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Cario Falconi

EL SILENCIO DE PIÓ XH

PLAZA & JANES, S. A.
EDITORES -

Título de la obra original:1 IL SILENZIO DI PIÓ XII Traducción de JUAN MORENO Portada de GRACIA SUMARIO

Primera edición: Mayo, 1970

© 1970, PLAZA & JANES, S. A., Editores Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona) Este libro se ha publicado originalmente en italiano con el título de IL SILENZIO DI PIÓ XII

Prtnted in Spain — Impreso en España Depósito Legal: B. 19.404-1970

INTRODUCCIÓN . . . FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

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PRIMERA PARTE

EL PROBLEMA EN GENERAL I. El hecho del silencio -. ¡ s s II. Pío XII conocía los hechos III. Ininterrumpidamente se suplicó a Pío XII que interviniera IV. Las justificaciones oficiales . . . . , , « V. La explicación más probable . , , s VI. ¿Qué habría debido hacer? . . . , , t ¡ 36 51 71 79 91 105

SEGUNDA PARTE

EL CASO DE POLONIA I. Ocupación de Polonia II. Relaciones de la Santa Sede con la población ocupada 115 140

III. El silencio de Pío XII . s 4 IV. Llamamientos a Pío XII para que hablase en favor de Polonia V. Reacciones de los polacos ante el silencio de Pío XII.
APÉNDICES . <
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TERCERA PARTE

PRESENTACIÓN EL CASO DE CROACIA El hundimiento de Yugoslavia.en 1941 » , 5 g Croacia en el veintenio yugoslavo . . . • s # É El NJ5JH. y la acogida de los católicos . i ¡ ¡ Persecución de los servio-croatas El episcopado católico croata, entre la intransigencia de los principios y la adaptación a la realidad . VI. El Vaticano estaba al corriente de los delitos ustachis VIL Contradictoria actitud del Vaticano frente al «rebautizo» forzado y la persecución de los servio-ortodoxos. . . . . . . . . . . . .
APÉNDICE

I. II. III. IV. V.

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NOTAS ,

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Aunque motivado por una famosa polémica, éste no es un libro polémico. Y, por consiguiente, aún menos un libelo contra Pío XII. Si fuese así, no habría tardado tanto en ver la luz. En efecto, aunque requerido insistentemente para elaborar uno, su autor no tenía ambición alguna por figurar en el coro de las voces discordes sólo por no estar ausente de las crónicas. Estaba persuadido —como, naturalmente, lo sigue e s t a n d o de que la única posibilidad de un razonamiento objetivo y constructivo era la de salir fuera del remolino cada vez más inútilmente vociferante de los acusadores que habían tomado partido de antemano y de los defensores de intereses creados, para echar mano a los documentos y confiar a los mismos, desinteresadamente, la suerte del cada vez más popular proceso. Y como quiera que veíase presionado por otros frentes y estaba seguro de desanimar las corteses insistencias de los editores, repetía a éstos que aceptaría su invitación sólo si se ponían a su disposición medios adecuados para largas y pacientes investigaciones en los más importantes archivos de Europa. Contra toda previsión por parte del autor, los editores Sugar y Du Rocher le cogieron la palabra, con lo cual no pudo volverse atrás. Los viajes proyectados lo llevarían a Francia, Holanda, Inglaterra, Austria, Polonia, Yugoslavia e Israel. Circunstancias casuales hicieron que diera la precedencia a las dos democracias populares. Partió, no sabría decir si con más escepticismo que desconfianza, pero, una vez más, sus fáciles conjeturas quedaron trastornadas. En efecto, de su sola estancia en Varsovia y Zagreb volvió con u n botín más que suficiente para colmar las esperanzas puestas en sus investigaciones. Naturalmente, no había realizado allí una labor exhaustiva en

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todos los archivos existentes. Por el contrarío, no había hecho casi otra cosa que ir directamente a lo seguro a base de las indicaciones precisas que se le habían dado, cuando no se dedicó a recopilar expresamente los frutos de investigaciones efectuadas, con celo- sorprendentemente desinteresado, por él. Al principio —no puede por menos de confesarlo— temió que habría de defenderse contra materiales tendenciosos (huelga decir en qué sentido). Pero no necesitó mucho para tranquilizarse. En Polonia, por ejemplo, encontró sólo poquísimos y medioerísimos opúsculos, y ni siquiera un solo ensayo histórico sobre Pío XII y sus relaciones con el país ocupado durante la guerra. Y en cuanto al material útil para sus investigaciones, se refería a los Servicios de Información y los archivos de los Ministerios del Gobierno clandestino de Varsovia, delegado del Gobierno en el exilio residente en Londres: y todos saben cuan poco comunistas era tanto el uno como el otro. En Yugoslavia, la situación se le mostró completamente distinta. Las polémicas anticlericales de la inmediata posguerra habían dado vida a una literatura que invitaba a desconfiar, aun cuando se estimulaba a realizar obras importantes, como el Magnum crimen, de Viktor Novak, o publicaciones de carácter semioficial con revelación de documentos secretos. En efecto, no se necesitaba ser muy sagaz para darse cuenta de que no raramente, si no siempre, los documentos eran citados sólo parcialmente y con sospechosas omisiones. Sin embargo, cuando solicitó el acceso a los originales, aunque tras las comprensibles dudas, le fue generosamente concedido. En cuanto al contenido, aun refiriéndose a situaciones geográficamente limitadas y específicas, los dos grupos de documentos recogidos demostraron que se integraban admirablemente entre sí, ofreciendo al mismo tiempo una aportación tan inesperada como valiosa a la solución del problema general. Por lo demás, la limitación del ámbito de los mismos es, en conjunto, más bien relativa, especialmente en el caso de Polonia, que, como se sabe, fue el trágico escenario del sacrificio de seis millones de judíos (más de la mitad residentes en el país, y el resto, procedente de todas las partes de Europa), además del terreno experimental de la germanización forzada de casi un tercio de su territorio. Y no sólo esto, pues en Polonia la ocupación alemana, que fue la primera y la más larga de las efectuadas durante la Segunda Guerra Mundial, se caracterizó por el intento de realizar una política eclesiástica autónoma, al margen de toda fiscalización por parte de la Santa Sede. Respecto al polaco, el testimonio de Croacia (más precisamen-

te, del Estado independiente croata, NDH, realizado por los ustachis en su territorio entre 1941 y 1945 con el apoyo de las potencias del Eje) resulta, sin más, menos relevante. Sin embargo, en determinados aspectos acaba por revelarse incluso más desconcertante. En efecto, los ustachis, inferiores a sus colegas nazis en las matanzas de los judíos y de los gitanos, aunque más que nada por falta de «material humano», los superaron ciertamente en el racismo anterreligioso, hiriendo en los servios no sólo al pueblo rival y otrora dominador, sino también al pueblo cismático y «felón», traidor a la verdadera fe. Finalmente, el exterminio de por lo menos medio millón de hombres, tal vez más por odio religioso que por motivos raciales, sólo en Croacia fue sacrilegamente mezclado con una campaña de «rebautizo» forzado (de la ortodoxia al catolicismo) de la que no se encuentran, durante siglos, precedentes tan sólidos y violentos. Sin embargo, no sólo el contenido de los dos grupos de documentos, sino también sus características, por así decirlo, formales, se revelaron incontestablemente excepcionales. En efecto, los documentos polacos, en su gran mayoría, están constituidos por informes secretos, por lo demás, en clave, recogidos por los colaboradores del Servicio de Información de la «Delegación» (Gobierno clandestino delegado) y del Ejército nacional clandestino, al objeto de transmitirlos al Gobierno que había emigrado a Londres; por valiosas reseñas de la prensa ilegal, así como por estudios y valoraciones de la situación interna del país y de la actitud de la Iglesia elaborados durante la ocupación nazi, siempre con la misma finalidad. No menos apreciables son los documentos, especialmente de carácter diplomático, enviados, «para su conocimiento», de Londres a Varsovia. Y es inútil añadir que el Gobierno polaco en Londres acudía a este material tanto para ilustrar a los Gobiernos aliados (y, como se verá, al Vaticano) sobre las atrocidades nazis, como para incrementar la propaganda antialemana. El núcleo central de los documentos croatas está constituido, a su vez, por informes enviados al Ministerio de Asuntos Exteriores ustachi de Zagreb por los dos representantes de jacto que tuvo, sucesivamente, cerca del Vaticano, desde principios de 1942 hasta el verano de 1943. De estos minuciosos y, no raramente, pedantes informes, se extrae una cosecha completamente inédita de revelaciones sobre los nombres y sobre el mundo tan misterioso de la Secretaría de Estado y de la Curia romana y Corte pontificia en el período central de la guerra; tanto, que se puede decir que nos da toda una galería de retratos, inigualable hasta ahora.

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Naturalmente, había que situar todo este conjunto de noticias en los respectivos marcos de los dos «casos» históricos y, antes aún, contemplar en perspectiva «el estado de la cuestión», o sea, al verdadero sentido —universal y no particular, liberador y no polémico— del problema del «silencio de Pío XII». Un trabajo más difícil aún que el de encontrar e interpretar los documentos, pero sobre el cual el autor no ha tenido el mal gusto de entretener al lector. Los resultados obtenidos, aunque no está francamente descontento de ellos, no son, sin embargo, tales como para hacerle concebir la ilusión de haber escrito una obra definitiva. Se trata solamente de afortunados sondeos en un terreno aún imprevisiblemente rico en secretos. Y desea sinceramente que otros puedan, cuanto antes, explotar los filones abiertos por él y con resultados aún más positivos. En cuanto a las conclusiones a que ha llegado —o sea, que el Vaticano estaba bien informado, que el Papa era estimulado continuamente a hablar, etc.—, no hablan, sin duda, en favor de una rehabilitación de la cautela y del silencio de Pío XII. También los lectores compartirán probablemente este juicio. Y si son católicos, no estarán, ciertamente, en mala compañía. El 8 de marzo de 1964, en la iglesia de San Miguel, de Munich, la misma en que, antes de la guerra, el cardenal Faulhaber atacó una y otra vez la ideología nazi, especialmente en sus persecuciones antisemitas, su sucesor, el cardenal Julio Dopfner, en un discurso conmemorativo sobre el Papa Pacelli no vaciló en decir: «El juicio retrospectivo de la Historia autoriza perfectamente la opinión de que Pío XII debió protestar con mayor firmeza.»1 Y no creemos necesario recordar que antes y después de él otras personalidades católicas, especialmente del mundo cultural, han expresado la misma convicción.2 Pero no puede extrañar que ello haya ocurrido. Por otra parte, el propio Pío XII ha mostrado cómo se puede y se debe valorar con honrada objetividad la obra de un pontífice, aunque su fama y su grandeza sean generalmente incontestables. Con significativa, aunque, naturalmente, involuntaria coincidencia, él mismo lo hizo saber pocas semanas antes de morir, al escribir una elaborada conmemoración de Benedicto XIV (el Papa más grande del siglo xvni), que fue conocida sólo postumamente. En ella no dudó en alinearse entre los críticos que consideran «demasiado conciliadora y flexible» la conducta del Papa Lambertini «frente a las vehementes y excesivas pretensiones de las Cortes seculares». A su parecer, si «la condescendencia hacia el rey de Prusia puede explicarse por la idea superior de no agravar aún más las

condiciones de los católicos de aquel Estado», las concesiones admitidas en los concordatos con las Cortes de Cerdeña-Piamonte, Ñapóles y España «aparecen como verdaderamente extraordinarias y más allá de las tradiciones».3 El autor de estas páginas se ha mostrado, en otros escritos suyos, et pour cause, más bien duro a propósito de ciertos aspectos del pontificado del Papa Pacelli. Pero de la misma forma que en 1950 rechazó abiertamente a un editor que le había pedido un libro para demostrar la fantástica tesis de que Pío XII había querido la guerra, así también en esta obra no ha querido moverse a impulsos de ningún prejuicio, para prefijarse únicamente el objetivo de ofrecer a sus lectores las razones que explican el porqué el Papa Pacelli, aun deseándolo vivamente, no se atrevió a tomar una posición clara contra los delitos extrabélicos del nazismo y de sus aliados. El hecho de que, como cree el autor, Pío XII no callara por miedo, sino por respetables, aunque no suficientes motivos, es tal, que evita un juicio infamante respecto al Papa en cuestión, aunque, naturalmente, no lo exime de una incontestable responsabilidad. Por lo demás, un juicio severo sobre su silencio no excluye el reconocimiento más abierto e incondicional respecto a cuanto hizo, tanto para oponerse a la guerra y a su extensión, como aliviar los sufrimientos de sus víctimas. Para terminar, el autor quiere testimoniar públicamente su gratitud al entusiasmo y a la generosidad de los editores Sugar, de Milán, y Du Richer, del Principado de Monaco, así como por las atenciones de los amigos que encontró durante sus sucesivas estancias en Polonia y Yugoslavia, en particular a Woicieh Pomykalo y a sus colegas de redacción de la Wychowanie, de Varsovia; a Frane Barbieri, Iván Lazic, Ive Mihovilovic, de Zagreb, etc. F. C.

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA A) Fuentes Como acabamos de decir en las páginas precedentes, la II y la III partes de esta obra, relativas a los «casos» de Polonia y Croacia, están constituidas esencialmente por las noticias tomadas de documentos hasta ahora inéditos (para el primer país), o sólo parcialmente publicados (y, en todo caso, ignorados casi completamente para el segundo). 1. Documentos polacos El lector encontrará las noticias concernientes a los documentos polacos citados en el curso de la obra en las páginas 119 y siguientes. Otras informaciones particulares se confían eventualmente a las notas de comentario a los respectivos documentos. De todo el material encontrado en Varsovia por el autor, poco más de una tercera parte ha sido utilizado en estas páginas: otro tercio, más significativo cuantitativa que cualitativamente, ha sido abandonado en los mismos archivos por considerarse superñuo. 2. Documentos croatas a) Los actos oficiales del Gobierno ustachi o del episcopado croata, relativos a la cuestión del cambio de religión o «rebautizo» de los ortodoxos, se han tomado, en su mayor parte, de las obras de Sima Simio, citadas en la bibliografía que sigue, particularmente valiosas, tanto por la compilación de documentos oficiales como por la clasificación de la prensa del NDH. Simic, servio ortodoxo, no es, ciertamente, objetivo en sus juicios, especialmente a propósito de Stepinac y del episcopado croata; pero es tan escrupuloso en lo tocante a la cita de documentos, que incluye aun aquellos que son contrarios a su propia tesis. b) Mucho más importantes son los informes oficiales transmitidos a Zagreb, y, más exactamente, al Ministerio de Asuntos del Gobierno del NDH por sus dos representantes de jacto cerca del Vaticano: el doctor Nikola Rusinovic y el príncipe Erwin Lobkowicz. (En el ensayo sobre Croacia se encontrarán noticias relativas a los dos enviados y a su misión.) A ellas se añaden las del secretario de su Departamento (bajo Lobio-wicz): el jesuíta padre Antua Wurster.
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He aquí la lista completa de los documentos (íntegros, mientras no se afirme lo contrario): 10 informes Rusinovic: del 8 al 26 de febrero de 1942 (4 y 6 págs.) del 4, 6, 10 y 20 de marzo de 1942 (6, 8, í y 5 págs.) del 27 de abril de 1942 (2 págs.) del 9 y 28 de mayo (6 y 5 págs.) del 5 de junio (4 págs.) más 1 carta de escasas líneas, del mismo, con fecha de 9 de febrero de 1942, siempre al ministro de Asuntos Exteriores, Lorkovic. 14 informes Lobkowiczdel ... octubre de 1942 (fragmentos) del 20 y 21 de diciembre de 1942 (págs. 7 y 2) del 9 y 11 de febrero de 1943 (págs. 5 y 3) del 6 de marzo de 1943 (3 págs.) del 14 y 15 de abril de 1943 (págs. 3 y 7) del 10 y 18 de mayo de 1943 (págs. 1 y 2) del 10 y 14 de junio (págs. 6 y 4) del 13 y 18 de julio (págs. 7 y 3). Del 1943 falta el informe núm. 12, escrito entre el 14-VI y el 12-VII. Por el contrario, existen otras cartas suyas: una del 10 de octubre de 1942, relativa a la noticia aparecida en los periódicos sobre su papel en Roma; otra, del 22 de febrero de 1943, en alemán, en que solicita fondos, y una tercera, muy importante, sobre el futuro de su Departamento (después de la ocupación aliada de Roma), del 13 de julio de 1943, de 4 páginas. 3 informes Wurster: del 12 de junio de 1942 (pág. 2) del 10 de mayo de 1943 (pág. 2) del 22 de junio de 1943 (pág. 1). Además, probablemente es de Wurster el fragmento de un informe del 9 de febrero de 1942. Igualmente, otro fragmento, sin fecha. Estos documentos se han encontrado entre el material de Archivo del Ministerio de asuntos Exteriores de Zagreb, que los ustachis, sin que se sepa por qué, evitaron destruir o llevarse consigo en la huida a Austria, en el momento de la derrota. Se trata de un camión lleno de cajas que el ministro Alajbegovic hizo entregar al arzobispo Stepinac para que lo guardase en vista de un posible retorno (según la acusación formulada por las autoridades comunistas antes de la detención del desterrado), o, simplemente, para que no fuese destruido (según el arzobispo, quien sostuvo que había comunicado inmediatamente su existencia a las nuevas autoridades, apenas ocupada Zagreb por el ejército de Tito). Por cuanto resulta de la lectura de los documentos, de su numeración progresiva y de sus fechas, no son pocos los textos que faltan, especialmente por lo que se refiere al grupo Rusinovic, aunque quizá se haya salvado la mayor parte. El mayor vacío sea, tal vez, relativo a los informes Wurster, que, de todas formas, son los menos importantes, así como los más arbitrarios y subjetivos. c) Un documento al que se han hecho escasísimas referencias en el curso de la obra, aun pudiendo multiplicarlas fácilmente, es el Diario del arzobispo de Zagreb, L. Stepinac. Se trata de un Diario, obviamente manuscrito, encuadernado en cinco volúmenes, que se inicia el 30 de mayo de 1934 y termina el 13 de febrero de 1945, con una notable interrupción (atestiguada por las

páginas en blanco del vol. IV) entre el 25 de setiembre de 1941 y el I o de enero de 1943: 1) vol de 560 págs., del 30 de mayo de 1934 al 31 de marzo de 1937; 2) vol., de 322 págs., del 1." de abril de 1937 al 16 de agosto de 1940; 3) vol., de 350 págs., del 18 de agosto de 1940 al 25 de setiembre de 1941; 4) vol., de 350 págs., del 18 de agosto de 1940 al 25 de setiembre de 1941; 5) vol., de 241 págs., del 1.° de enero de 1943 al 13 de febrero de 1945. Tal Diario no es un Diario del alma, sino de carácter oficial, en el que se registran todos los acontecimientos de la actividad de Stepinac: desde las audiencias hasta las visitas; desde las ceremonias religiosas a las civiles o políticas, etc. Por tanto, no debe extrañar que haya sido redactado alternadamente por varias personas: naturalmente, por el propio Stepinac, pero también por sus secretarios, Salic y Lackovic, y por sus maestros de ceremonia, Nezic y Cvetan. Naturalmente, éstos escribían a base de las directrices del arzobispo y, en ocasiones, al dictado del mismo. Lo más curioso del Diario es que, además de las varias anotaciones diarias o casi diarias, contiene varios originales de cartas y documentos procedentes de particulares o de entidades eclesiásticas seglares. Al no haber tenido tiempo el autor de estudiarlo por completo, se ha limitado a escasísimas citas, mientras que ha preferido explotar algunos de los documentos incluidos en el tomo IV, como el informe de Stepinac a Pío XII de 1943, y la carta del legado pontificio Marcone, que contiene las normas del Santo Oficio sobre los bienes ortodoxos expropiados y ofrecidos a la Iglesia católica. El Diario de Stepinac se encuentra en el Uredu za kriminoloska ispitivaja de Zagreb, con el siguiente rotulado: D-XXXVI/8-Rb, 115, 166, 177, 118 y 119. Er la misma sala se conservan los originales de los informes Rusinovic-Lobkowicz-Wurster (rotulado D-XXXVI/8-Rb 113-114).

B)

Bibliografía

(esencial, excluidos los artículos) 1. I parte: general Entre todas las obras citadas en el texto, son dignas de consulta las siguientes: a) autores católicos: Michele Maccarone, // Nazionalsocialismo e la Santa Sede, Roma, Alberto Giovannetti, II Vaticano e la Guerra (1939-1940), Cittá del Vaticano, 1960; b) autores independientes: Jacques Nobécourt, «Le Vicaire» et l'histoire, París, 1964; Saúl Friedlander, Pie XII et te III" Reich, París, 1964 (desde abril de 1965, también en edición italiana); además, para los discursos y
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documentos de Pío XII, los Acta Apostolicae Seáis y las compilaciones de los mismos, y, para los actos diplomáticos, las distintas compilaciones en curso de publicación (en los Estados Unidos, Foreign Relation of the U.S.A., etc.). 2. II parte: El caso de Polonia Además de las obras citadas para la I parte: a) sobre la Iglesia católica en Polonia en vísperas de la Segunda Guerra Mundial y durante la misma: Wladimir Gsovski, Church and State behind the Iron Curtain, Nueva York, 1955 (trad. it., Roma, 1957); The Persecution of the Catholic Church in gertnain-occupied Poland, Londres 1941 (contiene los informes del cardenal Hlond y otro material; prólogo del cardenal Hinsley), y las distintas compilaciones oficiales sobre la Polonia ocupada; b) sobre el Estado clandestino polaco en la Polonia ocupada por los alemanes: Polskie Süy Zbroine II wojnie swiatowej, vol. III; Armia Krajowa (Las Fueras Armadas polacas en la Segunda Guerra Mundial: vol. III: El Ejército Nacional), Londres, 1950 (especialmente útil para conocer el origen de los documentos inéditos revelados en el curso del presente volumen); Jan Karski, Story of a Secret State, Boston, 1944, etc.; c) La Santa Sede y la Polonia ocupada (1939-1945): Pius XII a Polska (Pío XII y Polonia, 1939-1949. Discursos, partas, comentarios), a cargo de Casimir Papée, Roma, 1954. 3. / / / parte: El caso de Croacia á) Sobre Croacia en general y su «misión» histórica: Croacia sacra, Roma, 1943, miscelánea: The Croatian Nation, a cargo de A. F. Bonifacio y S. C. Mihanovic, Chicago, 1955; Jere Jareb, Pola Stoljeca Hrvatske Politike (Medio siglo de política croata), Buenos Aires, 1960; b) Sobre el NDH: — Obras de escritores independientes: Ladislaus Hory —Martin Broszat, Der kroatische Ustascha—, Staat 1941-1945, Stuttgart, 1964 (es el estudio más orgánico, objetivo e independiente aparecido hasta ahora sobre el NDH. Está constituido fundamentalmente por el manuscrito del periodista y diplomático húngaro L. Hory, que vivió en Yugoslavia durante la guerra, integrado por el historiador M. Broszat a base de un detenido examen de los archivos alemanes. La cuestión religioso-eclesiástica es tocada acá y allá y, con más amplitud, en el capítulo V); Rudolf Kiszling, Die Kroaten. Der Schiksalsweg eines Sudslavenvolkes, Colonia-Graz, 1956. — Obras de escritores yugoslavo-titistas: Viktor Novak, Magnum crimen, Zagreb, 1948, 1124 págs. (nueva ed., en 3 vols., en Sarajevo, 1960). Sólo para los capítulos XV-XVIII, desde las páginas 470 a 805; AA. W., Les systémes d'occupations en Yugoslavie, 194145, Belgrado, 1963.

— Obras de escritores en el exilio (polémico-apologéticas): Marko Sinovcíc, Uspomene na politicke Ijude i dogadjaje (Recuerdos de hombre, políticos y experiencias), Buenos Aires, 1961. c) Sobre la política religiosa del NDH: Sudenje Lisaku, Stepincu, Salicu i druzini, ustasko-krizarskim zlocincima i njihovim pomagacima (Proceso contra los delincuentes ustachis y croatas Lisak, Stepinac, Salic y sus colaboradores), Zagreb, 1964; Dokumenti o protunarodnom radu i alocinima jednog dijela katolickog klera (Documentos referentes a acciones contra el pueblo y crímenes de una parte del clero católico), a cargo de Joza Horvat y Zdenko Stanbuk, Zagreb, 1964; Tajni Dokumenti o odnosima vatikana i ustaske «NDH» (Documentos secretos sobre las relaciones entre el Vaticano y los ustachis NDH), Zagreb, 1952; Sima Simic, Tudjinske kombinacije oko NDH (Las intenciones de los extranjeros sobre el NDH), Titogrado, 1958 (sólo el capítulo «La tesis clerical sobre el origen de la Croacia independiente»); Sima Simic, Prekrstavanje Srba za vrene drugog Svetskog rata (El rebautizo de los servios durante la Segunda Guerra Mundial), Titogrado, 1958; Sima Simic, Vatikan protiv Jugoslavije (El Vaticano contra Yugoslavia), Titogrado, 1958 (sobre todo, la II parte); Finalmente citamos, sobre todo para señalar su carácter absolutamente tendencioso, las siguientes obras: Hervé Lauriére, Assassins au nom de Dieu, París, 1951; Avra Manhattan, Terror over Yugoslavia. The treat to Europe, Londres, 1953; Edmond París, Le Vatican contre l'Europe, París, 1959 (desde las páginas 219 a la 271 y desde la 317 a la 331). El autor de la presente obra ha tratado sintéticamente el argumento abordado aquí en su volumen precedente: La Chiesa e le organizzioni cattoliche in Europa, Milán, 1960, págs. 797-830, y declara que se retracta de algunos de los juicios, demasiado severos, incluidos allí.

INTRODUCCIÓN

EL SILENCIO DE PÍO XII SENTIDO Y LIMITES DEL PROBLEMA «La función del Sumo Pontífice, a través del curso de los siglos, no es otra que estar al servicio de la verdad: de la verdad, decimos, que sea íntegra y sincera, no ofuscada por nube alguna, ni sometida a ninguna debilidad, ni disociada jamás de la caridad de Jesucristo. En efecto, en todo Pontificado, y especialmente en el Nuestro, que está llamado a extender su mandamiento en favor del consorcio humano afligido por tantas discordias y conflictos, predomina, como un sagrado mandamiento, la palabra del Apóstol: "Ser verdaderos en la caridad."»1 «Como Vicario de Aquel que, en una hora decisiva, frente al representante de la más alta autoridad terrenal de entonces, pronunció la gran frase: "Yo he nacido y venido al mundo para dar testimonio de la verdad; todo el que está en favor de la verdad escucha mi voz", Nos de nada nos sentimos tan deudores de Nuestra Misión ni de Nuestro tiempo como de dar testimonio de la verdad con apostólica firmeza: testimonium perhibere veritaii. Este deber comprende necesariamente la exposición y la refutación de errores y de culpas humanas, que es ventajoso conocer para que sean posibles los remedios y la curación: "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." En el cumplimiento de este Nuestro deber no nos detendremos por desconfianza y contraste, por rechazos e incomprensión, ni por temor a ignorancias o falsas interpretaciones. Pero lo haremos siempre animados de aquella caridad paternal que, mientras sufre por los males que afligen a sus hijos, les señala el remedio, o sea, esforzándonos por imitar al divino modelo de los pastores, al Buen Pastor Jesús, que es luz y amor a la vez: "Siguiendo a lo Verdadero con amor."»2 Con estas palabras, pronunciadas en dos ocasiones solemnes a comienzos de su pontificado, Pío XII se ofreció por sí mismo al

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tribunal de la Historia. Él mismo ha hablado de deber, de deuda hacia su alta misión, de cumplimiento necesario pese a las influencias contrarias, a las dificultades o a los temores que pudieran surgir. La de haber faltado a su función precisa (si realmente se hubiese sustraído al cometido de una imperiosa denuncia de las violencias indescriptibles que se perpetraban con la guerra, pero, sobre todo, con el pretexto de la misma) no es, pues, una acusación moralmente injustificada y jurídicamente infundada. Un Papa que calla frente a la difusión de graves errores dogmáticos o morales es un Papa que traiciona su propia misión. Al admitirlo, aun cuando sea implícitamente, Pío XII no hizo sino repetir la doctrina tradicional católica común a todos sus predecesores: una doctrina que arranca inmediatamente de una concepción de la Iglesia, la cual, en vez de extenuarse o esfumarse a través de las vicisitudes de los siglos, y especialmente del último, se ha ido, por el contrario, robusteciendo y vigorizando. Basta pensar en las afirmaciones contenidas en la Ubi arcano Dei y en la Quas primas, de Pío XI (respectivamente, de diciembre de 1922 y 1925). En la Ubi arcano Dei, la encíclica programática de Ratti, la Iglesia es definida nada menos que como «una institución divina encargada de custodiar la santidad del derecho de todas las gentes; una institución que pertenece a todas las naciones, que es superior a todas y que está más dotada que ninguna de máxima autoridad, y venerada por la plenitud de su magisterio». Ella sola, continuaba el documento, tiene «la capacidad de hacerse maestra y conciliadora de sincera benevolencia, enseñando e infundiendo a las colectivdades y a las multitudes el espíritu de verdadera paternidad y ennobleciendo el valor y la dignidad individual al elevarla hasta Dios; finalmente capacidad de corregir verdadera y eficazmente toda la vida privada y pública, sometiendo todo y a todos a Dios; que ve los corazones, a sus normas, a sus leyes, a sus sanciones; penetrando así en el santuario de la conciencia, tanto de los ciudadanos cuanto de aquellos que mandan, y formándola en todos los deberes y en todas las responsabilidades, incluso en los ordenamientos pi'.b.'icos de la sociedad civil, para que Cristo esté en todo y en todos». Y, naturalmente, la Iglesia es «maestra y guía de cuantas sociedades existen, no para rebajar su autoridad en el propio orden competente, sino para perfeccionarlas de la misma forma que la gracia perfecciona a la naturaleza y para hacer de ellas una ayuda válida para los hombres en la consecución del fin último y, con ello, hacerlas aún más

beneméritas y más seguras promotoras incluso de la prosperidad material». 3 Es cierto que para los no católicos, religiosos o no, tesis como éstas son de una presunción y de un anacronismo medieval realmente inimaginables. 4 Sin embargo, es un hecho que siguen constituyendo aún hoy la base oficial del credo eclesiológico del catolicismo. Como reconocía el Papa Ratti, el programa de su pontificado, «Pax Christi in regno Christi», reabsorbía el de su dos más inmediatos predecesores, Pío X y Benedicto XV. Por otra parte, Pío XII, a comienzos de su primera encíclica, Summi Pontijicatus, promulgada con ocasión de la fiesta de Cristo Rey de 1939 y puesta bajo el signo de la Realeza de Cristo, se remitía a la «consagración de la humanidad al Sacratísimo Corazón del Redentor, ordenada por León XIII en las postrimerías del siglo pasado, en los umbrales del Año Santo», y al culto al «Rey de Reyes y Señor de las dominaciones», sancionado por Pío IX; más aún, precisamente a propósito de las relaciones entre la Iglesia y los poderes públicos volvía a confirmar plenamente todo cuanto su predecesor había enseñado «acerca de la potestad de Cristo Rey y de su Iglesia» en la encíclica Quas primas. Las palabras citadas como apertura han de interpretarse, pues, a la luz de una doctrina eclesiológica que, adaptada a las exigencias modernas por León XIII, fue desarrollada por sus sucesores, llevada a cumplimiento por Pío XI y solemnemente acogida y hecha propia por el Papa Pacelli. Bajo tal luz, el empeño reivindicado por Pío XII ante la Iglesia y ante la humanidad, en el momento mismo en que estallaba el segundo conflicto mundial, alcanza proporciones aún más vastas y profundas. Sin embargo, es necesario precisar una vez más, siempre en el ámbito de esta doctrina, cuál es la verdadera función de un Papa y cuáles son sus derechos y deberes, tanto respecto a su Iglesia como en lo tocante al mundo no católico. Las polémicas —en curso desde hace dos años— sobre el silencio de Pío XII han introducido tal confusión de ideas (más que de hechos), que el esclarecimiento de los términos del debate se impone como un prejuicio en modo alguno facultativo. Para no apartarnos de lo esencial, recordaremos que, según la teología católica, el Papa, en cuanto Vicario de Cristo, es el jefe visible de la Iglesia, monarca absoluto con jurisdicción plena, universal e inmediata sobre todos sus miembros: obispos, sacerdotes y fieles. Sobre este ilimitado fundamento de autoridad, su función preeminente es la de maestro, o sea, de custodio e intérprete, por una parte, y de difusor por la otra, de las verdades dogmáticas y morales contenidas en el llamado depósito de la revelación.

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Más aún, en cuanto tal, está incluso protegido y garantizado por un excepcional privilegio personal: el de la infalibilidad, a fin de tutelar a la Iglesia de cualquier desviación. Además, al Papa es el legislador, el juez y el rector supremo de toda la comunidad eclesiástica. Sin embargo, en estas otras cuestiones no es infalible; no obstante, como sanciona el Concilio Vaticano I, «pastores y fieles de todo rito y tiempo, ya individual, ya colectivamente, vienen sometidos a la obligación de la subordinación jerárquica y a la verdadera obediencia no sólo en las cosas de fe y de moral, sino también en las de la disciplina y del gobierno de la Iglesia». Finalmente, siempre según la eclesiología católica, el poder pontificio es absolutamente autónomo, o sea, independiente de todo poder terreno; y no sólo esto, sino que es superior a cualquier otro: en suma, su poder es supremo en sentido absoluto. Sociedad perfecta como el Estado, la Iglesia lo supera, en efecto, por la preeminencia de su fin. Y porque dada su catolicidad, o universalidad potencial, que Cristo le atribuyó como dote esencial, supera incluso al conjunto de los mismos y a una eventual organización internacional de los Estados; el Papa es la suprema autoridad de la Tierra en el orden del espíritu. En relación con el problema que nos interesa —o sea, la presunta responsabilidad de Pío XII en lo concerniente a los delitos bélicos y a los crímenes perpetrados al socaire de la misma por los nazis y sus aliados—, los aspectos de la función papal en cuestión son los del «maestro» y, más aún, los del «juez».6 En efecto, al Papa, como maestro de moral, se le imputa el haber tratado la guerra casi exclusivamente como un hecho social y jurídico, dejando totalmente en la sombra la problemática individual (de cada una de las conciencias independientemente); mientras el Papa como juez es acusado de haberse sustraído a la denuncia de los crímenes más graves y absurdos y de haber emitido una condena genérica de los mismos, evitando indicar explícita y nominalmente a los responsables. Pero, ¿cuáles son, en concreto, los deberes específicos de un Papa en relación con la guerra? Dejando aparte los de la enseñanza moral relativa a ía guerra en abstracto (elaboración de una doctrina orgánica de la guerra y de las responsabilidades que implica tanto para los jefes de Estado como para los particulares, militares o civiles), es obvio que en el caso de un conflicto armado propiamente dicho, las funciones de guía moral y juez típicas del Papa —como, por lo demás, de cualquier otro líder espiritual— se realizan de modo distinto, según las distintas fases del conflicto:

su preparación y declaración —su transcurrir— y su conclusión. Inicialmente, cuando la guerra se halla todavía en fase de incubación, la intervención del Papa sólo puede tener carácter de amonestador, pacificador y mediador. Por el contrario, una vez que ha estallado el conflicto se impone el examen de la oportunidad o de la necesidad de pronunciarse sobre las responsabilidades de las partes (jefes y subordinados), distinguiendo al provocador y al agresor del provocado y el agredido. La tutela de la conducta moral de las acciones bélicas constituye, a su vez, su cometido durante el transcurso de la lucha, mientras que en la fase conclusiva debe ser absorbido por la preparación de las condiciones más adecuadas para alcanzar una paz justa. En la práctica, las situaciones más delicadas y comprometidas son, sobre todo, dos: la de la identificación y denuncia del agresor y la de la tutela de la conducta moral del conflicto. Por lo que se refiere a la condena del agresor injusto, la posición de un Papa no es, sin embargo, equivalente a la de cualquier otro jefe religioso, a menos que éste no se halle también revestido, igual que el jefe de la Iglesia romana, de caracteres soberanos. Sin embargo, incluso para un Papa, la situación es hoy esencialmente distinta de la de sus predecesores en el tiempo en que existía el «poder temporal». Los papas-reyes (el último de los cuales, hasta el 20 de setiembre de 1870, cuando las tropas italianas entraron en Roma para hacer de ella la capital de Italia, fue Pío IX) podían actuar ocasionalmente como pacificadores o jueces excepcionales en las controversias entre Estados y comunidades cristianas; sin embargo, en realidad eran con mucha más frecuencia contendientes que arbitros, aliados de la parte que más coincidía con los intereses de sus Estados, que con aquella que contrastaba con tales intereses. «Más que un tribunal arbitral, un alto tribunal de justicia, un oráculo de moralidad, el Papado (en efecto) es una institución regida por las leyes internas de la propia conservación y del propio incremento.»* El primer Papa moderno que pudo adoptar frente a u n conflicto una actitud ajena por completo a las razones de Estado de un soberano temporal fue Benedicto XV, en 1914 (Pío X murió pocos días después de la declaración de guerra de Austria a Servia). Y al elegir la neutralidad, supo hacer coincidir hábilmente las exigencias del nuevo status de la Santa Sede (un status jurídicamente aún mal definido en eL plano del Derecho internacional y bastante precario, de hecho, por la dilación de la «cuestión romana») con las exigencias ideaLes de una extranjería de orden superior y espiritual, estrechamente relacionada con la misión de la Iglesia. Posteriormente, la neutralidad de la Santa Sede fue sancionada,

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a priori, por voluntad de Pío XI, mediante el artículo 24 del Tratado Lateranense (11 de febrero de 1929), para cualquier contingencia de guerra entre Italia y otras naciones. Sin embargo, en el primer párrafo del mismo artículo, la Santa Sede se «reservaba en todo caso el derecho a hacer valer su potestad moral y espiritual» conforme a su misión de paz.7 Por tanto, desde entonces lo que está en juego no es el lado jurídico de la neutralidad, sino, simplemente, el moral. «Por la verdad y por la justicia, entre el bien y el mal —ha escrito un teólogo católico—, el Papa no quiere ni puede ser indiferente. Una neutralidad en este sentido... no concordaría con el alto deber que siente el Papa por el divino mandamiento que se le ha confiado. Por eso Pío XII habló, en el mensaje de Pascua (de 1941), de sus "armas no de poder, ni de sangre" y de la parte del combate que Él sostiene entre las naciones en lucha.» 8 Precisamente porque los pontífices romanos no han de ocuparse ya de cuestiones de interés soberano y su neutralidad política no implica necesariamente ninguna neutralidad moral, el problema de la calificación de la guerra y de su responsabilidad puede ser abordado por ellos en condiciones sustancialmente favorables. Sin embargo, ello no es óbice para que, por otra parte, siga tratándose de una misión extremadamente difícil. Teólogo citado, que escribía casi a principios de la Segunda Guerra Mundial, en defensa de Pío XII, acusado ya desde entonces de falta de decisión frente a las partes en conflicto,9 no exageraba mucho al decir que «para definir el carácter, general del presente conflicto en relación con la religión se requiere una estatura gigantesca y una madurez, diría, secular, que no pueden tener los particulares católicos, por muy celosos que sean. Y no vaya a citarse, por ejemplo, la reciente guerra de España, en que las partes en conflicto eran claramente definibles en el campo religioso para merecer la aprobación o la condena por parte de la máxima autoridad eclesiástica... »...Cada vez que los Romanos Pontífices han intervenido en la sociedad civil... han debido tener presente, ante todo, el objeto mismo de su intervención, para juzgar si es o no materia de su propia competencia, por lo menos indirecta; los personajes con que han de negociar y, finalmente, el clima de su propio tiempo y el ambiente social y religioso. »Todo ello representa un conjunto de dificultades jamás experimentadas por los más poderosos monarcas de la tierra como es tener que conciliar el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad; responder de ello ante Dios y ante los hombres, en el presente y

en la Historia; tener que sentir igualdad de afectos y respeto a países distintos y rivales; tener que impartir la justicia a los Gobiernos y a los pueblos. Añádanse las malevolencias, las desconfianzas, las volubilidades, la insinceridad de ciertos elementos, y se sabrá apreciar en su justo valor cuan arduo y complejo es el cometido de la Santa Sede».10 Por lo demás, no son menores las dificultades que se encuentran en el segundo sector: el relativo a la conducta moral de la guerra. Sin embargo, existe el hecho de que hay naciones, o, mejor, delitos que no están ni pueden estar nunca justificados ni protegidos por ninguna razón de necesidad política o militar. Entendemos referirnos explícitamente a los exterminios en masa de minorías étnicas, de clases dirigentes enteras, de prisioneros y de deportados civiles, así como a la transferencia de poblaciones enteras desde sus territorios de origen a otros para desnaturalizarlos y favorecer su asimilación, etc. La existencia de estas monstruosidades implica una tal subversión de los criterios del bien y del mal y un desafío tal a la dignidad de la persona humana y de toda la sociedad, que no puede no ligar a la obligación de la denuncia a cuantos tienen posibilidad de influir sobre la opinión pública, ya se trate de ciudadanos particulares o de autoridades públicas. En efecto, el silencio frente a tales excesos equivaldría a una colaboración propiamente dicha, por cuanto estimularía la crueldad de los criminales, excitando su protervia y vanidad. Perc si todos tienen el deber moral de reaccionar ante semejantes delitos, que se acercan al estadio de la pura gratuidad, u n deber aún más urgente e incondicionado impulsa a las sociedades religiosas y a sus jefes, en proporción, se entiende, a su poder y eficiencia; por tanto, antes que a cualquier otro, al jefe de la Iglesia católica. Respecto a estas violaciones extremas de la ley natural, caen obviamente todos los obstáculos que pueden interponerse razonablemente con motivo de la guerra. Las conveniencias políticas antes que cualesquiera otras; pero también las mismas cautelas de la caridad, justamente reclamadas, para toda situación normal, por Pío XII. En efecto, hasta la caridad, como admite incluso la teología moral católica, obedece a una jerarquía de orden en sus términos, y nadie puede poner en duda que la relativa a las víctimas inocentes y sin protección no deba prevalecer sobre la caridad hacia sus verdugos. Pero ya es hora de intentar una formulación, aun cuando sea esencial, de las normas relativas al comportamiento de u n Papa frente a la guerra. Hela aquí; 1) El peligro o el inesperado estallido de una guerra no comportan necesariamente una denuncia pública de las responsabili-

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dades, ni siquiera en el caso (más bien raro) de que no pueda haber dudas sobre tales responsabilidades, y de que, por tanto, no sean necesarias (como ocurre habitualmente) laboriosas investigaciones. En efecto, una intervención de esta índole impediría, y con toda probabilidad bloquearía definitivamente, el recurso a todos aquellos medios, diplomáticos o no, aptos para favorecer la suspensión de las hostilidades y reinstaurar la paz. Y no hay duda de que la reconquista de la paz es un bien inconmensurablemente superior a la denuncia abstracta del agresor. Es también evidente que, al experimentar los distintos medios de pacificación, no existen plazos de vencimiento a priori. Y que se puede, sin más, prolongar pacientemente el tiempo de los intentos de modo realista, siempre que tal prolongación no se emplee como una coartada para sustraerse a la responsabilidad moral y a las consecuencias de la denuncia. Esta última puede (pero aún no debe) efectuarse cuando se han perdido todas las esperanzas legítimamente fundadas de poder alcanzar por otros medios el arreglo del conflicto. Pero incluso en este caso debe poder ser motivada —partiendo de una autoridad religiosa— exclusivamente por razones de orden ético, tras haber apurado, con un razonable grado de certeza, las responsabilidades de las partes que han provocado el conflicto. Sea como fuere, en ningún caso una Iglesia está obligada a una semejante toma de posición, cuando sus fieles son del todo ajenos a la perturbación en curso. En efecto, su cometido es exclusivamente el de iluminar las conciencias de sus seguidores sobre el comportamiento que están llamados a adoptar en coherencia con los principios de su fe; sin embargo, al actuar de forma distinta, su gesto, privado de una motivación adecuada, sería considerado fatalmente como gratuito o interesado, y, por tanto, provocador. En el cálculo de las consecuencias que la denuncia no podría por menos de provocar, tanto sobre sus fieles como sobre la propia organización e institución, una Iglesia no debe dejarse arrastrar por consideraciones de orden terreno. Cualquier pérdida material, e incluso de vidas humanas, afrontadas en defensa de los ideales naturales y divinos de la justicia y de la libertad, acabaría, por lo demás, por constituirlas como un patrimonio inapreciable, unido a un prestigio que, una vez superada la prueba, se traduciría en ulteriores infalibles afirmaciones. Sin embargo, también es cierto que una decisión tan grave no debe ser tomada con incontrolada temeridad y por puro idealismo, sin una adecuada valoración de las circunstancias. La obligación de la intervención, no estrechamente necesitante

ante un conflicto limitado, cuando buenas razones convencen sobre la mayor oportunidad (para los fines religiosos o sociales) de abstenerse de ella, es, por el contrario, cada vez más perentoria e ineluctable cuando su provocación es tan reiterada y descaradamente recidivante que deja lugar a dudas sobre la existencia de un plan orgánico minuciosamente programado. Sin embargo, incluso en esta eventualidad, especialmente si se prevén consecuencias difícilmente marginables de esta cadena de provocaciones, no puede fijarse a priori el momento de la intervención. Hay que buscarlo con extrema prudencia, sopesando, de una parte, su necesidad para los fieles, y, de otra, su mayor utilidad a la causa del bien. 2) Frente a los delitos de lesa humanidad no justificados ni justificables, o sea, de cualquier clase de exigencias bélicas o políticas, sería absurdo negar que es lícito el sondeo de los intentos útiles para provocar su abandono antes de proceder a una denuncia solemne como la hecha por un Papa. Sin el recurso precedente a la persuasión y, eventualmente, en un segundo tiempo, a las amenazas de índole privada y secreta, el hecho de la denuncia adoptaría un significado casi alevoso, de una hostilidad inútilmente provocativa, y en vez de facilitar la detención de los crímenes, los incrementaría aún más. Sin embargo, la dilación en los tiempos, por así decirlo, preliminares, parece que debe ser mucho más breve aquí que en el caso precedente, ya que se trata de una materia que no es objeto de posibles atenuaciones o transacciones. La injustificabilidad de acciones tan inhumanas es tal, que no puede soportar dilaciones de esta índole, y tanto menos cuando se ha comprobado que todo retraso incrementaría las proporciones de la hecatombe. Otra etapa, la última, puede ser la denuncia genérica e impersonal de tales enormidades; pero si también ésta resulta ineficaz, no puede sufrir ulteriores dilaciones el deber de pasar al desenmascaramiento resuelto, al clamor de horror y de indignación, en suma, a la denuncia total y explícita. Creer que se satisface el propio deber con el primer modo de denuncia es una ilusión que no puede durar largamente en la inquietud de una conciencia honesta. Los deberes de dar testimonio de la verdad y de arrancar los velos a toda su manumisión y el de afirmar las exigencias del justo y del bueno frente a todas las vilezas, pero también frente a todas las tergiversaciones y engaños, no pueden cumplirse con intervenciones formales y genéricas, incluso atenuadas con fórmulas ambiguas y tímidas. Y ello especialmente cuando se tocan los límites de la violencia más feroz y en las proporciones más inauditas; a menos que se quiera

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representar una grotesca y absurda parodia, más grave aún que el propio mal que debería castigar. Si, incluso frente a la máxima y más gratuita y provocativa crueldad, la misión de una Iglesia o de una religión se satisface con intervenciones a las cuales se ha sustraído consciente y minuciosamente toda posibilidad de eficacia, entonces es necesario decir que aquella Iglesia o aquella religión son como la parodia más repugnante de la fe y de la necesidad de creer. Es a la luz de estas premisas, sobre las cuales no creemos que sea en modo alguno difícil de convenir, que en este libro, y especialmente en la primera parte, se examinará el comportamiento de Pío XII ante el desencadenamiento de la guerra y las grandes perversiones nazis. Examinado, no juzgado. En todo caso, el juicio propiamente dicho lo deducirá de por sí el propio lector.

PRIMERA PARTE

EL PROBLEMA EN GENERAL

El tamizado objetivo de los documentos conocidos hasta ahora [diciembre de 1964] concernientes a la toma de posición de la Santa Sede en general y de Pío XII en particular, en lo referente a la guerra nazi y a las víctimas del exterminio planificado realizado por Hitler y por sus aliados al socaire de las operaciones bélicas, nos lleva a tres comprobaciones, hasta el momento irrefutables: 1) Pío XII no formuló jamás una condena explícita y directa de la agresión bélica, y mucho menos de las incalificables violencias cometidas por los alemanes o por sus cómplices al amparo de la situación bélica; 2) Pío XII no calló porque ignorase cuanto ocurría; por el contrario, estaba al corriente, y ya desde el principio, de la gravedad de los hechos como quizá ningún otro jefe de Estado del mundo; 3) Pío XII siguió callando, pese a que él mismo sentíase impulsado a tomar posición y no obstante las ininterrumpidas solicitaciones de las víctimas y de los Gobiernos a fin de que «levantase su voz». Se trata, ya lo hemos dicho, de simples comprobaciones, de puras verificaciones objetivas realizadas a base de los documentos conocidos hasta ahora; por tanto, de hecho, insuficientes de por sí, sin responsables valoraciones ulteriores que pudieran sugerir algún juicio respecto a sus responsabilidades. Para poder llegar a tal juicio es necesario valorar, ante todo, si la entidad de los acontecimientos y las circunstancias vigentes eran en realidad tales como para exigir «el testimonio de la verdad» requerido por su misión, y, en segundo lugar, en caso positivo, si las razones esgrimidas por Pío XII para justificar su propia conducta de discreción son verdaderamente tales como para inducir a probar su elección.

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I EL HECHO DEL SILENCIO

Culpabilistas e inocentistas no suelen hacer distinción entre los testimonios concernientes al comportamiento de Pío XII respecto a la guerra y los relativos a los delitos que no tenían necesariamente ninguna relación con la contienda. A base de las premisas expuestas en la introducción, distinguiremos cuidadosamente, por el contrario, según se refieran al uno o al otro orden de hechos. Ello servirá para comprobar que la actitud del Papa Pacelli fue distinta frente a los dos géneros de acontecimientos, lo cual permitirá, a su vez, una formulación más exacta de la responsabilidad moral por él contraída. El silencio ante la guerra El hecho que más sorprende a todo aquel que examina los comienzos del pontificado de Pío XII es, sin duda, el del súbito silencio en que se encerró al Papa, puede decirse que tan pronto como tuvo noticias del estallido de las hostilidades germano-polacas. Hasta la víspera, hasta las últimas horas el 31 de agosto de 1939, su actividad diplomática y oratoria había sido de un ritmo febril, casi agitado. Aún hoy la lectura de su llamamiento al mundo, y en particular a los jefes políticos, transmitida por radio desde Castelgandolfo el 24 del mismo mes, emociona profundamente a quien lo lee. La impresión causada entonces fue enorme. Se creyó incluso, y hasta corrió la voz, de que el Papa estaba a punto de salir de Roma por vía aérea para ir a suplicar en persona a Hitler y a sus jerarcas. Y he aquí, por el contrario, que el

interminable primer día de guerra, el 1.° de setiembre, transcurre sin que se anunciara ningún mensaje suyo. Y lo mismo el día 2 y los siguientes. En el Vaticano, las salas de la Secretaría de Estado apenas si podían contener a los jefes y agregados de las representaciones diplomáticas cerca de la Santa Sede. También éstos se hallaban a la espera de la declaración papal, de la solemne protesta, si no ya de un edicto propiamente dicho de cruzada antinazi. Los respectivos Gobiernos los instaban a obtener seguridades, a arrancar promesas, a hacerlo todo para que no se retrasase ni una hora más la infalible intervención pontificia. «Los hechos hablan de por sí —respondía entre áspero y cortés, el cardenal Maglione, secretario de Estado—; dejadlos hablar.» 1 Pero lo cierto es que los hechos no decían otra cosa, día a día, sino que el ejército y la aviación alemanes se abrían rápidamente camino a sangre y fuego en el corazón de Polonia, o sea, que el agresor triunfaba. Ninguna nota de protesta, ni siquiera por vías secretas, partió en aquellos días del Vaticano para la Wilhelmstrasse, y jamás, ni entonces ni nunca, una afirmación explícita de la Secretaría de Estado o del Papa atribuyó a Alemania la responsabilidad de la guerra. Más aún, el Papa esperó hasta el último minuto para dirigirse a la Polonia invadida, para lamentarse, ya que no podía hacer otra cosa, de su amargo destino. Por el contrario, mostróse solícito de aprovechar la ocasión de la presentación de las cartas credenciales por parte de dos nuevos embajadores para precisar su línea de conducta de absoluta neutralidad ante el conflicto por todo el tiempo que duranse el mismo. 2 No es que se tratase de una proclamación formalmente superflua, pero se daba completamente por descontada, aunque fuese sólo por las convenciones lateranenses. Nadie, sin duda, esperaba que el Papa se decidiese abiertamente por uno de los dos adversarios, pero sí que se valiese de la libertad de su «potestad moral y espiritual». Por el contrario, además de dejar bien claro que, a menos que fuese requerido como mediador, no se inmiscuiría «en las controversias puramente temporales y en las competiciones territoriales de los Estados», Pío XII llegó a declarar que su verdadera preocupación iba más allá de las circunstancias iniciales del conflicto, para concentrarse en unos peligros bien distintos, «nuevos e inconmensurables»: los ligados a la aparición sobre el horizonte de la Europa cristiana de la «sombra siniestra, cada día más amenazadora y cercana, del pensamiento y de la obra de los enemigos de Dios».3 Era la primera alusión, en modo alguno oscura, de Las decenas que seguirían en los próximos años, al peLigro comunista (el día anterior, la Unión Soviética había hecho avanzar a sus tropas más

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allá de la frontera oriental de Polonia). No cabe la menor duda de que se trataba de un ansia más que legítima para un jefe religioso, pero ¿no era acaso imprudente dejar creer que juzgaba el conflicto germano-polaco no tan grave de por sí cuanto porque abría el camino a la penetración en Europa del comunismo ateo? Sea como fuere, el silencio pastoral de Pío XII no podía prolongarse más allá de lo soportable, y el 30 de setiembre, cuando la división de la presa había sido ya ratificada por sus agresores,4 el Papa accedió a recibir a la colonia polaca de Roma, que se había convertido, de la noche a la mañana, en una colonia de prófugos. Si alguien esperaba de él algo semejante al discurso de Pío XI a los españoles de 1936, debió quedar amargamente desengañado. Elegidas con infinita cautela las más moderadas expresiones de condolencia, y repetidas, con el máximo esfuerzo de persuasión, las invitaciones a la resignación, el Papa Pacelli no se permitió ni siquiera la más mínima alusión a los re ponsables del enésimo reparto del país. Su cautela no se modificó ni siquiera con la publicación de la primera encíclica. Pío XII había empezado a escribirla antes de las hostilidades. Cuando fue sorprendido por la «espantosa noticia», lo único que se le ocurrió escribir fue: «Nuestra pluma quisiera detenerse cuando Nos pensamos en el abismo de sufrimientos y en las innumerables personas a las que aún ayer, en el ambiente familiar, sonreía un rayo de modesto bienestar. Nuestro corazón paterno queda agobiado por la angustia cuando prevemos todo cuanto puede madurar de la tenebrosa semilla de la violencia, para la que hoy abre la espada los surcos sangrientos. Pero precisamente ante estas apocalípticas previsiones de desventuras inminentes y futuras, consideramos como Nuestro deber elevar, con creciente insistencia, los ojos y los corazones de aquellos en los que aún queda un sentimiento de buena voluntad, hacia el Ünico del cual deriva la salvación del mundo.»5 E inmediatamente después se consolaba con el pensamiento de que para muchos, «horas de tan penosa contrariedad son con frecuencia horas de gracia», pensamiento que parece hecho a propósito para justificar a cuantos afirman que la religión acalla fatalmente la sensibilidad, deshumanizando a sus seguidores. Igualmente, se muestra de una frialdad glacial la consideración, hecha más adelante, de que: «la salvación no llega a los pueblos por medios externos o por la espada, que puede imponer condiciones de paz, pero que no crea la paz. Las energías que deben renovar la faz de la Tierra deben proceder del interior, del espíritu».8 Estas últimas palabras enlazaban, desde luego, con un despun-

tar polémico hacia las potencias del Eje, lo mismo que aquellas que sostenían la necesidad para el mundo de un orden nuevo, mientras le creaban como plataforma la destrucción del antiguo. Pero, ¡con cuánta cautela era insinuada la alusión! ¿Y podría considerarse como una explícita condena de quien había provocado el estallido de las hostilidades la afirmación de que aquélla era «una verdadera hora de las tinieblas, en la que el espíritu de la violencia y de la discordia vierte sobre la humanidad la sangrienta copa de dolores sin nombre»? Es inútil poner de relieve que no hay nada más genérico ni más fútilmente retórico que ese «espíritu de la violencia y de la discordia». Ni siquiera el augurio a Polonia de conocer pronto «la hora de una resurrección correspondiente a los fines de la justicia y de la verdadera paz»1 era el más a propósito para irritar a los alemanes, que oficialmente no habían decidido aún la suerte del país y que sin duda le preparaban un lugar en el «orden nuevo», a su modo, justo y pacífico.8 En suma, frente a la guerra ya desencadenada, Pío XII no encontró nada más que decir que él tenía ante sí «la figura del Buen Pastor», y Nos parece como si debiésemos repetir al mundo en Su Nombre el lamento: «¡Oh, si conocieses lo que es provechoso para tu paz!; pero ahora todo esto se halla oculto a tus ojos.»9 Unas semanas más tarde, con ocasión de su primer radiomensaje navideño, volvió a presentarse a Pío XII el argumento de la guerra, mejor aún, «de la indecible desgracia de la guerra». En efecto, para su corazón de pontífice constituía una «inmensa amargura» el pensamiento de que la Navidad hubiese de celebrarse aquel año «entre el funesto y lúgubre tronar de los cañones, bajo el terror de los ingenios bélicos volantes, en medio de las amenazas y asechanzas de los buques armados». Y tanto más cuanto que, «iniciada y proseguida en tan insólitas circunstancias», la guerra había llevado a toda una serie de excesos, previsibles sin duda como fruto ineluctable «de doctrinas y obras de una política que descuida la ley de Dios», mas no por ello menos lamentable. Y, sin embargo, lamentables sobre todo por las consecuencias futuras, destinadas a madurar cuando, una vez acabado el conflicto, una economía exhausta o extenuada difícilmente podría encontrar los medios para la reconstrucción, y entonces «las fuerzas y los elementos del desorden, al acecho, tratarán de aprovechar la ocasión, en la esperanza de poder dar el golpe de gracia a la Europa cristiana»-. O sea, Pío XII volvía a la idea de que la verdadera gravedad del conflicto, que se había desencadenado por la falta de una seria voluntad conciliadora de los bandos contendientes, se perfilaría sólo más adelante, con la intervención calculada del comu-

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nismo oportunista. Ya podía citar no sólo (aunque no le interesaba hacerlo en modo alguno) la anexión a la URSS de la Polonia oriental, sino también el ultimátum a Finlandia, seguido por la inmediata invasión soviética del país.10 Naturalmente, no es que Pío XII errase gn estas sus alarmas y en sus previsoras valoraciones, pero atribuir ia verdadera peligrosidad casi únicamente a la amenaza del comunijmo ateo parecía reducir a un muy escaso alcance la responsabilidad de la Alemania nazi, que era en realidad el primer enemigo verdadero de la Europa no sólo civil, sino también cristiana. Por lo demás, ¿no tenía un intenso sabor a clara parcialidad el hecho de denunciar públicamente y sin las acostumbradas laboriosas perífrasis, la agresión finlandesa, configurándola nada menos que como premeditada y llena de pretextos, cuando no había osado intervenir ni siquiera vagamente para la polaca? Mas Pío XII no tardaría en dar nuevas muestras de esta parcialidad. En efecto, en la primavera de 1940, el 10 de abril, Alemania ocupaba militarmente, sin, naturalmente, previo aviso, Dinamarca y Noruega, justificando tal decisión con necesidades de carácter estratégico. 11 La violación del Derecho internacional era patente, pero él evitó ponerla de relieve. Un mes después, Bélgica, Holanda y Luxemburgo corrían la misma suerte; pero esta vez, finalmente, tres telegramas partieron del Vaticano para los respectivos soberanos. Las expresiones de simpatía y solidaridad —reservadas no sólo para la Bélgica y el Luxemburgo católicos, sino también para la Holanda calvinista— incluían por primera vez alguna expresión vigorosa a propósito del atropello que se había cometido con ellos; sin embargo, una vez más el juicio recaía sólo indirectamente sobre el verdadero responsable de la suerte de tales naciones: la Alemania nazi. Pero, ¿vale la pena recordar los silencios, renovados puntualmente desde entonces en adelante, primero en lo referente a los Estados bálticos (Letonia, Estonia y Lituania), y a Besarabia y Bucovina, ocupadas por Rusia (el 15 y el 20 de junio de 1940), luego a Grecia agredida por Italia (23 de octubre de 1940), y, finalmente, a Yugoslavia, invadida por las tropas del Eje (7 de abril de 1941)? Para estos países, lo mismo que para Rusia, atacada por Alemania el 22 de junio del mismo año, ni el Papa ni su Secretaría de Estado tuvieron jamás ni siquiera sólo una expresión genérica de solidaridad. Al llegar a este punto habría que preguntarse si el criterio de neutralidad política no se había convertido en un pretexto para cubrir una incalificable neutralidad moral. En efecto, la agresión, de fenómeno de excepción —como se podía, no obstante los precedentes de tiempo de paz (Austria, Checoslovaquia, Etiopía, Albania), considerar el ata-

que a Polonia—, se había convertido en práctica endémica o, si se prefiere, en método persistente. ¿O acaso habría que hacer confluir bajo el cómodo título de medidas precautorias de carácter estratégico todos los engaños que empleaban los nazis con descarada reiteración? La Santa Sede prefirió que se creyese así. Sea como fuere, para acabar con toda duda, Pío XII recalcó su norma de intransigente neutralidad: Nos amamos igualmente —y Dios es testigo de ello— y con el mismo afecto, a todos los pueblos sin excepción alguna; y para evitar aun la apariencia de no estar libres de espíritu de partes, Nos nos hemos impuesto hasta ahora la máxima reserva... Naturalmente, no olvidamos los nobles, aunque —preciso es decirlo— más bien obvios principios de los que ha dado testimonio Pío XII con sus escritos y mensajes durante el período bélico. Citemos, entre todos, la llamada a los orígenes comunes y, por lo mismo, a la igualdad universal de todos los pueblos, y la condena del Estado totalitario, contenidos en su primera encíclica. Aunque, desde luego, nunca es tarde, ni para los individuos ni para los pueblos, volver al arrepentimiento, ¿no parece más bien ingenuo (aunque no por ello menos comprometedor para un jefe religioso) hacer un llamamiento a estos principios (por lo demás, mal servidos por la propia Santa Sede, por ejemplo, con las indulgencias concedidas a los Estados totalitarios católicos, como España y Portugal), cuando los errores opuestos no sólo no se hallaban ya en fase de desarrollo o a principios de su irradiación, sino que habían alcanzado el ápice de la expansión y de la afirmación y cosechaban ya a manos llenas sus éxitos? 12 Así, el confirmar el derecho de las minorías étnicas a la existencia y a los medios para garantizarla (pero, ¿acaso Pío XII había levantado la voz con ocasión de la agresión a Albania, acaecida pocos días después de su elección?), la inutilidad del poder de los grandes Estados respecto a tal derecho, etc., tenían, ciertamente, su importancia y su necesidad, pero no sólo las potencias que habían promovido la guerra 1 3 eran las menos a propósito para apreciar aquellas enseñanzas (y, por lo demás, también dichas potencias azuzaban las pasiones de algunas minorías o pueblos pequeños para convertirlos en sus aliados), sino que los problemas de la guerra, antes que políticos y jurídicos, por lo menos para un jefe de Iglesia y sus seguidores, eran religiosos, y, para todos los hombres honrados lanzados aL conflicto por el mecanismo implacable de las movilizaciones generales, morales. Se equivocaría sin duda quien creyera que la actitud neutral equivalía en Pío XII a insensíblidad o desinterés ante la tragedia bélica. Más aún, se sabe que al principio sintióse impulsado inclu-

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so a apoyar un complot alemán que tenía por objeto derrocar a Hitler. Y son conocidos los más temerarios intentos diplomáticos de índole consensual a los que dio su protección. Pío XII no se cansó jamás, en efecto, de esperar poner fin, más tarde o más temprano, a las hostilidades. El golpe más grave asestado a ésta su esperanza fue dado por la reunión de Casablanca (enero de 1943), que sancionó como única forma de rendición para los alemanes la de «sin condiciones».14 En efecto, inmediatamente se dio cuenta de que jamás los alemanes capitularían sin haber luchado antes hasta el último hombre, como ocurrió en realidad. Sin embargo, tenemos el hecho de que su actividad diplomática durante el período bélico se fue encerrando progresivamente en un círculo de intereses eclesiásticos cada vez más precisos y restringidos: preservar a Italia, y sobre todo a Roma, de la guerra. No se resignó ni siquiera después de que Italia, pese a sus esfuerzos y a las presiones que hizo ejercer sobre la misma (y aquí, una vez más, Pío XII apuntó su temeridad tratando de separar el fascismo de la monarquía), hubo entrado en guerra. En efecto, desde entonces todos sus intentos se orientaron a encontrar el modo de hacerla salir lo más pronto posible del conflicto. Sin duda el amor a su patria era uno de los móviles de su acción. Pero una Italia neutral significaba para él, además de la preservación del país del caos y, en consecuencia, del comunismo, una franja de seguridad y protección en torno al propio Vaticano. Ante la imposibilidad de llevar a cabo por entero este plan completo, se trataba, en último término, de la protección de Roma, su patria personal, pero, sobre todo, la capital del mundo católico. En suma, Pío XII, a base de la línea de neutralidad política y jurídica adoptada frente al conflicto, no sólo no formuló nunca una denuncia formal o protesta ante el inicio, o cualquier desarrollo parcial, o todo el conjunto de los acontecimientos bélicos en curso, sino que incluso en el desempeño de su ministerio se sustrajo constantemente a pronunciamientos relativos a los responsables de la guerra. Su predicación —incluso la destinada a una audiencia más amplia que la de sólo los católicos— se limitó en todo momento a sostener la preferencia de su Iglesia por la paz, exponiendo los modos de realizarla, tanto en el interior de cada uno de los Estados como en las relaciones internacionales. En cuanto a la guerra propiamente dicha, siguió lamentando su inútil calamidad y sus horrores, que eran una fatal consecuencia de la misma, evitando, sin embargo, tratar de la toma de conciencia de los creyentes ante la necesidad de cooperar a tales fines, pese a la eventual repugnancia no tanto de sus formas cuanto de sus fines. Sin embargo, llegó el día en que resonaron también en sus la-

bios francos acentos de condena a la guerra de agresión, una condena reconocida finalmente como deber inaplazable y urgentísimo: «Un deber —proclamó— obliga a todos, un deber que no tolera ningún retraso, ninguna dilación, ningún titubeo, ninguna tergiversación, o sea, hacer cuanto sea posible por proscribir y desterrar de una vez para siempre la guerra de agresión como solución legítima a las controversias internacionales y como instrumento de aspiraciones nacionales. En el pasado se hicieron muchos intentos en este sentido. Todos fracasaron. Y fracasarán siempre hasta que la parte más sana del género humano no tenga una voluntad firme, santamente obstinada, como una obligación de conciencia, de cumplir la misión que los tiempos pasados iniciaron con no suficiente seriedad y resolución. Si alguna vez una generación ha debido sentir en el fondo de su conciencia el clamor: "¡Guerra a la guerra!", ésa es, sin duda, la presente. Pasando, como pasa, a través de un océano de sangre y lágrimas, como tal vez no conocieron jamás los tiempos pasados, han vivido tan intensamente sus indecibles atrocidades, que el recuerdo de tantos horrores quedará impreso en su memoria y hasta en lo más profundo de su alma, como la imagen de un infierno al que no podrá por menos de sentir los más ardientes deseos de cerrar las puertas todo aquel que nutre en su corazón sentimientos de humanidad.» Pero estas palabras fueron pronunciadas por Pío XII en la vigilia de Navidad de 1944,15 o sea, cuando ya hacía siete meses que Roma había sido liberada, los alemanes rechazados hacia la Línea Gótica, París reconquistada y la suerte de la guerra decidida. Sin embargo, incluso a estas afirmaciones seguía faltándoles el nombre del destinatario. El innominado agresor debía permanecer tal para siempre en la sentencia del más alto tribunal religioso de la humanidad. El silencio ante los delitos extrábélicos

Si con los actos públicos oficiales o pastorales de Pío XII se podría escribir por lo menos una historia, aunque llena de lagunas, de la Segunda Guerra Mundial, tal como la podrían narrar las notas de una persona neutral más bien negligente, o, quizá más exactamente, las de u n filósofo de la Historia y de la sociedad mucho más preocupado de los problemas generales y abstractos que de los hechos concretos y particulares, no existe la más mínima duda de que, recurriendo a las mismas fuentes, no se podrían, por el contrario, ni siquiera sospechar las vicisitudes de otra historia, paralela y mucho más horripilante: la de los delitos

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extrabélicos, o, como máximo, se advertirían algunas a excesos cometidos aquí y allá como consecuencias más o menos fatales de la guerra y de la ocupación. Durante los casi seis años del segundo conflicto mundial, obedeciendo a un plan preestablecido, ya sea genéricamente, ya en sus objetivos generales, o como consecuencia de su propios principios, e incluso aprovechando el clima de ilegalidad favorecido por los mayores exterminios legalizados, en la Europa nazificada (ocupada o aliada de los nazis), se consumó la matanza de: 1) 6 millones de judíos de nacionalidad polaca, alemana, húngara, eslovaca, rumana, francesa, italiana, etc.; 2) más de 3 millones de prisioneros rusos; 16 3) 500-700 mil ortodoxos servios; 4) 200 mil enfermos incurables alemanes, sacrificados al programa de la eutanasia; " asimismo, fueron objeto de emigración forzosa docenas de millones de pacíficos habitantes, y víctimas de razzias decenas de millares de niños.18 Es cierto que mientras los soldados caían en operaciones militares registradas a diario por los partes de guerra de las distintas naciones participantes en el conflicto, e incluso los civiles eran también recordados como víctimas de los bombardeos de las ciudades, los judíos, los prisioneros rusos, los intelectuales polacos, los enfermos incurables, alemanes y no alemanes, etc., eran ejecutados clandestinamente. Sin embargo, la matanza de tantos millones de hombres, aunque sustraída, por lo menos durante algún tiempo, a la publicidad, jamás fue desconocida, y cada vez menos, gracias al perfeccionamiento de los servicios de información, por las autoridades civiles, y en particular, como veremos, por la Santa Sede. Sin embargo, este genocidio organizado y científico, envuelto en ignominias de toda índole, que alcanzó proporciones gigantescas y que hizo palidecer todas las barbaries del pasado, sólo tuvo algún eco fragmentario y genérico en los documentos pontificios. Ni un solo documento se ha ocupado exclusiva y explícitamente de ello, y las rarísimas y limitadísimas alusiones se hicieron no sólo con frases sumarias, sino que, envolviendo el lenguaje en un desdén altanero, fueron arropadas en un estilo uniforme y fríamente jurídico. Como hemos dicho, se buscaría en vano, entre centenares de páginas de alocuciones, mensajes y escritos de Pío XII, la marca de fuego destinada a poner para siempre el marchamo a tan horripilantes ignominias. Éste ha sido precisamente el silencio que más ha escandalizado. Sólo una vez, aunque sin nombrarlos, aludió Pío XII a los ju-

dios. Sin embargo, no faltaron al principio intentos, aunque vagos, de la esperada denuncia. En el radiomensaje navideño de 1939 se pueden leer estas afirmaciones: «Por desgracia, hemos tenido que asistir a una serie de hechos inconciliables, tanto con las prescripciones del Derecho internacional positivo como con los principios del Derecho natural, e incluso con los más elementales sentimientos de humanidad; hechos que demuestran en qué caótico círculo vicioso se mueve el sentido jurídico desviado por puras consideraciones utilitarias. En esta categoría se incluyen: la agresión premeditada contra un pueblo pequeño, laborioso y pacífico, con el pretexto de una amenaza no existente, ni deseada y ni siquiera posible; las atrocidades (cometidas por cualquier parte) y el empleo ilícito de medios de destrucción incluso contra no combatientes y fugitivos, contra ancianos, mujeres y niños; el desprecio a la dignidad, la libertad y la vida humana, de lo cual derivan hechos que claman venganza a Dios: Vox sanguinis fratris tui calmat ad me térra, y la cada vez más extendida y metódica propaganda anticristiana, e incluso, atea, especialmente entre la juventud.» 1S Pero, aparte la agresión a Finlandia y la propaganda antirreligiosa, que no participan de nuestro problema, los hechos denunciados y deplorados, además de ser expresados con la acostumbrada genericidad y vaguedad de referencias, que favorecía el inexorable peloteo de las responsabilidades entre los adversarios, aparecen esencialmente ligados a la guerra, lo cual era en parte verdad, y en parte podía entonces parecerlo. Sin embargo, como hemos dicho, el hecho de ver formulada una lista tal de lamentaciones podía contribuir a alimentar la esperanza de que semejante resolución, e incluso de mayor alcance en proporción a las exigencias, podría encontrarse también posteriormente. Ello pareció confirmado por este fragmento de la alocución al Sagrado Colegio, pronunciada el 2 de junio de 1940: «...No creemos lícito en esta ocasión renunciar a manifestar nuestro pesar al ver cómo el trato que se da a los prisioneros en más de un país está lejos de hallarse de acuerdo con las normas humanitarias... »Por lo cual corresponde al digno nombre de la autoridad misma el que, con la extensión de los campos de batalla más allá de las propias fronteras, no decaiga la dignidad de la razón que dicta aquellos sumos principios de promover el bien y contener el mal, los cuales refuerzan y honran los ordenamientos de quien manda y concillan y hacen más inclinado y presto, al que está sometido, a plegar la voluntad y la obra al bien común. Y por ello, cuanto más se extienden los territorios que el conflicto somete a domina-

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ción extranjera, tanto más urgente se hace la obligación de poner el ordenamiento jurídico que se dispone a aplicar a los mismos en armonía con las disposiciones del derecho de gentes y, sobre todo, con las exigencias de la humanidad y de la equidad. Y no puede desconocerse que, junto a las precauciones de seguridad justificadas por verdaderas necesidades de guerra, el bien de las poblaciones sometidas a ocupación no deja de seguir siendo una norma obligatoria para el ejercicio del poder público. La justicia y la equidad exigen que sean tratadas de la misma forma que, en caso análogo, desearían las potencias ocupantes ver tratados a sus propios compatriotas. »De estos principios elementales de sana razón, no es difícil, para el que quiera elevarse sobre la acciones humanas, sacar las consecuencias para disponer una regulación de las cuestiones especiales relativas a los países ocupados, que esté conforme no menos con la conciencia humana y cristiana que con la verdadera sabiduría de Estado: el respeto a la vida, el honor y la propiedad de los ciudadanos, el respeto a la familia y a su derechos; y, por el lado religioso, la libertad del ejercicio privado y público del culto divino de una manera conveniente al respectivo pueblo y a su lengua; la libertad de instrucción y educación religiosa, la seguridad de los bienes eclesiásticos; la facultad a los obispos de corresponder, con su clero y con sus fieles, en las cosas concernientes a la cura de almas...» El tono es excesivamente jurídico, pero noblemente tal. Mucho más irritante, por el contrario, es la preponderancia de los privilegios eclesiásticos reclamados por semejante, y de por sí preciosa, regulación. Pero lo que en realidad estaba ocurriendo, y a lo que se alude oscura y fugazmente en el texto papal, era muchísimo más grave de cuanto pudiese conjeturar cualquier imaginación. Sea como fuere, un año y medio después, nadie, sobre todo en el Vaticano, se hacía ya ilusiones. A fines de 1941, o sea, cuando no se podía dudar ya de los fines aniquiladores de Alemania a propósito de Polonia, cuando ya habían empezado las primeras deportaciones en masa de los judíos (el 1941 es también el año de los famosos estatutos judíos de la Francia de Vichy y de la Eslovaquia de monseñor Tiso), y cuando en Croacia habían caído los primeros centenares de ortodoxos servios por razones de intolerancia religiosa además de racial, Pío XII, en su radiomensaje navideño, sólo encontraba sorprendente y deplorable que perdurasen ciertas dificultades a la acción de la Iglesia católica: «Nos resulta inexplicable —decía— cómo, en algunos países, numerosas disposiciones se interfieren en el camino del mensaje de la fe cristiana, mientras conceden amplio y libre paso a una

propaganda que la combate. Sustraen a la juventud a la benéfica influencia de la familia cristiana, haciéndola extraña a la Iglesia; la educan en un espíritu adverso a Cristo, instilándole concepciones, máximas y prácticas anticristianas; dificultan y perturban la obra de la Iglesia en la cura de almas y en las acciones de beneficencia; desconocen y rechazan su influjo moral sobre el individuo y la sociedad, determinaciones todas que, lejos de haber sido mitigadas o abolidas en el curso de la guerra, han ido agudizándose en no pocos aspectos. Que todo esto, y aun otras cosas, pueda continuar en medio de los sufrimientos de la hora actual es un triste signo del espíritu, con el cual los enemigos de la Iglesia imponen a los fieles, en medio de todos los otros, no leves sacrificios, incluso el angustioso peso de un ansia de amargura sobre las conciencias.»20 Pío XII no tenía razón para lamentarse de ello, aun cuando era singular que precisamente él esperase algo distinto de los nazis o de los comunistas. Lo que extraña, en cambio, es que inmediatamente después se sintiera impulsado a amenazar con una solemne protesta por estas dificultades puestas a la Iglesia: «Para evitar siquiera la apariencia de no estar limpios de espíritu de parcialidad, Nos nos hemos impuesto hasta ahora la máxima reserva; pero las disposiciones contra la Iglesia y los objetivos que persiguen son tales como para hacernos sentir obligados, en nombre de la verdad, a pronunciar una palabra, también para que no nazca, por desgracia, extravío entre los fieles.»21 Desde luego, una protesta de este género entraba perfectamente en sus derechos; pero, ¿acaso no figuraba también entre sus deberes hacer otro tanto para poner fin a los delitos perpetrados en perjuicio de centenares de milLares de víctimas inocentes, perseguidas sólo por motivos de raza o de utilidad política del vencedor? El radiomensaje navideño de 1942 —que coincide con el inicio de las cotas máximas de las distintas campañas de genocidio y de antisemitismo— contiene expresamente el anuncio de una cruzada. Por aquella fecha, los muertos secretos de la barbarie nazi se podían calcular ya en cerca de dos millones y medio. Sin embargo, el Papa expresa unas ilusiones bien distintas: «No lamenta, sino acción, es eL precepto de la hora actual; no lamento sobre lo que es o fue, sino reconstrucción de lo que se levantará y debe levantarse en bien de la sociedad. Invadidos por un entusiasmo de cruzados, corresponde a los mejores y más escogidos miembros de la cristiandad reunirse en el espíritu de verdad, de justicia y de amor al grito de: ¡Dios lo quiere!, prestos a servir, a sacrificarse como los antiguos cruzados. Si entonces se

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trataba de la liberación de la tierra santificada por la vida del Verbo de Dios encarnado, hoy se trata, si podemos expresarnos así, del nuevo trayecto, superando el mar de los errores del día y del tiempo, para liberar la tierra santa espiritual, destinada a ser su sustrato y el fundamento de normas y de leyes inmutables para construcciones sociales de sólida consistencia interna. »Por tan alta finalidad del pesebre del Príncipe de la paz, confiados en que su preciosa gracia se difunda a todos los corazones, Nos nos dirigimos a vosotros, dilectos hijos que reconocéis y adoráis en Cristo a vuestro Salvador; a todos aquellos que están unidos con Nos, al menos con el vínculo espiritual de la fe en Dios; en fin, a todos cuantos anhelan liberarse de las dudas y de los errores, anhelantes de luz y de guía, y os exhortamos, con suplicante insistencia paterna, no sólo a comprender íntimamente la angustiosa gravedad de esta hora, sino también a meditar sus posibles auroras benéficas y sobrenaturales y a uniros y trabajar juntos para la renovación de la sociedad en espíritu y en verdad. «Objetivo esencial de esta Cruzada, necesaria y santa, es que la estrella de la paz, la estrella de Belén, brille de nuevo sobre toda la humanidad en su rutilante fulgor, en su pacificador consuelo, cual promesa y augurio de un porvenir mejor, más fecundo y feliz.»22 Las cámaras de gas ardían con método en los lager alemanes y polacos, pueblos enteros eran incendiados con las iglesias ortodoxas y con sus fieles en Croacia, en Eslovaquia se preparaban las deportaciones, en Besarabia y en Bucovina trescientos miljudíos habían sido ya tácitamente liquidados, millones de otras futuras víctimas vivían en las juderías o ghettos, en los campos de concentración y en sus casas, en la espera dramática de su exterminio, ¡y Pío XII anunciaba como objetivo esencial de la «Cruzada necesaria y santa» la «Estrella de la paz»! Por fortuna, hacia el fin del documento encontraba, junto con otro tono, una distinta solidez de argumentos: «Lo que en tiempos de paz yacía comprimido, al conjuro de la guerra estalló en una triste serie de acciones contrastantes con el espíritu humano y cristiano. Las convenciones internacionales para hacer menos inhumana ia guerra, limitándola a los combates, para regular las normas de la ocupación y de la cautividad de los vencidos, quedaron como letra muerta en varios lugares; y ¿quién puede ver jamás el fin de este progresivo empeoramiento?» 23 Sin embargo, el Papa silenciaba precisamente las enormidades que más clamaban venganza; sea como fuere, proseguía: «¿Quieren acaso los pueblos asistir inertes a tan desastroso progreso? ¿O no deben más bien, sobre las ruinas de u n ordenamiento

social que ha dado prueba tan trágica de su ineptitud para el bien del pueblo, reunirse los corazones de todos los magnánimos y honrados en el voto solemne de no darse reposo hasta que en todos los pueblos y naciones de la Tierra se convierta en legión la fila de aquellos que, decididos a llevar la sociedad al inamovible centro de gravitación de la ley divina, anhelan el servicio de la persona y de su comunidad ennoblecida en Dios? «Este voto lo debe la humanidad a los innumerables muertos que yacen sepultados en los campos de batalla; el sacrificio de sus vidas en el cumplimiento de su deber es el holocausto para un nuevo y mejor orden social. Este voto lo debe la humanidad a la infinita y doliente fila de madres, viudas y huérfanos que han visto cómo se les arrancaba la luz, el consuelo y el sostén de sus vidas. Este voto lo debe la humanidad a los innumerables desterrados que el huracán de la guerra ha arrancado de su patria y dispersado por tierra extranjera. Este voto lo debe la humanidad a los centenares de millares de personas que, sin culpa personal alguna, a veces sólo por razones de nacionalidad o de raza, son destinadas a la muerte o a un progresivo decaimiento...»M He aquí que el Papa empezaba a hablar... Mas, por desgracia, todo había acabado ya. Esta alusión, de escasas y cautísimas líneas, permanecerá no sólo como la más fuerte, sino también como la primera y la última que se permitió sobre los asesinatos secretos, que para él, sin embargo, no eran tales, que manchaban el mundo mucho más que el incumplimiento de las convenciones internacionales sobre la guerra. Conviene preguntarse qué objeto tenía entonces una tan solemne y fiera cruzada si no se osaba revelar los verdaderos, si no únicos, objetivos que la justificaban. Tal vez no se esté lejos de la verdad, dado que el proyecto quedó en el estadio de un ejercicio retórico, sin que se tratara de darle cualquier inicio de forma concreta, si se piensa que aquella publicación trataba de ser un intento de intimidación destinado a los jefes nazis, a fin de que se decidieran a poner fin, ante todo, a sus matanzas. Sea como fuere, no sólo desde entonces en adelante Pío XII no se permitió ningún otro desahogo sobre los delitos, más que execrables, del nazismo y de sus aliados,25 sino que incluso ya acabada la guerra, y salvo en el discurso de 1945, que citaremos más adelante, no quiso jamás romper él misterio de aquei riesgo y de aquel siLencio. Cuando se piensa en el esfuerzo propagandístico hecho durante la guerra por La Santa Sede para dar a conocer su actividad pacífica y socorredora (distribuyendo el dinero y los objetos que se le enviaban con esta finalidad) —entonces nacieron la revista Ecclesia y los volúmenes mensuales L'attivitá della
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Santa Sede, además de otras publicaciones sobre temas específicos 25bis —, y, sobre todo, cuando se reflexiona sobre el martillante estribillo de Pío XII relativo a haber intentado y hecho siempre cuanto estaba al alcance de sus posibilidades, surge, aun sin querer, la sospecha de que quizá todo esto fuese debido a la necesidad de reaccionar a un dramático complejo de culpabüidad. Por lo demás, nada mejor que semejante complejo explicaría la anhelante búsqueda posterior, por parte de Pío XII, de prestigio temporal para sí y para la Iglesia, como si solamente las glorias temporales de su pontificado de paz pudiesen apartar la indiscreta mirada de los hombres de escrutar en el todavía reciente período bélico, impidiéndoles descubrir su tremendo pecado de omisión.

II PÍO XII CONOCÍA LOS HECHOS

Pero, ¿ conocía en realidad Pío XII las incalificables ilegalidades que los nazis y sus aliados perpetraban al socaire de la guerra? He aquí la clave de la que depende la imputabilidad o no del silencio a Pío XII. No es de extrañar, por tanto, que, al principio, los defensores de oficio del difunto pontífice considerasen necesario abroquelarse en la negativa. El jesuíta Robert Leiber,28 secretario de Pacelli durante treinta y cuatro años, desde 1924 hasta su muerte, invitado por la Frankfurter Allgemeine Zeitung a expresar su juicio sobre la tesis de R. R. Hochhuth —El Vicario había sido representado en Berlín el 17 de febrero de 1963—, respondió con un largo artículo, publicado el 27 de marzo siguiente, en el que afirmaba, entre otras cosas: «Pío XII no conocía la realidad de las cosas. Y tampoco los aliados... Sólo después de la guerra se pudo conocer la magnitud de los delitos nazis.» Casi simultáneamente, la Secretaría de Estado movilizó a su vez, para el Osservatore Romano, a su historiador oficial, monseñor Alberto Giovannetti, autor de II Vaticano e la guerra (19391940)» y de Roma, cittá opería^ así como compilador y comentarista de los documentos pacellianos sobre la Iglesia del silencio.29 En un amplio artículo, titulado Storia, teatro e storie, aparecido en el diario vaticano el 5 de abril de 1963, el actual observador permanente de la Santa Sede cerca de la ONU sostenía esta tesis: «Con el conflicto, se puso también en marcha la deportación

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sistemática y el exterminio, científicamente realizado, de los judíos y de otras clases de ciudadanos (recuérdese cómo fue diezmado el clero polaco). La tragedia alcanzó su acmé al llegar los primeros fracasos militares nazis, pero sus enormes dimensiones y las monstruosas crueldades que las acompañaron, aparecieron en su plena y siniestra luz sólo después de la guerra. Incluso para la propia gran mayoría de la población alemana, aparecieron claros los horrendos crímenes sólo una vez acabado el conflicto... «También las informaciones que llegaban al Vaticano sobre aquellos crímenes eran escasas y vagas. Por lo demás, tenían casi siempre su fuente en una de las partes en lucha (las potencias aliadas), y se fundaban en revelaciones y noticias cuya veracidad no estaban con frecuencia en condiciones de garantizar quienes señalaban tales hechos... La ausencia de representantes pontificios en los países ocupados por el Reich, el aislamiento y la inacción a que había sido condenado el nuncio en Berlín, las respuestas dadas a este último cuando había osado aludir a algunas voces, la frecuente falta de referencias concretas en las escasas informaciones, aconsejaron tomar públicamente posición sobre hechos que podían proporcionar argumentos para acusaciones nazis de violación de la neutralidad por parte de la Santa Sede.» En la primavera de 1963, nadie habría podido prever que las polémicas sobre la tesis de El Vicario se prorrogarían más allá del razonable espacio de algunas semanas. (Y así habría ocurrido, en efecto, si la Prensa católica en primer lugar, y luego la actitud personal de Pablo VI, no hubiesen agudizado las sospechas.) Evidentemente, en una perspectiva semejante no se considera demasiado arriesgado forzar los hechos y sustituir a toda costa la apologética por un juicio histórico más ponderado y persuasivo. Sin embargo, con el transcurso del tiempo la defensa «por exceso» empezó a desgastarse hasta desaparecer por completo. En junio de 1964, la Civiltá cattolica30 viose obligada a encargar a uno de sus expertos, el padre Angelo Martini, el reexamen de la cuestión con más tranquilidad. Y he aquí las nuevas posiciones sobre las que éste acabó por afirmarse: «Pío XII ha hablado, pues. Por ser su deber y por estar en conocimiento de los hechos. Es necesario subrayar cuánto y cómo conocía él la entidad y el método de los exterminios. La cifra completa de seis millones de judíos fue valorada y conocida al ñnal de la guerra. La decisión de llegar a la solución final (Endlosung), sospechada a partir de mediados de 1942, fue conocida particularmente sólo cuando acabó el exterminio, después de la derrota. El Congreso Mundial judío, mediante sus puestos de acopio y examen de las informaciones, pudo llegar a cifras aproxiroa-

das, que partían de centenares de millares, hasta la valoración, en 1944, de cuatro millones. Las agencias judías organizaron una difusión de las noticias, junto a otras fuentes, entre las cuales es particularmente importante la del Gobierno polaco en el exilio, al que llegaban las noticias procedentes de Polonia. Esta documentación era sustancialmente verídica: en la indicación de las localidades en que se encontraban los campos de concentración, en la precisión de las formas de exterminio, en el cálculo aproximado del número de las víctimas. Al Papa le llegaban también noticias en este sentido —por desgracia, no frecuentemente ni con la más deseable exactitud— por medio del clero de los países ocupados, por capellanes militares transeúntes, por militares o por civiles. Desgraciadamente, todos estos datos carecían de una contraprueba, de una comprobación que pudiese convalidar su exactitud y, de este modo, denunciar su realidad efectiva. Así, es necesario hacer constar que ninguna convención internacional tenía por objeto los internados civiles y los prisioneros políticos, y el propio Comité internacional de la Cruz Roja (Ginebra), si pudo desarrollar una obra intensa en favor de los prisioneros de guerra (donde y como se le permitió), encontró siempre cerradas las puertas de los campos de los prisioneros civiles...» Se trata de un lenguaje más bien cauto, pero —aun con las reservas obvias— bien distinto, sustancialmente, del de los apologetas precedentes. 31 Aun cuando con limitaciones de escaso peso (y, se podría decir, de evidente insignificancia, como la relativa a la Enál'ósung de los judíos: programada o no, lo importante era que estaba en marcha y a ritmo creciente), Martini acababa por admitir que el Papa «estaba en conocimiento de los hechos». Sin embargo, para él, que se limitaba a la cuestión de los judíos, «los hechos» eran solamente las ejecuciones y el exterminio de los no arios. Evidentemente, sin embargo, el problema de las responsabilidades de Pío XII va más allá e interesa, ante todo, al exterminio de la intelligentsia polaca, y luego, poco a poco, las violencias antiservias, las matanzas eutanásicas, etc. Sea como fuere, Martini hizo, implícitamente, justicia sumaria de varias argumentaciones destinadas a apoyar la insuficiente documentación de la Santa Sede, en primer Lugar, la del aislamiento que sufrió el Vaticano. En realidad, esta leyenda ha sido sostenida —quizá solamente, pero siempre con el acostumbrado celo, tan anhelante cuanto superfino, por no decir nocivo, de salvar la fe que se hallaba en peligro— por Wladimir d^Ormesson, embajador de Francia en Roma hasta octubre de 1940.52 Tratándose, en su caso, de una experiencia directa (D'Omersson pasó cuatro meses como huésped forzado

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del Vaticano después de la entrada en guerra de Italia), muchos mordieron incautamente el anzuelo. Pero he aquí el texto: «Los que estuvieron encerrados en la Ciudad del Vaticano durante el último conflicto (...) pueden atestiguar el aislamiento total en el que era tenida la Santa Sede. El fascismo, e inmediatamente después el ejército de Hitler, habían levantado un auténtico "muro" entre la pequeña ciudad pontificia y el resto del mundo. El telégrafo había sido intervenido por los fascistas. La radio extranjera era irritantemente perturbada. Y no hablemos del teléfono... La policía fascista, reforzada pronto por la policía hitleriana, no relajaba la opresión del cerco... En mi alma y en mi conciencia estoy absolutamente convencido de que Pío XII, como el resto del mundo, no tuvo noticias del refinamiento de las monstruosidades de que eran secretamente víctimas los judíos.» a Pese a un juramento tan patético, jamás existió el «aislamiento total» del Vaticano, e incluso su aislamiento parcial fue muy relativo. Y si no tenemos dificultad en admitir lo que D'Ormessc ffirma inmediatnmente después, o sea, que «el Vaticano está bien lejos de ser el sitio mejor informado del mundo», lo hacemos, sin embargo, con un pequeño distingo, o sea, que esto es cierto normalmente; en cambio, durante los períodos bélicos, y en particular durante la Segunda Guerra Mundial, se verifica exactamente lo contrario. ¿Las pruebas? Sólo tenemos la dificultad de su elección. A partir de las de autoridad, o sea, de la misma especie que la de D'Ormesson. Y para éstas puede bastar la de un cardenal, y mejor aún de un cardenal francés cuyo nombre aparecerá frecuentemente en este libro: Eugenio Tisserant. En un discurso pronunciado en París (adonde volvía por primera vez desde el comienzo de la guerra), el 13 de diciembre de 1944, dijo: «En el curso de esta guerra, el Papado no se ha visto completamente libre. Sin embargo, no conviene exagerar ni pretender que los acuerdos de Letrán han sido insuficientes para garantizar la libertad pontificia.» Palabras tanto más significativas por cuanto (y el lector podrá darse perfecta cuenta de ello) no proceden en modo alguno de un íiloitaliano. Pero los que no dejan lugar a duda alguna son, sobre todo, los hechos. A partir de la misma clausura ofrecida dentro de los muros de la Ciudad del Vaticano a los representantes diplomáticos que estaban en guerra contra el Eje, y, después de la liberación de Roma, a los representantes de los países del Pacto Tripartito. Al estallar la guerra, se refugiaron en Santa Marta los

ministros de Francia, Bélgica, Gran Bretaña y Polonia, y luego, poco a poco, los de los otros Estados que se habían alineado en la lucha junto a las democracias: Brasil, Chile, China, Colombia, Cuba, Ecuador, Italia, Yugoslavia, Perú, Uruguay, Estados Unidos y Venezuela. En el punto de máxima saturación se llegó al centenar de personas. 34 Es cierto que aquellos huéspedes forzados vivían como en un destierro, donde se racionaban hasta las diversiones: un breve paseo en auto, una partida de tenis en el campo del Colegio etíope, o bien un paseo, pero sólo por la mañana, por los jardines vaticanos. Sea como fuere, debían desempeñar, sobre todo, sus propias funciones y, dadas las circunstancias, más que nada informar y buscar información. O sea, que además de procurarse noticias de la Secretaría de Estado y de los círculos eclesiásticos romanos más activos en política, debían tratar de influir sobre la Santa Sede transmitiendo las noticias recibidas de los respectivos Gobiernos. Además, como quiera que tenían la posibilidad de encontrarse en el interior de los palacios sagrados con los diplomáticos que vivían en Roma y con las personas interesadas en visitarlos, sus relaciones se extendían también a una considerable parte del mundo diplomático que vivía en la ciudad, especialmente en los países neutrales. En cuanto a las comunicaciones con sus Gobiernos, las valijas diplomáticas eran introducidas a través de los representantes de estos últimos o mediante la diplomacia pontificia, por lo menos hasta la más cercana representación de su país. Para las radiotransmisiones de los despachos funcionaba regularmente, a horarios establecidos, la radio vaticana. La publicación de la correspondencia entre Roosevelt y Pío XII ha probado cómo el representante personal del presidente de los Estados Unidos y, en su ausencia, su agregado, Harold Tittmann, se comunicaban con su Gobierno ya directamente (vía radio), ya a través de la legación de los Estados Unidos en Berna. De todas formas, tampoco es cierto que los diplomáticos huéspedes del Vaticano, en su condición de acreditados cerca de la Santa Sede, no pudiesen abandonar el Vaticano M bis o Roma y trasladarse a sus propios países, aunque esto no fuese, naturalmente, una cosa normal. Sir Francis D'Arcy Osborne, embajador de Gran Bretaña, por ejemplo, partió para Londres el 8 de abril de 1942 y permaneció allí hasta el 29 de junio siguiente, El representante personal de Roosevelt, Myron Taylor, estuvo tres veces en Roma antes de que Mussolini le negase la autorización de pasar a través de Italia, y precisamente desde el 27 de febrero al 22 de agosto de 1940, del 5 al 21 de setiembre de 1941 y del

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17 al 28 de setiembre de 1942. Posteriormente regresó, con los aliados vencedores, el 10 de junio de 1944. Y en cuanto a la Santa Sede, siempre pudo comunicarse con los distintos países del mundo a través de los canales normales de su diplomacia, aun cuando, naturalmente, las dificultades de la guerra hicieran más dificultosas las relaciones. Los acontecimientos bélicos llevaron, ante todo, a la eliminación de cierto número de representaciones pontificias: la de Varsovia, suprimida en setiembre de 1939; las de Bélgica y Holanda, cerradas en julio de 1940; las de Lituania y Letonia, clausuradas en el mes de agosto siguiente, y la de Belgrado, eliminada en junio de 1941 (en 1938 se había suprimido la nunciatura en Viena, como consecuencia del Anschluss, mientras que, en la primavera de 1939, la nunciatura de Praga fue en cierta forma sustituida por la Legación en Bratislava, capital de la nueva República eslovaca). Sin embargo, y aparte de que las hostilidades llevaron también a la instauración de nuevas relaciones diplomáticas (con Finlandia —que, sin embargo, no tuvo reciprocidad por parte de la Santa Sede—, con China y el Japón,35 sin olvidar las relaciones de jacto establecidas con el nuevo reino de Croacia), se puede afirmar que la nunciatura de Berlín sustituyó, contra los deseos del Gobierno alemán, a sus tres hermanas desaparecidas de Centroeuropa: Varsovia, Bruselas 36 y La Haya, y que, en todo caso, la red diplomática vaticana podía contar siempre con un notable número tanto de nunciaturas como también de delegaciones apostólicas. Las nunciaturas eran las de Berlín (la más importante de todas, aun cuando poco a poco se convirtió en la más neutralizada), Roma, Vichy (en sustitución de la de París), Budapest, Bucarest, Bratislava, Berna, Madrid y Lisboa. Huelga subrayar la importancia de estas tres últimas, que tenían sede en países neutrales: la de Berna, dada, sobre todo, su posición en el corazón de Europa; las de las dos capitales ibéricas, por sus opuestas tendencias de simpatía hacia el Eje y hacia los aliados. Sin embargo, erraría el que subvalorase el papel de las representaciones vaticanas en Hungría, Esiovaquia y Rumania, sólo porque casi todos estos países eran aliados del Eje. En efecto, en la acción en defensa de los judíos, demostraion una eficacia de intervenciones ciertamente notable. En cuanto a Vichy, el nuncio Valeri —que permaneció aquí hasta la liberación, o sea, hasta finales de 1944, en que fue sustituido por el ex delegado apostólico en Estambul y Atenas, Giuseppe Roncalli, futuro Juan XXIII—, iba y venía libremente a Roma, y, hasta el desembarco de los aliados en África del Norte (noviembre de 1942), pudo tener amplios contactos

con el mundo europeo y extraeuropeo por mediación de sus colegas americano y canadiense. En cuanto a las delegaciones apostólicas, se sabe que son casi siempre nunciaturas en secreto o in fieri. En los años de la Segunda Guerra Mundial (aunque prescindamos de las extraeuropeas, no podemos por menos de citar las delegaciones de los Estados Unidos y del Canadá y, mucho más cercanas, las de Siria y Egipto), la Santa Sede disponía, en el territorio europeo, de cinco delegaciones apostólicas, dos de ellas de primera importancia. Si las de Sofía, Atenas y Scurati contaban relativamente, el papel de las de Londres y Estambul era de primerísimo plano. Esta última era de tal importancia, que Alemania tenía en ella a un hombre de la habilidad de Von Papen; en cuanto a la primera, además del hecho de ser erigida cerca del Gobierno de una de las mayores potencias aliadas, no debe olvidarse que mantenía relaciones con todos o con casi todos los Gobiernos en el exilio que se habían refugiado en la capital británica: desde el de Polonia, a los de Bélgica, Holanda y Yugoslavia. Los propios historiadores católicos, cuando escribían sin el aguijón de las acusaciones de Hochhuth, daban por descontada esta realidad. Por ejemplo, el jesuíta padre Fiorello Cavalli, en un artículo aparecido en la Civiltá Cattolica el 30 de junio de 1961, escribía, refiriéndose a la primavera de 1942: «Al Vaticano llegaban por aquellos días (marzo) angustiosas peticiones de auxilio, que provenían de los judíos de muchos países y de sus Gobiernos, a través de la delegación de Gran Bretaña y el representante personal del presidente Roosevelt cerca de Pío XII, las delegaciones apostólicas de Gran Bretaña, de los Estados Unidos y de Turquía, y las nunciaturas de Rumania, de Hungría y de Suiza.» Por lo demás, el Vaticano recibía del extranjero y enviaba al mismo, con cierta frecuencia, personalidades seglares o religiosas conocidas por su participación activa en la política. Por ejemplo, a comienzos de 1943, y precisamente del 20 de febrero al 4 de marzo, fue huésped del Vaticano el arzobispo de Nueva York, Francis Spellman.381"4 Sin embargo, el arzobispo de Nueva York no era en modo alguno un pacífico obispo como tantos otros, sino, ni más ni menos, el arzobispo castrense católico de los Estados Unidos, cuyos viajes a los frentes de operaciones militares, y con objeto de sondeos políticos o asistenciales (en favor de los prisioneros y de las víctimas de la guerra), eran objeto de cuidadosísimas investigaciones por parte de las potencias del Eje (entre abril y mayo de] mismo año permaneció algunas semanas en Turquía). En noviembre de 1941 y, luego, a finales de agosto de 1943 (tras

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la caída del régimen fascista, aunque Italia seguía siendo aliada de los alemanes y se hallaba en guerra con los aliados), partió del Vaticano, para dos breves estancias en los Estados Unidos, el ingeniero Enrico Pietro Galeazzi, que había acompañado al Secretario de Estado Pacelli durante su famoso viaje a los Estados Unidos en 1936.37 Es cierto que la policía fascista, ayudada por el Servicio Secreto alemán, ejercía una estrecha vigilancia sobre el Vaticano (según parece, la policía italiana controlaba, sobre todo, correos y telégrafos, mientras que la Gestapo, desde abril de 1940, vigilaba el tráfico de las valijas diplomáticas de las nunciaturas, pues había sido informada de que los obispos de los países ocupados se valían de ellas para transmitir noticias a la Santa Sede). Pero, en tiempo de guerra, un hecho de esta índole no es en modo alguno extraordinario. De todas formas, nada como una precisa distinción de los sucesivos períodos ilustra sobre las condiciones efectivas de libertad del Vaticano durante el segundo conflicto mundial: 1) Entre el 1.° de setiembre de 1939 y el 10 de junio de 1940, o sea, mientras Italia permaneció en estado de prebeligerancia, la libertad del Vaticano fue absoluta; 2) Entre el 10 de junio de 1940 y el 8 de setiembre de 1943 se dieron condiciones de un control soportable; 3) Tal control fue intensificado durante la ocupación alemana de Roma, desde el 8 de setiembre de 1943 hasta el 3 de junio de 1944; 4) Desde la liberación de Roma en adelante (4 de junio de 1944), el Vaticano recuperó la más completa libertad. Sumando, pues, todo, tenemos que el período más difícil duró, como máximo, diez meses. Pero si se admite, como parece ya afirmarse, que precisamente en este período las relaciones entre la Santa Sede y las autoridades alemanas en Roma mejoraron hasta el punto de considerarse que jamás se habían dado precedentes tan halagüeños, incluso para este período se debe hablar, más que de otra cosa, de control, no de medidas de aislamiento intentadas, pero jamás llevadas a cabo.38 Sea como fuere, tenemos el hecho de que los servicios de emergencia creados por el Vaticano de una parte, y de otra por los países o episcopados interesados, garantizaron, aunque de modo fatalmente discontinuo, lo que los obstáculos opuestos trataban de impedir. Y no es de extrañar que sus esfuerzos dieran resultados concretos. Incluso particulares, y además perseguidos, lograron, en circunstancias mucho peores, realizar sistemas de comunicación casi increíbles. Gisi Fleischmann, una judía desconocida de

Bratislava, en el curso de 1943, además de enviar mensajes a las máximas autoridades del mundo (y probablemente al propio pontífice), logró ponerse en contacto, a través de una cadena de correos, con el American Jewish Joint, una de las más potentes organizaciones judías, y elaborar un complejo plan de rescate financiero de los judíos. El «Europa-Pan», que estaba a punto de ser aprobado por Himmler, fracasó, pero sólo a causa de la intransigencia de Eichmann. Sea como fuere, un año después fue recogida la idea, en Budapest, por el periodista Rudolf Kastner, quien consiguió resultados parciales. También Kastner logró entablar relaciones con algunas organizaciones judías de ultramar y llevar a cabo negociaciones en Lisboa y en Italia.39 Evidentemente, para el Vaticano el problema era mucho más simple. Aun sin empeñar directamente a todas las nunciaturas, le bastaba movilizar, tras una cuidadosa selección, a obispos, sacerdotes, religiosos y seglares particularmente capacitados y leales. En la parte relativa a Polonia se ofrecerá un cuadro bastante detallado del sistema de canales que mantenían secretamente en comunicación la Santa Sede con aquel país. Baste citar, por ahora, la afirmación del padre Paul Duelos, que sin duda conocía datos específicos, de los cuales, sin embargo, no ha dado cuenta en su estudio Le Vadean et la seconde guerre mondiale. «... Casi todos los mensajes del Papa llegaron a los obispos de los países ocupados. Probablemente fueron particulares los que se encargaron de la transmisión a los obispos... Cada vez fue más necesario recurrir a una red clandestina. Hombres abnegados y audaces, sobre todo sacerdotes y religiosos, lograron siempre infiltrarse entre las mallas de la Gestapo.»40 Por lo demás, sólo quien conozca superficialmente la organización eclesiástica católica podrá extrañarse de que fuese cierto lo contrario. Pero lo que se ha dicho es ya de por sí más que suficiente para concluir que «a través de todos los obstáculos, el Vaticano contaba con los medios para ser oído y para hacerse oír».11 Sea como fuere, esto no debe hacer olvidar que un número sumamente valioso de datos era suministrado a la Santa Sede, directa indirectamente, por hombres políticos de varios países (incluso de alemanes ideológicamente antinazis o que habían dejado de ser nazis), con frecuencia en condiciones excepcionales para hacerlo. El caso más típico y que, sin embargo, se halla bien lejos de ser el único, es, ciertamente, el del almirante Canaris, jefe del Servicio Secreto del III Reich, que por lo menos dos veces hablaría en el Vaticano del exterminio de los judíos. 42 Con toda probabilidad, una fuente más bien generosa de indiscreciones debería ser Vori Papen, tanto antes de su embajada en Estambul como durante

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la misma. De otro modo no podría justificarse el reconocimiento que siempre sintió hacia él Giuseppe Roncalli.43 El hecho de que el Vaticano no fuese aislado, sino solamente mantenido bajo vigilancia, que dispusiese de la normal y eficientísima red de sus representantes diplomáticos, además de los servicios de los diplomáticos acreditados cerca de la Santa Sede, y que se añadiera a todo esto un servicio de emergencia clandestino prueban, sin embargo, solamente, que podía tener conocimiento de los exterminios nazis, no que estuviese realmente informado de ello. Dada la dificultad de las comunicaciones, no sería de extrañar, por ejemplo, que se hubieran tenido que limitar a informar a Roma exclusivamente sobre la situación religiosa y político-militar de los territorios bajo su jurisdicción, y que sólo marginalmente se permitieran alguna alusión a otros argumentos, en particular a las persecuciones de los judíos, al trato dado a los prisioneros, etc. Sin duda extrañaría mucho más que los diplomáticos de los países aliados no tratasen de que el Papa conociera los documentos comprobatorios de la barbarie nazi, para arrancarle la condena de la Alemania hitleriana que se habían propuesto conseguir desde el primer día de las hostilidades. Como extrañaría también que las innumerables organizaciones judías esparcidas por el mundo no presionasen con el mismo objeto sobre el Vaticano. Pero, al fin, y es precisamente lo que se trata de probar, hay que tener en cuenta la demanda de un juicio histórico sobre las responsabilidades de Pío XII en lo tocante a las víctimas extrabélicas del nazismo. Pues bien, para todos estos interrogantes existe una respuesta, pese al estado, aún inicial, de las investigaciones y a los comprensibles motivos que impiden actualmente a algunos Gobiernos revelar cuanto es revelable sobre sus relaciones con la Santa Sede durante el período bélico. Sin embargo, antes de mostrar que la Santa Sede estaba efectivamente informada, es necesario aún abordar la objeción opuesta por el propio historiador oficial de la Secretaría de Estado, monseñor Giovannetti, o sea, que a Roma sólo podían llegar informaciones del todo vagas y sin importancia, porque, en realidad, durante la guerra nadie sabía o nadie estaba dispuesto a creer las enormidades de que sólo después se pudieron obtener las documentaciones completas. Si por «nadie» se entienden las poblaciones envueltas en el conflicto, resultaría difícil contradecirlo, hecha excepción, desde luego, de Alemania y Polonia. Después de la guerra, y llegada la

hora del redde rationem, era natural que los alemanes sostuvieran que siempre habían ignorado tales hechos. Pero, aparte que la fama de ciertos lager alemanes (Dachau, Buchenwald, etc.)44 se remontaba ya a antes de la guerra, basta pensar en los millones de soldados de la Wehrmacht y de las SS, testigos, y a veces colaboradores, de las matanzas públicas de prisioneros, de civiles y de judíos, realizadas detrás de las líneas del frente «como sobre un escenario», para deducir de ello que tal ignorancia sólo podía ser muy relativa.45 Por lo demás, las voces se filtraban y se expandían desde los lager. Un testigo del proceso de Frankfurt (iniciado en diciembre de 1963 y que duró más de un año) ha citado el nombre de una enfermera católica que logró hacer llegar al exterior los secretos del lager de Auschwitz, y cuyos informes fueron dados a conocer algún tiempo después a todo el mundo por Radio Londres.46 Por lo que se refiere a países como Polonia, Croacia o Rumania, escenarios de enormes matanzas, está bien claro que sus habitantes no podían ignorar sino en parte lo que estaba pasando ante sus propios ojos, y que, precisamente por ser victimas, no podían callar y sentíanse movidos a hablar; como máximo, para éstos el problema que habían de resolver era el de los medios necesarios para hacer llegar noticias tan explosivas fuera de las propias fronteras. Para el resto de los países de la Europa de 1940-1945, o sea, los países del Eje, aliados del Eje y ocupados por las fuerzas del Eje (salvo, por tanto, Suiza, Gran Bretaña, Suecia e Irlanda, además de España y Portugal, Estados estos últimos totalitarios y neutrales e interesados, por lo tanto, en no irritar a las potencias nazis), está claro que lo que se sabía en ellos era lo que la propaganda nazifascista permitía que se supiese, y aun esto, sólo parcialmente, dadas las incomodidades de la guerra, la a veces deficiente distribución de la prensa, la interrupción y la perturbación de las transmisiones de radio, etc. Es cierto que había una forma de enterarse clandestina, cuyas fuentes eran los relatos de los soldados con permiso, las transmisiones de Radio Londres y de las restantes emisoras «ilegales», etc.; pero se trataba de testimonios a los que con frecuencia no se les prestaba gran crédito, de audiciones perturbadas y fragmentarias de noticias que, por lo demás, se podían susurrar entre amigos, pero no pregonarlas a los cuatro vientos sin caer en sospecha y ser tratados en consecuencia. Pero cuando se habla de la Santa Sede no se habla de una asociación religiosa cualquiera, por muy bien organizada y difundida que esté, sino de una organización mundial que, si tenía más de

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un tercio de sus fieles en Europa, los otros dos estaban esparcidos por el mundo, en continentes y países en parte beligerantes y en parte ajenos a la guerra. De una organización sólidamente concentrada en varios niveles, horizontales y verticales, hasta el vértice romano; de una organización que estaba en relación con los distintos Estados por vía diplomática a través de representantes propios y de los de las demás naciones, que aprovecharía todos los instrumentos esenciales y, especialmente, todas las garantías de protección; finalmente, de una organización que, por ser supranacional en gracia a sus finalidades religiosas y morales, era considerada por todos como un punto de referencia. Por tanto, no puede aplicarse al Vaticano los conceptos válidos para las simples poblaciones e incluso para las potencias políticas de modesta entidad. En cuanto a los gobiernos, ministros, jefes militares, etc., es evidente que, sobre todo para ellos, no se puede hablar de ignorancia. En efecto, o sabían porque eran los inspiradores y promotores directos de los delitos (como se comprobó al acabar la guerra en los distintos procesos por colaboracionismo celebrados un poco en todas partes), o bien porque se rebelaban o trataban de eximirse de ellos (las páginas dedicadas a Croacia dirán algo a propósito de las autoridades políticas y militares italianas que permanecieron en aquel país desde 1941 a 1943; otro tanto se ha verificado en las provincias mediterráneas de la Francia ocupada por el I Ejército italiano; lo mismo es válido también para la repugnancia parcial de los gobernantes rumanos y húngaros frente a las deportaciones de los «no arios»), o porque, dado su carácter clandestino o de Gobiernos en el exilio, sentían el máximo interés por desarrollar los Servicios de Información para hacer llegar al mundo libre las noticias documentadas de las atrocidades alemanas; o, por último, porque estaban en guerra con las potencias del Eje, y desenmascarar las atrocidades formaba parte de la llamada guerra psicológica. Por tanto, es más que obvio que se preocupasen de hacer llegar tales noticias a la Santa Sede, ya que el Vaticano, por su posición de neutralidad y, de cualquier modo, por ser totalmente ajeno al conflicto, era considerado como un presumible aliado. Algunos de estos Gobiernos publicaron una serie de libros oficiales sobre las atrocidades alemanas; más aún, los primeros libros de esta índole empezaron a aparecer en otoño de 1939.47 ¿Y quién puede pensar que dejaran de enviarlos precisamente a la Secretaría de Estado del Vaticano? Sea como fuere, mucho más numerosos que los libros oficiales fueron las documentaciones secretas presentadas de cuando en cuando a las autoridades de la Santa Sede por vía diplomática. Las

publicaciones oficiales y las Memorias de guerra personales de muchos hombres políticos lo atestiguan de modo irrefutable. Al parecer, sobre todo en 1942, se produjo, en este sentido, una auténtica y bien concertada ofensiva. Memoriales individuales alternaron con otros colectivos a un ritmo excepcional. También este extremo será atestiguado en este libro, especialmente en la parte relativa a Polonia. Por lo demás, y por citar sólo un ejemplo, la correspondencia Pío XII-Roosevelt documenta que el presidente de los Estados Unidos aludió varias veces a los delitos extrabélicos cometidos por los alemanes; en particular en la nota al cardenal Secretario de Estado de 22 de octubre de 1941, se hacía referencia a las matanzas de judíos realizadas en la retaguardia del frente alemán en Rusia y consideradas tales como para «superar todo cuanto se sabía de las épocas más brutales y bestiales de la. humanidad». Pero aun prescindiendo de las informaciones de los Gobiernos, la Santa Sede estaba muy bien enterada de la situación gracias a sus diplomáticos (nuncios y delegados apostólicos). Antes de que estallaran las polémicas ligadas a la representación de El Vicario, y precisamente en 1961, la Civiltá Cattolica inició una serie de artículos sobre la actividad desarrollada por la Santa Sede en favor de los judíos durante la guerra, publicación que luego fue inexplicablemente suspendida (al tercer número). El 4 de marzo, el padre R. Leíber trató de los judíos de Roma entre 1943 y 1944; el 1.° de julio, el padre F. Cavalli evocó la oposición hecha por el Vaticano a las deportaciones de los judíos de Eslovaquia; finalmente, el 2 de setiembre, el padre A. Martini relató las vicisitudes de los judíos de Rumania. La importancia de estos artículos viene dada por el hecho de que demostraron que habían sido redactados a base de una consulta excepcional del archivo secreto de la Secretaría de Estado, Pues bien, sobre todo los dos últimos ofrecen una documentación bastante detallada sobre la frecuencia y el temor de las comunicaciones desarrolladas por aquellos años entre los nuncios y la Secretaría de Estado, como para legitimar la conclusión de su casi increíble regularidad. Al no poder dar todos los datos contenidos en los dos ensayos, nos limitaremos a algunos ejemplos tomados del segundo: a) Como es sabido, el famoso Código hebreo eslovaco (en realidad, una ordenanza gubernativa tomada al pie de la letra de las conocidas leyes antisemíticas de Nuremberg y que consta de más de 270 párrafos) fue promulgado el 9 de setiembre de 1941. El representante de la Santa Sede, monseñor Giuseppe Burzio, que lo presentía ya hacía algún tiempo y había hablado con el presidente de la República., monseñor Tiso, para pedir aclaraciones, envió un

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cuidadoso informe al respecto (y casi con toda seguridad hasta el texto del documento) a la Secretaría de Estado. Así, ésta estuvo en condiciones, el 12 de setiembre siguiente, de enviar al ministro de Eslovaquia cerca de la Santa Sede, Carlos Sidor, una nota muy elaborada de protesta por las condiciones hechas a los «hebreos católicos». b) El 9 de marzo de 1942, monseñor Burzio, enterado de que se estaba preparando una deportación en masa de todos los judíos eslovacos en Galitzia y en la región de Lublín, sin distinción de edad, sexo o religión, informó inmediatamente de ello a sus superiores en Roma, precisando que estaba prevista la partida del primer contingente para el próximo abril: «La deportación de ochenta mil personas a Polonia (tal era el número calculado de los judíos que vivían en Eslovaquia) a merced de los nazis —decía textualmente en su comunicado el diplomático pontificio—, equivale a condenar a buena parte de los mismos a una muerte segura.» Exactamente cinco días después, el 14 de marzo, el ministro eslovaco Sidor era convocado a la Secretaría de Estado y recibía una nota en la que se expresaba la esperanza de que fueran infundadas las noticias sobre la deportación de los judíos. El 25 de marzo, monseñor Burzio confirmaba desde Bratislava la noticia de que el primer contingente de deportados sería de diez mil personas. «Entonces —escribe el padre Cavalli—, por orden directa de Pío XII fue llamado el ministro de Eslovaquia e invitado a actuar cerca de su Gobierno a fin de que no siguieran adelante los planes en este sentido. A la vez, se telegrafió inmediatamente al representante pontificio en Bratislava para comunicarle la gestión realizada y encargarle que se dirigiera personalmente al presidente de la República.» c) Entre finales de 1942 y comienzos de 1943, y pese a la intervención de la Santa Sede, cerca de sesenta mil judíos fueron evacuados de Eslovaquia. Sin embargo, el 7 de febrero de 1943, el ministro de Asuntos Interiores anunció la necesidad de acabar también con los residuos de 16.000 a 20.000 no arios que aún quedaban en el país, a base de una ley del 15 de mayo de 1942. La noticia llegó a Roma por la vía acostumbrada, y monseñor Burzio, a vuelta de correo, recibió la orden, de la Secretaría de Estado, de presentarse al presidente del Consejo y ministro de Asuntos Exteriores para protestar y tratar de disuadirlo de que no se diera aquel paso: «Vuestra Excelencia —dijo el representante pontificio, según refirió luego en su informe enviado a Roma sobre el "tempestuoso co-

loquio"— ... conoce sin duda las tristes noticias que circulan sobre la suerte atroz de los judíos deportados a Polonia y a Ucrania. Todo el mundo habla de ello...» Como es natural, sería imprudente generalizar y afirmar que todas las relaciones entre las representantes diplomáticos pontificios se desarrollaron entonces en las mismas condiciones (de todas formas, por lo que se refiere a Rumania, no hay duda alguna; antes bien, el nuncio en Bucarest, monseñor Andrea Cassulo, que fue tal vez el más afortunado de sus colegas, dados los éxitos obtenidos cerca del Gobierno del mariscal Antonescu sobre la protección de los judíos, logró incluso poder visitar todos los campos de prisioneros y de internados civiles del país durante un viaje ex profeso que duró desde el 27 de abril al 5 de mayo de 1943). Sea como fuere, hay motivos para creer que gozaron de una libertad semejante los nuncios de Vichy y de Budapest, el legado en Zagreb cerca del nuevo Estado independiente de Croacia y, en los países neutrales, el legado apostólico en Estambul. Tal vez el nuncio más comprometido y ligado de toda Europa fue el de Berlín, monseñor Cesare Orsenigo. Vigiladísimo en su residencia del número 21 de la Rauchstrasse (según recuerdo personal del que escribe), sufría, naturalmente, las consecuecias de la reagudización de las fricciones que caracterizaron las relaciones de la Santa Sede con el Gobierno del III Reich ya desde el día siguiente a la firma del concordato, y que se hicieron aún más ásperas durante la guerra, sobre todo después de que el Vaticano se negara a reconocer el carácter de cruzada a la guerra antisoviética. Después de haber sido retirados sus colegas de Varsovia, Bruselas y La Haya, el nuncio de su Santidad recibió el encargo de extender también su actividad a aquellos territorios; pero ésta fue otra razón que hizo aún más precaria la situación, ya que el Gobierno alemán se opuso resueltamente a que siguiera las directrices vaticanas. El aislamiento y la vigilancia del nuncio en Berlín hacen pensar no sólo en un conocido episodio —el de Gerstein—, sino también en las fuentes de información en que bebían los representantes pontificios de Los distintos países. Sin embargo, la cuestión llevaría muy lejos; por tanto, nos limitaremos a señalar las informaciones excepcionales y del todo imprevistas que les suministraban voluntarios, como Kurt Gerstein. Éste había ingresado en las Waffen-SS para poder revelar los secretos de su monstruosa actividad en los campos de exterminio. Habiendo recogido el material suficiente sobre el de Treblinka, en el verano de 1942 logró entrar en la nunciatura de BerLín para entregárselo a monseñor Orsenigo, mas, al parecer, fue rechazado por su secretario (el cual, por otra parte, podía muy
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bien haber retenido el documento). 48 Por el contrario, tuvieron éxito en idéntico objetivo, pero con el representante pontificio en Bratislava, monseñor Giuseppe Burzio, dos prisioneros, Rudolf Wrba y Alfred Wetzler, que lograron huir, en abril de 1944, del campo de Auschwitz-Birkenau. Su coloquio, celebrado en el mes de junio siguiente, duró nada menos que cinco horas. Pudieron dar al legado pontificio un informe muy circunstanciado, acompañado de mapas topográficos que ilustraban la planimetría del campo, la posición de las cámaras de gas y los ferrocarriles de acceso.49 Además de la documentación provista por los Gobiernos y por la diplomacia pontificia, llegaban al Vaticano, casi ininterrumpidamente, informes y llamamientos de parte de organizaciones de toda índole, sobre todo judías. El padre Martini, en su artículo sobre la Santa Sede y los judíos de Rumania, cita, en un determinado punto, una serie de ejemplos de esta clase sólo para 1942 y, naturalmente, sólo para Rumania. He aquí el fragmento: «En junio de 1942 llegaba al Santo Padre Pío XII una urgente llamada, escrita en latín, de un grupo de judíos de Cernauti, que invocaba protección para evitar el traslado más allá del Nistro y el Bug y una suavización de las penas de la reclusión en el ghetto; particularmente llamaba la atención sobre los millares de niños huérfanos y privados de todo socorro. »En octubre, el nuncio en Suiza, monseñor Bernardini, enviaba a la Santa Sede un informe del presidente de las Comunidades israelitas de Suiza, que pedía una pronta intervención del Santo Padre en favor no sólo de los judíos rumanos concentrados en Transnistria*, sino de todos los otros amenazados de deportaciones en masa hacia aquellas regiones. »Una petición semejante era presentada en aquel tiempo por los judíos de Banato, especialmente de Arad, amenazados, asimismo,, de deportación total.»50 Podemos añadir también el telegrama del entonces monseñor Roncalli, delegado apostólico en Estambul, enviado a la Secretaría de Estado el 28 de febrero de 1944: «Gran rabino de Jerusalén Herzog venido personalmente Delegación apostólica dar las gracias forma oficial Santo Padre y Santa Sede por multiforme caridad usada hacia los judíos estos años; suplica vivamente eficaz interés cincuenta y cinco mil israelitas concentrados en Transnistria bajo ocupación Rumania que corren grave peligro ante eventual retiro tropas alemanas. Parece puede ejercerse acción benéfica Gobierno Bucarest, que podría actuar oportunamente o por lo menos permitir su evacuación.» * La Moldavia ucraniana

Después de lo dicho, aun cuando por medio de alusiones sumarias, parece lícito concluir que la Santa Sede estaba más que suficientemente informada no sólo sobre las matanzas de no combatientes, sino incluso sobre la legislación que las preludiaba (en el caso de los judíos). En efecto, esta última fue puesta a punto rápidamente a partir de la segunda mitad de 1940: así, en julio de dicho año aparecieron los primeros decretos (acompañados de medidas vejatorias) en Rumania; el 3 de octubre siguiente, el Gobierno de Vichy promulgó su «Estatuto de los judíos»; en la primavera de 1941 siguieron las leyes y ordenanzas por parte de los ustachis del nuevo Estado independiente croata; por último, aunque no, ciertamente, demasiado tarde, llegó el Estatuto eslovaco, el 9 de setiembre de 1941. Todas estas disposiciones no sólo fueron conocidas por la Santa Sede, sino que suscitaron incluso sus protestas (cosa, por lo demás, en modo alguno peligrosa, pues se trata de Gobiernos relativamente autónomos en su política interna y que no sólo mantenían normales y cordiales relaciones con el Vaticano, sino incluso, en ocasiones, convenciones concordatarias). 51 En suma, las pruebas aportadas parecen sobradamente conclusivas. Sin embargo, ya que todo puede ocurrir y, por lo demás, no se trataría de una novedad, no puede ignorarse la posibilidad de que, aun admitiendo que la Secretaría de Estado estuviese al corriente de todo, entre ella y el Papa funcionase, sin embargo, algún filtro, sino u n diafragma cohibente propiamente dicho, que impidiera que el pontífice se enterara de toda la documentación. Tal sospecha podría tener u n fundamento genérico en el hecho de que, después de la muerte de su primero y único Secretario de Estado, Luigi Maglione, Pío XII no quisiera ya saber nada más de ningún otro. Más aún, en aquella ocasión diría: «No necesito colaboradores, sino ejecutores.>51 bt* Sin embargo, es un hecho que los documentos conocidos de la correspondencia privada de Pío XII no dejan duda alguna a este respecto. Sus afirmaciones de que estaba completamente al corriente de la situación de los países destinatarios son continuas y perentorias. Esto lo veremos cumplidamente por lo que atañe a sus relaciones epistolares con la jerarquía polaca. De otros documentos de esta índole se ha revelado recientemente sólo la carta dirigida el 30 de abril de 1943 a monseñor Conrad von Preysing, obispo de Berlín. En ella se lee esta abierta admisión: «...Un día tras otro llegaban a nuestro conocimiento-actos inhumanos que no tienen nada que ver con las reales exigencias de la guerra y que nos llenan de estupor y amargura. Sólo el recurso a la plegaria a Dios, etc.»52 En otra carta dirigida, durante el conflicto a o t r o obispo alemán,

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el cardenal Adolf Bertram, de Breslau (encontrada por nosotros en un volumen de un cura polaco sobre los sacerdotes en los lager nazis), Pío XII no fue menos explícito. La citaremos más adelante. Sea como fuere, fue el propio Pío XII quien puso el sello a todos estos autorreconocimientos con su discurso del 2 de junio de 1945 al Sacro Colegio: «Durante la guerra —dijo— no hemos cesado, especialmente en nuestros mensajes, de contraponer a las ruinosas e inexorables aplicaciones de las doctrinas nacionalsocialistas, que llegaban a valerse de los más refinados métodos científicos para torturar o suprimir a personas con frecuencia inocentes, las exigencias y las normas indefectibles de la humanidad y de la fe cristiana.» La guerra había acabado hacía poco más de veinte días y aún no se había hecho ninguna revelación oficial sobre los macabros hallazgos de los lager de la muerte, que escaparon a la destrucción decidida por Himmler a partir de fines de 1944 para sustraer a los aliados las pruebas de las gigantescas matanzas efectuadas; sin embargo, el Papa hablaba ya de refinados métodos científicos. Y no sólo eso, sino que declaraba poseer una «copiosa» información al respecto: «...Aun no estando todavía en posesión de datos estadísticos completos, no podemos, sin embargo, abstenernos de mencionar aquí, como ejemplo, por lo menos algunas de las copiosas noticias que llegaron a Nos de sacerdotes y de seglares que, internados en el campo de Dachau, se hicieron dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús (Act. V, 41). »En primera línea, por el número y por la dureza del trato sufrido, se encontraba los sacerdotes polacos. De 1940 a 1945 fueron encerrados en el mismo campo 2.800 eclesiásticos y religiosos de aquella nación, entre ellos el obispo auxiliar de Wladislavia, que murió allí de tifus. En el mes de abril pasado, quedaban solamente 816; todos los demás habían muerto, a excepción de dos o tres, trasladados a otro campo...» En la hipótesis más desfavorable de insuficiencia de medios de información o de retención de documentos por parte de dirigentes o de miembros de la Secretaría de Estado, el Papa habría podido, de todas formas, tener informaciones, si no otra cosa por lo menos orientadoras, a través de la prensa y de la radio. Por lo que respecta a los diarios alemanes, todo aquel que haya estado en Alemania o haya consultado la prensa alemana de 1942-1943 recuerda la obsesiva propaganda antisemita que regurgitaba de ella. Sólo el espacio dedicado a las noticias de las operaciones bélicas en los distintos frentes superaba, aunque no siempre (el que

esto escribe tiene todavía un clarísimo recuerdo de ello), el dedicado a los artículos contra los «no arios». En cuanto a la suerte reservada a los judíos, no se hacía de ella misterio alguno (por no decir ni mucho menos) en los violentísimos editoriales dictados por el doctor Goebbels y reproducidos, por supuesto, por la restante prensa del régimen.53 Además de la prensa nazi, existía tambin la neutral. Jacques Nobécourt ha citado el artículo publicado el 5 de noviembre de 1941 por la Neue Zürcher Zeitung sobre las condiciones de la deportación de los judíos de Berlín hacia el Este; pero no fue, ciertamente, ésta la única voz en este sentido. Como es sabido, Pío XII hojeaba cada día los servicios de prensa que ponían a su disposición los propios secretarios a los departamentos especiales de la Secretaría de Estado, aunque él prefería leer de por sí los periódicos. Y es archisabida la especial preferencia que sentía por los diarios alemanes. Por tanto, no podía alegar ignorancia. También la Radio Vaticana le suministraba suficiente material de información; pero aún más que a través de sus noticiarios y comentarios (que, por lo demás, eran particularmente nutridos en las primeras semanas de las hostilidades y en cualquier otro período), a través de sus servicios de recepción y control de las radios extranjeras, especialmente de la BBC. Por lo demás, ningún prelado, ni siquiera el más ingenioso, de la Secretaría de Estado, podía impedir a Pío XII a encender su radio u hojear los periódicos.

Frente a una documentación tan densa, los defensores de oficio del silencio de Pío XII se refugiaron en un último argumento. Las noticias que llegaban al Vaticano —decían— pueden parecer incluso, consideradas en su conjunto, esparcidas como se hallan sobre u n amplio espacio de años, cuantitativamente consistentes; pero, de todas formas, no lo eran, sobre todo cualitativamente, para poder justificar la solemne protesta que se pedía al Papa. En efecto, no raramente carecían de indicaciones detalladas, o sea, eran demasiado vagas y genéricas, pero, más que nada, procedían de fuentes fatalmente sospechosas: los adversarios políticos y militares de los alemanes o sus víctimas; y en todo caso, por uno u otro motivo, no se podían, prácticamente, verificar. Pero en realidad, aunque en parte irrefutables, la objeción es, más que nada, especiosa. Y precisamente a partir del último argumento en que se apoya, ya que la mverificabilidad de los hechos dependía exclusivamente de los vetos opuestos por los alemanes a su comprobación. En efecto, ¿cuál era el motivo principal por el que ellos, desde el principio, rechazaron la presencia de un re-

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presentante pontificio, aun no diplomático (un simple visitador apostólico) en los territorios de Polonia? Nada más que el de impedir que la Santa Sede pudiese disponer de un observador propio en aquellas regiones neurálgicas para las operaciones de exterminio de los «no arios» de todo el continente. Naturalmente, obstaculizaron al máximo incluso las inspecciones de la Cruz Roja Internacional; y cuando no tuvieron más remedio que admitirlas, prepararon campos modelo como el de Theresienstadt, en Checoslovaquia. Pero no se necesita gran cosa para convencerse de que las otras argumentaciones tampoco se sostienen. No sabe duda de que en las llamadas privadas de alguna organización más bien primitiva, lo mismo que en ciertos artículos de la prensa (reticentes por causas de fuerza mayor), las características de la documentación podían dejar mucho que desear; pero las ofrecidas por los Gobiernos o por algunas grandes organizaciones carecían de este defecto, o lo tenían sólo parcialmente. Por lo demás, la tamización y el cotejo de los documentos, el estudio de sus diferencias o de sus coincidencias, realizado teniendo en cuenta particularmente su procedencia, habrían llevado fácilmente al convencimiento de la verdad sustancial de las denuncias hechas. Por otra parte, no puede oponerse nada a que se guardara la mayor cautela respecto a las documentaciones suministradas por los Gobiernos aliados. El falso clamor de la propaganda aliada contra los alemanes durante la Primera Guerra Mundial, relativo al corte de las manos de los niños belgas, no podía ni debía ser olvidado por la Santa Sede. Sin embargo, ésta tenía medios de comprobar los datos suministrados por las fuentes gubernamentales interesadas, con los procedentes de sus informadores oficiales o clandestinos. Por lo demás, la prueba más evidente de que la Santa Sede estaba convencida de la sustancial objetividad de los hechos, viene dada, como veremos, por la decisión, tomada en junio de 1942, de preparar el famoso «documento terrible», así como por las repetidas determinaciones, no importa que luego no fueran mantenidas, tomadas por el Papa respecto a «levantar finalmente la voz».

III ININTERRUMPIDAMENTE SE SUPLICÓ A PÍO XII QUE INTERVINIERA

Si Pío XII no habló —insisten los defensores de oficio del Papa Pacelli— fue porque las propias víctimas de la barbarie nazi lo invitaron a callar para no empeorar su situación, atrayendo sobre ellas ulteriores represalias. Esta afirmación no carece de cierto fundamento, a condición de que no se exagere generalizando las motivaciones. En efecto, las pruebas aportadas se reducen a una carta del arzobispo de Cracovia, Sapieha, de la cual nos ocuparemos en la parte relativa a Polonia, y a una decisión de los obispos alemanes reunidos en la Conferencia de Fulda de 1943 ,** así como a algunas peticiones de algún grupo judío. Y téngase en cuenta que tanto en el caso del arzobispo Sapieha como en el de la Conferencia episcopal alemana, la decisión de desistir de la publicación de los documentos pontificios se produjo poco después de haber solicitado la misma, o sea, en un estado de perplejidad claramente evidente. Ahora bien, no es nada extraño que pudieran ocurrir episodios semejantes. En efecto, se habían comprobado varias veces manifestaciones de recrudecimiento locales después de alguna intervención papal, ya que ésta se consideraba capaz, por algunos jefes lager aislados, de favorecer la renovación moral de sus comunidades. Pero el fenómeno era totalmente anáLogo a otros debidos a razones completamente distintas, como el anuncio, por parte de los boletines de guerra, de que escuadrillas aéreas polacas habían participado en los bombardeos de territorios del Reich. En efecto, todo se tomaba más o menos como pretexto por los verdugos de los campos de concentración —o, en, territorios más vastos, por los j»o-

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bernadores alemanes de las zonas ocupadas— para aterrorizar a sus víctimas. Sea como fuere, la exigüidad misma de los casos apuntados demuestra que se trataba de excepciones debidas, más que a otra cosa, a valoraciones o iniciativas personales, y limitadas, evidentemente, a determinados ambientes respecto a los cuales se temía que la palabra del Papa pudiese tener una eficacia particular: prisioneros católicos, sacerdotes, etc. Por lo demás, la futiliadd del pretexto es más que evidente: en efecto, ¿eran adecuadas las palabras pontificias para desencadenar la rebelión, exacerbando los ánimos contra el opresor? Por otra parte, las recomendaciones procedentes de algunos grupos de víctimas relativas a que se evitasen ciertos gestos capaces de empeorar su situación podían ser sugeridas, más que por la razón, por el pánico, cosa naturalísima para quienes habían sufrido ya la experiencia de tantas crueldades. Y, ciertamente, nadie piensa en reprocharles un estado de ánimo tan angustiado y aterrorizado como para impulsarlos incluso a renunciar a la mano tendida para socorrerlos. Sin embargo, esto no obsta para que el juicio sobre la oportunidad o no de la intervención papel no pudiera remitirse a las sugestiones de los más débiles o atemorizados. Aparte que una intervención como la del Papa no habría tenido que medirse nunca exclusiva o primordialmente por los criterios de la utilidad y la eficacia. De cualquier modo, es un hecho que los pocos casos de invitación al Papa a no provocar represalias con eventuales tomas de posición antinazis, fueron superados por un número mucho mayor de invitaciones a tomar la palabra y a formular su solemne denuncia. Hoy, los más prudentes defensores de Pío XII, como el padre Martini, lo admiten sin dificultad, reconociendo que las «llamadas de auxilio se han dirigido mucho más frecuentemente al Papa», tanto por las organizaciones judías internacionales como por los mismos judíos sometidos a las persecuciones. C. Blas, por ejemplo (y la cita la hace el propio historiador jesuíta), representante de la Agencia Judía para Palestina, escribía desde Estambul al Delegado apostólico para Egipto y Palestina, el 20 de enero de 1943: «¿Podría aventurarme a sugerir que se busque la ocasión para declarar, por la radio o cualquier otro medio útil, que ayudar a los judíos es considerado por la Iglesia una buena obra? Esto reforzaría sin duda los sentimientos de aquellos católicos que, como sabemos y apreciamos, ayudan a los judíos destinados al exterminio en los territorios ocupados de Europa.» 65

En cuanto a las solicitaciones de los Gobiernos, aún no es posible hacer un cómputo exhaustivo, si bien los documentos parcialmente publicados permiten conjeturar una cifra récord. Sólo en 1942, por ejemplo —y ya hemos aludido a ello—, los pasos diplomáticos dados con tal objeto cerca de la Secretaría de Estado o directamente cerca del Sumo Pontífice, partieron repetidamente ya de potencias aisladas, ya de grupos de potencias, coordinados con el mismo objeto para dar mayor peso a la iniciativa. Entre los Estados que aquel año repitieron más veces aisladamente sus intentos figuran, en primer lugar, Gran Bretaña y Estados Unidos. En cuanto a la primera, da fe de ello Angelo Donati, conocido banquero, que se prodigó en aquellos años para salvar a los judíos refugiados en la zona de la Francia meridional ocupada por los italianos. Según una declaración suya, Sir Osborne había pedido varias veces al Papa que «pronunciara una condena formal sobre las atrocidades alemanas».56 Teniendo en cuenta que, entre abril y junio de aquel año, Sir Osborne logró ir a Inglaterra, se puede deducir, sin duda, que no volvió a Roma sin llevar consigo un material documental de suma importancia para justificar su paso. En cuanto a los Estados Unidos, Tittman, adjunto del representante personal de Roosvelt cerca de Pío XII, telegrafiaba en este sentido, el 30 de julio de 1942, al Departamento de Estado a través de la legación de Berna: «En mis recientes informes al Departamento he llamado la atención sobre la opinión de que al no protestar la Santa Sede públicamente contra las atrocidades del nazismo, pone en peligro su prestigio moral y compromete la confianza tanto en la Iglesia como en el propio Santo Padre. Varias veces he recordado oficialmente este peligro al Vaticano, y otro tanto han hecho algunos de mis colegas, aunque sin resultado. La respuesta es, invariablemente, que el Papa ha condenado ya en sus discursos los atentados a la moral en tiempo de guerra, y que una condena específica no conseguiría actualmente más que conducir a lo peor.»m En setiembre volvió a Roma Myron Taylor, representante personal del presidente de los Estados Unidos, el cual, el día 26, renovó de modo formal, y en nombre de Roosevelt, su petición, acompañándola de un memorial muy detallado sobre las persecuciones de los judíos de Polonia y en otros territorios ocupados por los alemanes. El Papa se tomó tiempo para responder, y así, cuando finalmente llegó la respuesta (el 10 de octubre), Taylor había regresado ya a los Estados Unidos. A Tittman no le quedó más remedio que telegrafiar a Washington lo que sigue: «La Santa Sede ha recibido informes iguales, pero carece de

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elementos para verificar su autenticidad, y, en todo caso, el Papa no deja escapar ninguna ocasión de "mitigar los sufrimientos de los no arios".»58 En las semanas precedentes, el embajador del Brasil cerca de la Santa Sede había tomado, a su vez, la iniciativa de presentar una súplica colectiva al Papa para que rompiese, finalmente, su silencio respecto a las atrocidades nazis. Se le asociaron los representantes diplomáticos de Gran Bretaña, Polonia y Yugoslavia y de varios países de América del Sur. Pero, aunque «muy estimulado por los jesuítas», el paso, que se dio en setiembre, no tuvo más éxito que los anteriores. Incluso la respuesta no debió de ser muy distinta de la dada a Roosevelt y que acabamos de citar. Sólo el pensar que durante más de cinco años Pío XII estuvo sometido a un martilleo casi tan insistente sin desviarse sustancialmente de su propia línea, deja estupefactos ante su tenacidad y resistencia. Pero no es difícil imaginar que las presiones provenientes del mundo político no eran tales como para conmoverlo sensiblemente, pese a sus elaboradísimas justificaciones. Los Gobiernos apelaban a valores e ideales trascendentes que luego eran los primeros, si llegaba el caso, en eludir o pisotear con la más cínica indiferencia. Pero aun prescindiendo de esto, era indudable que su fin principal no era otro sino el de explotar políticamente la proclamación del Papa, tanto si éste se mantenía en el puro ámbito de la ética como si lo rebasaba. En resumidas cuentas, pese a los aterradores testimonios de los datos referidos en sus memoriales, Pío XII podía temer siempre la insidia política al acecho. Pero éste no era ciertamente el caso de las peticiones de los creyentes, en especial si se trataba de miembros de la jerarquía. No hay duda alguna de que fieles anónimos, e incluso conocidos, hicieron llegar al Vaticano su incitación, como tampoco hay la más mínima duda de que la suerte de aquellos llamamientos fuese, fatalmente, la de no llegar ni siquiera a conocimiento de su Alto destinatario, o de tener como máximo, por respuesta, una bendición, impartida, se entiende, por delegación, a través del Maestro de Cámara o de la Secretaría de Estado. Edith Stein, por ejemplo, cuando, en abril de 1933, hubo de renunciar a la enseñanza por ser judía, y escribió una larga carta a Pío XII con la ilusión de provocar una encíclica sobre la cuestión judía, sólo recibió este expeditivo consuelo. Pero es también obvio pensar, si no por otra cosa al menos por la estima que no puede por menos de sentirse hacia muchos miembros responsables de la Iglesia, que a veces dirigieran semejantes peticiones incluso altas personalidades de la jerarquía. El secreto de estos mensajes, en el supuesto de que se hayan conservado, está celosamente custodiado en los archivos vaticanos, en

este momento y a este propósito, más que nunca sellados. Sin embargo, se ha filtrado algún secreto. Ya hemos aludido a las peticiones de Sapieha y Bertram. Mas, aparte de las del cardenal Hlond, fue, quizás, el cardenal Suhard el primer miembro del Sacro Colegio que pidió a Pío XII una intervención tan delicada, aunque no exactamente del mismo carácter. En efecto, inmediatamente después de la rendición de Francia, el arzobispo de París invocó de él un escrito de consuelo para los católicos de Francia y para todos los franceses postrados por la humillación de la derrota. Evidentemente, no sentía ningún temor de comprometer al Papa con un gesto que habría podido irritar a los alemanes. Sea como fuere, lo que deja perplejo de este episodio es el hecho de que Pío XII no sintiera la necesidad de comunicar sus propias condolencias a la «hija primogénita» y que hubiese de ser expresamente invitado a hacerlo. Sólo recientemente —a comienzos de 1964— se ha revelado la existencia de un documento también relevante: la famosa carta enviada por el cardenal Tisserant al propio Suhard el 11 de junio tanto en lo que confirma a propósito de la Curia y de sufilofas cismo, de 1940.69 Más que de una carta confidencial, se trata de un auténtico y verdadero desahogo, cuyo carácter sensacional no se halla tanto en lo que confirma a propósito de la Curia y de su filofascismo, cuanto en lo que lamenta a propósito del silencio del pontífice. Y lo inesperado es que el ultrapolítico, además de avant tout francés, Tisserant, más que dolerse de la reserva mantenida por el Papa respecto a su propio país (sin embargo, escribía inmediatamente después de la puñalada asestada por Italia a Francia), o sea, de su silencio político, deplorase el moral, relativo a la elección ética universal que se imponía, según él, ante la patente inadmisibllidad de la violencia alemana.60 En efecto, Tisserant confía a su colega y compatriota haber «pedido con insistencia al Papa, desde principios de diciembre, la promulgación de una encíclica sobre el deber individual de obedecer al imperativo de la conciencia, ya que éste es el punto más vital del cristianismo». En ese «desde principios de diciembre» se halla evidentemente implícito un juicio agravante por todos los acontecimientos que se sucedieron a partir de entonces. Sin embargo, Tisserant elude por completo toda referencia a la ocupación de Dinamarca y Noruega, lo mismo que a la violación de la neutralidad de Bélgica y Holanda, hechos en los cuales predomina el perfil político-jurídico, con un margen más o menos amplio de discutibilidad; apunta hacia la motivación radical que le parece hacer inaplazable la rebelión ética de las conciencias, o sea, hacia el hecho de que la ideología

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nazifascista no desencadenó una guerra, por así decirlo, tradicional, sino una guerra de destrucción metódica y planificada, inspirada en los principios del racismo, cuyo objeto era la sustitución por la raza germánica e italiana de todas las otras en el continente europeo, como primer presupuesto de la realización de la supremacía del Eje sobre el mundo entero. «Es necesario que los franceses —son las palabras textuales del cardenal— no se hagan ilusiones: lo que sus enemigos quieren es su destrucción. Estos días los diarios italianos estaban llenos de textos de S. E. Mussolini en los que afirmaba: ¡nosotros somos prolíficos y queremos nuevas tierras! Esto significa tierras sin habitantes. Alemania e Italia se aplicarán, pues, a la destrucción de los habitantes de las regiones ocupadas, como han hecho en Polonia... Nuestros gobernantes no quieren comprender la naturaleza del verdadero conflicto y se obstinan en imaginarse que se trata de una guerra como en tiempo antiguo. Pero la ideología fascista y la hitleriana han transformado las conciencias de los jóvenes, y todos cuantos tienen menos de treinta y cinco años se hallan dispuestos a todos los delitos con tal de alcanzar el objetivo prefijado por sus jefes.» Tisserant se excedía sin duda (y la distinta conducta en la guerra por parte de los nazis y de los fascistas había de demostrarlo, entre otras cosas, con sus frecuentes y mutuas fricciones) en sus juicios respecto al fascismo y a los fascistas italianos; de la misma forma que no se puede negar que su disquisición era más bien simplista; pero es indiscutible que había especificado con perfecta lucidez la sustancia de la situación. Sea como fuere, la carta continuaba: «Temo que la Historia reproche mañana a la Santa Sede haber practicado una política de comodidad en exclusivo provecho propio, y poca cosa más. Y esto es de una tristeza extrema, sobre todo cuando se ha vivido bajo Pío XI.» Podemos estar seguros de que Tisserant, en las ocasiones en que habló con Pío XII de su petición, no silenció a su superior este temor y que, a su vez, Pío XII debió de quedar muy impresionado por ello. Quizás impresionado hasta el punto de hacer desistir a su colaborador de volver ulteriormente sobre sus argumentaciones y, en general, de sostener con él conversaciones ni siquiera de carácter parecido. 61 Fuesen pocas o muchas las peticiones por el estilo de la de Tisserant (pero, ¿es posible, por ejemplo, que el episcopado americano hubiera callado constantemente tanto antes como, sobre todo, después de la entrada en guerra de los Estados Unidos? ¿No fue precisamente el episcopado americano el que, en 1937, publicó

una pastoral colectiva duramente antinazi, que provocó las más vivas protestas del Gobierno alemán cerca de la Santa Sede?62), fuesen pocas o muchas las solicitudes de esta índole, lo cierto es que no tardaron en poner a Pío XII frente a las verdaderas proporciones del conflicto en curso, que no eran solamente de carácter político, militar o asistencial-caritativo, sino también, y sobre todo, moral. Estas peticiones y llamamientos le recordaban que si era justo que tomara a pecho las pruebas materiales y físicas de las víctimas de la guerra —y que, por tanto, se hiciese organizador de los servicios de información para la búsqueda de los prisioneros y desplazados, promotor del envío de víveres y ropa a los prisioneros y a las poblaciones civiles afectadas por los bombardeos o por el paso de la guerra—, mucho más debían preocuparlo las ansias y las inquietudes de las conciencias de cuantos no querían convertirse en colaboradores de las infamias nazis, y mucho menos permitir que se convirtieran en ello sus subditos y subordinados, por lo cual esperaban indicaciones precisas y el estímulo adecuado. Por lo demás, él no había sido constituido en la dignidad de jefe de la Iglesia para cumplir solamente un deber de caridad material, sino, ante todo y sobre todo, para dar testimonio de la verdad que los fieles debían creer y practicar. Haciéndose eco de las verdaderas relaciones que existen entre los subditos y el Estado, de los límites que los poderes civiles encuentran en los derechos naturales de la persona humana, habría llegado a las raíces de todo aquel desorden social, más bien que aliviando algunas miserias o secando algunas lágrimas: en efecto, al actuar así habría impedido que el mal se impusiera y se desbordara. Por otra parte, para hacer frente a este deber no podía bastar la enunciación de condenas genéricas contra el Estado totalitario, o de principios abstractos sobre la igualdad de los pueblos, como solía hacer; del plano general de los deberes morales y sociales debía descender al de los deberes individuales, tal como le propuso el cardenal Tisserant, exponiendo los deberes concretos del individuo frente a las obligaciones civiles y militares, no sólo en el caso de que la autoridad actuase dentro de los límites de los propios derechos-deberes, sino, sobre todo, en el caso de que desbordara tales límites. En suma, no se trataba solamente de hablar para cumplir un deber hacia su propia misión, sino de hablar para cumplir el deber hacia la cristiandad y la humanidad. Negarse a hacerLo, ayudaba el mal a enconarse con mayor osadía, extendiendo cada vez más las propias provocaciones. Callar equivalía a colaborar con la iniquidad. Y no servía disfrazar esta omisión suprema multiplicando las intervenciones de caridad (siempre fatalmente inadecuadas) a

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las víctimas y, por lo demás, repartiendo pródigamente casi sólo lo ajeno.63 La Iglesia no es la Cruz Roja Internacional. La Iglesia es, para sus fieles, el organismo supremo llamado a dar testimonio del mensaje evangélico y a hacerlos vivir en coherencia con el mismo: es la guía de sus conciencias. Como ha dicho un pastor protestante en el curso de las recientes polémicas, una Iglesia que ha hecho todo lo que habría tenido que hacer, no ha hecho nada si ha aceptado callar.

IV LAS JUSTIFICACIONES OFICIALES Si Pío XII, por lo menos hacia mediados de 1942, estaba enterado de la situación —todas las autoridades responsables conocían entonces lo esencial de los acontecimientos de los que hoy se dice interesadamente que fueron una revelación de la posguerra—, y si hubo de enfrentarse con presiones de toda índole para sustraerse a la condena de las violencias nazis, ¿cuáles son, entonces, las razones de una conducta tan en contradicción con su misión de guía moral y religioso de 400 millones de católicos? Hablar era peligroso Según sus defensores, las razones son, sustancialmente, dos: hablar era peligroso para las víctimas y, en todo caso, absolutamente inútil. El cardenal Montini en su carta al Tableta las acumuló en esta concisa formulación: «Una actitud de condena y de protesta habría sido... además de inútil, perjudicial.» Y, en realidad, ésta parece haber sido la persuasión de Pío XII.65 Dos documentos de 1943, uno privado y otro público, no dejan, a primera vista, dudas al respecto. En una carta al obispo de Berlín, de fecha de 30 de abril, Pío XII explicaba que no fue casual la diferencia de su propio comportamiento respecto al de los demás obispos. «cPor lo que se refiere a las declaraciones episcopales —escribía—, Nos dejamos a los pastores en función en sus sedes la responsabilidad de valorar si, y en qué manera, el peligro de las represalias y de las presiones, asi como cualesquiera otras circuns-

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tancías debidas a la duración y a la psicología de la guerra, aconsejan la reserva —pese a las razones que existieran para intervenir—, al objeto de evitar males mayores. Éste es uno de los motivos por los cuales Nos mismo nos imponemos límites en nuestras declaraciones. La experiencia que hemos hecho en 1942, dejando reproducir libremente, para uso de los fieles, algunos documentos pontificios, justifica nuestra actitud, por lo menos en la medida en que Nos podemos ver las cosas.»66 Poco más de un mes después, en la acostumbrada alocución del 22 de junio en respuesta a las felicitaciones de los cardenales (el 22 de junio, festividad de san Eugenio, era su onomástica), aun teniendo un discurso destinado a la publicación, no pudo por menos de decir: «No esperaréis que Nos os expongamos detalladamente todo lo que hemos intentado y emprendido para suavizar sus sufrimientos, mejorar sus condiciones de vida morales y jurídicas, proteger sus derechos religiosos fundamentales, acudir en auxilio de sus necesidades. Todas las palabras que con este objeto dirigimos a las autoridades competentes, toda declaración pública, deben ser verdaderamente elaboradas y medidas por Nos en interés de las víctimas, para no hacer, contrariamente a nuestras intenciones, más pesada e insoportable su situación.» La importancia de estas declaraciones radica en el hecho de que se remontan a cuando la guerra se hallaba aún en curso, antes aún de que entrase en su fase más dramática, con el desembarco de los aliados en Italia y la caída de Mussolini. En cuanto a la segunda, se debe añadir que jamás hasta entonces Pío XII había sido tan explícito en la materia, mientras que en la primera lo que parece más relevante es que él considera esta razón como una de tantas, aunque, por desgracia, no las enumera, sin atribuirle preeminencia alguna. Es cierto que, más que de una razón, podría tratarse de un pretexto, pero en este caso sería ingenuo esperar una admisión e incluso sólo un lapsus. Todo cuanto se puede decir es que la consistencia de este motivo produce gran perplejidad. Ya hemos dicho que los llamamientos dirigidos al Papa para que evitase tomas de posición abiertas y, sobre todo, denuncias solemnes, eran, por cuanto se sabe, notablemente inferiores en cantidad respecto a las urgentes solicitaciones en que se le pedía que hablara. Por lo demás, ¿qué situación peor podía estar reservada a las víctimas destinadas a la matanza que, -orno máximo, una matanza anticipada? Pero, ¿acaso una matan n anticipada no habría llevado al colmo la tolerancia y la inacción de quien podía intervenir, si la una y la otra hubiesen sido fustigadas por u n gesto de valor del pontífice?

Por tanto, no queda más que proceder a una exégesis más atenta y cuidadosa de los citados textos y de cualesquiera otros análogos para convencerse (y el primero de ellos es absolutamente perentorio) de que el horizonte presente al Papa no es tanto el de las víctimas católicas y, más exactamente aún, de las comunidades católicas, vistas sobre todo en el conjunto estructural de sus organizaciones y de su influjo en el ambiente. En efecto, Pío XII no aludió jamás nominalmente en sus escritos ni en sus discursos del período bélico a los protestantes y a los ortodoxos, cuyas dificultades y peligros no eran inferiores a los de los católicos: sólo rarísimas veces tuvo para ellos vagas alusiones. Pero, además, Pío XII —que no casualmente consagró todos sus radiomensajes navideños a los problemas de la posguerra, reservando sólo algún hueco a las contingencias del conflicto— estaba en realidad mucho más preocupado e inquieto por el pensamiento del futuro que del presente. Su auténtica pesadilla era la de que, a una intervención suya considerada excesiva, los nazis pudieran abatirse, con la inexorabilidad de una represalia, sobre las Iglesias de los distintos países, diezmando a sus cuadros directivos y disolviendo aquellos organismos con los que él contaba para la posguerra, ya para realizar la hegemonía de la Iglesia en los países vencidos, aprovechando la ocasión del vacío de poder subsiguiente a la derrota, ya para hacer frente a la eventual arrogancia de los vencedores, allá donde éstos trataran de prevalecer en perjuicio de la Iglesia. Cualquier referencia más genérica y universal a las víctimas de la guerra (como en el segundo texto citado, de carácter, por lo demás, público y, por tanto, en cierto modo, propagandístico) no era sino una extensión, y, por así decirlo, una refracción de aquella su ansia profunda, además, de naturalmente, manifestación de un sentimiento de solidaridad humana. Más aún, puede decirse incluso que la preocupación de evitar cualquier debilitación de las estructuras eclesiásticas en Europa alcanzó en Pío XII, a medida que avanzaba la guerra, el estadio de una verdadera psicosis. Para convencerse de ello basta pensar que tal preocupación se basaba en el fondo, casi exclusivamente, sobre la hipótesis de la posibilidad de que pudiese producirse un aniquilamiento semejante de la Iglesia, y no sobre pruebas concretas que documentasen la intención de realizarlo. En el estado actual de las investigaciones históricas, se halla fuera de toda duda que los nazis tuvieron, entre los objetivos que habían de alcanzar durante el conflicto, la Enálosung de las Iglesias, y, en particular, del catolicismo: más aún, es absolutamente cierto que tenían el propósito de aplazar para después el «ajuste de cuentas». Durante la guerra, les bastaba aislar el Vaticano, sobre todo por las vía di6 — 2818

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plomáticas; seguir manteniendo en estado de alarma, pero evitando siempre toda exasperación peligrosa, a la organización católica alemana y, finalmente, mantener en el ghetto a la Iglesia polaca, demasiado peligrosa por su influencia sobre el pueblo. Es un hecho que en ninguna parte de Europa, a excepción de Polonia, tocaron los alemanes ni a un solo obispo católico. En Alemania, el más odiado por el nazismo era el de Münster, conde Von Galen. Se consideró su detención, pero no se llegó más allá de ignorar sus cartas de protesta dirigidas al Gobierno.67 Y una vez que un canónigo del capítulo de Olmütz, prisionero en Buchenwald, fue elegido obispo sufragáneo de su ciudad, las SS lo pusieron inmediatamente en libertad. 68 En Francia, cuando, entre julio y setiembre de 1941, dos cardenales (Suhard de París y Gerlier de Lyon) y numerosos arzobispos y obispos, al frente de los cuales se hallaba el futuro cardenal Saliége, se levantaron, ya aislada, ya colectivamente, contra las deportaciones de los judíos, ninguno de ellos fue tocado, pese a las provocaciones de la Prensa controlada por los nazis o por Vichy. Solamente en vísperas de la liberación, alguien pensó en vengarse del arzobispo de Toulouse. Pero a los dos oficiales alemanes que se presentaron ante el arzobispo para detenerlo (9 de junio de 1944), les bastó verse ante un hombre medio paralizado y sin voz para volver sobre sus pasos eludiendo la orden recibida.69 En Holanda, el 26 de julio del mismo año, el episcopado protestó públicamente cerca del Reichsstatthálter Seyss-Inquart contra el proyecto de deportación de los judíos, pese a que ya había conseguido, en enero de 1941, que fueran respetados los hebreos católicos. Los nazis reaccionaron aboliendo la concesión acordada e incluso deportando en primer lugar a los hebreos católicos, pero evitaron toda represalia sobre las comunidades católicas arias y sobre sus dirigentes. Por lo demás, esto se verificó también en la aliada Checoslovaquia. Los obispos del país enviaron al Gobierno una serie de protestas colectivas contra las persecuciones de los judíos y los proyectos de enviarlos a Galitzia y a la región de Lublín. Pese a su número, gravedad y tono, no se tocó ni un cabello a ningún miembro del episcopado.70 Y si los nazis evitaron el conflicto abierto con las jerarquías locales y hacer víctimas entre ellas mucho menos pensaron, aun deseándolo vivamente en secreto, atacar a la Iglesia en su reducto central. Lo documentan, además de los hechos (o, mejor aún, la ausencia de hechos), el Diario de Goebbels y Conversaciones de sobremesa, de Hitler. Por otra parte, el único período en que habrían tenido la posibilidad de hacerlo fue el que medió entre

el 25 de julio de 1943 y el 4 de junio de 1944. En efecto, inmediatamente después de la detención de Mussolini, acaecida en la primera fecha, estaban muy avanzados los proyectos, ya de un golpe de mano sobre el Vaticano, considerado corresponsable, junto con el rey Vittorio Emmanuele, del hecho, para capturar a los diplomáticos que se habían refugiado en él y obtener un botín de documentos, ya para «poner en seguridad» al Papa en Alemania. Pero el sentido común prevaleció al final sobre expedientes tan burdos y perjudiciales. La ocupación de Roma al día siguiente del armisticio italiano (8 de setiembre de 1943) acabó, en todo caso, con dicha posibilidad. Es cierto que después se produjo el fenómeno de los intermitentes miedos que asaltaban de cuando en cuando a los habitantes de los sacros palacios (en algunos casos se llegó incluso a preparar las valijas por parte de los miembros de la Secretaría de Estado, que temían la eventualidad de una deportación, o a la destrucción de documentos por parte de los diplomáticos acreditados cerca de la Santa Sede, para evitar que cayeran en manos de los nazis). Mas no sería de extrañar que en el futuro se descubriese que no tenían más origen que el doble juego del embajador alemán cerca de la Santa Sede Ernst von Weizsácker, preocupado desde entonces de ponerse a salvo en el momento de la rendición final de cuentas. 71 El absurdo de una segunda Aviñón, o, mejor, de una segunda Fontainebleau, eran tanto más evidente, cuanto más gratuita aparecía a todos. En efecto, no se podía decir que los aliados quisieran proteger al Papa, que había acogido como una gran fecha la acreditación de un enviado personal del presidente de los Estados Unidos y que se había negado formalmente a transformar en cruzada el ataque a la Rusia soviética. Por otra parte, la línea política del nazismo hacia el Vaticano había sido siempre de una extrema cautela, incluso en situaciones mucho menos críticas que las bélicas. Bastaría para probarlo la controladísima reacción opuesta en 1937 a la encíclica Mit brennenáer Sorge. Es cierto que el documento pontificio no comprometía explícitamente a los dirigentes supremos del Tercer Reich; más aún, evitaba todo juicio formal respecto al régimen, pero era, de todas formas, u n documento de tal gravedad como para justificar, sin más, la denuncia del concordato por parte gubernativa. Naturalmente, no fueron pocos los jerarcas que se sintieron inclinados a ello, pero al final no se hizo nada: en efecto, sólo la Iglesia habría salido ganando con la denuncia del concordato, ya que se le habría restituido su libertad y no se habría visto obstaculizada por ninguna fiscalización estatal, mientras que el Estado habría corrido el riesgo de enajenarse las simpatías de los veintidós millones de católicos alemanes, por n o aludir a la crisis de conciencia de los

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católicos austríacos, que vivían en espera del Anschluss y que habrían podido retractarse de su elección proatóniana. Por tanto, nada más natural que los nazis se limitaran a vagas amenazas, que hacían circular en forma de rumores y dándoles una cierta apariencia de consistencia con algún golpe de mano (la violación de la extraterritorialidad de Saii Pablo Extramuros, atribuida, sin embargo, a los fascistas, y la irrupción en el Pontificio Instituto oriental). Tales amenazas se referían no sólo y no tanto a la ocupación del Vaticano y a la «puesta en salvo» del Pontífice, cuanto a la reducción al silencio de Radio Vaticano (que podía ser efectuada por un avión de misteriosa nacionalidad, como el que había arrojado algunas bombas en el interior de la ciudad pontificia el 5 de noviembre de 1943)72, y la rotura de relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Monseñor Giovannetti, en el artículo ya citado, y que tuvo el honor de ser objeto de un juicio tan halagüeño por parte del cardenal Montini, cita precisamente estos dos amenazas como motivos determinantes para considerar peligrosa y, por tanto, irrealizable, una solemne denuncia. En efecto, la radio vaticana era entonces «la única comunicación posible de la Santa Sede con el mundo (y, por tanto, el único medio para el gobierno de la Iglesia), y la rotura de las relaciones diplomáticas habría procurado, con la imposibilidad de comunicarle con el Gobierno alemán, y, de consiguiente, al menos con la mitad de la Europa ocupada, la paralización completa de toda acción caritativa en favor de las víctimas de la guerra». Naturalmente, todo era posible. De hecho, sin embargo, el Gobierno alemán se contentó con mucho menos para desalentar el intervencionismo del Papa. En las instrucciones impartidas por Ribbentrop al embajador Von Bergen el 13 de enero de 1943, y encontradas al finalizar la guerra en los archivos de la Wilhelmstrasse, se lee: «Si el Vaticano amenazase o intentase cualquier acción política o propagandística contra Alemania, es obvio que ello obligaría al Gobierno del Reich a reaccionar de manera adecuada. En tal caso, el Gobierno del Reich no carecería del material eficaz ni de las posibilidades de tomar medidas concretas contra la Iglesia católica.»72 bis Más que a amenaza, esta advertencia suena a extorsión. Y a extorsión que, si bien aparentemente genérica, debió de ser indudablemente concreta y de extrema gravedad si funcionó plenamente (ya que no se puede ser tan ingenuo como para creer que Von Weizsácker, que sucedió a Von Bergen, con o sin el doble juego al que hemos aludido, la mantuviese secreta a los dirigentes va-

ticanos). Por supuesto, no es el caso de perderse en conjeturas sobre los objetos de las revelaciones que el Gobierno nazi contaba cc>n hacer (relativas, probablemente, a pasos diplomáticos de la Santa Sede, a actividades económicas de la misma, a la persona del pontífice o a otras muy allegadas al mismo, etc.). Lo cierto es que ello, si bien no la principal razón del silencio de Pío XII, fue una 4e ellas, y probablemente no la última. En conclusión, el examen de las causas que pueden explicar la atribuida razón de peligrosidad a la denuncia pontificia llevan muy lejos de las víctimas de la guerra y muy cerca de la propia Iglesia; y más bien que a su periferia, dentro de ella. Y, por desgracia, este miedo no ayuda a aumentar la estima por el desinterés del silencio pontificio. En la lucha con el «mundo», con las potencias hostiles del «mundo» (y Dios sabe si el nazismo era una personificación equívoca del mismo), la Iglesia, toda Iglesia cristiana, pero mucho más la que reivindica para sí con más intransigencia y perentoriedad la singularidad y la verdad, no habría debido dudar de la victoria final. ¿Acaso no está escrito en el Evangelio: «Las puertas úe\ infierno TÍO prevalecerán contra eua»? ¿"Y no lo recordó el propio Pío XII en el párrafo 38 de su Summi Pontificatus? ¿Cómo juzgar, entonces, esta grave incongruencia, si no se puede poner en duda que «para la Iglesia no es la existencia la que precede a la confesión, sino la confesión la que precede a la existencia»? Hablar era inútil Antes de responder a esta pregunta conviene oír la segunda justificación oficial del silencio de Pío XII: hablar era inútil. El 20 de julio de 1955, un singular artículo de fondo de L'Osservatore Romano, debido a su director y titulado Un magisterio y un testamento, sometía a confrontación la sensación suscitada en el mundo por el testamento de Einstein con el escaso relieve dado al magisterio del Papa Pacelli. He aquí, textualmente, el comiendo de dicho artículo: «El mensaje postumo de Einstein ha aparecido, más que como una gravísima advertencia, como una intimidación moral. O el fin de la guerra para siempre, o el fin de la humanidad. El mensaje, científico hasta el materialismo, dice precisamente: fin de la especie humana. Ahora bien, podemos preguntarnos por qué semejante impresión, tan vasta y profunda, por doquier, no se produjo ^1 20 de febrero de 1943, cuando Pío XII, hablando a la Academia de Ciencias de las leyes naturales del mundo inorgánico y de la vida vegetativa y sensitiva, advirtió sobre la "peligrosa catástrofe" que

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los descubrimientos nucleares determinarían si se adoptaban como intrumentos de guerra; y tampoco cinco años después, en el mensaje de Pascua de 1954 y en el de 1955. No es que tales advertencias no fuesen acogidas por consensos unánimes. No queremos decir esto. Queremos decir que tales consensos no tuvieron o no mostraron la conmoción y el espanto que hicieron temblar hasta la voz del "gélido" Lord Russell, ejecutor testamentario de la previsora herencia del gran científico, y que palpitaron en los comentarios de los periódicos y en las síntesis de los titulares con que se dio amplia noticia de ello.» Tras haber precisado el sentido de su extrañeza, el editorial continuaba: «¿Cuál es la razón de esta diferencia? ¿Se halla acaso en la psicología del auditorio mundial, no del todo habituado o preparado para escuchar y acoger la Palabra del Papa que vale para todos, asi como para todos los tiempos de la Historia y para todas las conciencias humanas? ¿O bien porque esta conciencia humana se halla tan desviada ya de los pensamientos y de los magisterios morales, incluso cuando éstos se refieren a resultados de experimentos y hechos, que medita únicamente sobre las cosas materiales y expresadas con el lenguaje más materialista y para el fin exclusivo del egoísmo material?» Y acababa, no sin evidente irritación («Pío XII ha hablado como Padre, ha hablado de humanidad. Einstein, de individuo, de la "raza humana"; ha hablado de "especie biológica" como el director de un jardín o de una reserva zoológica...»), por aceptar la segunda hipótesis, la del predominante materialismo de los hombres contemporáneos. Pero el clima de 1955, ¿podía considerarse idéntico al de 1943? ¿Faltaba en realidad entonces («en la psicología del auditorio mundial») la preparación adecuada para recibir la palabra del Papa? Creemos que no pocos son del parecer contrario. Durante la guerra, la palabra del Papa —se entiende, una verdadera palabra liberadora— era esperada, más aún que por los combatientes y por los gobernantes de los países aliados (nos atrevemos a incluir incluso a Rusia, tanto la soviética como la ortodoxa), por todas las conciencias honestas, deseosas de ser confirmadas en lo que consideraban su deber y angustiadas por no tener una respuesta autorizada a su espera, y tanto más cuanto que los pastores de rango inferior (a partir de los obispos) se encerraban también en el silencio más humillante y atormentado, estando, a su vez, privados de directrices y de estímulos de arriba. Y en la misma medida en que era esperada aquella palabra, su ausencia era implorada o aceptada con amarga resignación.73

¿Por qué, entonces, no habló el Papa? La respuesta nos viene dada, aunque sea a la distancia del tiempo (el 19 de marzo de 1964), por la pluma de otro director del mismo diario vaticano: «Los silencios del Papa, cuando existen, no son suyos, sino nuestros, o sea, impuestos por los cristianos, los cuales acaban por vincular, con su inadaptabilidad de hijos, los labios del padre y maestro. ¿No está acaso escrito en el Evangelio: "Jesús callaba"? Pues también el Vicario de Jesús puede querer y deber callar.» Puede parecer una respuesta sibilina, pero no lo es. Si bien con lenguaje veladamente diplomático, dice que era inútil que Pío XII hablara, por la sencilla razón de que su palabra no habría tenido la fuerza suficiente de reclutar prosélitos en número adecuado para la necesaria cruzada. En suma, en tales condiciones psicológicas, levantar el anatema contra Hitler habría sido una auténtica locura. «Europa no se habría cubierto de la noche a la mañana de maquis católicos que enarbolaban la bandera blanca y amarilla del Papa».7* En realidad, después de la experiencia del Papa Juan a propósito de la eficacia de la palabra del Papa, habría que dosificar sobre todo el escepticimso. El Papa Juan, con su palabra —repárese que con una palabra escrita, y escrita en una época sin duda más distraída y justificada en su distracción que la de la guerra—, conmovió al mundo. Es cierto, sin embargo, que para tener un Papa Juan la Iglesia ha tenido que esperar dos milenios y, aun así, sin poder garantizarse para lo futuro. Sea como fuere, Pío XII, actuando al nivel común de los políticos realistas, no pudo por menos de calcular fríamente las posibilidades concretas de un gesto tan grave, valorando, ante todo y sobre todo, la reacción que pudiera tener en el ámbito del catolicismo alemán. Y fue ciertamente en este cálculo, para el cual no había nadie más a propósito que él —45 millones de católicos en la gran Alemania, adictos en su mayor parte al régimen o, por lo menos, al espejismo patriótico que parecía dejar entrever; 45 millones de católicos impregnados ya previamente de antisemitismo y convencidos de los abusos de las naciones contra su país; 45 millones de católicos ilusionados con ser útiles a la Iglesia colaborando al nuevo orden de las potencias del Eje, en el cual no podía por menos de desempeñar un papel determinante el sólido catolicismo de Italia y de las restantes naciones latinas—, fue, ciertamente, en este cálculo en el que se dejó desbordar por el pesimismo.' 5 Pero el catolicismo alemán no era todo. Y, a fin de cuentas, aun sólo el arrepentimiento de una minoría, en su seno, habría podido tal vez constituir en la máquina bélica del Reich el proverbial granito de arena que obstaculiza y hace saltar los engranajes. ¿Tal

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vez no existían en la clase dirigente alemana, a partir del ejército, los hombres prestos a aplastar al grupo de locos y criminales que se disponía a perder a su país? Por otra parte, la Europa del Eje —¿quién podía olvidarlo?— era una Europa ocupada y humillada, que se habría puesto en pie a una llamada oportuna y sugestiva de reacción. El hecho es que Pío XII, tímido y esquivo por temperamento y poco amigo de actitudes que no estuviesen circunscritas en un horizonte bien claro y definido, odiaba el solo pensamiento de tener que repetir el tan fácil cuan irrisorio «milagro» de Pío IX. Los recodos de la Historia, sin embargo, están hechos por hombres que creen sin exigir demasiados controles, por hombres cuya fe, como la de Juan XXIII, fuerza tan irresistiblemente los acontecimientos, que parece secundarlos y ceder a ellos. Por lo demás, y pese a las apariencias, bloquear la furia nazi no habría sido en modo alguno un hecho excepcional. La psicología no se extraña de que un hombre desarmado como León Magno pudiera detener a un Atila. El terror necesita que se crea en él: para afirmarse, ha de poder nutrirse de la debilidad y del ceder sin lucha de los seres sobre los que se ejerce; frente a una inesperada resistencia, se descompone, pierde su seguridad y queda desermado. Todos los sádicos son temperamentalmente débiles. Y, en todo caso, no se debe olvidar la característica esencial del terror nazi: la de ser (y de no poder no ser, precisamente por las colosales represiones a que estaba destinado) un terror esencialmente planificado y burocráticamente administrado. Los recientes procesos de Frankfurt y de Munich, así como las afortunadas investigaciones personales de Simón Wiesenthal,™ permiten hoy tener un cuadro preciso del aparato organizador de la máquina terrorista alemana, a partir de las escuelas de sus verdugos diplomados, las únicas científicamente preparadas conocidas hasta ahora por la Historia.17 Pero incluso durante la guerra no se podía no sospechar. Naturalmente, los sujetos previamente elegidos eran fruto de una selección particular; sin embargo, las resistencias naturales a una actividad tan implacable podían ser frenadas, e incluso a veces cortadas, únicamente por una excepcional preparación psicológica, por una disciplina férrea y por el sentido del propio poder (o, mejor, de la omnipotencia de grupo). Sea como fuere, sin embargo, se trataba siempre de un terror enseñado, no instintivo; aprendido, no espontáneo, confiado a potencialidades brutas insensibilizadas por tradiciones seculares de autocontrol y de repulsa. Y si éste era el talón de Aquiles de los cuerpos especializados para las matanzas científicas, es fácil imaginar cuánto más precaria sería aún la resistencia de los cuerpos no adiestrados y obligados a cir-

cunstanciales acciones de exterminio en las retaguardias o en zonas hostilizadas por los partisanos. Por lo demás, especialmente para los miembros de las formaciones especiales, la mejor garantía para su rendimiento estaba constituida por el secreto, no sólo sobre su pertenencia a las organizaciones, sino incluso sobre la existencia de las mismas; en efecto, ni siquiera el III Reich, dedicado a formar perfectas conciencias de verdugos, podía hacerse ilusiones respecto a rodear de prestigio la profesión de verdugo. Por tanto, si hubiese sido desenmascarada de golpe frente al mundo entero la existencia de los campos de la muerte y la organización de sus verdugos, y hubieran sido reveladas a la vez las acciones de exterminio impuestas incluso a las fuerzas regulares del ejército, no sólo las víctimas se habrían sentido estimuladas a levantarse e imponerse a sus verdugos, y se habrían llenado de espanto y terror todas las personas honestas que odian el mal, especialmente un mal tan gratuito y absurdo y de proporciones tan inauditas, sino que se habría extendido el pánico entre las propias filas de las SS. Cierto que un tal desenmascaramiento podía hacerse, y se hizo en realidad, por los Gobiernos aliados; pero, ¿con qué efectos? ¿Qué alemán no habría considerado todo ello como una invención de la propaganda psicológica enemiga? Sólo las autoridades religiosas y completamente ajenas y superiores al conflicto habrían podido conseguir la necesaria eficacia de convicción y de persuasión. ¿Y si no lo hubiesen conseguido? ¿Y si incluso un intento de esta índole hubiese resultado inútil y hasta perjudicial —pero las protestas contra la aplicación de la eutanasia tuvieron pleno éxito, aunque fuese después de haber conseguido ya con ella unas doscientas mil víctimas—, provocando una más rápida y feroz liquidación de los predestinados? Pues bien, no podemos por menos de afirmar, una vez más, que el mundo religioso tiene no sólo dimensiones completamente particulares, sino también leyes totalmente propias. Para convencerse de ello basta releer el Evangelio, e incluso sólo el Sermón de la Montaña. La categoría del éxito es completamente desconocida a la carta de las bienaventuranzas. Por el contrario, en cuanto al fracaso, hay un lugar tan preponderante como para estar allí casi omnipresente. Y, en primer lugar, el fracaso de los que tienen hambre de justicia. (Bienaventurados los pobres de espíritu... Bienaventurados los humildes... Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia... Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia...) Pero aun cuando no fuese así, eL silencio frente al mal moral, por muy justificado que pueda aparecer, es un silencio que el Evangelio, como cualquier otro texto .sagrado de la humanidad, ha

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condenado tan inexorable como explícitamente como la omisión de las omisiones: «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se hace insípida, ¿con qué se salará? Vosotros sois la luz del mundo; no puede estar escondida una ciudad situada sobre un monte, ni se enciende una lámpara y se pone bajo el almud, sino sobre el candelabro, para que ilumine a todos los de la casa...»

V LA EXPLICACIÓN MAS PROBABLE

En resumidas cuentas, ¿Pío XII calló por miedo y, en última instancia, por aridez religiosa? Bastaría aceptar, aun cuando fuese sólo provisionalmente, un veredicto semejante, para condenarse a no entender ya nada de la personalidad de Pío XII, o para hacer de él un absoluto y repugnante embaucador. Creemos que la verdad se halla notablemente lejos de estos dos extremos, y, en todo caso, lo que se ha de excluir inmediatamente es el miedo personal. La vileza era constitucionalmente contraria a la índole y al carácter del Papa Pacelli. Puede decirse que vivió toda su vida en la tensión de una exaltación interior, no lejos a veces, especialmente en el último decenio, incluso de manifestaciones alarmantes; más aún, en la tensión de una exaltación que era esencial y preponderantemente una forma de autoexaltación. De ahí su aislamiento y su soledad, originados, en parte, por timidez (los tímidos son los más llevados a buscar compensaciones a su propia incapacidad de hacer copartícipes a los demás el culto del sí, el propósito de distinguirse y de destacarse); de ahí su ascética autoridad, que no es exagerado en modo alguno definir como más naturalista y formalista que de inspiración religiosa (aunque, naturalmente, no faltara en él, eclesiástico, la impregnación de motivos religiosos); de ahí, finalmente, su excepcional régimen de actividad, impulsado a tm ritmo extremo tanto en la duración como en la asiduidad y en el método. La sombra y la vergüenza de una derrota, sobre todo por vileza, no eran ni siquiera imaginables en la psicología, de típico superhombre, de Eugenio Pacelli. Le repugnaban tanto la vileza como la mediocridad, y los caminos tortuosos tanto como las intri-

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gas. Quería ser, y sabía serlo, totalmente íntegro, el primero en todas partes por méritos personales y sin deber nada a nadie. De la misma forma, prefería dejarse despedazar antes que doblegarse. Durante la Primera Guerra Mundial, Benedicto XV lo honró con dos excepcionales misiones diplomáticas: una en Viena, cerca del emperador, 78 y la otra en Kreuznach, en el cuartel general del Kaiser.78 No sabemos nada de la impresión que causó a Francisco José; en cuanto a la de Guillermo II, fue tal que, aun queriendo, según parece, dar de él una imagen alterada en sus Memorias, no tuvo más remedio que rendir un homenaje inusitado al legado pontificio. Pero el episodio símbolo tuvo lugar una vez acabada la guerra, en la ruina de la Alemania derrotada, y precisamente en Munich, durante las famosas jornadas del Gobierno rojo. Un día de abril de 1919, los guardias espartaquistas penetraron, pistola en mano, en la Nunciatura Apostólica. Monseñor Pacelli quiso enfrentarse con ellos solo, y los obligó a retirarse sin que se atrevieran a cometer el más mínimo abuso, no recurriendo a ninguna astucia, sino impresionándolos con una protesta tan digna cuanto resuelta y firme. El hecho constituyó para él una magnífica victoria, pero también un auténtico shock. Como diría posteriormente a su médico personal, aun a décadas de distancia, el pontífice casi octogenario volvía a revivirlo en sueños.80 Sin embargo, no actuaba sobre él de forma depresiva, sino exaltante. Muchos de los desafíos lanzados al comunismo por Pío XII después de la Segunda Guerra Mundial se inspiraron, en su subconsciente, en aquel lejano episodio. Por lo demás, durante el conflicto de 1939-1945, fue precisamente él, mucho antes de que pudiese imaginarse la crítica situación que de hecho siguió y que fomentó el nacimiento de las amenazas contra su persona, quien concibió la hipótesis de su posible captura e internamiento en un campo de concentración. 31 Pero jamás, aunque una medida de tal índole hubiese llegado a afectarlo, habría acabado en un campo común. Pero la perspectiva le exaltaba, y es de creer que se habría atrevido incluso a provocar su realización, si no hubiese estado angustiado a la vez por el pensamiento del Vaticano violado y de la Curia dispersa. No sabemos cuánto puede haber de verdad (aunque puede considerarse cierto un hecho por lo menos análogo) en el rumor de que incluso había transmitido facultades y directrices precisas al cardenal Cerejeira, arzobispo de Lisboa, para que dirigiese la Iglesia en su lugar en el caso de una posible captura. Ni si es cierta esta respuesta que diera a quien le anunciase la probable detención por parte de los nazis: «No detendrían al Papa, sino sola-

mente al cardenal Eugenio Pacelli.» Sin embargo, es irrefutable el espíritu de estos episodios. En torno a él, sus colaboradores de la Secretaría de Estado y los dirigentes de los Departamentos del Vaticano temblarían —y es fácil imaginar con cuan solemne dramatismo convocó en torno a sí a los miembros del Sacro Colegio Cardenalicio para anunciarles que, en la eventualidad de una violación de la neutralidad del territorio de la Santa Sede, les relevaba de la obligación de permanecer cerca de él en Roma—, de la misma forma que serían presa del pánico los diplomáticos por la suerte que les esperaría en el caso de una ocupación de los sacros palacios por parte de los nazis.82 Pero podemos estar seguros de que el Papa Pacelli no temblaba. Y quizá, y sin quizá, la hora más bella de su vida habría sido la de poder provocar a sus capturadores con la denuncia de las atrocidades cometidas por ellos y con el llamamiento a los católicos de todo el mundo para que se unieran en una cruzada contra la más nueva y espantosa barbarie de la historia. La prueba sin duda más inesperada e inesperable por parte de él, no como hombre (ya que en los temperamentos más rutinarios y metódicos alienta con frecuencia una nostalgia de aventuras), sino como Papa, una prueba no sólo de audacia, sino de temeridad, la dio sin duda Pío XII pocos meses después del comienzo de las hostilidades, en la primavera de 1940, al apoyar un complot de militares alemanes que se proponían deponer a Hítler.83 Pero si luego se alejó, y para siempre, de tal género de aventuras, está fuera de duda el que más de una vez pareció decidido a levantar la voz, aunque luego, en el último momento, 84 volvió siempre sobre sus pasos. Conocemos ya una precisa amenaza suya: la del radiomensaje navideño de 1941 contra la persecución religiosa. Una amenaza que deja muy perplejos cuando se piensa que pasaba, con total indiferencia, sobre las matanzas, las deportaciones forzadas y las crueldades de todo género perpetradas por los alemanes y por los rusos, para limitarse a protestar por las disposiciones «contra las iglesias y los objetivos que persiguen». Es cierto que una parte notable de las protestas hechas por las autoridades eclesiásticas en favor de los judíos causan el mismo malestar, ya que, o se refieren solamente a los hebreos católicos, o preferentemente a estos últimos, pero en este caso se trata, casi siempre, de protestas diplomáticas, y es obvio pensar que los representantes pontificios actuaron constreñidos por la necesidad de dar a sus «notas» las condiciones jurídicas que debían hacerlas tomar en consideración. En un documento público y no diplomático ta situación es distinta

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por completo, y este egoísmo confesional turba profundamente. No obstante, se trataba siempre de una amenaza específica, y de una amenaza específica se podía pasar siempre a otra más genérica y políticamente peligrosa. El propio cardenal Tardini —a la sazón subsecretario para Asuntos eclesiásticos extraordinarios y jefe de la primera sección de la Secretaría de Estado, luego prosecretario bajo el propio Pío XII y, finalmente, Secretario de Estado de Juan XXIII— ha revelado la historia de tres telegramas enviados por el propio Papa Pacelli a los soberanos de Bélgica, Holanda y Luxemburgo el día de la agresión de sus países por parte de Alemania.85 Apenas puesto al corriente de la noticia, o sea, pocas horas después del hecho, Pío XII decidió que el cardenal Maglione redactase una breve nota para L'Osservatore Romano, mientras monseñor Tardini le prepararía un proyecto de carta abierta que el Papa, de acuerdo con una costumbre de los pontífices, dirigiría a su cardenal Secretario de Estado. La carta, llena de contención pero severa, requería ser bien ponderada, y por lo menos había que esperar al día siguiente para su publicación. Por eso, Pío XII, para no retrasar demasiado su toma de posición, pensó enviar a los tres altos destinatarios telegramas suficientemente alusivos y significativos, los cuales se redactaron efectivamente y cuyo contenido se dio a conocer en seguida. Sin embargo, por desgracia, apenas hubo hecho expedir los telegramas, Pío XII consideró que la carta podría ser considerada gravemente provocativa y abandonó la idea de darle curso.88 Por cuanto se ha revelado —aunque la fuente de información no ha sido cualificada en modo alguno 87 —, se habría preparado otro documento, ya listo para su uso y luego abandonado, más aún, roto por el propio Pío XII: esta vez, un discurso, que el Papa habría elaborado en agosto de 1942. En efecto, se le había señalado la presencia, en el auditorio (se trataba de una de las acostumbradas audiencias generales, característicamente promiscuas), de un grupo de soldados alemanes. Y, tras algunas vacilaciones, Pío XII habría decidido aprovechar su presencia para deplorar sensiblemente todas las violaciones contra la persona humana de que se había hecho responsable el nazismo en los distintos escenarios de la guerra. El texto sería de un vigor insólito; pero una hora antes de la audiencia, tras haberlo releído, el Papa sería asaltado por graves dudas, tan graves, que consideró lo mejor arrojarlo a la papelera. A un testigo del hecho le diría: «Mi deber es el de simplificar las cosas, no el de complicarlas.» Sea o no verdadero el episodio, es un hecho que nunca como hacia mediados de 1942, estuvo tan cerca de intervenir Pío XII,

tanto que, por orden suya, la Secretaría de Estado empezó a elaborar un documento de «terrible» alcance (por desgracia, destinado, como veremos, a tener un fin bastante grotesco). En el radiomensaje navideño de aquel mismo año hubo, además, la romántica peroración para la cruzada de todos los hombres magnánimos y honestos que, si bien quedó en pura figura retórica, tenía probablemente por objeto atemorizar a todos cuantos tenían razón para preocuparse de que el Papa estuviese a punto de pasar de las palabras a los hechos.88 Estos episodios atestiguan claramente la lucha interior que sostenía el Papa Pacelli. Igualmente explícita es su correspondencia con los jefes de las distintas comunidades nacionales. En las cartas privadas se expresa con tales acentos su deseo de poder hablar, que resulta difícil no creer en la sinceridad de sus afirmaciones. Al obispo de Berlín, por ejemplo, le escribió: «Para el Vicario de Cristo es cada vez más tortuoso y lleno de espinas el sendero que debe seguir para encontrar el camino justo entre las exigencias contradictorias de su oficio de pastor.» En esta carta, Pío XII hace olvidar casi completamente al político o al diplomático, para revelarse sinceramente pastor. Basta ver cómo se preocupa de la difusión de la «mentalidad» nazi entre los jóvenes: «Más allá de todos los argumentos de inquietudes y de esperanza —escribe—, la única cuestión que permanece para Nos, en lo que concierne al porvenir, es ésta: tras haber sido sometidos completamente a la influencia y a la educación de un sistema cerrado, extraño al cristianismo, emanadas de la organización del partido y de las prescripciones ya conocidas del futuro Volksgesetzbuch, ¿cómo podrá la juventud católica, como la generación que avanza, custodiar y transmitir intacta la propia fe católica?» K En otros, correspondientes expresiones de este género podrían atribuirse a pura veleidad, y en otros, incluso a astutas mentiras. Pero Pío XII no era un veleidoso, ni, mucho menos, un hombre capaz de mentir con semejante descaro y constancia. La impresión que ha dejado en la mayoría de los diplomáticos acreditados cerca de la Santa Sede, y en particular en los que lo fueron durante las vicisitudes bélicas,** ha sido la de un hombre profundamente recto y, sobre todo, superior tanto a los horizontes comunes como a las que se suelen llamar las artes insidiosas y cenagosas de la diplomacia. Tanto durante la guerra como después de la misma, el Papa Pacelli pudo haberse equivocado, es más, se equivocó cierta y gravemente en más de una ocasión, mas no hay razón por esto para dudar de su honestidad y de la rectitud de sus intenciones.

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Por desgracia, el último decenio de su pontificado deterioró su primera imagen, desfocando en muchos su recuerdo. Las facciones del Papa de la elocuencia de Pentecostés, como lo definió su antecesor; el Papa triunfante del Año Santo; el Papa beligerante de los comités cívicos, el Papa del Occidente y de la antidistensión, se han deformado al superponérsele la imagen del Papa de los años bélicos: una imagen diáfana y enflaquecida, pero, sobre todo, profundamente afligida y humanamente triste, tal como nos la siguen transmitiendo las ya descoloridas fotografías de aquel tiempo. En la reevocación que hizo oficialmente de él el cardenal Tardini en 1961, su ex colaborador recordó cómo redujo entonces su propio alimento y multiplicó sus penitencias hasta negarse incluso, entre otras cosas, a caldear su habitación durante el invierno. Al final de la guerra, el Papa Pacelli pesaba solamente 57 kilos para 1 metro 82 centímetros de estatura, tan delgado se había quedado.91 Pero la transparente delgadez y, sobre todo, la extraviada aflicción de su rostro, no eran debidas solamente a las penitencias de las que el que escribe recuerda haber oído hablar insistentemente, entre 1939 y 1940, por quienes frecuentaban la casa de su hermana, la señora Elisabetta Rossignani. La causa más profunda era, ciertamente, el tormento con que buscaba una solución al dilema que lo desgarraba en lo más íntimo de su ser, o sea, si hablar o no. En su grande y severa conciencia, Pío XII luchó realmente día tras día por encontrar la respuesta. Por lo demás, sus tormentosas oscilaciones quedan demostradas no solamente por las indiscreciones que hemos referido, sino también porque quiso que, contraponiéndose a su silencio, hablasen por lo menos de cuanto en cuando aquellas voces oficiosas que son los instrumentos directos de la propaganda de la Santa Sede, o sea, L'Osservatore Romano y la Radio vaticana. Sin embargo, conviene precisar inmediatamente que si la segunda, sobre todo en los primeros meses del conflicto, fue bastante explícita en ilustrar la situación polaca, el primero no aludió jamás a los crímenes extrabélicos del nazismo y de sus aliados. Sus notas más irritantes para los países del Eje, y especialmente para Alemania, se refirieron exclusivamente a las violaciones jurídicas perpetradas con la fuerza al invadir algunos países neutrales (Polonia, Finlandia, Dinamarca, Noruega y los tres países que luego constituirían el Benelux), o la falta de libertad, e incluso la persecución religiosa, puesta en acción tanto en Alemania como en algunos países ocupados.92 Por lo que respecta a los judíos, como ha hecho notar el doctor Dalla Torre en una entrevista," el diario vaticano intervino solamente con tres artículos, todos ellos rela-

tivos al episodio de razzia llevado a cabo en Roma por las SS en octubre de 1943. Estas intervenciones de L'Osservatore no podían, naturalmente, sustituir a la voz del Papa; no obstante, insinuaban, si no otra cosa, que sus tomas de posición no podían carecer de la aprobación del Sumo Pontífice. Y si satisfacían sólo la mitad de las esperanzas de quienes miraban hacia el Vaticano con la inagotable esperanza de que más tarde o más temprano rompería su silencio, mucho menos podían aplacar la inquietud de Pío XII y —¿por qué no?— su sentido de remordimiento (en efecto, fue él quien admitió, si bien en privado y sólo una vez, por lo que sabemos, no tener que arrepentirse más que de una cosa: de haber callado respecto a Polonia).94 Por otra parte, el problema relativo a hablar o no se subdividía en otras varias facetas: la del modo y medio de qué eventualmente servirse, y, sobre todo, del momento oportuno que se podría elegir. Esta última se veía aún complicada por el hecho de que Pío XII, como se sabe, no abandonó jamás los intentos diplomáticos para influir sobre el curso de la guerra. 95 La fluidez de las vicisitudes bélicas y las continuas sorpresas que reservaban obligaban continuamente al pontífice a abandonar o a cambiar las modalidades o el contenido de las gestiones diplomáticas emprendidas, y el conjunto de los dos órdenes de hechos hacía cada vez más difícil proyectar intervenciones no ligadas estrictamente al desarrollo de la guerra. Por otra parte, era muy natural que la buena marcha de una acción diplomática lo llenase de esperanzas tales como para considerar intempestiva una intervención respecto a los crímenes extrabélicos, los cuales, por lo demás, acabarían con el alto impuesto a la propia guerra. Sólo quien tamizase finamente las distintas vicisitudes diplomático-militares de la guerra para individualizar los posibles momentos de inserción de la intervención pontificia, podría darse cuenta de la complejidad de La situación en que se debatía Pío XII. Aparte que un observador semejante gozaría de la posibilidad de conocer ya de por sí todo eL transcurso de los acontecimientos y tendría la calma y la objetividad psicológicas ideales para atender a un estudio de esta índole, el pontífice había de actuar en la elevada temperatura de los acontecimientos, que se precipitaban con explosiones cada vez más espantosas, o se detenían en una insidiosa tensión no menos llena de incógnitas y de ansias. Sea como fuere, considerado el conjunto, el período ideal para la intervención de Pío XII habría podido, tal vez, caer en la segunda mitad de L942. Antes de esta fecha, al desconocerse todavía Los programas de exterminio pLanificado de los judíos y de

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otros pueblos, excluido el polaco (pero las matanzas de este último podían dejar siempre la duda de que fuesen casuales o consecuencias más o menos inevitables y desproporcionadas de una ocupación obviamente mal tolerada), habría podido, como máximo, emitir una solemne condena contra Alemania por las agresiones reiteradamente perpetradas. Una condena de esta índole no carecía, ciertamente, de justificaciones; pero ¿se podía y se puede reprochar a Pío XII haberla querido evitar, en la esperanza de llegar a poner fin al conflicto por caminos menos tempestuosos? 96 Mucho menos se podía esperar la intervención papal en la segunda mitad de 1941, tras el comienzo de las hostilidades contra la Unión Soviética. El acontecimiento, sea cual fuere como pudiese juzgarse, tanto en el plano político como ético, no podía no ser visto en el Vaticano como uno de aquellos juegos, tan caros a la divina Providencia, con la que ésta resuelve, en el momento más inesperado, las partidas dejadas misteriosamente abiertas. Por el contrario, en 1942, y sobre todo en la segunda mitad, la situación había cambiado profundamente. Y no tanto desde el punto de vista militar, donde, sin embargo, las chances del éxito final tendían cada vez más a equilibrarse entre los dos adversarios (desembarco de los aliados en el África del Norte, batalla del Alamein, estancamiento del frente ruso e inicio de la resistencia de Stalingrado), cuanto por la explosión de locura homicida que había atacado a todos los países ocupados, transformándolos, especialmente al Este, en un inmenso escenario de razzias y ejecuciones. El final de 1941 había visto ya las matanzas de centenares de miles de judíos y de prisioneros rusos por obra de los Einsantzgruppen, a espaldas del Ejército que avanzaba, hacia el corazón de la URSS, otras decenas de millares de servios caen en Croacia doscientos o trescientos mil judíos asesinados en Besarabia y Bucovina, y otros tantos deportados de Alemania; pero, a comienzos de 1941, en Polonia se había dado el «adelante» a la eliminación en masa de los «no arios» locales y de los que seguían llegando de Francia y de Holanda, de Alemania y de Eslovaquia. Frente al deber de intervenir contra delitos de lesa humanidad, gratuitos y de gigantescas proporciones como éstos, no existe obviamente, por lo menos en teoría, oportunidad de tiempo y de ocasión que cuenten. La Santa Sede estaba suficientemente informada para poder intervenir, y habría tenido que hacerlo. Sin embargo, según parece, esta vez Pío XII, que parecía ya decidido, se detuvo aún por el temor (como confió) a que los alemanes, una vez terminada la guerra, le hubieran podido reprochar haberlos herido por la espalda precisamente en la hora más dramática de su historia, mientras caían a oleadas bajo los muros de Stalin,-

grado.97 Sin embargo, resulta difícil poder aceptar semejante justificación. Sobre todo, la resistencia rusa en Stalingrado reveló, sólo más tarde, su verdadero potencial de consecuencias. Y, además, la toma de posición del Papa contra las matanzas extrabélicas no habría sido dirigida contra Alemania como tal, sino más bien contra el nazismo y sus jerarcas. Sea como fuere, en todo caso el drama de la Alemania verdugo no podía anteponerse al de los polacos, judíos y rusos, víctimas inocentes. Finalmente, para el período sucesivo no hay la más mínima duda de que Pío XII había quedado literalmente paralizado por el drama del comunismo que avanzaba. Ni siquiera el hecho de quedar finalmente libre —después del 4 de junio, fecha de la entrada de los aliados en Roma— lo decidió a atacar a Alemania, cuyos soldados resistían desesperadamente contra los ejércitos rojos, ya irresistibles. En resumidas cuentas, ¿por qué no habló Pío XII? Por una serie de razones, que no son, sin duda, las de carácter temperamental o utilitario aducidas por Hochhuth, 98 sino más bien el juicio pesimista que se había hecho de la situación en que debía operar (la falta de preparación psicológica de los católicos, especialmente alemanes); la persuasión de que el comunismo pudiese aprovecharse del debilitamiento del nazismo, sobre todo considerando la ciega confianza puesta en sus jefes por los jefes aliados; pero, especialmente, la preocupación de asegurar a la Iglesia, en toda Europa, la posibilidad de sobrevivir y con energías tales como para poder influir, en la posguerra, de modo determinante, sobre el porvenir del continente y de todo el mundo. Sin embargo, a estas razones, que se podrían llamar situacionales, conviene añadir otras más íntimas y no menos importantes, de orden sentimental-psicológico: su filogermanismo y la deformación profesional del diplomático, unida a una auténtica repugnancia, en aquel primer período de su pontificado, por los gestos clamorosos. Habiendo ya aludido a las primeras y habiéndose escrito ya mucho y muy persuasivamente sobre el filogermanismo del Papa PacelLi," nos detendremos solamente sobre la última de las razones dadas, tal vez la más descuidada hasta ahora. Sin embargo, hay algo patético en la ciega confianza puesta por Pío XII en el arte de la diplomacia. Basta pensar en la tenacidad con que siguió creyendo en la diplomacia hasta el fin, sin que jamás los innumerables descalabros sufridos pudiesen aLterar su absurda confianza. Evidentemente, en la raíz de u n tan desconcertante entétement no podía haber más que una gran infatuación juvenil, fácilmente identificabLe, creemos, en su culto sin límites por León XIII. El primer Papa de la vida de un católico, y particular-

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mente de un eclesiástico, sobre todo si es romano, es casi siempre «el» Papa. Y esto es tanto más cierto si tal Papa es, además, una figura excepcional. Y el Papa Pecci no sólo había vuelto a elevar el prestigio de la potencia vaticana, comprometido hasta el extremo bajo Pío IX, sino que lo había llevado de nuevo a cumbres no alcanzadas hacía ya siglos. Crecido en la escuela de Rampolla, el Secretario de Estado de León, alumno de Gasparri y Della Chiesa, las mismas desilusiones políticas del pontificado de Pío X, por violencia de contraste, lo habían hecho más intransigente aún en su ardor. Por lo demás, Benedicto XV y Pío XI, ¿no habían vuelto a subir la pendiente de modo inesperado? Entrado en la plenitud de la actividad diplomática, Eugenio Pacelli pudo conocer, incluso personalmente, altibajos que habrían bastado para hacer vacilar caracteres menos fuertes e idealistas que el suyo. Pero sin duda estaba persuadido de que esta oscilación de alternativas se hallaba fatalmente ligada al relativismo de las iniciativas humanas. Otra convicción arraigada en él era la de que la diplomacia eclesiástica romana contaba con tales recursos (una experiencia milenaria, una coherencia debida a ideales extrapolíticos inmutables en cualquier contingencia y, por tanto, de una continuidad indisputable, etc.), que no podía dejar de salir victoriosa incluso en las situaciones más oscuras. De ahí su escrúpulo de continuarla y reforzarla, pese a las dificultades temporales. Incluso por esto, además de por convencimiento íntimo, no dudó en hacer suya la línea de neutralidad política elegida por Benedicto XV a comienzos de la Primera Guerra Mundial, uniéndola a la neutralidad moral adoptada con inaudita despreocupación por Pío XI en el veintenio que siguió. En el curso de recientes polémicas, se ha puesto cada vez más de moda contraponer la ambigüedad y las reticencias del Papa Pacelli, a la resolución y dureza de lenguaje del papa Ratti. Ahora bien, es, sin más, cierto que, en los últimos años de su pontificado, Pío XI operó cierto revirement en su política de simpatía por los regímenes totalitarios, y que llegó a pronunciar incluso palabras conmovedoras sobre los judíos. Pero es un hecho no menos incontestable que éstas sus extremas retractaciones fueron más verbales que reales, y a veces más bien confidenciales que públicas y programáticas. 100 El famoso discurso sobre los católicos herederos espirituales de los judíos, por ejemplo, se hizo a puertas cerradas, y ni siquiera lo registró L'Osservatore Romano.101 Sea como fuere, se halla fuera de toda discusión que Pío XI nada dijo cuando, el 7 de abril de 1933, salieron en Alemania las dos primeras leyes antisemíticas, que excluían a los no arios de
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los cargos públicos y de la abogacía (es cierto que entonces se estaba preparando a toda prisa el concordato con Hitler); 102 como tampoco habló después de la publicación, el 15 de setiembre de 1935, de las leyes raciales de Nuremberg, que prohibían, entre otras cosas, «para la protección de la sangre y del honor alemanes», las relaciones sexuales entre alemanes y judíos, tocando así el campo de los matrimonios mixtos (sin embargo, entre el 1.° de julio de 1933 y el 15 de setiembre de 1935, cincuenta mil judíos hubieron de abandonar Alemania, y muchos de ellos se habían suicidado para evitarlo); y no habló ni siquiera después del Anschluss en 1938, cuando se duplicó la frecuencia de las disposiciones antisemíticas (haciendo, por ejemplo, obligatoria la denuncia de los bienes de los judíos en vistas a su expropiación y la impresión de la letra «J» [Jude = judío] en los pasaportes y en las tarjetas de identidad); y mucho menos hizo oír su voz de protesta después de la noche del 9 al 10 de noviembre, cuando se desencadenó sobre los judíos alemanes la represalia, por la muerte, a manos de un joven judío, de Ernst von Rath, consejero en la Embajada de París, represalia que condujo a la destrucción de 7.500 negocios y al incendio de unas 200 sinagogas, e hizo confluir en Buchenwald, en sólo cuatro días, 10.454 judíos, eliminó definitiva y totalmente a los «no arios» de las actividades comerciales, les impuso una indemnización de 1.000 millones de marcos, restringió su circulación, etc. «El día en que fue quemada la primera sinagoga —ha escrito un conocido escritor católico, Reinhold Schneider—, la Iglesia habría tenido que ponerse en pie como una monja al lado de la Sinagoga.» Por el contrario. Pío XI no se permitió ni siquiera una alusión a estos delitos (como, por lo demás, a las persecuciones de los evangélicos), ni tampoco en la demasiado injustamente famosa Mit brennender Sorge.103 Esta encíclica es tan poco la encíclica contra el nazismo, como ha sido definida, que no osa ni siquiera calificar explícitamente al nacionalismo como tal, sino sólo algunas de sus corrientes, los errores dogmáticos y morales difundidos en Alemania. El único reproche que el Papa Ratti se permitió formular, con los debidos miramientos, a los dirigentes del Tercer Reich, y la única razón por la que se decidió a escribirla, fueron las violaciones del concordato. En efecto, a Pío XI no lo apremiaba otra cosa, y para conseguir esta modesta garantía evitó cuidadosamente juzgar bajo su verdadero perfil y en términos claros una concepción del Estado que se inspiraba en las más grotescas y brutales teorías racistas, amenazando incluso con su Weltanschauung la paz misma del mundo. El único aspecto del nazismo criticado por la epístola es el del totalitarismo, pero sólo porque en nombre del totalitarismo de Estado las autoridades ger-

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mánicas pretendían la educación integral de la juventud y la eliminación de las escuelas confesionales. Sea como fuere, considerado todo, el Papa acababa ofreciendo a Hitler el ramo de olivo de la reconciliación con tal de recuperar para la Iglesia católica alemana su exorbitante prosperidad burocrático-organizadora. Por lo demás, seis años antes no se había comportado de un modo distinto con el fascismo en la encíclica Non abbiamo bisogno. Luego, entre el 1937 y el 1938, se difundió la voz de que estaba dispuesto a acabar con toda indigna transacción, decidiendo incluso la denuncia de los Pactos Lateranenses. En efecto, éste habría sido el contenido del legendario discurso destinado al episcopado italiano, convocado en Roma, por primera vez en la Historia, para el decenal de la Conciliación, y que no pudo ser leído por la muerte repentina del anciano pontífice. Pero Juan XXIII, al publicar, finalmente, su texto,104 acabó con todas las ilusiones. Una vez más, el Papa Ratti se había limitado a protestar por las continuas ofensas a la libertad y a la actividad de la Iglesia en los sectores a los que ella es más susceptible, aunque sin ir más allá de una vigorosa vivacidad y causticidad de lenguaje. Sin embargo, esto bastó para que el Papa Pacelli dejase caer en el silencio incluso este desahogo extremo de su predecesor y volviese a intentar las vías insinuantes de la diplomacia. Su diuturna experiencia habría debido disuadirlo, sin más, de ello, y tanto más conociendo la profunda hostilidad que sentían hacia él y hacia sus consejeros los jefes de las potencias del Eje.105 Aparte que habría debido darse cuenta de la incongruencia que había en insistir en las tentativas diplomáticas con hombres de Estado que se burlaban abiertamente de la diplomacia, a menos que la considerasen, en algún caso específico, el instrumento más idóneo para jugar con la buena fe de sus adversarios. No se entiende con esto que hubiese tenido que abandonar toda clase de contactos y de intentos formales, que constituían, si no otra cosa, un vínculo de relaciones no violentas y podían siempre ofrecer la posibilidad de cualquier entendimiento, sino que jamás habría debido poner en ellas la única y suprema eficacia. La insuficiencia irreparable de la diplomacia en las circunstancias concretas planteaba, en suma, el problema de la búsqueda de un nuevo instrumento competitivo para reaccionar contra las supercherías de los regímenes totalitarios y neutralizar su prepotencia. Un tal hallazgo no constituía, sin duda, un cometido fácil para los Estados democráticos, mas para la Iglesia el problema era incomparablemente menos arduo. Para ella, en el fondo, la diplomacia es un instrumento supererogatorio (mejor aún, un verdadero y auténtico residuo temporáneo), del cual puede prescin-

dir completamente, ya que siempre tiene a su disposición las armas a las cuales está garantizada la indefectible victoria final de toda potencia espiritual asaltada por la fuerza bruta. Precisamente por esto, en vísperas de la guerra la Iglesia habría debido confiar más que en un Papa diplomático, en un Papa eminentemente religioso. Es cierto que para hacerlo se necesitaba una ardua superación de las solicitaciones temporales del momento, y ésta faltó trágicamente (y en qué proporciones sólo podrán decirlo eventuales revelaciones sobre el conclave) al senado de la catolicidad reunido después de la muerte de Pío XI. Pero esto no significa que haya de considerarse imposible, como tampoco juzgar imposible, por ser absolutamente anacrónico, un discurso religioso en el clima eclesiástico de 1939 y siguientes. ¿No fue acaso en un período de particular aridez y de vivos contrastes, como el de 1903, cuando el Sacro Colegio eligió a un hombre totalmente ajeno a la política como el Papa Sarto? ¿Y quién se atrevería a poner en duda que su pontificado habría marcado un surco inolvidable en la historia de la espiritualidad católica si no hubiese sido sacudido por la tan impróvida cuanto ciega reacción antimodernista? Y, por otra parte, ¿acaso se puede excluir que la elección de Pacelli no fue un fatal equívoco, dado que, aceptando la designación de Pío XI la mayor parte de los cardenales pensaba votar por el heredero de aquella política de revirement que había circuido de crecientes consensos los últimos meses del pontificado del Papa Ratti? Sean cuales hubieran sido las intenciones de los electores e incluso del propio elegido en el momento de la designación, la situación, políticamente tan dramática, acabó por arrastrar al voluntarioso y generoso Pontífice novel, el cual, echando mano de todos sus recursos, no encontró nada mejor que buscar la solución del conflicto en el mismo terreno del conflicto, más bien que sobre el mismo. Creemos que nadie puede negar la sincera religiosidad de Pacelli. A diferencia de otros predecesores suyos, como de no pocos hombres de la Curia contemporáneos suyos, Pío XII fue un verdadero creyente. Sólo que su religiosidad no era en él visión y profecía, o sea, por así decirlo, experiencia intuitiva e inmediata, sino una especie de luz refleja, derivada de una visión teológico-jurídica de la vida, en la cual se insertaba armoniosamente, como soporte y servicio, su profesión de diplomático. En otras palabras, su religiosidad, como ocurre con frecuencia a los creyentes, si bien empapaba su concepción idea] de la existencia y su actividad dominante, era también condicionada y limitada por ella; ante las dos —religión y profesión ligada a una especial Welttansckauung— no existía, por lo menos conscientementej antagonismo directo;

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por el contrario, existía la máxima armonía; mientras que, en efecto, era latente el contrate que, más tarde o más temprano, se perfila entre realidades que coexisten sin aceptar la necesaria subordinación del inferior al superior. Y ésta es la razón más profunda, aunque no ciertamente la única, de la esterilidad a que estuvo condenada la insomne actividad de Pío XII durante la guerra; pero, sobre todo, la razón más íntima y verdadera de su desconcertante silencio frente a los crímenes nazis. El hecho de que su elevada y severa conciencia fuese desgarrada, durante todo el curso del conflicto, por el dilema de si hablar o no, no contradice estas aserciones; antes bien, las confirma plenamente, no sin ser, a su vez, iluminado por ellas. En efecto, mientras la sinceridad y la profundidad de la religiosidad del Papa Pacelli explican su dramática laceración moral, su inconsciente deformación profesional da razón de la victoria final del diplomático sobre el religioso. En el notable perfil que trazó de él el padre Leiber,106 pocas semanas después de su desaparición, se recuerdan, entre otras, dos características sumamente significativas: su agudo sentido de la «potencia» y su instintiva repugnancia por toda forma de hiperespiritualismo y de aislamiento en lo puramente religioso. Naturalmente, según el jesuíta Leiber, tales características figuran entre las más positivas de su personaje; pero no hay duda de que sólo una exégesis particularmente audaz y exenta de prejuicios podría encontrarlas coherentes con la visión cristiana de la vida evangélica. Por desgracia, fue necesario esperar la revolucionaria aparición de Juan XXIII para que por lo menos una parte de la catolicidad pudiera convencerse de hasta qué punto un pontificado, basado en espíritu de potencia en sentido «constantiniano», puede hallarse en peligrosa contradicción con la misión de todo movimiento religioso en general y de una Iglesia cristiana en especial.

VI ¿QUÉ HABRÍA DEBIDO HACER?

Pero, a fin de cuentas, ¿qué es lo que habría tenido que hacer Pío XII? Sobre todo —ha escrito Wladimir d'Ormesson—, no un gesto teatral. «...Lo que dijo, lo que hizo, todo esto, estoy seguro de ello, fue dictado por la certeza —tras las más tormentosas luchas interiores— de que ello representaba su deber de Papa. Deplorar que no realizara ciertos gestos o pronunciara ciertos anatemas significa confundir el teatro con la realidad. Pero el teatro es sólo una ficción, mientras que nosotros vivimos en la realidad.» 107 Cuando los alemanes quisieron introducir en Dinamarca la estrella amarilla, que habían impuesto a los judíos en todos los demás países, el rey Cristian los amenazó con ponérsela él mismo en primer lugar. ¿Era éste un gesto teatral? Sea como fuere, los alemanes olvidaron su decreto. ¿Y habría sido un gesto teatral que Pío XII hubiese declarado públicamente lo que Theodor Haecker escribió en su Diario el día en que se anunció en Alemania aquella prescripción (13 de setiembre de 1941)?: «¿Podría venir el tiempo en que los alemanes en el extranjero fuesen obligados a llevar en el brazo izquierdo una cruz gamada, la señal del Anticristo?» Y, en todo caso, ¿fue u n gesto teatral la aparición del Papa en los barrios bombardeados de Roma el 19 de julio y el 13 de agosto de 1943, mostrándose incluso en ellos con la blanca túnica manchada de sangre en el pecho (y jamás supo nadie cómo pudo ocurrir?)» Si lo fue, ¿no llegó a ser, por ventura, u n precedente que conmovió al mundo?

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Alguien ha dicho que habría tenido, por lo menos, que denunciar el concordato con el Reich. Pero un gesto tan típicamente político, ¿era acaso el más adecuado? Aparte que no andan del todo equivocados los apologetas de oficio que dicen, como el padre Martini, que «prescindiendo... de que el concordato se refería a las condiciones de vida y de actividad de la Iglesia alemana, su denuncia por parte de la Santa Sede habría asegurado inmediatamente dos ventajas (a Hitler): un arma eficacísima de propaganda y absoluta mano libre para liquidar al catolicismo doquiera se extendiese su poder. Hitler y la propaganda organizada de Goebbels no dejaron de presentar a los judíos de todo el mundo como jefes de lucha contra Alemania desde los tiempos del Tratado de Versalles. La denuncia del concordato habría puesto en evidencia la íntima unión, el pacto delicitivo de la Iglesia católica, no tanto con un pueblo oprimido cuanto con un pueblo opresor al que se le imputaban los peores propósitos de atropello y de explotación. La denuncia del concordato habría llevado no sólo a la rotura de las relaciones diplomáticas, sino también de todo contacto, directo o indirecto, de la jerarquía y de los fieles con Roma.»103 ¿Debía entonces Pío XII fulminar anatemas e interdicciones? Probablemente tampoco. Porque eso habría sido recurrir a viejas armaduras enmohecidas. En efecto, si es cierto que las excomuniones de Pío IX a los Saboya no impidieron, sin más, la unidad de Italia, es más bien imprudente pronunciarse en absoluto a priori sobre la impotencia de las censuras romanas (como lo demuestra, entre otros, el caso de Perón). Pero, sobre todo, no se puede por menos de pensar en la reacción que semejante modo de actuar habría suscitado en los católicos alemanes. Y es necesario añadir que, de todas formas, un procedimiento de esta índole no podía estallar de improviso, como un relámpago en un cielo sereno, sino seguir, en todo caso, a una solemne denuncia que hubiese resultado inútil. En suma, incluso en este caso el verdadero hecho sensacional y preeminente habría debido ser no el anatema, sino la denuncia. Una denuncia que habría podido muy bien ser a la vez enérgica y afectuosa, evitando la odiosidad que llevan fatalmente implícitas, por el contrario, la excomunión y el entredicho. Y, naturalmente, habría podido ir acompañada también de la amenaza de desligar de la obediencia a los subditos católicos de Alemania y de los países aliados a la misma. Cosa, por otra parte, en modo alguno nueva, ya que la Mit brennender Sorge, tan moderada e incluso casi muda en la denuncia del nazismo político, incitaba a los católicos alemanes a una especie de desobediencia civil, requi-

riendo de cuantos, al desempeñar cargos públicos, sufrían presiones para abandonar la Iglesia, un «generoso heroísmo» (sic), e imponiendo a los padres, obligados a enviar a sus hijos a una escuela no católica, a «separar su propia responsabilidad» de las decisiones de los enemigos de Dios. La encíclica concluía previniendo a todos los católicos que no dudaran de la victoria final que coronaría su resistencia, ya que «el brazo de Dios no se ha encogido aún». Pero ¿acaso el «brazo de Dios» se había encogido o debilitado posteriormente, ante los delitos mucho más graves que los dirigentes del régimen hitleriano habían empezado a perpetrar y proseguido a continuación a un ritmo cada vez más apremiante, aprovechando las condiciones excepcionales de la guerra? Y la Iglesia, ¿habría debido pedir menos heroísmo y menor valentía en «separar su propia responsabilidad» de la de los autores de tan trágicos delitos? Desde luego, es lo más natural preguntarse cuál habría podido ser la eficacia de semejante toma de posición si la hubiera hecho directamente el Papa en persona. Esto no significa que el Papa hubiese de actuar con temeridad, despreciando por completo toda regla de prudencia o de oportunidad. Cuanto más grave y, en cierto sentido, extremo era su gesto, tanto más realistas y ponderadas debían ser las medidas adoptadas para garantizar su eficacia y eliminar al máximo todas sus consecuencias peligrosas. Mas, precisamente por esto, ¿por qué, en vez de gastar tiempo y energías en la actividad diplomática, no tratar de reforzar el alcance del gesto y del paso buscando la solidaridad de otras organizaciones y, sobre todo, de las Iglesias cristianas separadas, el protestantismo y la ortodoxa? O sea, ¿por qué no dejar en segundo plano los tan poco concluyentes manejos profanos para disponer, en vez de ellos, alianzas religiosas en el plano del más abierto ecumenismo, hasta constituir un frente único de la fe para garantizar más autoridad, mayor amplitud de resonancia y mayor garantía de correspondencia a la gran denuncia? Si la Santa Sede se atribuye el derecho al ejercicio de una diplomacia equiparada a la de los distintos Estados, ¿por qué, y con mayor razón, no debería, en efecto, sentir la exigencia de estar en relaciones cordiales y de colaboración con las otras fes cristianas para la salvación en el mundo de los derechos fundamentales del hombre, de la solidaridad internacional y del común progreso espiritual de los pueblos? ¿Acaso un Papa no debería aplicarse a realizar esta hermandad y esta movilización de fuerzas, en vez de dedicar su tiempo a corvées deformadoras del verdadero espíritu y de los verdaderos objetivos de la Iglesia? Es fácil prever la objeción: éste es un argumento anacrónico,

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católi esperado p í a S S ' t ^ a l g ° q u e ' e n l a ^esia ^, P r lo Oficiales, el escandan ffT^ ° 1 u e r e s P e c t a a l a « esferas P° c °s de sus í S í t S P a p a J u a n ^ ™ lo han definido no ? f e eto, a comienzos « S í ? ? ? S , r e p r e s e n t a n t e s J e r á r q u ^ o s ) . En ^Previsible y S e í L ^ ^ f 0 d e P Í O X H n a d a P o d í a s e r tan de l vértice catófico 1 ? ^ C°mÚn m o d o de Pensar v sentir recu rs a «"onces, e s p e c X ° ? ° ? . , ° las Iglesias separadas. Hasta mé n i c o sólo S r u a j ° e l P a P a R a t t i < e l movimiento ecuPosible que el P c ° s e c h a d o desconfianza e irrisión. ¿Cómo era Motivación i d e n l Z v subvirtiese de golpe, sin alguna seria ta ologlca m a blecida? ' situación oficialmente declarada y es-

ha

^ n t e ^ ú n t o 6 8 ^ 1 1 ? ^ 3 / 8 S Í m p I e : e l P a P a P a c e l l i - P a r a constituir el y de las I lesias contra ^ e amenazaba • S la barbarie nazi, ab ominacion^ -• °' C O n l a S u e r r a Y Que luego cometió las s idad de J t ^ ^concebibles, no tenía en modo alguno necev Ponerla ™ - • l d e a ; l e b a s t a b a simplemente acceder a ella mar a de 1™ p r a c t l c a - E n efecto, el 20 de marzo de 1939, en la CáAs Untos V t . ° r e s ' después de haber comentado, el ministro de b r a v i a v R ^ 0 * ^ ' L ° r d H a l i f a x ' l a anexión al Tercer Reich de be mia hablar el . ' realizada por aquellos días, se levantó para c ana. Tod a r Z O b l s p o d e Canterbury, primado de la Iglesia angliiftomento °Si ^ f P e r a b a n u n discurso pragmático cuando, en cierto Piraría ' doctor Lang expuso una propuesta que cortó la res« p ° r n e a muchos de sus oyentes: o c u r r i r C e 1 c o n v e n \ e n t e —dijo—, en las presentes circunstancias, b l°s, dot H a s e § u r 'idad colectiva. Si está claro que no pocos pueUt " r ' su °cS d e suficientes recursos colectivos, están decididos a uer os Quedar S ? ' entonces hasta el propio Herr Hitler podría Se P ersuadi nfren , d ° de que es necesario poner término a sus deUn Hanf • a m b i c i o n e s - Pero, ¿no hay otra fuerza a la que hacer pir i t ü a l a m i e n t o ? C r e o que sí. Es una fuerza no política, sino esEstado t 0 d a S l a S n a c i o n e s hay una multitud de personas leales al tiana ' P e r ° ' . a l a v e z - ciudadanos de otra sociedad: la Iglesia crisq u e ^ n t e n d i d a en su más amplio sentido. Es un dato significativo ci a s ' J} e s t ° s últimos años, el pueblo cristiano, pese a las diferenfe Qs a ¿ n n a l e s Y de denominación, ha deseado unirse en la de6S0S todos P r i n c i P Í ° s que son patrimonio común y del cual S a actu a l ? responsables... ¿Es posible, en la gravedad de la hora er un nes d ; llamamiento a la cristiandad? Yo tengo intencior enovar guerra . , una vez más (como en 1935), con ocasión de la a i d a d l í°" e t í °P e ) l a invitación a todos los jefes de las comues cristianas de Europa y, posiblemente, de los Estados Uni-

dos. Mucho dependerá, naturalmente, de que Su Santidad el Papa desee o no ponerse a la cabeza de la iniciativa. Una vez asegurada su dirección, es improbable que los otros jefes cristianos se nieguen a suscribir una declaración común en la que se afirme que es contraria a los principios cristianos la nueva concepción del Estado a expensas de la persona humana, y la nueva exaltación de la fuerza para dirimir las cuestiones internacionales. »Es obvio, que corresponde sólo a Su Santidad, en el supuesto de que quiera hacer una declaración semejante, la elección del tiempo y del modo. Lo que puedo asegurar con toda certeza es que todos los jefes de las Iglesias cristianas, tanto ortodoxas como protestantes, le prestarían simultáneamente el mayor apoyo. Tal vez alguien llegue a demostrar que cuanto sugiero es de imposible realización, pero yo quiero hacerlo lo mejor que pueda. Sin embargo, estoy convencido de una cosa: de hablar en nombre de multitudes sin distinción de Iglesia ni de partido político, las cuales piensan que en la actualidad es deber no sólo de los estadistas, sino de cuantos aceptan el orden cristiano en la sociedad, de hacer lo posible para que la justicia y la buena fe reinen entre las naciones, y la libertad de pensamiento y de palabra, la de conciencia y de culto, junto con la libertad necesaria para el pleno desarrollo de la persona humana no sean puestas en peligro.»10S La propuesta-bomba no fue recogida por Pío XII, a causa —se ha dicho con increíble indiscreción— de los «conocidos motivos de naturaleza teológica que prohiben a la Iglesia católica, y prohibieron en aquella ocasión, unir su voz a la de otras confesiones cristianas, en materia de fe y de moral, en forma de Declaraciones comunes».110 Desilusionado, pero no vencido, el 24 de mayo siguiente, el doctor Lang, hablando de nuevo a la Cámara de los Lores, volvió a considerar la posibilidad de una acción conjunta por parte de las Iglesias cristianas, aun admitiendo, a propósito de la ventilada «Conferencia de la cristiandad», que «sería poco cortés e inútil invitar al Papa a convocar una tal reunión, ya que sería imposible para él aceptar>. Evidentemente, con estas respetuosas palabras, trataba de reproponer in extremis a Pío XII la audaz proposición. Pocos días antes, atendiendo explícitamente al ejemplo del Papa, que había invitado a oraciones especiaLes por la paz durante el mes de mayo, él se había asociado a la iniciativa. Pero todo fue en vano.111 Se pretende creer que la negativa pontificia no fue determinada por el propósito de querer atribuirse exclusivamente a sí mismo y atribuirlo a la Santa Sede el mérito del eventual éxito de los varios intentos diplomáticos en curso en aquel período, e incluso de futuras tentativas y para cuyo desarrollo, más bien ingenuamente,

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Pío XII había puesto a disposición los palacios vaticanos. Pero lo cierto es que frente a un «no» tan inexplicable y difícilmente justificable, queda uno perplejo, sobre todo si se piensa en las cordiales palabras —francamente inusitadas bajo los pontificados precedentes— pronunciadas por Pío XII apenas elegido Pontífice respecto a las Iglesias separadas y confirmadas posteriormente en la encíclica Summi Pontificatus m y en otros documentos. Es cierto que, por así decirlo, habían sido provocadas por el consenso de simpatía que le habían manifestado muchos jerarcas cismáticos con motivo de su elección, pero era obvio pensar que eran algo más que simples cumplidos. El abismo hacia el que se deslizaba el mundo no era un abismo retórico, sino el abismo de la Segunda Guerra Mundial. Frente a semejante perspectiva, un Papa de apertura religiosa total, prescindiendo de murallas confesionales, habría sentido la necesidad de dar, ante todo, el ejemplo de una pacificación de la Humanidad creyente, separada hasta entonces por rivalidades seculares, para intentar, apoyándose en esta nueva solidaridad, y en bloque con los nuevos hermanos, todas las vías posibles para detener la creciente amenaza de la guerra. Por desgracia, sin embargo, prosiguió en su trágico y patético monólogo, como cuando, en el radiomensaje navideño de 1941, tras haber declamado largamente: «¡Oh, Roma cristiana, tú eres grande e iluminas con tu grandeza hasta los escombros y las ruinas de tu grandeza pagana...! Tú eres la madre de justicia más alta y más humana... Tú eres faro de civilización... Madre de...», etcétera. Acabó por invocar la bendición de Dios incluso sobre «aquéllos que, perteneciendo también al cuerpo visible de la Iglesia católica, se hallan cerca de Nos por la fe en Dios y en Jesucristo, y concuerdan con Nos sobre el ordenamiento de los objetos fundamentales de la paz». Entre otras cosas, no cabe ni siquiera considerar que una alianza del estilo de la propuesta por el doctor Lang pudiese constituir un shock para el mundo católico. Sobre todo, no se trataba de iniciar ex abrupto entre los creyentes de las distintas confesiones una forma de coexistencia completamente nueva, o para la cual se encontraban completamente impreparados. Ya hacía años, y precisamente en Alemania, la persecución no sólo había aproximado a católicos y protestantes y conducido a formas de mutua ayuda, sino incluso a una especie de convivencia (que la guerra haría aún más íntima, con la mutua cesión, por ejemplo, de las iglesias, para la celebración de los oficios religiosos). En tiempos de paz, la cruzada ecuménica aceptada y hecha propia por Juan XXIII no provocó escándalo alguno, sino sólo conmoción
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y admiración: ¿Y habría podido acaso provocar desorientaciones y perturbaciones para la fe en la hora de hierro y de fuego de la guerra? O sea, que, una vez más, la clave del silencio de Pío XII frente a las iniquidades nazis se revela en la angustia teológico-burocrática de su visión de las relaciones de la Iglesia con el mundo, en su necesidad de aislarse y de distinguirse —como Pontífice, se entiende—, más bien que de abrirse y servir.113 Hoy no se puede leer sin sentir un escalofrío el radiomensaje pronunciado por el Papa Pacelli el 3 de mayo de 1939, después de su elección: «Se halla ante Nos la visión de los inmensos males que afligen al mundo, y para cuyo socorro el Dios bendito envía a Nos, inermes pero confiados.» Con distinto estilo, pero con no diferente exaltación, otro líder afirmaba por aquellos días ser el enviado de la Providencia para ofrecer al mundo el nuevo orden, destinado a durar por lo menos un milenio, y hacía inscribir en las banderas y en las divisas de sus soldados: «Dios está con nosotros.» La osadía blasfema de Hitler consistía en identificar a Dios con la tierra y la sangre del pueblo alemán; pero, ¿no era igualmente irreparable la ilusión de Pío XII de identificar a Dios sólo con su Iglesia?

SEGUNDA PARTE

EL CASO DE POLONIA

I OCUPACIÓN DE POLONIA

Treinta y uno de agosto de 1936, 16 horas: en un hotel de Gleiwitz, pequeña ciudad silesiana en la frontera polaca, el portero pasa la comunicación telefónica a la habitación de un cliente. El agente comercial, que se había hospedado allí hacía algunos días, escucha, casi impasible, la voz que dice, lenta y gravemente, una y otra vez: «La abuela ha muerto.» Cuatro horas después, a las 20 en punto, un «comando» de seis o siete hombres, vestidos con uniforme militar polaco, penetra, arma en ristre, en los estudios de la estación local de- Radio, dispara algunas ráfagas con fines intimidatorios, encierra en los sótanos al escaso personal, interrumpe la transmisión y se apodera de los micrófonos. «Radio Gleiwitz se halla en nuestras manos desde esta tarde», repitió varias veces estentóreamente, con perfecto acento polaco, uno de los hombres al aparato, mientras los otros seguían disparando a los fantasmas; luego se retiraron todos. Cinco segundos después, un coche de la Gestapo depositó ante el mismo edificio, a toda prisa, una «lata de conserva» (en la jerga de la «secreta», el cuerpo de un prisionero de un campo de concentración con una ráfaga de ametralladora en la cara para hacerlo irreconocible) y partió. Pocos segundos después le tocó el turno a la Policía, la cual llegó para tomar nota de lo ocurrido. Finalmente, aún no había transcurrido ni una hora cuando todas las radios alemanas estaban en condiciones de denunciar la provocación hasta en sus más mínimos detalles, incluido el del «agresor» caído en el tiroteo. La puesta en escena había sido perfecta. Helmut Naujoks —el coronel de las SS que será también más tarde el autor, entre otras cosas, del plan Bernhard para la fabricación y distribución en

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gran escala de libras esterlinas falsas—, había cumplido encomíablemente su misión. 1 Por tanto, Hitler podía ordenar a la Wehrmacht poner en marcha el «caso blanco». En efecto, a las 4,45 del día siguiente, las primeras tropas alemanas, sin mediar ninguna declaración de guerra, entraban en territorio polaco. Sólo dos semanas después, la Blitzkrieg había pasado ya a la Historia. Quedaban aún algunas bolsas por liquidar y la capital estaba sitiada, pero aquello era cuestión de días.2 En cuanto a las tropas que lograron escapar a la argolla del cerco, su suerte sería sellada por los rusos, cuyas divisiones cruzaron la frontera polaca el 17 de setiembre. El 28, nazis y soviéticos firmaban en Moscú el tratado y la declaración conjunta sobre el reparto del país. Sin embargo, este reparto estaba destinado a durar solamente hasta el verano de 1941, cuando, desencadenada la ofensiva contra el provisional aliado soviético, los alemanes incorporaron a la Gran Alemania la provincia de Bialystok y constituyeron la Galitzia oriental, con la capital en Lemberg, como quinto distrito del «Gobierno General» de Polonia. La división más duradera fue, por tanto, la realizada por los nazis el 19 de octubre de 1939, ya que resistió hasta después del otoño de 1944, o sea, más de un quinquenio. Tal división separaba del ex territorio polaco las provincias occidentales —Poznania, la Pomerania polaca y Silesia—, con un total de más de diez millones de habitantes, entre los cuales había sólo 600.000 alemanes, anexionándolas, como tierras alemanas, al Gran Reich, mientras que dejaba a Polonia, ya no autónoma, sino sometida, como tierra de conquista, bajo el apelativo de Gobierno General, la mayor parte de las regiones centrales: los distritos de Cracovia, Varsovia, Lublín y Radom, con una población de unos doce millones de habitantes. 3 La zona incorporada estaba destinada a la más completa germanización, mediante la sistemática erradicación (Ausrottung) de todo residuo de carácter nacional polaco y la gradual sustitución de la población originaria por ciudadanos arios del Tercer Reich. En cuanto al Gobierno General, debía constituir, por el contrario, más que otra cosa, una reserva de mano de obra, tanto agrícola como industrial, para la guerra. Sobre su futuro destino se decidiría posteriormente. Durante el período bélico, la consigna era la de desnacionalizarlo y desarticularlo al máximo, haciendo ante todo de él, como decía Hans Frank, gobernador general desde 1940 hasta el final, «un desierto intelectual». Naturalmente, la división territorial-administrativa de Polonia tendría consecuencias fatales no sólo para la nación polaca y para sus habitantes, sino también para la Iglesia católica.4 En 1939, esta

última comprendía 6 provincias eclesiásticas, cada una con un metropolitano: 5 de rito latino (Gniezno y Poznán, Varsovia, Vilna, Lemberg y Cracovia) y 1 de rito grecorruteno (Lemberg), más un arzobispado armenio (también con sede en Lemberg). En conjunto, pues, seis archidiócesis (o metropolitanas), un arzobispado autónomo y 18 diócesis sufragáneas. Pues bien, la línea de demarcación entre las zonas incorporadas al Reich y al Gobierno General (en realidad hubo además otra, que delimitó la zona oriental ocupada por los rusos, pero ésta se sale del marco de nuestro estudio) no sólo se separó algunas sedes metropolitanas de sus correspondientes sufragáneas, sino que también cortó por la mitad, o en parte caprichosamente, 5 muchas diócesis, como se puede comprobar en el cuadro siguiente: Zonas incorporadas al Reich

a) Diócesis enteras: Archidiócesis de Gniezno y de Poznán (incluida Poznania); Diócesis de Chelmno (Pomerania polaca); Diócesis de Katowice (Silesia polaca); Diócesis de Wloclawek; b) la mayor parte de las diócesis de Lodz y de Plock; c) parte de la archidiócesis de Varsovia; d) parte de las diócesis de Lomza y de Czestochowa; e) y una pequeña parte de las archidiócesis de Cracovia y de la diócesis de Kielz. Gobierno General a) Diócesis enteras: Sandomierz, Siedlz, Lublín, Tarnov; 6) la mayor parte de la archidiócesis de Cracovia y de la diócesis de Kielz;

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c) parte de la archidiócesis de Varsovia; d) parte de las diócesis de Czestochowa y de Przemysl; e) y una pequeña parte de las diócesis de Lodz y de Plock. (Las diócesis remanentes y las restantes partes de las citadas fueron incluidas, hasta agosto de 1941, en la zona de ocupación soviética.) Sin embargo, las consecuencias de semejante división habrían sido soportables si los criterios adoptados por las dos zonas no hubiesen sido tan opuestos entre sí. Por lo que respecta a la zona incorporada a Alemania, era natural, en efecto, que los alemanes, considerando su germanización, no pudiesen admitir la supervivencia de la organización eclesiástica preexistente, y con más razón sabiendo el apoyo que, en general, había representado la Iglesia durante los períodos de opresión del país. Pero ello significaba, ni más ni menos, que el desmantelamiento de las circunscripciones eclesiásticas originarias, no bastando, sin duda, la sustitución de su personal (el alejamiento de los obispos y de los sacerdotes polacos, el aniquilamiento de las curias, el cierre de los seminarios y de las casas religiosas, la supresión de las organizaciones de apostolado y de caridad, etcétera). En cuanto al Gobierno General, donde la Iglesia polaca habría podido continuar sus tradiciones, había que esperar, por el contrarío, el más vigilante control de sus actividades, sobre todo extraculturales, y la puesta en práctica de cualesquiera trabas, tanto a las personas como a las obras, para contener su eficiencia y moderar su influencia. Y así fue. Al principio, parecía como si los alemanes no supieran bien lo que querían. Ello ocurrió en las semanas inmediatamente anteriores y siguientes al 19 de octubre, una especie de «tiempo de nadie», en el que todo quedó abandonado al arbitrio del más fuerte, o sea, en general, a la Gestapo. Luego, sus planes de acción emergieron cada vez más nítidamente. En un informe verdaderamente fidedigno, que por el momento llamaremos Documento A, y que se remonta a finales de diciembre de 1939, los objetivos prefijados por los nazis resultan ya completamente identificados. Se trata de un informe relativo a dos de las más antiguas e históricas diócesis polacas, incluidas en los territorios anexionados por el Reich: las archidiócesis de Gniezno y de Poznán, que comprendían más de dos millones de fieles y constituían los centros más neurálgicos de la vida católica polaca. Lo transcribimos casi íntergamente. 6

DOCUMENTO A 1. Archidiócesis de Gniezno

1. El cargo de vicario general de Gniezno es desempeñado por el canónigo Eduardo von Blerick, de la archidiócesis metropolitana, doctor en Derecho Canónico. Cuando los alemanes ocuparon el territorio, le prohibieron realizar actos de jurisdicción eclesiástica. Ello duró hasta mediados de noviembre, en que se levantó tal prohibición. La Curia archidiocesana fue cerrada por la Gestapo. El vicario general desempeña su cometido en su propia habitación, sin tener acceso a los registros y archivos que, por el contrario, son objeto de investigaciones por parte de la Policía. Sólo puede recibir a los sacerdotes que obtienen el permiso de trasladarse a Gniezno; pero a él le está prohibido visitar las parroquias fuera de la ciudad. El dinero de la Curia ha sido secuestrado, junto con el fondo de ochenta mil zlotys. También han sido cerrados y ocupados por la Gestapo los tribunales metropolitanos de primera y segunda instancia. Las llaves de la Curia y del tribunal se hallan en manos de la Gestapo. El capítulo metropolitano ha sido dispersado. El vicario general y monseñor Krzeskiewicz permanecen en sus casas. Los otros canónigos han sido expulsados de sus habitaciones, y el canónigo Brasse ha sido deportado a la Polonia central [Gobierno General]. La basílica primada, restaurada y decorada en los últimos años, ha sido declarada inhabitable y clausurada por la Policía, que ha tomado posesión de ella. Sin embargo, a puertas cerradas se celebran conciertos y reuniones. Habiendo sido destinada a varios trabajos sin ninguna fiscalización superior, se teme que la venerable basílica haya sido despojada de los antiguos ornamentos y objetos de culto. El seminario arzobispal de Filosofía de Gniezno ha sido ocupado por el Ejército. Un general alemán ha convertido el palacio arzobispal en su propio cuartel general. Las casas de los canónigos expulsados y del clero inferior de la basílica han sido ocupadas por los alemanes. La administración civil ha requisado la casa de retiro y de los sacerdotes ancianos, que se han refugiado junto a familias piadosas y generosas. Los padres conventuales han sido expulsados de sus conventos y de sus parroquias, que han sido usados como lugares de detención de los hebreos. La principal iglesia parroquial, la de la Santísima Trinidad, ha sido profanada; la canónica, invadida, y sus habitantes, alejados de ella.

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2. Las autoridades alemanas, especialmente la Gestapo, persiguen al clero católico, que vive bajo la pesadilla del terror y bajo continuas provocaciones, sin posibilidades de legítima defensa. [Sigue una lista de diez sacerdotes maltratados por los alemanes y de otros cinco muertos en la cárcel o en trabajos forzados, por malos tratos o por bombas.] Varios sacerdotes han sido detenidos y sufren humillaciones, golpes, malos tratos, etcétera. Cierto número ha sido deportado a Alemania, y no se sabe nada de ellos. Otros han sido enviados a los campos de concentración. Simultáneamente, ha empezado la expulsión de los sacerdotes hacia la Polonia central, de la cual es imposible y está prohibido el retorno. El número de éstos va en aumento. Un grupo de sacerdotes se ha confundido con el pueblo para cumplir con un mínimo de cuidados pastorales en las regiones que han sido privadas completamente de su clero. Los encarcelamientos y las detenciones se han producido en circunstancias tales, que los sacerdotes no han tenido ni siquiera la posibilidad de consumir ni de poner a buen recaudo las sagradas especies, para evitar su profanación. Los sacerdotes detenidos en el campo de Kazmierz Biskupi han sido privados de los cuatro zlotys necesarios para su manutención diaria y obligados a efectuar trabajos forzados. En el campo de Goma Grupa son maltratados con frecuencia. No es raro ver a un sacerdote en medio de las cuadrillas de obreros trabajar en los campos, reparar calles y puentes, cargar vagones de carbón, o destinados a las refinerías de azúcar, e incluso a demoler sinagogas. Algunos de ellos han sido sorprendidos de noche en pijama, bárbaramente golpeados y sometidos a otras torturas. He aquí tres hechos que lo atestiguan: En Bydgoszcz, en el mes de setiembre, unos 5.000 hombres fueron encerrados en un edificio de forma que no quedaba espacio ni siquiera para sentarse en el suelo. Un ángulo del edificio fue destinado a las necesidades naturales. El canónigo Casimiro Stepczynski, decano rural y párroco del lugar, fue obligado, junto con un judío, a sacar de allí, con sus propias manos, los excrementos humanos, cometido nauseabundo teniendo en cuenta el gran número de prisioneros. El capellán Adam Musial, que deseaba ocupar el lugar de aquel venerado sacerdote, fue brutalmente golpeado con el látigo. El reverendo Antonio Dobrzynski, cura de Znin, fue detenido por la calle mientras, con roquete y estola, llevaba el viático a un moribundo. Le arrancaron los hábitos sagrados, fue profanado el sacramento, y el desgraciado sacerdote fue llevado inmediatamente a la cárcel. En Gniezno, en el mes de noviembre, unas 300 familias, cogidas

completamente de improviso, fueron arrancadas de sus casas y transferidas a una fábrica. Varias personas fueron detenidas por la calle mientras volvían de la iglesia. Entre ellas, algunos sacerdotes [nombres] El reverendo Lorenzo Wnuk fue cogido por sorpresa mientras se desnudaba y encerrado en la cárcel vestido únicamente con el pijama. Sólo varios días después se le permitió enviar a recoger la ropa. Todos estos ciudadanos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, fueron mezclados con los sacerdotes, sin separación alguna... Finalmente, todos fueron deportados, en vagones sellados, a la Polonia central. 3. Según una fuente autorizada, resulta que «entre Bydgoszcz (Blomberg) y Gniezno todas las iglesias han sido cerradas, salvo poquísimas excepciones». En particular han sido removidos los sacerdotes. — de las 15 parroquias del decanato de Gniewkowo; — de las 12 parroquias del decanato de Lobzenica; — de las 16 parroquias del decanato de Naklo; — de las 21 parroquias del decanato de Znin; — de las 6 parroquias del decanato de Bydgoszcz, rural; — de las 16 parroquias del decanato de Inowroclaw; — de las 9 parroquias del decanato de Kcybia; — de las 7 parroquias del decanato de Trzemeszno; — de las 5 parroquias del decanato de Wrzesnia. En los restantes once decanatos no ha sido posible hacer c?i cálculo de las parroquias privadas de sus pastores. No pocos de éstos son considerados por las autoridades alemanas simplemente como aufgehohen (revocados, abolidos). Esta situación (sobre u n total de 271 parroquias, por lo menos la mitad no tienen ningún sacerdote) es muy grave, especialmente teniendo en cuenta el hecho de que la población polaca es expulsada violentamente de la tierra de sus mayores y sustituida por alemanes llegados desde distintas partes de Europa. Entre éstos son raros los católicos. En las iglesias, donde está admitido tácitamente el ministerio de los sacerdotes, la apertura está permitida apenas el domingo, y aun así, de las nueve a las once de la mañana. Sólo en Bydgoszcz hay más amplia libertad. Los sermones están permitidos solamente en alemán, pero esto sirve con frecuencia, por lo menos hasta ahora, como pretexto para encarcelar a los sacerdotes que no cumplen la orden. La devoción de un pueblo sometido a tan duras pruebas es edificante. Apenas se abren las iglesias, el pueblo acude para hacer bautizar a sus hijos, confesarse y recibir la sagrada comunión, por lo cual el sacerdote tiene muy poco tiempo para acabar la santa misa antes de la fatal hora de las once. No se celebran matrimonios, ya que está severamente prohibido ben-

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decir un matrimonio que no haya sido contraído previamente ante un oficial del Gobierno Civil. Y este último, por principio, no admite matrimonios entre polacos. En algunos lugares, los sacerdotes son confinados en sus casas y no pueden llevar los últimos sacramentos a los moribundos. Los crucifijos se han quitado de las escuelas. No se imparte ninguna instrucción religiosa. Está prohibido hacer colectas en las iglesias con fines benéficos. Los sacerdotes están obligados a rezar públicamente una oración por Hitler al acabar la misa dominical. En tales condiciones no pueden funcionar las asociaciones pías y religiosas. La Acción Católica, tan floreciente hace seis meses, ha sido proscrita, y sus apóstoles más prominentes han sido perseguidos. Las sociedades católicas de caridad, las damas de caridad, las Conferencias de san Vicente de Paúl, las pías fundaciones, han sido disueltas, y sus fondos, confiscados. Desde que entraron las tropas alemanas en estas regiones, han sido abatidos numerosos crucifijos, bustos y estatuas de Nuestro Señor, de la Virgen y de los santos que adornaban las calles. Las estatuas artísticas de los santos patronos, erigidas en las plazas de las ciudades, e incluso las pinturas y los monumentos sagrados pertenecientes a casas o terrenos privados, han sido tratados del mismo modo. En Bydogszcz ha sido profanado y destruido el monumento al Sagrado Corazón de Jesús. La Iglesia, después de diez siglos de apostolado, y tras una gloriosa afirmación de la vida religiosa en los últimos veinte años, se ha visto obligada a bajar a las catacumbas. Los sacerdotes empiezan a celebrar la misa y a administrar secretamente los sacramentos en las casas privadas. El celo de los sacerdotes es sorprendente; la piedad, más grande que nunca; la devoción a la Iglesia, heroica. 4. La persecución lanzada contra las casas y el apostolado de los religiosos trata de llevar a cabo su extinción total. Como ya hemos dicho, los conventuales de Gniezno han sido encarcelados y deportados. Una nueva y hermosa casa, así como una suntuosa iglesia, recién erigida en Bydgoszcz, han sido confiscadas a los padres lazaristas. La Policía se ha instalado en la casa, mientras en la iglesia, cerrada al culto, los soldados alemanes llevan a cabo licenciosas orgías. Los Hermanos Menores franciscanos han sido expulsados de su nuevo y gran colegio de Yarocin. La misma suerte ha corrido el de la congregación del Espíritu Santo en Bydgosczc; el noviciado de la congregación de los misioneros de la Sagrada Familia en Gorka Klastorna; el noviciado de los padres palotinos de Suchary; el noviciado de los oblatos de la Inmaculada

Concepción de Marcowice y su casa madre, así como el noviciado de la Sociedad de Cristo para los emigrados en Potulice. Mucho más serias han sido las pérdidas sufridas por los institutos religiosos femeninos. Las Hermanas de la caridad de san Vicente de Paúl han perdido catorce casas, entre ellas hospitales, orfanatos y asilos. La congregación del Sagrado Corazón ha visto la ocupación de su nueva Escuela Superior, del colegio y de la escuela profesional en Polska Wies. Las Hermanas de Santa Isabel (Graue Schwestern, Hermanas Grises) han sido expulsadas de 19 casas. Las Hijas de la Inmaculada, que tienen su casa madre en Pleszew, han sido obligadas a cerrar la casa de aspirantes de su congregación, el noviciado y otras 17 casas. Se le han quitado dos casas a la congregación de la Orden Tercera de Santo Domingo y a las Hijas de la Madre del Salvador. Una escena repugnante se ha desarrollado respecto a las Hermanas franciscanas de la Adoración Perpetua de Bydogszcz. La Gestapo invadió el convento papal e hizo que todas las Hermanas se reunieran en la capilla en que estaba expuesto el Santísimo Sacramento. Uno de la Policía subió al pulpito y gritó a las Hermanas que se había acabado el tiempo de rezar porque «Dios no existe, ya que si Dios existiera nosotros no estaríamos aquí». Las Hermanas, a excepción de la superiora, que estaba gravemente enferma, fueron llevadas fuera del convento y encerradas durante veinticuatro horas en las estancias del Passtelle (oficina de pasaportes). Mientras la Gestapo saqueaba el convento, uno de los policías llevó a la superiora, confinada en el lecho de su habitación, el copón que había sacado del sagrario y le ordenó que consumiera las hostias consagradas, aullando: Auffressen! (¡cómetelas!). La pobre Hermana obedeció la orden, pero en cierto punto pidió agua, que le fue negada. Con un esfuerzo logró consumir todas las sagradas especies, sustrayéndolas así a la profanación. 5. La Iglesia se halla en manos de la Gestapo incluso por lo que se refiere a sus bienes. Los fondos de la Curia archidiocesana han sido secuestrados. Los inmuebles de Braciszewo, propiedad del seminario arzobispal, se hallan bajo administración controlada. El palacio arzobispal ha sido entregado a un general para su cuartel. La Gestapo ha tomado posesión de la Curia, de la basílica, de los archivos diocesanos, de los antiquísimos y famosos archivos y de la Biblioteca del Capitolio. Los libros parroquiales han sido transportados. Especialmente en las parroquias de las que han sido removidos los sacerdotes, las autoridades alemanas se consideran propietarias de la iglesia, del cementerio, de la casa parroquial y de toda propiedad eclesiástica y privada. Además de ello, la administración de las tierras que constituyen los beneficios y fondos de la Iglesia

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ha sido encargada a hombres de confianza del Gobierno alemán, que no dan nada a la iglesia ni al párroco. Incluso en las parroquias tácitamente provistas de pastores, los sacerdotes han sido expulsados de las casas parroquiales, y en su lugar se han instalado los fieles secuaces de los nuevos dueños de Polonia. Los fondos para el mantenimiento de las iglesias han empezado a acabarse, y los sacerdotes viven exclusivamente de la caridad de los fieles. Si este estado de ci^as continua durante algún tiempo más, la consecuencia será la expoliación total de la Iglesia, con lo cual se perderían los grandes medios de sostén que se han recogido durante largos siglos al precio de ingentes esfuerzos de generosidad para el servicio divino. 2. Archidiócesis de Voznan

6. El vicario general, S. E. monseñor Valentín Dymek, un hábil prelado, piadoso, generoso y muy activo, ha sido internado en su propia habitación desde el 1.° de octubre. La Curia y el tribunal metropolitano, tanto de primera como de segunda instancia, para Cracovia, Lvov y Wloclawek, han sido cerrados y vigilados por la Gestapo, que está haciendo el expolio de los registros. El palacio arzobispal fue invadido por soldados, que permanecieron en él durante semanas destrozaron los objetos de valor. Los registros de la cancillería primada han sido y siguen siendo examinados a su talante por la Gestapo, que ha puesto también sus manos sobre importantes archivos arzobispales. Los canónigos del capítulo metropolitano Rucinski, Zborowski y Szreybrowski han sido encarcelados. Monseñor Pradzynski, gravemente enfermo, se halla en su casa bajo vigilancia armada. La catedral de Poznán, que es, a la vez, iglesia parroquial de catorce mil almas, ha sido cerrada por la policía con el pretexto de no ser adecuada para su uso. Las llaves se hallan en poder de la Gestapo. La más hermosa de las iglesias de Poznán, la colegiata de Santa María Magdalena, una parroquia de veintitrés mil almas, ha sido también clausurada, y parece que los alemanes, tras las cerradas puertas, trabajan de manera que despierta sospechas y dudas. El vicario foráneo y los párrocos de la ciudad, a excepción de algunos pocos de los arrabales, se hallan en la cárcel. Buen número de coadjutores han sido deportados, con lo cual, sólo un 25 por ciento del clero parroquial de 21 parroquias ha permanecido en su puesto. El seminario teológico, que contaba con 120 estudiantes en sus cuatro cursos, ha sido cerrado en octubre por las autoridades ale-

manas, y los edificios entregados a una escuela de la policía. El terreno perteneciente al seminario, unas 1.700 hectáreas, ha sido confiado a agentes para ser trabajado. 7. El clero ha sido sometido al mismo trato que los sacerdotes de la archidiócesis de Gniezno: maltratado, detenido, encerrado en la cárcel y en campos de concentración, deportado a Alemania, expulsado a la Polonia central. En la actualidad, hay en la cárcel y en campos de concentración unos 50 sacerdotes. En general, el clero vive en la constante incertidumbre del mañana, amenazado, tanto de día como de noche, con detenciones y violencias. Sea como fuere, acá y allá han quedado zonas tranquilas, a las que no ha llegado hasta ahora la oleada de la persecución. [Siguen los nombres de cuatro sacerdotes fusilados, y se añade que no serían ellos solos, sino que los otros no habían sido fusilados en público]. Hablando en general, la remoción ilegal del clero de las parroquias no ha alcanzado las proporciones que se han dado en la archidiócesis de Gniezno; pero ahora la colonización, al ser impulsada desde los territorios bálticos de Alemania, en dirección Norte-Sur, va precedida normalmente por la remoción del clero y el cierre de las iglesias. Las iglesias que permanecen abiertas pueden ser usadas para las funciones sólo el domingo, de nueve a once. Los sacerdotes han empezado a decir la misa los días feriales en las primeras horas de la mañana y a puerta cerrada. No pueden celebrarse matrimonios. No hay sermón ni música. Han sido quitados de las escuelas los crucifijos y los cuadros sagrados, y ha dejado de impartirse la enseñanza religiosa. 8. El episcopado polaco había hecho de Poznán el centro nacional para la organización y la dirección de la actividad religiosa, y especialmente de la Acción Católica para toda la República. Por desgracia, todos estos centros de excepcional actividad, obras caritativas, organizaciones y publicaciones, han sido destruidos por las autoridades alemanas. En particular: a) Han sido suprimidos los centros nacionales de la pontificia obra para la propaganda de la fe y de San Pedro ap.: sus fondos, unos 250.000 zlotys, han sido confiscados. b) Ha sido suprimido el Instituto Nacional para la Acción Católica. Era el centro desde el que se dirigía toda la actividad católica en Polonia. Han sido secuestrados sus fondos, unos 70.000 zlotys; sus publicaciones, valoradas., como mínimo, en 100.000 zlotys, y el mobiliario y enseres de sus dependencias. Están en la cárcel

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el presidente nacional de la Acción Católica, abogado Dziembowski y el personal de su departamento. El director del Instituto Nació' nal, Francis Marlewski, encarcelado al principio, fue expulsado luego de Polonia. c) Las oficinas de los centros nacionales de la asociación de las mujeres católicas han sido abolidas y dedicadas a otros finesy lo mismo ha ocurrido con las de las asociaciones de la juventud católica y de las jóvenes católicas. El presidente nacional de la asociación de la juventud católica, Eduardo Potworowski, un noble de Gola, camarero secreto de capa y espada de Su Santidad, ha sido golpeado públicamente en la plaza de Gostyn. La presidenta de la asociación de las jóvenes católicas, señorita María Suchocka, también de familia noble, junto con su madre y su hermano, que habían sido desposeídos de su farmacia en Pleszew, ha sido privada de todo efecto personal y expulsada a la Polonia central. d) La Escuela Superior de estudios católicos sociales ha sido cerrada. Esta escuela, de grado universitario, tal vez única en el mundo católico, había sido fundada para preparar, en un período de tres años, a los especialistas de la pluma, de la palabra y de otros medios, de la Acción Católica, y especialmente de los movimientos sociales católicos. é) El Instituto católico de pedagogía ha corrido la misma suerte. Era una escuela oficialmente reconocido, destinada a formar maestros competentes y cualificados y asistentas femeninas para los hospitales y las escuelas católicas. Era frecuentada por muchas Hermanas. /) El semanario católico ilustrado, Przewodnik Katolicki, periódico popular, ha dejado de existir tras un brillante «curriculum» de cuarenta y tres años. Técnicamente, se hallaba a la altura de los mejores periódicos del mundo, y sus ediciones alcanzaban 220 mil ejemplares por semana. g) También ha sido suprimido el apreciado diario católico Kultura. Era una revista literaria, cultural, social y artística para el público de cultura media. h) Tampoco se edita ya Tecza, revista mensual literaria católica ilustrada, de un valor más que común. i) Ha sido suprimido Ruch Katolicki, publicación mensual que era órgano oficial de la Acción Católica. k) Otro tanto ha ocurrido con Przewodnik Spoleczny, revista mensual católica dedicada a las modernas cuestiones sociales. 1) También han sido suprimidos el Zjednoczenie, órgano de la asociación nacional de las mujeres católicas: el Przyjaciel y el Mloda Polka, respectivamente órganos de los muchachos y de las muchachas católicas.

m) Ha sido suprimida la Teología Praktyczna, revista pastoral mensual para el clero católico. n) Se ha suprimido la revista mensual Ruch Charytatywny, órgano del movimiento de la caridad cristiana en Polonia. Además de estas organizaciones y publicaciones de carácter nacional, han sido suprimidas todas las organizaciones y publicaciones pertenecientes a las archidiócesis de Gniezno y de Poznán, con sede en esta última ciudad. En particular: a) El Instituto archidiocesano de la Acción Católica. b) Los centros diocesanos de las asociaciones católicas para hombres, obreros, mujeres, muchachos y muchachas. c) El Instituto archidiocesano de alta cultura religiosa. d) El Instituto archidiocesano «Caritas». e) El alto Consejo de las damas de la caridad y de las Conferencias de San Vicente de Paúl. /) El cuartel general de la unión de los coristas de iglesia. g) La asociación de caridad para los sacerdotes ancianos. Han sido confiscados los fondos y el capital de todas estas asociaciones, instituciones y publicaciones. De todas las pérdidas sufridas por la Iglesia polaca, y en particular por las archidiócesis de Gniezno y de Poznán, la más grave ha consistido en la confiscación de la Casa de la imprenta y de las ediciones de san Adalberto, en Poznán. Era la más importante casa editorial de toda la República. Fabricaba su propio papel, y suministraba al país una abundante y bien seleccionada literatura católica, así como obras científicas y publicaciones útiles. Como Instituto diocesano, entregaba cada año a la caja, para las obras católicas de la archidiócesis, cerca de medio millón de zlotys. El valor de los edificios, de las maquinarias, de las instalaciones, todas del tipo más moderno, así como de los libros y del material, se ha calculado en seis millones de zlotys. 9. Las pérdidas sufridas por los institutos religiosos son también considerables [una larga lista de institutos religiosos masculinos y femeninos sometidos a confiscaciones]... 10. La situación económica de la Iglesia en la archidiócesis de Poznán es semejante a la de la archidiócesis de Gniezno... Y el informe concluía, tras una rápida alusión a las «ruinas de 631 iglesias, 454 capillas y oratorios y 253 casas religiosas», con una impresionante descripción de la deportación en masa de los polacos hacia Alemania si se trataba de hombres y éstos eran aptos para el trabajo, o hacia el Gobierno General, cuando se trataba de mujeres ya no jóvenes, niños, ancianos y enfermos.

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DOCUMENTO B Otro documento, debido al mismo autor, y que llamaremos B, aunque posterior en pocos meses al precedente (abril de 1940), ilustra, con el mismo método, acerca de la situación en las otras diócesis 7 existentes en los territorios anexionados por el Reich, añadiendo una breve actualización para las dos archidiócesis tratadas en el primero. A propósito de la de Poznán, por ejemplo, dice, entre otras cosas, que la ciudad había sido declarada Klosterfrei, libre de monasterios (polacos; sólo podían tenerlos las comunidades alemanas), y daba esta terrorífica síntesis: 5 sacerdotes pasados por las armas. 27 sacerdotes confinados en campos de concentración en Stufhof y en otros lugares del Altreich. 190 sacerdotes encarcelados o en campos de concentración polacos en Bruczkowo, Cludowo, Goruszki, Kazmierz Biskupi, Lad, Lábin y Puszczkawo. 35 sacerdotes expulsados al Gobierno General. 11 sacerdotes muertos en la cárcel y quemados en los hornos crematorios. 11 sacerdotes gravemente enfermos como consecuencia de los malos tratos sufridos. 122 parroquias completamente desprovistas de sacerdotes. A esta primera parte analítica (que sería monótono describir por completo), hacía seguir el autor estas «observaciones conclusivas»: 1. El hitlerianismo tiende a la destrucción sistemática y total de la Iglesia católica en los ricos y fértiles territorios de Polonia que han sido incorporados al Reich, a despecho de todos los derechos y de la justicia, a causa de sus industrias metalúrgicas y textiles, de la abundancia de su excelente carbón, de la fertilidad de su suelo y de la belleza de sus bosques. Excepto en la diócesis de Katowice —donde los invasores han observado ciertos límites, para no provocar a los obreros católicos de las industrias metalúrgicas y de las minas de carbón—, casi en todas partes la administración eclesiástica de la diócesis ha sido prácticamente eliminada. Los obispos, aun cuando hayan sido dejados en sus sedes, tienen solamente el permiso de ejecutar sus funciones pastorales dentro de límites muy restringidos. Uno ha sido depuesto junto con su coadjutor. Dos auxiliares se hallan en campos de concentración. 8 Ningún párroco puede visitar su propia parroquia, ni siquiera en secreto, pese a que su visita sería más

necesaria que nunca después de tantos desastres. Las Curias y sus archivos se hallan en manos de la policía y no pueden funcionsir de modo completo. Las catedrales han sido cerradas, y sus llaves están en poder de la policía: una de ellas ha sido convertida en garaje. Cinco palacios episcopales han sido ocupados, y uno de ellos convertido en hotel: la capilla episcopal se utiliza como salón de baile. En la del palacio del primado en Poznán, la policía ha puesto una perrera. Todos los estudiantes de los seminarios han sido dispersados, y los seminarios, ocupados por las autoridades hitlerianas. El clero ha sido el más duramente perseguido. Se da por cierto que han sido muertos 35 sacerdotes, pero el verdadero número de las víctimas —de cuyos nombres es imposible estar seguros— rebasa sin duda el centenar. Más de una veintena han muerto en la cárcel. Un centenar de sacerdotes ha sido maltratado y torturado; otro centenar está sufriendo en los campos de concentración, y un tercero ha sido obligado a trasladarse a territorio del Gobierno central. Y aquellos a los que se les ha permitido quedarse están sometidos a numerosas humillaciones, sin poder ejercer sus deberes pastorales, privados de los beneficios parroquiales y de todos sus derechos. Se hallan por completo a merced de la Gestapo, sin posibilidad de apelación. En algunos distritos, la vida de la Iglesia ha sido completamente anulada, y se ha excluido totalmente de ella al clero; las iglesias católicas y los cementerios se hallan en manos de los invasores. Ha dejado de practicarse el culto católico, la palabra de Dios no se predica ya, y los sacramentos se niegan incluso a los moribundos. En ciertas localidades está prohibido confesar. En las otras partes del territorio, las iglesias pueden abrirse sólo el domingo, y aun entonces por u n tiempo muy breve. Durante siete meses han sido prohibidos los matrimonios entre polacos. La Acción Católica ha sido totalmente suprimida. Está prohibida la más mínima iniciativa en materia de vida religiosa. Han sido también abolidas las asociaciones y las obras de caridad. Los monasterios y conventos han sido metódicamente suprimídos, así como sus florecientes obras de educación, prensa, actividades sociales, de caridad y de cuidado de enfermos. Las casas y los institutos de los religiosos han sido ocupados por el ejército y por el partido nazis. Varios religiosos han sido encarcelados, y buen número de Hermanas, dispersadas. No tardaran en dejar de existir uquf las huellas de centenares de familias religiosas, con lo cual se realizará la aniquilización de la inmensa contribución que han uportado al carácter religioso, moral e intelectual de la población. Además, los invasores han secuestrado- o confiscado el patrime-

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nio de la Iglesia, cuyos dueños se consideran. Las catedrales, los palacios episcopales, los seminarios, las residencias de los canónigos, las rentas y las dotaciones de los obispos y los capítulos, los fondos de las curias y de los seminarios, los campos y los bosques que constituyen muebles y utensilios, los presbíteros con sus enseres y las propiedades personales de los sacerdotes, los archivos y los museos diocesanos o religiosos, todo ha sido depredado por los invasores. Han robado para sí y para el Estado, envían a Alemania todo cuanto puede ser transportado y abandonan el resto a los nuevos colonizadores alemanes. El carácter moral de su modo de proceder queda ilustrado, entre otras cosas, por este hecho: en Wloclawek, el mobiliario y los objetos de monseñor Kozal han sido entregados a la policía y a las prostitutas. Todo ha sido deliberadamente planificado con objeto de destruir completamente la Iglesia y su vitalidad en uno de los países más religiosos del mundo. Los terribles procedimientos a que hemos aludido anteriormente, prosiguen aún con la misma intransigencia y crueldad que en los siete meses anteriores. Después de tantos siglos pasados en el servicio de la Iglesia, Polonia testimonia el establecimiento en su centro de un paganismo tan olvidado de Dios, tan inmoral, atroz e inhumano, que sólo podría ser aceptado por individuos dementes que han perdido toda dignidad humana y están cegados por el odio a la cruz de Cristo. Parece una visión apocalíptica de la Fides depopulata. 2. La persecución religiosa en estas diócesis profundamente católicas va acompañada por el exterminio de la población polaca. Ha quedado probado de un modo irrefutable, a base de las informaciones procedentes de fuentes hitlerianas competentes, que los invasores están resueltos a dejar solamente un número reducido de polacos en estos territorios, para servir de Sklavenvolk a los alemanes que se establezcan en ellos en masa como dueños o Herrenvolk.9 Ninguna palabra puede expresar el mal cometido con sangre fría y calculada crueldad al pueblo polaco con objeto de reducirlo al estado de esclavos destinados a servir y a promover la prosperidad de la «raza superior». Estas atrocidades, perpetradas calculadamente en amplia escala, plan diabólico que tiene por objeto la realización del concepto del «espacio vital» alemán o, en otros términos, la ejecución del enorme programa de un infame y opresivo imperialismo, constituirán una de las páginas más negras de la historia de la humanidad. Las ejecuciones se llevan a cabo sin procesos ni sentencias, sin misericordia ni frenos, en todas las ciudades y en todos los pueblos. No son respetados ni el clero secular o regular, ni la nobleza

ni las clases medias, ni los campesinos, ni los estudiantes, ni las mujeres, muchachos o muchachas. No hay tregua en la persecución; sin embargo, actualmente se lleva a cabo en secreto, sin que se pueda llegar a conocimiento del hecho o del nombre mismo de las víctimas. Los horrores de las cárceles hacinadas o de los campos de concentración, con sus humos de víctimas siempre nuevas, superan, en el refinamiento de su sadismo, los crímenes cometidos por los rojos en Rusia. La vida de los polacos no está protegida por ley alguna ni por ningún sentimiento de humanidad por parte de los invasores. La población polaca es expropiada sin piedad y sin compensación alguna. El doctor Paul Freibe, del Ministerio alemán de Agricultura, escribe, en el Berliner Boersenzeitung, que en la provincia de Poznania y en las otras partes del distrito llamado actualmente Warthegau, han sido confiscadas 300 vastas propiedades y al menos 200.000 holdins. Los polacos no tienen ya derecho a poseer un terreno, una casa, un jardín o cualquier clase de construcción, y ni siquiera una vaca. Los que no han sido expropiados hasta ahora, saben que lo serán mañana. Las fortunas hereditarias de la nobleza, las de los campesinos y las propiedades inmobiliarias de la clase media urbana, así como las fábricas y las industrias, todo, sin excepción, es objeto de la rapiña alemana. Los polacos están en trance de convertirse en un proletariado de eslovacos. Esta es la conclusión obligada de seis meses de experiencia, durante los cuales los polacos han sido expulsados de un territorio que ha sido la cuna de su nación, del Estado polaco y de la organización eclesiástica. Estas expulsiones son realizadas deliberadamente, de un modo inhumano, para dar muerte al mayor número posible de polacos, de los que no tienen necesidad los invasores en los territorios incorporados al Reich. Los propietarios son arrancados fuera de sus antiguos castillos, y los campesinos, de sus chozas. Las clases medias de viejas tradiciones corren la misma suerte en las ciudades, que son, además, privadas de todos los intelectuales, abogados, médicos, ingenieros, e incluso de las personas de servicio, con lo cual la nación queda privada de sus clases dirigentes. Todos son empujados hacia el exilio, después de haber sido privados de cuanto poseen. Llegan al Gobierno General con sólo diez marcos en el bolsillo, y aumentan el hambre de la ya superpoblada región que ha sido reservada a los polacos. La tragedia de este inhumano destierro de millones de polacos es el supremo horror de la refinada crueldad de los invasores. Todo cuanto pueda imaginarse se ha usado para llegar al sufrimiento del exilio, y su propio exilio se ha convertido en instrumento

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de muerte. Todas estas familias, arrancadas durante la noche de sus casas, sin miramiento alguno para los niños y ancianos, para las personas enfermas y mujeres embarazadas, quedará como un eterno y vergonzoso testimonio de la degradación de la humanidad. Se piensa con horror en estas largas semanas de espantosa y angustiosa espera en el hielo, en la suciedad y en el hambre de los campos de concentración, y en esos horribles e innumerables trenes de la muerte, en los cuales viajan las víctimas a 15 ó 30 grados bajo cero durante dos, tres e incluso cinco días, encerradas en vagones destinados al ganado, sin sitio para sentarse, sin mantas, sin alimentos, sin agua; en pocas palabras, sin posibilidad alguna, aparte la de morir míseramente de frío y de cansancio. Bastará recordar a los niños helados de frío arrojados por la policía a la nieve a lo largo de las vías férreas; las docenas de personas muertas de frío que, desde diciembre a marzo, han sido transportadas por casi todos los trenes que llegaban a un fúnebre destino; las innumerables personas cuya salud ha quedado destruida de una vez para siempre durante esta tragedia; las muchedumbres de proscritos que, en uno de los más rigurosos inviernos, han sido abandonadas a la miseria, al hambre y a las enfermedades infecciosas, que han empezado a hacer su aparición en las ciudades medio destruidas y en los pueblos saqueados de la Polonia central. El repugnante cuadro de la crueldad hitleriana no será borrado jamás de la memoria de las generaciones de polacos y quedará como la más terrible impresión en su historia. Los polacos que han quedado en sus sitios no son considerados como ciudadanos, sino tratados como personas fuera de la ley, que son únicamente tolerados. Pueden comprar alimento sólo contra presentación de la cartilla de racionamiento y después de haberse servido cumplidamente los alemanes, con el riesgo de encontrar las tiendas sin géneros, como en efecto ocurre con mucha frecuencia. En los tranvías, los polacos no pueden mezclarse con los alemanes, sino que deben ocupar los lugares reservados para ellos. En los trenes, se ven obligados a viajar en los peores vagones, jamás caldeados en invierno. Por doquier deben abrir camino a los invasores y sufrir humillaciones, insultos, molestias e investigaciones. Viven en un clima de continuo terror, expuestos en todo momento a las iniciativas arbitrarias de la Gestapo, sin posibilidad de apelar a ninguna protección legal. Son arrestados sin poder conocer el motivo. Por las calles y en las iglesias son detenidos por la policía y llevados a trabajar a cualquier localidad, a los campos o a una empresa, no importa cuan alejada esté. Muchos son deportados al interior de Alemania. Mujeres, muchachas y jóvenes desaparecen y no es posible encontrarlos ya más.

Las familias polacas son brutalmente divididas. Los polacos no pueden contraer matrimonio. Los hijos bastardos serán tratados como esclavos en cuanto fruto de la violencia sufrida por las jóvenes polacas por obra de los depravados hitlerianos. Esto se practica con abierto cinismo, como un derecho que corresponde a los conquistadores. A la vez, en las diócesis polacas incorporadas al Reich, son destruidos todos los monumentos o restos de los mismos, todos los documentos o centros de la cultura polaca. Los monumentos nacionales han sido desmontados. Y lo mismo ha ocurrido con las obras de arte polacas de los museos, buen número de las cuales ha sido destruido. Los archivos polacos han sido trasladados a Berlín. Para suprimir todos los libros polacos, toda publicación encontrada en las librerías, en los palacios o en las casas privadas es señalada para su destrucción y entregada a la maceración. La Prensa polaca es eliminada, y otro tanto se hace con sus catálogos; más aún, corren la misma suerte todas las publicaciones polacas. Todas las inscripciones polacas han sido borradas. No existe ni siquiera una escuela polaca. Los muchachos y las muchachas polacos no son admitidos en las escuelas superiores. Un ateo hitleriano ha dicho recientemente que es bueno dar a los esclavos los beneficios de la ignorancia. 3. Exterminados como nación, oprimidos en su fe cristiana y separados de sus familias, destinados a la esclavitud y la miseria, en el centro de una tragedia sin parangón, los polacos de las diócesis incorporadas al Reich se dan cuenta, con espanto, de que están separados del mundo civil y de la conciencia de la humanidad por una propaganda que recurre a las mentiras más descaradas. La propaganda alemana se esfuerza por correr un velo de silencio sobre los crímenes hitlerianos en Polonia, negando la perfidia del régimen, calumniando a la nación martirizada y amenazando a las naciones neutrales que podrían atreverse a publicar la verdad. Esta propaganda tiene por objeto defender la creencia, incluso en la Alemania ilusionada por sí misma, de que todo es normal en Polonia y de que los polacos no habían estado jamás tan bien como ahora, que tienen la suerte de estar bajo el dominio nazi. En medio de esta espantosa desolación, los polacos permanecen heroicamente fieles a su fe católica y a los principios cristianos. Sin embargo, piden no ser olvidados; piden que la conciencia de los pueblos de todo el mundo no los sacrifique a la barbarie hitleriana; piden que la opinión del mundo no los abandone a merced de sus opresores... En cuanto a los territorios del Gobierno General, citaremos casi

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íntegramente 10 otro documento (el C), debido a otro autor y redactado poco después de los dos anteriores, hacia mediados de 1940: aunque más sintético y sumario, también es bastante eficaz. DOCUMENTO C ...M Contrariamente a las repetidas afirmaciones de la propaganda oficial alemana y a las declaraciones del goberndor general Frank, o sea, que son respetadas las convicciones y las tradiciones religiosas de la nación polaca, los hechos de la vida cotidiana prueban completamente lo contrario. La lucha contra la religión se hace más dura cada día. La persecución del clero católico continúa sin esperanza de atenuarse. ... K ...En uno de los más antiguos y venerables santuarios de Polonia, la catedral sobre el Wawell, en Cracovia, donde eran coronados los reyes polacos y donde reposan sus restos, se ha permitido celebrar la misa a un solo sacerdote, el domingo y el miércoles, a puerta cerrada y en presencia de un agente de la Gestapo. Las llaves de la catedral y del tesoro de la iglesia están en manos de las autoridades alemanas. En muchos lugares, incluso en la archidiócesis de Varsovia, está prohibido celebrar matrimonios en la iglesia, y en Pomerania, los celebrados después de 1918 entre polacos y alemanes han sido declarados nulos. En cierto número de localidades de la diócesis de Siedlce se ha prohibido recientemente la predicación. En las diócesis de Czestochowa, Kielce, Sandomierz y en algunos centros de la de Varsovia se ha prohibido en las escuelas la enseñanza religiosa por parte del clero. Por orden de Dengel, comisario presidente de la ciudad de Varsovia, los sacerdotes han sido alejados de los hispitales, pese a tratarse, en la mayor parte de las ocasiones, de fundaciones católicas reconocidas incluso por el antiguo Gobierno ruso. Cuando el arzobispo Gall intervino en este sentido, lo único que se consiguió fue una villana respuesta de la autoridad de ocupación. En la mayor parte de las ciudades, las Facultades teológicas y los seminarios han sido clausurados como consecuencia de las órdenes de las mismas autoridades, y sus edificios han sido asignados a nuevos ocupantes. El seminario de Varsovia, alcanzado por los bombardeos, sigue existiendo formalmente, pero el rector y los profesores no pueden cumplir sus funciones, ya que se encuentran encarcelados desde el mes de octubre pasado. Uno de ellos es monseñor Motylewski, que volvió a Po-

lonia unos quince días antes de que estallara la guerra, después de siete años de estudios en Roma. La opinión pública polaca ha quedado profundamente conmovida por la noticia de la confiscación de obras de arte de las iglesias: vasos litúrgicos, cuadros e indumentarias. Esto no es, ni más ni menos, que un robo en perjuicio de las propiedades de la Iglesia polaca. Pese a los mutuos convenios de la ley internacional y la Convención de La Haya, las autoridades alemanas se apoderan de los objetos del culto católico, que envían al extranjero, y emplean en fines bélicos el dinero obtenido. Hasta ahora, sólo la Rusia bolchevique había hecho cosas semejantes. La catedral de Varsovia ha sido desposeída, entre otras cosas, de dos artísticos cálices de los siglos xvi y xvii, uno de los cuales es obra personal del rey Segismundo III de Polonia, que lo donó a la catedral. En Cracovia, además de los grandes frontales de altar grabados y repujados por Wit Stwosx, las autoridades alemanas se han apoderado de nuevo de preciosas pinturas de Kulmbach existentes en la iglesia de Santa María. Los soldados se presentaron mientras se celebraba la función de las «cuarenta horas», y fueron inútiles todas las invitaciones o protestas del párroco... El martirologio del clero polaco está escrito con letras de sangre... En Mszczonow, cerca de Varsovia, la Gestapo ha dado muerte al vicario, Paciorkowski, y a sus dos coadjutores, en el presbiterio, sin ninguna acusación o proceso. En la segunda mitad del mes de febrero de este año, monseñor Nowakowski, vicario de la parroquia del Redentor en Varsovia, ha sido condenado a muerte por el solo hecho de haber sido encontrado en su iglesia rezando por la independencia de Polonia. No se sabe aún si ha sido cumplida la sentencia, ya que la Gestapo se niega a dar toda información cuando un sacerdote o un seglar han sido condenados a muerte o enviados a un campo de concentración. En el caso de que se lleve a cabo la ejecución, la Gestapo no restituye el cadáver, sino que lo entierra de noche en cualquier localidad. Faltan noticias de muchos sacerdotes detenidos en los meses pasados, y es imposible saber si aún están vivos y dónde pueden estar. En el territorio del Gobierno General, la más cruel persecución ha caído sobre el clero de la diócesis de Lublín, pese a que había muy pocos alemanes y, en consecuencia, ningún motivo de fricción y, por tanto, ningún motivo de persecución. La explicación de la crueldad puesta en práctica se atribuye al hecho de que el jefe de la Gestapo en Lublín es el mismo que se distingió en Viena con su ultrajante comportamiento hacia el cardenal Innitzer. A mediados de octubre del pasado año, en el aniversario de la

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consagración del obispo Fulman, cuando el clero local se encontraba reunido en la residencia episcopal para presentar sus augurios al pastor, agentes de la Gestapo penetraron en el palacio episcopal y detuvieron al obispo, a su auxiliar, monseñor Goral, y a toda la asamblea del clero. El obispo fue acusado entonces de hallarse en posesión de una ametralladora, encontrada en su jardín, junto al muro que rodeaba la finca. Pero conviene añadir que el jardín se encuentra en el límite de la ciudad, junto a prados y campos desde los cuales es muy fácil arrojar algo al otro lado del muro. Hasta los alemanes honestos de la actual administración de Lublín no ocultan su convicción de que el arma haya sido arrojada allí por orden del jefe de la policía, especialista en la persecución del clero. Sea como fuere, si el obispo Fulman era sólo acusado de poseer una ametralladora, ¿por qué su auxiliar y el clero restante fueron condenados anteriormente a muerte y luego a la cárcel a perpetuidad? Además, ¿no era ridículo suponer que un anciano de setenta y cinco años, gravemente enfermo y conocido por su bondad, pudiera constituir una amenaza para el poderoso ejército alemán sólo con una ametralladora, que no había empleado jamás y cuyo uso ignoraba? El trato a que fue sometido el obispo Fulman, junto con su auxiliar y con los sacerdotes que le acompañaron al campo de concentración de Oranienburg, junto a Berlín, cubre de vergüenza al siglo xx. Tras algunas semanas de prisión en Lublín, el obispo y sus compañeros fueron llevados, en noviembre, ante un tribunal de guerra (Sondergericht), procesados en secreto sin ningún abogado defensor y condenados a muerte. El gobernador general ejercitó su poder de gracia conmutando la pena de muerte por la cadena perpetua... Uno de los objetivos de la ocupación policial de los alemanes en Polonia era la aniquilación de las clases intelectuales, a las cuales, ademái de los médicos, abogados, profesores y otros pertenece también el clero polaco. De ahí el gran número de sacerdotes que han sido encarcelados sin ninguna acusación, proceso o juicio. Las autoridades de ocupación afirman que estos sacerdotes están simplemente internados. Pero, ¿a base de qué principio? ¿Por qué son tratados duramente en las cárceles como criminales o algo parecido —como ocurre en Rzezow, Tarnobrezg y otras ciudades—, en las mismas celdas de los ladrones y de las prostitutas? Desde octubre del año pasado, unos 150 sacerdotes han sido encerrados en la cárcel en la diócesis de Lublín —lo cual significa más de la mitad del clero—, y muchos otros deben vivir escondidos, como monseñor Surdecki, administrador de la diócesis. Los sacerdotes que hay en la cárcel en Varsovia son 30, 18 de ellos de la archidiócesis... En la diócesis de Cracovia han sido detenidos sacer-

dotes que enseñaban religión, los cuales han sido trasladados a la cárcel de Wisnicz, donde se hallan también 26 jesuítas de Cracovia. Además de los obispos Fulman, Goral y Wetmanski, el auxiliar del obispo Tomczak fue detenido en Lodz, golpeado en sus brazos con cañas hasta hacerle brotar la sangre y obligado luego a barrer las calles. El dirigente local de Acción Católica, Estanislao Nowicki, fue golpeado tan duramente en la cabeza durante su interrogatorio en la sede de la Gestapo, que tuvo que trepanársele el cráneo. En Radom, cuatro sacerdotes fueron golpeados tan violentamente en una ocasión idéntica, que les rompieron los dientes y les dislocaron los maxilares. Entre otras cosas, se les planteó esta pregunta, como yo pude atestiguar personalmente: «¿Crees en Dios? Si crees en Él eres un idiota, y si no crees eres un impostor». Cuando el interrogado hizo notar que la pregunta misma era un insulto, se le escupió en la cara. Otra pregunta: «¿Quién es el hombre de Estado más grande, Hitler o Mussolini?» El nivel intelectual de estas preguntas y del método usado por la Gestapo habla ya de por sí. Desde que los alemanes han ocupado Polonia somos testigos del espantoso exterminio y de la destrucción de la nación polaca a una escala que jamás ha tenido precedentes en la Historia. Día tras día son muertas numerosas personas. El robo organizado de la propiedad privada, de los museos, de las bibliotecas, de los laboratorios científicos, de los hospitales y de las iglesias está a la orden del día. En las parroquias de los suburbios de Varsovia, casi cada mañana pueden verse varios cuerpos (una veintena en promedio) con las cabezas acribilladas por los proyectiles de los agentes de la Gestapo, que ahora han adoptado este método para desembarazarse de sus víctimas. Los cuerpos no llevan documento alguno, por lo que el clero, que debe extender el certificado de defunción, no puede conocer el nombre del muerto. Durante el mes pasado, la propaganda ha tratado de inducir a la población polaca a que se trasladase al Reich en busca de trabajo. Y como quiera que los voluntarios han sido muy escasos, cada municipio ha tenido que encontrar cierto número de ellos. Y como quiera que esta disposición no ha tenido tampoco mayor éxito, hombres y mujeres han sido apresados en los pueblos y deportados al interior de Alemania. A base de los cálculos hechos, con este método deberían de reclutarse más de un millón de personas. Fischer, gobernador de Varsovia, ha afirmado recientemente que de los que parten pocos regresarán. Las víctimas de esta requisa de esclavos, una vez llegadas a Alemania son privadas de

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todo auxilio religioso y cultural y quedan totalmente a disposición de sus reclutadores y de las organizaciones hitlerianas. Uno de los peores crímenes del actual régimen en Polonia es esta deportación de los polacos lejos de sus casas y de la tierra donde vivieron sus antepasados durante más de mil años... La «liquidación» del conjunto de los bienes de la familia se efectúa en un cuarto de hora o en media hora. No puede cogerse nada, excepto lo que puede transportarse en un saco de mano o en maletas. No hace mucho tiempo, pude visitar Ostrowiec, cerca de Radom, donde precisamente habían sido mandados los habitantes de la parroquia de San Martín de Poznán, acompañados por su párroco, monseñor Taczak. Tres mil personas habían sido transportadas en vagones de ganado a aquel pequeño centro de quince mil habitantes. Habían viajado durante cuatro días, cubriendo más de 500 kilómetros en vagones no caldeados, sin poderse asear, mezclados juntos hombres, mujeres y niños, ancianos y enfermos, con un frío que alcanzaba los treinta grados bajo cero. A su llegada a Ostrowiec fueron recogidos en la escuela, donde dormían sobre paja o en el suelo. Siendo la región muy pobre y absolutamente inadecuada para asegurar el mantenimiento de tantos deportados, se proveyó a recoger medios de sustento en los pueblos cercanos. Pero también éstos habían sido privados de sus provisiones por las incesantes requisas de los alemanes. Por tanto, en poco tiempo se hizo tan terrible la miseria, que los contagios empezaron a aparecer, incluido el tifus... He comprobado situaciones semejantes en otros lugares... El número de estos deportados llega ya a los cien mil... Durante mi estancia en Poznán y Torun, en enero, algunos padres vinieron a mí a lamentarse de que los hijos hubieran sido deportados y transferidos a campos de la juventud hitleriana, o de que sus hijos habían sido esterilizados con rayos X, o de que no tenían noticias de sus hijas. Se me hicieron otras penosas lamentaciones porque bastantes muchachas habían sido enviadas a los prostíbulos para el ejército alemán en el frente occidental... Recientemente, he recibido de médicos y Hermanas procedentes del actual «Gobierno General» de Lublín y de los distritos anexionados al Reich un detallado informe sobre la espantosa matanza de niños mentalmente defectuosos, cometida en los sanatorios de Chelm, en la provincia de Lublín; de Lúblinice, en la Silesia superior, y de Koscian, en Poznania. Polonia había construido hospitales modelos para estos niños retrasados y les había asegurado todos los cuidados médicos, obteniendo con frecuencia resultados alentadores. Después de la ocupación del territorio polaco, los alemanes declararon que no era oportuno mantener con vida a se-

mejantes niños, y se les ha dado muerte. Llevando a la práctica este criterio, solamente en Chelm han sido eliminados 428 enfermos, entre ellos muchos niños. Esta matanza de inocentes ha llenado de horror a todo el país. La brutalidad de las autoridades alemanas respecto a los niños y a los enfermos es confirmada por la continua requisa de hospitales, aparentemente para las necesidades del ejército, pero con frecuencia para dejarlos completamente vacíos. En Zakopane existe un gran sanatorio preventivo para niños amenazados de tuberculosis, construido por iniciativa del obispo Sapieha. En enero fueron sacados de allí los niños, y el sanatorio, requisado. Hasta este momento está completamente vacío, lo cual ha ocurrido también en otros sanatorios...

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I I RELACIONES DE LA SANTA SEDE CON LA POLONIA OCUPADA
Pues bien, ¿qué se sabía en el Vaticano de cuanto estaba pasando en Polonia a partir de la invasión nazi-soviética del país? Para responder a esta pregunta es necesario, ante todo, dar una respuesta a esta otra: ¿Cuáles fueron, durante la ocupación alemana, las relaciones entre la Santa Sede y Polonia, y viceversa? Antes de la guerra, Roma no había conocido obstáculos en sus relaciones con el Gobierno y con el episcopado polacos. «Los obispos, el clero y los fieles —decía el artículo 11, párrafo I, del concordato de 1925— se comunicará libre e inmediatamente con la Santa Sede», lo cual era, naturalmente, irreversible. Y el mismo concordato preveía «con objeto de mantener relaciones amistosas entre la Santa Sede y la República de Polonia», el intercambio de representantes diplomáticos por ambas partes: «un Nuncio apostólico residirá en Polonia —decía—, y un embajador residirá cerca de la Santa Sede». Y añadía: «los poderes del Nuncio apostólico en Polonia se extenderán al territorio de la Ciudad Libre de Danzig».13 1. Fin de la nunciatura de Varsovia Y esto fue lo que ocurrió: Polonia, tras el concordato, tuvo tres representantes pontificios, dos de los cuales, Lorenzo L a u r i " y Francesco Marmaggi,15 terminada su misión, fueron honrados con la púrpura como si hubiesen sido titulares de sedes de primer grado. Y cuál era su prestigio en el país, que se vanagloriaba de haber tenido como primer nuncio (preconcordatario) a Achule Ratti, el futuro Pío XI, bastaría para decirlo el viaje triunfal de des-

pedida de Varsovia a Roma hecho por Marmaggi en 1936.18 En vísperas de Navidad de aquel mismo año, Polonia conoció el nombre del que sería, por lo menos hasta hoy, su último Nuncio: monseñor Filippo Cortesi,17 un hábil diplomático siciliano sexagenario, que ya había representado brillantemente a la Santa Sede en Venezuela (1921-1926) y en Argentina (1926-1936, reuniendo en su persona también la representación del Paraguay), tanto, que fue llamado a la importante Nunciatura de Madrid el 4 de junio de 1936, Pero el levantamiento militar y el inicio de la guerra le impidieron llegar a su nueva sede, por lo cual fue enviado a Varsovia. Al estallar la guerra, monseñor Cortesi hacía ya unos dos años y medio que estaba en Polonia y tenía en su haber, entre otras cosas, el acuerdo sobre los bienes eclesiásticos arrebatados a Rusia estipulado el 20 de junio de 1938 y ratificado en Roma el 16 de marzo de 1938.18 Al parecer, se había granjeado la simpatía de los obispos y del pueblo, por lo cual constituyó para los polacos una gran desilusión el que no sólo abandonara Varsovia, sino también el país, al día siguiente del estallido de la guerra. Nadie podía olvidar que en agosto de 1920, cuando ya las vanguardias rusas habían llegado a 15 kilómetros de la capital, el Nuncio Ratti había permanecido en su puesto, resistiendo todas las presiones del Cuerpo diplomático, que abandonó la ciudad casi en su totalidad, y de una parte del clero. El autor de un informe secreto, fechado el 9 de enero de 1942, dirá a este respecto: «La partida, en setiembre de 1939, del Nuncio Cortesi, hombre inteligente y favorable a Polonia, ha sido una gran desgracia para este país. Los nervios del viejo (¡sic!) no habían podido resistir los bombardeos, y abandonó Polonia, a pesar de que el clero trató de no dejarlo partir; esta partida ha sido juzgada desfavorablemente en Roma.»19 Fuese por miedo, prudencia o ilusión de una eventual recuperación por parte del ejército polaco, lo cierto es que monseñor Cortesi se unió al Cuerpo diplomático ya el 5 de setiembre por la mañana 2 9 para trasladarse a Nobezkow, cerca de Lublín, y diez días después atravesaba la frontera rumana acompañado de su consejero, monseñor Alfredo Pacini. Muy probablemente, su elección no hizo más que anticipar la suerte de la Nunciatura de Varsovia, pero de lo que no hay duda es de que facilitó el cometido de la Wilhelmstrasse, la cual pudo así evitar la motivación de la despedida. De la misma forma, es cierto que, al alejarse de Polonia, acabó con toda posibilidad de retorno mientras durase la ocupación alemana. Existía, es cierto, la urgencia de poner a salvo lo insalvable, tanto de los objetos como del archivo de la Nunciatura,

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que había quedado casi destruida por los bombardeos; pero esto, si acaso, era un cometido que correspondía al consejero Pacini. Sea como fuere, también fue recusado él, mientras se concedió la autorización, hacia mediados de octubre de 1939, a monseñor Cario Colli, consejero de la nunciatura de Berlín, aunque fuera sólo para una estancia de tres días. Lo que los nazis querían evitar era que un representante pontificio pudiera ser testigo o recibir informaciones sobre cuanto estaba ocurriendo en Polonia; y no sólo esto, sino que pudiera reorganizar la Iglesia polaca, respecto a la cual sentíanse propensos, como máximo, a permitir una letárgica supervivencia. Por ello, cuando, en enero de 1940, se trató de traladar el archivo o lo que quedaba de él que antes habían podido sólo ser puesto a buen recaudo, monseñor Colli recibió un nuevo permiso, aunque el último, de breve duración y limitado a la capital. Naturalmente, la Santa Sede recurrió a todo para atribuir a la nunciatura de Berlín también el control de las dos zonas polacas dominadas por el Reich, fingiendo considerarlas, sobre todo a la primera, como una obvia extensión de los territorios del antiguo Reich, para los cuales, evidentemente, sólo estaba acreditado su representante, monseñor Cesare Orsenigo. Pero todo esfuerzo, directo o indirecto, resultó vano. En setiembre-octubre de 1939, por ejemplo, el Gobierno del Reich rechazó la petición, que le había presentado el Nuncio de Berlín, de dar a conocer a Roma las listas de los prisioneros polacos para comunicarlas, a través de la radio, a sus parientes; a fines de noviembre del mismo año, hizo otro tanto a propósito de una investigación reclamada para comprobar si, efectivamente, las SS se habían hecho responsables de las violencias de que eran acusadas contra la población civil de los territorios ocupados; entre finales de 1939 y comienzos de 1940, condicionó de tal forma el envío de paquetes desde Roma, que lo hizo prácticamente imposible, etc.21 En vista de la intransigencia alemana, pensóse en el Vaticano en el envío a Polonia de un visitador apostólico, o sea, de un representante sin privilegios diplomáticos, lo cual alarmaría mucho menos a los gobernantes del Reich. Más aún, la propuesta la hizo personalmente el cardenal Maglione, Secretario de Estado de Su Santidad, al ministro de Asuntos Exteriores, Von Ribbentrop, que había sido recibido en audiencia por Pío XII el 10 de marzo de 1940. Von Ribbentrop había presentado al cardenal Secretario de Estado una publicación oficial alemana sobre las atrocidades cometidas por los polacos contra los alemanes, con el ruego de que la presentara al Papa. El Secretario de Estado respondió que la Santa Sede no desea-

ba nada más que estar exactamente informada. Por eso había insistido varias veces para obtener el asentimiento de Berlín al envío a Polonia de un eclesiástico de su confianza, y precisamente de monseñor Colli..., aunque sin recibir ninguna respuesta. Mientras, entre las muchas noticias que circulaban sobre la situación en Polonia, por lo menos algunas eran incontestables y resultaban penosísimas. Varios obispos alejados de sus sedes; algunos, como el de Lublín, encarcelados, junto con muchos sacerdotes; gran número de religiosos detenidos; muchísimas iglesias cerradas, y en las aún abiertas, el ejercicio del culto estaba permitido solamente en determinados días y algunas horas... Ribbentrop: Pero también en Polonia los eclesiásticos no han hecho ni hacen nada más que política; se oponen a los alemanes. Maglione: Se puede recomendar a los sacerdotes polacos que permanezcan tranquilos y que piensen únicamente en el ministerio pastoral, pero no se les puede exigir que renuncien al amor a su patria. La Santa Sede no puede aceptar sin beneficio de inventario las informaciones que sobre los territorios ocupados se le brindan por esta Embajada alemana, y mucho menos hacerlas de razón pública sin tener medios propios de comprobación. De ahí la necesidad, para la Santa Sede, de enviar al territorio polaco un visitador apostólico. Su presencia serviría para eliminar equívocos, para confirmar a los sacerdotes en el propósito de dedicarse exclusivamente al ministerio pastoral. Ribbentrop: Pero Polonia se halla bajo un Gobierno militar; no puede haber allí diplomáticos ni cónsules. Maglione: El enviado de la Santa Sede no tendría una misión diplomática, sino religiosa. Manteniéndose en contacto con las autoridades de ocupación, podría impartir instrucciones, dar buenos consejos, ayudar a los obispos a normalizar poco a poco la situación religiosa. Ribbentrop: Pero, ¿cómo se puede tener, en un territorio ocupado y gobernado por militares, un... Maglione: representante de la Santa Sede? Su Excelencia puede acordarse de que durante la ocupación del Ruhr y del Sarre y precisamente como consecuencia del ruego del gobernador alemán, la Santa Sede celebró que se encontrase en aquellas regiones un enviado suyo. El Gobierno francés accedió entonces a admitir la presencia de u n visitador apostólico, de cuya obra no tuvo en modo alguno Alemania motivos para lamentarse; mejor aún, no tuvo más remedio que declararse por ello más satisfecha que Francia... 22 El cardenal envió luego a Von Ribbentrop una nota en este •entido que decía textualmente:

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«Las actuales condiciones religiosas del territorio polaco, en especial las múltiples restricciones opuestas a la libertad del episcopado y del clero, los impedimentos al ejercicio del culto, la manumisión de institutos religiosos, causan gravísimas preocupaciones a la Santa Sede. Particularmente lamentable es el estado de las archidiócesis de Gnesen y Poznán y de las diócesis de Wladislavia y Lublín. »Es urgente poder enviar a Polonia un visitador apostólico. Se tiene intención de encargar tal cometido al actual consejero de la Nunciatura apostólica en Berlín. «Cometido del visitador será proveer, manteniéndose —en cuanto sea necesario— en oportuno contacto con las autoridades civiles y militares, a la normalización de la situación religiosa...» Otra «nota» decía: «La Santa Sede ha hecho saber repetidamente que trata de enviar y distribuir, en nombre propio, subsidios a las pobres y a las necesitadas poblaciones polacas. »E1 visitador apostólico estará también encargado de la distribución de tal obra de socorro.»23 La respuesta oral de Ribbentrop a las insistencias de Maglione fue un: «Bueno, lo pensaré»; pero jamás fue admitido en Polonia ningún visitador apostólico, ni siquiera para una misión temporal.^4 De ahí que la Santa Sede insistiera en recurrir al Nuncio de Berlín, el cual, sin embargo, no podía actuar por carecer de los poderes adecuados. He aquí, por ejemplo, cómo Woermann, director del Departamento político del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, registraba un encuentro que se le había pedido y obtenido por Orsenigo el 29 de noviembre de 1939: «El Nuncio me ha sometido hoy las cuestiones siguientes, aun subrayando desde el principio que hablaba a título privado. »De distintas fuentes... le habían llegado informaciones relativas al trato dado a los polacos, especialmente en los distritos de Posen [Poznán], pero también en otras regiones... Sabía que, como Nuncio, no tenía derecho alguno de plantear aquí el problema. Sin embargo, se sentía obligado a ello como ser humano. Recientemente han ocurrido cosas que Alemania, en su propio interés, no debería permitir. No quería discutir si las ejecuciones de los grandes propietarios, etc., estaban justificadas: hablaba solamente del puebLo sencillo. Mujeres, niños y ancianos eran arrancados, de noche, de sus camas y expulsados lejos, sin darles una nueva casa. El Nuncio me preguntó si podía indicarle a quién podía dirigirse para u n asunto de tal índole. »Yo respondí que no podía indicarle a ninguna autoridad de alto nivel a la que dirigirse, ya que tal vez ninguna lo habría es-

cuchado con la misma calma que yo, y le habría hecho notar inmediatamente que, como nuncio, no tenía derecho a esgrimir semejantes argumentos. Por otra parte, yo pensaba que sin duda era víctima de falsas noticias. El Nuncio desmintió esta aserción, poniendo de relieve hasta qué punto había sido prudente en la valoración de las informaciones. Y me pidió si podía entrevistarse, por lo menos una vez, con el Secretario de Estado [Weizsácker], para ver si podía hacerse algo».25 El relato es sintomático, porque pone al vivo la difícil situación en que se debatía el nuncio de Berlín. Esto queda confirmado también por otros encuentros del Nuncio con el Secretario de Estado, Weizsácker (los del 15 de marzo de 1940 y 20 de setiembre y 11 de diciembre del mismo año). Otra confirmación autorizada respecto a los intentos de intervención de la Santa Sede cerca del Reich por medio del Nuncio en Alemania nos la da una carta, desconocida hasta ahora, del cardenal Maglione a su colega Bertram, arzobipso de Breslau, fechada el 18 de noviembre de 1942: «Ya en octubre de 1940 —se lee en ella—, la Sede apostólica, como consecuencia de la demanda de un obispo alemán, ordenó al nuncio de Berlín dar los pasos necesarios, cerca del Gobierno alemán, a fin de que los numerosos sacerdotes polacos detenidos en los campos de concentración pudieran abandonar el país y trasladarse a las naciones neutrales de Europa y América. Por desgracia, esta petición no ha sido favorablemente acogida. El Gobierno alemán ha rechazado la demanda, prometiendo solamente aliviar de alguna manera su situación, como desean los obispos alemanes, o sea, que fuesen reunidos en un solo campo (Dachau) y que algunos de ellos pudieran celebrar la misa, y los otros, asistir a ella. »Y en realidad, aunque muchos sacerdotes fueron aún detenidos en otras partes, por lo menos las condiciones de vida de los que se encontraban en Dachau se hicieron, durante algún tiempo, más soportables.»2* No obstante, si es cierto que la Wilhelmstrasse descorazonaba los pasos dados por monseñor Orsenigo respecto a Polonia, no es menos cierto, que hasta la primavera de 1942, le permitía darlos. Lo confirma esta noticia, dada por el embajador del Gobierno polaco en el exilio cerca de la Santa Sede, Casimiro Papée, en su libro Pius XII a. Polska (Pío XII y Polonia): «[El período que media entre agosto y diciembre de 1941] es de una gran actividad diplomática por parte de La nunciatura apostólica de Berlín en defensa de los sacerdotes y los fieles de Polonia. En 1941 se habían recrudecido las persecuciones; las noticias de los lager eran cada vez más trágicas; las víctimas, cada vez
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más numerosas. Siguiendo las órdenes de la Secretaría de Estado del Santo Padre, la nunciatura de Berlín intervino cerca del Ausw'ártiges Amt durante la segunda mitad del año 1941, y, entre otras fechas, el 14 de agosto, el 2 de setiembre, el 29 de setiembre, el 4 de diciembre, el 5 de diciembre (intervenciones personales del nuncio) y el 12 de diciembre.»27 Por el contrario, las cosas cambiaron drásticamente después de la nota vaticana del 18 de enero de 1942, en que la Santa Sede comunicaba al Reich que no podía reconocer la nueva situación jurídica de algunos países, determinada por las acciones militares en curso. El 26 de junio, Weizsacker comunicó a monseoñr Orsenigo que el Gobierno alemán no aceptaría más, en lo sucesivo, consejos ni peticiones referentes a territorios no pertenecientes al Altreich.7* (Véanse los documentos en el Apéndice.) Pocos días antes, el propio Weizsacker había explicado a Von Bergen, embajador de Alemania cerca de la Santa Sede, el significado de esta disposición. «El Führer ha tomado la decisión siguiente, relativa a las relaciones de Alemania con la Iglesia católica: »1) El Führer no quiere que las relaciones con la Iglesia católica sean establecidas sobre bases idénticas para el conjunto del Reich. »2) Alemania mantiene relaciones con el Vaticano únicamente para el antiguo Reich (Altreich), o sea, para la parte del Reich para la que fue firmado el concordato de 1933. »3) Aunque el concordato haya sido superado en varios puntos, el Führer lo considera como oficialmente en vigor. »4) Como quiera que el Vaticano ha hecho saber al Gobierno alemán que, mientras durase la guerra, no podía reconocer cambio territorial alguno, ha excluido automáticamente la posibilidad de. establecer lazos oficiales con los territorios anexionados u ocupados después de setiembre de 1939. El Führer quiere que se apliquen las mismas condiciones a lo que antes era Austria, así como a todos los territorios anexionados antes de 1939. »5) Los representantes de Alemania serán los representantes oficiales del Reich en estos territorios (...); la Iglesia estará representada por los delegados locales, cardenales, obispos, etc. »Por tanto, en lo que concierne a estos territorios, las relaciones diplomáticas o políticas con el Vaticano no serán autorizadas. Resulta de ello que el Ministerio de Asuntos Exteriores es la única instancia que mantiene relaciones con el Vaticano.»29 Por tanto, no es de extrañar que, después del comunicado del 26 de abril, la actitud de monseñor Orsenigo con ocasión de los pasos dados ulteriormente por él, se hiciera aún más titubeante y resig-

nada. Por lo menos así se lo pareció a Woermann el 15 de octubre y a Weizsacker el 6 de noviembre. 30 El 5 de agosto de 1943, Steengracht anotaba en un memorial suyo: «Hoy ha venido a verme el nuncio y me ha transmitido una nota verbal, añadiendo inmediatamente que sabía que el asunto en cuestón era ajeno al ámbito de su competencia, y que estaría completamente de acuerdo en que no hiciera nada respecto al mismo.»31 Es cierto que la personalidad de monseñor Orsenigo —que puede reconstruirse por muchos testimonios sacados a la luz en estos años—, más que la de un hombre cansado y desconfiado parecería la de un cínico, si no supiéramos que la verdad es mucho más simple, o sea, que se trataba de un hombre inadecuado para un cargo de tan impresionante responsabilidad (la nunciatura, en aquellos años, más importante del mundo) —y, si se piensa en su fin, en sus últimos meses de vida pasada en Roma en el olvido impuesto a medias y a medias buscado, y en su último viaje privado a Alemania, hecho para olvidar la no concesión de la púrpura, a la que fueron elevados otros colegas suyos,32 y durante el cual le sorprendió la muerte, casi no se puede dudar de que tal vez el hombre que le mostró más hostilidad fue el propio Pío XII, su superior— M ; sea como fuere, resulta muy difícil decir si un diplomático más dotado habría podido conseguir mayores éxitos que él en momentos tan difíciles como aquellos y, sobre todo, teniendo que tratar con hombres tan hostiles a la Iglesia como eran los jerarcas nazis. 2. Mediación de los obispos alemanes

Por lo demás, parece incontestable que, para reforzar la acción del nuncio, el Vaticano se apoyó incluso en los obispos alemanes, por los menos en los que consideraba más influyentes y escuchados por las autoridades del régimen, si no por otra cosa, al menos por su pasado político. Entre éstos, el más autorizado era, sin duda el cardenal Bertram, arzobispo de Breslau desde las vísperas de lu Primera Guerra Mundial. Entonces, su conducta debió de complucer particularmente al Papa Benedicto cuando, ya en 1916, lo habla creado cardenal in pectore, apresurándose luego a concederle la birreta en 1919 (dos años antes que a sus compatriotas Faulhul>er y Schulte). Sin embargo, al año siguiente Bertram Llegaría a «cr mucho más conocido y discutido en el mundo entero por su comporta miento patriótico respecta al plebisticio en la Alta Silesia <y en compensación odiadísimo, sobre elLo no hay duda alguna,

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por los polacos). Presidente de la Conferencia episcopal alemana, había preocupado en ocasiones a Hitler por las tomas de posición de Fulda,34 pero también lo había confortado con generosos asentimientos, como en ocasión de la guerra de España. Por otra parte, los nazis debían de ignorar el papel desempeñado por él en la preparación de la encíclica Mit brennender Sorge.35 A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, Bertram contaba exactamente ochenta años, pero era aún vigoroso y activo (estaba destinado a ver el fin de la contienda, con el hundimiento de su patria y la separación por el Reich de su propia sede episcopal: en efecto, murió el 6 de julio de 1945 en el castillo Joahannesburg, cerca del Janering). Por tanto, nadie mejor que él estaba en condiciones de intervenir, especialmente para los polacos, en nombre de la Santa Sede. La carta que le dirigió el cardenal Maglione el 18 de noviembre de 1942, y de la que hemos anticipado anteriormente un fragmento, 38 atestigua cómo, en realidad, fue utilizado por ellos. Pero ha llegado la hora de citarla en su totalidad omitiendo solamente el fragmento ya referido. Secretaría de Estado de Su Santidad N.° 8111/42 Vaticano, 18 nov. 1942. «Eminentísimo y Reverendísimo señor cardenal: »Ya anteriormente se ha ocupado usted, con laudable celo, de los católicos polacos, tanto de los que viven en su tierra natal, y especialmente en las regiones que limitan con su diócesis, cuanto de aquellos que, por motivos de trabajo u otras razones, residen en el antiguo Reich (Altreich). «Querría, sobre todo, llamar su atención sobre las ordenanzas del Reichministerium del culto, que se le han enviado con carta de 11 de setiembre pasado. »Huelga decir cuánto dolor han causado estas ordenanzas a la Sede apostólica. En efecto, a causa de estas disposiciones, muchos católicos han sido privados de los consuelos religiosos y encuentran dificultad en recibir los sacramentos de la Iglesia. A ello se añade el hecho de que la autoridad civil se arroga incluso el derecho de impartir órdenes acerca de la administración de los sacramentos, lo cual constituye una amenaza para su validez; y a veces se prohibe impartir sacramentos como el matrimonio. •Tratándose de cosas tan importantes como nocivas, le ruego

que haga cuanto le sea posible, como, por lo demás, ha hecho hasta ahora, a fin de que los trabajadores católicos polacos, ocupados en lo que fuere en el territorio del antiguo Reich, obtengan, con sus hijos, la libertad de culto y de confesión y puedan recibir sin dificultades los santos sacramentos, tal como tienen derecho.» El segundo punto se refiere a los sacerdotes polacos detenidos en los campos de concentración [sigue el fragmento citado en la página 145. Después de decir que algo se había hecho en beneficio de ellos, la carta prosigue:] «Pero lo cierto es que de unos meses a esta parte su situación ha empeorado aún. »La Santa Sede está informada de que, en los campos de concentración citados, junto a los sacerdotes polacos están detenidos también otros sacerdotes, no excluidos los alemanes, razón por la cual la Santa Sede hace lo imposible con el máximo celo, para tratar de aliviar sus sufrimientos. Entre otras cosas, se ha recibido, hace poco tiempo, la información de que ha vuelto a hacerse regular el número de los sacerdotes alemanes que mueren en estos campos —número que antes rebasaba los límites normales y era ciertamente excesivo—; sin embargo, la mortalidad de los sacerdotes polacos, incluso jóvenes, sigue, por desgracia, aumentando. El nuncio apostólico de Berlín encuentra cada vez mayores dificultades para ayudar a los católicos polacos, lo cual da por resultado que muchos de ellos sufran y mueran sin saber ni siquiera de los cuidados con que los rodea el Santo Padre. •Precisamente por esto apelo al celo y a la piedad activa dé usted, y estoy seguro de que no pediré en vano su colaboración. Usted sabe, con toda seguridad, que en Dachau está detenido Su Excelencia monseñor Kozal, obispo titular de Lappa, sufragáneo del obispo de Wloclawek, y que probablemente se encuentra en Oranienburg-Sachsenhausen Su Excelencia monseñor Wladislaw Goral, obispo titular de Meloe de Isauria, auxiliar del obispo de Lublfn. Si le es posible, haga cuanto pueda para ayudarlos y confortarlos con particular amor fraterno. »Sepa que el Santo Padre acogerá con gratitud cuanto haga usted para aliviar la suerte de los infelices de que le he hablado; cstí\ pendiente de ellos y de los sufrimientos de todos los infelices, sufrimientos que hace suyos. »Le ruego acepte, etc.» Luigi, caá. Maglione La importancia del documento deriva, ante todo, del hecho de que se trata de u n acto oficial (de la Secretaría de Estado), lo cual

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insinúa la idea de una relación constante (como lo confirman también las expresiones usadas) y de su contenido, que demuestra cómo la Santa Sede se sirvió del cardenal Bertram, tanto para proteger a los obispos y sacerdotes polacos detenidos en el territorio alemán, como para garantizar la asistencia religiosa a todos los polacos emigrados voluntaria o forzadamente al Altreich?1 Sin embargo, es muy probable que en lo futuro se pueda también documentar cómo las relaciones de la Secretaría de Estado con el cardenal Bertram se extendieron también a los territorios polacos incorporados al Reich o, por lo menos, a los comprendidos en la diócesis de Katowice, y tanto más cuanto que el cardenal Bertram fue nombrado su administrador por la propia Santa Sede. Por lo demás, casi con toda certeza, Pío XII en persona o a través de su Secretaría debió de haberse dirigido a otros prelados alemanes, y a Von Preysing en particular, si no a la propia Conferencia de Fulda, ya para los fines citados, ya para otros análogos. Entre éstos hay que reservar sin duda un lugar de relieve a monseñor Splett, obispo de Danzig, nombrado por Roma administrador apostólico de la diócesis polaca de Chelmno. 3. Aislamiento de los obispos

Que entre los obispos polacos y la Santa Sede la guerra en primer lugar y luego la ocupación cortaron todas las relaciones, se deduce con certeza de la lamentación expresada personalmente por Pío XII a Von Ribbentrop, el 10 de marzo de 1940, «por haber rogado varias veces al Gobierno de Berlín que le permitiera desarrollar su obra asistencial en los territorios ocupados y poder tener, para la cuestión espiritual, relaciones con los obispos».38 Sobre todo, no conviene olvidar que si la Santa Sede había perdido en Polonia su propio representante diplomático, el episcopado había perdido a su jefe, el primado Augusto Hlond, arzobispo de Gniezno y de Poznán,39 a pocos meses de distancia del fallecimiento del cardenal Alejandro Kakowski, arzobispo de Varsovia, muerto, a los setenta y siete años, el 30 de diciembre de 1938.40 Sólo que el primado Hlond no había muerto: también él, como el nuncio Cortesi, había abandonado su país al día siguiente de la invasión, poniéndose a salvo al otro lado de la frontera junto con todos los miembros del Gobierno; más aún, su huida había sido tan apresurada, que el 18 de setiembre estaba ya en Roma. Tres años antes, en su número del 2-3 de noviembre de 1936 L'Osservatore Romano, resumiendo las crónicas de los homenajes que se le habían tributado con motivo del primer decenio de la

toma de posesión de la sede primada, había recordado cómo el 25 de octubre precedente, durante una ceremonia celebrada en el aula magna de la Universidad de Poznán, el general Knoll-Kowaski había acompañado la ofrenda de los oficiales del Cuerpo de Ejército de la ciudad con estas palabras: «Nosotros, que nos vanagloriamos de ser la continuación de las gloriosas tradiciones guerreras cristianas de Polonia, a Ti, auténtico guerrero de Cristo.» Pero también el «auténtico guerrero de Cristo» había defraudado amargamente al pueblo polaco, y sorprendido con su intempestiva llegada a Pío XII, quien no tenía, sin duda, el carácter de Pío XI para mandarlo de nuevo, ipso jacto, a su sede o para pedirle la restitución del capelo cardenalicio. Es cierto que, varios años más tarde, con otro fugitivo, el cardenal Tien-Ken-Sin, arzobispo de Pekín, fue mucho más duro, enterrándolo en un largo exilio en el corazón de los Estados Unidos; pero la delicadeza de la situación bélica debía de aconsejarlo aceptar, por esta vez, el hecho consumado. 41 En efecto, a la llegada del primado de Polonia se le atribuyó, ante todo, la finalidad de una petición de mediación cerca de Alemania, y luego se dejó que hablara apocalípticamente por la Radio Vaticana (el 28 de setiembre), permitiendo así que se quemara definitivamente. No era de extrañar, por tanto, que cuando la Santa Sede realizó las diligencias necesarias para su regreso a Polonia, Berlín se negase a aceptarlo. 42 Según admitió monseñor Kaczmarek, obispo de Kielce, durante el proceso a que fue sometido en setiembre de 1953,43 Hlond sería alejado de Roma en la primavera de 1940 porque su presencia ofendía a los curialistas filogermánicos. Cierto o no, no se necesita mucha fantasía para convencerse de que su presencia en el Vaticano después de los discursos en la radio y en Castelgandolfo y tras la publicación de sus «informes», a los que nos referiremos inmediatamente, sólo podía ser no grata y polémica para los alemanes, haciendo así más tensas las relaciones entre Berlín y la Santa Sede. Por tanto, se aconsejó a Hlond que se trasladara a Francia, donde, por lo demás, podrá hallarse mucho más cerca del Gobierno polaco emigrado, que se había establecido en Angers. Luego, cuando también Francia fue derrotada por los alemanes, no le quedó más remedio que aislarse, primero, en Londres, y luego en el convento de Hautecombe, en la Alta Saboya. Naturalmente, esto no le impidió tener contactos clandestinos con Los prófugos y, sobre todo, con los correos procedentes de Polonia y seguir actuando como trait-á'union entre su país y el Vaticano, razón por la cual los alemanes acabaron por detenerlo (noche del 3 al 4 de febrero de 1944). Confinado en un convento de

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Crems, en Austria,44 fue liberado posteriormente por el ejército americano, el 8 de abril de 1945. En el volumen de documentos Pius XII a Polska, el embajador Papée ha publicado seis cartas * del Papa Pacelli al cardenal Hlond, todas en respuesta a augurios que se le habían presentado por el purpurado, por Año Nuevo, o por su onomástica, o por varios aniversarios. Su tono es cordial, tanto más cuanto que se trataba de escritos destinados a la publicación; sin embargo, debió de producirse realmente la reconciliación cuando, apenas liberado, voló a Roma y fue recibido por el Papa (30 de abril de 1945); además, recibió la autorización de volver a su patria no sólo como primado, sino también con poderes excepcionales de un «legatus natus». Al quedar sin jefe, además de sin púrpuras —el sucesor de Kakowski en Varsovia, monseñor Gall, vicario capitular, era simple arzobispo—, el episcopado polaco se reunió en torno al arzobispo de Cracovia, Adam Stefano, de los príncipes de Sapieha,46 tanto por el prestigio de que éste gozaba entre sus conciudadanos como por la actividad desplegada en su diócesis, así como por el hecho de que su ciudad, antiquísima residencia episcopal metropolitana, se había convertido en sede de la administración alemana del Gobierno General y -residencia de Frank. Sobre todo Sapieha, si era en realidad un hombre modesto, era también un signáculo de patriotismo. Obispo de su ciudad desde 1911 por decisión personal de Pío X, que lo había tenido durante seis años en su intimidad como camarero secreto particular, en 1921 había sido uno* de los seis miembros del episcopado polaco que se habían trasladado a Roma, en nombre de todos sus hermanos, para pedir a Benedicto XV el retiro del nuncio Ratti, considerado por ellos como filogermánico. (Lo cual no le impidió en 1925, cuando Cracovia había sido elevada a sede metropolitana, convertirse en arzobispo, aunque ello tal vez le costó el purpurado, que pudo vestir sólo después de la guerra, en 1946, por voluntad de Pío XII.) Según el padre Martini, representó, en los años de la ocupación, «la figura de un pastor de ánimo intrépido. Arrostrando dificultades y peligros, se mantenía en contacto con Roma por varias vías». Su palacio se hallaba frente a la sede central de la Gestapo, aquella Gestapo que turbaba hasta los sueños de Frank: y ello explica en parte su prudencia, además de, como se expresaba Pío XII en una carta suya del 28 de octubre de 1942, «en la oculta comunicación con la Sede apostólica».47 En el volumen, ya citado, de Papée, se encuentran sólo cuatro cartas de Pío XII a Sapieha, todas ellas más bien de escaso interés: genérica la del 23 de diciembre de 1940; de consuelo e invitación a la resignación la segunda, del 6 de diciembre de 1941; llena

de exhortaciones varias y de escaso relieve la del 28 de agosto de 1942; en fin, de pura congratulación la del 4 de setiembre de 1943, con ocasión del 50 aniversario de la ordenación sacerdotal del prelado. Pero en el artículo del padre Martini hay referencias a otras seis cartas de interés muy distinto: cuatro del arzobispo de Cracovia (una de Pío XII, dos al cardenal Maglione y una a la Secretaría de Estado) y dos a Sapieha (una, de Maglione, y otra, de la Secretaría de Estado). Se añaden otras seis cartas (aunque todas con ocasiones jubilares de los destinatarios) dirigidas por Pío XII al arzobispo Gall, a los obispos Fulman, Szelazek y Lukomski y a los metropolitanos de Vilna y de Lvov,48 publicadas por Papée; tres intercambiadas entre el pontífice y el metropolitano Szeptyckyj y dos de Maglione a Radonski, y viceversa, a las que alude Martini, por ahora aquí se encierra todo el dossier epistolar Santa Sede-episcopado polaco durante la ocupación alemana (el epistolario conocido, se entiende). Escueto por su cantidad, no es menos decepcionante por su calidad. En efecto, la casi totalidad de las cartas publicadas por Papée es encomiástica y augural, entre otras cosas porque se destinaba a la publicación; de las otras, más concretas y que tratan sobre problemas e intereses religioso-políticos, Martini ha revelado hasta ahora sólo algún breve fragmento. Sea como fuere, por las notas insertadas por los dos editores (si puede llamarse así Martini, que cita sólo algunos pasajes como tesis) sabemos que algunas de estas cartas llegaron a su destino con un retraso de semanas, e incluso meses; algunas otras, cuando los destinatarios estaban ausentes y el remitente ignoraba qué podía haber ocurrido entretanto. 49 Se plantea así el problema de la verdadera intensidad de estos intercambios epistolares o, más exactamente, el de los canales destinados a garantizar las comunicaciones de los obispos polacos con Roma, y viceversa. ¿Existían estos canales? ¿Establecidos o temporales? ¿Seguros o precarios? Antes de responder a estas preguntas, no podemos por menos de distinguir dos períodos en la ocupación de Polonia: el que va desde setiembre de 1939 hasta el comienzo de las hostilidades con Rusia (junio de 1941), y el que duró todo el tiempo de la campaña del Este hasta la capitulación militar alemana (junio de 1941-inviemo de 194445). Durante el primero, Polonia estuvo prácticamente aislada; en el segundo, por el contrario, constituyó no sólo el territorio interior del inmenso frente antisoviético, sino también el de paso y de maniobras de las tropas alemanas y aliadas, entre éstas el Cuerpo expedicionario italiano: ARMIR. Sin embargo, para el primer período hay que tener en cuenta, usimismo, una fase inicial, por asi decirlo, de coordinación o

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ajuste, que duró algunos meses y que facilitó tanto la huida de numerosos polacos de ambas zonas de ocupación como el movimiento de correos a través de las fronteras. En efecto, fue durante esta fase cuando el cardenal Hlond, a la sazón en Roma, pudo elaborar dos informes que no sólo sometió al Papa, sino que hizo difundir M por Italia y por otros numerosos países en el curso de 1940. El texto del primero no es otra cosa sino el documento A citado por nosotros en las páginas 119 y siguientes y fechado en Roma el 6 de enero de 1940. Pero a él seguían 5 documentos (omitidos por nosotros), fechados, respectivamente, de acuerdo con el orden de impresión: 29 de noviembre, 30 de diciembre, 31 de diciembre, 26 de diciembre y 10 de diciembre de 1939. También el segundo informe Hlond no era otra cosa sino nuestro documento B (véase en las páginas 128 y siguientes); e indicaba siempre Roma como lugar de elaboración, y para la fecha, el 30 de abril. Se titulaba: La situación religiosa en las diócesis polacas de Chelm, Katowice, etc., incorporadas al Reich y, como el precedente (relativo sólo a las archidiócesis de Gniezno y Poznán), llevaba, en un apéndice, nueve breves informes escritos entre el 11 de febrero y el 18 de abril de 1940. Como ya sabe el lector, los dos informes Hlond son muy sobrios, sin retórica; sólo alguna vez se rompe la monotonía de la lista de crudos datos con el recuerdo de algún hecho sensacional o considerado a propósito para dar una idea del clima y de los métodos de la persecución), pero en modo alguno aproximativos o fáciles para acoger la noticia, y, sobre todo, fruto de investigaciones o testimonios directos; más raramente, de cosas referidas. El documento C, cuyos puntos más sobresalientes hemos citado, es más sintético aquí y allá, pues se trata del informe de cosas vistas sólo por el autor y no la fusión, como los precedentes, de informes ajenos, tendente a precisiones más menudas. Poco posterior al segundo informe Hlond, fue difundido inmediatamente también en Roma (con el título de La situación católica en la Polonia ocupada por los alemanes) y traducido luego a varios idiomas. Su autor era monseñor Segismundo Kaczynski, director de la Agencia de Prensa católica polaca, con sede en Varsovia, el cual abandonó Polonia meses después de terminada la guerra y llegó a ser capellán del presidente de la República de Polonia en el exilio.61 En el volumen The Persecution of the Catholic Church in German-occupied Poland, publicado, en 1941, en Londres por Burns Oates, con prólogo del cardenal Hinsley, arzobispo de Westminster, que recogía los documentos Hlond y Kaczynski,, seguían otros siete breves informes, que citamos por títulos y fechas: Acontecimiento de Czestochowa, Padre F. M., octubre de 1939.

El asesinato del P. Romano Pawlowski de Chocz, noviembre de 1939. La caza a los jefes de la Acción Católica en Poznania, 10 de noviembre de 1939. La persecución del clero y de la población en Bydgoszcz, noviembre de 1939. La matanza de Chelm, Padre D. R., 3 de febrero de 1940. Malos tratos inferidos al clero en el campo de concentración de Radogoszcz, cerca de Lodz, y Opava (Troppau), marzo de 1940. Los sufrimientos del clero polaco, marzo de 1941. Estos informes no sólo dan una idea del numeroso material que llegaba a Roma, tanto al cardenal Hlond como a los círculos polacos relacionados directamente con él, y parte del cual era pasado a Radio Vaticano para su transmisión, pero también de la red de informadores y de correos que se constituyó inmediatamente después de la agresión alemana a Polonia, para tener informada a la Santa Sede sobre la situación de la Iglesia en el país. Sin embargo, hacia mediados de 1940, la situación se hizo más prohibitiva. Rumania, que al principio había acogido a decenas de millares de prófugos polacos y favorecido el paso de su frontera, fue conminada por el Reich a una mayor corrección en lo tocante a Alemania, y cedió inmediatamente. 52 Sin embargo, a la vez, especialmente en las zonas ocupadas, se fueron intensificando, por parte de los alemanes, los traslados en masa de polacos a Alemania y de alemanes a las nuevas tierras; esto propició, en parte, los contactos con la nunciatura de Berlín, que, por lo demás, eran ya favorecidos, especialmente para las zonas anexionadas y para la parte septentrional del Gobierno General, por la asimilación al Reich de los territorios occidentales. Monseñor Kaczmarek reconoció siempre, en el proceso de 1953, que la vía normal de las relaciones de los obispos polacos con la Santa Sede, desde 1940 en adelante, pasaba por el número 21 de la Rauchsstrasse de Berlín, o sea, por la nunciatura. Más aún, según él, en 1943 monseñor Orsenigo sería nombrado (aunque no oficialmente) Nuncio para la zona incorporada y para el Gobierno General. A asegurar las relaciones entre el episcopado polaco y el nuncio en Berlín habrían provisto, siempre según las valiosas revelaciones de monseñor Kaczmarek, algunos sacerdotes de la diócesis de Katowice, que recibían con frecuencia el salvoconducto para Alemania (dado, creemos nosotros, que el administrador de la diócesis era, como ya se ha dicho, el arzobispo de Breslau). Sin embargo, ello no obsta para que, ya en 1940, la jerarquía católica polaca hubiese organizado también una vía propia de comunicación directa con Roma, y ésta., a su vez, se hubiese asegurado lo mismo.

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De todas formas, no hay duda de que fue sobre todo la apertura del frente del Este lo que volvió a dar a Polonia la sensación de que podía volver a comunicarse con el mundo. Como es bien sabido, en la guerra contra la Unión Soviética participaron también Cuerpos de varios países aliados de Alemania, ante todo de Italia, pero también Hungría, Eslovaquia, España, Rumania, Croacia, etc. En el marco de las relaciones entre Polonia y la Santa Sede, fue determinante, sobre todo, el envío a aquel frente, en el verano de 1941, del Cuerpo expedicionario italiano (CSIR). En efecto, al principio se trató de un gran Cuerpo de Ejército, constituido por tres divisiones (dos de infantería mecanizada, por lo menos en teoría, y una rápida, o de caballería) y por varios Cuerpos no «divisionados», destinado a ser incorporado a un Ejército alemán (el XI); pero luego, al no ser conquistado Moscú, y ante la necesidad de acabar cuanto antes una campaña que cada vez se dilataba más y cada vez mostraba más su trágica peligrosidad fue englobado (9 de julio de 1942) al VIII Ejército (italiano en Rusia: ARMIR), con una dotación de más de 200.000 hombres. 63 Si para el transporte a la «zona de desembarco» del CSIR se requirieron 225 trenes y 25 días, para el ARMIR se requirieron 900 trenes y 3 largos meses. Y si para el primero, por lo menos inicialmente, fue evitada Polonia (estando la «zona de desembarco» en Hungría y la «de reunión» en Rumania), para el segundo, ya desde los primeros meses de 1942, toda Polonia quedó jalonada por una serie de estaciones de mando. Como escribió un periodista que siguió a las tropas italianas, Alceo Valcini, «el ejército italiano, para guarnecer el sector del Donetz y reunirse en Poltava y en Stalingrado, pasó por Polonia. Varias estaciones de mando eran diseminadas a lo largo del recorrido a Cracovia, a Lvov, a Varsovia y a Siedlce. La dotación del ejército, con sus cañones, carros de combate, medios de transporte, servicios sanitarios y municiones, pasó por la linea Varsovia, Siedlce, Brest-Litovsk para converger en Poltava. Las tropas quedaban encajonadas sobre la línea Cracovia-Przemysl-LvovPoltava».54 Muchas de estas unidades militares pasaban cerca de los campos de concentración y de los más famosos lager de la muerte, y las paradas y descansos permitían a los soldados y a los oficiales hacer desconcertantes descubrimientos. Sea como fuere, los más informados de todos eran los miembros de las planas mayores. Valcini, corresponsal del Corriere della Sera, ha narrado, en un libro de memorias sobre Polonia en guerra, que en la primavera de 1942 se trasladó a Siedlce, una de las estaciones de mando del ARMIR, para ver a los soldados italianos de paso. Pero, una vez en el lugar, llegó a enterarse de mucho más de lo que

se prometía: en efecto, un día, el teniente napolitano Roberto Massari, oficial de aquella estación de mando, le mostró el ghetto de la ciudad (y pudo asistir a la entrada, en fila, de mujeres y muchachos judíos condenados a trabajos forzados), y otro, el campo de concentración de los prisioneros rusos (unos 80.000), a 4 kilómetros de la ciudad. Estaba prohibido ver a los vivos, pero no a los muertos, o, mejor, los enormes túmulos de tierra que cubrían millares de cadáveres segados por el hambre y por los pelotones de ejecución. «Europa no sabía que en Siedlce los prisioneros de guerra soviéticos eran fusilados y arrojados desnudos bajo tierra a centenares... El nauseabundo olor de estos túmulos se esparcía en un radio de dos kilómetros a la redonda. Cuervos y cornejas volaban sobre el cielo del lúgubre cementerio...» 56 A su vez, un capellán de la Soberana Orden de Malta escribió: «...en el periódico transitar ante Auschwitz, en los pocos metros que nos separaban de aquel muro infame, siguiendo por la noche el lento barrido de los focos que, desde las torres de guardia, seguían inútilmente a imposibles evadidos, con el acre olor nauseabundo que llegaba, a oleadas, de las chimeneas, desesperados de nuestra impotencia y de la de todo el mundo, sentíamos una imperiosa necesidad de rebelión.»58 Era más que natural que la Santa Sede por una parte y los obispos polacos por otra pensaran en aprovechar la situación en provecho propio valiéndose, sobre todo, de los capellanes militares y de oficiales o soldados del ARMIR. Sin embargo, éstos, en general, podían ser útiles sólo durante algún esporádico servicio. Era necesario encontrar, sobre todo, elementos que desempeñaran un servicio regular de misiones entre Polonia (como etapa final o intermedia) e Italia. Según parece, los elegidos fueron, sobre todo, los capellanes de los trenes-hospitales y, con preferencia, los de los trenes de la Soberana Orden Militar de Malta, dado que sus funciones los exponían menos a la disciplina y a los controles, y tenían más tiempo a su disposición para los servicios extraordinarios que se les pretendía pedir. En las recientes controversias, suscitadas por la puesta en escena de El Vicario, de Hochhuth, dos de estos capellanes han acabado por tomar la palabra en defensa de Pío XII, revelando no sólo su identidad, sino, sobre todo, su actividad de «correos» clandestinos de la Santa Sede. El primero fue monseñor Quirino Paganuzzi, oriundo de la diócesis de Plasencia, ex empleado del Departamento de informaciones, que en 1946 pasó a depender del Departamento del Maestro de Cámara de Su Santidad, y en 1950 fue nombrado primer secretarlo del mismo, cargo que aún ostenta.

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Según sus declaraciones, en 1941 empezó a desempeñar sus misiones secretas, entrevistándose, entre otros, con el vicario capitular de Varsovia y con el arzobispo de Cracovia, Sapieha. He aquí cómo describe este último encuentro, con poco afortunado sentido del humor: «Un autorizadísimo prelado que, según creo, se ocupaba entonces, en la Secretaría de Estado, del delicadísimo sector de la vida católica en la torturada Polonia (y lo hacía con una ansia conmovedora hacia aquel pueblo), me preguntó si me sentía capaz de entregar a monseñor Sapieha unos pliegos y ciertos paquetes que contenían material que, eufemísticamente, podríamos llamar de... propaganda. Me sentí contento de ofrecer mis servicios a aquella causa... [.Sigue el relato, prolijo y grotesco, de la ayuda prestada por un capellán alemán, Joseph Kaul, en el transporte del material hasta el arzobispo en una camioneta, oculto tras unas cuantas bot ellas.1 »Como siempre, la acogida de monseñor Sapieha fue afectuosísima y particularmente ingeniosa respecto a las botellas. Sin embargo, no perdió mucho tiempo en cumplidos. Abrió los pliegos, los leyó y los comentó con su simpática voz. Luego abrió la ventanilla de la gran estufa mural, atizó el fuego y arrojó a él la correspondencia. La misma suerte corrió el otro material. «Finalmente, para justificarse ante mi atónito semblante dijo: »—Estoy muy agradecido al Santo Padre... A nadie más que a nosotros, los polacos, les puede resultar grato el interés del Papa por nosotros... Sin embargo, no es necesaria una demostración externa del amor y del interés del Papa por nuestras desgracias, cuando ello no sirve sino para aumentarlas... Pero no sabe que si doy publicidad a estas cosas y si me las encuentran en casa, no bastarían todas las cabezas de los polacos para las represalias que ordenaría el Gauleiter Frank. Ya sé que los judíos..., aquí los matan a todos..., ¿qué utilidad tiene decir una cosa que todos saben (que el Papa está con los polacos)? «Empecé a hablar del apocalíptico espectáculo a que había asistido: la evacuación de los judíos del ghetto de Cracovia. »—¿Ve, monseñor, a qué extremos hemos llegado? —exclamó el arzobispo Sapieha—. Pero el hecho más doloroso es precisamente el tener que dejar sin ayuda a esos desdichados..., aislados de todo el mundo. Son moribundos que carecen hasta de una palabra de consuelo. No podemos, no debemos decirla, para no abreviar sus días. Vivimos la tragedia de esos desgraciados, y nadie más que nosotros querría ayudarles... Entre judíos y polacos no hay diferencia alguna. Nos han quitado el pan, la libertad..., que al menos

nos quede la vida..., y con la vida, la esperanza de ver el fin de nuestro calvario.»87 El segundo capellán es una figura característica del mundo romano, más humilde y auténticamente religioso. Cuando murió, a los ochenta años, el 9 de setiembre de 1964, moviéronse en torno a él púrpuras cardenalicias, hábitos violáceos de obispos, uniformes militares y de órdenes caballerescas, pero el suyo fue, sobre todo, el triunfo de la aflicción popular. El título de monseñor podía engañar sólo momentáneamente a quien no lo conociera: luego, oírlo llamarse «curilla» y «miserable» bastaba para acabar con todo equívoco. Sin embargo, monseñor Pirro Scavizzi no era solamente, aun siéndolo también, el cura de los pobres y de los enfermos o el confesor de los reclusos; era, sobre todo, el «misionero» popular, más aún, el «misionero imperial», sin que el adjetivo implicara nada de pomposo o de mundano, ya que se refería a una antigua asociación romana de predicadores parroquiales. Y estimaba más este título que el hecho de haber predicado, en 1961, los ejercicios espirituales en el Vaticano al Papa Juan y a su Corte. Mas, prescindiendo de su alma de apóstol, tenía una fascinación humana nada común, no sólo por su bondad instintiva, sirio también por las características de su inteligencia, que pasaba, con una versatilidad impresionante, de las improvisación de versos, a la composición de canciones, e incluso a invenciones técnicas patentadas. 53 No es de extrañar, por tanto, que su vida fuese aventurera y que estas características alcanzaran su ápice durante las dos guerras mundiales. En la de 1914-1918, fue capellán de tropas combatientes, pero entonces sólo tenía treinta años. Cuando estalló la segunda, contaba casi sesenta. Sin embargo, quiso partir y Ib consiguió, logrando ser inscrito como capellán en los trenes-hospitales de] SMOM. Pero su felicidad llegó al colmo sólo cuando, llamado a la Secretaría de Estado, se le confió una misión de excepcional delicadeza. También él, como monseñor Paganuzzi, empezó su actividad de correo en 1941 «como capellán de un gran tren-hospital destinado al frente ruso, no sólo para los Cuerpos expedicionarios italianos CSIR o ARMIR, sino para todo el ejército nazi en el frente de batalla o en los territorios de retaguardia». Es interesante la forma en que se expresó, en mayo de 1941, acerca de esta actividad suya: «Es evidente que esta voluntariedad de capellán casi sexagenario tenia también otros objetivos reservados, referentes a la Iglesia y a su obra de salvación. Por eso pude ver de cerca las horrendas crueldades de las organizaciones hitlerianas, especialmente de las SS, e informar de ello al Santo Padre. Por eso pude entregar en

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Austria, Alemania, Polonia y Ucrania documentos pontificios importantes, disposiciones secretas y comunicaciones en defensa y ayuda de los perseguidos, de las víctimas y, especialmente, de los judíos, respecto a los cuales se hallaba en curso, por desgracia, la operación exterminio. Dos veces fue a Roma mi tren-hospital para "descargar a los heridos irrecuperables", y me dirigí a ver a Pío XII sin ningún preliminar de audiencia, sino secretamente, para explicárselo todo. Lo vi llorar como a un niño y rezar como a un santo. La segunda vez que el tren-hospital fue a Roma, le pedí permiso para decirle una cosa que lo impresionaría más amargamente. Me lo concedió con aquella su actitud de edificante humildad. »—Santo Padre, he hablado con el cardenal Innitzer, arzobispo de Viena, y he visto las devastaciones, los intentos de incendio, la profanación de las imágenes sagradas, la ventana desde la cual los nazis trataron de arrojar al arzobispo; he hablado con el arzobispo de Cracovia, Sapieha, y con otros prelados religiosos y personas de distintos estratos sociales en los diversos territorios ocupados por Hitler y he oído frases dolorosísimas: —Estamos completamente aislados. Monseñor Orsenigo es el único nuncio que ha quedado en todos los Estados ocupados por Hitler, pero no puede ponerse en comunicación con ninguno de nosotros; está controlado, vigilado, parece un prisionero; no nos llega noticia alguna de Roma, del Santo Padre, ni siquiera por radio; continúan las matanzas de hebreos e impedidos físicos, etc. »A1 día siguiente me hizo entregar varios millones en moneda fuerte —eran los últimos fondos de la caja, a la que ya no llegaban las ayudas de antes— para distribuirlos secretamente entre los obispos de Polonia, a fin de ayudar a los hambrientos...» M Como es natural, sería imprudente generalizar algunos datos o aceptar todas estas revelaciones como dogma de fe. El hecho de que «monseñor Pirro», por ejemplo, pudiera visitar tan fácilmente al Papa era debido, más que nada, a la intimidad que se había establecido desde hacía tiempo entre el buen sacerdote y Pío XII, más aún, con todos los Pacelli en general (en caso contrario, monseñor Paganuzzi habría aludido, sin más, a sus audiencias con el Papa). Por otra parte, el hecho de que el tren-hospital no rindiera siempre viaje a Roma no excluye el que, deteniéndose en la Alta Italia, en Hungría o en Alemania, él, como los otros capellanes en casos semejantes, no encontrase la forma de intercambiar el material que traía por el que había de llevar a su destino, con otros correos o, simplemente, con personas (nuncios, obispos, etc.) que actuaban como enlaces entre los distintos correos de y para Roma. El padre Martini, en su artículo sobre Pío XII y Polonia, cita el caso de un capellán militar —que no puede ser ni Paganuzzi ni

Scavizzi— que, en diciembre de 1942, presentó en la Secretaría de Estado «un memorial sobre cuanto había visto en Polonia y sobre las frecuentes entrevistas con monseñor Sapieha durante su estancia en Cracovia». Y alude también a «un seglar italiano, muy en contacto con los obispos polacos y, particularmente, con monseñor Sapieha», el cual, en marzo de 1943, habría transmitido otro material, evidentemente suyo, «preciso y exacto».90 Por testimonio directo de R. L., un polaco que a la sazón estudiaba en Roma, sabemos que fue encargado de entregar a los miembros de la Embajada polaca en el Vaticano el material proveniente de su país que le había sido suministrado por oficiales italianos del ARMIR que estaban de permiso. Habiendo aceptado, se trasladó varias veces, según lo acordado, a San Pedro, donde, en ocasiones, tras una larga espera, pasada en oración más o menos espontánea, ante el altar convenido (para no llamar la atención de los espías que pululaban por el templo), se le acercaba uno de sus destinatarios, al que daba los documentos, o al que acompañaba a la Secretaría de Estado para la entrega directa de los mismos (en una ocasión fue presentado al cardenal Maglione). Por el contrario, nada impide que el misterioso personaje seglar al que alude el padre Martini fuese algún miembro de la Representación Real de Italia, que se abrió, a comienzos de 1942, en Cracovia, en sustitución de la Embajada de Italia, cerrada, en setiembre de 1939, en Varsovia.61 Entre estas dos fechas se llevaron a cabo sólo misiones temporales (en 1940-1941), realizadas por Fossombrone, quien fue precisamente el encargado de asumir la Representación. Naturalmente, el principal objetivo de ésta era la tutela de los derechos de los ciudadanos italianos que vivían en el Gobierno General, aunque no se tardó en encomendarle otros, como la protección de los polacos y, especialmente, de los perseguidos políticos y raciales. «Las crisis —nos cuenta Luciana Frassati— alcanzó su punto culminante cuando el Gobierno del Reich fijó un plazo dentro del cual las judías casadas con italianos podían abandonar el país para trasladarse a Italia; en caso contrario, quedarían sometidas a la ley común para todos los judíos. »E1 trabajo que hubo de realizar la Representación para salvar, a través de este canal, a otros perseguidos y para reaccionar al obstruccionismo de la policía política... fue una labor sin descanso, y si a ello se añaden las intervenciones en favor del clero y de las organizaciones religiosas y las ayudas que se hicieron llegar a los judíos hasta los propios campos de concentración, se podrá tener una idea de cuan completa fue la actividad desplegada en este sentido.
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»Fossombrone decía que tanto Frank como Buhler no negaban jamás su apoyo. Yo no acertaba a comprender bien tal apoyo, mientras que, por el contrario, era clara para mí la obra, que él mismo me señalara, de un italiano, Cravez, de Cracovia, y de un tal Violo, que, en Lvov, habiendo conseguido hacer algunas amistades entre los agentes de la Gestapo, lograba llevar misivas, dinero y víveres a los campos de concentración de los judíos...»62 Por lo que respecta a nuestro estudio, las revelaciones más excitantes hechas por Luciana Frassati a propósito de Fossombrone, son especialmente tres: sus relaciones con el arzobispo Sapieha, con el Gobernador general, Frank y su actividad de informador. «La primera visita que Fossombrone hizo en Cracovia —se lee también en su libro— fue al arzobispo Sapiehra. Huelga decir el ruido que esto armó y las protestas que por parte de los ambientes extremistas del nazismo, llegaron al Gobierno General. Por toda respuesta, la Representación italiana instituyó la costumbre de la misa dominical en la hermosa iglesia de Santa Ana.»63 Siempre según Luciana Frassati, Frank había sido el principal instigador del establecimiento de la Representación italiana y de la elección de Fossombrone contra las resistencias de Ribbentrop, por razones del todo especiales. En efecto, «tenía intención de venir a Roma donde esperaba entrevistarse con el Santo Padre y, bajo la apariencia de facilitar una distensión en las relaciones entre la Santa Sede y el Reich, hacerse promotor de una iniciativa en favor de la paz, respecto a la cual sentía la ilusión de que podía ser anunciada a los pueblos para la Pascua o, como máximo, para la Navidad de 1943. Frank creía que la Representación de Italia en Cracovia facilitaría notablemente sus relaciones con Italia, especialmente si se confiaba a una persona de su confianza; por eso hizo hincapié en la Representación y en que fuese nombrado para ella Fossombrone, y como quiera que entonces se hallaba a comienzos de su "reinado" y era necesario concederle algo, Ribbentrop, de grado o por fueza en esta ocasión tuvo que inclinar la cabeza.»64 Por mucho que a primera vista puedan sorprender proyectos de esta índole, la historia ya conocida garantiza que semejantes iniciativas fueron acariciadas por un número discreto de líderes nazis y fascistas, sobre todo a medida que aumentaban los motivos de preocupación por la suerte final de la guerra. Por cuanto respecta a la iniciativa de Frank, he aquí lo que ocurrió: «Entretanto trabajábamos intensamente en la preparación del viaje de Frank a Italia. Fossombrone, al que vi en Roma en diciembre de 1942, me dijo que si llegaba a hablar con el Pontífice, podría llevar a Berlín una esperanza concreta de paz.

»Con ayuda de Collalto, del Ministerio de Educación Nacional, se logró encontrar la fórmula que había de servir de pretexto para hacer venir a Frank a Italia: una visita a la Universidad de Módena, de la que era doctor honoris causa, y a la Universidad de Ferrara. En la primavera de 1943, y precisamente en abril, todo estaba a punto para el viaje: el coche-salón, que debía ser enganchado al tren expreso de las ocho de la noche con destino a Viena, esperaba ya en la estación de Cracovia, cuando, horas antes de la partida, Fossombrone fue llamado al Burg, donde Frank le anunció que un comunicado de Ribbentrop desde Berlín suspendía, "por razones inherentes a la situación general", el viaje del gobernador general a Italia.»85 En cuanto a la actividad de informador de Fossombrone, Luciana Frassati se expresa en los siguientes términos: «Fossombrone era inculpado, además [por la Gestapo, que, ante todo, le acusaba de connivencia con Frank en la protección de los judíos, no obstante las precisas directrices de Hitler], de enviar a Roma informes alarmantes sobre la situación interna de Polonia y de las retaguardias del frente.»68 No extrañaría en modo alguno que, además de las relaciones de oficio destinadas al Ministerio de Asuntos Exteriores italiano, otras relaciones confidenciales del regio representante de Italia en Cracovia partiesen, a su vez, del Vaticano, a través de la Frassati, para preparar el viaje de Frank, y que la representación italiana en Polonia transmitiese a la Santa Sede, por las vías más oportunas, noticias, llamadas, memoriales, a cargo, entre otros, de monseñor Sapieha. De todas formas, si existió este canal, tuvo una vida relativamente breve, ya que no duró más de año y medio. El 9 de setiembre de 1943, o sea, inmediatamente después del armisticio de Italia, Fossombrone, «mientras volvía con su familia de una visita oficial a Lvov, fue detenido públicamente por un coronel de las SS en la estación de Cracovia».97 Y con su detención acabó la Real Representación de Italia cerca del Gobierno General. En estas últimas páginas nos hemos servido ampliamente de los testimonios de Luciana Frassati. Pero la señora Luciana Frassati de Gowronski no fue en aquellos años solamente una testigo en los sucesos de Polonia, sino también una activa participante en las vicisitudes de su país de adopción, Hija del senador Alfredo Frassati (propietario y fundador del diario la. Stampa, de Turín, así como embajador en Berlín de 1920 a 1922 a petición de Giolitti y antifascista acérrimo),*4 había contraído matrimonio con el diplomático polaco Gowronski, -viviendo primero en Varsovia y luego, desde 1933 a 1938, en Viena, ciudad en la cual su marido fue embajador. Cuando Alemania invadió PoLonia, se encontraba en Italia.

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Impaciente por regresar a Varsovia, donde tenía a sus hijos, el 14 de noviembre de 1939 pudo realizar su deseo, y permaneció en la capital polaca casi hasta finales del mes de diciembre siguiente. Posteriormente, regresó de nuevo a Polonia varias veces: en 1940 (en mayo y por otoño), en 1941 (en verano, después del inicio de la campaña de Rusia) y en 1942 (a comienzos, enero-febrero, y en agosto-setiembre). Casi todos estos viajes se caracterizaron por entrevistas y misiones políticas: sobre todo los de 1940, en el primero de los cuales se entrevistó, en París, con el general Sikorski, jefe del Gobierno polaco en el exilio, que logró persuadirla de que llevara a Polonia una maleta llena de zlotys para distribuirlos entre varios centros de la Resistencia antes del estampillado anunciado por los alemanes para el 1.° de febrero, con objeto de impedir que afluyeran al país las grandes reservas transferidas al exterior por el Gobierno emigrado; el segundo viaje fue decidido después de la llegada a Italia de Watys (seudónimo de Stanislav Stoczewski), emisario del Gobierno Sikorski, encargado de intentar la conciliación entre los distintos partidos polacos y organizar el «Estado clandestino», del que trataremos más adelante. La Frassati lo sustituyó en parte. Durante sus sucesivas estancias en Polonia encontró también el modo de proteger y poner a salvo a algunas personas cuya vida peligraba, como Piasecki, el futuro y tan discutido jefe del progresismo católico polaco y fundador de la asociación Pax, que luego sería salvado, por la intervención personal de Mussolini, de la pena de muerte a la que lo habían condenado los alemanes; y a la mujer del general Sikorski, a la que llevó consigo a Italia haciéndola pasar por la institutriz de sus hijos. Pero aquí hemos de limitarnos a su actividad —como ella misma la definió, titulando de este modo el capítulo XIX de su libro— «pro Papa». «El día de la primera partida para Polonia —nos cuenta ella misma—, el 14 de noviembre de 1939, me alcanzó en la estación el secretario del cardenal Hlond, que traía cartas, a nombre de su superior, para algunos prelados que estaban en Polonia.»69 Ya antes, el mismo cardenal, a cuya casa se había dirigido ella, le había entregado una larga lista de párrocos a los que había que visitar, «pero cuando los busqué —refirió a Mussolini el 9 de enero de 1940— me dijeron que la mayoría estaba en la cárcel».70 Naturalmente, ella debió de explicar esto también al primado polaco, que encontró así confirmados y agravados los datos de su informe, y los utilizó para actualizarlos. Posteriormente, en sus sucesivos retornos a Roma no encontró ya al cardenal Hlond, que había partido para Francia. Entonces,

siguiendo su costumbre, se dirigió a casa del padre Ledokowski, general de los jesuitas y también polaco, descendiente de una de las más famosas familias de la aristocracia del país.71 Y en una de las entrevistas comprobó que coincidía con su opinión sobre Frank, o sea, que tal vez no fuese tan fiero como le pintaban: «En efecto, una vez él mismo avisó a dos jesuitas, apenas llegado a Cracovia, de que iban a detenerlos, y puso a disposición de los mismos un auto para que llegaran inmediatamente a la frontera.»72 Sea como fuere, antes aún que por casa del padre Ledokowski, la Frassati solía pasar por la Secretaría de Estado para hablar con monseñor Montini. Había empezado a hacerlo después de haber entrado en contacto, por pura casualidad (como consecuencia de una cuestión de armas que habían sido encontradas escondidas en un convento), con monseñor Biaggio Marabotto, religioso de monseñor Orione, enviado a Polonia en 1925, cuando apenas hacía cinco años que había cantado misa y que desde entonces permaneció allí. «Por él supe —explica la Frassati— muchísimos sucesos y vicisitudes del clero católico en Polonia, con el ruego de que se lo comunicara a monseñor Montini para que el Vaticano estuviese informado de ello y, si fuese posible, tratara de remediarlo. De ahí que cuantas veces regresaba a Roma me apresuraba a transmitir a la Secretaría de Estado lo que me refería el joven sacerdote, cuya figura, rica en entusiasmo y fe, era cada día más legendaria en Varsovia. Desde entonces, también monseñor Montini empezó a confiarme mensajes y epístoLas para Polonia, rogándome que me interesara por obtener respuestas y opiniones del clero polaco.»73 Sin embargo, la Frassati se encontraba en la Secretaría de Estado no sólo con monseñor Montini. De suerte que el propio futuro secretario de Estado de Juan XXIII, a la sazón simple monseñor (pero ya jefe de La l.* Sección y secretario de La Sagrada Congregación para los asuntos eclesiásticos extraordinarios), Domenico Tardini, le confió una misión sin duda inusitada para una mujer: la de «llevar la investidura de las otnnes facúltales episcopi residentialis al obispo sustituto de Varsovia, después de la muerte del arzobispo Gall». «Partí provista de un billete que especificaba mi misión de portavoz a fin de que, una vez en Varsovia, no hubiera confusión alguna. Así, el anciano arzobispo Szlagowski, de setenta y nueve años, pudo asumir, como vicevicario del capítulo, las veces del difunto Gall, continuando su obra con dignidad y energía excepcional.»-74 Sea como fuere, fue monseñor Montini, como veremos más adelante en Los pormenores, el que procuró a la Frassati, dada la importancia de una comunicación de la que había sido encargada, el honor de una audiencia privada por parte de Pío XII.

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En los distintos viajes por Alemania y Polonia, la Frassati se encontró, por lo menos una vez, con el nuncio Orsenigo, multitud de veces con monseñor Sapieha (e incluso en una ocasión vivió en casa de los parientes del arzobispo, una de cuyas sobrinas se había casado con el gran actor Juliusz Osterwa) y con su secretario, así como con el arzobispo Gall de Varsovia («modesto y silencioso, que, mientras hablaba, hacía girar continuamente el anillo en torno al dedo»), con su sucesor, Szlagowski, y con sus numerosos prelados y sacerdotes. En el grupo de éstos hay que incluir también a monseñor José Gawlina, el obispo castrense que, herido en setiembre de 1939, logró, sin embargo, unirse al ejército polaco en Francia y luego en Inglaterra. Posteriormente, en el verano de 1941, el futuro jefe religioso de la emigración polaca, siempre vestido de arzobispo castrense, llegaría a la frontera chino-rusa, donde se preparaba el ejército polaco, para acompañarlo luego en el Oriente Medio y, desde allí, a la India. La Frassati se encontró viajando con él en el mismo tren, al que la hizo subir el general Skorski con la famosa maleta llena de zlotys. Por lo demás, también monseñor Gawliva tenía la misma misión, sólo que él no pudo, sin más, entregarlo personalmente en la patria. 75 Por tanto, la Frassati figura en nuestra investigación como un .personaje de excepción, aunque no ciertamente único, del cual pudieron servirse repetidamente la Santa Sede y los obispos polacos (y no sólo ellos) para mantenerse en comunicación. Su condición de italiana casada con un polaco, junto al alto rango social de su familia y a la densa red de relaciones aristocrático-políticas que la ligaban a numerosas personalidades europeas (entre otras, a u n Von Papen), le permitía moverse con toda tranquilidad y enfrentarse con cualquiera, incluso con el temido jefe de la Gestapo de Varsovia, Meinsinger, arriesgándose, no cabe duda, si bien con cierto margen de seguridad. Sin prejuicios, si no temeraria, al asumir y aceptar las misiones más delicadas, no se le pudo entonces, ni se le puede negar hoy, una notable eficacia de testimonio. Cuando escribió sobre las condiciones religiosas de Polonia bajo la ocupación conserva todavía, a la distancia del tiempo, el frescor del descubrimiento directo y la importancia de noticias de primera mano. Por otra parte, el espontáneo anudamiento en torno a ella, de una red de viejos y nuevos conocidos, además de revelar la existencia de personas que de otra forma quedarían ignoradas, demuestra con cuánta facilidad pudo repetirse en casos análogos este fenómeno de catalización, reforzando los hilos maestros y los nudos fundamentales en los cuales se vuelve siempre a encontrar-

se. Es cierto que el caso de la Frassati es una excepción, pero son precisamente esas excepciones las que constituyen el complemento más útil y valioso en las relaciones normales. Finalmente, sería una laguna olvidar los testimonios, también elocuentes, de los fugitivos de Polonia que lograban llegar no sólo a Italia, sino incluso a Roma. Monseñor Walerian Mevstowic, consultor canonista, durante la guerra, de la Embajada polaca cerca de la Santa Sede y en la actualidad presidente del Instituto de estudios históricos polacos en Roma, ha afirmado recientemente que durante la ocupación de Roma, o sea, entre el 8 de setiembre de 1943 y el 4 de junio de 1944, «algunos judíos fugitivos de los campos de concentración de Polonia llegaron hasta el Vaticano para explicar hechos terribles. Generalmente, eran los únicos supervivientes de familias enteras de personas asesinadas».76 Pero, casi con toda seguridad, esto ocurría también en los años precedentes, y tal vez con mayor frecuencia y no sólo por parte de los judíos.

4. Relaciones de la Santa Sede con el Gobierno polaco en el exilio Como es sabido, al ocupar Polonia, los alemanes no consiguieron hacer prisioneros ni a su Gobierno ni al Estado Mayor de su ejército (también se les escapó el tesoro nacional). El Gobierno, o sea, el presidente de la República, Moscicki, con el presidente del Consejo, Slavoj Skladkowski, el ministro de Asuntos Exteriores, Beck, y los restantes ministros, atravesaron la frontera rumana por Kuty el 17 de setiembre, seguidos inmediatamente por el mariscal Smigly-Rydz. Pero como quiera que fuera del territorio nacional el Gobierno no tendría poder alguno para ningún acto político, antes de abandonar el país, en Kuty, el presidente Moscicki nombró, mediante una orden personal, como sucesor suyo, a Ladislao Raczkiewicz. Sin embargo, esperó para dimitir hasta el 30 de setiembre, el mismo día en que, en París, el embajadaor de Polonia anunció que el país tenía su nuevo presidente en la persona de Razckie-wicz, que acaba de prestar juramento en su presencia y ante el general Sikorski, nuevo comandante en jefe del ejército, y de otros. El primer acto del nuevo presidente consistió en decretar las dimisiones del gabinete Skladko-wski y nombrar u n Ministerio de unión y de defensa nacional bajo la presidencia de Sikorski. El nuevo Gobierno fijó su residencia en Angers, en el Anjou (Francia del Noroeste), y se dedicó inmediatamente a organizar el ejército en el país amigo y la resistencia clandestina en la patria.

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Sin embargo, estaba destinado que su permanencia en Angers fuese breve: en efecto, pocos meses después, derrotada Francia, se trasladaba definitivamente a Londres (junio de 1940). De todos modos, entre las primeras decisiones del Gobierno de Angers figuró la confirmación en el cargo de embajador de la República cerca de la Santa Sede del doctor Casimiro Papée,76bis que había presentado sus cartas credenciales a Pío XII el 24 de julio de 1939. Papée era uno de los más preeminentes diplomáticos polacos, con un brillante servicio, desempeñado en La Haya, Berlín, Copenhague, etc., y, por último, en Praga. También había sabido hábilmente apaciguar las fricciones surgidas al principio de su misión entre el propio Ministerio de Asimtos Exteriores y el Vaticano. Ocho meses después, como consecuencia de la entrada en guerra de Italia junto a Alemania, tuvo que refugiarse en el Vaticano, donde permanecería hasta la liberación de Roma, en junio de 1944. Por el contrario, la Santa Sede no mostró ninguna prisa en reacreditar cerca del nuevo Gobierno polaco al ex nuncio en Varsovia monseñor Cortesi, que seguía viviendo en Rumania, ocupado en la asistencia a los prófugos polacos.17 Pero como quiera que el Gobierno reiteraba sus peticiones, el 15 de enero de 1940 nombró a monseñor Alfredo Pacini, que entretanto había sido agregado a la nunciatura en Vichy,78 encargado de los asuntos ad interim en Angers. Pero cuando el Gobierno polaco hubo de trasladarse a Londres, monseñor Pacini permaneció en Vichy, y confióse el encargo de «mantener contacto» con el Gobierno polaco al delegado apostólico en Gran Bretaña, monseñor Guillermo Godfrey. Solamente después de repetidas instancias del Gobierno polaco, la Santa Sede, en la primavera de 1943, nombró al propio Godfrey encargado de asuntos (cargo que desempeñó hasta su promoción al arzobispado de Liverpool, el 10 de noviembre de 1953, sin tener más sucesores).79 Por tanto, no hay duda de que la parte activa en las relaciones entre la Santa Sede y el Gobierno polaco fue sostenida por el embajador en Roma, Casimiro Papée; y tal vez precisamente por tener en el Vaticano a un hombre de confianza como él, la Santa Sede evitó nombrar un representante suyo en Londres, que, además, no habría podido hacer gran cosa. En el Pius XII a Polska, valioso especialmente por las notas que acompañan a los documentos y los comentan —una especie de extracto-diario del tiempo—, Papée ha publicado diez textos de la correspondencia cruzada entre Pío XII y el presidente de la República, Raczkiewicz. Por desgracia, más de la mitad se remontan al último año de la guerra, después de la liberación de Roma, y tienen un interés secundario.

Por otra parte, es lícito dudar de que sólo una parte de los relativos a los primeros años del conflicto haya sido publicada por Papée.80 Sea como fuere, tampoco entre éstos habrá que buscar la documentación sobre la Polonia ocupada que el Gobierno polaco se apresuraría, sin más, a someter a las autoridades vaticanas. El primer tipo de documentación fue, sin duda, la de los distintos «libros» oficiales publicados inmediatamente después de su traslado a Francia. Apenas instalado en Angers, el ministro de Asuntos Exteriores polaco anunció para el 20 de febrero la publicación de un Libro Blanco y otro Negro. En el primero —el menos interesante para la Santa Sede— se recogían solamente los documentos relativos a las responsabilidades de la guerra, a partir de los negociados con Hitler desde 1934. Por el contrario, en el segundo, dividido en dos partes, a las pruebas de las atrocidades cometidas por los alemanes durante la Blitzkrieg seguía las relativas a las perpetradas después. La primera intención del Gobierno polaco fue la de publicar un libro único, pero el cúmulo de las denuncias y del material documental, la importancia de los hechos y la conmoción suscitada en el mundo por las noticias llegadas de distintas fuentes, le inclinaron a denunciar lo que «no tenía precedentes en ninguna otra guerra». Desde aquel 20 en adelante no es realmente fácil abarcar los libros oficiales publicados por el Gobierno polaco en el exilio.81 Pero, naturalmente, los alemanes procuraban contrarrestar esta propaganda o reaccionar a la misma. Ya hemos visto cómo Von Ribbentrop presentó al cardenal Maglione, para que lo hiciese llegar al Papa, el libro de los delitos polacos. Sin duda se trataba del libro publicado por los nazis el 14 de febrero anterior y que trataba del terrorismo practicado por los polacos contra los extranjeros alemanes del «corredor», de Posen y de la Alta Silesia oriental, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, recordando cómo ya en 1931 el Instituto Central de Estadística de Varsovia había podido afirmar que, desde 1919 en adelante, un millón de alemanes había abandonado Polonia. Sin embargo, el método de los «libros» oficiales no era solamente neutralizado por la contrapropaganda adversaria: era también demasiado lento. Más ágil y oportuno, y siempre actualizable era, por el contrario, el de los memoriales presentados por vía diplomática, para dar a conocer las noticias sensacionales (por ejemplo, las difundidas por Angers, el 21 de enero de 1940, sobre los 18.000 representantes de las clases dirigentes polacas fusilados y sobre las pruebas del «objetivo final» de la germanización total de los territorios occidentales polacos anexionados al Reich), o síntesis más meditadas.-

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Como prueba de estas intervenciones realizadas por Papée cerca de la Secretaría de Estado vaticana, citamos una nota redactada por el cardenal Maglione el 9 de diciembre de 1941: «He recibido su nota del 21 de noviembre, a la cual adjuntaba un nuevo memorial sobre la situación en la Polonia ocupada, memorial hecho sobre la base de las informaciones recibidas por usted. Con vivo interés he leído el documento en cuestión y le doy las gracias por habérmela enviado. Usted sabe muy bien —de lo cual le he hablado con frecuencia durante el año en curso— que la Santa Sede ha hecho todo lo posible, en el sector material y espiritual, para ayudar y consolar, según sus posibilidades, a los obispos de Polonia y, por medio de ellos, a los polacos angustiados. La Santa Sede trata de proseguir esta acción benéfica con todos los medios de que dispone.»82 La nota alude claramente a otros memoriales suministrados por Papée y a muchas conversaciones sostenidas hasta entonces entre éste y el cardenal Secretario de Estado respecto a la situación en Polonia. Como se verá, al año siguiente se intensificaron aún más gestiones semejantes por parte del embajador polaco. Sin embargo, contrariamente a lo que da a entender el volumen Pius XII a Polska, las relaciones entre el Gobierno polaco en el exilio y la Santa Sede no fueron siempre idílicas. Por el contrario, en más de un momento atravesaron períodos de tensión, debidos, en parte, al descontento de los polacos por el «silencio» de Pío XII, y, en parte, a algunas providencias tomadas por la Sante Sede a propósito de la Iglesia polaca, y que el Gobierno polaco consideró concesiones inaceptables frente al ocupante, además de claras violaciones al concordato de 1925. Uno de estos momentos fue el que siguió al nombramiento del padre Hilario Breitinger, O. F. M., como administrador apostólico de la población alemana que vivía en los territorios occidentales polacos anexionados al Reich. Como el lector ha podido comprobar a través de la lectura de los informes A y B del cardenal Hlond, en las provincias polacas incorporadas a Alemania el proceso de germanización comportaba dos consecuencias: la gradual eliminación de los polacos y su contemporánea sustitución por elementos alemanes procedentes de varias partes (zonas bálticas, Sur del Tirol, etcétera), y, por lo que se refiere a la administración religiosa, la renovación de las estructuras eclesiásticas polacas por las de los nuevos ocupantes. Con este último objeto, las autoridades alemanas —que no se hacían la ilusión de poder inducir demasiado fácilmente a la Santa Sede a secundarles en sus planes—, decidieron poner a Roma frente al hecho consumado de las parálisis de los cuadros polacos, eliminando a los obispos irreductibles y mante-

niendo en sus sedes, pero con limitadas posibilidades de acción, a los más maleables. La Santa Sede protestó enérgicamente, a la vez que trataba de poner remedio a la situación. Así, confió al obispo de Danzig la administración de la diócesis de Chelmno, y al arzobispo de Breslau, la de Katowice, dos nombramientos que habrían sido realmente desconcertantes, de no provocar los protesta del Gobierno polaco; pero carecemos de los documentos correspondientes. Por otra parte, en estos nombramientos era evidente el carácter de provisionalidad, ya que sus titulares eran ordinarios de otras sedes.83 Por el contrario, en el caso del padre Breitinger, que no tenía más función que la que le reconocía el discutido nombramiento, se estaba frente a un hecho nuevo que, además, introducía una división y como una especie de dicotomía oficial y jurídica en la Iglesia presente en los territorios polacos, poniendo junto a una Iglesia polaca una Iglesia alemana que, dadas las circunstancias, no se hallaban, en modo alguno, en amable convivencia entre sí. El Gobierno polaco,84 al principio, dictó órdenes a su embajador para que pidiera aclaraciones al respecto: y no satisfecho con ello, lo encargó que presentara una protesta formal. He aquí dos informes de Papée a su ministro de Asuntos Exteriores acerca de sus gestiones, y el texto de la nota de protesta presentada a Maglione: w Embajada de la República polaca cerca de la Santa Sede
SECRETO

Vaticano, 12 de octubre de 1942 «Al sefior ministro de Asuntos Exteriores de la República polaca, en Londres »E1 día 9 de los corrientes, inmediatamente después del regreso del cardenal Secretario de Estado de sus vacaciones, he celebrado con él un coloquio a propósito del nombramiento del padre Breitinger para el cargo de administrador apostólico de la población alemana en la región de Warthegau. »He dicho al cardenal Maglione que había ido a verle para pedirle informaciones auténticas sobre estos nombramientos que, a primera vista, parecen ser contrarios al principio de unidad de la Iglesia y de la Jerarquía preestablecidas, aparte que es difícil comprender si se toma en consideración el • concordato entre la Santa Sede y Polonia. Según mis instrucciones, creo comprender que el Gobierno de la República polaca ha quedado amargamente sorprendido por este nombramiento; resulta difícil comprenderlo^

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y es difícil no temer que no pueda crear un precedente para el futuro. »E1 cardenal Secretario de Estado ha empezado por declarar que, en este caso, la Iglesia sale más perjudicada que el Gobierno polaco. Las decisiones de las autoridades alemanas, que obligan a las asociaciones religiosas a registrarse y que introduce una división, entre estas asociaciones, en polacas y alemanas, asestan un duro golpe a los intereses de la Iglesia católica. Y solamente por salvar de la vida religiosa lo que aún queda de ella, la Santa Sede se ha decidido —tras numerosas discusiones— a conformarse a esta medida. En efecto, subvierte la división preexistente en las diócesis y atenta contra la unidad interna de la Iglesia. Por otra parte, no había modo de escapar a esta situación. La salus animarum exigía este último sacrificio, y la suma necessitas la justifica y explica. La decisión relativa al nombramiento del P. Breitinger tiene un carácter de hecho y no cambia para nada el estado jurídico de las cosas. Como antes, la división de Warthegau en diócesis se halla conforme a las estipulaciones del concordato, y donde se encuentran los obispos ordinarios, éstos tienen plena jurisdicción. Donde no hay ordinarios, el obispo Dymek86 ha recibido poderes especiales. Y como quiera que la decisión ha sido tomada bajo constrición, no tiene valor jurídico alguno para la Santa Sede; el obispo Dymek tiene el derecho, en los límites de su jurisdicción, de ocuparse de los católicos alemanes, aunque esto se mantenga en secreto. He de subrayar —ha continuado el cardenal— que la decisión tomada bajo presión no invalida en nada la estipulación del concordato, que la Santa Sede considera aún existente y vinculante. Por otra parte, si continuase la situación actual, la vida religiosa en las regiones de Warthegau habría de bajar a las catacumbas. »Yo he contestado que conozco la difícil situación de la Iglesia en la Polonia occidental y que dudo de que pueda ser fructífera la situación de que habla el cardenal. Y tanto más cuanto que esta decisión parece ser contraria al concordato. Además, ello constituye el rechazo de los principios que la Santa Sede ha observado siempre en ocasiones similares. El poder del ordinario es transmitido normalmente por él mismo al vicario general o, eventualmente, a otros personas. Así es como las diócesis llevan su propia existencia y duran, pese a las persecuciones externas, para resucitar automáticamente incluso después de decenas de años, como ha sido el caso de la diócesis de Kamieniec. Dudo que el compromiso actual pueda servir a los intereses de la Iglesia en Polonia, y temo que pueda constituir un precedente. ¿No habría sido mejor decir Non possumus?

^Entonces, el cardenal Maglione ha contestado con gran insistencia: »"Lo que hemos hecho, ha sido a petición del clero polaco. Creedme, no había otra posibilidad de salvar los restos de la vida religiosa en Warthegau. Jurídicamente hablando, consideramos intacto el concordato. Informad a vuestro Gobierno de que nosotros somos, exactamente igual que él, las víctimas de la persecución alemana". »He tomado nota de la declaración concerniente a la validez del contenido. No obstante, considerando el alcance de la persecución de la Iglesia en Polonia, ¿no podría tomar el Santo Padre la palabra en defensa del país? »E1 cardenal Maglione, con gran insistencia y vivacidad, me ha contestado lo que sigue: »"Hemos hecho todo nuestro deber y cuanto era necesario. El Santo Padre tiene toda la documentación. Actualmente es preciso esperar y no volver, por el momento, sobre esta cuestión." »De esto he podido deducir que la Secretaria de Estado ha hecho cuanto le ha sido posible, y que la cuestión se encuentra ahora en manos del Papa. Yo me inclino a interpretar de este modo tal declaración, incluso a base de otras informaciones recibidas por mí al mismo tiempo. Tales informaciones parecen decir que en la Secretaría de Estado y fuera de ella hay fuerzas que actúan para obtener una toma de posición del Papa. Aparte de eso, aquí nos encontramos sin duda frente a un "punto neurálgico", determinado por la psicología del Papa.» (sigue la firma de C. Papée) Embajada de la República polaca cerca de la Santa Sede
SECRETO

Vaticano, 18 nov. 1942 N. 122/SA/269 1 anexo N. 122/SA/262 «Al señor Ministro de Asuntos Exteriores de la República de Polonia, en Londres »En cumplimiento de las órdenes, recibidas por otras vías, el 12 del corriente mes, he enviado al cardenal Secretario de Estado la nota de protesta adjunta. »Ya informé a usted, señor ministro/del largo entretien que sostuve con el cardenal Maglione, el 9 de octubre p. p. (informe n. 122/SA/237 del 12 octubre p. p.), a propósito del nombramiento del P. Breitinger y de la doble administración eclesiástica en la

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región de Warthegau. Cada uno de nosotros ha permanecido en sus propias posiciones. El hecho de que el Gobierno polaco haya protestado ha causado una gran impresión al cardenal. Con cierto embarazo, me ha dicho que estudiaría la nota y que me daría una respuesta. Ha añadido que la Santa Sede no cesa de reconocer la validez del concordato, pero que los nombramientos —el del P. Breitinger y del obispo Dymek— eran necesarios "para el bien de los almas". »He contestado que no podía compartir esta opinión y que me reservaba el derecho de volver sobre el asunto después de que el cardenal hubiese estudiado la nota. »E1 encuentro con monseñor Montini me ha permitido comprobar que el hecho de haber protestado ha provocado perplejidad en el Vaticano. Sea como fuere, nuestra nota era absolutamente necesaria: la importancia y los argumentos de esta nota rebasan sus límites concretos, y la nota constituye, de hecho, la crítica de toda la política "polaca" del Vaticano y de su condescendencia y debilidad hacia los ocupantes alemanes.» (sigue la firma de Papée) Anexo a la carta al ministro de Asuntos Exteriores del 10 diciembre 1942 traducido del francés N. 122/SA/262 «Eminencia Reverendísima, »Mi Gobierno me ordena informar a V. E. que está en poder de noticias que demuestran que la administración de los asuntos eclesiásticos de los católicos alemanes que viven en una parte de Polonia —y precisamente en el territorio que los ocupantes llaman Warthegau— ha sido confiada al P. Breitinger, mientras que los asuntos eclesiásticos polacos —de este mismo territorio— han sido confiados por la Santa Sede al vicario general de S. E. el cardenal Hlond, de la archidiócesis de Poznán, S. E. monseñor obispo Dimek, que no goza de libertad, sino que vive aislado en su propio domicilio. Estas disposiciones de la Santa Sede transforman la jerarquía católica del territorio de las archidiócesis de Gniezno y Poznán, y en parte del territorio de las diócesis vecinas, en una organización eclesiástica nueva y provisional. Mi Gobierno no puede considerar estos cambios de acuerdo con el art. 9 del concordato entre el Vaticano y Polonia. »E1 hecho de que las últimas decisiones de la Santa Sede someten algunas iglesias de la archidiócesis de Gniezno y de Poznán

y de otras diócesis a la jurisdicción del P. Breitinger, en sus nuevas funciones, este hecho es contrario al artículo 23 del mismo concordato. »E1 Gobierno polaco sabe que las autoridades de ocupación en la Polonia occidental han ordenado la creación de "asociaciones religiosas", a las cuales han conferido la personalidad jurídica denegada, por el contrario, a las personas jurídicas eclesiásticas reconocidas por el concordato y por la ley polaca. Estas mismas autoridades han prohibido a los polacos la entrada en las iglesias reservadas a los alemanes. »Las disposiciones que derivan de estas medidas, y según las cuales los asuntos religiosos de los polacos son confiado a S. E. el obispo Dymek, y los asuntos religiosos de los alemanes al P. Breitinger, hacen creer que la Sede apostólica acepta o, por lo menos, toma nota tácitamente de estas decisiones ilegales, lo cual obliga al Gobierno polaco a poner en manos de S. E. Rdma. una protesta formal. »Mi Gobierno declara con dolor que esta aceptación provoca una fuerte reacción de los polacos, tanto en el extranjero como en el propio país, los cuales no tienen posibilidad alguna de hablar libremente y sufren porque se les han quitado sus iglesias para darlas, por razones que permanecen desconocidas, a los católicos extranjeros. »Mi Gobierno considera un deber informar que esta nueva forma de organización religiosa aceptada por la Santa Sede hiere los sentimientos de fidelidad hacia las formas antiguas, a veces incluso milenarias. »A1 mismo tiempo, el hecho de separar en las iglesias a los polacos de los otros católicos, sólo puede constituir una amenaza de aumentar ciertas tendencias centrífugas; estas tendencias podrían fundarse sobre un nacionalismo exagerado y hacer luego difícil el retorno a los principios de la unidad católica. »Mi Gobierno opina que la aceptación de las decisiones ilegales de los ocupantes no cambiará en nada el comportamiento alemán hacia la Iglesia en Polonia; en consecuencia, tal aceptación debe ser considerada como u n abandono inútil de los principios actuales. Mi Gobierno está convencido de que sólo una protesta pública y formal podría reforzar estos principios y preservar los sentimientos que los polacos han nutrido siempre hacia la Sede Apostólica. »Mi Gobierno quiere recalcar que sólo el deseo de conservar intacta la fidelidad de la nación que él representa a la causa de la Iglesia, lo ha inducido a formular cuanto se ha expuesto anteriormente; quierej incluso, contrastar eficazmente las tendencias que

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tienen por objeto impedir, después de la guerra, una armoniosa colaboración entre el Estado y la Iglesia. «Rogándole acepte, etcétera.» ¿Qué se puede pensar de las dos tesis opuestas? ¿De parte de quién estaba la razón? ¿Existía en realidad una violación del concordato? Los artículos citados por Papée dicen: «Art. IX. Ninguna parte de la República de Polonia dependerá de un obispo cuya sede se encuentre fuera de las fronteras del Estado Polaco. [Y tras haber precisado el cuadro de la Jerarquía católica del país, en su triple rito:'] »La Santa Sede no procederá a ninguna modificación de la Jerarquía aquí presentada o de las circunscripciones de las provincias [eclesiásticas] y de las diócesis sin previo acuerdo con el Gobierno polaco, salvo pequeñas rectificaciones de límites requeridas por el bien de las almas. »Art. XXIII. Sin una autorización especial concedida por la Conferencia de los obispos de rito latino, no se hará ningún cambio en la lengua latina para las predicaciones, oraciones suplementarias y los cursos [de instrucción religiosa], excepto los de ciencias sagradas de los seminarios.»87 Aparte este último artículo, cuya tácita violación es indudable, todas las que se pueden referir al anterior son, en algunos aspectos, discutibles. Por ejemplo, es cierto que el arzobispo Bertram tenía su sede fuera del territorio polaco, pero la jurisdicción que se le atribuyó sobre la diócesis de Katowice no era la de «ordinario». De la misma forma, las providencias de la Santa Sede no implicaban cambio algunos en la jerarquía católica polaca de rito latino, y sería exagerado quererla hacer responsable de subversiones concretas en perjuicio de los límites de las circunstancias eclesiásticas del país. La jurisdicción del P. Breitinger se insertaba dentro del orden polaco constituido, sin perturbarlo en modo algunno, ya que, en cierta forma, era territorial y exclusivamente personal. Cuando, en setiembre de 1945, el primer Gobierno comunista de la Polonia posbélica denunció el concordato, ateniéndose sustancialmente a las mismas argumentaciones de Papée, L'Osservatore Romano le contrapuso estas otras: «a) En los dos casos aludidos, la Santa Sede, para no contravenir al concordato, ha provisto a las extremas necesidades de los fieles con el nombramiento de administradores apostólicos ad nutum Sanctae Seáis, no de obispos o de arzobispos, permaneciendo

las diócesis confiadas a sus respectivos obispos, aunque, por circunstancias excepcionales, lejos de su residencia o impedidos de ejercer en ella su ministerio. y>b) Semejante medida "no viola ningún principio o disposición concordataria porque, precisamente por dejarse la posibilidad de proveer adecuadamente a casos excepcionales, la Santa Sede no admite que los concordatos —y, por tanto, tampoco el polaco— fijen normas y límites para el nombramiento de administradores apostólicos". »c) Tratándose de una medida que rebasa las normas concordatarias, ni siquiera en régimen concordatario se pide nunca que se "acepte" o "reconozca", salvo comunicación por vía oficial...»88 Sin embargo, es evidente que algo anómalo había intervenido en la Iglesia polaca, que quedaba más allá de toda convincente justificación jurídica. Por lo demás, el hecho no era tan grave en sí cuanto como índice de lo que podía sobre la Iglesia el hecho consumado impuesto por los alemanes, así como de su sometimiento a las imposiciones nazis, sacrificando incluso (aunque fuese por nobilísimas causas: el bien de las almas, etc.) el derecho de la nación polaca. Y era precisamente esto lo que Papée notaba con lúcida dureza, tan lejana, por desgracia, del «servil encomio» adoptado más tarde en el Pius XII a Polska. Finalmente, no hay más que observar las fechas que marcan este episodio diplomático —inmediatamente posterior a los distintos pasos dados tanto por el Gobierno polaco como por otros Gobiernos, en el curso de 1942, para incitar a la Santa Sede a una abierta y solemne protesta—, para convencerse de que, en cierto sentido, enlaza con los precedentes, mientras que, contrariamente, por otro se muestra como una pequeña venganza ante el no pertinazmente opuesto por el Vaticano. 5. Relaciones de la Santa Sede con. el Gobierno clandestino polaco

Pero, como ya hemos dicho, el Gobierno de Londres tenía, por así decirlo, un duplicado propio en el territorio nacional, y, por tanto, es lícito preguntarse si la Santa Sede no estuvo también en contacto con éste. Sea como fuere, el duplicado no nació inmediatamente. 89 Hasta el tratado del Gobierno en el exilio a Londres, o sea, a finales de junio de 1940, en la Polonia ocupada el frente clandestino, poco cohesionado al principio [127 organizaciones militares secretas en enero de 1940), había estado dominado por el SZP (Sluzba Zwyciestwn Polski, Servicio para la victoria de Polonia), constituido, ya
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antes de la capitulación de Varsovia, por el general Michal Tokarzewski, por orden del ministro de Defensa, mariscal SmiglyRydz. El SZP trataba de reunir en su organismo no sólo las fuerzas militares, sino también las políticas y se habría conseguido si Sikorski, en Francia, el 13 de noviembre de 1939, no hubiese creado inesperadamente el ZWZ (Zwiazek Walki Zbronej, Unión de lucha armada), con finalidades puramente militares. La rivalidad entre los dos organismos habría resultado fatal, y, para obviarla, el coronel Stefan Rovecki, colaborador del general Tokarzewski, presentó un proyecto de unificación de todas las fuerzas clandestinas del país, que preveía la constitución, cerca del ZWZ, de un Consejo de Defensa Nacional (Rada Obrony Naradowey - RON), representativo tanto de los partidos políticos como de las formaciones militares. Tras muchas dificultades, el proyecto Rovecki estaba a punto de llegar a buen puerto w cuando se produjo el hundimiento de Francia y la simultánea rotura de las relaciones entre el Gobierno en el exilio y el país. Siempre por iniciativa de Rovecki, en Polonia, tres partidos clandestinos —el PSL (Partido campesino polaco), el SL (Partido campesino) y el SN (Movimiento nacional)91— habían decidido crear, con el comandante en jefe del ZWZ, un organismo colectivo, llamado Delegación Rzadu. Pero Sikorsi rechazó la idea, exigiendo que se procediera, por el contrario, a la elección de un solo delegado entre los candidatos propuestos por el comité interpartidos. Una vez más, las rivalidades personales y de tendencia retrasaron el cumplimiento de lo dispuesto por el Gobierno de Londres; pero, a finales de 1940, prevaleció la concordia y fue elegido el primer dirigente de la Delegación en la persona de Cyril Ratajski (que falleció, en 1943, de muerte natural). Como consecuencia de la institución de la Delegación, la vida clandestina polaca tuvo por jefes, desde entonces en adelante, políticamente, al Delegado, y militarmente, al comandante en jefe del ZWZ (que, desde el 14 de febrero de 1942, fue transformado en Armia Krajowa, AK, Ejército Nacional). Huelga decir que el Gobierno clandestino estaba organizado, ni más ni menos, al igual que el Gobierno de Londres, con la diferencia de que a los Ministerios londinenses correspondían en Polonia «Departamentos» (para asuntos interiores, de educación, etc.). Pocos meses después de la transformación del ZWZ en AK, se produjo un hecho nuevo, entonces de modestas proporciones y perspectivas, pero destinado a tener consecuencias decisivas para la futura suerte del país, o sea, la fundación, llevada a cabo el 15 de mayo, de la Guardia Popular (Gwardia Ludowa), organización militar de izquierdas que se transformó más tarde, el 7 de abril

dt 1943, en Ejército Popular (Armia Ludowa, A. L.). Este último, la noche de san Silvestre de 1944, decidió la constitución de un Consejo Popular, el cual se proclamó inmediatamente único órgano legislativo de representación de la nación combatiente. Pero estos últimos acontecimientos no inciden para nada en nuestro tema. En efecto, jamás la Santa Sede se habría puesto en relación con el que luego fue el Comité de Lublín, protegido por Moscú y resueltamente comunista. Las relaciones del Vaticano habrían podido instaurarse únicamente con el Gobierno vicario de Londres, o sea, con la «Delegación». Y, naturalmente, relaciones no oficiales, sino de fado, ya que las primeras las sostenía ya con el Gobierno emigrado. Sin embargo, ¿era favorable a la Iglesia el clima de la Delegación? Este informe de Luciana Frassati parece dudar de ello: «En la conversación que sostuve con un ilustre prelado polaco, pude darme cuenta de cómo se hallaba en pleno desarrollo en el país, en contraste con la obra de ayuda efectuada por el Estado de la Ciudad del Vaticano mediante el envío de vagones y vagones de víveres a través de Italia y Hungría, una acción de carácter político por parte de la Delegación, que, mediante sus ministros, y en particular del de Instrucción Pública, ejercía una acción antiPapa entre las masas. »La estrecha unión entre la Delegación y el ZWZ ponía en dificultades en la lucha, a la Iglesia católica, debido a la falta de un programa único, de una sola táctica y, principalmente, por la carencia casi absoluta de medios. »La mayor parte de las organizaciones verdaderamente católicas, tras un cierto período de actividad independiente, agobiadas por las dificultades económicas, se habían visto obligadas a incorporarse a la más vasta red del ZWZ. Por otra parte, no era posible censurar a los audaces que, puestos en el camino de la resistencia al opresor y de la lucha sin cuartel, no querían resignarse a verse condenados a la inmovilidad. »En consecuencia, los movimientos de fondo católico controlados directamente por hombres fieles a la Iglesia, iban disminuyendo en el país, en provecho de los menos ortodoxos. "Es inútil —decía aquel padre—, en la lucha por la vida y por la patria, la gente abandona al que no tiene dinero por el que lo tiene." »Cada vez más constantes se difundían entre la opinión pública polaca las opiniones contrarias a la obra del Vaticano, del cual se recordaban, con irritado reproche, las sumas gastadas en favor de los alemanes en los días del plebiscito de la Alta Silesia. Aumentaban, así, la reacción desfavorable y la poca simpatía hacia el Santo Padre, que, a juicio de los polacos, habría debido enviar

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alguna suma en apoyo de la propaganda activa de los sacerdotes y de los grupos juveniles católicos. Muchos de estos jóvenes habían constituido organizaciones políticas, algunas incluso adheridas a bandas armadas, y mostraban querer conformar su propia visión de la futura Polonia a la ideología cristiana. Estos grupos habrían debido ser ayudados completamente y de manera continua hasta la constitución de un frente común que se opusiera a la acción disgregadora y anticatólica ejercida sobre las masas por la Delegación y el ZWZ. Más aún, este último había constituido una propia rama católica, denominada Front Odrodzenia Polski (Frente del Renacimiento Polaco), cuyos miembros, de buena o de mala fe, carecían de todo fundamento dogmático serio. Hacían en sus libelos, todos ellos financiados por el ZWZ, proposiciones ideológicas falsas y verdaderamente peligrosas por la franqueza herética con que eran firmadas. »Como ejemplo, mi interlocutor me citó algunos fragmentos que justificarían la desconfianza hacia todo el movimiento... Desolado, el sacerdote me- dijo que había iniciado una cerrada lucha contra estas afirmaciones. Pero la lucha, aparentemente simple y justa iba haciéndose muy difícil en la práctica por la extraña oposición, aunque indirecta, que le mostraban algunas autoridades católicas, arzobispos y obispos, así como superiores de órdenes y comunidades religiosas. Un activo sacerdote, conocido por su celo en la acción pro Papa y por la tenaz e inflexible oposición a las ya citadas teorías casi heréticas, fue trasladado, sin motivo, de Varsovia a la provincia... Pero esto no lo detuvo: aprovechando la paz y la soledad del campo, escribió un violento opúsculo en defensa del Santo Padre. Y como tenía intenciones de imprimir 10.000 ejemplares del mismo, buscaba tenazmente el dinero necesario... »E1 ilustre prelado terminó su coloquio rogándome que refiriera en Roma aquel estado de cosas, cargando el acento sobre la peor situación del campo respecto a las ciudades, donde los católicos seguían manteniendo muchas de las antiguas posiciones. "Es necesario salvar al campo —me dijo—, porque las masas campesinas están más sometidas que las otras a influencias anticatólicas en general y comunistas en particular."» 92 El interlocutor de la Frassati debía de ser, muy probablemente, un intransigente, ligado a la típica mentalidad de los clericales que ven peligros de cismas en todo aquello que no lleve el sello de la leadership eclesiástica. Más aún, era tan radical, que no temía ni siquiera acusar de traición o de relajamiento a arzobispos y obispos. Y precisamente por eso es interesante su testimonio, el cual nos muestra las fisuras que presentaba, en momentos tan graves para Polonia, el propio frente católico.

Pero, volviendo a la Delegación, era obvio que entre sus componentes afloraban ideas laicas y se encontraban los pareceres más contradictorios. Sobre todo, era notorio que se reflejaba en ella el resentimiento general, del que participaba también el Gobierno de Londres, por el comportamiento evasivo del Pontífice. Pero de esto a considerarla hostil a la Iglesia y a la Santa Sede media un abismo. Sobre todo, en sus órganos, los católicos, e incluso los sacerdotes, trabajaban, como veremos en seguida, codo a codo con los laicistas de los más diversos colores, sirviendo con el mismo empeño y desinterés a la patria, en la más coherente fidelidad a su propia ideología. De todas formas, estuviesen como estuviesen las cosas, lo que cuenta es que, en cierto momento, la Delegación no vaciló en comunicar a la Santa Sede todas las noticias de carácter religioso referentes a la situación en la Polonia ocupada que eran recogidas por su Departamento de Información y Propaganda Política, instituido inicialmente por el Mando General del Ejército Nacional y que luego pasó bajo su dependencia. Desde noviembre de 1940 hasta el final de la guerra, el jefe de este Departamento fue el coronel Jan Rzepecki, actualmente miembro del Instituto Histórico, perteneciente a la Academia Polaca de Ciencias (Polskiej Akademii Nauk). Lo cual puede extrañarle al que, coherente hasta el final a su fe política, combatió a los comunistas, apoyando el movimiento de oposición al nuevo régimen hasta el punto de ser condenado a muerte. Puesto en libertad gracias a una iniciativa de pacificación interna, no dejó por ello de seguir siendo fiel a sus propios ideales. (Su misión en el Instituto Histórico es la de tamizar los documentos del período bélico para separar el material falso o falsificado del auténtico y para ayudar a su descifrado y valoración.) Pues bien, por él personalmente 83 sabemos cuanto acabamos de afirmar sobre las relaciones entre la Delegación y el Vaticano, y que hasta ahora se desconocía por completo. También por él sabemos las noticias que nos disponemos a comunicar sobre la actividad de su Departamento. En efecto, cuando aceptó el encargo de dirigirlo, estaba compuesto sólo por dos secciones: la de las informaciones políticas y la de los estudios políticos (naturalmente, sobre la situación en la Polonia ocupada). Posteriormente la amplió hasta incluir otras muchas: de organización, de control, de propaganda, de Prensa, de difusión de la Prensa y de propaganda destructiva en lengua alemana. Los cuadros del personal eran lo más cualificados posible; en efecto, en las oficinas del Departamento trabajaba el 90 por ciento de los profesores de Historia de las universidades polacas.

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Al ser el único Departamento que estaba en condiciones de informar al Gobierno de Londres y el único autorizado para ello (en efecto, no deben inducir a engaño sus distintas denominaciones: además de la oficial, o sea, Biuro Informacyne Propagowe, tenía también otras. División VI, Sección VI, Departamento VI, Departamento de Información y Prensa, etc.),931"* se interesaba por casi todo lo que ocurría en Polonia o que era útil al país para los fines de la resistencia; de ahí la enorme variedad y extensión de sus informes. Naturalmente, predominaban las noticias de carácter militar: apenas comprobadas, se transmitían a Londres por radio (por un centenar de locutores distribuidos al objeto por el territorio nacional); por el contrario, las restantes era microfilmadas y confiadas a correos, que llegaban a Inglaterra a través de Turquía o de Suecia, haciendo escala en los otros países neutrales. Cada semana se hacía un informe de espionaje de un millar de grupos de cifras, y todos los meses, un gran informe (siempre de espionaje) de cerca de mil páginas de microfilmado (el Departamento disponía de máquinas especiales capaces de reproducir doce páginas por microfilm). El informe sobre la Prensa clandestina (siempre de un millar de grupos de cifras) era primero quincenal y luego semanal. Por el contrario, era bisemanal, dada su importancia, el referente al «terror alemán». Como es fácil imaginar, en este último no faltaba nunca una parte dedicada a la persecución del clero y de la Iglesia en general. Pero la Iglesia y la vida religiosa en particular eran tratadas también en otros informes. Además, con frecuencia se comunicaban a Londres los textos íntegros de algunos documentos considerados particularmente importantes (como el decreto sobre la requisa de las campanas), o difíciles de encontrar (como los discursos de monseñor Von Galen, obispo de Münster, contra la persecución nazi de la Iglesia y contra la eutanasia). Además, el Departamento transmitía a Londres el material y las noticias específicamente solicitados por el Gobierno. Fue un día de finales de 1941 o comienzos de 1942 cuando Rzepecki recibió la orden de preparar informes especiales sobre la situación de la Iglesia en Polonia, para hacerlos llegar al Vaticano. Su destinatario inmediato en Polonia era el capellán jefe del ZWZ (y luego del Armia Krajowa), quien se encargaría del hacerlos llegar a Roma «por vía propia». Rzepecki pasó, a su vez, la orden al jefe de la sección de informaciones políticas, un ingeniero: Jerzu Makowiecki, asesinado más tarde por los fascistas polacos (el secretario era Alexander Gieysztov). El redactor directamente responsable de los informes fue siempre una sola persona. La periodicidad de los informes fue probablemente quincenal y, como máximo,

mensual. En cuanto a su elaboración, fue constamente cuidada de forma regular hasta la insurrección de Varsovia. Al no ser de su competencia, Rzepecki ignoró, e ignora aún, cuál pudiera ser la llamada «vía del clero» o «de los obispos», que conducía a Roma. A su parecer, tal vía sería conocida, en cambio, por los profesores Stefan Kieniewicz y Stanislaw Tomkiewicz (a los que no hemos tenido tiempo de encontrar). Por tanto, sólo los eventuales responsables del clero podrían decir si el contenido de los informes entregados al capellán jefe del A. K. llegaba al Vaticano en su redacción original, o bien si era reelaborado y contenía alusiones a la fuente oficial. (Sobre este último pormenor podría decir también algo el Archivo vaticano.) Sea como fuere, parece lícito dudar de que se enviara a Roma todo el material de carácter religioso encontrado o elaborado por los expertos del Departamento de Rzepecki. La conducta política del clero y del episcopado, por ejemplo, era continuamente objeto de sondeos y estudios por parte del Departamento. Ahora bien, es muy posible que alguno de estos sondeos, por miras particulares fácilmente intuibles, llegara hasta Roma, pero lo más probable es que se compilaran exclusivamente para uso del Gobierno y de la Delegación. En cuanto a los informes sobre la Prensa clandestina, que con frecuencia discutía la actitud del Vaticano hacia Polonia, sólo un detenido examen del Archivo de la Secretaría de Estado podría decir si llegaron a Roma. Era urgente, sin duda alguna, que llegaran a la Delegación y al Gobierno polaco de Londres; pero, ¿se puede decir lo mismo de los obispos? Una última duda tenemos respecto al material ilustrativo de las atrocidades alemanas. El Departamento tenía un notable número de células dedicadas a tomar fotografías del terror nazi: una de ellas, por ejemplo, estaba constituida por el famoso escenógrafo Andre Pronaszko y por su esposa. Pero era necesario también que los fotógrafos polacos, a los que acudían los alemanes para el revelado de sus películas, hicieran llegar al Departamento parte de aquel material (sólo así, por ejemplo, se pudieron tener las espantosas imágenes de algunos episodios de canibalismo desarrollados, por hambre, en algunos campos de concentración, y que algún sádico soldado u oficial alemán se divirtió en fotografiar). Parece natural que también parte de este material fuese enviado al Vaticano; pero lo fuese o no, y por muy valioso que fuera, se trata sustancialmente de material accesorio y, por lo demás, menos convincente, dada la facilidad de ser manipulado con hábiles trucos o retoques. Una parte, ciertamente infinitesimal, del material recogido o estudiado por el Departamento en cuestión se halla hoy disponible para su consulta en el Archivo de la Sección Histórica del Partido

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(P. Z. P. R.) iWydzial Historii Partii, Archiwum'] en Varsovia, calle Gomoslawka, 18-20 (hasta 1952 se podía encontrar en el Instituto de las Memorias Nacionales llnstytut Pamiegy NarodoY). Se trata del material que poseen, en parte, la Delegación, y en parte, colaboradores privados, que durante la ocupación fue escondido poco a poco, y luego sólo parcialmente encontrado, una vez acabada la guerra, en los escondrijos más inimaginables (todavía sigue apareciendo alguno entre los escombros o en medio de las construcciones). Se divide en dos grupos: 1.°) Documentos de la Delegación del Gobierno de la República de Polonia [Delegatura Rzadu R. P. na Kraj - abrev. = D. R. R. J?.] por y para el Gobierno de Londres: telegramas e informes microfilmados. Se trata de 357 carpetas contenidas en 8 metros de estanterías. 2.°) Documentos del Ejército Nacional, Cuartel General [Artnia Krajowa - Komanda Glowba - abrev. = A. K. K. C], sólo para el Departamento VI de Información y Propaganda. Unas 300 carpetas contenidas en 6 metros de estanterías. Naturalmente, cuanto respecta a la Iglesia y a las persecuciones religiosas es sólo una pequeña parte, y no siempre de fácil interpretación. En efecto, además de ser casi siempre material cifrado, las noticias comunicadas se dan a veces en clave. En el documento sobre los obispos, la clave está constituida por el número asignado a cada obispo, cuyo nombre se evita de esta forma. He aquí, como muestra inicial, algunos ejemplos de telegramas de Londres y para Londres: 17.2.1942 1636 A. N.° 49/42 •« El 10 o 11 del mes en curso, los representantes de la Gestapo fueron a casa del arzobispo Gall [de Varsovia]. Declararon que el clero polaco hace política. Y avisaron que si aquello continuaba no dejarían de intervenir duramente. Por último, le pidieron que el clero evite, de ahora en adelante, obstaculizar a los alemanes. Invitados por el obispo a que dieran los nombres de los sacerdotes que se oponían a los alemanes, se negaron a ello. Hasta hoy, su visita no ha tenido consecuencias desagradables. Fr. N.° 45 » Con referencia a su mensaje n.° 3, le informo que los representantes del clero declaran que, de momento, no tienen que hacer ninguna demanda al Gobierno polaco. Declaran que están en contacto directo con el cardenal Hlond. Se me informa de Vilaa que

el arzobispo Jalbrzykowski y el canciller de la Curia, Sawicki, han sido trasladados al convento de Mariampol. Los profesores y los alumnos del seminario de Vilna han sido detenidos. 18.3.1942 - 139 grupos N. 72, 25.8.1942 M En un periódico se ha dado la noticia de que el padre franciscano Hilary Breitinger, de Poznán, ha sido nombrado administrador apostólico de las archidiócesis de Gniezno y Poznán. Enviadnos informaciones sobre este personaje... Recibido el 1 •. 9.1942 N. 76, 12.9.1942" Según informaciones recibidos del Vaticano, los obispos alemanes han enviado una carta al Papa rogándole que tome una iniciativa de paz. La carta estaría inspirada por los ambientes oficiales alemanes. El Vaticano ha desmentido esta información. Recibido el 18.10.1942 N. 91 del 15.10.42»« Envíenme lo más pronto posible las informaciones sobre las persecuciones actuales de los judíos en Polonia. STEM. Recibido el 20.10.42 N. 92 del 17.10.42» En vuestro informe sobre el terror se encuentran noticias sobre la expulsión, incendio y destrucción de pueblos enteros. Esto puede ser usado con fines de propaganda; por tanto, necesitamos algunos nombres de estos pueblos y el mayor número posible de detalles sobre estos actos de barbarie. ESPE. Recibido el 20.10.42 N. 134»°° SEM. Vuestro n. 72 El padre franciscano Hilary Breitinger es el vicario general de las archidiócesis de Gniezno y Poznán, no su administrador, lo cual cambia esencialmente todo. Ejercerá su jurisdicción en Lodz y en Wloclawek. Parece que, efectivamente, no tiene derecho a interesarse en las cuestiones confesionales polacas. En el «Warthegau» se han organizado «la Iglesia católica romana», con personalidad jurídica propia, y sus iglesias, a las cuales tienen los polacos prohibido el acceso. 14.10.42

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N. 118 del 1.6.1944W1 Envío un despacho del Consejo de Sacerdotes por Tadeo Orkan («Huracán»). Todos los poderes para ti y para la Liga han sido enviados por la Curia militar hace cuatro meses. Te ruego que me envíes, si es posible, los anuarios de las diócesis de Warmia, Gdansk y Wloclawek. Nosotros hemos creado una comisión de ayuda para la Iglesia en Polonia. Las relaciones con la Santa Sede son excelentes. Baziak102 ha sido nombrado coadjutor. Por el contrario, tenemos serias dificultades con Gawlina, que se ha unido al conventículo de Sanacja. Antes combatía a Sikorski; hoy al Gobierno actual. Las relaciones con Radonski103 son excelentes. El Gobierno trabaja en plena concordia y hace todos los esfuerzos para garantizar una Polonia unida e independiente. Cordiales saludos a los colegas. L... kzinski.10* Recibido el 12.6 Como se ve, había un activo intercambio de informaciones y demandas de precisiones, y no siempre son exactas las noticias intercambiadas. Incluso los organismos privados podían comunicarse entre sí, como el no mejor precisado «Consejo de sacerdotes», existente en Londres y evidentemente adicto al Gobierno. Más adelante transcribiremos también despachos de personajes del Gobierno e incluso del propio Sikorski. Pero he aquí extractos de informes destinados al Gobierno108 para ilustrar orgánicamente la situación de la Iglesia católica en Polonia. El primero es de carácter claramente retrospectivo, del 1.° de setiembre de 1939 al 30 de mayo de 1940, y se refiere exclusivamente a los territorios occidentales; el segundo, subdividido en dos partes, del 1.° de febrero al 10 de marzo, y desde esta última fecha hasta fines de abril del mismo año, ilustra, por el contrario, la situación religiosa general del país. Con el tercer documento damos una muestra más tardía. El primero tiene una extensión de treinta carpetas normales mecanografiadas, y está elaborado con cierta ambición: introducción general —alusión a los motivos de la «venganza alemana*—, distinción (relativa) de los primeros dos tiempos en el comportamiento de los ocupantes (el tiempo de la tolerancia hacia todos los delitos de la Selbschutz contra el clero, y el de la acción oficial planificada contra la Iglesia) —ilustración con datos y episodios del uno y del otro (en la lista de los delitos nazis se pasa de las matanzas a los robos, a la destrucción de las imágenes y de las inscripciones polacas en las iglesias y cementerios, hasta la descripción de los campos de concentración y a sus condiciones de vida)—,

y, finalmente, el cuadro de la situación en el período final (mayo de 1940). Esta última es, sin duda, la parte más original, y ofrece argumentos a los que no se alude (por razones obvias) en los informes del cardenal Hlond relativos al mismo período de tiempo, o sea, el problema de las confesiones y el comportamiento de las autoridades alemanas hacia los polacos. Por tanto, nos limitamos a dar estos últimos. El problema de las confesiones En febrero pasado, y pese a la afluencia de sacerdotes alemanes, el clero en Pomerania era tan poco numeroso que algunos sacerdotes, que iban de parroquia en parroquia, se hallaban en la necesidad de decir dos o tres misas al día para satisfacer las necesidades religiosas de la población. Y, además de ello, había el problema de las confesiones. Pero a este respecto es muy interesante —y no en balde— el comportamiento del obispo de Danzig, Splett, que es también administrador de la diócesis de Chelmo. De acuerdo con las prescripciones generales del Derecho Canónico, los sacerdotes itinerantes han empezado a decir a la población que, en las actuales circunstancias excepcionales, en las que es imposible que todos los que lo desean puedan confesarse, dada la falta de sacerdotes, se puede proceder a las confesiones colectivas y recibir la absolución general. Monseñor Splett ha reaccionado violentamente, prohibiendo esta forma de proceder y acusándola de protestantismo. Luego, tras un cierto lapso de tiempo, ha cambiado notablemente de actitud, concediendo el permiso, aunque por motivos canónicamente insuficientes: los de la nacionalidad. El 25 de mayo de 1940 se publicó el decreto en que se prohibía confesar en lengua polaca. Es de creer que la orden haya emanado de las autoridades alemanas y de la Gestapo, y que él se haya limitado a firmar, dándole con ello su propia sanción. Sea como fuere, el decreto de monseñor Splett prohibe confesar en polaco, lo cual se refiere a ambas partes, o sea, al sacerdote y al penitente; en caso de desobediencia se amenaza con sanciones. El decreto puede resumirse así: 1. Un sacerdote no tiene derecho a oír la confesión de un penitente que, presentándose en el confesonario, empiece a dar la lista de sus pecados en polaco. El sacerdote debe interrumpirlo, prohibiéndole confesarse en polaco y ordenándole que lo haga en alemán; si el penitente no lo hace, debe negarse a oírlo. 2. Ningún católico tiene derecho a confesarse en polaco, aun. cuando no conozca más lengua que ésta.

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3. El que conoce el alemán, está obligado, en conciencia, a confesarse en alemán. 4. Los que no conocen el alemán, deben acercarse al confesonario y expresar con gestos su arrepentimiento (recitando el mea culpa), y el sacerdote puede absolverlos sin imponerles ninguna penitencia. 5. Se puede también proceder a la confesión y a la absolución general. (Cosa contraria a la doctrina católica, que permite la absolución general sólo en el caso de que exista la imposibildad material de confesar los propios pecados, como en la falta de sacer« dotes, que impida oír a los penitentes por separado. Pero tal imposibilidad no tiene lugar cuando ello es posible y lo impiden sólo razones de nacionalidad. Estas razones son desconocidas por el Derecho Canónico.) 6. Está prohibido usar la lengua polaca incluso en peligro de muerte, y aun en el caso de que el penitente no conozca más lengua que el polaco. En este caso, conforme al Derecho Canónico (interpretado por monseñor Splett), se puede proceder a la absolución general. 7. Junto a cada confesonario debe figurar, bien visible, el siguiente escrito: «Es wird nur Deutschgebeichtet». Sólo se confiesa en alemán. 8. Los sacerdotes están obligados a dar a conocer a sus fieles los términos del decreto. De acuerdo con el decreto, monseñor Splett se niega a utilizar a los sacerdotes que se muestran recalcitrantes. La reacción de los fieles ha sido muy variada. Algunos han dejado de confesarse por no querer hacerlo en alemán, aun conociendo esta lengua. Ésta es la mayoría. Otros, que no conocen el alemán, se abstienen igualmente de hacerlo, por negarse a reconocer la que ellos llaman «la confesión alemana». Finalmente, hay una parte de la población que se somete al decreto, con el riesgo, dada la comodidad de semejantes confesiones, de inclinarse hacia el protestantismo. La historia de la martirología de la Iglesia católica se ha enriquecido con dos nombres de sacerdotes, muertos por haberse hecho culpables de confesar en polaco. 1. El Reverendo Polomski fue detenido el 14 de junio del año pasado, por haber confesado en polaco. Trasladado al campo de concentración de Stuthof el 5 de agosto del mismo año, se h a recibido la noticia, desde el campo, de su muerte. 2. El Reverendo Kupczynski, párroco de Tczew, ha sido detenido por haber confesado en polaco. Gracias a la intervención de algunos sacerdotes alemanes, amigos suyos, fue liberado, pero con

la orden de abandonar inmediatamente el territorio polaco. Su antiguo vicario, monseñor Stein, de nacionalidad alemana, que reside actualmente en Berlín, lo hospedó en su casa. Pero ello provocó la cólera de las autoridades, tanto eclesiásticas como civiles. Monseñor Stein fue obligado a abandonar su propia parroquia y marcharse a vivir a otro lugar, aunque sin llevar con él al reverendo Kupczynski. Este último, obligado a marcharse en seguida y totalmente privado de medios de subsistencia, encontró un pequeño alojamiento y lo alquiló. Conseguida en préstamo una carretilla, y aunque cansado y débil, empezó a transportar sus cosas; pero mientras tiraba de la carretilla sintióse mal y se apoyó en una empalizada cercana, pero cayó al suelo, muerto... Por haber confesado en polaco, han sufrido, y sufren aún, otros pastores. Un día, la Gestapo removió a los siguientes sacerdotes: monseñores Bieszek, de Rajkowy; Kuehn, de Skorcz; Bystron, de Swarozyna; Litwin, de Zblewo, y Kupczynski, de Tczew. En Tczew, la Gestapo encontró que los soldados se habían establecido en la iglesia. Los testigos ha declarado que la Gestapo quedó perpleja y se marchó, declarando que volvería de nuevo. En efecto volvió; pero conozcamos el epílogo. Monseñor Bystron estaba ausente y pudo evitar ser detenido, pero hubo de abandonar su puesto. Monseñores Bieszek y Kuehn son polacos. En cambio monseñor Litwin es un alemán enviado aquí por las propias autoridades eclesiásticas porque sabe polaco. Los tres fueron detenidos a la vez. El jefe de la Gestapo, Richter, iba y venía de un sitio para otro con el coche para llevarlos a la cárcel. Reconocieron que, en caso de peligro de muerte, confesaba en polaco. Algún tiempo después fueron puestos en libertad, a condición de abandonar el territorio polaco, y las autoridades eclesiásticas en Alemania tienen prohibido emplearlos. Pero en este punto se abre un nuevo capítulo. Comportamiento los polacos de las autoridades eclesiásticas alemanas hacia

Monseñor Litwin aún no trabajaba, y sus padres se ven perseguidos continuamente. Ha pasado por casi todas Las diócesis alemanas, y por doquier se le ha negado todo encargo. La justificación que se Le ha dado es aproximadamente ésta: «Sie haben sich versiindingt an die deutsche Volkesgemeinschaft, und deskalb haben Sie das Vertrauen. verloren. Für Sie haben vir kiene Stelle».m En febrero, cierto número de sacerdotes alemanes que sabían polaco ILegaron a Pomerania. La mayoría no tardó en ser llamado de nuevo, y algunos de eLlos con mención deshonoradle a los ojos

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de los alemanes, como, por ejemplo, monseñores Lirwin y Dziedzielewski porque favorecían a los polacos (gegenüber die Polen freundlich einquestelt). Otros han sido sustituidos. Su misión: «Für Vertreung der Volksdeutschen in Ostgebiet». Entre estos últimos había sacerdotes como, por ejemplo, el traidor Dertz (un polaco que antes se llamaba Marszalkoski), y otros de escaso valor, como monseñores Preuss y Knob. Este último reside en Wejherowo y es miembro de las SS. Cuando los fieles fueron a su casa, saludándolo: «Gelobt sei Jesús Christus», les respondió: «Der deutsche Grüss ist: Heil Hitler! Bitte, verlassen sie das Zim.rn.er und kommen noch einmál zurück».m Estos sacerdotes se comportan con los polacos de manera soberbia, lo cual hiere los sentimientos de éstos. La población polaca frecuenta cada vez menos las iglesias donde ejercen su ministerio estos sacerdotes u otros por el estilo, diciendo que no son sacerdotes, sino Traubenders. En algunos centros, como en Wabrzezno o en Choinice, se celebran misas sólo para los Volksdeutschen.m Los polacos deben esperar en la puerta, no importa el tiempo que haga, y no pueden entrar hasta que hayan salido los Volksdeutschen. La participación es mínima, tanto más cuanto que están excluidos los cantos y la predicación en polaco. He aquí el comportamiento de los sacerdotes alemanes enviados desde Alemania para desarrollar la actividad «pastoral». Por otra parte, hay muy poca diferencia entre éstos y algunos representantes de su autoridad, como por ejemplo, el obispo Berning, de Osnabrück. En 1933, era un partidario declarado de Hitler, miembro del Consejo de Estado, y fue nombrado protector de los emigrados católicos alemanes. Era conocido por haber solicitado varios privilegios para los alemanes en Polonia y por no haber cumplido jamás una sola promesa hecha a los polacos. Actualmente, este mismo obispo ha prohibido a los sacerdotes enrolados bajo las banderas alemanes, comportarse como pastores hacia los polacos, porque ello «mancharía la dignidad del soldado alemán». Esta información proviene de algunos sacerdotes que, encontrándose en Polonia como soldados, iban a las iglesias a celebrar misa, pero que, de acuerdo con las órdenes recibidas, se negaban a dar la comunión a los polacos. Por lo demás, son conocidas las oraciones del obispo castrense alemán, que pedía a Dios concediera la justa victoria a la causa alemana. Se trata del obispo Rutkowski, cuyo nombre parece indicar que se trata de un traidor. Del segundo informe damos el texto completo de la primera parte, a excepción de algunas líneas, que deberemos citar más adelante:

Informaciones religiosas de Polonia, desde él 1.° de febrero al 15 de marzo de 1941 ¡ En el sector religioso no hay nada especial que señalar. La tendencia general a perseguir a la Iglesia y a la religión persiste aquí y allá: violentísima en los territorios incorporados al Reich, en otros lugares no se agudiza, pero tampoco se atenúa. Entre los acontecimientos positivos, se pueden notar: Durante los primeros días del mes de marzo se ha celebrado en Varsovia una breve reunión de cinco obispos ordinarios, o sea, el administrador apostólico local, arzobispo Gall, el metropolitano de Cracovia y los obispos de Kielce, Czestochowa y Sandomierz... Antes de Pascua se organizó un pequeño número de recolectas de ofrendas en las ciudades y, en parte, también en el campo, evidentemente sólo en el territorio del Gobierno General. Las autoridades de ocupación no ponen obstáculos, al menos por ahora. La mayor dificultad radica en la prohibición de salir después de las ocho, lo cual no permite organizar la enseñanza por la tarde o por la noche. Por lo que refiere a los seminarios, se nota el status quo. Hasta hoy, los obispos no han recibido respuesta a sus peticiones. Excepto que en Cracovia y en Sandomierz se organizan cursos clandestinos, y no para todos los alumnos. De cuando en cuando vienen los representantes de la Gestapo para las informaciones, pero lo hacen molli mana, sin decidirse seriamente a ello. La misma falta de decisión se nota también por lo que respecta a los estudios organizados por las distintas congregaciones. De vez en cuando amenazan con castigar a todos aquellos que estudian, proceden a registros, como, por ejemplo, el efectuado a los franciscanos y jesuítas de Cracovia o bien prohiben salir, como a los Iazaristas, pero luego no se preocupan de que las órdenes sean cumplidas. Gracias a este estado de cosas, los estudios en las congregaciones, bien o mal, pueden continuar, y los padres palotinos de Oltarzew, cerca de Varsovia, han logrado recoger algunas docenas de alumnos procedentes de las diócesis occidentales, así como a algunos náufragos de otras congregaciones, a fin de hacerles continuar los estudios y prepararlos para la misión pastoral. El obispo auxiliar de Pinsk, monseñor Niemica, que se encuentra en Varsovia, procede.en Oltarzew, a las ordenaciones. Aparte esto se notan, de cuando ea cuando, actos de violencia, sobre todo en el caso de acusación de haber desarrollado actividades patrióticas, verdaderas o aparentes. Así, fue detenido en

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Cracovia un franciscano muy conocido —el P. Buenaventura Podchodecki, que sería fusilado después en Niepokalanow, cerca de Varsovia, según algunas fuentes, aunque inseguras; otros franciscanos, según noticias procedentes de la cárcel de Pawiak,1*9 habrían sido detenidos y maltratados físicamente; en Lowicz, cuatro sacerdotes (dos de los cuales fueron posteriormente puestos en libertad) habrían sido también detenidos, y en Radom serían fusilados los sacerdotes Gralewski. En las otras diócesis se darían muchos otros casos semejantes, pero con frecuencia resulta difícil tener noticias ciertas, porque la policía alemana actúa en secreto. En Varsovia ha habido diferencias con las autoridades alemanas por la cuestión de las iglesias católicas en el barrio judío. En efecto, en el territorio designado para el ghetto se levantan tres iglesias parroquiales con algunos millares de fieles. Las autoridades se oponían al ir y venir de los sacerdotes y querían que se cerraran. No obstante, las iglesias han permanecido abiertas, y el problema ha quedado en suspenso. Si actualmente no se puede registrar una intensificación del terror (claro está, aparte los hechos referidos), es necesario subrayar que el gran recrudecimiento del terrorismo político no deja de influir también sobre la vida religiosa. No se pueden usar otros términos: se halla en curso la destrucción sistemática y odiosa de toda la nación. En efecto, se efectúan innumerables detenciones, numerosísimas ejecuciones, destrucciones de las propiedades, expulsiones de la ciudad y de los países, y se dan órdenes cuyo único objeto es el de maltratar a la población; la política discriminatoria de los polacos en el sector del aprovisionamiento; la imposibilidad de dar una enseñanza adecuada a la juventud; el envío de trabajadores a Alemania, etc.: un horrible cuadro de persecuciones y de terror jamás visto en Polonia. Muy recientemente han sido tomados 60 rehenes por un alemán muerto, por lo demás, de origen dudoso, y se ha amenazado con fusilarlos si no se revelaba el nombre del culpable; resultado: al no haberse encontrado éste, se ha dado muerte a una parte de los rehenes y se ha fijado por las calles el manifiesto con la noticia. Este terror y estas persecuciones, inauditas, que claman venganza al cielo, actúan de forma que aumenta sin fin el odio y ejercen repercusiones indeseables para la religión: aquí y allá se duda de la Providencia, se dan incluso casos de suicidio, se arremete contra la Iglesia porque no ha condenado todo esto abierta y públicamente; hay polémicas y equívocos. Estos sentimientos no afectan a la gran mayoría de la población nacional, pero conviene reconocer que la vista de tantas infamias constituye una dura prueba para las conciencias. Sólo se ve la destrucción brutal de las obras de arte, de los lugares de trabajo, una doloro-

sa puesta de rodillas del país, con pérdidas irreparables en el campo nacional y familiar. Aparte los muertos en la guerra y a causa de las heridas, el número de los fusilados, de los torturados, de los que han perdido la libertad en las cárceles o en los campos de concentración, de cuantos han sido arruinados por las expulsiones inhumanas, rebasa ampliamente las 500.000 unidades, sobre todo entre la población masculina, aunque también entre las mujeres. ¿Y cuántos jóvenes y muchachos morirán aún a causa de la subalimentación y de las enfermedades? El que viva lo verá. En las regiones occidentales, incorporadas al Reich, el terror nacionalista ha terminado casi por completo su obra exterminadora y está a punto de consumar también la aniquilación de las instituciones religiosas supervivientes; recientemente, los alemanes han arremetido también contra los príncipes de la Iglesia. A comienzos del mes de febrero han sido brutalmente removidos el obispo de Katowice (monseñor Estanislao Adamski) y su auxiliar, Bieniek, que tras un viaje en coche, han sido dejados, con sus maletas, ante el palacio arzobispal de Cracovia. Las indignas maquinaciones del obispo Adamski, que ultrajan a la causa polaca e, indirectamente, al catolicismo, a lo que parece no han servido para nada. Más tarde, a comienzos de marzo, se ha atentado contra dos obispos de Plock, hacía ya mucho tiempo confinados lejos de sus diócesis, en la parroquia de Slupno. A las dos de la madrugada fueron obligados a abandonar la cama y transportados a Plock en una simple carreta. Allí los hicieron subir a un autobús, completamente lleno, para ser trasladados, tras algunas horas de viaje, a Dzialdowo, donde hay un campo de concentración para la segregación de los prisioneros. Y desde entonces no se tienen noticias de ellos. Se sienten los mayores temores por la suerte del arzobispo Nowowiejski, de ochenta y tres años de edad y que, además, está enfermo del corazón. El obispo auxiliar, Wetmanski, habría sido golpeado. Una semana antes de la detención de los dos obispos habían sido ya removidos en Plock cuatro ancianos sacerdotes, uno de los cuales, monseñor Modzelewski, murió a consecuencia de una crisis cardíaca. Pero no sólo las personas son perseguidas; se siguen destruyendo los objetos del culto, y a veces se llega incluso a los sacrilegios. Así, en la iglesia de los padres jesuítas de Leczyca, de la cual habían sido expulsados los padres el 15 de octubre pasado, a comienzos de marzo se decidió «poner orden> entre los objetos litúrgicos. Se hicieron venir trabajadores judíos y .se les ordenó que lo sacaran todo y lo depositaran en carretas; cálices, relicarios, libros e indumentarias litúrgicas, entre ellas, capas pluviales del siglo XVII, ropa blanca, etc.: la iglesia ha sido cerrada, pero se
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podían ver los vasos sagrados en las gradas del altar mayor: dos copones, uno perteneciente a la iglesia y otro a la capilla, transportados de allí por manos judías.110 NB. Cuando los jesuítas fueron expulsados, no se les permitió consumir las hostias, y los objetos sagrados permanecieron allí, sin vigilancia, durante casi cinco meses. Se sigue eliminando lo que queda de las congregaciones religiosas, y sólo hay ya algunos individuos dispersos; en ocasiones, las religiosas, como, por ejemplo, las ursulinas, son sometidas a pesados trabajos de cocina. En algunas partes de las regiones incorporadas al Reich se halla vigente un decreto que prohibe obligar a los jóvenes a abrazar una religión, por lo cual, sólo después de los catorce años cumplidos pueden hacer su elección.111 En cuanto a los territorios polacos ocupados por los bolcheviques... Nota. A última hora nos enteramos de que en las diócesis del Gobierno General se ha permitido abrir los seminarios... La segunda parte del documento es especialmente importante por las explicaciones dadas al debilitamiento de las persecuciones en el territorio del Gobierno General y por las críticas al nuncio Orsenigo y a uno de los obispos considerados traidores. Problemas de la Iglesia en Polonia (de la segunda mitad de marzo a abril de 1941) Con referencia a este período se pueden destacar algunos hechos positivos. Ante todo, las autoridades de ocupación han concedido un permiso provisional de apertura de los seminarios en las diócesis del Gobierno General, en los lugares donde éstos habían sido cerrados; además, se ha permitido también organizar la actividad de los institutos teológicos religiosos, que hasta ahora se encontraban en graves dificultades. En consecuencia, los jóvenes novicios pueden estudiar ya casi con regularidad, y los candidatos al sacerdocio pueden ser consagrados.112 Por otra parte, las autoridades alemanas han permitido dispensar a los eclesiásticos y religiosos del trabajo físico, al que estaban obligados muchos hombres de menos de cincuenta años. Finalmente, desde hace algún tiempo no se impide ya realizar las colectas en las iglesias y con motivo de las «cuarenta horas»,113 y se practican también menos detenciones de sacerdotes... En cuanto al porqué de este comportamiento, parece que se puede decir lo que sigue:

1. Nuestros perseguidores tal vez se han convencido de que el método de la represión despiadada, por lo que concierne a la religión, no da resultado alguno y, además, conmueve a la opinión pública del extranjero. 2. No quieren empujar a la población hacia la desesperación, en vista de la guerra contra Rusia. 3. Evidentemente, temen que la Santa Sede se lamente de la situación del catolicismo polaco. Por esto se ha permitido a algunas casas religiosas la reanudación de los estudios teológicos; al mismo tiempo, se decía: informad inmediatamente a Roma de que habéis recuperado la libertad de enseñanza. No obstante, si el comportamiento de las autoridades de ocupación hacia la Iglesia ha mejorado algo, aún se está muy lejos de lo que subrayaba recientemente el gobernador Frank en Cracovia, o sea, que la Iglesia, en el Gobierno General, goza de plena libertad. Esta afirmación, así como las declaraciones anteriores de Frank, según las cuales el nuncio Orsenigo se había felicitado del maravilloso desarrollo de la religión católica bajo su gobierno, son absolutamente contrarias a la verdad. Pese a algunos alivios en determinados sectores, la presión continúa; la actividad de las asociaciones está prohibida; la literatura religiosa es casi inexistente, gran número de sacerdotes y religiosos —más de cien— se halla en las cárceles y en los campos de concentración; los edificios de los seminarios (por ejemplo, en Cracovia) han sido requisados; las casas religiosas, las parroquias y los edificios anexos han sido ocupados en muchos casos; con frecuencia, las iglesias han sido transformadas en depósitos de municiones o de material bélico (en Siedlce ha quedado libre sólo una iglesia); las procesiones y las manifestaciones están prohibidas; centenares de moribundos y de condenados a muerte en los campos de concentración no tienen caridad cristiana, etc. De todo ello resulta evidente la tendencia a desarraigar a la Iglesia y su influencia, y tanto más cuanto que los alemanes conceden su apoyo a todo cuanto puede comprometer la actividad social o religiosa, haciendo lo posible por alejar del Santo Padre el corazón de los polacos... Si se añade a ello la desmoralización de la población polaca por medio del alcohol a bajo precio y de las casas de juego; si se toma en consideración In destrucción sistemática de nuestra vida nacional, sobre todo entre los jóvenes que no pueden frecuentar los colegios (cerrados) y que no desempeñan un trabajo normal; si se observa la presión económica y social, es fácil convencerse de que las autoridades alemanas tienden abiertamente a la aniquilación de nuestro espíritu y, en primer lugar, a debilitar la fe católica. Por esto conviene tomar cum grano salís tanto las declaraciones

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del hombre de confianza de las autoridades de ocupación para las cuestiones eclesiásticas, el P. Odilon, O. F. M., el cual, en una carta recientemente enviada a los obispos y los provinciales, asegura que «waitestes Entgekommen und vollstes Werstandniss der deutschen Behorden für die Bedürfnisse der Katholischen Kirche in Polen»,M cuanto la frase siguiente, citada, por ejemplo por el Deutsche Allegemine Zeitung del 13 de abril: «Durch die deutsche Verwaltung wird dem Kirchlichen Leben wie uns vor einiger Zeit des Bischof von Sandomierz in einer Unterwedungdarlegte, nicht die geringste Schwierigkeit in den Weg geZegf».115 En este punto hemos de señalar un problema muy doloroso e inquietante para los más esclarecidos y ardientes católicos polacos. En efecto, afluyen sin tregua las informaciones —algunas seguramente falsas, pero otras sin duda verdaderas— sobre el hecho de que el nuncio Orsenigo no solamente no se conmueve en absoluto por la suerte de la Iglesia en Polonia, sino que incluso está persuadido de que las autoridades alemanas se comportan más o menos lealmente hacia ella, mientras que las lamentaciones de los polacos derivarían del hecho de haber confundido inconvenientemente la causa religiosa con la nacional. Tales opiniones, en boca de un representante del Santo Padre, son extremadamente dolorosas e inducen a muchos espíritus a dudar incluso de la propia Santa Sede. Si Polonia ha sido injustamente atacada; si los invasores no cesan de perseguir a la población inocente de una manera inhumana, es necesario también que el representante de la Iglesia considere este mal como injustificado y que muestre compasión, sin limitarse a hacer frías distinciones entre cuestiones religiosas y nacionales. Tanto más cuanto que entre nosotros la causa nacional y la religión se hallan íntimamente ligadas, quizá más que en otras partes, y que en Polonia, como en Alsacia, por ejemplo, al perseguir a la nación se hiere también a la religión. Pero hay un problema relacionado con éste y que, si bien con dolor, no podemos silenciar. Desde hace algún tiempo vive en Varsovia el obispo de Katowice, Adamski, alejado de su diócesis por los alemanes. En nuestro informe anterior hemos hablado de los dolorosos golpes que este pastor no ha ahorrado a los católicos de Silesia. Estos golpes han tenido un doloroso eco en los espíritus de todos los católicos polacos. Pues bien, este prelado, cuya anterior actividad había estado impregnada siempre del deseo de tener el viento en popa, a fin de conseguir un puesto más importante, trata ahora de presentar su propia actividad en Silesia como si hubiese actuado únicamente por el bien superior de la Iglesia. En esta falsa presentación de los

hechos cita el nombre del nuncio Orsenigo, afirmando haber estado siempre en contacto directo con la nunciatura. Y, lo que es aún peor, añade que permanece en contacto permanente con la nunciatura, y que el nuncio le ha asegurado que sus informes son los únicos que él considera fidedignos. Nosotros declaramos hoy ante Dios que eso no es cierto, y que los contactos del obispo Adamski con el nuncio en Polonia, tan notoriamente hostil al país, sólo podrán dar frutos amargos, tanto para la Iglesia como para la nación. Aún podemos añadir que los hombres que se hallan cerca de él en Varsovia van susurrando que llegará a ser arzobispo de Varsovia y cardenal. Es probable que estas voces se basen en el hecho de que el gran amigo y sostenedor del obispo es el canónigo de Varsovia Kaczynski,116 el cual, aunque goza de mala opinión en los ambientes serios del clero, como hombre intrigante y de mala conducta, ha sabido ganarse el puesto de capellán cerca del presidente Raczkiewicz, y es, sin duda, una personalidad influyente. Subrayemos aún, que, en los ambientes responsables católicos y eclesiásticos de Varsovia, el obispo Adamski ha sido acogido de una manera fría y muy desfavorablemente. En cuanto al comportamiento general de la población, conviene decir lo siguiente: La gran mayoría del pueblo se comporta bien, tanto religiosamente como desde el punto de vista nacional. Pese a las dificultades cada vez mayores en materia de aprovisionamiento; pese a las detenciones; pese al envío de hombres a Alemania y pese a las exacciones de toda índole, esta mayoría no se impresiona y busca a Dios. En tiempo pascual, las iglesias estaban llenas de gente, y muchos, incluso entre los que evitaban confesarse hacía años, han comulgado. Es necesario subrayar que, entre las organizaciones nacionales y políticas, tanto las existentes como las de reciente fundación, muchas tiene una base positivamente católica. Hay organizaciones que hacen propaganda de un auténtico ascetismo y que tratan de crear en el país una verdadera élite religiosa y moral. En los sectores que actúan de liaison entre estas organizaciones y el Gobierno polaco en el extranjero, hay pastores seguros y esclarecidos. Y, sin embargo, hay algunas sombras. Muchas grandes aprensiones derivan del hecho de que un determinado porcentaje (del 30 al 40 por ciento) de jóvenes de ambos sexos, que frecuentaban las clases superiores del liceo, han dejado de estudiar, no hacen más que pasearse por las calles, fumar cigarrillos, tratar de ganar dinero con métodos poco honestos y entregarse a diversiones peligrosas. Dados los muchos obstáculos opuestos por los alemanes, es difícil ocuparse de esta juventud.

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Un determinado porcentaje de intelectuales, mucho más exiguo que el anterior, no trabaja, vive en la miseria, degenera moralmente e incluso pierde a veces toda esperanza. Esta desesperación aumenta a causa de las expulsiones de las viviendas, de las detenciones, del envío de parientes próximos a Alemania, de las noticias de la muerte de padres, de hijos, de hermanos, asesinados y sometidos a tortura en los campos de concentración y en las cárceles. Otro tipo de desesperación caracteriza a otros intelectuales, como los habitantes de los arrabales y, sobre todo, el pueblo. Éstos han adquirido las costumbre de especular vendiendo valores extranjeros o víveres, y el dinero así ganado lo gastan en beber vodka y en boites de juego, que tanto abundan en la ciudad. Se ven también muchachas polacas seducir a los soldados alemanes, que pululan en el país. Este género de deterioro moral, cuyas fuentes son la inercia y la desesperación, aflora incluso en las familias más honestas. Finalmente, conviene registrar con tristeza la agitación contra el Santo Padre... Todo cuanto hemos dicho se refiere exclusivamente al Gobierno General. En las regiones incorporadas al Reich, la persecución religiosa y nacional ha alcanzado una extrema gravedad. La vida católica no existe prácticamente ya; muchas iglesias están cerradas; casi todas las congregaciones religiosas se hallan dispersas; los bienes de la Iglesia, requisados, y detenidos los sacerdotes que han quedado. Por no dar sino dos ejemplos de esta martirología, citamos: la existencia en Bojanowo, en la región de Poznán, de un campo de concentración especial para religiosas (cerca de 200), y el trato a que han sido sometidos los dos obispos de Plock... De otro informe de la serie Los problemas de la Iglesia en Polonia, que abarca el período entre 1.° octubre y 15 de noviembre de 1941, entresacamos solamente una noticia relativa a los territorios occidentales: El 6 de octubre fue decretado el internamiento de todos los sacerdotes de Warthegau. Han quedado poquísimos. En las diócesis de Gniezno y Poznán, 40. Hay ayuntamientos en que no se encuentra ni uno. En Warthegau, los obispos o vicarios generales no tienen derecho a determinar los traslados de los sacerdotes de una parroquia a otra. Lo hace la Gestapo, sin informar de ello a la autoridad eclesiástica. Solamente una vez realizado el traslado, los sacerdotes piden recibir la jurisdicción eclesiástica. En estos últimos meses han sido retiradas todas las banderas. Durante la última redada de sacerdotes han sido robados en algunas iglesias cálices y custodias. En Liuban, cerca de Poznán, ha sido abierto

el tabernáculo, se han esparcido las hostias consagradas y se han llevado los copones. En algunas iglesias han sido robados los indumentos litúrgicos y la ropa blanca. Los misales y devocionarios han sido quemados. Algunos sacerdotes han de desarrollar el trabajo que se les ha asignado por la Arbeitsamt (trabajos de oficina, jardinería, en establos, etc.). Los sacerdotes detenidos son trasladados a otros lugares: parte de ellos, con destino desconocido; otra parte, a la cárcel de Poznán, y otra, al campo de concentración próximo a Lodz. La población polaca carece de asistencia religiosa, y los enfermos mueren sin recibir los sacramentos. 117 Estos informes tienen un interés particular, por haber sido compilados por eclesiásticos (lo demuestra la forma de expresarse y de tratar los problemas). Del segundo —subdividido en dos secciones— conocemos incluso, si no el verdadero nombre, el seudónimo del autor: T. Swinica (tal vez un sacerdote del clero de Varsovia o, por lo menos, que vivía en Varsovia). Ello demuestra cómo la Delegación, en los sectores religiosos, prefirió servirse, y no sin razón, de elementos del clero (secular o regular). En una nota escrita a lápiz al pie de la página en la primera parte del segundo documento, se lee; «7/6/41. Este informe debe ser considerado como un material inicial para la sección de asuntos eclesiásticos, en vías de organización.— R. S.» Y en otra nota (también escrita a lápiz) al comienzo de la segunda parte: «Una parte de este informe ha sido enviada recientemente. El informe proviene de los ambientes eclesiásticos, y los problemas de las personas son tratados de modo subjetivo. Material general para la sección de asuntos eclesiásticos, a punto de organizarse en el BI (¿Oficina de Informaciones?) — R. S.» Siempre para ilustrar la situación general religiosa de Polonia a la luz de estos informes, traducimos, finalmente, parte de un comunicado lLS bastante posterior a los anteriores, fechado el 19 de setiembre de 1943 y firmado «sac » (firma ilegible), relativo a los últimos meses del año: Durante los últimos meses, la Iglesia en Polonia ha experimentado serías pérdidas. Archidiócesis de Cracovia. Detenidos en Mogila, en julio, 5 cistercienses. En Lubien, el cura párroco y el vicario. En Czulice, el cura párroco. Diócesis de Kielce. Un sacerdote encarcelado bajo la acusación de haber ayudado a las bandas comunistas; otro, enviado al campo de concentración; 6 amenazados de cárcel, han huido; 3,

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muertos en campos de concentración, y 2, en libertad, de muerte natural. Diócesis de Tarnow. El 29 de julio, la policía alemana ha dado muerte al sacerdote Román Ulatowski, de Tuchow. Diócesis de Lodz. En la región perteneciente al Gobierno General, en Piotrkow, han sido detenidos el vicario general, Krzyszkowski, y un joven vicario de la parroquia por haber bautizado a un judío y haberlo desposado. Ambos han sido encerrados en la cárcel local. Diócesis de Sandomierz. Han sido detenidos tres sacerdotes religiosos filipenses en Studziana y, hacia mediados de agosto, enviados a Oswiecim. En las regiones incorporadas al Reich: Archidiócesis de Gniezno y Poznán. Ha muerto en Poznán, en libertad, pero en lamentables condiciones materiales, monseñor Kazimiers Pajerowicz, presidente de las obras misioneras en Polonia. Diócesis de Chelmno. Han sido detenidos 6 sacerdotes jóvenes, 2 de ellos en Grudziaz. Diócesis de Lomza. Ha sido fusilado el sacerdote Schmid en Lomza y el sacerdote Peza en Rajgrod. [Archidiócesis de Vilna, diócesis de Pinsk y de Luck...]. Las restricciones concernientes a la actividad pastoral y la preparación de los nuevos sacerdotes permanecen invariables. Pese a la promesa de solucionar, a principios de año, el problema de los estudios en los seminarios, las autoridades alemanas no han anulado la decisión, de hace tres años, que prohibe aceptar candidatos. Por eso los seminarios, están quedándose vacíos. Los años I, II y III están incompletos. Lo mismo puede decirse de los noviciados de los religiosos. Las atrocidades respecto a la población continúan e incluso aumentan. Se procede siempre a las ejecuciones en masa de la población civil, sobre todo en la región de Bialystok y Poliesia. Los policías asesinan a familias enteras, incluidos niños y ancianos. En la región de Tarnow, en julio pasado, fueron asesinados gitanos católicos (40 en Zabno y 95 en Szczurowa). El administrador apostólico de la diócesis, monseñor Kruszynski, ha protestado contra el comportamiento inhumano de las autoridades en la diócesis de Lublín, enviando un memorial al gobernador del distrito de Lublín, doctor Wendler. [Sigue un amplio resumen que termina recordando el cierre de 41 iglesias católicas en la re-

gión de Kiélce, de ellas 27 parroquiales, sin contar 25 iglesias parroquiales entregadas a los ortodoxos ucranianos por las autoridades alemanas.'] Una de las mayores desgracias de la Iglesia polaca es la situación de la diócesis de Padlachia (Siedlce). Tal situación es malsana, y afortunadamente la culpa no recae sólo sobre una parte del clero, carente de virtudes pastorales y de disciplina, sino también sobre el administrador apostólico, que carece de todo, y es lo menos que puede decirse de él. Por desgracia, la falta actual de relaciones con Roma impide arreglar este doloroso asunto de la forma más conveniente. 19.IX.43. sac. L Como hemos dicho, una parte de los informes de la Oficina de Informaciones y Estudios Políticos examinó con particular atención la actitud del clero y del episcopado. Citamos, entre los ejemplos más interesantes, el párrafo h) del Informe sobre la situación desde el 15 de agosto hasta el 15 de noviembre de 1941,m y la segunda parte de una Revista de los problemas de la Iglesia en Polonia, hecha a base de «un encuentro con X», del 9 de enero de 1942.™ h) Comportamiento del clero

A causa de la persecución del clero, la actitud hacia los alemanes se hace cada vez más negativa, sobre todo en el bajo clero y entre los sacerdotes jóvenes. Las últimas detenciones masivas en los territorios anexionados al Reich han limitado el número de los sacerdotes polacos en estas regiones a una tercera parte, por término medio. Y, lo que es peor aún, llegan a las parroquias sacerdotes alemanes con órdenes de la nunciatura pontificia en Berlín. Los sacerdotes polacos que han quedado se hallan tan aterrorizados, que no pueden actuar. En cuanto a los sacerdotes de los territorios que han sido ocupados por los soviéticos... En general, el clero deL territorio del Gobierno General se comporta con dignidad, no sometiéndose más que formalmente a las órdenes del ocupante, excepción hecha del obispo de Sandomierz, Lorek y del de Kielce, Kaczmarek, los cuales hace ya largo tiempo que tienen fama de oportunistas. En estos últimos tiempos, el obispo de Siedlce ha dejado de comportarse con dignidad, invitando a su clero a no oponerse a la requisa de las campanas e incluso a informar de cualquier caso de resistencia. Los otros administradores, y, sobre todo, el arzobispo Sapieha

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y el arzobispo Gall, practican la resistencia pasiva. Se limitan a transmitir, sin comentarios, las órdenes alemanas. Además, se han negado a publicar una revista mensual oficial, contrariamente a lo que hace el obispo de Kielce. La actitud hacia el Vaticano es varia. El alto clero y los religiosos defienden al Papa los sacerdotes jóvenes lo critican. Los jesuitas alemanes (de Berlín) han entrado en contacto con los jesuitas polacos (de Lublín) para llegar a un acuerdo sobre la actividad misionera de la Iglesia católica en el Estado. En estos últimos tiempos, el clero toma una parte activa en la acción caritativa, lo cual es evidente, sobre todo, por lo que respecta al RGO. m Independientemente de todo esto, gran número de parroquias desarrolla, al amparo de «Caritas»,122 una acción de ayuda a los pobres. El clero no se mezcla directamente en la vida política, pero influye en ella a través de los dirigentes seglares. En algunos ambientes eclesiásticos, ligados al Partido Nacional, se empieza a criticar al Gobierno del general Sikorski, a causa de sus tendencias filosemíticas y de izquierdas (felicitaciones por el año nuevo judío, condecoración postuma de Libermann, etc.). Pero la mayor parte de los sacerdotes está ligada a las tendencias de centro moderadas, y los jóvenes simpatizan con los movimientos populares. Las tendencias antisemíticas del clero son muy fuertes. La actitud del clero es muy variada, y éste es uno de los mayores males de la Iglesia en Polonia. La causa de este mal radica en el nivel excesivamente bajo del episcopado, el cual depende, a su vez, de la mala política de nuestro Gobierno, que impide sistemáticamente el nombramiento de hombres animosos. Por consiguiente, en 1939 bastantes diócesis se hallaban sin obispos, y la mayor parte no ha sabido comportarse como debía. El arzobispo metropolitano Sapieha, que era el único en saber manifestar su propia independencia, no tenía la suficiente autoridad moral e intelectual para imponer a las restantes diócesis una política uniforme. De ahí que las diócesis quedaran abandonadas a sí mismas; y como quiera que los obispos daban pruebas de una inercia total, el clero se encontró desprovisto de directrices políticas. Esta es la razón de la gran diferencia en el comportamiento del clero hacia el ocupante y en la lucha por la independencia. Puede decirse que no se han dado traidores entre el clero, excepción hecha de cierto grupo notoriamente filoalemán. Hay también cierto grupo de desviados, sobre todo entre los expulsados de los territorios occidentales que, via facti, se han secularizado y piden a voz en grito la abolición del celibato o la creación de una Iglesia «nacional». Pero

en las épocas de persecución, estos hechos son una cosa normal y, desde el punto de vista de la Iglesia, incluso deseable. El resto —el clero en general— cumple con su deber, pero de acuerdo con toda una gama de conductas: desde una participación activa en la acción ilegal, a través de manifestaciones imprudentes de patriotismo, hasta la inercia vil y egoísta. Evidentemente, no se han dado casos de fraternización con los alemanes. Hace dos años, las declaraciones de los obispos Lorek y Kaczmarek armaron mucho revuelo. Hoy, ambos lamentan sinceramente aquellos gestos suyos irreflexivos, y sin duda no volverá a repetirse otro hecho de esta índole. La orden dada por el obispo de Siedlce de entregar las campanas es más una manifestación de timidez que de espíritu de «colaboración» con los alemanes. El último llamamiento clandestino del Gobierno al clero ha sido acogido favorablemente por lo que respecta a la enumeración de los deberes de todo sacerdote y de todo patriota. Por el contrario, pueden surgir algunas dificultades en el cumplimiento de la orden de vender los exvotos y otros bienes para fines patrióticos o caritativos. El Derecho Canónico exige que para todos los casos de venta de los exvotos hay que contar con el permiso de la Santa Sede. Por el contrario, para los legados basta el consentimiento de los donantes. Sea como fuere, son pocas las iglesias que poseen material litúrgico de algún valor en cierta abundancia (se entiende de oro y plata, y no solamente revestido de oro). En su conjunto, el clero es leal hacia el Gobierno de Londres. A este respecto, la unidad de sentimientos está mucho más difundida que entre los seglares. Los sostenedores de la Falanga m se pueden contar con los dedos de la mano. Se dice que, una vez liberada Polonia, se podrá eventualmente discutir con los representantes de las tendencias radicales del Gobierno. La actividad de la Iglesia en los territorios orientales encuentra dificultades a causa de la falta de obispos, muchos de los cuales han muerto o han sido deportados a Siberia. [Las matanzas soviéticas de 1941 han afectado, sobre todo, al clero uniato de Galitzia, visto que se trataba de ucranianos.] Los alemanes oponen obstáculos a la acción misionera [en el Este], no permitiendo al clero el traslado de un lugar a otro. Sin embargo, hay un amplio campo de actividad pastoral y polaca, sobre todo en los antiguos territorios soviéticos... Sin embargo, en materia de examen de la postura del clero, el trabajo más interesante nos lo ofrecen las siguientes «Notas a lápiz» recibidas el XII y de 1942 y enviadas a L. (ondres?) el 6-1-1943, tituladas

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Postura y opiniones del clero católico en Polonia

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Para caracterizar la postura y las opiniones políticas del clero católico en Polonia, hay que afrontar los siguientes problemas, que se completan mutuamente: 1) la actitud del episcopado; 2) el papel de las congregaciones; 3) la actividad política del clero y los centros de actividad; 4) la importancia del clero religioso en el extranjero; 5) las opiniones generales. 1) Actitud del episcopado

Dado el sistema jerárquico de la organización de la Iglesia católica, el episcopado desempeña un papel preponderante en la vida política del clero. El bajo clero, sobre todo en el campo, alejado de los centros no religiosos, sigue, en general, el ejemplo y las opiniones que dimanan de arriba; así, la postura política de los obispos, en la mayor parte de los casos, es decisiva para el comportamiento ideológico y táctico de los sacerdotes en una diócesis determinada. Este hecho puede ser ilustrado por la actitud favorable de los sacerdotes en las diócesis de Sandomierz y Siedlce, por lo que concierne a la acción de los ocupantes en la cuestión del envío de trabajadores a Alemania (actitud últimamente condenada por la Prensa): tal postura es análoga a la de los obispos 1 y 2. En la actualidad la actitud del episcopado es clara por completo y. tomando como base la postura hacia los ocupantes, se pueden distinguir fácilmente 3 grupos de obispos: a) El primer grupo está constituido por los obispos que representan un elevado nivel ético y patriótico: su actitud hacia el ocupante se caracteriza por una hostilidad implacable. A este grupo pertenecen los obispos 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9. Estos obispos ejercen una poderosa influencia y gozan de una gran autoridad. Con frecuencia toman parte activa en la actividad clandestina y son los animadores de la acción social y política. El 3 goza de la máxima autoridad, y su posición moral queda reforzada por el hecho de que, políticamente, no tiende hacia ningún partido. b) El segundo grupo está formado por aquellos prelados cuya postura puede ser calificada de oportunista. Son los obispos 10, 1 y 11. Sin duda actúan de buena fe (es lo que los diferencia del tercer grupo), tratando de salvar a la Iglesia a pesar de la situación

política. Como compensación por cierta colaboración (por ejemplo, los contingentes) y por haber declarado lealtad, los alemanes les permiten publicar las cartas pastorales y tener una tipografía diocesana (10), lo cual es inimaginable para los obispos pertenecientes a la primera categoría. Ya en vida del arzobispo Gall, pero sobre todo después de su muerte, la actitud de la Curia Metropolitana de Varsovia se ha hecho cada vez más oportunista. La vileza y la falta de patriotismo de sus Excelencias 125 1-2 y 13 se demostraron ya durante la enfermedad del arzobispo, cuando se escondió la carta manuscrita enviada por el Papa al moribundo: el contenido de la carta —sensacional, según parece— se ha mantenido secreto hasta hoy. El nombramiento de Su Excelencia 14 no influirá problemente sobre la postura de la Curia, dado que se trata de un anciano y, además, inválido. Entre el segundo y el tercer grupo se sitúa el obispo 15. Su posición es calificada generalmente de «oportunista, pero de buena fe». Ha tratado más que nadie de salvaguardar el espíritu nacional, y hoy, después de la expulsión, aunque su actitud sea juzgada negativamente por la opinión católica, él la considera justa. Fue uno de los primeros en invitar a los polacos a hacerse Volksdeutsch; y aprovechando sus relaciones con el episcopado alemán, colocó a los alumnos de Silesia en los seminarios alemanes. c) El tercer grupo, el de los traidores, está constituido por el administrador de Siedlce, el obispo 20. Ya se han ocupado de él los círculos eclesiásticos responsables. No solamente infringe el Derecho Canónico, expulsa a los párrocos «locodati», sino que colabora abiertamente con los alemanes; en estos últimos tiempos se ha hablado mucho de la recepción que organizó en Siedlce para la Gestapo, que había llegado para proceder a las detenciones. Es un oportunista de mala fe. Goza de mala opinión entre el clero de la diócesis y carece de autoridad. Exceptuando a los pocos sacerdotes de que se ha rodeado, todos los demás lo tratan de una manera hostil. La prueba está en que el clero de Siedlce está dando los pasos necesarios cerca de los elementos responsables para que sea sustituido. Este clero ha aportado pruebas contra el obispo 2. 2) Papel de las congregaciones Las congregaciones constituyen hoy centros de acción para la independencia y la acción caritativa. La acción para la independ a -será parcialmente analizada junto con la actividad política del clero. Aquí se tratará de ello sólo de una manera general. Hay tres tipos de congregaciones:

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a) El primero es el de las congregaciones que realizan acción política, caritativa y de independencia. Es el tipo más positivo desde el punto de vista de los intereses del Estado. Pertenecen a él: los palotinos, los misioneros y los salesianos. b) El segundo tipo lo ofrecen las congregaciones que ejercen actividad caritativa. Son los capuchinos, los benedictinos y todas las congregaciones femeninas. c) El tercer grupo está constituido por los jesuitas. Representan el elemento vaticano en la vida política polaca. Su actividad es eminentemente política. Sus formas son múltiples y tratan de no exponerse y de influir en diversos ambientes. Esto explica por qué su línea de conducta parece poco coherente (papel del reverendo 16 en la «Conferencia Nacional» y del padre 17 en el Partido Nacional). El jefe político de los jesuitas es el reverendo 17, quien explica las medidas tomadas por el Vaticano (nombramiento del reverendo 18 en Vilna y de los administradores apostólicos en las diócesis de Poznán y Pomerania), con la necesidad de poner orden en la vida religiosa. Típicamente característica del reverendo 17 es su última acción de propaganda, según la cual no se debería acusar al clero alemán. Por lo que respecta a las relaciones entre Polonia y el Vaticano, hay antagonismos entre jesuitas y palotinos, los últimos de los cuales representan la opinión del Gobierno y del Estado polacos. Los jesuitas (reverendo 17) se hallan en un contacto muy estrecho con el nuncio secreto del Vaticano (reverendo 19), un sacerdote italiano hostil a los polacos. Sus palabras: «Los polacos son responsables de su suerte», ilustran su posición. Es muy difícil juzgar imparcialmente a los jesuitas, dado que se carece de todos los elementos para hacerlo; las valoraciones acabadas de exponer se basan en lo que es posible observar. De cuanto se ha dicho, resulta evidente que el papel de las congregaciones tiene puntos en común con la actividad política del clero, y que las congregaciones forman el centro de esta actividad. 3) Actividad política del clero Hay dos grupos políticos principales en el clero: u n grupo activo en el sector de la independencia, llamado de los «legalistas», y un grupo independiente de acción política en el interior. Los miembros del grupo legalista provienen, sobre todo, de los misioneros, los palotinos y los sacerdotes seculares. Las personalidades más visibles de los mismos son el reverendo 20, el rector 21, el reverendo 22, el superior 23, y el reverendo 24. Éstos son muy

activos en la DR126 (lucha civil); han redactado una declaración destinada al clero católico y han enviado al Gobierno y al obispo 25 un memorial sobre la situación del clero. Han redactado también un llamamiento al clero, invitándolo a participar en la lucha civil (entre otras cosas, pidiendo que se ofrezcan los objetos de valor para los fines de la lucha por la independencia y por la asistencia). Entre los miembros del grupo independiente hay que decir que han desempeñado o desempeñan cierto papel los reverendos 26, 27, 16, 28 y 29 y, a la cabeza de ellos, el reverendo 17. El reverendo 26 (de la diócesis de Sandomierz) trataba de agrupar en el Partido Nacional a los elementos derechistas del clero. El reverendo 16 es activo en la «Confederación Nacional». El reverendo 24 es cofundador de «F. O. P.» y «Credo»; el reverendo 27 es activo en el «Credo» y en el «F. O. O.» y presidente del grupo «Oriens»; el reverendo 28 es protector del rito oriental en el grupo «Oriens» (F. O. P.). Como hemos dicho, los jesuitas «oficiales» defienden la política del Vaticano. En cuanto a la actividad actual de los sacerdotes ligados al antiguo régimen, no tenemos informaciones exactas (al principio emigraron, pero luego volvieron algunos, que, sin embargo, permanecen inactivos). 4) El centro religioso en el extranjero

Pese a las diferencias acabadas de enumerar, el comportamiento del clero católico hacia los sacerdotes emigrados a Londres no presenta ninguna fisura. Los obispos 30 y 31, que residen en el extranjero, no tienen información por lo que concierne a la opinión del clero en el país. Todos dicen que están allí donde no deberían estar. El clero católico del país sólo quiere entrar en contacto con el obispo 25, considerado como su representante en el extranjero. Todos juzgan negativamente al reverendo 32, capellán del presidente y jefe de la sección del personal en los departamentos de cultos. Por eso los obispos 3 y 7 se han negado a enviarle sus peticiones a Londres. Se ha dicho que el motivo consistía en el hecho de que el capellán había firmado el telegrama (el reverendo 33, superior de los jesuitas, ha arrojado una luz definitiva sobre la situación del país). En el memorial de los «legalistas» al Gobierno y al obispo 25 hay una parte hostil al capeLlán.

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5) Opiniones

generales

En general, el clero católico está desorientado. La presencia en Polonia del nuncio secreto del Papa-19 (no se conocen sus cometidos), la falta de informaciones exactas por lo que concierne a las relaciones entre el Gobierno y el Vaticano y la política de éste, no contribuyen en modo alguno a aclarar la situación. El clero católico lamenta la falta de directrices en los problemas más importantes. El clero considera deseable (si no necesario) que la Delegación lo tenga al corriente de la política del Gobierno en las cuestiones religiosas.127 Sólo amplias investigaciones podrían reconstituir de un modo completo y seguro la posición de los distintos grupos del clero polaco respecto a la situación del país ocupado por los nazis y trazar la historia de sus responsabilidades en los años trágicos de la Segunda Guerra Mundial. Sea como fuere, no es éste eí cometido de nuestro estudio, que trata solamente de poner en claro las relaciones entre la Santa Sede de una parte y el Gobierno de Londres y la Delegación de Varsovia por otra: relaciones por las normales vías diplomáticas en el primer caso, y por los conductos clandestinos del episcopado en el segundo. Sobre todo para este último caso, era necesario dar una idea concreta de las informaciones que podían llegar directamente a Roma o influir sobre la actitud del Gobierno de Londres en las relaciones con el Vaticano. Los informes citados bastan para ello, e incluso para dar una idea de la complejidad de la situación y del embarazo que no podía por menos de crear en los círculos de la Secretaría de Estado, llamados a tomar posición por una u otra corriente, en circunstancias ya de por sí dramáticas. Agotado este cometido, sólo resta por preguntarse si, eventualmente, los correos de que disponía el episcopado polaco a través de la Curia militar del ejército clandestino bastaban por sí solos para mantener el contacto entre Roma y Polonia, o si, por lo menos de cuando en cuando la Delegación se servía o no de elementos propios para arrancar al Papa alguna denuncia de las atrocidades nazis, denuncia que aquélla tanto deseaba. Siguiendo las memorias del ex embajador en Washington del Gobierno polaco de Londres (Jan Ciechanowski, Defeat in Victory), Rolf Hochhuth ha hablado, por ejemplo, del teniente Jan Karski, enviado dos veces a Londres y a Washington «como mensajero secreto de los jefes clandestinos comunistas en Polonia, a fin de que transmitiese a

Ifts autoridades civiles y militares interesadas las informaciones y éleclaraciones de testigos oculares». .?(;- «Karski —continúa Hochhuth— logró ser recibido incluso por Roosevelt, con lo cual tuvo ocasión de bosquejarle el cuadro de los campos de concentración, en el que los homicidios en masa estaban a la orden del día. Habló de Oswiecim (Auschwitz), Majdanek, Dachau, Oranienburg; el campo femenino de Ravensbrück, y describió al Presidente su propia espeluznante aventura cuando, disfrazado de policía, visitó en persona los dos lager de Treblinka y Belsen, donde los judíos eran gaseados en vagones de ferrocarril.»123 Un mensajero como Karski, ¿no habría sido acaso ideal para una misión en Roma, en el Vaticano y, posiblemente, cerca del Papa? Hochhuth no parece ni siquiera haber pensado en ello, pero la realidad es que precisamente Karski, del que da noticias tan sumarias e inseguras, estuvo en Roma y fue recibido en audiencia por Pío XII, a quien dejó el mismo memorial ya presentado en en Londres y Washington, El coronel Rzepecki no,, ha podido asegurárnoslo, aun considerando que no es en modo alguno imposible; pero la confirmación del hecho, que llegó a nosotros por otras fuentes, de oídos, nos ha sido dada, de una manera plena y formal, por un amigo y colega de Karski en la actividad clandestina, del cual, por particulares y evidentes razones graves, no podemos, sin embargo, revelar la identidad. Sea como fuere, el coronel Rzepecki, que conocía a Karski, nos ha revelado su verdadero nombre: Jan Kozielewski. Pero, ¿quién era Karski-Kozielewski? Por fortuna, él dio naticias de sí mismo nada menos que en plena guerra, al publicar en Boston, en la primera mitad de 1944, en la Houghton Mifflin Company, una autobiografía que, es a la vez, lo que el título promete, Story of a secret State, o sea, la historia del Estado clandestino polaco. Sin embargo, no acaba de quedar claro si era comunista; en todo caso, si lo era, se trataba de un comunista bastante singular: ante todo, era un creyente que confesaba y comulgaba, que estaba a las órdenes de los servicios secretos de la Delegación y no ya de las organizaciones comunistas y, finalmente, un convencido defensor y pregonero de los ideales democráticos del mundo libre (donde, por lo demás, vivió y vive aún). Por otra parte, sus únicos contactos con los comunistas serían los que tuvo al caer prisionero de los rusos en setiembre de 1939; sea como fuere, una huida con éxito puso bien pronto término a tales contactos. En la primavera de 1940 estaba ya en Francia, junto a Sikorski, para su primera misión. Tras el paréntesis de una captura por parte de la Gestapo y una nueva huida, reemprendió
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jtata^^^daJJí'^lwdi6fetitóí«a^í^ft:patrht;^í»sando;dé UÍI sector a otro, especialmente de la información secreta, hasta que, en otoño de 1942, se le confió Ha misión <lé testimonio viviente de la realidad polaca ante el mundo libré. Cinco semanas antes de salir de Varsovia para Londres (lo que ocurrió a fines de noviembre), tras un encuentro con algunos lidéres judíos, se dejó persuadir por éstos de que visitara el ghetto de la capital. Llegado a Inglaterra (por España), y tras haberse entrevistado con jefes del Gobierno en el exilio (dos veces con Sikorski), empegó" a hacer otro tanto con los dirigentes británicos, a partir de Edén. En los Estados Unidos, donde llegó a comienzos de 1943, además; de cóíi'pólfricog'(varios miembros del Departamento de Estadóie incluso el propioRooséVelt),'tuvo contactos con los círculos judíos y católicos.; Entre estas' últimas personalidades cita a los entonces arzobispo* Móonéy,de Detroit, y Stricht, de Chicago, ! ambos futuros'cafderiaíes. ! Habiendo i escrito Sü libró-" cuando Roma estaba aún ocupada por tósalénianésl KáíSM-ÍÉofeíeleWskíno pudo, naturalmente, hablar de sil í i i i s í ó n ^ é l Vañeáilo; Cuándo tuvo lugar está, si antes de llegarlasL6ndrés % después1 sdelá etápade Washington, a sugerenciadé íó¥tíos' fMMós, nWtiéá ha sido posible averiguarlo. Pero reáulta difícil ^éBlár' qUe semejante meta no hubiese sido preparada coñlddó cftMádo por la propia Delegación. Si su declaración suponía un-" duró golpe para los aliados mucho mayor sería él shockque ejercería sobre los ambientes 4 e la Curia romana y sobre tel jpropio pontífice.^

.ofoasírs

% Nadie e&abantía informado qua «tüftagu mame moatmaoton -BíúLaíconclasión del ^capítulo anteriores* inexorable: -láf Santa Sede estuvo plenatóeníemforinada dé cuánto ocurría: eri Polóiiiá desde el primer día de la invasión del país hasta el último de la ocupación. Las noticias llegaban tanto a través de la nunciatura de Berlín,'como de la embajada polaca cérea del Vaticano; tanto a través dé la-«vía de los obispos», como mediante la obra de los correos pontificios regulares y extraordinarios; Gracias a todos '•estos canales] la Santa Sedé ño sólo pudo conocer las condiciones de la Iglesia, steo también1 dé todos los sectores del país, desdé Jas destrucciones de la población (y, en" especial, dé sus clases dirigentes), a las depredaciones; desde las emigraciones forzadas de sus habitantes, a las matanzas raciales de los'judíos, etc. Resultaría incluso demasiado fácil encontrar huellas de este perfecto conocimiento' dé los hechos 'en algunas —aunque rarís por otros motivos, -pero significativas^ polémicas de L'Osservatore Éómáñom o etilos"prodigados comunicados de Radio Vaticano; Igtíáunenté^ádr resultaría reünir-ctintraprüebas en las admisiones de otros prelados romanos. Se sabe, por ejemplo, que, en él: véráflo de 1941, el cardenal Maglione dijo confidencialmente: «Si se dejase uno arrastrar por ér Sentimiento dé'petiá y de 'rebelión que suscitan iklés-líóTfÓres, ib haría y1 de bien grado.»33* Pero ya el 10 dé junio, en su famosa'carta aT cardenal Sühárd, el cardenal Tisserant escíifcüéf «Alemania e Italia ^é dedicarán a la: destrucción de los b¡ibitantes de las regiones ocupadas, como han hecho en Polonia»;-' y a

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comienzos de marzo de 1942, el mismo purpurado diría al representante del Gobierno ustachi cerca del Vaticano, que en Polonia «habían muerto más de cuatro millones de personas de hambre o de frío». Más aún, Tisserant estaba también al corriente de que en Polonia había epidemia de tifus petequial, pero que los alemanes, que tenían necesidad de médicos en el frente ruso, descuidaban a la población civil.131 Por lo demás, la situación polaca era bien conocida hasta por algunos episcopados, especialmente el inglés y el americano, que no sólo hablaron de ella en público (como el cardenal Hinsley, de Westminster, en la BBC)132 y trataron de poner al corriente al Vaticano, sino que, como veremos, también protestaron vivamente cerca de la Santa Sede por su silencio. Mas, ¿para qué hacer acopio de pruebas periféricas cuando hay superabundancia de directas, o sea, los numerosos asentimientos de Pío XII, aunque, por lo demás, de carácter absolutamente privado? Públicamente, ya lo sabe el lector, Pío XII reveló que estaba al corriente de los hechos sólo una vez acabada la guerra; en < l S discurso del 2 de junio de 1945. Pero en privado, incluso dorante los años de la guerra, Pío XII no ocultó jamás que estaba enterado de la situación polaca. He aquí, por orden cronológico, u n a relación de textos que lo prueban irrefutablemente; J5.VI.1941: carta al presidente de la República de Polonia: A través de Nuestras expresiones llenas de tristeza [del menf saje pascual], habréis podido comprobar, queridísimos hijos, que la situación actual en Polonia nos es bien conocida y que Nos estamos conmovidos de un modo especialísimo por las difaeiles condiciones religiosas en las que se encuentran ^jepi&gODadíi polaco, el clero y los fieles..,133 • , 1.° de enero de 1942; carta al cardenal Hienda 5 Lo que nos escribís sobre la situación del clero en Polonia, JMos —con gran pena y con infinita tristeza—Jo sabíamos ya por otras fuentes de información, y habían llegado a nuestro conocimiento los muchos dolores a los que están expuestos los sacerdotes polacos que viven en la situación del conflicto mundial y hajp §u§ ¡amenazas,134 sasjoh --.-• •'•'.•• •:. .••.•. ' ; '.-• ' -'•.-••. ••:. • íiKiftí) de mayo de 1942: carta al cardenal Hlond: ofrKí'Nos conocemos con exactitud y sufrimos dolorosamente Ja repercusión de la actual deplorable situación de Polonia,-herida por tan horribles desgracias y que soporta sin doblegarle toda clase 4epersequciones y de golpes.13? r)

11 de enero de 1943: carta al cardenal Hlond: Nos conocemos bien la triste situación del queridísimo pueblo polaco y los dolorosos acontecimientos a los que está expuesto,.**36 16 de febrero de 1943: carta al presidente de la República de Pflonia: í-r; ( .- : . ,„&, En el mensaje que nos habéis enviado a través de vuestro embajador, habéis querido atraer una vez más nuestra atención acerca de la situación en que se encuentran nuestros queridos hijos de Polonia a causa de las circunstancias actuales; aunque, por otra pátte, sabéis bien que de los hechos que nos presentáis y de los sentimientos dolorosos que experimentáis, no hay ni uno solo que NttS no conozcamos. En la dolorosa situación general llega cada día a nuestros oídos un eco doloroso de todos Jos males que afligen $.é& humanidad... 13 ! , : ...;.... 30 de abril de 1943: carta a monseñor VoniPreysing, obispo de Berlín: . . •: ... Nos pensamos en las medidas contra la Iglesia, de las que nos habéis informado en vuestra carta: confiscación de bienes eclesiásticos, ocupación de vuestro seminario de Hedwigschohe, limitación y prohibición del apostolado cerca de los polacos deportados a Alemania o de la enseñanza religiosa a los niños polacos» prohibición de celebrar matrimonios entre polacos, etc. Todo ello, siempfe y aún, no es sino una parte de un vasto plan que trata de ahogar la vida de la Iglesia en el territorio sobre el que, se ejerce la autoridad alemana. Como sabéis, la más duramente herida es la Iglesia católica de Warthegau. Nos sufrimos vivamente por la pena sin nombre de los fieles de esta región, y tanto más cuanto que todos los intentos de intervención en su favor cerca del Gobierno se han estrellado contra una negativa brutal...13*- ._L.: , - .' .

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Pío XII sabía, pues, «todo», «exactamente», de «varias fuentes*, «tío había un solo hecho que no conociera», y todo ello «le causaba infinita tristeza». Pero, entonces, ¿por qué no se levantó? ¿Por qué no denunció al mundo entero el terrible genocidio del pueblo polaco? Í : sEn las informaciones sobre las pérdidas polacas a causa áe la guerra de 1939-1945, editado en Varsovia a cargo del DepartaMente de reparaciones de guerra cerca del Presidium del Consejo

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K« dRE». BÜL€©NI? -13

EL SH^NOK) DE PÍO XU

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de ministros de la República popular polaca (edición rusa), hemos encontrado estos datos: --'uo ittQl nh o-rsrre sb Í.Í • i:<r, • sá nsíó aorrreoono:) goTA ; Muertos: * MQOB zmoioíob zo\ y oojüoq } en acciones bélicas (o como consecuen- x ) < á » " d e eltas)í • "'u.v:>bhmq l s SÍIBO :tk$l ob ovsídsi s b df ejército 123.000 :Ekio¡2'$ -ma (-"población civil' & obslras abrferí aoa 3í-52t460QTrarn ' 3 n 3 8,7 tD-ipor violencias del ocupante:" "''•: T-JK-ÜB otn-jup VMBA .lobercc! ofo ? campos de concentración, «pacifica* sup íre nobeolia GÍ ab Kiío ción», ejecucionespíiiquidaciólir^fe <& — ; j u63 e Bínofc'í KOÍ y los ghettos 'ifp - ?r->! *>b ?3í577.OO0 sbdsa , a W $ 3iip "epidemias, malos tratos £n la carcelp ;;o >; o ?o3rr9Írmfrr;.<? cbE-j y en los Zager . ! o 31.286X)00OJTOO orr HJ3 •;'->§i{' muertos fuera de los Utger, peropoTJ »".' •'<••• ¿oitasun r, etó las mismas razones 521XXJ0bins.mutI eg,7 Furnias de violencia ^n:-;?no¡Tí £ imso :fWj; A ?hdc 3b Of. campos de concentración 863.000 : nrhgj enviados a AlemanM ó á - a t r o s ' l u é i f e ^ í f ---írraq ?oM ... por la fuerza - - -en») irmauv 2.46G;OO0mo-:trri sbc%l ; expulsados de sus viviendas" 3 2 ouasuv o 2.478.000" ->o ,?ooitsD^ • - ^ÍTJJ obeícrfaoqG feb ."•••';! .-.•.-.•doiq y nóh Bienes destruidos -.¿¡''iii'íbi ssnnñszna el ab o BÍnfinrerA B aorr. ! casas: •'• '^íii'J soínoainíEm i s i d a b a ab nr.njV '• en la ciudad i i ; nu 3 b aíisq BSTU orna ?s> OJT .SIIIB V: ¡162.192 en el campo ' o b o i m s l te na- jsiaatgl BÍ sb ebiv si 353.S76 ;;I J •' fábricas " *&m ^ .zihóaz ornoO .ensmaíi; b£ibhe=14.000 almacenes ' '«"'rnniua goM .ircgaárreV/ 3b SOÉÍOÍGD 199.751 - talleres artesanos 3 * ,nóhp-r sJas ab «af-jB aaf a b s i d m 84.436 a p a r t a m e n t o s - ;<*V!:! " 8 0 3 nóbrrav-rsjni ob ¡soinatni ?o¡968.223 sector cultural:"" -'fiíuid sviísgan anu ís-üre» obslbiiso' ¿i.-.:r. •? museos 25 teatros 35 cines » t o '» VVX. €¡<\ e r a l 665 casas de cultura 323 ,«escuelas: .perfmmfibBjra» ,«oboí» .asuq ,r,i.rfíia IIX ot'l Bdfirfi.universidades y Y Le s ^ ^ ^ M d * é 8 o r b 3 r f ° r ° K n u BhÍJS » r, 17 10< Ji medias - ^ 'P 10<:B .^sano-ira ,OTS9 .«ssaíant jsJíftflTl o!d9jjp r o f e s i o n a ieg'já stdmsí Ss oisíos obnurn ÍE chaunsb orr ^ l é primarias ^o*88Q ni J o t r a s • >^o^ ?.nbjb-,l^ IÜ\ sidty¿ rajTO'bnswío^«t SE! «3768 "Bíüctor sanitario? fi fiivoaTtsV ns obEtibs ,?.*•?l-i>F.Ct ab d-tsi' o[321?hospitales •>Í^T.<1 lab soiso emsus ab aacoiasiEqai »b olaSSS

V-\ sanatorios aohsosJoíídM 29 ]„ (> preventorios aoioviríois 24 ic instituciones sociales aooñlírtab zoíuíijani ab goíiaqza 47 \lá.\ policlínicas y ambulatorios aoailolso ¿siobisuBgn^ « consultorios médicos zaaohalaoo asiío ab aoil?.iniW50 t'S. emisoras de radio «almsoo-nal aol sb eobsslqma 13 Si estaciones radiotelegráficas aoanoo ab gobfialqma 7 8c aparatos de radio -<n')!onBnñ v zooasü oh zobBsl^&l^OO ' s e c t o r tranportes: >q ^iinobsiJaintmbB ab aobcslqma £8 locomotoras , ¿y eanobBiíainimbs sb zohR'jíqiükfl'(>5 000.fr vagones de pasajeros oílaiai» lab 23Ísbi&256 ? vagones de mercancías aooinoal v 3OI9ÍÍ3ÍÍ|3Í636 barcos de pasajeros 25 -CÍKÍI .barcos mercantes! -jt aísinaaioq o n a b obnsiaubab noA 39 3 5 2&r kilómetros de, vfe.íéiapaiB?.3i isnaldo s efibcailasb gs&94& --;q amsmisbaqaa ,£ll£ii 98 on bfibtJssT. el «seq E ^agreteras:. 9int.0j 4e 2.a categoría, ao^j ^urn .zKnEmwrf afibív z»b 8fiüiá®%to obilsv ais on Yl5»S90i£;»a 3[c-f,. puentes (longitud)au o¿p isis'ido -u!.telecomunicaciones,: SÍ «bsaífaist s'35/ £nu oída QZIBS'ÚBSI msun .¡SÍ aparatos telefón}ces6íiai«E IIX ofí ¿oñn za-gtíil oani343j2iSJ j.S: longitud de hilost.<fem)i<¡bn8fin!3 «o! ab /rebiga-ni 9up3Sft.QSA madera (en metrQS^^Á>icosJ mS, .aawob^iniaab 3b ••{ ad¡5í0!0ft¡O0& ,E¡ .• •' • ••• 'ib i"<;:«snK>m la na a o s c í b a .aoídeí as;<i pérdidas entre la inteUí^tmlidádSq s^v s n u g l s ao'iartdE 33 zBascí? s ! i historiadores (de. :jC\rttur9,o dferrWfteXs x¡s sseinsi nmcidiv c;i g3i. arqueólogos Jünr.LRB 4¡ e oas osicf aup .aobnsfe ab ara62 o{ artistas (empleadoSitdftimUaeQSi piatofía l a m n q Í9 olóa ,?.KSJ'I on res, escultores)i.?i.i¡_ Io-/ir!3frí.üa S-IÍÍV s?b olnuq 00 abzab aorüJS .[•-compositores y ejecatÉaB|esEl(gl3aad<»írao3 is sjaatnelslbsau':! ^>c instrumentis.tas.)u neo 3lJra¡»Jtr>rOT obf-süfifaiicoaa Eri otréO -S.Í- actores .-y directores-í sri .Eirioía1! a Easorsís nóiasigB st ah 4.04 ,11'jeseritores .; .; b ararxa o i ^ l .sbasnol BTIOUS KÍ ' ^ ¿ a n S 'in56 B3periodistas snu sb lidsgnaq on .gaíae eooe 03nbi.::t22 9 t; jueces, procuradoresrjDisoK ¿sbub ntm nsisr/trí eansínp E = 1 4 ^ ose. abogados: nnubUixiai asjnfiuo obeaiíaife üd *E rabaiilfoíhfl 4¿0O médicos .n«j5 u 5.000 _n;: dentistas ; acjp sb masiBq b b .ST3 -ílfo^G^ .ssqs^ Ja .oíasla r2,500 -n^enfermeros~ -.•>•-•-••?: •'_• <'•;- ís-jcfoz 7 .osüJoq ocnaidoO ií3.O09 e-jvprofesores de estudios superiowssq £ J}i ,±»l3 bnoioo , as 70.0 -u; profesores de-escuelas medias : .suis -.wjsnn: ,£benobicq«r: ;84S -nidirectores de jardines de infancia jg-s^q GÍ a slaml aJd£qi.. 34 BÍ, maestros de escuelas primarias r MSO asid oltz 00 ,023- TQM 3,963 on maestros de escuelas profesiaaa±e*i biiícias tía si3Í.aísqsb asr:; 340 íe. maestros de otras,«scuélasxraircaíai sb oBtrbrri: iasit ottssuM^.

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I » CARLO FALCONI

EL SILENCIO DE FÍO x n

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bibliotecarios 54 archiveros 91 expertos de institutos científicos 32 sacerdotes católicos 2.647 ministros de otras confesiones ? empleados de los ferrocarriles 6.124 empleados de correos 2.412 empleados de bancos y financieros 3.958 empleados de administraciones privadas ? '"•' empleados de administraciones estatales 1.183 c oficiales del ejército 9.000 <> ingenieros y técnicos ? "ti * Aun deduciendo cierto porcentaje de tara, tratándose de estadísticas destinadas a obtener resarcimientos en negociaciones de paz, la realidad no se halla, especialmente por lo que re refiere a las pérdidas de vidas humanas, muy lejos de lo verdaderamente ocurrido, Y no es válido objetar que un balance de esta índole pueda realizarse sólo una vez terminada la guerra. En efecto, durante cinco largos años, Pío XII asistió a la acumulación convulsa, aunque irregular, de los sumandos de estos trágicos cocientes de muertos y de destrucciones. Sin embargo, no habló. Nunca. Sus labios, sellados en el momento de la agresión alemana, apenas se abrieron alguna vez para lamentaciones genéricas, pero no vibraron jamás en el clamor o en la protesta. De toda esta suma de silencios, que hizo eco a la acumulación de los crímenes nazis, sólo el primer silencio es el menos misterioso y, por lo menos desde un punto de vista subjetivo, justificable: el que siguió inmediatamente al comienzo de la guerra. Un historiador americano ha escandalizado recientemente con una obra que, a propósito de la agresión alemana a Polonia, ha hablado de Der erzwungene Krieg,m la guerra forzada. Pero existe el hecho de que Pío XII, veinticinco años antes, no pensaba de una manera muy distinta. Y para quienes tuvieran aún dudas acerca de ello, el volumen de Saúl Friedlander 14° ha eliminado cuantas incertidumbres pudieran quedar aún. En efecto, el Papa Pacelli era del parecer de que la intransigencia del Gobierno polaco, y sobre todo del ministro de Asuntos Exteriores, coronel Beck,141 a propósito del pasillo de Danzig, era desproporcionada, mejor aún, precisamente absurda y moralmente culpable frente a la perspectiva de una Segunda Guerra Mundial. Por eso, no sólo hizo cuanto pudo para convencer a VarsOvia de que depusiera su actitud intransigente, sino que hasta el último momento trató incluso de intervenir directamente sin consultar

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con los polacos; Naturalmente, el Papa Pacelli ño ignoraba la serié de agresiones perpetradas por los alemanes a partir de la llegada dé Hitler al poder¿ pero estaba convencido de que tenían su razón de ser en el propósito de borrar de una vez para siempre las Injusticias del tratado de Versalles y de reunir a todos los alemanes en la madre patria. Sólo si hubiera exorbitado estas reivindica^ clones, de evidente alcance nacionalista, Hitler, según Pío XII, habría caído bajo la luz del agresor gratuito. La cesión de Danzig y la concesión del pasillo lo habrían sometido a prueba, aunque fuese con algún sacrificio por parte polaca, ya que, de entonces en adelante, no habría tenido ya pretextos para perturbar el status quo del continente europeo. c¿; r. Vista en esta perspectiva, no puede extrañar tampoco la seguridad que Pío XII daría al embajador del Reich cerca de la Santa Sede, Von Bergen, hacia mediados del dramático mes de agosto de 1939> o sea, güe.élise abstendría de toda condena,de Alemania en el caso de que atacase a Polonia.142 De esta forma se comprende también que su resentimiento hacia el Gobierno polaco no se limitara al plano diplomático, sino que, por lo menos en parte, implicara al propio pueblo polaco, al que, en efecto, sólo supo dirigir escasas y frías palabras en la famosa audiencia del 30 de setiembre* Í Sólo las trágicas noticias procedentes de Polonia atenuaron luego poco a poco aquel resentimiento inicial,: trocándolo en un cada vez más sincero y sufrido temor. Pero ya la valoración del drama polaco pasaba a segundo plano frente a loque para Pío XII era: un problema mucho más grave: el planteado por la rotura del aislamiento de la Unión Soviética y, por tanto, del. equilibrio euro? peo, amenazado por la invasión comunista. Y aunque llegó a decir (al embajador italiano, Alfieri, el. 13 de mayo de.-19.40) que estaba arrepentido «de haber sido demasiado discreto frente a. lo que había pasado y seguía pasando en Polonia»,1*3 tal arrepentimiento jp-q llegó jamás a la -reparación. .•:-y Por ~lo demás,-seria fácil incluso demostrar que lo. que más víamentaba Pío XII no. era tanto la suerte de la nación, cuanto. Ja de la Iglesia polaca: más que el.drama del pueblo, tenía ante, sus ojos el•;drama de los obispos y de los sacerdotes polacos: o sea, el drama de los cuadros de la jerarquía eclesiástica. En las-nume? rosas notas impetratorias y en Las igualmente numerosas protestas dirigidas por la Santa Sede al Gobierno de Berlín, sólo se piden o reivindican las libertades religiosas del catolicismo, pero nunca Os como máximo, alguna vez indirectamente, las aún más fundamea? tales y primarias libertades naturales de la vida, del honor, de 1$ propiedad, de la familia, etc. Y, además, ni una sola vez tales pola?

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pAntPj mwom

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acusan abiertamente al Gobierno del Reich del ;ferra>M ^enobiifio llevado a cabo en Polonia, especialmente contra la intelligentziá, o del exterminio de los judíos, de los considerados incurables, de los niños subnormales, etc., .'„ Ni siquiera el «terrible documento»,-como lo definid:monseñor Tardini, elaborado en la Secretaría de Estado entre el 14 de mayo de 1942 y marzo de 1943 m hace excepción a la regla, ¡Sin duda decía todo cuanto se refería a la persecución, religiosa de ; la Iglesia po* laca, pero lo que callaba era mucho más grave qué, lo que ponía de manifiesto. Si se hubiese publicado, habría podido;impresionar a los católicos, perono era mucho lo que añadía a cuanto se sabía ya acerca de la hostilidad del nazismo respecto al catolicismo, incluso en el Reich. De ahí que su eco; se hubiese ^extinguido bien pronto en la indiferencia generaL Sea como fuere, existe el hecho de que la Santa Sede no pensó jamás, ni siquiera remotamente, en publicarlo. Lé bastabay en su singular ilusión de conseguir impresionarlo, que llegara a las altas esferas a que estaba destinado, o sea, el ministro de Asuntos Exteriores, Von Ribbentrop. Lo cual no fue cosa fácil, y no ya porque Von Ribbentrop temiese lo explosivo del documento, sino porque, tratándose de Polonia, el Gobierno del Reich había dicho que no podía tomar en consideración las notas que se refiriesen a tal país, pues ello rebasaba el ámbito de las relaciones Alemania-Santa Sede. Los manejos a que recurrieron la Secretaría de Estado y el nuncio en Berlín para triunfar en la empresa son tan grotescos, que no sabe uno si reaccionar con la carcajada o con el espanto. El memorándum fue metido en doble sobre y presentado por el nuncio Orsenigo, el 15 de mayo de 1943, al Subsecretario de Estado, Weizsáeker, el cual, al darse cuenta del contenido, dos días después llamó al nuncio y le devolvió' la plica dlciéndole que, para evitar males mayores, lo mejor era considerar el hecho como no acaecido. : <•.. s; ; «El nuncio quedó muy impresionado por mis explicaciones —escribió luego Weizsáacker a Voñ Bergen-^ Me hizo comprender que para él constituía un fracaso personal volver a hacerse cargó de la carta, y que de ello se tomaría buena nota en Roma.»145 Sea como fuere, retiró el documento, dando a entender a su interlocutor que desde aquel momento estaban contados sus días en Berlín. Y trató de decir que su carrera había terminado definitivamente, y, sobre todo, que ya podía despedirse para siempre de la púrpura. Ya hemos dicho por qué Orsenigo era prácticamente irremovible. En efecto, Maglione se limitó a confirmarle el encargo de entregar el documento con una enérgica nota de protesta, a la que Von Ribbentrop respondid duramente «1 5 de mayo.

.tr,••'Eferíodos^modos* 1Q cierto es que erí::Roma se cantó victoria^ ^EV.Roma —•-ha escrito el P. Martini— se tomó nota de que él Reich no sólo había recibido la protesta de la Santa Sede en favor 4ft los pplacps¿ sino que había dado par escrito el motivo de su rechace, mientras que el año anterior no había querido ir más allá de-las declaraciones verbales.»146 ¡Admirables satisfacciones íntimas de la diplomacia! Roma no se vanagloriaba de haber desenmascarado ante el mundo los delitos del prepotente y del violento; se vanagloriaba de haberse encaramado hasta él y habérselos susurrado al oído. Con el resultado y el consuelo para las víctimas que es fácil imaginar. No obstante, sería excesivo -—no dudamos en repetirlo— extrañarse de las cautelas usadas en las notas diplomáticas, sometidas, para su aceptación, a determinadas condiciones, la primera de las cuates es la pertinencia del objeto. Pero en tin diálogo diplomático, ¿acaso es imposible permitirse una excepción? Y, «obre todo» ¿és concebible que el Papa y su Secretario pudieran olvidar qué eran, ante todo, hombres de Dios y teistimonios de las leyes supremas del bieny del mal, y no exclusivamente los representantes y defensores de los intereses, en buena parte maternales, de su Iglesia?, Sin embargo,:Me¡ así, árida y. rígidamente, como Pío XII y Maglione se comportaron en su encuentro con Von Ribbentrop del 10 de marzo de 1940. :Enlos informes publicados casi literalmente por monseñor Giovannetti, corno, por lo demás, en él texto de los «apuntes» que, damos a continuación, no se encuentra alusión alguna, ni siquiem velada, a los innumerables delitos gratuitos perpetrados ,. ya en Polonia en los primeros meses de. guerra por los Ocupantes del Gran Reich» '..L .?<.; r ,:•> Es cierto que la encícicla Summi Pontífieatus contenía una clara referencia a PoÍooia,,y, más aún, el radiomensaje navideño de 1939 aludía.a-laSíatrocidadeS-ieotnetidas,no:importa por quién) y al uso ilícito de iBiedios de destrucción incluso contra losi «no combatientes y-fugit-ivoSí coffitraanujeres. ancianas y niños», pero es sabidO; cuéo mediocres reacciones despertaron en las autoridades nazis tan. endebles»y vagas,alusienes.w L'Osservatcre Romano podía esforzarse cuanto quisiera -por .defender la .cautela del Papa,: sosteniendo-qtae «en. losrúltimos tiempos, las multitudes estaban acostumbradas a un. lengua je de -una vivacidad e incluso de una violencia tales, que una distinta forma de expresarse parecía, por contraste, débil y confusa*;143-.la' realidad era que una forma tan rhesurada.de actuar sólo favorecía las matanzas de Bolonia, pero en modo.alguno, ayudaba, a las víctimas. - ... -:;••:& La; filigrana de las alusiones pontificias era tal, que, en realidad, sólo el Papa y su Secretario de Estado reconocían en las mismas

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II,-: CARLO FALCONI

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teí-queíaiñgún oteo acertaba a ver en ellas. Y, en efecto, eran siempre ellos (y casi nunca con resultados satisfactorios) los que actuaban como henneneutas. He aquí, por ejemplo, lo que escribió Fío XH al presidente de la República de Polonia a propósito del mensaje pascual de 1941: >: siiKjHa debido usted detener su atención sobre las palabras que nos ha dictado nuestro deber de pastor relativas a los deberes dé fes ¡autoridades en los países ocupados. Haciendo un llamamiento aLtepnor y a la conciencia de todas las naciones civilizadas. Nos pedíamos que no se olvidaran los sentimientos innatos de humanidad hacia los prisioneros y la población de todos los países cavilados, y Nos lo hacíamos en nombre de Dios, que sabe confortar .a-tos oprimidos y que no dejará de bendecir y apremiar la moderiiÍSpión y la piedad.»149 ! ..cosYi-rel 1? de junio de 1942, el embajador Papée anotaba en-tln Jto|opaejde su ^Gobierno: <:i ,o£-sEl cardenal Secretario de Estado me ha dicho que el Santa Ifedre no puede ser siempre explícito, pero que todas las palabras que pronuncia en público y que se refieren a las persecuciones cuyas vjeílnias son los pueblos, los católicos y las familias, han de aplicarsea Polonia. Y todos en realidad comprenden que el Santo feadre habla siempre de Polonia.»150 a .Demasiado en elsegundo caso, y demasiado poco en el primero, fia realidad, Maglione diría más exactamente: «El Santo Padre ño puede ser nunca explícito; por otra parte, si todas las palabras cfóbBapa: referidas a persecuciones hubieran de atribuirse a Polonia, esto significaba olvidar a todos los demás pueblos —desde los finlandeses a los lituanos, desde los franceses a los belgas, hola# deses, servios, etc.— que los alemanes habían puesto bajo su bota. Pero nos atreveríamos a apostar que Papée omitió (et potít caupef su propio comentario a las palabras de Maglione. Sea contó fjaére, el episodio más sintomático de la tesis mediúmnica presu* puesta por los textos pontificios en cuestión viene dada por el radiomensaje pontificio de Navidad de 1942, que Mussolini definió como «digno del párroco de Predappio», pero que constituyó sin duda la denuncia más valiente de las violencias extrabélicas qué Pío XII se había atrevido a pronunciar durante el conflicto. T i; Como es sabido, el Papa, entre Navidad y san Silvestre, suele reqibir a todos los diplomáticos acreditados cerca de la Santa Sede, para la presentación de las felicitaciones de Año Nuevo. Pues bien, en aquélla ocasión no sólo él. sino también su Secretario de Estado subrayaron a los representantes de los países anti-Eje-el significado de las alusiones del mensaje. Respecto al embajador Inglés, tenemos el testimonio de Angelo Donati: a •• * v | s s¡-j.s

..... «En agosto de 1943, Sir [Francis d'Arcy] Osbórrie memipli*© que, después de la publicación de la encíclica papal [sic/} dé-NBvidad de 1942, una vez condenadas de modo general todas lis atrocidades a que da lugar la guerra, el cardenal Secretario de Estado dijo a Sir Osborne, en ocasión de una audiencia: "Ya ha pedido usted comprobar que el Santo Padre ha tenido en cuenfea; fas recomendaciones de su Gobierno." Sir Osborne replicó que^una condena que podía referirse también a los bombardeos de las-ciudades alemanas, no respondía en modo alguno a lo que pedía el jSobierno inglés.»151 . Í>;. ; 'r, Del vicerrepresentante del presidente Roosevelt, Harold -jTitt¡> man, tenemos el texto del telegrama enviado el 5 de enero de «1943 ¡ail ministro Hill, el que da cuenta de la audiencia papal celettirada pocos días antes: * -< «Por lo que respecta al mensaje navideño, el Papa me ha ¡dado Ja impresión de creer sinceramente haberse expresado con suficiente claridad como para satisfacer a todos los que en el.pasada insistieron en que pronunciase palabras de condena contra-las atrocidades nazis. Y se sorprendió cuando le dije que no todos pensaban así. .>-, v.r *.' »Me dijo que, a su parecer, era evidente para cualquiera que al hablar de los centenares de millares de personas inocentes snuertas o torturadas, y a veces únicamente por sus orígenes raciales o por su nacionalidad, había aludido implícitamente a los polacos, judíos y. rehenes. -• , , »Me dijo que no habría podido, al hablar de las atrocidades; mencionar a los nazis sin tener que aludir también a los bolcheviques, lo cual habría disgustado, sin más, a los aliados. . -, v »Me dijo incluso que temía que las informaciones de, los ali^i (Jos sobre,las atrocidades fuesen, por desgracia, ciertas* aun dan-, ¿orne a entender, poí su actitud, que para éL contenían .algo de exageración, con fines propagandísticos. En conjunto, ere© que s\\ mensaje debería haber sido bien recibido por el pueblo, americano, y yo le dije que estaba de acuerdo con él.»352 •.• ^ l,",. Y he aquí ahora el informe Papée al Gobierno de Londres (fecha* cío-el 30 de diciembre de 1942): <> \ «El 30 de diciembre, yo y el personal de la Embajada fuimos recibidos en audiencia por el Papa, con motivo de las felicitado* nes de Año Nuevo. Durante la audiencia, el Papa subrayó especialmente, que Polonia figura entre los. países que se hallan más cerca de su corazón; que pedía a Dios que le diera todas las gracias y la grandeza, y enviaba su bendición al señor Presidente, al señor primer ministro, al Gobierno y a toda la nación polaca, así comj ajtodos,los,polacos que viven en. América. Habl£ especialm^níesjdf

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1TJ, CARM) M&COÍÉE'

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su mensaje dcdfevldiid, explicando que én él désénníá^6árá ófaramente ciertas iíeotíías, ciertos métodos de acción y abiertos Estados. • i/ie'; •*•• ' «Hablando con los otros embajadores, el Santo 'Padre declaro que su discurso de Navidad es la condena que nósoíros hemos pedido en nuestro llamamiento común.»153 " '; : Y en un informe posterior, del 24 de enero de 1043r' «El cardenal Secretario de Estado ha comentado así el discurso navideño de este año del Santo Padre: Esta vez el Papa ha dicho todo lo que podía decir. El mensaje del Papa ha sido interpretado correctamente por todos, y la mejor prueba de ello es la carta que el cardenal ha recibido esta mañana del metropolitano Sapieha. En ella, el metropolitano da las gracias al Santo Padre por su discurso, e informa que en Polonia ha sido apreciado y ha causado una grandísima impresión.»164 Considerando el optimismo de ese «por todos», el entusiasmo dé Maglione tiene todas las características del entusiasmo en frío. Pero lo curioso es que, a propósito de Polonia, cita sólo a Sapieha y no al Gobierno polaco. En efecto-, este último no debía de com> partir en modo alguno el parecer de Sapieha, cuando, el 16 de febrero, Edward Raczynski, alto funcionario del Ministerio'dé Asun; tos Exteriores (y no el propio ministro), hacía saber a íapée Id siguiente: «El Gobierno polaco ha invitado a stt representante diplomático a tener siempre a la vista el mensaje papal. Polonia ha acogido favorablemente la condena contenida indirectamente {.él adverbio restrictivo no es en modo alguno casual] en el último discurso navideño del Santo Padre respecto a las acciones ilegales y brutales de los ocupantes, cuya víctima es hoy la nación polaca. Polonia expresa su reconocimiento al Papa por sus solemnes palabras' y por todo cuanto hace el Santo Padre para aliviar la suerte de lá nación polaca herida.»1*8 Evidentemente, se trata del texto de un concíuyente comunicado impreso oficial de una reunión de Consejo de ministros, pues resulta bien claro su sabor propagandístico*, y es sintomático que Papée, en su obra encomiástica sobre Pió XII y Polonia, lo usé para testimoniar el eco del radiomensaje navideño, en vez de documentos más directos y menos tardíos. La realidad es, como veremos más adelante, que el comunicado escondía un paso extremadamente delicado y audaz dado cerca del Papa, inmediatamente después del mensaje navideño y sin citarlo, por el mismo prest dente de la República polaca. En cuanto a Sapieha y a su reconocido fervor, sus palabras se revelan, como mínimo, contradictorias con otras actitudes suyas de las que no tardaremos en hablar. En

éfléc^^no ; ''se''é^ltéá'-cóni6' ? ufl , 'téíttó''qúé «ha causado profundísima impresión» y «ha sido inüy apreciado» en Polonia, no provocara las trágicas consecuencias que tanto temía el arzobispo. Evidentemente, la respuesta sólo puede ser una: aunque elocuentísimo y clarísimo, el radiomensaje navideño de 1942 no fue én modo alguno comprendido por los nazis, contra los cuales, sin embargó, habría tratado de dirigirlo el Papa. En efecto, Saúl Friedlander declara que «ninguno de los documentos de la Wilhelmstrasse consagrados al análisis del mensaje pontificio repara en •¡éste punto».158 Pese a ello (y ya lo hemos visto en el informe de la audiencia de Tittmann), Pío XII se hacía la ilusión, tal vez seriamente, de üaberse quitado ü ñ ; gran peso dé la conciencia al hablar como !había hablado. El 30 dé'abril de 1943, eñ una carta al obispo de Berlín, Von Préjtéing, recordaba aún él mensaje de cuatro meses 'antes:' ""•'•' '-'•" ;

«En nuestro mensaje de Navidad, Ños dijimos algo de lo que se hace actualmente contra los no arios en los territorios sometidos a la autoridad alemana. Era un pasaje muy breve, pero que "fue bien entendido. Huelga decir qué nuestro amor y nuestra solicitud paterna son hoy más grandes respecto a los católicos no arios o semiariós, hijos de la Iglesia como los demás, mientras se aniquila su existencia exterior y mientras conocen el abatimiento inoral. Aparte nuestra oración, rio podemos llevarles ninguna otra ayuda eficaz. Sin embargo, estamos decididos *—añadía—, según requieran, o lo permitan las circunstancias, a elevar de nuevo nuestra voz en su favor, s*81 Ya un año antes, monseñor Montini había dicho a Tittmann «que podía llegar el momento en que, a despecho de tan graves perspectivas, el Santo Padre pudiera sentirse obligado a hablar claro». Pero este momento, para los judíos, aunque católicos, no llegó nunca, mientras que a los polacos, el 2 de junio de 1943, Pío XII les,auguró por lo menos lá resurrección del país una vez acabada la guerra. Naturalmente, se trataba de un augurio que no podía molestar a nadie, pues era" obvio que la cuestión polaca, dé una u otra' forma^ tendría liria decisión definitiva una vez acabadas las hostilidades. Y, en efecto, el embajador alemán cerca de la Santa Sedé, Von Wéizsacker, tío vaciló en negar (al príncipe J&rwin Lobiouricz, representante ustachi en el Vaticano) que el discurso fuese dirigido contra los alemanes. Y no sólo eso, sino que incluso un cardenal, elexnuncio en Viena, Enrico Sibilia, dijo ¡¿[.propio Lobkowicz que, antes que contra-el Reich, «todo el discurso se dirigía rhás bien contra América., que ayuda a los soviets, los cuales constituyen 61 peligro inás grande que existe contra Po-

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lbúia®.m'". En realidad, el discurso, más fuerte de lo acostumbrado (pues incluso llegó a aludir a «represiones exterminadoras» por razones de nacionalidad o de raza, sin culpa por parte de las víctimas), no era más explícito que los anteriores en designar a sus destinatarios, Sea como fuere, bastó, como se verá, para que Pío XII recuperase, por lo menos en parte, la simpatía de los polacos; Y en el Vaticano fue considerado tan impresionante, que la Secretaría de Estado —la cual, de acuerdo con el arzobispo Sapiens» apenas había acabado la elaboración de una carta al episcopado polaco de carácter en modo alguno explosivo, aunque sí más enérgico que en el pasado— abandonó la empresa, considerándola ya superada. . - . . • . ; • . • . .¡ v En la historia de los silencios y de las revelaciones públicas pontificias no conviene olvidar tampoco, de todos modos, la Prensa y j a : radio vaticanas, que, habiendo partido de una relativa vivacidad, fueron debilitándose cada vez más. En el activo L'Osservator.e Romano en favor de Polonia hubo, al principio, algunas intervenciones, no numerosas, pero sí lo suficientemente incisivas: ej editorial del 18 de setiembre, en el cual se negaba que se pudiese hablar de jinis Poloniae (pero no conviene olvidar que fue inspirado por la noticia de que el 17 por la mañana los rusos habían atravesado la frontera polaca para ocupar sus provincias orientales) y la ya citada nota del 12 de diciembre. Posteriormente, el lenguaje del diario vaticano se hizo cada vez más cauto, hasta llegar a silenciar, en el artículo comemorativo de la muerte del P. Kolbe, publicado el 14 de agosto, en qué circunstancias concretas se había producido el fallecimiento (o sea, en Auschwitz, en el bunker del hambre, donde el religioso conventual había sustituido a uno de sus compañeros de prisión para salvarle la vida). , En cuanto a la radio, fue, sin comparación, mucho más audaz en las primeras, semanas e incluso en los primeros meses. Luego fue haciéndose también progresivamente cada vez más cauta, tanto a causa de las alarmas del episcopado polaco, como de las frecuentes protestas de las autoridades alemanas. El 24 de marzo, Von Bergen pudo incluso comunicar a Berlín: «He quedado impresionado —después de una protesta hecha por mí a causa de una transmisión de la estación del Vaticano—por una observación, procedentes de este organismo, según la cual habían llegado al Vaticano informaciones mucho más graves y, sin embargo, no habían sido usadas ni por la radio ni por la Prensa del Vaticano, en atención a Alemania.»158 . Es cierto que el 22 de junio siguiente volvió a quejarse ante el Papa, pero ya su celo era del todo superfluo. Aquel mismo día, Alemania, había entrado en guerra contra Rusia, v desde eótoñcés.

en homenaje a la cruzada anticomunista, desapareció de las transmisiones de Radio Vaticano toda alusión desfavorable al Reich.159 El silencio sobre la suerte de los polacos se convertía así en el precio pagado por la victoria de los ejércitos liberadores de Rusia. Sin embargo, tal vez se pueda incluso afirmar algo más grave, o sea, que el silencio de Pío XII respecto a Polonia no fue solamente un silencio de palabras, sino también de hechos. La Iglesia polaca, por ejemplo, se habría sentido más fuerte y unida y, en consecuencia, el ocupante se habría visto más obstaculizado a la hora de asestarle sus golpes, si hubiese tenido un jefe, aunque hubiese sido sólo ad interim, para todo el tiempo que hubiese durado la guerra, hasta que el primado hubiera podido regresar a su sede. Por lo menos esto era lo que pensaban no pocos polacos, entre ellos el secretario del arzobispo Sapieha, quien ilustró a Luciana Frassati «sobre la dolorosa realidad del país, perseguido, oprimido, privado de un jefe religioso reconocido por Roma, y le rogó que explicara la situación a quien compitiera, entre otras cosas, para que se promulgaran leyes excepcionales relativas al ejercicio del culto, ya que resultaba muy difícil para los sacerdotes seguir con regularidad las normas religiosas habituales». «Apenas de regreso a Roma —explica la Frassati— fui a ver a monseñor Montini, a quien expliqué detenidamente todo cuanto se me había dicho, añadiendo los documentos y las cartas que se me habían entregado.. »E1 sustituto de la Secretaría de Estado mostróse vivamente impresionado por lo que le dije y me instó a que solicitara una audiencia al Santo Padre para exponerle detalladamente la gravedad de las informaciones que había recogido. Sólo tres días después, el martes 30 de setiembre a las once de la mañana, fui recibida en audiencia privada por Pío XII. Su extrema gentileza y la cordialidad con que se informó, durante los tres cuartos de hora que duró la entrevista, de toda la situación polaca..., me impulsaron... a insistir sobre la necesidad de dar por lo menos un consuelo moral al pueblo polaco, que reclamaba a coro la elevación a la púrpura cardenalicia del arzobispo Sapieha, figura nobilísima de la Resistencia. El nombramiento mismo habría tenido el carácter de un acto de protesta de la Iglesia católica contra las métodos alemanes... »LW Es probable que Pío XII considerase que la Iglesia podía protegerse mejor ofreciendo un blanco esparcido más bien que unitario, aparte de que es pasible (aunque hasta ahora nada permite sospecharlo) que hubiese nombrado un jefe secreto del episcopado, dándolo a conocer exclusivamente a sus colegas. Pero también es cierto que un enemigo hiere m&s fácilmente a un ejército dividido
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y convencido de que carece de un guía, que a un ejército estrechamente unido en torno a su jefe. Sea como fuere, lo cierto es que el propio Pío XII se comportó posteriormente de un modo muy distinto con la Polonia sometida al régimen comunista al nombrar cardenal, en 1953 a monseñor Wyszynski y haciendo otro tanto el mismo año con Stepinac en Yugoslavia, pese a que este último nombramiento hiciese prever las más duras cuanto superfluas reacciones.181

IV LLAMAMIENTOS A PÍO XII PARA QUE HABLASE EN FAVOR DE POLONIA El silencio de Pío XII respecto a Polonia no fue, de todas maneras, un silencio fácil y tranquilo. Para mantenerlo, hubo de resistir toda clase de presiones afligidas e implorantes, pero no raramente también resueltas e insistentes, procedentes, en su mayor parte, de los polacos, aunque también de otros países. Se trata de toda una historia por reconstruir, y para la cual el material más abundante (si es que se conserva) sólo puede ser suministrado por el Archivo Vaticano, ya que la Santa Sede era la única destinataria de innumerables remitentes, que no siempre eran interesados o podían prudentemente conservar copia de sus mensajes, o que, aun queriendo hacerlo, no tenían la posibilidad de ponerlos en sitio seguro. Naturalmente, no todos los llamamientos enviados a Roma llegaban a su destino. Una buena parte —de carácter privado o de entidades o movimientos de modestas proporciones— tal vez fue tamizada y bloqueada ya en su punto de partida por los obispos, por el nuncio en Berlín y por la Delegación, ya porque no considerasen oportuna, dadas las circunstancias, la iniciativa, ya porque no captaron su tono o, simplemente, porque no era posible sobrecargar a los correos de material menos grave y urgente. Por otra parte, los mismos correos no siempre llegaban a puerto con su carga, por verse obligados a liberarse antes de ella para ponerse a salvo, o por ser descubiertos y detenidos, Con todo, según eL coronel Rzepecki, fueron innumerables y continuos los Llamamientos que partieron de la Delegación para solicitar la intervención de La Santa Sede, y aunque cierto número era de carácter oficial, la mayor parte procedía, tai vez, de

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los ambientes más diversos del país. Los jefes de la Delegación —siempre según Rzepecki— estaban, por lo demás, profundamente irritados a causa del comportamiento de Pío XII, y con frecuencia sintieron tentaciones de dar pasos decisivos, y si se abstuvieron de hacerlo fue sólo por no irritar el fanático papismo de una parte de la población y del clero conservador, así como porque, en el fondo, correspondía al Gobierno de Londres tomar posición de un modo oficial. Sea como fuere, estaban unánimemente convencidos del excepcional alcance que habría tenido para la causa de Polonia una condena papal de las atrocidades nazis, aunque pensaban más en los efectos morales que habría tenido sobre los polacos, que en los resultados que hubieran podido conseguirse respecto a los alemanes. Tratándose de un país católico en su gran mayoría y habituado, por tradición, a considerar a la Iglesia y al Papado como la espina dorsal de la nación, nada podía resultar más eficaz que la palabra del Papa para infundir fe y valor a un pueblo tan terriblemente probado como el polaco. Y era absolutamente secundario que la intervención papal hubiese podido provocar represalias por parte de los alemanes: «nada podía ser peor de lo que ya ocurría».162 Por lo que respecta a las súplicas procedentes del clero, nos limitaremos a aludir al contrastante deseo de los obispos. Los apologetas de oficio de Pío XII han dado gran relieve a una frase contenida en una carta (no publicada en su totalidad) del arzobispo Sapieha al Papa, fechada el 28 de octubre de 1942 y llegada a Roma el 19 de setiembre. «Lamentamos mucho —he aquí la frase— no poder comunicar a nuestros fieles la carta de Vuestra Santidad, porque ello daría ocasión a nuevas persecuciones.»163 No creemos que sirva de gran cosa discutir acerca del significado de esta expresión;184 sin embargo, es sorprendente comprobar que pocos meses más tarde (el 23 de marzo de 1943), al preguntarle la Secretaría de Estado si consideraba oportuna la publicación de los autógrafos pontificios que se le habían enviado durante los años del conflicto, respondiera Sapieha, «tras haber pensado en ello largamente y haber explorado con cautela el parecer de los demás», sugiriendo más bien una nueva carta pontificia ad episcopos Poloniae por el estilo de la dirigida en agosto de 1942, con alguna edición sobre la actividad del Santo Padre «en favor de nuestros compatriotas». Basta leer en la obra de Papée las cartas pontificias destinadas al arzobispo de Cracovia para convencerse de su innocuidad: sus invitaciones a la resignación no eran, sin duda, de ningún modo, algo que pudiera suscitar el resentimiento de los alemanes, sino todo lo contrario. Si acaso, la reacción, y una reacción completamente contraria, habría podido venir de los polacos, irritados

por la escandalosa aquiescencia del Papa. ¿Tal vez fue por esto que el arzobispo pensó en un documento nuevo? No puede descartarse en modo alguno. Pero, entonces, ¿por qué lo quiso sobre la base del rechazado anteriormente? ¿Porque habían cambiado los tiempos y los alemanes se habían vuelto más precavidos a causa del mal cariz que la guerra tomaba para ellos?165 El parecer de Sapieha era, sin duda, prudente e incluso tal vez clarividente. Sin embargo, no era unánimemente compartido. Monseñor Radonski, que vivía en el extranjero, pensaba, por ejemplo, de un modo muy distinto, ya que abogaba por la impresión de las distintas cartas autógrafas (quizá porque —tampoco se había publicado su carta— demostraban la continuidad, si no otra cosa, del interés del Papa por Polonia). Pero precisamente porque no vivía en el país, su opinión no puede ser puesta en la balanza. Por el contrario, monseñor Szeptyckyj, arzobispo ruteno de Lemberg, vivía en Polonia. Y tampoco él consideró oportuno publicar la carta de Pío XII de agosto de 1942, aunque por otros motivos: «para no exponer un escrito del Vicario de Cristo a una confiscación pública». Y en cuanto a las persecuciones, las consideraba incluso insuficientes: él estaba dispuesto nada menos que al martirio en masa. «Si la persecución adquiere la forma de matanzas a causa de la religión, tal vez eso sería la salvación de este país. Hay una enorme necesidad de sangre ofrecida voluntariamente para expiar esa sangre derramada por los delitos.»166 También por lo que se refiere a las presiones ejercidas sobre el Papa por el Gobierno polaco en el exilio estamos muy lejos de saberlo todo: pero lo que sabemos basta para probar que prácticamente no hubo tregua alguna en este sentido y que con frecuencia adoptaron toda la solemnidad y el apremio posibles. Por las Memorias de varios embajadores cerca de la Santa Sede o de otros hombres políticos ha sido confirmado suficientemente el descontento de los círculos políticos diplomáticos polacos a propósito de la conducta del Papa. El príncipe Lobkowicz —por citar a un testigo desconocido hasta ahora—, recientemente citado a propósito del discurso pontificio del 2 de junio de 1943, escribió, en su informe del 10 del mes siguiente: «Se sabe que los círculos políticos en el Vaticano, lo mismo que en el extranjero, estaban muy descontentos por la reserva del Papa y por su silencio respecto a Polonia. Ha habido también protestas formales.»1*7 Y no es realmente necesario recordar aquí los pasos dados por Papée para demostrar la veracidad de lo dicho.168 Por lo demás, Papée era instado a actuar por el Gobierno polaco en el exilio, particularmente activo al respecto, como demuestran estos dos

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telegramas, uno de ellos del propio SikorsM, enviados a la Delegación de Varsovia. Secuencia n.° 54 del 2-VII-42. Hago todo lo posible porque la voz de Roosevelt, símbolo de la potencia cada vez más gigantesca de los Estados Unidos, impresione a los ocupantes y alivie vuestra suerte. Un llamamiento análogo, acompañado por una intensa acción diplomática, será enviado al Papa por parte de los Gobiernos de los países ocupados. Esto convencerá probablemente al Vaticano a tomar una posición más clara y a condenar los delitos ...Sikorski. Recibido el 15-VII-1942 «• Fin del n.° 19 A, II parte (escrito a mano: recibido el 18.8.42.) El embajador polaco está dando pasos cerca de la Santa Sede para estimular una toma de posición por parte de esta última respecto a las persecuciones en Polonia. Existe la posibilidad del nombramiento de un encargado de asuntos del Vaticano cerca del Gobierno polaco en Londres. Las entrevistas que deben decidir acerca de la persona que se ha de nombrar están en curso... STEM. Recibido de nuevo el 30-IX-194217° En cuanto al Gobierno en el exilio era, a su vez, instado a actuar por el pueblo polaco, como demuestra este fragmento del informe sobre la situación en Polonia (n.° 6/42), comunicado secretamente por el. ministerio de Asuntos Interiores del Gobierno polaco en Londres, Stanislav Mikolajczyk, a algunos funcionarios gubernativos con carta del 23-XII-1942: «Esta propaganda [contra el Papa], que adquiere cada vez más vastas proporciones, es facilitada por la falta de gestiones oficiales del Gobierno en el ámbito religioso. El pueblo polaco espera con impaciencia noticias concernientes a la actitud del Gobierno hacia la Santa Sede, e informaciones sobre el status jurídico del obispo de Vilna, del obispo de Gdansk, de los exarcas de rito oriental, etcétera. El pueblo vería con alivio informaciones oficiales sobre la protesta de la Santa Sede y del Gobierno polaco, dada la flagrante y nunca vista persecución contra la Iglesia en Polonia.» Por lo demás, desde Londres intervenía metódicamente, podríamos decir, el propio presidente de la República de Polonia con sus mensajes al Pontífice. No tenemos el suyo del 6 de abril de 1941, pero de la respuesta de Pío XII —fechada el 25-VI— se deduce fácilmente la invitación formulada por el eminente hombre de

Estado al Papa a fin de que defendiese abiertamente al país mártir. He aquí el principio: m "* «En el momento en que su corazón, afligido por la suerte de la querida Polonia, hablaba con confianza al nuestro en la carta del 6 de abril del año en curso, Nos nos esforzábamos por buscar palabras de consuelo, porque sentimos profundamente su dolor y el de las otras víctimas de la guerra. Nuestro mensaje pascual debía aportar este consuelo a usted y a todos nuestros hijos que sufren con usted...»171 Por fortuna, conocemos el texto del llamamiento, tal vez más explícito y vigoroso, que el Presidente polaco dirigió a Pío XII durante todo el conflicto: el fechado el 2 de enero de 1943, o sea, diez días posterior al famoso radiomensaje con que Pío XII creyó haber hablado fuerte y claro. Señal evidente de que el Presidente polaco lo consideraba, por el contrario, totalmente inadecuado al dramatismo de la situación, hasta el punto de que lo ignoró del todo en su escrito. La importancia de este llamamiento va mucho más allá de su eficacia literaria y emotiva: viene dada, sobre todo, por los pasajes valientes en que declara que el pueblo polaco no tiene tanta necesidad de ayuda material y diplomática cuanto de una denuncia resuelta e inequívoca del mal y de sus responsables: y más aún, si es posible, en los que se afirma que de lo que tienen necesidad los polacos es de ser confirmados en la certeza de que «la ley divina no conoce compromisos». Pero helo aquí íntegramente:178 «Santo Padre: »Las leyes divinas, pisoteadas; la dignidad humana, escarnecida; centenares de millares de hombres, asesinados sin juicio; las familias, separadas; las iglesias, profanadas y cerradas; la religión, en las catacumbas. Ésta es la imagen de Polonia tal como aparece por los informes que recibimos del país. »En este trágico momento, mi pueblo lucha no sólo por su existencia,, sino por todo cuanto era sagrado para él. No quiere la venganza, sino la justicia; no pide tanto la ayuda material y diplomática —porque sabe que tal ayuda puede llegar a él solo en un grado mínimo—, sino que implora una voz que clara y netamente muestre el mal y condene a aquellos que están al servicio de este mal. »Estoy persuadido de que si se refuerza la convicción del pueblo de que la ley divina no sabe de compromisos y que está por encima de las consideraciones humanas del momento, el pueblo

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polaco encontrará la fuerza para resistir. Un tal refuerzo permitirá conservar el espíritu de valor sobrenatural que ha permitido a los católicos de Varsovia protestar en nombre de los principios cristianos contra las violencias y las matanzas de los judíos, a pesar de que cada palabra de su llamamiento haya podido atraer sobre ellos represiones aún peores. »En el pasado, en los momentos difíciles para Polonia, aunque no tan llenos de lágrimas y de sangre como los actuales, los grandes predecesores de Vuestra Santitud se dirigieron a los polacos con palabras paternales. Hoy, cuando en la mayor parte de nuestro territorio no se puede predicar ni rezar en polaco, el silencio debe ser roto por la voz de la Sede Apostólica, y los que mueren sin los auxilios religiosos, defendiendo su fe y sus tradiciones, deben poder contar con la bendición del sucesor de san Pedro como Vicario de Cristo. »He aquí la plegaria de mi nación paciente, que yo pongo a los pies de Vuestra Santidad, consciente de mi responsabilidad de jefe de Estado. «Londres, 2 de enero de 1943. Wladislaw Raczkiewicz» Es evidente que un documento semejante constituye, línea por línea, palabra por palabra, una crítica indirecta, aunque radical y global, del comportamiento tan reticente y tortuoso de Pío XII. Esta crítica, y el silencio, bastante elocuente, a propósito del radiomensaje navideño de 1942, explican la respuesta evasiva del Papa (del 1 de febrero siguiente), pero también su intento de defenderse de las acusaciones que se le dirigían afirmando, como de costumbre, que todo lo que era posible hacer ya lo había hecho tanto él como los órganos de la Santa Sede. El hecho es que quienes estaban mal impresionados por las reticencias del Papa no eran sólo los Gobiernos aliados, y el polaco en particular, sino los propios católicos, y a la cabeza de los católicos, aquí y allá, aunque de manera muy reservada, algunos episcopados. Los documentos publicados recientemente de la Wilhemstrasse han sacado a la luz una fricción que, a este respecto, se produjo hacia la primera mitad de 1941 entre la Secretaría de Estado y monseñor Spellman. Naturalmente, se ha de tener en cuenta la complacencia de los informadores alemanes en cargar las tintas sobre el alcance del episodio, pero queda el hecho de que se produjera y a un tal nivel (Maglione-Spellman), y no puede ser subvalorado. He aquí los dos informes, respectivamente del 24 de mayo y del 18 de julio: 173

I En los ambientes políticos del Vaticano reina una seria inquietud respecto a un intercambio de cartas entre la Santa Sede y el arzobispo de Nueva York, quien, momentáneamente, ha recibido autorización para mantener los contactos entre el Vaticano y el Gobierno americano en vistas a una acción en favor de la paz. El arzobispo exige del Vaticano que los beligerantes sean invitados a reconocer los principios etnográficos como base del trazado de las nuevas fronteras, en toda intervención en favor de la paz. Ésta sería también la condición fijada por el Gobierno americano para una acción común; del mismo modo que el arzobispo, la delegación polaca en el Vaticano (o sea, la Embajada del Gobierno de Londres) ha declarado sin ambages que sólo una toma de posición extremadamente clara por parte del Vaticano sobre esto mantendría la autoridad del Papa sobre los católicos americanos y polacos y disiparía ciertas dudas sobre la independencia política de la Santa Sede, dudas debidas a las afirmaciones ambiguas del Papa frente a los acontecimientos bélicos. En el Vaticano se guarda el secreto más absoluto a propósito del intercambio de cartas con el arzobispo de Nueva York. II En el Vaticano se continúa manteniendo rigurosamente secreta la desagradable polémica desarrollada entre el arzobispo de Nueva York y el cardenal Maglione. En una de las cartas enviadas al Vaticano, el arzobispo ha declarado explícitamente que el prestigio del Papa estaba declinando en América a consecuencia de la ambigüedad de sus declaraciones relativas a la responsabilidad de uno y de otro campos beligerantes, y que los católicos americanos han dejado de tener confianza en el Papa, dados sus orígenes italianos. Se tenía la sospecha, por lo demás, no sin algún fundamento, que el Papa simpatizaba, pese a todo, con las ambiciones imperialistas de Italia, y, en consecuencia, que no podía conservar su propia autoridad cerca de la masa de fieles estadounidenses. El Secretario de Estado habría contestado que ni siquiera podía presentar al Papa una carta tan ofensiva, y que el arzobispo debía no sólo creer en la santidad de las intenciones del Papa, sino también defender su autoridad ante los católicos americanos... El Papa adoptó una actitud muy clara en el conflicto, condenó las agresio-

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nes de Alemania y su política anticatólica, pero al mismo tiempo veía con malos ojos que pueblos ricos como Inglaterra y Francia no estuvieran dispuestos a dejar a pueblos jóvenes como Alemania e Italia una parte de su Imperio colonial... No puede ocultarse la agravación de las relaciones entre el Vaticano y los católicos americanos.

V REACCIONES DE LOS POLACOS ANTE El SILENCIO DE PIÓ XII Puede decirse, sin más, que el silencio del Papa, si no más inexplicable, sí es más grave por el hecho de que causaba no sólo extravío y aflicción, sino también auténticas rebeliones en parte del clero y del pueblo polacos. Y ello ya desde los primeros días de la guerra y a través de una serie de oscilaciones cada vez más críticas a partir del famoso discurso del 30 de setiembre de 1939 en Castelgandolfo. Estamos en condiciones de atestiguarlo, tanto de forma directa como indirecta, con una documentación inédita hasta ahora y excepcionalmente elocuente, que abarca el período más crítico de la guerra, desde la segunda mitad de 1941 a la segunda mitad de 1943. La documentación indirecta viene dada por los informes, a los que ya hemos acudido largamente; la directa, por una amplia elección hecha de una manera prácticamente casual a través de los artículos de la Prensa clandestina, tanto de derechas como de izquierdas, del mismo período. He aquí, ante todo, aLgunas confirmaciones extraídas de los informes recogidos por el Departamento político de información del Ejército Nacional y de la Delegación: Informe del 1.a de -febrero-15 de marzo de 1941 :m Para defender al Santo Padre contra los innobles ataques y las calumnias de los ambientes alemanes, comunistas y masones una editorial clandestina ha dado a la Prensa un buen opúsculo titulado Pío XII, la guerra y Polonia. Se ha impreso buen número de ejemplares de este opúsculo y se ha distribuido con todos los medios

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por las asociaciones católicas y por los fieles. Se halla en preparación otro opúsculo: una persona muy digna ha entregado a los editores una elevada suma con este objeto... ...Hay repercusiones no deseables para la religión: aquí y allá se duda de la Providencia; se observan incluso suicidios; se arremete contra la Iglesia porque no ha condenado todo esto abierta y públicamente... Informe del 15-III/15-IV-1941;™ ...los alemanes apoyan todo cuanto puede comprometer la actividad social o religiosa de la Iglesia; y como si no bastara esto, hacen lo posble por alejar al Santo Padre del corazón de los polacos. Para conseguir este objetivo, no sólo ponen obstáculos a las retransmisiones de la radio vaticana, sino que, aquí y allá, propagan imágenes del Papa (en fotos hábilmente trucadas) dando su bendición a Hitler y a Mussolini; o bien tratan de convencer a nuestra población de que el Santo Padre ha dado su aprobación a los planes hitlerianos de reestructuración del mundo, o sea, a esos planes que prevén que la Polonia independiente no volverá a existir jamás. Es decir, que, aparte los instrumentos de la Prensa diaria, se dan por los altavoces ciertos fragmentos de la alocución de Navidad, o bien el fragmente de L'Osservatore Romano del 12 de marzo en que se decía que «el novus ordo tiene en él [en Pío XII] un inconfundible defensor» (en italiano en el texto).178

contrario: el número de practicantes aumenta. Sin embargo, la política del Vaticano y el comportamiento de algunos sacerdotes han reforzado las críticas hacia el clero. La población observa más atentamente el comportamiento individual de los representantes del clero. Sea como fuere, por el momento, dadas las persecuciones sufridas por la Iglesia y por los sacerdotes y la participación más activa del clero en la acción caritativa, se nota cierto acercamiento de la poblacón al clero. Un elemento positivo que influye sobre la opinión pública es la no injerencia política del clero. La actitud del clero hacia el Vaticano es varia. El alto clero y los religiosos defienden al Papa; los sacerdotes jóvenes lo critican... Informe del 9 de enero de 1942:™ Una toma de posición más resuelta no es facilitada por la actitud del Vaticano. Se dice que el Papa ha sido arrastrado por la situación; no se atrevería a declararse públicamente contra los alemanes, aunque sus sentimientos estén de la otra parte. En su última alocución ha dicho que no podía callar más, visto el terror y las persecuciones en un pais, pero no ha mencionado a los alemanes. Desde el comienzo de la guerra, el clero no ha recibido ninguna directriz política del Vaticano. Las comunicaciones son difíciles. No hay una prohibición formal de establecer correspondencia, pero es imposible hablar de las dificultades en las cartas oficiales y censuradas. Naturalmente, existe una correspondencia ilegal, pero una parte de los correos no llega a la dirección que se les ha fijado, y, en todo caso, no dan en modo alguno un cuadro completo de la situación. Informe del 15-XI-1941/1-V1-1942:™ ...La política del Vaticano suscita críticas en numerosos sacerdotes. Se afirma que el Papa está mal informado sobre lo que ocurre en Polonia, y se pone de relieve el comportamiento antipolaco de la nunciatura de Berlín. El 19 y las organizaciones influyentes del clero ejercen una acción de defensa del Vaticano. Informe de setiembre de 1943:m ...La acción antipapa] ha disminuido considerablemente gracias a La toma de conciencia de las poblaciones y a La contraacción, muy eficaz, LLevada en nombre de los intereses de La Iglesia y de toda la nación. A este respecto, hay que destacar un folLeto, pequeño pero bien escrito: Pío XII y la guerra. Por desgracia, hay elementos que aprovechan todas Las ocasiones para atacar aL Papa y presentar una versión totalmente errónea de su comportamiento hacia Las partes beligerantes y hacia Polonia en particular. Así, por ejem-

Finalmente, hay que notar, con tristeza, que la agitación contra el Santo Padre, promovida por los ambientes alemanes y comunistas, ha dado resultados funestos y muy amplios. En ciertas regiones, las campañas son muy sensibles por lo que respecta a Roma (a veces se abandonan las iglesias cuando el sacerdote empieza a defender al Papa durante el sermón); una buena parte de los intelectuales adopta actitudes contrarias a la Santa Sede, y aquí y allá se oye hablar de romper con Roma, de fundar una Iglesia nacional, etc. Sólo falta que hasta los sacerdotes levanten protestas respecto al Padre de la cristiandad. Informe del 15 de agosto - 15 de noviembre de 1941,m La actitud crítica de la población hacia el Vaticano continúa: tal actitud es reforzada por la propaganda alemana, que habla de simpatía del Papa por los Estados del Eje (por ejemplo, la bendición a los defensores de Gondar). Esto no significa en modo alguno que se critique a la Iglesia o a la religión, sino todo lo

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pío, el Wiadomosci Codzienne (Información diaria) del 23 de agosto de 1943, entre las acusaciones injustas —lo cual se ha demostrado multitud de veces— contra el Papa, declara, sin prueba alguna que lo apoye, que «el Vaticano, durante tres años y medio de guerra, se ha olvidado simplemente de que Polonia existía». Tales declaraciones son, gracias a Dios, mucho más raras que antes. Informe del 9 de octubre de 1943 :m ...A comienzos del mes de setiembre, los alemanes iniciaron una intensa acción de propaganda contra el Papa, al que acusaron de haber estimulado la capitulación de Italia. En un teatro de Katowice se representa un drama escrito ad hoc y titulado Gregorio y Enrique, cuya idea clave es que Canossa tuvo lugar una sola vez. Todas las escuelas están obligadas a enviar sus alumnos al teatro. De los fragmentos —tomados de cierto número de informes escalonados sobre un abanico cronológico que abarca dos años completos y debidos a varios redactores, pero sustancialmente concordes en sus observaciones y juicios— se sacan, pues, estos datos principales: a) la realidad de una crisis de confianza determinada en el pueblo polaco respecto a la Santa Sede en general y al Papa en particular; b) la extensión de tal crisis a una parte, no predominante, pero siempre notable, del clero (especialmente el más joven), de los intelectuales e incluso del pueblo, no excluidos los campesinos; c) las causas determinantes de tales crisis se establecen precisamente en este orden: — ante todo, la propaganda alemana, ampliamente descrita en sus métodos y en sus medios; — luego, la propaganda comunista y masónica, aunque sólo vagamente denunciada; — el comportamiento del Vaticano, considerado no claro y en modo alguno explícito en sus tomas de posición, además de carente de directrices, especialmente para el clero; — finalmente, la actitud de algunos sacerdotes. d) en cuanto a la necesidad de oponerse a este estado de cosas, los redactores de los informes aluden, más que nada, a la utilidad de una contrapropaganda por medio de la Prensa. Pero he aquí algunas pruebas directas de la desconfianza y del alejamiento de muchos polacos de la Iglesia y, en particular, de la Santa Sede y del Papa, tomadas de la Prensa clandestina polaca de todas las tendencias. Nuestras fuentes no son los propios

impresos,182 sino, como ya hemos precisado, los servicios especiales de informes sobre la Prensa clandestina efectuados por el Departamento de información a propósito tanto de la Delegación como del Gobierno de Londres. Afortunadamente, tales servicios no resumían las tesis de los distintos artículos, sino que reproducían su pensamiento, extrayendo amplios fragmentos. Así, podemos ofrecer una pequeña pero significativa antología. La Prensa polaca, 1-15 diciembre 1941.m 10. Polonia y el Vaticano. Chlopski boj (La lucha campesina),184 n.° 35 del 30-XI-1941: ¿Tiene la Polonia independiente necesidad de la unión con el Vaticano? «...Uno de los deberes más importantes de la Iglesia es, desde hace siglos, la educación moral de la humanidad. La enseñanza ética de Cristo tenía un valor revolucionario, dadas las leyes morales y costumbres del tiempo... Hoy, esta ética es del todo contraria a la realidad, como lo era entonces... »En cuanto al catolicismo, parece haber fallado por completo ante el juicio de la Historia. Un gran país católico —Italia— está de parte del Eje, entre los verdugos de la humanidad. Otro gran país católico, e hijo primogénito de la Iglesia —Francia— ha ofrecido el mayor número de indignos traidores. Excepción hecha de Polonia, que salva el buen nombre del catolicismo, los países de otras confesiones (Inglaterra, Holanda, Noruega, Grecia y Yugoslavia) han mostrado vigorosos sentimientos de honor y de justicia... »Nuestra época demuestra que el catolicismo ha caído en vergonzosa y deshonrosa bancarrota. Y al decir esto pensamos, sobre todo, en la bancarrota moral... »Hoy existen dos ideologías dinámicas: el comunismo y el fascismo, o el nacionalsocialismo. Han arrastrado a las masas humanas y las han llevado por un camino equivocado. »La Iglesia ha tenido una ocasión excepcional —casi única— de mostrar su propia vitalidad y la actualidad del ideal cristiano... »Por desgracia, no ha aprovechado esta ocasión, y por eso la Iglesia católica ha sufrido una derrota que nada tal vez podrá contrarrestar. »Los defensores del Papa declaran, como se ha oído decir muchas veces, que "no podía exponer los bienes y la organización de la Iglesia" (a la destrucción). Esto nos permite comprobar... que el ideal cristiano está muriendo. La Iglesia de hoy es una potencia material y administrativa, e incluso una fuerza política, mas, por desgracia, ya no una fuerza moral.

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»En la persona del Papa no hemos encontrado ni a un gran apóstol ni a un padre. El mal es más profundo... En las medidas tomadas por la autoridad eclesiástica, el ideal cristiano queda relegado al último lugar, sustituido por la política y por la diplomacia. Nos preguntamos, pues, si en el momento en que renazca la Tercera República tendremos necesidad de la unión con Roma, y si esta unión tendrá algún sentido. Si, recuperando nuestra independencia frente al Estado papal, registraremos pérdidas políticas, ideológicas o morales. ¿Acaso esto no equivaldrá a dejar aparte los lazos políticos y materiales, a romper con ellos? Y, finalmente, prescindiendo de los otros problemas principales e importantes, si el ininterrumpido río de nuestro oro debe seguir fluyendo hacia Roma para incrementar las riquezas de los sacros palacios y el poder del que debería ser el Vicario de Cristo.» La Prensa polaca del 15-28 febrero 1942 ;188 c) Los campesinos y la Iglesia católica. Chlopski boj del 20-11, n.° 43: Los elementos de fondo de la política popular. «...la historia demuestra, sin equívocos, que la sumisión de los intereses de la nación y del Estado a los intereses y a las necesidades de la religión ha dado siempre malos frutos. Es cierto que nuestro venerando Skarga 186 tenía la costumbre de decir: "Pues que perezca si es necesario, nuestra patria temporal, con tal de que podamos merecer la patria eterna", lo cual consolaba a mucha gente. Sin embargo, las últimas guerras demuestran que sólo una nación fuerte y un Estado bien organizado pueden asegurar al pueblo la paz y la posibilidad de un desarrollo multiforme. La Iglesia es una institución internacional. No se halla ligada íntimamente a ningún pueblo, ni sirve los intereses particulares de ningún Estado. Sin embargo, basta una ojeada a nuestro pasado para poner de manifiesto que la Iglesia no cuenta más que con los poderosos y sólo se doblega a la voluntad de éstos. Por consiguiente, por razones sociales e internacionales, debemos colocar en el primer lugar los intereses de la nación y del Estado polacos. Todos los demás problemas, y, por lo tanto también los religiosos, no deben ocultarnos los peligros que amenazan incesantemente a la nación polaca. »La conclusión es simple: el campesino polaco, aun no siendo enemigo del catolicismo, no puede permitir ya que su actitud política siga siendo dictada por aquellos para los cuales los intereses de Polonia son menos importantes que los intereses de la religión. Los campesinos deben decirlo claramente, y tanto más cuanto que el clero polaco ha estado siempre al otro lado de la barricada.»

La Prensa polaca de julio de 1942:187 14. Polonia y el Vaticano. Sprawa (La causa),188 n.° 83 del 18-7-1942: Roma va hacia el Este. «La creación de la Iglesia bielorrusa, que, como la grecocatólica de Ucrania, tiene todas las chances de convertirse en Iglesia nacional, no es sino un aspecto de la vasta acción desplegada por el Vaticano en los territorios del Este. Esta acción es demasiado contraria a los intereses nacionales polacos para ser pasada en silencio, aun cuando nuestra opinión pública, con sorprendente obstinación, sigue ocultando el despecho y la rabia provocados en nosotros por la política del Vaticano. »Esta acción ha suscitado un movimiento de protestas populares, porque la preparación de una base misionera y la multiplicación de experiencias equivalían, al fin y a la postre, a la rusificación, y comprometían las relaciones, ya difíciles sin eso, con el Este. Por razones de oportunismo, nuestro Gobierno ha renunciado a una toma de posición y a la liquidación de una empresa tan peligrosa como inútil. »E1 Vaticano ha recogido en sus propias velas el viento del imperialismo alemán, en la seguridad de poder influir así sobre la situación en el Este. »La acción política alemana está integrada por la religiosa vaticana, y, al profundizarla y completarla, se convierte en su instrumento. »En unión con el nazismo, en el cual ha encontrado un "protector benévolo", el Vaticano pone la suerte de la unión oriental en mano de los jóvenes nacionalismos, y subordina los movimientos lituano, bielorruso o ucraniano a las propias razones de Estado. No se trata solamente de un "voto de confianza" respecto a estos movimientos, sino de una participación activa en su creación y consolidación; y se hace esperando en la ilusión de que, gracias al apoyo dado a sus tendencias nacionales y políticas, estos movimientos permitan al Vaticano llevar a cabo una acción de conquista de esta o de aquella Iglesia, »De esta unión amistosa entre nazis y Vaticano deriva una verdad. Con sus iniciativas, el Vaticano ha puesto en entredicho la vitalidad de nuestra acción; expresa la opinión de que constituimos una fuerza con la que no se ha de contar; y ha llegado a la conclusión de que es mejor apoyar a nuestros enemigos gratificándolos con su autoridad moral. »...si, al fin, llegamos a la conclusión de que sólo cuenta nuestra razón de Estado y si logramos contraatacar los planes de nuestros enemigos, no tendremos nada que lamentar.»11*
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Wies i miasto (Campo y ciudad),190 n.° 5, julio: El Vaticano traiciona a Polonia. «Un periódico titulado Zryw (El impulso) escribe: "Un polaco que está acostumbrado a identificar a Polonia con la Iglesia y con el clero recibe, en calidad de guía en el ámbito de los restos de la libertad religiosa, a los hombre conocidos por el odio que profesan a la causa polaca, y esto, tanto en los territorios del Oeste como en la región de Vilna." Esta complicada frase no es sino la repetición de las informaciones publicadas por WRN y por Chlopski boj, o sea, que el Papa, contrariamente a los acuerdos con Polonia, ha nombrado a un obispo lituano en Vilna y a un obispo nazi para la Pomerania polaca. Es significativo que toda la Prensa guarde silencio, no queriendo atraerse la cólera del clero poderoso. Sólo las dos publicaciones citadas se han referido tímidamente al problema, y he aquí ahora que Zryw se lamenta públicamente y se conmueve por aquellos que tenían confianza en el Papa. »Pese a ello, Zryw se equivoca al declarar que el polaco "está acostumbrado a identificar a Polonia con la Iglesia y con el clero". Hay algo mucho peor. Por esto nosotros podemos tomar nota de la traición de Polonia por parte del Vaticano. Es necesario vigilar solamente para que el Papa, que se ha revelado como un simple obispo italiano, partidario de la política de Mussolini, no pueda seguir influyendo sobre la vida polaca. El único medio es separar el Estado de la Iglesia y la dependencia directa del clero, de sus fieles. Cuando el clero tenga que dar cuenta a sus feligreses y a la opinión pública, no podrán darse más traiciones tan vergonzosas (porque no se puede llamar de otro modo esa puñalada trapera asestada por el Vaticano). »No olvidémoslo y digámoslo a todos los ciudadanos. El Papa ha olvidado la existencia de Polonia, no ha nombrado embajadores (nuncios) cerca del Gobierno polaco y, contrariamente a los acuerdos (concordato), nombra obispos a los enemigos de Polonia, y precisamente en territorio polaco; finalmente, con el óbolo de san Pedro, que proviene también de Polonia, sostiene al Gobierno de Mussolini, en trance de hundimiento. Esto significa que no se puede volver de nuevo a la situación de servidumbre de Polonia al Vaticano.» Glos Pracy (La voz del trabajo),191 n.° 28 del 10 de julio de 1942: La nave de san Pedro, sobre un mar tempestuoso. «...¿Y dónde están esos defensores de la autoridad que habrían detenido el horrible martirologio? Pero, ¿hay también autoridades? Sí, las hay. Una de estas autoridades es el jefe supremo de la Iglesia católica, el Santo Padre. Por desgracia, el sucesor de san

Pedro, el más grande maestro de las almas cristianas, se ha encerrado en el Palacio del Vaticano y no se cuida en modo alguno de defender a sus propios fieles. »Los grandes acontecimientos acarrean reformas, cambios de regímenes y de sistemas, y no se desvían en modo alguno para evitar a la Iglesia. En el siglo xi se produjo la separación de la Iglesia romana de la bizantina, separación que los Papas han tratado de liquidar con la conquista de Rusia. En el siglo xvi llegó la Reforma, que dio vida a Iglesias independientes del Papa. La gran conmoción actual puede provocar importantes cambios en la Iglesia católica. Roma puede quedar aislada, visto que los fieles de la Iglesia católica no han encontrado en el Papa protección ni defensa. »¡Oh, supremo Pastor! Las naciones que se llaman cristianas asesinan a los cristianos indefensos que Cristo dijo amar. Sus predecesores lanzaban anatemas que usted desdeña arrojar sobre los bárbaros, negándose incluso a ordenar a los católicos del mundo entero que nieguen el pan, el agua y el fuego a los bandidos. Pero si ni el anatema tuviese consecuencias, usted, Pastor, en señal de protesta, debería abandonar su noble castillo, y todo el mundo quedaría conmovido por ello. Los cismáticos y los comunistas dicen maliciosamente que, de la misma forma que León XIII invitó a los polacos a rezar por el zar y a admirarlo, así dice usted a los polacos que perseveren tenazmente en el martirio, que recen y cumplan fielmente lo que el feroz ocupante nos ordena hacer... «¿Sabe usted, Pastor, que el ocupante ha transformado centenares de iglesias en almacenes y en burdeles y que la cuna del cristianismo en Polonia, la catedral de Gniezno, ha sido depredada y expoliada, que millares de sacerdotes han sido ahorcados y mueren mártires en las cárceles? Venga usted aquí y observe con sus propios ojos, porque resulta verdaderamente difícil imaginar todos estos horrores si no se tocan con la mano. A usted, Pastor, nada le hará la Gestapo. No será usted ni siquiera rozado por la sacrilega mano de un delincuente, porque está usted protegido por el anillo del Pescador y por su poderosa autoridad. El papa Gregorio VII venció el emperador Enrique IV con su sola autoridad, lo obligó a ponerse el cilicio y a ir, espada al cuello, a Canossa. Martín IV prohibió al rey Ladislao Jagellón382 unirse a los cekos. Y usted, Pastor, ¿habría de permanecer mudo y mirar con ojos impasibLes los horrores de este gran cataclismo histórico? »Lance al menos el anatema sobre el Anticristo deL siglo X y X conquistará un gran mérito a los ojos de la humanidad. Sirvió en otro tiempo en el caso del infeliz rey Boleslao je Hardi,193 que empleó la vioLencia contra un solo hombre. ¿Por qué, pues, este

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poder no habría de servir contra los tiranos que se bañan en la sangre de los pueblos inocentes y amantes de la paz? »¡Oh, Pastor!, deje su palacio dorado, salga al encuentro de su pueblo y rodéelo de su cuidados, como es su misión por voluntad de la Providencia.» La Prensa polaca de agosto de 1942. m Zywia i bronia (Nutren y defienden)195 del 13 de agosto: Bases de la moral en la Polonia popular. «Es indiscutible que la religión constituye la fuente más grande de la moral de las clases populares. Esta luz no puede desaparecer ni ser apagada en las almas del pueblo. »E1 movimiento campesino no ha pretendido jamás subvertir este estado de cosas. Como máximo, ha estigmatizado con la crítica, sobre todo, a los sacerdotes que querían enriquecerse a toda costa, o ha tratado de defender la autonomía del pensamiento campesino, combatida por el clero militante. »E1 clero católico de Polonia ha tratado de sofocar desde el principio todo pensamiento autónomo, porque consideraba como un privilegio absoluto suyo gobernar las opiniones de los campesinos no sólo en el ámbito de la religión, sino también de la política. El movimiento campesino tenía que defenderse, y para ello ha empleado a veces acentos anticlericales, pero nadie tiene el derecho de identificar estos acentos con la lucha contra la religión. »De ahí una conclusión que ha de encontrar cuerpo en la Polonia popular. La Iglesia "reinante" podría constituir solamente un obstáculo para la Polonia que busca su propia liberación. No podemos olvidar las palabras de Slowacki:196 ¡Oh, Polonia, tu derrota está en Roma! »E1 clero católico no puede ser sofocador de luz u obstáculo a los movimientos progresistas y culturales. El concordato no legalizará su fortuna ni sus beneficios ilícitos, de la misma forma que no legalizará tampoco su independencia frente al Estado. Junto a la moral capitalista, empiezan a difundirse los nuevos principios morales del mundo del trabajo. Según tales principios, el trabajo del hombre es la fuente de todos los valores y de todos los bienes... Y nunca más —como ha ocurrido hasta hoy— podrá ser el trabajo fuente de abusos. He aquí los nuevos principios morales que exigen la socialización de la economía nacional y la liberación del trabajo para el provecho de pocos.» La Prensa polaca de setiembre de 1942.w W. R. N. (Libertad, igualdad, independencia). n.° 99,"* del 19IX-1942: Los azucarillos del Vaticano.

«Tras los golpes brutales que la política del Vaticano ha infligido a Polonia, quebrantando el concordato y marchando, codo a codo, con los fascistas hitlerianos y lituanos, nombrando obispos en Vilna y en Pomerania sin consultar con el Gobierno polaco, sino de acuerdo con los deseos de Hitler, he aquí algunos azucarillos en forma de declaraciones del Vaticano, cuyo objeto es el de hacer olvidar el efecto de los hechos acabados de mencionar. El Papa ha enviado al cardenal Hlond una carta y ha declarado, en presencia de algunas religiosas nazaretianas, que amaba a Polonia. Nuestra Prensa clerical ha acogido estos episodios con entusiasmo, y publica largos artículos para ilustrarlos. Sin embargo, esta misma Prensa hizo oídos de mercader cuando el Papa manifestó su propia solidaridad con el fascismo o asestó dolorosos golpes al país en cuestiones tan delicadas como las de Vilna o de Pomerania...». La Prensa polaca en octubre de 1942. m 6. Polonia y el Vaticano. Glos Pracy (La voz del trabajo) del 30-X-1942, n.° 44. «En su artículo ¿Qué es más importante, los intereses de Polonia o los de la Iglesia?, hablaba del nombramiento de los administradores eclesiásticos alemanes hecho por la Santa Sede en la región llamada de "Warthegau" y en la diócesis de Shelmo, afirmando que "es evidente que los intereses de la Iglesia son más importantes, por el momento, que los de Polonia; lo prueban no sólo los nombramientos, sino también otros hechos..., el apoyo dado a algunos bielorrusos y —en concreto— a traidores y colaboracionistas... En los territorios incorporados al Reich, la Iglesia se va convirtiendo poco a poco en el instrumento de la germanización (confesión en alemán, prohibición de predicar en polaco, etc.)"» La Prensa polaca en enero de 1943™ Nowa Polska (Nueva Polonia)351 de enero de 1943. «...Creemos que la Iglesia es u n elemento indispensable y sobrenatural en la vida de la nación. En cuanto a la Iglesia, no debemos hacerla responsable de nuestras derrotas políticas. Pedimos que la Iglesia haga volver a nuestro clero a los territorios del Oeste y del Este, del mismo modo que ha permitido a los alemanes instalarse en ellos. Pedimos al Vaticano que condene eficazmente el derecho alemán del más fuerte: este derecho nos impide, después de siglos, rezar en la lengua de nuestros padres. Pedimos que se condene no menos eficazmente el absolutismo totalitario ruso.»

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Naród (La nación)202 de enero de 1943. Tras un análisis favorable respecto al papel de la Iglesia en Polonia hoy y ayer, escribe con amargura: «Nada podrá ocultar el hecho de que casi todas las naciones católicas de Europa se han puesto de parte del Anticristo, y que Polonia es la única que salva el honor del catolicismo ante el tribunal de la Historia, En un momento como éste, el Vaticano no puede seguir siendo un Estado laico que protege su neutralidad diplomática. Hay demasiada diplomacia en la Iglesia de Cristo. La justificación de la política vaticana es el razonamiento de los diplomáticos y no el clamor de una conciencia polaca y católica. No somos nosotros los que impulsamos a Polonia hacia una Iglesia nacional: son los diplomáticos católicos. Y sólo llegando al mal allá donde se encuentra y no solamente de un modo formal, se podrá salvar al país del peligro de una Iglesia nacional.» Informe de la Prensa semanal del 14-III-43m 5. Polonia y el Vaticano. W. R. N. del 5-III-1943, ¿Rompe el Vaticano el concordato con Polonia? Cita el artículo 9, que estipula: «Ninguna parte de la República de Polonia dependerá de obispos residentes fuera de las fronteras nacionales», y escribe: «Desde el punto de vista del Derecho Internacional, el Vaticano ha rebasado seriamente las citadas estipulaciones, y si se añade que, contrariamente al artículo 2 del concordato, el Vaticano no entra en contacto directo con los fieles y el clero, se ve claramente que el Vaticano considera el concordato como inexistente y no lo observa... Por tanto, el Vaticano ha roto el concordato con Polonia.» Informe semanal de la Prensa del 28-111-43 al 4-IV-43í0i Wolnosc (La Libertad).205 Hemos dado un suspiro. Define como pérfido el comportamiento del Vaticano hacía la nación y el Estado polacos. La Libertad afirma que esta opinión «refleja la opinión de toda la nación, que sabe bastante de las astucias de los monseñores de la Ciudad Eterna. Eran débiles y aisladas las voces de aquellos que tratan de salvar la situación y de enmascarar el abismo abierto por Pío XII entre el pueblo polaco y el vértice de la administración eclesiástica». Informe de la Prensa del 25 de abril al 5 de mayo de 1943.®* 6. Polonia y el Vaticano. Wolnosc (La Libertad) del 6-IV-43, n.c 23, en su artículo Los de-

tensores de la política del Vaticano no se han dormido, polemiza con el artículo de Pravda (La verdad) titulado Lo que la Iglesia católica piensa de la guerra. Leemos en él: «Cuando las bombas destruían las ciudades polacas... el Vaticano, hacia el cual se habían dirigido los ojos de todos, fingía no saber lo que ocurría en Polonia, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Francia, Noruega, Grecia, Yugoslavia... El Vaticano callaba obstinadamente, y los obispos italianos consagraban los gallardetes fascistas y enviaban sus bendiciones a los soldados nazis que, en ruta hacia el África, visitaban el Vaticano. Solamente hoy, gracias a la muerte de víctimas inocentes; gracias al sacrificio de millones de hombres que no se han sometido a la potencia hitleriana; gracias al duro trabajo cotidiano de las democracias del mundo entero, cuando se acerca cada vez más la inevitable derrota de Hitler y de la barbarie nazi, allá, en el lejano Vaticano, se empieza a pensar de un modo distinto, a ver mejor el mundo... Los bárbaros son aquellos que, habiendo olvidado su misión de evangelización, no sólo no se oponen a la barbarie, sino que no se atreven ni siquiera a condenarla. Nunca, y hoy menos que nunca, hemos sido partidarios de una doble moral. Estamos acostumbrados a practicar diariamente nuestra moral. Sin embargo, aquello de lo que somos testigos por lo que respecta a] Vaticano, es absolutamente contrario a los principos mismos de la moral de Jesucristo, basada en el amor al prójimo y en la justicia. Es difícil decirlo, pero en un futuro próximo, el Vaticano habrá de cargar con las consecuencias de esta justicia específica con la que juzga las acciones humanas; ni la astucia jesuítica ni el maquiavelismo lo preservarán de sus consecuencias. Una vez vencido Hitler, los pueblos ensangrentados del mundo no olvidarán a sus aliados directos o indirectos.» Informe de la Prensa del 4-VII al ll-VU-43™ 6) El Vaticano y Polonia. Nurt (La corriente),208 mayo de 1943, n.° 2; en su artículo titulado Europa, escribe: «Somos un pueblo católico ligado a la Iglesia romana más que cualquier otro pueblo de Europa. La fuerza moral y cultural de la Iglesia tiene para nosotros una importancia fundamental, porque constituye una de las líneas que acompañan a nuestra cultura nacional en su desarrollo. En la lucha de que somos testigos, en la lucha que ha visto pulverizarse el espíritu cristiano de la Historia, no en las acciones de los campos de batalla, sino en los programas aquende las líneas del frente, la voz de la Iglesia católica es en

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verdad demasiado débil y demasiado prudente. El sentimiento de soledad que acompaña a nuestros sufrimientos morales constituye, tal vez, una prueba útil para la fuerza de nuestro espíritu nacional; sin embargo, hay cosas que no se olvidan y que obligan a plantear la cuestión de saber cuál será la base católica de las fuerzas que unan a los pueblos de Europa después de la guerra. ¿Será la sola idea de no ver nunca más que vuelvan las matanzas? Pero si la guerra no lleva a ningún resultado claro y no permite que cristalicen las fuerzas que toman parte en ella, nada permitirá a Europa levantarse de su deí concierto moral». Revista de la Prensa clandestina polaca del 1 de julio de 1943 w 5) El Vaticano. Las previsiones de Walka (La lucha) 210 fueron exactísimas: la opinión pública ha acogido muy mal el nombramiento del arzobispo Godfrey como nuncio [sic] cerca del Gobierno polaco; es necesario decir que la opinión polaca es vulnerable en un 75 por ciento a la propaganda alemana, que presenta al Vaticano entre los aliados del Eje. Ni siquiera los intelectuales son inmunes a ello y, lo que es peor, se muestran violentos en pretender probar, a través de este hecho, que, desde el punto de vista religioso, son «independientes». La mala voluntad es un elemento muy importante. Sería oportuno emprender una intensa labor de contrapropaganda difundiendo libros, octavillas, tarjetas postales con las declaraciones del Papa sobre Polonia, etcétera. Se ha hecho demasiado poco, o bien se ha errado sencillamente de pleno (el libro anónimo sobre las actividades caritativas de la Santa Sede en favor de los polacos).211 Informe de la Prensa del 26-VII al l.°-VII-432U 6) Polonia y el Vaticano. Wolnosc (La Libertad) del 25-VI-1943, en su artículo titulado El Vaticano cambia de política, escribe: «Cuando las bombas enemigas destruían nuestras ciudades, sepultando viva a la población civil, el Vaticano se abstuvo de condenar a los bárbaros o de consolar a los desgraciados. Por el contrario, el Santo Padre Pío XII es el segundo Papa que, con su comportamiento (incorporación de la archidiócesis de Poznán a la de Koenigsberg y nombramiento de un obispo alemán para Poznán) trata de legalizar nuestra esclavitud, confirmando con los documentos jurídicos internacionales la nueva división de Polonia. Sin embargo, cuando las fuerzas aliadas empezaron a bombardear Italia, el Papa publicó un mensaje en el que deploraba los

bombardeos de las ciudades italianas, manifestándose así como un simple obispo italiano. Por tanto, cada vez que nuestra mirada se dirige hacia la Ciudad Santa, lo hacemos con reproche e irritación, y por esto el pueblo polaco ha perdido su confianza en el Vicario de Cristo; los caminos de Polonia y los de los «políticos» del Vaticano se han separado, y ya no es posible que pueda volver la atmósfera de colaboración y coexistencia anterior al 1939.» Revista de la Prensa clandestina polaca del 15. de agosto de 1943213 Solidaridad internacional. Glos Pracy (La voz del trabajo), n.° 31 del 29-VII-43, tras el bombardeo de Roma, escribe, a propósito de la famosa carta del Papa: «A nuestro juicio, el mensaje de Pío XII recuerda, por su contenido, aunque no por su forma, las consignas de la propaganda de Goebbels, que oímos después de la destrucción parcial de la catedral de Colonia. Está claro para todos que un solo bombardeo de Roma ha provocado la dimisión de Mussolini, y que algún otro bombardeo obligaría a Italia a capitular. El Papa se conmueve por la suerte de Polonia, pero no ha pronunciado ni una sola palabra para condenar la conducta del invasor. Estas ingenuas explicaciones han sido inventadas por los agentes del Vaticano. El auténtico comportamiento de Pío XII, nuncio en Berlín durante muchos años, político impenitente y, sobre todo, italiano, ha sido el de un partidario ardiente de los Estados del Eje. Pío XII está ligado políticamente con la Italia de Mussolini y, por tanto, con el nazismo. Para nosotros, Pío XII tenía falsa compasión; para los esbirros teutones —de conformidad con la tradición de Grünwald—, las bendiciones. La actitud política de Pío XII durante esta guerra influirá en las relaciones futuras entre Polonia y el Vaticano. El Papa cambiará, no hay duda, su política después de la guerra, pero se encontrará frente a cambios que provocarán en Polonia el nacimiento de un comportamiento más independiente por lo que respecta al Vaticano.» Wolnosc — W.R.W., n.° 35 del 25-VI-43, expresa la opinión de que «la política del Vaticano constituye la mayor sorpresa para los polacos. Al nombrar obispos para las diócesis de Poznán y de Pomerania, ha legalizado la ocupación. Mosotros, los polacos, que somos conocidos por nuestra fidelidad a la Santa Sede, teníamos derecho a esperar de ella la condena de la barbarie fascista. Pero, evidentemente, el Papa es sólo un simple obispo italiano. El pueblo polaco ha perdido su confianza en él y, como resultado, los cami-

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nos de Polonia no son ya los de los «políticos» del Vaticano, y nada puede hacer volver ya la atmósfera de colaboración de antes de la guerra. Ahora, el Papa ha cambiado su actitud y ha encontrado algunas palabras más calurosas para Polonia. La propaganda papal se aprovecha de ello publicando libros que tratan de crear una atmósfera al Papa.» Resumiendo, los reproches hechos al Papa y a la Santa Sede y los juicios expresados sobre la Iglesia por la Prensa clandestina polaca (de no estricta observancia católica) son sustancialmente éstos: 1. El Papa demostró no ser ni un apóstol ni un padre. 2. Al callar ante los bombardeos de las ciudades polacas y hacer llamamientos y enviar telegramas ante los bombardeos de las ciudades italianas, mostró ser sólo un simple obispo de la península mediterránea. 3. Las desvaídas expresiones usadas a veces en sus discursos respecto a Polonia eran falsa compasión. 4. El Papa no osó jamás condenar la barbarie nazi y, en el mejor de los casos, su voz fue demasiado débil y prudente. 5. El Vaticano rompió el concordato y traicionó a Polonia al nombrar obispos extranjeros en regiones polacas; y no sólo eso, sino que al actuar así legalizó la ocupación alemana. 6. En las tierras occidentales polacas, el Vaticano se convirtió en un instrumento de germanización, y en las orientales, de rusificación. 7. El Vaticano estaba ligado a los nazis por la conquista de Rusia para el catolicismo, y a esta misión sacrificó a Polonia. 8. El Vaticano no era otra cosa sino un Estado laico que protegía su propia neutralidad. 9. En Roma había demasiada diplomacia. 10. El clero en Polonia había pretendido siempre el monopolio del pensamiento del pueblo, no su autonomía. 11. La Iglesia ha fallado estrepitosamente en aquello que es su cometido esencial: la educación ética de la humanidad. Hoy, la Iglesia es todo: potencia temporal, económica y política, excepto moral. 12. La Iglesia es una potencia internacional no sometida a pueblo alguno, pero, en la práctica, ligada siempre al carro de los más fuertes. Y las líneas de acción práctica deducidas de estas premisas son las siguientes:

1. La Polonia de mañana debe quedar en una posición de total autonomía frente a Roma. 2. Polonia debe reforzarse como Estado, dejando de considerar los intereses de la nación como si fueran secundarios a los de la Iglesia. 3. Polonia debe llevar a cabo la separación entre el Estado y la Iglesia. 4. Polonia debe disponerse a una fisura también religiosa, como ocurrió ya en los siglos xi y xvi, constituyendo una Iglesia nacional. Es natural preguntarse si el Papa estaba al corriente de estas quejas y de estas reacciones. Y, una vez más, la respuesta no deja lugar a dudas. El padre Martini, por ejemplo, ha citado dos episodios relativos a las «inquietudes de los polacos por el llamado silencio del Santo Padre». En diciembre de 1942, un capellán militar italiano presentó un memorial sobre lo que había visto en Polonia y sobre las frecuentes entrevistas con monseñor Sapieha durante su estancia en Cracovia. El arzobispo era inquebrantable en su seguridad del amor del Papa por Polonia, pero un día (27 de junio) se encontraron también presentes en la conversación otro prelado y el conde Roniker. de Varsovia, presidente del Comité de ayuda a los polacos (R.G.O.). Por las preguntas y las reacciones de este último, el capellán pudo darse cuenta del estado de ánimo incluso de los mejores. En marzo de 1943, un seglar italiano, muy en contacto con los obispos polacos y particularmente con monseñor Sapieha, en un memorial preciso y fidedigno, aun reconociendo, entre otras cosas, una disminución en las manifestaciones de resentimiento hacia el Papa, sugería «una manifestación solemne del Pontífice en ocasión de la festividad de tino de los santos polacos cuya invocación había prohibido la autoridad alemana, para exaltar la fe polaca y proclamar bien alto la fe en su resurrección>.2L* A estos dos episodios hay q-ue añadir los de las do.s audiencias referidas parcialmente más adelante, concedidas por Pío XII a Luciana Frassati y a monseñor Scavizzi. A propósito de la primera, omitimos expresamente estos pormenores: «Su extrema gentileza y su cordialidad... me impulsaron, hacia el final de la audiencia, a insistir sobre la particular posición de Su Santa Persona y de la Iglesia católica en Polonia, ilustrándole acerca de los contrastes y los síntomas de rompimiento, que se iban agravando con los días. No eran ataques directos..., pero

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su figura y su alta obra de asistencia estaban circuidas de un silencio general o, peor aún, de una franca hostilidad.» El Santo Padre se mostró dolorido por lo que le dije y comentó mis palabras con un «la gratitud no es de este mundo».218 En el informe de su propia audiencia, monseñor Scavizzi fue menos explícito; más aún, voluntariamente reticente; pero basta reflexionar en la disonancia entre sus oscuras afirmaciones y la dramática respuesta de Pío XII, para intuir lo que el anciano sacerdote no ha querido revelar (al tener que dirigirse a un público popular de lectores y no a una asamblea de historiadores), y que no debió de ser muy distinto de lo manifestado por la Frassati. Ya hemos citado sus afirmaciones. He aquí ahora las atribuidas a Pío XII: «El Papa, de pie junto a mí, me escuchaba conmovido y convulso; levantó las manos y me habló: "¡Diga a todos cuantos pueda que el Papa agoniza por ellos y con ellos! Diga que ha pensado muchas veces en fulminar con la excomunión al nazismo, en denunciar al mundo civil las atrocidades del exterminio de los judíos. Hemos oído gravísimas amenazas de retorsión, no sobre nuestra persona, sino sobre los pobres hijos que se encuentran bajo el dominio nazi. Han llegado a nosotros, por diversos conductos, vivísimas recomendaciones para que la Santa Sede no adoptase una actitud drástica. Tras muchas lágrimas y muchas oraciones, he considerado que una protesta mía no sólo no aprovecharía a nadie, sino que suscitaría las iras más feroces contra los judíos y multiplicaría los actos de crueldad, porque se encuentran indefensos. Tal vez mi protesta solemne me habría procurado una alabanza del mundo civil, pero habría hecho caer sobre los pobres judíos persecuciones más implacables aún de las que ya sufren"....»218 Finalmente, podemos citar estas palabras, dirigidas por Pío XII a un grupo de Hermanas polacas y referidas por un informe recibido en la Delegación el 28-VTII-42: «Escribid a vuestras Hermanas y decidles que el Vicario de Cristo las ama a todas y que Polonia entera está presente en su corazón. Decidles que no crean en aquellos que hablan de un modo distinto.» El Santo Padre estaba lleno de simpatía y emoción al comprobar que las Hermanas querían enterarse de su estado de salud. Preguntó si en realidad se creía en Polonia todo lo que se decía contra la Santa Sede. Al contestarle que, por desgracia, había gente mal informada, repitió con insistencia: "Escribidles diciéndoles que no crean en eso, porque el Papa ama mucho a Polonia y es la verdad". Quedó muy triste al ver que alguien pudiera dudar de su amor por Polonia>. aT

Cuando se disponga de toda la correspondencia diplomática y pastoral de Pío XII respecto a Polonia, tal vez resulte más fácil documentar, con sus mismas palabras, que Pío XII conocía las inquietudes y las rebeliones de los polacos. Por ahora es suficiente este fragmento de una carta suya al presidente de la República polaca, que se remonta al 25 de junio de 1941, o sea, a una fecha no tardía en el curso de los acontecimientos polacos: «...Por otra parte, Nos sabemos que nuestro comportamiento en los diversos períodos del actual conflicto ha sido a veces mal interpretado, y que se nos han atribuido propósitos y palabras inexactos e incluso inexistentes. Aprovechando los medios de que disponemos, hemos hecho lo posible por disipar estos errores y equívocos. Los obstáculos y los juicios erróneos no nos han hecho cambiar de actitud, ni hemos abandonado o limitado por ello nuestra actividad, que ahora ocupa una gran parte de nuestro cometido pastoral y paterno...» 218 Si, pese a todas las instancias que se le hicieron para que hablara y el peligro que el mantenimiento de su silencio hacía correr a la unidad y a la fidelidad del pueblo polaco, no habló Pío XII, uno de los motivos, aunque negativo, fue, sin duda, el de que sabía que podía contar con la increíble e ilimitada fidelidad de los católicos polacos. Además, no sería la primera vez que la Santa Sede sometiera a dura prueba a la Polonia «siempre fiel». Por otra parte, por mucho que los Papas hayan podido traicionar a los polacos, éstos han sido siempre refractarios a abandonar el mito de Roma, su baluarte. Los mitos se crean por necesidad, no por su fundamento intrínseco. Si un mito fuese racionalmente analizable, dejaría de ser tal. El mito se encuentra más allá de la razón, enlaza con las raíces últimas de las necesidades vitales pertenece al reino de las ideas matrices. Pío XII no tenía necesidad de que se le recordara todo esto. Pero si llegó a dudar de ello, no tardaría en ser reforzado en sus creencias por las mismas informaciones procedentes de Polonia. En efecto, es fácil observar en la propia Prensa clandestina la atenuación de las críticas hacia su silencio después del discurso del 2 de junio de 1943. Pío XII sólo dijo que: «...llamamos vuestra atención de un modo especial sobre la trágica suerte del pueblo polaco, que rodeada de naciones poderosas, está sometido a las vicisitudes y a los vaivenes de un ciclónico drama bélico. Nadie que conozca la historia de la Europa cristiana puede ignorar u olvidar cuánto han contribuido a formar el patrimonio espiritual de Europa y del mundo los santos y los héroes de Polonia, sus científicos y pensadores, y cuánto ha contribuido al desarrollo y a la conservación de una Europa cristiana

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hasta el sencillo pueblo polaco con el silencioso heroísmo de sus sufrimientos a través de los siglos. Y Nos imploramos de la Reina Celestial que a este pueblo tan duramente probado, así como a los demás, que junto con él, han tenido que beber el amargo cáliz de esta guerra, se les reserve un porvenir que iguale la legitimidad de sus aspiraciones y la grandeza de sus sacrificios en una Europa renovada sobre fundamentos cristianos y en una asamblea de Estados, libre de los errores y extravíos del pasado.» En realidad, Polonia había experimentado algo bien distinto de las «vicisitudes de un ciclónico drama bélico» y perdido su integridad territorial y su independencia; sin embargo, esta genérica alusión bastó para hacer creer que Pío XII se disponía a emprender una línea de acción más valiente y resuelta, o más hábil y sagaz. En realidad, este cambio se había entrevisto ya, aunque cautamente, algunos meses antes, como se puede ver en Sm del 27-11143, n.° 13, artículo El Vaticano y Polonia. «La política del Vaticano se hace cada vez más sensible a los desarrollos de la situación diplomática. Es cierto que el cambio de la política vaticana no se ha traducido aún en una protesta más explícita contra las persecuciones de la Iglesia y de la población católica en los países ocupados, aunque el Vaticano haya recibido informes detalladísimos sobre la situación; sin embargo, la radio vaticana empieza a hablar de ello con más frecuencia cada vez, aunque tímidamente.» Y comentando la carta en que el Santo Padre da las gracias al Gobierno polaco por las felicitaciones que le había enviado con motivo del aniversario de su coronación, S escribe: «He aquí las palabras muy diplomáticas: sea como fuere, gracias por ello.»220 Por el contrario, Wálka (La lucha) del 16-VI-43, n.° 23, en el artículo titulado La inspiración de Polonia, tras haber publicado el discurso papal del 2-VI-43, declara con énfasis: «La Iglesia católica es hoy, como siempre, la inspiradora de la nación polaca. Nosotros no lo hemos olvidado nunca. Recordábamos esta verdad al pueblo en lucha, cuando los enemigos visibles u ocultos trataban de socavar la autoridad de la Santa Sede con una red de calumnias y de verdades a medias. Hoy, esta campaña ha sido estrepitosamente desbaratada. Los raros ataques que aún se observan no son más que maniobras diversivas. El enemigo declarado, los alemanes, se quita la máscara y muestra su rencor cuando se habla del Papa.»221 El mismo periódico comunista Glos Warszawy m (La voz de Varsovia) comentó muy favorablemente el discurso de Pentecostés, definiéndolo como «resueltamente antinazi y antihitleriano». Entre los pocos disidentes, queda aún Wolnosc (La libertad) del 25-VI-43:

«En Roma, al haberse dado cuenta de que la democracia saldría al fin victoriosa, se ha procedido rápidamente a un cambio político, y ha reaparecido la palabra "Polonia" en la lengua oficial de los grandes del Vaticano; más aún, al propio Santo Padre ha empleado para ella algunas palabras más cálidas de lo acostumbrado. »Y en Polonia, los partidarios de Roma han iniciado una acción cuyo objeto es provocar un cambio en la actitud de las masas polacas hacia el Vicario de Cristo. Tratan de hablarnos de la ayuda que el Papa nos ha prodigado durante la guerra. Recordando los higos y la mermelada... »A1 regularizar nuestras relaciones con el Vaticano, no olvidaremos los higos tan generosamente enviados y nos esforzaremos por actuar de forma que el tesoro del Vaticano no quede arruinado por haber enviado higos a Polonia.»223 Por el contrario, como si hubiese ido ya demasiado lejos, Pío XII no dio desde aquel día ni un solo paso más en sus afirmaciones respecto a Polonia. Lo desaconsejaban, por una parte, las catastróficas noticias procedentes de Rusia y, por otro, los acontecimientos italianos y, en particular, la ocupación de Roma por los nazis después del hundimiento del fascismo y el armisticio de Italia con los aliados. Por tanto, la prudencia se imponía más que nunca. Cosa más grave, Pío XII no cambió de conducta ni siquiera después, que, al cabo de u n año, el 14 de junio de 1944, Roma fue ocupada por los aliados y por las tropas polacas del general Anders. Para los polacos que vivían en Polonia, aquel acontecimiento fue como un símbolo y un anticipo de su propia liberación. Y he aquí que el 28 de julio siguiente se produjo el primero de los muchos encuentros oficiales entre el Papa y los que él pensaba que eran los representantes de la nueva Polonia: más de 500 soldados al mando del general Sonkowski, comandante en jefe de las fuerzas armadas polacas acompañado del general Anders, comandante de las tropas polacas en Italia, y de otros generales y jefes, así como del nuncio apostólico, monseñor Corteso, Papée, obispo castrense monseñor Gawlina y otros dignatarios y capellanes militares. En su discurso les recordó, naturalmente, las ansiedades y solicitudes paternas con que había seguido los trágicos acontecimientos que habían agitado y atormentado al heroico país, y su siempre inconmovible esperanza en la futura resurrección de Polonia. «En realidad —añadió—, aunque vuestro suelo nacional esté enrojecido por la sangre que lo inunda, vuestro derecho es tan cierto, que Nos tenemos la firme esperanza de que todas las naciones se darán cuenta de su deuda hacia Polonia, escenario y, con demasiada frecuencia, lugar de sus conflictos, y que todo aquel que conserve en el corazón un destello de sentimiento verdaderamente

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humano y cristiano, tratará de reivindicar para ella el lugar que se le debe según los principios de la justicia y de una verdadera paz.» Palabras más que suficientes para reconquistar para el Papa el corazón de los polacos, pero de las cuales, una vez más, estaba ausente una abierta condena por los crímenes perpetrados en el país mártir y contra sus habitantes. Más aún, habían sido seguidas ansiosamente por los verdugos, que ya se hallaban en peligro: «Expresaba la firme persuasión de que el pueblo polaco sabría levantarse sobre todos los cálculos puramente humanos y desdeñar las amargas satisfacciones de las represalias y de la venganza, para preferir su misión sublime de hacer valer sus legítimas reivindicaciones, de levantar y reconstruir la patria, de trabajar en común con todas las almas honestas, que son numerosas en todas las naciones, en restablecer las relaciones fraternas entre los miembros de la gran familia de Dios...»224 Pocos días después, el 1." de agosto, Varsovia se levantaba contra los alemanes. El arzobispo Gawlina escribió al cardenal Maglione, y el 13.° presidente de la República polaca envió un llamamiento a Pío XII, que acaba así: «En este momento trágico para Polonia, me dirijo desde el fondo de mi corazón a Vuestra Santidad para pedirle, Santo Padre, que levante su voz en defensa de la población, de los niños y de las mujeres de la capital martirizada.» 225 El 21 de agosto, cuando las mujeres polacas hicieron difundir por Radio Varsovia este mensaje: «Santo Padre, nosotras, mujeres polacas, que luchamos en Varsovia por patriotismo, por amor a la religión y al país de nuestros padres, somos objeto de escarnio por parte de nuestros enemigos. No tenemos comida ni medicinas para los heridos... «Santo Padre, sucesor de Nuestro Señor, si nos escucháis, dadnos la bendición divina a nosotras, madres que luchan por la Iglesia y por la libertad.»226 Pío XII no había contestado aún. Lo hizo el 31 (el llamamiento de las mujeres polacas no debió de escucharlo, porque no tuvo respuesta ni entonces ni nunca), aunque en privado. Finalmente, después que L'Osservatore Romano hubo publicado dos artículos sobre el asedio de Varsovia —dos artículos, no se sabe por qué, más antisoviéticos que antinazis—, hizo pública la razón de su respuesta. Sea como fuere, una vez más había renunciado a levantar su voz. Pese a ello, dos días más tarde, al recibir a otros dos mil soldados polacos, se atrevió a afirmar: «Hemos hecho y seguiremos haciendo por vosotros cuanto esté en nuestro poder, y no dejaremos de levantar nuestra voz para

inspirar, a los unos, sentimientos de humanidad hacia los inenarrables horrores y atrocidades de una guerra tan terrible, y a los otros, pensamientos de justicia, que respete vuestro derecho, y de caridad fraterna, que procure por todos los medios acudir en ayuda de las angustias en que agonizan, no menos que los propios combatientes, innumerables legiones de inermes e inocentes.»227 O sea, un enésimo texto de Sibila cumana. 0, mejor aún, una vez más el intento increíblemente utópico de conciliar a las ovejas con el león lleno de sangre pero no ahito aún de su mortandad. (Varsovia se rindió, después de 63 días de lucha desesperada, el 2 de octubre.) Venganza o no, a cinco meses del fin de la guerra en Europa, la nueva Polonia, que no había querido saber nada de reanudar sus relaciones diplomáticas con el Vaticano, rompía también el concordato. Es cierto que se trataba de una Polonia no plenamente libre de disponer de sus destinos. Pero ¿tal vez por ingratitud, la potencia a la que estaba sometida la había impulsado a una acción tan polémica como vengativa? No hay duda de que la Santa Sede había evitado transformar en cruzada la guerra antisoviética de los nazis; pero este escrúpulo de cautela, ¿podría bastar acaso para engañar sobre la Real-Politik del Vaticano? Por lo demás, ¿quién puede decir que, aunque Polonia hubiese generosamente perdonado y olvidado el amarguísimo abandono durante los años más trágicos de su existencia, jamás se habría borrado de su conciencia el recuerdo de la larga, tormentosa y siempre frustrada espera de palabras demasiado tardías, por ser ya entonces inútilmente pronunciadas?

APÉNDICES Publicamos aparte, escogiéndolos de entre los que no interesan directamente al objeto de este libro, sino sólo a la historia de la persecución religiosa en Polonia durante la Segunda Guerra Munrial, algunos documentos conplementarios y otros ilustrativos, hasta ahora inéditos (a excepción de uno). Los primeros, complementarios (I: A, B y C), tienen una evidente importancia. En efecto, se trata de dos notas verbales (una de la Embajada de Alemania cerca de la Santa Sede a la Secretaría de Estado vaticana; la otra, la contestación de esta última) y de un informe del nuncio Orsenigo al cardenal Maglione, que demuestran la resistencia de la Santa Sede a la instalación de obispos alemanes en las regiones ocupadas por el ejército nazi, solicitada, con presiones insistentes, por el Gobierno del Reich. La segunda nota verbal es, ni más ni menos, la que provocará, por parte del Gobierno alemán, la negativa a tratar con la Santa Sede los asuntos no concernientes a los territorios del antiguo Reich. Los otros dos documentos ilustran, respectivamente, sobre su origen y consecuencias. Entre los documentos ilustrativos (II: a, b y c), transcribimos un ejemplo de la presentación del material hallado por el Departamento de informaciones clandestino de Varsovia, al presidente del Consejo de ministros del Gobierno polaco en Londres (a); un ejemplo de la presentación de comunicados informativos procedente de Polonia, hecha por el ministro de Asuntos Interiores polaca en Londres a otros miembros o funcionarios del Gobierno emigrado (b); y, finalmente, dos ejemplos de despachos cifrados, con «clave» adjunta, destinados a las transmisiones de la BBC, interpretados sólo en la parte relativa a noticias religiosas.3»

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Apéndice I A229 NOTA VERBAL DE LA EMBAJADA DE ALEMANIA CERCA DE LA SANTA SEDE A LA SECRETARIA DE ESTADO DE SU SANTIDAD del 29-VIII-1941 Esta nota demuestra cuáles eran las pretensiones del Gobierno alemán por lo que respecta al nombramiento de los Ordinarios locales. Y es tanto más importante por cuanto, como se recordará, el 27-VII-1940, el embajador de Alemania cerca de la Santa Sede había declarado, durante una audiencia con el Secretario de Estado, que las sedes de los obispos, tanto en el Protectorado checo y moravo como en Polonia, debían ser confiadas a sacerdotes alemanes o, por lo menos, de origen alemán. Respecto a los recientes nombramientos de obisps a los que ha procedido la Santa Sede, como quiera que tales obispos han de ejercer su función en los territorios dependientes de las autoridades alemanas, obligan al Gobierno del Reich a hacer la siguiente declaración: Vista la importancia que tienen los nombramientos de los titulares de los altos puestos en la Iglesia católica, el Gobierno del Reich no puede renunciar a todos los derechos que derivan de su soberanía y que requieren que sea consultado cada vez que se trate de un nombramiento de esta índole. Muy al contrario, está obligado a conceder una gran importancia al hecho de tener la posibilidad de representar objeciones de carácter general o político antes de proceder al nombramiento de arzobispos, obispos y coadjutores con derecho de sucesión, así como prelados nullius en todo el territorio del Reich, comprendidos Alsacia, Lorena, Luxemburgo, los territorios liberados de la Baja Estiria, Carintia y el Gobierno General. Este mismo Gobierno se ve obligado a reclamar idéntico derecho en el caso de que los puestos citados hayan de ser ocupados durante un tiempo más o menos largo por un administrador apostólico, por un vicario capitular o por cualquier otro administrador de diócesis.

Al objeto de unificar el procedimiento en todo el territorio del Reich, el Gobierno del Reich considera también que, antes del nombramiento de los citados puestos en el territorio del antiguo Reich (administradores apostólicos, vicarios capitulares y otros administradores diocesanos), se establezca un contacto confidencial con el Gobierno, a fin de que tenga la posibilidad de presentar eventuales objeciones de carácter general o político respecto a los candidatos previstos. El Gobierno del Reich ruega, pues, a la Santa Sede que lo informe oportunamente antes de proceder a los citados nombramientos, a fin de que tenga la posibilidad de presentar eventuales objeciones de carácter general o político.

B NOTA VERBAL DE LA SECRETARIA DE ESTADO DE SU SANTIDAD A LA EMBAJADA DE ALEMANIA CERCA DE LA SANTA SEDE del 18-1-1942 Es la respuesta a la nota verbal de la Embajada de Alemania del 29-VIII-1941. Se exponen en ella las importantes razones jurídicas y de efecto que han obligado a la Santa Sede a no aceptar las pretensiones formuladas por el Gobierno del Reich en lo tocante a los nombramientos de obispos. La Secretaría de Estado de Su Santidad tiene el honor de acusar recibo de la nota del 29-VIII-1941. En su nota, la Embajada de Alemania ha informado a la Secretaría de Estado... [sigue casi en su totalidad, con citas íntegras, el texto de la nota alemana] La Secretaría de Estado aprovecha la ocasión para asegurar a la Embajada de Alemania que la Santa Sede, profundamente ansiosa del verdadero bien de la nación alemana, en la medida en que esto dependa de ella, hace y seguirá haciendo todo lo posible, dentro de los límites de sus derechos y de sus deberes, para mejorar las relaciones entre la Iglesia y el Estado en Alemania. Esta favorable disposición, por no hablar de otras manifestaciones, tan numerosas como significativas, ha sido expuesta por

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el Santo Padre inmediatamente después de su subida al trono pontificio, de una manera extremadamente solemne en la carta autógrafa dirigida a S. E. el Führer y Canciller del Reich, del 6-III-1939. En dicha carta. Su Santidad declaraba, entre otras cosas: «Acordándonos con alegría de los largos años durante los cuales, como nuncio apostólico en Alemania, Nos hicimos con gusto cuando estuvo en nuestro poder por desarrollar favorablemente las relaciones entre la Iglesia y el Estado, gracias a la buena voluntad mutua y a la cooperación benévola, por bien de ambas partes, Nos consagramos ahora a esta causa todos los deseos que nos presenta y hace posible nuestro deber pastoral.» Sin embargo, pese a este profundo deseo de Su Santidad, deseo compartido por Su Excelencia el Führer, como él aseguró en su respuesta del 29 de abril del mismo año, las relaciones entre la Iglesia y el Estado en Alemania no son en modo alguno, por desgracia, como deberían ser. Dan fe de ello las detenciones y los hechos que se multiplican en el territorio mismo del Reich y en los países ocupados e incorporados; estas detenciones y estos hechos lesionan de modo extremadamente grave los derechos de la Iglesia, y son no sólo contrarios a los concordatos en vigor y a los principios del Derecho internacional, aprobados por la Conferencia de La Haya, sino lo que es aún peor, son a menudo contrarios a los principios del Derecho divino, natural y positivo. A este propósito baste citar, entre otras cosas, la transformación de las escuelas primarias católicas pertenecientes al Estado en escuelas sin religión; se han cerrado definitiva o temporalmente varios seminarios eclesiásticos menores, muchos seminarios mayores y algunas Facultades de teología; se han abolido casi todas las escuelas católicas privadas, varios conventos y centros docentes; se ha renunciado unilateralmente a cumplir todos los deberes financieros hacia la Iglesia, tanto por parte del Estado como de los Ayuntamientos, etc.; las actividades de las congregaciones religiosas y de las asociaciones encuentran obstáculos cada vez más fuertes en el sector pastoral, social y de la enseñanza; sobre todo, se ha suprimido y confiscado gran número de abadías, conventos y casas religiosas, lo cual hace pensar que se quiere hacer absolutamente imposible la existencia misma de las congregaciones y de las asociaciones religiosas en Alemania. Hechos semejantes, e incluso más graves, se han registrado, por desgracia, en los territorios ocupados o incorporados, sobre todo en los territorios polacos del Reichsgau Wartheland, donde el Gobierno del Reich publicó, el 13-1 del pasado año, una «Ordenanza con-

cerniente a las asociaciones religiosas y a los grupos confesionales» (Verordnung über religiose Vereinigungen una Religionsgesellschaften), que es visiblemente contraria a los principios fundamentales de la constitución de la Iglesia de Dios. Todo esto era y sigue siendo un motivo de profundo dolor para la Santa Sede, y este dolor es comparable al resentimiento experimentado por los católicos alemanes y por los del mundo entero; sin embargo, no han debilitado en nada la voluntad de ver el retorno de una situación satisfactoria de la religión católica en el Reich y en los territorios que dependen del mismo, gracias al mejoramiento de las relaciones entre la Santa Sede y el Gobierno. Por lo que respecta al deseo expresado por el Gobierno del Reich a propósito del nombramiento de los titulares de los altos cargos en la Iglesia católica, la Secretaría de Estado no puede por menos de no estar de acuerdo con el Gobierno en lo que concierne a la importancia de estos nombramientos para los altos cargos. En efecto, la persona nombrada para administrar una diócesis, dada la naturaleza misma de su misión pastoral, salvaguarda y favorece los principios del orden, de la disciplina y de la justicia social, o sea, esos mismos principios que el Estado desea ver en la actividad de los ciudadanos. Sin embargo, el hecho de que la elección de un candidato conveniente esté de acuerdo con el Estado y pueda, por tanto, constituir un motivo de interés para el Gobierno, no basta para dar a este Gobierno el derecho a influir en esta elección; paralelamente, el nombramiento de un funcionario honesto, justo, carente de prejuicios y no hostil a la Iglesia, adquiere una importancia particular a los ojos de las autoridades eclesiásticas, pero no les da en modo alguno el derecho a inmiscuirse en ello. La Secretaría de Estado hace observar a la Embajada de Alemania que la Iglesia —instituida por Jesucristo y, por tanto, existente por ley divina, con fines sobrenaturales confiados únicamente a ella y para los cuales está dotada, por constitución divina, de medios eficaces— constituye una sociedad de Derecho perfecto y cuya ordenación es la mejor posible. En suma, la Iglesia posee un ámbito de actividades propias y exclusivas, dentro del cual actúa con plena independencia. Por tanto, en lo que concierne a la Iglesia en general y a su estructura interna en particular, y, sobre todo, en lo que se refiere a la elección de las personas que deben realizar funciones directivas, el Estado no puede hacer uso de los derechos derivados de su soberanía, que posee íntegra en el dominio que le es propio, pero no puede por menos de limitarse a las actividades civil y política.

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El derecho propio de la Iglesia de designar a los administradores de las diócesis independientemente de toda autoridad civil, se encuentra reforzado por el hecho de que en los países en que no existen acuerdos especiales entre la Santa Sede y los Gobiernos, estos Gobiernos —aun cuando mantengan las más cordiales relaciones diplomáticas con la Santa Sede, como Brasil, Chile e Irlanda— no influyen lo más mínimo sobre el nombramiento de los obispos y no son en modo alguno avisados de antemano. Y si algunos Gobiernos, incluido el del Reich, gozan de algunos privilegios en lo que respecta al nombramiento de los obispos, esto no deriva de los derechos fundamentales de las autoridades civiles, sino que depende, como es sabido, de los acuerdos especiales con los que la Santa Sede, a base de su poder supremo en el dominio eclesiástico (poder, por lo demás, reconocido por el Estado que contrae semejante acuerdo internacional), ha hecho determinadas concesiones, por lo demás, cuidadosamente definidas. Este privilegio (aun por lo que respecta a Alemania) es una concesión por parte de la Santa Sede, como lo prueba el hecho de que el concordato con el Reich, lo mismo que con el de Baviera, ambos suscritos antes de que se acordara este privilegio, reconocían el derecho indeclinable de la Iglesia en la elección de los obispos. En efecto, el artículo 14 del concordato con el Reich establece lo siguiente: «La Iglesia católica tiene, en general, el derecho a conferir libremente todos los oficios y beneficios eclesiásticos, sin el concurso del Estado ni de los Ayuntamiento... Antes de expedir las bulas de nombramiento de arzobispos, obispos, coadjutor cum iure succesionis o un prelado nullius, se comunicará al Lugarteniente del Reich (Reichsstatthalter) en el Estado que competa el nombre de la persona elegida, para comprobar que contra la misma no existen objeciones de carácter político general.» El artículo 14 del concordato con Baviera sanciona: «El nombramiento de los arzobispos y de los obispos corresponde con entera libertad a la Santa Sede... Antes de la publicación de la bula, la Santa Sede se asegurará, por vía oficiosa, cerca del Gobierno bávaro, de que no existen contra el candidato objeciones de orden político.» Si los otros países alemanes gozan de un privilegio semejante, es siempre en virtud de concesiones concordatarias. Por eso el artículo 6, párrafo 1, del concordato con Prusia, estipula: «La Santa Sede no nombrará a ningún arzobispo ni obispo respecto al cual el Capítulo después de la elección no se haya asegurado antes cerca del Gobierno prusiano de que contra él no existen objeciones de carácter político.» Y en el artículo 7: «La Santa Sede no nombrará a ningún prelado nullius o coadjutor de

un obispo diocesano con derecho a sucesión sin haberse asegurado antes cerca del Gobierno prusiano de que no existen contra el candidato objeciones de carácter político.» En el artículo 3 del concordato de Badén se lee: «1. Producida la vacante de la sede arzobispal, el Capítulo presentará a la Santa Sede una lista de candidatos canónicamente idóneos... 2. Antes de la confirmación del elegido, la Santa Sede se asegurará, cerca del Ministerio del Estado de Badén, de si existen contra él, por parte del Gobierno, objeciones de carácter político general, quedando excluidas las referentes al partido político.» Por lo que respecta al artículo 3, el protocolo final establece: «En caso de nombramiento de un coadjutor cum iure succesionis del arzobispo de Friburgo, la Santa Sede actuará después de haberse puesto en contacto con el Gobierno de Badén.» La Embajada de Alemania podrá notar que, en las estipulaciones concordatarias mencionadas, lo mismo que en los concordatos con los demás países, el privilegio que permite formular objeciones de carácter político no es más que es una simple concesión, y que no afecta más que a los arzobispos, obispos y coadjutores con derecho a sucesión y a los prelados nullius. Dejando aparte la elección de vicarios capitulares, a la que proceden los Capítulos interesados sin intervención de la Santa Sede, de acuerdo con el Derecho canónico, la Santa Sede no ha adoptado la costumbre ni la práctica de conceder este privilegio por lo que respecta al nombramiento de administradores apostólicos o de otras personalidades designadas para administrar temporalmente las diócesis, ya que la Santa Sede trata de conservar su plena libertad en el nombramiento de titulares de puestos que, por su misma naturaleza, sólo tienen un carácter excepcional y provisional. Si se prolonga el período durante el cual son ejercidas estas funciones, esto no será sino la consecuencia de condiciones especiales, de las que la Santa Sede no puede ser considerada responsable en lo más mínimo. La Secretaría de Estado considera que es superfluo hacer observar a la Embajada de Alemania que el hecho de conceder eventualmente al Gobierno del Reich el privilegio de formular objeciones de carácter general o político respecto a los administradores apostólicos o de otras personas que administran determinados distritos eclesiásticos, en el ámbito del territorio del Reich, habría provocado pretensiones fácilmente previsibles por parte de los otros Gobiernos, interesados tan vivamente como el Reich por semejantes nombramientos, y a los que no se les ha otorgado nunca una tal concesión, aun tratándose de Gobiernos en que con-

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curren méritos particulares por su benevolencia hacia la Iglesia. Y en lo que concierne a querer disponer del privilegio de expresar acusaciones de naturaleza política general incluso por lo que respecta a los territorios relacionados en la nota anteriormente citada, pero que no forman parte del Antiguo Reich, ya se trate de obispos, ya en los casos en que la administración de las circunscripciones eclesiásticas sea encargada temporalmente, «por un período de tiempo prolongado», al administrador apostólico, al Vicario capitular o, finalmente, a cualquier otro administrador, la Secretaría de Estado se permite poner de relieve que de cuanto se ha dicho hasta ahora resulta que la concesión de semejante privilegio contrastaría con la mencionada práctica tradicional de la Santa Sede. Por lo demás, al proceder de esta manera la Santa Sede ha adoptado una norma jurídica estable, prudente y delicada, basada en los más elevados principios morales y jurídicos y con arreglo a la cual no se procede a ningún cambio en la vida religiosa del país ocupado anexionado a consecuencia de una guerra, y ello independientemente de las peticiones de acuerdos o de privilegios por parte de los países, hasta el momento en que, tras el cese de las hostilidades, no se hayan reconocido formalmente el nuevo estado de cosas mediante tratados de paz o por los organismos internacionales competentes, en el caso de que existan éstos. La Santa Sede ha adoptado la misma práctica durante la última guerra. Así, por ejemplo, aunque los obispos de origen alemán de Estrasburgo o de Metz presentaron su dimisión tras la ocupación de Alsacia y Lorena por parte de las tropas francesas, la Santa Sede no las aceptó el 10-VIII-1919, y nombró canónicamente a los prelados franceses sólo el 31-VII del mismo año, después de la entrada en vigor del Tratado de Paz. Lo mismo la Santa Sede cuando se trató de limitar las diócesis polacas. Aunque el Gobierno polaco lo solicitó, y pese a la importancia que tenía la solución del problema desde el punto de vista de los intereses religiosos, la Santa Sede renunció a tomar decisiones definitivas antes de que se resolviera el problema, mediante tratados internacionales, relativo a quién tenía derecho a Vilna. Solamente después de las decisiones, bien conocidas, tomadas a este respecto por la conferencia de los embajadores (14-111-1923) y por la Sociedad de Naciones (el 3-XII-1923), la Santa Sede, mediante el artículo IX del concordato firmado con Polonia el 10-11-1925, decidió fijar los nuevos límites de las diócesis polacas. El mismo procedimiento se ha seguido con los otros países que surgieron o experimentaron cambios como consecuencia de los tratados firmados después de la guerra de 1914-1918.

Por las razones enunciadas, la Santa Sede, aun estando siempre dispuesta, dentro de los límites de sus derechos y de sus deberes, a considerar atentamente las justas peticiones del Gobierno alemán, lamenta profundamente informar que no puede satisfacer los deseos expresados en su nota verbal del 29-VIII del año pasado. Rogando a la Embajada que informe a su Gobierno, la Secretataría de Estado agradece...

C INFORME DE S. E. EL ARZOBISPO CESARE ORSENIGO, NUNCIO APOSTÓLICO EN ALEMANIA, A SU EMINENCIA EL CARDENAL SECRETARIO DE ESTADO DE SU SANTIDAD del 27-VI-1942. Su Excelencia el nuncio da cuenta de la actitud del Gobierno del Reich después de la precedente nota verbal de la Secretaría de Estado. Vuesta Eminencia Reverendísima ha tenido a bien informarme, mediante el telegrama n.° 7214/41 del pasado año, de que el Gobierno alemán había decidido pedir oficialmente, por medio de una nota verbal enviada a la Santa Sede a través de la Embajada de Alemania, ser informado de antemano —para tener la posibilidad de presentar objeciones de carácter general o político— en el caso de que se quieran nombrar arzobispos, obispos, coadjutores cum iure succesionis, prelados nullius, administradores apostólicos, vicarios capitulares (si deben cumplir las funciones por un período bastante largo) u otros administradores diocesanos en todo el territorio del Reich, comprendidos Alsacia, Lorena, Luxemburgo, los territorios liberados de la Baja Estiria, Carintia y el Gobierno General. Y se ha pedido que se proceda del mismo modo, por lo que respecta al territorio del antiguo Reich para los nombramientos de los administradores apostólicos, de los vicarios capitulares (en el caso aludido) y de los otros administradores diocesanos. Con un telegrama n.» 610/42 del 23-1 del año en curso, Su Eminencia se dignó hacer llegar a mis manos la copia de la nota verbal que Su Eminencia transmitió el 18-1 del corriente año, en respuesta a la Embajada de Alemania cerca de la Santa Sede. Hasta ayer, el Gobierno alemán no hizo alusión a la nota verbal recibida de La Santa Sede; solamente he notado que todos los

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asuntos que se refieren a los nuevos territorios del Reich, o se llevan a cabo con insólito retraso o se extravían en el maremágnum burocrático que deben seguir. Ayer, en una entrevista con el señor Secretario de Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores, barón Weizsácker, expresé mi deseo de tener noticias sobre la suerte de los profesores de la Universidad de Lvov (Lublín), cuestión acerca de la cual —como ya dije en mi informe n.° 2034/47 693 de 16 del corriente mes— he logrado interesar al Gobierno. El señor Secretario de Estado me explicó cortésmente que no tenía aún en su poder las informaciones solicitadas a propósito de los profesores de la Universidad de Lublín. Y añadió: «Sin embargo, tanto por lo que se refiere a este punto como a los restantes que conciernen a los nuevos territorios del Reich, o sea, que no pertenecen al antiguo Reich, será oportuno que lo informe de una cosa. Se trata —continuó— de una decisión tomada por personas competentes respecto a la nota verbal del 18 de enero, con la cual Su Eminencia el cardenal Secretario de Estado contestó a nuestra nota verbal del 29-VIII-1941, transmitida a Su Eminencia el cardenal Secretario de Estado de Su Santidad por nuestra Embajada cerca de la Santa Sede. Pues bien, se ha decidido no seguir tomando nota, en lo sucesivo, de los asuntos o de las cuestiones relativos a los territorios que no pertenecen al antiguo Reich.» Traté de comprender exactamente qué es lo que me quería dar a entender con estos términos, y le pregunté si tal providencia se refería también a Austria, al Protectorado y a los sudetes; a lo que el señor Secretario me contestó una vez más: «Todos los territorios que no pertenecían al antiguo Reich.» Entonces traté de explicarle que la petición del Gobierno alemán equivalía a tratar de introducir una preocupante novedad en lo que concierne a los nombramientos de los administradores diocesanos, y que la respuesta de la Santa Sede se hallaba de acuerdo con la práctica tradicional; además, puse de relieve que la Santa Sede sigue una línea tradicional que trata de no proceder a ningún cambio en los territorios ocupados a causa de la guerra, y ello hasta el final de las hostilidades. El señor Secretario de Estado me contestó: «¿Qué quiere que haga? Es una decisión formal que se ha comunicado ya a nuestros Gobiernos interesados.» Entonces le pregunté si quería que la Santa Sede fuese informada de ello, y he aquí su respuesta: «Lo dejo a juicio de Su Excelencia.» Le pregunté si el señor embajador Von Bergen lo había hecho ya, y él me contestó: «No lo creo, ya que no ha recibido instrucciones precisas al respecto.» Entonces puse fin a la entrevista diciéndole que ya lo pensaría.

Se ha de prever que mis futuras propuestas relativas a los nuevos territorios del Reich no serán atendidas o serán rechazadas. Le ruego acepte, etc.

Apéndice II a) Varsovia, 28-XI-1941 Wrzos Señor presidente del Consejo: v Le adjunto: 1) La Memoria sobre la situación en Polonia en octubre de 1941. 2) La Prensa polaca durante la ocupación (noviembre de 1941). 3) La Memoria sobre la situación en Polonia en noviembre y durante la primera mitad de diciembre de 1941. 4) La información sobre la entrevista entre el ex embajador de Polonia en Berlín y el gobernador Frank. 5) La fotocopia de la entrevista del ex presidente del Consejo, L. Kozlowski, con el representante de la Prensa berlinesa, publicada por el Nowy Kurier Warszawki (Nuevo Correo de Varsovia). 6) Las fotografías de los Dokumenty chwili n.° 6 y Rzeczypospolita (Documento del momento), núm. 16, 17 y 18. Al mismo tiempo, dado que estoy informado de que el correo encargado de entregar el informe para el III trimestre de 1941 no ha llegado a Budapest, le envío: 1) El informe completo para el tercer trimestre de 1941, en el que figuran capítulos enumerados en mi carta del 30 de setiembre de 1941 (núms. 1-17). 2) El informe financiero para el tercer trimestre de 1941. 3) Las cartas de los señores Karwat, Vogt, Bargli y del Comité Central de los Socialistas Polacos. 4) La clave del código para el informe del tercer trimestre y para las cartas enumeradas allí. 5) El proyecto del decreto del presidente de la República sobre el estado de guerra, con motivaciones. A petición de Roma, 2 " envío una vez más: A) Informe sobre la situación en Polonia en junio de 1941, B) Memoria sobre la situación de los territorios orientales de la República, del 12 de agosto de 1943. C) Las separatas del memorial que trata de las demandas de

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Polonia que, según el despacho de Roma, no ha llegado a su destino. Le ruego acepte... . b) Ministerio del Interior N.° K 1579/42 Informe n.° 3/42 Londres, abril de 1942
SECRETO

cual puede derivar en una eventual amenaza para el correo. Aprovecharé a la Pauvrette, pero aseguraos de que este medio no se basa en contactos con los Paulius. El 9.II comunica la Central: «Estamos en contacto con el padre K-R: hasta ahora no tiene nada que decirnos.» «Kalina»

Exclusivamente para las necesidades del servicio Señor: Le adjunto el informe del delegado del Gobierno, del 15-VIII al 15-IX-1941, dado que contiene un material documental indispensable para hacerse una idea completa de la vida en Polonia, aunque, debido a contratiempos, haya llegado a Londres con retraso. El informe va acompañado de numerosas informaciones de actualidad. El ministro de Asuntos Interiores St(anislav) Mikolajczyk c) Telegrama C-178 I del 16-111 Tercera transmisión de radio por la BBC
i . . . . . . . . . . . i i ,

3) Las capillas y las cruces en los territorios incorporados al Reich son derribadas con tal violencia, sobre todo en la región de Kutno, que el Landrat del lugar ha tenido que ordenar que se detenga la destrucción, ya que «destruían también, por inadvertencia, las obras de arte alemanas». «Kalina» Anexo a B-I-88 Anexo a B-I-68. Por lo que respecta a vuestros medios de contacto con Chateau-fort, excluyo de ellos a los Paulius con motivo de la intromisión del Ministerio de Asuntos Exteriores italiano, lo

TERCERA PARTE

EL CASO DE CROACIA

I EL HUNDIMIENTO DE YUGOSLAVIA EN 1941

El NDH (Nezavisna Drzava Hrvatska), el «Estado independiente de Croacia», fue proclamado en Zagreb el mismo día que entraron las tropas alemanas en la capital del ex Banato: el 10 de abril de 1941. Yugoslavia había sido atacada, al rayar el alba del día 6, desde el Norte y el Este a la vez, por las tropas alemanas procedentes, respectivamente, de Austria, Hungría, Rumania y Bulgaria, y desde el Noroeste, por las tropas italianas que, partiendo de Istria, se dirigieron hacia Liubliana y Dalmacia. Y ya el 6 de abril suscribía el armisticio que fijaba el cese de las hostilidades para el mediodía siguiente. Algunos días antes, también los húngaros se habían puesto en movimiento para recuperar los territorios de la Backa; luego, el 19, tocóle eL turno a los búlgaros, que recuperaron las tierras macedónicas que les habían arrebatado después de la Primera Guerra Mundial. De esta forma, asaltado por cuatro contendientes, el ex Estado nacido en Versalles quedó convertido en un recuerdo. Los signos premonitorios del resquebrajamiento de la situación se produjeron ya a fines de 1940, con varios incidentes en Bitoly y en Montenegro. El 2 de diciembre, fiesta de la independencia nacional, el príncipe regente Pablo dijo en un discurso: «Es necesario superar con sangre fría todas las dificultades para evitar la guerra a nuestro país.» Pero un objetivo semejante, aunque legítimo a todas luces, iba convirtiéndose con los días en una ilusión cada vez más absurda, dada la prolongación de la infausta campaña italo-griega. En efecto, cuando los alemanes decidieron intervenir en favor de su aliado para sacarlo del impasse-, el destino de Yugoslavia quedó sellado-

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Además, Yugoslavia estaba rodeada por todas partes de países del Eje o aliados del mismo, y era imposible que lograra mantenerlos como amigos suyos salvaguardando al propio tiempo su neutralidad. El presidente del Consejo, Zvetlcovic, con una maniobra muy hábil, pidió al Gobierno soviético que le suministrara armas y, a la vez, que entablara negociaciones con Berlín en favor de Yugoslavia. Las promesas fueron muchas, pero nunca dieron resultado aguno.1 No encontrando más alternativa, los yugoslavos acabaron por establecer sondeos directos con Alemania. En diciembre de 1940, había ya firmado un pacto de amistad con Hungría. Con Italia, las relaciones políticas eran satisfactorias desde hacía algún tiempo, y se estaba elaborando un pacto comercial que, de hecho, fue firmado el 17 de marzo siguiente. Un mes antes, el 17 de febrero de 1941, Zvetkovic, acompañado por el ministro de Asuntos Exteriores, Markovic, fue recibido por Hitler en su fatal refugio alpino de Berchtesgaden. La conclusión de las conversaciones fue que Yugoslavia se adheriría al Pacto Tripartito. Sin embargo, esto fue considerado como capitulación por una minoría de los miembros del Gobierno. En vano se les dijo que se habían tomado todas las precauciones posibles. Que, por ejemplo, se había rechazado el puerto de Salónica, ofrecido por el Führer, y que se había insistido en la adición de una cláusula destinada a garantizar el territorio yugoslavo contra el paso de las tropas del Eje. En la reunión político-militar presidida, el 20 de marzo, en Belgrado, por el regente Pablo, dimitieron tres ministros. Pese a ello, Zvetkovic partió para Viena, donde, el día 25, firmó la adhesión de su país al Pacto Tripartito. Y aunque la crisis parecía así superada por los hechos, al regresar a Belgrado, el piquete armado que debía rendirle honores procedió a su detención. Ocurrió que, en la noche del 27 de marzo, un grupo de patriotas —al mando del general Duscia Simovic, comandante en jefe de la aviación, junto con un oficial de Estado Mayor, el coronel Dimitre Mihailovic— había derribado al Consejo de la Regencia y ofrecido el trono al joven rey Pedro, que aún no tenía dieciocho años y que asumió el poder. El significado del putsch no podía engañar a nadie, y en el país todos contuvieron la respiración en espera de la reacción de Hitler. Naturalmente, no se podía saber que el Führer había sido cogido por sorpresa, empeñado como se encontraba en la preparación del ataque a Rusia, previsto para mediados de mayo. El general Mihailovic, el cual se había apresurado a asegurarle que, pese al derrocamiento del Gobierno, Yugoslavia permanecería fiel al Pacto Tripartito, lo mismo que a sus restantes compromisos internacionales, recibió, de nuevo, el ofrecimiecto de] puerto de

Salónica a cambio de la ayuda de un eventual ataque a Grecia. Rechazó tal oferta, y ya empezaba a convencerse de que, por el momento, lo peor había pasado ya, cuando se produjo el bombardeo de Belgrado, que señaló el comienzo de la invasión. El desmembramiento de Yugoslavia sancionó el castigo más amargo para Servia, que fue sometida a la ocupación militar alemana (bajo la pantalla, desde agosto en adelante, del Gobierno títere presidido por el «quisling» general Milán Nedic). Croacia, que le había sido hostil y había sido su víctima durante los veintitrés años de la federación creada en Versalles, obtuvo, por el contrario, la independencia. A comienzos de 1939, cuando se constituía el protectorado de Bohemia y Moravia, Mussolini, a través de un intercambio de cartas Ciano-Ribbentrop, consiguió que Alemania se desinteresara de Croacia en el caso de una disolución de Yugoslavia. Y el pacto entró en acción. Aun después de entrar las tropas alemanas en Zagreb, el 10 de abril de 1941 había allí un general no alemán, Slavko Kvaternik, antiguo oficial austríaco que había permanecido incurablemente filoprusiano. Más aún, fue él quien proclamó la independencia del nuevo Estado croata, pero no en nombre propio, sino en el de Ante Pavelic,2 el Duce balcánico que esperaba en Italia el desarrollo de los acontecimientos. Kvaternik y Pavelic habían fundado, en 1919, una organización irredentista llamada «ustachi» (que significa ponerse en pie de un salto, levantarse rápidamente, etc.), cuyo objeto era el de oponerse con todos los medios (pacíficos o no, desde la propaganda hasta los sabotajes y los atentados) al joven Estado yugoslavo. Sin embargo, lo más probable es que su movimiento hubiese tenido un futuro muy incierto si Pavelic no hubiera logrado interesar en su suerte a Benito Mussolini, llegando, en 1929, a un acuerdo con el dictador italiano. 3 Éste accedió a su plan de organizar un servicio secreto para la expansión fascista en los Balcanes y, sobre todo, le permitió usufructuar algunos campos de adiestramiento para sus reclutas en las islas Eolias y en Bovino (Val di Toro), así como disponer de algunas transmisiones en Radio Barí. Sin embargo, la actividad desplegada por las formaciones ustachis seguía desarrollándose en el mayor secreto, y se limitaba a atentados demostrativos o intimidatorios en territorio yugoslavo. Sólo una vez, quizá, la opinión pública de toda Europa y del mundo oyó habLar de su existencia, y fue el 16 de octubre de 1934, cuando, en Marsella, un terrorista macedonio, afiliado a los ustachis, logró dar muerte al rey Alejandro, dictador de Yugoslavia, y al presidente francés Barthou, que a la sazón le recibía como huésped de su país. 4

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II CROACIA EN EL VEINTENIO YUGOSLAVO

Sin embargo, los ustachis no eran el único movimiento autonomista de los croatas. Por lo demás, éstos no habían aceptado, aun doblegándose a ello por causas de fuerza mayor, la coexistencia en la federación con los otros Estados y, sobre todo, con Servia. Pero el movimiento de los ustachis había sido declarado ilegal en el territorio nacional. Por tanto, los derechos de Croacia habían de ser representados por un partido formalmente reconocido, y éste era el Partido croata de los campesinos (H. S. S.), fundado por Radie (muerto a consecuencia del atentado de 1928 en el Parlamento de Belgrado), 5 y al frente del ,cual se puso luego Vladko Macek. La resistencia a ultranza realizada por este último fue larga y tenaz, pero al fin dio sus frutos. Se estaba ya en vísperas de la guerra, el 25 de agosto de 1939, cuando el regente Pablo consiguió llevar a cabo el llamado compromiso Macek-Zvetkovic, gracias al cual Croacia obtuvo una autonomía semejanza a aquella de la que había gozado antes en el marco del Imperio austro-húngaro. El «banato de Sava», constituido en 1929, que asociaba Croacia a Eslovonia, fue sustituido por el nuevo «banato de Croacia», que se extendía desde el Danubio al Adriático (incluida Ragusa, a excepción de las bocas de Cattaro), o sea, al anterior «banato marítimo» y los distritos católicos de Bosnia occidental y de la Erzegovina meridional. En total, 66 mil kilómetros cuadrados y 4,5 millones de habitantes, La autonomía administrativa del nuevo banato era amplia y abarcaba los siguientes sectores: agricultura, industria y comercio, bosques y minas, trabajos públicos, previsión social, sanidad pública, educación física, justicia, instrucción pública y administración interna. El poder ejecutivo era ejercido por el rey a través

del «ban» nombrado por el mismo (el primero fue Ivan Subasic, pariente y fideicomisario de Macek). Finalmente, el banato croata estaba representado en el Gobierno central por un vicepresidente (Macek) y por cinco ministros. Si el compromiso satisfizo, en parte, las aspiraciones políticas a los croatas, no aprovechó menos a las aspiraciones religiosas. Un noticiario, acogido por la Civiltá Cattolica el 4 de enero de 1941 y debido ciertamente a un jesuíta croata, 8 se expresaba así, a este respecto, con evidente optimismo: «Es sin duda un consuelo para todo católico ver cómo, desde que tenemos la Bonovina croata [el banato croata], las relaciones entre la Iglesia y la autoridad civil han mejorado. El órgano del arzobispo de Sarajevo, Katoliki Tjednik (Semanario católico), escribe, en el número 4 de este año: "En el banato croata se va hacia los deseos de la Iglesia y se respetan nuestras tradiciones cristianas y católicas. Todavía no es un hecho, pero hay buena voluntad, y la atmósfera es sana. No hay sombra de animosidad ni de desconfianza, ni se habla de orientación antieclesiástica y anticristiana. Las relaciones con la Iglesia son no solamente correctas, sino incluso amistosas. La legislación cultural y escolástica se halla cada vez más dentro de la línea de la idea cristiana. En la organización nacional juvenil, entre los funcionarios, hay personalidades conocidas en el campo católico; se va hacia las instituciones eclesiásticas; se permite el libre desarrollo de las escuelas confesionales; hombres prácticamente católicos son nombrados sin dificultad para cargos responsables en el organismo estatal y político. Tenemos, por ejemplo, sin que ninguno de ellos lo haya pedido, sacerdotes que son directores de gimnasios-liceos gubernativos; se le ha aumentado la congrua al clero pastoral, jubilado o en activo; muchas instituciones católicas han recibido subvenciones económicas..."» A propósito de la masonería, el mismo noticiario precisa: «En los países servios de Yugoslavia, la masonería ha suspendido de por sí todos los trabajos de las logias, que eran muy fuertes, tanto, que siempre tenían algunos ministros propios en todos los Gobiernos de Belgrado. En la Bonovina croata [banato croata] se espera ahora que sean públicos los nombres de todos ios Hermanos... que tanto mal han hecho al pueblo croata, tanto en el campo político nacional como religioso.» Las únicas alarmas del corresponsal anónimo se referían al comunismo, que había tomado impulso, según él, por el tratado comercial y de navegación ruso-yugoslavo de ll-V-1940. Desde sus bases en Servia y Montenegro, el comunismo preparaba su ataque a Croacia, apuntando, sobre todo, a lo largo de la costa y a sus centros más importantes.

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Sea como fuere, se habían cifrado grandes esperanzas en la celebración del centenario de la conversión de Croacia al catolicismo, que caía en 1941: «Este año, el pueblo croata celebrará el XIII centenario de sus primeras relaciones con Roma y de los primeros bautismos administrados a sus antepasados. Por esta circunstancia, el Santo Padre ha concedido al pueblo croata un jubileo especial; y todas las diócesis croatas andan a porfía en renovar el espíritu de los fieles con misiones, ejercicios espirituales, solemnes renovaciones de los votos bautismales y otras prácticas piadosas. En Zagreb, capital croata, se celebrará, en junio de 1941, un congreso eucarístico nacional, y antes se inaugurará una exposición de la cultura católica. En Salona, cerca de Spalato, tendrá lugar una gran reunión litúrgica. Entretanto, se desarrollará en Zagreb la cuarta semana social de los católicos croatas. Simultáneamente, se reunirá la convención anual del movimiento litúrgico... bajo la guía del celoso obispo de Lesina (Hvar)...» 7 Naturalmente, la autonomía alcanzada no podía constituir el límite máximo de las aspiraciones de los croatas; sin embargo, era el éxito del partido de los campesinos apresuraría el declive del movimiento ustachi. Pero si la paz beneficiaba al movimiento de los campesinos, la guerra estaba hecha para volver a lanzar a su adversario. Es cierto que los macekianos tendían, en política exterior, hacia los países del Eje y, sobre todo, hacia Italia; pero si los campesinos se orientaban hacia tales países y simpatizaban con ellos (con distintos matices, según las corrientes y los hombres más representativos), los ustachis eran exaltada y fanáticamente fascistas y nazis. La única diferencia con el fascismo y con el nazismo era, en Pavelic y en sus secuaces, el ardiente y fanático catolicismo. La amalgama de totalitarismo, racismo y neojosefinismo que caracterizaba su ideología era sin duda, desde un punto de visto objetivo, el absurdo más grande que pudiera imaginarse; pero, precisamente por esto, el más adecuado, excitante y estimulante para los croatas, humillados durante siglos en su orgullo nacional, envilecidos en la servidumbre, llenos de rencor por los servios rivales, embaucadores y, por añadidura, abanderados y propagandistas de la herejía (la «ortodoxia») en su tierra. Un escrito del sacerdote Ivo Guberina, a la sazón lector en la Universidad de Zagreb, sobre La formación católica de Croacia,6 expresa con eficacia este sentido vocacional de los croatas. He aquí algunos fragmentos del mismo: «Los croatas, inmediatamente después del bautismo (en el siglo vn), establecieron con el Papa un pacto tan especial, que no encontramos uno semejante en ningún otro pueblo. Su contenido

fue conservado por el emperador bizantino Constantino Porfirogenetas: "Estos croatas —dice—, después de su bautismo hicieron pactos firmados de propia mano y juramentos firmes e inviolables a san Pedro apóstol de que jamás invadirían territorios ajenos para llevarlos a la guerra, sino que, por el contrario, vivirían en paz con todos aquellos que lo quisieran, habiendo el propio Papa rogado por ellos en el sentido de que si otros pueblos invadiesen las tierras de los croatas y las forzaran a la guerra. Dios lucharía por los croatas y los ayudaría, y Pedro, discípulo de Cristo, les procuraría la victoria" (Racki: Doc. págs. 291-292). »La historia croata nos enseña que, en trece siglos de vida, después de este acuerdo, el pueblo croata no ha hecho jamás una guerra de invasión... Los croatas han demostrado no ser medrosos y fatalistas que renuncian por completo a luchar y guerrear; por el contrario, aceptan la lucha si alguien se la impone invadiendo su territorio. En este momento, la lucha alcanza un carácter religioso, porque "Dios acudirá en su ayuda cada vez que otro pueblo invada el suelo croata"». Y tras haber recordado las distintas relaciones con los Papas en el curso de los siglos hasta llegar a las del rey Zvonimiro y Gregorio VII, dice: «Este nexo orgánico entre la Santa Sede y los croatas, que se refuerza cada vez más, confiere a Croacia su particular fisonomía espiritual. Los croatas, desde los comienzos de su vida nacional en el Adriático, ajustan su unidad espiritual a las ideas cristianas, y éstas dan a aquélla las directrices, elevándola moralmente a tal punto, que el pueblo croata recibe de ella las características particulares de su vida nacional. Estas características son: el amor por la paz, la alta consideración por los derechos y la propiedad ajenos y, al mismo tiempo, una lucha ferocísima y tenaz, a ultranza, en defensa de la propia individualidad, de la propia nacionalidad, del propio nombre. Estas dos señales quedan confirmadas por toda la historia del pueblo croata y son signos distintivos del carácter espiritual y ético... El catolicismo ha esculpido en el ánimo del pueblo croata tan nobles características...» Recapituladas las vicisitudes de los siglos sucesivos, caracterizados por una heroica resistencia a los turcos, Guberina resume: «En los momentos más críticos del catolicismo y de la Cristi anidad, Croacia se convirtió en su baluarte, en su ciudadela.» Luego, distingue claramente el nacionalismo croata ochocentista de los restantes nacionalismos laicos derivados de la Revolución Francesa: «El nacionalismo croata contemporáneo —dice— tiene como característica propia una acentuada nota occidental y religiosa.»

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Y se remite al ideólogo y mártir Milán Sufflay (asesinado el 12 de febrero de 1931, por sicarios de Belgrado), el cual dejó escrito: «Todo croata culto, e incluso filósofo, sabe exactamente que el nacionalismo croata es muy superior al nacionalismo de cualquier otro pueblo no fronterizo... El nacionalismo croata constituye uno de los más firmes baluartes de la civilización occidental. Y mientras esta civilización esté en peligro —y hoy lo está—, el nacionalismo croata significará no solamente amor por el suelo natal... significará no sólo un patriotismo local, sino un servicio leal prestado a Occidente... y, por tanto, absolutamente positivo.» Que esta concepción no era sólo de algunos 9 y que incluso la compartía e inculcaba la Santa Sede, lo prueba el discurso dirigido a los croatas por Pío XII con motivo de la peregrinación nacional llegada a Roma para solicitar la canonización del mártir Nicola Tavilic, Hermano Menor franciscano. Respondiendo a las palabras de homenaje del arzobispo de Zagreb, monseñor Luis Stepinac, y del doctor Marsic, diputado zagrebino enviado especial de Macek, saludó, en efecto, a los presentes con las palabras dirigidas a los croatas por Juan XXIII: «Os abrimos los brazos para estrecharnos en nuestro corazón, os acogemos con afecto paterno y queremos rodearos siempre de la benevolencia apostólica.» Recordándoles inmediatamente la fidelidad de sus antepasados a la Santa Sede, premiada por la definición de León XIII de Croacia «antemural de la cristiandad». Luego, pasando a indicar los medios con los que se mantendrían dignos de sus tradiciones, dijo: «Valeos de todas vuestras vitales organizaciones eclesiásticas, especialmente de la Acción Católica, para hacer irradiar los beneficios de la fe cristiana a todo el ámbito de la vida pública. Nos os damos hoy este estímulo con tanta mayor confianza por cuanto parece sonreír la esperanza de un porvenir en que las relaciones entre la Iglesia y el Estado en vuestra patria sean reguladas más adecuadamente con acción concorde y mutuo provecho.» 10 Pues bien, volviendo al veintenio del Estado yugoslavo, los croatas no sólo habían sido humillados por los servios —como ciudadanos y como pueblo— en su dignidad política y en su nivel de vida cultural y económico; habían tenido que asistir también ^íSa mortificación de su fe y de su sentimiento religioso. El arzobispo Stepinac, en las declaraciones hechas al término del proceso de 1946, poco antes de la sentencia, o sea, en un momento altamente dramático y solemne de su vida, interpretó estos sentimientos al declarar:

«...Sería un malhechor si no sintiera latir en mí el corazón del pueblo croata, que era esclavo en la antigua Yugoslavia... No se permitía a los croatas alcanzar altos grados en el Ejército ni ingresar en la diplomacia, sino a condición de cambiar de religión o contraer matrimonio con una mujer de otro credo.» El propio Ivo Guberina ha resumido, en un panorama sintético y sustancialmente objetivo, contenido en el escrito citado anteriormente, las injusticias sufridas por los croatas creyentes de parte de sus adversarios los servo-ortodoxos. Sin el conocimiento de estos precedentes no se comprendería el ansia de venganza, en parte auténtica y en parte como pretexto, que se verificó bajo el NHD. En centros históricamente y de hecho totalmente católicos se construían bellísimas iglesias ortodoxas. El extranjero que llegaba de Occidente... encontraba, ya en la frontera, monumentales iglesias de estilo bizantino que pretendían mostrar el carácter confesional del Estado en que entraba. Pero estas iglesias eran solamente una puesta en escena, porque los fieles ortodoxos eran escasísimos en aquellas partes (Susak, Ston, Vis, Maribor, Liubliana, Celje, etcétera). El Gobierno de Belgrado ayudaba moral y materialmente la fundación, en Croacia, de la secta de los llamados «viejos católicos», que debía servir como un medio para que los católicos pasaran al cisma... 11 El paso a la ortodoxia era favorecido más o menos abiertamente. Baste recordar la apostasía de los colonos católicos en la diáspora de Cossovo y Bistrenica (Macedonia) y en algunas regiones dálmatas... Con particular tenacidad, en abierta contradicción con las leyes vigentes, se hacía pasar al cisma a los católicos ucranianos de rito oriental que vivían en el norte de Bosnia (Prnjavor, Lisnja, Hrvacani, etcétera). A éstos se les quitaron incluso las iglesias... En la isla de Lissa (Vis), siempre acendradamente católica, se erigió un magnífico templo bizantino... Con mucha habilidad se favorecían los matrimonios mixtos, en perjuicio de la Iglesia, católica. Para ello se recurría, entre otras cosas, a mandar a las jóvenes maestras católicas a regiones ortodoxas, y a los oficiales ortodoxos, a regiones católicas. Una circular confidencial obligaba a los oficiales ortodoxos a casarse con mujeres eventualmente católicas únicamente según el rito ortodoxo. De tales matrimonios mixtos se celebraron, hasta 1940, más de 30.000. Los efectos de una tal política no podían tardar en manifestarse. Según competentes informes, se calcula que la Iglesia católica en Yugoslavia perdió, por apostasía y matrimonios mix-

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tos, unos 200.000 católicos. Pero aquí no se trata solamente de católicos croatas... En los libros de texto escolares... suelen encontrarse mixtificaciones, falsificaciones y auténticos insultos contra el Papado y la Iglesia católica. (Esto fue objeto, en 1936, de una carta pastoral del obispo de Veglia, doctor Josip Srebrnic, quien enumera una impresionante lista de libros que contienen tales falsedades...) Las escuelas católicas eran obstaculizadas por todos los medios. No se concedía la apertura de nuevas escuelas confesionales, y se trataba de hacer desaparecer las ya existentes, lo cual fue objeto de constantes quejas y protestas por parte del Episcopado católico. Durante cierto tiempo se prohibió a los estudiantes de las escuelas de Enseñanza Media formar parte de las Congregaciones Marianas, y algunas organizaciones de Acción Católica fueron expresamente abolidas. Los católicos no eran tenidos en cuenta en las administraciones y empleos estatales. He aquí algunos ejemplos: en el Ministerio del Interior, de 127 funcionarios, por lo menos 113 eran servios ortodoxos; en el Ministerio de Asuntos Interiores, de 219 funcionarios había 180 ortodoxos; en el Ministerio de Justicia, de 137 funcionarios, 116 ortodoxos; en el Ministerio de la Real Corte, de 31 funcionarios, 30 ortodoxos (Pezet-Simondet, La Yougoslavie en peril?, París, 1933, pág. 107). En el Ejército, de 117 generales, 115 eran servios ortodoxos, y solamente uno católico, y durante algunos años no hubo ni siquiera uno. (Aquí se podría recordar que en el Imperio austro-húngaro había, en 1917, 60 generales y almirantes croatas, algunos de ellos muy famosos.) Las regiones católicas eran colonizadas sistemáticamente por ortodoxos. Así, de las tierras incluidas por la reforma agraria en Eslavonia, el 96 por ciento se adjudicó a ortodoxos, y el 4 por ciento a católicos (6.394 familias ortodoxas y 284 católicas). En él presupuesto del Estado se otorgaba a la Iglesia católica una parte proporcionalmente inferior a la de la Iglesia ortodoxa, y especialmente a la de la insignificante secta de los «viejos católicos», etcétera. Así, en 1921 se adjudicaron a la Iglesia ortodoxa 141.236.436 coronas, y a la Iglesia católica, 10.903.993 coronas... En el curso de los años, esta evidente desproporción fue mejorando, y, así, en 1934-1935 se asignaron a la Iglesia ortodoxa 45.926.630 dinares, y a la Iglesia católica, 32.567.385 dinares (Rogosic, O. F. M.: El estado de la Iglesia católica en Yugoslavia, pág. 25).12

Sea como fuere, la mayor humillación se infirió a los católicos croatas por las vicisitudes del concordato. Desde 1930, todas las Iglesias habían regularizado sus relaciones con el Estado; en cambio, para la romana, pese a que desde 1930 se hallaba preparado un proyecto oficial de convención, ello no fue posible a causa de la oposición de la Iglesia ortodoxa servia. En 1934, pareció abrirse inesperadamente el camino, tanto, que el 25 de julio de 1935 se firmó, finalmente, el documento. Sin embargo, había de pasar por el Parlamento, y éste se mostró fatal. Presentado a la Cámara baja en noviembre de 1936, fue efectivamente aprobado en el mes de julio siguiente; pero la muerte, pocos días después, del patriarca ortodoxo Bernabé, que había protestado con vehemencia, llegando incluso a excomulgar a sus principales partidarios (casi todos los miembros del Parlamento), y los tumultos sucesivos, motivaron que el Gobierno difiriese la presentación del texto al Senado, para retirarlo luego definitivamente.

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III EL N. D. H. Y LA ACOGIDA DE LOS CATÓLICOS

Para reivindicar este honor conculcado, el partido campesino no se había mostrado tibio, pero tampoco muy enardecido. Aunque respetuoso hacia la religión de la mayoría y resuelto a conocer sus derechos indiscutibles, se hallaba, sin embargo, lejos de ser un partido confesional. Sus organizaciones sociales, por ejemplo, como lamentaba el autor del noticiario jesuítico antes citado, no se atenían explícitamente a la doctrina social de la Iglesia. Por el contrario, el movimiento ustachi era un movimiento nacional hiperconfesional, que quería restaurar, en cierto sentido, el antiguo reino croata vasallo del Papa. Sus jefes tenían continuamente en la boca los nombres de Dios y de la religión, del Papa y de la Iglesia. No tardarían en invocar al Espíritu Santo con el canto del Veni, Creator en el Sobor (Parlamento), a cuyos escaños habían llamado a sentarse a varios obispos. Y en cuanto al Poglavnik (jefe) del Movimiento, no sólo tenía siempre junto a sí a consejeros sacerdotes, y un sacerdote era profesor de sus hijos, sino también a su propio confesor, y en su palacio había una capilla. Por lo demás, el estatuto dado por el movimiento ustachi al nuevo Estado habla por sí mismo: Pone de relieve, como uno de sus principios fundamentales: «El centro de gravedad de la fuerza moral del pueblo croata se halla en la regulada vida religiosa y familiar.» Y luego «...(se desea y se trata de procurar) que todo miembro perteneciente a la comunidad nacional tenga conciencia de que la fe y la familia constituyen el fundamento de una vida ordenada, sana, alegre y feliz», por lo cual considera aptos para la obra de edificación «...sólo a los hombres honestos y moralmente no corrompidos», que en el

pueblo deben luchar contra «el ateísmo, la blasfemia y la palabra soez, la embriaguez, las malas costumbres, las discordias, las mentiras y las maledicencias», promoviendo «la prontitud al sacrificio por el bien común sin esperar recompensas», y luchar de modo particular «contra la molicie y contra la vida ligera», tutelando sobre todo «la santidad del matrimonio y de la familia... elevando altamente el honor de la mujer y de la madre..., protegiendo y defendiendo el honor de la joven». Impone, además, «guardar celosamente la pureza de la lucha nacional... no manchándose jamás en el combate ni el trabajo, no pecando jamás contra la vida inocente del prójimo o contra sus bienes... abusando de la posición para satisfacer los propios caprichos, para goce y provecho de cualquier índole, o bien pecando contra la justicia con falsas o ligeras denuncias...» Este Estado anacrónicamente puritano era, sin duda, racista, pero no a base de meros principios biológicos o sólo en parte, sino, y sobre todo, por razones religiosas. En efecto, no propendía tanto a hacer de Croacia un pueblo puro por falta de mezclas de sangre, cuanto a eliminar los elementos extraños a su fe. Por ello, como se verá, se apresuró a imponer a la masa de servios existente en su territorio (2.200.000) la elección entre abandonar el Estado o abrazar la fe católica: bastaba el bautismo para hacer de ellos perfectos croatas racísticamente intachables. Gracias a esta inaudita ideología sincretista, en que la religión se contaminaba con la biología, y la ética social con el confesionalismo, el Movimiento ustachi pudo hacer numerosos prosélitos, ya muchos años antes de la guerra, entre el clero (incluso entre el episcopado, ya que monseñor Saric, obispo de Sarajevo desde 1922, se adhirió al movimiento en 1934) y entre los militantes de Acción Católica.13 Probablemente a este equívoco fermento debía la Acción Católica yugoslava, ya antes de 1941, aquella sorprendente vivacidad que entusiasmaba al tantas veces citado autor de la Civilitá Cattolica al referirse a su rama más numerosa: los «Cruzados».14 «La organización de los Cruzados (Krizari) cuenta con 540 secciones locales, con dirección central en Zagreb; y tiene 30.000 socios, entre estudiantes, jóvenes campesinos y obreros; cada año celebra más de 3.0OO reuniones en la iglesia, comuniones mensuales, horas de adoración, etc.; organiza unas 20.000 reuniones de estudio y varias temporadas de campamentos, especialmente entre estudiantes medios y universitarios, que duran diez días, con varias conferencias dadas por nuestros valientes sacerdotes y profesores. Las Krizarice (Cruzadas) forman la más grande organización femenina católica de los croatas, con 460 secciones parroquiales centralizadas en Zagreb y con 20.000 asociadas... Provisio-

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nalmente, existen el órgano semanal Nedjelja (El domingo) para los cruzados, y para las cruzadas el mensual Za vjern i dom (por la fe y por la patria.» No cabe duda de que sería aventurado decir que los fundadores de los cruzados fuesen criptoustachis (los nombres dados en el noticiario no figuran entre los de los sacerdotes que más abiertamente apoyaron al Gobierno de Pavelic). Sin embargo, es cierto que inmediatamente después de la fundación del NDH, varios de sus dirigentes seglares revelaron su doble personalidad de jerarcas ustachis, llegando con increíble rapidez a la dirección administrativa y policial del país, acaparando los cargos de prefecto, de jefe de policía, de dirigente de los servicios de abastecimientos, etc. Más aún, consiguieron incluso amplios reconocimientos de antigüedad en el servicio: un año de antigüedad en el papel de la administración pública por cada año de inscripción en las asociaciones católicas. En cuanto al clero, es significativo un detalle: El 11 de abril de 1941, o sea, el primer día de la existencia del NDH, las autoridades ustachis comunicaron, a través de Radio Zagreb, que la población no ciudadana tenía que dirigirse a las oficinas parroquiales, donde los sacerdotes les comunicarían lo que habían de hacer y la conducta que se había de seguir respecto a los ocupantes. ¿Hay que extrañarse, por tanto, de que hasta el episcopado pareciera acoger casi incondicionalmente el nuevo estado de cosas? Más adelante aludiremos al particular fervor e incluso a la indiscriminada entrega ofrecida al régimen ustachi por algunos obispos (la jerarquía croata comprendía 16 ordinarios ^diocesanos, frente a los 20 de la ex Yugoslavia). Por el momento, baste recordar lo que hizo el arzobispo de Zagreb, jefe del episcopado croata y de las conferencias episcopales yugoslavas, monseñor Stepinac.15 Al menos guiándose por las apariencias, no pudo demostrar más explícitamente su fervor en la aceptación del nuevo estado de cosas, que comportándose como lo hizo en realidad. En efecto, sólo en los primeros veinte días del nuevo régimen fue a rendir homenaje al general Kvaternik, al día siguiente de la proclamación del nuevo Estado; e inmediatamente después participó en los funerales (impartiendo personalmente la bendición al cadáver) del hermano de dicho general. Petar, caído mientras proclamaba la independencia de Croacia en una ciudad dálmata; el 16 de abril visitó a Pavelic, apenas llegado a Zagreb, y ofreció una comida, en su sede episcopal, en honor de los ustachis exiliados con el dictador; el día de Pascua, al terminar la homilía, deseó sus mejores augurios al nuevo Estado croata, resucitado también; finalmente, el 28 de abril publicó una carta pastoral solicitando la colabora-

ción del clero y del pueblo a la obra del Poglavnik.1* Y esto, por citar sólo sus actos públicos, porque privadamente, como veremos, y por los mismos días, Stepinac trabajó activamente por el reconocimiento de facto del NDH por parte de la Santa Sede. A estas actitudes externas, ¿correspondía una auténtica anuencia interior? En general es muy difícil responder a interrogantes como éste; pero en el caso de Stepinac se conoce (aunque sea en una mínima parte) su Diario desde el 30 de mayo de 1934 al 13 de febrero de 1945. Pues bien, en sus notas del 27 de abril de 1941 parece sugerir, sin más, una respuesta positiva. El fragmento, que se refiere a la primera entrevista con el Poglavnik, celebrada el 16 del mismo mes en el palacio del ban, es también sumamente valioso por lo que revela de la política religiosa ya predispuesta por el Poglavnik en sus líneas generales. «...El arzobispo —dice— le dio su bendición por su trabajo... Y cuando el arzobispo hubo acabado, el Poglavnik respondió que deseaba ayudar en todo a la Iglesia católica. Dijo también que extirparía la secta de los viejos católicos, que es sólo una sociedad para el divorcio." Añadió, además, que no será tolerante hacia la Iglesia ortodoxa servia, porque para él no representa una Iglesia, sino una organización política.18 De todo ello, el arzobispo ha sacado la impresión de que el Poglavnik es un católico sincero y que la Iglesia tendrá libertad en sus acciones, aunque el arzobispo no se hace ilusiones de que todo ello pueda realizarse sin dificultades.» En suma, Stepinac no se preocupó del hecho de que un programa de tal carácter pudiera desencadenar una auténtica guerra de religión; y mucho menos adelantó objeciones sobre la licitud de las medidas que el Poglavnik se disponía a tomar (el aniquilamiento de la Iglesia viejocatólica y la persecución de la ortodoxa eran regalos demasiado preciosos para que pudiese comprometerlos con objeciones ético-jurídicas). Si no se congratuló abiertamente por los propósitos del Poglavnik ni lo incitó a realizarlos —lo cual no queda excluido—, sacó de ello, sin embargo, en su interior —lo cual, en cierto sentido, es mucho más grave—, un juicio incondicionalmente positivo sobre la sinceridad del catolicismo del jefe de los ustachis, como si un auténtico catolicismo exigiese a un jefe de Estado católico la limitación de la libertad religiosa sólo a la IgLesia romana. Su única reserva, de acuerdo con su carácter dubitativo e inclinado al pesimismo, se refería a la posibilidad efectiva de que el proyecto pudiera realizarse, dadas las condiciones externas e internas del país. En efecto, las fronteras de la nueva Croacia habían de ser aún completamente fijadas, pero se sabía ya lo que confirmarían las

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frecuentes entrevistas diplomáticas que se sucedieron entre el 20 de abril y el 7 de mayo con los jefes políticos del Eje, o sea, que el NDH podría contar con los territorios de la Croacia propiamente dicha, de Eslavonia, de Bosnia, de Herzegovina y de gran parte de Dalmacia, con las islas de Pago, Lesina y Brazza.19 Dentro de las fronteras así prefijadas, la nueva Croacia tendría una amplitud territorial casi doble de la del anterior banato de 1939 (102.724 kilómetros cuadrados, frente a poco más de los 60.000 anteriores) y una población aumentada en más de un tercio (6.663.156 en diciembre de 1941, frente a los 4 millones y medio de 1939). Pero una tan sustanciosa ampliación territorial llevaba consigo preocupantes desventajas. De los 6.700.000 habitantes, sólo 3.300.000 eran croatas y, por tanto, casi unánimemente católicos; en efecto, los servios ortodoxos eran unos 2.200.000, casi unos 700.000 los musulmanes, 70.000 los protestantes y 45.000 los judíos, por no citar las otras minorías. En semejantes condiciones, la adaptación a la doctrina racista ustachi (ya que, obviamente, era imposible lo contrario, o sea, la adaptación de la doctrina ustachi a la realidad de los hechos) planteaba problemas casi insolubles. Insolubles para Stepinac, se entiende, mas no para Pavelic y sus jerarcas, que habían sido estimulados personalmente por Hitler a usar los métodos más radicales. 19 "' En efecto, según tales jerarcas, los judíos no suponían obstáculo alguno a la unidad espiritual del país, ni siquiera cuantitativamente. Por lo demás, se reservaba para éstos un decreto (del 30 de abril) que preparaba su tácita eliminación, con criterios idénticos a los puestos en práctica en el Tercer Reich. En cuanto a los protestantes, se reducían prácticamente a un islote de cultura germánica, sin influencia sobre el ambiente nacional. Y aunque pueda extrañar, ni siquiera los 750.000 musulmanes eran considerados por los jefes ustachis como un cuerpo extraño a la nación. Es cierto que, hablando en forma abstracta, en un reino ideal croata, no sólo católico, sino, por así decirlo, papista, la presencia de un bloque tan importante de mahometanos era, como mínimo, un absurdo; pero en el fondo constituían una especie de casta cerrada, absolutamente pacífica, y, por lo demás, ajenos al proselitismo. Por otra parte, como durante el veintenio de la Federación yugoslava la comunidad islámica había sido siempre solicitada por servios y croatas con la esperanza de tener su apoyo en las mutuas rivalidades, así ahora les interesaba a los croatas no encontrar obstáculo por parte de ellos, cuando se disponían a abordar el más grave problema de los ortodoxos.

IV PERSECUCIÓN DE LOS SERVIO-CROATAS

Por tanto, las víctimas designadas fueron, ante todo y sobre todo, los servio-croatas. A partir del 25 de abril, cuando una orden del Poglavnik prohibió el uso de la escritura cirílica tanto en la vida privada como pública (desde la correspondencia, a los libros y periódicos, insignias, etc.), sucedióse una serie de decretos, cada uno más odioso que el anterior, contra los ortodoxos. Citamos sólo algunos, al azar: El 3 de junio de 1941 fueron cerradas todas las escuelas elementales y los asilos dependientes de entidades confesionales servias (y checas); el 25, se suprimió, por el Departamento de exacción del Estado, el impuesto del 10 por ciento correspondiente al Patriarcado ortodoxo; el 19 de julio, se prohibió el uso de la denominación «religión servio-ortodoxa», que fue sustituida por la de religión «grecooriental»; el 20 de setiembre, se decidió la incautación de toda la propiedad, constituida por entidades eclesiásticas y culturales, del Metropolitano de Karlovac, en la ciudad de Srenski Karlovci. Estos decretos tenían por objeto, evidentemente, desarticular la organización de la Iglesia ortodoxa servia, minando sus bases financieras y cultural-propagandísticas y predisponiéndola a su absorción por parte de la católica, pero no significaban todavía la imposición a los ortodoxos de abrazar el catolicismo. Más aún, una imposición semejante no fue expresada jamás en ningún acto legislativo. Ni siquiera el famoso decreto del 3 de mayo de 1941, que se revelaría como la Ley fundamental del nuevo Estado en lo to-

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cante a su aspecto demográfico-espiritual, hacía ninguna alusión a ello. En efecto, decía simplemente: Párr. 1. — Hasta tanto se dicten las leyes sobre las relaciones con las distintas confesiones, quedan anuladas todas las normas vigentes hasta ahora sobre la modalidad del paso de una religión a otra. Para la validez de dicho paso, es necesario que la parte que cambie de credo presente una demanda por escrito a la autoridad competente (de la circunscripción o de la zona urbana) comunicando tal decisión, para obtener la respectiva autorización; además, debe cumplir todas las normas religiosas del culto reconocido hacia el que solicita cambiar. Párr. 2. — Esta ordenanza legal entra en vigor el día de su publicación.20 No cabe duda de que era evidente el control del Estado sobre un acto de por sí tan estrictamente religioso, de la misma forma que es fácilmente identificable el chantaje implícito en la suspensión de todas las leyes precedentes, de modo que el fenómeno del cambio tuviese ya sentido único; sea como fuere, sólo dos meses más tarde quedó aclarada explícita y autoritariamente su verdadera finalidad por una circular 21 publicada por la Sección de Culto del Ministerio de Justicia y Culto el 14 de julio de 1941 y dirigida a todos los ordinarios episcopales del NHD. Decía así: «A los Ordinarios episcopales del NHD. Rogamos al eximio Ordinariado que comunique de forma confidencial a todos los despachos parroquiales las modalidades relativas a la aceptación de los ortodoxos en la Iglesia católica. En ningún caso se permitirá a los ortodoxos el paso a la Iglesia greco-católica. El Gobierno croata tiene la intención de no aceptar en la Iglesia católica a los sacerdotes, maestros, o sea, a toda la intelligentsia, así como tampoco a los ricos comerciantes y artesanos ortodoxos, porque más adelante se promulgarán para ellos disposiciones específicas, lo cual tiene también por objeto evitar manumisiones al prestigio del catolicismo. No obstante, si alguna de tales personas se halla ligada de cualquier manera a la fe católica, como, por ejemplo, si está casada con una persona de credo católico y de nacionalidad croata, entonces puede ser recibida, previo beneplácito del Ministerio de Justicia y Culto, que tamizará todos los datos en favor de la aceptación. En tal caso, es de importancia decisiva que el matrimonio haya sido contraído en la Iglesia católica y que los hijjos hayan recibido una educación católica. Todos estos casos personales deben ser expuestos de antemano a este Ministerio, junto con las pertinentes recomendaciones de los párrocos católicos y de las entidades nacionales croatas.

Se permite aceptar al pueblo ortodoxo pobre, previa instrucción sobre las verdades católicas. Si los citados anteriormente insistiesen en ser aceptados, habrá que someterlos en forma adecuada al catecumenado, o bien alejarlos de otro modo. El encargado de la Sección de Culto
A. R. GLAVAS, v. r.»

Sin embargo, erraría el que creyese que entretanto (o sea, entre el 3 de mayo y el 14 de julio) la política religiosa del régimen permaneció como un misterio para la opinión pública y, sobre todo, para la jerarquía católica. En cuanto a las masas, hablaban por ellas los pequeños y grandes jefes del partido, hablaba la Prensa, y hablaba, sobre todo, la Radio. He aquí, por ejemplo, cómo martillaba los programas intolerantes del régimen uno de sus líderes, a la sazón ministro de Educación y que poco más tarde ocuparía el Ministerio de Culto y Justicia, Milo Budak. El 8 de junio declaró en Vukovar: «En cuanto a los servios que viven aquí, no son servios, sino gente traída de Oriente por los turcos, que se servían de ellos como de vasallos y criados. Se mantienen unidos solamente porque pertenecen a la Iglesia ortodoxa y no hemos logrado asimilarlos. Entretanto, bueno será que sepan nuestra consigna: "O se doblegan o se marchan".» Y el 19 siguiente, a los representantes de Acción Católica: «Los ortodoxos han venido a estas regiones como huéspedes. Y sería hora de que abandonasen de una vez para siempre este país. Es cierto que muchos de ellos no querrán marcharse, pero en tal caso deberán aceptar nuestra religión.» Finalmente, el 6 de julio en Krizevci: «Los servios llegaron a nuestras regiones siguiendo a las bandas turcas como deprecadores y hez de los Balcanes. No podemos permitir que en nuestro Estado nacional gobiernen dos pueblos. Dios es uno, y también es uno el pueblo que gobierna: y ese pueblo es el croata. Los que llegaron a nuestra patria hace doscientos o trescientos años, que se marchen allá de donde vinieron... Es necesario que se sepa que somos un Estado de dos credos: el católico y el islámico.»22 Sin embargo, los hechos eran mucho más elocuentes que las palabras: los terribles episodios, que iban de boca en boca y cuyo significado de discriminación religiosa (antiortodoxa) se iba afirmando cada vez más sobre el de discriminación racial (antiservia). Se remontaban ya a los primeros días del NDH. El 28 de abril, por ejemplo., en plena noche, algunos centenares de usta-

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chis rodearon los pueblos servios de Gudovac, Tuke, Brezovac, Klokovac y Bolac, en el distrito de Bjelovar; escogieron a 250 hombres, por lo demás campesinos, así como al pope Bozin y al maestro Stevan Ivankovic; luego, dirigieron la columna hacia el campo, obligaron a los desgraciados a cavar una fosa, los ataron con alambre y los enterraron vivos. La misma noche, cerca de Vukovar, a orillas del Danubio, otros 180 servios fueron degollados y arrojados al río. En Otocac, algunos días después, otra detención en masa: 331 servios, más el pope y ex diputado servio Branko Dobrosavljevic con su hijo. La ejecución, de acuerdo son el acostumbrado sistema de excavar la fosa y atar a las víctimas, se realizó esta vez a hachazos. Pero el pope y su hijo fueron reservados para el espectáculo final. El muchacho fue descuartizado ante su padre, y obligado a rezar las oraciones de los agonizantes. Tras cumplir su cometido, el pope fue sometido a lenta tortura: le arrancaron, en primer lugar, los cabellos, luego la barba y, por fin, la piel; y cuando le sacaron los ojos, el espectáculo estaba aún bien lejos de tocar a su fin. Sea como fuere, el episodio más sacrilego, que quedaría como el horripilante símbolo de la feroz matanza consumada por el odio antiortodoxo de los croatas de Pavelic fue otro: el de Glina. El 14 de mayo, algunos centenares de servios del lugar y de los pueblos vecinos fueron reunidos con la excusa de asistir a una ceremonia religiosa, un «Te Deum» de acción de gracias por la constitución del NDH, y encaminados a la iglesia. Al llegar a ella lo encontraron todo dispuesto como si se hubiese de celebrar la misa, y creyeron que se había cambiado de programa. Los desgraciados no llegaron a sospechar lo peor, ni siquiera cuando oyeron detenerse ante el templo un camión militar que llevaba a sus verdugos. Pero ya no tuvieron dudas cuando vieron entrar a unos esbirros de ademanes irreligiosos y truculentos, que blandían cuchillos y hachas. El oficial ustachi preguntó que quiénes, entre los presentes, estaban provistos del certificado de conversión al catolicismo. Había sólo dos, que inmediatamente fueron puestos en libertad. Una vez cerradas las puertas, empezó la matanza. La iglesia, transformada en trágico matadero humano, se llenó, durante horas, de gritos y alaridos, y luego, de gemidos.22 bis Naturalmente, en otros lugares las cosas se desarrollaban de muy distinta forma, casi idílicamente, con flores y fiestas. Como en Vedro, donde la celebración del rebautizo, como era llamado, debía ser filmada por el «Diario Luz» del NDH, «Croacia en palabras e imágenes». Pero esto solía ocurrir cuando el terror había asolado las zonas vecinas y nadie osaba afrontar la misma suerte.

Por lo demás, aparte el filme, la Prensa traía también noticias de las «conversiones», y, para incrementar la propaganda, el propio Pavelic recibió por lo menos una vez a un grupo de apóstatas forzados.

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V EL EPISCOPADO CATÓLICO CROATA, ENTRE LA INTRANSIGENCIA DE LOS PRINCIPIOS Y LA ADAPTACIÓN A LA REALIDAD

Frente a esta horrorosa promiscuidad de matanzas y fiestas, de iglesias asaltadas e incendiadas y de otras cubiertas de gallardetes y de luces, las autoridades religiosas católicas quedaron, ante todo, perplejas. Por lo demás, tal vez consideraron que los peores desórdenes no podían en modo alguno ser atribuidos a las autoridades centrales, siendo, muy probablemente, consecuencia del cambio de régimen, el cual no carecía, desde luego, de adversarios, además de los vacíos del nuevo poder. Sea como fuere, hicieron alguna protesta de índole privada. Monseñor Stepinac, por ejemplo, intervino con cartas de lamentación y de abierta disconformidad con motivo del asesinato de los rehenes servios, de la ahorcadura de otros, de la matanza de Glina, de la deportación de los habitantes de Kordun, etcétera. Al propio Stepinac se debe también la más clara y firme toma de posición frente al movimiento masivo de las conversiones de ortodoxos, verificadas bajo la coacción, directa o indirecta, del terror. Y teniendo en cuenta la importancia debió de ser seguido en gran parte (si no en todas) de las diócesis del reino. Es interesante también notar que Stepinac no esperó la provocación de la circular gubernativa del 14 de julio para definir la posición de la Iglesia. Más aún, probablemente intervino varias veces. El documento que transcribimos apareció en el Katolicki List de la Cuna de Zagreb el 14 de mayo de 1941 (número 19).23

(publicada después de la orden del jefe del Estado del 3 de mayo de 1941). En estos últimos tiempos, muchas personas se presentan en las oficinas parroquiales expresando su deseo de pasar a la Iglesia católica, y tal vez también en el intento de convalidar su matrimonio, contraído fuera de ella, civilmente o en cualquier otra confesión... y, por ello, no válido de acuerdo con las normas canónicas. A tal objeto, damos las siguientes instrucciones a nuestro estimadísimo clero: 1. El ingreso en la Iglesia católica debe permitirse sólo a aquellas personas que den la certeza de desearlo con sinceridad y que estén convencidas de la verdad de nuestra santa fe y de su necesidad para la salvación del alma. La fe es cuestión de la libre conciencia, y por ello, al decidirse a abrazarla deben excluirse todos los motivos deshonestos. i. Todas las personas que deseen entrar en la Iglesia católica deben recibir la instrucción sobre las verdades de la fe católica, y ya durante la instrucción deben asistir a los oficios divinos, oyendo las palabras de Dios en la abstinencia y en el ayuno, etc., para ser introducidos de esta forma en la práctica de la vida religiosa de la Iglesia católica. 3. En la Iglesia católica pueden entrar sólo aquellas personas que estén dispuestas a vivir según los principios católicos. En consecuencia, no pueden ser aceptadas en la Iglesia católica aquellos que viven en un vínculo matrimonial tal que no es válido para la Iglesia católica y que ésta no puede convalidar. 4. Las personas que deseen entrar en la Iglesia católica y que estén unidas por lazos matrimoniales no convalidables por ella, pueden ser aceptadas sólo en el caso de que se obliguen a bautizar y educar en la Iglesia católica a todos los hijos que nazcan y a hacer entrar en la misma a todos los hijos ya nacidos sobre los cuales tienen aún la patria potestad. 5. [Cómo deben hacerse las solicitudes de los aspirantes.] 6. Se llama la atención de los párocos, a fin de que procedan rigurosamente en estas delicadas cuestiones del alma humana según los principios de la Iglesia católica, tutelando su dignidad y rechazando a limine a todos los que quieran entrar en ella sin motivos válidos, para obtener la defensa exclusiva de sus intereses. Por otra parte, es necesario tener mucha comprensión, especial-

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mente para aquellas personas que, durante los últimos veinte años, bajo la presión directa o indirecta de las autoridades —que favorecían a los acatólicos y, especialmente, a los ortodoxos—, en un momento de debilidad, hicieron violencia a su mejor convicción religiosa y, por amor a su carrera o a otros intereses personales, abandonaron el catolicismo. Tales personas son, sobre todo, merecedoras de particular atención, si se comprueba que durante el abandono han mantenido relaciones con la Iglesia católica y que, en la medida en que podían hacerlo, educaron eventualmente a sus hijos en el espíritu católico. Por desgracia, son millares los cismáticos de esta índole, junto con sus familias, y para ellos hay que tener mucho amor y procurar, en la medida de lo posible, que retornen a la Iglesia católica, al objeto de que se salven ellos y sus hijos. 7. [Tasas relativas a las solicitudes.] La Cancillería arzobispal He aquí ahora la carta que Stepinac dirigió al Ministerio de Justicia y Culto el día siguiente de su absurda circular. * N.° 9.259/1941 Objeto: Conversiones de los ortodoxos. Al ministro de Justicia y Culto En respuesta a su estimada del 14-VII-1941, n.° 42.678-B-1941, sobre el objeto de los «pases» religioso-legales, este Ordinariado arzobispal tiene a bien contestar lo siguiente; 1) Es comprensible a todos el cuidado, más que justificado, del NDH de prevenirse contra los elementos que, a través del eventual cambio de religión, quieren tratar de; introducirse en el organismo nacional croata con la intención de destruirlo. 2) A la vez que este Ordinariado transmite la circular del Ministerio a las oficinas parroquiales, considera su deber hacer algunas observaciones: a) Es un hecho que son pocos los que pasan al rito greco-católico. Sin embargo, en todo caso, este Ordinariado considera que prohibirlo por principio es una violación de leí competencia de la Iglesia, la cual considera al mismo nivel los ritos greco-católico y romano. Tal prohibición ofendería también a nuestros greco-católicos, que han conservado fielmente su credo católico y la conciencia croata y han defendido siempre los santuarios católicos y croatas. Por ello, creemos necesario que se modifiquen y atenúen las normas relativas al paso a la Iglesia greco-católica.

fe) En cuanto al pase de los sacerdotes, maestros, comerciantes, artesanos y campesinos ricos, etc., ortodoxos, no hay duda de que conviene ser muy cautos en aceptar sus eventuales solicitudes. Sin embargo, se ha de tener en cuenta que sería ir contra el espíritu y el deber de la Iglesia católica negarse por principio a aceptar a toda la intelligentsia. Porque Cristo vino a este mundo a salvar a todos los hombres y llevarlos al conocimiento de la verdad. Éste es también el cometido de su Iglesia; más aún, es un deber difícil y sagrado, que ha recibido de Cristo, con su orden: «Id y predicad el Evangelio a todas las gentes.» La misericordia de Dios actúa invisiblemente en las almas de las criaturas, y precisamente en estos difíciles días del momento actual podría abrir a muchos los ojos para hacerles conocer la verdad. Por tanto, no sería oportuno cerrar el camino de la verdad a toda la intelligentsia ortodoxa, porque esto se hallaría, evidentemente, en contraste con la misión divina de la Iglesia de Cristo. Aunque se dieran algunos, en el pasado no fueron numerosos los casos en que los ortodoxos de la intelligentsia aceptaban a la Iglesia católica con todo su corazón, y había también personas que por sus actos se mostraban más católicos que los propios católicos. Esto es posible también hoy. No se pueden poner nunca límites a la misericordia de Dios. Por todas estas razones, nos permitimos observar que la Iglesia no puede renunciar a su derecho y a su deber divinos de aceptar en su seno a un cismático que da la certeza de tener una intención sincera y honesta de entrar en la Iglesia católica. La pretensión del Ministerio de recibir una relación sobre tocio pase, unido a la recomendación de la parroquia y de las entidades nacionales croatas, nos hace creer que aportará un trabajo excesivo al clero, ya tan abrumado. Por el contrario, estamos de acuerdo en cuanto se refiere a la aceptación de las personas pobres, porque en su caso es más seguro que no haya por medio intereses materiales y que, por tanto, la intención sea pura. Peto aun en tales casos, la Iglesia será siempre muy cauta, a fin de que no sea profanada su altísima santidad. En conclusión, este Ordinariado hará cuanto sea necesario para que se cumplan, en la medida de lo posible, las intenciones del Gobierno croata, pero con una reserva, de la que no podrá resentirse este ministerio, o sea, que no ofenda en. ningún caso la ley suprema del evangelio de Cristo. Zagreb, 16 de julio de 1941. Por orden del arzobispo el vicario general
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Huelga poner de relieve que tanto uno como otro documentos son de una coherencia intachable con los principios teológicos y canónicos de la doctrina cristiana. Pero si el primero, aun acogiendo con satisfacción un estado de cosas prometedor para la Iglesia, distingue claramente las finalidades religiosas y pastorales de ésta de las políticas del Gobierno, evitando en particular compartir su prisa y superficialidad en cosas de tanta importancia como la aceptación de una nueva fe, el segundo adelanta valientemente protestas y reivindicaciones, exigiendo nada más y nada menos que la modificación de los decretos gubernativos. Por desgracia, la protesta se detiene en la discriminación de la intélligentsia ortodoxa (que, por lo demás, sería muy importante para la Iglesia poder asimilarla), y pasa completamente por alto la relativa a los judíos, como si no estuvieran igualmente amenazados en sus derechos naturales y fundamentales. 25 Pocos días después de la notificación de este último documento a las autoridades ustachis, se había de reunir en Zagreb ía conferencia episcopal de la nueva Gran Croacia. Es de creer que habría debido y querido hacerlo mucho antes, aun cuando sólo fuera para establecer contacto con los dirigentes del nuevo Estado; pero, probablemente, en primer lugar la intensa actividad política, fuera y dentro de las fronteras, del Poglavnik y de sus más altos colaboradores (en la segunda mitad de mayo viajó a Roma la misión croata que debía ofrecer la corona de Zvonimiro a un Saboya, firmar los pactos con Italia y visitar al Papa), luego las gestiones en curso entre el NDH y la Santa Sede para la instauración de relaciones mutuas, y, finalmente, la espera de la llegada, aplazada una y otra vez, del legado papal, nombrado el 13 de junio, así como otras razones desconocidas, obligaron a aplazar continuamente dicha conferencia episcopal. Pues bien, ¿qué resolvió el episcopado croata en su reunión del 26 de julio? Lo ignoramos. Sólo sabemos que se preparó para aquella ocasión la primera reunión colectiva de los obispos con el Poglavnik, durante la cual hubo un intercambio muy cordial de augurios. Con toda probabilidad —sobre todo si se piensa que los obispos esperaban al representante del Papa para consultar con él y confiarse a sus consejos—, la conferencia se limitó a tomar nota de la situación y a aclarar sus aspectos. Pero una cosa es cierta: que no le bastó a Pavelic el homenaje que se le rendía. El 30 de julio, en efecto, para doblegar la resistencia episcopal, partió de Zagreb, dirigida a todas las Curias del país, una circular promulgada a la vez por el Ministerio de Justicia y Culto, por

el Ministerio del Interior, por la Jefatura ustachi y por la Dirección estatal para la renovación económica.28 Hela aquí: NDH N.° 46468/1941 Zagreb, 30-VII-1941 Circular Dado que en estos últimos tiempos muchos greco-ortodoxos presentan solicitud para el pase al catolicismo, el Gobierno dicta las siguientes instrucciones: 1. El Gobierno croata desea que las personas de rito grecooriental no pasen al rito greco-católico, salvo en las parroquias greco-católicas existentes y que han aceptado ya a greco-orientales. 2. Los greco-orientales que se presenten en las oficinas parroquiales católicas con objeto de ser aceptados, deben presentar un certificado de buena conducta, expedido por el distrito o por el Ayuntamiento, acompañado de 30 kune en valores del Estado. Las autoridades municipales o del distrito expedirán certificados de buena conducta de acuerdo con las autoridades ustachis de los «logor» y de los «tabor». Los Ayuntamientos y distritos vienen obligados a informar al Ministerio de Justicia y Culto del número de certificados concedidos y denegados. 3. Al expedir los certificados, es necesario prestar atención a los maestros, sacerdotes, comerciantes, artesanos y campesinos ricos y, en general, a la intelligentsia greco-oriental, a fin de que se concedan sólo cuando sea verdaderamente demostrable su honestidad personal, siendo un principio básico del Gobierno que a estas personas no se les expida el certificado. 4. A propósito de los matrimonios mixtos con los greco-ortodoxos, se establece lo siguiente: a) No hay obstáculo alguno, salvo en casos excepcionales, a que sea aceptado el cónyuge no católico en los matrimonios mixtos contraídos en la Iglesia católica si los hijos son bautizados y educados en el espíritu del catolicismo. En el caso de que los hijos sean bautizados y educados no católicamente, las autoridades municipales y de distrito, de acuerdo con los «logor» y los «tabor» ustachis, examinarán cada caso y decidirán sobre la expendición del certificado tanto a los hijos como a los padres. b) En el caso de los matrimonios contraídos ante un sacerdote ortodoxo, y si los hijos son bautizados y educados no católicamente, las citadas autoridades vienen obligadas a examinar cada caso y a decidir solamente después de una detenida criba.

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En la relación al Ministerio sobre el número de aquéllos que han pasado al catolicismo, es necesario anotar cuándo se trata de casos como éstos. c) Los matrimonios ortodoxos casados en la Iglesia ortodoxa y con hijos bautizados y educados no católicamente, no pueden ser aceptados sin la aprobación del Ministerio de Justicia y Culto. 5. Los campesinos pueden obtener el certificado de buena conducta sin dificultad, salvo en casos excepcionales. 6. Estas normas son válidas para todas las «velikas zupas» [circunscripciones regionales ustachis] del territorio del NDH, excepto las de Gora, Krbava y Psat. En estas «zupas», los velikos zupanis [dirigentes de las «zupas»], de acuerdo con los «logor» y los «tabor» ustachis, pueden dictar normas adecuadas para su territorio, según la situación local. 7. En el caso de que los greco-orientales u otros pasen al protestantismo o se inscriban en el Kulturbund sin pertenecer, por sangre, a la minoría alemana, no se les reconocerán los derechos de que gozan las otras minorías de nacionalidad alemana. 8. Los registros de nacimiento de los greco-orientales serán tomados por las autoridades municipales, que llevarán a cabo las operaciones relativas a los nacimientos y defunciones hasta que se haya formado una parroquia regular. Las autoridades municipales serán responsables de tal actividad ante sus superiores civiles. En cuanto a los edificios y terrenos pertenecientes a la Iglesia greco-oriental, decide el Ministerio de la administración campesina, junto con el de Justicia y Culto. 9. El Gobierno sabe que muchos judíos presentan solicitudes para pasar al catolicismo; sin embargo, esto no puede influir de ningún modo sobre la situación de tales personas en sus relaciones con el Estado, dado que existe la ley sobre los no arios (ordenamiento legislativo sobre la pertenencia racial, del 30-IV-1941). [Siguen las firmas de los titulares de las distintas entidades.] a La circular era, pues, un abierto desafío al episcopado —cuyos actos de protesta mostraba despectivamente ignorar— y tendía a instaurar una inquietante presión sobre los obispos, obligándolos a no obstaculizar el activismo del Gobierno, que apremiaba, con circulares cada vez más densas de contenido, a acelerar la tarea de los «pases». Entre las iniciativas más peligrosas tomadas por las autoridades civiles no tardó en revelarse, aquel mismo verano de 1941, el reclutamiento del clero, hecho, en parte, por la Sección del Culto, para garantizar «misioneros» destinados a las

campañas de rebautizo que efectuaba a través de la «Ponova», organización creada con tal objeto, en parte por la jefatura ustachi, de la que dependían muchos sacerdotes como miembros del partido, y en parte, por los jerarcas locales. Con el resultado de que esta movilización —la que se añadía a la otra de los propios capellanes ustachis 28 — no sólo desguarnecía las parroquias y hacía erráticos a los sacerdotes, sino que con frecuencia contaminaba de fanatismo a los improvisados misioneros, cuando no los saturaba de espíritu de violencia, transformándolos, como veremos, en auténticos jefes-verdugos. Por otra parte, los obispos no tardaron en darse cuenta de la peligrosidad del privilegio ampliamente otorgado a la Iglesia católica por el Gobierno, al sostener como único «paso» lícito el que se daba hacia el catolicismo. En primer lugar, con los métodos adoptados no se convertían los ortodoxos en católicos, sino más bien en mártires o en seudoconversos; en segundo lugar, se comprometía a la Iglesia con todos los delitos que se cometían en su nombre y abusando de sus representantes; finalmente, se le hacían cada vez más hostiles las otras confesiones, sin excluir a los propios musulmanes. Este último es un hecho que no puede ser pasado por alto, entre otras cosas porque los dos documentos que citamos seguidamente son de excepcional interés, tanto para poner de manifiesto las ambiciones religiosas de los ustachis como para documentar el increíble y absurdo alcance de la persecución desencadenada por ellos. Y, por curiosa coincidencia, son apenas anteriores o contemporáneos al documento que reproduciremos inmediatamente después y que fue emitido por la segunda conferencia episcopal católica del año, la primera a que asistió el legado pontificio. El primero de ellos reproduce parcialmente la protesta enviada por el obispo evangelista Filip Popp, el 19 de noviembre de 1941, a la presidencia del Gobierno croata y a todos los ministros, así como a la Jefatura suprema ustachi y a la Dirección estatal para la renovación.28 A esta oficina —escribía, entre otras cosas, Popp— llegan casi a diario y casi de todas las partes de nuestra Croacia libre, protestas contra el comportamiento de las autoridades estatales, especialmente las de distrito y las municipaLes, así como contra los fiduciarios ustachis que desprecian y ofenden a la Iglesia evangélica, presentándola como una Iglesia que no goza de paridad de derechos con la Iglesia católica y con la comunidad religiosa musulmana.

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Existe gran número de ortodoxos que desean abrazar la Iglesia evangélica, pero tal paso es obstaculizado por parte de los órganos del Estado, que no expiden el certificado de buena conducta, sin el cual es imposible el paso de una fe a otra. No obstante, si estos ortodoxos declaran que desean pasar a la Iglesia católica, obtienen los documentos necesarios. Este comportamiento de las autoridades estatales y ustachis confirma que en nuestro Estado el protestantismo es despreciado. Los ortodoxos que fueron aceptados en la Iglesia evangélica cuando aún no se exigía el certificado de buena conducta, son perseguidos como si no se hubiese realizado tal paso, mientras que no lo son los que han pasado a la Iglesia católica. Ora abiertamente, ora menos abiertamente, pero casi siempre en forma secreta, se difunde por las autoridades la opinión de que el paso de los ortodoxos a la fe evangelista no sirve de defensa, por lo cual se les sugiere pasar a la Iglesia romana... Aun cuando hasta ahora la Iglesia evangélica no ha aceptado a los ortodoxos en masa, sino sólo individualmente —en todo el Estado, quizás unos 1.500—, esta oficina no puede por menos de presentar recurso al Gobierno contra tales métodos de las autoridades estatales y ustachis. Pese a que el número de protestantes en nuestro Estado sea bastante pequeño —unos 70.000—, rogamos que no se olvide que detrás de ellos existe el protestantismo extendido en todo el mundo y que cuenta con la fuerza de unos 250 millones de fieles. Y que los países más evolucionados del mundo son de religión protestante... El recurso acababa pidiendo que las autoridades publicasen una declaración oficial de la que resultare que la Iglesia evangelista existente en el NDH tiene paridad legal con la Iglesia católica y con la comunidad religiosa musulmana, y que promulgase además un decreto por el que se atribuyese la misma validez al paso a la Iglesia evangélica. Finalmente, casi a modo de post scriptum, añadía: Precisamente en este momento ha llegado a nuestro conocimiento que algunos ortodoxos de Slatina y sus alrededores, que han presentado solicitud para el paso a la Iglesia evangélica, han sido internados en campos de concentración. [Y seguía citando otros casos similares.]

Y he aquí ahora parte de la «Resolución de los jefes musulmanes de Banjaluka», enviada al Gobierno de Zagreb el 13 de noviembre de 1941: El asesinato de sacerdotes y jefes sin ser juzgados, sin un tribunal; el fusilamiento en masa de personas con frecuencia totalmente inocentes, de mujeres y de niños; el alejamiento de sus casas de familias enteras en el término de una o dos horas como máximo; su deportación a destinos desconocidos; la apropiación de sus bienes y su paso forzado a la fe católica, son hechos que han llenado de estupor a las personas de juicio recto y que a nosotros, musulmanes de estas regiones, nos ha causado una pésima impresión... Porque dudamos que se puede encontrar en la historia de cualquier otro pueblo lo que ocurre entre nosotros... La tolerancia religiosa, que en Bosnia y Herzegovina, pese a la multiplicidad de los credos, era de un alto nivel, ha quedado trastornada. Las ofensas y provocaciones de nuestros católicos son a menudo de tal alcance respecto a nosotros, que nos vemos obligados a reflexionar seriamente. Se ha intensificado tanto 2a propaganda por parte del catolicismo, que nos hace recordar a la Inquisición española. Con el beneplácito de la Iglesia y la tolerancia de los órganos públicos se ha hecho abrazar el catolicismo a muchos cristianos en masa. De este modo, los que hasta ahora no gozaban de ningún derecho civil, han obtenido la equiparación y se han convertido en croatas nacionales sólo por el hecho de haber ingresado en la Iglesia católica. La equivalencia del islamismo, que ha sido reconocida con frecuencia incluso por las máximas autoridades, es puesta prácticamente en entredicho, y el paso al islamismo, para el cual no hemos hecho jamás propaganda alguna, en la práctica no da esa defensa que ofrece el paso a la fe católica. Muchos intelectuales han pagado con su vida un intento de tal índole, como en la ciudad de Travik... Con frecuencia se oye a los católicos cantar canciones en las que se ofenden los sentimientos religiosos de los musulmanes; y no sólo eso, sino que, además, se les predice la misma suerte que a los ortodoxos... Conocemos bien casos en los que los ustachis han dado muerte a personas que se cubrían con el fez. Así ocurrió en la ciudad de Bosanki Novi, donde cuatro camiones llenos de ustachis tocados con el fez y acompañados por delincuentes musulmanes, han asesinado en masa a ortodoxos. 30 Como se ve, ocho meses después de la instauración del NDH, la situación era tal —se ha calculado que a finales del verano de 1941, las víctimas de los ustachis se elevaban ya a 350.000—, que
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los obispos católicos no podían demorar por más tiempo una toma de posición oficial y colectiva, y tanto más cuanto que desde principios de agosto se hallaba en Zagreb el legado pontificio. Y, en efecto, en su presencia se reunieron en conferencia el 17 y el 18 de noviembre, con este amplio orden del día (informe que conocemos por la carta de aprobación del Secretario de Estado, Maglione, de 21 de febrero de 1942): tratamiento más humano a los ciudadanos de origen judío; ayuda a los eslovenos desterrados y, especialmente, al clero, necesidad de la vida religiosa y moral de los obreros croatas en Alemania; robustecimiento de la Prensa católica, etcétera. A propósito del movimiento de conversiones de los ortodoxos al catolicismo, los obispos presentaron, el 16 de julio, un documento no menos fuerte y digno, pero más concreto que el publicado por la cancillería de la archidiócesis de Zagreb. Estaba dirigido personalmente al Poglavnik y decía textualmente: ¡Poglavnik! El episcopado católico croata, reunido en su conferencia plenaria anual del 17-18 de noviembre del corriente año, ha llegado a las siguientes conclusiones a propósito de las conversiones de los greco-orientales a la fe católica: 1. Considera como un principio dogmático que el examen y la decisión de todas las solicitudes concernientes al paso de los greco-orientales a la fe católica, pertenecen exclusivamente a la competencia de la jerarquía de la Iglesia católica, que es la única autorizada, por la voluntad de Dios y las disposiciones canónicas, para dictar directrices y normas al respecto, por lo que, aparte la autoridad eclesiástica, debe excluirse cualquier otra intervención en este sentido. 2. En consecuencia, nadie, aparte la jerarquía de la Iglesia católica, tiene derecho a nombrar «misioneros» para promover la conversión de los greco-orientales a la fe católica. Todo misionero debe recibir su misión y la jurisdicción para su labor espiritual del Ordinario del lugar. En consecuencia, es antidogmático y anticanónico que las autoridades municipales o regionales, o bien los encargados ustachis o la Sección de Culto de la Dirección estatal para la renovación, o cualquier otra autoridad secular, confíen tal misión sin permiso del Ordinario diocesano. 3. En su labor espiritual, los misioneros deben estar sometidos sólo al Ordinario del lugar, directa o indirectamente por medio del párroco. 4. La Iglesia católica puede reconocer como válidos sólo aquellos pases que se han desarrollado o se desarrollen de acuerdo con tales principios dogmáticos.

5. Las autoridades seculares no pueden «anular» los pases que se han verificado no sólo según las normas eclesiásticas, sino también según las normas civiles. 6. A tal objeto, el episcopado católico croata elige entre sus miembros un comité de tres personas, del que forman parte: el presidente de la conferencia episcopal, arzobispo Stepinac; el obispo de Senj, monseñor doctor Viktor Buric, y el administrador apostólico de la diócesis de Krizevac, doctor Janko Simrak. Este comité discutirá y resolverá todas las cuestiones que se promuevan con ocasión de las conversiones de los greco-orientales a la fe católica. El comité trabajará de acuerdo con el señor ministro de Justicia y Culto en la promulgación de disposiciones en torno a los pases. 7. Como miembros del comité ejecutivo de las conversiones de los greco-orientales a la fe católica, el episcopado croata ha elegido a las siguientes personas: doctor Franjo Hermán, profesor de la Facultad de Teología de Zagreb; doctor Augustin Juretic, consultor de la Conferencia episcopal; doctor Janko Kalaj, profesor de religión en las escuelas medias y de glagólica 31 en la Facultad de Teología; Nikola Boric, director de la cancillería del arzobispado de Zagreb; y el doctor Krunoslav Draganovic, profesor de la Facultad de Teología. Este Comité efectuará todas las diligencias relativas a las solicitudes de conversión de los grecoorientales a la fe católica, bajo la vigilancia del Comité de los obispos para las conversiones. ¡Poglavnik! Éstas son las conclusiones del episcopado croata, impulsado por su gran amor y solicitud hacia el pueblo croata, el NDH y la fe católica, que es la fe de la mayoría del pueblo croata. Aquí se trata sólo de los errores a causa de los cuales la conversión de los greco-orientales no se ha podido desarrollar en las proporciones y con el éxito que habría sido posible si no se hubieran cometido éstos. No culpamos de ello al Gobierno del NHD. No queremos presentarlo como un sistema, sino como los resultados de elementos irresponsables que no eran conscientes de sus grandes responsabilidades, y de sus consecuencias. Sabemos que estos elementos son la reacción a la política de los últimos veinte años y de los delitos de los chetniks y de los comunistas, que han perpetrado tantos hechos de sangre contra nuestro pacífico pueblo croata. Damos gracias al Dios omnipotente porque por vuestra obra, Poglavnik, la situación empieza a estar más ordenada, y por ello el episcopado católico croata le expone estos hechos no para recriminar, sino para que en lo futuro se impida la acción de los elementos irresponsables y se pueda descubrir la ra-

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zón del fallo de la causa de las conversiones y lo que se habría de hacer para que el trabajo se oriente en la dirección oportuna sin perderse en inútiles experimentos. 31 bl* El documento es importante, sobre todo por su resolución en afirmar los principios teológico-jurídicos que ya hemos visto reivindicados en la carta de la cancillería zaguebrina al Ministerio de Justicia y Culto, y, en segundo lugar, por la habilidad con que disocia, tanto al episcopado como a las propias autoridades gubernativas, de los métodos empleados hasta entonces en la obra de rebautizo; finalmente, por el cambio que señala (o que querría señalar) en el futuro de éste. No cabe duda de que se trata de un hecho que cierra, por así decirlo, al menos en lo que se refiere al episcopado, el primer período de caos absoluto en que se había efectuado el paso forzado de los servios ortodoxos al catolicismo. Hasta entonces —y el documento lo reconoce explícitamente—, la actividad proselitista hacia los ortodoxos se hallaba casi exclusivamente en manos de las autoridades civiles. Los órganos ministeriales habían trazado las directrices básicas, y la Sección de Culto del Ministerio de Justicia y Culto, las de acción, aun cuando en realidad se trataba más de un dejar hacer que de un hacer verdaderamente planificado. Naturalmente, tal sección tenía su importancia, ya que actuaba de enlace entre el Gobierno y el episcopado y regía prácticamente toda la política eclesiástica croata. No obstante, en un Estado aún desorganizado y abandonado al talante de la acción de los pequeños cabecillas o aspirantes a tales que trataban de afirmarse, su eficacia era, en realidad, muy relativa. Después de la conferencia episcopal y la entrega de sus conclusiones en las propias manos del Poglavnik (segunda audiencia colectiva del episcopado celebrada con Pavelic en pocos meses), las cosas no cambiaron gran cosa. Al parecer, la sección del Culto siguió garantizando un papel preeminente a la organización «Ponova» (renovación), que se cuidaba tanto de la preparación técnica como de la ejecución propiamente dicha de los «pases». Los sacerdotes, tanto ustachis como no ustachis, siguieron trabajando a sus órdenes como «misioneros», etc. Según admitió el propio Stepinac en el proceso, el 2 de octubre de 1946, el Comité de los Tres no se reunió jamás porque «no pudo», lo cual significa que ni siquiera entró en funciones y, en resumidas cuentas, que no se cumplió en modo alguno su finalidad. «Por causas de fuerza mayor», dijo el arzobispo, que no quiso ser más explícito, añadiendo sólo que, de todas formas, «cada obispo trabajaba en su territorio».

Otra prueba de que el Estado siguió actuando independientemente de la Iglesia la tenemos en su actividad organizadora de las nuevas parroquias o sucursales de parroquia, cuya creación había hecho necesaria el número de los nuevos conversos. Mediante una disposición del Ministerio de Justicia y Culto firmada por el Poglavnik el 25 de noviembre de 1941, n.° CDXXV -2.099-Z1941, por ejemplo, se asignó un subsidio estatal de 1.000 kunas K en favor de los párrocos. La providencia iba acompañada de una orden ejecutiva del Ministerio de Justicia y Culto, doctor Mirko Puk, el 19 de enero de 1942, n.° 244-Z-1942, que establecía, en síntesis, lo siguiente: Parroquias de este tipo se podían fundar sólo si los conversos llegaban a los dos tercios de los habitantes, y previa aprobación del Ministerio —los párrocos deberían vivir en el lugar (o, en casos excepcionales, en sus viejas parroquias)— debían extender una solicitud para recibir el subsidio de 1.000 kunas, que se les entregaría a través de los Ordinarios diocesanos —no podían aceptar de los fieles dinero ni otra compensación alguna por el trabajo de los párrocos, exceptuando las tasas, llamadas romanas, sobre las dispensas—, el Ministerio proveería a todas las necesidades de cancillería, etcétera. El único hecho nuevo que se puede notar y en el que, naturalmente, los obispos tuvieron menos influencia aún, fue la constitución de la «Iglesia ortodoxa croata», decidido por el Poglavnik en la primavera de 1942. Era una concesión —sin duda temporal, por lo menos en las intenciones— respecto a la intransigencia original y, en todo caso, una admisión de la impotencia por resolver mediante la fuerza el problema de la croatización de los servios ortodoxos, especialmente en el ámbito de las ciudades. Sin embargo, lo más probable es que fuera, sobre todo, una retirada estratégica impuesta a Pavelic por la propaganda aliada, que le acusaba de pretender exterminar la ortodoxia y a los ortodoxos. Sea como fuere, lo cierto es que la decisión fue tomada de improviso. Baste pensar que todavía el 25 de febrero de 1942, el ministro de Justicia y Culto, Puk, hablando en el Sobor, negó que los servios pudieran tener, por principio, una vida religiosa propia e independiente en Croacia. En consecuencia, añadió, debían separarse de la Iglesia ortodoxa servia, volviendo al catolicismo, al que pertenecieran un día. «El que, por cualquier razón, no desee reconocer este- estado histórico de las cosas —fue su conclusión—, puede abandonar el territorio de] NDH.» Pues bien, tres días después, Pavelic no dudó en contradecirlo plenamente: «No es cierto que Croacia trate de convertir a los ortodoxos a la Iglesia católica.» «Nadie toca a los ortodoxos, pero en Croacia no hay lugar para una Iglesia ortodoxa servia.»

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Sin embargo, es un hecho que la nueva «Iglesia ortodoxa croata» —confiada a un metropolitano emigrado ruso, Germogen— era poco más que una pantalla, si no precisamente una auténtica parodia de Iglesia. En efecto, su alta jerarquía y su bajo clero procedían, por lo demás, de tránsfugas de la Iglesia ortodoxa servia, o eran miembros expulsados o castigados por sus jerarquías legales. Si se añade a ello que, sobre todo, constituía también una trampa, pues era evidente que el régimen trataba de controlar por su mediación a los servios reacios al rebautizo, no es de extrañar que tuviera escaso éxito y quedara prácticamente abandonada. 33 En consecuencia, incluso por el hecho de que la nueva Iglesia tenía o debía tener bases sobre todo ciudadanas, la presión para el paso de los ortodoxos al catolicismo continuó en todo el territorio nacional. Sin embargo, dada la finalidad de este ensayo, no es necesario proseguir documentando detalladamente el ulterior desarrollo de la feroz cruzada ustachi. Y tanto menos cuanto que no experimentó cambios sustanciales. Baste decir que se prolongó todo el año 1942 y quizá los primeros meses de 1943, para reducirse y confundirse (sin anularse jamás del todo) con la lucha antipartisana. Pero esta reducción no fue deliberada, sino impuesta por la precaria situación del NDH, cada vez más amenazado, en su propio territorio, a excepción de las ciudades, por las bandas de chetniks 34 y, especialmente, por el movimiento de liberación de Tito. Sin embargo, antes de que esto ocurriera no se debe olvidar que las violencias antiortodoxas de los ustachis encontraron otro freno (como veremos más adelante) en las tropas de ocupación italianas —las cuales, de la misma forma que se dedicaron a poner a salvo a los judíos, fueron encargadas también, con pretexto religioso, de evitar las matanzas— y en las propias tropas alemanas. Pese a todos estos obstáculos, las víctimas in odium fidei de los ustachis alcanzaron un número impresionante, que no es en modo alguno exagerado calcular en unas 700.000 personas, o sea, del 10 al 15 por ciento de la población de la Gran Croacia. Esta cifra —que había sido ya aceptada por el Gobierno de Londres en mayo de 1943 M bis y que entonces era sin duda excesiva— lo ha sido también por la enciclopedia Treccani. La Británica, que no da valoraciones cuantitativas, afirma, de todas maneras, que «la matanza de los servios, en todos los anales de la Segunda Guerra Mundial, fue superada solamente, en violencia salvaje, por el exterminio masivo de los judíos polacos». A falta de estadísticas oficiales por parte de los órganos de la actual Yugoslavia, recordemos las suministradas por el ministro de Asuntos Exteriores de Tito, Eduardo Kardelj, en su discurso

al Parlamento de Belgrado de diciembre de 1952 sobre la rotura de relaciones diplomáticas con el Vaticano.' Según él, «...las bandas ustachis destruyeron e incendiaron en el territorio del llamado "Estado Libre de Croacia" 299 iglesias greco-ortodoxas y dieron muerte a 128 sacerdotes greco-ortodoxos y a centenares de millares de fieles: hombres, mujeres y niños.» En realidad, las pérdidas de las jerarquías de la Iglesia ortodoxa servia en Croacia parecen haber sido mucho más importantes. Los sacerdotes asesinados fueron 300, y los obispos, 5. Pero tampoco estos datos dicen gran cosa sobre la crueldad con que fueron cometidos los crímenes. Por limitarnos sólo a los obispos, monseñor Dositej, Ordinario ortodoxo de Zagreb, fue sometido a tales torturas, que enloqueció; monseñor Petar Simonic, de Sarajevo, octogenario, fue degollado, y monseñor Platov, de Banjaluka, también octogenario, fue herrado como los caballos y obligado a caminar en público hasta que, desvanecido, se le arrancó la barba y se le prendió fuego sobre el pecho. Estos sadismos no eran sino la acentuación de los métodos aplicados en las «normales» ejecuciones en masa, realizadas mediante degüellos, descuartizamientos (entonces, no raramente, los cuerpos eran colgados, en son de burla, en las carnicerías, con un letrero que decía: «Carne humana»), incendios de las casas e iglesias llenas de víctimas, etcétera (sin olvidar a los niños empalados en Vlasenika y Kladany, ni los juegos de las torturas practicadas durante las orgías nocturnas de los ustachis). Por lo que nos consta, todo ello acaeció sin que el episcopado católico croata sintiese el deber de reaccionar y condenar específicamente estos delitos, o sea, en cuanto afectaban a los miembros de una Iglesia hermana. Más aún, mientras su colega ortodoxo de Sarajevo, monseñor Simonic, era asesinado como se ha dicho, el arzobispo católico de la misma ciudad, monseñor Ivan Saric, no sólo escribía odas en honor de su Poglavnik, «adorado guía», sino que tuvo la desfachatez de entregar al semanario católico de su diócesis la exaltación del uso de los métodos revolucionarios «al servicio de la verdad, la justicia y él honor», añadiendo y afirmando que «es necio e indigno de los discípulos de Cristo pensar que la lucha contra el mal (sic) puede ser llevada de manera noble y con guante blanco»-. Sin duda, el recuerdo del veintenio yugoslavo —que, de todas formas, no registró extremos semejantes— puede explicar, en parte, un silencio tan grave, pero en modo alguno justificarlo. Y tanto más cuanto que la historia de las relaciones servio-croatas,

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incluso en el plano estrictamente religioso, no empezó propiamente en 1918, y el remontarse hacia atrás, hacia los dos siglos precedentes, no demostraría, sin más, que fueron precisamente los croatas los que mayormente sufrieron por su fe bajo el régimen de los Habsburgo. Nadie piensa sostener que los obispos católicos de la Croacia ustachi quisieran aquellas matanzas; más aún, es indudable que lamentaron, aun cuando genéricamente, aquellos inútiles derramamientos de sangre, pero más o menos como lamentaban las especulaciones financieras sobre las conversiones, o sea, porque todo aquello se resolvía en graves obstáculos al movimiento de los «pases». El disgusto experimentado por los obispos más reponsables frente a cuanto ocurría en el NHD, y que comprometía gravemente a la propia Iglesia, fue eficazmente expresado por el octogenario obispo de Mostar, Luis Misic, en una carta a la presidencia de la conferencia episcopal, o sea, a Stepinac: «Gracias a Dios, se presenta hoy una ocasión, como nunca en el pasado, de prestar ayuda a la causa croata, de salvar gran número de almas, hombres de buena voluntad, pacíficos campesinos... Por desgracia, algunos intrusos, jóvenes sin instrucción ni experiencia, que en vez de la razón y el intelecto emplean el fuego y la violencia, se arrogan el derecho a dar órdenes. Mientras los neoconversos están en la iglesia oyendo la santa misa, ellos detienen a hombres y mujeres, jóvenes y viejos, los sacan fuera del templo como si se tratara de animales y los hacen pasar en masa a la eternidad. Ello no puede servir a la santa causa católica ni a la causa croata. Dentro de algunos años, todos condenarán tales actos de inconsciencia, y, entretanto, nosotros perdemos una magnífica ocasión favorable a la causa croata y a la santa causa católica de convertirnos, en Bosnia y Herzegovina, de minoría que somos, en una mayoría...» Es un escrito eficaz por su estilo frailunamente ingenuo. Sin embargo, se levanta la sospecha de que, más que escandalizado (evidentemente, actos de tal índole no son sólo «actos de inconsciencia»), el anciano obispo franciscano estaba irritado por aquello a lo que alude en las últimas líneas. Y que se trata de una idea fija en él lo demuestra otra carta suya, en la cual remacha el lamento de que las estériles violencias de ciertos «intrusos» hayan llenado inútilmente las foibe sin cambiar para nada el predominio de los ortodoxos en el país: «La conversión de los ortodoxos al catolicismo ha fracasado por completo. Si el Señor hubiese dado a las personas a quienes incumbe mayor comprensión y razón para realizar con más tacto la conversión al catolicismo, en esta ocasión propicia el número

de los católicos habría aumentado por lo menos en 500 o 600 mil, y, así, en Bosnia y Herzegovina habríamos pasado del número actual de 700.000, a 1.300.000.»35 Estas lamentaciones atestiguan, sin duda, que no todos los obispos tenían los mismos criterios severos que el primado Stepinac en garantizarse la rectitud y el desinterés de los aspirantes al «pase».36 Sea como fuere, si ni siquiera el ustachismo de algunos —el cual es indiscutible, pues lo testimoniaron sus huidas al extranjero, al hundirse el NDH, del ya citado Saric y de monseñor José Paric, obispo de Banjaluka (menos afortunado, Simrak, obispo de rito bizantino de Krizevci, fue detenido y condenado a muerte, mientras que monseñor José Karevic desapareció misteriosamente después de la llegada del ejército nacional de liberación)—, permite decir que se mancharan personalmente de sangre, como, por desgracia, es cierto de algunos sacerdotes y religiosos, no cabe la menor duda de que, ustachis o no, asistieron con satisfacción a la demolición de la Iglesia ortodoxa; más aún, se apresuraron a repartirse sus despojos. Monseñor Stepinac no se desenvolvió demasiado convincentemente durante el proceso frente a esta última acusación, cuando se le recordó su petición al Poglavnik de entregar el monasterio servio de Orahovici a los trapenses expulsados por Hitler de su convento de Reichenburg.37 Sea como fuere, el documento que transcribimos a continuación prueba no sólo la realidad de beneficios análogos (en este caso, en perjuicio de judíos particulares), sino que incluso el legado pontificio los juzgaba obvios, hasta el punto de considerarlos como básicos e inadmisibles derechos de revalorización en la eventualidad de su retiro. 38 Zagabriae, die 21 decembris 1943 Prot. 1092/43 Bona immobilia Archidioecesi seraiensi oblata. Excellentissime Domine: Dr. Joannes Saric archiepiscopus sarejensis quaesivis et tándem a Gubernio croatico dono accepit bona quaedam immobilia, quae olim Judaei cujusdam origine hungarici erant. Quídam ex clero et etiam ex civibus Archidioecesis serajensis, boc donum aegre ferentes, me certiorem reddiderunt et rogaverunt ut rem melius conponerem. Doctori Antonio Filpanovic tune temporis thesauri publici Ministro proposui, ut pro bonis immobilibus ad Judaeum quondam pertinentibus Archiepiscopo Saric vel pecunia-e summam, vel alia bona immobilia tribuese dignaretur. Praedictus Doctor consilium

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meum benigne excepit, attamen paulo post gravi morbo correptus, munus suum deponere coaptus est. Enixe Excellentiam Vestram rogo, ut sí fieri potest praedictum negotium secundum votum meum perficiatur. £ Joseph Ramirus Marcone S. Sedis Legatus Excellentissimo Viro
Dri. NICOLAO MANDIC

Ministrorum Praesidi Zagreb Al comportarse de tal forma, no cabe duda de que el abate Marcone iba mucho más allá de las ya sorprendentes, pero cautas, directrices, que le llegaban de Roma, mejor aún, del propio Santo Oficio, a través del cardenal Maglione. Helas aquí en el texto de la carta 3 8 "" enviada por él mismo al arzobispo Stepinac, como presidente de la conferencia episcopal croata: Zagabriae, die 9 Decembris 1941 Prot. 134/41 Ecclesiae et bona dissidentium qui convertuntur Excellentissime Domine. Quaestiones a me propositae: utrum Episcopis catholicis recipere liceat Ecclesias et bona immobilia ecclesiastica dissidentium qui convertuntur. Em. mus Card. Secretarius Status haec die 21 Nov. h. a. respondit: «Tanto pronto como llegó a mis manos el apreciado Informe n.° 29/41 del 27 de setiembre p. p., con el cual V. P. Rma. preguntaba si el obispo católico puede aceptar la ofrenda de iglesias, casas y beneficios parroquiales pertenecientes a los cismáticos y servirse de ellos para la constitución de parroquias católicas, sometí inmediatamente la cuestión a la competencia suprema de la S. C. del S. Oficio. Ahora me apresuro a comunicar a V. P. que los Emmos. y Rdmos. Padres de la misma S. C. han formulado al respecto, como norma para V. P., las siguientes instrucciones: »"En los lugares en que se conviertan los cismáticos y en los que exista ya una iglesia católica, no debe tomarse posesión de la iglesia cismática, sino que los conversos deben ser enviados a participar en las instrucciones religiosas y en las funciones en la iglesia católica allí existente. »"Sin embargo, donde no hubiese iglesia católica y la totalidad o casi totalidad de los cismáticos se convirtiese, podrá ser destinada

a las instrucciones religiosas y al culto la iglesia cismática allí existente, la cual deberá ser bendecida antes con el rito más sencillo, excluyendo por ahora la consagración solemne. »"Si, por el contrario, los conversos fuesen una minoría, no conviene tomar en custodia la iglesia, sino adaptar un local adecuado para ello. No se erigirán nuevas parroquias, sino que los párrocos de las circunscripciones católicas en cuyo territorio se produzcan las conversiones deberán ser autorizados para asistir a los matrimonios de los catecúmenos, de un modo especial en los casos urgentes, regulándolos de acuerdo con las normas canónicas y morales, iuxta probatos auctores. Y en cuanto a los bienes, no conviene aceptarlos, a menos que se esté seguro de la libertad y de la sinceridad del ofrecimiento por parte de sus legítimos propietarios."» Dum Tuis orationibus me enixe commendo, humiliter me confíteor Tibi addictissimun in Domino f Jos. Ramirus Marcone, Abb. Ord. Queda, en fin, por registrar siniestramente en este capítulo de la historia del catolicismo croata el papel desempeñado por un grupo de sacerdotes y religiosos no sólo en la instigación, sino incluso en la ejecución de las matanzas. Y no por casualidad la hemos diferenciado de la responsabilidad de los obispos. La colusión de algunos de éstos no justifica, sin pruebas específicas absolutamente inequívocas, que semejantes sicarios son sotana o hábito actuasen por mandato o de perfecto acuerdo con sus Ordinarios diocesanos.39 Para excluirlo, basta el hecho de que el episcopado y el Gobierno, como se ha visto, tenían opiniones divergentes en cuanto se refiere a los métodos que se habían de adoptar en la «campaña de los pases». Conscientes de poder apoyarse eventualmente en el Gobierno contra sus superiores, muchos elementos inquietos del clero se ofrecieron a las autoridades civiles y militares como «misioneros» o capellanes y permanecieron en sus puestos, pese a los llamamientos de los obispos e incluso las censuras, que no tardaron en alcanzar a los más facinerosos. Los obispos han asumido la defensa de algunos de estos sacerdotes, negando que fuesen criminales; sobre otros, han evitado pronunciarse, admitiendo, por tanto, la realidad de las imputaciones que se les hacían.40 En lo que nos interesa, los casos individuales cuentan relativamente poco: lo importante es que el fenómeno se produjera más allá de cualquier discusión y en proporciones tales como para sentirse horrorizados, aun cuando se trate sólo de algunas decenas de personas. Y subrayamos que casos como

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el del franciscano Miroslav Filipovic, jefe del Auschwitz croata, el lager Jasenovac, donde más de 200.000 personas encontrarían la muerte, y no pocas gracias a sus personales prestaciones de degollador prestigioso, antes que a la historia de la criminalidad interesan a la de la patología. Pues bien, aun estableciendo las debidas dimensiones, el fenómeno ha sido tal como para caracterizar de modo inconfundible el estilo de las matanzas de los ustachis frente al de los exterminios perpetrados en cualquier otro país durante la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto de que casi es imposible imaginar una expedición punitiva de los escuadrones ustachis sin un sacerdote y, sobre todo, sin un franciscano" que los guiara y excitara. No pocos de estos cruzados in sacris iban incluso armados: fray Agustín Cievola, del monasterio franciscano de Spalato, con un revólver bien visible sobre el hábito; el sacerdote Bozilar Bralo, nada menos que con una metralleta. Además, no eran pocos los que pasaban a los hechos, para preceder a los fieles con el buen ejemplo. Bozilar Bralo, por ejemplo, que era también conocido como protector de la famosa división volante «Crna Leggija» (la Legión Negra), fue acusado de haber participado en la matanza de 180 servios en Alipasin-Most y de haber bailado luego con sotana, junto a los militares ustachis, una danza macabra en torno a los cadáveres. Otro sacerdote, Nicolás Pilogrvic, de Bajaluka, fue responsable de otras matanzas. Y como los jesuítas Lipovac y Cvitan y los franciscanos José Vukelic, Brakalo Zvonimir, Justino Medie y Hinko Prlic, también capellanes, que dieron muerte a prisioneros, prendieron fuego a las casas y saquearon pueblos, asolando los campos de Bosnia a la cabeza de los ustachis.42 El escándalo de este comportamiento tuvo eco incluso en la Prensa de los países aliados de Croacia, de lo que da fe una información de Corrado Zoli, a la sazón presidente de la Sociedad Geográfica italiana, publicada en el Resto del Canino, de setiembre de 1941: «La situación se complica con los peligrosísimos aspectos de una guerra de religión. Ha habido bandas de asesinos que eran, y verosímilmente son aún, dirigidas y enardecidas por sacerdotes y por monjes católicos. La cosa está archiprobada: en Travnik, a un centenar de kilómetros al sur de Banjaluka, en los primeros días, un fraile, sorprendido incitando, con el crucifijo en la mano, a una banda dirigida por él mismo, fue pasada por las armas. Medievo, pues, agravado por el empleo de las ametralladoras, las bombas de mano, la gasolina y los cartuchos de dinamita.» El artículo se titulaba Los pajarillas de Grade, y no casualmente, ya que se leía en él:

«El primer franciscano de Asís llamaba hermanos y hermanas a los pajarillos, mientras que estos discípulos y descendientes espirituales suyos, llenos de odio, que viven en el NDH, matan a las personas inocentes, sus hermanos en el Padre que está en los cielos, de su misma lengua, de su misma sangre, de su misma tierra de origen...; matan, entierran a los vivos y arrojan a los muertos a los ríos, al mar o a los abismos...» En el tren Zagreb-Ogulin, Zoli se encontró como compañero de viaje con un bávaro de Ingolstadt, comandante de artillería, que estaba profundamente indignado de las violencias de los ustachis. Tras haber registrado sus reacciones, comentaba: «Oficiales y soldados alemanes no han dudado en intervenir enérgicamente con las armas, desde el comienzo, contra todos los perturbadores del orden, ya fuesen ustachis, católicos, ortodoxos, croatas, servios e incluso cuadros regulares del nuevo ejército croata.»43 Y, sin embargo, el papel más tenebroso hay que atribuirlo no tanto a los ejecutores como a los guías teorizantes y propagandistas del espíritu de cruzada ustachi entre sus hermanos del clero y entre las filas de los militantes seglares. Como ejemplo de sus instigaciones referimos, entre muchos, un escrito de Ivo Guberina, el mismo autor al que hemos citado al principio del ensayo como intérprete del alma católica croata; más aún, como exaltador del pacifismo de su pueblo. Singular coincidencia, el mismo año en que vio la luz aquel ensayo en Croazia Sacra, publicó en la revista Hrvatska smotra (Reseña croata), n.° 7, octubre de 1943, un articulo del que entresacamos este fragmento: «En Croacia, ciertos elementos que durante el período de Yugoslavia tenían el cometido de liquidar el organismo nacional y estatal de Croacia, tratar de hacerle la vida imposible y obstaculizarla en el papel que le ha confiado la Providencia (el de ser vanguardia del catolicismo hacia Oriente), después de la caída de Yugoslavia han permanecido en el organismo croata sin cambiar ni siquiera un ápice en sus intenciones contra los croatas. Es un derecho natural del Estado y del pueblo croatas extirpar de su propio organismo este veneno. El movimiento ustachi ha iniciado esta tarea. Adopta los medios de que se sirve todo médico para curar un organismo. Donde es necesario, opera. El movimiento ustachi preferiría que estos elementos heterogéneos y hasta ahora hostiles se asimilaran libremente, o bien que todo este veneno fuera expulsado del organismo (que se trasfiriesen a los países de origen). Pero si no lo desean y tratan de permanecer en Croacia como una quinta columna para descomponerla, o, lo que es peor aún, entran en lucha armada con ella, entonces, según todos los

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principios de la moral católica, deben ser considerados agresores, y el Estado croata tiene el derecho de aniquilarlos con la espada... Contra tal enemigo está permitida la defensa con la espada y, según la necesidad, incluso profilácticamente, sin esperar el momento del ataque... Éstos son principios sobre los cuales se funda la misma ley natural, y por eso todo católico está obligado, por su misma conciencia, a ayudar a que se cumplan. Si el movimiento ustachi, en la actual situación, ha asumido la misión de realizarlo en Croacia, oponerle dificultades significaría por lo menos no ser conscientes de la propia misión católica... En tal situación, sería un pecado contra el Creador quedar al margen de la lucha decisiva, y sería una verdadera traición a la causa de Dios encontrarse en las barricadas opuestas... Los católicos croatas tiene aquí la ocasión de mostrar en qué medida son soldados de Dios. El católico no es un crítico profesional ni un pigmeo espiritual, sino un hombre que, luchando heroicamente, se compromete en toda ocasión por la victoria de la causa de Dios. Es deber del católico hacer todo lo posible por convertirse en instrumento de la total manifestación de lo que es esencial y positivo en el movimiento ustachi... La Iglesia estará más contenta si sus fieles tienen la conciencia de luchar en las filas del movimiento ustachi, que, según su tradición, según sus jefes y, especialmente, según su programa, tiende hacia un estado social y político en el que la Iglesia podrá desempeñar sin obstáculos su misión sobrenatural.»

VI EL VATICANO ESTABA AL CORRIENTE DE LOS DELITOS USTACHIS

Al llegar a este punto, o sea, tras haber individualizado en sus causas y precisado en sus manifestaciones y proporciones uno de los más absurdos e indignantes crímenes extrabélicos que conoce la Historia; frente a un Estado que hacía de la política racísticoreligiosa una de sus bases fundamentales, remitiéndose a la tradición milenaria de una íntima alianza con la Iglesia de Roma; frente a un episcopado que legislaba conscientemente para garantizar la libertad y seriedad de las conversiones de los cismáticos, pero que luego no levantaba la voz contra la conculcación de todo, cerraba los ojos ante el desmantelamiento de una Iglesia hermana y la matanza de sus jefes; frente a un clero y unas órdenes religiosas gravemente comprometidos por los delitos de una parte de sus miembros; frente a una conmixtión sin precedentes de las organizaciones confesionales y de sus dirigentes con la actividad, a menudo inmoral, de un partido como el ustachi; frente a una Prensa católica que estaba llena no sólo de la exaltación de un jefe y de un régimen manchados de sangre, sino también de la teorización de sus doctrinas, no puede uno por menos de preguntarse en seguida cuál fue el comportamiento de la Santa Sede y, en particular, de Pío XII. O sea, ¿qué hizo el Vaticano para disuadir al Gobierno del NDH de sus absurdos propósitos de pancatoliscismo croata? Sobre todo., ¿qué pasos dispuso o dio para impedir, si no otra cosa, las persecuciones raciales y religiosas, acompañadas de asesinatos, robos, violencias, emigraciones forzadas, etcétera? La respuesta a estos interrogantes deberá ser circunstanciada

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—aunque ello pueda hacerse monótono al lector—, para comprobar, en primer lugar, si el Vaticano, y el Papa en particular, estaban o no al corriente de la situación; luego, si disponían o no de medios adecuados para influir sobre el Estado y el episcopado, y, finalmente, en caso positivo, si se adoptaron en realidad para cortar la locura homicida ustachi, o si, por el contrario, se abstuvieron de hacerlo. Como vemos, se trata de una serie de problemas, que procuraremos tener presentes y concatenarlos entre sí tal como se plantearon entonces, y sobre los cuales veremos si eran o no solubles en aquellas circunstancias. A diferencia de Polonia, el primer problema, el relativo al conocimiento de los hechos, es, sin más, el menos arduo. Y no es difícil darse cuenta del motivo. Croacia, por tener sus fronteras, por tierra y por mar, con Italia, es uno de los países más cercanos de Roma y de más fáciles comunicaciones con la misma. Además, las estrechas relaciones políticas existentes entre el NDH e Italia culminaron incluso, en aquellos años, en una unión casi personal de ambos reinos (aun cuando el designado rey de Croacia, el duque Aimón de Saboya-Aosta,44 iba aplazando el ceñir la corona de Zvonimiro). Finalmente, la ocupación, aun cuando parcial, del país, por parte del ejército italiano (un tercio, al comienzo, y luego, aunque temporalmente, más),45 aumentaba el conocimiento, no sólo genérico, sino incluso circunstanciado y de una manera oficial, de los acontecimientos croatas (haciendo, en general, mucho más fácil al Vaticano recibir noticias a través de los capellanes militares residentes en el país).48 Sea como fuere, aunque las relaciones entre el Vaticano e Italia hubiesen sido más rígidas e impermeables, la Santa Sede —sobre lo cual nos extenderemos en seguida— mantenía con el NDH relaciones de facto que habían permitido el intercambio de los respectivos representantes. Naturalmente, esto no significa que los representantes ustachis en el Vaticano ardieran en deseos de comunicar al Papa los hechos sanguinarios de sus camaradas de Zagreb. Pero el legado pontificio, Marcone, que podía ir y venir cuando quisiera de Roma a Zagreb y que conocía bien la situación croata, porque recorría con frecuencia el país, estaba en condiciones de hablar y se hallaba obligado a ello. (Es cierto que la actividad de los rebeldes —o sea, de los chetniks y de los comunistas— hacía poco recomendables los desplazamientos de un lado a otro de Croacia; pero el Gobierno, para facilitarle las cosas, ponía a su disposición aviones militares, por lo cual, cuando la situación era más bien tranquila, el representante pontificio podía trasladarse desde la ciudad, meta del viaje, a los centros vecinos.) "" Además, dada la privilegiada situación concedida a la Iglesia

católica por el régimen —algunos obispos y sacerdotes, como ya hemos dicho, tenían incluso un escaño en el Parlamento—, no sólo el episcopado era completamente libre de desempeñar su propia misión en el interior de cada una de las diócesis, sino que tenía también la máxima libertad en sus relaciones con la Santa Sede. Y que se aprovecharon de ello 48 lo atestigua este fragmento de un informe del 10 de junio de 1943, redactado por el representante ustachi en el Vaticano, príncipe Lobkowicz, y dirigido al Ministerio de Asuntos Exteriores de Zagreb: «El consejero eclesiástico de la Embajada húngara, monseñor Lutor, me vio una vez en el Vaticano y se me acercó, emocionado, preguntándome qué habían venido a hacer a Roma tantos obispos nuestros. Evidentemente, aludía a las visitas del arzobispo de Zagreb y del obispo de Mostar. Durante la guerra existe dispensa para los obispos, los cuales, en otras circunstancias, sin distinción, según las normas canónicas, deben trasladarse periódicamente al Vaticano para informar [sobre sus respectivas diócesis]. Los obispos húngaros aprovechan la dispensa, y ninguno de ellos viene a Roma. Añadió que la llegada de tantos obispos croatas a Roma es muy comentada en los círculos diplomáticos. Yo le respondí que nosotros consideramos una cosa buena y útil el estrecho contacto de los obispos con la Santa Sede...» El informe se remonta a un período ya menos favorable que los anteriores, a un viaje de cierta importancia como el de Croacia a Roma (poco después, con la caída de Mussolini y la firma del armisticio italiano, cesarían probablemente aquellos viajes). Pero el pormenor más interesante relativo a estas visitas viene dado por el gran interés de los representantes ustachis en el Vaticano en lo tocante a saber de qué modo los obispos hablaban del régimen al Papa y a los otros exponentes de la Curia: 49 prueba evidente de que no se trataba de obispos seleccionados, sino libres en su iniciativa. De todas formas, fuesen o no favorables a los ustachis, el Vaticano podía escucharlos, hacerlos hablar, exigir que no fuesen reticentes, etcétera. Tanto el legado pontificio, Marcone, como los distintos obispos, llevaban a Roma no sólo sus propios informes, sino, a menudo, memoriales y llamamientos de su clero o de sus fieles por el estilo del debido a un grupo de sacerdotes eslovenos y relativo a cuanto ocurría en Croacia, que fue presentado al obispo de Belgrado, monseñor José Ujcic, para que lo hiciese llegar al Papa. Sea como fuere, aunque no se hubiesen avenido, por cualquier motivo, a informar al Vaticano, la Santa Sede no habría ignorado lo que ocurría en Croacia, tanto por los ataques dirigidos públicamente por la Prensa y la radio aliadas al régimen de Pavelic y a la pre-

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sunta connivencia del episcopado, como por la diligencia del ministro yugoslavo acreditado en la Santa Sede y huésped del Vaticano.50 Por ejemplo, no era en modo alguno excepcional oír por la BBC acusaciones como ésta, lanzada por Veceslav Vilder, miembro del Gobierno yugoslavo exiliado en Londres, el 16 de febrero de 1942: «En torno a Stepinac (arzobispo de Zagreb) se cometen las mayores atrocidades. La sangre hermana corre a raudales, excavando una fosa más profunda aún. Los ortodoxos son convertidos por la fuerza al catolicismo, y nosotros no oímos la voz del arzobispo predicando la rebelión. Por el contrario, leemos que toma parte en los desfiles nazis y fascistas.» Por lo que respecta a la actividad del diplomático yugoslavo representante del Gobierno en el exilio en Londres, el propio Pío XII suministra una declaración. Al verse acusado, durante el proceso de Stepinac en 1946, de haber aprobado las «conversiones forzadas» de los ortodoxos, aprovechó el discurso inaugural del año rotal de aquel año,51 para citar la siguiente memoria, del 25 de enero de 1942, de su Secretaría de Estado, en respuesta a la nota de la Legación Real de Yugoslavia cerca de la Santa Sede, n.° 1/42, del 9 de enero anterior: «Según los principios de la doctrina católica, la conversión debe ser el resultado no de presiones externas, sino de la adhesión del alma a la verdades enseñadas por la Iglesia católica. »De ahí que la Iglesia católica no admita en su seno a los adultos que solicitan entrar en ella o volver a la misma, sino a condición de que se hallen plenamente conscientes de la importancia y de las consecuencias del acto que piensan realizar. »Por tanto, el hecho de que, de improviso, gran número de disidentes en Croacia solicitase ser recibido en el seno de la Iglesia católica, no podía por menos de preocupar vivamente el episcopado croata, al cual, naturalmente, incumbe la defensa y protección de los intereses católicos en Croacia. »Tal episcopado, lejos de tomar nota oficialmente de tal estado de cosas, de modo implícito o explícito, se creyó en la obligación de recordar formalmente, a quien incumbe, la necesidad de que el retorno de los disidentes se hiciese con plena libertad, reivindicando al propio tiempo para la autoridad eclesiástica la competencia exclusiva de dictar órdenes y directrices en materia de conversaciones. »Si se constituyó inmediatamente un comité episcopal encargado de tratar y decidir todas las cuestiones concernientes a tal materia, se hizo con objeto de conseguir que las conversiones, de acuerdo con los principios de la doctrina católica, fuesen fruto de la persuación y no de la violencia.»

Por su parte, la Santa Sede no dejó de recomendar a inculcar la exacta observancia de las prescripciones canónicas y de las directrices promulgadas en este sentido.52 Por desgracia, Pío XII no reveló el texto de la «solicitud» de la legación de Yugoslavia sobre el movimiento de las conversiones, pero precisó que se reconocía «expresamente en ella que ni la Santa Sede ni el episcopado católico en Croacia habían tenido parte alguna». Evidentemente, con esta expresión aludía a los violentos criterios adoptados por los ustachis en solicitarlo. Y la memoria de su Secretaría era, sin duda, exacta en la alusión relativa a la acción oficial de los obispos, a excepción del punto en que afirmaba que habían constituido «inmediatamente» un comité (en efecto, instituyeron dos) para regularlo y fiscalizarlo. En cuanto a las directrices impartidas por la Santa Sede (por la propia Secretaría de Estado y por los distintos dicasterios interesados: la Sagrada Congregación consistorial, la Oriental, etc.), no se puede dudar en modo alguno de que fueran emitidas. Más precisamente debieron de ser la reacción necesaria a una situación de emergencia suficientemente conocida en los dicasterios vaticanos. Por desgracia, los primeros documentos de esta índole que conocemos son, más que otra cosa, importantes por su fecha, que se remonta a los primeros meses de existencia del Estado croata, pero no por lo que respecta a las violencias que acompañaron al llamado «rebautizo» de los ortodoxos. El primer documento que conocemos proviene de la Sagrada Congregación Oriental, y se remonta al 17 de julio de 1941 (número de protocolo, 2 116/36), o sea, a una fecha en la cual difícilmente podían llegar a Roma noticias de la comunicación de la Sección de Cultos del Ministerio de Justicia y Culto del NDH de tres días antes. Si es así, aunque obviamente no queda excluido lo contrario, la intervención del dicasterio romano podría ser debida a las noticias transmitidas a Roma por el Ordinario de la parquía de Krizevci,53 diócesis que comprendía a los católicos de rito bizantino de toda Yugoslavia. Dirigida al presidente de la conferencia episcopal croata, monseñor Stepinac, la carta —suscrita por el secretario, cardenal Tisserant, y firmada por el asesor, monseñor Antonio Arata, arzobispo de Sardi— dice textualmente: «La Sagrada Congregación Oriental llama la atención de Vuestra Excelencia para que los párrocos de rito bizantino en Croacia sean advertidos por sus obispos, a fin de que, en caso de conversión de los cismáticos, no pongan obstáculo a su retorno natural al rito oriental, si se trata de personas que pertenecían antes a la Iglesia de rito oriental y que, bajo las amenazas y las presiones de los ortodoxos, han acabado por abandonar su fe católica.

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Recordando este deber a sus hermanos de Croacia, Vuestra Excelencia favorecerá, con tan valiosa aportación, el regular desarrollo del catolicismo, dado que existen grandes esperanzas de conversión de los cismáticos. Aprovecho esta ocasión para, etcétera.»64 Con respecto a las circunscripciones supervivientes de rito oriental de la Iglesia católica, la Congregación oriental trataba de defender así los derechos de sus subditos, que podían fácilmente ser manumitidos por los sacerdotes croatas de rito latino, dada su inveterada hostilidad hacia todo lo que recordaba, en zonas mixtas como Yugoslavia, al estilo de las Iglesias cismáticas. El mismo dicasterio precisó aún mejor sus directrices el 18 de agosto siguiente, ordenando: «Doquiera haya parroquias greco-católicas, deben dirigirse a ellas los cismáticos que deseen convertirse. En la eventualidad de que los mismos cismáticos no quieran o no puedan adherirse al rito oriental, se les puede permitir abrazar el rito latino.»55 Mucho más importante, aunque más reciente, es el documento que citamos a continuación y cuyo autor es el mismo cardenal Secretario de Estado, Maglione. Habiendo recibido del representante pontificio en Zagreb las conclusiones de la conferencia episcopal de noviembre de 1941, el 21 de febrero de 1942 respondió: «...Los criterios a base de los cuales los excelentísimos obispos han elegido los asuntos que se han de discutir y la rapidez con que han llegado a soluciones prácticas, demuestran cuan vivo está en ellos el sentido de la responsabilidad que pesa sobre ellos en las actuales circunstancias, tan particularmente delicadas. »Si es digno de alabanza el cuidado con que se trata de asegurar a los cismáticos la igualdad de los derechos con los otros ciudadanos, de obtener un trato humano para los de origen judío, de ayudar a los eslovenos expulsados y, especialmente al clero, a satisfacer las necesidades de la vida religiosa y moral de los obreros croatas en Alemania y reforzar la valiosa acción de la Prensa católica, una alabanza aún mayor merece la firmeza con que los Emmos. obispos solicitan que se vuelva a dar a la jerarquía el derecho de promulgar ordenanzas y normas concernientes al rebautizado, e igualmente es digno de alabanza su intento de defender el principio según el cual los rebautizados deben actuar de resultas de un íntimo convencimiento y no de coerciones externas. »En cuanto a esta última cuestión, estoy convencido de que no olvidarán interesarse por ella aun en lo futuro, interviniendo, si es necesario, para que este principio sea cumplido siempre fielmente y para que de esta forma se evite, con el mismo celo, cuanto pudiera obstaculizar o hacer más difícil un sincero retorno de los cismáticos a la Iglesia, y para que se pueda evitar así todo cuanto

pueda violentar a las conciencias, al objeto de acelerar tal retorno. Debo llamar la atención de Vuestra Excelencia sobre el hecho de que la denominación de "ortodoxos" con la que, sin miramiento al significado de esta palabra, son llamados los cismáticos, sea sustituida por otra, como, por ejemplo, "cismáticos". »Tras haber tomado nota de la relación, el Santo Padre se ha complacido en expresar su gran satisfacción por la demostración de celo pastoral dada por los obispos croatas. Como expresión de su complacencia y de los sentimientos paternales con que ha aceptado la expresión de la devoción filial que le ha presentado monseñor Stepinac en nombre de sus hermanos, Su Santidad les imparte, tanto a ellos como a los fieles que les están confiados, su apostólica bendición...» 58 Estos documentos, pese a los largos espacios de tiempo entre uno y otro, no dejan dudas sobre el conocimiento inmediato que se llegó a tener en Roma de los acontecimientos croatas. Y con mayor razón cuanto que, contra los escasos documentos espigados por nosotros, se halla la palabra de Pío XII sobre la existencia de otros. (Y la misma observación, naturalmente, es válida por ejemplo, en lo que respecta a los pasos del ministro yugoslavo en el Vaticano; sabemos, entre otros, por un informe del ustachi Rusinovic, fechado el 9 de mayo de 1942, que los enemigos del Gobierno croata en el Vaticano se hallaban en posesión de más de ocho mil fotografías que testimoniaban los asesinatos de que eran víctimas los servio-ortodoxos en Croacia).57 Pero es fácil añadir otras pruebas, tomándolas de las Memorias de un embajador extraordinario de Pavelic y de los informes del ya citado Rusinovic. Monseñor Querubín Seguic,58 el citado embajador, llegó a Roma para cumplir su secretísima misión en setiembre de 1941, o sea, sólo cinco meses después de la fundación del NDH. Pues bien, pasó de sorpresa en sorpresa: «Todo lo que se oye en Italia a propósito de Croacia —dejó escrito en su Diario— m sabe a calumnia. Todo es deformado o inventado. Somos presentados como una horda de bárbaros o de caníbales.»*0 No logró ver a Maglione, convaleciente de una gripe, pero fue recibido por monseñor Montuii, sustituto de la Secretaría de Estado, que le confirmó la impresión que había sacado de su conversación con monseñor Boehm, del Osservatare Romano. «[Monseñor Montini] ha pedido amplias informaciones sobre los acontecimientos de Croacia. No me faltaron las palabras. Ha oído con gran atención e interés. Las calumnias han llegado hasta el Vaticano. Es necesario deshacerlas de modo persuasivo.»

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Varios meses más tarde, el mismo estribillo se vuelve a oír en los despachos del primer representante ustachi en la Santa Sede. El 8 de febrero de 1942 refirió su visita a monseñor Sigismondi, actual Secretario de Propaganda Fide: «El sábado visité a monseñor Sigismondi, jefe del Departamento para Croacia en el Vaticano... Me dijo que la propaganda enemiga contra nosotros es activa. En la entrevista abordamos la cuestión de los conversos. La Santa Sede se alegraba de ello, pero me repitió que precisamente con motivo de la misma la Prensa americana e inglesa nos atacan diciendo que las conversiones se efectúan bajo una fuerte presión gubernativa... Me recordó que a veces los periódicos italianos traen noticias sobre los pasos en masa de los ortodoxos al catolicismo...» El 26 del mismo mes, Rusinovic escribió el informe de su entrevista en el cardenal Maglione, en el curso de la cual abordó «la cuestión de los conversos, respecto a los cuales la propaganda exterior afirma que han abandonado su fe bajo la presión del Gobierno y que han pasado al catolicismo para salvar su vida. Parece que este argumento les interesa más que cualquier otro», anota el médico-diplomático. Algunos días después, monseñor Montini le pareció incluso agresivo: «Inmediatamente después de iniciada la entrevista, me preguntó: "¿Qué ocurre en Croacia? ¿Por qué se ha armado tanto ruido contra Croacia en el mundo? ¿Es posible que se hayan cometido tantos delitos? ¿Y es verdad que se ha maltratado a los internados en los campos de concentración?".» 61 Por el contrario, más diplomáticamente, monseñor Tardini aludió, con él, a «errores» cometidos por el joven Estado ustachi; sea como fuere, eran perdonables o, por lo menos, comprensibles, lo mismo que los «errores de juventud». 62 De todas maneras, el más explícito fue el cardenal Tisserant, visitado por Rusinovic el 5 de marzo. El purpurado lorenés, que el 28 de mayo siguiente le echará en cara la cifra de 350.000 servios eliminados junto con su clero, le dijo: «...En Croacia, todos tienen más poder que los croatas. Así están las cosas. Y si supiese lo que dicen de ustedes las autoridades italianas que se encuentran en el litoral, lo consideraría usted terrible. Según ellos..., las matanzas, los incendios, los actos de bandidismo y de rapiña, están a la orden del día en aquel país. No sé si todo esto es cierto, pero sé positivamente que son los propios franciscanos, como, por ejemplo el padre Simic, de Kniri, quienes han tomado parte en los ataques contra la población ortodoxa y para destruir la Iglesia ortodoxa. (Igualmente han destruido us-

tedes la iglesia ortodoxa de Banjaluka.) Sé con toda seguridad que los franciscanos en Bosnia y Herzegovina, se han comportado terriblemente, lo cual me duele. Estas cosas no pueden hacerlas personas educadas, cultas, civiles, y muchísimo menos sacerdotes.» Y volviendo, más adelante, sobre el mismo tema: «Sé que los italianos no son amigos de ustedes, y por eso habrá, sin duda, muchas cosas que no son ciertas; pero el caso de Simic me es bien conocido, como el de la destrucción de la iglesia de Banjaluka, así como que ha habido persecuciones contra la población ortodoxa. Deben ustedes castigar a los culpables de esos delitos.»63 Apenas dos semanas después, Rusinovic salió precipitadamente al encuentro de Maglione. Se le había comunicado que el diario turco La République había publicado una protesta dirigida al Papa nada menos que por el Patriarca ortodoxo de Constantinopla, a propósito de la matanza de los servios de Croacia, y trataba de defender al NDH de las acusaciones del prelado cismático. Pero encontró que el cardenal no sabía absolutamente nada del asunto. Sea como fuere, éste confirmó que «al Vaticano Ueg(ab)an informaciones sobre el NDH de los ustachis» sobre el mismo tema.64 Por lo demás, en las oficinas y en los pasillos de las Congregaciones romanas, las voces de lo que ocurría en su país perseguían a los representantes ustachis. He aquí lo que se lee en un informe, muy probablemente del P. Wurster, del 9 de febrero de 1942: «Este episodio puede ilustrar eficazmente sobre cuál es el conocimiento que se tiene aquí de los croatas. Un colega, que fue a la Congregación de los Sacramentos, oyó decir a cierto monseñor, que allí es una personalidad, que de Croacia han sido expulsados muchos sacerdotes, los nazis aterrorizan el país y se comportan de manera increíble en todo cuanto se refiere a la religión. Este mismo señor no tiene ni la más elemental idea de nuestra posición geográfica ni de nuestra historia. Del Poglavnik sabe solamente que mató al rey Alejandro y nada más... »He oído decir a un profesor de la Gregoriana que entre nosotros reina el desorden, que hay terribles matanzas y que la situación es insostenible. Los ustachis cometen tales delitos, como no se han conocido antes en la Historia. No sólo matamos a millares de inocentes, sino que se tortura sádicamente y de modo bestial. La Iglesia no goza de libertad alguna, y los sacerdotes son condenados a muerte bajo la acusación de comunismo. Loncar [canónigo zagrebino) fue proclamado mártir de la santa fe. Estaba lleno de ira al oír todo esto...»

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VII CONTRADICTORIA ACTITUD DEL VATICANO FRENTE AL «REBAUTIZO» FORZADO Y LAS PERSECUCIONES DE LOS SERVIO-ORTODOXOS

Ya desde las primeras semanas, por lo menos, de 1942, el Vaticano estaba, pues, perfectamente informado de la situación en Croacia. Y no sólo respecto a las conversiones forzadas de los ortodoxos, sino también —como prueba la carta de Maglione del 21 de febrero— de las condiciones de los judíos, etc. Pues bien, ¿cómo pensó la Santa Sede reaccionar a todo ello? Sus posibilidades de acción eran múltiples: podía dirigirse al Gobierno ustachi a través del legado pontificio, Marcone, o valerse de los buenos oficios del Gobierno italiano; asimismo, podía actuar cerca del episcopado. El hecho de que no olvidara ninguno de estos resortes demuestra con cuánta preocupación juzgó la situación en Croacia. Pero, ¿lo hizo en sí misma o más bien en relación con la situación general? He aquí el enigma por resolver. a) Acción del Vaticano cerca del episcopado croata

Por muy escasos que sean los documentos a nuestra disposición, dada la reserva de los archivos secretos vaticanos, hay razones para considerar que la Santa Sede se comportó con el episcopado croata de acuerdo con el mismo método que adoptó con los otros episcopados de los países envueltos en la guerra (y del cual el propio Pío XII dio una especie de teorización en su carta al obispo de Berlín, Konrad von Preysing, ya citada por nosotros en la primera parte de esta obra), o sea, dejándole la plena res-

ponsabilidad de sus opciones y de sus decisiones de carácter político respecto al Gobierno ustachi. Naturalmente, todo episcopado debía actuar en el espíritu y en el ámbito de sus precisos deberes religiosos y eclesiásticos, o sea, en el espíritu y en el ámbito de las normas del Derecho Canónico. Pero esta autonomía de los distintos episcopados permitía a la Santa Sede curarse en salud, sobre todo respecto a la situación posbélica, aun en el caso de que los obispos de un determinado país hubiesen escogido un camino equivocado. Una táctica muy hábil en teoría, pero que, ante la prueba de los hechos, no siempre ha dado sus frutos, y en Yugoslavia (lo mismo que en Polonia) menos que en cualquier otro lugar. En efecto, el episcopado croata no podía por menos de no sentir predilección por el Estado nacional croata. Habría podido discutir entre las distintas formas del régimen que se podía adoptar, pero jamás habría podido admitir la posibilidad de opción entre la Croacia autónoma y la Croacia federada. Y, como es natural, no podía hacerlo, sobre todo, psicológicamente, dada la típica exaltación nacionalista de los croatas, que compartía plenamente; 65 y, en segundo lugar, históricamente, dada la amarguísima experiencia de Yugoslavia. La limitada autonomía del banato de Croacia entre 1939 y 1941 había tenido una duración demasiado breve y superficial, aunque prometedora, para cambiar sus aspiraciones y esperanzas. Por lo demás, el episcopado, lo mismo que el país, no fue interpelado respecto a la elección de régimen autónomo: se lo encontró hecho. Y si pecó de optimismo en lo tocante a dicho régimen, fue precisamente por el equívoco del confesionalismo, al que ya nos hemos referido y que caracterizaba al NDH. Por otra parte, salvo una minoría, la mayor parte de los obispos supo mantener su propia dignidad y se esforzó en salvarla al máximo. Sobre todo, Stepinac no fue jamás ustachi de ánimo ni de ideales. Si lo hubiese sido, aunque sólo moderadamente, Pavelic no habría llegado jamás al extremo de presionar a Roma para su remoción.66 Pero si no fue ustachi, no lo fue sin duda por falta de nacionalismo ni de patriotismo, sino por los errores raciales y los excesos de violencia del régimen. Si hubiese podido absolverlo de estas culpas, se habría convertido, sin duda alguna, en su colaborador más incondicional. Ver caer en el vacío todos sus intentos por corregirlo, constituyó el drama que lo afligió durante aquellos años. Y decir drama no es emplear una palabra retórica. Porque Stepinac sabía que en aquelLa su derrota no estaba en juego sólo su patriotismo personal, sino la suerte misma de Croacia, y, a su

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modo de ver, de la propia Iglesia croata. Por eso defendió al Estado independiente croata pese a todo y sobre todo y, en primer lugar, en Roma. En el proceso a que fue sometido en 1946, el Ministerio publicó le presentó cierto día un largo memorial, acompañado de una serie de documentos, preguntándole si lo reconocía como el que él presentara al Papa durante su viaje a Roma en mayo de 1943, y Stepinac no lo negó. A pesar de la importancia del documento, sólo podemos reproducir del mismo, dada su extensión (dieciséis folios mecanografiados en los alegatos del IV volumen del Diario de Stepinac), el principio y el final. Transcribimos literalmente su traducción: «Santo Padre: »La enorme responsabilidad que tengo como principal obispo del único Estado católico en los Balcanes y metropolitano de Croacia y Eslovenia, me obliga a informar, con plena responsabilidad de pastor preocupado, ante Vos, el plan infernal para la destrucción del catolicismo en la costa oriental del Adriático, que están preparando los enemigos áe la Iglesia en aquellas regiones. »No hablamos aquí del terrible destino que se reservaría a los católicos de Croacia en el caso de victoria de la fiera bolchevique y en caso de que ésta ocupase las regiones que entran en la esfera de sus intereses, o sea, toda la península balcánica y la cuenca del Danubio, a la que pertenece también el Estado Independiente de Croacia. En tal caso, la suerte de los católicos de Croacia no diferiría en absoluto de la de los católicos de Polonia o Rumania. De esta posibilidad, de la que nos libre la misericordia de Dios, no pretendo hablar aquí. «Santo Padre, hoy se dirigen hacia Vos los ojos de la Humanidad que sangra por millares de heridas, como hacia Aquel que, por el admirable significado de vuestro nombre, lleva al mísero género humano aquello de lo que tiene necesidad: panem coeli. Trayendo la paz al mundo, pensad, Santo Padre, en la nacióncroata, siempre fiel a Cristo y a Vos. El joven Estado croata, nacido en condiciones más terribles y difíciles que cualquier otro Estado durante siglos, luchando desesperadamente por su existencia, muestra, sin embargo, en toda ocasión, que desea permanecer fiel a sus espléndidas tradiciones católicas y asegurar una mejor y más clara perspectiva a la Iglesia católica en este rincón del Globo. Al contrario, con su pérdida o fatal reducción —millares de los mejores fieles y sacerdotes sacrificarían gustosamente y con alegría sus vidas por impedir esta terrible posibilidad—, no sólo serían aniquilados esos 240.000, aproximadamente, conversos

del ortodoxismo servio, sino incluso toda la población católica de tales territorios, con todas sus iglesias y conventos. »En el orden natural de las cosas, si Dios no hace un gran milagro, el progreso del catolicismo está estrechamente ligado al progreso del Estado croata; su existencia, a la existencia de éste; su salvación, a la de éste. »Santo Padre: Creyendo profundamente en la misericordia divina y en la Providencia de Dios, cuyo instrumento elegido sois Vos, recomiendo a vuestro paternal cuidado y a vuestras oraciones nuestro Estado croata independiente, considerando que con ello recomiendo al mismo tiempo la Santa Fe en mi patria y en los Balcanes. ¡¡•Siempre devotísimo en el Santísimo Corazón de Jesús...» El Osservatore Romano ha manifestado sus dudas respecto a la autenticidad del documento; pero, en efecto, su contenido no ofrece nada en contra del modo de pensar de Stepinac ni encierra nada de políticamente escandaloso.67 Por lo demás, no se ve el motivo por el que las autoridades de Belgrado se hubiesen arriesgado a aportar un documento falso (y si hubiesen «fabricado» el documento, le habrían dado un contenido anticomunista y no exclusivamente antichetnik). Para explicar el nacionalismo y el anticomunismo radicales de Stepinac, ¿no había tal vez, y fechado precisamente en vísperas del fin de la guerra, un documento público incomparablemente más fuerte, o sea, la famosa carta colectiva 68 del episcopado croata del 24 de marzo de 1945? He aquí sólo algunos apuntes: «...Falsos testimonios se han levantado contra los obispos, sacerdotes y fieles católicos, para acusarnos de querer derramar la sangre de nuestra Croacia... »...desde lo más profundo de nuestro corazón lanzamos hoy u n clamor de protesta a Dios y a la Humanidad contra los asesinatos sistemáticos y las persecuciones que los enemigos de la Iglesia católica, presa de un furor diabólico, llevan a cabo contra los sacerdotes y los fieles inocentes. »Los enemigos de la Iglesia son igualmente los sectarios del comunismo materialista, que toda la nación croata rechaza unánimemente (el que se atreviera a afirmar lo contrario mentiría descaradamente), los cuales han exterminado, a sangre y fuego, a los sacerdotes y a los fieles más eminentes...» Y he aquí la última (y podríamos decir absurda y masoquista) defensa del NDH: «...La historia atestigua que el pueblo croata, después de casi mil años, no ha renunciado jamás a su derecho de constituirse en

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nación. Augura también la libertad a todos los otros pueblos de la Tierra. En esta Segunda Guerra Mundial, el pueblo croata ha visto cumplidos su deseo y su derecho instituyendo un Estado independiente propio, y, reconociendo la voluntad de su pueblo, los obispos de Croacia lo han secundado, como era legítimo. Nadie, pues, tiene el derecho de acusar a ningún ciudadano del Estado croata, ni a sus obispos, por haber ratificado este firme deseo del pueblo croata en una materia de su competencia, según la ley divina y según la ley humana...» Por lo demás, ocho meses antes, el 7 de julio de 1944, Stepinac no habló de modo distinto: «Croacia atraviesa por graves momentos, y es posible que le ocurra algo más grave aún; pero nosotros hemos de ser optimistas, hemos de creer con confianza que Croacia seguirá en pie y que nadie podrá destruirla. El pueblo croata derrama su sangre por su Estado, y esta sangre conservará y salvará a su Estado. Todos los movimientos contra el pueblo y la autonomía croata no deben menoscabar el valor de nadie, sino que todos deben ponerse a defender y construir el Estado con mayor fuerza aún.» • Naturalmente, es lícito objetar que éste podía parecer, dadas las circunstancias, un modo equívoco de expresarse, pero está claro que precisamente la delicadeza de la situación prohibía a Stepinac ser más explícito, si no quería provocar, precisamente él, el fin de la Croacia independiente, al minar su único puntal: el apoyo de la Iglesia. Más fundada sería, por el contrario, la acusación de haber sido no raramente contradictorio en sus relaciones con el Estado ustachi. El informe de Rusinovic sobre su visita al Vaticano en 1942 nos deja totalmente perplejos. «Como seguramente ya sabes, el arzobispo ha regresado a Zagreb después de una estancia de doce días en Roma. A base de los acuerdos tomados entre nosotros durante mi permanencia en Zagreb, lo he convencido y aconsejado que emprendiera el viaje, por lo cual, al encontrarnos reunidos, me dijo: "Ya ve usted que no le he desobedecido". Estaba de muy buen humor y realmente belicoso contra todos los posibles enemigos de nuestro país. Presentó al Santo Padre un informe de nueve páginas mecanografiadas. Me dio a conocer la esencia de su contenido, y por eso te puedo asegurar que es absolutamente positivo en lo que a nosotros respecta. Al atacar a los servios, los chetniks y los comunistas, como causa de todo el mal que le ha sobrevenido a Croacia, ha encontrado argumentos que ni siquiera yo conocía. No te enumeraré cada uno de los delitos recordados por él, pero has de saber que la suya es en realidad una contribución válida a todo lo que hasta ahora he hecho yo. Considera la situación del país como favorable

y alaba el trabajo y los esfuerzos del Gobierno. En particular, usa las frases más elogiosas para los intentos y esfuerzos realizados por el Poglavnik para poner orden cuanto antes y para exponer su actitud religiosa y su comportamiento hacia la Iglesia. Afirma también que hasta entonces no había estado seguro de la suerte del pueblo y del Estado croatas, pero que ahora no tenía duda alguna al respecto, porque los jefes y el pueblo mismo han demostrado su deseo y su voluntad de hacer revivir las antiguas tradiciones. Naturalmente, el comportamiento de ciertos individuos le ha irritado, pero ha acabado por convencerse de que se trataba de casos aislados y de que los dirigentes no tenían nada que ver con éstos, los cuales no conseguían con ello sino perjudicarse; cree que es necesario atajar los males, vengan de donde vinieren; que no se puede ni se debe permitir a nadie atacar al NDH; que el desorden es mala cosa para el pueblo croata y que por eso había ido a Roma, al objeto de refutar las mentiras que se han insinuado a la Santa Sede. Stepanic fue recibido por el Santo Padre después de haberle presentado el informe, y ha mantenido con él una audiencia de una hora; a continuación, visitó a Maglione, a Montini, a algunos cardenales y a varios dignatarios del Vaticano. Habló de diversos problemas, en particular del de los ortodoxos y de los italianos en Dalmacia y en el litoral, de su actitud hacia la Iglesia católica, el pueblo y los cismáticos. De todo esto hablará al Poglavnik. También hablamos de cómo podría entrevistarse contigo: yo le caldeé vivamente el asunto, y ahora te lo recomiendo también a ti, porque no estará de más que oiga algo de nuestra parte y no sólo de aquellos que están por todos, excepto por nosotros. Al objeto de ponerlo de buen humor, me mostré muy amable y solícito con él. Puse a su disposición un automóvil, y ayer le hice preparar una cena en mi nueva residencia. Estuvo en compañía de algunos sacerdotes nuestros, con el ex nuncio Felici y con monseñor Prettner-Cippico, de la Secretaría de Estado. La velada transcurrió en una atmósfera muy cordial: yo le dirigí una salutación, y él me contestó con un brindis...» 70 Evidentemente, razones particulares debieron de hacer columbrar a Stepinac, en aquel período, fundadas esperanzas de cambios en el NDH.71 De todas maneras, mucho más grave aún parece haber sido su comportamiento en el Vaticano al año siguiente. Lobkowicz escribió de ello a Zagreb de este modo: «El arzobispo de Zagreb ha permanecido en Roma desde el 26 de mayo hasta el 3 de junio. Me he mantenido siempre en contacto con él. Los círculos vaticanos se alegraron de la llegada del

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arzobispo, y el propio arzobispo se mostró contento de la acogida que se le dispensó. Según noticias llegadas de varias partes, y según sus propias declaraciones, el arzobispo presentó un informe muy positivo sobre Croacia. Puso de relieve que había callado algunas cosas sobre las cuales no está en absoluto de acuerdo, para poder presentar a Croacia, en la medida de lo posible, bajo la mejor luz. Llamó la atención del Vaticano acerca de nuestras leyes contra el crimen del aborto, muy bien aceptadas allí. Fundando sus argumentaciones sobre estas leyes, el arzobispo justificó parcialmente los métodos empleados contra los judíos, los cuales son entre nosotros los más grandes defensores y los más frecuentes ejecutores de crímenes de esta índole. El arzobispo declaró haber notado claramente las diferencias del comportamiento actual del Vaticano hacia el Estado croata respecto al de hace un año. Ha comprobado una importante mejora en todos los sentidos.» 72 Es inútil poner de relive la gravedad de las reticencias mencionadas y de las justificaciones dadas (especialmente respecto a los judíos). Pero he aquí que, sólo algunos meses después, Stepinac pronunció uno de sus más duros discursos contra el régimen: el del 31 de octubre. 73 Era la fiesta de Cristo Rey y fue usado como propaganda antiustachi por la radio y la Prensa de Tito. Pues bien, ¿cómo explicar estas oscilaciones? En parte eran causadas, sin más, por los súbitos cambios de los acontecimientos. Stepinac era, sin duda, un hombre de Dios, recto y leal; mejor aún, un asceta que no tenía ninguna ambición humana. Se le acusa de no haber desaprovechado ocasión alguna de presenciar las ceremonias del régimen al lado de Pavelic; y en realidad hay centenares de fotografías que muestran su participación oficial en estas ocasiones; mas precisamente estas fotografías son las que demuestran, mejor que cualquier discurso, su desapego de aquello que lo rodeaba. Con su rostro de seminarista eternamente adolescente, pálido y delgado, con actitud de disgusto y los ojos constantemente bajos, no demostraba en modo alguno encontrarse a su talante o sentirse orgulloso de hallarse entre los jefes políticos y militares de su país y aliados. Muy distinta, por ejemplo, era la actitud de un obispo como el de Sarajevo en semejantes ocasiones. Un hombre como Stepinac no sentía atracción alguna hacia las cosas del mundo —hecho mucho más para la vida conventual que para el gobierno de una diócesis o para presidir el episcopado de toda una nación, de modo especial en un período trágicamente borrascoso—; lo cual es, sin duda, un hecho positivo para un espíritu religioso: pero lo malo es que se encontraba como extraviado en el mundo, incapaz de valorar a los hombres, 71 pero, sobre todo, los tiempos y las circunstancias, e incapaz, especial-

mente, de aplicar los principios a situaciones concretas. De ahí su proceder vacilante, contradictorio, ora excesivamente confiado, ora demasiado desconfiado, con frecuencia intempestivo y siempre irreal. Sea como fuere, y por lo que parece, a partir de la segunda mitad de 1943 su pesimismo respecto al Estado ustachi fue empeorando cada vez más, haciéndolo intransigente frente a todos sus excesos, o, más exactamente —porque también éstos son límites suyos, que no se pueden olvidar—, hacia todos los excesos que a sus ojos no tenían justificaciones patrióticas o confesionales. Y precisamente durante este período, y no sin el estímulo del ejemplo y el acicate de Pío XII, se fue acentuando progresivamente en él el fanatismo anticomunista, que, mientras lo impulsaba a buscar todo apoyo en la Santa Sede y en los aliados, con tal de salvar la supervivencia de la Croacia independiente, le idealizaba cada vez más la oposición al peligro soviético y la necesidad de la cruzada anticomunista. Lo que estaba en sus derechos y, como obispo, también en sus deberes, siempre que no hubiese ido más allá de las exigencias de la realidad política ya en marcha (la instauración, en 1945, del Estado popular), negando a priori toda posibilidad de coexistencia entre la Iglesia y el nuevo orden socialista. Sea como fuere, el hecho de haber sabido pagar personal y dignamente, en su estilo huraño y sin asomo de retórica, el precio de su temeraria oposición, lo hace, sin más, digno de respeto y de admiración, aun cuando condicionada. 75 Compararlo —en perjuicio de él, naturalmente— con el patriarca servio-ortodoxo de Belgrado no nos parece justo. Gavrilo fue, sin duda alguna, una figura de una rectitud y heroicidad admirables. Ante todo, participó en el golpe de Estado que derribó a Zvetkovic; luego se negó a abandonar su sede para ponerse a salvo junto al Gobierno de Londres; finalmente, desafió a los alemanes promulgando al clero y al pueblo disposiciones claramente antifascistas, hasta el punto de provocar su detención e internamiento en Mauthausen, donde triunfó definitivamente sobre sus verdugos muriendo en 1943. Pero la .situación de Stepinac era muy compleja y no permitía seguir una línea de conducta directa y explícita. En cuanto a la Santa Sede —o, mejor, al único responsable de sus predilecciones vaticanas, Pío XII—, no debe olvidarse que, de la misma forma que antes dejó libre al episcopado croata de correr la peligrosa aventura del NDH, luego lo estimuLó a endurecerse más allá de toda medida en la reacción al régimen siguiente, lo cual condujo a la irritación deL gigante tranquilo. Ya hemos aludido a la inútil provocación que supuso la elección de Stepi-

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nac a la púrpura (y cuyas consecuencias, naturalmente, recaerían sólo sobre Stepinac y los católicos croatas); pero no debe olvidarse que, ya desde 1946, el Gobierno de Tito trató de evitar el proceso del arzobispo de Zagreb pidiendo al Vaticano, bajo secreto diplomático, que lo retirase. 76 Pero Roma no quiso saber nada del asunto, con la consecuencia de que se exasperó inútilmente la situación, ya que el régimen acabó, como era inevitable, por imponerse, y la Iglesia, por adaptarse. 77 b) Acción del Vaticano sobre las autoridades lianas en Croacia. de ocupación ita-

A propósito de las presiones de la Santa Sede sobre los aliados de Croacia, las noticias conocidas hasta ahora son muy escasas y más bien vagas, además de referirse exclusivamente a las intervenciones sobre Italia, y no sobre Alemania, por las razones ya bien conocidas. León Poliakov ha aludido a la fricción entre italianos y alemanes en Croacia a propósito de los judíos. Según un informe del embajador alemán en Zagreb, Kasche, en la Wilhelmstrasse, y con fecha de 20 de noviembre de 1942, las autoridades militares italianas en Croacia se opusieron «a toda injerencia de los croatas e incluso a su participación en las medidas previstas y en las operaciones del censo de los judíos». En efecto, consta que diplomáticos y generales italianos coordinaron hábilmente sus disposiciones para evitar el choque directo con los alemanes. Por ejemplo, entre otras cosas alegaron la necesidad de llevar a cabo una investigación general sobre la situación, actuando de modo que, dada su presunta complejidad, no llegase jamás a término. «Es necesario evitar que el ejército italiano se manche las manos en este asunto —escribió un miembro del estado Mayor italiano en Croacia—. Si los croatas quieren de verdad entregar a los judíos, que lo hagan; pero que se ocupen de ello personalmente, y los pongan directamente en las manos de los alemanes, sin que nosotros hayamos de asumir la función de intermediarios, o peor aún. Ya es bastante doloroso, para el ejército de un gran país, permitir crímenes de esta índole y ser testigos de ellos.»"™ Parece cierto que en este comportamiento de los italianos en favor de ios judíos actuaron, además de su natural repugnancia por toda clase de violencia racial y su antagonismo congénito hacia los alemanes, presiones concretas por parte de la Santa Sede. Si no otra cosa, ello estaría de acuerdo con cuanto se ha nitrado de los archivos de la Secretaría de Estado, 79 o sea, que eL abate Mar-

cone, «desde 1941..., recibió el encargo expreso de acudir en ayuda de los judíos». Las «innumerables diligencias» llevadas a cabo por el nuncio en el Quirinal, monseñor Borgoncini-Duca, y por el jesuíta Tacchi Venturi en el Ministerio de Asuntos Exteriores italiano, que daba «órdenes y apoyo» al Ejército, no debieron de referirse solamente al comportamiento de este último en Francia, sino también en Croacia. Tenemos el hecho de que, en determinado momento, las tropas italianas del II Ejército fueron trasladadas deliberadamente a las llamadas zonas I y II, o sea, fuera de sus jurisdicciones normales, precisamente con este objeto, y quizá también por ser así solicitado. El hecho de que en su obra Cien millones de bayonetas, el general Mario Roatta, comandante en jefe el II Ejército, silenciara las posibles intervenciones ajenas al ambiente militar, evidentemente no basta para excluirlas, aun cuando parece acaparar el mérito de la iniciativa para sí y para el Ejército. «[Los ustachis] —escribe— iniciaron a gran escala el exterminio de las poblaciones servio-ortodoxas (...) y de los judíos, en su mayoría muy acomodados. »Exterminio..., porque la campaña de que tratamos aquí se caracterizó por la matanza de docenas de millares de personas, incluidos ancianos, mujeres y niños, mientras otras docenas de millares de individuos, internados en los llamados campos de concentración (constituidos por páramos desolados, sin abrigo de ninguna clase, delimitados por alambradas o cordones de centinelas), fueron dejados morir en ellos de inanición o de agotamiento. »Las tropas italianas (II Ejército) no podían asistir impasibles a tales excesos, si no por otra cosa, al menos por sus sentimientos, sumamente humanos. Y por eso intervinieron inmediatamente allá donde se encontraban (porque al principio ocupaban sólo una parte del territorio croata de su jurisdicción). Y en setiembre de 1941, tan pronto como el Gobierno de Roma hubo aprobado la propuesta que le hizo el Mando del ejército, procedieron a la ocupación del resto del territorio que se les había asignado y asumieron los poderes civiles. »E1 ejército salvó la vida así a una numerosa población servioortodoxa (los jefes de la misma han calculado en 600.000 las personas salvadas). Además, se acogieron a su protección algunos millares de judíos huidos de Zagreb y de las regiones croatas ocupadas por las tropas alemanas, así como algunos centenares de polacos refugiados oportunamente en Yugoslavia y a quienes buscaban los alemanes.» Más adelante, el general Roatta añade que los ustachis «intentaron dos veces en vano, en. 1942, penetrar, armados, en
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regiones ocupadas por nuestras tropas, para cometer nuevos excesos entre la población. El Mando italiano bloqueó todos los accesos, apostando en ellos infantería y artillería y advirtiendo que, sin más, abriría fuego en caso de intento de atravesar aquellos puntos. Y en el caso más grave, el Mando del ejército notificó al Gobierno de Zagreb (que apoyaba bajo mano las actividades ustachis) que procedería por tierra y por aire contra la ciudad de Sarajevo, aunque estuviese más allá de la "línea de demarcación" italo-germana y residiera en ella el Mando de una división alemana.»30 Este resuelto comportamiento del ejército italiano tuvo por efecto, entre otras cosas, según Roatta, suscitar en los ustachis un vivo resentimiento contra las autoridades militares italianas, y tanto más cuanto que éstas ayudaban (suministrándoles armas) a los chetniks. Y la reacción, ya lo hemos visto, era plenamente compartida por monseñor Stepinac, aunque por otras y, desgraciadamente, en modo alguno aceptables razones. En efecto, tanto par él como para otros obispos croatas, los italianos cometían un disparate enorme concediendo la libertad religiosa a los no católicos, especialmente a los ortodoxos. «Los italianos han vuelto —se lamentaba a su primado el obispo de Mostar— y han asumido la autoridad civil y militar. Las iglesias cismáticas han adquirido inmediatamente nueva vida, y los sacerdotes ortodoxos, antes escondidos, han vuelto a aparecer libremente. Los italianos se muestran favorables a los servios y rigurosos hacia los católicos.»81 Y Stepinac, a su vez, escribía (en italiano) al ministro de Italia en Zagreb, Raffaele Casertano: «Es evidente que tal estado de cosas tiene un carácter religioso, y no sólo político y nacional. Además, debe notarse la circunstancia de que el pueblo italiano es eminentemente católico y tiene la suerte de tener en su capital al Vaticano de Cristo, cabeza de la Iglesia católica, circunstacia que hace más sensible cualquier escándalo cometido por los miembros del noble pueblo italiano cuando éstos ofenden el derecho del pueblo residente en los territorios croatas ocupados y anexionados. Así, ha ocurrido que en los territorios croatas anexionados a Italia se observa una constante decadencia de la vida religiosa, lo mismo que cierta tendencia a pasar del catolicismo al cisma. La culpa y responsabilidad ante Dios y ante la Historia la tendrá la Italia católica, si aquella parte más católica de Croacia deja de serlo en lo por venir. Este carácter religioso del problema de que hablo me impone el deber religioso de decirle clara y abiertamente cuanto le he comunicado, al ser yo responsable del bien religioso de Croacia.»82

Del creciente mal humor de los ustachis contra los italianos testimonian también, casi a cada paso, los informes de los representantes del NDH en la Santa Sede. Pero lo sintomático es el comportamiento de los dirigentes de la Secretaría de Estado y del propio Papa: o no hacían caso de sus lamentaciones, o aseguraban dar los pasos necesarios, pero, sobre todo, aprovechaban todas las ocasiones para aconsejar a sus interlocutores que se apoyaran más en la Italia católica que en la Alemania nazi. Es típico este fragmento de un informe de Rusinovic sobre la audiencia celebrada por monseñor Tardini, incluso por lo que se refiere a la manera de reaccionar del médico-diplomático: «Croacia —son las palabras de Tardini— es un Estado eminentemente católico, por lo cual debe elevar su voz fuerte y sinceramente cerca de los grandes pueblos católicos, como, por ejemplo, Italia, porque nadie sabe lo que podrá ocurrir después del actual gran conflicto.» Y Rusinovic añade: «Esta última observación me ha extrañado, u n poco. Es inútil', a cada paso se oye decir que son italianos.»83 c) Acción del Vaticano sobre los representantes Roma y sobre el propio «legado» en Zagreb. ustachis en

Si, en resumidas cuentas, la Santa Sede no podia (ni quería) impedir al episcopado croata vivir su aventura patriótica, es también evidente que la petición de intervenciones mediadoras y pacificadoras por parte de Italia tenía sus límites, y, aun en el caso más optimista, sólo podía ser marginal. Por tanto, la mayor parte y lo mejor de la acción vaticana debía ejercerse directamente sobre el Gobierno de la nueva Gran Croacia. Pero, ¿cómo era esto posible si la Santa Sede tenía aún relaciones con el Gobierno real de Yugoslavia, y, por tanto, no podía, sin hacer una peligrosa elección preferencial, contraria, por lo demás, a sus tradiciones, dadas las circunstancias bélicas, entrar en relaciones con el NDH? La respuesta es una: instaurando relaciones de jacto. Y es precisamente lo que hizo la Sanda Sede, y con una resolución, no podemos por menos de decirlo, inusitada, aunque acompañada de todas las cautelas de reserva que imponía la situación. Sobre el Osservatore Romano del 9-10 de junio de 1941, en una nota oficiosa contra la mala costumbre de algunos que «pretenden hacerse, cerca de la opinión pública, intérpretes y comentaristas de sus [del Papa] diversas manifestaciones», se leía, entre otras cosas: «...¿Se producen rápidos y profundos cambios políticos y territoriales en los Balcanes? He aquí una ocasión que cogen inme-

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diatamente los periódicos —e incluso las agencias, de las cuales no sería mucha pretensión esperar mayor sentido crítico— para afirmar que la Santa Sede trabaja activamente con objeto de establecer nuevas representaciones diplomáticas. El Santo Padre, al acoger el deseo filial, que formalmente se le ha expresado, ¿recibirá en audiencia a personalidades católicas? Se afirmará y se repetirá con toda seguridad que tales audiencias tienen un significado y un fin políticos.» Pues bien, por lo menos sobre estos puntos, la nota mostraba una notable desenvoltura. Pero aun suponiendo, aunque sin admitirlo, que la visita de Pavelic a Pío XII, de veinte días antes, hubiese tenido sólo un carácter piadoso, está el hecho de que, precisamente por aquellos días, la Santa Sede se disponía a reconocer de jacto al Estado independiente de Croacia, y el 13 del mismo mes nombró —siempre, naturalmente, en secreto, y, por tanto, «sine titulo»— al abad benedictino de Montevergine, monseñor Ramiro Marcone, legado apostólico en Zagreb. El primer paso para obtener tal reconocimiento se había dado, de pleno acuerdo, por Pavelic y por Stepinac, pocos días después de la constitución del NDH. En efecto, en el Diario del arzobispo, con fecha de 27 de abril de 1941, el maestro de ceremonias Cvtan refería: «Ha llegado a Zagreb, de Belgrado, el auditor de la nunciatura 84 en viaje hacia Roma. Ha hecho una visita al arzobispo, y en esta ocasión el arzobispo le ha expuesto la situación y le ha rogado que vea al Santo Padre y se lo explique todo, dado que el correo no funciona. El arzobispo le ha encarecido calurosamente que trabaje para que la Croacia independiente sea reconocida cuanto antes de fado por la Santa Sede... »Tras su entrevista con el auditor, el arzobispo ha girado una visita al Poglavnik, comunicándole que había dado los primeros pasos para obtener el primer contacto entre la Santa Sede y el NDH El Poglavnik ha escuchado con gran atención.» La respuesta de Pío XII llegó dos semanas después: «Ha regresado de Roma— afirma el mismo Diario de Stepinac— el auditor de la nunciatura del Belgrado y, de paso, ha ido a ver al arzobispo para hablarle de su audiencia con el Santo Padre. Ha dicho que el Santo Padre le escuchó con gran atención, y luego encargó al auditor que dijera el arzobispo que enviara cuanto antes a Roma una relación escrita. En la misma ocasión, el Santo Padre dijo que la iniciativa referente a las relaciones diplomáticas debe venir del Gobierno, y que la Santa Sede no ha recibido hasta ahora nada en este sentido.» A base de ellos, Stepinac iría de nuevo a ver al Poglavnik, quien,

entretanto, había enviado ya a la Santa Sede un documento oficial en el que comunicaba que se había proclamado el NDH. En la entrevista se decidió enviar al Pontífice un nuevo documento, en latín, con el cual se pediría el reconocimiento del nuevo Estado y el envío de un representante personal del Papa. El documento fue hábilmente redactado. 85 Tras haber expresado sus profundos sentimientos católicos y su absoluta fidelidad y filial devoción al Papa, Pavelic manifestó que veía en la coincidencia de la alcanzada independencia croata con el XIII centenario del bautismo de la nación, un símbolo, mejor aún, «el dedo de Dios», así como el fruto «de la poderosa intercesión del Príncipe de los Apóstoles, al que los croatas han permanecido siempre fieles». Luego proseguía: «Santo Padre: Cuando la bondadosa providencia de Dios permitió que tomara en mis manos el timón de mi pueblo y de mi patria, decidí firmemente y deseé con todas mis fuerzas que el pueblo croata, siempre fiel a su glorioso pasado, permaneciera fiel, en lo futuro, al Santo Apóstol Pedro y a sus sucesores, y que nuestra patria, impregnada en la ley del Evangelio, se convirtiera en el reino de Dios. Por esta grandiosa obra invoco vivamente la ayuda de Tu Santidad. Y como tal, deseo, ante todo, que Tu Santidad se digne reconocer a nuestro Estado con su suprema autoridad apostólica, y luego, que te dignes cuanto antes enviarme a tu sustituto, el cual me ayudará con tus paternales consejos, y, finalmente, que impartas la bendición apostólica a mí y a mi pueblo. Postrado a los pies de Tu Santidad, beso tu diestra consagrada y me declaro hijo devotísimo de Tu Santidad...» Como ya hemos visto en la parte general del volumen y en la relativa a Polonia, la Santa Sede no deseaba nada mejor, durante el conflicto, que tener representantes en todos los países: a ser posible, representantes diplomáticos regularmente acreditados, o, por lo menos, visitadores apostólicos. Con mucha habilidad, Pavelic se había expresado vagamente sobre el carácter del representante que el Papa decidiera enviar a Zagreb. El arzobispo Stepinac debía de haberle explicado cómo, al perdurar la situación bélica, la Santa Sede no suele proceder a ningún reconocimiento de jure y, por tanto, a intercambios de representaciones diplomácas con Gobiernos surgidos de hechos bélicos. Y mucho menos en el caso de Croacia, ya que estaba todavía acreditado cerca de la Santa Sede, más aún, vivía como huésped suyo en el Vaticano, el representante de la Legación Real de Yugoslavia.93 Pero no sería precisamente él, Pavelic, el que dijera que se contentaba con un simple visitador apostólico. Más aún, cuando supo que el representante pontificio tendría precisamente este título, protestó: Croacia no era ni podía ser considerada en modo alguno como u n país

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de misión. La Santa Sede eligió entonces la solución de legado apostólico (con carácter evidentemente personal y provisional, mientras que el delegado apostólico tiene carácter institucional y permanente). La designación se hizo el 13 de junio (o sea, como se señaló luego en Croacia, en ocasión de la fiesta onomástica de Pavelic) en la persona de un abad benedictino (también fueron benedictinos —lo cual se puso asimismo de relieve más tarde— los famosos legados Martín y Gebizon, enviados a Croacia, respectivamente, por los Papas Juan VIII en el siglo ix y Gregorio VII en el xi). Por tanto, no se trataba de un diplomático de carrera, sino de un religioso sexagenario,87 oriundo de una tierra de la abadía de Montecassino, que había desarrollado una brillante carrera de profesor de Filosofía en la Universidad de su Orden (la de San Anselmo en Roma), tanto, que no tardó en ser recibido entre los miembros de la Pont. Academia Romana de santo Tomás de Aquino, y de religión católica, pero que hacía ya más de treinta años —y precisamente desde 1918, cuando dejó el gris verdoso de capellán militar para asumir la mitra y el báculo— que se hallaba al frente de su famosa abadía. Lo que es curioso es el carácter casi clandestino de la llegada de Marcone a Zagreb, el 3 de agosto de 1941. La única noticia a este respecto se encuentra en el Diario del arzobispo Stepinac: «El día 3 de agosto, a las 15 horas llegó de Roma el delegado del Papa, su Excelencia monseñor Ramiro Marcone, con su secretario, Giuseppe Masucci. De momento se ha instalado en el convento de los padres del Espíritu Santo. No se sabía nada de su llegada. Apenas informado de ello, el arzobispo fue a hacerle un visita y lo invitó a trasladarse a su palacio, dado que no se podía encontrar nada mejor para él. El traslado a palacio se hizo el 6 de agosto.» Era obvio que el nombramiento de Marcone no apareciese ni en el Osservatore Romano, ni en los Acta Apostolicae Seáis, ni en ningún otro lugar, dado el carácter privado y, por así decirlo, de «foro interno» de su misión (el Anuario Pontificio lo seguirá llamando, hasta 1945, simplemente abad de Montevergine). Pero esto era realmente poco. Se podría pensar que tal vez fue la propia Santa Sede la que pidió al Gobierno ustachi que no se hiciese ruido, al menos durante algún tiempo, en torno a su representante. Pero la verdad es muy otra, o sea, que Pavelic sintióse ofendido por la elección de un elemento extraño a la carrera diplomática. Más aún, casi con toda seguridad por el mismo motivo, se vengó, en primer lugar, esperando varios meses antes de nombrar a su propio representante (pero don Seguic —enviado a Roma en setiembre de 1941— debía realizar otro intento para obtener la instau-

ración de relaciones oficiales propiamente dichas, además de presionar al Vaticano para que convenciera a Aimón de que se dejara coronar rey de Croacia), y luego, escogiendo a un simple médico, que hasta poco antes había ejercido en un hospital romano: el doctor Nikola Rusinovic.88 Sólo más tarde, en vista de la resistencia del Vaticano, y sobre todo apreciando el celo del abad Marcone, el Gobierno ustachi se decidió a cambiar de actitud, exaltando el hecho de tener junto a sí al representante del Papa y nombrando sucesor de Rusinovic en Roma al príncipe Ervino Lobkowicz, descendiente de una ilustre familia de origen bohemo y camarero secreto, de capa y espada, de su Santidad, desde el tiempo del Papa Ratti.89 Para las finalidades de nuestro ensayo, el reconocimiento del NDH por parte de la Santa Sede interesa solamente para poder comprobar si el Vaticano se sirvió o no de él para aconsejar y, eventualmente, imponer, con su prestigio moral y su peso político, la debida moderación en la lucha antiservia, que tan gravemente comprometía a la propia Iglesia. Ahora bien, lo primero que no debe olvidarse a este respecto es que el reconocimiento del NDH no fue solicitado o provocado por la especial situación religiosa de Croacia. En efecto, los pasos concernientes al reconocimiento se iniciaron antes de estallar los episodios a que anteriormente nos hemos referido, por lo cual, si estos últimos pudieron influir sobre la aceleración del reconocimiento (aunque carecemos de toda prueba en este sentido), ello no pudo producirse de una forma completamente marginal. En consecuencia, la Santa Sede fue inducida al reconocimiento de facto del NDH por otras razones no menos graves, tanto religiosas como políticas, que es fácil intuir. O sea, en primer lugar, por la necesidad de controlar Ja situación eclesiástica en gran parte de las regiones de la ex Yugoslavia; para tratar de sostener, y posiblemente potenciar, sus estructuras antes del fin de la guerra. Y en segundo lugar, por atraerse a un Estado que más tarde o más temprano entraría a formar parte del Tripartito, convirtiéndose así en uno de los elementos constitutivos del nuevo orden que instauraría el Eje después de su victoria. Finalmente, por la oportunidad de sostener a un país católico belicosamente anticomunista, situado en el centro mismo de los Balcanes, donde los soviéticos no carecían de simpatías, y ello en el momento en que Alemania (y es sabido que el Vaticano estaba al corriente de ello desde hacía tiempo) se preparaba a atacar a la Unión Soviética. Como quiera que éstos fueron los objetivos que determinaron al Vaticano al reconocimiento del NDH, deben ser considerados como fundamentales y determinantes respecto a cualquier otro

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que pudiera sobrevenir a continuación. Por lo cual, en caso de contrastes, se sacrificarían los sobreañadidos y, en un cierto sentido, accesorios, pero no los primeros. Hemos de preguntarnos, por tanto, si perfilándose ya el drama de las persecuciones de los servio-ortodoxos y de los católicos de rito bizantino, también este problema, pese a su gravedad y peligrosidad, pasó a segundo orden respecto a las finalidades precedentes. La respuesta debe ser, al parecer, totalmente positiva. Basta comprobar, en primer lugar, el carácter excepcional dado y mantenido, en el primer período, a las relaciones con la Croacia ustachi, e inmediatamente después, su tan rápido como aparentemente injustificado enfriamiento; 90 y en segundo lugar, el constante cuidado, siempre por parte de la Santa Sede, de evitar en sus contactos con los representantes y con el Gobierno de Zagreb, la cuestión del paso forzado de los ortodoxos al catolicismo, como si se considerase un incidente enojoso que pusiera inútilmente en peligro un entendimiento tan bien preparado por ambas partes. Es cierto que las relaciones entre el Vaticano y Croacia fueron siempre rigurosamente mantenidas al margen de toda oficialidad, pero esto era inevitable dada la existencia (ya puesta en relieve) de las relaciones oficiales con el Gobierno yugoslavo en el exilio y la inoportunidad de una declaración de simpatía a "un aliado del Eje. A este respecto, el informe del doctor Rusinovic sobre su primera entrevista con el cardenal Secretario de Estado, Maglione, no deja la menor duda: «Finalmente, el 4 de febrero fui recibido por el cardenal Maglione. Pero ya antes se me había hecho saber que el carácter de mi misión era absolutamente de naturaleza privada, y que, sin embargo, la Santa Sede acogía y celebraba con placer a la persona enviada por el Poglavnik. »E1 cardenal Maglione se mostró muy cordial. Lo saludé en nombre del Poglavnik y puse de relieve el catolicismo del pueblo croata, acentuando las relaciones de los croatas con la Santa Sede desde su bautismo hasta hoy. Él me dio las gracias por aquellas palabras y me rogó que correspondiera de la misma forma cerca del Poglavnik. Añadió que la Santa Sede no puede reconocer de jure al NDH, porque ésta es la actitud que adoptó ya hace por lo menos un siglo, no reconociendo las situaciones políticas determinadas en el curso de acontecimientos bélicos. A este propósito recordó que tampoco Abisinia ha sido reconocida hasta hoy como parte integrante del Imperio romano [sic]. Sin embargo, la Santa Sede no olvida a sus hijos fieles que atraviesan duras pruebas durante la guerra en curso, y no quiere dañarlos ni siquiera dándoles motivos de pensar que se ha olvidado de ellos. La Santa Sede

piensa en Croacia, porque, para ella, croata es sinónimo de católico, y no se puede imaginar a un croata que no sea tal. La audiencia duró cerca de veinticinco minutos, y al terminar la misma, el cardenal me dijo que estaba a mi disposición tres días a la semana; lo único que he de hacer es informarle previamente, por teléfono, de mi llegada. Al despedirnos, le rogué que me consiguiera una audiencia del Santo Padre; él accedió inmediatamente, pero subrayando de nuevo que una audiencia de tal índole debería celebrarse de forma rigurosamente privada y algo más adelante. Creo que las audiencias especiales del Santo Padre se publican en el Osservatore Romano, por lo cual, si hubiese sido recibido inmediatamente después de haberme entrevistado con el Secretario de Estado, mi audiencia habría sido considerada como oficial, lo cual habría dado motivos a nuestros enemigos de protestar cerca del Vaticano, lo que éste trata de evitar. Es más, he oído que esta misión, aunque de forma privada y desconocida para el público, ha suscitado protestas.» 91 Basta continuar la lectura de los informes de Rusinovic (y, en parte también, de los Lobkowicz) para darse cuenta de cómo Ja privacy de su posición respecto a la Santa Sede era tal, que no pocos de los personajes que visitó con fines de propaganda, a fin de conquistarlos para la causa del NDH, quedaban sorprendidos ante la noticia de que había un representante ustachi croata cerca de la Santa Sede. Y entre ellos, incluso cardenales, como el Prefecto de Propaganda Fide, Fumasoni-Biondi, que era también el protector del Colegio eclesiástico de los croatas en la Urbe (el san Girolamo de los Ilíricos). La firmeza del Vaticano en permanecer en la posición del simple reconocimiento de jacto es tanto más significativa por cuanto los intentos del Gobierno de Zagreb y de sus representantes para inducirlo al reconocimiento oficial, no conocieron nunca descanso. En efecto, cuando vieron que ni las embajadas ni las descortesías lo movían de su propósito, cambiaron de táctica. Finalmente, tras haber revelado la existencia del representante pontificio, cuando ya hacía más de siete meses de su llegada, con motivo de la apertura de la primera legislatura del Sobor, en febrero de 1942 —cuando apareció, con su blanco atuendo y su característico rostro redondo y tumefacto de dogo en la tribuna diplomática—, los gobiernos ustachis no se limitaron a poner de relieve, por la Prensa y por la radio, el significado de su presencia en Croacia, sino que lo trataron como a un auténtico miembro del Cuerpo diplomático; más aún, como al decano del pequeño grupo de diplomáticos acreditados cerca del NDH. Esto se hacía evidente en todas las ceremonias oficiales, donde se le cedía invariablemente la prece-

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dencia; e incluso no tardó en ser registrado en los protocolos de los ceremoniales e incluso en la lista oficial de los diplomáticos impresa por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Pero esto no era todo; sus cumpleaños y onomásticas eran celebrados por eclesiásticos y civiles, recordados por la Prensa y la radio, y el 26 de marzo de 1943 fue particularmente celebrado el XXV aniversario de su consagración como abad. Pese a estos astutos chantajes, Roma no cedió, incluso llegando —aunque tampoco sin resistencia— a conceder cierta paridad de tratamiento al segundo representante ustachi, el príncipe Lobkowicz, quien había solicitado gozar de los mismos beneficios, respecto a asignaciones de víveres y gasolina, concedidos a los diplomáticos. 92 ^ Sea como fuere, y pese a este rígido límite (impuesto, sobre todo, por las continuas protestas que llegaban al Vaticano con motivo de sus relaciones con los croatas), es también evidente —siempre según la lectura de las mismas fuentes— que en la Secretaría de Estado y en los ambientes vaticanos propiamente dichos se trataba de conceder a los representantes ustachis todo lo posible, en compensación de aquello que era considerado, por la fuerza de las circunstancias inconcedible. Así, al no poderles invitar a las ceremonias papales en San Pedro, ya que se habrían encontrado codo a codo con el representante yugoslavo, se les ofrecía intervenir en la Academia de la Gregoriana en honor del Papa, donde sus rivales no podían estar presentes, por hallarse recluidos en el Vaticano, y donde, por lo demás, se encontrarían en buena compañía entre los diplomáticos del Eje y de las potencias neutrales. 93 Respecto a Lobkowicz, ocurrió una vez que, habiendo ido a una audiencia con monseñor Montini, éste le dio nada menos que «la preferencia respecto a un embajador que estaba esperando». 94 Además de las cortesías por las personas, hay que destacar también un celo, siempre vigilante, por satisfacer todas las peticiones ustachis. Esto, sobre todo, en el caso de audiencias con el Papa, solicitadas aunque fuese sólo en el último momento y aun cuando no fueran siempre seriamente motivadas. El hecho se verificó en varias ocasiones. A propósito de la del alcalde de Zagreb, por ejemplo, he aquí lo que refirió Lobkowicz en su informe del 14 de abril de 1943: «La cuestión de la audiencia con el Santo Padre ha sido puesta en el orden del día solamente después de la llegada del alcalde a Roma, donde, hasta el último momento, la Embajada en el Quirinal no tenía noticia alguna de ello. Era muy difícil conseguir una audiencia, porque se habían de tener en cuenta todas las vi-

sitas del programa. Y en el Vaticano no son propensos a conceder audiencias ligadas a un determinado término sin motivos válidos. Por lo demás, el Papa apenas había empezado a trabajar después de su enfermedad y tenía que despachar muchas cosas atrasadas. Pese a ello, se ha conseguido una audiencia en domingo, cuando el Papa normalmente no recibe. Así, el secretario de este Departamento, Wurster, 95 pudo, el domingo 11 de abril, acompañar al alcalde de Zagreb y a su séquito al Vaticano. Mientras pasaban junto a la guardia, ésta rindió los honores, y la guardia suiza estaba alineada a la entrada de la Sala Clementina. Tales honores son raros, y nosotros no los esperábamos. Menos esperábamos aún que el Papa concediera la audiencia en la Sala del Trono, que se encuentra junto a su cuarto de trabajo. En aquella sala son recibidos los jefes de Estado...» Y como motivo de la audiencia al ministro ustachi Simic, fiduciario directivo general cerca del comandante del II Ejército italiano, se produjo un hecho curioso. También para él la audiencia fue solicitada y concedida en un tiempo récord, aunque nadie esperaba que le fuese dirigida la invitación «como ministro, con todos los títulos que le corresponden por su posición». «Es la primera vez —comenta Lobkowicz— que el Vaticano actúa así: hasta ahora, todas las personalidades croatas han sido recibidas como personas privadas, sin miramientos formales por sus cargos. Incluso la invitación a la audiencia dirigida al alcalde de Zagreb decía simplemente: "Señor Ivan Werner".»96 Naturalmente, no hay que sobrevalorar estos episodios. Más aún, ellos confirman la fidelidad a la regLa adoptada por la Santa Sede. En el fondo, no son más que compensaciones por lo que no se quería aún conceder, porque habría sido demasiado imprudente hacerlo. Como la audiencia pontificia a Rusinovic. Probablemente la obtuvo en el momento de abandonar Roma y su cargo, pero no ha quedado constancia de la misma en los informes que se han conservado. Lo que es seguro es que hasta junio de 1942, fecha de su último informe, que obra en nuestro poder, no consiguió tal audiencia. Y el porqué es evidente: al no tener otros títulos para semejante honor, la concesión habría avaLado su papel en el Vaticano. Incluso con Lobkowicz se trató de dar largas al asunto. Pero el príncipe estaba resuelto a actuar: dijo clara y rotundamente a monseñor Montini que, «en tal caso, su misión era superflua», y repitió sus amenazas de dirigirse a otros personajes del Vaticano; lo cierto es que unas dos semanas escasas después, el 22 de octubre de 1942, se le concedió la audiencia, a condición de que se presentara de uniforme y de que acudiera antes a su servicio

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normal. Lo curioso fue que, aquel día, el camarero secreto fue llevado en un coche del Vaticano hasta su domicilio. O sea, que la victoria y la capitulación corrieron parejas. 97 Otra prueba de intransigencia por parte del Vaticano para guardar las formas se encuentra en la clara toma de posición contra la oficialidad de la eventual audiencia del Poglavnik, que se anunció casi simultáneamente; mejor aún, antes que la de Simcic. El Ploglavnik había sido recibido ya por el Papa en 1941, un mes antes de su subida al poder, y precisamente el 18 de mayo, «accediendo a la devota petición que se le hiciera», y aun entonces se trató de una «audiencia estrictamente privada». También su séquito fue presentado como «un grupo de croatas católicos acompañados por el Exmo. monseñor Francisco Salis-Seewis, obispo titular de Corico, auxiliar de Zagreb».98 En mayo de 1943, el embajador ustachi en el Quirinal y la Oficina del Plenipotenciario cerca de la Santa Sede fueron puestos sobre aviso de una probable llegada a Roma de Pavelic al mes siguiente y de la intención del Poglavnik de aprovecharla para visitar al Papa. El príncipe Lobkowicz habló de tal eventualidad directamente con el cardenal Maglione, explicando luego a su ministro: «... Declaré que en caso de que el Poglavnik viniese a Roma, tendría mucho gusto en visitar al Papa; pero, estando al corriente de que tal visita pudiera ser causa de fricciones, desea que la visita al Duce se celebre en algún otro lugar; de todas formas, ello depende exclusivamente del Gobierno italiano. El cardenal Maglione dijo que hablaría de ello al Santo Padre y que estaba seguro de que no habría dificultad alguna para una visita del Poglavnik al Papa, aparte el hecho de que no podrá ser recibido como soberano. Y el cardenal añadió que lamentaba no poder ver al Poglavnik en aquella ocasión, ya que este hecho podría interpretarse como el abandono, por parte del Vaticano, de la política de neutralidad, tan rígidamente practicada». 99 En resumen, es evidente, en este comportamiento de los jefes de la Secretaría de Estado, la preocupación de contemporizar y, al mismo tiempo, de sostener la moral de los representantes ustachis y del Gobierno de Zagreb. Más aún, en las concesiones no tardaron en llegar a límites raramente alcanzados con otros países que se hallaban en las mismas o análogas situaciones. Basta pensar en el nombramiento de dos obispos, hecho en abril de 1942. «...Desde el principio, apenas llegado a esta sede —escribe Rusinovic—, además de lo acostumbrado me he ocupado en la cuestión del nombramiento de los nuevos obispos, porque considero que ello podría constituir un éxito para nosotros. He sa-

bido, por los propios españoles, cuánto luchan por tener obispos para las sedes vacantes en España, y no logran tenerlos, tanto, que hoy existen once sedes vacantes. En efecto, las cosas están así: cuando el Vaticano quiere mostrar su desaprobación por ciertos acontecimientos que tienen lugar en un país, no nombra obispos, y esto le sirve como una especie de represalia. He oído decir al doctor Galvanek que en la ex Checoslovaquia, pese a todos los esfuerzos del Gobierno, la Santa Sede no ha querido nombrar obispos durante más de un año después de la proclamación de la República. Y precisamente estos días he podido comprobar la veracidad de estas aserciones. Cuando nuestros amigos se han enterado de esos nombramientos, se han congratulado conmigo, explicando el hecho como un éxito de nuestra acción cerca del Vaticano. En primer lugar, se ha congratulado toda la colonia de los eclesiásticos de la ciudad, mientras que, entre el Cuerpo diplomático, se han mostrado particularmente complacidos los representantes eslovacos en el Quirinal y en el Vaticano quienes ven en este hecho un paso adelante en las relaciones entre nosotros y la Santa Sede.»*» (La cita es, pues, importante, no sólo por lo que dice a propósito de lo excepcional de las relaciones entre la Santa Sede y el NDH, sino también porque el hecho del nombramiento es lógicamente interpretado por Rusinovic y, de rechazo, por los gobernantes de Zagreb, como una declaración de inocencia respecto a su conducta, y por los Gobiernos del Eje y de los países aliados al mismo, como una generosa e inesperada sentencia absolutoria de la política interna ustachi.) Prosiguiendo su informe, el doctor Rusinovic daba una verdaderadera y auténtica lección de Derecho público eclesiástico a su ministro, explicándole, con citas de cánones, el procedimiento seguido por la Santa Sede en materia de nombramiento de obispos y sus modalidades. «En nuestro caso —concluía—, me fue comunicado por la Secretaría de Estado del Vaticano que el abad Marcone había recibido de nuevo instrucciones de advertir al Gobierno, veinticuatro horas antes del nombramiento, sobre las intenciones del Santo Padre de nombrar obispos para las dos vacantes en Croacia. Desconozco la forma en que Marcone ha seguido estas instrucciones... Sea como fuere, puede decirte, con la mano sobre el corazón, que el nombramiento de los obispos en el NDH se considera como un éxito nuestro; y que he sido puesto en guardia contra el famoso Gobierno yugoslavo, el cual tratará de protestar contra los nombramientos a través de Londres.»1*1 Rusinovic había hablado oportunamente de la cuestión a Zagreb

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con el Poglavnik y el ministro de Asuntos Exteriores. Luego lo refirió en el informe del 27 de abril, después de haber sabido que la Santa Sede se disponía a proceder a los nombramiento, «pese a no tener nosotros relaciones oficiales» con ella; y para avisar que el Poglavnik sería informado de los nombres de los candidatos a través del legado, Marcone. Por dicho informe se pone también al corriente de los distintos casos, que eran los de Djakovo,102 Ragusa, Mostar y Krizevci. La sede de Ragusa —decía— estaría aún vacante por algún tiempo. Para Krizevci sería nombrado probablemente el doctor Simrak. Había varios candidatos para Djakovo: Gas, Guncevic y Seper.103 En cuanto a Mostar, el «Vaticano no quería a un obispo franciscano para la sede», pese a que los franciscanos hicieron lo posible por conseguirlo.104 Más aún, el Vaticano pedía para éstos la ayuda del Gobierno, «ya que se elegirán personas religiosas y nacionalmente dignas de ser obispos». El 15 de abril fueron nombrados obispos de Mostar Krizevci:105 respectivamente, monseñor Petar Cule y monseñor Jan Simrak. El nombramiento del titular de Ragusa fue aplazado, lo mismo que el del Ordinario de Djakowo, sobre cuyo más probable candidato (monseñor Josip Guncevic) volvió a expresarse más tarde el sucesor de Rusinovic, quien añadía, no ciertamente en disonancia con él: «Queremos subrayar que el Vaticano, todavía recientemente, en la cuestión del nombramiento de los obispos para las sedes vacantes, consideraba que, excepto en los casos de gran necesidad, se deberían nombrar nuevos obispos al terminar la guerra, a fin de elegir personas adecuadas a la situación posbélica. Por el contrario, ahora parece que hayan cambiado de actitud y que están dispuestos no sólo a proceder a los nombramientos, sino también a ponerse previamente de acuerdo con el Gobierno croata sobre las personas que pueden ser tenidas en consideración.»106 Pero Lobkowicz se hacía ilusiones. No habría más elecciones episcopales en Croacia, dada la agravación, ya evidente, de la situación para las potencias del Eje y, por tanto, para Croacia. Si, en 1942, se había llegado al nombramiento de los Ordinarios de Mostar y de Krizevci, fue precisamente por la razón opuesta: o sea, por las previsiones optimistas que parecían sonreír a las potencias del Pacto Tripartito. En suma, la Santa Sede se dejaba influir predominantemente, si no de una manera exclusiva, por los acontecimientos políticos en relación con ese futuro que presumiblemente se pondría en marcha al terminar la guerra. Para demostrarlo basta citar las promesas, en modo alguno cautas, de los dirigentes de la política vaticana a propósito de

la instauración de relaciones oficiales entre Croacia y el Vaticano. El 13 de setiembre de 1941, monseñor Seguic entrevistóse en Roma con monseñor Boehm, redactor del Osservatore Romano y, naturalmente, habló con él de la cuestión del «reconocimiento». Y he aquí la respuesta de su mentor: «La Santa Sede procede siempre así. Así procedió también con Polonia cuando fue constituida. Tiene fijos en ella los ojos de todo el mundo católico: no debe parecer parcial. Que lo reconozca solamente un gran Estado neutral, y el Papa lo hará en seguida. El primer paso podrían darlo Brasil o Argentina. Depende de vosotros, croatas, procurar crear disposiciones favorables respecto a vosotros. »—Nos ha reconocido España, o nos reconocerá dentro de algunos días. »—No es suficiente, porque no es un país neutral. Es aliada del Eje. No os ha reconocido Suiza. Pero la Santa Sede demostrará, siempre que sea necesario, que quiere a los croatas y a Croacia.»107 El monseñor periodista es más bien fácil. Pero lo curioso es que al día siguiente, al visitar por segunda vez a monseñor Tardini, monseñor Seguic pareció encontrar una confirmación de la tesis de Boehm: «Me ha dado también la impresión de que la Santa Sede reconocería inmediatamente de jure al NDH tan pronto como lo hiciera cualquier país neutral americano o latino.»108 Tal vez esta impresión pecaba de optimismo: es cierto que las opiniones que pocos meses después recogerá Rusinovic de varios prelados interpelados —monseñor Arborio Mella, monseñor Prettner-Cippíco, etc.—, no se apartan mucho de las perspectivas que dejara entrever Boehm. Más todavía. Monseñor Montini, a principios de marzo de 1942, da a entender claramente que las relaciones oficiales pueden ser una meta en modo alguno hipotética: «Recomiende moderación a su Gobierno y a los círculos gubernamentales, y en cuanto a nuestras relaciones, todo irá bien. Basta que ustedes procedan bien, y la forma de las relaciones vendrá por sí misma.»109 Más explícito aún fue el propio Pío XII, al recibir a Lobkowicz, el 22 de octubre del mismo año: «EL Santo Padre me recibió de una forma extremadamente benévola, subrayando, con una sonrisa, que me recibía como a un camarero secreto suyo y que espera hacerlo de otra forma dentro de poco.»11' Por lo demás, que ésta era una meta que se iba acercando lo atestigua el progresivo mejoramiento de la atmósfera vaticana respecto a Croacia. Como escribe el doctor Rusinovic, el hielo se

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derretía cada vez más. Es más fácil seguir a través de sus informes los progresos que iba realizando personalmente y, junto con ello, la causa a la que servía: «4-III-1942: En primer lugar, quiero informarte de que el interés por nosotros y por nuestras cosas en el Vaticano es cada día mayor y, en consecuencia, mi trabajo es también cada vez más fácil... »27-IV-1942: La atmósfera respecto a nosotros mejora de día en día: se adopta una posición positiva hacia el NDH. »28-V-1942: Ahora empieza a ir bien incluso para mí.111 En efecto, cada día recibo visitas de sacerdotes y frailes; incluso vienen a verme los del Vaticano, así como otros representantes diplomáticos que conozco.» Lobkowicz, en su carta del 13 de julio de 1943 al jefe del Departamento del sector político de Zagreb, Dr. hon. c. Vilo Bacic, dirá aún de uno de sus últimos actos en Roma, antes de la caída del fascismo: «Durante nuestra actividad hemos tenido ocasión varias veces de comprobar que el comportamiento del Vaticano respecto a Croacia ha experimentado un progresivo mejoramiento, y que el Vaticano ha comprendido la importancia y el papel de Croacia respecto a la Iglesia en la Europa sudorienta!.» d) Comportamiento de Estado. de los máximos dirigentes de la Secretaría

Si el día tan anhelado no vio la luz, fue sólo porque la suerte de la guerra se puso en contra del Eje, y la Santa Sede acabó por considerar superfiuo perder el tiempo con el régimen ustachi. Pero mientras la situación no estuvo clara, los funcionarios y dirigentes de la Secretaría de Estado se guardaron bien de comprometer relaciones que podían tener consecuencias; es más, con este fin evitaron por todos los medios atribuir demasiada importancia a lo que ocurría en Croacia o, habiendo de aludir a ello por el propio bien del NDH y de la Santa Sede, lo hicieron siempre con la más absoluta circunspección. El primer ejemplo, impresionante, de este «control diplomático», lo dio monseñor Sigismondi, a la sazón jefe de la Oficina de Croacia en la Secretaría de Estado, al abordar con Rusinovic la «cuestión de los conversos». «... La Santa Sede se alegra de ello, pero me ha repetido que por este motivo la Prensa americana e inglesa nos atacan diciendo que las conversiones se efectúan bajo una fuerte presión guber-

namental; la Santa Sede no cree en todo esto: pero se recomienda actuar gradualmente para evitar los reproches, las calumnias y las molestias para la propia Santa Sede...» m Menos despreocupado, pero igualmente souple, es, por lo demás, el comportamiento de los máximos dirigentes de la política vaticana: Montini, Tardini y Maglione. Del primero, conocemos ya el ataque inicial reservado al diplomático novel: «¿Qué ha ocurrido en Croacia? ¡Por qué se ha armado tanto ruido en el mundo en torno a ella? ¿Es posible que se hayan cometido tantos delitos? ¿Y es cierto que se maltrata a los internados en los campos de concentración?» Pero todo acabó allí. En efecto, Rusinovic refiere tranquilamente y con satisfecha complacencia: «Lo he puesto todo en su sitio, colocando en su justa luz la obra de la propaganda enemiga, y en cuanto a los campos de concentración, he dicho que podrá documentarse mejor a través de la delegación apostólica de Zagreb. He añadido también que han sido invitados a visitar los campos de concentración los periodistas extranjeros, y que éstos han declarado después que son completamente adecuados a una permanencia regular y a las exigencias higiénicas. Los internados puestos en libertad hablan muy bien de ellos y elogian, sobre todo, el trato recibido... Se ha declarado satisfecho y ha añadido que la Santa Sede aceptaba con reserva las noticias (contra Croacia), y que ahora se siente feliz al poder oír hablar de ello directamente a un croata católico.»113 Y el informe prosigue: «Se ha interesado especialmente por los eslovenos que viven en Croacia. Se compadece de este pueblo y ha dado orden a Marcone de ayudarlos en lo posible, incluso materialmente. La Santa Sede no dispone de muchos medios, pero hará cuanto pueda por ayudarles. Me dijo que el Santo Padre está muy reconocido al Gobierno croata por haberlos acogido, y que está enterado también del caballeroso comportamiento del Gobierno croata. Ha empleado precisamente esta expresión. Ha añadido también que quizá los eslovenos no saben todavía cuánto bien han recibido del pueblo croata en tiempos tan difíciles, pero que llegará el día en que lo sepan valorar. Dios recompensará a los croatas que, aun luchando con tantas dificultades, consiguen mostrar comprensión por los que sufren. »Luego se ha hablado de Calmacia y me ha preguntando cuántas diócesis croatas han pasado a Italia. Cuando le he dicho que en los territorios anexionados se encuentran las diócesis de Krk, Sibenik y Spalato, se ha extrañado mucho y ha dicho: "Eso debe ser muy triste (sic en el informe de Rusinovic) para el pueblo croa23 — 2813

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ta, pero hay que tener paciencia." Prosiguiendo, me ha asegurado que el Santo Padre quiere sinceramente a los croatas y que está dispuesto a ayudarles. "Le agradezco cordialmente la visita; he tenido mucho gusto en haber hablado con un representante del pueblo croata católico. El pueblo croata ha cumplido hasta ahora su misión en la Historia, y lo sabrá hacer así también en el futuro." Así ha terminado sus palabras, e inmediatamente después me ha preguntado cuántos católicos hay en Croacia. Cuando ha oído mi respuesta, o sea, que somos cinco millones, me ha dicho que ello tiene un gran significado para la Iglesia católica en aquel territorio. "El Santo Padre les ayudará, podéis estar seguros." Así me ha dicho al despedirse.» Amago de ataque, escucha paciente, rendición generosa: he aquí los tres tiempos que caracterizan el clisé de toda audiencia de los representantes ustachis por lo que se refiere al comportamiento de los dirigentes de la Secretaría de Estado. Al año siguiente, al recibir a Lokowicz, que había ido a verle para hacerle entrega de algunas publicaciones, Montini siguió la misma táctica: «... Le ha entusiasmado la presentación de los Principios ustachis y ha expresado el augurio de que su realización tenga tanto éxito como ha tenido el libro. Ha oído hablar del Libro gris. Está convencido de que Croacia es un baluarte (ein Bollwerk) contra el bolchevismo: dice que la Santa Sede lo sabe y que interesa a todos que Croacia conserve sus fronteras actuales hacia el Este. Los croatas no podrán nunca estar mezclados con los servios. Pero ha dicho: "No puede usted imaginar cuántas protestas llegan de la propia Croacia por las represalias de las autoridades ustachis, las cuales no hacen diferencia entre culpables e inocentes, precisamente como dice usted de los italianos; sólo que los italianos se encuentran en un país que no es el suyo, entre gente desconocida, mientras que ustedes son injustos contra ustedes mismos". Finalmente, ha añadido que el Santo Padre estaba sinceramente contento del telegrama del Poglavnik con motivo del aniversario de su coronación.»114 Una vez más, la iniciativa de aludir a los crímenes ustachis partió de Montini. Y no sólo esto, sino que el término usado («represalias») resultaba bastante fuerte; finalmente, añadió que hablaba a base de muchos indicios. Pero, ¿por qué aquella diversión final? ¿Acaso no era el Poglavnik el ideólogo y el estratega de la lucha de exterminio antiservio? ¿cómo podía el Papa estar reconocido a los augurios procedentes de semejante responsable? La actitud de monseñor Tardini no era muy distinta. Era el único de los tres máximos dirigentes que conocía directamente

Croacia, ya que la había atravesado durante un viaje y habiendo hecho probablemente alguna etapa, de forma que pudo decir haber «conocido a los croatas algo más de cerca» y haberse formado «una opinión muy buena de ellos». Tan buena, añadió en seguida hábilmente, «que le extraña cómo ha podido ocurrir todo eso, que es causa de calumnias por parte de sus enemigos». Pero éste fue el último palmetazo de su primera entrevista con Rusinovic. Anteriormente, el Secretario de asuntos eclesiásticos extraordinarios había tejido esta reprimenda agridulce a aquel colegial ya no tan rebelde que se hallaba ante él: «Croacia es una nación joven (sic), y más joven aún como Estado, y los jóvenes cometen con frecuencia errores ligados, fatalmente, a su edad; por eso no es de extrañar que también los haya cometido Croacia. Esto es humano y se puede comprender y justificar; sin embargo, los enemigos no admiten ni lo uno ni lo otro; es más, tratan de crear [errores] incluso allí donde no los hay. De ahí el gran alboroto que se ha armado en torno a Croacia. Sin embargo, hoy, Croacia, que existe hace ya casi un año, tiene cierta experiencia. Lo que no es bueno, hay que arrojarlo lejos de sí. La mayor virtud, tanto del individuo como de la sociedad, de un pueblo como de un Estado, están en saber reconocer los errores cometidos, porque sólo de este modo se pueden corregir. Croacia es rica en hermosas tradiciones, y éstas son ya una garantía de un porvenir brillante, si los guías del pueblo croata siguen la invitación que la Providencia ha dirigido al pueblo croata, pensando siempre en su misión histórica en el propio territorio y en la situación general del mundo. La posición de Croacia es difícil, lo sabemos muy bien, pero con inteligencia, buena voluntad y la ayuda de Dios, superaréis todas las dificultades. »Por lo que respecta a la política interna, tienen ustedes el problema de los servios. La Santa Sede sabe muy bien lo que sufrieron los croatas durante los dos úLtimos decenios en la Monarquía unida (con estas palabras precisas se ha referido a Yugoslavia). Recordamos muy bien las instrucciones que dimos a nuestro nuncio en Belgrado, pero pueden ustedes estar seguros de que él intervino en favor de los croatas y que, si no otra cosa, intentó siempre impedir lo que los oprimía Para ustedes es duro, han cometido injusticias contra ustedes; pero como quiera que ustes son buenos católicos y viven cristianamente, saben que el cristiano debe perdonar a sus enemigos, y así deben proceder ustedes. Pero aun prescindiendo de esto, no es sabio, políticamente habLando, atraerse la enemistad de los pueblos que viven con ustedes bajo el mismo techo. Es necesario tener paciencia y moderación y buscar la manera de amalgamarlos con ustedes; mas para esa se requiere un

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poco de tiempo. Éste es el único camino para conseguir un éxito duradero. Croacia debe seguir atentamente también el desarrollo general de los acontecimientos políticos. Es un Estado eminentemente católico, y por eso debe ligarse fuerte y sinceramente con los grandes pueblos católicos, como, por ejemplo, Italia, porque ninguno de nosotros sabe qué podrá ocurrir después de este gran conflicto... »Luego hemos hablado del Parlamento. Puedo decirte que la reunión del Parlamento ha tenido un eco político excelente no sólo en el Vaticano, sino también en los círculos políticos de aquí. El trabajo del Parlamento es seguido por el Vaticano y registrado por el Osservatore Romano, pero no acabo de entender por qué no han publicado que todo el Parlamento, con el Gobierno en pleno, presidido por el Poglavnik, ha ido a la iglesia para entonar el "Veni, Creator", lo cual, a fin de cuentas, habría debido interesarles más que cualquier otra cosa, y yo achaco la culpa a la redacción. Tardini ha dicho que se trataba sin duda de una inadvertencia, ya que la noticia había sido tomada de la Agencia Stefani o de alguna otra. Pero lo cierto es que este acto ha agradado mucho... «Nuestra entrevista se ha desarrollado cordialmente, y, al despedirnos, Tardini ha augurado todo el bien al pueblo y al Estado croatas, asegurándome que estaba a mi disposición si necesitaba algo.»115 Dan ganas decir: «El que tenga oídos, que oiga.» En efecto, el texto es claro. Las alusiones no son equívocas. Y si la reprimenda es sustancialmente blanda, se ha de tener en cuenta que era la primera entrevista con el novel representante. Pero, ¿cambió en realidad más tarde el tono? En los informes de Rusinovic no se encuentra indicación alguna al respecto. En uno de Lobkowicz, un año posterior (14 de abril de 1943), los temas predominantes son los nombramientos episcopales (en defensa de la libertad de la Iglesia respecto a toda injerencia estatal, en interés del propio Estado) y el oscuro porvenir de Croacia (Tardini mostróse pesimista: «Según todos los indicios, se puede esperar una paz tan injusta como la de Versalles, independientemente de quién la haga»; las noticias son cada día peores; Vavenir c'est noir). Pero, al principio, Lobkowicz le presentó una copia de los Principios ustachis traducidos al latín, haciéndole notar de qué forma estaban saturados de espíritu cristiano; e inmediatamente, con una sonrisa maliciosa, Tardini lanzó su flecha: « ¿ Y a esto le llama usted espíritu cristiano?» Sin embargo, en seguida alabó Los horrores de los errores, de Pavelic, diciendo que habla oído hablar mucho y bien de la obra. En suma, un dardo, e inmediatamente después la aplicación del antidoloroso, para aliviar la herida, suponiendo que la

hubiera causado. Sin embargo, lo cierto es que tanto Rusinovic como Lobkowicz no se encontraron jamás verdaderamente a disgusto ante los dos dirigentes de la Secretaría de Estado; o, si lo estuvieron, fue sólo durante unos segundos. El hecho de que sus puntos de vista acababan siempre por ser aceptados, hacía que salieran de aquellas audiencias más bien eufóricos.115"" Esto vale también sustancialmente y, pese a las apariencias, por lo que respecta a las entrevistas con el cardenal Secretario de Estado, el personaje al cual tenían más fácil acceso (probablemente, para darles mayor carácter de solemnidad oficial y, al mismo tiempo, para contrapesar la inaccesibilidad del pontífice). La única diferencia estriba en que, contrariamente a sus colaboradores, prefería oír a hablar y evitaba siempre pronunciarse, por lo cual la interpretación de sus silencios resultaba un auténtico rompecabezas.116 En los comunicados de los dos representantes ustachis, la personalidad de Maglione adquiere un relieve de solemne austeridad: moderadísimo siempre, preciso sin pedantería, duro sin retórica, poco sacerdote y de una frialdad casi inhumana pero inexorable en el cumplimiento de su deber y en la defensa de sus principios, es evidente que el Secretario de Estado los intimidaba y subyugaba. Su modo de comportarse queda perfectamente retratado en el informe escrito por Rusinovic el 8 de febrero de 1942, cuatro días después de la primera audiencia que se le había concedido (véase página 344). En un informe posterior, del 4 de marzo, es sintomática la comparación entre la actitud de Maglione y la de Montini y Tardini: «La conversación con ellos ha sido mucho más fácil y fluida que con el cardenal Maglione, el cual es hombre de pocas palabras, y las dos veces que hemos hablado, me ha dejado a mí completamente la iniciativa de la conversación.» El diplomático principiante no tuvo ni la menor sospecha de que aquélla pudiera ser la táctica de un hábil indagador, pero también una manifestación de desconfianza, además de cautela. El hecho es que, frente a Maglione., Rusinovic se veía obligado a sostener largos monólogos (en cierta ocasión, hasta de cuarenta minutos) 116 "" de carácter histérico-apologético, sobre las relaciones entre croatas y servios, desde los siglos más remotos hasta el presente. Maglione escuchaba siempre en el más absoluto silencio, sin rebatir jamás; luego le daba lacónicamente Las gracias por las informaciones «tan exactas», evitando siempre pronunciarse. «Le he expuesto los hechos que caracterizan la situación en aquellos lugares. Él no ha dicho nada a este respecto, pero se ha extrañado.»11'

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¿Extrañado de qué? ¿En sentido favorable a las razones aducidas, o desfavorables frente al descaro (o a la buena fe) de su informador? Aquel silencio y aquella extrañeza siguen siendo un misterio. Rusinovic, se intuye claramente, se hallaba sorprendido por tal conducta, pero, como no tenía motivos de sospechar lo peor, se abstenía de todo juicio. Y el comunicado de Lobkowicz es exactamente el mismo Cuando, a primeros de febrero de 1943, comunicará a Zagreb haber presentado a Maglione el Libro gris ustachi sobre los delitos de los servios, se limitará a comprobar: «[Maglione] ha quedado sobrecogido ante los horrores descritos, pero no ha expresado juicio alguno.»118 Ni siquiera las escasas palabras que el Secretario de Estado se permitía de cuando en cuando ayudan a resolver el enigma. «[El cardenal] —escribe Rusinovic el 25 de marzo de 1942— me ha confirmado que sobre nosotros llegan noticias no muy buenas a ellos (o sea, la Secretaría de Estado).» Y aún: «Finalmente, [Maglione] me dice que es necesario recomendar templanza, con la cual se puede conseguir más que con la fuerza, y, por lo que se refiere a los conversos, la Santa Sede se alegra de ello, y Croacia puede obtener beneficios políticos del hecho, pero es necesario evitar todo cuanto pueda dar al enemigo pábulo a la calumnia.» Si, en la primera cita, el eufemismo («noticias no muy buenas») puede ser glacialmente irónico, en la segunda, la palabra clave, «templanza»,119 es totalmente inadecuada a una situación de tierra calcinada como entonces se hallaba en marcha en Croacia. Sea como fuere, en todo caso, ¿las conversiones forzadas fueron evitadas de por sí, por el intrínseco sacrilegio y la repugnante cohorte de sangre que las caracterizaban, o simplemente para cerrar la boca al enemigo? Y la del enemigo, ¿era realmente una calumnia, si respondía a una abominable realidad? Por lo demás, aun para Maglione, toda despedida era casi siempre una capitulación prevista. En la entrevista con Rusinovic, referida, por éste el 26 de febrero de 1942, el representante ustachi le habló del catolicismo y de los jefes del Nt)H: «...el Gobierno croata es eminentemente católico y guiado por un católico, no sólo de palabras, sino de hechos, quien tiene una capilla en su casa y es practicante convencido, por lo cual no ha podido permitir las acciones que le atribuyen sus enemigos. Sabemos que la fe no es verdadera si no tiene su origen en el espíritu y si no es espontánea.» Pues bien, Maglione, al oír estas palabras, pronunciadas con fervor y convicción, pareció incluso conmoverse:

«El cardenal me ha contestado: "Le estoy muy reconocido por estas palabras, y le ruego que acuda a mí cuando tenga algo bueno que comunicarme".» De todas formas, hasta Maglione no sólo acabó por descongelarse poco a poco,120 sino que, en su complacencia por los representantes ustachis, se dejó llevar a comportamientos que dejan seriamente perplejos: como las presiones sobre Stepinac para que se mostrase más maleable con los gobernantes de Zagreb. Y Lobkowicz escribió, en mayo de 1943 (relac. n.° 7/43): «He aludido al modo de comportarse del arzobispo de Zagreb, que no es siempre de lo más afortunado, y que he deducido de mis conversaciones con el Poglavnik y con monseñor Marcone. Por la actitud del cardenal y por su modo de hablar, he visto que estaba al corriente de ello. El cardenal se ha expresado con gran franqueza, diciendo que consideraba poco agradable que el arzobispo no llegue a encontrar el camino justo en las relaciones con el Estado; aprovechará la inminente visita del arzobispo para aconsejarle, con todos los respetos, un comportamiento idóneo y más sincero y cordial. El cardenal considera que el arzobispo puede conseguir mucho, dada su posición de pastor de almas, a propósito de cuanto ocurre de desagradable, pero que antes debería procurar hacerse con la confianza del Gobierno.» Y monseñor Montini lo siguió en la línea apuntada: «He visitado también al segundo secretario de la Secretaría de Estado, monseñor Montini, con el que he tratado de los mismos temas a que he aludido anteriormente. Monseñor Montini me ha prometido que se procurará que el arzobispo adopte una actitud más adecuada.» Por tanto, no es de extrañar que ambos diplomáticos in spe, al ver siempre, de una u otra forma, rendirse a sus interlocutores, quedaran convencidos de que, en el fondo, enfrentarse con los jefes de la Secretaría vaticana era, a fin de cuentas, un juego de niños, dado que bastaba un poco de chachara para hacerles entrar en razón. Pues bien, lo que a uno le deja más perplejo sobre el comportamiento de los tres dirigentes de la política de la Santa Sede es el hecho de que abandonaran, en el caso.de la Croacia ustachi, la norma en uso bajo Pío XII, al menos mientras vivió su primero y único cardenal Secretario de Estado, y que podríamos llamar de la división de cometidos: o sea, el recurso a la amabilidad paterna por parte del Papa y —naturalmente, cuando fuese necesario, como en el episodio típico de la visita de Ribbentrop al Vaticano en marzo de 1940— el uso de la denuncia abierta y sin eufemismos por parte de sus colaboradores. El silencio de éstos —apenas inte-

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rrumpido de cuando en cuando por vagas alusiones— extraña tanto más cuanto que la posición de los dos representantes ustachis era muy ingrata por su intrínseca precariedad, y no encontraba en modo alguno remedio, por lo menos en el caso de Rusinovic, en una personalidad destacada. Joven e inexperto como diplomático, pero, sobre todo, nuevo en un ambiente como el vaticano, hasta el punto de hacer escribir al padre Wurster que su conocimiento de la Santa Sede se fundaba en una biografía de Pío XII y en el Anuario Pontificio, todavía al final de su misión reconocía candidamente a su amigo Mladen Lorkovic: «Estoy viviendo en el aire, como un edificio que no está en el cielo ni en la tierra». Pues bien, ¿se necesitaba acaso valor, por parte de los jefes de la Secretaría de Estado, para hablar con decisión y en la propia casa a un jovenzuelo cohibido como él? Como se podrá deducir de la lectura del Apéndice a este ensayo, en los ambientes curiales los ustachis no encontraban más que ignorancia o aversión por su propio régimen; los simpatizantes o amigos del NDH podían contarse con los dedos. Un motivo más, para los dirigentes de la política vaticana, para no andar con miramientos respecto a los mismos. Y también otro motivo habría tenido que brindárselo el hecho de que a las violencias y brutalidades ustachis se contraponían en el territorio de Croacia, aunque en número inferior, las de los chetniks y partisanos. Si prefirieron el silencio en este sentido, es evidente que lo hicieron sólo por la preocupación de evitar inútiles fricciones con un Estado católico respecto al cual podía ser siempre útil a la Santa Sede que se mantuviera sumiso y fiel. Sin embargo, naturalmente, se puede también presumir que los dirigentes de la Secretaría de Estado tuviesen en cuenta de una manera muy relativa a los representantes del NDH cerca de la Santa Sede, mientras depositaban toda su confianza en el legado que habían elegido para representarlos en Zagreb. Pero el hombre al que se había encargado de una misión tan delicada, ¿estaba realmente a la altura del cometido que se le había confiado, y lo cumplía como se le había ordenado? Una vez más hemos de admitir que resulta imposible dar una respuesta segura en este sentido, ya que, aparte los llegados hasta nosotros, no hay ningún documento adecuado para dar una idea del comportamiento real del legado Marcone, tanto respecto al episcopado como frente al Gobierno. Sin embargo, el comportamiento del Gobierno de Zagreb, así como la confianza en el abad, tanto por parte de Rusinovic como de Lobkowicz,120 b" inducen a una respuesta negativa. En el terreno de la conjetura, podemos arrojar también luz sobre el probable porqué de su elección. Paisano y amigo personal

de Maglione, debió de ser precisamente el cardenal Secretario de Estado el que lo eligiera como el candidato ideal para aquel puesto, y con más motivo conociendo sus lazos con la Casa de Saboya o, por lo menos, con el príncipe heredero, Humberto.121 En cuanto a ideas políticas, lo más probable es que no fuese antifascista, aunque no era tan propenso al régimen como su secretario. En efecto, es seguro que monseñor Giuseppe Masucci122 era un discípulo particularmente apreciado por él, y por eso debió de elegirlo para que lo secundara en su misión; mas, por lo menos, habría podido evitar que se expusiera demasiado, políticamente hablando, aunque hubiera sido sólo (por lo que sabemos de él) en el ámbito de la colonia italiana. Según monseñor Prettner-Cippico, su nombramiento como legado papal en Zagreb fue muy bien acogido por el abad de Montevergine, el cual quedó muy agradecido a su amigo y protector; además, Marcone se reveló como uno de los más celosos representantes de la Santa Sede, al menos en cuanto a la frecuencia y amplitud de sus informes (escritos casi siempre a pluma, no a máquina). Por otra parte, de la Prensa ustachi se deduce, con indudable evidencia, su asidua (aunque para un legado papal el término más adecuado serla tal vez el de excepcional)123 participación en la vida político-religiosa de Croacia. Además de sus frecuentes viajes por el país, no había ceremonia de cierta importancia en la que no participara, con evidente complacencia de las autoridades locales. Y precisamente este hecho induce a las mayores sospechas. En efecto, los gobernantes ustachis, que ya lo habían mantenido relegado durante siete meses al comienzo del desempeño de su cargo (por motivos polémicos con el Vaticano, que no le afectaban personalmente), ¿acaso habrían dudado en relegarlo de nuevo al silencio si hubiesen encontrado en él, en vez de un sostenedor, un censor y denigrador frente a sus superiores? No hay duda en la respuesta. Pero entonces, ¿qué hemos de pensar de las numerosas protestas que la Santa Sede —según monseñor Cippico— le hacía llegar por los delitos ustachis? ¿Acaso las comunicaba él a los destinatarios de una manera sensiblemente suavizada ¿O quizás eran tales como para excluir serias amenazas (como, por ejemplo, el retiro del legado y la rotura de relaciones con los representantes de NDH en Roma)? Pero, en el primer caso, ¿por qué la Santa Sede no procuró nombrar a un representante más eficiente, y con más motivo considerando la impresión que causaba la omnipresencia oficial de Marcone, tanto en Croacia como fuera de eLla, complicando a la misma? Y, en el segundo, ¿acaso no se tiene la prueba de la singular actitud de reticencia y debilidad hacia un

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régimen que, sobre todo, no era tal como para infundir terror al Vaticano? e) Comportamiento personal de Pío XII

Después de cuanto hemos dicho, se puede dar casi por descontada toda conjetura a propósito de la acción personal de Pío XII. Naturalmente, también en este caso la única respuesta concluyente y decisiva puedan darla sólo los Archivos secretos vaticanos. Sin embargo, los documentos de que disponemos permiten formular, aunque de una manera muy cauta, algunas suposiciones que concuerdan en mostrar a Pío XII como un partidario más que benévolo de la Croacia ustachi. Por supuesto, ya que se guardó muy bien de pronunciarse públicamente de ninguna forma, sólo podemos acudir también, en este sentido, a la crónica de sus audiencias, a partir de la de monseñor Seguic, de setiembre de 1941 (aun cuando los fines de su informe no garanticen en modo alguno la integridad de su contenido): «...Me ha recibido monseñor Prettner-Cippico, para instruirme sobre el ceremonial con que debe uno acercarse al Jefe de la Iglesia. »E1 Santo Padre se ha interesado por todo lo que ocurre en Croacia; en particular, me ha preguntado por el Poglavnik y por los restantes miembros del Gobierno, así como por sus sentimientos y su educación religiosos. Con gran alegría, ha comprobado que la Santa Sede puede contar siempre con Croacia como Estado católico. Sabe que los croatas son acreedores de Europa, porque han defendido la civilización cristiana, mejor aún, católica... Me ha preguntando si los croatas están contentos de Marcone... "La personas que nos ha mandado el Santo Padre sólo puede producirnos felicidad y contento..." ...La audiencia ha durado más de media hora, con gran extrañeza de monseñor Cippico, ya que tales audiencias, concedidas hasta a los arzobispos, no suelen durar más de diez a quince minutos.»124 De los dos representantes ustachis en Roma conocemos sólo las audiencias concedidas a Rusinovic: la primera, por así decirlo, paraoficial, sólo al príncipe; la segunda, también a su familia. Sin embargo, de las dos, la segunda es la más importante, prescindiendo, naturalmente, del augurio que sobre su «carrera» hizo, en la primera de ellas, a su beneficiario. Helas aquí ambas: «22 de octubre de 1942. El Santo Padre me ha acogido, como siempre, de una forma extremadamente benévola, subrayando, con una sonrisa llena de comprensión, que me recibía como a su

camarero secreto, y que espera dentro de poco recibirme en otra condición. He informado al Santo Padre de la situación en Croacia, y en este sentido ha mostrado gran interés y comprensión. He aprovechado la ocasión para explicar al Santo Padre el trato imposible del Gobierno italiano en las regiones ocupadas y anexionadas. El Santo Padre ha prestado oído también a esto, pero sin declarar nada. En todo caso, no podía aprovechar esta primera entrevista para entrar en pormenores. 125 »3i de enero 1943. El Papa ha estado muy amable, y ha expresado su contento por la carta personal que le había dirigido nuestro Poglavnik... »E1 Santo Padre se ha interesado particularmente por las actividades de nuestra juventud ustachi, de lo cual le ha dado varios detalles mi hija mayor. »Le he explicado las teribles cosas que soportan nuestros hombres en los distintos campos de concentración de Italia, y el Santo Padre ha prometido que se interesará personalmente por ello. Añado aquí haber oído en el Vaticano que éste entregará una suma para ayuda a nuestros prisioneros. »Respecto a la situación en general, el Papa ha dicho que en el horizonte no se puede ver nada capaz de dar una idea de posibilidad de una próxima paz. Pese a ello, el Santo Padre, en estas dos últimas semanas, está de muy buen humor; lo han notado las personas de su séquito. Como me ha dicho su Maestro de Cámara, monseñor Arborio Mella di Sant'Elia, del humor del Santo Padre se puede intuir que tal vez pueda esperarse un desarrollo más favorable de los acontecimientos en relación con la paz, que es la mayor preocupación del Papa. «Acabada la audiencia, el Santo Padre me ha dicho que está disgustado porque, pese a todo, nadie quiere reconocer aún al principal y único verdadero enemigo de Europa, y no entiende por qué no se inicia contra el bolchevismo una verdadera acción militar común en forma de cruzada. »Tal vez extrañe algo esta declaración, conociendo la reticencia usada hasta ahora por el Papa sobre esta cuestión.»126 ¿Se trató tal vez de un momento de debilidad, por parte del muy comedido Papa Pacelli, estimulado por el clima «familiar» de la entrevista? ¿O fue el estado de excepcional euforia en que se encontraba, lo que lo hizo tan optimista e inclinado a las confidencias? ¿Y cómo juzgar la complacencia hacia las actividades de la juventud ustachi? Sea como fuere, meses después, Lobkowicz reSrió en Zagreb un episodio más significativo aún: «Dada mi condición de representante diplomático "no recono-

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cido", no es posible que participe en las distintas celebraciones con los otros diplomáticos. Para remediarlo en cierta forma y evitar la impresión de aislamiento del representante croata, con motivo de las celebraciones a las que asiste el Cuerpo diplomático, soy invitado a prestar servicio de camarero secreto. En tal condición figuré en el séquito papal durante la fiesta del aniversario de la coronación, el 12 de marzo, así como en ocasión de la entrada del Papa en la Basílica de San Pedro durante la cuaresma, el domingo 11 de abril. Al final de esta segunda ceremonia, al despedirse de su séquito, contra toda costumbre del ceremonial, el Santo Padre se me ha acercado y me ha dicho: "Conozco el significado especial de su presencia aquí: reciba mi especial bendición". No cabe duda de que esta distinción especial del Papa puede interpretarse como un honor para Croacia.»127 ¿Cabe atribuir alguna culpa a Lobkowicz por llegar a esta conclusión? El tono de estas audiencias demuestra, más allá de toda duda, que, en sus relaciones con los representantes ustachis. Pío XII no se limitaba a la benevolencia normal, sino que, muy gustosamente, iba incluso más allá. Desde luego, era, sobre todo, delicadeza por parte suya, dada la ingrata situación de los representantes ustachis; pero, ¿era sólo esto? De todas formas, esta delicadeza, acompañada de tan generosas manifestaciones de benevolencia hacia los jefes e instituciones de su país, ¿no era acaso excesiva teniendo en cuenta lo que ocurría en Croacia? Aunque la situación general o, mejor aún, la situación de las potencias del Eje, fuese un tanto difícil los primeros meses de 1943, ¿contaba acaso aún Pío XII con la supervivencia del NDH? La respuesta es sólo parcialmente positiva, y lo demuestra el verdadero contenido de la audiencia concedida al ministro Simcic y no comunicado a Lobkowicz en el informe oficial que se le expidió. Fue revelado por el propio Simcic el 2 de junio de 1947, durante un proceso celebrado en Zagreb contra algunos criminales de guerra y en el que tomó parte como testigo. Según su declaración, en los primeros meses de 1943, los más autorizados dirigentes de Croacia comprendieron que la guerra tomaba mal cariz para ellos y para el fascismo, y no sólo veían ya perfilarse la invasión rusa del continente, sino que esperaban de un momento a otro el desembarco de los angloamericanos en el Adriático. Por eso, con objeto de salvarse, decidieron valerse del partido de los campesinos de Macek, fingiendo hacerlo arbitro, en el momento oportuno, de la situación. Portavoz y encargado de sus colegas (incluso por sus funciones de fiduciario directivo general cerca del II Ejército italiano), Simcic se trasladó a Roma para sondear la posibilidad de apoyo,

tanto entre los círculos fascistas como en el Vaticano, y a tal objeto celebró entrevistas con monseñor Arborio Mella; con monseñor Madjerec, rector del Colegio ilírico; con el diplomático Galli, ex embajador italiano en Belgrado; con el embajador Guariglia, posteriormente ministro del Gobierno de Badoglio; con Brosio, también más tarde miembro del mismo Gobierno, etc. Éstos y otros, siempre según Simic, estaban en contacto con Ciano, y Ciano con el Vaticano, interesados en salvar al fascismo (eventualmente, sin Mussolini), separándolo de Alemania y haciéndolo pasar al campo de los aliados. El proyecto, expuesto por Simcic, para salvar a la Croacia ustachi, encontró buena acogida, ya que todos eran contrarios al renacimiento de Yugoslavia y propensas a replantear la cuestión de las fronteras croatas. La única dificultad era la simpatía que sentían por los chetniks. Cuando se trató de organizar la audiencia del Papa, el problema consistió en cómo prevenirlo oportunamente sobre el tema que se habría de abordar. Pero el Maestro de Cámara de Su Santidad, monseñor Arborio Mella, asumió la responsabilidad de la cuestión y, en efecto el propio Pío XII preparó la entrevista de manera que Simcic pudiera exponer sus propias ideas. Y he aquí la parte más interesante de la audiencia, según las propias palabras del ministro ustachi: «Cuando se pasó a examinar la situación del mundo (tras haber hablado de la Croacia), ... el Papa me dijo: " Italia encontrará pronto el modo de salirse de la guerra, y el pueblo italiano ayudará a crear la paz en el mundo. Italia está buscando el camino y lo encontrará. Yo actúo en este sentido. También los demás deben proceder así. Es necesario encontrar, en el ámbito de cada pueblo, personas capaces de entregarse activamente a este fin". El Papa se interesó especialmente por Macek y por el partido croata de los campesinos, considerando apto a este partido para la nueva situación en Croacia; luego habló del peligro del comunismo que amenaza al mundo. Inmediatamente dijo cómo habría de ser resuelta la cuestión de Croacia y de los otros Estados. Croacia debería saber realizar su parte. En Italia, colaborarán todos los hombre políticos, no sólo los de la oposición, sino también los actuales (los fascistas), y, al ver el peligro del comunismo y la lucha sin esperanza sostenida por Alemania, encontrarán el camino de su salvación. "Creo —continuó el Papa— que el pueblo alemán obrará de la misma forma, y es necesario que también la actuación de los pueblos balcánicos sea la misma. Estoy contento —dijo— de la reciente visita del general Antones cu. Al hablar con él comprendí que en los Balcanes hay circunstancias y deseos de seguir este camino ,y yo actúo en este sentido".»15"

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Si es cierto el informe postumo de Simcic, no cabe duda de que es altamente interesante. Pero no es en modo alguno tal (y esto es lo que nos interesa aquí) como para absolver a Pío XII de la acusación de filoustachismo. Como fuere, los polemistas yugoslavo-titoístas suelen criticar duramente incluso las distintas audiencias concedidas por Pío XII, entre mayo de 1941 y julio de 1943, a los dirigentes del NDH y a las formaciones de la policía y de la juventud ustachi. Ya conocemos las audiencias privadas. Las colectivas fueron las siguientes: «22 de julio de 1941. Audiencia a cien agentes de la policía croata, huéspedes de los carabineros en Italia, presididos por el jefe de policía de Zagreb, Eugen Kvaternik-Dido. »6 de febrero de 1942. Audiencia a la juventud ustachi croata de Roma (106 personas en total). »Final del mismo mes. Audiencia a la colonia croata romana. «Diciembre de 1942. Nueva audiencia a la juventud ustachi.» Como se ve, estas audiencias no son muchas y, en todo caso, no tan siniestramente significativas como se ha pretendido hacer creer.129 El 22 de julio de 1941, el NDH tenía sólo tres meses de vida, y su policía, evidentemente, otros tantos. Mientras, había cometido sin duda no pocos delitos, pero el Vaticano podía muy bien ignorarlos o haber recibido una versión justificativa de los mismos (necesidad de reaccionar a los ataques de los servios o de los adversarios del régimen, producidos indudablemente las primeras semanas después de la Constitución de la Croacia independiente). Y en la audiencia del 6 de febrero de 1942, según los datos que poseemos, parece que la mayor parte de los jóvenes estaba constituida por los estudiantes de teología croatas que frecuentaban las universidades romanas, pertenecientes tanto al clero secular como a las órdenes religiosas (los no eclesiásticos iban con uniforme ustachi). Finalmente, la frase de despedida, «¡Vivan los croatas!», dirigida por Pío XII a los participantes en la audiencia de diciembre del mismo año, y que tan felizmente sorprendió a Lobkowicz «(no lo hizo con ocasión de la audiencia colectiva concedida a la colonia croata de Roma a fines de febrero de este año. Cuando se sabe que en el Vaticano todos los datos e incluso las más pequeñas palabras son premeditados, no cabe duda de que puede verse en este episodio un pequeño progreso)»,130 no fue, sin duda, un grito político, de bendición o sanción de las reivindicaciones autonomistas croatas, y mucho menos de reconocimiento de la legitimidad del régimen ustachi. Por el contrario, un problema distinto por completo plantean no tanto las audiencias al Poglavnik —una concedida y otra sólo

prometida— cuanto las relaciones sostenidas con él durante unos cuatro años. Aparentemente, todo se reduce, por parte del pontífice, a la solicitud en responder a todo envío de augurios por parte de Pavelic o de algún obsequio bien modesto, como el de un rosario, del que habla Rusinovic en un informe suyo. Cosas más que lícitas y que no habrían hecho jamás rasgarse las vestiduras a nadie, si Pavelic no hubiese sido el jefe de un Gobierno responsable, directa o indirectamente, de las violencias que conocemos. Es cierto que hasta ahora no se ha escrito sobre Pavelic un estudio histórico libre de prejuicios. Personalmente se le han imputado afirmaciones que, según parece, no habrían salido jamás ni siquiera de la boca de Hitler,131 e igualmente se le ha atribuido algún episodio escalofriante (como el de la cesta de ojos humanos, que Curzio Malaparte habría visto sobre su mesa de trabajo durante una entrevista). Pero resulta difícil decir cuánto puede haber de cierto y de inventado en rumores de esta índole. Su actitud externa, fijada en millares de fotografías (centenares de las cuales lo reproducen precisamente entre obispos, sacerdotes, monjas, novicias, frailes y seminaristas), es siempre introvertida y severa: nunca con una sonrisa, pero muy lejos de la loca fijeza de Hitler o de la desenvoltura y descaro demagógico de Mussolini. Hoy cualquiera puede visitar, a pocos kilómetros de Zagreb, la famosa Villa Rebar, que fue su residencia hasta que la amenazaron los partisanos; pero no la circunda ninguna leyenda de orgías o libertinajes. Naturalmente, esto no modifica en nada sus responsabilidades históricas. A la hora de enjuiciar, no se hace con el hombre privado Pavelic, sino con el hombre público. Aunque el primero hubiese sido un asceta, personalmente inmune a toda violencia en las palabras o en los hechos, sobre las espaldas del segundo pesa una carga inverosímil de matanzas y sevicias. Y Pío XII, si como sacerdote podía permitirse un interés pastoral por el hombre privado, como Papa no podía olvidar que tenia que tratar sobre todo con el jefe de Estado. Pues bien, lo primero que desconcierta en su comportamiento respecto al dictador ustachi son las continuas manifestaciones de entusiasmo por el «sincero catolicismo» de Pavelic. Que se lo permitiera con monseñor Seguic en setiembre de 1941 es aún comprensible, pero que la farsa se repitiera una vez más en setiembre de 1943, y por iniciativa suya, es realmente excesivo. «Al final de la entrevista —dice el informe del ministro Simcic sobre su audiencia—, el Papa ha dicho que los croatas son un pueblo de buenos católicos y que está muy contento de haber tenido ocasión de hablar con el Poglavnik, de quien dicen todos que es un católico practicante, lo cual lo consuela y lo llena de alegría.

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Yo se lo he confirmado y he añadido que esperaba la llegada del Poglavnik a Italia, y que estoy convencido de que en aquella ocasión será su deseo pedir la bendición del Papa: "Se la impartiré con mucho gusto también en aquella ocasión".»132 No hay objeción sobre la razón de Estado que aconsejaba por lo menos la audiencia privada a Pavelic; pero lo que resulta incomprensible es que el Papa Pacelli no hubiese advertido la ironía del epíteto «Croacia practicante» aplicado al Poglavnik de Croacia. Otro motivo de estupor nos lo ofrece el hecho de que cualquier gentileza de Pavelic parecía llenar de contento a Pío XII: «El Papa —ha escrito Lobkowicz en uno de sus informes (aunque muchos otros, también de Rusinovic, repiten el mismo estribillo)— ha expresado su contento por la carta personal que le ha dirigido nuestro Poglavnik, que le he entregado, según el protocolo, a través del cardenal Secretario de Estado, junto con la traducción latina de los Principios ustachis. Esta prueba de atención ha alegrado visiblemente al Santo Padre.»133 Pero, sin duda, el hecho que sorprende más en la actitud de Pío XII y que se nos muestra, además de incomprensible, verdaderamente inaceptable, es que, tanto con el Poglavnik como con los diversos representantes ustachis que se acercaron a él, evitara siempre siquiera insinuar el tema de los exterminios que seguían perpetrándose en Croacia. En sus palabras, Croacia parece un reino ejemplar, si no idílico, con el cual la Santa Sede está impaciente por establecer relaciones oficiales y duraderas, para enlazar las modernas vicisitudes con la historia de su glorioso pasado: no es el país en que son asesinados, por motivos de religión, así como de racismo y de hegemonía política, centenares de millares de ortodoxos; donde se da cruenta caza a judíos y cíngaros. La nueva Croacia tiene jefes cristianísimos, se prepara a dar al catolicismo el reconocimiento de religión del Estado, honra a los obispos con el lacticlavio, considera a los sacerdotes como autoritarios civiles, acaba con los restos tanto de las recientes como de las antiguas Iglesias cismáticas, vuelve a ser el baluarte christianitatis hacia Oriente contra la amenaza comunista, etc. Pues bien, todo ello, ¿no es acaso provocador? ¿Se ha de concluir, entonces, que Pío XII permaneció indiferente por completo al drama que tenía su tenebroso escenario en el corazón de los Balcanes, sobre todo porque, al menos allí, sus víctimas no eran los católicos? ¿O bien porque las razones políticas —de la probable supervivencia del NDH al término de la guerra, de su aportación a la resistencia anticomunista— lo persuadían a adoptar esta actitud? ¿Y que en este segundo caso su con-

ciencia quedaba tranquilizada por los despachos enviados por orden suya al abad Marcone para que invitase a la «moderación» a las bandas ustachis y a sus jefes? Por desgracia —repetimos—, en el estado actual de las investigaciones no es posible responder a interrogantes de esta índole. Ni una sola carta de la correspondencia que, sin duda, debió de sostener, aunque tal vez escasa, con los obispos de Croacia y, especialmente, con su jefe, Stepinac, durante el período del NDH, ha sido publicada o salido a la luz; ello revelaría mucho mejor su estado de ánimo. Por ahora, el único juicio, evidentemente provisional, que se puede emitir, se refiere, una vez más, a su actividad pública y diplomática y ésta es, en conjunto, desconcertante. Ya que, por muy cauto que se pueda ser, no puede olvidarse que una sola vez, entre 1941 y 1945, el Papa Pacelli pronunció el nombre de Croacia en un discurso público; y no lo hizo cuando los ustachis rodeaban los pueblos servios y quemaban las iglesias ortodoxas llenas de fieles, o cuando en los lager del NDH se iba a porfía para ver quién era el mejor degollador, sino cuando, una vez acabado el conflicto, la parte de los verdugos católicos pareció presa de la de los comunistas, o sea, de un régimen que tenía pocos días de vida y al cual, como al ustachi, se le habría tenido que conceder, dadas las circunstancias, el beneficio de una legítima suspensión de juicio. Mas para él no fue válida ninguna atenuante. «Por desgracia —dijo Pío XII el 2 de junio de 1945—, hemos tenido que deplorar, en más de una región, matanzas de sacerdotes, deportaciones de personas civiles, muertes de ciudadanos sin proceso o por venganza particular; no menos tristes son las noticias que nos llegan de Eslovenia o de Croacia...»

APÉNDICE Personajes de la Curia romana y de los asiduos a la misma en los informes de los representantes ustachis cerca de la Santa Sede En los informes de los dos agentes ustachis, Rusinovic y Lol> kowicz, repetidamente citados en las páginas precedentes, se encuentra un verdadero hormigueo de personajes —en su mayoría, eclesiásticos, aunque también algunos seglares— que vivían en el mundo vaticano o gravitaban en torno al mismo. Algunos constituyen presencias constantes; otros, la mayor parte, aparecen una o dos veces, y, finalmente, otros apenas asoman. Precisamente por esto no los citaremos a todos aquí; más aún, excluiremos, sin más, salvo excepciones motivadas, y por razones que serán fácilmente comprensibles para el lector, a cuantos tuvieron con ellos contactos extraños por completo a su misión. Que quede bien claro, no obstante, que ni siquiera sobre los presentados pesa a priori, en absoluto, la tacha de colaboradores y ni siquiera de simpatizantes de los ustachis. Como máximo, serán, si acaso, los propios fragmentos de los informes que les afectan, y que iremos citando sucesivamente, los que nos digan si lo fueron o no y en qué medida. De todas formas, con esta revista no pretendemos en modo alguno dar un muestrario para todos los gustos reproduciendo a lo vivo aquello que, en la presentación del libro, definíamos como una hendidura excepcional del mundo curial romano y de sus frecuentadores y huéspedes. Por el contrario, las páginas que siguen tienen, sobre todo, el objeto de integrar ulteriormente la documentación ya ofrecida, aprovechando el material que no podía insertarse adecuadamente en un texto restringido y esencial como el del ensayo. Añadamos, finalmente, que utilizaremos también,
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eventualmente, los informes del jesuita Antun Wurster, secretario de la oficina del «plenipotenciario» Lobkowicz. Monseñor Boehm y el conde Dalla Torre, del Osservatore Romano Nadie puede extrañarse de- que los dos representantes ustachis procuran, ante todo, tratar de conquistar, entre las distintas fortalezas periféricas del Vaticano, la del Osservatore Romano, el diario de la Santa Sede. Según parece, sus contactos con la Prensa católica italiana se redujeron a poca cosa. Sólo una vez Rusinovic cita como «personas que nos podrían ser útiles» a Mario Luzi,134 «gran amigo de Montini», y a Pío Bondoli,135 «jefe de la Agencia católica italiana que provee de noticias a todos los diarios católicos» de la península, los cuales, por otra parte, le sorprendieron, sobre todo, por su ignorancia de los asuntos croatas. Es probable que estuviera en contacto con ellos (como su colega Lendic, de la legación cerca del Quirinal), pero ignoramos con qué utilidad para la «causa». A su vez, el padre Wurster da el nombre de monseñor Pucci, «director de L'avvenire», de Roma —prelado muy conocido por sus contactos con las altas esferas fascistas—, como el de un «amigo» por explotar, si era posible, más. Pero eso es todo. Por el contrario, en cuanto al Osservatore Romano, es evidente la insistencia con que retorna al mismo en su intento de penetrar en él. Sin embargo, habían sido triunfalmente precedidos, al menos según dice él, por monseñor Querubín Seguic, En su Diario, el entusiasta amigo del Poglavnik habla, sobre todo, de su entrevista con monseñor Boehm, redactor eclesiástico del diario. Éste (aunque resulta difícil decir con cuánto fundamento) aparece como uno de esos hombres para los cuales el cargo que ocupan parece infinitamente inferior a sus posibilidades y méritos, por lo cual gustan de hacerlo aparecer como una pantalla que oculta su verdadera y excesivamente valiosa actividad. El que se acerca a ellos debe tener la impresión de estar en contacto con un poder arcano: el de una eminencia secreta en cuyas manos se hallan todos los hilos del verdadero poder. Suelen hablar con el plural mayestático, porque creen personificar las instituciones y tener en su mano a aquellos que rigen verdaderamente el destino de las mismas; su conversación está llena de proyectos destinados a no realizarse jamás, pero que en su boca parecen ya realidades indiscutibles y espléndidas, etc. Seguic no es, desde luego, un psicólogo o un escritor: sin em-

bargo, en su Diario, el modesto redactor milanés del Osservatore (milanés, pese a la rimbombancia teutónica del nombre) adquiere un relieve altamente característico. Por eso damos entero, salvo la última parte, el pasaje referente al mismo: «... Está ansioso de tener informaciones. Todo lo que se oye en Italia a propósito de Croacia tiene sabor de calumnia... Hay que destruir esta opinión. Desearía que yo me estableciese en Roma por lo menos durante cierto tiempo para escribir en el diario (el Osservatore) y disipar las calumnias. Ha expresado su disgusto por el hecho de que nos hayan privado del mar. Sin él, Croacia no puede vivir. Me ha asegurado que ellos, o sea, los organismos vaticanos, harán lo posible para que se nos restituyan, al menos, Spalato y Sebenico. Luego me ha revelado algunas desavenencias secretas entre Italia y Alemania... Me ha causado gran placer enterarme de que la cuestión croata en el Vaticano es considerada como cosa propia... [Y a propósito de la falta de reconocimiento, B. dice]: "La Santa Sede actúa siempre así... Pero la Santa Sede demostrará, cuando sea necesario, que quiere a los croatas y a Croacia".» Hombre de acción, al menos por el secreto anhelo de ambiciones no realizadas —seguimos precisando el retrato, probablemente muy lejos de la realidad, como se deduce de las impresiones de nuestras fuentes—, monseñor Boehm va, naturalmente, siempre a la búsqueda de hombres de acción y de nuevos escenarios de acción. Cuando se entera de que se encuentra en Roma un representante del NDH cerca del Vaticano, y, además, «de incógnito», lo quiere ver inmediatamente, 138 y cuando lo tiene a tiro —es fácil imaginárselo—, lo atosiga de ideas y, sobre todo, de palabras. Pero he aquí el primer choque, amargamente decepcionante, con la realidad. En efecto, no es precisamente esto lo que ocurre. Oigamos a Rusinovic en su informe del 20 de marzo de 1942: «Finalmente, he logrado llegar a la redacción del Osservatore Romano. Me ha recibido monseñor Boehm. Es muy gentil y fino, pero he podido darme cuenta igualmente de que su actitud hacia nosotros es muy hostil. Hemos hablado largamente, y cuando le he hecho observar, de manera muy amable, que el Osservatore Romano da también noticias sobre Croacia, me ha mostrado toda una biblioteca referente a Croacia, y me ha dicho que no es culpa suya que las cosas estén así, porque monseñor Seguic, que es el corresponsal, no escribe desde hace mucho tiempo, y que hace sólo dos o tres días ha recibido una carta de él. Él está siempre dispuesto a escribir, pero pide que se le mande material; luego hará publicar todo cuanto no choque con los principios de la política vaticana.»

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Tres meses después, la situación sigue siendo sin esperanzas. Lo atestigua el padre Wurster (informe del 12 de junio de 1942): «En general, en el Osservatore están claramente mal predispuestos hacia nosotros. Mientras que, de una parte, insertan artículos poco agradable sobre Croacia, de otra, rechazan toda colaboración. Así, nos han rechazado el artículo sobre la vida religiosa de la colonia croata en Roma. Una vez pudimos comprobar que ni siquiera habían abierto el diario Za dom (Por la patria) cuando lo recibieron. Uno de los redactores ha declarado que no sabía croata y que, por ello, no podía sacar de él provecho alguno. En los círculos vaticanos tenemos un amigo que ha escrito dos veces, en una publicación italiana, algunas noticias estupendas sobre Croacia. Se trata de un joven jesuíta. El director de la radio, también jesuíta, no nos mira con buenos ojos.» Solamente un año más tarde, el 14 de abril de 1943, Lobkowicz podrá referirse, con cierto optimismo, a un mejoramiento y referir su entrevista con el director, conde Della Torre: 137 «Se tiene la impresión de que el diario vaticano no nos es muy favorable... Pero —y ya lo hemos hecho notar— en estos últimos tiempos se ha producido un mejoramiento, debido a los boletines publicados por nuestra Embajada en el Quirinal. Para aclarar la cuestión de una vez para siempre, he visitado al director del periódico conde Della Torre. Le he entregado los Principios ustachis el Libro gris y Los horrores de los errores. Della Torre se ha interesado por nuestra situación y, en particular por el Poglavnik y por la cuestión del rey designado. Le he expuesto nuestros problemas en general y nuestras relaciones con Italia en particular. Me ha dicho que hace ya veintitrés años que ha dejado de entender nada de la política italiana, tanto interior como exterior. Se trata, sin duda, de un partidario de la política danubiana. Me ha prometido publicar todos los artículos de polémica política.» Y señalando un pronto cumplimiento de sus pronósticos, escribía al día siguiente: «En el Osservatore Romano ha salido un artículo, fechado el 14 de abril, que se refiere a la permanencia aquí del alcalde de la ciudad de Zagreb, el señor Ivan Werner. Es bastante largo, está escrito con expresiones cálidas y ha llamado la atención, porque no es costumbre del órgano vaticano ocuparse en acontecimientos de esta índole.»

El general de los

premonstratenses

Otros baluartes por conquistar en los alrededores del Vaticano propiamente dicho eran, para Rusinovic y Lobkowicz, las Curias generalicias de las órdenes religiosas más importantes. Algunas fueron ocupadas «sin disparar un solo tiro», más aún, casi de una manera casual, aunque, desde luego se trataba de las menos influyentes; algunas otras, de peso específico muy distinto, fueron forzadas y conquistadas en algunos puntos principales. Entre las primeras figuran la de los premonstratenses; entre las segundas, la de los jesuítas. «Casualmente —explica Rusinovic el 28 de mayo de 1942— he conocido al general de la Orden premonstratense. Se trata de una Orden muy antigua, en la cual solían ingresar los nobles, que deseaban consagrar su vida a Dios. El general es un belga flamenco. Se llama Noots. Es persona de gran cultura: habla perfectamente inglés, italiano, alemán, francés y algo de húngaro. Hemos celebrado dos entrevistas, hablando de todo lo referente a Croacia y a la Santa Sede. Está al corriente de nuestra situación, ya que ha visitado varias veces Croacia, conoce nuestra lucha por la independencia y es un incondicional simpatizante nuestro. Dentro de unos días me invitará a su convento para una comida, a la que serán invitados también algunos señores del Vaticano que tienen influencia sobre el Santo Padre. Lo hace para poderme facilitar la entrevista con ellos. Es muy estimado en el Vaticano y, como supe más tarde, muy cercano al Santo Padre. Su cordialidad y atenciones me han sorprendido realmente.» En el baluarte de los jesuítas A propósito de los jesuítas, el mismo Rusinovic, al comienzo de su misión, el 26 de febrero de 1942, escribía: «... los jesuítas... no sienten simpatía alguna por nosotros; más aún, son declaradamente enemigos nuestros, como demuestra un artículo publicado en una importante revista católica suiza, Apologetische Rundschau, de Zurich, n.* 2, titulado Sobre las persecuciones de la Iglesia católica en Estóvenla. He sabido que el autor de este artículo es un esloveno, el padre Preseren, asistente general del general Ledokowski, de nacionalidad polaca, En dicho artículo, el padre Preseren no olvida tampoco a Croacia, de la cual dice lo siguiente:

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»1) . . . »2) Hablando de la situación y de las brutales violencias que se producen en Eslovenia, afirma que en Croacia ocurre lo mismo. »3) ... »Como ves, se trata de una "estupenda" propaganda, de la que tal vez hayas oído hablar ya. El autor del artículo nos describe como un arma ciega en manos de los alemanes. Si estas personas escriben sobre nosotros sin miramiento alguno, afirmando cosas que no son ciertas, y las ofrecen a la opinión pública, que ya nos tiene pocas simpatías, puedes imaginarte lo flue dirán de nosotros al Santo Padre y a los restantes dignatarios del Vaticano.» En realidad, la situación no era tan simple ni tan desesperada. Y se puede creer al padre Wurster, que, en el fondo, hablaba de su casa. En el informe del 12 de junio de 1942, escribía: «La Curia jesuítica es un fiel reflejo del Vaticano. Personalmente, el general aprecia a los croatas y está contento de su independencia; pero se siente preocupado de su porvenir. A la Curia pertenecen también dos eslovenos: el asistente para los territorios eslavos, padre Presere», y e\ pimcipal censo? da. tos libros, padxe Zoré. Ambos son demasiado eslovenos para poder ser amigos nuestros. Por intervención de Preseren, se ha publicado un artículo en un semanario suizo, que habla de la situacióiJ de Eslovenia y en el cual hay tres afirmaciones muy desagradable, que calumnian a los croatas. Tengo pruebas de que Preseren desea el resurgimiento de Yugoslavia. Zoré está en relación con monseñor Moscatello. Para nosotros es de gran utilidad la presencia del padre Sakoc, que es alma y cuerpo de la Croacia ustachi. Pero, dado que se encuentra en el Instituto Oriental, su influencia es más bien escasa. El Instituto Oriental se halla en manos de franceses y belgas, que no sienten simpatía por nosotros. Precisamente desde allí se propagangan muchas noticias que nos perjudican-» A propósito del general, Lobkowicz está de acuerdo con Wurster. Tras haberle visitado, poco después de hab^r entrado en funciones de «plenipotenciario», comunica a Zagreb: «Me ha recibido muy cordialmente, asegurándome una y otra vez que me ayudará de todas formas. He podido comprender fácilmente que siente muchas simpatías por nosotros.» Pero estaba escrito que el padre Ledobkowski no podría mantener su promesa. En efecto, el 20 de diciembre de 1942, Lobkowicz refería: «Entre los acontecimientos político-eclesiásticos del último período hay que incluir, sin duda, la desaparación del general de los jesuítas, Vladimiiro Ledokowski, que ha. sido sin duda uno de los más grandes generales de esta poderosa y célebre Orden.

Como ya hemos dicho en nuestro informe anterior, simpatizaba con los croatas y no compartía la opinión de los círculos oficiales (iel Vaticano. Por lo demás, su modo de comportarse se distinguía del oficial del Vaticano también en algunas otras cuestiones —especialmente en materia política—, como me he enterado directamente por él durante un coloquio confidencial. En particular, no compartía la opinión del Vaticano respecto a Rusia. Con su muerte, Croacia ha perdido a un amigo.» Y, por desgracia para el NDH, un amigo insustituible. En efecto, Lobkowicz proseguía: «Después de su muerte, su puesto en la dirección de la Orden ha sido ocupado por el asistente general para Italia, Alessio Magni, que dirigirá la Compañía hasta que sea convocada la congregación general.» Y, tras haber dicho que, al no poder producirse esto antes del fin de la guerra, prácticamente el padre Magni permanecería a la cabeza de los jesuítas durante todo el conflicto, precisaba respecto al mismo: «.Con. el nombraraiento de Magni, por primera vez. después de. doscientos años se halla de nuevo al frente de los jesuítas un italiano. Según algunas informaciones muy seguras Magni siente italianamente en el sentido fascista y no está en buenas disposiciones hacia los croatas.» En la primavera de 1943, Lobkowicz le hará una visita; y he aquí, tal como era de esperar, su informe: «He visitado al general de los jesuítas, Magni, que no puede compararse, ni siquiera remotamente, con la sombra de Ledokowski... Es persona de miras muy limitadas. Le he expuesto nuestra situación y le he pedido que nos ayude. Me ha prometido hacerlo con benevolencia.» Sea como fuere, un general amigo, aun cuando fuese el propio «Papa negro», no significa en modo alguno la amistad de toda la Orden, y a la inversa. En compensación, cada uno de los miembros puede cambiar de opinión en un sentido o en otro. Esto, por lo menos, parece que ocurrió con el padre Preseren. En efecto, Lobkowicz, precisamente después de haber informado sobre la visita al padre Magni, añadía: «He visitado también al jesuíta asistente para las tierras eslavas, el padre Preseren, que, como esloveno, era, ante todo, enemigo nuestro y que tanto daño nos ha hecho. La situación de la Eslovenia de hoy le ha servido de lección, y ahora se muestra mucho más favorable hacia nosotros. Me ha hablado del descontento de los polacos porque la Santa Sede se muestra muy reservada hacia ellos. Esperaban más ayuda. Y éste es un fenómeno general: todos

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creen que la Santa Sede los está abandonando en estos momentos difíciles.» Habría sido extraño comprobar que los representantes ustachis. y sobre todo el camarero de capa y espada Lobkowicz, gracias a más fácil acceso, hubiese dejado escapar, entre los hijos del santo de Loyola, a un hombre como el padre Leiber. Y, en efecto, figura dos veces en los informes de Lobkowicz. El 9 de febrero de 1943, el informe es más amplio: «En mi visita a la Gregoriana, he visto al padre Leiber, profesor de Historia eclesiástica y Metodología (histórica), que goza de fama de ser persona muy influyente en el Vaticano. Era el consejero principal del actual Papa cuando éste era nuncio en Alemania. Cuando el Papa actual fue nombrado cardenal Secretario de Estado, lo hizo llamar a Roma, para que continuase prestándole su ayuda. El padre Leiber sigue siendo hoy uno de los más íntimos colaboradores del Papa, pese a actuar completamente entre bastidores. Se sabe que Leiber es autor de algunos discurso pontificios, leídos por el Papa ante los micrófonos de la Radio Vaticana, los cuales han despertado gran interés y provocado muchos comentarios. »He tratado de exponer di padre nuestra situación, lamentando la excesiva cautela y reticencia del Vaticano respecto a Croacia. El padre Leiber ha tratado de convencerme de lo justo de una tal reticencia, diciendo que tal actitud no puede considerarse como falta de buena disposición hacia los croatas; en estos difíciles momentos, el Vaticano muestra la misma reticencia hacia todos, sin distinción, y los croatas no son los únicos que explican esta actitud como una mala disposición. »En el curso de la entrevista me ha dicho, entre otras cosas, que el Estado ideal de toda la Europa actual es Portugal, porque, de una parte, practica los principios católicos, y de otra, no compromete a la Iglesia ni su enseñanza, como ocurría en la Austria de Dollfuss. «También le he hecho entrega a él del Libro gris, y le he hablado del papel que desempeñan los italianos en nuestras dificultades, añadiendo que sobre el comportamiento del Vaticano hacia los croatas pese, tal vez, el hecho de que el propio Vaticano está compuesto en gran parte de italianos. Leiber lo ha negado resueltamente, diciendo que el Papa, lo mismo que el Secretario de Estado y sus más inmediatos colaboradores, se hallan por encima de todo prejuicio nacionalista.» Y el 14 de abril añadía: «He visitado de nuevo al jesuíta padre Leiber... Es necesario seguir en relación con él, dado que es uno de los más próximos

consejeros del Santo Padre. Le he entregado también, como a todos los demás, los Principios de los ustachis, etc. He logrado despertar en él un gran interés por nosotros, y creo que nos servirá de ayuda.» El padre Paolo Dezza, rector de la Gregoriana Con el padre Dezza, también jesuíta, entramos en otro sector, no menos interesante e importante que los anteriores para los dos representantes croatas: el de las universidades e institutos eclesiásticos pontificios. En efecto, el padre Dezza era a la sazón rector de la Pontificia Universidad Gregoriana, y durante la misión de Rusinovic hubo de hacer frente a una sublevación de los estudiantes croatas, irritados por haber sido clasificados como yugoslavos en el Anuario del Ateneo. «Ayer —comunicó Rusinovic a su Ministerio el 18 de febrero de 1942— recibí a los sacerdotes del San Girolamo [el Colegio eclesiástico para los "ilíricos"], junto a algunos jesuitas croatas ustachis; estaban furibundos y excitados contra su universidad "Gregorianum» (sic), porque en su Anuario los han clasificado como yugoslavos, poniendo junto a los nombres de los alumnos, en la rúbrica "Natío" (status politicus): Yugoslavia. Ya han protestado verbalmente ante el rector y lo harán también por escrito, pese a la declaración de aquél de que lamentaba lo ocurrido, pues había actuado siguiendo órdenes del Vaticano. Yo me he enterado post factum...» Rusinovic volvió sobre el tema en su informe siguiente (el 26 de febrero), acompañando el texto escrito de la protesta y precisando: «No todos han querido firmarla, por miedo a las consecuencias. Sin embargo, han tenido cierto éxito y alguna satisfacción (los firmantes, naturalmente), porque han recibido la primera, por parte del rector, de que esto no volverá a repetirse en lo futuro; más aún, les ha expresado su sentimiento por lo acaecido esta vez...» Una tan rápida condescendencia despierta ciertas sospechas, sospechas que acrecienta este informe de Lobkowicz, de un año más tarde (el 4 de febrero de 1943): «He visitado al rector de la Pontificia Universidad Gregoriana, que cuenta con muchos estudiantes procedentes de nuestras regiones. El rector, padre Paolo Dezza, S. J., jesuita como todo el resto de los profesores de esta Universidad, me ha recibido muy cordialmente y me ha acompañado a visitar todo el edificio. Por su modo de comportarse y por sus palabras deduzco que se puede considerar como u n sincero amigo nuestro. Me ha prometido

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que en el anuario de la Gregoriana de este año nuestros estudiantes no serán clasificados como yugoslavos, tal como ocurrió en el año pasado, porque las publicaciones vaticanas oficiales y oficiosas no tienen en cuenta los cambios políticos que se producen durante las guerras. Al objeto de evitar que se repita lo del año pasado (en el próximo Anuario), junto a los nombres de los alumnos no se pondrá ya la indicación de su nacionalidad, sino la de sus respectivas diócesis de origen.» Monseñor Giorgio Madjerec, rector del Colegio eclesiástico de S. Girolamo degli lllirici Como se ha visto, los estudiantes (seminaristas o sacerdotes) croatas residían en el Instituto di San Girolamo, cuyo rector era monseñor Giorgio Madjerec. Pues bien, leyendo los informes de Rusinovic, se diría que este Colegio era a la sazón un baluarte de la propaganda ustachi, sobre todo por obra de su superior. En efecto, se le ve arriar la bandera tricolor yugoslava para sustituirla por la de la nueva Croacia, abrir las puertas del Instituto a los jerarcas ustachis de paso por Roma, festejar con celebraciones religiosas el aniversario de la fundación del NDH y la onomástica de Pavelic, prodigarse por conseguir audiencias pontificias a personalidades o representaciones del régimen, etc. En cuanto al representante de jacto cerca de la Santa Sede, era convidado a comer a menudo o a presenciar las ceremonias cívico-religiosas organizadas oficialmente por el Instituto, sucedió a los anteriores representantes del Gobierno del Belgrado en recibir la vela cada 2 de febrero, etc.138 Pero al que sabe algo acerca de los criterios seguidos por la Secretaría de Estado y la Congregación de Seminarios en el régimen de los colegios eclesiásticos romanos, especialmente de los países de nacionalidad mixta, esto no puede sorprender, tanto más cuando se comprueba que monseñor Madjerec fue mantenido en su cargo durante varios años después de la guerra. En efecto, las directrices de la Santa Sede trataban de garantizar la más pacífica y provechosa convivencia de los huéspedes de estos institutos, evitando cualquier fricción de índole política y transfiriendo las mutuas relaciones de sus huéspedes al plano puramente religioso y eclesiástico. Tales escrúpulos se ponen ya de manifiesto en la cuidadosa elección del nombre mismo del Instituto (más que de índole nacional, como de costumbre, inspirado en la hagiografía: San Girolamo degli lllirici en el caso de los estudiantes procedentes de las distintas naciones federadas de Yugoslavia; San José Neo-

pomuceno para los de Checoslovaquia, etc.) y de su bandera, para extenderse hasta los más mínimos detalles sobre sus relaciones con las autoridades políticas, sobre su vida interna, etc. Por lo que se refiere en particular a San Girolamo, bastaría recordar sus borrascosas vicisitudes al día siguiente del estallido de la Primera Guerra Mundial, que acabaron solamente en 1929 ocn un compromiso (la Santa Sede aceptando el carácter yugoslavo del Instituto, y el Gobierno yugoslavo renunciando a los privilegios de control de que gozara anteriormente durante el Imperio austrohúngaro),139 para dudar de que la elección de su rector recayera en un fanático nacionalista. Y, en efecto, el optimismo increíblemente ciego de Rusinovic es desmentido (y en parte explicado) por los informes del padre Wurster y del propio Lobkowicz. He aquí lo que escribía el 12 de junio de 1942: «Debería ser natural que el instinto de San Girolamo se convirtiera en un verdadero punto de apoyo en la lucha por nuestra afirmación. Mas por ahora la situación en el Instituto es tal, que esto no puede verificarse en modo alguno. En efecto, entre el rector, monseñor Madjere, y los alumnos, que en su mayoría son ustachis entusiastas (a menudo imprudentes), existen unas relaciones insostenibles. Monseñor Madjerec es un hombre de carrera y tiene poco valor cívico. Pese a ello, se podría explotar útilmente. No cabe duda de que sería mucho mejor que su puesto fuese ocupado por una personalidad más enérgica y que fuese verdaderamente amiga nuestra.» Es cierto que Lobkowicz no se pronuncia jamás sobre monseñor Madjerec, pero al tratar, en cierta ocasión, de una entrevista suya con el cardenal Fumasoni-Biondi, plantea, sin darse cuenta de ello, el argumento más decisivo para convenir sobre el juicio del padre Wurster más que sobre el de Rusinovic. También éste había ido a visitar a Fumasoni-Biondi, pero ni siquiera se dio cuenta de que el purpurado se había burlado alegremente de él. Y, para colmo, al escribir de ello creyó oportuno ironizar sobre ta estratosférica irrealidad del «Papa rojo». En efecto, el 20 de marzo de 1942 escribía: «... Fumasoni-Biondi es u n caballero muy distinguido, pero que nos conoce poco más o menos como yo conozco Nueva Guinea o algo por el estilo. (En efecto), aún no sabía que las relaciones entre la Santa Sede y Croacia no se han establecido; por lo menos eso me ha dicho. Pero yo lo creo, porque me ha dicho si Antívari y Skolpje pertenecen a Croacia, o bien a otro Estado. Él es, fíjate bien, el cardenal secretario (sic) de la Congregación de Propaganda Fide, a cuya jurisdicción pertenecen las diócesis de Mostar, Sarajevo y Banjaluka, consideradas in partibus injideliutn.»

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En realidad, para Rusinovic, el cardenal Fumasoni-Biondi habría debido de ser algo más importante aún: el protector del Istituto di San Girolamo. Y si hubiese llevado el diálogo con su huésper más agudamente, habría llegado a conclusiones menos divertidas, conclusiones que quedan claramente sobrentendidas en el siguiente informe de su sucesor (fechado el 20 de diciembre de 1942): «He visitado al cardenal Fumasoni-Biondi, prefecto de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide y protector de nuestro Instituto de San Girolamo. También me ha dispensado un recibimiento cordial. Se ha hablado especialmente del Instituto. He notado que el cardenal tiene una idea muy particular de su oficio de protector. En efecto, ha subrayado que está contento de que el Instituto se mantenga sin subvención alguna del Gobierno croata, y que celebraría que las cosas continuaran así, ya que en ello ve la mejor garantía para la absoluta independencia de dicho Instituto. Creo que, precisamente por esto, el Gobierno croata debería encontrar la forma de dar a entender que el Instituto pertenece al pueblo croata (entregando, por ejemplo, alguna ayuda o donativo). El cardenal está muy contento del rector del Instituto, monseñor Madjerec, y en cuanto al equívoco surgido en el pasado entre el rector y los alumnos, excusa a los colegiales porque son jóvenes y considera el asunto como liquidado.» Si Madjerec era muy apreciado por él, en modo alguno, filoustachi Fumasoni-Biondi, hay que dudar seriamente de su ustachismo. En la situación en que se encontraba —con la mayoría de los alumnos apasionados nacionalistas—, era inevitable que procediese con habilidad; y Rusinovic demuestra que lo sabía hacer admirablemente. Entre los diplomáticos en la Santa Sede acreditados

cidas, salvo entrevistas efímeras o meramente formales con otros, se agotan en un breve grupo de nombres: Sidor, representante de Eslovaquia en la Santa Sede; barón Apor, de Hungría; Von Bergen y Von Weizsácker, de Alemania; Ciano, de Italia; Llobet, de Argentina, etc., a los cuales podemos añadir a monseñor Borgoncini Duca, nuncio en el Quirinal. Pero, por lo demás, se trata de una entrevista, o dos y, en general, de escaso interés, especialmente en relación con el problema Croacia-Santa Sede. Nos limitaremos a citar las más significativas de estas entrevistas: Rusinovic-Sidor (informe de 28 de mayo de 1942): «Un día, pedí ser recibido por el embajador eslovaco en la Santa Sede, Sidor, porque me he enterado, por un amigo suyo, de que estaba molesto porque no había ido aún a hacerle una visita. Creo superíluo describirte cómo me recibió. Hemos estado hablando desde las diez de la mañana a las tres de la tarde. Aquel mismo día, había de ir a visitar a Maglione, pero a las doce y media se desdijo de la cita porque sintióse impedido de improviso. Se ha interesado mucho por nuestra situación. Ha oído decir a nuestros enemigos que el movimiento ustachi no es seguido por el pueblo; que el movimiento ustachi consiste en un pequeño grupo de personas que han conquistado el poder casualmente; y ha estado muy contento al oír cómo están en realidad las cosas... Es hombre de gran cultura política, muy inteligente y serio. En su tiempo cometió un error, pero nadie puede decir que no sea un verdadero patriota y que no haya desarrollado un gran trabajo en el campo político... Hemos hablado también de nuestras relaciones con la Santa Sede. Dice que es increíble todo lo que nuestros enemigos dicen de nosotros, y me ha recomendado hacer visitas más frecuentes al Vaticano, porque sólo así podré desmentir todas las calumnias. Por lo demás, el Vaticano no conoce muy bien los hechos. Las relaciones entre Eslovaquia y el Vaticano tampoco son mejores. Precisamente en este último período he oído hablar contra Eslovaquia a causa del bárbaro trato infligido a los judíos. Pese a ello, los eslovacos tratan de mejorar al máximo sus relaciones con el Vaticano. Sidos comprende muy bien nuestra situación respecto a la Santa Sede, de la misma forma que comprende muy bien nuestra indignación por muchas cosas que tienen su origen precisamente en el Vaticano; pero me ha advertido que el Vaticano es lento en decidirse cuando se trata de reconocer a un nuevo Estado o establecer nuevas relaciones diplomáticas. Por su parte, hará cuanto esté en sus manos por favorecer nuestra justa causa, y me ha pedido que nos entrevistemos a menudo...»

Para los representante de jacto de un Gobierno de guerra y, además, duplicado por otra representación del propio país, regularmente acreditada cerca de la Santa Sede, hasta el mundo de los diplomáticos era una ciudadela por conquistar. Hecha excepción, naturalmente, aunque no siempre, de los diplomáticos de las potencias aliadas del NDH (pero entonces no hay razón alguna para hablar de conquistas) y de alguna neutral. A decir verdad, los contactos de esta índole, de los cuales dan destimonio los informes en nuestro poder, no revelan notables ni, sobre todo, sensacionales éxitos por parte de Rusinovic y Lobkowicz. Las relaciones estable-

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Lobkowicz-Ciano (informe del 14 de abril de 1943): (Con anterioridad, el 9 de febrero, Lobkowicz había informado en estos términos a Zagreb, respecto al nombramiento del yerno del Duce como embajador en la Santa Sede): «El nombramiento del conde Ciano como embajador en el Vaticano ha provocado una verdadera conmoción en los círculos oficiales del Vaticano. Se cree que la razón principal del shock se debe al comportamiento de la esposa del nuevo embajador, que es muy inmoral. Sin embargo, el placet se ha dado poco después de haber sido solicitado. Se dice que este nombramiento es el acontecimiento más importante entre los últimos cambios políticos que se han producido en Italia. Algunas personas afirman que su objeto es el de encerrar a Ciano en el Vaticano para poder desempeñar mejor en él una misión especial... »E1 conde Ciano figuraba entre aquellos a los que debía visitar por buena educación, aunque no esperaba poder sacar de ello nada importante. He esperado más de una semana para poder ser recibido. El primer ademán que ha hecho, tan pronto como he entrado en la estancia, ha sido mirar el reloj. Dado que mi visita coincidía con el retorno del Duce de Salzburgo, le he pedido aclaraciones sobre el alcance de aquella entrevista. Ha contestado: "Aún no he tenido tiempo de hablar con mi suegro", y que no sabía nada de ello. Hemos hablado también de la partida del embajador inglés en el Vaticano, Sir Osborne, para Londres. Ciano ha hecho un ademán de desprecio con la mano y ha dicho que Osborne no puede tener misión alguna, y que en realidad había partido para tomarse un descanso. A los cinco minutos ha terminado la entrevista, diciendo textualmente: "Si ve al señor Pavelic, salúdelo en mi nombre. Lo conozco bien: con frecuencia acudía a mí para exponerme sus planes". En conjunto, me ha dejado una impresión muy poco seria. Durante una recepción del embajador de España he visto a la esposa de Ciano vestida con un atuendo muy deportivo, pese a que en las invitaciones se decía que se había de asistir con traje de noche. Todos los presentes han quedado cortados al verla aparecer.» Lobkowicz-Llobet (informe del 14 de abril de 1943): «El embajador de Argentina, Llobet..., sigue recibiéndome con gran cordialidad. Aun cuando su Gobierno no nos ha reconocido, me trata como a un colega y me presenta como "embajador croata". Con ocasión de mi última visita, se ha mostrado pariicu-

larmente confidencial y me ha explicado un hecho muy significativo. Hace cuatro meses había recibido órdenes del Gobierno argentino de presentar directamente al Santo Padre una propuesta de mediación argentina para la paz. El Santo Padre quedó visiblemente conmovido por ello, pero dijo que creía que no había llegado aún el momento para una acción de paz. Llobet cree que en estos últimos cuatro meses se han producido muchos cambios y que quizás haya llegado el momento justo para ello: cree, asimismo, que el viaje de Osborne a Londres podría estar relacionado con ello. Es también del parecer de que la coincidencia de la entrevista de Salzburgo no es casual. Dice que en el Vaticano no saben aún nada al respecto. Afirma que, según las noticias de que disponen los círculos militares argentinos, los rusos están llegando al límite de sus fuerzas... A propósito de la Santa Sede, dice que goza de mayor consideración que en la Primera Guerra Mundial.» Lobkowicz-Borgoncini Duca (informe del 4 de abril de 1943). Monseñor Borgoncini Duca, nuncio de la Santa Sede en el Quirinal, me ha recibido muy amablemente y ha observado con interés los libros que le he entregado. Le he preguntado cómo explica la actuación de Italia en nuestro territorio. Ha contestado que es importante distinguir claramente Italia del Vaticano, porque este último no se identifica con los principios y con los métodos italianos. A mi vez, he dicho que esta diferencia teórica no nos aprovecha a nosotros y perjudica también al Vaticano, porque existe el peligro del abandono del catolicismo en algunas de nuestras regiones. Sin embargo, él ha negado tal posibilidad, aduciendo una declaración de Bastianini. Según éste, la diferencia entre croatas y servios es tan grande, que no se puede hablar en modo alguno de un peligro de abandono de la Iglesia por parte de un número considerable de croatas. Ha dicho de Bastianini que es una persona inteligente y bien intencionada, con la cual se puede discutir. Hemos hablado del hecho de que los italianos favorecen a los chetniks, lo cual, evidentemente, no está de acuerdo con la poLítica de amistad y de alianza con Croacia. Monseñor Borgoncini Duca ha contestado que Los italianos temen mucho el paneslavismo y que tienen interés en atizar las discordias entre los pueblos de los Balcanes. Además, la política italiana es dirigida por personas que desconocen la naturaleza de los problemas balcánicos, por lo cual resulta difícil comprender los errores que se cometen continuamente en aquel territorio. He hablado también de nuestros prisioneros desparramados en los distintos campos de concentración de Italia. Me ha contestado que ha visitado personalmente muchos

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campos de concentración donde están internados nuestros compatriotas y que ha conseguido hacer aumentar la ración diaria de pan hasta 500 gramos. La diferencia entre ambas raciones será colmada por el Vaticano. Finalmente, ha expresado su complacencia por mi presencia en Roma, subrayando la importancia y delicadeza de mi posición. Me ha prometido toda la ayuda y colaboración necesarias. Asegura ser un sincero amigo de los croatas. Monseñor Borgoncini Duca es, sin duda, una persona de gran influencia política, que ha desempeñado un papel importante en la preparación de los Pactos Lateranenses, con los cuales se puso fin a la discordia entre el Vaticano e Italia.» Lobkowicz-Von Weizacker (informe del 13 de julio de 1943): «He visitado al embajador alemán. Me ha recibido gentilmente y me ha dicho que ya tenía noticias de mí y que le era grato poder mantener contactos conmigo. Me ha pedido noticias e incluso mi opinión sobre las distintas personalidades del Vaticano, diciendo que era nuevo en aquel ambiente y que hará uso muy gustosamente de mi experiencia. Hemos pasado revista juntos a todo el Colegio cardenalicio y a todas las restantes personalidades del Vaticano, con lo cual ha recibido de mí las primeras noticias acerca de muchos de ellos. »Ha dicho que estaba muy contento del modo como había sido recibido por el Santo Padre. Es evidente que el Papa siente muchas simpatías por el pueblo alemán, y que recuerda con placer su permanencia en Alemania. »Con su llegada no se han producido cambios esenciales en las relaciones entre Alemania y el Vaticano. No se puede hablar de un Richtungsenderung. Ha dicho que la única característica de las relaciones es la paciencia. Personalmente, a él le gustaría más que tales relaciones tuvieran otras bases. Del Papa, dice que comprende bien el conjunto de los problemas y que demuestra efectivamente una gran paciencia. Ha podido comprobar que en el Vaticano no todos son del mismo parecer, y que algunos muestran un comportamiento menos pacífico hacia el Reich, como, por lo demás, una parte de los círculos eclesiásticos de la propia Alemania. »Ha declarado que el Gobierno alemán no cree que el reciente discurso del Papa sobre Polonia fuese dirigido contra Alemania. »Luego hemos pasado a examinar los actuales problemas políticos. He comprendido claramente que Von Weizsacker no tiene simpatías por los italianos... »Se dice que el consejero alemán de la Embajada en la Santa

Sede, Fritz Menshausen, debería dejar su puesto y ser sustituido por una persona que goce de la confianza incondicional del partido. Algunos dicen que éste debería vigilar a Weizsacker, porque se sabe que Weizsacker pertenece al viejo personal que tenía en sus manos los asuntos de Alemania antes de que Hitler se hiciera con el poder.» Los aspectos más curiosos de los contactos de los dos representantes del NDH en el Vaticano con el mundo diplomático que gravitaba en torno a la Santa Sede se refieren, sin más, a los encuentros fortuitos y a los controles secretos tenidos o ejercidos respecto a algunos miembros de la legación yugoslava en la Santa Sede, huésped del Vaticano. La información que lograron tener de ello no es muy precisa (entre otras cosas, no identificaron con certeza quién dirigía en realidad la legación en ausencia del titular), pero no carece de interés. El primer informe de Lobkowicz al respecto trata del inesperado encuentro con monseñor Moscatello. Es del 20 de diciembre de 1942. «Uno de los encuentros más interesantes que merece la pena mencionar es el que celebré con monseñor Moscatello, encargado de asuntos de la Embajada yugoslava en el Vaticano. Nos hemos encontrado en la antesala del cardenal Tisserant. Se podría creer que el encuentro había sido preparado por alguien. Conozco a monseñor Moscatello hace ya tiempo, y por ello la conversación ha sido muy espontánea. He aprovechado la ocasión para hacerle presente que su papel es muy incómodo y que tal vez habría de encontrarse un modo para que sea favorable a nosotros. Se ha opuesto resueltamente a ello, diciendo que él es sacerdote y no puede hacer una cosa semejante; que ha mantenido siempre la misma línea de conducta y que, a causa de su comportamiento croata había estado en continua oposición con Belgrado, lo cual le ha causado serios disgustos. Ahora vive como un eremita y no tiene ninguna relación con emigrado alguno, ni siquiera con el propio Mirosevic Sorgo. Ha dicho que la mayor desgracia para los croatas era su discordia. Yo le he contestado que también su comportamiento «es otra cosa». Ha afirmado que Dalmacia ha sido vendida, y que se habría tenido que hacer algún sacrificio para impedirlo. Reconoce que no se puede reprochar nada al Poglavnik como católico. De todo ello se deduce que monseñor Moscatello cultiva una política muy particular e individual. Esta oficina ha iniciado los pasos necesarios para tener un informe completo sobre el papel y la actividad de la Embajada yugoslava en el Vaticano.» El 9 de febrero de 1943, Lobkowicz podía ya comunicar a Zagreb una de estas gestiones y sus resultados:

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«Esta oficina ha logrado ponerse en contacto con el primer secretario de la Embajada yugoslava, Kosta M. Cukic, un hombre a través del cual se han podido recoger algunos datos, que damos a continuación: «Actualmente, Cukic es el verdadero encargado de la Embajada yugoslava en el Vaticano. Vive en el Vaticano, muy raramente sale por la ciudad, y sólo va acompañado por un agente italiano. Por lo demás, pasa casi todo el tiempo junto a los otros diplomáticos "prisioneros" jugando al tenis y participando en los cocktails parnés. Ha dicho que el anterior representante croata en el Vaticano [Rusinovic] era de su agrado, porque, sin quererlo, era útil a la tesis yugoslava. Ahora la situación ha cambiado radicalmente. »A propósito de la actividad del Gobierno (yugoslavo) de Londres, dice que no encuentra reciprocidad ni siquiera en la propia Servia, con la cual parece que Cukic está en contacto directo. »E1 penúltimo correo de Londres ha traído a Cukic una valija mediana llena de correo. Explica que, a fin de cuentas, Inglaterra no tiene interés alguno en que se arregle la cuestión interna de Yugoslavia, y que por ello, tras la inevitable caída del Eje, los servios y los croatas deberán llegar a un acuerdo que satisfaga a ambos. No aprueba la actividad de los chetniks y dice que sería más importante conservar las propias vidas y las propias fuerzas, en vez de sacrificarlas por intereses de terceros. Hasta ahora han errado mucho, tanto los croatas como los servios, y, en cierto sentido, le gusta que los croatas hayan exterminado a los servios, ya que de esta manera han quedado a la par, y luego ninguno tendrá que reprochar nada al otro.

»E1 papel de monseñor Moscatello (...) parece ser exactamente como lo hemos descrito en nuestro informe n.° 2/42 (VT 14/42 de 18 de diciembre de 1942). Cukic ha dicho que raras veces ve a Moscatello, pero que lo espera "precisamente en estos días". Por el modo en que hablaba de ello, se puede deducir que no está muy contento del comportamiento de Moscatello. «Durante la conversación ha salido a relucir casualmente al representante de Pétain en el Vaticano, Léon Bérard, y Cukic ha dicho que en el Vaticano todos ríen a sus espaldas. Es evidente que esto se refiere a los diplomáticos, y no sólo a las personalidades vaticanas. «Además, ha dicho que el Gobierno yugoslavo dispone de grandes medios monetarios y que se ha jactado de poseer francos suizos. Al término de la entrevista ha pedido que se le faciLitase el libro

de Kukuljevic y Saksinski, Archivo histórico yugoslavo. Ha tenido también cigarrillos croatas, evidentemente con objeto de comprobar si la persona que hemos puesto junto a él es alguien que está en contacto con nosotros. Insistimos en decir que toda la entrevista se ha desarrollado de tal forma, que quedaba excluida toda duda acerca de nuestra participación en la misma.» Y he aquí algunos de los 15 puntos de un informe enviado a Zagreb por el padre Wurster el 10 de mayo de 1943 (n.° 42/43 VT, relación n.° 6/43): «De fuente segura me he enterado estos días de algunos pormenores que se refieren a la actividad de la Embajada yugoslava en el Vaticano, así como algunos puntos de vista políticos personales del señor Kosta Cukic, secretario y encargado de negocios de la Embajada yugoslava en la Santa Sede (...). »1) En estos últimos tiempos se ha creado una línea regular de enlace entre la Embajada yugoslava en Berna y la Embajada yugoslava en el Vaticano. El enlace se lleva a cabo con regularidad cada dos semanas. »2) La Embajada yugoslava en Berna desempeña ahora un papel político muy importante en lo relativo al desarrollo de ios acontecimientos. Al frente de la Embajada se halla un tal SturmJurisic, hermano del general del ejército Pantelija Jurisic. En la Embajada de Berna son bien conocidos los ciudadanos croatas que viven en Suiza o en Italia. Sus miembros están encargados de ayudar en cualquier ocasión a todos los ciudadanos croatas en el caso de que pidan ayuda o protección. Pueden extender pasaportes con el visado para Portugal y para los países del otro lado del Océano. Cukic dice que muchas personalidades croatas que viven en Suiza han tratado de ponerse en contacto con la Embajada yugoslava. Se dice que se trata de algunos ministros en activo. Se dice también que en la embajada de Berna poseen datos exactos sobre ciertas transacciones monetarias de altas personalidades croatas (cuyos nombres dan incluso) en Suiza.

»9) Según los dato-s oficiaLes manipulados por el Gobierno yugoslavo de Londres, el número de servios asesinados ascendería a 700.000. Sin embargo, personalmente, todos los miembros del Gobierno están convencidos de que el número es muy exagerado. »10) Se ha llegado a la convicción de que el movimiento de partisanos en Croacia recibe ayuda, sobre todo, de los elementos servios y eslovenos, y que prácticamente no se puede establecer diferencia entre los ustachis y los no ustachis, por cuanto está

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bien claro que una gran parte del pueblo croata no participa en el movimiento ustacbi...» El padre Agostino Gemelli

Dos entrevistas celebradas por Lobkowicz con dos personalidades sólo en parte curiales, o que pertenecieron al mundo de la Curia, pueden constituir un intermedio oportuno antes de seguir a los dos representantes por los meandros del Vaticano propiamente dichos. La primera se refiere al presidente de la Academia pontificia de las Ciencias, padre Agostino Gemelli, omnipotente en el Vaticano, sobre todo en tiempos de Pío XII, y, posteriormente, personaje de primera línea. El rectorado de la Universidad católica del Sagrado Corazón, cuyo fundador fue también, así como su actividad científica, lo obligaban a tener su residencia habitual en Milán; pero los numerosos cargos que desempeñaba, tanto en el Vaticano como en los distintos organismos culturales del Estado, lo llevaban con mucha frecuencia a Roma. Lobkowicz, que fue a visitarlo con su inseparable sombra jesuítica (el padre Wurster), revela —en su informe del 14 de abril de 1943— el objeto concreto de su visita: proponerle oficialmente, tal como se habían decidido en una reunión especial 14° (de la que trataba su informe anterior del 20 de diciembre de 1942), escribir el prólogo de la obra Croacia sagrada, en curso de impresión. Desde luego, no podía haberse hecho una elección mejor, no sólo por su engagement político, sino, sobre todo, dada la resonancia internacional como científico que tenía el padre en cuestión. «Gemelli —refiere Lobkowicz— no sólo ha aceptado inmediatamente escribir el prólogo, sino que se ha ofrecido a imprimir el libro como edición corriente de su casa editora "Vita e Pensiero". Para nosotros sería, de todos modos, algo muy importante, ya que en tal caso aparecería la crítica del libro en las revistas más importantes. El propio Gemelli ha prometido escribirla en el Osservatore Romano... En la entrevista, Gemelli se ha mostrado muy cordial. Ha dicho que Roosevelt había escrito al Santo Padre llamándole My dear oíd friend, y ha hablado del mal gusto de la esposa de Taylor, que ha llevado al Santo Padre, como obsequio, una caja de bombones. Ha alabado al profesor Guberina, lector de lengua croata en la Universidad de Milán, con el que colabora en una obra científica. Dice que pocas veces ha encontrado a un colaborador tan bien preparado. Considera que no se puede esperar nada bueno de los ingleses, mientras que tal vez pueda esperarse algo de América, ya que allí existe un grupo de católicos inteligentes y bastante influ-

yentes. Es interesante recordar que, a su tiempo pronunció una conferencia en Fiume, en la que habló de la frontera de los bárbaros, que llega hasta dicha ciudad. No cabe duda de que simpatiza con los croatas. Convendrá corresponder a la gentileza que nos hace al imprimir el libro. «Sin embargo, el libro, quizá también por razones de índole práctica, fue impreso en Roma, y nada menos que en el Vaticano, por el "Officium Libri Catholici", aquel mismo año. No obstante, y pese a sus promesas, el padre Gemelli no escribió el prólogo, que fue redactado por el cardenal Fumasoni-Biondi,141 naturalmente con un enfoque distinto, aunque augurando un mejor conocimiento entre italianos y croatas.» El arzobispo Francis Speüman

El arzobispo de Nueva York no tiene necesidad de presentaciones particulares. De todas formas, Lobkowicz trata de presentárnoslo en este informe (fechado el 6 de marzo de 1943), que es, sin duda, uno de sus más interesantes comunicados. He tenido ocasión de visitar, acompañado por el secretario de nuestra oficina, Wurster, al arzobispo de Nueva York. Como es sabido, el arzobispo Spellman ha pasado unas dos semanas en Roma. En torno a su persona y al significado de su estancia circulaban numerosos y variados rumores. Entre ellos, son indudablemente seguros los siguientes datos: Antes de su nombramiento como arzobispo de Nueva York estaba adscrito a la Secretaría de Estado bajo el actual pontífice; es, pues, una personalidad política. Era una persona de confianza de Pacelli, ha viajado mucho y ha entablado muchas relaciones. Es muy moderno, y tal vez sea el primero y el único obispo católica que tiene título de piloto de aviación: él mismo pilotó u n avión civil con motivo de u n viaje de inspección que realizó a Alaska. A su tiempo, los periódicos de todo el mundo hablaron del «obispo volador». En la actualidad es el hombre de confianza del presidente Roosevelt, que ve en él al representante más eminente del catolicismo de América del Norte, así como al ex colaborador íntimo del Papa actual. Spellman es también el Ordinario castrense de los soldados católicos del ejército americano. En su viaje hacia Roma se ha detenido dos horas en Madrid, donde se ha entrevistado con el Caudillo. El embajador español me ha prometido una detallada exposición sobre esta entrevista. Durante su permanencia en Rema ha sido recibido cuatro veces

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por el Santo Padre en largas audiencias. Nadie sabe de qué han tratado; en efecto, conviene saber que existen cosas que el Papa no confía ni siquiera a su cardenal Secretario de Estado, como sucedió con ocasión de la llegada de Taylor. Spellrnan ha declarado repentinamente a algunas personalidades de aquí, que sus viajes son de naturaleza estrictamente religiosa y que no tienen ningún trasfondo político. Las autoridades italianas se han comportado con él de una forma muy amistosa. Llevaba una guardia personal compuesta por policías del Vaticano, y sólo cuando atravesaba Roma era escoltado por un coche de la policía italiana. Vivía fuera del Vaticano, en el Janículo, en la zona extraterritorial del Colegio pontificio «De Propaganda Fide», donde se levanta el edificio del Colegio norteamericano. Por medio de un canónigo americano de aquí, a quien conozco hace ya muchos años y que vive siempre en Roma, he pedido una audiencia a Spellman, después de haber consultado con el delegado, doctor S. Peric. He recibido una llamada telefónica del secretario de Spellman y he fijado la entrevista para el martes 2 de marzo, a las 8,30. A la hora prevista, nos hemos entrevistado en su habitación. Durante la espera, el secretario Wurster ha podido examinar las tarjetas de visita que había sobre la mesa, y ha comprobado que muchas de ellas eran de personalidades italianas, como el presidente del Tribunal de Apelación, algunos senadores y otros políticos. Se dice que también lo han visitado dos ministros en funciones. Yo le entregué la tarjeta de visita de camarero secreto del Papa. Mientras esperábamos, oímos pronunciar la palabra «Croacia» en la sala contigua, donde se desarrollaba una conversación muy vivaz. Spellman nos ha recibido con gran afabilidad, y en seguida ha dicho: «No pueden ustedes decirme muchas cosas nuevas a propósito de sus asuntos. Estoy informado de todo y conozco bien la cuestión croata. Hace varios años viajé por su país, y ya la misma diferencia entre Belgrado y Zemun, por no hablar de Zagreb, me dijo bastante: son dos mundos. No pueden coexistir.» Nosotros le hemos hecho observar que el Estado actual tiene una característica especialísima bajo el perfil del catolicismo, especialmente por su posición entre Oriente y Occidente; que la frontera del Drina representa la garantía para el mantenimiento de las posiciones de] catolicismo en aquel sector, y que el restablecimiento de Yugoslavia significaría no sólo la aniquilación del pueblo croata, sino también del catolicismo y de la cultura occidental en aquellas regiones. En vez de una frontera de Occidente en el Drina, tendríamos una frontera de Bizancio en los Karavankas. Spellman estuvo de

acuerdo con estas observaciones y añadió que el presidente Roosevelt desea la libertad para todos los pueblos, entre ellos, naturalmente, los croatas. E incluso ha dicho que personalmente hace cuanto puede por nosotros, pero que tenemos muchos enemigos, y una sola persona no puede hacer mucho contra muchos. En su diócesis, está muy contento de los croatas, tanto del clero como de los fieles. Luego nos ha repetido que estaba muy bien informado respecto a nosotros, en parte por medio del secretario del arzobispo de Zagreb, y en parte por medio del doctor Lackovic, que le ha hecho una visita. Le hemos entregado el Libro gris y el ejemplar de los principios ustachis en latín. Ha hojeado con interés los libros y ha preguntado: «¿Los tiene el presidente Roosevelt?» Hemos contestado que seguramente no los tiene. Entonces nos ha dicho que podíamos entregar un ejemplar de los mismos al embajador de Roosevelt cerca del Vaticano, Tittman. Hemos dicho que nuestra nación está en guerra con los Estados Unidos de América, que no era posible mantener tales relaciones, y que nos habíamos dirigido a él sólo como a un obispo católico, que atiende a muchos de nuestros emigrantes, o sea, sólo como católicos croatas y no como personas oficiales. Spellman ha mostrado gran comprensión. Con su actitud nos ha dado a entender que se ofrecía a entregar el Libro gris, así como el de los principios ustachis, al presidente Roosevelt. Tenía prisa porque había de acudir a una audiencia de despedida con el Santo Padre, y por eso ha tenido que poner fin a la entrevista. Nos ha acompañado hasta el automóvil y nos ha ayudado personalmente a ponernos los abrigos; estuvo más que cordial y mostró su disgusto por no poder dedicarnos más tiempo. Al despedirse, dijo en inglés: «¡Dios bendiga a Croacia!» Al día siguiente partió para África, desde donde proseguía para Siria, Irak e Irán. Monseñor Arborio Mella, Maestro de Cámara, de Su Santidad En la cúspide de la Curia, en el Vaticano propiamente dicho, distinguiremos tres grupos de los varios personajes frecuentados por los dos representantes ustachis: los miembro de la Corte Pontificia, los funcionarios menores de la Secretaría de Estado (aparte los dirigentes, a los que ya nos hemos referido en este ensayo) y, finalmente, los cardenales. El primer grupo se limita prácticamente, en nuestro caso, a una sola persona: el Maestro de Cámara del Papa, monseñor

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Arborio Mella di Sant'Elia. El mejor retrato que poseemos de éste nos lo ha dejado precisamente él mismo, en algunas Memorias sobre sus Papas, respecto a las cuales resulta difícil decir si son más patéticas que divertidas.142 En efecto, se muestra en ellas un hombre de fe tan ingenua y tenaz que no era superada, tal vez, ni siquiera por la devoción a sus soberanos, que también era ilimitada. Para imaginar a un personaje que se le asemeje, no hay más remedio que recurrir a ejemplos clásicos de la hagiografía católica: a un fray Mauro, discípulo de san Benito; a un fray Junípero, discípulo de Francisco de Asís, con la diferencia de que fray Mauro y fray Junípero eran legos que vivían tanto con la cogulla del ermitaño como en la libertad de los frailes mendicantes; por el contrario, él que era de noble linaje piamontés y tenía un hermano con idéntico cargo en el palacio del Quirinal, hacía revivir el mismo candor entre los muros de los palacios pontificios. Por tanto, se equivocaría el que cediese a la tentación de atribuir a maquiavelismo su fervor en querer ser útil a los representantes ustachis. Sólo veía en ellos probables predecesores de los representantes legales de una nueva monarquía católica cerca de su soberano. Por eso, al recibir la visita de Rusinovic, no sólo se la devolvió, sino que le prometió ir a verle, siempre que fuese invitado a ello. Entretanto, hizo cuanto pudo por convencerle «del amor y del interés del Santo Padre por los croatas», le explicó por qué no podía haber aún relaciones oficiales, etc. Pero el episodio más significativo de su celo se refiere a la audiencia papal del ministro Simcic, de quien conocía sus propósitos de sostener una determinada conversación política. El protocolo no permitía que el ministro tomase la iniciativa, y monseñor Arborio Mella se encargó de preparar al Papa de manera que, sin parecerlo, casi de una forma casual, fuese él mismo el que iniciara el tema. Monseñores Sigismondi y Cippico

diplomáticas y del continuo aplazamiento de la audiencia pontificia. Y monseñor Cippico, que en la Secretaría de Estado tenía funciones de archivero ayudante, mostróse verdaderamente incansable en acudir al representante ustachi: lo introducía a presencia de sus superiores, le explicaba las normas del protocolo, hacía de portavoz, en los momentos de tensión, cerca del Secretario de Estado, y no sólo lo recibía en el Vaticano, sino que iba a visitarlo a su domicilio, aceptaba e intercambiaba con él invitaciones a comer, lo veía en el Colegio Ilírico, lo animaba en los momentos de abatimiento, etc. Los ex nuncios Micara y Felici Pero los dos agentes ustachis no conocían ni estuvieron en relación sólo con Sigismondi y Cippico, sino también con algunos nuncios, que habían sido relevados de sus funciones como consecuencia de los acontecimientos bélicos y hechos regresar al Vaticano, donde, sin embargo, habían sido destinados, como los más modestos empleados —ellos, arzobispos y ya decanos de Cuerpos diplomáticos—, al trabajo en la Oficina de Informaciones. Con uno de estos últimos, Clemente Micara,146 a la vez nuncio en Bélgica e internuncio en Luxemburgo hasta julio de 1940, se entrevistó Rusinovic, gracias a la amistad contraída, algunos años antes, con un sobrino suyo. Dando cuenta del contacto que había tenido, Rusinovic alabó al prelado como buen conocedor de las «razones» de los croatas, habiendo sido secretario de nunciatura en Viena durante la Primera Guerra Mundial y luego en Checoslovaquia, y añadió que tenía «una buena opinión de los croatas». Dijo, además, que le había ofrecido sus servicios para cuanto pudiera necesitar en el Vaticano.148 Pero las dos representantes de NHD tenían necesidad de protectores de bien distintos poder y celo. Y he aquí que, casi inesperadamente, se les apareció como tal el ex nuncio en Belgrado hasta el 29-VI-1941, o sea, hasta que Alemania expulsó en bloque, de la capital servia, a todo el Cuerpo diplomático acreditado cerca del ex Gobierno real. Monseñor Ettore Felici,147 el nuncio en cuestión, aunque devuelto al Vaticano, seguía estando oficialmente acreditado cerca del rey Pedro. Pese a ello, Rusinovic no tuvo dudas de que sus simpatías políticas (que en Belgrado lo habían revelado abiertamente inclinado por los militares de extrema derecha), lo inducían a apoyar sin reservas ni reticencias al nuevo Estado independiente croata. En efecto, de acuerdo con los informes del primer representante us-

Entre los personajes menores de la Secretaría de Estado ya hemos dado a conocer, en el curso de nuestro trabajo, los nombres de monseñor Sigismondi 143 y Prettner-Cippico. Por desgracia, del primero todo se limita, en el segundo informe de Rusinovic que se ha conservado, al fragmento citado. En cuanto a monseñor Prettner-Cippivo,144 él mismo nos ha revelado que fue elegido por el cardenal Maglione para ayudar a Rusinovic, por ser hijo de madre croata y conocedor de Croacia, de sus habitantes y de su lengua. Con sus atenciones y solicitudes, debía tranquilizar al representante de Zagreb respecto al establecimiento de relaciones

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tachi, se prodigaba como ningún otro en el Vaticano en este sentido. El propio Rusinovic no lograba jamás tomar la iniciativa sobre él: siempre estaba prevenido. En efecto, Felici se le adelantaba siempre en sugerirle los medios para impresionar a sus superiores: lo avisaba de los acontecimientos pontificios a los que no podía permanecer extraño sin causar mala impresión, le preparaba entrevistas útiles, lo instruía acerca de los formalidades más eficaces para actuar sobre el Papa, etc. He aquí dos episodios indudablemente significativos. En marzo de 1942, L'Osservatore Romano incluyó el nombre de Pavelic entre los de las personalidades que habían enviado al Papa sus felicitaciones por el tercer aniversario de su coronación; pues bien, escribe Rusinovic, «el mismo día, por lo tarde, vino a verme el nuncio Felici, para preguntarme si aquello me había alegrado y qué significado le atribuía. Él sostiene que para un conocedor del Vaticano, ello supone ya cierto reconocimiento del NDH».148 Dos meses después, Felici volvió a ver de improviso a Rusinovic, esta vez para preguntarle «por qué el Poglavnik no había mandado su felicitación el Papa, ya que aquello había sido muy notado en el Vaticano».149 Y la misma conducta observó el prelado con Lobkowicz. «He vuelto ver al ex nuncio de Belgrado —comunicaba este último a su ministro, el 20 de diciembre siguiente—, el cual sigue actuando con diligencia, siéndonos útil de todas las maneras.» Más aún, su celo era tal, que sorprendía a sus propios beneficiarios. «Una vez —afirma Lobkowicz—, declaró incluso que estaba convencido de que el Vaticano exagera en sus reservas hacia nosotros.»150 Sólo el padre Wurster demuestra pensar de manera algo distinta. En un fragmento suelto de informe, que tiene todas las característica de haber salido de su mano, apuntaba: «En el vértice de la tragedia se halla el hecho de que monseñor Felici se ha instalado en el Istituto di San Girolamo, donde han puesto a su disposición un piso entero y por el cual paga, incluida manutención, sólo 25 liras diarias. Por otra parte, monseñor Felici deplora todavía el fin de Yugoslavia. Para él, el señor Macek es un genio, y su política era muy de su agrado.» Y en su informe del 12 de junio de 1942: «...en San Girolamo vive el ex nuncio en Belgrado, monseñor Felici. Es un hombre muy astuto, aunque como diplomático es más bien mediocre, y siente simpatías por Macek. Sin embargo, muchas circunstancias permiten deducir que no le disgustaría poder ir de nuncio a Zagreb. Hemos de tenerlo más en consideración, porque en el Vaticano cuenta como conocedor de nuestra situación.»

En el fondo, pues, sincero o no, desinteresado o no, con su juego, monseñor Felici hacía también el juego a los ustachi. Los cardenales En el caso de los cardenales, las visitas de los agentes del NDH fueron casi siempre visitas de rutina, aunque en realidad tenían por objeto establecer las premisas para conquistarlos para su causa. De todas formas, las relaciones con los mismos son siempre útiles, porque ayudan a penetrar en el mundo secreto de las simpatías y antipatías políticas de los miembros del Sacro Colegio, en el bien entendido de que éstos se- interesasen por la política activa, lo cual es menos frecuente de lo que se cree. Sin embargo, es cierto que a algunos de ellos les gusta fingir al respecto una indiferencia que estaban lejos de sentir. Ya lo hemos visto en el caso del cardenal Fumasoni-Biondi.151 Pero si hay que desconfiar de las socarronas afirmaciones del «Papa rojo», hacerse fuertes en la misma actitud respecto a un cardenal Mercad1*2 habría podido permitírselo sólo quien lo conociera a fondo. Para cualquier otro habría resultado sorprendente que hubiese mostrado que advertía algo más allá del reducido horizonte de las estanterías que lo rodeaban. Así, pues, Lobkowicz, al llevarle como obsequio los acostumbrado libros de propaganda ustachi, ni siquiera sospechó que le habla ofrecido el mejor parapeto tras el cual atrincherarse. En efecto, se mostró conmovido de la atención que tenían con él y sintióse infantilmente feliz por el obsequio. Siguió sopesando los libros, manoseándolos, alabando el buen gusto de la encuademación, de la técnica tipográfica y de los caracteres de imprenta. Y todo acabó allí."* ¿Se podía esperar algo mejor de su colega Marchetti Selvaggiani'?lsA En efecto, el entonces «vicario» del Papa para la ciudad y diócesis de Roma había sido diplomático en los primeros treinta años del siglo (entre otros cargos, nuncio en Viena). Pero había un obstáculo: como escribió Lobkowicz, «no está de acuerdo con el actual Gobierno de Alemania». Por tanto, no se podían tener muchas ilusiones respecto a su apoyo. Sea como fuere, Marchetti Selvaggiani mostró «bastante interés» por las cosas croatas y se mostró incluso de acuerdo con la cuestión de la frontera del Drina. Mas todo acabó con una ducha de agua fría: «Pero ha añadido que duda de que podamos tener éxito al respecto, especialmente si ganan los aliados».155 Pero además de los ausentes y de los indiferentes tenemos también los adversarios, y de todas las gamas, desde la tibieza, a

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la intolerancia. He aquí, por ejemplo, al cardenal Pizzardo.lx Según Lobkowicz, «es conocido como un hombre muy ambicioso. Su nombre ha sido mencionado varias veces durante la última elección de Papa. Se dice que fue uno de los candidatos con más probabilidades». Sobre esta escasa simpatía debió de influir especialmente lo que le dijo Pizzardo: «Piensa que el actual mapa de Europa ha de sufrir grandes cambios. Está convencido de que, en todo caso, es necesario separar a los croatas de los servios. Se siente más inclinado a una confederación danubiana como solución del problema de la Europa Centro-Sudoriental.»151 En cuanto a Pellegrinetti,m Lobkowicz apenas tuvo tiempo de hacerle una visita y darse cuenta de «que no era muy favorable al Gobierno ustachi», cuando ya el purpurado había muerto. Por tanto, había motivos para alegrarse de ello, incluso porque al figurar entre los pocos «que conocían bastante bien las cosas» croatas, era presumible que no habría influido en modo alguno favorablemente respecto al NDH. Pese a ello, le dedicó una necrología más que positiva: «Conocía bien la lengua croata y estaba suscrito a muchos de nuestros diarios y revistas. Seguía con atención todos los cambios de nuestra escritura y la purificación de la lengua y, con frecuencia, al hablar con un croata, le corregía su manera de expresarse. Ha leído las entregas publicadas hasta ahora de nuestra enciclopedia. Al morir, rezó en croata.» ¿Por qué tanta generosidad? Sobre todo —creemos— porque Pellegrinetti era un moderado y un realista. Tan moderado y tan realista, que el propio Rusinovic llegó casi a confundirlo con u n aliado. Con él, escribió a su amigo ministro el 20 de marzo de 1942, «no he tenido que cansarme mucho, porque conoce bien a los servios y le son muy queridos. Me ha hablado durante una hora entera de su política, de Alejandro, y me ha recordado las "acciones criminales" del rey Alejandro, etc. En una palabra, podría defender nuestra causa en el Vaticano mejor que muchos de nosotros, ya que conoce tan perfectamente nuestra historia, que yo estaba verdaderamente asombrado de ello, y los servios le han hecho más daño que cualquier otro. Ha acabado diciendo que aun cuando fuese verdad lo que se reprocha a los croatas a propósito de las persecuciones de los servios, no es sorprendente para una persona que conozca el pasado: las atrocidades no se pueden aprobar, pero sí comprender».

Las cuatro entrevistas

con

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Un temperamento bien distinto tenía, por el contrario, el lorenés Tisserant —el único cardenal no italiano miembro de la Curia durante la guerra y en los años precedentes—, que tanto tenía en común, en el plano intelectual y en el de la carrera, con su colega y amigo Lucchesia. En efecto, como Pellegrini, conocía las lenguas eslavas y cultivaba sus respectivas literaturas, era historiador de Oriente y bibliotecario (aun cuando Pellegrinetti, por causas de fuerza mayor, se había detenido en el diploma de paleógrafo). Además, como él, debía la carrera que lo había llevado a la púrpura a su encuentro con el Ratti bibliotecario. Y es singular que estos dos conocedores del mundo eslavo e íntimos amigos de un Papa ciertamente no tortuoso y ajeno por completo a las untuosidades diplomáticas, fuesen, aunque con estilo distinto, los más declarados adversarios en la Curia romana de la Croacia fascista. Los informes de las entrevistas de los representantes ustachis con Tisserant constituyen las partes más vivas y apasionantes, a la par que tonificantes, de la correspondencia que ha llegado hasta nosotros. Y —conviene añadir— las que garantizan más favorablemente su sustancial objetividad, al mostrar que tanto Rusinovic como Lobkowicz se hallaron bien lejos de querer ver de color de rosa el ambiente en que se movían y, sobre todo, de querer alterar su realidad. En total, las audiencias concedidas por el cardenal fueron cuatro: tres a Rusinovic y una a Lobkowicz. Y cada una tenemos un amplio informe en las referencias que se han conservado. Sobre todo la primera, contiene una abundancia de pormenores incluso superflua; pero, evidentemente, ninguna otra entrevista había causado un shock semejante al malaventurado médico-diplomático, que, además, esperaba una acogida bien distinta. En efecto, la entrevista le había sido procurada por monseñor Sigismondi, quien debía de haberlo instruido respecto a todo lo referente al purpurado cuando Rusinovic, al anunciar a Zagreb la audiencia el 8 de febrero de 1942, se había expresado en estos términos: «Dentro de unos días tendré la oportunidad de visitar a algunos cardenales favorables a nosotros., entre ellos, a un cardenal francés, Tisserant, que antes era gran amigo de Yugoslavia, pero que, desde que Yugoslavia traicionó a Francia, se ha convertido en amigo de los croatas, y explica su cambio con el justo castigo

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que ha alcanzado a Yugoslavia. Es gran amigo del Santo Padre y su secretario particular (sic).» En el informe de la audiencia, el cardenal de rostro miguelangelesco, enmarcado como estaba ya por la espléndida barba a lo Moisés, y de temperamento borrascoso, ora suavemente irónico, ora impetuosamente agresivo, se divierte en provocar y herir a su ingenuo adversario con la cínica felinidad del gato que juega con el ratón prisionero. En sus palabras, el que casi siempre sale victorioso es el príncipe de la Iglesia, o sea, el príncipe con atuendo eclesiástico, pero de juicio profano y mundano, para el cual la política lo es todo, o casi todo, y el mundo está dividido exclusivamente en aliados y adversarios. Raras veces asoma el sacerdote, pero cuando apunta, sus palabras inciden con el hierro al rojo vivo. Son las palabras que faltan a su jefe, las enérgicas denuncias y las abiertas invectivas que querrían oír de sus labios y que siempre ha esperado en vano. Y son estas palabras las que hacen inolvidable y sumamente valioso el informe que las contiene. Sea como fuere, citaremos íntegramente también las restantes, tanto para facilitar la mayor comprensión posible del hombre que las pronuncia, como para deducir indicaciones útiles para la comprensión de las vicisitudes croatas y del mundo curial. El primer informe —del 6 de marzo de 1942 (la audiencia se celebró el 5)— es particularmente desagradable por la forma en que está redactado: por el desaliño del estilo, el caos de la puntuación, los continuos y desconcertantes cambios de la oración directa por la indirecta, etc. Mas, precisamente por esto, la fascinación que emana del mismo radica exclusivamente en su contenido. Tras haber aludido a la importancia del personaje visitado (o sea, al hecho de que sea Secretario de la Iglesia Oriental, cuyo prefecto es el propio Papa), Rusinovic comienza: Tisserant me ha recibido muy amablemente, con modos exquisitos. La conversación ha durado una hora y media, pero ha sido completamente distinta de la que he celebrado con las otras personalidades del Vaticano; tiene un temperamento abierto, polémico, más de político que de eclesiástico. Dado el interés de sus afirmaciones y de sus tesis, tanto respecto a nuestra posición como a la de Europa en general y del mundo, me esforzaré por resumir sus líneas principales. Después de las formalidades de rigor en la presentación mutua, ha empezado así: «¿Cuáles son sus orígenes, señor doctor? ¿Desea hablar en francés o en italiano?» «Si me lo permite, emplearé el italiano; he estudiado francés en el colegio, pero no lo conozco tan bien como el italiano.» «Con mucho

gusto. Yo soy francés, pero vivo en Roma hace mucho tiempo (veintitrés años), y el italiano me es completamente familiar. ¿Dónde aprendió usted el francés?» Entonces le expliqué que soy dálmata, que estudié en Spalato y luego en Zagreb, etc. «¿Y cómo usted, siendo dálmata, puede representar a Croacia? ¿Todavía ocurren cosas de esta índole en la vida pública y política de ustedes? ¿O sea, después de haber afirmado los italianos que Dalmacia es italiana y que en ella viven?» Y acompañó estas palabras con una sonrisa maliciosa e irónica. Debo confesarte que me sentí más bien a disgusto, pues no esperaba en modo alguno cuestiones de esta índole; sin embargo, me he contenido y le he contestado acerca de esto: que en Dalmacia, excepto un número insignificante de italianos, viven los croatas, gran número de los cuales, aun antes de la formación del NDH, habitaban en las otras regiones de Croacia, y que una buena parte de los mismos ha emigrado de Dalmacia después de la anexión. Por lo que a mí respecta, no veo en qué puede obstaculizar el que yo represente a Croacia, aunque fuese un croata nacionalizado y procediese de cualquier país del mundo. «Pero, ¿cómo ha sido posible entonces que sus grandes amigos y aliados, los italianos, les hayan podido arrebatar Dalmacia?» He aquí otra pregunta más desagradable aún para mí. He iniciado entonces una exposición histórica desde la llegada de los croatas a las costas del Adriático en adelante, evocando todas las peripecias por las que ha pasado Dalmacia hasta hoy. He dicho que los italianos se apoderaron de Dalmacia basándose en un supuesto derecho histórico, y también por razones sentimentales, así como para satisfacer a los irredentistas, que han desarrollado una gran propaganda en pro de la anexión de Dalmacia a Italia. Se comprende que esto es muy duro para nosotros: el propio Poglavnik, en su primer gran discurso en la patria liberada, ha subrayado que se trata de un auténtico sacrificio. Pero, gracias a Dios, ahora Croacia es libre, mientras que, hasta hace poco, Croacia, junto con Dalmacia, se encontraban en la peor de las esclavitudes. Hoy somos un Estado y libres en nuestra casa. Con frecuencia, hasta los grandes pueblos deben renunciar, por la libertad, a las partes más queridas de su cuerpo estatal y popular, del mismo modo que un individuo sacrifica, si es necesario, el ojo, para conservar la cabeza. «¿Son ustedes, pues, libres? Pero, ¿acaso no hacen ustedes todo lo que quieren los alemanes, lo mismo que los demás pueblos de la Europa de hoy? ¿Y a eso se puede llamar libertad?» «Excúseme, Eminencia, pero en esto no puedo estar de acuerdo con usted. Croacia tiene sus fronteras, su jefe de Estado y su Gobierno, su ejército, sus representaciones diplomáticas; posee, pues, todos los atributos de la autonomía y de la independencia
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de un país. Croacia arregla su propia casa como place al alma popular y a los intereses del pueblo croata, y nadie se inmiscuye desde el exterior en todo esto. Por otra parte, aunque no fuese así, aunque fuera como dice usted, o sea, que todos los pueblos de Europa hacen lo que quieren los alemanes, no sería nada extraordinario que lo hiciéramos también nosotros, dado que un pequeño pueblo como el nuestro no estaría en condiciones de resistir a un coloso tan grande, en vista de que no han podido hacerlo ni siquiera los Estados con treinta o cuarenta millones de habitantes, y aún más. Pese a ello, ocurre lo que le he dicho antes: somos un pueblo libre en su propio Estado. Usted, Eminencia, sabe que la opinión de los círculos eclesiásticos respecto a Alemania, por lo que se refiere a la fe, es desastrosa; usted sabe que Alemania es el mayor enemigo de toda religión; pero sabe también que los croatas son católicos, que se sienten orgullosos de serlo y que no vacilan en proclamarlo así en público, como cuando, por ejemplo según las viejas tradiciones, el Plogavnik, con el Gobierno en pleno y los miembros de la asamblea croata, va a la iglesia para invocar al Espíritu Santo con ocasión de la apertura de la asamblea. Si nosotros hiciéramos lo que quieren los alemanes, y para usted son los más grandes enemigos del catolicismo, no nos atreveríamos a hacerlo jamas.» «Sí, su libertad se asemeja mucho a la de nuestro Pétain. También él es libre, pero deben entregar a los alemanes el 80 por ciento de los géneros alimenticios, mientras el pueblo francés muere de hambre. No son habladurías; estoy muy bien enterado de ello. Pero no basta: los alemanes toman aún el 70 por ciento de lo que llega por mar del África septentrional, y ello, inmediatamente, en el mismo puerto de llegada. ¿Acaso ustedes no han de hacer otro tanto, aunque se queden sin pan? Ustedes son como los demás pueblos, o sea, económicamente esclavos; y sin libertad económica, no hay libertad política.» (Yo he contestado que no se puede comparar en modo alguno la situación de Francia con la de Croacia... Francia ha sido derrotada en guerra con un país enemigo, mientras que Croacia se ha alineado junto a Alemania y la ha ayudado a destruir Yugoslavia. El sueño perenne del pueblo croata era el de resucitar el reino de Croacia. Yugoslavia era una auténtica prisión para los croatas. Hoy estamos en relaciones amistosas con las potencias del Eje, y si podemos, ya que somos amigos y aliados, damos a nuestros amigos aquello de que disponemos, ayudándolos en la lucha contra el enemigo común, el bolchevismo, contra el cual, por lo demás, luchamos también nosotros.) «Sé que el pueblo croata aspiraba a su propia libertad y tenía derecho a ella. Nadie podía quitarle este derecho. (Comprendo que

se haya levantado contra los servios en el momento más favorable), pero, querido señor, vuestros amigos fascistas se ríen de la independencia y libertad de ustedes, así como de la existencia del Estado croata. Esto lo he sabido directamente de sus grandes jefes políticos. El rey de ustedes, el duque de Espoleto, no volverá jamás a Croacia. Él dice que no irá a Croacia porque lo han hecho rey de un reino que no es tal, porque depende a la vez de Alemania y de Italia. En Croacia, todos tienen más o menos poder que los croatas. Así están las cosas. Y si supieran lo que dicen de ustedes las autoridades italianas que se encuentran en el litoral, lo considerarían terrible. Según ellos, les espera algo inimaginable, porque no lo han experimentado jamás. En aquellos lugares, las matanzas, los incendios, los actos de bandidismo y de rapiña están a la orden del día. No sé si todo eso es cierto, pero sí sé positivamente que son los propios franciscanos, como, por ejemplo, el padre Simic de Knin, los que han tomado parte en los ataques contra la población ortodoxa y para destruir a la Iglesia ortodoxa. (Del mismo modo han destruido ustedes la iglesia Banjaluka.) Sé con seguiridad que los franciscanos de Bosnia-Herzegovina se han comportado deplorablemente, y ello me duele. Estas cosas no puede hacerlas una persona educada, culta, civil, y muchos menos un sacerdote.» Puedes imaginar cómo me sentía en mi fuero interno al oír todo lo que la propaganda enemiga ha llevado a cabo contra nosotros; he quedado muy sorprendido y he manifestado mi estupor a Su Eminencia a propósito de estas falsedades difundidas por nuestros adversarios, respondiendo lo mejor que pude a cuanto él me decía. Poco nos interesa lo que cada uno de los fascistas piense y diga de nosotros, porque sabemos que' no piensan así los jefes que nos han ayudado a construir nuestro país. Por lo que respecta a lo que se dice de nuestro futuro rey, Eminencia, si no lo ha recogido directamente de él, permítame que dude de ello, porque son infinitas las habladurías de esta índole que corren por ahí. En lo que concierne a los casos de destrucción de las iglesias ortodoxas, no he oído nada, y por eso no J o puedo creer fácilmente. En los últimos dos o tres meses he estado algunas veces en Zagreb, y, además, nuestro Gobierno nos informa de modo exhaustivo de la situación: creo, por tanto, que debería saberlo. De todas formas, asumo la responsabilidad de examinar estos hechos y le informaré de ello. En realidad, se han cometido violencias, pero por parte de los ortodoxos a los católicos, y tal vez acá y allá se hayan dado algunos casos de reacción por parte del elemento católico croata. Los soldados italianos que han llegado a una región desconocida han oído de todo; pero en una región