P. 1
Descalzo-Razones-Para-La-Esperanza

Descalzo-Razones-Para-La-Esperanza

|Views: 832|Likes:
Publicado porjrodriguezconde1976

More info:

Published by: jrodriguezconde1976 on Mar 21, 2011
Direitos Autorais:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

04/18/2013

pdf

text

original

Bibliotecas por dentro

Hace muchos años vengo pensando que si yo tuviera que reempezar a vivir, y me dejaran escoger la
manera, elegiría ser uno de esos vagabundos que Mingote pinta bajo los puentes, comiendo una lata de
sardinas mientras compadecen a los comedores de langosta, puesto que cuentan los periódicos que este
año tendrán sabor a petróleo, 0 sintiendo una auténtica pena por los poderosos que ayer fueron víctimas
de la bajada de la Bolsa.

Querría ser uno de esos vagabundos porque dicen esas cosas sin siquiera ironía. Menos aún con
envidia o amargura. Ellos son libres. Se sienten seriamente superiores a los pobrecitos que están
encadenados al dinero. Santa Teresa diría de ellos que «lo poseen todo porque no desean nada». Son
viejos, pero jovencísimos. Viven bajo los puentes -puentes que ya sólo existen en la imaginación
milagrosa de Mingote-, pero están en ellos mejor que en un palacio. Visten harapos, pero limpísimos. Son
un prodigio de humanidad. Tanto que uno teme que sean sólo fruto de los sueños del dibujante, pero que
éste no encontraría ya modelos reales en que inspirarse.
Me gustaría, sí, ser un vagabundo (vagamundo, diría Santa Teresa). No estar encadenado a oficio ni
beneficio. Moverse por las únicas pasiones del amor y de la libertad. Saber más de flores y de pájaros que

28

de automóviles; estar mejor informado del curso de las nubes. que del proceso de los golpistas;
entenderme mejor con los niños que con los catedráticos. Me gustaría -ya veis-- todo lo que no poseo.
Pero mi sueño imposible y dorado sería el de que un día pudiera aplicárseme aquella cimera definición
de lo que ha de ser un ser humano que Bradbury dedica a los mejores ciudadanos de un mundo futuro.
gentes que eran «vagabundos por fuera, bibliotecas por dentro»..
Supongo que todos mis lectores habrán tenido alguna vez el gozo de leer esa prodigiosa novela que se
tituló Fabrenheit 451 y en la que Bradbury profetizó hace años el mundo espantoso que se nos viene
encima; un mundo en el que ya no será verdad que «los hombres nacemos iguales», pero sí será cierto que
«los hombres terminamos por ser todos iguales».
La civilización contemporánea es una gran domadora. Todos vamos entrando por sus aros. Año a año,
poco a poco, todos vamos comiendo lo mismo, cantando lo mismo, pensando lo mismo. El gran dictador
Mister Mediocridad se va adueñando de nosotros, tira de nuestra nariz con un arito llamado "rio, nos
enseña cada tarde a saltar como dulces perritos a través de ingeniosos ejercicios televisivos, pone agua en
el vino de nuestros sueños y esperanzas, corta las uñas a nuestras ilusiones, nos hace subvivientes,
subhumanos.

En ese mundo vertiginoso que Bradbury pinta no hace falta si- ,quiera que el gran dictador apriete los
tornillos de su censura. Ha mandado -es cierto- que se quemen todos los libros -ya que todo libro con
ideas es una escopeta cargada de vitalidad-, pero en realidad los quemadores de libros apenas tienen
trabajo: simplemente la gente ha abandonado la lectura, buscando trabajos más digeribles y menos
exigidores de esfuerzo. «Los periódicos ---cuenta Bradbury- se morían como enormes mariposas. Nadie
deseaba volverlos a ver. Nadie los echó de menos cuando desaparecieron.» Hacia eso vamos, ¿quién no lo
vería?

El otro día un amigo mío ironizaba de otro compañero que era «un ligón que no ligaba nada». «Fíjate
-me decía-, que lleva chicas a su apartamento y tiene el apartamento lleno todo de libros. ¿No sabrá que
una casa llena de libros vuelve frígidas a las mujeres?»
Yo -que soy analfabeto en esos temas- me maravillé mucho, pero entendí que eso era un signo más de
ese mundo antilector y vacío al que nos encaminamos.
Afortunadamente, en la novela de Bradbury hay también rebeldes, gentes que, ante esa persecución a
los libros, han decidido convertirse ellos mismos en libros: como no pueden poseerlos, cada uno se ha
aprendido uno de memoria y esos «anarco-lectores» se reúnen de vez en cuando (tal vez bajo los puentes
de Mingote) para «leerse» los unos a los otros. Hay un señor que «es» nada menos que La república, de
Platón; otro se ha convertido en Los viajes de Guí- liver; cuatro amigos han decidido «ser» los Evangelios
de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Viven como vagabundos, pero «son» libros. Por eso pueden definirse a
sí mismos como «vagabundos por fuera, bibliotecas por dentro». Cuerpos libres y des-encadenados; almas
henchidas y llenas: la plenitud de la felicidad.
A lo mejor un día me decido a fundar una asociación de «gentes que tengan la funesta manía de
pensar», gentes que no acepten esta generación de «papillas digestibles» a la que quieren reducirnos,
gentes que no estén dispuestas a tragarse cada mañana una rueda de mo- lino. Nos declararían en seguida

29

¡legales, ya lo sé, pero no creo que eso fuera demasiado importante. Es difícil que inventen una ley que
prohíba tener el corazón entero y el alma puesta en pie. Cuando nos juzguen se quedarán tan sorprendidos
como Pilato ante Cristo, que al final ya no se sabía quién juzgaba a quién. Cierto que Cristo salió de allí
condenado a muerte, pero Pilato salió condenado a fantoche por los siglos de los siglos, que es mucho más
grave. A Cristo lo mataron, pero siguió vivo. A Pilato no hizo falta ejecutarlo porque ya estaba muerto.
Como todos esos millones que deambulan por la Tierra con el alma sorbida, aunque se crean que están
vivos porque ganan dinero.

You're Reading a Free Preview

Descarregar
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->