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EL PERONISMO SIN PERÓN1

La muerte del general Perón ha abierto una profunda brecha en el movimiento


nacional. Podría decirse que por la magnitud de su figura, que abarcó las últimas tres
décadas de la política argentina, su desaparición cierra un ciclo de nuestra historia.
Quien no comprenda la significación de Perón y de el movimiento que él sintetizó no
podrá comprender la clave del porvenir revolucionario que los trabajadores habrán de
protagonizar profundizando el cauce de la Revolución Nacional y Social.

La significación revolucionaria del peronismo

Aquellos que manejan más mitos que realidades, ya sea que hablen en nombre de la
derecha o de la “izquierda”, mostrarán una tendencia a rebajar el papel de las grandes
masas, y en especial del proletariado, en la significación del peronismo. De esta manera
siguen distorsionando la verdad histórica, separando al movimiento real de la figura que
lo personifica. Sin el 17 de Octubre de 1945 es imposible comprender a Perón, tanto
como al movimiento que él representó. Aquella gigantesca movilización obrera y
popular que abrazó a todo el país haciendo crujir el cimiento de la vieja y pútrida
Argentina oligárquica, señalaba de manera inconfundible que de allí en más el
proletariado se convertía en eje fundamental del Movimiento Nacional.

El nacionalismo militar encabezado por Perón se erigió en el depositario histórico del


mandato revolucionario ante la atonía del corrompido sistema de los partidos del frente
oligárquico que desde el conservadurismo hasta el llamado Partido Comunista, pasando
por la Unión Cívica Radical de Tamborín, Frondizi y Balbín, condenaban a Perón
llamándolo fascista. De esta manera caía el telón sobre el período de infamia que había
comenzado con el derrocamiento de Irigoyen el 6 de septiembre de 1930. La Argentina
moderna, el país en donde había crecido un poderoso conglomerado urbano industrial,
con el joven proletariado como sustento esencial, abría, por impulso de las fuerzas
objetivas que pugnaban por manifestarse, una nueva era en su historia. El ciclo de la
revolución, encarnado por las grandes masas desposeídas, la oficialidad patriota del
ejército, los sectores ligados a la producción nacional, el pobrerío del interior
esquilmado por la voracidad de la oligarquía portuaria, encontraba en Perón al
mandatario de su programa, sintetizado en las banderas de la Independencia Económica,
la Soberanía Política y la Justicia Social.

De allí en más transcurrieron los años de la década peronista, signada por el imperio de
una frondosa legislación social que beneficiaba a millones de trabajadores, por el
impulso y la protección de la industria nacional y por la recuperación de nuestra
soberanía ultrajada por los gobiernos de la década infame. Los altos salarios, la plena
ocupación, el alto poder adquisitivo en los sectores populares, el orgullo nacional
nuevamente reconquistado, tornaron impensable la vuelta al negro período que parecía
ya una pesadilla irrepetible.

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El presente trabajo, escrito poco después de la muerte de Perón fuen hecho con la colaboración de
Osvaldo Calelo.

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Por qué se produjo la derrota del 55

Sin embargo, el desastre del 55 se produjo, y el país oligárquico resurgió vigoroso,


restaurando la dictadura de los estancieros y la democracia fraudulenta. La
contrarrevolución duró esta vez 18 años sin que nadie, salvo la Izquierda Nacional,
intentara desentrañar las causas profundas que la habían hecho posible. Esto, sin lugar a
dudas, importa más que los acontecimientos posteriores a 1955 en si mismos, ya que,
¿cómo comprender el gigantesco retroceso que significó la llamada “revolución
libertadora”, sin analizar las causas que la provocaron? ¿Por qué fue posible el largo
exilio de Perón y su difamación, así como la proscripción de las grandes mayorías, el
arrasamiento de las organizaciones obreras, la derogación de las leyes sociales, la
entrega de la economía nacional a los monopolios imperialistas…?

Las causas de este profundo retroceso no radican solamente en el sólido poderío que
las viejas clases dominantes fueron capaces de desplegar en las vísperas de la
contrarrevolución del 55. Más importante aún que esta presión del viejo bloque
oligárquico y de los partidos de la pequeña burguesía liberal, resultó en definitiva la
negativa del propio peronismo a profundizar la revolución nacionalista democrática,
movilizando a las grandes masas obreras y populares contra la sedición, y liquidando
definitivamente el fundamento material de la oligarquía. Por el contrario, durante los
dos gobiernos de Perón la vieja oligarquía terrateniente, aunque despojada del poder
político, permaneció dueña de sus latifundios, conservando su gigantesco poder
económico, base de cualquier programa contrarrevolucionario. En el 55, y a pesar de no
ser el mejor momento de su gobierno, Perón estaba en condiciones de convocar a las
masas y aplastar bajo el peso de la movilización revolucionaria a los enemigos del
gobierno popular. Sine embargo, este giro, que era posible dado el favorable balance de
fuerzas, no se produce, al negarse el jefe del nacionalismo popular a pasar a un nivel
más profundo de la lucha revolucionaria, atacando los fundamentos sociales del
régimen semicolonial. Intacta la gran propiedad agraria de la pampa húmeda, la derrota
del 55, no importa cuán grandes fueran las conquistas y avances de la década peronista,
era absolutamente inevitable.

El bloque antinacional del 45 volvía a instalarse apoyado por el imperialismo, gracias


a la debilidad del Movimiento Nacional. Esta debilidad se verificaba en el interior
mismo del partido gobernante, tanto como en el exterior. Su explicación obedece a
algunas causas básicas; en primer lugar, debemos señalar las condiciones económicas
favorables heredadas del alza del comercio internacional en el período de guerra y
posguerra. La situación aludida permitió la distribución de beneficios que alcanzaron a
las grandes asas, hasta ese momento marginadas de las mejoras propias de las
sociedades modernas. Esto hizo posible que el Estado se erigiera en dador generoso de
conquistas largamente anheladas por los sectores más postergados, afianzando de ese
modo el verticalismo político y la estructura burocrática de las organizaciones sindicales
y sustituyendo así la participación crítica de la clase obrera en la Revolución Nacional.

El impulso ascendente provocado por la marea de 1945 fue canalizado por la acción de
gobierno que contaba con los recursos necesarios como para realizar una transformación
que no comprometía en sus fundamentos a la propiedad oligárquica.

Lo señalado anteriormente afectó seriamente el desarrollo de la conciencia


revolucionaria en el seno mismo del partido gobernante, como así también de su jefe,

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los que no llegaron a advertir que la única garantía del proceso iniciado a partir de la
alianza de la oficialidad patriota con el pueblo, consistía en la profundización del mismo
mediante la abolición de la oligarquía. Este aspecto es estratégico en la Revolución
Nacional, pues significa poner en manos del país la fuente más importante de
capitalización (las divisas provenientes del comercio exterior) en la perspectiva de un
proceso acelerado y diversificado del crecimiento económico y desarrollo de las fuerzas
productivas.

A su vez, la supervivencia de la oligarquía permitió la subsistencia del bloque de


clases a ella ligado, manteniendo en su seno al grueso de las clases medias que
continuaron satelizadas al frente de los terratenientes y el imperialismo. La carencia de
una perspectiva ideológica totalizadora por parte del peronismo, impidió a éste llevar a
cabo una ofensiva destinada a ganar a los sectores unidos a la causa nacional, quebrando
así una coalición que a la postre constituiría la base social del golpe de septiembre de
1955.

Debemos señalar, asimismo, un hecho que consideramos coadyuvante al conjunto de


factores que estamos puntualizando: la ausencia de una izquierda revolucionaria capaz
de vincularse al nacionalismo popular propio de un país semicolonial como la Argentina
y que se expresaba a través del peronismo, evitó a éste tener que confrontarse en el
plano ideológico, lo que lo hubiese naturalmente enriquecido en este aspecto. Sin
embargo, esto no fue necesario, pues frente a él actuó una “izquierda” portuaria que era
antiperonista al igual que la oligarquía. Su degradación fue tan grande que se llegó a
proclamar desde la prensa del llamado Partido Comunista que “Perón era el enemigo
político número uno del pueblo argentino”. El Partido Socialista de Juan B. Justo tenía
también un lugar de privilegio en el frente antinacional.

Alfredo Palacios, por ejemplo, fue recompensado a la caída de Perón con la embajada
uruguaya, y su correligionario José Luis Romero con el rectorado de la universidad.

El vacío en el campo de la izquierda contribuyó a oscurecer aún más la comprensión


del peronismo por parte de las clases medias, para quienes la opinión de dichos partidos
sobre el movimiento nacional poseía un alto grado de confiabilidad y prestigio. El frente
gorila del 55, por ejemplo, se articuló en torno a consignas “izquierdistas” que
posibilitaron el tono popular de la contrarrevolución, ocultando así el profundo carácter
reaccionario del derrocamiento de Perón. A la postre, tal como había sucedido después
de 1930 en situación similar, las clases medias se sentirían “defraudadas” en sus
expectativas reivindicatorias, sin percibir hasta qué punto habían sido correa de
transmisión de los intereses oligárquico-imperialistas.

El conjunto de factores que señalamos impidió que Perón pusiera en práctica su justa
consigna proclamada días antes de su caída: “a la violencia de la oligarquía opondremos
la violencia del pueblo”. La clase obrera se vio desbordada por los acontecimientos,
paralizada por la inercia del gobierno popular que cayó ni bien una junta de generales
decidió que el poder debía ser transferido a las fuerzas armadas.

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La restauración oligárquica

El período contrarrevolucionario que duró 18 años puede desglosarse en dos capítulos:


el primero está caracterizado por la contraofensiva oligárquica en el marco de la
democracia fraudulenta, destinada a no comprometer la hegemonía del bloque
antinacional y, a la vez, manteniendo el nexo con las clases medias que gozaron de
“democracia” mientras el movimiento mayoritario y su jefe eran proscriptos. La
desnacionalización de la economía junto al mantenimiento de la producción
agropecuaria estancada y la regresión en el plano de las conquistas sociales obtenidas
por los trabajadores durante la década anterior, asestaron un duro golpe a la estructura
capitalista nacional, reagravando la crisis de la Argentina semicolonial.. Si
consideramos que en este marco la experiencia del frondicismo fue la más “audaz”
tentativa por desarrollar el sector nacional de la estructura capitalsita-burguesa
argentina, tendremos una idea acerca de la magnitud de la ruina de la vieja Argentina y
de la falta de perspectivas de la clase media en dicho contexto. La nueva “frustración”
que sumió en el desconcierto y la desesperanza a toda una generación pequeño-
burguesa, aceleró el camino de la nacionalización de este sector clave en la Revolución
Nacional.
El segundo capítulo es el de la “Revolución Argentina”, o más correctamente, el de la
dominación franca del bloque oligárquico-imperialista a través de la dictadura militar.
Con este acto, la vieja Argentina rompía prácticamente sus vínculos con la clase media,
ruptura que se hacía más profunda en el ámbito de sus capas más jóvenes. La
proscripción política abarca ahora a todas las fuerzas y sectores de la sociedad. La
universidad es arrasada por la dictadura militar y el país es entregado a la voracidad del
imperialismo, en una magnitud que alcanza proporciones escandalosas. (…)

Fragmento de “Peronismo Polémico”


de Blas M. Alberti
Ediciones Macchi
Bs.As., 1976