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i, SOBRE LA TEORIA DEL ESTADO 1 ¢Quién escapa hoy al Estado y al poder? ¢¥ quién no habla de ellos? Algo tiene que ver, seguramente, con este fené- meno, la actual situacién. politica, no sélo en Francia sino en toda Europa. Pero no basta con hablar. Hay que intentar comprender, conocer y explicar. ¥ para intentarlo no hay que vacilar en coger los problemas por su raiz, sin andarse con rodeos. | Conviene, también, proporcionarse los medios y no ceder a las facilidades de ‘un lenguaje analégico y metaférico, ac tualmente de moda, por grande que sea la tentacién: mis primeras consideraciones serén, sin duda, bastante dridas. Pero desgraciadamente no puedo permitirme, a diferencia de Alphonse Allais, renunciar a este capitulo para pasar més répidamente a los otros, tan excitantes. Toda la teorfa politica de este siglo plantea siempre en el fondo, abiertamente o no, la misma cuestid: cual es la relacion entre el Estado, el poder y las clases sociales? Sub- ayo, en este siglo, porque no siempre fue asi, al menos bajo tal forma. Ha sido necesario que el marxismo se abriera paso. Desde Max Weber oe teorfa politica dialoga con el marxismo o la emprende con él. ¢A quién se le ocurriria, en todo caso, negar la relacién entre el poder y las clases dominantes? Pero si toda la teorfa politica plantea la misma ‘cuestion, también da siempre, en su gran mayoria y a través de innumerables variantes, la misma respuesta: habria, pri- mero, un Estado, un poder —que se intenta explicar de miltiples maneras—, con el cual las clases dominantes es- tablecerian, a continuacién, tales o cuales relaciones de pro- —_——.- 6 Nicos Poulantzas ximidad o de alianza. Se da una explicacién mas 0 menos sutil de estas relaciones, evocando grupos de presion que actian sobre el Estado 0 estrategias flexibles y sinuosas ue se propagarian en el entramado del poder y se moldea- rian en sus dispositivos. Esta representacién se reduce siem- pre a lo siguiente: el Estado, el poder, estarian constituidos por un miicleo primero, impenetrable, y un «resto» al que jas clases dominantes, venidas de otra parte, podrian afec- tar o en el que podrian introducirse. En el fondo es captar el Estado a través de la imagen de Jano 0, mejor atin, a través de la que ya obsesionaba a Maquiavelo, actualizad el Poder-Centauro, medio hombre medio bestia. Lo que cambia de un autor a otro es la faz situada del lado de las clases: en unos es Ja faz hombre, en otros la faz bestia. Pero veémos: si fuera asi, ¢cémo explicar lo que —a me- nos de estar ciegos— comprobamos cotidianamente no ya como filésofos sino como simples ciudadanos? Es evidente que nos encontramos cada vez més encuadrados en las préc- aaa ae en sus menores detalles, manifies- ion con inte i i tan au relacia con intereses particulares y, por consigulen __Un cierto marxismo, siempre ligado a una cier' i- cién politica, pretende darnos la respuesta: el ‘Estado ee duciria a la dominacién polftica, en el sentido de que cad: clase dominante confeccionarfa su propio Estado, a su mé dida y conveniencia, manipuldndolo asi a voluntad, segin sus intereses. Todo Estado no seria, en ese sentido, més que una dictadura de clase, Concepcién puramente instru- mental del Estado, que reduce —cmpleemos ya los térmi- nos— el aparato del Estado al poder del Estado. Esa concepcién pierde asi de vista lo esencial. No se trata de que el Estado no tenga una «naturaleza de clase»: pero, precisamente, el problema de toda teoria politica del Estado es el que se plantea también ante los padres funda- dores del marxismo, aunque no lo hayan abordado con la misma optica. También a ellos les ocupa este problema. Més atin: les obsesiona. El Estado, insisten, es un aparato espe- cial; posee una armazén material propia, no reducible a las relaciones (tales o cuales) de dominacién politica. Lo cual puede ser formulado respecto al Estado capitalista de la Sobre la teorfa del Estado ; 7 siguiente manera: ¢por qué Ip burguesfa ha recurrido gene Talmente, para los fines de su dominacién, a este Estado nacional-popular, a este Estado representativo moderno con Sus instituciones propias, y|no a otro? Porque no es evi- dente, ni mucho menos, que si la burguesia hubiese podido producir el Estado de arriba abajo y a su conveniencia, har Sria escogido este Estado, Si este Estado le.ha procurado, y sigue procurandole, mucho provecho, la burguesia estd lejos de felicitarse siempre, tanto hoy como en el pasado: ‘Cuestion candente, porque concierne del mismo modo al estatismo actual, cuando las actividades del Estado se ex: tienden demasiado lo sabemos— a todos los dominios de la vida cotidiana. También aqui la respuesta del mencionado marxismo es inapelable: el conjunto de dichas actividades Seria la emanacion de la voluntad de la clase dominante © Ge la voluntad de los politicos a sueldo y bajo la férula de €sa clase, Sin embargo existe, es evidente, una serie de fun- Giones del Estado —por ejemplo, la seguridad social— que hho se reducen en modo alguno a la dominacién politica. Por poco que tno intente salir de la imageneria de un Estado simple producto o apéndice de la clase dominante, se encuentra inmediatamente enfrentado con otro riesgo: otro, pero siempre el mismo, el de la respuesta tradicional Ge la teorfa politica. Y otro marxismo, mas actual en este €aso, no siempre lo evita: evocar la doble naturaleza del Estado. Habria, por una parte (de nuevo, la gran divisién) un nicleo del Estado que estaria, en cierto modo, al mar- gen de las clases y de sus luchas. Verdad es que no se da fi misma explicacién de.este nucleo que en las otras teo- tias del Estado y del poder: se hace referencia, muy particur Jarmente, a las fuerzas productivas, reduciendo a éstas las relaciones de produccidn. Se trata de la famosa estructura écondmica en la que estarian ausentes las clases y sus luchas. Esa estructura daria lugar a un primer Estado, muy exac- tamente al «especial; y a medidas puramente técnicas 0, segdn un término mds noble, puramente sociales del Estado. Después —es decir, por otra parte— estarfa la otra natura: Jeza del Estado, en relacién, esta vez, con las clases y sus Juchas. Un segundo Estado, un super-Estado o un Estado enel Estado, de hecho un Estado que se afiadiria al primero 7 Nicos Poulantzas Por detras, injertado en él, que seria el Estado de clase: si se trata de él, el de la burguesia y su dominacién politica. Este segundo Estado vendria a Pervertir, viciar, contaminar 9 desviar Jas funciones del primero. Estaba hablando aqut de un cierto.marxismo, Pero la cosa va mucho mas lejos: aludo al tecnocratismo de izquierda, que actualmente hace estragos, incluso —y sobre todo— cuando no se refiere a las fuerzas productivas sino, de manera més prosaica, a la complejizacién intrinseca de las tareas técnico-econémicas del Estado en las Hamadas sociedades «posindustriales», las cuales hacen que..., etc. Esta respuesta no difiere mucho de aquélla, secular, de la teoria politica tradicional o adaptada a la moda del dia: un Estado-poder aparte, que seria después utilizado de esta © la otra manera por las clases dominantes, Llamemos a las cosas por su nombre: no deberia hablarse de una naturaleza de clase, sino de una utilizacién de clase del Estado. Recor- daba yo el término de doble naturaleza del Estado, pero este término no recubre la realidad de esos anélisis: ja ver. dadera naturaleza del Estado.es el primer Estado; el otro €s una costumbre. Como para la teoria Politica secular, la del Estado medio hombre medio bestia: también para ella el verdadero Estado-poder no es la mitad que da al patio (el lado de las clases), sino la otra, la que da al jardin No esquematizo mas que Para sugerir lo siguiente: si toda Ia teoria politica, todas las teorias del socialismo, in- cluido el marxismo, giran siempre alrededor de la mi Suestion, es que hay ahi un problema real. No es, ni mucl menos, el tinico en ese terreno, pero es el principal, y com cierne también —la cosa se adivina— a la cuestién de la transformacién del Estado en una transicién al socialismo democratico. Sea como sea, sélo hay un camino que Ileve, en este terreno, a alguna parte; sélo una respuesta que permita salir del efrculo. Esta puede enunciarse de manera simple: el Estado presenta, desde luego, una armazén material pro- Pia, que no puede reducirse, en asoluto, a la sola dominacién politica. El aparato del Estado es algo especial, y por tanto temible, que no se agota en el poder del Estado. Pero la dominacién politica est, a su vez, inscrita en la material , i ido institucional del Estado. Si el Estado no es produci fee rl Cate eine, nls ee plemente acaparado por ell as el See eae) Be irgue: ‘el caso del Estado capitalist : ea rae mislided” No todas|las acciones del Estado ae cen a la dominacion politics, pero todas estén constitutiv or esa dominacién. Sr ee me atrevo a decir, cosa sent ill. Las cuestiones series oe las mds complejas lo son . a we eg ein» inbvinies y hilo: el fundamento de la a1 in mat eee hay jue buscarlo en las relaciones de pre < pode Ae oe social del trabajo, pero no en el aes i jue se las entiende habitualmente, no en el sentido ae fan acabado por entenderse, No se aia ee ete econémica de la que estarian ausentes a pees las luchas, Poner en relacion el Estado cc Files Iuchas es ya la investigacién de ese fundamento, aur que sdlo sea un primer jalon. Por tratarse del ent me dedicaré a su examen para entrar en el debate ac L, bastante mds amplio, en torno al Estado y el poder. 0 : breve evoca- secuencia debemos comenzar por una Soo de algunos andlisis hechos por mf en textos prece- sense conexién del Estado con las relaciones de produccién i «base ién de la relacién del Estado y de la «ba Entmicass {Qu se entiende, presiaments, por el ring : ne : «base econémica»? De ello depende, si * luc OO eee adopte sobre la relacién del Estado y de produccién y, por consiguiente, del Estado y la lucha de clases. Es més necesario que nunca seguir desmarcéndose de una concepcién economicistaformalista que considera la economfa como compuesta de elementos invariantes a tra- - Nicos Poulantzas vés.de los diversos modos de produccién, de naturaleza y esencia cuasi aristotélica, autorreproducible y autorregulada por una especie de combinacién interna, Como es sabido, fue una tentacién permanente en la historia del marxismo, y atin tiene actualidad. Esta concepcién oculta el papel de las luchas alojadas en el corazén mismo de las relaciones de produccién y de explotacién, mediante lo cual se emparenta de nuevo con el economicismo tradicional, El espacio o cam- po de lo econémico (y, de rebote, el espacio de lo politico-es- tatal) lo considera como inmutable, dotado de limites in- trinsecos, trazados de una vez para siempre, por su preten- dida autorreproduccién a través de todos los modos de produccién. En el plano de las relaciones entre el Estado y la economia, esta concepcién —al fin y al cabo bastante a puede dar ae dos interpretaciones erréneas, yas consecuencias, por lo demas, se ent cuentemente de modo'combinado: "seman muy fre Puede avalar un viejo equivoco, basado en la represen- tacién topolégica de la «base» y la esuperestructuras’y ‘con+ cebir as{ el Estado como un simple apéndice-reflejo de lo econémico:.el Estado no poseeria espacio propio y seria re. ducible a la economia, La relacién entre Estado y economia se limitaria, en el mejor de los casos, a la famosa «accion teciproca» del Estado sobre una base econémica considera- da, en lo esencial, como autosuficiente. Se trataria de la concepcidn economicista-mecanicista tradicional del Estado, cuyas implicaciones y consecuencias som ahora suficiente. mente conocidas como para detenerme en ellas, Pero puede dar lugar, igualmente, a otro equivoco, Aquél en que el con- Junto social es concebido bajo forma de instancias o niveles auténomos Por naturaleza o esencia, La economia es captada mediante una serie de elementos invariantes, en un espacio: intrinseco, a través de: los diversos modos ‘de produccién (esclavismo, feudalismo, capitalismo). Y por analogia se aplica la misma concepcién a las instancias superestructu rales (Estado, ideologia). La combinacién a posteriori de esas instancias, Por naturaleza auténomas, sera lo que pro- duzca los diversos modos de produccién. La esencia de di- chas instancias es previa al establecimiento de la relacién entre las mismas dentro de un modo de produccién, Sobre ta teoria del Estado u En lugar de captar las instancias superestructurales como apéndices-reflejos de la economia, la segunda concep- cién que acabamos de exponer —basada siempre en la repre- sentacién de un espacio econémico autorreproducible en s{— corre el riesgo de sustantivar esas instancias y de dotar- las de una autonomia invdriante, a través de los diversos modos de produccién, respdcto a la base econémica. La auto- nomia por naturaleza de Ips instancias superestructurales (Estado, ideologia) servira |de legitimacién a la autonomia, Ia autosuficiencia y Ja autoyreproduccién de la economia. Es visible la connivencia tedrica de las dos concepciones. Am- bas conciben las relaciones entre el Estado y lo econémico como relaciones de .exteriotidad por principio, cualesquiera que sean las figuras empleadas para designarlas. Por tanto, la imagen constructivista de la «base» y de la «superestructura» —de uso puramente descriptivo, que per- mite visualizar de alguna manera el papel determinante de Jo econémico— no sdlo no puede convenir @ una represen- tacién correcta de la articulacién de la realidad social y, por consiguiente, de ese papel determinante, sino que a la larga se ha revelado desastrosa en mas de un aspecto. Es induda- ble que desconfiar de esa imagen sdlo puede reportar venta- jas: en lo que a mf respecta, hace tiempo que no la empleo en el andlisis del Estado. | Estas concepciones tienen igualmente repercusiones en lo concerniente a la diseccién y la construccién de objetos sus- ceptibles de tratamiento tedrico. Tienen en comdn el admi tir como posible y legitima una teoria general de la econo- mia en cuanto objeto epistemolégicamente aislable, que seria Ia teoria del funcionamiento transhistorico del espacio eco némico, Las diferenciaciones del objeto-economia en los di- versos modos de produccién expresarian simplemente meta-| morfosis internas de un espacio econémico autorregulado, | con limites inalterables; metamorfosis y transformaciones, cuyo secreto seria revelado por la teoria general de la econo- mia (la «ciencia econémica»). Si las dos concepciones diver- gen a nivel del estudio de las Ilamadas superestructuras, lle- gando a resultados opuestos, tan falsos son los unos como los otros. Para la primera, todo tratamiento especifico de los espacios superestructurales, como objeto propio, es inadmi- 2 ' Nicos Poulantzas sible, dado que la teorfa general de la economia proporciona las claves de la explicacién de las superestructuras-reflejos mecinicos de la base econémica. En cambio, para la segun- da, la teoria general de la economia deberfa ir acompafiada, por analogia, de una teoria general de todo dominio superes- tructural, en este caso de Ia politica-Estado. Tal teorfa gene- ral del Estado deberfa, también, tener como objeto espectfi- co y aislable el Estado a través de los diversos modos de pro- duccién: al Estado se le considera también, en cuanto obje- to epistemolégico, dotado de Itmites inalterables, limites que Je serfan asignados por exclusién fuera de los limites a-tem- porales de Ia economia, Las fronteras intrinsecas del objeto- economia, realidad autorreproducible desde dentro, por sus leyes internas, conduce a las fronteras intrinsecas, exterio- res, del Estado; espacio inmutable por envolver desde fuera al espacio, él mismo inmutable, de la economia. Concepciones falsas. ¢Cudl es la realidad? 1. El espacio y el lugar de la economia; el de las rela- siones de produccién, de explotacién y de extraccién del plustrabajo (espacio de reproduccién y de acumulacién del pital y de extraccién de la plusvalia en el modo de produc- cidn capitalista), no ha constituido nunca, ni en los otros modos de produccién (precapitalistas), ni en el capitalismo, un nivel hermético y cerrado, autorreproducible y en pose- sién de sus propias «leyes» de funcionamiento interno. Lo politico-estatal (y lo mismo sucede en el caso de la ideolo- gia) estuvo siempre, aunque bajo formas diversas, constitu. tivamente presente en las relaciones de produccién y, por consiguiente, en su reproduccién. Incluso, dicho sea de paso, en el estadio premonopolista del capitalismo, pese a una serie de ilusiones relativas al Estado liberal, considerado como no comprometido en la economia, salvo para crear y mantener Ja «infraestructura material» de la produccién. Cierto es que el lugar del Estado en relacién con Ja economia no sdlo se modifica en el curso de los diversos modos de produccién, sino también segiin los estadios y las fases del Propio capitalismo. Pero estas modificaciones no pueden, en Sobre la teoria del Estado 13 modo alguno y en ningtin caso, inscribirse en una figura to- poldgica de exterioridad, en la que el Estado, instancia siem- pre exterior a la economia, unas veces intervendria en las relaciones mismas de produccién y penetrarfa, en este caso, en el espacio econémico, y otras se mantendria en el exte- rior y no actuaria mas que en su periferia. El lugar del Es- tado respecto a la economia no es siempre més que la mo- dalidad de una: presencia constitutiva del Estado en el seno mismo de las relaciones dé produccién y de su reproduccién. 2, Lo cual equivale ajdecir que los conceptos de econo- mia y de Estado no puedgn tener la mismavextensién, ni el mismo. campo, ni el mismo sentido, en los diversos modos de produccién. Estos iltimos, lo mismo que no pueden ser captados, ni siquiera a un, nivel abstracto, como formas pu- ramente éconémicas —resultantes de una combinatoria, cada vez diferenciada, de elementos econémicos, ‘invariantes en si mismos, moviéndose en un espacio cerrado con limites intrinsecos— tampoco constituyen combinatorias entre esos elementos y elementos invariantes de otras instancias —del Estado— concebidos, a su vez, como sustancias inmutables. En suma: un modo de produccién no es el producto de la combinacién entre diversas instancias que no obstante po- Seen, cada una de ellas, una estructura intangible, previa al establecimiento de la relacién entre ellas. Es el modo de produccién —unidad de conjunto de determinaciones eco némicas, politicas e ideolégicas— quien asigna a estos es- pacios sus fronteras, delimita su campo, define sus respec- tivos elementos: el establecimiento de su relacién y su ar- ticulacién es lo que los constituye, en primer lugar. Lo cual se realiza, en cada modo de produccién, mediante el papel determinante de las relaciones de produccién. Pero esta de- terminacién nunca existe mas que dentro de la unidad de un modo de produccién. | 3,” En Jos modos de produccién precapitalistas los pro- ductores directos estaban separados del objeto del trabajo y de-los medios de .produccién en Ja relacién de propiedad Zconémica, En cambio no estaban separados en la segunda ‘relacién constitutiva de las relaciones de produccién: Ja re a Nicos Poulantzas lacién de posesién. Los productores directos (campesinos y siervos en el feudalismo, por ejemplo) estaban «vinculados» a esos objetos y medios, conservaban un dominio relativo del proceso de trabajo, y podfan practicar estos procesos sin Ja intervencién directa del propietario, Ello tenia como efec- to, precisamente, lo que Marx llama «imbricacién» estrecha © «interpenetracién» del Estado y de la economia. El ejer- cicio de Ia violencia legitima estd organicamente implicado en las relaciones de produccién, a fin de que el plustrabajo sea arrebatado a los productores directos que estén en po- sesién del objeto y de los medios de trabajo, En virtud de estas relaciones precisas entre el Estado y la economia, la configuracién, la extensién y el sentido de los mismos son completamente diferentes que en el capitalismo. En el capitalismo los productores directos estén total- mente desposeidos del objeto y de los medios de su trabajo; no solamente estén separados en la relacién de Propiedad econémica sino también en la relacién de posesién. Se asiste a la emergencia de la figura de «trabajadores libres», que sélo poseen su fuerza de trabajo y no pueden poner en mar- cha el proceso de trabajo sin la intervencidn del propietario, Tepresentada juridicamente por el contrato de compra-venta de la fuerza de trabajo. Esta estructura precisa de las-re- Jaciones de produccién capitalistas es la que hace de la misma fuerza de trabajo una mercancia y la que transforma el plustrabajo en plusvalia. Dicha estructura da lugar, igual- mente, en cuanto a las relaciones entre el Estado y la eco- nomia, a una separacién relativa del Estado y del espacio econémico (acumulacién del capital y produccién de plusva- lia), separacién que esta en la base de la armazon institu- cional caracteristica del Estado capitalista porque delimita Jos nuevos espacios y campos respectivos del Estado y de la economia. Tenemos, pues, la separacién del Estado y del espacio de reproduccién del capital, especifica del capitalis- mo: no debe ser percibida como el efecto particular de ins. tancias auténomas por esencia, compuestas de elementds in- variantes cualquiera que sea el modo de produccién, sino como una caracteristica propia del capitalismo, en la medida en que este ultimo configura nuevos espacios del Estado y de Ja economfa, transformando ‘sus elementos mismos, Sobre Ia teoria del Estado 15 ‘Tal separacién no debe hacernos creer que existe una exterioridad real entre el Estado y la economia, como si el Estado no interviniese en la economia mas que desde fuera. No es —esta separacién— mds que la forma precisa reves- tida bajo el capitalismo por la presencia constitutiva de lo politico en las relaciones de produccién y, por lo mismo, en su reproduccion. Esta separacién del Estado y de la econo- mia y esta presenciaaccién del Estado ‘en la econo- mia constituyen una sola y permanente figura de las rela- ciones entre Estado y economia en el capitalismo, y reco- ren, aunque transformadas, toda la historia del capitalis- mo, el conjunto de sus estadios y fases: pertenecen al nticleo sdlido de las relaciones de produccién capitalistas. Asi como en el estadio premonopolista ol Estado no era realmente ex terior al espacio de reproduccién del capital, el papel del Estado en el capitalismo monopolista, concretamente en, su fase actual, no implica —inversamente— una abolicién de la separacion entre Estado ly economia. El andlisis corriente (que supone lo contrario) ¢s inexacto, a la vez, en cuanto a las relaciones del Estado y la economfa en el estadio premo- nopolista (llamado competitive o liberal) del capitalismo, y en cuanto a las relaciones|del Estado y la economia en el estadio y fase actuales. Las modificaciones sustanciales de esas relaciones a través de'la historia del capitalismo, debi- das a las modificaciones de sus relaciones de produccién, s6lo son «formas transformadas» de esa separacion y de la presencia-accién del Estado en las relaciones de produccién. Ahora bien, en la medida, precisamente, en que el espa- cio, el campo y, por consiguiente, los conceptos respectivos de lo politico-estatal y de lo econémico (relaciones de pro- duccién) se presentan de manera diferente en los diversos modos de produccién, se deduce —contra todo Catan formalista— que no puede existir una teoria general de economia (en el sentido de tna wciencia econémica») con un objeto teérico invariante a través de los diversos modos. produccion, de la misma manera que no puede existr una tteoria general» de lo politico-estatal (en el sentido de la ‘ciencia», o de la «sociologia», politica) con un objeto teéri- ay Nicos Poulantzas co invariante a través de esos modos. Lo cual habria sido legitimo si el Estado constituyera una instancia autonoma por naturaleza o esencia, con fronteras inalterables, y si esta instancia contuviera en s{ misma las leyes de su propia re- produccién histérica. Entiendo aqui el término de teorfa general en el sentido fuerte: el de un corpus tedrico sistema. tico que a partir de proposiciones generales y necesarias pueda, a la yez, explicar los tipos de Estado en los diversos modos de produccién como expresiones singulares de un mismo objeto tedrico, y exponer las leyes de transformacién que caracterizarian las metamorfosis de ese objeto, en su Propio espacio, de un modo de produccién a otro; es decir, el paso-transicién de un Estado a otro. En cambio, resulta perfectamente legitima una teoria del Estado capitalista, que construya un objeto y un concepto especificos: ello se hace posible por la separacién entre el espacio del Estado y la economia bajo el capitalismo. Lo mismo sucede en cuanto a la legitimidad de una teorfa de la economia capitalista, que se hace posible por la separacién entre las relaciones de produccién-proceso de trabajo y el Estado. Se puede, ciertamente, avanzar proposiciones tedricas generales concernientes al Estado, Pero tienen el mismo es. tatuto que las de Marx concernientes a «la produccién en general». Es decir, no podrian aspirar al estatuto de teoria general del Estado. Es importante sefialarlo dado el prodi- gioso dogmatismo inherente a la presentacién, bajo la ri brica de «teoria marxista-leninista del Estado», de las pro. posiciones generales de los clésicos del marxismo sobre el Estado. ¥ esto sigue ocurriendo hoy dia. Se ha podido cons- tatar, durante el reciente debate sobre la dictadura del pro- Ietariado en el seno del rcr, entre algunos partidarios del «mantenimiento» de esta nocién. Concretamente E. Balibar, en'su libro Sobre la dictadura del proletariado, * Es cierto que no se encuentra en los clisicos del marxis- mo una teorfa general del Estado, pero no, simplemente, Porque no hayan podido o sabido, por tales o cuales razones, desarrollar con plenitud una teoria semejante, sino porque no puede haber una teorfa general del Estado. Cuestion de Siglo XXI de Espafia Editores, Madrid, 1977, [N. de la Edit.] Sobre la teoria det Estado a trem .ctualidad, como lo muestra, en particular, el de- tute sobre! Estado en el seno de la lnquierca italiana, Ulti mamente N. Bobbio, en dos sonados articulos, ha insistido de nuevo sobre el hecho de que el marxismo no dispone de una teorfa general del Estado, Numerosos marxistas in anos se han considerado obligados a responder que ‘a teorfa existe en «germen» en los clasicos del marxismo y - " cuestién es desarrollarla. Piensan, por lo tanto, que es oe i- ma |, Pero incluso si las razones dadas por Bobbio no son las correctas, el hecho no deja de ser exacto: no hay teoria ge neral del’ Estado porque no puede haberla. En este, punto concreto hay que hacer frente con firmeza a todas las cri- Hicas, de buena o mala fe, que reprochan al marxismo sus pretendidas carencias al nivel de una teoria general de la po- litica y del poder. Uno de los méritos, justamente, de] marxi mo, es haber dado de lado —en éste como en otros aaa a las grandes ojeadas metafisicas de la Hamada ee polftica, a las vagas y brumosas teorizaciones generales 2 abstracias que pretenden fevelar los grandes secretos de 1a Historia, de la Politica, del Estado y del Poder. Convi ene sefalarlo, hoy mds que nurjca, cuando frente a las urgencias politicas en Europa, y muy|particularmente en Francia, asis- timos una vez mas a este motes, muy tipico eee air de las grandes sistematjzaciones, de las Filosofias Prime- ras y Ultimas del Poder, ade, por lo general, se limitan a ru miar los términos manoseados de la metafisica soi ista mds tradicional, Y lo hacen infestando alegremente el mer- cado del concepto con las grandes Nociones Lapeanets mistificadoras de Déspota, Principe, Amo y otras de la mis- ma indole: de Deleuze a los «nuevos fildsofos»,. tendriamos una larga lista?, El Congreso filoséfico se divierte hoy en Francia, pero al fin y al cabo todo esto no es muy divertido. Los problemas reales son suficientemente graves y comple- TY Et eonj con el titulo 1 EI conjunto de esta controversia ha sido publicado It marsism e To Stato, 191 [El marsismo y el Estado, Barcelona, va'G. Delete y F. Guattari, Lantididipe, 1975. En cuanto a la crise a Tle, te waa girne bine pace aneen ee oko _ 18 Nicos Poulantzas Jos como para que puedan resulverse medi ciones ultrasimplificadoras cuentes, que nunca han andi Jogrado pi Ci ey le 4 eh ad ed fo se trata de negar que haya carenci jas del mai on Jos andlisis, sobre el Estado y el poder, pero esas caren. Ii donde se las busca. Lo que ha muy caro a las masas populares ie ot 2 uulares eri todo el mundo n ido Js ausenciaen ef maraismo, de una teoria general dal ti ler, sino el dogmatismo escatolégico y pro- fético que nos ha servido durante mucho tiempo . {e6rico de exe género bajo la forma de cteoria marxistale- » lo. Las carencias reales, y por consiguient importantes, el marxismo a este ol dominios mismos en que Ia teorizacién es legitima, En Poder politico y clases sociales? y en mis textos posteriores - he mostrado qite esas carencias, cuyas razones he intentado ~plicar, conciernen, a la vez, a las proposiciones tedricas generales y a la teoria del Estado capitalista. Uno de. sus efectos actuales es la ausencia de un andlisis suficientement lesarrollado y satisfactorio de los regimenes y del Estado en los paises del Este. ¥ del Estado As{, més que profundizar i que. y exponer primero, e 7 to, pops paca ae Eee, oS luego al Estado capitalista, lo iré haciendo en el curso de eesnslal del Estado capitalista cuya teorfa sf es posible tima. No porque el capitalismo constituya |: i progresiva y lineal de los «gérmeness contenidos en los mor ¢ «gér » contenidos en los sos de produccisn Precapitalistas —en el sentido de que el Db fa el mono—, como ha creido dure ‘ cho toons ya ned topo Rca 2 ‘marzista. EI Estado capitalista no permite plantear, a partir de €l, proposiciones generales sobre el Estado, como si aquél luyera Ia materializacién perfecta de algin Urs taat original, que se abre paso progresivamente cla ex Hdad histérica, concepcién que obsesiona atin a no pocos icos del poder (muy distinto es el problema de las con- 3 Maspero, 1968. [Poder politico y ci i capitalise, Madtid, Siglo XXI, 17? ci, Ista) & Batado Sobre la teorta del Estado 9 diciones histéricas —el capitalismo— que hacen posible la formulacién de dichas proposiciones generales). La autono- mia propia del espacio politico bajo el capitalismo, que hace legitima su teoria, no es la realizacién cabal y perfecta de una autonomia del Estado, por esencia o naturaleza, sino ‘el efecto de una separaci6n, respecto a las relaciones de pro- duccién, especifica del capitalismo. La teoria del Estado ca- pitalista no puede ser deducida simplemente de proposicio- nes generales sobre el Estado. Si en este texto presento las dos al mismo tiempo se debe a que esas proposiciones gene- rales pueden ser ilustradas de la manera mas apropiada me- diante este objeto susceptible de dar lugar a una teoria pro- pia: el Estado capitalista. En la medida en que no puede existir una teorfa general del Estado, conteniendo leyes generales reguladoras de las transformaciones de su objeto a través de los diversos mo- dos de produccién, tampoco puede haber una teoria similar concerniente a la transicién de un Estado a otro, y en par- ticular al paso del Estado capitalista al Estado socialista. Una teoria del Estado capitplista proporciona elementos im- portantes relativos al Estado de transicién al socialismo, pero esos elementos no sdlo no tienen el mismo estatuto que fa teoria del Estado capitalista, sino que poseen un estatuto completamente particular én el seno mismo de las proposi- ciones tedricas generales sobre el Estado. No podrian cons- tituir mas que nociones tedrico-estratégicas en estado prdc- tico, funcionando, ciertamente, como guias para Ja accién, pero en el sentido, todo lo, més, de paneles indicativos. No hay y.no puede haber un |emodelo» posible de un Estado de transicion al socialismo, ni un modelo universal particu- arizable segtin los casos concretos, ni una receta infalible, tedricamente garantizada, de Estado de transicion al socia- lismo, aunque sdlo fuera para un pais dado, No tienen esa pretension los andlisis que yo haga en el presente texto re- ativos al Estado de transicién en los paises de Europa occi- dental. Hay que convencerse de una vez por todas: como ahora sabemos, no se puede pedir a una teorfa, por cienti- fica que sea, incluido el marxismo, que sigue siendo una 20 Nicos Poulantzas real teoria de la accion, dar mas de lo que puede. Hay siem- pre una distancia estructural entre la teoria y la prdctica entre la teorta y la realidad. ’ Dos distancias que son la misma. Anélogamente a como los fildsofos de las Luces no son los «responsables» de los totalitarismos del Oeste, el marxismo no es «responsable» de lo que sucede en el Este. No es responsable no sélo en el sentido trivial, 0 sea en el de considerar al marxismo del Este como una desviacién, lo cual eximirfa al marxismo puro: no es responsable, porque hay esa distancia entre la teorfa y la realidad que vale para toda teoria, incluido el marxismo. Y que engloba la distancia entre teoria y practi- ca. Querer reducirla es hacer decir cualquier cosa a cual- quier teoria, hacer en nombre de la teoria lo que venga en gana. Porque esa distancia no significa una brecha impo- sible de colmat, sino todo lo contrario: en esa distancia siem- pre abierta se precipitan los colmadores al acecho, También lo sabemos ahora: no hay teoria, cualquiera que sea y por Iiberadora que sea, que baste, en la «pureza» de su discur- 80, para excluir su empleo eventual con fines de poder tota- litario por Jos calafateadores de la distancia entre teoria y practica, por los aplicadores de los textos y los reductores de lo real, que pueden invocar siempre esa teorfa en su pu- reza misma. Pero entonces la culpa no es de Marx, ni tam- poco de Platén, Jestis, Rousseau o Voltaire. Esta distancia entre teorfa y realidad persiste siempre pese a ese tapona- miento. Stalin no es «culpa de Marx», como Bonaparte (el primero) no era culpa de Rousseau, ni Franco de Jestis, Hit. ler de Nietzsche 0 Mussolini de Sorel, aun cuando sus pensa- mientos han sido empleados —de cierta manera en su pure- 24 misma— para justificar esos totalitarismos. ‘odo esto contradice lo que nos repiten actualment enucvos fldsofose. Hasta ahora, que’ yo sepa, no ham err contrado mejor respuesta al probleina que repelir was Karl Popper’, pero con bastante menos inteligencia y sutileza, que el universo concentracionario se debe a los sistemas teéricos considerados «cerrados», y hasta al aspecto estatis- “AK Popper, The open society and its ennemies, 1946, (La socie diad abierta'y sus enemigos, Bucnos Aires, Paidos, i961, 2 Wolsd Sobre la teoria del Estado a ta de los maitres penseurs que desde este angulo inspiran di- chos sistemas. La distancia entre la teoria y la realidad ex- pliea, de hecho, lo que sin este elemento seria una paradoja Colosal: los totalitarismos se han referido, precisamente, a pensadores que en el contexto de su época fueron sin duda alguna bastante menos estatistas que otros: Jestis, Rousseau, Nietzsche, Sorel y, en fin, Marx, cuya preocupacién constan- te y promordial fue la extincién del Estado. Insisto en mi planteamiento: no tener en cuenta esa dis- tancia entre Ia teorfa y la realidad, querer reducir cual- quier precio la distancia entre teorfa y practica, es hacer decir al marxismo cualquier cosa. No se puede pedir al mar- xismo —me refiero ahora al «verdadero» marxismo— la re- ceta infalible, y purificada de desviaciones, de una auténtica transicién al socialismo democratico, porque no puede dar semejante respuesta, lo mismo que no ha podido trazar la via de lo que pasa en el Este. Lo anterior no significa que no se pueda, en medida de- cisiva a la luz del marxismo (porque el marxismo no explica todo, no puede explicar todo por sf solo), analizar el Estado os paises lamados del «socialismo real» (URSS, Europa oriental, China), es decir, en los paises donde ha sido inten- tada cierta transicion al sécialismo que ha conducido a la situacién que conocemos. Es evidente que para hacerlo los anilisis historicos (del género: «las condiciones concretas de esos paises»), 0 los andlisig de la estrategia politica all{ se- guida (a lo que me referird en la conclusién de este texto), no bastan, aunque sean absdlutamente indispensables. ¢Quie- re decirse que seria necesario construir una teorfa maraista general del Estado, capaz dle explicar los aspectos totalita- Tios del poder en esos paises, de manera andloga a las diver- ‘sas generalizaciones simplificadoras que nos son suministra- das desde el otro lado, con el aire terrorista que es sabido, por los diversos expertos en gulags? No lo creo, aunque (mas atin: porque) ese problema del totalitarismo es terriblemen- te real. No puede ser captado en toda su complejidad por generalizaciones totalizantes. Y poniendo las cartas boca