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3 - Razones Para El Amor

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Desde hace un par de semanas yo tengo un nuevo ángel de la guarda, que
se llama Nunchi. Es un ángel bastante diferente de los habituales: grande
como un frigorífico, y lleno de botones, voltímetros y tubos como la cabina
de mandos de un avión. Es beige y marrón y está hecho de metal y plástico,
con algo de Nacimiento por sus lucecitas verdes y rojas que se encienden y
que parpadean. Es un medio robot, medio amigo celeste. Y me visita tres
veces por semana: martes, jueves y sábado, para ser más exacto. Un ángel
muy importante para mi: él vigila mi vida, cuida mi corazón, lava nú sangre,
pesa mis esperanzas y mis sueños. Hace, ya que no de madre, al menos de
nodriza de mi vida.

Yo estoy atado a él por dos tubos de plástico, a través de los cuales mi
sangre y la suya se vuelven una sola. Por el tubo de pitorritos rojos va
saliendo mi sangre de paseo. Cada veinte minutos todos mis hematies se han
ido de parranda. Pero no se van lejos. A los pocos minutos regresan, más
limpitos, por el tubo de los pitorros azules, después de haberse refrescado en
el dializador. Y el paseito se lo dan doce veces en cada sesión. No me han
contado aún lo que ven por el mundo ni con quién se codean cuando salen de
casa. Pero me parece que vuelven más felices, como críos que por primera
vez viajaran al extranjero.
La he llamado Nunchi porque se me apareció por vez primera el día de la
Anunciación, que este año, para más simbolismo, era martes santo. Me habían
anunciado su venida hace ya más de dos años, pero me confirmaron que
vendría -como si hubieran elegido bien los símbolos- el día de mi santo -¿un
buen regalo?- y en el aniversario de mi ordenación. A lo mejor por todo eso
la quiero un poco más.
He dicho que la quiero, no -claro- que me resulte agradable o simpática. No
está, ciertamente, fabricada en una confitería. Pero tampoco es tan terrible
como me la pintaban, sobre todo cuando uno piensa que gracias a ella estoy
viviendo. Realmente sólo una noche la odié: la siguiente a la primera sesión,
porque me puse a pensar y me vine abajo como un idiota. Me pareció que

sobre su metal habían escrito aquel verso de Dante: «Dejad toda esperanza los
que entráis.» ¿Toda la vida esclavo de sus ém- bolos? ¿Dejaría en sus manos
un cuarto de lo que de vida me restase? No era el dolor el problema. En
realidad, no es mucho. Pero sí lo era la esclavitud, el ir dejando entre sus tubos
trozos de libertad, viajes, proyectos... Además, me decía, no vas a poder
permitirte ni el lujo de estar triste, tú, que te has pasado la vida hablando de
alegria. ¿Dónde vas a alquilar ahora la sonrisa?
Fue, por fortuna, solamente una noche. Luego empecé a pensar y regresó la
paz y una forma -distinta- de alegría. Por de pronto, la de los amigos. ¡Si debo
tener a media España rezando por nús dos riñones! ¡Demasiado, demasiado!
¡Con la cantidad de gente que sufre más que yo! A estas horas son ya once los
amigos que se me han ofrecido para un trasplante. ¿Y qué hago yo con once
riñones? Ni que fuera un fenómeno de feria. Pero ¡qué bien sentirte tan
querido! Ahora lo sé: lo mejor de mi vida han sido mis amigos. Y mis
hermanos, que van en cabeza de toda amistad. Y las tres enfermeras -Concha,
Sabina y Marian- que me sirven ahora de arcángeles provisionales.
Además, voy aprendiendo de la máquina muchísimas cosas. Durante esas
cuatro horas de cada sesión uno tiene tiempo para pensar mucho. Y a veces
me digo: ¿ves? Así es el Cuerpo místico. Uno tiene la sangre envenenada y
viene otro y te presta la suya bien limpita y llega un momento en el que ya no
sabes muy bien qué sangre es tuya y cuál te dio el vecino. La comunión de los
santos tiene que ser así.
Otras veces entiendo mejor los sacramentos. En el bautismo me
«enchufaron» a Cristo y en la confesión me siguen limpiando el alma como
me limpia la diálisis la sangre. Si me desenchufo, adiós José Luis, alma
muerta, cuerpo envenenado. ¿Cómo podría uno no querer a todos estos
ángeles amigos?

Tiene toda la razón este cura de Astorga que me escribe para contarme que
también él es compañero de máquina, que también 61 ha «saboreado hasta la
saciedad el dolor de ir perdiendo poco a poco jirones de libertad»; pero que
«en las largas horas de los tubos enchufados ha aprendido que la máquina
puede mantener- te en la vida, pero sólo el amor de Dios puede permitirte
vivirla en plenitud». Sí, es verdad. Todo es gracia.

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