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LA IMPERFECCIÓN ES LA CIMA, POR YVES BONNEFOY

LA IMPERFECCIÓN ES LA CIMA, POR YVES BONNEFOY

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Selección antológica de la poesía de Yves Bonnefoy, quizás el mayor poeta vivo francés contemporáneo.
Selección antológica de la poesía de Yves Bonnefoy, quizás el mayor poeta vivo francés contemporáneo.

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09/10/2013

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Voy por senderos estrechos que atraviesan largas colinas
arboladas y dominan la llanura, en la que brilla a lo lejos
un lago, prisionero de otras colinas.
Aprieta el calor de la siesta y el mundo parece desierto en
la media luz intensa de los olivos y los pinos; pero a cada
uno de mis pasos, aquí y allá, surgen entre el follaje los dos
pilares de un umbral, alguna reja entreabierta: hay
entonces casas, y hasta muchas, en la comarca; pero todas
ellas disimuladas por un recodo de la avenida que llega,
supongo, desde esas entradas silenciosas, a graderías,
dobles escalinatas, puertas bajas.
Y me acerco a las placas afianzadas sobre este hierro o esa
piedra -pero qué difícil es descifrar las inscripciones
trazadas en ellas, denominaciones que sin embargo suelen
ser tan triviales en estas tierras del verano, nombres que
con tanta constancia se repiten, signos tan vacíos de
sentido: no sólo son largos los textos -verdaderas frases-; las indicaciones son además
oscuras, enredadas, y están erizadas de palabras de las que nada sé, si acaso se trata de
palabras. Me parece también que su complejidad se acentúa, y muy aprisa. La primera
vez había leído, entre manchas de musgo, bajo veladuras: “Mientras uno de ellos (. . .)
otro (. . .) y otro más... ”. Estaba aquello incompleto, debido tal vez al deterioro, pero
evocaba algún sentido, no se desprendía inmediatamente de la memoria.
Pronto, sin embargo, las frases grabadas en la sombría piedra se hicieron interminables,
como esos discursos de obsesos que se oyen a veces tras las paredes y que se pierden en
los rumores del inmueble sólo, ay, para volver a empezar. Pienso también en las
letanías. En los tratados de arcaicas teologías que enumeraban los atributos
contradictorios, cambiantes, de dioses o de demonios olvidados.
En los números irracionales, o trascendentes, de la aritmética. ¡Y si no se tratara más
que de palabras! En cierto lugar creí distinguir una alusión al dios celta “de cuatro
cabezas en un solo...“, patrono infrecuente, aun en los pórticos de las viejas iglesias, con
el que sin embargo llega uno a encontrarse; pero aquel fragmento de sentido se
mezclaba, por desgracia, con grumos que parecían de una naturaleza muy distinta,
aglomerados de vocales o de consonantes atribuibles al azar, como los de esas piedras
que se amontonan, a trechos, en los cauces de aguas que se pierden. ¡Cuánto hay que
afanarse, y casi en vano! En esas regiones extremas del Nombre hay una profundidad,
resonante pero sofocada, de barranco que nadie visita -sobre todo por culpa de los
árboles que allí se entrelazan, casi horizontales, sobre las pendientes.
Saco entonces mi lápiz y la pequeña libreta que, por si acaso, llevo a veces en el bolsillo,
y me pongo a anotar lo escrito en una placa que surge de improviso ante mis ojos y que
me parece bastante sencilla: unas cuantas líneas en las que el sol, al filtrarse por el árbol
del umbral, forma breves islas movedizas. Si copio esas frases, será como tener una
memoria con qué releerlas y tal vez descifrarlas.. .

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Pero esta vez son las propias letras las que plantean un problema. Es un hecho, por
ejemplo, que los brazos de esa “Y” que pensaba haber identificado fácilmente, se
bifurcan, se arquean, se quiebran, y desdoblados además una y otra vez en trazos
rivales, se mezclan, destruyen las simetrías significantes hasta un punto -otra vez en el
infinito- en que ya no sé si lo que estoy viendo es una nueva grafía, un colmo de
complejidad de la forma, o simplemente
la huella, en la materia, de fuerzas indiferentes -cristalizaciones, erosiones, estallidos,
ciegas descargas- que conformaron y ahora deforman lo que llamo este lugar. ¿Dónde
estoy? ¿Tiene siquiera sentido hacerse ya esta pregunta? Con la gastada punta del lápiz
intento imitar sobre mi hoja, que ahora brilla un poco, esas figuras enigmáticas, esa
presencia quizá ausencia; pero me encuentro, también, con que el trazo que deseo
reproducir, al inscribirse en una piedra que es aquí dura, allá deleznable, se ahueca.. ¿Y
cómo repetir, aunque se orle de gris el negro de mi lápiz, esa profundidad del tallado en
el mismo punto en que pesara un día, con esperanza –y quién sabe si perceptible todavía
en la vibración de una hendidura-, la mano que fue palabra? ¡Ah, si pudiera nacer allí el
color! ¡Si cundiera en esta duda, como un fuego!
Me obstino. ¿Y qué otra cosa podría hacer? Sé que he ligado mi destino, desde hace
tiempo, en forma irreversible, a esta falla de altas paredes, de suelo pedregoso que se
aleja y, poco más allá, tuerce entre las hierbas: la forma -en la que luchan el sentido, que
todo niega, y la ajenaía, el oscuro desplome, el ruido sin fondo, la materia.

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