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UNA HISTORIA DE SANGRE, FUEGO Y ESCLAVOS

El verdadero rostro del Imperio Británico

La desigualdad entre la Inglaterra civilizada y los pueblos a los que esclavizó, no se


debe exclusivamente al diverso ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas en ambas
áreas, sino al empeño sangriento de los colonialistas para evitar que dichos pueblos
pudieran beneficiarse con los adelantos que la técnica del capitalismo había introducido
en la historia humana.
En el año 1907 un poeta inglés, Rudyard Kipling, recibía el Premio Nobel de
literatura. Kipling, cuyo tema constante era el Imperio Británico, había glorificado en
sus escritos la epopeya de la conquista del mundo por Gran Bretaña, convirtiendo a los
soldados de la reina esparcidos por el mundo en héroes nacionales del pueblo inglés.
Alabado por la crítica, el poeta era disputado en las tertulias por damas y caballeros
refinados que veían en él al creador de ese personaje ideal que era Tommy Atkins, tipo
legendario del soldado británico, verdadero artífice de la gloria del imperio.
La era de Kipling marca el apogeo de la reina Victoria, quien en 1897 había festejado
el sesenta aniversario de su ascensión al trono y ostentaba, desde 1876, por ofrecimiento
de Benjamín Disraeli, el título de emperatriz de la India.
Como en los tiempos del rey Carlos V de España, que podía afirmar que en sus
dominios no se ponía el sol, la Inglaterra victoriana tenía en los versos del poeta
nacional la imagen de su poder mundial: “Oh, el este es el este y el oeste el oeste y
nunca uno encontrará al otro”
Las formulaciones ideológicas de Kipling intentaban colorear la barbarie anglosajona
que había depredado el mundo, convirtiéndola en una misión civilizadora fundada en la
supremacía de los británicos, “pueblo de dominadores y los únicos capaces de hacer
reinar el orden y la paz, de propagar la cultura y el bienestar del mundo entero”.
En su reaccionarismo profundo, el poeta que la opulenta Europa había consagrado en
el Nobel, expresaba el sentimiento del colonialismo en estado puro, pues le horrorizaba
el liberalismo, despreciaba la democracia y exaltaba al “hombre fuerte que manda a
todos”. Esta idea de poder indiscutible, asociada a la misión civilizadora del imperio
inglés, que Kipling metaforizaba en “la carga del hombre blanco”, se esparció por el
mundo como la virtud de un pueblo que había sido ejemplo de abnegación, inteligencia
y decisión, al afrontar la empresa de difundir la civilización occidental a lo largo y
ancho del planeta. Así los anglófilos de las semicolonias pudieron cantar loas al
virtuosismo británico, al estilo sobrio de sus costumbres, al ejemplar modo de la
democracia que se practicaba en las islas y despreciar la situación de sus respectivos
pueblos como un designio que era necesario soportar naturalmente.

Una historia de sangre y fuego

La historia moderna fue escrita, en realidad, bajo el imperio de sus más importantes
beneficiarios, entre los que los ingleses resultan ser los más altos exponentes. En el
apogeo de su poder mundial, Inglaterra desparramó los principios liberales al resto del
mundo, exaltando las bondades de la democracia, el parlamentarismo y la libertad
individual, como bienes que habían sido inventados por el espíritu anglosajón para goce
de la humanidad. De esa manera quedaba borrado el pasado de horrores, crímenes y

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humillaciones de todo tipo que millones de hombres y mujeres de la propia Inglaterra y
el resto del mundo habían sufrido para hacer posible la civilización capitalista que, en la
orgullosa Londres, tenía su capital más conspicua. Fueron los ingleses los que mediante
el despojo y el pillaje de sus corsarios temibles -la piratería- acumularon el oro y las
piedras preciosas que abarrotaron las arcas de sus bárbaros monarcas de la época
clásica. La esclavitud fue una de las perlas magníficas de esa grandeza y todo el mundo
sabe que los ingleses se destacaron como célebres tratantes de negros.

El capitalismo británico se edificó sobre una masa impresionante de cadáveres de


niños y mujeres esclavizados en agotadoras jornadas de trabajo. Basten para ello
recordar los horrores que se describen en los work house (casas de trabajo), en los
tiempos en que Charles Dickens escribía sus truculentos folletines. Las fábricas, más
que lugares de trabajo, eran verdaderas cárceles en donde el propietario ejercía una
autoridad omnipotente, sin leyes sociales ni nada parecido. Como dice el historiador
Carl Grimberg: “Al igual que ocurrió con Oliverio Twist (personaje de una novela
homónima de Dickens), los patronos alquilaban, o mejor dicho, compraban niños a las
autoridades…de hecho, una singular trata de niños, similar a la de esclavos. Se
despertaban hambrientos y se acostaban agotados y con el estómago vacío; no sabían
lo que eran los juegos infantiles y no conocían más que el terror del látigo, y en grupos
que oscilaban de cincuenta a cien eran vendidos a las empresas industriales, donde
permanecían un mínimo de siete años. Cuando salían de allí solían ser hombres
quebrantados…; no era raro además que las autoridades exigieran que fueran
incluidos en tales transacciones determinado número de retrasados mentales”.

El “estilo de vida británico”

Fueron los obreros ingleses, rebelados ante las tremendas injusticias del
individualismo capitalista, los que arrancaron con sus rebeliones sindicales las
conquistas de reducción de horarios, prohibición del trabajo de niños y mejores
condiciones de contrato. Los campeones de las clases dominantes, con sus capitanes de
industria, sus embajadores, sus exploradores y hombres de negocios difundían,
entretanto, las bondades del estilo de vida británico, acallando con el terror colonizador
a todos los que osaban enfrentarlos. Contaba Stanley, el célebre aventurero
encomendado por el New York Herald para encontrar a David Livingstone, perdido
cinco años en la selva africana, los horrores cometidos por los ingleses, pero bajo la
forma de una reacción defensiva: “El 18 de diciembre, para colmo de nuestras
miserias, los caníbales intentaron realizar un gran esfuerzo para destruirnos, unos
subidos a las ramas más altas de los árboles que dominaban la aldea y los demás
emboscados como leopardos en medio de los huertos o bien agazapados como pitones
sobre haces de caña de azúcar. Los fusiles fallaban rara vez…”. El mito de pueblos
comeblancos, sin asidero científico, servía para justificar la única violencia reinante en
el África, o sea, la violencia imperialista, ante la justificada actitud defensiva de los
pueblos sometidos sin otra razón que el despojo.

En los 100 años de dominación inglesa en la India, nada puede decirse a favor de la
pretendida acción civilizadora que loaba Kipling. La antigua civilización del Índico con
sus 140 millones de habitantes en 1800, se convertiría en un codiciado mercado para las
exportaciones textiles de Lancashire. Los británicos arrasaron la tejeduría artesanal de la
India utilizando el método de la matanza o el refinado sistema de cortar el pulgar de las

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tejedoras para que éstas se vieran imposibilitadas de manipular los telares. Cuando en
1857 se produjo la rebelión de los cipayos (así se llamaban a los indios incorporados al
ejército colonial) como reacción por los excesos cometidos por la banda de asesinos y
ladrones que constituían la East India Company, el ejército inglés masacró miles de
patriotas amarrando sus cuerpos en las bocas de los cañones que eran disparados para
escarmiento del pueblo oprimido. La antigua civilización de la India había sido
destruida para edificar en ella , no una sociedad moderna y progresista, sino una nación
agraria paupérrima en la que la destrucción de las artesanías desencadenó el flagelo del
hambre que caracterizó su existencia.

La “civilizadora” guerra del opio

En el viejo Imperio Chino de principios del siglo XIX la penetración inglesa se


realizó mediante la imposición del vicio del opio entre las capas medias y altas de la
sociedad. “Desde que el imperio existe, jamás hemos experimentado peligro semejante.
Este veneno debilita a nuestro pueblo, seca nuestros huesos; es un gusano que roe
nuestro corazón y arruina a nuestras familias”, lamentaba una súplica elevada en 1838
al emperador Tao-Kuang, solicitando que el “contrabando de opio fuese inscripto entre
los crímenes castigados con la muerte”.
Como se sabe, fueron los ingleses (los chinos desconocían la opiomanía) quienes
introdujeron la droga desde la India, en donde se cultivaba, mediante la extensión del
vicio a la China. Después la cosa sería fácil. Cuando las autoridades de Cantón, en
marzo de 18399, requisaron un cargamento de opio obligando al comerciante británico a
arrojar el contenido al mar, el gobierno inglés reclamó una indemnización que, por
supuesto, fue rechazada, y se desencadenó la guerra llamada del opio, que duró tres
años, con la derrota china, obligando al país asiático por el Tratado de Nankin de 1842 a
abrir cinco puertos chinos y ceder el islote de Hong-Kong. “La guerra del opio -dice
Jacques Lecrerq- es sin duda el episodio más vergonzoso de toda la historia moderna.
Al menos, jamás he encontrado uno más sórdido. Puede uno percatarse, después de
ello, de lo que pensarían los chinos cuando los europeos pretendieron aportarles su
civilización”.
Mientras se difundía por el mundo la falsa visión de los chinos inventores y
practicantes del vicio deplorado por los puritanos europeos, los socialistas del Río de la
Plata predicaban la virtud anglicana del abstencionismo en el consumo de tabaco y
alcohol, sin percibir que, en todo caso, esa había sido una virtud china profanada por los
tan admirados caballeros británicos.
Dice el historiador africano J. Ki-Zerbo que “la literatura colonialista ha difundido
ampliamente la idea, comúnmente aceptada, de que África era, a la llegada de los
europeos, una especie de vacío político, en el que el caos, el salvajismo sangriento y
gratuito, la esclavitud, la ignorancia bruta y la miseria tenían libre curso”. Otra idea
falsa es la de “una total ausencia de sentimiento nacional de los africanos”. Sin
embargo, estos “pueblos sin historia”, como diría Hegel, estaban poseídos de una buena
dosis de juicio político y moral cuando llamaban al África de los ingleses “el África
tenebrosa”. Los nombres de los insurrectos de Senegal, Lat-Dyor Diop, Mamadu lamín
Dramé o Alí Burí Ndiai, son absolutamente desconocidos, seguramente, en las
universidades coloniales en donde los profesores de historia dictan sobre la base de los
textos colonialistas. Pero poco a poco, a medida que los pueblos explotados se liberan
del yugo colonial, la historia de los vencidos se abre paso como testimonio de una época

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de horrores que los actuales gobernantes imperialistas se empeñan en mantener
vigentes.
Puede decirse, sin temor a equivocarse, que a su paso el colonialismo inglés sólo ha
dejado ruinas allí donde encontró alguna civilización o cultura orgánica y estable.
El mito de Kipling que narra el sacrificio del hombre blanco civilizador puede ser
traspuesto , pues al episodio del rey sudanés Keneduru, que al oir los pasos de los
asaltantes franceses acercándose a su palacio y dirigiéndose a sus guardias exclamó:
“¡Tiekoro, mátame! Mátame para que yo no caiga en manos de los blancos”.
Nuestros estudiantes, profesores de historia, militares y sacerdotes deben conocer y
difundir la verdad de la historia que nos hermana, en este instante, con los pueblos que
han sufrido y sufren el flagelo de la opresión imperialista, cuya barbarie no puede
justificarse en nombre de ninguna moral, filosofía o religión. Tal vez, la historia del
futuro, que escribirán todos los pueblos emancipados junto con los oprimidos de los
países que hoy gozan de los adelantos de la civilización técnica, dedicará un amplio
espacio para reflexionar en torno al nivel de degradación social y cultural que el
colonialismo y el imperialismo han producido en la mayor parte del género humano,
durante la “era del progreso” que caracterizó al capitalismo contemporáneo.-