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Feminismos a la brasileña

MARGARETH RAGO

Si es un hecho innegable la presencia maciza de las mujeres, colo- reando las calles y las plazas, divirtiéndose en bares, restaurantes, cines y teatros, acelerando el paso en los aeropuertos y carreteras, o simple- mente trabajando en las empresas y universidades, también lo es la convicción de que el movimiento feminista contribuye enormemente a esos resultados. Con seguridad, no todo puede ser explicado por una mayor concienciación de las mujeres en relación con sus derechos y posibilidades, ya que la propia presión del mercado en expansión, en los últimos treinta años, llegó a amplios sectores de la población -mujeres, niños, adolescentes y población negra-, lo que elevó el número de los posibles consumidores. Pero las conquistas femeninas en beneficio propio, en la arena política y social, y la reversión de una serie de estereotipos que inferiorizaban al «sexo frágil»y subestimaban la cultura femenina se deben, en gran parte, a las luchas tenaces traba- das mundialmente por las feministas desde finales de los años sesenta. En Brasil, al considerarse esa amplia gama de cuestiones, no se pue- den dejar de lado las cuestiones específicas propias de un país muy di- ferenciado, no sólo en relación con los del Primer Mundo, sino tam- bién con los de América Latina, principalmente cuando se trata de las permanencias culturales y de las transformaciones sociales. Como ya explicaron varios grandes intérpretes de nuestra cultura, los vínculos con la tradición tienden a ser más débiles en nuestro país, lo cual pro- picia una apertura hacia el exterior y una asimilación relativamente fá- cil y rápida de las novedades tecnológicas y culturales (Holanda, 1994).

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En ese sentido, el feminismo que se expande por el mundo occidental desde finales de los años sesenta nos afecta igualmente. La americanización cultural es otro fenómeno claramente observa- ble en Brasil, más que en otros países de América Latina. Y esto ocurre no sólo por las inversiones financieras, que producen una grande y rá- pida expansión de las redes MacDonald's y de otros tipos defastfoody de mercaderías, sino también por el ángulo de la izquierda, en ra- zón del impacto de los movimientos sociales y de derechos humanos, desde el Civil Rights Movement, el movimiento negro -a ejemplo de la fascinación ejercida por los Black Panthers en los años setenta-, el movimiento feminista, y aun el movimiento hippie. Claro que no se puede desconsiderar la importancia de la propia historia brasileña, donde el feminismo, aunque de pequeño alcance, emerge entre los años 1910 y 1920, también en un momento de inten- sa industrialización y modernización del país (Hahner, 1990;Rago, 1985). Por un lado, mujeres de clase media, liberales, en lucha por el acceso al mundo del trabajo y de la cultura, movilizadas por el derecho de voto; por el otro, trabajadoras anarquistas y socialistas, que demandaban la transformación del estatus de la mujer y cuestionaban la moral sexual y la ideología de lo doméstico. Fueron muchas las que se empeñaron en la lucha por la emancipación femenina desde mitad del siglo XIX. Cuarenta años después de la conquista del derecho de voto para las brasileñas, en 1932, pero, al mismo tiempo, de la victoria de los patro- nes normativos de la ideología de lo doméstico -que instituyeron la figura de la «reina del hogar» y del marido «proveedor», reunidos en la familia nuclear sacralizada-, asistimos a la emergencia de un expre- sivo movimiento feminista. Este movimiento cuestionó tanto la opre- sión machista como los códigos de la sexualidad femenina y los mo- delos de comportamiento impuestos por la sociedad de consumo. En el contexto de un proceso de modernización acelerada, promovido por la dictadura militar y conocido como milagro económico, en el que se desestabilizaban los vínculos tradicionales establecidos entre indivi- duos y grupos y la estructura de la familia nuclear, las mujeres entraron con fuerza en el mercado de trabajo, volvieron a proclamar el derecho a la ciudadanía y denunciaron las múltiples formas de violencia de la dominación patriarcal (Álvarez, 1988). También los homosexuales masculinos y femeninos se organiza- ron al lado de otras «minorías sociales» y se manifestaron en movi- mientos políticos que reivindicaban el derecho a la diferencia y cuestio- naban radicalmente los patrones dominantes de la masculinidad y de la feminidad. El movimiento negro invadió el espacio público, las pla-

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Genevieve Naylor, Mujeres en la ventana. Brasil, hacia 1940.

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zas, las universidades y, en defensa del black is beautiful, colocó en esce- na las nuevas exigencias y críticas de las mujeres negras, que se diferen- ciaban, a su vez, de las demandas delfeminismo blanco. La contrapartida a la violenta dictadura militar (1964-1984) fue la explosión de una vigorosa cultura de la resistencia, que se expresó en la crítica política al régimen, como muestran las composiciones musi- cales de Geraldo Vandré, Chico Buarque de Holanda, Milton Nasci- mento, Caetano Veloso y Gilberto Gil, así como las propuestas de mo- dos liberales alternativos de la vida en sociedad, profundamente mar- cados por el movimiento hippie. Inicialmente dirigida al régimen militar, la «revolución cultural» en curso en las décadas de los sesenta y setenta en el país extendió sus cuestionamientos a la sociedad bur- guesa más amplia y encontró varias corrientes del pensamiento inter- nacional envueltas en la crítica a la modernidad. Así, paradójicamente, en el mismo momento en que se vivía en Brasil una violenta represión política, social y cultural, que afectaba ra- dicalmente a la vida pública, cortaba la palabra y la acción y deshacía los antiguos espacios de sociabilidad y de interacción social, se asistía a la emergencia de nuevas formas de expresión cultural tanto en los sectores ligados a las luchas de la resistencia, entre los más indiferentes o aun los más comprometidos con el régimen. Se multiplicaban los es- pacios culturales y deportivos, tanto los que demandaban el llamado culto californiano del cuerpo, como los que criticaban las formas sociales

aburguesadas y que, inspirados

por los orientalismos, recurrían

al yoga,

a relajamientos terapéuticos, a los tratamientos psicológicos y psiquiá- tricos o a la alimentación macrobiótica y naturalista. La clase media ur- bana, especialmente, pasó a disfrutar de las innúmeras formas de trata- miento psicológico, al sufrir, de manera brutal, el impacto de la ruptu- ra de antiguos patrones de relaciones familiares y la ruptura con los antiguos modos de sociabilidad y de interacción social(Figueiredo, 1994). En ese contexto de crisis y de construcción de nuevos modelos de subjetividad, desde los años setenta, emergió el llamado feminismo orga- nizado como movimiento de mujeres de las camadas medias, en su mayoría intelectualizadas, que buscaban nuevas formas de expresión de su individualidad (Goldberg, 1986). En lucha contra la dictadura militar, se enfrentaban con el poder masculino dentro de las organiza- ciones de izquierda, que impedían su participación política en condi- ciones de igualdad con los hombres. Así, las primeras organizadoras de los grupos y periódicos feministas, a mediados de aquella década, ini- ciaron un movimiento de recusa radical de los patrones sexuales y del modelo de feminilidad que sus antecesoras habían ayudado a fundar,

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en los comienzos del siglo xx. Más que nunca, las feministas coloca-

ron en cuestión el concepto de mujer definido como sombra del hom-

bre

que le daba el derecho a la existencia apenas como auxiliar del cre-

cimiento masculino, en lo público o en lo privado. 1975 fue estableci-

do como el Año Internacional

de la Mujer, y originó la fundación del

Movimiento Femenino por la Amnistía, a cargo de Terezinha Zerbini. Fuera del feminismo, pero también afectadas por él, surgían publi- caciones destinadas al público femenino más amplio, como las revistas Nova y Mais, de la editorial Abril Cultural, que radicalizaban el discur-

so de

la revista Claudia, creada anteriormente,

bastante famosa por sus

artículos escritos por la feminista Carmen da Silva (Moraes el al., 1980).

Referenciadas por los patrones periodísticos norteamericanos,

esas re-

vistas proponían

nuevos lenguages en relación con el cuerpo y la se-

xualidad femenina y suscitaban reflexiones que avanzaron la discusión de asuntos considerados tabú, como el cuerpo, la sexualidad y el orgas- mo femenino. Las mujeres descubrían el clitóris, mientras que se per- guntaban si el orgasmo vaginal no había sido apenas una construcción del psicoanálisis.

Así, desde sus primeros artículos, al proponer una nueva figura de

mujer independiente,

libre, ágil, activa, nueva ciudadana y nueva inte-

grante del mercado, la revista Nova explicaba la fisiología del cuerpo

femenino y mostraba el clitóris como lugar fundamental

del placer se-

xual, con base en los descubrimientos

de Masters y Johnson. A la pre-

gunta de si «él.In hombre puede "dar" orgasmo a una rnujer?», la res-

puesta era taxativa: «[

] NO. Las mujeres son responsables de sus

pro-

pios orgasmos. Por otro lado, con un hombre hábil y atento es más probable que la mujer llegue al clímax-

En otro artículo, de febrero de las confusiones en tomo al clímax

1991, Freud era responsabilizado

de

femenino: <<Élcreía que las mujeres

tenían dos tipos de orgasmo: el clitorial (inmaduro) y el vaginal, duran-

te la relación; alcanzado por mujeres emocionalmente

maduras. Pero

eso era sólo teoría, sin ninguna investigación científica. Hoy en día los

sexólogos dicen que alcanzar el orgasmo por la estimulación del clíto- ris es tan válido, o "maduro", como cualquier otro tipo de orgasmo»

EL FEMINISMO REBEWE

Cercano pero paralelo a los movimientos

sociales que se levanta-

ban contra la dictadura jeres que se organizaba

militar --en especial, el movimiento de las mu-

en la periferia de las principales ciudades brasi-

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Patrícia Galváo (pagu). Escritora, feminista y comunista (1941). Archivo Edgard Levenroth (Colección Pagu).

leñas, que no incluía, sin embargo, en su agenda las banderas del femi- nismo, ya que era liderado por la Iglesia católica-, el movimiento fe- minista se propuso denunciar la dominación sexista existente en la so- ciedad, inclusive en el interior de los grupos políticos, de los sindicatos y de los partidos de izquierda (Álvarez, 1988). Marcadas por una expe- riencia política de oposición, ya que muchas feministas eran activistas políticas que venían del exilio forzado en el exterior, como Danda Pra- do (Yolanda Cerquinho da Silva Prado) y Maria Lygia Quartim de Mo- raes, o que salían de las prisiones, como Eleonora Menicucci de Olivei- ra y Maria Amélia Teles,entendieron que el movimiento por los derechos de las mujeres en Brasil debería ser diferenciado y no subordinado a las luchas por la redemocratización que despuntaban en múltiples espa- cios sociales y políticos del país. Antes que nada, las feministas brasileñas de esa segunda época cues- tionaban radicalmente las relaciones de poder entre los géneros, rela- ciones que se establecían también en el interior de los grupos políticos de izquerda y luchaban para impedir que la dominación masculina

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fuese diluida o disminuida por el discurso tradicional de la revolución. Aunque muchas trajeran una formación marxista, a partir de la cual pensaban las relaciones entre los sexos, buscaban nuevos lenguajes para reflexionar sobre otro tipo de dominación, no la clasista. En la au- sencia de un vocabulario propio, la aproximación de la lucha entre los sexos con la lucha de clases parecía una alternativa posible. Así, después de establecer las estrategias de su movimiento, definie- ron que el objetivo mayor de su preocupación deberían ser las trabajado- ras, consideradas no como el sector más oprimido de la sociedad, sino como el principal portador de la Revolución Social. Los dos principales periódicos feministas fundados en el periodo -Brasil Mujer, del grupo homónimo de Londrina, en Paraná, que circuló entre 1975y 1980 y No- sotras,Mujeres, de la Asociación de Mujeres de Sáo Paulo, publicado en- tre 1976 y 1978- buscaban concienciar a las trabajadoras pobres e ini- ciarlasen un lenguaje marxista en un principio destinado a pensar en la lu- cha entre las clasessociales,y no precisamente en la guerra entre los sexos. Esta postura obedecía a algunas estrategias políticas: de un lado, obtener el reconocimento social de un movimiento que colocaba a las mujeres como el objetivo principal; de otro, conseguir la alianza con los demás sectores de la izquerda brasileña, envueltos en la lucha por la redemocratización, donde los hombres daban las cartas y enuncia- ban un discurso político bastante característico. Además, en ese mo- mento, el marxismo era considerado el principal instrumento teórico de análisis en el campo de la política revolucionaria. El feminismo, en ese contexto, buscó regirse por el lenguaje hege- mónico en la izquierda del país, no sólo mediante el dominio de los meros conceptos teóricos, sino que intentaron probar cómo en cada una de las cuestiones mostradas por los líderes y partidos políticos, era posible también percibir la dimensión femenina. En resumen, hablan· do el lenguaje marxista masculino, las feministas se esforzaron para dar legitimidad a sus reivindicaciones, para valorar sus luchas y presentarse como un grupo político importante y digno de confianza. Por eso, el

editorial de Nós Mulheres (Nosotras, Mujeres), publicado el 7 de marzo

de 1978, proponía:

Que las cosas queden claras: mantenemos la firme convicción de que existe un espacio para la prensa feminista, que denuncia la opresión de la mujer brasileña y lucha por una sociedad libre y de- mocrática. Creemos que elliderazgo de la lucha feminista cabe a las mujeres de las clases trabajadoras que no sólo son oprimidas en rela- ción con el sexo, sino también explotadas en relación con su clase.

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Entre la segunda mitad de la década de los setenta y los comienzos de la de los ochenta, nacieron innúmeros grupos feministas, cercanos a los grupos políticos de izquerda y.abiertos, al mismo tiempo, a los nuevos horizontes teóricos y políticos que emergían en el país, sobre todo con los llamados nuevos movimientos sociales. Así como otros sec- tores sociales denominados minorías, las feministas buscaban crear un lenguaje propio, capaz de orientar sus rumbos en la construcción de la identidad de las mujeres como un nuevo accionar político. De esta ex- periencia surgieron innumerables asociaciones feministas en el país, como el Centro Brasileño de la Mujer, en Río de Janeiro; la Asociación de Mujeres, de Sáo Paulo, posteriormente denominada Sexualidad y Política; el Colectivo Feminista, en Río de Janeiro; el Colectivo Femi- nista, en Campinas; el SOS Mujer, en Sáo Paulo; el SOS Campinas; el SOS Cuerpo, en Recife; el María Mujer, en joáo Pessoa; el Brasilia Mu- jer; el Brasil Mujer; el Grupo «Sexo Finalmente Explícito»; el Centro de Información de la Mujer (CIM), en Sáo Paulo, entre otros. Todos esos grupos mezclaban militantes y ex militantes partidarias, marxistas y ex marxistas con feministas de las nuevas generaciones que defendían prioritariamente las «políticas del cuerpo» y las cuestiones de la sexualidad. Más allá de las tendencias políticas diferenciadas, bus- caban total autonomía en relación con los partidos de izquierda, como el Partido de los Trabajadores (PT), que acababa de ser fundado, a pe- sar de la militancia partidaria de muchas feministas.

AFIRMANDO LA DIFERENCIA FEMENINA

Solamente después de ese primer momento de afirmación del fe- minismo en relación con el movimiento social y político en lucha por los derechos de las mujeres, y también en lucha por la redemocratiza- ción del país, es cuando las feministas pasaron a proponer una nueva concepción de la política que ampliaba los propios temas que consti- tuían el campo de sus enunciaciones en la esfera pública. Así, cuestio- nes antes puestas en segundo plano como escencialmente femeninas y relativas a la esfera privada, o sea, no pertenecientes al campo masculi- no de la política -por ejemplo, las relativas al cuerpo, al deseo, a la se- xualidad y a la salud-, fueron politizadas y llevadas a la esfera públi- ca, a partir de la utilización de un lenguaje diferenciado que, más allá de todo, permitía enunciadas. En ese momento de crítica acentuada a la racionalidad occidental masculina, ya no definida apenas como bur- guesa, se partió hacia la afirmación del universo cultural femenino, en

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Mujeres en lucha por sus derechos. Archivo Edgard Levenroth, Fondo Voz da unidade.

todas las dimensiones posibles. Esto implicaba, en el campo concep- tual, la emergencia de un lenguaje específicamente femenino y de 10 que se considera como una epistemología feminista, suficientemente innovadora en sus problemáticas y conceptos para aprender las dife- rencias (Lima, 1994). En muchos aspectos, las feministas pasaban a feminizarse, a valo- rar el lenguaje, los atributos y los temas femeninos, 10 que significaba más que un simple retorno a sus valores propios, una ampliación del

campo conceptual, a través del cual tejían sus críticas a la sociedad pa- triarcal capitalista y revelaban sus artimañas y limitaciones. Más que nunca, pasaron a pensar en sí mismas desde una óptica propia, y die-

ron visiblidad a 10 que antes estaba escondido y

no aceptado, 10 que

inevitablemente llevó a una radicalización del potencial transforma- dor de la cultura feminista en contacto con el mundo masculino. Se

trataba, entonces, no de no aceptar más el universo femenino, sino de incorporarlo renovado en la esfera pública, 10 que se tradujo, aún más, en forzar una ampliación y una democratización de ese mismo espaclO.

Con

el eslogan «10 privado es político», las cuestiones del mundo

privado, de la subjetividad, de la familia, de la sexualidad y de los len-

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guajes corporales ganaron visibilidad y posibilidad de ser menciona-

dos, podemos decir tomando prestados algunos términos de Michel Foucault y Gilles Deleuze, tanto en la práctica cotidiana de los grupos feministas, como en los debates académicos y en las reuniones de mi-

litantes. El

distanciamiento

la incorporación

del discurso marxista masculino, a su vez,

facilitó

de temas tabú como los referentes a las emo-

ciones,

a los sentimientos o a la moda y, por lo tanto, la búsqueda de

nuevos

conceptos capaces de enunciarlos

e interpretarlos. Éstos fueron

buscados sobre todo en el campo conceptual que venía siendo pro-

puesto por las corrientes del pensamiento

postestructuralista, como

por ejemplo el concepto de desconstrucción de Derrida o las nociones de

poder disciplinar y de subjetivación trabajadas por Foucault y por las femi- nistas extranjeras.

La amplia crítica cultural feminista no dejó de lado ni a las propias

representaciones

del feminismo vehiculadas en la prensa alternativa

de izquierda, especialmente

a partir de la publicación

del periódico

Mulherio (Mujerío) entre 1981 y 1988. La antropóloga

Eliane Robert

Moraes, por ejemplo, en un sugestivo artículo, se preguntaba si «¿Femi- nista es rnujer?», y dirigía sus críticas tanto a los muchachos del periódi- co O Pasquim, para los cuales las feministas sólo podrían ser mujeres feas y mal amadas, como a las propias feministas, que reforzaban una

imagen negativa de sí mismas. En

resumen, se preguntaba,

épor qué la

lucha por la autonomía un cierto embrutecimiento

femenina implicaba una des-sexualización y de las mujeres? El propio periódico, en su

edición de marzo-abril de 1981, explicaba su título, afirmando:

¿Por qué Mujerío? Mujerío. Casi siempre la palabra es emplea- da en sentido peyorativo, asociado al histerismo, gritería, bajeza, chismerío, o entonces, «hermosura». ¿Pero cuál es la palabra relacio- nada con la mujer que no tiene esa connotación? [...]. Mujerío, a su vez, es nada más aquello de «las mujeres». Es lo que somos, es lo que este periódico será. «Sí, nosotras vamos a asu- mimos como Mujerío y, en conjunto, pretendemos recuperar la dig- nidad, la belleza y la fuerza que significan las mujeres reunidas para exponer y debatir sus problemas. De una manera seria y consecuen- te, pero no mal humorada, testaruda o dogmática»

Así, en ese nuevo feminismo, la estética,

los cuidados de sí, la sa-

lud y la belleza del cuerpo pasaban a ser parte de la temática

jeres, sin que signifique una adhesión acrítica a los ideales vehiculados por los medios. Por el contrario, esos temas

de las mu- de belleza pasaban a

componer

las discusiones relativas a la salud, vista ahora desde una

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Acto público por el día internacional de la mujer (1981). Archivo Edgard Levenroth, Fondo Voz da Unidade.

perspectiva ampliada. De este modo, varios artículos discutían qué tipo de belleza deseaban las feministas «<Labelleza producida», «Espe- jo, espejo mío», de Silvia Beck), mientras que la psicoanalista Maria Rita Kehl cuestionaba la aceptación/negación machista del cuerpo fe- menino, aceptado apenas como expresión de un determinado patrón estético (Mujerío, 1982, 14-15).

Si los hombres afirman que ven en la mujer antes que nada los

bellos contornos, considero eso un empobrecimiento

de su capaci-

dad de mirar y ver. Estoy convencida de que nuestro mirar sabe en- contrar en el hombre señales de lo que él es, más allá de los contor- nos de su musculatura.

La psicoanalista feminista reforzaba su crítica mediante la obser- vación de que para ser al mismo tiempo «moderna y atrayente dentro de los patrones de la muñeca de lujo de antiguamente», la mujer preci- saba consumir mucho más, en el interior de un sistema de referencias dictadas por el mundo masculino, en el que el cuerpo debería ser ágil, limpio, delgado, perfumado y rígido. Proponía radicalmente «la sub- versión de nuestros conceptos estéticos»:

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La mayor belleza es la del cuerpo libre, deshinibido en su pro-

pia forma de ser, gracioso porque todo ser vivo es gracioso cuando no vive oprimido y con miedo. Es la libre expresión de nuestros hu- mores, deseos y olores; es al fin la culpa y el miedo que sentimos

por nuestra sensualidad natural; es la conquista del derecho y

del

coraje para una vida afectiva más satisfactoria; es la libertad, la ter- nura y la autoconfianza que nos volverán bellas. Es esa la belleza fundamentaL

El repensar las prácticas feministas llevó, así, a la decisión de abrir los guetos feministas y encontrar los innúmero s canales disponibles en la sociedad y otros movimientos populares. Las feministas ampliaron su radio de acción, entraron en los sindicatos, en los partidos, en las universidades, en las iglesias, en los espacios de diferentes entidades de la sociedad civil y, sobre todo, en el movimiento de mujeres, que se ar- ticulaba, desde los años setenta, en la periferia de algunas ciudades, como en Sáo Paulo, apoyado por los sectores de izquierda de la Iglesia católica y por los grupos políticos envueltos en la lucha por la redemo- cratización. Ese movimiento, aunque reclutase un número excepcionalmente grande de mujeres, como ya dijimos, no levantaba cuestiones propia- mente feministas como banderas de lucha. Luchaba por guarderías, transportes urbanos, mejores condiciones de vida, sin que resultaran incluidos temas femeninos fundamentales, como el aborto y la violen- cia sexual contra las mujeres, muy pertinentes en los medios pobres y ncos. Así, el contacto que se estableció entre los dos movimientos lidera- dos por las mujeres ---el movimiento feminista y el movimiento de

  • mujeres- fue muy productivo para todas. Para las feministas, porque

pasaban a llegar a una red mucho más amplia de mujeres; para las mu-

jeres pobres de la periferia, porque les mostraban cuestiones que difi- cilmente serían enunciadas espontáneamente, como las referentes a la moral sexual, al cuerpo y a la salud. Fundamental en esa asociación, el feminismo desarrolló y amplió sus banderas de lucha, y destacó las cuestiones de la violencia contra las mujeres y de los derechos repro- ductivos. Vale recordar que, en ese periodo, y como parte de su propio pro- ceso de apertura a los diferentes canales de participación social y polí- tica, el feminismo también se caracterizó por iniciar un diálogo con el Estado. En ese sentido, en 1983 fue creado el Consejo Estatual de la Condición Femenina, en Sáo Paulo. En 1985 surge el Consejo Nacio- nal de la Condición de la Mujer, resultado de las presiones feministas

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en la Campaña por las Directas-Ya; en 1986 es creada la primera Dele- gacía Especializada de Atención a las Mujeres Víctimas de Violencia (DEAM), en Sáo Paulo. Muchas no vieron con buenos ojos esa aproximación y la incorpo- ración de algunas demandas feministas por parte del Estado, desde el comienzo, pues veían el peligro de institucionalización del movimien- to feminista, amenazado de ser absorbido por el Estado post-autorita- rio, pero aún machista. Así, si, por un lado, fueron desarrollados deter- minados programas de acción, como el PAISM -Programa de Asisten- cia Integral de Salud de la Mujer- en 1983, a partir de las propuestas feministas de cuidados con el cuerpo, salud y sexualidad y, al año si- guiente, la 1Conferencia Nacional sobre la Salud y derechos de la Mu- jer; por el otro, varias feministas denunciaron las dificultades de la apli- cación efectiva de los programas, que no contaban con el apoyo nece- sario del Estado. Otras, sin embargo, apostaron por los beneficios que de ahí podrían resultar.

Los FEMINISMOS EN LA AcruAUDAD

Al evaluar las experiencias feministas en el cambio de milenio, Celi Pinto marca algunas de nuestras observaciones al creer que, por lo me- nos, dos importantes tendencias pueden ser notadas: por un lado, una mayor difusión del feminismo en la sociedad; por otro, una mayor es- pecialización y profesionalización con el surgimiento de muchas ONG feministas y fundaciones privadas volcadas hacia la lucha por los derechos de las mujeres. En el primer caso, considerando que el mundo se volvió más femi- nista, o filógino (Rago, 2002), se observa la propia mudanza en el com- portamiento de los hombres en relación con las mujeres, que pasan a ser más respetadas en los diferentes espacios por donde circulan. Como afirma aquella autora, las bromas sexistas y racistas ya no son bienveni- das, ni consideradas normales en diferentes círculos sociales (pinto y Jardirn, 2004,92). Podemos aún citar la disminución de los casos de hu- millación pública que suman las mujeres en situación de aborto por parte de médicos y enfermeros. Además, es visible que las mujeres más jóvenes disfrutaban de una libertad mucho mayor en relación con las de sus madres y que podían construir relaciones más saludables con el propio cuerpo y con la propia sexualidad, lo que es fundamental para la constitución de una autoestima positiva. Por lo tanto, son enormes las conquistas realizadas por el feminismo en todos los campos de la

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vida social a lo largo de esas décadas, especialmente en lo que se refie-

re a la aceptación de

las mujeres en el mercado de trabajo y a su reco-

nocimiento profesional.

En relación con el surgimiento de varias ONG feministas, desde la década de 1990, las cuestiones son muy complejas. Entre los numero- sos grupos feministas destacan los que defienden la causa de las muje- res negras, como el Colectivo de las Mujeres Negras de la Baixada San- tista, el Geledés -Instituto de la Mujer Negra-, y el Fala Preta, en Sáo Paulo; el Criola, en Río de Janeiro; la Casa de la Mujer Negra, de San- tos; y la Articulación de las Mujeres Negras-AMN, que fortalece en mucho el movimiento de esos sectores, lo que se evidencia en la crea- ción de la Secretaría Nacional de Políticas contra la Desigualdad Ra- cial, donde la ministra es la feminista negra Matilde Ribeiro. Otras ONG feministas se destacan: la Red de Desarrollo Humano (REDEH); el Centro Feminista de Estudios y Asesoría (CFEMEA), creado en Brasilia, en 1989; el Siempre Viva Organización Feminista (SOF); la Unión de las Mujeres, en Sáo Paulo, dirigida por Maria Amé- lia Teles, que se dedica a la formación de promotoras legales, y a crear un espacio para que las mujeres de la periferia conozcan y defiendan sus propios intereses; el Colectivo Feminista de salud y sexualidad en San Pablo; la Ecos, que trabaja con la cuestión de la sexualidad entre adolescentes; el SOS Cuerpo, que actúa en el área de salud y derechos reproductivos y sexuales y ciudadanía feminista y en cursos de capaci- tación ofrecidos en todo el nordeste y en Zona da Mata. En 1990 se crea la Red Nacional Feminista de Salud, Derechos Reproductivos y Sexuales, una organización horizontal formada por más de 120 filiales, entre ONG feministas y activistas feministas. Más recientemente se

crearon

en Brasilia las Jornadas Brasileñas por la Despenalización del

Aborto, que reúne varias entidades. Finalmente, surge el Patrícia Calváo -Pagu-, de Sáo Paulo, también hace poco tiempo, que trata con los medios de comunicación y monitoriza todos los discursos e imágenes divulgadas por la prensa nacional. En una entrevista realizada recientemente con unas de las más co- nocidas militantes feministas brasileñas, Eleonora Menicucci de Oli- veira -fundadora de la Red Nacional Feminista de Salud y Derechos Reproductivos y Sexuales y actual relatora para los Derechos Humanos en la Salud en Brasil, de la ONU-, se destaca una crítica tanto a algu- nas acciones políticas de los consejos gubernamentales, como a la en- trada de las feministas en cargos públicos y ministerios, ya sea en el go- bierno de Fernando Henrique Cardoso, o en el de Ignacio da Silva (Lula), por acabar aceptando, en la mayoría de los casos, el juego mascu-

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Día internacional de la mujer (1987). Archivo Edgard Levenroth, Fondo Voz da Unidade.

lino de la política. Al evaluar más ampliamente la experiencia feminis- ta hoy, ella afirma:

En el área de la salud de la mujer, no hay grandes mejoras para

la vida de las mujeres

[...]

desde el punto de vista de las políticas pú-

blicas, no hay implementación del PAISM

[...].

En relación con la

cuestión de la legalización del aborto, el Gobierno no se abre

[...]

el

aborto puede llegar al Legislativo, pero no al Ejecutivo

[...]

esto es

una cara de la institucionalización de las cuestiones feministas. La otra cara, la institucionalización, en el campo de la sociedad civil, son algunas ONG, que se vuelven mucho más profesionales, traba- jando para el Estado y menos para la sociedad civil. En este caso, hay una pérdida de la capacidad de autonomía política.

La crítica es contundente. Según ella, si, por un lado, el crecimien- to de las ONG permite un aumento de forma más organizada de las demandas feministas, por otro, puede no favorecer el fortalecimiento político y la capacidad de presión de las mujeres. A pesar de la disemi- nación de las ideas feministas por toda la sociedad, por ejemplo como ocurre en las universidades, en núcleos de investigación, sindicatos y hasta entre las mujeres religiosas donde proliferan los «estudios de rnu-

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jer y del género», no hay una mejoría radical en la vida cotidiana de las mujeres, especialmente de las más pobres, en función de la profundi- zación de las desigualdades sociales. En relación con los derechos se- xuales, ella sostiene que si son enunciados, no son necesariamente practicados:

En los puestos de salud, e! servicio de anticonceptivos a los usuarios es precario, por ejemplo. Hay poca inversión presupuesta·

ria de! Gobierno en recursos para e! implemento de las políticas vol- cadas hacia e! ejercicio de los derechos de la mujer, especialmente en

e! área de la Salud. En

e! área de la violencia sexual, hubo una amo

pliación enorme de los servicios de atención a las mujeres, en e! caso de violación, están, por ejemplo, e! Hospital Jabaquara, en Sáo Paulo,

e! Hospital Sáo Paulo, e! Pérola Bighton, e! de Vila Nova Cachoei-

rinha. Son treinta servicios en Brasil, hoy, que hacen aborto en los

casos previstos en la ley con acompañamiento psicológico.

La vio-

lación pasa a ser crimen contra la persona humana y contra las coso

tumbres en e! nuevo Código Penal, lo que no significa que dismi- nue! número de las violaciones, apenas han sido más visuali- zadas.

Sin embargo, se registra el fortalecimiento de las luchas y conquis-

tas feministas en

el área de la salud, donde desde 1992, se difunde el

concepto de Derechos Reproductivos, lo que envuelve discusiones es- pecíficas en torno a las mujeres y al cuerpo femenino, como la lucha contra la violencia sexual, la despenalización del aborto, la cuestión de las tecnologías reproductivas y el problema del sida. Otro lugar de fortalecimiento del poder femenino se encuentra en la producción científica. Innumerables núcleos de investigación sobre las mujeres y las relaciones de género han impulsado investigaciones no sólo sobre las cuestiones femeninas, sino dirigidas también hacia los estudios de la masculinidad en las universidades brasileñas. De este trabajo resultan algunas importantes publicaciones, como la Revista de Estudios Feministas, actualmente vinculada a la Universidad Federal de San- ta Catarina; los Cuadernos Pagu, en la Universidad Estatual de Campi- nas; la revista Espacio Femenino, en la Universidad Federal de Uberlándia y la revista digital Labrys, ya casi con seis números publicados en por- tugués y en francés (http://www.unb.br/ih/his/gefem). La Editorial de las Mujeres, en Florianópolis, se dedica a publicar obras raras de escrito- ras, inexistentes en los libros consagrados de historia de la literatura brasileña, como Nísia Floresta, Júlia Lopes de Almeida y Carmen Do- lores, entre muchas otras. Al fin, las mujeres se afirmaron en el mundo

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público, y revelaron una creatividad y una potencialidad indiscutibles, lo que contribuyó a feminizar indudablemente la cultura occidental. Se puede decir, además, que mientras del lado del «feminismo de los derechos» tenemos ese panorama, también se radicalizan los discur- sos de algunas feministas, como el de la historiadora Tánia Swain, que cuestiona radicalmente el modo de ser femenino, las formas de defini- ción y apropiación de las prácticas y vivencias de las mujeres, y parte en búsqueda de nuevos modos de constitución de sí. Pensando en las posibilidades de invención de la propia subjetividad en la sociedad de control, como define Deleuze, y buscando escapar de los códigos nor- matizadores que capturan la subjetividad, Swain propone la creación de «heterotopias feministas», o sea, la constitución de otros espacios a partir del cual las mujeres pueden, si no liberar a la mujer, sí liberar a las mujeres de la figura sedentaria de la Mujer (Swain, 2002). Finalmente, no hay que negar el hecho de que las conquistas ar- duamente ganadas a lo largo de estas últimas décadas por el feminismo no están consolidadas. Al contrario, están continuamente amenazadas por presiones machistas muy conservadoras. Una de las principales quejas de las «nuevas mujeres», en general, es la doble o triple jornada laboral y la dura competencia en el mundo masculino, como muestra una extensa investigación realizada por la Fundación Perseu Abramo (Venturi el al, 2004). Las dos cuestiones no pueden ser disociadas si se considera que la exigencia de la calidad del trabajo femenino aún es mucho mayor que la que se da en relación con los hombres. Las mu- jeres continúan pagando un alto precio por participar en la vida públi- ca, como denuncian las feministas. En verdad, la libertad femenina acarreó un aumento muy grande de trabajo femenino, especialmente para las casadas o con hijos. La guerra entre los sexos no terminó y, de hecho, se acentúa en nuevos frentes, como el profesional y el afectivo. Sin embargo, y con respecto al pesimismo suscitado por el conser- vadurismo de nuestros tiempos, el feminismo, ya sea como modo de pensamiento, o como conjunto de prácticas políticas, sociales y sexua- les, ha contribuido enormemente a la crítica cultural contemporánea y a importantes transformaciones sociales y culturales. Más allá de la des- construcción de configuraciones ideológicas, conceptuales, políticas, sociales y sexuales que organizan nuestras vidas, el feminismo dio visi- bilidad a las formas perversas de exclusión y de humillación que ope- ran en el mundo público. Al mismo tiempo, propone formas alterna- tivas de organización social y sexual fundamentales para la construc- ción de relaciones no jerárquicas y más igualitarias no sólo entre los géneros, ya que se trata fundamentalmente de la construcción de un

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nuevo concepto de ciudadanía, en un campo en constante cambio. Fi- nalmente, hay que destacar la enorme contribución feminista a la cien- cia, al introducir temas y discusiones no sólo relativos a las mujeres y a la cultura femenina, sino ampliados a las cuestiones del género. En ese sentido, con sus problemáticas diferenciadas y a pesar de las resis- tencias, han conseguido transformar radicalmente también formas y modos tradicionales de pensar. En 2005, se ha realizado el VII Congreso Feminista Latino-Ameri- cano, en Bertioga -Sao Paulo-, que ha apuntado, según Menicucci de Oliveira, «una posibilidad de recuperar un poco la radicalidad y au- tonomía de las feministas orgánicas», ahora que un escalón mínimo fue conquistado.

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