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El secreto admirable del Rosario-San Luis Maria de Montfort

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religion catolica
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enseña a pedir a Dios lo necesario para la vida del

cuerpo y del alma. Con estas palabras, confesamos

humildemente nuestra miseria y rendimos homenaje a la

Providencia, declarando que creemos y queremos recibir

de su bondad todos los bienes temporales. Con la

palabra “pan”, pedimos a Dios lo estrictamente

necesario para la vida: excluimos lo superfluo. Este pan lo

pedimos “hoy” es decir, limitamos al presente nuestras

solicitudes, confiando a la Providencia el mañana.

Pedimos el pan “de cada día”, confesando así nuestras

necesidades siempre renovadas y proclamamos la

continua dependencia en que nos hallamos de la

protección y socorros divinos.

«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden». Nuestros pecados –

dicen San Agustín y Tertuliano– son deudas que

contraemos con Dios, y su justificación exige el pago

hasta el último céntimo. Y ¡todos tenemos esas tristes

deudas! Pero, no obstante nuestras numerosas culpas,

acerquémonos a Él confiadamente, y digámosle con

verdadero arrepentimiento: «Padre nuestro, que estás en
los cielos», perdona los pecados de nuestro corazón y

nuestra boca, los pecados de acción y omisión, que nos

hacen infinitamente culpables a los ojos de la justicia.

Porque, como hijos de un Padre tan clemente y

misericordioso, perdonamos por obediencia y caridad a

cuantos nos han ofendido.

«No nos dejes –por infidelidad a tu gracia– caer en la
tentación» del mundo y de la carne.

«Y líbranos del mal» que es el pecado, del mal de la

pena temporal y eterna que hemos merecido.

«¡Amén!» Expresión muy consoladora –dice San Jerónimo.

Es como el sello que Dios pone al final de nuestra súplica

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para asegurarnos que nos ha escuchado. Es como si nos

respondiera: “¡Amén!” Sí, hágase como han pedido; lo

han conseguido. Porque esto es lo que significa el

término: “Amén”.

13ª Rosa: El Padrenuestro (II)

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