Você está na página 1de 11

HIPÓCRATES DE COS

El Padre de la Medicina
(c. 460-c. 377 a. de C.)

Por: Eduardo Congrains Martin

(Colección “Grandes Hombres de la Historia”. Tomo II. Científicos)


“Si Dios te marcó, algo en ti vio”, afirma tranquilamente un antiguo dicho popular. En
aquellas palabras el conformismo, el fatalismo, y el eco de una creencia muy antigua se dan cita.
Los males físicos, el dolor, las deformidades constituían —en aquella época— interferencias
visibles de los dioses irritados, de la felicidad carnal del hombre pecador. Las enfermedades eran
consideradas castigo, freno de ambiciones desmedidas y disciplina para los excesos físicos.

Partiendo de esa creencia (rayana en la superstición), las enfermedades, el dolor y cuanto


achaque físico tuviese el hombre, sólo podrían hallar alivio mediante la suspensión de los designios
punitivos de los dioses. Y aun cuando nuestros antepasados procurasen que la intención divina de
curar se manifestase a través de hierbas, polvos, baños o vapores medicinales, las aplicaciones de
dichos remedios debía hacerse por intermedio de prácticas religiosas y, con asistencia o auxilio
directo de sacerdotes, quienes fungían como el intérprete ideal de las disposiciones divinas.

Siguiendo esta tendencia el hombre fue seleccionando los múltiples dioses del paganismo:
dios de la Paz, dios de la Guerra, dios de la Fertilidad, dios de las Tinieblas, dios del Amor, dios de
los Montes y Aguas. El dios que en la antigüedad se designó para ayudar al mortal en sus dolencias
fue Asclepio1, hijo de dioses prestigiados por la veneración popular (Apolo y Cronis). La ascensión
del nuevo Dios fue muy rápida, tanto que terminó provocando la suprema enfermedad de los dioses
de la Mitología: los celos. Zeus, la máxima divinidad del Olimpo griego, utilizo sus poderes para
librarse de una popularidad que le incomodaba, haciendo fulminar con un divino rayo, a su exitoso
rival.

El prestigio de Asclepio se inició con su mención en los poemas homéricos. Al principio ganó
la admiración de los hombres, al ser un héroe entre los héroes humanos. Cansado de matar, solicitó
al legendario centauro Quirón2 que lo iniciase en la ciencia de curar. Si antes como guerrero abría
innumerables heridas, ahora como Dios, se dedicaría a cerrarlas.

En el preciso momento en que toma aquella decisión nace la divinidad de Asclepio (nombre
que siglos más tarde los romanos trocarían por el de Esculapio). Dado su inicial origen humano es
que los monumentos más antiguos nos muestran un Asclepio joven, robusto, resuelto y con
vestiduras guerreras. ¡Aquella era una imagen más de un guerrero que la de una divinidad!

Más tarde, ya libre de las formas humanas y de la ruda aspereza del guerrero helénico, se le
muestra con el clásico perfil de la benevolencia divina. Es en Tesalia3, donde a sus monumentos se
les añade el bastón, la taza, la serpiente y el gallo —figuras representativas de la medicina de
aquella era—. Las divinidades poseían familia y, Asclepio no fue una excepción, y para una mayor
coherencia de la idealización que realizaba el pueblo a través de sus dioses, la familia del reciente
dios fue dedicada al bienestar de los mortales: Hepiones, la esposa velada por la expulsión de los
espíritus malignos que se hubiesen apoderado del ser humano; su hija, Higia, simbolizaba la
anhelada salud, y era representada por una joven de envidiable cuerpo, codiciada por los hombres y
envidiada por las mujeres; el hijo, Telésforo, a quien se le otorgó funciones de genio, era quien
presidía a los convalecientes.

Ya con la estructura necesaria en toda divinidad helénica, el pueblo se dedicó a erigir


fastuosos templos en honor de su nuevo dios. En Atenas, Cos, Pérgamo y en muchas otras ciudades
importantes surgieron templos en su honor, en donde acudían a postrarse, bajo la divina protección
1
Asclepio o Asclepios, nombre griego de Esculapio, dios de la medicina, hijo de Apolo. Aprendió del centauro Quirón
el arte de curar.
2
Quirón, según la mitología griega, el más sabio y justo de los centauros, hijo de Cronos y Filira. Habitaba en el
Pelíón. Se le atribuye la invención de la medicina. Fue preceptor de Aquiles y murió en una lucha sostenida por
Heracles (Hércules) contra los centauros.
3
Tesalia, comarca del centro de la Grecia continental, entre el Pindo, la Fócida y el mar Egeo.
de los santuarios allí erigidos, multitudes de enfermos, a los que inevitablemente se le agregaban
pacientes de males crónicos, quienes no sólo imploraban una pronta y milagrosa cura, sino que
también prestaban oído a los consejos y remedios de los curanderos, que en gran número
frecuentaban dichos templos, reclutando allí a sus incrédulos pacientes.

Es a partir del siglo y a. de J.C., y alrededor de los templos levantados en honor a Asclepio,
que e1 mundo helénico fue tomando conocimiento del arte de curar, arte que nació, de manera casi
simultánea en diversos centros médicos fuera de la Grecia territorial. De hecho, esta intromisión de
manos humanas en tareas divinas, parte de Sicilia y Cos —isla del mar Egeo, cuna de Hipócrates—.
Otro centro de reconocida fama médica fue, por ejemplo, Crotona 4, de donde es originario
Demócedes, quien pasó a la historia con el privilegio de haber sido reconocido desde el año 515 a.
de J.C., como el primer médico en sí. El hecho que lo transporta al reconocimiento de generaciones
futuras se debe a que encontrándose en Susa5 (en tiempos del rey Darío, era la residencia oficial de
la suntuosa corte del imperio persa), se le presentó la ocasión de tratar a la esposa del poderoso
monarcas. Pese a las numerosas protestas de los curanderos oficiales de la corte real, la reina Atossa
fue encomendada a Demócedes, quien supo aprovechar la oportunidad y curó a la soberana,
logrando el reconocimiento y agradecimiento público del rey de los persas.

Originario, igualmente de la anteriormente mencionada Crotona, fue Alcmeón quien no sólo


investigó, sino que dejó importantes manuscritos sobre el cuerpo humano, siendo sus trabajos de los
primeros que se tiene conocimiento. Igualmente se dedicó al estudio y observación del nervio
óptico y de la trompa de Eustaquio. Es posible que de él haya llegado a Hipócrates la teoría de que
la salud física es el resultado de un equilibrio perfecto entre las condiciones espirituales y
corporales. Por otro lado, el predecesor hipocrático más famoso en el Asia fue Eurifrón, quien
dedicó su vida a curar a quienes padecían de “prisión de vientre” y pleuresía. De poderse confirmar
aquellos datos, Eurifrón se convertiría en el primer especialista del que se tenga conocimiento.

Y sí bien a estos y a otros pioneros de la actual medicina les faltó quien los encumbrase y
elevase, Hipócrates, en cambio, gozó de las necesarias amistades para dicha tarea. Amigo de
Demócrito6 y, llevado a la posteridad por la pluma de Suidas 7 y poseedor además de una
extraordinaria personalidad, de una viva inteligencia, y de un acertado celo profesional, pudo y supo
recoger muchas de las enseñanzas y principios de sus antecesores. Todo esto reunido sobre la base
de sus propios éxitos y la fama que dios le acarrearon, fue lo suficientemente fuerte para otorgarle el
título de “Padre de la Medicina”, título que pese a los siglos transcurridos desde aquella remota era,
nunca le ha sido rebatido.

Se sabe dónde nació, con quién creció y de quién aprendió el arte de la medicina. Pero el
pueblo necesitaba algo más que un buen linaje; no se atrevían a desafiar la ira de los divinos e
implacables dioses. Por tal motivo, y con el fin de evitar la incómoda ira, el vulgo reconoció a
Hipócrates estirpe divina. Sólo de esa manera podrían adorar a Asclepio y hacerse curar por su
enviado divino de la flagelada tierra.

La verdad es que Hipócrates siempre consideró como a sus verdaderos padres al generoso
matrimonio que lo cobijó desde tierna edad, y que no sólo lo trataron con especial deferencia, sino
que lo educaron e iniciaron en el aprendizaje de la medicina. Heráclides, su padre adoptivo, se
ganaba la vida ejerciendo en los atrios de los templos elevados en honor de Asclepio, la medicina
4
Crotona, ciudad del sur de la antigua Italia (Calabria), en el golfo de Tarento; era una colonia fundada por los aqueos
hacia el año 710 a. de C.
5
Susa, ciudad de Elam (antigua comarca situada en el actual Irán), residencia real de los soberanos aqueménidas.
6
Demócrito de Abdera, filósofo griego presocrático (c. 460-370 a. de C.). Basó su filosofía en un materialismo
mecanicista y atomista, que concebía la naturaleza compuesta de vacío y átomos (partículas materiales indivisibles e
invariables).
7
Suidas, gramático y lexicógrafo griego del siglo X, autor de un Léxico histórico, biográfico y literario.
popular. Aunque él y los demás que se dedicaban a aquella ciencia eran constantemente arrojados y
hostilizados por los sacerdotes—curanderos, quienes veían en aquella actividad una competencia
muy seria al tradicional medio de vida de los fieles sacerdotes. Fenareta, la mujer de Heráclides,
ayudaba a su marido saliendo en busca de dolientes y convenciéndoles de las maravillosas
curaciones de su esposo, era además la encargada del mantenimiento del rudimentario y primitivo
laboratorio, donde Heráclides preparaba sus brebajes y polvos curativos.

Para Heráclides y Fenareta la vida transcurría relativamente tranquila, la medicina había


logrado crear una cierta aura de respeto en tomo a su marido, y jamás les faltaba alimento. No
tenían de qué lamentarse, a no ser de los permanentes celos que dicha profesión causaba entre los
sacerdotes—curanderos del dios Asclepio, y de la competencia, cada vez mayor, de los vendedores
de amuletos.

Durante los años de adolescencia de Hipócrates, su padre adoptivo encontró una mayor
competencia, ya no sólo en los anteriormente mencionados, sino en los curanderos que de todas
partes del mundo acudían en procura de la rica y selecta clientela helénica.

Estos y otros problemas, que se agravaban de día en día, obligaron a Heráclides y a su esposa,
a meditar sobre el futuro del joven Hipócrates, a quien ambos amaban como a un auténtico hijo
carnal. En base a ese cariño que manifestaban por el hijo adoptivo es que decidieron hacerlo
heredero de no sólo sus conocimientos, sino de su eventual clientela. Hipócrates fue mandado a
estudiar con los mejores preceptores helénicos, y en especial, con el famoso Heródico de Selimbría.
Tras su aprendizaje en aquella ciudad, el joven Hipócrates viajó con objeto de entrar en contacto
con desconocidas técnicas del nuevo arte de la curación, pero contrariando una vieja costumbre, no
enfiló hacia el Oriente y Egipto —como era costumbre entre todos los hombres destacados de
aquella época— sino que enrumbó hacia las islas helénicas que se encontraban al norte de la
península, para luego encaminarse hacia la altiva y poderosa Macedonia, que por aquellos
momentos era una de las naciones más fuertes del mundo mediterráneo.

Su arribo a Macedonia, y la consolidación de su fama fueron elementos inmediatos; más aún


cuando se anunció que un médico griego (y a esto agréguese; que todo cuanto subía de la culta
Grecia, era superior para los rudos montañeses) les traía los últimos adelantos en el novel arte de la
medicina. Para beneficio inmediato de Hipócrates su arribo fue ampliamente comentado en la corte
del soberano macedónico: Perdicas II8, quien a la sazón padecía de diversos males contraídos en los
campos de batalla, al enterarse el rey del valúo y fama del notable griego solicitó que concurriese a
su corte a efecto de someterse a un examen del renombrado Hipócrates.

Y si bien la historia no nos precisa cuáles fueron los males del rey Perdicas II, sí nos narra el
éxito obtenido por Hipócrates en el tratamiento administrado a su real paciente. A partir de aquella
fecha, todos los momentos de Hipócrates fueron grandes momentos en medio de la fastuosa corte
macedónica. No sólo los nobles, sino los jefes militares solicitaban audiencia con el majestuoso
griego; aunque más importante que el éxito en sí, para Hipócrates tenía una máxima importancia el
poder disponer del material humano tan necesario para poner en práctica los conocimientos
adquiridos. Y en base a aquellas experiencias, es que pudo combatir con rotundo suceso una
peligrosa epidemia que amenazaba extenderse al resto del continente. La epidemia en referencia fue
traída por las huestes guerreras que incursionaban por las entradas del gigantesco y codiciado
imperio asiático. Mientras la epidemia diezmaba al pueblo, fue poco lo que el rey se preocupó: pero
el avance epidémico era inexorable y empezó a. cobrar sus primeras víctimas entre los nobles de la
corte real, circunstancias en las que el rey solicitó a Hipócrates que hallase el medio de impedir la
propagación de la epidemia, que ya no sólo amenazaba diezmar la nación macedónica, sino el
mundo en si.
8
Pérdicas II, rey de Macedonia del 433 al 413 a. de C.
Ni Perdicas II, ni Hipócrates aceptaban (como aceptaba y creía el pueblo) que la peste
flagelaba el país como medio de castigo divino por los excesos cometidos por el rey y su
soldadesca. Hipócrates más bien aceptó la epidemia como un favor que le proporcionaban los
dioses, antes que como un castigo. La plaga le daba oportunidad de trabar contacto con un viejo y
temible enemigo, que de tiempo en tiempo salía de Oriente para internarse en el continente griego
dejando muerte y miseria tras sí. Para un médico como él, interesado no sólo en el conocimiento,
sino en la búsqueda de nuevos medios de cura para antiguos males, valía la pena asistir al proceso
epidémico de miles de pobladores —aun cuando esta asistencia implicase el riesgo de contagio—.
Cada víctima de la peste le significaba una nueva experiencia; una nueva mutación de color en el
paciente, era una confirmación de anteriores observaciones, que a la larga acrecentaba el caudal de
conocimientos del padre de la medicina.

La peste al llegar a centros poblados rápidamente alcanzaba su punto máximo de virulencia.


¡Hombre atacado, era hombre muerto! Hipócrates, al igual que la epidemia, iba de casa en casa;
donde hubiese una víctima allí se encontraba él. De esta manera sus observaciones eran abundantes
y muy ricas en experiencias y apreciaciones que tarde o temprano debían rendir sus frutos.
Verificaba los óbitos diurnos y nocturnos, de los viejos y jóvenes, de hombres y mujeres, de los que
una vez contraído el mal, eran colocados al aire libre, y de los que eran situados en ambientes
cerrados.

Todos morían por igual y con un lapso casi idéntico de tiempo en que habían contraído la
temible y mortal peste.

Examinó campesinos, marineros, soldados, mercenarios, y todos, todos sin excepción, morían
por igual. Examinó a los “apestados” de acuerdo a sus oficios; alfareros, cargadores, hortelanos,
comerciantes, viñateros, etc., en esa rama la mortandad era igualmente grande. Súbitamente reparó
en un hecho significativo. Desde que la peste surgiera nadie recordaba haber enterrado a algún
herrero, varios de ellos habían contraído la peste, pero milagrosamente habían logrado salvarse de la
inmisericorde muerte.

¡Sólo los herreros habían logrado salvarse...!

De este notable hecho, Hipócrates partió hacia una deducción simplista pero evidente: los
herreros trabajan en la forja, trabajan en íntima convivencia con las llamas y el calor. Por ende
Hipócrates concluyó por deducir que en las llamas, en el fuego existía algún poder preventivo, o por
lo menos curativo. ¡En las llamas estaba la salvación!

Apenas estaba comprobando este oportuno descubrimiento, cuando se enteró de que la peste
empezaba a asolar el norte de su natal Grecia. La impiedosa peste, luego de haber talado a
Macedonia, bajaba en busca de nuevas víctimas amenazando acabar con su amada Atenas.

Prontamente dispuso el retorno, el cual, y pese a los ruegos y promesas de Perdicas II, se
realizó de inmediato. Hipócrates no podía estar recibiendo honores y obsequios mientras sus
compatriotas eran mortalmente amenazados por la peste; más aún, cuando era poseedor del
prometedor secreto de cómo combatirla y derrotarla.

Su viaje fue una carrera angustiosa contra el tiempo: la peste avanzaba, ya se enseñoreaba en
los campos, aldeas y ciudades del norte de Grecia. Su prisa se compensó con su arribo a Atenas
antes de que la peste causara pérdidas irreparables.

Inmediatamente se puso en contacto con las autoridades de su natal Atenas, y sólo por el
prestigio que había adquirido en la corte macedónica y en lucha contra la epidemia que avanzaba
inexorablemente por toda Grecia, es que logró que aceptasen su tesis del calor, como medio de
combatir la epidemia. Su plan, en líneas generales, era rodear a Atenas de una gigantesca hoguera;
el gobierno y el pueblo colaboraron decididamente con el plan de Hipócrates, y en las plazas, calles
principales, bosques aledaños y en las puertas de acceso a la amurallada Atenas se mantenían
durante las veinticuatro horas del día hogueras. El entusiasmo del pueblo y del gobierno por el plan
de Hipócrates se redobló conforme a las noticias que llegaban del interior de Grecia, que era
prácticamente diezmado por la epidemia, contrastando con el hecho real de que la epidemia en
ningún momento logró penetrar en la capital griega.

El prestigio y renombre de Hipócrates colindaba en esos momentos con la veneración que era
reservada a los dioses de la mitología. Había alcanzado tal prestigio que ninguna voz se alzó en su
contra, cuando Hipócrates fue sustituyendo gradualmente la medicina hecha de oraciones y
supersticiones, en la real medicina basada en remedios. De esa manera y escudado en su
incuestionable prestigio, que lo colocaba a salvo de las intrigas político-religiosas, y de las naturales
rivalidades profesionales, pudo rescatar el arte de la medicina de la prisión en que la había recluido
la filosofía y la religión de antaño. Con tal rescate Hipócrates brindó a la medicina una doctrina y
una seriedad ética y técnica que aún hoy en día son ampliamente aceptadas.

Independientemente de los pasos dados por Hipócrates para establecer las bases de la seriedad
ética de la profesión, dedicó la mayor parte de su tiempo a lo que constituía su mayor preocupación:
encontrar nuevos procesos de curación.

Renunció a los viejos métodos, y obligó a sus discípulos a abjurar de la costumbre de dejar al
enfermo en cama durante los primeros cinco días, para que sólo al término de aquel plazo, y en el
caso de no haber fallecido, iniciasen los rezos y medios tradicionales de curación. Es así como
Hipócrates y sus discípulos practicaron los procesos de cura desde el primer contacto con el
enfermo: ordenó a sus discípulos que en ese inicial contacto ignorasen por completo la mayor parte
de las 265 drogas que eran tradicionalmente aplicadas a los enfermos por los curanderos del
declinante dios Asclepio. Hipócrates prefería curar estimulando la naturaleza en socorro directo del
cuerpo atacado, creando con ese fin, procesos curativos que lo situaron en una total posición
antagónica a los medios utilizados hasta ese entonces.

Como medio de combatir la fiebre corporal, los antiguos curanderos recomendaban ejercicios,
comidas fuertes y abundancia de bebidas embriagantes; él, el Padre de la Medicina, recetaba: dieta,
reposo absoluto y agua fresca bebida moderadamente. Cuando los curanderos se enfrentaban a
males no reconocidos, o no localizados, ordenaban ayunos tan prolongados y fuertes, que en
muchos casos, la simple obediencia de aquellas reglas conducía a la muerte por inanición; en
flagrante contraposición Hipócrates recomendaba sopa aguada de cebada, miel y vino dulce:
alimentos leves, fáciles de digerir, pero de gran poder alimenticio.

Hipócrates alzó su doctrina sobre la base de las alteraciones de los humores orgánicos.
Aunque por vías indirectas e incomprobadas, supo conducir a sus discípulos a una práctica
aceptablemente lógica en el novel arte de curar. De acuerdo a su tesis, Hipócrates proclamaba que la
salud humana dependía de un equilibrio perfecto entre los cuatro humores vitales: sangre, flema, la
bilis amarilla y la bilis negra. A su vez este equilibrio podría ser roto por cuatro agentes naturales
que atacasen los humores positivos del cuerpo humano: frío, calor, sol y viento. La medida en que
los humores y los agentes contrarios se equilibrasen no determinaba la estabilidad entre una persona
sana y una enferma. Aquello era muy variable y relativo de persona a persona.

La explicación de la teoría de los humores no aparece en el escrito hipocrático con ese título
sino en el escrito La naturaleza del hombre que Aristóteles atribuyó a Polibo de Cos, yerno de
Hipócrates y, como el suegro, gran médico:

“El cuerpo del hombre tiene sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra: en
ese hecho reside su naturaleza y es el que crea la salud y la enfermedad.
Existe esencialmente salud cuando esos elementos están en justa proporción
de combinación, de vigor y cantidad, y cuando su mezcla es perfecta; existe
enfermedad cuando uno de esos principios está en exceso o, en defecto o
cuando aislándose en el cuerpo, no se combina con los demás”.

Mientras esa fue la teoría de los humores de la escuela de Cos, en la escuela de Cnido9 la
teoría acusa alguna diferencia, pues la bilis negra es sustituida por el agua, haciendo provenir los
cuatro humores: sangre, flema, bilis y agua, respectivamente, del corazón, de la cabeza, del hígado
y del bazo. Bajo aquellos conceptos es que aparece la teoría en uno de los libros del escrito Las
enfermedades, donde asoman además algunas nociones de índole embriológica, como por ejemplo
la idea, —que figura también en otros escritos— de provenir la esperma, tanto masculina como
femenina, de todas las partes del cuerpo.

Conforme progresaba en las investigaciones y comprobaciones de sus teorías, las trasmitía a


sus discípulos. De esta manera se fue formando con el tiempo toda una serie de legados y tratados
sobre los métodos hipocráticos de cura, los que son conocidos con el nombre genérico de:
Colección Hipocrática.

En su tratado intitulado Aires, aguas y lugares justificaba su teoría de las enfermedades y


curaciones partiendo del equilibrio de los humores humanos y sus agentes contrarios. En aquel
mismo legado describió a los riñones como una glándula filtradora, que retiraba, o concentraba el
agua o líquidos que entraban al organismo humano. La segunda parte del mismo tratado versaba
sobre los medios de diagnosticar las enfermedades al riñón. Este tratado es de una importancia
realmente notable, y de un carácter auténticamente precursor para los futuros estudios de la
diagnosis en general. Hay que tomar en cuenta que en la era en que Hipócrates escribió dicho
tratado, los médicos no poseían ningún sistema viable para el reconocimiento de las molestias
agudas.

Igualmente por medio de su famoso Tratado de las fracturas nos muestra lo mucho que se
puede aprender de la observación solitaria, respecto a los huesos, articulaciones, y de los procesos
9
Cnido, antigua ciudad de Caria (Asia Menor), colonia lacedemonia consagrada a Afrodita.
recomendables (a su manera de ver) para evitar las fracturas y disminuir el sufrimiento causado por
las mismas. Ya anteriormente en su Tratado de las luxaciones nos legó una serie de conclusiones a
las que había llegado en ese campo, que aunque no siempre resultaran acertadas, fueron de un
inmenso valor en el novel campo de la investigación médica. Emilio Littre 10 fue quien dio a conocer
al mundo médico los sorprendentes conocimientos e importantísimos estudios que el Padre de la
Medicina legara a la humanidad. Littre tradujo e imprimió varios de los tratados de Hipócrates,
entre ellos destaca uno: Aforismos, que expresa de manera incisiva y de fácil memorización
principios referentes a los signos, diagnósticos, pronósticos y tratamiento de diversas dolencias:

“Lo que no curan los remedios lo cura el hierro, lo que no cura el hierro lo
cura el fuego, lo que no cura el fuego es incurable”.
“Cuando el temor y la tristeza perduran, es un estado melancólico”.

Hipócrates supo ser fiel a su querida Grecia, y su fama cada día más grande era utilizada no
sólo por los poderosos, sino que atendía y cuidaba al pueblo, con lo que su nombre era venerado en
todos los estratos sociales de aquella era. A los ojos del nacionalismo helénico, el valor de
Hipócrates era aún mayor, al no dejarse vencer por las tentadoras ofertas que le hacía el rey persa
Artajerjes I11.

La peste (mortandad periódica en tan remotas épocas) tomó a recorrer los campos asiáticos.
Esta vez se inició entre los hombres del poderoso ejército persa, reduciéndolo en poco tiempo a un
enorme conjunto de hombres enfermos e incapaces de combatir. Ante el avance de la peste, y el
riesgo que representaba un ejército en tan lamentables condiciones, Artajerjes decidió recurrir una
vez más al genio de Hipócrates.

Muchos fueron los embajadores persas que llegaron hasta Hipócrates, los presentes y ofertas
eran realmente tentadores. En realidad no se ahorraba gestión alguna con tal de convencerlo de ir a
la devastada Persia a contener la peste. Una y otra vez Hipócrates rechazaba ofertas y presentes. A
él no le era desconocido el destino que tan poderoso ejército tendría una vez que la peste hubiera
sido vencida, y que sus filas dejasen de ser raleadas por el invisible enemigo: invadir la Grecia.
Salvar el ejército persa de la furia de la peste, era sólo adelantar el momento en que sus
compatriotas tendrían que enfrentarse a las huestes del rey Artajerjes.

10
Emilio Littre, famoso filólogo, filósofo y médico francés (1801-1881).
11
Artajerjes I, llamado Longímano, rey de Persia entre los años 465 y 424 a. de C. Firmó con los griegos la paz de
Callias o la paz del Rey (449 a. de C.).
Ilustrando este histórico momento, se conserva en la Escuela de Medicina de París un óleo de
Girodet, intitulado Hipócrates rechazando las ofertas de Artajerjes. Allí quedó perpetuada una de
las altivas lecciones del Padre de la Medicina:

“A un médico es el último a quien se le puede permitir la prostitución de su


juramento por dinero”.

Con tranquila obstinación Hipócrates se negaba atender a enfermos que estuviesen al borde de
la muerte; él explicaba que consideraba inútil perder el tiempo en desahuciados, cuando estaba
rodeado y continuamente le llegaban pacientes cuya salud podría ser restablecida con el mismo
tiempo que emplearía en atender a los moribundos. La fuerte personalidad de Hipócrates queda de
manifiesto con esa manera de pensar. Actuaba completamente ajeno al juicio que de él se formasen
los demás, actuaba de acuerdo a sus principios y a una moral y ética profesional establecida en
función a la época en que vivía.

Fue un hombre original en todo. En cuanto a sus amistades y relaciones personales sólo
aceptaba aquellas que proviniesen de espíritus alegres y de gran capacidad intelectual. Convivió y
trató a una de las personalidades más sui generis de su época:

Demócrito, que fue uno de los mayores nombres de la filosofía helénica presocrática. Ambos
cultivaron la idea del epicureísmo de que, a pesar que el mundo no era perfecto, ni armonioso, ni
que tenía la felicidad distribuida equitativamente entre todos los que la merecen y buscan, ofrece
muchos aspectos interesantes y agradables, dignos de apreciación, y creados para el deleite
exclusivo de los espíritus que saben localizarlos y apreciarlos. Hipócrates y Demócrito formaban
una pareja de enorme capacidad intelectual. La amistad entre ambos fue llevada a extremos de
conmovedora ternura, pues la leyenda nos narra que Demócrito para no ver la vejez que se
apoderaba rápidamente de ellos, se yació los ojos para vivir y ver sólo el recuerdo de los años en
que ambos eran dueños de su fortaleza; Demócrito prefirió recordar al Hipócrates joven y
combativo y no ser testigo del inevitable paso del tiempo.

Dotado de un profundo sentido de la autocrítica, Hipócrates, reconoció que el punto débil de


su medicina personal, y de su escuela, residía en la diagnosis. Percibió y proclamó, la necesidad de
algo más que el simple tacto para la verificación de la fiebre y de diversos males; comprendió que la
auscultación directa era de muy relativa eficiencia.

Entre sus legados dejó descripciones bastante detalladas de las fiebres diarias y terciarias, de
la septicemia, de la puerperal y de la epilepsia, lamentando no haber podido profundizar en el
conocimiento de las crisis agudas de dichas enfermedades, no disponiendo de más medio para
combatirlas que el cálculo pitagórico. Toda acción quedaba, sin embargo, reducida a la lucha por
dominar la fiebre y de esa manera vencer los humores negativos; conseguirlo era continuar
viviendo; lo contrario era abandonar este mundo.

Pese a todo, Hipócrates legó a sus múltiples seguidores, y a la medicina griega en general, una
organización y seriedad profesional que fueron muy respetadas. A él se le debe en forma directa, el
que los médicos dejasen de ser errantes, como cantores y poetas en la antigüedad, y se estableciesen
en locales fijos.

Igualmente fue quien más contribuyó para lograr la definición de una categoría científico-
profesional y de una ética que fue incorporada a las doctrinas de la medicina universal. Hipócrates
no cesaba de recomendar a sus discípulos que el médico además de conocer los males corporales y
su cura, debía tener estrecho contacto con su incipiente farmacología y que debía de ser un
estudioso permanente. Creía y pregonaba que:

“Un médico que posee el amor a la sabiduría, es el equivalente humano a un


dios”.

Con la constante preocupación de lograr la superación profesional, no cesaba de recomendar a


sus seguidores:

“Deben cuidar de su figura externa… decir sólo lo que fuera absolutamente


necesario. Al entrar en la habitación de un enfermo, preocúpate con la forma
en que te sientas… tengan sus espíritus en calma y su ropa en orden. Sean
decididos al hablar… adopten métodos condescendientes con las
circunstancias del momento… deben obtener el control personal y rapidez
para hacer el bien, o lo que fuera necesario. No abandonen nunca el espíritu
de caridad… tomen en cuenta los recursos del paciente… cuando puedan
presten sus servicios sin esperar remuneración, y en las oportunidades que
puedan socorrer a un forastero en apuro, denle asistencia completa y
exhaustiva, pues donde hay amor por el hombre, lo hay también por el arte”.

Producto de su infatigable deseo de superación y anhelos para lograr que la profesión médica
constituyese algo por encima de los patrones vigentes en aquella época, es que nace el documento
más expresivo que se haya formulado a profesión alguna. En la actualidad, al igual que desde
milenios atrás, se formula diariamente, en cada una de las graduaciones que se efectúan en los
paraninfos de las diversas escuelas de medicina de nuestro planeta, el conocido “juramento
hipocrático”.

Algunos historiadores atribuyen el documento que da origen al juramento anteriormente


mencionado, a la llamada escuela hipocrática, más que al propio Hipócrates. Quienes apoyan
aquella tesis, propugnan que el mismo fue redactado e inspirado por el maestro Esrotianus12; pero
de cualquier forma, y sea quien fuere el autor, dicho documento es fiel reflejo de las enseñanzas y
espíritu que siempre animaron a Hipócrates en la tarea de superación y reconocimiento al deber y
seriedad de la medicina:

“Juro por Apolo, el médico, por Esculapio, por Higia y Panacea, por todos
los dioses y todas las diosas, a cuyo testimonio apelo, que yo con todas mis
fuerzas y con pleno conocimiento, cumpliré enteramente mi juramento, que
respetaré a mi Maestro en esta arte como a mus progenitores; que
consideraré a sus descendientes como a mis hermanos corporales y que a mi
vez les enseñaré sin compensación y sin condiciones esta arte; que dejaré
participar en las doctrinas e instrucciones de toda la disciplina, en primer
lugar a mis hijos, luego a los hijos de mi maestro y luego a aquellos que con
escrituras y juramentos se declaren escolares míos, y a ninguno más fuera de
éstos. Por lo que respecta a la curación de los enfermos, ordenaré la dieta
según mi mejor juicio y mantendré alejado de ellos todo daño y todo
inconveniente. No me dejaré inducir por las súplicas de nadie, sea quien
fuere, a propinar un veneno o a dar mi consejo en semejante contingencia.
No induciré a ninguna mujer a una prótesis en la vagina para impedir la
concepción o el desarrollo del niño. Juro conservar pura mi vida y mi arte.
Cuando entre en una casa lo haré solamente para el bien de los enfermos,
me abstendré de toda acción injusta y no me mancharé por voluptuosidad
con contactos de mujeres o de hombres, sean libres o esclavos. Todo lo que
habré visto u oído durante la cura o fuera de ella en la vida común, lo callaré
y conservaré siempre como secreto, si no me es permitido decirlo. Si
12
Esrotianus o Esrotiano, médico griego del siglo II a. de C., continuador de la línea hipocrática.
mantengo perfecta e intacta fe a este juramento, que me sea concedida una
vida afortunada, la futura felicidad en el ejercicio del arte, de modo que mi
faena sea elevada en todos los tiempos; pero si faltase al juramento, o
hubiese jurado en falso, que ocurra lo contrario para mi y mis descendien-
tes”.

A lo largo de la historia y el tiempo, este juramento ha tenido múltiples detractores; algunos


han pretendido ver en la primera parte del juramento, el propósito del Padre de la Medicina de
garantizarse la fidelidad de sus discípulos, bajo la forma de quien hace una donación de sus
conocimientos profesionales con reservas de usufructo. Véase como se vea, el juramento constituye
el primer código de ética profesional redactado, practicado, respetado y trasmitido a lo largo de los
siglos.

Practicando y enseñando su ciencia, Hipócrates ganó una merecida fama. A la avanzada edad
de noventa años se retiró a Tesalia, donde falleció en medio de la paz y tranquilidad interior de
saber que había cumplido, no sólo para con él mismo, sino para con sus semejantes. En su tumba el
epitafio era sencillo:

“El arte es duradero, la vida breve”.