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Antología

Ramiro de Maeztu

Francisco González Navarro

31 de agosto de 1.967

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0-
Índice
PROLOGO .................................................................................................................................5

NOTAS AL PROLOGO ............................................................................................................11

ESPAÑA Y LOS ESPAÑOLES ................................................................................................13

España..................................................................................................... 14
España
España e Inglaterra
España, siglo XVI
España, misionera
España y el mundo
Problema actual de España
Duplicidad espiritual de España
Misión de España
Valor histórico de España
Decadencia española
Patria
Imperio español
Ideal nacional
Nacionalismo
Desorientación nacional
Nueva inquietud española
Hacia otra España
Paisaje español
España, heraldo de la cultura universal

Pueblos hispánicos.................................................................................. 21
Hispanidad
Pueblos hispánicos
Pueblos hispánicos (Caída de los)
Pueblos hispánicos (Economía de los)
Pueblos hispánicos (Misión histórica de los)
Pueblos hispanoamericanos (Independencia de los)
Guerras coloniales españolas
El Pilar (Un templo de la Hispanidad)
Trascendentalismo hispánico
Leyes de Indias
Fiesta de la Raza

Los españoles.......................................................................................... 26
Españoles
Españoles (siglo XVI)
Españoles defensores del catolicismo
Españoles y anglosajones
Abulia española
Carácter español
Generosidad española
Estoicismo español

-1-
Humanismo español
Pueblo español
Místico español
Judíos españoles
Hidalgo español
Mujer española
Periodistas españoles
Intelectuales españoles
Arabistas españoles
Caballería andante española
Admiración por lo extranjero
Comerciantes españoles en América
Benavente
Pérez Lugín
Gabriel Miró
Palacio Valdés
Blasco Ibáñez
Pereda
Ricardo León
Marqués de la Ensenada

Política española ..................................................................................... 36


Monarquía
Monarquía católica
Monarquía constitucional
Monarquía militar
Monarquía hereditaria
Monarquía (Caída de la)
Monarquía (Espíritu de la)
Monarquía tradicional
Dictadura
República
Partidos políticos
Periódicos de izquierda
El socialismo y las derechas
Izquierdas y derechas
Derechas
La opinión pública en España
La opinión pública y las derechas
Sufragio y representación corporativa
Sufragio universal
Vida corporativa
"Renovación Española"
Cortes
Liberalismo
Reforma constitucional
Porvenir político
Voluntad nacional

Revolución y contrarrevolución................................................................ 44
Revolución
Contrarrevolución
Ante la revolución

-2-
Reforma social
Revolución social
Batalla contra el marxismo
Guerra civil
Atentados políticos
Agitadores obreros

Economía................................................................................................. 48
Vida financiera de España
Patriotismo económico
Educación
Salarios
Lucha de clases
Régimen económico
Capitalismo
Ahorro
Obreros y patronos
El oficio como vocación
Campo español
Dinero
Trabajo
Iniciativa privada
La economía como fin

Figuras literarias hispánicas .................................................................... 54


Figuras literarias hispánicas
Mitos literarios
Don Quijote
Don Quijote, libro del desencanto español
Don Quijote (Simbolismo del)
Don Quijote, libro de la filosofa nacional
Don Quijote y el valor
Don Quijote y el altruismo
Don Quijote gaucho
Don Juan
Don Juan o el Poder
Don Juan español
Celestina
Celestina, la santa del hedonismo
La enseñanza de "La Celestina"

Varios....................................................................................................... 60
Ejército
Divorcio
Cultura
Orden
Cargo público
El problema de Marruecos
Envidia
Principio autoritario
Autoridad y ley
-3-
Rubén Darío
Iglesia española
Poder temporal y poder espiritual
Cuestión religiosa
Religión

BIBLIOGRAFÍA ........................................................................................................................64

-4-
Prólogo
Con frase que, si no encerrara una profunda certeza, pudiera decirse que ha devenido en
tópico, se habla de la "generación del 98" para referirse a una serie de hombres cuyo espíritu se
despierta a una inquietud, en esa fecha en que España perdía sus colonias. Con Miguel de
Unamuno, Azorín, Antonio Machado, Pío Baroja, Valle Inclán y Menéndez Pidal están,
precediéndoles en algo o subsiguiéndoles en poco, Angel Ganivet, Ramiro de Maeztu, Jacinto
Benavente, Ignacio Zuloaga, Manuel Machado, los hermanos Alvarez Quintero, Manuel Bueno,
Silverio Lanza, tal vez Dario de Regoyos, el pintor impresionista de Castilla. Los más jóvenes de
esa estupenda promoción de españoles, escapándose ya de ella hacia otro modo de sensibilidad
históricamente ulterior, son el novelista Gabriel Miró, nacido en 1879, y el poeta Juan Ramón
Jiménez, que ve la luz onubense en 1881. Son, quienes plenamente, quienes por tangencia, los
hombres de la llamada "generación del 98" (1).

Mucho se ha escrito sobre estos hombres, lo mismo como individualidades que como grupo, e
incluso se han señalado una serie de notas o rasgos que establecen el parecido generacional
entre ellos (2).

Un rasgo es más característica, pudiéramos decir que es el que da tono al grupo: "el dolor de
España". Esta frase de Unamuno, honda y sentida como toda su obra, va a expresar con
tremenda precisión todo el amor, transido de ansia de perfección, que estos hombres sienten
hacia España. Sólo un estudio miope de la crítica que todos ellos hacen, en tonos más o menos
acerbos, de la realidad que les rodea pudiera desconocer que por encima de esa repulsa a la
España que no les gusta está el deseo de una España mejor, de una España por ellos soñada.

Es un amor amargo el suyo, que se percibe sobre todo en Ganivet y Maeztu. "Ganivet trata del
problema de España en sus dos obras capitales: directamente en el Idearium y de modo
alegórico en Los trabajos de Pío Cid. Maeztu llega hasta a la conversión religiosa a fuerza de
sentir en las entrañas de su alma el problema histórico de España" (3). Y, en definitiva, esa frase
-"me duele España"- la completa Maeztu en el "Preludio" de su famosa Defensa de la Hispanidad
"Y aunque nos duele España, y nos ha de doler aún más en esta obra (la rehabilitación de la
hispanidad en el porvenir), todavía es mejor que nos duela ella que dolernos nosotros de que no
podamos hacer lo que debemos."

No se muestra, sin embargo, Maeztu muy conforme con este encuadramiento en la generación
del 98. Cuando alguien la mencionaba, replicaba enojado: "No existe tal generación; el concepto
de generación es impreciso y falso, y si existe yo no pertenezco a ella" (4). De todas maneras, no
puede negarse que encontramos en su obra algunas de las notas fundamentales que dan
contenido unitario a la obra de los hombres del 98.

Ese dolor de España que hemos anotado, y que les convierte en soñadores de un ideal, a
Maeztu le lleva al sueño de la hispanidad. "Soñó Maeztu la posibilidad de que todos los pueblos
de habla española -o, cuando menos, una buena parte de los hombres que los integran- se
unieran espiritualmente para coronar actual y católicamente la obra inacabada en el siglo XVII: la
obra de convencer a los hombres, blancos, o negros, o cobrizos, de que a todos está dada
"proxime aut remote" una gracia suficiente para la salud" (5). "La misión histórica de los pueblos
hispánicos -afirma Maeztu- consiste en enseñar a todos los hombres de la tierra que si quieren
pueden salvarse, y que su elevación no depende sino de su fe y de su voluntad" (6).

Se ha señalado también como una nota común a todos los hombres del 98 el apartamiento de
la ortodoxia católica al tomar contacto en su juventud con la literatura y la filosofía de allende el
Pirineo. "Ningún católico puede justificar la disidencia religiosa de un hombre y menos aceptar los
juicios que acerca de cuestiones religiosas emita ese hombre desde su situación de disidente.
Esta aserción tan categórica tiene, sin embargo, un exigente reverso: ningún católico debe juzgar
ligera y despiadadamente los problemas religiosos de un hombre cuando esos problemas
parecen -basta con' que parezcan sinceramente vividos. Una disidencia religiosa es, desde luego,

-5-
absolutamente injustificable, pero en modo alguno tiene que ser siempre absolutamente
ininteligible" (7).

Se ha buscado, pues, la causa de este abandono de las ideas católicas y se ha encontrado en


la falta de una seria preparación religiosa que les permitiera hacer frente al choque psíquico que
en sus almas juveniles iba a producir la lectura de esas obras. Los jóvenes del 98 -¿también los
de hoy?- se encuentran inmersos en una sociedad que toma de la religión la forma y prescinde
del fondo, en una sociedad que no vive en cristiano, aunque se llame a sí misma cristiana. Y
aquellos jóvenes tienen la sinceridad de apartarse de una religión de la que, desgraciadamente,
se les entregó sólo la materia, negándoles el espíritu, que es, al fin y al cabo, el que la vivifica.
"Unos cuantos jóvenes españoles, más o menos firmemente educados en la fe católica y en una
práctica consuetudinaria del catolicismo, pónense en ávido, fervoroso contacto lectivo con buena
parte de la producción literaria europea y con otra, considerablemente menor, de la producción
filosófica. La infantil adscripción de esos jóvenes a la fé y a la confesión católicas apenas ha sido
cordial e intelectualmente cultivada; el medio histórico a que han abierto sus ojos adolescentes -
un mundo que se ¡lama a sí mismo católico, carente, en cuanto católico, de toda ejemplaridad
social, intelectual y artística y, por añadidura, nada desvivido por conseguirla- ofrece muy
escasos apoyos humanos a una fe religiosa tan débil y amenazada. El resultado no es, no puede
ser fatal, pero tampoco deja de ser probable: esos jóvenes, inteligentes, sensibles, deseosos de
vida eficaz y egregia, terminarán con frecuencia apartándose espiritualmente -externamente
también, si el medio político y social lo permite de la ortodoxia católica" (8).

Tampoco escapa Maeztu a esta etapa de acatolicidad propia de los hombres de su


generación. Cuenta entonces unos veinticuatro años, y se ha escrito mucho sobre "las
barbaridades de Maeztu" durante estos años (9) que corresponde a su estancia en Madrid y al
comienzo de su amistad con Azorín y Baroja. Es la etapa nietzscheana, que si es típica en los
hombres del 98, en Maeztu cobra tintes más intensos, hasta el punto de que Azorín, al hablar del
Maeztu de esa época, le llama "el más exaltado de los nietzscheanos" (10). Un eco del Maeztu
de estos años es el personaje Raniero de Mazorral, de la novela Troteras y danzaderas, de Pérez
de Ayala, figura de "elegancia britana", "corpulento", excelente e impresionante orador que
aclama por la salvación de España a base de bondad y de trabajo (11). Interesa destacar que
esta etapa mietzscheana del joven Maeztu cala hondo en su espíritu, y ya en la madurez, dos
años antes de su muerte, todavía nos habla de Nietzsche, al que cree acabará considerándose
"corno uno de los precursores del retorno de los intelectuales a la Iglesia, y merecerá este honor
por haber sido el pensador moderno que con más elocuencia ha enseñado a las gentes a
desconfiar de sí mismas", y añade: "Lo que Nietzsche nos enseña es lo mismo que la Iglesia nos
viene diciendo siempre. Hay que superar al hombre, al pecador, en cada uno de nosotros" (12).

Se ha dicho, refiriéndose al Maeztu de estos años de 1897 a 1905, que corresponden a su


estancia en Madrid; que fue un anarquista "olvidando -dice Marrero- que el anarquismo todavía,
no sólo en España, sino en el mundo entero, arrastraba las deficiencias de una etapa más bien
romántica, enemiga de la cohesión que sólo hasta ciertos límites estaba controlado en nuestro
país por los jefes políticos republicanos". Por ello debió ser su anarquismo literario o cristiano, a
lo príncipe Kropotkin, autor al que más tarde trataría personalmente en Londres (13).

También conviene resaltar cómo, pese a todas "las barbaridades" que de él se cuentan, rara
vez se encuentran en sus escritos, aun en los de aquella época, doctrinas contrarias a las de la
Iglesia (14).

Parece ser que son los años de la primera guerra europea, los de la gran lucha interior de
Maeztu, en los que su ideología da un giro copernicano en todos los terrenos, pero en primer
lugar en el religioso. Se habla generalmente de conversión para referirse a esta transformación
espiritual de Maeztu, e incluso hay un célebre artículo suyo que se titula Razones de una
conversión, en que se lamenta de los extravíos de su primera juventud. No obstante, hay quien
afirma (15) que este artículo llevaba inicialmente otro título: ¿Por qué me hice más católico?, y
que Eugenio Vegas, en la redacción de Acción Española, cambió ese título por el que hoy
inexactamente lleva. El mismo Maeztu, en el comienzo de ese artículo dice: "No creo que pueda
llamarme converso porque nunca se rompieron del todo los lazos que me unieron a la Iglesia."
-6-
Sea como fuere, lo cierto es que en esos años es cuando empieza a tener conciencia de su
catolicismo, y es ahora cuando, de una vez para siempre, inicia una vida nueva en que la
preocupación por la patria se conjuga con la preocupación por la religión católica. "Ha sido el
amor a España y la constante obsesión con el problema de su caída, lo que le ha llevado a
buscar en su fe religiosa las raíces de su antigua grandeza" (16).

Durante mucho tiempo bahía pensado que los españoles de los siglos XVI y XVII habían
sacrificado a la gloria de Dios v de la Iglesia los intereses inmediatos de la patria. Ahora, en
cambio, ha llegado ya a descubrir la profunda coincidencia que une la causa de España a la de la
religión católica, y ya desde ese momento esa idea no va a abandonarle jamás.

Fue Maeztu, esencialmente, un periodista que manejó como ninguno la técnica del articulo.
Durante cuarenta años escribió continuamente, a razón de uno o dos artículos diarios, lo que
revela una fecundidad tal que probablemente no ha sido igualado por ninguno de los escritores
de su generación, exceptuando, si acaso, a Baroja. Fue el primer corresponsal español en
Londres, cuando, hasta entonces, todos los hechos internacionales los recibíamos a través de
París. El artículo a la inglesa, "definidor de cuestiones palpitantes y de los grandes temas
universales" (17), fue su especialidad, y a ella consagró, casi exclusivamente, su vida de escritor.

Por la fuerza de los acontecimientos, Maeztu se vio obligado a escribir mucho y a escribir de
prisa. Apenas si encontró tiempo para publicar algún libro, que fuera a modo de descanso para su
espíritu. Sentía envidia de aquellos que pueden escribir sólo cuando tienen necesidad espiritual
de hacerlo. De Palacio Valdés escribió en cierta ocasión: "En cincuenta años de labor no ha
escrito más que un par de docenas de volúmenes, y casi nunca se ha visto su firma en /os
periódicos, ni ha intervenido jamás en la política ni en los negocios. Así ha podido esperar
siempre a que la emoción pusiera alas en su pluma, y cuando no he sentido esa emoción,
tampoco ha escrito" (18). ¡Cómo hubiera querido Maeztu esperar ese alado momento para
escribir, y no tener que escribir más que entonces!

Merece destacarse el culto a la verdad como norma que rigió siempre su actividad periodística.
Hay artículos suyos muy interesantes relativos a la guerra de Cuba y Filipinas; en los que señala
las causas de esas guerras y cómo los gobernantes españoles no habían eliminado los motivos
de insurrección. Y hay también artículos suyos en que recuerda a los periodistas la necesidad de
entonar el mea culpa por no haber advertido a tiempo que todo podía haberse evitado yendo al
encuentro del mal, y no limitándose a invocar, en busca de sensacionalismo, el honor nacional
(19).

Hay, a veces, en sus escritos, el sentimiento vago y difuso de la tragedia: "... es posible que
tenga que pasar nuestra fe por la prueba de una revolución irreligiosa", escribía en 1931 (20). Y
poco después, en ese mismo año: "Habrá en España, porque se está librando en todo el mundo,
una gran batalla contra el marxismo. En esa lucha pelearán las derechas en el mismo lado que
hombres que ahora son republicanos. Pero son éstos los que se separarán de los marxistas para
irse con las derechas. Todos, naturalmente, no. Basta con que vayan los que quieren con toda su
alma el triunfo del espíritu. Los que acierten a darse cuenta de que todo lo que hay de verdadero
en sus ideas es lo que han recibido del Cristianismo" (21). La tragedia presentida llegó unos años
más tarde, y en ella perdió la vida Ramiro de Maeztu, a manos de milicianos asesinos, un día
cualquiera de últimos de octubre ó primeros de noviembre del año 1936 (22).

Nos ha dejado Maeztu un notable estudio literario: Don Quijote, Don Juan y La Celestina. No
cabe duda que hubiera bastado esta obra, que subtituló Ensayos en simpatía, para consagrarle
como uno de nuestros mejores ensayistas. Don Quijote, es el Amor; Don Juan, es el Poder;
Celestina, es el Saber. Tres símbolos universales de tres sentimientos universales.

"No son seres reales, pero sí las ideas platónicas, si vale la palabra, de los seres reales." Tres
ideas personificadas y tres personajes humanos hechos idea.

Obra crucial en su ideología es, sin duda, La crisis del humanismo, en la que estudia los
principios de autoridad, libertad y función a la luz de la guerra. Fue publicado en inglés, bajo el
-7-
título de Autoridad, libertad y función a la luz de la guerra, afines de 1916, y en él trata de probar
que no es lícito ni admisible el ejercicio del mando, de la autoridad, ni del poder, sino en
dependencia estrecha con los valores que es necesario incesantemente crear, conservar y
acrecentar. Es interesante esta obra en cuanto recoge en algún pasaje el viraje de Maeztu hacia
lo católico: "La Iglesia ofrece a todos los occidentales el modelo de asociaciones. Es una
asociación que se funda en los dogmas centrales del pecado original y del Redentor. Me
garantiza la posibilidad de la Gracia. El individuo aislado, impotente para mantener su fe y para
ajustar su vida a sus creencias, se asocia a la Iglesia en busca de ejemplos y doctrinas que le
fortalezcan."

La obra capital de Maeztu, sin embargo, y la más conocida, seguramente, es Defensa de la


Hispanidad. En ella se recogen una serie de artículos aparecidos desde fines de 1931, la mayor
parte en la Revista Acción Española. Si el siglo XVIII español se caracteriza por . el espíritu
extranjerizante, y las Repúblicas Hispanoamericanas se dejaron llevar del afrancesamiento, hoy
se nota el retorno hacia lo español. Y puesto en esta línea, Maeztu sueña con la unión de los
pueblos hispanos, unión que viene a ser precisamente la superación de esos conceptos de raza y
de territorio, puramente accidentales, superación que se logra en la tarea común de enseñar a los
hombres a vivir el drama de la tremenda posibilidad cotidiana de salvarse o condenarse. Es
también una reivindicación de la obra le España en América frente a la odiosa "leyenda negra".

Del estilo de Maeztu en esta obra se ha dicho: "No falta en él la retórica del orador, o la frase
rápida del periodista, que puede, en ocasiones, sonar a tópico. El contenido supera aquí, como
en la mayoría de su obra, a la calidad exclusivamente literaria. Así y todo hay capítulos logrados
aun en su forma, perfectos como ensayos literarios" (23).

Sufrió Maeztu, en lo político, una evolución muy marcada del liberalismo al tradicionalismo.
Pero siempre hay en él, por encima de cualquier vinculación ideológica, la preocupación de
España. "De todos los empiristas españoles -escribía en 1933- no habrá ninguno que haya
buscado para su país más recetas salvadoras que yo, porque las he estado persiguiendo por
libros y periódicos durante cuarenta años y por tierras de Francia, Inglaterra, Alemania y los
Estados Unidos durante dos décadas. No he hecho otra cosa, ni negocies, ni novelas, ni obras de
teatro, nada absolutamente, en estos ocho lustros. Y por eso tiene alguna importancia si digo a
mis compatriotas que el camino de su salvación es el de la tradición que abandonaron hacia 1750
y que no han vuelto a encontrar posteriormente, como no fuera en veredas aisladas que
conducían a él" (24).

En su primera época busca una España nueva, totalmente desvinculada del pasado. Después,
en la madurez ideológica, comprende que lo que es preciso es adaptar en lo adaptable las
virtudes del pasado a las necesidades nuevas de la vida nueva. De esta forma, la actitud negativa
del 98 en que se formara, encuentra su antítesis en su obra Defensa de :a Hispanidad, a la que
ya hemos aludido. Representa esta obra la vuelta a la fe en el destino español, al sentido
católico, a la misión nacional y cultural. Con ello, Maeztu viene a servir de engarce entre la
generación vieja y el aliento de las nuevas generaciones.

En el último período de su vida, Maeztu se convierte en la gran figura doctrinal del


tradicionalismo. Y aunque el encuentro con los pensadores tradicionalistas es tardío, no por ello
es menos fecundo y renovador. En efecto, su estancia de quince años en Inglaterra le hizo tomar
contacto con el guildismo, figurando entre sus hombres más representativos. Incluso el "leader"
del Guild Socialism, Orage, se consideraba admirador y discípulo de Maeztu. Naturalmente, esta
prolongada estancia en Inglaterra había de dejar honda huella en sus ideas, y al venir al campo
tradicionalista no se limita a recibir una doctrina, sino que la remoza. De Maeztu cobra nueva
savia, sovia social y económica, la doctrina tradicionalista.

El ideal de Maeztu es la Monarquía hereditaria: "... el órgano más perfecto de esa voluntad
nacional tendría que ser un monarca hereditario, cuyos intereses y los de su dinastía se
identificaran con los de la nación" (24). Pide a los españoles el apoyo a la causa común: Dios,
Patria, Fueros, Rey (25).

-8-
Justifica su apoyo a la Dictadura de Primo de Rivera "porque, en un balance de bienes y
males, me pareció beneficiosa para España en el momento en que se estableció" (26).

No hay que hablar de partidos políticos. Ya no existen apenas en país alguno. Su tiempo ha
pasado. En España, donde no han faltado grandes individualidades, no hemos conocido los
hombres de mi tiempo -escribe- sino caciques o demagogos (27). Los Gobiernos de partido no
pueden ser justos porque son juez y parte al mismo tiempo (28).

Si en lo político, su ideal es la Monarquía hereditaria, en lo económico lo es el capitalismo. No


es la bondad o maldad de los individuos, sino el desarrollo del capitalismo, lo que eleva la
condición de los obreros (29).

Durante años se dedicó a estudiar el contraste entre los pueblos hispánicos y los pueblos
anglosajones, llegando a la conclusión de que es el "sentido reverencial del dinero" que estos
últimos poseen, lo que les ha dado la primacía mundial. Hay que emplear el dinero en
empréstitos reproductivos "que no son los que producen más interés al prestamista, sino al
deudor, que no es lo mismo. Y como el dinero así prestado se emplea en fomentar la producción
de más riqueza, el resultado de su inversión es que se multiplica la demanda de trabajo, con lo
que aumentan los salarios" (30).

Es necesario, pues, realizar inversiones reproductivas. Es necesario desarrollar nuestra


industria, mejorar el cultivo de nuestros campos. Hay que realizar una adecuada política
hidráulica para evitar que se pierda una sola gota de agua de nuestros ríos.

A Maeztu le preocupa el abandono con que hasta ahora se han visto los problemas
económicos en España. Es necesario que sean nuestros mejores hombres los que se dediquen
al estudio de estos problemas, pues de su solución dependerá el engrandecimiento del país.

Se lamenta de que los españoles consideren el oficio como un simple medio de ganar dinero
para atender a las humanas necesidades, y no como una auténtica vocación. Sólo sintiendo la
vocación del oficio de cada cual, podrá hacerse grande al país. Que cada tornero, cada zapatero,
cada albañil, sienta el amor a su oficio, y que cada uno quiera ser el mejor en su trabajo. Así
podremos hacer una España grande.

En general, Maeztu se resiste al intervencionismo del Estado en la vida económica, prefiriendo


el juego de la iniciativa privada.

Y en definitiva, postula un verdadero patriotismo en las relaciones económicas, un patriotismo


económico. Hay que preferir el comercio, la industria, los ferrocarriles, los balnearios nacionales a
los extranjeros. Claro es que esta postura suya, que parece desembocar en la autarquía
económica responde al momento en que escribe, cuando desde el extranjero se ha iniciado una
ofensiva contra la peseta, ofensiva que Calvo Sotelo trató de contrarrestar con una serie de
medidas de todos conocidas.

He aquí, a grandes pinceladas, diseñado el boceto de Ramiro de Maeztu. Brevemente hemos


hecho su filiación, encuadrándole en la generación del 98, y rápidamente también, hemos pasado
revista a los diversos aspectos de su personalidad literaria, política y económica.

Fácilmente se percibe cómo en Maeztu el tenia de España aparece tratado constantemente,


con I verdadera obsesión si se quiere, pero también con verdadero interés, con auténtico fervor.
La juventud española, cualquiera que sea su ideología, tiene un ejemplo en Ramiro de Maeztu.
Podrá comulgarse o no con sus ideas, pero siempre habrá de reconocerse su hondo patriotismo,
su gran amor a España. Y siempre será digno de admirarse ese tesón suyo en buscar la "receta"
que permita resolver el tan manoseado "problema de España".

El presente trabajo quiere ser un modesto homenaje a la obra de Maeztu. Sobre el tema
España y lo español hemos seleccionado una serie de textos agrupándolos, con la relatividad y el
convencionalismo de toda clasificación, en los siguientes apartados: a) España; b) Pueblos
-9-
hispánicos; c) Los españoles; d) Política española; e) Revolución y contrarrevolución; f)
Economía española; g) Figuras literarias hispánicas; h) Varios. Dentro de cada uno de estos
apartados hemos separado una serie de rúbricas, cada una de las cuales engloba uno o varios
de los textos seleccionados.

Si con este trabajo hemos conseguido una sistematización de la obra de Maeztu, desde el
ángulo que hemos elegido, habremos logrado nuestro objetivo.

F. GONZALEZ NAVARRO

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Notas al prólogo

(1) P. LAIN ENTRALGO: La generación del 98. Colección Austral. Espasa-Calpe Argentina, S.
A. Buenos Aires, 1947, pág. 29.
(2) Vide P. LAÍN ENTRALGO: Loc. cit. especialmente, nota previa en la que dice cómo en el
estudio del parecido generacional ha dirigido su atención, muy prepondederantemente, al que
existe entre los componentes del grupo por su condición de españoles, dejando en segundo
plano el que les distingue por su condición de literatos. "Un poco convencional y arbitrariamente -
añade- ha situado en el primer plano de mi exposición los testimonios de Unamuno, Azorín,
Baroja, Antonio Machado y Valle Inclán. Quedan en segundo plano las opiniones y los
sentimientos de Ganivet y de Maeztu, y sólo en fugaces alusiones aparecen los nombres de
Benavente, Manuel Machado y otros miembros de la generación."
(3) P. LAIN ENTRALGO: Loc. cit., pág. 93.
(4) Citado por VICENTE MARRERO: Maeztu. Ediciones Rialp, S. A., Madrid, 1955, página 68.
(5) P. LAIN ENTRALGO: Loc. cit., pág. 257.
(6) RAMIRO DE MAEZTU: Defensa de la Hispanidad, 6ª edición. Madrid, 1952, pág. 68.
(7) P. LAIN ENTRALGO: Loc. cit., pág. 63.
(8) P. LAIN ENTRALGO: Loc. cit., pág. 64.
(9) Vide MARRERO: Loc. cit., págs. 158 y siguientes.
(10) Citado por MARAERO: Loc. cit., pág. 144.
(11) VICENTE MARRERO: Loc. cit., pág. 378. Vide también VALBUENA PRAIT: Historia de la
Literatura Española. Editorial Gustavo Gil¡, S. A., 5.' edición. Barcelona, 1957, tomo III, pág. 512.
(12) RAMIRO DE MAEZTU: Razones de una conversión. "Acción Española". Octubre, 1934,
citado por MARRERO: Loc. cit., pág. 145.
(13) MARRERO: Loc. cit., pág. 167.
(14) Vide nota anterior.
(15) MARRERO: Loc. cit., pág. 369.
(16) MARRERO: Loc. cit.. pág. 374. La misma idea está en LAÍN ENTRALOO. Vide nota 3.
(17) MARRERO: Loc. cit., pág. 78.
(18) RAMIRO DE MAEZTU: La Prensa. Buenos Aires, 30-VI11-1931, recogido en el tomo
XXIV de Obras de Ramiro de Maeztu ("Las letras y la vida en la España de entreguerras").
Editora Nacional. Madrid, 1958.
(19) RAMIRO DE MAEZTU: España y Europa. Esposa-Calpe, S. A., Buenos Aires, 1948, pág.
23.
(20) RAMIRO DE MAEZTU: Ahora. Madrid, 19-II-1931, publicado en el tomo XIII de Obras de
Ramiro de Maeztu ("Liquidación de la Monarquía parlamentaria"). Editora Nacional, pág. 173.
(21) RAMIRO DE MAEZTU: El señor Prieto 3, las derechas. "Diario de Navarra". Pamplona, 18
de diciembre de 1931, recogido en el tomo XXI de Obras de Ramiro de Maeztu ("El nuevo
tradicionalismo y la revolución social"). Editora Nacional, pág. 93.
(23) VALBUENA PRATT: Loc. cit., pág. 513.
(24) RAMIRO DE MAEZTU: La Monarquía de los republicanos. "El Pueblo Vasco", Bilbao,
1541-1934, recogido en el tomo XXI de las Obras de Ramiro de Maeztu ("El nuevo
tradicionalismo y la revolución social"), pág. 296.
(25) RAMIRO DE MAEZTU: Carta abierta sobre el tradicionalismo. "La Constancia". San
Sebastián, 25-XI-1933, recogido en el tomo XXI de Obras de Ramiro de Maeztu ("El nuevo
tradicionalismo y la revolución social"). Editora Nacional, pág. 17.
(26) RAMIRO DE MAEZTU: Un éxito de Combó. "El Pueblo Vasco", Bilbao, 31-V-1934,
recogido en el tomo XXI de Obras de Maeztu ("El nuevo tradicionalismo y la revolución social"),
pág. 302.
(27) RAMIRO DE MAEZTU: Lo Nación. Madrid, 12-V-1927, recogido en el tomo XIII de Obras
de Maeztu ("Liquidación de la Monarquía parlamentaria"). Editora Nacional, pág. 44.
(28) RAMIRO DE MAEZTU: Los derechos del hombre. Publicado en "El Carbayón", Oviedo,
10-III-1932, recogido en el tomo XXI de Obras de Maeztu ("El nuevo tradicionalismo y la
revolución social"). Editora Nacional, pág. 273.
(29) RAMIRO DE MAEZTU: La Nación. Madrid, 28-III-1927, recogido en el tomo XII de Obras
de Maeztu ("Con el directorio militar"), pág. 184.

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(30) RAMIRO DE MAEZTU: El Sol. Madrid, 10-VII-1926, recogido en el tomo XV de Obras de
Maeztu ("El sentido reverencial del dinero"). Editora Nacional. Madrid, 1957, pág. 52.

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España y los españoles

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España
España.-España es una encina medio sofocada por la yedra. La yedra, es tan frondosa, y se
ve la encina tan arrugada y encogida, que a ratos parece que el ser de España está en la
trepadora, y no en el árbol. Pero la yedra no se puede sostener sobre sí misma. Desde que
España dejó de creer en sí, en su misión histórica, no ha dado al mundo de las ideas generales
más pensamientos valederos que los que han tendido a hacerla recuperar su propio ser. Ni su
Salmerón, ni su Pí y Margall, ni su Giner, ni su Pablo Iglesias, han aportado a la filosofía del
mundo un solo pensamiento nuevo que el mundo estime válido. La tradición española puede
mostrar modestamente, pero como valores positivos y universales, un Balmes, un Donoso, un
Menéndez Pelayo, un González Arintero. (Hispanidad, pág. 17.)

Nosotros, españoles, y los ingleses que han estudiado en España, sabemos perfectamente
que Don Juan no invita a cenar a la estatua por escepticismo, sino por soberbia. Si Don Juan
fuese escéptico su convite resultaría absurdo. Don Juan es soberbio. no es escéptico, no es
intelectual. España no es intelectual ni para dudar ni para creer. (Don Quijote..., pág. 85.)

Esta España nuestra fue en su momento de plenitud una disciplina y un camino. Creímos en
nuestros dos mejores siglos que la disciplina era el camino, y los hijos de los hidalgos estudiaban
durante diez años de su vida de ocho a doce horas diarias de latín y practicaban otras tantas el
ejercicio de las armas al hacerse mozos. Multiplicamos los colegios para que por esta misma
disciplina obligatoria para los hidalgos, pudieran perfeccionarse cuantos no lo eran y querían
imponérsela para perfeccionarse. Al ponernos en contacto con las razas de otros continentes,
llevamos a ellas la persuasión de que todos los hombres podían salvarse y progresar, a condición
de que se sometieron a una disciplina análoga a la nuestra. Por eso digo que el ser histórico de
España es el camino de la disciplina. Pero acaso, quizá, de haberse disciplinado demasiado, al
llegar el siglo XVIII, España cesó de creer en la disciplina para fiar la salvación a la Naturaleza.
(El nuevo Tradicionalismo, pág. 36.)

Sólo que el día en que se entienda, y ya comienza a vislumbrarse, que en aquella disciplina
que fue España está la existencia de los pueblos hispánicos y la posibilidad de su grandeza, lo
que ha sido meramente su pasado se convertirá en su porvenir. (El nuevo Tradicionalismo, pág.
38.)

Volver la espalda a la tradición de España es cegarse a la comprensión y al sentimiento de los


máximos valores humanos, prescindir de la sal de la tierra, desconocer la epopeya más grande
que jamás pueblo alguno ha realizado en beneficio de la Humanidad. Lo que quiso España es
que todos los pueblos constituyeran una sola familia, y eso no lo quiso de un modo platónico, sino
que buscó en sus leyes y en su administración la manera de realizarlo, y lo realizó hasta tal punto
que no hay en el mundo más pueblos de color que vivan íntegramente la vida de nuestra
civilización cristiana que los que fueron educados bastante tiempo por España. (El nuevo
Tradicionalismo, pág. 80.)

España e Inglaterra.-Cuando se representó el drama predicador de la impaciencia y de la


acción, Inglaterra apenas si existía como fermento de un pueblo futuro. Cuando se publicó la
novela elaboradora del reposo, España dominaba el mayor imperio de la tierra. El Hamlet es la
tragedia de Inglaterra; el Quijote es el libro clásico de España. En torno a las des obras se ha
venido cristalizando el alma de los dos pueblos. Inglaterra ha conseguido un Imperio; España ha
perdido el suyo. (Don Quijote..., pág. 32.)

España, siglo XVI.-Si Cervantes está cansado cuando concibe a Don Quijote, no lo está
menos la nación española. Al terminar el siglo XV y en el curso del siglo XVI, España completaba
la liberación del territorio nacional contra un enemigo que durante ocho siglos lo había ocupado,
realizaba la unidad religiosa, expulsaba a moros y judíos, llevaba a cabo la epopeya de descubrir,
conquistar y poblar las Américas, a costa, en parte, de su propia despoblación; paseaba sus
banderas victoriosas por Flandes, Alemania, Italia, Francia, Grecia, Berbería. De cada hogar

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español había salido un monje o un soldado, cuando no un monje y un soldado. (Don Quijote...,
pág. 40.)

Si ahora vuelven algunos espíritus alertas los ojos hacia la España del siglo XVI, es porque
creyó en la verdad objetiva y en la verdad moral. Creyó que lo bueno debe ser bueno para todos,
y que hay un derecho común a todo el mundo, porque el favorito de sus dogmas era la unidad del
género humano y la igualdad esencial de los hombres, fundada en su posibilidad de salvación.
(Hispanidad, página 158.)

España fue durante los siglos XVI y XVII un pueblo de soldados, misioneros y juristas.
(Hispanidad..., pág. 210.)

España misionera-No hay en la Historia universal obra comparable a la realizada por España,
porque hemos incorporado a la civilización cristiana a todas las razas que estuvieron bajo nuestra
influencia. Verdad que en estos dos siglos de enajenación hemos olvidado la significación de
nuestra Historia y el valor de lo que en ella hemos realizado, para creernos una raza inferior y
secundaria. En el siglo XVII, en cambio, nos dábamos plena cuenta de la trascendencia de
nuestra obra; no había entonces español educado que no tuviera conciencia de ser España la
nueva Roma y el Israel cristiano. (Hispanidad..., pág. 91.)

Por eso puede decirse que toda España es misionera en sus dos grandes siglos, hasta con
perjuicio del propio perfeccionamiento. Este descuido quizá fue nocivo; acaso hubiera convenido
dedicar una parte de la energía misionera a amarnos espiritualmente, de tal suerte que
podiéramos resistir, en siglos sucesivos, la fascinación que ejercieron sobre nosotros las
civilizaciones extranjeras. Pero cada día tiene su afán. Era la época en que se había comprobado
la unidad física del mundo, al descubrirse las rutas marítimas de Oriente y Occidente; en Trento
se había confirmado nuestra creencia en la unidad moral del género humano; todos los hombres
podían salvarse; esta era la íntima convicción que nos llenaba el alma. No era la hora de pensar
en nuestro propio perfeccionamiento ni en nosotros mismos; había que llevar la buena nueva a
todos los rincones de la tierra. (Hispanidad..., pág. 100.)

Comparad la India con las Filipinas, y ahí está, en elocuente contraste, la diferencia entre
nuestro método, que postula que los demás pueblos pueden y deben ser como nosotros, y el
inglés de libertad, que a primera vista parece generoso, pero que, en realidad, se funda en el
absoluto desprecio del pueblo dominador al dominado, ya que lo abandona a su salacidad y
propensiones naturales, suponiendo que de ninguna manera podrá corregirse. Ahora nos
explicamos el orgullo con que Solórzano Pereira habla en el siglo XVII de la acción misionera de
España, así como la persuasión de sus compatriotas, que veían en España la nueva Roma o el
Israel moderno... Lo que no podía imaginarse Solórzano era que ciento cincuenta años después
España estuviera gobernada como lo estuvo en tiempos de Carlos III, por ministros masones que
iban a deshacer nuestra obra misionera. (Hispanidad.... pág. 106.)

Toda España es misionera en el siglo XVI. Toda ella parece llena del espíritu que expresa
Santiago el Menor cuando dice el final de su Epístola que: "El que hiciera a un pecador
convertirse del error de su camino salvará su alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de los
pecados." Lo mismo los reyes, que los prelados, que los soldados, todos los españoles del siglo
XVI parecen misioneros. En cambio, durante el siglo XVI y XVII no hay misioneros protestantes. Y
es que no podía haberlos. Si uno cree que la justificación se debe exclusivamente a los méritos
de Nuestro Señor, ya poco o nada es lo que tiene que hacer el misionero; su sacrificio carece de
eficacia. La España del siglo XVI, al contrario, concibe la religión como un combate, en que la
victoria depende de su esfuerzo. Santa Teresa habla como un soldado. Se imagina la religión
como una fortaleza, en que los teólogos y los sacerdotes son los capitanes mientras que ella y
sus monjitas de San José les ayudan con sus oraciones... (España y Europa, pág. 110.)

España y el mundo.-No somos los españoles un pueblo extraviado de la corriente general del
mundo, sino que es el mundo el que se ha extraviado de la corriente universal en que España se
había mantenido, para volver a ella de nuevo, porque el hecho de que empiecen a coincidir con
nuestra filosofía y nuestro arte barroco los espíritus superiores del mundo, es indicio de que el
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mundo entero ha de seguirles. Dios me libre con él o de sugerir a nadie la idea de que no
necesitamos sino sentarnos a la puerta para que el mundo vuelva a pasar por nuestra casa. Si
nosotros no defendemos nuestro espíritu tradicional, el mundo nos despreciará por no hacerlo,
aunque por otra parte se lo apropie. Pero el hecho innegable es que las corrientes espirituales del
mundo, que se habían separado de las de España en estos últimos siglos, han dado una vuelta y
vuelven a encontrarse con las nuestras. Esta es, pues, la hora en que si tuviéramos unas cuantas
docenas de espíritus perspicaces y alertas España volvería a encontrarse rápidamente en plena
actualidad. (El nuevo Tradicionalismo, pág. 42.)

Problema actual de España.-Cervantes fue uno de los primeros hombres que sintió que los
ejércitos de España habían avanzado demasiado. Cuando un ejército alcanza los límites de su
elasticidad, no tiene más remedio que resignarse a perder su iniciativa y ponerse a organizar la
resistencia. Esto es lo que hizo España, y en este sentido tiene completa razón Ganivet cuando
dice que España es la obra del soldado cautivo, como Italia la del Dante o Alemania la de
Goethe. Aunque en el momento actual el problema de España consiste precisamente en recobrar
la iniciativa histórica, es natural que en el siglo XVII la perdiéramos. (Don Quijote, pág. 61.)

Duplicidad espiritual de España.-Nuestro gran siglo XVI es un misterio entre banderas


victoriosas; pero ya antes del siglo XVI se percibe en el pueblo nuestra duplicidad espiritual, que
parece serle característica. De una parte, la ideal de la madre Celestina; de la otra, la deleitación
en el rasero de la muerte, y en siglos sucesivos no hemos sido constantes y grandes sino para
cantar el sensualismo o para regocijarnos de que la muerte acabe con todo... Ahí están, sin
embargo, todos los elementos necesarios para construir el ideal: el infinito y lo finito. El ideal no
puede consistir sino en infundir el infinito en lo finito. Somos una unidad de cuerpo y alma.
Tenemos que evitar los dos separatismos: el del cuerpo sin alma y el del alma sin el cuerpo.
Entre las dos desesperaciones, la de la Celestina y la de la inutilidad del humano esfuerzo,
habremos de fundar nuestra esperanza. (España y Europa, pág. 63.)

Misión de España.-... la misión de España ha sido de carácter popular. Ha creído en la


posibilidad de hacer templos de barro. Y las razas humanas atrasadas, color de tierra, color de
yerba, han subido lentamente por su impulso, dando vueltas, resistiéndose todo lo que han
podido, pero han subido como las torres del Pilar, y están subiendo todavía. En cambio, quedan
inmensas multitudes de almas, color de tierra, color de yerba, en el Asia y la Malasia, que viven
todavía la vida del barro, que no han subido porque no han encontrado un apóstol Santiago
bastante poderoso para levantarlas de sus légamos, o que se interesara por ellas lo bastante.
(España y Europa, pág. 102.)

Desgraciadamente, España se venía olvidando de sí misma y de su misión histórica desde


mediados del siglo XVIII. En vez de lanzarse a buscar por esos mundos todos los adelantos de
las ciencias modernas, a fin de incorporárselos como instrumentos necesarios para el
cumplimiento de su misión histórica, la admiración por los inventos de otros pueblos indujo a sus
gobernantes a menospreciar el espíritu hispano. Y de este menosprecio han surgido, primero, los
movimientos que determinaron la separación de América, y, después, las tendencias
secesionistas dentro de España, y aun las luchas de clases, que tampoco habrían surgido de
habernos sentido unidos todos los españoles, ricos y pobres, altos y bajos, en la más gloriosa de
las tradiciones. (El nuevo Tradicionalismo, pág. 304.)

Mi sueño de español sería ver a mi Patria de gonfalonera de la Contrarrevolución, como lo fue


en el siglo XVI de la Contrarreforma. Hay para ello una tentación grande. España no ha sentido
nunca con fuerza más que las causas universales: el Imperio romano o la Cristiandad. A los
españoles no se nos ha podido hacer nunca el reproche de haber sacrificado en nuestros
principios la humanidad y la moral a nuestro interés privado... La verdad es que los españoles no
sentimos con vigor el patriotismo sino cuando nos creemos ministros y brazos de algún empeño
tan grande como el mundo. (Con el Directorio, pág. 163.)

Valor histórico de España.-El valor histórico de España consiste en la defensa del espíritu
universal contra el de secta. Eso fue la lucha por la Cristiandad contra el Islam y sus amigos de
Israel. Eso también el mantenimiento de la unidad de la Cristiandad contra el sentido secesionista
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de la Reforma. Y también la civilización de América, en cuya obra fue acompañada y sucedida
por los demás pueblos de la Hispanidad. Si miramos a la Historia, nuestra misión es la de
propugnar los fines generales de la humanidad frente a los cismas y monopolios de bondad y
excelencia. Y si volvemos los ojos a la Geografía, la misión de los pueblos hispánicos es la de ser
guardianes de los inmensos territorios que constituyen la reserva del género humano. Ello
significa que nuestro destino en el porvenir es el mismo que en el pasado: atraer a las razas
distintas a nuestros territorios y moldearlas en el crisol de nuestro espíritu universalista. ¿Y
dónde, si no en la Historia, en nuestra Historia, encontramos las normas adecuadas para
efectuarlo? (Hispanidad, pág. 152.)

Siglo de oro español.-... la esencia del arte barroco, que es como decir la esencia de nuestro
siglo XVI, consiste en una voluntad de ideal y de creencia que se sobrepone a la realidad, a la
evidencia de los sentidos y al natural discurso, como en los cuadros del Greco hay una
espiritualidad que no tienen graciosamente las figuras, sino que quieren tenerla, y por eso la
alcanzan. Tal vez fue ese arrebato de la voluntad lo que, si de una parte nos hizo realizar
increíbles hazañas, gastó nuestras energías en breve tiempo. No creo que pueda contemplarse el
Monasterio de El Escorial sin percibir a la vez las posibilidades y las limitaciones de la voluntad
humana. Estoy seguro de que a medida que se estudie en el mundo nuestro siglo XVI irá
pasando a la Historia como el modelo de lo que los hombres pueden conseguir y de lo que no
pueden. (Don Quijote, pág. 66.)

Decadencia española.-Pero lo que debió entenderse desde el primer momento, y no me


explico que no se comprendiera, porque su evidencia no puede discutirse, es que en el Quijote
tenemos que ver el libro ejemplar de nuestra decadencia. Y los intelectuales debieron haber
entendido también que así se reconoce al mismo tiempo su valor espiritual, se fija su puesto y se
prepara el ánimo de las generaciones venideras para leerlo en su verdadera perspectiva, con lo
que las inmuniza contra sus sugestiones de desfallecimiento. (Don Quijote..., pág. 20.)

No comprendo que se pueda leer el Quijote sin saturarse de la melancolía que un hombre y un
pueblo sienten al desengañarse de su ideal; y si se añade que Cervantes la padecía al tiempo de
escribirlo, y que también España, lo mismo que su poeta, necesitaba reírse de sí misma para no
echarse a llorar, ¿qué ceguera ha sido ésta, por la que nos hemos negado a ver en la obra
cervantina la voz de una raza fatigada, que se recoge a descansar después de haber realizado su
obra en el mundo? Una obra de "frívolo y ameno entretenimiento" no apresaría el ánimo en la
misma medida que el Quijote. (Don Quijote, pág. 22.)

Ya sé que la cuestión de nuestra decadencia no está resuelta. Hay quien dice, como Azorín en
"Una hora de España", que no hubo decadencia, sino extravasamiento a América de la energía y
la sangre española. Menéndez y Pelayo, que cree en la decadencia, afirma, en cambio, que se
trata de un problema tan complejo que sólo el trabajo de muchas generaciones de investigadores
podrá resolverlo. A Azorín podría contestársele reconociendo que hubo extravasamiento, pero
diciéndole que sólo se podría negar la decadencia si los pueblos hispánicos de América
representasen ante el mundo contemporáneo, tanto en las letras como en las armas, en el mundo
espiritual y en el temporal, una potencialidad tan vigorosa como la de la España de Felipe II. A
Menéndez y Pelayo sería más difícil responderle, porque hay, en efecto, en nuestra decadencia
numerosos misterios que exigen largos afanes si han de esclarecerse. Pero la decadencia misma
no es probable que' siga pareciendo problemáticamente. (Don Quijote, pág. 25.)

Patria.-... esa patria que sólo está en uno mismo no pasa de ser una opinión particular, es
decir, una herejía. Para nosotros, los "patrioteros", la patria está, en efecto, fuera de nosotros; en
nuestras catedrales, en el Greco, Zurbarán y Velázquez; en Lope, Tirso y Calderón; en Santa
Teresa y San Ignacio; en Quevedo y en Cervantes; en las Navas de Tolosa y en Felipe II, y,
sobre todo, en el conjunto de todo ello, que forma la trayectoria de un gran pueblo que perseguía
el ideal más noble que jamás pueblo alguno ha sentido en la Tierra. De su espíritu "objetivado"
nos nutrimos nosotros, que no nos sacamos la patria de la cabeza, pero que empleamos el
cerebro en descubrir y realizar nuestro ideal histórico. Todavía se le ha ocurrido al señor Zulueta
otra verdad importantísima, la de que "la España tradicional, cuando de veras fue y vivió, era a su
vez innovación y creación". Así es, en efecto; mientras España fue tradicional, mientras creyó en
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sí misma y a sí misma fue fiel, innovó y creó todo el tiempo; pero cuando empezó a creer que la
verdad no estaba en sí misma, sino en Versalles o en Londres, dejó de innovar y de crear, para
convertirse en triste imitadora, necesariamente rezagada, de países extranjeros. Y ello porque es
mucha verdad que, como dice el señor Zulueta, "donde cesa la innovación acaba la vida", pero es
porque cuando un pueblo se aleja de su principio espiritual, si se trata de un principio verdadero,
cesa también la innovación al mismo tiempo que la vida creadora. (El nuevo Tradicionalismo,
pág. 78.)

España empieza a ser al convertirse Recaredo a la religión católica el año 586. Entonces hace
San Isidoro el elogio de España que hay en el prólogo a la Historia de los godos, vándalos y
suevos: "¡Oh España! Eres la más hermosa de todas las tierras... De ti reciben luz Oriente y
Occidente..." Pero a los pocos años llama a los sarracenos el obispo don Opas y les abre la
puerta de la Península el conde don Julián. La Hispanidad comienza su existencia el 12 de
octubre de 1492. Al poco tiempo surge entre nuestros escritores la conciencia de que algo nuevo
y grande ha aparecido en la historia del mundo. Pero muchos de los marinos de Colón hubieran
deseado que las tres carabelas se volvieran a Palos de Moguer sin descubrir tierras ignotas. Con
ello se dice que la patria es un valor desde el origen y, por tanto, problemática para sus mismos
hijos, como el alma, según los teólogos, es espiritual desde el principio, ab initio. (Hispanidad,
página 186.)

La patria la crea un valor, en el caso de España, la conversión de Recaredo y de la monarquía


visigoda a la religión del pueblo dominado. La patria se funda en el espíritu, es decir, en el bien.
En el bien se funda y en el bien se sostiene, así como en el mal se deshace y por eso no creo
que pueda aseverarse que la defensa de su ser sea anterior a su justicia o injusticia. Cualquier
acto de justicia la fortalece, cualquier injusticia la debilita. La gloria la glorifica, la vergüenza la
avergüenza. (Hispanidad, pág. 193.)

La defensa de la patria no excluye sino que requiera el respeto de los derechos de las otras
patrias. Paro la apologética no es exagerada sino cuando se hace exageradamente. Es tan
esencial a las instituciones del Estado y a los valores de la nación como a la vida de la Iglesia. Si
no se sostiene, caen las instituciones y perecen los pueblos. Es más importante que los mismos
ejércitos, porque con las cabezas se manejan las espadas, y no a la inversa. Esto que aquí inició
Acción Española, que es la defensa de los valores de nuestra tradición, es lo que ha debido ser,
en estos dos siglos, el principal empeño del Estado, no sólo en España, sino en todos los países
hispánicos. Desgraciadamente no lo ha sido. No defendimos lo suficiente nuestro ser. Y ahora
estamos a merced de los vientos. (Hispanidad, página 41.)

Imperio español.-El Imperio español era una Monarquía misionera, que el mundo designaba
propiamente con el título de Monarquía católica. Desde el momento en que el régimen nuestro,
aun sin cambiar de nombre, se convirtió en ordenación territorial, pragmática, económica,
racionalista, los fundamentos mismos de la lealtad y de la obediencia quedaron quebrantados.
(Hispanidad, pág. 36.)

Ideal nacional.-Es evidente que todos nuestros males se reducen a no sólo: la pérdida de
nuestro ideal nacional. Nuestro ideal se cifraba en la fe y en su difusión por el haz de la tierra. Al
quebranto de la fe siguió la indiferencia. No hemos nacido para ser kantianos. Ningún pueblo
inteligente puede serlo. Si la chispa de nuestra alma no se identifica con la Cruz, mucho menos
con ese vago Imperativo Categórico que sólo nos obligaría a desear la felicidad del mayor
número, aunque el mayor número se compusiera de cínicos y de hijos del placer. (Hispanidad,
pág. 230.)

Don Juan ha vuelto a surgir entre nosotros, porque estos años marcan otra crisis de ideales.
Ya se sabe lo que fueron el de 1898 y los que le sucedieron: confusión y polémica, en que a
vueltas de palabras apasionadas y de quicios prematuros nos dimos cuenta de que éramos
débiles y pobres, lo que equivale a decir que apareció entre nosotros el ideal de la fuerza. Como
éste no se podía expresar militarmente, por vivir entre países de poderío militar muy, superior al
que habríamos podido alcanzar, aun en el caso de proponérnoslo, se manifestó
económicamente, y económicas, principalmente, han sido las actividades españolas a partir de
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aquel año. Luego, hacia 1910, se sintió la necesidad de depurar los juicios, sentimientos y
motivos que la generación anterior había aportado al ambiente nacional, con lo que digo que
surgió el ideal de saber exacto, especializado, para encauzar y depurar el de poder, que se había
alumbrado diez años previamente. En efecto: los talentos de los últimos años se han encarrilado
con preferencia en las actividades especializadas de la ciencia, desdeñando más bien las
literarias. Pero la guerra mundial ha evidenciado la necesidad de someter el ideal de la ciencia
especializado a otro superior, porque el Prometeo de la invención y del progreso en que los
hombres habían puesto tantas esperanzas lo mismo sirve para curar heridos en los hospitales
que para fabricar gases asfixiantes, lo que equivale a decir que es indiferente a las dichas y
desdichas humanas; y no se hable de la ciencia pura, porque hace tiempo es cosa averiguada
que no podrá decirnos nunca ni a dónde vamos ni de dónde venimos. Y esta es la causa de que
ya se perciban tendencias indicadoras de que se va a alumbrar un ideal nuevo, que será acaso
un ideal de felicidad, pero que yo creo y espero que se contentará con indicar la senda del saber.
(Don Quijote, pág. 100.)

Nacionalismo.-Lo que sé es que un nacionalismo que se funde en la tradición -y apenas es


concebible un nacionalismo que no busque sus raíces en la Historia- tiene que ser en España
universalista, porque ese es el sentido de toda nuestra Historia. Entre nosotros no podría tener
otro sentido hacer distingos entre patriotismo y nacionalismo que no sea el de considerar el
nacionalismo como un patriotismo militante frente a un peligro de disolución. Para España no hay
más que el "nacionalismo justo", que definía recientemente el Comité archiepiscopal de la
Sección Católica francesa como "aquel que quiere para su país la prosperidad, el respeto de sus
derechos y su verdadero lugar en el concierto mundial". (Hispanidad, página 218.)

Desorientación nacional.-Siempre volvemos a lo mismo: la desorientación nacional. No es


verdad que seamos inmorales. Nuestro pueblo sigue siendo uno de los mejores de la Tierra.
Entre nosotros marchan satisfactoriamente todos los modos de vida: relaciones de familia, de
amistad, de negocios en la pequeña industria y el pequeño comercio, que siguen rigiéndose por
principios de nuestro Siglo de Oro. Lo que no marcha bien es la política, el Estado, la enseñanza,
cuantos otros aspectos de la actuación social se han dejado malear por ideas revolucionarias y
extranjeras. (Hispanidad, pág. 233.)

Nuera inquietud española.-Es curioso que esta España quieta haya encontrado su artista en
"Azorín", porque el artista es de nuestros días, que son precisamente los que están viendo
desaparecer esa quietud española. La ambición económica está llevando la intranquilidad, al
mismo tiempo que un poco de riqueza, a las más apartadas regiones españolas. No es justo
suponer que el progreso nacional español venga importado del extranjero. Lo que habrá venido
del extranjero es la oportunidad instrumental que nos permite aprovechar nuestros recursos
naturales. (Don Quijote, pág. 67.)

Hacia otra España.-Pero en nuestra España despoblada, atrasada e ignorante, en nuestra


nación envilecida por el sistema de la recomendación y del compadrazgo, que ha disuelto las
más justas ambiciones y anulado los estímulos más nobles, así en la política como en la ciencia y
en las artes, así en el comercio como en la población industrial y agrícola, ¿cómo ha de brotar
espontáneamente gente nueva, capaz de llevar a feliz término la obra magna de nuestra
regeneración? Se nos dice que esa gente nueva no ha de salir de ninguno de los actuales
partidos políticos. ¿Y dónde se halla?, preguntamos nosotros. ¿En esa Prensa que sólo cuida de
halagar al público, cultivando y endureciendo sus prejuicios? ¿En esa literatura enclenque y
mustia, que cuando se aparta del clasicismo ya sin jugo cae en el tipo chulesco, simpático a
nuestra holgazanería, o en la lejana imitación del vaivén de las modas extranjeras? ¿En esas
Universidades, cuyos claustros de profesores interinos deben sus cátedras al favor oficial y cuyos
claustros de estudiantes sólo se agitan para adelantar las vacaciones o para defender a los
catedráticos tildados de tauromáquicas aficiones? ¿En esa industria y en ese comercio
incipientes, que harto hacen con cuidarse de lo que más directamente les atañe? ¿En esa tierra
cuyos dueños la abandonan para hacer míseramente el señorito en las ciudades y cuyos
arrendatarios se encorvan sobre ella por un impulso cien veces secular y del mismo modo que
sus antepasados de cien siglos? Pero si no puede improvisarse una legión de gente nueva, con
estandarte fijo y disciplina bien probada, existen, sí, digámoslo la Universidad, en el comercio y
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en la industria. individualidades sensatas y enérgicas, perspicaces y estimuladas por una
ambición noble, que en público y en privado venían advirtiendo a la nación el gran engaño de que
era víctima, al juzgarse, y las grandes enfermedades que la debilitan. Existen esas
individualidades, y en ellas depositamos nuestra esperanza de mejores días, porque, en lo
sucesivo, no las acallará, come antes, el espectro coloreado y fascinador de pasadas leyendas,
sino que al contemplar la abierta llaga de las actuales desventuras sentirán duplicarse la
necesidad de hablar en alta voz, conforme se lo dicta su conciencia, el lenguaje viril y sincero que
se debe a los pueblos caídos cuando se ansia su resurrección y se cree en ella. Esos hombres,
que hoy son pocos y están desparramados, mañana serán más, se organizarán, agruparán en
torno suyo a la nación trabajadora; de ellos saldrá otra España más noble, más bella, más rica y
más grande. (España r Europa, pág. 41.)

Paisaje español.-... Es la satisfacción del viejo anhelo del Norte por la palmera asoleada. No
diré que no haya paisajes tan irreales y tan bellos en los países de nieve, porque no hay tierra
que no tenga sus horas en que el amor de Dios la vuelve bella; pero cuando la Luna tiende su
velo al mismo tiempo sobre la mar tranquila y los jardines de una ciudad blanca, y se platean a su
luz palmeras y naranjos, limoneros y chumberas, olivos y cactus, si el aire es suave al mismo
tiempo y la mar lo aroma con sus sales, y se oye alguna música lejana, no hay músculo que no
se distienda, como si hubiéramos llegado, al cabo, a la tierra bendita donde se cumplen los
deseos. Es verdad que en estos países encantados las gentes suelen estar un poco tristes. Creo
que si fuera yo hijo de uno de ellos no cesaría de soñar con hielos y lagos y montañas y de pinos
colmados de nieve. Hasta se me figura que el amor de los hijos del Sur por los climas del Norte
es, en realidad, más profundo, si bien menos activo, y muchísimo menos viajero que el de los
norteños por los del Mediodía. Estos no quieren, al fin y al cabo, más que las flores y los frutos de
la vida, mientras que lo que buscan los meridionales en las tierras del Norte, por ejemplo, en
aquella isla del mar Báltico, de la que dice la leyenda que no pisará nadie sin sentir toda la vida,
inmortalmente, un gran deseo, que no saciará nunca; lo que anhelan los meridionales es la vida
misma. Lo maravilloso de España es la posibilidad de satisfacer estos anhelos contrapuestos. Si
del Moncayo a Tarragona puede ir un aeroplano en menos de una hora, aún sería más breve el
viaje, y mayor

España heraldo de la cultura universal.-Hoy está en marcha la cultura universal. España fue su
heraldo; sus andadores, nuestras leyes de Indias. No se pudo realizar esta obra sin que España
pusiera en ella sus mejores energías. Descuidamos lo nuestro para atender a lo de todos. Por
eso he dicho, y ahora repito, que España es el Cristo de los pueblos. Pero la obra está en
marcha. Y porque estamos en el comienzo de la cultura universal no tiene sentido hablar de la
"Decadencia de Occidente". Parte del Occidente está en decadencia; parte, en auge. Unos
subirán, y al mismo tiempo otros irán de caída. (Defensa del Espíritu, pág. 272)

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Pueblos hispánicos
Hispanidad.-La Hispanidad, desde luego, no es una raza. Tenía razón el Eco de España para
decir que está mal puesto el nombre de Día de la Raza al del 12 de octubre. Sólo podría
aceptarse en el sentido de evidenciar que los españoles no damos importancia a la sangre, ni al
color de la piel, porque lo que llamamos raza no está constituido por aquellas características que
puedan transmitirse al través de las oscuridades protoplasmáticas, sino por aquellas otras que
son luz del espíritu, como el habla y el credo. La Hispanidad está compuesta de hombres de las
razas blanca, negra, india y malaya, y sus combinaciones, y sería absurdo buscar sus
características por los métodos de la etnografía. También por los de la geografía. Sería perderse
antes de echar a andar. La Hispanidad no habita una tierra, sino muchas y muy diversas. La
variedad del territorio peninsular, con ser tan grande, es unidad si se compara con la del que
habitan los pueblos hispánicos. Magallanes, al Sur de Chile, hace pensar en el Norte de la
5scandinavia. Algo más al Norte, el Sur de la Patagonia argentina tiene clima siberiano. El
hombre que en esas tierras se produce no puede parecerse al de Guayaquil, Veracruz o las
Antillas, ni éste al de las altiplanicies andinas, ni éste al de las selvas paraguayas o brasileñas.
Los climas de la Hispanidad son los de todo el mundo. Y esta falta de características geográficas
y etnográficas no deja de ser uno de los más decisivos caracteres de la Hispanidad. Por lo menos
es posible afirmar, desde luego, que la Hispanidad no es ningún producto natural, y que su
espíritu no es el de una tierra, ni el de una raza determinada. (Hispanidad, página 28.)

Saturados de lecturas extranjeras, volvemos a mirar con ojos nuevos la obra de la Hispanidad
y apenas conseguimos abarcar su grandeza. Al descubrir las rutas marítimas de Oriente y
Occidente hizo la unidad física del mundo; al hacer prevalecer en Trento el dogma que asegura a
todos los hombres la posibilidad de salvación, y por tanto, de progreso, constituyó la unidad de
medida necesaria para que pueda hablarse con fundamento de la unidad moral del género
humano. Por consiguiente, la Hispanidad creó la Historia Universal, y no hay obra en el mundo,
fuera del Cristianismo, comparable a la suya. (Hispanidad, pág. 45.)

Y aunque es muy cierto que la Historia nos descubre dos Hispanidades diversas. que Herriot
recientemente ha querido distinguir, diciendo que era una la del Greco, con su misticismo, su
ensoñación y su intelectualismo, y la otra la de Goya, con su realismo y su afición a la "canalla", y
que pudieran llamarse también la España de Don Quijote y la de Sancho, la del espíritu y la de la
materia, la verdad es que las dos no son sino una, y toda la cuestión se reduce a determinar
quien sabe gobernarla, si los suspiros o los eructos. Aquí. ha triunfado, por el momento. Sancho;
no me extrañará, sin embargo. que nuestros pueblos acaben por seguir a Don Quijote. En todo
caso su esperanza está en la Historia: Ex proeterito spes in futurum. (Hispanidad, pág. 45.)

Pero todavía hicimos más y no tan sólo España (porque aquí debo decir que su obra ha sido
continuada por todos los pueblos hispánicos de América, por todos los pueblos que constituyen la
Hispanidad): no sólo hemos llevado la civilización a otras razas, sino algo que vale más que la
misma civilización, y es la conciencia de la unidad moral del género humano gracias a la cual ha
sido posible que todos o casi todos los pueblos hispánicos de América hayan tenido alguna vez
por gobernantes, por caudillos, por poetas, por directores. a hombres de razas de color o
mestizos. (Hispanidad, pág. 92.)

Nuestra rehabilitación histórica no puede influir directamente sino en la gente culta, en la


aristocracia, en la "élite". Al pueblo se le ha dicho demasiado que los obreros carecen de patria,
para que sea empresa fácil que vuelva a emocionarse con las glorias de la Hispanidad, aparte de
que en España hay vastas zonas populares que nunca compartieron las ilusiones y esperanzas
de nuestras clases educadas, y en América ha de descontarse la tentación, que en las razas de
color es tradición milenaria, apenas interrumpida por el período de evangelización, de dejarse
vivir a la buena de Dios, en la inmensidad abrumadora de la tierra... En los pueblos hispánicos
hay de todo: minorías cultas, aristocracias de la sangre y de las maneras, masas manejables y
perfectibles, ansias populares de progreso interior y un inmenso abandono, no sólo entre las
masas populares, sino entre las clases que debieran velar por el mantenimiento y depuración de
su sentido aristocrático. (Hispanidad, página 170.)

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La crisis de la Hispanidad es la de sus principios religiosos. (Hispanidad, pág. 174.)

España la crea Recaredo al adoptar la religión del pueblo. La Hispanidad es el Imperio que se
funda en la esperanza de que se puedan salvar como nosotros los habitantes de las tierras
desconocidas. Los elementos ónticos, tierra y raza, no son sino prehistoria, condiciones sine qua
nom. El ser empieza con la asociación de un valor universal o de un complejo de valores a los
elementos ónticos. Toda patria, en suma, es una encarnación. (Hispanidad, pág. 191.)

Un día vendrá, y acaso sea pronto, en que un indio azteca, después de haber recorrido medio
mundo, se ponga a contemplar la catedral de Méjico y por primera vez se encuentre sobrecogido
ante un espectáculo que le fue toda la vida familiar y que, por serlo, no le decía nada. Sentirá
súbitamente que las piedras de la Hispanidad son más gloriosas que las del imperio romano y
tienen un significado más profundo, porque mientras Roma no fue más que la conquista y la
calzada y el derecho, la Hispanidad, desde el principio, implicó una promesa de hermandad y de
elevación para todos los hombres. (Hispanidad, pág. 227.)

Pueblos hispánicos-El ideal hispánico está en pie. Lejos de ser agua pasada, no se superará
mientras quede en el mundo un solo hombre que se sienta imperfecto. Y por mucho que se haga
por olvidarlo y enterrarlo, mientras lleven nombres españoles la mitad de las tierras del planeta, la
idea nuestra seguirá saltando de los libros de mística y ascética a las páginas de la Historia
Universal. ¡Si fuera posible para un español culto vivir de espaldas a la Historia y perderse en los
"cines", los cafés y las columnas de los diarios! Pero cada piedra nos habla de lo mismo. ¿Qué
somos hoy, qué hacemos ahora cuando nos comparamos con aquellos españoles, que no eran ni
más listos ni más fuertes que nosotros, pero creaban la unidad física del mundo, porque antes o
al mismo tiempo constituían la unidad moral del género humano, al emplazar una misma
posibilidad de salvación ante todos los hombres, con lo que hacían posible la Historia Universal,
que hasta nuestro siglo XVI no pudo ser sino una pluralidad de historias inconexas? ¿Podemos
consolarnos de estar ahora tan lejos de la historia pensando que a cada pueblo le llega su caída
y que hubo un tiempo en que fueron Nínive y Babilonia? Pero cuando volvemos los ojos a la
actualidad, nos encontramos, en primer término, con que todos los pueblos que fueron españoles
están continuando la obra de España, porque todos están tratando a las razas atrasadas que hay
entre ellos con la persuasión y en la esperanza de que podrán salvarlas; y también con que la
necesidad urgente del mundo entero, si ha de evitarse la colisión de Oriente y Occidente, es que
resucite y se extienda por todo el haz de la Tierra aquel espíritu español, que consideraba a todos
los hombres como hermanos, aunque distinguía los hermanos mayores de los menores; porque
el español no negó nunca la evidencia de las desigualdades. (Hispanidad, pág. 20.)

Ante el fracaso de los países extranjeros, que nos venían sirviendo de orientación y guía, los
pueblos hispánicos no tendrán más remedio que preguntarse lo que son, lo que anhelan, lo que
querrían ser. A esta interrogación no puede contestar más que la Historia. Pregúntese el lector lo
que es como individuo, no en lo que tenga de genérico, y no tendrá más remedio que decirse:
"Soy mi vida, mi historia, lo que recuerdo de ella". El mismo anhelo de futuro que nos empuja
todo el tiempo no podemos decir si es nuestro, personal o colectivo o cósmico. ¿Cuál no será
entonces la sorpresa de los pueblos hispánicos al encontrar lo que más necesitan, que es una
norma para el porvenir, en su propio pasado, o en el de España precisamente, sino en el de la
Hispanidad en sus dos siglos creadores, el XVI y el XVII? Así es, sin embargo. En estos dos
siglos -también en los siguientes, pero no ya con la plena conciencia y deliberada voluntad que
en ellos-, los pueblos de la Hispanidad, lo mismo españoles que criollos, los mismo los virreyes y
clérigos de España que la feudal aristocracia criolla, constituida en las tierras de América por los
descendientes de conquistadores y encomenderos, realizaron la obra incomparable de ir
incorporando las razas aborígenes a la civilización cristiana; y sólo se salvará la Hispanidad en la,
medida en que sus pueblos se den cuenta de que esa es su misión y la obra más grande y
ejemplar que pueden realizar los hombres en la tierra. (Hispanidad, página 151.)

Queramos o no queramos, los pueblos hispánicos tenemos una patria dual: territorial y
privativa, en un aspecto; espiritual, histórica y común a todos. en el otro. ¿Qué sabe de España el
español que no ha salido nunca de ella, siquiera sea con el alma? ¿Y qué sabe de su propia
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patria el americano que se figura que no comenzó su historia sino en las guerras de la
independencia? El español que no lleve en el alma la catedral de Méjico, no es totalmente
hispánico. Y el mejicano que no percibe el carácter hispánico de su grandioso templo es porque
no lo entiende. (Hispanidad, pág. 219.)

Pueblos hispánicos (Caída de los).-Todos pueden caer y todos pueden levantarse, lo mismo
los pueblos que los hombres. Esto es lo que nos dice nuestra fe y lo que la historia corrobora.
Nuestra caída, la de todos los pueblos hispánicos, porque todos juntos no pesamos lo que en el
siglo XVI consistió solamente en haber inferido de cierta superioridad temporal de otros pueblos,
una superioridad inherente, contraria a nuestra fe; dicho más claro, en haber creído en la
superioridad intrínseca de Francia e Inglaterra, después de los Estados Unidos y Alemania. De
esta traición a nuestra fe fundamental se ha derivado la deficiencia de nuestra labor creadora,
con cuya deficiencia hemos pretendido corroborarnos en este credo de abyección. (Hispanidad,
pág. 242.)

Pueblos hispánicos (Economía de los).-¡Pobres pueblos hispánicos! En lo material parece que


el destino de todos ellos, los de América como los de Europa, era conocer un momento la riqueza
para volver a caer después en la penuria. Dinero extranjero ha afluido a casi todos ellos en pago
de sus productos o para explotación de sus riquezas, y cuando se había acostumbrado a cierta
abundancia, el extranjero se ha marchado a otros países para proveerse a menos precio de
análogos artículos. (Hispanidad, pág. 215.)

No hay muchos medios de defensa, por desgracia. Por todas partes parece que se cierran los
caminos de la Hispanidad. Todos los pueblos hispánicos de América fueron ricos en algún
momento y todos ellos, unos tras otros, parecen estar cayendo en la pobreza. (Hispanidad, pág.
232.)

Pueblos hispánicos (Misión histórica de los).-Y así puede decirse que la misión histórica de los
pueblos hispánicos consiste en enseñar a todos los hombres de la tierra que si quieren pueden
salvarse, y que su elevación no depende sino de su fe y de su voluntad. (Hispanidad, pág. 68.)

Pueblos hispanoamericanos (Independencia de los).-Motivo económico de la independencia


no aparece para nada en esas páginas.

Cuando se dice en ellas: "Ya es tiempo de organizar un sistema de gobierno, fundado en los
intereses de nuestra patria", el concepto de los intereses se halla inmediatamente ligado al de
patria, que pierde. naturalmente, todo sentido económico para adquirir otro idealista. Si
analizamos estos documentos, o los discursos y proclamas de Bolívar y otros caudillos con
sensibilidad y buscamos entre los diversos móviles cuál es el más fuerte, el más poderoso, el
más enérgico, el que lanzó a los americanos a la pelea por la independencia, yo creo que
podremos decir sin vacilación que este motivo fue el orgullo. Se sentían hijos de una tierra
grande; no ocupaban el primer puesto en ella y les era insoportable sufrir una humillación de
precedencia y renunciar a ese primer puesto a que se sentían con derecho. (Sentido reverencial,
pág. 204.)

Ahora bien: este hecho de que los Estados Unidos al hacerse independientes pensaron, sobre
todas las cosas, en el motivo económico, mientras que los hispanoamericanos no pensaron en la
economía o la dejaron relegada a un lugar subalterno, tiene, naturalmente, sus causas, como
también sus consecuencias. Sus causas y antecedentes han de encontrarse en las distintas
psicologías de uno y otros, en su distinta historia, en sus diferencias religiosas, etc. (Sentido
reverencial, pág. 208.)

Nada semejante, naturalmente, podemos encontrar en la América latina. La América ibérica,


nuestra América, ha sido poblada por los españoles de los siglos XVI, XVII y XVIII, que llevaron a
ella un sentido económico, naturalmente, anterior al sentido del capitalismo, que se ha
desarrollado por otras circunstancias en Inglaterra y los Estados Unidos. Para nosotros, como
para Santo Tomás, las cosas estas de la economía, la división de los hombres en los diferentes
oficios, el encontrarse cada uno en un lugar determinado de la sociedad, todo esto, "contingit ex
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causis naturalibus", acaece por causas naturales, aunque, por otra parte, la obligación general del
trabajo no obedece meramente a causas naturales, sino a determinación providencial. El hacer o
no hacer dinero, esto también "contingit ex causis naturalibus". Esto no afecta a la ética ni a la
vida religiosa. Sobre todo esto ha de recordarse que los españoles del siglo XVI, la mayor parte
de los que intervinieron en la primera colonización, aunque algunos de ellos eran vascongados,
procedían de las zonas latifundistas españolas, donde por la magnitud de la propiedad no se
puede atender demasiado a los detalles. (Sentido reverencia!, pág. 212.)

Guerras coloniales españolas.-Parte de la población colonial se sublevó en Cuba y Filipinas en


1895, contra nuestra soberanía. Tratamos de mantenerla lo mejor que pudimos, y en medio del
conflicto surgió la intervención de los Estados Unidos en favor de la independencia de Cuba. Lo
que se puede, decir en contra nuestra es que si hubiéramos otorgado a tiempo a las colonias un
régimen de autonomía, o si hubiéramos sabido avivar el amor o la admiración, o siquiera el
temor, de nuestras posesiones ultramarinas, acaso las habríamos conservado. Pero lo primero
que se les ocurrió a nuestros pensadores independientes fue atribuir a una quijotada, a una
imprudencia, a una aventura injustificada, que tenía que ser castigada con las pérdidas de las
colonias, la iniciativa de las guerras, cuando la verdad era que habíamos peleado en ellas muy
contra nuestro gusto, y que nuestro pecado había consistido, no en hacer cosas aventuradas,
sino, al contrario, en no hacerlas, en no haber prevenido los conflictos con las reformas
pertinentes. (Don Quijote, pág. 63.)

Sí, señores periodistas, en lugar de estudiar seriamente la causa de las guerras coloniales y
sus remedios menos costosos, como era nuestro deber, nos hemos salido con el repertorio de las
frases sonoras: integridad, más empréstitos, derramemos hasta la última gota de sangre... Eso
era más cómodo que pensar maduramente, sobre todo para decirlo desde la sala de una
redacción... ¡Responsabilidades! Tiénenlas los gobiernos españoles, que son y han sido siempre
malos; los partidos de oposición, que no han sabido mejorarlos; las clases directoras, que han
conducido mal; las clases dirigidas, que se han dejado llevar como rebaños. Tiénenlas nuestros
antepasados, que fundaron un imperio colonial tan grande, que para sostenerlo hubo de
despoblarse el suelo patrio, el verdadero suelo patrio... ¡Responsabilidades! Las tiene nuestra
desidia, nuestra pereza, el género chico, las corridas de toros, el garbanzo nacional, el suelo que
pisamos y el agua que bebemos. Y pues que a todos alcanza -aun a los sensatos que la
catástrofe preveíamos que llegaba, por no haber gritado contra la corriente patriotera de los
periódicos hasta quedarnos sin laringe-, todos, absolutamente todos, debemos sufrir el castigo.
(España y Europa, pág. 39.)

La pelota de las responsabilidades corre de mano en mano. Cuando el gobierno la suelta, la


prensa apercíbese a rechazarla: y así va de la marina a los periódicos, del ejército al pueblo, de
los escritores a la aristocracia, de la clase media al clero. Cada uno acusa a los demás; el yo
pecador apenas se reza y sólo divisase la sombra de un propósito de enmienda. Aquí y allá
álzanse grandes grupos de gentes que levantan los puños y se miran con aire sombrío. Los de la
izquierda exclaman: "¡Esos oscurantistas!"; replican los de la derecha: "¡Esas liberales!". Un
grupo diminuto, entre la multitud que vocifera, tiende las manos en símbolo de paz y dice con su
actitud: "No es hora de disputas, sino de dolorosa contrición. ¡Paz para todos! Pensemos,
estudiemos, trabajemos unidos y constantes. Esa es la redención: la de la patria y la de las
culpas de sus hijos". (Hispanidad, página 35.)

El Pilar (Un templo de la Hispanidad).-No se hundirá porque no podemos consentirlo. Su


derrumbe sería el símbolo del abandono nacional. No se hundirá, aunque las grietas son
extensas, porque todos echaríamos el hombro a las pilastras antes de consentirlo. Pero es lógico
que el Ebro cobre la gran belleza que dan sus aguas al templo del Pilar. Vista desde dentro la
Catedral de Zaragoza, no descubre su espíritu más que por la multitud de gentes que no cesan
de entrar. Es una iglesiota muy grande, pero con unas columnas tan anchas y cuadradas, que no
la dejan ver más que a pedazos. Allí hay mármoles y jaspes, cúpulas y retablos, barandales y
estatuas, pinturas al fresco de Goya y de Bayeu, herrajes y bronces que despiertan admiración,
un altar de alabastro de Damián Forment y otras maravillas, pero hay que verlas poco a poco. Por
de pronto, son las pilastras las que acaparan la atención, salvo las gentes que entran y salen, en
cualquier época del año, en cualquier hora de la mañana o de la tarde, rezan a la Virgen y besan
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el Pilar... Es tradición de la Iglesia española, admitida en la Iglesia universal, que un 12 de
octubre, pocos años después de la muerte de Nuestro Señor, rezaba el apóstol Santiago el
Mayor a la orilla del Ebro, cuando se le apareció Nuestra Señora, rodeada de ángeles que
llevaban consigo un pilar de jaspe... Pero el 12 de octubre es el día del descubrimiento de
América. Parece que una voz autorizada ha querido señalarlo para que España continuase en el
Nuevo Mundo la obra de evangelización que en el territorio peninsular había empezado el Apóstol
que es ahora el patrono nacional. Y así es como adquiere el templo del Pilar la plenitud de su
significado. Un hombre empieza allí lo que luego ha de continuar España entera. Es una misión
entre las masas populares. Se ha levantado el templo con ladrillos apenas cocidos. Estos ladrillos
son el barro del río. No es extraño que se hayan abierto grietas en las grandes pilastras, sino que
la masa catedralicia se mantenga. Que el barro vuelva a ser barro, parece natural. Lo
extraordinario es que pueda ser templo. (España y Europa, pág. 99.)

Trascendentalismo hispánico.- Habría habido que afirmar que todo es importante y hasta
trascendental: la salud, la riqueza, la obra, el oficio, la nación, la familia, la tierra, todos los
órdenes de nuestros afectos, ocupaciones y deberes, todos los valores de la Naturaleza y de la
Historia. Desgraciadamente, el trascendentalismo que hemos solido oponer los pueblos
hispánicos a la incredulidad es el rasero de la muerte, por el que todos los valores del mundo
desaparecen ante los ultramundanos. Y esta es la tercera actitud lógica del hombre ante la vida.
(Don Quijote, pág. 155.)

Leyes de Indias.- Y es verdad que los abusos fueron muchos y grandes; pero ninguna
legislación colonial extranjera es comparable a nuestras Leyes de Indias. Por ellas se prohibió la
esclavitud, se proclamó la libertad de los indios, se les prohibió hacerse la guerra, se les brindó la
amistad de los españoles, se reglamentó el régimen de Encomienda para castigar los abusos de
los encomenderos, se estatuyó la instrucción y adoctrinamiento de los indios como principal fin e
intento de los Reyes de España, se prescribió que las conversiones se hiciesen voluntariamente y
se transformó la conquista de América en difusión del espíritu cristiano. (Hispanidad, página 65.)

Fiesta de la Raza.- Y tan arraigado está entre nosotros este sentido de universalidad, que
hemos instituido la fiesta el 12 de octubre, que es la fecha del descubrimiento de América, para
celebrar el momento en que se inició la comunidad de todos los pueblos blancos, negros, indios,
malayos o mestizos que hablan nuestra lengua y profesan nuestra fe. Y la hemos llamado "Fiesta
de la Raza", a pesar de la obvia impropiedad de la palabra, nosotros que nunca sentimos el
orgullo del color de la piel, precisamente para proclamar ante el mundo que la raza, para
nosotros, está constituida por el habla y la fe, que son espíritu, y no por las oscuridades
protoplasmáticas. (Hispanidad, pág. 65.)

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Los españoles
Españoles.-... al volver Cervantes a su patria se encontró con que no se hacía caso de sus
méritos. Se había imaginado ingenuamente que el éxito en la vida deberá estar en razón directa
de los méritos. Así lo cree también el pueblo español, que pronostica fácilmente prosperidad a los
talentos. Quizá no reparó Cervantes en que los españoles sentimos tanta piedad por las
medianías, que no toleraremos nunca que se las despoje de sus puestos para abrir paso a las
capacidades. (Don Quijote, pág. 50.)

Este es un gran defecto, de que suelen reírse los ingleses. Dicen que cuando veinte españoles
se reúnen no piensan nunca o casi nunca en las mil cosas que sienten en común, sino que se
ponen a debatir, hasta despedazarse, en la única cosa en que cada uno de ellos piensa de
distinta manera. (Liquidación de..., pág. 33.)

... cuando cae sobre los españoles un suceso adverso, como perder una guerra, por ejemplo,
no adoptamos actitudes exageradas, como la de suponer que la justicia del Universo se ha
violado porque la suerte de las batallas nos haya sido contraria, o que toda la civilización se
encuentra en decadencia porque se hayan frustrado nuestros planes, sino que nos conducimos
de tal modo que "siempre se puede decir de nosotros que somos hombres", porque ni nos abate
la desgracia, ni perdemos nunca, como pueblo, el sentido de nuestro valor relativo en la totalidad
de los pueblos del mundo. Por esta condición o por este hábito, ha podido decir de nosotros
Gabriela Mistral, en memorable poesía, que somos buenos perdedores. Ni juramos odio eterno al
vencedor, ni nos humillamos ante su éxito, al punto de considerarle como de madera superior a la
nuestra. (Hispanidad, pág. 50.)

Ni este bajo humanismo materialista, ni el otro del orgullo y de las supuestas superioridades "a
priori", han penetrado nunca profundamente en el pueblo español. Los españoles no han creído
nunca que el hombre sea la medida de las cosas. Han creído siempre, y siguen creyendo, que el
martirio por la justicia es bueno, aun en el caso de sentirse incapaces de sufrirlo. (Hispanidad,
pág. 56.)

La verdad es que hubo un tiempo en que los españoles servían ideales superiores, que
implicaban la fe en la primacía del espíritu, y otro tiempo en que dejaron de seguirlos y se
contentaron con fines inferiores. Y esto es todo. No hay otra diferencia entre los españoles
educados del siglo XVI y los de ahora. (Defensa del espíritu, página 192.)

Españoles (siglo XVI).-De otra parte, los hombres son los hombres y cambian poco en el curso
de los tiempos. Los de nuestro siglo XVI no eran muy distintos de los españoles de ahora. ¿Cómo
una España menos poblada, menos rica, en algún sentido menos culta que la de ahora, pudo
producir tantos sabios de universal renombre, tantos poetas, tantos santos, tantos generales,
tantos héroes y tantos misioneros? Los hombres eran como los de ahora, pero la sociedad
española estaba organizada en un sistema de persuasiones y disuasiones, que estimulaba a los
hombres a ponerse en contacto con Dios, a dominar sus egoísmos y a dar de sí su rendimiento
máximo. Conspiraban al mismo intento la Iglesia y el Estado, la Universidad y el Teatro, las
costumbres y las letras. Y el resultado último es que los españoles se sentían más libres para
desarrollar sus facultades positivas a su extremo límite y menos libres para entregarse a los
pecados capitales; más iguales por la común historia y protección de las leyes, y más hermanos
por la conciencia de la paternidad de Dios, de la comunidad de misión histórica y de la
representación de un mismo drama para todos: la tremenda posibilidad cotidiana de salvarse o
perderse. (Hispanidad, pág. 88.)

Lo que eran los españoles de aquel tiempo lo sabemos por los cuadros del Greco. Un español
no habría quizá sabido verlos. El cretense percibió que aquellos hombres, que en lo físico no eran
extraordinarios, estaban animados por una espiritualidad excepcional que sólo podía expresarse
pictóricamente por excepcionales procedimientos. El Greco simbolizó, en la luz, el ideal que
encendía aquellos cuerpos. Concibió la luz como una sustancia que en el éter vibra 'y en el aire
se rompe, rodea los cuerpos, disuelve los límites, aligera los pesos, convierte la gravedad en

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ascensión y transforma a los hombres en llamas, que en su propio fuego se divinizan y
consumen. (Don Quijote, pág. 42.)

Españoles defensores del catolicismo.-Ni españoles ni hipanoamericanos nos creemos


superiores a los demás pueblos, ni nos lo creímos jamás, ni siquiera cuando teníamos la
certidumbre de estar librando "las batallas de Dios", porque una cosa era creer en la excelencia
de nuestra causa y otra distinta envanecerse de la propia excelencia. Nunca pensamos que Dios
hubiera venido al mundo para nosotros solos, sino que peleamos precisamente por la creencia,
vieja como la Iglesia, pero olvidada, desconocida o negada por las sectas, de que Dios quiso que
todos los hombres fuesen salvos. Y aunque también los españoles y todos los pueblos hispánicos
supimos enorgullecernos de ser campeones y defensores del Catolicismo, no por ello nos
imaginamos nunca que éramos, "por decirlo así", como escribe Menéndez y Pelayo en su estudio
sobre Calderón: "el pueblo elegido por Dios, llamado por El para ser brazo y espada suya, como
lo fue el pueblo de los judíos, sino que preferimos pensar que éramos nosotros los que, de propia
iniciativa, habíamos elegido la defensa de la causa de Dios. (Hispanidad, pág. 123.)

Españoles y anglosajones.-Para nosotros la vida contemplativa sigue siendo superior a la


activa, como si aún creyéramos, como Santo Tomás de Aquino, que en la vida contemplativa nos
juntamos a Dios y en la activa nos parecemos a los animales. Por eso antaño nos hacíamos
frailes y hogaño entramos en la burocracia. Pero los anglosajones han preferido tener por lema el
proverbio de Salomón, que dice: "¿Viste un hombre puntual en su obra? Delante de los reyes
estará, y no estará delante de los de baja esfera." (Pro., 22, 29). Sólo que no lo han traducido
como el padre Scío, sino así: "¿Viste a un hombre diligente en su negocio? Pues se tendrá en pie
delante de los reyes, y no estará de pie ante los mezquinos." (Sentido reverencia¡, página 158.)

La defensa eficaz de los pueblos hispanoamericanos consiste en constituir capital propio. Esta
es la verdadera alternativa al capitalismo norteamericano. No se improvisa. Requiere tenacidad,
constancia, privaciones, ahorro, inteligencia, austeridad. Probablemente necesita, como condición
previa, una reforma del carácter. Si quiere el señor Edwards que le defina en qué consiste la
diferencia fundamental que existe entre un anglosajón y un hipanoamericano o un español, le diré
que para los mejores de nosotros el dinero no pasa de ser una comodidad, mientras que para los
mejores de los anglosajones es también un deber. Desde luego que el inglés o el norteamericano
no es tampoco remiso para apreciar los placeres que con el dinero pueden procurarse. Pero esta
es la añadidura. Lo característico no es eso, sin embargo, sino que mira el dinero como
sacramento, como signo de gracia, por creer que el favor divino generalmente se conoce en la
prosperidad del que lo recibe. (Sentido reverencial, página 232.)

Abulia española.-Nietzsche dijo de España que es un pueblo que quiso demasiado. Por eso
pasamos al extremo contrario de no querer nada, a lo que llama Ganivet la abulia española,
siempre que no se entienda por esta palabra ninguna de las enfermedades de la voluntad de que
han hablado los psicólogos franceses, sino meramente la falta de ideal. A partir del siglo XVIII
perdió España la iniciativa histórica. No nos engañe el hecho de que aún tuviera que pelear
muchas guerras, demasiadas guerras. (Don Quijote, pág. 67.)

Carácter español.-El tipo nos es harto familiar: "A mí no se me impone nadie", "nada me
importa nada", "todo o nada", son expresiones harto conocidas para ignorar su significación. Son
la voz de una profunda indisciplina, que ha necesitado el contrapeso de la obediencia férrea y
pasiva tanto en el Ejército como en las Ordenes religiosas para que se hiciera posible alguna
medida de colaboración entre nosotros, ya que la envidia y la soberbia nos privaban de la
espontaneidad y la alegría en la común labor, y de la eficacia, en consecuencia. (Don Quijote,
pág. 77.)

El carácter español se ha formado en lucha multisecular contra los moros y contra los judíos.
Frente al fatalismo musulmán se ha ido cristalizando la persuasión hispánica de la libertad del
hombre, de su capacidad de conversión. No digo con ello que entre los musulmanes doctos
predominen ideas muy distintas de las muestras sobre el libre albedrío. En la práctica, no cabe
duda de que los musulmanes atribuyen menos valor a la voluntad humana que nosotros, y esto

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es lo que se entiende popularmente cuando se habla del fatalismo musulmán. (Hispanidad, pág.
165.)

Los rasgos fundamentales del carácter español son, por lo tanto, los que se deben a la lucha
contra moros y judíos y a su contacto secular con ellos. El fatalismo musulmán, el abandono de
los moros, apenas interrumpido de cuando en cuando por rápidos y efímeros arranques de poder,
ha determinado por reacción la firme convicción que el español abriga de que cualquier hombre
puede convertirse y disponer de su destino, según el concepto de Cervantes. El exclusivismo
israelita es, en cambio, lo que ha arraigado en su alma la convicción de que no hay razas
privilegiadas, de que una cualquiera puede realizar lo que cualquiera otra. Estos dos principios
son grandes y ciertos, y por serlo hemos podido propagarlos por todos los pueblos que han
estado bajo nuestro dominio. (Hispanidad, pág. 168.)

Generosidad española.-Pensemos que el móvil de aquel incesante batallar era puro y


generoso. Los mejores españoles se daban cuenta clara de que aquellas campañas les estaban
arruinando. Ahí están las cartas de Felipe 11, cuando era aún príncipe regente de España, a su
padre el Emperador, en las que se decía que la pobreza de las tierras españolas no consentía
que se las gravase con impuestos tan altos como los que podían soportar las más ricas del centro
de Europa. Esto mismo repiten, incansables, las peticiones de las Cortes de Castilla. Y, a pesar
de todo, Felipe sigue, al subir al trono, la política trazada por su padre, porque el mandato de lo
que creía su deber -el mantenimiento de la fe católica por medio de ¡as armas-, le parecía más
urgente, más ineludible, que la de defender los intereses de su patria. Y es que la prodigiosa
actividad física del pueblo español durante todo el siglo XVI estaba también acompañada e
inspirada por intenso fervor espiritual que es la otra forma de actividad en la que también ardieron
hasta consumirse las energías nacionales. (Don Quijote, pág. 41.)

Estoicismo español.-El estoico se ve a sí mismo como la roca impávida en que se estrellan,


olas del mar, las circunstancias y las pasiones. Esta imagen es atractiva para los españoles,
porque la piedra es símbolo de perseverancia y de firmeza, y éstas son las virtudes que el pueblo
español ha tenido que desplegar para las grandes obras de su historia: la Reconquista, la
Contrarreforma y la civilización de América y también porque los españoles deseamos para
nuestras obras y para nuestra vida la firmeza y la perseverancia de la roca; pero cuando nos
preguntamos ¿qué es la vida?, o, si se me perdona el pleonasmo: ¿cuál es la esencia de la
vida?, lejos de hallar dentro de nosotros un eje diamantino, nos decimos con Manrique: "Nuestras
vidas son los ríos que van a dar a la mar", o con el autor de la Epístola Moral: "¿Qué más que el
heno, a la mañana verde, seco a la tarde?". No hay en la lírica española pensamiento tan
repetidamente expresado, ni con tanta belleza, como este de la insustancialidad de la vida
humana, y de sus triunfos. (Hispanidad, pag. 51.)

Humanismo español.-Los españoles nos dolemos de que las cosas que más queremos: las
amistades, los amores, las honras y los placeres, sean pasajeras e insustanciales. Las rosas se
marchitan; la roca, en cambio, que es perenne, sólo nos ofrece su dureza e insensibilidad. La
vida se nos presenta en un dilema insoportable: lo que vale no dura, lo que no vale se eterniza.
Encerrados en esta alternativa, como Segismundo en su prisión, queremos una eternidad que
nos sea propicia, una roca amorosa, un "eje diamantino". En los grandes momentos de nuestra
historia nos lanzamos a realizar el bien en la tierra, buscando la realidad perenne en la verdad y
en la virtud... Pero no siempre logramos mantener nuestra creencia de que son eternos la verdad
y el bien, porque no somos ángeles. A veces, el ímpetu de nuestras pasiones o la melancolía que
nos inspira la transitoriedad de nuestros bienes, nos hace negar que haya otra eternidad, si
acaso, que la de la materia. Y entonces, como en un último reducto, nos refugiamos en lo que
podrá llamarse algún día "el humanismo español", y que sentimos igualmente cuando los
sucesos nos son prósperos, que en la adversidad. Este humanismo es una fe profunda en la
igualdad esencial de los hombres, en medio de las diferencias de valor de las distintas posiciones
que ocupan y de las obras que hacen, y lo característico de los españoles es que afirmamos esa
igualdad esencial de los hombres en las circunstancias más adecuadas para mantener su
desigualdad y que ello lo hacemos sin negar el valor de su diferencia, y aun al tiempo mismo de
reconocerlo y ponderarlo. A los ojos del español, todo hombre, sea cualquiera su posición social,
su saber, su carácter, su nación o su raza, es siempre un hombre. (Hispanidad, pág. 52.)
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El pueblo español.-Comete frecuentemente el yerro de no recompensar o de recompensar
insuficientemente en vida a los hombres que mejor le han servido. Esta es historia vieja y que no
se refiere moralmente a los hombres de letras. Recordemos que Colón murió en una cárcel y que
Hernán Cortés pedía casi limosna en sus últimos años, y que no fue mucho mejor el pago que
recibieron el Gran Capitán, y don Juan de Austria, y no es ya necesario recordar las penalidades
que sufrieron Cervantes y Quevedo, Santa Teresa y Fray Luis de León, para ilustrar la tesis
nuestra. A través de la historia de España nos encontramos permanentemente en las cimas del
poder y de la influencia a gentes sin valía, en tanto que los hombres de genio son
cuidadosamente descartados, para que no lleguen a empuñar en sus manos las riendas del país.
Se les concede la gloria. Se les niega el poder. (Las Letras, pág. 15.)

De entre todos los pueblos de Occidente no hay ninguno más cercano a la Edad Media que el
nuestro. En España vivimos la Edad Media hasta muy entrado el siglo XVIII. Esta es la
explicación de que nuestros reformadores hayan renegado radicalmente de todo lo español,
vueltas las miradas al resto el mundo occidental, como a un cielo del que estaban excluidos, y
tratado de hacernos brincar sobre nuestra sombra, en la esperanza de que un salto mortal nos
haría caer en las riberas de la modernidad... Pero el ansia de modernidad se ha desvanecido en
el resto del mundo. Y los mejores ojos se vuelven España. (Hispanidad, pág. 154.)

Y yo también me sonreía; me sonreí pensando en que como esa pareja hay cientos de miles
en España; pensando en que la mayoría de nuestras parejas son así, porque la española es una
raza sobria, fecunda y sana... Pienso en las muchedumbres sajonas, ebrias y brutales,
sosteniendo en fuerza de alcohol una vida de animalidad, dóciles al látigo del policía, pero
desenfrenadas en cuanto se les sueltan los grilletes; pienso en el color pálido del obrero de
Londres, o de Manchester, de Birmingham o de Liverpol; en la mujer sajona, de cuerpo seco y
alma enjuta, y me sonrío... Podrán los cañones de los yanquis cerrar el libro de nuestra historia
colonial; podrán poner termino provisionalmente a nuestras gloriosísimas conquistas; pero la
conquista ha sido sólo uno de nuestros múltiples destinos; quizá por haber consagrado a ella
nuestras iniciativas hemos sufrido la decadencia agrícola, la comercial, la artística; pero rascando
un poco en la agrietada superficie social, se encuentra siempre el fuego de la raza latina: Max
Nordau. (España Y Europa, página 37.)

Místico español.-Calixto es el místico español, quizá algo morisco, quizá algo judío, católico tal
vez, el místico español, de todos modos, que necesita suprimir el mundo para amar a Dios. (Don
Quijote, pág. 112.)

Judíos españoles.-Eran éstos los habitantes más ricos de la Península. También,


probablemente, los más cultos. Los judíos españoles, sefarditas, se han considerado y se siguen
considerando como una aristocracia entre todos los judíos del mundo. La aristocracia del
judaísmo rabínico se constituye por el saber. Una sinagoga no es un templo, sino más bien una
escuela, donde también se reza y se cantan himnos, pero en que la ocupación fundamental
consiste en leer o interpretar los libros sagrados. Un rabino no es un sacerdote revestido de
funciones sacramentales, sino un maestro, un intérprete de la ley. Los judíos españoles son los
más ricos y también los que dedican más tiempo al estudio de la ley. No se conforman con ir el
sabbat a la sinagoga, sino que, hombres de negocios, joyeros, banqueros, ministros de Hacienda,
médicos, dedican exclusivamente otras dos noches por semana al examen de la ley, los profetas
y el talmud... (Don Quijote, pág. l41.)

... los progroms del siglo XIV habían obrado la conversión de innumerables judíos, y lo que
principalmente se discutía en el siglo XV es si los nuevos cristianos eran realmente cristianos o
seguían practicando en secreto los ritos judaicos cuando el fanatismo religioso de la Reina Isabel
le hizo firmar el edicto de expulsión de los judíos a los pocos meses de la conquista de Granada...
Lo extraño fue que no aceptara la inmensa mayoría el dilema de conversión que el edicto de
expulsión les ofrecía. Pero los capaces de convertirse lo habían ya hecho, en su mayor parte, con
ocasión de las persecuciones anteriores. Casi todos los restantes permanecieron fieles a su fe y
salieron de España con los libros de su ley, persuadidos de que sólo ellos eran el pueblo de la ley
de Dios y que aunque por ello se les persiguiese e insultase era seguro que vendrían un día, que
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no podría fijarse en el tiempo, porque nadie era capaz de predecirlo, en que el mundo se
transformaría de la noche a la mañana, y el pueblo perseguido se vería reconocido como guía del
orbe, convertido en imperio mesiánico por los guardianes de la ley. (Don Quijote, pág. 143.)

Es tan frecuente en España, se descubre con tanta transparencia en nuestra letras, aún en las
obras de los tiempos de nuestros más intensos fervores religiosos, así como en la mayoría de las
novelas picarescas, que a veces he sentido la tentación de atribuirle origen histórico y de suponer
que la incredulidad de buena parte del pueblo español se debe a la acción corrosiva de las masas
de judíos y moriscos que, bautizados a la fuerza, perdieron su religión originaria, sin adquirir
tampoco la cristiana, con lo que se convirtieron en privados pero eficaces misioneros de la
incredulidad. Creo todavía que valdría la pena inquirir la influencia que han tenido en los
sentimientos de los pueblos hispánicos estos centenares de miles de judíos y moros conversos.
Pero la incredulidad no es cosa específicamente española. Se da en todos los países. (Don
Quijote, pág. 154.)

Ello debe de provenir de que nuestros banqueros y hombres de negocios están demasiado
cerca, si vale la expresión, del dinero que manejan. Están demasiado cerca, no se apartan lo
suficiente para verlo, no se desinteresan lo bastante para apreciar con justeza la situación en que
se encuentran, se exageran lo mismo el optimismo que el pesimismo, ceden al ambiente, no
saben mirarse a sí mismo como si fueran personas, y el que no sabe mirarse a sí mismo como a
una tercera persona, tampoco aprecia con justeza la situación en que se halla, con lo que dicho
queda que se ciega en el juicio. Pero la función del banquero es, al mismo tiempo que la más
noble, la más compleja y delicada. Ha de concentrar los ahorros de una generación para preparar
el trabajo de la generación siguiente. Ha de hacerse crédito con su propia austeridad,
laboriosidad y talento, y luego ha de saber colocar provechosa y cautelosamente los capitales
que se le confían. Ello implica conocimiento de las personas y de sus negocios, perspicacia para
el detalle y una visión amplia de un mundo en que todos los intereses se entrelazan. (Sentido
reverencial, página 123.)

Nadie negará, sin embargo, a pesar de la reacción de los últimos años, que en España ha
habido, por buena parte de su población, un abandono general de la vida y de las creencias
religiosas. La palabra que describe el hecho es "abandono". No ha habido grandes herejías que
trataran de sustituir la vida católica y sus creencias. Podrá decirse, y es verdad, que en las
primeras décadas del siglo XVIII las clases gobernantes españolas trataron de enterarse de las
ideas que prevalecían entre los pueblos de más pujanza, que eran entonces Francia e Inglaterra,
que después entraron en España las ideas de la Enciclopedia y que luego han tratado de
vulgarizarlas diversos escritores. Pero los esfuerzos por sustituir el catolicismo han sido ridículos,
y casi se puede decir inexistentes. Eso ha sido lo grave. Se ha abandonado la religión y no se ha
hecho nada por reemplazarla. En lo único en que han estado conformes y puesto empeño
nuestros herejes ha sido en repudiar la religión. Diríase que todo el resto: Krauss, Spencer, Kant,
les tenía, en el fondo, sin cuidado. Y es que la herejía española no baja de arriba, sino que sube,
no del pueblo, porque del pueblo no puede surgir nada, sino de lo que hay de popular en cada
uno de nosotros. No es el pueblo como "no yo", al modo ruso, lo que en España ha influido, sino
precisamente el pueblo como yo, lo que hay de pueblo en nuestro pecho. (Defensa del espíritu,
pág. 204.)

Hidalgo español.-El hidalgo de nuestros siglos XV y XVII recibía en su niñez, adolescencia y


juventud una educación tan dura, disciplinada y espinosa, que el pueblo reconocía de buena
gana su superioridad. Todavía en tiempos de Felipe V y Carlos 1 sabía manejar con igual
elegancia las armas y el latín. Hubo una época en que parecía que todos los hidalgos de España
eran al mismo tiempo poetas y soldados. Pero cuando la crianza de los ricos se hizo cómoda y
suave, y al espíritu de servicio sucedió el de privilegio, que convirtió la Monarquía católica en
territorial y los caballeros cristianos en señores, primero, y en señoritos luego, no es extraño que
el pueblo perdiera a sus patricios el debido respeto. ¿Qué ácido corroyó las virtudes antiguas? En
el cambio de ideales había ya un abandono del espíritu a la sensualidad y a la naturaleza: pero lo
más grave era la extranjerización, la voluntad de ser lo que no éramos, porque querer ser otros
es ya querer no ser, lo que explica, en medio de los anhelos económicos, el íntimo abandono

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moral, que se expresa en el nihilismo de tangos rijosos y resignación animal, que es ahora la
música popular española. (Hispanidad, pág. 22.)

Mujer española.-Y es que las mujeres españolas no se han dejado nunca, salvo casos muy
excepcionales, engañar por Don Juan. El español podrá ser tan ardoroso como queramos; la
española es cosa muy distinta. Los viajeros extranjeros más agudos han observado. por ejemplo,
que la mujer inglesa, al hablar con un hombre, tiene conciencia de su sexo, mientras que la
española, aunque cortés, es siempre fría y retenida. Doña Emilia Pardo Bazán asegura, aunque
me cuesta dar crédito a su aserto, que las españolas carecen de lo que llaman las francesas
"temperamento". Otros viajeros han observado que los hombres de España están sometidos a las
mujeres, porque ellas son frías y ellos son ardientes. El holandés Fisher escribió en 1799 que las
españolas "prefieren elegir a ser elegidas, desempeñan el papel del hombre y a él le corresponde
ceder y sacrificarse. De ahí que un hombre reticente y frío tenga más éxito con ellas que el
amante ardoroso y apasionado". Téngase en cuenta que en España las mujeres mandan. Ellas
saldrán poco a la calle, no llenarán los salones de conciertos; pero son amas de la bolsa, heredan
el caudal familiar, como los varones, a partes iguales, llevan la caja de sus maridos, y, en último
término, disponen de la dirección política del país. (Don Quijote, pág. 87.)

Periodistas españoles.-Cuantas censuras dirijo a la prensa, por sus campañas bélicas, me


alcanzan en el cargo fundamental que a todos los escritores españoles puede dirigírsenos. Ese
cargo no es la mala fe, es la ligereza. Creo que los periodistas españoles no hemos reparado en
que a la prensa corresponde, si no la dirección suprema de los pueblos, función de los creadores
de ideas, de los intelectuales puros, abstractos, andróginos, al menos la orientación inmediata de
la vida colectiva, mediante la transformación de los productos ideológicos del intelectualismo en
ideales eficientes, carne y sangre de un pueblo. La prensa debió suplir, con informaciones
concienzudas, la ignorancia de nuestras clases gobernantes, formadas de leguleyos y oradores,
respecto de las fuerzas navales de la República norteamericana y de las causas determinantes
de las insurrecciones coloniales. No lo hicimos los escritores españoles a su debido tiempo. No
tenemos derecho a hurtar el cuerpo a las censuras. Acaso al afrontarlas hallamos una
recompensa a nuestra misericordia: la de procurar hacernos dignos del elevado puesto en que
nos coloca la intensificación de la vida colectiva moderna. (España y Europa, pág. 23.)

Intelectuales españoles.-¡Qué absurdo es eso que se ha hablado de un Gobierno de


intelectuales! Ya la palabra es repulsiva. Basta que la hayan inventado los rusos "intelligentsia",
para ponerla en cuarentena. El genio español no se nos suele presentar aparejado al sentido
común. Pero aunque no fuese insultante para los que dedican el espíritu a otros menesteres que
el de exponer ideas, ¿no es notorio que buena parte de los intelectuales no han dedicado nunca
el pensamiento a cuestiones políticas? ¿Será preciso recordar-todavía que una cosa es escribir
novelas o escribir artículos y otra distinta consagrarse a los negocios públicos' . Descartemos a
los que nunca se han ocupado de política. También hay intelectuales que no se han dedicado a
las letras sino porque no han hallado coyuntura para satisfacer sus ansias de poder. Como no
podían mandar, se han contentado con influir. De no haber estado gobernados en las últimas
décadas por hombres apegados a su parentela, es casi seguro que en la hora actual habría
menos intelectuales en España. Hasta es probable que causaren menos daño en los
departamentos del Estado y en las Casas Consistoriales del que infligen al reino del espíritu y del
que reciben los negocios públicos de yernos y sobrinos de los antiguos oligarcas. Hay banqueros
y políticos que no son sino poetas fracasados; pero también escritores que no escriben sino
porque han querido mandar y no han podido. Y no estaría mal que cada vocación recogiese a los
suyos, no sea que la relativa esterilidad de nuestras letras se deba a que el gremio anda lleno de
políticos a los que nada se les ha perdido en el mundo de la contemplación, donde la eficacia de
la voluntad es subalterna, cuando su verdadero ambiente está en la acción, donde se les
entonarían las pasiones al pelear contra las pasiones de los otros, aunque no me olvide, de otra
parte, de que Platón aseguraba que en una ciudad de hombres buenos la concurrencia sería para
no entrar en el gobierno. Entren, sin embargo, enhorabuena, como conservadores, como
liberales, como socialistas, como comunistas o como nacionalistas, ya que los hay para todos los
gustos. Como intelectuales no pueden gobernar, ni unirse como no sea, y aun con dificultad, para
defenderse contra editores, libreros y empresarios. La unión para una obra de gobierno no la
pueden realizar, como tales intelectuales, sino por ideas generales, que en algo han de
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distinguirse las clientelas del régimen antiguo, a las que estorbaban las ideas. A la hora actual no
hay programa común para intelectuales españoles. Es el reproche fundamental que debe
hacérseles. Su misión ha debido ser la de construir un ideal para su pueblo. No la han realizado.
No están camino de realizarla. (España y Europa, pág. 61.)

Arabistas españoles.-El hecho de que hay tres o cuatro arabistas en nuestra Universidad es
insuficiente, porque ello quiere decir que sólo algunos licenciados y doctores de las
Universidades tendrán alguna idea de lo que son los árabes, con lo cual no se sabe tampoco lo
que son los moros. Pero, además, se me figura, salvando los respetos, que no hemos tenido
suerte con nuestros arabistas. Acaso no les haya faltado la sabiduría; pero lo que parece que no
les sobra es la imaginación. Porque si se hubieran hecho cargo de que el principal objeto del
estudio del árabe consistía en llegar a precisar un poco los elementos de nuestra psicología,
preferencias y costumbres que de ellos adquirimos, no sería posible que a estas fechas nos fuese
tan desconocida la vida de los moros como la de los negros de Uganda, que Stanley descubriera
a la curiosidad de nuestros padres. (España y Europa, pág. 76.)

Caballería andante española.-... La Caballería andante no fue nunca en España una de las
instituciones básicas de la nacionalidad, como acaeció en Europa del Norte, donde al disolverse
el imperio romano se quedaron los pueblos sin más gobierno que el de los caudillos,
generalmente en lucha unos con otros, por lo que surgió la caballería andante para proteger a los
débiles contra los opresores, del mismo modo que surgieron también los malos caballeros,
dedicados a ladrones de caminos. Estas individualidades enérgicas, que se confieren a sí
mismos el encargo de ser el brazo de Dios en la tierra, no podían surgir más que en sociedades
homogéneas, unificadas en punto a religión, raza y costumbres. En la España medieval, mitad
cristiana, mitad mora, no podían aparecer sin alistarse en las milicias del Rey o de la Iglesia. Sólo
al final de la Edad Media surgen caballeros castellanos, como Gonzalo de Guzmán y Juan de
Merlo, Alfarán de Vivero y Gutierre Quijada, que, en el siglo anterior al de Cervantes, van a los
reinos extranjeros a hacer armas con el que quiera hacerles frente, al solo objeto de "ganar honra
y prez". Pero si la profesión de caballero andante era desconocida entre nosotros, su espíritu, en
cambio, nos era familiar. Un caballero andante es San Ignacio de Loyola. También lo es, salvo el
sexo, Santa Teresa. También lo son los conquistadores. En el espíritu de caballería andante se
inspira la proclamación de Alonso Ojeda en 1509, a los indios de las Antillas. (Don Quijote, pág.
53.)

Admiración por lo extranjero.-En general, los hispanoamericanos no se hacen cargo de que lo


mismo su afrancesamiento espiritual, que su sentido secularista del gobierno y de la vida, que su
afición a las ideas de la Enciclopedia y de la Revolución son herencia española, hija de aquella
extraordinaria revisión de valores y de principios que se operó en España en las primeras
décadas del siglo XVIII y que inspiró a nuestro Gobierno desde 1750. Y es que los libros
escolares de Historia no suelen mostrarles que las ideas y los principios son antes que las formas
de Gobierno... La impiedad, ciertamente, no entró en la Península blandiendo ostensiblemente
sus principios, sino bajo la hierba y por secretos conciliábulos. Durante muchas décadas
siguieron nuestros aristócratas rezando su rosario. Empezamos por maravillarnos del fausto y la
pujanza de las naciones progresivas de la flota y el comercio de Holanda e Inglaterra, de las
plumas y colores de Versalles. Después nos asomamos humildes y curiosos a los autores
extranjeros. empezando por aquel Montesquieu, que tan mala voluntad no tenía. Avergonzados
de nuestra pobreza, nos olvidamos de que habíamos realizado, y continuábamos actualizando,
un ideal de civilización muy superior a ningún empeño de las naciones que admirábamos. Y como
entonces no nos habíamos hecho cargo, ni ahora tampoco, de que el primer deber del patriotismo
es la defensa de los valores patrios legítimos contra todo lo que tienda a despreciarlos, se nos
entró por la superstición de lo extranjero esa enajenación o enfermedad del que sale de sí mismo,
que todavía padecemos. (Hispanidad, pág. 36.)

Hay una razón para que España preceda en este camino a sus pueblos hermanos. Ningún
otro ha recibido lección tan elocuente. Sin apenas soldados, y con sólo su fe, creó un Imperio en
cuyos dominios no se ponía el sol. Pero se le nubló la fe. Por su incauta admiración del
extranjero, perdió el sentido de sus tradiciones, y cuando empezaba a tener barcos y a enviar

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soldados a Ultramar se disolvió su Imperio, y España se quedó como un anciano que hubiese
perdido la memoria. Recuperarla, ¿no es recobrar la vida? (Hispanidad, página 43.)

Comerciantes españoles en América.-Es curioso que la revolución actual de Cuba haya


anunciado la adopción de medidas contra los comerciantes españoles. No será la primera vez
que una revolución americana persiga a nuestros compatriotas. Tampoco será la última. El
comercio español en América es una de las cosas más florecientes del Nuevo Mundo, y las
revoluciones suelen ser enemigas de las instituciones que prosperan. Tampoco son afectas a las
Ordenes religiosas que en América suelen estar constituidas por españoles, y que también
progresan lo bastante para afilar los dientes de la envidia... No hay en América instituciones de
estructura más sólida que el pequeño comercio español y las Congregaciones religiosas... La
clase más indefensa de la tierra, en punto a buena fama, la constituyen los comerciantes
españoles de América. En España no se acuerdan de ellos más que sus familiares, beneficiados
por sus giros. Lo que aquí suele preocuparnos, y no mucho, es el comercio español con América,
que es cosa bien distinta, y que no ofrece porvenir muy seguro, porque España no pudo nunca
competir en los mercados americanos con los grandes países manufactureros... Tampoco los
hispanoamericanos pueden simpatizar demasiado con el patriotismo español de nuestros
compatriotas establecidos en sus territorios, porque preferirían que se nacionalizaran en ellos y
renunciaran para siempre al sueño de acumular un pequeño capital que les permita regresar a su
Patria. Y los españoles educados que emigran a América tampoco suelen ser amigos de nuestros
comerciantes porque no les perdonan que prosperen más que ellos, a pesar de su mayor cultura.
(Hispanidad, pág. 111.)

La perfecta compenetración de intereses y de espíritu entre el principal y sus empleados, que


caracteriza el sistema comanditario del comercio español en América, y que es el secreto de sus
éxitos, se obtiene mediante la confianza que tiene cada dependiente de que, si muestra actividad
e inteligencia en su trabajo, llegará día en que se le interesará en el negocio, y otro, en que su
mismo principal le ayudará a establecerse por su cuenta, con lo cual le será posible el ascenso a
una clase social superior a la suya. (Hispanidad, pág. 114.)

En el fondo, el principio que anima al comercio español en América es el mismo que constituía
la quinta esencia de nuestro Siglo de Oro: la firme creencia en la posibilidad de salvación de
todos los hombres de la tierra. (Hispanidad, pág. 115.)

En los pequeños comercios españoles vive el principal con sus dependientes en una relación
de intimidad que no es obstáculo para que se mantengan escrupulosamente los respetos debidos
a la jerarquía y a la edad. En los malos tiempos se reducen y encogen los gastos. En el campo de
Cuba, el principal y sus dependientes suelen tender el catre en el mostrador y vivir en la tienda,
comen juntos, trabajan todos dieciocho horas al día y ello todo el año, domingos inclusive, porque
la modienda no suele interrumpirse en los ingenios ni en los días festivos. (Hispanidad, pág. 116.)

Benavente.-El error protestante consiste en creer que por los actos meramente se conoce al
hombre. El de Benavente, por el contrario, en anular la importancia de los actos y de las
intenciones. Es el antiguo error nacional por el que absolvemos con tanta facilidad a los
pecadores como condenamos al ostracismo, a la penuria y al olvido a nuestros hombres de más
mérito. Pero no vayan a creerse que este error es la doctrina nacional. La doctrina nacional es la
buena; juzgar el acto y no el agente; odiar al delito y compadecer al criminal; conocer al árbol por
el fruto y dejar a Dios que le vea las raíces. (Las letras, pág. 133.)

Pérez Lugin-A su obra se le puede oponer el reparo de que no nos descubre mundos nuevos,
ni en lo que nos dice ni en la manera de decírnoslo. Fue un servidor del público, más que su guía.
Pero había bondad en su servicio. (Lus letras, pág. 1.65.)

Gabriel Miró.-Miró se olvida de que verbalmente somos niños y hay que darnos leche, como
decía Santo Tomás, y aunque alguien ha de volver al lenguaje corriente las valiosas palabras que
andan perdidas por los dialectos populares y entre los quehaceres de los oficios urbanos y
rurales, es peligroso intentarlo en la obra de arte, donde los vocablos desconocidos son
necesariamente signos muertos. Sólo que Miró da tantas veces con la palabra justa y
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sorprendente que nadie podrá regatearle con justicia la reputación de haber escrito el castellano
tan bien como el mejor. (Las letras, pág. 174.)

Ha sentido, desde el comienzo de su labor, la atracción de lo que llama Rubén Darío


"aristocracia verbal" y ha dedicado la vida entera a conseguirla. Una gran. ambición literaria le ha
hecho concentrar todos sus ímpetus vitales en la orfebrería de su lengua. Dotado de poderosa
retina de pintor, su vida ha sido incesante caza de palabras e imágenes con que expresar las
sensaciones y emociones de un mundo visible singularmente rico. En sus libros florece
exquisitamente nuestro idioma, que ya es habla pulida hace más de cuatrocientos años. Ninguna
lengua ha sido escrita mejor que la nuestra por fray Juan de los Ángeles y el padre Alonso de
Cabrera, apenes leídos hoy en día. Pero las almas españolas y sus torturas, ideales y
esperanzas, aún aguardan los escritores que quieran descubrirlas, porque exigen de ellos, por lo
menos, el mismo amor y caricias y mimos que han inspirado a nuestros estilistas las
percepciones de los ojos y las palabras que las describen. (Las letras, pág. 179.)

Palacio Valdés.-En cincuenta años de labor no ha escrito más que un par de docenas de
volúmenes, y casi nunca se ha visto su firma en los periódicos, ni ha intervenido jamás en la
política ni en los negocios. Así ha podido esperar siempre a que la emoción pusiera alas en su
pluma, y cuando no ha sentido esa emoción, tampoco ha escrito. (Las letras, pág. 198.)

Blasco Ibáñez.-Blasco Ibáñez no fue nunca pensador, sino artista, pero fue también un sentido
hedonista de la vida, lo que debió de hacerle creer que la religión y especialmente la religión
católica, no servía sino para entristecer la vida y contrariar las inclinaciones naturales. Este
pensamiento creo que late en casi todos los libros de Blasco, y él dirige también sus actividades
editoriales. Pues bien, si no me equivoco en este aserto, no necesitaré de otro argumento para
explicarme la conversión del novelista en su última hora. Y es que la hora de la enfermedad
mortal es la del gran descubrimiento de que la vida es triste naturalmente, porque pasa, y porque
todo el tiempo sentimos en el pecho el aguijón de la muerte que se acerca. Podemos disimularlo,
tratar de olvidarlo, negarlo, embriagarlo, pero no deja de punzarnos amargamente todo el tiempo.
No es, pues, la religión lo que trae la tristeza a la vida. Al contrario, lo que nos viene por ella es la
esperanza. Que hemos de morir no nos lo dice la religión, sino la vida. Lo que nos dice la religión
es, al revés: Non omnis moriar, no moriré del todo. La muerte está en la vida terrena. Lo que hay
en la religión es la esperanza de la vida perdurable. Y me parece lógico que un espíritu
esencialmente artístico, como el de Blasco Ibáñez, por lo que quiero significar un alma hedonista,
para la que el placer y el demonio son las ansias más fuertes, se vuelva religiosa en el momento
de persuadirse de la infinita vanidad de la vida terrena y de su carácter ilusorio. No necesito
añadir que no es esta clase de conversión, que puede compendiarse en la fórmula de muerte y
resurrección, la que más me enamora. Prefiero la de los hombres morales, como San Pablo y
Pascal, cuya fórmula pudiera expresarse en las palabras pecado y redención. (Las letras, pág.
203.)

Pereda-No creo que la obra de Pereda hubiera sido muy distinta de haber vivido pobre. Las
letras eran para él una fatalidad y una vocación al mismo tiempo. Si algún vicio puede
encontrársele como escritor, procede de exceso, y nunca, de defecto. A veces, en sus libros, se
suspende la acción y se paraliza el pensamiento, mientras la pluma se recrea en desmenuzar los
detalles más nimios y en redondear los párrafos más bellos. Pero entonces, a lo mejor, surge el
artista que transfigura las cosas y las almas en el Tabor supremo, donde la Naturaleza nos dice
que nos quiere y que estamos aquí para quererla en el espíritu que la ilumina y hace amable.
(Las letras, página 206.)

El arte de Pereda se ligaba inseparablemente a su costumbrismo. Don José María había


dicho, con justeza de sí mismo, que no retrataba, sino que pintaba. No reproducía lo que veía sin
elaborarlo en su espíritu. Buscaba en las cosas no tan sólo su ser, sino su valor. Era. si se quiere
llamarlo así, naturalista: pero pedía a la Naturaleza que nos dijera si nos ama o si es amable.
Pedía a la realidad aquella transfiguración con que el Señor se mostró en el Tabor todo luz, sin
dejar de ser hombre, a sus tres discípulos favoritos: San Pedro, Santiago y San Juan. (Las letras,
pág. 206.)

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Ricardo León.-Ricardo León ha gozado siempre de un excelente estilo, pero de corte
académico. No nos hablaba como un hombre, sino como un libro: a veces, como Cervantes; a
veces, como Quevedo, o como fray Luis de Granada o como fray Luis de León. Y ello está bien,
muy bien, pero no del todo bien, porque los grandes maestros, aunque fuentes de vida, están
muertos, y hay que escribir como los vivos hablan, sólo que mejor que ellos. (Las letras, pág.
214.)

Marqués de la Ensenada.-Ensenada fue el inventor de las pensiones al extranjero. Envió a


expensas del Erario a jóvenes de nuestras clases media y alta para estudiar en las capitales
extranjeras y traer a España ideas nuevas sobre las ciencias, las artes y las letras. Al mismo
tiempo trajo de Francia y de Inglaterra ingenieros navales, mecánicos e hidráulicos, para resucitar
las industrias, y a científicos extranjeros como Bowle y Ker, que se encargaron de explorar las
riquezas naturales de España. (Hispanidad, pág. 213.)

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Política española
Monarquía.-El hecho es que nadie se ha cuidado de defender espiritualmente la idea
monárquica en España. Y como la Monarquía es, ante todo, espíritu, un espíritu de servicio, de
jerarquía y de corporación, podemos afirmar que en España se ha dejado de cumplir el precepto
que da Aristóteles en su Política (1310 a), cuando dice que "las mejores leyes serán de ninguna
utilidad si los ciudadanos no se acostumbran a los principios de su constitución y se educan en
ellos". Hemos tenido una Monarquía; nos ha faltado el principio monárquico que la vitalizara.
(Liquidación, pág. 220.)

Indudablemente, se cometió en España un error grave. Los hombres que rodearon el Trono no
se dieron cuenta ni del peligro que corrían, ni de la necesidad de conjurarlo, ni de los medios
eficaces para lograrlo. Imaginamos neciamente que podían desarmar la revolución haciendo
favores a los revolucionarios. Por ese error subieron éstos al Poder. Y no son ellos los que
pueden reprocharlo. (Liquidación, pág. 322.)

Monarquía católica.-Para los españoles no hay otro camino que el de la antigua Monarquía
Católica, instituida para servicio de Dios y del prójimo. (Hispanidad, 235.)

¿Acaso no fue un poeta el que asoció por vez primera las tres palabras de Dios, Patria y Rey?
La divisa fue, sin embargo, insuperable, aunque tampoco lo era inferior la que decía Dios, Patria,
Fueros, Rey. (Hispanidad, pág. 238.)

Mas para garantizar los Fueros y administrar la justicia satisfactoriamente necesitan los
pueblos de una unidad de mando permanente y espiritualizada, como la Monarquía católica
española, emplazada por encima de las distintas clases y de los partidos diferentes. Mientras los
Gobiernos dependen de los partidos no les será posible, sin hacerse violencia, respetar los
privilegios propios del poder judicial y no volveremos a conocer la excelencia de aquella
administración de justicia que fue la gloria de España, lo mismo en Europa que en América y en
el Extremo Oriente, desde el tiempo de los Reyes Católicos hasta mediados del siglo XVIII, en
que el absolutismo de Fernando VI y de Carlos III y las ideas de la Enciclopedia hicieron
prevalecer la idea de que las leyes son la expresión de la voluntad del soberano, en vez de ser la
adecuación de la razón al bien común, como enseñaban nuestros grandes teólogos juristas.
(Nuevo Tradicionalismo, pág. 23.)

Monarquía constitucional.-Si el general Martínez Campos se hubiera dado cuenta, en 1874, de


que la corrupción del sufragio entrañaba la del Estado y la de la nación (hablo de la corrupción
política, porque el pueblo español, gracias a Dios, está sano en lo privado), jamás habría
permitido a don Antonio Cánovas hacer las elecciones por medio de la partida de la porra, sino
que los soldados restauradores mismos se habrían encargado del Gobierno, y sin Cortes,
hubieran gobernado el tiempo necesario, hasta que se les hubiese pasado la calentura a
republicanos y carlistas y hubiesen comprendido unos y otros la necesidad de aceptar en la
Monarquía constitucional la transacción indispensable para evitar que media España exterminase
a la otra media, con lo que hubiera sido posible entonces respetar la sinceridad del sufragio, sin
que saliese de las urnas una mayoría de energúmenos. (Con el Directorio, pág. 27.)

Monarquía militar.-... el poder unitario es la Monarquía militar, mientras que el caciquismo es


una aristocracia política incoherente, a causa de su carácter local, y la oligarquía central no
puede funcionar nacionalmente sino por el apoyo o la tolerancia de la Monarquía militar.
(Liquidación, pág. 196.)

Monarquía hereditaria.-No se creía sino en la voluntad nacional, en la soberanía nacional. No


se pensaba en que el órgano más perfecto de esa voluntad nacional tendría que ser un monarca
hereditario, cuyos intereses y los de su dinastía se identificaran con los de la nación. Esto no se
enseñaba en ninguna cátedra, aunque hubiera centenares de ellas, en donde, directa o
indirectamente, se propagaba el republicanismo. (Nuevo Tradicionalismo, pág. 296.)

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Monarquía (Caída de la).-,,Por qué, entonces, ha caído la Monarquía española, siquiera sea
sólo temporalmente, al menos en la esperanza de sus partidarios? Su caída, a mi juicio, no es
sino la culminación de un proceso que la iba minando desde la hora misma de la Restauración.
Ha caído porque no ha sabido defenderse. Casi todos los Ministerios estaban en poder de sus
enemigos, especialmente el de más importancia, que es el de Instrucción Pública. Las más de las
cátedras de Derecho Político, de Historia de España, de Filosofía, de Literatura, las cátedras
"llaves", estaban en poder de republicanos, de socialistas y aún de comunistas. De ellas, y del
ambiente formado por ellas, salían los escritores, los periodistas, los autores de libros. Es verdad
que había también una gran intelectualidad católica y monárquica, pero tímida, pasiva, absorta en
sus estudios y desprovista de la furia y de los apetitos de la intelectualidad revolucionaria.
(Liquidación, pág. 209.)

Monarquía (Espíritu de la).-El espíritu de la Monarquía es otro. Algo, muy poco, de lo que es
ese espíritu se puede percibir todavía en Inglaterra, donde no termina ceremonia pública, ni
representación teatral, ni concierto, ni función de cine, sin que los espectadores oigan o canten la
marcha del himno que pide que "Dios salve al rey". Lo que es el espíritu de la Monarquía lo
supimos muy bien los españoles cuando el alcalde de Zalamea decía sencillamente que al rey se
le debe dar la hacienda y la vida. El lector puede cerciorarse de lo que era nuestro monarquismo
cuando ve que un escritor tan crítico como era Cervantes llama a Felipe II, en la hora triste de la
pérdida de la gran escuadra, hombre sin par y "Moisés cristiano". (Nuevo Tradicionalismo, pág.
298.)

Monarquía tradicional.-Lo que he pedido y pido es el apoyo a la causa común: Dios, Patria,
Fueros, Rey. Y como la causa es ya común me parece inútil cualquier intento que ahora se haga
por dividir a sus mantenedores. Es verdad que no estuvimos siempre unidos. Somos aguas que
proceden de diferentes manantiales. Los tradicionalistas de la vieja cepa son hombres de
principios, de dogma, de postulados intangibles. Los de la nueva somos experimentalistas, que
hemos tratado de conciliar el bien de España con el sufragio universal y la democracia, y por
haber podido conseguirlo volvemos ahora los ojos a las ideas de nuestros hermanos mayores. De
todos los empiristas españoles no habrá ninguno que haya buscado para su país más recetas
salvadoras que yo, porque las he estado persiguiendo por libros y periódicos durante cuarenta
años y por tierras de Francia, Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos durante dos décadas. No
he hecho otra cosa, ni negocios, ni novelas, ni obras de teatro, nada absolutamente, en estos
ocho lustros. Y por eso tiene alguna importancia si digo a mis compatriotas que el camino de su
salvación es el de la tradición que abandonaron hacia 1750 y que no han vuelto a encontrar
posteriormente, como no fuera en veredas aisladas que conducían a él. (Nuevo Tradicionalismo,
pág. 17.)

También es cierto que no debemos desesperar de que pueda volver a rehacerse la unidad
espiritual, en que las instituciones tradicionalistas descansaban. La Monarquía tradicional se
basaba en esa unidad espiritual. Pero esa unidad ha desaparecido. ¿Hemos de esperar a que se
rehaga para restaurar, en lo posible, los principios del tradicionalismo? Esta es la cuestión. Ya se
que no es la primera vez que se plantea, pero es que ahora tiene más importancia y urgencia que
en otros tiempos. Ya hace un año que se han unido las tres ramas en que estaba desgajado el
antiguo árbol tradicionalista. Y hay más. No es un secreto para nadie la probabilidad de que se le
unan la inmensa mayoría de los antiguos monárquicos, desencantados del constitucionalismo
que venía practicándose. (Nuevo Tradicionalismo, pág. 51.)

Sólo que cada pueblo ha de obrar por sí mismo, sin esperar a ver lo que otros hacen. Y esta
es la cuestión. No parece probable que la conversión de las masas revolucionarias se realice de
la noche a la mañana. Lo probable es que se vaya efectuando una gran concentración
tradicionalista mucho antes de que se hayan disuelto las organizaciones revolucionarias. Y lo
mejor que pudiera esperarse es que esa organización tradicionalista se hallara en condiciones de
prevalecer sobre sus enemigos. Digo lo mejor porque sólo de un milagro pudiera aguardarse la
completa desaparición de los contrarios. Y prevalecer no quiere decir exterminar. Aquí entra la
cuestión. La fuerza que prevalezca tendrá que seguir haciendo centinela en la fortaleza
conquistada. Y ello implica una perspectiva que no coincide con la del pasado. Quizá el reinado
más glorioso de la Monarquía tradicional fue el de Felipe II, pero en tiempos de Felipe II no había
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revolucionarios que vigilar, precisamente porque existía esa unidad espiritual que se ha
escindido. El nuevo Felipe II tendrá que hacer frente a la revolución con las mismas fuerzas que,
con la ayuda de Dios, le habrán servido para vencerla. Lo cual quiere decir que esas fuerzas
serán parte integrante y principal de la nueva Constitución (valga la palabra) tradicionalista. En
ello tendrá que diferenciarse el porvenir del pasado. (Nuevo Tradicionalismo, pág. 52.)

Dictadura.-La Dictadura actuó en España como el Segundo Imperio en Francia. Tapó la


anarquía, consiguió durante unos años esa codiciada "paz y tregua", pero no atacó la raíz del
mal. Para que se atacase escribí mis artículos de 1927. Tengo que confesar que no produjeron
más resultado que los ciento y un discurso que pronuncié entre marzo de 1930 y abril de 1931
excitando a las gentes a organizar la contrarrevolución, en vista de que la revolución se nos
echaba encima. (Nuevo Tradicionalismo, pág. 107.)

Ahora bien: yo me siento obligado a defender todas las medidas de la Dictadura. Apoyé la
Dictadura porque, en un balance de bienes y males, me pareció beneficiosa para España en el
momento en que se estableció. Es muy posible que hubiera convenido a los intereses nacionales
la publicación en aquel tiempo de los artículos del señor Cambó sobre política económica. En
general no soy partidario de la política represiva, porque prefiero asegurar las esencias
nacionales, que un Estado tiene la obligación de conservar y fortalecer, por medio de una política
activa, compulsiva, y no meramente por una política negativa, represiva. (Nuevo Tradicionalismo,
pág. 302.)

República.-En realidad, la República la trajeron los intelectuales que no creían en el peligro de


la revolución social. Los más de ellos ya han abierto los ojos, y aunque queden algunos que los
cierren deliberadamente, ahí están las palabras del jefe del Gobierno: hace falta una almohadilla
para que no se exterminen los unos y los otros. Esta es la realidad. (Nuevo Tradicionalismo, pág.
221.)

Y como el comunismo no puede implantarse por un desenvolvimiento natural de las


sociedades sino que requiere una revolución y una dictadura violentísima, la implantación de una
República en España envolvía el peligro de una revolución comunista a la rusa, que es lo que
veníamos diciendo los monárquicos y el punto preciso a que vengo dedicando los mas de mis
escritos desde hace siete años. (Nuevo Tradicionalismo, pág. 206.)

Las cosas, pues, están bien claras. No hay republicanos. En otras palabras, no hay en España
apenas la "mística" republicana que hay en Francia. Los pocos hombres que teníamos influidos
por la "mística" republicana son, según los doctores del antimonarquismo, los que han puesto a la
República en el trance en que actualmente se halla. (Nuevo Tradicionalismo, pág. 207.)

Partidos políticos.-No sé si es posible la constitución en España de partidos políticos que


puedan ser al mismo tiempo instrumentos de gobierno y organizaciones de grandes masas de
opinión. No lo sé. La sociedad española está dividida en dos grandes tendencias que, grosso
modo, pueden designarse con los nombres de derecha e izquierda. Sobre este antagonismo de
tendencias se pueden constituir dos grandes partidos, pero ello no bastaría para que se tratase
de instrumentos de gobierno. Haría falta, además, educar a estas masas de opinión lo suficiente,
cuando menos, para solearse mutuamente. Lo que ha impedido la constitución de grandes
partidos gobernantes es precisamente un estado general de intransigencia por el cual, según la
frase de un amigo mío, cuando los Gobiernos planteaban al pueblo problemas de hacienda, de
educación o de política internacional, que requerían meditada respuesta, el santo pueblo
contestaba gritando: "¡viva la república!" o "viva el Corazón de Jesús!" (Con el Directorio, pág.
45.)

Preferible sería un absolutismo medianamente honrado, a un parlamentarismo podrido en sus


raíces. Sea o no incapaz el pueblo nuestro de organizarse en derredor de partidos gobernantes,
lo indudable es que no lo hará si no surge el personal que lo organice. (Con el Directorio, pág.
46.)

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He aquí una dialéctica de la que pueden y deben surgir los partidos del porvenir. De un lado, a
la derecha, el de los que pidan el enriquecimiento, en diversos sentidos, de la común obligación.
Hace doce años encontré yo una fórmula: "¡la cultura o la muerte!". Del otro lado, a la izquierda,
el partido que cuida, sobre todo de la felicidad del pueblo. La superstición de la felicidad no se va
a disipar en seguida. (Con el Directorio, pág. 56.)

Mi partido político será el de los hombres más resueltos a fortalecer en España la cultura. (Con
el Directorio, pág. 58.)

... el ideal consistiría en que los hombres no hicieran otras cosas que las que ejecuten por
impulso, es decir, por el gusto de hacerlas. Exceptúo de esta regla la política. Esta es la región en
donde chocan los afectos antagónicos. Por eso van mis simpatías con el partido que no entre en
la política sino con la razón por estandarte. (Con el Directorio, pág. 84.)

No hay que hablar de partidos políticos. Ya no existen apenas en país alguno. Su tiempo ha
pasado. En España, donde no han faltado grandes individualidades, no hemos conocido los
hombres de mi tiempo sino caciques o demagogos. Ambos son nefastos. Probablemente los
demagogos serían peores aún que los caciques, si no fuera porque el realismo de los caciques
es tan grosero que necesariamente suscita la utopía demagógica, como medio desesperado para
quitárselos de encima. (Liquidación, pág. 44.)

No pidamos que los Gobiernos de partido sean justos. No pueden serlo, porque son juez y
parte al mismo tiempo. Lo que podemos pedir es que haya siempre y en todo caso un Poder
judicial al que apelar, que ese Poder judicial sea justo y que su justicia sea respetada. Si no nos
hemos ocupado de ello la razón hay que buscarla en que nuestro pueblo hubiera preferido que el
Gobierno mismo sea justo. El sueño de Costa de su "Cirujano de hierro" que fuera al mismo
tiempo el gran Justicia de Aragón y que acabara con oligarcas y caciques para que fuera posible
la justicia, expresaba el profundo anhelo popular. También el deseo del general Primo de Rivera
de concluir con los partidos y de apoyarse en una unión patriótica "apolítica" y constituida por
todos los ciudadanos de buena voluntad. Y si fuera posible ese Gobierno "apolítico" y que
acabase con los partidos, es muy probable que, en efecto, pudiera hacer justicia a todos y
respetar los derechos naturales de los hombres. (Nuevo Tradicionalismo, pág. 273.)

Periódicos de izquierda.-Leo a diario periódicos de izquierda. No creo que deban leerlos las
masas de derechas, porque su influencia es perniciosa, pero creo que estamos en el deber de
leerlos cuantos hombres ejercemos alguna función orientadora entre las fuerzas de derecha.
Tengo entendido que las autoridades de alguna de las más influyentes órdenes religiosas no
empezaron a leer regularmente los periódicos de izquierdas hasta muy entrado el año 1930.
Entonces llegaron a la conclusión de que era necesario contrarrestar su influencia. Si hubiéramos
empezado a leerlos con regularidad treinta años antes, quizá nos hubiéramos ahorrado la actual
catástrofe. (Nuevo Tradicionalismo, pág. 110.)

El socialismo y las derechas.-Ha ocurrido con el socialismo lo contrario que acontece con las
derechas. Estas tienen caudillos que saben dar la cara, "pero la masa es tímida, recelosa, falta de
disciplina". El socialismo tiene, por el contrario, masas numerosas que han dado muestras de
acometividad, de disciplina, de desprecio a la vida, "pero le ha faltado el cerebro director, el
caudillo responsable, la voluntad severa y consciente que le diera cauce".

Izquierdas y derechas.-Yo no veo la manera de que en España pueda acabarse a viva fuerza
ni con las derechas ni con las izquierdas, porque me parecen ambas corrientes de opinión tan
poderosas, tan arraigadas y tan fundamentadas, que pasará mucho tiempo antes de que se
rompa el actual equilibrio, que, en cierto modo, tiene que paralizar a los Gobiernos. Creo que una
persecución de las izquierdas las fortalecería, pero también estoy seguro de que lo mismo
ocurriría con una persecución de las derechas. (Liquidación, p g. 15.)

Derechas.-El error de las derechas españolas ha consistido precisamente en no luchar hasta


la muerte, cuando aún era tiempo, porque los Gobiernos respetaran las obligaciones a que se
habían sometido en el Concordato. Prefirieron pedir débilmente, mansamente, que se les
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permitiera educar a una parte de la juventud sin que tuvieran que examinarla los profesores
oficiales, y nunca lo lograron. La ley les daba derecho a que toda educación oficial fuera católica,
pero no supieron defenderla ni exigir su cumplimiento. (Liquidación, página 235.)

La opinión pública en España.-... se empezaba por sentar estas tres afirmaciones: "Primera.
Que en España no hay ni republicanos ni monárquicos en número bastante para que la cuestión
de la forma de gobierno apasione por sí misma a considerables masas de opinión. Ello no quita
para que en ciertas ciudades regiones haya aquí un núcleo fuerte de carlistas y allá otro núcleo
de amigos de don Alfonso. Segunda. Que los Católicos, en general, no se enfurecen ante la obra
de descristianización que continúa en las escuelas. En dejándoles asistir a sus misas y a sus
procesiones, están tranquilos. Por supuesto, hay que hacerles ver todo lo posible el inmenso
peligro de la descristianización, pero sin esperar el triunfo de esta campaña; y Tercera. Que en
cambio, hay en España muchos partidarios de la revolución social y muchas genes que la temen,
por lo que, a mi juicio, debe emplazarse la cuña de nuestra campaña entre la revolución social,
de un lado, y todo el resto del país, de otro, aunque sea, de otra parte, absolutamente cierto que
han sido el liberalismo y el republicanismo los que nos han traído ante el peligro de la revolución
social". (Nuevo Tradicionalismo, pág. 209.)

La opinión pública y las derechas.-No estaba seguro de que estuviéramos conquistando las
masas de opinión. Tenía idea de que no habíamos perdido mucho terreno desde noviembre de
1933. Últimamente me inclinaba a creer que manteníamos vigorosamente nuestras posiciones de
entonces. Ahora estoy seguro de que estamos conquistando la opinión por lo menos la opinión de
clase media... La opinión pública, lo que se llama la opinión pública, se viene con nosotros, y no
solamente se inclina, en general, a la derecha, sino a los partidos monárquicos. Más aún: si en el
primero y segundo año de la República tendía a fortalecer la Comisión Tradicionalista, ahora creo
no equivocarme si digo que se viene con Renovación Española. (Nuevo Tradicionalismo, pág.
316.)

Sufragio y representación corporativa.-Fue un error de Cánovas suponer necesario el


falseamiento del sufragio. El régimen parlamentario no era necesario. Hay países que viven mejor
con un régimen representativo. El sufragio universal no era tampoco necesario. Hasta el sufragio
restringido puede sustituirse con ventaja por un régimen de representación corporativa. Pero lo
que es necesario es que la administración de justicia de un pueblo no esté a merced de la
coacción política, y que esa coacción política, no destruya la eficacia de los departamentos del
Estado y arruine al país por la necesidad en que se encuentra de pagar servicios electorales con
los fondos públicos. (Con el Directorio, pág. 37.)

Sufragio universal.-En tanto que las nueve décimas partes de las gentes que tienen el voto no
sepan lo que hacer con él, no podrá evitarse con un régimen de sufragio universal inorgánico que
los lectores se vean encerrados entre los dos cuernos del dilema: o el cacique o el demagogo. No
hay más alternativa. O el cacique con cualquiera de sus métodos: soborno e intimidación, o el
demagogo, con su promesa mágica de la felicidad para el día en que la revolución derrumbe la
unidad nacional, o la forma de gobierno o la propiedad privada o las cuatro columnas sociales:
familia, estado, religión y propiedad. (Liquidación, pág. 44.)

Vida corporativa.-... la vida corporativa no puede desenvolverse con normalidad cuando falta
una fuerte autoridad que la ampare. Las libertades locales, las libertades corporativas, dependen
para su funcionamiento de una potente autoridad que garantice la paz y la justicia. (Nuevo
Tradicionalismo, pág. 248.)

Podrán haber cambiado mis opiniones respecto de los medios más adecuados para el mejor
funcionamiento de la vida corporativa, pero el fin a que han tendido mis ideales ha sido siempre el
mismo en estos treinta y seis años. Siempre he creído en la necesidad de fortalecer, de fomentar,
de intensificar la vida de las corporaciones y de las provincias. Siempre he sido opuesto a la
absorción de la nación por el Estado. Siempre he creído en lo que llaman los franceses las
libertades populares, por contraste con la supuesta libertad individualista del jacobismo. (Nuevo
Tradicionalismo, pág. 250.)

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Y al crearse esta situación hay que decir de nuevo que la condición necesaria para que pueda
funcionar como es debido la vida corporativa es también la existencia de un poder fuerte,
amparador de la justicia, que pueda velar por las libertades de las corporaciones, por lo mismo
que puede garantizar a todos la vida de la paz y del orden en la justicia. Las libertades
corporativas y la fuerte autoridad se condicionan mutuamente. El régimen parlamentario, a base
de sufragio universal y de partidos políticos, se opone a una y a otras. Por ello vuelve ahora los
ojos el mundo al ideal de una Monarquía corporativa. (Nuevo Tradicionalismo, pág. 251.)

"Renovación Española".-Pero, sobre todo, era necesario levantar la bandera de la Monarquía


cuando existe en España un partido tradicionalista que no ha dejado nunca de defenderla. Y ello
porque los que hemos servido a la Monarquía caída no creemos que haya cometido delito
alguno, y, por el contrario, de no haber proclamado nuestra adhesión habríamos confesado
implícitamente que no era digna de ella. La cosa es tan clara que más no puede serlo. Hay
muchos hombres que hemos creído que era deber de lealtad manifestar nuestra adhesión a la
Monarquía caída. Es verdad que muchos de los que proclamamos nuestra adhesión a la
Monarquía caída confesamos que tuvo la debilidad de permitir que los revolucionarios alcanzaran
posiciones dentro del Estado, que les ha servido para derribar más fácilmente el régimen. Pero
por reconocerlo así ha renunciado el partido de Revolución Española a la Constitución de 1876,
porque la culpa de aquella debilidad no fue, a juicio nuestro, de las personas, sino de la
Constitución y del espíritu y los hábitos que la Constitución legó a nuestra vida política. De ahí el
título de Renovación Española. Queremos la Monarquía, pero una Monarquía renovada, es decir,
una Monarquía con una constitución distinta, inspirada en el espíritu de nuestra tradición. (Nuevo
Tradicionalismo, pág. 313.)

Cortes.-Ya han vuelto los republicanos de izquierda. Van a volver los socialistas. ¿Es que
vuelven a las Cortes para servir el régimen parlamentario o para que el régimen parlamentario les
sirva a ellos? Ya preguntarlo es una candidez. Cuando han creído en la probabilidad de alcanzar
la victoria por otros métodos, han renunciado al parlamentario. Cuando esos otros métodos,
después de sanguinaria prueba, han fracasado, es cuando vuelven los socialistas a las Cortes.
(Nuevo Tradicionalismo, pág. 189.)

Si no fuera porque estamos habituados a esta gran injusticia, sería para volverse loco
presenciar el espectáculo que a diario ofrecen las Cortes actuales. No se levantan a hablar los
socialistas, aun después de haberlo trastornado todo en los dos años que ocuparon el Poder, sin
que se erijan en fiscales y acusadores de los restantes españoles, salvo los que con ellos
rivalizan en espíritu revolucionario. Cada una de las palabras que sale de sus labios va diciendo
que todos los que no sean revolucionarios son burgueses o esclavos de la burguesía, y que todos
los burgueses son criminales dignos de la horca, de la expropiación y de la deshonra. (Nuevo
Tradicionalismo, página 288.)

Liberalismo.-Lo único que en España ha cambiado es que ya no creen los intelectuales de la


derecha, como creía Cánovas en 1876, que el mejor régimen es el liberal democrático, pero que
no estábamos todavía preparados para recibirlos. Ahora estamos seguros muchos hombres de
que ese régimen siempre fue malo, pero que será tanto peor cuanto más progrese el mundo,
porque serán entonces las multitudes mucho más incapaces de entender sus asuntos que lo eran
hace siglo y medio. ¿Se imagina nadie el intento de querer resolver la crisis económica apelando
al sufragio universal? (Nuevo Tradicionalismo, pág. 293.)

... en otros países han surgido el liberalismo y la revolución por medio de sus faltas, o para
castigo de sus pecados. En España eran innecesarios. Lo que nos hacía falta era desarrollar,
adaptar y aplicar los principios morales de nuestros teólogos juristas a las mudanzas de los
tiempos. La raíz de la revolución en España, allá en los comienzos del siglo XVIII, ha de buscarse
únicamente en nuestra admiración del extranjero. No brotó de nuestro ser, sino de nuestro no ser.
(Hispanidad, pág. 18.)

Un liberalismo sin patriotismo es pura disolución. Aplíquese, en prueba de ello, a los máximos
problemas nacionales: el separatismo y la lucha de clases. ¿Qué significará el liberalismo ante el
separatismo? Sencillamente el permiso para que los separatistas realicen sin molestias su
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campaña de empozoñar unas contra otras las almas españolas, hasta hacer la separación
inevitable. Y ya tenemos escindida la Nación por cortes verticales. ¿Qué implica el liberalismo
ante la cuestión de la lucha de clases? La licencia para que continúe engañándose a las masas
obreras, haciéndolas creer parasitaria la función de llegar capitales, con los que se multiplica, por
el progreso del maquinismo, el rendimiento de su trabajo, y se acrecen, en consecuencia, los
salarios. De esta predicación han de surgir la revolución social y la guerra civil. Y ya vuelve a
escindirse la Patria por cortes horizontales. Los tiempos han cambiado. La experiencia se ha
hecho. Se ha visto claro que si se proclama el amor libre, los matrimonios se disuelven. Y que lo
mismo ocurre con las sociedades políticas que con los matrimonios, si la libertad, que debe ser la
norma de los accidentes, se erige en orientación de las esencias. (Con el Directorio, pág. 286.)

A mí me parece absurda la complacencia del Estado liberal. No creo que pueda ser eficaz la
administración de un Estado cuyos funcionarios todos no se hallen identificados con el espíritu de
sus primeros magistrados. Pero el hecho es que no lo están, y lo más que se les exige, y ello a
los militares, porque a otras categorías de funcionarios no se les pide, a este respecto, nada, es
que no intervengan en actos hostiles al Gobierno. Lo cual quiere decir que todos los Gobiernos
tienen que nacer muertos mientras no cuenten con una organización de partidarios inteligentes y
entusiastas que no dejen pasar insidia ni calumnia sin sacar a la pública vergüenza al
calumniador y al insidioso. (Liquidación, pág. 148.)

Reforma constitucional.-Pero una cosa parece cierta, y es que habrá reforma de la


Constitución. No será una reforma hecha a la ligera, sino que tratará de conservar todo lo posible
de la Constitución de 1876, que es la vigente. En todas las cosas serias de la vida se ha de
proceder con prudencia y parsimonia. Esta es una de las grandes reglas que no deberá olvidarse
en ningún momento. Fue Menéndez y Pelayo quien dijo que para toda reforma importante han de
tenerse presentes la Integridad, la Armonía y la Prudencia y Parsimonia. La Integridad, para que
no se excluya a ningún elemento social que deba ser incluido; la Armonía, para que las
relaciones que enlacen a unos elementos sociales con otros no sean bélicas y antagónicas, y la
Prudencia y Parsimonia, para no querer hacer en un día lo que sólo puede hacerse en un año, ni
en un año lo que sólo puede hacerse en un siglo, ni en un siglo lo que sólo puede hacerse •n la
eternidad. Lo que impone la reforma es el cambio en el terreno histórico, del que surge la
Constitución. La de 1876 es la de la Restauración. Ha terminado la segunda guerra carlista y la
revolución le septiembre. No hay en España más que republicanos y carlistas in pugna, salvo la
porción de la aristocracia y de las clases pudientes, que con la Restauración simpatizan. El
problema de la Restaura-ión consiste, de una parte, en crear un orden de coexistencia en que
republicanos y carlistas puedan convivir sin exterminarse mutuamente, y procurar atraer a unos y
a otros, a fin de ir consolidando la transacción entre ambos, que es la Monarquía constitucional.
(Liquidación, pág. 27.)

Porvenir político.-El problema para el porvenir consiste en buscar la manera de que las
autoridades del día de mañana se hallen tan sometidas como las de ahora al sentimiento del bien
público. En cierto modo es un problema sin solución. Todos los tratados de Derecho Político se
estrellan ante la imposibilidad de contestar satisfactoriamente a la pregunta de Juvenal: "¿Y quién
custodiará a los custodios mismos?" Pero hay que buscar respuestas aproximadas. Hemos
pasado del desorden al orden porque ha habido, en primer término, un Gobierno que se ha
decidido a gobernar; pero también porque este Gobierno ha entendido su cometido, no como un
privilegio que permite obtener ventajas personales a expensas de los demás, sino como una
función, como un servicio público. En vez de sentir el mando como una posibilidad de
arbitrariedades lo ha comprendido como m servicio. (Liquidación, pág. 137.)

... los pueblos no pueden vivir en permanente guerra civil. De ahí r necesidad de que surja de
entre izquierdas y derechas un partido ¡el centro, que si se da cuenta de su altísima misión
hispánica puede en muy poco tiempo adueñarse de la Península ibérica, como el 3scismo italiano
se ha apoderado de la Península hermana. (Liquidación, pág. 142.)

Voluntad nacional.-Si hubiera en España una fuerte voluntad adicional, tendríamos medio
resuelto el problema político. Ello puede firmarse sin necesidad de creer en la supuesta
infalibilidad de la voluntad general. Por mi parte, no creo en la existencia de la voluntad general,
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en país alguno, y cuando hablo de la voluntad nacional no re refiero a ninguna entidad metafísica
distinta de los individuos que sea el sujeto de una voluntad igualmente metafísica, sino que a las
voluntades de los españoles. Lo que quiero decir es que no acierto a vislumbrar en la mayoría de
los españoles una voluntad de lo nacional lo suficientemente poderosa para imponerse a la
voluntad de lo particular. Aún he de precisar más este concepto. Lo que no veo es que los
españoles sientan ninguna clase de voluntad política con fuerza suficiente para que el estadista
tenga que inclinarse ante ella, sea cierta o equivocada, en vista del inmenso poder que la
respalda, diciéndose: "¡Cúmplase la voluntad nacional!" (Liquidación, página 280.)

España tuvo una poderosa voluntad nacional mientras fue, no sólo en el nombre, sino de
hecho, la Monarquía católica por antonomasia. Hubo en ella, como es lógico, comuneros y
germanías, que se alzaron contra el emperador, y las Cortes de Castilla y Aragón, que se
quejaron de los costes excesivos de las guerras que libraban los reyes. Es que la voluntad
nacional no necesita ser la voluntad unánime de los hijos de un pueblo. Basta con que sea la de
las personas de mayor influencia, secundada por el aplauso o el consentimiento de las menos
influyentes, sobreponiéndose a la protesta de una minoría disidente (Liquidación, pág. 281.)

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Revolución
Revolución.-Ya se dijo en las Constituyentes que no era cierto que España hubiera hecho una
revolución y que era absurdo tratar de gobernar y de legislar como si la hubiera hecho. Pero no
sé si esta respuesta es convincente. Si la revolución consiste en el hecho de fuerza por el que un
pueblo o un partido político se apodera del Poder público, no cabe duda de que aquí no ha
habido revolución. Pero si la Revolución no está en el modo de apoderarse del Poder, sino en lo
que con el Poder se haga, ya no sería tan fácil negar que vivimos en España en período
revolucionario, bien que con los altos y moderamientos que suelen disimularlo, moderándolo.
Todavía podrá decirse que la revolución no ha pasado en España de ser una palabra a la que
apelan algunos políticos cuando desean obtener, por medio de la amenaza, algunas de las
ventajas del Poder o el Poder mismo. Y es posible que, en efecto, más que la revolución lo que
hayamos conocido en España sea el chantaje de la revolución. Pero creo que en el chantaje va
implícita la revolución misma, porque si no fuera por lo que hay verdaderamente de revolucionario
detrás de la amenaza. ¿Por qué no se habría de tratar al chantajista de la revolución como se
trata a cualquier otro chantajista? (El Nuevo Tradicionalismo, pág. 148.)

Así queda dicho que los hombres de Acción Española nos hemos limpiado del prejuicio que
hacía creer a nuestros padres que las ideas de la revolución, verdaderas tal vez en teoría, no
eran aplicables de momento a las circunstancias del pueblo español. República, sí, pero todavía
no. Socialismo, acaso, dentro de un siglo. Anarquía, tal vez, pero la Humanidad no está
preparada. Hay que esperar. Pues contra este género de ideas confusas nosotros decimos que ni
hoy, ni mañana, ni nunca, y no sólo en España sino en ningún pueblo de la tierra. Y con decir
esto nos hemos sacudido la dogmática republicana y revolucionaria que prevalecía entre
nosotros en los tiempos de la Monarquía. (El Nuevo Tradicionalismo, pág. 287.)

La campaña que se está haciendo en todos los países iberoamericanos, con mayoría de
población india, contra los criollos de piel blanca, es pareja a la que los agentes soviéticos
realizan en Asia contra los europeos. Es posible que en algunos casos se haga
espontáneamente. Ello no hace sino agravar el peligro. También en España hay admiradores de
los métodos rusos, de los que no puede decirse que sean agentes del Soviet. Es hasta posible,
aunque improbable, que se muevan desinteresadamente todas las plumas que se lanzan a
zaherir y calumniar a todo el que declare públicamente el hecho indiscutible de que mientras que
el capitalismo ha llevado a los obreros norteamericanos al bienestar, el socialismo ha agravado la
miseria del proletariado ruso. Es posible que se inspiren en platónico amor hacia un estado de
cosas, como el ruso, en que los antiguos agitadores se han convertido en señores de pistola y
albedrío absoluto, con todos los derechos, incluso el de pernada, en un mundo en el que ya no
hay leyes, ni propiedades, ni códigos morales que amparen a nadie, fuera de ellos. Pero si esta
aberración de las conciencias se efectúa con espontaneidad, no hace falta otra prueba para
persuadir a los espíritus veraces de que tampoco España es excepción al terremoto que sacude
al mundo. Ello aparte de que la convivencia de Abd-el-Krim con Rusia es cosa demostrada, así
como la de los asesinatos patronales. Y la razón de que esta agitación tenga que exacerbarse en
estos años se ha puesto ya de manifiesto. Es la desesperación. Hasta hace pocos años se podía
soñar de buena fe con que los hombres serían felices el día en que desapareciese el socialismo.
No se había hecho la prueba. Se podía soñar y esperar. Ahora saben los agitadores que el factor
tiempo está contra ellos. Cuanto más pase habrá más gentes enteradas de que el comunismo
empieza por el hombre y acaba por la esclavitud. Hay que hacerla revolución antes de que se
sepa la verdad; antes de que la sepa el revolucionario. (Con el Directorio, pág. 161.)

Contrarrevolución.-También las izquierdas suelen acusar al cristianismo de no haber resuelto


el problema social. A ello contestamos los cristianos que su argumento es parecido al que pidiere
a los hombres que anhelasen la enfermedad, en vista de que tantos siglos de desear la salud no
les han impedido enfermarse. Las deficiencias de la civilización cristiana no se corrigen sino con
su perfección, y las del programa contrarrevolucionario no se curan sino con su completamiento.
La Contrarrevolución no ha sido hasta ahora sino muy poca cosa: apenas la palabra. Habrá de
convertirse en la vida política y social. (El Nuevo Tradicionalismo, pág. 257.)

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Estoy persuadido de que las derechas ganarían totalmente la batalla, si, al mismo tiempo que
suprimieran de raíz toda amenaza revolucionaria, tuvieran la fuerza espiritual bastante para
proceder a la corrección de los abusos. Por eso quisiera que la divisa de las derechas fuera la
contrarrevolución y no la antirrevolución. La contrarrevolución como la contrarreforma, implica la
enmienda de lo que esté mal hecho. (El Nuevo Tradicionalismo, pág. 220.)

Ante la revolución.-Las clases medias y altas no podrán alegar ignorancia de lo que les
aguarda. Espero que los sucesos de Oviedo y de la zona minera asturiana habrán servido para
abrirles los ojos. Lo que no lograron hacer nuestras plumas en siete años de incesante campaña,
lo habrán hecho, con la ayuda de Dios, los 2.500 muertos ocasionados por la última revuelta.
Ahora no hay ya derecho a alegar ignorancia sobre la naturaleza de la revolución y sus posibles y
aún probables y hasta necesarias consecuencias. La revolución implica la matanza general de las
clases directoras del país. (El Nuevo Tradicionalismo, pág. 172.)

Ahora que, desde luego, ha faltado a la revolución de octubre un Estado Mayor que estuviera
a la altura de los inmensos elementos acumulados para su éxito. Recordemos que acaba de
decírsenos oficialmente que el número de fusiles recogidos hasta ahora es de 89.500, cifra
enorme, que muestra que jamás se han acumulado para una revolución tantos elementos, no
sólo en España, pero tampoco en el extranjero. Si las revoluciones francesa y rusa llegaron a
poseerlos fue a medida que se les incorporaban las unidades militares defensoras del Estado,
pero en su iniciación contaban con recursos muchísimo más reducidos que los de nuestros
extremistas en octubre )asado. (El Nuevo Tradicionalismo, pág. 178.)

Por eso a mi juicio, la lección que se desprende de los sucesos de Asturias es la que vengo
predicando hace más de veinte años: la de que es necesario restaurar en España el viejo espíritu
de honor y de 7alor. De no hacerse pronto, estará nuestro pueblo a merced del que pudiera
atropellarlo. (El Nuevo Tradicionalismo, pág. 179.)

Ha querido la Providencia que se depare una ocasión análoga il naciente régimen. No necesita
sino aprovecharla para asegurar a paz interna durante una o dos generaciones. Para ello no hace
falta sino que:

Primero, se haga la debida publicidad de todos los errores realizados por los revolucionarios y
de todos lo que se prometían realizar en caso de triunfo, publicando las listas negras de las
personas que iban a ser por ellas ejecutadas, así como de las demás medidas que tenían
proyectadas.

Segundo, que se aproveche la indignación originada por la revolución y la que despierte el


mejor conocimiento de sus designios, en proceder a la organización de la sociedad en un sistema
de permanente defensa contra la amenaza de una revolución social.

Tercero, que se deshaga de una vez para siempre la organización le tal lucha de clases en
todas sus formas.

Y cuarto, que se proceda a la purificación de todos los organismos ¡el Estado, especialmente
de las fuerzas armadas y de los departamentos de la enseñanza, de todos los elementos
revolucionarios, ya activos, ya teóricos. (El Nuevo Tradicionalismo, pág. .181.)

Reforma social.-Este es el gran peligro. Hace ya bastantes años que la sociedad española ha
debido constituirse en forma de una gran Liga para la Defensa y para la reforma social, al mismo
tiempo. Reforma de abusos y defensa de sus principios esenciales. Yo hubiera querido que
partieran los gritos de alarma, así como el sentido organizador, de la Plaza de Oriente y de la
Presidencia del Consejo de Ministros. Ello tendrá que venir de todos modos: lo mismo con la
República que la Monarquía. O nos defendemos o nos dejamos arrastrar lacia el caos. Es un
dilema sin escapatoria. El nuevo régimen está siguiendo la tradición monárquica de ejercitar
exclusivamente por los instrumentos del Estado la defensa de los ciudadanos. Yo estoy seguro
de que el Estado no se basta a este fin en las actuales circunstancias. Y me limito a repetir mi

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vieja voz de alarma. Nadie podrá deciros en la hora actual que estoy viendo fantasmas. (El nuevo
Tradicionalismo, pág. 108.)

Revolución social.-Aunque no haya republicanos que con ellos simpaticen, aunque las fuerzas
socialistas, anarquistas, sindicalistas y comunistas no tengan aliados y simpatizantes, que sí los
tienen y numerosos, porque hay burgueses que suponen que aunque el Estado se deshaga,
conservarán sus propiedades, y otros que se imaginan que, aunque la propiedad se socialice,
conservarán las posiciones que el Estado les brinda, y son muchos los tontos que se figuran que
el peligro no va con ellos aunque estén solos socialistas, anarquistas, comunistas y sindicalistas,
su número es bastante para obligar a las derechas a unirse frente al común peligro. Que este
peligro se llame comunista o socialista, sindicalista o anarquista, el nombre no hace a la cosa. La
cosa es la misma: la revolución social. Y la revolución social significa la expropiación de los
propietarios y la matanza preventiva de cuantos intenten oponerse a ella. (El Nuevo
Tradicionalismo, pág. 142.)

Batalla contra el marxismo.-Habrá en España, porque se está librando en todo el mundo, una
gran batalla contra el marxismo. En esa lucha pelearán las derechas en el mismo lado que
hombres que ahora son republicanos. Pero son éstos los que se separarán de los marxistas para
irse con las derechas. Todos, naturalmente, no. Basta con que vayan los que quieren con toda su
alma el triunfo del espíritu. Los que acierten a darse cuenta de que todo lo que hay de verdadero
en sus ideales es lo que han recibido del Cristianismo, porque la hermandad de los hombres y su
igualdad y su libertad misma no pueden proceder sino de la paternidad de Dios, y si se suprime la
paternidad de Dios no habrá manera de evitar que vivan en un estado permanente de hostilidad y
de odio, convertido cada hombre en lobo para el hombre, abandonado a su fatalidad, con lo que
habrá abdicado de su libertad originaria, y mirando a los demás hombres como a seres extraños,
que vienen de otros monos y creen en verdades diferentes, con los que toda comunidad es
imposible. Pero no ya los republicanos, sino los mismos socialistas han de llegar a persuadirse de
que todo lo que hay de atractivo, humano y justiciero en su ideal es lo que han recibido, no de
Carlos Marx, sino de la moral universal y de Nuestro Señor Jesucristo. (El Nuevo Tradicionalismo,
pág. 93.)

Guerra civil.-Ello quiere decir una cosa, y es que vivimos en guerra civil, en una guerra civil
que no se parece a las pasadas, porque, al parecer, hay tranquilidad, aunque se está matando
poco a poco a los hombres que la revolución juzga peligrosos, y, sobre todo, porque es una
guerra civil en que, hasta ahora, uno solo de los bandos contendientes estaba armado. De un
lado, toda la carne; del otro, todos los cuchillos. El poeta que pedía: Víctima quiero ser, y no
verdugo, estará satisfecho en la tumba. Los suyos, es decir, nosotros, hemos realizado su ideal.
No sé cuándo llegará a hacerse cargo nuestra opinión pública de que vivimos en guerra civil. La
idea que por ahora prevalece es la del político extremista. Con tal de estarse tranquilamente en
casa y no meterse en cuestiones sociales y políticas, hay razonables probabilidades de que se le
deje a uno tranquilo. Lo malo es que las gentes que pueden permitirse el lujo de no meterse en
cuestiones sociales o políticas no serán las que viven de la industria, ni los que tienen en la
agricultura sus recursos, ni las interesadas en transportes, ni las comerciales, ni las financieras.
¡Pero si la gloria de la democracia consiste precisamente en haber sacado a las gentes de sus
quehaceres para hacerlas participar activamente en la soberanía! (El Nuevo Tradicionalismo,
pág. 157.)

Si en el momento actual toda o casi toda la ventaja es de los revolucionarios, ello se debe a
que sólo los revolucionarios se dan cuenta de que vivimos en estado de guerra. Por eso son ellos
los que pegan y los que hacen pegar. Los demás estamos atados por toda clase de
consideraciones morales y religiosas. No queremos matar, lo cual está muy bien, y no es
repugnante hasta pensarlo. Protestamos de todo asesinato, aunque la víctima sea el señor
Andrés. Pero si de la noche a la mañana caemos en la cuenta de que la guerra civil es un hecho,
todo el panorama habrá cambiado. Y entonces es probable que sean los neutrales de ahora los
que con más espíritu se organicen. Porque, al fin y al cabo, lo que se está jugando en esta
contienda son los destinos de las clases neutras. Cuando las guerras civiles eran políticas, lo que
en ellas se disputaba era la posesión del Poder Público, pero no la de los bienes privados. El
vencedor tendría el poder de imponer los tributos, pero los bienes particulares seguirían siendo
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de sus dueños. En una guerra civil de carácter social las cosas cambian. Si triunfan los
revolucionarios no habrá bienes privados. La clase neutra habrá desaparecido. (El Nuevo
Tradicionalismo, pág. 159.)

Atentados políticos.-Hace ya más de cuarenta años que viene España padeciendo atentados
políticos. ¿Qué más necesita para darse cuenta de que se está fomentando entre las gentes un
espíritu de rencor que tenía que producir, más pronto o más temprano, hechos sangrientos en
amplísima escala? En estos años últimos, especialmente.

no han cesado los delitos de sangre de carácter político o social. ¿Cómo podía figurarse nadie
que no había más gentes capaces de alzarse en armas que los autores de esos atentados? Ya
con los pistoleros conocidos puede encuadrarse un amplísimo movimiento sedicioso. Añádase
que no se trata de una revolución nacional, sino antinacional, y que puede contar con los
servicios de los revolucionarios internacionales. Ya han sido presos algunos de ellos. (El Nuevo
Tradicionalismo, página 167.)

Agitadores obreros.--... hay agitadores obreros que deliberadamente se oponen a que se


consoliden cuantas reformas redunden en mejora de las condiciones de vida de los trabajadores.
Temen que si mejoran de modo de vivir se acomoden al relativo bienestar que disfruten y
renuncien con ello a sus esperanzas de revolución social. Por eso es frecuente la táctica de
excitar a los obreros a no contentarse nunca con las mejoras que disfruten, a pedir siempre más,
hasta que sus peticiones sean incompatibles con las exigencias de la industria, con lo que se
obliga a los patronos a ser intransigentes, con cuya intransigencia pierden los obreros las batallas
que libran. (El Nuevo Tradicionalismo, pág. 245.)

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Economía
Vida financiera de España.-La vida financiera de España está ligada a la del mundo, entre
otras razones, porque son los ahorros de los españoles de América los que nivelan nuestra
balanza económica. Se venden a buenos precios en los Estados Unidos los azúcares de Cuba, y
prospera medio millón de españoles. Suben los pedidos del trigo, de la carne y de la lana
argentinos en Londres, y mejora la posición de otros tantos compatriotas nuestros. Y casi tanto
como los españoles de América se enlazan los de la propia España a los intereses del resto del
mundo. La desvalorización de los marcos ha representado para nosotros una catástrofe tan
grande como una guerra. La de los francos está originando general angustia. La situación de la
misma Banca española aparece solidarizada con la de las finanzas internacionales. (Sentido
reverencia!, pág. 121.)

Patriotismo económico.-... también necesitamos patriotismo, y especialmente patriotismo


económico. Origínase, en buena parte, la cuestión de que un buen número de españoles que
poseen divisas extranjeras no las quieren cambiar por pesetas. Ello empezó a ocurrir ya en 1928,
tan pronto como el general Primo de Rivera habló de retirarse y no se sabía cómo se le podría
sustituir. Y actualmente es la agitación republicana y comunista la que hace que se sostenga la
desconfianza respecto del porvenir. (Sentido reverencial, pág. 193.)

No me sorprenderá tampoco que sea cierto lo que se dice de altos personajes puestos al
servicio de la Banca judía que actualmente parece tener declarada la guerra a la peseta. En
menor escala vemos a algunos aristócratas disputarse las representaciones de las marcas
extranjeras de automóviles, cuya importación no contribuirá ciertamente a mejorar las
cotizaciones. Es necesario añadir que estas gentes no tienen el menor inconveniente en gastarse
su dinero en países extranjeros y aún hablan de sus viajes con orgullo, como si pudiera ser
diferente a España que las rentas de nuestras pobres tierras no sirvieran sino para la mayor
prosperidad de otros países, en donde se cree, por el contrario, que gastar en país extraño un
dinero que se puede gastar en el propio es punto menos que imperdonable delito. Esto hay que
corregirlo. Hay que crear entre nosotros el patriotismo económico. No basta con derramar la
sangre por la patria en la hora de peligro. Hay que preferir el comercio, la industria, los
ferrocarriles, los balnearios nacionales a los extranjeros. Sólo que ello supone profunda
transformación en los espíritus... Tan profunda, que no la creo posible, como no surja algún
movimiento nacionalista que vaya poco a poco ganando la conciencia española. Y no sé todavía
si hay muchas probabilidades de que este movimiento se difunda. (Sentido reverencial, pág. 194.)

Educación.-Quizá sepa el lector que ando ocupado hace dos años en cantar las excelencias
del bachillerato clásico, es decir, de una segunda enseñanza formativa, más que informativa, a
base de latín, griego y matemáticas. No se imagine que mi ideal consiste en producir literatos y
humanistas. Mi ideal consistiría, por el contrario, en multiplicar en los países de lengua española
los capitanes de industria, los agricultores modelo, los grandes banqueros, :os hombres de
negocio. (Sentido reverencia!, pág. 177.)

El lector se imaginará que la enseñanza clásica no tiene nada que ver con este orden de
actividades que desearía ver multiplicarse entre nosotros. Pero estoy convencido de que si
actualmente no se dedican entre nosotros a los negocios sino las personas que se han elevado
de la nada o las que no han conseguido abrirse camino en las profesiones liberales o en las
carreras del Estado, una de las causas es la relativa facilidad de los estudios. El día en que se
implante el bachillerato clásico y se obligue a cada candidato a la Universidad o a las carreras
superiores a pasarse ocho o nueve años en hacer temas y versiones de latín y de griego y en
encadenar teoremas matemáticos, se reducirá automáticamente la proporción de candidatos a
las profesiones liberales y empleos del Estado. No habrá tanta gente que quiera ser abogado el
día en que no se pueda llegar a la Facultad de Derecho sin una labor que sea tan ingrata y
pesada como la del muchacho que barre un comercio o escribe sobres en una oficina. Y los que
lleguen a la Universidad serán espíritus formados en las disciplinas clásicas, que por tener
hundido en ella las raíces de su alma alzarán el nivel de la vida espiritual de un pueblo y por estar
habituados a un trabajo intenso no sentirán tampoco la menor repugnancia en dedicarse al

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comercio, a la industria, a la agricultura o a la banca, porque ninguna de estas ocupaciones
exigirá más esfuerzos mayor disciplina que la que sus estudios la han costeado. (Sentido
reverencial, pág. 180.)

Salarios.-La verdad es que vivimos en un mundo tan vario, que en él se dan, desde los coolis
chinos, que trabajan jornadas de quince horas por jornales de cincuenta céntimos, hasta obreros-
burgueses, como los norteamericanos, que viven mejor que las clases medias en España, y aún
se permiten comprar las acciones de las Empresas donde se ocupan. Y lo típico de estas
diferencias es que donde los capitales se dan en abundancia, ganan altos salarios los obreros, y
donde hay escasez de capitales, los jornales son bajos. No hay que salir de España para
comprobarlo. Los salarios son más altos en Vizcaya que en Burgos; en Valencia que en Cuenca;
en Barcelona que en Teruel. (Con el Directorio, pág. 124.)

Lucha de clases.-Las tres ideas disolventes que están sacando al mundo de sus quicios son:
la lucha de clases, el nacionalismo y el racionalismo. Por la lucha de clases ha triunfado el
bolchevismo en Rusia y se han perturbado la industria y la paz en toda Europa. También en
España. Por el nacionalismo y por el imperialismo, que es su modo agresivo, se libró la Gran
Guerra, culminación de muchas guerras anteriores y cuita de otras venideras. También en
Cataluña y otras regiones nos encontramos con el nacionalismo. Por el racionalismo se
insubordina contra el imperio de la cultura la población de buena parte de Asia. También España
ha tenido y tiene que afrontarlo en Marruecos desde hace dieciocho años. Los tres son
movimientos de insolaridad social. Por ello se les puede considerar como brotes de un mismo
tronco, que sería el liberalismo. (Con el Directorio, página 174.)

Régimen económico.-La conclusión inevitable es que no importa el régimen económico, sino la


bondad o maldad de los hombres, que es todo lo contrario de lo que los socialistas han venido
diciendo y constituye su bandera. Dios me libre, sin embargo, de atribuir tan escasa importancia
al régimen económico o tan grande a la bondad o maldad de los individuos. En el caso de Rusia,
por ejemplo, creo en la buena fe de Lenin y sus compañeros. Si el socialismo ha fracasado, la
culpa no es de los hombres, sino de la idea. Pero si se quiere percibir mejor la fragilidad del
argumento, no hay sino pensar en la propia España. El libro del Conde de Romanones "Las
responsabilidades del antiguo régimen" contiene notables estadísticas comparativas de los
salarios anteriores a 1875 y los de 1922, de las que resulta que los obreros metalúrgicos ganaban
hace cincuenta años un jornal medio de 6,94 reales y han subido a 10 pesetas; los de textiles han
pasado de 7,63 reales a 7 pesetas... y en la misma proporción los demás oficios. ¿Atribuiremos
esta alza a la bondad de nuestros capitalistas? El Conde de Romanones la apunta en el haber
del antiguo régimen. Habrá socialistas y sindicalistas que sostengan que el aumento se debe a la
agitación obrera. La verdad es que lo ha originado el desarrollo del capitalismo... No es la bondad
o maldad de los individuos, sino el desarrollo del capitalismo, lo que eleva la condición de los
obreros. (Con el Directorio, pág. 183.)

Capitalismo.-Aunque Marx diga que al desarrollarse el capitalismo se aumentan la miseria y la


falta de trabajo de las clases obreras, la verdad, absolutamente opuesta, es que los salarios son
proporcionales a la cantidad de capitales y talentos que a la producción acuden y están en razón
inversa de la abundancia de la mano de obra. Esta es la fórmula de armonía, cuya exactitud hace
posible la solución de la cuestión social por un camino de unión patriótica. Con arreglo a esta
fórmula, que entraña una norma precisa e inflexible, podemos juzgar a los Gobiernos y a los
pueblos. ¿Qué ha hecho el Gobierno nuestro para aumentar los capitales y talentos que en la
producción se emplean y para disminuir la mano de obra en demanda de trabajo? (Con el
Directorio, pág. 316.)

Ahorro.-A mí me parece bien que ahorren los obreros, aunque sea, naturalmente, poco. Pero
la verdad es que no se me había ocurrido dirigirme a ellos. Soy un español de clase media que
escribe principalmente para españoles de clase media, entre otras razones, porque está
convencido de que son la sal y el porvenir de España. Entre las gentes de mi clase hay muchas
que, desgraciadamente, no pueden ahorrar. Otras, sí. Pero entre éstas hay almas generosas que
no le tienen miedo al porvenir y no se sienten inclinados a la economía. Para éstas especialmente
escribo. He sido una de ellas. He creído durante muchos años que el ahorro era cosa de
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cobardes. Como he llegado al convencimiento de que expresa la conciencia económica, función
esencial, a su vez, de la conciencia moral, me dirijo a los espíritus generosos, porque quisiera
que ellos fuesen, y no los usureros, los amos de la Bolsa. Mantengo que la persona que no
ahorra, pudiendo hacerlo, no es totalmente buena. No hablo de los santos que gastan su
sobrante en obras de filantropía, sino de las gentes que lo dedican a superfluidades, acaso
creyendo hacer un bien. Y creo que con ello tengo sobrado derecho a que no se me sume a los
que predican el ahorro por motivos meramente utilitarios. Lo que yo digo es que en el dinero hay
algo más que los placeres, comodidades y seguridad que procura. Los que no vean en el dinero
el lado que yo llamo reverencia], no han acabado de penetrar su misterio. (Sentido reverencial,
pág. 49.)

Hay que aplicar el ahorro al trabajo. Darle al derroche ajeno equivale socialmente a
derrocharlo uno mismo. Por eso los españoles que invierten sus ahorros y ganancias en comprar
la maquinaria que para el mejoramiento de la industria requiere, los que lo emplean en alumbrar
aguas para su heredar o en plantar árboles para su baldío, pueden estar seguros de que no
solamente siguen el dictamen de sus intereses, sino que son al mismo tiempo brazos de Dios en
la tierra. Y si supieran organizarse para impedir los derroches de los pródigos, sean individuos o
Gobiernos, sentirían henchírseles el pecho con la confianza heorica que llena actualmente a los
banqueros que, por servir las leyes de la economía, están salvando a la Humanidad, en lo
posible, de las consecuencias de su reblandecimiento y sus locuras. (Sentido reverencial, pág.
156.)

Obreros y patronos.-... me decía un patrono alemán establecido entre nosotros, que los
obreros españoles eran tan inteligentes como cualesquiera, y dispuestos al mayor sacrificio por
entusiasmo hacia la obra, o por amistad hacia el patrono, pero (algún pero habían de tener) faltos
de "concienciosidad" cuando no trabajaban por gusto o por cariño. Una de las cosas más
desesperantes que le pueden ocurrir a un vecino de Madrid que haya vivido en otras tierras es
mandar a componer un aparato algo delicado: gramófono, máquina de escribir, automóvil o reloj.
Si los que van a componerlo le dan una fecha, no se la cumplirán; lo probable es que no tengan
sino ideas vagas sobre el coste de la reparación, y es muy posible que después de la compostura
se encuentre el instrumento peor que antes. be me dirá que la culpa no será tacto del obrero
como del patrono. No lo niego. Pero fíjese el lector que este tipo de patrono es medio obrero,
medio capitalista, medio trabajador. De estos hombres han surgido las nuevas industrias en todos
los países. Son los hombres de ideas, por ser maestros de los antiguos gremios. De sus
aprendices y oficiales saldrán también los mejores capataces de las grandes fábricas. Son los
hombres que comprenden y manejan la totalidad del producto. (Sentido reverencial, pág. 44.)

El oficio como vocación.-Se dirá que las nieblas germánicas son amigas de las confusiones.
Pero de esta confusión ha surgido la industria moderna. De que el oficio de un hombre sea
tenido, al mismo tiempo, como su vocación, como su misión, como su tarea espiritual, es de
donde ha brotado la "concienciosidad" en el trabajo. Allá donde los hombres fueron persuadidos
de que su oficio o profesión era también, y al mismo tiempo, su vocación y tarea espiritual, las
gentes se pusieron a trabajar con tanto ahínco y con tales escrúpulos que sus industrias
dominaron el mundo. En cambio, en aquellos otros pueblos de cerebros claros que no quisieron
confundir la ocupación con la misión del alma, las industrias decayeron, porque los hombres no
se dedicaban a ellas sino para ganarse la vida y obligados por la necesidad. Allá donde la palabra
oficio significa al mismo tiempo vocación, los hombres trabajaron como si de su faena dependiese
la salvación de su alma. Acá, donde la vocación era una cosa y el oficio otra, los hombres no se
afanaron sino meramente por ganarse la vida. Los pueblos de la confusión prosperaron. Los de la
claridad, en cambio, quedaron rezagados. (Sentido reverencia!, pág. 47.)

Campo español. -Cuando se recorren las tierras de España, como en estos días las estoy
recorriendo, lo que más sorprende es la inmensidad de sus potencialidades. Hay unas cuantas
zonas actualizadas donde el esfuerzo humano se concentra. Hay todavía, desgraciadamente
para nosotros, afortunadamente para nuestros hijos, vastas regiones que no son fatalmente
improductivas, que aguardan todavía la mano fertilizadora, en los más de los casos porque las
obras de irrigación o de replantío que serían precisas para hacerlas valer no son realizables por
el individuo aislado. Hace falta, en otras palabras, poner en el campo grandes capitales, antes de
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explotarlos provechosamente, y aunque algo se ha hecho, y más se irá haciendo en este sentido,
lo que ello significa es que hace falta encontrar la manera de cambiar el rumbo que ha seguido
hasta ahora en estos siglos la corriente de los capitales, porque lo normal es que se inviertan en
empresas de engrandecimiento de Estados y ciudades, antes que en los campos, cuando no se
disipan inútilmente en grandes conflagraciones o en artículos y servicios de lujo. Y todavía es
muy probable que sea mucho más abundante el dinero de los campesinos que por medio de los
Bancos y las Cajas de Ahorro se invierta en empresas urbanas, que el de los ciudadanos que
vaya a los campos en busca de intereses. (Con el Directorio, pág. 328.)

Pero si en Francia el problema no es grave, en España lo es. Las tierras de secano no se


prestan a los parcelamientos. No tenemos tampoco las reservas de riqueza de Inglaterra. Aquí
hemos de hacer frente a la revolución social, porque no podemos soslayarla con dádivas. Buena
parte de nuestro pueblo no está todavía contaminado por las ideas revolucionarias, pero puede
contaminarse. Más aún, se contaminará seguramente si dejamos que la escuela siga pasando a
manos de revolucionarios y si consentimos que el Parlamento sirva de plataforma a la revolución.
(El Nuevo Tradicionalismo, pág. 293.)

Hace un cuarto de siglo que no vive en España otro ideal que el de la cultura, y la cultura es
también cultivo de los campos y aprovechamiento de las aguas. En esta provincia y en la otra,
donde se ha podido, como se ha podido, el ideal se ha realizado, en general, con éxito y general
satisfacción. Hay regiones enteras, como las regadas por el Canal de Aragón y Cataluña, que
parecen haber surgido a nueva vida. No hay provincia donde se haya realizado una obra
hidráulica que se canse de cantar sus beneficios. El ideal de la cultura ha justificado con sus
obras que sus promesas no eran vanas. (Sentido reverencial, pág. 140.)

Dinero.-Hay quien cree entre nosotros que el dinero sirve para fundar conventos; quien lo
requiere para la Hacienda pública, quien lo desea para dorar cuarteles de nobleza, y sobre todo,
quien lo busca para procurarse comodidades y placeres. Los hombres que no tenemos, pero que
hacen falta, son los que consideran la economía como de todos los pueblos hispánicos, consiste
precisamente en carecer de este concepto, al que vengo llamando sentido reverencia¡ del dinero.
Miramos el dinero como algo natural: "Contingit ex causis naturalibus", decía Santo Tomás. No
conseguimos verlo como espíritu. (Sentido reverencia!, pág. 34.)

Si yo me limitase a decir que el dinero debe emplearse bien, no haría sino repetir el consejo
que se viene dando a los hombres desde que el mundo es mundo, y que será preciso seguir
dándole hasta el fin de los tiempos. Pero lo que yo digo al hombre que ha podido reunir algún
dinero es que si se dedica a multiplicarlo hará tanto o más bien que si lo gasta en caridades. Y
esto es lo que no es tan obvio ni fácil de entender, aunque sea absolutamente verdadero. Hay
además, en nuestra Patria, cierta dificultad para entenderlo, que procede de que somos uno de
los pueblos donde es más reciente el hábito capitalizador, y donde, por ser reciente, no ha creado
aún su ideario ni sus sentimientos. Lo normal entre nosotros es que se dé al dinero empleos
predatorios, que se le ocupe en préstamos usurarios, o que se le dedique meramente a cubrir los
déficit del Tesoro público. Pero de esa manera no se multiplica el dinero. Lo único que puede
hacer es cambiar de manos. (Sentido reverencial, pág. 62.)

Necesitamos invertir muchos miles de millones de pesetas para aprovechar en riegos y


energía toda el agua susceptible de aprovechamiento que cae en España, que es bastante, con
aparecernos tan escasa en algunos veranos. Necesitamos centenares de millones para quemar
en las minas nuestros lignitos pobres y transportar la energía donde se utilice. Para que el tractor
sustituya al arado, necesitamos también muchos millones. Estas obras no se realizan
inmediatamente porque carecemos de capitales. Pero los capitales existentes, a su vez, no
podrán multiplicarse sino dedicándose a estas labores. Entonces habremos quintuplicado
nuestros regadíos, lo que equivale a triplicar o cuadruplicar nuestra riqueza agrícola, aparte de
que habremos encontrado la manera de duplicar la producción de los secanos. No podrá
enriquecerse en esa proporción nuestra agricultura sin que la industria se desarrolle a la par, y
aun antes, porque el desarrollo de la agricultura será hijo de ciertas obras industriales previas. Y
estas obras exigirán el empleo de varios cientos de miles de obreros. A medida que empiecen a
recogerse sus resultados, en la multiplicación de las cosechas, habrá empezado a adquirir el
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trabajo un valor desconocido entre nosotros. En estos años, por el sólo hecho de iniciarse la
acción capitalista, hemos pasado de un régimen de salarios bajos a otro de salarios regulares.
Pero la intensificación del capitalismo nos hará convertirnos en país de salarios elevados. Hace
tiempo que se viene diciendo que la cuestión social quedará resuelta el día en que, en vez de
disputarse dos obreros un empleo, se disputen dos industriales o dos agricultores el mismo
obrero. Esto es lo que ha acontecido ya en los Estados Unidos. Es el resultado inevitable de la
multiplicación del capital. Y por ello el dinero merece reverencia. (Sentido reverencial, pág. 63.)

El dinero ha de invertirse de tal modo que no sólo ha de dar de comer a otras personas con su
inversión, sino que la cosa en que se invierte ha de ser, a su vez, fuente de riqueza. A eso llamo
sentido reverencia¡ del dinero. Cuando la cosa en que se invierta es pan o capital industrial, no
sólo se da de comer al panadero y a los obreros al emplearlo para construir la fábrica, sino que el
pan sirve para que alguien viva y la fábrica para producir riqueza nueva. Pero un artículo de lujo
no produce riqueza. Por eso es antisocial el empleo del dinero en suntuosidades. Un error
económico ha hecho que los obreros se declaren en guerra contra el capital invertido en la
industria, que es su amigo, su aliado natural. En cambio, antes parecen admirar que odiar la
inversión suicida del capital en lujo. ¡Qué duda cabe, sin embargo, de que España sería el pueblo
más rico de la tierra si hubiese invertido en la explotación de sus recursos naturales el dinero que
los galeones de América trajeron, en vez de derrocharlo en los lujos increíbles de aquellas
grandes casas, que contaban por docenas de miles sus platos de plata! Sólo cuando las masas
obreras dirijan su amenaza a Monte-Carlo, en vez de contemplarlo desde lejos con miradas
admirativas, se podrá creer que están en buen camino. (Sentido reverencial, pág. 111.)

Lo que he dicho es que el sentido francés del dinero, como el español y el de todos los
pueblos, salvo Holanda, Inglaterra y los Estados Unidos, que son precisamente los únicos países
acreedores del resto del mundo, es un sentido puramente utilitario. Y lo que afirmo es que el
concepto utilitario del dinero es engañoso. No distingue entre el que se hace enriqueciendo a los
demás y el que se acumula empobreciendo a otras gentes. Su divisa es: "Non olit". Cree legítimo
dedicarlo a casas de juego y de placer, porque busca ciego el mayor lucro, sin reparar en medios,
aunque se arruine el país donde se emplee, y el resultado de esta amoralidad es que se invierte
en empréstitos a gobiernos, como los antiguos de Rusia, Turquía o Méjico, que, por estar
corrompidos, se hallan en vísperas de revolución y bancarrota. (Sentido reverencial, pág. 51.)

En cambio, los pueblos que poseen, con mayor o menor claridad, el sentido reverencial del
dinero, procuran no emplearlo sino en los que llama míster Goolidge "empréstitos reproductivos",
que no son los que producen más interés al prestamista, sino al deudor, que no es lo mismo, y
como el dinero así prestado se emplea en fomentar la producción de más riqueza, el resultado de
su inversión es que se multiplica la demanda de trabajo, con lo que aumentan los salarios, aparte
de que la honrilla del industrial consiste en pagar a sus obreros todo lo que más pueda, lo que
permite a éste convertirse en capitalista, con lo que se resuelve y desaparece la cuestión social,
sin necesidad de reformas sociales, ni de seguros obreros, ni de intervención del Estado, ni del
Estado apenas, salvo como custodio de la Ley. (Sentido reverencial, pág. 52.)

No me contento para los pueblos de mi lengua con un sentido indirecto de la bondad del
dinero. Los creo demasiado perspicaces para no descubrir las contradicciones en que se mueve
el espíritu de lengua inglesa. Quiero las cosas claras y francas. Sin dinero, mejor dicho, sin poder,
no hay bondad efectiva, sino meramente buena voluntad o buenas intenciones. Y no basta con
reconocer la necesidad instrumental del dinero. Con ello no hemos adelantado gran cosa, porque
degradamos el mismo valor que reconocemos y al degradarlo se nos escapa de entre los dedos.
Para llegar a ser los dueños del dinero, hay que dedicarle nuestros mejores hombres y lo mejor
de nuestro espíritu, lo que no conseguimos si no lo dignificamos hasta considerarlo como uno de
los valores finales, y no meramente instrumentales. Ello se logra sin violencia de nuestros
sentimientos, ni contradicción de nuestros conceptos, con una filosofía que considere el bien no
como valor simple, sino como el complejo del poder, el saber y el amor. Por eso la propongo, al
cabo de una meditación de veintiocho años sobre la superioridad de los anglosajones. Ya se que
no es fácil de comprender, sobre todo por un pueblo que desde hace tres centurias tiene
paralizado el pensamiento. La capacidad de incomprensión de los intelectuales españoles suele
ser infinita. Hasta se enorgullecen de no haber entendido. Y no lo digo enteramente en su
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censura. Peor sería que fuesen diletantes. La resistencia a las ideas suele ser su sostén,
después de que se imponen. Pero con que pusieran en comprender un poco del orgullo que
sienten en no hacerlo, se les haría tan evidente como la luz misma que un pueblo que llega a
creer que el dinero es bueno, ha de superar en riqueza, en inventiva, en laboriosidad, en
comodidades y en eficacia a otro que lo crea útil. He ahí una idea que no es sencilla, porque sólo
se penetra de lo que significa el sentido reverencial del dinero el espíritu que haya pasado buena
parte de su vida comparando pueblos que lo poseen con los que no lo tienen. (Sentido
reverencial, pág. 58.)

Hubo en España un tiempo en que sólo los pillos o los tontos se ocupaban de asuntos
económicos. De Jovellanos a nuestros días se puede ir siguiendo el creciente interés de nuestras
mentes próceres por las cuestiones crematísticas. El año 1898 dimos un salto en el camino.
Hasta entonces habíamos creído que lo esencial para el Poder era el desprecio de la vida. En
aquel año tuvimos que aprender que sin la riqueza no hay poder. No digo que ya sepamos la
lección, porque hay cosas que nunca se acaban de aprender y porque una larga tradición de
horror a la economía, como si fuera un pecado de judíos y moriscos, no se borra ni con un año de
desastre; pero parece que fue entonces cuando empezamos a pensar con sencillez e ingenuidad
que "poderoso caballero es don dinero", en vez de decirlo con la ironía y el resentimiento que
ponía Quevedo en esa frase, como si el hecho de que el dinero sea poderoso significase alguna
subversión catastrófica de las leyes del cielo y de la tierra. Aún, quedan ciertamente, muchos
españoles que consideran la economía y el Poder mismo como meros medios para fines
superiores, y que dicen, como Rodó, que "sin el brazo que nivela y constituye, no tendría paz el
que sirve de apoyo a la noble frente que piensa". La verdad es que para nivelar y construir no
basta el brazo, sino que se requiere el pensamiento. El dinero no se hace meramente con los
músculos, sino con las neuronas. Pero no faltan otros españoles que lo adviertan, y ésta es la
razón de que los aristócratas no se avergüencen ya de cuidar de sus olivares o de sus vinos. Y
los que por estos cuidados se han enriquecido, pueden repetir la letrilla: "Dinero son calidad;
verdad", con un sentido muy distinto del que don Luis de Góngora le daba. Pero en este camino
de perfección nos falta aún por dar el paso decisivo. Sabemos que el dinero es apetecible, y
hasta hemos llegado a sospechar que su adquisición puede ser signo de talento. El paso decisivo
consistirá en considerarlo como probable signo de virtud. (Sentido reverencial, pág. 162.)

Trabajo.-Porque así como hay dos maneras de considerar el dinero: la cínica y la reverencial,
también hay dos maneras de ver el trabajo: la natural y la puritana. La natural es la nuestra y la
de casi todos los pueblos de la tierra, excepto los más ricos. La puritana es la de Ginebra,
Holanda, el Imperio británico y los Estados Unidos. Lo natural es no ver en el trabajo sino el
medio de ganarse la vida. En este concepto desaparece la disputa de derechas e izquierdas,
porque unas y otras asienten a la idea de Santo Tomás de Aquino cuando decía que el trabajo y
la variedad de oficios tienen por origen la providencia divina, pero que las diversas inclinaciones
de los hombres a los oficios diversos proceden de causa natural y son accidentales. El
puritanismo, en cambio, ha creado un concepto original y propio del trabajo. No lo considera
meramente como un medio de ganarse la vida, sino como el medio ascético por excelencia, más
obligatorio para el rico que para el pobre. No hay otro modo de alejar las tentaciones que la
riqueza brinda. (Servicio reverencial, pág. 262.)

Iniciativa privada.-... lo que habría que preguntar es si conviene más al país que el dinero esté
en manos de los particulares o que se lo trague la sima sin fondo del Estado. En manos de los
particulares ha de servir, generalmente, para crear riqueza nueva, aplicado a la producción,
aunque también los particulares pueden malgastarlo en artículos o servicios de lujo. En manos
del Estado no suele servir sino para multiplicar las oficinas o los empleos públicos, con lo que se
sustraen al trabajo útil a los funcionarios que los desempeñan. Verdad que hay algunas veces en
que el Estado realiza trabajos que contribuyen más al fomento general de la riqueza que las
empresas particulares, como cuando hace obras de irrigación o de saneamientos, que no suelen
ser provechosas al capital privado y que, sin embargo, alumbran importantes fuentes de riqueza o
acaban con importantes medios de destrucción. En general, empero, la iniciativa privada es
creadora, mientras que el Estado es económicamente parasitario. La verdadera razón de que los
Estados Unidos sean más ricos que los pueblos de Europa ha de encontrarse en que en aquéllos
han solido ser menores los tributos, con lo que se ha dispuesto, para el fomento de la agricultura
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y de la industria, de capitales que en Europa consumen baldíamente los Gobiernos. (Sentido
reverencial, página 170.)

La economía como fin.-Hablo yo de la necesidad de un cambio espiritual de nuestra


sensibilidad económica, no porque no crea en la eficacia de los medios políticos para que
mejoren sus tesoros los pueblos hispanoamericanos, sino porque, aun creyendo en la eficacia de
estos medios políticos, hay que reconocer que hoy por hoy no podemos ponernos frente a frente
de los norteamericanos. Esto, indudablemente, no se puede hacer por ahora, pero, en cambio, es
de esperar que si se sigue un buen rumbo algún día podamos competir con ellos; y digo algún
día, porque el siglo actual es de los Estados Unidos, y eso no lo podemos evitar de ninguna
manera. Pero lo que podemos hacer nosotros en el actual siglo es preparar nuestro espíritu,
nuestra educación y nuestro modo de ser para recoger el día de mañana la herencia de un
pueblo en que los pensadores ven claros los estigmas de la decadencia, lo mismo en el
abandono de los campos que en la disolución de las familias. Pero, ¿podemos cambiar? ¿Es
posible pasar de un concepto de la economía a otro completamente distinto? ¿Es posible que
nosotros que miramos la economía como un medio pasemos a mirarla como un fin? ¿Es posible
esto? Yo no lo sé. Pero mientras nosotros pensemos que la economía es un medio y haya otros
pueblos que tengan la creencia de que es un fin no estaremos en condiciones de competir con
ellos. Mientras nosotros creamos que la economía es un medio no daremos a ella más que a
nuestros hombres mediocres; por el contrario, los que crean que la economía es un fin darán los
hombres de más capacidad a la vida económica. (Sentido reverencia!, pág. 220.)

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Figuras literarias hispánicas
Figuras literarias hispánicas.-En el Olimpo de la imaginación, Don Quijote, Don Juan y
Celestina no sólo se destacan como las figuras más firmes que ha engendrado la fantasía
hispánica, sino que no las ha producido más claras y famosas literatura alguna; porque en
diciendo de un hombre que es un Quijote o un Don Juan, ya se sabe lo que es, y cuando a una
mujer se la llama Celestina, no hay necesidad de escribirlo con mayúscula, porque no se trata
meramente de un carácter., sino de una profesión, a la que Platón llamaba "poderosa para hacer
a las ciudades amigas y negociar matrimonios convenientes", y de la que Cervantes aseguraba,
para los que pongan su grano de sal al entenderlo, "que es oficio de discretos y necesarísimo en
la república bien ordenada". (Don Quijote, pág. 11 .)

Mitos literarios.-España ha producido tres de los cinco grandes mitos literarios del mundo
moderno: Don Quijote, Don Juan y la Celestina. Los otros dos son Hamlet y Fausto. El hecho es
que habiendo producido los españoles la mayoría de los grandes mitos literarios modernos,
deberíamos saber mejor en qué consisten y cómo se producen. De no haber vivido pendientes de
los últimos libros extranjeros, habríamos advertido que estas grandes creaciones del espíritu
humano se parecen todas ellas en una cosa: en que no son tipos de la realidad, aunque
infinitamente más claros y transparentes que los reales como lo prueba el hecho de que
conocemos mejor a un Don Quijote que a nuestros familiares y a nosotros mismos. No son seres
reales, pero sí las ideas platónicas, si vale la palabra, de los seres reales. Don Quijote es el
poder; Don Juan, el amor; la Celestina, el saber; pero, aparte de mostrársenos como la
personificación de estas ideas, se supone que, por lo demás, son personajes humanos, que se
mueven y viven y mueren en el mundo de la realidad, porque sólo la realidad cotidiana del mundo
puede dar el necesario realce a estos grandes fantasmas literarios. .(Hispanidad, pág. 205.)

Don Quijote.-Por acometer esta aventura, Don Quijote, que después de haberse metido a
caballero andante "es valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando,
paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos", aunque monomaníaco, cae víctima del
mozo de mulas, que le apalea, de los molinos de viento, que le ensartan en su giro, de los
yangüesos, que le maltratan, de los galeotes, que le desarman, de las maritornes, que le cuelgan,
de los cuadrilleros, que le enjaulan, del cabrero, que le golpea, y del Ama y de la sobrina, y el
Cura, y el Barbero y el Bachiller, y los Duques, que le burlan y escarnecen en todo el curso del
libro, con crueldad que hace reír a los niños y llorar a los hombres generosos, hasta que el pobre
Don Quijote renuncia a su sueño, se recluye en su casa, reniega de la caballería andante,
concibe el propósito de trocarse en pastor, cuando se encuentra vencido y humillado en
Barcelona, y sólo gana la estimación de sus convecinos al recobrar el juicio, para morirse de
melancolía. "En los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño", dice poco antes de hacer su
testamento. (Don Quijote, pág. 23.)

Cuando Cervantes concibe el Quijote, no sólo está cansado y desilusionado, sino fracasado y
desmoralizado. Y como las fuerzas humanas tienen límite, es inevitable que al escribir su obra
anhelase una vida de descanso, como máximo anhelo, y que su corazón dictase a sus
invenciones y a sus palabras esa profunda e irresistible ansia de reposo que el lector cándido
percibe en cada una de las páginas del Quijote. ¿Con qué podía soñar después de su vida
aporreada aquel melancólico Cervantes, viejo, pobre, tullido, enfermo, fracasado,
desesperanzado, sino con descansar? Cuando se piensa en la vida de Cervantes es cuando
mejor se siente el Quijote, que no es, por otra parte, ningún libro esotérico. Sólo de cuando en
cuando alude en su obra a las cosas y personas de su tiempo; pero el recuerdo de la propia vida,
de sus ambiciones, de sus sueños y de sus desventuras tiñe todas las páginas del libro. Y Don
Quijote es el mismo Cervantes, desposeído de circunstancias baladíes, pero abstracto,
idealizado, elevándose por encima del tiempo y del espacio hasta tocar en el corazón de cuantos
hombres han puesto sus sueños más arriba que sus medios de realizarlo. (Don Quijote, pág. 40.)

Don Quijote, libro del desencanto español.-Por ser el Quijote el libro del desencanto español,
las mejores páginas que se le han dedicado las compusieron extranjeros que también soñaron
con una vida de acción, pero que se decidieron, al fin, a vivir tranquilos en sus casas; románticos

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desengañados, que soñaron mucho, pero que no realizaron gran cosa. Turgueneff, el ruso,
concibió al leerlo el pensamiento de dividir los caracteres idealistas en dos clases que
personificaban en Don Quijote v en Hamlet; llamó quijotescos a los hombres cuyos ideales los
empujaban al sacrificio, y hamletianos a aquellos otros en quienes los ideales se resuelven en
dudas. (Don Quijote, página 56.)

Don Quijote (Simbolismo de).--Lo que habría que esclarecer ahora es si Don Quijote simboliza
a la España de principios del siglo XVII. Solo que esto no podemos preguntárselo a Cervantes.
Es la posteridad quien por él tendrá que decidirlo. El simbolismo del Quijote puede ser,
inconsciente. No es en la cabeza de un artista, sino en su corazón, tal como la fantasía nos lo
revela, donde hemos de buscar el sentido de la época en que vive. Me parece probable que
muriese Cervantes fiel a su culto de: Felipe, señor nuestro -Segundo en nombre y hombre sin
segundo--, Columna de la fe segura y fuerte, como dice en el segundo de los poemas que le
sugirió la pérdida de la Invencible, aunque no es probable que el tercer Felipe le inspirase los
mismos entusiasmos que el hijo de Carlos V. Creo inverosímil que si Cervantes resucitase se
indignaría contra los que leemos en su ingenioso hidalgo el símbolo de la monarquía católica de
España, divina caballería en lucha contra el tiempo y contra el mundo, para imponerle la fe en un
ideal pasado. (Don Quijote, pág. 24.)

Don Quijote, símbolo de la filosofía nacional.-Del Quijote se desprende una filosofía moral muy
concreta: la filosofía que ha llegado a convertirse en máxima universal de nuestra alma española.
No nos metamos en libros de caballerías. No seamos Quijotes. El que se mete a Redentor sale
crucificado.

El Quijote se ha traducido a todos los idiomas literarios del mundo, pero se me figura que sólo
en los pueblos españoles se ha leído por la casi totalidad de las personas que saben leer. En
otros países, por añadidura, se ha gozado como una obra entretenida y algo exótica. Los
españoles, en cambio, lo hemos pensado como el libro de nuestra filosofía nacional. (Don
Quijote, pág. 57.)

El señor Unamuno había aceptado sin crítica el dicho de "Somos unos Quijotes" con que
solemos consolarnos los españoles de nuestras desventuras. Ello me hizo reparar en el imperio
que ejerce sobre nuestro espíritu popular la filosofía del Quijote. Que no h2y que ser Quijotes,
que no hay que meterse en libros de caballerías, que al que se mete a redentor lo crucifican, son
máximas que la sabiduría popular española no deja apartar nunca de los labios y que contribuyen
poderosamente a formar la sustancia del ambiente espiritual en que los españoles nos criamos.
Un estudio del Quijote y de Cervantes y su tiempo muestra que no son arbitrariedades las
enseñanzas que saca el pueblo del libro nacional; primero, porque la lectura del Quijote nos
consuela de nuestros desconsuelos limpiándonos la cabeza de ilusiones; segundo, porque esto
fue también lo que Cervantes se propuso al escribirlo: consolarse y reírse de sus desventuras,
que creyó se engendraron en excesivas ilusiones, y tercero, porque la España de aquel
momento, también fatigada a consecuencia de la labor heroica, abnegada y excesiva de todo el
siglo precedente, halló en el Quijote la sugestión que necesitaba para acomodarse a la cura de
descanso que requerían su ánimo y su cuerpo. (Don Quijote, pág. 64.)

Don Quijote y el valor.-El hombre no puede tener otro valor que el instrumental. Su valor no
está en su ser, sino en su hacer. Nadie es más que otro si no hace más que otro, dice en alguna
parte Don Quijote. Esta consideración de sí mismo como mero instrumento es el gran sacrificio
que exige la doctrina de la primacía de las cosas a la vanidad y al orgullo del hombre. (La crisis
del Humanismo, pág. 278.)

Don Quijote y el altruismo.-Pero hay también altruistas y filántropos cándidos que se imaginan
poder alcanzar la felicidad por una vida de abnegación, en la que se olviden de si mismos, para
consagrarse al servicio de los demás. Para estas gentes escribió Cervantes Don Quijote. Don
Quijote no encuentra la felicidad en su intento de rendir al mundo, sino la melancolía y la
desilusión. Su lanza generosa se rompe en la piel dura del egoísmo humano; y en el momento de
morir, Don Quijote vuelve los ojos al cielo; las Islas de la Felicidad no están en este mundo. Sir

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Willoughby Patterne no encuentra la felicidad en servirse a sí mismo. Tampoco la encuentra Don
Quijote en servir a los demás. (La crisis del Humanismo, pág. 148.)

Don Quijote gaucho.-Don Quijote es el término de la epopeya nacional del siglo XVI, el
desencanto que sigue al sobreesfuerzo y al exceso de ideal, pero también la iniciación de un
mandamiento nuevo: "¡No seas Quijote!", a veces prudente, a veces matador de entusiasmos,
como losa de plomo que nos colgáramos al cuello. Con lo que indico que también el Quijote está
por rehacer. En la Argentina se ha rehecho dos veces, y ambas con éxito. La primera en el Martín
Fierro, de Hernández, hace ya más de medio siglo. La última y aún reciente en Don Segundo
Sombra, de Güiraldes. Se trata en ambos casos de un Don Quijote gaucho y de las figuras
literarias de más envergadura que han navegado por aguas de América. Aunque sea
literariamente la Argentina el más afrancesado de los pueblos hispánicos, ha tenido que
inspirarse en la tradición española, que es la suya, para crear sus tipos máximos. Y lo mismo
ciertamente ocurrió a España, porque en pleno romanticismo tuvo Zorrilla el pensamiento de
renovar la figura de Don Juan, que ya llevaba más de dos siglos en la escena; y nadie negará
que su Tenorio constituye el fantasma de más luz que en el curso del siglo XIX han producido las
letras españolas. (Hispanidad, pág. 207.)

Don Juan.-Don Juan es el espolón de un barco que al hendir nuestro pecho separa a un lado
nuestro deseo y deja al otro nuestro deber. Es el mal, porque mata y deshonra; mas por gusto no
preferirá nadie ser víctima a verdugo, carne a cuchillo, sin confesar que se halla enfermo. El
hombre sano codicia intensamente a la mujer hermosa, y quiere, al mismo tiempo, mantener su
independencia espiritual respecto de ella, y como no se da cuenta, sino cuando viejo, de que
estos deseos son incompatibles, admira a Don Juan, no tan sólo por la energía inagotable, sino
porque tiene el valor de desprenderse de las mujeres en cuanto las conquista, y antes de que le
apresen, y también porque despacha de una estocada al hombre que se le cruza en el camino,
en vez de odiarlo y envenenarse el alma con el odio. Don Juan es el mal, porque es el capricho
ansoluto y una ley para sí mismo. Pero no hay nada tan feliz como la omnipotencia del capricho.
¿Por qué no hemos de ser el mal si esto es lo que nos gusta? ¿Por qué seguir respetando
prohibiciones que nosotros no establecimos? ¿Quién las estableció? ¿No es el mal un
espantapájaros inventado por las autoridades para mantener la común de los hombres tranquilos
y sujetos? Si las palabras malo y bueno carecen de realidad objetiva, si su significación depende
exclusivamente de las clases sociales que ocupan el Poder, si la totalidad del universo es
indiferente al bien y al mal, si no hay un Dios en los cielos y Don Juan nos gusta, Don Juantiene
razón. (España y Europa, pág. 68.)

Tenemos que elegir entre la intuición que nos dice que Don Juan es el mal, porque su vida es
una ofensa contra el espíritu de servicio social, de castidad, de veracidad, de lealtad; y el impulso
que nos lleva al donjuanismo, por las pasiones que hay en cada uno de nosotros, fauces abiertas
que necesitan hacer presa. De una parte, el deber absoluto; de la otra, el capricho absoluto. La
decisión es aventura. No hay seguridad en parte alguna. Pero si nos decidimos por el deber y
contra el capricho, la historia surgirá en apoyo nuestro para evidenciarnos que Don Juan luchaba
contra el mundo, y que nosotros, al combatirle, nos hemos abrazado al universo. (España y
Europa, página 70.)

Don Juan o el Poder.-Pero Don Juan es, ante todo, una energía bruta, instintiva, petulante,
pero inagotable, triunfal y arrolladora; es, como dice Said Armesto, "el símbolo de aquella España
inquieta, caballeril y andariega, que tenía por fueros sus bríos y por pragmática su voluntad"; es el
instinto sobre la ley, la fuerza sobre la autoridad, el capricho sobre la razón; es, según la frase de
Ganivet, la personificación de aquellos hidalgos cuyo ideal jurídico se reduciría a "llevar en el
bolsillo una carta foral con un solo artículo... ; este español está autorizado para hacer lo que le
dé la gana". Y en este sentido, la visión de Don Juan realiza imaginativamente el sueño íntimo, no
sólo del pueblo español, sino de todos los pueblos, porque lo que verdaderamente desean los
hombres, más que los tesoros de la gruta de Aladino y más que las huríes del Edén de Mahoma,
es la energía necesaria -la energía infinita- para apoderarse de todas las grutas y de todos los
edenes de la tierra y del cielo. (Don Quijote, pág. 88.)

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Don Juan español.-... el Don Juan de los españoles no busca la felicidad, sino el placer de la
hora; no es enamorado, sino soberbio y sensual, y ésta es la causa de su consistencia y de su
fuerza. El Don Juan es el Burlador, lo mismo en el esperpento de Zamora, tan gustado por
nuestro pueblo en el siglo XVIII y primera parte del siglo XIX, como en los Don Juanes de Tirso y
de Zorrilla. Y lo que diferencia radicalmente al Don Juan español del Don Juan nórdico es que el
nuestro carece de anhelos superiores. Es, por definición, el hombre de apetitos, pero sin ideales,
que se contenta con poseer las criaturas, sin darles otro valor que el que alcancen en la balanza
de sus ojos, pero que no aspira a participar de lo increado. Quiza sea tan urgente en los hombres
del Norte el afán de ideales que cuando no los tienen se los fingen porque no creen posible vivir
sin ellos. Los españoles, en cambio, sabemos de buena tinta que no son indispensables, porque
sin ellos vive nuestro pueblo desde hace varios siglos y ésta es la razón profunda del
españolismo de Don Juan y una de las razones de su gran belleza. (Don Quijote, pág. 74.)

Porque es el caso que se ha puesto en duda el españolismo originario de Don Juan. ¿Es Don
Juan español? La pregunta entera parece ociosa porque el mundo entero ha españolizado a Don
Juan hasta en el hombre, se escribe Don Juan, así, en perfecto castellano, en todos los países, y
el desespañolizador que lo desespañolice buen desespañolizador será. (Don Quijote, pág. 79.)

El Don Juan español no cree en el amor, y esto le diferencia de todos los Don Juanes del
romanticismo. El Tenorio no cree que se alcance la felicidad por el amor, no siente ese vacío
previo que empuja al Adolfo de Benjamín Constant a enamorarse, tanto para la satisfacción de
una necesidad como para reivindicación de un derecho, porque los románticos mantienen el
derecho al amor como si fuera uno de los implícitamente contenidos en la Declaración de 1789.
El Don Juan español se enamora. Este es su percance, su suceso dramático, pero no su ideal.
(Don Quijote, pág. 94.)

Celestina.-Celestina es un ministro del placer. Su función de mediadora consiste en tratar de


satisfacer las pasiones, los caprichos y los deseos amorosos de los hombres que solicitan sus
servicios y en procurar enamorados y clientes a las mujeres por quienes se interesa. Su profesión
es repugnante y deshonrosa en todos los países, y si Celestina no hiciera más que practicarla
carecería de relieve. Quizá fuera su tipo más importante para un historiador de los orígenes del
capitalismo, al modo de Max Weber, que para el de los Orígenes de la novela, don Marcelino
Menéndez y Pelayo. Lo grave es que Celestina predica también lo que practica en una dialéctica
de carácter dramático, porque se ciñe a la justificación de su conducta, y sus breves argumentos
son tan sólidos y se fundan en principios tan difícilmente contestables que cuanto más sublevan
nuestros sentimientos morales menos razones encontramos que lógicamente los refuten. O
matarla o dejarla, nos decimos. Y poco a poco, de sentencia en sentencia, Celestina se va
levantando hasta convertirse en el escándalo más agresivo de la literatura universal. Para ella
carece de sentido que las gentes se priven de los placeres que pueden disfrutar. La natura huye
de lo triste y apetece lo deleitable. Es condición de la gentileza femenina ser tan comunicable
como el dinero. Las mujeres hermosas han de dar "parte de sus gracias y personas a sus
próximos". La mocedad debe gozarse y la idea de la muerte no debe influir en la conducta,
porque lo que llegó a su cumbre necesariamente tiene que menguarse. Y si nos olvidamos por un
instante de que somos personas de honor, ¿nos bastará la mera inteligencia para probar a
Celestina que sus principios son erróneos? (Don Quijote, pág. 130.)

Celestina, la santa del hedonismo.-Para Celestina no hay más bien, es decir, no hay más Dios
que el placer. A administrarlo se dedica. Cuando era joven se consagraba a dar parte de sus
gracias a los solicitantes; luego, a facilitar el comercio amoroso entre los aficionados; para ella no
se reserva, aparte de su corretaje y el entrenamiento que puede proporcionarle la conducta de
sus empresas y el sorteo de sus peligros más que el placer del vino. El bien que conoce lo
predica, practica y difunde. Dios es testigo de su corazón. No podemos negarla el título de santa
del hedonismo o del utilitarismo, aunque Stuart Mill proteste desde la sepultura. (Don Quijote,
página 133.)

El común de la humanidad no entiende el placer sino como Celestina. Celestina no es sólo el


mayor número, sino un aspecto de cada uno de nosotros. Este es el secreto de su fuerza. (Don
Quijote, pág. 135.)
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La enseñanza de "La Celestina".-La desolación que hay en el libro de La Celestina recuerda la
de Job: "La tierra está entregada a los perversos, ¿por qué viven los malvados, prolongan sus
días y aun prosperan en riquezas?" Sólo que la desesperación de Job es pasajera y los discursos
de un desesperado no son sino viento. El autor de La Celestina acepta estoicamente la
desesperación, como una ley de la naturaleza. El mundo no tiene sentido, ni ha de esperarse que
el justo prevalezca; pero al justo le queda su conciencia, y al codicioso su codicia, y al amante su
amor, y aun es posible reírse un poco. Los hombres somos huérfanos y a la orfandad hemos de
resignarnos. La Celestina, en suma, es uno de los primeros libros en que aprendió el pueblo
español la posibilidad de vivir sin ideales. (Don Quijote, página 145.)

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Varios
Ejército.-La mayor fuerza centrípeta de España es la que constituye el ejército. No es,
ciertamente, la única. El idioma castellano no es el único, pero es el único comprendido en toda
España. Además del idioma hay una trabazón de intereses, mucho más intensa actualmente que
lo era hace veinte años. En otro tiempo, la unidad nacional se fundaba en la identificación de la
Monarquía y de la Iglesia. Ya no son tan fuertes ni una ni otra como en los tiempos de los
Austrias y de los primeros Borbones. La necesidad de la unidad nacional no encarna hoy en otra
fuerza organizada que la del Estado, cuyo brazo es el ejército. (Con el Directorio, pág 20.)

El ejército, profesional o universal, voluntario u obligatorio, es la quintaesencia del Estado. Es


la categoría de la realización en la Historia Universal. Si somos cristianos en España es porque
hubo un ejército cristiano que venció al musulmán. Si África es musulmana es porque los
ejércitos agarenos lograron defenderse contra los nuestros. Si el cristianismo salió de las
Catacumbas es porque hubo soldados romanos que pintaron la cruz en el lábaro. Si Stalin manda
en Rusia es porque le defiende, y mientras le defienda, el ejército rojo. La profesión del soldado,
como la del labrador, la del comerciante o la del sacerdote, es una de las vocaciones básicas del
hombre. (Liquidación de..., pág. 240.)

Divorcio.-Unas estadísticas publicadas por el Ministerio de Justicia dicen que desde que entró
en vigor la ley de divorcio, el primero de abril de 1932 hasta el 1 de abril del año corriente, se han
iniciado en España 4.494 demandas de divorcio, se han disuelto 1.364 matrimonios y hay en los
Juzgados y en las Audiencias, pendientes de trámite, 2.858. Estas cifras indican que, contra lo
que al principio se pensaba, el número de divorcios tiende a aumentar después del primer año...
Pero a mí no me extraña que durante años sucesivos aumenten los divorcios. Al contrario, se me
figura que seguirán aumentando hasta que tropiecen con el núcleo inexpugnable de la gran masa
de familias piadosas y virtuosas de España. Entre tanto hay que contar con el efecto disolvente
de la misma ley. Lo he dicho antes de que se promulgara. Lo malo de la ley de divorcio es que,
dada la naturaleza del hombre, disuelve las familias con la sola consideración de que es posible
disolverlas. La ley no se estrella sino ante aquellas otras que tienen hecho el propósito firme de
no apelar a ella en ninguna circunstancia... De otra parte, no había razón para que confiáramos
los españoles en que la excelencia de nuestras virtudes familiares nos compensaría de nuestra
incuria política. Ya sé que en los últimos años había surgido entre nosotros la teoría de que los
pueblos se dividen en políticos y familiares, según que prevalezca en ellos el respeto del Estado
o el de la familia. Nosotros nos incluimos en la segunda categoría, y quizá no faltaba quien
suponía que la ley de divorcio no tendría aquella aplicación en España. Esta confianza es
peligrosa. La bondad no es ningún privilegio. No teníamos derecho a arrogárnosla, ni aun a título
de compensación por nuestras deficiencias políticas. La bondad ha de afirmarse en este mundo
en lucha constante con el mal... No confiemos en ningún privilegio de bondad. Sólo nos
salvaremos de la disolución con que la ley del divorcio y la relajación de los principios morales
nos amenazan con la resolución de salvarnos y con la lucha cotidiana contra el mal. Pero si nos
decimos que no caeremos porque somos buenos, ya estamos a punto de caer. (El Nuevo
Tradicionalismo, págs. 115, 117 y 119.)

Cultura.-Y si se me dice que esto es Filosofía o Religión, pero no Política, responderé que el
ideal de la Cultura es el único que desde 1898 hasta la fecha ha sentido el conjunto del país; que
todos los otros ideales han sido verdaderamente seccionales, de clase o religión; que sólo en el
ideal de la Cultura puede unirse espiritualmente a España, y que no somos los escritores los que
vivimos vueltos de espaldas a la realidad, sino que son ellos, los políticos, y que si les ha ido tan
mal como políticos, es porque no han sabido transformar en credo de partidos el ideal de sus
mejores compatriotas y el más capaz de suscite las corrientes emocionales con que se mueve a
un pueblo. (Con el Directorio, pág. 67.)

Orden.-Hace tres años y medio que hay orden en España. Ya no sufren los industriales el
pánico terror que les hacía acariciar la idea de abandonar su ocupación, aunque con ello se
quedaran sus operarios sin trabajo. Ahora pueden dedicarse a su quehacer, como los prelados a
sus diócesis, los banqueros a ocupar el ahorro, los abogados a los pleitos, los médicos a los

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enfermos, los estudiantes a los libros, las madres a los hijos y los amantes a decirse su pena. Al
amparo del orden se emprende, en las cuencas del Ebro, del Duero y del Guadalquivir y en las
redes de los ferrocarriles, las magnas obras que preparan para nuestros hijos un porvenir más
próspero. El imposible se ha vencido. El desembarco en Alhucemas, que los políticos reunidos en
Pizarra rechazaban por absurdo y utópico, es pivote de pacificación en nuestra zona marroquí. El
orden interior ha hecho posible la victoria. Lo primero es el orden. Supuesto el orden, es posible
el derecho: Sin orden no hay derecho. (Con el Directorio... página 107.)

Cargo Público-Los cargos públicos en España ni son honores ni son provechosos. No son
honores, porque sus ocupantes están sujetos a una crítica inmunda, que los desconceptúa a los
ojos de la gente. Y no son provechos, al menos para los hombres escrupulosos, porque están
pésimamente pegados. (Liquidación de... pág. 258.)

El problema de Marruecos.-No sabíamos nada de los moros, y esta es la razón de lo mucho


que nos cuestan. Durante siglos entraron ellos en las plazas nuestras para vendernos sus
gallinas y sus corderos. A los españoles les estaba prohibido visitar el campo moro.

Era el mejor procedimiento que se nos ocurría para evitar el derramamiento de sangre
española. Así pasaron en Melilla todos los años que medían entre 1492 y 1907. En esta última
fecha -ya se había firmado la "entente cordiale", ya se había celebrado la Conferencia de
Algeciras, ya se habían fijado por el mundo, en líneas generales, los destinos del pueblo
marroquí- se le ocurrió a un joven oficial, el teniente de artillería Barbeta, ir a ver lo que ocurría en
el misterioso campo moro. Volvió con un informe. Por haber violado la prohibición de visitar el
campo moro, fue castigado. Por haber traído informes que se juzgaron preciosos en la plaza, se
le concedió una recompensa. Y como esto fue todo, cuando comenzaron las operaciones en
Marruecos, no sabíamos apenas nada de los moros. (España y Europa, pág. 75.)

El Protectorado es un sistema de gobierno por medio del cual un país se rige por sus propias
instituciones y leyes, pero protegidas por la fuerza de otra nación, la protectora, a fin de que reine
la paz y el orden en el país protegido. Pero no basta con que el Gobierno se proponga establecer
el Protectorado. Hay que educar a los agentes del Gobierno en la idea del Protectorado. La
guerra de conquista es fácil de entender; la del abandono, también. Son conceptos simples. La
idea del Protectorado es más compleja.

Las gentes que están sobre el terreno saben, desde luego, más que las que vivimos en
Madrid. Hay cosas que desde aquí nos parecen incomprensibles e inexcusables. Si distribuimos
nuestra fuerza militar en infinidad de posiciones, parece como estamos invitando al enemigo a
atacarnos en aquella posición que más le convenga, y con toda la ventaja del que tiene
acumuladas sus fuerzas y ataca en un punto a un enemigo que tiene las suyas dispersas. Hay
otro extremo que parece también difícil de explicar. La forma de proteger a los moros que hasta
ahora preferimos es la de darles fusiles o dinero. Lo prudente sería darles trabajo en carreteras o
en otras obras públicas, cuidarles en buenos hospitales cuando enfermos, hacerles entender por
toda clase de procedimientos que es a ellos a los que les conviene que nosotros sigamos en
Marruecos; pero no darles elementos que pueden utilizar inmediatamente en contra nuestra.
(España y Europa, página 77.)

Envidia.-Y no nos espante la palabra "envidia". Es una fea palabra, que tiene fea significación
cuando la "tristeza del bien ajeno" es motivada por las posesiones estrictamente individuales '.e
nuestro vecino; sus talentos; su salud, sus virtudes o sus buenos modales.

Pasión del ánimo que no puede satisfacerse es consunción del pecho. "La envidia está flaca,
porque muerde y no come", esculpió, más que escribió, nuestro Quevedo. (La crisis del
Humanismo, pág. 199.)

Principio autoritario.-Rusia y España son ejemplos de lo que cuesta el principio autoritario. En


ambos países han tenido las leyes a imponer un sistema negativo de cosas por cuya virtud es
imposible al ciudadano invadir la amplia jurisdicción del autócrata. Aún hoy día, después de
tantas experiencias, lo que principalmente exige un sacerdote español a su rebaño de fieles es
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que no lea periódicos liberales, y hay, en efecto, pocas gentes en algunas regiones que los lean,
pero aún son muchos menos los que tienen una idea algo incoherente de lo que significa el
cristianismo. Durante siglos no han cuidado las leyes y las autoridades rusas de otra cosa que de
impedir discusiones sobre la autoridad del Zar en Rusia y la Iglesia ortodoxa. Ya se ha visto el
resultado. De otra parte, en ninguno de ambos países se ha prestado la atención debida a la
función positiva de fomentar el aumento de los valores, y especialmente de los valores culturales.
(La crisis del Humanismo, pág. 136.)

Autoridad y ley.-No se ha enseñado al pueblo nuestro que lo privado depende de lo público.


No se le ha hecho sentir que no hay hacienda privada sin la protección de la Ley y de la
Autoridad, ni que la vida misma se hace precaria sin su amparo, ni que la Ley y la Autoridad sólo
son garantías eficaces contra la arbitrariedad cuando la voluntad general las sostiene. No se ha
hecho entender al pueblo que el precio de la democracia es la incesante vigilancia. El pueblo
llegó a creer que el Poder público era una cosa extraña a sí mismo. Y así va a ocurrir en efecto.
Lo único que se ha dicho sistemáticamente a nuestro pueblo es que en España no se puede
hacer nada, que todo es estéril, que el sacrificio resulta una "primada". El pueblo lo ha creído.
(Con el Directorio, pág. 25.)

Rubén Dario-Rubén fue el hombre que forzó la puerta, para que lo hallaran los americanos (el
sentido de España), al través de la cultura universal. Hizo las dos cosas prohibidas: elogiar a
España y confesar su sangre indiana. (Hispanidad, pág. 141.)

Iglesia española.- hace dos años parecía que la Iglesia española atravesaba un momento de
desmayo. A la angustia de los fieles no se dirigían apenas palabras de energía que las de su
glorioso Primado el cardenal Segura. Ahora, en cambio, es la Iglesia entera la que habla con
palabras serenas, pero magistrales, y al mismo tiempo inexorable, como si de dos años a esta
parte hubiera recobrado el viejo espíritu que le hacía afrontar serena las iras del mundo antes que
sacrificarle su divina misión. Y es claro que las cosas no son así, porque la Iglesia no cambia en
dos años, ni en doscientos. Lo que hacen mis palabras es reflejar el sentir de los ignorantes, que
creían hace dos años que no sería dificil abatir el poder de la Iglesia, y que ahora se encuentran
ante dos documentos: el del Pontífice y el de los obispos, que sugieren en cada una de sus
cláusulas el poderío de la eternidad sobre los años. No cabe duda de que la Iglesia saldrá
victoriosa de esta persecución. La crisis actual no hace sino ponernos de manifiesto una situación
que ya existía de tiempo atrás, pero que nos negábamos a ver, que no queríamos ver, de miedo
a que nos obligara a acciones heroicas, repugnantes a nuestra cobardía. Pero al hacerse
explícita ya no hay remedio; la suerte está echada, las naves han ardido, no cabe ya posibilidad
de embarcarse en ellas para retroceder. Nuestro pueblo español tiene que confrontarse con el
dilema de Dostoyevski entrevió para el suyo. "O el valor absoluto o la nada absoluta." Se trata de
arrancar la religión a las generaciones venideras o de afirmarla de tal modo que sea punto menos
que imposible arrancársela. Lo que se acabó de una vez para siempre es el cerrar los ojos al mal
y hasta el intentar transacciones con él, cerrando los ojos para no ver que es el mal. Una gran
lucha empieza para España. (El Nuevo Tradicionalismo, págs. 281 y 283.)

Poder temporal y poder espiritual.-La eficacia, naturalmente, de esta acción civilizadora,


dependía de la perfecta compenetración entre los dos poderes: el temporal y el espiritual;
compenetración que no tiene ejemplo en la Historia y que es la originalidad característica de
España ante el resto del mundo. El militar español en América tenía conciencia de que su función
esencial e importante era primera solamente en el orden del tiempo; pero que la acción
fundamental era la del misionero que catequizaba a los indios. Pues bien, este Estado teocrático -
--el más ignorante, el más supersticioso, el más hábil y torpe, según el juicio de la Prensa
revolucionaria- acaba por lograr lo que ningún otro pueblo civilizador ha conseguido, ni Inglaterra
con sus hindús, ni Francia con sus árabes, sus negros o bereberes, ni Holanda con sus malayos
en las islas de Malasia, ni los Estados Unidos con sus negros e indios aborígenes: asimilarse a
su propia civilización cuantas razas de color sometió. Y es que en ningún otro país ha vuelto a
producirse una coordinación tan perfecta de los poderes religiosos y temporal, y no se ha
producido por la falta de unidad religiosa, en que los Gobiernos tuvieran que inspirarse.
(Hispanidad. págs. 94 y 95; España y Europa, págs. 106 y 107.)

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Cuestión religiosa.-Desde que se rompió, en el siglo XVIII, la unidad de sus creencias; desde
que la monarquía católica se convirtió virtualmente en monarquía territorial o militar, la disputa
central de la vida española es la religiosa. Hay provincias, como la de Navarra, que ahora mismo
producen tantas vocaciones eclesiásticas como en el siglo XVI. Hay otras donde vastos sectores
de población no se relacionan con la Iglesia más que para el bautismo, el casamiento y el
entierro. Hay ciudades piadosísimas, como Orihuela, y otras que no lo son tanto, ni mucho
menos. Y en una misma ciudad hay enteras clases sociales practicantes y otras indiferentes y
otras decididamente hostiles a la religión. Esta diferencia de persuasión nos costó la invasión
francesa y todo un siglo XIX de revoluciones y guerras civiles y nos mantiene al ahora actual en
una tensión y equilibrio inestable. La misma cuestión social es, en el fondo, más religiosa que
económica. (Las letras, pág. 175.)

Religión.-En tanto que subsista el actual equilibrio, más aparente que real, podrá parecer que
el pueblo español es indiferente. Mucho dependerá del movimiento de las ideas en el resto del
mundo. Jamás habrá vivido la Humanidad un momento más interesante que el de ahora.
Mientras declinan las iglesias protestantes, como equilibrios que eran entre la religión y el
escepticismo, la religión católica tiene más fuerza que jamás ha tenido y a ella se incorporan poco
a poco las selecciones intelectuales de los pueblos más cultos. Pero tampoco ha demostrado
nunca tanta fuerza como ahora el materialismo más cerrado. Así que al desaparecer las
posiciones intermedias, las extremas sienten sus filas reforzadas. También es posible que tenga
que pasar nuestra fe por la prueba de una revolución irreligiosa. Lo que ha de suceder no puedo
decirlo, porque carezco del donde adivinar el porvenir. Pero una cosa es segura. Vencerá aquel
de los dos bandos que produzca los mejores profetas. (Liquidación de, página 173.)

Nuestra religión católica implica una doctrina del espíritu y del Espíritu, con mayúscula, que es
la única satisfactoria, lo mismo para la razón y para el sentimiento que para la experiencia de
nuestra vida y la comprensión de la Historia universal. Pero nosotros tuvimos siempre, junto a
nuestros creyentes, los descreídos; junto a los místicos, los pícaros junto a Don Quijote, Sancho
Panza, y cuando en el siglo XVIII se apoderaron del gobierno los escépticos, la religión se fue
replegando poco a poco, hasta que las gentes no buscaron en los templos sino el camino de los
cielos, pero no ya los métodos de la vida valiosa y fecunda; y la Cruz ha llegado a no significar
prácticamente para muchos más que la llave del ultramundo, no el ejemplo, el grande y único
ejemplo que tenemos de la obligación en que nos encontramos de libertar el alma, para que
pueda hacer historia. (Defensa del espíritu, pág. 94.)

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Bibliografía
1. Defensa de la hispanidad. Ediciones "Fax". Sexta edición. Madrid, 1952.
2. Defensa del espíritu. Ediciones "Rialp, S. A.". Madrid, 1958. Biblioteca del pensamiento
actual.
3. La crisis del humanismo. Libros y Revistas. Nueva edición. Madrid, 1945.
4. Don Quijote, don Juan y la Celestina. "Colección Austral", núm. 31, Espasa-Calpe, S. A.
Octava edición. Madrid, 1957.
5. España y Europa. "Colección Austral", núm. 777. Espasa-Calpe, S. A. Segunda edición.
Madrid, 1948.
6. Con el directorio militar. Editora Nacional. Madrid, 1957. Obras de Ramiro de Maeztu, tomo
XII. (Este volumen reúne una selección de artículos de don Ramiro de Maeztu, escritos con
motivo del advenimiento del directorio del general Primo de Rivera.)
7. Liquidación de la monarquía parlamentaria. Editora Nacional. Madrid, 1957. Obras de
Ramiro de Maeztu, tomo XIII. (En este volumen se recogen artículos publicados, salvo muy pocas
excepciones, entre los años 1926-1931 en diversos periódicos: "El Mundo" y "El País", de La
Habana; el semanario "Criterio" y "La Prensa", de Buenos Aires; "Ahora" y "A B C", de Madrid)
8. El sentido reverencial del dinero. Editora Nacional. Madrid, 1957. Obras de Ramiro de
Maeztu, tomo XV. (Reúne este volumen una selección de artículos publicados en 1926, en su
mayor parte, en el diario "El Sol". Se completa con otros que aparecieron sobre el mismo tema en
el diario cubano "El Mundo" y con la conferencia "E1 espíritu de la economía iberoamericana. El
sentido reverencial del dinero", pronunciada en la Unión Iberoamericana.)
9. El nuevo tradicionalismo y la revolución social. Editora Nacional. Madrid, 1959. Obras de
Ramiro de Maeztu, tomo XXI. (Se recogen en este volumen, por primera vez, aquellos artículos
no recogidos hasta la fecha en libros en los que Maeztu, directa o indirectamente, se ocupó del
tradicionalismo.)
10. Las letras y la vida en la España de entreguerras. Editora Nacional. Madrid, 1958. Obras
de Ramiro de Maeztu, tomo XXIV. (Se recogen en este volumen algunos escritos de Maeztu que
simbolizan lo más esencial de su labor crítica-literaria.)

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