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Miguel Ángel Ciaurriz oar

POR QUÉ CREEMOS

LO QUE CREEMOS

Catequesis sobre el Credo y el Concilio Vaticano II

oar POR QUÉ CREEMOS LO QUE CREEMOS Catequesis sobre el Credo y el Concilio Vaticano II
oar POR QUÉ CREEMOS LO QUE CREEMOS Catequesis sobre el Credo y el Concilio Vaticano II

Ediciones MSC Santo Domingo, R. D.

Título original

POR QUÉ CREEMOS

LO QUE CREEMOS

Catequesis sobre el Credo y el Concilio Vaticano II

Miguel Ángel Ciaurriz oar

Edición para la Rep. de Panamá

© 2013

Ángel Ciaurriz oar Edición para la Rep. de Panamá © 2013 Diseño General MIGO DEL HOGAR

Diseño General MIGO DEL HOGAR Calle Manuel María Valencia No. 4 a esq. Max Henríquez Ureña, Los Prados. Apartado Postal 1104, Santo Domingo, República Dominicana. Teléfono: 809-548-7594 • Fax: 809-548-6252

En conmemoración de los 500 años de la Primera Diócesis de Tierra Firme y de los 400 años de presencia de los Agustinos Recoletos en Panamá

COnTEnidO

Introducción

7

Por qué y para qué un año dedicado a la fe

11

Creer

17

Lo esencial de nuestra fe recogido en el credo

25

Creo en un solo Dios

33

Padre

43

Todopoderoso

53

Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible

61

Creo en un solo Señor Jesucristo

69

Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos

77

Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero

87

Engendrado no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho

93

Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo

101

Y por obra del Espíritu Santo s encarnó de María la Virgen

109

5
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Y

se hizo hombre

117

Y por nuestra causa fue crucificado en tiempos

de Poncio Pilato

127

Y

resucitó al tercer día según las Escrituras

139

Y

subió el cielo y está sentado a la derecha del Padre

153

Y

de nuevo vendrá con gloria para juzgar

a

vivos y muertos y su reino no tendrá fin

159

Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo

171

La Trinidad

183

Creo (en) la Iglesia

191

Una, santa, católica y apostólica

201

La comunión de los santos

211

Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados

219

Espero la resurrección de los muertos

y

la vida del mundo futuro

231

El Concilio Vaticano II, primavera para la Iglesia

239

Mensaje a la humanidad

247

Los grandes temas del concilio

261

Los laicos en el concilio

273

6
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inTROdUCCiÓn

Para conmemorar los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II, el papa Benedicto XVI convocó a toda la Iglesia a un “año de la fe” que inició el pasado 11 de octubre y culminará el 24 de noviembre del 2013, el día en que todos celebraremos la fiesta de Cristo Rey del Universo. Señala el Pontífice en su Carta Apostólica “Porta Fidei” que “habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo”. Con este propósito me he sentado a escribir estos temas sobre el “credo” que cada domingo confesamos en nuestras celebraciones, tanto de la eucaristía como de la Palabra. Al conmemorar los 500 años de la creación de la primera diócesis en tierra firme, Santa María La Antigua y los 400 de la llegada de los Agustinos Recoletos a Panamá, querermos hacer nuestra esta invitación del Papa a “intensificar la reflexión sobre la fe” y la ofrecemos a todo el pueblo de Panamá. Por recoger el credo lo esencial de nuestra fe hemos pensado que la mejor manera de estar en condición de dar razón de lo que creemos, y de por qué creemos lo que creemos, es estudiarlo con detenimiento y profundizar en el sentido de lo que confesamos. De lo que se trata en definitiva es de poder comprender qué decimos cuando confesamos que Dios es Nuestro Padre, qué decimos cuando confesamos que es creador del cielo y de la tierra, etc, etc.

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Y, sobre todo, lo que con este curso se pretende es poder confesar el credo, conscientes de que, detrás de cada una de las declaraciones que proclamamos, está el gran misterio del amor de Dios. Si no es en clave de amor el credo que confesamos queda reducido a fórmula vacía y falsa y nos perdemos en las palabras. En su Carta Apostólica Porta Fidei, Benedicto XVI insiste en que “el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia”. Espero que este material contribuya a ese objetivo. Los últimos temas de este libro se centrarán en el Concilio Vaticano II. Dice el Papa en Porta Fidei que siente “más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza”. De este concilio dicen muchos que es todavía un gran desconocido por los católicos y que son muchas las propuestas que hicieron los padres conciliares, hace ya medio siglo, pendientes aún de aplicación. Conocer, aunque solo sea someramente, las principales enseñanzas de este concilio ecuménico, al que muchos llamaron “la primavera de la Iglesia”, será sin duda una buena manera de agradecer a Dios los dones que en él nos ha dado. Obviamente el Catecismo de la Iglesia Católica, que es quien con más autoridad explica y enseñanel credo, será nuestra principal referencia de consulta. “Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, dice el Papa en “Porta Fidei”, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable”. Escrito e impreso originalmente en la República Dominicana, donde ya ha tenido tres ediciones en apenas

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unos meses, -el lector encontrará algunos modismos dominicanos- los temas de “Por qué creemos lo que creemos” se recogen también en esta edición para Panamá con el propósito ya señalado de poner en las manos de los creyentes panameños un instrumento que sirva para vivir el “año de la fe” Una sugerencia que me gustaría plantear para cuando finalice la reflexión de estos temas es invitar a todos y a todas a recoger con sus propias palabras la fórmula de su fe, su propio credo. Tengo la seguridad de que, después de hacer una seria reflexión sobre el credo que todos confesamos, estaremos en condiciones de redactar nuestro propio credo. Y estoy seguro también de que, si en las comunidades y grupos compartiéramos esos credos, daríamos un buen testimonio de nuestra fe madura, bien pensada y profundamente reflexionada. Si para todo eso sirve este material me doy por satisfecho.

El autor

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EnCUEnTRO

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¿Por qué y para qué un año dedicado a la fe?

MOTIVACIÓN INICIAL

Iniciamos con éste una serie de encuentros en los que, a lo largo de estos meses y hasta noviembre del próximo año, como los primeros cristianos que se reunían para crecer en la fe: “todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles” (Hchs 2,42), profundizaremos y trataremos de consolidar el conocimiento de las principales verdades en

las que se sustenta nuestra fe, la fe en la que fuimos bautizados

y por la que nos consideramos cristianos. Básicamente vamos a estudiar más a profundidad la fórmula con la que proclamamos nuestra fe en Dios, que es

Padre, Hijo y Espíritu Santo y que confesamos solemnemente cada domingo en nuestras celebraciones de la Eucaristía y de la Palabra. Nos guiará el Catecismo de la Iglesia Católica y, como no puede ser de otra manera, recurriremos constantemente

a las Sagradas Escrituras porque en ellas se fundamentan las verdades de nuestra fe.

PRESENTACIÓN DEL TEMA

Nuestro primer tema de estudio es introductorio. Este curso nace para responder al llamado que el Papa Benedicto XVI hace a toda la Iglesia para conmemorar el cincuentenario del inicio del Concilio Vaticano II. Conoceremos con qué finalidad el Pontífice nos ha convocado a todos a este año de la fe.

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ORACIÓN

Como hacemos siempre que los creyentes nos reunimos, comenzaremos nuestro encuentro poniéndonos en la presencia de Dios, nuestro Padre, que es quien nos ha convocado para crecer en la fe. Nuestra oración de hoy va a ser justamente el credo, el llamado credo niceno-constantinopolitano y del que hablaremos en el siguiente encuentro. Creo en un solo Dios; Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció

y

fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras,

y

subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de

nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

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¿QUÉ ES Y PARA QUÉ SIRVE UN AÑO DEDICADO A LA FE?

Antes que el Papa Benedicto XVI, en l967 el entonces Pontífice, Pablo VI, convocó también a toda la Iglesia a un año de la fe. Este primer Año de la fe fue convocado para

resaltar el XIX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma. Lo que el Papa Montini pretendía era que todo creyente “adquiriera una clara conciencia de su fe para reanimarla, purificarla, confirmarla y confesarla”. Éste que ha comenzado el 11 de octubre, y que finalizará el 24 de noviembre del próximo año, día en que la Iglesia celebra la Fiesta Cristo Rey del Universo, es por tanto el segundo Año de la Fe en la historia reciente de

la

Iglesia. Y lo que en esta ocasión se pretende resaltar es

el

cincuenta aniversario del inicio del Concilio Vaticano

II, hecho de particular importancia para la vida de la Iglesia. Dice el Papa en el documento en el que convoca oficialmente al “año de la fe”: “he decidido convocar un año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012 en el

cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano

II y terminará en la solemnidad de Jesucristo Rey del

universo el 24 de noviembre de 2013”.

Objetivos del Año de la fe

Para convocar este “año de la fe” el Papa publicó un documento, que lleva el nombre de Porta Fidei, expresión tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles que nos narra la visita de Pablo a la comunidad de Antioquía: “al llegar, reunieron a la comunidad y les contaron lo que Dios había hecho por su medio y cómo había abierto a los paganos la Puerta de la Fe” (Hech. 14, 27-28). En este documento encontramos los objetivos que, en definitiva se pretenden con este “año de la fe”.

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1.

“Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada,

vivida y rezada” Nuestra fe muchas veces descansa en simples tradiciones religiosas con las que nacimos y nos criamos desde pequeños, sin tener muy claros sus significados. Se hace necesario, entonces, redescubrir, y puede que en muchos casos, descubrir, los contenidos esenciales de la fe que profesamos, de la fe que tratamos de vivir siendo buena gente y de la fe que celebramos en la familia y en la comunidad construyendo así un mundo mejor, y transformando nuestra sociedad. Esa fe que profesamos, celebramos y vivimos, la llevamos, a la oración. Es en la oración donde, como los discípulos después de escuchar la catequesis de Jesús sobre la corrección fraterna, podremos decirle al Señor: “Auméntanos la fe”. (Lc 17,5).

2. “Promover el estudio de las enseñanzas del Concilio

Vaticano II” Con el Concilio, dice Benedicto XVI, “se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza”. El Concilio trajo una gran renovación a la Iglesia, pero, cincuenta años después, sus enseñanzas, siguen siendo desconocidas y muchas de ellas pendientes de aplicación. En algunos temas de este curso haremos referencia a la doctrina eclesial que surgió de ese Concilio y en los últimos temas trataremos de conocer, aunque sea someramente, la doctrina de este concilio.

3. “Intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos

los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo” Cuando todo el mundo que conocemos se declaraba cristiano y no había otras religiones con presencia significativa

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en nuestros ambientes, creer era, por decirlo de alguna manera, fácil. Hoy nos damos cuenta que necesitamos estar en condiciones de explicar nuestra fe, de dar razón de por qué creemos lo que creemos. A menudo echamos en falta un más profundo conocimiento de lo que es esencial a nuestra fe para, por ejemplo, poder hablar con los que pertenecen a las sectas u otros movimientos religiosos. Ojalá que al finalizar este curso estemos en mejores condiciones para poder dar razón de lo que creemos y de por qué somos en verdad seguidores de Jesús, creyentes en sus enseñanzas y miembros de una comunidad eclesial desde la que pretendemos construir una nueva sociedad.

4. “Invitar a una auténtica y renovada conversión al Señor,

único Salvador Si nos tomamos en serio este “año de la fe” y aprovechamos las oportunidades que se nos van a presentar de profundizar en el conocimiento de nuestra fe y de las enseñanzas fundamentales del evangelio que se nos anuncia, experimentaremos cada uno de nosotros y de nosotras en nuestras vidas una auténtica conversión personal que nos ayudará a ser mejores personas y a comprometernos más firmemente con la comunidad

5. “Comprometerse a favor de una nueva evangelización

para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe” Hemos oído muchas veces, sobre todo en los últimos años, que todos somos, por nuestro bautismo, misioneros. En el decreto “Ad Gentes” del Concilio Vaticano II se nos recuerda que: “todos los fieles, como miembros de Cristo viviente, incorporados y asemejados a El por el bautismo, por la confirmación y por la Eucaristía, tienen el deber de

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cooperar a la expansión y dilatación de su Cuerpo para llevarlo cuanto antes a la plenitud” (AG 36) Sin duda, uno de los frutos que se pretenden con este “año de la fe” es que todos nos comprometamos con la acción misionera de la Iglesia de manera que quienes aún no conocen a Cristo, ni su evangelio, puedan llegar a descubrir esta verdad.

6. “Comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios”. Este último objetivo es el que más recalca el Papa. Se trata de que nuestra fe no se quede en el ámbito de las ideas, ni solo en palabras. Ser cristiano no es cuestión de palabras sino de vida. Nos lo advierte el apóstol Santiago cuando se pregunta:

“¿de qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa le podrá salvar? Esto pasa con la fe:

si no tiene obras, por sí sola está muerta” (Santiago 2,14-18). Si lo que afirmamos creer no lo ponemos en práctica, no lo hacemos vida, no somos creyentes nada. Podemos ser conocedores de Jesús de Nazaret y de su doctrina, pero lo que en verdad nos hace sus seguidores es reproducir en nuestra manera de vivir la manera de vivir de Jesús, lo que aceptamos como verdad porque nos lo ha enseñado él en su evangelio.

TAREA PARA LA SEMANA

1. Haz memoria y describe la historia de tu fe.

Recuerda las personas que han sido determinantes en tu vida para ser seguidor o seguidora de Jesús

2. De los seis objetivos señalados para este año de la fe ¿cuáles crees tú que necesitas integrar más a tu vida?

3. ¿Qué esperas de este curso?

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EnCUEnTRO

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PRESENTACION DEL TEMA

Creer

Antes de abordar el contenido del “credo”, es bueno que nos planteemos qué es eso de “creer”. Partiendo de lo que es nuestra experiencia humana de creer en las personas, nos plantearemos el significado de creer en Dios.

ORACIÓN

Porque, Señor, yo te he visto y quiero volverte a ver, quiero creer. Te vi, sí, cuando era niño y en agua me bauticé y, limpio de culpa vieja, sin velos te pude ver. Quiero creer. Devuélveme aquellas puras transparencias de aire fiel. Devuélveme aquellas niñas de aquello ojos de ayer. Quiero creer. Limpia mis ojos cansados, deslumbrados del cimbel. Lastra de plomo mis párpados y oscurécemelos bien. Quiero creer. Ya todo es sombra y olvido y abandono de mi ser. Ponme la venda en los ojos. Ponme tus manos también. Quiero creer. Tú, que pusiste en las flores rocío y, debajo miel, filtra en mis secas pupilas dos gotas frescas de fe. Quiero creer. Porque, Señor, yo te he visto y quiero volverte a ver, creo en Ti y quiero creer.

(Gerardo Diego, literato español 1896-1987)

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EL ACTO HUMANO DE CREER

Conviene que antes de abordar el contenido del Credo, palabra latina que significa CREO, que, como ya sabemos, es la fórmula en la que se recoge lo esencial de nuestra fe, hagamos una primera reflexión sobre el hecho de creer como experiencia humana. Cuando hablamos de creer enseguida pensamos en Dios y en lo religioso. Sin embargo la fe es algo constitutivo de nuestra condición humana. Mucha gente dice que no cree en Dios, ni profesa ninguna religión, pero nadie puede decir que vive sin hacer cada día innumerables actos de fe. Sin fe no podemos vivir, nuestra convivencia sería un auténtico caos. Cuando vamos al colmado o al supermercado y compramos un producto creemos en la persona que nos lo está vendiendo, creemos que no nos engaña a la hora de pesarlo, o en el precio etc, aunque luego la realidad nos dice muchas veces que sí nos engañaron. Nuestra respuesta entonces es perder la fe en esa persona o en ese colmado o centro comercial y decidimos no volver a comprar más en ese sitio. Pensemos, por ejemplo en la vida familiar. Si un esposa no cree en su esposo y viceversa; si unos padres no creen a sus hijos etc, etc, la vida familiar se torna un infierno porque no podemos vivir en la duda y en la sospecha permanentemente. Muchos analistas que toman el pulso al acontecer social, dicen que vivimos en la “sociedad de la sospecha”. “En este momento, escribía un columnista en un periódico, todo parece estar “bajo sospecha: las personas, las instituciones, los valores, los comportamientos, los distintos sectores y engranajes de la sociedad”. Para estos expertos la “sociedad de la sospecha” tiene sus raíces, sin duda, en los grandes errores de las personas,

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principalmente de los dirigentes, en las grandes estafas

y falsedades, en las promesas incumplidas, en la falta de

palabra, en la escasez de virtudes esenciales, y sobre todo,

en la quiebra moral y en la aguda desmoralización que nos azota. Por eso se han levantado muchas voces que dicen que

hoy se hace necesario un “rearme ético” en nuestra sociedad. En este tiempo de crisis hemos perdido la fe en el hombre.

Y esta pérdida de la fe en nuestros semejantes hace difícil

también, porque la afecta, la fe en Dios. No es necesario insistir más en la idea de que sin fe en

el ser humano la humanidad se deshumaniza. Sencillamente

no es posible. Aún estando en la sociedad de la sospecha no podemos vivir sin fe en nosotros. Para ilustrar esto nos servirá de ejemplo el aterrizaje de un avión en la noche. Los pasajeros creen en la capacidad de los pilotos para conducir

la nave hasta la terminal y los propios pilotos creen que las

instrucciones dadas por la torre de control son las correctas. No ven la pista pero creen y confían en que lo que hay entre las dos filas de luces en el suelo es la pista y por eso lanzan ese enorme pájaro de acero, de decenas de toneladas de peso con decenas de vidas humanas en su interior, contra el suelo. Finalmente, todos llegan a sus destinos gracias a que unos creyeron en otros y les confiaron sus vidas. El propio Catecismo de la Iglesia Católica nos dice sobre la fe como acto humano: “en las relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar confianza a sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan), para entrar así en comunión mutua” (CIC 154).

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CREER EN DIOS

Todo lo anteriormente dicho nos sirve para abordar el tema de la fe en Dios. A la palabra creer le podemos dar muchos significados. Creer puede ser el asentimiento mental de unos contenidos, verdades o doctrinas. Mucha gente que se considera creyente en este significado se puede ver bien reflejada. Pero la fe es muchos más que eso y va muchísimo más lejos. Creer significa adherirse, supone confianza, comprometer la vida y verla de una manera diferente a como la veríamos si no la tuviéramos. En definitiva, la palabra creer nos refiere a la vida, no es algo meramente teórico. Es más vida que doctrina. En la mentalidad hebrea la palabra fe significa también confianza; creer es confiar. Es creyente no tanto quien asiente a unos contenidos, sino quien experimenta a Dios como una presencia viva que le da confianza y sentido. Tener esto claro es muy importante porque en los temas sucesivos vamos a profundizar en el estudio de lo que son las verdades fundamentales de nuestra fe, verdades ciertamente doctrinales y que tenemos que aceptar como verdades ciertas, pero que no podemos dejarlas reducidas al ámbito de la teoría. Jesús, lo vemos en el evangelio, no se dedicó a exponer una doctrina, que en su tiempo estaba bien definida en los más de seiscientos ordenamientos de la Ley. Una ley que se inició como algo sencillo y simple en el monte Sinaí con apenas diez mandamientos para facilitar la vida y la convivencia pacífica del pueblo de Israel y su fidelidad a Dios. Pero una ley a la que con el tiempo le añadieron normas y más normas hasta, como denuncia Jesús, convertirla en una insoportable carga para los judíos. Criticando la vanidad e hipocresía de los escribas y fariseos, que eran los dirigentes

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religiosos del pueblo, denuncia el Maestro de Nazaret:

“Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo” (Mt 23,4). Como veremos enseguida, el credo se fundamenta en la Palabra de Dios y esta Palabra nos refiere siempre a la vida. “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). El credo que vamos a estudiar contiene ciertamente

doctrina y verdades que los creyentes debemos aceptar y creer, pero, sobre todo, poner en práctica, llevar a la vida. Por ejemplo, decir “creo en Dios creador del cielo y de la tierra” es confesar nuestra fe en el amor por el que Dios ha creado todo. Que Dios es creador es una verdad que debemos creer

y que Dios es un amor que crea es una llamada a vivir nuestra

vida de cada día creando también nosotros algo nuevo desde el amor a los demás. En la parábola del “buen samaritano” Jesús ilustra muy bien esto de lo que estamos hablando. La ocasión para esta parábola la da el requerimiento que un doctor de la ley hace

a Jesús sobre lo que es necesario para heredar la vida eterna.

El Maestro le remite a la ley, que como doctor conoce muy bien, que sintetiza la maraña de la normativa judía en dos mandatos nucleares, el amor a Dios y el amor al prójimo. “Has respondido exactamente; obra así y alcanzarás la vida”, le dijo Jesús. (Lc 10,28). El doctor no quiere bajar al terreno de la vida y hace una segunda pregunta a Jesús, también teórica: “¿y quién es mi prójimo?” (Lc 10,30). Creyentes eran el sacerdote y el levita que no atendieron al hombre apaleado de la parábola. Su actitud muestra que su fe estaba reducida a lo doctrinal, a lo teórico. Aunque, seguramente desconocedor de la ley y la doctrina judías, el samaritano hizo un profundo acto de fe en Dios al ser su

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instrumento para que el hombre dejado por muerto a la vera del camino recuperase la vida. Sólo si la fe la hacemos vida tiene fuerza transformadora. Jesús nos habla de la fuerza que tiene la fe para cambiar la vida. Respondiendo a una pregunta de sus discípulos que no pudieron curar a un hombre endemoniado, les echa en cara su falta de fe y dice: “Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña:

“Trasládate de aquí a allá”, y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes”. (Mt 17,20).

¿QUÉ ES LA FE?

La fe pues, que contiene una serie de verdades doctrinales que son fundamentales para la vida del cristiano, nos pide llevar las verdades y doctrinas a la vida real de cada día, a nuestra conducta. En YOUCAT, un hermoso libro que adapta para los jóvenes el Catecismo de la Iglesia Católica, se señalan siete características para explicar qué es la fe:

- La fe es un puro don de Dios, que lo recibimos si lo pedimos ardientemente.

- La fe es la fuerza sobrenatural que nos es necesaria para obtener la salvación

- La fe exige la voluntad libre y el entendimiento lúcido del hombre cuando acepta la invitación divina.

- La fe es absolutamente cierta porque tiene la garantía de Jesús.

- La fe es incompleta mientras no sea efectiva en el amor.

- La fe aumenta si escuchamos con más atención la voz de Dios y mediante la oración estamos en un intercambio vivo con Él.

- La fe nos permite, ya ahora, gustar por adelantado la alegría del cielo.

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Quienes disponen del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC, así se hará en adelante la referencia a este libro) pueden completar lo anterior leyendo los siguientes números: 153- 165, 179-180, 183-184.23

TAREA PARA LA SEMANA

1. ¿Qué dificultades tienes para creer en la gente?

2. En este tema hemos examinado los siguientes textos del Evangelio: Mt 23,4; Jn 10,10; Lc 10,28; Lc 10,30; Mt 17,20. Toma tu biblia y reflexiónalos detenidamente y señala qué nos dice en ellos Jesús sobre la fe.

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EnCUEnTRO

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Lo esencial de nuestra fe está recogido en el credo

PRESENTACIÓN DEL TEMA

En nuestro segundo encuentro vamos a tomar un primer contacto con el Credo, la fórmula con la que cada domingo y solemnidades de la Iglesia confesamos en la celebración de la eucaristía después de la homilía del sacerdote y antes de presentarle a Dios Padre nuestras necesidades y peticiones. Veremos cómo surgieron las dos formulaciones del credo que en la actualidad rezamos y cómo se complementan.

ORACIÓN

Ojalá que a lo largo de estos encuentros nos atrevamos a elaborar, con nuestras propias palabras y desde nuestra experiencia de Dios y de Iglesia, nuestro propio credo. Hoy oramos con el texto de una canción que se hizo famosa hace varias décadas y en la que se proclama la fe en un Dios que está al lado del pueblo. Creo señor firmemente que de tu pródiga mente todo este mundo nació; que de tu mano de artista de pintor primitivista la belleza floreció; las estrellas y la luna, las casitas las lagunas, los barquitos navegando, sobre el río rumbo al mar; los inmensos los cafetales, los blancos algodonales y los bosques mutilados por el hacha criminal. Los inmensos los cafetales, los blancos algodonales y los bosques mutilados por el hacha criminal.

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Creo en vos, arquitecto, ingeniero, artesano, carpintero, albañil y armador. Creo en vos, constructor de pensamiento, de la música y el viento, de la paz y del amor. Yo creo en vos Cristo obrero, luz de luz y verdadero, unigénito de Dios, que para salvar al mundo en el vientre humilde y puro de María se encarnó. Creo que fuiste golpeado, con escarnio torturado, en la cruz martirizado, siendo Pilatos pretor, el romano imperialista, puñetero desalmado, que, lavándose las manos, quiso borrar el error. Yo creo en vos compañero, Cristo humano, Cristo obrero, de la muerte vencedor. Con tu sacrificio inmenso engendraste al hombre nuevo para la liberación. Vos estás resucitando en cada brazo que se alza para defender al pueblo del dominio explotador. Porque estás vivo en el rancho, en la fábrica en la escuela, creo en tu lucha sin tregua creo en tu resurrección.

LO ESENCIAL DE NUESTRA FE

El credo recoge, como ya sabemos, lo esencial de nuestra fe cristiana. Si tuviéramos que explicar a alguien que no es cristiano, y muestra interés por nuestra fe, qué es ser católico, bastaría que le presentáramos con sencillez lo que queda recogido en este texto. Al credo le pasó lo que a los evangelios, que antes de ponerse por escrito circuló por las comunidades cristianas de palabra. Con el tiempo, en el seno de aquella Iglesia de los primeros siglos empezaron a aparecer distintas explicaciones sobre las verdades cristianas, algunas de ellas equivocadas y que apartaban a la gente de la verdadera fe porque eran contrarias a algunas de las enseñanzas fundamentales de los apóstoles. Que esto sucedería ya lo advertía el apóstol Pedro. En su segunda carta dice: “En el pueblo de Israel hubo también

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falsos profetas. De la misma manera, habrá entre ustedes

falsos maestros que introducirán solapadamente desviaciones perniciosas, y renegarán del Señor que los redimió, atrayendo sobre sí mismos una inminente perdición”. (2Pedro 2,1).

A estos errores se les llamó herejías. Conviene que

tengamos en cuenta que, de acuerdo a la enseñanza de la

Iglesia, la herejía se da cuando un bautizado persiste en

la negación de una verdad que es fundamental y que todo

creyente queda obligado a creer. Todo esto llevó pues a aquella Iglesia a poner por escrito

el contenido esencial de la fe cristiana.

Un poco de historia

El credo que rezamos cada domingo es el credo apostólico ya que está basado en la enseñanza de los apóstoles a los primeros creyentes.

La primera formulación del credo se remonta al segundo

siglo, alrededor del 140 después de Cristo. Había ya para entonces un texto conocido como “Antiguo Símbolo” o “Signo Romano”, que es considerado precursor del Credo Apostólico actual. Era una fórmula de fe muy simple y sencilla que decía: “Creo en Dios el Padre Todopoderoso y en Jesucristo su hijo, nuestro Señor, y en el Espíritu Santo, la santa iglesia y la resurrección del cuerpo” Después vino el que se conoce como Credo Apostólico y más después el credo llamado “niceno-constantinopolitano”, que recoge en una las formulaciones de los concilios de Nicea y Constantinopla, en el siglo IV. En el Catecismo de la Iglesia Católica se nos explica todo esto con claridad. Veamos:

“192 A lo largo de los siglos, en respuesta a las necesidades de diferentes épocas, han sido numerosas las profesiones

o símbolos de la fe: los símbolos de las diferentes Iglesias

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apostólicas y antiguas, el Símbolo Quicumque, llamado de san Atanasio, las profesiones de fe de varios Concilios … o de algunos Papas, como la fides Damasi, o el “Credo del Pueblo de Dios” de Pablo VI (1968). 193 Ninguno de los símbolos de las diferentes etapas de la vida de la Iglesia puede ser considerado como superado e

inútil. Nos ayudan a captar y profundizar hoy la fe de siempre

a través de los diversos resúmenes que de ella se han hecho. Entre todos los símbolos de la fe, dos ocupan un lugar muy particular en la vida de la Iglesia:

194 El Símbolo de los Apóstoles, llamado así porque es

considerado con justicia como el resumen fiel de la fe de los Apóstoles. Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma. Su gran autoridad le viene de este hecho: “Es el símbolo que guarda la Iglesia romana, la que fue sede de

Pedro, el primero de los apóstoles, y a la cual él llevó la doctrina común” (San Ambrosio).

195 El Símbolo llamado de Nicea-Constantinopla debe su

gran autoridad al hecho de que es fruto de los dos primeros

Concilios ecuménicos (325 y 381). Sigue siendo todavía hoy el símbolo común a todas las grandes Iglesias de Oriente

y Occidente.

DOS CREDOS PERO UNA SOLA FE

Como ya se ha dicho, en la Iglesia podemos actualmente proclamar nuestra fe indistintamente con cualquiera de estos dos credos, el Apostólico y el de Nicea-Constantinopla. A continuación aparecen en paralelo ambas formulaciones, la apostólica más breve y la segunda más explícita porque añade algunas enseñanzas no apuntadas en la primera. El motivo de estos añadidos es que en los dos concilios, el de Nicea (325) y el de Constantinopla (381) se acordó la enseñanza oficial de la Iglesia para combatir la herejía

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conocida como “arrianismo”. Arrio, sacerdote cristiano de la iglesia de Alejandría, negaba la divinidad de Jesucristo al afirmar que la segunda persona de la Trinidad era criatura de Dios, es decir, que había sido creada. Con ello negaba también la Trinidad. Para corregir esto se convocó el Concilio de Nicea, que se celebró en el año 325, al que asistieron trescientos obispos. Como la condena del arrianismo no extinguió esta herejía, el emperador Teodosio convocó un nuevo concilio que se celebró en Constantinopla con la finalidad de restablecer la paz y la unidad religiosa basándose en el credo de Nicea. Este concilio reafirma la doctrina de Nicea y añade que el Espíritu Santo es “Señor de vida”. Este concilio de Constantinopla, del que nace el credo “Nicenoconstantinopolitano”, o credo de Nicea- Constantinopla, da forma ya de manera explícita al dogma de la Trinidad: Dios, una esencia divina en tres personas. Al afirmar que Dios es uno en esencia y tres en personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) confiesa que quien ha visto al hijo ha visto al Padre (Jn 14,9), y que el Espíritu Santo se manifiesta a través del Padre y del Hijo. Veamos continuación en paralelo el contenido de estos dos credos:

CREdO APOSTÓLiCO

CREdO niCEA-COnSTAnTinOPLA

Creo en dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.

Creo en un sólo dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,

Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: dios de dios,

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CREdO APOSTÓLiCO

CREdO niCEA-COnSTAnTinOPLA

que fue concebido

Luz de Luz, dios verdadero de dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre por quien todo fue hecho, que por nosotros, los hombres, y por

nuestra salvación bajó del cielo,

por obra y gracia del Espíritu

y

por obra del Espíritu Santo

Santo;

se encarnó de María, la Virgen,

nació de Santa María Virgen;

y

se hizo hombre.

padeció bajo el poder de

Y

por nuestra causa fue

Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos;

crucificado en tiempos de

Poncio Pilato; padeció y fue

sepultado,

resucitó al tercer día, según las Escrituras,

y

y

subió a los cielos;

y

subió al cielo,

está sentado a la derecha del

y

está sentado a la derecha

Padre, y desde allí ha de venir

del Padre; y de nuevo vendrá

juzgar a los vivos y a los muertos.

a

con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo,

Creo en el Espíritu Santo, Señor

y

dador de vida, que procede

la Santa iglesia católica, la Comunión de los Santos,

del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los

el perdón de los pecados,

pecados. Espero la resurrección de los

la resurrección de la carne

y

la vida eterna.

muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

Amén

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YO CREO

“No por casualidad, dice el Papa en “Porta Fidei”, el documento con el que convoca el “Año de la Fe”, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo”. Hoy nosotros hemos perdido esa costumbre y el credo ha quedado como una parte de la celebración eucarística dominical. Ojalá que este “Año de la Fe” nos ayude a redescubrir el valor de esta fórmula de nuestra fe. “El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, dice San Agustín, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor… Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón” Tengamos en cuenta un último aspecto. La confesión de nuestra fe es personal; hay que hacerla por tanto en primera persona. Aún estando reunidos en comunidad de hermanos, en la eucaristía dominical o en la celebración de la Palabra, cuando rezamos el credo lo tenemos que hacer en primera persona, porque de su fe nadie, sino uno mismo, puede dar cuenta.

CREEMOS SEGÚN LAS ESCRITURAS

Antes de adentrarnos en el estudio del Credo conviene que tengamos claro que las frases y expresiones que conforman nuestra confesión de fe, aunque lógicamente están basadas

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en las Escrituras, no están tomadas literalmente de ellas pues ya se ha señalado que se trata de un compendio de los principios fundamentales de nuestra fe cristiana. De todos modos, aunque no literalmente, todas y cada una de las afirmaciones que se dicen en el Credo tienen la Palabra de Dios como su origen y fuente, y como soporte pues, como veremos a lo largo de este curso, se apoyan en verdades del Antiguo Testamento, de los evangelios y de los escritos y cartas de los Apóstoles. Es precisamente este fundamento bíblico de sus verdades por lo que el credo es aceptado tanto por la Iglesia Católica, como por la Iglesia ortodoxa y las religiones cristianas históricas.

TAREA PARA LA SEMANA Hemos visto al estudiar este tema que Benedicto XVI, en Porta Fidei, nos ha recordado que en los primeros tiempos de la Iglesia, los creyentes se aprendían de memoria el credo y lo rezaban diariamente para no olvidar el compromiso bautismal. En esta semana vas a dedicar un tiempo a memorizar bien uno de estos credos que estamos estudiando en este curso; tal vez el que en tu comunidad se emplee con menos frecuencia en las celebraciones.

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EnCUEnTRO

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PRESENTACIÓN DEL TEMA

Creo en un solo dios

Con los tres temas primeros nos hemos acercado al estudio del CREDO haciendo reflexiones previas que era importante tener en cuenta. En este cuarto tema vamos

a reflexionar por qué creemos que hay un solo Dios y el significado de su nombre.

ORACIÓN

Creemos en Dios sobre todas las cosas. Creemos en Jesús, que es la luz de la vida. Creemos que Jesús murió y que su gesto de dar la vida por nosotros y su posterior victoria sobre

la muerte nos marcan el camino que cambia y transforma al

hombre y al mundo. Cada vez que nuestra conducta se asocia a la suya, nos parecemos a él. Cada vez que hacemos sonreír al prójimo, contemplamos la resurrección. Cada vez que

perdonamos, resucitamos. Porque perdonar equivale a posibilitar el nacimiento de una nueva manera de vivir tanto en las personas como en

la sociedad.

Creemos en el hombre, a pesar de que muchos nos decepcionan y de que nosotros mismos decepcionamos a los demás. Con la fuerza y el dinamismo de la resurrección de Cristo, esperamos que un día todos venceremos el mal e incluso la misma muerte.

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Creemos en el hombre, como guardián de este mundo. Renovados por la fe en Cristo resucitado, esperamos que no destruya la naturaleza sino que la salve.

(Tomado de “los otros credos”, Dabar, México 2000)

DIOS ES UNO SOLO

El Credo o Símbolo de los Apóstoles comienza diciendo:

“creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra”. El de Nicea-Constantinopla dice: “creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra”. Este segundo credo, pues, añade la característica de la unicidad de Dios. Recordemos que, como se explicó en el tema anterior, al Credo Apostólico se le añadieron algunos términos para salir al paso de herejías que negaban alguna verdad fundamental de la fe cristiana en aquellos primeros siglos.

¿PODRÍA HABER MAS DE UN DIOS?

Para nosotros, cristianos de siempre, la idea de que hay un solo Dios no nos cuesta trabajo aceptarla. Pero no es así para todo el mundo y tampoco ha sido así a lo largo de la historia.

Las religiones se dividen en tres grandes bloques o clases:

a) Politeístas: Admiten una pluralidad de dioses. Incapaz de dar el hombre explicación y unidad integradora a lo que acontece en la tierra –terremotos, inundaciones, sequías, fertilidad, esterilidad etc, etc- tiende a hacerse un dios para cada una de esas realidades que no puede ni entender ni gestionar. Politeístas son las antiguas religiones egipcia, griega, romana, celta o nórdica, la azteca, la inca etc.

b) Monoteístas: Admiten un solo Dios a quien consideran un Ser Supremo, Absoluto y personal que

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es el fundamento último de todo. Las tres grandes religiones monoteístas son el cristianismo, cuya fuente de revelación es la Biblia, el judaísmo, en esta religión el libro sagrado es la Torah, y el Islam, que se guía por el Corán.

c) Animistas: Creencia en la existencia de espíritus que animan todas las cosas. El animismo es típico de las sociedades primitivas. Los fenómenos no explicables se considera que están regidos por fuerzas oscuras. Típico de estas religiones es el recurso a la magia. En la actualidad en muchos lugares, principalmente del continente africano, donde todavía perviven las religiones animistas.

Para nosotros Dios no puede ser mas que uno sólo porque,

entendida la fe como adhesión total a un Ser que da sentido

a nuestras vidas, la existencia de otros dioses imposibilitaría esa adhesión a uno solo. Pongamos el caso de los enamorados, de las parejas

o de los matrimonios. La entrega total a una persona solo puede hacerse de forma unitaria e integradora. Si amar es darse totalmente, la donación total solo puede hacerse a una persona. Esto no quiere decir que el ser humano no está en capacidad de amar a más personas; cualquier otra donación

y

entrega quedará englobada en ese amor prioritario. Si hubiere dos o más dioses, de acuerdo a las leyes de

lógica, es decir, partiendo de nuestra concepción de Dios

la

como Ser Supremo, un dios limitaría a otro y ninguno de ellos sería entonces ser supremo, ninguno sería infinito, tampoco perfecto. En definitiva, ninguno de los dos sería realmente Dios.

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ESCUCHA ISRAEL

Así lo entendió el Pueblo de Israel. En el libro del Deuteronomio leemos: “Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como una marca sobre tu frente. Escríbelas en las puertas de tu casa y en sus postes” (Dt 6,4-9) Este texto muchos lo consideran el credo de Israel. En otros muchos textos del Antiguo Testamento se recoge esta verdad de la unicidad de Dios en la que se fundamenta la fe del pueblo de Israel: “Miren bien que yo, sólo yo soy, y no hay otro dios junto a mí. Yo doy la muerte y la vida, yo hiero y doy la salud, y no hay nadie que libre de mi mano”. (Dt 32,39) En el Segundo Libro de Samuel: “Por eso tú eres grande Señor, no hay nadie como tú, ni hay Dios fuera de ti, por todo lo que hemos escuchado con nuestros propios oídos” (2 Samuel 7,22). Aunque son muchos los textos en los que queda constancia de que la fe del pueblo de Israel se sustentó en la creencia en un Dios único, miremos rápidamente estos que se citan a continuación: 1 Reyes 8,60; Nehemías 9,6; Salmo 18,31; Salmo 86,10, Isaías 37,16-20; Isaías 44,6-8; Oseas 13,4; Zacarías 14,9

EL PUEBLO SE APARTÓ DE DIOS Y ADORÓ LOS ÍDOLOS

El pueblo de Israel, que había visto cómo Dios le escogió como pueblo y lo liberó de la esclavitud de Egipto, no fue fiel a ese Dios y se apartó de él adorando otros dioses que él mismo hizo con sus manos.

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Veamos este pasaje del libro del Éxodo: “Cuando el

pueblo vio que Moisés tardaba en bajar del monte, se reunió

el pueblo en torno a Aarón y le dijeron: “Anda, haznos un

dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos qué ha

sido de Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto.” Aarón les respondió: “Quitad los pendientes de oro de las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y vuestras hijas,

y traédmelos.” Y todo el pueblo se quitó los pendientes de oro

que llevaba en las orejas, y los entregó a Aarón. Los tomó él de sus manos, hizo un molde y fundió un becerro. Entonces ellos exclamaron: “Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto.” Viendo esto Aarón, erigió un altar ante el becerro y anunció: “Mañana habrá fiesta en honor de Yahveh.” Al día siguiente se levantaron de madrugada y ofrecieron holocaustos y presentaron sacrificios de comunión. Luego se sentó el pueblo a comer y beber, y después se levantaron para solazarse. Entonces habló Yahveh a Moisés, y dijo: “¡Anda, baja! Porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto, ha pecado. Bien pronto se han apartado el camino que yo les había

prescrito. Se han hecho un becerro fundido y se han postrado ante él; le han ofrecido sacrificios y han dicho: “Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto. Y dijo Yahveh

a Moisés: “Ya veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz”.

(Ex 32,1-9) En varios momentos de su historia el pueblo de Israel estuvo tentado de idolatría y, para ayudarle a mantenerse fiel, Dios, por medio de los profetas, le recordaba su compromiso, la Alianza. En el libro de Jeremías se dice: “¡Escuchen, casa de Israel, la palabra que les dirige el Señor! Así habla el Señor:

No imiten las costumbres de los paganos ni se atemoricen por los signos del cielo, porque son los paganos los que temen esas cosas. Sí, el Terror de los pueblos no vale nada: es una madera

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que se corta en el bosque, una obra cincelada por la mano del orfebre; se la embellece con plata y oro, se la asegura con clavos y martillos, para que no se tambalee. Ellos son como un espantapájaros, en un campo de pepinos; no pueden hablar, hay que transportarlos, porque no dan ni un paso. ¡No les tengan miedo, no hacen ningún mal, ni tampoco son capaces de hacer el bien! No hay nadie como tú, Señor: tú eres grande y es grande la fuerza de tu Nombre. ¿Quién no sentirá temor de ti, Rey de las naciones? Sí, eso es lo que te corresponde, porque entre todos los sabios de las naciones y en todos sus reinos, no hay nadie como tú. Todos ellos, por igual, son estúpidos y necios:

vana es su enseñanza, no son más que madera, plata laminada traída de Tarsis y oro de Ufaz, obra de un orfebre, de las manos de un fundidor, con vestiduras de púrpura y carmesí: ¡obra de artesanos es todo eso! Pero el Señor es el Dios verdadero, él es un Dios viviente y un Rey eterno. Cuando él se irrita, la tierra tiembla y las naciones no pueden soportar su enojo. Esto es lo que ustedes dirán de ellos: “Los dioses que no hicieron ni el cielo ni la tierra, desaparecerán de la tierra y de debajo del cielo”. Con su poder él hizo la tierra, con su sabiduría afianzó el mundo, y con su inteligencia extendió el cielo. Cuando él truena, retumban las aguas en el cielo, hace subir las nubes desde el horizonte, desata la lluvia con los relámpagos, hace salir el viento de sus depósitos. El hombre queda aturdido, sin comprender, el fundidor se avergüenza de su ídolo, porque su estatua es una mentira, y en nada de eso hay aliento de vida; son pura vanidad, una obra ridícula, perecerán cuando haya que dar cuenta. Pero no es como ellos la Parte de Jacob, porque él ha modelado todas las cosas; Israel es la tribu de su herencia, su nombre es: “Señor de los ejércitos”. (Jr 10,1-16)

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LOS NUEVOS ÍDOLOS

Como acabamos de ver, creer en el Dios único, Yavhé, y a la vez adorar ídolos, fue una práctica bastante frecuente en el pueblo de Israel. Hoy ocurre algo parecido. La fe en el Dios único de muchos creyentes es una fe, como vimos en temas anteriores, teórica o que se queda en el ámbito de las ideas, de lo doctrinal. La fe práctica suele ir por otro camino, el camino que nos marcan las tendencias sociales. Los grandes centros comerciales se asemejan mucho a nuestras catedrales y basílicas; son auténticos templos en los que se adora al dios consumo y al que se rinde tributo gastando el dinero en las tiendas, que son como altares en los que se hacen sacrificios. Elseguimientoquesedaapersonajesfamosos,deportistas, artistas, etc, convertidos en mitos y en ídolos, que suscitan tanta admiración y seguimiento que hasta la vida algunos darían por ellos, son versiones actuales de idolatría. No hace mucho la cantante norteamericana Lady Gaga dio un único concierto en la ciudad de Barcelona, en España. La televisión de aquel país reportó que un joven estuvo dieciséis días en la taquilla para conseguir la primera boleta del concierto, lo que le daría la oportunidad de ocupar una de las primeras localidades y saludar en persona a la artista. Como el anciano Simeón, del que nos habla el evangelio de Lucas, que tras ver al Señor presentado en el templo sentía que podía ya morirse en paz (Lc 2,29), este joven declaró que todos sus sueños y deseos en la vida se cumplían con ese fugaz encuentro con su ídolo.

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EL DIOS DEL NUEVO TESTAMENTO

Terminemos este tema en el que hemos reflexionado sobre la unicidad de Dios, haciendo una referencia al Nuevo Testamento. Jesús, como judío que era, nos habla también de un Dios único, al que él llama Abbá, Padre. “Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: “¿Cuál es el primero de los mandamientos?” Jesús respondió: “El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos”. (Mc 12, 29-31) En Juan leemos: “y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn 17,3) Otros textos Nuevo Testamento que nos hablan de la unicidad de Dios son: Romanos, 3,3; 1 Corintios 8,4-6; Gálatas 3,20; Efesios 4,6; 1Ttimoteo 1,17 y 2,5; Santiago 2,19.

ÚNICO PERO NO ARROGANTE

Una última anotación. Que Dios sea único, que no haya otros dioses mas que él no significa que su unicidad sea expresión de soberbia u orgullo. Dios es único en su poder, un poder, como veremos en un próximo tema, utilizado a favor de nosotros. Dios ha compartido con nosotros esa condición de ser únicos. También a nosotros Dios nos ha creado siendo únicos e irrepetibles. Ni las las personas más parecidas e iguales lo son totalmente. Nadie de nosotros es uno mas entre millones de personas, somos piezas únicas, obras de arte únicas y como

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tales nuestro valor es impagable. De hecho el día que hubo que pagar por nosotros un precio se hizo con la sangre de su hijo.

TAREA PARA LA SEMANA La tarea de esta semana consiste en observar. En Israel idolatría y fe en el Dios único se mezclaron en muchos momentos. Eso mismo ocurre hoy. Identifica señales de idolatría que se dan hoy en algunos cristianos.

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EnCUEnTRO

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PRESENTACIÓN DEL TEMA

Padre

El primer calificativo que damos a Dios cuando

confesamos nuestra fe al pronunciar al credo es el de Padre.

El Credo lo tenemos que reflexionar partiendo precisamente

de que el Dios en el que creemos es Padre. De Dios, en cuanto Padre compasivo y misericordioso, vamos a hablar en este tema de hoy.

ORACIÓN

Porque Dios es nuestro Padre y nosotros somos hermanos,

renunciamos a creernos superiores a los demás, esto es,

a cualquier tipo de abuso, de discriminación, fariseísmo,

hipocresía, cinismo, orgullo, egoísmo personal, desprecio. Porque Dios es nuestro Padre y nosotros somos hermanos, renunciamos a inhibirnos ante las injusticias y necesidades de las personas e instituciones, por cobardía, pereza, comodidad, ventajas personales. Porque Dios es nuestro Padre y nosotros somos hermanos, renunciamos a los criterios y comportamientos materialistas, que consideran el dinero como la aspiración suprema de la vida, al negocio como valor absoluto, al propio bien por encima del bien común. Creemos que el Padre, al entregarnos a su Hijo, nos dio la mayor prueba de amor y, al resucitarlo, dio validez definitiva a su vida.

(Adaptado de “Los otros credos”, Dabar, México 2000)

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UN DIOS AL QUE TEMER

La experiencia religiosa de muchas personas se centra en la fe en un Dios al que se teme. El dios de no pocas religiones es un ser considerado hostil al hombre, un ser al que hay que aplacar y satisfacer con sacrificios y ofrendas, un ser que da miedo. En no pocos cristianos hoy todavía prevalece esta idea de un dios juez, castigador y justiciero que pareciera que está con la mano levantada esperando que cometamos un error para castigarnos. A ello ha contribuido mucho una errada religiosidad en la que, más antes que ahora, se ha educado a las personas desde la infancia. Cuántas veces a un niño no se le ha dicho: “no hagas tal cosa que Dios te va a castigar”. Quienes desde niños ha tenido esa referencia de Dios es muy probable que predomine en ellos la idea de un dios castigador. La prevalencia de este concepto de Dios en muchas personas ha llevado al enfermizo síndrome de los escrúpulos, verdadero tormento para mucha gente que no tiene una conciencia bien formada. Técnicamente podríamos definir los escrúpulos como “un desasosiego excesivo que experimentan algunas conciencias por temer, por razones de poco peso, haber ofendido a Dios”. De la misma manera que no es buena ni sana, porque va contra la propia naturaleza de la familia, la relación basada en el miedo de un hijo hacia su padre, tampoco es correcta la relación de un creyente con Dios basada únicamente en el miedo y temor al castigo. En cierto modo podríamos decir que creer en un dios castigador no es creer en el Dios verdadero. Esa sería una forma de idolatría. En muchos momentos de su historia el pueblo de Israel entendió los sufrimientos que padecía como un castigo de Dios que vengaba su mal comportamiento. Lo recoge muy bien el profeta Oseas. Nos habla de la relación amorosa de Dios con su pueblo como la del esposo con una esposa que

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se ha prostituido, pero a quien sigue queriendo: “Escuchen

la palabra del Señor, israelitas, porque el Señor tiene un

pleito con los habitantes del país: ya no hay fidelidad, ni

amor, ni conocimiento de Dios en el país. Sólo perjurio y engaño, asesinato y robo, adulterio y extorsión, y los crímenes sangrientos se suceden uno tras otro” (Oseas 4,1) Culpa Dios de estos pecados a los sacerdotes y su ira se convierte en una gran amenaza para todos: “No, que nadie acuse ni haga reproches! ¡Mi pleito es contigo, sacerdote! Tú tropezarás en pleno día; también el profeta tropezará en la noche junto contigo, y yo haré perecer a tu madre. Mi pueblo perece por falta de conocimiento. Porque tú has rechazado el conocimiento, yo te rechazaré de mi sacerdocio; porque has olvidado la instrucción de tu Dios, también yo me olvidaré de

tus

hijos. Todos, sin excepción, pecaron contra mí, cambiaron

su

Gloria por la Ignominia. Se alimentan con el pecado de

mi

pueblo y están ávidos de su iniquidad. Pero al sacerdote

le sucederá lo mismo que al pueblo: yo le pediré cuenta de

su conducta y le retribuiré sus malas acciones. Comerán,

pero no se saciarán, se prostituirán, pero no aumentarán, porque han abandonado al Señor, para entregarse a la prostitución”(Oseas 4,4-10) Pero el propio Dios se ocupa de mostrarle a este pueblo su lado paternal, su lado compasivo: “¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? ¿Cómo voy a entregarte, Israel? ¿Cómo voy a tratarte como a Admá o a dejarte igual que Seboím? Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura: no daré libre

curso al ardor de mi ira, no destruiré otra vez a Efraím. Porque

yo soy Dios, no un hombre: soy el Santo en medio de ti, y no

vendré con furor” (Oseas 11,8-9). Quien aguanta su enojo y su rabia y reprime su ira actúa así porque, en definitiva, es Dios, no un hombre, es el santo, es decir, la bondad por excelencia.

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JESÚS NOS HA REVELADO A DIOS COMO PADRE

“Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios

son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abbá!, es decir, ¡Padre!” (Romanos 8,14) A los miembros de la comunidad cristiana de Roma, Pablo les dice que son hijos de un Dios Abbá, es decir, de un Dios que es Padre que ha sacudido de sus vidas el espíritu de esclavos. De Dios como Abbá, como Padre, nos ha hablado Jesucristo. Podríamos decir que ésta ha sido su gran revelación, la gran novedad de su Evangelio. Dicen los expertos que esta palabra Abba es la única que el evangelio ha conservado intacta del arameo. Traducida significaría “padre querido” o “papi”, expresión que quiere resaltar el aspecto de ternura, de cariño y de relación íntima con Dios. Cuando Jesús dice que Dios es Padre, no está trasladando

sus discípulos una idea o una verdad en la que cree. Es mucho más que eso, Jesús está compartiendo una experiencia personal. Jesús experimenta a Dios como Padre y se posiciona frente a Él como hijo. En la mentalidad semita, ser hijo conllevaba la exigencia de parecerse al padre, actuando y viviendo como él. Porque Jesús tiene plena confianza en el Abbá “su alimento, es decir, lo que sostiene su vida, lo que da la fortaleza es hacer su voluntad y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34) La palabra Abbá, Padre, aplicada a Dios es una analogía,

a

lo

que quiere decir, que no logra reunir en su significado toda

la

grandeza de Dios, no puede contener todo su misterio. Es

decir, Dios es mucho más que Abbá, mucho más que Padre, pero es Padre. Si a Dios lo reducimos a Padre en el sentido humano estamos entonces, aún inconscientemente, dándole tratamiento

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de ídolo. Al señalar esto, lo que se quiere advertir, entre otras cosas, es que la paternidad de Dios no entra en la dinámica humana del binomio “paternalismo-infantilismo, autoritarismo-sometimiento. Las estadísticas dicen que, nada más y nada menos, en ciento setenta ocasiones Jesús se refiere a Dios llamándolo Padre. La experiencia de Dios que tiene Jesús es la de un Dios Padre: que cuida de las criaturas más frágiles, hace salir el sol sobre buenos y malos, que se da a conocer a los pequeños, defiende a los pobres, cura a los enfermos, busca a los perdidos. “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,43-45), leemos en el evangelio de San Mateo. Porque Dios es como un Padre que ama a todos, a los buenos y a los malos, nosotros no podemos ampararnos en ninguna ley o tradición para odiar a los adversarios. Dios Padre denuncia toda forma de exclusión. La idea de Dios Padre hoy no es fácil de aceptar para todos. En su Audiencia General del miércoles, 23 de mayo del 2012, el Papa Benedicto XVI habló de la dificultad que para algunos tiene comprender y acoger la idea de Dios Padre por las experiencias negativas vividas en la familia con respecto a la persona del padre de familia. Señaló el Pontífice: “Tal vez el hombre moderno no percibe la belleza, la grandeza y el profundo consuelo contenidos en la palabra “padre” con la que podemos dirigirnos a Dios en la oración, porque la figura paterna a menudo hoy no está suficientemente presente, y a menudo no es suficientemente positiva en la vida diaria. La ausencia del padre, el problema de un padre no presente en

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la vida del niño es un gran problema de nuestro tiempo, por lo que se hace difícil entender en profundidad qué significa que Dios sea Padre para nosotros”

DIOS NO ES VARÓN

Consciente o inconscientemente, el término Padre nos evoca el género masculino, un Dios varón. Así lo vemos representado en la iconografía, tanto trinitaria como la específica de la primera persona del Misterio. En el caso de Dios Padre abunda la imagen de un anciano, con larga barba blanca, de rostro bondadoso, como el de todos los ancianos. Es bueno recordar que la referencia a Dios como Padre se hace por analogía. Cada vez se emplea más el término Padre-Madre para referirnos a Dios. Esta idea de Dios Padre- Madre, comenta Henry Nouwen en su libro “El regreso del hijo pródigo” queda bien recogida por Rembrandt, un pintor holandés del siglo XVII. Si miramos la pintura podremos observar que la mano derecha del padre que abraza al hijo que regresa es más estilizada y fina que la izquierda, que parece más ruda y vellosa. Dice Nouwen que la mano izquierda es de mujer y la derecha de varón. Si realmente el artista holandés quiso expresar en su pintura que Dios, representado en la parábola como el padre, es Padre y Madre a la vez, hay que admirarse de ello, sobre todo tratándose de un tiempo en el que apuntar tan alto en el pensamiento religioso era bien arriesgado. Aunque es Jesús quien de manera más clara y determinante nos ha hablado de Dios como Padre, también en el Antiguo Testamento hay señales de ellos. Por ejemplo, en el libro del Deuteronomio leemos: “¿Así le pagas al Señor, pueblo necio e insensato? ¿Acaso él no es tu padre y tu creador, el que te hizo y te afianzó?” (Dt 32,6) Y en otro lugar: “¿No tenemos todos un solo Padre? ¿No nos ha creado un solo Dios? ¿Por qué

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nos traicionamos unos a otros, profanando así la alianza de nuestros padres?” (Malaquías 2,10)

Y también en este Primer Testamento encontramos

referencia a Dios como madre. En el libro del profeta Isaías leemos: “Como un hombre es consolado por su madre, así yo los consolaré a ustedes, y ustedes serán consolados en Jerusalén” (Isaías 66,13)

UN DIOS CERCANO

Dice San Agustín que “Dios es más íntimo que mi propia intimidad”. Es imposible representar con más fuerza la cercanía de Dios en nosotros. Jesús tenía conciencia clara de

que “el Padre y yo somos uno” (Jn 10,30) y que, por tanto, “el que me ha visto a mi ha visto al Padre” (Jn 14,9). Jesús experimenta a Dios como alguien cercano, bueno y entrañable. Éste es el rasgo más característico de la oración de Jesús, que es el escenario donde podemos percibir claramente

la relación paterno filial entre Jesús y el Padre.

La oración de Jesús era impactante. La gente acostumbraba

a dirigirse a Dios en tono más solemne, acentuando la

distancia y el temor reverencial. Tal vez por ello, los discípulos

le piden a Jesús que les enseñe a orar de la manera que él se

comunica con su Padre: “Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros

perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación”. (Lucas 11,1-4) La palabra Padre es la primera palabra de Jesús al dirigirse a Dios en esta oración. Con ella se entra en un clima de confianza e intimidad que debe llenar todas las peticiones

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que siguen. Jesús quiere que sus seguidores oren con la confianza de sentirse hijos e hijas muy amados del Padre Dios y hermanos solidarios de todos. Dios es el Padre de

todos, sin discriminación ni exclusión alguna. No pertenece

a un solo pueblo ni es propiedad de una religión. Todos lo pueden invocar como Padre. El rasgo más característico de ese Dios Padre que Jesús experimenta en su vida es la bondad: Dios es un Padre

Bueno. Para Jesús Dios es una presencia buena que bendice

la vida. Dios es bueno con todos sus hijos e hijas, lo más

importante para él son las personas, más que los sacrificios

o el sábado. Dios sólo quiere el bien de las personas, y

nada debe ser utilizado contra las personas, y menos aún

la religión.

LA PARáBOLA DEL PADRE BUENO

En la parábola llamada del “hijo pródigo”, que mejor ha

de ser llamada del “Padre Bueno”, Jesús describe con maestría

a ese Dios Padre Bueno. Es un padre cercano que respeta

las decisiones de sus hijos y les permite seguir libremente su camino. A él siempre se puede volver sin temor. Sale al encuentro del hijo hambriento que retorna, lo abraza y besa como una madre y grita a todos su alegría; lo acoge tal como es; no le reprocha nada, no le impone castigo, no le plantea ninguna condición para aceptarlo de nuevo en casa, ni le exige un ritual de purificación. Sencillamente lo ama y sólo busca su felicidad; el hijo ha de conocer junto al Padre la fiesta buena de la vida (Lc 15,11-32). Este Dios de Jesús no es el Dios vigilante de la ley, atento a las ofensas de sus hijos, que da a cada uno su merecido y no conoce el perdón si antes no se han cumplido escrupulosamente unas condiciones. Cuando Dios es captado como poder absoluto que gobierna y se impone por la fuerza

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de su ley, emerge una religión regida por el rigor, los méritos

y los castigos. Cuando Dios es experimentado como bondad y

misericordia, nace una religión fundada en la confianza. Dios no aterra por su poder y su grandeza, sino que seduce por su bondad y cercanía. Se puede confiar en él. Este Dios Bueno es el que Jesús anuncia y muestra. De mil maneras lo decía a los enfermos, desgraciados, indeseables

y pecadores: Dios es para los que tienen necesidad de que sea bueno.

TAREA PARA LA SEMANA 1. Hoy haremos un poco de memoria. Piensa en tu forma de expresar tu religiosidad. Identifica momentos en tu vida en los que, como Jesús, has experimentado a Dios como Padre.

2. Examina también si en ti quedan señales de que tienes miedo a Dios.

3. Por qué decimos que, al ser Dios Padre, no podemos nosotros justificar ningún tipo de exclusión con nadie.

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PRESENTACIÓN DEL TEMA

Todopoderoso

Al Dios con el que Jesús nos ha enseñado a relacionarnos como Padre, le reconocemos también como TODOPODEROSO. En el tema de hoy vamos a tratar de responder a esta pregunta: ¿qué decimos cuando confesamos que Dios es TODOPODEROSO?

ORACIÓN

Creemos, Padre, que tu palabra es acción creadora de historia, que suscita un pueblo y una nueva humanidad. Creemos que esa Palabra tuya se ha hecho carne en Jesús de Nazaret; palabra de novedad absoluta y de absoluta liberación. Palabra de juicio sobre todo hombre y sobre el mundo, contra toda desigualdad e injusticia. Esta Palabra -Jesús de Nazaret- escruta radicalmente el mundo, interpelándonos para una vida nueva en medio de nuestras contradicciones. Ninguna otra palabra es más absoluta. Nadie mas es justo ante tu mandato absoluto de igualdad y de amor. En adelante, toda la historia debe convertirse en fraternidad y servicio. Nadie puede ya vivir para si mismo, sino que tiene que dar la vida por los hermanos: morir socialmente por una relación de igualdad. Reconocemos que solo la presencia de tu Espíritu puede vencer la dureza de nuestro corazón, liberarnos de nuestro individualismo, poner responsablemente nuestros pasos en el camino de los pobres.

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Inquiétanos, Señor. Ayúdanos a inquietar nuestra ciudad, nuestro barrio, nuestra fabrica, nuestra escuela, nuestra casa, y tu Iglesia.

(Tomado de “Los otros credos”, Dabar, México 2000)

UN DIOS OMNIPOTENTE

Decir que Dios es todopoderoso es lo mismo que decir que es omnipotente. Cuando el ángel Gabriel presenta a María la propuesta de Dios, ser la madre del Mesías que el pueblo esperaba por años, algo que parecía por demás imposible, como prueba de que habla en serio y que lo que parece imposible no lo es, le anuncia que su prima Isabel, ya en edad avanzada e imposibilitada de procrear, está de seis meses y va a tener un hijo. Gabriel termina su encuentro con María aclarándole que eso puede ser así “porque no hay nada imposible para Dios” (Lc 1,37) Desde nuestra lógica humana Dios no puede ser otra cosa que Todopoderoso porque esa es la única razón por la que en Él ponemos nuestra confianza, en Él nos abandonamos seguros de que estando en sus manos, estamos en las mejores manos. Cuando caemos enfermos y tenemos que ir al médico nos aseguramos, si está en nuestras manos, de que el galeno sea de garantía, es decir, que tenga poder en su área y es por ello que le encomendamos la tarea de curarnos. Un niño confía ciegamente en su papá y, agarrado de su mano, sabe que no corre ningún peligro. Jesús se siente vencedor del mundo porque el Padre ha compartido con él el poder para dar vida. Porque Dios es Todopoderoso, Jesús encomienda al Padre su Espíritu, su vida, (Lc 23,45) Y esa misma confianza es la que el Maestro pide a sus discípulos: “Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el

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Padre está conmigo. Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo”. (Jn 16, 32-33) El reproche de Jesús

a Pedro parece excesivo. El discípulo con el anuncio de la

Pasión veía en peligro todas las esperanzas puestas en su líder al que, para seguirlo, dejó atrás su vida de pescador:

“Pedro, tomando la palabra, dijo: “Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a

nosotros?” (Mt 19,27)

EL PODER DE DIOS ES UN MISTERIO

En cierto modo, aún desde la fe, podemos decir que para nosotros la omnipotencia de Dios es un misterio que no alcanzamos a comprender. Sabemos que Dios es el creador, que hacer todo de la nada supone que hay mucho poder en sus manos. Decimos que es Dios quien gobierna y dirige lo

creado, pero a menudo nos preguntamos que, si Dios es así,

si Dios, es quien gobierna y rige el mundo, ¿por qué hay tanto

mal, tanta guerra, tanta destrucción y violencia, tanta muerte

cuando Él es el Dios de la vida? Cuando el 11 de septiembre del 2001 un acto terrorista destruyó las Torres Gemelas de Nueva York y destruyó buena parte del edificio del Pentágono, muchos se preguntaron dónde estaba Dios en aquellas horas, por qué permitió que ese abominable hecho ocurriera, por qué no desvió los aviones hacia un lugar dónde un menor número de personas quedara expuesta a la muerte. Recuerdo que por aquel entonces, en un programa de televisión en que se abordó este tema, dije que Dios, ese 11 de septiembre estaba llorando amargamente la pérdida de sus hijos y que además sus lágrimas eran mayores que las nuestras porque estaba en una incomodísima posición al ser el Padre de los inocentes asesinados, pero también

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de los asesinos que mataban. Sólo alguien que haya pasado por la dramática experiencia de ver a un hijo matar a su hermano puede hacerse idea del dolor de Dios Padre ese día. El profeta Isaías nos ayuda a acoger este misterio de Dios. Nos dice. “Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos” (Isaías 55,8). A Pedro le cuesta entender que el mesianismo de Jesús tenga que pasar por la cruz: “y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. (Mc 8,31-33). No olvidemos que “la impotencia del Viernes Santo fue el requisito de la Resurrección” (Youcat, 40)

AMOR Y PODER

La experiencia humana de “poder”, por lo general, tiene muy poco de divina. Estamos acostumbrados a entender y ver que el poder en nuestra sociedad deshumaniza porque es sinónimo de autoritarismo, abuso y desprecio, no pocas veces. A los discípulos que se enojan con los hermanos cebedeos por que su madre pretendía que ocuparan los primeros puestos en su Reino, Jesús les dice que su poder no se usa con criterios humanos: “ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que

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quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt 20,25-28). En respuesta a Pilatos, que le pregunta si es rey, Jesús declara: “Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí”.(Jn 18,36). Cuando Jesús se reconoce como rey con un poder que no es como los poderes de este mundo, está diciendo que en él está la omnipotencia del Padre. Este poder del Padre Jesús lo emplea para dar vida, para ayudar a los pobres, para curar a los enfermos, aunque no todos lo vieron así. Tras curar a un mudo a Jesús le acusan de echar demonios porque participa del poder del demonio. Jesús responde: “Si yo expulso los demonios con el poder de Belcebú, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso ellos los juzgarán. Pero si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, es que ha llegado a ustedes el reino de Dios”. (Lc 11,19). Son por tanto inseparables PODER y AMOR en Dios. Podríamos decir que es el amor el que explicita el poder omnipotente de Dios.

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JESUCRISTO ACTÚA CON EL PODER DEL PADRE

Antes de subir al cielo Jesús deja en sus discípulos el poder con el que ha actuado por las aldeas de Galilea y en Jerusalén. “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 18,28-30). Con ese poder a favor de la vida Jesús les manda por el mundo a predicar la novedad del Reino, a bautizar y les promete su compañía para siempre. Tras su bautismo a manos de Juan Jesús es conducido por el Espíritu al desierto. Necesita decidir qué va a hacer con su vida. Lo ocurrido en el Jordán lo ha turbado: “en ese momento se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mt 3,16-17) En pleno discernimiento se cuela Satanás. Tras cuarenta días de ayuno severo, el demonio le hace una propuesta sugerente. No le dice que se olvide la misión que tiene que cumplir; le muestra el camino del poder humano para llevarla a cabo. Algunos comentaristas dicen que las tres propuestas del diablo a Jesús no son más que las típicas tres tentaciones que más acosan a los seres humanos: la tentación del poder, la del tener y la del ser. Cuando Jesús le responde a Satanás: “Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. (Mt 4,4), o cuando le dice: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios” (Mt 4,7) y cuando por último le contesta: “Retírate, Satanás, porque está escrito:

Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto” (Mt 4,10)

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está tomando la vía señalada por el Padre que no es otra que usar bien su poder no al estilo humano sino al estilo de Dios. De que Jesús actuó con el poder de Dios a favor de la vida dan constancia los milagros que recogen los evangelios. Con el poder de Dios, movido por la compasión hacia los enfermos, los excluidos, Jesús cura y devuelve la vida. El poder sólo es omnipotente cuando se convierte en amor. Cuando el poder se ejerce sin amor se convierte en explotación.

TAREA PARA LA SEMANA 1. Mucho o poco, tú tienes un espacio de poder en tu vida. Examina cómo lo ejerces. Mira si encuentras señales de que ese poder lo ejerces al estilo del mundo o al estilo del Padre

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Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible

PRESENTACIÓN DEL TEMA

Seguido de confesar nuestra fe en Dios como Padre Todopoderoso, decimos en el credo que es “creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Este va a ser el tema central de nuestro encuentro de hoy.

ORACIÓN

Creo en Dios Padre, cuya palabra sostiene la vida de los hombres y su trabajo creador. Porque él es la vida. Creo en su Hijo, metido entre nosotros que caminábamos

en tinieblas y nacido entre los más pobres para manifestar la gracia de Dios. Porque él es el Señor. Creo en el Espíritu Santo, que nos ha hecho nacer a la vida de Dios y nos llena de fuerza y alborozo en nuestras luchas de cada día. Porque él es el Amor. Creo en la Iglesia, puesta al servicio de los hombres para que todos reciban la plenitud de Dios. Porque es mensaje de

la Buena Noticia.

Creo en la vida eterna comunicada por el pan y el vino

a todos los testigos de Dios en el mundo. Porque esa es nuestra gloria.

(Thierry Maertens)

DIOS CREADOR

La Sagrada Escritura, en la que se fundamenta nuestra fe, comienza hablándonos de Dios como creador todo lo que tiene vida, es decir, como creador de la vida misma. Al decir

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que Dios es creador “del cielo y de la tierra, de todo visible

y lo invisible”, lo que confesamos es que sólo Dios es el único creador. Pero, nos podemos preguntar: ¿qué llevó a Dios a crear

el mundo?

En el tema anterior vimos el significado de la omnipotencia de Dios. Desde aquí podemos responder a la pregunta anterior. En la primera carta de Juan se nos dice que Dios es amor (1Jn 4,8) Si Dios es omnipotente y es amor, no puede menos que expresar su amor todopoderoso saliendo de sí mismo y compartiendo su vida, su felicidad, su dicha, porque sólo compartiéndola son plenas. En cierto modo podríamos, de acuerdo a nuestras categorías humanas, decir que a Dios no le quedó más remedio que crear el universo porque esa era la única forma de ser todopoderoso, es decir, de ser Dios. Dios crea pues por amor y por amor cuida de su obra. En el libro de la Sabiduría se habla del amor de Dios hacia sus criaturas en los siguientes términos: “Tu inmenso poder está siempre a tu disposición, ¿y quién puede resistir a la fuerza de tu brazo? El mundo entero es delante de ti como un grano de polvo que apenas inclina la balanza, como una gota de rocío matinal que cae sobre la tierra. Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan. Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado. ¿Cómo podría subsistir una cosa si tú no quisieras? ¿Cómo se conservaría si no la hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida” (Sabiduría 11,21-26) En la doble narración del relato de la creación que encontramos en el libro del Génesis la mano creadora de Dios se manifiesta como autoridad para gobernar y dirigir

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la obra creada. Con estas palabras nos lo dice el deutero (anónimo) Isaías: “Así habla el Señor, tu redentor, el que te formó desde el seno materno: Soy yo, el Señor, el que hago

todas las cosas; yo solo despliego los cielos, yo extiendo la tierra, ¿y quién está conmigo? Yo hago fracasar los presagios de los charlatanes y hago delirar a los adivinos; hago retroceder a los sabios y cambio su ciencia en locura. Yo confirmo la palabra

de mis servidores y cumplo el designio de mis mensajeros. Yo

digo de Jerusalén:”¡Que sea habitada!”, y de las ciudades de Judá: “¡Que sean reconstruidas!”, y yo restauraré sus ruinas.

Yo

digo a las aguas profundas:”¡Séquense, haré que se sequen

tus

corrientes! Yo digo de Ciro: “¡Mi pastor!” Él cumplirá toda

mi

voluntad, diciendo de Jerusalén: “¡Que sea reconstruida!”,

y del Templo: “¡Se pondrán tus cimientos!” (Isaías 44,24-28)

A IMAGEN Y SEMEJANZA

De todo lo creado el ser humano es lo más grande, lo más importante. Todo lo que existe tiene vida para que el hombre viva a plenitud. “Destinó todas las criaturas materiales al bien del género humano” nos enseña el CIC (353). Y el documento conciliar sobre “la Iglesia en el mundo de hoy”, Gaudium et Spes dice: creyentes y no creyentes opinan, casi unánimes, que todos los bienes de la tierra han de ordenarse hacia, el hombre, centro y vértice de todos ellos” (GS 12,1) El hombre es la cumbre de la creación porque Dios lo creó a su imagen y semejanza: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó” (Gn 1,27) Ciertamente, el ser humano se distingue de todas las demás criaturas de Dios. Sólo él es persona que puede decidir con voluntad, que puede amar en libertad, él es la única criatura dotada de espíritu. Las cosas creadas son “algo”, pero el hombre es “alguien”.

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El documento conciliar citado nos dice también que

“la Sagrada Escritura nos enseña que el hombre fue creado

a imagen de Dios, capaz de conocer y amar a su Creador,

constituido por Él como señor sobre todas las criaturas para que las gobernase e hiciese uso de ellas, dando gloria a Dios” (GS 12,3) De esta enseñanza conciliar podemos sacar tres conclusiones:

Ser imagen y semejanza de Dios es lo que nos

permite amar y conocer al Creador, cosa que no está al alcance de las criaturas no humanas. Dios nos ha hecho iguales a Él para encomendarnos

la tarea de gestionar la obra de la creación. Esta tarea el hombre la debe llevar a cabo de manera que dé gloria a Dios en ella. Sólo administrando

correctamente la creación el hombre alaba y glorifica

a Dios. Si el hombre se sale de esta ruta traiciona la misión encomendada por Dios y desfigura su imagen

y semejanza; es decir, se deshumaniza.

Ya sabemos que por el pecado del hombre se introdujo

el desorden en la creación. La Gadium et Spes nos lo explica

con estas sencillas palabras: “Creado por Dios en estado de justicia, el hombre, sin embargo, tentado por el demonio, ya en los comienzos de la historia, abusó de su libertad, alzándose contra Dios con el deseo de conseguir su propio fin fuera de Dios mismo. Conocieron a Dios, mas no le dieron gloria como a Dios; y así quedó oscurecido su loco corazón, prefiriendo servir a la criatura y no al Creador” (GS 13)

CORRESPONSABLES DE LA CREACIÓN

Acabamos decir que Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza para ponerlo al frente de la obra creada para gestionarla. Veremos seguido de este punto que el

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mundo todavía no está terminado y que se recrea cada día porque el hombre mete su mano, es corresponsable de la creación también. La Palabra nos dice que, en lo que a Dios respecta, todo fue bien hecho y que el pecado desarmonizó el mundo creando hostilidad entre el hombre y la mujer y entre el hombre y el cosmos; también entre el hombre y el propio Dios. La profunda decepción de Dios por el pecado del hombre no lo llevó a desistir de su obra. Sigue confiando al hombre la tarea de administrar la creación recomponiendo lo descompuesto por el pecado. En cierto modo, podríamos decir que tras el pecado comienza la “recreación del mundo”. Esto es importante tenerlo en cuenta para que no nos dejemos confundir. Algunos dicen que Dios podría haber hecho el mundo mejor de lo que está. No olvidemos que este mundo nuestro no lo ha hecho solo Dios, nos lo ha dejado a nosotros, a nuestra responsabilidad y libertad. Si Dios creó, como ya hemos visto, todo por amor, el hombre, corresponsable de la creación, debe administrarla, debe recrear el mundo, movido también por el amor y no por el egoísmo, la codicia, el afán por las riquezas. Cuando el hombre, llevado de su egoísmo, actúa en la creación y la destruye, reedita el pecado de Adán y Eva. Las alarmas que hoy se dan sobre el futuro del planeta no son más que la certificación de que el hombre ha pecado y no ha gestionado la creación a la manera amorosa de Dios Padre. Un poeta escribió que “Dios crea a los hombres como los mares crean los continentes, retirándose”. Él se retira, quedamos nosotros al frente de su obra.

LAS CIENCIAS NATURALES Y LA FE.

El libro del Génesis, que es el primero que nos habla de la creación y de Dios creador, fue escrito alrededor del 1400 antes

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de Cristo. Esto no debemos olvidarlo al tomar en nuestras

manos la Biblia y leer los relatos de la creación. La Biblia no es un libro científico que pretende científicamente explicarnos el origen del mundo, del universo. Escrito en aquellos tiempos,

la narración de la creación está obviamente condicionada por

los conocimientos de la época y se explican de la manera que a aquellas generaciones les pareció más sensata. Que hoy la ciencia niegue que la creación no se hizo en seis días como dice la Biblia, o que la creación de la mujer, por ejemplo, haya surgido del sueño de Adán y de una costilla

de éste (Gn 2,21-22), no contradice la verdad fundamental de que Dios es el creador. Dios creador del mundo es una afirmación teológica, no científica. Hay diversas teorías que pretenden explicar el surgimiento de la vida y del universo. Una de ellas es la teoría de la evolución, que sostiene que las especies se transforman

a lo largo de sucesivas generaciones en el tiempo. Esta

teoría de Darwin, un naturalista inglés del siglo XIX, es hoy comúnmente aceptada como correcta. La teoría de la evolución no niega a Dios como creador. Un cristiano puede aceptar la teoría de la evolución como un modelo explicativo útil y probable de la creación. En los relatos de la creación del mundo que tenemos en el Génesis no se pretende explicar cómo nació el mundo, sino dejar meridianamente claro y fuera de toda discusión que Dios es el creador.

DEL CIELO Y DE LA TIERRA, DE TODO LO VISIBLE Y LO INVISIBLE

Veamos un último aspecto en este tema. Comparando el credo que denominamos Símbolo de los Apóstoles y el de Nicea-Constantinopla, nos damos cuenta que el primero dice que Dios es “el Creador del cielo y de la tierra”, y el segundo añade: “de todo lo visible y lo invisible”.

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Nos enseña el CIC que “En la Sagrada Escritura, la expresión “cielo y tierra” significa: todo lo que existe, la creación entera. Indica también el vínculo que, en el interior de la creación, a la vez une y distingue cielo y tierra: “La tierra”, es el mundo de los hombres (cf Sal 115, 16). “El cielo” o “los cielos” puede designar el firmamento (cf Sal 19, 2), pero también el “lugar” propio de Dios: “nuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16; cf Sal 115, 16), y por consiguiente también el “cielo”, que es la gloria escatológica. Finalmente, la palabra “cielo” indica el “lugar” de las criaturas espirituales —los ángeles— que rodean a Dios” (CIC 326). Y, siendo el creador de todo, absolutamente de todo lo que tiene vida, en el binomio “visible e invisible” se engloba todo aquello que hoy aún desconocemos, todo aquello de cuya existencia no tenemos conocimiento. Si surgiere, por ejemplo un planeta nuevo, en el firmamento que hasta ahora estaba oculto a la localización del hombre, tendríamos que reconocer que también Dios es su creador.

TAREA PARA LA SEMANA

Dios nos creó a su imagen y semejanza y ello nos permite administrar a su estilo y manera la creación de la que nos hizo responsables. Sin embargo, hoy son muchas las advertencias que se nos hacen diciendo que la mano del hombre agrede y destruye la naturaleza. En lo que está en tu mano, ¿qué cosas concretas puedes tú hacer para mejorar el trato que das a la naturaleza en el pequeño pedacito de creación que tienes a tu cargo?

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Creo en un solo Señor Jesucristo

PRESENTACIÓN DEL TEMA

En este encuentro de hoy iniciamos una serie de temas que se centrarán en Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad. Es la parte más extensa del credo y añade nuevos conceptos a lo que de Jesucristo dice el Credo Apostólico. Recordemos que este credo de Nicea-Constantinopla se explayó más en la persona de Cristo para corregir los errores de herejías como el arrianismo, que negaban la divinidad de Jesús y por tanto la Trinidad en sí misma.

ORACIÓN

Creo en Dios nuestro Padre. Él nos creó libres y camina junto a nosotros apoyándonos en nuestro deseo y en nuestra lucha por la liberación.

Creo en Cristo crucificado hoy nuevamente en el dolor y en la cruz de los pobres; dolor y cruz que nos llevan también a la resurrección. Creo en el poder del Espíritu, capaz de suscitar la generosidad que llevó al martirio a muchos cristianos de América Latina. Creo en la Iglesia que es convocada por Jesús y el Espíritu Santo; porque al reunirnos Jesús está con nosotros. A nuestro lado está María, signo de fidelidad al Señor. Creo en la unidad porque, en medio de las diferencias

y

el pluralismo, Cristo nos convoca a la comunión y a

la

fraternidad.

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Creo en la necesidad de amarnos, en la corrección

fraterna, aceptando nuestros errores y debilidades, ayudando

a descubrirlas a los hermanos y apoyándonos mutuamente en el esfuerzo por convertirnos.

(Adaptado del Credo de las CEBs de El Salvador))

EL PADRE Y YO SOMOS UNA SOLA COSA

Creer en Dios Padre supone también creer en el Hijo. Dios es Padre porque tiene un hijo y en él nosotros somos también sus hijos. El evangelista San Marcos, al narrarnos la escena del bautismo nos dice que Jesús, al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección”. (Mc 1,10-11) También nos dice San Marcos que en el monte Tabor,

a donde Jesús subió con Pedro Santiago y Juan, mientras el

maestro era cubierto por una nube, se oyó una voz que decía:

“Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo” (Mc 9,7) Jesús siempre tuvo una clara conciencia de que el Padre y

él eran una misma cosa. Nos cuenta San Juan en su evangelio

que Jesús, cuando se celebraba la fiesta de la Dedicación, en

invierno, se paseaba por el templo y los judíos le preguntaron

si era el Mesías. La respuesta de Jesús fue: “Las obras que hago

en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. (Jn 10, 25-26) Y concluye diciendo: “El Padre y yo somos una sola cosa”. (Jn 10,30).

LOS NOMBRES DE JESÚS

Se llamaba Yeshúa. Según la etimología más popular, el nombre quiere decir “Yahve salva”. Se lo había puesto su padre el día de su circuncisión, como era la costumbre.

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Era un nombre tan corriente en aquel tiempo que había que añadirle algo más para identificar bien a la persona. En su pueblo, la gente lo llamaba “Jesús, el hijo de José, el carpintero” (Mt 13,55). En otras partes le decían “Jesús el de Nazaret”, esa fue la inscripción que decidió poner Pilatos en la cruz para identificar al crucificado (Jn 19,19). Para la gente que se encontraba con él, Jesús era “galileo”. Todos sabían que era hijo de un “artesano”. En el nombre JESÚS, traducido como Dios salva, vemos un doble significado: por un lado se señala la identidad de Jesús y por otro la misión. Un sábado, en la sinagoga de su pueblo, tras regresar del desierto, Jesús, tomando el libro del profeta Isaías, proclama solemnemente: “Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19). A Jesús se le dan diversos nombres en el evangelio. Aparece, por ejemplo como Cordero de Dios (Jn 1,29), Buen Pastor (Jn 10,11), Camino, verdad y vida (Jn 14,6) Hijo Amado (Mt 12,18), Hijo de David (Mt 1,1), Hijo de Dios (Mt 2,25) y muchos otros. Pero hay cuatro títulos que mejor definen o expresan la identidad teológica de Jesús, que vamos a tratar de abordar someramente. Hijo del hombre, Mesías, o Cristo, Señor eHijo de Dios.

Hijo del hombre

Jesús se refería a sí mismo como el de Hijo del hombre. Nos cuenta el evangelista Mateo que en la región de Cesarea de Filipo Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?” (Mt 16,13). Jesús hace una segunda pregunta a sus discípulos: quién es él

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para ellos. Pedro responde con toda una confesión de fe en la que se refiere a Jesús utilizando dos de los otros nombres. “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) Así lo reconoce el propio Jesús cuando enfrenta el interrogatorio del Sanedrín. El Sumo Sacerdote le pregunta:

“¿Eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito? Jesús respondió:

“Sí, yo lo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo” (Mc 14, 61-62)

Mesías-Cristo

El título que los primeros cristianos usaron con más frecuencia para referirse a Jesús fue el de Mesías, o Cristo, o Jesús el Cristo, que significa “ungido”. El libro de los Hechos de los Apóstoles recoge un discurso de Pedro en el que dice:

“ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él” (Hechos 10,37-38) El propio Jesús tuvo conciencia de ser cristo, ungido. Terminada su estancia en el desierto, después de su bautismo, como buen judío, Jesús se reúne con sus vecinos en la sinagoga para el culto del sábado. Toma la palabra y dice: “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. (Lc 4,18-21)

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Señor

Desencantado Jesús por el abandono de muchos de sus

seguidores que no encontraban aceptable su discurso sobre

el pan de vida, teme quedarse, incluso, sin la compañía de sus

discípulos más cercanos, los doce. “Jesús preguntó entonces

a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?” Simón Pedro le

respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. (Jn 6,67-69) Pedro, que ya había confesado que Jesús

era el Mesías, confiesa ahora que es el Señor. Cuando el lavatorio de los pies la noche la noche de la Última Cena, Jesús dice a sus discípulos: “ustedes me llaman

Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy

el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también

deben lavarse los pies unos a otros”. (Jn 13,13). Llamar a Jesús Señor implicaba darle una categoría divina pues, los primeros cristianos, la mayoría de ellos judíos, sabían bien que en el Antiguo Testamento el término Señor estaba reservado a Dios, como ya hemos visto. Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia:

“Cuando el séptimo Ángel tocó la trompeta, resonaron en el cielo unas voces potentes que decían: “El dominio del mundo ha pasado a manos de nuestro Señor y de su Mesías,

y él reinará por los siglos de los siglos”. (Ap 11, 15) supone

también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el «Señor» (Cf. Mc 12, 17). El nombre de Señor significa la soberanía divina. Confesar

o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad. «Nadie

puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino por influjo del Espíritu

Santo» (1 Co 12, 3). (Cat. Nº 455).

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El título de Jesús como “el Señor”, tenía un doble matiz. Por un lado se enaltece la divinidad de Jesús y, por otro lado, se hace una protesta formal frente a cualquier otro señorío que pretendiera implantarse de una forma absoluta, en clara referencia al César. Recordemos el pasaje en el que Jesús cuestiona el poder absoluto del emperador. (Mt 22,15-22)

Hijo de Dios

Aunque de este nombre de Jesús hablaremos más extensamente en el próximo encuentro, hacemos breve referencia a él ahora. En la carta a los Romanos, Pablo nos recuerda que nosotros somos hijos adoptivos de Dios. El verdadero y único hijo de Dios es Jesucristo. Veamos lo que nos dice Pablo:

“Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos

de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para

volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abbá!, es decir, ¡Padre! El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él” (Romanos 8,14-17) Jesús, el de Nazaret, sí es hijo, no creado, del Padre, el Hijo único: “en aquel tiempo, Jesús dijo: “Te alabo, Padre,

Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a

los

sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.

Sí,

Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por

mi

Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie

conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. (Mt 11,25-27). Este título Hijo de Dios se le dio también al rey David:

“Seré un padre para él, y él será para mí un hijo” (2Samuel 7,14), “Voy a proclamar el decreto del Señor: Él me ha dicho:

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“Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Salmo 2,7). Aunque el pueblo de Israel nunca divinizó su persona, sí veían en David a alguien sagrado que por su unción entraba de manera especial en el ámbito de Dios. Nos dice a este respecto Mario Molina que “los cristianos fueron más allá. Jesús el Mesías no era sólo un agente o representante de Dios, era Dios mismo actuando en forma humana, o dicho quizás de manera más técnica y precisa, Jesús era la concreción en forma humana de la divinidad. La fórmula frase “Hijo de Dios” se empleó desde entonces para expresar la condición divina de Jesús” (Creo según las Sagradas Escrituras, EDICEP, México 1994, pag 41)

TAREA PARA LA SEMANA 1. ¿En nuestro tiempo de ahora, qué significa o representa para un crstiano confesar que Jesús es

el Señor? A la luz de lo que hemos visto en este tema, ¿cómo podemos entender y aplicar la expresión de Jesús “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios?

3. También a la luz de este tema podemos reflexionar el pasaje en el que Jesús dice que no podemos servir a Dios y al dinero (Lc 16,13). ¿Qué enseñanza nos deja este pasaje?

2.

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EnCUEnTRO

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Hijo único de dios, nacido del Padre antes de todos los siglos

PRESENTACIÓN DEL TEMA

Seguimos estudiando lo que de Jesús nos dice el Credo que recoge las verdades fundamentales de nuestra fe. Hoy veremos a Jesús como el Hijo único de Dios, que existe desde siempre. Veremos también que nosotros somos hijos adoptivos de Dios.

ORACIÓN

Creemos en Jesús, hombre libre y solidario, camino y meta del ser humano y de la historia universal. Muerto violentamente en la cruz, por el poder civil y religioso, a causa de su compromiso con los últimos de la tierra y, a través de éstos, con todos los hombres y mujeres. Profeta de la fe y de la justicia, se convirtió por su resurrección en líder de la humanidad, para gloria de Dios y salvación de todo el mundo. Creemos en el Dios de Jesús, su Padre y nuestro Padre, fuente de todo bien y enemigo de todo mal, que ha creado un mundo en marcha y lo ha puesto en nuestras manos para que desarrollemos la creación en beneficio de todos.

(Adaptado del Credo de las CEBs de El Salvador)

HIJO ÚNICO DE DIOS

De Jesús de Nazaret, que en el tema anterior lo vimos como “un solo Señor Jesucristo”, decimos hoy que es el Hijo único de Dios.

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Para comprender el sentido y significado de esto basta

que nos dejemos guiar por el CIC. En el número 422 leemos: “Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios

a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar

a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Ga 4, 4-5). He aquí “la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1, 1): Dios ha visitado a su pueblo (cf. Lc 1, 68), ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia (cf. Lc 1, 55); lo ha hecho más allá de toda expectativa: El ha enviado a su “Hijo

amado” (Mc 1, 11). (CIC 422) Hace dos encuentros decíamos que el hombre dañó la creación por el pecado, por su afán por ser también dios. Vimos que el Creador, a pesar de su decepción, no desistió de su obra y decidió recrearla con calma a lo largo de la historia. Esa tarea se la encomendó al hombre, causante del problema. Esto es lo que llamamos “Historia de Salvación. Esta opción de Dios no la podemos entender sino desde su condición de Dios amor. Otro que no fuera Dios hubiera hecho desaparecer al hombre por su ingratitud y deslealtad.

A la serpiente que indujo a Adán y Eva a pecar le anunció su

derrota cuando, le dijo: “enemistad pondré entre ti y la mujer,

y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.” (Gn 3,15) En esa Historia de Salvación el momento culminante, “la plenitud de los tiempos”, se da cuando Dios, siempre movido por el amor que le hace ser Dios, se hace nuestro hermano

al tomar nuestra condición humana, “nacido de una mujer y

sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos” (Gálatas 4,4-5). No hay mayor prueba de amor. Está Dios tan empeñado en la tarea de recrear el mundo de nuevo que decide hacerse nuestro compañero de viaje. Decide asumir las condiciones

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de vida en que quedó el hombre como consecuencia de haberle desobedecido. Y no lo hace de manera mágica, como un ser extraterrestre

que se aparece de pronto en la tierra. Toma nuestra condición de manera completa, comenzando por nacer. En la carta a los Hebreos se dice que Jesús fue “probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado”.(Hb 4,15) San Pablo nos dice de Jesús que: “era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Filipenses 2,6-8). Ciertamente, Jesús dejó a un lado su grandeza como Dios y se hizo pequeño como nosotros pasando por todas las experiencias que pasamos los seres humanos, y lo seres humanos pobres. Siguiendo con el CIC en el 423 leemos: “Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilatos, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha “salido de Dios” (Jn 13, 3), “bajó del cielo” (Jn 3, 13; 6, 33), “ha venido en carne” (1 Jn 4, 2), porque “la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como

Hijo único, lleno de gracia y de verdad

Pues de su plenitud

hemos recibido todos, y gracia por gracia” (Jn 1, 14. 16).

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HIJO DE DIOS

Los judíos estaban familiarizados con el término “hijo de Dios”. Así eran considerados los ángeles: “el día en que los hijos de Dios fueron a presentarse delante del Señor, también el Adversario estaba en medio de ellos” (Job 1,6). El propio pueblo elegido se consideraba hijo de Dios: “y dirás al Faraón: Así dice Yahveh: Israel es mi hijo, mi primogénito” (Exodo 4,22), “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo” (Oseas 11,1) y así eran también considerados sus reyes: “Seré un padre para él, y él será para mí un hijo” (2 Samuel 7,14) Se trata de una filiación que la tenemos que entender en términos de adopción que “establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular” (CIC 441) De todos modos, nos enseña el CIC que “cuando el Rey- Mesías prometido es llamado “hijo de Dios” (cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2, 7), no implica necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea más que humano” Lo más probable es que, por ejemplo, cuando el centurión que custodiaba el sepulcro exclama: “¡Verdaderamente, este era Hijo de Dios!” (Mt 27,54) no esté dando al crucificado la categoría de divinidad. De hecho en la versión del evangelio de San Lucas se cambia el término “hijo de Dios” por el de “justo” (Lc 23,47) Sometido al interrogatorio del Sanedrín, que era el consejo de sabios en Jerusalén, Jesús, aún sabiendo que al hacerlo firmaba su sentencia de muerte, confiesa abiertamente que es el Hijo de Dios: “¿Entonces eres el Hijo de Dios?” Jesús respondió: “Tienen razón, yo lo soy”. Ellos dijeron: “¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca” (Lc 22,70-71). Antes de eso Jesús dijo de sí mismo que era el Hijo que conoce al Padre. Al dar gracias a Dios porque su mensaje

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es acogido por la gente sencilla y pequeña, dice Jesús: “todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). Apunta el CIC que Jesús, como prueba de que se consideraba Hijo de Dios, distinguió su filiación divina de la de sus discípulos no diciendo jamás “nuestro Padre”: “por lo tanto sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). En la aparición de Jesús tras la resurrección dice a María Magdalena: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: <<Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes>>”. (Jn 20,17) Jesús tenía clara conciencia de ser el Hijo único del Padre. Así nos lo dice el evangelista Juan: “Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16). Y reafirma lo dicho un poco más adelante al decir:

“El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.” (Jn 3,18) Y el mismo Juan, al comienzo de su evangelio da testimonio diciendo: “y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Jn 1,14) y un poco más adelante: “Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre” (Jn 1,18)

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SOMOS HIJOS ADOPTIVOS DEL PADRE

En el texto de la carta de Pablo a los Gálatas que hemos

comentado antes, se nos dice que una de las finalidades de

la encarnación de Dios es la de “hacernos hijos adoptivos”

(Galatas 4,5) de Dios. Cuando hablamos de adopción ya sabemos qué decimos con ello. Muchos dominicanos la vida que viven se la deben

a una segunda madre, o a una familia, que les acogió y crió. En no pocas ocasiones he escuchado decir que muchos

dominicanos no tienen padre, pero, afortunadamente tienen dos madres, la que les trajo al mundo y la que les ha criado.

A la biológica muchos le dicen simplemente madre, a la de

crianza la llaman mamá. La grandeza de la adopción está en que, una madre o una

familia, acogen en su seno a una persona que no pertenece

a ella por la sangre pero le dan un trato de igualdad con

respecto a los demás hijos y miembros de la familia. Desde nuestra experiencia humana podemos acercarnos a lo que significa ser hijos adoptivos de Dios Padre. Amenazados de muerte, o de morir día a día, al no poder tener una vida digna, muchos niños y niñas de nuestras comunidades y sectores han sido rescatados y, por la adopción de quienes se hicieron cargo de ellos y han podido recibir una vida nueva. Es lo que nos enseña también San Pablo. “Ustedes estaban muertos a causa de las faltas y pecados que cometían, cuando vivían conforme al criterio de este mundo, según el Príncipe que domina en el espacio, el mismo Espíritu que sigue actuando en aquellos que se rebelan. Todos nosotros también nos comportábamos así en otro tiempo, viviendo conforme a nuestros deseos carnales y satisfaciendo las apetencias de la carne y nuestras malas inclinaciones, de manera que por nuestra condición

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estábamos condenados a la ira, igual que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo -¡ustedes han sido salvados gratuitamente!- y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo. Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús. Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe. Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos” También Pablo en la carta a los Romanos abunda en esta idea de la adopción de Dios al recordarnos que no hemos recibido un espíritu de esclavos, sino el espíritu de “hijos adoptivos”: “todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abba!, es decir, ¡Padre! El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él. Si somos hijos, somos también, nos ha dicho el apóstol de los gentiles, herederos de Dios y hermanos de Jesús, al ser coherederos de Cristo. La herencia a la que se refiere el texto la podemos entender como “la vida eterna”, la salvación. Tras advertir a Pedro que pronto le negaría, Jesús dice a sus discípulos que lo que va a pasar tiene que pasar para que así se cumpla el deseo del Padre. “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.

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En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera

así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar.

Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra

vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes”. (Jn 14,1-3) Recordemos, por último, que nuestra adopción como hijos de Dios en la Iglesia se formaliza en el sacramento del bautismo. Al nacer somos sus criaturas, ya que al ser concebidos por nuestros padres Dios infunde en nosotros un alma creada por El. Pero cuando recibimos la efusión del Espíritu Santo con el Bautismo, quedamos sellados por Dios y nos hacemos miembros de su Iglesia e hijos adoptivos suyos. Así nos lo enseña el CIC al explicarnos que por el bautismo somos una criatura nueva: “El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito “una nueva creatura” (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho “partícipe de la naturaleza divina” (2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).

ANTES DE TODOS LOS SIGLOS

Al confesar nuestra fe, decimos que Jesucristo, el Hijo único de Dios, ha nacido del Padre “antes de todos los siglos”. Con esta afirmación lo que estamos diciendo es que Jesús, la segunda persona de la Trinidad, en cuanto que es Dios existe desde siempre; es decir, no puede tener comienzo, ni principio, y en cuanto hombre, existe desde el momento de la Encarnación. De la eternidad de Jesucristo da buena cuenta el evangelio de San Juan. Se nos dice en el prólogo: “Al principio existía

la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era

Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron

hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de

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todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron” (Jn 1,1-5)

TAREA PARA LA SEMANA

1.

¿Qué enseñanzas prácticas nos da Dios al dejar a un lado su condición divina y hacerse uno de nosotros?

2.

¿Cómo explicarías a alguien lo que significa que somos “hijos adoptivos de Dios?

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EnCUEnTRO

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dios de dios, luz de luz, dios verdadero de dios verdadero

PRESENTACIÓN DEL TEMA

Seguimos estudiando lo que el Credo nos dice de Jesús. Hoy lo vamos a contemplar como el Dios verdadero que con su luz ilumina nuestras vidas.

ORACIÓN

Creo que el mundo camina poco a poco hacia el Reino proclamado por Jesús. Creo que habrá un día en que brille la justicia; que llegaremos al amor en plenitud entre los hombres. Creo en la meta señalada por Jesús. Creo que habrá un día en que brille la justicia, que llegaremos al amor en plenitud entre los hombres. Creo que el camino son las bienaventuranzas. Creo en los cristianos que colaboran con su vida a que el Reino de esté más cerca. Creo que el Reino no se construye en solitario. Creo que el Reino se construye viviendo y celebrando en comunidades pequeñas de amistad y con alegría entre los hermanos. Creo que la humanidad llegará a ser un día Reino de Dios en plenitud. Creo en Jesús de Nazaret, a quien busco en su humanidad, sin negar que es Hijo de Dios. Creo que él guía mi vida, aunque nunca termine de alcanzarle por completo. Creo en Jesús que luchó y se entregó por los demás.

(Tomado de “los otros credos”)

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DIOS DE DIOS, LUZ DE LUZ

Del Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, decimos en el credo que es “Dios de Dios y Luz de Luz”. Para exhortarnos a vivir en la luz y no en las tinieblas, el apóstol Juan, en la primera de sus tres cartas, escribe: “La noticia que hemos oído de él y que nosotros les anunciamos, es esta: Dios es luz, y en él no hay tinieblas. Si decimos que estamos en comunión con él y caminamos en las tinieblas, mentimos y no procedemos conforme a la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. (1Juan 1,5-7) Para caminar en la luz y evitar las tinieblas, lo que debemos hacer no es más que seguir la estela de Jesús. Él nos dice: “yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto” (Jn 14,6-7). “Yo soy la luz del mundo, leemos también en el evangelio de Juan. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida”. (Jn 8,12). Ciertamente, si el Padre es Luz, ¿qué otra cosa que Luz puede ser el Hijo? Es por eso que Jesús al dar testimonio de sí mismo se presenta como la luz del mundo. La Palabra, que era la luz verdadera, como hemos visto que nos ha dicho Juan en el comienzo de su evangelio, que ha venido a nosotros para iluminar a todo hombre, “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,11-12) Jesús es, por tanto, Dios de Dios y Luz de Luz.

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DIOS VERDADERO DE DIOS VERDADERO

Como ya sabemos, algunas de las formulaciones del credo se añadieron para salir al paso de ciertas herejías. No todos tuvieron claro que Jesús era verdadero Dios. Una interpretación literal o parcializada de algunos textos del Nuevo Testamento hizo pensar a algunos que hay una clara distinción entre el Padre y el Hijo y que, en consecuencia, sólo el Padre es Dios, en tanto el Hijo es sólo Señor pero no Dios. Uno de estos textos es el de la Primera carta a los Corintios, del apóstol San Pablo. Dice: “Es verdad que algunos son considerados dioses, sea en el cielo o en la tierra: de hecho, hay una cantidad de dioses y una cantidad de señores. Pero para nosotros, no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y a quien nosotros estamos destinados, y un solo Señor, Jesucristo, por quien todo existe y por quien nosotros existimos” (1 Cor. 8,5-6). También Pablo, en la primera carta a Timoteo escribe:

“Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres:

Jesucristo, hombre él también, que se entregó a sí mismo para rescatar a todos” (1 Timoteo 2,5-6) La Iglesia siempre ha creído y enseña que Jesucristo, el nacido en Belén, es, además de Hijo único de Dios, Dios mismo. El mismo Pablo, del que se han pegado algunos que niegan la divinidad de Jesús, declara su condición divina, condición que no perdió por el hecho de anonadarse, es decir, por no hacer uso de ella al tomar nuestra carne y venir al mundo para compartir nuestra suerte. Dice Pablo: “él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia

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la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:

Jesucristo es el Señor” (Filipenses 2,6-11) Pablo habla con toda claridad de la condición divina de Jesús. Y de la misma manera que el Padre, por amor crea el mundo, de la misma manera el Hijo, que también es divino, no se guarda egoístamente para sí su condición divina, sino que la hace a un lado para asumir la fragilidad de la condición humana. La doctrina de la Iglesia dice con claridad que Jesús se hizo verdaderamente hombre, sin dejar de ser verdaderamente Dios. Así leemos en CIC: “el acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban” (464) Algunos decían, por ejemplo Nestorio, nada más y nada menos que Patriarca de Constantinopla, siglo V, que en Jesús había dos personas, una divina y otra humana. Según esto entonces, María, no sería la Madre de Dios, sino sólo la madre de la persona humana de Jesús. En el concilio de Calcedonia, año 451, debió tratarse este asunto y los obispos declararon que la divinidad y humanidad de Jesucristo están unidas entre sí en la única persona de Jesucristo <<sin confusión ni división>> La determinación del concilio de Calcedonia dice:

“«Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo

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y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consubstancial con el Padre según la divinidad, y consubstancial con nosotros según la humanidad, “en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María,

la Madre de Dios, según la humanidad.”

MUÉSTRANOS AL PADRE

El discípulo Felipe pidió en una ocasión a Jesús:

“Señor, muéstranos al Padre y nos basta”.(Jn 14,8) Jesús, profundamente decepcionado por la falta de fe de su discípulo respondió: “El que Me ha visto a Mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). También dijo: “Créanme que Yo estoy en el Padre y el Padre en Mí” (Jn 14:8-11). También Juan nos aporta en su evangelio un texto en

el

que claramente se determina la igualdad entre el Padre

y

Jesús: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10,30).

Al afirmar esto Jesús fue muy lejos; sus palabras fueron consideradas blasfemia y los judíos quisieron apedrearlo por ello. Entendían los judíos que Jesús, siendo hombre, se hacía pasar por Dios: “No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios” (Jn 10,33). Pablo en la Segunda Carta a los Corintios nos dice también: “Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación”.

(2Corintios 5,19) En definitiva, el Dios verdadero no podía engendrar a otro que al Dios Verdadero.

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DIOS VERDADERO DE DIOS VERDADERO

El Hijo nace del Padre antes de todos los siglos. La fe confiesa así que el Hijo es anterior a todo lo creado, anterior al tiempo. En Dios todo es actualidad, no existe la sucesión de los días como en lo creado. Y añade el Credo para evitar una comprensión errada: «Engendrado, no creado». Dios Padre es principio sin principio, pero sin ser anterior al Hijo. El evangelista teólogo, como los padres de la Iglesia llaman a Juan, comienza así el evangelio: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios» (Jn 1,1-2). El Padre y el Hijo son uno, pero son personas diferentes. El hecho de que el Hijo fuera enviado al mundo, como enseñan los evangelios, revela el misterio trinitario de Dios como comunión de personas, unidas en el ser y el hacer.

TAREA PARA LA SEMANA

La palabra “luz”, usada para expresar lo que Jesús es para nosotros, es muy utilizada, pero, ¿a qué compromiso nos lleva decir que Jesús es la luz que ilumina nuestras vidas?

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EnCUEnTRO

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Engendrado no creado, de la misma naturaleza que el padre, por quien todo fue hecho

PRESENTACIÓN DEL TEMA

Hasta ahora hemos visto en el credo que Jesús es “un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”. Continúa diciendo el Credo que Jesús ha sido “engendrado, no creado” y que es de la misma naturaleza que el Padre” En nuestro encuentro de hoy vamos a profundizar en el sentido de estas palabras.

ORACIÓN

Creemos en Jesús, hombre libre y solidario, camino y meta del ser humano y de la historia universal. Muerto violentamente en la cruz, por el poder civil y religioso, a causa de su compromiso con los últimos de la tierra y, a través de éstos, con todos los hombres y mujeres. Profeta de la fe y de la justicia, se convirtió por su resurrección en líder de la humanidad, para gloria de Dios y salvación de todo el mundo. Creemos en el Dios de Jesús, su Padre y nuestro Padre, fuente de todo bien y enemigo de todo mal, que ha creado un mundo en marcha y lo ha puesto en nuestras manos para que desarrollemos la creación en beneficio de todos.

(Tomado de “los otros credos”)

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ENGENDRADO NO CREADO

También a la hora de estudiar este tema debemos tener muy presente que el credo que hoy rezamos es el resultado de no pocos conflictos doctrinales en el seno de la Iglesia en los primeros siglos de su historia. Puede que a nosotros nos parezcan juegos de palabras sin mucho sentido, pero en aquellos tiempos estaba de por medio la fe y había, por decirlo de alguna manera, que hilar muy fino a la hora de explicar de manera más o menos entendible lo que aparece como poco racional. A la razón le cuesta mucho entender que, si Jesús es Hijo, sea engendrado pero no creado ya que en nuestra lógica todo lo que es engendrado tiene un principio. Cuando la Iglesia nos enseña que el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, el Cristo, el ungido, el Hijo del Hombre, es engendrado, pero no creado, lo que nos dice es que como Hijo, como todo hijo, Jesús fue engendrado no como las criaturas que forman parte de la obra creadora de Dios, ya que Jesús, el Hijo de Dios, no fue creado pues, si lo hubiera sido, no sería Dios. Al ser engendrado y no creado Jesús se asemeja a las criaturas pero no es criatura en sí. Recordemos nuevamente lo que nos dice el evangelista San Juan en el comienzo de su evangelio: “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe”. (Jn 1,1-3) Jesucristo, el Verbo, existe desde siempre y desde siempre estaba junto a Dios porque era Dios nos dice Juan. Por tanto, como Hijo debió ser engendrado, pero, dado que “todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe”, en vez de ser creado es creador. En las Sagradas Escrituras encontramos referencias explícitas a esta verdad del credo. Veamos algunas: “Voy a proclamar el decreto del Señor: Él me ha dicho: “Tú eres mi

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hijo, yo te he engendrado hoy”. (Sal 2.7) “Tú eres príncipe desde tu nacimiento, con esplendor de santidad; yo mismo te engendré como rocío, desde el seno de la aurora” (Sal 110,3). En la carta a los Hebreos leemos: “En efecto, ¿a qué ángel dijo alguna vez: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy; y también: Yo seré para él Padre, y él será para mi Hijo” (Hebreos 1,5) Y en la misma carta a los Hebreos: “De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy” (Hebreos 5,5) La palabra “engendrado”, que aparece en Sal 2.7 en el sentido hebrero significa: «procrear, engendrar, generar». En esencia, el vocablo se refiere a la acción de «dar a luz» y a su resultado, «procrear, engendrar» hijos. Ya hemos dicho en otro lugar que el título de Hijo de Dios era aplicado también

a los reyes de Israel. En Sal 2.7 el rey tipifica al futuro Mesías,

el Hijo que Dios «engendró» en la virgen María.

Por lo tanto, la palabra “engendrar” conlleva un significado perfectamente fácil de entender: originar, procrear, causar, nacer. Lucas nos narra el encuentro del ángel Gabriel con María a la que propone el plan de Dios: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su

padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre? El Ángel le respondió:

“El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios”. (Lc 1,30-35) El ángel dice a María que el que va a nacer será Hijo del Altísimo y que será el Espíritu quien descienda sobre ella

y la cubrirá con su sombra para que quede embarazada.

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Como sobre este texto volveremos en el próximo capítulo, no se insiste más en él ahora. Se trae a colación simplemente para remarcar que, por nacer de María, Jesús no fue creado, sólo engendrado. En conclusión, Jesucristo es Dios y por ello es engendrado y no creado porque lo que es engendrado es de la misma existencia que el padre, mientras que lo que es creado es de otra existencia y otra naturaleza que Su Creador”

DE LA MISMA NATURALEZA QUE EL PADRE

Esta expresión “de la misma naturaleza que el Padre insiste en la idea de que el Padre y el Hijo son iguales, absolutamente iguales, de la misma naturaleza. Nuestra mentalidad nos lleva a pensar que el Padre es más que el Hijo porque es el que lo ha engendrado, lo ha enviado al mundo. A Jesús, lo hemos visto hasta ahora en varios pasajes del evangelio relacionándose con el Padre de manera filial, lo que, en nuestras categorías mentales, es sinónimo de inferioridad. Recordemos lo que nos dice San Pablo en la carta a los Filipenses: “él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios, como algo que debía guardar celosamente” (Filipense 2,6-7). En este texto se habla expresamente de “igualdad” entre Jesús y el Padre. Y en la carta a los Hebreos se dice: “muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado”. (Hebreos 1,1-4)

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Veamos qué nos dice este texto:

a) Jesús es el Hijo, heredero de todo y también creador del mundo.

b) Jesús es resplandor de la gloria (de la grandeza) del Padre.

c) E impronta de su sustancia, es decir la huella, la reproducción exacta y viviente de su sustancia, de aquello que a Dios le constituye como Dios.

d) Sostiene el mundo creado por él, porque es Dios.

e) Purifica, limpia, perdona los pecados. Cuando Jesús cura a un paralítico y le dice que sus pecados quedan perdonados, los escribas se escandalizan considerando una blasfemia que Jesús se atreva a perdonar los pecados: “Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: “¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?” (Mc 2,6-7)

f) El Hijo de Dios está sentado a la derecha del Padre porque es Dios, tiene su misma dignidad y porque es el Hijo.

g) Y esa dignidad del Hijo es superior, incomparable-

mente superior a la de los seres más grandes de la creación, los ángeles. Cuando de Jesús decimos que es el Hijo del Padre, lo que estamos diciendo es que ambos son de la misma esencia, de la misma naturaleza. Decimos que Cristo es la imagen visible del Padre. Ciertamente, Cristo es imagen en todo igual al Padre, en el ser y en el obrar: “Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo sí como el Padre dispone de

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la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella” (Jn 5,19.26). Y todo esto es así porque en Jesús reside la plenitud de la divinidad: “porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. 1:20 Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz. (Colosenses 1,19-20) Nos explica el Comentario al Nuevo Testamento que “Dios, que por su naturaleza es espiritual y trascendente, se nos hace visible en Cristo que a través de su humanidad nos refleja las perfecciones divinas de Padre” (pag 555) En definitiva, Jesús tiene una igualdad plena con el Padre.

POR QUIEN TODO FUE HECHO

Lo que con esta expresión decimos es que Jesús, el Hijo, recordemos que de la misma naturaleza que el Padre, es, por tanto, también creador. Ya se ha hecho referencia en varias ocasiones al prólogo del evangelio de Juan en el que a Jesús se le llama el Verbo, la Palabra. Nos dice Juan: “Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe”. (Jn 1,3) En el “Comentario al Nuevo Testamento”, se dice que “en relación con el mundo, la Palabra es presentada como el medio por el cual Dios creó todas las cosas. La idea se expresa en una antítesis perfecta: todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada. Se afirma la intervención de Dios en la creación” (Comentario al Nuevo Testamento, la Casa de la Biblia, pag 271) Pablo, en la carta a los Colosenses, hablando de la preeminencia de Cristo dice: “Él es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la

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tierra, los seres visibles y los invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades: todo fue creado por medio de él y para él. Él existe antes que todas las cosas y todo subsiste en él. (Colosenses 1,15-17) Este texto, al que ya se han hecho repetidas referencias en estos encuentros, nos dice varias verdades que nosotros debemos creer:

1ª Nos dice que Jesús es la imagen que podemos ver de un Dios de por sí invisible. La palabra “imagen” no la debemos entender en el sentido que nosotros damos a una imagen sino como referencia a la bondad de Dios. No se trata de una imagen al estilo de cómo aparece en el libro de la Sabiduría, en el Antiguo Testamento: “Ella es el resplandor de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios y una imagen de su bondad.” (Sabiduría 7,26). Es más que eso, es el resplandor de su gloria, es decir, alguien que tiene su origen en la gloria de Dios, en aquello que a él le constituye como tal. Por eso es imagen de su ser: “el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado. (Hebreos 1,3-4) 2ª Es el primogénito de toda la creación porque, como hemos visto fue engendrado, no creado 3ª En él las cosas han sido creadas; es decir, es creador con el Padre y el Espíritu. No es sólo la primera persona de la Trinidad la que crea, porque si fuere solo ella, las otras dos tendrían que haber sido también creadas. Todo fue creado por él. 4ª Como creador y Señor de lo creado, es anterior a todo lo que existe y en él todo subsiste.

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TAREA PARA LA SEMANA Hemos dicho en el tema de hoy que Jesús, al ser engendrado pero no creado, es igual al Padre que lo engendra. Por lo que de él nos dicen los evangelios, ¿qué aspectos de Dios Padre ves reflejados en Jesús?

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EnCUEnTRO

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Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo

PRESENTACIÓN DEL TEMA

En el encuentro de hoy, y en el siguiente, abordaremos lo que conocemos como misterio de la Encarnación. Veremos también qué significado tiene la expresión “bajó del cielo”. Iremos paso a paso desmenuzando las enseñanzas que sobre este tema nos ofrece el CIC.

ORACIÓN

Creo en Jesucristo, hijo de Dios, amigo y hermano nuestro. Creo que él nos espera y nos busca. Creo en Jesucristo, el mejor regalo de Dios al mundo. Creo en su divinidad que nos perdona sin humillarnos. Creo en Jesucristo, ser vivo que acoge en plenitud toda la fuerza y los impulsos de Dios y los lleva al encuentro con el Padre. Creo en Jesucristo, lleno de vida y de verdad. Creo en Jesucristo, garantía de inmortalidad. Creo en su palabra que alimenta mi esperanza. Creo en Jesús presente hoy en medio de nosotros que estamos reunidos en su nombre para conocerlo mejor y amarlo más.

(Adaptado del Credo de las CEBs de El Salvador)

LOS MOTIVOS DE DIOS PARA ENCARNARSE

El Credo de los Apóstoles, al referirse a Jesús encarnado, tras señalar que es el Hijo único de Dios y nuestro Señor, dice “que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo”

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y “que nació de la María Virgen”. El de Nicea-Constantinopla

es más explícito y dice: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Lo primero que ahora nos preguntamos es sobre los motivos que llevaron a Dios a encarnarse. No parece una cuestión trivial, ni mucho menos. ¿Por qué Dios se complicó su plácida vida divina por venir a nosotros? Recordemos el

texto que ya hemos comentado en otras ocasiones de la carta de Pablo a los Filipenses: “Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Filipenses 2,6-8). La respuesta obviamente está en el amor de Dios a nosotros sus hijos. Tres motivos apunta el CIC debió tener Dios para encarnarse:

1º El motivo por el que el Verbo se encarnó no fue otro que el de “salvarnos reconciliándonos con Dios” (CIC 457). Jesús siempre hace la voluntad de Padre: “mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34). De estas palabras de Jesús podemos sacar tres conclusiones. Por un lado se nos está diciendo que la voluntad, el deseo del Padre, no es otro que ofrecer

a sus hijos la salvación, la vida en plenitud. Por otro lado, al llevar Jesús a término la obra del Padre, está, con su venida al mundo, y posteriormente con su muerte y resurrección, recreando el mundo que Dios hizo bueno al principio y que el pecado del hombre dañó. Una tercera conclusión recoge las otras dos anteriores. Que la voluntad de Dios sea que nosotros alcancemos la vida en plenitud y que la misión de

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Jesús sea llevar a cabo su obra nos habla, una vez más, del inmenso amor de Dios por el mundo y muy particularmente por nosotros, sus hijos. Cuando abordamos el tema de Dios creador, dijimos que Dios, que es amor, en realidad no podía hacer otra cosa que crear por amor. El misterio de la Encarnación nos lo muestra claramente. Otros textos nos dicen también que Jesús se encarnó para salvarnos. Por ejemplo: “El Padre envió a su Hijo para ser

salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). “Él se manifestó para quitar los pecados” (1 Jn 3, 5) El CIC recoge un texto de San Gregorio de Nisa, un santo del siglo IV al que llamaban, por la profundidad de sus pensamientos el teólogo, en el que nos dice que para recomponer nuestra condición humana deteriorada

y enferma Dios decidió encarnarse tomando nuestra

humanidad en su Hijo: “Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en

un estado tan miserable y tan desgraciado?» (CIC 457) 2º El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). (CIC 458) 3º El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: “Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí

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que sy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Jesucristo es el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la Ley nueva: “Ámense los unos a los otros como yo les he amado” (Jn 15, 12). (CIC 459) 4º El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina”: “se nos han concedido las más grandes y

valiosas promesas, a fin de que ustedes lleguen a participar de la naturaleza divina (2 P 1, 4). Así lo entendieron desde el principio los grandes pensadores y santos de los primeros siglos de la Iglesia. San Ireneo de Lyon, un santo nacido en Turquía en el siglo segundo y fallecido en Francia, a comienzos del siglo tercero escribió:

“Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre,

y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al

entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación

divina, se convirtiera en hijo de Dios” Y San Atanasio, nacido

a finales del siglo tercero, que luchó mucho por enfrentar

las heréticas doctrinas de Arrio, dice en una de sus obras:

“Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios”.

Y Santo Tomás de Aquino, dominico, creador de la llamado

escuela tomista, declarado doctor de la Iglesia escribió: “El

Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres”.

EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

Generalmente decimos que algo es misterioso o tiene misterio cuando no entendemos su significado, algo que nos resulta extraño, inexplicable e incomprensible. En el caso de los misterios de Dios, en realidad podemos decir que lo más extraño, lo inexplicable, tiene que ver con el amor que

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Dios nos tiene. Ciertamente misterio grande es que Dios, siendo Dios, se haga humano como nosotros; pero, lo más misterioso es que Dios nos ame tanto que decide hacer algo tan extraño e inexplicable como humanizarse. El misterio de todos los misterios sobre Dios es el de su amor. Para serlo Dios no necesitaba humanizarse. Dios es autosuficiente y no necesita de nada; pero también es Padre que ama libre y gratuitamente su creación, y sobre todo, a los hombres, centro de su creación. Por eso podemos afirmar que verdaderamente se preocupa de nosotros, y por eso

envía a su propio Hijo, su Palabra salvadora, a nuestro pobre mundo, perdido y extraviado. Así es como “bajó del cielo

y se hizo hombre”, nos dice Josep Vives, en su libro “creer el Credo” (Sal Terrae, 1986, pag 87) Cuando el credo dice que Dios bajó del cielo no se refiere

a un descenso físico, como salir de un lugar y asentarse en

otro. Si esto fuera así no tendría sentido que digamos que Dios está en todas partes, es decir, que es omnipresente. Lo que se dice con esa expresión es que Dios, sin dejar de ser Dios, puede vivir también una vida plena y verdaderamente humana como la nuestra, que será la vida humana en su máxima plenitud y perfección, la vida humana modelo de todas las demás. Tomando como punto de partida el texto del evangelista Juan: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.” (Jn 1,14), el CIC nos enseña que “la Iglesia llama “Encarnación” al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. (CIC 461)

La carta a los Hebreos habla del mismo misterio: «Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí

que vengo [

]

a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10, 5-7)

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Y nos dice también el CIC que “la fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: “Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios” (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta “el gran misterio de la piedad”: “Él ha sido manifestado en la carne” (1 Tm 3, 16).(CIC) 462) Cuando vimos que Dios es Padre Todopoderoso, ya se resaltó que la omnipotencia de Dios consiste en el amor. Dios es Todopoderoso para amar. Su obra nos habla de un gran poder en Dios, pero de un poder usado para dar vida, para dar plenitud, es decir, para amor. Josep Vives, nos dice a este respecto: “La Encarnación es la inversión total de nuestras esperanzas e ideas sobre Dios: es pasar de la imagen del Dios Todopoderoso a la realidad del Dios Todo-Amor y Todo-Solidaridad. Creer en la Encarnación es aceptar esta inversión de valores. Y, por tanto, aceptar que seguimos a Jesús si queremos como Él, ai hacemos del amor solidario con Dios y con los hombres el principio de nuestra fe y de nuestra vida concreta. Lo que Jesús viene a instaurar es el amor en la solidaridad. Él, como Hijo único y eterno del Padre, vive la suprema y total solidaridad con el Padre (Sal 39.)” (Creer el credo, pag 89).

BAJÓ DEL CIELO

Vamos a finalizar este encuentro diciendo algo sobre la expresión “bajó del cielo”. No estamos hablando de lugares físicos. Cuando decimos cielo muchos piensan en un lugar en lo alto distante y lejano de nuestro lugar que es la tierra. Un texto del libro del Éxodo nos puede ilustrar bien. Nos dice: “He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para

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subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa; a una

tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los perizitas, de los jivitas y de los jebuseos” (Exodo 3,8) Bajar del cielo para librar al pueblo, porque Dios ha asumido el sufrimiento y el dolor de sus hijos, lo tenemos que entender como la decisión de Dios de intervenir para salvar a su pueblo. Si no es por amor, no se puede entender

el “abajamiento” de Dios, máxime si es para socorrer a un

pueblo que no merece tanta dedicación porque ha sido

ingrato y se ha apartado de su camino. A entender esta actitud nos ayudará nuestra propia experiencia de padres y madres. ¿A caso el hijo o la hija más ingratos, el que nos ha metido en mayores problemas

y dificultades, el que ha sido causa de tanto dolor, no es el hijo más querido o al que hemos tenido que dedicar mayor

solicitud?

“Si Dios baja del cielo, escribe Mario Molina en “Creo según las Escrituras”, es porque decide realizar una acción

que cambia el sentido de esa historia: si la raíz del pecado

es el desconocimiento de Dios, él se va a hacer presente, ya

no sólo por la creación, o por la palabra profética, sino en

la

debilidad de la existencia humana para que quien lo vea

a

él vea también al Padre (Jn 14,9) y para que los sencillos

y

humildes lleguen al conocimiento de los secretos del

Reino (Mt 11,25)” (Mario Molina, Creo según las Escrituras. EDICEP, 1994, pag 50)

Dios, por tanto, no se humaniza simplemente para recrear el mundo y humanizarnos a nosotros; se hace uno de nosotros para que lo podamos conocer. Dice Enrique Martínez Lozano en “Qué decimos cuando decimos el Credo” que “cuando afirmamos que Jesús bajó del cielo, no solo no hablamos de lugares, sino tampoco de

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tiempos… estamos hablando de Jesús como el hombre que vivió tan admirablemente identificado con el Misterio (al que llamamos Abba, Padre, que estaba “ viniendo”-naciendo- permanentemente de él” (Enrique Martínez Lozano, Qué decimos cuando decimos el Credo, Desclee de Brouwer, Bilbao 2012)

TAREA PARA LA SEMANA

1.- Comenta esta frase: Dios todopoderoso es Dios todo amor, todo solidaridad 2.- Resume el contenido central de este tema en tres ideas que consideras principales.

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EnCUEnTRO

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Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen

PRESENTACIÓN DEL TEMA

El Dios que se humanizó se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu Santo y se encarnó de una virgen llamada María. Del papel del Espíritu Santo y del de María en la “encarnación” trata el tema de este encuentro.

ORACIÓN

Creo en el Evangelio como guía permanente, luz en la oscuridad, código de comportamientos. Creo que no se puede evangelizar sin estar codo a codo con los oprimidos. Creo que en eso se “revela” la presencia viva de Jesús. Creo que ahí se manifiesta el Espíritu del Señor. Creo en el evangelio que nos lleva a luchar por la justicia, por la paz y por la libertad de todos los hombres. Creo que hay que leer profundamente el evangelio. Creo en Dios, impulso y energía vital de todo el universo. Creo que todos los seres buscan fusionarse con él para encontrar el equilibrio. Creo que en esta fusión con Dios encuentra el hombre el significado profundo a su existencia. Creo que Dios ha creado todo con libertad. Creo que ha hecho al hombre a su imagen y semejanza. Creo en Dios, liberación del hombre.

(Tomado de los otros credos)

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CONCEPCIÓN DE JESÚS

Con una ligera variante, los dos credos dicen lo mismo en este punto. El de Nicea afirma: “por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre” y el de los Apóstoles afirma: “fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen”. La variante está en que uno usa el término encarnarse y el otro habla de concepción. El término “encarnarse” que usa el credo de Nicea- Constantinopla se apoya en el texto del evangelio de Juan que dice que “la Palabra se hizo carne y habitó entre

nosotros” (Jn 1,14). El Credo de los Apóstoles se basa más en la narración evangélica de Mateo y Lucas que hablan de concepción: “este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo” (Mt 1,18), “y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2,7). No tenemos que ver contradicción en estas diferencias. Lo que ambos nos dicen es que en el origen de la existencia humana del Hijo de Dios intervienen dos actores: el Espíritu Santo y María, una mujer cuyo rasgo distintivo es ser madre virgen. Lucas y Mateo, al usar el término concepción “por obra

y gracia del espíritu Santo”, señalan que dicha concepción no se debió a ninguna inseminación humana. Por ello, en María se da la paradoja de ser madre y virgen. El evangelista Lucas añade a modo de explicación. “por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35) De la misma manera que paradójico resulta que se pueda ser a la vez hombre y Dios, paradójico es también ser madre

y virgen al mismo tiempo. Podríamos decir para entenderlo

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que porque María es Madre su hijo es humano como ella y, porque Jesús es Dios, su Madre es virgen. Llamar a María Madre Virgen es confesar a Jesús Hombre Dios.

EL ESPÍRITU SANTO EN LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS

Carlos Diaz en “Decir el credo”, (Desclee de Brouwer, Bilbao 2015) explica así el papel del Espíritu Santo y de María en la Encarnación: “Jesús no tuvo padre humano; porque así lo quiso el divino Padre con sus insondables designios, nace por obra y gracia del Espíritu Santo. Dios actúa no como cónyuge de una virgen, sino por «oído», por la fe con que María escucha la Palabra de Dios y responde incondicionalmente: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Ésta y sólo ésta es la intervención humana en el suceso del nacimiento de Cristo en Belén, virginalmente, en el seno de una sencilla y humilde mujer del pueblo cuyo nombre era María” (pag 106) Ya se ha dicho que el Espíritu Santo es uno de dos actores que intervienen en la Encarnación. Nos lo explica así el CIC:

El Espíritu Santo vendrá sobre ti: “La anunciación a María inaugura la plenitud de “los tiempos”(Gal 4, 4), es decir el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará “corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). La respuesta divina a su “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34) se dio mediante el poder del Espíritu: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1, 35).” (CIC 484). Enviado para fecundar a María: “La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo (cf. Jn 16, 14-15). El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es “el Señor que da la vida”, haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya”. (CIC 485).

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El concebido en el seno de la Virgen es Cristo: “El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es “Cristo”, es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt 2, 1-12), a Juan Bautista (cf. Jn 1, 31- 34), a los discípulos (cf. Jn 2, 11). Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará “cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder” (Hch 10, 38). (CIC 486). En el texto de Lucas, el Espíritu Santo es presentado como el poder o la fuerza de Dios. Es el mismo Espíritu que ya estaba presente con su fuerza al principio de la creación:

“La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gn 1,2). Ese mismo poder, esa fuerza del Altísimo que cubre con su sombra a María se hace presente en el momento en que se inicia la nueva creación.

MARÍA, LA VIRGEN MADRE

Elegida para ser madre: “De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, “llena de gracia”, es “el fruto excelente de la redención” (SC 103); desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida”. (CIC 508) Madre de Dios: “María es verdaderamente “Madre de Dios” porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo” (CIC 509). Virgen: “María “fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre” (S. Agustín, serm. 186, 1): Ella, con

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todo su ser, es “la esclava del Señor” (Lc 1, 38) (CIC 510) Hay quienes consideran la virginidad de María como un mito. Por el contrario, la persona de María es parte fundamental para la vida de Jesús, que nació de una mujer, pero que, como se ha explicado no tenía un padre humano - a San José lo considera la Iglesia padre adoptivo de Jesús- . Hoy no pocos movimientos religiosos y sectas cuestionan la virginidad de María. En realidad, esto fue así siempre desde el principio de la cristiandad, pero la Iglesia desde siempre ha sostenido firmemente que se trata de una virginidad real, no simbólica. “Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo” (CIC 487). Una de las razones que se dan para cuestionar la virginidad de María es que tuvo otros hijos. El Catecismo sale al paso de este asunto diciendo: “se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (cf. Mc 3, 31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5; Ga 1, 19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José “hermanos de Jesús” (Mt 13, 55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mt 27, 56) que se designa de manera significativa como “la otra María” (Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cf. Gn 13, 8; 14, 16;29, 15; etc.). (CIC 500). En la lengua materna de Jesús con una sola palabra se hacía referencia a hermano, hermana, primo y prima. Cuando el evangelio de Marcos dice: “Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: “Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera”. Él les respondió:

“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” (Mc 3,31- 33), está hablando simplemente de parientes cercanos.

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Nueva Eva: “La Virgen María “colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres” (LG 56). Ella pronunció su “fiat” “loco totius humanae naturae”

(“ocupando el lugar de toda la naturaleza humana”) (Santo Tomás, s.th. 3, 30, 1 ): Por su obediencia, Ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes. Muy temprano en la historia de la Iglesia se empezó a elaborar una teología sobre María que la veía como una nueva Eva. Se podrían traer aquí a colación infinidad de textos de los Santos Padre y del Magisterio de la Iglesia; quedémonos con estas palabras de San Ireneo: “de la misma manera que aquella -es decir, Eva- había sido seducida por el discurso de un ángel, hasta el punto de alejarse de Dios a su palabra, así ésta -es decir, María- recibió la buena nueva por el discurso de un ángel, para llevar en su seno a Dios, obedeciendo a su palabra; y como aquella había sido seducida para desobedecer

a Dios, ésta se dejó convencer a obedecer a Dios; por ello, la Virgen María se convirtió en abogada de la virgen Eva. Y de la misma forma que el género humano había quedado sujeto

a la muerte a causa de una virgen, fue librado de ella por una

Virgen; así la desobediencia de una virgen fue contrarrestada por la obediencia de una Virgen” Con el nacimiento de Cristo se inicia una nueva creación. Jesús es el primer fruto de esa nueva creación y María la nueva Eva, la mejor muestra del nuevo mundo libre de pecado que permanece en Dios.

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EVA

MARíA / nUEVA EVA

 

Era virgen pero casada con José

Era aún virgen, aunque tenía esposo.

 

Fue seducida para hacer el mal (mentira)

Recibe la buena noticia de la verdad

Un ángel la seduce (ángel caído, demonio)

Un ángel le trae la Palabra

EVA: dESOBEdECE

MARíA: OBEdECE

Causa de muerte para ella y la raza humana

Causa de salvación para ella y la raza humana

Ató la libertad del hombre

Libera al hombre de la atadura

Su desobediencia procede de su falta de fe.

Su obediencia procede de su fe

Al desobedecer, huye de la presencia dios

Al obedecer, atrae a dios a su seno.

Por una virgen la raza humana fue sentenciada a la muerte. Causa de muerte

Por una Virgen la raza humana es salvada. Causa de vida

TAREA PARA LA SEMANA

1. Después de estudiar este tema estarás en condición de explicar por qué decimos que María es a la vez Virgen y Madre. 2. También después de estudiar este tema comprenderás mejor qué quiere decir la Iglesia cuando enseña que María es “corredentora”

3.

¿Cómo explicaría a una persona que María es la nueva Eva?

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EnCUEnTRO

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PRESENTACIÓN DEL TEMA

Y se hizo hombre

Al nacer de María Jesús, el Hijo del Padre, se hizo sencillamente hombre, como ya hemos dicho en más de una ocasión, “igual a nosotros en todo menos en el pecado”. En el tema de hoy vamos a tratar, claro que muy someramente, el personaje humano, el que compartió nuestra condición y pasó por todo lo que el ser humano pasa en la vida.

ORACIÓN

Creemos en Jesús de Nazaret, que no predicó ni leyes ni sistemas, ni siquiera a sí mismo, sino el reino amoroso de Dios. Anunció la presencia de Dios como una gracia para todos los hombres pecadores. Predicó el amor hasta la entrega y la renuncia, hasta el mismo perdón del enemigo. Amó a los pobres diablos, herejes y cismáticos, adúlteras y mujeres de la vida, incluso a los chivatos y a los cómplices, corrompidos políticos, leprosos, enfermos, miserables, los niños y los pobres, al pueblo que llaman bajo y cotidiano. Judíos y romanos lo mataron por rebeldía a la ley, rebelde al César, en medio de rebeldes exaltados Pero Dios estaba con él. Por su cruz ensangrentada ha irrumpido en el mundo el espíritu de amor, de paz y de justicia, de la verde y victoriosa libertad.

(Víctor Manuel Arbeloa)

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IGUAL A NOSOTROS

Si nos fijamos bien, los dos credos que estamos estudiando silencian por completo la vida de Jesús. Pasan de la encarnación a la crucifixión. Mario Molina explica

así este silencio sobre el perfil humano de Jesús de Nazaret:

“Cualquiera diría que Jesús nació para morir o que su vida no tuvo importancia. Aunque ciertamente el evento decisivo en la vida de Jesús fue su muerte y resurrección, los evangelios nos narran diversos episodios de la vida de Jesús antes de contar su pasión, muerte y resurrección. Es evidente que el credo no

es un resumen de la fe, sino expresión de la fe. El Credo, cuyo

núcleo primitivo es la confesión de la muerte y resurrección del Señor por nuestra salvación, creció por enumeración de los elementos controvertidos de la fe. Silenció por lo tanto, no las cosas de segunda importancia, sino las aceptadas por todos sin discusión” (Mario Molina op. cit. Pag 55) No podemos, en consecuencia, en una reflexión sobre nuestra fe, obviar la vida de Jesús y la enseñanza que de aldea en aldea por Galilea dejaba a la gente infundiéndole una nueva esperanza. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos presenta

a modo de flash un breve esquema de la vida de Jesús:

“Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él, después de su resurrección”. (Hechos 10,37-41).

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El Concilio Vaticano II, en su Constitución Gaudium et Spes al hablar de que Jesús fue totalmente hombre dice:

“Trabajó con manos de hombre, reflexionó con inteligencia de hombre, actuó con voluntad de hombre, y amó con humano corazón” (GS 22,2). Nacimiento: Sabemos que Jesús nació en el reinado del emperador romano Augusto. Aunque no es posible precisar la fecha exacta de su nacimiento, los historiadores creen que debió ser entre los años 6 y 4 antes de nuestra era. O sea, que habría un error de cálculo de alrededor de cinco años. Aunque nació en Belén, como nos lo dicen los evangelistas Lucas y Mateo, la verdadera patria de Jesús fue Nazaret, donde se crió. Lengua materna: Nuestro lugar de nacimiento, nuestras primeras experiencias nos marcan en la vida. También nuestra lengua. La de Jesús fue el arameo tal como se hablaba en la región de Galilea. Es posible que fuera bilingüe y que dominara también el griego que era la lengua que se utilizaba en el templo y en las sinagogas donde se leían las Escrituras los sábados. Vida en Nazaret: Su infancia, su juventud y los primeros años de su vida como adulto los vivió en Nazaret, que era un pueblo pequeño en las montañas de Galilea. Esto hizo que su mentalidad fuera rural, la propia de la gente de los campos, aunque más que trabajar la tierra seguramente, de acuerdo al oficio de su padre, sería artesano-carpintero. Encuentro con el Bautista: Este encuentro marcó su vida. Jesús oyó hablar de él y se sintió atraído por el movimiento de conversión que inició en el desierto a orillas del Jordán. Esto hizo que rompiera en cierta forma con la familia y se fuera de Nazaret convertido en un seguidor de Juan, de quien recibió el bautismo. Esta fue una experiencia muy fuerte en

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su vida hasta el punto de que ya no volvió donde su familia en Nazaret, aunque tampoco permaneció largo tiempo con Juan, como nos lo cuentan los evangelios. La misión de Jesús: Tras salir del desierto, Jesús va a su pueblo, a Nazaret, el lugar donde se había criado y allí dio cuenta a su gente de la misión que el Padre le había encomendado. La ocasión se la da el texto del profeta Isaías que le ponen a leer en la asamblea (Isaías 61,1-2), según nos cuenta el evangelista Lucas: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido… (Lc 4,18-19). Cuando Jesús dice:

“Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” (Lc 4,21) lo que está señalando es que el Evangelio, la Buena Noticia, alcanza a la totalidad del hombre y no sólo a su dimensión espiritual. En el “Comentario al Nuevo Testamento”, de la Casa de la Biblia, al analizarse este texto de Lucas se dice: “esta escena es como el programa de lo que va a ser el ministerio de Jesús, y prefigura todo lo que va a ocurrir: se anuncia la salvación para todos los hombres, se insiste en que el ministerio de Jesús va dirigido preferentemente a los pobres y oprimidos; los incrédulos piden signos, el pueblo judío rechaza su predicación e intenta matarle (anuncio de su muerte), pero la libertad soberana de Jesús vence a sus enemigos (recuerdo de su resurrección) y la evangelización sigue su camino” (pag 201). Ruptura con su familia: La relación con su familia fue difícil desde que tuvo la experiencia religiosa con Juan el Bautista. No apoyaron su actividad como profeta itinerante, incluso llegaron a pensar que estaba loco y que deshonraba a la familia. Con sus amigos y seguidores formó como una nueva familia y prácticamente rompió con la suya biológica trasladándose a Cafarnaún. De todos modos, algunos familiares llegaron a vincularse con él más tarde.

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Actividad itinerante: Hacia el año 27 Jesús inicia una actividad itinerante intensa pero breve que le lleva desde Galilea hasta Jerusalén, lugar donde sería ejecutado, probablemente el 7 de abril del año 30. Se movió en las cercanías del lago de Galilea visitando las aldeas de alrededor. Le acompañaba un grupo de discípulos y discípulas y su actividad se concentraba en dos tareas principalmente: curar enfermos y anunciar su mensaje sobre el reino de Dios. Su fama creció rápidamente y la gente ansiaba encontrarse con él. Él tenía la costumbre de retirarse a orar en la noche en lugares solitarios. Profeta del Reino de Dios: Jesús habla con un lenguaje muy sugerente y se hace entender de la gente sencilla. No habla de sí mismo sino del Reino de Dios. Su mensaje no arranca de la tradición judía sino de su personal experiencia de Dios. El Dios que él descubre como Padre, “que hace salir el sol sobre buenos y malos…” lo comunica a través del lenguaje simbólico extraído de la vida. Dice que todos pueden entrar a formar parte de ese Reino y que para ello hay que ser compasivos y perdonar al enemigo. Actividad curadora: Aunque no haya muchos datos históricos al respecto, no hay duda de que Jesús llevó a cabo curaciones a diversos tipos de enfermos que sus contemporáneos las consideraron milagrosas. Practicó también exorcismos y liberó a personas que en aquellos tiempos consideraban que estaban poseídas por espíritus malignos. Estas curaciones y exorcismos los presentó como señales de que el Reino de Dios ya había comenzado liberando de sus sufrimientos a los pobres y marginados. Nunca entró en el juego de hacer cosas espectaculares para satisfacer simplemente la curiosidad de los que lo querían poner a prueba o no creían en él.

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Un judío poco común: Su manera de actuar era extraña para lo que se acostumbraba en aquel tiempo. Muchos veían en él un provocador. Se saltaba las normas de aquella sociedad con frecuencia, como las de la pureza ritual, no practicaba el ayuno; a veces se saltaba la ley del sábado, se rodeaba de gente mal vista: recaudadores, prostitutas, mendigos etc. Trataba públicamente con mujeres, lo que estaba muy mal visto y las admitía entre sus discípulos (María de Magdala). Tuvo una actitud especialmente acogedora hacia los niños. No era así por llamar la atención sino para hacer ver de manera gráfica que el Reino de Dios estaba abierto a todos y que nadie quedaba excluido y para mostrar que ese mismo sería el proceder del Padre. Rodeado de discípulos: Jesús no pretendía hacer una nueva religión. Simplemente invitaba a todos a entrar en el Reino de Dios. Pero, como quiera, se formó en torno a él un grupo pequeño de seguidores itinerantes en el que había también un cierto número de mujeres. Había otro grupo más amplio de gente que estaba con él, que compartían sus ideales pero seguía viviendo en sus casas. Estos le acogían cuando iba por las aldeas. Y tuvo un grupo más íntimo y cercano, el grupo de los Doce, que simbolizaban su deseo de lograr la restauración de Israel. Reacciones ante Jesús: No solamente era seguido por esos simpatizantes y discípulos, grandes masas se movilizaban ante él. Esta popularidad entre las masas hizo que las autoridades lo consideraran un personaje peligroso. Tampoco sus convecinos lo acogieron bien. Despertó la oposición directa de los escribas y los dirigentes religiosos. Fue criticado por comer con pecadores e incluso de estar poseído por el demonio. Ejecución: En la primavera del año 30 Jesús subió a Jerusalén, que estaba regida por un funcionario romano

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y gobernada por el sumo sacerdote Caifás. Jesús realizó

un gesto hostil hacia el templo que provocó su detención. Las más altas autoridades religiosas se convencieron de la peligrosidad de Jesús y decidieron matarlo. Murió crucificado probablemente el 7 de abril del año 30 por orden de Poncio Pilato. Consciente de la inminencia de su muerte celebró una cena de despedida que tuvo una especial significación pues en ella instituyó el sacramento de la eucaristía. Al momento de ser detenido fue abandonado por sus discípulos. Fe en Jesús resucitado: Es posible verificar históricamente que, entre los años 35 al 40 los cristianos de la primera generación confesaban con diversas fórmulas una convicción compartida por todos y que rápidamente fueron propagando por todo el Imperio: “Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos”.

MODELO DE HUMANIDAD

El perfil humano de Jesús de Nazaret, su manera de vivir es para nosotros el modelo de humanidad que debe ser recreado. “Durante toda su vida, Jesús se muestra como

nuestro modelo” dice el CIC trayendo a colación un texto de

la carta de Pablo a los Romanos: “Que el Dios de la constancia

y del consuelo les conceda tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a ejemplo de Cristo Jesús, para que con un solo corazón y una sola voz, glorifiquen a Dios, el Padre de nuestro

Señor Jesucristo” (Romanos 15,5-6). El Concilio Vaticano II, en Gaudium et Spes habla extensamente sobre la perfección de la actividad humana de Jesús: “El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El mismo carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo. Él es quien nos

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revela que Dios es amor (1 Jn 4,8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, es el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles. Al mismo tiempo advierte que esta caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la

vida ordinaria. El, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia….” (GS 38). Ciertamente, Jesús es modelo de ser humano porque es el perfecto bienaventuerado. En Jesús se dan todas las bienaventuranzas que nos presenta el evangelio de San Mateo. (Mt 5,1-12). A continuación se presenta una extensa relación de características humanas de Jesús que, desde luego no agotan todo su perfil humano, pero nos ayuda a hacernos una idea de como era. Jesús de Nazaret es modelo de ser humano porque es:

1.

Un hombre pobre a favor de los pobres

2.

Un hombre coherente entre lo que decía y lo que hacía

3.

Un hombre exigente, pero comprensivo

4.

Un hombre duro con aquellos que se aprovechan de los demás

5.

Un hombre preocupado por la persona: no sólo por el cuerpo, ni sólo por el alma. Un hombre preocupado por el cuerpo y el alma.

6.

Un hombre atento a las necesidades de los demás

7.

Un hombre dispuesto siempre a resolver los problemas de los demás

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8.

Un hombre enfrentado a las autoridades corruptas y ambiciosas

9.

Un hombre que vivía en comunidad

10.

Un hombre de acción y al mismo tiempo de oración

11.

Un hombre obediente a la voz de Dios

12.

Un hombre atento y sensible a los sufrimientos de la gente

13.

Un hombre contra las leyes injustas

14.

Un hombre amigo y cercano a los niños

15.

Un hombre capaz de convivir con las mujeres con un gran respeto a ellas.

16.

Un hombre con una sola ley, la ley de amar y servir

17.

Un hombre capaz de morir por la verdad y la justicia

18.

Un hombre que sabe perdonar

19.

Un hombre solidario con sus amigos

20.

Un hombre capaz de llorar por unas amigas y por su pueblo

21.

Un hombre que amaba la libertad

22.

Un hombre que estuvo encarcelado por defender a los pobres

23.

Un hombre valiente capaz de enfrentar y responder a los jueces

24.

Un hombre que sufrió torturas y no maldijo

25.

Un hombre que fue acusado injustamente y defendió

la verdad 26. Un hombre apasionado por una vida digna, igualitaria, fraterna entre los hombres

27. Un hombre que veía a Dios como un Padre misericordioso

28. Un hombre austero y al mismo tiempo capaz de participar con gusto en las fiestas y los banquetes.

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TAREA PARA LA SEMANA

Jesús es el espejo en el que todos debemos mirar para parecernos a él y ser sus seguidores. Relee con detenimiento las características de Jesús que se han presentado en este tema y señala aquellas en las que tú consideras que debes poner un especial empeño para reproducir en tu vida.

EnCUEnTRO

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Y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato

PRESENTACIÓN DEL TEMA

Con ligeras variantes, en los dos credos con los que confesamos nuestra fe decimos que Jesús padeció, que fue crucificado en un momento histórico concreto, cuando

Poncio Pilato era el representante de Roma, que fue sepultado

y que resucitó a los tres días. De esto vamos a hablar en nuestro encuentro de hoy.

ORACIÓN

Creemos en Jesucristo, Señor de la vida y de la muerte. Muerto por nuestra justificación, vivo para animar nuestra esperanza. Creemos en su muerte dolorosa y solitaria, preludio de su resurrección. Creemos también que su muerte es un hecho decisivo y personal Sabemos que si la muerte no tiene sentido, toda la vida discurre en el vacío. Creemos que en la muerte se recoge el estremecimiento ante las preguntas de la existencia; la

inseguridad, la experiencia de nuestra condición peregrina;

la conciencia de la propia flaqueza. Sabemos que la muerte está presente en nuestras vidas:

en el dolor, en la soledad, la limitación, el miedo, la tristeza,

el fracaso, el vacío.

Pero sabemos, también, que sólo en el acto en que encontramos a Dios podemos recuperarnos a nosotros mismos y ser realmente hombres.

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127

Y este acto es la muerte, opción definitiva, apertura a

Dios, culminación de nuestra libertad, lugar de encuentro total con Cristo, donde está presente la realidad entera.

(Tomado de “los otros credos”)

PONCIO PILATO

Parece extraño que en un documento como el Credo,que seocupaderecogerloesencialdenuestrafe,sehagareferenciaa un personaje concreto, y de conducta tan cuestionable como el procurador romano. En cincuenta y cuatro ocasiones, y principalmente en diferentes momentos de la Pasión del Señor, aparece este personaje, símbolo del hombre injusto, en tanto el nombre de María, la madre de Jesús aparece sólo diecinueve veces. El propio Pablo en una exhortación a la perseverancia y fidelidad que hace a Timoteo pone como ejemplo el testimonio que

Jesús dio ante Pilato. “Yo te ordeno delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y delante de Cristo Jesús, que dio buen testimonio ante Poncio Pilato” (1Timoteo 6,13). Explica Mario Molina que la aparición de este personaje no tiene otra finalidad que la de “anclar en el tiempo el testimonio –el martirio- de Jesús (Creo según las Escrituras, pag 66). No se trata de responsabilizar a este romano de la muerte de Jesús. Los dirigentes judíos de la época aparecen en los evangelios como los verdaderos responsables de la muerte de Jesús. Al primero y a estos se les excusa apuntando que, en realidad, su actuación fue la que permitió que se cumplieran los designios de Dios: “Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes obraron por ignorancia, lo mismo que sus jefes. Pero así, Dios cumplió lo que había anunciado por medio de todos los profetas: que su Mesías debía padecer” (Hechos 3,17-18).

El propio Jesús, ya agonizante, dice: “Padre, perdónalos

porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

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No se trata, pues de buscar culpables en el tema de la muerte injusta de Jesús. La mención de Pilato en el Credo “nos impide volatilizar a Jesús en un mito o en una idea. Si

María asegura la realidad humana de Jesús, la mención de Pilato localiza a Jesús en el tiempo y en el espacio” (Mario Molina, op. cit pag 66). Poncio Pilato, por tanto, nos garantiza la historicidad de Jesús. La referencia a Pilato hace de la crucifixión el “hecho mejor atestiguado de todos los que se cuentan sobre Jesús, hasta el punto de que algunos estudiosos se han atrevido incluso a datarlo históricamente el 7 de abril del año 30, según los parámetros de nuestro actual calendario” ( Enrique Martínez Lozano, Qué decimos cuando decimos el Credo, op.cit. pag 84) En la “Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas” el Concilio Vaticano II señala:

“Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a

No se ha de señalar a los judíos como

los judíos de hoy [

reprobados por Dios y malditos como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura» (NA 4).

]

POR NUESTRA CAUSA

Prácticamente, la única diferencia que hay en los dos credos es que el de Nicea-Constantinopla añade que la crucifixión de Jesús fue “por nuestra causa”. Esta frase interpreta el sentido de todo lo que condujo a la muerte a Jesús. Cuando hablamos del tema de la Encarnación también vimos que el Credo señala que la realización de ese misterio tuvo la misma finalidad: “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo”. Esta misma es la finalidad de su muerte en la cruz.

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Nosotros, los hombres, somos beneficiarios de la muerte de Cristo porque por ella se establece una nueva relación con Dios. Varios textos nos presentan la salvación que Jesús nos consigue con su muerte y resurrección utilizando la palabra “rescate”: “Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio!” (1 Corintios 6,19-20), “¡Ustedes han sido redimidos y a qué precio! No se hagan esclavos de los hombres” (1 Corintios 7,23) y “Ustedes saben que fueron rescatados de la vana conducta heredada de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos para bien de ustedes. Por él, ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado y lo ha glorificado, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios” (1Pedro 18-21) El CIC dedica un extenso apartado para explicarnos las enseñanzas que para todos nosotros lleva consigo el episodio de la muerte de Jesús. Aquí nos guiaremos del resumen que nos presenta al final del artículo 4. (CIC 619-623) “Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras”(1 Co 15, 3). Es lo primero que transmite Pablo en el llamado “evangelio paulino”. Aquí confiesa Pablo que lo primero que él recibió lo transmite a los cristianos y cristianas de la comunidad de Corinto. Por nuestros pecados: Nuestra salvación procede de la iniciativa del amor de Dios hacia nosotros porque “Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). “En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo” (2 Co 5, 19). Se ofreció libremente: Jesús se ofreció libremente por nuestra salvación. Este don lo significa y lo realiza por

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anticipado durante la última cena: “Este es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19). Rescate: La redención de Cristo consiste en que Él “ha

venido a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28), es

decir “a amar a los suyos [

que ellos fuesen “rescatados de la conducta necia heredada de sus padres” (1 P 1, 18). Misión expiatoria: Por su obediencia amorosa a su

Padre, “hasta la muerte [

la misión expiatoria (cf. Is 53, 10) del Siervo doliente que

“justifica a muchos cargando con las culpas de ellos” (Is 53, 11; cf. Rm 5, 19). Antes de finalizar este punto conviene que recordemos que nuestra salvación no es el resultado sólo de la muerte

y resurrección de Jesús. Desde que el hombre pecó y Dios

Padre no quiso condenarlo eternamente, la salvación del hombre, entendida como recreación del mundo, comienza nuestra Historia de Salvación, que culmina, eso sí con la muerte y resurrección de Jesús. Refiriéndonos más estrictamente a Jesús, debemos decir que también su nacimiento y las predicaciones que hacía por las aldeas de Galilea, las curaciones con las que devolvía la vida a la gente enferma y los demás milagros, son también parte de la salvación que Dios Padre nos consiguió en su Hijo, por el Espíritu Santo.

de cruz” (Flp 2, 8), Jesús cumplió

hasta el extremo” (Jn 13, 1) para

]

]

FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO

A Jesús la muerte no le pilló de sorpresa. Como ha dicho alguien: “Jesús murió como murió porque vivió como vivió”.

Su vida, sus enseñanzas, sus denuncias, sus posicionamientos

a favor de los últimos lo condujeron al calvario. En tres ocasiones Jesús advirtió y anunció a sus discípulos que moriría. Cuando Jesús toma el camino hacia Jerusalén

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sabe que está llegando su hora, la hora de pasar de este mundo al Padre. La “hora de Jesús” es un tema en el que merece la pena

adentrarse. En repetidas ocasiones san Juan presenta a Jesús hablando de su “hora” (Cf. Jn 2, 4; 7, 30; 8, 20), hasta el punto de que el término adquiere un sentido misterioso, que sólo en este momento parece que será develado en su significado más profundo. “¡Ha llegado la hora!” Es la hora del regreso de Jesucristo al Padre a través de la crucifixión, la resurrección

y la ascensión. A partir de ahora, y en los capítulos siguientes

del Evangelio de san Juan (Cf. Jn 13, 1; 17, 1), Jesucristo nos repetirá que ha llegado la “hora”. El primer momento de esa hora es la cruz: “Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén” (Lc 9,51). Jerusalén es la ciudad que mata a los profetas. Es el lamento de Jesús:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas

a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus

hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no

quisiste”. (Lc 13,24) Advertido que Herodes lo busca para matarlo, Jesús

respondió: “Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso

a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré

terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc 13,32-33) Jesús era pues plenamente consciente de que tenía que pasar por el cáliz de la cruz y que ya había llegado el momento de hacerlo. Subió voluntariamente a Jerusalén sabiendo perfectamente que allí moriría de muerte violenta

a causa de la contradicción de los pecadores: “fíjense en Aquél

que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcan faltos de ánimo” (Hebreos 12,3).

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Se ha dicho un poco antes que “Jesús murió como murió porque vivió como vivió”. Ciertamente la vida de Jesús fue toda una provocación para el judaísmo tradicional de su pueblo y de su tiempo. Hacía cosas que eran realmente inaceptables: perdonaba pecados, lo que sólo podía hacer Dios, relativizaba el mandamiento del sábado; se hacía sospechoso de blasfemia cuando decía que el Padre y él eran una misa cosa, se le veía como un falso profeta. Para todos estos delitos la ley preveía la pena de muerte. “Muchas de las obras y de las palabras de Jesús han sido, pues, un “signo de contradicción” (Lc 2, 34) para las autoridades religiosas de Jerusalén, aquéllas a las que el Evangelio de san Juan denomina con frecuencia “los judíos” (cf. Jn 1, 19; 2, 18; 5, 10; 7, 13; 9, 22; 18, 12; 19, 38; 20, 19), más incluso que a la generalidad del pueblo de Dios (cf. Jn 7, 48-49)” (CIC 575) No es necesario abundar en la explicación de que a Jesús lo matan por motivos religiosos y políticos. La gente que quiere el orden mata a Jesús porque perturba el orden. Con su muerte y sepultura Jesús completa plenamente su vivencia humana. Una vez más debemos recordar, como nos dice la carta a los Hebreros, que “no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado (Hebreos 4,15). Igualarse a nosotros supuso para Jesús, además de nacer en nuestra condición y vivir pasando por lo que todo ser humano, principalmente aquellos a los que él manifestó el Reino de la vida, los pequeños, los pobres, los sencillos, pasa, morir y volver a la tierra en donde todos esperamos el momento de la resurrección.

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NADIE TIENE AMOR MáS GRANDE

Todos entendemos que dar la vida es un signo, tal vez el mayor, del amor humano. La historia de nuestro pueblo está fundamentada en la entrega de su vida que hicieron los padres de la Patria. Nuestra experiencia como padres y madres es justamente dar la vida por nuestros hijos. Jesús, con su pasión y muerte nos dice que nadie nos ha amado más al aceptar por nosotros cargar con nuestro pecado: “Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (Jn 15,12-15). Un amor así tiene que ser correspondido, aunque sea gratuito. Por eso, el mismo Jesús, les dice también: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros” (Jn 15,16,17). No es el dolor que Jesús padeció en la cruz el que nos redime y salva; es el amor por el que acepta tanto sufrimiento y dolor el que cambió el destino fatal de nuestras vidas para darnos esperanza. Sólo desde el amor podemos encontrar respuesta a muchas preguntas que se hace la gente y aún nosotros mismos. Preguntas como por ejemplo, ¿por qué permitió Dios que Jesús, siendo inocente muriera?, ¿quería Dios la muerte de su propio Hijo? ¿por qué Jesús tuvo que redimirnos precisamente muriendo en la cruz? A estas y otras muchas preguntas solo podemos responder diciendo que la razón de todo no es otra que la del amor

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de Dios. Dijimos cuando abordamos el tema de nuestra fe en Dios creador, que la razón que motivó a Dios a crear el mundo no era otra que la de hacer partícipes a los demás seres de su amor. Si la muerte y resurrección de Jesús es la nueva creación del mundo, podemos también entender que todo lo que constituye el misterio de su muerte tiene sentido también desde el amor con que Dios nos ama.

SEGUIDORES DE UN CRUCIFICADO

Debemos tener siempre muy presente que nosotros somos seguidores, discípulos, de un crucificado que dio su vida para que nuestra vida cambiara de sentido y de rumbo. La cruz nos recuerda que la de Jesús fue la muerte de un inocente. Como creyentes en el crucificado y comprometidos con la vida no podemos hoy resignarnos a que sigan sucediendo tantos atropellos contra inocentes en nuestra sociedad. Hay que bajar de la cruz a los crucificados del mundo. Para quienes creemos en Jesús crucificado, todos los crucificados son hermanos sagrados a quienes tenemos que acercarnos de manera compasiva y solidaria para que pueda su crucifixión acabar en resurrección. La cruz representa para nosotros una opción evangélica por las víctimas. La cruz, que con la resurrección de Jesús forma un único acontecimiento, nos dice que la Vida no muere. Nos dice que nuestra muerte, cuando termina nuestra peregrinación en este mundo, no es ni una fatalidad, ni el final de nuestra vida. Nuestro Dios es el Dios de la vida y, además, es Padre y Madre y ningún padre y madre, que sean buenos, quitan la vida a sus hijos. La gestión, si es que podemos hablar en estos términos, que Jesús hace de su muerte en la cruz, es para nosotros un modelo, una enseñanza sobre cómo entregar nuestra vida en

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la propia cruz. Cuando, como Jesús, el sufrimiento y el dolor en nuestra vida lo asumimos como una opción de amor fiel, entonces nuestra cruz es también redentora de nuestra vida. La cruz es fuente de vida. Como seguidores de Jesús otra enseñanza que nos deja la cruz es que nos pone en condición de asemejarnos a Jesús en el anonadamiento de nuestro propio yo. La cruz es la máxima expresión del anonadamiento de Jesús y debe serlo también para nosotros. A los discípulos que discutían quién de ellos ocuparía los primeros lugares en el nuevo reino del que hablaba Jesús el Maestro les dice: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).

Y DESCENDIO A LOS INFIERNOS

Esta expresión aparece en el primer credo, el de los Apóstoles, y no en el de Nicea Constantinopla. El descenso de Jesús a los infiernos lo tenemos que entender en el sentido de que murió realmente, que ha compartido, como se ha señalado unas líneas más arriba, totalmente la suerte de la humanidad. No se refiere a lo que nosotros entendemos por “infierno” como lugar de tormento y castigo. Decir que Jesús descendió a los infiernos es decir que estuvo en el lugar donde están los muertos. El credo dice “descendió a los infiernos”, pero tal vez hubiera sido menos confuso decir que descendió al abismo, al Hades, que es el término que el Nuevo Testamento usa para referirse al lugar donde van los muertos al acabar su vida en la tierra. Así lo vemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Por eso previó y anunció la resurrección del Mesías, cuando dijo que no fue entregado al Abismo ni su cuerpo sufrió la corrupción” (Hechos 2, 31).

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En la carta a los Romanos encontramos otro texto muy iluminador sobre este punto. Nos dice Pablo: “En cambio, la justicia que proviene de la fe habla así: No digas en tu corazón:

¿Quién subirá al cielo?, esto es, para hacer descender a Cristo. O bien: ¿Quién descenderá al Abismo?, esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos” (Romanos.10, 6-7) En definitiva, Jesús, como todo ser humano, con su sepultura sella su vida. También él ha sido depositado en la tumba en la esperanza de la resurrección. Esta es también la enseñanza que el CIC nos da sobre este punto: “Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús “resucitó de entre los muertos” (Hch 3, 15; Rm 8, 11; 1 Co 15, 20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos (cf. Hb 13, 20). Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos.” (CIC 632) En resumen: “En la expresión “Jesús descendió a los infiernos”, el símbolo confiesa que Jesús murió realmente, y que, por su muerte en favor nuestro, ha vencido a la muerte y al diablo “Señor de la muerte” (Hb 2, 14). (CIC 636). Cristo muerto, en su alma unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido” (CIC 637).

TAREA PARA LA SEMANA

1.- ¿Podrías hacer una selección de las enseñanzas que nos deja a nosotros la experiencia de la cruz de Jesús? 2.- Comenta esta frase que aparece en el tema: “no nos redime el dolor de Jesús en la cruz sino el amor por el que soportó tanto sufrimiento”.

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EnCUEnTRO

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PRESENTACIÓN DEL TEMA

Resucitó al tercer día según las escrituras

Dice San Pablo que “si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe” (1Corintios 15,14). En la resurrección es donde se fundamenta toda nuestra fe. Sin ella, todo lo demás que creemos sería pura falsedad. De cómo podemos entender la resurrección de Jesús y de lo que ella supone para nuestra fe es de lo que vamos a hablar en este tema de hoy.

ORACIÓN

Yo creo en tu resurrección Porque puedo amar, puedo reír puedo abrazar a mi mayor enemigo y mirarlo en ti. Yo creo en tu resurrección porque tengo paz en mi corazón porque puedo entregarme a pesar de todo este dolor. Yo creo en tu resurrección porque soy feliz junto a ti porque me amas tanto que hasta moriste por mi. Yo creo en tu resurrección porque puedo amar porque tengo tanto, tanto, tanto para entregar. Yo creo que tú, Señor, vivirás en mi. Yo creo que tu Señor vencerás en mi. Yo creo que tú, Señor, morarás en mi para siempre, para siempre, Señor. Yo creo en tu resurrección porque ni el dolor ni mi propio error, ninguna angustia podrá separarme de tu amor. Yo creo en tu resurrección porque todo lo puedo con tu amor porque sé que cuidas de mi vida mejor que yo. Yo creo en tu resurrección porque puedo amar, porque puedo entregarme a pesar de todo este dolor.

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Yo creo en ti Señor. Yo creo en la fuerza de tu vida. Creo que donde sobreabundó el pecado sobreabundó más tu gracia. Creo en la fuerza de tu pequeña semilla en nuestro corazón que da el ciento por uno. Creo que vives en nosotros. Yo creo en ti Señor

(Hermana Glenda)

AL TERCER DÍA

En su libro “Sobre la muerte” González de Cardedal se pregunta: ¿qué es más admirable: la creación a partir de la nada o la resurrección a partir de la muerte? Estamos, sin duda, ante el acontecimiento central de nuestra fe. Si admirable es crear todo de la nada, y sólo Dios lo puede hacer por amor, hacer que la vida triunfe sobre la muerte es más admirablemente aún y está solo en sus manos. A Jesús, como nos cuenta el evangelista Marcos, entre las acusaciones que le hacen en el sanedrín está de la haber dicho que destruiría el templo en tres días y que en ese mismo tiempo levantaría otro nuevo: “Nosotros lo hemos oído decir:

“Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre” (Mc 14,58). Cuando, tras expulsar del templo a los vendedores, los judíos le preguntan por qué hace eso, Jesús, podríamos decir que en actitud retadora, les dice: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar” (Jn 2,19) En el primer anuncio de su muerte Jesús dice también que resucitaría el tercer día: Desde “aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16,21). En Mateo leemos: “Porque así como

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Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.” (Mt 12,40) No es casual que Jesús hablara de tres días. En la tradición israelita con la expresión “al tercer día” se hacía referencia a la tensión entre el sufrimiento y la esperanza de salvación. El justo no sufría más de tres días. En la tradición bíblica la expresión “al tercer día” se usaba para referirse al último tiempo en que finalmente Dios vendría a salvar, a devolver a la vida a su pueblo. Así lo dice el profeta Oseas: “Vengan, volvamos al Señor:

él nos ha desgarrado, pero nos sanará; ha golpeado, pero vendará nuestras heridas. Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y viviremos en su presencia.” (Oseas 6,1-2)

EL PRIMER DÍA DE LA SEMANA:

Pablo dice que, según la Escritura, Jesús resucitó al tercer día: “fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura”. (1Corintios 15,4). Así lo atestiguan los cuatro evangelios. Mateo dice:

“pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro”. Marcos, por su parte, señala: “Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro” (Mc 16,1-2). Y Lucas: “El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado” (Lc 24,1) Lo mismo se dice en el evangelio de Juan: “El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.” (Jn 20,1) Los cuatro evangelios pues fijan el momento de la resurrección al tercer día de la muerte que es el día siguiente

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al sábado. Como sabemos, y celebramos, Jesús murió en las primeras horas de la tarde del viernes. El tercer día es, de acuerdo a los acontecimientos, el que sigue al sábado, el primer día de la semana y se constituye en el “Día del Señor”.

EL ACONTECIMIENTO DE LA RESURRECCIÓN

Para no dispersar el contenido de este tema tan central de nuestra fe, vamos a seguir paso a paso las enseñanzas del CIC.

La resurrección es un acontecimiento histórico y transcendente:

Como lo atestigua el Nuevo Testamento fue un acontecimiento histórico. “Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce” (1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18). (CIC 639)

El sepulcro vacío:

“¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección.

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Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo”(Jn 20, 6) “vió y creyó” (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).(CIC 640)

Las apariciones del Resucitado

María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34). (CIC 641) Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico…(CIC 643)

Dificultad de los apóstoles para aceptar el hecho de la Resurrección:

“Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano (cf. Lc

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22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14). (CIC 643) “Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado” (CIC 644)