Consumomensaje

María Eugenia Gómez Barbosa

I. La dupla consumo-mensaje es la locura sociológica y filosófica más misteriosa: el consumo y el mensaje no observan dialéctica alguna; las fuerzas de esos dos gestos no son solidarias ni contrarias ni adyacentes ni complementarias: son idénticas. Mejor, son casi idénticas, dejando el espacio de duda y de niebla pertinentes al formular cualquier identidad.

Porque, qué es el consumo si no un mensaje, acaso el más enorme y tremendo mensaje que podamos transmitir. II. La comida, es un universo y un consumo cultural y un siempre mensaje. Hordas de famosos y no famosos desesperados abarrotan restaurantes y espacios diversos, tanto íntimos como públicos, lanzando sus puntos en la carrera del consumo como si fueran cartas en botellas arrojadas al mar. Y las botellas no llegan sólo a una playa sino a miles de ellas, pues sus mensajes se ven amplificados por las nuevas tecnologías. De esta manera, recursos como Forsquare, Twitter, Facebook, un sinfín de guías culinarias on line y otros sitios de esparcimiento en los que podemos dejar comentarios sobre si los mozos sonríen o no, abren radicalmente el espectro del destino de nuestros mensajes. Quiero volver sobre la idea de espectro y sobre la casi identidad entre consumo y mensaje. Ese “casi”, esa imposibilidad de asegurar la identidad entre mensaje y consumo, es precisamente el espectro de llegada. Hay algo en las nuevas tecnologías que no podemos dominar todavía, y es precisamente ese espectro, el hipertexto circulando en un espacio infinito hecho de puertas y espejos. Es lo que no podemos medir, tampoco, en el insoportable parecido entre consumo y mensaje. Ante imágenes tan furiosas y agobiantes por lo efímeras –por lo menos para mí, una niña de los años 80- mi reacción casi biológica es recluirme en las viejas costumbres al cocinar, en última instancia, en la seguridad del hogar perdido. Pero tal hogar ya no existe. Estoy condenada a recrearlo para siempre a través de recursos nunca satisfactorios del todo: la búsqueda de nobleza en los ingredientes (¡qué ridiculez, pagar más por ingredientes que sean lo que deberían ser!), la creatividad (que debería ser áurica, pero en nuestros días es un juego idiota preludio de la guerra-de-comida de las películas yanquis), tal vez algo tan difícil como enseñar a cocinar a mi hija (proceso natural en la época de mis abuelos) y, por qué no, la colección de experiencias culinarias en pin-boards virtuales que recuerdan la forma del viejo cuaderno de recetas, del álbum de fotos, a la manera de un angustiante bricolage sin herramientas. III. Dice Susan Sontag que la recepción del arte contemporáneo está mediada siempre por la traducción social del arte como lenguaje. QUÉ QUISO DECIR EL ARTISTA. Pienso que en la cocina pasa lo mismo, y en todos los campos del consumo cultural. Se come y se cocina pensando en qué significa estar comiendo eso, en ese lugar, con estas personas. Se me ocurre que el cyborg ganapán del capitalismo tardío guarda aún dentro de sí una llama de heroísmo y quiere conservar algún tipo de dignidad, de ahí su desesperación por caber en los casilleros de sentido que enuncian las sociedades. Pero no. La verdadera épica de hoy consiste en resistir el asedio de una paradoja: la proliferación de sentidos acotados en un universo semántico cada vez más infinito.

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