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Los EE UU ocupan militarmente muy pocos territorios, pero controlan


económicamente muchos. La expansión estadounidense se realiza sobre la
América latina con el apoyo indirecto a las guerras de independencia y el
establecimiento de relaciones comerciales con ellas. Es notorio el caso de la
expansión sobre Puerto Rico y Cuba, que intentará que formen parte de los
Estados de la Unión, lo que les llevará a implicarse en una guerra contra España
en 1898.

Los EE UU se expanden, principalmente, hacia el oeste, a costa de México,


por medio de compras y guerras, como la guerra contra México en 1848. También
tendrán que entrar en guerra con los indios americanos, en las guerras indias. No
faltarán en este proceso de expansión movimientos centrífugos, con dos modelos
económicos diferentes: el capitalista y el esclavista de los estados del sur. Estas
tensiones provocarán la guerra de secesión entre 1861 y 1865.

En 1914 se construye el canal de Panamá, como medio más eficaz y


cómodo de viajar desde la costa este a la costa oeste, para lo que se implican en
la independencia de Panamá, de Colombia. También se expandirá por el Pacífico,
en islas como las de Hawai o Filipinas, así como por Alaska.

El modelo de imperialismo económico de los EE UU será imitado tras la


descolonización, como neocolonialismo. Este modelo tiene la ventaja de poder
explotar económicamente el territorio, sin implicarse en el dominio político. La
Administración está en manos autóctonas, pero la explotación de los recursos está
en manos de las empresas estadounidenses.

El rasgo más característico de las Fuerzas Armadas de América Latina ha


sido su permanente intervención en la vida política nacional. Esta presencia militar
en los asuntos públicos de las naciones latinoamericanas, ya desde la fundación
de éstas como entidades políticas independientes, se convierte,
fundamentalmente a partir de la década de 1960, en una temática de estudio que
atraviesa la literatura, las ciencias sociales y el periodismo de la mayoría de los
países latinoamericanos.

En lo respectivo a las ciencias sociales, la importancia de esta temática se


hace evidente durante el período 1964-1976, años que coinciden con la quiebra de
la democracia en algunos de los países más significativos de América del Sur. En
este sentido, los estudios sobre las Fuerzas Armadas eran la respuesta
académica de las ciencias sociales ante la propia realidad de las naciones
latinoamericanas, donde la intervención militar en la política se había convertido
en un elemento que difícilmente pasaba inadvertido.

El à  de los nuevos estudios sobre las características de las Fuerzas


Armadas y sobre su participación en la actividad política se vinculó, en el ámbito
de las ciencias sociales, a otros dos temas conexos: el militarismo y el
autoritarismo. Ambos términos se asocian con la intervención directa de los
militares en la política, la cual se caracteriza por ser «frecuente y lesiva de una
legalidad vigente» (López: 1983). Por este motivo, cuando el científico social se
enfrenta ante un análisis de la historia política de las Fuerzas Armadas de América
Latina se debe referir, de manera ineludible, al concepto del militarismo.

Aunque el concepto del miliimo, entendido como el «control de los


militares sobre los civiles, así como la creciente penetración de los intereses de
carácter militar en el tejido social» (Pasquino: 1983), nace en la Europa continental
del siglo xix, su aparición como un fenómeno endémico, por un largo período
histórico, se produce en América Latina durante el presente siglo. Aún más, a
partir de la década de 1960, en una significativa proporción de las sociedades
latinoamericanas, esta concepción es superada por la de miliiziónà lào,
que se define no ya como un fenómeno de pura intervención de lo militar en la
esfera política, sino como «la colonización de la mayoría de las estructuras
estatales y paraestatales por los militares y la fusión total o parcial entre los
aparatos represivos y los otros aparatos del sistema de dominación política»
(Lowy-Sader: 1976).

En este sentido, diversos estudios correlacionan la creciente militarización


de las sociedades latinoamericanas, durante el presente siglo, con el período de
configuración de las Fuerzas Armadas durante las guerras independentistas de
comienzos del xix. Sin embargo, fue más bien el desorden social surgido tras
éstas lo que motivó las primeras intervenciones militares en la política a través de
las alianzas forjadas entre «los estratos económicamente dominantes y los líderes
militares para establecer un orden político y social estable» (Carmagnani: 1984). A
partir de este momento inicial, las intervenciones se manifestaron de variadas
maneras, ya fuera como la expresión de algunos sectores sociales o de la lucha
entre cuerpos rivales dentro de la propia institución castrense, ya por la acción
individual de un sector determinado o mediante un acto institucional caracterizado
por un acuerdo entre todos los mandos.

En cualquiera de estas moàliàà , cuyo desarrollo se relaciona con


determinados períodos históricos, la intervención militar se originó en la
autopercepción de la institución castrense como encarnación del mito lvào
lib ào ante la fragilidad de la integridad nacional o el ineficaz o corrupto
gobierno civil.

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A) La intervención de las Fuerzas Armadas en la política tiene lugar en el marco


de una sociedad civil formada de diversos estratos con intereses y prioridades
variadas y contrapuestas. La intervención sería de carácter instrumental a favor
del interés de alguno de los sectores civiles.

 La intervención de las Fuerzas Armadas responde a los intereses
(estratégicos, económicos, etc.) de un poder (gobierno, grupo de presión,
etc.) extranacional.
b
La participación de las Fuerzas Armadas en la actividad política nacional
responde a la afinidad de éstas con los programas o los valores de una
determinada clase social. En esta perspectiva se encuadra la  ià l ol 
milià l m ài,según la cual los militares constituyen el instrumento
más adecuado para imponer el proyecto de desarrollo de los sectores
medios en contra de las oligarquías tradicionales (Nun: 1969; Huntington:
1972, y Johnson: 1964).

 La participación militar en la actividad política se genera como defensa
del   ovigente; los militares actúan como agentes de las hegemonías
ya establecidas por otros conductos.

B) La intervención en la arena política de las Fuerzas Armadas es reflejo de los


intereses de éstas como un estrato social que posee aspiraciones propias.

La meta que se pretende conseguir a través de su actividad política es la
promoción del bienestar personal, ya sea de los altos mandos, de un grupo
de oficiales o de su comandante en jefe.
b
El deseo de incrementar el bienestar social o material se hace extensivo
a todo el personal militar.

 La defensa del interés profesional tiene lugar en tanto corporación,
independientemente del bienestar personal de sus integrantes.

C) La intervención militar en los asuntos públicos es producto de unas definiciones


previas sobre el desarrollo y los objetivos del Estado y sobre la ética específica de
la función miión
castrense en la consecución de éstos (Rouquie: 1984).

D) La actividad de las Fuerzas Armadas en la esfera política responde a la


necesidad de éstas de solucionar la contradicción inherente al asincronismo entre
la modernización técnica y las pautas racionales-instrumentales de los militares y
la incapacidad de la sociedad política y civil para proporcionarles un orden social
compatible con sus anteriores caracteres. En este sentido, sus intervenciones
políticas se orientan hacia la creación de un marco socioeconómico que permita el
desarrollo de su profesión (Huntington: 1964; Pye: 1962, y Stepan: 1973).

E) Las Fuerzas Armadas, durante sus intervenciones en la actividad política, son


instrumentos de algún tipo de proceso impersonal de desarrollo y/o de
modernización estatal.
a)  oà lmoà nizión:la institución militar es el principal agente del
proceso histórico de modernización y de desarrollo político en las
sociedades atrasadas (Johnson: 1964, y Pye: 1962).
b) imo   o à  l à  nà ni: las Fuerzas Armadas son
portadoras de la racionalidad propia del desarrollo cosmopolita del capital.
F) La histórica presencia de las Fuerzas Armadas en la actividad política de
América Latina es resultado de los procesos de inserción nacional de estos países
en el contexto geoestratégico internacional (Rouquie: 1984, y Varas: 1988).

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El estudio de las relaciones entre las Fuerzas Armadas, la sociedad y el
Estado se convierte, con el advenimiento de la democracia, en una cuestión de
suma importancia para la consolidación política de los nuevos regímenes. En
esencia, dos son las principales r  para el análisis de estas relaciones
(Crespo: 1991): 
 determinar el papel desempeñado por los militares en el
proceso de transición política y su posible influencia en el nuevo esquema
institucional, y b
explicitar un nuevo modelo de inserción de las Fuerzas Armadas
como institución dependiente de la estructura política, así como asegurar el control
civil de la corporación militar.

El ioà niiónpolítica desarrollado en los países latinoamericanos ha


posibilitado la participación de los militares en la definición de las condiciones de
restauración institucional (caso de Uruguay) o de redemocratización política (en el
ejemplo chileno). Este hecho posibilitó, y posibilita, que las negociaciones, actos y
acuerdos transicionales hayan mantenido intocable el aparato y la doctrina militar.
De esta manera, si bien la apertura democrática fue producto de la crisis del
régimen autoritario, lo que creó un clima favorable a la aceptación de los militares
para su salida del Gobierno, la continuidad constitucional de la corporación
armada ha sido eficazmente preservada. Aún más, «cuanto mayor ha sido esta
protección, mayor ha sido el poder de veto que durante el período de transición
han obtenido» (Varas: 1990). De esta manera, el proceso de transición política
supuso bajos niveles de incertidumbre respecto al futuro de la institución militar.
En definitiva, el principal problema derivado de la transición es la preservación,
dentro del régimen democrático, de las prerrogativas políticas e intereses
institucionales de las Fuerzas Armadas (Stepan: 1988b).

Esta problemática, el papel de los militares durante la transición, deriva del


hecho de que algunos países latinoamericanos experimentaron un proceso donde
las Fuerzas Armadas no sólo fueron el principal actor político, sino que además
desarrollaron un o  ideológico sustitutivo de los actores tradicionales (Rial:
1990a). Por ello, se hace necesario reformular los análisis sobre el autoritarismo
militar tomando en cuenta los intentos institucionales que esos regímenes llevaron
a cabo para redefinir la relación sociedad-Estado.

En lo que respecta al segundo de los elementos considerados en este


apartado, se muestra como imprescindible para el proceso de consolidación
democrática arbitrar un nuevo modelo para l lion vio mili ,un tipo
de relación entre la corporación militar y el Estado donde se identifiquen de
manera explícita las condiciones, el contenido y los límites de estas relaciones. La
clave se encuentra en una doble dimensión: lograr ejercer un control civil efectivo
sobre las Fuerzas Armadas y restaurar la dimensión profesional de la función
militar (Varas: 1990). Las bases de este nuevo tipo de relaciones pasa por la
modificación del modelo histórico de nl mi node las Fuerzas Armadas. La
superación de este modelo se debe lograr a través de un mayor control social
sobre los militares, su subordinación a la sociedad civil y una disminución de todo
aquello que no sea estrictamente la tarea de la defensa nacional (Rial: 1990b). En
este contexto surge como principal área de tensión entre el Estado, la sociedad
civil y las Fuerzas Armadas los problemas vinculados con las nuevas misiones,
organización y estructura que se asignen a la institución militar, así como con el
tipo de control que impongan sobre ésta los gobiernos democráticos (Stepan:
1988a).
Con relación a estos últimos problemas, es importante subrayar la
modificación experimentada en el ámbito internacional durante la presente década
y, de manera conexa, la cuestión de la misión de la institución militar en el ámbito
de las sociedades democráticas.

En primer lugar, las transformaciones de las realidades geopolíticas han


influido notablemente sobre las formas de percepción de la m nz en la
institución castrense. Así, mientras que los golpes de Estado de los años setenta
respondieron a lo que las Fuerzas Armadas consideraron el  li ocomunista, con
la caída del socialismo real y la modificación de los intereses geopolíticos de los
Estados Unidos, el n mi ode las décadas pasadas se ha desdibujado. De esta
manera, el problema del narcotráfico y la cuestión más general del orden
amenazado por el desmembramiento del Estado-Nación han pasado a ocupar los
temas prioritarios de la agenda militar latinoamericana. En la actualidad, más que
el antiguo  mo ante la supresión del orden vigente y la instauración de otro
tipificado como totalitario, la percepción del peligro para las Fuerzas Armadas ha
terminado siendo la mera desaparición de cualquier forma de orden.

En segundo término, los legados autoritarios de las transiciones políticas y


los desafíos que éstos presentan para la consolidación democrática no pueden
subsumirse únicamente a la institución militar, sino que deben tomar en cuenta la
interacción de ésta con las realidades políticas nacionales. De esta forma, la
organización de la misión de las Fuerzas Armadas en una realidad democrática se
relaciona con el tipo de funciones desempeñadas por éstas en los procesos de
transición. El retiro militar de la conducción política estatal no se debió, en muchos
casos, a su derrota política, sino que respondió a una opción de defensa
corporativa. Así, el retorno de las Fuerzas Armadas a sus funciones tradicionales
se complementó, al mismo tiempo, con una voluntad latente de intervención, así
como con una realidad de influencia y poder de veto sobre los diseños civiles de
las políticas nacionales.

En conclusión, las nuevas misiones, organización y estructura que se


asignen a las Fuerzas Armadas por los gobiernos democráticos es una temática
de compleja definición. La misma se encuentra atravesada por una variedad de
factores: el legado transicional ²que dejó unas Fuerzas Armadas con experiencia
de gobierno y en algunos casos con un o ideológico estructurado y autónomo
del sistema político y de la sociedad civil², el nuevo contexto geopolítico
internacional, las percepciones militares de las nuevas amenazas y los intereses
corporativos de la institución castrense definen un área difusa de oposición a las
reformas modernizantes de profesionalización y disminución del tamaño de la
institución militar.


 

La Aoinono sintetizada en la frase ³América para los americanos´,


fue elaborada por John Quincy Adams y atribuida a James Monroe en el año 1823
y anunciada el 2 de diciembre del mismo año. Dirigida principalmente a las
potencias europeas con la intención de que los Estados Unidos no tolerarían
ninguna interferencia o intromisión de las potencias europeas en América.

La frase toma su sentido dentro del proceso de imperialismo y colonialismo


en el que se habían embarcado las potencias económicas de esos años. Se
presentó como defensa de los procesos de independencia de los países
sudamericanos. Sin embargo, se produjeron igualmente intervenciones europeas
en asuntos americanos como por ejemplo la ocupación española de la República
Dominicana entre 1861 y 1865, el bloqueo de barcos franceses a los puertos
argentinos entre 1839 y 1840, el establecimiento de Inglaterra en la costa de la
Mosquitia, en Nicaragua, y la ocupación de las Islas Malvinas por parte de Gran
Bretaña en 1833.

La doctrina fue presentada por el presidente James Monroe durante su


séptimo discurso al Congreso sobre el Estado de la Unión. Fue tomado
inicialmente con dudas y posteriormente con entusiasmo. Fue un momento
definitorio en la política exterior de los Estados Unidos. La doctrina fue concebida
por sus autores, especialmente John Quincy Adams, como una proclamación de
los Estados Unidos de su oposición al colonialismo, pero ha sido posteriormente
reinterpretada de diversas maneras.

Al comienzo del siglo XX Estados Unidos afirmó su Doctrina del destino


manifiesto y el presidente Theodore Roosevelt emitió el Corolario de 1904
(Corolario Roosevelt) afirmando que, si un país americano situado bajo la
influencia de los EE.UU. amenazaba o ponía en peligro los derechos o
propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el gobierno de EE.UU.
estaba obligado a intervenir en los asuntos internos del país "desquiciado" para
reordenarlo, restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus
empresas. Este corolario supuso, en realidad, una carta blanca para la
intervención de Estados Unidos en América Latina y el Caribe.

  

La interpretación posterior del contenido de esta doctrina ha variado con el


tiempo. Primero se vio en ella la afirmación de la absoluta independencia de los
Estados americanos en todo asunto a ellos concerniente; después, se invocó para
rechazar toda acción de los Estados europeos, aun en asuntos en que el Derecho
internacional la admite; y desde hace mucho tiempo que los Estados Unidos han,
como escribe el ruso F. de Martens, modificado la regla «América para los
americanos» sustituyéndola por esta otra: «América para los americanos del
Norte».

Los Estados Unidos se han negado a reconocer el derecho de los Estados


europeos para celebrar entre sí tratados relativos a las grandes vías de
comunicación abiertas en América al comercio y a la comunicación universal, a
pesar del interés que en ello pueden tener aquellas potencias europeas que tienen
posesiones o colonias en América.

En este particular resulta esclarecedor lo ocurrido con el canal de Panamá,


sobre el cual (y en contra de lo convenido en el Tratado Clayton-Bullwer,
celebrado entre los mismos Estados Unidos e Inglaterra en 1850) pretendió la
República norteamericana desde 1881 ejercer una inspección exclusiva, y lo ha
logrado. La supremacía que los Estados Unidos pretenden ejercer en toda
América, aun contradiciendo los principios de Monroe o reinterpretándolos, ha
quedado patente en múltiples ocasiones, de las cuales bastará recordar su
mediación de 1881 con motivo de la guerra entre Chile y el Perú.2

Años más tarde, los Estados Unidos, después de tres años de neutralidad,
deciden apoyar a los Aliados. En el mensaje que el presidente Wilson envió al
Senado norteamericano a principios de 1917, al tratar de la guerra europea y de
las bases para la paz, propuso «que las diversas naciones adoptasen, de común
acuerdo, la doctrina del presidente Monroe como doctrina del mundo: que ninguna
nación trate de imponer su política a ningún otro país, sino que cada pueblo tenga
la libertad de fijar por sí mismo su política propia, de elegir el camino de su
progreso, y esto sin que nada le estorbe, ni le moleste, ni le asuste, de tal modo
que se vea a los pequeños marchar parejos con los grandes y poderosos». Pero la
máxima culminación de este proceso histórico se produce cuando los E.E.U.U.
entran en guerra para combatir el nazismo en Europa.

Wheaton y Martens afirman que la doctrina Monroe no constituye sino la


opinión personal del jefe del poder ejecutivo de los Estados Unidos en 1823, pero
que no es una ley internacional aplicable a los Estados Europeos.


    
 &


Esta pintura (alrededor de 1872) pintada por John Gast, llamada l
o  oào nià n , es una representación alegórica del Destino Manifiesto.
En la escena, una mujer angelical (a veces identificada como Columbia, una
personificación del siglo XIX de Los Estados Unidos de América) lleva la luz de la
civilización hacia el oeste junto a los colonizadores, tendiendo líneas telegráficas y
líneas de ferrocarril mientras viaja. Los amerindios y animales salvajes huyen en la
oscuridad del «incivilizado» Oeste.

La doctrina del 
  &
 (en inglés, nif  A in) es una
frase e idea que expresa la creencia que los Estados Unidos de América (EE. UU.)
está destinado a expandirse desde las costas del Atlántico al Pacífico, también
usado por los partidarios, o para justificar, otras adquisiciones territoriales. Los
partidarios del Destino manifiesto creen que la expansión no solo es buena sino
también obvia (manifiesta) y certera (destino). Se ha comparado frecuentemente
con la expansión no internacionalista del socialismo marxista, impuesta por Stalin
en la Unión Soviética, con la que guardaría cierto paralelismo.

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El origen del concepto del destino manifiesto se podría remontar por


ejemplo hasta los primeros colonos y granjeros llegados desde Inglaterra y
Escocia al territorio de lo que más tarde serían los Estados Unidos. En su mayoría
eran de origen puritano y protestantes.

Un ministro puritano de nombre John Cotton, escribía en 1630:

Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio


especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos
obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a entablar,
legalmente, una guerra con ellos así como a someterlos.

John L. O'Sullivan, dibujado en 1874, de joven fue un influyente columnista.


Sin embargo hoy día es generalmente recordado por su uso de la frase «El
Destino manifiesto» para defender la anexión de Texas y Oregón.

Para remitirse a orígenes de debates de apropiación territorial, como las


que postula el Planisferio de Cantino, es posible extenderse a los orígenes del
término A ino mnifi o. Aparece por primera vez en el artículo An ión del
periodista John L. O'Sullivan, publicado en la revista A moi vi  de Nueva
York, en el número de julio-agosto de 1845. En él se decía:

El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el


continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran
experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol
de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus
capacidades y el crecimiento que tiene como destino.

La segunda interpretación de O'Sullivan de la frase, se dio en una columna


aparecida en el   o onin   , el 27 de diciembre de 1845, donde
O'Sullivan refiriéndose a la disputa con Gran Bretaña por Oregón, sostuvo que:
Y esta demanda esta basada en el derecho de nuestro destino manifiesto a
poseer todo el continente que nos ha dado la providencia para desarrollar nuestro
gran cometido de libertad, y autogobierno.

 )  
 

El término se reavivó en la década de 1890, principalmente usada por los


Republicanos, como una justificación teórica para la expansión estadounidense
fuera de América del Norte. También fue utilizado por los encargados de la política
exterior de EE. UU. en los inicios del siglo XX, algunos comentaristas consideran
que determinados aspectos de la Doctrina del A inomnifi o, particularmente
la creencia en una «misión» estadounidense para promover y defender la
democracia a lo largo del mundo, continúa teniendo una influencia en la ideología
política estadounidense.

El historiador William E. Weeks ha puesto de manifiesto la existencia de


tres temas utilizados por los defensores del A inonifi o:

1. La virtud de las instituciones y los ciudadanos de EE. UU.


2. La misión para extender estas instituciones, rehaciendo el mundo a imagen
de los EE. UU.
3. La decisión de Dios de encomendar a los EE. UU. la consecución de esa
misión.

La descripción del presidente Abraham Lincoln de los Estados Unidos como


«l lim  m o  nz ob  l fz à  l i » es una expresión muy
conocida de esta idea. Lincoln era un puritano, y gran conocedor de los preceptos
bíblicos, sus discursos eran casi salmos de un carácter muy convincente para los
congresistas de la naciente república unificada[i ià].

En 1848 Estados Unidos se apropió de 2 millones 500 mil kilómetros


cuadrados de territorio mexicano, a cambio de los cuales se comprometió a pagar
15 millones de dólares.

A partir de este supuesto los Estados Unidos, anexan el territorio de Texas


(1840), California (1845) e invaden México (1848) incorporando Colorado, Arizona,
Nuevo México, Nevada, Utah y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma.
Después, en muchas otras ocasiones, se ha citado este A inomnifi o tanto a
favor como en contra de otras intervenciones militares.

Uno de los ejemplos más claros de la influencia del concepto de A ino


nifi o se puede apreciar en la declaración del presidente Theodore Roosevelt
en su mensaje anual de 1904.

Si una nación demuestra que sabe actuar con una eficacia razonable y con
el sentido de las conveniencias en materia social y política, si mantiene el orden y
respeta sus obligaciones, no tiene por qué temer una intervención de los Estados
Unidos. La injusticia crónica o la importancia que resultan de un relajamiento
general de las reglas de una sociedad civilizada pueden exigir que, en
consecuencia, en América o fuera de ella, la intervención de una nación civilizada
y, en el hemisferio occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina
Monroe (basada en la frase «Améi  lo m ino») puede obligar a los
Estados Unidos, aunque en contra de sus deseos, en casos flagrantes de injusticia
o de impotencia, a ejercer un poder de policía internacional.

El Presidente Woodrow Wilson continuó la política de intervencionismo de


EE. UU. en el Am i, e intentó redefinir el A ino nifi o con una
perspectiva mundial. Wilson llevó los Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial
con el argumento de que «l m nào à b      o  l à moi».
En 1920 en su mensaje al Congreso, después de la guerra, Wilson declaró:

... Yo pienso que todos nosotros comprendemos que ha llegado el día en que la
Democracia está sufriendo su última prueba. El Viejo Mundo simplemente está
sufriendo ahora un rechazo obsceno del principio de democracia (...). Éste es un
tiempo en el que la Democracia debe demostrar su pureza y su poder espiritual
para prevalecer. Es ciertamente el destino manifiesto de los Estados Unidos,
realizar el esfuerzo por hacer que este espíritu prevalezca.

La versión de Wilson del A ino nifi o era un rechazo del


expansionismo y un apoyo al principio de libre determinación, dando énfasis a que
Estados Unidos tenían como misión ser un líder mundial para la causa de la
democracia. Esta visión estadounidense de sí mismo como el líder del mundo libre
crecería más fuerte en el siglo XX después de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, en la guerra de Vietnam, esta idea de ser los


estadounidenses un pueblo diferente a los demás y perseguir unos ideales más
elevados que la mera codicia o expansión demográfica, se vio seriamente dañada
por el hecho de apoyar a gobiernos dictatoriales, con generales que llegan a
proclamar en público su admiración por Hitler,1 realizar bombardeos masivos o
cometer matanzas contra la población civil indefensa. Otra publicaciones como
m,ónià l à i nm van aún más lejos afirmando que la guerra
del sureste asiático fue el fin de esta idea.1


*+ )  
    A   

El Destino Manifiesto no fue una tesis abrazada por toda la sociedad


estadounidense. Las diferencias dentro del propio país acerca del objetivo y
consecuencias de la política de expansión determinaron su aceptación o
resistencia.

Los estados del noreste creían mayoritariamente que Estados Unidos debía
llevar su concepto de ³civilización´ por todo el continente mediante expansión
territorial. Además, para los intereses comerciales estadounidenses, la expansión
ofrecía grandes y lucrativos accesos a los mercados extranjeros y permitía así
competir en mejores condiciones con los británicos. El poseer puertos en el
Pacífico facilitaría el comercio con Asia.

Los estados del sur pretendían extender la esclavitud. Nuevos estados


esclavistas reforzarían el poder del sur en Washington y serviría también para
colocar a la creciente población de esclavos. Este conflicto norte-sur, se puso de
manifiesto con la cuestión de la entrada de Texas en la Unión y fue una de las
principales causas de la futura Guerra de Secesión.

También había grupos políticos que veían peligrosa la extensión territorial


desmesurada; creían que su sistema político y la formación de una nación serían
difícilmente aplicables en un territorio tan extenso. Esta posición era defendida
tanto por algunos líderes de los Whigs como por algunos Demócratas-
republicanos expansionistas, que discutían sobre cuanto territorio debía ir
adquiriéndose.

Otro punto de discusión fue el empleo de la fuerza. Algunos líderes políticos


(cuyo máximo exponente fue Polk) no dudaban en intentar anexionarse el mayor
territorio posible aún a riesgo de desencadenar guerras (como de hecho pasó) con
otras naciones. Otros se opusieron (aunque tímidamente) al uso de la fuerza,
basándose en que los beneficios de su sistema bastarían por si solos para que los
territorios se les unieran voluntariamente.

Se puede decir que los propios partidarios del Destino Manifiesto formaban
un grupo heterogéneo y con diferentes intereses.

Ë  ,  -c


   

La Ë   ,  -c
    se desató entre España y los
Estados Unidos de América en 1898, durante la infancia del rey Alfonso XIII,
cuando ejercía la regencia la reina María Cristina, viuda del rey Alfonso XII, siendo
presidente del gobierno español Práxedes Mateo Sagasta y presidente de Estados
Unidos, William McKinley.

Este conflicto es generalmente denominado en España el 


  .,
o Ë    # / y, en Cuba, Ë   ,  -# / -$
   . Es
incorrectamente llamado también Ë  ,  -  por influencia de la
manera en que se lo conoce en Estados Unidos, ] 
.

Sus principales resultados fueron la "independencia" de Cuba y la pérdida,


por parte de España, del resto de sus colonias en América y Asia (Puerto Rico,
Filipinas y Guam) , cedidas a Estados Unidos, que se convertiría en potencia
colonial.
#   '  

Tras la expansión y conquista de los Estados Unidos en los antiguos


territorios de México durante la primera mitad del siglo XIX, las grandes potencias
mundiales se disputaban a finales de ese siglo las colonias por razones de
economía. Un país era más poderoso en tanto su influencia y moneda se hacían
sentir en más territorios y colonias.

Por otro lado, las boyantes economías experimentaron en el último tercio


del siglo una crisis de crecimiento al quedar inundados los mercados internos. Se
imponía la necesidad de abrir nuevas rutas comerciales e incorporar nuevos
territorios que absorbiesen la producción industrial y produjesen materias primas a
las nuevas industrias.

Así, en la Conferencia de Berlín de 1884 las potencias europeas decidieron


repartirse sus áreas de expansión en el continente africano, con el fin de no llegar
a la guerra entre ellas. Otros acuerdos similares delimitaron zonas de influencia en
Asia y especialmente en China, donde se llegó a diseñar un plan para
desmembrar el país, que no pudo llevarse a cabo al desatarse la Primera Guerra
Mundial.

Sin embargo, los acuerdos no acabaron por eliminar completamente las


fricciones entre las potencias. A finales del siglo XIX, se sucedieron las disputas
por determinados puertos y fronteras cuya delimitación no estaba clara, sobre todo
en África. Ejemplos de esto son el incidente de Fachoda entre franceses y
británicos, las disputas germano-portuguesas por el puerto mozambiqueño de
Kionga, el limr m lanzado por los ingleses contra la expansión portuguesa en
Zambia y la polémica desatada entre franceses, británicos, alemanes y españoles
por el dominio de Marruecos.

Los Estados Unidos, que no participaron en el reparto de África ni de Asia,


fijaron su área de expansión inicial en la región del Caribe y, en menor medida, en
el Pacífico, donde su influencia ya se había dejado sentir en Hawái y Japón. Tanto
en una zona como en otra se encontraban valiosas colonias españolas (Cuba y
Puerto Rico en el Caribe, Filipinas, las Carolinas y las Marianas en el Pacífico) que
resultarían una presa fácil debido a la fuerte crisis política que sacudía su
metrópoli desde el final del reinado de Isabel II. En el caso de Cuba, su fuerte
valor económico, agrícola y estratégico ya había provocado numerosas ofertas de
compra de la isla por parte de varios presidentes estadounidenses (John Quincy
Adams, James Polk, James Buchanan y Ulysses Grant), que el gobierno español
siempre rechazó. Cuba no sólo era una cuestión de prestigio para España, sino
que se trataba de uno de sus territorios más ricos y el tráfico comercial de su
capital, La Habana, era comparable al que registraba en la misma época
Barcelona.

A esto se añade el nacimiento del sentimiento nacional en Cuba influido por


las revoluciones francesa y estadounidense, el nacimiento de una burguesía local
y las limitaciones políticas y comerciales impuestas por España que no permitía el
libre intercambio de productos, fundamentalmente azúcar de caña, con los EEUU
y otras potencias. La radicalización de estos sentimientos provocó que se desatara
entre 1868 y 1878 la Guerra de los Diez Años bajo la dirección de Carlos Manuel
de Céspedes hacendado del oriente de Cuba. La guerra culminó con la firma de la
Paz de Zanjón, que no sería más que una tregua.

Si bien este pacto hacía algunas concesiones en materia de autonomía


política y pese a que en 1880 se logró la abolición de la esclavitud en Cuba, la
situación no contentaba completamente a los cubanos debido a su limitado
alcance. Por ello los rebeldes volvieron a sublevarse en 1880 en la llamada Guerra
Chiquita.

Por otra parte, José Martí, escritor, pensador y líder independentista


cubano, fue desterrado a España en 1871 a causa de sus actividades políticas.
Martí en un principio tiene una posición pacifista, pero con el pasar de los años su
posición se radicaliza. Es por esto que convoca a los cubanos a la 
n  i por la independencia de Cuba. Con tal fin crea el Partido Revolucionario
Cubano bajo el cual se organiza la Guerra del 95.

La escalada de recelos entre los gobiernos de EEUU y España fue en


aumento, mientras en la prensa de ambos países se daban fuertes campañas de
desprestigio contra el adversario. En América se insistía una y otra vez en la
valentía de los héroes cubanos, a los que se mostraba como unos libertadores
luchando por liberarse del yugo de un gobierno y un país que era descrito como
tiránico, corrupto, analfabeto y caótico. Por su parte, los españoles, que no tenían
ninguna duda de la intención de EEUU por anexionarse la isla, dibujaban a unos
hacendados avariciosos y arrogantes, sostenidos por una nación de ladrones
indisciplinados, sin historia ni tradición militar, a los que España debería dar una
lección.

Cada vez parecía más inminente el desencadenamiento del conflicto entre


dos potencias que otros países consideraban à  nà: una impetuosa, joven y
todavía en desarrollo, que buscaba hacerse un hueco en la política mundial a
través de su economía creciente, y otra vieja, que intentaba mantener la influencia
que le quedaba de sus antiguos años de gloria. Los líderes estadounidenses
vieron en la disminuida protección de las colonias, producto de la crisis económica
y financiera española, la ocasión propicia de presentarse ante el mundo como la
nueva América, la nueva potencia mundial, con una acción espectacular. De
hecho esta guerra fue el punto de inflexión en el gran ascenso de la nación
estadounidense como poder mundial, pero para su antagonista significó la
acentuación de una crisis que no se resolvería hasta la segunda mitad del siglo
XX, cuando España finalmente logra recomponerse y ubicarse nuevamente entre
las principales naciones del mundo.


Ë Ë 


La doctrina del Ë Ë 


 o å] es el nombre con que se conoce
a una tendencia en las relaciones diplomáticas estadounidenses de principios del
siglo XX. Señala el inicio del imperialismo estadounidense y de su actuación como
potencia mundial. En América Latina comenzaría una ola de dominio político y
económico norteamericana (a principios del siglo XX) justificada en la marcada
extensión del "derecho" de EEUU a intervenir en asuntos de otros paises en
defensa de los intereses de ciudadanos norteamericanos, encontrada en el
"Corolario a la Doctrina Monroe" emitido por Theodore Roosevelt en su mensaje
anual de 1904.

Si una nación demuestra que sabe actuar con una eficacia razonable y con
el sentido de las conveniencias en materia social y política, si mantiene el orden y
respeta sus obligaciones, no tiene por qué temer una intervención de los Estados
Unidos. La injusticia crónica o la importancia que resultan de un relajamiento
general de las reglas de una sociedad civilizada pueden exigir que, en
consecuencia, en América o fuera de ella, la intervención de una nación civilizada
y, en el hemisferio occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina
Monroe (basada en la frase «Améi  lo m ino») puede obligar a los
Estados Unidos, aunque en contra de sus deseos, en casos flagrantes de injusticia
o de impotencia, a ejercer un poder de policía internacional.

La doctrina Monroe afirmaba que EEUU actuará a fin de evitar


intervenciones provenientes de fuera del continente americano (esencialmente de
los países europeos). Se ha resumido, famosamente, en la frase "América para los
americanos". Con el advenimiento del corolario, la frase llego a adquirir el irónico
sentido de "América para los norteamericanos".

Bajo la política del i  i o Gran Garrote se legitimo en la política exterior


de EEUU el uso de la fuerza como medio para defender los intereses -en el
sentido mas amplio- de los EEUU, lo que ha resultado en numerosas
intervenciones políticas y militares en todo el continente.

Ejemplos de la aplicación de la política del Gran Garrote contra las naciones


de América Latina incluyen:

O El apoyo estadounidense a la independencia de Panamá en 1903, cuando


el gobierno Colombiano rechazó la propuesta de Roosevelt para construir el
Canal de Panamá.
O La ocupación militar de la República Dominicana entre 1915 y 1917.
O La invasión de 1915 a Cuba.
O Golpe de estado en Chile al gobierno de Salvador Allende en 1973.

La frase también se refiere a las intervenciones estadounidenses


ocasionadas por la "discapacidad" de los gobiernos locales de resolver asuntos
internos (por lo menos desde el punto de vista del gobierno de Estados Unidos, y
en ocasiones por petición de los gobiernos latinoamericanos). Este
comportamiento de los EE.UU. se extiende hasta hoy, aunque no se diga
abiertamente, y no sólo en latinoamérica.

 
   0
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En su primer discurso de toma de posesión, el presidente Franklin D.


Roosevelt dijo: ³En la esfera de la política mundial, yo dedicaré esta nación a la
política del buen vecino; el vecino que de modo resuelto se respeta a sí mismo y,
al hacerlo, a los derechos de los otros; el vecino que respeta sus obligaciones y
respeta la santidad de sus acuerdos en y con un mundo de vecinos´.

El Día del Panamericanismo, el 12 de abril de 1933, Roosevelt aplicó esta


política a las naciones del Hemisferio Occidental, afirmando: ³Nunca antes el
significado de las palabras µbuen vecino¶ ha sido tan patente en las relaciones
internacionales´.

Con esta política, Roosevelt regresó a la intención original de la Doctrina


Monroe, tal como la formuló el secretario de Estado de los EU, John Quincy
Adams, quien instó a crear una comunidad de principio entre los Estados
nacionales soberanos de América basada en el compromiso de fomentar el
bienestar general de la población de cada nación. Esta política fue reflejo de la del
Tratado de Westfalia, que acabó con la guerra de los Treinta Años en Europa en
1648. Este tratado estipulaba que la base de una paz duradera estribaba en que
cada nación actuara en ³ventaja del prójimo´.

La política del buen vecino de Roosevelt fue, así, un rechazo a la


interpretación imperialista de la Doctrina Monroe por parte del presidente
Theodore Roosevelt. Franklin Roosevelt rechazó la acción unilateral y la
intervención en los asuntos de los Estados nacionales soberanos del Hemisferio
Occidental. En cambio, puso un acento en la seguridad mutua contra los
agresores y el fomento del desarrollo económico para elevar los niveles de vida.

En el caso de México, Roosevelt no intervino para dar marcha atrás a la


expropiación de 1938 de las empresas petroleras extranjeras, realizada por el
Gobierno del presidente Lázaro CárÜntdenas. Por el contrario, en 1941 los EU
firmaron un acuerdo de buena vecindad con México, reconociendo el derecho
soberano de México a tener el control de su petróleo. Dicho acuerdo también
incluyó la extensión de un crédito del Banco de Importaciones y Exportaciones de
los EU a México, para el desarrollo de infraestructura.

La intención de Roosevelt era hacer de esta política, que al principio aplicó


en el Hemisferio Occidental, la base de la política exterior estadounidense en todo
el orbe luego de la Segunda Guerra Mundial. En septiembre de 1943 le dijo al
Congreso de los EU: ³La política del buen vecino ha tenido tal éxito en el
hemisferio de las Américas, que su extensión al mundo entero parece ser el
siguiente paso lógico´.
Ë   

Se denomina Ë   al enfrentamiento que tuvo lugar durante el siglo


XX, desde 1945 (fin de la Segunda Guerra Mundial) hasta el fin de la URSS y la
caída del comunismo que se dio entre 1989 (Caída del Muro de Berlín) y 1991
(golpe de estado en la URSS), entre los bloques occidental-capitalista, liderado
por Estados Unidos, y oriental-comunista, liderado por la Unión Soviética.

Este enfrentamiento tuvo lugar a los niveles político, ideológico, económico,


tecnológico, militar e informativo.

Ninguno de los dos bloques tomó nunca acciones directas contra el otro,
razón por la que se denominó al conflicto "guerra fría". Estas dos potencias se
limitaron a actuar como "ejes" influyentes de poder en el contexto internacional, y
a la cooperación económica y militar con los países aliados o satélites de uno de
los bloques contra los del otro. Si bien estos enfrentamientos no llegaron a
desencadenar una guerra mundial, la entidad y la gravedad de los conflictos
económicos, políticos e ideológicos comprometidos, marcaron significativamente
gran parte de la historia de la segunda mitad del siglo XX. Las dos superpotencias
deseaban implantar su modelo de gobierno en todo el planeta.

Los límites temporales del enfrentamiento se ubican entre 1945 y 1947 (fin
de la Segunda Guerra Mundial y fin de la posguerra respectivamente) hasta 1985
(inicio de la Perestroika) y 1991 (disolución de la Unión Soviética).

"'  


En el sentido específico de señalar las tensiones geopolíticas entre la Unión


Soviética y Estados Unidos, el término "Guerra Fría" ha sido atribuido al financista
americano y consejero presidencial Bernard Baruch. El 16 de abril de 1947,
Baruch dio un discurso en el que dijo "No nos engañemos: estamos inmersos en
una guerra fría". El término fue también popularizado por el columnista Walter
Lippmann con la edición en 1947 de un libro titulado "Guerra Fría".

&

Según Pablo de Irazazábal existen pocas definiciones de este conflicto


nunca declarado y una de las mejores, para él, la dio Giampaolo Calchi-Novati:

"Guerra fría es el estado de tensión entre potencias o bloques en el que cada una
de las partes adoptaba una política que tiende al reforzamiento a expensas del
adversario, sin llegar a las acciones de una guerra caliente."

Definición que recoge dos de las características más importantes como son:

O Bloques enfrentados.
O Estado de tensión.

Según algunos investigadores e historiadores, la guerra fría se puede definir


de la siguiente manera:

Conflicto global desarrollado entre 1947 y 1991, protagonizado por los


Estados Unidos de América, y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Ocupó un protagonismo clave en el siglo XX y marcó todos los conflictos que se
desarrollaron entre los años 50 y los 90 del mismo. Dividió al mundo en dos
bloques: occidental y oriental. El primero englobaba, pese a algunas excepciones,
a toda América, Europa Occidental y la mayor parte de Oceanía, así como Corea
del Sur, Japón y Taiwán. El bloque oriental englobaba a Europa Oriental, China,
Cuba y a diversos países tanto en África como en el Sudeste de Asia. Estos dos
bloques estaban bien definidos y eran totalmente antagonistas, ya que se
diferenciaban en el terreno ideológico, político, militar y, más marcadamente, en el
campo económico.

Estos bloques políticos estaban divididos en países capitalistas, mal


llamados occidentales, dirigidos por EEUU, y contrapuestos a ellos, los países
socialistas, mal llamados orientales, dirigidos por la URSS. A su vez, los dos
bloques enfrentados formaron a su alrededor grandes campos de influencia
político-militar, y arrastraron a los demás países del globo al conflicto, mediante
movimientos políticos o acciones militares, tanto directas como indirectas (por
medio de algún aliado regional).

Lo que diferencia a la guerra fría de cualquier contienda militar o


diplomática anterior es que las dos superpotencias enfrentadas (los EEUU y la
URSS) nunca se enfrentaron directamente utilizando sus fuerzas armadas una
contra la otra, sino que aprovecharon (e incluso provocaron) conflictos regionales
entre sus aliados o terceros países no alineados. También intervinieron en estos
conflictos ayudando a uno de los dos bandos mediante envíos de ayuda militar,
apoyo económico, o apoyo político de diferente índole, dependiendo del país y la
situación estratégica o política de la región.

En ocasiones muy puntuales, uno de los contendientes se enfrentó


directamente contra uno de los aliados del otro (EEUU contra Vietnam del norte),
pero la práctica habitual fue que las dos potencias apoyaran, guiándose por
afinidades ideológicas o intereses, a alguno de los bandos enfrentados en una
guerra civil (guerra civil de Angola, guerra civil griega, etc.). En la cronología de la
guerra fría existen puntos de señalada tensión que estuvieron a punto de hacer
estallar una Tercera Guerra Mundial. Estos puntos de máxima tensión fueron
siempre apaciguados por ambos bandos mediante concesiones mutuas, ante la
amenaza de un mayor conflicto internacional que pudiese desembocar en una
guerra nuclear.


Ë    
' 

La llamada Ë    


'  es una denominación dentro de
la doctrina militar estadounidense que comprende a la Guerra de guerrillas, la
Guerra asimétrica, la Guerra de baja intensidad, la Guerra Sucia, el Terrorismo de
Estado u operaciones similares y encubiertas, la Guerra popular, la Guerra civil, el
Terrorismo y el Contraterrorismo, además de la Propaganda, en combinación con
estrategias no convencionales de combate que incluyen la Cibernética, la
Población civil y la Política. En este tipo de guerras no hay enfrentamiento entre
ejércitos regulares ni necesariamente entre Estados, sino entre un estado y grupos
violentos o mayormente entre grupos violentos de naturaleza política, económica,
religiosa o étnica.

"'

El término se originó en 1989 cuando William Lind y cuatro oficiales del


Ejército y del Cuerpo de Infantería de Marina de los Estados Unidos, titularon un
documento: Ul oo mbin  à  l : i l   n iónU. Ese
año, el documento se publicó simultáneamente en la edición de octubre del
Military Review y la Marine Corps Gazette. Está relacionada con la Guerra
asimétrica y la Guerra Contraterrorista Lind, siguiendo a otros teóricos, estructuró
la guerra moderna en cuatro generaciones o fases:

1- Primera Generación: Se inicia con las armas de fuego y alcanzan su cúspide


con las Guerras Napoleónicas.

2- Segunda Generación: Se inicia con la industrialización y la mecanización, su


elemento fundamental es la capacidad de movilización de grandes ejércitos y el
uso de maquinaria bélica. La Primera Guerra Mundial sería la cúspide de este tipo
de guerra.

3- Tercera Generación: Se inicia con la guerra relámpago o Blitzkrieg del ejército


alemán, durante la segunda guerra mundial. Se funda en la velocidad y sorpresa
de un ataque, en la base de una superioridad tecnológica sobre el enemigo,
impidiendo cualquier ejecución de defensa coordinada del atacado, el ataque se
funda en la concentración de fuerzas aéreas y terrestres coordinadas, en la
interrupción de comunicaciones del enemigo y en el aislamiento logístico de sus
defensas, causando un intencional impacto sicológico aterrador. La Blitzkrieg fue
usada por EE.UU. en la Invasión de Iraq de 2003 y por Israel en la Guerra del
Líbano de 2006. Los resultados de dichos conflictos cuestionan la efectividad
moderna de este tipo de guerra.

En 1991 Martín Van Creveld publicó La Transformación de la Guerra obra


que le daría cuerpo intelectual a la Guerra de Cuarta Generación.