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Descalzo-Razones-Para-La-Esperanza

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04/18/2013

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Hoy, aunque quisiera, no sabría escribir sino sobre esta dramática noticia que aparece perdida en
los periódicos: la historia de ese ¿afortunado? quinielista que ha muerto dieciocho días después de que la
¿fortuna? visitase su casa.

Seguramente ya lo han leído ustedes: se llamaba Jesús Pacheco y tenía cuarenta y ocho años.
Llevaba trece enfermo de silicosis contraída en su trabajo en la mina. Y cuando la asfixia asediaba más
cruelmente sus pulmones y tenía que mantenerse vivo con oxígeno, una feroz ironía de la suerte hacía
llegar a su casa cuarenta y ocho millones de pesetas, uno por cada año de aperreada vida que le tocó sufrir.
Con la quiniela ganadora llegó un último ramalazo de esperanza. ¿quién sabe sí ahora, con dinero, podría
combatir el mal que le atenazaba? Pero la enfermedad era ya más fuerte que el dinero. Y ha muerto
dieciocho días después de aquel «glorioso» domingo, con el «consuelo» -dicen los periódicos- de dejar, al

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menos, resuelta la vida de su mujer y a sus hijos. Pero sabiendo que ni una nueva casa, ni un mayor
bienestar, van a devolverles la vida que su esposo y su padre desgastó para ellos. Ni a responderles por
qué la felicidad llegó tan tarde, dejándole sólo -como a un nuevo Moisés- asomarse a la puerta de una
dicha en la que nunca entraría.

Historias como ésta hacen sangrar el corazón y llenan el alma de preguntas. ¿Por qué la vida de
los hombres parece a veces construida de modo tan cruel? ¿No hubiera podido llegar ese dinero veinte
años antes e impedir que la silicosis entrara en los pulmones de este hombre? ¿No hubiera, al menos,
podido esperar la muerte un año más, o para dar tiempo a los médicos en su pelea, o para dejar a Jesús
paladear los goces de su fortuna?

Son preguntas ciertamente graves. Y yo sé que son muchos los que las dirigen contra Dios
pidiéndole, exigiéndole, un mundo más piadoso.
Lo duro es que son preguntas que no tienen respuesta. Nunca sabremos por qué han sucedido así
las cosas. Nadie nos aclarará esa especie de macabra broma de la fortuna que llega demasiado tarde. La
vida del hombre y su destino -nos guste o no- se realiza entre nieblas. Y no hay fe que pueda dar
explicaciones tranquilizadoras o lógicas. Tener fe es, en no pocas ocasiones, asumir ese riesgo de la
ceguera y entrar simplemente en el amor «a pesar de todo». Un creyente tiene con frecuencia que coger la
realidad con las dos manos y marchar cuesta arriba de sus oscuridades, con el mismo jadeante esfuerzo de
los que no creen. Dios es amor, no morfina o silogismos matemáticamente explicables.
Pero tal vez lo más curioso es que, ante fenómenos como éste, todos levantamos los ojos contra el
destino, la suerte o la Providencia. ¿No sería más lógico comenzar por preguntarse si no tendremos
nosotros y el mundo que hemos construido una buena porción de responsabilidad en esos dramas? Porque
resulta que hemos comenzado por construir o tolerar un mundo injusto y luego volvemos los ojos contra el
Cielo para quejamos ante él de las injusticias. ¿Acaso hizo el Cielo que Jesús Pacheco viviera
miserablemente en su Galicia natal, que tuviera que asumir con mediocre salud un trabajo peligroso, que
en las minas se trabajara como se trabaja, que las asistencias médicas pudieran llegar a los pobres tarde,
mal y nunca? ¿Acaso es el Cielo responsable de que la única esperanza de los miserables sea la imposible
quiniela salvadora? ¿Tendremos que pasarnos la vida exigiéndole a Dios que baje a tapar los agujeros que
nuestras injusticias, nuestras divisiones de clases, nuestras salvajes distribuciones de la riqueza producen a
diario?

Son preguntas importantes también éstas. Con la diferencia de que, si no tenemos respuesta a las
anteriores, éstas sí podríamos responderlas y resolverlas. Y es probable que, si lográsemos responder a las
que tenemos entre nuestras manos, empezáramos también a entrever la respuesta de las que nos
desbordan. Si, en cambio, nos limitamos a levantar los ojos contra el Cielo acusándole de las guerras, las
hambres y lo incomprensible, ¿no habremos entrado en un ateísmo mucho más alienante que lo que suele
decir de la fe?

Yo, lo voy a confesar aquí, jamás le pido a Dios que resuelva mis problemas. Prefiero pedirle que
sostenga mi coraje para resolvérmelos yo solo o para asumir serenamente la derrota si ésta fuera
imprescindible.

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El hombre -todo hombre y no sólo Jesús Pacheco- se muere a la puerta de la felicidad. O va
cruzando pequeñas puertas de pequeñas felicidades, pero sin terminar nunca de cruzar la de la dicha
completa. Soñar que una mañana nos encontraremos asentados en la alegría total, cruzada la gran puerta
llena de luz y macetas floridas, es pedir algo que no existe en nuestra condición. Ni una quiniela, ni la
belleza, ni siquiera el más exaltante amor ofrecen otra cosa que descansillos para seguir luchando por la
dicha completa.

Caminar hacia la felicidad tal vez sea la única manera de tenerla que es posible en el hombre. ¡Y
poca alma tendría quien se sintiera siempre lleno y saciado! Porque es como una casa que nunca se
termina de construir. Y que sólo podrá construir el propio propietario. ¿Y Dios? Dios está en el coraje
del constructor; no es un ángel que pone ladrillos mientras nosotros sesteamos. Para creer en él es
imprescindible empezar por creer en nosotros mismos, en nuestro propio trabajo, en nuestro obligatorio
amor. Sería infinitamente más fácil nuestra fe si todos hubiéramos empezado por poner nuestro hombro
para que el mundo fuera menos injusto. Confiar en que el juego de los milagros haga que llegue a punto la
quiniela sería, me parece, un insulto a Dios y a la propia humanidad. Cuando hayamos logrado que nadie
tenga silicosis, la suerte llegará mucho más puntual.

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