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Universidad Autónoma de Querétaro

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Historia de Vida. Psicoanálisis y Sociología Clínica

VINCENT DE GAULEJAC SUSANA RODRÍGUEZ MÁRQUEZ

Universidad Autónoma de Querétaro www.facebook.com/psicologiaMG Historia de Vida. Psicoanálisis y Sociología Clínica VINCENT DE GAULEJAC SUSANA

ÍNDICE

Presentación

7

Prefacio

11

Primera parte

I. Historia de vida: Entre sociología clínica y psicoanálisis

Vincent de Gaulejac

19

La aproximación biográfica en sociología

20

Los relatos de vida: entre psicoanálisis y sociología

26

Objetividad y subjetividad

27

El estatus del relato

30

La interpretación

32

Convergencias y límites de la aproximación psicoanalítica

36

La historia de claude

40

Novela familiar y trayectoria social

44

Bibliografía

47

II. Opciones metodológicas

Vincent de Gaulejac

49

Objetivos

49

Animación

50

Investigación / implicación

51

La trampa de lo vivido sin concepto y del concepto sin vida

52

Objetividad-subjetividad

53

Expresion verbal y no verbal

53

Pluridisciplinariedad y co-animación

55

Determinismo y libertad

57

Terapia – formación

5 9

III. Historia e historicidad

Vincent de Gaulejac

61

El ejemplo de Zahoua

63

Un ejemplo de neurosis de clase

67

El individuo producido por la historia

72

De la historia a la historicidad

81

La historicidad individual

82

La historicidad colectiva

85

IV. El proyecto parental

Vincent de Gaulejac

91

Génesis socio-psicológica del proyecto parental

92

Contradicciones del proyecto parental

94

Proyecto paternal-proyecto maternal

98

V. El edipo como complejo socio-sexual

Vincent de Gaulejac

103

El ejemplo de Colette Duval

108

El ejemplo de August Strindberg

123

Novela familiar y neurosis de clase

137

VI. Envidia íntima, envidia social. La envidia un sentimiento social

Vincent de Gaulejac

147

El veneno de la envidia

148

Envidia y celos

149

«La venganza del orgullo herido»

151

Una carencia del ser

151

Una comparacion que lastima

153

¿Una amenaza o un estimulante?

154

La prohibición de provocar la envidia

155

Neutralizar los perjuicios de la envidia

157

La canalización de la envidia

161

Bibliografía

164

Segunda parte

VII. Notas sobre la historia de la sociología clínica francesa avatares de una relación: entre lo psíquico y lo social

Susana Rodríguez Márquez

167

Ciencias humanas y contextos. Itinerario de las ideas y la sociología clínica francesa 1930-1980

169

Años de crisis, depresión y exterminio 1930-1940

170

La gran transformación. Soledad y pesimismo 1940-1950

175

La psicología en Francia

177

Cultura de masas. Persuasión clandestina 1950-1960

178

Protesta y represión social 1960-1970

182

Movimientos contestatarios en la ciencia 1970-1980

187

Privatización e individualismo 1980-1990

191

Oposiciones frecuentes en el pensamiento social. La herencia de la filosofía

193

El sujeto y el objeto

196

Lo colectivo y lo individual

197

Las sociologías contemporáneas en Francia 1970-1990

199

La sociología clínica francesa sobre los inicios de la sociología clínica

201

Sobre las técnicas y métodos de intervención

205

Método biográfico

207

Institucionalización de la psicosociología y la sociología clínica

208

Principales autores

211

A manera de conclusión

215

Bibliografía

217

VIII. Impacto epistemológico y social de la sociología clinica

Elvia Taracena Ruiz

221

Algunos datos históricos de la sociología clínica

224

El trabajo con minorías sociales

237

Los jóvenes de la calle

238

El análisis de las organizaciones

243

Conclusiones

245

6
6

PRESENTACIÓN

Hace tres años, después de haber terminado una parte de mi formación académica en la Universidad de Paris VII y de em- prender la conclusión de mi estancia en la «Ville Lumière», con- versando con Vincent de Gaulejac y Elvia Taracena sobre la Sociología Clínica, me pareció interesante poder recuperar una parte de las experiencias que durante esos años había venido elaborando en el extranjero y específicamente en el Laboratorio de Cambio Social. En ese momento mi interés radicaba en hacer eco de las ideas que había escuchado de mis maestros cuando hablaban, con una frescura y familiaridad de sus « compañeros de ruta », de personajes como Foucault, Lourau, Castoriadis, Lapassade, Lacan y que durante los seminarios que impartían, transitaban indistintamente entre la subjetividad, lo político y lo intersubjetivo; entre el Psicoanálisis, la Sociología, el Análisis Institucional, la Historia y la Psicología Social. Ahora comprendo, que tuve la posibilidad de conocer otras formas de sociedades, de contrastar diferentes lógicas de rela- ción, de conocer lenguajes ajenos, de descubrir interpretacio- nes lejanas a nuestra significación de la realidad, de conocer otros discursos o de coincidir en algunas ideas, lo que me posi- bilitó enriquecer el ejercicio de la interpretación y redimensionar mi lugar como intelectual. M. Foucault (1975) mencionaba que hoy, lo que constituía a los intelectuales, era la inquietud por la actualidad, de tal forma que el intelectual era más un periodista que un profeta, pero un periodista de sí mismo. La vigencia de esas ideas, me conducen a reflexionar sobre mi experiencia de formación en otro país. En

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París, metrópoli contradictoria en donde lo antiguo se conserva bajo el contraste de la modernidad, me he permitido caer en el asombro ante la vívida e intensa presencia del saber «científi- co », esparcido mundanamente en las calles, en los medios ma- sivos, en los buzones de correo, en las escuelas. Pareciera que este ejercicio de transmisión y aporte del conocimiento en la cultura está más diversificado y extendido que en nuestro país. Situación que lamento profundamente en nuestro caso, pues considero que este ejercicio de fomentar la información y el sa- ber en la reflexión, propicia la crítica de los acontecimientos, re- actualiza la memoria social y amplía, que no garantiza, las op- ciones para incidir en la realidad. El conocimiento debe hacerse cada vez más colectivo y menos elitizado, la riqueza de las ideas propicia aumentar los referentes que el sujeto tendrá para diver- sificar su participación en los acontecimientos de la realidad que le rebasa, a su pesar, pero que puede transformar. Por ello, a través del aventurado proyecto de hacer un libro y de colectivizar las ideas, empezamos a construir en el pensa- miento lo que ahora el lector, tendrá en sus manos. Un texto que habla de la Sociología Clínica. Disciplina que está en construc- ción y que no obstante su presencia en el campo intelectual fran- cés desde fines de los 70’s, no es muy conocida en nuestro país. Actualmente, la Sociología clínica es una propuesta que ha ga- nado un lugar interesante en varios países como Canadá, Esta- dos Unidos, Brasil, Bélgica, Uruguay, Grecia, Italia y Suiza. En México desde 1986 su difusión ha estado presente, a través de diversos eventos. Es por ello que este libro persigue un doble propósito: hacer, por primera vez en español, una presentación sistematizada de la Sociología Clínica, a través de la compilación de trabajos de Vincent de Gaulejac, quien es uno de sus autores más represen- tativos y realizar un balance del impacto que esta disciplina ha tenido en Francia y en nuestro país.

8

Esta labor significó la selección de los materiales que integra- rían el texto, actividad que Vincent de Gaulejac realizó con mi- nuciosidad eligiendo, entre sus numerosos trabajos en francés, aquellos que pudieran brindar un esbozo general de lo que es la Sociología Clínica y al mismo tiempo, que resaltaran la particu- laridad y profundidad de las temáticas que estudia dicha disci- plina. Este autor ha creado nuevas nociones para la explicación de la génesis psíquica y de la génesis social de los conflictos. El aporte que ha realizado al conjunto de lo « psicosocial » es im- portante debido a que insiste en una condición de integración de las ciencias humanas, a partir de aprehender los fenómenos so- ciales integrando las formas en que los individuos los viven y se los representan. La primera parte de este libro contiene seis capítulos dedica- dos a la obra de Vincent de Gaulejac: La historia de vida; entre Psicoanálisis y Sociologia; Historia e historicidad; El proyecto parental; El Edipo como complejo socio-sexual; Envidia intima – envidia social y Opciones metodológicas. Consideramos im- portante que la segunda parte integrara una contextualización de la Sociología Clínica en el conjunto de las ciencias sociales en Francia a través del apartado Notas sobre la Historia de la So- ciología Clínica Francesa, de mi autoría. Y finalizar con el texto de Elvia Taracena sobre el Impacto epistemológico y social de la Sociología Clínica en México. Elvia es una especialista en la materia, a partir de su compromiso y dedicación se han realiza- do distintos coloquios y seminarios en diferentes estados de nues- tro país. A través de las siguientes páginas pretendemos contribuir al debate que se encuentra en el centro de las preocupaciones de este enfoque, es decir, a la dialéctica entre la singularidad de la experiencia vivida y la subjetividad del análisis histórico. La realización de este trabajo fue posible gracias al financiamiento de la Universidad Autónoma de Querétaro, de la

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Universidad de Paris VII Denis Diderot y de la Asociación Metáfora A.C. Mi especial reconocimiento a la generosidad de la Mtra. Dolores Cabrera, Rectora de la UAQ, quien siempre confió en la edición de este libro, así como a la Facultad de Psicología de la UAQ.

Susana Rodríguez Marquez. Septiembre 2003.

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PREFACIO

La producción intelectual es frecuentemente el resultado de in- tercambios, de caminos cruzados y de encuentros que raramen- te son evocados al momento de la escritura. Como si el mundo de las ideas estuviera desconectado de su infraestructura social. Ahora bien, la presente obra es la consecuencia de una doble aventura, intelectual y humana, de la cual quisiera confiar a los lectores algunas etapas. Encontré a Elvia Taracena en París, hace unos diez años. En esa época yo no conocía México. La gran mayoría de los fran- ceses tiene una imagen construida con base en una visión creada por el cine y producida por su poderoso vecino del Norte. Den- tro de nuestros cursos de Historia, en Francia, prácticamente no se hace mención de las civilizaciones Maya o Azteca. Se enseña que México fue conquistado por un tal Cortés, sin imaginar que este país tiene una historia tan prestigiada como la del Antiguo Egipto o bien, como la historia de la Grecia Clásica. También el encuentro con Elvia Taracena y con el Proyecto Subjetividad y Sociedad fué decisivo. Se estableció entre noso- tros una colaboración intensa que condujo a Elvia, a continuar su contacto con Francia, su descubrimiento de la Sociología Clí- nica e invitarme a México para contribuir a su difusión. A través de los grupos de implicación y de investigación en torno a la temática novela familiar y trayectoria social que presentamos en esta obra, tuve la suerte de descubrir otra historia de Méxi- co. La historia de los hombres y mujeres que encarnan la sus- tancia misma. Los relatos de vida no expresan solamente histo- rias singulares. Ellos son igualmente historias de familia, historias de clases sociales, historias de pueblos y de ciudades, historias

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multiculturales, así como de miradas sobre la sociedad que con-

ducen a la relación con el dinero, con el amor, con los ideales, con el trabajo, etc. Hemos coordinado sobre estos diferentes temas algunos se- minarios en México, reuniendo a unas cien personas. Y a través de este medio, hemos podido probar la hipótesis central de nues- tra propuesta: el individuo es el producto de una historia en la cual busca devenir el sujeto. Al mismo tiempo, tuvimos la opor- tunidad de presentar las orientaciones de la Sociología Clínica y de discutir sus fundamentos en los diferentes coloquios y jorna- das de estudio organizados por una red de investigadores diná- micos y abiertos, convocados en torno al Proyecto de Subjeti- vidad y Sociedad. Esta historia no es en un solo sentido. Con Elvia, coordina- mos otros grupos de implicación e investigación en otras ciuda-

des y en otros continentes (París, Génova, Atenas, Montreal

...

).

Tuve la oportunidad de recibir en el Laboratorio de Cambio Social (LCS), a muchos investigadores mexicanos. Las relacio- nes con el LCS y el Instituto Internacional de Sociología Clínica fueron intensas. Diversas publicaciones lo testimonian en Fran- cia y en México. Es en este contexto que encontré a Susana Rodríguez, quien tuvo la idea de este libro. Cuando ella llegó a Paris no conocía la Sociología Clínica. En algunos años pudo terminar su DEA en Sociología del Poder sobre La subjetividad de las Mujeres y una tesis sobre La historia del Psicoanálisis en México, que está por concluir. Es un honor para mí, haber podido trabajar con dos investi- gadoras de calidad, capaces de tomar riesgos, de confrontarse con otras culturas y otras disciplinas, estableciendo, además, relaciones de amistad. En el medio de la investigación esto no es muy frecuente, por ello lo subrayo aquí sin complacencia algu- na. Lo anterior sólo cobra sentido cuando las relaciones desem- bocan en producciones científicas elaboradas en común.

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Este libro tiene por objeto presentar en español algunas orien- taciones principales de la Sociología clínica. El término sigue siendo un enigma: ¡una sociedad, no se cura! ¿Por qué en estas

condiciones reunir el término clínica de sociología? Etimológicamente, clínica viene de klinicos en griego, significa « cerca de la cama del enfermo » Se trataba de romper con una concepción organicista y funcionalista de la medicina que no se interesaba más que en los órganos enfermos. Ir « cerca de la cama del enfermo », era aproximarse a la persona que sufre, escucharla, aprehenderla en su totalidad considerando su sufri- miento e interpretando su enfermedad como un síntoma. Sínto- ma de un conflicto, de un malestar, de un sufrimiento que implica el conjunto de la existencia de la persona. Síntoma cuyo sentido no podía estar más que co-producido con el paciente en rela- ción con lo vivido. En Sociología, el proceso es similar. Se trata de aproximarse a los actores, de tomar en cuenta lo que viven, de producir las significaciones sobre sus prácticas y sus repre- sentaciones sociales que hagan eco en su propia capacidad de interpretar su conducta. En otros términos, la Sociología Clínica tiene por objeto la dimensión existencial de las relaciones socia- les. En particular, se interesa en las relaciones que existen entre

el ser del hombre y el ser de la sociedad.

Es por ello que las relaciones con el Psicoanálisis son estre- chas. No con un Psicoanálisis apuntalado en los dogmas teóri- cos de las querellas de capilla o encerrado en el sentimiento de sustentar la verdad. Sino más bien, con un Psicoanálisis abierto al diálogo con otras disciplinas, atentas al mundo, como lo era Freud, capaz de cuestionarse, utilizando la clínica como un es- pacio de investigación y no como un lugar cerrado sobre sí mis- mo. No es posible comprender a profundidad la dimensión existencial de los comportamientos humanos, ni de los hechos sociales, sin integrar las dimensiones afectivas, sexuales, oníricas, fantasmáticas, pasionales, en tanto registros que fueron consi-

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derados durante mucho tiempo, por los enfoques científicos objetivistas, como irracionales y sin interés. Para un clínico, la objetividad no consiste en neutralizar la subjetividad, tanto la de los actores sociales como la de los investigadores, sino en com- prender de qué manera éstas intervienen permanentemente den- tro de la vida social y en la producción de conocimiento. También la obra de Freud y la de sus sucesores permanece como una referencia mayor, a nivel teórico y metodológico, para comprender las razones oscuras de lo social, las fuentes de la violencia y del poder, explicar la naturaleza profunda de las rela- ciones y las rupturas sociales, trabajar seriamente sobre los efec- tos de la transferencia y de la contratransferencia en la investiga- ción. De donde aparece igualmente la importancia de la aproxi- mación biográfica de los relatos de vida como método de inves- tigación que permite capturar la multidimensionalidad de lo vivi- do, su inscripción dentro de las determinaciones múltiples ya sean, familiares, culturales, económicas o sociales. Las diferentes partes de esta obra ilustran algunos puntos ge- nerales de la propuesta clínica en sociología. En el plano metodológico, una parte importante es ocupada por la aproxi- mación biográfica y los relatos de vida en sociología, mostrando las complementariedades y las oposiciones con la aproximación psicoanalítica. También se expone un proceso de investigación a través de la coordinación de grupos de implicación y de inves- tigación, centrados en la exploración basada en la historia fami- liar y social de los participantes. Se trata de comprender la diná- mica y las contradicciones de los destinos humanos a partir de lecturas en el entrecruce del Psicoanálisis, la Sociología y la Fenomenología. De donde surge una doble interrogación sobre la cuestión del sujeto frente a su deseo y frente a su historia y la cuestión de la historicidad. ¿En qué medida los individuos con- tribuyen a producir su historia? y ¿en qué medida contribuyen a producir la historia de las sociedades en las que se encuentran

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inscritos? Esta problemática conduce al análisis de la génesis social de los conflictos psíquicos y de los conflictos de identi- dad. La Neurosis de Clase designa los conflictos vividos por las personas que cambian de universos sociales y culturales; que viven al interior las contradicciones existentes entre estos uni- versos, en particular, cuando se expresan con relación a la do- minación, o a procesos de invalidación o de estigmatización. Las relaciones sociales no se resumen a relaciones de fuerza entre las clases sociales, a las apuestas políticas, económicas o sociales. Las contradicciones sociales producen sus efectos en el corazón mismo de la psique. A través de algunos ejemplos concretos, mostraremos cómo las personas que están en fuerte promoción social se encuentran habitadas al interior, por conflictos de lealtad que no pueden interpretarse exclusivamente como consecuencia de una culpa- bilidad intra-psíquica. Proponemos construir una teoría permi- tiendo los procesos sociales-psíquicos, es decir, las influencias recíprocas entre el mundo de los fenómenos sociales y el mundo de los procesos psíquicos. Abordaremos también, el sentimien- to de envidia. Este sentimiento es profundamente psicosocial puesto que tiene sus raíces en las zonas más arcaicas del apara- to psíquico y es extraordinariamente activo en las lógicas de la distinción que se encuentran en el corazón de las relaciones hu- manas. Esta propuesta genera muchos cuestionamientos teóricos y metodológicos. Esperamos que con su aparición en México, suscite debates que permitan a los investigadores, en particular a quienes padecen dogmatismos disciplinarios, autorizarse a fran- quear las múltiples fronteras que perjudican la libre circulación de ideas.

Vincent de Gaulejac. París, Junio del 2003

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PRIMERA

PARTE

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18

CAPÍTULO I

HISTORIA DE VIDA:

ENTRE SOCIOLOGÍA CLÍNICA Y PSICOANÁLISIS Vincent de Gaulejac. 1

El análisis de una vida nos lleva a cuestionar las divisiones entre las diferentes disciplinas que buscan comprender los mecanis- mos que determinan los destinos individuales y colectivos. En particular, se trata de comprender la articulación entre el funcio- namiento social y « la otra escena » la cual organiza el funciona- miento psíquico inconsciente. Actualmente, se produce una con- vergencia entre algunos sociólogos y psicoanalistas que traba- jan con las historias de vida para descubrir los factores estructurantes, comprendiendo así, a la dinámica interna. Sin embargo si bien existen convergencias en el tema, en las herra- mientas y en las problemáticas conceptuales, los métodos aún permanecen divergentes o bien, paralelos (es decir, no se en- cuentran). Esta situación es todavía más lamentable en tanto los aportes de unos y otros son complementarios, a condición de que sean comprendidos en una circularidad dialéctica que vaya de lo social a lo psíquico. Es por ello que, en este artículo pro- ponemos:

1 Vincent de Gaulejac es Director del Laboratorio de Cambio Social en la Universidad de Paris 7- Denis Diderot. Presidente del Comité de Investigación de Sociología Clínica de la Asociación Internacional de Sociologia. Ha publicado mas de quince libros entre los que destacan: Les Sources de la honte, Desclée de Brouwer, 1996; La lutte des places, Desclée de Brouwer, 1994, 1997; La nevrose de classe, Hommes et groupes Editeurs, 1987, 1999. Entre sus trabajos mas recientes encontramos: Lhistoire en heritage, Desclée de Bouwer, 2000. Ha sido traducido en español, griego, portugués e inglés.

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1.- Analizar los aportes de la Sociología de las historias de vida. 2.- Analizar la complejidad de la relación entre Sociología y Psicoanálisis. 3.- Mostrar las convergencias y los límites de la aproxima- ción psicoanalítica dentro de este dominio. 4.- Exponer, a partir del análisis de un caso, las característi- cas de la Sociología Clínica. 5.- Mostrar cómo es posible analizar las relaciones entre lo psíquico y lo social en la aproximación «novela familiar y tra- yectoria social»

LA APROXIMACIÓN BIOGRÁFICA EN SOCIOLOGÍA

La historia de vida fue utilizada en Sociología de manera episódica. Se pueden recordar los trabajos de la escuela de Chicago y de la escuela polaca en los años 20 y años 30 (W.I.Thomas, F. Znanieck) y el trabajo de Oscar Lewis con una familia mexicana 2 , a fines de los años cincuentas. Desde hace algunos años, esta aproximación parece volver a estar de moda, hecho que G. Balandier explica por « la crisis de los mé- todos cuantitativos » (mucha técnica pero muy poca influencia sobre la sociedad en movimiento) y a las grandes elaboraciones teóricas (mucha ambición explicativa rápidamente cuestionada por la historia inmediata) » 3 . En confluencia con la Historia, la Antropología y la Psicología Social, el objetivo de este método es « acceder (por el interior) a una realidad que rebasa al narra- dor y lo produce. Se trata de comprender lo vivido social, al sujeto dentro de sus practicas, la forma en que éste negocia las condiciones que le son particulares » 4 . El sociólogo es así con- ducido « a ubicarse en el punto de articulación de los seres hu-

2 Oscar Lewis, Les enfants de Sanchez, N.R.F., coll. du Monde Entier, Gallimard, Paris, 1963. 3 Georges Balandier, Prefacio del libro de Franco Ferrarotti, Histoires et histoires de vie, Librairie des Méridiens, Sociologies au quotidien, Paris, 1983. 4 Georges Balandier, op.cit. p. 8.

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manos y de los lugares sociales, de la cultura y de la praxis, de las relaciones socio-culturales y de la dinámica histórica» 5 . Este resurgimiento del interés por la historia de vida atañe igualmente a la sociología de Bourdieu, que había iniciado con el método de la ilusión biográfica, ya que no se conforma con ana- lizar las trayectorias sociales solamente a partir de documentos o de testimonios objetivantes, sino que incluye además, las his- torias de vida 6 . En un estudio comparativo sobre la profesión del maestro durante los años 1900 y la profesión de educador en los años 1970, Francine Muel-Dreyfus utiliza abundantemente las histo- rias de vida: «No es posible analizar histórica o sociologicamente a las instituciones sin analizar los agentes reales de la historia institucional. Por ello es necesario tomar en cuenta, a la vez, las trayectorias sociales efectivas de los individuos y las represen- taciones individuales de la historia social familiar, es decir, las reconstrucciones singulares de «la novela social familiar. La so- ciología se hace entonces sociología psicológica y analiza de manera clínica las autobiografías. Para tener un panorama más completo de las diferentes co- rrientes sociológicas que utilizan las historias de vida, nos pode- mos remitir al artículo de Daniel Bertaux sobre la aproximación biográfica. El interés que este método suscita se debe, según nosotros, a que permite a la sociología rebasar un cierto número de callejones sin salida. a) El método biográfico permite salir de la oposición entre individuo y sociedad, entre la subjetividad del hombre y las re- gularidades objetivas de lo social. Su objetivo es comprender la dialéctica de lo social, es decir la relación entre las condiciones

5 Daniel Bertaux, ‘L’approche biographique: sa validité méthodologique, ses potentialités’, Cahiers internationaux de sociologie, vol. LXIX, 1980. 6 Consultar en particular A.Sayad ‘Les enfants ellégitimes’ 1y2, Actes de la recherche en Sciences Sociales, No. 25 y 26-27,1979; Luc Boltansky, Les cadres, Editions de Minuit, Paris, 1982; Francine Muel-Dreyfus, Le Métier d’éducateur, Editions de Minuit, 1983; Pierre Bourdieu, La misère du Monde, Seuil, 1993.

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concretas de existencia y lo vivido. Se trata de aprehender al individuo como el producto de sus condiciones de existencia, como una condensación de las relaciones sociales en el seno de las cuales está inscrito: « Toda practica humana individual es una actividad sintética, una totalización activa de todo el contexto social. Una vida es una practica que se apropia de las relaciones sociales (las estructuras sociales), las interioriza y las transforma en estructuras psicológicas por su actividad de desestructuración-reestructuración» 7 . Ciertamente en el relato, permanece una historia singular de un destino único, pero esta historia individualiza la historia social colectiva y es a la vez, el producto y la expresión. « Lejos de ser el elemento más simple de lo social –su átomo irreducible- el individuo es igualmente una síntesis compleja de los elementos sociales. Este no funda lo social, es el producto sofisticado » 8 . A través de los relatos aparecen las tensiones entre la identidad heredada y la identidad adquirida, entre el individuo producto (« Eso que se hizo del hombre » diría Sartre) y el individuo - sujeto (« Eso que él hace de eso que se hizo de él ») entre la historia como permanencia del pasado en sí y la historia como tentativa de actuar en el presente. b) El método biográfico permite captar « eso » que escapa a la norma estadística, a las regularidades objetivas dominantes, a los determinismos macro sociológicos. Este método hace posi- ble lo particular, lo marginal, las rupturas, los intersticios y los equívocos que son los elementos claves de la realidad social y sobre todo, que explican por qué no existe solo la reproduc- ción. Ciertas corrientes dominantes de la sociología contempo- ránea, sean marxistas estructuralistas (Althusser), o praxeológicas (Bourdieu), están preocupadas en poner en evidencia los meca- nismos de reproducción social. Aunque éstas son criticas con

7 Franco Ferraroti, Histoire et histoires de vie, la méthode biographique dans les sciences sociales, Librairie des Méridiens, Paris, 1983, p.50. 8 F. Ferrarotti, op. cit., p.65.

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relación a las ideologías dominantes y a las representaciones que la sociedad produjo sobre sí misma, permanecen globalmente impotentes para captar los micro-cambios, las fallas y los movi- mientos periféricos. Esta incapacidad para captar el espesor de lo social en su diversidad y sus contradicciones múltiples se traduce en el ca-

rácter cosifidicador, ilustración de lo que H. Lefebvre llamaba « el concepto sin vida ». Estas corrientes se acercan así, a los positivistas cuantitativos en su proyecto de modelar a la socio- logía sobre las ciencias exactas, proyecto « cientificista » que consiste en « vaciar al hombre ordinario de toda capacidad de iniciativa imprevisible y de toda capacidad de conciencia critica

y de voluntad de acción sobre lo socio-estructural

a vaciar el

... orden social de toda contradicción profunda, pensarlo como un organismo, un sistema, una estructura. Razón por la cual el pen- samiento unidimensional del funcionalismo y del estructuralismo, invisten toda su libido en una investigación extraviada de cohe- rencia y de cientificidad » 9 . c) El método biográfico permite comprender las circularidades dialécticas entre lo universal y lo singular, entre lo objetivo y lo subjetivo, entre lo general y lo particular. Entre la « cuantofrenia » positivista y el subjetivismo « psicologizante », la historia de vida produce un material que expresa a la vez el peso de las determi- naciones sociales dentro de las trayectorias individuales y la re- lación de los actores en estas determinaciones. En otra parte, ya habíamos mostrado la indisociabilidad de lo subjetivo y lo obje- tivo dentro del discurso; « El discurso informa a la vez sobre una realidad « objetiva », exterior y trascendente a los individuos y sobre el universo mental de los individuos » 10 . Un obrero que narra su historia, proporciona, a la vez, una serie de informaciones objetivas sobre las condiciones de vida, los habitus de su grupo, de su clase, así como sobre su relación

9 Daniel Bertaux, op.cit. p.218. 10 M. Pagès, M.Bonetti, V. de Gaulejac, L’Emprise de l’organisation,P.U.F.,Paris, 1979, p.218.

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singular con estas condiciones, estos valores y estos habitus.

Evidentemente, las características propiamente sociológicas de la narración no aparecen al inicio. No llegan a ser «objetivas» hasta el momento en que coinciden con otros discursos o con otro tipo de datos (estadísticos comparados, testimonios, en-

cuestas y cuestionarios

...

).

Lo que el relato permite compren-

der, es la relación dialéctica entre el condicionamiento y la praxis, entre el individuo producto de la historia y el individuo agente de la historicidad: « El hombre no es el objeto pasivo que pretende el determinismo mecanicista, cada acto o comportamiento hu- mano contiene dentro de su campo la presencia simultanea y activa de condicionamientos externos y de la praxis humana que los filtra y los interioriza totalizándolos » 11 . d) El método biográfico permite comprender las mediaciones entre el funcionamiento individual y el funcionamiento social, ayuda a constituir una microsociología en el espacio, todavía sin culti- var, entre la macrosociología y la psicología social. J. P. Sartre ya había planteado este problema dentro de su critica al Mar- xismo: « Valéry * es un intelectual pequeño-burgués, de esto no hay duda. Pero todo intelectual pequeño-burgués no es Valéry. La insuficiencia heurística del marxismo contemporáneo mantie- ne estas dos frases. Para comprender los procesos que produ-

ce la persona y su producto en el interior de una clase y de una sociedad dada, en un momento histórico dado, al marxismo le

falta una jerarquía de mediaciones ...

que

permita engendrar lo

concreto singular, la vida, la lucha, real y fechada, la persona a partir de las contradicciones generales de las fuerzas producti- vas y de las relaciones de producción » 12 . El individuo no es la condensación del conjunto de las rela- ciones sociales. Él totaliza a la sociedad a través de una serie de mediaciones operadas por los grupos y las organizaciones a las

11 F. Ferrarotti, op.cit. p.56. * Valéry es un gran poeta francés. 12 J.P. Sartre, Critique de la raison dialectique. Questions de méthode, Paris, 1960.

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cuales pertenece. Hemos recuperado aquí las nociones de es- pacio transicional (D.W. Winnicot), de campo (K. Lewin), de sistema socio-mental (M. Pagès), así como la de habitus (P. Bourdieu), debido a que intentan aprehender los mecanismos transaccionales e intermediarios de la relación entre lo individual y lo social. « Cuando la biografía se convierte en un instrumento sociológico pareciera prometer esta mediación del acto en la estructura, de una historia individual en la historia social. Pare- ciera implicar la construcción de un sistema de relaciones y la posibilidad de una teoría no formal, histórica y concreta de la acción social. Una teoría que por consecuencia, puede corres- ponder a las necesidades más urgentes de otras ciencias huma- nas en la búsqueda de una causa critica: la psicología, la psiquia- tría y el psicoanálisis » 13 . e) El método biográfico permite reconocer en el saber indivi- dual un valor sociológico. La prueba de que lo social es, tam- bién, mental: se demuestra en que sólo puede comprenderse el sentido y la función de un hecho social a través de una experien- cia vivida, de su incidencia sobre una conciencia individual y en último lugar, a través de la palabra que permite dar cuenta. En este sentido ubicamos las posiciones defendidas por Marcel Mauss y Claude Levi-Strauss, quienes insistieron sobre el he- cho de que: « Toda interpretación debe hacer coincidir la obje- tividad del análisis histórico o comparativo, con la subjetividad de la experiencia vivida » 14 . Esta posición conduce a transfor- mar la relación entre el investigador y su objeto. El hecho de que el actor hable no es más « la maldición del sociólogo » (P. Bourdieu), sino que se convierte en una ventaja para analizar los fenómenos sociales. Entonces se pretende « no tratar al hombre ordinario como un objeto para observar o medir, sino como un

13 F. Ferrarotti, op.cit. p.81. 14 Claude Levi-Strauss, ‘Introduccion à l’oevre de M.Mauss’, in Sociologie et anthropologie, P.U.F, París, 1968, p. XXVI.

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informador y por definición, como un informador mejor infor- mado que el sociólogo que lo interroga » 15 . Si de acuerdo a la expresión del sociólogo francés A. Touraine « el sentido del acto no es reductible a la conciencia del actor », no resta menos que esperar a que el actor esté bien ubicado para informar sobre sus actos y el sentido que les da. Esta infor- mación es un dato bruto a interpretar y confiere a quien la pro- dujo, un estatus de participante en la investigación y no sola- mente el estatus de un objeto de la investigación. Se puede pen- sar, sin embargo, que D. Bertaux no idealiza la relación entre el sociólogo en búsqueda de historias y de sus informadores. La sociología de las historias de vida permanece como una socio- logía « clásica »: su objetivo es principalmente cognitivo y con- fiere « al que habla » un estatus de objeto de investigación. Si el informador « participa » en este trabajo, es en una relación de producción en donde las condiciones y el marco están fijadas por el sociólogo. Es decir, se trata de una relación de poder cuyo beneficiario es principalmente el investigador: es por él que el trabajo se hace. En todo caso, el sujeto de la historia de vida permanece como el objeto de la investigación.

LOS RELATOS DE VIDA: ENTRE PSICOANÁLISIS Y SOCIOLOGÍA

Las relaciones entre la sociología y el psicoanálisis son comple- jas. No es nuestro propósito reducir el campo sociológico al Psicoanálisis, sin embargo este último es imprescindible para comprender las determinaciones psíquicas inconscientes que estructuran los destinos humanos y los relatos que hacen los hombres. La sociología de las historias de vida no puede eludir una confrontación con el Psicoanálisis, sabiendo que estas dos aproxi-

15 D. Bertaux, op.cit. p.219.

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maciones son a la vez complementarias y contradictorias. Lo mismo podemos constatar en lo concerniente a los problemas de construcción del objeto, el estatus del relato de vida, la inter- pretación así como al lugar acordado a los diferentes determinismos.

Objetividad y Subjetividad

¿Cómo definir el objeto de la sociología de los relatos de vida?. De hecho se trata, siempre de acuerdo a M. Mauss (1930), de comprender a la « personalidad total » a través del relato que un sujeto elabora sobre su propia vida; de comprender la dialécti- ca entre lo singular y lo universal en el estudio concreto de una vida humana; de comprender en qué el individuo es el producto de una historia de la cual busca devenir sujeto; de estudiar la relación entre la historia y la historicidad cruzando:

  • a) El análisis de los diferentes determinismos que contribuyen

a producir al individuo.

  • b) El análisis de la relación del individuo con estas determina-

ciones y el trabajo que éste realiza para contribuir a producir su propia existencia (M. Bonetti, V. de Gaulejac, 1988). Por tanto se nos presenta así, un « objeto complejo », es de- cir un objeto con múltiples facetas, interdisciplinario, polimorfo,

multidimensional, cuya construcción no puede efectuarse más que en el cruce de muchos campos teóricos. D. Bertaux (1980) opone las investigaciones que tienen por objeto las estructuras y los procesos « objetivos » (estructura de producción, formación de clases sociales, modos de vida según los medios sociales), lo que él refiere como los objetos tipo socio-estructurantes, a las investigaciones que eligen como tema las estructuras y los procesos « subjetivos » (sistemas de valores, representaciones colectivas) que él define como obje- tos socio-simbólicos.

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Bertaux demuestra que los dos niveles no son « más que dos caras de un mismo real, lo social » y que la sociología debería esforzarse en « reunificar » el pensamiento de lo estructural y de lo simbólico. Compartimos este proyecto, aunque conviene de- finir mejor el nivel socio-simbólico, que nos remite no solamente al estudio de los valores, de las ideologías y de las representa- ciones colectivas sino también a la cuestión del sujeto y de la subjetividad. El imaginario y el ideal tienen, evidentemente, una dimensión socio-simbólica pero conviene estudiar igualmente el aspecto socio-psíquico, es decir, la forma en que son co-producidos, influenciados, alimentados por el deseo, la angustia, los afectos conscientes e inconscientes. Es el registro socio-psíquico lo que permite comprender, más allá de las subjetividades individuales, eso que es del orden de las pasiones (amorosas, políticas, ideológicas), de las creencias, de los odios, de los miedos, de la violencia, de las angustias en la vida social. El análisis de las contradicciones sociales no pue- de ahorrarse un análisis de los procesos de identificación y de idealización El vínculo social es profundamente un vínculo afec- tivo y religioso. El análisis de la reproducción y del cambio so- cial nos confronta permanentemente, a la irrupción del amor, del odio, de la angustia y del deseo como elementos estructurantes de las relaciones sociales. Eso es lo que constantemente emerge cuando se trabaja a partir de los relatos de vida y de las historias de vida. Por lo tanto, si el método biográfico debe permitir la construcción de una « nueva » propuesta sociológica (Bertaux, 1980) que re- concilie la observación y la reflexión, objetividad y subjetividad, este proyecto sólo puede dar resultado a partir del momento en que los sociólogos consideraran que el funcionamiento de las estructuras psíquicas y de las estructuras mentales es parte inte- grante de lo social y, en consecuencia, del objeto de la sociolo- gía.

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Conviene reflexionar en torno a una recomposición del cam- po de la sociología, en particular, en una comprensión de las articulaciones entre el funcionamiento social y el funcionamiento

psíquico. No para volver a caer en los callejones sin salida de la psico-sociología, del freudomarxismo o del estructuralismo, sino porque los registros socio-estructurales, socio-simbólicos y so- cio-psíquicos están continuamente implicados. Conviene, por tanto, adoptar una posición pluridisciplinaria para aprehender las diferentes facetas de un relato de vida. Tres corrientes teóricas dominan actualmente el conocimien- to en esta materia: el Psicoanálisis, la Sociología y el Existencialismo sartreano. Cada uno define su « objeto » de for- ma diferente.

  • - Para la teoría psicoanalítica, el objeto privilegiado es el in-

consciente. El relato es utilizado como medio de acceso al aná-

lisis de las apuestas inconscientes que determinan la vida del

individuo poniendo el acento sobre el rol del deseo y de la an- gustia.

  • - Para la sociología, el objeto es la fabricación de la identidad social. El relato es utilizado para comprender al individuo como

la expresión (la encarnación) de un grupo, de una clase, de una cultura, de una historia social.

  • - Para J.P. Sartre, el objeto es la elección que hace el indivi- duo mismo: « Mostrar los límites de la interpretación psicoanalítica

y de la explicación marxista y que sólo la libertad puede dar cuenta de una persona en su totalidad, hacer ver esta libertad en la lucha con el destino, de inicio aplastado por sus fatalidades, después regresando sobre ellas para dirigirlas poco a poco » (J.P.Sartre, 1988,p.645) ». El relato es analizado para compren- der al sujeto a través del (os) momento(s) donde el individuo « se hace ». De hecho, la identidad se construye en el cruce de estos tres puntos de vista: en las relaciones del individuo con su incons-

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ciente, con su medio socio-cultural y con él mismo, en el trabajo que efectúa para producir su individualidad.

EL ESTATUS DEL RELATO

El relato de vida es la expresión de estas tres dimensiones esen-

ciales de la identidad: es a la vez la expresión de los deseos y de las angustias inconscientes, de la sociedad a la cual pertenece su autor y de la dinámica existencial que le caracteriza. En todo relato opera una reconstrucción y sobre este punto, los psicoanalistas y los sociólogos están de acuerdo con los lite- ratos. La historia de vida es « tiempo recompuesto » por la me- moria (V. de Gaulejac, 1988). Y sabemos que la memoria no es confiable. Obedece a otras lógicas diferentes a la verdad o a la ciencia. Olvida, transforma, deforma, reconstruye el pasado en función de las exigencias del inconsciente, de las presiones del medio ambiente, de las condiciones de producción del relato, de las estrategias del poder del locutor y del entrevistador, etc. Entonces el relato tiene múltiples facetas, por la misma razón que una novela, ya sea autobiográfica o no. Es a la vez un testi- monio y un fantasma. Las palabras dicen lo que pasó (‘Es la realidad’) y transforman esta realidad (‘Eso que no son mas que palabras’). Hablando de ‘su’ historia, el individuo la (re) descubre. Es decir que hace un trabajo sobre él mismo que modifica su relación con esa historia. La historia de vida consta de dos aspectos:

  • - Designa eso que « realmente » pasó en el curso de la exis-

tencia de un individuo (o de un grupo), es decir el conjunto de

acontecimientos, de elementos concretos que caracterizaron e

influenciaron la vida de este individuo, de su familia y de su me- dio.

  • - Designa la historia que se narra sobre la vida de un individuo (o de un grupo), es decir el conjunto de los relatos producidos

por él mismo y /o por otros sobre su biografía.

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El primer aspecto es del dominio del análisis histórico y de la sociología: tentativa de reconstrucción « objetiva » y de bús- queda de los determinismos, es decir, de los diferentes materia- les a partir de los cuales una vida se construye. El segundo as- pecto es del dominio del análisis clínico: a partir de lo « vivido », se busca comprender la manera en que el individuo « habita » esa historia en el plano afectivo, emocional, cultural, familiar y social dentro de sus dimensiones conscientes e inconscientes. Los dos aspectos están continuamente implicados. Esto se aprecia cuando se obtienen historias de familias que describen, a la vez, los escenarios sobre el pasado familiar y las anécdotas sobre la saga familiar que funcionan como el modelo de la « no- vela familiar » tal y como la define S. Freud (1909). La novela familiar es un fantasma que permite llenar una falta, soportar una injusticia, una frustración, mediante una representación de la rea- lidad que permite corregirla y satisfacer así, sus deseos incons- cientes. El relato de vida se construye dentro de un espacio entre el fantasma y la realidad, sabiendo que el uno y la otra, ambos, son verdaderos. Esto lo demuestra Serge Doubrovsky (1989) cuando subraya la paradoja del relato autobiográfico que consiste en narrar, en sentido inverso, acontecimientos que se produjeron según un sentido cronológico: « Mi existencia, Yo no puedo pen- sarla. Ella es la que piensa a través de mí, es ella quien me pien- sa » (p.110). Es por eso que tanto la sociología como el psicoa- nálisis son imprescindibles para la comprensión del estatus del relato. Lo que aún no se comprende, es saber lo que determina la forma en cómo se narra. Aquí se ubica la desconfianza de P. Bourdieu a propósito de la ilusión biográfica (1986) y de los « objetos que hablan ». El sujeto difícilmente acepta que sea su existencia la que piensa a través de él, pues realmente a él le gustaría ser el creador.

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¿Pero es posible oponer lo que seria del orden de los hechos

« objetivos » a lo que seria del orden de los fantasmas y de la subjetividad? « Puedo narrar dos vidas que son las mías y son diferentes, y por lo tanto completamente verdaderas la una y la otra: la que me construye (o que me construí en análisis, sobre el diván, articulada en torno al Edipo), y esa que resulta de mi ser de

clase y de raza

Estoy, de alguna manera, en la intersección de

... esquemas que no se pueden superponer. Yazgo bajo un Edipo grande como una montaña. Gimo en torno a las contradicciones de clase y de raza. (Serge Doubrovsky, 1989, p.276). Una verdadera ciencia de los relatos de vida permite tomar en cuenta esta « intersección » situándose en tres niveles: el de los hechos, el de sus significaciones inconscientes y el de su ex- presión subjetiva.

LA INTERPRETACIÓN

La explicación sociológica supone, según Moscovici, dos con-

diciones previas:

  • - Que se disponga de teorías concebidas a partir de causas

puramente sociales.

  • - Que se pueda hacer abstracción del lado subjetivo, de las

emociones y de las capacidades mentales de los individuos (S. Moscovici, 1988). Es necesario recordar una de las reglas formuladas por E. Durkheim: « toda explicación psicológica de los hechos sociales es falsa ». Sin retomar la polémica contra todas las formas de sociologismo a las que puede conducir tal postura, se debe man- tener el proyecto de comprender lo que determina las conduc- tas humanas exteriormente y las representaciones que el indivi- duo se hace de ellas. Esto supone que se acepta la existencia de una « realidad », la sociedad, que pre-existe al sujeto, condicio- na su existencia e influencia el sentido de sus actos. El relato

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permite acceder a esta « realidad » en tanto que revela « la en- carnación social » del individuo. Para el Psicoanálisis el sentido del relato no puede estar refe- rido más que al sujeto mismo, en el que se revela su funciona- miento inconsciente. Lo importante no es saber si el relato co- rresponde a lo que realmente ha pasado. El relato es interpreta-

do como un fantasma y es « verdadero » en la medida en que es producido por un sujeto que habla. Pero esta « verdad » tiene por referente el trabajo que efectúa el sujeto en su relación con el inconsciente. En la cura (psicoanalítica) « seremos testigos de una transfor- mación decisiva cada vez que, fundando su propia verdad, el paciente habrá podido establecer que está en el origen de los actos que ha debido sufrir », recuerda Conrad Stein (1984). Se comprende que no puede haber « transformación decisiva », para el Psicoanálisis, si no está basada en este postulado (¿esta ilu- sión?) según el cual el paciente es el sujeto de su historia: que sea atacado por un cáncer, que se rompa una pierna, que sea

despedido del trabajo, que fracase en un examen

todos los

... acontecimientos de su existencia son interpretados a través del prisma de su voluntad consciente y /o inconsciente. Esta postu- ra, cuyo interés se comprende, es inaceptable si conduce a ne- gar el peso de las determinaciones sociales y a considerar que cada individuo es amo de su destino: «Eso que te sucede, tú lo quisiste entonces eres el responsable y tienes que asumirlo». Cada uno es devuelto hacia sí mismo y a su inconsciente como ultima explicación de su conducta. Existe en esto, un efecto de cierre del Psicoanálisis que, de alguna manera, instituye la cul- pabilidad como « motor de la historia » (Cf. el mito de la horda primitiva y de la muerte del padre). Algunos autores mostraron cómo la interpretación freudiana del destino de Edipo conducía a sexualizar los compromisos políticos y a reducir el destino humano a su dimensión familiar.

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Como lo subraya Jacqueline Barus-Michel (1990), Edipo es primero, un drama de la fatalidad antes de ser el de la culpabili- dad. No es el deseo lo que guía a Edipo en un primer tiempo, son los Dioses y la maldición de la que es objeto. « No se trata en el mito de Edipo, o en la tragedia de Sofocles, ni de revelar los deseos profundos de Edipo, ni de imputarlos proyectivamente

a las fuerzas ocultas, mas bien se trata de mostrar cómo el hé- roe, un ser humano, es o no es amo de su destino. No es el deseo lo que interesa a Sofocles, sino mucho más la tragedia de un destino que supera al hombre cuando éste cree estar trans- formándolo. (J. Barus Michel, p.172.) S. Freud sustituye la tragedia humana, el estar sometido a fuerzas y acontecimientos trágicos (la muerte, la degradación, la

injusticia, la desigualdad, la miseria)

por otra tragedia: somos

... inconscientemente responsables de lo que nos sucede porque estamos actuados por deseos irreprimibles. El inconsciente re- emplaza así al « destino », los compromisos políticos del mito edípico se convierten en compromisos esencialmente psicológi- cos. Este reduccionismo psicologizante ha sido continuamente de- nunciado por los sociólogos, en particular R. Castel (1973) y también, por los mismos psicoanalistas. Gérard Mendel (1988) se refiere al respecto como « enfermedad profesional » del psi- coanalista por su contacto cotidiano intenso con el inconsciente, que produce una disminución del sentido de realidad, una « desrealizacion relativa » (p.85). Lo importante para el psicoa- nalista es el fantasma. La realidad objetiva, es decir, los aconte- cimientos concretos que marcaron la vida del paciente no son escuchados más que a través del filtro de los fantasmas que estos acontecimientos engendraron y como tales, son retomados en el relato que él produce. En consecuencia, el principio de realidad tiende a reducirse a esta realidad subjetiva.

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Hemos acordado que la realidad subjetiva es transformadora debido a que produce efectos sobre la conducta: el individuo es continuamente actor de su propia vida y es esencial para él com- prender de qué modo ha intervenido en los acontecimientos que componen su existencia, aún y cuando estas acciones sean in- conscientes. La subjetividad y la interioridad son los registros de «la realidad» que interfieren en la vida de un hombre al mis- mo nivel que los acontecimientos objetivos y exteriores. Las oposiciones entre subjetividad y objetividad, entre realidad in- terior y realidad exterior son fundamentalmente relativas. Una historia de vida se construye en la interacción constante entre la influencia de las estructuras sociales tal como el individuo las re- encuentra y las estructuras psíquicas, que absorben estas in- fluencias. La noción misma de inconsciente debe ser revisada. No es nuestro propósito negar la importancia de la sexualidad en la estructuración del aparato psíquico. Nos parece, sin embargo, que al lado de la propuesta de lo psico-sexual que el Psicoaná- lisis ha develado, convendría comprender mejor la apuesta psico- social. Como lo subraya S. Doubrovsky (1989) «el inconscien- te no está solamente estructurado como un lenguaje, está es- tructurado por una historia». (p.271). Esta historia no se puede reducir a las primeras relaciones infantiles. La historia es como la personalidad, debe ser aprehendida en su totalidad, es decir, a nivel individual pero igualmente a nivel familiar y social. El in- consciente concierne igualmente al conjunto de elementos que contribuyen a la producción social de un individuo. No se trata, por lo tanto, de considerar que el individuo social sea una calca de otro o un producto interiorizado de formas históricas del individuo, o que sea una encarnación repetida de un «habitus de clase» (Michel Legrand, 1993). Se trata mas bien de construir una sociología clínica dentro de sus diversos componentes.

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CONVERGENCIAS Y LÍMITES DE LA APROXIMA- CIÓN PSICOANALÍTICA

Contrariamente a la aproximación biográfica, el Psicoanálisis no tiene solamente un objetivo cognitivo. Su proyecto se inscribe dentro de una perspectiva clínica. Si el relato de vida es el mate- rial de base de su investigación, no se trata solamente de un método de conocimiento sino de un medio terapéutico: que le permita en esta historia referida, comprehender el sentido, por sí mismo, con el fin de posicionarse en sujeto. No discutiremos aquí la pertinencia de este proyecto clínico pero sí abordaremos la oposición entre el psicoanálisis y la sociología en la utilización de la historia de vida.

Para el Psicoanálisis, la historia es un relato construido para organizar un sentido, una re-escritura de los acontecimientos del pasado que el sujeto construye en un dispositivo que consis- te en regresarle esta « verdad » con relación a él mismo. Así la historia es tratada como una novela; lo importante será el desci- framiento de la actividad fantasmática del sujeto y la compren- sión de las apuestas inconscientes de esta historia. El psicoaná- lisis no busca objetivar el relato a partir de «eso que realmente pasó» sino interpretarlo como un discurso que el mismo sujeto tiene sobre su pasado. La objetividad histórica tiende a desapa- recer detrás de la subjetividad del sujeto en la medida en que no se busca distinguir:

  • a) La historia como una serie de acontecimientos que modifi-

can o reproducen las relaciones sociales en tanto que atraviesan

y condicionan los destinos individuales;

  • b) La historia tal como está escrita o contada en las novelas o

en los relatos que significan la relación de un individuo (o de un

grupo) con los acontecimientos del pasado.

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Esquematizando por una oposición fuerte, el psicoanálisis busca comprender la relación que el YO establece con la histo- ria independientemente de la relación que la historia establece con el sujeto. Esta opción epistemológica que se justifica, quizá, con rela- ción a los objetivos terapéuticos, condujo a diferentes formas de psicologismo (o de psicoanalismo 16 ) ya que tiende a estable- cer la ilusión de omnipotencia del sujeto, el etnocentrismo de la lógica del deseo y una visión narcisistica de las relaciones socia- les. El mismo Freud había medido este riesgo cuando escribía que no hay psicología que no sea social: « La oposición entre la psicología individual y la psicología social o colectiva, que a pri- mera vista puede parecer muy profunda, pierde mucho de su agudeza cuando se le examina más de cerca. Sin duda, la pri- mera tiene por objeto al individuo y busca los medios que le sirvan y las vías que siga para obtener la satisfacción de sus deseos y necesidades, pero dentro de esta búsqueda, se logra raramente y en casos verdaderamente excepcionales, hacer abs- tracción de las relaciones que existen entre el individuo y sus semejantes. El otro siempre juega en la vida del individuo el rol de un modelo, un objeto, de un socio o de un adversario, y la psicología individual se presenta desde el principio, al mismo tiempo, de cierta manera, en una psicología social, en el sentido amplio, pero plenamente justificado, de la palabra » 17 . Freud desarrollaba este punto de vista mostrando que toda relación con el otro es de inicio y simultáneamente una relación social. « Así el psicoanálisis colectivo vislumbra al individuo en tanto que miembro de una tribu, de un pueblo, de una casta, de una clase social, de una institución, o en tanto que elemento de una masa humana » (op.cit., p.84).

16 Según la expresión de Robert Castel, en Le Psychanalysme, Maspero, Paris, 1973. 17 S. Freud, Psychologie collective et analyse du Moi, essais de psychanalyse, Payot, 1975, p. 83.

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Hubo el abandono, de una gran parte, por las consecuencias teóricas y practicas de esta concepción. Se asistió de alguna manera a una «desocializacion» o más aún, «desociologizacion» de los procesos psicológicos, a un reduccionismo psicologizante en el desarrollo del psicoanálisis. Como lo dijeron Carl Schorske y P. Bourdieu, se olvidó « que Edipo era Rey » (Cf. Actes de la Recherche en Sciences Sociales, No. 26/27). Es decir, se olvi- dó que el «YO» no se construye solamente en el juego del de- seo y de la prohibición del triangulo Madre, Padre, Hijo, sino que se apuntala igualmente sobre los lugares sociales que ocu- pan los unos y los otros. Ahora bien, la aproximación psicoanalítica tiende a reducir el peso del pasado a las primeras relaciones infantiles: «Se esta- bleció un consenso para hacer del niño en cada hombre, la llave de su destino personal y el principio explicativo esencial de su historia» 18 . Se excluye así del análisis, el hecho de que toda relación afectiva se apuntala sobre una serie de relaciones socialmente determinadas. Las primeras relaciones son portadoras de las apuestas no solamente afectivas sino igualmente ideológicas, culturales, sociales y económicas, cada uno de estos niveles no puede estar disociado de los otros en la medida en que su impli- cación produce la estructura de programación, el sistema de habitus, el marco referencial sobre los cuales el niño va a apun- talar su propia historia. 19 Si el psicoanálisis permite comprender los vínculos entre las intenciones conscientes y las intenciones inconscientes, nos brinda solamente una explicación parcial, porque la dimensión social- histórica de estos vínculos se le escapa.

18 Robert Castel, La gestion des risques, Ed. De Minuit, coll. Les sens commun, Paris, 1981, p. 158. 19 V. de Gaulejac, ‘L’heritage’, en Connexions, No.41.

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Esto es lo que demuestra C. Castoriadis 20 cuando escribe «el campo social como omnipresencia densa de un colectivo anóni- mo, el campo histórico como irrupción siempre posible de algo nuevo que nadie deseó como tal, presupone al individuo del que habla el psicoanálisis, pero al mismo tiempo son presupuestos por éste». En el mismo sentido se inscribe W. Reich cuando decía que el psicoanálisis permite comprender por qué las pulsiones sádicas de un individuo lo llevan a convertirse en car- nicero, cirujano o detective, pero que es la trayectoria socio- económica la que permite saber por qué algunos subliman su sadismo como carniceros, otros como cirujanos y otros, aún, como detectives. Aquí vemos que toda pulsión es socializada de cierta manera y que los destinos personales son el resultado de una combinación entre el trabajo psíquico y el trabajo social. Se trata entonces, de intentar re-establecer «los eslabones perdidos» entre las aproximaciones sociológicas (que estable- cen las regularidades objetivas, las probabilidades que organi- zan los destinos humanos) y la aproximación psicoanalítica. Se trata de analizar las circularidades dialécticas que van del deseo

al mundo de los objetos, del narcisismo al estatus social, de las representaciones a las ideologías, etc. En otra parte 21 habíamos señalado, la necesidad de implementar estas articulaciones en la medida que:

  • - No existe deseo que no se traduzca en deseos de maneras

de ser, es decir, en habitus característicos de tal o cual medio social y cultural (Cf., P. Bourdieu et J. P. Sartre).

  • - No existe sujeto sin objeto: la génesis del sujeto y del objeto es el efecto de un apoyo reciproco que precipitó la inscripción

del individuo, a través del narcisismo, en el mundo exterior y dentro de las lógicas del sistema de producción y de distribu-

20 C. Castoriadis, Les carrefours du labyrinthr, Paris, Seuil, 1978. 21 V. de GAULEJAC, ‘Irréductible social, irréductible psychique’, Bulletin de Psychologie, Tome XXXVI, No. 360. 1983.

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ción de los objetos (lógica de la diferenciación social de J. Baudrillard; análisis de S. Viderman sobre la dialéctica sujeto- objeto). - El deseo no se puede concebir fuera del deseo del otro, al cual está originalmente sometido (sujetado) si quiere satisfacer- se, confrontándose así el sujeto mismo, con un sistema relacional determinado por la organización de las relaciones sociales (Cf. Lacan y S. Leclaire).

LA HISTORIA DE CLAUDE

La historia de una vida es una mezcla compleja de elementos heteróclitos. ¿Cómo saber lo que organiza esta complejidad? A través de la historia tal como se le puede observar y del relato que hizo el individuo, se resaltan los desplazamientos y condensaciones entre los elementos culturales, sociales, econó- micos (ligados al contexto social y familiar) y los elementos emocionales, afectivos, relaciónales (ligados al funcionamiento psíquico consciente e inconsciente). No es valido « separar » el análisis sociológico y el análisis psicológico de una historia que da cuenta de un fenómeno « to- tal », de la personalidad en todas sus dimensiones. Es más con- veniente analizar los vínculos, los desplazamientos, las condensaciones, las rupturas, las influencias reciprocas entre los diferentes elementos de una historia de vida. En esta perspectiva, presentamos un caso que muestra cómo, en tres generaciones, un comportamiento « social » ligado a la cultura de la pobreza, se transforma en funcionamiento psicoló- gico. La historia de Claude fue reconstruida durante el trabajo de un grupo en el cual los participantes eran invitados a comentar su árbol genealógico. Claude tiene 45 años. Es un hombre alto, guapo y fuerte, que habla con detenimiento y precisión de la

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historia de su familia, la cual resumimos sucintamente recupe- rando los términos que él mismo utilizó. Del lado materno, la abuela murió senil con problemas esto- macales porque trabajaba mucho. Con el abuelo tenia un café- restaurante en un pueblo. A pesar de ser los propietarios de la granja, la pareja vivió modestamente trabajando mucho. La madre de Claude era buena alumna, un profesor le consiguió una beca para que continuara sus estudios y cursara la Escuela Normal. Es así, como ella logrará ser profesora. Del lado paterno, los abuelos eran obreros agrícolas muy pobres que no tenían otros recursos más que sus brazos. Claude describe el «trabajo encarnizado» de la pareja, que logro aho- rrar a pesar de la pobreza, para «salir del surco» y comprar, para empezar, una granja y después una ladrillera. Esta será retomada por su padre quien trabajará igualmente como un ena- jenado. Claude se convierte en técnico, después en ejecutivo, asis- tiendo a cursos por la noche. Él describe su vida y la de su padre como dedicada totalmente al trabajo. No se tolera ningu- na distracción, ni un minuto de reposo. Por otro lado, Claude describe el silencio, «no se hablaba», y la ausencia de ternura, « no se tocaba». La única palabra de amor que escucho en su juventud fue dicha por su abuela paterna el día en que la ayudo a meter a su abuelo dentro del féretro, a los 84 años «Adrian, querido, te alcanzare muy pronto». Fue también la única vez que vió a su abuela llorar. En este universo de trabajo encarnizado, las palabras y los gestos de ternura no tenían lugar. No se tenía tiempo para expresarlos y poco a poco, se perdía la capacidad de hacerlo. Esta sacralización del trabajo, Claude quiere, en un primer tiempo, transmitirla a sus hijos. Muy pronto comienza a «casti- gar» a su hija cuando trabajaba mal en la escuela, hasta que un día, a los 6 años, llorando, ella pone la cabeza en las rodillas de

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su padre, y le dice «Papá, hoy no me has pegado». Al momento en que Claude evoca esta escena, rompe en lágrimas. Después de un gran silencio, agrega: «esto provocó que durante 16 años yo no la tocara». Después de la evocación de esta escena, Claude continua:

«En mi familia no se mostraban los sentimientos, se debía ser duro. Yo estaba enamorado locamente de mi esposa, pero ja-

más se lo dije porque nunca había aprendido

...

jamás escuché

que mi padre le dijera a mi madre te amo». Este relato ilustra cómo, eso que en la historia familiar es pro- ducido por la cultura de la pobreza, se encuentra en Claude bajo la forma de conflictos psicológicos interiorizados. Así, para los abuelos, el «trabajo forzado» es una necesidad socio-económica. No hay otra elección para salir de la miseria. Hace falta consagrar la totalidad de sus energías en el trabajo, ahorrar centavo por centavo, comer lo estrictamente mínimo, para poder convertirse en independientes (comprar una granja para ellos) después, instalar a sus hijos para que no regresen «al surco». Hicieron falta dos generaciones para permitirle a Claude tener los estudios mínimos y acceder a las clases medias. Enton- ces esas condiciones de vida le permitieron trabajar menos. Claude reproduce este encarnizamiento al trabajo: lo que al ini- cio era una necesidad social se ha convertido, para él, en una necesidad psicológica. Como si el amor por su padre y sus abuelos no pudiera ex- presarse de otra manera, mas que repitiendo su comportamien- to. Hacia falta que fuera como ellos, incluso, aunque la necesi- dad objetiva desapareció, la coerción externa deviene una obli- gación interna: no puede hacerse de otra manera. Se encuentra el mismo mecanismo en lo que concierne a la violencia y las palabras. La violencia de sus condiciones de exis- tencia conduce a los abuelos a luchar en silencio para salir. Toda su energía está investida en el trabajo. No hay tiempo para el

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amor, la ternura, para hablar de sus sentimientos. Hablar de eso es ser débil, es caer en el campo de «los perezosos». Hace falta ser duro para hacer frente a la dureza de la vida. Hace falta «apretar los dientes» y «trabajar, trabajar y todavía trabajar». Claude nunca fue golpeado por su padre. Simplemente le tenía miedo. Tenía miedo de esta violencia contenida. Ser un hombre, era ser eso. Trabajar y callarse, «sofocar los sentimientos». Todavía ahí, los comportamientos, que en la historia de fami- lia estaban ligados a la situación social, a la violencia en las rela- ciones sociales, se perpetúan a pesar de que la situación social ya no los justifica y al mismo tiempo están inadaptados a la si- tuación nueva. Es peor aún, cuando el mismo Claude ejerce sobre sus propios hijos una violencia que de ninguna manera está «obligado» a ejercer. Toma conciencia de su propia violencia, cuando su hija pone la cabeza sobre sus rodillas. Pero como no sabía comunicarse de otra manera, corta toda relación con ella y se encierra un poco mas todavía en el trabajo enajenado. Nunca aprendió a expresar sus sentimientos. Al contrario, aprendió a «sofocar- los». Aprendió que ser un hombre, era ser duro y ser duro, es no expresar sus emociones, su debilidad. El caso de Claude es una muestra de la riqueza del método biográfico. A través de una historia de vida, se perciben los la- zos y las articulaciones que forman la trama de una vida humana y que los cortes disciplinarios nos impiden percibir. Resta en- tonces, hablar sobre las consecuencias a nivel teórico- metodológico. No es suficiente con obtener un relato de vida para develar el sentido. Nos hace falta construir los útiles que permitan comprender las articulaciones entre los diferentes re- gistros de identidad personal y social.

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NOVELA FAMILIAR Y TRAYECTORIA SOCIAL

Se trata de reconstruir la cadena que va de los conflictos psíqui- cos a los conflictos relaciónales, de los conflictos relaciónales a los conflictos intra-familiares y de los conflictos familiares a los conflictos sociales. Esto es el proyecto de una investigación que dirigimos sobre el tema Novela familiar y trayectoria social. Este trabajo se apo- ya metodológicamente en los seminarios de implicación y de investigación, en los cuales a los participantes se les invita a tra- bajar sobre su historia a partir de tres elementos:

  • - Los relatos de vida.

  • - Los medios de objetivación de su historia (árboles

genealógicos, fotos, correspondencia, diario intimo, agenda

...

).

  • - Los medios de proyección y de expresión (dibujo, juego de

roles, dramatización). Se trata de explorar en qué la historia individual está social-

mente determinada, es decir:

  • - De analizar en qué medida los destinos individuales, cual-

quiera que sea su irreducible singularidad, están condicionados por el campo social en el cual se inscriben.

  • - De evidenciar cómo las relaciones sociales tal como existen

en un momento dado (en la sincronía) y tal como han evolucio- nado (en la diacona) van a influenciar la historia y la vida psíqui- ca de un individuo, es decir, su manera de ser, de pensar, sus elecciones afectivas, ideológicas, profesionales, económicas, etc.

  • - De comprender la dialéctica existencial entre el individuo

producto de la historia y el individuo productor de la historia, entre el individuo objeto de sus condiciones concretas de exis- tencia y el individuo en devenir que busca posicionarse en sujeto en esta historia. Como lo escribió uno de los participantes en este trabajo: « Comencé a comprender que mi situación psicológica personal no estaba separada de la situación socio-económica de mi fami- lia, que los mecanismos de identificación se juegan también en

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un modelo social, y que no es simplemente una cuestión que «se encierre» en el complejo de Edipo. Esta aproximación me permitió comprender plenamente que,

por supuesto, yo era hijo de mis padres, pero que era también el hijo de un campesino que devino peón y de una trabajadora

domestica que se convirtió en lavandera y madre de familia

... que esto vivido socialmente estaba intrínsecamente ligado a la historia de mis relaciones infantiles ». 22 La experiencia biográfica de un individuo es la que marca su desarrollo y lo constituye como un ser psico-social-histórico. En este sentido, el inconsciente es inscrito como el conjunto de las condiciones sociales de producción de un individuo quien busca negar, olvidar, ocultar: «El inconsciente es siempre, en efecto, el olvido de la historia, historia que el mismo produjo realizando las estructuras objetivas que engendra y desarrolla dentro de estas cuasi-naturalezas que son los habitus. Historia incorporada, hecha natural, y olvidada en tanto tal. El habitus es la presencia movilizadora de todo el pasado donde esto se pro- dujo» 23 Esta dimensión social del inconsciente se ubica particularmente en todos aquellos que ya sea en el abandono, o bien en la ruptu- ra, están confrontados a un desplazamiento / desclasamiento. Que esto sea con el « rechazo » que se ubica en otra parte que de donde se viene, o con el ‘desclasado’ que interiorizó los habitus no conformes a la posición objetiva que ocupa, se puede ver cómo las situaciones sociales pueden producir eso que, a falta de otro mejor, designaremos por el término «neurosis de clase». Estos problemas plantean una disciplina que falta construir: la sociología clínica. Sociología, porque se trata de comprender cómo la dinámica de las contradicciones sociales y la gravedad de las regularida-

y

22 B. JONDEAU, «Faire craquer l’impérialisme des théories psychologiques», in Le Groupe Famililial, No. 96, juillet 1982. 23 P. BOURDIEU, Le Sens pratique, Editions de Minuit, Paris, 1980.

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des objetivas de lo social intervienen sobre los destinos indivi- duales canalizando el sentido. Clínica, porque el análisis de los procesos socio-psicológicos no está completamente «validado» (es decir, a la vez verificado y valorizado) sólo si a la verificación estadística corresponde una experiencia vivida, a la cual la hipótesis da un sentido y una coherencia. El sentido aquí, es la posibilidad para Claude, de comprender la cadena que va de la historia de su grupo de pertenencia a la historia de su familia y de esta historia a la constitución de su propia identidad. Comprendiendo que es el producto de esta historia, podrá desarrollar su función de historicidad, es decir, su capacidad de analizar y comprender los elementos que lo constituyen como sujeto histórico. En este sentido, el trabajo sobre « la historia de vida » es un método sociológico que trata de ubicar la evolución de las relaciones sociales a través de las historias individuales y de un método clínico, ya que los partici- pantes son conducidos a utilizar este conocimiento para com- prender mejor su propio destino.

Traducción: Susana Rodríguez Marquez

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BIBLIOGRAFÍA

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1977.

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1981.

Pagès (M.), «Systèmes socio-mentaux», Bulletin de psychologie, Tome XXXIV, N°.350, 1982. Thelot (C.), Tel père, tel fils? Positions sociales et origine familiale, Dunod, 1982.

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CAPÍTULO II

OPCIONES METODOLÓGICAS

Vincent de Gaulejac

Nuestro trabajo sobre Novela familiar y Trayectoria social, se apoya metodológicamente en los seminarios que coordinamos sobre este tema desde 1975 bajo diferentes formas: en sesiones con inscripciones individuales de los participantes, ya sea de iniciación (de 2 a 4 días), o bien, para profundizar (3 horas por semana o 5 fines de semana durante 6 meses). Estas sesiones se ubican en el marco de programas de formación destinados a los psicólogos, psico-sociólogos, consejeros conyugales o trabaja- dores sociales. Aproximadamente doscientas personas colabo- raron en este trabajo y contribuyeron a llevar a cabo los instru- mentos metodológicos que les propusimos 24 .

OBJETIVOS

Se trata de explorar en qué forma la historia individual está so- cialmente determinada. Estos seminarios de implicación y de in- vestigación posibilitan que los participantes se comprendan como el producto de una historia, en la cual buscan devenir el sujeto, explorando los diferentes elementos que contribuyeron a formar la personalidad.

24 Sobre la animación de los seminarios de implicación y la utilización de formas de expresión activa en

la investigación, se puede remitir al capítulo « Techniques non verbales d’analyse du pouvoir: le

séminaire, Moi et l’organisation» in «l’emprise de l’organisation», Max Pagès, Michel Bonetti,

Vincent de Gauléjac, Daniel Descendre, P.U.F

..

, 1979.

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La historia personal es el producto de factores psicológicos, sociales, ideológicos y culturales cuya interacción nos esforza- mos por comprender. Esta exploración se basa particularmente en:

  • - El análisis de la «genealogía familiar»

  • - La formación del «proyecto parental»

  • - La «novela familiar»

  • - Las «elecciones y las rupturas» en la existencia.

Tal exploración debe permitir a cada uno comprender mejor su historia para incidir mejor en su devenir. Para los terapeutas, los psicólogos, los trabajadores sociales, los formadores y todos aquellos que estén comprometidos en un trabajo sobre la relación, estos seminarios pueden brindar un cierto número de herramientas teóricas y metodológicas con el fin de explicar mejor lo que determina la historia y los mecanis- mos cronológicos de las personas para las cuales trabajan.

ANIMACIÓN

Diferentes técnicas de expresión verbal y no verbal serán utiliza- das para permitir producir material sobre su propia historia (di- bujos, árboles genealógicos, entrevistas, etc.), que servirán de soporte en el análisis común de la novela familiar y de la trayec- toria social de cada participante. Los animadores proponen una problemática común, los mé- todos de trabajo y los aportes teóricos serán articulados por el análisis colectivo del material producido. Nuestro propósito es elaborar un método de investigación, que permita articular el análisis de fenómenos históricos, socio- lógicos y psicológicos, intención que se traduce por un cierto número de opciones.

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INVESTIGACIÓN / IMPLICACIÓN

Se trata, a la vez, de un trabajo cognitivo de comprensión de procesos, de producción de hipótesis explicativas, del análisis de mecanismos de implicación donde está en juego la historia personal, familiar y social de cada uno de los participantes. En- tonces, el material producido colectivamente depende de la im- plicación de cada participante, es decir, de su capacidad y de su deseo de sumergirse en su pasado para actualizar los factores estructurantes de su historia. El dispositivo pedagógico está organizado de tal forma que se favorece esta implicación personal:

- Por la utilización de soportes que facilitan la exploración, la re-escritura y la emergencia de la historia de los participantes. - Por la fluidez de la palabra, en la medida en que cada uno está invitado a autorizarse a decir o no decir y en aceptar que también sea así para los otros. - Por la transversalidad del trabajo que permite una profundización colectiva de las trayectorias individuales, entran- do cada historia en resonancia con los otros. Paralelamente a esta «búsqueda del tiempo pasado», se ubi- can los elementos teóricos que permiten, más allá de las expe- riencias individuales, dar cuenta de los mecanismos implementados: el objetivo es producir colectivamente las hipó- tesis explicativas, proponer una problemática que brinde el sen- tido y guie cómo descifrar los materiales presentados. De inicio, las hipótesis sirven como llaves explicativas para comprender tal fenómeno de tal persona en particular. No adquieren el estatus de hipótesis teóricas sino a partir del momento en que su pertinencia sobre una historia singular, se ve producida en las otras. Poco a poco, « lo personal » se decanta para dejar aparecer en la construcción teórica, una problemáti- ca que cobra sentido para cada uno.

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LA TRAMPA DE LO VIVIDO SIN CONCEPTO Y DEL CONCEPTO SIN VIDA

Nuestra metodología tiende a dialectizar la relación entre el aná- lisis y la experiencia evitando dos trampas:

— Una que consiste en sumergirse en lo vivido, en lo sentido, en la experiencia personal, como si ésta pudiera encontrar su sentido en sí misma. Una conducta, una actitud, no tienen auto- nomía con relación a las condiciones que las producen, es decir, con los sistemas de relaciones en las que se inscriben. Pensar que el saber del hombre pudiera estar impregnado, surgido de su interior, de lo vivido, es caer en la ilusión empirista que busca el sentido de los actos en la conciencia del actor y que asimila lo real a la percepción subjetiva de éste. La inmersión en « lo vivi- do » permite producir las representaciones, es decir, la relación imaginaria que mantiene a cada individuo en sus condiciones concretas de existencia. Entonces, el análisis de estas condicio- nes es indispensable para comprender « lo vivido » y es por ello que, para guiar este análisis, la teoría es necesaria. — A la inversa, la trampa del concepto sin vida consiste en sumergirse en lo teórico, dentro del saber «puro», en las cons- trucciones intelectuales. Esto es, caer en la ilusión positivista que reduce lo real al estudio de las determinaciones estadísticas, de las probabilidades y de las regularidades objetivas a las cuales obedecen las conductas humanas. Si la sociología consiste en estudiar los fenómenos sociales como cosas, no debe por lo tanto olvidar, que la aprehensión subjetiva forma parte de las cosas estudiadas como tales. Que no se puede tener acceso a la realidad fuera de la experiencia concreta -aunque subjetiva- de un individuo concreto. No se puede tomar el sentido y la función de un hecho humano sino a través de una experiencia vivida, de su incidencia sobre una con- ciencia individual y de la palabra que permita tomarla en cuenta:

«Toda interpretación válida debe hacer coincidir la objetividad

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del análisis histórico o comparativo con la subjetividad de la experiencia vivida». 25

OBJETIVIDAD-SUBJETIVIDAD

Nuestro objetivo metodológico consiste en crear las condicio- nes de un doble movimiento de distanciamiento y de implicación en cada etapa del trabajo. Distanciamiento que permite objetivar la propia historia situándola en relación con la evolución de las relaciones sociales; relativizando su singularidad para señalar en qué medida, su historia, es el producto de evoluciones que atra- viesan al conjunto de los miembros de una clase social, de una cultura, de una época; analizando mas allá de los sufrimientos, de las rupturas, de las emociones y de los conflictos, a las con- tradicciones y los procesos que están en marcha. Pero el traba- jo no sería completo, si esta objetivación no se basara en la experiencia subjetiva de cada uno. La implicación individual conduce a cada participante a dis- cutir las hipótesis, a proponer otras, a enriquecerlas o a contra- decirlas, permitiendo una interacción constante y dialéctica en- tre objetividad y subjetividad, entre los fenómenos colectivos e individuales, entre lo social y lo psíquico. A la reconstrucción de una historia, que se presenta en un momento dado, corresponde una reconstrucción a partir de la ubicación de las diferentes determinaciones socio-históricas que la han producido.

EXPRESIÓN VERBAL Y NO VERBAL

Este movimiento de reconstrucción-reconstrucción está facilita- do por la alternancia entre las fases de expresión verbal y la utilización de técnicas de exploración no verbales. Se trata de encontrar los soportes que permiten a la vez, elucidar los proce-

25 C. Levi-Strauss, in introduction à l’oevre de Marcel Mauss, préface de Sociologie et anthropologie,

Marcel Mauss, P.U.F., Paris, 1968, p. 25

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sos por el análisis verbal y de expresarlos a partir de la manera en que cada uno los sienta. La utilización de soportes no verba- les (dibujos, dramatización, juego de roles, imagen teatral, dis- fraces, mascaras) permiten formas de expresión que no están sometidas a las mismas reglas que el lenguaje hablado. El análi- sis verbal es un acto a posteriori, que necesita la construcción y la definición de un objeto; tiende a racionalizar, es decir, a reco- nocer y a ordenar los fenómenos. Pero ordenándolos, tiende a ocultar los que no han sido descifrados. La nacionalización es entonces simultáneamente un instrumento de elucidación y un mecanismo de defensa. La expresión no verbal facilita la emer- gencia del imaginario, de lo no explicado a priori, de las contra- dicciones vividas, de lo imprevisible. Su análisis permite produ- cir el material a partir de códigos diferentes al lenguaje hablado, frecuentemente menos utilizado. Favorece el acceso directo a la representación de situaciones vividas que son reactualizadas en el aquí y ahora del grupo. La producción de material no verbal permite, igualmente, re- gistrar las pistas que servirán de soporte al análisis verbal. Este método permite, a la vez, favorecer la implicación poniendo en juego las técnicas de expresión libre y el distanciamiento. No se trabaja directamente sobre el sujeto, sino sobre el material que se analiza. Por ejemplo, trabajar a partir de un dibujo que re- presenta el proyecto parental permite conocer su naturaleza, in- dependientemente del discurso que el actor producirá manifies- tamente. En el juego de las formas, de los símbolos utilizados, de los colores, aparece un ensamble de significaciones que el grupo puede captar directamente, en independencia de las racionalizaciones y las explicaciones propuestas por quien las dibujó. Este último se encuentra entonces distanciado de su pro- yecto parental en una situación donde busca, por la misma ra- zón que los otros, comprender la problemática.

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PLURIDISCIPLINARIEDAD Y CO-ANIMACIÓN

La hipótesis de base de nuestro trabajo consiste en analizar al individuo como producto de una historia donde él busca devenir el sujeto. Esta visión dialéctica no puede ser aprehendida más que por una concepción metodológica que facilita un trabajo constante de interacción entre la experiencia y el análisis, entre la exploración de las representaciones y el análisis objetivo, en- tre la singularidad característica de la aproximación psicológica y la puesta en evidencia de regularidades objetivas de la socio- logía. La aproximación dialéctica es posible sólo mediante una con- cepción metodológica que facilite un trabajo constante de ten- sión entre la experiencia y el análisis, entre la exploración de las representaciones y el análisis objetivo, entre la toma en cuenta de la singularidad característica de la aproximación psicológica y la evidencia de las regularidades objetivas de la sociología. La aproximación dialéctica sólo es posible si estos diferentes aspectos están presentes en el trabajo provocando un movi- miento en tensión: el avance sobre un aspecto es inmediatamen- te relativizado, criticado, cuestionado a partir de otras perspec- tivas. La irreductibilidad de las aproximaciones psicológicas y sociológicas, que no es más que la expresión de la imposibilidad de reducir lo psíquico a lo social o lo social a lo psíquico, debe estar presente en el trabajo, como un motor en dos tiempos que sólo funciona gracias a su interacción dinámica. Para que este movimiento sea posible, ciertas condiciones metodológicas son necesarias. La animación debe ser pluridisciplinaria. Cada animador debe estar profundamente implicado en movimiento dialéctico, este es el caso cuando sus trayectorias personal y teórica han sido atravesadas por rupturas, por cuestionamientos, por reorgani- zaciones y transformaciones que lo lleven a una reflexión epistemológica. Pero esta animación es insuficiente si no es puesta

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en acto, « en tensión », en la medida en que el animador en si- tuación pedagógica está más tentado por apoyarse sobre sus certezas, que por profundizar en las tensiones. Frente a un gru- po, el animador es regresado a la posición del « supuesto sa- ber »; se le demanda aportar un conocimiento elaborado, las hipótesis bien construidas, las explicaciones bien hechas, situa- ción que puede producir una clausura de los procesos de explo- ración, un cierre sobre las síntesis cuya coherencia corre el riego de ocultar la fragilidad o el carácter parcial. La co-animación es uno de los medios para utilizar esta ten- sión en la medida que se cumpla con dos condiciones: CUA- LES? SOLO HAY UN PUNTO SEÑALADO. - Los animadores deben estar de acuerdo sobre una proble- mática para que un trabajo en común sea posible. Pero este acuerdo no debe ser más que parcial para que una dinámica reflexiva y pedagógica se instaure: cada hipótesis debe ponerse a discusión para probar su validez. En particular cuando se trata de comprender las determinaciones que estructuraron una tra- yectoria individual, es importante discutir la intervención y el peso respectivo de diferentes factores (económicos, históricos, so- ciológicos, ideológicos, psicológicos) que pudieron intervenir. Si es en la interacción de estos diferentes factores que puede comprenderse la dinámica de una trayectoria individual, convie- ne entonces que la confrontación de hipótesis explicativas sea igualmente activa dentro del trabajo de grupo. En este momento es cuando la formación de base de los animadores es importan- te. Ninguno puede pretender al mismo tiempo situarse como economista, como sociólogo, como historiador y como psicó- logo, aunque, se tuviera una formación en estos diferentes do- minios. Un trabajo transdiciplinario es considerado solamente dentro de una confrontación activa entre las disciplinas para cada animador y entre cada animador. Este primer punto establece una complementariedad-oposi-

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ción entre los animadores, que les facilita a los participantes si- tuarse igualmente en tensión reflexiva frente a los animadores y entre ellos. Dicha complementariedad-oposición produce una zona de incertidumbre, de cuestionamiento, en donde ellos ya no son más el principal objeto del trabajo de grupo ni el consu- midor del saber de los animadores. Ellos están situados como sujeto de una investigación que concierne a cada uno personal- mente —cuando se trata de explorar cada historia singular- pero, de igual manera, corresponde a cada uno colectivamente; cada historia no es más que la expresión individualizada de una histo- ria común, de la Historia. El espacio del seminario crea una estructura de participación donde cada integrante está invitado para comenzar desde su experiencia individual, para comprender los mecanismos colec- tivos. Es una búsqueda a la vez personal y teórica que es llevada en común. El rol de los animadores es crear las condiciones para que este proceso sea posible. Cuando está engranado y cada uno participa. Las herramientas de análisis y los soportes de investigación serán construidos paulatinamente (en función de las direcciones de investigación que se despejen).

DETERMINISMO Y LIBERTAD

La dinámica del grupo tiene otro efecto importante dentro del trabajo que se realiza sobre la historia. Este permite escapar un obstáculo frecuentemente encontra- do: la ilusión de omnipotencia cuya otra cara puede ser la ilusión del determinismo absoluto. Uno de los reproches que se pue- den hacer al psicologismo es buscar el motor de la historia de un individuo en su personalidad, postulando una «naturaleza huma- na» cuya libertad encontraría su desarrollo en su capacidad de realizarse independientemente de toda contingencia biológica, histórica o social. Esta visión se arraiga profundamente en el fantasma de omnipotencia que marca por siempre, nuestra exis-

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tencia determinada por una visión narcisista del mundo. El he- cho de ver esta aproximación en construcción con los otros per- mite entonces relativizarla por sí mismo. La introducción de una lectura más sociológica de los desti- nos individuales provoca la reducción de la causa de esta ilusión y desemboca sobre una fase depresiva: «Me doy cuenta hasta qué punto soy prisionero de mi historia, cuánto estoy inscrito dentro de la reproducción. Hasta el presente creía, tener un dominio sobre mi destino, ser actor, entonces tomo conciencia que no soy mas que un «actuado»». Aquí la toma de conciencia de la existencia de determinismos desemboca sobre el senti- miento de que todo no es más que reproducción, que el indivi- duo no es más que el producto de su historia y de sus condicio- nes concretas de existencia, que su deseo de ser el sujeto no puede tener mas que una satisfacción fantasmática, sin relación con una realidad en la cual todo se produciría excluyendo la problemática del sujeto. El trabajo consiste entonces en aceptar la contradicción como un nudo de su practica existencial, de salir de la ilusión del sujeto libre que pretende, con un trabajo personal, encontrar el medio de arreglar todos sus problemas, pero de salir igualmente de la ilusión que la salvación podría venir de un cambio socio-econó- mico cuya transformación produciría inevitablemente una desti- nación menos problemática. El hecho de analizar de qué manera el individuo está programado por su historia no cambia esta his- toria. Por el contrario, eso cambia su relación a la historia. Con- siderando las dimensiones sociológicas e históricas de los desti- nos personales, del suyo pero además igualmente de los otros, cada uno puede comprender cómo los diferentes factores han sido aplicados por él, cómo contribuyeron a posicionarle en el mito familiar y a situarle en las relaciones sociales, lo que modi- fica profundamente su relación con esta « situación » y le permi- te comprender concretamente que lo realizado, no es más que una de las formas de lo realizable.

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TERAPIA - FORMACIÓN

La mayor parte de los ejercicios que proponemos se basan en un trabajo de ubicación: ¿en dónde estoy en el deseo de mis padres?, ¿en donde me encuentro en el mito familiar? ¿En dón- de me ubico en las diferentes corrientes ideológicas?, ¿En don- de estoy en la estructura social?, ¿En donde estoy en la histo- ria? .... Esta búsqueda de precisión concreta, de las posiciones de cada uno, permite poner en evidencia a la vez, la identidad y la diversidad de las situaciones estableciendo las fijaciones y las generalidades representativas abstractas en las cuales el indivi- duo tiene tendencia a encerrarse y a protegerse. Percibiendo así, que él está ahí y allá, y que en cada una de estas posiciones el individuo está a la vez en esto y aquello. En este sentido, se trata de un trabajo sobre las contradicciones. Aquí es en donde se presenta uno de los límites de este traba- jo: para emprenderlo es necesario que el individuo mismo se enfrente a una posición contradictoria, lo cual no siempre es el caso. Muchas de las personas emprenden un trabajo terapéuti- co porque no pueden soportar la contradicción. Se encuentran tensadas dentro del deseo de comprender eso que pasa «en Mí» a partir de sus emociones, de su sufrimiento actual, del aquí y ahora de sus vidas cotidianas. La necesidad inmediata es des- cargarse de ese peso del cual se sienten prisioneras, de ese pa- sado que les envenena. La idea de que el Yo es el producto de una historia no es entonces aceptable porque el rechazo de la historia no puede acarrear un rechazo del Yo en un momento donde este Yo es el solo punto de fijación en la realidad, el solo medio de acción para comprender eso que se es. Es entonces una cuestión de sobrevivencia para el individuo de situarse «en Sí» antes de posicionarse en la historia y en las relaciones socia- les. Es necesario que el individuo tenga el sentimiento de un mí- nimo de autonomía del Yo para que acepte ver en qué es el

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producto de factores socio-históricos y que pueda instaurarse una dialéctica entre la individualidad y la realidad exterior.

Si bien nuestro trabajo provoca reorganizaciones importan- tes con los participantes en su forma de situarse, no tiene inten- ción terapéutica en el sentido de que no pretende aportar solu- ción para quienes su malestar es insoportable. Se trata más de un trabajo de formación personal que incrementa la función de la historicidad de los individuos, es decir su capacidad de inter- venir lúcidamente sobre su propia historia.

Traducción: Susana Rodríguez M.

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CAPÍTULO III

HISTORIA E HISTORICIDAD

Vincent de Gaulejac

«El hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es

...

historia»

Ortega y Gasset

«Lo importante no es lo que se ha hecho del hombre, sino lo que él ha hecho de lo que se ha hecho de él». J. P. Sartre

La neurosis de clase especifica un conflicto que emerge de la articulación entre la historia personal, la historia familiar y la his- toria social de un individuo. Son las correspondencias entre es- tos tres registros las que permiten comprender la génesis y el desarrollo de esta configuración neurótica, los fenómenos de poder entre las clases sociales atraviesan las familias, las rela- ciones de pareja, las relaciones padres-hijos contribuyendo así a formar la identidad de éstos últimos. Para analizar los proce- sos que funcionan en esta transmisión, es necesario que com- prendamos en qué medida la historia actúa en la producción de un individuo, cuáles son las mediaciones por las que se pasa de la historia social a la historia personal, cómo las contradicciones sociales pueden producir conflictos psicológicos. Considerar al individuo como producto de la historia cuestio- na el egocentrismo innato del hombre. Cada uno inicialmente tiende a considerar que la historia comienza a partir del momen- to en que se toma conciencia de su propia existencia. Aceptar

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considerarse como un simple elemento que tiene sus raíces en el pasado y continúa más allá de sí mismo, sacude la percepción de la conciencia y más aún de los deseos de omnipotencia del inconsciente. Salir del etnocentrismo requiere de «un trabajo» de renuncia a la omnipotencia y de aceptar el carácter contin- gente y pasajero de la existencia. «Mi familia, mis orígenes familiares por los cuáles yo no me preocupaba gran cosa hasta entonces, ahora me interesan cada vez más. Había ciertamente un fondo de hostilidad en la convicción orgullosa de que yo era entre los míos un fenómeno único, inex- plicable, imprevisible. Ese medio social dónde había sido total- mente incomprendido se alejaba mi, sus miembros cayendo unos después de los otros, mi aversión cede, y estoy cada vez más dispuesto a reconocerme como su producto» 26 . La sucesión de generaciones inscribe sus efectos en cada uno de los miembros de una familia, así cada uno está ligado a los otros por una serie de lazos económicos, ideológicos, afectivos que operan en gran medida de manera inconsciente. Es ahí que es necesario comprender «el apego» a la vez como un fenóme- no afectivo y limitante. El individuo está limitado por esos lazos que coartan su libertad de movimiento, pero esos lazos también son relaciones que insertan al individuo en una red relacional que implica el tejido familiar y social. La configuración de un árbol genealógico evidencia cómo el individuo es el producto de alianzas sucesivas que se amplían a medida que se profundiza en la historia familiar, en una progresión geométrica que se pierde al fin de 3 ó 4 generaciones en una alargada red. Como una

matruska, la historia individual está insertada en una historia familiar y está en una historia social. Cada uno se inserta en ésta red que sitúa su lugar, su identidad. En ese sentido el hombre es historia.

26 M. Tournier. «Les Meteores», Paris Gallimard, 1975

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Esta fórmula debe ser comprendida en varios planos:

  • - El individuo es producido por la historia. Su identidad se

construye por una parte a través de eventos personales que ha

vivido y forman la trama de su biografía, historia singular y única y por otra parte por elementos comunes a su familia, su medio, su clase de pertenencia que lo posicionan como ser socio-histó- rico.

  • - El individuo es un actor de la historia. Si el individuo puede ser considerado como un producto de la historia, es igualmente productor. Es portador de historicidad, es decir de la capacidad de intervenir sobre su propia historia, función que lo sitúa en

tanto sujeto en un movimiento dialéctico entre lo que es y en lo que se convierte: el individuo es el producto de una historia en donde busca convertirse en sujeto.

  • - El individuo es productor de historias: a través de su activi-

dad fantasmática, su memoria, su palabra y sus escritos, el hom- bre opera una reconstrucción de su pasado, como si quisiera a falta de poder controlar su curso, al menos comprender el sen- tido. Estas diferentes dimensiones de la historia son particularmen- te visibles en los individuos cuya trayectoria está marcada por rupturas tanto culturales como sociales. Es el caso de Zahoua cuya identidad está atravesada por los conflictos entre la cultura argelina y la cultura francesa. Es igualmente el caso de François, quién procedente del mundo obrero, se casa con una mujer de la gran burguesía.

EL EJEMPLO DE ZAHOUA Este ejemplo ha sido tomado de un artículo de Abdelmalek Sayad 27 sobre la situación de los inmigrantes en Francia.

27 A. Sayad «Les enfants illégitimes». Actes de la recherche en Sciences Sociales. 1ère partie n° 25, 2

ème Partie n°26.

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A partir de una entrevista con una joven estudiante argelina

llamado Zahoua, en la que ella traza la historia de la emigración de su familia y, más allá de ésta experiencia inmediata, la historia de las relaciones entre las sociedades francesa y argelina, A. Sayad muestra los lazos entre el conjunto de contradicciones de que la emigración es portadora y los conflictos psicológi-

cos que suscita: «Esos conflictos, habitualmente descritos en términos psicológicos, son considerados aquí, en su verdadera dimensión sociológica: al mismo tiempo que son enunciados, son enunciadas las condiciones sociales de su génesis». Es así como Zahoua describe la «fractura que divide a su familia entre los que nacieron en Argelia y los que nacieron en

Francia», así como el drama de su padre quién interroga a sus hijos en los cuáles él no se reconoce: «¡No sabemos lo que

ustedes son!

¿de dónde vienen, de dónde nos vienen? (en

de aquí (de

... árabe en la entrevista). ¿De dónde son ustedes

... Francia) o de allá (de Argelia)? Él expresa así que hay un pro- blema de «reconocimiento» entre padres e hijos, una contra- dicción entre un proyecto parental apoyado en la cultura argeli- na y las nuevas condiciones de existencia que llevan a los hijos a realizar otros proyectos. «No hay, en nuestros proyectos, de- signios que se lleven a cabo», constata el padre de Zahoua. Es así como él educa a su hija mayor bajo la perspectiva de que llegue a ser buena esposa y buena madre y entonces descu- bre que su matrimonio no funcionó y que ella va a tener que trabajar sin ninguna calificación; es entonces como decide casar a sus dos hijos relativamente jóvenes con mujeres que hace ve- nir de Argelia, a fin de mantener la tradición y la autoridad sobre ellos y se da cuenta de que en cuánto se casan, los hijos, hijo y nuera se liberan uno del otro. Queriendo transmitir a sus hijos el modelo argelino en el cuál él se reconoce, se da cuenta de que ha engendrado «extranjeros» que no comprende, hijos que se refieren a un modelo francés, hijos que quiere y rechaza a la vez.

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Los emigrantes están escindidos entre dos culturas, dos tra- diciones, dos lenguas, dos países diferentes. Los padres han interiorizado las costumbres de un país pero viven en otro, los

hijos han interiorizado las costumbres de ese otro país y los pa- dres les piden que se conformen al modelo del país de origen. Todo joven magrebí nacido en Francia o traído desde pe- queño está sometido a una serie de conminaciones paradójicas que podemos resumir así: 28

  • - Llega a ser un hombre o una mujer responsable en la socie- dad dónde vives ...

  • - Debes permanecer fiel a las tradiciones de tus ancestros, de tu país ... «Aprisionado entre una modernidad compleja y una tradición lejana e inaccesible, todo joven inmigrante se encuentra con-

frontado a un problema

...»

Él es una especie de heredero de la

ruptura que han vivido profundamente sus padres». La con- frontación a un doble sistema de referencia, en dónde los ele-

mentos son opuestos, ocasiona en el emigrante una especie de confusión ideológica, una culpabilidad latente (los temas de la traición y de la negación regresan frecuentemente), un malestar

consigo mismo, con el país que lo acoge y con su país de origen.

«Si los emigrantes

dan la impresión de que no saben a qué

... asirse, ni dónde poner la cabeza, es seguramente porque de la misma manera que los colonizadores, ellos llevan en sí mismos el producto de su historia, un sistema de referencia doble y con- tradictorio. Habiendo interiorizado antes de su emigración dos morales contradictorias, cotidianamente indiscutibles por su ex- periencia de emigración, ellos no tienen más remedio que entre- chocar con relación a todas las cosas desde puntos de vista contradictorios». 29

28 Magrébi: Dicese de las personas nacidas en el Magreb, región cultural del Noroeste de Africa Sahariana,

que comprende Marruecos, Argelia y Túnez. (Nota de Susana Rodríguez M.).

29 Hanifi, M. 1982. Tesis de maestría en Ciencias Humanas Clínicas, París. (M. Hanafi es como Zahoua

una inmigrada argelina de segunda generación.

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Podemos hacer un paralelo entre ese doble movimiento con- tradictorio, diacrónico y sincrónico, que atraviesa la coloniza- ción-emigración, y la situación de los hijos de los campesinos o de los proletarios, que son confrontados a un ascenso social importante: como la colonización, las contradicciones sociales producen en ellos conflictos de idealidad y de aculturación. Así una situación social producida por la historia, compartida colec- tivamente por un grupo de individuos, va a estructurar su viven-

cia psicológica, provocando en ellos algunas de las neurosis in- dividuales. En la medida en que uno lleva en si mismo la historia de su grupo de pertenencia, uno está atravesado por las contra- dicciones que caracterizan la historia de ese grupo. La génesis social de ciertos conflictos psicológicos requiere de una com- prensión de los mecanismos sociales que estructuran la exis- tencia individual no solamente del interior o «en sí», sino también del exterior. No se puede comprender su situación propia más que haciendo referencia a la situación de aquellos con los cuáles se comparte la condición.

  • A. Sayad muestra que Zahoua no puede comprender su pro-

pia condición sin comprender la situación de los otros: el análisis

de lo que ella vive, de lo que vive su padre, su madre y cada miembro de la familia es indisociable del análisis de las condi- ciones sociales de eso vivido. Más allá de las «miserias» que sobrellevan su padre y su madre, es comprendiendo el origen social de esas miserias que Zahoua llega a comprenderlos y lue- go a comprenderse:

  • B. «El auto-análisis se convierte en un verdadero socio-aná-

lisis». Es a través de éste último que Zahoua debe, entre otras

cosas, de haber llegado a la comprensión de su situación y de su

propia experiencia

a restaurar la integridad de una identidad

... que el conflicto de la emigración ha dislocado: ella llega a liberar

(al menos parcialmente) contradicciones múltiples impuestas por ese doble sistema de referencia del cuál no puede salir».

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Frente a ese «Doble-bind» social que sitúa a Zahoua en una situación paradójica, el análisis de la génesis social de sus con- flictos personales e interpersonales le permite acceder a un nivel de meta-comunicación, único medio para salir de esa doble pre- sión. Nombrar las cosas como son, desarmar los mecanismos que producen esos dobles lazos, comprender la cadena que va de la historia de la colonización a la emigración, de la emigración a la historia de su familia y de ésta historia a la construcción de su identidad», es el medio para Zahoua de desarrollar su función de historicidad, es decir, su capacidad para analizar y comprender los elementos que la constituyen como sujeto histórico.

UN EJEMPLO DE NEUROSIS DE CLASE

Otro ejemplo permite ilustrar de qué manera las contradiccio- nes sociales (en este ejemplo los antagonismos de clase) vienen a reflejarse en un conflicto psicológico para provocar una neu- rosis de clase. François es un ingeniero que encontramos durante un mo- mento de su vida en que se encontraba preparando un Doctora- do del 3º ciclo de economía. Estudiante brillante pero reserva- do, o casi inhibido, parece ser un joven ejecutivo de 28 años con buenas relaciones interpersonales. Sin embargo su manera de ser y sus intervenciones expresan una violencia contenida y una rebeldía profunda. Él cuenta su historia a partir de un dibujo sobre el tema «la historia de mi vida». François es el hijo de un obrero, militante activo en el Partido Comunista y en la C.G.T. durante 40 años. Por una parte su padre le ha inculcado «el odio hacia los financieros y los burgue- ses incapaces», y por otra «la admiración por las personas inte- ligentes que llegan al poder», en particular los que han estudiado en el Politécnico. El padre desea que su hijo concluya exitosamente sus estudios para mostrar su inteligencia y que lle-

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gue al poder, sin embargo, al mismo tiempo combate a los bur- gueses que ocupan ese poder. François vive ese doble mensaje como una contradicción irreducible, que se traducirá en una escolaridad a la vez brillante y difícil: es bueno en matemáticas pero no es nunca el primero. Sin embargo detesta esta materia que lo obliga a entrar en un marco lógico cerrado, rígido, en un «orden establecido». Por el contrario, le gusta el francés, materia en la que su desempeño es regular. Incapaz de concentrarse en un tema, comienza una fra- se que asocia a otra dejando fluir su pensamiento, lo que vuelve su conversación desordenada e incomprensible, traduciéndose todo esto en las evaluaciones en una nota del profesor «fuera de tema». Eso no le impide sin embargo pasar sus exámenes y pre- parar su entrada al Politécnico dónde fracasa. 30 Simultáneamente entra al Partido Comunista. Como él mismo lo dice, va a «entrar al Politécnico a través de su suegro». En efecto, desposa a Isabelle, una muchacha de la clase burguesa (departamento de 16 habitaciones en un barrio burgués de Paris, casa de campo cerca de París, casa en la Costa Azul, casa de los abuelos en Deauville, puesto importante de su suegro que es egresado del Politécnico, etc.). No sólo los padres de François están satisfechos con este matrimonio, sino que desean que su nieto, hijo de Isabelle y de François sea edu- cado por la familia política a fin de que le den «una buena edu- cación». François resiente muy dolorosamente ésta posición de sus padres. Al no poder proponerle a su mujer «vivir en un condo- minio de interés social» acepta y sufre sin decir nada, pero sin- tiéndose mal, «el encadenamiento del departamento en París, los fines de semana en el campo, las vacaciones con la familia de

30 N. de T. El Politécnico en Francia es una escuela Superior que forma a las élites intelectuales y

económicas. El ingreso a esta escuela es particularmente difícil y las personas que entran y son formados

en esa escuela gozan de un gran prestigio.

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su mujer.». Él reprocha a su padre el haber aceptado y favore- cido esa situación, no sólo porque no se opuso, sino por haberlo felicitado: «Bravo hijo, lo has logrado», sin ver la contradicción en la que éste se encontraba atrapado. A partir de éstos elemen- tos, se desprende un escenario socio-psicológico que produce una situación de tipo neurótico. Al inicio, una familia de clase obrera investida del deseo de cambiar el orden social a través de la lucha de clases, deseando para sus hijos otro lugar en ese orden. Para realizar las aspira- ciones paternas, François debe ingresar al Politécnico para de- mostrar que los obreros son tan inteligentes como los burgue- ses, pero al hacerlo, él mismo se convierte en un burgués y se pasa al lado de éstos, quiénes son responsables de la «vida de perro» que han llevado sus padres. Para satisfacer el deseo pa- terno, para ser amado, él debe convertirse en lo que sus padres le enseñaron a detestar. Encontramos aquí una explicación de la trayectoria escolar de François; es bueno en matemáticas a pesar de que no le gustan, pues considera que éstas están del lado del orden. Sin embargo, no es nunca el primero en ésta materia. Es malo en francés a pesar de que le gusta la materia, pues se ubica siempre «fuera de tema», es decir fuera de ese «orden». Podemos pen- sar que esto se traduce en su conflicto con la autoridad y el orden establecido que determina lo que está «dentro de tema» o «fuera de tema»: estar fuera de tema, es una forma de estar desplazado de su lugar. François intenta así demostrar su capacidad de ser inteligente y de tener éxito, conservando una libertad de pensamiento y de expresión que no se deja reducir al marco fijado por el orden establecido. Tiene éxito en lo que no le gusta, mientras que no lo tiene en lo que le gusta, único medio de responder a un proyecto paternal también contradictorio. Es el mismo camino que lo lle- vará, después de haber fracasado en el examen de ingreso al

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Politécnico, a casarse con la hija de un egresado del Politécnico que pertenece a la gran burguesía y a ingresar al Partido Comu- nista. El punto esencial que «encierra (bloquea)» de alguna ma- nera la red de contradicciones en las que François va a encon- trarse encerrado y luego el discurso paterno: «Bravo hijo, lo has logrado». Felicitaciones que no se dirigen al militante comunista, sino al hijo que ha cambiado de clase social. Para el padre, se trata del orgullo de ver a su hijo ascender en la escala social. Para François se trata de un doble fracaso: fra- caso por no haber podido tener éxito por sí mismo en ese pasa- je sino solamente a través de su matrimonio, lo que lo vuelve dependiente de su familia política; fracaso por haberse pasado del lado de un orden que él desearía cambiar radicalmente, re- vocar. Las felicitaciones vienen a reforzar su culpabilidad ligada a la renuncia de sus orígenes, puesto que el cambio de clase, que parece satisfacer a sus padres, fue vivido por François como una traición. Lo insoportable para François es ver a sus padres aceptar y regocijarse por el hecho de que su hijo se haya casa- do por la iglesia y que su nieto está siendo educado «burguesmente», al grado de retirarse para no estropear el as- censo de su hijo. Él es incitado así a reprochar a su padre por aprobar e incluso por reproducir el orden social, mientras que le enseñó a vivir la lucha de clases. Reproche que François no puede expresar puesto que ahora se ha convertido en un bur- gués y su padre sigue siendo un obrero. Él necesita reprimir esta cólera contra su padre quien no sólo lo abandona, sino que re- nuncia a la lucha aceptando la invalidación de su clase social. La inscripción al Partido Comunista será un intento de reparación pasajero, puesto que François lo dejará rápidamente para su- mergirse en un silencio hostil alimentado por la lectura de Nietzsche. A partir de ese momento, François se siente impotente, des- poseído de una parte de sí mismo, incapaz de reaccionar, él no

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puede pedirle a su mujer que vivan en una en un condominio de interés social, entonces acepta vivir en el departamento regala- do por su familia política. Se deja llevar por los compromisos de la vida burguesa que sin embargo detesta. Admite la renuncia de sus padres a participar en la educación de su hijo y acepta que éste sea «ayudado» y beneficiado por las «facilidades burgue- sas» que él no tuvo. Lo único que François puede hacer es ex- presar su cólera el día que sus suegros traen a su hijo de la peluquería, presentándole la imagen de un niño «bien peinado», es decir la imagen de eso en lo que él se está convirtiendo: un hijo de la buena burguesía quién, al menos, tendrá éxito para hacer una carrera politécnica. François no pudo encontrar el equilibrio entre lo que él es como hijo de obrero y lo que ha llegado a ser como padre de un «pequeño burgués» destinado a ser un heredero de la gran bur- guesía. François está (dividido, lastimado, desgarrado) en su interior por este conflicto que es la traducción a nivel psicológi- co de las relaciones de dominación entre dos clases. La culpa- bilidad que deriva de esto no se reduce a su dimensión edípica. Si la relación con su padre es uno de los elementos esenciales del escenario que presenta François, esta relación está susten- tada por el antagonismo entre la clase obrera y la burguesa. Dicho antagonismo lleva a los padres obreros a desear para su clase un vuelco del orden establecido y para sus hijos un ascen- so, a fin de que ellos pasen «del otro lado». Sus hijos son atraí- dos entre ésta aspiración colectiva de su clase de pertenencia y la aspiración individual del éxito social: el éxito individual los confronta a una ruptura de solidaridad con relación a sus oríge- nes sociales. Ruptura tanto más importante que se traduce en diferentes niveles: el pasaje de la clase obrera a la clase burgue- sa necesita de la adquisición de hábitos nuevos, de un nuevo lenguaje, de prácticas que introduzcan una distancia entre las maneras de hacer y de ser de los padres y de los hijos.

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Esta distancia social genera una distancia afectiva. Los pa- dres tienen el sentimiento de estar frente a un extraño que no comprenden más; los hijos se sienten a la vez endeudados por el esfuerzo que sus padres han hecho para asegurar su éxito y al mismo tiempo no saben cómo compartir los frutos. Situación propicia a los malos entendidos, a la humillación y a la culpabi- lidad, que vuelve difícil la comunicación y favorece el distancia- miento afectivo. Para François, el hecho de que su padre acepte y favorezca este distanciamiento es a la vez una prueba de amor, puesto que es la condición para permitir su éxito, y una traición de los ideales y de los valores de los cuáles es portador. El amor encubriendo la traición, François no puede reprochar una sin reconocer el otro. Él no puede sino sentirse culpable de respon- der colérico al amor así prodigado. Se refugia en el silencio, admite la distancia con su familia de origen.

EL INDIVIDUO PRODUCIDO POR LA HISTORIA

Los ejemplos de Zahoua y de François ilustran la hipótesis se- gún la cual el individuo es «producido» por la historia. Nos ayu- dan a comprender cómo la historia personal está marcada por los conflictos de la historia familiar que a su vez está atravesada por las contradicciones de la historia social: la historia de la co- lonización y de la inmigración argelina para Zahoua, la historia de las relaciones entre la burguesía y la clase obrera para François. Las contradicciones a las cuáles se confrontan cada uno de ellos no tienen que ver con una estructura psicótica de sus res- pectivos padres. Los conflictos a los que deben hacer frente no son solamente psicológicos, puesto que están ligados a las con- tradicciones que caracterizan la historia de sus grupos de perte- nencia y del campo social en el que se apoya su identidad. Su «psicología» es por una parte el resultado de un proceso histó- rico, que ha producido la situación social a la que han sido con-

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frontados. En ese sentido la historia es «actuante, activa» en la medida que condiciona los comportamientos, las maneras de ser, las actitudes y la personalidad de los diferentes miembros de una familia. Comprender de qué manera esta historia es «ac- tuante, activa» vuelve necesario el análisis de la génesis social de los conflictos psicológicos, es decir de los mecanismos sociales que estructuran la existencia individual, no sólo del interior o «en sí», sino también del exterior, ya que las situaciones de Zahoua o de François no pueden ser comprendidas sino en referencia a su modo de inserción social. El psicoanálisis aborda el problema mostrando la permanen- cia del pasado en el inconsciente. Para el inconsciente, la histo- ria se actualiza constantemente. Es el sentido de la expresión «el inconsciente no tiene historia», el que sitúa el funcionamiento psíquico en el registro de la condensación y del desplazamiento:

en el orden psíquico la reversibilidad es posible. Los eventos lejanos «resurgen» del inconsciente bajo la for- ma de emociones, afectos, sentimientos, deseos. Freud nos muestra que el pasado se perpetúa en la vida psíquica: «Nada en la vida psíquica puede perderse, nada desaparece de lo que

se ha formado, todo se ha conservado de alguna manera y pue-

de reaparecer en ciertas circunstancias favorables

»

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... Freud compara la construcción de la identidad con la cons- trucción de una ciudad que se hace en etapas sucesivas, cada una de ellas prefigura la siguiente que viene sin embargo a recubrirla, y en la construcción de la identidad, el aparato psí- quico mantiene «la supervivencia del estado primitivo junto al estado transformado que ha derivado del anterior». La identidad se forma a partir de identificaciones sucesivas, el individuo conserva en sí mismo sus relaciones anteriores y en primer lugar los lazos afectivos que estableció con sus padres, quiénes a través de la imitación y la repetición, lo llevaron a

31 S. Freud, «Malaise dans la civilisation», PUF, 1971, p.11

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constituirse para acceder al mundo del deseo. Sin embargo la mayor parte de los trabajos de inspiración psicoanalítica sólo

toman en cuenta las cualidades psicológicas, aunque la identifi- cación concierne también a los aspectos, a las propiedades y a los atributos sociales de las personas que son objeto de

la identificación. Al tratar éste problema independientemente del análisis de las relaciones sociales y de la posición social que ocupan los individuos, se limita la influencia de la historia en la constitución del aparato psíquico a la esfera de las relaciones intra-familiares en una o dos generaciones. Se excluye entonces el analizar en qué medida la historia de las relaciones sociales y de la genealogía atraviesan al individuo, lo marcan, lo forman, lo actúan ... Considerar estos fenómenos exclusivamente en cuanto a sus efectos psíquicos conduce a tratar el aparato psíquico como ligado solamente a la «personalidad» y entonces a hacer apare- cer al Hombre como el motor de la historia cuando es solamen- te uno de los engranajes. Se tiende así a reducir la incidencia del pasado a las primeras relaciones infantiles y a autonomizar radi- calmente la vida psíquica del campo social.

«Se ha establecido un consenso para hacer del niño con rela- ción al hombre (adulto) y del niño en cada hombre, la clave de su destino personal y el principio explicativo esencial de su his- toria» 32 . Este postulado enunciado por Castel sigue dominando en la mayoría de las teorías psicológicas que se expresan en la clínica,

la pedagogía, la criminología, etc

que consideran que las rela-

.... ciones anudadas en la infancia determinan el destino de un indi- viduo y más aún cuando no han sido «satisfactorias». Si consi- deramos que el destino de un individuo está determinado por la historia, ésta no puede reducirse a la historia de las relaciones afectivas entre el niño y los adultos que lo han rodeado en sus

32 R. Castel, «La gestion des risques», Gallimard, Ed. de Minuit, Paris, 1981.

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primeros aprendizajes. Estas relaciones están sostenidas en una serie de relaciones que las determinan. Son portadoras no sola- mente de aspectos afectivos, sino también ideológicos, cultura- les, sociales y económicos, cada uno de éstos niveles no puede disociarse de los otros, en la medida en que es su interacción la que produce la estructura de programación, el sistema de habitus, el marco referencias sobre el cual el niño va a apoyar su propia historia. Inclusive las aproximaciones psicológicas, que no nie- gan el impacto de la historia social sobre los destinos personales consideran que dicha historia es sólo un elemento externo que no concierne directamente a la formación y al funcionamiento de la psique, el yo «estando» de alguna manera posicionado en mediación entre el interior, que interesa a la psicología, y el exte- rior, que interesa a la sociología. La oposición de las aproximaciones psicológicas y sociológi- cas, en particular del psicoanálisis y del marxismo, las discusio- nes sobre las relaciones entre individuo y sociedad, entre lo mental y lo social conducen a imponer una concepción del hombre que se debatiría entre dos escenas independientes: una escena «inte- rior» en dónde se juegan los afectos, los fantasmas, las repre- sentaciones, las emociones, los sentimientos, escena dónde el individuo tiende a constituirse en sujeto; una escena «exterior» en dónde se juega la lucha de clases, las relaciones económicas, culturales y sociales de las que el individuo es el objeto: objeto de la historia de las formaciones sociales, objeto de los sistemas sociales, objeto moldeado por las condiciones concretas de existencia que producen las relaciones sociales. De hecho, la vida es una obra que se juega en una sola esce- na. Si hay «otra escena», metafórica y simbólica, las «represen- taciones» que ahí se juegan y la maquinaria que sirve de soporte concreto a la puesta en escena son la expresión de la escena existencial dónde se juegan las relaciones sociales. La «otra es- cena» no es una escena aparte, que funciona independientemente del campo social donde está apoyado. Comprender el peso de

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la historia en sí mismo es comprender la articulación entre su historia personal y la historia social en la que se inscribe. Los testimonios de Zahoua y François, ponen el acento en la dimensión socio-psicológica del peso de la historia. Es toda la experiencia biográfica de un individuo la que marca su desarro- llo, constituyéndolo como un ser psico-social-histórico. W. Reich había retomado el problema cuando escribía que el psicoanálisis permitía comprender de qué manera las pulsiones sádicas de un individuo lo llevaban a convertirse en carnicero, cirujano o detective, pero que era sobre todo «la posición eco- nómica de un individuo la que lo haría sublimar su sadismo como carnicero, como cirujano o como detective» 33 . Indicaba así que toda pulsión «está» socializada de «cierta manera» y que los destinos personales son el resultado de una combinación entre los procesos psíquicos y los procesos sociales. El individuo es al inicio un heredero. El empleo que ocupa, los estudios que «elige», el cónyuge que desposa, el alquiler que habita, el modo de vida que lo caracteriza, las ideologías que defiende, etc. son el producto de su experiencia biográfica que se inscribe en la «sucesión». Es en este sentido que la historia permite comprender cómo cada uno de nosotros es llamado a

ocupar tal o cual posición social. Lo que llamamos el «desti- no» no es sino la expresión de lo que nos ha sido destinado por aquellos que nos precedieron. Cuando D. Bertaux 34 muestra que las familias de los funcio- narios producen funcionarios, que las familias de capitalistas pro- ducen capitalistas, las familias obreras producen obreros, las

familias de ejecutivos producen ejecutivos

o cuando C. Thelot 35

... muestra que las elecciones profesionales, conyugales, familiares e ideológicas están determinadas por la descendencia, ellos ilus-

33 W. Reich «Matérialisme dialectique, matérialisme historique et psychanalyse» (1929) Editions La

Pensée Molle, 1970.

34 D. Bertaux, «Destins personnels et structure de classe», PUF., Paris 1979.

35 Thelot, «Tel père tel fils?», Dunod , Paris, 1982.

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tran estadísticamente el impacto objetivo de la historia familiar en las trayectorias de sus miembros. Pierre Bourdieu permite comprender un aspecto esencial del

peso de la historia en la construcción de la identidad a partir de la noción de incorporación de habitus: para explicar el com- portamiento del individuo conviene entender que «la acción no es una respuesta en dónde la clave estaría sólo en el estímulo que la produce, sino que tiene por principio un sistema de dis- posición, lo que yo llamo el habitus, que es el producto de toda la experiencia biográfica». 36 El habitus es el resultado de un conjunto de prácticas que se han constituido a lo largo del tiempo, que han estado capitaliza- das en función de su pertinencia, es decir de su capacidad de aportar respuestas a las condiciones concretas de la existencia en un momento dado, y que se transmiten de generación en ge- neración. Son «una especie de programas históricamente cons- tituidos» que le indican al individuo las maneras de ser y de com- portarse en situaciones sociales. «La historia al ser incorporada se expresa en habitus, producto de una adquisición histórica que permite la apropiación de la adquisición histórica». Cuando Bourdieu habla de incorporación de la historia, signi- fica el trabajo de inculcación y de interiorización que hace que el habitus forme parte integrante del individuo. Este proceso es en gran parte inconsciente, en la medida en que las condiciones sociales de producción de habitus son ocultadas, negadas, olvi- dadas: los habitus incorporados son percibidos como naturales, como algo innato, como una especie de «don del cielo» que se despega de su origen concreto. Este sistema de disposiciones se inscribe en el cuerpo, en el psiquismo, en las maneras de hablar, de moverse, de caminar,

de investir el cuerpo conductas del individuo.

...

y caracteriza el conjunto de actitudes y

36 P. Bourdieu, «Question de sociologie» , Ed. de Minuit, paris, 1980, p75.

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Si el habitus es un programa auto-corregible, que puede ge- nerar nuevas prácticas adaptadas a la vez al sistema de disposi- ciones anteriores y a las nuevas condiciones de existencia, su adaptabilidad está inscrita en sus condiciones de producción:

algunos medios generan habitus rígidos (medios conservadores o «decadentes» que tienen dificultad de reproducir las condicio- nes de su reproducción), en tanto que otros por el contrario tienen una gran capacidad para producir habitus que van en «el sentido de la historia». «Es una especie de máquina transformadora que hace que nosotros «reproduzcamos» las conductas sociales de nuestra propia producción» 37 Esta aproximación permite trabajar otra dimensión de los pro- cesos inconscientes que no es tocada por el psicoanálisis: el conjunto de las condiciones sociales de producción de un individuo. En otras palabras, el inconsciente «no es mas que el olvido de la historia que la historia misma produce realizando las estructu- ras objetivas que engendra en sus quasi naturalezas que son los habitus. Historia incorporada, hecha naturaleza, y por eso olvi- dada en tanto que tal, el habitus es la presencia actuante de todo el pasado del cual él es el producto» 38 . Esta tesis es la continuación de lo que señalaba Durkheim cuando escribía: «En cada uno de nosotros, siguiendo propor- ciones variables, hay algo del hombre de ayer; es incluso el hom- bre de ayer quien, por la fuerza de los hechos, está predominan- temente en nosotros, puesto que el presente no es mucho com- parado con el largo pasado en el curso del cual hemos sido formados y del cual somos resultado. Solamente que a éste hom- bre del pasado no lo sentimos, porque está arraigado en noso- tros; forma parte inconsciente de nosotros mismos» 39 .

37 p. Bourdieu, op.cit. p. 134.

38 P. Bordieu, « Le sens pratique» Ed. de Minuit, Paris, 1980, p.94.

39 E. Durkheim, «L’évolution pédagogique en France» Alcan, Paris 1938 p. 16.

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Podemos objetar a la tesis de Bourdieu el hecho de que pre- senta un «hommo sociologicus» que aparece como un produc- tor activo de clasificación y de maneras de ser adaptadas a la posición ocupada en un orden: «los agentes sociales que el so- ciólogo clasifica son productores no sólo de actos clasificables sino también de actos de clasificación que son a sí mismos clasi- ficados» 40 . Estamos en un universo en dónde cada clase reproduce sus esquemas de distinción y de oposición que se repiten y eternizan, lo que conduce a desdialectizar, por una parte las relaciones entre clases y, por otra, las relaciones entre los individuos y su historia. Si la noción de habitus permite identificar de qué mane- ra el peso de la historia incorporada es un factor de reproduc- ción social produciendo costumbres y «personalidades» con- formadas y adaptadas a los modelos culturales transmitidos por cada grupo social, no se ven actuando los diferentes procesos de mediación que, del individuo al grupo, de los grupos a las clases y de las clases a la sociedad, construyen la dinámica so- cial y permiten comprender la historia como un movimiento 41 . P. Bourdieu propone una visión del individuo que es actuado inconscientemente por maneras de ser y de pensar, reflejos de su posición social. Los procesos psicológicos para él no serían más que las correas de transmisión de los habitus. El trabajo de las pulsiones y del deseo está determinado por el exterior a tra- vés de un sistema de aspiraciones. Las cuestiones del sujeto, de la conciencia y de la palabra son dejadas a los idealistas y fenomenólogos. Las contradicciones intra-psíquicas son epi-fe- nómenos que vienen a perturbar el trabajo de los sociólogos, ocultando lo que determina las actitudes y la personalidad.

40 P. Bourdieu, «La distinction», Ed. de minuit, Paris 1979, p.544.

41 Para una critica en profundidad a la aproximación de P. Bourdieu, consultar el trabajo de B Lacascade:

La divine théorie ou critique de la sociologie de l’habitus en Marxisme et mode de vie: contributions

a une sociologie des pratiques. Tesis de Doctorado EPHESS., 1982.

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Definiendo los habitus como estructura estructurante Bourdieu reifica el trabajo de la historia. Si él muestra de qué manera el pasado inscribe a cada individuo en la lógica de la reproducción social, no permite dar cuenta del trabajo de reescritura que el sujeto efectúa a fin de cambiar la manera en que la historia actúa en él. Esos límites de «la Bourdivina teoría» tal como dice humorísticamente B. Lascade, no deben por eso encubrir el in- terés de la noción de habitus que permite identificar el trabajo de incorporación de la historia. El peso de la historia «tiende a reducir lo posible a lo probable» (P. Bourdieu). Dicho trabajo permite dar cuenta de un proceso sociológico que contribuye a que los individuos formen sus comportamientos y actitudes so- bre el porvenir probable, tal como se inscribe objetivamente en el orden establecido, contribuyendo a su reproducción. Esos procesos sociales son «actuantes» en el mismo sentido en el que Freud hablaba de la transferencia: dominan todas las relaciones de una persona con su entorno humano y actúan con mucha más fuerza en la medida en que uno no se da cuenta de su existencia. Que uno rechace o acepte su pasado, se nos pega a la piel, es nuestra piel. Cuanto más el individuo tiende a ignorar que es producto de una historia, más es prisionero de ella. Esta discusión crítica de las tesis de S. Freud y de P. Bourdieu permite poner en evidencia una diferencia radical del status de la historia en el funcionamiento social y en el funcionamiento psí- quico. Para el sociólogo que analiza la permanencia de la historia en el presente, la cronología es una referencia de base incuestiona- ble. La anterioridad de un evento le confiere un status particular en la medida en que el presente es el producto de la historia. Lo contrario no es nunca cierto, salvo si se considera que el obser- vador pueda analizar la historia en función del presente. En ese sentido la historia es irreversible y lo que ha pasado es la forma definitiva de lo real.

80

En el orden psíquico, esta ley de irreversibilidad está lejos de ser simple: «el psiquismo humano es el único sistema que puede desplazarse sobre el eje del tiempo en los dos sentidos; esta total reversibilidad está en el corazón mismo de su existencia» 42 . Es decir que desde un punto de vista psíquico, nada está to- talmente adquirido, porque en el desarrollo de la persona, los elementos de una estructura pueden ser modificados y reorgani- zados en un estadio ulterior. A cada nivel de la evolución del aparato psíquico, los elementos asociados en una estructura «son reinterpretados, encontrando un nuevo sentido y sobre todo una nueva función en la estructura siguiente». Esta singularidad del funcionamiento psíquico es el fundamento de la capacidad del hombre para cambiar, no la historia pasada, sino su relación con ésta historia; es decir, la manera en la que ésta actúa en él y por ese medio de desarrollar su función de historicidad.

DE LA HISTORIA A LA HISTORICIDAD

Si la historia inclina nuestros destinos, no los decide. Cuando decimos que es actuante, no significa por ello que el individuo no puede actuar más que de cierta manera. Identificar los determinismos permite comprender «lo que es», la manera en que las «elecciones» de un individuo están condicionadas por la historia. Pero no se trata de encerrarse en una concepción mecanicista, en el sentido que el devenir probable no es sino un aspecto del devenir posible, lo «realizado» no es sino una de las formas de lo «realizable». Señalar en qué medida la identidad está determinada por la posición del individuo en la estructura de clase o por la cadena de ADN que lo caracteriza no perturba en nada su singularidad. Decir que el individuo es producido por su historia, es también tomar en cuanta la singularidad en tanto que cada historia es diferente, aunque se inscribe en una historia común. Si la historia hace del hombre un individuo programado,

42 R.Perron, «Genèse de la personne», PUF. , Le Psychologue, Paris 1985, p.95.

81

éste conserva la capacidad de modificar dicha programación, de operar una reescritura. Tomar conciencia de la manera en que sus «elecciones» están condicionadas por la historia puede llevar al individuo a modificarlas, comprendiendo en qué medi- da él ha sido de alguna manera «obligado» a conducirse de tal forma.

LA HISTORICIDAD INDIVIDUAL

Una de las especificidades de la especie humana, es la posibili- dad que cada individuo tiene de actuar sobre sí mismo, de ope- rar un trabajo sobre lo que él es, de auto constituirse en perso- na, en sujeto. Ésta capacidad del individuo de tomar distancia con relación a su historia, el trabajo que efectúa para modificar el sentido, para intentar convertirse en sujeto, la posibilidad de abandonar habitus no adecuados y adquirir otros constituye la función de historicidad. La historicidad es un concepto fenomenológico desarrollado por Heidegger y Husserl. En «Sein und Zeit» Martin Heidegger escribe: «Entonces la historia no quiere decir «el pasado», en el sentido de lo que ha ocurrido, sino de lo que «adviene». Lo que «tiene una historia» está en relación con un devenir ... lo que así «tiene una historia» puede al mismo tiempo «hacerse» una historia» 43 Esta concepción dinámica de la historia pone el acento en la relación entre lo que ha pasado y lo que puede ocurrir. Es el hecho «de tener» una historia lo que permite «hacer» una histo- ria. Por el contrario, se puede constatar que de «lo que no tiene historia» no puede hacerse una historia. Cuando se despoja to- tal o parcialmente a un individuo de su historia, se le mutila de una parte de sí mismo: no puede saber de dónde viene, no se le permite saber «quien» es él. Existe un lazo estrecho entre la ca-

43 Citado por S. Lebovici, en Névrose infantile et névrose de transfert, 39ème Congrès de Psychanalystes

de Langue Française. PUF., Paris Juin 1979.

82

pacidad del individuo para integrar su historia y sus posibilida- des de investir en el porvenir. La experiencia clínica muestra que la historia debe ser com- pletamente dada al niño para que él pueda constituirse como sujeto. Se sabe que los niños de la asistencia pública, que han sido abandonados y que no tiene el conocimiento de su historia, es decir de la historia de la cual son el producto, tienen grandes dificultades para posicionarse en un devenir 44 . Esta incertidumbre respecto a sus orígenes se traduce en una actividad fantasmática intensa que le permite construirse una his- toria: es el sentido de la «novela familiar». Nos encontramos frecuentemente entre personas que rechazaron su historia o que tienen dudas de sus orígenes reales, que tienen dificultad de vivir su propia historia de una manera que les satisfaga. Podemos comprender que el hecho de no conocer lo que ha pasado impi- de al individuo responder a la pregunta «¿QUIÉN SOY YO?», y en consecuencia puede desarrollar su función de historicidad.

«Algunos pacientes sufren de no tener historia. Pueden sin duda alguna, en su biografía, distinguir la sucesión de eventos y describir la manera en que se agrupan entre ellos, pero les falta la experiencia y la representación de un proceso interiormen- te coherente de su ser y de su devenir que sea función de un

continuo personal

«Tener una historia», o «vivir una historia»

... presupone lo vivido y la realización de la coherencia del devenir. Así mismo tomar conciencia de su propio bienestar en el tiempo puede permitir al sujeto percibir la historicidad de su existencia e incitarlo a un esfuerzo siempre renovado para dar cuenta de su propia historia e interpretarla.» 45 . La historicidad designa la capacidad de un individuo de inte- grar su historia pero también de integrar la Historia con el fin de:

44 M. Bonnetti, J.Fraisse, V. de Gaulejac, «De l’assistance publique aux assistantes maternelles» Les

cahiers de Germinal, Paris 1980.

45 L. Schacht, «Découverte de l’historicité» en Nouvelle Revue de Psychanalyse n°15 Primavera 77

p. 68 El subrayado es nuestro.

83

  • - Por una parte de comprenderla e identificarla, lo que puede

conducirlo a nocer y a modificar la manera en que ésta historia es actuante en él;

  • - Por otra parte, de tener estrategias sociales pertinentes con

relación a la evolución de la sociedad, al trabajo de adaptación a los cambios culturales y socioeconómicos. La aproximación del psicoanálisis existencial de J. P. Sartre no está muy alejada de nuestras declaraciones, cuándo él habla del sujeto que se «historializa», es decir que opera un cambio en su relación en el mundo para «constituirse como un sí mis- mo» 46 . Él retoma igualmente la aproximación fenomenológica (Husserl, Heidegger), que considera al individuo como una intencionalidad abierta o una temporalidad que se temporaliza como porvenir. Es esta característica «abierta» la que explica la dialéctica de la historicidad entre «Nos converti- mos en lo que somos» y «somos eso en lo que nos converti- mos». En consecuencia, «no tenemos una significación asigna- ble de una vez por siempre, sino significaciones en curso, y es porque nuestro porvenir es relativamente indeterminado, por- que nuestro comportamiento es relativamente imprevisible por el psicólogo, por lo que somos libres» 47 . El hombre no está solamente en la historia, él mismo es porta- dor de la historia de la cual busca la significación. «Hay historia porque los hombres están juntos, no como subjetividades moleculares y «cerradas» que se suman, sino por el contrario como seres proyectados hacia el prójimo como hacia el instru- mento de su propia verdad. Hay pues un sentido de la historia que es el sentido que los hombres viviendo dan a su historia». 48 Es ese movimiento de la historicidad el que permite explicar por qué bajo las mismas condiciones objetivas de existencia vie-

  • 46 J. P. Sartre, «L’être et le néant» Essai d’ontologie phénoménologique, Gallimard, collection TEL,

Paris 1979, p.623

  • 47 J.F. Lyotard, «La phénomenologie», Que sais-je? PUF., Paris, 1961, p.100

  • 48 J.F. Lyotard, op.cit. pp 118/119

84

nen a incorporarse tomas de conciencia variables, lo que J. P. Sartre nombraba la posibilidad de un «desprendimiento». La historia no tiene un sentido sino varios sentidos. El sentido de una historia es a la vez objetivo y subjetivo, es decir necesario y contingente.

LA HISTORICIDAD COLECTIVA

La comprensión de la relación que cada individuo mantiene con su propia historia necesita de un análisis del sistema social en el cual se encuentra y del lugar que ahí ocupa. El individuo se en- cuentra siempre dentro de un campo de determinaciones socia- les que condicionan sus conductas y representaciones y que lo constituyen como sujeto histórico-social. Hay pues una corres- pondencia estrecha entre la historicidad individual, por lo cual el individuo tiende a constituirse como sujeto de su historia perso- nal, y la historicidad colectiva, es decir los procesos por los cuáles una sociedad efectúa un trabajo sobre ella misma a fin de dominar sus propias trasformaciones. A. Touraine nombra historicidad a la acción que «la sociedad ejerce sobre sí misma por la inversión, el conocimiento y la re- presentación que ésta se forma de la creatividad» 49 . Es ésta ac- ción continua la que permite explicar que las sociedades tengan una historia, en la medida que los modelos culturales que ésta produce comparten una interpretación del devenir: «la distancia entre la producción de la sociedad y su reproducción «rompe» la pura sincronía, da un sentido en el tiempo, obliga a distinguir hoy y mañana». 50 La transformación de la sociedad por sí misma es una acción, un trabajo que se desarrolla en un «juego» entre la reproducción y la producción, entre el orden y el movimiento, entre los límites que la sociedad asigna a través de su modelo cultural, su tipo de acumulación, sus modelos de conocimiento,

49 A. Touraine, «Pour la sociologie», Seuil Collection Points, Paris, 1974, p.37.

50 A. Touraine, «Pour la sociologie. Op. Cit. p. 37.

85

y las rupturas que ésta produce por sus desequilibrios internos:

«toda sociedad está dominada por la unión y la tensión de su

ser

...

El sistema de acción histórico

...

(es) el drama que ella jue-

ga consigo misma a partir del hecho que la capacidad simbólica

del hombre le permite actuar sobre sí, trabajar sobre su trabajo

y sobre su ser». 51

 

B. Vemos aquí aparecer el lazo entre la historicidad como

concepto sociológico que designa el conjunto de procesos por

los cuáles una sociedad produce su historia y como concepto

psicológico que da cuenta de la capacidad del hombre de pro-

ducir mediaciones simbólicas en su relación con él mismo y con

el mundo.

El pasaje de un nivel individual a un nivel colectivo permite

introducir un elemento esencial de la dinámica social que condi-

ciona la historicidad individual: « Esta distancia de sí a sí y ésta

influencia de sí sobre sí no pueden estar separadas de una visión

de la sociedad en clases. La sociedad como comunidad no puede

manejar este desgarramiento, y ésta influencia no es del todo

sobre sí misma. De dónde la oposición entre una clase dirigente

que maneja la historicidad, pero también que se la apropia, y

una clase popular que se defiende contra esta dominación y que

hace un llamado también a la historicidad contra los intereses

privados que la confiscan». 52

La historicidad es lo que se juega de manera esencial en los

antagonismos de clase: la clase dirigente se vuelve una clase

dominante en la medida en que impone su modelo cultural y sus

orientaciones al conjunto de la sociedad. Es decir, dicha clase

maneja la historicidad en función de sus propios intereses. Las

otras clases se encuentran dominadas, lo que se traduce, sea

por posiciones defensivas (en términos de defensa de intereses

particulares frente a los efectos de la dominación), sea por posi-

ciones ofensivas contra los intereses de la clase dominante.

51 A. Touraine, «Pour la sociologie. Ibidem. P. 114.

52 A. Touraine, «Pour la sociologie. Ibid. P. 37.

86

Las relaciones de clase son en consecuencia relaciones abier-

tas: éstas no pueden ser consideradas como simples relaciones

de interacción al interior de un sistema, en la medida que sería

necesario postular la existencia de un Todo que regularía las

relaciones entre las partes; esas son las relaciones de fuerza, las

relaciones de poder en las cuáles ningún equilibrio «normal» es

concebible.

Esta concepción dinámica, abierta y conflictiva de la

historicidad, aclara el posicionamiento de base de cada indivi-

duo según su clase de pertenencia. Los individuos que «perte-

necen» a la clase dirigente, o en proximidad con ésta, viven una

fuerte congruencia entre los que son como herederos, la función

social de clase que les ha sido asignada y la posición que ocu-

pan en el sistema de distribución antroponómica. Su identidad

social no es a priori conflictiva: ellos participan de la historicidad

identificándose en el devenir de la sociedad. No hay ninguna

razón de disociar lo que tiene que ver con la producción y la

reproducción del orden social y lo que tiene que ver con la de-

fensa de su posición dentro de este orden.

No sucede lo mismo para aquellos que pertenecen a otras

clases, para las que hay antagonismos entre sus interese indivi-

duales y sus intereses de clase: a nivel individual, la historicidad

puede conducirlos a cambiar de posición en el sistema de clase,

mientras que a nivel colectivo, la historicidad los conduce a trans-

formar las relaciones entre las clases sociales.

Esto es esencial para comprender la historicidad de las tra-

yectorias sociales, para comprender los mecanismos de pro-

ducción social de los individuos, la manera en la que lo históri-

co-social está presente en la historia individual. Nos referiremos

aquí a la tesis de C. Castoriadis quién escribe: «una interpreta-

ción psicoanalítica debería dar cuenta de lo que vuelve capaz a

un individuo de asumir más o menos su situación afectiva, que es

desde luego siempre una situación social. No puede haber una

87

sociedad capitalista al menos que los capitalistas y los proleta-

rios no sean producidos cotidianamente en millones de ejempla-

res por el funcionamiento social, ahí mismo dónde este funcio-

namiento producía, hace sólo un siglo, solo semi-feudales y cam-

pesinos. Los procesos psicogenéticos que vuelven a los indivi-

duos capaces de asumir las situaciones de los capitalistas y de

los proletarios tienen una importancia decisiva, pues son unas

de las condiciones de existencia del sistema capitalista» y

Castoriadis prosigue «

...

Dichos procesos son irreductibles a

procesos puramente sociales; pero además presuponen lógica y

realmente éstos últimos, puesto que se trata en este caso de

formar al individuo como capitalista o como proletario, y no

como señor, escribano o sacerdote de Amon-Rá. Nada en la

psique puede producir esas significaciones

...

el modo de ser de

esas significaciones como instituidas. Ningún componente cons-

titucional, aberración de formación, vicarianza del objeto de la

pulsión o perversidad de los padres podía preformar en Atenas

o en Roma, a un niño que llegará a ser presidente de la General

Motors; nadie puede hoy, en París o en Nueva York, preformarlo

a ser sacerdote o Chamán salvo si se es un psicótico y que el

contenido de su delirio psicótico pueda utilizar las significacio-

nes históricamente disponibles». 53

Hemos retomado esta larga cita que permite relativizar la parte

individual de la historicidad, mostrando claramente que el indivi-

duo es al inicio un producto de la historia social, inscrito en un

orden ya constituido, y que ésta historia determina la manera en

la que él va a posicionarse en tanto que agente de historicidad.

La mayoría de las perspectivas psico-sociológicas son criti-

cables desde un punto de vista sociológico, porque ellas no in-

tegran el análisis de los procesos sociales que contribuyen a pro-

ducir la identidad individual. Inversamente las aproximaciones

sociológicas, que analizan la estructura de escenarios y las regu-

53 C. Castoriadis «L’institution Imaginaire de la Societé», Seuil, Paris, 1975.

88

laridades objetivas que condicionan las trayectorias sociales, no

dan cuanta de la manera en que esos elementos hacen eco en la

organización psíquica, de los conflictos que provocan y de las

derivaciones individuales de esos procesos colectivos. Las ten-

tativas de construcción de una metateoría que englobe el con-

junto de esas diferentes aproximaciones nos parecen vanas,

porque se trata de fenómenos que obedecen a leyes de funcio-

namiento de naturalezas diferentes. Tienen cada uno de ellos

una lógica propia que conviene estudiar como tal, con métodos

y conceptos apropiados, incluso si sus articulaciones son igual-

mente un elemento a estudiar como tal.

Esto implica no buscar someter la comprensión de los proce-

sos psíquicos a los mecanismos que rigen los procesos sociales

y viceversa. Entre S. Freud y P. Bourdieu, hay una ruptura

epistemológica una incompatibilidad radical. El primero concibe

la sociología como un apéndice de la psicología, porque estudia

lo social a través de su incorporación en la psique: «la sociología

no podría ser otra cosa sino la psicología aplicada» escribió en

un texto al fin de su existencia 54 . El segundo ve la psicología a

través del análisis del campo en el que ésta se desarrolla, es

decir como una moral característica de la nueva pequeña bur-

guesía que «la ve como» un medio de «alejarse por la fuerza de

atracción del campo social de gravitación» 55 . Hay en ambos una

actitud imperialista que reduce artificialmente la comprensión de

la complejidad de los procesos psico-sociológicos.

Eso no invalida sin embargo la pertinencia de sus respectivos

análisis. El problema que se plantea es entonces construir una

problemática que tome en cuenta las experiencias de uno sobre

el análisis de los procesos psíquicos y del otro sobre los proce-

sos sociales para comprender su modo de articulación. Para

hacerlo conviene proceder en un doble movimiento. Por una

54 S. Freud «Nouvelles conferences sur la psychanalyse», texto de 1932, NRF, Coll. Idéés, Paris, 1979,

p.429.

55 P. Bourdieu, «La distinction», Ed. de minuit, Paris 1979, p.429.

89

parte, a través de un análisis del campo social y de sus evolucio-

nes, a fin de situar los problemas encontrados por los individuos

confrontados al desplazamiento y de comprender en qué medi-

da el contexto social determina los conflictos que viven. Por

otra parte, a través del análisis de los conflictos psíquicos vivi-

dos por los individuos desplazados, de tal manera que puedan

dar cuenta de su propia historia.

El análisis del proyecto parental, elemento central del proce-

so de construcción de la identidad, va a permitirnos ilustrar este

doble movimiento.

Traducción: Claudia Arce

90

CAPÍTULO IV

EL PROYECTO PARENTAL

Vincent de Gaulejac

«Yo debía ser Profesor en la Sorbona.

Era el proyecto de mi padre que no había

podido realizar. Yo debía realizarlo en su lugar.

Tenía una especie de deuda consigo mismo».

R. Aron

«No seas un fracasado como tu abuelo».

Michel M.

La familia es el lugar privilegiado del trabajo de incorporación

de la historia y de la fabricación de los «herederos». La herencia

opera como estructura de transmisión que sitúa el marco en el

cual cada niño es inscrito 56 . Sobre esta base se apoya el pro-

yecto parental, es decir el conjunto de representaciones que los

padres se hacen del futuro de sus hijos.

Los padres tienen proyectos respecto al devenir de sus hijos;

desean que éste se conforme a la imagen que proyectan en él; le

proponen metas a alcanzar, objetivos de vida. La noción de

«proyecto parental» da cuenta de esos dos aspectos: de un lado

un objetivo a alcanzar, del otro una proyección, es decir el he-

cho de atribuir al otro lo que viene de sí mismo.

Como elemento que «proyecta» el niño, el proyecto parental

da un impulso que condicionará su trayectoria posterior. Como

56 V. de Gaulejac, «L’heritage» en Connexions n°41, oct. 1983.

91

elemento de proyección en el hijo, lo destina a perpetuar la rela-

ción de los padres en su propio porvenir. El proyecto parental

funciona de alguna manera como una «Correa de transmisión» 57

de la historia.

GÉNESIS SOCIO-PSICOLÓGICA DEL PROYECTO

PARENTAL

El proyecto parental es la expresión del deseo de los padres por

el hijo: «Si consideramos la actitud de los padres con sus hijos,

estamos obligados a reconocer el renacimiento y la reproduc-

ción de su propio narcisismo» (S. Freud). El niño es así investi-

do del amor que los padres dirigen al niño imaginario que ellos

tienen en lo más profundo de sí mismos. Ellos identifican ese

niño ideal con el niño de carne y hueso que han producido, pro-

yectando en él todas las cualidades que ellos desearían para su

propio yo. Ellos lo invisten con la misión de realizar los deseos

que ellos mismos no pudieron satisfacer. El proyecto parental es

una especie de «modelo registrado, depositado» en cada hijo.

Las relaciones padres-hijos están estructuradas por un doble

proceso de identificación: identificación de los padres con el niño

imaginario que llevan consigo mismos y que presentan como el

modelo al que conviene parecerse; identificación del niño con

sus padres como modelo adulto, que él busca imitar. Ese doble

movimiento sitúa al niño en la trama generacional de la historia

familiar ya que dicho movimiento se perpetúa en cada nueva

etapa: en las relaciones con sus hijos, los padres reactualizan lo

que han vivido con sus propios padres, que se convierten en-

tonces en los abuelos. En el proyecto parental se encuentra tam-

bién la relación del padre y de la madre con el deseo que sus

propios padres tuvieron hacia ellos. En el trabajo clínico apare-

cen frecuentemente situaciones dónde el niño retoma a su cuen-

57 M. Pagès «Les systèmes socio-mentaux» en Bulletin de Psychologie, TomeXXXIV n°350 p.599.

92

ta el deseo de uno de sus abuelos no satisfecho por su madre o

su padre 58 .

Estos encadenamientos del deseo no describen solamente un

proceso psico-dinámico. El proyecto parental es a la vez la ex-

presión de los deseos conscientes e inconscientes de los genitores

sobre su progenie, pero igualmente un proyecto social portador

de las aspiraciones del medio familiar y cultural, aspiraciones

condicionadas por el contexto social que favorece o impide su

realización. Es por lo que el proyecto corresponde a un conjun-

to socio-psicológico que recubre varios niveles:

  • - Un nivel muy arcaico e inconsciente que se remite a la cons-

titución primera de la idealidad En el cruce del narcisismo pri-

mario y de la búsqueda de la omnipotencia, el ideal del Yo cana-

liza las pulsiones hacia la búsqueda de un absoluto;

  • - Un nivel afectivo que conduce al individuo a desarrollarse a

través de identificaciones y diferenciaciones sucesivas, imitando

a las personas amadas y amando a aquellas que corresponden

al modelo ideal interiorizado;

  • - Un nivel ideológico que conduce al niño a retomar los valo-

res, las normas, el ethos de los personajes que le son presenta-

dos como modelos de identificación, y a rechazar aquellos que

le son presentados como «antimodelos»;

  • - Un nivel sociológico en la medida que se trata de «ideolo-

gías» colectivas, de modelos de logro social, de un sistema éti-

co, que se traduce religiosa, política y socialmente en las prácti-

cas a las que el niño es conducido a participar y a adherirse.

La génesis del proyecto parental se encuentra pues en la ge-

nealogía. Ésta es la expresión de los proyectos de las genera-

ciones precedentes, de un grupo familiar que los produce. Pero

es también una expresión constantemente actualizada, en la me-

dida en que las aspiraciones que transmite deben modificarse en

58 Sobre esta cuestión es interesante referirse a los casos presentados por Alain de Mijolla en «Les

visiteurs du moi», «Les belles lettres», Paris 1981, p.171.

93

función de sus condiciones objetivas de realización. Ahora bien,

dichas aspiraciones dependen a la vez de la posición social que

los padres ocupan y de la relación que ellos mantienen frente a

esa posición: sabemos que el nivel de aspiración escolar y pro-

fesional de los niños está determinada por el nivel al que los

padres llegaron. Los padres agricultores pueden desear que sus

hijos sean maestros, mientras que si son maestros desearían que

sus hijos lleguen a ser profesores. Ese esquema clásico debe

estar matizado en función de la evolución del contexto social

que produce modificaciones entre el status profesional y el sta-

tus social en el lapso de una generación: el status de maestro

muy valorizado socialmente hasta la 2ª Guerra Mundial no tiene

la misma connotación ahora.

El punto esencial es comprender que el proyecto parental se

ajusta a las condiciones sociales de existencia a las cuáles son

confrontados los padres en su propia trayectoria. Retoma en

particular sus estrategias de ascenso social o sus temores de

descenso.

Conviene pues referir el proyecto parental no sólo a la situa-

ción social de los padres en la medida en que el proyecto trans-

mite los habitus, los valores y las normas de su clase de perte-

nencia, sino también a su historia, que a su vez es producto de la

historia familiar, con el fin de comprender la dinámica interna y

en particular las contradicciones que van a influenciar el devenir

del niño. Es porque los padres de Zahoua y el padre de François

viven una contradicción entre la solidaridad con sus orígenes y

sus aspiraciones de integración por una parte y de logro social

por la otra que transmiten mensajes contradictorios.

CONTRADICCIONES DEL PROYECTO PARENTAL

El proyecto parental no es nunca monolítico ni unívoco, está

atravesado por una serie de contradicciones, más o menos an-

tagonistas, a las que el niño se encuentra confrontado.

94

Del lado de los padres funcionan dos lógicas, de las cuáles

una incita a la reproducción y la otra a la diferenciación. Su pro-

yecto es la expresión de miedos y deseos contradictorios: mie-

do de que el hijo llegue a ser como ellos, miedo de que sea

alguien diferente - deseo que el hijo llegue a ser como ellos,

deseo que sea alguien diferente.

Por un lado deseo que el hijo sea la continuación de su vida,

que se reencuentre en ellos, que llegue a ser lo que ellos son,

que haga lo que ellos han hecho. Lógica de reproducción que

conduce a la imitación, a la repetición, al conformismo, Por otro

lado, deseo que el hijo realice todos los deseos que ellos no

pudieron satisfacer, que haga todo lo que ellos no pudieron rea-

lizar, que sea «alguien», es decir otro. Lógica de diferenciación

que estimula la singularidad, la autonomía y la oposición. Ésta

contradicción se encuentra en el niño dividido entre, por una

parte, el deseo de realizar los deseos del ideal del Yo de sus

padres y, por otra parte, el deseo de escapar a la ilusión, a la

tiranía de ese niño imaginario.

En el proyecto parental se expresa la manera en que los pa-

dres buscan negociar ésta dialéctica, asegurándose de que los

hijos a la vez perpetúen su historia y afirmen su individualidad.

Conviene entonces considerar el proyecto parental no como un

conjunto de deseos, de ideologías, de modelos a los cuáles el

hijo debe conformarse, sino más bien como un conjunto contra-

dictorio que propone a la vez metas a alcanzar y a evitar, de

deseos ambivalentes, de modelos y de antimodelos.

Esta dinámica interna del proyecto está influenciada por sus

modalidades de realización, que son la expresión de la posición

social que ocupan los padres y de la relación que establecen

con dicha posición. El proyecto parental se inscribe en un con-

texto que determina las identificaciones posibles e imposibles,

las contradicciones concretas de logro social, las posibilidades

de acceso a ciertos modelos, las ideologías que estructuran los

95

ideales personales

...

la realidad social impone lógicas, rupturas,

oportunidades y contradicciones que determinan la naturaleza

del escenario que el proyecto propone.

Citemos algunos arquetipos que prefiguran los escenarios que

están presentes en la neurosis de clase:

En un medio sub-proletario o proletario, los niños frecuente-

mente son confrontados a un doble mensaje tal como lo hemos

señalado en el caso de François. Los padres desean que sus

hijos tengan una mejor vida para acceder a una posición social,

que les evite conocer la miseria y la explotación y, al mismo

tiempo, desean que permanezcan solidarios con su medio y lu-

chen con los explotados contra los burgueses, los ricos y todos

aquellos que se aprovechan de esa miseria. Mensaje contradic-

torio puesto que se trata para el niño de llegar a ser burgués y de

destruir a todos los burgueses, ya que se le demanda a la vez

cambiar de clase social y continuar siendo solidario con su clase

de origen. Ante ésta situación el hijo se siente culpable: culpable

si no «tiene éxito» de no satisfacer el proyecto parental; culpa-

ble si «tiene éxito» por la distancia social así creada entre él y

sus padres. Ésta culpabilidad es la contraparte del resentimiento

de los padres. Resentimiento si el hijo no tiene éxito y constata

la reproducción de su propia miseria; resentimiento si logra ale-

jarse y adquirir los habitus y las maneras de ser de aquellos a

quiénes los padres evitan y detestan; resentimiento de tener que

relacionarse con un extraño al que no comprenden y que tam-

poco los comprende.

El ejemplo de Michel muestra las contradicciones a las que

pueden ser confrontados los hijos provenientes de un medio

obrero.<<Cuando yo era niño era frecuentemente identificado

con mi abuelo paterno. «Eres como tu abuelo»; «Eres bueno

para nada como tu abuelo»; «Eres sucio como tu abuelo» cuan-

do manchaba mi ropa. Pero eso estaba teñido de ambivalencia

y el discurso podía tomar la siguiente forma: «No seas un fraca-

96

sado como tu abuelo»>>. De todos modos la imagen del abuelo

era negativa y el discurso puede resumirse así: «Tu serás como

tu abuelo, pero no es necesario que lo seas».

Ese discurso contradictorio apunta a conjurar un devenir que

es percibido como ineludible, a preparar al niño a lo que proba-

blemente va a ser disuadiéndolo de ese futuro, a expresar el

peso de los determinismos sociales y el deseo de escapar de

éstos.

Dicho discurso expresa, por una parte, una actitud preventiva

frente al temor de la repetición y, por otra, una actitud de resig-

nación frente a la reproducción social que se impone de genera-

ción en generación.

Otra forma de contradicción, particularmente difundida en los

medios conservadores o en regresión, puede existir entre el pro-

yecto de los padres y las condiciones concretas de su realiza-

ción. Hay un fenómeno de fuerza de atracción ideológica que

produce un retardo entre la evolución de los sistemas de valo-

res, de las ideas, de los habitus y la evolución de las condiciones

concretas de existencia. Cuando la moral y los valores propues-

tos retoman los referentes de los abuelos, con adaptaciones que

los padres hacen en función de las condiciones socioeconómicas

que existían hace 30 ó 40 años, tanto esa moral como los valo-

res pueden vivirse como no pertinentes e inadaptados por los

hijos confrontados a la realidad social actual. Esas contradic-

ciones están particularmente acentuadas en las familias que pa-

san del mundo rural al mundo urbano y por aquellas que están

inmersas en los sectores en crisis. Es el caso de las familias de

los mineros instalados en el Este y el Norte desde hace varias

generaciones, quiénes han vuelto a retomar sus tradiciones a

causa del cierre de fábricas; de familias magrebíes cuyos padres

han interiorizado el sistema de valores de su cultura original y

dónde los hijos son confrontados a la cultura urbana en los su-

burbios obreros; de las familias burguesas tradicionalistas, dón-

97

de la posición social y la fortuna, no están más a la altura de sus

aspiraciones.

F. Muel Dreyfus ha analizado con detalle «las crisis de suce-

sión» entre los padres que proceden de las clases medias, que

les proponen a sus hijos un proyecto concebido en el momento

en que ellos mismos eran adolescentes y los hijos viven ese pro-

yecto como inadaptado a la evolución del mercado de ofertas. 59

En cada una de esas situaciones, el niño es confrontado al

desfase, no asumido por los padres, entre un sistema de aspira-

ciones y las posibilidades objetivas de realización, frente a las

cuáles ese sistema está inadaptado, como si se le demandara

que llegara a ser lo que no puede ser. Es decir que el proyecto

parental se sitúa en la articulación de los juegos del deseo entre

padres e hijos y de las estrategias sociales de adaptación de los

individuos a las plazas sociales disponibles en el mercado de la

distribución antroponómica. 60

PROYECTO PATERNAL-PROYECTO MATERNAL

Hasta ahora hemos hablado del proyecto parental como si exis-

tiera un proyecto único y bien definido investido a la vez por el

padre y la madre. Ahora bien el conjunto de contradicciones

que acabamos de describir se reflejan igualmente en las relacio-

nes entre los padres, quiénes pueden tener trayectorias y posi-

ciones diferentes, determinando así proyectos diferentes y a ve-

ces conflictivos. La neurosis de clase puede ser el resultado de

la confrontación entre dos proyectos, uno maternal y otro pa-

ternal, de los que la síntesis resulta un problema. Del lado de la

problemática edípica, que estructura el juego de las identi-

ficaciones sucesivas, se juegan las relaciones entre las fami-

lias paternas y maternas que, a cada generación, intentan

asegurar su reproducción a través de alianzas que pueden

59 F.Muel Dreyfus « Le metier d’educateur», éd. De Minuit, Paris, 1983.

60 D. Bertaux, «Destins personnels et structure de classe», PUF., Paris 1979.

98

ponerlas en peligro. Las relaciones conyugales están atravesa-

das por una guerra entre dos linajes, dónde cada uno trata de

asegurar la perpetuación de la herencia familiar. Es directamente

en los niños que dicha guerra produce plenamente sus efectos,

entre el proyecto paternal y el proyecto maternal, se trata de

saber cual de ellos va a imponerse 61 . Entre el compromiso y la

oposición, la interiorización por el niño de esos dos proyectos

es lo que se juega en ésta lucha, sea abierta, latente o más o

menos viva según el caso, pero siempre presente.

Ésta lucha es otro tanto más problemática pues las diferen-

cias son fuertes entre los dos proyectos: diferencias sociales

cuando los padres no pertenecen a la misma clase de origen,

diferencias ideológicas cuando los valores, las opiniones, las

opiniones políticas, la religión, la moral son diferentes, diferen-

cias culturales cuando el nivel escolar, los gustos y los hábitos no

son los mismos, diferencias económicas cuando hay un desfase

entre la fortuna de uno y de otro, etc ...

Esas son de hecho las relaciones de dominación que están en

juego y tienden a perpetuarse en la pareja, el hijo se encuentra

confrontado a través de los conflictos entre el proyecto mater-

nal y el proyecto paternal. 62

Éste análisis del proyecto parental permite poner en eviden-

cia tres niveles de contradicciones:

- Las contradicciones internas al proyecto que son la ex-

presión de las contradicciones vividas por cada uno de los pa-

dres y/o de los padres entre ellos mismos. Cuando los padres

no han sabido o no han podido resolver los conflictos encontra-

dos en su relación referidos a su propio proyecto parental, e

61 André de Mijolla interpreta la trayectoria de Rimbaud en este sentido: primero poeta para realizar el

proyecto, materno, después aventurero que busca enriquecerse para conformarse al proyecto paterno.

La imposibilidad de sintetizar estos dos proyectos lo conducen primero a la amputación y luego a la

muerte. «Les visiteurs du moi», op.cit. Página 35 y las que siguen.

62 A menudo las diferencias entre los dos proyectos no son muy importantes, la elección de la pareja se

basa en la comunidad de habitus y de aspiraciones de los dos padres en su relación con los hijos M.

Bonetti «Trajectoires sociales et strategies matrimoniales, Le groupe familial, n°96 Juillet –Aout

1982.

99

imponen este peso a sus hijos. Aquellos son entonces investidos

de una misión de tener éxito ahí donde los padres han fracasa-

do, de reparar sus errores, de resolver sus fallas, de realizar lo

que ellos habrían deseado realizar.

  • - Las contradicciones con relación al proyecto que son la

expresión de las relaciones entre los padres y los hijos y en par-

ticular de los conflictos edípicos. El padre y la madre son a la

vez objetos de amor y de rivalidad. El sueño proyectado sobre

el hijo está marcado por el deseo incestuoso y la prohibición

que lo impide. Realizar el proyecto es tomar el riesgo de res-

ponder al deseo de uno de los padres, deshaciéndose del otro.

Pero no realizarlo, es encerrarse en una incapacidad radical,

una impotencia que prohíbe la realización de cualquier otro pro-

yecto.

  • - Las contradicciones en la realización del proyecto que

son la expresión de desfase o del antagonismo entre el ideal

propuesto y los medios dados al niño para alcanzarlo o bien

entre el contenido del proyecto y sus condiciones objetivas de

realización. Se trata, en particular, de situaciones en las que los

padres proponen a sus hijos modelos de conducta que no están

adaptados a la sociedad en la cual éstos niños deben insertarse.

El juego entre éstos tres niveles de contradicciones debe ser

comprendido dentro de una perspectiva sistémica y dinámica.

Las contradicciones se apoyan las unas en las otras en la medi-

da en que los diferentes aspectos de cada nivel están influenciados

(en el sentido de un fortalecimiento o de una atenuación) por los

otros niveles. En este sentido se trata de un sistema en el que los

diferentes elementos están en interacción los unos con los otros.

En la neurosis de clase el sistema tiende a cerrarse en sí mis-

mo, cada aspecto viene a reforzar a los otros operando un cie-

rre de circuito; el hijo es confrontado a un sistema contradicto-

rio, frente al cual no llega a encontrar salidas ni a abandonar los

diferentes aspectos que lo constituyen. Él tiende entonces a en-

cerrarse y reproducirlo.

100

Dentro de una perspectiva dinámica, conviene comprender el

proyecto parental en el movimiento que conduce a cada indivi-

duo a ser a la vez hijo y padre. La prolongación de la esperanza

de vida conduce a un número cada vez más elevado de perso-

nas a ocupar simultáneamente, durante una parte importante de

su vida, ésta doble posición. El proyecto evoluciona a la vez por

el hecho de la dinámica contradictoria que lo constituye e igual-

mente por la confrontación entre los proyectos en el eje de ge-

neraciones sucesivas.

Dentro de esas influencias cruzadas un elemento permanece:

el hijo que deviene padre tiende a transmitir a sus propios hijos,

más allá del contenido manifiesto de su proyecto, la manera en

la cual él mismo ha tenido éxito o ha fracasado en su búsqueda

por inventar mediaciones a las contradicciones que lo atravie-

san. Es pues un elemento central de la identidad heredada.

Traducción: Claudia Arce.

101

102

CAPÍTULO V

EL EDIPO COMO COMPLEJO SOCIO-SEXUAL

Vincent de Gaulejac

«El Edipo sostiene su importancia vital

para la constitución del sujeto en su

inscripción milenaria dentro las estructuras

mismas de la sociedad. Sostiene la

organización simbólica de la Familia y

se podría decir al respecto que si el niño

lo vive es precisamente porque debe socializarse»

A. Rifflet- Lemaire

«¿Sería bien posible, se decía a él mismo,

que yo fuera el hijo natural de algún gran

Señor exiliado en nuestras montañas

por el terrible Napoleón? A cada instante

la idea le parecía menos improbable ...

Mi odio hacia mi padre sería una

prueba ...

no sería mas un monstruo!»

Julien Sorel

«Le rouge et le noir», Stendhal

Freud consideraba el complejo de Edipo como el verdadero

núcleo de la neurosis 63 . Sabemos que Carl Schorske le repro-

cha a Freud haber olvidado que «Edipo era Rey», olvido que

63 Cf.S. Freud, «Un enfant est battu», In Névrose, psychose et perversion, P.U.F., Paris, 1973, p.233.

Texto de 1919 («Ein Kind wird geschlagen») traducido por D. Guerineau.

103

puede ser interpretado como una represión analítica sobre la

manera en la que las condiciones socio-históricas interfieren en

los destinos humanos. Analizando el contexto cultural y político

de Viena al final del siglo XIX, C. Schorske muestra en qué

medida habría podido influenciar el pensamiento de Freud: «ha-

biendo así integrado el conflicto con su padre a su propia hosti-

lidad en lo que concierne a la autoridad pública, Freud podía a

partir de ese momento adaptarse a ésta estableciendo la pre-

eminencia de aquel. Siendo así, él elevaba la historia personal,

determinada en el seno de la familia, por encima de la historia

general, determinada en el seno de la cultura en su conjunto.

Portador de todas las dimensiones de relaciones y de la identi-

dad familiar, Edipo perdió sus atributos de REX. En otros tér-

minos, Freud suprime la significación pública del mito en prove-

cho de su único sentido psicológico» 64 . El destino de Edipo es

un destino de realeza. Si él simboliza los deseos humanos más

inconscientes, el mito que permite representarlos pone en rela-

ción a personajes «fuera de lo común» en lo que se refiere a su

estatus social. Si cada cual puede fantasmáticamente reflejarse

en los diferentes protagonistas de la tragedia, las condiciones

objetivas de realización del deseo son de importancia para com-

prender lo que es este complejo en la historia de cada individuo.

De manera más precisa,, se trata de analizar la dinámica edípica,

y los procesos de identificación que instaura, como un complejo

socio-sexual que traduce una interacción entre elementos socia-

les.

El Edipo como momento donde el sujeto se constituye en una

relación triangular tiene un doble efecto: lleva al niño a salir de la

relación dual, de la indiferenciación; lo confronta a la socializa-

ción del deseo, es decir a encontrar objetos en que investir fuera

de la relación paterna / materna. En el Edipo, el niño sale de la

64 Cf. Carl Schorske, «Conflits de générations et changement culturel, réflexions sur le cas de Vienne»,

in Actes de la recherche en Sciences Sociales, nº 26, 27. Mars-Avril 1979, p.115.

104

ilusión de omnipotencia donde el otro es imaginariamente

manipulable a voluntad. La introducción de un tercero en la re-

lación con el otro (la madre) conduce al niño a reconocer que el

otro es a la vez sujeto y objeto del deseo de otro mas, el padre,

por tanto, de otros, eventualmente de todos los otros.

El Edipo introduce las relaciones afectivas en la dinámica de

las relaciones sociales: «El encuentro edípico edifica frente al

niño, de manera indefinible, a la institución como fundamento de

la significación (

...

),

y lo obliga a reconocer al otro y los otros

humanos como sujetos de deseos autónomos, que pueden co-

nectarse unos con otros independientemente de él hasta excluir-

lo de su circuito» 65 . Más allá del rol del padre quien bloquea el

acceso del niño hacia su madre, es lo social lo que viene de ese

modo a canalizar la actividad fantasmática de la psique de su

locura monádica original (

...

).

Ello implica la fabricación «here-

ditaria» de individuos como individuos sociales – lo que quiere

decir también: individuos que pueden y desean continuar la fa-

bricación de individuos sociales. Es en ello donde yace, más allá

de toda relatividad socio-cultural, la significación profunda del

complejo de Edipo» 66 .

La importancia de la fase edípica en el desarrollo psíquico del

individuo está en que lo confronta al aprendizaje de la diferen-

ciación y de la identificación: ¿Dónde puedo situarme entre mi

padre y mi madre? ¿Entre las niñas y los niños? ¿Entre los bue-

nos y los malos? Etc

...

Es el momento en el que el niño va a

buscarse una identidad, que es el producto de un movimiento

dialéctico entre un proceso de identificación y un proceso de

diferenciación.

La reproducción social necesita la puesta en marcha de dos

lógicas contradictorias. Por una parte, que cada uno se quede

en su lugar respetando el mantenimiento del orden; para que una

65 Cf. Castoriadis, «L’institution imaginaire de la société», Seuil, Paris, 1975, p.418.

66 Cf. Castoriadis, op. Cit., p.417.

105

sociedad se reproduzca, conviene que las reglas de transmisión

de herencia y ajuste de individuos a los lugares sociales se hagan

de tal manera que eviten la puesta en duda del orden que la

funda. Por otra parte, que este orden pueda evolucionar para

adaptarse, con el fin de producir las mediaciones necesarias para

la gestión de contradicciones que la atraviesan. Por un lado la

lógica de la distribución antroponómica, del otro la lógica de la

historicidad. En el desarrollo psíquico de los individuos encon-

tramos este doble movimiento entre la reproducción y el cam-

bio, entre la identificación y la diferenciación, entre el deseo mi-

mético y la búsqueda de ser extraño, entre el deseo de trasgresión

y la interiorización de la ley.

Si la tragedia edípica rinde bien cuenta de la puesta en juego

fantasmal que marca las relaciones del niño con sus padres, es

rara vez interpretada como la expresión de lo que se pone en

juego socialmente. Tomando el lugar de su padre en el amor (y

la cama) de Jocasta, Edipo retoma igualmente el lugar social

que le correspondía por derecho. Él es el heredero legítimo de

un trono del cual Laïos, para protegerse, ha tratado de despo-

seerlo.

Hemos visto que las elecciones amorosas están

sobredeterminadas por lógicas sociales que conducen a los in-

dividuos a elegir compañeros congruentes con sus propias tra-

yectorias sociales: «El amor no es ciego y por más que el cora-

zón tenga sus razones, ignora pocas veces la razón social de

aquel o aquella por quien late» 67 . Es decir que el escenario

edípico que abre al niño la posibilidad de operar elecciones en

cuanto a los objetos de sus deseos y de sus identificaciones

contiene una dimensión social esencial.

Hasta la fase edípica el proceso de distribución antroponómica

y los procesos de desarrollo psíquico interfieren. El Edipo es el

67 Cf. M. Bonetti, «Trajectoire sociale et stratégies matrimoniales», in Le groupe familial, nº 96. Juillet

1982. Voir également V. de Gaulegac. «Trois hypothèses sur les rapports entre l’amour et la sociologie»,

in Dialogue, le jeu de l’amour et du travail, nº 83, 1984.

106

momento donde estas dos lógicas van a combinarse, o alternar,

en un complejo, es decir agrupamiento de elementos relaciona-

dos los unos con los otros en un sistema de relaciones organiza-

das y relativamente estables.

El proceso de identificación que juega un papel central en el

momento del Edipo debe ser concebido como un proceso psico-

social. Designa a la vez el fenómeno de asimilación de todo o

parte de las cualidades o de los atributos ligados al objeto y

significa igualmente el trabajo de posicionamiento en una red de

lugares organizados, jerarquizados, subordinados los unos a los

otros. A través de la identificación, el niño es confrontado al

aprendizaje de la diferenciación sexual y social. Es así conduci-

do a interiorizar los límites ligados a las diferencias de sexo, de

generación y de clases. El Edipo es el momento donde él apren-

de a situarse, porque de un cierto modo «se le pone en su lu-

gar», a reconocer ahí donde está posicionado en el orden fami-

liar y social, a aceptar ocupar el lugar que le es asignado, en

tanto que niño o niña, en tanto que hijo de ciertos padres. En ese

sentido el Edipo es el primer momento del trabajo de ajuste

entre el individuo y su lugar.

Hemos subrayado que la identidad era una construcción, un

agrupamiento de elementos heterogéneos, multidimensionales,

una reparación «bricolaje», según la expresión de Lévi-Strauss.

Es decir que la identificación no lleva solamente sobre objetos

parciales, sino igualmente sobre «objetos totales» en el sentido

en que la personalidad es un conglomerado de elementos cor-

porales, psíquicos, culturales, ideológicos y sociales que forman

un conjunto. Es frente a estos «conjuntos» que el niño va a si-

tuarse en el momento del Edipo en un movimiento que lo condu-

ce a elegir, a separar, a probar diferentes modos de reunir, a

tratar de relacionar diferentes elementos heterogéneos, a buscar

mediaciones originales frente a diferentes figuras de identifica-

ción que le son propuestas.

107

En esta amalgama de elementos dispersos, el sujeto va a des-

encadenar la experiencia de su auto- constitución: primera ten-

tativa de conexión que encuentra con más o menos éxito su co-

herencia. Los procesos psíquicos comenzados – en particular la

identificación y la idealización – son esencialmente procesos que

tienden a ligar y relacionar instancias, objetos, entidades. Los

conflictos surgen entonces a partir del momento donde ciertos

elementos no pueden adherirse a los otros en la medida en que

contienen aspectos contradictorios.

Estos conflictos pueden tomar formas variadas. Los casos

aquí presentados intentan mostrar de qué manera, en el momen-

to de la fase edípica, van a encontrarse muy cercanos a elemen-

tos afectivos, fantasmales y sociales entrelazados de manera re-

cíproca. Estructura de apoderamiento que conducirá al sujeto a

la neurosis. Ilustran en particular como las diferencias sociales

interfieren en el posicionamiento del niño frente a los deseos

paternales y maternales.

EL EJEMPLO DE COLETTE DUVAL

Colette proviene de una familia de campesinos de un pueblo del

Oeste de Francia. En ese pueblo de 600 habitantes, con «una

calle, una iglesia, una escuela y comerciantes», Collete describe

la existencia de tres clases «los pequeños. Los medianos y los

grandes». Los pequeños son los campesinos que alquilan su gran-

ja o que son propietarios de una pequeña granja de menos de

tres hectáreas. Los medianos, de los que sus padres forman

parte, son los propietarios o alquilan una granja que permite a la

familia vivir correctamente (alrededor de 16 hectáreas). Los gran-

des son los propietarios de un castillo, presidentes municipales

de padre a hijo, que ella nombra como los Señores (dueños) de

los castillos: «Ellos eran bien vistos en el pueblo…No eran gen-

te que marcara su distancia, ellos trataban de establecer contac-

to, decían hola, preguntaban noticias de los niños…En la misa

108

tenían bancas reservadas…Eran gente culta…De cualquier for-

ma no era nuestro mundo…».

En oposición a ese mundo, los «pequeños» son campesinos

pobres que mal viven, de donde proviene una empleada do-

méstica que sus padres contratan y que será despedida en el

momento en que se sabe que espera un hijo del padre de Colette.

«Yo tenía cuatro años cuando mi padre y mi madre están a

punto de separarse por culpa de esta historia de la sirvienta

embarazada que fue despedida de la casa…nunca se habló des-

pués, es algo que fue ocultado…De lo único que me acuerdo,

es de pasar por el pueblo con mi madre y encontrar a esta sir-

vienta y sus hijos y escuchar a mi madre hacer una reflexión del

tipo: «Ella se parece a los Duval», yo creo que hubo una gran

perturbación en mi a propósito de ésta historia en mi vida…Es

que eso me bloqueó afectiva y sexualmente…Viví entre parén-

tesis hasta los 25 años cuando tuve una depresión». A partir de

esa escena, ella describe a su padre como retirado, culpabilizado,

rechazado por la familia.

Esa vida «entre paréntesis» Colette la pasa trabajando. A la

salida de la escuela primaria, es la única que va a la secundaria,

en un colegio a 35 kms de su pueblo. Se encuentra entonces

con niñas de la ciudad, en otro mundo en el que elle se siente

extraña y acomplejada a causa de su acento al hablar. «Es un

periodo de mi vida donde tengo la impresión que las cosas se

hacían así. Trabajaba mucho, aprendía, pasaba todo mi tiempo

haciendo la tarea, aprendiéndome las lecciones, los fines de se-

mana también, cuando regresaba a la granja…No me daba cuenta

de que trabajaba mas allá de lo que era necesario…Creo que

necesitaba ser la primera para tener la impresión de que

funcionaba…Como había sido primera en la primaria, tenía que

seguirle así, hubiera sido difícil ubicarse en otro rango, ya que

esto me habría sacudido».

Colette vive ese período como «anestesiada», la inversión en

el trabajo escolar es un medio para «desmoronarse». «Tenía

109

que ser así, esta especie de aprehensión por la escuela, de ne-

cesidad de ser la primera…La necesidad de acumular diplo-

mas. Pasé años de mi vida yendo a la universidad además de mi

chamba, porque era necesario para mantener mi equilibrio…No

había nunca un sólo diploma que fuera suficiente para darme

confianza en lo que era…Lo que produjo eso fue la historia de

mis padres…un desfase…Ya no pertenezco al medio de mis

orígenes, pero no soy del medio en donde estoy ahora».

Cuando habla de su historia, Colette asocia las etapas de la

escolaridad y su trayectoria afectiva, ligando en su discurso sus

relaciones en la escuela y sus relaciones con los varones.

Sus relaciones afectivas son tanto más problemáticas con su

madre que le repite que los hombres son peligrosos, que hay

que cuidarse, que la vergüenza suprema es estar embarazada

antes del matrimonio y que Colette no recibe ninguna educación

sexual: «Estuve marcada por eso. Tenía que coquetear muy

poco, lejos porque siempre existía el riesgo…Mi madre, era la

prohibición en todo…».

Su madre la vigila cuando va a bailar a las reuniones y revisa

las cartas que ella recibe. Cortejada por institutores que no le

gustan, se siente atraída físicamente por los muchachos del pue-

blo vecino del cual guarda distancia.

«Durante un campamento de vacaciones, me aventé como

quiera, me puse a coquetear…El muchacho era institutor, por lo

tanto perfectamente lo que debía…Fue recibido en casa de mis

padres…Estaba considerada como comprometida…Duró un

año y medio, el tipo se fue al servicio militar. Durante ese tiem-

po, salí con jóvenes del pueblo, descubrí que tenía ganas de

divertirme, que no tenía ganas de casarme con ese chavo…No

sabía cómo zafarme porque la lógica indicaba que tendría que

haberme casado con ese chavo que estaba bien dentro de la

norma…Que yo sea institutriz, que él también, era una vida bien

planeada…pero ya me había encontrado en una cama con él y

110

francamente no tenía ganas de hacer el amor, cuando me besa-

ba no sentía nada, no estaba enamorada eso es seguro».

Frente a ese sentimiento de ser arrastrada a un camino que

ella rechaza, Colette no sabe como salirse de esta relación que

la compromete. Ella quisiera romper pero no sabe cómo hacer-

lo. Decide hablarlo con su madre con el fin de encontrar una

salida. «Pero mamá me dijo, va a ser tal vez lo mismo con otros

hombres. Y ahí si puedo decir que me hundió, me ahogó…».

Sigue para Colette un período de culpabilidad intensa frente a

su novio a quien anunció su deseo de ruptura, culpabilidad que

se apagará en el momento en que desposa 6 meses después a

una de sus amigas. «Entonces después, salí con los muchachos

del pueblo, coquetee con los muchachos del pueblo, pero ja-

más me acosté con los muchachos del pueblo, me era imposi-

ble, había un nudo en mí que nunca pude traspasar».

Simultáneamente, Colette encuentra otros institutores, profe-

sores, gente «que tenía otro nivel». «Comenzaba a sentir que me

habían burlado, institutriz no era una cima…Era lo más bajo de

la escala…Para mi familia la cima era ser institutriz y yo creí que

tenía una gran ascensión siendo institutriz».

Colette conoce entonces un español, ingeniero civil con el

que sale durante más de un año: «Un día me dijo que si me

casaba con él, no quería que yo trabajara y que nos iríamos a

España…No trabajar, era negar todo mi pasado, no podía ha-

cer ese corte…No sé lo que se jugó ahí, ese muchacho nunca

me empujó a hacer el amor con él, esperaba, era el tipo con

todo lo necesario…Finalmente rompimos porque se dio cuenta

de que no era viable…Yo tenía un desprecio por esos burgue-

ses españoles que él no podía admitir. Y entonces en ese mo-

mento, cuando él dijo: «bueno nunca habrá nada entre nosotros

finalmente»… entonces si, caí en una depresión nerviosa…Antes

tenía la impresión de que me iba a asfixiar, ahora creo que me

hubiera gustado que se realizara pero que no se podía, existía el

111

desfase social que me bloqueó…y entonces ahí tuve la impre-

sión de que hubo una ruptura, pero una ruptura interior y que no

podría volver a tener una relación con los hombres».

Colette, que en esa época tiene 28 años, va durante tres me-

ses a una casa de reposo y comienza un psicoanálisis que durará

diez años. Durante ese período, trabaja como profesora, y des-

pués como consejera de orientación. Simultáneamente sigue

cursos en la universidad y colecciona diplomas. Obsesionada

por los problemas de sexualidad y de virginidad, conoce a un

ginecólogo que le prescribe pastillas anticonceptivas. Llega a

tener relaciones con hombres que tienen como característica venir

de un medio similar a su medio de origen, de estar en fuerte

ascensión social sin diplomas (comerciantes, periodistas…) y

con respecto a los cuales ella tiene un estatus de amante más

que de mujer legítima.

«En mi vida, mi aspiración suprema, siempre fue casarme y

sin duda no me casaré nunca. Forma parte del deseo de ser

como los otros. Existe una aspiración a estar dentro de la nor-

ma, en la masa, que me es imposible de realizar, impresión de

asfixiarme en la norma y sin embargo de aspirar a ella…».

La historia de Colette y la manera en que reconstruye cada

una de las etapas nos aclaran la intrincación permanente de lo

que ponemos en juego en cuanto a lo sexual y a lo social en los

conflictos que la atraviesan y van a conducirla a la depresión. Se

trata ahora de despejar los diversos componentes con el fin de

comprender esos nudos de los que ella habla a propósito de su

vida. Esos nudos pueden ser interpretados como complejos, es

decir un conjunto de representaciones que se refieren a la vez a

eventos pasados, a los recuerdos que el sujeto guarda al res-

pecto, a los fantasmas que lo ligan, que los adhiere los unos a los

otros, que los fija en un conjunto organizado relativamente esta-

ble. El trabajo de análisis consiste en ubicar los elementos de

ese collage y a desmontar la constitución de una neurosis que se

112

constituye, como lo subraya Freud, por «hundimientos sucesi-

vos».

Los procesos neuróticos que se dan aquí son característicos

del enlazamiento, en el sentido sistemático del término, entre los

aspectos sexuales, afectivos y sociales de los conflictos sobre

los que Colette describe el génesis y el desarrollo.

Ella misma liga sus relaciones a la cultura, al cuerpo y a la

sexualidad. «Me siento sin cultura

...

Siempre tengo esa aspira-

ción de saberlo todo y de medir a cada instante mis vacíos de

saber, mis vacíos, mis faltantes; me confronto con ello todos los

días, cuando escucho hablar a las gentes que tienen un lenguaje

fácil

...

todos

los días, todos los días. Yo pensaba que en la Edu-

cación Nacional se podía completar la cultura en horas comple-

mentarias. En realidad, me doy cuenta de que no, siempre existe

como quiera una diferencia. Ahora vivo con esa diferencia, pero

sé que jamás la completaré».

A esa diferencia social vivida como irreducible, Colette opo-

ne la sexualidad por la que ella estima poder alcanzar una cima,

que le pueda permitir estar a la altura: «Mi problema, era estar

en mi cuerpo y en la vida a la altura».

Y en el momento en que Colette se pregunta en dónde se

origina esta aspiración de alcanzar la cima, estas ganas de siem-

pre ascender socialmente que la confronta al riesgo de la depre-

sión, a sus vacíos, a sus faltantes, surge la invalidación originaria:

«Cuando yo nací, hubieran querido un niño

...

Mi validación, se

depositó en la integridad de mi persona».

En estas asociaciones alrededor del tema de la diferencia y

de la falta aparece una condensación entre un sentimiento de

inferioridad social, el miedo de no poder estar a la altura y un

complejo de castración.

El «vacío», sentimiento de no saber y que los demás saben,

remite a tres factores que van a sobreponerse en su historia y

condicionar su sentido.

113

El «vacío», es aquel que esta cerca de la tierra, del hijo de

campesinos que no tiene «La» cultura legítima, aquella que con-

fiere «la prestancia» y la soltura de los nobles o Señores de los

castillos, de la «gente bien», de los burgueses, de aquellos

citadinos con dinero, que «tienen el modo», que pueden hablar

de todo o de nada.

El «vacío», es también el secreto que recubre la historia de la

sirvienta, la falta y el placer del padre, el rechazo de su amante,

el odio de su madre. Silencio que genera una amenaza sobre las

relaciones entre hombres y mujeres, una prohibición sobre el

placer y una culpabilidad frente a la trasgresión sexual y social

que representa la falta del padre. Silencio que es generalizado a

todo lo que concierne a la sexualidad: Colette no tendrá ninguna

educación sexual, ningún «saber» sobre la sexualidad femenina

y masculina, sobre la anticoncepción, sobre las relaciones amo-

rosas.

El «vacío», es por fin la ausencia de pene de la pequeña niña

que no puede satisfacer el deseo paternal (y sobre todo mater-

no) de tener un varón. Es el fundamento del sentimiento de infe-

rioridad de Colette, herida narcisista originaria que va a marcar

su existencia: para estar a la altura del hijo ideal, tendría que

llenar ese vacío, poseer un pene, ser lo que no es y que no será

nunca: un niño.

Cronológicamente es esta ausencia inicial la que es determi-

nante. Sabemos que para S. Freud 68 el complejo de castración

conduce a la niña pequeña a desear el pene paterno. Mientras

que en los niños la angustia de castración marca la crisis terminal

del Edipo precipitando la formación del Superyo. Para la niña,

que vive la castración no como una amenaza sino más bien como

una ausencia, ello marca el momento de entrada en el Edipo. En

ella «

...

la

renuncia al pene no se realiza mas que después de una

68 Cf. S. Freud, «Le déclin du complexe d’Oedipe», (Der Untergang des Oedipus Komplexes, 1924), in

Revue française de psychanalyse, 1934, 7, nº 3, pages 394-399.

114

tentativa para obtener una compensación. La niña resbala – a lo

largo de una equivalencia simbólica se podría decir – del pene al

niño hijo, y su complejo de Edipo culmina en un deseo por mu-

cho tiempo mantenido de obtener como regalo un hijo del pa-

dre, de traerle al mundo un hijo» 69 .

Colette, en ese momento esencial de la organización de su

aparato psíquico, descubre que su padre ofreció un hijo a otra

mujer que no es su madre. Este descubrimiento la confronta a

dos figuras femeninas opuestas, a dos modelos contradictorios

en el orden de las identificaciones sexuales y en el orden de las

identificaciones sociales: su madre que es «la primera» en el or-

den de la norma social no es un objeto de satisfacción sexual

para su padre. En cambio la amante de su padre, de la cual

puede suponer que es la primera en el orden de la satisfacción

sexual, está en el último nivel del orden social.

Vemos dibujarse aquí un escenario edípico de tipo socio-sexual

que va a inscribir su deseo en un juego contradictorio entre el

placer y la norma, entre el bien y el mal. Si los procesos de

identificación llevan al niño a situarse simultáneamente en una

identidad sexual y en las relaciones de filiación, le permiten igual-

mente situarse en las relaciones sociales. El lugar asignado al

hijo en el orden simbólico, le confiere un lugar social en función

de la posición social de la pareja de los padres.

Ese «orden» es tanto más imponente porque Colette nació de

la unión de dos familias campesinas instaladas desde varias ge-

neraciones atrás en la Sarthe, región conservadora y tradicional.

Su madre lleva el nombre de su abuela y de su bisabuela. El tío

materno lleva el mismo nombre que su abuelo. Del lado paterno

encontramos ese mismo peso de las tradiciones campesinas que

se simboliza en la transmisión del nombre y de la tierra. Su pa-

69 S. Freud es muy criticado por su interpretación «masculina» del Edipo. Sin entrar en ese debate

desarrollado en particular por C. Ollivier en «Les enfants de Jocaste» (Denoel et Gonthier, 1974) la

mayor parte de los actores tienden a pensar que el Edipo envia al niño a la amenaza, al miedo, mientras

que envia a la niña al vacío y a la envidia.

115

dre lleva el nombre del abuelo quien logró instalar a sus tres

hijos como granjeros, cada uno de los cuales se casó con hijas

de campesinos. Sólo la hermana del padre de Colette, Magda-

lena, escapa a ese destino volviéndose institutriz, y después des-

posando un institutor. En ese medio, las filiaciones y las alianzas

son organizadas en función de la reproducción y de la transmi-

sión del instrumento de trabajo, lo esencial es ser propietario de

sus tierras para escapar a la dependencia de los dueños de los

castillos quienes contratan granjeros. El orden está así dividido

en tres clases: los pequeños que no pueden vivir sin trabajar

para otros; los medianos que conservan su independencia por-

que su granja le permite vivir y mantener la familia; los dueños

de los castillos, presidentes municipales desde hace varias ge-

neraciones que personifican la cultura, la prestancia y el poder.

Según ese orden, Colette está destinada a casarse con un

granjero, como su mamá y sus dos abuelas, o a volverse institu-

triz como su tía Magdalena. Es de hecho lo que aparentemente

hubiera sucedido si un acontecimiento no hubiera puesto en duda

ese orden desequilibrando la coherencia entre el juego del de-

seo y la ley de la distribución antroponómica. Colette se en-

cuentra con una media hermana, que lleva el mismo apellido que

ella, hija de su padre y de la sirvienta. No es hasta mucho más

tarde que ella podrá, a pesar de lo opaco del silencio alrededor

de ese escándalo, reconstruir lo que pasó. «En mi vida, me sien-

to en el lugar de la sirvienta que jugó en el plano sexual para mi

padre y me encuentro siempre en este lugar».

Esta situación opera como un corto circuito del Edipo para

satisfacer el deseo del padre, no es el lugar de la madre el que

conviene ocupar, sino el de la amante. Es ella quien es el objeto

del deseo. Pero ese lugar es doblemente ilegítimo porque

transgrede la ley del matrimonio y del orden social. La mujer

que da placer es una trabajadora doméstica de una clase infe-

rior. Y es la madre quien personifica la prohibición, quien res-

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guarda la ley. La que sanciona la falta del padre. Es ella quien

significa para el infante la frontera entre el bien y el mal.

Colette se encuentra entonces confrontada a dos modelos

antagonistas de mujeres: por un lado su madre, conformista,

superyoica, insatisfecha sexualmente, pero legítima. Por el otro

la sirvienta, marginal, seductora, satisfecha sexualmente, pero

ilegítima. Una es una mujer de bien, «como se debe». La otra es

rechazada y desvalorizada socialmente.

El proyecto materno es que su hija esté bien en su lugar, en su

nivel, es decir que se case, que se vuelva institutriz y trabaje en

un lugar estable en una función pública. Pero siendo así, necesita

renunciar al placer sexual, aceptar no sentir nada con los hom-

bres que son seres peligrosos que mas vale evitar.

En un primer tiempo, Colette va a inscribirse en ese proyecto.

Buena alumna, es animada por los profesores a seguir con sus

estudios. Es la única alumna de su pueblo que va a la secunda-

ria, a la ciudad vecina: «Ese fue un gran corte, cambiaba de

mundo, me encontraba con gentes de la ciudad, en lo descono-

cido

...

».

Ese cambio la confronta al sentimiento de ser menos

culta, a la lógica de la diferenciación social que conduce a las

otras niñas a burlarse de su acento. En reacción, ella sobre inviste

en el trabajo con el fin de ser la primera para tener la impresión

de que funcionaba

...

Hubiera sido duro encontrarse en otro ni-

vel, me hubiera sacudido».

Pero esos buenos resultados no son investidos narcisistamente.

Colette no extrae de ello ninguna revalorización, como si se tra-

tara de una exigencia interna que esta obligada de completar:

tiene que ser la primera. Se puede sentir detrás de esa obliga-

ción una reacción del Yo frente a las exigencias del Superyo un

deseo de reparación, un mecanismo de defensa contra la culpa-

bilidad inconsciente y un medio de mantener la represión de esta.

La sublimación en el trabajo no logra canalizar la angustia.

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Es que la persistencia se sitúa en otro lado. Siendo «la prime-

ra», Colette busca sobrepasar el resentimiento originario, con-