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COLABORADORES Y PATROCINADORES Facultades de Matemáticas, Física y Filosofía (le la Universidad de La Laguna
COLABORADORES Y PATROCINADORES
Facultades de Matemáticas, Física y Filosofía (le la Universidad de La Laguna
Vicerrectorado de Investigación de la Universidad de La Laguna
Departamento de Matemáticas de la Universidad Las Palmas de Gran Canaria
Universidad de Las Palmas de Gran Canaria
Instituto de Astrofísica de Canarias
Dirección General de Ordenación e Innovación Educativa
Dirección General de Universidades e Investigación
~
CajaCanarias
Colección:
ENCUENTROS
Título:
GALILEO Y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA.
FUNDACIÓN CANARIA OROTAVA DE HISTORIA DE LA CIENCIA. Acta IX
Primera edición:
Canarias, enero 2001
Edita:
© CONSEJERíA DE EDUCACIÓN, CULTURA Y DEPORTES
DEL GOBIERNO DE CANARIAS.
Dirección General de Ordenación e Innovación Educativa
© FUNDACIÓN CANARIA OROTAVA DE HISTORIA DE LA CIENCIA
Maquetación y
preimpresión:
FOTOMECÁNICA CONTACTO, S. A.
Impresión:
FORMULARIOS LA ESPERANZA, S. L.
I.S.B.N.:
84-699-3242-X
Depósito Legal:
TF - 144/2001
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PRESENTACIÓN
La Consejería de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias
reconoce la importancia que tiene el profundizar, mediante acciones puntuales,
en el proceso de la formación del profesorado, según se recoge en «El Pacto por
la Educación» en los siguientes términos: «
impulsar el desarrollo profesional
de los educadores y potenciar su valoración social». Por tanto, apoya -positi-
vamente- las iniciativas de la Fundación Canaria Orotava de Historia de la Cien-
cia, con su reconocimiento y el estímulo de la Administración Educativa.
La Dirección General de Ordenación e Innovación Educativa continuando
en esta línea presenta, dentro de la colección ENCUENTROS, el libro GALILEO
y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA, correspondiente al acta del
año IX de la citada Fundación. En él se recoge las ponencias del curso 1999/2000
impartido en la Universidad de La Laguna y en el Museo de la Ciencia y de la
Tecnología de Las Palmas de Gran Canaria. En el seno de ambas instituciones,
como dice en su prólogo José L. Montesinos, Director de la Fundación Canaria
Orotava de Historia de la Ciencia, «se creó un espacio de discusión en el que,
junto a los más destacados expertos europeos en el tema, nuestros enseñantes e
investigadores de las dos Universidades Canarias, de la Educación Secundaria y
del Instituto de Astrofisica de Canarias analizaron y debatieron sobre ese periodo
fundamental pa.ra el desarrollo ulterior de la Ciencia Occidental».
El reunir en un curso, y editar un libro sobre el pensamiento -expuesto
a través de su ponencia- de tantos expertos especialistas vinculados a las diver-
sas disciplinas de estudio en tomo a Galileo y la gestación de la ciencia moderna,
es un logro de los tantos conseguidos por la Fundación Canaria Orotava de
Historia de la Ciencia.
Esta Dirección General muestra su agradecimiento al grupo de profesores
y profesoras, tanto ponentes como asistentes y coordinadores del curso, porque
sin su entusiasmo e interés por la Historia de la Ciencia, no tendríamos en nues-
tras manos esta publicación. Desde esta perspectiva animamos al profesorado a
asistir a los cursos o llevar a cabo, también, acciones de formación que surjan en
asistir a los cursos o llevar a cabo, también, acciones de formación que surjan en
su propio seno -como el presente documento-, pues somos conscientes de la impor-
tancia que tiene tanto para el profesorado, como para el público en general, la
elaboración y difusión de materiales de consulta y apoyo.
Juana del Carmen Alonso Matos
DIRECTORA GENERAL DE ORDENACIÓN
E INNOVACIÓN EDUCATIVA
ÍNDICE PRÓLOGO BREVE BIOGRAFÍA DE LOS AUTORES DEL LIBRO 9 19 ACTAS IX GALILEO Y
ÍNDICE
PRÓLOGO
BREVE BIOGRAFÍA DE LOS AUTORES DEL LIBRO
9
19
ACTAS IX
GALILEO Y LA GESTACIÓN
DE LA CIENCIA MODERNA
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA
Ahmed Djebbar. Universidad de París
23
EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON
Carlos Martín Collantes. Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia
35
LOS COMETAS CONTRA COPÉRNICO: BRAHE, GALILEO
Y LOS JESUITAS Carlos Solís Santos. UNED. Madrid
49
LOS EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO
Jesús Sánchez Navarro. Universidad de La Laguna
63
ATOMISMO Y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA
CIENCIA MODERNA
Egidio Festa. Centro Alexandre Koyré. París
81
GIORDANO BRUNO Y EL FINAL DE LA
COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA
Miguel A. Granada. Universidad Central de Barcelona
97
TELESIO y CAMPANELLA: DE LA NATURALEZA JUXTA PROPRIA
PRINCIPIA A LA NATURALEZA INSTRUMENTUM DEI
Michel Pierre Lemer. Observatorio de París
119
PLATONISMO Y REVOLUCIÓN CIENTÍFICA
Maurizio Torrini. Universita degli studi di Napoli Federico 11
137

KEPLER, GALILEO Y LA DEFENSA DEL SISTEMA DE COPÉRNICO:

LA ELECCIÓN DE UNA ESTRATEGIA lsabelle Pantin. Universidad de París - Observatorio de París 147

LOS COMETAS Y GALILEO John Beckman. Instituto de Astrofísica de Canarias

161

CONSIDERACIONES SOBRE LAS MECÁNICAS DE GALILEO Romano Gatto, Universita della Basilicata

187

LA TEORÍA DE LAS MAREAS DE GALILEO. EL DIÁLOGO REVISITADO Pierre Souffrin. Observatorio de la Cote d'Azur

205

DEL MUNDO DE GALILEO. GÉNESIS Y PROBLEMAS Antonio Beltrán Mari. Universidad Central de Barcelona

219

LOS DISCURSOS SOBRE DOS NUEVAS CIENCIAS Enrico Giusti. Universita di Firenze

245

EL ATOMISMO DE GALILEO Pietro Redondi. Universita degli studi di Bologna

267

INFINITO Y MOVIMIENTO EN GALILEO. DEMOSTRACIONES Y CRÍTICAS Michel Blay. Ecole Nonnale Supérieure de Fontenay - S'Cloud

279

EL AFFAIRE GALILEO Massimo BucCiantini. Universita di Siena

295

MATERIAL EDITADO POR LA DIRECCIÓN GENERAL DE ORDENACIÓN E INNOVACIÓN EDUCATIVA

307

PRÓLOGO Hace 500 años, coincidiendo con profundos cambios en nuestras socieda- des europeas -descubrimiento de
PRÓLOGO
Hace 500 años, coincidiendo con profundos cambios en nuestras socieda-
des europeas -descubrimiento de América, cisma de las iglesias cristianas refor-
madas, comienzos del capitalismo, consolidación de los Estados Modernos, nueva
cosmología heliocéntrica-, se gestaba una nueva forma de hacer ciencia. Con la
matematización de la naturaleza, de raíces griegas, Galileo y otros gigantes del
pensamiento de la época pusieron los cimientos del desarrollo científico y tecno-
lógico, omnipresente en nuestra realidad actual. El nuevo saber científico exigía
a la vez experiencias sensibles y demostraciones ciertas, que habían de ser some-
tidas a discusión y confirmadas experimentalmente. Con Galileo se establece una
nueva visión del cosmos y se desarrolla una ciencia geométrica del movimiento
que supone una ruptura con la concepción aristotélica del mundo y sus cambios.
En los últimos veinte años han cobrado un nuevo auge los estudios sobre
la figura de Galileo, tanto en lo que concierne a las fuentes, metodología y desa-
rrollo de su ciencia (mecánica, leyes del movimiento, cosmología) como a las
circunstancias que rodearon las condenas del copernicanismo en 1616 y la del
propio Galileo en 1633. A esta revitalización del tema galileano no fue ajena la
decisión de Juan Pablo n, en 1979, de realizar una nueva revisión histórica de
aquel infausto y controvertido proceso.
Los textos que conforman Galileo y la gestación de la ciencia moderna
son los que se entregaron a los participantes en el Curso del mismo nombre que,
organizado por la Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, se desa-
rrolló en la Universidad de La Laguna y en el Museo de la Ciencia y de la Tec-
nología de Las Palmas de Gran Canaria, de Octubre de 1999 a Mayo de 2000.
Se creó así un espacio de discusión en el que, junto a los más destacados exper-
tos europeos en el tema, nuestros enseñantes e investigadores canarios de las dos
Universidades, de las Enseñanzas Medias y del Instituto de Astrofísica eje Cana-
rias, analizaron y debatieron sobre ese periodo fundamental para el desarrollo ulte-
rior de la Ciencia Occidental.
¿Qué justifica este interés por la figura de Galileo, hoy, en los albores del
siglo XXI? La Ciencia, y la Tecnología asociada a ella, conforman una buena parte
del sistema de creencias y de actuación en que se fundamenta nuestra civiliza-
ción actual, con una aceptación y dependencia como no se había dado nunca en
el pasado respecto a sistema de creencias alguno. La Historia como disciplina con
racionalidad propia exige la crítica de una base material y cotejable de pruebas
9
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA y evidencias para corroborar un relato sobre
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
y evidencias para corroborar un relato sobre el pasado, y ejercita una labor esen-
cial de pedagogía e ilustración para la supervivencia de la conciencia individual
racionalista en nuestras complejas sociedades modernas. La Historia de la Cien-
cia se ocupa del pasado para, desde la actualidad, plantearse, entre otras cosas,
el sentido crítico-lógico de las múltiples cuestiones de interés público relaciona-
das con la Tecnociencia y orientarsefundadamente sobre ella, asumiendo sus limi-
taciones y evitando caer en posibles mistificaciones.
El tema de los orígenes de la ciencia moderna, uno de cuyos ilustres pro-
tagonistas es Galileo Galilei, invita a la participación de especialistas vinculados
a diversas disciplinas en el estudio de un periodo apasionante de la Historia de
Europa, enmarcado en Italia y en su ambiente político e intelectual, con la pre-
sencia de la Iglesia, las congregaciones religiosas, los poderes estatales, las intri-
gas políticas
Muchas son las cuestiones internas de la nueva ciencia que son analizadas
en los textos de este libro. Para empezar, los retos de la matematización en curso
y, por tanto, el papel que las matemáticas iban a jugar en la nueva ciencia y en
la educación de los ciudadanos, tarea esta última en la que iban a destacar los
jesuitas. Maurizio Torrini escribe al respecto, en su artículo Platonismo y Revo-
lución cientifica, que "a mediados del siglo XVI la oposición entre Aristóteles y
Platón parece centrarse en el valor que se concede a la matemática y a su fun-
ción, en su legitimidad para el conocimiento de la realidad física [
]
¿Cómo se
habría podido tratar sobre la multiplicidad de fenómenos pasajeros, sujetos a la
generación y a la corrupción, que reinan en nuestra tierra, a través de una disci-
plina que, sin embargo, se fundaba en lo permanente, en entes perfectos no sus-
ceptibles de cambios [
]. A tal respecto el dictado de Aristóteles era preciso, insos-
layable: la matemática era un procedimiento artificioso incapaz de interpretar los
fenómenos naturales".
Pero Galileo ha conseguido establecer, geometrizando el movimiento, las
leyes de caída de los cuerpos y del movimiento de los proyectiles. Por geome-
trización -ver el artículo Infinito
y movimiento en Galileo de Michel Blay- "[
]
es preciso entender una serie de pasos cuyo objetivo consiste en reconstruir los
fenómenos del movimiento dentro del dominio de la inteligibilidad geométrica
[ ]
sin embargo esta empresa no está exenta de dificultades. Se enfrenta rápi-
damente a cuestiones que implican la consideración del infInito [
] ¿cómo se
puede
pensar la continuidad y el fin del movimiento?, ¿en su caída, los cuerpos pasan
por todos los grados de velocidad o bien ésta comienza con una velocidad muy
pequeña pero finita?" Así pues, hay que afrontar el tema del infInito, del infInito
físico, matemático, filosófico.
Galileo no se preocupa, como Giordano Bruno, por la finitud o infinitud
del Universo; el tema que le atrae y que no dejará de estar presente en su mente
es el de la "composición del continuo". Consta que en 1610, Galileo preparaba
el texto de un escrito titulado De compositione continui, que nunca se atrevió a
10

PRÓLOGO

ppblicar a pesar de la insistencia de Cavalieri para que lo hiciese; pero Galileo estaba en esos momentos demasiado ocupado en su nueva faceta de astrónomo y, lo que es más importante, no estaba convencido de la justeza y rigor de sus conclusiones sobre el tema. En 1638, ya ciego y enfermo, hace publicar en Holanda su último libro Discursos sobre dos nuevas ciencias y en él, sin tener demasiada relación con el resto del libro, nos cuenta sus ideas sobre el infinito y el conti-

nuo, como si no quisiese desaparecer sin antes legamos los resultados de su intenso batallar con el gran tema de la matemática y de la filosofía. Enrico Giusti, en su artículo sobre este último libro galileano, hace un fino rastreo del camino seguido por Galileo en su intento de geometrización del movi- miento, mostrando que si bien éste no se consigue con la perfección euclídea dese- able, tiene el inmenso mérito de asociar las matemáticas al movimiento, algo que

hasta entonces era impensable dentro de los cánones aristotélicos, "[

carácter bifronte de la ciencia galileana del movimiento. Si se la observa con la mirada puesta en los desarrollos posteriores ella se nos muestra como el princi-

pio de la ciencia moderna [

del recorrido intelectual de Galileo, la teoría del movimiento que el preso de Arce- tri envía a la libre Holanda tiene las características si no de una derrota, al menos de un repliegue; destino tal vez obligado de las obras de los grandes espíritus que

ven más allá de su propio tiempo y de sus propias posibilidades". En estrecha relación con el tema de la composición del continuo y de la materia está el del atomismo físico y matemático. Egidio Festa, en El atomismo en los orígenes de la ciencia moderna, dirige "una rápida mirada al atomismo

antiguo y a la interpretación que se le dará en los siglos XIII y XIV, permitirá precisar tanto el significado que éste adquiere en el siglo XVII, como el origen de la oposición manifestada por la cultura oficial respecto a las ideas atomistas, especialmente en Italia". Pietro Redondi, en su artículo El atomismo de Galileo, se propone "[oo.] ilustrar la influencia que el atomismo ejerció en la física fundamental de Gali- leo. Hablo de sus experiencias sensibles y demostraciones ciertas acerca del movi- miento acelerado y en el campo de la cosmología, en las cuales, el atomismo clá-

]. A

En cambio, considerada como punto de partida

] de ahí el

].

sico había desempeñado, según mi opinión, un relevante papel heurístico [

primera vista, mezclar la antigua doctrina de los atomistas con los nuevos des- cubrimientos positivos de Galileo a los que acabamos de aludir parece un intento de situarse fuera de la historia. La física de Galileo es una física del peso y de la balanza regida por las leyes matemáticas de Arquímedes. Por definición el ato- mismo no pesaba, no medía y no calculaba nada, atrincherándose tras entidades

subliminares de materia indivisible que se suponían dotadas de propiedades geo- métrico-mecánicas y movidas por un impulso externo. Nada parece más alejado de aquel esfuerzo, que se inició en el siglo XVII, de escribir la física mediante teoremas y experiencias que este fantástico bullir de una población de partículas

inobservables. Y sin embargo [

]".

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA Dentro del capítulo dedicado al Galileo astrónomo
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
Dentro del capítulo dedicado al Galileo astrónomo y cosmólogo, se estu-
dian las relaciones de éste con los grandes astrónomos del periodo, Tycho Brahe
y Kepler, y con el cosmólogo-poeta, visionario irredento, Giordano Bruno. De
todo ello tratan los artículos de Carlos Salís, Los cometas contraCopérnico: Brahe,
Galileo y los jesuitas; de Isabelle Pantin, Kepler, Galileo y la defensa del sistema
de Copérnico: la elección de una estrategia; y el de Miguel Ángel Granada, Bruno
y el final de la cosmología aristotélica.
Giordano Bruno, el monje librepensador que ardería en la hoguera de "Campo
dei fiori" en Roma, como siniestro aviso -en aquel "año santo" de 1600- para
todo aquel que osase pensar de manera diferente a lo establecido por el Vaticano.
Según Miguel Ángel Granada, "con Giordano Bruno el viejo cosmos aristoté-
lico cristiano es destruido o devuelto -como el mismo Bruno dice- a la nada ver-
bal de la que había saUdo y es sustituido por una realidad cosmológica profun-
damente diferente, cuyo rasgo característico es la infinitud y la homogeneidad
espacial y temporal (por tanto, eternidad) de un Universo necesario que es la auto-
expresión de Dios [
].
El nuevo cielo y la nueva tierra resultantes de este pro-
ceso conceptual no son un acontecimiento cósmico, sino un (re)descubrimiento
cosmológico: la recuperación, tras el paréntesis tenebroso del ciclo aristotélico-
cristiano, de la verdadera naturaleza del universo, de su relación con la divini-
dad y de su función mediadora entre ésta y el hombre."
Isabelle Pantin nos habla de las relaciones entre Kepler y Galileo, quie-
nes "pertenecen a la misma generación de filósofos. Pese a la diferencia de edad
y cultura, recibieron casi la misma herencia copernicana y se comprometieron
con la misma tarea: hacer del heliocentrismo, hasta ese momento una simple teo-
ría tolerada como una hipótesis, una verdadera cosmología reconocida. Esta base
común no les impidió elegir caminos divergentes y hacer que sus trabajos fue-
ran independientes entre sí casi por completo [
]. Kepler mantuvo, inserto en la
tradición platónica, la idea de la primacía de la razón en el establecimiento de
las verdades cosmológicas. Su defensa de Copérnico consistió en trabajar con el
objetivo de desentrañar las causas inteligibles que gobiernan el orden del mundo,
su geometría secreta. Galileo por su parte eligió probar la validez del sistema helio-
céntrico mediante los efectos naturales demostrando que diversos fenómenos físi-
cos no podían explicarse más que con este sistema cosmológico".
Carlos Solís analiza la controversia de los cometas, que enfrentaría a Gali-
leo con los poderosos jesuitas y nos ofrece "una exposición de la mezcla de argu-
mentos científicos e ideológicos presentes en la discusión sobre la cosmología
de Copérnico y Tycho Brahe en relación con los cometas [
]. Esto ocurrió con
los cometas en una época en que no se conocían bien sus movimientos, no se sabía
gran cosa de dinámica celeste o de la física de la atmósfera, e incluso se discu-
tía la disposición de nuestro sistema solar. En tales casos la interpretación de los
datos estaba íntimamente ligada a suposiciones teóricas muy discutibles. Como
además una de las partes amenazaba a la otra con la cárcel, debemos estar dis-
12
PRÓLOGO puestos a contemplar cómo los argumentos científicos (observacionales y mate- máticos) se mezclan
PRÓLOGO
puestos a contemplar cómo los argumentos científicos (observacionales y mate-
máticos) se mezclan esencialmente con intereses personales, ideológicos, religiosos
y políticos de todo tipo".
John Beckman, en Los cometas y Galileo, nos cuenta lo que hoy se sabe
sobre estos fenómenos celestes, su constitución y su procedencia: "La teoría acep-
tada del origen de los cometas se debe al astrónomo holandés Jan Oort [
]. Oort
postuló que una parte de la nube inicial que formó el Sistema Solar se encuen-
tra en las afueras del Sistema, a casi la mitad de la distancia de la estrella más
cercana [
]. La parte más externa de esa nube contiene muchos cometas. Son de
un tamaño similar al del Teide y están formados por una mezcla de piedra y hielo
[
]
el núcleo: la parte sólida formada por piedra y hielo, una "coma" brillante
donde se concentra la parte más importante de los gases liberados por los efec-
tos de la proximidad del Sol, y una cola más o menos larga, formada por una nube
muy larga y tenue de gas expulsado del cometa".
Entre 1592 y 1610 Galileo dio clases en el Studio de Padua y entre sus ense-
ñanzas figuraba la de la Mecánica, de la que escribió un tratado para sus discí-
pulos que nunca llegó a publicar y que gozó de amplia difusión. Romano Gatto
trata este tema en Consideraciones sobre "Las Mecánicas" de Galileo, afirmando
que "Galileo tenía, por tanto, más de un motivo para declarar explícitamente, que
en la Mecánica no existe milagro alguno, es decir, que escape a la comprensión
de la mente humana [
). Galileo, por tanto, quiere despojar a la ciencia mecá-
nica de cualquier atributo fantasioso y conferirle la identidad de ciencia racional
Como dirá en sus Discursos en torno a dos nuevas ciencias, el reconoci-
miento de la causa de los efectos elimina la maravilla".
Por otra parte, el "caso Galileo" es paradigmático en las relaciones entre
ciencia y religión, entre fe y razón. Lejos de haberse acallado, la polémica sigue
[
].
viva a pesar de los intentos de apaciguamiento del Papa Juan Pablo Il, y el "affaire
Galileo" (ver el artículo de Massimo Bucciantini) "[
] ha terminado por asu-
mir un valor de hito para la modernidad, que va mucho más allá del conocimiento
detallado de los hechos, las vicisitudes y los hombres que están en su origen".
En el corazón de la disputa estaba el debate cosmológico y el choque entre dos
concepciones de la verdad: la de la razón matematizante y la de la autoridad del
libro sagrado; Razón contra Revelación.
Las fechas galileanas de 1610 -los grandes descubrimientos astronómicos-,
1616 -la interdicción del copernicanismo- y la condena de Galileo en 1633, así
como las peripecias de la publicación del Diálogo sobre los dos máximos siste-
mas del mundo, son los protagonistas del artículo de Antonio Beltrán, de forma
que "[
]
cuando uno repasa los avatares de la obra, lo más fascinante es que el
Diálogo que se condenó no fue el que Galileo hubiera querido escribir, ni siquiera
el que escribió, sino el que le censuraron, manipularon y le permitieron publicar
las autoridades eclesiásticas".
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA El Diálogo, obra capital y polémica, que
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
El Diálogo, obra capital y polémica, que acredita a Galileo como uno de
los mejores prosistas de la literatura italiana, pudo titularse Sobre el flujo y reflujo
del mar como nos cuenta Pierre Souffrin en su artículo La teoría de las mareas
de Galileo. ElDiálogo revisitado: "[
]
hay testimonios de que Galileo mismo
consideró muy pronto el fenómeno de las mareas como un argumento decisivo,
la única prueba de la realidad objetiva de los dos movimientos terrestres y que
mantuvo esa posición hasta sus últimos años".
Galileo es, también, centro de una de las grandes polémicas de la histo-
riografía de la ciencia de nuestro siglo: ¿Debemos ver el pujante desarrollo de la
ciencia europea, que tiene lugar entre 1550 y 1650, como un proceso de conti-
nuidad o de ruptura con la época anterior? Para los continuistas, la expresión "orí-
genes de la ciencia moderna" remite a las teorías de física y astronomía del esco-
lasticismo de los siglos XIII y XIV, en el que encontramos a los "precursores de
Galileo". Así, A. C. Crombie, uno de los más destacados representantes de esta
corriente, afirma que "fueron los filósofos occidentales del siglo XIII los que trans-
formaron el método geométrico griego en la ciencia experimental del mundo
moderno". Por el contrario, para los rupturistas, la expresión "orígenes de la cien-
cia moderna" refiere a la "nueva visión", el cambio de contexto que, en contra
del escolasticismo y en ruptura con éste, introduce el Renacimiento (un magní-
fico y documentado estudio del tema lo encontramos en Beltrán, A.: Revolución
Científica, Renacimiento e historia de la ciencia, publicado en siglo XXI).
Algunos de nuestros ponentes tratan temas concernientes a la ciencia y a
las cosmologías que antecedieron a Galileo:
Ahmed Djebbar nos habla de Las matemáticas árabes y su papel en el
desarrollo de la tradición científica europea: "[
] hay que precisar que la expre-
sión transmisión, usada constantemente, incluso por los historiadores de la cien-
cia, para hablar de la circulación de las matemáticas árabes, esencialmente a par-
tir de España, el MagTeb.y Sicilia, no es una expresión adecuada [
].
Es mejor
hablar de un fenómeno de apropiación, por parte de los europeos, de la ciencia
greco-árabe medieval".
Carlos Martín, estudiando la figura del franciscano Roger Bacon, con-
cluye que "[
]
tres siglos antes de la llamada Revolución Científica ya existe un
personaje
que [
]
defiende la generalización del conocimiento matemático, sin
el cual no pueden entenderse ni describirse los fenómenos y leyes de la natura-
leza. Impone un método de investigación sobre el mundo natural que tenga en
cuenta la observación y la experimentación [
]
y prefigura un futuro tecnoló-
gico asimilándolo a un progreso histórico de la Humanidad que debía vincularse
con un modelo de interpretación del mundo, el suyo, el cristiano. La unión de
capacidad científico-técnica y poder político está tan clara en su mente que la ofrece
como instrumento secreto a las más altas jerarquías de la Iglesia".
Michel P. Lerner, en su artículo sobre Telesio y Campanella, afirma que
"Respecto a la concepción telesiana -y desde este punto de vista también gali-
14
PRÓLOGO leana- de una naturaleza siempre de acuerdo consigo misma, que opera siempre de modo
PRÓLOGO
leana- de una naturaleza siempre de acuerdo consigo misma, que opera siempre
de modo semejante sobre las mismas cosas, Campanella como profeta-filósofo
] defenderá la idea de una naturaleza en suspenso por la siempre posible inter-
[
vención directa del Creador que se serviría de ella al modo del herrero que modela
su obra a martillazos [
]. Esa concepción de los fenómenos celestes como irre-
ductibles a la simple causalidad de los agentes físicos es lo que Campanella pedirá
a Galileo ratificar, con el escaso éxito que podemos imaginar".
Jesús Sánchez estudia Los experimentos imaginarios: de Occam a Gali-
leo: "[
] sea cual fuere la posición que se elija, lo cierto es que los experimen-
tos imaginarios han jugado un papel importante en la historia de la ciencia, y en
especial en el desarrollo de la ciencia moderna [
Einstein, fue uno de los grandes cultivadores [
] no en vano Galileo, junto con
]. Aunque los experimentos secun-
dum imaginationem utilizados por los medievales tardíos están más cerca de los
experimentos mentales filosóficos que los experimentos científicos imaginarios
en sentido estricto, lo cierto es que hay relaciones evidentes entre ellos y ésta es
una de las razones por las que se suele considerar a los Calculadores de Oxford
o la Escuela de París como precursores de Galileo".
y es que, para hacer un análisis en profundidad de las ciencias moderna y
contemporánea, indagando en su estructura y en sus mecanismos fundamentales,
en sus objetivos, valores y limitaciones, se debe necesariamente acudir a Galileo
y su tiempo. Ya en 1933 -en el tercer centenario de la condena galileana por parte
del Santo Oficio- Ortega y Gasset se interesó por la fascinante persona de Gali-
leo y de su circunstancia, legándonos su libro En torno a Galileo. Ortega era cons-
ciente de que se estaba produciendo el fin del ciclo histórico de la modernidad,
"[
]
del sistema de ideas, valoraciones e impulsos que ha dominado y nutrido el
suelo histórico que se extiende precisamente desde Galileo hasta nuestros pies",
y de que se avecinaban profundos cambios en la sociedad y tiempos convulsos,
de crisis histórica. Nada mejor para nuestro filósofo, entonces, que analizar aquel
otro drama histórico en el que se gestó la modernidad y en el que el ilustre ita-
liano había tenido el "misterioso papel de iniciador".
También Edmund Husserl, en 1935, en una serie de conferencias que imparte
en Praga, expone el núcleo de 10 que va a ser su obra cumbre, La crisis de las Cien-
cias Europeas, protagonista de la cual es la ciencia galileana, la ciencia matemática
de la Naturaleza. Crisis de la ciencia como pérdida de su importancia y significa-
ción para la vida. La reducción galileana y positivista de la ciencia a mera ciencia
de hechos llegó a determinar la visión entera del mundo del hombre moderno y sig-
nificó un desvío respecto de las cuestiones realmente decisivas para una humanidad
auténtica. Galileo es -para Husserl- un genio descubridor y encubridor a un tiempo.
Descubre la naturaleza matemática, la idea metódica, la ley de la legaliformidad exacta,
según la cual todo evento de la naturaleza -de la naturaleza idealizada- viene some-
tido a leyes exactas. Todo esto es descubrimiento, pero al mismo tiempo encubre
aquellos rasgos de la realidad que no son formulables matemáticamente.
15
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA A través de los textos que puntualmente
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
A través de los textos que puntualmente nos hicieron llegar nuestros con-
ferenciantes, podremos realizar este necesario viaje histórico de retorno a Gali-
leo y su época que nos permita apreciar la riqueza y complejidad del personaje:
- Enseñante de matemáticas y admirador de Arquímedes, ingeniero y arte-
sano, constructor de artilugios e instrumentos para medir.
- Físico, investigador de las leyes del movimiento, de la resistencia de los
materiales, de la composición de la materia.
- Cortesano y político, amigo de duques y obispos y hasta del mismo Papa
que lo condena, obligado exégeta de la Biblia, que se adelanta trescien-
tos años a los teólogos de la Iglesia católica.
- Hábil polemizador, ferozmente sarcástico con sus enemigos intelectua-
les; retórico cuando le es necesario convencer, aun sabiendo que sus razo-
namientos no tienen el rigor euclidiano, que él aprecia y conoce perfec-
tamente.
- Atomista y platónico a la vez, en extraña alianza contra el aristotelismo
tomista.
- Escritor, que produce una prosa clara y bella en su lengua toscana, madre
del italiano actual.- En fin, el filósofo de la Naturaleza, el filósofo geó-
metra, el que con su nueva manera de concebir la naturaleza "pone todo
en duda", como dice con alarma su contemporáneo, el poeta inglés John
Donne.
y así, más de 350 años después de su desaparición, Galileo y las extraor-
dinarias circunstancias que lo rodearon siguen siendo tema de discusión y refle-
xión. Nosotros lo continuaremos haciendo en el EuroSymposium Galileo 2001
que la Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia organiza en Tene-
rife del 19 al 23 de Febrero.
La realización del Curso que dio lugar a los textos que configuran este libro
supuso un gran esfuerzo económico y organizativo de Instituciones y personas:
las Facultades de Matemáticas, Física, Filosofía y el Vicerrectorado de Investi-
gación y Relaciones Internacionales de la Universidad de La Laguna; el Depar-
tamento de Matemáticas y el Rectorado de la Universidad de Las Palmas de Gran
Canaria; el Instituto de Astrofísica de Canarias; las Direcciones Generales de Uni-
versidades e Investigación y de Ordenación e Innovación Educativa de la Con-
sejería de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias; CajaCana-
rias y el Museo de la Ciencia y de la Tecnología de Las Palmas de Gran Canaria,
que colaboraron de una u otra forma, mostrando así el interés que el tema susci-
taba en nuestra Sociedad. Para todas ellas nuestro agradecimiento, así como para
los doctos y brillantes conferenciantes, los esforzados traductores y los animo-
sos asistentes que enriquecieron el discurso de los ponentes con su activa parti-
cipación en los coloquios que seguían a las conferencias.
16
PRÓLOGO Pablo Frade y Luz M.ª Albelo, José M. Pacheco y Juan Luis García Cortí,
PRÓLOGO
Pablo Frade y Luz M.ª Albelo, José M. Pacheco y Juan Luis García Cortí,
en Las Palmas de Gran Canaria; Carlos Martín y Carlos Mederos, Sergio Toledo
y Joaquín Gutiérrez, Francisco Hemández San Luis, en Tenerife, que, con su dedi-
cación, permitieron que el entramado organizativo funcionara de manera ejem-
plar. Por otra parte, quiero destacar que el Curso formó parte de las actividades
conmemorativas del "Año 2000. Año Mundial de las Matemáticas".
Finalmente, nuestro agradecimiento a Dña. Juana del Carmen Alonso Matos,
Directora General de Ordenación e Innovación Educativa, al Servicio de Per-
feccionamiento del Profesorado y a la Unidad de Publicaciones de la misma Direc-
ción General, que han publicado este libro con suma diligencia.
José L. Montesinos
Director de la Fundación Canaria Orotava
de Historia de la Ciencia
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BREVE BIOGRAFÍA DE LOS AUTORES DEL LIBRO AHMED DJEBBAR: Actualmente es profesor en la Universidad
BREVE BIOGRAFÍA DE LOS AUTORES DEL LIBRO
AHMED DJEBBAR: Actualmente es profesor en la Universidad de París-Sorbonne.
Especialista en Historia de la Matemática árabe, dedicado desde hace años
a la matemática en Al-Andalus. Sobre estos temas ha publicado numero-
sos artículos en revistas especializadas. Ejerció como Ministro de Educa-
ción de Argelia a principios de los '80.
CARLOS MARTÍN: Profesor de Filosofía de Educación Secundaria. Miembro de la
Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia desde los inicios. Autor
de diversos artículos en Historia de la Ciencia, concretamente sobre Histo-
ria de la Lógica.
CARLOS SaLÍS: Catedrático de Historia de la Ciencia en la UNED. Ha realizado
la "Introducción" y "Notas" de la edición española de la obra galileana Con-
siderazioni e demostrazione sulle due nuove scienze. Ha publicado libros
sobre clásicos de la ciencia como Galileo, Newton, Hooke y Boyle. Es miem-
bro del comité científico del "EuroSymposium Galileo 2001" que se cele-
brará en Tenerife del 19 al 23 de Febrero.
JESÚS SÁNCHEZ NAVARRO: Profesor Titular de Filosofía e Historia de la Cien-
cia en la Universidad de La Laguna. Miembro de la Fundación Canaria
Orotava de Historia de la Ciencia. Ha publicado múltiples artículos sobre
Filosofía y Sociología de la Ciencia.
EGIDIO FESTA: Es ingeniero en el Instituto de Física Nuclear de Orsay. Se inte-
resa activamente en la Historia de la Ciencia y particularmente en los orí-
genes de la Ciencia Moderna. Autor del libro L' erreur de Galilée. Actual-
mente es ingeniero de investigación en el CNRS.
MIGUEL ÁNGEL GRANADA: Catedrático de la Universidad Central de Barcelona
en el Departamento de Historia de la Filosofía, Estética y Filosofía de la
Cultura. Es un especialista en la figura de Giodarno Bruno, de quien ha
editado en castellano La cena de las cenizas. Recientemente ha publicado
El umbral de la modernidad (Herder).
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA MICHEL LERNER: Director de investigación en el
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
MICHEL LERNER: Director de investigación en el CNRS (Observatorio de París).
Especialista en Campanella, del cual prepara una traducción de su Apolo-
gia pro Galileo. Experto en astronomía y cosmología del Renacimiento.
Recientemente ha publicado Le monde des spheres. Miembro del Comité
Científico del "EuroSymposium Galileo 2001".
MAURIZIO TORRINI: Profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad Fede-
rico II de Nápoles, es miembro destacado del Istituto e Museo di Storia
delta Scienza de Florencia y un experto en la figura de Galileo y en la difu-
sión del copernicanismo en Italia desde 1543 hasta 1610. Es miembro del
Comité Científico del "EuroSymposium Galileo 2001".
ISABELLE PANTIN: Profesora de literatura francesa del siglo XVI en la Universi-
dad de París X- Nanterre e historiadora de la ciencia. Entre sus trabajos en
este dominio ha publicado traducciones comentadas de obras de Kepler y
del Sidereus Nuncius de Galileo.
JONH BECKMAN: Destacado investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias,
ha organizado recientemente un congreso internacional bajo el título The
evolution 01 Galaxies on Cosmological Timescales.
ROMANO GATIO: Profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad de Basili-
cata (Italia) y experto en la Historia de la Matemática italiana de los siglos
XVI y XVII. Destaca su obra Tra scienza e imaginazione (Le matemati-
che presso il coltegio gesuitico napolitano. 1552-1670 ca.).
PIERRE SOUFFRIN: Astrónomo titular del Observatorio de Niza. Como historiador
de la ciencia es especialista en las teorías del movimiento en la Edad Media
y Renacimiento. Ha publicado recientemente las Recreations mathemati-
ques de León Battista Alberti.
ANTONIO BELTRÁN: Profesor de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Univer-
sidad Central de Barcelona. Es autor de una reciente edición española del
Dialogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y coper-
nicano. Asimismo ha publicado Revolución científica. Renacimiento de la
Historia de la Ciencia. Es miembro del Comité Científico del "EuroSym-
posium Galileo 2001".
ENRICü GruSTI: Catedrático de Análisis Matemático de la Universidad de Florencia,
ha publicado importantes trabajos sobre el atomismo y los indivisibles en
la obra de Galileo. Entre sus obras destaca Euclide recuperato. Es miem-
bro del Comité Científico del "EuroSymposium Galileo 2001".
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BREVE BIOGRAFÍA DE LOS AUTORES DEL LIBRO PIETRO REDONDI: Profesor de Historia de la Ciencia
BREVE BIOGRAFÍA DE LOS AUTORES DEL LIBRO
PIETRO REDONDI: Profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Bolo-
nía. Autor del libro Galileo herético, publicado en 1983, que constituye uno
de las obras más importantes y conocidas dentro la enorme producción en
tomo ala figura de Galileo.
MICHEL BLAY: Actualmente es Director Adjunto de l' École Normale Superieure
de París. Experto en la Historia de la Física del siglo XVII, entre sus obras
destacan Les raisons de l' infini y La naissance de la Mécanique Analyti-
que. Ha sido miembro del Centre Alexandre Koyré de París.
MASSIMO BUCCIANTINI: Investigador de la obra galileana y profesor de la Uni-
versidad de Siena, entre sus publicaciones figura Contro Galileo (alte ori-
gini delt' affaire). Es miembro del Istituto e Museo di Storia delta Scienza
de Florencia.
21
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA Ahmed
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL
EN EL DESARROLLO DE LA TRADICIÓN
CIENTÍFICA EUROPEA
Ahmed Djebbar
Universidad de París
INTRODUCCIÓN
La aportación de la ciencia árabe al desarrollo de las actividades científi-
cas en Europa es un hecho conocido hace siglos, sobre todo porque los mismos
científicos medievales no dejaron de referirse en sus escritos a las fuentes de que
provenían. Pero cuando se trata de precisar el contenido de esa aportación, esti-
mar su importancia cualitativa y describir las distintas vías por las que ha circu-
lado de Este a Oeste y de Sur a Norte, surgen numerosas dificultades, a causa de
la escasez de testimonios y la pobreza de investigaciones sobre el tema.
Es conocido asimismo que España jugó un papel decisivo en la circula-
ción de los escritos, ideas y manuales del espacio cultural árabe-musulmán hacia
los centros científicos del resto de Europa, y en especial, hacia los de la costa
norte mediterránea. Pero también ahí se encuentra serias dificultades cuando que-
remos estudiar ciertos aspectos de esta aportación, y en concreto, el papel pre-
ciso que jugó, desde el siglo X, la producción de los centros científicos hispanos
en la lenta circulación de las ideas y herramientas matemáticas más allá de los
Pirineos.
En este breve estudio intentaremos hacer hincapié en los resultados de
las investigaciones de las últimas décadas sobre la circulación del patrimonio
23

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

matemático griego, hindú y árabe, hacia la España medieval primero y luego hacia el norte. Privilegiando las informaciones extraídas de los textos de los propios matemáticos describiremos en la primera parte las grandes orientacio- nes de la matemática árabe, precisando el contenido de sus respectivas temáti- cas y lo que pudo circular por diversos canales. En la segunda parte nos ocupa- remos específicamente de la tradición científica en la España medieval, en tanto que tradición fecunda y relé en la difusión de los escritos matemáticos accesi- bles en esa época. Antes de ello es necesario hacer algunas puntualizaciones importantes sobre el fenómeno de la difusión de las ciencias griega, hindú y árabe, concernientes al contenido de lo que realmente circuló en forma de obras o de nociones cien- tíficas, así como a la manera en que se produjo esa circulación, al menos a par- tir del siglo X, primero de Este a Oeste, luego de Sur a Norte. Hay que precisar que la expresión "transmisión", usada constantemente, incluso por los historiadores de la ciencia, para hablar de la circulación de las matemáticas árabes, esencialmente a partir de España, el Magreb y Sicilia, no es una expresión adecuada. En realidad, nunca hubo "transmisión" en el sentido de que científicos del área cultural arábigo-musulmana hubieran difundido delibe- radamente obras matemáticas o europeas hacia foros europeos. Fuera de algunas iniciativas aisladas (como la ayuda prestada por ciertos mozárabes hispanos a tra- ductores latinos que no dominaban el árabe) prevaleció más bien la actitud con- traria: no sólo· no se pensaba en difundir hacia el norte lo producido en el sur, sino que se intentaba disuadir a quienes lo pretendían. Así pues, es mejor hablar de un fenómeno de apropiación, por parte de los europeos, de la ciencia greco- árabe medieval. Además hay que insistir en el hecho de que debido a razones aún no com- pletamente dilucidadas esta apropiación fue parcial, y demasiado selectiva en cier- tas disciplinas. El carácter parcial de la circulación de escritos matemáticos y astro- nómicos puede explicarse, cuando se trata de obras orientales, por el simple hecho de que ni siquiera eran conocidos por los científicos hispanos y magrebíes. Pode- mos afirmar que es el caso de algunas obras de al-Biruni, al-Khayyam y al-Karaji. Pero en ocasiones la explicación radica en el elevado nivel científico de los tex- tos y en la complejidad de su contenido, que exigía adquirir múltiples conoci- mientos todavía no disponibles en Europa al inicio del gran fenómeno de la tra- ducción, a principios del siglo XII. Por lo que concierne al carácter selectivo de las traducciones, no se refiere sino a un campo de las matemáticas, el que trata de las herencias, que representa un capítulo importante cuantitativamente en la práctica matemática de los países islámicos. Por eso, a pesar del interés del último capítulo del famoso libro de álge- bra de al-Kwarizmi, parece que no fue traducido al latín. La explicación más vero- símil hay que buscarla en el carácter religioso de dicho capítulo, en el que se tra- tan problemas de donaciones según el Derecho musulmán.

LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y su' PAPEL EN EL DESARROLLO DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA LA
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y su' PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA
LA PRODUCCIÓN MATEMÁTICA Y ASTRONÓMICA EN ORIENTE
Y SU DIFUSIÓN EN EUROPA
A partir de su tradición científica local, y sobre todo a partir de las tra-
ducciones de obras matemáticas, especialmente griegas e hindúes, el Oriente
Próximo vio nacer y desarrollarse, desde el siglo XI, un conjunto de activi-
dades que contribuirían a asentar una tradición científica sólida con ciertas
especificidades: asimilación crítica del legado clásico, yuxtaposición y sín-
tesis de aportaciones científicas provenientes de diversas áreas culturales, lo
que implicaba nuevas actitudes (como la inserción de procedimientos deduc-
tivos y algorítmicos en Matemáticas o avances teóricos y experimentales en
Física), reescritura y desarrollo de ciertos temas clásicos, elaboración en cada
disciplina de una terminología adecuada, establecimiento de nuevos concep-
tos, procedimientos y resultados, investigación de dominios hasta entonces
inexplorados.
Respecto a los contenidos, y a pesar del carácter fragmentario de la docu-
mentación accesible y conocida, podemos fijar los elementos esenciales de
esa tradición, que desde el siglo IX han sido la causa del desarrollo de nue-
vos foros científicos en la periferia del Imperio: Asia Central, el Magreb y
al-Andalus.
El Álgebra
En Álgebra, tras la aparición del libro de al-Kwarizmi, el estudio de
los primeros capítulos de la nueva disciplina (basada en antiguos algoritmos,
probablemente de origen babilónico) permitirá abordar nuevos problemas y abrir
camino a nuevas orientaciones. Primero se introdujeron los números reales posi-
tivos en las ecuaciones y resolución de sistemas por Abu Kamil (t 930) y el
uso por Sinan Ibn al-Fath (siglo X) de la noción de monomio de cualquier orden
que permite generalizar las ecuaciones canónicas. AI-Karaji (t 1029) y as-
Samaw'al continuaron y desarrollaron esta tendencia elaborando los elemen-
tos de un álgebra de polinomios. Con este motivo se introdujo un primer sim-
bolismo, el de los tableros, para efectuar operaciones con polinomios, tales como
el
producto, la división y la extracción de la raíz cuadrada. De modo paralelo,
y
tras algunos fracasos y tentativas parciales de matemáticos de los siglos IX
y
X , se llegó en el XI a la elaboración de una teoría geométrica de las ecua-
ciones cúbicas. Fue por obra de Ornar Khayyam (t 1139), luego mejorada por
Sharaf ad-Din al-Tusi (t 1213).
Sabemos que los libros de álgebra de al-Kwarizmi (t 850) y de Abu Kamil
llegaron bastante pronto a al-Andalus y que fueron ampliamente estudiados y comen-
25
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA tados. A partir del siglo XII fueron
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
tados. A partir del siglo XII fueron traducidos al latín y al hebreo, recibiendo nue-
vas redacciones. Ese fue también el caso de los manuales de mediciones que usa-
ban algoritmos algebraicos y trataban problemas que se remontaban a la tradi-
ción orientalpreislámica. Pero parece que sus usuarios europeos no esperaron a
estas traducciones para iniciarse en esta ciencia, nueva para ellos. Elementos con-
cordantes nos permiten afirmar que desde el siglo X, usuarios y eruditos hispa-
nos, itálicos y de la Francia meridional, conocedores de la lengua árabe, acce-
dieron parcialmente al contenido del álgebra árabe.
Los dos libros citados son los únicos textos de álgebra cuya transmisión
podemos dar por segura. Respecto a los demás, y en especial los orientales de
los siglos XI y XII, debemos contentarnos con algunas conjeturas. Ningún escrito
científico occidental conocido cita las aportaciones matemáticas de dicho perí-
odo. Respecto a Ornar Khayyam y at-Tusi, la ausencia de un capítulo sobre las
ecuaciones cúbicas en las obras occidentales conservadas, el silencio de los tra-
ductores europeos, y sobre todo, el impreciso testimonio de Ibn Jaldún, nos auto-
riza a decir que sus obras no llegaron al Occidente musulmán o bien no fueron
objeto de enseñanza y estudio. Respecto a los matemáticos innovadores anterio-
res a Khayyam, aunque no fueran citados, encontramos algunas de sus contribu-
ciones en el Libro abreviado de álgebra del andalusí Ibn Badr (siglo XII), en el
Libro de fundamentos y preliminares del magrebí Ibn al-Banna (t 1321) Yen el
Libro de la succión del néctar de al-Qatrawani (siglo XV). No parece que estas
obras hayan sido conocidas por los matemáticos europeos.
La Teoría de números
En Teoría de números las investigaciones se orientaron en tres direccio-
nes. La primera concierne a los números primos. Se inició con los estudios de
Tabit !bn QUITa (t 901) sobre los números amigos. No se sabe cómo continuó,
salvo que en el siglo XI, Ibn al-Haytham (muerto después de 1040) resolvió pro-
blemas de congruencia y que al-Farisi (t 1321) logró nuevos resultados respecto
a la descomposición de un número en factores primos.
La segunda dirección, sugerida por el estudio de la Aritmética de Diofanto
(250 d.C.) traducida parcialmente por Qusta Ibn Luqa (t 910), suscitó investi-
gaciones sobre la resolución de sistemas de ecuaciones indeterminadas con solu-
ciones enteras o racionales y sobre las tríadas pitagóricas.
La tercera dirección concierne al estudio de las series y de series finitas
que aparecen en ciertos problemas de álgebra, de probable origen preislámico.
Reencontramos estos problemas en el capítulo sobre el cálculo de superficies y
volúmenes (por el método de exhaución), cuyo origen se remonta a Arquímedes,
y en el de los números figurados, cuyo estudio se reactivó gracias a la traducción
de la Introducción a la Aritmética de Nicómaco (siglo TI).
26
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA Sobre
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA
Sobre la primera tradición sólo se ha podido constatar en los textos de al-
Andalus y el Magreb el tema de los números amigos. AI-Mutaman (t 1085), mate-
mático de Zaragoza, insertó en su tratado una nueva traducción del opúsculo de
Tabit Ibn Qurra, y encontramos cálculos de parejas de números amigos en las
obras de al-Hassar (siglo XII) y Ibn Mun<;im (t 1228). Puesto que ninguno de
los libros mencionados se tradujo al latín o al hebreo, no sabemos a través de
qué canales circularon esos temas por Europa. La segunda tradición se halla pre-
sente en el Occidente musulmán en forma de problemas resueltos en obras de
álgebra, pero no se menciona a Diofanto ni a los matemáticos árabes inspirados
por él. En cuanto a la tercera tradición, se manifiesta en el capítulo de la cien-
cia del cálculo que trata problemas relativos a la suma y sabemos que su con-
tenido circuló por Europa, bien fuera en escritos latinos y hebreos o en traduc-
ciones de textos árabes.
La Geometría
En Geometría se genera una primera tradición a partir de problemas de cons-
tructividad de puntos y figuras planas. Tras enfrentarse a menudo con construc-
ciones irresolubles algunos matemáticos islámicos extendieron la noción de exis-
tencia geométrica o algebraica mediante la utilización sistemática de las secciones
cónicas. Se realizaron estudios sobre las propiedades de tales curvas y sobre los
mejores medios para engendrarlas. Ello permitió resolver, de nuevas y múltiples
maneras, los problemas clásicos de la tradición griega: trisección del ángulo, dupli-
cación del cubo, inscripción de polígonos regulares en el círculo. Más tarde, dife-
rentes contribuciones favorecieron la elaboración de la teoría geométrica de las
ecuaciones cúbicas.
Una segunda tradición se dedicó a los problemas de medida (superficies,
volúmenes, momento de inercia), lo que permitió volver a obtener resultados per-
didos de Arquímedes (como la determinación del área de una sección de pará-
bola) y completar otros.
La tercera tradición, nacida de una lectura crítica de los Elementos de Eucli-
des, permitirá extender las operaciones aritméticas a los irracionales positivos,
elaborar nuevas reflexiones sobre los fundamentos de la Geometría (en particu-
lar, sobre el postulado de las paralelas) y redefinir el concepto de razón, lo que
permitiría establecer la noción de número real positivo.
Paralelamente se desarrolló otro tipo de reflexión hasta el siglo XI, con-
cerniente a los problemas de construcción y razonamiento geométricos, que luego
se extendió a todos los instrumentos de demostración (análisis y síntesis, reduc-
ción al absurdo, inducción). De hecho es una verdadera tradición, constituida a
partir de elementos ya presentes en el corpus filosófico y matemático griego. Sus
27
GALILEO y LA GESTAC¡Ó DE LA CIENCIA MODERNA artífices son Tabit Ibn QUITa en el
GALILEO y LA GESTAC¡Ó
DE LA CIENCIA MODERNA
artífices son Tabit Ibn QUITa en el siglo IX, Ibrahim Ibn Sinan y as-Siji en el siglo
X, Ibn al-Haytham en el XI, y probablemente otros cuyos escritos no han lle-
gado hasta nosotros y que futuras investigaciones podrían revelar.
Se ha comenzado a determinar aspectos relativos a la circulación de esas
diferentes tradiciones geométricas orientales. Respecto a la primera, dispone-
mos de dos testimonios poco conocidos que permiten asegurar que llegó a al-
Andalus y al Magreb. El matemático magrebí Ibn Haydur (t 1413) menciona
dos escritos orientales sobre la inscripción del heptágono. Se trata de las epís-
tolas de as-Sagani (siglo X) y de un tal Abu Muhammad. El mismo autor men-
ciona un texto atribuido a un matemático hindú que toma como valor aproxi-
mado del lado del heptágono inscrito la mitad del lado del triángulo equilátero
inscrito en el círculo.
El segundo testimonio, mucho más importante, es el del filósofo zara-
gozano Ibn Bajá (t 1138), Avempace para los latinos, que da informaciones pre-
cisas sobre los trabajos de su profesor Ibn Sayyid, de Valencia, y sobre sus pro-
pios trabajos concernientes al estudio de las cónicas y su uso para generar nuevas
curvas planas, que habrían sido usadas para resolver dos generalizaciones de
problemas clásicos: el de la determinación de n medias proporcionales entre
dos magnitudes dadas (que generaliza el problema para dos medias, resuelto
ya por los griegos) y el de la multisección de un ángulo (que generaliza el de
la trisección).
Hay que señalar que en el siglo XII se consideraban ambas generaliza-
ciones como no resueltas todavía; al menos es lo que dice el gran matemático
as-Sama'wal (t 1175). Este hecho por sí mismo nos permite afirmar no sólo
que el contenido del corpus geométrico clásico (cuyo conocimiento es indis-
pensable para dedicarse a problemas nuevos del mismo tipo) era conocido en
ciertos foros científicos hispanos, sino que sus matemáticos se hallaban bien
informados sobre los problemas en que trabajaban los matemáticos islámicos
orientales y participaron activamente en su resolución.
Para la segunda tradióón no disponemos sino de los libros de al-Muta-
man, que nunca se refiere explícitamente a sus fuentes, pero que debido a la
diversidad de temas tratados en sus obras y a las maneras en que lo hizo, pode-
mos afirmar que una gran parte de la tradición árabe relativa a Arquímedes llegó
a al-Andalus, incluso si las pruebas concretas de que disponemos, por el momento,
no se refieren sino al escrito de Ibrahim Ibn Sinan (t 946) sobre el cálculo del
área de una porción de parábola.
En lo que concierne a la tercera tradición, se sabe desde hace poco tiempo
que la contribución más importante de Ibn al-Haytham en este campo, su Libro
sobre el análisis y la síntesis, llegó a Zaragoza como muy tarde en la segunda mitad
del siglo XI. La copia sirvió para la redacción de algunos capítulos del libro de
al-Mutaman.
28
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES y SU PAPEL EN EL DESARROLLO DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA La
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES y SU PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA
La Trigonometría
En trigonometría, los primeros pasos dados en Oriente consistieron en exten-
der y mejorar las tablas hindúes de senos y cosenos, y luego introducir funciones
nuevas: tangente, cotangente, secante y cosecante. Más tarde se establecieron las
relaciones fundamentales entre estas seis funciones, siendo la más célebre el teo-
rema del seno, que servirá para el cálculo de los elementos del triángulo esférico,
y que sobre todo permitirá ahorrarse el uso del teorema de Menelao (siglo I), ins-
trumento menos efectivo para los calculistas.
La importancia de estas nuevas herramientas llevará a los astrónomos a dedi-
carles capítulos autónomos. Es lo que harán Ibn Iraq (t 1030), en Asia central y
Abu l-Wafa' (t 998), en Bagdad. Esas contribuciones puramente matemáticas favo-
recieron el proceso de autonomía de la trigonometría en relación a los problemas
astronómicos que permitieron su desarrollo. Esta autonomía está ya patente en
el libro de al-Biruni (t 1048) Las claves de la Astronomía, y se completará en el
tratado de Nasir ad-Din at-Tusi (t 1274) El libro de lafigura secante.
No hay elementos que permitan asegurar que estas dos últimas obras fue-
ron conocidas en España. Eso no significa que los métodos y resultados que con-
tienen no hayan circulado mediante obras menos importantes o más especializa-
das. En efecto, según el matemático magrebí del siglo XN Ibn Haydur, el teorema
del seno era accesible en su época (y por tanto también en los siglos XII y XIII)
sea a través de una obra de Ibn Muadh (muerto después de 1050), un matemá-
tico de Jaén, sea a través de otro especialista hispano, Jabir Ibn Aflah, sea a tra-
vés del apéndice añadido por el filósofo Avicena (t 1037) a su resumen del Alma-
gesto de Ptolomeo (siglo II). Ibn Haydur supone incluso que ningún escrito oriental
de trigonometría, distinto del de Avicena, llegó al Occidente musulmán. Si eso
fuera cierto tendríamos ahí otro ejemplo de ruptura, aún inexplicada, en la cir-
culación de importantes resultados científicos.
LAS CONTRIBUCIONES MATEMÁTICAS DE ESPAÑA Y EL MAGREB Y
SU DIFUSIÓN EN EUROPA
El siglo XI corresponde al período más creador de la Matemática en España.
Los biobibliógrafos, como Said al-Andalusí, abundan en detalles y su testimonio
queda confIrmado y precisado por el estudio de los escasos textos que nos han lle-
gado y que han sido analizados o editados en las dos últimas décadas. Su conte-
nido, así como la lista de escritos publicados entre los siglos XI y XIII (perdidos
en su mayor parte), confirman la importancia de la circulación de escritos mate-
máticos griegos, hindúes y árabes de Oriente y del Magreb hacia España. En cuanto
a su difusión por Europa ha sido parcialmente detallada por trabajos de historia-
29
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA dores de la ciencia del siglo XIX
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
dores de la ciencia del siglo XIX y principios del XX, y en particular por los de
Steinschneider, que catalogó pacientemente las traducciones en lenguas no ára-
bes (latín, catalán, hebreo, castellano
),
traducciones iniciadas en Toledo a prin-
cipios del siglo XII y que continuaron, en España y otros lugares, hasta el siglo
XlV.
En el capítulo precedente hemos adjuntado a esas informaciones biblio-
gráficas otras que hemos extraído del análisis de los propios textos matemáti-
cos, y que testimonian la presencia en España de importantes obras realizadas
en Oriente, y cuyo contenido posiblemente circuló en Europa por canales dis-
tintos a los de las traducciones.
En esta segunda parte vamos a interesarnos por la producción matemá-
tica en España y en el Magreb en los siglos XI al XIII, tratando de hacer hin-
capié sobre lo que conocemos de tal producción, sobre su circulación interna
y sobre su eventual difusión hacia Europa.
Respecto al siglo XI andalusí, contamos con el Libro de las transaccio-
nes de az-Zahrawi, del que sólo nos han llegado algunas citas, el Gran libro de
geometría de Ibn as-Samh (t 1035), del que se preservaron algunos fragmen-
tos en una traducción hebrea del siglo XV, el Libro de la complexión de al-Muta-
man, que actualmente conocemos en detalle, el libro de trigonometría de Ibn
Muadh al-Jayani, titulado Libro de los arcos desconocidos de la esfera, y sobre
todo, el resumen de una obra perdida de Ibn Sayid sobre la generación y las
propiedades de nuevas curvas distintas de las cónicas.
A excepción del libro de Ibn as-Samh, las demás obras (que son a la vez
síntesis de escritos anteriores y sus prolongaciones a nivel de resultados y de
trayectoria) no fueron traducidas. Es posible que se debiera al hecho de que nin-
guna copia de esos escritos estuviera disponible en las ciudades donde se rea-
lizaban las traducciones. Pero también podemos suponer que el obstáculo prin-
cipal para su traducción fue su elevado nivel y la dificultad de su contenido.
En lo que concierne al Magreb del siglo XI, las escasas informaciones
acerca de las actividades científicas de esta región producen la impresión de
que los foros más dinámicos estaban por entonces en Ifriqya. Entre los cientí-
ficos de esta época nos interesan dos: uno de ellos era natural de Kairuan y el
otro vivió veinte años en Mahdiya.
El más antiguo, Ibn Abi r-Rijal (t 1035), fue conocido como astrónomo.
Fue sin embargo su opúsculo astrológico Libro brillante sobre los juicios de
las estrellas el que le valió la posteridad en la Europa medieval, gracias a las
traducciones latina y española. El segundo, Abu s-Salt (t 1134), fue más cono-
cido por sus escritos matemáticos y lógicos, pero fue su epístola sobre el astro-
labio la que conoció el favor de algunos usuarios europeos medievales, ya que
había sido traducida al hebreo.
En los siglos XII y XIII, factores ~ntemos hispánicos (Reconquista, anta-
gonismos de los reinos de Taifas) y factores regionales (advenimiento del poder
30
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA almorávide
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA
almorávide en el Magreb, y posteriormente del almohade) serán el origen de dos
fenómenos estrechamente ligados. El primero concierne a España, donde se com-
prueba el eclipse, a veces muy rápido, de ciertos foros científicos (Córdoba, Zara-
goza, Valencia, Toledo) y la lenta emergencia o la reanimación de foros más meri-
dionales (Sevilla, Málaga, Granada). El segundo fenómeno ocurrió en el Magreb,
donde la integración de una parte de España al Imperio almorávide, y luego al
almohade, irá acompañada de una inversión del flujo migratorio de la élite inte-
lectual (desde España hacia el Magreb), favoreciendo la eclosión y desarrollo de
cuatro foros científicos magrebíes: Ceuta, Bujía, Túnez y Marrakech. Las mate-
máticas de estos centros científicos son las más antiguas del Magreb de las que
nos han llegado escritos o informaciones precisas sobre sus aportaciones. Recor-
daremos brevemente estos cuatro foros proporcionando sobre cada uno infor-
maciones o hipótesis respecto al papel que jugaron en la circulación de la pro-
ducción científica del Magreb hacia Europa.
Bujía fue un gran centro intelectual a partir del siglo XII, pero nos ha lle-
gado escasa información sobre sus actividades científicas. Uno de los pocos repre-
sentantes conocidos de la tradición matemática de Bujía es al-Qurashi (t 1184),
contemporáneo del gran matemático europeo Leonardo Pisano (Fibonacci, t 1240).
Al igual que este último no era natural de la ciudad donde vivió; la diferencia
entre ambos es que el primero vino para enseñar y el segundo para estudiar. Al-
Qurashi es conocido sobre todo por su libro de álgebra, no conservado, pero del
que nos han llegado algunos extractos por Ibn Zakariya al-Garnati, matemático
andalusí del siglo XlV. Según el testimonio de Ibn Jaldun (t 1406), el libro de
al-Qurashi era un comentario del tratado de Abu Kamil, el gran algebrista egip-
cio del siglo X. Sería muy importante para conocer la circulación de los pro-
blemas y métodos algebraicos antes del período de traducciones latinas (siglo
XII) recuperar ese comentario, y en especial, para averiguar lo que Fibonacci
tomó directamente del álgebra árabe para escribir su obra Liber Abbaci.
La ciudad de Ceuta fue posiblemente la residencia permanente u oca-
sional del matemático Abu Bakr al-Hassar (siglo XII), autor de dos conoci-
das obras: Libro completo sobre el arte del número y Libro de la demostra-
ción y de la rememoración. El primero es un tratado abreviado sobre la ciencia
del cálculo; el segundo, importante obra en dos volúmenes, trata del cálculo
y de Teoría de números. Desgraciadamente sólo se ha conservado el primer
volumen y el índice temático del segundo. Su contenido parece muy vincu-
lado a la tradición andalusí de cálculo; en todo caso, las únicas obras citadas
por al-Hassar pertenecen a esa tradición. Se trata del Libro de las transac-
ciones de az-Zahrawi y de la Introducción práctica de Ibn as-Samh. No parece
que esta obra haya circulado por Europa. Ese no es el caso del segundo libro,
ya que sabemos que fue traducido al hebreo, a finales del siglo XIII, por Moi-
sés Ibn Tibbon. Desconocemos si esta traducción logró que circulara el manual
de al-Hassar en los medios científicos de expresión latina.
31
GALILEO y LA GESTACiÓN DE LA CIE CIA MODERNA La ciudad de Túnez proporciona, a
GALILEO y LA GESTACiÓN DE LA CIE
CIA MODERNA
La ciudad de Túnez proporciona, a través de las actividades de Raimon
Llull, otro ejemplo de circulación de la información científica en el Medite-
rráneo occidental. Se sabe que Llull fue dos veces a Túnez, en 1292 y en 1315
(después de una estancia en Bujía en 1307). No disponemos de informaciones
precisas sobre sus actividades científicas en ambas ciudades magrebíes, pero
sabemos que ya en esa época conocía el árabe y que entre los libros científi-
cos que se le atribuyen, hay una obra de astronomía, el Tractatus novus de astro-
nomía, y un libro de geometría, el Liber geometria nova et compendiosa. Escri-
bió el primero en 1297 y el segundo en 1299, después de su viaje a Bujía. Un
análisis comparativo de estos textos, y de otros tales como el Ars maior o el
Ars Universalis, junto a los escritos de autores magrebíes de los siglos XII y
XIII, podría aclararnos qué conoció Llull de la actividad científica en Bujía y
Túnez a finales del siglo XIII. A título de ejemplo para ilustrar la utilidad de
este procedimiento podemos señalar que Llull utilizó, en algunos de sus escri-
tos no matemáticos, nociones y procedimientos combinatorios ligados a las prác-
ticas combinatorias conocidas en el Magreb desde el siglo XII.
El cuarto y último foro científico magrebí de los siglos XII y XIII fue
Marrakech, cuyo estatuto de capital del nuevo imperio atrajo a gran número
de especialistas en diversas disciplinas. En matemáticas, la aportación anda-
lusí parece haber sido determinante en la constitución o reactivación de una
tradición que se impondría en todo el Magreb. Los primeros representantes
de esta tradición fueron Ibn al-Yasamin (t 1204) y Ibn Muncim. Sus escri-
tos, vectores de la tradición andalusí del siglo XI, contribuirán directa o indi-
rectamente a la formación de tres generaciones de matemáticos.
El estudio de lo que nos ha llegado del corpus matemático magrebí, pro-
ducido entre los siglos XII y XIV, nos autoriza a conjeturar la presencia en
Marrakech de ciertos textos orientales, de los que todavía no se había encon-
trado ninguna huella en los escritos biobibliográficos o matemáticos conoci-
dos. Así, el estudio comparativo del apéndice al Libro de los fundamentos y
de los preliminares del álgebra de Ibn al-Banna, confirma la utilización en
Marrakech de la versión árabe de los Elementos de Euclides realizada por Ishaq-
Thabit. Prosiguiendo con el corpus griego, hay que señalar igualmente que
ciertos especialistas de la época disponían de la versión árabe del tratado sobre
La esfera y el cilindro, de Arquímedes, la Introducción aritmética de Nicó-
maco y la Epístola sobre el heptágono del pseudo-Arquímedes. Respecto al
corpus árabe de Oriente, además de las obras ya señaladas, hemos encontrado
en Ibn Haydur, una referencia explícita a uno de los comentarios de Ibn al-
Haytham sobre los Elementos de Euclides, titulado Resolución de las dudas
[del libro] de Euclides.
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LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA Conclusión
LAS MATEMÁTICAS ÁRABES Y SU PAPEL EN EL DESARROLLO
DE LA TRADICIÓN CIENTÍFICA EUROPEA
Conclusión
Como vemos, los elementos nuevos en relación a los balances efectuados
por M. Steinschneider a propósito de la circulación de los escritos matemáticos de
España y el Magreb hacia Europa, son muy modestos, pero eso no debe llevarnos
a conclusiones subestimadoras del volumen de la circulación matemática y de su
calidad. Hay varias razones para ello. La primera es el carácter fragmentario de las
fuentes que pueden aportar respuestas a estos asuntos. La segunda atañe al hecho
de que hubo todo un período en el que los matemáticos europeos tuvieron acceso
directo a las fuentes árabes, lo que a veces hacía inútil el trámite de la traducción.
Respecto a los latinoparlantes, hemos evocado el bien conocido caso de
Fibonacci. Este sabio no esperó la traducción del libro de al-Hassar o de otros
manuales para tomar de ellos el simbolismo de los diferentes tipos de fracciones
que se usaba en la época. Ese simbolismo es constantemente utilizado en el Liber
Abbaci sin que su autor sienta la necesidad de señalar su origen. Tenemos tam-
bién el caso del autor anónimo del Liber Mahamelet [Libro de las transacciones]
que cita a veces sus fuentes árabes, pero que más frecuentemente las usa sin pre-
cisarlas, añadiendo sus aportaciones personales.
Respecto a los hebreoparlantes, la transmisión de escritos matemáticos grie-
gos o árabes no constituye casos aislados. Nos hallamos en presencia de una ver-
dadera tradición cuyas diferentes prácticas eran ya conocidas, pero cuyos resulta-
dos se han ido revelando paulatinamente por las investigaciones de las últimas décadas.
La práctica más antigua queda ilustrada por la obra de Abraham Ibn Ezra (hacia
1160), el Libro del número, y por dos escritos de Abraham Bar Hiyya (t 1145), el
Liber Embadorum y Losfundamentos de la razón y la Torre de lafe. Ambos auto-
res, matemáticos que dominaban el árabe, redactaron directamente en hebreo temas
matemáticos extraídos del fondo árabe español, añadiéndoles sus propias contri-
buciones.
El segundo medio de circulación fue la transcripción de textos árabes en
caracteres hebreos. Se comienza a conocer mejor los aspectos bibliográficos, pero
queda por completar el estudio de los escritos matemáticos de dicho corpus y en
especial aquéllos de los que no tenemos la versión árabe.
A partir de estos hechos, nos hemos interrogado sobre una eventual circu-
lación directa, es decir, sin traducción, de dos aportaciones originales considera-
das, en el estado actual de nuestros conocimientos, como específicas de la tradi-
ción matemática de España y del Magreb. Se trata, en primer lugar, del simbolismo
algebraico, cuyo uso en Europa no era factible en su versión original (en la medida
en que no intervienen sino letras árabes en su escritura). Pero su existencja podía
suscitar la elaboración de un simbolismo análogo, utilizando letras latinas o hebreas.
La segunda aportación concierne al conjunto de resultados y procedimientos
combinatorios elaborados y practicados en el Magreb durante los siglos XII, XIII
33
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA y aún más tarde. A primera vista
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
y aún más tarde. A primera vista parece extraño que se pensara en traducir un
manual de cálculo como el libreto de al-Hassar y que nadie se interesara en el
capítulo del libro de lbn Muncim dedicado exclusivamente al análisis combina-
torio, con sus definiciones, sus proposiciones y su dominio de aplicación. La pri-
mera explicación que nos viene a la cabeza es la misma que podemos avanzar
para otros tratados matemáticos árabes, que debieron asustar a los traductores a
causa de la complejidad de su contenido. La segunda explicación nos remite a
consideraciones culturales semejantes a las que podrían explicar la ausencia, en
las traducciones de Roberto de Chester y de Gerardo de Cremona, del primer capí-
tulo del libro de álgebra de al-Khwarizmi, consagrado a la resolución de proble-
mas de donaciones, y que no son sino un aspecto de los complejos problemas del
reparto de herencias en los países islámicos.
En el caso de la combinatoria, se trata también, al menos en los prime-
ros autores magrebíes, es decir, lbn Muncim y lbn al-Banna, de un problema plan-
teado y resuelto en el marco de las preocupaciones lexicográficas y lingüísticas
de la lengua árabe, incluso aunque los procedimientos seguidos y los resultados
alcanzados tienen de hecho carácter general.
A pesar de ello no podemos dejar de interrogamos sobre una eventual
circulación de las ideas combinatorias sin mediación de otras lenguas, a partir
del acceso directo al texto árabe. Pudo ser el caso de los matemáticos judíos de
los siglos XII y XIII, que manejaban cómodamente el árabe y el hebreo. Un ejem-
plo nos lo da Levi ben Gershom (Gersonide, t 1344). Su Libro de cálculo con-
tiene resultados combinatorios cuyo contenido es tan completo como el de la tra-
dición magrebí y que se presentan en forma de capítulo independiente, como en
el libro de lbn Muncim. Esto obliga al lector a interrogarse sobre una eventual
circulación, incluso parcial, de ciertos textos magrebíes o sobre una elaboración
paralela de ese capítulo a partir de una preocupación lingüística común.
Traducción del francés: de Sergio Toledo Prats
Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia
34

EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

Carlos Martín Col/antes

Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia

He trabajado con diligencia en las ciencias y las len- guas, y han pasado cuarenta años desde que aprendí el alfa- beto, siempre he sido estudioso, y durante todos el/os salvo dos de esos cuarenta años he estado estudiando.

Roger Bacon. Opus tertium l

Cualquier biografía de Roger Bacon, el Dr. Mirabilis, comienza con un inte- rrogante, ¿cuál fue la fecha de su nacimiento? Sólo parece poder asegurarse que vino al mundo entre 1210 y 1220, Ysuelen señalarse los años 1212 ó 1214 como probables. Tampoco puede tenerse plena seguridad respecto a su lugar de origen, aunque hay un cierto consenso en cuanto a que fue llchester, en Somerset, el pue- blo que lo vio nacer. Una bien situada familia le permitió comenzar estudios en Oxford, en cuya universidad debió obtener el grado de Maestro de Artes sobre 1236, para trasladarse después a París. En esta ciudad dio clases sobre Aristóte- les, incluyendo los libros naturales de éste, cuya enseñanza había sido prohibida en distintas ocasiones desde principios del siglo. En algún momento entre 1247 y 1250 volvió temporalmente a Oxford donde pudo conocer aAdam Marsh y quizá también a Roberto Grosseteste, lo cual resulta difícil ya que este último había sido nombrado obispo de Lincoln en 1235 y desempeñó esta dignidad hasta su muerte

I Citado por David C. Lindberg en Roger Bacon's Philosophy of Nature: A critical edition. with English Translation, lntroduction and Notes, of "De multiplicatione specierum" and "De speculi comburentibus" .

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA en 1253. La distancia y las obligaciones
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
en 1253. La distancia y las obligaciones episcopales no parecen abonar la tesis
de que hubiera un efectivo contacto personal entre ambos, aunque Bacon siem-
pre alabó a Grosseteste y en cierto modo quiso seguir sus pasos.
Hacia la segunda mitad de la década de 1240 invirtió una cuantiosa suma
de dinero -dos mil libras- en libros "secretos", lentes, muestras geológicas, espe-
címenes naturales, curas médicas, etcétera; lo cual da una pista de que su incor-
poración a la orden franciscana no se produjo hasta 1256 ó 1257. Si lo hubiera
hecho con anterioridad el voto de pobreza le habría impedido llevar a cabo tales
dispendios. En esta misma época visitó en la Sorbona la biblioteca de libros secre-
tos de magia y ciencia experimental procedentes de Richard Foumival, de cuyo
poema cosmográfico De vetula Bacon fue comentador.
Su toma de votos como fraile pudo estar motivada por la búsqueda de éxito
académico mediante la enseñanza, o por seguir la admiración que sentía hacia
Roberto Grosseteste, lector y maestro de filosofía de los franciscanos cuyos inte-
reses científico-matemáticos eran parecidos a los suyos. En cualquier caso parece
que esta entrada en la Orden debió de producirse en Oxford, y que no tuvo las
felices consecuencias que, en un principio, Bacon pudiera prever. En la década
de 1260, ante el Papa Clemente IV, que era su amigo Guy de Foulques, se lamen-
taba de que sus superiores le atacaban virulentamente, le hacían pasar hambre y
lo mantenían encerrado. Estaban temerosos de que su~ escritos se divulgasen, puesto
que san Buenaventura, general de la orden, había decretado la censura a sus frai-
les en el Capítulo de Narbona de 1260. La desaprobación hacia Bacon empeoró
desde que su enseñanza en Oxford fue vetada en 1257, Ymientras sufría las humi-
llaciones a que era sometido, el Papa le solicitaba secretamente las obras y tra-
bajos que aquél le había ofrecido sobre las reformas de las enseñanzas y sobre
el conflicto académico de la facultad de teología de París entre los maestros segla-
res y los frailes. No obtuvo sin embargo las contraprestaciones y ayudas que Bacon
hubiera necesitado para cumplir el encargo, lo que le obligó a pedir dinero pres-
tado, y no siempre devuelto. En un momento dado se le impidió incluso la comu-
nicación con el Papa, quien por otra parte murió al poco tiempo. La vacante en
la silla de Pedro durante tres años, y la rápida sucesión de otros papas efímeros
entre los que se cuenta el erudito Pedro Hispano -Juan XXI- no favorecieron en
nada su posición. Sus ideas acerca del voto de pobreza se enfrentaban a los prin-
cipios de la orden impuestos por Buenaventura. Criticó la prohibición antiastro-
lógica del obispo de París, Esteban Tempier. Se afanó en dotar a la cristiandad
con las armas de la ciencia para derrotar al Anticristo y a los infieles, presentando
sus propuestas con un cierto tinte apocalíptico. Por todo ello acabó preso en 1277
según mandato del General de la Orden Jerónimo de Ascoli. No se sabe cuánto
tiempo pudo permanecer prisionero, pero en 1292 cuando escribió el Compen-
dium studii theologiae ya se hallaba libre. Debió morir ese mismo año, ya de vuelta
en Oxford.
36

EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

La vida de Bacon abarca la práctica totalidad de un siglo que condensa el mayor florecimiento de la Edad Media, y se desenvuelve entre su Inglate- rra natal y una Francia estable y culturalmente pujante. Desarrolla estudios y enseñanzas en la universidad de París, la más notoria de Europa, sobre todo por su facultad de teología. Por otras muchas ciudades europeas se ha visto nacer universidades, sea en Bolonia o en Oxford. En ellas las traducciones del latín de los autores griegos, árabes o judíos introducen y divulgan antiguos cono- cimientos que se vuelven nuevos ante los ojos medievales. Guillermo de Moer- beke o Roberto Grosseteste proporcionaron materiales a hombres como Tomás de Aquino o el propio Bacon. De ahí el rechazo de este último por la igno- rancia de la lengua hebrea o la griega, de la que Bacon escribió una gramá- tica, sin las que no se puede beber en las fuentes originales y de cuyas aguas había en aquel momento tanta sed. Los hombres más famosos de esta reno- vación pertenecieron a las recién nacidas ordenes mendicantes: franciscanos (1209) y dominicos (1212). Alejandro de Hales, Buenaventura o Bacon entre los primeros; Tomás de Aquino, Alberto Magno o Raimundo de Peñafort entre los segundos. Para todos ellos el tema candente del momento era el aristote- lismo, conocido entonces principalmente a través de la interpretación árabe. Este pensamiento se mostraba incompatible con la tradición agustiniana de corte platónico pero acabó calando en todos ellos. Algunos buscaron una armoni- zación de ambas doctrinas, otros se decantaron claramente por Aristóteles, como hizo santo Tomás, y otros se enfrentaron a él. Entre éstos se encontraban los franciscanos, aunque ya estaban impregnados por su influencia, como sucede en el caso de Bacon, para quien la experiencia es el punto de partida del cono- cimiento de la naturaleza. Sin embargo abogaba por un enfoque más induc- tivo, cuyo método -la scientia experimentalis- abriría el paso a nuevas cues- tiones y demostraría verdades a las que no se puede acceder de otro modo. Quizá la polémica tuviese como telón de fondo el temor a los averroístas latinos, con un hombre como Siger de Brabante (1235-1281) enseñando en París que acep- taba la eternidad y necesidad del mundo, o la unidad del entendimiento agente. Se defendía de las críticas a estos atentados contra el dogma cristiano pro- pugnando la teoría de la doble verdad, con la que se rompía la relación esta- blecida hasta entonces de subordinación de la razón a la fe, y por tanto de la filosofía a la teología. Inmerso en este contexto intelectual, Bacon se ve afectado también por una situación política europea en la que, pese a la relativa estabilidad, se ha perdido el ideal unificador de la cristiandad que encamaba el Sacro Imperio. La vocación de universalidad espiritual y temporal se ha trasladado al papado, que acabará por reivindicar la hegemonía sobre los poderes reales apenas diez años después de la muerte de Bacon. Él mismo estuvo de parte de Roma y a instancias ponti- ficias escribió algunas de sus obras como Opus maius, Opus minus, Opus ter- tium, y posiblemente De multiplicatione specierum y De speculis comburentibus

-

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

aunque también redactó un Compendium studii philosophiae, un Compendium stu-

dii theologiae, Communia naturalium, Secretum secretorum, Quaestiones super

libros /-V PhysicorumAristotelis y Quaestiones supra libros primae philosophiae.

Una sola es la sabiduría perfecta, dada por un solo Dios a un solo género humano para un único fin, que es la vida eterna. En las Sagradas Escrituras está contenida toda, y debe ser explicada por el Derecho Canónico y la filosofía. Porque todo lo que es con- trario a la sapiencia de Dios, o le es ajeno, es erróneo y vano, y no puede ser valioso para género humano.

Roger Bacon. Opus tertium, XXIII'.

Los griegos volverán a la obediencia de la iglesia de Roma, los Tártaros se convertirán mayoritariamente a la fe, los Sarrace- nos serán destruidos, y habrá un solo redil y un solo pastor.

Roger Bacon. Opus tertium, XXIV'.

Parece tarea ardua intentar convencer a alguien del siglo XX, o incluso

del XIX, de que quien ha pronunciado las palabras que anteceden pueda ser con- siderado un predecesor de la ciencia moderna. Las alusiones explícitas, incluso agresivas, al monopolio de la sabiduría por parte de Dios y a la condición ser- vil de la filosofía, o el proyecto de convertir a la comunidad de los fieles en una especie de supraestado controlado por el aparato político de la iglesia romana, son demasiado duras para los oídos racionales y escépticos de nuestro mundo contemporáneo. Quizá pesa en exceso una tradición que nos ha querido trans- mitir el punto de vista según el cual la razón acaba por enfrentarse y vencer a la fe, la medida sustituye a la simple cualidad y la explicación-predicción per- mite el dominio del mundo natural extendiendo así el progreso material y moral de la Humanidad. La figura de Roger Bacon, como otras, sirve para demostrar que las cosas no son tan sencillas y que, por extraño que pueda parecer a algu- nos, el propósito principal en los antecesores del pe~samiento científico, cuya herencia se transmite al Renacimiento y la Modernidad, era de carácter religioso. Si el mundo contiene en sí el orden y perfección de su creador (San Agustín), entonces el entendimiento humano puede volverse hacia él para leer en el libro

de la naturaleza (San Francisco de Asís) y adquirir conocimiento del Artífice

por medio de su obra reconociendo la palabra de Dios no sólo mediante la reve- lación escrita, sino también descubriendo las leyes ocultas del devenir natural nacido de su voluntad.

2 Citado por Étienne Gilsson en La filosofía en la Edad Media. Desde los orígenes patrísticos hasta el fin del siglo XIV

EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

Los enemigos de la cristiandad son fácilmente identificables a los ojos de Bacon: el Anticristo, que se anunciaba próximo y los infieles. Contra ellos sólo caben dos estrategias posibles; la unidad de los creyentes en tomo a su iglesia, y el incremento del poder de esa iglesia para evangelizar a los que no conocen el mensaje divino o para eliminar a los que lo rechazan. El instrumento del que hay que servirse para acrecentar ese poder es la ciencia. Con ella sería posible doblegar a la naturaleza y ponerla al servicio de quienes la comprendan, de ahí su afán de que los secretos que pueda revelar no caigan en otras manos que en las de los auténticos cristianos, y que las verdades que produzca y las utilidades que se deriven de ella convenzan a otros para adherirse a la única fe. Este objetivo que hoy calificaríamos como tecnológico político no es real- mente novedoso. En el fondo tiene una finalidad parecida a la de la magia, es decir, hacer que las fuerzas ocultas del mundo se sometan a nuestra voluntad mediante un conocimiento secreto que nos proporcione el poder que buscamos. Precisamente esta indefinición de los límites entre ciencia y magia obligó a Gui- llermo de Auvemia, Alberto Magno, o al propio Bacon a rechazar explícitamente la magia pecaminosa, aceptando la llamada "magia natural". Con ello intentaron evitar peligrosas acusaciones de connivencia con la brujería que hubieran podido acarrearles consecuencias nefastas. No debe pensarse, sin embargo, que Bacon identificó sin más "magia natural" y ciencia, ya que en esta última consideró impres- cindible contar con las matemáticas y el experimento, pese a lo cual incluyó entre las verdaderas ciencias a la astrología y a la alquimia. Todos estos objetivos deben observarse teniendo como referencia el nega- tivo análisis que Bacon hizo de la sociedad y de la cultura de su tiempo. Para él se había estado produciendo una progresiva degeneración de las costumbres que demostraba una crisis moral y espiritual entre los europeos de entonces. Además los conocimientos tradicionales se transmitían mal, como había quedado patente en conflictos como el de la universidad de París entre frailes y seglares, o la com- petencia entre órdenes, o en la polémica ya mencionada entre aristotélicos y antia- ristotélicos. De hecho, no sólo la teología, también la medicina o las artes habían perdido a su juicio la pujanza de otros tiempos. Hasta la tradicional formación en el trivium y el cuadrivium 3 se daba con superficialidad. Incluso el latín era mal conocido, y no se diga ya las lenguas clásicas, sin las cuales era imposible empren- der un estudio mínimamente profundo de dos valiosas fuentes de conocimiento como eran las Escrituras y las obras de los filósofos antiguos, cuyas traduccio- nes consideraba defectuosas e incompletas. Para evitar esta ignorancia reinante había que introducir cambios que regenerasen el sistema de enseñanza entonces vigente; por ello propuso recuperar el interés en la gramática, ya fuese para el perfeccionamiento del latín al uso, o para el mejor conocimiento de otras lenguas.

3 Trivium: gramática, retórica y dialéctica. Cuadrivium: aritmética, geometría, música y astronomía.

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA La matemática también ocupaba un importante lugar
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
La matemática también ocupaba un importante lugar en el proceso for-
mativo, aunque no la considerase demasiado valiosa en sí misma, y de la que decía
que debía ser "una ciencia fácil y casi innata o cercana al conocimiento innato.
y de esto se sigue que es la primera de las ciencias, sin la que las otras no pue-
den ser conocidas" (Opus tertium). En resumidas cuentas, la consideraba impres-
cindible para una buena formación de las jóvenes generaciones pero sólo como
elemento instrumental. De hecho sostiene que el desorden y la proliferación de
conclusiones inútiles ha hecho que los profesores de esta ciencia necesiten dedi-
carle a su estudio tres o cuatro décadas para conocerla bien. Su aprendizaje, por
razones didácticas, debería llevarse a cabo en el siguiente orden: geometría, arit-
mética, astronomía -subdividida en 'especulativa', que trata del número y movi-
miento de los cuerpos celestes; 'práctica' vinculada al uso de los instrumentos o
cartas astronómicas, y 'astrología' encargada de conocer los poderes de los cuer-
pos celestes sobre las cosas del mundo. En último lugar se aprendería la música.
A la matemática debería suceder la formación en filosofía natural que retoma la
física aristotélica y añade ciencias especiales como la ciencia del peso, la alqui-
mia, la agricultura, la medicina o la ciencia experimental. Metafísica y Moral com-
pletan la lista, siendo esta última la que marca la culminación de todo el proceso,
porque la finalidad de las ciencias ha de ser la consecución del bien; por la moral
nuestras acciones son buenas o malas, nos enseña a relacionamos con Dios, con
los demás y con nosotros mismos, y sus vínculos con la teología la hacen partí-
cipe de su dignidad.
Las máquinas para navegar pueden ser hechas sin remeros,
de manera que los grandes barcos en los ríos y en los mares serán
movidos por un solo hombre con mayor velocidad que si estuvie-
ran llenos de hombres. También se pueden fabricar carros de modo
que, sin animales, puedan moverse con increíble rapidez; así cre-
emos que eran los carros armados de guadañas con los que lucha-
ron los hombres de otros tiempos; también pueden construirse máqui-
nas voladoras de forma que un hombre sentado en la mitad de la
máquina maneje algún motor que accione alas artificiales que batan
el aire como un pájaro volador. También una máquina de tamaño
pequeño para levantar o bajar pesos enormes, nada es más útil que
ella para casos de urgencia. Porque gracias a una máquina de tres
dedos de alta y ancha y de menos tamaño, un hombre podría libe-
rarse, él y sus amigos, de todo peligro de prisión y elevarse y des-
cender. También puede hacerse una máquina por la que un hom-
bre pueda arrastrar mil hombres hacia él violentamente, contra su
voluntad, y atraer otras cosas de manera parecida. También se pue-
den hacer máquinas para pasear por el mar y los ríos, incluso por
elfondo, sin ningún peligro. Porque Alejandro el Grande las empleó,
40

EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

podía ver los secretos de la profundidad, como cuenta Ethicus el astrónomo. Estas máquinas se fabricaban en la antigüedad y, cier- tamente, han sido fabricadas en nuestro tiempo, excepto quizá la máquina voladora, que no he visto ni conozco a nadie que la haya visto, pero conozco un experto que ha encontrado la manera de hacer una. y tales cosas pueden ser fabricadas casi sin límites, por ejem- plo, puentes sobre los ríos sin columnas o soportes, y mecanismos y máquinas inauditas.

Roger Bacon. Epistola de Secretis Operibus cap. IV'.

¿Son éstas las palabras de un visionario?, ¿acaso no tenderíamos a pensar que en el lejano siglo XIII algo así sólo pudo ser profetizado por un loco que, como el asno de la fábula tuvo suerte de que siete siglos después sonara la flauta? Después de haber esbozado en los apartados anteriores las líneas básicas de su trayectoria personal y de sus intereses intelectuales no parece que puede darse a las preguntas anteriores una respuesta afirmativa. La perseverancia en la dedi- cación al estudio, su papel como eclesiástico y profesor, y la enorme erudición de Roger Bacon no coinciden con el retrato de un profeta embaucador que inten- tase convencer a sus coetáneos de que el futuro tecnológico estaba ya en mar- cha. En realidad hay menos de predicción en sus palabras que de retrodicción, y con ellas nos quiere devolver hacia el pasado más que anticiparnos el futuro. Cree firmemente que los tiempos antiguos gozaron ya de un esplendor técnico basado en una sabiduría que ha permanecido perdida u olvidada durante siglos, y que hay que rescatar a partir de las viejas obras para poder retomar sus tareas y reco- menzar en su presente la construcción de una civilización tan poderosa o más que la de los antiguos imperios, no sólo fuertes sino también sabios. Bacon estaba íntimamente convencido de que la sabiduría había existido desde el principio de los tiempos, porque tenía su fundamento en la revelación y en la filosofía simultáneamente. Los patriarcas recibieron directamente de Dios todo el saber filosófico, que es el mismo que se encuentra en la Biblia, aunque en ésta se haya escondido bajo su literalidad. Dios concedió a aquellos descen- dientes de Set y Noé entendimiento y longevidad para que a lo largo de seiscientos años completaran el corpus filosófico y astronómico, y para que llevaran a cabo las experiencias necesarias. Fueron los pecados de los hombres los que provo- caron la ira de Dios, que los castigó oscureciendo su razón, por lo que la verdad auténtica cayó en el olvido y aparecieron los falsos profetas (Zoroastro, Trisme- gisto, Esculapio). La fe de Salomón acompañó a su sabiduría, y con él revivió la grandeza del conocimiento indisolublemente unido a la piedad. Tras su reinado floreciente vuelve a desaparecer hasta que los griegos paganos le dan un nuevo

, Citado por A. C. Crombie en Historia de la Ciencia: De S. Agustín a Galileo.

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA impulso que culmina con la figura que
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
impulso que culmina con la figura que Bacon considera más importante en toda
la antigüedad y modelo de obrar filosófico. Se refiere a Aristóteles, cuyo pensa-
miento natural y científico fue el primero en enseñar en la facultad de Artes de
París y en el que quiso ver elementos coincidentes con el cristianismo. Tal era su
concepción de saber único de origen divino entregado a los hombres del que los
filósofos griegos eran herederos y continuadores, pero no creadores independientes.
Desde esta perspectiva histórica según la cual el progreso del conocimiento
se iba desarrollando con lentitud e irregularidad, pero inexorablemente, Bacon se
vio a sí mismo como un anunciador de los nuevos tiempos y un reformador. No
dudó en criticar agriamente a otros hombres 'de ciencia como Alberto Magno o
Alejandro de Hales, desconocedores de las lenguas antiguas, de Perspectiva o de
ciencia experimental. Denunciaba abiertamente la ignorancia, que atribuía a la ciega
sumisión a la autoridad, al seguimiento acrítico de las costumbres, a los prejui-
cios del vulgo o la simple apariencia de sabiduría que sólo se utiliza para disimular
la ignorancia. Para luchar contra esta pobreza espiritual que devaluaba al espíritu
humano y lo desconectaba de su Creador no vaciló en proponer el uso por parte
de la teología de todas aquellas ciencias que pudieran ayudar a mejorar el bienestar
del cuerpo, del alma y de la fortuna. Incluyó osadamente a la astrología o a la alqui-
mia, que hasta entonces habían sido consideradas como parte de la magia, y por
tanto excluidas de las prácticas permitidas o aceptables desde el punto de vista
teológico. Mientras Roberto Kilwardby, contemporáneo de Bacon, las eliminó de
su clasificación de las ciencias, nuestro autor afirmaba: "hay una alquimia, ope-
racional y práctica, que enseña, gracias al arte, cómo hacer los metales nobles
y los colores y muchas otras cosas mejor y más abundantes que como se dan en
la naturaleza. Y la ciencia de este tipo es más ciencia que todas las otras dichas
porque produce mayores provechos. Porque no sólo puede proporcionar riqueza
y muchas otras cosas para el bien público, sino que también enseña cómo des-
cubrir cosas que son capaces de prolongar la vida humana durante períodos mucho
más largos que como es realizado en la naturaleza"5. En cuanto a la astrología se
refiere, ya vimos que hace de ella una parte de la astronomía, y defiende su cre-
encia en el influjo de los astros sobre los acontecimientos terrestres no sólo sobre
la base de los textos herméticos, sino aludiendo a la aceptación de dicha influen-
cia por parte de san Agustín, o de Juan Damasceno. Los peligros más evidentes
para la ortodoxia cristiana que conlleva la astrología están en la puesta en entre-
dicho de la voluntad divina como único legislador sobre los objetos y sucesos del
mundo y la relativización o incluso eliminación del libre albedrío. De ambas acu-
saciones tuvo que defender Bacon a la astrología y en su solución de compromiso
aclaró que la superioridad de la voluntad divina sobre las influencias astrales era
absoluta. Todo lo que sucede es así "si Dios lo quiere", pudiendo por su voluntad
5 Roger Bacon. Opus tertium. Citado por A. C. Crombie.
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EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON cambiar las leyes del mundo si así lo desea. Por
EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON
cambiar las leyes del mundo si así lo desea. Por lo que respecta al libre albedrío
de los hombres admitió la 'posibilidad' de que nuestros actos varíen como resul-
tado de los cambios de humor o talante que inducen en nosotros los objetos celes-
tes influyendo sobre nue$tros cuerpos, igual que lo hacen sobre cualquier otro cuerpo
terrestre. Pero eso no debe confundirse con un determinismo riguroso que elimine
la posibilidad de que nuestro entendimiento dirija libremente nuestra conducta.
Hay dos modos de conocer: el razonamiento y la experiencia.
La teoría concluye y nos hace admitir la conclusión; pero no pro-
porciona esa seguridad exenta de duda, en la cual el espíritu des-
cansa en la intuición de la verdad, hasta que la conclusión no ha sido
hallada por vía de experiencia. Muchos tienen teorías sobre deter-
minados objetos, pero como no las han experimentado, esas teorías
siguen sin ser utilizadas por ellos y no les incitan ni a buscar tal bien
ni a evitar tal mal. Si un hombre que nunca ha visto el fuego demos-
trase, mediante argumentos concluyentes, que el fuego quema, que
estropea las cosas y las destruye, el espíritu de su oyente no queda-
ría satisfecho y no huiría del fuego antes de haber aproximado a él
la mano o un objeto combustible para probar, mediante la experiencia,
aquello que enseña la teoría. Pero una vez hecha la experiencia de
la combustión, el espíritu queda convencido y descansa en la evidencia
de la verdad; así, pues, no basta el razonamiento, pero sí basta la
experiencia. Esto es lo que claramente se ve en las matemáticas, cuyas
demostraciones son, sin embargo, las más ciertas de todas.
Roger Bacon. Opus maius".
La perseverancia de este franciscano en su defensa de lo que consideraba
ciencia fue más allá de la tolerancia con ciencias ocultas vinculadas a la magia
y a poderes poco claros de raíces ancestrales. Sus palabras encabezando este apar-
tado son una muestra de ello.
Dedicó la sexta parte de su Opus maius a la llamada scientia experimen-
talis, que a su juicio era una nueva ciencia capaz de ofrecer resultados sorpren-
dentes en el conocimiento de la naturaleza, sobrepasando y corrigiendo a la anti-
gua filosofía natural de corte deductivista basada en principios más metafísicos
que físicos.
La denominación baconiana de 'ciencia' podría resultamos confusa, puesto
que se trata más bien de una exposición metodológica para la investigación cien-
tífica, en la que se hace una apología del experimentalismo y se propone una forma
bastante amplia de entender lo que es un experimento.
6 Citado por Étienne Gilsson en Lafilosofía en la Edad Media. Desde los orígenes patrísticos hasta el
fin del siglo XN.
43

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

Como método científico que es, debe plantear unas metas para la investi- gación. La primera de ellas es la verificación de los resultados obtenidos por otras ciencias utilizando para ello la realización de experiencias. De este modo se des- pejarían las dudas que pudieran caber sobre tales resultados y se podrían confir- mar con la evidencia observacionallos elementos a partir de los cuales puede dedu- cirse sobre bases ciertas. El segundo objetivo consiste en hacer patente que hay más vías en la indagación y el conocimiento que la simple teorización. De la expe- riencia obtenemos datos y medios a los que no podríamos acceder sin ella. Por mediación suya la medicina ha conseguido curas para las dolencias del cuerpo, el magnetismo ha revelado el comportamiento de la piedra-imán, la esfera armi- lar permite realizar observaciones astronómicas, o se ha favorecido la creación de instrumentos (por ejemplo el astrolabio). En tercer lugar la ciencia experimental ayuda a descubrir los secretos de la naturaleza, y gracias a su conocimiento los hombres podemos predecir los acontecimientos futuros. El control de ellos es un instrumento de poder que puede proporcionar beneficios para los propios y ven- tajas sobre los enemigos. Pero ¿a qué llama Bacon 'experiencia'? Por una parte afirma que se refiere a la de nuestros sentidos, ya se trate de lo que cotidianamente vemos, ya de lo que otros observadores puedan habemos informado. Igualmente debe conside- rarse experiencia a la que tenga lugar de este modo aunque esté posibilitada por el uso de instrumentos de observación. No debemos olvidar que en este sentido preconizó el uso de lentes y espejos para agrandar o acercar los objetos, así como para corregir la falta de visión. Pero ésta es solamente una parte, y no completa de la experiencia posible, puesto que queda restringida a lo corpóreo. Existe, en su opinión, otra experiencia con la que acceder a las sustancias espirituales, y ésta no es otra que la iluminación divina1, un conocimiento más perfecto sentido inte- riormente como el que Dios proporcionó a los patriarcas para que no dependie- ran sólo de los sentidos. Bacon atribuye la representación más genuina de este obrar experimental a Pedro de Maricourt (Petrus Peregrinus) autor de la epístola De Magnete y de una obra sobre la construcción de astrolabios. Los elogios que Bacon le dedica hacen pensar que su trabajo fue mucho más amplio de lo que conocemos. De él dijo que evitaba el verbalismo y los argumentos de los profesores corrientes, que mediante la experiencia conocía la medicina, la alquimia, la agricultura y otros secretos de la naturaleza. Había desenmascarado los trucos fraudulentos de los magos y trabajado durante años en la construcción de un espejo ustorio (proba- blemente a partir de un tratado de Alhacén). Todos esos méritos le podrían haber proporcionado honores que siempre ignoró para poder continuar con su trabajo de experimentación. Según investigadores como Jeremiah Hackett existe la posi-

J

7 Un toque agustiniano entre tanto aristotelismo.

EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON bilidad de que Bacon y Pedro de Maricourt tI;abajasen juntos
EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON
bilidad de que Bacon y Pedro de Maricourt tI;abajasen juntos poniendo el uno el
soporte y la divulgación teórica de la tarea empírica del otro.
El ejemplo de trabajo experimental que Bacon expone corresponde a su
propia investigación sobre el arco iris, fenómeno que relacionó con otros de la
misma naturaleza que se dan con cristales o con gotas de agua. Utilizando ins-
trumentos midió la altura del arco sobre el horizonte con relación al observador
y a la altura correspondiente del sol, siempre situado en la dirección opuesta. Deter-
minó que la máxima altura sobre el horizonte a la que podía aparecer el arco iris
era de 42 grados y creyó que el arco era la base de un cono, cuyo vértice estaba
en el sol y cuyo eje pasaba por el ojo del observador. En consecuencia cada obser-
vador ve su propio arco y un movimiento del observador paralelamente al arco
hace que éste se mueva con él en relación con los objetos fijos. Se equivocó al
afirmar que la naturaleza del arco iris sólo se debía a la reflexión, aunque su tra-
bajo sirvió a Teodorico de Friburgo para que en 1307 confirmarse la necesidad
de dos refracciones y una reflexión para que se produjera el fenómeno, así como
el estudio y medida del arco secundario, que se da a 11 grados del primario y con
el orden de los colores invertido.
También trabajó experimentalmente estudiando la anatomía del ojo para
interpretar la visión, que no atribuyó propiamente a los ojos, sino que éstos sólo
actúan como instrumento para recibir y dirigir las imágenes a un nervio común
situado en la superficie del cerebro; en él se juntan los nervios ópticos procedentes
del globo ocular.
La teoría de la visión de Bacon parece rechazar la existencia de rayos visua-
les que partiendo de los ojos y chocando con los objetos fuesen el origen de lo
que consideramos nuestro sentido de la vista. Lo mismo que Alhacén acepta que
son imágenes externas o 'especies' las que, partiendo de los objetos, penetran en
nuestros globos oculares y viajan por los nervios hasta el sensorio común. Sin
embargo matiza que el ojo es más noble que el simple objeto externo, puesto que
pertenece a un ser animado y la visión es parte de la sensibilidad que lo hace ser
de naturaleza viviente; en consecuencia el ojo ha de ennoblecer el área del medio
por el que se propagan esas especies y adecuarlo con su influencia para que pue-
dan multiplicarse afectando sensiblemente el sujeto cuando lo alcanzan.
De toda la magnitud y superficie del objeto llegan las espe-
cies de luz y color. Las especies de color que vienen de partes indi-
viduales del objeto no están mezcladas en una parte de la pupila,
sino que se distinguen y ordenan sobre la superficie de la pupila en
cantidad perceptible, de acuerdo al número de partes del objeto.
Roger Bacon. De multiplicatione specierum. 1.2
El haber tocado el tema de la visión nos lleva ya, en este último apartado,
al tema de la luz y las especies. Bacon creyó acertadamente que la luz viajaba a
45
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA una velocidad muy alta, pero no infinita;
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
una velocidad muy alta, pero no infinita; que dada la gran distancia al sol sus rayos
podían tratarse como si fueran paralelos, pese a que no lo son en realidad; que
podrían construirse espejos cóncavos parabólicos capaces de concentrar los rayos
que inciden en ellos en un punto a una distancia focal determinable. También cono-
ció las propiedades de los rayos reflejados, y el fenómeno de la refracción cuando
se atraviesan medios transparentes de distinta densidad.
Sin embargo, y a pesar de estos conocimientos, procedentes de Alkindi o Alha-
cén y de sus propias experiencias, la fmalidad de Bacon no era estrictamente inves-
tigar el comportamiento de la luz. Lo que realmente pretendía era estudiar la natu-
raleza y el desarrollo de aquellas acciones causadas por un agente en el mundo natural.
Así pues, la luz era tan sólo uno de los fenómenos que se pueden considerar desde
este punto de vista, pero no el único. Lo que hay de especial en el hecho luminoso
es que es visible, y su estudio es más accesible para el observador empírico.
En realidad la luz es un ejemplo de acción procedente de un agente sobre
un paciente propagándose a través de un medio. Lo que se transmite es una 'espe-
cie', término que desde mucho antes de Bacon ha sido utilizado con significados
diversos: aspecto, forma, imagen sensorial, virtud, potencia, intención etc. Cons-
ciente de esta multivocidad Bacon restringe su sentido al de "primer efecto de
una causa de que actúa naturalmente. Por ejemplo la luz (lumen) del sol en el
aire es la especie de la luz (lux) que está en el propio sol" (De Multiplicatione
specierum. I.1).
Las especies son similares en esencia y definición al agente que las causa,
aunque el ser de la especie sea incompleto y el del agente sea completo: "la espe-
cie del solo del hombre no es sol ni hombre, pues éstos tienen ser completo. Como
un embrión no es hombre, su especie tampoco, aunque el embrión pueda llegar
a serlo y la especie no". (Ibid).
Los sensibles propios 8 afectan nuestros sentidos produciendo especies. Igual-
mente todo ser compuesto de materia y forma produce especies. Y éstas son espe-
cies del compuesto, tanto de su materia como de su forma. Lo mismo la sustan-
cia que el accidente producen especies y la relación entre éstas es análoga a la
que existe entre aquellos'. En cuanto a las especies del universal y las especies
del singular se relacionan del mismo modo, " como el hombre singular produce
sus especies en el medio, el sentido y el intelecto, así el hombre universal pro-
duce simultáneamente sus especies en la especie singular". (Ibid. 1. 2).
Así cada especie se corresponde con su fuente, sea ésta sustancial o acci-
dental, universal o particular, simple o compuesta, material o formal. La diferencia
entre la especie y su origen es, como se ha dicho, el grado de completud de su
ser, pero no hay diferencia de naturaleza entre ambos.
8 Aquello que altera los sentidos: luz y color para la vista, sonido para el oído, sabor para el gusto
9 El accidente no puede darse sin la sustancia y la especie del accidente no puede darse sin la especie de
la sustancia.
46

EL PENSAMIENTO DE ROGER BACON

El haber tomado como ejemplo la luz puede hacernos pensar que la trans- misión de especies se lleva a cabo de forma parecida a como ha sido concebida en teorías posteriores al siglo XIII: alguna materia muy sutil que se desliza entre las partículas de un medio etéreo; pequeños átomos veloces que llegan dispara- dos hasta los objetos o hasta nuestros ojos, presiones o vibraciones que alteran la materia y viajan a través suyo. Sin embargo no hay nada de eso. Para Bacon las especies, luz incluida, no viajan ni se desplazan localmente de ningún modo. Puesto que son efectos producidos por un agente sobre un paciente, entre éstos debe haber contigüidad, de tal manera que el agente todo pueda, con su poder causal, producir en el paciente una alteración para la que éste fuese ya poten- cialmente susceptible. Una vez que este efecto (la especie) se ha producido en la primera parte d~l paciente que está en contacto directo con el agente, ésta puede volver a repetirse en la segunda parte como resultado de su potencialidad, para alterarse análogamente a la primera. Así se repite el proceso a lo largo de toda la multiplicación o transmisión de las especies. Queda claro entonces que el agente no pierde nada de sí mismo ni de su materia para enviarla al paciente. No hay partículas ni elementos corpóreos que se desplacen a través de un espacio como un flujo que se mueve de un lugar a otro. Las especies se generan sucesivamente en las consecutivas partes del medio que las trasmite, y lo hacen con velocidad finita puesto que ninguna acción causal puede producirse en un tiempo nulo. En sus propias palabras "una especie no es cuerpo, ni se mueve como un todo de un

} No hay movimiento local, sino una generación multiplicada

por las diferentes partes d,rmedio; ni es cuerpo lo que se genera allí, sino forma

corpórea que no tiene dimensiones propias, sino que es producida según las dimen- siones del aire; y no es producida por un efluvio del cuerpo luminoso, sino por

una generación a partir de la potencialidad de la materia del aire" 10. Una consecuencia altamente interesante para el desarrollo posterior de la física del siglo XVII es que, desde esta teoría Bacon defiende no sólo la influen- cia de los cuerpos celestes sobre los terrestres trasmitida mediante especies, sino también su conversa, es decir, que los objetos del mundo terrestre también pue- den enviar sus especies al mundo supralunar e influir consiguientemente allí. Obje- tos celestiales y terrenales comparten la misma materia y el mismo género. Aún sigue atado en parte a la división de cielos y tierra cuando sostiene que entre ambos no puede haber generación y corrupción, pero es un paso significativo hacia la unificación de ambos mundos la defensa de la alteración mutua mediante espe- cies. Podemos interpretarlas como fuerzas que generándose en unos actúan cau- salmente sobre los otros, conforme a propiedades geométricamente descriptibles que se convierten en leyes universales de la naturaleza.

lugar a otro.

10 Roger Bacon. Perspectiva. Citado por D. C. Lindberg en Roger Bacon & the Sciences. Commemora- tive Essays: Roger Bacon on Light, Vision, and the Universal Emanation of Force.

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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA ~ La transmisión de especies se da
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
~
La transmisión de especies se da naturalmente en línea recta, y su trayec-
toria se mantiene inalterada salvo que se vea desviada por la presencia de un cuerpo,
en cuyo caso se refleja formando un ángulo con la perpendicular igual al ángulo
de reflexión dentro de un mismo plano perpendicular a la superficie reflectante
(ley conocida ya de antiguo). Otra desviación posible a su propagación rectilí-
nea puede ser la que resulta de incidir oblicuamente sobre un medio de diferente
densidad, en cuyo caso varía la trayectoria atravesando el nuevo medio y acer-
cándose o alejándose de la perpendicular en el punto de incidencia en función de
su mayor densidad o rareza respectivamente. La razón de dicho cambio se debe,
según Bacon, a que la especie se mueve con más velocidad en un medio más sutil
que en otro más denso en el que encuentra mayor resistencia. Por eso, 'deseando'
el camino más fácil, buscará una trayectoria más cercana a la perpendicular. El
correspondiente alejamiento del caso inverso lo justifica sin más aludiendo a que
causas contrarias han de producir efectos contrarios.
Si el medio es animado, entonces la especie no tiene más remedio que
"seguir el curso de los nervios" y dirigirse por su sinuoso recorrido "según los
requerimientos de las operaciones del alma" .
A modo de recapitulación es conveniente terminar recordando que tres
siglos antes de la llamada Revolución Científica ya existe un personaje que:
Aboga por el conocimiento de las lenguas para recuperar la ciencia de
los antiguos con traducciones actualizadas.
Recoge y transmite un legado de conocimiento que procedía de otras
culturas distintas de la suya, con afán pedagógico y procurando incen-
tivar el entusiasmo en la continuación de la tarea investigadora.
Defiende la generalización del conocimiento matemático, sin el cual no
pueden entenderse ni describirse los fenómenos y leyes de la natura-
leza.
Impone un método de investigación sobre el mundo natural que tenga
en cuenta la observación y la experimentación, incluso con instrumen-
tos. Los resultados experimentales hechos patentes a la atención del obser-
vador contienen más verdad que cualquier deducción puramente racio-
nal, y ésta debe estar subordinadas siempre a 'los hechos'.
Se interesa por los saberes reconocidos hasta entonces y añade a éstos
otros nuevos como la astrología, la alquimia, la perspectiva o la cien-
cia experimental. Todo ello pese a los riesgos que corría al hacerlo en
una circunstancia socio-política adversa.
Anuncia un futuro tecnológico asimilándolo a un 'progreso' histórico
de la humanidad que debía vincularse con un modelo de interpretación
del mundo, el suyo cristiano. La unión de capacidad científico-técnica
y poder político está tan clara en su mente que la ofrece como instru-
mento a las más altas jerarquías de la Iglesia.
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LOS COMETAS CONTRA COPÉRNICO: BRAHE, GALILEO Y LOS JESUITAS Carlos Salís Santos UNED. Madrid Cuando
LOS COMETAS CONTRA COPÉRNICO:
BRAHE, GALILEO Y LOS JESUITAS
Carlos Salís Santos
UNED. Madrid
Cuando Galileo anunció sus grandes descubrimientos telescópicos, muchos
filósofos tradicionales se negaron a aceptarlos e incluso a mirar por el telesco-
pio. Tras morir uno de ellos, G. Libri, comentó Galileo: "Ha muerto en Pisa el
filósofo Libri, acérrimo impugnador de estas fruslerías mías, el cual, no habién-
dolas querido ver en la Tierra, quizá las vea camino del Cielo". Sin embargo,
en el caso de los cometas, Galileo, el gran amante de las novedades celestes, sos-
tuvo la idea tradicional de que eran fenómenos ópticos y no cuerpos celestes. Tenía
para ello razones en gran parte estratégicas que trataré de explicar.
En ocasiones, los argumentos observacionales pueden ser muy contundentes.
Por ejemplo, la observación de las fases de Venus refutó la ordenación ptolemaica,
según la cual no se podría ver Venus lleno. Pero en otras ocasiones los datos son
difíciles de interpretar. Eso ocurrió con los cometas en una época en que no se
conocían bien sus movimientos, no se sabía gran cosa de dinámica celeste o de
la física de la atmósfera, e incluso se discutía la disposición de nuestro sistema
solar. En tales casos la interpretación de los datos estaba íntimamente ligada a
suposiciones teóricas muy discutibles. Como además una de las partes amena-
zaba a la otra con la cárcel, debemos estar dispuestos a contemplar cómo los argu-
mentos científicos (observacionales y matemáticos) se mezclan esencialmente con
intereses personales, ideológicos, religiosos y políticos de todo tipo.
Mi propósito es ofrecer una exposición de la mezcla de argumentos cien-
tíficos e ideológicos presentes en la discusión sobre la cosmología de Copérnico
y Tycho Brahe en relación con los cometas, para los que suponían órbitas circu-
49
/ GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA lares y uniformes en tomo al
/
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
lares y uniformes en tomo al Solo la Tierra, con lo que no podían ofrecer una
teoría decente. Además, tras la condena del copernicanismo en Marzo de 1616,
la perspectiva copernicana de Galileo no se podía defender, mientras que la ticó-
nica adoptada por los jesuitas era políticamente la única. Esto explica gran parte
de lo que ocurrió en la polémica, no menos que los silencios de Galileo acerca
de sus teorías sobre el cosmos.
¿POR QUÉ ERAN ESPECIALES LOS COMETAS?
Hoy sabemos que poco más de un tercio de los cometas poseen órbitas elíp-
ticas y pueden retomar. De éstos muchos se deshacen antes, se perturban y salen
hacia los confines del sistema solar, o sencillamente poseen períodos largos (de
más de 200 años) que toman difícil su identificación. Los que tienen elipses de
período corto (e < 0,97) no son sino un 16%, y normalmente sólo se veían en un
tramo corto tras el perihelio, cuando se gasifican y brillan. Su movimiento es enton-
ces casi recto. De hecho los mejores astrónomos, Kepler y Newton, considera-
ron que se movían en línea recta.
A mediados del siglo XVI aparecían como fenómenos efímeros y evanes-
centes, visibles durante unas pocas semanas. Eran dé dudosa consistencia, pues
a través de sus partes se veían en ocasiones las estrellas. En realidad eran muy
distintos de los eternos y regulares cuerpos celestes, por lo que se consideraban
fenómenos meteorológicos en la atmósfera. Tradicionalmente, los cielos eran dis-
tintos de la Tierra en materiales y leyes de movimiento: los cuerpos celestes eran
inmutables y eternos y se movían en círculos, retomando periódicamente a las
mismas posiciones; mientras que la Tierra estaba compuesta de distintos elementos
inestables que se engendraban y perecían, y que sólo se movían en línea recta
para ocupar su lugar natural tras haber sido separados de él por violencia. Los
cometas, que eran efímeros y se veían sólo en tramos casi rectos, parecían cosas
terrestres.
Sólo cuando, medio siglo tras la muerte de Galileo, E. Halley dispuso de
la teoría gravitatoria newtoniana, pudo estudiar diversas trayectorias cónicas com-
patibles con las escasas observaciones. En 1705 conjeturó el retomo del cometa
de 1682 que lleva su nombre, con una elipse de e = 0.967 (el afelio 60 veces más
lejos que el perihelio) y período de 76 años. Pero antes de disponer de la pode-
rosa mecánica newtoniana, en la época que nos ocupa los cometas seguían siendo
objetos inusuales muy distintos de los cuerpos celestes estables y recurrentes estu-
diados por la astronomía de posición.
Por todo ello, fue una audacia que algunos astrónomos estudiasen el cometa
de 1577 con las técnicas astronómicas aplicadas a los planetas. Cinco años antes,
en 1572, Brahe había observado una nova sin paralaje y dedujo que debía estar
cerca de las estrellas fijas. La aceptación de que se pueden engendrar cuerpos o
50
/ Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO: BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS fenómenos efímeros en los cielos
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Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO:
BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS
fenómenos efímeros en los cielos alentó a considerar los cometas como objetos
celestes, lo que se vio facilitado porque no se conseguía medir paralajes sensi-
bles, lo que indicaba que estaban más lejos que la Luna, cuya paralaje es de casi
un grado. No obstante, la determinación de la distancia por la paralaje era muy
cruda, si tenemos en cuenta que el mejor observador de la época pre-telescópica,
Brahe, atribuía al familiar Sol una paralaje de 3' , unas 20 veces superior a la deter-
minada tres cuartos de siglo más tarde. La paralaje cometaria, de unas decenas
de segundos a lo sumo, era indetectable con los márgenes de error existentes.
EL USO DE LOS COMETAS CONTRA COPÉRNICO
De Noviembre de 1577 a Enero de 1578 se avistó un cometa espectacu-
lar por su brillo tras pasar a finales de Octubre por el perihelio a 0,18 VA del
Sol, menos de la mitad de la distancia de Mercurio. Las mediciones de la para-
laje mostraron que estaba muy por encima de la Luna. El primero que 10 estu-
dió fue M. Maestlin. Apoyándose en mediciones que daban una paralaje imper-
ceptible, rompió con la concepción meteorológica tradicional y consideró a los
cometas como cuerpos celestes objeto de la astronomía de posición tradicio-
nal. En su tratado, Maestlin estudió su órbita bajo la hipótesis heliocéntrica de
Copémico y estableció una órbita circular, circunsolar y excéntrica como la de
Venus, en cuyo orbe se encuentra. La idea es que el espacio entre la Luna y las
fijas está completamente lleno de las esferas planetarias propuestas por Copér-
nico. Eso implicaba el P. C. Clavio S. J. cuando decía que la nova de 1572 está
en la octava esfera porque no está en la atmósfera (por la paralaje nula) ni entre
los planetas, pues nadie "observó ningún otro movimiento aparte de los que
vemos en las estrellasfijas"; esto es, si estuviese en otra parte del cielo se move-
ría con la esfera que hay allí.
Sin embargo, el cometa se alejaba de la Tierra con movimiento directo a
pesar de estar en la conjunción inferior de una órbita circunsolar próxima a Venus,
momento en que los planetas copemicanos deben retrogradar al adelantar a la Tie-
rra. Brahe se oponía al movimiento terrestre por razones bíblicas y físicas, aun-
que reconocía la superioridad de las teóricas heliocéntricas de Copémico. Eso lo
llevó a tantear el sistema circunsolar de Heráclides para los planetas interiores y
el cometa; pero dado que estos cuerpos cortaban el orbe circunterrestre del Sol,
lo usó de modo no realista. Según señalará a C. Peucer en 1588, cuando se le
ocurrió su sistema creía en la realidad de los orbes, por lo que no lo aceptaba en
serio. Sin embargo, tras estudiar los cometas de 1580 y 1585, se convenció de
que no existen tales orbes y de que los astros giran por ciencia infusa en un medio
no resistente siguiendo órbitas puramente geométricas. Entonces se decidió a pro-
poner su nuevo sistema del mundo, anunciado precisamente en el tratado De mundi
aetherei (1588 ) sobre el cometa de 1577-78.
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA Para Brahe, el tratamiento copernicano de los
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
Para Brahe, el tratamiento copernicano de los cometas se basa en suposi-
ciones falsas, pues "en realidad no hay orbe alguno en los cielos", con lo que
Maestlin "parece tomarse en vano el trabajo de hallar el orbe realmente exis-
tente al que se halla fijado el cometa, de manera que gire con él". En el caso de
otros cometas posteriores muy lejanos vistos en oposición al Sol, "no se puede
demostrar de ninguna manera que sigan el movimiento de algún orbe" . Por ejem-
plo, el cometa de 1580, apareció en Piscis cerca de la oposición y se movió de
manera retrógrada por un arco de más de 120 0 hacia la conjunción en Sagitario,
conducta muy distinta de la que ofrecen los planetas superiores, entre los que lo
sitúa el propio Maestlin. Comenta Brahe: "Así pues, pregunto, ¿cuál se hallará
entre todos los orbes del cielo que le otorgue su movimiento retrógrado a través
de cuatro signos con tanta constancia y proporción?" Por el contrario, el de 1585
se vio en la oposición con movimiento directo, que es cuando los planetas coper-
nicanos en el perigeo retrogradan al ser adelantados por la Tierra.
Las razones de Brahe para proponer su nueva visión del mundo aparecen
claramente en una carta a Rothmann (21-II-1588). Tras insistir en que hay un único
cielo desde la Luna hasta las estrellas, por el que se mueven libremente los pla-
netas, justifica la propuesta de su sistema porque Ptolomeo y Copérnico han sido
refutados. El primero, porque en 1582 calculó (erróneamente) que Marte en la
oposición estaba más cerca de la Tierra que el Sol, lo que es incompatible con el
esquema ptolemaico. El segundo, porque los cometas lejanos, aunque no tanto
como las fijas, cuando se hallan en oposición, deberían reflejar el movimiento
de la Tierra y retrogradar como los planetas, cosa que no hacía el de 1585.
Resumamos la posición filosófica de Brahe. Su sistema nunca pasó de ser
una idea que no se desarrolló en teóricas para cada astro. De hecho recurre a Copér-
nico, ya que en principio las líneas visuales a los astros coinciden en ambos sis-
temas. Por tanto, las retrogradaciones se producen del mismo modo en ambos.
Si los cometas plantean problemas al copemicanismo de Maestlin y no a Tycho
es porque éste renuncia a explicar dinámicamente su sistema, limitándose a des-
cribir los movimientos sin restricciones dinámicas de ningún tipo: los astros en
general y los cometas en particular son milagros que se mueven libremente como
les da la gana en un medio etéreo continuo y permeable, "como peces en el agua
o aves en el aire" . Concuerda así con la visión escriturística y no científica del
Jesuita Cardenal Bellarmino. Pero, como objetaba el Jesuita Clavio, estas liber-
tades y la eliminación de cualquier mecanismo causal dejaba a la astronomía en
mal estado: como un conjunto de recetas de cómputo ad hoc, sin valor realista y
predictivo (que era la situación que promovía Bellarmino para poder usar la astro-
nomía copernicana sin comprometerse con la realidad de su cosmología). Sin
embargo, con la caída de los orbes sólidos, la tendencia moderna a unir la astro-
nomía matemática descriptiva con la física explicativa consistía en reconocer la
función dinámica del Sol central del copernicanismo.Esa fue la vía fecundamente
desbrozada por Kepler y llevada a la perfección por Newton. Galileo sólo pudo
52
I Los COMETAS CONTRÁ COPÉRNICO: BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS apuntarla vergonzantemente por la oposición
I
Los COMETAS CONTRÁ COPÉRNICO:
BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS
apuntarla vergonzantemente por la oposición papista. La ventaja descriptiva de
Brahe sacrificaba la coherencia e inteligibilidad física.
Resumamos el argumento anticopernicano de Tycho Brahe. Si los plane-
tas se mueven en torno al Sol en capas esféricas con velocidades que decrecen
con la distancia (los períodos circunsolares de los cinco planetas copernicanos
son: 0'2,0'7, 1,2, 12 Y 30 años), los cometas que se hallen a la distancia de uno
de esos planetas deberá presentar básicamente su movimiento, lo que no ocurre.
El argumento no es gran cosa. En primer lugar porque se ignora la distancia del
cometa: la paralaje de los cometas no se podía medir de manera fiable. En segundo
lugar porque con órbitas circulares todos los sistemas fallan. En la época la única
curva considerada era la circunferencia y ni siquiera a Kepler se le ocurrió ensa-
yar elipses con excentricidades grandes, entre digamos 0.5 y 1, ya que las pensó
para planetas con excentricidades de centésimas. En tercer lugar porque los datos
astronómicos sobre cometas eran tan escasos que resultaban compatibles con cír-
culos (Maestlin, Brahe), rectas (Kepler, Galileo, Newton), parábolas (Newton),
elipses (Halley). Finalmente, si el movimiento propio de un cometa puede ser el
que quiera Brahe, siempre podrá acomodarlo a sus observaciones, tanto si desea
sumarle el movimiento de la Tierra como si le suma el del Solo el del Nuncio:
todo encaja porque nada prohíbe.
Así pues, había demasiados cabos sueltos en las teóricas cometarias de Tycho,
por lo que había que aceptar previamente su sistema y sus suposiciones para que·
el argumento tuviese algún sentido. En una palabra, desmontar el argumento entra-
ñaba exponer sus supuestos inciertos y entrar en discusiones cosmológicas. Vere-
mos que Galileo lo intentó tímidamente antes de que lo pusieran en su sitio los
inquisidores jaleados por los jesuitas. En este proceso distinguimos tres etapas:
el lustro de gloria antes del decreto de condena del copernicanismo en 1616; la
de los hijos de la noche hasta el papado de Barberini (1623); y la del hombre invi-
sible, hasta la condena de Galileo (1633).
1. Un lustro de gloria (1611-1616)
Hasta principios del XVII, la escena astronómica en Italia estuvo domi-
nada por el jesuita Clavio, que era un profesor de astronomía. Aunque no con-
tribuyó a las grandes transformaciones astronómicas del XVI y XVII, su In spha-
eram Ioannis de Sacro Basca commentarium (1570 y cinco ediciones más en vida
del autor) fue texto no sólo de los jesuitas, sino de sabios como M. Mersenne, P.
Gassendi, R. Descartes y Galileo. Era un buen manual de astronomía ptolemaica
en el que Copérnico se desestima por razones religiosas y físicas relativas al movi-
miento terrestre.
Clavio se mostró inmune a las consecuencias cosmológicas de los descu-
brimientos astronómicos de Brahe y Galileo. Hubo de aceptar la nova de 1572,
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA pero no sacó las consecuencias cosmológicas de
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
pero no sacó las consecuencias cosmológicas de Brahe contra la inmutabilidad
de los cielos, sino que la consideró un milagro de Dios para presagiar algo. Man-
tuvo la concepción tradicional de los cometas como fenómenos generados en la
atmósfera, corriendo un tupido velo sobre el de 1577, a pesar de que la ausencia
de paralaje apuntaba a una localización supralunar. En una palabra, aunque aún
tenía cuarenta años cuando ocurrieron estas cosas, Clavio metió la cabeza bajo
el ala y prefirió no alterar las ideas tradicionales en astronomía y cosmología.
Tras su fundación en 1540, la Compañía de Jesús era una institución de
inspiración militar al servicio de la Contrarreforma organizada por esa época en
el Concilio de Trento (1545-63). Para ellos, la educación superior era parte de la
estrategia propagandista y pastoral, como muestra el hecho de que, tras La gaceta
sideral, el general de la Compañía, Claudio Acquaviva, organizador del impor-
tante sistema educativo jesuítico, la Ratio studiorum (1586), ordenase a sus hues-
tes defender el tomismo en todos los frentes y huir de las novedades como de la
bicha. Lo importante para la Compañía era su ideología católica y no la ciencia,
que se subordinaba a los intereses de la política papista.
A principios de 1610, Galileo publicó La gaceta sideral en la que mostraba
las montañas lunares, los satélites de Júpiter y otros fenómenos que minaban seria-
mente la cosmología aristotélico-ptolemaica; y a finales de año observó las fases
de Venus que mostraban definitivamente la falsedad del sistema ptolemaico, dado
que el planeta tenía que girar en tomo del Sol y no de la Tierra. De Marzo a Junio
de 1611, Galileo estuvo en Roma, donde se entrevistó con el viejo jesuita C. Cla-
vio. Tanto éste como sus jóvenes turcos, O. van Maelcote, C. Grienberger y G. P.
Lembo informaron al cardenal R. Bellarmino S. J. (un personaje prominente que
había quemado a Bruno) de la corrección de las observaciones de Galileo, el cual
habló también con Bellarmino sobre astronomía copernicana. Los jesuitas del Colle-
gio, actuando como astrónomos competentes, se inclinaban por el rechazo de la
vieja cosmología ptolemaica y dudaban entre Tycho y Copérnico.
En Mayo, los jesuitas· organizaron una recepción en el Collegio Romano
para festejar a Galileo, amenizada por los discípulos de Clavio, quienes expu-
sieron los éxitos de Galileo, incluyendo las fases de Venus "con escándalo de
los filósofos" . Maelcote presentó los descubrimientos con entusiasmo, aceptando
el
relieve lunar a pesar de la resistencia de Clavio, y la circunsolaridad de Venus
y
Mercurio. Ptolomeo aparece ya definitivamente superado:
Copérnico o Tycho eran la única alternativa.
Clavio, con 74 años y un pie en la tumba, se aferraba a sus orbes y su muerte
al año siguiente dejó a Ptolomeo sin su escudero. Mientras tanto, los jesuitas más
jóvenes empezaron a coquetear con las implicaciones de las novedades celestes
a pesar de la orden del General. Mientras C. Scheiner se mostraba ticónico, W.
Kirwitzer escribía a C. Grienberger en 1614 y 1615 declarándose primero intri-
gado por Copérnico y luego partidario suyo. F. Cesi escribía a Galileo ese mismo
año mencionando al jesuita T. de Cupis, del Collegio Romano, como copernicano.
54
Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO: BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS Tanto F. Ce si como el
Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO:
BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS
Tanto F. Ce si como el funcionario Vaticano P. Dini comunicaron a Galileo que
muchos jesuitas eran copemicanos aunque no lo confesasen. Incluso tras el decreto
de 1616 en que se condenó el copemicanismo, el mismo Cesi le contaría a Gali-
leo que los jesuitas C. Grienberger y sobre todo P. Guldin habrían expresado su
apoyo a Galileo y su disgusto por la condena del copemicanismo.
Pero ya antes del decreto, poco después de su vuelta a Florencia en Julio
de 1611, Galileo recibió una carta de G. Ludovico Ramponi en la que le adver-
tía de la difusión de un argumento anticopemicano de Tycho Brahe derivado de
los cometas: "Esto es, que se han visto cometas en la oposición al Sol, pero no
tan distantes como las estrellas fijas como para verse libres de las pasiones de
los tres [planetas] superiores, y a pesar de ello no se han visto sometidos a ellas".
Galileo no debió darle mucha importancia en estos momentos de triunfo,
pues Ramponi volvía a insistir con su pregunta al año siguiente. En esta etapa de
"que florezcan cienflores" (como decía el difunto Mao), Galileo trató de explo-
tar el apoyo jesuítico y limar las dificultades bíblicas contra el copemicanismo.
En primer lugar insistió en su cosmología según la cual no hay distinción de mate-
ria y causas entre la Tierra y los cielos que son de aire. En las cartas sobre man-
chas solares había iniciado una vasta reforma de la filosofía natural sobre los cie-
los, tratando de mostrar que la corrupción del éter se compadecía mejor que la
inmutabilidad con las Escrituras, aunque, cuenta Galileo, los censores, "habiendo
aprobado todo lo demás, no aceptaron esto en modo alguno". Así pues, en segundo
lugar, trató de contrarrestar las interpretaciones de la Biblia contra el movimiento
terrestre. En Diciembre de 1613 escribió una famosa carta a su discípulo y colega
Castelli donde explica el milagro de Josué en un contexto copemicano en el que
el Sol es el motor de los planetas. En Marzo de 1615 escribió a Piero Dini, para
defenderse de los ataques de los dominicos A. Caccini y N. Lorini (que lo habían
denunciado al Santo Oficio) y recabar el apoyo de los jesuitas Grienberger y Bellar-
mino. En la carta, trataba de encontrar apoyos escriturísticos para su cosmología
de cielos fluidos en los que caminan los planetas no por una milagrosa ciencia
infusa, sino por influjo solar. "Diré que me parece que se halla en la naturaleza
una substancia sutilísima, muy tenue y veloz que, difundiéndose por el universo,
penetra todo sin oposición
] y parece que los propios sentidos nos demues-
tran que el Sol es el principal receptáculo de dicho espíritu". Y más adelante,
"He demostrado también mediante continuas observaciones de esas materias tene-
brosas [las manchas solares], que el cuerpo del Sol rota necesariamente sobre
sí mismo y he apuntado además cuán razonable es creer que de tal rotación depen-
dan los movimientos de los planetas en torno al propio Sol" . Esa era probable-
mente la física celeste que hubiera ensayado Galileo si lo hubieran dejado.
Las noticias de Cesi desde Roma eran esperanzadoras. Le anunció el envío
del libro de Foscarini (J
ettera
sopra l' opinione copernicana, Nápoles, 1615), "que
es una carta de un padre carmelita que defiende la opinión de Copérnico sal-
vando todos los pasajes de las Escrituras, obra que sin duda no podía haber
55
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA aparecido más oportunamente, a menos que sea
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
aparecido más oportunamente, a menos que sea nocivo aumentar la rabia de los
adversarios, cosa que no creo
Ahora predica en Roma. Trataré con Monsr. Dini
y con éste y con el P. Torquato de Cupis, jesuita y noble romano, que es del mismo
parecer y con otros" .
Sin embargo los tiros iban por otro lado. El funcionario Dini estaba mejor
informado, pues un mes más tarde le escribía a Galileo que no era hora de andar
con demostraciones en favor de Copémico, sean matemáticas o escriturísticas,
sino de callar. La carta de Galileo a Cristina de Lorena de mediados de 1615, en
la que expandía sus argumentos científico-escriturísticos, dio publicidad a las posi-
ciones que serían condenadas en 1616. Cuando en Noviembre de 1615 quiso ir
a Roma a defenderse de las acusaciones de herejía y vindicar el copemicanismo,
el Embajador de Toscana le advirtió que no era buen momento para ir a hablar
de la Luna con los dominicos presionando al Santo Oficio. Pero aún así se tras-
ladó a Roma, donde entre Febrero y Marzo se consumó la condena. El 6 de Marzo,
el propio Galileo escribía a Florencia señalando que estaban prohibidos los libros
que tratan de reconciliar a la Biblia con Copémico. Empezaba así la etapa de:
2. Los hijos de la noche (1616-1624)
El decreto de 1616 puso fin a un lustro de esperanzas galileanas y alegría
.juvenil jesuítica. Se acabó la fiesta. La ciencia de los jesuitas estaba al servicio
de la política del Papa, en este caso Pablo V, que no podía ver a los intelectuales
ni a los listillos. (De hecho Bellarmino defendió que se condenase a Copémico
y no a Galileo.) Desde este momento Tycho Brahe es la última esperanza de la
reacción. Sin ideas físicas dinámicas y parasitando astronómicamente a Copér-
nico, el ticonismo ofrecía a los papistas una cosmología sin lágrimas: la Tierra
no se mueve y los astros, especialmente los cometas, aparecen y desaparecen mila-
grosamente y se mueven como Dios quiere. El jesuita Bellarmino, que quería una
astronomía técnica sin comprometerse con sus supuestos, había escrito a P. A.
Foscarini en Abril de 1615: "Vuestra Paternidad y el Sr. Galileo obrarán pru-
dentemente si se contentan con hablar ex suppositione y no en términos absolu-
tos {.oo} Decir que suponiendo que la Tierra se mueve
] se salvan todas las
apariencias mejor [oo.} está muy bien dicho y no entraña ningún peligro, lo que
es suficiente para el matemático. Pero pretender que el Sol esté en el centro {.oo}
y que la Tierra gire es algo muy peligroso" . Lo fue.
El ticonismo que algunos jesuitas como G. Biancani, C. Malapert o C. Borro
habían aceptado antes del decreto, cobró después del mismo mayor importancia
junto con el viejo argumento anticopemicano de los cometas debido a Brahe. La
refutación ticónica de Copémico por los cometas sobre la que ya Ramponi advir-
tiera en 1611, revivió en 1616 como "cuarto argumento matemático" en el De
situ et quiete Terrae de Ingoli, primer Secretario de Propaganda Fidei a quien se
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Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO:

BRARE, GALILEO y LOS JESUITAS

debía tratar con guante blanco. En la segunda mitad de 1618 aparecieron tres come- tas y, a principios de 1619, G. B. Rinuccini avisaba a Galileo del uso anticoper- nicano de los mismos, señalando que: "Los jesuitas han hecho público un Pro- blema que se imprime y sostienen firmemente que está en el cielo; y algunos aparte de los jesuitas corren la voz de que tal cosa echa por tierra el sistema de Copér- nico, siendo el más importante de los argumentos en contra" . En este contexto, la De tribus cometis anni MDCXVIlI disputatio astro- nomica (1619), publicada anónimamente por el jesuita Grassi, presentaba obser- vaciones apoyadas por la red internacional de los padres. Esto y el hecho de que se publicase anónimamente, hace que aparezca como una obra colectiva de los jesuitas. La aceptación explícita de ticonismo se produjo al año siguiente en la obra de G. Biancani, Sphaera mundi seu cosmographia (Bolonia, 1620). El sis- tema de censura previa de los jesuitas indica que esa era una posición colectiva. Sin duda los cometas estaban en el punto central de la discusión entre los siste- mas modernos, ticónico y copernicano, una vez descartado el ptolemaico por las fases de Venus (o Marte acrónico). El problema es que con la condena de 1616 sufrió un serio descalabro la estrategia de defender unos cielos fluidos con un Sol como centro geométrico y dinámico, que era el único marco en el que acaso se hubiera podido tratar de dar acomodo a la generación y corrupción de unos cometas con órbitas y movimientos muy distintos de los planetarios. Los jesuitas podían ensayar propuestas sobre los supuestos movimientos pro- pios de los cometas en los cielos líquidos de Brahe y Bellarmino; pero Galileo no podía hacer otro tanto con sus cielos aéreos y elementales copernicanos, suscep- tibles de generar cometas como el Sol manchas, cuyos movimientos propios debe- rían estudiarse con calma mediante observaciones y demostraciones geométricas. Como veremos, los jesuitas podían pavonearse con sus cometas y Galileo, no; pues en cuanto asomaban sus preferencias copernicanas, recibía una amenaza. En este contexto, los cometas le resultan a Galileo un estorbo, pues aun-

que no probaran efectivamente la verdad del ticonismo, ofrecían la imagen de que éste constituía un programa progresivo que resolvía todos los problemas. Galileo estaba atado, y lo que se le ocurrió fue socavar el prestigio de Brahe, e indirectamente el de sus acólitos, así como arrojar tantas dudas como pudo sobre el carácter "planetoide" de los cometas. En efecto, aunque Galileo redactó una larga respuesta a Ingoli (que envió a Roma en Octubre de 1624), la crítica al argu- mento de Brahe no es muy penetrante, pues no podía cuestionar las suposicio- nes implícitas del argumento (en el sentido de que los copernicanos deben acep- tar que los cielos están ya llenos de orbes sólidos) ni la renuncia a ligar armónica y dinámicamente el sistema del universo, implícita en el milagro de la ciencia infusa de cada cuerpo celeste. Por el contrario, trató de desacreditar a Tycho como

} argumento es una

invención arbitraria de Tycho basada en algo que, en mi opinión, no observó jamás

observador, lo que sin duda no era buena estrategia: "El

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA ni podía haber observado. Me refiero al
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
ni podía haber observado. Me refiero al movimiento de los cometas cuando están
en oposición al Sol. Ahora bien, si es cierto, como creo con toda certeza, que sus
colas siempre apuntan en dirección contraria al Sol, entonces es imposible que
veamos alguno de ellos cuando están en oposición al Sol, ya que en tal caso su
cola sería invisible". De hecho Brahe observó el cometa, que tenía 1° de largo,
entre Octubre y Noviembre de 1585 con los instrumentos grandes instalados en
Uraniborg. (Galileo también desacreditó a Tycho como matemático en el Sag-
giatore, donde señalará que Brahe, en su investigación de las distancias de los
cometas por la paralaje, no muestra la debida atención "a los primerísimos ele-
mentos de las matemáticas" .)
Proseguía señalando adecuadamente que sin saber cuál es el movimiento
propio de un cometa, no se puede saber qué resulta de su combinación con el movi-
miento de la Tierra. En efecto, las retrogradaciones dependen de las velocidades
angulares relativas, y con observaciones de un par de meses, en los que se reco-
rren arcos orbitales mínimos; no hay manera de saber qué fracción de movimiento
aparente se debe al movimiento anual (ese es el sentido de la respuesta de Kepler
a Ingoli). Por eso, para interpretar los datos hay que partir de una teoría, y como
la copernicana le estaba vedada, Galileo hace sociología del conocimiento: Tycho
tergiversa las cosas para apoyar su sistema quimérico.
En resumidas cuentas, Galileo no podía entrar en materia y se dedicó a defen-
derse como pudo. Primero, como hemos visto, desacreditó el endeble argumento
de Brahe, aunque sin entrar en honduras, y después, como veremos inmediata-
mente, desestimó a los cometas como objetos físicos. Con ello canceló su estra-
tegia anterior al Decreto de apoyarse en los astrónomos jesuitas, pues estos eran
ahora partidarios de la única alternativa permitida: Tycho Brahe.
La polémica sobre los cometas es bien conocida. Se inició en 1619 con la
disputatio de Grassi. Aunque apenas mencionaba a Tycho y poseía un tono come-
dido, la interpretación de los datos se realizaba desde la teoría de Brahe, y era bien
sabido que se esgrimía su argumento de los cometas como refutación de Copér-
nico. El Discorso de Galileo identificó la implicación anti-copernicana y atacó el
presupuesto de que los cometas fuesen cuerpos astrales. Grassi entró al trapo en la
Libra y puso a Brahe y la disputa cosmológica y religiosa en primer plano. Su reac-
ción a las acusaciones de seguir a Tycho fue la siguiente: "¿Acaso es un crimen?
¿A quién habría de seguir? ¿A Ptolomeo, cuyos partidarios tienen el cuello ame-
nazado por la espada desenvainada por Marte que se halla más cerca? ¿Acaso a
Copérnico? Pero él, que es piadoso, los alejará más bien a todos de sí y rechazará
y despreciará su propia hipótesis recientemente condenada. Por consiguiente, Tycho
es el único a quien podemos tener por guía en los desconocidos cursos de los astros" .
Es decir, aunque Grassi intentara imitar el estilo ágil del descubridor de
novedades que Galileo había ofrecido en La gaceta sideral, éste consiguió con
su respuesta poner en primer plano el trasfondo cosmológico.
58

Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO:

BRARE, GALILEO y LOS JESUITAS

En la disputatio, Grassi parte de la suposición ticónica de que los cometas son cuerpos sólidos celestes con movimiento circular como los planetas. En con- secuencia, y valiéndose de los datos facilitados por la implantación internacional de la Compañía, trató de medir la paralaje y los situó más allá de la Luna. Toda la disputatio depende de suponer que los cometas son cuerpos físicos con localiza- ción espacial precisa, y por tanto susceptibles de paralaje. La estrategia de Galileo, ciertamente hábil, consistió en poner en tela de juicio este supuesto. La ausencia de paralaje podría explicarse bajo la suposición de que estamos ante fenómenos ópticos, como refracciones y reflexiones en un medio extenso, tal como ocurre con los arco-iris, pues no tiene paralaje porque dos observadores separados no ven el mismo fenómeno. Si el medio fuese un vapor que asciende de la Tierra radialmente, se explicaría la ausencia de paralaje, no menos que la rápida disminución del tamaño observada. Además, dicha disminución pone en entredicho la hipótesis planetoide de Tycho y Grassi, pues el rápido alejamiento exigiría un epiciclo inmenso y un período enorme, dado el arco recorrido en breve tiempo (90 0 en 1I375P). Las extra- vagancias derivadas de ensayar trayectorias circulares permiten a Galileo criticar las interpretaciones de Grassi y mostrar que su hipótesis es plausible. Por ejemplo, el hecho de que el cometa de 1577 se viese vespertino y se alejase del Sol con movi- miento directo (hacia el Este), mientras que el de 1518 se viese matutino y se ale- jase del Sol con movimiento retrógrado (hacia el Oeste) es una consecuencia tri- vial de su hipótesis de los cometas como fenómenos ópticos en un vapor ascendente. La posición de Galileo presentaba problemas interesantes. Según su idea, los cometas deberían moverse hacia el zenit sin sobrepasarlo. El hecho de que en ocasiones se muevan más al Norte se apunta crípticamente como debido al efecto del movimiento terrestre, pues sería preciso "añadir alguna otra razón de tal desviación aparente" , cosa que, dice, "no osaré hacer" . Para ello habría que conocer la estructura del mundo, que tan sólo "podemos conjeturar entre som- bras" , ya que" la prometida por Tycho quedó sin terminar." Grassi se lanzó sobre esta idea con mal disimuladas acusaciones de herejía y una formulación relati- vista de la verdad: "entre los católicos la Tierra no se mueve". Eran buenos argu- mentos, aunque no de carácter científico. Pero a estas alturas está claro que ambas posiciones estaban llenas de difi- cultades. El objetivo de Galileo no era tanto proponer una hipótesis sobre los come- tas, cuanto eliminarlos como amenazas anti-copernicanas a favor de Tycho. Ante la imposibilidad de un debate claro sobre el sistema del mundo, en ausencia de cualquier idea no meramente especulativa acerca de la dinámica celeste, por no hablar de la física de la atmósfera, la cuestión no tenía salida. Por eso resulta espe- cialmente útil para desvelar los intereses de Galileo y los jesuitas del Collegio Romano que dirigían el desarrollo de la polémica. Todo se orientó rápidamente hacia el problema fundamental: que el copernicanismo no se podía defender y el ticonismo era la única salida políticamente aceptable. La consecuencia fue vetar la crítica a los jesuitas y a Brahe, quien se convirtió así en:

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

3. El hombre invisible (1624-1632)

La primavera del año 1624 marcó una inflexión en la lucha de Galileo a favor de Copérnico. Se reunió media docena de veces con el nuevo Papa, Urbano VIII, que se hacía leer Il Saggiatore (1623), y preparó, quizá a instancias suyas, la Respuesta a Ingoli que hizo circular en el otoño. Es revelador que ni en ella ni en el posterior Diálogo critique el sistema de Brahe. Sin embargo, hacía tiempo que Ptolomeo había dejado de ser una opción y la disputa se centraba en Copér- nico y Tycho Brahe. Galileo lo da a entender en privado cuando en Octubre de 1629 responde a la pregunta de Diodati sobre cómo va "el diálogo sobre las mareas para establecer el nuevo sistema": "Ha de saber que hace un mes tomé de nuevo

mi diálogo sobre las mareas postergado tres años

recerán muchos otros problemas y una amplísima del sistema copernicano, mos- trando la nulidad de cuanto han aportado Tycho y otros en su contra" . Este era el plan: un tratado de física para demostrar el copernicanismo y refutar el ticonismo; pero no se plasmó en el Diálogo publicado, pues en él las mareas no son el tema principal, el sistema de Brahe ni se menciona, y no se demues- tra explícitamente el de Copérnico. Galileo acabó el Diálogo a principios de 1630. Entre Mayo y Junio estuvo en Roma gestionando el permiso de publicación, mien- tras se difundía el rumor de que el libro contradecía a los jesuitas. Se entrevistó con el Papa mientras se agitaba en su contra, y en Julio lo encontramos de nuevo en Florencia preparando el prefacio, el final y otros retoques que no fueron peque- ños: más que retoques, fueron trastoques. El tratado físico sobre las mareas y el movimiento terrestre se transfomó en otro hipotético e inconcluyente sobre los dos máximos sistemas; pero no el copernicano contra el ticónico, que era el rival real, sino contra el ptolemaico en el que ya nadie creía. La invisibilidad de Tycho y los jesuitas se compadece con estas transfor- maciones, pues su cosmología era la única que quedaba frente a Copérnico, y de ser destruida, de nada serviría el cínico instrumentalismo de Bellarmino ni la "angé- lica doctrina" del Papa, según la cual Dios puede hacer que todo ocurra como si la Tierra se moviese aunque no se mueva. La orden de suprimir la crítica al único sistema alternativo a Copérnico se puede conjeturar por el contraste entre los planes contados a E. Diodati y el resultado final. Además sabemos que el Papa había intimado a Galileo lo que tenía que hacer y por qué, sin que las razones diplomáticas dadas pudiesen divulgarse. Pro- bablemente se le indicó que atacase a Ptolomeo y los peripatéticos tratando el movimiento de la Tierra como hipótesis indemostrable (tal como reza el subtí- tulo) y dejase en paz a Tycho y los jesuitas del Collegio Romano. Tras la publicación del Diálogo (1632), en Septiembre de 1632, con oca- sión de las diligencias del inminente juicio contra Galileo, el embajador de Tos- cana en la Santa Sede se entrevistó con un Papa iracundo porque Galileo lo habría "engañado" al publicar ciertas cosas en su libro que constituían "los temas más

].

Aparte de las mareas apa-

Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO: BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS peligrosos y serios con los que
Los COMETAS CONTRA COPÉRNICO:
BRAHE, GALILEO y LOS JESUITAS
peligrosos y serios con los que se pueda enredar en estos momentos". No quiere
decirle cuáles son, porque "él [Galileo} sabe muy bien dónde están los proble-
mas" , ya que "los hemos discutido con él y nos los ha oído a nos mismo" . Obvia-
mente no se trataba sencillamente de que hubiera defendido el movimiento terres-
tre, pues eso se podía decir, se debía decir, y de hecho se dijo como justificación
de la condena. Es más, el embajador escribió días después que el Papa le había
señalado que "el asunto es más grave de lo que piensa Su Alteza [de Medici). A
continuación empezó a contarme este asunto y estas opiniones, aunque con orden
explícita de no revelar tales cosas ni siquiera a su Alteza" . Sin duda se trataba de
intrigas políticas entre facciones descritas por P. Redondi, sobre las que no se podía
ser explícito, y no de tesis cosmológicas perfectamente formulables públicamente.
Un buen ejemplo del ocultamiento de las críticas a Brahe se puede rastrear
en la Jornada III del Diálogo. El argumento a favor del movimiento terrestre se
dirige principalmente contra Brahe, dado que comienza distinguiendo el centro
geométrico del dinámico, lo que sólo se aplica a su sistema. El argumento deriva
del patrón de movimiento que muestran estacionalmente las manchas solares, dado
que los ejes de rotación solar y terrestre no son paralelos. Desde una perspectiva
geométrica, puramente cinemática, ese patrón puede generarse en cualquiera de
los sistemas del mundo, si se les permite otorgar cualesquiera movimientos al Sol.
Pero desde una perspectiva física, eso no es posible. Kepler decía que el hecho
de que un modelo geométrico salve las apariencias no basta para establecer su
verdad, ya que otros distintos pueden hacer lo mismo, y señala que el criterio de
decisión es la dinámica. Galileo pensaba lo mismo, pero no podía decirlo de forma
explícita sin transgredir las órdenes de los censores de discutir las cosas ex hypot-
hesi al modo de la astronomía, en la que los mismos fenómenos pueden obte-
nerse con diferentes sistemas de esferas.
Pero la dinámica marca la diferencia, pues en el sistema copemicano hay
que suponer movimientos simples y autoconservados ("inerciales") que no exi-
gen causas: las rotaciones uniformes del Sol y la Tierra en tomo a ejes fijos más
el movimiento circular, uniforme y autoconservado de la Tierra en tomo al Sol.
La variación estacional de la orientación de los ejes no precisa explicaciones cau-
sales ad hoc: el Sol permanece inmóvil con su eje inmutable y la Tierra mantiene
constante la orientación del suyo.
Por el contrario, si negamos los dos movimientos terrestres, hemos de atri-
buir al Sol no sólo una rotación sobre su eje, sino también un movimiento dia-
rio y otro anual. Pero no bastan, pues si el Sol mantiene la orientación de su eje
constante a lo largo del día, tendrá que mostrar en 24 horas un patrón como el
estacional. Para evitarlo hay que atribuir al Sol movimientos ad hoc sobre dis-
tintos ejes sin causa precisable.
Ante la contundencia de este argumento palidece la necesidad de criticar
la endeble teoría de los cometas de Brahe. Pero la falta de libertad de discusión
teórica llevó a la polémica de los cometas e indujo a los padres del Collegio Romano
61

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

a cerrar filas contra Galileo y propiciar su condena. Scheiner, quien según dice Galileo tuvo en sus manos "el secreto del universo" (la inclinación del eje de rotación solar) aunque "no supo reconocer esa joya" ,azuzó a Grassi contra Gali- leo, y según su discípulo Viviani ello "dio lugar a todas las controversias que nacieron al respecto, no menos que a todos los disgustos que el Señor Galileo recibió, desde aquel momento hasta sus últimos días, con eterna persecución de

todas sus acciones y declaraciones". También G. Naudé, bibliotecario de un car- denal romano, escribía a Gassendi explicando que el motor del ataque contra Gali- leo estaba "en las maquinaciones del P. Scheiner y otros jesuitas que quieren eli- minarlo" . Lo hicieron. Históricamente, no obstante, la desorganización del plan original de la obra de Galileo y la condena posterior no sirvieron para nada. El desarrollo de la cien- cia iba en el sentido de unir la astronomía matemática descriptiva con la física dinámica explicativa. La función dinámica solar iniciada por Kepler, que culminó con la gravitación newtoniana, sólo pudo ser apuntada y sugerida por Galileo en uno de los casos históricos más desgraciados de injerencia en la ciencia de inte- reses espurios. Cuáles eran, lo explica muy bien el también jesuita G. Riccioli:

Si se aceptase la libertad que se toman los copernicanos de interpretar los textos de las escrituras y de eludir los decretos ecle- siásticos, se produciría el peligro de que no se detuviese en los lími- tes de la astronomía o de la filosofía natural.

Tenía razón el buen Padre: no nos hemos detenido en esos límites.

LOS EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO Jesús Sánchez Navarro Universidad de La Laguna La
LOS EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE
OCCAM A GALILEO
Jesús Sánchez Navarro
Universidad de La Laguna
La experimentación se considera una característica fundamental de la cien-
cia moderna, al menos en el campo de las 'ciencias duras'. Incluso cuando nos
referimos al método científico solemos llamarlo indistintamente 'método expe-
rimental'. Suponemos en todos los casos que la experimentación, es decir, la simu-
lación controlada de los fenómenos de la naturaleza y su manipulación en las con-
diciones ideales de laboratorio, es la forma más adecuada y propiamente científica
de recoger información fáctica y comprobar la validez del conocimiento cientí-
fico. Otros principios básicos de la ciencia, como los de parsimonia, economía,
repetibilidad o naturalización, sólo son corolarios de ese supuesto fundamental.
En este sentido, la experimentación no es más que la máxima expresión del empi-
rismo, del principio según el cual todo nuestro conocimiento del mundo que nos
rodea proviene de la experiencia y la única manera de decidir objetiva e inter-
subjetivamente la validez, la verdad o la falsedad, de ese conocimiento es la com-
paración con la experiencia. Si la observación de los fenómenos de la naturaleza
es tan importante para el conocimiento, parece lógico que la posibilidad de repro-
ducirlos en condiciones ideales y controladas, repetirlos a voluntad, manipular-
los y modificarlos intencionadamente redunde inexorablemente en el aumento y
perfeccionamiento del conocimiento. Por eso no es extraño que la capacidad expe-
rimental se utilice frecuentemente como una forma de distinguir las ciencias 'duras'
de las 'blandas' o como un indicador de progreso científico. En este sentido, un
experimento cumple una serie de funciones fundamentales en la ciencia:
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA Recoger y, si se quiere, descubrir nueva
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
Recoger y, si se quiere, descubrir nueva información fáctica.
Comprobar empíricamente las predicciones derivadas de las teorías y
a través de ellas la validez de las teorías mismas.
Controlar las variables intervinientes en los fenómenos y su influencia
Cuantificar y medir con precisión (y, como consecuencia, establecer corre-
laciones matemáticas).
Detectar nuevas entidades o producir fenómenos nuevos, etc.
En todos los casos es una condición fundamental que el experimento sea
real, es decir, que se haya llevado a cabo. Dada su estrecha conexión con el empi-
rismo, el experimento mismo debe ser un hecho.
Sin embargo, a lo largo de la historia de la ciencia se puede encontrar un
amplio grupo de 'experimentos' que no satisfacen esta condición y que no cum-
plen esas funciones, pero que gozan de gran reconocimiento. A este grupo per-
tenecen el experimento de los gemelos; el de Einstein-Podolski-Rosen; los del
rayo de luz y el ascensor de Einstein; el gato de SchrOdinger; el diablillo de Max-
well; la bala de cañón de Hooke y Newton; el cubo de Newton; el de las bolas
que chocan y el de la vis viva de Leibniz; la cadena sin fin de Stevin, etc, y varios
de Galileo, como el de la caída libre o el del movimiento continuo rectilíneo. A
pesar de su amplia variedad, todos ellos tienen en común que no se han llevado
a cabo y, en este sentido, que no son empíricos, sino conceptuales. De la misma
manera, no recogen hechos, sino pensamientos y en la mayoría de los casos ni
siquiera son posibles, sino meramente concebibles. Por eso se les llama experi-
mentos mentales o experimentos imaginarios a partir del nombre 'gedankenex-
perimente' que les dio E. Mach a finales del siglo XIX en sus libros La Ciencia
de la Mecánica y Conocimiento y Error.
En un sentido general, son instrumentos de la imaginación utilizados para
investigar la naturaleza siguiendo un mismo esquema: se visualiza una situación,
se lleva a cabo mentalmente una operación y se ve lo que ocurriría. Lo sorpren-
dente es que parecen enseñar algo nuevo sobre la naturaleza sin nuevos datos empí-
ricos, sólo a partir de datos ya conocidos. En cierto modo, es como si mostraran
la existencia de un paralelismo entre el pensamiento y la realidad: lo que se pre-
senta al pensamiento como inevitable, es inevitable en la realidad. De ahí que se
les relacione frecuentemente con el platonismo y el racionalismo, o que se les
considere depósitos de conocimiento a priori. Por razones parecidas se pensó, al
menos hasta la crisis de la geometría euclídea, que eran el tipo de experimento
propio y característico de las matemáticas, dada su naturaleza intermedia entre
la experimentación y la demostración. Igualmente, incluyen un elevado compo-
nente filosófico tanto acerca de los ideales de la naturaleza, como acerca de la
razón humana, lo que hace que su uso haya sido también frecuente en filosofía
(aunque en este caso suelen reflejar intuiciones internas y creencias más o menos
asumidas sobre la realidad, por lo que se les considera experimentos mentales
puros para distinguirlos de los experimentos imaginarios de la ciencia). En cual-
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Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO quier caso, su influencia e importancia para la
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO
quier caso, su influencia e importancia para la ciencia es muy grande y Mach llega
a considerarlos necesarios y previos a los experimentos físicos (una condición
previa para el diseño de experimentos). Otros, como Kuhn, los consideran fun-
damentales en los procesos de cambio científico, porque permiten enfocar los pro-
blemas desde nuevos puntos de vista generando anomalías a la teoría dominante
y ayudan a reconceptualizar el mundo de una manera diferente partiendo de datos
ya conocidos y familiares. No obstante, las posiciones dominantes respecto a la
naturaleza de los experimentos imaginarios se reparten entre cuatro grandes pun-
tos de vista:
a.
No son experimentos estrictos, sino argumentos disfrazados que parten
de premisas basadas en la experiencia y sigue~reglas de inferencia induc-
tiva o deductiva para llegar a la conclusión. En este sentido, no difieren
más que en la forma de otros tipos de argumentación y nunca van más
allá de la experiencia, ni proporcionan información acerca del mundo.
Pueden tener, eso sí, valor de convicción o fuerza retórica, e incluso pue-
den ser útiles para mostrar la consistencia interna de la teoría, pero son
redundantes en lo que a la naturaleza de la realidad se refiere.
b.
~c.
Son casos límite de experimentos ordinarios en el sentido de que alcan-
zan sus objetivos sin ser ejecutados. Estos objetivos pueden ser, según
el experimento imaginario de que se trate, 'destructivos', es decir, de ata-
que a una teoría rival o dominante, 'ejemplificadores' de alguna conse-
cuencia o implicación de una teoría, o 'heurísticos'. En los tres casos no
difieren sustancialmente de los experimentos ordinarios salvo en su con-
tundencia lógica. En el mismo sentido, puesto que todo experimento pre-
tende ser una simulación simplificada de la naturaleza e incluye ideali-
zaciones de los fenómenos, un experimento imaginario es sólo un caso
de simplificación e idealización extrema.
Son modelos mentales, o ejemplificaciones de modelos mentales, que
reconstruyen los datos conocidos de una manera diferente. En este sen-
tido, son constructivos y falibles y tienen gran importancia para la cons-
trucción de modelos teóricos y su aplicación.
d.
Son experimentos genuinos, aunque diferentes de los experimentos físi-
cos reales, que permiten adquirir conocimiento a priori de la naturaleza
a partir de datos viejos y ya conocidos. En este sentido, proporcionan infor-
mación nueva acerca de la realidad, sus propiedades y su estructura a pesar
de no ser empíricos y en este sentido son platónicos en sentido estricto.
Sea cual fuere la posición que se elija, lo cierto es que los experimentos
imaginarios han jugado un papel importante en la historia de la ciencia y en espe-
cial en el desarrollo de la ciencia moderna a partir de la Revolución Científica.
No en vano Galileo, junto con Einstein, fue uno de los grandes cultivadores de
este tipo de experimentos, aunque también se encuentran en Descartes, Leibniz,
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA Hooke, Newton, etc. Pero son también uno
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
Hooke, Newton, etc. Pero son también uno de los elementos que conectan la cien-
cia moderna con el periodo inmediatamente anterior. En efecto, los experimen-
tos imaginarios jugaron también un papel importante en la ciencia y la filosofía
del siglo XIV y en el desarrollo de la cuantificación de las cualidades o la Teo-
ría del Ímpetus. Aunque los experimentos secundum imaginationem utilizados por
los medievales tardíos están más cerca de los experimentos mentales filosóficos
que de los experimentos científicos imaginarios en sentido estricto, lo cierto es
que hay relaciones evidentes entre ellos y ésta es una de las razones por las que
se suele considerar a los Calculadores de Oxford o a la Escuela de París como
precursores de Galileo y a las teorías que desarrollaron como un paso importante
hacia la Revolución Científica pese al giro fundamental que ésta introduciría en
la ciencia. Además, aunque los experimentos mentales se pueden encontrar en la
Antigüedad, como en el caso de Zenón, Platón, Lucrecio o el propio Aristóteles,
su utilización sistemática y a gran escala es una característica distintiva de la época
medieval tardía como consecuencia de la polémica de los universales y de la dis-
puta de la prioridad entre la filosofía y la teología.
LA POLÉMICA DE LOS UNIVERSALES Y EL DESARROLLO
DEL NOMINALISMO
El origen de la disputa de los universales se encuentra en unos comenta-
rios de Boecio acerca de los planteamientos de Aristóteles sobre la naturaleza y
el status ontológico de los nombres comunes y las ideas universales abstractas.
En el análisis de Boecio el problema consiste en determinar la relación de estas
ideas o formas universales con los objetos individuales, los números y la mente
del sujeto que conoce. Las posiciones clásicas ante el problema eran tres:
a. Las ideas universales son ideas eternas separadas de las cosas particu-
lares y con el mismo tipo de existencia real que éstas (salvo que no son
directamente observables). Más aún, las cosas concretas son como son
porque participan de esas ideas universales, que serían ontológicamente
previas. Se llamaban en este caso universalia ante remo Esta posición,
atribuida tradicionalmente a Platón, fue modificada por S. Agustín para
adaptarla al cristianismo. Así las consideraba ideas eternas en la mente
divina, siendo los objetos concretos, y en general la materia, simples
sombras de esas ideas. Esta posición fue la dominante hasta la irrup-
ción del aristotelismo en el siglo XII y continuó posteriormente con modi-
ficaciones en las propuestas más místicas. Se la llama Realismo Fuerte.
b. Las ideas u~ersales existen realmente, pero de forma diferente a los
objetos concretos. Subsisten en las cosas individuales y sólo en ellas,
no tienen existencia separada. Pero esto no impide que sean tan rea-
les como las cosas concretas; son formas distintas de existencia y se
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Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO accede a ellas por caminos distintos, en un
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO
accede a ellas por caminos distintos, en un caso la abstracción y la
razón y en el otro la experiencia. Precisamente es la existencia de esos
principios y formas en las cosas lo que las hace ser como son. Se lla-
maban, en este caso, universalia in re. Atribuida a Aristóteles se hizo
popular, sobre todo, en el siglo XIII, aunque adoptó numerosas varia-
ciones (desde el determinismo de los averroístas latinos hasta el refi-
nado realismo de Duns Scoto, pasando por algunos planteamientos
de Tomás de Aquino). Suele llamarse Realismo Moderado.
c. Las ideas universales no tienen existencia real, sino que son conceptos,
abstracciones de las cosas concretas o meros nombres. Se llaman ahora
universalia post rem y según se eligiera una posición u otra surgían,
sin embargo, dos enfoques diferentes, q~e suelen englobarse bajo la
etiqueta de Nominalismo a pesar de sus profundas diferencias:
c 1. Estas ideas son conceptos racionales con existencia mental que no
dependen de los sujetos individuales, sino de las reglas internas de la
racionalidad e incluso de la estructura racional del mundo. En cierto
modo, se puede decir que son conceptos mentales o racionales que tie-
nen su correlato en las cosas o están en ellas como propiedades, cua-
lidades, etc. Esta posición se llama Conceptualismo y mantiene una
estrecha conexión con la anterior, hasta el punto que algunos autores
oscilan entre ellas (Sto. Tomás, el propio Aristóteles). Igualmente,
muchos otros que se denominan Nominalistas por oposición al Rea-
lismo se sitúan también en esta posición.
c2. Las ideas universales son simplemente nombres sin referente o, en
el mejor de los casos, simples abstracciones de semejanzas entre los
objetos individuales y las usamos los sujetos para designar esas seme-
janzas (a modo de abreviaturas). En este sentido, su referencia son
sencillamente otras palabras, no entidades reales, pues sólo existen
las cosas individuales. Éste es el Nominalismo estricto, cuyo princi-
pal representante es Occam.
Planteada en estos términos, la polémica puede parecer excesivamente meta-
física y poco interesante para la ciencia. Sin embargo, tras ese lenguaje retorcido
I y plagado de sutilezas propias de la época, se están planteando muchas cuestio-
nes metodológicas y filosóficas referidas a la naturaleza misma de la ciencia y
\ los conceptos científicos. Por citar sólo algunas:
Lá naturaleza de la estructura del mundo, su racionalidad (y, por tanto, la
posibilidad de descubrirla, comprenderla o inventarla, según el caso) y la
capacidad humana de explicarla mediante la ciencia.
El status de las leyes e hipótesis de la ciencia (o de los conceptos que las
integran) y la mejor forma de llegar a ellos (a priori, abstracción, experiencia
o experimentación).
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

La naturaleza última de la Física y las Matemáticas, la prioridad entre ellas e incluso su posible conexión. En el mismo sentido, la naturaleza esencial de la geometría y el lenguaje o, por contra, su convencionalismo y la posibilidad de inventar un formalismo sin referencia que pueda usarse útilmente para la descripción y análisis de la naturaleza (de modo seme- jante a como usamos el lenguaje ordinario, plagado de nombres comu- nes, según los nominalistas sin referencia, para describir la realidad). La explicación y justificación de nuestras clasificaciones de la naturale- za y la posibilidad de medirlas. Igualmente, si las metrizaciones (la cuan- tificación de las cualidades) han de ser extensionales o intensionales. En el mismo orden de cosas, la necesidad o el posibilismo y falibilismo de los principios científicos. La posibilidad de encontrar un estándar de verdad para el conocimiento humano, incluyendo el científico, y distinguir lo real de lo aparente. Una parte de este problema es el papel de la autoridad en el conocimiento y la licitud de criticar, discutir y plantear alternativas al conocimiento gene- ralmente aceptado. La naturaleza de la causalidad y la existencia misma de causas, así como los métodos para descubrirlas a partir de sus efectos o postularlas ins- trumentalmente. Igualmente, la conveniencia de que las explicaciones sean por causas esenciales, por causas eficientes inmediatas o, sim- plebente, descripciones acerca de cómo se producen los fenómenos (lo qu¿ ya contiene en sí mismo la explicación de por qué). En todos los ca~os,esto supone plantearse el papel de la experiencia y de la induc- ción. Aquí entra también el papel de los experimentos mentales y su posible utilidad para la ciencia.

Éstos, y otros problemas semejantes, se encuentran en los textos de los escolásticos como derivaciones de su discusión acerca de la naturaleza de los universales. El que los presenten como argumentaciones de segundo orden no les quita importancia, ni significa que no fueran influyentes. La propia forma de argumentación medieval y su gusto por la jerarquización de los problemas es la responsable de que no se escribieran tratados específicos sobre estos temas y que aparecieran como flecos en la polémica de los universales. La misma polémica general está subsumida en otra, mucho más importante en la época, que constituye la columna vertebral de toda la cultura medieval: la polémica sobre la filosofía y la teología. Incluso el desarrollo del Nominalismo es una derivación de esa disputa. En 1277 se condenaron las 219 tesis aristotélicas (la mayoría aristotélico-averroístas) que chocaban con el dogma cristiano. Esa condena marca toda la concepción filosófica del mundo del siglo XlV. Hasta ese momento, la influencia del aristotelismo había llevado a dos planteamientos alternativos:

Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO El clásico tomista, según el cual razón y
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO
El clásico tomista, según el cual razón y fe se complementan (o la pri-
mera complementa a la segunda y no pueden entrar en conflicto si la
primera se ejerce rectamente). En tal caso, el mundo tendría una estructura
que puede ser racionalmente conocida y comprendida, precisamente por
ser creación divina. Aunque las verdades necesarias que rigen la estruc-
tura del mundo están limitadas por la libertad de la divinidad (no puede
ser obligada a nada por nada, no hay necesidad más allá de su libertad),
la racionalidad constituye una de las características fundamentales de
la divinidad y por tanto de su creación.
El averroísta, para el cual en los asuntos de conocimiento lo fundamental
es la racionalidad, por encima incluso de la fe. Cada una atiende a sus asun-
tos y en cuanto al conocimiento del mundo_no hay criterio superior a la
razón. La ciencia debe descubrir esas verdades necesarias, en sentido fuerte,
que determinan la estructura de la realidad. De este modo, ciertas tesis aris-
totélicas, como la eternidad del mundo, etc, son perfectamente aceptables
si se demuestran suficientemente, aunque choquen con el dogma (éste sería
el irracional, en el sentido de ser independiente de factores racionales). Otra
forma de decirlo era considerar que el conocimiento del mundo es com-
petencia sólo de la razón, en el sentido de que su racionalidad no puede
ser limitada ni por la voluntad, ni por la libertad humanas o divinas.
No obstante, la posición más extendida después de la condena de 1277 fue
la separación tajante entre razón y fe, pero sin considerarlas en plano de igualdad,
sino concediendo toda la fuerza a la segunda: la estructura del mundo no es racio-
nal, en el sentido de sometida a verdades necesarias que puedan descubrirse por
la razón, ni tan siquiera está claro que el mundo posea una estructura permanente
cognoscible más allá de los fenómenos empíricos, y la propia razón humana es
incapaz de conocerlo completamente e incluso de discernir entre las distintas expli-
caciones posibles que pueden dar cuenta de los fenómenos. La razón última que
se aducía para afmnación tan contundente era que la característica fundamental
de la divinidad no era la racionalidad, sino la voluntad (infinitamente libre, decía
Duns Scoto) o la libertad (Occam): el mundo es como es porque la divinidad así
lo ha querido y si hubiera querido que fuera de otra forma, lo sería, como puede
serlo y cambiar en cualquier momento, si así lo quiere. El único límite a este volunta-
rismo es la contradicción. De esta forma, no sólo en los asuntos teológicos y vita-
les se le concedía prioridad a la fe, sino que la propia uniformidad de la natura-
leza en la que se fundamentan las leyes científicas estaría sustentada en último término
en la libre voluntad de la divinidad.
Lo paradójico es que esta posición tajante no constituyó un freno, sino un
impulso para el desarrollo de la ciencia. Primero, porque dejó sin justificación teó-
rica al aristotelismo. Si la naturaleza de la realidad está sometida de tal forma a
la voluntad divina y no hay verdades necesarias racionales, nada impide someter
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA a crítica la filosofía natural aristotélica, fonnular
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
a crítica la filosofía natural aristotélica, fonnular alternativas e incluso, en un libre
juego de la imaginación, discutir y analizar cuestiones que podrían haber ocu-
rrido (desde la pluralidad de universos al movimiento en el vacío y desde la com-
posición del continuo o la infinitud del espacio hasta la naturaleza del tiempo).
Así, no es extraño encontrarse a Alberto de Sajonia planteándose si podría exis-
tir una línea espiral infinita dentro de un cuerpo finito y a N. de Autrecourt afir-
mando que el tiempo no es continuo, sino que está constituido por instantes dis-
cretos indivisibles.
Segundo, porque impulsó los estudios y discusiones metodológicas (como
las citadas más arriba), el análisis de la naturaleza y función del conocimiento
científico y, sobre todo, el desarrollo de métodos aplicables al análisis de casos
y fenómenos empíricos específicos (como la cuantificación de cualidades usada
para medir la intensidad de la luz según el ángulo de incidencia y la distancia o
la velocidad unifonnemente acelerada, o los análisis de Occam de la causa inme-
diata) en lugar de la postulación tradicional de esencias o especies impondera-
bles como causas necesarias de los fenómenos.
Tercero, y principalmente, porque desplazó el punto de atención de la filo-
sofía natural tradicional al estudio empírico y cuantitativo de la naturaleza y favo-
reció el desarrollo del Nominalismo, que tuvo una positiva influencia sobre los
científicos de la época (desde Bradwardine o Dumberton a Oresme y Buridán,
en unos casos por su acuerdo con Occam y en otros, como Buridán, por su com-
promiso con el realismo como reacción a la concepción del movimiento de Occam).
En el caso de Occam, el paso al Nominalismo es muy sencillo. Si la cre-
ación y naturaleza del mundo no dependen de ideas preconcebidas o naturale-
zas comunes, sino de la libertad divina, entonces es innecesario suponer que exis-
tan esencias comunes que se 'realicen' en los individuos, sino sólo cosas
individuales concretas. Dado que estos individuos son más o menos parecidos,
eso nos pennite fonnamos conceptos universales de ellos y usar nombres gene-
rales, pero ambos sólo se refieren, en el mejor de los casos, a esas semejanzas
de los objetos o incluso a otros conceptos y ténninos derivados de los objetos
individuales. De esta fonna, sólo los hechos singulares son reales, pero no su
coherencia o su estructuración racional (ambas las suponemos y construimos los
sujetos), y sólo pueden ser experimentados, pero no deducidos de principios nece-
sarios. El conocimiento, por tanto, se deriva de la experiencia directa, sin con-
ceptos, ni fonnas interpuestos. Sólo en un segundo paso se abstraen sus seme-
janzas o se establecen correlaciones, pero éstas no tienen realidad objetiva, sino
que sólo son abstracciones mentales del comportamiento de los objetos individua-
les (por tanto, ni hay elementos al modo aristotélico, ni lugares naturales, etc).
Por esta razón distingue Occam entre la 'ciencia real', que son proposiciones
acerca de cosas particulares, y la 'ciencia racional', que son las teorías en las
que los nombres representan abstracciones y no algo real. De aquí obtiene Occam
tres principios fundamentales:
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Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO a. El principio de economía o navaja de
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO
a. El principio de economía o navaja de Occam, que es un principio de simpli-
cidad y economía de explicaciones y entidades, según el cual no hay que pos-
tular la existencia de más entidades que las estrictamente necesarias para dar
una explicación y entre explicaciones alternativas siempre será preferible la
más sencilla. En última instancia, es una extrapolación a todo el conocimiento
de los supuestos de simplicidad y elegancia corrientes incluso en la matemática
griega. Su utilización en la física medieval no sólo tuvo consecuencias devas-
tadoras para la proliferación de imponderables y especies postuladas común-
mente, sino que ayudó a la conexión entre matemáticas y física, como vere-
mos más adelante. Del mismo modo, su influencia posterior en el nacimiento
de la ciencia moderna, en el empirismo inglés o en la eliminación de las poten-
cias naturales en la física del XIX es incuestionable.
b. El estudio de la causalidad y la definición de la causa inmediata. El fuerte
empirismo ontológico sustentado por Occam lo llevaba a mantener una espe-
cie de infradeterminación del conocimiento, según el cual el mismo efecto
puede existir por muchas causas diferentes (y, en el mismo orden de cosas,
el mismo fenómeno puede tener también muchas explicaciones diferentes),
por tanto las conexiones causales sólo pueden fijarse en casos concretos.
Define, así, la causa inmediata como aquella que si está presente, se sigue
el efecto, y si no lo está, no se produce el efecto, siendo todas las demás
cosas iguales. Si aparecen otras causas alternativas, hay que eliminarlas a
partir de la observación, la experimentación, etc. En cualquier caso, nunca
hay evidencia de alguna relación metafísica o esencial entre causa y efecto
(la única 'prueba' es la citada para la causa inmediata), sino sólo la asocia-
ción empírica entre sucesos. Por ello, no pueden probarse de ninguna forma
las causas finales aristotélicas y, aunque puede hablarse de la causa total
como la suma de todos los antecedentes que bastan para producir un suceso,
las únicas causas reales son las inmediatas. Pese a todo, y en términos gene-
rales, las conexiones causales establecidas empíricamente a partir de esas
causas inmediatas son válidas por la uniformidad de la naturaleza (recuér-
dese que para Occam la voluntad y libertad divinas sólo están limitadas por
el principio de no contradicción y esa ausencia de contradicción es suficiente
para garantizar la uniformidad natural, a lo que hay que añadir el uso de la
'navaja de Occam', que también apoya esa uniformidad). Estos análisis occa-
mistas de la causalidad, que recuerdan los de Hume, son los precedentes de
la sustitución de las causas finales por las causas efectivas que caracteriza-
rán los orígenes de la ciencia moderna, de F. Bacon a Galileo.
c. El probabilismo. Es una consecuencia de todo lo anterior y consiste en afir~
mar que la filosofía (y la ciencia, en su caso) puede ofrecer explicaciones
probables, pero no necesarias. Por eso, es natural que existan distintas expli-
caciones del mismo fenómeno y, además, es lícito y conveniente buscar
otras nuevas. De entre ellas hay que elegir siempre la más probable a la
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

luz de la experiencia y del principio de economía (aunque nunca será com- pletamente cierta, sólo probable). Por eso, es importante la proliferación de alternativas para mejorar nuestras explicaciones de la naturaleza. Este probabilismo es lo que se encuentra a la base de la Teoría del Ímpetus, de los trabajos de los Calculadores de Oxford y de las discusiones de Oresme respecto a la inmovilidad de la Tierra. Pero, además, el probabilismo tiene una consecuencia metodológica importante para todas las teorías citadas:

el uso de los supuestos secundum imaginationem, es decir, imaginar todo tipo de posibilidades sin tomar en consideración su realidad física o su posi- ble aplicación. Esto permite analizar los fenómenos en forma hipotética y recurrir sin restricción a experimentos mentales e imaginarios, factores ambos importantes en el análisis de las variaciones de intensidad de las cualida- des y los movimientos (introduciendo distinciones formales, variantes inob- servables, etc, pero sin llegar a postular que las conclusiones tuvieran corres- pondencia física).

EL PROBLEMA DE LA INTENSIFICACIÓN Y DISMINUCIÓN DE FORMAS Y CUALIDADES

El análisis de las variaciones de intensidad de las cualidades y movimien- tos o, para abreviar, la cuantificación de las cualidades, es uno de los logros más importantes de la ciencia del siglo XIV y se ha considerado, tradicionalmente, como el primer paso hacia la construcción de la Física Matemática. La tarea la llevaron a cabo un grupo de matemáticos de Oxford, todos ellos sucesivos pro- fesores del Merton College, de donde viene su nombre colectivo: Calculadores de Oxford o Mertonianos. Entre ellos se encuentran Bradwardine, Heytesbury, Swineshead, Dumbleton, etc. y centraron su trabajo en lo que llamaron 'el pro- blema de la intensificación y disminución de formas y cualidades' .

El origen del problema está en las críticas de Occam y los nominalistas al tratamiento aristotélico de las cualidades. Para Aristóteles cantidad y cualidad son cuestiones completamente distintas. Aunque ambas son dos formas de cambio (junto al sustancial y al movimiento local), ni pueden combinarse, ni tienen ninguna rela- ción entre sí. La razón es que el cambio cuantitativo consiste en la adición o sustrac- ción de partes homogéneas, sean continuas (distancia espacial), sean discontinuas (números). Por eso, no hay cambio de especie, puesto que la mayor contiene a la menor. En otras palabras, todas las partes que se añaden o se restan poseen las mismas propiedades y atributos y son idénticas entre sí; la entidad sometida al cambio (sea una distancia que aumenta, una serie creciente de números, un objeto que crece o disminuye, etc) conserva a través del proceso tanto su identidad esen- cial, como el conjunto de propiedades que la identifican y la hacen ser como es. El estado final del proceso, si es de aumento, contiene el estado inicial, o está contenido en él, si es de disminución.

Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO Por el contrario, el cambio cualitativo no se
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO
Por el contrario, el cambio cualitativo no se debe a la adición o resta de
partes homogéneas, sino a la pérdida de una especie y la ganancia de otra. Es
decir, en este cambio la entidad conserva su identidad esencial, pero pierde una
propiedad o atributo y la sustituye por otra diferente (aunque pueda ser muy pare-
cida). Esto vale, por ejemplo, para el cambio de color, pero también para proce-
sos más oscuros, como el aumento o disminución del calor, la intensidad de la
luz e incluso el ,movimiento (si se considera que el lugar ocupado por el cuerpo
determina una especie y por tanto el paso de un lugar a otro implica perder una
especie y "ganar otra distinta; esto no es sorprendente en Aristóteles si se tiene en
cuenta que concibe el universo integrado por lugares cualitativamente diferentes
-arriba, abajo, etc.). En favor de su rechazo de la homogeneidad del cambio cua-
litativo, Aristóteles aduce como ejemplo que el añadir un cuerpo caliente a otro
no lo hace más caliente, lo que debería ocurrir si fueran partes homogéneas (aña-
dir una distancia a otra sí la hace más grande).
Esta concepción aristotélica implicaba una multiplicación de especies y atri-
butos que chocaba frontalmente con el Nominalismo y la navaja de Occam. De
ahí que Occam lo rechazara, considerando que la intensidad de una cualidad puede
ser medida en grados numéricos. En tal caso, todas las diferencias reales se redu-
cirían a diferencias en cantidad y la intensidad de una cualidad podría medirse
igual que la magnitud de una cantidad. Rechazaba el ejemplo aristotélico de los
cuerpos calientes afirmando que el problema estaba en que se añaden los cuer-
pos; si se pudiera añadir sólo la cualidad --calor- a la otra cualidad --calor, tam-
bién-, el resultado sería un cuerpo más caliente. Concluía, de ahí, que las dife-
rencias cualitativas consistían en diferencias de la estructura geométrica, del número
o del movimiento. Todo esto tenía, además, un punto de apoyo en la Óptica donde,
desde Grosseteste, se había intentado probar que la diferencia en los efectos cua-
litativos de la luz se debían a diferencias cuantitativas (el debilitamiento de la luz
blanca a la refracción, los cambios en la intensidad y el calor al ángulo de inci-
dencia y a la concentración luminosa, etc.). Incluso, R. Bacon ya había supuesto
que el calor era resultado del movimiento.
Lo que hacía falta era encontrar un método adecuado que permitiera la cuan-
tificación de las cualidades y, de esta forma, la conexión de Matemáticas y Física,
el estudio matemático de la naturaleza. Éste es el trabajo que llevan a cabo los
Calculadores de Oxford y tiene dos características importantes: a) Se centran en
el estudio del movimiento, lo que contribuirá al desarrollo, o a demostrar la posibi-
lidad del desarrollo, de la Cinemática mediante la definición de algunos concep-
tos fundamentales (movimiento uniforme, aceleración uniforme, velocidad ins-
tantánea, etc.); b) Hacen el análisis en términos de distancia y tiempo, dos nociones
cuya combinación era rechazada por Aristóteles, y a partir casi exclusivamente
de experimentos imaginarios.
La base del análisis tiene, nuevamente, resonancias occamistas: supone que
hay una variación concomitante entre causa y efecto, de manera que, al modo de
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA la causa inmediata de Occam antes citada,
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
la causa inmediata de Occam antes citada, el efecto se explica en función de las
condiciones necesarias y suficientes que lo producen y así se relacionan sus cam-
bios. Pero lo hacen matemáticamente, considerando que la velocidad (variable
dependiente) se explica en una función algebraica de distancia y tiempo (varia-
bles independientes).
El primer método utilizado es el 'álgebra de palabras' de Bradwardine en
la que se emplean letras del alfabeto para sustituir a las cantidades de las varia-
bles, mientras las operaciones se describen con palabras. Este recurso a las letras
del alfabeto permite' evitar el problema aristotélico de la imposibilidad de com-
binar cantidades no comparables y representa uno de los primeros intentos cons-
cientes de introducir un formalismo algebraico, aunque a niveles aún muy elementa-
les. Esto permite a Bradwardine reformular las afirmaciones aristotélicas acerca
del movimiento violento relacionando v (la velocidad) con f y r a la vez (la fuerza
motriz y la resistencia).
Los restantes 'calculadores' perfeccionaron el método y lo utilizaron para
estudiar estas proporciones en distintos campos (movimiento local, calor, luz etc.).
Lo que pretenden es expresar los grados en que aumenta o disminuye una cuali-
dad respecto a una escala que ha sido fIjada previamente. Llaman forma a cual-
quier cualidad o cantidad variable en la naturaleza y suponen que la intensio (inten-
sidad) de una forma es el valor numérico que hay que asignarle. A su vez, hablan
de la velocidad con que cambia la intensio con respecto a otra forma conocida, a
la que llaman extensio (extensión). También las llaman, respectivamente, latitud
y longitud. P. ej., se puede fijar la intensio de la velocidad (y la velocidad con que
esta intensio cambia) por referencia a la extensio de la distancia o el tiempo. Todo
esto les permite definir una serie de conceptos fundamentales, como el movimien-
to uniforme y el movimiento acelerado, aunque ellos los formulan en general como
formas de cambio para aplicarlos a la velocidad con que cambia una intensio cual-
qUIera:
Cambio uniforme (movimiento uniforme, en su caso): cuando se reco-
rren distancias iguales en intervalos sucesivos de tiempo iguales o el reco-
rrido de distancias iguales en cualquier intervalo de tiempo.
Cambio disforme (movimiento acelerado): cuando se recorren distan-
cias desiguales en intervalos de tiempo iguales.
Cambio uniformemente disforme (uniformemente acelerado): movimiento
en que se adquiere un incremento igual de velocidad en cualquier inter-
valo igual de tiempo.
Cambio disformemente disforme: incrementos desiguales de velocidad
en tiempos iguales.
Velocidad instantánea: la distancia recorrida por un punto en movimiento
si ese punto fuera impulsado uniformemente durante un periodo de tiempo
con la misma velocidad que poseía en ese instante.
74
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO Además de todo esto, hacen desarrollos concretos, el
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO
Además de todo esto, hacen desarrollos concretos, el más importante de los
cuales es el teorema de la velocidad media, también llamado teorema de Merton
(por el Merton College, aunque también se le llama teorema de Oresme por la prueba
gráfica que éste dio). En nuestros términos, el teorema es: S = 1/2 VfÍ' es decir,
la distancia recorrida por un cuerpo que parte del reposo con velocidad unifor-
memente acelerada equivale a la mitad de su velocidad final multiplicada por el
tiempo. Pero es mucho más interesante verlo en su formulación. Primero, se aftrma
que un cuerpo que inicia la aceleración uniforme a partir del reposo recorre cierta
distancia en cierto tiempo. Segundo, se postula el lema que debe ser probado: si
el mismo cuerpo hubiera de estar en movimiento durante el mismo intervalo de
tiempo con una velocidad uniforme igual a la velocidad instantánea en el instante
intermedio de su aceleración uniforme, recorrería una distancia igual. De esta forma
se equiparan un movimiento acelerado y un movimiento uniforme al expresar la
distancia recorrida por el primero en términos de la recorrida por el segundo.
La prueba de este teorema la da Oresme en su libro De las configuraciones
de las cualidades yeso nos lleva al segundo método utilizado para cuantificar cua-
lidades. Utilizado en la Universidad de París era básicamente un método geomé-
trico que recurría al uso de gráftcas. La extensio se representa mediante una línea
recta horizontal (longitud) y cada grado de la intensio se representa mediante una
línea vertical de altura determinada (latitud). La línea que une los extremos de estas
líneas verticales determina la velocidad y el modo del cambio de la intensio. Lo
que se pretende con este método gráfico de 'representación de las latitudes de for-
mas' (este nombre le da Oresme) es construir figuras que representen la cantidad
de cualidad, de manera que las propiedades de la figura (equivalencias, etc) repre-
senten propiedades intrínsecas de la cualidad. En esto consiste su demostración
del teorema de la velocidad media: como las áreas de las ftguras resultantes del
movimiento uniforme y del uniformemente acelerado son iguales, ambos movi-
mientos tienen que ser equivalentes. Si el método anterior de los oxonienses recuerda
al de Galileo, éste de Oresme recuerda la geometría analítica cartesiana, pero con
una diferencia básica: su interés se centra en la figura, por lo que no hay una aso-
ciación sistemática de una relación algebraica con una representación gráfica.
Ambos métodos, y el intento mismo de cuantificación de las cualidades,
dan una idea clara del cambio acontecido en el siglo XIV con respecto a toda la
época. Su interés es el de haber sido precursores de muchos de los planteamien-
tos que condujeron a la construcción de la ciencia moderna. Sin embargo, tienen
una diferencia fundamental con los trabajos de los siglos XVI y XVII: son abso-
lutamente teóricos. El estudio de los problemas cinemáticos en Oxford está basado
en experimentos mentales y supuestos secundum imaginationem; en París se recu-
rre a observaciones derivadas frecuentemente de la Teoría del Ímpetus, pero no
hay ninguna referencia a experimentos que no sean imaginarios. En este sentido,
aún siendo precursores de los trabajos de Galileo, los analistas de las intensida-
des y formas siguen siendo medievales.
75

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

LA TEORÍA DEL ÍMPETUS

El otro gran desarrollo de la ciencia del siglo XIV es la Teoría del Ímpetus desarrollada en París, especialmente por Buridán. Aunque las repercusiones de esta teoría son inferiores a las del análisis de las cualidades, sin embargo fue muy influ- yente en su época y marca el comienzo de una línea que llega hasta Galileo a tra- vés de Benedetti y otros autores renacentistas. Pero antes de pasar a la exposición de la teoría conviene señalar los problemas con que se encontraba la teoría aristo- télica del movimiento, los cuales constituyen el origen de la propuesta de Buridán. Aristóteles había considerado el movimiento local como uno de los tipos de cambio y había establecido una distinción entre dos movimientos radicalmente diferentes:

Movimiento natural: Es el movimiento de los cuerpos hacia su lugar natu- ral (arriba, abajo, etc.) según su composición a partir de los cuatro ele- mentos. Su característica básica es que está gobernado por causas fina- les (la tendencia natural) o, si se defmen como eficientes, por causas intemas (apetitos, potencias naturales, etc.). En último término, el comportamiento de cualquier objeto a este nivel viene dado por la posesión de 'pesadez'

o de 'ligereza'. En cuanto al comportamiento de los cuerpos en el movi-

miento natural, su velocidad es proporcional a su peso e inversa a la resis- tencia del medio y el tiempo sería proporcional a la resistencia del medio

e inverso al peso. Este principio, en cualquier caso, es cualitativo (la cuan- tificación y las fórmulas que hoy conocemos provienen del siglo XIV). Movimiento violento: Es el comportamiento de un cuerpo resistente cuando se le aplica una fuerza impulsora exterior, es decir, cualquier movimiento distinto al natural. Se caracteriza por estar regido por causas eficientes exter- nas (el motor, la fuerza impulsora, etc.). Está sometido a dos requisitos metodológicos importantes: a) hay una diferencia esencial entre causa y efecto, lo que las hace distinguibles en cualquier momento (precisamente porque la causa es externa); b) la causa debe permanecer en contacto con el efecto, pues en otro caso éste cesaría (dicho de otra manera, es impo- sible ejercer una acción a distancia). Cuando el móvil se separa del motor que proporciona la fuerza impulsora para su movimiento en el primer ins- tante, se sigue movÍendo porque el motor comunica la fuerza impulsora al aire que actúa como nuevo motor. Dada su prohibición de combinar nocio- nes 'incomparables', Aristóteles se ve obligado a dar cuenta del movimiento en términos de cuatro conceptos básicos: fuerza (móvil, impulsora, etc), cuerpo resistente, distancia recorrida y tiempo, pero no usa la velocidad, que no se formula con precisión hasta los Calculadores de Oxford. A efec- tos de simplicidad, sin embargo, puede decirse que la velocidad en este movimiento sería proporcional a la fuerza impulsora e inversa a la 'pro- pia resistencia' del cuerpo (obsérvese que no es la resistencia del medio,

Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO como en el movimiento natural, sino la resistencia
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO
como en el movimiento natural, sino la resistencia propia del cuerpo, aun-
que nunca defme esta noción; en cuanto al medio, se supone que es homo-
géneo). Como la descripción de Aristóteles no es una ecuación cuantitati-
va, puede establecer una importante restricción al principio general: si la
fuerza se debilitara hasta el punto de no poder impulsar al cuerpo (o a su
resistencia propia), entonces el movimiento cesaría inmediatamente. Acep-
tada esta limitación, se puede aumentar o disminuir la velocidad, p. ej. dupli-
carla, aumentando la fuerza impulsora y duplicándola o reduciendo la
resistencia propia a la mitad. El movimiento no es eterno porque la fuerza
impulsora se 'disipa' debido a su forma de transmisión: el primer motor
impulsa tanto al objeto que mueve, como al aire que se convertirá en nuevo
impulsor; a su vez, la primera fracción de aire impulsa al objeto y a la
siguiente fracción de aire y así sucesivamente. Como resultado de este doble
trabajo, la fuerza impulsora va disminuyendo progresivamente hasta que
no puede impulsar a la siguiente fracción de aire, momento en que deja
de actuar la causa externa y comienza el movimiento descendente natu-
ral (curiosamente, el cambio debería ser brusco, como señalaba Autrecourt
y la caída casi rectilínea, pues si ya no actúa la causa, sólo queda el movi-
miento natural). Pero, además de todo esto, el medio, supuestamente homo-
géneo en Aristóteles, actúa como un medio resistente y frena el movimiento
del objeto. La razón es que, de otro modo, el movimiento sería infinito, o
casi-infmito, e instantáneo, lo cual es imposible. Recuérdese que Aristó-
teles rechazaba la existencia del vacío (incluyendo la de intersticios vacíos
en el contiilUo material o el atomismo) por este motivo.
El análisis detallado de esta teoría del movimiento aristotélica revelaba nume-
rosos problemas e inadecuaciones, como ya habían señalado comentaristas gre-
colatinos y árabes. P. ej., Filopón, un comentarista del siglo VI, había señalado
la inconsistencia de poner el aire como motor y como freno a la vez en el movi-
miento violento. Eso lo llevó a suponer que la causa del movimiento es una fuerza
incorpórea impresa al móvil. De la misma forma, pensaba que el movimiento no
puede ser inverso a la resistencia del medio o a la propia, porque en tal caso debe-
ría existir un movimiento mínimo incluso en el caso de que el peso o la fuerza
impulsora fueran inferiores a la resistencia. Por eso consideraba que la resisten-
cia era sólo un factor limitador que debía restarse al peso p o a la fuerza f (es
decir, v = p - r y v = f - r). Parecidos argumentos se encuentran en los árabes
(Avempace, Averroes, etc). Así, para Avempace la ausencia de resistencia no implica
velocidad infinita, como prueban los planetas moviéndose en el éter, por tanto el
movimiento no es inverso a la resistencia, sino que será sólo lo que quede de movi-
miento 'libre' inicial una vez restada la resistencia del medio.
En todos estos casos, sin embargo, los análisis eran sólo fragmentarios y
parciales. Es en el siglo XIV cuando se hace un estudio exhaustivo de los pro-
blemas y se intenta darles solución. El recurso a los supuestos secundum imagi-
77
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA nationem y experimentos mentales es importante en
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
nationem y experimentos mentales es importante en este proceso, al igual que el
probabilismo, pues permitió plantearse el problema de las características del movi-
miento en el vacío (algo perfectamente imaginable, aunque siguiendo a Aristó-
teles negaran su existencia real). Del mismo modo, la influencia del principio de
economía de Occam y sus análisis de la causalidad contribuyeron a considerar
excesivos ciertos supuestos aristotélicos básicos, como la distinción tajante de dos
tipos de movimiento con dos causas diferentes o la multiplicación de entidades
que implicaba la postulación de un impulsor diferente en cada punto recorrido
por el móvil en el movimiento violento (Occam llegaba a afirmar que estas enti-
dades intermedias postuladas para evitar la acción a distancia y mantener el con-
tacto entre causa y efecto eran innecesarias para dar cuenta de los fenómenos obser-
vados, porque la fuerza motriz no necesita acompañar al cuerpo; por tanto, la acción
a distancia era posible, tal como ejemplificaban el imán o la luz del Sol). El resul-
tado de todo esto fue la detección e intento de solución de algunos problemas
importantes y, sobre todo, la construcción de una teoría completa -la del Ímpe-
tus- inserta en la tradición aristotélica, pero alternativa.
Un problema del movimiento violento era la indefinición aristotélica de la
noción de resistencia propia, lo que hacía casi imposible medir con una mínima
precisión el movimiento del objeto. Igualmente, eran discutibles las exigencias
aristotélicas de que fuera imprescindible un medio resistente para que tuviera lugar
el movimiento y que ese medio actuara a la vez como motor y freno, e incluso
no estaba claro el supuesto de que el movimiento en el vacío tuviera que ser infi-
nito, sino que podía ser achacado a la formulación cualitativa aristotélica. Preci-
samente, analizando secundum imaginationem el movimiento en el vacío y basán-
dose en su análisis cuantitativo de las cualidades, los Calculadores de Oxford
enfocaron el problema de manera distinta a la aristotélica: asumían que si un cuerpo
está formado por una combinación de elementos, tales elementos combinados ten-
drían que estar formados por partes o grados que son los que se combinan. Cada
una de esas partes tiene su propia tendencia hacia arriba, hacia abajo, etc. La suma
de todas ellas indicaba el predominio del peso o la ligereza y determinaba el movi-
miento esencial, pero cada una de las partes actuaba realmente en el movimiento
afectando al resultado final. Esto los llevó a formular la noción cuantitativa de
resistencia interna ri' Aunque el elemento que prevalece determina el movimiento
esencial, los otros también actúan funcionando como resistencia a ese movimiento
esencial y modificándolo. Esta resistencia interna se podía medir recurriendo a
los métodos de análisis de cualidades. Esto implicaba que ni siquiera en el vacío
podía darse un movimiento infinito, porque lo impedía la resistencia interna, y
que no era necesario postular un medio resistente que fuera motor y freno, sino
que ambas eran cuestiones diferentes: el motor sería el aire, pero el freno era la
propia resistencia interna cuantificable. Además, sus métodos semiformales les
permitían considerar que el movimiento tenía que ser prop<?rcional a la relación
entre fuerza y resistencia interna o a la de peso y resistencia, y no considerarlas
78
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO cualitativamente separadas, como hacía Aristóteles. Lo fundamental era
Los EXPERIMENTOS IMAGINARIOS DE OCCAM A GALILEO
cualitativamente separadas, como hacía Aristóteles. Lo fundamental era esa pro-
morción de manera que en el movimiento natural dos cuerpos de distinto peso
caerían al mismo tiempo si las proporciones entre el peso y la resistencia interna
de cada uno fueran iguales (siempre que fueran homogéneos, lo hicieran en el
mismo medio, etc.). De este modo la velocidad estaba regida por un factor inten-
sianal (f/ri o p/ri)' Incluso consideraban también el peso como la expresión de
una fuerza impulsora medible, aunque interna.
La contribución esencial, sin embargo, es la Teoría del Ímpetus de Buridán
y Oresme. Dispuestos a eliminar la multiplicación de causas movientes necesa-
rias para explicar el movimiento violento en la teoría aristotélica, supusieron que
la causa del movimiento de un objeto una vez separado del motor impulsor era
solamente una que se mantenía a lo largo del movimiento. Esta fuerza impulsora,
a la que llamaron ímpetus se transmitía del impulsor al cuerpo en movimiento y
quedaba impresa en el móvil actuando como causa de su movimiento, de tal manera
que incluso en el vacío el movimiento sólo era posible mientras persistiera ese ímpe-
tus. Aunque tal ímpetus (como toda virtus impressa) sólo podía medirse ex post
Jacto, la velocidad del cuerpo y su cantidad de materia determinaban la potencia
del ímpetus transmitido. Si entendemos peso como cantidad de materia, entonces
(ímpetus = peso x velocidad). De esta forma, si un cuerpo más denso y pesado
era impulsado con la misma velocidad que otro más ligero, el primero recorrería
más distancia porque podía recibir más ímpetus y retenerlo más tiempo.
Este ímpetus se desgasta y corrompe por la resistencia del medio, lo que
hace que el móvil acabe cayendo, pero duraría indefInidamente si no hubiera resis-
tencia (la resistencia incluye tanto la del medio, como la tendencia natural del
objeto). Además, el ímpetus es la misma entidad a lo largo de todo el movimiento:
no hay ímpetus adicionales en ausencia de alguna causa identificable. Por tanto,
si se eliminara toda resistencia, el cuerpo se movería indefinidamente en la misma
dirección y con velocidad constante. Esto, sin embargo, no lo consideraba posi-
ble por la fInitud del universo y la inexistencia real del vacío y de elementos puros,
es sólo un"supuesto secundum imaginationem.
Sin embargo, el movimiento circular indefInido de los planetas sí se debe
realmente al ímpetus: al comienzo del universo se aplica una cantidad fIja de ímpe-
tus a cada planeta y el movimiento continúa ya indefinidamente porque no hay
resistencia. De este modo, la teoría del ímpetus establece la primera conexión entre
los dos mundos aristotélicos: el movimiento en ambos es producido por la misma
causa, el ímpetus.
Pero, además, el ímpetus permite explicar otro gran problema de la teoría aris-
totélica: el de la aceleración en el movimiento natural. Era un hecho conocido por
observación que los objetos que caen se aceleran en su caída. Aunque Aristóteles
no había tomado en cuenta el problema y se había limitado a considerar este movi-
miento como uniforme o promediable, los comentaristas medievales comprendie-
ron que se necesitaba una causa que diera cuenta de esta aceleración. Así, postula-
79
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA ron la 'excitación de la tendencia' con
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
ron la 'excitación de la tendencia' con la proximidad al lugar natural (lo que rela-
cionaría, en nuestra terminología, la aceleración con la distancia recorrida), la rari-
ficación del aire producida por el calor generado por el cuerpo al caer o la dismi-
nución de la resistencia del aire en función de la distancia recorrida (como si aumentara
la penetración del objeto). Pero en todos los casos eran causas que no tenían cone-
xión con la fuerza móvil, en este caso el peso. Buridán daba otra explicación. La
causa de la caída de un cuerpo es su cantidad de materia, a la que llamaba gravi-
tas. Esta gravitas es quien determina la caída uniforme natural. Pero, como en el
caso anterior de la fuerza móvil, al iniciar el movimiento la gravitas genera un ímpe-
tus (o gravitas accidental) que se añade al cuerpo e incrementa su velocidad. Este
proceso es continuo, generándose a cada nuevo instante incrementos sucesivos de
ímpetus que dan lugar a incrementos de velocidad yeso explica la aceleración de
la caída. En el movimiento natural intervienen, pues, tres elementos, la gravitas, el
ímpetus y la velocidad, el movimiento observado es resultado de la combinación de
los tres. A pesar de que suponga un avance sobre la teoría aristotélica y, en cierto
modo, un precedente para la dinámica galileana, la Teoría del Ímpetus recurre a impon-
derables, como el concepto mismo de ímpetus. Esta teoría está basada exclusiva-
mente en observaciones y experimentos mentales y sigue siendo básicamente cua-
litativa. Su gran mérito es que es el primer intento de subsumir bajo la misma teoría
todos los movimientos, terrestres y celestes, "naturales y violentos, precisamente como
consecuencia del libre recurso a experimentos secundum imaginationem.
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ATOMISMO Y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA Egidio Festa Centro Alexandre Koyré.
ATOMISMO Y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA
CIENCIA MODERNA
Egidio Festa
Centro Alexandre Koyré. París
INTRODUCCIÓN
A lo largo de los últimos decenios, los trabajos de algunos historiadores de la
ciencia han puesto en evidencia determinados aspectos del atomismo en el proceso
de renovación de la filosofía natural a comienzos del siglo XVIII. Junto a las difi-
cultades derivadas del contenido científico del atomismo, la atención de los estudio-
sos se ha centrado en los obstáculos puestos por la tradicional oposición que mante-
nía el aristotelismo hacia la teoría atomista. Como es bien sabido, el aristotelismo influirá
decisivamente, a partir del siglo XII, en la fIlosofía oficial que profesaba la Iglesia.
Al principio de la época moderna la existencia de partículas mínimas indi-
visibles, constituyentes últimos de la materia, tiene sólo valor de hipótesis den-
tro de una doctrina filosófica que puede presumir de más de veinte siglos de his-
toria. Sin embargo, y contrariamente a lo que sucedió con la astronomía, esta antigua
tradición en nada pudo contribuir a la transformación de esta doctrina atomista
en teoría científica. Se necesitarán todavía dos siglos antes de que Lavoisier pueda
introducir un método cuantitativo, que, recogido por Dalton, Avogadro y tantos
otros científicos, pondrá de manifiesto la presencia de partículas indivisibles en
las reacciones químicas. La interpretación atomista propuesta desde las primeras
décadas del siglo XVII, cuando, bajo el impulso innovador de Galileo y de sus
discípulos, el aristotelismo oficial comienza a tambalearse, se conecta pues direc-
tamente con las doctrinas desarrolladas en el siglo V a.C. por Leucipo y Demó-
I Sobre todo tras la publicación del libro de Pietro Redondi, Galileo eretico, Einaudi, Turín 1983.
81

GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA

crito. Una rápida mirada al atomismo antiguo y a la interpretación que se le dará en los siglos XIII y XIV permitirá precisar tanto el significado que éste adquiere en el siglo XVII, como el origen de la oposición manifestada por la cultura ofi- cial respecto a las ideas atomistas, especialmente en Italia.

SOBRE EL ATOMISMO ANTIGUO

La noción de átomo se basa en la separabilidad de los cuerpos materiales que nos rodean en partes cada vez más pequeña. Llevada hasta sus últimas con- secuencias, esta constatación genera, por así decirlo, la noción de átomo físico, provocando una serie de efectos, algunos de los cuales, como veremos, absolu- tamente imprevisibles. Para Demócrito los átomos son partículas eternas, indivisibles, idénticas entre sí y en perpetuo movimiento en el vacío infinito. Combinándose según el "modo" y la "intensidad del movimiento" producen ellos los cuerpos y los fenó- menos que hay en la Naturaleza. Uno de los pocos textos de Demócrito que ha llegado hasta nosotros con- tiene una sugerente explicación del papel que desempeñan los átomos en la pro- ducción de las sensaciones. Lo que se muestra a nuestros sentidos -explica Demó- crito- es sólo fruto de nuestra opinión, ya que solamente existen los átomos y el vacío. Lo dulce y lo amargo son sensaciones debidas a nuestra interpretación, igual que el calor, el frío, los colores: en realidad hay solamente átomos y vací0 2 Por tanto, para Demócrito, el calor, el frío, los colores y las otras cualidades sensi- bles serían impresiones subjetivas provocadas por la llegada de flujos de átomos a nuestros órganos sensoriales. La oposición de Aristóteles al atomismo de Demócrito se basa, sobre todo, en una contradicción que estaría implícita en la noción misma de átomo físico indivisible. En un texto en el que cita explícitamente a Demócrit0 3 Aristóteles observa que, si bien las partes de un cuerpo material pueden asociarse o sepa- rarse, esto no prueba de hecho que el cuerpo esté compuesto de átomos indivi- sibles. ¿Por qué si no, si verdaderamente la materia fuese divisible en partes cada vez más pequeñas, la división debería pararse en un cierto punto? El átomo de materia de Demócrito debería seguir siendo divisible y, por tanto, no continua- ría siendo un átomo indivisible. Para Aristóteles la noción misma de átomo con- duce pues a una contradicción, que hace imposible su existencia.

2 Cf. Sexto Empírico, Adv. Mathem. (Logic.) lib. VII § 135-139, pág. 399, ed. Frabric, «Democriti frag- menta» en Fragmenta philosophorum graecorum, F. G. A. Mollachius, París 1860. Hay que llamar la atención, desde ahora, sobre esta interpretación atomista de las cualidades sensibles: ella suscitará en el siglo XVII un. debate, en el que, como veremos, estará directamente implicado Galileo. 3 Cf. Aristóteles, De anima, 409a 10 - 409b 7. Para una crítica en profundidad del atomismo, cf. De gene- ralione et corruptione, 316b 18 - 317a 31.

ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA Junto al atomismo físico está
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA
Junto al atomismo físico está ya presente en la tradición antigua el atomismo
geométrico. Para fijar, aunque de manera muy esquemática, los límites y el signifi-
cado, dentro de esta tradición, de la expresión atomismo geométrico o matemático,
indicaremos brevemente la interpretación de la noción de divisibilidad de las mag-
nitudes geométricas, tal y como se ha trasmitido hasta la época moderna, y las con-
secuencias que de ello se derivan. La divisibilidad conduce necesariamente a la noción
de composición de la línea, del plano, del volumen. Si, por ejemplo, se divide una
línea en partes cada vez más pequeñas, podemos preguntamos si la parte menor obte-
nida es todavía una línea, una línea indivisible o átomo-líned". Si la: respuesta es afIr-
mativa, la objeción es inmediata: ¿por qué entonces esta línea pequeñísima no va a
seguir siendo divisible? Igual que en caso del átomo físico, nada se opone a que lo
siga siendo. E igual que en el caso del atomismo físico, se incurre en una contradic-
ción, a menos que no se quiera admitir que una línea pueda dividirse infinitamente.
Pero en este caso el indivisible -componente último de la línea- no puede ser, por
motivos evidentes, una línea. En efecto, si el indivisible fuese una línea, cada línea
finita debería contener un número infinito de líneas pequeñísimas, cuya composición
conduciría necesariamente a una magnitud infinita, lo que es absurdo. Si se admite,
por tanto, que el continuo geométrico es divisible hasta el infmito, es necesario admi-
tir que los indivisibles, componentes últimos del continuo geométrico, son distintos
(en lenguaje moderno: tienen distinta dimensión) respecto al continuo compuesto por
ellas. Partiendo simplemente de estas observaciones, se puede admitir que una línea
fmita contenga infinitos puntos, que tienen una dimensión menor en una unidad res-
pecto a la línea. De igual manera, un plano contendría una infmidad de líneas y, por
tanto, de puntos; un volumen, una infmidad de planos, de líneas y de puntos.
Los Pitagóricos -que no dejaban traslucir fácilmente sus descubrimientos mate-
máticos ni, en general, sus concepciones filosóficas- admitían que todas las figuras
geométricas estuviesen compuestas de puntos. Es posible que esta opinión haya pro-
porcionado a Zenón el punto de partida para sus conocidas paradojas sobre el movi-
miento: si las partes del espacio son divisibles en partes siempre divisibles -y, por
tanto, en un número actualmente infmito-, ¿cómo pueden tocarse todas en el trans-
curso de un movimiento que se desarrolla en un tiempo fmito? En otras palabras,
para Zenón, si el espacio fmito fuese divisible en partes siempre divisibles (por tanto,
hasta el infmito), el movimiento no podría realizarse en un tiempo finito.
Son también las reflexiones sobre el continuo geométrico las que le sugie-
ren a Demócrito, según refiere Plutarco 5 , una pregunta
hecha a Crisipo: si se corta
un cono con un plano paralelo a la base, ¿qué se puede decir de las dos superficies
4 Cf. Pseudo-Aristóteles, De lineis insecabilibus, trad. y notas a cargo de M. Timpanaro-Cardini, Istituto
Editoriale Cisalpino, Turín-Varese 1970.
, Cf. Plutarco, De communibus notitiis adversus Stoicos, p. 1079 E (Vol. X, pág. 446, Ed. Reisk), en
Democriti Abderitae operumfragmenta, F. W. Mullach, Berlín 1843.
83
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIE CIA MODERNA contiguas al plano? ¿son desiguales o
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIE CIA MODERNA
contiguas al plano? ¿son desiguales o iguales entre ellas? En el primer caso, habría
observado Demócrito, la superficie lateral del cono debería presentar un escalona-
miento; en el segundo caso, el cono estaría constituido por círculos iguales, y, por
tanto, el cono resultaría ser un cilindro, lo que es absurdo. La respuesta de Crisipo
no es conocida. Se puede, sin embargo, formular la hipótesis de que Demócrito haya
querido extender su atomismo físico a la geometría. Él habría admitido que el cono
puede considerarse un compuesto de partes infinitamente pequeñas en volumen, cuyo
espesor sería tan pequeño que haría imperceptible el escalonamiento.
Aristóteles critica los argumentos de Zenón 6 afirmando que a la longitud
y al tiempo, y en general a cualquier continuo, se les llama infinitos de dos mane-
ras: en división o según la cantidad. La longitud infinita, según la cantidad, no
puede tocarse en un tiempo fInito. Pero la longitud infInita, según la división, puede
serlo, porque también el tiempo es infinito de la misma manera. En otras pala-
bras, la objeción de Zenón, que defendía la imposibilidad de recorrer los infini-
tos componentes del espacio en un tiempo finito, se derrumba, puesto que el tiempo
no es finito, sino infinito de la misma manera que el espacio.
Para Aristóteles, por tanto, las magnitudes espacio y tiempo, como todas
las magnitudes continuas, son infinitamente divisibles. Pero esta división puede
imaginarse sólo en potencia, lo que significa que los infinitos componentes indi-
visibles no pueden ser individuados en acto en el continu0 7 • La asociación del
infinito potencial-y sólo del potencial- con la infinita divisibilidad, procede de
la convicción de Aristóteles según la cual la noción de átomo indivisible es con-
traria a la lógica -como ya hemos señalado- y al sentido común. Y esta convic-
ción es válida tanto para los átomos físicos como para los átomos geométricos,
por ejemplo para el átomo-línea.
ASPECTOS DEL DEBATE SOBRE EL ATOMISMO EN LOS SIGLOS XIII
y XIV
La distinción entre potencia y acto establecida por Aristóteles desempe-
ñará un papel de primerísimo orden en las discusiones sobre la composición del
continuo durante todo el Medievo y hasta la época moderna. Anticipando lo que
voy a decir a continuación, querría subrayar desde ahora que esta distinción ocu-
pará el centro de la controversia entre adversarios y defensores del método de
los indivisibles, introducido en Italia por Buenaventura Cavalieri en la primera
mitad del siglo XVII.
• Cf. Aristóteles, Física VI (2), 233a 21-30; ibid. (9), 239b 9-28.
7 Cf. Aristóteles, Física III (6), 206a 14-24.
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ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA Con el redescubrimiento de los
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA
Con el redescubrimiento de los escritos de Aristóteles, el problema de la
composición del continuo, como la mayor parte de los problemas afrontados en
este periodo, se cristaliza en torno a las interpretaciones que de él hace el filósofo
griego. Hay que destacar, sobre todo, que dicho redescubrimiento constituye un
fenómeno cultural sin precedentes: la obra de Aristóteles se inserta en el proceso
de formación de una corriente de pensamiento en la que la teología ocupa un puesto
de primer orden. Tomás de Aquino, con la ayuda del helenista Guillermo de Moer-
beke, lleva a cabo una monumental obra de comentario y difusión de los escritos
de Aristóteles. Tomás de Aquino consigue conciliar la filosofía aristotélica con la
fe cristiana de manera tan armoniosa, que la nueva escolástica, heredera del aris-
totelismo, se convierte en la filosofía oficial de la Iglesia de Roma.
En este contexto, la teología y la lógica se convierten en los pilares sobre
los que reposa toda la actividad especulativa. Por ejemplo, la base del argumento
lógico desarrollado por Henry de Harclay (¿-1317) en favor de la composición
de las magnitudes geométricas mediante puntos indivisibles, consiste en que Dios,
a diferencia de los hombres, puede ver todos los infmitos puntos de una línea fmita.
Las maneras de razonar se fundan únicamente en el principio de no contradic-
ción, y expresan, desde un punto de vista del pensamiento humano, el principio
válido desde el punto de vista de la acción divina: Dios puede hacer todo aque-
llo que no implica contradicción. De forma general, los problemas se examinan
en el marco de la disputa lógica, construida secundum imaginationem. Una de
las consecuencias de este método es que la filosofía natural no es reconocida como
tal, sino formando parte de ejercicios de lógica que exigen nuevos instrumentos
de análisis y nuevos métodos pedagógicos 8 • En este marco, se dedica una aten-
ción particular al estudio de la noción de infinito. La distinción entre "infinito
categoremático" e "infinito sincategoremático" -que será utilizada por Galileo y
de la que Leibniz dará una definición precisa 9 - nace justamente en este periodo.
Un ejemplo de la diferencia entre estas dos nociones de infmito lo proporcionan
estas dos frases latinas: Homines infiniti currunt e Infiniti homines currunt. La
primera frase se refiere al infinito categoremático y significa que un número infi-
nito en acto de hombres está corriendo; la segunda se refiere al infinito sincate-
goremático, y significa que una multitud de hombres corre, pero que puede exis-
tir una multitud de hombres todavía más grande que la de los que están corriendo.
Esta terminología, de uso común en el lenguaje de la lógica medieval del infi-
• Cf. A. de Libera, «La problématique de I'instant du changement au XIU e siecle», en Studies in Medie-
val Natural Philosophy, Olschki, Florencia 1989, págs. 43-93.
9 Leibniz identifica el infinito categoremático con el infinito «que tiene formalmente partes infinitas en
acto» y el infinito sincategoremático con una «potencia pasiva» que tiene en sí misma las partes y <<la
posibilidad de cambiar posteriormente a través de la división, la multiplicación, la adición y la substracción».
Cf. G.w. Leibniz «Lettre aDes Bosses», en Phi!. Schrif. CJ. Gerhardt (ed.), Georg Olms, Ildesheim 1960,
n, págs. 314-315, nota.
85
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA nito, hay que ponerla en relación con
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
nito, hay que ponerla en relación con la distinción introducida por Aristóteles entre
infinito en potencia e infinito en acto.
En el contexto cultural que se ha ido creando en los siglos XIII y XIV el
atomismo físico no provoca un verdadero debate. La existencia del vacío, fun-
damento de la doctrina atomista de Demócrito, se discute en relación con la omni-
potencia divina: a la cuestión ¿puede hacer Dios que el vacío exista? la respuesta
más frecuente que dan los autores medievales es que Dios no puede hacer coe-
xistir el vacío, que es nada, y el existir, que es ser algo. La creación del vacío
habría violado
el principio de no
contradicción 10.
La composición del continuo, con respecto a estructuras en las que preva-
lece (pero no de manera exclusiva) el continuo geométricco, es objeto de estudio
por parte de los calculatores del Merton College en Oxford a lo largo de los siglos
XIII y XlV. En los escritos de Thomas Bradwardine (c. 1290-1349) -uno de los
miembros más notorios del Merton College- encontramos indicaciones bastante
precisas sobre el origen de la doctrina atomista antigua. Para Bradwardine, Demó-
crito habría sido el único en imaginar que el continuo podría estar formado de cuer-
pos indivisibles, esto es, de átomos físicos, mientras que para todos los otros auto-
res, antiguos y modernos, la división infInita del continuo conducía necesariamente
al punto, esto es, a un indivisible carente de dimensión. Pero -explica Bradwar-
dine-, mientras que para Pitágoras, Platón y el modernoWalter Chatton (¿-1344)
los puntos están en número fmito en el continuo, para el moderno Henry di Har-
clayll lo están en número infInIto. Este último, al que ya se ha hecho alusión, admite
la divisibilidad infinita en acto del continuo, y, por consiguiente, su composición
mediante puntos indivisibles. Para Harclay, el indivisible carece de magnitud (indi-
visibile magnitudine carens), y la multiplicación del indivisible por un número fmito,
incluso muy grande, no puede generar la cantidad, que resulta sólo de la multi-
plicación infmita. Harclay es uno de los primeros en interesarse por el problema
de la relación entre infmitos. AfIrma que pueden existir, y que realmente existen,
infmitos distintos entre sí. Pero esta diversidad no puede verifIcarse aplicando a
los infmitos el axioma euclídeo de «la parte es más pequeña que el todo», que sólo
vale para cantidades fmitas. Sin embargo, se puede conjeturar que el axioma euclí-
deo se halla sometido, por así decir, a un axioma más general: un infinito que con-
tiene cualquier otra cosa que sea también infinita es un todo respecto a esa cosa 12 •
El deslizamiento de la doctrina atomista hacia una exclusiva interpretación
geométrica permite la evolución de la noción de infinito. Obsérvese, no obstante,
10 Cf. A. Koyré, «Le vide et l'espace infini au XVII' siecle», en Études d' Histoire de la pensée philo-
sophique, Gallimard, París 1971, págs. 37-92
11 Cf. J. E. Murdoch, «Infmity and continuity», en The Cambridge History oIlater Medieval Philosophy,
Cambridge University Press, Cambridge 1982, pág. 576, nota 36.
12 Ibid. pág. 571.
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ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA que el concepto aristotélico de
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA
que el concepto aristotélico de división infinita en potencia, tenazmente defen-
dido por Bradwardine y Ockham (¿-1347), conduce a estructuras que, en acto,
deben manifestarse sólo como continuas. Una de las consecuencias es que no hay
en acto instantes indivisibles en el tiempo. Esto significa que, cada vez que se
produce un cambio, aquello que debe cambiar se da en el interior del continuo
tiempo. Surge entonces una dificultad ya, señalada por Aristóteles!3, la imposibi-
lidad de asignarles al principio y al fin del cambio un primer y un último ins-
tante. La solución propuesta por Aristóteles, y aceptada por la mayor parte de los
estudiosos de los siglos XIII y XIV!\ es que sólo es posible fijar un primer y un
último instante de no cambio, sea al principio o al final del cambio. Algunos aspec-
tos destacados en las discusiones sobre el primer y último instante del cambio
vuelven a encontrarse en el lenguaje usado por los estudiosos de la ciencia del
movimiento del siglo XVII!5.
SOBRELALATITUDOFORMARUM
El atomismo geométrico ha guiado, sin duda, las investigaciones lleva-
das a cabo, entre otros, por Richard Swineshead (siglo XIV) en el Merton College
y por Nicolás de Oresme (c.1323-1382) en París. El nuevo método desarrollado
en estas dos escuelas, y cuya invención se remonta probablemente a Tomás de
Aquino!6, se aplica a la medida de la intensio (aumento) y de la remissio (dis-
minución) formarum (de las formas), o dicho en lenguaje moderno, al cálculo
de las variaciones de las magnitudes continuamente variables. La representación
de las variaciones mediante una sucesión de segmentos, cada uno de los cua-
les tiene una longitud proporcional a la intensidad del grado de variación, llena
una superficie cuya latitudo (anchura) representa la variación total. Aplicado
al estudio de un movimiento rectilíneo cuyo grado de velocidad varíe de manera
uniforme, el método de la latitudo formarum permite enunciar la regla del grado
medio, que se define como la semisuma del primer y último grado. Como es
13 Cf. Física VI (5), 235b 32-236a 27.
14 La solución propuesta por Aristóteles la acepta particularmente Walter Burley (c. 1275- c. 1340). Cf.
J. E. Murdoch & E. Sylla, «The science of motion», en Science in the Middle Age, The University of
Chicago Press, Chicago-Londres.
J5 El propio Galileo, en la demostración sobre el movimiento uniformemente acelerado, publicada el Dia-
logo sopra i due Massimi Sistemi del Mondo, escribía: «[oO.] puesto el término A [es decir, el punto origen
del movimiento, N.d.R), como momento mínimo de velocidad, esto es, como estado de reposo y como ins-
tante primero del momento siguiente» (subrayado nuestro). Cf. Dialogo sopra i due Massimi Sistemi del
Mondo, en Opere, Ed. Naz., Barbera, Florencia 1890-1907, VII, pág. 255. Para Galileo el último instante
de no-cambio (quietud) y el primer instante de cambio (inicio del movimiento) coinciden.
"Cf. M. Clagett, «Richard Swineshead and late medieval physics», en Osiris, 9 (1950), pág. 132.
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA bien sabido, este resultado, obtenido en el
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
bien sabido, este resultado, obtenido en el Merton College hacia el 1330, per-
mite transformar un movimiento rectilíneo uniformemente acelerado en un movi-
miento rectilíneo uniforme. Algunos historiadores de la ciencia se preguntan si
el propio Galileo no habría tenido conocimiento de ello 17 • Efectivamente, la repre-
sentación galileana de la velocidad global presenta analogías con el método de
la latitudo formarum. También para Galileo los grados son segmentos de rec-
tas contenidos en una figura plana. Ellos, tomados en conjunto, se definen como
el agregado de los infinitos grados de velocidad l8 • Dejando de lado las consi-
deraciones sobre el significado matemático de estas representaciones, parece
importante, en este punto, subrayar que en los ejemplos citados una superficie
se obtiene mediante la composición de irifinitos. El atomismo geométrico adquiere,
por tanto, un aspecto operativo ya en el siglo XIV, sin que ello plantee obje-
ciones de principio. Como veremos, las cosas marcharán de manera distinta en
el siglo XVII.
Hay que señalar, en fin, que, mientras en Oxford y en París los grados de
velocidad describen movimientos concebidos en abstracto, sin referencia alguna
a los movimientos reales, en la cinemática galileana se aplican al movimiento de
caída libre de los graves.
SOBRE EL ATOMISMO EN LA ESCUELA GALILEANA
Con la expresión escuela galileana no se pretende aludir a una comuni-
dad de estudiosos, y menos aún a una institución formada por maestros y discí-
pulos. Con ella se designa a los vínculos e intercambios que se establecen a lo
largo de las décadas comprendidas entre Galileo y sus discípulos, y entre los dis-
cípulos mismos. Pero, es un hecho que para los galileanos la actividad científica
del Maestro se considera como una forma insustituible de enseñanza. Haré, por
tanto, algunas breves indicaciones sobre el atomismo de Galileo tomadas de las
siguientes obras: Discurso sobre las cosas que se mantienen sobre el agua o que
se mueven en ella (1612), Il Saggiatore (1623), Discursos y demostraciones mate-
máticas en torno a dos nuevas ciencias (1638).
Si se exceptúan los escritos de juventud, publicados en la Edición Nacio-
nal y que Antonio Favaro considera apuntes utilizados para la enseñanza ' 9, la pri-
mera referencia explícita de Galileo a los átomos se encuentra en el Discurso sobre
17 Esta es la tesis que mantiene, en particular, Pierre Duhem en su monumental obra Études sur Leonard
de Vinei, París 1903-1913.
18 ef. G. Galilei, Dialogo sopra i due Massimi Sistemi del Mondo, en Opere, Ed. Naz., Barbera, Floren-
cia 1890-1907, VII, págs. 255 ss.
19 Véase la "advertencia" de A. Favaro en el primer volumen de G. Galilei, Opere, op. cil.
88
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA las cosas que se mantienen
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA
las cosas que se mantienen sobre el agua
)20.
El motivo de la referencia a Demó-
crito y a los átomos de fuego es la crítica de Aristóteles a la explicación que da
Demócrito a la flotación: según Demócrito, los átomos ígneos que hay en el agua
ascenderían hacia la superficie permitiendo así que los cuerpos sumergidos en el
agua no se hundan. Galileo no comparte esta interpretación, pero admite la exis-
tencia de átomos de fuego en el agua, aunque ellos «no son capaces» de elevar
y empujar hacia arriba a un cuerpo pesad0 21 . La palabra átomo aparece aquí por
primera vez en una obra impresa de Galileo, pero no va acompañada de una defi-
nición, lo que nos hace pensar que, para el autor del Discurso, la etimología de
la palabra bastaría para dejar claro su significado.
La interpretación galileana de la flotación, basada en los principios de la
hidrostática de Arquímedes, fue violentamente atacada por aquellos que,
siguiendo la tradición aristotélica, mantenían que sólo la forma del cuerpo depo-
sitado en el agua posibilitaba la flotación. Benedetto Castelli, discípulo de Gali-
leo, se encargó de responder. a las objeciones de los adversarios. En un escrito
suy022 hay una nota de puño y letra del Maestro: «los átomos --explica Galileo-
se llaman así, no porque sean cuantías [quanti], sino porque, siendo corpúscu~
los mínimos, no hay otros más pequeños que puedan dividirlos».
Para Galileo, por tanto, los átomos tienen magnitud (son quanti) y son indi-
visibles, sólo porque no hay corpúsculos más pequeños que ellos capaces de divi-
dirlos. De esta indicación se puede deducir que su indivisibilidad no es absoluta y
que no se da la misma indivisibilidad en los sólidos que en los líquidos. Sin embargo,
en el Discurso no llega a explicar tal diferencia. La primera dificultad radica en la
imposibilidad de dar un nombre a la virtu que confiere a los sólidos la fuerza de cohe-
sión; la segunda, en la incapacidad para explicar CÓmO pueden las partículas de líquido
perder toda resistencia a la división, aunque conservando características materiales.
Una solución a este problema se propondrá, como veremos, en los Discursos
y demostraciones matemáticas publicados veintiséis años después. En el Discurso
de 1612 Galileo trata, sobre todo, de mostrar que los átomos permiten explicar
algunos fenómenos elementales. En una nota manuscrita añadida en una página
del libro de un adversari0 23 , explica que «el fuego, mientras estádiseminado por
el agua en pequeñísimos átomos, asciende en ella roo.}. Pero, cuando mediante
una gran multiplicación muchísimos átomos se unen, llega con gran velocidad
y produce el hervor». En otras palabras, las burbujas que aparecen en la super-
20 En G. Galilei, Opere, op. cit. vol. IV, VI, VIII respectivamente.
21 Cí. G. Galilei, Discorso (00.)' pág. 129.
TI
.
Cí. Gli errori di Giorgio Caresio raccolti da BenedettoCastelli, in G. Galilei, Opere, op. cit. IV, pág.
281.
23 Cf. Académico desconocido, Considerazioni intomo al Discorso del Sigo Galileo Galilei (00.)' Pisa 1612;
actualmente en G. Galilei, Opere, op. cit., IV, pág. 195.
89
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA ficie del agua en la ebullición no
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
ficie del agua en la ebullición no son más que átomos de fuego. Ellos, explica
Galileo, se comportan como los átomos de tierra, que, aglomerándose en el agua,
forman grumos de fango.
Hay consideraciones sobre la composición del continuo geométrico en
la respuesta a Vicenzo Di Grazia, autor también él de un escrito dirigido con-
tra la interpretación galileana de la flotación 24 • Di Grazia critica la tesis soste-
nida por Galileo, según la cual la fusión de los metales se obtiene «sirviéndose
de instrumentos muy sutiles y agudos, como lo son las partes más tenues del
fuego[
]». Quizá el sólido se disolverá «en sus últimas partículas» en las que
ya «no se mantendrá no sólo la resistencia a la división, sino tampoco la posi-
bilidad de seguir dividiéndose»25. Di Grazia no sabe explicarse cómo puede con-
siderar Galileo que los metales sean «divididos como en partes indivisibles por
sutilísimos aguijones de fuego». Esta interpretación presupone -explica Di Gra-
zia- «que las cosas se componen de átomos y de partes indivisibles». Y añade
que una interpretación semejante es contraria a las matemáticas, ya que una línea
no puede estar compuesta de puntos. Él observa que contra esta hipótesis «hay
infinitos razonamientos de Aristóteles a los que el señor Galileo debería res-
ponder»26.
Galileo considera la objeción de Di Grazia «frívola y no del todo con-
cluyente» y, dirigiéndose a él directamente, explica que «las agujas son cuer-
pos con dimensión [
] y, siendo así, no tienen nada que ver con la cuestión de
si la línea u otros continuos están compuestos de indivisibles». Por tanto, le
pregunta a su oponente: «¿dónde habéis vos encontrado que repugne a las mate-
máticas el que las líneas se compongan de puntos? ¿en qué matemáticos habéis
vos visto que se debata una cuestión semejante? Seguramente vos no la habéis
visto. Tal cuestión no repugna a las matemáticas»27. Los razonamientos asu-
midos por Di Grazia son rebatidos por Galileo: no es que las matemáticas pro-
híban considerar los continuos como compuestos de indivisibles; son los cuer-
pos existentes en la naturaleza, estructuras discretas y con cuantía [quante] (es
decir, dotadas de partes), los que prohíben comparar los átomos físicos con los
indivisibles geométricos.
Galileo no mantiene esta tesis en los Discursos y demostraciones mate-
máticas
).
En ellos asume la idea de que todas las magnitudes físicas están
compuestas de infinitos indivisibles que no tienen partes: infinitos átomos sin
24 Cf. Considerazioni di Vicenzo Di Grazia sopra il discorso di Galileo Galilei
),
Florencia 1613; actual-
mente en G. Galilei, Opere, op. cit., IV, págs. 143-196.
25 Cf. Discorso
).
26 Ibid. págs. 416-417.
27 Risposta al/e opposizioni del Sigo Ludovico del/e Colombe e del Sigo Vicenzo Di Grazia, Florencia 1615;
actualmente en G. Galilei, Opere, op. cit., IV, pág. 733.
90
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA cuantía [non quanti] se contienen
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA
cuantía [non quanti] se contienen en una porción de materia; infinitos puntos,
en una línea 28 • Para salvar las diferencias entre los distintos estados de la mate-
ria, Salviati, que en los Discursos es el portavoz de Galileo, explica que los sóli-
dos y los líquidos están ambos compuestos de átomos. Sin embargo, la expe-
riencia muestra que reduciendo con un martillo un cuerpo duro cualquiera «a
polvo impalpable», se obtienen de él mínimos «uno a uno imperceptibles a nues-
tra vista y al tacto», pero, sin embargo, «todavía con cuantía [quantij, conforma
y numerables; y sucede que ellos, acumulados en conjunto, permanecen amon-
tonados; si se hace un pequeño agujero en ellos, la cavidad se mantiene; si se
los agita y se los mueve, al momento se detienen». Pero ninguna de estas cosas
se da en el caso del agua, la cual, «una vez elevada, inmediatamente se nivela
]; si se le hace un hueco, al momento corre a llenar el hueco; y si se la agita,
[
se mantiene mucho tiempo ondulándose». Tales apariencias parecen sugerir que
los mínimos en los que se descompone el agua son «muy diferentes de los míni-
mos con cuantía [quantij y divisibles». Esta diferencia no puede explicase, según
Galileo, a no ser que se admita que los mínimos del agua son verdaderamente
«indivisibles»29. Los sólidos, en cambio, incluso si están reducidos a polvo, «no
se hacen fluidos ni se licuan antes de que los indivisibles del fuego o de los
rayos del sol los disuelvan en sus -creo yo- primeros componentes más pro-
fundos, infinitos, indivisibles»30. Los átomos de los cuerpos líquidos y de los
sólidos en estado de fusión tienen, por tanto, los atributos de las partículas míni-
mas de Demócrito. Se puede, tal vez, admitir que para Galileo en los cuerpos
sólidos los átomos son «infinitos e indivisibles» sólo en potencia, mientras que
en los fluidos lo son en act0 31 • Hay que señalar, en fin, que para explicar la cohe-
sión de los cuerpos sólidos, Galileo postula la hipótesis de la «violencia ejer-
cida por pequeñísimos vacíos que separan las «partículas mínimas»: el horror
vacui las mantendría apretadas impidiéndoles la separación. Pero los «mínimos»
del fuego, al penetrar en los intersticios más pequeños de la materia, donde ni
siquiera el aire puede entrar, «rellenan los vacíos mínimos», provocando así la
separación de las «partículas mínimas» y, por tanto, la fusión de los cuerpos
sólidos 32 •
Las dificultades que encontró Galileo para ilustrar su teoría atomista son,
según se ve en esta rápida reseña, de orden físico y matemático. Pero, como sucede
28 Cfr. C.R. Palmerino, «Una nuova scienza della materia per la "scíentia nova" del moto», en Atti del
Convegno. Atomisme et Continuum au XVn e siec/e, Nápoles 1997, en vías de publicación.
Cf. Discorsi
),
en G. Galilei, Opere, op. cít. VID, pág. 86.
29
30 Ibid.
31 Cf. A. Smith, «Galileo's Theory of indivisibles: Revolution or Compromise?», en Joumal o/ the His-
tory o/ Ideas, vol. XXXVI, n. 4, 1976, págs. 571-588.
32 Cf. Discorsi (
J, en G. Galilei, Opere, op.
cit. VID, págs. 66-67.
91
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA de fonna del todo clara en el
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
de fonna del todo clara en el caso de la astronomía, también el atomismo se encuen-
tra con dificultades de orden teológico, ocasionadas sobre todo por la oposición
que manifestaron los jesuítas. Mientras que, tras la condena del copemicanismo
en el 1616, la oposición de la Iglesia en los conflictos del heliocentrismo era bien
sabida 33 , nada -o casi nada- hacía preveer que el atomismo iba a ser violentamente
combatido por influyentes miembros de la Compañía de Jesús. La polémica esta-
lló después de 1623, fecha de la publicación del Saggiatore. Como se sabe, en esta
obra Galileo discute sobre la naturaleza de los cometas con el jesuíta Orazio Grassi,
autor de la Libra Astronomica. Para Galileo los cometas son una ilusión óptica
más que cuerpos celestes auténticos y propiamente dichos. Pero, dejando de lado
el contenido astronómico del libro, nos centraremos ahora en algunos aspectos rela-
tivos al atomismo. Por medio de la analogía de la pluma que hace cosquillas sin
ser por ello la sede de la cosquilla 34 , Galileo observa que el contacto con cuerpos
pesados produce en nosotros sensaciones, de las cuales unas «son más agrada-
bles y otras menos, según sea la variedad de las figuras de los cuerpos en con-
tacto, lisos o rugosos, agudos u obtusos, duros o blandos». Pasando pues del campo
macroscópico al microscópico, imagina él que «partículas mínimas» procedentes
de los cuerpos pesados se dirigen hacia nuestros órganos sensoriales y, en función
de sus figuras, de su cantidad, de su velocidad, provocan las sensaciones del sabor,
del olor y del gust0 35 • Sobre la naturaleza de las sensaciones Galileo tiene una opi-
nión bastante cercana a la de Demócrito, ya referida por nosotros, aunque el nom-
bre del filósofo de Abdera no aparece en este libro suyo. Galileo se expresa así:
«los sabores, olores, colores, etc, por lo que respecta al sujeto en el que parece
que residen, no son más que meros nombres, pero que residen solamente en el cuerpo
sensitivo. Una vez ausente el animal [es decir, si desaparece el ser animado que
interpreta como tales los sabores, olores, colores, etc.] quedan eliminadas y ani-
quiladas todas estas cualidades»36. En otras palabras, las cualidades sensibles están
causadas por un flujo de partículas mínimas que, golpeando nuestros órganos sen-
soriales, producen impresiones a las que nosotros les damos los nombres. Pero estas
cualidades, en cuanto tales, no existen en los cuerpos de las que se desprenden.
La noción que aquí se ataca es la de cualidad o especie sensible o acci-
dente de cualidad, noción que acepta la filosofía escolástica y que puede resu-
mirse brevemente así: todo cuerpo se caracteriza por la sustancia y por los acci-
33 Como es sabido, la decretó el Santo Oficio en Marzo de 1616. En aquella ocasión el nombre de Gali-
leo no se mencionó de manera oficial. Sin embargo, Galileo fue condenado y relegado a su residencia
de la Villa d' Arcetri en Junio de 1633 por haber escrito y publicado el Dialogo sopra i due Massimi Sis-
temi del Mondo.
34 Cf. II Saggiatore, en G. Galilei, Opere, op. cito VI, pág. 348.
35 Ibid. pág. 349.
36 Ibid. pág. 348.
92
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA dentes o cualidades sensibles. Hay
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA
dentes o cualidades sensibles. Hay que tener muy presente esta caracterización
para entender y valorar las críticas del autor jesuita.
Tres años después de la publicación del Saggiatore, enl626, Orazio Grassi
publicaba en París un libro cuyo contenido se dirige contra el Saggiatore de Gali-
leo 37 • Grassi acusa a Galileo, en particular, de haber desarrollado una tesis con-
traria al dogma de la Transustanciación. Conviene en este punto precisar que este
dogma, definido en 1551 en el Concilio de Trento, establecía que en el misterio
de la eucaristía se daba una transformación real del pan y el vino en el cuerpo y
en la sangre de Cristo. La Iglesia católica se posicionaba así (el dogma es una
verdad revelada que ninguna autoridad terrena puede modificar) contra la opi-
nión de las iglesias reformadas que le conferían a la eucaristía un carácter sim-
bólico. La relación que el padre Grassi establece entre el milagro eucarístico y
la interpretación galileana de las sensaciones, no es difícil de entender. En la Euca-
ristía se producen dos milagros: el primero garantiza la transformación de la sus-
tancia del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo; el segundo hace que
las especies sensibles del pan y del vino se mantengan inalteradas.
Una vez hechas estas observaciones, dejamos la palabra al padre Grassi: «no
me es posible evitar -escribe ép8- expresar algunos escrúpulos que me preocu-
pan. Proceden de lo que nosotros consideramos incontestable de acuerdo con los
preceptos de los Padres, de los Concilios y de la Iglesia toda. Se trata de las cua-
lidades en virtud de las que, aunque la sustancia del pan y del vino desaparezca
gracias a palabras todopoderosas, sin embargo, persisten sus especies sensibles,
o sea, su color, sabor, calor o frío. Sólo por obra de la voluntad divina se man-
tienen estas especie,s -y de forma milagrosa-, como ellos [los Padres] dicen. Eso
es todo lo que ellos afirman. Galileo"en cambio, afirma de manera explícita que
el calor, el color, el sabor y el resto de las cosas del mismo tipo son, aparte del
que los siente, y, por tanto, en el pan y en el vino, meros nombres. Por consiguiente,
cuando desaparece la sustancia del pan y del vino, no quedan más que los nom-
bres de las cualidades. ¿Pero sería necesario entonces un milagro perpetuo para
conservar los meros nombres? Véase pues cuánto se aparta él de quienes con tanto
afán se han esforzado en establecer la verdad y la permanencia de tales especies,
hasta el punto de empeñar la potencia divina en tal efecto». El padre Grassi, tras
haber señalado que ofrecer tal interpretación es más grave que creer en el movi-
miento de la Tierra, pasa a discutir el aspecto científico.
37 El libro de Grassi Ratio ponderum librae el simbellae se publicó con el seudónimo de Lotario Sarsi.
Una segunda edición se publica en Roma.
38 Cf. Ratio ponderum (00.)' en G. Galilei, Opere, VI, pág. 486 (original latino). Como se sabe, el descu-
brimiento en los archivos del Santo Oficio de un documento en el que se dirigen contra Galileo acusa-
ciones semejantes a las realizadas por Grassi está en el origen del interesante libro de Pietro Redondi,
Galileo Eretico, Turín 1983, cf. págs. 432-433.
93
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA En este punto abandonamos nosotros al buen
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIENCIA MODERNA
En este punto abandonamos nosotros al buen padre sin poder precisar qué
peso tuvo su crítica en la polémica que los jesuítas mantuvieron contra el atomismo.
Es un hecho que los Revisores del Colegio Romano -la prestigiosa institución que
coordinaba la enseñanza que se impartía en los Colegios de la Compañía de Jesús-
emiten el 10 de Agosto de 1632 una primera censura contra los indivisibles físi-
cos y matemáticos 39 • Ciertamente, una demostración mediante el método geomé-
trico de los indivisibles, publicada en el Diálogo sobre los dos máximos sistemas
de Galileo (Febrero de 1632), podría haber sido lo que llevara a los Revisores a
intervenir.
El método de los indivisibles lo había inventado un discípulo de Galileo,
el padre Bonaventura Cavalieri (1598-1647), de la orden de los jesuatas 40 de
San Jerónimo. Copias manuscritas de su libr0 41 , que se publicaría en 1635, cir-
culaban desde 1619. El método desarrollado por Cavalieri se prestaba a nume-
rosas críticas, tan lejos estaba de los fundamentos sobre los que se asienta la
geometría euclídea. El principio de la nueva geometría consistía en sustituir la
figura plana por los agregados de todas las líneas y las figuras sólidas por los
agregados de los infinitos planos que en ellos se contienen. Las relaciones entre
agregados se extendían posteriormente a las figuras mismas. Para mostrar la
validez de sus demostraciones, Cavalieri aplicó su método a demostraciones ya
conocidas obteniendo los mismos resultados. La controversia científica pronto
se transformó en una violenta polémica, sobre todo tras la muerte, acaecida en
1643, del matemático jesuíta Paul Guldin.
Guldin estaba radicalmente en contra del método de Cavalieri: él recha-
zaba que los agregados de infinitas líneas, o de infinitos planos, pudieran com-
pararse entre sí. «Entre infinito e infinito -observaba Guldin- no hay relación».
Pero -replica Cavalieri-los infinitos puntos de un segmento, por ejemplo, no son
infinitos in ratione totius, es decir, como lo es un todo infinito: a ellos es siem-
pre posible
quitarles o afíadirles
otros puntos 42 •
El debate entre Guldin y Cavalieri tenía un carácter abiertamente polé-
mico, sin términos medios ni concesiones, pero permaneció siempre en el terreno
de las matemáticas. El estudioso jesuíta evita decir «en qué medida [el nuevo
método] pueda series útil a quienes se dedican a la geometría pura». Y añadía:
39 Cf. C. Constantini, Baliani e i giesuiti, Florencia 1969.
40 N. de T. Es decir, la orden fundada en 1360 por el beato Juan Colombini, que no se debe confundir
con la de los jesuítas.
41 Bonaventura Cavalieri, Geometria indivisibilibus continuorum
),
Bolonia 1635, traducción italiana,
La Geometria degli indivisibili de Bonaventura Cavalieri, a cargo de L. Lombardo-Radice, Turín 1966.
42
Cf. Cavalieri, Exercitationes Geometricae Sex, Bolonia, 1647, pág. 181. Reproducción anastática a cargo
de E. Giusti, Cremonese, Roma 1980.
94
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA «por motivos que nosotros debemos
ATOMISMO y CONTINUO EN EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA
«por motivos que nosotros debemos omitir aquí con un silencio en absoluto ino-
portuno, no soy de la opinión de que eso haya que rechazarlo»43.
El matemático jesuíta no da información sobre la naturaleza de esos moti-
vos. Es evidente que no son de carácter matemático, dado que él no quiere hablar
de ellos. Nosotros sólo podemos constatar que, al menos, otras dos censuras con-
tra los indivisibles físicos y matemáticos fueron emitidas por los Revisores del
Colegio Romano el 17 de Enero de 1641 y el 3 de Febrero de 1649 44 • En estas
censuras se concreta que los indivisibles son contrarios a la enseñanza de Aris-
tóteles. Un indicio de su incompatibilidad con el dogma de la Transustanciación
lo proporciona el estudioso jesuíta Sforza Pallavicino, quien afirma que la doc-
trina de los átomos tiene un carácter destructivo: «ella turba lo que la Iglesia nos
enseña sobre los Misterios de la Eucaristía»45. El mismo Sforza Pallavicino, unos
años antes, había sido obligado por el padre general Carrafa a retractarse por haber
enseñado «que la cantidad se compone de puntos simples»46.
Estos indicios hacen pensar que las críticas de Orazio Grassi no pasaron
desapercibidas. Hay que señalar, sin embargo, que Cavalieri, a diferencia de Gali-
leo, no manifiesta interés alguno por los argumentos filosóficos relativos a la com-
posición del continuo geométrico. Hace una alusión a ello en el libro séptimo de
su Geometría, pero, en realidad, sólo presta atención a las dificultades resultan-
tes de la relación entre infinitos y propone una solución que, sin embargo, limita
notablemente las aplicaciones del método por él inventado.
En Italia los indivisibles geométricos encuentran un defensor en Evangelista
Torricelli (1608-1647), que introduce la noción de indivisibles curvos en sus demos-
traciones. Como se sabe, Torricelli es también el autor del experimento barométrico
llevada a cabo en Florencia en 1644. La aparición de la región aparentemente vacía
en el tubo de vidrio que contiene el mercurio viene a reavivar la polémica sobre la
posible existencia del vacío que los aristotélicos continúan negando. En efecto, el vacío
macroscópico sugiere la existencia del vacío microscópico y, por tanto, de los áto-
mos. La aversión de los jesuítas hacia la doctrina atomista está probablemente en el
origen del silencio casi absoluto de Torricelli sobre los resultados obtenidos por él:
el asunto sólo se trata en dos cartas, dirigidas a Michelangelo Ricci poco días des-
pués de que se llevara a cabo el experimento. Torricelli, por el contrario, le da una
amplia difusión a sus trabajos matemáticos, en los que los indivisibles ocupan un puesto
de primerísimo orden. Se diría que el debate en tomo al atomismo geométrico se les
deja sólo a los matemáticos, en tanto que aumenta el interés de los fIlósofos y de los
teólogos por el atomismo físico y por los experimentos acerca del vacío.
43 Cf. P. Guldinus, Centrobarica, lib. I1, Viena 1939, pág., citado por Cavalieri en Exercitationes.
44 Cf. C. Costantini, op. cit.
45 Cf. Sforza Pallavicino, Vidicationes Societatis lesu, Roma 1647, pág. 189.
46 Cf. G. M. Pachtler, s.j., Ratio studiorum
), 3, Berlín 1970 1980, pág. 76.
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GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIE CIA MODERNA Mucho tendríamos que decir sobre el
GALILEO y LA GESTACIÓN DE LA CIE CIA MODERNA
Mucho tendríamos que decir sobre el destino que le aguardaba a la doctrina
atomista en la Italia de la segunda mitad del siglo XVII. Al contrario de lo que
sucedía en Francia, donde el canónigo Pierre Gassendi (1592-1655) podía dedi-
carse tranquilamente a la rehabilitación de la filosofía de Epicuro, en Italia los ato-
mistas fueron perseguidos y, donde ello fue posible, procesados por ateísm0 47 •
Investigaciones recientes llevadas a cabo por Susana Gómez López han
puesto de manifiesto el importante papel; en la segunda mitad del siglo XVII, de
las discusiones sobre el atomismo en el seno del Círculo de Pisa, donde se enfren-
tan dos concepciones distintas de la ciencia y de la herencia galileana: la activi-
dad científica entendida como observación de la naturaleza y realización de expe-
rimentos, por una parte, y, por la otra, entendida como investigación, basada en
el instrumento experimental, de las causas y de los principios de la naturaleza 48 •
Entre los defensores de la segunda concepción, Donato Rossetti es uno de los más
declarados defensores del atomismo, y su proyecto, no realizado, es conciliar a
Demócrito con Aristóteles en la explicación del Sacramento de la Eucaristía 49 •
Querría concluir este recorrido a través del atomismo señalando que en Ita-
lia, tras el fracaso de los intentos de cristianización de la doctrina atomista lle-
vados a cabo, en particular, por Rossetti, no les quedaba a los herederos de Gali-
leo más remedio que tratar de convencer a las autoridades religiosas de la no
contradicción entre el dogma de la Transustanciación y la doctrina de Demócrito,
y de que esta última no conducía al libertinaje. Pero también estos intentos fue-
ron fallidos. Las dificultades, que probablemente Galileo sólo había entrevisto,
obligaron, en Italia, a los defensores del atomismo a retirarse a posiciones defen-
sivas. Y fue en otra parte, en Francia y en Inglaterra en particular, donde las investi-
gaciones sobre el vacío y sobre la estructura de la materia pudieron proseguir en
un clima cultural en el que las preocupaciones teológicas pesaron siempre menos.
Traducción al español de Joaquín Gutiérrez Calderón
Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia
47
En 1688 se inicia en Nápoles el proceso contra los ateístas. En esta ocasión fueron detenidos también
algunos atomistas. Cf. L. Osbat, L'inquisizione a Napoli. Il proceso degli ateisti (1688-1697), Nápoles
1995, y A. Borrelli, D'Andrea atomista, Nápoles 1995.
" Cf. S:Gómez López, La passione degli atomi, Florencia 1997; y de la misma autora «Donato e le Cer-
ele pisan», en Geometriae,atomisme et vide dans l' école de Galilei, IMSS Florencia-ENS Éditions Fon-
tenay 1st. Cloud, 1999.
Cf. Gómez López, La passione degli atomi (
), op. cit., pág. 191.
49
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GIORDANO BRUNO Y EL FINAL

DE LA COSMOLOGÍA ARISTOTÉLICA

Miguel A. Granada

Universidad de Barcelona

Pour Alain Segonds, "eroico" éditeur et diffusseur de la "Nolana filosofia"

El kósmos aristotélico, cuya estructura y configuración se expone funda- mentalmente en los dos primeros libros del De caelo o Acerca del cielo y en el capítulo octavo de Metafísica XII, está marcado por unos rasgos fundamentales, que serán objeto de crítica y se verán negados en la revolución cosmológica ini- ciada con Copémico y concretamente por Giordano Bruno. Conviene, por tanto, efectuar una somera y precisa presentación de los mismos para poder compren- der claramente el alcance de la polémica bruniana. Por otra parte, el cosmos aris- totélico recibió diversas modificaciones y adaptaciones en su largo peregrinar pos- terior. De decisiva importancia son, por un lado; la modificación introducida por las Hypotheses planetarum de Ptolomeo y por otro las adaptaciones a la teolo- gía cristiana a partir del siglo XIII, momento en que el