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Manos en el fuego

El castigo
Jaime Jaramillo Panesso

La democracia tiene un instrumento de premio y a la vez de


castigo: las elecciones. Por el voto se conoce la opinión de la
ciudadanía que, en un país con plenas libertades y derrotadas
las organizaciones ilegales armadas que otrora distorsionaban
la voluntad popular en algunos territorios, es soberana e
implacable. Obviamente democracia no es solo votar. Es,
además, cumplir con los deberes y derechos de manera
permanente, pues una distorsión utilitarista y perversa, que
se estila en Colombia, viene imponiéndose bajo la sombrilla
de que solo nos atañen los derechos. Y se repudian u ocultan
los deberes fundamentales.

Las votaciones del domingo pasado, 30 de mayo, dan claridad


en el camino a seguir. Juan Manuel Santos supera en más del
doble, más del 100%, a su contendor inmediato, Antanas
Mokus. Observen los lectores los discursos al final de ese día.
Santos hace una alocución generosa, caballerosa y patriótica.
Elogia a cada uno de sus émulos y los invita a formar un
próximo gobierno de unidad nacional, como corresponde al
principal postulado del Partido de la U.- Mokus pronuncia un
discurso lleno de lugares comunes, pega con cuasi cánticos
guerreros las ideas de su programa. Pero son cánticos
fanáticos y agresivos como hace unos años se alimentaban
las bases de la izquierda polista para expresar más un odio
que una propuesta política racional. Estos talantes, estos
estilos diferencian a esa gran mayoría de ciudadanos
colombianos que, sin estridencias ni rituales de lobos en
territorios salvajes, han definido desde esta fecha los
resultados finales de la segunda vuelta. Un plus adicional
serán las alianzas y los traslados de votos que surjan durante
los días siguientes al impacto del nítido triunfo de Santos.
Pero ninguno de los candidatos derrotados podrá poner
condiciones ventajosas ni exorbitantes ante la clara decisión
popular.

El castigo del voto va más allá de los candidatos. Los


columnistas de presa escrita, especialmente bogotana, como
Bejarano, Molano, Collazos y toda la estirpe samperista,
sumados a la boca agria del director del noticiero Caracol,
autor interesado del globo artificial mokusiano, han sido
vencidos y desnudados. En pequeña escala lo mismo puede
decirse del título mezquino de El Mundo, “Casi gana el
heredero”, al día siguiente a las elecciones.

Vale la pena discurrir brevemente sobre las expectativas que


tenían los estrategas políticos sobre Antioquia. Tres figuras
salieron al ring para atajar a Santos y, ante todo, para
derrotar a Uribe, símbolo mayúsculo de la paisanidad. Noemí,
Fajardo y Aníbal Gaviria jugaron en distintos flancos y
perdieron. Gaviria es un dirigente liberal que cometió varios
errores políticos protuberantes en los últimos meses. Hasta la
lancha en el Magdalena se le hundió. Hoy sería un magnífico
senador. Su hoja de vida es limpia y fue un buen gobernador.
Su liberal partido sacó en esta región 83.000 votos
equivalente al 4%, unos restos de militantes, casi unas
cenizas. Fajardo ya tenía antecedentes de no tener la fuerza
propia que se reflejó un tiempo en la encuestas. Pensaban
que al menos en Medellín sus fans y su poderoso
burgomaestre, sacarían la cara por su meritorio ex alcalde. No
fue así y Mokus obtuvo el 24% en esta ciudad y el 20% en el
Departamento de Antioquia, con Fajardo montado en la cresta
de la ola verde, mientras Santos mostró el apoyo de 43 y del
42% respectivamente. De la antioqueña globalizada Noemí
Sanín es una pérdida de tinta escribir sobre sus resultados
electorales. El castigo democrático debería enseñarle que el
ex presidente Pastrana es de mal agüero y de mala
reputación. Y que es imperdonable la labor de sepulturera del
Partido Conservador