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Libro como ejemplo de «hermenéutica cultural» de un contenido extrasomático

Gustavo Bueno

Los libros forman parte indudable de nuestra cultura extrasomática («incluso de la


civilización»). Pero, además, es un contenido con una conformación de la que no cabe
ofrecer ningún precursor adecuado: en la «naturaleza» no hay libros —sólo cuando los
geólogos hablan del «Libro de la naturaleza que tiene a los estratos como hojas», o
cuando Reimundo de Sabunde oponía al «Libro de la revelación» el «libro de la
naturaleza», que tiene la ventaja sobre el primero de no tener raspaduras (por lo que le
resultaba preferible consultar a la naturaleza que leer en las sagradas escrituras); pero
obviamente, estos libros naturales son puras metáforas, cercanas al delirio—.
¿Qué es un libro? Por de pronto, desde luego, un contenido de la cultura
extrasomática; un contenido p genuino, sin ningún precursor, un contenido estrictamente
antrópico. Los babuinos de Mono y esencia de A. Huxley, excavando galerías en los
escombros, a los que una bomba atómica había reducido la biblioteca del Congreso,
encuentran unos filones de excelentes «combustibles hojaldrados»: la significación
«libro» se desvanece ante los babuinos que, sin embargo, los manipulan a título de
combustibles. Sin duda, un libro, además de su cuerpo o bulto característico, ha de llevar
escrito un texto, susceptible de ser leído (omitimos aquí los difíciles problemas que
plantea el concepto de texto de un libro: ¿cuántas palabras?, ¿cuántos párrafos como
unidad tipográfica?, ¿qué tipo de unidad se requiere entre las diferentes partes del texto
de un libro?; un tomo que contiene, en una misma encuadernación, una mitad de las hojas
cubiertas por un texto de geología y la otra mitad por un texto de gramática latina ¿puede
considerarse como un libro o más bien como un monstruo, como una especie de
centauro?). En cualquier caso, el texto, que es siempre una secuencia de formas físicas, es
esencial para el libro; pero es engañosa la metáfora, hoy día tan en voga, que habla del
«soporte del texto» y que se refiere a la posibilidad de trasladar un mismo texto a un
«soporte» de papiro enrollado, o a un soporte de papel en forma de códice —el libro por
antonomasia de nuestra cultura—, pero también a un soporte de cinta magnética o de
disco compacto. «Soporte» dice, por ejemplo, peana o basa sobre la que apoyar un objeto
(un lámpara, una estatua...) que puede separarse de él; pero el texto es inseparable del
papiro, del pergamino, del papel, de la cinta magnética en el que está inscrito, y ello
porque no pueden existir textos «flotando» fuera de todo soporte. Esto no significa que el
texto, inseparable del soporte, no pueda disociarse de él, disociación que se advierte (al
margen de otros muchos aspectos de estructura, ritmo, etc.) precisamente en el mismo
traslado o transposición de unos «soportes» a otros. La invariancia del texto es lo que se
contiene en la metáfora del soporte, pero la metáfora es desafortunada porque sustantiva
o hipostasía el texto al asimilarlo a la estatuilla que descansa sobre un soporte,
reduciendo este texto incorporado al terreno de lo mental, o de lo terciogenérico. Y una
cosa es que el texto pueda trasponerse y, más aún, que una vez traspuesto podamos
separar un soporte suyo, quemándolo por ejemplo, y otra cosa es que el texto pueda ser
separado de todos los soportes alternativos, puesto que está necesariamente unido a ellos
aunque sea de modo sinecoide. Por eso, en lugar de soporte, hablaremos de «cuerpo del
texto» para sugerir la noción de «bulto» al margen de la cual no cabe hablar de texto ni de
libro. «Cuerpo» suele jugar como término opuesto a «Alma» (o a «Espíritu») y no falta
una compacta tradición de comparaciones entre el texto con el «alma del libro». Pero lo

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que se estará haciendo, entonces, es atribuir al texto la función «espiritual» p, reservando
para el libro la función material Í, con lo que todavía se incrementan los errores al
suponer que el volumen o cuerpo del libro tiene una estructura meramente física, siendo
así que por su estructura (tanto de páginas, como de cinta continua) es ya p, es decir,
cultura extrasomática. Es cierto también que un «cuerpo» puede tener la apariencia de un
libro, sin serlo: basta que sus páginas no ofrezcan ningún texto. Un «libro con las páginas
en blanco» no es un libro, sino un pseudolibro, un caso límite de libro, como «las
ciudades potemkim» eran sólo pseudociudades, telones pintados que, desde la lejanía,
Catalina de Rusia podía verlas como si fueran ciudades reales. Más fértil sería comparar
el texto con el genotipo de un organismo, reservando el cuerpo para el fenotipo. Y esto
debido, sobre todo, a que los genotipos son específicos y, por tanto, susceptibles de ser
reproducidos en millares y millarse de copias o ejemplares, que pueden comportarse
como «plagas» (lo que ocurre en el caso de que un libro tenga una gran aceptación); y
porque las especies son diferentes unas respecto de otras, como lo son los textos, de
suerte que dos libros realmente existentes podrán diferenciarse o bien sólo como
ejemplares de una misma especie o texto (no necesariamente iguales, y no sólo porque
«no hay dos hierbas iguales», sino también porque las especies pueden ser polimorfas o
politípicas), o bien como ejemplares de especies o textos diferentes: lo que en el terreno
del cuerpo es una plaga, en el terreno del texto es una proliferación, y es obvio que una
proliferación de textos guarda alguna correlación, a veces inversa, con una plaga de
ejemplares. La diferencia entre plaga y proliferación se aprecia muy bien a propósito de
una biblioteca: una biblioteca no es una acumulación de 5.000, 10.000 o 100.000 copias
de un mismo texto (tomando aquí mismo en su sentido esencial, isos); no basta la
diversidad sustancial. Una acumulación de 5.000, 10.000 o 100.000 ejemplares, copias de
un mismo texto, no es una biblioteca, sino un almacén o depósito, como tampoco un
bosque de 5.000, 10.000 o 100.000 pinos de la misma especie es una biocenosis: es sólo
una población. Pero una biblioteca es una «bibliocenosis» en la cual, cada libro, es un
bulto que «ocupa un hueco», como un cuerpo en la estantería (aunque no lo ocupe
propiamente el ámbito de la especie). Y, en principio, cualquier ejemplar podría servir de
«encarnación o fenotivo de la especie genotípica», aunque tampoco la selección del
ejemplar es enteramente aleatoria (el «fenotipo» ha de estar completo, sano; Ambrosio de
Morales sugirió a Felipe II que la Biblioteca de El Escorial estuviese formada, a ser
posible, por «originales de mano», por autógrafos).
Ahora bien, si el texto es una secuencia de formas físicas dispuestas para ser
directamente leídas como tales símbolos (letras, números...) habrá que concluir que el
texto desaparece cuando se le traslada a un «soporte electrónico». Una cinta, un disco
compacto, etc. son también contenidos de la cultura extrasomática, pero no constan de
figuras conformadoras de texto, para ser leídas, sino de procesos moleculares o atómicos
capaces de dar lugar, a través de una «cabeza lectura», a las figuras literales o numéricas
conformadas. En este sentido, habría que decir que ni la cinta ni el CD-Rom son libros (si
seguimos la analogía orgánica: se corresponderían a la estructura cuántica del genotipo,
que, en sí misma, no es un genotipo). Cintas, discos, etc., no son libros, como tampoco es
un libro un volumen con las hojas en blanco. En ningún caso, el cuerpo consta de figuras
conformadas de texto; sólo que mientras que el libro con las páginas en blanco no
contiene figuras en absoluto, la cinta, el disco, las contiene causalmente. Habrá que
reconocer, por tanto, que el término «libro», en cuanto se aplica a cuerpos tan

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heterogéneos como libros en blanco, libros «caja de tabaco», códices, rollos, cintas o
discos..., no es un término unívoco, sino un análogo de atribución, cuyo analogado
principal (o núcleo) está constituido por los libros estrictos (rollos o códices), pero de
suerte que se aplica también a otros cuerpos por alguna relación que guardan con los
libros estrictos (por ejemplo, la semejanza externa de su encuadernación, la relación
causal, en cuanto cuerpo capaz de producir figuras conformadoras de texto en la pantalla
del ordenador). Tampoco la pantalla que nos ofrece textos puede considerarse como un
libro, salvo por analogía de atribución (por ejemplo, porque el texto procede de un libro
previo tratado electrónicamente, o porque puede dar lugar a un libro a través de una
impresora). El hecho de que, en el conjunto de la cultura extrasomática, puedan agruparse
juntos, formando la clase de los libros, a cuerpos conformados tales como libros en
blanco, rollos, códices, cintas rayadas, discos o «textos de pantalla» (que reproducen de
algún modo la estructura continua del rollo antes que la discreta o interrumpida del
códice) no nos permite tratar a esta clase como una clase unívoca, como hemos dicho,
sino como un agrupamiento heterogéneo de cuerpos relacionados en torno a un núcleo
principal o primer analogado que sería el libro clásico.
Los libros que constituyen una biblioteca, en tanto no forman meramente una
«población», son libros seleccionados; selección, ante todo, en sentido numérico (un
ejemplar de cada especie o de sus variedades) pero también selección específica, puesto
que no todas las especies aun representadas por ejemplar único caben en una biblioteca. Y
esto es lo que aproxima las funciones del bibliotecario a las del censor. Sin embargo, la
función propia del bibliotecario, en tanto a él no le corresponde mancharse las manos
trasportando libros (como el arquitecto de Alberti tampoco se manchaba las manos
arrastrando los sillares de grandes volúmenes) es equiparable a la del Nous de
Anaxágoras. El bibliotecario es una especie de «demonio clasificador» que transforma el
caos (el montón de libros) en un cosmos ordenado, con mínima entropía: en la época
barroca fue frecuente, de hecho, la comparación de la biblioteca con un microcosmos,
entendido como reflejo del universo. En realidad, la función del bibliotecario es análoga a
la del taxónomo que busca ordenar, jerarquizar en especies, géneros, clases, &c. El papel
que Linneo desempeñó con los organismo vivientes corresponde al que Leibniz o Naudé
jugaron con los libros de las bibliotecas a su cargo (Wolfen Bütel, Barberini o Mazarino).
La célebre «paradoja del bibliotecario» de B. Russell tiene que ver con la estructura
lógica de la biblioteca, en cuanto área de la cultura extrasomática constituida por
«singularidades individuales especificadas»; y la solución a la paradoja (la que dió
Russell fue poco elegante, pues consistió en dar un «corte gordiano» destinado a evitar la
contradicción: su solución consistía en prohibir hacer un catálogo de catálogos que se
citen a sí mismos) podría ser una solución dialéctica, una catábasis1 combinada con
anástasis,2 una solución que reconocería la contradicción: el bibliotecario que está
construyendo el catálogo de los catálogos que no se citan a sí mismos, cuando llega al

1
Figura o estrategia, en la línea del progressus, de la dialéctica procesual convergente . En la catábasis el
desarrollo regular de dos o más procesos mantenidos según una ley de identidad se resuelve por su
confluencia en una configuración que constituye el límite externo de los confluyentes («lo distinto se hace
lo mismo»).
2
Figura o estrategia, en la línea del regressus, de la dialéctica procesual divergente. En la anástasis, el
desarrollo de un esquema material de identidad conduce a una configuración contradictoria que obliga
(apagógicamente) a un regressus equivalente a una detención o involución del proceso antes de alcanzar su
límite.

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caso de su propio catálogo, tendrá que citarlo (catábasis), pero al advertir la contradicción
se verá obligado (anástasis) a borrar la cita. Al borrarla advertirá la nueva contradicción y
tendrá que inscribirlo otra vez. El círculo se reiterará ad infinitum, como le ocurre a un
«martillo de Wagner». Tendríamos así creada una nueva plaza para los bibliotecarios, la
del bibliotecario encargado de actuar como un martillo de Wagner catalográfico, que
resolvería continuamente la antinomia generada por su propio proyecto (también es cierto
que podría sustituirse al bibliotecario paradójico de carne y hueso por un bibliotecario
electromagnético).
¿A qué categoría de la cultura extrasomática pertenece, según lo que venimos
diciendo, el libro? Cabe ensayar diversas respuestas. Para las concepciones barrocas, si
no el libro, sí al menos la biblioteca, en cuanto microcosmos, sería algo así como la
manifestación del Universo a través de la cultura; por tanto, una biblioteca rebasaría
incluso la condición ecomórfica de otros contenidos culturales. Pero si nos atenemos a los
libros, al margen de que se organicen en bibliotecas, habrá que concluir que, salvo los
enciclopédicos, la metáfora del microcosmos queda fuera de lugar. El libro se nos
manifiesta más bien como algo asimilable a una máquina herramienta. No es propiamente
una herramienta, una simple proyección de la «memoria individual», porque el libro
contiene grabado en su texto una parte esencial de la memoria objetiva que desborda por
completo la escala psicológica y que funciona de modo automático; pero tampoco es un
autómata, porque el libro ha de ser siempre leído por algún sujeto capaz de interpretarlo.

Gustavo Bueno

Texto recuperado de, http://filosofia.org/filomat/df431.htm

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