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Dos italianos en la India

Érase una vez dos escritores italianos que se van juntos a la India de vacaciones, y al regreso cada uno escribe un libro sobre el viaje. El uno ha visto en la India únicamente lo diferente, y el otro únicamente lo semejante.

Uno de los escritores, Alberto Moravia, titula su libro Unidea dellIndia, «Una idea de la India», e intenta explicar lo diferente de aquel país, pero se siente frustrado porque solo consigue captarlo en los términos más abstractos y metafísicos y sirviéndose de una serie de tautologías. La experiencia le ha enseñado por qué los europeos son europeos y los indios son indios, pero eso es muy difícil expresarlo con palabras. Piensa que la diferencia de la religión le ayudará a expresarlo. La India es el país de la religión por excelencia, explica. No solo sus religiones son diferentes de la nuestra, es que en la India la religión envuelve todas las realidades de la vida. La idea religiosa impregna por completo la experiencia. Mientras se dedican a la vida cotidiana, los indios viven sus religiones a través de incontables, extraños e ininteligibles rituales. Pero luego descubre que esa noción de una idea religiosa viviente tampoco capta la diferencia. La diferencia de la India es mucho más que eso. En realidad, esa dificultad extrema para expresarla le demuestra que la diferencia de la India es inefable. «Compatriotas italianos concluye, no soy capaz de describiros la India. Tendréis que ir allí y experimentar el enigma por vosotros mismos. La India es la India, no puedo decir más.»

El otro escritor, Pier Paolo Pasolini, titula su crónica L’odore dell’India, «El olor de la India», y trata de explicar lo similar. Camina de noche por las populosas calles de Bombay y aspira un aire cargado de olores que le recuerdan los de su país: la podredumbre de las verduras entre los desperdicios del mercado el humo del aceite de una freiduría instalada en la acera y el tenue olor de las aguas residuales. El escritor se acerca a una familia que está celebrando un complicado rito a la orilla del río y que hace ofrendas de frutos, arroz y flores. Eso tampoco es nuevo para él. En su Friuli natal, los campesinos tienen costumbres parecidas, viejos ritos paganos que han sobrevivido al paso del tiempo. Y luego, naturalmente, están los chicos. El escritor bromea en su inglés imperfecto con los golfillos que se agolpan en las esquinas. Hasta que liega a Cochin (Kochi) y se hace amigo de Revi, un huérfano risueño y pobre, que es continuamente maltratado y robado por los muchachos mayores. Antes de dejar la ciudad, el escritor convence a un sacerdote católico para que se ocupe del chico y lo proteja, prometiendo que enviará dinero desde Italia. Es lo mismo que habría hecho en su país; todos esos chicos, le parece al escritor, son idénticos a los que se encuentran en cualquier

barriada mísera de Roma o de Nápoles. En conclusión, les dice a sus paisanos, los indios son exactamente iguales a nosotros. Ante su mirada desaparece toda la diferencia de la India, y lo único que queda es otra Italia.

Uno se pregunta si esos compañeros de viaje han visto el mismo país. En realidad, las dos visiones, aunque diametralmente opuestas, constituyen una parábola de las dos caras del eurocentrismo: «son completamente distintos de

nosotros» y «son completamente iguales a nosotros». Uno diría que tal vez la verdad está en el punto medio, que se parecen a nosotros en algunas cosas y sin diferentes en otras, pero de hecho esa solución solo sirve para complicar el asunto.

Ninguno de los dos escritores italianos escapa a la necesidad de aplicar la identidad europea como norma universal, como calibre de toda semejanza y toda

diferencia. Hasta los indios (y también los indonesios, los peruanos y los

nigerianos) han de medirse con la regla de la identidad europea. Así de fuerte es el eurocentrismo.

Pero la India no es sólo diferente de Europa. La India (y cada una de las realidades locales de la India) es singular: no diferente con respecto a una norma universal, sino diferente en sí misma. Si el primero de los escritores italianos hubiese conseguido desentenderse de Europa cono referencia, habría comprendido

esa singularidad. Una singularidad que, sin embargo, no significa que el mundo sea una colección de localismos incomunicables. Una vez que hemos reconocido la singularidad, lo común empieza a emerger. En realidad, las singularidades se comunican, y pueden hacerlo gracias a lo común que comparten. Entre otras cosas tenemos un cuerpo con dos ojos, diez dedos en las manos y otros tantos en los pies. Compartimos la vida en este planeta, compartimos regímenes capitalistas de producción y explotación, y compartimos sueños comunes acerca de un futuro mejor. Por consiguiente, nuestra comunicación, colaboración y cooperación no se basan solo en lo común existente, también producen a su vez nuevos elementos comunes. Todos hacemos y rehacemos todos los días lo común que compartimos. Si el segundo escritor italiano se hubiese librado de la norma europea, habría comprendido esa relación dinámica de lo común.

Tenemos ahí una visión no eurocéntrica de la multitud global: una red abierta de singularidades, cohesionada sobre la base de lo común que comparten y lo común que producen. Para ninguno de nosotros es fácil dejar de medir el mundo con la regla europea, pero el concepto de multitud nos lo exige. Es un desafío. Aceptémoslo.

Dos italianos en la India É rase una vez dos escritores italianos que se van juntos