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DOMINUS EST

Reflexiones de un Obispo del Asia Central sobre la sagrada Comuni ón

Mons. Athanasius Schneider

Extracto publicado por Asociaci ó n Lit úrgica Magnificat Una Voce Chile

MMIX

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PR ÓLOGO

E n el libro del Apocalipsis, San Juan cuenta que habiendo visto y oí do aquello que le habí a sido revelado, se postraba en adoració n a los pies del Á ngel de Dios (cf. Ap. 22,8). Postrarse o arrodillarse ante la majestad de la presencia de Dios, en humilde

adoració n, era un h á bito de reverencia que Israel manifestaba siempre delante de la presencia del Se ñor. Dice el primer libro de los Reyes: “Cuando hubo acabado Salomón de hacer esta oración y s ú plica, levant óse de delante del altar del Se ñ or, donde estaba arrodillado y con las manos tendidas al

cielo, puesto en pie, bendijo a toda la asamblea de Israel” (1 Reyes 8, 54­55). La postura de la s úplica del Rey es clara: é l estaba arrodillado delante del altar.

La misma tradició n se encuentra tambi é n en el Nuevo Testamento donde vemos a Pedro ponerse de rodillas delante de Jesú s (cf Lc 5,8); Jairo para pedirle que cure a su hija (Lc 8, 41); el Samaritano cuando regresa para agradecerle y Mar í a, hermana de Lá zaro, para pedirle la vida a favor de su hermano (Jn 11, 32). La misma actitud de postraci ó n delante del estupor de la presencia y revelació n divinas se nota generalmente en libro del Apocalipsis (Ap 5, 8, 14 e 19, 4).

Estaba íntimamente relacionada con esta tradici ó n, la convicci ó n que el Templo Santo de Jerusalé n era la casa de Dios y por lo tanto era necesario disponerse en él en actitudes corporales expresivas de un profundo sentimiento de humildad y de reverencia en la presencia del Se ñor.

Tambi é n en la Iglesia, la convicci ó n profunda de que bajo las especies Eucarí sticas el Se ñor está verdadera y realmente presente, y la creciente praxis de conservar la santa comuni ón en los tabern á culos, contribuyó a la pr á ctica de arrodillarse en actitud de humilde adoració n del Se ñ or en la Eucaristí a.

Efectivamente, al respecto de la presencia real de Cristo bajo las especies eucarí sticas,

el Concilio de Trento proclamó : “in almo sanctae Eucharistiae sacramento post panis et vini consacrationem Dominum nostrum Iesum Christum verum Deum atque hominem vere, realiter et substantialiter sub specie illarum rerum sensibilium continere” (DS 1651). (*)

Adem ás, Santo Tom á s de Aquino ya habí a definido la Eucaristí a latens Deitas (S. Tomá s de Aquino, Inni ). La fe en la presencia real de Cristo bajo las especies eucar í sticas pertenecí a ya entonces a la esencia de la fe de la Iglesia Cató lica y era parte intr ínseca de la identidad cató lica. Era evidente que no se podí a edificar la Iglesia si esa fe fuese m í nimamente menoscabada. Por lo tanto, la Eucaristí a, pan transubstanciado en Cuerpo de Cristo y vino en Sangre de Cristo, Dios en medio de nosotros, debí a ser acogida con estupor, m á xima reverencia y actitud de humilde adoraci ón. El Papa Benedicto XVI recordando las palabras de San Agustí n “nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; peccemus non adorando” (Enarrationes in Psalmos 89, 9 ; CCLXXXIX, 1385) subraya que “recibir la Eucaristía

significa ponerse en actitud de adoración hacia aquel que recibimos (

madurar una acogida profunda y verdadera” (Sacramentum Caritatis, 66).

)

s ólo en la adoración puede

Queda claro para quien sigue esta tradici ón que asumir gestos y actitudes del cuerpo y del espí ritu que facilitan el silencio, el recogimiento, la humilde aceptaci ó n de nuestra pobreza delante de la infinita grandeza y santidad de Aqu él que nos sale al encuentro en las especies Eucarí sticas, se vuelve coherente e indispensable. El modo mejor para expresar nuestro sentimiento de reverencia hacia el Se ñor Eucarí stico era el de seguir el ejemplo de Pedro que, como nos cuenta el Evangelio, se arrojó de rodillas delante del Se ñ or y dijo “Se ñ or, apártate de mi, que soy hombre pecador”. (Lc 5, 8).

Ahora bien, se nota que en algunas iglesias, tal pr á ctica se hace cada vez m á s rara y los responsables no só lo imponen a los fieles recibir la Sagrada Eucaristí a en pie, sino que incluso han sacado los reclinatorios obligando a los fieles a permanecer sentados o en pie, hasta durante la elevació n de las especies Eucarí sticas presentadas para la Adoraci ón. Es extrañ o que tales procedimientos hayan sido adoptados en las dió cesis, por los responsables de la

liturgia, y en las iglesias por lo párrocos, sin la más m í nima consulta a los fieles, aunque hoy se hable m á s de que nunca, en ciertos ambientes, de democracia en la Iglesia.

Al mismo tiempo, hablando de la Comuni ó n en la mano es necesario reconocer que se trata de una pr á ctica introducida abusivamente y a prisas en algunos ambientes de la Iglesia inmediatamente despu és del Concilio, cambiando la secular pr á ctica anterior y volviéndose enseguida la pr á ctica regular para toda la Iglesia. Se justificaba tal cambio diciendo que reflejaba mejor el Evangelio o la pr á ctica antigua de la Iglesia.

Es verdad que si se recibe en la lengua, se puede recibir tambi é n en la mano, siendo ambos ó rganos del cuerpo de igual dignidad. Algunos, para justificar tal pr á ctica, se refieren a las palabras de Jes ús: “Tomad y comed” (Mc 14,22; Mt 26,26). Cualesquiera sean las razones para sostener esta pr á ctica, no podemos ignorar lo que sucede a nivel mundial en todas partes donde es adoptada. Este gesto contribuye a una gradual y creciente debilitaci ón de la actitud de reverencia hacia las sagradas especies Eucarí sticas. La praxis anterior en cambio preservaba mejor ese sentido de reverencia. A ella ha sucedido enseguida una alarmante falta de recogimiento y un espí ritu general de distracci ó n. Ahora se ven comulgantes que frecuentemente regresan a sus puestos como si nada de extraordinario hubiera ocurrido. A ún m á s distraí dos se ven los ni ñ os y adolescentes. En muchos casos no se nota ese sentido de seriedad y silencio interior que deben se ñ alar la presencia de Dios en el alma. El Papa habla de la necesidad de no s ó lo entender el verdadero y profundo significado de la Eucaristí a, sino tambi é n de celebrarla con dignidad y reverencia. Dice que hay que estar conscientes “de los gestos y de las posturas, como el arrodillarse en los momentos prominentes de la oración Eucar ística” (Sacramentum Caritatis, 65). Adem á s de ello, hablando de la recepció n de la Sagrada Comunió n, invita a todos a “hacer lo posible para que el gesto en su simplicidad corresponda a su valor de encuentro personal con el Señ or Jesucristo en el Sacramento” (Sacramentum Caritatis, 50).

En esta perspectiva es de apreciar la obra escrita por S.E. Mons. Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de Karaganda en Kazaquistá n, bajo el muy significativo tí tulo “Dominus

Est”. El mismo quiere dar una contribució n a la actual discusi ó n sobre la Eucaristí a, presencia real y substancial de Cristo bajo las especies consagradas del Pan y del Vino. Es significativo que Mons. Schneider inicie su presentació n con una nota personal recordando la profunda fe eucarí stica de su madre y de otras dos mujeres; fe conservada entre medio de tantos sufrimientos y sacrificios que la peque ñ a comunidad de los cat ó licos de aqué l Pa ís padeci ó en los años de la persecució n sovié tica. Partiendo de esta experiencia suya, que suscitó en él una gran fe, estupor y devoció n por el Se ñor presente en la Eucaristí a, él nos presenta un excursus histórico­te ó logico que aclara como la pr á ctica de recibir la Sagrada Comuni ó n en la boca y de rodillas fue acogida y practicada por la Iglesia durante un largo perí odo de tiempo.

Yo creo que ha llegado la hora de valorar bien la mencionada pr á ctica y de revisar y, si es necesario, abandonar la pr á ctica actual, que de hecho no fue indicada ni por la Sacrosanctum Concilium, ni por los Padres Conciliares, sino que fue aceptada despu é s de su introducci ón abusiva en algunos Pa íses. Ahora, hoy m á s que nunca, es necesario ayudar al fiel a renovar una viva fe en la presencia real de Cristo bajo las especies Eucar ísticas para reforzar as í la vida de la Iglesia y defenderla en medio de las peligrosas distorsiones de fe que tal situació n contin ú a creando.

Las razones de tal medida deben ser no tanto acadé micas cuanto pastorales – espirituales como litú rgicas – es decir, aquellas que edifican mejor la fe. Mons. Schneider en este sentido muestra un encomiable coraje, pues ha sabido entender el significado de las palabras de San Pablo: “pero que todo sea para edificaci ó n” (1 Cor 14,26).

+Mons. Malcom Ranjith

Secretario de la Congregación del Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos.

Nota:(*) Concilio de Trento, Sesión XIII, Cap II: "En primer lugar enseñ a el santo Concilio, y clara y sencillamente confiesa, que despué s de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente nuestro Se ñ or Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles".

I

“Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat”

Mujeres “eucar ísticas” y la sagrada Comuni ó n en la clandestinidad sovi é tica

El r égimen comunista sovié tico, que dur ó cerca de setenta a ños (1917­1991), pretendí a establecer una especie de para íso sobre la tierra. Sin embargo, este reino no podí a tener consistencia, pues estaba fundado sobre la mentira, sobre la violaci ó n de la dignidad del hombre, sobre la negaci ó n si no sobre el odio a Dios y a su Santa Iglesia. Era una reino donde Dios y los valores espirituales no podí an y no debí an tener ning ú n espacio. Todo signo que hiciese a los hombres acordarse de Dios, era suprimido de la vida pú blica y de la vista de los hombres. Existí a, sin embargo, una realidad que hací a recordar a los hombres m á ximamente a Dios: el sacerdote. Por esta razó n, el sacerdote no debí a ser visible; má s bien no debí a existir.

Para los perseguidores de Cristo y de su Iglesia, el sacerdote era la persona m á s peligrosa. Quiz á s ellos, implí citamente, conocí an la razón por la cual el sacerdote era considerado como la persona m á s peligrosa. La verdadera razó n era ésta: só lo el sacerdote podí a darle a Dios a los hombres, entregarles a Cristo de la manera m á s concreta y directa posible, esto es, a trav é s de la Eucaristí a y de la sagrada Comunió n. Por esto, estaba prohibida la celebració n de la Santa Misa. Pero ningú n poder humano estaba en grado de vencer la potencia Divina que operaba en el misterio de la Iglesia y sobre todo en los sacramentos.

Durante aquellos oscuros añ os, la Iglesia, en el inmenso imperio sovié tico, estaba obligada a vivir en la clandestinidad. Pero lo m á s importante era esto: la Iglesia estaba viva, m á s bien, viv í sima, si bien le faltaban estructuras visibles, edificios sagrados, y aunque hubiese una enorme escasez de sacerdotes. La Iglesia estaba viví sima porque no le faltaba del

todo la Eucaristí a – si bien raramente accesible a los fieles­, porque no le faltaban almas con una fe firme en el misterio eucar í stico, a menudo madres de familia y abuelas con un alma “sacerdotal”, que custodiaban y que hasta incluso administraban la Eucarist í a con un amor extraordinario, con delicadeza y con la m á xima reverencia posible, en el mismo esp íritu de los primeros cristianos, expresado en el adagio “cum amore ac timore”.

Entre los numerosos ejemplos de mujeres “eucar í sticas” del tiempo de la clandestinidad sovié tica, se presentar á aqu í el ejemplo de tres mujeres de conocimiento personal del autor: Mar í a Schneider (madre del autor), Pulcheria Koch (hermana del abuelo del autor) y Marí a Stang (parroquiana de la dió cesis de Karaganda).

* * *

Mar í a Scneider, mi madre, me contaba: despu é s de la II Guerra Mundial, el ré gimen stalinista deportaba a muchos alemanes del Mar Negro y del rí o Volga hacia los Montes Urales, para emplearlos en trabajos forzados. A todos se les internaba en pobrí simas barracas en un ghetto de la ciudad. Entre ellos, se encontraban algunos cientos de alemanes cat ó licos. A menudo, se acercaban a ellos, en la m á xima clandestinidad y secreto, algunos sacerdotes cató licos para administrar los sacramentos, lo cual hací an poniendo en peligro su propia vida. Entre los sacerdotes que acudí an m á s frecuentemente estaba el Padre Alexij Saritski, (sacerdote ucraniano, greco – cat ó lico y birritualista, muerto como má rtir el 30 de octubre de 1963 cerca de Karaganda, beatificado por el Papa Juan Pablo II en el añ o 2001). Los fieles le llamaban afectuosamente “el vagabundo de Dios”.

En el mes de enero del añ o 1958, en la ciudad de Krasnokamsk, cerca de Perm, en los Montes Urales, llegó de improviso y como siempre, secretamente, el Padre Alexij, proveniente del lugar de su exilio en la ciudad de Karaganda en Kazakhstan.

El Padre Alexij se las ingeniaba para que el mayor n úmero posible de fieles fuese preparado para recibir la sagrada Comunió n. Para esto, se dispon ía a escuchar la confesió n de los fieles, literalmente, dí a y noche, sin dormir ni comer. Los fieles le suplicaban, diciendo:

“Padre, ¡debe comer y dormir!”. Pero él respondí a: “No puedo, porque la policí a puede arrestarme de un momento a otro ¡y tantas personas quedar í an sin confesi ó n, y por tanto, sin Comunió n!”. Despué s de que todos se hubieron confesado, el Padre Alexij comenz ó a celebrar la Santa Misa. De improviso resonó una voz: “¡La policí a está cerca!”. Mar í a Schneider, que asistí a a la Santa Misa, dijo al sacerdote: “Padre, yo lo puedo esconder:

huyamos!”. La mujer condujo al sacerdote hasta una casa fuera del ghetto alem á n y lo escondi ó en un cuarto, llev á ndole algo para comer. “Padre, finalmente ahora puede comer y descansar un poco. Cuando caiga la noche, huiremos a la ciudad má s cercana”. El Padre Alexij estaba triste, porque si bien todos se habí an confesado, ninguno alcanz ó a recibir la sagrada Comunió n, porque apenas comenzada la Misa, hubo de ser interrumpida por la posible irrupció n de la policí a. Marí a Schneider le dijo: “Padre, todos los fieles har án con mucha fe y devoció n la Comunió n espiritual, y esperamos que pueda usted volver para darnos la Comunió n sacramental”.

Con la llegada de la noche comenzó la preparaci ón de la fuga. Mar í a Schneider dej ó a sus dos hijos peque ños (un ni ñ o de dos a ños y una ni ñ a de seis meses), a cargo de su madre, y llamó a Pulcheria Koch (tí a de su marido). Las dos mujeres se reunieron con el Padre Alexij y huyeron 12 kms. a trav é s de un bosque, por la nieve y el fr ío, con una temperatura de ­30ºC. Lograron llegar a una peque ñ a estació n, compraron un pasaje para el sacerdote y se sentaron en la sala de espera, pues el tren tardar í a todaví a poco má s de una hora en llegar. De pronto, se abrió la puerta y entr ó un policí a que se dirigi ó directamente hacia el Padre Alexij. Estando frente a él, le preguntó : “Usted, ¿hacia dó nde se dirige?” El Padre no pudo responder a causa del espanto. No tem í a por su vida, sino por la vida y el destino de la joven madre Maria Schneider. A su vez, la joven mujer respondió al policí a: “ Éste es un amigo y nosotros lo acompa ñ amos. Aqu í está su pasaje”. Y mostr ó al policí a el billete. É ste, mirando al sacerdote, le dijo: “Por favor, no suba al ú ltimo vag ón porque ser á desenganchado del resto del tren en

la pró xima estació n. ¡Buen viaje!”. Y r á pidamente el policí a sali ó de la sala. El Padre Alexij miró a Mar í a Schneider y le dijo: “¡Dios nos ha enviado a un á ngel. No olvidar é jam á s lo que usted ha hecho por mi. Si Dios me lo permite, volveré para darles la sagrada Comunió n, y en cada una de mis Misas rezar é por usted y sus hijos”.

Un a ñ o despu és, el Padre Alexij pudo volver a Krasnokamsk. Ésta vez sí pudo celebrar la Santa Misa y dar la sagrada Comunió n a los fieles. Maria Schneider le pidió un favor:

“Padre, ¿podrí a dejarme una hostia consagrada?, pues mi madre est á gravemente enferma y ella quisiera recibir la Comunió n antes de morir”. El Padre Alexij dejó una hostia consagrada a condici ó n de que si administraba la Comunió n, lo hiciera con el m á ximo respeto posible. Mar í a Schneider prometió hacerlo de é se modo. Antes de trasladarse con su familia al Kirghistan, Marí a Schneider dio a su madre enferma la sagrada Comunió n. Para hacerlo, us ó guantes blancos nuevos y con unas pinzas dio la Comunió n a su madre. Despué s, quemó la bolsa en la cual estuvo reservada la hostia consagrada.

* * *

La familia de Maria Schneider y de Pulcheria Koch se transfirió posteriormente a Kirghistan. En 1962, el Padre Alexij visitó secretamente Kirghistan y encontró a Maria y a Pulcheria en la ciudad de Tokmak. Celebró la Santa Misa en la casa de Marí a Schneider y posteriormente, todaví a otra vez en casa de Pulcheria Koch. En gratitud hacia Pulcheria, esta mujer anciana que lo habí a ayudado a escapar por el fr í o y la oscuridad del invierno hacia los Montes Urales, el Padre Alexij le dej ó una hostia consagrada, d á ndole, sin embargo una precisa instrucció n: “Le dejo una hostia consagrada. Haga la devoci ó n de los primeros nueve meses en honor del Sagrado Corazó n de Jesú s. Cada primer viernes de mes, exponga en su casa el Santí simo Sacramento, invitando para la adoraci ó n a personas de absoluta confianza. Todo deber á hacerse con la má xima discreció n y secreto. Despu és del noveno mes, usted podr á consumir la hostia, pero há galo con gran reverencia”. Y as í se hizo. Durante nueve

meses se realizó en Tokmak una adoraci ó n eucar ística clandestina. También Mar í a Schneider estaba entre las mujeres adoratrices. Estando de rodillas delante de la peque ñ a hostia, todas las adoratrices, mujeres verdaderamente eucar ísticas, deseaban ardientemente recibir la sagrada Comuni ó n. Pero desgraciadamente, só lo habí a una peque ñ a hostia, y al mismo tiempo, numerosas personas deseosas de recibirla. Por esto, el Padre Alexij habí a decidido que al té rmino de los nueve meses la recibiese solamente Pulcheria y que todos los dem ás hiciesen una Comunió n espiritual. De todas formas, é stas Comuniones espirituales eran muy valiosas, pues hací an a estas mujeres “eucarí sticas”, capaces de transmitir a sus hijos, por así decirlo “con la leche materna”, una profunda fe y un gran amor por la Eucarist í a. La consignaci ó n de aquella peque ñ a hostia en la ciudad de Tokmak en Kirghistan fue la ú ltima acció n pastoral del beato Alexij Saritski. Inmediatamente despu é s del retorno a Karaganda de su viaje misionero en Kirghistan, en el mes de abril de 1962, el Padre Alexij fue arrestado por la policí a secreta y enviado al campo de concentraci ó n de Dolinka, cercano a Karaganda. Despué s de muchos maltratos y humillaciones, el Padre Alexij obtuvo la palma del martirio “ex aeruminis carceris”, el 30 de octubre de 1963. Este dí a se celebra su memoria litúrgica en todas las iglesias cató licas del Kazaquistá n y de Rusia; la Iglesia greco cató lica ucraniana lo celebra junto con todos los m á rtires ucranianos el dí a 27 de junio. Fue un santo eucarí stico que educó a mujeres eucarí sticas, mujeres que fueron como flores crecidas en la oscuridad y en el desierto de la clandestinidad, haciendo as í que la Iglesia permaneciera realmente viva.

* * *

El tercer ejemplo de mujer “eucar ística” es el de Mar í a Stang, alemana del Volga, deportada a Kazaquistá n. Esta madre y abuela santa tuvo una vida llena de increí bles sufrimientos y de continuas renuncias y sacrificios. Sin embargo, fue una persona de gran fe, esperanza y alegrí a espiritual.

Ya de ni ñ a deseaba dedicar su vida a Dios. A causa de la persecuci ó n comunista y de la deportaci ó n, el camino de su vida fue aú n m á s doloroso. Mar í a Stang escribí a en sus memorias: “Nos han quitado a los sacerdotes. En el pueblo vecino hab í a todaví a una iglesia, pero lamentablemente ya no estaba presente el Santí simo. As í , sin sacerdotes y sin Santí simo, la iglesia se sentí a frí a, lo cual me hací a llorar amargamente”.

Desde aquel momento, Mar í a comenzó a rezar y a ofrecer sacrificios a Dios cada dí a, diciendo ésta oraci ó n: “Se ñ or, danos un nuevo sacerdote, danos la santa Comuni ó n. Todo lo sufro con gusto por amor a Ti, oh Sacratí simo Corazón de Jesú s”. En el recó ndito lugar de la deportaci ó n en Kazaquistá n oriental, Marí a Stang reun ía secretamente en su casa, todos los domingos, a otras mujeres para hacer oraci ó n. Durante aquellas asambleas dominicales, muchas veces las mujeres lloraban rezando así : “Marí a Santí sima y amada Madre nuestra, mira qu é pobres somos. Danos de nuevo sacerdotes, doctores y pastores”.

A partir del añ o 1965, Marí a Stang pudo viajar, una vez al a ño, a Kirghistá n (distante a m á s de mil kiló metros de su hogar), en donde viví a un sacerdote cat ó lico en exilio. En el apartado pueblito de Kazaquist á n oriental, los cató licos alemanes no veí an un sacerdote desde hací a m á s de veinte añ os. Marí a escribe: “Cuando llegu é a Frunse (hoy Bishkek), en Kirghistá n, encontr é a un sacerdote. Entrando en su casa, vi un tabern á culo. No imaginaba que alguna vez en mi vida podr í a volver a ver, ni siquiera una sola vez, un sagrario. Me arrodillé frente a él y comencé a llorar. Luego, me acerqu é al tabern á culo y lo besé ”.

Antes de regresar a su pueblo en Kazaquistá n, el sacerdote entregó a Mar í a una pí xide con algunas hostias consagradas. La primera vez que los fieles se reunieron en presencia del Santí simo Sacramento, Marí a les dijo: “Tenemos una alegrí a y una felicidad que nadie puede imaginar; tenemos con nosotros al Se ñ or eucarí stico y podemos recibirlo”. Los presentes respondieron: “No podemos recibir la Comunió n, pues no nos hemos confesado”. Seguidamente, los fieles tuvieron una reuni ó n y tomaron la siguiente decisió n: “Los tiempos son dificilí simos, y ya que se nos ha tra í do el Santí simo a travé s de m á s de mil kil ó metros,

Dios nos ser á propicio. Entraremos espiritualmente en el confesionario delante del sacerdote. Haremos un acto de perfecta contrició n y cada uno de nosotros se impondr á una penitencia”. Así lo hicieron todos y despu é s recibieron la sagrada Comuni ó n, arrodillados y con lá grimas en los ojos; l á grimas de alegr í a y al mismo tiempo de contrició n.

Por treinta añ os Mar í a reuni ó , cada domingo, a los fieles para la oració n. Ense ñ aba el catecismo a niñ os y adultos, preparaba a los esposos para el sacramento del matrimonio, cumplí a con los ritos de exequias y, sobre todo, administraba la sagrada Comunió n. Cada vez que hací a esto último, lo hací a con corazó n ardiente y temor reverencial.

Fue una mujer con un alma verdaderamente sacerdotal, una mujer eucar í stica.

CONCLUSI ÓN

Sobre el fondo de la bimilenaria historia de la piedad y de la tradició n litúrgica de la Iglesia Universal en Oriente y Occidente, sobre todo respecto al desarrollo org á nico del patrimonio patr í stico, puede concluirse la siguiente sí ntesis:

1. El desarrollo org ánico de la piedad eucarí stica como fruto de la piedad de los Padres de la Iglesia, ha conducido a todas las Iglesias, tanto en Oriente como en Occidente, a ún ya en el primer milenio, a administrar la sagrada Comunió n a los fieles directamente en la boca. En Occidente, al inicio del segundo milenio, se agregó el gesto profundamente b í blico de arrodillarse. En las mú ltiples variaciones litúrgicas orientales, se circunda el momento de la recepci ó n del Cuerpo del Se ñor con solemnes ceremonias, y a menudo se exige a los fieles una previa postració n en tierra.

2. La Iglesia prescribe el uso del platillo de Comunió n o patena, para evitar que algú n fragmento de la Hostia consagrada caiga en tierra (Cf. Missale Romanum, Institutio generalis, n.18; Redemptionis Sacramentum, n.93) y que el obispo se lave las manos despué s de la distribució n de la Comunió n (Cf. Ceremoniale episcoporum, n.166). En el caso de la distribució n de la Comuni ó n en la mano, frecuentemente se desprenden de la Hostia peque ñ os fragmentos los cuales, o caen en tierra o quedan adheridos a la palma y a los dedos del comulgante.

3. El momento de la sagrada Comuni ó n, en cuanto encuentro de los fieles con la Divina Persona del redentor, exige, por su naturaleza, y aú n exteriormente, gestos tí picamente sacros, como la postraci ó n de rodillas En la ma ñ ana de la resurrecci ó n las mujeres adoraron al Se ñ or Resucitado postr á ndose en tierra delante de É l, (Cf. Mt 28,9); tambié n los Apó stoles lo hicieron (Cf. Lc 24, 52) y quizá s tambi é n el Apó stol Tom á s se arrodilló diciendo: “Se ñ or m ío y Dios mí o” (Jn 20, 28).

4. El dejarse nutrir como un niño, recibiendo la Comunió n directamente en la boca, expresa de la mejor manera, ritualmente hablando, el car á cter de la receptividad y del ser niñ o delante de Cristo que nutre y “amamanta” espiritualmente. El adulto en cambio, lleva por sí mismo el alimento hasta su boca con sus propios dedos.

5. La Iglesia prescribe que, durante la celebraci ó n de la Santa Misa, al momento de la Consagració n, todo fiel deba arrodillarse. ¿No serí a, litúrgicamente m á s adecuado si, al momento de la sagrada Comunió n, cuando el fiel se aproxima fí sicamente tanto al Se ñ or, al Rey de reyes, lo saludase y lo recibiese arrodillado?

6. El gesto de recibir el Cuerpo del Se ñ or en la boca y de rodillas podrí a ser un testimonio visible de la fe de la Iglesia en el misterio eucar í stico, como así mismo un factor restaurador y educativo para la cultura moderna, para la cual, tanto el gesto de arrodillarse como la infancia espiritual, son fen ó menos completamente extrañ os.

7. El deseo de prestar a la augusta persona de Cristo, tambi é n en el momento de la sagrada Comuni ó n, el afecto y el honor de manera visible, deberí a adecuarse al espí ritu y al ejemplo de la bimilenaria tradici ó n de la Iglesia: “cum amore ac timore”, el adagio de los Padres del primer milenio, adem á s del “quantum potes, tantum aude” (“cuanto puedas, eso haz”), el adagio del segundo milenio.

Para terminar, damos espacio a una conmovedora plegaria de Mar í a Stang, madre y abuela alemana del Volga, deportada por el ré gimen stalinista en el Kazaquistá n. Esta mujer de alma “sacerdotal” custodiaba la sagrada Comunión y la llevaba, durante la persecuci ó n comunista, a los fieles diseminados en las lejanas estepas del Kazaquist á n, orando con é stas palabras:

“Ah í, donde habita mi querido Jes ú s, donde truena desde el tabern áculo, ah í quiero permanecer continuamente arrodillada. Ahí quiero rezar perpetuamente. Jes ú s, te amo profundamente; Amor escondido, yo te adoro. Amor escondido, te adoro. Amor abandonado, te adoro. Amor despreciado, te adoro. Amor golpeado, te adoro. Amor infinito, Amor muerto por nosotros sobre la Cruz, te adoro. Mi querido Señ or y Salvador, haz que yo sea enteramente amor, enteramente expiación por el Santísimo Sacramento en el corazón de tu clement ísima Madre Mar ía, Amén”.

Quiera Dios que los Pastores de la Iglesia puedan renovar la Casa de Dios, que es la Iglesia, situando a Jes ús Eucarí stico en el centro, dá ndole el primer puesto, de modo que sea Él quien reciba los gestos de honor y adoració n, tambié n en el momento de la sagrada Comunió n.

“¡La Iglesia debe ser enmendada a partir de la Eucaristía!” (“Ecclesia ab Eucharistia enmendata est!”).

En la sagrada hostia no hay cualquier cosa, sino Alguien. “¡ Él est á ah í!”: as í ha sintetizado el misterio eucar ístico san Juan Maria Vianney, el santo cura de Ars. Porque no se trata de ning ú n otro ni de ninguno m á s grande que el mismo Se ñor: “Dominus est!”.