismísimo Satanás se hubiese meado encima?

—También la madera se secará en cuanto haga calor — se defendió Andrei, tratando de calmarla.

—¿Y los insectos? ¿Dónde los deja?— insistió ella, ceñuda— Acabarán por devorarnos por completo. Con sus infernales picaduras, aun lograrán aumentar mi hinchazón. Tengo todo el cuerpo pinchado.

—Todo se arreglará. Volverán a brotar bayas para que podamos comerlas. Ya verás cómo dentro de ocho días habremos experimentado una gran mejoría...

—¿Nos marcharemos entonces?— insistió ella, ardorosamente— ¿Iremos a reunimos con nuestros hermanos, con todos los nuestros?

—Sí, Dunia. Nos iremos— repuso él, acompañando su aseveración con un ademán de gran desaliento.

Sucedió un breve silencio. Dunia contemplaba intrigada a su compañero, escrutándolo con la mirada. ¡Si sólo lograra adivinar lo que en estos últimos tiempos discurría! Pero sus ojos seguían sin traicionar un secreto, que también sus labios ocultaban.

—¿Qué es lo que está usted haciendo ahora? — le preguntó finalmente.

—Medito, Dunia, medito.

—Siempre lo mismo. Pensando, pensando... Si sigue así acabará enloqueciendo.

—En cambio yo creo que es ahora cuando estoy sanando, Dunia.

Pero ésta meneó la cabezota en señal de protesta.

—Lo que le sobra es tiempo— decretó— Y eso siempre acaba perturbando la mente. Mejor será que salga a cazar algo. Casi no nos queda ya carne.

Andrei encogió poco a poco, con gran esfuerzo, sus enormes piernas, y apoyándose en ambas manos, logró erguirse, igual que si levantara una pesada carga.

—Está bien— contestó, rezongando.

Por vez primera sus ojos se vieron ahora bañados por la fuerte luz solar. Como todo en su figura, eran grandes, de un cálido color castaño, dominadores, pese a las gafas de concha que los velaban. Arrastrando los pies entró en el interior de la cabaña, y luego volvió a salir, llevando en la mano una pistola automática, que se colgó del cinturón.

—Quédate aquí tomando el sol, Dunia. Para ti es mejor que cualquier medicina, mejor que todo alimento. Créeme.

Dicho esto, se encaminó por un senderito que conducía, desde la choza, hacia el sur. No tenía más de dos pies de ancho; ni aun podía calificarse de salvaje vericueto, semi-perdido entre la arboleda. Sus pequeñas hendiduras, llenas de agua, se hallaban cubiertas todavía por una capa de hielo, que cedía crujiendo bajo sus pasos al quebrarse como un delgado cristal.

El musgo de las ramas acariciaba su frente al rozarlas; mientras, en lo alto del alisar, mugía el vendaval. No se escuchaba ni un solo canto de ave.

Al poco rato, se le presentó el primer obstáculo en el camino. Se trataba del cadáver de un soldado alemán, hundido en el cenagal hasta medio cuerpo. Yacía boca arriba. La tira de cuero sostenía aún su casco de acero por debajo de la barbilla; pero las facciones habían ido perdiendo poco a poco toda consistencia: eran ya irreconocibles.

Dos semanas antes, aun podía distinguirlas claramente. Eran las de un agraciado jovencito. Ahora únicamente sobresalían, como restos humanos, sus dientes descarnados. El resto, no parecía sino un conjunto informe de cuero negruzco.

No muy lejos de este cadáver, se amontonaban varios otros, pertenecientes a soldados rusos. Eran una media docena aproximadamente, caídos el uno sobre el otro, y semi-hundidos en el pantanoso suelo. También éstos comenzaban a ennegrecerse, perdiendo sus primitivos rasgos fisonómicos.

Era todo lo que quedaba de unos seres, a los que casi había considerado como buenos amigos, cuando, en anteriores ocasiones, cruzaba por delante de ellos, al salir de caza.

Por algo hubo que ir arrastrándolos, uno por uno, ayudado por Dunia, para colocarlos fuera del caminito, a fin de no tener que pasar por encima de sus cuerpos. «Razón tenía Dunia», pensó.

«Habremos de marchar de aquí pronto, y definitivamente. Será imposible mantenernos vivos... En cuanto se inicie el deshielo, todos esos muertos harán el aire irrespirable. Eso sin hablar de los millones de insectos, moscas y mosquitos, que irán a clavar sus aguijones en las ya de por sí harto martirizadas carnes de la infeliz Dunia».

En aquel momento oyó un sordo rumor a sus espaldas. Unas fuertes pisadas hacían retemblar la tierra, húmeda y oscilante. Se volvió rápidamente, dirigiendo la boca de su arma hacia el lugar de donde procedía el sonido. Este fue aproximándose, y de pronto asomó por entre barzales la silueta de un anta, grande como un caballo, el cual se detuvo husmeando el aire. No le dio tiempo para escapar. Disparó en el acto. Un único tiro. Al recibir el balazo se encabritó, pegando un bote, y después cayó pesadamente al suelo.

Se acercó rápidamente, contemplándolo silencioso. Las dilatadas astas se habían incrustado en el uliginoso terreno. El morro vuelto hacia arriba, descubría sus dientes amarillos entre el belfo colgante. Los ojos vacunos, grandes, brillaban aún, irradiando sus postreros reflejos de vida, pero, lentamente, iban ya entenebreciéndose. Sus poderosas ancas, eran semejantes a las de un buey.

«Un cuadrúpedo ruso», se dijo para sus adentros Andrei. «Igual a nuestros seres humanos». Extendió la mano hacia el belfo, y levantando el labio superior, puso aún más al descubierto su ruda dentadura. Sus patas, recordaban unos enormes zancos. Demostraba con suma claridad su origen, perdido en remotas edades. «Igual que el de todos nosotros, los rusos... ¿Qué soy yo mismo, sino algo enteramente similar a un troglodita, un hombre como los que moraron en las cavernas?»

Sacó luego de su vaina un enorme cuchillo, con el que se dispuso a cercenar una de las potentes ancas del animal. Fue una verdadera carnicería, ya que el cuchillo, mal afilado ya, no cumplía su cometido sino como a regañadientes.

Cubiertas las manos de sangre, se veía precisado a hundirlas, cada vez en busca de mayor profundidad, en aquel montón de músculos y vísceras, humeantes y rojas. Agotado ya por la fatigosa tarea le costó ímprobos esfuerzos separar los tendones, que parecían constituidos por verdaderos atadijos de cuero; pero, finalmente, cedió, crujiendo, la ingente pata. «Habré de arrastrarla», se dijo. «No me quedan ya energías para llevármela a cuestas...»

Quitándose el cinturón de cuero, lo introdujo trabajosamente por entre los tendones sanguinolentos. Luego, agarrándolo con ambas manos por el extremo, se puso a arrastrarla; pasó lentamente por delante del grupo de muertos rusos, luego rebasó al soldado alemán y, por último, llegó a la cabaña. Dunia seguía sentada al sol; pero, en cuanto le vio asomar, intentó ponerse en pie, apoyando las manos contra la pared. Realizaba cada vez denodados trabajos para movilizar la descomunal mole en que ahora se había convertido su persona.

—¡Por Dios Andrei Andreiewitsch!— exclamó— ¿Se ha vuelto usted loco? Sin embargo, aseguraría que es preferible eso, a perder las horas pensando.

Acudió a secundarle; y entre los dos, lograron transportar el trozo de carne hasta el interior de la vivienda.

—Buen almuerzo vamos a tener de nuevo— manifestó regocijada— ¡Si no fuese por esa maldita falta de sal!

Abrió un saquito, colgado en la pared, sacando de su interior un cuchillo, con el que cortó un trozo de carne del tamaño de una cabeza. Lo atravesó de parte a parte con un hierro y, entre dos palos cruzados, lo colocó sobre el fuego. Después, dejándose caer de rodillas, entre gemidos, se puso a reanimar la llama semi-apagada.

Andrei, acomodado sobre una caja vacía, contemplaba silencioso el fuego que, gradualmente, iba envolviendo aquel pedazo de carne, colocado sobre tan rústico asador. Por la estancia, fue expandiéndose un grato aroma. Poco después, comenzaba ya a formarse una corteza pardusca, mientras Dunia, haciendo girar lentamente el trozo, lo vigilaba con ojos hambrientos e ilusionados. De vez en cuando, asomaba la punta de la lengua entre sus abultados labios, relamiéndose sin darse cuenta ella misma.

— ¡Bueno! — exclamó, finalmente —. Ya está a punto. Ahí tiene usted su sal, compañero — agregó con brusquedad, poniendo junto a él, sobre la caja que ocupaba, tres granos del precioso ingrediente.

—¿Y tú, Dunia?— preguntó.

—A mí no me hace falta. Puedo pasarme sin sal.

—No seas boba. ¿Por qué eres así? ¿De qué te sirve?

—Sé lo que me hago y porque lo hago — replicó, apoderándose de su ración de carne y yendo a dejarse caer sobre un montón de hierbas secas que había en un rincón de la cabaña.

La llama crepitaba alegremente. Comían ambos con apetito voraz, masticando ruidosamente. También las manos de Dunia estaban ahora llenas de sangre, que iba escurriéndose lentamente a lo largo de sus mangas.

—¿Te sabe buena, Dunia?— inquirió Andrei, sonriendo.

—Es dura como la carne de perro — repuso ella —. Tan sólo con mirarla, se me hace un nudo en la garganta. Siempre lo mismo, se me atraganta tanta anta. Le digo a usted, compañero...

—Calla, Dunia, calla. Ya lo sé.

Se levantó, salió de la cabaña y volvió a sentarse en la puerta, dejando descansar las manos sobre sus rodillas. ¡Ah, aquel sol! Realmente constituía una ayuda superior, incluso para los alimentos.

Dunia trajinaba en el interior de la vivienda, atizando nuevamente el fuego. Asaría otro trozo de carne para la noche. De vez en cuando, interrumpía su tarea para echar una ojeada hacia el exterior, mirando a Andrei que volvía, por lo visto, a vagar por lejanas regiones. Otra vez experimentó la sensación de que era preciso llamarlo, despertarlo de sus sueños, evitar que se convirtiera en un ser casi sonámbulo.

—¿Qué hace usted, Andrei Andreiewitsch? — gritó, con ligero tono de enfado.

—Pienso, Dunia, pienso...

—¿En qué, compañero?

—En nuestra ruta.

Una mes después, también en el Wolchow había nacido la primavera. ¿Acaso, en otras tierras, seria ya verano? Entre el húmedo suelo podrido, aparecían por doquier nuevos brotes de helechos, de renovada vegetación. En el ramaje de los alisos y abedules asomaban las primeras hojas, de un verde macilento. Hasta el musgo que cubría el suelo parecía reflejar tonalidades más claras, de un blanco algodonoso. Únicamente seguían pendiendo de los troncos las mismas colgaduras musgueñas, muertas ya, como viejas pelucas grisáceas, desgreñadas.

Aquella mañana se había instalado ya Andrei en su lugar favorito, sentado sobre el tronco de un gigantesco abeto derribado, desde el que dominaba, en toda su extensión, el caminito de acceso a la cabaña. Sostenía entre las manos la pistola automática, contemplando pensativo el peine que contenía su carga. Sólo le restaba una media docena de disparos. ¿Qué ocurriría después? De nada servía continuar una meditación a todas luces estéril. «He de saber qué camino emprendo», se decía a sí mismo.

Acarició el arma, ruda, como construida por algún rústico herrero; pero, sin embargo, más segura que aquellas otras, elaboradas con tanto esmero por la industria alemana, de una finura casi milagrosa. ¡Ah, esos alemanes! Pero no todo se reduce en este mundo a esa finura, a ese detalle.

El arma automática rusa no precisaba de tantos cuidados, casi no necesitaba ser engrasada, podía ser impunemente maltratada, sin temor a que por eso dejara de funcionar, aun cubierta de fango, e incluso cuando el termómetro marcaba cuarenta grados bajo cero.

Levantó los ojos, siguiendo con la mirada unas nubes que, airosas, surcaban el espacio. Y, una vez más, se dijo: «¡Como el ruso! Idénticamente igual a esa arma automática, comparándolo con el hombre germano».

En aquel momento, en el extremo de la vereda surgió una figura humana que avanzó tambaleándose hacia el lugar donde él se hallaba sentado. Se quitó los lentes, para poder distinguir mejor al que iba acercándose. Se trataba de un soldado ruso; eso lo vio en el acto. Un hombre, al parecer, ya entrado en años.

No se movió hasta que lo tuvo a dos pasos. «¡Dios justo!», pensó, ¡«Qué aspecto el de este desgraciado!»

—¿Adónde vas, hermano?— le preguntó precavidamente.

Le vio detenerse sobrecogido, casi tembloroso.

—Valiente susto me has dado, hermano — exclamó luego, recobrándose de la sorpresa.

Andrei fue a su encuentro, y reteniéndolo lo acompañó hasta el gran tronco de árbol que le servía de asiento, donde con gran cuidado, lo instaló. El desgraciado no era más que un puro hueso, sin una onza de carne en todo su cuerpo.

«El hambre produce en algunos este resultado», pensó Andrei. Otros, en cambio, como Dunia y él mismo, adolecían de una enorme hinchazón. Esta última particularidad suele ser, según le había afirmado en cierta ocasión su médico, la más perniciosa.

¿Tienes algo que pueda comerse? —indagó con voz débil el recién llegado— Llevo varios días alimentándome sólo de bayas...

—Aquí no— repuso Andrei— Pero si a unos trescientos metros, en mi cabaña... Ven... Apóyate en mí.

El viejo asintió, moviendo la cabeza, y se puso en pie con visible esfuerzo.

—Será, mi última caminata— pronunció, pesaroso— Pero, al menos, me habrá conducido a presencia de seres humanos.

Recargaba todo su peso sobre el antebrazo de Andrei, mientras, lenta y trabajosamente, iba dando un paso tras otro. Cuando llegaron al lugar donde se amontonaban los cadáveres rusos, se detuvo, permaneciendo ensimismado un largo rato, y luego, sonriendo tristemente, levantó los ojos, diciendo: —Estos muertos medio podridos son algo así como una página de historia... arrancada de un libro que estuvimos leyendo... La vida pasa pronto... y ¿qué queda al final? Primero, acuden las hormigas, luego, siguen los gusanos... finalmente los escarabajos y, para terminar, las ratas...

Andrei, sin contestar, contempló una vez más el macabro cuadro. «Sí, efectivamente», pensó. De todo lo que ambicionamos sólo eso es lo que queda. Y si unimos ambos polos, de una parte nosotros mismos, en nuestros mejores años; de otra, esos cadáveres pestilentes... ¡Qué círculo más amplio el recorrido! ¡Qué dimensiones las vividas! Pongamos por ejemplo a este soldadito alemán que yace aquí. Él también amó a una de sus compatriotas.

Ella se mantiene en pie delante del enamorado, brillan sus ojos azules, late su corazón bajo la albura de su pecho, fluye por sus venas, dando calor a su marfileña epidermis, una sangre ardorosa, acelerando con sus pulsaciones la ilusión de una vida nueva... «Eres lo más hermoso del mundo», proclama el enamorado, «la imagen del Creador...» Y la contempla, arrebatado, lleno de vida, mientras vuelan sus pensamientos hasta el azul celeste, límpido, del cielo mismo...»

No quiso seguir dejando correr su imaginación y, sobreponiéndose a la fantasía, volvió bruscamente a la cruda realidad.

—Sí— dijo tan sólo, agarrando con más fuerza el brazo de su compañero —. Eso es todo lo que queda. Esa masa pardusca, es el final...

El viejo reanudó la marcha, a la par que decía: —¡Qué haremos! Sigamos nuestra ruta. Quizás muy pronto también nosotros llegaremos a ese desenlace.

Cuando ya fue apareciendo a su vista la cabaña, Andrei llamó a Dunia. Tan fuertemente resonó a través de la selva su potente voz de bajo, que el pobre caminante se estremeció.

—¡Dios mío, qué vozarrón! Digno de un general. Es una hermosa voz, sí señor, muy rusa, .hermano...

Dunia se adelantó hacia ellos, deteniéndose a unos pasos, con actitud recelosa y agresiva.

—Aquí te traigo alguien, Dunia— anunció Andrei. —Una boca más, según se ve —gruñó malhumorada.

—No hables así. Anda, ven y ayúdame.

El anciano se limitó a sonreír, dándole la mano_

—Veo que se parece a todos nosotros. ¿En qué nos hemos convertido? En lobos... Yo el primero... Únicamente cuando se llega al final, como yo ahora, vuelve uno a cambiar... haciéndose bueno nuevamente, palomita mía. ¿Lo comprendes acaso? No, pero es igual; sigue así, rabiosilla, y quiera Dios que vivas aún largos años.

—¿Qué te importa lo que pueda sentir mi alma? — todavía rezongó Dunia, aferrándolo por el huesudo brazo.

Así llegaron los tres hasta la cabaña, dejándolo acomodado sobre un lecho de hierbas secas, que ella, entre tanto, había preparado al efecto.

—Trae algo de carne, Dunia— ordenó, por último, Andrei.

Aunque murmurando obedeció, y la entregó al viejo que, después de contemplarla unos instantes, se la llevó a la boca. Pero en seguida dejó caer la mano que la sostenía.

—Llega demasiado tarde, hermanita — pronunció con voz apagada —. Pero no importa. Al menos estoy aquí con vosotros... No tengo ya la menor ilusión por esta existencia... He vivido lo bastante para no desear prolongarla... Me llamo Iván, dicho sea de paso... Iván Petrovich Petroff.

Dunia, arrastrando pesadamente los pies, desapareció en el interior de la rústica casita; mientras, Andrei tomaba asiento junto al recién llegado. Por vez primera, levantó francamente los ojos hasta él, unos ojos de un impoluto azul.

—¿Eres un intelectual?— indagó—. Veo que llevas gafas... Si así fuera, me atrevería a hacerte una pregunta, una gran pregunta, que me atormenta desde hace ya más de treinta años... Si pudieses aclarármela, antes de mi muerte...

—Habla, Iván, habla— contestó, bondadosamente, Andrei.

—Eso haré; pues tengo la impresión de que aquí me será permitido... Pero antes...

Calló unos instantes, y luego, súbitamente decidido, Inquirió:

—¿Pertenecéis al partido?

—Figuré en él— asintió Andrei.

—Bien, bien. Entonces me comprenderás. Yo soy un viejo bolchevique, ¿sabes? Uno de aquellos primeros luchadores que persiguieron a Koltschak durante miles de kilómetros...

—Por aquel entonces, también yo estuve allí — murmuró Andrei.

—Tanto mejor, tanto mejor... Sí, lo estuvimos persiguiendo, capitaneados por Trotsky...

—¿Trotsky? Te equivocas. Ese no estaba allí...

El viejo se turbó exageradamente, escondiendo la cabeza entre los hombros encogidos, como temeroso de ser golpeado; pero luego, al igual que una tortuga, volvió a sacarla, y bromeando, añadió:

—¡Je, je...! Me he asustado. Es ya en mí una costumbre. Pero bueno; la verdad es que puedo hablar libremente... Ellos ya no pueden alcanzarme... — agregó con ademán cansino, continuando, acto seguido, con mayor vivacidad: —¡Oh! ¡Cómo marchábamos en aquellos tiempos, hermano! Cantábamos alegremente: «Truncadas están las cadenas, se acerca la libertad...»-

—Su voz, ya de por sí débil, se quebró por completo.—Se acabó la canción hermano. Se acabó... Pero, como antes decía, ¡qué días aquellos! ¡qué empuje! ¡qué alegría...! Las masas eran dueñas del poder, los hombres de Rusia...

—Vuelves a equivocarte, hermano. Eso era únicamente en apariencia. El que verdaderamente ostentaba el mando era el Comité Superior de Soldados, que funcionaba bajo las órdenes de Lenín.

—¡Qué sabio eres!— exclamó el viejo—. Pero también, qué bondadoso... qué indulgente... Ahora sí que puedo hablar, sin esconderte nada... En aquellos días era un simple aldeano... Regresé luego a mi casita. No hubiese sabido hacer otra cosa. Había ya cumplido con mi deber, y según mi criterio, era suficiente... Pero no tardaron en llegar esos de Moscú, formando en mi cabeza un lio con sus palabras y discursos... «Tú eres uno de los antiguos luchadores», decíanme. «Ahora te toca predicar con el ejemplo...» Y yo, bobo de mí, ¿qué podía hacer sino escucharlos?... Entregué mi casita y mis campos a la comunidad del «Koljós», permití que me nombraran su presidente...

Se detuvo, respirando penosamente, para coger nuevos bríos. Luego prosiguió:

—Así comenzó, hermano. Así comenzó. La vida se volvió cada día más oscura, un manto negro pareció ir extendiéndose por encima de todo, lo mismo que aquí ese musgo, que sube desde el suelo hasta las copas de los árboles más altos... Sí, nuestra vida se convirtió en un cenagal resbaladizo, que nos acechaba por todas partes, cediendo bajo nuestros propios píes. Toda la existencia se transformó en parágrafos, en un papeleo que dirigía fríamente nuestras vidas, cada uno de nuestros pasos... Las viviendas se volvieron grises, nuestra vestimenta, la ropa toda, era completamente gris...

Cuando al mediodía nos sentábamos a las mesas, no se oían ya los gritos alegres de muestra chiquillería, no revoloteaban los niños en derredor nuestro. Habían sido llevados a establecimientos públicos. Carecíamos todos de humor para bromear, para hacer algún chiste, como en otros tiempos.

Nos limitábamos a engullir silenciosos el alimento que había sido preparado sin el menor esmero, sin cariño alguno, en grandes cazuelas... No había cocinera, ni esposa alguna, que se tomase la molestia de preparar la comida para su marido. Ya lo ves; treinta años largos nos han tenido viviendo así.

Yo mismo fui uno de los que dirigían a los demás aldeanos agrupados... Constantemente se nos aseguraba que pronto alcanzaríamos el paraíso... También los judíos tuvieron que aguardar cuarenta años hasta llegar a su tierra de promisión...

Siempre anduve mirando hacia el futuro, sostenido por aquella esperanza. Sólo así pude conducir a los demás... Pero luego, poco a poco, fui cansándome... y en estos últimos meses, durante los que he caminado errabundo de un lado a otro, en estos meses, hermano, habiendo sido apresado mi batallón...

Levantó la vista, encontrándose sus ojos con los de Andrei, quien, a su vez, repitió, pensativo:

—Sí, en estos meses...

—¿Crees, hermano, que en estos quince años que aún faltan alcanzaremos el paraíso de los trabajadores? Mucho me temo que sean necesarios bastantes más. No concuerda la cuenta entera... Recuerdo aún mi jardincillo, los enormes girasoles que parecían cabezas leoninas...

Los domingos solíamos pasear por entre esas flores, cada una de las cuales alegraba nuestra vista. Nuestras viviendas aparecían por aquella época, seguramente lo recuerdas tú también, sonrientes; después habrían de volverse grises, melancólicas...

Valiéndonos de cuchillos de bolsillo, íbamos tallando figuras artísticas, adornos caprichosos, que luego rellenábamos con un bonito colorido... Ahora ya nadie se ocupa de eso. Durante nuestras horas libres, sólo hemos de escuchar palabras, palabras, sólo palabras...

Dunia, posiblemente habría estado escuchando sin ser vista cuanto se decía, porque, súbitamente, se puso a increparle:

—Tú lo que eres es un contrarrevolucionario...

El anciano se limitó a sonreír entristecido.

—Otra palabreja esa, hijita mía— repuso, impertérrito—; otra de esas palabrejas, como existen a millones... Pero mis girasoles, no eran fantasmas; no, eran reales, como esa misma tierra mía, que yo labraba... No eran palabras, eran algo verdadero. Ojalá pudiera volver a tallar las vigas de mi isba, pintándolas luego de rojo, de azul, de amarillo, de blanco... Cerró los ojos.

Su cabeza se inclinó hacia atrás. Sus facciones fueron adquiriendo, poco a poco, el aspecto de una máscara, pero una de esas caretas antiguas, arcaicas, que en forma rudimentaria, simbolizan el dolor. Andrei, se inclinó sobre él, para escuchar su respiración, que aunque débil era regular. Al poco rato volvió a abrir los ojos, elevando hacia él una mirada impregnada de infinito reposo, mientras, con más vigor del que Andrei hubiere imaginado, añadía:

—¿Y sabes, hermano, a qué se debió que yo necesitara tantos años? Te lo diré. Fue, sencillamente, porque siempre me faltó tiempo. No nos lo dejaban jamás, nos perseguían con una instrucción u otra. Nunca lográbamos meditar para nosotros mismos.

¡Esa es la cuestión! ¿Sabes? No dan tiempo... Mantenernos ocupados, en completa tensión, desde la mañana hasta la noche, trajinando arriba y abajo sin cesar, para que, al acostarnos, caigamos rendidos sobre el camastro, como muñecos a los que se les ha terminado la cuerda, como sacos. Nos detenemos donde antes estuvimos. Ellos lo saben bien... y sacan partido manteniéndonos en vilo constantemente. Una vez, cuando tuve tiempo...

—Cuando tuve tiempo...— repitió, indeliberadamente, Andrei.

—Sí. En estos pantanos, durante los meses últimos... Cuando al fin pude abandonarme a mis propias reflexiones y examinar la situación desde el fondo del alma, se alejó la cortina de humo que la envolvía y de mis ojos cayeron las escamas que los cubrían.

Entonces me pareció despertar de una pesadilla, dándome cuenta de que me había encontrado a mí mismo. Ahora se habla reanimado hasta tal punto, que incluso logró incorporarse ligeramente, apoyando la espalda contra la cabaña, mientras, cada vez con mayor vivacidad, continuaba diciendo:

—En aquel instante, tuve la clara impresión de haber estado viviendo en plena mentira. No; esa no era la gran verdad que nos habían prometido. Era, por el contrario, y en todos sus aspectos, una enorme mentira. «Os traemos la libertad», nos aseguraban. Pero lo que de verdad nos traían era la esclavitud. No era vida auténtica y verdadera, sino una especie de muerte. «Organizaremos vuestras existencias en forma más elevada», gritaban.

Pero en realidad las desmoronaban con saña. Sin titubeos, se atribuyeron el derecho de modelar, de transformar nuestra patria en otra nueva, pero, como niños rabiosos, anduvieron maltratándola. La sangre que antes circulaba por nuestras venas, se volvía pálida; la respiración, iba debilitándose por momentos; todo ello al impulso de su palabrería... Mírame, hermano —añadió, mostrando sus manos esqueléticas —. ¿Acaso no parezco un anciano?

Pues has de saber que sólo cuento cincuenta años. Sin embargo soy como el grano disecado de un girasol... Un viejo decrépito, una ruina. Es el resultado de los treinta largos años que he estado sirviendo al partido. Este es, pues, el aspecto que se toma en la plenitud de nuestros mejores años. A todos nosotros nos ha ocurrido igual.

Hoy en día, en Rusia se envejece rápidamente, hermano. Mira también sino a nuestras mujeres. Les dan los mismos derechos que a los hombres. ¡Hermosa conquista! Lo único que ocurre, es que han de bregar igual que nosotros. Los trabajos más rudos, antes reservados a nuestros robustos muchachos, ahora los han de realizar también sus hermanas, sus madres.

Y así sucede con todo aquello que en otros tiempos sonaba a progreso social. Por cualquier parte, se han tergiversado los conceptos... «Vosotros sois la sal de la tierra, la luz del mundo», nos decían, cuando no somos más que la última inmundicia; las criaturas que más vejaciones llevamos soportadas. «Ya no se explotará más al hombre por el hombre...» nos chillaban, pero callándose la explotación a que nos sometería ese monstruo insaciable: el Estado... De ese nuevo tirano esclavizador nada nos dijeron. ¡Qué se atrevan a venir a mí, que viví los tiempos del zarismo, con esas monsergas!

En aquellos tiempos nos explotaban los hombres. Hoy, en cambio, lo hacen los parágrafos... Con seres humanos podíamos, al menos, dialogar, o intentarlo. Pero, ¿quién lo hace con un parágrafo? Estos ni contestan... Y así ha ido hundiéndose cuánto hubimos conquistado.

Se detuvo de nuevo, cerrando los ojos, como si la horrenda visión evocada le causara insufrible tormento.

—Márchate, Dunia— ordenó, con severidad, Andrei.

Esta, aun a regañadientes, y después de lanzar una mirada saturada de odio al recién llegado, obedeció desapareciendo en el interior de la humilde vivienda.

El viejo, volvió entonces a abrir los ojos, y casi sonriente, prosiguió con voz apenas audible:

—¡Oh, estas mujeres, hermano...! En estos casos, son siempre las peores... '¿Y sabes por qué lo son...? Porque ellas, de esas teorías, hacen un verdadero culto. Ellas, menos que nadie, saben vivir sin ideales religiosos, y tratan, inmediatamente, de sustituir los antiguos que les niegan, convirtiéndose, entonces, en mujeres fanáticas e incendiarias, más revolucionarias que nadie. Pero hemos de excusarlas, porque la verdad es que razonan de forma distinta...inició una nueva pausa, a la vez que extendió su huesuda mano, como si buscara la de Andrei.

—Así pues, detrás de todo eso — continuó, con renovada decisión — llega lo último... mi gran pregunta. Llevamos ya treinta años de camino, en pos de lo que podríamos llamar una nueva estrella de Belén; y me pregunto yo... ¿acaso hemos errado nuestro camino?

Levantó sus ojos en muda interrogación, casi suplicante, mientras con mano agitada le agarraba de una manga:

—Dime, hermano... ¿Hemos equivocado la ruta?

Se hizo un prolongado y profundo silencio. Andrei vacilaba. «¿Debo decírselo», se preguntaba, «o bien será mejor callar? ¿Será más misericordioso dejarlo morir en paz, en la creencia de que ha estado laborando por una causa justa? ¿He de hacerle creer que durante esos treinta años luchó siempre por un mañana mejor?» Sin embargo, era demasiado tarde para hacerlo. El gusano de la duda corroía ya los pensamientos del agonizante... «Lo único que pide, en vísperas del gran viaje, es conocer la verdad después de tanta mentira, tanto embuste...»

Se inclinó sobre él, decidido ya por el camino a seguir, y rodeándole con el brazo los esqueléticos hombros, le murmuró al oído, como si le fuese a confiar un transcendental secreto:

—Todos hemos caminado por una senda equivocada.

Ante estas palabras se limitó a sonreír suavemente, pero con el aire de comprensión, de profundo convencimiento, que sólo sabe asumir quien, desde hace ya tiempo, ha barruntado una gran verdad.

Y con esa expresión reflejada en su rostro, emprendió el gran viaje...

Andrei continuó durante largo rato escrutando aquella atormentada fisonomía. ¿No eran acaso aquellas facciones como un libro abierto ante sus ojos, como un paisaje que reprodujera a Rusia, la enorme Rusia, con todas sus cordilleras, sus barrancos, sus infinitas estepas...? Eran mucho más... simbolizan la faz del hombre ruso, esa cara eternamente dolorida que encarna a un pueblo explotado siempre, despellejado, engañado... Aquí, a la vista, en un sólo ser humano, tenía a un pueblo entero: crédulo siempre, lleno de buena voluntad, entregándose sin reservas...

A esas mismas horas, se encontraban en el último edificio de la Viktoriastrasse de Berlín, donde se hallaban enclavadas las oficinas militares del frente oriental, dos oficiales alemanes de Estado Mayor.

El comandante Strannfeld adelantó, aún más, una quijada ya de por sí excesivamente saliente, que de no estar afeitada le habría hecho asemejarse con asombrosa perfección a un antiguo asirlo. De vez en cuando, se quitaba los lentes, cubriendo con la mano sus fatigados ojos. Finalmente, ni este remedio pareció aliviarle y, levantándose bruscamente de su silla, se puso a pasear, recorriendo arriba y abajo, a grandes pasos, la habitación. En cierto momento exclamó agitado:

—¡Increíble! ¡Del todo increíble!

Su compañero de trabajo, von Bellinghaus, capitán de caballería, instalado ante un escritorio junto al ventanal, levantó la vista del ingente montón de documentos que cubría gran parte de la mesa, volviendo lentamente la cabeza hacia él.

Poseía las clásicas facciones de un antiguo aristócrata: cráneo alargado y frente alta y estrecha. La misma lentitud con que se volvió hacia Strannfeld, delataba una ya algo agostada prosapia, inherente quizás a una sangre debilitada.

—¿Qué es lo que le agita tanto, Strannfeld? — indagó con una voz que denotaba su ascendencia báltica.

—Acabo de leer el memorial de Holstein, el escritor Herbert Holstein, que nos ha sido enviado hoy para su examen. Contiene una serie de afirmaciones, y de fórmulas, enterantemente parejas a las que preconizamos aquí desde hace ya un año...

—¿Eso le sorprende? Todo el que conozca el Este y se halle disfrutando de sus cinco sentidos, debiera decir lo mismo. Pues, en el fondo, no son sino verdades de Perogrullo las que todos nosotros vamos difundiendo... Lo verdaderamente lamentable es que nos vemos obligados a ensalzarlas, como si realmente se tratase de máximas sapientísimas.

—De todas maneras, creo que sería interesante que escuchara unas cuantas. Preste atención; voy a citarle alguna.

Regresó a su escritorio, y después de hojear durante un par de segundos en el voluminoso legajo que allí había dejado, volvió nuevamente a decir:

—Oiga usted, por ejemplo, esto... «Lo que, en primer lugar, hemos de admitir para luego poder proseguir con éxito, es que no conviene menospreciar con frases hechas a las fuerzas contrarias. Debiera de entrenarse a cada soldado teóricamente, con la finalidad de hacer de él, no sólo un combatiente, sino también, hasta cierto punto, un útil elemento político. Sin poseer conocimientos de la psicología rusa, tratará siempre erró-neamente al individuo, echando a éste, casi a la fuerza, en brazos de los partisanos, cuya peligrosa forma de guerrear ha logrado, hasta ahora, hacer fracasar cualquier ocupación duradera, de estas tierras tan vastas.»

—Es, ni más ni menos, lo que antes decíamos. Meras perogrulladas que, sin embargo, ignoran esos señores de la administración, y no hablemos ya de nuestros bravos soldados.

—Oiga otras frases...— añadió Strannfeld, pronunciando las erres duramente, ya que hablaba lo que se dio por denominar «alemán petersburgués»

«Desgraciadamente, Stalin, al lograr convertir su resistencia en una guerra patriótica, y conste que si ha sido así es debido solamente a nuestros errores, ha conseguido, simultáneamente, despertar de nuevo en sus huestes esa entrega total de sí mismo, y ese entusiasmo sagrado, que siempre ha constituido la mayor fuerza del individuo ruso...» Y vea esta otra frase:

«El ruso que, individualmente más bien puede considerarse como débil, agrupado en grandes masas, adquiere un vigor insospechado. A nosotros, los europeos, suele debilitarnos el hacinamiento exagerado; pero al hombre del Este, lo robustece... Todo lo cual, nos hace ver, con diáfana claridad el peligro mortal en que ahora nos encontraríamos, no sólo nosotros, sí vencieran los rusos, sino también toda Europa...»

Bellinghaus, se había vuelto, posando su serena mirada sobre aquellos escritos.

«Trasladada al plano militar, esa aglomeración humana resultará siempre inferior, mientras podamos maniobrar en contra suya; pero sería casi invencible si pudiera acometernos de frente y en compacta masa.»

Strannfeld, se interrumpió agitado y se subió los lentes, hasta dejarlos colocados sobre la frente, para luego, después de pasarse el pañuelo por los ojos, volver a ajustárselos.

—He aquí una máxima que nuestro Jefe supremo habría de meditar. Cada mañana debería incluirla en sus oraciones...

Y sigo citando: «No debemos enfocar la situación bélica en el Este como si en realidad fuese europea. Toda victoria que hayamos conseguido, partiendo de esa base, será nula, ya que de forma harto convincente, nos lo han demostrado estas fabulosas batallas con sus enormes redadas que de modo rotundo, hubieran dado al traste con cualquier enemigo europeo, obligándole a capitular a los tres meses de haberse iniciado la contienda.

La masa rusa se asemeja en tal aspecto, debido precisamente a su naturaleza específica, a uno de esos reptiles de sangre fría, a los que puede cortarse parte del cuerpo, sin, por ello, poner en peligro su existencia. Ese pueblo no será, pues, vencido, en tanto no quede aplastada su cabeza; y ésta, la constituye la idea bolchevique que, por medio de constantes alocuciones dirigidas a sus masas, las enardece continuamente.

—Sí,— le interrumpió, sarcástico, Bellinghaus— en ese sentido, siempre se procede desde las alturas, de forma que se puedan continuar justificando tales exigencias.

—Pero ahora llega un párrafo que también quiero que oiga... No debemos permitir, por lo tanto, que esas masas de seres queden abandonadas por más tiempo a la insistente propaganda que incesantemente se les endilga desde el resto de Rusia, ni seguir, como hasta hoy, proporcionándoles nuevo alimento, nuevo material, puesto que, dicha propaganda, es difundida, Incluso en los territorios que hemos ocupado, por conducto de los partisanos.

Es preciso suministrar diariamente a esas gentes un antídoto, para contender, por así decir, hora por hora, con los soviets, por el alma de esos hombres; no abandonarnos ni un momento en la ilusión de que valemos demasiado para esa tarea.

Sería necesario que nuestros funcionarios del Este se convencieran de que, al unísono con los cañones, hemos de combatir utilizando las armas del espíritu; una guerra política que, más quizás que la otra, habrá de decidir la contienda. El ruso, hijo rudo de la naturaleza, responde, al igual que ésta, rudamente. Si se le habla como a una bestia, como tal contestará; sin embargo, tratado como un ser humano, corresponderá también con mansedumbre.

Pretender, pues, sustituir al natschalnik ruso por el sargento alemán, sería un error de caóticas consecuencias para la unidad de nuestro ejército, pues el ruso, como cualquier otro ser, obedece con mayor gusto a uno de los suyos. Un sargento alemán, siempre se encontrará, en Rusia, desplazado. Además, tampoco debiéramos instaurar en ese país una administración exenta de idealismo, sino tratar de elevar nuevamente aquel pueblo a un nivel general de vida, en lo humano, mucho más superior.

Teniendo en cuenta que ellos, hasta ahora, no han podido nunca establecer comparaciones, habría de mostrárseles las medidas de previsión social establecidas en nuestras fábricas. Esa sería la única forma de contrarrestar la propaganda adversa, socavando, eficientemente, el terreno bajo sus pies. Si seguimos considerándonos a nosotros mismos como unos seres superiores, superdotados, no iremos, ciertamente, muy lejos...»

— ¡Vaya! —exclamó Bellinghaus—. Eso nadie lo había declarado, hasta ahora, con tanta claridad. Supera a cuanto hemos dicho hasta hoy.

Pero, Strannfeld, no permitió que se le interrumpiese. Siguió leyendo, lleno de entusiasmo:

«Con ideas tan primitivas, jamás lograremos enfocar acertadamente los problemas de aquella población. Para alcanzar el éxito, hay que predicar más que nada con el ejemplo. Presentarse como superhombres, señores y dominadores, argumentando como defensa que al ruso le conviene ver en nosotros al amo, es un error.

Los tiempos han variado. Contra el ruso esgrimimos, como el arma más fuerte, nuestra

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