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El peso de un pensamiento

Jean-Luc Nancy
Traducción de Joana Masó y Javier Bassas Vila
Índice
Director de la Colección Letras: Francisco Villegas Belmonte

El gesto suspendido de la pintura . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7

El peso de un pensamiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13

Vox clamans in deserto . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29


Primera edición: Octubre 2007
© del autor: Jean-Luc Nancy
Título original: Le poids d’une pensée
Retrato del arte como una muchacha . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 45
© Le Griffon d’argile y Presses Universitaires de Grenoble, 1991; Mireille Calle-Gruber y
Eberhard Gruber eds.
Agradecemos especialmente la amable colaboración de los editores para la presente
Peán para Afrodita . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
edición
© de la traducción: Joana Masó y Javier Bassas Vila Les iris . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 91
© de la imagen de la portada: Colette Deblé, Muchacha llevando un plato con frutas de
Tiziano
© de la fotografía: Mickäel Bandela y Elisa San José Corte de estilo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103
Maquetación: Natalia Susavila Moares

© de la edición Espacio contra tiempo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 115


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Referencias . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135
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parte de la Editorial.

ISBN-13: 978-84-96720-34-3
Impresión: Imagraf
Depósito legal: C 3514 - 2007
Impreso en España


El gesto suspendido de la pintura
Prefacio del autor a la edición española

 En este texto, Jean-Luc Nancy retoma la temática del fin del arte, que
analizará más detalladamente en el tercer ensayo titulado «Retrato del arte como
una muchacha», relacionándola con la obra visual de la artista Colette Deblé que
figura en la portada del presente libro. [N. de los T.]
I

La joven muchacha de Hegel nos presenta los frutos caídos del ár-
bol y ya estériles de la religión estética. Privados de la savia que para
ellos era la vida de los dioses, esos frutos no son más que obras de
arte. Se nos presentan en el recinto de un templo que lleva el nom-
bre de antiguas divinidades, pero que no alberga ya su presencia. El
Museo no es solamente el conservatorio de las obras: es primero el
de las Musas. Conserva su divinidad. Aunque lo divino en general
siempre se conserva: mantenido siempre en su separación y en la
reserva que no son más que su naturaleza misma.
La joven muchacha es la Musa. Es tanto la Musa como el Museo.
Es la verdad del arte –su inspiración, su hálito, su respiración– tanto
como lo que de entrada parece: figura, representación, alegoría cuyo
porte agraciado vuelve placentero el encuentro de lo que corre el ries-
go de limitarse a esa mera gracia decorativa y de dejar así en la som-
bra la revelación del Espíritu extraído de todas las representaciones.
Hegel quiere creerlo, pero sabe más secretamente de lo que noso-
tros imaginamos hasta qué punto el Espíritu en su pureza resulta no
ser nada si no viene junto a nosotros, si no se expone a nosotros –en
nosotros. Y es en verdad el Espíritu lo que la joven muchacha revela.
Ella es la verdad divina del arte, que no es el arte mismo si-
no su presentación, en efecto, su tenerse ante nosotros –ella lo
mantiene en su separación y nos lo ofrece con un mismo gesto.
Nos ofrece pues su separación. Nos ofrece la obra –la pintura, la
escultura, la música– sólo para ofrecernos su separación. Y ofre-
ciéndonos esa separación, nos está abriendo a ella. O bien la está
abriendo en nosotros.


EL GESTO SUSPENDIDO DE LA PINTURA JEAN-LUC NANCY

No la figura, sino su ofrenda, y por la ofrenda tendida hacia el ajustamiento del empuje y de las resistencias. Lo femenino se
nosotros el más allá de la figura. Su más allá o su más acá que define por un pesaje en el adentro, que se sustrae a las leyes de
no es ni otra figura, ni una ausencia de figura, sino el gesto de la los graves para dejar ascender en él el peso mismo, la densidad
ofrenda. La joven muchacha está toda en su gesto, que es el gesto elevada en intensidad, la masa puesta en suspensión.
de la Musa y del Museo. Es un gesto que muestra sin designar, Suspensión –tal es la palabra de esta pintura. Suspende la pe-
que ofrece sin destinar, que propone sin imponer, expone sin de- santez de las representaciones tanto respecto a los espacios repre-
poner. Eso, precisamente, es lo divino. O bien, si se prefiere, el sentados como respecto al sentido que quería producirse en ella
muy simple y fino intervalo por el que se revela lo infinito: que misma. No la suspende por medio de ningún dispositivo de reten-
nada es propiamente finito. Que todo al contrario empieza. Que ción, ni por ningún artificio de apoyo en el aire. Sostiene el cuerpo
todo se eleva y nada se acaba. en suspensión sorprendiendo su pesantez en lugar de su verdad.
Es el lugar de un deseo. Todo cuerpo es pesante por una pesantez
que no lo debe todo a las leyes físicas. Éstas no son tan siquiera, en
II última instancia, más que las consecuencias del deseo que hace
que los cuerpos sean pesantes: deseosos de unirse entre ellos.
Tal es el peso del pensamiento: grave en elevación, levanta- Aristóteles pensaba la caída como un movimiento animado por
miento, aliento. Grave –tal y como se decía antaño «los graves» el deseo del lugar natural que es el centro, lo íntimo de la tierra.
para hablar de los cuerpos pesados– reteniendo su peso para pe- Esa meta-física dice la verdad cuya mecánica moderna da los algo-
sar lo más delicadamente posible, y tocar así sólo lo justo. ritmos. El centro de la tierra es el punto –sin lugar, fuera de lugar,
Esta gravedad es la que Colette Deblé da a la pintura. Ella da for- insituado– desde el que procede la expansión de un deseo de mun-
ma –una gran forma clásica, de preferencia, es decir, cargada con do. Una atracción, en efecto, como pensaba Newton, una curvatura
todo el peso de la tradición y de los honores– sustrayendo lo que la como pensaba Einstein, aunque siempre una relación, un el-uno-
formaba en el seno de la pintura, lo que la conformaba a un deseo hacia-el-otro por el que sólo el-uno-y-el-otro pueden valer.
de ejecución realizada, lo que la informaba con intenciones (relato, El-uno-hacia-el-otro indica el hacia [vers], el versus, la inclina-
escena, significación, alegoría o símbolo). Lo que se encuentra sus- ción que se gira y se dirige al encuentro o en contra, el clinamen
traído al sentido del cuadro, al sentido de la historia y a la satisfacción que a través del vacío original arriesga choques, conjunciones,
de la visión comprensiva se encuentra puesto en juego de nuevo, re- separaciones y combinaciones. El hacia se conserva como tal has-
lanzado, cuerpo separado –sin ser ya solidario de un sistema de gra- ta el contacto, aunque en el contacto persiste y prolonga sin fin la
vitación y de leyes de la pesantez, sino librado a una ingradivez que relación afinando el toque, el pesaje, la caricia o el roce, la inquie-
le restituye su densidad y su movimiento más propios, que resultan tud o la conmoción del acercamiento. Así, el hacia de la cadencia
ser también, sin duda, los menos familiares, los más ajenos a lo que poética roza sin posarse la conclusión de un período o un discur-
convocaba el universo de las historias y de las representaciones. so. Todo arte es poético, sin nada en él que pese o pose.
Que esos cuerpos sean cuerpos de mujer no debe sorprender.
La feminidad del cuerpo –sea cual sea su sexo categorial: su femi-
nidad existencial, o esencial, la que las «mujeres» proponen sin III
exclusividad simple– no es más que una incorporación tendencial
de la pesantez. Lo masculino de los cuerpos pesa afuera, sobre el Así, la joven Musa de Hegel se ha convertido, entre muchas
suelo, contra los muros, en el apoyo, la presión y la tensión, en otras, en esa joven que lleva frutos, de Tiziano. Aquí los frutos

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EL GESTO SUSPENDIDO DE LA PINTURA

mismos desaparecen. Dan lugar al título de un libro que se pre-


senta como El peso de un pensamiento. Las manos, despegadas del
cuerpo y dibujadas por los bordes de una copa también disuelta
en el aire, llevan el título, ese peso de pensamiento tan ligero que, El peso de un pensamiento
sin el gesto, presentimos que perdería hasta las palabras que lo
anuncian.
Pero al mismo tiempo, la joven, la mujer, lanza esas palabras
al aire, las hace volar, emprender el vuelo, dejándolas huir a lo
lejos, lejos de sus sentidos posibles. Ella se calla, esa mujer cuyo
cuerpo, pasados la cabeza y los hombros, se resuelve en una cons-
telación de átomos o de estrellas, de gotas de pintura dispersadas,
diseminación generosa del color –que sostiene la sustancia en
suspensión, pues admitiremos, con Hegel, que el gris, el tinte
incoloro del puro pensamiento, da el tinte del pensamiento, de la
sustancia pensante. Pero esa tez pálida y casi privada de vida sólo
pertenece a la cara del concepto. Hay otra cara, la de la joven mu-
chacha, púrpura, amaranto, violácea, que se aparta del concepto y
nos mira, labios tendidos hacia nuestros ojos.
En el reverso del concepto, hay lo que sin negarlo se aparta de
él y esquiva su gris, releva su aspecto de plomo y, reteniendo de
un dibujo suspendido un charco irisado, nos deja sorprender un
recomenzar sin fin: el verdadero pesaje de un pensamiento.

Jean-Luc Nancy, agosto 2007

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