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¡UAN BENEYTO PEREZ

CATEDRATICO DE LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

ENCARGADO DE CURSO EN LA DE MADRID

HISTORIA DE LAS DOCTRINAS POLITICAS

SEGUNDA EDICION REVISADA

DE CURSO EN LA DE MADRID HISTORIA DE LAS DOCTRINAS POLITICAS SEGUNDA EDICION REVISADA AGUILAR, S.

AGUILAR, S. A. DE EDICIONES

MADRID

NOTA BIOBIBLIOGRAFICA

Sacido en VülajmJo8a (Alicante)

en. 1907, Juan Beneyto

Pérez

es-

tUdió Derecho en la Universidad de Valencia. Pensionado en Italia Y en Alemania, ha l>ido discípulo de los profesMes Leicht, von Schwe-

rin y Stutz. La Universidad de Batania le concedió el Premio

Victor

Manuel por su tesis doctoral, !/ la de J1unich, 1J(J'T invitación del pro-

fesor Konrad Beyerle, le llamó, ya en 1934, para dirigir un cursillo. Doctor en Derecho y en CienciM Políticas y EconÓ'm-icas, es cate-

drático

numerario

de

Universidad.

Ha

explicado

Historia

del

Dere·

cho, siempre atraído por los temas políticos. habiendo fundado en Madrid, en 1941, un Seminario de Historia de las Doctrinas Políticas,

y dado cursos de historia del pensamiento político español en la Pa-

está

cultad de Ciencias Políticas y

f<Jconómicas

de la CentTaI, doJUif

encargado de la cátedra de Historia de la.<; Instituciones Políticas. Ha participado en los ciclos de conferencias de la Escuela Diplmnática y de la Escuela Socwl 'JI eon dtstfmtas conmemoraciones culturales. na- cionales y extranjeras. Colabara en diversas revistas, habiendo sido reclanwdo su 110m- Me en las melanges de homenaje a los profe.<:orc-s Altamira, _4lbf'1'toni, Finke, Solmi y Menéndez Pidal, asi comO' en publicaciones miscelá-

neas, tales como La Mission de l'Espagne, París, 1941.

Pertenece a la Academia Hispano-ltbl,iana; es director de número del Centro de Cultura Valenoiana, académico correspondiente dI? la Real de Legislación y Jurisprudencia, miembro fundador de la Aso- ciación de Amigos de Luis Vives y de la Sociedad ESp<1ñola de Fi· ~osofia; consejero adjunto del SupeI/"Íor de Investigaciones Científicas y de la Sociedad Dante Ali{}hieri; miernbro de la Commission Interna· lionale pour I'Histoire des Assemblées d'Etats, dependiente drl [nter· national Historical Committee, y de la Comisión de Historia Social

de

Ha publicado estudios, ediciones y ensayos. He aquí el recuento de su obra:

España.

Los medios de cultura y la centra.lizacWn

aajo Felipe

ll.

Madrid Reus,

1927.

El valor jurídico de la ley. Madrid, Reus, 1930.

Regulación del trabajo en la Valencia del 500. Madrid. Junta

pllación de

Estud.ios. 1930.

parD

Am·

.xll

NOTA

BlOBIBL10GRÁFICA

Instituciones ae Derecho hist6rjcQ. español. Barcelona, Bosch, 1930-3l. Fuentes de Derecho hiStórico español. Barcelona, B08Ch, 1931. JI Diritto catalano in Italia. Bolonia, Zanichelli, 1933.

Naciona./-Iwcialismo. Barcelona, Labor, 1934. El nuevo Estado español. Cádiz, Librería Cerón, 1939, 2.· ed. 1939.

Ma1!u,a1 de Historia del Derecho españO'l. Za,ragoza, Librería General, 1940,

2." oo., 1948.

Estudios sobre la historia. del régimen agrario. Barcelona, B08ch, 1941.

España y el problema de Europ(l_ Madrid, Editora

Nacional, 1942. Nueva

edición. Buenos Aires. 1950. Col~ción Austral.

7'res historias de unidad. Madrid, 1943. Ginés de Sepúlveda, humanista y soldado. Madrid, Editora Nacional, 1944. Lección SlJJbida. Política de Letras y de HistOlria. Madrid, Editora Nacio-

nal, 1945.

Fortuna de Venecia, Historia. de una fl1l11Ul políticlJl Madrid, Revista de

Occidente, 1947.

Introducción a la Historia. de las doctrinas políticas, Barcelona, Bosch,

Editor, 1947. TrajaJuJ, e-l mejor prfncipe. Madrid, Editora Nacional, 1949.

Los orígenes de la Ciencia politica cn Esf)<llña. M::(\rid, Instituto de Es·

tudio.s Políticos, 1949.

La escuela iluminista salmantina. Universidad de Salamanca, 1949.

El Cardencl Albornoz, canciller de CaRtilla y

carudillo de- Italio

Madrid

Espasa-Calpe, 1950.

W

ANTONIO SARDlNHA:

cuesti6n peninsuJ,a{/". Trad. y pro!., Valencia, 1929,

2." ed.,

Cádiz,

Escelicer, 1940.

VÁZQUEZ

I)l!

MELLA.

Antología

y

pr61.

Madrid,

Editora

Nacional,

1939,

2. a OO., 1942.

Ideas polftictlS de la Edad Media. Selección, trad. y

pró!.

Madrid, Edi-

tora Nacional. 1941, 2. a ed., 1942.

ALBl!RTO PECORELLI:

Il re catholico. Ed. y pról. Madrid, Consejo Supe·

rior de Investigaciones Cientificas, 1942.

R. SÁNCHE:Z I)l! ARÉVALO:

Suma de la, Política, Ed. y

pró!.

Madrid, COl'·

sejo Superior de Inveatigaciones Científicas, 1944.

Textos poUticos espafutles de la baja Edad Medio. Sel~ción y

Madrid, Instituto de Estudios Politicos,

1944.

prólogo,

Glosa castellana al .:Regimiento de Príncipes de Egidw Romana. Edición

y

estudio

194B.

preliminar. Madrid,

Instituto

de

Estudios

Políticos,

1947-

PROLOGO

PROLOGO

Entre los profesores ,"spaiíoles existe una repugnancia curiosa a

elaborar visiones de conjunto, resultando chocante que materias que

son objeto de un riguroso quehacer están presentes en monografías,

pero no en exposiciones de tipo generaL El principal inconveniente de

esta actitud es la calificación de hermetismo que impone a la discipli-

na, calificación que ha servido durante un largo período para exaltar

la posición del maestro en una atmósfera, a la larga asfixiante. de pura

invención o de infusa ciencia.

Tal repugnancia se empieza a yencer, y creo que todos debemos

poner lo que podamos para que el vencimiento sea definitivo. Una ex- posición de conjunto exige- riE'rtamente, a modo de cala, una profunda toma de contacto con la materia, una preparación instrumental y de e-specialista, y un espiritu abierto dispuesto a desvelar el esfuerzo pro- pio. Como no es indispens~ble que se den por resueltas todas las cues- tiones, creo que más bien lo que hace es esa actividad humana (le en- trega del resultado del trabajo. Con el convencimiento de que siempr.e habrá temas por resolver y que lo importante es situarlos, doy a los tórculos una serie de perfi- les. construidos con mis preocupaciones de estudioso sobre el horizon- te de la Historia de las doctrinas políticas, no porque considere aca· bado mi trabajo, sino para ponerlo como contribución personal en el mundo de las aportaciones intelectuales de nuestro tiempo. La disciplina a que estas páginas tocan-ligada a la Historia jurí-

dica y política que desde hace veinte anos viene siendo mi ocupación- está llamada a sugerir muchas vocaciones. F.n otro volumen he sena- lado mis opiniones sohre su concepto, su contenido, su método v sus fuentes. Acuda el lector allí. porque en él se explican tanto la norma como la sistemática que debería iniciar este libro, pero que ya PE su- perfluo hacerlo andando POi' las librerías mi Introducción (*). Vaya añadir sencillamente que la Historia de las doctrinas poli- ticas no sólo se ha de comprender, sino que ha de sentirse. El hom- bre está ligado a su circunstancia, y hay que procurar que las grandes figuras en cuya coherencia se edifica el pensamiento de cada períOdO expongan sus actitudes sobre las letras que dejaron en su viva acción. Bergson tiene razón cuando dice que Descartes y Pascal represen- tan las dos formas del pensamiento entre las cuales se divide el espí-

(O)

fuentes

¡ntroducct6n

a

la

Historia

de

las

dIrectas.

Barcelona,

Casa

Editorial

doctrinas

poll/ieas.

Bosch.

1947

Con

un

Reperto"w

de

pROI.OGO

ritu moderno: la racionalista y la intuitiva. Pues bien: al historiador de las ideas las dos le han de parecer solidarias. Con esa finalidad he hecho aflorar las distintas corrientes según el mecanismo de las recepciones y las expansiones, buscando el hilo con- ductor de las líneas internas y externas. Otra cosa he de decir: la exposición se pretende ofrecer como dic· tacta desde un rincón del viejo mundo clásico y cristiano. Y quiere ser tan objetiva que ni el Catolicismo ensombrezca la perspectiva de la Reforma, ni la Latinidad oculte la significación trascendental del Orbe Nuevo. Todo quiere estar presente, en panorama que estimo general, en visión universalista. y lo español en el sitio que le corresponde y en la fe de quien escribe.

• ••

Hasta

aquí lo que escribía hace dieciocho meses.

Ver agotada la primera edición en tan poco tiempo ha de satisfa- cerme por cuanto señala el interés del libro y supone que se ha ser- vido con él el interés de la cultura, tan gentilmente subrayado por sus lectores. Ese mismo éxito me confirma en sus líneas generales, que deberé mantener por si han sido ellas las que me granjearon tal favor. Las modificaciones realizadas se refieren a correcciones de detalle, planteo más amplio de ciertas figuras e incorporación de nueva bibliografía. Se ha procurado hacer descollar a algunos autores cuya importancia o influencia pareela sufrir, y ampliar el enfoque de alguna cuestión, pero sin romper aquella norma, pues en la visión de su conjunto se ha preferido el panorama a la orografía. La contemplación de los avata- res del pensamiento exige dar entrada al mayor número de pensado- res o de corrientes. El estudio pormenorizado de las primeras figuras es fácil e incluso encuentra tratadistas directamente interesados en la investigación de sus ideas. De otra parte, dándose como se dan los elementos bibliográficos fundamentales, la tarea está iniciada para quien se desee internar en cada uno de los grandes maestros. Otra cosa hubiera sido romper la perspectiva. Con el favor del público he de agradecer el de los profesores que han recomendado la obra, el de los estudiantes que han seguido aque- lla indicación y, de especial manera, el de quienes con sus criticas han situado y valorado mi quehacer. La magnífica impresión de su conte- nido, advertida en la nota de Faustino J. Legón en la Revista de la

Facvltad de Derecho y de Ciencias Sociales de Buenos Aires; las pru.

labras sobre la actitud científica en la que mi libro se mantiene, según el recensor de Realidad; la galanura y autoridad en que Luis Garc[a Arias, desde Arbor, la ve escrita; en fin, esa felicitación del Padre Urrutia, que desde Pensamiento pide a Dios que bendiga generosa-

PRÓLOGO

XVII

mente la labor científica en que estoy metido «para gloria de las le- tras nacionales y bien de los muchos lectores Todo me obliga y me tiene encadenado. Por ahora, gradas y la promesa de que, no faltando circunstancia conveniente, trataré r!.e co- rresponder al crédito que se me ubre, aunque no crea poder llegar a hacer de este libro--«tan bien encuadrado y tan felizmente arquitec- turada», según dice Carlos Curdo en la Rivista Internazionale di Filo- sofw del Diritto-lo que en un exceso de devodón le augura' «Un lavoro fondamentale della cultura oC'cidentale per un orientamento generale delle dottrine politiche.lI

»

J.

B

Madrid. ff'brero de 1950.

,)()(., ""

's

lJ

INDICE

NOTA BIOBlIlLlOGFl.ÁFICA

PRÓLOGO

INDICE

PRIMERA PARTE

ANTIGtJEDAD Y EDAD MEDIA

LlERO

1

LA CULTURA GRECORROMANA

CAP.

l.-EL

ORDEN 'poLÍTICO

GRIEGO:

SU

ESTRUCTURA

Y

SUS

IDEALES.

3

1.

Moral y cultura

3

2.

La epolis»;

su tipología:

Atenas y

Esparta

 

5

3.

La elocuencia e Hipérides .

politica:

D",móstenes,

Perlcles,

Isócrates

9

CAP. 1l.-PLAroN, o LA SABIDURíA Y LA POLÍTICA

14

4.

Sócrates y SU ambiente

14

5.

Formación y tart'.a de Platón o

17

6.

La obra platonlana

21

7.

Platón y el omen politico griego.

22

CAp.

IIL-ARlSTÓTELES, o LA TRADICIÓN

26

8. Aristóteles y su problema

26

9. La producción literaria:

su sentido poUtico

27

10. Líneas fundamentales del pensamiento arlstotélico

CAP. IV.-EL

lIIUNDO HELENICO y

LAS CONQUISTAS DE ALEJANDRO

29

33

11.

El J1e.leniSmo

33

12.

Egipto, Persia y

la India

35

13.

Las repercUsiones doctrinales: de Aristóteles a Zenón .

38

CAP.

CAP.

V.-EL lIIUNDO ROMANO ,

40

14.

Fundamentación cultural y jurídica

 

41

15.

La tres publica•.

44

16.

El ImperiO

46

VI.-LA

INTERF!;;RENCIA

HELtNICA

EN

RoMA

50

17.

Polibio: su panegírico de la constitución romana; doctrinas

sus

50

18.

Cic<,rón: originalidad y

sentido de su obra

53

XXII

iNOICE

CAP.

VIL-LA

CULTURA

POLÍTICA

RO~AN" FUERA

19. El provincialismo occidental:

20. L~ división del Imperio:

SÉ'neca

Bizancio

!lE

CAP. VII l.-EL

LAS

MUNCO

LlHRO

l!

:-IL-EVAS

APnH'l'ACIO:

CRISTaNO

;r:;::;

ITALIA

21. La irrupción de'¡ Cristianismo

Pagmas

58

58

61

(};:;

(};:;

22. El Evangélio:

sus elementos políticcs

(}9

23.

Significación de la Patrística:

su¡; conceplo~ fundamC'n-

 

tales

j¿

CAP.

IX.-SAN

AGUSTÍN', o

LAS

DOS

CI¡;ilADE!';

24. ProblEma~ introouctivos

25.

La .civita~" y

el Reino dé Dios

77

26.

Las idea~ de San Agu~tín y

lo¡; valores pE'fmanentC's

80

CAP. X.-EL

ELEMENTO GF.RMÁNICO

83

27.

El asentamiento y la organización

8:l

28.

El poder real y el ejército

 

84

29.

El cruce doclrinal: San Isidoro

8(;

CAP. Xl.-EL ISLA!\!

 

90

30.

La formación del orden~miento politico i¡;]ámico

90

31.

El Califato y

la comunidad

musulmana

91

32. FuenHs, doctrinas e influencir.s

LlBHO

111

94

LA CRISTIANDAD Y EL IMPERIO

CAP. XIl.-LAS

BASES CULTURALF.S

DE

LA

l'OLÍTICA

MF.D1EVAL

97

33. Los

problemas de caracterización

 

97

34. La tradición recogida

100

35.

El renacimiento carolingio, la escuda salisbniell~e y

las

matizaciones

posteriores

103

CAP. XlIL-EL

ORB],;

EVROpEO

106

36.

La renovación del

Imperio:

c~:rolingio~ y otones

106

37.

La Cristialld~d

109

38.

La Exención imperio] y

la amellaza islámica

111

CAP. XIV.-~REGNV:vJ" y

«CIV1"l'AS»

39. Fundamentación del Poder

114

114

10.

Significación y con~ecurncins df'l movimiento municipal.

119

CAP. XV.-~REGN¡;M» y .R~GI:vJEN"

 

122

 

El

mundo

medieval

la

Constitución

122

¡NDIeE

42. Los ejemplos del Continente· la Monarquía de Francia

el reino d;~ Federico

XXIIi

l'ag;"GS

JI

y

125

43. Régimen

feudal y

régimen

estamentario

128

CAP. XVI.-TIPOLOGíA

DE LA AUTORIDAD

Y

DEL MONARCA

132

44. Ideas medievales sobre la figura -del rey

132

45. La calificación del rey como tirano

134

46. Los

fines

de

la

«civitas»:

carácter

jurídico

del

oreg-

 

num»

137

CAP. XVI l.-LA

POSICiÓN DEL SÚBDITO

 

1<0

47. El sistema de p¡¡ces y

el sentido de la

idea de libertad.

140

48. El vínculo de fidelidad y el concepto de pueblo. Significa.- ción de la «Magna Charta»

144

CAP. XVII l.-LA REPRESENTACiÓN DRI. P¡:RBI.O

 

147

49.

El consentimiento

populrrr

 

147

50.

La

elección

y

el

sistema

m:woritario

 

148

51.

E:stamentos

y

Parlamentos

151

CAP. XIX.-E:L Il'EAL DE CABALLERO Y LA DOCTRINA DF. LOS RSTAOOS

155

;;2.

La

concepción

jerárquicn

de

la

sociedad.

la

imitación

 

.-:.ng-élica

155

.'}S.

158

CAP.

54. J\.1ilici~ Y cler(eb

XX.-EL

ORDEN

PO¡JTICO

ECLESIÁSTICO

55. La

56. El movimiPnto C'onciJiarista:

querella de las investiduras

Gerson

CAP. XXI.-LA

RFI.ACIÓN ENTRE LOS DOS PODF.RRS

.57.

La raíz gela:siana

58.

Gregorio VII .v Enrique IV

59.

De Inoccncio lIf a Bonifacio VIII

GO. Libt'rt"d eclesiástica y principe católico

CAP. XXI l.-EL ADOCTRINAM1RNTO I>EL MONARCA

G1.

Los Espejos de príncipes

G2.

El «Policraticus" uC' JU1n de Slllisbcry

G3.

La teoría del prínCipe> perfecto y b

ciencia política

CAP. XXII l.-LAS DOS r.íNE.'S MATRICES DF! LA DOCTRINA

64. La Glosé],: Bártolo ue Saxoferrato

160

163

163

166

170

170

172

174

176

1i8

178

180

181

184

184

65. La Escolástica: Santo Tomás df:> Aquino

186

CAP. XXIV.-LAS uos VERTIR"·TRS [J¡': LA UlSCUSIÓN

192

66. Egidio Romano y su actitud ant.e la politlca dc su tiempo.

192

67. Nicolás de

Cus~ y su

«Concordantia catholica»

194

68. L:l

Monarchia. de Dantc Alighirri

196

69. Marsilio de P.adua y

70. Guillel'ffio do Ocam y

la

novedad

política

la f'scisión de la Cristiandad

198

200

iNDICE

Pdqinas

SEGU:--IDA PARTE

EL ESTADO MODERNO

LIBRO

IV

DESCUBRIMIENTOS, HUMANISMO Y REFORMA

CAP, XXV.-FUNDAMENTACIÓN CULTURAL DEL ESTADO MODERNO

205

71.

El problema general de la renovación política

205

72.

Las tendencias protestant('s

207

73.

El espíritu de Maquiavelo y los limites de la política de la Refortnal

209

CAP. XXVI.-LA CRISIS DEL ORBE EUROPEO

212

74. Imperio, equilibrio y mar

212

75. La caida de Constantinopla y la idealización de Turquía.

215

76. El descubrimiento de América

218

77. La posición de la escuela española

220

CAP. XXVIL-LA ESTRUCTURA DEL ESTADO

223

78. Tipología política y administrativa

223

79. Ciudades y parlamentos

226

80. Consejos y privanzas

228

CAp. XXVIII.-LÍNEAS GENERALES DE LA EVOLUCIóN DOCTRINAL

231

81. La controversia y la imitación

231

82. El Estado aoooluto

235

83. Etica y Politica

237

CAP. XXIX.-EL PENSAMIENTO POLÍTICO EN ITALIA

84. Maquiavelo, Guicciardini y

Botero

241

241

85. Utopía, tacitismo y .admiratio»

245

CAP. XXX.-EL PE¡''-SAMJENTO POLÍTICO E" FRANCIA

 

249

86. Los hugonotes y la Liga católica

249

87. La. escuela juridica. Bodino:

su significación- en la histo-

ria de las doctrinas políticas

251

88. La exaltación de FranCÍ9:

Seyssel y Pastel

 

254

Cl.P. XXXI-EL PENSAMIENTO por

ÍTico

EN

I¡';GLATERRA

257

89. La! .Utopía» del canciller

257

90. Smith, Hooker y Buchanam

259

91. J8cobo 1 y la teorización del derecho divino de los reyes.

262

CAP. XXXIL-LA ACTITUD DEL PONTIFICADO

265

92. La re<>labor.ación del curialismo: Trente y Compañía de Jesús

265

93. El cardenal Belarmino:

sus controversias;

el cDe offido

xXV

C.\P. XXXIII.-LA

CIENCIA POLÍTICA ESPAÑOLA EN EL SIGLU XVI

273

94.

La producción

llterariopolítioa,

273

95. La tradición y las recepciones. Critica y controversia

276

96. La escuela teológica:

Vitoria y Suárez

 

27()

97.

Los problemas del Podel' y

la teorización. oe las formas

concretas

282

LIlHto

V

RAnno('o E JU:STRACIO:-l

CAP. XXXIV.-LA CUI:rUlI.A l"OLITll'A ¡':N 1.0$ .'m:1.o'<: XI'U

\' X\'IIJ

289

98. L:J época

289

99. Nación y autoridad. L:l tearia del dé'~potismo Ilustrado

293

100. Del iluminismo al racionalismo

 

296

CAP. XXXV.-LA EXALTACIÓN Df.L PODER

300

101. La proyección exterior de la 13ü-beranla

300

102. La

justificación del Estado autoritario

302

103. La teoría del fin y de los Jimit('~

304

CAP. XXXVI.-LA

BA

DE

1688

oPOSICiÓN

PAI<LUIF.",TAR1A

l'

LA

REVOI.UC1ÓN

mOLF:·

306

104. Sentido y doctrina

de ('síe movimiento

306

105. Locke:

su puesto en la historia del ParlamEuto político.

309

C.\P.

XXXVII.-ABSOLUTISMO

E

ILUSTRACiÓN

313

106. Luis XIV de Framcia y el arte pollUco. La construcción

teórica:

Richelleu,

Bossuet,

Salnt-Simon

213

107. Federico

11

de

Prusi~, o el

rey

filósofo

318

108. José II de Austria y Pedro Leopoldo de Toscan~

320

C.\P. XXXVIIL-EL

Pf.NSAMIENTO pOLíTICO ILUSTRAJ::.·

.'122

109. La línea germánica:

de Altusio a Wolf

322

110. La linea latina:

IR filosofía

licismo e ilustración

francesa y la H~liana. Cato-

323

C.\P. XXXIX.

LA POLiTICA

ESPAÑOLA EN 1.OS SIGLOS XVIl y XViii

330

111.

caracteres de la IItcr<ltura política

330

¡I2.

Etica y emblemática

333

113.

El princlpp, el pueblo y el Estado

339

114.

LoS consejeros del Despotisffi('

343

íNDICE

Pd"inas

 

LIBRO

VI

 

REVOLUCIQN

y

LIBERALISMO

 

CAP.

XL.-LiNEAS

GENERALES DE

LA

POLlTICA

EN

EL

SIGLO

XIX

,'H7

115. El ambiente de lucha y

la raíz doctrinal

 

347

116. Los problemaa de organización

35t

117. La presencia de América

354

CAP. XLL-LA

REVOLUCIÓN

AMI>RICANA

356.

118.

La

formación (le los Estados Vni(los d

l

norte de Ame·

 

rica

856

119.

Pl'lncipio~, figUra); y tendE'ncias d" pste movimiento

358

CAP. XLII.-LA

REvOLUCIÓN }'RANCESA

363

120.

Reformismo y

declaraciones de derechos

363

121.

La génesis filosófica

367

122.

La expansión dp la Revolución:

pi sistema napoleónico.

370

CAP.

XLIII.-Los

MOVIMIENTOS

CON1'RARItEVOLUCiONARIOS

373

123.

Repercusión Idcológic:l de la folanta Alianza

373

124.

125.

Las reservas del pens'-'miento francés

Líneas tradicloÍJales en Italia y 01 Prusia

375

:177

126.

I

doctrinas conservadoras en américa'

as

Inglaterl'll

C.u>. XLIV.-LA

FILOSOFíA

DE LA

RESTAURACiÓN

y

t'll

Norte

379

381

127. El idealismo en Alemania y en Inglaterra

381

128. El rorn.anticismo politico

385

129. El utilitarismo:

Bentham

286

CAP.

XLV.-EL

SISTEMA

CONSTITUCIONAL

130. La legaliza(:Íón <.le! PO(\rl' y la trorí:i di' 1;1 Constitución en Francia

131. La expansión del sistema constitucional: referencia <1 los caracteres que adopta en los distinto>l palst's

CAP.

XLVI.-EL

ESTADO

LlllERAL

l>N

EURUPA.

aB!l

3R!')

391

396

132.

Liberalismo y tlemocr11cia

396

133

Nacionalismo y clasismo

398

134.

La ordenación dcl .Estrulo t1<' {Irrecho»

401

135.

L'I técnica y la crisis

CAP.

XLVIL-EI. MUNDO POLÍTICO fHIDAMERICANO

405

136.

La emancipación de la América hispánic:1

405

137.

Bolivar, el emancipador

408

138.

Los doctI'inarios y los l}olíti('o~' ,,1 pcn>lamíento ar'gen- tino

410

139.

Ideas y formaR (le la ordenación política sudamer'ican \ filipina

y

414

1NOIClil:

xxvn

CAP.

XLVIII.-EL

pENSAMIENTO

CATÓLICO

Y

LA

POLÍTICA

!.ISF.RAL

419

140.

El _catolicismo sociah:

la obrO' de Ketteler

419

141.

La

doctrina pontificia sobre el liberalismo

422

142. El Código de Malinas

423

CAP.

XLIX.-LA

PúLÍTICA

ESPAÑOU

J;;N

EL

SIGLO

XIX

426

143. El

mundo

histórico

y

el

orden

jurídico.

Doctrinas

y

Constituciones

426

144. La Hustración y el Liberalismo:

 

Ramón de Salas

 

429

145. La

Contrarrevolución:

Balmes

y

Donoso

431

LllIHO

VII

LA CRISIS DEL ESTADO LlRERAL

CAP.

L.-LAS

TENTATIVAS

DE

.QEO.QUF.NACIÓN

pOLITICA

437

146.

Los inconvenientes advertidos

437

147. El sindicalismo

439

148. El movimiento socialista

440

149. Las formas estatales totalltarias

150. El problema del hombre.

REPE.QTORIÜS

ALFASÉT1COS:

1. De personas citadas

2. De conceptos (Indea rerum)

(1ntU~ rwminu.1n)

442

445

."
465

PRIMERA PARTE

ANTIGÜEDAD Y EDAD MEDIA

LIBRO PRIMERO

LA CULTURA GRECORROMANA

CAPITULO PRIMERO

EL ORDEN POLITICO GRIEGO: SU ESTRUCTURA Y SUS IDEALES

1. MORAL Y CULTURA

El estudio de los fenómenos políticos exige siempre un mundo don- de sean posibles la discusión y la investigación. Por la ausencia de es- tos elementos en Oriente, faltan alli actividades intelectuales en el ám· bita de la Ciencia politica. Es excepción la India, que permitió este es- tudio. Mas de él sólo surgieron conceptos hechos lección de apotegmas y fábulas, como los recoge el Calila e Dimna. Cuando se desarrolló el individualismo y se sintió la inquietud por mejorar o reformar, pudo ir cobrando cuerpo la especulación política. Par eso Grecia es madre suya. porque en su ambiente fué posible la actividad del hombre que se sen¡ja responsable de la vida común.

Sin afán exhaustivo recordaremos algunas de sus figuras: entre 'os filósofos, el sofista Pitágoras de Abdera, el socrático Critón de Ate· nas, los cirricos Antístenes, Diógenes, Enoneo;. los académicos Espeu- l'ipo, Jenócrates y Heráclito; los peripatéticos Teofrasto de Ereso, De-

Estoicos

como Zenón, Cleantes, Herilo, Perseo, Crisipo, Esfera, Diógenes, Muso-

nio; epicúreos como Metrodoro, etc. Por sus escritos políticos son no- tables Hipodamo de Mileto, Faleas de Calcedonia, Jenofonte de Ate- nas, Isócrates, AntiXágoras. Eufanto de OUnto, Teodoro de Gadara, Po-

libio de Megalópolis, Marcelo de Pérgamo,

Además de los grandes maestros Sócrates. Pla-

: ón y Aristóteles. ¿Qué cultura puede presentar una floración semejante? La discu- sión sobre el origen autóctono de la filosofía griega queda superada ante estos hechos. Las tesis orientalistas pueden suponerse también incorporadas pOr la aceptación griega de las versiones Que divulgaron los sacerdotes egipcios al servicio de su vanidad nacional, insertas lue- go en el ambiente de las escuelas de Alejandria y en los escritos de la más antigua Patrística. Según Eusebio de Cesárea, un viajero des- conocido de la India habria comunicado sus doctrinas a Sócrates; mas la cronología de los sistemas indios hace suspender todo juicio sobre

Dión de PrusB, Orlbasio,

metrio de Falera, Dicearco de Mesana, Estratón, Anaxarco

Sinesio, Victorino

4 LIBRO l.-CAP.

1:

8ST1WCTURA

DEL ORDEN POLíTICO GRIEGO

esta influencia, que ha debido de ser reciproca a partir de la expedi-

ción de Alejandro.

Ya fué mucho advertir)a presencia del Orden, entendido de ma-

nera un poco indiferente, como Derecho y como Ley, sin una matización

pormenorizadora, aunque en contacto con el hecho humano. De ahí

la importancia de la educación, esa paideia ligada al entrenamiento gim-

nástico y didascálico, reconocido por Pitágoras, que expresa la sumi-

sión de la Pedagogía a la Política.

El ambiente de Grecia fué apropiado para el desarrollo de la obra

intelectual. El hombre es concebido, naturalmente, como ser social, y

la poUs como entidad en la Que todos participan. Mientras las masas

eran atraídas por el teatro, el sofismo----que Gomperz califica como uno

de los fenómenos más interesantes de la cultura helénica-preparaba

a ciertos grupos para la carrera política. Pudo significar así, frente

a la tradición, un camino para nuevas especulaciones, que tuvieron

apoyo en la idea de ciencia, que, arrancando de Pitágoras, sobre un es· quema de números, simetrlas y armonías, giró en torno al término principio. La moral helénica es la propia del hombre considerado como ser libre; moral de señor, en la que vale más la música que el trabajo. Piénsese en la significación de los juegos de la libertad, aquellos eleu- teria, establecidos en Platea a instancia de Arístides. Se ha exaltado la tendencia que muestra el griego hacia soluciones de mesura y armo· illa: en arte, hacia el canon; en filosofia, hacia el cosmos. En política se prefirió un sistema de pequeñas ciudades, en las que todos los mo· radares se conocen; hasta el punto de que Platón pensaba en una POlis de numerus clausus, con cinco mil habitantes. La visión de la ciudad como cuerpo, e incluso su parentesco y comunicación con los dioses, constituye antecedente del corpus muticum paulina. El orga· nismo social o logos se liga al nomos u orden. Acaso Séneca es quien mejor nos pinta esta antigua concepción: Membra sumus corpori 11W.oni. La misma idea está acogida por Cicerón, por T·ácito y por Sue- tonio, y en San Ambrosio y en San Agustín. La imagen del orden establecido preside la estructura política. Cual- quier violación del orden, y en forma típica la guerra, se antoja frente al nomos. El conflicto entre fuerza y derecho revela el valor de esta doctrina. En la época de Demóstenes se puede aún seiíalar como pro- blema no resuelto, al menos por lo que se advierte según ciertos frag· mentas del drama del tirano Dionisia, calificados por Jaeger como an- ticipio de maquiavelismo. La tradición antitiránica muestra su vigencia en los ejemplos de Teognides, que admite la muerte del tirano, y espe·

dalmente en Armadio, celebrado por los atenienses por la canción que Weil ha llamado da Marsellesa antigua». La conciencia de que el hombre griego es capaz de ordenar un mundo virtuoso está clara en Isócrates. Como en otros lugares se crían frutos o árboles o animales, propios de cada país y superiores

a los de otras tierras, la nuestra---:ctice--puede producir y criar hom-

bres, no sólo muy ingeniosos para las artes y los oficios, sino muy ex-

celentes también en la fortaleza y en la virtud. Lo que suced&---eon·

2. ePOLlS.;

su TIPOLOGÍA:

ATENAS

y

ESPARTA

5

fiesa-€s que las cosas han ido mal porque nos hemos abandonado al desorden. La culpa es de los. hombres y no de Grecia. Bien de admirar parece---ee testimonia en otra parte---que una ciudad que tiene tan malos consejeros pueda llegar a .mejorar su condición. Importa, pues., buscar para los públicos negocios aquellos mismos de quienes querria- mos valernos para nuestros propjos asuntos. El orden polftico com- prende, en efecto, según nota Platón, la institución de las magistra- turas y las leyes que las rigen; hacen falta buenas leyes, pero también magistrados idóneos. A la autonomía se unen la eleuteria y la autar- quía, para fijar en su clasicismo el contorno de la paUs.

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2.

LA «POLIS»;

SU TIPOLOGÍA:

ATENAS

y

ESPARTA

La filosofía helénica inaugura un proceso de estudio lógico cerca de las razones de la vida política, proceso que se concretó en el es- fuerzo por establecer cuál fuera la mejor forma. La preocupación es tan viva, que aparece en Píndaro y en Herodoto, siquiera sea rudimen- tariamente. Para fijar la estirpe y los tipos de esta construcción hay que partir del concepto de politeia. Se ha dicho qUe era semejante al de res publi:

ca, mas en todo caso corresponde a la polis como el alma al hombre, segón la hermosa imagen isocrática. Los atenienses, dando un ejemplo, tenian su politeia; la polis eran ellos mismos, y con ellos y por eIlos existía y 8ubsisUa; no así la politeia, qUe podía serIes cambiada. La tradición recogida por Homero y por Hesíodo habla de una mo- naiquia patriarcal y teocrática. Hacia el siglo VII a. de Jesucristo hubo numerosas oligarquías, cuya decadencia facilitó la instalación de regí- menes tiránicos (siglos VI a IV). Los tiranos, mantenidos por el ónico apoyo de tropas mereenarias, caen, al fin, y vuelven la lucha antigua y la controversia. Mas ésta se hace ya girando en torno a determinadas constituciones oojeto de admiratio. La versión de ·las tiranías helénicas está dada por los casos con-

6 LIBRO l.-CAP.

1:

ESTRUCTURA

DEL ORDEN POLfTICO

GRIEGO

cretos de que se ha conservado noticia. De Dionisia 1 tenemos el tes- timonio de Tomaios; Periandro de Corinto es calificado como tirano por Platón; se sabe también de Pisístrato en Atenas y de Cipselo en

Corinto. A Pisístrato se le sitúa sobre tres elementos clasificadores:

la presión tributaria. A

la ayuda extranjera, la ganancia personal y

Periandro, por aplicación de una argumentación moral, visto el des-

tierro de los buenos y el ataque a la propiedad de los súbditos. Habrá

que valorar en cada caso la actitud de la fuente que transmite la noti-

cia, pues, por ejemplo, en el juicio de Jenofonte sobre Dionisio parece

que ha de considerarse el interés de conseguir un puesto en Siracusa, como el que Esquines tuvo.

Las líneas de las constituciones consideradas tipicas-Esparta y Atena8----Qfrecen mayor claridad. Licurgo y Salón han sido sus símbo- los. Vive en los dos un ideal pol[tico oligárquico, que da base a Una evolución que se tipifica en torno a la guerra del Peloponeso. En ese momento (432 a. de J. C.l Atenas ve su poder en la ecclesia

o asamblea general y de mano de generales y arcontes. Quinientos ciu· dadanos elegidos por sorteo completan la organización, sobre la que destacan los estrategas, diez generales designados por la asamblea y

adscritos a funciones militares y diplomáticas. Por bajo de esta estruc· tura, la base social está determinada por el núcleo de los ciudadanos, poseedores del poder político. De entre ellos, los grupos distinguidos

o aristocráticos poseen el gobierno en forma efectiva durante un largo

periodo. La reforma de Solón viene a establecer el predominio timo- crático. Surgen una nueva tirania, derrocada en 510, y los gobiernos de Clístenes y de Pericles. Los oradores dan muchos datos sobre la organización ateniense. De Lisias y de Demóstenes se deduce la constitución democrática de Ate- nas a mediados del siglo v a. de J. C. Con las reformas de Efialtes y de Peric1es se advierten como órganos fundamentales la Asamblea, el -Senado de los Quinientos y los Magistrados. El principal papel poUtico correspondía a los oradores, sobre todo cuando se era orador y militar. La institución típica fué el Areópago, que por una doble consagración

religiosa y política era el primero de los grandes Consejos y gOiaba de independencia absoluta. Por encima de las leyes vigllaba el funcio- namiento de las instituciones. Tan pronto como hablaba era obedecido sin examen ni discusión. Solón trató de dar con él una garantía de estabilidad y permanencia a su obra. Mas no puede decirse que sea creación soloniana, sino resultado de una feliz conjugación de los vincu- las patrióticos y religiOSOS. Toda la legislación de Salón resulta, en efecto, afortunada como transacción inteligente entre el pasado y el por- venir. El pueblo tenia aquellos dos poderes que Aristóteles juzgaba indispensable: designar a los magistrados y Pedir las cuentas. Pre- via a la designación estaba la dokimasia, información de los aspiran- tes. La ley quedaba defendida por los nomofilacos, aunque esta insti- tución, establecida por Efialtes, tuvo acaso breve duración, pues no la testimonian los oradores ni Jenofonte.

ofrece una visión de la constitución ateniense destacando

la importancia del Senado de los Quinientos, al que se someUa el go-

Platón

2.

LA

Ui'OLIS»;

SU T1P0LOGiA:

ATENAS

y

ESl'AltTA

7

bierno. En tal consejo participaban los ciudadanos y ciertos colegios

de funcionarios. Los altos puestos eran designados por ele<!Ción;. los

bajos, por nombramiento. La elección indirecta era utilizada para la

designación de los diez generales en cuyas manos se concentraba el mando administrativo. De este modo la orientación politica' quedaba marcada de manera general, aunque la mayoría de los estrategas fue·

sen simples figurantes. Tucidides cuenta que la democracia griega era

en realidad el gobierno de un hombre solo. Así fué, en efecto, en el

momento de Pericles; mas el demos que Platón conoce en sus últimos cincuenta años era ajeno a todo caudillo y daba la prueba de que no entendía de regir ni de hacerse regir. Desde la época de Solón, Atenas se ofrece como campo de lucha entre dos grupos de familias, de un modo que Wilamowitz ha campa·

rado con las ciudades italianas de la baja Edad Media. Estas familias tenían posesiones en "Asia que servían para alimentar el comercio y la navegación. La aristocracia de las fundaciones coloniales fué así la clase dominante. Precisamente porque las poblaciones tenían masaR restringidas, este dominio se acentuaba claramente. Y se enfrentaba con la tradición del régimen homérico, que era un sistema con predo- minio de la aristocracia de sangre. Esparta ofrece una curiosa mezcla de formas constitucionales. Pla· tón admira la moderación que impone la doble realeza. Esta es su más ejemplar caracterización en cuanto a la estructura. Por lo demás, es· taba organizada con un sistema de consejo, asamblea y magistratura:

la gerusia o consejo de los veintiocho, ancianos e inamovibles; la asam-

blea popular o apella, que no votaba, sino que aclamaba, y que estaba eonstituida por los ciudadanos de la capital, excluyendo a los de otras cludades de Lacedemonia, y los eforos, acaso sacerdotes en su origen, que adquieren poderes como lugartenientes de los reyes. Mas lo fun- damental es la base social. Jenofonte, en el tratado que se le atribuye

sobre la constitución lacedemónica, nos da una antigua referencia de- tallada de Esparta. Los espartanos eran soldados durante toda su vida;

parte fundamental de sus instituciones. La educación te·

lÚa excepcional importancia. Los niños abandonaban la casa paterna para ser sometidos a una educación preparatoria del servicio militar. As! creció el sentido de la disciplina y pudieron considerarse norma· les los hechos heroicos. La organización politlca es militar y, como mi· litar, jerarquizada. Encuéntrase alli una rígida clasificación del pueblo, tan vigorosa, que permanece a través de los siglos. Se establece una base aristocrática. Las más extensas capas de la población son exclur das de la vida politica. La clase superior, con plenitud de derechos, está formada por los descendientes de los conquistador.es dóricos, que

asumen la milicia en la juventud y el mando politico en la ancianidad.

A esta alta clase le son sometidas otras dos: los siervos ligados a la

gleba (üotas) y los menestrales, dedicados a la industria y el comercio (periecos). Los primeros carecían de toda tutela jurídica; los periecos

poseían derechos civiles, pero no participaban en la politica. El prestigio de Esparta se nos ofrece llgado al de Licurgo. Acaso haya que resignarse a ver en él solamente un símbolo y un nombre.

y el ejército,

8 LlBIt(U.--cAl'. 1:

~S'l'RUcrultA DEL ORDEN

POUTICO

GRIl;;GO

De cualquier forma, los teorizantes griegos comprendieron su sIgnifi- cación. Al plantearse con más vigor el contraste Esparta-Atenas en el siglo v, se pensó que el legislador antiguo habla querido oponerse

a las cOlTientes de otras ciudades, unificándose y calificándose la idea-

de la ley de Delfos, incluso en la forma que aparece en Tirteo y en Plutarco. La estabilidad del sistema hizo pensar a los griegos que la ley espartana era inmutable, lo que, si ha servido para exaltar- su pre-,

senda, no nos ha dado aportación alguna sobre las formas de creci-

miento del orden politico lacedemónico. También se subrayó el carác:

ter democrático, porque dentro del régimen señalado en la elección de

magistrados y en los demás negocios y ejercicios, «vemos que en ellos' tiene más 'lugar la igualdad--dice Isócrates--que entre los demásD. Los socráticos admiran a Esparta. Platón, Jenofonte y Antistenes ven aquel pueblo con energías más vivas, menos gastadas que las de Atenas. Y toman muchos elementos del sistema espartano. Jenofonte trata de darle valor. La acogida que su admiratio encuentra en Roma tiene el testimonio de Adriano el Emperador, que dió a Esparta la re- presentación anfictiónica que había tenido la antigua Delfos. Y aun en

la época de Caracalla la huella tradicional pervive (m aquellos batallo-

nes de Laconia que luchan contra los partos. Isócrates reconoce y proclama su admiración. Termina su Aeropa-

gítica advirtiendo que no cabe esperar mejora alguna si se sigue go-

hay que volver al antiguo gobierno y com-

10 deja

ver la quinta Suasorla: lo que nos importa--dice--es aborrecer y de- testar todo mando y potestad tiránicas «e imitar y proponernos por de- chado -la autoridad de lo~ reyes de los lacedemonios». Yámblico nos da en la Protréptica un 'texto que revela esa misma tendencia griega a imitar a Esparta: «Así como no ~s buen arquitec- to quien no toma sus instrumentos de medida o utensilios propios, sino que deduce su manera de construir sólo de otras construcciones. así no es probablemente legislador bueno y perfecto el que para dar leyes o guiar su politica toma como modelo de su imitación otras accio- nes o constituciones humanas, como las de los espartanos o de los cre- tenses o cualesquiera otras.))

parar otros regímem;s. Que entre éstos Esparta está delante

bernando como se hace;

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3. LA ELOCUENCIA POÚTICA:

ISÓCRATES

E

DEMÓSTENES, PERlCLES, HlPERIDES

La oratoria, fundamental para la marcha de la poUtica griega, pasa

por dos grandes momentos:

médicas al fin de la del Peloponeso, y el de la lucha contra Macedonia. Entre los dos están Demóstenes e Hipérides, educados en un ambien-

te patriótico. Generalmente, el orador griego es conciso y sobrio, como que ha- bla· ante la clepsidra; mas su producción es abundante. De Lisias se señalaron antiguamente más de cuatrocientos d1scursos. Demóstenes, hecho sí~bolo de la política helénica durante el si- glo XVIlI, consiguió popularidad e idealización semejantes a la de Es- parta. Solamente la historiografía alemana del XIX ha puesto en claro las figuras de Filipo y de Alejandro. Hasta ese momento puede decirse que Demóstenes ejerce un dominio impar. Y, sin embargo, significa:la deCadencia de la forma vital histórica del orden político griego en su época clásica, es decir, de la polis. En sus días la disolución de aquélla en ,el·lmperio mundial y en el cosmopolitismo se presentaba como ne- cesidad ineludible. Pero esto es lo que nosotrm¡ vemos con perspectiva de investigadores; sus contemporáneos no lo podian advertir. En todo caso, la vida y la acción de Demóstenes aparecen como un aspecto fun- damental de esta terrible crisis, de la que otro aspecto se ofrece en el intento platoniano de renovación. Platón y Demóstenes son elementos de vivisima significación tcleológica.

¿Representa una realiza-

el de Pericles, que va desde las guerras

¿Qué preparación tenía el gran tribuno?

ción del tipo tradicional helénico o simplemente ,un resultado de apli- cación de tesis docentes determinadas? Según lo que hasta ·ahora se sabe, no puede· decirse que Demóstenes estudiase algo como lo que llamamos Derecho. En la Atenas del siglo IV todavia no existia una dencia juridica, solamente inidada por Teofrasto, discípulo de Arís- tóteles. Se tiene noticia de que el logógrafo Isaios le enseñó retórica;. pero lo más probable es que la preparación de Demóstenes fuera la propia de un autodidacto. Sus Discursos se nos ofrecen como fuente de un proceso interno de desarrollo de su propio pensar, Está más li- gado a la realidad que a la doctrina. Vive plenamente al ténnino de' la'guerra entre Esparta y Atenas; hay entonces un cierto renacimien- to, y en él es típica la In- Filípica, verdadero llamamiento a toda la Grecia, expuesto de ciudad en ciudad con talento de organizador. En ella unidad que pide hay mucho de social, concepto que se completa claramente en la IV, cuando asegura que se perderá: la próxima guerra:

si se considera tarea de una sola clase, sea de los deos o de los pobres. Hay qUé superar ese contraste-viene·a deci:r--sobre la linea de'l.rtra-

dici6n griega.

10

LIBRO ¡.---CAP. 1:

ESTRUM'URA DEL ORDEN POLfTICO GRlOOO

La guerra llegó y en ella estuvo Demóstenes. Las armas decidieron en contra de la poHtica y en contra de Demóstenes. Si sus antiguos enemigos Esquines y Foción le afearon no haber muerto en Quera-

nea, la verdad es que luchó como soldado cumpliendo el deber de su fanático patriotismo. Así hubo de verle Plutarco cuando nos lo pre- senta como hombre que se hizo por esfuerzo de su misma voluntad y como poHtico de Hnea tan recta que por no variar expuso su vida. Otra gran figura es la de Pericles, alma de Atena~egún frase de

Atenas era el alma de Grecia. Nacido en el siglo v a. de

Jesucristo, de noble familia, empieza a actuar tras la ca[da de Temis, tocles, frente a Cimón, político de aquella hora, y contra las tenden· cias reaccionarias. Trató de envolverle en un proceso por corrupción; mas era-frente a Demóstenes-hombre que se acomodaba pronto a los cambios politicos. Probablemente trató de suceder al demagogo Efialtes, que había extendido la igualdad de derechos a los grupos que carecían de propiedad fundiaria. La doctrina de Demóstenes es la de un imperialismo pacífico: llevar a la paz la movilización de la guerra; el pueblo que combate debe participar en la poUtica. La situación histórica se presentaba realmente accesible. Habian transcurrido cinco años de sangrienta lucha entre los atenienses y los dorios, que, en Megara, Corinto y la isla Egina, establecieron su rivali- dad en los mares; había caído una vigésima parte de la población vi- ril. Y llegaba, bien luego, otra catastrófica expedición: la de Egipto. Ese es el momento de la crisis, que Pericles supera. Allí se probó que era algo más que un demagogo creador de espléndidas oraciones, cali- ficándose como politico. En fin, tras la victoria de Chipre muere su óni-

euando Glotz-

co adversario: Cimón. La obra fundamental de Pericles es su Discurso fónebre en home- naje a los atenienses muertos en 'la primera Campaña del Peloponeso.

El texto nos ha sido conservado por Tucidides y contiene su concep- ción ideal del orden politico. Sus dos elementos son la tradición y la democracia. La primera se sirve, «porque es justo y conveniente dar honra a la memoria de aquellos que primeramente habitaron esta re- gión, y sucesivamente de mano en mano, por su virtud y esfuerzo,

lI En cuanto a la segunda, de ella «Nuestro gobierno----.dice-se llama

democracia, porque la administración de la república no pertenece ni está en pocos, sino en muchos. Por razón de lo cual cada uno de nos- otros, de cualquier estado o condición que sea, si tiene algún conoci- miento de virtud, está tan obligado a procurar el bien y honra de la ciudad como los otros. y no será nombrado al cargo, ni honrado ni aca- tado por su linaje ni solar, sino tan solamente por sU virtud y bondad.» Este discurso, considerado como el punto más alto de la vida de Pericles, tuvo una gran repercusión. Influye en Anaxágoras, que lo oyó y da testimonio de la impresión que .le produjo, en forma seme· jante a la de los diálogos socráticos en Platón. El propio Platón lo re- euerda. Discútese sobre él en el Georgias. Sócrates pregunta alli si Pe- ricles mejoró o no a los atenienses. La discusión es viva. Sócrates cuen- ta haber oido decir que los hizo perezosos, cobardes, charlatanes e in·

nos la dejaron y entregaron libN! nos da una espléndida definición;

3. LA ELOCUENCIA POLÍTICA:

DEMÓSTENES,

PERICLES, ¡SÓCRATES

11

teresados. CaUdes interviene: «Esto lo has oído decir----'Corla-a los que laconizan; a los enemigos del gobierno de- Atenas.~ Sócrates toma entonces la palabra para definir: «Sé directamente que Peric1es adqui- rió al principio gran renombre y que aun siendo entonces peores los atenienses nada intentaron contra él; luego, cuando por su obra se tornaron virtuosos, le acusaron de peculado y faltó poco para que no le condenasen a muerte.~ También Tucidides señala la vigencia de la polémica. Nota de aris- tocrático su gobierno, diciendo que, aunque en las palabr¡¡.s era de- mocrático, en la realidad fué mando de uno solo, consiguiendo tal- po-. der con la multitud que quitó el del gran Consejo o Areópago.

Mas Tucidides es un caso ejemplar que merece consideración dete- nida por su calidad de historiador político y por su afán de conocer la verdad buscando para conseguirla el testimonio de unos y de otros. Su juicio sobre Pericles refleja una alta conciencia histórica, por cuanto pinta los hechos en un Simple juego de intereses y como resultado de las inclinaciones humanas. Y asi se puede considerar como elogio de Pericles la afirmación tucidiniana de que por no haber obtenido el po- der por medios inconvenientes no tenia por qué- atender al halago del pueblo. Señala asimismo que Pericles poseia la autoridad en virtud de la consideración en que se le tenia, elemento valioso para juzgar ya en este ejemplo lo que significa el prestigio en la politica. El pueblo ateniense tenia en gran estima a los políticos. Isócrates advierte que lo que más se admiraba y celebraba era al hombre capaz de gobernar bien la república y de mandar el ejército. El mismo ofre· Ce elementos para juzgar desde la producción oratoria el mundo poli- tico de su época. DiscípUlo de Gorgias, vive en los siglos del esplendor griego y ve la iniciación de la decadencia. Muerto dos años después de la batalla de Queronea, acasO no tuvo conciencia del porvenir. Sus Discursos son consejos a los gobernantes, al tirano Dionisia, a Filipo

de Macedonia

rigir con acierto no tiene inconveniente en contarse entre los pri- meros. En este sentido, tan gran orador es un enemigo de la oratoria. La retórica es concebida como medio y no como fin. Hay que ver el valor de lo que se dice. No ser como Jasan, que consiguió la mayor fama no por lo que hizo, sino por lo que dijo. Anunció el paso al Asia, y justa- mente poder hacer esto es lo que da categor[a a Filipo.

Llena a Isócrates una preocupación semejante a la de los huma- nistas del siglo XVI frente al avance turco. Quiere la unidad de los grie- gos contra los persas. Recuerda la retirada de los Diez mil y la huida de los focenses, que pasaron a Marsella para alejarse del despotismo del Gran Rey. Persia habia sido la obsesión griega, y hasta Pericles en su mejor tlempo--Elegún Plutarc{}---->-hizo construir el Odeón a seme- janza del palacio del Persa. La oración isocrática a Filipo está toda ella impregnada de esta atención hacia la politica exterior. Vive alH la idea de una empresa común contra los bárbaros capaz de unir a los concordantes; a todos los griegos Que, con Filipo. pueden emprender la ofensiva contra el Asia, Abandona la ilusión de la talasocracia y tor-

1.0 hace---dice-porque en cuanto a pensar bien y a di-

12 u_o l.-CAP. 1:

EST.RUCTURA

DEL

OROEN

POLÍTICO

GRIEGO

na a la lfnea tradicional de la polis. «Porque yo soy de sentir---escribe en la quinta Suasoria-----que nosotros viviremos Con mayor convenien. cia en nuestra ciudad. seremos más arreglados y en todo prosperare- mos si dejamos de aspirar al -imperio de la mar.» Su ATeopagítica o cuarta Suasona, elogiada por Dionisia de Hallcarnaso, propone el res. tablecimíento de la forma de gobierno introducida por Salón y CUste· nes. Para Isócrates es clara la primacía del elemento más típicamente político: la felicidad de los hombres. Esta--dice-no es prenda y pose- sión de los que están cercados de grandes y vistosas murallas, ni de los que juntan y encierran muchas gentes en un mismo lugar, sino de <¡quellos que gobiernan sus estados con más acierto y mayor pru- dencia. Que el gobierno de la ciudad-insiste-€s como el alma al ('uerpo. En ese gobierno lo que importa ante todo es la ley. Hay que go- bernar la polis por leyes y no por -{;piqueyas o arbitrios moderadores.

y tras la ley, la educación. La vigilancia de la educación de los ciuda· danos constituye tarea política, no sólo durante la mocedad, sino en

la adolescencia y la madurez. Isócrates la encomendaba al Consejo del

Areópago. Así, lo ql,1e conviene es la virtud, y las costumbres antes que las órdenes de mando, que cuanto menos sean será mejor, pues la muchedumbre de las leyes es indicio seguro de ciudad mal gobernada. Hipérides pertenecía a la generación de Licurgo, de Esquines y de Demóstenes. Nació en el famoso demos de Colito, en Atenas, que pre' disponía particularmente para la elocuencia, pues, según Tertuliano, allí los niños eran muy precoces en el hablar. Discípulo de Platón y de

Isócrates, empieza preparando discursos para otros. Entra en la vida política como orador y se califica con las medidas que propuso e hizo votar ante Queronea. Organizó asi un verdadero levantamiento popular, llamando a los desterrados; libertando a los es·

Todo ello, haciendo imagina!'

clavos, avecindando a los extranjeros

t;na resistencia desesperada, acaso contribuyó a inclinar al enemigo hacia la negociación. Las medidas eran en gran parte ilegales. Para justificarse ante los que le atacaron en el proceso subsiguiente, hi-zo

valer los peligros con que la ciudad se creyó amenazada, la emoción

de la noticia de la derrota, el horror a la dominación extranjera

«No

soy yo quien lo ha hecho--dijo--; es la batalla dB Queronea.:. La ley

io

prohibia, pero las armas de los macedonios oculrnban el texto de

la

ley.

No hubo orador más infatigable frente al predominio del partido macedónico. Puso la palabra al servicio de la idea en aquella tipica exaltación que sUstituye la poesía por la oratoria, justamente en esos discursos-de lamentaciones que P[ndaro habia llamado trenos. La pa- labra de Hípérides debió de ser maravillosa. Así se expliéa que sus .me~igos, los verdugos de Antipáter, tomaran la venganza de muti·

larle la lengua. Con ella murió el género; mas también la fórma polí- tica que tenía como in'strumento la oratoria: la democracIa, teorizada por primera vez por Protágoras, y ahora pendiente de la transforma· cióri del concepto de la poUs, que ya no es simplemente el demos, por

lo menos desde la crisis que documenta Tucídides.

3. LA

ELOCUENCIA PGLÍTICA:

CEMÓSTENES,

PERICLES,

ISÓCRATES.

13

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CAPITULO 11

PLATON, O LA SABIDURIA y LA POLITICA

4.

SÓCRATES Y

SU

AMBIENTE

En su hermoso cuadro La Escuela de Atenas pintó Rafael juntos a Platón y Aristóteles. Aquél, con los ojos hacia lo alto; éste, mirando a tierra. La expresión ofrece una circunstancia que impresiona: mien, tras Aristóteles busca la experiencia, Platón los principios. Hubo de 8er asi justamente porque obligaban a ello su ambiente y su filiación. De ahí Que hablar de Platón exija hablar de Sócrates, y para situar a éste señalar el mundo de anarquía con que se encuentra. Sócrates (469-399) nace en Atenas, de madre comadrona y padre es- cultor. No es indiferente esta estirpe. El mismo dice que su arte es una especie de mayéutica, es decir, de alumbramiento de la verdad. La verdad es el amor supremo de la vida socrática, honesta hasta la prue- ba final de la muerte. A esta vida ayuda la presencia del daiman, espí- ritu que le acompaña e influye. Este servicio a la verdad le aleja de la ralea de la sofística. No es un sofista más, sino el mejor de los hombres que aplican su inteligen· cia al estudio de la verdad. Trabaja mediante un sistema inqUisitivo:

vregunta, más que enseña. Para Sócrates, el saber propio está probado en la propia ignorancia. Ese afán de preguntar, de inquirir, es, en fin de cuentas, la raíz de su proceso. Porque todo lo pregunta o inquiere, parece que "de lo tradicional vaya dudando. Y como todo está vestido de ironía, no falta base para discernir el peligro que encierra frente a las mentalidades conservadoras. No deja escritas sus doctrinas. Lo que sabemos de Sócrates viene

por dos fuentes esenciales:

podido pensar en dos interpretaciones de su misma obra. Pero si se paran mientes en el hecho de que mientras Jenofonte recoge las doc· trinas éticas. Platón se fija en la dialéctica y en la metafísica, la ver sión doble puede enfocarse como complementaria. Fin de la filosofía

socrática no es el saber, sino la educación. La recta ciencia no consti- tuye contenido de la filosofía, sino condición de la moralidad. El fin del saber recto se cumple en el hombre por obra de la aTeté o virtud. que puede definirse como aquella disposición para la cual ha nacido. De otro lado, importa considerar la sofistica como antecedente y en !'elación con la obra socrática. Originariamente. el sofista era un filósofo. Recuérdese la coinciden· da de la raíz etimológica. Mas los sofistas iban desacreditando ese vínculo por el abuso de semejante enseñanza, que encuentra cauce muy favorable en un ambiente democrático de participación pública en

Jenofonte y Platón. De ahí que se haya

4. SÓCRI\TES y

su AMBIENTE:

disputas y oraciones. Hablan con pretensión de persuadir, pero no tan to con deseo de enseñar la verdad. Hay vanidad y exceso en la orato- ria, un fondo de escepticismo, técnica del arte de vencer en cualquier- causa, en fin, sabiduría en apariencia. Protágoras y Gorgias declaran un escepticismo teórico que deja a salvo los fundamentos de la vida mo- ral y social, mientras Hipías, Trasimaco y Calicles llevan este extre- mo a la práctica. El esfuerzo de la sofística no debe ser, sin embargo, atacado como inútil. Semejante dialéctica obligó a investigar con ma- yor profundidad las tesis impugnadas. En este sentido, los sofistas son acreedores del ambiente en que surgen Sócrates, Platón y Aristó-

teles. Hay, además, algo de filosofía en la misma sofística. Junto al arte de decir bien o retórica, no falta una paideia. tendencia políticopedagó- gica. La diferencia fundamental entre filosofía y sofística consiste en In ausencia del conocimiento superior y supraterreno que caractert7 a a la última. No ofrece tanto una sophia como una do.xa, esto es, no hay allí ideas, como en Platón, ni estudios de esencias reales, como en Aris-

tóteles, SIDO opiniones:

&as•. Se va ya concibiendo asi cuál iba a ser la posición de Sócrates ante la sofistica. En su afán de mostrar el saber en la ignorancia, SÓ· crates llega a aceptar lecciones de los sofistas y aun les envia sus dis- cípulos. Acudió al oír a Trasímaco, aun cuando para ello tuviera que aceptar dinero para pagar las lecciones. Ahora bien, el primer contacto hace surgir la ironia. Tal es el desbarajuste intelectual y político, que su obsesión ha de ser la busca de normas, de reglas generales, de principios fundamenta- les. Cc>ntra el desorden pide una aristocracia de la inteligencia, y enla- za-y por eso mira también hacia lo alto-ética y politica. Teóricamente ee ha de contraponer a las doctrinas cínicas, que plantean la separa-

ción de política y filosofia, y postulan la abstención de los intelectuales en la vida pública. Rócrates mantiene vínculos con el orden político vigente. Quiere ver al estudioso al servicio de su patria. Jenofonte recuerda que a uno que pretendía ser jefe de la caballeria le explicó que el único sentido de esa pretensión estribaba en ser útil a la ciudad. Ac~o por ello des- preció las invitaciones que le hicieron en Macedonia, Larisa y Amonio,

cuentan

Diógenes Laercio, Arquelao, Euríloco y Escopas. Igualmente subraya

hasta qué punto unía Sócrates en sus doctrinas la sabiduría a la polí-

tica:

gidos por la multitud, ni los que designa el azar o han llegado al tro- no por la fuerza o por la violencia, sino «aquellos que saben gobernarl!o Hay así una ciencia de gobierno. El concepto de la política sobrepa- sa la idea de simple actividad. En el Georgias, de Platón, se pone en boca de Sócrates la afirmación de que la política es para el alma lo que la gimnasia y la medicina para el cuerpo; a éstas corresponden la legislación y la administración de justicia; materias en las que deben ser aconsejados y cultos los reyes y los politicos. Su discusión con Aristipo es singularmente interesante a este res-

«nombres

que los hombres ponen a

las co-

adonde le llamaron para ir a ensayar sus enseñanzas,

según

«No son reyes los que tienen los cetros, ni los que han sido ele-

16

LIBRO

l.-CAP.

11:

PLATÓN, O LA'SABIDUHí~ V LA

PULIT!CA

pecto. Aristipo es un abstencionista. (Ya es difícil gobernarse a sí mis_o ma--viene a decir~; ¿para qué, pues, meterse a gobernar a los de- más?) Sócrates se opone a tal tesis: para reformar el ambiente--asegu- ra-J1ace falta que todo aquel que tenga sentido de la Moral intervenga en la Politica. As[ es el filósofo quien debe gobernar. Sócrates ve, sin embargo, como misión suya la de despertar en las gentes moralmente formadas el mterés por la Política. Cuando le preguntan por qué no mterviene directamente, conte~ta: ¿Cómo seré más útil: practicando la política yo solo o enseriando a muchos a que la practiquen bien? Otro valioso aspecto de su doctrina es el que se enlaza con la criSIS religiosa de su época. Como nota Tovar, Sócrates le da a Atenas un Platón en el cual viven aún y se subliman por última vez las realidad~s religiosas y tradicionales. En fin, en lo social, hay que tener eH cuen- ta que la revolución económica y la devastación bélica habían produ- cido una crisis a la que ahora se unen dos elementos espirituales no menos demoledores: la filosofia jónica y la sofística. Sócrates' está por la tradición, pero con afán de explicarlo todo humana y racionalmente. Así se puede decir que con él entra en Grecia la Filosofía, situándose en zona de tránsito y echando a andar justamente por aquella vía que llevará a lo que será el intelecto europeo. Partió también de esa reali- dad que fué la creación de la primera forma política, ligándose a la dudad, con simpatía por Esparta, pero ante la nueva democracia im- periaJ;sta de Pericles. Es característica de la época de Sócrates la constitución de la polis mediante el acceso de los ciudadanos a la vida pública, lo que conduce, como hemos advertido, al planteo de la retórica como arte de expresión en dicha intervención, mientras, por análogas presiones. el saber acoge el método dialógico. A la explicación sucede la conversación. La obra de Sócrates señala el momento culminante de la formación de ese am- biente. Ligados a él, Platón y Aristóteles sintetizan la autenticidad del pensamiento griego. Con significar todo esto Sócrates en sU: obra, vino su muerte en prueba de pruebas. Platón la relata en su diálogo Fed6n, i. f. Moria--<:uenta--<:on el efecto de la cicuta, helándose sus miembros. Al fin, se descubrió el rostro para decir a Critón que ofreciese un gallo

a

Esculapio, sacrificio al dios de la Medicina por haberle librado con

la

muerte de todos los males. Se estremece y fallece. «Ya sabes, Eche-

crato--escribe Platón tras describirl~uál fué el fin del hombre de quien hemos conocido en nuestro tiempo. y además el más sabio y el más justo de los hombres.D Lo que Sócrates era está en su prueba pós- turna: su proceso y su muerte. Aunque la frase de CIcerón_trajo a

la tierra la filosofía del cieloD-se refiera a la investigación de la Natu-

raleza, bien puede haber inspirado a quienes sugirieron a Rarael su

versión platoniana. Porque en ese magisterio de Sócrates está la clave de su doctrina y de su acción, su cuadro se la ofrece como una leyenna

a la que Platón prestó el estilo.

sus contempo-

ráneos. De ahí el fondo de la denuncia presentada por Mileto. Sócra-

no filosofa para vivir o

tes adopta una nueva posición ante la vida:

para brillar sino cumpliendo un destino dictado por los oráculos. La

La

actitud de

Sócrates

fué juzgada

peligrosa por

5. FORMA.CIÓN y

TABEA DE PLATÓN

~uesta a la acusación es excesiva: ¿Qué conducta sería la mia-vie· .e a decir-, si habiéndoos obedecido con peligro de muerte en las ba-

,tallas de Potidea, Anfipolis y Delio, abandonase ahora mi puesto por

miedo a esa misma muerte o a otra desgracia?

la abSolución a condición de abandonar este género de vida, os dir[a que antes obedeceré a Dios que a vosotros. De otra parte, consideró que era indigno desobedecer la ley y quiso Que se cumpliese la sentencia. Por eso su lección está principalmen- te enraizada a su conducta. Le faltaba el elemento deductivo para qUe su pensamiento se concretase. La igualdad y la justicia constitu- yen los fundamentos del Estado socrático. Platón lo supera al recoger, con la visión herác1iana, las injerencias del sentido estético.

Si me propusierais

E.

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Socratc.

Turln,

1900.

5.

FORMACIÓN

Y

TAREA DE

PLATÓN

Platón (427-347), discípUlO de Sócrates, pertenecía a una familia no- ble. Su nombre--Aristocles---es cambiado por el mote con que se co- nore en la escuela, derivado de la figura física, ancha espalda o pecho dilatado. Tiene una gran vocación poI(tica. Intenta varias veces inter- venir en el mando de la ciudad. Cuando abandona esta postura, cultiva los temas politicos. Es poeta, filósofo y viajero. Su obra nos eB conocida por sus discípulos. Con los apuntes de sus .explicaciones, vienen los diálogos y las cartas. Los hay auténticos y du- dosos, como es lógico, visto el problema de su transmisión. Lo que también ha de decirse es que no es argumento contra la autenticidad la distinta opinión, pues cambió varias veces de parecer corrigiendo su sistema. La dialéctica platoniana tiene por fin la perfección y la posibilidad del conocer, estribando en el camino del conocer, que es dado por el

por la intuición. Para PlatÓn, la esencia de las ideas es la

discurso y

sustancia o unidad real de las mismas que ofrece, frente a nuestro cono- cer, una visión lógica. La relación entre las ideas y las cosas está vista comprendiendo a aquéllas como ejemplares de éstas. Las ideas fundamentales son, para Platón, la del bien y la de la divinidad. El bien es el principio último; Dios, el primer motor, la pri- mera causa, la necesidad del mundo; pero no hay una teología donde Dios aparezca como creador del mundo. La ética platoniana es la apli- cación de las ideas a la vida del hombre. Es individual y social. La ética individual está calificada por la moralidad; su fin es la bien- s.venturanza, y su medio, la virtud. La ética social es ideal, ética del de-

IlOC'fR1IIAS.-2

18 J,.I1lRO 1.--cAP. Il:

PLATÓN, O LA SABIDURÍA Y LA

POLfTICA

bar ser, o real, condición concreta reglada, nomoi. De ahi derivan tam- bién las clases o estamentos. Sobre las cualidades del alma-racional, irascible y concupiscible-surgen como aplicación de tendencias los grupos intelectual, militar y laboral. Un examen de la obra platoniana no presenta al filósofo obsesiona· do con el problema del ser, que arrancó de Parménides. Platón consi· gue descubrir las ideas. Para ver una cosa hace falta la idea; el saber qué es tal cosa; sin la idea de la cosa, ésta no es identificable. Así aprovecha las Investigaciones anteriores sobre el ser y el no ser; esas cualidades que clasifican las cosas como blancas o no blancas, cuadra- das o no cuadradas, hacen surgir las ideas como entes metafísicos que encierran el verdadero ser de las cosas. Las cosas son porque participan

en las ideas.

En cuanto a la significación del pensamiento platoniano, éste re- presenta un progreso en el planteo y resolución del problema crítico, en la mejora que hace del concepto socrático mediante la valoración de la idea, en el estudio de los problemas del ser y del- pensar, de la materia y del espíritu, de Dios y del mundo, del orden físico y del orden moral. Hace del alma el centro de la filosofía, y se expresa en forma literaria tan perfecta, que su obra se estima tesoro del ingenio humano. Vive en un ambiente distinto del socrático. Mientras su maestro co- noce esencialmente el esplendor de Atenas, desde Salamina al Pelopo- neso, Platón se encuentra en el mundo de la derrota. Donde Sócrates ve un orden conservador, Platón señala la presencia de la crisis. Su doctrina puede ser explicada en su mejor ámbito por el desarro- llo de la de Sócrates. Combina principios éticos y politicos, consideran· do que la Politica es el arte de hacer a los humanos más justos y más venturosos. De ahí que el orden politico deba Olientarse a la satisfac- ción de las necesidades de los hombres, agrupados en clases (labrado- res, guerreros y magistrados) mediante la selección de los maduros, bien q'ue con especial preparación desde tierna edad. A este enlace so- cial se liga su teoria de los ciclos en la que la gloria y el honor consU· tuyen timocracias, y el dominio de los propietarios oligarquías. Cuando las masas Intervienen se dan la democracia o la anarquia, y cuando sur· ge un gobernante autoritario, la tirania. En la base de sus tesis está el problema del hombre. Su ideal del estadista es un fil6sofo sapienti· simo; con él ni siquiera harian falta leyes. Pero como no existen gentes tales, las leyes resultan necesarias. Según el texto de Diógenes Laercio, Plat6n recoge una triple linea doctrinal: en 10 sensible, Heráclito; en lo inteligible, Pitágoras; en lo politico, Sócrates. Dentro de esta filiación, Platón significa la raciona· lizaci6n de la PoliUca. Su posición puede explicarse, como Tovar ha notado, por su desarraigo, su escepticismo ante la polis, sus antece- dentes familiares (era sobrino de Critias y de Cármides), su espiritu aristocrático, sus viajes, su curiosidad, su conocimiento admirativo de las doctrinas j6nicas, pitag6ricas y sofisticas, y, en fin, por la ambi· ci6n de una inteligencia dispuesta a la conquista del mundo. Por eso lo fundamental es lo social, y en ello la formación de una raza de filó-

5. FORMACIÓN Y TAREA DE PLATÓN

19

sofas que consiga el poder, o la caracterización sapient1sima de las gentes dominantes. En ese sentido puede matizarse tal filiación diciendo que si Sócrates pretendió esencialmente educar, Platón quiso hacer política activa. Platón plantea el tema del gobierno de los filósofos, de la unión de la poUtica con la sabiduría. No hay remedio, escribe en su Politeia, pa· ra los males que asuelan a la sociedad mientras no sea gobernada por los filósofos. Estos podrían ordenar la comunidad poUtica de acuerdo con el divino modelo que tienen delante. Para ello los filósofos han de poseer toda autoridad, o los hijos de los reyes o de los estadistas han de estar particularmente dotados por el saber. El contraste entre la realidad y el proyecto es c1arisimo: de todos los gObiernos actuales---.se pregunta~¿cuál es el Q.ue conviene al filó- sofo? Ninguno; precisamente me quejo de que no exista ninguna foro ma de gobierno que convenga al filósofo. y por ahi se plantea el tema de la educación. Como los hombres han degenerado, hay que rehacerlos por obra de enseñanza. Asi la Politeia o Repiiblica es más una contribución realista que un esfuerzo especulativo, y su Politikon o Politico un esquema ideal del hombre de Estado. La misma Politeia aparece como obra no conformis- ta., en la linea laconizante de Jenofonte, revelando una sensación de crisis frente al dogmatismo democrático ateniense. El Politikon se afina y afirma como exaltación del hombre regio, del rey sobre la ley; reforma tan radical que implica la disolución de la polis. Estas mismas circunstancias dan a estas obras los mejores valores de perennidad. Pocos escritos conservan a través de tantas centurias un freSCOr tan vivo. Lo mismo puede decirse de N omoi o Leyes, obra profunda. Podria pensarse, con todo, que Platón era el ejemplo del intelectual aislado. No;- precisamente se vinculaba a esa ordenación que queda reformar, con claro sentido de disciplina. Fué soldado a gusto y prO- bablemente buen soldado. Completa esta impresión su Trusímaco, diá- logo que ofrece elementos para juzgar un aspecto de la intervención de Platón en la vida poHtica durante la revolución del 411. La experiencia no fué satisfactoria, y as!: se mantuvo luego alejado del demos por in· compatibilidad con la degeneración del arte politico. De ahi su critica de aquellos gobernantes que en vez de hacer mejores a los atenienses los han hecho peores. Tacha incluso a Alciblades, y solamente elogia a Arl.stides por su sentido de la justicia. De la linea pitagórica procede la constitución de la Academia, aun· que cumpla Objetivos Upicamente suyos. Platón constituyó una asocia- ción y sobre su figura y en terreno adquirido, próxImo al Gimnasio, construye un edificio que--.probablemente por el nombre, prehelénico, del propietario anterior---6e llamó Academia, nombre que, sin sentido etimológico originario, obtuvo prontamente contenido doctrinal. La permanencia de esta fundación hasta el año 529, en que Justiniano con· fisca la finca~vendida como huerta por tres monedas de oro-, revela la vigencia de la obra platoniana. Constituida como persona jurfdiea, seguramente sobre la imagen de las asociaciones cultuales, la Academia retmia miembros que oian expllcaciones y lecciones y celebraban sim·

20 LIBRO I.---CAP.

11:

PLATÓN,

O

LA

SABIDURÍ.\.

y

LA

P{lLí"l"ICA.

posios O comidas a las que eran invitados ciertos personajes, como el estadista Timoteo y el general ehabrias. Forma típica de cenáculo; ni monasterio ni escuela. Acudieron alli discípulos como Eudoxio de Gnido, y aun Aristóteles en sus primeros años. Allí oyeron los amigos de Platón la relación de su gran viaje por Persia y por Egipto, que era entonces, realmente y en la concepción del propio Viajero, una ruta alrededor _del mundo. lo que tiene importancia, incluso frente a Aristóteles, que no llegó a conocerlo tanto. Plutarco nos da noticias de los preparativos para el viaje, y por Platón mismo sabemos que de Egipto fué a Persia, visitando luego

en

Cirene, donde pasó un invierno, y al sur de Italia, en Sicilia y

Siracusa, donde trabó amistad con Dionisio, cuyo hijo más tarde le hizo llamar con la pretensión de que aplicara las teorías de su Poli·

too.

Este viaje alrededor del mundo tiene gran trascendencia en la obra de Platón. Las matemáticas, la geometría, la música y la astronomía brillaban en las tierras visitadas. Los pitagóricos de la Cirenaica habian constituído una verdadera escuela. De esa influencia es buen testi· monio el hecho de que Platón regrese transformado. Era su tiempo de madurez, los cuarenta años, y llegaba lleno de misión. Sus ense· ñanzas ofrecen entonces el camino de la ciencia con el conocimiento de sus límites. Ya Heráclito, Parménides, Cipriano, Crisipo, Anaxágo-- ras y Protágoras habían predicado en forma profética, pero separahdo a los filósofos de la sociedad; Platón, no. Lo que quiere él es la con· versión de la filosofía de la Humanidad en una eudemonia. Cree que para transformar a las gentes bastan la fuerza de la verdad y el poder de la" justicia. Enseña y educa, y ve la tarea propia y la de los filósofos en hacer rectos a los que hayan de gobernar. Muere hacia 347-346. La afirmación de Séneca de que la muerte de

IlIatón coincidió con su

día natalicio sólo puede ser acogida en el

orden de la leyenda y en su valor simbólico. Desde su regreso del gran viaje habían transcurrido otros cuarenta ·años. Puede suponer· se la eficacia de su afán. Los atenienses pudieron darse cuenta de lo que perdIan.;. mas también es leyenda, montada sobre el testimonio de su enemigo Teopompo, que Filipo organizase una ceremonia fu· neral en póstumo reconocimiento.

 

A.

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6. LA OBRA PLATONIANA

de Platón el problema político, acaso lo que

más interesa sea aquella tetralogía escrita sobre 367-361, es decir, en-

tre sus dos últimos viajes a Sicilia:

el Parménides, el Teeteto, el So-

Refirielldo

la

obra

fista y el Politikon. Este último representa el paso de la Politeia al

Namoi y trata de demostrar que la ciencia debe darse en el hombre dedicado a la politica.

Se deja ver ah[ la transición de la utopia del filósofo-gobernante o del gobernante-filósofo a la detennlnación del concepto de estadista en cuanto hombre dotado de especial competencia. Háblase del po- lítico como pastor, imitador del esfuezo divino, o aún mejor como tejedor. Sobre esta figura dice que lo que el tejido hace en la indu- mentaria de los hombres es lo que el político Significa en el gobierno de los ciudadanos. No todos pueden gobernar. No deben gobernar los traficantes, los

pollticos los

zación

que,

mueven como leones, centauros, sátiros y bestias débiles o astutas. Lo fundamental para el gobernante es la competencia, el estar do- tado de su técnica propia como diriamos hoy. Lo primero es la ido- neidad; a su lado pierden valor los demás valores, sigan o la ley. la voluntad o la fuerza, sean o no ricos. El hombre que gobierna ha de ser como el médico: no importa su circunstancia, sino su esencia: qUe cura. Si no hay hombres de gObierno competentes, más vale prescindir de los hombres y pensar en la ley: someterse a la ley. estableciendo un orden sobre su vigencia, orden que será menos per- fecto, pero más realista.

Estas afirmaciones dan especial sentido al tratado Nomoi. El régi- men alli sustentado es un sistema de compromiso. El orden político se basa en" la educación: la política, en la moral. Lo' único que se busca en quien gobierna según la leyes la virtud. Y aUi torna Platón a la visión mítica y mística de lo ateniense. Por la boca de un anóni- mo sacerdote de Atenas suena en este libro su doctrina póstuma: la de un señor que no es señor, sino servidor de la ley, y la de una edu- cación que no es un contenido, sino un medio. Forma así este tratado un vasto esfuerzo de colación de materiales capaz de conducir a una obra perfecta. Se explica el interés con que se atiende a la minuciosa elaboración de las leyes y de los preceptos. La conciencia de la im- perfección del hombre y la decidida voluntad de regular la vida so- cial de la mejor forma posible le lleva a ello, en contraste con sus anterioreS escritos.

sofistas,

se

sacerdotes,

caracteri-

comerciantes, los asalariados.

esté

aunque

existen

representada

si constituyen

un

Tampoco son verdaderos

e

incluso

Menos

aún

los

asuntos

reyes-sacerdotes

en

coro

el

Arcontado.

que comenta

tal

los

políticos,

22 LIBRO I.--CAP.

11:

.PLATÓ!\[, O LA

SABIDURíA

Y

LA

POLfTICA

Podemos resumir la impresión general de la obra platoniana se- ñalando que en la Politeia teorizó sobre el Estado justo e ideal, en el Politikon sobre el príncipe perfecto y en el N orrwi sobre la ley como fiel de la balanza entre la autoridad y la libertad. La Politeia resume veinte años de labor. No es como los diálogos

y charlas recogidas por Isócrates; parece probable, aunque no segu-

ro, que esta obra fuese divulgada en fascículos; ello significaría una da-

ble elaboración. En ella no se ocupa tanto del orden politico como del jurídico; busca la justicia para que el espiritu de los hombres se encuentre seguro en la sociedad. Raíz de tal régimen es la virtud. No trata de reformar la base de la naturaleza de los hom.bres. Por eso vuelve en forma antiutópica

a la teoría de los estamentos. Este orden nuevo es un orden bello, y

en este sentido ideal, pero queda ligado a objetivos políticos concre- tos. Que para -eso sirve la retórica fundamentada en la sabiduria. La retórica------;babia puesto en boca de Gorgias el mismo Platón-puede prodUCir el mayor bien que los hombres apetecen, .porque con ella se tiene aptitud para persuadir a los jueces, a los senadores y al pue- blo. De esta misma fuente es el pasaje que sitúa la grandeza del po- der no precisamente en hacer lo que se juzga a propósito, que la in- justicia más vale sufrirla que cometerla. La idea de la justicia comple- ta la de virtud y preside con ello toda la elaboración platoniana. En

el mismo Georgias se pregunta Calicles si es regla de los justos' que

se imponga -el más fuerte. La pregunta tiene valor incluso frente al extranjero: ¿Con qué derecho hizo Jerjes la guerra a Grecia y su padre a los escitas? Lo esencial es la virtud, y la retórica, sólo medio para difundirla y enseñarla. Platón da razón al sofista que sostiene que uno que piensa es su- perior a diez que no piensan, y qUe este que piensa debe mandar a

los otros y poseer más que ellos. Lo ve asi, en el Georyias, ante Sócrates ajusticiado. Y ahí está Fedón reafirmando la tesis: «Me pa- reció admirable que la inteligencia fuera la causa de todo, porque pensé que si ella habia dispuesto todas las cosas las habría arreglado de la mejor manera

»

dato giusto " le SU" degeneraz-ioni in Platone, Turln. 1932. Lo sta/o legale platonico,