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MINISTERIO DEL INTERIOR

ACTAS OFICIALES
DE LAS

Sesiones celebradas por la Comisión y Sub


comisiones encargadas del estudio del

Proyecto de Nueva Constitución


Política de la República

IMPRENTA UNIVERSITARIA
ESTADO «3 - SANTIAGO DE CHILE

1928
NOTA

Con anterioridad a la Primera Sesión, S. E. el Presidente de la

República había convocado a una Asamblea a la cual asistieron


numerosas personas invitadas especialmente por S. E., como repre
sentativas de las diversas corrientes de opinión e intereses nacionales,

Después de esa reunión, se dictó el decreto que nombró la Co

misión Consultiva, las actas de cuyas sesiones son el objeto de esta


publicación.

Edbcio Torreblaxca,
Secretario de la Comisión y Subcomisiones.
PRIMERA SESIÓN DE LA COMISIÓN CONSULTIVA, FOR
MADA POR LOS SIGUIENTES SEÑORES:

Domingo Amtjnátegui Solar, Pedro León Loyola,


Emilio Bello Codesido, Arturo Lton Peña,
Luis Barros Bohgoño, Juan Esteban Montero,
Francisco Bulnes, Pedro N. Montenegro,
Héctor Boccardo, Ángel Mella,
Julio Bustos, Roberto Meza Fuentes,
Guillermo Bañados, Enrique' Oyarzún,
Enrique Barbosa, Tomás Ramírez Frías,
nolasco cárdenas, Germán Riesco,
Juan Enrique Concha, Juan Serrano,
Víctor Cruz, Luis Salas Romo,
Luis Malaquías Concha, Gustavo Silva Campo,
Guillermo Edwards Matte, Óscar Schnake,
Agustín Edwards, Rafael Silva Lastra,
Emiliano Figueroa, Romualdo Silva Cortés,
Carlos Fernández Peña, Víctor Troncoso,
Pedro Fajardo, Miguel Urrutia,
J. Guillermo Guerra, Ismael Valdés Valdés,
Galvarino Gallardo Nieto, Carlos Villarroel,
Fernando García Oldini, Carlos Vicuña Fuentes,
Gregorio Guerra, Julio Velasco,
Luis Galdames, Francisco Vidal Garcés,
Antonio Huneeus, Fernando Varas Contreras,
Manuel Hidalgo, Absalón Valencia,
Ramón Jerez, Eliodoro Yáñez y
Santiago Labarca, Héctor Zañartu Prieto,
Guillermo Labarca,

nombrados por decreto N.° 1422, de 7 de Abril de 1925,


Presidió S. E. el Presidente de la República, don Arturo Ales-
sandri, actuando de Secretario el Subsecretario del Interior, don
Edeeio Torreblanca.
S. E. Excúsenme, señores, si ocupo por un instante su aten

ción, porque creo que antes de entrar a deliberar, hay conveniencia


en aclarar algunas ideas. Debo ser lo suficientemente franco para

decirles que me encuentro en estos instantes en una situación de



6 —

cierto desaliento, y para mi tranquilidad necesito aclarar algunas


ideas la franqueza que requiere la hora presente.
con

Yo tengo una convicción muy arraigada en el sentido de que

en país debe crearse un régimen institucional de Gobierno sobre


este
la base de poner fin, de una vez por todas, al más grande de los daños
que lo afligen, con consecuencias tan funestas como inevitables: me
refiero a la rotativa ministerial. Creo que es total y absolutamente
imposible hacer administración pública y trabajar por los bien en
tendidos intereses del país, sin poner coto, de una vez por todas, y
en forma definitiva, incontrarrestable, a dicha rotativa.

Para poder alcanzar este ideal no hay más que un camino : colo
car a los Ministros de Estado completamente al margen de la acción

y de la intervención de los partidos políticos, o sea, de la política


partidarista.
En mi opinión, los Ministros de Estado deben ser altos funcio
narios administrativos, que tengan la eficiencia necesaria para resol
ver y tratar los negocios de Estado. De la misma manera que cuando

se trata de formar una sociedad anónima, o establecer una industria

cualquiera, se busca a un hombre competente, a un hombre técnico


para que la dirija; así, también, en la gestión de los negocios de Es
tado debe buscarse hombres capacitados y eficientes para esta labor;
debe atenderse para elegir estos hombres única y exclusivamente a
su honorabilidad y a su eficiencia.
Al país no le importa que el Ministro de Ferrocarriles, que el
Ministro de Higiene o de Asistencia Social, o el de Hacienda, perte
nezcan al partido tal o cual; lo que al país le interesa es que ese Mi
nistro sea un hombre eficiente, que pueda atender los negocios some
tidos a su estudio y resolverlos con criterio científico, como lo recla
ma la hora actual. No hay, en verdad, cosa más difícil que gobernar

un país. El arte de gobernar está sometido hoy a normas científi


cas ... Y si se necesitan hombres de conocimientos especiales para
manejar una industria cualquiera, ¡cuánto mayores y más profundos
conocimientos no han de necesitarse para dirigir esta grande indus
tria que se llama la sociedad humana! Mientras no encontremos la
fórmula que coloque a los Ministros en la situación que señalo, creo
que perdemos lastimosamente el tiempo, que la revolución última
habrá sido inútil y que será inútil también el trabajo que estamos
haciendo ¿Por qué? Por consideraciones que aparecen naturales.
. . .

Si intervienen los partidos políticos en la formación de los Gabinetes,


si los partidos políticos fijan a su arbitrio su representación en los
Gabinetes, ocurrirá lo que hemos visto hasta hoy en esta materia,
que los repre^entanles de los partidos políticos que están en el Go
bierno, tendrán que desarrollar su acción teniendo mas en vista los
intereses de sus propios partidos que los del Estado.
Esto lo hemos venido viendo a través del tiempo; sabemos que
en la administración pública hay que posponer a veces las conside
raciones de alto interés público, para atender a especiales considera
ciones de orden secundario que interesan sólo a la política partida
rista.
Esta idea la he tenido yo siempre y la he acentuado durante
los tres y medio años de mi administración, porque durante este
tiempo he visto cómo se han estrellado inútilmente todos mis esfuer
zos en favor del bien público. Constantemente he tenido que estar

luchando contra la intervención de la política dentro del Gobierno,


o sea contra la acción de los partidos políticos dentro de la adminis

tración. Y por eso digo que mientras haya acción política parti
darista en la administración pública es totalmente imposible pre
tender hacer buen Gobierno.
Dentro de nuestro régimen parlamentario, el Presidente de la
República, en presencia de una crisis ministerial, tenía que buscar
hombres eficientes para cada cartera, hombres con la honestidad
necesaria para ser Ministros; pero tenía también que luchar con una
tercera consideración: la de que estos Ministros fueran hombres con
ambiente en el Parlamento. Y esta consideración primaba, natural
mente, sobre todas las demás, porque ese ambiente era la vida del
Ministerio, y sin esa condición el Gabinete no podía vivir. En con
secuencia, había que buscar antes que todo ese ambiente; de modo
que, la fuerza de los hechos y de las circunstancias, como ley su
prema de vida, obligaba al Presidente de la República a dejar a un
lado las consideraciones de eficiencia de los Ministros para atender
sólo al ambiente parlamentario.
Ha pasado constantemente en las organizaciones ministeriales
que al partido tal le ha correspondido el Ministerio de Hacienda,
por ejemplo, y al partido cual el de Justicia, y en muchas ocasiones
se ha encontrado el Presidente de la República con que el partido

al cual se le asignaba el Ministerio de Hacienda, no tenía hombres


competentes para ese cargo, y en cambio en otros partidos los había.
Pero era necesario sacrificar los intereses del país, del Gobierno y
de la nación, ante las consideraciones partidaristas.
Por esto yo digo que sino establecemos un régimen de Gobierno
adecuado y eficaz para que devolvamos a la administración pública
y al Gobierno de la Nación el carácter funcional y de competencia
técnica de los que dirigen los negocios del Estado, no vamos a con
seguir nada. . .

Considero que si no logramos encuadrar la reforma constitu


cional sobre estas normas, el sacrificio' que estoy haciendo será esté
ril y, en consecuencia, será innecesario que yo siga en este puesto.
Esta idea es el resultado de mi experiencia en estas materias y
la he sostenido desde el primer día que llegué al Gobierno.
Alguien pudohaberimaginadoantes que estemodo de pensar se
debía a consideraciones de carácter personal, al deseo pueril, tal vez,
de extender las atribuciones y la acción del Presidente de la Repú
blica.
Pero me parece que, si se consideran los hechos ocurridos y se
atiende a los pocos meses que me quedan de permanencia en este
puesto, hay antecedentes sobrados para que el país se convenza de
que, si puedo equivocarme, por lo menos hay la seguridad absoluta
de que procedo con sinceridad y en defensa de los intereses del país,
tal como yo los comprendo.
No se crea tampoco que, al sustentar estos principios, abogo
por la supresión del Parlamento. De ninguna manera.
Lo único que quiero es establecer la división funcional entre los
dos Poderes: que el Poder Ejecutivo administre con absoluta y en
tera independencia, que el Presidente de la República, con sus cola
boradores, respondan ante la opinión y ante el Congreso de la forma
cómo administra y ejercita sus funciones, y que el Poder Legislativo
ejerza su alta y fundamental atribución de fiscalizar, de orientar la
administración pública dentro de lo correcto, dentro de sus límites
precisos y, al mismo tiempo, dicte las leyes que convienen al Estado.
No se vaya, pues, a creer que yo pretendo establecer un régimen
dictatorial, un régimen en que el Presidente de la República sea
omnipotente. Defiendo un Gobierno en que el Presidente de la Re
pública tenga todos los controles necesarios para que no llegue a la
tiranía, un régimen en que se establezcan las medidas necesarias
para que el Ejecutivo se mueva siempre dentro de la órbita de sus
atribuciones, pero con la independencia necesaria para administrar
el Estado. Porque mientras la acción de la política partidarista esté
influyendo sobre el Presidente de la República, éste no podrá desig
nar los funcionarios en consideración a los bien entendidos
intereses del Estado, sino a los intereses político-partidaristas. Y
como los más fuertes de estos intereses son los electorales, siempre

tendrá que hacer los nombramientos por razones de carácter electo


ral, y de esta manera todos los actos de administración irán siendo
maleados y se producirá en el hecho otra vez la causa generadora de
los acontecimientos que hemos presenciado y que han estado a punto
de llevar el país al caos.
Creo que este es un punto fundamental, un punto esencial.
Cuando yo vine a hacerme cargo nuevamente de este puesto,
lo hice en tal concepto. Hablé entonces con absoluta franqueza,
con absoluta sinceridad; y cuando después nos reunimos aquí
en esta sala, dije que venía a hacer política nacional, a hacer
política
_
9 —

de bien público; que pedía la cooperación, no de dos o tres grupos


de cinco o diez grupos. .
Dije que pedía la cooperación de todas
.

las fuerzas nacionales para esta obra de redención y de salvación pú


blica, que no pedía la cooperación de un determinado núcleo de per
sonas, para aislarlas de otros grupos, ni mucho menos aceptaba la
agrupación de algunos hombres para ponerla frente a otros hom
bres. En este sentido fui explícito y claro para manifestar mi pen
samiento.
Ahora, dentro de estas normas y sin el ánimo de molestar a
nadie, .tengo el deber de hablar con franqueza. Y perdónenme los
representantes de los partidos políticos si les digo, con todo el respeto
que me merecen sus opiniones, que, dentro de mis doctrinas y en la
situación que los hechos han creado a la República, no puedo reco
nocer a los partidos políticos derecho alguno para intervenir, mien
tras yo esté en este puesto, en las gestiones ministeriales, en la forma
en que yo deba elegir a los Ministros
y ni aun en la forma en que
deba administrar el Estado.
Yo soy el que respondo ante la opinión pública, yo soy el único
que tengo derecho para elegir mis colaboradores. Si la opinión pú
blica tiene confianza en mí, me sostiene; si la opinión pública no
tiene confianza en mí, abandonaré este puesto, seguro de haber cum
plido con los dictados de mi conciencia. Pero, mientras yo esté
aquí sirviendo los ideales de la revolución con lealtad y reso
lución inquebrantables, mantendré mi independencia, porque he sido
llamado nuevamente para gobernar yo y no para ser gobernado. No
debo ni acepto ser gobernado por ninguna clase de elementos : yo no
he venido aquí para servir o defender nombres; defiendo principios,
doctrinas e ideales. Y dentro de esta doctrina, yo sostendré la inde
pendencia del Ejecutivo.
No vaya a creerse por mis palabras que estoy atacando a los
partidos políticos. He sido bastante franco para decir en la reunión
pasada que no concibo el Gobierno sin la existencia de los partidos
políticos, porque, a mi modo de ver, no cabe Gobierno sin la existen
cia de estos elementos. Los partidos políticos son agrupaciones de
hombres alrededor de determinados ideales, que los sirven, porque
creen que mediante ellos harán la prosperidad y la grandeza del país.

Yo no ataco— quede así establecido a los partidos políticos;


sólo sostengo, como lo dije en ocasión pasada, que están desorgani


zados y que marchan por mal camino. Pero creo que deben existir,
ya sea sobre la base de ideales económicos, políticos, sociales1, reli
giosos, etc. Son fuerzas sociales que tienen razón de ser y que, bien
organizados, facilitan el Gobierno de la República.
De modo que yo no ataco a los partidos políticos, sino que sos
tengo que, como estamos hoy procurando la vuelta al régimen ñor-

lO-

mal, en forma que cada función se desarrolle dentro de su órbita,


los partidos políticos no están dentro de la suya cuando quieren
imponer normas administrativas al país. Los partidos deben servir
para señalar rumbos de gobierno al Estado; pero no deben inter
venir en los detalles de la administración.
Antes de terminar deseo decir unas palabras para esclarecer un
punto importante.
Se han producido acuerdos que son del dominio público, entre
algunos partidos políticos, que me han hecho una impresión des
agradable. Los diarios han registrado acuerdos en los cuales aparece
como que existieran en el país dos peligros, que serían la resultante

de antecedentes y opiniones probadas: el peligro del militarismo y


el peligro de la dictadura del proletariado.
Yo debo declarar que estas afirmaciones me colocan en una

situación sumamente difícil, porque yo he aseverado en esta sala,

que el problema del militarismo no existe en Chile hoy día, y esto


lo repito y repetiré una y mil veces.
Yo mandé de Roma un telegrama poniendo como condición,
para regresar a la República, que las fuerzas armadas volvieran a
las actividades que les son propias, que tornaran a los cuarteles; que
no tomaran ingerencia en el Gobierno sino en las funciones inhe
rentes a su institución.
Y declaro aquí, y a la faz del país, que las fuerzas armadas cum
plieron lealmente lo que les pedí, o sea que abandonaran toda inge
rencia en el Gobierno,
No hay asociación militar alguna, pública ni privada, no hay
ningún comité militar que intervenga, directa o indirectamente, en
la marcha de! país.
El problema del militarismo no existe, y si existiera, no necesi
taría yo que la alarma viniese de fuera, sería el primero en devolverla
y combatirla con todas mis fuerzas y energías.
Las fuerzas armadas han vuelto a su actividad normal y viven
nuevamente, dentro del régimen de la disciplina.
Se me objetará que hay representantes del Ejército y la Marina
en el Ministerio. Yo contesto que en las anteriores administraciones,

y también en la mía, ha habido Ministros pertenecientes a las fuer


zas armadas, porque así lo exigían razones de carácter técnico, pe

ro siempre se ajustaron a los términos de su misión funcional, sin


intervención en la marcha política del país.
Por el contrario, en estos momentos, cuando es necesario volver
cuanto antes a la República a su régimen constitucional, para evitar
toda suspicacia, estos funcionarios han obrado con todo tino y
discreción;, todavía yo estimo que en los momentos actuales es
indispensable que haya representantes de la Marina y del Ejército

li

en el Gobierno, no para intervenir


en la vida civil de la República,

ni para mezclarse en cosas que no les corresponden, sino para volver


a las de la disciplina y para que el Presidente de la Repú
normas

blica tenga los medios más eficaces de ejercer sobre estas institucio
nes el debido control.
Por manera que todo aquello que haga pensar o creer que no
se han cumplido los
requisitos establecidos en el telegrama de Roma,
carece de fundamento.
Esto, por lo demás, nos puede llevar a la renovación de un pro
blema que está ya eliminado, que no está en el tapete de la discu
sión, que no existe.
Por otra parte, esta afirmación daña profundamente nuestro
crédito en el exterior, porque el Presidente de la República afirmó
en todos los tonos que asumía el mando sobre la base del restableci

miento de un régimen civil. Las fuerzas armadas, con un patriotismo


que les honra en alto grado y que compromete la gratitud de sus
conciudadanos, aceptaron este temperamento y lo practican leal
mente; de suerte que, si hacemos afirmaciones en contrario y en
pugna con la verdad de los hechos, inferimos inmerecido daño al
prestigio externo del país.
Por eso quiero repetir nuevamente que no existe absoluta
mente un régimen militar de control de las fuerzas armadas, y repito
que ellas cumplen con lealtad las condiciones del telegrama de Roma
y están desempeñando el rol a que están destinadas dentro de la más
absoluta y rigurosa disciplina.
Ahora, respecto al otro punto, yo no creo que haya un proble
ma social inquietante y grave. Es cierto que hay un problema social,
en cuanto el pueblo reclama un mejoramiento y ciertas reivindica
ciones, pero el Gobierno atenderá estas reformas y reclamaciones en
cuanto sean razonables y estén ceñidas a la justicia. Este Gobierno,

continuando la política que ha inspirado su administración, está


preocupado de atender a esas reformas y de dar al pueblo todas
las soluciones que reclama la justicia social dentro de la hora que
vive la humanidad, y manteniendo en todo caso el orden público y
el respeto a todos los derechos.
En esto no hay una amenaza para nadie; las peticiones serán
juzgadas y aquilatadas por el Gobierno: atendidas cuando sean jus
tas, y rechazadas cuando no lo sean.
De manera que no hay por qué alarmarse ni por qué agravar
el carácter de los problemas que existen y que han de ser pacífica
mente solucionados.
Esto no quiere decir que no abogue por la unión de todos los
partidos políticos, pues, no solamente no combato dicha idea sino
que mi fórmula es muy superior: la de la cooperación de todas las

12 —

fuerzas vitales del país, sin odios, sin resentimientos y sin rencores,
sin levantar la bandera de combate de unos contra otros. Repito una
vez más que mi deseo es el de la unión de todos los chilenos
para
hacer las reformas que el país requiere.
Me he visto en la necesidad de traer estas cuestiones al seno de
esta Asamblea ¿Por qué? Porque quiero definir mi situación.
. . .

Y por eso insisto en decir una vez más que si no se aceptan las refor
mas constitucionales a las cuales considero vinculada la salvación

del país, quiere decir que estoy de más en este puesto. Porque una
de dos: o se aceptan las reformas constitucionales que la hora pre
sente reclama, con la cooperación de todos, sin odios y sin renovar
los resentimientos del antiguo régimen, o bien otro hombre debe
tomar sobre sí las responsabilidades de la hora actual para afrontar
los problemas del momento.
En una próxima sesión propondré mi plan de reforma constitu
cional. Si la opinión pública me acompaña, seguiré adelante, si no
me acompaña, me retiraré del Gobierno sin resentimientos ni renco
res para nadie, y con el mismo cariño para todos los habitantes de
Chile y otro vendrá a este puesto a sacar al país de la situación en
que está y a darle las normas de gobierno que la mayoría de la opi
nión quiera darle.
El señor Lyon (don Arturo) —Con la venia del Excmo. señor
Presidente, quería referirme a las últimas palabras que ha pronun
ciado S. E.
Ha dicho S. E. que vería con sumo agrado la unión y la coope
ración de todos los partidos políticos con propósitos de bien público..,
S. E. He dicho la unión, no de los partidos políticos, sino la

unión de las fuerzas vitales del país. Hay que distinguir, ya que
hay fuerzas que no están representadas en los partidos políticos y
que actúan en la vida Social y económica de este país con tanta
intensidad como los propios partidos.
El señor Lyon (don Arturo). —
Pero los partidos políticos creo
que representan también una parte por lo menos de esas fuerzas.
S. E. Exacto, señor, pero no son todas.

El señor Lyon (don Arturo). —


La unión de estos partidos polí
ticos es justamente la idea a la cual se refirió S. E. el Presidente de
la República.
Cuando las personas que iniciaron estas gestiones tuvieron sus
primeras entrevistas, quedó establecido bien en claro que también
se la cooperación no solamente de todos los partidos políticos
pediría
sino la de todos aquellos que comulgaban con estas ideas y que de
seaban cooperar al resurgimiento nacional por medio de la confección
de un plan para el futuro que tuviera por objeto el progreso de todas
las instituciones.

13 —

No tuvimos entonces nosotros ningún propósito de ir ni en con


tra del Ejército ni en contra de ninguna otra entidad ni en contra
de ningún partido político ni en contra de persona alguna determi
nada. . .

Tanto es así, que en la primera entrevista que tuvimos, el señor


Oyarzún y el señor Montero sometieron a la reunión la realización
de propósitos que todos habíamos manifestado: pedir la cooperación
no solamente del Gobierno, sino también la de los militares para la

realización de nuestros objetivos.


El señor Oyarzún fué a hablar con el señor Ibáñez, Ministro de
la Guerra, el señor Cavero creo que con el señor Bello y con el señor
Jaramillo, Ministro del Interior, para darle cuenta de estos propó
sitos que abrigábamos.
Pues bien, tanto los militares como el señor Ministro del Inte
rior, manifestaron que ellos estaban de acuerdo con nosotros en esto
y que ellos cooperarían también en este afán de bien público que
nosotros les manifestamos.
Por otra parte, una persona amiga del señor Bello me había
insinuado ya que éste tenía también la aspiración de que los parti
dos políticos se unieran con un alto propósito de bien público.
Creo que con estas palabras queda demostrado que no ha ha
bido ningún mal espíritu al proyectar esta unión de estos partidos,
Creo, por el contrario, que estas iniciativas, deben ser aplau
didas por todo el mundo, y creo que de ellas deben resultar grandes
beneficios para todo el país.
El señor Bustos (don Julio). —
Como en este momento se ha
referido S. E. a ciertas noticias que se han propalado por la prensa
en estos últimos días, noticias que dicen relación con los acuerdos
aprobados en la reciente convención de un partido al cual tengo la
satisfacción de pertenecer y la circunstancia de haber sido yo im
pugnador de uno de los votos aludidos, me coloca en estos momen
tos en la situación de precisar con mayor propiedad su alcance en
forma que tal vez refleje el verdadero sentir de aquella asamblea,
Si me opuse a su aprobación fué porque conociendo el ambiente
de suspicacia en que se desenvuelven nuestras actividades, temí que
se le diera una interpretación errónea, que si bien no se desprende de
su letra ni del espíritu que animó a quienes lo apoyaron, podía dar

margen a ello, vienendo a herir precisamente nuestros sentimientos


como políticos y como patriotas. ¿Y por qué?, se me dirá . . ,

Yo en ningún momento consideré que aquella asamblea de hom


bres que sólo se inspiraban en propósitos de bien público, pensara
que debía formarse esta unión para ponerla al frente del Ejército,
y, si alguna voz aislada se levantó en ese sentido, no fué sino la opi
nión personal de quien la emitió, pero de ningún modo participaba

14 —

de ella la de los presentes. Esa aseveración fué, por mi parte,


masa

desvirtuada en el seno de aquella reunión.


De modo que no hay nada, no hay base alguna que permita
pensar que, en realidad, el Ejército no ha sabido cumplir con su
deber; al contrario, creo que el Ejército ha sabido hacer honor a la
palabra empeñada y a las promesas que hizo a S. E. en contestación
a su telegrama dirigido desde Roma.

Ahora, respecto al temor de los movimientos de los proletarios,


ningún político de mi partido podría contemplarlos como un peligro,
porque eso sería la negación de nuestro programa sobre todo, sería
contrario al programa aprobado en la última Convención, que es
netamente socialista, programa que me cupo el honor de redactar,
Creer en la formación de un block para ir en contra de las aspi
raciones del proletariado, de la clase obrera, a quienes nosotros nos
creemos en el deber de tender la mano y de ayudar en sus aspira
ciones para alcanzar condiciones razonables de vida, no tiene ningún
fundamento, y si yo me opuse en forma enérgica a ese voto en la
Convención de Chillan, fué precisamente por temor de que pudiera
prestarse a estas erróneas interpretaciones a que se ha prestado, pero

no porque viera en él otros propósitos que no fueran los del bien


público. Ese voto no representa, o mejor dicho, no es sino el reflejo
de las aspiraciones e ideales manifestados en anterior reunión en esta
misma sala o sean los de colaboración patriótica de todos los elemen
tos políticos, de todas las fuerzas vivas de la República en orden al
restablecimiento de la normalidad en el país y a la reorganización
de sus instituciones.
De manera que en ningún momento ha habido discrepancia en
lo manifestado en esa reunión, con lo manifestado fuera de ella ni
con lo que se reitera en estos momentos respecto a prestar la más

decidida cooperación a la acción del Presidente de la República en


cuanto a la realización de sus ideas sobre la organización del Gobier
no político y administrativo de la República, ideas que ha venido

repitiendo S. E. desde que fué exaltado al solio presidencial, y con


las cuales estamos en perfecta concordancia, salvo pequeñas y lige
ras divergencias que no sería difícil conciliar al redactar las bases

de la próxima Constitución.
El señor Oyarzún (don Enrique). Es bien difícil seguir todos

los puntos que S. E. ha planteado en su exposición a esta Asam


blea para dar opiniones concretas sobre cada uno de ellos ; pero la
exposición de S. E. me hace ver la absoluta necesidad que hay de
un acuerdo previo de los partidos políticos y demás fuerzas socia

les que han de cooperar a la obra de S. E., a fin de coordinar nues


tro pensamiento en orden a facilitar la tarea de la reforma constitu
cional de que nos vamos a ocupar.

15 —

Descartemos, desde luego, la común obligación de todos los


presentes y de todos los chilenos, de facilitar a S. E. su acción, du

rante el período absolutamente anormal en que vivimos; pero no


olvidemos que la obra de reforma constitucional en que, al margen
de este período anormal de nuestra estabilidad fundamental nos
vamos a ocupar, y en que va a quedar cimentada la República, debe

ser acometida por los partidos con pleno conocimiento de todas las

cuestiones que constituyen el todo fundamental,


Así, S. E. con el propósito de facilitar el restablecimiento de la
República, sobre bases que impidan cualquier dificultad, cualquier
tropiezo en la correcta administración del Estado, nos ha planteado,
tal vez un poco ligeramente, una cuestión que es fundamental, como

es la de resolver si se adopta el régimen presidencial o el parlamen


tario de Gobierno.
Esta es una cuestión en la que vale la pena detenerse. Vale la
pena estudiar si es posible realizar plenamente estos deseos de S. E.
y estudiar, al mismo tiempo, una fórmula que facilitando este pro
pósito, no contenga disposiciones que nos vayan a llevar al pleno
régimen presidencial, con eliminación del parlamentarismo, régimen
que también tiene sus virtudes, que ha prestado grandes servicios
a la nación y que quién sabe si en el porvenir permita nuevamente

defender la libertad, cuando no ya S. E., el actual Presidente de la


República, sino otros hombres ocupen la Presidencia de la Repú
blica.
Esta es materia, Excmo. señor, que, a mi juicio, merece una
consideración previa; merece el estudio de los hombres que se ocupan
especialmente en estas cuestiones.
La última Asamblea Convencional de mi partido, no conside
rando este problema sólo del momento, sino ligado a los destinos
futuros del Partido Radical y al futuro del país, tuvo que entrar a
este estudio y dio las bases que consideró más racionales para con
ciliar la independencia del Gobierno y su eficiencia administrativa
con la plenitud de las atribuciones y facultades del Legislativo . . .

S. E. Precisamente, es en lo que no estoy de acuerdo, y por


eso digo, que considerando que las finalidades ulteriores de la Re


pública, pueden realizarse dentro de mis ideales y tomando en cuen
ta la oposición que a ello se hace, llego a la conclusión de que no
soy el nombre llamado a salvar al país de esta situación, puesto
que un partido poderoso está en contra de ideales, a los cuales con
sidero vinculada la salvación de la República.
El señor Oyarzún (don Enrique). Las resoluciones del Par

tido Radical no pueden envolver un rechazo a las soluciones que


S. E. da a estas cuestiones del momento.
S. E. Son cuestiones del porvenir.

-
16 -

Creo que esta revolución se ha hecho para cambiar de régimen;


no pretendo resolver las cuestiones del momento, sino las del porve
nir y veo que si no se va al régimen representativo, abandonando el
parlamentarismo, el país se hunde y esta revolución, que se ha des
arrollado pacíficamente, va a terminar en medio de raudales de
sangre.
Veo que hay completo desacuerdo entre mi criterio para salvar
el país y el de un grupo numeroso de miembros del Partido Radical
y por esto vuelvo a insistir en que no soy el hombre de la hora pre
sente.
Esto es lo que he querido aclarar, porque me gustan las situa
ciones definidasyprecisas. Parece que el Partido Radical no está de
acuerdo con mi manera de resolver lo que se relaciona con el nuevo
régimen; bien, busque entonces «el hombre», que encarne sus aspi
raciones y que haga la reforma: yo no tengo ningún inconveniente
para designarlo como Vicepresidente de la República.
El señor Oyarzún (don Enrique). S. E. hablaba de solucio

nes y proponía una; yo exponía la manera que tiene mi partido

de apreciar estos problemas; pero si S. E. extrema la situación y co


loca la cuestión en este terreno, no hay discusión posible; porque
ante todo está la situación personal de S. E. que ha venido a sacri
ficarse para resolver las graves cuestiones del momento.
S. E. Soy extremadamente franco y, con franqueza declaro

que veo con profundo sentimiento en algunos círculos políticos el


propósito de no renunciar a los intereses creados y continuar en el
régimen vicioso y desorganizado de las influencias parlamentarias
dictatoriales en la Administración Pública.
Es menester construir los cimientos del Chile del porvenir, y
por esto he hecho un sacrificio; pero si no cuento con la cooperación
honrada de todos, si veo que los partidos políticos no quieren despo
jarse de sus antiguas prerrogativas y hacer una vida nueva con ins
tituciones nuevas, no estoy dispuesto a ello, y, seguramente cuen
to con la mayoría del país.
El señor Oyarzún (don Enrique). -¿Me permite S. E.?

Yo
lamento que se extreme esta discusión y que se plantee en estos
términos. En las discusiones que hubo en mi partido también se
consideraron los antecedentes y se señalaron los mismos peligros y
los mismos errores que S. E. señala. También en mi partido hay hom
bres que protestan contra la intervención exagerada del Parlamen
to, y que abominan de los hombres que hicieron mal uso de sus
atribuciones ; pero esto no quita que el régimen parlamentario ten
ga sus virtudes, que es necesario mantener. Ruego a S. E. que no
coloque al partido radical en la situación que ha manifestado.
S. E.—
Aun más; creo que la enorme masa de los radicales del

17 —

país está de acuerdo conmigo y no con esas ideas. Tengo el con


vencimiento profundo, porque he recorrido el país de un extremo a
otro, de interpretar fielmente el sentir de mis conciudadanos, y así,
en la página 198 de mi mensaje presidencial, hablé a nombre del
país, cuando pedí al Congreso Nacional que meditara sobre las res
ponsabilidades que tenía encima, y cuando decía que yo veía venir
una hecatombe si no se aprobaban las reformas. Creo que inter
preté el sentimiento del país en esos momentos.
El señor Oyarzún (don Enrique). En esta discusión, S. E.

coloca al partido radical en un terreno que no es el verdadero, que


no refleja la situación creada por los acuerdos de la Convención, y

me parece ocioso empeñarme en explicar esta situación, cuando S. E.


no acepta mis explicaciones.

El señor Bustos (don Julio). En realidad, estamos en una


discusión que no mira al fondo de la materia en debate. Nosotros


hemos venido estudiando desde hace mucho tiempo la organiza
ción política de nuestro Gobierno y la situación administrativa,
y después de detenidos estudios, de muchas deliberaciones y de con
templar todos los inconvenientes del parlamentarismo, que mani
fiesta S. E., quisimos que se mantuviera una situación tal que per
mitiera un servicio administrativo y, al mismo tiempo, mantener el
Parlamento dentro de ciertas atribuciones que no pueden ser aque
llas de anteriores administraciones públicas. Yo creo que, si S. E. se
impusiera a fondo de los acuerdos de la Convención, vería que es
tábamos de acuerdo con S. E. en cuanto a los vicios que debemos
corregir.
De manera que, en realidad, la prensa no ha publicado fielmen
te los acuerdos de esa Convención.
El señor Labarca (don Guillermo).- Con la venia de S. E.,

perdóneme una interrupción, señor Bustos, para aclarar este punto.


Por una circunstancia especial, puedo manifestar cuál ha sido
exactamente el espíritu del acuerdo de la Convención radical de Chi
llan, que dice: «El Partido Radical aspira a que exista un Ejecutivo
que administre con la debida independencia, bajo la amplia fiscali
zación del Congreso».
Como se ve, en ese acuerdo no existe, en realidad, la dificultad
a que se ha referido S. E., sino que, por el contrario, se persigue el

propósito de combinar los dos regímenes a que S. E. también ha


hecho referencia.
'S. E.—Eso no está de acuerdo con lo que ha dicho el señor
Oyarzún.
El señor Oyarzún (don Enrique).—Hay otro punto en el que
se dice que el Gabinete necesita estar de acuerdo con la Cámara de
Diputados.
(Actas 2)

18 —

S. E. —
Ese es el régimen parlamentario contra el cual yo he
protestado.
El señor Bustos (don Julio). Pero se trata de un régimen

dentro del cual los partidos políticos no perturbarán con su intro


misión el libre funcionamiento de la administración pública, que debe
organizarse sobre la base de un personal técnico distribuido dentro

de un sistema de estricto escalafón.


S. E. Pero con eso no conseguiremos la estabilidad ministe

rial ; seguiremos en la rotativa que tantos males nos ha producido.


El señor Bustos (don Julio). El pensamiento dominante del

acuerdo citado es tender a que la administración de la República


se cimente sobre una base de organización funcional, que es el ca

mino que la ciencia ceñida en su marcha a las sociedades modernas.


Si examinamos la marcha que han tenido a través de los tiempos
todas las naciones, veremos que debemos llegar a ese resultado;
en todas las sociedades lia existido primero la monarquía abso
luta; después, la monarquía constitucional; después la república,
el régimen constitucional representativo; y finalmente, el parla
mentario.
Esta ha sido la marcha invariable que han seguido todas las
naciones en su lucha por la libertad, que es el fin a que tienden todas
las organizaciones sociales y políticas de la humanidad.
Sin duda alguna que el sistema que hoy día se impondría, den
tro del concepto evolutivo de la vida política y social de los países,
sería la organización funcional.
Pero como nuestros gremios no están todavía perfectamente
organizados, o mejor dicho, nuestra organización social no ha evolu
cionado suficientemente,
creemos algunos que no estamos prepara

dos aún para este régimen funcional, por lo cual se ha pensado en


establecer un sistema mixto
con organización funcional en el orden

administrativo, con consejos técnicos, y dándole al Presidente de la


República algunas facultades de trascendencia y en forma que co
rresponda el grado de desenvolvimiento de nuestra propia moda
lidad.
El señor Labarca (don Santiago). Quiero manifestar con

absoluta franqueza la opinión que tengo sobre los rumbos que creo
que se deben seguir en las actuales circunstancias.
Estimo que el hombre que verdaderamente quiera servir al
país debe, en primer lugar, contemplar las diferentes corrientes de
opinión en que nos encontramos, divididos, aunarlas,
armonizarlas,
tratar de obtener de ellas el mayor provecho para la colectividad;
pero proceder, como pretende hacerlo S. E. el Presidente de la
no

República en estos momentos: tratar de imponer su personal opinión


sobre la de todos los demás.

19 —

S. E. Ni dejar que me impongan la de los demás.


El señor Labarca (don Santiago). Sois el primer ciudadano


de la República y en esa virtud nos habéis llamado; pero no digáis


a este
grupo de nombres respetables que, siendo vuestra opinión tal
o
cual, no admitís que se la discuta. Es inaceptable que se nos quiera
imponer conceptos de Gobierno y no se admita di-cusión sobre las
ideas del Presidente de la República. Es justo que S. E. no acepte
imposiciones; pero, como a todo ciudadano, le corresponde a S. E.
expresar sus ideas sin imponerlas, y empezar respetando para ser

respetado . . .

Creo que si abandonáis ese sillón, que el país todo cree que de
béis ocupar en este momento, se quebrantará gravemente la situa
ción general.
Debéis comprender la enorme importancia y responsabilidad de
vuestra situación personal. Creo que debéis aprovechar esta circuns
tancia para hacer obra de engrandecimiento nacional con todos los
hombres que están dispuestos a prestaros su patriótica cooperación,
Nuestra situación es delicada y yo considero que en estos ins
tantes se juega la suerte de Chile para muchos años, porque los peli
gros de que hemos hablado existen en toda su magnitud; existen
boy, como han existido siempre, pues en un país en que no hay
fuerzas bien organizadas, forzosamente tienen que primar las corrien
tes que tengan alguna organización, querámoslo o no. .

Esto no depende de la voluntad de los hombres.


Yo he venido repitiendo desde hace algunos años que íbamos
directamente a este movimiento militar. Y tengo el convencimiento
Intimo y sincero de que los militares no obedecieron en su actitud
de Septiembre a un propósito predeterminado. Los acontecimientos
los arrastraron en forma ineludible y fatal.
Vuestro papel, Presidente, el papel grande que os corresponde
en estos instantes y con el que escribiréis la página más brillante de
nuestra historia, es el de aunar las fuerzas civiles de este país. Que

el Gobierno sea parlamentario o presidencial, no tiene para mí la

más mínima importancia. Lo importante es salvar la situación en


que está el país y vos podéis hacerlo, señor, conversando con estos
hombres que vienen a colaborar con V. E. Creo, señor, que escribi
réis la página más bella de la historia de la civilidad, si sabéis evitar
todo trastorno violento, oyendo todas las opiniones, como nosotros
oímos la vuestra.
Ese es en mi concepto y perdonadme que os hable con la cla

ridad que acostumbro vuestro papel.—

De un hilo, de una nerviosidad, tal vez de la publicación que la


prensa haga de esta misma sesión, dependerá la suerte del país . . .

Tanto que yo desearía que de todo esto no se dijera una sola palabra

20 -

en la prensa, porque me parece que las declaraciones que aquí se


han hecho son demasiado graves . . .

Escuchad las razones de los hombres que vos mismo habéis


buscado y que junto con vos persiguen el bien del país; discutid con
ellos, y haced primar vuestro criterio, ño por razón de la fuerza, sino
por el convencimiento.
Ese es elpapel que corresponde al mandatario de un pueblo
democrático, que anhela buscar por sí mismo los cauces de su refor
ma constitucional. Ese sacrificio será todavía más enaltecedor para
vos y si vuestras ideas no triunfan en absoluto, será más .grande
todavía el sacrificio que hayáis hecho por vuestra tierra.
Los hombres, cuando llegan al poder, tienen una natural ten
dencia a imponer sus opiniones. Cada hombre cree que sólo sus ideas
pueden salvar al país y por eso tratan de imponer ciegamente su
criterio; pero en esa forma se hacen trizas los países. . .

¿Por qué no discutís y conversáis con nosotros, Presidente?


¿No es lo lógico y lo leal que aceptéis la cooperación que habéis
buscado entre nosotros? ¿O lo que queréis es que nos dobleguemos
a
seguir vuestra bandera, aceptando puntos de vista que no pueden
discutirse?
Perdonadme, os repito, Presidente, que hable con tanta fran
queza; pero el momento es grave. Reflexionad, reflexionad, señor;
os lo pido en nombre de esta tierra chilena a la que todos queremos;
os lo
pido con toda la devoción de mi alma, porque de ello depende
la salvación de Chile.
El señor García Oldini (don Fernando). Yo creo que de

bemos considerar cada uno de los puntos en discusión, sin dejar


nos dominar por el entusiasmo ni por el pesimismo.

Creo que los hombres que fueron a la Convención de Chillan,


lo mismo que los que hoy se encuentran reunidos aquí, están inspi
rados por el alto propósito y el anhelo noble de arrancar al país de
la crisis en que se debate.
Pero los partidos políticos no son únicamente los hombres que
tomaron los acuerdos de Chillan ni los que se encuentran en esta
sala. Detrás de ellos, en torno de ellos se agita la masa, formada por
gentes de toda clase, por gentes de arriba y gentes de abajo.
Y este conglomerado heterogéneo no ha pensado jamás en si
su acción beneficiará o
perjudicará al país, si lo salvará o lo aniqui
lará. Su única preocupación es la de obtener provechos individuales.
Por eso, en el fondo de las resoluciones que los partidos adop
tan, palpitan siempre intereses de medro personal.
De ahí que a nosotros no deba importarnos lo que piensan los
conductores de las agrupaciones políticas, ni sus aspiraciones y ten-

21 —

dencias. Sabemos que en la realidad ellas se subordinarán inevita


blemente a las aspiraciones y tendencias de la gran masa.
Y yo estoy convencido de que siempre va a primar en ellas el
interés,
porque el interés es la directiva humana por excelencia, por
que cuando se ha vivido durante treinta años bajo su férula, no se
puede cambiar en un día, y cuando se ha vivido más de treinta años,
menos.

Fatalmente, los hombres que hoy miran al porvenir y tratan


de constituir un régimen dentro del cual pueda desenvolverse fa

nación, habrán de posponer los grandes intereses, los intereses de la


mayoría a los intereses inmediatos de partidos y de círculos restrin
gidos. Fatalmente, en consecuencia, deberán mantener la anterior
estructura de gobierno.
Esto debemos pesarlo fríamente; considerarlo en todo lo que
vale, en todo lo que significa, y tratar de evitarlo.
¿Cómo?
Pasando por sobre los partidos políticos y organizando la Asam
blea Constituyente a base de la única realidad nacional, o sea, a
base de las funciones de las actividades de los individuos.
Los partidos son también una realidad, y, por consiguiente,
deben estar representados. Pero no son la única realidad.
Por eso, cuando S. E. dice que abandonará el sillón presidencial
arguyendo que la opinión pública, representada por el partido radi
cal, no lo acompaña, S. E. incurre en un error fundamental. El par
tido radical no es la opinión pública, como tampoco lo es el partido
conservador.
Al margen de ellos, sin ninguna vinculación con ellos, está todo

ese mar de seres, que como los radicales y los conservadores también
palpitan, también quieren, también aman y también sufren. Están
los .gremios obreros que no han ingresado al partido radieal o al par
tido conservador, que no pertenecen a ningún partido, al igual de
ellos,y que sienten pesar sobre sus espaldas la posibilidad de la ruina
o del resurgimiento de la nación. Están las instituciones
ideológicas,
están los militares, están los que piensan, los que sienten, los que
estudian. Todas estas gentes son las que constituyen el país.
Si el Presidente de la República ve que toda esta masa, que
toda esta realidad, que todo este conglomerado de individuos que
forman la nación está en contra suya, tampoco creo yo que debería
abandonar sus funciones.
Claro es que el Presidente, como todo ciudadano, tiene el dere
cho de defender sus ideas, y si no las defendiera, sería un mal ciu
dadano.
Cuando yo creo que de lo que he estudiado, de lo que yo he
reflexionado puede depender la suerte del país, su vida o su muerte,

22 —

tengo que defender aquello como a mi vida, porque al defender la


vida del país defiendo mi propia vida. Y sería un cobarde y un- mise
rable si yo cediera porque tengo en contra mía a una mayoría de
opiniones, a una mayoría microscópica de masa.
Creo que, en tal caso, es un deber ía defensa porfiada de las pro
pias ideas. Pero cuando el abandono de una situación material, como
en el caso de S. E. el Presidente de la República, puede perturbar

toda la marcha de la nación a punto de hacerla caer en el caos, no


se puede, sin ser un mal ciudadano, a pretexto de que hay opiniones
encontradas con las nuestras, arrojar el país a la muerte.
Pero antes de que esta situación se produzca, es necesario saber
si el Presidente de la República está o no con el país o, mejor dicho,
si el país está o no con el Presidente de la República.,
Y esto, Excelencia, no lo vais a saber consultando al partido
radical, no lo vais a saber basándoos en los acuerdos de la Conven
ción de Chillan. Lo vais a saber llamando al pueblo, a todo ese con
glomerado que, como dije antes, no se cobija bajo ningún techo polí
tico y que está expandido desde el Río Sama hasta el Cabo de Hor
nos. Es él quien os va a decir si estáis o no en la razón, Presidente
de la República. Y vuestro deber en estos momentos no es el de
discutir si tenéis o no vos la razón. Vuestro deber es el de acudir al
país en lo que verdaderamente es, en su realidad, en su distribución
funcional. Y entonces sabréis lo que el país quiere, lo que el país
siente, lo que el país anhela; entonces sabréis si estáis o no en disen
timiento con él.
Mientras llega ese momento, es como si no se hubiera dicho
nada.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos). He pedido la pala

bra porque discrepo profundamente del modo de pensar del señor


García Oldini.
Yo, Excmo. señor, aunque radical, soy presidencial, y estoy pro
fundamente de acuerdo con V. E. en que el régimen salvador para la
República es el régimen presidencial, en el que la mediocridad propia
de los cuerpos colegiados, en que dominan siempre la intriga, la co
rrupción y la transacción, no viene a perturbar la marcha de la Ad
ministración Pública.
Empero, al mismo tiempo que tengo este juicio arraigado de la
necesidad del régimen presidencial para Chile, tengo, Excmo. señor,
un sentimiento superior: el sentimiento republicano.
Mi alma sufre desde los primeros días de Septiembre por la
muerte de la República. La República falleció
entonces, y temo
mucho que su cadáver no vuelva a levantarse más.
Si queremos crear una República nueva, no debemos olvidar
que lo esencial de ella es la libertad y la responsabilidad y el respeto
a la opinión.

23 —

La libertad se estaba acabando desde antes y terminó de morir


en los días luctuosos de Septiembre, y en cuanto a la responsabilidad,
aparece ya definitivamente extinguida.
Para hacerlas renacer hay que crear instituciones nuevas, y esa
y nootra es la labor fundamental de este momento.
Dos caminos se presentan para esta creación: el que V. E. insi
núa y el que ha señalado Santiago Labarca.
Me parece más práctico y eficaz el camino insinuado por V. E.,
que consiste esencialmente en concebir con la cabeza las nuevas ins
tituciones de la República, en contraposición a la pretensión del
señor García Oldini, de entregar a las visceras, extendidas desde el
río Sama al Cabo de Hornos, la tarea de concebir y formular esas
instituciones.
Greo, y siento tener que decirlo porque puede parecer un halago,
que V. E. está en el caso de Julio César cuando dijo: «Es necesario
que alguien en Roma piense y actúe por la enorme muchedumbre
que no piensa ni actúa».
No hay que olvidar, sin embargo, que el sentimiento republicano
de los tiempos modernos no permite que nadie imponga a los pueblos
sus instituciones ni sus leyes. Hay que consultar oportunamente

sobre ellas la voluntad y la opinión de los ciudadanos, entregándolas


a las disputas de los hombres, tal como lo ha insinuado don Santiago

Labarca.
Es posible, sin embargo, que la irreductible anarquía mental
de nuestra época produzca discusiones tan estériles, tan discontinuas,
tan incoherentes que sea imposible sacar de ellas las instituciones
nuevas, que todos anhelamos para nuestra patria.
En tal evento desgraciado, no quedaría a V. E. otro camino que
cerrar una Asamblea Constituyente incoherente e incapaz y dictar

por sí mismo la nueva Constitución de la República.

Pero mientras llega ese caso extremo, es necesario oir las opi
niones y aceptar las instituciones que la Nación misma quiera darse
aun cuando ellas pugnen con nuestras más arraigadas convicciones.
Dentro de este criterio de subordinación de la divergencia indi
vidual a las aspiraciones colectivas, yo, presidencialista convencido,
he debido someterme al voto de la Convención de Chillan que ha
propiciado un parlamentarismo moderado con facultad del Ejecutivo
para disolver el Congreso Nacional.
V. E. deberá en un caso semejante adoptar patrióticamente una
actitud parecida, pues sería temerario imponer el presidencialismo
si la opinión unánime lo rechaza. Para poder establecer con eficacia
este régimen, que muchos estimamos como el mejor, hay que educar
previamente la opinión, a fin de que comprenda la necesidad de dis
tinguir lo material de lo ideológico, la Administración Pública de la

24 —

legislación general, y comprenda que es mucho mejor un régimen


en que haya mayor continuidad y responsabilidad, que aquel otro,

producido por el parlamentarismo, según el cual los diferentes nego


cios públicos se van resolviendo al azar, sin responsabilidad ni con
tinuidad, perturbados a cada instante por las intrigas y apetitos dis
frazados en la sombra.
Prosiguiendo V. E. hasta el fin su empeño de realizar este régi
men mejor, aunque no llegue a conseguirlo, habrá realizado una
obra grandiosa en la política evolutiva del país, obra que V. E. está
en el deber de continuar, a pesar de los tropiezos y quebrantos, por

que los hombres se deben a la sociedad en que viven y no pueden


negarse a las exigencias sociales del momento histórico en que les ha
tocado vivir.
Y aquí permítame V. E. una franqueza.
El sentimiento de desconfianza que V. E. ha notado y que ha
hecho nacer en muchos hombres la idea de un frente civil único que

parece amargar a V. E., se ha debido a que el Gobierno transitorio


formado en Enero no se limitó, como era su deber, a mantener el
orden público hasta el regreso de V. E., sino que trastornó precipi
tadamente todo el orden legal y social de la República, llegando hasta
destruir la noción de la propiedad y de la honradez, sin haber tomado
siquiera la precaución de escuchar a la opinión pública.
Personalmente no me asusta la idea de que se cambie el con
cepto actual de la propiedad privada arbitraria, tal como existe en
nuestro Código Civil, por el concepto más real y filosófico de la pro
piedad social, pero estimo inaceptable que un Gobierno transitorio,
sin arraigo en la opinión pública como era la Junta y sobre todo el
Ministerio de Enero, trastorne toda nuestra legislación y nuestros
conceptos sociales fundamentales sin considerar para nada los sen
timientos y opiniones de la Nación.
De esta precipitación, de este atropello al sentimiento nacional
ha nacido la desconfianza de que V. E. se queja.
Justamente queremos evitar que estas imposiciones caprichosas
se repitan en la Asamblea Constituyente, sobre todo mientras ella

muestre, como lo espero, capacidad y elevación para deliberar y re


solver sobre los destinos del país, pues si llegara el caso desgraciado
de incapacidad fundamental para la grande obra a que va a ser lla
mada, no debiera vacilar V. E. en tomar el camino que antes ha in
dicado;clausurar esa Asamblea Constituyente y dictar por acto
supremo de la voluntad de V. E. la Constitución futura de la Re
pública.
El señor Troncoso (don Víctor).—En realidad, parece que esta
Comisión nombrada por S. E. el Presidente de la República para que
estudie la manera cómo se va a hacer u organizar la Constitución,

25 —

se está saliendo de su tema; pero, por otra parte, se justifica este


debate producido, porque, como muy bien lo ha dicho el Presidente
de la República, parece que los actuales partidos políticos, y esto —

flota en el ambiente y para nadie es un misterio,—quieren participar


en los momentos actuales en la dirección y tuición superior de la

República.
Esta es la verdad; los caballeros que han hablado han entrado
al fondo de la cuestión, a discutir las bases sobre las cuales se va a
sentar la República, cuando lo único que corresponde a esta Comi
sión es estudiar la organización que va a tener la Constituyente para

que hasta ella puedan llegar todas las fuerzas vivas de la Nación,
Esta me parece a mí que es la cuestión que nos corresponde resolver.
Esa Constituyente no tendrá por qué adoptar el sentir de S. E.
ni acatar lo que piense el partido radical, ni lo que se ha dicho aquí.
Si acaso a esa Asamblea se le da toda la amplitud debida, no sabe
mos qué es lo que va a resolver, S. E. mismo no sabe qué es lo que

va a aprobar dicha Asamblea.

De modo que no se nos venga a poner el pie forzado de que si


no aceptamos tales o cuales doctrinas, S. E. va a abandonar su sillón.

El señor Oyarzún nos ha amenazado con una fuerza poderosa. . .

El señor Oyarzún (don Enrique). Yo no he dicho tal cosa; yo


no he amenazado, no podría hacerlo. Sólo he dicho que el partido ra

dical, si S. E. desea contemplar su modo de pensar, coopera a la


acción del Presidente de la República.
El señor Troncoso (don Víctor}.— S. E. le ha dado más impor

tancia al partido radical que a las palabras expresadas por el señor


García Oldini; esta es la verdad. . .

Ahora, nadie sabe qué es lo que va a resultar de esa Constitu


yente. El Presidente de la República no va a poder decir: «Si no sale
esto, yo no lo permito». Y no creo que en tal caso S. E. pueda clau
surar dicha Asamblea, porque esto sería extremar mucho las cosas,

Se van a reunir allí las fuerzas vivas de la Nación; ellas sabrán


lo que van a aprobar, y el Presidente de la República no debe desem
peñar otro papel que el de dejar que esas fuerzas se manifiesten libre
mente, que discutan libremente y resuelvan lo que ellas crean con
veniente para el interés nacional.
Este es el problema.
Ahora, ¿por qué se ha sacado de su cauce verdadero este de
bate? Porque el Presidente de la República ha dicho, con profunda
sinceridad, lo que es el reflejo de lo que se dice y piensa en todas
partes. Por otra parte el señor García Oldini ha dicho, con mucha
verdad, que los partidos políticos actuales también desean tomar
parte en el Gobierno del país en los momentos actuales.
Esto es lo que hay, esto es lo que se dice y se rumorea en todas

26 —

partes; esto es lo que sale a en forma disfrazada.


la prensa; aunque
Pero esta es la realidad de las cosas.
Conozco perfectamente bien a los partidos políticos: sus voceros
vinieron a pedir a S. E. que formara un Gabinete Universal de tres
a tres o de cuatro a cuatro.

¿Se pusieron de acuerdo los partidos políticos para propiciar la


venida de S. E. el Presidente de la República a objeto de que viniera
a restablecer el régimen constitucional? No, señor, nunca se pusieron
de acuerdo; esto no ha ocurrido.
¿Cómo entonces aquí se juntan los partidos políticos, que hace
seis meses atrás estaban en una situación tan tirante?
¿Cómo les ha llegado ahora un espíritu tan grande de confra
ternidad y de unión?
Esto no lo entiende nadie, absolutamente nadie, señor Presi
dente. ¿Qué es lo que aquí pasa entonces? Es la ausencia de cier
tos hombres que hay en la República que creen que el mundo entero
gira alrededor de su personalidad. Y lo que estamos viendo, es que
cada individuo, sea donde sea, y fuere quien fuere, ya se cree una
personalidad; a pesar de que lo que estamos viendo es la muerte de
las grandes personalidades . . .

De manera que contrariamente a lo que decía el señor Santiago


Labarca acerca de que si se publicaran estas cosas, se va a hundir
la República, a mí me parece que si se publicaran las declaraciones
personales del Presidente de la República que está dispuesto a no
dar intervención en el Gobierno a los partidos políticos que fueron
"

causantes del golpe del 5 de Septiembre, entonces sí, que el país se


va a levantar.
Por eso es que yo nunca más que ahora creo conveniente que
sedé amplia publicidad a estas cosas. Y ¿para qué? Para que cada

cual aquilate a su criterio y qué es lo que hay en todo esto,


vea

Estas palabras «radical», «demócrata», «conservador», etc., etc.,


son voces muertas. ¿Qué es eso?, dice la gente. Parece queeso es una
cosa que existió doscientos años a esta parte.
Esta es la verdad; por es indispensable que los
eso entonces
partidos políticos actuales se de una cosa, y es de que si
convenzan
en los momentos actuales ellos vienen a participar en el Gobierno,
vendrá un desastre grande, porque el esfuerzo de ellos no fué el que
obtuvo la vuelta del Presidente de la República para restablecer el
régimen civil en el país.
De manera, entonces, que cuál es el problema, señores A mí ...

me parece que debemos estudiar la mejor manera de que todas las


fuerzas vivas de la República se manifiesten ahí en esa Constitu
yente, evitando que el capitalismo, que los señores de la fortuna se
compren la conciencia popular como se la han venido comprando

27 —

desde que esta República existe. Es preciso que los gremios se mani
fiesten directamente en esa Asamblea. Esto es interesante. El señor
Bustos dice que los gremios no están preparados; pero, ¿cuándo los
vamos a preparar si no les damos oportunidad para que se mani
fiesten?
A mi juicio, nosotros debemos estudiar la organización de la
Constituyente; no es el papel nuestro el venir aquí a discutir doctri
nas
constitucionales; eso lo hará la Constituyente; entrar ahora en
ese terreno es salimos del debate,
apartarnos de la materia para la
cual se nos ha convocado. Pero, repito, hay conveniencia en que los
partidos políticos se convenzan de una vez por todas de que ya es

tiempo de cambiar los rumbos, y aun, si es posible, cambiar también


los hombres. Esto es de gran importancia.
Por eso yo querría que esta comisión que nombre el señor Pre
sidente de la República, sesionara sola, que S. E. dejara manifestarse
con toda libertad a sus miembros;
que cada cual diera su opinión
personal, y cuando tenga alguna idea que comunicarnos S. E., nos
la diga.
El señor Edwards (don Agustín). Excmo. señor, no deseo sino

decir dos palabras:


Creo, por lo que he oído, que poco a poco, vamos desnaturali
zando el carácter de esta reunión y apartándonos del objetivo con
que nos hemos reunido aquí.
El decreto con que S. E. nos ha designado, dice que se nombra
una comisión consultiva para preparar la convocación y organización
de una Asamblea Constituyente; entre tanto, hasta ahora lo único
que hemos hecho es discutir lo que a dicha Asamblea le correspon

derá discutir. Para nada nos hemos preocupado de la preparación y


convocación de dicha Asamblea.
A fin de que esta comisión consultiva dé todo el resultado que
desea S. E-, y que descaraos todos los que estamos animados de sen
timientos patrióticos, creo que sería necesario ordenar y metodizar
un poco el debate. Mientras cada uno de nosotros estemos sólo expo

niendo nuestras aspiraciones u opiniones, no vamos a llegar a nin


guna conclusión práctica.
Por esta circunstancia; me atrevo a sugerir a S. E. la idea que
voy a expresar.
Esta comisión consultiva para preparar la convocación de una

Asamblea Constituyente, tiene, a mi juicio, dos finalidades esencia


les. Es la primera, indicarle al país, en términos generales, cuáles
son las reformas constitucionales que están involucradas en la con
ciencia pública; porque no nos debemos ocultar que las reformas
constitucionales que no están involucradas en la conciencia pública,
quedan en el papel y no sirven de nada.

28 —

Ese es uno de los objetivos de esta comisión: puntualizar cuáles


son las reformas constitucionales en que todos concurrimos, y que,

por lo tanto, son viables.


Otro de los objetivos de esta comisión es idear el mecanismo de
esta Asamblea Constituyente.
Creo que esas son las dos finalidades principales para las cuales
S. E. el Presidente de la República nos ha invitado a deliberar.
Por eso, con todo respeto, me atrevo a sugerir a S. E. que piense
en la conveniencia de dividir esta comisión consultiva en dos grandes

ramas: una en la cual, por cierto, deben estar representadas todas

las tendencias, que se encargará del estudio de las reformas constitu


cionales posibles; y otra, que se encargará del estudio del mecanismo
por medio del cual se va a convocar a dicha Asamblea Constituyente.
Me permito proponer esta idea, a fin de que no se frustren los
nobles propósitos que S. E. ha tenido al invitarnos a deliberar,
El señor Yáñez (don Eliodoro). Creo, Excmo. señor, que no

habría ventaja en abrir discusiones ideológicas o de carácter doctri


nal sobre las materias que han sido el objeto con que S. E. nos ha
convocado.
No podemos desconocer la gravedad de la situación porque atra
viesa el país; creo que todos los caballeros que me han precedido en
el uso de la palabra están de acuerdo en este hecho.
No sabemos si nos encontramos en el término de la revolución
que empezó en Septiembre, o en los comienzos de otra revolución
cuyo término no conocemos.
En esta situación, S. E. nos ha llamado a colaborar en la difici
lísima misión de procurar que el país vuelva a la normalidad perdida.
Esa tarea necesita la cooperación de todos los chilenos, la coo
peración de todas las fuerzas vivas del país, la cooperación de todos
los partidos, cada cual en su esfera y dentro de sus ideales, sin nece
sidad de confundirlos.
Necesítase, además, un criterio que dirija; un criterio que pro
ponga, sin perjuicio del estudio y cooperación de todos, como he
dicho. Esta cooperación la tiene S. E. El estudio debemos iniciarlo
sin tardanza.
S. E. sabe que cuenta con la confianza del país; que cuenta aún
con la confianza de aquellos que no fueron partidarios de su regreso,

pues, ahora todos reconocen que el regreso del Presidente de la Re


pública es la prenda más segura de la estabilidad de la República
y la mejor garantía de la paz social.
Nosotros confiamos también en que S. E. el Presidente de la
República sabrá llenar su delicada misión con el patriotismo
que
todos le reconocemos. Podemos disentir en algunos de los puntos
secundarios de las reformas constitucionales que es necesario reali-

29 —

zar; pero esta diversidad de criterio en que podamos encontrarnos


con S. E., no ha de hacernos perder de vista la situación en que el
país se encuentra, porque, cualquiera que sea la forma de solucionar
la, siempre será mejor que este estado de incertidumbre en que a
cada instante se presentan nuevos peligros.
Yo no creo, como no cree S. E., que exista en Chile ni el pro
blema militar ni el problema del proletariado. Las instituciones ar
madas acaban de dar un ejemplo de civismo, que es una hermosa
página de la historia nacional. El proletariado reclama mayor jus
ticia social y mejoramiento de las condiciones económicas del país
para realizar sus aspiraciones de bienestar. No estamos amenazados
ni por dictadura militar ni por una dictadura proletaria. Una y otra
dictaduras son meros fantasmas, que se levantan en un horizonte
lejano hacia el cual queremos marchar apresuradamente. Pero yo
digo que nos encontramos en presencia de un grave problema, del
problema que tiene hoy España, que tiene Italia, y que nos estamos
engolfando en él, día a día, sin solucionarlo.
S. E. el Presidente de la República tiene sus líneas, y a no du
darlo, esas líneas serán estudiadas y resueltas dentro del espíritu
patriótico que anima a S. E., al cual debemos cooperación. Por lo
menos, debemos dar a S. E. la seguridad de que no hemos apelado
a su patriotismo, pidiéndole que regrese al país con el objeto de ha

cerle más penosa su tarea.


Podemos disentir con S. E. el Presidente de la República en los
detalles; podemos creer que sería mejor tomar otro camino; pero en
todo caso es necesario tomar alguno para salvar las dificultades de
la hora presente, porque mientras discutimos el camino que debemos
tomar, estamos todavía en medio del pantano y rodeados de toda
clase de peligros.
Por eso yo creo inútil e inoficioso envolvernos en discusiones
idealistas o doctrinarias sobre la materia. S. E. el Presidente de la
República ha nombrado esta comisión con carácter consultivo, es
decir, con el encargo de asesorar al Gobierno. Hay necesidad de tra
bajar sobre bases concretas, sin debates anticipados.
Pues bien, hay dos puntos de vista que contemplar, como ha
dicho el señor Edwards: el uno, relativo a la constitución y funcio
namiento de la Asamblea Constituyente, y el otro, relativo a las
reformas que deban presentarse a la consideración de dicha Asam
blea. El primer punto, puede ser fácilmente estudiado por una comi
sión que no necesita ser numerosa, porque, en la práctica, las comi
siones excesivamente numerosas no dan buen resultado. Y en cuanto
a las reformas constitucionales, es decir, a aquellas que afectan a la

organización institucional del país, creo que también puede nom


brarse otra comisión con el objeto de que las estudie y prepare.

30 —

Yo no tengo idea preconcebida acerca de si debemos adoptar


el régimen presidencial o el régimen parlamentario. Creo que uno y
'

otro régimen tienen gravísimos peligros, si copiamos los sistemas


conocidos con estos nombres.
Además, no debe olvidarse que nos encontramos en un país que
no tiene tradiciones y cuya cultura media es deficiente. Se necesita,

entonces, apreciar este problema criterio práctico, para que po


con

damos crear una organización institucional que permita al país de


senvolverse en su marcha hacia el progreso. Pero hagamos algo
práctico, nombremos estas comisiones, a fin de que pueda entrarse
al estudio de estas materias y se elaboren los respectivos proyectos
de reforma constitucional. Y una vez elaborados estos proyectos, y
examinados y aprobados, todos aquí nos comprometeríamos, leal y
honradamente a ir a la Asamblea Constituyente, a facilitarles su
despacho.
Así haríamos la labor constructiva que se necesita para salir de
la situación en que nos encontramos.
Yo, respetuosamente, invito a S. E. a que nombre estas comi
siones para que empiecen pronto sus trabajos.
El señor Hidalgo (don Manuel). Concurro con la opinión que

ha expresado aquí el señor Labarca en que al invitársenos a esta


reunión, ha sido con el objeto de que se conozcan nuestras opinio
nes, porque, para las reformas que S, E, pretende hacer, es funda
mental que sean escuchadas por todos los hombres y todas las opi
niones que existan en el país. De otra manera, la invitación al
partido comunista no tendría razón de ser, no habría explicación al
pretender que habíamos venido a ésta asamblea a aceptar fórmulas
y concepciones únicamente de S. E., por muy respetables que ellas
fueran.
Nosotros tenemos nuestros puntos de vista y queremos refor
mas que resuelvan los problemas de acuerdo con nuestros postulados.

El compañero Vicuña Fuentes manifestaba que él consideraba


que el 5 deSeptiembre había muerto la República. En realidad, la
de las tradiciones y de los peculados, en que un
República oligarca,
reducido número de familias gobernaba el país, ha muerto, y, si no
hubiera muerto, si se pretendiera levantarla, nuevamente estaríamos
contra ella los obreros y el resto del Ejército, que no querría por
ningún motivo que se volvieran a enseñorear para deshonor de la
República.
Señor, cuando se nos invitó, cuando se pidió la cooperación de
todos los chilenos, cuando se dijo que debíamos sacrificar algo de
nuestros ideales en beneficio común, en beneficio del bienestar pú
blico, a mí me pareció que esta asamblea tenía el carácter de una
reunión de representantes de los partidos, hecha con el fantasma del

31 —

militarismo, y encaminada a destruir la acción del proletariado. Y


esto no tendría justificativo alguno. Hombres de gran actuación
política del partido radical han creído poder desconocer en la Con
vención por ellos últimamente realizada, los derechos de la masa
obrera y han lanzado al país la idea que ésta era dirigida por agita
dores extranjeros. Esta manifestación de criterio pequeño, esta ter
giversación, no la haría ni un niño de escuela conociendo nuestros
problemas nacionales; si hay un país que tenga un movimiento social
propio, es el nuestro: los obreros son los que se agitan, son nuestros
connacionales, somos nosotros quienes nos movemos y no influencia
dos por extranjero alguno. Esta influencia tendría explicación en
países como la Argentina y Estados Unidos, pero no tiene explica
ción ni razón de ser en este país. Yo me hago esta pregunta: ¿a qué
viene esta sorpresa, porque los obreros nos agitamos y nos reunimos
en defensa de nuestros ideales e intereses? ¿Cómo no se ha hecho

esta objeción a los empleados de Bancos, a la clase media, que se


agitan por estos mismos ideales? Es, señor Presidente, porque a esa
gente se le considera de una cultura que a nosotros se nos desconoce,
y por eso se hace una afirmación tan grave como la que ha afirmado
mi estimado amigo, el señor Vicuña Fuentes, que si la Constituyente
se encaminara en una discusión loca, ciega, falta de juicio, el Presi
dente de la República debería clausurarla. Pero, Excmo. señor, la
Constituyente, por su razón de ser, representa al país: es el país
quien resume con ella la dirección pública, es la soberanía nacional
que ejercita sus propias facultades, y la autoridad del Presidente de
la República, por muy respetable que sea, no está por encima de la
Constituyente, ni de ninguna asamblea que refleje la voluntad na
cional. Esta es una cuestión que es menester dejar claramente de
finida.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos). A los locos es me-

nester enviarlos a las Casas de Orates. Allá deben ser recluidos.


El señor Hidalgo (don Manuel). Y los hombres que no su


pieron defender a la República cuando se la tomaron por asalto las


fuerzas armadas, ¿a dónde deben ir?
Señor Presidente, créame que el llamado a la Constituyente es
el mayor bien que se puede hacer al país.

En la designación de la Constituyente, S. E, puede prestar un

servicio más al país, disponiendo que el Ejército vele porque no

lleguen a comprarse votos y no se convierta en un mercado la elec


ción de los delegados a la Constituyente.
Si las fuerzas de renovación de la República llegan a esa Asam
blea en mayoría, darán una Constitución de acuerdo con esas aspi
raciones; pero si a la inversa, si las fuerzas que hasta ayer han diri
gido el país y se han disuelto en la corrupción, llegan hasta allí, será

32 —

porque el país quiere continuar podrido, y no hay nada entonces


que esperar.
Si el país quiere que siga el gobierno de la tradición, de los mis
mos que hicieron negociados y peculados, la revolución del 5 de

Septiembre habrá abortado ; pero si el país quiere que definitivamente


termine esta situación, no les dará su voto a los expulsados del 5 de
Septiembre.
Pero no hay razón para estar preparando el terreno contra la
supuesta dictadura proletaria. No sea que esta preparación tenga
sus inconvenientes graves; no sea que esto nos lleve a una situación
a la cual no le veo sino dos caminos: o la renovación honrada del
país, mediante la evolución, como ha ocurrido en otros pueblos, y
en tal caso cumpliríamos con nuestro deber colaborando y coope

rando a la acción de S. E. el Presidente de la República, para que


todos los intereses vivos de la nación estén representados en la Asam
blea Constituyente y den base a una nueva Constitución, o no nos
quedaría más que seguir el otro camino, que es el más doloroso ; no
nos quedaría más que declarar que no nos sería posible seguir coo
perando en esta obra, porque por donde se la quiera llevar no nos
interesa, ya que sería mejor mantener la situación en que nos encon
trábamos antes del 5 de Septiembre, y en tal caso no quedaría más
que la contienda armada, por medio de la cual el partido vencedor
impondría sus puntos de vista de una manera aplastante y defini
tiva en la República. Esta, a mi juicio, es una cuestión clara.
No creo, por otra parte, como dice Santiago Labarca, que las
declaraciones que se han hecho en esta reunión deban quedar silen
ciadas y sin salir del recinto de esta sala. A mi juicio, deben ser leídas
en todo el país, y así el país sabrá quiénes somos los que estamos

defendiéndolo para que no se precipite y se le lleve a una catástrofe,


y el país verá también quiénes son los que por consideraciones se
cundarias quieren que las cosas queden como estaban antes de la
revolución del 5 de Septiembre.
Nosotros hemos venido aquí, y le prestaremos una cooperación
real al programa de democratización de la República desde el punto
de vista obrero. Procuraremos que se incorporen en la vida institu
cional de la República los postulados de justicia que sostenemos,
Esta es nuestra finalidad.
A mí me parece que la forma práctica para que esta Comisión
dé los frutos que de ella se esperan, consiste en que el Presidente
de la República formule sus puntos de vista para que la Comisión
los discuta o los modifique y se forme sobre ellos un juicio prudente
que le permita llegar a resultados prácticos a fin de que las aspira
ciones encontradas de los capitalistas, los terratenientes, los obreros
y la dictadura militar no tomen cuerpo en condiciones de precipitar

al país en la ruina del orden civil.



33 -

El señor Fernández Peña (don Carlos). Yo me permitiría ro


gar a S. E. que considerara las indicaciones de los señores Edwards


y Yáñez. Hago indicación para que se las acepte por aclamación, por
que creo que resumen muy bien lo que tenemos que hacer en este
momento,
S. E. Me parece que la Comisión no tiene funciones resoluti

vas sino consultivas.


El señor Fernández Peña (don Carlos). Yo quiero que se vo

ten, porque parece que están aceptadas en la mente de todos,


S, E Aquí no se vota nada, porque la Comisión es de carácter

consultivo.
El señor Fernández Peña (don Carlos). Quiero referirme a

un problema que estimo deberá ser tomado en cuenta por todos los

que aquí vamos a trabajar. Las dos indicaciones de los señores


Edwards y Yáñez concretan en muy buenos términos lo que nosotros
debemos hacer. Me parece que el problema más grave es el que se
relaciona con la futura Constituyente, porque del éxito de esta
asamblea depende la salvación del país. Es necesario considerar si la
opinión pública está educada, está preparada para dar al país la
organización que éste necesita. Creo que en estos momentos debemos
preocuparnos de considerar la forma en que va a ser generada esa
Asamblea Constituyente.
Como lo han manifestado ya varios oradores, estimo que de la
forma moral o inmoral en que este organismo pueda generarse va a
depender la ruina o el progreso de la Nación; porque a este respecto
es indispensable considerar lo que viene ocurriendo desde el año 91

a esta parte. Desde el 91 acá se han venido comprando los sillones

de la representación nacional.
Tal vez yo haya sido el único hombre que no comprara un asiento
en el Parlamento; y fué sin duda por esta causa que, al calificarse

mi elección, fui eliminado, porque resulté supeditado por el cohecho


y por el fraude. De manera que me encuentro en condiciones de per
fecta honradez para hablar sobre este particular en este momento.
Para mí, el cohecho electoral es la sífilis política de este país.
La explicación de este fenómeno es bien sencilla. En casi todas las
elecciones han actuado dos combinaciones políticas que se han dis
putado el favor de las urnas. A la sombra de estas entidades políticas
han tratado de mantenerse los intereses creados que actúan en las
diversas zonas del país. Así, en el norte esos intereses vinculados a
la política gastaron en la última jornada millones de pesos. Con esto
lograron afianzar su situación, pero perturbaron los intereses públi
cos, los intereses de la República.
A mí me parece que en la Constituyente que se proyecta se va
a repetir este fenómeno, esta corrupción política y que vamos a caer

[Actas 3)

34 —

en la inmoralidad y en el mismo desorden de antes, A este respecto,


creo que son las leyes morales las que deben primar sobre todas las
leyes de un país y que no es posible que se vaya a continuar com
prando en pública subasta los asientos de la representación nacional.
En estas condiciones no salvaremos al país.
Con el objeto de evitar la repetición de estos fenómenos voy a
permitirme formular una indicación de carácter práctico: que haga
mos un empadronamiento del capital electoral consciente de este

país. Es indispensable, a mi juicio, saber cuántos son los individuos


que pagan contribuciones, quiénes han hecho estudios primarios,
secundarios o superiores, quiénes han pasado por las escuelas técni
cas, etc., etc. Unavez que tengamos ya anotadas todas estas perso

nas que forman el cuerpo electoral del país será fácil hacer un empa
dronamiento sobre diez comunas representativas sobre cuya base se
practique la elección. Con estos datos a la vista, los que estamos
reunidos aquí podremos esperar una eleeeión honrada, una elección
que refleje honradamente el sentir de la opinión pública.
Porque de otro modo, vamos a repetir otra vez este remate pú
blico de poderes
Por eso cuando veía
dolor la compra de los sitiales del Con
con

greso, pensaba que se moría la República; pero no ha muerto nunca,


porque en realidad no ha existido, ya desde el año 91 cada uno com
praba su sillón. La soberanía popular y todo lo demás de que se
habla es
candoroso, para los que no estamos transformando nuestra
naturaleza en forma artificial. Aquí el cohecho y el sistema parla
mentario son inseparables, y a los parlamenl arios les pasa lo que a
los peces que creen que no hay otro régimen que el del agua en que
siempre han vivido; porque si salen de ese medio no pueden vivir,
no pueden respirar.
En nuestro régimen parlamentario, doloroso es decirlo, han
existido llagas y hacen bien las palabras de S. E. el Presidente de la
República al encarar estos problemas en la forma franca y valiente
en que lo ha hecho.
Como S. E., yo creo en la transformación de las fuerzas morales
y la opinión pública, a mi juicio, tiende a imponer un sistema repre
sentativo, sistema de independencia entre los poderes públicos,
un

La tiranía, como decía Montesquieu en el mismo libro que Jor


ge Washington tenía en su cabecera y leía todas las noches, se. es
tablece cuando un poder predomina sobre los demás poderes,
En este caso tanto da que. haya 155 déspotas, en el Congreso o
un solo tirano en la Moneda. Yo acepto mejor la tiranía de uno solo,

que la tiranía irresponsable y desmigajada de 155.


Este es nuestro régimen desde 1891 y es conveniente que consi
deremos y confesemos nuestro pecado.

35 —

Yo declaro que no he aprovechado del régimen para nada, pero


desde el año 16 y aun desde que comenzó la guerra mundial, fui
enteramente presidencial.
Yo no tengo ningún miedo de que se dé toda la latitud de atri

buciones que se quiera al Presidente de la República en la adminis


tración y gobierno del país, pero dentro de un régimen que marque
perfectamente la órbita de las atribuciones de los poderes: que el
Presidente gobierne y administre y que las Cámaras legislen.
Desde 1891 estábamos en una situación en que ni el Presidente
gobernaba ni Congreso legislaba, porque tanto la Administración
el
como el Poder
Legislativo siempre fueron perturbados por las ambi
ciones no siempre honestas ni honradas de los elegidos por el pueblo.
El Congreso, además, no legislaba porque se había dedicado a ad
ministrar.
De modo que cuando S. E. ha puesto una condición imperiosa,
sine qua non, y ha ligado a ella su permanencia en su puesto, creo
que ha hecho bien. Ha dicho S. E.: si se sigue con el sistema político
que impera hasta ahora, yo me voy . . .

S. E. —
Claro; me voy.'. .

El señor Fernández Peña (don Carlos).' Yo creo que S. E. no


puede ceder en lo' que él estima que está la salvación de la Repúbli


ca. Debe irse, porque las transformaciones que se ven venir son en
el procedimiento, en lo material, pero en las cuestiones vitales no
hay transformación.
S. E. Yo he expresado claramente mi modo de apreciar la si

tuación y no puedo comprometer mi responsabilidad aceptando algo


que considero contrario a los intereses vitales, a la suerte futura del
país.
Si mis conciudadanos piensan de manera distinta, quiere decir
.

que ellos se gobernarán como quieran. Al decir esto creo que no


ofendo a nadie y que no pretendo imponer nada a nadie. Xo hago
sino tomar el camino que los acontecimientos me señalan.
Creo que la salvación de la República está vinculada al régimen
representativo, no peculiar, estricto, sino adaptado a las modalida
des de este país.
Pero si la mayoría de mis conciudadanos piensan de manera
distinta o no piensan nada, yo no asumo la responsabilidad y me voy,

El señor Fernández Peña (don Carlos). Se dice generalmen


te que el sistema presidencial da lugar a conflictos y que cuando exis


te el sistema presidencial y llega a producirse un conflicto no hay
manera de salir de él.
Y yo pregunto y desafío a todos los hombres que saben histo
ria, a que me digan ¿cuándo ha habido un'conflicto en Estados Uni

dos entre los Poderes Ejecutivo y Legislativo?



36 —

Xo los ha habido jamás.


El señor Guerra (don J. Guillermo). Ha habido constantes

desacuerdos entre ambos Poderes, pero nunca conflictos.


El señor Fernández Peña (don Carlos). Habrá habido cons —

tantes desacuerdos, pero conflictos constitucionales, ¡jamás!; porque


el Presidente de Estados Unidos tiene su esfera de acción bien mar
cada.
S. E —
Y porque tienen su válvula de salida, por eso nunca
ha habido un conflicto; mientras que nosotros hemos vivido en un
régimen constitucional en que ha habido conflicto tras conflicto en

tre el Ejecutivo y el Legislativo y no ha habido una válvula de sa


lida para solucionarlos. Esto tiene que producir el estallido.
En Estados Unidos no sucede lo mismo.
El señor Fernández Peña (don Carlos). En Estados Unidos

no se producen estos conflictos porque todos ellos tienen su solu

ción.
El señor Guerra (don J. Guillermo). En los Estados Unidos

dos Presidentes han gobernado durante todo su período presidencial


en desacuerdo absoluto con el Congreso. El Presidente Jackson y su

sucesor Mr. Johnson, gobernaron en eterno desacuerdo con el Con


greso y, sin embargo, no hubo conflictos: los desacuerdos se solucio
naron todos por medios constitucionales.
El señor Fernández Peña (don Carlos). —

Quiero reforzar lo
que decía trayendo al recuerdo de esta reunión lo que le pasó a
Mr. Hughes, Secretario de Estado de Estados Unidos, que ha to
mado parte en' la solución de nuestro problema de Tacna y Arica.
Mr. Hughes se encontró en un conflicto con la legislatura de Nue
va York ; él quería suprimir las carreras y muchas otras cosas que
herían intereses creados, pero muchos diputados y senadores de la
legislatura y el Congreso dijeron que no le despachaban nada.
Pues bien, entonces él les dijo: Ustedes tienen perfecto derecho
para no despachar ninguna de las materias que les propongo, pero
yo también tengo derecho para recorrer el Estado de Nueva York
para exponer mi programa. Los electores le dieron la razón y el
Congreso le despachó todos los proyectos patrocinados por él.
Puede, pues, haber diversidad de criterios para apreciar las
cosas, pero conflictos constitucionales no los hay en Estados Unidos.
Pero con esto yo quiero manifestar también que no debemos
dejar ningún poder tiránico: creo que aun la Corte Suprema, por
ejemplo, debe regular la constitucionalidad de las leyes; el Poder
Ejecutivo debe también estar regulado.
S. E.-^Claro.
El señor Fernández- Peña (don Carlos). ¿Cómo regulamos —

el Ejecutivo? De un modo muy sencillo. Nosotros no estamos pre-



37 —

parados para el federalismo; pero lo estamos para la descentraliza


ción, la autonomía de las provincias. Podría establecerse una des
centralización administrativa por grandes provincias, que corres
ponda a unidades económicas y políticas. Y no sólo una descentra
lización de los servicios públicos, sino de los funcionarios; de mane
ra que vaya a dirigir la provincia el intendente y el gobernador su
departamento, aun cuando fueran nombrados por el Presidente de
la República.
Porque yo sostengo que, hoy por hoy, el Presidente de la Repú
blica no gobierna a nadie,
pues con esta Constitución del año 33 no
puede tener conocimiento de lo que pasa desde Tacna a Magallanes,
El firma y le entrega el despacho a los señores Ministros sin entrar
a los detalles, porque sencillamente está congestionado con tanto
trabajo. Le quitamos tiempo y autoridad al Presidente de la Repú
blica y hacemos depender la vida de los Ministros de las sonrisas
de los diputados, de los intereses, de las amistades, de los odios y
hasta de las envidias, porque todo esto forma una especie de caldera
a baja presión que dificulta y
pone tropiezos a la marcha adminis
trativa del país, de modo que los Ministros actuales están salvando
el pellejo, como se dice, en medio de 30 6 40 competidores para suce-
derles.
Por eso no hay Ministros en Chile que puedan dedicarse a un
problema serio: se les hace vivir al día; el Gobierno está impedido
de hacer gobierno. Hemos llegado a la desorganización más absolu
ta y completa: el principio de autoridad está absolutamente decaído.
La primera condición vital de un Gobierno es el principio de
autoridad, y este principio de autoridad reside en la aplicación y
cumplimiento de las leyes. Y las leyes, ¿se respetan hoy? ¿Y por
qué no se respetan las leyes? Porque suprimimos la autoridad, en el
Poder Ejecutivo, y suprimimos la autoridad del poder de policía en
los funcionarios.
Hoy día, ¿quién cumple la ley? Nadie: no la cumplen los indi
viduos conscientes, porque tienen influencias bastantes para burlar
la; sólo la cumple el último pobre diablo, y, cuando puede, también
la burla.
¿Y por qué hemos debilitado el Poder Ejecutivo? Los radicales,
por un concepto absolutamente errado de la libertad, y los conser

vadores, han estado últimamente en el poder.


porque no

Pues bien, convertimos al Presidente de la República en un


mono, en un mono sin autoridad, en un fantasma de poder, con toda
la responsabilidad y sin atribuciones efectivas. Y hoy día ¿quién es
el verdadero responsable del Gobierno del país? Absolutamente
nadie.
Y esta es la situación que se ha mantenido durante 30 años en
el país.

38 -

El Presidente que venga tiene que suplir esta falta de trabajo


de 30 años.
De modo que al decir, vamos al régimen presidencial; creo que
se ha dado la única solución que llegará a salvar la República. Así
tendremos poderes independientes y responsables, porque nadie po
drá convertir al Presidente en un tirano, y que el Congreso haga lo
que debe hacer. Será un gran cuerpo legislador con comisiones de
técnicos que lo inspiren; y los señores diputados trabajarán cele
brando sesión seis días de la semana, y una sola sesión para discur
sos. Eso es lo que necesitamos nosotros. Así hay que enrielar la ac

ción de los poderes públicos.


Soy enemigo de la tiranía del Presidente y de la tiranía del Con
greso, de modo que vajoos a dar a los poderes públicos la misión que
cada cual debe ejercer; porque no habiendo responsabilidad, no
existe más que el caos.
Estas eran las ideas que quería expresar en estos momentos,
Excmo. señor, y declarar también que ofreceré mi cooperación en
estos asunto-, y desearía que la comisión consultiva educara también
a la opinión pública en estos problemas, que estas materias se publi

caran en folletos y se repartieran profusamente y se hablara de esto

además por medio de conferencias públicas y en todas partes, cosa


de llegar a formar la opinión pública, porque creo que no está for
mada en este sentido, incluso nosotros mismos que tenemos que es

tudiar muchas cosas.


Por estas razones, felicito muy cordialmente al señor Presidente
de la República por haber declarado con honradez, con toda gran
deza de miras, y con franqueza su opinión a esta Comisión la cual
está dispuesta a prestarle la ayuda que tenemos obligación de pres
tarle todos.
El señor Jerez (don Ramón). Voy a completar la insinuación

que hacía el señor Edwards don Agustín respecto al nombramiento


de dos comisiones, una que se encargara de estudiar el plan para
la formación de la Asamblea Constituyente y otra del estudio de
las materias respecto de las cuales se ocuparía la misma Constitu
yente.
Conviene saber si esta Constituyente va a estar formada a base
de gremios o bien a base popular. Yo estimo que formarla a base
popular es volver a entregarle a los partidos políticos la designación
de la Constituyente; y esto para nosotros tiene mucha importancia.
Entiendo que nos ha invitado S. E., como a individuos de un gremio
también : en ese carácter entiendo que estamos aquí.
S. E. Lo que usted llama gremio yo llamo una fuerza vital,

o una corriente de opinión: una célula dentro del conglomerado


social.
-
39 —

El señor Jerez (don Ramón). Pero de todos modos, lo cierto


es que estas organizaciones de las cuales nosotros somos manda


dos nada más, también tienen sus ciertas prácticas, y se han pre
guntado todos sus compañeros si venimos aquí en representación del
gremio.
Desde luego, yo soy miembro del gremio de maestros, y estimo
en ese carácter debo actuar
que aquí y en todas partes. Veo también
aquí al compañero Mella, mandado de los ferroviarios. En estas
condiciones, somos muy poquitos y muy señalados los representan
tes genuinos de los asalariados.
S. E. ¿Y le parece poca representación la que tienen los asa

lariados en su seguro servidor?


El señor Jerez (don Ramón). Por lo que he dicho, Excmo.

señor, yo creo que esta Comisión no representa todos los intereses.


Veo aquí muchos políticos actuantes y muy pocos representantes de
gremios y por eso me permitiría insinuar que se disminuyera el
número de políticos y se aumentara proporcionalmente el número
de representantes de gremios.
S. E. ¿Y cuáles serían los gremios, o como yo los llamo, las

fuerzas vitales del país que no estarían aquí representados?


El señor Jerez (don Ramón). Los gremios están mejor or

ganizados que los partidos políticos . . .

S. E. Vamos al hecho concreto, ¿cuáles serían, señor Jerez,


los gremios que nó están representados o que usted cree que no


están representados?
El señor Jerez (don Ramón). —
Me refiero al número de repre
sentantes,
S. E. —
El número no tiene aquí importancia porque no se tra
ta de votaciones. Son opiniones las que quiero oir. Así, a usted lo
he citado para que me manifieste las opiniones que ha recogido de
sus compañeros y me las transmita.
Pero, en fin, ¿cuáles serían los gremios que querría ver repre
sentados?
El señor Jerez (don Ramón). —
A los profesores.
S. E. ¿Profesores de qué?

El señor Jerez (don Ramón). —


De instrucción primaria y se

cundaria.
S. E.— Los de instrucción primaria lo estarían por usted; los
de la secundaria por los señores Vicuña, Galdames, Fernández Pe
ña. Siga adelante . . .

El señor Jerez (don Ramón). —


Es la proporción del número,
Excelencia.
S. E. —
Le digo que no tome cuenta el número de personas,
en

porque aquí no va a haber votación. Se trata sólo de exponer ideas.



40 —

El señor Jerez (don Ramón). Es que mientras más personas


haya de una tendencia, mejor pueden manifestar su opinión. Aquí


hay gran número de políticos que tienen su opinión formada y
que discurren más que uno o dos representantes de los gremios.
S. E. Pero uno o dos son lo bastante para manifestar el sen

tir de todos sus compañeros.


El señor Troncoso (don Víctor).— ¿Por qué, entonces, se han
llamado a tantas personalidades políticas?
S. E.- No he citado a partidos políticos, sino a personas; no

he citado por eso a las mesas directivas de los partidos, porque no


he querido darles representación oficial. Lo que yo necesito es co
nocer las corrientes de opinión, para tener una base de trabajo y
acción.
Pero se ve que no hay manera de dar gusto Me interesa
. • •

seguir en el estudio de los gremios que no están representados aquí,


porque yo he pretendido dar representación a todas las corrientes
de opinión.
El señor Jerez (don Ramón).- Los agricultores, por ejemplo.

S. E. Está el señor Yáñez, de la Sociedad de Agricultura.


El señor Jerez (don Ramón). Pero no representa a los obre


ros agrícolas, a los campesinos.

S. E. —
El señor Hidalgo representa a la Federación Obrera de
Chile y en ella están comprendidos los campesinos, me parece; así
es que los representa a ellos, aunque no ande de poncho y espuelas.
El señor Hidalgo (don Manuel),— Habría sido muy honroso
para mí representarlos, porque debo decir que si hay una esclavitud
doloiosa y cruel, es la en que vive esa gente.
3. E. Yo le respondo de que querría ser uno de esos esclavos

a cambio de libertarme de la esclavitud mucho más dolorosa en que

me encuentro yo en estos momentos tan graves y delicados para la

República.
¿Qué otro gremio falta?
El señor Jerez (don Ramón). Los empleados.

S. E. Los empleados están representados por el señor Gregorio


Guerra, que tal vez no está presente en estos momentos, pero que
ha sido también invitado a esta reunión.
En todo caso, el señor Guerra nos puede traer las opiniones de ese

gremio.
¿Qué gremio falta?
otro
El señor Jerez (don Ramón). Yo mantengo mi opinión: aun

que el señor Hidalgo sea un representante de la Federación Obrera


de Chile, yo niego que sea un representante directo de los campesi
nos. Estos no están representados, como tampoco lo están los tra

bajadores de las minas.



41 —

S. E. —
Los
trabajadores de las minas están representados por la
Federación Obrera de Chile, que tiene la representación del prole
tariado del país.
Hay la conveniencia en no desprestigiar la causa, porque hay
que ser sincero, harto sincero, tal como yo lo soy, aunque esto me
acarree muchas malas
voluntades; pero hay que decir las cosas con
verdad, y con ella no se puede sostener que esté llamando con pre
ferencia a los políticos o a otras fuerzas vitales, cuando esto no es
efectivo. Y los antecedentes hablan claro.
¿Cuál es la fuerza vital que no esté aquí representada? Esta
objeción sólo obedece a la mala costumbre de rezongar por todo; es
el pesimismo endémico; son las fuerzas destructivas puestas en juego
y que hacen más mal que bien.
El señor García Oldini (don Fernando). Creo que no se puede —

hablar de pesimismo cuando se afirma que hay gremios que no están


aquí representados. En todo caso, si el señor Guerra representa a los
empleados públicos y particulares, es uno solo ; en cambio, los parti
dos políticos están representados cada uno por diez o más . . .

S. E. No, señor. No hay ningún partido político que tenga


aquí diez representantes; son amigos míos, en cuya capacidad yo


tengo confianza, y ellos han concurrido aquí para pensar y deliberar;
pero no representan a ningún partido político ; son personas eficien
tes que representan corrientes de opinión y son los llamados a ayu
dar a raciocinar.
El señor García Oldini (don Fernando). —
Son interesantísimas
esas declaraciones . . .

tí. E.; Debía haberlo comprendido antes.



. .

El señor García Oldini (don Fernando); —


Yo estoy anhelando
saber si he llegado aquí por el hecho de ser miembro del Partido De
mócrata . . .

S. E. Porque joven inteligente, que habla muy bien y



es un

que nos una opinión clara.


trae
El señor García Oldini (don Fernando). —
Yo agradezco lo
que dice el señor Presidente de la República, que me ha invitado a
venir a este salón, porque cree que García Oldini es un mozo inteli
gente, etc.; y en la misma forma habrán venido también seis o siete
miembros del partido al cual pertenece García Oldini. . .

Ahora bien, cualesquiera que sean las circunstancias que haya


tenido en vista S. E. para invitar a esta sala a los que hoy aquí nos
encontramos, no es menos cierto que todos siguen perteneciendo a
los partidos en que militan, de modo que tácitamente tienen que
traer las opiniones de sus partidos. Yo creo lo mismo que acaba de
manifestar un compañero, cuando decía que él, en cualquiera parte
de Chile en que se encontrara, se sentía maestro.

42 —

El individuo que pertenece a un partido, en cualquiera parte


que esté, sigue siendo miembro de ese partido, aun cuando S. E. lo
inviteen el carácter de amigo personal a esta reunión.

S. E.
. Y'o los he invitado para que traigan el sentir y las opi

niones del medio en que actúan. Los traigo para auscultar la opi
nión.
El señor Edwards Matte (don Guillermo). Se ha hablado —

va bastante, y deseo decir sólo algunas palabras.


Creo, después de todo este debate, que en la reunión hay ya
ambiente general en el sentido de pedir a V. E. que someta los asun
tos trascendentales que se relacionan con la próxima Asamblea Cons

tituyente, más bien que al examen previo de una concurrencia nu


merosa e impresionable al estudio serio y profundo de subcomisiones
formadas por hombres de estudio que sepan sobreponer a los intere
ses partidistas la influencia de criterios sanos inspirados en la expe

riencia institucional de nuestra misma Nación y de los demás países


de! mundo.
Me parece, pues, acertada la indicación formulada por los se

ñores Agustín Edwards y Eliodoro Yáñez.


Y cuando esas -ubeomisiones se reúnan y procedan a esa labor
concienzuda en la compañía de V. E., que ojalá coopere y se acerque
a su trabajo,la forma más próxima que le sea posible, tengo para
en

raí que todos los que colaboren en ella tendrán que llegar al conven
cimiento de que han sido demasiado generales y absolutos los térmi
nos condenatorios que en esta reunión se han expresado sobre rcgí-

menes o sistema- políticos de Gobierno que en el nuestro o en otros


países han dado resultados felices y adecuados para garantizar a los
pueblos desarrollo democrático.
en su

No pretendo con estas palabras iniciar una defensa de las opi


niones que preconizan para Chile un régimen parlamentario; al revés,
mi opinión personal favorece las ideas de fortalecer e independizar
al Poder Ejecutivo en su acción administrativa y de eliminar en lo
posible las causas que entronizan el sistema de rotativa ministerial.
Pero si bien no defiendo como oportuno el sistema parlamentario
de Gobierno, creo que gran parte de los defectos que él ha exteriori
zado en los últimos lustros han sido causados por la forma imper
fecta en que él se ha practicado entre nosotros.
El buen sistema parlamentario para evitar los choques de auto
ridades, para solucionar los conflictos entre poderes, ha establecido
válvulas, que nosotros no hemos tenido y que significan la elimina
ción o atenuación de un factor de abusos, desaciertos y desorienta
ción gubernativas.
La facultad de disolver la Cámara puede hacer viable, aun en

43 —

países de la cultura
y del estado de preparación de los países de nues
tra América Latina un sistema parlamentario razonable.
Yo prefiero para ellos la autoridad central fuerte, controlada,
naturalmente, por disposiciones que impidan su relajación entiranía,
lo que se ha llamado el sistema representativo, que es una garantía
de orden y de tranquilidad.
Pero creo que un estudio bien intencionado del
problema, faci
litará el advenimiento de fórmulas aceptables para ambos criterios,
ya que ninguno de esos sistemas de Gobierno puede ser execrado y
condenado sin reservas en su esencia misma.
Pero, en
cambio, el curso de este debate
me ha obligado a pensar

que será un problema mucho más grave elque ha de constituir el


fondo de disentimiento en los criterios de los que formen esas sub
comisiones.
^ lo diré con toda franqueza,
porque creo erróneo el procedi
miento de eludir los asuntos graves, ocultándose su trascendencia.
El problema a que me refiero es el que se relaciona con la cali
dad de la representación que han de tener los futuros eongresales o
constituyentes.
Yo declaro, desde luego, que, a mi juicio, no cabe otra forma
de representación en los cuerpos resolutivos en que de cualquier
modo reside parte de la soberanía nacional, que la del sufragio. Todo
otro sistema de formar cuerpos destinados a crear leyes con fuerza,
generalmente obligatoria, está fuera de la doctrina democrática,
inspiradora de todos los países del mundo en la época moderna.
Algunos oradores han propuesto, sin embargo, la adopción de
fórmulas que consultan una base de representación gremial. Han
aludido a lo establecido en los últimos años en varios países del mun
do. Yo sostengo, quiero ser bien claro para ello, y la comisión lo verá
en su estudio, que no hay sino un solo país de la tierra que haya esta

blecido la base gremial para su poder soberano. Ene país es Rusia.


El Soviet o los Soviets están constituidos por representación de con
sejos de trabajadores o de gremios. Es necesario que digamos fran
camente si queremos esa clase de instituciones para nuestro país.
Se ha citado también como ejemplo de representación gremial
algunos casos de otros países, y se ha dicho que él es la base del Con
sejo Nacional de Economía en Alemania y de algunos Boards en
Estados Finidos. Es confundir lamentablemente los términos del
problema: ni uno ni otros tienen poder legislativo soberano.
El primero que en cada categoría de gremios equipara exacta
mente la representación patronal con la de los obreros, no tiene sino
carácter consultivo, como regla general, y el derecho de iniciativa
en materia de legislación que se le ha dado, no llega, sino hasta la

facultad de proponer al Reichstag la adopción de un texto legal y de



44 —

defenderlo por la voz de un representante. Y el Reichstag, el verda


dero legislador soberano, tiene sino el origen del sufragio.
no

Los Boards o consejos técnicos norteamericanos tienen- carácter


administrativo, y sus atribuciones reglamentarias no pueden salir del
texto de las leyes aprobadas por las Cámaras, que tienen origen ne
tamente democrático y de elección popular.
La única solución legítima y democrática es hacer Congreso y
Constituyente sobre la base del sufragio que, al revés de lo que se
ha dicho, permite la exteriorización de la voluntad de todas las fuer
zas vivas de la nación. Basta para ello que se garantice su emisión

y que se le defienda de los vicios que lo envenenan, de modo que él


signifique la expresión genuina de la voluntad nacional.
Los gremios quedan, en este sistema, perfectamente garantiza
dos en el sentido de que podrán ejercitar en los destinos nacionales
y por medio del sufragio de sus miembros, toda la influencia que
legítimamente les corresponde.
Lo que se impide es el aumento o la diminución arbitraria de
las influencias de grupos de opinión o de intereses.
En el sistema gremial un Gobierno que convocara a una asam
blea con criterio proletario, producirá la dictadura del proletariado;
el que la convoque con criterio aristócrata o capitalista, dará una
dictadura de una aristocracia o del capital.
Será siempre la arbitrariedad del que llama a la asamblea, la
que defina los rumbos políticos.
Este es el peligro de fondo que creo advertir en la situación del
momento para el porvenir democrático de la nación : ¿Representación
gremial o electoral?

No he pronunciado estas palabras en defensa de tales o cuales


partidos; las he considerado un deber para obrar en" resguardo ver

dadero de la democracia.
Al decir que nodefiendo a los partidos, estoy muy lejos de adhe
rirme a las opiniones manifestadas en el sentido de que los políticos
hayan obrado por móviles interesados o bajos.
Creo que, por el contrario, la mayor parte de ellos, para honra
de nuestra patria, han sido probos y sanos,
Lo que quiero decir cuando hablo de reorganización de los par
tidos, es que ellos deben agruparse alrededor de los problemas fun
damentales del día, para que no ocurra como hoy que en el mismo
partido figuran hombres del criterio más opuesto sobre los rumbos
palpitantes, al paso que están en distintas filas muchos que piensan
en forma análoga.
Espero que esta anomalía ha de cesar próximamente, y que,
entre tanto, no caeremos en el error de sepultar en un momento de
irreflexión las normas que sirven a todas las naciones civilizadas,

45 —

Comisiones de hombres preparados, como los que V. E. ha de


nombrar, no podrán llegar, dentro de la experiencia del mundo, a

otro resultado para asegurar el porvenir institucional de Chile.


El señor Mella (don Ángel). Como se trata aquí de consultar

opiniones, y yo represento aquí una opinión numerosa, la de los ferro


viarios, voy a decir la opinión que domina en nuestra organización
respecto de la convocación de la próxima Asamblea Constituyente,
Sobre este punto se dice aquí que hay opiniones para que la
Constituyente sea a base popular. Yo creo que así en esa forma, la
Asamblea queda entregada a los partidos políticos.
Desde luego, S. E. el Presidente de la República, si quiere cum
plir el manifiesto de Septiembre, no va a poder hacerlo en esa forma;
tendrá que salirse de él, y no va a satisfacer el anhelo de una libre
Asamblea Constituyente.
Los trabajadores estimamos que debe hacerse a base gremial,
porque si la Asamblea se entrega a los partidos políticos, seguiremos
en igual forma que hasta ahora; se reformará un artículo o dos y

seguirá la chuña, y esto los trabajadores estamos dispuestos a evi


tarlo por todos los medios posibles.
Hemos visto últimamente en la prensa los pactos que han estado
haciendo los partidos políticos. Parece que quieren aprovecharse
otra vez de la revolución. . .

Creo, entonces, que el peligro, como bien lo han dicho algunos


de los señores que han hecho uso de la palabra en esta reunión, no
ha desaparecido.
Si se sigue con esta política yo creo que puede haber el peligro
de que los militares se levanten nuevamente, porque no están dis
puestos a doblegarse ante ningún bando político, sino a respetar la
voluntad unánime del pueblo.
Basado en este principio el pueblo apoyó el movimiento del 23 de
Enero.
Por eso los trabajadores aspiramos a que la elección de la Cons
tituyente sea a base gremial.
S. E. Como ya es tan tarde, podríamos seguir en la sesión

próxima, mientras tanto, nombraríamos las dos subcomisiones.


Se levanta la sesión.
PRIMERA REUNIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

18 DE ABRIL DE 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asis


tencia de los señores Domingo Amunátegui Solar, Luis Barros Bor-
goño, Nolasco Cárdenas, J. Guillermo Guerra, Manuel Hidalgo.
Roberto Meza Fuentes, Pedro N. Montenegro, Romualdo Silva Cor
tés, Francisco Vidal Carees, Carlos Vicuña Fuentes, Eliodoro Y'áñez
y Héctor ííañartu; se abrió la sesión a las 4.40 P. M.
Usa de la palabra S. E. para manifestar que, como las reformas
constitucionales que va a aprobar la Asamblea Nacional Constitu
yente llevarán su firma, no debe producir extrañeza e! hecho de que
trate de que dichas reformas estén encuadradas en su manera de
pensar, y de acuerdo con las ideas que están profundamente arraigadas
en su espíritu.
Cree que las materias fundamentales sobre las cuales debe versar
el estudio de esta Comisión son: 1." la organización del Gobierno,
o sea las facultades de los Poderes Ejecutivo y Legislativo: '2. des
centralización administrativa y política; y 3." el problema religioso.
Su pensamiento sobre el primer punto puede concretarse en
estas fórmulas: 1." Los Ministros de Estado permanecerán en sus
puestos mientras cuenten con la confianza del Presidente de la Re

pública; 2." Incompatibilidad absoluta entre el cargo de Ministro


de Estado y los de senador o diputado. El senador o diputado que
fuere elegido Ministro de Estado perderá su carácter de congresal
y no podrá ser elegido de nuevo mientras desempeñe el cargo de
Ministro; 3." El Poder Ejecutivo podrá disolver el Congreso cuando
lo estime conveniente; 4.° El Presidente de la República es perso
nalmente responsable, durante su Administración, de los actos que
ejecute y puede ser acusado por elCongreso: 5." El Congreso Nacio
nal, Senado y Cámara de Diputados, constituidos en Asamblea Na
cional, los dos tercios de sus votos, pueden deponer al Presidente.
con

Tomada por el Congreso Nacional una resolución de este carácter,


el Presidente de la República podrá disolver la Cámara política, o
sea la Cámara de Diputados, debiendo convocar a nuevas eleccio

nes dentro del plazo de sesenta días. Si este segundo Congreso no


insistiere en la deposición del Presidente, éste continuará en funciones.
Para evitar la influencia del Presidente, éste deberá retirarse
del mando, una vez acordada la deposición, haciendo entrega de él
al Vicepresidente de la República.
6." El Congreso Nacional se compondrá de la Cámara de Dipu
tados, que será Cámara política, cuya generación será de elección
popular y de un Senado o Cuerpo Consultivo que será elegido en la
siguiente forma: dos tercios por votación popular de todo el país, no
por provincias y un tercio por las distintas actividades nacionales
del país.
Los señores Barros Borgoño y Yáñez expresan su opinión en
cuanto a la idea de consultar la deposición del Presidente de la Re
pública por el Congreso, en el sentido de que no es conveniente intro
ducir en nuestro régimen político algo que sería seguramente materia
de nuevas perturbaciones del Gobierno.
El señor Yáñez (don Eliodoro) agrega que es necesario estable
cer un Gobierno con la mayor estabilidad posible, fuerte y presti

gioso, que pueda encauzar las nuevas orientaciones sociales que =e


están formando. Porque hay necesidad de dar organización al movi
miento democrático que nace, poniendo a su frente un Gobierno
robusto. En todos los movimientos sociales ha habido y hay un
fondo de justicia que es indispensable contemplar, que es necesario
encauzar, y sería el más profundo error tratar de ahogarlos y para
eso se requiere un Gobierno sólido.

Por estas razones no cree que sea conveniente establecer un me

canismo como la deposición del Presidente de la República, el cual


vendría a ser un nuevo factor de perturbaciones políticas.
El señor Hidalgo (don Manuel) expresa que los males princi
pales de nuestro orden social nacen del abuso del derecho de propie
dad. Manifiesta que en Chile ha gobernado siempre una oligarquía
que ha sido la dueña de la tierra y cree que en la organización de

la República debe contemplarse la limitación de la propiedad


nueva

y establecer dichaorganización sobre la base de estas ideas.


Invitado por S. E. para precisar la forma en que estas ideas
pudieran contemplarse en las reformas constitucionales, declara el
señor Hidalgo que no ha venido preparado para dar su fórmula, pero
que para la próxima reunión traerá redactadas sus ideas.
Refiriéndose S. E. a las observaciones de los señores Barros
Borgoño y Y'ánez en cuanto a la inconveniencia de establecer la depo
sición del Presidente de la República, dice que ha pensado en esta
idea como manera de desvirtuar el temor que a algunos espíritus ins
piran las mayores facultades del Ejecutivo, en las cuales creen ver un
peligro para las libertades públicas y para las garantías individuales.
Se sigue un corto debate sobre este punto, en el cual toman
parte los señores Vicuña Fuentes, Yáñez, Barros Borgoño y Vidal
Garcés.
-
48 -

El señor Yáñez (don Eliodoro) se manifiesta de acuerdo con el


señor Presidente en cuanto la necesidad de facultar al Ejecutivo
a

para disolver la Cámara de Diputados; pero cree que para ello es


indispensable establecer, al mismo tiempo, el estatuto administra
tivo, pues, no sería posible dejar en manos de un Ejecutivo sin fis
calización la dependencia absoluta de los empleados públicos, con lo
cual se convertiría a éste en una poderosa fuerza electoral.
El señor Guerra (don J. Guillermo) estima que es indispensable
formarse una pauta para las discusiones, a fin de hacer más eficiente
y rápido el trabajo de la Comisión. Así, por ejemplo, sería conve
niente fijar los días y horas del funcionamiento de ésta y las mate
rias de que debe ocuparse, a fin de que todos los miembros de ella

vengan preparados y con los apuntes necesarios.


Se aceptó el temperamento propuesto por el señor Guerra y se
acordó reunirse los días miércoles y viernes de la semana próxima
de 10 a 12 de la noche, a fin de ocuparse de la organización del Go
bierno, es decir, de las facultades del Presidente de la República,
sus deberes y atribuciones y sus relaciones con los demás poderes

públicos.
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torrerlanca.
SEGUNDA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

22 de arril de 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten

cia de los señores Domingo Amunátegui Solar, Luis Barros Borgoño,


J. Guillermo Guerra, Manuel Hidalgo, Pedro N. Montenegro, José
Maza, Ministro de Justicia, don Romualdo Silva Cortés, Carlos
Vicuña Fuentes, Francisco Vidal Garcés y del Subsecretario del
Interior, don Edecio Torreblanca, quien actuó como Secretario; se
abrió la sesión a las 10.30 P. M.
Se leyó y fué aprobada el acta de la sesión anterior, celebrada
el 18 de Abril.
El señor Barros Borgoño (don Luis) refiriéndose a los puntos
dejados en estudio en la sesión anterior, manifiesta que ha sostenido
algunas conversaciones con los señores Yáñez y Montenegro, en las
cuales han llegado a concordar en ciertas ideas, y que con este motivo
han elaborado una minuta de los puntos que podrían servir de base de
acuerdo y que tienden a corregir los vicios de nuestro régimen parla
mentario, tal como se ha aplicado en los últimos años. Cree el señor
Barros Borgoño que las reformas aprobadas en Febrero de 1924 con
sultan muchas, sino todas las aspiraciones de la opinión pública y que
tal vez no convendría ir demasiado lejos en las reformas a la Consti
tución del 33, porque este Código funcionó perfectamente bien mien
tras existieron en Chile dos grandes corrientes de opinión bien orga
nizadas. Cita en apoyo de su aserto un hecho que hace honor a nues
tra organización constitucional, cual es que durante la Administra
ción de don Aníbal Pinto pasara el país por la guerra más grande
que ha tenido en su historia, sin necesidad de dar facultades extraor
dinarias al Ejecutivo y sin que se produjeran perturbaciones polí
ticas de ningún género.
Que el régimen haya sido desnaturalizado más tarde no es propio
sólo de Chile, sino de casi todos los países del mundo.
Se refiere a los distintos sistemas imperantes en otros países y
declara que él no estaría lejos de aceptar, ni sería inconveniente para
que se establecieran, la disolución de la Cámara de Diputados, la
incompatibilidad entre el cargo de Congresal y el de Ministro de
Estado, y todas aquellas reformas que tiendan a corregir los defectos
que hemos notado en nuestra vida institucional, pero cree que no
(Actas 4)

50 —

debemos ir más allá de lo necesario. Por esto estima que las reformas
de Febrero serían la mejor base de estudio de esta Comisión.
S. E. considera que la situación actual es enteramente distinta
de la de Febrero. Las reformas constitucionales de aquella época,
dice, fueron fruto de una transacción y serían insuficientes en las cir
cunstancias porque atraviesa hoy el país. Su idea es concluir con
el régimen parlamentario y establecer en su lugar un régimen sui-ge-
neris, criollo, no el régimen presidencial ni el parlamentario clásicos, y
allá tienden sus esfuerzos, porque es ése precisamente el pensamiento
de la Revolución, cuyas finalidades ha prometido y está encargado
de cumplir.
El señor Montenegro (don Pedro N.) da lectura, en seguida, al
siguiente memorándum de ideas que podrían servir de base para las
modificaciones que deben introducirse en la Constitución Política
del Estado:
I

*Un tribunal especial formado por miembros de la Corte Supre


ma, en la forma que determine la Ley, conocerá de las reclamaciones
de nulidad que ocurran acerca de las elecciones de Diputados y Se
nadores, sin perjuicio de la facultad de cada Cámara para pronun
ciarse sobre la inhabilidad de sus miembros.»

II

«Entre las atribuciones exclusivas de cada Cámara:


«Admitir la dimisión de sus miembros si los motivos en que la
fundaren fueren de tal naturaleza que los imposibilitaren física o
moralmente para el ejercicio de sus funciones. Para calificar los mo
tivos deben concurrir las tres cuartas partes de los miembros pre
sentes.
«Conceder permiso para ausentarse de sus funciones por un

plazo que no exceda de seis meses.»

III

*La elección de Presidente de la República se hará en votación


directa en la forma que determine la Ley.
'La calificación de la elección se hará por el Congreso reunido
por derecho propio en sesión plenaria con la concurrencia de la ma
yoría absoluta de los miembros que lo componen.
«Si no se reuniera la mayoría el día que fije la ley, el Congreso
procederá al tercer día siguiente a calificar la elección con la concu
rrencia de los miembros que asistan. >
IV

*En los casos de fallecimiento del Presidente de la República,


declaración de haber lugar a su renuncia u otra clase de imposibilidad
absoluta, o que no pudiere cesar antes de cumplirse el tiempo que le
falta para terminar su período constitucional, procederá el Congreso,
dentro de los ocho días siguientes, a elegir un Vicepresidente por el
término que falte para la expiración del mandato.»

«Incorporar en el texto de la Constitución los proyectos a que


se refiere la Ley N.° 4004, de 26 de Febrero de 1924, con solo la su

presión del inciso final del párrafo 1.°»

VI

'Las leyes que tengan por objeto la inversión de fondos públi


cos, sólo pueden tener principio por mensaje del Presidente de la
República. »

Terminada la lectura de esta minuta, toma la palabra S. E.


para manifestar que en cuanto a la elección de Vicepresidente de la
República por el Congreso, cree que sería sumamente grave y pe
ligrosa porque traería, como consecuenciai la rotativa presidencial.
Agrega que los tratadistas franceses se están pronunciando unánime
mente en contra de la elección del Presidente por el Congreso, ba
sados en estas mismas razones que él aduce.
Tercia en el debate el señor Guerra (don J. Guillermo)
quien, estudiando la manera como se elige al Vicepresidente de la
República en los Estados Unidos, dice que este funcionario tiene allá
facultades propias y es elegido siempre por el mismo partido que
elige al Presidente. En Estados Unidos, continúa, hay dos grandes
partidos de opinión, mientras que en Chile la opinión está dividida
en cinco grandes partidos que forman parte de dos grupos llamados

coalición y alianza liberal. En una elección al estilo de los Estados


Unidos, el resultado sería que, por ejemplo, dentro de la coalición
el Presidente correspondería a los liberales y el Vice a los conserva
dores, o, dentro de la Alianza, el Presidente a los liberales aliancistas
y el Vice a los radicales. En la práctica, veríamos toda clase de
maniobras para atraer hacia la oposición al Vicepresidente con su
partido, para derribar en seguida al Presidente y seguir gobernando
con el Vice, con lo cual, prácticamente, vendríamos a reducir el pe

ríodo constitucional. ,-m>

^f

52 —

En apoyo de su opinión cita algunos casos ocurridos no hace


muchos años en la República Argentina. Considera, en consecuencia,
que no se debe innovar en esta materia.

El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, propone la idea


de uniformar el período presidencial con el dé duración de las funcio
nes de los diputados y senadores,

A propósito de la eficiencia de las reformas de Febrero, se pro


duce después un extenso debate en que toman parte los señores Pre
sidente, Barros Borgoño, Guerra y Vidal Garcés.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) refiriéndose a los peli
gros que entraña la disolución de la Cámara de Diputados, menciona
lo ocurrido en la Revolución de' Septiembre en que, ante la sola idea
de que el Ejecutivo pudiera disolver el Congreso, la Cámara pasó
por todo lo que se le propuso.
S. E. desvirtúa esta afirmación del señor Vidal Garcés, ma
nifestando que el Congreso procedió a despachar las leyes pedidas
por el Ministro del Interior inspirado solamente en el patriótico pro
pósito de evitar males mayores al país, y que él tiene la obligación,
por lealtad con la mayoría de aquel Congreso, de dejar bien en claro
que, aun cuando esa mayoría estaba dispuesta a resistir la presión
militar, abandonó su idea ante el ruego que le hiciera el Presidente
de la República en el sentido de acceder al despacho de las leyes
pedidas, porque él consideraba que con eso quedaba terminado el
movimiento revolucionario.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) agrega, que, sin embar
go, flotaba en el ambiente que la Cámara estaba dispuesta a dar
mucho más de lo que se le pedía, con tal de que no se disolviera el
Congreso. De modo que, establecida ahora la facultad del Ejecutivo
de disolver la Cámara de Diputados, cree que desaparecería el Par
lamento de Chile, porque quedaría entregado a merced de la volun
tad del Ejecutivo.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) pidió la palabra para
expresar su opinión sobre lo que, a su juicio, es en esta materia una
cuestión previa y fundamental.
Se refirió el señor Silva Cortés a la absoluta necesidad de man
tener y respetar el derecho de fiscalizar y supervigilar todos los actos
de la política y de la administración. Sólo el Congreso que legisla
en nombre del pueblo y para el pueblo puede vigilar porque se cum
plan las leyes, se administre bien el Estado y se dirijan hacia el bien
común y la seguridad y bienestar de la Patria los actos de la polí
tica en el orden internacional y en el gobierno interior,
Esta institución histórica y universal de la fiscalización parla
mentaria no puede suprimirse en una organización constitucional y

democrática. Naturalmente, el señor Silva Cortés, acepta reformas


-
53 -

que den mayores y más eficaces facultades administrativas al Pre


sidente de la República y a los Ministros de Estado ; acepta también
que se corrijan todos los abusos del parlamentarismo exagerado;
concurrirá a aceptar y aun a proponer muchas reformas de detalle
en nuestro derecho público; pero no comprende cómo puede supri
mirse la acción fiscalizadora eficaz de los representantes populares.
Cree, pues, que se debe acordar la forma en que se mantendrá
esasupervigilancia esencial en una nación civil y democráticamente
constituida.
Si se quiere modificar lo que existió, sin suprimir instituciones
esenciales,para separar convenientemente los Poderes Públicos y la
Política de la Administración, será fácil llegar a un sistema que nos
convenga. Hace indicación para que la Comisión se concrete a estu
diar esta cuestión principal y previa y ruega al Excmo. señor Presi
dente de la República que se digne aceptar su opinión al respecto.
A continuación el señor Vicuña Fuentes aduce diversas consi
deraciones para demostrar la inconveniencia de la incompatibilidad
entre los cargos de Ministro y Congresal. Estima que ello sería esta
blecer un régimen de desconfianzas y cree que debe dejarse al Presi
dente de la República la libertad de escoger sus colaboradores to
mándolos de donde convenga a los intereses del país, sin que el hecho
de que un hombre sea congresal lo imposibilite para ser Ministro.
Por lo demás, estima que es, precisamente, en el Congreso donde
están los hombres más capacitados para la administración pública.
En cuanto a que deba suprimirse la manifestación de confianza
o desconfianza a los Ministros, cree
que esa función es de la esencia
del régimen parlamentario y que, aun suprimida esa facultad, segui
ría ejercitándose el régimen parlamentario mientras el Congreso
tuviera la de dictar las leyes periódicas de la República, como la de
Presupuestos, la que autoriza el cobro de las contribuciones, la que
fija las fuerzas de mar y tierra, etc.
El remedio, entonces, estaría en quitar al Congreso ciertas fa
cultades, estableciendo que las leyes de presupuestos, y demás leyes
fundamentales serán indefinidas, y que el Congreso sólo podrá mo
dificar su forma, sin alterar su fondo.
En nuestra Constitución Política no está establecido, agrega,
que el Ministerio necesite la confianza del Parlamento, pero, en la
práctica ha existido este régimen a partir de la revolución de 1891,
Haciendo estas reformas, sería innecesaria la disolución de la
Cámara de Diputados, que es una válvula de escape de los regímenes
parlamentarios.
En cuanto a la responsabilidad política, tanto del Presidente
como de los Ministros, se podría establecer por medio de la acusación
o de la censura, sin que esto importara que el Ministerio debiera

54 —

retirarse, salvo que el Presidente de la República encontrara


que ya no merecía su confianza. Pero esta acusación o censura sólo
se pronunciaría en atención a la actuación de los Ministros
y no
como ha ocurrido hasta hoy, en que hemos tenido que ver casos de
Gabinetes que se han presentado al Congreso e inmediatamente han
sido censurados, no con criterio de fiscalización administrativa, sino
con eriterio partidarista, por hostilidad muchas veces a las personas

de los Ministros.
S. E. expresa que cree notar en el ambiente que hay de parte
de ciertos círculos un espíritu de resistencia para aquellas reformas
que puedan producir la muerte del régimen parlamentario, cuando
la voluntad casi unánime del país es acabar con este régimen, cuan
do el espíritu público busca hoy una solución contraria a la de 1891,
El señor Guerra (don J. Guillermo) refiriéndose a las palabras
del señor Silva Cortés, cree que la fiscalización parlamentaria
puede y debe ejercitarse por medio de las interpelaciones, pero no
en la forma como se han promovido hasta hoy, en que ni siquiera

se producen votos, sino que se hostiliza a los Ministros hasta con

seguir de ellos lo que se desea.


Con respecto a este punto, cita una opinión muy interesante
de don Francisco Noguera en que dice que una interpelación no debe
ser ni de un individuo, ni siquiera de un partido, sino el acuerdo de

las dos Cámaras. Así, por ejemplo, promovida una interpelación en


la Cámara de Diputados y aceptada por ésta, pasaría el acuerdo al
Senado para que se pronunciara sobre él. Solamente en el caso de
que la opinión del Senado se pronunciara en favor de la interpela
ción promovida por la Cámara de Diputados, el acuerdo adoptado
pasaría al Presidente de la República, quién tomaría la determina
ción que creyera del caso.
Después de un extenso debate en que se cambiaron diversas
ideas, se produjo acuerdo sobre los siguientes puntos:
1.° La concurrencia de los Ministros al Congreso será facul
tativa ;
2.° Incompatibilidad entre el cargo de Ministro y los de Senador
o Diputado, y
3." El reemplazo del Presidente de la República por el Vicepre
sidente, se hará en conformidad al sistema actual.
Salvaron su opinión sobre el punto segundo, los señores Héctor
Zañartu y Carlos Vicuña Fuentes.
Se entró a discutir sobre la uniformidad de los períodos funcio
nales del Presidente de la República y de las Cámaras de Senadores
y Diputados; pero no se produjo acuerdo, quedando este punto pen
diente para la próxima sesión.
En cuanto a la responsabilidad política de los Ministerios usó
de la palabra el señor Zañartu, quien estima que la opinión pública
aceptaría la supresión de la responsabiüdad política de los Minis
terios, pero no la disolución de la Cámara, porque, si por un lado se
les exime de esa responsabilidad y por la otra se faculta al Gobierno
para disolver la Cámara de Diputados, se deja un Ejecutivo con
facultades demasiado amplias para administrar el país y sin fiscali
zación, ni restricción de ninguna especie.
Por su parte, el señor Hidalgo cree que podría establecerse la diso
lución de la Cámara, siempre que se contemplaran las reservas necesa
rias para fiscalizar al Gobierno. Tal vez este procedimiento llevaría
a la morijeración de nuestros hábitos
electorales; las campañas de
opinión se darían por intereses nacionales y los hombres llevarían a
los cargos políticos a candidatos que dieran garantías de afrontar
aquellos problemas nacionales que hay necesidad vital de resolver.
Se aeordó continuar el estudio de estos puntos en la próxima
reunión que se celebrará el viernes 23 del presente de 3.30 P. M. a 6
P. M., en vez de 10 a 12 de la noche, como se había acordado en la
sesión anterior.
Se levantó la sesión,

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca.
TERCERA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
C ONSTITUCIONALES

VIERNES 24 DE ABRIL DE 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la y con asisten


República
cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, J.
Guillermo Guerra, Manuel Hidalgo, Pedro N. Montenegro, José
Maza, Ministro de Justicia, don Romualdo Silva C, Carlos Vicuña
F., Francisco Vidal Garcés, Héctor Zañartu, y del Subsecretario del
Interior don Edecio Torreblanca, quien actuó como Secretario; se
abrió la sesión a las 4. P. M.
Se leyó el acta de la sesión anterior celebrada el 22 de Abril.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) hace dos aclaraciones a

los conceptos emitidos por él en la sesión anterior y consignados en


el acta a que se ha dado lectura; la primera, en el sentido de que su
pensamiento es que el Congreso debe intervenir en la formación de
la Ley de Presupuestos sólo para el efecto de modificarla, sin que su
facultad llegue hasta detener el funcionamiento de la máquina admi
nistrativa; y la segunda, en orden a que la fiscalización de las Cáma
ras debe ser a posteriori, sobre actos ya ejecutados por los Ministros,

pero que en ningún caso la Cámara pueda intervenir perturbando


la administración pública.
El señor Montenegro (don Pedro N.) por su parte, hace pre
sente que en el cambio de ideas a que se refirió el señor Barros Bor
goño, en la sesión anterior, había adherido también el señor Amuná
tegui al acuerdo que él trajo y leyó en esa sesión.
Sin otras observaciones se dio por aprobada el acta.
Usa de la palabra S. E. el Presidente de la República, quien
manifiesta que, en el deseo de metodizar el trabajo de la Subcomisión
y debatir sobre ideas concretas, ha sintetizado las suyas en la si
guiente forma:
«Poner entre las facultades exclusivas de la Cámara de Dipu
tados la siguiente: «Fiscalizar los actos del Poder Ejecutivo. Para
'
ejercer esta atribución la Cámara de Diputados puede adoptar
* acuerdos o sugerir observaciones al Presidente de la República.
«No se transmitirán al Presidente de la República sino los acuer-
' dos u observaciones que sean aprobados por la mayoría de la Cá-
« mará de Diputados.

57 —

«Los acuerdos u observaciones pueden ser contestados por es-


« crito o verbalmente, por medio del Ministro del Despacho que
«
corresponda.
«Los votos, acuerdos u observaciones no afectan a la responsa-
« bilidad política de los Ministros del Despacho, quienes se manten-
* drán en sus puestos, mientras cuenten con la confianza del Presi-
* dente de la República.
«Poner en el título del Ministerio una disposición que diga:
« Los Ministros del Despacho pueden, cuando lo estimen conve-
«
niente, asistir a las sesiones de las Cámaras y tomar parte en sus
«
debates, con preferencia para hacer uso de la palabra, pero sin
« derecho a voto.»
Cree que así se consulta la idea del señor Silva Cortés tendiente
a resguardar el derecho de fiscalización, y que se evita, al mismo

tiempo, la intervención del Parlamento en la administración.


Considera que la única manera de salvar al país de la hecatombe
a que lo ha conducido el abuso del sistema parlamentario, es esta

blecer el régimen representativo y su deber como mandatario y como


chileno es luchar por estas ideas con todas sus energías, apelando a
todos los recursos legítimos que estén a su alcance; y, si necesario
fuere, recorrerá el país de un extremo a otro pidiendo el apoyo de
la opinión pública en favor de estas ideas salvadoras.
Toma la palabra el señor Amunátegui para observar que él no
ve diferencia fundamental entre la fiscalización ejercida de confor

midad al régimen actual y la que propicia S. E. Considera


que, tanto en una como en otra situación, un Ministro que es
objeto de un voto desfavorable en la Cámara, tendrá que abandonar
su puesto por razones de dignidad personal, aunque el Presidente

de la República le manifieste que cuenta con su confianza. Por esta


razón, está dispuesto a aceptar la proposición de S. E., pues, consi
dera que ella constituye la fiscalización parlamentaria en la forma
que necesitamos establecerla en nuestro país.
El señor Hidalgo (don Manuel) expresa su opinión contraria a
la reforma propuesta por S. E., pues, según dicha reforma la voz
de los partidos con pequeña representación no podría hacerse oir,
ya que para ello se necesitaría el acuerdo de la Cámara.
Replica S. E. diciendo que un procedimiento de esta naturaleza
prestigiaría la fiscalización parlamentaria, pues, ella vendría a ha
cerse, no por individuos, sino por la colectividad. De esta manera.
agrega, acostumbraríamos a la Cámara a hacer política nacional,
despojándose de intereses pequeños y personales.
El señor Hidalgo (don Manuel) manifiesta que él comprende
que hay conveniencia en robustecer la acción del Poder Ejecutivo,
pero que eso se consigue ampliamente con la facultad de disolver la

53 —

Cámara de Diputados; agrega que al mismo tiempo es también nece


sario que exista algún resorte que permita a los partidos de poca
representación numérica ejercer en forma efectiva sus derechos de
fiscalización,
El señor Vidal Garcés (don Francisco) dice que debe haber
un Ejecutivo que gobierne con la opinión pública y no al margen

de ella, como ha ocurrido con los últimos gobiernos de facto.


El señor Montenegro (don Pedro N.) cree que una base de
acercamiento en las ideas podría ser la de establecer que la acusación
se formulara por simple mayoría.
El señor Barros Borgoño (don Luis) adhiere a esta insinua
ción .

A petición del señor Silva Cortés queda pendiente para la pró


xima sesión el estudio y resolución de la proposición del Presidente.
S. E. considera que, una vez resuelto este punto debe tra
tarse de la autonomía provincial; en seguida de la cuestión religiosa
y después, de la revisión de la Constitución, artículo por artículo.
Puesta, entre tanto, en discusión la idea de la supresión del
fuero parlamentario por delitos comunes, usaron de la palabra los
señores Maza, Vidal Garcés, Zañartu y Guerra.
Se cambiaron algunas ideas sobre la inconveniencia del sistema
imperante que permite a los parlamentarios que cometen delitos
comunes escudarse en el fuero parlamentario para burlar la acción
de la justicia ordinaria. Concretando su pensamiento, la Subcomi
sión por unanimidad, acordó que sea la Corte de Apelaciones, en
primera instancia, y la Corte Suprema, en segunda, quienes deban
declarar si hay lugar o no a formación de causa, quitando a la Cá
mara, por consiguiente, toda ingerencia en el desafuero.
A continuación usa de la palabra el señor Maza aduciendo algu
nas consideraciones en favor de la idea de realizar conjuntamente las

elecciones de Presidente de la República con las de Senadores y Di


putados, dice que con el actual sistema de elección presidencial sólo
pueden llegar a este cargo personas de gran fortuna e influencias,
porque el candidato necesita hacer personalmente todo el esfuerzo
de la elección, cosa que no sucedería si pudiera ser auxiliado por los
que van en seguida a contribuir a darle facilidades a su gobierno.
El señor Hidalgo (don Manuel) se pronuncia en contra de estas
ideas, observando que en una elección conjunta intervienen con ma
yor influencia los hombres de gran fortuna y situación, porque se
les busca precisamente por esto.
Toman parte en este debate S. E. el Presidente de la República
y los señores Vicuña Fuentes y Guerra. Este último considera con
veniente, como el señor Maza, la elección conjunta, porque así se
obtendrá un Congreso de la fisonomía política del Presidente de la

59 —

República y se evitará la repetición de la situación en que se encon


traron el Excmo. señor Balmaceda y el actual Presidente,
quienes
tuvieron que luchar tenazmente con Cámaras adversas.
Se acordó continuar el debate en una próxima reunión que se"1
verificará el miércoles 29 de este mes, a las 3^j P. M.
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca.
CUARTA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

miércoles 29 de abril de 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, No-
lasco Cárdenas, J. Guillermo Guerra, Manuel Hidalgo, José Maza,
Ministro de Justicia, don Enrique Oyarzún, Romualdo Silva Cortés,
Carlos Vicuña F., Francisco Vidal Garcés, Héctor Zañartu, Eliodoro
Yáñez y del Subsecretario del Interior don Edecio Torreblanca, quien
actuó como Secretario, se abrió la sesión a las 4 P. M.
Se leyó y aprobó el acta de la sesión anterior, celebrada el 24
de Abril.
El señor Barros Borgoño (don Luis) refiriéndose a la proposi
ción de S. E. formulada en la sesión anterior, insinúa la convenien
cia de suprimir la frase: ^quienes permanecerán en sus puestos
mientras cuenten con la confianza del Presidente de la República*.
Considera que ella está en contradicción con el resto de la disposi
ción, porque un Ministerio que recibe un voto de desconfianza de la
Cámara, no permanecerá en su puesto aun cuando euente con la
confianza del Presidente de la República. Esa ha sido siempre la
norma que se ha
seguido en tales casos y eslo que ocurre también
en el régimen presidencial.
Declara el señor Barros Borgoño que hace estas observaciones
no en representación de ninguna corriente de opinión o partido po
lítico,pues a nadie representa dentro de esta Comisión, sino en
su carácter personal, pues ha venido a colaborar con S. E. respon

diendo a la confianza con que S. E. ha querido honrarlo al designar


lo como miembro de ella. Sus observaciones obedecen al propósito
de dejar constancia de sus opiniones y en ningún caso a dificultar
o estorbar la marcha de las deliberaciones de la Comisión. En la si

tuación de hecho en que estamos colocados, agrega, no podemos ha


cer otra cosa sino salvar nuestras opiniones doctrinarias.
S.E. manifiesta que la Revolución de Septiembre se hizo a causa
de los abusos del sistema parlamentario y cree que deben tomarse
todas aquellas medidas que tiendan a evitar la vuelta a la tiranía
del Parlamento. Analiza la situación existente hasta Septiembre y
termina diciendo que si no se establece ahora un régimen estricto
de estabilidad ministerial, el país continuará en un período de revo-

61 —

luciones que, incuestionablemente, lo llevará a su total y completa


ruina.
El señor Yáñez (don Eliodoro) entiende que la idea de S. E,
es la de que las Cámaras no puedan derribar los Ministerios
simple
mente por la responsabilidad política y facilitar, al mismo tiempo,
el procedimiento de acusación.
Cree. que esta idea quedaría bien precisa en la forma que S. E.
la ha redactado, pero suprimiendo la parte final en cuanto se refiere
a que los Ministros quedarán en sus puestos mientras cuenten con la
confianza del Presidente de la República. Esta idea puede consig
narse en la facultad de nombrar
y remover los Ministros del Des
pacho. Suprimida esa parte, un Ministerio que recibe un voto puede
considerar que él no afecta su responsabilidad política y se mantiene
en su puesto. De modo que esta redacción da a los Gabinetes un

arma para mantenerse contra


cualquier acuerdo político.
El señor Zañartu (don Héctor) expresa que le asiste un temor
con respecto a este artículo; pero poruña razón enteramente opues
ta a la que se ha manifestado. Cree
que con esta indicación se es
tablece una diferencia de responsabilidad entre el Ministerio y el
Presidente de la República, y se abre la puerta al abuso del parla
mentarismo. En el régimen presidencial quien debe tener la respon
sabilidad es el .Presidente de la República y no el Ministerio.

El señor Amunátegui (don Domingo) cree que la frase en cues

tión tendría perfecta cabida en la parte que faculta al Presidente


de la República para nombrar y remover los Ministros del Despa
cho.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) consultado sobre la
opinión que le merece la indicación del señor Barros Borgoño, ma
nifiesta que da la suya personal, ya que no trae representación
ninguna de su partido, y solamente concurre a colaborar con S. E.,
en atención a la confianza con que S. E. lo ha honrado. Es de opi

nión contraria a la supresión del régimen parlamentario; pero si


se por el régimen presidencial hay que establecerlo en
quiere optar
forma clara y precisa. Declara que ha estudiado todos los regí
menes de Gobierno hasta llegar al sistema representativo estable
cido por la nueva Constitución alemana y, como consecuencia de
su estudio, se confirma cada vez más en sus simpatías por el régi

men parlamentario. Considera que no es el régimen el malo sino


los hombres, los mismos hombres que van a aplicar mañana las re
formas que aquí se estudian ; de modo que alienta pocas esperanzas
en orden a los efectos que ellas pueden producir en beneficio de
la administración pública.
Estima que es necesario tomar garantías para evitar la rotativa
ministerial y cree que ello podría conseguirse disponiendo que los
-
62 —

votos o acuerdos de carácter político deben ser tomados por la ma

yoría de los diputados en ejercicio.


Termina expresando que el sistema más democrático es el repre
sentativo y como sus orientaciones y sus ideales son netamente de
mocráticos no se resigna a abandonar este régimen.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) expresó su opinión fa
vorable a un régimen parlamentario corregido, en el que exista la fisca
lización o supervigilancia sobre todos los ramos de la política y de
la administración pública; pero en la realidad de los hechos y de
la situación actual del país, ante la voluntad y resolución de la ma
yoría de esta Comisión, comprende que sería un mal mayor el fra
caso de estos trabajos y la permanencia del país en su estado actual

que considera deplorable, sin Congreso, sin Derecho público, con


un sistema, que aun no se destruye, de centenares de decretos-leyes
que han alterado casi todas las instituciones; y, en general, en una
situación irregular y extremadamente peligrosa.
Espera que se cumplirá el propósito manifestado en orden a la
ampliación de causales de acusación y facilidades de juzgamiento
rápido de los Ministros de Estado; propondrá el mantenimiento de
las disposiciones sobre autorizaciones periódicas de gastos públicos
y cobro de contribuciones; y facilidades para que los actos del Eje
cutivo que merezcan censura por ser injustos, ilegales o contrarios
a los intereses nacionales puedan ser objeto de representaciones

eficaces del Parlamento ante el Presidente de la República.


En tal virtud, manteniendo sus ideas en la cuestión de principios
forzado por la necesidad de cooperar patrióticamente a la vuelta
de la Nación al régimen de derecho constitucional, no pudiendo hacer
algo mejor, se siente obligado a aceptar lo propuesto por S. E. el
Presidente de la República con las aclaraciones y modificaciones de
detalles expresados.
El señor Oyarzún (don Enrique) expone que también él está
en esta Subcomisión, no como Presidente ni miembro del Partido
Radical, sino porque el Presidente lo ha honrado nombrándolo miem
bro de ella; que, en consecuencia, sus opiniones son netamente indi
viduales y los vicios de que ha adolecido la práctica entre nosotros
del sistema parlamentario están contrabalanceados con el mal régi
men del Ejecutivo. Concuerda en las
opiniones que han expresado
los señores Vidal Garcés y Silva Cortés y está dispuesto a colaborar
patrióticamente a la tarea del Excmo. señor Presidente en la necesi
dad suprema de volver al régimen normal de Gobierno.
El señor Yáñez (don Eliodoro) declara, por su parte, que el ré
gimen parlamentario es el que mejor cautela las libertades públicas
y los intereses del Estado por medio de una fiscalización efectiva;
pero que no puede desentenderse de que este régimen, en la forma

63 —

como se ha
aplicado en Chile, ha fracasado. Considera que este sis
tema en países nuevos, sin tradiciones políticas, sin
disciplina, sin
partidos organizados, no puede ser bueno, de modo que sería agravar
la situación que estamos presenciando la mantención de él en sus
líneas clásicas.
Por lo demás, el sistema está enteramente desacreditado en el
país y produciría nuevas perturbaciones si lo dejáramos subsistente
en su forma actual o en otra forma más avanzada.

Está de acuerdo en que, posiblemente, lo que aquí se va a hacer


no sea lo mejor; pero las deficiencias
pueden irse salvando a medida
que se presenten. No cree tampoco que el régimen presidencial clá
sico sea adaptable a nuestro país, porque tiene también inconve
nientes y peligros y fácilmente podría llevarnos a la absorción por
el Ejecutivo. Reconoce que hemos sido víctimas de la responsabili
dad política de los Ministerios; que el Ejecutivo no ha podido Go
bernar sin el acuerdo del Congreso y, últimamente, sin el acuerdo no
ya de una mayoría, sino de un hombre y cree por esta razón, que ne
cesitamos suprimir la facultad del Parlamento de derribar los Minis
terios, en atención a consideraciones políticas, de orden meramente
abstracto. En consecuencia, acepta la idea del Presidente de la Re
pública de suprimir la responsabilidad política del Ministerio, esta
bleciendo que esa responsabilidad se pueda hacer efectiva por medio
de la acusación.
Un procedimiento de esta naturaleza no correspondería a uno

ni a otro de los sistemas presidencial o parlamentario. Con él solo


se trataría de estudiar nuestros males y repararlos.
Usa de la palabra eí señor Hidalgo (don Manuel) quien ma

nifiesta que el Parlamento debe ser un control para contener los


abusos del Poder Ejecutivo; pero que, a su vez, el Parlamento debe
ejercitar su acción dentro de ciertas normas que impidan la degene
ración de sus facultades fiscalizadoras en intromisión en la Adminis
tración Pública.
Citamos con mucha frecuencia, dice el señor Hidalgo, el régi
men de los Estados Unidos ; pero nos olvidamos de que nosotros no

tenemos ni la cultura ni el espíritu americano, que su civilización no


es trasplantada, que aquellos hombres nacieron a la vida Ubre acos

tumbrados a una forma de Gobierno. Sin embargo, a pesar de todas


esas circunstancias, los Poderes Ejecutivo y Legislativo han tenido
recientemente la lucha más áspera con motivo del nombramiento de
Procurador General de la República.
Considera que no podemos continuar en un régimen que ha re
pudiado el país y que es necesario ensayar un sistema nuevo de Go
bierno. Pero expresa sus temores de que, por salir de un mal, vayamos
a caer en la tiranía del régimen presidencial. Por estas consideracio-

64 —

nes desearía que en la nueva Carta Fundamental se faciliten los pro


cedimientos de reforma constitucional, para poder reaccionar en
contra de principios que pueden dar malos resultados en la práctica.
No es posible, termina, que las reformas constitucionales tenga que
hacerlas este país por medio de movimientos militares o por asonadas
populares, porque unos y otros son una vergüenza para nuestra vida
política.
Los señores miembros de la Comisión estuvieron de acuerdo en
que eranecesario establecer procedimientos más sencillos para intro
ducir reformas a la Constitución.
El señor Vicuña (don Carlos) cree que se debe innovar en cuan
to a la facultad del Congreso de dictar las leyes de presupuestos, de
autorización para el cobro de las contribuciones, de fijación de las
fuerzas de mar y tierra y de autorización para la permanencia de
las tropas en el lugar de la residencia del Congreso, porque mientras
estas facultades subsistan, subsistirá el régimen parlamentario.
Usa en seguida de la palabra el señor Ministro de Justicia, don
José Maza, quien manifiesta que no puede decirse que el sistema
parlamentario haya fracasado en Chile por defectos de los hombres,
sino por defectos de sus disposiciones escritas que no encauzaron
el régimen.
Si se quiere privar al Ministerio de toda responsabilidad política,
considera que es necesario distinguir tres casos : aquel en que el Mi
nisterio debe ir al Congreso; aquel en que puede ir; y aquel en que
no debe ir al Congreso. Cree que puede ir o no, a voluntad, cuando

se trata de la tramitación de las leyes; y que debe necesariamente

ir en los casos de acusación. Y que si se establece la irresponsabilidad


política no debe ir a contestar los votos, acuerdos u observaciones.
Propondría que las observaciones, acuerdos o votos de la Cámara
deben ser contestados por el Presidente de la República.
En cuanto a los acuerdos por mayoría de los diputados en ejer
cicio, les ve el inconveniente de la dificultad de reunir el quorum
necesario, con lo que se obstaculizaría la fiscalización.
Se dio, por fin, por aprobada la proposición de S. E. en la si
guiente forma: «Poner entre las facultades exclusivas de la Cámara
de Diputados, las siguientes: Fiscalizar los actos del Poder Ejecutivo.
Para ejercer esta atribución, la Cámara de Diputados puede adoptar
acuerdos o sugerir observaciones al Presidente de la República.
«No se transmitirán al Presidente de la República sino los acuer
dos u observaciones que sean aprobados por la mayoría de la Cá
mara de Diputados.

«Estos votos, acuerdos u observaciones, no afectarán la respon


sabilidad política de los Ministros del Despacho.»
Poner en el título «Del Ministerio», una disposición que diga:
«Los Ministros del Despacho, pueden, cuando lo estimen conve
niente, asistir a las sesiones de las Cámaras y tomar parte en sus
debates, con preferencia para hacer uso de la palabra, pero sin dere
cho a voto».
Los señores Vidal Garcés (don Francisco) y Zañartu (don
Héctor) quieren que quede testimonio de su opinión contraria a la
proposición, sin oponerse a ella.
El señor Zañartu (don Héctor) fundó su opinión en el senti
do de que con la proposición aprobada se va a establecer una dife
rencia de responsabilidades entre el Presidente de la República y el
Ministerio, lo cual significa, lisa y llanamente, abrir la puerta a los
abuso del sistema parlamentario.
Se discutió en seguida el punto relativo a la posibilidad de la
asistencia en algunos casos, del Presidente de la República a las Cá
maras, para contestar verbalmente las acusaciones u observaciones
que se formulen por éstas, y después de un corto debate se acordó
que «los acuerdos u observaciones de las Cámaras pueden ser con
testadas por escrito por el Presidente de la República o verbalmente
o por escrito por el Ministro del Despacho que corresponda».

Se aeordó reunirse nuevamente el viernes l.D de Mayo a las


33^ P. M. para pronunciarse sobre si se deja a la Cámara la facultad
de votar anualmente la ley de Presupuestos y demás leyes tempo
rales a que se ha referido el señor Vicuña Fuentes.
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca.

(Actas 5)
QUINTA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

I.° DE MAYO DE 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, No-
lasco Cárdenas, J. Guillermo Guerra, Manuel Hidalgo, José Maza,
Ministro de Justicia, Pedro N. Montenegro, Roberto Meza F.,
Romualdo Silva C, Carlos Vicuña Fuentes, Héctor Zañartu P.,
Eliodoro Yáñez, y del Subsecretario del Interior, don Edecio Torre-
blanca, quien actuó como Secretario; se abrió la sesión.
Leída el acta de la sesión anterior celebrada el 29 de Abril últi
mo, se dio por aprobada con la rectificación del señor Barros Bor
goño en cuanto a que, en realidad, él insinuó en la sesión anterior
que se suprimiera no sólo la frase a que hace mención el acta sino
todo el inciso.
Se pone en discusión la idea del señor Vicuña Fuentes en orden
a suprimir la facultad de la Cámara de discutir anualmente toda la

ley de presupuestos.
Usa de la palabra el señor Vicuña Fuentes (don Carlos) quien
expresa que su pensamiento no es impedir que la Cámara estudie,
fiscalice y vigile la inversión de los fondos públicos, sino evitar que
pueda hacerse de esta facultad un arma política contra las atribu
ciones propias del Poder Ejecutivo.
A su juicio hay que evitar la posibilidad de un entorpecimiento
en la marcha del país, como sería la paralización de la administración

pública que se produciría no autorizando los presupuestos y cobro


de las contribuciones, pero buscando un procedimiento que dejara
a la Cámara la facultad de modificar la ley de presupuestos.

El señor Guerra (don J. Guillermo) declara que es partidario


de la idea sostenida en el proyecto de don Ismael Valdés Valdés, o
sea que los gastos establecidos por leyes de carácter permanente no

pueden ser modificados en la ley de presupuestos y que, aprobada


ésta, en general, rigen por sí solos. Pero a esos gastos se pueden
agregar otros de carácter muy parecido, como aquellos a que se re

fiere el art. 2.° de la ley 4,001, de Febrero de 1924.


En una palabra, deben quedar sometidos a la revisión y aproba
ción anual del Congreso sólo los gastos variables.
El señor Yáñez (don Eliodoro) observa una característica del
régimen parlamentario. En el Parlamento inglés, los presupuestos,
en la parte consolidada, son motivo de una sola votación. Si el Ga-
-
67 —

bínete cuenta con la confianza del Parlamento, se aprueba el presu

puesto; en caso contrario, el Gobierno pierde la votación y se pro


duce la crisis ministerial. Pero, en realidad, la Cámara de los Co
munes no examina los gastos consolidados o fijos. En cambio, los

gastos variables son objeto de un estudio minucioso.


Lo que debemos establecer ahora, es que los gastos fijos consul
tados en el presupuesto, aquellos que provienen de leyes de carácter"
general o especial, no deben ser objeto de votación o modificación
por parte de la Cámara, porque ellos ya han sido votados en la oca
sión en que se aprobó la ley que los creó.
En cuanto a los gastos variables es necesaria la apreciación del
Congreso para aprobar, modificar, suprimir o aumentar los propues
tos por el Ejecutivo.
En realidad, entre nosotros no todos los gastos fijos están acor
dados en ley y esto trae -alguna dificultad para precisar la distinción
que desea dejar establecida. No pasa lo mismo con la*construcción
de obras públicas, por ejemplo, que se desarrolla en 3 ó 4 años, por
que en realidad, estos son gastos fijos y, sin embargo, no provienen

de leyes de carácter permanente. Los gastos establecidos por leyes


especiales o temporales deben regir sin necesidad de acuerdo del
Congreso.
En resumen, considera que debe quitársele a los presupuestos
su carácter político y dejarlos sólo como una ley administrativa, para

la revisión de las entradas y gastos de la Nación.


Los gastosfijos son estudiados para ese efecto, pero sin nece
sidad de votarlos anualmente, porque ya han sido establecidos en el
Congreso y necesitan nuevo acuerdo para su inversión.
no

Los gastos variables se consultarán anualmente y serán apro


bados o rechazados, entendiéndose que, si el 31 de Diciembre no
estuvieren aprobados, regirá el proyecto del Ejecutivo, que es el que
consulta las necesidades administrativas del año.
Cree que en esta forma queda perfectamente clara la idea, con (

la particularidad de que establecemos dos cosas: que los gastos per


manentes del Estado no estén sujetos a votación y combinaciones
políticas y que no se puede suspender la vida nacional postergando
o rechazando los presupuestos.
El señor Hidalgo (don Manuel) considera que no es conveniente
establecer lisa y llanamente que si el 31 de Diciembre no estuvie
ren despachados los presupuestos por el Congreso regirá automática
mente el proyecto presentado por el Ejecutivo, sin contemplar, al
mismo tiempo, medidas de garantía, como sería la de que la Cáma
ra debe discutir de preferencia los presupuestos.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) expresó que el abuso
del parlamentarismo en la materia de que se trata, consistió en
-
68 —

Chile, principalmente o casi exclusivamente, en el retardo o demora


en el despacho del presupuesto anual de los gastos públicos. Acepta

todo lo que tienda a evitar demoras u obstrucciones caprichosas


que son muy perjudiciales; y le parece bien que se entienda aproba
do un presupuesto o una autorización para el cobro anual de con

tribuciones cuando ha trascurrido un plazo razonable sin que el


Congreso, pudiendo hacerlo, no se pronuncie sobre esos asuntos tan
necesarios para la vida normal del Estado.
Esto, dijo el señor Silva Cortés (don Romualdo) no es con
trario al mantenimiento de la institución histórica y universal de la
autorización legislativa periódica para el presupuesto de gastos y
cobro de impuestos de una Nación.
Comprende que ya se ha acordado una reforma para evitar
crisis ministeriales inconvenientes; y cumple el deber de manifestar
su opinión favorable al mantenimiento de algo que considera factor

de libertad y de garantías en una República democrática. Ante la


imposibilidad de realizar por ahora su ideal, deja constancia de su
opinión, ya que la mayoría de la Comisión desea suprimir o alterar
esa institución; y, como lo dijo en la sesión anterior, pensando en la

necesidad suprema de que se vuelva a un régimen constitucional,


se ve obligado a respetar en esta materia lo que se acuerde por S. E,
el Presidente de la República y la mayoría de miembros de esta Co
misión.
El señor Montenegro (don Pedro N.) cree que no es posible
que, llegado el 31 de Diciembre, no pueda el Ejecutivo hacer los
gastos fijos; pero, tampoco se resigna a despojar al Congreso de esta
arma va quedando para imprimir rumbos al Gobierno. Por esta
que le
razón propondría, como transacción, que no se votaran los gastos fijos
y que los variables debieran ser votados en un plazo determinado,
debiendo regir el proyecto del Ejecutivo si no lo hubieran sido, a
menos que la Cámara acuerde aplazar su discusión.

El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, cree que la dis


persión aparente del debate se debe más que todo a que se han con
fundido un poco ideas distintas y estima que, distinguiéndolas bien, se
podría ver que en el fondo existe un acuerdo en el principio. Hay que
señalar claramente tres materias distintas: en primer lugar la conve
niencia que existe de que, anualmente, el Congreso conozca los gas
tos que necesita hacer la Nación y las entradas de que dispone para
realizar esos gastos. En segundo lugar, la manera cómo los presu
puestos se discuten y clasifican en gastos fijos y variables; y, en
tercero, si se mantiene o no el derecho del Congreso de aplazar la
discusión de las leyes periódicas, que son la esencia del régimen par
lamentario.

69 -

Entrando al primer punto, su opinión personal es netamente


afirmativa. Cree que el país necesita conocer todos los años los gastos
de la Nación y los recursos con que cuenta, para cubrir e^os gastos.
No conoce ninguna Constitución que prive de este derecho al Con
greso. Recuerda el caso que le ha tocado presenciar, acaecido en el
Brasil y en Argentina, en que los Congresos de esos países discutían
en el mes de Agosto o
Septiembre los presupuestos de ese mismo
año, sin perjuicio de la facultad que tiene el Ejecutivo para seguir
administrando la Nación y subvenir a los gastos del país.
Esta facultad del Congreso nada tiene que ver con los abusos
del régimen parlamentario, porque obedece a una razón de conve
niencia pública, porque es el balance anual que por su intermedio
conoce el país. Por otra parte, este derecho del Congreso si tiene la

limitación a que se referirá más adelante, no es en manera alguna


un
peligro para la marcha regular de la administración del país y en
ningún caso es un arma que el Congreso pueda e-grunir contra el
Poder Ejecutivo.
La segunda cuestión se refiere a la forma en que el presupuesto

y el cálculo de entradas debe discutirse y la división que se haga


entre los gastos fijos y los variables.
Cree que esta es una cuestión que no debe estamparse en la
Constitución misma y que es materia de la ley que reglamente el
despacho de las leyes periódicas. Basta decir en la Constitución que,
llegado el vencimiento de las leyes anteriores, habrá una nueva que
comenzará a regir, para privar al Congreso de su arma política. En
la actualidad los presupuestos no pueden alterar los gastos señalados
en leyes generales especiales y estampar en la Constitución que
o

por la sola presentación del presupuesto quedan aprobados los gastos


fijos, es dar cabida a un abuso que consistiría en que el proyecto
respectivo podría colocar como gastos fijos materias o asuntos que
no estén en realidad consultados en leyes generales o especiales. Cree

que el Congreso debe tener facultad para revisar si los gastos fijos
corresponden, en realidad, a los que consultan las leyes, sin que esto
importe en manera alguna dar cabida al uso de un arma política.
Insiste en manifestar que esta materia, desde el punto de vista cons
titucional, es secundaria, y en estimar que no es materia propia de
la Constitución. Por lo demás, no ha sido la dificultad práctica que
se ha producido en el país: es una cuestión reglamentaria y de orden

propia de la ley y no de la Constitución.


Entrando a preocuparse del tercero y último punto en que ha
dividido las ideas en debate, estima que es un corolario del acuerdo
a que se llegó en la sesión anterior, privar al Congreso del derecho
de aplazar o negar las leyes periódicas. Para obtener este fin cree
que basta con una disposición constitucional que diga, que, llegado

70 —

el día del vencimiento de las leyes anteriores, sin que el Congreso se


haya pronunciado, deben regir como leyes los proyectos presentados
por el Ejecutivo y optar por los proyectos del Ejecutivo y no por las
leyes que rigieron el año anterior, porque habrá muchas disposiciones
nuevas no contenidas en las leyes anteriores y muchas contenidas en

esas leyes que no será necesario poner en las nuevas, y porque, ade

más, se aprobará el proyecto estudiado con tranquilidad que consul


tará las necesidades del país para el año siguiente.
Insiste en que este es el punto capital. Si el Congreso no tiene
la facultad de aplazar o negar las leyes periódicas, se habrá puesto
término al abuso del parlamentarismo y tendrá el Presidente de la
República leyes oportunas que le permitan administrar correcta
mente el país.
Esta observación es extensiva a todas las leyes periódicas, por
que a cualquiera de ellas se puede aplicar el mismo principio, o sea,
que el abuso no consiste en que se puedan discutir esas leyes por el
Congreso, sino en que su despacho no sea oportuno. Siendo oportuno
el despacho, no hay abuso posible, ni temor alguno y el remedio está
en que al llegar el día fijo y determinado haya una ley que comience

a regir: la que haya presentado el poder Ejecutivo.

Condensaría sus ideas en una proposición que dijera más o me


nos: «Fijar anualmente los gastos de la Administración Pública y

aprobar en la misma ley el cálculo de entradas y cobro de contribu


ciones, no pudiendo alterarse los gastos acordados en leyes generales
o especiales. Si a la expiración del plazo de vigencia de esta ley no

se hubiera dictado la que debe reemplazarla, regirá, entre tanto, el

proyecto que, oportunamente haya presentado el Poder Ejecutivo».


S. E. manifiesta que no se ganaría nada con seguir discutiendo
sobre estas materias si el pensamiento de los señores miembros de la
Comisión fuera el de que el Congreso aprobara año a año la ley que
autoriza el cobro de las contribuciones.
El señor Yáñez (don Eliodoro) cree que ésta es una idea apar
te,y precisa los puntos en los cuales cree notar acuerdo general en
la Comisión, en la siguiente forma: «El presupuesto general de gas
tos de la Nación es una ley de carácter administrativo. El presupues

to debe sometido para su aprobación al Congreso; pero las Cá


ser

maras no tienen el derecho de negarlo, ni de aplazar su discusión.


Los gastos fijos consultados por leyes generales o especiales no pue
den ser alterados en la discusión de los presupuestos. Los gastos va
riables pueden ser alterados o modificados, pero deben estar votados
el 31 de Diciembre de cada año. En caso de no estar aprobados en
dicha fecha, regirá el proyecto de presupuestos presentado por el Po
der Ejecutivo».

71 —

Después de un ligero debate se dieron por aprobadas estas ideas


en la forma expuesta.
Se acordó, a continuación, suprimir en el inciso 1." del N." 3.°,
del art. 28 (37) de la Constitución la frase: «en cada año», agregando
al final del mismo la siguiente: «sin perjuicio de las alteraciones que
anualmente establezca la ley de presupuestos». Suprimir el inciso 2.°
del mismo número. Suprimir en el número 4." del mismo artículo la
frase que dice: «reconocer las contraídas hasta el día». Cambiar en
el número 5.° del mismo artículo la frase «crear nuevas provincias
o departamentos» por «establecer la división administrativa». Y,

finalmente, suprimir el número 3.° del mismo artículo.


Se acordó reunirse nuevamente el próximo miércoles 6, a las
33^ P. M. para ocuparse del procedimiento de la acusación de los
Ministros.
Se levantó la sesión,

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca.
SEXTA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

6 de mayo de 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño,
Nolasco Cárdenas, Guillermo Edwards M., Manuel Hidalgo, José
Maza, Ministro de Justicia, Pedro N. Montenegro, Roberto Me
za F., Romualdo Silva C, Francisco Vidal Garcés, Héctor Zañartu,

Eliodoro Yáñez, y del Subsecretario del Interior, don Edecio To


rreblanca, quien actuó como Secretario.
Leída el acta de la sesión anterior se dio por aprobada.
S. E. el Presidente de la República expresa que convendría tra
tar en esta sesión de las facultades del Congreso para acusar al Pre
sidente de la República, a los Ministros del Despacho y otros funcio
narios, porque es justo que, ya que se le han quitado al Parlamento

algunas de sus atribuciones se le den los medios para poder contener


los avances y abusos del Poder Ejecutivo. Y a fin de organizar mejor
el trabajo de la Subcomisión, da lectura a un resumen de ideas que
podría figurar como proyecto constitucional.
En este proyecto se han modificado y refundido en un solo ar

tículo muchas facultades que aparecen dispersas en diversos capítu


los de nuestra Constitución.
Dicho proyecto es del tenor siguiente:
«Poner entre las facultades exclusivas de la Cámara de Dipu
tados las siguientes:
"2.a Declarar si han o no lugar las acusaciones que cualesquiera
de sus miembros formulen en contra de los siguientes funcionarios:
«a) Del Presidente de la República, por actos de su adminis
tración en que haya comprometido gravemente el honor o la segu
ridad del Estado, o infringido abiertamente la Constitución o las
leyes. Esta acusación sólo podrá interponerse en el año inmediato
después de concluido el término del período presidencial;
&b) De los Ministros por los delitos de traición, concusión, mal
versación de fondos públicos, soborno, infracción de la Constitución
o atropellamiento de las leyes, por haberlas dejado sin
ejecución, y
por haber comprometido gravemente la seguridad y el honor de la
Nación. Estas acusaciones podrán interponerse mientras funcione
el Ministro y en los seis meses siguientes a la expiración del cargo.
Durante estos seis meses, no podrá ausentarse de la República sin

73 —

permiso de la Cámara de Diputados, o, en receso de ésta, de su Pre


sidente;
«c) De los Magistrados de los Tribunales Superiores de Justicia
por notable abandono de sus deberes:
*d) De los Generales de un Ejército o Armada por haber com

prometido gravemente la seguridad o el honor de la Nación;


«e) De los Gobernadores de departamento por los delitos de trai
ción, sedición, infracción de la Constitución, malversación de fondos
públicos y concusión.
«En todos estos casos la Cámara de Diputados declarará prime
ramente si ha o no lugar admitir la proposición de acusación, y des
pués, con intervalo de seis días, si ha lugar la acusación, oyendo
previamente el informe de una Comisión de cinco diputados elegidos
a la suerte. Si resultare la afirmativa, nombrará tres
diputados que
la formalicen y prosigan ante el Senado.
«Desde el momento que la Cámara declare que ha lugar la acu
sación, el acusado quedará suspendido de sus funciones. La suspen
sión cesará si el Senado desestimare la acusación o si no se hubiere
pronunciado dentro de los seis meses siguientes. 5

Poner entre las atribuciones de la Cámara de Senadores las si


guientes
«5.a Decidir si ha o no lugar la admisión de las acusaciones que
cualquier individuo particular presente contra los Ministros, por
razón de los perjuicios que pueda haber sufrido injustamente por
algún acto del Ministro. En estos casos el Senado procederá en la
forma que se indica en el número siguiente»;
<G.a Conocer de las acusaciones que la Cámara de Diputados
entablare con arreglo al artículo anterior, oyendo al acusado.
«El Senado procederá como jurado y se limitará a declarar si el
acusado es o no culpable del delito o abuso de poder que se le imputa,
«La declaración de culpabilidad será pronunciada por los dos
tercios de los senadores presentes. Por la declaración de culpabilidad,
queda el acusado destituido de su cargo.
;<E1 funcionario declarado culpable por e! Senado, será juzgado
con arreglo a las leyes por el Tribunal ordinario competente, tanto

para la aplicación de la pena señalada al delito cometido, cuanto


para hacer efectiva la responsabilidad civil, por los daños y perjui
cios causados al Estado o a particulares.
Después de haber leído el proyecto anterior, S.E. manifestó que
en él estaban resumidos los arts. 74
y 83 a 92, y la facultad segunda
del actual art. 30 de la Constitución, reduciendo la tramitación para
todos los acusados a una sola y uniforme y pasando al Senado la
facultad de oirlos.
Agregó que, aunque en el proyecto que había leído se mantenía

74 -

la actual disposición constitucional de que sólo pudiera acusarse al


Presidente de la República en el año siguiente a la terminación de
su mandato, él
proponía que la Cámara tuviera también la facultad
de acusarlo aun mientras ejercía sus funciones.
Los señores Vidal Garcés (don Francisco) y Barros Borgoño
(don Luis) manifiestan que no hay conveniencia en establecer la fa
cultad de acusar al Presidente de la República «aun dentro de su
período», porque en el período presidencial se desarrollan muchas
pasiones que pueden obrar en este caso.
Explicando su pensamiento, S. E. agrega que no es su propósito
dar al Presidente de la República un exceso de atribuciones que lo
hagan arbitro de la vida y de la honra de los ciudadanos; de manera
que, si se han ensanchado las facultades administrativas del Ejecu
tivo, se debe dar también a los ciudadanos, representados en el Con
greso, la facultad y posibilidad de llamar al Presidente de la Repú
blica al terreno de la discreción cuando el Congreso considere que se
ha salido de él. No sabemos, agrega, si el día de mañana tendremos
malos Presidentes, así como hemos tenido malos Congresos y, en tal
caso, esta facultad vendría a ser una garantía para impedir las inva
siones o abusos de autoridad del Poder Ejecutivo.
El señor Barros Borgoño (don Luis) manifiesta que en la Cons
titución de los Estados Unidos existe una disposición semejante ; pero
que ella se ha aplicado sólo una vez, y todavía sin éxito, producien
do una agitación en el país que duró dos años. Le parece mejor man
tener la situación actual.
S. E. replica que es necesario tener una válvula de seguridad,
para el caso en que llegue a producirse una situación sin salida.
El señor Zañartu (don Héctor) se manifiesta de acuerdo con
S. E. y cree que, si se va a dar esta serie de facultades al Presidente
de la República, es indispensable poner un contrapeso. Expresa que
el Presidente va a tener facultades que no tiene el Poder Ejecutivo
en ninguna parte del mundo; que sólo en Estados Unidos y el Bra

sil se le dan facultades parecidas, pero hay que considerar que esos
son gobiernos federales, Le parece indispensable, en consecuencia,
que contemplemos un medio para contener al Presidente de la Re
pública, en caso que quiera abusar de sus atribuciones. Por otra par
te, cree que establecer la responsabilidad de los Ministros y no la del
Presidente de la República, es caer al fin en el sistema parlamenta
rio, porque van a ser los Ministros los únicos responsables del Go
bierno y, por consiguiente, tendrá que primar la opinión de los Mi
nistros sobre la del Presidente. De este modo, los acuerdos del Con
greso tendrán mucho mayor influencia en las crisis ministeriales, que
es precisamente lo que se quiere evitar.

Quiere dejar constancia también, a propósito de la fórmula en


-
75 —

que se llegó a acuerdo


la sesión anterior, con respecto a la apro
en
bación de los presupuestos, que está absolutamente de acuerdo
con la opinión
que manifestó en esa oportunidad el Ministro de Jus
ticia, señor Maza.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) declara
que no es parti
dario de la acusación al Presidente de la
República dentro de su
período; pero, en cambio, le gustaría que se facilitara el procedi
miento de acusación a los Ministros. Sin embargo cree que ya no
se puede volver atrás en el camino hecho en orden a robustecer la

autoridad del Presidente de la República.


El señor Montenegro (don Pedro N.) manifiesta su
opinión en
el mismo sentido.
El señor Cárdenas (don Nolasco) expresa que es partidario no
sólo de la acusación del Presidente de la República por el Congreso
sino también por el pueblo, a fin de dejar esta arma para el caso que
el Ejecutivo llegue a formarse una mayoría en el Congreso dispuesta
a obedecer ciegamente los deseos del Ejecutivo.

S. E. llama la atención a que se está organizando un sistema


según el cual va a desaparecer la responsabilidad de los Ministros,
haciendo de ellos funcionarios especialistas y competentes, que obra
rán bajo la dependencia y responsabilidad directa del Presidente
de la República.
El señor Barros Borgoño (don Luis) cree que esta idea no se
realizará jamás, que los especialistas deben ser el Subsecretario y
demás funcionarios del Ministerio o dependientes de él y que el Mi
nistro debe ser un hombre de Estado. Agrega que él quiere evitar
las situaciones difíciles que pueden producirse al Presidente de la
República, que no quiere agravar las dificultades, y considera que
una acusación al Presidente de la República es llevar las cosas a su

último extremo. Basta, a su juicio, con la acusación a los Ministros,


porque ésa es una situación fácil de allanar. No quiere dejar al Pre
sidente de la República entregado a las pasiones políticas y sí, que
se mantenga su prestigio, su dignidad y su respeto.
El señor Yañez (don Eliodoro) cree que la idea dominante en esta
reforma constitucional es suprimir la responsabilidad política de los
Ministros desde el punto de vista parlamentario, es decir, en cuanto
signifique un medio de entorpecer sin causa alguna la marcha de la
administración y, en cambio, abrir la puerta a la acusación de manera

que ésta pase a procedimiento natural y acostumbrado en


ser el
todos los casos en haya motivo para ello. Pero cree, al mismo
que
tiempo, que en la situación actual del mundo, en que es necesario
rodear al Jefe del Estado de las mayores garantías de dignidad, de
decoro y de prestigio, no debe dejarse entregado al Presidente de la
República a los apasionamientos políticos, sobre todo en países como

76 —

el' nuestro en que los arbitrios se convierten en armas o recursos de


actividades partidaristas o enemistades personales. Atravesamos por
un período de falencia en materia de rectitud política, añade, y
cada arbitrio, cada recurso, cada puerta que se abre no se ejercita
dentro del concepto que se ha tenido en vista al crearla, sino que
es tomada como medio de provocar otras situaciones. Cree que la fa

cultad de acusar al Presidente durante su período vendría a dismi


nuir la autoridad y el prestigio del Jefe del Estado en los momentos
en que más se necesita rodearla de consideraciones y respetos que

son indispensables en el ejercicio del poder.

La situación del mundo está preñada de exigencias, problemas


y perturbaciones sociales y es necesario dar a los Jefes de Estado una
autoridad fuerte y prestigiosa para encauzar y guiar esos movimien
tos ysatisfacer así, sin trastornos, justas aspiraciones. Si dejáramos
entregada al arbitrio de una mayoría parlamentaria la permanencia
del Presidente de la República en su cargo, o diéramos facilidades
para ataques que pueden ser obra de pasiones políticas, no haríamos
sino mantener una situación de agitación política en el país y colo
car al Jefe del Estado en tela de juicio en la forma más irregular,

inverosímil y absurda, con desprestigio de la administración en el


interior y del país en el exterior.
Como resumen de sus opiniones, propondría que se mantuviera
la idea contenida en el art. 74 de nuestra Constitución, limitando
las causales de acusación a que se refiere el proyecto de S. E. a la
simple infracción de la Constitución, pues aun la infracción a las
leyes debiera en realidad dejarse para la responsabilidad ministerial,
como lo establece la Constitución del 33.
El señor Edwards (don Guillemo) manifiesta que hay, además,
una razón esencial para no aceptar esta idea propuesta por S.E., razón

que entenderán mejor que nadie los caudillos entusiastas de la oposi


ción. Si en el sistema actual adquieren una situación destacada los
parlamentarios que atacan un Ministerio, es de imaginarse qué cosa

más hermosa y más lucida sería para ciertos espíritus entablar una
acusación al Presidente de la República.
El señor Amunátegui (don Domingo) considera que sólo los
Ministros deben ser acusados y por su parte rodearía también al Pre
sidente de la República de todo el prestigio necesario.
El señor Hidalgo (don Manuel) estima que, dadas las condi
ciones en que va a quedar el Poder Ejecutivo, la democracia nece
sita de estas facultades para contener los abusos del Presidente de
la República. Supongamos, dice el señor Hidalgo, que llegue hasta
la Presidencia de la República un caballero voluntarioso, a quien
se le ocurra obrar en forma inconveniente, creyendo que así interpre
ta los intereses nacionales, y pase por sobre las leyes y por encima

77 —

de las facultades del Congreso. No habría manera de llamarlo a la


cordura y como no podría prolongarse esta situación hasta
que termi
nara su período presidencia], habría que derrocarlo por medio de una
revolución. Como esto tampoco es posible, hay conveniencia, enton
ces, en dejar las válvulas necesarias para que el Congreso tenga los
medios de compeler al Ejecutivo a mantenerse dentro de sus faculta
des. Por lo demás el Presidente de la República tiene siempre un
ascendiente moral sobre la Cámara para impedir que el Poder Le
gislativo abuse de esta facultad. Por estas razones participa de la
opinión de S.E. en cuanto a que es absolutamente necesaria esta facul
tad del Congreso.
El señor Meza Fuentes (don Roberto) también se declara par
tidario de la acusación del Presidente de la República dentro de su
período y, en cuanto a las observaciones de los señores Yáñez y Barros,
manifiesta que el prestigio de la personalidad del Primer Magistrado
se lo dan sus propios actos. Si se teme a los abusos de esta facultad,
ella podría subsanarse con una buena reglamentación, que no es ma
teria constitucional.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, observa que es
verdad que con los acuerdos adoptados se dan una serie de facultades al
Presidente de la República para administrar el país y evitar los
avances desquiciadores del parlamentarismo, creando un Ejecutivo
fuerte y prestigioso; pero, más adelante y con la descentralización de
los servicios, se le quitan también una cantidad de facultades, de
modo que el Presidente de la República no va a tener en su mano
la suma del poder que algunas personas imaginan. Tendrá sí una
situación preponderante para dirigir la política general del país, pero
no estará en sus manos toda aquella parte que se refiere a nombra
mientos del personal de la Administración. S. E. ha dicho repetidas
veces, continúa, que no debemos inclinarnos hacia el sistema presi
dencial clásico ni hacia el régimen parlamentario puro, sino implan
tar un sistema propio para este país. Si dejáramos al Congreso la
facultad, aparentemente democrática, de acusar al Presidente de la
República dentro de su período presidencial, conociendo como cono
cemos nuestras pasiones políticas, podríamos asegurar que a los dos
años de la iniciación de un período ya habría un fuerte grupo de
gentes enemiga de- la política del Presidente, que pretendería derri
barlo a todo trance.
Por eso sería de opinión que no se estableciera esta facultad. Si

más tarde se considera conveniente consignar este principio, dadas

las facilidades para reformar la Constitución, que se han consignado,


se podría hacer. Pero, entre tanto, lo considera peligrosísimo, porque

lo que aquí se establece no es la responsabilidad política, sino la res-


-
78 -

ponsabilidad penal. Cree que lo lógico es acusar al Presidente de la


República una vez que haya terminado su período.
Por estas consideraciones es francamente partidario de mante
ner la situación actual.
La mayoría de los señores miembros de la Subcomisión se pro
nunció en el sentido de que no es conveniente establecer la acusación
al Presidente durante el período de su mandato, y S. E. manifestó
que dejaría este asunto para que lo resolviera la Constituyente. Se
aceptó sí la idea de acusación por infracción a las leyes, propuesta
por S. E.
Con respecto al punto e), inciso 2.°, el señor Silva Cortés mani
fiesta la justicia que existe para que se oiga al acusado, ya que la
admisión de acusación produce la suspensión del cargo, e insinúa
que se indique un plazo con tal objeto.
El señor Montenegro (don Pedro N.) aboga porque se esta
blezca un plazo para que el Senado se pronuncie sobre la acusa
ción, a fin de evitar que una minoría obstructora impida el pro
nunciamiento y absuelva de este modo al acusado.
El señor Hidalgo (don Manuel) solicita que, para la declara
ción de culpabilidad, se establezca la simple mayoría, porque la
limitación a dos tercios constituye una traba que hace ilusoria la
acusación. Considera que en una democracia, debe estar cerca de
los legisladores la Roca Tarpeya.
.Los señores Montenegro (don Pedro) y Vidal Garcés (don
Francisco) estiman que, habiéndose dado al Ejecutivo tantas facul
tades, es necesario dejar abierta esta válvula al Congreso-
Refiriéndose a las observaciones de los señores Hidalgo y Vidal
Garcés y Montenegro, el señor Maza, Ministro de Justicia, hace
presente que el Senado podrá sesionar sólo con la cuarta parte de
sus miembros.

Por su parte S. E. expresa que dejar esta facultad a la simple


mayoría del Senado envuelve el peligro de que el Congreso se valga
de este medio para derribar los Ministros.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) se hace cargo de esta
observación y dice que a un particular que cometa cualquiera de
los delitos a que se refieren los puntos en debate se le juzga in
mediatamente, porque esto es lo democrático, y estima que para un
Ministro ya es bastante fuero el que la acusación pase por las dos
Cámaras.
El señor Zañartu (don Enrique) expresa que acepta el quorum
de dos tercios de que habla el proyecto de S. E.
Envista délas ideas cambiadas S. E. propone que se diga: «Con
la mayoría de los Senadores en ejercicio», lo que fué aceptado.
A continuación insiste en que se dé al Presidente de la Repú-
-79-

blica la facultad de disolver al Congreso, y al Congreso la facultad


de deponer al Presidente.
Recuerda que todos los tratadistas están conformes en que un
Gobierno democrático republicano se basa en el equilibrio de los
poderes, de modo que si a un poder se le da la facultad de tomar
medidas coercitivas en contra de otro, es preciso compensar esas
facultades otorgando a éste otras que contrarresten su situación.
En esta forma, si surge un conflicto entre el Poder Ejecutivo y
el Legislativo, el Presidente disuelve al Congreso, convoca a nuevas
elecciones en el plazo de sesenta días y si el nuevo Congreso sostiene
el mismo punto de vista anterior al Presidente, se retira. En caso
contrario, continuaría en sus funciones. Con este procedimiento los
conflictos que surjan entre los Poderes Ejecutivo y Legislativo son
resueltos por el soberano, que es el pueblo.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) acepta la disolución de
la Cámara en un régimen parlamentario, pero no en un régimen co
mo el que se está creando en el cual existe la irresponsabilidad po
lítica del Ministerio.
El señor Montenegro (don Pedro N.) es de igual opinión, por
que considera que con los acuerdos que ya se han aprobado se ha
cen imposibles los conflictos entre el Ejecutivo y el Congreso. Se
gún estos acuerdos el Parlamento no puede censurar a los Ministros,
ni negar las leyes de presupuestos y de autorización para el cobro
de contribuciones, de modo que sólo quedan las dificultades que
puedan originarse con motivo de diferencias de criterio, a propósito
de la discusión de alguna ley, entre el Ejecutivo y el Congreso, y,
para este caso, no considera benéfica la facultad de disolver al Par
lamento. Agrega que también es contrario a otorgar al Congreso la
facultad de deponer al Presidente de la República.
El señor Hidalgo (don Manuel) expresa que dar al Pre
sidente la facultad de disolver el Congreso equivale casi a coronarlo.
El señor Zañartu (don Héctor) considera que, si se da al Presi
dente toda amplitud para gobernar, es preciso dejar también al Con
greso la facultad de legislar, lo que no se obtendría si se dejara al
Presidente de la República la facultad de disolver la Cámara.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, llama la aten
ción acerca de que la facultad de disolver es de la esencia del régi
men parlamentario, que ya quedó desechada con los anteriores acuer

dos de la Comisión y que, si ahora se acordara el derecho de diso


lución; no sólo se obtendría una Cámara encuadrada dentro de su
papel legislador, sino que se podría llegar a tener un Congreso ser
vil, lo que nadie puede desear para Chile.
Se siguió un largo debate y se acordó desechar la idea de facul-
tar al Presidente para disolver la Cámara de Diputados, como asi
mismo, la de que el Congreso pueda deponer a aquél.
Como consecuencia del debate producido, y oídas las opiniones
de los señores miembros de la Comisión, se acordó aprobar el pro
yecto presentado por S. E. con las siguientes modificaciones:
«Primera: La Asamblea Nacional Constituyente determinará si
la acusación al Presidente de la República puede o no hacerse durante
el ejercicio de sus funciones;
«Segunda: El inculpado deberá ser oído por escrito o verbal
mente tanto en la Cámara de Diputados, antes de declarar si se
acepta o no la acusación, cuanto en el Senado, antes de resolver. Si
el inculpado no asistiere a la sesión a que se le cite, podrá la Cámara
renovar la eitación o
proceder sin ella;
«Tercera: Reducir a treinta días el plazo que el Senado tiene
para pronunciarse;
«Cuarta: La declaración de culpabilidad deberá ser pronunciada
por la mayoría de los senadores en ejercicio; y
«Quinta: La Cámara declarará solamente si admite o no la acu
sación, suprimiéndose el trámite de la admisión de la proposición a
examen.»

Se acordó reunirse nuevamente el próximo viernes a las tres y


media de la tarde para ocuparse del capítulo «Derecho Público de
Chile», art. 10 de la Constitución.
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca.
SÉPTIMA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

12 de mato de 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, No-
lasco Cárdenas, Guillermo Edwards M., Manuel Hidalgo, José Ma
za, Ministro de Justicia, Pedro N. Montenegro, Enrique Oyarzún,
Romualdo Silva Cortés, Francisco Vidal Garcés, Héctor Zañartu,
Eliodoro Yáñez, y del Subsecretario del Interior, don Edecio To
rreblanca, quien actuó como Secretario; se abrió la sesión a las

Se dio lectura y aprobó el acta de la sesión anterior celebrada


el 6 de Mayo.
Al iniciarse la sesión, el señor Barros Borgoño (don Luis) ex
presa la conveniencia que habría en establecer en la nueva Constitu
ción algún poder o autoridad que determine si las leyes que en lo
sucesivo se dicten, van o no contra los principios constitucionales.
Tal poder o autoridad es en los Estados Unidos de América, la Cor
te Suprema. Entre nosotros podría serlo también nuestra Corte Su
prema, o una Corte especial.
S. E. advierte que en el proyecto de reforma que él ha elabo
rado, se contempla una disposición de esta naturaleza en el título
relativo a la Administración de Justicia.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) observa que convendría
agregar que el Tribunal conocería también de las reclamaciones que
se hicieran contra disposiciones legales contrarias a la Constitución,

ya que la indicación de S. E. se refiere solamente al caso especial


de que el Tribunal conozca en un juicio determinado.
S. E. acepta en principio ese punto de vista, pero advierte que
hay modalidades que estudiar y tener presente en esta cuestión. Así
habría que precisar si la Corte Suprema o el Tribunal que se creara
deben o no tener el derecho de declarar en general o en cada caso
particular, la inconstitucionalidad de una ley o de un acto; en el
primer caso habría un grave peligro, porque se constituiría el Tribu
nal en Poder Legislativo.
Recuerda el caso de la Argentina donde el Congreso dictó una
ley sobre la vivienda que suscitó parecidas dificultades a las ocurri
das aquí con motivo de la ley recientemente aprobada. Algunos pro
pietarios llegaron hasta la Corte Suprema en son de queja, y ésta
declaró inscontitucional la ley de la vivienda, basada en que ella

(Actas 6)

82 —

cercenaba el derecho de propiedad, y la ley quedó, en el hecho,


derogada, porque a cualquier propietario afectado le bastaba con
presentarse a la Corte, para que ésta lo eximiera de cumplir la ley.
Entrando a ocuparse de la materia anunciada para esta se

sión, S. E. propone los números que indica como partes del artículo
que correspondería al actual artículo 10 (12) de nuestra Constitu
ción:
«La Constitución asegura a todos los habitantes de la Repú
blica :

*1.° La igualdad ante la ley. En Chile no hay clases privile


giadas.
«3.° La admisión a todos los empleos y funciones públicas, sin
otras condiciones que las que impongan las leyes.
«4." La igual repartición de los impuestos y contribuciones a
proporción de los haberes o en la progresión que fije la ley, y la
igual repartición de las demás cargas públicas. Una ley particular
determinará el método de reclutas y reemplazos para las fuerzas
de mar y tierra.
:t5.° La libertad de permanecer en cualquier punto de la Re
pública, trasladarse de uno a otro, o salir de su territorio, guardan
do los reglamentos de policía y salvo siempre el perjuicio de terce
ros sin que nadie pueda ser preso, detenido o desterrado, sino en
la forma determinada por las leyes.
«6.° La inviolabilidad de todas las propiedades sin distinción
de las que pertenezcan a personas naturales o jurídicas y sin que
nadie pueda ser privado de la de su dominio, ni de una parte de ella,
por pequeña que sea, o del derecho que a ella tuviere, sino en virtud
de sentencia judicial; salvo el caso en que la utilidad del Estado o
de las Municipalidades, calificada por una lev, exija el uso o enaje
nación de alguna; lo que tendrá lugar dándose previamente al dueño
la indemnización que- se ajustare con él o se avaluare a juicio de
hombres buenos.»
S. E. expresa que, como N." 2 de este artículo propondrá en
una de las próximas sesiones uno que garantice el ejercicio libre de

de todos los cultos.


En cuanto a los demás números, hace presente que son iguales
a los consignados en la Constitución del i33, salvo el número 3.° en
que se ha agregado la frase: «o en la progresión que fije la ley*, en

vista de que la redacción actual ha dado margen para decir que el


impuesto progresivo sobre la renta es inconstitucional; y el número
6.°, en que ha sustituido las palabras «particulares o comunidades»
por «personas naturales o jurídicas» y agregado después de la pala
bra «Estado" las palabras «o de las Municipalidades».
A propósito de la disposición del número 1.°, el señor Hidalgo

83 —

cree que la declaración consignada en ese número no ha sido jamás


aplicada en el hecho en el país, de modo que bien podría ser supri
mida.
S. E. manifiesta que posiblemente puede haber habido alguna
vez abusos.de parte de los funcionarios encargados de aplicar las

leyes; pero que no se puede decir que esa disposición no haya sido
respetada en el país. Tal aserción sería injusta, porque en Chile hay
absoluta igualdad ante la ley, los Tribunales de Justicia no miran,
en sus fallos, a la persona, sino a la naturaleza jurídica del asunto

que están ventilando; y, con respecto a la administración pública,


declara que ha sido norma de su Gobierno medir con la misma vara

a todos los ciudadanos, indinándose siempre mas bien de parte de


los débiles, cuando ha tenido dudas en las disputas que se suscitan
con el poderoso.
El señor Yáñez (don Eliodoro) agrega, por su parte, que esta
disposición es una regla para el Congreso, a fin de evitar leyes de
excepción en materia de impuestos y, además, consagra el derecho de
todo ciudadano para exigir su cumplimiento y reclamar para sí o para
otros, las garantías que las leyes les acuerden, presentándose a los
Tribunales de Justicia encargados de aplicarlas.
El señor Guerra (don J. Guillermo) considera que la frase «en
Chile no hay clase privilegiada» estaba bien en 1833, cuando se
,

dictó la Constitución, pues entonces existían resabios de los títulos


coloniales, pero que ahora es solamente un recuerdo histórico.
El señor Yáñez (don Eliodoro) dice que, aunque dicha frase,
en realidad hoy no tiene significación práctica, no habría daño en

mantenerla como una fisonomía propia de nuestra Carta Fundamen


tal y como homenaje a la resolución de nuestros antepasados de abolir
los títulos nobiliarios.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, agrega que en
el mismo caso está el art. 123 (132) que dice que en Chile no hay
esclavos y recuerda que fué éste el primer país del hemisferio austral
y de muchos del norte, que abolió la esclavitud. Cree que ambas
disposiciones deben mantenerse como un recuerdo honroso para Chile.
Se dio, por aprobado, el número 1.° en la forma propuesta.
Con respecto al número 3.° usa de la palabra el señor Edwards.
quien expresa que ha votado en la Cámara el impuesto progresivo
a la renta, sin que la redacción que tiene esta disposición de
creer

nuestra Carta Fundamental se oponga a la progresividad. En reali


dad, esta redacción se consultó en atención a que hasta entonces
habían existido condiciones tributarias diversas para las diferentes
clases de ciudadanos, y se quiso con ella crear el concepto de la igual
dad en materia de impuestos. La cuestión de la progresividad de las
contribuciones no era entonces tema de debate, y no pudo, por lo

84 —

tanto, pensarse en oponer la idea de proporcionalidad a la de pro-


gresividad.
El señorYáñez (don Eliodoro) expresa que, en realidad, lo
que íe quiso establecer en el número 3." fué la igualdad ante el im
puesto, para ajustarse así a las tendencias de la Revolución france
sa que había concluido con los
privilegios. De modo que tal decla
ración es ante todo de orden político. Cree también que la progre-
sividad es una forma de proporción y por eso siempre ha sostenido
que la Constit ución no la prohibe.
En cuanto a la palabra «haberes», que aquí se emplea, cree
que puede interpretarse en el sentido de que los haberes son el capi
tal y no la renta, sin embargo de que haberes puede ser todo aquello
de que uno dispone; pero el concepto de los constituyentes del 33
fué referirse a la contribución sobre el patrimonio. La interpretación
quea su juicio debe darse por ahora, es que la palabra «haberes'

comprende el capital y la renta.


Por lo demás, la fórmula propuesta por S. E. es muy acertada,
porque evita toda discusión al respecto.
El señor Guerra (don J. Guillermo) pide que quede testimonio
de que la redacción actual de la Constitución no se opone a la idea

de progresividad, y que, al introducirse la modificación propuesta


se hace sólo para evitar dificultades en lo futuro.
El señor Vidal Garcés (don Romualdo) y ha sido
partidario
es

del impuesto progresivo, porque la progresividad no es sino una for


ma de proporción y la más justa. Pero teme, como todos los que
han estudiado esta cuestión, el peligro o la amenaza que significa
ría para la capitalización y el ahorro un impuesto progresivo, y pre
gunta sino sería posible fijar alguna formalidad o quorum para es
tablecer la progresión cuando suba de cierta escala, a fin de evitar
que la contribución se convierta en la práctica en una amenaza con
tra el derecho de propiedad, contra el ahorro y contra la capitaliza
ción.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) expresa, por su parte,
el mismo sentir.
S. E. y el señor Oyarzún (don Enrique) estiman que no pue
den consignarse aquí disposiciones como las que señalan los señores
Vidal Garcés y Silva Cortés, porque éstas son del resorte legal.
El señor Edwards (don Guillermo) considera que se debe pen
sarque el país será dirigido, en lo sucesivo, por normas de sensatez
y que los países de América tienen reglas más sencillas que con
templar en materias de impuesto que las de los otros países. Noso
tros somos, en efecto, dice, un mercado especial para los capitales,
y no tenemos más remedio que seguir siéndolo para que el pro
greso pueda ser impulsado. Si Chile gravara más la capitalización
.

85 —

que en Argentina, por ejemplo, los capitales no vendrían aquí, sino


que irían al país vecino. A este respecto, tenemos, pues, que esta
blecer alguna garantía, y no se le ocurre por el momento otra que
la que deben fijar los hechos mismos.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) dice que una vez
establecido el impuesto progresivo, podría establecerse que las cuotas
siguientes debieran ser variadas en forma especial, por ejemplo, con
un determinado quorum del Congreso. De todos modos hay que
asegurar cierta fijeza en el impuesto. Es ésta una cuesión de im
portancia social enorme. En nuestras provincias mineras del Norte
hay tres o cuatro mil millones de pesos invertidos por capitalistas
extranjeros,
El señor Oyarzún (don Enrique) discrepa en absoluto en lo rela
tivo a establecer la estabilidad del impuesto, pues considera que
esa es una materia esencialmente de oportunidad, en que el legis
lador debe tomar en cuenta, momento a momento, la situación de
lariqueza pública para saber hasta dónde puede gravarla. Estima
que no debe establecerse la estabilidad, ni aun para la primera
cuota del impuesto, pues las materias económicas son esencial
mente variables. Por otra parte, estima que una disposición como
la insinuada por los señores Silva Cortés y Vidal Garcés, sería en
teramente reaccionaria.
El señor Yáñez (don Eliodoro) considera que una Constitución
no puede establecer sino principios y normas generales y no situa
ciones determinadas.
Estima, que la cuantía y oportunidad de la erogación de los
ciudadanos para los gastos públicos tienen que ser entregadas a la
prudencia del legislador, y expresa que el día en que se atacara la
estabilidad social y se perturbaran las industrias y los negocios,
se habría señalado una situación nueva a la República, que la Cons

titución no podría refrenar. Considera, por esto, que debe mantenerse


la en la forma propuesta.
disposición
El señor Hidalgo (don Manuel) expresa que es una creencia
universal la de que el impuesto progresivo a la renta tiende a de
tener la capitalización. Si imperara el criterio aquí manifestado por
algunas personas, no podría tampoco imponerse gravamen a la he
rencia. Cree que la única manera de acrecentar nuestra riqueza na
cional es estableciendo el impuesto progresivo a toda renta.
Se dio por aprobado el número 3.q en la forma propuesta por
S. E. yen la inteligencia dada por el señor Guerra.

Se dio por aprobado el número 4.° en la forma propuesta.


Se pone en discusión el número 5." Usa de la palabra el señor
Briones Luco, quien manifiesta que el concepto de la propiedad ha
sido modificado por las nuevas orientaciones sociales, de manera

86 —

que cree que esta disposición debe ser modificada dejando estable
cido, en primer término, la idea de que la propiedad es una función
social.
Considera que la propiedad es absolutamente necesaria para el
progreso de la Nación y el aumento de la riqueza pública; pero esti
ma, asimismo, que deben contemplarse algunas disposiciones que
limiten los latifundios. Sin embargo, para adoptar una medida de esta
naturaleza, deben tomarse en consideración las condiciones de las
distintas localidades del país, por cuanto lo que puede llamarse un
latifundio en la zona central, no lo es en Magallanes, donde la pro
piedad pequeña no puede existir. Expresa que es partidario no sólo
de gravar la propiedad que no se cultiva, sino también de ir a la
subdivisión de ella con el objeto de que quede en poder del mayor
número de individuos. Propone, en consecuencia, consultar en este
número la idea de que la propiedad es una función social y, asimismo,
la limitación de los latifundios y el gravamen a la propiedad inculta.
El señor Oyarzún (don Enrique.) estima también que la redac
ción de este número debe ser modificada y expresa que hay conve
niencia en considerar la idea expresada por el señor Briones Luco,
en orden a la limitación de las propiedades demasiado extensas ; pero
no está de acuerdo con él en lo relativo a que la propiedad es una
función social, porque la propiedad es un hecho, el ejercicio del de
recho de propiedad, si que es una función social. Como este punto es
¡le fundamental importancia, cree que debe ser meditado.
El señor Hidalgo (don Manuel) estima que debemos colocarnos
en la verdadera realidad social en que vivimos. Es indudable que la

Constitución del 33 fué admirablemente bien redactada para la época


enque se elaboró, que era la hora del triunfo de la Revolución Fran
cesa y de las ideas liberales, pero para esta época ya no sirve.
Como comprendo que no puede hacer predominar sus ideas

comunistas en esta reunión, considera aceptables como un mínimun


de sus aspiraciones las ideas manifestadas por el señor Briones Luco.
A su vez cree que no sólo debe gravarse la propiedad que no se
cultiva sino también la fábrica que no trabaja. Cita lo ocurrido en
las fábricas de fósforos y refinerías de azúcar, en que unas han sido
absorbidas por las otras para formar un «trust», constituyendo así
un verdadero monopolio. Para terminar hace indicación, para que se

diga: «La propiedad es una función social. El Estado debe atender


a una organización económica que asegure a cada individuo y a su

familia lo necesario para su vida y para su desarrollo integral ■.


El señor Guerra (don J. Guillermo) cree, como los señores Brio
nes,Oyarzún e Hidalgo, que es indispensable limitar los latifundios
de nuestro país y realizar las ideas que propuso Lloyd George en
Inglaterra antes de la guerra mundial y que hoy están implantadas

87 —

y practicándose sin dificultad. Como se sabe, todo el suelo de Ingla


terra estaba en poder de unas 60,000 personas, llegando a compro
barse el caso de barrios enteros de Londres que pertenecían a un solo
individuo. Con la aceptación del plan de Lloyd George, la situación
ha variado de una manera sustancial y hoy Inglaterra está dividién
dose en pequeñas propiedades. No cree que la situación entre noso
trossea más grave que en Inglaterra; por el contrario, en
aquel país
las tierras
son pobres, mientras que en el nuestro se podría mantener

una población muchas veces superior a la que tiene.


Quisiera definir sus ideas en proposiciones concretas : pero no se
encuentra preparado para ello en esta sesión y pide a S. E. se sirva
postergar la discusión de este punto por unas tres o cuatro sesiones
más. a fin de dar tiempo a los señores miembros de la Comisión para
estudiar y proponer modificaciones precisas y concretas.
De todo lo que se ha dicho en esta reunión sólo se saca en lim
pio, en primer lugar, que debe reconocerse al derecho de propiedad
un carácter más social. Aquello de si la propiedad es o no una función
social, es un juego de palabras; en el fondo todos estamos de acuerdo

en
que ella debe estar más subordinada al interés social que lo que
lo estuvo antes. También queda en claro la conveniencia de limitar
los latifundios. Ha habido países como Méjico que han afrontado
valientemente la resolución de este problema. Allí se ha ido tan lejos
en la repartición de la propiedad, que no se ha esperado que se di

vida poco a poco por la ley de la herencia, sino que se ha acelerado


ese movimiento automáticamente por la ley. De lo dicho, fluiría

entonces que nosotros deberíamos establecer una especie de principio


en nuestra Constitución en el sentido de que el Congreso debiera

dictar leyes tendientes a acelerar el movimiento de división de la


propiedad rural y urbana. Si esto tuviera el inconveniente de ser un
mero consejo, podría agregarse que el Congreso, en el término de

tantos años, dictaría las leyes en cuestión. Y, por último, conviene


tener presente la política de Lloyd George en lo que respecta a gra
var con tributos especiales, casi prohibitivos la propiedad rural in
culta. A este respecto cita el caso de un caballero chileno de ascen
dencia inglesa, que, con motivo de las perturbaciones de los últimos
tiempos, resolvió retirar sus capitales de Chile y se fué a comprar
haciendas en Inglaterra porque, a causa de las leyes que allá obligan
a cultivar la tierra, los terratenientes se desprenden de ellas, produ

ciéndose una depreciación notable. Esto que a primera vista parece


ser un mal, no lo es en realidad, porque si hoy se produce una depre
ciación, habrá un mayor número de propietarios, más personas in

vertirán sus ahorros en comprar terrenos y, finalmente, la propie


dad adquirirá mucho mayor valor. Le parece que es esto lo que de
ben querer para Chile todos los que son patriotas.

83 —

El señor Barros Borgoño (don Luis) considera que el asunto


más grave que aquí se ha tratado es el planteado por el señor Gue
rra, y siente manifestar que discrepa sustancialmente en cuanto a
las ideas expresadas por éste.
Está completamente de acuerdo con nuestro principio consti
tucional. Cree que a él se debe que los capitales extranjeros hayan
venido a Chile y a él se debe también la riqueza pública de este país.
Cualquiera medida que pudiera atentar contra el derecho de propie
dad produciría la más grave de las inquietudes y tendería a alejar
de nuestro suelo a los capitales que necesitamos para nuestro pro
greso. Desgraciadamente, el caso apuntado por el señor Guerra, no
es el único; los capitales están saliendo de Chile en gran escala y

han ido ya a Inglaterra y Argentina. Y esto ocurre en momentos en


que faltan capitales y brazos. Los agricultores chilenos no querrían
otra cosa que cultivar sus latifundios, pero no lo hacen por falta de
dinero o trabajadores y otras veces porque se trata de tierras que no

son susceptibles de riego.


El señor Silva Cortés (don Ramualdo) adhiriéndose a lo expre
sado por el señor Barros Borgoño, expresa que debe mantenerse, a
su juicio, sin modificación alguna, el texto íntegro del N.° 5 delart,
10 de la Constitución de 1833. Manifestó que consideraba esencial
en las reformas constitucionales ese mantenimiento del precepto so
bre la inviolabilidad de todas las propiedades y que él no podría
aceptar variación de ninguna especie.
Expresó que no se trata de lo que se llama una función social;
sino de un derecho natural. Se trata de una prolongación de la per

sonalidad humana.
El derecho de propiedad existió antes de la formación de los
Estados. Se trata de algo que el hombre necesita poseer con derecho
estable y que dure, para el alivio y bienestar y la satisfacción de ne
cesidades del individuo y de la familia.
En realidad, el trabajo es origen de la propiedad; y las consti
tuciones políticas y las legislaciones civiles deben respetar esa insti
tución fundamental que consiste en el dominio particular de perso
nas naturales o jurídicas, de hombres o comunidades, sobre cosas

corporales o incorporales, derechos reales o personales.


Considerando la cuestión fuera del terreno abstracto o de los
principios, el señor Silva manifestó lo que, a su juicio, sucedería en
Chile, si se altera o menoscaba la garantía constitucional del derecho
de propiedad privada.
a las industrias salitrera y minera del norte, a la agri
Se refirió
cultura industrias fabriles del centro, a la ganadería del sur, a los
e

capitales de ahorro popular, a los capitales extranjeros y nacionales


invertidos en los negocios grandes y pequeños; y considero la graví-

89 —

sima perturbación que se produciría, seguramente, con cualquier


cambio que debilitase el precepto constitucional que garantiza o
asegura la inviolabilidad de la propiedad.
En orden a las limitaciones, dijo, que en la misma Constitución
del 33 y en las leyes civiles, se han establecido reglas para la expro
piación con justa indemnización, en caso de utilidad pública que la
exija; para los casos en que sentencias judiciales firmes priven a
alguien de la posesión de un bien raíz o mueble; y para las otras limi
taciones que la ley o el derecho ajeno imponen en algunos casos con
cretos y determinados al que ejerce el dominio particular.
Dijo también el señor Silva Cortés (don Romualdo) que él no
se oponía a que en otro artículo de la Constitución que se trata de

reformar, se considerase el fomento del bienestar de los obreros y


los deberes de justicia y de caridad para con los pobres.
A su juicio, el uso cristiano de las riquezas es un factor nece
sario en la vida de la sociedad. Existen deberes sociales que un legis
lador, y con mayor razón un constituyente, necesitan considerar,
pero ésta es una cuestión distinta y separada de la cuestión de invio
labilidad del derecho de dominio.
Las palabras y frases de la Constitución de 1833, corresponden
a los verdaderos principios filosóficos y jurídicos en esta materia de
la más trascendental importancia en nuestra organización política
y social.
Repite que cualquiera modificación sería, a su juicio, funesta, y
cree que su deber es no concurrir a aceptar cambios o alteraciones
de este precepto fundamental en nuestro derecho público.
Terminó el señor Silva Cortés (don Romualdo) insistiendo en
la absoluta necesidad de mantener en su integridad, sin adiciones ni
correcciones, la disposición del número 5.° del art. 10 de la Consti
tución, sobre la propiedad.
El señor Oyarzún (don Enrique) llama la atención a la frase
«salvo el caso en que la utilidad del Estado». Es conveniente, dice,
cambiar este concepto por otro un poco más amplio como sería el de
utilidad social.
S. E. dice que comprende la importancia de la materia que se
está tratando y por eso la anunció especialmente en la sesión pasada
a fin de que los señores miembros de la Subcomisión vinieran pre

parados.
Pero, está de acuerdo con el señor Guerra en que se deje este
punto para otra sesión, aunque disiente respecto al plazo que indica,
porque desea que este estudio termine pronto, en forma que permita
tener una Constitución para el 1.° de Septiembre y, además, porque
se ha producido en el público cierta intranquilidad.

Agrega que el país tiene derecho de saber pronto y categórica-


-
90 —

mente cuál la opinión de sus hombres dirigentes en materia de


es

tan trascendental importancia. Por esto indica al señor Guerra la


necesidad de continuar en la próxima sesión el estudio de este punto.
Por otra parte no cree que se necesite un plazo tan largo como
el señalado por el señor Guerra, ya que en las Constituciones se fijan
únicamente los principios fundamentales, y las materias aquí trata
das de latifundios, impuesto parcelario, etc., son cuestión de ley.
Cree que hay acuerdo en la cuestión fundamental de mantener
la inviolabilidad del derecho de propiedad. Donde empieza el des
acuerdo es en las limitaciones de ese derecho, o sea, en los deberes
que se le debe imponer. Cualesquiera que sean los términos de la
Constitución, el hecho es que la propiedad lia estado limitada por el
bien social, tales como el derecho de servidumbre, la expropiación, etc.
Está de acuerdo en dar más extensión n estas excepciones y en que
hay conveniencia en fijar en la Constitución el concepto jurídico
moderno a este respecto, con lo cual no se causa ningún perjuicio
para el orden actual ni se producirá ninguna intranquilidad.
El señor Hidalgo (don Manuel) estima de que cabría una indi
cación suya para que se establezca un sistema de impuesto sobre la
base de que la tierra y los instrumentos de trabajo son sociales en su
origen y destino.
S. E. cree que esa indicación puede ponerse más adelante como
una aspiración, que en buena parle, lia sido ya realizada, pues tene
mos hoy las leyes sociales más avanzadas, como en ningún país de
la tierra. Insinúala conveniencia de que, como una medida de orden y
de lógica, se coloque también dentro del título en estudio el 9.° «de
a! garantía y de la seguridad de la propiedad*, porque la materia es
análoga a la actual y vale la pena reunir en un solo título las mate
rias análogas. Esta insinuación fué unánimemente aceptada.
Finalmente, manifiesta su propósito de promulgar en definitiva
la reforma indicando que la Constitución del 33 se entenderá vigente
en la formaymodo conque en definitiva resulten aprobadas las refor
mas en estudio.
El señor Yáñez (don Eliodoro) concurre en que es ésta la ma
teria de mayor gravedad que puede tratarse en el estudio de la
Constitución, porque se refiere a la certidumbre del más importante
de los derechos como es el dominio y porque afecta la estabilidad de
los negocios del país y su crédito en el exterior. Desea por eso pre
cisar algunas ideas que pueden contribuir a evitar un debate exten
so.

Ante todo considera que el derecho de propiedad no puede ser


calificado en sí como una función social, porque es un hecho natural
o derivado de actos o contratos amparados por la ley. Su incorpo

ración entre los preceptos constitucionales nace de ser la base del


,— 91 —

orden social y más fuerte fundamento. La Constitución asegura


su
su inviolabilidad como
asegura la libertad, porque ambas son inhe
rentes a la personalidad humana y a la vida social.
Cree por esto que debe consignarse entre los preceptos consti
tucionales la inviolabilidad del derecho de propiedad sin distinción
alguna, y sin más limitación que los casos de expropiación que la
constitución contempla en términos claros y explícitos. Es innegable,
por lo demás, que el ejercicio de este derecho no es arbitrario. Las
legislaciones de todo el mundo, incluso la nuestra, le reconocen limi
taciones nacidas de la ley o del derecho de tercero. Hay un interés
social que impone deberes a los propietarios, respecto a la colectivi
dad, y estos deberes pueden ser señalados por la ley en todos los
casos que la conveniencia
pública así lo aconseje y la ley así lo de
clare. Cita al respecto varios casos en que nuestra legislación consa
gra este concepto. Estima por esto que el concepto individualista
del derecho, que viene de la legislación romana que constituye la
esencia del dominio, debe mantenerse en los mismos términos que
le consagra la Constitución. Este derecho, sin embargo, en su ejer
cicio no es arbitrario, porque el derecho al abuso en perjuicio de ter
cero o de la colectividad ha desaparecido de todas las legislaciones.
En este sentido la ley puede someter el ejercicio del dominio a reglas
que en el fondo constituyen limitaciones o adaptación del bien social,
especialmente cuando se trata de la propiedad por su naturaleza
productiva o destinada por su objeto a fines de interés colectivo.
Xo cree que ef precepto constitucional puede ir más allá, porque
sólo se trata de garantizar un derecho que es base de la sociedad
constituida. No considera aceptable hablar de los latifundios, pues
en un país como el nuestro, sin capitales, de escasa población, sin
facilidades de transportes y con tasa excesiva de intereses no puede
hablarse de la subdivisión de las propiedades, además de que son
precisamente las grandes propiedades rurales las que marcan el pro
greso de la agricultura y permiten obtener precios remuneradores
para sus productos.
El caso de Inglaterra es enteramente impracticable en Chile.
pues además de los factores de capital, producción y facilidades de
transportes, allí existían los grandes predios que no se cultivaban
para destinarlos a la recreación de sus dueños, mientras que en Chile.
ni aun en el centro del país, ha podido establecerse el cultivo inten
sivo.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) dice que ha visto con
verdadero agrado que hay acuerdo entre los señores miembros de la
Comisión para mantener el concepto de inviolabilidad de la propie
dad y en que el derecho de propiedad impone deberes al que lo
ejercita.
Estima que la fórmula que haya de adoptarse en definitiva debe
ser perfectamente definida y concreta, para que las palabras sean
tomadas en su verdadero significado y su redacción no se preste a

interpretaciones erradas y sobre todo para no despertar inquietud


en la opinión pública en cuanto a su alcance, lo que produciría el retrai

miento de los capitales nacionales y extranjeros.


Por ejemplo, el concepto emitido por el señor Hidalgo, en orden
a que la propiedad es una función social, podría así desnudo dar

origen a confusiones y a que fuera interpretado en muchas formas,


El señor Amunátegui (don Domingo) es de opinión, como los
señores Barros Borgoño, Yáñez y Oyarzún, que debe mantenerse
estrictamente la inviolabilidad del derecho de propiedad. Porque la
verdad es que hasta hoy no se ha inventado en las sociedades mo
dernas ningún otro sistema que permita el progreso de la comunidad.
Cita el caso de Rusia, que tanto halaga a ciertos utopistas, en
que han desaparecido los grandes latifundios y en que la tierra ha
sido distribuida entre pequeños agricultores, sin que la propiedad
haya desaparecido. En Rusia existe el derecho de propiedad, no en
manos de los grandes duques, sino de los pequeños agricultores,
quienes no se dedican a trabajar debidamente el pedazo de terreno
que poseen, porque les falta dinero para hacerlo. De aquí vienen los
altos precios que han alcanzado los productos agrícolas, pues el gra
nero de Europa que antes era Rusia, hoy está cerrado y hay que

llevarlo de América en grandes cantidades. Por eso celebra la idea


manifestada por el señor Presidente en orden a mantener el principio
de la inviolabilidad de la propiedad.
El señor Zañartu (don Héctor) expresa que está de acuerdo
con el señor Edwards Matte en lo relativo a la conveniencia de
definir en forma clara el sentido de la palabra que se emplee, ya
sea que se diga que la propiedad es una función social, o cualquier
otra cosa, tanto más cuanto que se piensa establecer dentro de la
Constitución un Tribunal que determinará si las leyes son o no

constitucionales. La claridad de tal definición sería necesaria para


el fallo.
Hubo acuerdo para reunirse nuevamente el viernes quince de
Mayo a las 3% P- M. para continuar ocupándose de esta materia.

Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca.
OCTAVA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

15 de mato de 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño,
Ramón Briones Luco, Nolasco Cárdenas, Guillermo Edwards M.,
J. Guillermo Guerra, Manuel Hidalgo, José Maza, Ministro de Jus
ticia, Pedro N. Montenegro, Enrique Oyarzún, Romualdo Silva
Cortés, Francisco Vidal Garcés, Eliodoro Yáñez, y del Subsecreta
rio del Interior, don Edecio Torreblanca, quien actuó como Secreta
rio; se abrió la sesión a las 3J-£ P. M.
Leída el acta de la sesión anterior, usó de la palabra el señor
Oyarzún (don Enrique) para pedir que se agregue en la parte del
acta en que se consignan sus ideas con respecto al concepto de
propiedad, que él manifestó que, a su juicio, la propiedad no es

una función social, sino un hecho, y que el ejercicio del derecho de


propiedad es el que debe considerarse como una función social.
Aprovecha para felicitar al señor Secretario y al personal de Secre
taría por un acta que haría honor a una corporación de cualquier
país en el mundo.
El señor Barros Borgoño (don Luis) dice que, por su parte,
desea dejar testimonio de que en la discusión del número 5.° del ar
tículo 10 de la Constitución él manifestó que, en su concepto, node-
biera alterarse ni en una tilde la forma en que él está redactado en
el ¡texto vigente.
El señor Guerra (don J. Guillermo) agrega su felicitación a la
tributada por el señor Oyarzún al señor Secretario y personal de
Secretaría porque, en realidad, el acta que nos ha leído haría honor,
como dijo el señor Oyarzún, a cualquiera corporación del mundo;
pero desea que se aclare la idea expresada por él en cuanto a los re
sultados del plan de Lloyd George respecto a los latifundios : él no
manifestó que ese plan haya producido ya la división del suelo en
Inglaterra, sino que ese fenómeno se está operando actualmente.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) une sus felicitaciones
a las manifestadas por el señor Oyarzún y Guerra al señor Secreta

rio y personal de Secretaría.


Se dio por aprobada el acta.
Antes de continuar la discusión sobre la materia pendiente, el
señor Hidalgo formula indicación para que en el número 3.° se diga
«la admisión de hombres y mujeres a todos los empleos y funciones

94 —

públicas, sin otras condiciones que las que impongan las leyes», pues
no ve qué razón haya para no dar cabida a la mujer en los empleos
públicos.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, hace presen
te que, sin necesidad de estampar esa disposición en la Constitu
ción, ella se subentiende y tanto es así que él acaba de nombrar
en su Departamento a una señora para el cargo de Consejero de
Instrucción Pública y a otra para 'el de Secretario de un Juzgado
de Letras.
A indicación de S. E. se deja testimonio en el acta de que ha

habido inteligencia la Comisión para considerar que los derechos


en

garantidos por el art. 10 se refieren a hombres y mujeres.

Continuando el debate, usa de la palabra el señor Guerra


(don J. Guillermo) y di ce que ha tratado de dar forma en una in
dicación que somete al criterio de los señores miembros de la Co
misión, a las ideas que se vertieron en la sesión anterior. Su propó
sito ha sido el de condensar en frases precisas y breves' las ideas que
aparecen diluidas en la extensa redacción que tiene el actual núme
ro 5." del art. 10 en debate. Parece que la Constitución ha emplea

do la palabra «propiedades» en el sentido referente a los cuerpos


ciertos, muebles e inmuebles, que son objeto del derecho de propie
dad, en vez de referirse al derecho mismo. Además se ha referido
específicamente a las «propiedades de las- comunidades» por una ra
zón que fué de gran valor cuando se dictó la Constitución, puesto
que se trataba entonces de restituir a los conventos las propieda
des que habían sido secularizadas; pero esa mención no tiene hoy
más que un valor histórico, y no hay para qué mantenerla en el
texto constitucional.
En cuanto a las limitaciones del derecho de propiedad que esta
blece nuestra Constitución, dice que sólo en dos casos se puede privar
a una persona de su derecho de dominio, según nuestra Carta Fun

damental: uno es el de sentencia judicial; y, el otro, el de utilidad


del Estado calificada por una ley y en cuya virtud se exija la expro
piación. Sin embargo, agrega, saben los señores miembros de la Co
misión que hay muchas otras. limitaciones legales de este derecho,
tales por ejemplo como las servidumbres establecidas en el Código
Civil. Está cierto de que si en este país hubiera un tribunal que
declarara la constitucionalidad o inconstitucionalidad de nuestras
leyes, forzosamente habría tenido que declarar inconstitucionales
esas disposiciones del referido Código, pues importan una limitación

del derecho de propiedad no contemplada en la Constitución.


Por lo demás, puede suceder que la expropiación de que habla
este número se haga conveniente no sólo por utilidad del Estado,
sino también por causa de utilidad social, por interés local, o de

95 -

individuos que se comprometan a realizar una obra de bien público,


como un ferrocarril o un camino, por ejemplo. Y esto debe también
considerarse en la forma que deba hacerse en este número.
Cree oportuno, asimismo, dar cabida aquí a una aspiración
expresada por algunos miembros de esta Comisión, que ha encon
trado eco en esta saja, que no es una novedad, pues ha sido formu
lada desde muchos años ha, por pensadores, filósofos y apóstoles de
la legislación social en todas partes del mundo, y que ya ha sido
acogida en algunas constituciones de otros países. El derecho de
propiedad, dice, que entre los romanos era absoluto, experimentó
desde antes del siglo XIX una formidable reacción, y se limitó
sólo al uso, habiéndose suprimido el abuso de la propiedad. Hoy el
concepto de ese derecho está todavía más limitado y se relaciona

con el bien de la colectividad. Así, por ejemplo, la Constitución


alemana declara que la propiedad es una función social, y, aun cuan
do dicha Constitución adolece de vaguedad, se ve en ella la nobleza
de la intención y la nueva orientación de las ideas. De esa Consti
tución podemos tomar algunos principios que son de inmediata apli
cación a nuestro país, en donde padecemos del abuso del derecho
de propiedad, proveniente de que nuestros antepasados, los conquis
tadores españoles, se dividieron la tierra en forma de extensos lati
fundios y, si es verdad que más tarde se ha ido produciendo la divi
sión de la tierra, ella se hace en una forma muy lenta. Por eso sería
conveniente que el legislador se preocupara de acelerar esta división,
ejerciendo honradamente el derecho de expropiación, para vender,
subdivididas, a particulares, las tierras expropiadas. No podría esta
blecerse en la Constitución la forma de llevar a la práctica esta idea;
pero podría consultarse el principio diciendo que el Congreso dictara
leyes que faliciten la división de la propiedad, y que graven con con
tribuciones progresivas las tierras inexplotadas.
Sigue analizando detenidamente otros puntos del actual núme
ro 5.° del art. 10 (12) de nuestra Constitución y, por fin, propone

sustituir la redacción de ese número por la siguiente: «5.° La invio


labilidad del derecho de propiedad, con las limitaciones establecidas
por las leyes.
«En los casos en que lo requiera la utilidad del Estado, o la
utilidad social, una ley podrá autorizar la expropiación de especies
o cuerpos ciertos determinados, previo el pago del precio que se ajus

tare con el dueño o fuere determinado por los Tribunales de Justicia.


»E1 Congreso dictará leyes que faciliten la subdivisión de la
propiedad raíz y que graven con contribuciones especiales las tierras
sin cultivo.» -

El señor Amunátegui (don Domingo) hace presente al señor


Guerra que en su disertación no ha tomado en cuenta el hecho de

96 —

que el Congreso ha dictado disposiciones legales muy importantes


que han contribuido a la división de la propiedad, por ejemplo, las
de desvinculación que han concluido con los mayorazgos, y las que
consigna nuestro Código Civil. Ha sido tal la influencia de estas le
yes, que el historiador chileno don Diego Barros Arana afirma que
en 1875 el número de propietarios en los departamentos de Santia

go y La Victoria llegaba a cerca de mil, siendo que a principios


del mismo siglo era de poco más de cien. De manera que esta idea
de la división de la tierra no es una cosa nueva en Chile; ella ha
sido, como se ve, puesta en práctica por nuestros legisladores desde
hace muchos años.
El señor Yáñez (don Eliodoro) dice que la palabra propiedad
como sinónimo de cosa, a que se ha referido el señor Guerra, es,
además, en lenguaje jurídico, sinónimo de dominio y expresa, por
consiguiente, una relación o vínculo jurídico, siendo de advertir que
el precepto constitucional en estudio se refiere a la cosa y al dere
cho sobre ella, lo que le da una amplitud recomendable. Desea
también dejar testimonio, a propósito de las observaciones del se
ñor Guerra, que la Constitución excluye la expropiación por mero
interés fiscal, porque el Fisco es el tesoro público y representa sólo
un interés patrimonial o pecuniario, distinto del interés del Estado.
La Constitución se refirió a la utilidad del Estado, sin definir
lo que esta última palabra significa. El Estado es una entidad jurí
dica que, como encarnación del derecho, tiene la misión de garanti
zarlo y hacerlo respetar en el interior y exterior, siendo, al mismo
tiempo, impulsador de la prosperidad general. La Constitución se
refiere a la utilidad del Estado en este último sentido, sin duda, como

causa de la expropiación forzada, y así se explica que nuestra legis


lación la acepte para favorecer el interés particular o comunal cuando
él se confunde con el interés público.
Desea, además, hacer presente que de las palabras del señor
Guerra pudiera deducirse que el derecho de expropiación es aplica
ble a otros bienes que no sean la propiedad raíz y cree que tal con
cepto sería equivocado, como lo sería confundirlo con las requisi
ciones o imposiciones que pesan sobre los ciudadanos en caso de
guerra.
No considera comprendidos los intereses meramente sociales en
el concepto del Estado a que la Constitución se refiere, no obstante
su acción sobre la vida social, y, a su juicio, deberían contemplarse

en preceptos separados y sin referirlos al derecho de propiedad.

Estima que sería más aceptable modificar la redacción del pre


cepto constitucional, autorizando la expropiación por causa de uti
lidad pública, lo que daría al
legislador una acción más precisa y,
en cierto sentido más amplia que la que pudiera derivarse de la refe-

97 -

rencia al Estado, que es una expresión ambigua. A su juicio, la Cons


titución debe consignar principios que tengan carácter estable en la
vida del país o que tiendan a garantizar a los ciudadanos respecto
a la acción de las autoridades
y a reglar las atribuciones y las rela
ciones de los poderes públicos. La generalidad de los hechos y de los
intereses sociales no son constantes, y su carácter, su curso y su in
tensidad cambian sin cesar y deben ser objeto, por consiguiente, de
la atención del legislador que los, aprecia en el momento que legisla
sobre ellos.
Agrega el señor Yáñez (don Eliodoro) que siente tener que
oponerse también a las indicaciones del señor Guerra en orden a^es-
tablecer, como precepto constitucional, las subdivisión forzada de la
propiedad rural, oponiéndose, asimismo, a la idea de establecer un
gravamen sobre las propiedades sin cultivo. Estas materias, a su jui
cio, son extrañas a las reglas constitucionales, y es preferible dejar
les su campo natural, que es el de las leyes económicas. Sería en su

concepto lanzar un perturbación, y aun de alarma, el


elemento de
establecer reglas que no podrían cumplirse, o se cumplirían en
perjuicio de los propios intereses que se trata de favorecer. El libre
juego de las leyes económicas y el estímulo al trabajo y la produc
ción son los medios más seguros de crear el interés de cultivar la
tierra y aumentar el área provechable de trabajo. Recuerda, a
este respecto, las leyes de riego que han podido agravar el proble
ma que estaban destinadas a resolver, pues, al dictarlas, se tuvo en
cuenta un simple estudio de ingeniería para la apertura de nuevos

canales, sin atender a los intereses económicos que requerían capi


tales y elementos de trabajo y explotación de las tierras regadas y
respecto de los cuales no se tomó medida alguna.
A su juicio, al querer implantar en Chile el trabajo compulsivo
y la subdivisión de la tierra, no se hace sino trasplantar a nuestro
país preceptos y medidas que tienen aplicación y razón de ser en
algunos países europeos de extensa población, con capitales acumu
lados y con un industrialismo absorbente que crea problemas del
todo extraños a los nuestros. Recuerda, al efecto, que en Inglaterra
se procuró resolver o atenuar el efecto del maqumismo industrial,

obligando a los propietarios rurales vecinos a las grandes fábricas,


a arrendar, vender o ser expropiados de parte de sus predios, para

dar expansión a las acumulaciones de familias de obreros que crea


el industrialismo. Pero nada de esto existe entre nosotros, que for
mamos un pueblo naciente, sin medios de fortuna, sin elementos de

trabajo, y víctimas por esto, a pesar del vigor y la iniciativa de la


raza, de la absorción del capital extranjero.
En Chile tenemos un territorio extenso, con una población in
ferior a la de algunas grandes ciudades, dividido en tres regiones
(Actas 7)

98 —

enteramente diferentes. Nada de lo que sobre esto se habla podría


aplicarse a la zona norte en que la tierra arable es relativamente
escasa. En la zona central no es la división de la tierra la que falta.

sino la distribución y aprovechamiento del agua. Sin regularidad en


las lluvias, con ríos de corriente intermitente y sujetos a la nieve de
la cordillera y al sol, con trabajo cultural costoso y caro, con el gasto
creciente de la maquinaria y de la extirpación de las plagas que azo
tan nuestros campos, la agricultura vive expuesta a contratiempos
periódicos. Y en el sur, antes de pensar en la subdivisión de las tierras
y en el cultivo forzado, habría que pensar en los caminos, en los
ferrocarriles y en los puertos, en la abundancia de las lluvias y en
el trabajo de extraer los árboles y sus raíces para tener superficie
arable, trabajo que vale más que la tierra. Aplicar en el sur las me
'

didas recomendadas por algunos de los miembros de la Comisión,


sería una odiosa exacción, sin beneficio alguno para la comunidad.
El medio más seguro y práctico de realizar los propósitos que
se persiguen, y que en el fondo son muy laudables, es, ante todo,

tener buena moneda, capital a bajo interés, seguridad en los campos,


medios de transportes rápidos y baratos y aumento de la población.
Nada de esto existe hoy en Chile en la medida que el progreso del
país requiere, y sería bien extraño que, sin atender a estas necesida
des, viniéramos a dictar en la Constitución reglas que la economía
nacional no podría resistir.
Nuestro Código Civil estableció sabiamente la división forzada
de los inmuebles susceptibles de ella y, como muy bien lo anotaba
el señorAmunátegui, en un trascurso de tiempo relativamente corto
de dos o tres generaciones, se ha operado una gran transformación
en la zona central del país.

La falta de capitales acumulados y la excesiva tasa de interés


bancario van, por una parte, creando dificultades al desarrollo de la
gran industria agrícola y, por otra, hacen casi imposible crear en el
país el pequeño agricultor que trabaja por su cuenta una parcela
de tierra; y por eso es que no existe en Chile, en escala apreciable,
esa población rural de los viejos países de Europa, formada de fami

lias sobrias, trabajadoras y con espíritu de ahorro.


En todo caso, la observación principal que, por su parte, for
mula, se refiere a la inoportunidad de que la Constitución Política
del Estado se ocupe preceptivamente de estas materias que toca al
legislador contemplar dentro del libre juego de las leyes económicas.
Cree, además, el señor Yáñez (don Eliodoro) que se han emi
tido algunos conceptos erróneos, a su juicio, sobre el derecho de pro
piedad, apreciados en sus bases fundamentales. Recuerda que el
concepto romanista daba al propietario el derecho de usar y abu-
-ar. Las legislaciones modernas, incluso nuestro Código Civil han

99 -

modificado este concepto, y, hoy, tal vez es posible avanzar un pa


so más. Ya no ni puede invocarse, el derecho al abuso cual
existe,
quiera que forma y las actividades en que se produzca.
sea su

El Código Civil, fiel como es a las doctrinas del derecho romano,


estableció que el propietario tenía la facultad de usar y disponer
arbitrariamente de la cosa corporal que le pertenecía, pero modificó
la rudeza del concepto agregando: «no siendo contra la ley o contra
derecho ajeno».
Estableció así que la ley podía modificar o reglar la facultad
de usar o disponer de la cosa corporal de su propiedad, y al efecto,
el mismo Código estableció modificaciones o limitaciones que se
fundan en el interés general. Al referirse al derecho ajeno, tuvo tal vez
un
concepto individualista, como ser el derecho contrapuesto de una
persona natural o jurídica y es esto, precisamente, el cambio más
sustancial que la vida moderna ha introducido en el derecho de
propiedad.
El derecho ajeno no es sólo el derecho individual, sino, además,
el de la colectividad, y de aquí nace la doctrina que favorece la vida
social y autoriza al legislador para adoptar medidas, para resguardar
necesidades indispensables en toda sociedad, como son las que se
refieren a la alimentación y la vivienda. Una persona no puede, en
realidad, usar de su derecho en forma abusiva, ya sea dañando el

derecho de tercero, menoscabando el legítimo interés de la colectivi


dad. Y de este principio nacen las restricciones que nuestra legisla
ción, y la de todos los países, han impuesto al derecho de propiedad.
Pero esto afecta al ejercicio del derecho de propiedad, sin atacar
el derecho mismo del cual el propietario no puede ser privado sino
por la vía de la expropiación. Ha querido avanzar estas ideas porque
sentiría que opiniones tan autorizadas como las del señor Guerra
pudieran ser acogidas por la Comisión.
El señor Montenegro (don Pedro N.) cree que debemos man
tener el precepto constitucional del N.°5."del art. 10 (12) de nues
tra Constitución tal como está redactado. No tendría inconveniente
en aceptar la primera parte del inciso 1.° del proyecto del señor Gue

rra; pero le parece que no vale la pena cambiar la fórmula tradi


cional, porque los inconvenientes que el señor Guerra le anota, co
mo los de repetición de la idea, no son de tal magnitud que obliguen

a una reforma, y no están mal, tratándose de recalcar un precepto

constitucional que se relaciona con el derecho de propiedad. Tam


poco encuentra que esté en lo justo la referencia hecha por el señor
Guerra en cuanto a que el derecho de servidumbre no está comprendi
do en este número, porque la servidumbre, como se sabe, es voluntaria
y se establece en un contrato ; cuando no hay acuerdo en el cumpli
miento del contrato se va a la Justicia y él se establece en virtud de

100 —

sentencia judicial. De manera que son bastantes las dos limitaciones


que determina dicho número. Los otros incisos de la indicación del
señor Guerra vulneran completamente la primera parte del concepto
constitucional, porque se deja subordinada a la ley la determinación
de todas las restricciones al principio de inviolabilidad. Según ellos
la Constitución no va a amparar nada, ya que por la ancha puerta
de la se cercenará el derecho hasta reducirlo a proporciones míni
ley
mas. Le parece que no es eso lo que conviene, tratándose de una
legislación sobre derechos de esta naturaleza.
En seguida, la recomendación que el señor Guerra quiere que
se haga al legislador futuro, para que divida la propiedad y grave

con un impuesto adicional aquella que no se explota, no le parece

tampoco aceptable alguna, porque resulta perfectamen


en forma
te perjudicial país. ¿Qué harían los propietarios
para el progreso del
en el momento en aprobara un precepto constitucional de esta
que se

especie? Abandonarla, no mejorarla, retraerse de hacer inversiones


en ella, en consideración a que la ley ordenaría que su propiedad

debía dividirse. Como consecuencia de tal disposición, se estagnaría


el progreso, los capitales emigrarían y la ruina sería inevitable.
Tampoco cree que habría justicia en gravar especialmente la
propiedad no cultivada, pues el interés de todo propietario es sacar
a su suelo el mayor rendimiento posible, y si no lo cultiva es por al

gunas de las razones que han dado los señores Yáñez y Barros Bor
goño. El señor Guerra, termina, ha hecho caudal de lo que ocurre
actualmente en Inglaterra, pero hay que tener presente que lo que
en es bueno, puede no serlo entre nosotros.
Inglaterra
El señor Yáñez (don Eliodoro) propone la siguiente redacción
que cree consulta todas las ideas, incluso la del señor Guerra:
«La inviolabilidad de todas las propiedades, sin distinción al
guna. El ejercicio del derecho de propiedad, está sujeto a los deberes
que por razón de utilidad pública las leyes señalen. Nadie puede ser
privado de la de su dominio, ni de una parte de ella o del derecho

que a ella tuviere, sino en virtud de sentencia judicial o de expro


piación ordenada por la En este caso se dará al dueño la indemni
ley.
zación que se ajustareél o que determinare la justicia.'
con

El señor Cárdenas que tratándose de una


(don Nolasco) dice
cuestión fundamental como es el derecho de propiedad, no le extraña
que se hayan emitido conceptos tan diversos como los que consigna

el acta de la sesión anterior y los que acaba de oir. Por lo demás cree
que un deber superior obliga a dar opinión sobre materia de tanta
trascendencia, advirtiendo que la suya estará en completa divergen
cia con alguna de las ya emitidas.
La cuestión planteada por el señor Guerra, dice el señor Cár
denas, es conocida ampliamente por todos los miembros de la Comi-
-
101 -

sión, que son quienes serán fami


personas de ilustración vasta para
liares las obras de los filósofos y pensadores que desde más de medio
siglo a esta parte se vienen ocupando de esta cuestión vital para las
sociedades humanas,
Pero antes de entrar en materia, dice, y para evitar una inter
pretación sobre el avance y origen de mis palabras, quiero que quede
bien en claro que no soy enemigo de la propiedad; más aun, que mi
anhelo y el del Partido Demócrata será el de llegar al ideal de que
todos nuestros conciudadanos fueran propietarios, y por eso, preci
samente, luchamos por la subdivisión de los latifundios y por la
colonización nacional, como medio de alcanzar el objetivo de otorgar
a cada uno de nuestros compatriotas, por lo menos, el mínimun de

independencia económica que el hombre necesita para llenar sus de


beres y ejercer sus derechos con libertad de juicio y sin apremio de
la necesidad.
Las ideas sustentadas por los pensadores y reformadores socia
les que al principio fueron tenidos por ilusos, han ido, sin embargo,
modificando apreciablemente el concepto tradicional sobre el dere
cho de propiedad y cree no engañarse, al afirmar que las agitaciones
sociales que han perturbado la sociedad en los últimos treinta años
son el producto de esas nuevas ideas de justicia distributiva y de la
resistencia que encontraban, como era natural, entre los que veían
la inminencia de la limitación de sus derechos demasiado amplios.
Tal ha ocurrido en Alemania, Inglaterra, Francia y Rusia.
Por lo demás, es lógico que estos nuevos conceptos, o sea el que
lapropiedad debe desempeñar una función social y no ser el patri
monio absoluto de quien la posee, encuentre esa resistencia de una
parte numerosa de la sociedad.
En Chile mismo, casi podríamos decir que causa escándalo el
que alguien se atreva a discutir o analizar el derecho de propiedad
que considera sagrado en virtud de los preceptos constitucionales.
se

Sin embargo, recuerda con pena que no se ha entendido en la misma


forma ese derecho cuando el propietario afectado es un individuo
sin influencias, que trabaja una pobre parcela de tierra, donde ha
formado su hogar, y de la cual es lanzado por el vecino o concesio

nario poderoso que encontró apoyo en el Gobierno y en los Tribu


nales de Justicia. Ante esta diversidad de criterio, y aprovechando
el sano espíritu de la Comisión, cree que es indispensable abordar
la solución de este asunto en forma que garantice la tranquilidad
social en el futuro.
Se ha invocado la falta de brazos y de capitales para objetar el
establecimiento de una disposición constitucional que faculte al
Congreso para dictar leyes que tiendan a la subdivisión de la pro
piedad. Se ha dicho, además, que la falta de brazos impide una ma-

102 —

yor intensificación de los Esa falta de brazos para


trabajos agrícolas.
laborar la tierraes más aparente que real. Me consta que hay cente

nares de personas que desearían trabajar en los campos eomo colo


nos o pequeños propietarios y así lo demuestran las numerosas peti

ciones elevadas al Gobierno sobre el particular. La verdad es que ya


mucha gente no quiere continuar en inquilinaje.
En el departamento de Villarrica, por ejemplo, que yo conozco
personalmente, se ha operado un cambio fundamental en los últimos
veinte años, con la subdivisión de la propiedad, aun cuando los pe
queños agricultores no disponían de capitales ni de ningún ele
mento, fuera de su admirable tesón y energías para el trabajo. Las
que hace pocos años eran allí selvas vírgenes, hoy son campos fe
cundos de producción que contribuyen en parte importante a

nuestra riqueza nacional, y el ejemplo de Villarrica se repetiría en


muchas partes de la República, si se hiciera la subdivisión de la pro
piedad, con lo cual desaparecería entre nosotros, en gran parte, el
problema de la producción, que es el problema matriz que preocupa
al mundo entero. Y esta preocupación, debe ser mayor entre nosotros
cuando aun sabemos que la Sociedad Nacional de Agricultura, a fin
de mantener altos los precios y no perder dinero, regula y Umita
constantemente la producción.
Además, dice, es necesario y justo establecer que el inquilino

que ha consagrado gran parte de su vida al servicio del patrón ad


quiera la propiedad de una parcela de tierra, a fin de que pueda ter
minar tranquilo sus días, constituido en un pequeño propietario,
Termina declarando que apoya las indicaciones formuladas por
el señor Hidalgo en la sesión anterior y por el señor Guerra en la
presente reunión.
El señor Briones Luco (don Ramón) expresa que, a su modo
de ver, no debe alarmar a nadie el inciso tercero de la indicación
del señor Guerra, porque está redactado en términos facultativos
amplios para el Congreso que podría legislar en orden a producir
la subdivisión de la tierra, en la forma que lo creyera conveniente
después de oir todas las opiniones de sus miembros y de acuerdo
con las ideas que ellos manifestaran sobre esta materia. Recuerda
el debate producido en el último Congreso de la Habitación Bara
ta de Buenos Aires, con motivo de la legislación rural de la pro
vincia de Entre Ríos. En ese Congreso se pusieron en relieve los
grandes beneficios económicos producidos por la ley que impuso un
gravamen parcelario progresivo a la tierra y que va siendo más ele
vado con la mayor extensión de la propiedad. Como consecuencia de
esa legislación que ha reducido los
latifundios, el rendimiento de la
tierra ha sido mayor y la población agrícola propietaria ha aumen
tado considerablemente. Se citaba, por ejemplo, el caso de un agri-

103 —

cultor dueño, antes de esa ley, de ocho mil hectáreas, quien, para
evitar el impuesto muy alto, redujo su propiedad a la mitad, y, sin
embargo, obtenía con esta última extensión de tierras, el mismo re
sultado pecuniario que antes, "porque podía concentrar mejor su aten
ción y energías en una propiedad más chica.
Considera que la indicación del señor Guerra para establecer
un principio constitucional de esta naturaleza, es un paso muy acer

tado hacia la solución de la cuestión social. Por eso presta todo su

apoyo al último inciso de dicha indicación.


El señor Barros Borgoño (don Luis) insiste en las considera
ciones que adujo en la sesión anterior para demostrar que la redacción
del N." 5." del art. 10 (12) de nuestra Constitución debe mantenerse
sin variación alguna.
Estima que la inviolabilidad consagrada en dicha prescripción
constitucional, en el sentido de que ninguna persona puede ser pri
vada de su propiedad ni de parte alguna de ella, sino en virtud de
sentencia judicial o de utilidad del Estado, calificada por una ley,
que exija su uso o enajenación, es lo que ha permitido desarrollar
nuestro progreso agrícola, pues esa prescripción ha sido la garantía
que ha tenido la inversión de capitales en nuestros campos y lo que
ha servido para incrementar la edificación de nuestras ciudades.
Considera que no debe impresionarnos tanto ni tomar como
único modelo lo que acontece en otros países, sino de atender a lo
que ocurre entre nosotros; pues, como ha dicho muy acertadamente
el señor Yáñez, lo que aquí se necesita para el cultivo de nuestras
tierras son brazos y capital. Nadie se ha opuesto en Chile a la divi
sión de la propiedad. Aun más, se ha fomentado esa división. No
hace muchos años, por ejemplo, el Gobierno procedió a poner en
remate una serie de hijuelas, prohibiendo que una misma persona
adquiriera más de una, a fin de constituir el mayor número de pro
pietarios. Esos propósitos no dieron, sin embargo, resultado, porque
los adquirentes no fueron capaces de cultivar esas hijuelas. Fué ne

cesario que algunos capitalistas compraran esos predios y los traba


jaran con los grandes capitales que necesitaban para hacerlos pro
gresar.
Por lo demás, dice, cada vez que se han dictado leyes en contra
de los hechos económicos, han fracasado porque esos hechos no de
penden de nuestra voluntad.
Se refiere al caso de Villarrica, citado por el señor Cárdenas, y
dice que el progreso de esa región se debe a las facilidades de crédito
que la Caja Hipotecaria ha dado a los propietarios regionales con el
propósito de fomentar su espíritu de trabajo y sus iniciativas.
La Caja, continúa, adquirió la hacienda «La Compañía» para
dividirla en granjas y venderlas a pequeños agricultores. No ve in-

104 -

conveniente para que el Estado haga en mayor escala lo que esa


institución ya ha ensayado con resultados halagadores. Y esto se
puede hacer sin necesidad de disposiciones constitucionales que orde
nen la división de las tierras y despierten inquietudes,

S. E. manifiesta que, precisamente, en estos momentos el Go


bierno está preocupado de adquirir una propiedad en el sur para
venderla en pequeños lotes, contribuyendo así a la subdivisión de la
propiedad y a mejorar la situación de las clases modestas.
Continuando sus observaciones, el señor Barros Borgoño, ex
presa que no debemos ser injustos con nosotros mismos; que nuestros
agricultores no anhelan otra cosa, aun por su propia conveniencia,

que desarrollar sus trabajos; pero tienen que luchar con dificultades
como la falta de brazos, de capitales, de ferrocarriles, de caminos,
de puentes, de obras de regadío, etc.
Cita en seguida la obra realizada por la Caja con la construcción
de poblaciones para obreros y empleados y termina observando que
el Estado debe tomar sus medidas para evitar la inquietud del capi
tal, a la vez que asegurar el bienestar social, cosas ambas que se
pueden conseguir sin necesidad de atentar contra el derecho de pro
piedad. Ya hay hartas y buenas leyes. Hay que estimular y no
desalentar. Sin atacar los derechos se puede fomentar la producción.
S. E. observa que las ideas que se han expuesto estarían consul
tadas en una indicación que tiene redactada y que no se inserta
en el acta. Dicha indicación sería para consultar en la parte perti
nente una disposición constitucional que dijera: <E1 Estado propen
derá a una organización económica que fomente ía producción
nacional, en forma de procurar a cada ciudadano un mínimun de
bienestar adecuado a la satisfacción de sus necesidades personales
y las de su familia. La ley regulará esta Organización-,
El señor Silva Cortés (don Romualdo) expresó que en la
sesión anterior había tenido el honor de hacer valer los fundamen
tos jurídicos, morales y económicos del mantenimiento necesario del
texto íntegro del N.° 5." del art. 10 de la Constitución, sobre invio
labilidad de las propiedades; y que después de reflexiones y con-
jultas se bahía acentuado aún más su convencimiento al respecto.
Consideró por partes los distintos elementos de esc precepto; el

significado de la palabra propiedades»


<
: el concepto de dominio y de
otros derechos reales o personales sobre una cosa, mueble o raíz,

corporal o incorporal; la necesidad de que la garantía constitucional


se extienda a todas; y los preceptos sobre la expropiación con in
demnización por causa de utilidad pública calificada por ley.
Argumentó en favor del mantenimiento de las palabras ¡parti
culares o comunidades;' de la Constitución de 1S33; y en contra de
los cambios que se pretenden.

105 —

Repitió que aceptaría otros preceptos constitucionales, absolu


tamente independientes o separados del relativo a las propiedades,
para dar garantías de vida, salud, remuneración mínima justa, habi
taciones higiénicas y económicas y otras prestaciones de vida a los
que trabajan; y en tal virtud presentó en su nombre y en el del señor
Vidal Garcés, indicación para agregar cuatro nuevos números al
art. 10 de la Constitución; pero en forma completamente separada
del precepto sobre la propiedad inviolable.
Dijo el señor Silva Cortés que estaba convencido de que cual
quiera aceptación de alguna de las alteraciones o cambios propuestos
en la redacción del
precepto sobre la inviolabilidad de la propiedad
produciría una grave perturbación económica y social en el país : y
sería obra de perjuicio y no de reconstitución nacional.
Hay en Chile una parte considerable de nuestros conciudadanos
que forma el pueblo que trabaja, que ahorra, que posee y conserva
lo que gana con su esfuerzo personal o lo que adquiere por títulos
legítimos, sea esto mucho o poco, sean cosas muebles o bienes raíces,
acciones o créditos.
Hay, además, un capital nacional formado lentamente y aplicado
a las más variadas industrias; y un fuerte o cuantioso capital extran
jero llegado a Chile a recibir el amparo de la garantía constitucional.
Los que preparamos la reforma de la Constitución, no podemos
olvidar esos hechos: y estamos más obligados a ajustamos al derecho
natural que impone que se guarde intacta la propiedad privada.
Terminó el señor Silva Cortés declarando en su nombre y en
el del señor Vidal Garcés que agradecían mucho la deferencia y el
honor otorgados por S. E. el Presidente de la República al llamarlos
a trabajar en esta Comisión; que habían coadyuvado con mucho
agrado a la alta y noble tarea de preparar los trabajos de reforma
constitucional: que deseaban sinceramente el éxito de estas labores
en beneficio de la Patria; pero que no sabrían cómo poder continuar

en las mismas labores si en la pretensión de limitar en


se insistiera
la Constitución la desconociendo la naturaleza
propiedad privada,
del derecho y disminuyendo atenuando una garantía constitucio
o

nal que es factor esencial e indispensable del orden social.


La indicación de los señores Silva Cortés y Vidal Garcés es la
siguiente:
■<1.° Se mantiene sin variación alguna el N." 5." del art. 10 dé
la Constitución, sobre inviolabilidad de las propiedades:
*2." Se agregarían al art. 10 los siguientes números:
a." La protección del trabajo y de la salud, la remuneración

mínima, el descanso necesario y la previsión para casos de acciden


tes e invalidez de los obreros;

106 —

'9.° Las soluciones pacíficas de los conflictos de patrones o

empleadores con los obreros o empleados;


«10.° La defensa y fomento de la habitación higiénica y eco

nómica;
«11.° Las seguridades en la forma que las leyes determinen,
para la vida, moralidad e instrucción de las personas ocupadas en
servicio ajeno, tomando en consideración su sexo, edad, estado y
condición.»
El señor Hidalgo (don Manuel) comprende la elogiosa defensa
que se ha hecho del derecho de propiedad, porque este derecho, en
su concepto, tiende a morir.
Considera que si el derecho de propiedad hubiera de mantenerse
en la forma consagrada hoy en nuestra Carta Fundamental, no ha
bríamos ganado nada con la revolución y, en cambio, dejaríamos en
el ambiente la amenaza de una nueva perturbación política a corto
plazo.
La revolución del 23 de Enero implicaba modificar en parte el
actual estado de cosas, por lo menos así lo entendieron las clases
trabajadoras; pero, si hubiera de mantenerse intangible este derecho
de propiedad, como lo ha sostenido el señor Silva Cortés, caeríamos
en un concepto antisocial, y sumiríamos al pueblo en la más horro
rosa esclavitud. A su juicio la única forma de establecer una base
de justicia social seria la socialización de la tierra y de los elementos
de producción y de cambio.
En cuanto al concepto de libertad expresado por el señor Barros
Borgoño. estima que esa libertad no existe para los desheredados de
la fortuna. En realidad, el individuo que vive a expensas de un pa
trón, de un salario o sueldo, está incondicionalmente bajo la depen
dencia de este patrón, quien hará redundar en beneficio suyo todo el
movimiento de orden político social. Por eso dice que la libertad
para los desheredados de la fortuna es una simple definición retórica
falta de sentido.
Lamenta que el concepto de propiedad se ümite, en la menta
lidad de las personas que han hablado en estas sesiones, solamente
a la tierra; pero esto se lo explica fácilmente, porque la verdad es que

siempre hemos estado gobernados por una oligarquía de terratenien


tes y banqueros. Sin embargo, en la última obra de M. Caillaux «¿A
dónde va Francia, a dónde va Europa?», ha dejado establecido este
¡lustre estadista, que el derecho de propiedad industrial es el que
acarreó a Europa al desastre y el que produce las contracciones co
merciales, financieras e industriales, cosa que hemos podido ver en
Chile con el «Pool», el «Lock out» y otras manifestaciones de índole
industria], lo que no ocurre con el concepto de la propiedad-tierra.
Es necesario, agrega, tratar estos problemas con espíritu ele-

107 —

vado. Vivimos en medio de una quietud tal que no nos preocu


pan cuestiones que siempre fueron de actualidad, tales como el pro
blema religioso y otros. Por lo tanto es éste el momento de satisfacer
las legítimas aspiraciones de un pueblo que anhela gozar de los bene
ficios de la tierra. Debemos considerar para ello gue sólo el diez por
ciento de nuestra población es propietaria y todavía en lamentables
condiciones.
Si no afrontamos este problema con criterio de verdadera jus
ticia social, termina, habremos preparado a la República un porve
nir incierto que nos llevará a la más dolorosa de las revoluciones
sociales.
Se acordó reunirse el Martes próximo, a las 3j^ P- M., y todos
los días siguientes de la semana próxima, para terminar, si es posi
ble en ella, la labor de esta Comisión.
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca
NOVENA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

19 de mayo de 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, Ra
món Briones Luco, Nolasco Cárdenas, Guillermo Edwards Matte,
J. Guillermo Guerra, Manuel Hidalgo, José Maza, Ministro de Justi
cia, Enrique Oyarzún, Romualdo Silva Cortés, Francisco Vidal Gar
cés, Héctor Zañartu, y de! Subsecretario del Interior, don Edecio
Torreblanca, quien actuó como Secretario; se abrió la sesión a las
%y2 P. M.
Leída el acta de la sesión anterior se da por aprobada.
S. E. manifiesta que hay tres proposiciones en debate: la de los
señores Silva Cortés y Vidal Garcés, que piden que se mantenga sin
alteración el N.° 5.° del art. 10 de la Constitución; la del señor Gue
rra y la del señor Yáñez; y que las tres se discutirán conjuntamente.

El señor Edwards Matte (don Guillermo) ha creído notar que


en elcurso de la discusión se lian concretado algunos puntos en los
raíales están de acuerdo todos los miembros de la Comisión. Ll primero
de elloses el de la inviolabilidad de la propiedad, establecida en una

forma absoluta, en cuanto se refiere al fondo del derecho de propiedad.


El segundo punto de acuerdo es el concepto, aceptado por todos, de
que el derecho de propiedad impone al que lo tiene algunos deberes
respecto de la sociedad, y el tercero es el relativo a que la transfor
mación del concepto de propiedad antiguo, que comprendía el uso
y el abuso, en un concepto que comprende sólo el ejercicio legítimo
del derecho de propiedad, prescindiendo del abuso, se ha venido
realizando sin necesidad de reformas en el texto constitucional du
rante todo el siglo XIX y que en muchas partes de la legislación de
Chile se han establecido ya varias limitaciones, como ser, en lo que
se refiere a la servidumbre, a la legislación social y a las leyes de

regadío obligatorio, etc.


Agrega que como ha palpado el sentimiento de alarma que ha
producido la idea de que se van a alterar las normas que actualmente
existen para garantir el derecho de propiedad en la República, le ha
parecido muy aceptable la fórmula propuesta por el señor Silva
Cortés, que mantiene en sus líneas generales la actual definición de
!a propiedad y que agrega algunos conceptos que se refieren a la

loo —

legislación social y a las limitaciones


prácticas que tiene el derecho
de propiedad, aunque separadamente de la garantía de la propiedad
misma.
Pero aunque le parece muy aceptable la indicación, desea agre
gar algunas palabras.
Lo que en esta materia ocurre en nuestro país ha sucedido tam
bién en los demás países sudamericanos, que están a un igual o pare

cido nivel de progreso que nosotros; y así se explica que el señor Silva
Cortés desee mantener en este punto lo prescrito en la actual Cons
titución.
En laRepública Argentina se han dictado leyes que, como la
de la provincia de Entre-Rios, ya citada, son de las que van más
lejos la limitación del derecho de propiedad por razón de utilidad
en

pública.
El art. 17 de la ley argentina dice: «la propiedad es inviolable
y ningún habitante de la Nación puede ser privado de ella sino en
virtud ile sentencia fundada en ley. Las expropiaciones por causa de
utilidad pública deben ser calificadas por ley y previamente indem
nizadas. Sólo el Congreso impone las contribuciones que se expresan
en el art. 4.". Ningún servicio personal es exigible sino en virtud de

ley o de sentencia fundada en ley. Todo autor o inventor es propie


tario exclusivo de su obra, invento o descubrimiento por el término
que le acuerda la ley. La confiscación de bienes queda borrada para
siempre del Código Penal argentino. Ningún cuerpo armado podrá
hacer requisiciones, ni exigir auxilios de ninguna especie».
Tiene también a mano el texto de la Constitución del Uruguay,
que, por ser del año 17,
es una de las más modernas del mundo, y

ha sido dictada país que se ha llamado el «conejo de la Amé


en un

rica», porque en él
han estado haciendo constantemente las expe
se

rimentaciones sociales destinadas a comprobar los buenos o los malos


resultados de las ideas nuevas que se ha deseado incorporar en las
leyes fundamentales.
Dice esta Constitución;
'Artículo 146. Los habitantes de la República, tienen derecho
a ser protegidos en el goce de su vida, honor, libertad, seguridad y
propiedad. Nadie puede ser privado de estos derechos, sino confor
me a las leyes.
«Artículo 169. El derecho de propiedad es sagrado e inviolable:
a nadie podrá privarse de él sino conforme a la ley en los casos de
necesidad o utilidad públicas, recibiendo del Tesoro Nacional una
justa compensación.»
Cree que para establecer el régimen aceptado unánimemente
en los países progresistas en esta materia, es innecesario reformar
el texto actual de la Constitución. Sin embargo, se ha presentado

110 —

una indicación del señor Yáñez que propone una reforma. En ella,
sin ir al fondo del derecho de propiedad, se hace referencia a su
ejercicio. Esa indicación mantiene el precepto constitucional en lo
relativo a la inviolabilidad de todas las propiedades; pero inter
cala la frase de que «el ejercicio del derecho de propiedad está su
jeto a los deberes que, por razón de utilidad pública, la ley le se
ñale».
Examinando a fondo esta cuestión, no encuentra sino una dife
rencia mínima entre el derecho de propiedad y el ejercicio del mismo
derecho. En general, el derecho vale sólo en cuanto puede ser ejerci
tado. Cree que esta distinción, que se impone más bien por razones
de gramática, no alteua la idea de limitar el derecho de propiedad,
si no se pone a su vez una limitación a la esfera en que las leyes pue
den reglamentar los deberes de ese derecho.
El derecho de propiedad consiste en el uso y goce y en la dispo
sición de las cosas. Y por otro lado, esto mismo es el ejercicio del
derecho de propiedad; ejercitarlo es usar y disponer de las cosas.
Cree que conviene consultar una fórmula bien concreta, según
la cual la Constitución establezca una barrera para la acción de la
ley; y la redacción que propone el señor Yáñez tiene, a su juicio,
una vaguedad que permitiría al legislador en el futuro pasar sobre

esa barrera. Según esa redacción, después se vería obligado el legis

lador a mantener al dueño en su título de tal; pero este podría llegar


a ser sólo un título honorífico que no tuviera consecuencias jurídicas

prácticas de ninguna especie. En consecuencia, esa disposición puede


llegar a no significar garantía alguna del mantenimiento del actual
estado de seriedad y de seguridad del dereeho de propiedad en lo
que se refiere a su uso y goce legítimos.
Por eso, y como indicación subsidiaria, para el caso de que se
crea necesario alterar el concepto actual y dejando establecido, desde
luego, que no cree necesario alterarlo, ha redactado una indicación
en que propone que se establezca la barrera a que ya se ha referido.

Se atrevería a someterla, como subsidiaria, a la consideración


de la Sala,
Ella dice así:
«5.° La inviolabilidad de todas las propiedades.
«Ninguna persona natural o jurídica podrá ser privada de la
de su dominio, ni de parte de ella o de su derecho sino en virtud de
sentencia judicial, salvo el caso en que por razón de utilidad pública,
declarada por ley, se resuelva por ésta la expropiación, la que se
efectuará dándose previamente al dueño la indemnización que con
él se ajuste o que fijen los Tribunales. No podrá en caso alguno im
ponerse pena de confiscación de bienes.
«El ejercicio del dereeho de propiedad está sujeto a los deberes

111 —

que las leyes señalen por razón de utilidad pública. En ese sentido
podrán las leyes regular de un modo equitativo las relaciones de
empleadores y empleados u obreros, velando por la solución pací
fica de sus conflictos, creando instituciones obügatorias de retiro y
previsión social, exigiendo razonable indemnización por los acciden
tes del trabajo, cuidando de la salubridad de los talleres y de los
métodos y horarios de labor, estableciendo un régimen justo y pru
dente de sueldos y salarios mínimos y, en general, dictando medidas
que faciliten la armonía del capital y el trabajo. Podrán también
establecer servidumbres legales, prohibir la usura y las industrias
contrarias a las buenas costumbres y asegurar el cumplimiento del
deber que corresponde al propietario de cultivar el suelo en confor
midad a lo que permitan sus condiciones naturales y económicas.
«El Estado deberá legislar con la finalidad de conseguir la difu
sión de la pequeña propiedad y especialmente, con la de obtener que
cada familia chilena llegue a poseer una habitación propia y sana.»
Ha agregado en el 2.° inciso de su indicación la frase: «en con
formidad a lo que permitan sus condiciones naturales y económicas»,
porque ha considerado sumamente atendibles las razones clarísimas
que han dado los señores Yáñez, Barros Borgoño y Amunátegui en
la sesión pasada, cuando se refirieron a los latifundios y a los terre
nos sin cultivo que hay en el país.
Efectivamente, existen en el país terrenossin cultivo en abun
dancia, pero es también clara la razón que se ha dado cuando se ha
dicho que las condiciones naturales climatéricas, de población, etc.
impiden muchas veces el cultivo de ellos. Y por eso entre nosotros
es imposible dictar una disposición rígida en esta materia.

Lo único que se puede esperar es la acción inteligente del futuro


legislador en el sentido de ir procurando la transformación de la
parte más aprovechable de los terrenos sin cultivo del país en una
riqueza verdadera para la sociedad.
En calidad de aspiración podría figurar la parte última de la
indicación que ha formulado.
Esa parte tiende al propósito, no de declarar que en el país debe
acabarse con los latifundios, sino que debe irse a la división de la
propiedad, procurando la creación del mayor número posible de
propietarios, es decir, de hombres interesados en la conservación del
orden social como sucede en Francia, por ejemplo, puesto que al
defender este orden defienden sus propios intereses.
Por eso dice en su indicación: «El Estado deberá legislar con la
finalidad de conseguir la difusión de la pequeña propiedad y, espe
cialmente, con la de obtener que cada familia chilena llegue a poseer
una habitación propia y sana».

112 —

Esta es una aspiración a la cual no se puede llegar sino en el


porvenir.
Del mismo modo, en la Constitución alemana, que tanto se ha
citado en la Comisión, figura una disposición en que se consigna el
deseo de que cada alemán, o más bien dicho cada familia alemana,
pueda llegar a tener su casa.

Como lo ha dicho ya, ha propuesto su indicación con el ánimo


de establecer una barrera, para que más tarde la ley no pueda dejar
de respetar el derecho de propiedad.
El solo hecho de que se dijera en la Constitución que el ejercicio
del derecho de propiedad está sujeto a los deberes que las leyes les
señalen por razón de utilidad pública, sería, a su juicio, dejar el
campo abierto para que los agitadores más tarde sostuvieran que el
campo de la ley en esta materia es ilimitado y, que, en la limitación
de este derecho, se puede llegar hasta la suspensión del uso., del goce
y de la facultad de disponer de las cosas, en homenaje a esa utilidad
que se señala en términos vagos e imprecisos.
El señor Oyarzún (don Enrique) cree que la indicación que
lia leído el señor Edwards Matte evita una gran parte de las difi
cultades e inconvenientes que ha venido notando en las demás indi
caciones que se han formulado. La propia indicación del señor Yá
ñez, contiene vacíos y redundancias. Así, en una parte de ella se di
ce que el ejercicio del derecho de propiedad está sujeto a los debe

res que, por razones de utilidad pública, las leyes le señalen; y más

abajo se vuelve a insistir en este mismo concepto al declarar que el


derecho de dominio puede ser cercenado en virtud de una sentencia
judicial. Estos son conceptos completamente análogos y redundan
tes. En cuanto a la redacción misma de la indicación, la encuentra

también defectuosa y prefiere la del señor Edwards.


No considera aceptable la parte final de la indicación del señor
Edwards Matte, que, lo mismo que la del señor Yáñez, consigna
una aspiración confusa. Ella le trae a la memoria aquella frase me

morable de Eni'ique IV que quería que cada campesino tuviera el


día Domingo una gallina para echarla a la olla. Semejante disposi
ción, que puede considerarse como la aspiración de un buen hombre.
no es propia de una ley fundamental, como es la Constitución de

una República. Basta con que quede constancia de esa idea en la

historia de las Reformas Constitucionales. Más tarde los legisladores


podrán dar forma a estos propósitos en las leyes que dicten.
Termina manifestando que acepta la indicación del señor Ed
wards Matte en la integridad de su redacción, excepto en el acápite
final.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) dice que a medida que
que avanza la discusión de esta materia, se convence más de que es

113 —

innecesarioje inconveniente modificar el N.° 5.° del art. 10 de la


Constitución, porque sobre la base de esta disposición se pueden
dictar todas las leyes que aquí, en una forma u otra, se han insinua
do. ¿Qué dice el N.° 5.° del art. 10 de la Constitución? Que la Cons
titución asegura a todos los habitantes de la República:
*5.° La inviolabilidad de todas las propiedades sin distinción
de las que pertenecen a particulares o comunidades, etc.»
En esto, todos estamos de acuerdo.
En otra parte dice esta disposición que este dereeho está limi
tado por el derecho ajeno y por el uso de la colectividad, en el caso
de la utilidad pública. De manera que las dos limitaciones de carácter
fundamental se hallan establecidas en la Constitución. Y dentro de
estos dos conceptos de la utilidad pública y del respeto al derecho
ajeno, ha podido el legislador dictar hasta hoy todas las leyes de ca
rácter social que ha creído del caso establecer. Y si no ha dictado
más, es porque no ha querido ir más allá. Cree que estas indicaciones
son innecesarias e inconvenientes. Y ¿por qué? Por una razón muy

sencilla: porque todo lo innecesario es inconveniente. Y son incon


venientes, además, porque producen alarma.
Cita un caso para comprobar su afirmación. Preguntó, en días
pasados, al Gerente de una Sociedad de Explotación de Yeso, cómo
iban los negocios, y se le contestó que el mercado estaba paralizado,
porque nadie edificaba, a causa de la desconfianza que produce la
situación porque atraviesa el país. Y en cualquier acto de la vida
ordinaria se nota esa misma desconfianza en el porvenir.
A pesar de lo que se ha discutido sobre la conveniencia de mo
dificar el art. 10 en esta parte, no se citan sino dos hechos en favor
de la reforma: los latifundios y la necesidad de procurar que todo el
mundo trabaje.
Conoce casi todos los fundos del centro del país, y puede afirmar
que en esaregión no hay latifundios. Cita algunos casos que S. E.
conoce, como ser el fundo del Huaico, que hoy está dividido en varias
propiedades, la hacienda del Huique que ya está dividida en cuarenta
o cincuenta hijuelas, la hacienda La Compañía que hoy está dividida

en más de doscientas propiedades. La verdad es que todo sigue la

ley económica de la oferta y la demanda.


Más tarde nada podrá impedir que el legislador autorice al Eje
cutivo para que invierta cuarenta o cincuenta millones de pesos en
comprar propiedades para venderlas después en pequeños lotes.
Vuelve a repetir que encuentra innecesarias e inconvenientes
las insinuaciones que se han hecho, aunque él mismo ha incurrido
alguna vez en ellas.
Bien pueden quedarse aún cortos al hacer la reforma. Y está
cierto de que si mañana se legisla sobre esta materia, habrá que ha-
(Actas 8)

114 —

cerlo al margen de estas indicaciones, pues en cada unJBe esas leyes


habrá que estar contemplando el interés de la sociedad.
Basta y sobra con lo que en esta materia quedará en la historia
fidedigna de la discusión.
Por lo demás, concuerda con una observación del señor Edwards
Matte relacionada con la indicación del señor Yáñez. No ve cómo
distinguir el derecho de propiedad del ejercicio del mismo derecho.
El ejercicio es el uso, el goce y la disposición de una cosa; y el
uso y el goce y la disposición de una cosa constituyen el derecho
mismo. De manera que la frase: «el ejercicio del derecho de propie
dad», no la entiende.
S. E. estima que en el fondo están todos de acuerdo para apre
ciar la cuestión en debate.
Para ir disipando un poco los temores que algunos sienten cuando
se trata del derecho de propiedad, se va a permitir leer algunos pá

rrafos de un texto de Derecho Constitucional escrito por León Du-


guit, Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Bur
deos, autor que es considerado en Europa como la primera autoridad
en cuestiones de Derecho Constitucional.

El señor Duguit que por lo demás, es un espíritu más bien


conservador que avanzado, dice lo siguiente respecto del derecho
de propiedad en la obra ya citada; y refiriéndose a los constituyentes
de la Revolución Francesa:
«Hay muchas probabilidades de que la gran mayoría de los
Constituyentes y Convencionales no tuvieran concepción clara al
guna acerca del fundamento de la propiedad; ni estuvieran posesio
nados de la cuestión. Comprendían la propiedad como juristas, es
decir, desde el punto de vista de las consecuencias que acarrea, de los
beneficios que asegura al propietario; pero no desde el punto de vista
filosófico, económico, de su razón de ser y de su rol social. Quisieron
establecer que toda propiedad era intangible; pero no supieron deter
minar la razón de esa inviolabilidad. Si declararon la intangibilidad
del derecho de propiedad, fué porque en su gran mayoría eran pro
pietarios. Desde el punto de vista político y social, la Revolución
ha sido la obra de la clase media propietaria; los representantes de
esta clase formaron la mayoría de la Constituyente y de la Conven
ción. Su preocupación constante fué colocar la propiedad salvaguar-
diada por declaraciones de derecho y disposiciones constitucionales
y resguardarla así aun respecto del legislador mismo."
Dice en otra parte el mismo autor:
«En resumen, la Constituyente y la Convención han tenido
antes que todo, el pensamiento de garantizar las propiedades exis
tentes de la clase burguesa a que pertenecía la gran mayoría de sus
miembros. No tomaron en cuenta los principios basados sobre el

115 —

fundamento de la propiedad. Algunos veían en ella un derecho natu

ral; pero la gran mayoría sólo veía creación de la ley positiva


una

sobre cuya importancia social ninguno daba cuenta. Las fórmulas


se

vagas y generales de que se sirvieron pueden, por lo demás, combi


nadas con los principios de igualdad, constituir un punto de apoyo
para las propias doctrinas comunistas y colectivistas modernas.»
Y agrega más adelante:
«En la Constitución de 1848 la propiedad era, por el contrario,
considerada como un derecho superior a las leyes positivas, esca
pando así al alcance del legislador común. En el art. 3." del preám
bulo se lee: «La República reconoce derechos y deberes que preceden
y son superiores a la ley positiva», y en el art. 8.°: «La República
debe proteger al ciudadano en su persona su propiedad".

Del análisis conjunto de estos dos textos parece deducirse que el


espíritu del legislador constituyente de 1848 considera la propiedad
como un derecho natural superior al legislador y que debe ser res
petado aún por él.
«¿Cómo se puede concebir el derecho de propiedad, fuera de
los textos legales, desde el punto de vista político, económico y so
cial? Esta es una cuestión considerable cuyo estudio no entra envíos
límites de un libro de Derecho Constitucional. Se puede decir única
mente que la doctrina que en ciertas épocas ha tenido gran acogida
y según la cual el derecho de propiedad, derivado de la libertad in
dividual, estaría fundado en el derecho que cada uno tiene de dispo
ner del producto de su trabajo, es absolutamente insuficiente para

justificar la propiedad, tal como existe en las sociedades modernas.


Tal vez podría justificar la propiedad individual de las cosas mue
bles; pero, evidentemente, no puede legitimar la inmueble, ni la
capitalista bajo sus diferentes formas, ni menos la transmisión por
herencia. La propiedad inmueble, capitalista y hereditaria no puede
explicarse más que por su utilidad social; y no se habrá demostrado
que es legítima, si no se demuestra al mismo tiempo que en una
época determinada es socialmente útil.
«De aquí resultan ciertas consecuencias muy importantes.
«La propiedad, basada únicamente en la utilidad social, no debe
existir más que en la medida de esta utilidad.

«El legislador puede, pues, aplicar a la propiedad individual


todas las restricciones exigidas por las necesidades sociales a que corres
ponden.
«La propiedad no es un derecho intangible y sagrado, sino un
derecho que está continuamente evolucionando y que debe adaptarse
a las necesidades sociales a que responde.
«Si llega un momento en que la propiedad individual no res-

116 —

ponde a unanecesidad social, el legislador debe intervenir para orga


nizar otra forma de apropiación de la riqueza.
«En un país donde la propiedad individual está reconocida por
la legislación positiva, el propietario tiene, como tal, cierto rol social
que llenar; y la extensión de su dereeho de propiedad debe ser deter
minado por la ley y por la jurisprudencia que la aplica según el rol
social que debe cumplir : no puede pretender otro derecho que el de
poder llenar libremente, plena y totalmente su función social de
propietario.
*Se puede decir que en el hecho el concepto de la propiedad
como derecho subjetivo desaparece, para ser reemplazado por el con

cepto de la propiedad como junción social.»


Sigue el autor citando una serie de leyes que se han dictado en
Francia y que se derivan del fundamento filosófico del derecho de
propiedad.
Ha citado esta opinión con el propósito de manifestar que no
hay por qué sentir alarma cuando se produce un debate alrededor
del derecho de propiedad, debate que en este caso no obedece a otro
fundamento que el de amoldar nuestra Constitución al concepto
que hoy tiene la ciencia y el mundo moderno respecto de ese derecho.
Todos están de acuerdo en reconocer la inviolabilidad del dere
cho de propiedad ; están todos de acuerdo también en que no puede

privarse a los ciudadanos de ese derecho sino en virtud de expropia


ción por el Estado, previo el pago de la indemnización correspondien
te ; pero están igualmente de acuerdo todos en que la propiedad tiene
que experimentar restricciones y cumplir deberes que le impone la
sociedad y como consecuencia de ser ella fundamento de la acción
social que le da origen. Ahora bien, si estos postulados del mundo
moderno no se pueden desconocer, ¿por qué, hoy, que se va a dictar
una nueva Carta Fundamental, no modernizar esta disposición y
ponerla a la altura de los principios científicos para que responda a
la realidad de las cosas? Porque la verdad es que si entre nosotros
hubiera un Tribunal que se encargara de declarar la inconstitucio-
nalidad de las leyes, tendría que declarar inconstitucionales todas
las que sobre esta materia se han dictado en los últimos tiempos,
ya que, en verdad, no caben dentro de los preceptos constitucionales.
Conviene entonces buscar una fórmula acertada y cree que den
tro de la indicción del señor Yáñez, y más todavía, dentro de la
del señor Edwards, se encuentra la solución de este problema. Ella
consiste en mantener la inviolabilidad de la propiedad, pero estable
ciendo también de acuerdo con la verdad jurídica, el derecho que
tiene el legislador para imponer limitaciones al derecho de propiedad,
basadas en el bien público y dentro de cierto orden de consideraciones.
Hay que tener presente también que parece que ya están todos

117 —

de acuerdo en que dé a la Corte Suprema la facultad de revisar


se
las leyes para determinar su constitucionalidad. Pues bien, si como
ha dicho muy bien el señor Barros Borgoño, ésta va a ser la ley de
las leyes, cualesquiera de las leyes que en el futuro se dicten, podrán
ser también declaradas inconstitucionales
por la Excma. Corte Su
prema, si van en contra de los principios establecidos en la Carta
Fundamental. Y así desaparece el temor de que más tarde se dicten
leyes que no respeten la barrera que en esta materia va a establecer
la Constitución.
No necesita hacer profesión de fe para declarar que el único
móvil que lo inspira en el desempeño de su cargo, es el de buscar el
bien de su país, móvil que también inspira a todos los miembros de
la Comisión.
Podrán estar equivocados, agrega, sobre la forma en que se va
a buscar el bien del
país, pero el convencimiento y el deseo que todos
tienen de hacer esto en la mejor forma, no se puede poner en duda.
El señor Vidal Garcés ha dicho que las modificaciones al derecho
de propiedad que se estudian, ya producen alarma en ciertas gentes.
Considera absolutamente injustificadas esas alarmas, y una vez que
se vea claramente que no se trata de atacar el derecho de
propiedad,
sino de mantenerlo en los justos límites que le corresponde; una
vez que se vea que en la Constitución se va a traducir fielmente la

situación y el estado en que el derecho de propiedad se halla hoy


día ; una vez que todo aquello se conozca, va a desaparecer comple
tamente aquel temor.
Hay, por otra parte, una consideración que no debe olvidarse.
Existe una masa enorme de nuestros conciudadanos que tiene aspi
raciones, que tiene
ideales, confusos si se quiere, pero, que en fin,
representan anhelos que ellos acarician, y parece que es obra de hom
bres de Estado buscar dentro de la Carta Fundamental, una ecua
ción que, junto con garantizar los derechos de los ciudadanos, no
produzca resistencias ni levante banderas ni estandartes que hagan
de la destrucción de un principio constitucional, la base de un partido
político.
Desea que se haga un Código Fundamental que sea después am
parado por los unos y por los otros y que las discusiones ideológicas
de nuestros conciudadanos se produzcan alrededor de otros puntos
y alrededor de la Constitución del Estado.
no
Si es necesario evitar las alarmas de los propietarios, no provo
quemos alarmas tampoco en otra masa enorme de nuestros conciu
dadanos que no son propietarios. Por eso, se atreve a pedir se dis
curra sobre la base de la fórmula del señor Yáñez, o de la del señor

Edwards, con lo que no harían los miembros de la Comisión sino


ajustar el derecho de propiedad a la realidad de las cosas, moderni-

118 —

zando un poco la Constitución, para satisfacer aspiraciones de otro


orden y conseguir que el Código Fundamental sea respetado y que
rido por todos los chilenos!
De este modo, si más tarde se buscan banderas para dividir a
la familia chilena, éstas se encontrarán en otra parte, pero no en la
Constitución Política.-

Es un anhelo patriótico el que lo mueve a hacer a la Comisión,


en nombre de los altos intereses del país, un ruego, una súplica para

que se busque una fórmula que concibe las diversas corrientes de


opinión sobre la base de garantizar el derecho de propiedad ; pero
restableciendo las cosas en su verdadero terreno, cree, repite, que
en la fórmula del señor Yáñez y en la del señor Edwards Matte sobre

todo, se encuentra la solución de este problema.


A continuación se acordó que una Comisión compuesta de S. E.
y el señor Barros Borgoño, se encargara de estudiar las diversas in
dicaciones presentadas y redactar la disposición correspondiente.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) insistió en la necesi
dad de mantener sin alteraciones el número 5.° del art. 10 de la
Constitución y pidió la aprobación de la indicación presentada por
él mismo y por el señor Vidal Garcés.
Con respecto a la indicación del señor Yáñez, dijo el señor Silva
Cortés que esa indicación merecía, a su juicio, graves observaciones,
La referencia al ejercicio del derecho de propiedad y a la facultad
de limitarlo por las leyes, en forma casi indeterminada en el hecho,
podría fácilmente ser una verdadera incitación a reformas legisla
tivas contrarias a la inviolabilidad que se desea mantener.
La supresión de las palabras «particulares o comunidades» po
dría también servir para interpretaciones injustas, a menos que se
deje clara y explícitamente establecido que no se altera la garantía
de las comunidades a las que se refirió o que tuvo en consideración
la asamblea que redactó y promulgó la Constitución del año 1833,
S. E. anticipa al señor Silva Cortés que su pensamiento es esta
blecer en la Constitución una disposición especial que comprenda
todo lo que se refiere a la cuestión religiosa.
Además, continúa el señor Silva Cortés, el señor Yáñez en su
indicación, no establece que la seguridad de la indemnización será
previa en los casos de expropiación. Le parece más natural y conve
niente decir «los Tribunales» en lugar de las palabras «la Justicia»,
empleadas en esa indicación.
Con referencia a la indicación del señor Edwards, dijo el señor
Silva Cortés que no podría expresar inmediatamente su opinión por
que acababa de conocerla y necesita estudiarla.
Tratándose, prosiguió, de uno de los preceptos fundamentales

119 —

del derecho público, convendría no


precipitar en esta sesión la ter
minación del estudio de esta materia.
Se siente profundamente impresionado con la gravedad y la
trascendencia de algunas cuestiones que se tratan en esta Comisión
se propondrán al país para
y que se forme su Constitución Política,
Si se quiere cambiar palabras en los claros preceptos de la Cons
titución de 1833, cambio que a su juicio no es conveniente, debe
cuidarse de mantener los conceptos esenciales. En orden a la pro
piedad, el tenor literal y el significado de las frases del citado inciso
5.° del art. 10 son inmejorables.
Como ya en las sesiones anteriores expresó los fundamentos
jurídicos, sociales
y económicos, de su indicación y de sus opiniones,
terminó manifestando su deseo de que S. E. y la Comisión, se dignen
considerarlos atentamente.
El señor Hidalgo (don Manuel) manifiesta que la Comisión no
debe olvidar el momento en que estamos viviendo y que es necesa
rio al reformar la Constitución, tomar en cuenta que el noventa por
ciento de nuestros conciudadanos carece de bienes de fortuna.
Agrega que si ahora se conserva el concepto rígido de la propie
dad se habrá levantado una bandera de combate entre los humildes
y los terratenientes: si triunfan los terratenientes, se mantendrá la
antigua fórmula; si triunfan los desposeídos de la fortuna cambiará
totalmente ese concepto. Debemos pensar que hay que considerar
los intereses de todos los chilenos.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) observa que la pro
piedad es el fruto del trabajo.
El señor Hidalgo (don Manuel) dice que si fuéramos a bus
car el origen de la propiedad en Chile, tendríamos que remontarnos

a las primeras instituciones del derecho de propiedad, como son el

reparto y las encomiendas, que no son productos del trabajo.


S. E. pregunta qué opinión le merece al señor Hidalgo la indi
cación del señor Edwards Matte.
El señor Hidalgo (don Manuel) contesta que tendría que estu
diarla para poder dar una respuesta al respecto.
S. E. dice: la propiedad hoy día impone deberes sociales y, den
tro de la fórmula propuesta por el señor Edwards Matte, queda
ampliamente contemplado el concepto jurídico moderno de la pro
piedad.'
El señor Edwards Matte (don Guillermo) dice que al formu
lar su indicación ha adoptado el mismo sistema que tienen siempre
los estatutos de las sociedades inglesas. En esos estatutos las prime
ras diez o doce páginas se destinan a definir lo que se entiende por

Sociedad, Accionista, etc. Agrega que así como una fórmula vaga en
que se deje amplio campo a la ley para innovar en esta materia, jus-
-
120 —

tincaría inquietudes, una fórmula en que se señalen claramente las


fronteras de la ley, haría que fuera absolutamente injustificada cual
quiera alarma.
Ese es el objeto de su indicación.
El señor Hidalgo (don Manuel) declara que él niega el dere
cho de propiedad.
S. E. observa que todos los miembros de la Comisión están de
acuerdo en que, en el actual estado de la sociedad, es indispensable
mantener el principio de
que la propiedad es inviolable.
Finalmente acordó reunirse nuevamente a la hora de cos
se

tumbre mañana miércoles, para continuar el estudio de la cuestión


en debate.
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI,

Edecio Torreblanca.
DÉCIMA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

20 DE MAYO DE 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui Solar, Luis Barros Borgoño,
Ramón Briones Luco, Nolasco Cárdenas, Guillermo Edwards Matte,
J. Guillermo, Guerra, Manuel Hidalgo, Romualdo Silva Cortés,
Francisco Vidal Garcés, Héctor Zañartu Prieto, y del Subsecretario
del Interior, don Edecio Torreblanca, quien actuó como Secretario ;
se abrió la sesión a las 4 P. M.

Se dio lectura y aprobó el acta de la sesión anterior, celebrada


el 19 del presente.
S. E. de la palabra para decir que de acuerdo con la Comi
usa

sión que le había confiado en compañía del señor Barros Borgoño,


se

va a proponeruna fórmula que cree que condensa el concepto cien

tífico moderno de la propiedad desde los puntos de vista político,


jurídico, económico y social. Debe declarar que esta fórmula emana
exclusivamente del señor Barros Borgoño y que, por lo que a él res
pecta, no ha hecho más que aceptarla en todas sus partes, porque
cree que la Constitución, en tal forma, se colocará a la mayor altura,

ya que definirá con claridad y precisión el concepto científico mo


derno de la propiedad. Por otra parte cree que esta fórmula cristaliza
las opiniones y los conceptos que se han vertido en el seno de la Co
misión.
Diría así:
< Artículo... La Constitución asegura a todos los habitantes
de la República:
í.5.° La inviolabilidad de todas las propiedades sin distinción
alguna.
«Nadie puede ser dominio ni de una parte
privado de la de su

de ella o del derecho que a ella tuviere sino en virtud de sentencia


judicial o de expropiación por razón de utilidad púbüca, calificada
por una ley. En este caso, se dará previamente al dueño la indemni
zación que se ajuste con él o que se determine en el juicio correspon
diente.
tEl ejercicio del derecho de propiedad está sometido a las limi
taciones o reglas que exijen el mantenimiento y el progreso del orden
social.

122 —

«En tal sentido podrá la ley imponerle obligaciones o servidum


bres de utilidad pública en favor de los intereses generales del Es
tado, de la salud de los ciudadanos y de la salubridad pública.»
Estima que esta fórmula, por otra parte, está de acuerdo con
lo que se ha hecho en la práctica y con la manera en que se ha inter

pretado el art. 5.° de la Constitución del 33.


Además de este número se agregaría otro, como art. 6.°, que
diría :
«6.° La protección al trabajo y a las obras de previsión social.
especialmente en cuanto se refieren a la habitación sana y a las con
diciones económicas de la vida en forma de proporcionar a cada
ciudadano un mfnimun de bienestar, adecuado a la satisfacción de
sus necesidades personales y a las de sus familias. La ley regulará

esta organización.
«El Estado propenderá a la división de la propiedad y a la cons
titución de la propiedad familiar.»
El señor Barros Borgoño (don Luis) agradece mucho la aco
gida que S. E. ha dispensado a la fórmula que ha propuesto y ce
lebra que ella corresponda a las opiniones y conceptos emitidos en
la Comisión.
En realidad, estas ideas tienden a consagrar la inviolabilidad
del derecho de propiedad y, en el fondo, corresponden al principio
que actualmente consigna la Constitución. El concepto de que cada
ciudadano puede usar, gozar y disponer a su antojo de su derecho
de propiedad, no puede tener sino dos limitaciones: o, más claramente
expresado el concepto, los ciudadanos no pueden ser privados de su
derecho de dominio sino por sentencia judicial o por expropiación,
declarada en conformidad a la ley. De modo, pues, que con la indi
cación que se ha leído, el derecho de propiedad queda perfectamente
garantido.
No desconoce, por otra parte, que este derecho puede estar, y
en la práctica lo está, sujeto además a otras limitaciones. Estas limi
taciones pueden ser: o de derecho civil o de derecho público. Las
limitaciones impuestas por el derecho civil se rigen por el Código
Civil, y son, en general, prestaciones mutuas, como las servidumbres,
por ejemplo. Por eso estimaren desacuerdo con el señor Guerra, que
nuestro Código Civil no contraría el espíritu de la Constitución.
Además de estas limitaciones que el Código Civil impone al
derecho de propiedad, y en que hay predio sirviente y predio domi
nante, existen otras, las que los tratadistas y jurisconsultos llaman
servidumbres de derecho público. No se trata, en este caso, de limi
taciones impuestas a un predio en favor de otro predio, sino de limita
ciones impuestas a un predio en favor del interés colectivo, del in
terés público, del interés general de la sociedad. En éstas que los

123 —

tratadistas llaman servidumbres de derecho público, no hay predio


dominante. Y, ¿cuáles son estas servidumbres? En los predios urba
nos, por ejemplo, la línea de edificación en el trazado de las calles;
la altura de los edificios, etc. En los predios rústicos, la aplicación
de las leyes sobre cementerios, sobre saneamiento, sobre regadío;
todas las leyes relativas a salubridad pública, etc.
Se dice en la fórmula propuesta:
«El ejercicio del derecho de propiedad está sometido a las limi
taciones o reglas que exigen el mantenimiento y el progreso del orden
social.»
Es decir, en forma alguna se altera la inviolabilidad del
que
dominio. Sólo limita su ejercicio. Se ha buscado esta frase para
se

encerrar más bien únconcepto de orden social antes que uno de


estricto derecho público y porque cree que dentro de este sentir, las
leyes pueden imponer al derecho de propiedad, obligaciones, cargas
o servidumbres en favor del interés general del Estado. .

'

Con este procedimiento se logra conservar el principio funda-


mental de nuestra Constitución, y se da salida a esas aspiraciones
de carácter social a que se ha referido S. E. En suma, ha tratado de
conciliar estas nuevas ideas con el derecho de propiedad y sus atri
butos de uso, goce y disposición. Se mantiene, lo repite, el concepto
de dominio, pero se le umita.
S. E. expresa que dentro de sus conceptos se dan al Estado las
facultades necesarias para imponerle al dominio las limitaciones que
correspondan al interés público. Si mañana, por ejemplo, se presenta
un problema grave sobre el combustible, que interese a la colectivi

dad, el Estado podría pedir la expropiación de las minas de carbón.


El señor Barros Borgoño (don Luis) manifiesta que en la fórmula
propuesta por el señor Guerra se contemplaba un precepto que tenía
más vinculaciones con una cuestión de carácter social que con el
derecho de propiedad. Por eso ha creído necesario consignar estas
ideas en un artículo 6.°, que diría así:
«6.° La protección al trabajo y a las obras de previsión social,
especialmente en cuanto se refieren a la habitación sana y a las con
diciones económicas de la vida en forma de proporcionar a cada
ciudadano un mínimun de bienestar, adecuado a la satisfacción de
sus necesidades personales y a las de sus familias. La ley regulará

esta organización.
«El Estado propenderá a la división de la propiedad y a la cons
titución de la propiedad familiar.»
De esta manera, podrá obtenerse la división de los predios y la
constitución de la propiedad familiar, es decir, la casa para cada
ciudadano. Estas son las ideas que ha tratado de consignar en las
fórmulas propuestas, y ojalá que cuenten con el apoyo de los demás
-
124 —

colegas de Comisión. No dejará de insistir en que ha procurado man


tener, por sobre todo, la integridad del principio sobre la inviolabi
lidad del derecho de propiedad, porque no acepta que pueda ser
vulnerado.
El señor Briones Luco (don Ramón) sólo desea manifestar su
más caluroso aplauso al señor Barros Borgoño por la redacción que
ha dado a estas ideas, redacción que traduce todo lo que aquí se ha
dicho y que corresponde, en general, a lo que el país necesita. Quiere
aplaudir, con especial insistencia, la parte final de la segunda propo
sición del señor Barros, la que propende a la división de las propie
dades y a la constitución de la propiedad familiar. Estas ideas son
un verdadero ideal social y corresponden a lo que Le Play ha llamado

«La famille souche». Este pensamiento generoso de Le Play ha cons


tituido en todos los países una de las más grandes aspiraciones so
ciales.
El señor Silva Costes (don Romualdo) hablando en su nombre
y en el del señor don Francisco Vidal Garcés, dijo que la Comisión
conferida a S. E. el Presidente de la República y al señor don Luis
Barros Borgoño y la indicación redactada y propuesta por éstos eran
factores muy importantes para la solución acertada de la cuestión
pendiente.
Respetando mucho esas opiniones y esa indicación, en la que
se observa la intención sincera de llegar a un buen resultado del

debate sobre la situación constitucional del derecho de propiedad


privada, los señores Silva Cortés y Vidal Garcés, manteniendo las
ideas que hasta hoy han expresado, necesitaban, sin embargo, estu
diar atentamente la fórmula propuesta; y pedían que se fijara la
sesión del próximo viernes 22 de Mayo para el término del debate,
ofreciendo expresar en ese día su opinión definitiva sobre esa ma
teria de tan trascendental e indiscutible importancia para el país.
S. E. dice que al estudiar esta materia con el señor Barros Bor
goño no han hecho otra cosa que inspirarse en los intereses del país
y creen que las fórmulas propuestas responden a ese interés y refle
jan el momento actual de la evolución social.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) dice que en realidad,
no se ha dado cuenta, en todos sus detalles, de la indicación pro

puesta por S. E. y el señor Barros Borgoño. Le parece, sin embargo,


que ella estará dentro del concepto que trató de explayar en otra
oportunidad. Ese concepto tendía a buscar una frontera a la acción
de la ley. Espera que esa frontera quede más o menos clara en los
términos de la indicación y que ella proporcionará los elementos de
derecho que sean necesarios para que la Corte Suprema, en su opor
tunidad, pueda determinar si una ley dictada por el Poder Legisla
tivo se ajusta o no a las disposiciones de la Carta Fundamental.

125 -

Insiste en una idea que manifestó anteriormente : esas fronteras


deben ser claras, nítidas, para que en lo futuro se pueda, sin vacilar,
declarar cuando una ley en ese punto trasgrede a la Carta Funda
mental.
Si se adoptara una fórmula vaga, no es que estime tal la solu

ción de S. E. y del señor Barros Borgoño, que no he estudiado, —

se correría el más grave de los


peligros, porque en una materia, como
ésta, del dominio, se librarían las batallas más apasionadas.
Esas batallas, esas controversias posibles, son las que con una
redacción clara y precisa pueden evitarse.
El objeto perseguido, lo repite, es el de dar un campo limitado
a la ley y un terreno firme
para que la Corte Suprema pueda pro
nunciarse sobre la eonstitucionalidad o inconstitucionalidad de las
leyes que se dicten. Cree que esto quedará establecido ampliamente
en la indicación propuesta por el señor Barros Borgoño, pero agrega

que no puede formarse un concepto exacto sin un estudio minucioso,


S. E. expresa que la indicación del señor Barros Borgoño se
amolda a la realidad legislativa nuestra, y abarca también los con
ceptos modernos sobre la propiedad. Cree que tales principios es
tampados en la nueva Constitución, harán honor a Chile.
Y sobre todo no hay que perder de vista un punto muy intere
sante de la cuestión. El país espera que la nueva Carta Fundamental
abarque en sus disposiciones los nuevos conceptos que traen dividida
la ideología mundial, nuevos conceptos que como una reacción a lo
que existió hasta ayer, puedan llevar a los pueblos a una mayor
dicha y a una mayor felicidad. ¿Y sería cuerdo dejar dentro de la
nueva Carta la base para que mañana una parte de los chilenos le

vantara como enseña de combate la derogación de principios funda


mentales que ella consignara, porque ellos no eran un avance sino
un retroceso en el camino que señala en estas cuestiones el momento

que la humanidad vive?


No. nosotros debemos adelantarnos y quitar todo pretexto para
una lucha tal de banderías ideológicas.
Que en otro campo se vaya a buscar elementos propicios para
la lucha. Que la Constitución con la sabiduría de sus principios no
los suministre.
El señor Barros Borgoño (don Luis) insinúa que una razón de
lógica aconseja que a continuación del número 5.°, que ha redactado
en compañía de S. E., se coloquen los arts. 137, 138, 142 y 143 de
la Constitución.
A continuación de ellos vendría la segunda parte de su indica
ción que tiene el número 6."
A indicación de S. E. se dio por aceptada esta proposición.
El señor Hidalgo (don Manuel) manifiesta que no espera que los

126 —

principios filosóficos que sustenta vayan a ser incorporados en la


nueva Constitución. Por eso la indicación del señor Barros Borgoño
en cuanto mantiene la inviolabilidad de la propiedad, no le satisface

en manera alguna. Ve, sí, con agrado, que se le pongan limitaciones

al derecho de propiedad, concepto que, a su juicio, tiene todavía una


larga evolución que hacer.
La propiedad como instrumento del bien general, como un me
dio para realizar el bienestar de la colectividad, así la entienden los
hombres que en estos momentos luchan por el advenimiento de me
jores días para la humanidad. ¿Tardarán ellos mucho en llegar? No
lo sabe, pero recuerda lo que pasó con los principios de la Revolución
Francesa. Triunfaron primero dentro de la Francia. Parecieron sufrir
una desviación dentro del Directorio y el Consulado y morir con el

Imperio. Pero no era así, las águilas victoriosas de Napoleón los sem
braron a los cuatro vientos de la Europa monárquica y absolutista,
Y cuando éste cayó vencido por los reyes de derecho divino en Wa-
terloo, no eran los principios de la Revolución los que morían, sino
su propia tiranía, su propio absolutismo.

Los principios de la Revolución siguieron obrando y transfor


mando los gobiernos y las instituciones y creando para las sociedades
nuevas fórmulas de mayor respeto humano y de mayor felicidad.

Idéntica cosa pasará con la Revolución Rusa, sus grandes prin


cipios de justicia humana no perecerán, seguirán obrando y creando
en las sociedades actuales nuevos cauces, nuevas sendas que lleven

a la humanidad a una etapa de mayor dicha.

Termina expresando que hay conveniencia en que los principios


constitucionales que se establezcan sean tales que en ninguna opor
tunidad sirvan como enseña de combate para los movimientos polí
ticos electorales. Que se adelanten a una evolución que fatalmente
tiene que venir, que le ganen el quien vive a los acontecimientos,
para que la lucha no se trabe dentro de la Carta Fundamental sino
fuera de ella.
Dada la importancia trascendental de la materia, se acordó
pronunciarse en definitiva sobre las fórmulas redactadas por S. E.

y el señor Barros Borgoño en la próxima sesión que deberá verifi


carse el viernes 22 del actual a la hora de costumbre.

Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI,

Edecio Torreblanca.
UNDÉCIMA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

22 de mayo de 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui Solar, Luis Barros Borgoño,
Ramón Briones Luco, Nolasco Cárdenas, Guillermo Edwards Mat
te, J. Guillermo Guerra, Manuel Hidalgo, José Maza, Ministro de
Justicia, Romualdo Silva Cortés, Francisco Vidal Garcés, Eliodoro
Yáñez, Héctor Zañartu, y del Subsecretario del Interior, don Ede
cio Torreblanca, quien actuó como Secretario; se abrió la sesión a
las 4 P. M.
Se leyó el acta de la sesión anterior.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) manifiesta que en la
reunión anterior hizo presente que esperaba que el estudio de la
proposición del señor Barros Borgoño le hiciera formarse la convic
ción de que efectivamente fijaba una frontera precisa; pero no quiso
anticipar una opinión al respecto. Expresó una esperanza respecto
de la idea general del señor Barros, pero sobre los detalles de la indi
cación, quedó de estudiarla para formarse concepto cabal con pos
terioridad a la reunión.
Con esta salvedad se dio por aprobada el acta.
S. E. pone en discusión las indicaciones formuladas por él y el
señor Barros Borgoño que quedaron para ser resueltas en la presente
sesión.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) pidió la palabra para de
cir que él y el señor Vidal Garcés aceptaban en general la indicación
de S. E. el Presidente de la República y del señor Barros Borgoño, no
obstante haber manifestado su preferencia por el mantenimiento de
la redacción existente en la Constitución de 1833, del inciso 5." del
art. 10.
La circunstancia de que se conserve la sustancia o materia prin
cipal del precepto sin variación, unida a la necesidad nacional de
que se llegue a un resultado en la forma más satisfactoria posible
en esta Comisión de miembros de las más variadas y hasta contra
dictorias opiniones, los induce a tal aceptación.
Sin embargo, en particular quiere aún presentar algunas indi
caciones que tienden a mejorar la reforma o, por lo menos, a que

128 —

quede constancia de lo que expresa, en la historia fidedigna del esta


blecimiento de la misma.
Cree que conviene unir los incisos tercero y cuarto para que
formen uno solo, a fin de que las limitaciones y reglas sean las cargas
u obligaciones y las servidumbres; y no se preste la disposición a

interpretaciones o extensiones que no correspondan a lo concreto y


preciso que se trata de establecer.
Prefiere que se diga «cargas» y no «obligaciones», porque esta
palabra es menos adecuada y compresiva que aquélla para Jos fines
de que se trata.
En la determinación de la indemnización, prefiere que se diga
«por el Tribunal de Justicia correspondiente» y no «en un juicio».
En orden al inciso tercero que se refiere al ejercicio del derecho
en sus relaciones con el orden social, observó que hay casos particu
lares en los que
procede la indemnización previa, cuando se origina
con esas limitaciones o reglas una exacción o disminución de patri
monio, del goce o de otros elementos del derecho. Convendría repe
tirlo, aunque la indemnización esté claramente ordenada en el inciso
anterior para todos los casos que signifiquen expropiación.
Recomienda a S. E. y al señor Barros Borgoño esas indicacio
nes, que pueden, a su juicio, mejorar la proposición.
Repitió que, estando debidamente consideradas la inviolabilidad
y las garantías de las propiedades y pensando en la necesidad y en
la urgencia de avanzar en la preparación de las reglas o preceptos
constitucionales, creyendo haber cumplido su deber del mejor modo
posible en este largo y difícil debate, en nombre de su colega el señor
Vidal Garcés y en su propio nombre acepta, en general, la proposi
ción de transacción de S. E. y del señor don Luis Barros Borgoño.
El señor Yañez (don Eliodoro) expresa que por no haberle
sido posible asistir a las últimas sesiones, no puede tal vez apreciar
con exactitud los fundamentos de la proposición que acaba de
leerse, pero cree del caso dejar constancia de algunas ideas, por la
importancia de la materia en estudio, Ante todo declara que no es

su ánimo oponerse a su aceptación, pues su alto origen ya la reco


mienda y le da el carácter de una solución comprensiva de las di
versas ideas manifestadas en el curso del debate, y, además, en su

primera parte consulta la inviolabilidad del derecho de propiedad


en términos análogos a los que por su parte había propuesto, para

mantener en su integridad el precepto constitucional,


Su disidencia, que es tal vez más de forma que de fondo, nace
de que domina en la Comisión un concepto diverso del que por su
parte tiene del Derecho Constitucional. A su juicio, la Constitución
debe limitarse a establecer la forma del Estado y la organización y
atribuciones de los Poderes Públicos por medio de los cuales se ejerce

129 —

la autoridad y a garantir los derechos políticos y las libertades públi


cas, para dar a los ciudadanos un derecho que esté por encima de la
ley y el Poder Ejecutivo.
La conveniencia de mantenerse dentro de estas normas nace no
sólo de una consideración de principios, sino del interés de no inmo
vilizar otros aspectos de la vida de los pueblos que están sujetos a
incesantes transformaciones y que, por eso mismo, son más propios
de la acción del legislador.
El derecho público interno, en su aspecto de derecho constitu
cional, mira en realidad a la organización política de la sociedad y
no debe confundirse con los intereses propios de la vida social o del

régimen económico del país. Estos últimos son por su naturaleza


esencialmente variables y deben, por consiguiente, ser reglados por
leyes que en cada caso aprecien las circunstancias que las motivan,
Comprende que ante la importancia y magnitud de los problemas
que suscita incesantemente la vida social y el régimen económico
del país, puedan consignarse en una Carta Constitucional ciertas
normas generales que siempre tendrán sólo el carácter de aspiracio

nes transitorias, pero le parece un peligroso error ligarlos al concepto

de propiedad y hacer aparecer este derecho en sus bases constituti


vas, ccfmo subordinado a esos intereses. Son numerosas las atribu
ciones y funciones que corresponden al Estado moderno en el orden
cultural, económico y social y aun en el cuidado de los intereses mo
rales, pero todos ellos entran más propiamente en otra rama del
derecho púbUco y deben ser objeto de leyes complementarias o gene
rales para afirmar el sentido en que los gobernantes deben ejercer
el poder. Pero las leyes constitucionales que forman la base del de
recho público deben ser colocadas por encima de estos intereses y
lejos, en lo posible, de las fluctuaciones políticas, de las contingencias
sociales o económicas y délas luchas de partido; no tanto, repite
porque estas materias no sean de primordial importancia, sino por
que ellas son esencialmente mudables o transitorias y, en cambio,
la estabilidad es uno de los caracteres fundamentales de toda ley
constitucional. De aquí las trabas que siempre se establecen para su

revisión o modificación.
Estaconcepción del Derecho Constitucional no es tal vez la que
prevalece en el seno de la Comisión, y por eso, sin oponerse a la
fórmula propuesta, ha creído necesario dejar a salvo su manera de
ver en estas materias; por tal motivo insinúa la conveniencia de

establecer en un título aparte todo lo que se refiera a la vida social


o al régimen económico del país.

Hay a este respecto, un conjunto de aspiraciones umversalmente


aceptadas y que en gran parte están incorporadas en nuestra legis
lación, o constituyen normas de gobierno a que los Poderes Públicos
(Actas 0)

130 —

se vienen ajusfando, para satisfacer las necesidades y legítimas exi


gencias del pueblo ; pero mezclar todo esto con el régimen de la pro
piedad, establecerlo como una subordinación del principio de la in
violabilidad, le parece una confusión de ideas enteramente incom
patible con los principios constitucionales.
Cree que, con el muy buen propósito, como aparece de la indi
cación del señor Edwards Matte, de que el derecho de propiedad no
puede ser afectado sino en los casos y para los fines que indica en su
proposición, se van a consignar reglas que no tendrán en forma al
guna el alcance taxativo que hoy se les atribuye, a fin de pro
curar en forma indirecta una limitación de las facultades legislati

vas del Congreso, sino que el significado de reglas enunciativas, que

abrirán las puertas para dar al derecho de la propiedad un alcance


contrario al que se persigue.
En su concepto, y a esto obedece la proposición que hizo, por
su parte, el derecho de propiedad debe fundarse en su inviolabilidad

absoluta, sin otra limitación que el derecho de expropiación por


causa de utilidad pública o por sentencia judicial, limitación esta

última que en realidad no es necesario consignar en la Constitución,


porque el fallo de los Tribunales es sólo solución de conflictos de
derecho en relación con el dominio.
Aun dentro de las tendencias más avanzadas de los pueblos bien
organizados no se admite que se socave el derecho de propiedad en
bus bases fundamentales, porque esto equivaldría a un brusco tras
torno de todos los intereses sociales y de la organización misma de
los Estados. Pero nadie puede tampoco negar que el ejercicio de este
derecho impone deberes, porque aparte de no existir, ni poder recla
marse el derecho al abuso, el propietario no es un ser aislado en la

sociedad, ni puede prescindir de ella, sino que es un hombre que


forma parte de un organismo social y como tal, tiene deberes perso
nales, deberes sociales y deberes de ejercicio de su derecho de pro
piedad. Estos deberes, en lo que a la propiedad se refieren, pueden
ser señalados en la ley por razones de utilidad pública, para afirmar

el principio de la inviolabilidad y dar garantía de que esos deberes


no serán impuestos al propietario sino por causas tan legítimas como

las que justifican la expropiación forzada.


Este era el alcance y sentido de la proposición que formuló en
una sesión anterior.
S. E. cree que es muy difícil apreciar dónde concluye el derecho
de propiedad y empieza el régimen económico social en el derecho
público, tanto como -i quisiéramos trazar la línea que separa la luz
de la sombra, como dijo el poeta.
Considera que el régimen económico de este país está absoluta
mente vinculado con el régimen de propiedad.

131 -

El señor Edwards Matte (don


Guillermo) dice que está de
acuerdo S. E. No ha podido encontrar Ja frontera que separa el
con

régimen económico y el derecho de propiedad, que es su fundamen


to. No pueden separarse ideas no sólo ligadas sino interdependientes,
La misma indicación del señor Yáñez lo demuestra. Esa indicación
afirma el concepto de la propiedad, y a renglón seguido habla de los
deberes que ella impone y que se refieren al régimen económico; no
ha habido modo de aislarlo del concepto del derecho mismo.
Pasando a ocuparse de las indicaciones propuestas debe expre
sar que al estudiar la del señor Yáñez observó que, establecer idea

de deberes, sin precisar el campo de acción de estos últimos tenía


dos inconvenientes: 1.°, que no se pone una valla para la acción de
la ley, y 2.°, que no se expone francamente el concepto doctrinario
con que se fijan esos deberes. Precisamente, al revés de lo que él ha

procurado al presentar su indicación,


Su deseo es limitar en forma clara la facultad del legislador en
cuanto al establecimiento de deberes respecto del derecbo de pro
piedad ; y exponer las cosas concretamente, a fin de no alarmar a los
propietarios, ya que es preferible para todos que se conozca la ver
dadera y real doctrina que la Constitución adopta al crear limita
ciones al derecho de propiedad y que no es otra que consagrar en su
texto la legislación obrera, las servidumbres legales, la prohibición
a la usura y el establecimiento del deber de cultivar el suelo. Estas
limitaciones, ya existentes en la
ley, encontrarían su expresión en la
Constitución. Y no hay peligro alguno en decirlo. En lo que sí ha
bría peligro, sería en decir que hay limitaciones y no explicar cuáles
son.

El señor YÁñez (don Eliodoro) manifestaba que la necesidad


pública podría obligar después al legislador a salirse del mareo del

artículo constitucional. El señor Edwards no cree que en un régimen


normal necesite el legislador salirse de las atribuciones que le da la
Constitución.
Ahora, si la enumeración es incompleta, lo que procede hacer
es completarla. Medios va a dar la propia Constitución, para ser
reformada por las vías normales.
Ha tomado como base la indicación del señor Yáñez porque es
la que en forma más sencilla y con redacción más apropiada, ence
rraba el concepto predominante en el seno de esta Subcomisión y
que contempla o consagra la verdadera doctrina del derecho de
propiedad.
agregado sólo el campo de acción de la
A esta indicación ha
ley. Y para ello ha recurrido a la enumeración.
Lo que pudiera ser alarmante, para el derecho de propiedad,
sería consignar esta enumeración como una limitación a ese derecho:
~
132 -

pero establecerla como una para las limitaciones que se le


frontera,
pueden hacer, es la forma de evitar el peligro, ya que se lograría
mantener a la propiedad en un terreno perfectamente sólido, garan
tizado constitucionalmente.
Esto es, pues, una seguridad en vez de un peligro.
Al redactarla sí que ha tenido la precaución de ser bien amplio,
porque ha querido estampar términos más o menos generales las
en

reglas establecidas leyes sociales dictadas en los diver


por todas las
sos países, tomando también en consideración las ideas vertidas en

la Subcomisión sobre cultivo del suelo, servidumbres legales, prohi


bición de las industrias contrarias a las buenas costumbres, etc.,
muchas de las cuales ya figuran en nuestras leyes.
Ha querido, en resumen, hacer una definición completa del
verdadero concepto moderno del derecho de propiedad. La indica
ción presentada por el señor Barros Borgoño tiene también, eviden
temente, el propósito de establecer una barrera a la ley y por esa
razón dice: «En tal sentido podrá la ley, etc., etc.»
En la redacción del señor Barros Borgoño observa, desde luego.
la similitud de los conceptos: «la salud de los ciudadanos® y «la salu
bridad pública». Parece que esta última comprendiera a la primera.
El señor Barros Borgoño (don Luis) manifiesta que son dos
cosas completamente distintas la salubridad pública y la salud de
los ciudadanos, y, por consiguiente, se podrían emplear los dos tér
minos.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) dice que en cuanto
ala frase allí consignada: dos intereses generales del Estado», es muy
vaga. En tiempos de elecciones la emplean invariablemente y para
expresar los objetivos más opuestos los candidatos de las filas más
adversas.
¿No se podrá decir en favor de cualquiera limitación que se
quiera imponer al derecho de propiedad, que es una obligación de
utilidad pública en favor de los intereses generales del Estado? Y
con esto, ya no habría límite claro para el legislador.
Para evitar este inconveniente es que propone que se enumere.

Se hacen tres objeciones a la enumeración: primero, que se la


considera demasiado larga. Pero hay varias Constituciones más lar
gas que la nuestra y, en todo caso, es preferible un texto extenso

con tal que sea bien claro. Segundo, que la enumeración es incom

pleta. Completándola con los conceptos de seguridad y salubridad


pública y algún otro que se haya omitido, se obviaría ese defecto.
Por último, se agrega que es peligrosa. Ya ha manifestado antes que
no puede considerarse peligroso este concepto, porque la consagra

ción de un estado de cosas existentes, como lo dijo en una reunión


pasada S. E. el Presidente de la República, no puede considerarse

133 —

un peligro, siempre que no se dé margen para que los agitadores


puedan afirmar que no se cumple la Constitución, que dentro de lo
dispuesto por la Carta Fundamental cabe hacer alteraciones profun
das del orden social, y que la doctrina constitucional ha quedado a
medio camino por cobardía o inacción de los legisladores. Desea que
no se pueda decir esto, y que, cuando se quiera agitar o cambiar el

orden social se necesite decir: «Cambiemos la Constitución^. Y así


habrá mayor estabilidad, porque es mucho más difícil y se necesita
un fundamento mucho más sólido y positivo, para hacer una cam

paña destinada a reformar la Constitución, que una que tenga por


fin desprestigiar un régimen o un Gobierno, afirmando que la Cons
titución está sin cumplirse.
Ha reiterado esta idea para ver modo de buscar soluciones que
satisfagan^ en lo posible, las diversas y patrióticas aspiraciones que
parten de los distintos campos y que en muchos casos coinciden.
Por eso se permitiría pedir que se reemplazara en la indicación del
señor Barros Borgoño la frase ^los intereses generales del Estado .

por una enumeración franca o por una fórmula de contornos perfec


tamente definidos.
S. E. volviendo al análisis de las indicaciones presentadas, cree
que el concepto que proponen los señores Vidal Garcés y Silva Cortés
puede ser una garantía en cuanto se refiere a casos determinados,
pero no un modo de limitar la forma en que la ley puede imponer
deberes.
El señor Yáñez (don Eliodoro) dice que no quiere prolongar este
debate, que considera prácticamente agotado, y sólo lamenta no
haber sido bastante explícito en sus apreciaciones anteriores. Ve sí
que, en el fondo, todos los miembros de la Comisión están de acuerdo
en el principio de la propiedad inviolable, salvo el caso de la expro

piación forzada.
Declara que sus observaciones no se inspiran en temor a la
evolución social que hoy agita el mundo civilizado, sino en la idea
bien arraigada que tiene de que la sociedad moderna, en sus múl
tiples y valiosos intereses, está cimentada en el derecho de la pro
piedad y que a su subsistencia está vinculado el trabajo, la industria,
el comercio, el crédito y la riqueza de las naciones. No mira con temor
la evolución social porque participa de muchas de sus ideas y la
experiencia enseña que lo que hoy se estima un peligro es más tarde
la solución de problemas que agitan la vida de los pueblos. Pero
cree que para que esa evolución se opere en forma útil y justa es

indispensable resguardar fuertemente el derecho de propiedad, para


que sobre esta base se efectúen las transformaciones del porvenir.

Pero si en el día de hoy aparecemos directa o indirectamente


socavando ese derecho o subordinándolo en su base a las contingen-
-
134 -

cias de la vida social o las conveniencias del régimen económico, no


haremos sino estimular y agravar las perturbaciones sociales, sin
darles solución. El crédito del país y la estabilidad de los negocios,
ya bastante afectados, encontrarían en esto un nuevo motivo de
alarma.
La Constitución no puede ni debe pretender ser una valla a esa
evolución, pero puede trazar normas para que ella se desarrolle sin
minar los cimientos en que hoy descansa la organización social, pues
hasta ahora no se presenta otra base, ni nuestro país está preparado
para modificarla. Por eso cree que la Constitución debe mantener

en términos absolutos el derecho de propiedad, sin someterlo a si


tuaciones sociales o económicas que deben considerarse y reglarse
por la ley dentro de ese principio.
El sensible desacuerdo en que se encuentra con el señor Edwards
Matte y, en parte, con la proposición leída en esta sesión, es debido
a que se cree que de ese modo se ponen limitaciones a los futuros
Congresos, ante el temor de que en ellos puedan llegar a dominar
tendencias marxistas o comunistas. Pero por su parte piensa que
si tal cosa ocurre, si el país organiza sus poderes públicos sobre esa
base y adopta ese régimen, la Constitución misma sería letra muerta
y nada de lo que hoy se establezca sería considerado.
Pero, a su juicio, el señor Edwards Matte, con los términos de
su indicación, no haría otra cosa que abrir la puerta a los intereses

y tendencias que desea combatir, pues en ningún caso las reglas que
agrega al ejercicio del derecho de propiedad serán consideradas como
taxativas, sino como enunciación de los intereses a que estará some

tida la propiedad.
Agrega el señor Yáñez que, por su parte, se ha limitado a hablar
de «deberes», porque esto responde al sentido de nuestra legislación
y a la evolución progresiva de la sociedad moderna. A su juicio el
concepto individualista del ejercicio del derecho de propiedad, que
llevaba a autorizar el abuso, ha sido reemplazado por un concepto
más amplio que contemple el derecho de la colectividad y da a los
intereses sociales su legítima influencia.
Manteniéndose en este concepto de los deberes que afectan en
un sentido o en otro a todos los miembros de una sociedad, no es

menester considerar el caso de la indemnización porque ella no cabe


cuando se trata de cumplir un deber. Se exige sólo que la ley pueda
mezclarse en los intereses privados y reglar el ejercicio de un derecho
tan sagrado como es el de la propiedad cuando una consideración
de utilidad pública lo justifique.
Xo hay en esto vaguedad, como se ha insinuado en sesiones
anteriores, porque tratándose de intereses en constante desarrollo,
sería del todo estéril entrar en especificaciones que serían siempre

135 —

incompletas, y basta referirse a un concepto que por su naturaleza


es bastante preciso, pues la idea del deber no puede prestarse a incer-
tidumbres, sobre todo si como en el caso de la fórmula propuesta se
exige calificación de la ley y razón de utilidad púbhca.
Repite que, a su juicio, su disentimiento con las opiniones ma
nifestadas nace sólo de una diversidad de conceptos entre lo que debe
ser el régimen de la
propiedad dentro de los principios constitucio
nales y lo que son los intereses ligados a la vida social o al régimen
económico del país.
Es por eso que desea que se aclaren bien las ideas, y se eviten
confusiones que puedan estimarse como un camino fácil para soca
var en el presente o en el futuro un derecho como es el de
propiedad,
que es la base fundamental de la sociedad moderna y a que están
estrechamente vinculados el orden social y la estabilidad del tra
bajo, de la fortuna y de la familia. La evolución que se teme, hecha
sobre esa base, no tendrá sino beneficios para el bienestar general
y para el progreso del país.
S. E. dice que quiere llamar la atención del señor Yáñez sobre
una sola cosa. Y es que dentro de la indicación del señor Barros Bor

goño está absolutamente contemplado todo lo que ha dicho el señor


Yáñez, porque allí no se mezcla el derecho de propiedad con el régi
men económico, que están separados en la indicación,

Estamos en el capítulo cuarto, que habla del derecho público


de Chile y dentro del artículo 10 estamos definiendo cuáles son estos
derechos garantizados por la Constitución. Así el número 5.° define
lo que se entiende por derecho de propiedad. Después de ese número
5.°, dice la indicación del señor Barros Borgoño, deben seguir los
actuales artículos: 137, que trata de la inviolabilidad de la habita
ción; 138. de la inviolabilidad de la correspondencia epistolar y tele
gráfica; 142, que garantiza la libertad de trabajo o industria, y 143,
que asegura la propiedad intelectual e industrial. Y, después de esto,
propone el señor Barros Borgoño un nuevo número en que trate del
régimen económico, que no se confunde sino que se separe de lo an
terior. Las ideas del señor Yáñez están, por consiguiente, contem
pladas.
Agrega S. E. que él aceptó la indicación del señor Edwards y
que recomendaría como transacción la del señor Yáñez y la del señor

Barros Borgoño y él, porque estima, finalmente, que no hay peligro


ni en la una ni en las otras.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) dice que lo más ex
traño es que la idea que él considera que da mayor garantía es la
que inquieta al señor Yáñez.
i'Se suspende la sesión por un momento por tener que ausen
tarse de la sala S. E. el Presidente de la República).

136 —

Reabierta la sesión, se acordó dar por terminado el debate,


aceptándose la indicación de S. E. y del señor Barros Borgoño, que
dando los incisos tercero y cuarto del número 5.° del artículo 10 de
esa indicación, unidos por la conjunción
«y», como lo propusieron
los señores Silva Cortés y Vidal Garcés.
El señor Barros Borgoño don Luis dice que respecto de la otra
indicación de los señores Silva Cortés y Vidal Garcés, para fijar
indemnizaciones, ésta sólo procedería en casos muy limitados y
cuando se refiriera a una medida de carácter particular, que impor
tara una privación casi absoluta del goce y que en tal caso, ello
tendría el alcance de una expropiación que estaría sujeta a indem
nización.
En esta misma inteligencia se manifestaron los demás miembros
de la Comisión.
Finalmente se acordó que la próxima sesión tuviera lugar el
martes 26 a las 3.30 P. M-, quedando en tabla la continuación del
artículo 10 y el capítulo IX, que se refundirá con el IV,
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca.
DUODÉCIMA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

26 de mayo de 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui Solar, Luis Barros Borgoño,
Ramón Briones Luco, Nolasco Cárdenas, GuillermoEdwards Matte,
J. Guillermo Guerra, Manuel Hidalgo, José Maza, Ministro de Justi
cia,Pedro N. Montenegro, Romualdo Silva Cortés, Francisco Vi
dal Garcés, Eliodoro Yáñez, Héctor Zañartu Prieto, y del Sub
secretario del Interior, don Edecio Torreblanca quien actuó como
Secretario; se abrió la sesión a las 4 P. M.
Se dio lectura y se aprobó el acta de la sesión anterior, celebrada
el 22 del actual.
El señor Edwards Matte (don. Guillermo) dice que desea precisar
el concepto en que prestó su aprobación a la indicación propuesta
sobre la propiedad. Está cierto, por el debate producido, que su
concepto es el mismo que tiene casi toda la Comisión.
Queremos traducir, dice, en una fórmula constitucional, la ma
nera cómo la sociedad contemporánea de los
países civilizados en
tiende el concepto de la propiedad, estableciendo la garantía de sus
derechos y consignando expresamente sus deberes. En lo primero se
comprende ampliamente la disposición, el uso y el goce legítimos de
las cosas a voluntad de su dueño. En lo segundo, se persigue el único
objeto de impedir los abusos del propietario en su carácter de tal,
Se ha considerado abusos:
1." El aprovechamiento o explotación de la propiedad por los
medios inhumanos que los países civilizados impiden por medio de
lo que se ha llamado legislación social obrera ;
2° La destinación de la propiedad a objetos que afecten la se
guridad pública, la salubridad, la moral o las buenas cosí unibles, y
3." El no darle destino útil para su dueño y para la riqueza
general, permitiéndolo sus condiciones naturales y económicas y sólo
por omisión voluntaria del propietario.
S. E. pregunta a los señores Silva Cortés y Vidal Garcés si in
sisten en lo relativo al cambio de la palabra «obligación» por «carga»
y, a fin de aclarar los conceptos, lee las siguientes definiciones que
da el diccionario Eseriche :

138 —

Un vínculo del derecho que nos constituye en la


Obligación. —

necesidad de dar o hacer alguna cosa.»


Carga.— El tributo o gravamen impuesto sobre las heredades
*

de tierras, casas y haciendas.»


En su sentir, la palabra «carga» se refiere más bien a las cosas,
En cambio, la palabra «obligación» tiene un concepto más amplio,
es más
jurídica y por lo tanto más propia para el objeto en que se
la desea emplear.
Los señores Silva Cortés y Vidal Garcés expresan que no insis
ten en su indicación.
S. E. continuando, manifiesta que a su juicio y por lo ya acor
dado, deben ir a continuación del número aprobado los siguientes
artículos, que están consignados en la actual Constitución:
<Art. 137. La casa de toda persona que habite en territorio
chileno, es un asilo inviolable, y sólo puede ser allanada por un mo
tivo especial determinado por la ley, y en virtud de orden de auto
ridad competente.»
-Art. 138. La correspondencia epistolar y telegráfica es invio
lable. No podrá abrirse, ni interceptarse, ni registrarse los papeles o
efectos, sino en los casos expresamente señalados por la ley». Aquí
sólo se han agregado, después de Ja palabra epistolar , las palabras
«y telegráfica».
«Art. 142. Ninguna clase de puede ser pro
trabajo o industria
hibida, a menos que se oponga a las buenas costumbres, a la seguri
dad, o a la salubridad pública, o que lo exija el interés nacional, y
una ley lo declare así.»

«Art. 143. Todo autor o inventor tendrá la propiedad exclu


siva de su descubrimiento, o producción, por el tiempo que le conce
diere la ley; y si ésta exigiere su publicación, se dará al inventor la
indemnización competente.»
A continuación iría como número nuevo del mismo art. 10, el
siguiente, aprobado en la sesión pasada y que formaba parte de la
indicación que formuló con el señor Barros Borgoño:
-N." 7. .La protección al trabajo y a las obras de previsión
. .

social, especialmente en cuanto se refieran a la habitación sana y a


las condiciones económicas de la vida, en forma de proporcionar
a cada ciudadano un mínimo de bienestar, adecuado a la satisfacción

de sus necesidades personales y a las de su familia


La ley regulará esta organización.
«El Estado propenderá a la división de la propiedad y a la cons

titución de la propiedad familiar.»


Siguiendo la discusión del art. 10, S. E. propone que el actual
en

N.° 6.° se divida en los N.09 8." a 11. °, redactándolos en la siguiente


forma:

139 —

■;N.U 8." El derecho de reunirse sin permiso previo y sin armas:


en las plazas, calles demás lugares de uso público, las reuniones
y
se ajustarán siempre las disposiciones de policía:
a

N." 9.° El derecho de asociarse sin permiso previo y en con


formidad a la ley;

*N." 10." El derecho de presentar peticiones a la autoridad cons


tituida sobre cualquier asunto de interés público o privado, sin otra
limitación que la de proceder en su ejercicio en términos respetuosos
y convenientes;
N." 11.° La libertad de enseñanza.»
Al proponerse este último número, el señor Amuxátegui (don
Domingo) manifiesta que la libertad de enseñanza que la Constitu
ción asegura, existe en la realidad de los hechos. Que en lo que no
existe libertad absoluta es en el ejercicio de ciertas profesiones, como
las de Médico y Abogado. Pero que-esto no es raro, porque no hay
más que una Escuela de Medicina en Chile que titule Médicos. En
cuanto a los Abogados, el ejercicio de la profesión est á reservado a los
titulados sólo desde la segunda instancia, y aun en ésta, cualquiera
puede hacer su propia defensa. Además, en todo caso, estas restric
ciones obedecen a razones de otra índole.
El señor Hidalgo (don Manuel) cree qué habría conveniencia
tal vez en consignar una disposición que figura en la Constitución
Alemana y que, a su juicio, nos llevaría a la verdadera democrati
zación del país. Tal es la que establece que sólo el Estado puede
proporcionar la educación primaria.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) responde que la instruc
ción pública es un fin social y no un fin político del Estado, y esto,
porque corresponde más ampliamente a la sociedad que al mismo
Estado, el cual debe, naturalmente, dedicar actividades a tal fin,
con la atención preferente que requiere, pero respetando el derecho
de la sociedad ; y, como la sociedad civil se compone de un conjunto
de sociedades domésticas o familias, deben respetarse la instrucción
y la educación privada, los derechos de la sociedad y los de los padres
de familia. Se opone a la indicación del señor Hidalgo y cree que no

se debe aceptar jamás la idea de que el Estado tenga el monopolio


de la enseñanza pública, sea ésta primaria, secundaria o superior.
S. E. manifiesta que él fué uno de los sostenedores más decidi
dos de la idea de entregar al Estado el monopolio de la enseñanza
primaria, y de que ésta debiera ser laica, gratuita y obligatoria, pero
que después, en la práctica del Gobierno, palpando más de cerca las
necesidades del país, ha comprendido que, por el momento, no es
oportuno el establecimiento de una disposición semejante, porque
ho hay todavía ni recursos ni nivel cultural suficiente para que el
Estado pueda por sí solo realizar una obra eficaz en este sentido.

140 —

Por eso cree que está bien la disposición constitucional y que debe
dejarse a la ley el establecimiento de las modalidades de la materia,
y pide al señor Hidalgo que no insista en su indicación.
El señor Hidalgo (don Manuel) observa que los males que se
notan en la enseñanza fiscal provienen de los planes o métodos de
estudio defectuosos, pero no del hecho de estar encomendada al
Estado.
El señor Guerra (don J. Guillermo) disiente en absoluto de la
opinión del señor Silva Cortés. Cree que la instrucción pública es
una de las funciones esenciales del Estado y no una actividad com
plementaria destinada a cooperar a la difusión de la enseñanza sólo
en forma supletoria de las iniciativas privadas.
Participa de las ideas
expresadas por el señor Hidalgo, pues estima que la instrucción pri
maria es función privativa del Estado, pero a la vez, cree que una
reforma de esta naturaleza encontraría serios obstáculos.
El señor Briones Luco (don Ramón) hace presente que en la
Constitución del Brasil se contempla una declaración que podríamos
acoger y que dice así: «la enseñanza será laica en las instituciones
públicas».
El señor Silva Cortés (don Romualdo) dice que a su juicio,
tampoco se puede aceptar lo que propone el señor Briones Luco, y

que considera esto más grave aun que lo propuesto por el señor Hi
dalgo. El no comprenderá jamás que se pretenda establecer ins
trucción pública laica, y como sus creencias y opiniones son cono
cidas, la Comisión no puede extrañarse de que las manifieste.
El señor Barros Borgoño (don Luis) estima que sería com
plicar y perturbar el ambiente tranquilo y patriótico en que se es
tán discutiendo estas materias de interés público, si se insistiera en
establecer doctrinas que despiertan tan marcada resistencia y que
dividen en forma tan profunda las opiniones. Cree que no debe in
tercalarse en este título que consagra las libertades públicas ninguna
disposición que vaya en menoscabo de esas libertades.
S. E. reitera la conveniencia de dejar el precepto constitucional
en la forma en que está concebido, agregando que más tarde la ley

puede considerar las ideas del señor Hidalgo.


El señor Hidalgo (don Manuel) pide que quede testimonio de
su opinión en el sentido de que la instrucción primaria debe darla ex

clusivamente el Estado, pues teme que estableciendo en la Consti


tución la libertad de enseñanza en términos absolutos, más tarde
no sea posible limitar por ley esta libertad.
El señor Barros Borgoño (don Luis) insiste en que si se pro
cediera en la forma solicitada por el señor Hidalgo, en vez de garan
tizar una libertad en la nueva Constitución, habríamos limitado una
libertad ya entente.
141
- -

Agotado el debate, se acordó aceptar las indicaciones de S. E.,


¡salvando su opinión, en lo que se refiere a libertad de enseñanza, los
señores Hidalgo y Briones Luco.
Se entró a discutir el N.° 7.° del art. 10.
S. E. propuso redactarlo en la forma siguiente:
■<N." 12.° La libertad de emitir, sin censura previa, su pensa
miento, de palabra o por escrito, por medio de la prensa o de cual
quier otro procedimiento, y sin perjuicio de responder de los abusos
de esta libertad, en los casos determinados por la ley.»
S. E. manifiesta que ha redactado este número en forma idén
tica a la consignada en la Declaración de los Derechos del Hombre
en la Revolución Francesa.

Esta disposición, agrega S. E., se conforma con el principio ge


neral de que la libertad tiene como límite el derecho ajeno, y deja
al legislador la facultad de reglamentar la libertad de prensa.
El señor Silva Cortés (don Romualdo I dice que la institución
del «jurado» y, en general, el precepto constitucional de 1833, eran
muy buenos para garantizar la manifestación de opiniones políticas,
científicas, filosóficas o morales; pero que en la práctica no habían
sido eficaces para evitar ni para castigar las injurias, calumnias y
ofensas a las personas, ni los ultrajes a la moral. No le parece mal,
pues, que se estudie la reforma del precepto vigente.
El señor Hidalgo (don Manuel) cree que la disposición consig
nada en la Constitución de 1833 es más liberal que la contemplada

en la Declaración de los Derechos del Hombre, lo que se explica por


que la Constitución vigente se dictó con posterioridad a la referida
Declaración.
El señor Zañartu (don Héctor) observa que hay Constitucio
nes menos antiguas que la nuestra que contienen principios y pre
ceptos más severos contra los abusos de la libertad de imprenta.
S. E. agrega que en todo el mundo hay en estos momentos una
reacción bien notable contra el abuso de las libertades, y para afirmar
su aserto, recuerda los propios términos de la nueva Constitución
Rusa, que él no estaría distante de aceptar en esta materia y qu^
«stableeen un fuerte control y disposiciones bien severas para las
extralimitaciones de la libertad de imprenta.
El señor Briones Luco (don Ramón) manifiesta que hay que
contemplar dos aspectos en los abusos de la libertad de imprenta: los
que ofenden y afectan a -particulares y los que se refieren a ideas
políticas o doctrinarias en general. Tratándose de los primeros, es
natural que se recurra a los Tribunales en demanda de reparación y
justicia; tratándose de los otros, se inclina a mantener la libertad
amplia que ha existido.
El señor Maza (don José) Ministro de Justicia, hace presente
- —
142

que de acuerdo con el decreto-ley dictado sobre la materia y en actual


vigencia, es la Corte de Apelaciones la que resuelve como jurado,
en conciencia, todo reclamo interpuesto al respecto, con lo cual se

garantiza la seriedad y justicia del fallo.


S. E. manifiesta que con la- redacción que ha propuesto, no se
contradice la opinión del señor Briones Luco. Se deja a la ley la obra
de determinar la forma en que deben perseguirse los delitos de im
prenta, la calificación de los abusos y la fijación de las penas. La
Constitución no puede ir más allá, porque es la ley de las leyes.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) está de acuerdo sobre
la materia con S. E. Los abusos que hoy se calificarían y penarían
de acuerdo con el sistema legal vigente, pueden serlo mañana por
otra legislación
que establezca por creerla más oportuna y mejor.
se

El señor Hidalgo (don Manuel) cree que en esta materia son


preferibles los abusos a las limitaciones de la libertad.
El- señor Guerra (don J. Guillermo) cree que conviene suprimir
los jurados de imprenta, pues no han dado buen resultado.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) manifiesta que ese nía!
resultado se deriva de la-falta de sanción para las injurias que afec
tan a particulares.
El señor Barros Borgoño (don Luis) estima que la forma en que
la Constitución ha consignado la libertad de imprenta es el origen
del gran progreso que ha alcanzado la prensa en el país y que el in
conveniente señalado, de la falta de correctivo para las ofensas.
puede evitarse fácilmente. Nuestra Carta Fundamental ha legislado
al respecto con una liberalidad con que no lo ha hecho tal vez país
alguno. Está de acuerdo con S. E. en que la reglamentación y cali
ficación de los abusos y el sistema de penas, es materia de ley.
El señor Hidalgo (don Manuel) dice que estima este punto
de suma gravedad y que pediría que su resolución quede para la
sesión próxima. El aceptaría una redacción que permita perseguir al
calumniador, pero estudiándola debidamente, a fin de que no se

pueda perseguir sin razón la prensa obrera. Para los elementospo-


a

pulares se ha inventado eldelito de subversión que no existe para los


demás y por ese camino se puede llegar a los mayores abusos. Ya
con el decreto-ley dictado por el actual señor Ministro de Justicia,

se restringemucho esa libertad.


El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, interrumpe
para observar que el decreto-ley en referencia, que es la disposición

vigente sobre la materia no tiene ninguno de los inconvenientes que


se le atribuyen por personas que en muchos casos no lo conocen.
Tiene la satisfacción de declarar que las personas que hasta ahora
se han acercado a él a manifestar opiniones contrarias a ese decre

to, han terminado confesando que no lo conocen a fondo y, algunos,


-
143 —

que ni siquiera lo habían leído. Una vez impuesto de las disposicio


nes que él contiene, lo han encontrado perfectamente justo y con
veniente.
El señor Hidalgo (don Manuel) dice que fuera de las pocas
personas que pueden haber aplaudido el decreto del señor Minis
tro, queda la casi totalidad de los habitantes del país que pueden
pensar de diversa manera. Desde luego, a la sombra de dicho decre
to, se ha perseguido últimamente a diarios obreros.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que al
respecto puede agregar que la persecución por la Ubre manifesta
ción de las ideas no encuentra amparo en las disposiciones de su de
creto-ley, y, por el contrario, las garantiza ampliamente. Recuerda
el caso que el periódico «La Justicia» se expresaba no ha mucho de
la persona de S. E. el Presidente de la República en forma no só
lo injusta sino fuera de toda cultura, y que a pesar de ello, no se
le pudo procesar dentro de las disposiciones del decreto-ley en cues
tión.
S. E. observa que en situaciones especiales como la presente, el
Gobierno tiene que usar de facultades extraordinarias y que, a pesar
de eso, ha procedido con toda moderación. En cuanto a la petición
del señor Hidalgo de dejar este asunto para la próxima sesión, le
ruega no insistir, para poder continuar estudiando las reformas cons
titucionales, pues en todas partes se manifiesta la urgencia de termi
nar pronto este estudio. Además, repite que el artículo propuesto no

hace sino abrir la puerta al legislador para que obre como lo crea

más conveniente, y que los Congresos futuros, que se elegirán en

virtud de la nueva Constitución, serán los que resuelvan sobre la


materia.
El señor Cárdelas (don Nolasco) cree que aquí se trata de esta
blecer principios fundamentales únicamente, lo que no impide que
después se puedan dictar medidas legales para corregir los abusos.
El señor Hidalgo (don Manuel) formula indicación para redac
tar el número en la forma siguiente: «La libertad de publicar opinio
nes políticas, científicas, filosóficas o sociales, por la imprenta, sin cen
sura previa, no pudiendo nadie ser condenado por el abuso de esta
libertad sino en juicio, en que se califique previamente por jurados
el abuso y se siga y sentencie la causa con arreglo a la ley-,
«Esta disposición no comprende a la calumnia o injuria grave
inferida por la imprenta. Para el castigo de éstas se seguirán los trá
mites que la ley señale.3
Se da por aprobada la indicación de S. E. sobre libertad de

prensa.
El señor Cárdenas (don Nolasco) pregunta si no convendría
incluir en la Constitución la abolición de la pena de muerte.

.144 —

El señor Silva Cortés (don Romualdo) expresa que esa idea es


materia de ley, como la cuestión relativa a la prisión por deuda que
también ha sido abolida.
S. E. manifiesta que en su presidencia no se ha aplicado la pena
de muerte, en la práctica, pero que cree que esta materia entra en
el radio de acción de la ley.
El señor Hidalgo (don Manuel) dice que no obstante las dis
posiciones legales a que se ha referido el señor Silva Cortés, suelen

cometerse abusos con la clase obrera de parte de jueces que son irres
ponsables,y que a veces apresan a individuos y los encarcelan por
deudas. Por esto sería partidario de establecer, como en Inglaterra,
la responsabilidad pecuniaria de los jueces.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) recuerda la existencia
de disposiciones constitucionales y legales que hacen responsables a los
jueces, personalmente, por los crímenes de cohecho, falta de obser
vancia de las leyes, y, en general, por toda prevaricación o torcida
administración de justicia.
Continuando en la discusión del proyecto constitucional, S. E.
propone la siguiente redacción para los artículos del Capítulo V, que
trata del Congreso Nacional:
«Art. 11. El Congreso Nacional se compone de la Cámara de
Diputados y del Senado.
sLa calificación de las elecciones de Diputados y Senadores,
conocimiento de las reclamaciones de nulidad que se interpusieren
contra ellas y la resolución de los casos que sobrevengan posterior
mente, corresponderán al jurado calificador que establezca la ley.»
S. E. manifiesta que la expresión de que el Poder Legislativo
reside en el
Congreso, contenida en el actual art. 11, no corresponde
a la realidad, puesto que el Presidente de la República es colegisla
dor. Por eso propone que el artículo tenga la redacción que ha leído.
Agrega que se quita al Congreso la facultad de calificar la elección
de sus miembros y de de las reclamaciones de nulidad, de
conocer

jándosele el derecho de declarar la inhabilidad o aceptar la dimisión


del cargo de congresal, como se verá más adelante.
El señor Amunátegui (don Domingo) considera que tal vez ha
bría ventaja en establecer la obligación de los eongresales de so
licitar permiso de su respectiva Cámara, para ausentarse del país,
y la facultad de ésta, para concederlo o denegarlo.
t El señor Zañartu (don Héctor) hace presente la necesidad de
consignar en la Constitución la manera de constituir el Tribunal
Calificador de Elecciones, ya que la ley respectiva puede modificarse
en cuanto a la composición de ese Tribunal, atendiendo a circuns

tancias o intereses políticos del momento y así, antes de mucho tiem-



145 —

se experimentarían los mismos o


po peores males que los observados
en la práctica, al calificarse las elecciones.
El señor Yáñez (don Eliodoro) no da mucha importancia al
punto desde que va a ser el Congreso quien resolverá cómo y quién
debe calificar la elección de sus miembros.
El señor Zañartu (don Héctor) manifiesta que si hay confianza
ciega en la absoluta rectitud del
Congreso futuro, es claro que no
debe quitársele la facultad de calificar la elección de sus miembros.
El señor Guerra (don J. Guillermo) dice que piensa como el
señor Zañartu, que en la Constitución debe establecerse
que habrá
un jurado calificador de
elecciones, único que él acepta, que debería
estar formado por personas muy respetables que dieran absoluta
garantía de rectitud y patriotismo y que conociera de las reclama
ciones entabladas en contra de las elecciones de Presidente de la
República, Senadores y Diputados. Cree que conviene dejar pen
diente este punto hasta ponerse de acuerdo sobre la forma del Tri
bunal.
El Wñor Yáñez (don Eliodoro) cree que esto es materia de ley,
pues habría la misma razón para ello que establecer en la Constitu
ción Ia"¡organización de la Corte Suprema que tiene atribuciones aun
más amplias y de más gravedad que las de un Tribunal como el que
se trata de crear. Se manifiesta
partidario del sistema inglés, único
que ha dado buenos resultados sobre la materia en la práctica y que
consiste en entregar a dos miembros de la Alta Corte de Justicia
la calificación de elecciones de la Cámara de los Comunes, quienes
aprecian los hechos como jurado. Cuando están de acuerdo, el hecho
se da por establecido y cuando hay desacuerdo se da
por desechado.
Si el desacuerdo versa sobre un punto de derecho, se consulta a la
Corte que falla en definitiva. Además, la composición del Tribunal
con solo dos personas, en vez de ocho o diez, da más garantía, por

que la responsabilidad no se diluye tanto.


Cree que el ensayo de cualquier otro sistema no quitará su ca
rácter político a la calificación de elecciones. Termina manifestando
su temorde que el organismo que pudiera crearse no corresponda
en el hecho a los intereses que se trata de cautelar.
El señor Zañartu (don Héctor) dice que sólo en Inglaterra no
tiene el Congreso la facultad de calificar la elección de sus miembros.
Recuerda que en Chile, el ejercicio de esta facultad por el Congreso
ha dado lugar a abusos incalificables y como tiene importancia deci
siva, ya que de ella depende la formación del Legislativo o por lo
menos de una mayoría parlamentaria, cree que esto debe conside

rarse como cuestión fundamental, sin imaginar que quitando al Con

greso esta facultad, vaya a desaparecer en absoluto la calificación


con criterio político.
(Actas 10)

146 —

El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, recuerda al señor


Zañartu que también las Constituciones de Alemania y Checoeslova
quia entregan la calificación a tribunales especiales.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) considera la creación
del Tribunal ventaja positiva, porque aunque los ciudadanos se
una

abanderizan todos en mayor o menor escala, en las tendencias polí


ticas, no se puede negar que los que se seleccionan en la forma insi
nuada aquí, deben ser necesariamente más independientes y justos.
Se ha visto esto en los Tribunales Calificadores de origen judicial,
Aunque procedan con error o algún apasionamiento, los candidatos
van a ellos con más confianza que a las Cámaras, pues saben que en
éstas últimas el empeño y el partidarismo tienen más fuerza que en
aquéllos. Cree que convendría estudiar el modo de dar organización
judicial al Tribunal que se cree, estableciéndolo en la Constitución,
porque, como decía el señor Zañartu, sería peligroso que poco antes
de una elección y temiendo la combinación de mayoría en el Con

greso, el cambio de la opinión del país, modificara la ley que creara


el Tribunal.
S. E. insinúa la conveniencia de aceptar el artículo propuesto,
agregando que una ley complementaria de la Constitución promul
gada conjuntamente con ella y que no podría, por lo tanto, ser dero
gada sino con los trámites especiales lijados ¡tara la Constitución,
determinara las atribuciones del Tribunal Calificador y su orga
nización.
aprobó la redacción propuesta por S. E., para el artículo 11,
Se
dejándose la idea de consultar el Tribunal Calificador en la propia
Constitución para la sesión próxima, encargándose a los señores
Zañartu, Guerra, y Vidal Garcés, para que estudien y propongan
una fórmula de Tribunal.
A continuación del artículo en debate, S. E. propone el siguiente
artículo nuevo:
«Art. En las elecciones de Diputados y Senadores, así como
...

en las de Municipales, se empleará un procedimiento que asegure en

la prácticauna efectiva proporcionalidad en la representación.»

El señor Amuxátegui (don Domingo) observa que la propor


cionalidad debe fijarse respecto a algo.
S. E. propone agregar: «de las fuerzas políticas que actúen en
la elección».
El señor Amunátegui fdon Domingo) observa que hay indivi
duos que no están en los partidos políticos.
S. E. propone cambiar la palabra «políticas» por «electorales»,
y agrega que lo que desea es acabar con el voto acumulativo, que
tiene los dos graves inconvenientes de fomentar el caudillaje y pro
ducir la desorganización de los partidos, siendo que sólo dentro del

147 —

régimen de partidos organizados, o sea corrientes de opinión disci


plinadas, puede existir un buen Gobierno. El ideal sería terminar
con los representantes
independientes y que vayan al Congreso sólo
los que sean enviados por un núcleo apreciable de ciudadanos de
ideales comunes, llámeseles partidos o de cualquiera otra manera.
El señor Yáñez ídon Eliodoro) propone agregar al artículo, des
pués de la palabra «representación», la frase «de las opiniones y de
lospartidos».
El señor Montenegro (don Pedro N.) observa que todas las
fuerzas son electorales, sean o no de partidos.
El señor Zañartu (don Héctor) dice que si se va a adoptar el
voto llamado proporcional, él salva su opinión, porque no le reco
noce todas las bondades que se le atribuyen.

El señor Hidalgo (don Manuel) manifiesta que el voto acumula


tivo es muy ventajoso para los partidos pequeños, porque les permite

aprovechar todas sus fuerzas, así es que es partidario de que se man

tenga esa clase de voto.

S. E. contesta que si con tal sistema los partidos pequeños pue


den en alguna ocasión obtener una representación aun mayor de la
que les corresponde, en cambio el voto repartidor les asegura siempre
una justa representación, sin que corran jamás el peligro de ser bur

lados en sus legítimas aspiraciones por las demás agrupaciones políti


cas, por más fuertes y poderosas que sean. Este último voto es de más
equidad y más científico, razón que sin duda han tenido en vista los
partidos comunista y socialista, en Francia y Bélgica, para luchar
decididamente por su implantación.
El señor Cárdenas (don Nolasco) respeta la opinión de S. E. en
cuanto a que el voto proporcional sea más científico, pero dice que
él, como miembro de un partido pequeño, ha observado cómo éste.
debido al voto acumulativo ha logrado mantener y aumentar el
número de sus asientos en el Congreso y en los Municipios. Por eso
se permite manifestar que, a su juicio, el voto acumulativo logra dar

representación justa a las fuerzas pequeñas sobre una base fácil de


establecer.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) observa que el voto
proporcional da también facilidades a los partidos pequeños, teniendo
todavía la enorme ventaja de que no deja desperdiciar fuerza alguna.
El voto acumulativo hace a veces fracasar las combinaciones que
parecían mejor cimentadas. Por ejemplo, en el caso de dos candidatos
del mismo partido, en que el más popular o aun el más ambicioso,
puede obtener para sí una mayoría tal que impida al otro ser elegido;
mientras tanto el voto proporcional daría completas garantías a los
partidos, de que sus candidatos serían elegidos si hay cuota suficiente
de sufragios.

148 —

S. E. quiere dejar bien en claro que él


defiende, como los señores
Cárdenas e Hidalgo, a los partidos pequeños
y que lo único que pre
tende, establecer el predominio de los partidos o corrientes de opi
es

nión sobre la acción personal particular de los individuos, de manera


que solo actúe eficazmente en el futuro la acción colectiva, lo que se
garantiza ampliamente con el voto repartidor, al mismo tiempo que
se otorga una
representación justa a las fuerzas electorales menores.
Dice que le sería muy fácil demostrarlo matemáticamente y
que no lo hace sólo por no dilatar la discusión, pero en la certeza de
que el voto repartidor, lejos de perjudicar a los partidos pequeños,
los favorece, porque en todo caso les asegura la representación a
que tienen derecho por sus fuerzas efectivas. Considera que sería
obra constructiva de la mayor importancia y trascendencia, dar un
golpe a la acción individual y al caudillaje, que han perturbado el
régimen parlamentario y el Gobierno del país, hasta hacer imposible,
este último para dar paso a los partidos organizados de ideales co-
leelivos. Insiste en dejar testimonio de que ampara y defiende a los
partidos chicos, porque considera que son indispensables y, además,
porque su representación en el Congreso es muy útil, porque, como
el niño que nace, significan las aspiraciones del porvenir.
El señor Yáñez (don Eliodore) manifiesta que la representación
proporcional nació, precisamente, con el fin de dar representación
a las minorías. Fué este el objetivo que se tuvo en vista, para apro

vechar hasta el mínimun de votos que puede otorgar una represen


tación. Ningún partido tiene derecho a mayor número de represen
tantes que el que corresponde a sus fuerzas efectivas. Con el sistema
de voto acumulativo, aunque un partido disponga de los votos sufi
cientes para elegir un representante, puede ser burlado por los par
tidos de mayoría.
El señor Zañartu (don Héctor) considera que la reforma pro
puesta, sólo aprovechará a las grandes agrupaciones políticas y que
no desaparecerá la obra del caudillaje, la que se hará sentir dentro

de la lista de candidatos, porque las personas a quienes se desee dar


preferencia serán colocadas en los primeros lugares de la lista. Con
sidera que la reforma no tendría otra ventaja que el aprovechamien
to, por parte de las grandes agrupaciones políticas, de la totalidad
de sus fuerzas que hoy se pierden muchas veces por mala distribución.
El señor Hidalgo (don Manuel) estima que mientras no se con
tenga el cohecho desenfrenado y no se mejoren nuestros hábitos
electorales,no desaparecerán los males de que se ha hablado, y cita

el ejemplo de la Argentina, donde se ha adelantado mucho con esta


blecer el cuarto oscuro, entre otras disposiciones. En ese cuarto el
elector queda absolutamente libre de la presión que puedan ejercitar
sobre él otras personas en el momento de votar,

149 —

El señor Cárdexas (don Nolasce) expresa que aceptaría que se

contemplara esta idea en la Constitución, pero sólo con una aspi


ración.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, expresa que
todos los votos proporcionales, empíricos o prácticos, persiguen
el objeto de dar a las minorías y a todas las corrientes en lucha
una representación equivalente a las fuerzas de que dispone. El voto
acumulativo es empíricamente proporcional, pero tiene muchos de
fectos que la práctica ha dejado de manifiesto en Chile. En cambio,
el voto repartidor es matemáticamente proporcional, asegurando esta
proporcionabdad en todo caso. Por lo demás, la proposición de S. E.
no obliga la adopción de un voto determinado sino que expresa una

aspiración democrática y conveniente. Cree que la indicación que


dará completa con el agregado del señor Yáñez.
En esta forma se dio por aprobada.
S. E. da lectura a los artículos 12, 13, 14 y 15, que han sido

redactados conformidad a anteriores acuerdos de la Subcomisión,


en

dejándose el desafuero a las Cortes de Apelaciones respectivas, con


apelación ante la Corte Suprema.
Estos artículos quedarían en la siguiente forma :
«Art. 12. Los Diputados y Senadores son inviolables por las
opiniones que manifiestan y votos que emitan en el desempeño de
sus cargos.»
«Art. 13. Ningún Diputado o Senador, desde el día de su elec
ción, puede ser acusado, perseguido o arrestado, salvo el caso de

delito in fraganti, si la Corte de Apelaciones de la jurisdicción respec


tiva, en Tribunal Pleno, no autoriza previamente la acusación de
clarando haber lugar la formación de causa. El inculpado puede re
currir en grado de apelación ante la Corte Suprema de Justicia.»

Art. 14. Desde el momento que se declare por resolución
firme, haber lugar la formación de causa, queda el acusado suspen
dido de sus funciones legislativas y sujeto al Juez competente.»
«Art. 15. En caso de ser arrestado algún Diputado o Senador
por delito infraganti, será puesto inmediatamente a disposición de
la Corte de Apelaciones respectiva, con la información sumaria. La
Corte procederá entonces conforme a lo dispuesto en el artículo
precedente.»
A continuación da lectura S. E. al artículo 16, que dice:
«La Cámara de Diputados se compone de miembros elegidos
por los Departamentos en votación directa y en la forma que deter
minare la ley de elecciones.»
Después de un ligero debate, quedó aprobado en la siguiente
forma :

150 —

'La Cámara de Diputados se compone de miembros elegidos


por los Departamentos o por las Agrupaciones de Departamentos
colindantes que fije la ley, en votación directa y en la forma que
determine la ley de elecciones.»
Al adoptar esta resolución se tomó en cuenta la opinión del señor
Maza, quien manifestó la conveniencia de autorizar la formación
de agrupaciones, porque hay Departamentos que tienen menos del
número requerido para elegir un Diputado.
Se dio lectura al artículo 17, y S. E. propuso que quedara en la
siguiente forma:
«Se elegirá un Diputado por cada treinta mil habitantes y por
una fracción que no baje de quince mil.

«Si un Diputado muere o deja de pertenecer a la Cámara por


cualquiera causa, se procederá a su reemplazo en la forma que deter
mine la ley de elecciones y por el tiempo que reste del período.»
El inciso tercero del actual artículo 17 se suprime por innecesa
rio, después de la reforma constitucional que incompatibilizó todo
empleo con las funciones legislativas, salvo aquellos que la misma
Constitución determina.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, expresó que,
respecto al número de habitantes en cuya proporción debía elegirse
cada Diputado, había pedido a la Oficina de Estadística datos que
le permitían establecer que si se elegía un Diputado por cada trein
ta mil habitantes o fracción que no baje de quince mil, conforme
al censo de 1920, resultarían ciento treinta y dos Diputados, si se
eligieran por cada cuarenta mil o fracción de veinte mil, resultarían
cictito un Diputados, y si se eligieran por cada cincuenta mil o frac
ción de veinticinco mil, resultarían ochenta y cuatro Diputados.
Después de un breve debate se acordó mantener el artículo en

la forma propuesta por S. E.


El señor Guerra (don J. Guillermo) estima que los males de
nuestro sistema político no provienen del número de congresales,
sino de la desmoralización general. Cree que sin el abuso del sistema
parlamentario, con la supresión del voto acumulativo y con el esta
blecimiento de la clausura de los debates, desaparecerán los males
que en la práctica se han dejado sentir.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) manifiesta que ha
asistido a sesiones de la Cámara Francesa, en las que, debido princi
palmente al numeroso personal las sesiones se llevan a efecto en me
dio de una verdadera algarabía.
S. E. corrobora lo dicho por el señor Edwards, expresando que
a él le ha tocado presenciar en diversos países europeos sesiones como

las que relata el señor Edwards. Por eso es enemigo de las Cámaras
demasiado numerosas.

151 —

Al tratar del artículo 18, S. E. propone que la renovación de la


Cámara de Diputados se haga cada cuatro años, alargando el pe
ríodo de la de Senadores a ocho y a seis el de Presidente de la Re
pública.
A propósito de elecciones, dice elseñor Guerra (don J. Guiller
mo) que va a formular una idea enteramente nueva, y que por lo
mismo teme que vaya a caer mal. El cree que convendría elegir si
multáneamente, cada cinco años, en un solo acto eleccionario al Pre
sidente de la República y a los miembros de ambas Cámaras. Re
cuerda que el inconveniente más grave que ha entorpecido la la
bor de los últimos Presidentes, ha sido la de tener Congresos de
orientación divergente con la suya. Así pasó con el Presidente Bal-
maceda, que tuvo las dos ramas del Congreso en contra; con el Pre
sidente Riesco, que inició su administración con una Cámara en di
vergencia; y con el propio Presidente actual, que tuvo tres años un
Senado adverso. En Estados Unidos han ocurrido casos análogos.
Con el sistema que él propone, se evitarían estos inconvenientes, y
durante cinco años contaría el Ejecutivo con un Congreso de sus
mismas aspiraciones, teniendo sólo en contra la misma minoría que
lo combatió en las urnas. Si se producen vacancias, se puede elegir
los reemplazantes por el tiempo que falte a la persona sucedida.
Sólo a una especie de reminiscencia de los tiempos en que nació
el sistema representativo se debe esa diversidad de duración entre
Diputados y Senadores, como sucede en Chile; en la Argentina, en
que los Diputados duran cuatro años y los Senadores ocho; en los
Estados Unidos en que duran dos y seis, respectivamente, etc., etc.
La Cámara de los Comunes de Inglaterra que equivale a nuestra
Cámara de Diputados, fué la representante del estado llano o del
pueblo, y la Cámara de los Lores la rama aristocrática a que se iba
por derecho propio hereditario, como al Senado Romano. Esto creó
cierta desigualdad entre ambas Cámaras, hasta llegar a llamárselas
Cámara Alta y Cámara Baja.
Para el señor Guerra, tal diferencia no tiene razón de ser, en lo
que se refiere al tiempo o duración de la legislatura, puesto que las
dos Cámaras son de igual origen popular.
Si se acepta la reforma que insinúa el Partido Conservador, por
ejemplo, triunfante en una elección general, gobernaría con plena
responsabilidad durante cinco años en los cuales el Partido Radical
formaría la oposición y trataría de hacer méritos ante la opinión,
para regir al país durante el período siguiente. Esto aparte de muchas
otras ventajas de orden moral y social. En el orden gubernativo,
como ya ha dicho, se aseguraría al Presidente de la República la

situación ventajosa de tener una colaboración homogénea para ad


ministrar el país. En cambio, con el régimen actual, hay elecciones

152 —

cada tres años, aparte de la elección presidencial cada cinco años


que va intercalándose irregularmente entre las primeras, y fuera de
las elecciones complementarias o especiales y de las municipales,
No cree que las elecciones sean en sí un mal para un país, pero sí
lo es el exceso de elecciones. Por eso, habiendo una sola elección
eada cinco años, aunque conmueva hondamente los sentimientos
nacionales, ello sería saludable; jóvenes y viejos se sentirían impre
sionados por tai acontecimiento y dispuestos a concurrir a ella con

plena conciencia de su importancia para los destinos de la Nación.


Pasaría algo parecido a lo ocurrido en la última elección presiden
en que salieron a luz muchas aspiraciones e ideas escondidas
cial,
en muchos pechos ciudadanos, produciendo así un saludable sacudi
miento cívico en la República.
Propondrá más tarde que los municipales sean elegidos en vota
ciones que se verifiquen uno o dos años después de la elección general
que ha insinuado y, si es posible, con diferente electorado, dando
para ellas derecho a voto a los extranjeros y a las mujeres en ciertas
condiciones: pero, por el momento se limita a someter a la conside
ración de la Comisión la idea que ha enunciado.
El señor Hidalgo (don Manuel) cree, reconociendo el buen pro
pósito que inspira al señor Guerra, que su indicación sería un desas
tre para el país. ¿Qué ocurriría si se eligieran de una vez todos los

poderes públicos; si hasta el presente se ha visto que para candi


datos Senadores se escoge a los más adinerados, y por escala decre
a

ciente de fortuna a los candidatos a Diputados y Municipales? Que


se prescindiría absolutamente de la verdadera democracia, situación

que podría prolongarse durante dos o tres períodos y que, a la postre,


impondría como único remedio el levantamiento y la revolución.
Ocurriría lo que en México, bajo Porfirio Díaz. Le parece más pru
dente dejar el período de los mandatos populares como están, aunque
acepta y propone que el Senado se renueve totalmente, por cuanto
considera inconveniente que se genere a sí mismo, que es lo que su
cede con el sistema de calificación hecha por una parte del Senado
del resto de sus miembros.
S. E. manifiesta que el debate queda pendiente para la pró
xima sesión.
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca.
DÉCIMATERCIA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE
REFORMAS CONSTITUCIONALES

29 DE MAYO DE 192í)

Presidió S. E. el Presidente de la República y asistieron los


señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, Nolasco Cár
denas, Guillermo Edwards Matte, J. Guillermo Guerra, Manuel Hi
dalgo, José Maza, Ministro de Justicia, Pedro N. Montenegro;
Romualdo Silva Cortés, Francisco Vidal Garcés, Héctor Zañartu y
el Subsecretario del Interior, don Edecio Torreblanca, que actuó
como Secretario.
Quedó pendiente el acta de la sesión anterior.
Se pone endiscusión la indicación pendiente del señor Guerra
para fijar en períodos de cinco años, el mandato de los Senadores y
Diputados, y efectuar en un solo acto las elecciones de miembros del

Congreso y de Presidente de la República, conjuntamente con la que


extiende a seis años el período presidencial y a cuatro y ocho res
pectivamente el de los Diputados y Senadores.
El señor ZaÜartu (don Héctor) dice que su opinión es contraria
a la indicación del señor Guerra, porque estima que, si bien es
cierto que a raíz de las elecciones el Gobierno contaría con el apoyo
de mayorías homogéneas, en la práctica esa ventaja no perduraría
ya que cualquiera nueva combinación de partidos podría hacer de
saparecer esa homogeneidad. El sistema de elecciones en distintas

épocas o períodos, agrega, tiene ventajas que han aconsejado su


implantación en todos los países, salvo Noruega y Alemania.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) no acepta la amplia
ción del período senatorial a ocho años; pero aceptaría que el perío
do presidencial se extendiera a seis años y el de los Diputados a
cuatro.
El señor Cárdenas (don Nolasco) dice que las perturbaciones
que experimenta el país con ocasión de las elecciones, no constitui
rán unpeligro en el futuro si se establecen en nuestra legislación
penas severas para extirpar los malos hábitos electorales. Al fijarse
períodos más dilatados que los actuales, se haría un grave daño a
la cultura cívica de los ciudadanos, porque con ello se haría desa
parecer en buena parte el interés por la cosa pública. Por otra par
te, es antidemocrático otorgar el mandato parlamentario a las mis
mas personas por un considerable número de años.
-
154 —

Acepta, sí, la ampliación del período presidencial, porque en


ello hay más ventajas que inconvenientes.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que pidió
privadamente al señor Hidalgo, después de terminada la sesión an
terior, que estudiara con tranquilidad el gasto lícito electoral que
podrían hacer los candidatos a la Presidencia de la República en
una elección directa. Si ese gasto fuera superior a lo que buenamen
te puede gastarse en una elección, habría que reconocer que el sis
tema es poco democrático, porque no podrían ser candidatos sino
los ciudadanos poseedores de grandes fortunas,
En la actualidad la caja de los candidatos a la Presidencia de
la República, se aumenta con las cuotas de los electores y con la
caja de los partidos políticos; pero en una elección directa es nece
sario hacer los gastos sin esa ayuda; y en tal caso, sólo podrían as
pirar a ese honor los hombres de gran fortuna.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) observa que no son
los electores los que contribuyen a formar caja a candidatos presi
denciales, sino sus partidarios y amigos, lo que seguiría sucediendo
tratándose de una elección directa.
El señor Hidalgo (don Manuel) expresa que la elección direc
ta, desligada del Congreso, será a la larga, la elección más correcta
de Presidente de la República.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) cree que la elección
de Presidente de la República debe ser separada de la de miembros
del Congreso, y agrega que en la indicación del señor Guerra se
divisa una finalidad muy digna de consideración, cual es la de que
haya uniformidad de tendencias políticas entre el Presidente de la
República y la mayoría parlamentaria. Sin embargo, dice, pueden
presentarse en el curso del período presidencial problemas, como los
de orden internacional, en los cuales es muy difícil agrupar todas
las opiniones, aun las de la misma mayoría que apoya al Gobier
no. Generalmente se producen en este caso divergencias: pero re
mo enla mitad del período presidencial ocurre la elección parla
mentaria, viene a ser la opinión del país la que predomina, mani

festada por los nuevos miembros del Congreso.


El señor Amunátegui (don Domingo) es partidario de la elec
ción separada, porque no divisa peligro alguno en la frecuencia del
acto electoral. Recuerda la Constitución Suiza, en donde se con
sulta al pueblo no sólo para la elección de los gobernantes sino para
todas las grandes cuestiones de interés público. Considera que ésta
es una manera de educar al pueblo elector, acostumbrándolo a in

teresarse por tales materias y a influir en su solución,


S. E., cree que la finalidad doctrinaria que se persigue con
la indicación del señor Guerra es sana, santa y buena; pero, en la

155 —

práctica, y dada nuestra idiosincrasia, los hombres que triunfan


apoyados por una combinación política determinada, cambian de
orientación y, al poco tiempo, no se acuerdan de dónde han salido,
Por esta razón no cree en la eficacia de la indicación del señor
Guerra,
En mérito de las opiniones expresadas, se acordó mantener el
actual art. 18, que dice: «La Cámara de Diputados se renovará en
su totalidad cada tres años».

Se puso en discusión el art. 19 de la Constitución vigente y se


acordó, a indicación de S. E. suprimir el número 2." que dice: «una
renta de quinientos pesos a lo menos».
En cuanto al número 1.°, el señor Hidalgo pide que se establezca
en esta parte que la mujer tiene los mismos derechos que el hombre,

para los efectos de ocupar un asiento en el Congreso.


S. E. y el señor Maza, estiman que la Constitución no niega
este derecho a la mujer.
Se acordó dejar constancia en el acta de que las disposiciones
de la Constitución no excluyen a la mujer de este derecho, quedando
este punto sometido a lo que dispongan las leyes, con la declaración
del señor Silva Cortés de que esta interpretación no significa, en
modo alguno, la reforma de las leyes pertinentes.
Los señores Zañartu (don Héctor) y Cárdenas (don Nolas
co) dejan constancia de su aceptación a la indicación del señor Hi
dalgo.
En consecuencia, el art. 19 quedó en la siguiente forma:
«Para ser elegido Diputado se necesita tener los requisitos para
inscribirse como ciudadano activo con derecho de sufragio.»
Con respecto al actual art. 20 que dice: «Los Diputados son
reelegibles indefinidamente», se acordó no innovar, agregándolo como
inciso del artículo anterior, a indicación del señor Maza.
En cuanto al art. 21, se acordó por unanimidad suprimir el
número 1.°, que dice: «Los eclesiásticos regulares, los párrocos y
vicepárrocos» ; mantener el número 2." en la forma actual; modi
ficar el número 3.° en la siguiente forma: «Los Intendentes de pro
vincia y los Gobernadores de departamento».
Por lo que respecta al número 4.°, S. E. propone ampliar, por
razones de moralidad y conveniencia públicas, las incompatibilida

des allí consultadas, diciendo: «Las personas que tienen o caucionan


contratos con el Estado».

A la observación del señor Hidalgo, de que esta incompatibili


dad debe extenderse también a los representantes y abogados de
compañías extranjeras, S. E. manifiesta que ella se consulta más
adelante.
El señor Guerra (don J. Guillermo) cree que debe establecerse

156 —

esta incompatibilidad para el


Presidente, Directores y Gerentes de
Sociedades Anónimas que tengan contratos con el Estado.
Recuerda casos de grandes compañías con contratos con el Fisco
por millones de hectáreas de terrenos y cuyos Directores han ocu
pado cargos en el Congreso, aun cuando una razón de conveniencia
pública aconsejaba evitar esa situación.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) estima que no se pue
de ir tan lejos como desea el señor Guerra, pues dada la democrati
zación que han alcanzado los negocios, cualquiera puede ser accio
nista, con unas pocas acciones, de una sociedad anónima y tener
un puesto en su directorio, quedando por este solo hecho inhabili
tado para intervenir en la cosa pública por mandato popular. En
contraría razón al señor Guerra si sólo se refiriera ensu indicación

a los Gerentes de dichas sociedades.


El señor Edwards Matte (don Guillermo) apoya la observa
ción del señor Silva Cortés. Dice que él pertenece al Directorio
del Tattersall, y bien pudiera producirse el caso de que esta socie
dad tuviese el día de mañana algún pequeño negocio con el Fisco,
como, por ejemplo, la adquisición de algunos caballos para la poli*
cía. Eso sólo bastaría para dejarlo a él inhabilitado para ser miem
bro de las Cámaras, aun cuando pudiera no tener ni conocimiento de
la operación.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) formula idéntica ob
servación con respecto a lo que a él podría ocurrirle por el hecho
de ser director de una sociedad industrial.
El señor Zañartu ( don Héctor) recuerda que la Constitución
del Brasil prohibe que sean elegidos Diputados y Senadores los
Presidentes y miembros de Directorio de Empresas que gozan de
concesiones o favores del Estado.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) insiste en que una dis
posición tan amplia puede excluir del Parlamento a muchos hombres
competentes y bonorables.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) propone que se diga
que la inhabilidad existirá tratándose de contratos de orden perma
nente.
El señor Zañartu (don Héctor) tercia nuevamente en el debate
exponiendo que los Consejeros o Directores de Banco que tuviesen
que intervenir como miembros del Congreso, en la dictación de
leyes de carácter monetario o económico, se encontrarían entre dos
deberes opuestos: o defender los intereses de sus bancos, o defender'
los intereses generales del país, situación que no es conveniente.
El señor Barros Borgoño (don Luis) expresa que hay que
distinguir situaciones, porque el caso de los miembros de la admi
nistración de un Banco no puede compararse con el de las perso-
ñas que tienen contratos con el Fisco para la construcción de obras
públicas o de otras especies, por ejemplo, los primeros atienden sólo

intereses económico-sociales, y pueden, en consecuencia, sin faltar a


la moral y a su conciencia, ejercer funciones parlamentarias; mien
tras que las segundas no tienen generalmente esa libertad, pues los
intereses que atienden son de orden particular o personal. Por eso,
a su juicio, debe consultarse- una fórmula que establezca la incom

patibilidad para aquellas personas que están mezcladas en operacio


nes mercantiles o comerciales con el Estado.

El señor Amu.vátegui (don Domingo) expresa que para esos


casos especiales basta con las inhabilitaciones para votar, que ge

neralmente consultan los reglamentos de las Cámaras y, a veces, las


leyes, tratándose de cuestiones transitorias. En la Constitución sólo
deben contemplarse disposiciones legislativas para situaciones per
manentes.
El señor Silva Cortés fdon Romualdo) recuerda que en In
glaterra, país de la mayor estrictez en la materia, casi todos los
Directores de Banco son miembros de las Cámaras; entre tanto,
aquí se trata de establecer que esta circunstancia vicia de nulidad
una elección.

El señor Zañartu (don Héctor) adhiere a la opinión del señor


Amunátegui en cuanta a que la incompatibilidad de que se trata,
no es del resorte de la Constitución, sino de la ley. Aceptaría esta
idea, no para establecerla en la Carta Fundamental.
pero
S. E., agrega que tampoco hay que perder de vista la conve

niencia de dejar cierta Ubertad los electores para escoger a sus


a

representantes, libertad que se con las trabas propues


cercenaría
tas que, en realidad, son más propias de la ley o de los Reglamen
tos de las Cámaras.
Cerrado el debate se dio por aprobada la redacción propuesta
por S. E. en la siguiente forma:

«Las personas naturales y los gerentes de personas jurídicas o

sociedades anónimas que tienen o caucionen contratos con el Es


tado.»
Salvaronsu opinión los señores Hidalgo, Guerra y Cárdenas.

El primero manifestó que, a su juicio, la incompatibilidad debe


extenderse también a los Directores de sociedades anónimas.
Se acordó dejar constancia de que las personas que han opinado
en contra de la idea expresada por el señor Guerra lo han hecho

considerando solamente que su aprobación significaría entrabar la


Ubertad electoral.
S. E. propone que el número 4.° del art. 21, se redacte en la
siguiente forma:

158 —

«Los chilenos naturalizados que no estuvieren en posesión de


su Carta de Naturalización, a lo menos cinco años antes de ser ele
gidos.»
El señor Hidalgo (don Manuel) pidió que este plazo fuera redu
cido a tres años, y dijo, entre otras cosas, que en la República Ar
gentina puede elegir Diputados a los extranjeros que han per
se

manecido dos o tres años en el país.


Se acordó aprobar la fórmula propuesta por el señor Presidente.
S. E. propone que el actual inciso 1.° del art. 21, pase a ser ar
tículo nuevo en la siguiente forma:
«El cargo de Diputado es incompatible con el de Senador o
Municipal, con todo empleo público retribuido y con toda función

o comisión de la misma naturaleza, a excepción de los empleos, fun


ciones o comisiones de la enseñanza superior, secundaria o especial,
con residencia en la ciudad en que tenga sus sesiones el Congreso

Nacional.
«El electo debe optar entre el cargo de Diputado y el empleo,
función o comisión que desempeñe, dentro de quince días, si se ha
llare en el territorio de la República y dentro de ciento si estuviere
ausente. Estos plazos se contarán desde la aprobación de la elección.
A falta de opción declarada dentro del plazo, el electo cesará en su
cargo de Diputado.»
S. E. manifiesta que al proponer esta redacción, ha suprimido
la gratuidad del cargo de Senador o Diputado y los compatibiliza-
dos con los cargos de la enseñanza pública. Más adelante propon
drá la manera cómo se habrá de establecer la remuneración parla
mentaria.
Los señores Edwards Matte (don Guillermo) y Zañartu (don
Héctor) aceptan el artículo en la forma propuesta por S. E. y piden
que se deje constancia de que ellos han sido siempre partidarios de
estas incompatibilidades, y, en principio, de la remuneración parla
mentaria.
El señor Silva Cortés fdon Romualdo) expresa que si la re
muneración de los cargos parlamentarios se hubiese consultado
oportunamente en nuestra legislación constitucional, se habría evi
tado al el presupuesto de ochocientos millones de pesos, cuyo
país
enorme es consecuencia de las leyes dictadas por las Jun
aumento
tas de Gobierno, y con lo que se ha colocado al Estado en situación
difícil.
S. E. ruega al señor Silva Cortés que no discurra sobre la base
de una información errada. Hace presente que el aumento de los gas
tos públicos ocasionados con motivo de las leyes que dictó la Jun
ta de Gobierno presidida por el señor Altamirano, asciende a cin
cuenta y tres millones de pesos; y el correspondiente a los decretos-

159 —

leyes dictados por la Junta que presidió el señor Bello Codesido, a


treinta y dos millones.
Para saldar estos últimos, la Junta de Gobierno estableció con
tribuciones nuevas y aumentó otras en forma de que el año finan
ciero cerrará sin déficit. Aun más, parece que el producto de esas
contribuciones será superior a lo que se calculó en un principio, de
suerte que es posible que haya un superávit.
Por otra parte, la situación de la Hacienda Pública es halaga
dora. Las obligaciones del Estado se cumplen con la puntualidad de
costumbre. La deuda externa no solamente está al día, sino que el
Gobierno cuenta con los fondos suficientes en Londres para servirla

durante todo el presente año, y, por último, no hay temor alguno de


que al Estado falten recursos.
He querido hacer estas declaraciones un poco fuera de la ma
teria, para que no quede en el ambiente impresión alguna de duda
o intranquilidad con motivo de la observación del señor Silva Cortés.

El señor Guerra (don J. Guilllermo) desearía que la incompati


bilidad del cargo de Senador o Diputado fuera más amplio aun
que la propuesta por S. E. Querría que los cargos legislativos fue
ran absolutamente incompatibles con toda otra función o comisión,

retribuida o no. Las perturbaciones más graves, dice, que ha en


gendrado el abuso del sistema parlamentario, han sido debidas a
la intromisión de los Senadores o Diputados en los Consejos Admi
nistrativos de los servicios públicos. Se empezó por darles entrada
en el Consejo de Estado, corporación esencialmente administrati
va, destinada por la Constitución del 33 a asesorar al Presidente
de la República, independientemente de toda función o influencia
legislativas. Más tarde, por una serie de leyes se autorizó su intro
misión en el Consejo de los Ferrocarriles, en el de Instrucción, en el
de la Caja Hipotecaria y en muchos otros. Se puede decir que no
hubo Consejo Administrativo en que no hubiese representantes del
Parlamento, con lo cual, repite, se ha causado un grave daño a la
administración del país. Es necesario ahora, al reformarse la Cons
titución, poner término a este sistema funesto, estableciendo que
los parlamentarios no podrán formar parte en lo sucesivo, de
ninguna Corporación de carácter administrativo.
S. E. manifiesta que elespíritu de la reforma propuesta es el
de que los cargos parlamentarios sean incompatibles con cualquiera
función o comisión retribuida, salvo las de la enseñanza pública;
Go
pero, en ningún caso, con las comisiones que pueda encargar el
bierno a miembros del Parlamento, pues es evidente la conveniencia
de poder aprovechar la preparación especial que alguno de ellos
pueda tener, asesorando al Ejecutivo en diversos problemas de in
terés nacional. Comprende S. E. la finalidad que persigue el señor
-
160 —

Guerra al querer alejar a los miembros del Congreso de toda intro


misión en la Administración Pública, a fin de prevenir la repetición
de los males que ha acarreado el exceso de influencia de los parla
mentarios; pero estima que el país debe aprovechar la experiencia
y conocimiento de todos los ciudadanos.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) y el señor Edwards
Matte (don Guillermo) participan de las mismas ideas manifesta
das por S. E.
El señor Guerra (don J. Guillermo: expresa que no solamente en
las Cámaras existen hombres preparados para dilucidar los proble
mas de Gobierno, e insiste en la conveniencia de poner una valla

constitucional a la intromisión de los congresales en la Administra


ción Pública, evitándose así, en el futuro, un nuevo fracaso del par
lamentarismo.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, hace notar que
el señor Guerra acepta la compatibilidad del cargo de congresal en
las funciones del profesorado; y, sin embargo, la niega para los
cargos del Consejo de Instrucción Pública. Por lo demás, cree el
señor Maza que ia idea que se persigue está consultada en la redac
ción propuesta por S. E.
El señor Guerra (don J. Guillermo) observa que, suprimiendo
la palabra «retribuido», quedaría contemplado ese pensamiento.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) está de acuerdo
con Guerra en la conveniencia que habría de estudiar la
el señor
manera de evitar que las Cámaras mismas elijan representantes
de para formar parte de comisiones de carácter administra
su seno

tivo; pero estima que la indicación en la forma en que la ha for


mulado el señor Guerra, va más allá, pues impediría que el Gobier
no designara a algunos parlamentarios de reconocida preparación
para formar parte de comisiones consultivas. Sería un mal muy
grande para el país, impedir que hombres especialmente competen
tes en ciertas materias pudieran cooperar con sus luces al estudio
de los asuntos de interés público sometidos a la resolución del Ejecu
tivo.
Según esta indicación los hombres que por su talento, por su
capacidad, por sus condiciones oratorias, o por su conocimiento del
derecho, son llevados a los asientos del Congreso, no podrían formar
parte de una Comisión que estudiara la reforma de nuestro Código
Penal, por ejemplo.
Esto no es posible. Puede tener inconvenientes el que las Cáma
ras mismas elijan representantes para los Consejos Administrativos,

pues no siempre esta elección recae en los hombres más preparados,


sino que se hace con criterio político; pero cuando la designación es
hecha por el propio Ejecutivo, hay que suponer que se buscará a
los más capacitados.

161 -

El señor Guerra (don J. Guillermo) reconoce que existe el pe


ligro apuntado por el señor Edwards Matte, en cuanto a que el Go
bierno pudiera verse privado del concurso de algunos hombres pre
parados; pero entre los dos males que han quedado en evidencia,
prefiere el menor, o sea el señalado por el señor Edwards.
S. E. opina que no deben extremarse las cosas. El
país tiene
interés en llevar a los puestos de Senadores y Diputados a los
hombres de mayor preparación y de condiciones morales e inte
lectuales más relevantes, de modo que no sería justo ni conveniente
convertir a esos hombres en parias, inhabilitándolos, por el lieelio
de haber contado con el honor de ocupar un asiento en el Congreso,
para desempeñar cualquiera otra función en las actividades na
cionales. Consecuencia de una medida de esta naturaleza, sería
que el Congreso se vería privado del concurso de buen número de
hombres versados, sobre todo tratándose de un país pequeño, como

el nuestro, donde los elementos eficientes no abundan.


El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, observa que el
mal no está en que los hombres que se designan como miembros de
organismos administrativos sean Diputados o Senadores, sino en
que hayan sido designados por las Cámaras, pues en este caso pre
dominará el criterio político, e invita por lo tanto al señor Guerra
a modificar su indicación en tal sentido.

El señor Guerra (don J. Guillermo) dice que no sólo no acepta


que las Cámaras nombren a miembros suyos para formar parte
de organismos de carácter administrativo, sino aun que puedan
nombrar para tales cargos a personas ajenas a las Cámaras, pues
es muy fácil que se produzcan para esas designaciones inteligencias

de carácter político.
El señor Barros Borgoño (don Luis) se manifiesta contrario
a tal parecer, pues puede haber, y hay, entre los parlamentarios,
hombres que son capaces de prestar servicios muy efectivos al país
dentro de comisiones o de organismos administrativos. El hecho
mismo de que vayan a presenciar el funcionamiento de los servi
cios públicos, los habilitan en mejor forma para ilustrar a las Cá
maras sobre ellos.

Consultada la Comisión se rechazó la idea del señor Guerra,


quedando aceptada la redacción propuesta por S. E.
Se pone en discusión, tomo artículo separado, la siguiente indi
cación de S. E., que corresponde a los incisos segundo y tercero del
art. 21: «Ningún Diputado, desde el momento de su elección y
hasta seis meses después de terminar en el ejercicio de su cargo,
puede ser nombrado para función, comisión o empleos públicos re
tribuidos».
«Esta disposición no rige en caso de guerra exterior, ni se ex-

(Actaa 11).

162 -

tiende los cargos de Presidente de la República, Municipal, Minis


a

tro y Agente Diplomático. Pero sólo los cargos conferidos en estado


de guerra son compatibles con las funciones de Diputados.'
Al proponer esta indicación, el señor Presidente manifiesta que
ha tomado en cuenta el anterior acuerdo de la Subcomisión respecto
a la incompatibilidad del cargo de Ministro con el de Diputado o

Senador. El Diputado que sea designado Presidente de la República,


Senador, Municipal, Agente Diplomático o Ministro del Despacho.
pierde su cargo de Diputado.
El señor Hidalgo (don Manuel) pide que el plazo de seis meses
se amplíe a un año,
El señor Cárdenas (don Nolasco) sería partidario de suprimir
todo plazo.
Cerrado el debate, ,se acordó aprobar el artículo en la forma
propuesta por S. E.
S. E. propone, en substitución del último inciso del artículo 21,
el siguiente artículo nuevo: -Cesará en el cargo el Diputado que
durante su ejercicio celebrare o caucionare contratos con el Estado,
y el que actuare como abogado o mandatario en cualquiera clase de
acción pendiente contra el Fisco o como procurador o agente en ges
tiones de solución meramente administrativas».
Observa que aquí están incluidos, como lo deseaba el señor Hi
dalgo, los abogados de compañías extranjeras.
El señor Guerra (don J. Guillermo) aplaude calorosamente
la indicación de S. E.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) indica la convenien
cia de exceptuar el caso de que se tenga que intervenir en causa pro
pia, como en el caso de expropiación u otros análogos.
Se dio por aprobada la redacción propuesta por el señor Presi
dente, en la inteligencia que le ha dado el señor Silva Cortés.

El señor Guerra (don J. Guillermo) recuerda en seguida que


ha quedado pendiente una indicación del señor Amunátegui, relativa
al permiso que deben obtener los parlamentarios para ausentarse
del país.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que ese
permiso es materia más propia de los Reglamentos de las Cámaras;
y manifiesta la conveniencia de establecer que el parlamentario que
se ausente por más de seis meses, pierde- su puesto. S. E. encuentra
conveniente esta idea en vista de que no han sido raros los casos en
que la falta de cinco o seis miembros de una Cámara que viajaban
por el extranjero, ha impedido su cooperación en asuntos de tras
cendental importancia.
El señor Guerra (don J. Guillermo) expresa que él ha redac
tado un inciso que consulta esta idea, estableciéndose que ningún

163 —

Senador o Diputado podrá ausentarse del territorio nacional sin


licencia y, en todo caso, sólo podrá hacerlo por el término máximo
de seis meses, perdiendo su investidura a la expiración de este plazo.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) observa
que puede
ocurrir el caso de que se encomiende a algún parlamentario una co
misión de carácter especial en el extranjero,
que deba prolongarse
más allá de los seis meses fijados en la indicación del señor Guerra.
Esta situación deberá también contemplarse, consultando una dispo
sición que autorice la permanencia fuera del país por mayor tiem
po, cuando el Diputado o Senador desempeñe funciones de interés
público.
Se da por aprobada la idea encomendándose su redacción a los
señores Guerra y Maza. Se agregaría como inciso 2.a del artículo
en debate.
Se pone en discusión el artículo referente a la constitución del
Tribunal Calificador de Elecciones, cuya redacción se encomendó
en la sesión anterior a los señores Vidal Garcés, Guerra y Zañartu,

Dice así:
«Art. . Habrá un Tribunal Calificador de las Elecciones
. .

Presidenciales, de Senadores y de Diputados que durará el período


parlamentario de los Diputados y que fallará como tribunal de dere
cho, pero procediendo como jurado en la apreciación de los hechos.
«Los miembros de este Tribunal serán siete y elegidos por sor
teo; dos, entre los ex-Presidentes y ex-Vicep residentes del Senado
que hayan servido tales cargos por lo menos un año; dos, entre los
ex-Presidentes y ex-Vicepresidentes de la ('amara de Diputados en
iguales condiciones; dos, entre los Ministros y ex-Ministros de la
Corte Suprema; y, uno, entre los Ministros y ex-Ministros de las
Cortes ele Apelaciones.
«La Ley Electoral regulará los detalles de organización y fun
cionamiento de este Tribunal.»
Agregar entre los artículos transitorios el siguiente:
«Art. . Para los efectos del art.
. . de la Constitución, se
. .

considerará que tienen el año de permanencia en el cargo exigido


por dicho artículo los actuales ex-Presidentes y ex-Vicepresidentes
del Senado y de la Cámara de Diputados.»
A pedido de S.'E. se acuerda dejar testimonio en el acta de que
corresponde a este Tribunal y no a las Cámaras, pronunciarse sobre
el fondo y forma de las elecciones de Senadores, Diputados y Presi
dente de la República y proclamar los electos. a

Después de un cambio de opiniones en el sentido de aclarar y


explicar las disposiciones del artículo en discusión, especialmente en
lo relativo a la composición del Tribunal, la idea fué aprobada por
unanimidad.

164 —

La redacción definitiva de esta disposición, que irá a continua


ción del art. 11, la hará 8. E.
Se acordó reunirse nuevamente el lunes 1." de Junio próximo,
a la hora de costumbre.

Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torrerlanca,
DECIMACUARTA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE
REFORMAS CONSTITUCIONALES

1.° DE JUNIO DE 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño,
Nolasco Cárdenas, Guillermo Edwards Matte, .1. Guillermo Guerra,
Manuel Hidalgo, Pedro N. Montenegro, Romualdo Silva Cortés,
Francisco Vidal Garcés, Héctor Zañartu, José Maza, Ministro de
Justicia, y del Subsecretario del Interior, don Edecio Torreblanca,
que actuó como Secretario: se abrió la sesión a las 3J4 P- M.
Excusó su inasistencia el señor don Ramón Briones Luco.
Se leyó y aprobó el acta de la sesión anterior.
S. E. pone en discusión el punto relativo a la formación de la
Cámara de Senadores, proponiendo agrupaciones de provincias para
la elección de éstos.
El señor Zañartu (don Héctor) expresa que conviene tratar,
desde luego, de la forma en que se debe hacer la división territo
rial, porque de ella depende también la forma en que se va a elegir
el Senado.
S. E. no lo estima necesario, porque se van a hacer las agrupa
ciones propuestas para el solo efecto de la elección de que se trata.
Como la Constitución dice que «el Senado se compone de miem
bros elegidos en votación directa por provincia», S. E. propone que
la elección se haga por agrupaciones provinciales, que corresponde
rían más o las diversas zonas del país con caracteres propios.
menos, a

Las serían diez y cada una elegiría cuatro Senado


agrupaciones
res. Habría, en un número fijo de cuarenta Senadores,
consecuencia,
El señor Edwards Matte (don Guillermo) manifiesta que si se
hubiera de establecer una forma de elección del Senado en que no
se tomara en cuenta la proporción de habitantes, ella debería ir uni

da al concepto de que el Senado fuera Corporación Revisora, porque


la Cámara, que en definitiva predomina por simple mayoría, nece
sariamente debe corresponder a la proporción de habitantes.
S. E. expresa que el pensamiento que ha dominado en esta ma
teria, que viene manifestándose desde antiguo en el país y que, a
su juicio, cuenta con el favor de la opinión pública, es el que tiende

a diferenciar en absoluto el carácter de las funciones de cada Cá

mara. Se trata de hacer del Senado una alta corporación que tenga

166 —

atribuciones y funciones especiales que lo constituyan en una enti


dad revisora o compensadora.

Elpropósito es, pues, diferenciar al Senado de la Cámara de


Diputados en cuanto a la naturaleza de sus funciones y atribuciones
y a su composición, porque no se ve objeto de que el Senado sea
también, como la Cámara de Diputados, una corporación elegida en
votación popular con relación al número de habitantes. Somete,
pues, a la Sala esta cuestión: ¿Se elegiría el Senado, como la
Cámara de Diputados, en razón del número de habitantes o se ele
giría un número fijo de Senadores y por agrupaciones provinciales?
El señor Zañartu (don Héctor) insiste en creer que es esta la
oportunidad de tratar la cuestión relacionada con la división terri
torial.
A su juicio, la actual división en provincias no significa nada,
ni responde a ningún objeto preciso y útil.
Estima conveniente hacer una nueva división territorial, for
mando grandes provincias, como medio de llegar a la anhelada des
centralización administrativa.
Esta idea que se viene formulando desde el tiempo del Presi
dente lialmaeeda. fué posteriormente concretada en un proyecto del
señor Briones Luco, después en otro de los Senadores conserva
y
dores, pero, no ya como reforma constitucional, sino simplemente

legal.
La idea de la descentralización administrativa ha sido propi
ciada por todos los partidos y por todos los candidatos a Senadores
y Diputados que, frecuentemente, hacen deesla aspiración una plata
forma política.
El
objetivo perseguido no se conseguiría con las agrupaciones
provinciales.
Para formular su indicación y a fin de que no se crea que lo guía
algún espíritu político o partidista, ha tomado como base un pro
yecto presentado por don Alberto Edwards a la Cámara de Dipu

tados, proyecto en el cual están estudiadas todas las zonas del país
y la división que convendría adoptar. Propondría que esta división
territorial fuera incorporada a la Constitución a fin de dificultar
posibles modificaciones.
El señor Secretario da lectura a la indicación del señor Zañartu
que está concebida así :
Se insertarían en la parte correspondiente de la Constitución
los siguientes artículos:
«Art. El territorio de la República se dividirá en provin
...

cias,las provincias en departamentos y los departamentos en cir


cunscripciones comunales.
Las provincias serán nueve, cuyos límites, denominaciones y
capitales fijará la ley.
-
167 -

De las provincias

Art. El
gobierno y administración interior de cada pro
...

vincia será ejercida por un Intendente y una Asamblea Provincial.


Art. El Intendente será nombrado y promovido a volun
...

tad por el Presidente de la República. El período de sus funciones


durará tres años y podrá ser reelegido indefinidamente.
Art. . . . Son atribuciones del Intendente :
1." Promulgar las ordenanzas y resoluciones de la Asamblea
Provincial ;
2." Nombrar a los Gobernadores de la provincia en la forma
determinada en el art. ; . . .

3.° Nombrar y remover a su voluntad a los empleados de su

Secretaría ;
Vigilar los servicios nacionales y velar por la observancia
4.°
de la Constitución y de las leyes en todo el territorio "de la provincia ;
5." Presentar a la Asamblea Provincial los proyectos de orde
nanzas que juzgare adecuados al bienestar público;
6." Velar por la conservación del orden público en la provincia.
Art. El Intendente es agente inmediato del Presidente de
...

la República en todo lo referente al gobierno general del Estado.


Art. La Asamblea Provincial se compondrá de miembros
...

elegidos cada tres años en votación popular directa, en la forma


prescrita por la ley y en número que nopodrá exceder de treinta ni
bajar de quince.
Aet. . . . Para ser miembro de la Asamblea Provincial se re
quiere ciudadanía en ejercicio y ser natural de la provincia o avecin
dado en ella.
Art. Son atribuciones de la Asamblea Provincial:
. . .

1." Elegir su Presidente, su Secretario y demás empleados;


2." Determinar los límites de las poblaciones para los efectos
de la elección de la Municipalidad en las cabeceras de Departamento ;
3." Fijar el número y límite de las circunscripciones comunales
en que debe dividirse cada Departamento;
4." Aprobar y modificar los presupuestos de gastos y recursos
que deben presentar anualmente las Municipalidades;
5." Aprobar o reprobar las cuentas de inversión de las mismas;
6." Determinar la cuota que debe pagarse por los usos y servi
ciosmunicipales y comunales;
7.° Imponer contribuciones en la forma que determine la ley;
8." Aprobar la contratación de empréstitos acordados por al
guna Municipalidad o Junta Comunal;
9.° Autorizar la construcción de Ferrocarriles particulares, ex-

168 —

cepillando los internacionales, de puentes y caminos y la expropia


ción de los terrenos necesarios para la ejecución de estas obras, en
conformidad a la ley general sobre la materia;
10." Dictar ordenanzas de aplicación general en la provincia
sobre policía de seguridad, salubridad, comodidad, ornato y recreo,
beneficencia pública, y, en general, sobre todos los negocios que la
Constitución o la ley le encomiende;
11." Proponer al Gobierno Supremo o al Intendente de la pro
vincia las medidas administrativas conducentes al bien general de
la misma;
12." Dirigir al Congreso, por conducto del Intendente y del
Presidente de la República, las peticiones (¡ye tuviera por conve
niente, ya sea sobre objetos relativos al bien general del Estado o
al particular de la provincia, especialmente para establecer arbitrios
y ocurrir a los gastos extraordinarios que exigiesen las obras nuevas
de utilidad común de la provincia o de algún departamento o la
reparación de las antiguas.
Art. . Formal' las listas a que se refiere el art.
. . . . .

Art. Todo empréstito aprobado por la Asamblea Provin


. . .

cial deberá ser sometido a la ratificación del Senado.


Art. . Toda resolución u ordenanza dictada por la Asamblea
. .

Provincial deberá ser puesta en conocimiento del Intendente, quien


podrá suspender su ejecución si encontrare que es contraria a la
Constitución o a las leyes o que es perjudicial al interés de la pro
vincia, de algún departamento, o de alguna circunscripción comunal,
La resolución ordenanza rechazada u observada por el Inten
u

dente volverá tomada en consideración por la Asamblea Pro


a ser

vincial. Si ésta insiste en su primer acuerdo por el voto de los dos


tercios de sus miembros presentes en sesión a que concurren la ma
yoría absoluta de los miembros de que se eompone, el Intendente
remitirá los antecedentes a la Corte Suprema, cuando considere que

la resolución u ordenanza observada por él es contraria a la Consti


tución o a las leyes; pero si únicamente la considera contraria al
interés de la provincia, de algún departamento o de alguna circuns
cripción comunal, ordenará que sea promulgada y llevada a efecto
en la forma ordinaria.
Art. La Asamblea Provincial celebrará sesiones
... en la época
que determine la ley.

Del Departamento

Art. ... El gobierno y administración de cada departamento


reside en un Gobernador y una Municipalidad.
Art. ... El Gobernador será nombrado por el Intendente de

169 —

la provincia, eligiéndolo de
lista que le pasará la Municipalidad
una

y contendrá la tercera parte de los miembros de que ella se compone.


Art. ... El Gobernador durará tres años, y podrá ser reelegido
indefinidamente, siempre que figure en la lista a que se refiere el
artículo anterior.
Art. ... El Gobernador podrá ser removido por el Intendente
con aprobación de la Asamblea Provincial.

Art. ... El Gobernador será a la vez Alcalde y Presidente de


la Municipalidad y le corresponde el Gobierno superior en todos los
ramos de la administración.

Art. ... La Municipalidad se compondrá de no menos de nueve


y de no más de quince miembros elegidos directamente por el pueblo
en la forma
que determine la ley y por un período de tres años.
Art. .Para ser elegido Municipal se requiere:
. .

1." Ciudadanía en ejercicio;


2.° Un año de vecindad en el departamento.
Art. .
Corresponde a las Municipalidades en sus territorios:
. .

1." Cuidar de la policía de seguridad, salubridad, comodidad,


ornato y recreo;
2.° Promover la educación, la agricultura, la industria y el
comercio ;
3.° Cuidar de las Escuelas Primarias y demás establecimientos
de educación que se paguen con fondos municipales;
4.° Cuidar los hospitales, hospicios, casas de expósitos y demás
establecimientos de beneficencia sostenidos con sus fondos;
5.° Cuidar de la construcción y reparación de los caminos, cal
zadas, puentes y de todas las obras públicas de necesidad, utilidad
y ornato, y de la conservación de la vías fluviales ;
6." Administrar e invertir los caudales de propios y arbitrios,
conforme a las reglas que dictare la ley y a las resoluciones de la
Asamblea Provincial;
7." Proponer a la Asamblea Provincial las medidas administra
tivas conducentes al bien del Departamento;
8.° Formar las ordenanzas o reglamentos municipales sobre
todos los ramos que les estén confiados.
Art. El Gobernador podrá reclamar de toda resolución
...

u ordenanza de la Municipalidad que considere contraria a la Consti


tución oalas leyes o perjudique al Departamento. La Municipalidad

reconsiderará la resojución
u ordenanza objetada, y si insistiere en

ella con el voto de los dos tercios de sus miembros presentes a sesión
que concurra la mayoría absoluta de los Municipales de que se com
pone, el Gobernador remitirá los antecedentes a la Corte Suprema.
por conducto del Intendente de la provincia cuando la hubiere obje
tado por estimarla contraria a la Constitución o a las leyes. Cuando
-
170 —

sólo la hubiere estimado perjudicial al Departamento, ordenará su


promulgación y le dará cumplimiento, si la Municipalidad insistiere
en ella por la mayoría absoluta de los Municipales presentes a sesión

en que concurra la mayoría absoluta de los miembros de que se

compone.

De 1<¡x Circunscripciones Comunales

Art. ... En cada Circunscripción habrá una Junta Comunal,


compuesta de no menos de cinco y de no más de nueve miembros
elegidos en votación directa por el pueblo en la forma determinada
por la ley.
Estas Juntas durarán tres años.
Art. Las Juntas Comunales al constituirse, elegirán de
. . .

entre sus miembros un Alcalde, que será el jefe administrativo de la

Circunscripción, encargado de todos los servicios locales y durará


un año en el ejercicio de sus funciones, pudiendo ser reelegido.

El Alcalde podrá ser removido por el voto de los dos tercios


de los miembros presentes de la Junta.
Art. En todo lo referente- a la conservación del orden pú
...

blico y a la administración general del país, el Alcalde dependerá del


Gobernador del Departamento.
Art. ... La ley determinará las facultades de las .(untas Co
munales.
Art. . . . Todas las funciones exclusivamente municipales y
comunales son cargas concejiles de que nadie podrá excusarse sin
tener causa señalada por la ley.

Agréganse al capítulo de las «Disposiciones Generales» los siguientes


artículos

Art. Los Intendentes y Gobernadores podrán ser acusados


. . .

por los particulares que se consideren perjudicados por sus actos.


Conocerá de esta acusación la Corte de Apelaciones de la provincia,
con apelación ante la Corte Suprema en la forma determinada por
la ley.
En de no darse lugar a la acusación, el Intendente o Gober
caso

nador acusado tendrá acción civil y criminal contra el acusador.


Aut. Toda cuestión que se suscite entre los agentes del Po
der Ejecutivo y los agentes del Poder Provincial, departamental o
comunal y toda controversia entre éstos y los representantes del
Poder Judicial será resuelta por la Corte Suprema.

171 —

En la parle correspondiente a la elección del Senado

Art. El Senado se compondrá de miembros elegidos en vo


...

tación directa por provincias, correspondiendo a cada una elegir


cuatro Senadores.
Art. . . . Los Senadores permanecerán en el ejercicio de sus

funciones por seis años, pudiendo ser reelegidos indefinidamente.


Art. . . . Los Senadores se renovarán cada tres años por mitad.

Y entre los artículos transitorios

Art. . . Mientras se dicta la ley que fija los límites, denomi


.

naciones y capitales de las provincias, el territorio de la República


se dividirá en la forma siguiente :

Provincia de Antofagasta, capital Iquiquc, que comprenderá


los departamentos de Tacna, Arica, Pisagua, Iquique, ElLoa, Toco-
pilla, Antofagasta y Taltal.
Provincia de Atacama, capital La Serena, que comprenderá los
departamentos de Chañaral, Copiapó, Freirina, Vallenar, La Serena,
Coquimbo, Elqui, Ovalle, Combarbalá e Illapel.
Provincia de Aconcagua, capital Valparaíso, que comprenderá
los departamentos de Petorca, Ligua, San Felipe, Los Andes, Qui-
llota, Limache, Valparaíso y Casablanca.
Provincia de Santiago, capital Santiago, que comprenderá los
departamentos de Santiago, Victoria, Melipilla, Rancagua, Maipo,
Cachapoal, Caupolicán, San Fernando y Santa Cruz.
Provincia de Talca, capital Talca, que comprenderá los depar-

tamentos de Curicó, Vichuquén, Luntué, Talca, Curepto, Constitu
ción, Loncomilla y Linares.
Provincia de Maule, capital Chillan, que comprenderá los de
partamentos de Parral, Cauquenes, Chanco, Itata, San Carlos, Chi
llan, Bulnes y Yungay.
Provincia de Bío-Bío, capital Concepción, que comprenderá los
departamentos de Coelemu, Puchacay, Talcahuano, Concepción.
Rere, Lautaro, Arauco, Lebu, La Laja, Nacimiento y Mulchén.
Provincia de Arauco, capital Temuco, que comprenderá los de
partamentos de Cañete, Angol, Traiguén, Collipulli, Mariluán, Llai-
ma, Temuco, Imperial y Villarrica.
Provincia de Chiloé, capital Valdivia, que comprenderá los de
partamentos de Valdivia, La Unión, Osorno, Llanquihue, Carel-
mapu, Ancud, Quinchao y Castro.»
S. E. manifiesta que le asalta el temor de que la sola enuncia-

172 —

ción de la idea insinuada por el señor Zañartu, levante en el país una


protesta formidable.
El señor Zañartu (don Héctor) dice que lo eme él persigue con
su indicación, es que se adopte un procedimiento que nos lleve a la

descentralización, porque manteniendo la actual división territorial


jamás llegaremos a ese ideal.
S. E. recuerda que una distribución territorial análoga fué la
que trajo al suelo la Constitución Federal de 1826, y dio origen a la
revolución que culminó en Lircay; y observa que la tendencia en el
país es, precisamente, la opuesta, o sea, la creación de otras provin
cias, además de las ya existentes.
A su juicio, la descentralización debe hacerse de manera muy
distinta de la que propone el señor Zañartu. Se podría, por ejemplo,
adoptar el sistema italiano, es decir, darles a los Intendentes de
provincias la facultad de intervenir en todos los servicios públicos
que funcionan dentro de su jurisdicción y, al mismo tiempo, crear
las Asambleas Provinciales de elección popular que fiscalicen en for
ma efectiva todos los servicios de la provincia.
los Intendentes esa facultad sin perjuicio de que
S. E. daría a

comunicaran las órdenes que impartieran a las Direcciones Generales


con sede en Santiago.

El señor Vidal Garcés (don Francisco) piensa que con el sis


tema propuesto por el señor Zañartu, las provincias recibirían, en

muchos casos, perjuicios en vez de beneficios.


En el proyecto ve, por ejemplo, que la provincia de Santiago
llega hasta Santa Cruz y, seguramente, esa localidad remota en la
nueva organización, no recibiría los favores oficiales de que disfruta
ría Santiago,
El señor Zañartu (don Héctor) dice que no se puede dar cuen
ta de la importancia que tienen las provincias; no ve qué razón de
existir tienen, ni cuál es el papel que representan en nuestro orga
nismo constitucional.
¿Qué cosa es actualmente el Intendente de una provincia? Nada
más que un Gobernador de departamento con mayor sueldo, y un
buzón por el cual pasan las comunicaciones de las otras autoridades
al Gobierno central.
Por lo demás, él es muy partidario de la creación de las Asam
bleas Provinciales, dándoles a estos organismos bastantes atribu
ciones, tanto más si se considera que se está elaborando una Cons
titución que otorga facultades enormes al Presidente de la Repú
blica, a tal extremo que si no se establece la descentralización y el
estatuto administrativo, el Jefe del Estado se convertirá en un fun
cionario omnipotente.
Empeñados en corregir los males del parlamentarismo, que había

173 -

llegado constituirse en una verdadera dictadura, podríamos caer


a

en un mal mayor; la dictadura de un hombre


que traería más tarde
tal vez una reacción tanto o más fuerte que la del año pasado.
Cree que adoptando la división territorial que ha indicado se
daría verdadera importancia a los Intendentes de provincias y de
un modo mucho más sencillo
y efectivo que con la creación de las
numerosas Asambleas Provinciales de
que se ha hablado. Hay nece
sidad de robustecer estos organismos provinciales para evitar que
se pueda creer que con tomarse la
Moneda, ya se tiene el dominio
del país.
El señor Barros Borgoño (don Luis) expresa que de lo que
toca ocuparse es de la representación parlamentaria, no de la divi
sión de la República. Cree, sin embargo, que hacer desaparecer las
actuales provincias sería inconveniente. Recuerda que en otros tiem
pos no existían sino tres grandes provincias: las de Coquimbo, San
tiago y Concepción y durante mucho tiempo fué imposible modi
ficarsus límites, porque cada una era muy celosa de sus derechos,

aunque ya entonces se objetaba que Santiago centralizaba todos


los servicios. Las mismas dificultades se presentarían boy día, por
que en cada provincia hay intereses radicados y gran amor propio.
¿Se podría pensar en hacer desaparecer la provincia de Talca? ¡Im
posible! Y así las demás. A medida que el número de provincias ha
aumentado, hemos ido disminuyendo la autoridad de los Intenden
tes, porque se han creado y radicado en la capital las Direcciones
Generales de los servicios de Correos, de Educación Primaria, etc.
Lo que habría que hacer entonces, es simplemente devolver a los In
tendentes su antigua influencia en la provincia, descentralizando los
servicios, a fin de que no sea necesario ocurrir a Santiago, hasta para
una licencia. No cree posible pensar en suprimir las provincias. Si
ello se pretendiera
se producirían movimientos contrarios a esta
idea antipática la opinión.
a

El señor Amunátegui (don Domingo) no considera mala la idea


de las Asambleas Provinciales, pero no para cada provincia sino pa
ra agrupaciones de provincias, tal como las agrupaciones que pre

pone S. E. para la elección de Senadores.


El señor Guerra (don J. Guillermo) encuentra atendibles las ob
servaciones del señor Zañartu en cuanto a que la actual división en
provincias no corresponde a ninguna necesidad definida, ya que
casi no se diferencian de los departamentos, inconveniente que se

podría salvar de dos maneras: o volviendo a dar a los Intendentes


sus antiguas facultades, como lo propone S. E., es decir, haciendo

de esos funcionarios presidentes chicos, subordinados al Presidente


de la República, o suprimiendo las provincias y dejando sólo los
departamentos, como se hizo en Francia después del régimen mo
nárquico. Prefiere, sin embargo, la primera solución.

174 —

En cuanto la idea de consultar en la Constitución el nombre


a

y los límites de las provincias, no la encuentra aceptable.


El señor Zañartu (don Héctor) le observa que él ha propuesto
consultarlo en la Constitución, pero en forma de artículo transito

rio, mientrasse dicta la ley.

El señor Guerra (don J. Guillermo) dice que la insinuación del


señor Zañartu significaría darle existencia constitucional a esas
provincias, como las ocho provincias, con cierto carácter autóno
mo, que consultaba la Constitución del año 28. Esto sería encami
narnos hacia el principio federal, cuando hay razones de configura

ción geográfica, históricas, sociales y económicas que manifiestan que


el principio de la unidad política es más conveniente para el país.
La determinación de las provincias y de los departamentos, es
un
rodaje administrativo que debe quedar entregado a la ley.
S. E. manifiesta que a él no le agrada para Chile el principio
del federalismo, porque la organización de los países se establece
por las costumbres, la tradición y la historia y no puede ni debe ser
alterada por obra de la ley. Las actuales provincias han ido naciendo
y desarrollándose solas. De las tres provincias del Chile antiguo, se
han desprendido todas las demás, convirtiéndose las subdelegaciones
en departamentos y éstos en provincias. Si tal ha sido la génesis, el
desarrollo natural del país, no podría cambiarse la organización y
división actual, sin peligro de trastornos más o menos graves. De
jaría como células orgánicas a las provincias que existen hoy, yendo
-í íi la descentralización más absoluta posible a fin de robustecer la
vida local y regional.
Respecto a lo expresado por el señor Zañartu, en el sentido de
que se le están dando al Presidente de la República muchas atribu
ciones, cree que deben dictarse las medidas necesarias para dejar a
este Magistrado dentro de la esfera que le corresponde; el escalafón
administrativo y todas las medidas que tiendan a la descentraliza
ción concurrirían a este fin.
El señor Hidalgo (don Manuel) piensa que debería crearse
también un Tribunal Administrativo, ante el cual pudiera reclamar
se de los abusos que se cometen en la descentralización de los ser
vicios públicos.
El señor Zañartu (ion Elector) dice que sólo hay discrepan
cia en la manera de llevar a cabo la descentralización y que es na
tural que en caso de que se realizara lo último que ha manifestado
S. E., desaparecerían los inconvenientes a que se ha referido. Pero
mantiene su opinión en el sentido de que la única forma de llegar

en realidad, a la descentralización administrativa es la de estable


cer grandes provincias. Con la organización actual no va a ser po
sible.

175 -

No cree que la división territorial que propone puede encami


narnos .al federalismo, porque además de que se da a la autoridad

central una regular suma de poder, el sentimiento del régimen uni


tario está muy arraigado en el país.
S. E. manifiesta que no teme tampoco que pueda llegarse al
federalismo, pero sí a la protesta que levantarían en el país los inte
reses creados alrededor de las provincias, porque esta nueva división
iría contra la tradición, contra la génesis y desarrollo natural de
nuestra organización administrativa y
política.
Esta nueva división
correspondería a nuestro ambiente.
no

El señor Zañartu (don


Héctor) piensa que las provincias se
rían bastante conscientes para comprender los enormes beneficios
que obtendrían sólo a trueque de abandonar una denominación
que, en realidad, nada significa.

S. E. dice que él se imagina el dolor que experimentaría, por


ejemplo, Copiapó, que es como un rico empobrecido que vive de sus

tradiciones, del recuerdo de su pasado opulento, si dejara de ser la


capital de Atacama.
El señor Zañartu (don Héctor) manifiesta que los Departa
mentos quedan con las mismas capitales y en las mismas condicio
nes que actualmente. Lo único que se va a hacer es aumentar la im
portancia de cada zona dándole mayor autonomía y mayor ingeren

cia en su
propia administración. No se le va a quitar nada a nin
guna provincia. Por el contrario, se va a aumentar la influencia de
cada una de ellas.

No les encuentra fuerza a los argumentos que se han hecho en

contra de su indicación.

El señor Edwards Matte (don Guillermo) cree que puede


llegarse a hacer la descentralización en forma efectiva por medio
del procedimiento que ya se ha insinuado en términos generales y
que consistiría en dar a los Intendentes la fiscalización de todos los
servicios públicos en la parte en que no se necesite ser muy técnico.
Por ejemplo, la fiscalización del servicio de Registro Civil de
pende hoy de dos Inspecciones. Es imposible que estos dos inspec
tores puedan visitar oportunamente todas las Oficinas del Registro
Civil que hay en el país. Es, pues, indispensable, que hagan esta
vigilancia los Gobernadores e Intendentes.
Esto traería como consecuencia, además de una mayor y más
eficiente organización en los servicios públicos de las provincias por
su descentralización, una considerable economía en los gastos públi

cos, porque los mismos funcionarios mencionados podrían fiscalizar


los sin necesidad de la existencia de tanto visitador especial.
El señor Maza (don José). Ministro de Justicia, manifiesta que
por insinuación de S, E., va a explicar cómo se contempla en las re-

176 —

formas propuestas el mecanismo de la descentralización adminis


trativa .

La centralización administrativa obedece a múltiples razones y


complicadas causas.
El espíritu que ha guiado a S. E. en las reformas que ha pro
puesto es, primero, fomentar el espíritu de unidad política en el país
y, segundo, conseguir la descentralización.
Obedeciendo a esto último se consigna en lo referente a las atri
buciones que da la Constitución al Presidente de la República «que
el Presidente hará la designación de los funcionarios que indique
la ley».
Las licencias, algunos pagos y ciertos nombramientos, a que se
refería hace poco un miembro de la Comisión, serán decretados por
otras autoridades.
Aquí hay, pues, una
parte de la autoridad y atribuciones del
Presidente de la República que éste comparte con los distintos orga
nismos que va a establecer la ley.
Otro punto es el que se refiere a los servicios públicos, que se
dividen en zonas. *De modo que dentro de cada zona van a tener
una fiscalización especial que no dependerá del poder central.
Además, se atiende a la descentralización de los departamentos
y provincias, fundándose en cada departamento o en cada provincia
ciertas asambleas de elección popular que tendrán las atribuciones
que se determinen.
De manera que éstas serían tres instituciones importantes que
tenderían a la descentralización.
El señor Silva Cortés (don Rumualdo) manifiesta que ha pen
sado en que hay necesidad de procurar que ciertos fondos propios
de cada localidad, de cada provincia, se inviertan en obras de be
neficio para ella.
Esta ha sido una justa aspiración, materia de proyectos presen
tados en administraciones anteriores, desde los tiempos del Presi
dente Balmaceda.
S. E. expresa que las leyes que rigen la administración italiana,
son admirables, en el sentido de conciliar estos dos conceptos: el de

la unidad política y el de la descentralización administrativa, para


llegar a establecer en el hecho la vida provincial. Cree que no hay
ningún país del mundo en cuya legislación esté mejor consultado
este doble concepto; porque allá cada provincia, en cierto orden de
cosas, es un país separado que guarda con respeto el culto de sus
tradiciones y de las condiciones que lo caracterizan.
Por ejemplo, Toscana y Lombardía, son regiones que tienen vida
propia, sociedad y modalidades distintas a los demás de Italia; y
dentro de esta regionalidad mantienen, sin embargo, vivo e intenso

177 —

el sentimiento de la unidad general. En el Piamonte, en Sicilia, en


Ñapóles, y en todas las provincias italianas ocurre lo mismo. Cada
una de ellas tiene personalidad
característica, pero conservando la
unidad indisoluble del país.
Esto es lo que ha tratado de buscar en las reformas propuestas.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) manifiesta que en
Alemania ocurre lo mismo que en Italia._
Está de acuerdo en. que circunstancias especiales, tradiciones,
historia, etc., han hecho que se conserven intangibles estas divisio
nes territoriales, pero estima que para mantener el anhelo de la pro

pia unidad es conveniente que se tome en cuenta la cuestión relativa


a la inversión de los recursos de cada
localidad, a fin de que puedan
aprovecharse en beneficio de la localidad misma.
S. E. expresa que estima conveniente dar facultades efectivas
a los Intendentes
respecto a todos los servicios que se desarrollen
en las provincias de su
jurisdicción, sin perjuicio de que éstos den
cuenta de su actuación, y traten de armonizar sus facultades con los
organismos técnicos y las Direcciones Centrales respectivas. Las
Asambleas Provinciales deben compartir al mismo tiempo estas atri
buciones de fiscalización con el Intendente, de manera que si se está
haciendo un puente, por ejemplo, el contratista esté sometido a las
vijilancia del Intendente y de la Asamblea Local, aparte de las atri
buciones de la Dirección de Obras Públicas. La fiscalización del
poder local será seguramente mucho más eficaz que la del poder
central.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) ruega a S. E. que to
me en consideración la proposición del señor Zañartu y el proyecto

de los Senadores conservadores.


Agrega que en Francia existen los Consejos Generales, de los
cuales forman parte hasta Senadores y Diputados.
S. E. manifiesta que en Italia existe el Prefecto; a su lado está
el Consejo del Prefecto, que es una especie de Ministerio de este
funcionario; y al mismo tiempo existe la Asamblea Provincial, que
desempeña funciones análogas a las de nuestro Congreso. Por últi
mo, existe el Síndico con su Municipalidad.
Por lo demás, la cuestión que se debate es la forma de elección
del Senado, y el señor Zañartu se refiere a la división administrativa
del territorio de la República.
El señor Guerra (don J. Guillermo) pregunta si al hacer esta
agrupación de provincias para que cada una elija cuatro Senadores,
se ha consultado además de las condiciones peculiares de ellas, el

elemento «población».
S. E. dice que eso se deja a la ley. Agrega que él había pensado

proponer una indicación relativa al punto en debate para que el

(Artas 12)

178 —

Senado fuera elegido por votación directa por toda la República y


que después llegó a la fórmula que ha propuesto para que el Senado
tenga la representación territorial de la Nación.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) encuentra que hay
desproporciones muy grandes en esta representación.
S. E. dice que con lo propuesto, él ha procurado que hayan
Senadores nacionales, más que provinciales, para que representen
más el interés general que el local, que está salvaguardiado por los
miembros de la Cámara de Diputados.
El señor Guerra (don J. Guillermo) ve un serio peligro en su
primir el elemento «población» en esta materia; pero le agrada la
idea de volver a los Senadores el carácter nacional que les dio la

Constitución de 1833.
S. E. considera que eso lo tomará en cuenta la ley al hacer las
agrupaciones de provincias. Aquí se estampa el concepto básico
fundamental; decimos que se hagan agrupaciones provinciales y
fijamos sólo las normas generales.
El señor Guerra (don J. Guillermo) supone que la primera agru
pación se forme con las provincias de Tacna, Tarapacá y Antofagas
ta. Tacna es agrícola, Tarapacá y Antofagasta son salitreras y mi
neras. Hay una diversidad muy grande de actividades entre la una

y las otras. Insiste, además,en que debe tomarse en cuenta el fac

tor población, para evitar que unas agrupaciones tengan muy po


cos habitantes con respecto a otras y, sin embargo, elijan la misma

representación numérica.
S. E. quiere que los Senadores representen a la región, al país.
El factor población está contemplado en la Cámara de Diputados.
El señor Guerra (don J. Guillermo) diee que en la elección del
Senado debemos acercarnos a la población lo más posible.
S. E. manifiesta que eso lo determinará la ley al formar las
agrupaciones. Quiere hacer de los Senadores altos funcionarios na
cionales.
El señor Guerra (don J. Guillermo) cree que tal cosa se concibe
perfectamente en el régimen federal.
En Argentina, por ejemplo, Rioja, con ochenta mil habitantes,
y Buenos Aires, con dos y medio millones, tienen cada una dos Se
nadores. En Estados Unidos, Nueva York, con catorce millones,
tiene dos Senadores, y otro Estado nuevo con doscientos mil habi
tantes, también tiene dos Senadores.
Eso es federalismo y no corresponde a las necesidades de nues

tro país.
S. E. dice que la indicación que propone es el resultado de una

transacción, porque su opinión personal era que los Senadores fue


ran elegidos en el país, en colegio único.
-
179 —

El señor Guerra (don J. Guillermo)


agrega que si así se hiciera,
por su parte
no
tendría_nada que agregar, puesto que así lo esta
bleció, mucho acierto, la Constitución de 1833.
con

El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, manifiesta que


la elección en colegio único tendría un grave inconveniente. La pro
vincia de Santiago tiene seiscientos ochenta mil habitantes, y si se
eligieran cuarenta Senadores para todo el país, Santiago por sí solo
sacaría gran parte de los Senadores, y en cambio otras provincias de
escasa población no tendrían mayor influencia en la elección.

Por eso S. E. ha propuesto esta transacción que divide al país


en diez grandes zonas, según sus características: la zona minera, la

zona agrícola, etc.


El señor Hidalgo (don Manuel) dice que estas agrupaciones
provinciales eliminarían a los partidos pequeños.

S. E. dice que con el voto repartidor no hay ese peligro, porque


los partidos de escasas fuerzas sacan los Senadores que corresponden
a ellas.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) estima que desde
luego, ésta es una forma más aceptable de consultar la opinión de
los intereses económicos que la representación gremial, de que tanto
se ha hablado y que no constituye un adelanto político. Ellos po

drían hacerse oir así en el Senado por medio de representantes re


gionales de las distintas zonas; y si a esta Cámara se le va a dejar
como una Corporación exclusivamente revisora, no habría inconve

niente en que por su intermedio se consultara a los representantes de


las diversas zonas antes de terminarse la tramitación de las leyes,
El señor Vidal Garcés (don Francisco) más aceptable que la
fijación de cuatro Senadores por agrupación provincial, le parece de
terminar la cuota de Senadores en relación con el número de Di
putados, pues no desearía que se modificara sustancialmente el
régimen actual. Cree, además, que es una garantía de orden para
el país que el Senado conserve ciertas facultades, no dejándolo co
mo simple Cámara Revisora.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) tiene la misma opi
nión que el señor Vidal Garcés y expresa que ambas Cámaras deben
ser co legisladoras.
S. E. manifiesta que se ha buscado una manera de salvar las
dificultades anotadas, que consistiría en dar al Senado la facultad
de proponer las leyes a la Cámara de Diputados. Por ejemplo, que
diez Senadores pudieran enviar un mensaje a la otra Cámara propo
niendo algún proyecto de ley, tal como el Presidente puede enviar
mensajes en igual sentido. Lo único que no tendría el Senado sería
la iniciativa para dictar leyes, tal como la tiene la Cámara de Di
putados.

180 —

El señor Cárdenas salva su opinión tomando


(don Nolasco)
en imposibilidad de apreciar la trascendencia de la refor
cuenta la
ma por S. E. en cuanto a la fijación de cierto número
propuesta
de Senadores para ser elegidos por agrupaciones provinciales. El se
inclinaa que se mantenga el sistema actual.

El señor Hidalgo (don Manuel) adhiere a este sentir y tam


bién salva su opinión; como igualmente el señor Zañartu.
Se dio por aprobada la forma de elección del Senado, propuesta
por S. E.
S. E. agrega que su propósito es hacer del Senado un organismo

técnico y eficiente, y que al efecto propone que también formen parte


de él representantes de algunas actividades nacionales, creando los
Senadores por derecho propio. El siguiente artículo traduce este
propósito :
<Art. . . Formarán también parte del Senado los funcionarios
y ex-funcionarios públicos y los delegados de las funciones sociales
que determine la ley. Su número no puede ser superior a la tercera
parte de los Senadores de elección.»
De acuerdo con estas ideas, el Ejército tendría su representante
propio, y lo tendrían también la Marina, la Sociedad Nacional de
Agricultura, la Asociación del Salitre, las Federaciones Obreras, etc.
Es una fórmula mixta que nos acerca a la representación funcional.
El señor Guerra (don J. Guillermo) estima que es muy con
veniente que hombres de preparación reconocida y especializados
en ciertas materias formen parte del Congreso, pero, por el sistema
propuesto para su elección, tiene el temor de que resulte análogo al
Consejo de Estado, que ha dado malos resultados solamente debido
a su atribución de formar las ternas judiciales y que en tal caso val

dría la pena mantenerlo quitándole esa atribución y dándole al Con


sejo de Estado esos funcionarios propuestos para el Senado.
S. E. observa que desde hace treinta años el país tiene conde
nado al Consejo de Estado a desaparecer.
El señor Hidalgo (don Manuel) expresa que debe irse al siste
ma de Cámaras funcionales en que tengan representación efectiva
los intereses económicos. Son estos intereses los que hoy tienen im
portancia capital, con preponderancia aun sobre el concepto de pa
triotismo, como se ve en Francia, por ejemplo, en el caso de los
productos químicos y anilinas alemanas; aparentemente, hay allí una
cuestión de patriotismo, pero, en el fondo, no son sino los intereses
económicos los que están de por medio.
No se puede negar que la cuestión económica es la que rige la
organización de los pueblos, y que ella es hoy, en realidad, la direc
tiva de la humanidad.
No acepta la proposición de S. E.

181 —

Aceptaría que el Senado tuviera el carácter de Cámara funcional;


con representantes de la Sociedad de Agricultura, del comercio, de
los obreros, etc.; que personas técnicas formaran el Senado, porque
podrían atender las necesidades de la República en forma más efi
ciente; pero, cree que si se quiere ir a la Cámara funcional, ya que
hay una Cámara política, la de Diputados, no se necesita de una
cantidad de funcionarios que perturbarán la marcha de la Repú
blica y que se podría ira la formación de un cuerpo consultivo, tanto

o más eficiente que la Cámara política, siempre que los Senadores


fueran elegidos en elección popular, no en esta forma, en que no se
determina bien quiénes elegirían estos Senadores.
S. E. manifiesta que sería la ley la que determinaría la forma
de elección. Aquí sólo se consagra la institución de esta clase de
Senadores.
El señor Cárdenas (don Nolasco) dice que a pesar de que en
principio noes contrario a esta idea, vacila por el temor de los re

sultados que en la práctica puede traer.

Como dijo el señor Hidalgo, todas las cuestiones fundamentales


de un país giran alrededor de los intereses económicos y es de temer
que dándole al Presidente de la República la facultad de nombrar
a estos Senadores, sin base popular, se corre el peligro de que se

transformen mañana en un grupo que no contemple debidamente


los intereses y aspiraciones de la clase popular.
S. E. advierte que no es el Presidente de la República sino la
ley la que determinará las calidades requeridas y la forma de la
elección.
El señor Cárdenas (don Nolasco) dice que si se estableciera
que esos Senadores fueran elegidos por los mismos elementos que
van a representar, la cosa sería menos peligrosa. Le encuentra a

esta ciertos resabios monárquicos, observación que no


disposición
hace extensiva S. E., por supuesto, en quien reconoce los más
a

elevados propósitos de reformar la Carta Fundamental, de modo


que responda a la mejor satisfacción de las necesidades públicas y
a la más discreta y conveniente organización del país; pero en esta
forma no estima aceptable esta modificación.
El señor Hidalgo (don Manuel) no haría cuestión de cualquier
forma de elección siempre que ella se entregara a los organismos o
elementos que estos Senadores van a representar.
Insiste en que la cuestión económica es predominante y da como
prueba la larga discusión habida aquí sobre el concepto de propiedad.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, manifiesta que
cuando S. E. redactaba la disposición que ha propuesto, él le advirtió
que sería combatida por demasiado avanzada, pero nunca pudo pa
sar por su mente la idea de que los representantes demócratas pu-

182 —

dieran decir que esta disposición tenía resabios monárquicos. Al


guna base podría tener esta observación si el Presidente de la Re
pública tuviera la facultad de designar cierto número de esos Sena
dores; pero no hay tal, lo único que se persigue es que funcionarios
o ex-funcionarios, en razón de los cargos que desempeñan o han de

sempeñado, en razón de su especial preparación, vayan a ilustrar


los debates de ese alto cuerpo, que estará alejado de las luchas po
líticas.
También irían al Senado, representantes de ciertas funciones
sociales, un miembro de la Sociedad de Agricultura, un representante
del Ejército, un representante de los obreros, etc.
El señor Cárdenas (don Nolasco) dice que desearía conocer la
opinión del señor Maza respecto a quiénes cree que van a elegir a es
tas personas.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, manifiesta que,
como ha dicho S. E., eso quedará entregado a lo que disponga
la ley.
Puede decir sí que se elegirían a personas que hayan ejercido
altos cargos en la Administración y que ilustrarán al Senado acerca
de los servicios que han estado a su cargo : un Rector de la Univer
sidad, un Inspector General del Ejército, un Director de la Arma

da, Por ejemplo, un ex-Prcsidente de la República que ha diri


etc.
gido la marcha de la Administración durante cinco años, que conoce
a fondo los negocios del Estado, el funcionamiento de los organismos

administrativos, políticos y financieros y de todo orden, sería una


opinión digna de ser oída por el Senado.
La ley determinaría las funciones que estarían representadas y
cada representante tendría que ser elegido por los elementos de la fun
ción correspondiente. La ley diría por ejemplo: «La Sociedad de
Agricultura elegirá en tal o cual forma la persona que represente en
el Senado las actividades agrícolas del país; otro representante ele
gido por el comercio representará sus intereses; los obreros tendrán
un representante designado por tales asociaciones especiales de
obreros, etc.»
El señor Zañartu (don Héctor) reitera que él ha manifestado
que no es de
partidario esa reforma.
Y explica que el señor Cárdenas haya tildado esta reforma
se

de carácter monárquico, porque hasta ahora no tiene noticias de


que ninguna República haya adoptado este sistema.
S. E. dice que está adoptado por Hungría que tiene la más mo
derna Constitución del mundo. *

El señor Zañartu (don Héctor) cree que una corporación


como el Senado que tiene parte en la dictación de las leyes, que pue
de aceptarlas o rechazarlas, debe representar como la Cámara de Di
putados, la soberanía del pueblo.

181 -

El señor Maza (don José), Ministro de


Justicia, de la Nación.
El señor Zañartu (don Héctor) todavía encuentra a este siste
ma el inconveniente de
que estos funcionarios públicos que formen
parte del Senado y que estarán más o menos ligados al Poder Eje
cutivo, darán una influencia muy grande al Presidente de la Repú
blica en las resoluciones de esa Cámara.
Además, los
organismos que van a nombrar a estos Senadores
van a tener doblerepresentación, porque los agricultores, por ejem
plo, en cuanto simples ciudadanos van a elegir a sus representantes,
a

y, en seguida, elegirán otros Senadores por el hecho de ser agricul


tores. Lo mismo pasará con el Ejército, la Marina, la Minería, la
enseñanza, etc.
Por último, estos funcionarios no tendrán, en realidad, ninguna
representación nacional.
En virtud de estas consideraciones ha salvado su opinión.
El señor Guerra (don J. Guillermo) hace notar que en los países
en donde los Senadores representan no precisamente al elemento
población, sino a las provincias, se ha producido una evolución en
el sentido de ir a la elección popular, reformando las
respectivas
Constituciones.
Entre nosotros se pretende hacer, justamente, lo contrario.
¿Qué razón hay para cambiar una tradición de cien años de vida
republicana?
En realidad, no se atreve a aceptar una reforma de esta natu
raleza y por eso silva su opinión.

El señor Hidalgo (don Manuel) dice que el único inconvenien


te que ve a la indicación de S. E., después de las
explicaciones que
ha oído, es que habla de determinados funcionarios para que for
men parte del Senado, porque lo que a él le interesa es la función que
desempeña el individuo y no el individuo mismo.
Por eso acepta que el Senado tenga un carácter funcional, pero
descartando _a los funcionarios que pueden formar parte de esta
Cámara por derecho propio.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) es partidario de que
al establecer la formación de los Poderes Públicos por la Consti
tución, no se deje a disposición de la ley la cuestión de los funcio
narios que forman parte del Senado, porque se trata de establecer el
más alto Poder Público, como es el Legislativo. De modo que si a
los Senadores elegidos por el pueblo se desea agregar algunos fun
cionarios o ex-funcionarios públicos, que lleven a esa Cámara el
contingente de su experiencia y de su saber, deben ser taxativa
mente determinados en la Constitución.
El señor Montenegro (don Pedro N.) es partidario también
del sistema de elección popular de los miembros del Senado.

184 -

S. E. dice que parece que no en el seno de


encuentra ambiente
la Subcomisión la indicación que ha formulado y que no tenía otro
objeto que llevar la competencia técnica al Senado.
En esta virtud, retira su indicación.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) dice que comprenden
muy bien los miembros de la Subcomisión que S. E. ha querido
crear un Senado que considera lo mejor.

S. E. quiere que quede especial constancia de que retira su in


dicación porque no ha encontrado ambiente en la Comisión.
Pone en discusión el art. 23 que dice así: "Los Senadores perma
necerán en el ejercicio de sus funciones por seis años, pudiendo ser
reelegidos indefinidamente».
Tácitamente se dio por aprobado el artículo.
S. E. pone, en seguida, en discusión el art. 25, que propone se
consulte en la siguiente forma: (Si un Senador muere o deja de per
tenecer al Senado por cualquier causa antes del último año de su
mandato, se procederá a su reemplazo en la forma que determine la
ley de elecciones, por el término que falte de su período»,
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, observa, que en
el artículo siguiente se propondrá que rijan también para el Senado
los artículos que se refieren a la Cámara de Diputados.
Pasando al art. 26, S. E. propone la siguiente redacción:
«Para ser elegido Senador se necesita: 1." tener los requisitos
para inscribirse como ciudadano activo con derecho de sufragio;

2.° treinta y cinco años cumplidos; 3.° no haber sido condenado

jamás a pena aflictiva.


«Lo dispuesto en los arts. 21 a 21 c) respecto de los Diputados,
comprende también a los Senadores.»
El señor Vidal Garcés (don Francisco) insinúa la convenien
cia que se extienda también a la Cámara de Diputados el requisi
to de que. para ser elegido, se necesite no haber sido jamás conde
nado por delito.
El señor Zañartu (don Héctor) expone que le parece excesiva
esta inhabilidad para el caso de que los parlamentarios intervengan
en duelos. Hasta ahora se necesitaba en tales casos la condenación de

la justicia, pero los procesos no podían sustanciarse por cuanto las


Cámaras respectivas casi nunca concedían el desafuero necesario, de
modo que nunca había inhabilidad.
El señor Barros Borgoño (don Luis) observa que la Consti
tución del 33 usó la palabra «delito», pretendiendo significar cri
men, de modo que cabría hacer esta rectificación. Porque la pala
bra «delito» envuelve el crimen, el simple delito y la falta.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) cree que conviene
mantener la inhabilidad de que se trata, pero esclareciendo más el

185 —

concepto y estableciendo que no


podrán ser congresales los que ha
yan sido condenados por delito que merezca pena corporal o aflic
tiva.
El señor Hidalgo (don Manuel) manifiesta que tal disposi
ción serviría para incapacitar a mucha gente modesta que es perse
guida por supuestos delitos sociales.
S. E. observa que nadie ha sido condenado por tal causa, y que
lo único que se ha hecho es formar proceso por acusaciones de ese

carácter. Agrega que decir «crimen o delito que merezca pena aflic
tiva» importa una disposición prohibitiva, que, como tal, hay que
entenderla, dentro de la ley, en sentido restringido; y que por este
motivo conviene usar ambas palabras en el texto constitucional.
Otra redacción, tal vez mejor, sería decir: «no haber sido condenado
jamás a pena aflictiva1, que lo comprende todo.
S. E. propone, en seguida, la siguiente indicación: «El art. 21
comprende también a los Senadores». El art. 21 es el que se refiere
a los que caucionan contratos con el Estado, a los abogados, etc.

S. E. anuncia que en la sesión próxima se tratará de los siguien


tes títulos: «Atribuciones del Congreso, y especiales de cada Cámara'
y «De la formación de las leyes».
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca,
DÉCIMAQUINTA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE
REFORMAS CONSTITUCIONALES

2 DE JUNIO DE 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, No-
lasco Cárdenas, Guillermo Edwards Matte, J. Guillermo Guerra, Jo
sé Maza, Ministro de Justicia, Romualdo Silva Cortés, Héctor Za
ñartu, y del Subsecretario del Interior, don Edecio Torreblanca,
que actuó como Secretario; se abrió la sesión a las 3J^ P. M.
Excusó su inasistencia el señor don Ramón Briones Luco.
Leída el acta de la sesión anterior, se dio por aprobada.
En seguida, S. E. da lectura al artículo 27 de la Constitución
modificado en la siguiente forma:
«Son atribuciones exclusivas del Congreso:
1.a Aprobar o reprobar anualmente la cuenta de la inversión
de los fondos destinados para los gastos de la administración pública
que debe presentar el Poder Ejecutivo;
2." Aprobar o reprobar la declaración de guerra a propuesta
del Presidente de la República;
3.a Declarar, cuando el Presidente de la República hace dimi
sión de su cargo, si los motivos en que la funda, le imposibilitan, o
no. pata su ejercicio, y en su consecuencia admitirla o desecharla;

4." Declarar, cuando hubiere lugar a dudas, si el impedimento


que priva al Presidente del ejercicio de sus funciones es de tal natu
raleza que deba procederse a nueva elección ;
5." ....
(Se suprime por pasar a Tribunales especiales que se

indican más adelante) ;


6.a Dictar leyes excepcionales y de duración transitoria que no
podrán exceder de un año, para restringir la libertad personal y la
libertad de imprenta, y para suspender o restringir el ejercicio de la
libertad de reunión, cuando lo reclamare la necesidad imperiosa de
la defensa, del Estado, de la conservación del régimen constitucional
o de la paz interior.

Si dichas leyes señalaren penas, su aplicación se hará siempre


por los Tribunales establecidos.
Fuera de los casos prescritos, ninguna ley podrá dictarse para
suspender o restringir las libertades o derechos que esta Constitución
f
asegura.
S. E. recuerda que respecto de este artículo el señor Barros Bor
goño había hecho algunas observaciones.

187 —

El señor Barros Borgoño (don Luis) dice que de algunos de


los números de este artículo podría deducirse, por ejemplo, que para
probar o reprobar la cuenta de inversión, el Congreso debería fun
cionar reunido en un solo cuerpo. Para evitar esa interpretación.
propone que se diga que en el ejercicio de estas atribuciones, ambas
ramas del Congreso funcionarán separadamente.
S. E. manifiesta que en un inciso final de este artículo se podría
establecer que los acuerdos indicados en los números 1.°, 3.° y 4.°
serán adoptados separadamente por cada Cámara y que tendrán la
tramitación de las leyes.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) dice que entre las
atribuciones exclusivas del Congreso hay que distinguir tres grupos:
1.° Aquellos puntos o materias que son objeto de acuerdos del
Congreso, tomados separadamente por cada Cámara;
2.° Materias que son de resolución del Congreso Pleno; y
3.° Los puntos o cuestiones que son materia de ley, como son
las leyes ordinarias que están en el artículo 28 y las especiales, como
la relativa a la declaración de guerra y las contempladas en el número
6.° del art. 27, que tienen carácter transitorio.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, expresa que la
cuestión relativa a la declaración de guerra pasa a formar parte del
capítulo que establece las atribuciones del Presidente de la Repú
blica.
El señor Guerra (don J. Guillermo) dice que va a hacer una
observación sobre el inciso l.q del art. 27, que dice:
*
Aprobar o reprobar anualmente la cuenta de la inversión de
los fondos destinados para los gastos de la Administración Públi
ca, etc. ■
Entiende que esta cuenta la hace el Gobierno y la presenta
al Congreso.
En la Constitución de Polonia ha encontrado una disposición
que no le parece mal. Allí está organizada, una institución encargada
de supervigilar la inversión de los fondos públicos. Y a la Corpora
ción respectiva se le da como atribución constitucional, la facultad
y obligación de preparar el estudio de los gastos públicos que se han
hecho- y presentar resolución al Congreso, para que éste
su apruebe
o desapruebe la inversión de los caudales públicos.
Algo de esto hay en sistema. El Tribunal de Cuentas
nuestro
tiene entre nosotros la facultad de supervigilar la inversión de loí
caudales públicos, y la ley le concede la facultad de hacer represen
taciones al Congreso cuando encuentre que el Gobierno ha decretado
gastos fuera del Presupuesto.
Desgraciadamente, estas representaciones no han producido un
resultado satisfactorio, porque ellas se van acumulando en las Secre
tarías de las Cámaras hasta formar tal aglomeración que al fin pasan
al Archivo.

188 —

Desea consultar a S. E., que tiene tanta versación administra


tiva y a los señores miembros de la Comisión, sobre si no sería con
veniente encargar al Tribunal de Cuentas, ya que está revisando a
diario los decretos y viendo cómo se hace la inversión de los caudales
públicos, que presentara anualmente al Congreso un informe sobre
el particular.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que ac
tualmente el Tribunal de Cuentas está obligado a estudiar la lega
lidad de las órdenes de pago y comunicar los pagos ilegales al Con
greso.
El señor Guerra (don J. Guillermo) cree que sería conveniente
que las observaciones a la cuenta de inversión se pasaran en blok y
no en detalle : porque de otro modo se forma una aglomeración tal,
que nadie entiende nada.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) dice que nunca ve la
cuenta de inversión, porque es una verdadera balumba de papeles.
S. E. cree que el Tribunal de Cuentas no va a aclarar nada en
ese sentido.

El señor Zañartu (don Héctor) observa que la Comisión Mixta


nombra todos los años una Subcomisión para que haga el examen de
la cuenta de inversión e informe a la Comisión.
El señor Barros Borgoño (don Luis) cree que la verdad es que
el Tribunal de Cuentas se ha convertido en una verdadera Corte
de Justicia y muchas veces su labor se reduce a observaciones de
detalles. Esa es la razón por qué el Congreso no le da importancia
a las representaciones del Tribunal y prescinde de ellas. Conven
dría, por eso, darle más amplitud en su esfera de acción.
A juicio de S. E., eso no tendría objeto, porque actualmente
están fiscalizados por el Tribunal de Cuentas todos los actos del
Gobierno que se refieren a la inversión de fondos.
El señor Guerra (don J. Guillermo) hace presente que en el he
cho, actualmente es la Dirección de Contabilidad la que hace la
cuenta de inversión. ¿Por qué, entonces, no encargarle a dicha re

partición este trabajo?


S. E. dice que la cuenta de inversión es la anotación de todos
los gastos públicos. Ahora bien, ésta se forma con dos clases de gas
tos : primero, los gastos que han pasado por el Tribunal de Cuentas

y no han merecido observación; segundo, los gastos que han pasado


por ese Tribunal y han merecido observación. Sobre estos últimos
gastos, el Tribunal de Cuentas ha debido noticiar al Congreso. De
manera que no habría entonces objeto en imponer al Tribunal la
función que se propone.
El señor Guerra (don J. Guillermo) manifiesta que actualmente
este trabajo se hace al detalle, en tal forma que las Cámaras no lo

189 —

toman en cuenta; se haga caso de ellas.


pasan años de años sin que
Hace algún tiempo, gracias a los esfuerzos de don Pedro Montt y
del Senador señor Echenique, se obtuvo que el Congreso prestara
atención a estas cuentas. Este trabajo que es difícil, debería hacer
lo el Tribunal en forma sintética, y así el Congreso podría pro
nunciarse sobre él con verdadero conocimiento de la materia.
S. E. da lectura al artículo 28 que dice así: «Sólo en virtud de
una ley se puede :
1.° Aprobar o reprobar la declaración de guerra, a propuesta
del Presidente de la República;
2.° Dictar leyes excepcionales y de duración transitoria que no
podrá exceder de un año, para restringir la libertad personal y la
libertad de imprenta, y para suspender o restringir el ejercicio de la
libertad de reunión cuando lo reclamare la necesidad imperiosa de
la defensa del Estado, de la conservación del régimen constitucional
o de la paz interior.

Si dichas leyes señalaren penas, su aplicación se hará siempre


por los Tribunales establecidos.
Fuera de los casos prescritos en este número, ninguna ley podrá
dictarse para suspender o restringir las libertades o derechos que

esta Constitución asegura.»


El señor Silva Cortés (don Romualdo) observa que no se de
be decir «dictar leyes» sino «dictar disposiciones de carácter excep
cional y transitorio».
S. E. da lectura, a continuación, a los siguientes números del
art. 28 que ya están aprobados:
*1.° Imponer contribuciones de cualesquiera clase o naturaleza,
suprimir existentes, señalar en caso necesario su repartimiento
las
entre las provincias, departamentos o comunas, y determinar su
igualdad o progresión.
2.° Fijar anualmente los gastos de la administración pública y
aprobar en la misma ley el cálculo de entradas, no pudiendo alterarse
los gastos o contribuciones acordados en leyes generales o especiales.
Los gastos variables pueden ser modificados por el Congreso; pero
la iniciativa para su aumento o para alterar el cálculo de entradas
corresponde al Poder Ejecutivo. El proyecto de ley será presentado
al Congreso con seis meses de anterioridad a la fecha en que debe
empezar a regir y si, a la expiración de este plazo, no se hubiere apro
bado, regirá el proyecto presentado por el Poder Ejecutivo.
3.° Fijar las fuerzas de mar y tierra que han de mantenerse en
pieen tiempo de paz o de guerra.

4.° Comprometer el crédito y la responsabilidad financiera del


Estado por medio de empréstitos o de cualesquiera otra clase de
operaciones.

190 —

4.° bis. Autorizar la enajenación de bienes del Estado o de Ia.s


Municipalidades.
5.° Establecer modificar la división política o administrativa
o

de la República; habilitar puertos mayores y establecer aduanas.


6.° Señalar el peso, ley, valor, tipo y denominación de las mo
nedas, y el sistema de pesos y medidas.
7." Permitir la introducción de tropas extranjeras en el territorio
de la República, determinando el tiempo de su permanencia en él.
8.° Que dice: «Permitir que residan cuerpos del ejército perma
nente en el lugar de las sesiones del Congreso y cien kilómetros a su
circunferencia». (Se suprime).
9.° Permitir la salida de tropas nacionales fuera del territorio de
la República, señalando el tiempo de su regreso.
10.° Crear o suprimir empleos públicos; determinar o modificar
sus atribuciones ; aumentar o disminuir sus dotaciones ; dar pensiones

y decretar honores públicos a los grandes servidores. Las leyes que


conceden pensiones deberán ser aprobadas por el voto de los dos
tercios de los miembros presentes de cada rama del Congreso.
11.° Conceder indultos generales o amnistías.
lia. Fijar la remuneración de que gozarán los Diputados y
Senadores. Durante un período legislativo no podrá modificarse la

remuneración sino para los siguientes.»


S. E. observa que habrá que establecer un artículo transitorio
en que se autorice al primer Congreso para fijar ia remuneración de

sus miembros.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que en
algunas Constituciones se establece la remuneración en relación a la
asistencia. ¿Convendría aquí hacer lo mismo?
El señor Edwards Matte (don Guillermo), cree que conviene
dejar a cada Cámara la facultad de establecer en su reglamento re

bajas de la remuneración en los casos de inasistencia a las sesiones.


S. E. estima que la ley debe fijar la remuneración de acuerdo
con el trabajo de los Diputados y Senadores,
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, cree que se po
dría decir: ^estableciéndose reducciones en la remuneración».
El señor Barros Borgoño (don Luis), observa que lo decoroso
es
que los ( 'ongiesales tengan una remuneración permanente.
S. E. hace presente que no se pueden establecer tales limitacio
nes en la Constitución.
Es la buena y no la mala fe, la que se presume siempre en la
ley; por eso, no acepta la idea que se ha propuesto.

El señor Zañartu (don Héctor), comparte la opinión de S. E.


Si se aceptara la idea propuesta, se crearía un organismo que na
cería desprestigiado. Y no hay conveniencia en que lasCorporacio
nes que reflejan la opinión del país se presenten así.

191 —

El señor Edwards Matte (don Guillermo) recuerda, que no


se ha incluido, en el art. 29 la aprobación de los tratados. Esto se
hace necesario, porque la aplicación, del, art. 75, número 19 de la
actual Constitución, que trata de esta materia, ha producido dificul
tades en la práctica. Recuerda, al respecto, la aprobación del Pro
tocolo de Washington.
S. E. manifiesta que el señor Edwards tiene razón.
Esta materia podría tener cabida en el art. 27; allí se podría
poner un número que dijera:
«Aprobar los Tratados que les someta el Presidente de la Re
pública.»
El señor Edwards Matte (don Guillermo) cree preferible que
este punto figure que son materia de una ley,
entre las cuestiones
porque si los Tratados figuran entre las cuestiones que son materia
de acuerdos de la Cámaras, su tramitación puede tener dificultades.
S. E. recuerda que en el artículo respectivo se aprobó un inciso
en que se establece que estos acuerdos se tramitarán como un pro
yecto de ley.
El señor Barros Borgoño (don Luis) hace presente que los Tra
tados deben aprobarse en globo; en otras palabras, el Congreso no
puede hacerles enmiendas sin ser considerados nuevamente por
el Gobierno.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) advierte que si no
se establece que en este caso la tramitación del acuerdo es la misma

de un proyecto de ley, podría resultar que el acuerdo sea aprobado


por de las Cámaras y rechazado en la otra y que se estimara en
una

tonces por algunos que el acuerdo no podría seguir tramitándose.


El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que si se
acepta el proyecto en estudio, en la parte relativa a la tramitación
de las leyes, no podría producirse ese caso

S. E. pregunta si habría inconveniente para que en el número 1.°


del artículo relativo a los acuerdos del Congreso se dijera «aprobar
o rechazar los Tratados que les someta el Presidente de la República».

El señor Silva Cortés (don Romualdo) considera que es bue


no dejar la aprobación de los Tratados, no entre las materias de ley,

sino entre las materias que son acuerdos de las ('amaras, en la inte
ligencia de que esos acuerdos tendrán la misma tramitación de
una ley.
S. E. agrega que se dejará testimonio expreso en el acta de que
la mente de la Comisión es que el Congreso no tiene facultad para
proponer enmiendas ni para adicionar los Tratados.
Así se acordó.
Da en seguida lectura al art. 29 de la actual Constitución, que
dice:

192 —

sSon atribuciones exclusivas de la Cámara de Diputados:


« Calificar las elecciones de sus miembros, conocer sobre los re
clamos de nulidad que ocurran acerca de ellas, y admitir su dimisión
si los motivos en que la fundaren fueren de tal naturaleza que los
imposibilitaren l'úica o moralmente para el ejercicio de sus funciones.
Para calificar los motivos, deben concurrir las tres cuartas partes
de los Diputados presentes.»
En el provéelo se
propone reemplazar este artículo por el si-
i guíente:
/ «Art. 29. Son atribuciones exclusivas de la Cámara:
I «Pronunciarse sobre la inhabilidad y admitir la dimisión de sus
| si los motivos en que la fundaren, fueren de tal natura-
miembros,
¡ que los imposibilitaren física o moralmente para el ejercicio de
leza,
I sus cargos. Para calificar los motivos de la dimisión, deben concurrir
I las dos terceras partes de los Diputados presentes.»
El señor Guerra (don J. Guillermo) ¿no se podría dejar al Tri-
i bunal Calificador la calificación de las inhabilidades?
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que eso se
ría ir demasiado lejos; la calificación de las inhabilidades es cuestión
f de fondo.
En el párrafo relativo a las atribuciones del Senado se repite
esto mismo; convendría, entonces, hacer figurar esta atribución en
el párrafo relativo al Tribunal Calificador; y decir ahí: «las Cámaras
se pronunciarán sobre, etc>-
S. E. acepta la indicación propuesta por el señor Maza.
En seguida da lectura a los números 2.a y 3.° del art. 29, que ya es

tán aprobados y que dicen así:


«2." Declarar si han o las acusaciones que cualesquiera
no lugar
de sus miembros formularen en contra de los siguientes funcionarios :
(?) Del Presidente de la República por actos de su administración
en que haya comprometido gravemente el honor o la seguridad del
Estado, o infringido abiertamente la Constitución o las leyes. Esta

acusación sólo podrá interponerse en el año inmediato después de


concluido el término de su presidencia. Durante este año, no podrá
ausentarse de la República mu acuerdo de la Cámara, o. en receso

de ésta, de su Presidente ;

í>) De los Ministros por los delitos de traición, concusión, mal


versación de fondos públicos, soborno,infracción de la Constitución,
atropellamiento délas leyes, por haberlas dejado sin ejecución y por
haber comprometido gravemente la seguridad o el honor de la Na
ción.
Estas acusaciones podrán interponerse mientras funcione el Mi
nistro y en los seis meses siguientes a su expiración del cargo. Du
rante ese tiempo, no podrá ausentarse de la República sin permiso
de la Cámara, o, en receso de ésta, de su Presidente;
-
193 —

c) De los magistrados de los Tribunales Superiores de Justicia


por notable abandono de sus deberes;
d) De los generales de un ejército o armada por haber compro
metido gravemente la seguridad o el honor de la Nación; y
e) De los Intendentes y Gobernadores por delitos de traición,
sedición, infracción de la Constitución, malversación de fondos pú
blicos y concusión.
En todos estos casos la Cámara declarará si ha o no lugar la
acusación, oyendo previamente al inculpado y el informe de una
Comisión de cinco Diputados elegidos a la suerte.
Si resultare la afirmativa nombrará tres Diputados que la for
malicen y prosigan ante el Senado. Si el inculpado no asistiere a la
sesión a que se le cite, o no enviare defensa escrita, podrá la Cámara
renovar la citación o proceder sin ella.

Desde el momento en que la Cámara declare que ha lugar a la


acusación, el acusado quedará suspendido de sus funciones. La sus
pensión cesará si el Senado desestimare la acusación o si no se pro
nunciare dentro de los treinta días siguientes.
3.° (nuevo). Fiscalizar los actos del Poder Ejecutivo.
Para ejercer esta atribución, la Cámara puede, con el voto de
la mayoría de los Diputados presentes en la sesión, adoptar acuerdo
o sugerir observaciones que se transmitirán por escrito al Presidente

de la República. Los acuerdos u observaciones no afectarán la res


ponsabilidad política de los Ministros y serán contestados por es
crito por el Presidente de la República o verbalmente por el Ministro
que corresponda.»
S. E. hace presente que el señor Maza quiere que los Ministros
no puedan contestar verbalmente, sino por escrito las observaciones
de carácter pobtico que transmita la Cámara al Gobierno,
El señor Edwards Matte (don Guillermo) cree que en interés
de los propios Ministros, éstos deben tener el derecho de ir a con

testar verbalmente a la Cámara esas observaciones.


En algunos casos, ha ocurrido en una ocasión en la Argen
como

tina, esa falta de concurrencia les perjudicaría considerablemente.


El señor Silva Cortés (don Romualdo) dice que el Gobierno
puede necesitar de la tribuna de la Cámara en estos casos.
El señor Barros Borgoño (don Luis) manifiesta que el Gobier
no debe tener una tribuna, en la cual pueda defenderse y debe ser
facultativo para los Ministros asistir o no a ella.
Si el Ministro cree conveniente ir a hacer allá la defensa de
algún acto del Gobierno, va al Congreso; y si no, no va.
S. E. da lectura, en seguida, al art. 30 que dice:
'Son atribuciones del Senado:
1.' Pronunciarse sobre la inhabilidad y admitir la dimisión de

(Actas 13;

194 —

sus miembros, si los motivos en que la fundaren, fueren de tal natu


raleza que los imposibilitaren física o moralmente para el desempeño
de estos cargos. Para calificar los motivos de la dimisión deben con

currir las dos terceras partes de los Senadores presentes;


2.a Conocer de las acusaciones que la Cámara entable con arre
glo al artículo anterior, oyendo al acusado. Si el acusado no asistiere
a la sesión a que se le cite, o no enviare defensa escrita podrá el
Senado renovar la citación o proceder sin ella.
El Senado resolverá como jurado y se limitará a declarar si el
acusado es o no culpable del delito o abuso de poder que se le imputa.
La declaración de culpabilidad deberá ser pronunciada por la
mayoría de los Senadores en ejercicio. Por la declaración de culpa
bilidad queda el acusado destituido de su cargo.
El funcionario declarado culpable será juzgado con arreglo a

las leyes por el Tribunal ordinario competente, tanto para la apli


cación de la pena señalada al delito cometido, cuanto para hacer
efectiva la responsabilidad civil, por los daños y perjuicios causados
al Estado o a particulares;
2.a bis. Decidir si ha o no lugar a la admisión de las acusacio
nes que cualquier individuo particular presente contra los Ministros,

por razón de los perjuicios que pueda haber sufrido injustamente


por algún acto de éstos, procediendo en la misma forma que indica
el número anterior.
3.a (Se deroga).
4.a Prestar o negar su consentimiento a los actos del Gobierno
en los casos en que esta Constitución o la ley lo requiera.

5.a (nueva). Dar su dictamen al Presidente de la República en

todos los casos en que lo consultare.


6.a (nueva). Conceder los permisos y otorgar las rehabilitacio
nes a que se refiere el art. 9.

7.a Conocer de las competencias entre las autoridades políticas


o administrativas y los Tribunales Superiores de Justicia.»
El artículo fué totalmente aprobado.
Se pasó, en seguida, al párrafo relativo a la formación de las
leyes.
S. E. da lectura al art. 40 que dice:
«Las leyes y proyectos tendrán principio en la Cámara por men
saje que les dirija el Presidente de la República, por indicación del
Senado, por proposición de la Corte Suprema en los casos contem
plados en el art. 105a, o por moción de cualquier Diputado.
Las leyes que signifiquen gastos públicos son de la iniciativa
exclusiva del Presidente de la República, sin perjuicio de lo dispuesto
en el art. 105a.

195 —

Para que el Senado sugiera un proyecto de ley a la Cámara, basta


el voto de diez Senadores. La Corte Suprema necesita el voto de la
mayoría de sus miembros.»
Hace presente S. E. que no acepta la parte en que este artículo
da a la Corte Suprema iniciativa en la formación de las leyes.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, expresa que
S. E. tuvo la deferencia de manifestarle que iba a combatir esta
parte del artículo y él, a su vez, va a corresponder a esa deferencia
a la Cor
exphcando por qué cree que deben darse las atribuciones
te Suprema en la forma indicada en el art. 105a.
el art. 105.a
Sólo trata ese artículo de dar al Poder Judicial toda la autono
mía posible, a fin de que sea completamente independiente.
Una de las trabas principales del Poder Judicial es la que se
deriva de la remuneración de sus miembros. Si acaso un Presidente
o un Congreso, o un Congreso en unión con un Presidente tienen

interés en presionar a los Tribunales de Justicia, pueden llegar a


hacer pasar una ley por la cual sus rentas sean disminuidas a la dé
cima o centésima parte.
Si esas remuneraciones las fijan los demás poderes públicos, el
Poder Judicial no tendrá independencia. ¿Cómo puede asegurarse
su autonomía? Dejando a la iniciativa de la Corte Suprema la alte

ración de esas remuneraciones. Estos son en síntesis los fundamentos


de la indicación que ha presentado para que la Corte Suprema tenga
iniciativa en la dictación de estos proyectos de ley. El artículo que
propone dice así:
«Art. 105a. La Corte Suprema tiene iniciativa para proponer
a la Cámara la innovación en las atribuciones de los Tribunales; en
el número y calidades de sus individuos; en los años que deban haber
ejercido la profesión de abogado, o en la remuneración de que go
zaren.

La proposición de la Corte Suprema se entenderá aprobada si


la Cámara no se pronunciare sobre ella en el término de seis meses
o si el Senado no lo hiciere en el de tres.»
De manera que la Corte Suprema tendría iniciativa en los tres
casos indicados en el mismo artículo.
El señor Zañartu (don Héctor) dice que entiende que no se li
mite la independencia del Poder Judicial por el hecho de que el Con
greso le fije sus remuneraciones.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, manifiesta que
las Cámaras por sí solas no podrían disminuir las remuneraciones del
Poder Judicial si se aprobara el artículo propuesto.
El señor Zañartu (don Héctor), cree que se quitaría entonces la
facultad respectiva al Presidente de la República y a las Cámaras.

196 —

S. E. supone que el valor de la moneda subiera y que hubiera


necesidad de rebajar los sueldos; o que mañana venga una calamidad
pública que aconseje la rebaja de los emolumentos de todos los em
pleados públicos. En estos casos, los miembros del Poder Judicial
quedarían algo así como en una República aparte, independiente;
tendrían casi una soberanía propia.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, cree que en estos
casos la Corte misma se anticiparía a pedir la rebaja de los sueldos

de los función;!! ios judiciales.


El señor Pareos Borgoño (don Luis) diee que no está de
acuerdo en conceder esta iniciativa a la Corte Suprema, porque cree
que ella va contra la doctrina general, que entrega esa facultad
a ambas Cámaras. No le parece que eso esté de acuerdo con las
doctrinas de lis tratadistas de derecho público.
Respecto de la conveniencia de quitar al Senado la facultad de
iniciar proyectos de ley, no está de acuerdo tampoco. Cree que, en
este sentido, no conviene introducir modificaciones constitucionales.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) manifiesta, que
piensa lo mismo que el señor Barros Borgoño. Cree que no hay
conveniencia en quitar al Senado esa facultad. No ha visto consul
tada esa idea en ninguna Constitución republicana.
Agrega que desde el punto de vista de la conveniencia, no
está lejos de pensar como los señores Barros Borgoño y Silva
Cortés ; pero desde el punto de vista de la doctrina constitucional
hay sin duda razones para quitar al Senado la decisión por sim
ple mayoría en los asuntos que afecten a la soberanía nacional.
Porque, como la representación del Senado no ha de ser pro
porcional al número de habitantes, ya que se piensa establecer
una forma diferente de representación, lo lógico parece que de las
dos ramas del Congreso sea la que tiene un origen popular propor
cional al electorado, la que en estas materias tenga la última palabra
por simple mayoría de sus miembros. Comprende que el Senado
influya con la mayoría de sus dos tercios sobre la Cámara de Dipu
tados. No debe olvidarse que el principio de la soberanía nacional
está basado en la proporcionalidad entre los habitantes y los repre
sentantes llamados a dictar la ley. Ahora bien, la función esencial
de la soberanía es legislar; todas las demás funciones son comple
mentarias de la de legislación. Y, sin embargo, aquí podría ocurrir
que una ley aprobada por la mayoría de la representación que ;e
generó con arreglo a la proporcionalidad con la mayoría de las opi
niones políticas de los habitantes de la República, no pueda predo
minar y que impone, en cambio, la voluntad de una Cámara
que
ha generado en las condiciones indicadas.
no se Hay que tener pre
sente que esta nueva organización del Senado va a significar en cierto

197 -

modo la representación de los intereses económicos, representación


que no va a corresponder a la función ciudadana del sufragio.
El señor Barros Borgoño (don Luis) manifiesta que celebra
mucho haber oído al señor Edwards Matte. Respecto de esta cues
tión de la soberanía nacional, hay conceptos diversos en cada Cons
titución. En Estados Unidos, a pesar de que el Senado no se elige
proporcionalmente al elemento popular sino con relación a los Esta
dos, es esta Corporación la que tiene más influencia en la formación
de las leyes.
Se ha dicho que la Cámara de Diputados va a tener una repre
sentación proporcional a la población y que el Senado no va a estar
en esas condiciones. Pero eso no le quita al Senado su origen po

pular.
¿Por qué al Senado que va a estar compuesto de hombres de
edad madura, de gran versación política y administrativa, se le va
a quitar la iniciativa en la formación de las leyes? No divisa la razón

que aconseje esa medida.


En realidad, con relación a este asunto en todas las Constitu
ciones se ha establecido el mismo precepto que tiene la nuestra, esto
es, que hay leyes que son de iniciativa exclusiva de una u otra Cá
mara.- Así, por ejemplo, la ley de amnistía es de iniciativa del Se
nado, porque se ha creído conveniente consultar en este caso de
preferencia la opinión de los hombres más para otorgar este
serenos

favor a ciertos le parece justo ni conve


procesados. Repite que no
niente negarle a una de las Cámaras la iniciativa para legislar.
El señor Guerra (don J. Guillermo) manifiesta que está de
acuerdo en general con el señor Barros Borgoño ; no le parece, en

efecto, por más que se le tenga como enemigo sistemático del par
lamento,* cuando sólo lo es del régimen parlamentario, que se de
— —

ba quitar al Senado de la República la facultad de iniciativa de


las leyes. Quiere, sí, hacer notar que mediante el sistema de dar a
los Senadores la facultad de proponer a la Cámara de Diputados
que dicte una ley, la cual debe volver al Senado en conformidad
con los trámites de la formación de las leyes, haría esta Corpora

ción un papel muy curioso, tendría una especie de sub-iniciativa,


yaque si modifica el proyecto que se le envía, debe éste volver a la
Cámara de Diputados para que siga los trámites ordinarios de todo
proyecto de ley.
Va a tocar ahora el otro punto tratado por el señor Ministro
de Justicia y que se refiere a la iniciativa de la Excma. Corte Su
prema para proponer leyes; cuando oyó leer a S. E. el artículo 31,
no pensó que la cuestión se iba a referir a lo que indicó el señor Mi

nistro, sino que la iniciativa que se iba a conferir a la Corte Suprema


era para proponer aquellos proyectos a que se refiere el art. 4.° del

Código Civil.

198 -

Saben los señores miembros de la Comisión que nuestro Código


Civil, con muy buenas intenciones y con el acertado propósito de

que no se petrifiquen las leyes ni


conviertan en momias nuestros
se

Códigos, consultó en esa disposición la idea de que la Corte Supre


ma representara anualmente al Gobierno las necesidades que se hu

bieren hecho sentir en la legislación, los vacíos que se hubieren notado


en las leyes, y propusiera los
respectivos proyectos de ley para que el
Gobierno los transmitiera al Pode: Legislativo. Resultó después que
el Poder Ejecutivo no hizo caso a la Corte Suprema y esta Hono
rable Corporación dejó de hacer estas representaciones al Gobierno.
Pensaba, por eso, que el señor Maza habría tenido en vista esta
circunstancia y que para facilitar esa labor a la Corte Suprema se
proponía la idea de que la Corte pudiera dirigirse directamente al
Congreso para propiciar algunos proyectos de ley en materias espe
cialmente judiciales. Y si ese hubiera sido el alcanee de esta propo
sición, no habría encontrado inconveniente para aceptarla, pues

considera que esta facultad de la Corte Suprema para proponer


proyectos de ley es una medida salvadora, tanto más cuanto que
esa Corporación es un poder público como cualquier otro.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) dice, que, solamente
sería para aplicar el derecho en casos determinados.
El señor Guerra (don J. Guillermo) replica que se trata sólo de
la facultad de proponer proyectos. Y queda a salvo al Parlamento
la atribución de dictar o no la ley.
El señor Barros Borgoño (don Luis) cree que no hay razón
para implantar la reforma propuesta por el señor Maza.
El señor Montenegro (donPedro N.) declara que hay convenien
cia, a su juicio, en que lasleyes tengan origen en el Senado o en la Cá
mara de Diputados. Las razones doctrinarias a que sereferíaelseñor
Edwards no tienen mucha base. Dice el señor Edwards que la Cámara
de Diputados está representada o compuesta por los elementos más
genuinos de la representación popular, en relación a la población
y que esa es una razón para que sólo esta Cámara tenga la iniciativa
de la dictación de las leyes. Pero hay que tener en cuenta que la
totalidad de la Cámara de Diputados representa a la totalidad déla
población del país, y que también la totalidad de la Cámara de Se
nadores representa igualmente a la totalidad de la población. Por
consiguiente, un proyecto de ley o un acuerdo aceptado por la Cá
mara de Diputados representa la voluntad del país, de la misma

manera que la representa un proyecto o un acuerdo aceptado


por el
Senado. No habría, pues, razón para dejar a una Cámara en situa
ción privilegiada respecto de la otra.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) manifiesta que reco
noce que la Cámara de Senadores representa a toda la Nación, pero

199 —

cada uno de los Senadores no representa a la misma


proporción del
país que los demás Senadores.
Ahora bien, en el resultado de la votación puede ocurrir que
una fracción de Senadores superior en número, pero inferior en repre
sentación, predomine sobre otra fracción que sea superior en represen
tación, pero inferior en número. Entonces la razón doctrinaria indi
caría que la Cámara donde la proporción es exacta, en lo que se re
fiere a los representantes, sea la que resuelva en definitiva.
El señor Amunátegui (don Domingo) considera que la iniciativa
para la dictación de las leyes deben tenerla el Presidente de la Repú
blica y ambas Cámaras igualmente, pero en ningún caso la Corte
Suprema, menos en la cuestión de fijación de sueldos. Así como se ha
dicho y establecido que no pueden los Diputados fijar su dieta o au
mentarla dentro del mismo período, sino que eso debe hacerlo un
Congreso para que rija en el siguiente, con mayor razón debe hacer
se lo mismo tratándose de la Corte Suprema.

Debe mantenerse la iniciativa de las leyes por parte del Presi


dente de la República, de la Cámara de Diputados y de la Cámara
de Senadores, pero de parte de la Corte Suprema, jamás, a no ser
en el caso a que se refiere el Código Civil, esto es, como una mera

representación al Ejecutivo.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, atribuye im
portancia a la disposición que da la iniciativa de las leyes a la Cá
mara de Diputados y deja a los diez Senadores la facultad de pre

sentar un proyecto a fin de que lo discuta primeramente aquella


Cámara.
El sistema establecido en esta parte por nuestra Constitución,
ha sido criticado y con justicia, a su modo de pensar. No sabe en
qué forma podría regularse el sistema, dado el origen de una y otra
Cámara, para que la Cámara de Diputados pudiera tener predo
minio.
En seguida, da la opinión que tiene respecto del Senado futuro,
por las altas materias de que
va a tener que ocuparse, por el deseo

que tiene de que Cámara Revisora que sirva de tamiz mode


sea una

rador de los avances cada día crecientes de la Cámara de Diputados,


Le parece mejor que, en todo caso, el Senado sirva de Cámara Re
visora.
El Senado, como Cámara de origen, manda un proyecto a la
Cámara de Diputados; la Cámara lo transforma por completo, obe
deciendo a la tendencia más avanzada que lógicamente va a tener;
el proyecto vuelve al Senado. Y ¿qué facultad le va a dar la Consti
tución al Senado para que pueda hacer prevalecer su opinión más
tranquila, si partimos de la base que va a predominar la Cámara de
Diputados? Le parece que se resta fuerza moral y efectiva a

200 —

la formación y discusión de las leyes, si se deja también al Senado


como Cámara de origen.

Son estas las ideas que en síntesis tenía que proponer. Insiste
en creer que para la formación de las leyes, hay ventaja en que el

Senado sea siempre una Cámara Revisora. Porque no sabe cómo va


a pronunciarse el Senado cuando reciba, de vuelta de la otra Cámara,
un proyecto de ley completamente rehecho por la Cámara de Dipu
tados. Va a tener atribuciones más
restringidas y no va a poder ejer
cer sus funciones como Cámara moderadora, con espíritu superior,

tranquilo, para poder velar por los intereses públicos.


El señor Silva Cortés (don Romualdo) expresa que esos males se
deben a que en el mecanismo que tenemos para la formación de las
leyes, acontece que en el segundo trámite constitucional, a un proyecto
de ley se le introducen materias completamente extrañas. Eso es mate
ria de otro precepto constitucional que se podría estudiar en la sesión
próxima; porque, en realidad, existen esos males y últimamente han
avanzado en gran proporción, produciendo trastornos completos en
la formación y discusión de las leyes.
S. E. manifiesta que la idea de que el Senado tenga iniciativa
en la formación de las leyes ante la Cámara de Diputados, fué el
resultado de una transacción a que llegó con el señor Ministro de
Justicia, porque le hizo fuerza la observación que formuló el señor
Ministro respecto a la naturaleza especial que en la nueva Consti
tución se le quiere dar al Senado y para no privar a esa Cámara de
sus derechos y conservar el mecanismo existente, se le había ocurrido

que cuando el Senado quisiera tomar la iniciativa en la dictación de


una ley pudiera mandar un mensaje a la Cámara.

En seguida S. E. da lectura a los siguientes artículos, cuya dis


cusión quedó pendiente:
sArt. 32. Aprobado un proyecto de la Cámara, pasará inme
diatamente al Senado para su discusión en un término que no pase
de un año. Si durante ese término el Senado no se pronunciare, el
proyecto se entenderá aprobado. El plazo será sólo de treinta días
para la ley que fija los gastos de la Administración Pública.
«Art. 33. El proyecto que fuere desechado en la Cámara no
podrá renovarse sino después de un año.
«Art. 34. Aprobado un proyecto por ambas ramas del Con
greso producida su aprobación en la forma tácita prevenida en el
o

art. será remitido por la Cámara al Presidente de la República,


32,
quien, si también lo aprueba, dispondrá su promulgación como ley.
«Art. 35. Si el Presidente de la República desaprueba el pro
yecto, lo devolverá a la Cámara, haciendo las observaciones conve
nientes dentro del término de treinta días.
«Art. 36. Si las dos ramas del Congreso aprobaren las obser-

201 —

vaciones hechas por el Presidente de la República, el proyecto tendrá


fuerza de ley y se devolverá al Presidente para su promulgación.
«Si las dos ramas del Congreso no aceptaren las observaciones
del Presidente de la República e insistieren por los dos tercios de
sus miembros presentes en el proyecto aprobado por ellas, se devol

verá al Presidente para su promulgación, o para que éste, dentro


del término de treinta días, consulte a la Nación por medio de un
plebiscito popular. El proyecto que se apruebe en el plebiscito se
promulgará como ley de la República.»
Artículos 37, 38 y 39, suprimidos por la ley de 26 de Junio
de 1893.
«Art. 40. Si el Presidente de la República no devolviere el
proyecto dentro de treinta días, contados desde la fecha de su remi

sión, entenderá que lo aprueba y se promulgará como ley. Si el


se

Congreso cerrase sus sesiones antes de cumplirse los treinta días en


que ha de verificarse la devolución, el Presidente lo hará dentro
de los diez primeros días del período de sesiones siguientes.
«Art. 41. El proyecto que, aprobado fuere desechado en su
totalidad por el Senado, volverá a la primera, donde se tomará nue
vamente en consideración, y si fuere en ésta aprobado por las dos
terceras partes de sus miembros presentes, pasará al Presidente de
la República.
«Art. 42. El proyecto que fuere adicionado o corregido por el
Senado, volverá a la Cámara, para que ésta apruebe o rechace las
adiciones o correcciones, después de lo eual, pasará al Presidente de
la República.»
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRL

Edecio Torrerlanca.
DEC1MASEXTA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE
REFORMAS CONSTITUCIONALES

3 DE JUNIO DE 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Luis Barros Borgoño, José Maza, Ministro de
Justicia, Romualdo Silva Cortés, Francisco Vidal Garcés, Héctor
Zañartu, Eliodoro Yáñez, y del Subsecretario del Interior, don Ede
cio Torreblanca, que actuó como Secretario; se abrió la sesión a las
4 P. M.
S. E. pone en discusión el art. 43 de la Constitución.
Después de un ligero debate se da por aprobado el proyecto de
S. E. y del señor Ministro de Justicia, que fija como día de apertura
de las sesiones ordinarias del Congreso el 21 de Mayo y como fecha
de clausura el 18 de Septiembre, en homenaje a estas fechas histó
ricas.
El señor Yáñez (don Eliodoro) observó que el 18 de Septiembre
es día festivo y hay varias ceremonias oficiales.
S. E. expresa que el Congreso puede funcionar hasta ese día,
aunque no celebre sesión el mismo 18, y que, si bien es cierto que
hoy el período ordinario termina el 1." de Septiembre, siempre ha
sido prorrogado.
Se pone en discusión el art. 44.
S. E. propone que se diga en este artículo: «El Congreso cele
brará sesiones extraordinarias cuando lo convoque el Presidente de
la República, o cuando lo convoque el Presidente del Senado a soli
citud escrita de la mayoría de los miembros de la Cámara de Dipu
tados o del Senado.
«Convocado el Congreso por el Presidente de la República, no
podrá ocuparse de negocios ajenos a los que hubieren motivado la
convocatoria; en cambio, convocado por el Presidente del Senado,
podrá ocuparse de todos los negocios de su incumbencia.»
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, expresa que
cuando el Congreso sea convocado por el Presidente de la Repúbli
ca, en la convocatoria se fijarán las materias de que podrá ocuparse ;
pero cuando lo convoque el Presidente del Senado, ¿quién fijaría los
asuntos de la convocatoria, si no fuera el mismo Presidente del
Senado?
El señor Yáñez (don Eliodoro) cree que con esta disposición se
priva al Gobierno de una poderosa facultad que hasta ahora había

203 —

tenido, cual la de fijar las materias de que debe ocuparse el Con


es

greso en las sesiones extraordinarias y que se transforman así en sesio


nes ordinarias.

S. E. dice que cuando el Gobierno tenga interés en obligar al


Congreso a trabajar en un asunto determinado, se anticipará a con

vocar a las Cámaras a sesiones extraordinarias.


Ahora bien, si el Presidente de la República no convoca al Con
greso, es por que él no lo necesita, y en tal caso es justo que el Con
greso pueda ejercitar esta facultad que antes tenía la Comisión Con
servadora.
El señor Barros Borgoño (don Luis) pregunta quién clausu
raría el período de sesiones extraordinarias cuando el Congreso' fuera
convocado por el Presidente del Senado.
El señor Maza (don José) , Ministro de Justicia, dice que sería el
mismo caso que contempla la Constitución actual, cuando el Con
greso es convocado por la Comisión Conservadora. A este respecto
la Constitución tampoco dice cuándo ni quién clausurará el período
de sesiones.
El señor Barros Borgoño (don Luis) estima que esto no sig
nifica sino que esta situación no había sido prevista, pero hay que
resolverla. A su juicio, debería fijarse un plazo.
El señor Zañartu (don Héctor) opina que nada se ganaría con

fijar plazo, porque terminado éste, el Presidente del Senado podría


convocar inmediatamente aperíodo extraordinario, tal
un nuevo

como hoy lo puede hacer la Comisión. Conservadora por propia ini


ciativao a petición de la mayoría de cada una de las dos Cámaras.

El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, agrega que,


como se va a suprimir la Comisión Conservadora, se va a dejar al

Congreso esta facultad de convocarse.


El señor Yáñez (don Eliodoro) expone que actualmente el Con
greso puede ser convocado a sesiones extraordinarias por la Comisión
Conservadora, pero ocuparse de ningún asunto que no le
no puede
sea sometido por el Presidente de la República. Esta convocatoria
no tiene otro permitirle ejercer sus funciones de fisca
objeto que
lización de los actos del Gobierno, sus funciones políticas.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, lee el art. 44
actual, que dice lo siguiente:
«Convocado extraordinariamente el Congreso, se ocupará en
los negocios que hubieren motivado la convocatoria, con exclusión
de todo otro.»
Hasta ahora este artículo se había interpretado en el sentido de

que en este caso de convocatoria extraordinaria el Congreso no podía


ocuparse de otros asuntos «legislativos» que los que estuvieren in
cluidos en la convocatoria; en cambio, en la disposición que se pro-

204 —

pone se deja expresamente establecido que podrá legislar, fiscalizar,


acusar, puesto que dice que podrá ocuparse en todos los asuntos de
~u incumbencia.
Romualdo) conviene dejar claramen
El señor Silva Cortés (don
te establecidas las facultades
fiscalizadoras, y el señor Maza replica que
quedan Congreso, convocado por el
establecidas al decirse que el
Presidente del Senado, podrá ocuparse de todos los negocios de su
incumbencia.
El señor Barros Borgoño (don Luis) insiste en que convendría
establecer también la facultad del Presidente de la República para
cerrar el Congreso en este caso de convocatoria, hecha por el Pre

sidente del Senado.


El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, sería inútil,
porque podría volver a abrirse el día siguiente.
S. E. insinúa que se diga: «Después de tres meses de funciona
miento, el Presidente de la República podrá clausurar el Congreso».
Al señor Yáñez le parece mejor que ese plazo se reduzca a un
mes.

A juicio del señor Vidal Garcés el Congreso debe estar en con


diciones de funcionar todo el año, si lo desea, y hace notar que mien
tras actualmente ocho miembros de la Comisión Conservadora pue
den hacer la convocatoria, mañana se necesitaría de la mayoría de
las Cámaras con tal objeto.
3. E. expresa que las disposiciones propuestas tiende principal
mente a dar más facultades al. Congreso.
Se dio por aprobado el art. 44 en la forma propuesta.
S. E. advierte, en seguida, que en atención a que la tendencia
moderna es facilitar la labor de las Cámaras, disminuyendo su quo
rum para sesionar, propone el siguiente artículo en reemplazo del

actual art. 45:


«La Cámara no podrá entrar en sesión ni adoptar acuerdos sin
la concurrencia mínima de la quinta parte de sus miembros, ni el
Senado con menos de la cuarta parte de los suyos.
«La mayoría de los Diputados o Senadores presentes en la se
sión, pueden acordar la clausura de los debates en conformidad a
sus reglamentos internos.»
De esta manera, sólo se necesitaría el pequeño quorum exigido
en cada Cámara para iniciar la sesión o tomar acuerdos. Las venta
jas de este sistema son evidentes, y se ha dado el caso, en la Cámara
Francesa, de discutirse el presupuesto de Hacienda con sólo veintidós
Diputados, en un total de seiscientos.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, refuerza estas
observaciones, manifestando que ya se ha visto en la práctica entre
nosotros que el sistema no tiene inconvenientes, pues en casos de

205 —

proponerse votos de censura a la mesa, ellos no pueden definirse en

votación hasta que esté presente el quorum exigido,


El señor Vidal Garcés (don Francisco) estima que con este
sistema, que ya ha funcionado en forma parecida en virtud de la refor
ma de 26 de Febrero de 1924, no ha habido mejoramiento apre-

ciable respecto al antiguo, por lo que toca a hacer más eficiente la


labor del Congreso. Es partidario, por lo tanto, de que las Cámaras
funcionen siempre con un quorum más elevado.
Se dio por aprobado el art. 45 en la forma propuesta.
El art. 46 actual se da por suprimido, por innecesario.
En sustitución del art. 47, S. E. propone el siguiente:
«La Cámara y el Senado abrirán y cerrarán sus sesiones ordina
rias y extraordinarias a un mismo tiempo. Sin embargo, pueden
sesionar separadamente para tratar de asuntos que sean de su exclu
siva atribución, caso en el cual hará la convocatoria el Presidente
de la Corporación respectiva.»
Se dio por aprobado.
Se dieron por suprimidos los arts. 48 y 49, que tratan de la
Comisión Conservadora.
Entrando al Capítulo VI, «Del Presidente de la República».
S. E. propone mantener el art. 50.
Se dio por aprobado.
S. E. propone mantener el art. 51, agregando el requisito que
se puso las exigencias para ser Diputado.
en

Después de un corto debate se acordó mantenerlo como está


actualmente.
Se propone el siguiente artículo en reemplazo del actual art. 52:
«El Presidente de la República durará en el ejercicio de sus
funciones por el término de seis años y no podrá ser reelegido en la
elección siguiente.»
Varios señores miembros de la Subcomisión manifiestan su

opinión de dejar los arts. 52 y 53, tal como están, variando sólo el
plano.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, prefiere que se
diga «y no podrá ser reelegido en la elección siguiente», porque a
su juicio, el espíritu de la Comisión es que el Presidente no pueda
ser reelegido en la elección siguiente y si se mantiene la parte de

la disposición constitucional que dice que debe mediar «el espacio


de un período» entre una elección y otra, resultaría, el caso de que
un Presidente no hubiera durado en sus funciones sino tres años, por
ejemplo, que el anterior no podía ser reelegidopara el período si
guiente ; y no es esto lo que la Constitución ha querido, sino que
los Presidentes no se hagan reelegir.
Para el señor Barros Borgoño (don Luis) el espíritu y la letra

206 —

de la Constitución clarísimos : exige que medie un período com


son

pleto entre una y otra elección, que ahora sería de seis años.
S. E. Esta es una cuestión puramente teórica; en la práctica
esto no tiene importancia, porque él asegura que ningún hombre
que haya sido Presidente de Chile, querrá ser reelegido.
El señor Zañartu (don Héctor) conviene dejar establecido
esto, por si se presenta el caso. El objetivo que se persigue es evitar
que los Presidentes se puedan hacer reelegir.
El señor Yáñez (don Eliodoro) el período presidencial puede
ser el tiempo que dure un Presidente en el ejercicio de sus funciones,

y puede ocurrir el caso de que un Presidente dure en el desempeño


de su cargo sólo tres años.
El señor Barros Borgoño (don Luis) estima conveniente que
medie el espacio de un período en estos casos. Por eso cree que de
be dejarse la disposición como estaba.
El señor Yáñez (don Eliodoro) cree que cuando se habla de
«período», no se quiere decir en esta disposición un plazo fatal de
cinco años, sino el tiempo que dura un Presidente en el ejercicio de
la Presidencia.
S. E. recuerda que lo que se persiguió al reformar la Constitu
ción, en esta parte, fué impedir que los Presidentes se hicieran ree

legir.
El señor Maza (don Ministro de Justicia, estima que se
José),
deben dejar las cosas claro. Si predomina la idea de que lo
bien en

que pretende es
se que no un Presidente ser reelegido en la
pueda
elección siguiente, sin necesidad de que medie un espacio de seis
años, bastará con decir «no podrá ser reelegido en la elección
siguiente». Pero, si predomina la idea de que debe mediar entre
una elección y otra un período completo de seis años, debe decirse

en forma expresa.
El señor Barros Borgoño (don Luis) insiste en que no ve
motivo para modificar esta parte de la Constitución que dice que
«para poder ser elegido segunda o más veces deberá mediar siem
pre entre cada elección el espacio de un período». Esta disposición
no puede ser más clara ni más terminante.

El Maza (don José), Ministro de Justicia, pregunta si


señor
convendría mantener esta disposición, dado el caso de que tuviera
el significado que indica el señor Barros Borgoño.
S. E. y el señor Barros Borgoño expresan que conviene mante
nerla.
S. E. dice que eso es lo que quiere la Constitución.
Agrega que, por lo demás, le parece que no se va a presentar
el caso de una reelección.
Se acordó mantener la disposición actual.

207 —

Se entra a tratar el art. 54.


El señor Yáñez (don Eliodoro) cree que sería conveniente que
la calificación de la elección del Presidente de la República la hicieran
las Cámaras, como sucede en la actualidad; pero no hace cuestión al
respecto.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, observa que en
la sesión pasada se acordó un título especial sobre el Tribunal
ya
Calificador y atribuciones.
sus

El señor YáíÍez (don Eliodoro) repite que lo natural y conve


niente es que el Congreso califique la elección del Presidente de la
República.
S. E. observa que en estas disposiciones no se fija la fecha para
la reunión del Congreso.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) dice que debe consultar-'
se esta fecha en la Constitución para evitar la acefalía del Gobierno.

El señor Yáñez (don Eliodoro), manifiesta que el año 1917 se


aprobó un proyecto de reforma relativo a los plazos, y que se de
bería tomar en cuenta en este caso.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, observa que
aquí se dice «en votación directa y en la forma y plazos que deter
mine la ley».
El señor Silva Cortés (don Romualdo), dice que hay que pen
sar en la necesidad de que el país tenga siempre un Gobierno.

El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, insinúa el plazo


de treinta días para el Tribunal y quince días más para el Congreso.
El señor Barros Borgoño (don Luis) cree conveniente fijar
el día de la votación.
El señor Maza (don José) Ministro de Justicia, observa que pue
,

de variar la fecha de la elección presidencial.


El señor Silva Cortés (don Romualdo) propone que se diga
«en Enero del año en que expira el período presidencial».
El señor Yáñez (don Eliodoro) a su vez, propone el día 18 de
Septiembre para que el Presidente asuma el mando.
S. E. expresa que le agrada también la idea de mantener la
fecha del 18 de Septiembre, para lo cual bastaría que a su sucesor
se le prolongara el período por medio de un artículo transitorio, o

bien, que se le restaran tres meses a dicho período.


El señor Barros Borgoño' (don Luis), podría fijarse el día 18
de Septiembre, y poner «tantos días después de la elección. .» .

El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, propone que


se diga: «las Cámaras, reunidas en sesión pública, cincuenta días
después de la elección, etc.».
El señor Silva Cortés (don Romualdo) cree que la cuestión
es fijar el día de la elección.

208 —

S. E. manifiesta que hay conveniencia en establecer que la


elección de Presidente de la República sea lo más tarde posible, a
fin de disminuir en lo posible también el último tiempo del mandato
presidencial, que siempre significa para el Primer Magistrado de la
Nación, una especie de muerte civil; propone, por lo tanto, que la
elección se verifique noventa días antes de la expiración del período
para el cual el Presidente es elegido.
El señor Zañartu (don Héctor) cree que bastaría con fijar la
elección para sesenta días antes de la expiración de ese período.
con tal que el Congreso eligiera y proclamara al nuevo Presidente

cincuenta días después de la elección.


El señor Yáñez (don Eliodoro) insiste en la conveniencia de
tener presente los términos de la ley despachada el año 1917 so-
. bre la materia, que contempla todos los casos posibles, sin fijar fe
chas sino plazos sinplemente.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, observa que,
dada la marcha del progreso, es probable que los plazos de que
aquí se estaba hablando resulten muy largos en el porvenir, y que
entonces los medios de comunicación pueden ser mucho más expe
ditos y rápidos que al presente.
S. E. cree que se conciliarían todas las ideas estableciendo que
la elección se verificara sesenta días antes de expirar el plazo; cin
cuenta días después se reuniría el Congreso para hacer la procla
mación.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, observa que la
indicación de S. E. está muy bien en el caso de las elecciones co
rrientes y de que los Presidentes terminen su mandato; pero que ha
bría que consultar alguna disposición especial para el caso de que un
Presidente muriera antes de terminar su período. Insiste, por lo tan
to, en la proposición que él ha formulado para que la ley determine
los plazos.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) hace presente que ac
tualmente hay dos meses para presentar y tramitar las reclamacio
nes, plazo que parece no puede reducirse, atendiendo a que es pre
ciso fallar las reclamaciones que se hagan en toda la República.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, según los es
tudios que ha hecho con el Subsecretario del Interior, tales plazos
pueden reducirse mucho, pues ya no se trata sino de que los jue
ces reúnan los antecedentes de la reclamaciones y los envíen al Tri
bunal que es el que se pronuncia sobre ellas. Por otra
Calificador,
parte, insiste en que no conviene fijar fechas, ya que en el caso del
fallecimiento de un Presidente en ejercicio, se trastornarían todas
las fechas indicadas. Los plazos, pues, habría que dejarlos a la ley.
El señor Silva Cortés (don Romualdo), se manifiesta enemigo

209 —

de dejar a la ley la fijación de tales plazos o de disposiciones consti


tucionales en general,
Avanzando la discusión, S. E. propone el siguiente artículo en

reemplazo del 55 al 62:


*Las dos del Congreso reunidas en sesión pública cin
ramas

cuenta días después de la votación, con asistencia de la mayoría del


total de sus miembros y haciendo de Presidente el que lo sea del
Senado, tomarán conocimiento del escrutinio general practicado por
el Tribunal Calificador y procederán a proclamar Presidente de la
República al ciudadano que hubiere obtenido más de la mitad de los
sufragios válidamente emitidos.
«Si del escrutinio no resultare esa mayoría, el Congreso Pleno
elegirá entre todos los ciudadanos que hubieren obtenido las dos
.

más altas mayorías relativas.


<Si dos o más ciudadanos hubieren obtenido la más alta mayo
ría relativa, la elección se hará sólo entre ellos.»
Propone, además, que la elección de nuevo Presidente se veri
fique sesenta días antes de la expiración del período presidencial.
Observando el señor Vidal Garcés (don Francisco) qué se ha
ría en caso de muerte de un Presidente en ejercicio, el señor Zañar
tu (don Héctor) dice que podría establecerse que el Vicepresidente
llamaría a elecciones tantos días después, pero sin fijar fechas.
Se acordó dejar la discusión para la sesión próxima, que tendría
lugar al día siguiente a las 4 P. M.
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRL

Edecio Torreblanca.

(Actas 14)
DÉCIMASÉPTIMA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE
REFORMAS CONSTITUCIONALES

4 de junio de 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, No-
lasco Cárdenas, Guillermo Edwards Matte, J. Guillermo Guerra,
José Maza, Ministro de Justicia, Romualdo Silva Cortés, Carlos
Vicuña, Francisco Vidal Garcés, Eliodoro Yáñez, Héctor Zañartu,
y del Subsecretario del Interior, don Edecio Torreblanca, que
actuó como Secretario; se abrió la sesión a las 4 P. M.
Excusó su inasistencia don Ramón Briones Luco,
El Secretario hizo un resumen de las materias aprobadas en la
sesión anterior.
S. E. da lectura al primer inciso del art. 54 del Proyecto, que
dice así:
*EI Presidente de la República será elegido por los ciudadanos
activos con derecho de sufragio de toda la República, en votación
directa y en la forma y plazos que determine la ley. »
En la sesión anterior se discutió sobre si se fijaba fecha para
esta elección. Cree que se debe fijar una fecha de referencia, como
sería la de unos cincuenta o sesenta días antes de que terminara el
período presidencial. No conviene establecer una fecha fija, como
lo hace la actual Constitución, porque puede ocurrir que el Presi
dente fallezca repentinamente, caso en que habría que cambiar la
fecha de la elección.
El señor Barros Borgoño (don Luis) dada la importancia de
la materia, cree que conviene que quede perfectamente fijado el día
de la elección.
S. E. observa que en el caso de muerte del Presidente en fun
ciones, habría que cambiar el día fijado.
Se había también hablado, en la sesión anterior, de la conve
niencia de restablecer la fecha del 18 de Septiembre para el acto de
la transmisión del mando. Para este objeto, podría ponerse un ar
tículo transitorio alargando o restringiendo en unos pocos meses la
duración del próximo período presidencial, a fin de que éste expirara
el 18 de Septiembre.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) acaso fuera mejor no
ese día para la transmisión del
fijar mando, porque el Calendario
se burla de la gente.

211 —

El señor Barros Borgoño (don Luis) podría ponerse una fe


cha de referencia.
S. E. observa que podría decirse:
«El Presidente de la República fijará por medio de un decreto
el día de la elección.»
El señor Silva Cortés (don Romualdo) y ese decreto se expe
diría dentro de un plazo determinado.
El señor Zañartu (don Héctor) dentro del plazo de cincuenta a
sesenta días antes de la elección.
El señor Yáñez (don Eliodoro) la elección de Presidente de la
República ser un derecho de los ciudadanos, consagrado en la Cons
titución misma.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) no ve de qué serviría
ese derecho si no se señala el día en que deban reunirse las mesas re

ceptoras.
El señor Yáñez (don Eliodoro) si se fija un día determinado
para la elección, no hay poder en la República que pueda alterar esa

fecha.
Finalmente, se acordó agregar al art. 54, a continuación del
inciso primero, el siguiente :
«La elección se verificará sesenta días antes de aquel en que
termine el período presidencial.»
S. E. da lectura a los dos últimos incisos del art. 54, que dicen
así:
«El conocimiento de las reclamaciones que ocurran acerca de
la votacióncorresponderá al Tribunal Calificador.»
«Las rectificaciones y el escrutinio general de la elección se

harán por el mismo Tribunal.»


El señor Guerra (don J. Guillermo) acaso sería innecesario re

petir eso.

El señor Yáñez (don Eliodoro) estima que la calificación de la


elección presidencial debe ser un acto del Congreso.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, lo que remite
el Tribunal Calificador es el escrutinio general de la elección. En
el artículo siguiente se aclara esta cuestión y de su texto se des
prende que es el Congreso quien toma conocimiento del escrutinio

general y proclama al Presidente de la República.


El señor Zañartu (don Héctor) en el caso próximo, habrá que
pensar quién va a proclamar al Presidente de la República.
S. E. cree que deberá hacer eso el Tribunal Calificador.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) va a haber que con
sultar un título completo para contemplar todo lo relativo a la ini
ciación del nuevo régimen.

212 —

S. E. da lectura al artículo 55 del proyecto, que dice así:


¡■Art. 55. Las dos ramas del Congreso reunidas en sesión pú
blica, cincuenta días después de la votación, con asistencia de la
mayoría del total de sus miembros y haciendo de Presidente el que
lo sea del Senado, tomará conocimiento del escrutinio general prac
ticado por el Tribunal Calificador y procederán a proclamar Presi
dente de la República al ciudadano que hubiere obtenido más de la
mitad de los sufragios válidamente emitidos.
»Si del escrutinio no resultare esa mayoría, el Congreso Pleno
elegirá entre todos los ciudadanos que hubieren obtenido las dos más
altas mayorías relativas.
«Si dos o más ciudadanos hubieren obtenido la más alta mayo
ría relativa, la elección se hará sólo entre ellos.»
El señor Guerra (don J. Guillermo) ofrece este artículo dos
inconvenientes dice: «la mayoría del Congreso». ¿Cuál es la mayo
ría del Congreso? Es la mayoría de la Cámara de Diputados y la
mayoría del Senado; o, es la mitad más uno del total de los miem
bros de ambas ramas del Congreso?
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, es la mayoría del
total de los miembros del Congreso.
El señor Guerra (don J. Guillermo) desaparecido el primer in
conveniente, siempre queda el segundo : la proclamación del Presi
dente de la República queda entregada necesariamente a la mayo
ría del Congreso; y esta mayoría para oponerse a ella puede no dar
quorum para las sesiones respectivas. Recuerda el caso de la procla
mación del Presidente Balmaceda. En esa ocasión se dijo que la opo
sición, que tenía la mayoría de una de las Cámaras, iba a frustrar
las sesiones del Congreso Pleno que debía proclamar al Presidente
de la República. Pero los congresales de la oposición, llevados de un
movimiento patriótico, cumplieron con el deber de dar número para
hacer el escrutinio y proclamar al Presidente.
Por este motivo, propone que se diga lisa y llanamente «El
Congreso se reunirá para hacer la proclamación», sin agregar «con
la mayoría absoluta de todos sus miembros».
El señor Barros Borgoño (don Luis) podría establecerse que
si no concurre la mayoría, el escrutinio se hará con los que asistan.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) desea recordar el
caso que acaba de ocurrir en la República Argentina con motivo de

la elección de Gobernador para la provincia de Córdoba. Obtuvo


el triunfo en la elección una persona que tenía en contra la mayoría
del Congreso, y debiendo éste reunirse con el fin de proclamar al
señor Cárcamo que había sido elegido, no se reunió.
Establece la Constitución de esa provincia que no reuniéndose
el Congreso por falta de quorum, corresponde hacer la proclamación

213 —

de Gobernador, subsidio del Congreso, a la Corte Suprema; y


en

en esa virtud fué esta Corporación la que proclamó a don Ramón

Cárcamo, Gobernador de Córdoba.


El señor Barros Borgoño (don Luis) se podría decir que si
no concurriera la mayoría del Congreso, citado para hacer la pro
clamación de Presidente de la República, se hará ésta al día siguiente
por la mayoría de los que asistan.
Así quedó acordado.
El señor Guerra (don J. Guillermo) dejando establecido que
la mayoría del Congreso es la mayoría de los Congresales, y no la
de cada una de las Cámaras, pide que quede constancia de esto en
el acta.
Se dio lectura al art. 63, que quedó en la forma siguiente:
«Art. 63. La elección que corresponde al Congreso Pleno se
hará por más de la mitad de los sufragios y en votación secreta.
«Si verificada la primera votación, no resultare esa mayoría
absoluta, se hará por segunda vez, contrayéndose la votación a las
dos personas que en. la primera hubiesen obtenido mayor número
de sufragios y sumándose los votos en blanco a la más alta mayoría
relativa.
«En caso de empate se repetirá por tercera vez la votación al
día siguiente; procediéndose en la misma forma.
«Si resultare nuevo empate, decidirá en el acto el Presidente
del Senado.»
Quedaron suprimidos los artículos 56, 57, 58, 59, 60, 61, 62,
63 y 64 vigentes.
El art. 65 quedó en esta forma:
«Art. 65. Cuando el Presidente de la República mandare per
sonalmente la fuerza armada o cuando por enfermedad, ausencia del
territorio de la República u otro grave motivo no pudiere ejercitar
su cargo, le subrogará— con el título de Vicepresidente de la Repú

blica—el Ministro a quien favorezca el orden de precedencia que se


ñale la A falta de éste, subrogará al Presidente el Ministro que
ley.
siga orden de precedencia y a falta de todos los Ministros, su
en ese

cesivamente, el Presidente del Senado, el Presidente de la Cámara o el

Presidente de la Corte Suprema de Justicia.


«En los casos de muerte, declaración de haber lugar a su renun
cia, u otra clase de imposibilidad absoluta, o que no pudiera cesar
antes de cumplirse el tiempo que falte del período constitucional,
el Vicepresidente en los primeros diez días de su gobierno, expedirá
las órdenes convenientes para que se proceda a nueva elección de
Presidente en la forma prevenida por esta Constitución y por la ley
de elecciones.»

214 —

El art. 66 quedó derogado, por haberse incluido en el anterior.


Quedó acordado reemplazar el art. 67, de la Constitución, que
dice:
«El Presidente de la República no puede salir del territorio del
haber
Estado durante el tiempo de su gobierno, o un año después de
concluido, sin acuerdo del Congreso», por el siguiente:
«El Presidente no puede salir del territorio de la República
du
rante el tiempo de su gobierno, sin acuerdo del Congreso.»
Quedó aprobado.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) considera que esta dis
muy antiguo y que no tiene razón
de ser, dadas las
posición es algo
facilidades de comunicaciones que hoy existen. Según ella el Presi
dente no podría ir a Buenos Aires, por ejemplo, a visitar una
ex

posición, etc., sin permiso del Congreso.


Opina que debería suprimirse esta disposición.
El señor Guerra (don J. Guillermo) observa que un empleado
o funcionario público no debe abandonar sus funciones
sin permiso.
El art. 68, que dice: «El Presidente de la República cesará el
mismo día en que se completen los cineo años que debe durar el ejer
cicio de sus funciones, y le sucederá el nuevamente electo», quedó
aprobado en la siguiente forma:
«El Presidente cesará el mismo día en que se completen los seis
años que debe durar el ejercicio de sus funciones, y le sucederá el
nuevamente electo.»
Se dio lectura al art. 69, de la Constitución, que dice:
«Art. 69. Si éste se hallare impedido para tomar posesión de
la Presidencia, le subrogará mientras tanto el Consejero de Estado
más antiguo, pero si el impedimento del Presidente electo fuere abso
luto o debiera durar indefinidamente, o por más tiempo del señalado
la forma
alejercicio de la Presidencia, se hará nueva elección en
de
constitucional, subrogándole mientras tanto el mismo Consejero
Estado más antiguo que no sea eclesiástico.1
En seguida se leyó el art. 69 del proyecto que dice:
«Art. 69. Si el Presidente electo se hallare impedido para tomar
con el título de Vice
mientras tanto,
posesión del cargo, le subrogará
presidente de la República, el Presidente del Senado; a falta de éste,
el Presidente de la Cámara y a falta de éste, el Presidente de la Corte

Suprema de Justicia.
«Pero si el impedimento del Presidente electo fuere absoluto o
debiere durar indefinidamente, o por más tiempo del señalado al
ejercicio de la Presidencia, el Vicepresidente, en los diez primeros
días de su las órdenes convenientes para que se
gobierno, expedirá
proceda elección en la forma prevenida por esta Constitu
a nueva

ción y por la ley de elecciones.»



215 —

S. E. observa que dice


no se quién juzgará si el impedimento es
absoluto.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, el Congreso. En
el artículo figura la frase: «en los diez primeros días de su gobier
no». Le parece más natural
que no exista ese plazo, porque de aquí
a que el
Congreso declare el impedimento pueden pasar más de diez
días. Habría que suprimir esa frase.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) la frase
podría reem
plazarse por esta otra: «Diez días después de la resolución del Con
greso».
Así quedó acordado.
El art. 70 quedó derogado.
Se dio lectura al art. 71 de la Constitución, que dice: «El Pre
sidente electo, al tomar posesión del cargo, prestará, en manos del
Presidente del Senado, reunidas ambas Cámaras en la sala del Se
nado, el
juramento siguiente: Yo, N. N., juro por Dios Nuestro
Honor y estos Santos Evangelios, que desempeñaré fielmente el cargo
de Presidente de la República; que observaré y protegeré la Religión
Católica, Apostólica, Romana; que conservaré la integridad e inde
pendencia de la República, y que guardaré y haré guardar la Cons
titución y las leyes. Así Dios me ayude y sea en mi defensa, y si no,
me lo demande».

En seguida se leyó el art. 71 del proyecto, que es del tenor si


guiente :

«Art. 71. El Presidente electo, al tomar posesión del cargo y


en presencia de ambas ramas del Congreso, prestará, en manos del
Presidente del Senado, el juramento o la promesa siguiente:

Yo, N. N., prometo por la patria y por mi honor, desempeñar
fielmente el cargo de Presidente de la República, conservar la inte
gridad e independencia de IaNación, y guardar y hacer guardarla
Constitución y las leyes.»
El señor Silva Cortés (don Romualdo) propone que se man
tenga sin variación, en la Constitución reformada, el precepto sobre
el juramento en el nombre de Dios, juramento que establecieron los
muy cristianos constituyentes de 1833.
Declara que en sus estudios jurídicos, siendo alumno universi
tario, se le enseñó que jurar es poner a Dios por testigo de lo que se
promete; y tal ha sido durante siglos el concepto universal del jura
mento.
El hecho de que se intente suprimir el santo nombre de Dios
de la letra de nuestra Constitución Política le sorprende y afecta, por
que los pueblos civilizados deben honrarse con invocar al Ser Su
premo en sus actos más solemnes y significativos.
No comprende que pueda justificarse esa supresión de tan ele-

216 —

vada invocación, porque no pueden existir razones para tal supre


sión y opina en favor del mantenimiento.
S. E. ¿Y si llega a la Presidencia de la República un hombre
que no cree en Dios? Sería ponerlo en pugna ante su conciencia y
la Constitución.
El señor Guerra (don J. Guillermo) propone que se acepte la
fórmula que se emplea en Estados Unidos. Allí se dice: «Yo juro o
prometo», fórmula que es optativa; jura el que tiene convicciones
religiosas y promete el que no las tiene.
El señor Yáñez (don Eliodoro) ¿por qué el juramento ha de ser

religioso?
El señor Guerra (don J. Guillermo) exacto. La promesa es un
juramento para un hombre de honor; en cambio, el que dice «sí»,
aunque jure por Dios, si no es un hombre honrado, no respetará el
juramento.
Va a referise a la proposición del señor Silva Cortés (don Ro
mualdo) .

Como el señor Silva Gortés él cree en Dios, es deísta en la


más amplia acepción de la palabra; pero la suya no es una convic
ción religiosa sino científica. Y si llegara a ser elegido Presidente,
no tendría inconveniente, sino el mayor gusto, en invocar el nombre

de Dios al prestar el juramento constitucional.


Pero así como desea que le respete todo el mundo sus creencias,
así también respeta las convicciones ajenas. No se escapa a su espí
ritu que puede haber un hombre honradísimo y patriota, que incu
rra en el error, para él, de ser ateo. Y ¿por qué se le va a obligar a

ese hombre a invocar el nombre de Dios, que para el señor Silva

Cortés es sagrado y que para el otro es un mito?


Por eso encuentra que la fórmula usada en Estados Unidos es
la más perfecta. Y es de notar que el pueblo de Estados Unidos no
se caracteriza por su espíritu irreligioso, ni mucho menos arreligioso;

por el contrario, aquel es un pueblo profundamente religioso.


Yno debe olvidarse que la Constitución de Estados Unidos fué

hecha ya hace siglo y medio, allá por el año 1787; va, pues, a hacer
ciento cuarenta años desde que está en vigencia y, por consiguiente,
el espíritu religioso que predominaba en aquella época en ese país
debió ser muchísimo más fuerte que en el día de hoy. A pesar de todo,
allá se creyó entonces que bastaba decir: «juro o prometo», es decir,

se empleó una fórmula


optativa.
Ya ha dicho que deísta; pero creyendo en Dios y rindiéndole
es

culto en su fuero interno,


como hombre, piensa que la fórmula opta

tiva de juramento, a que ya se ha referido, satisface todas las difi


cultades, y, además, tiene la ventaja de no estar ligada al artículo 5.q
y demás, que están pendientes.

217 —

El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) hace indicación para


suprimir el juramento.
El señor Yáñez (don Eliodoro) no le da importancia a esta
cuestión.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) comprende la intención
del señor Yáñez, quien supone que todo creyente jurará por Dios y
el que no crea lo hará de otro modo; pero su concepto doctrinal y
moral de la cuestión lo induce a mantener su opinión y su voto en
favor de la fórmula religiosa del juramento constitucional; y lamen
ta que no se le acompañe en esta materia por todos los señores miem
bros de la Comisión.
S.E., se podría poner: «juro o prometo».
El señor Yáñez (don Eliodoro) se podría decir: «Prestará jura
mento o promesa», sin consignar el texto de la fórmula.

S. E. observa que con esa fórmula, el que cree en Dios jura por
Dios. Si a él lo llamaran mañana a jurar, juraría por Dios.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) el acto solemne del
juramento es una ceremonia que siempre le ha impresionado. Tu
vo oportunidad de presenciar el juramento de los señores Barros
Luco, Sanfuentes y Alessandri y declara que este acto le causó pro
funda impresión.
Con las modificaciones acordadas, el artículo quedó redactado
en la siguiente forma, propuesta: por el señor Yáñez.

«Art. 71. El Presidente Electo al tomar posesión del cargo y


en presencia de ambas ramas del Congreso, prestará ante el Presi
dente del Senado, juramento o promesa de desempeñar fielmente el
cargo de Presidente de la República, conservar la integridad e inde
pendencia de la Nación, y guardar y hacer guardar la Constitución
y las leyes.»
El art. 72 quedó redactado en esta forma:
«Art. 72. Al Presidente está confiada la administración y go
bierno superior del Estado ; y su autoridad se extiende a todo cuanto
tiene por objeto la conservación del orden público en el interior, y
la seguridad exterior de la República, guardando y haciendo guardar
la Constitución y las leyes.»
Se empezó a leer el art. 73, que dice así:
«Art. 73. Son atribuciones especiales del Presidente:
«1.a Concurrir a la formación de las leyes con arreglo a esta
Constitución; sancionarlas y promulgarlas;
«2.a Expedir los reglamentos, decretos e instrucciones que sean
convenientes para la ejecución de las leyes.»
Quedan en la forma propuesta.
Los números 3.°, 4.° y 5.° quedaron en la siguiente forma:
«3.a Velar por la conducta ministerial de los jueces y demás

218 —

empleados del Poder Judicial, pudiendo, al efecto, requerir al Minis


terio Público para que reclame medidas disciplinarias del Tribunal
competente, o para que, si hubiere mérito bastante, entable la corres
pondiente acusación ;
4.' y 5.-' Prorrogar las sesiones ordinarias del Congreso y con
vocarlo sesiones extraordinarias.»
a

S. E. leyó el
número 6.°, que dice: ■

«6.a Nombrar a su voluntad a los Ministros de Estado y Ofi

ciales de sus Secretarías, a los Ministros Diplomáticos, a los Cónsules


y demás agentes diplomáticos; a los Intendentes, Gobernadores y
Prefectos de Policía.
«El nombramiento de los Ministros Diplomáticos se someterá
a la aprobación del Senado; pero éstos y los demás funcionarios enu
merados en el presente número son de la confianza exclusiva del
Presidente de la República y se mantendrán en sus puestos mientras
cuenten con ella.»
El señor Guerra, (don J. Guillermo) se mantiene en esta dis
posiciónla idea que él nunca ha aceptado, de someter a la consulta
del Senado el nombramiento de los Ministros Diplomáticos. Sin
embargo, como parece que el espíritu de la Comisión es aceptar esa
idea, no hace cuestión.
Varias veces se ha abusado por el Senado de esta facultad que
le otorga la Constitución y se han retenido algunos nombramientos
diplomáticos que le ha sometido el Ejecutivo. Muchas veces se ha
asumido esta actitud por móviles políticos o porque no se ha tenido
lafranqueza de declarar que tales o cuales personas no son del agrado
de esa alta Corporación. Cosa análoga ha ocurrido con los ascensos

militares en que tiene participación el Senado. Estima indispensable

poner tope a la posibilidad de este abuso en el futuro. Esto se conse


guiría consultando una disposición que obligara a aquella rama del
Congreso a pronunciarse en la misma sesión sobre las proposiciones
que en tal sentido se le presentaran. En esta forma se evitarían expe
dientes dilatorios, como los trámites de Comisión u otros análogos.
Por otra parte, países pequeños como el nuestro, las personas que
en

se designan para los cargos diplomáticos son generalmente conoci

das ; de manera que no hay en realidad motivo para vacilaciones en


tales casos. Cuando se está tramitando en la Moneda un nombra
miento diplomático, se tiene ya opinión formada al respecto en el
Senado y todos los Senadores saben si deben votar a favor o en con
tra del nombramiento respectivo. No cree indispensable que la indi
cación que propone se agregue a este artículo; podría dejarse
para
contemplarla entre las atribuciones especiales del Senado.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) si se fija un plazo para
que se pronuncie el Senado, aquél no debe ser de menos de un mes.

219 —

El señor Guerra (don J. Guillermo) se entendería entonces


que si no se produce acuerdo dentro del plazo que se fijara, se con
sideraría aprobada la proposición del Ejecutivo.
El señor Barros Borgoño (don Luis) hay casos en que el
pronunciamiento se aplaza por parte del Senado para buscar un

arreglo.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) advierte también que
puede haber circunstancias que aconsejen ese aplazamiento, cuando
hay, por ejemplo, alguna cuestión de alta política anexa a un nom
bramiento.
El señor Barros Borgoño (don Luis) no se puede poner un
plazo perentorio ; es esa una cuestión de cortesía.
S. E. observa que, de acuerdo con el reglamento del Senado,
tiene el Ejecutivo la facultad de pedir la urgencia de una resolución
de esta naturaleza.
El señor Yáñez (don Eliodoro) concuerda con S. E. y estima
que bastaría con pedir esa declaración de urgencia en los casos de
aplazamiento.
El señor Barros Borgoño (don Luis) considera que una dispo
sición de esa naturaleza es más bien propia de los reglamentos de
las Cámaras que de la Constitución.
El señor Guerra (don J. Guillermo) en todo caso, desea que
se deje constancia en el acta de su proposición.

S. E. pide que se deje testimonio de que comparte la opinión


del señor Guerra. Estima que aquella debe ser una facultad priva
tiva del Presidente de la República. Durante el ejercicio de su man
dato presidencial ha tenido que sufrir numerosas molestias debidas
al abuso que censura el señor Guerra.
El Presidente de ra República tiene a su cargo la gestión supe
rior de los intereses internacionales y, a pesar de esto, no se le puede
hacer efectiva su responsabilidad desde el momento en que no tiene
libertad para nombrar a los agentes diplomáticos. A menudo, se ve
presionado por los intereses partidistas, por las componendas polí
ticas que lo obligan a buscar la complacencia de los partidos tales
o cuales.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) acaso más de una
vez el Presidente de la República podría defenderse de los empe
ños políticos alegando que el nombramiento de tal o cual candidato
debe ser sometido a la resolución del Senado.
El señor Guerra (don J. Guillermo) su opinión es que estos
nombramientos deben ser privativos del Presidente de la República,
sin intervención del Senado.
¿No podría fijarse siquiera el plazo de un mes para que el Se
nado se pronunciara sobre estas designaciones?
220
— -

Hubo ambiente general para no fijar plazo.


Se leyó el número 7." que dice:
Nombrar los magistrados de los Tribunales Superiores de Jus
ticia, y los Jueces Letrados en conformidad al art. 105.»
Se acordó dejar pendiente la referencia al número del art. (105).
El número 8." que figura en la Constitución quedó pendiente.
lectura, al número 9.", que dice:
Se dio
empleos civiles y militares que determi
«9.° Proveer los demás
nen leyes, procediendo con acuerdo del Senado para conferir los
las
empleos o grados de Coroneles, Capitanes de Navio, y demás Oficia
les Superiores del Ejército y Armada. En el campo de batalla podrá
conferir estos empleos militares superiores por sí solo.»
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, en este número
se ha agregado la frase «que determinen las leyes», como principio

de la descentralización administrativa, a fin de que las leyes deter


minen después qué funcionarios no serán nombrados por el Presi
dente de la República.
Se dio lectura al número diez que dice:
^10.° Destituir a los empleados de su designación por ineptitud,
u otro motivo quehaga inútil o perjudicial sus servicios; pero con
acuerdo del Senado, si son Jefes de Oficinas, o empleados superiores
y con informe del respectivo Jefe, si son empleados subalternos.»
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, se ha agregado
la frase «de su designación», obedeciendo al mismo principio de des
centralización administrativa.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) sería partidario de que
se hiciera en la Constitución referencia al escalafón administrativo.
Se podría establecer que tratándose de empleados de ciertos grados
del escalafón, se necesitaría ese acuerdo. En los demás grados serían
nombrados y destituidos por sus jefes respectivos.
S. E., el pensamiento del Gobierno es presentar el Escalafón
Administrativo junto con la Constitución, y en eso se está traba
jando.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) quiere que en la Cons
titución se establezca la norma fundamental del Escalafón.

El señor Guerra (don J. Guillermo) respecto de lo que ha mani


festado el señor Vicuña Fuentes, cree que en el fondo estas obser
vaciones son justas, pero no conviene tampoco multiplicar el núme
ro de los empleados que no pueden ser removidos sino con acuerdo

del Senado; porque si se va a establecer esta garantía, por ejemplo,


para los Jefes de Oficina, y los empleados de uno, dos o tres grados,
podría considerarse que volvemos a caer en los vicios antiguos, de
dar participación en estas designaciones a los Cuerpos Legislativos,
Se sabe que bastaba la presión de un Senador o de un Diputado

221 —

para que se nombrara Intendente o Gobernador a determinada per


sona.

Ahora bien, esta presión volvería ahora por pasiva, porque si


se necesita destituir a tal empleado debido a que tiene tales o cuales
defectos, podrían intervenir entonces los Senadores en un sentido
negativo, oponiéndose a la destitución.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) su idea es que los em
pleados de grados superiores en el escalafón administrativo, los Jefes
de Oficina, digamos, sean nombrados y removidos por el Presidente
de la República con acuerdo del Senado o sin é( no entra en esta

consideración y que los de grados inferiores sean nombrados y re


movidos por su jefe respectivo, a fin de que el Presidente de la Re


pública no esté ocupado en estas minucias de nombramientos de
empleados subalternos.
S. E. observa que en el proyecto de escalafón que se está ha
ciendo, hay diez grados; de modo que se puede poner que para nom
brar o remover los empleados de los grados superiores señalados en
el escalafón, o sea desde tal grado hasta tal otro, se necesitará el
acuerdo del Senado.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) va a poner un ejem
plo relativo a uno de los servicios que más conoce. Se refiere a la
administración interna de los Liceos, en los cuales, para nombrar
un Profesor o un Inspector, se debe recurrir al Presidente de la
República; cuando bastaría que esos nombramientos fueran hechos
por el Rector del Liceo.
S. E., anticipándose a la idea del señor Vicuña, ha modificado
el artículo de la Constitución respectivo, diciendo que es facultad del
Presidente de la Repúbbca proveer los demás empleos civiles y mili
tares que determinen las leyes. Se ha querido así dejar la puerta
abierta para que los Jefes de Oficinas hagan los nombramientos de
ios otros empleados, conforme al Estatuto Administrativo.
La Constitución debe establecer la necesidad de que después
se dicte ese Estatuto.

El número once quedó en esta forma :


«11.° Conceder jubilaciones, retiros y goce de montepío con
arreglo a la ley.»
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, se suprime la
palabra «licencias».
S. E., se suprimió deliberadamente la palabra «Ucencias», por
que no es posible que el Presidente de la República se preocupe de
tanta menudencia y tenga que estar firmando miles de decretos al
día, de los cuales no habrá mas de ciento que valga la pena que sean
firmados por el Jefe de la Nación.

222 —

El número doce quedó forma, que es


en esta igual a la actual:
«12.° Cuidar de la recaudación de las rentas públicas y decretar
su inversión con arreglo a la ley.»
El número siguiente y que corresponde a los números 13 y 14
del art. 73 de la Constitución y que dice así: «Celebrar concordatos
o acuerdos con los representantes de
cualquier culto que se ejerza
en el país y reglamentar el ejercicio de
cultos», quedó pendiente.esos
El señor Vicuña Fuentes eso de reglamentar el
(don Carlos)
ejercicio de los cultos podría corresponder a los Alcaldes, pero no al
Presidente de la República.
El número 15 quedó en la siguiente forma:
-Conceder indultos particulares. Los funcionarios acusados pol
la Cámara de Diputados y juzgados por el Senado, no pueden ser
indultados sino por el Congreso.»
El señor Guerra (don J. Guillermo) habría conveniencia en in
sertar en la Constitución la idea de que los indultos particulares no
sean absolutos.
Porque aquí se indulta a un individuo, sale a la calle y si vuelve
a delito, se le apliea la pena correspondiente al nuevo
cometer otro
delito, sin tomar ya en cuenta el anterior, gracias al indulto. Con
vendría, pues, contemplar la idea de que los indultos sean condicio
nales.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, ya está en vi
gencia una ley sobre libertad condicional.
S. E. observa que los indultos condicionales entran ya en las
facultades del Presidente de la República y que ha hecho uso muchas
veces de esa facultad.
El señor Guerra (don J. Guillermo) convendría que el indul
tado, si vuelve a delinquir cumpliera la primera pena que se le ha
bía impuesto.
S. E. esa materia está regida por el Código Penal; en tal caso
el delincuente tendría en su contra una circunstancia agravante,
porque ha reincidido.
El número li.i quedó sin modificaciones. Dice así:
«16.° Disponer de las fuerzas de mar y tierra, organizarías y
distribuirlas, según lo hallare por conveniente.»
El número 17 quedó en esta forma:
«17.° Mandar personalmente las fuerzas de mar y tierra, con
acuerdo del Senado. En este caso, el Presidente de la República
podrá residir en cualquier parte de territorio ocupado por las armas
chilenas.»
El número 18 quedó en esta forma :
18." Declarar la guerra con previa aprobación del Congreso.*

Los números 19, 20 y 21 quedaron en la siguiente forma:



223 —

'19.° Mantener las relaciones políticas con las potencias extran


jeras, recibir sus agentes, admitir sus cónsules, conducir las nego
ciaciones, hacer las estipulaciones preliminares, concluir y firmar
todos los tratados de paz, de alianza, de tregua, de neutralidad, de
comercio, concordatos y otras convenciones. Los tratados antes de
su ratificación se presentarán a la aprobación del Congreso. Las

discusiones y deliberaciones sobre estos objetos serán secretas, si


así lo exige el Presidente de la República;
«20.° Declarar en estado de asamblea una o más provincias
invadidas o amenazadas en caso de guerra extranjera, y en estado
de sitio uno o varios puntos de la República en caso de ataque ex
terior.
■En caso de conmoción interior la declaración de hallarse uno o

varios puntos en estado de sitio, corresponde al Congreso; pero si


éste no se hallare reunido, puede el Presidente hacerlo por un deter
minado tiempo. Si a la reunión del Congreso no hubiere expirado el
término señalado, la declaración que ha hecho el Presidente de la
RepúbÜca se entenderá como una proposición de ley.»
«21." Todos los objetos de policía y todos los establecimientos
públicos están bajo la suprema inspección del Presidente de la Re
pública, conforme a las particulares ordenanzas que los rijan.»
La facultad de disolver al Congreso, que se propuso en otra
sesión con el número 22, fué rechazada en esa misma sesión.
El señor Guerra (don J. Guillermo) a propósito del número 22
que se refiere a la disolución de la Cámara por el Ejecutivo, expre
só:
La facultad del Ejecutivo para disolver el Congreso tiende a
salvar los inconvenientes del régimen parlamentario. Sin esa facul
tad el régimen parlamentario de gobierno está expuesto a fracasar,
Desea que se deje constancia expresa de esta opinión suya.
S. E. adhiere a lo manifestado por el señor Guerra. A su juicio,
ese es el único remedio que puede evitar los males del parlamenta

rismo. Es, por lo menos, su convicción íntima. Y se reserva la liber


tad de sostener esta opinión en la Constituyente o en el organismo
que se busque para hacer esta Constitución.
Quiere que quede constancia bien clara en el acta de esta de
claración.
El art. 74 queda derogado.
Se pasó a tratar del párrafo relativo a los Ministros de Estado.
El art. 75 quedó en esta forma:
«Aht. 75. El número de los Ministros y sus respectivos Depar
tamentos serán determinados por la ley.»
Se dio lectura al art. 76, que dice:
«Art. 76. Para ser Ministro se requiere:

224 —

1." Haber nacido el territorio de la República;


en

2.° Tener las calidades que se exigen para ser miembro de la


Cámara de Diputados.»
A proposición del señor Amunátegui se acordó reemplazar en
este artículo la frase "para ser Ministro por esta otra: «para ser
,

nombrado Ministro».
El art. 77 quedó sin dice así:
modificaciones, y
«Art. 77. Todas las órdenes del Presidente de la República
deberán firmarse por el Ministro del Departamento respectivo; y no
podrán ser obedecidas sin este esencial requisito. s
En el art. 78 que dice :
«Cada Ministro es responsable personalmente de los- actos que
firmare, e insolidum de lo que suscribiere o acordare con los otros
Ministros. »
Se acordó, a proposición del señor Yáñez (don Eliodoro) cam
biar las palabras ~e insolidum», por estas otras: «y solidariamente».
Los arts. 79 y 80 quedaron en esta forma :
'Art. 79. Luego que el Congreso abra sus sesiones ordinarias
deberán los Ministros dar cuenta al Presidente de la República del
estado de la Nación, en lo relativo a los negocios del Departamento
de cada uno, para que el Presidente la dé, a su vez, al Congreso.
«Art. 80. Con el mismo objeto deberán presentarle el Presu
puesto anual de los gastos que deben hacerse en sus respectivos De
partamentos, y darle cuenta de la inversión de las sumas decretadas
para llenar los gastos del año anterior.!
El art. 81, que decía:
«Art. 81. No son incompatibles las funciones de Ministro del
Despacho con las de Senador o Diputado» , fué derogado por haberse
establecido la incompatibilidad en el art. 21.
El art. 82 quedó en esta forma:
«Art. 82. Los Ministros, pueden, cuando lo estimen conve
niente, asistir a las sesiones de la Cámara de Diputados o del Senado
y tomar parte en sus debates, con preferencia para hacer uso de la
palabra, pero sin derecho a voto.»
Los arts. 83 a 92 inclusive, quedan derogados por haber pasado
sus disposiciones a los arts. 29 y 30.
Viene, en seguida, en la Constitución, el título relativo al Con
sejo de Estado, que se ha suprimido.
El señor Guerra (don J. Guillermo) desea que quede constancia
en el acta de su opinión acerca de la conveniencia que hay en man

tener el Consejo de Estado.


El Consejo de Estado ha sido, con muchísima razón, combatido
por la cooperación que ha prestado a los políticos para la organiza
ción del Poder Judicial; y ha contribuido mucho así a los inconve-

225 —

nientes que hoy presenta nuestra judicatura; pero quitándole al Con


sejo de Estado esta facultad de formar las ternas judiciales y tomar
así parte en la formación de la magistratura, se subsanarían esos

inconvenientes.
En cambio, cree que conviene mantener el Consejo de Estado
para que desempeñe las funciones de un tribunal contencioso-admi-
nistrativo por un lado, y para que sirva, en seguida, para fallar los
juicios de extradición y de presa, que hoy día son del conocimiento
de la Corte Suprema.
Estima que debieran sustraerse del conocimiento de la Corte
Suprema esos juicios, porque no son materias exclusivamente judi
ciales. En ellas va muy mezclado el interés político, y ésta sería una

atribución que se podría conferir al Consejo de Estado.


Por otra parte, este Consejo tal como él lo concibe, sería com
puesto de altos funcionarios públicos encargados de asesorar a S. E,
en la preparación de los proyectos de ley que presenta al Congreso.

En esta tarea este cuerpo podría tener una participación muy impor
tante. Además podría darse al Presidente de la República la facultad
de nombrar, dentro de ciertos límites, otros Consejeros de Estado.
Los miembros titulares podrían ser unos diez; y el Presidente
de la República podría nombrar otros hasta un total de treinta. Se
le podría dar una facultad amplia para nombrar hoy día a uno, ma
ñana a dos, según como lo fuere necesitando y esos nombramientos
podrían recaer en hombres preparados, viejos, retirados de la política
y que pudieran cooperar a la administración.
Con un Consejo de Estado constituido en esa forma, con perso
nalidades de la ciencia, de las artes, de las industrias, de la banca,
y de todos los ramos de la actividad pública, prescindente de la

política^ podría el Presidente de la República encontrarse en cual


quier momento rodeado de personas que le proporcionarían verda


dera ayuda a su administración. Y esta circunstancia le sería muy
provechosa en los casos en que pudiera el Presidente encontrarse en
conflictos con una o con ambas ramas del Congreso. Ese caso se ha
presentado aún en los Estados Unidos, donde no existe el parlamen
tarismo; allí el Congreso ha estado a veces en abierta pugna con el
Presidente.
Como el Presidente podría escoger su personal de consejeros
entre lo mejor que hubiera en todo el país, ese grupo de personas
prestigiaría mucho la causa del Presidente y le serviría de un con
trapeso en ciertos momentos para oponerse a las imposiciones del
Congreso.
Por estas razones, que ha tratado de resumir brevemente, es
partidario de que se mantenga el Consejo de Estado de una manera
completamente reformada. Desea que se deje constancia en el acta
de su manera de pensar al respecto.
(Actas 15)

226 —

El señor Edwards Matte (don Guillermo) creeque es conve


niente la supresión del Consejo de Estado, en cuanto institución
aconsejadora, porque ha sido partidario siempre de que no se diluyan
las responsabilidades de los que tienen el mando.
S. E. advierte que en la próxima sesión se estudiará el párrafo
que tratará de «La formación de las leyes», y si hay tiempo se pro
seguirá con el título de «La administración de justicia».
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca.
DÉCIMAOCTAVA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE

REFORMAS CONSTITUCIONALES

5 DE JUNIO DE 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, No-
lasco Cárdenas, J. Guillermo Guerra, José Maza, Ministro de
Justicia, Pedro N. Montenegro, Romualdo Silva Cortés, Francisco
Vidal Garcés, Carlos Vicuña, Eliodoro Yáñez, Héctor Zañartu, y
del Subsecretario del Interior, don Edecio Torreblanca, que actuó
como Secretario ; se abrió la sesión a las 4 P. M.

Excusó su inasistencia don Ramón Briones Luco.


Se entra a tratar el párrafo «De la Formación de las Leyes» , y al
efecto se da lectura al siguiente artículo, propuesto en reemplazo del
art. 31 de la Constitución actual:
«Las leyes y proyectos tendrán principio en la Cámara, por
mensaje que le dirija el Presidente de la República, por indicación
del Senado, por proposición de la Corte Suprema en los casos con
templados en el art. 105o, o por moción de cualquier diputado.
«Las leyes que signifiquen gastos públicos son de la iniciativa
exclusiva del Presidente de la Repúbbca, sin perjuicio de lo dispuesto
en el art. 105a.
«Para que el Senado sugiera un Proyecto de Ley, a la Cámara,
basta el voto de diez Senadores. La CorteSuprema necesita el voto
de la mayoría de sus miembros.»
S. E. pide que se resuelva primeramente si se da la iniciativa de
las leyes solamente a la Cámara de Diputados, o si se extiende tam
bién tal iniciativa al Senado.
El señor Barros Borgoño (don Luis) a su juicio dicha iniciati
va deben tenerla en igual forma ambas Cámaras, ya que las dos tienen

el mismo origen y que ese es el régimen establecido en casi todas


partes del mundo. Estima también que el Ejecutivo debe tener li
.

bertad para enviar sus mensajes a cualquiera de las dos ramas del
Congreso, a la que más convenga.
El señor Guerra (don J. Guillermo) no le parecería mal que
la Corte Suprema pudiese iniciar proyectos de carácter judicial.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) es del mismo parecer
que el señor Barros Borgoño cree que ambas Cámaras deben quedar
en igualdad de condiciones, tanto más cuanto que generalmente es

228 —

el Senado en donde está la gente de mayor experiencia y más pre


parada.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, observa que el
Senado, en a iniciativa para formular proyectos de ley, va a
cuanto
hacer el mismo papel de aquel que transmite una idea o conjunto de
ideas, ya perfectamente estudiadas y definidas, a su escribiente o se
cretario para que les dé forma escrita. Así, el Senado enviaría, por
medio de mensajes, los proyectos de su iniciativa a la Cámara de
Diputados, ésta les daría forma de ley, y el mismo Senado, en segui
da, los revisaría.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) replica que en la prác
tica se ha visto que hay muy poca diferencia entre iniciar y adicio
nar leyes; últimamente, casi todos los proyectos que la Cámara ha
enviado al Senado, eran adicionados en tal forma que resultaban le
yes casi enteramente nuevas.
S. E. hace presente que tal práctica da lugar a grandes conflic
tos y dificultades.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) la circunstancia de ser
la Cámara de Diputados muy numerosa y su personal muy hete
rogéneo, contribuye a que los proyectos que despacha sean defi
cientes y mal estudiados. Es por esto que el Senado, corporación
con menos personal y compuesta de elementos generalmente bien
preparados, se ve constantemente obligado, entre nosotros, a repa
rar lo malo que hace la Cámara.
El señor Yáñez (don Eliodoro) aparte de que en todos los paí
ses sujetos al sistema bi-cameral, las dos ramas del Parlamento tie

nen igual iniciativa para formular proyectos de ley, hay entre no

sotros la circunstancia, que ya se ha hecho notar, de que el Senado


cuenta con menor número de miembros, generalmente más prepa
rados y con mayorexperiencia que los de la otra Cámara. No se
ría justo, pues, dejarla subordinada a la acción de la Cámara de
Diputados, privando a esta Corporación de las iniciativas de bien
público que en ella pueden nacer y encontrar amparo, de la facul
tad de atender a las necesidades del país y de la de propender al
progreso de la legislación.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, el Senado que
daría con la misma facultad que tiene hoy el Presidente de la Re
pública, a saber, la de poder enviar mensajes a la Cámara de Di
putados.
El señor Yáñez (don Eliodoro) establecida esa facultad, la Cá
mara podría no tomar en cuenta los mensajes del Senado. Y de es

ta manera el Senado no haría nunca uso de ella, por no verse ex


puesto a una situación en la otra Cámara, que podría lastimar su
prestigio, ya que esa iniciativa carecía de eficacia práctica.

229 —

El señor Amunátegui (don Domingo) le pasaría al Senado lo


mismo que ala Corte Suprema, con la facultad que le otorga el
art. 5." del Código Civil.
El señor Yáñez (don Eliodoro) llama la atención a que tenien
do el país una población reducida, inferior a la de algunas capita
les europeas y americanas, es natural que el número de hombres
preparados para la cosa pública sea pequeño. No parece posible en-
.tonces privar a una Corporación como el Senado de la República;
donde se reúnen hombres de gran versación y experiencia, de la ini
ciativa de proponer y aprobar proyectos de bien público. Cree, en
resumen, que debe darse a ambas ramas del Parlamento igual y libre
iniciativa en materia de leyes, salvo en cuanto a la de gastos públi
cos que debe corresponder exclusivamente al Presidente de la Repú-

bbca como medio de mantener la regularidad y responsabilidad de


la administración financiera del Estado.
Le parece también conveniente suprimir la iniciativa que en ma
teria legislativa ha querido darse a la Corte Suprema, idea que se
opone a la de mantener la debida separación de los Poderes Pú
blicos.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) el personal de la Cá
mara de Diputados varía mucho de tres en tres años y el legislador

viene a formarse generalmente a los dos o tres años de experiencia


parlamentaria. El cambio frecuente de este personal hace, pues, que
la Cámara no cuente siempre con los legisladores más preparados y
de mayor experiencia.
En el Senado no ocurre lo mismo : sus miembros -duran mucho

más en sus funciones.


S. E. tuvo en vista esta razón para proponer la prórroga del
período de duración de las funciones de los Diputados a cuatro años,
Su experiencia parlamentaria le permite manifestar con cono
cimiento de causa que el legislador viene a formarse al cabo de dos
años por lo menos, de modo que extendiendo el período legislativo
a cuatro, la Cámara podría hacer labor legislativa eficiente siquiera

por los dos últimos.


El señor Montenegro (don Pedro N.) es partidario de que las
dos ramas del Congreso tengan igual iniciativa para las leyes.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) sin oponerse a la propo
sición de reforma relativa al principio de las leyes sobre gastos
públicos, fundada en buenas razones de política financiera, piensa
en que hay muchos casos de necesidades locales, como construcción

de escuelas, hospitales, caminos, puentes, obras sanitarias y otras,


sobre las cuales, tratándose del mero derecho de proponer proyectos,
no cree que haya razones para prohibir tal iniciativa. Además, un
gobierno que desea apoyar o combatir u hostilizar a partidos o con-

230 —

gresales de oposición, podría favorecer con obras públicas innecesa


rias una región y negar esas obras a otras que las necesiten. Repite
que comprende y acepta lo que se propone, pero a la vez indica la
conveniencia de estudiar una salvedad o excepción para los casos

expresados.
El señor Yáñez (don Eliodoro) considera que los Congresos
son siempre un elemento de dilapidación en todas partes del mundo

y estableciéndose la facultad porque aboga el señor Silva Cortés, los


intereses locales podrían predominar sobre los intereses nacionales.
La necesidad de atender los intereses locales en el Parlamento
no nace sino del desgobierno de un país. En un país bien organizado
no debe existir esta necesidad.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) es partidario de que
se deje el artículo tal como está actualmente en la Constitución;
pero le parece conveniente establecer que en el derecho de fiscali
zación queda también comprendido el de representar al Gobierno
las necesidades locales.
S. E., el artículo en discusión va a quedar en la siguiente forma:
«Las leyes y proyectos tendrán principio en la Cámara o en el
Senado por proposición de uno de sus miembros o por mensaje del
Presidente de la República a cualquiera de estas ramas del Congreso,
«Las leyes que signifiquen gastos públicos son de la iniciativa
exclusiva del Presidente de la República.»
Así quedó acordado.
El señor Maza (don José), Ministro
de Justicia, quiere dejar
constancia, a propósito de esta disposición, de que la forma en que
va a aprobarse hará fracasar el fundamento de la reforma constitu
cional en esta materia; porque con ello se va a perpetuar el sistema
de luchas que hasta ahora ha existido entre el Senado y la Cámara
de Diputados en cuanto respecta a la formación de las leyes. Si no

se adoptan más adelante medidas eficaces para que la opinión de


la Cámara de Diputados predominé sobre la del Senado, no se ha
brá avanzado nada y en pocos años más veremos que el Senado,
Corporación a la cual se ha querido privar en absoluto de facultades
políticas para dejarla como Cámara moderadora, será una Cámara

política que dispondrá de medios para detener las leyes y presionar


al Ejecutivo.
Se da lectura al art. 32 proyectado:
«Aprobado un proyecto en la Cámara, pasará inmediatamente
al Senado para su discusión en un término que no pase de un año.
Si durante ese término el Senado no se pronunciare, el proyecto se
entenderá aprobado.- El plazo será sólo de treinta días para la ley
que fija los gastos de la administración pública.»
El señor Yáñez (don Eliodoro) cree que lo que se quiere es que

231 —

aprobado un proyecto en Cámara pase inmediatamente a la


una

otra para que se discuta en un término dado,


El señor Silva Cortés (don Romualdo) lo considera peligroso.
El señor Yáñez (don Eliodoro) recuerda que hace años el art. 32
de la Constitución actual dio lugar a un debate en el Parlamento a-
cerca de lo que debía entenderse por la frase
«período de aquella se
sión». Se sostuvo entonces, cree que por don Justo Arteaga Alempar-
te, que al término de un período caducaban todos los proyectos que
habían sido remitidos a las Cámaras o discutidos en ellas. Pero se re
solvió que la labor parlamentaria era continua, y no recuerdo que
haya un solo caso en que se hayan entendido en otra forma.
El señor Zañartu (don Héctor) manifiesta que según la Cons
titución de los Estados Unidos cuando se presenta un proyecto y no
se despacha en el período, caduca.

El señor Yáñez (don Eliodoro) cree probable que este fuera el


sentir de nuestra Consitución, siguiendo las prácticas inglesas; pero
estima que hay más conveniencia en establecer la continuidad del
Parlamentó. Los Congresos deben sucederse como si fueran una
misma persona. Lo que cambia en ellos son los miembros que los
componen ; pero la labor que una Cámara está desarrollando, puede
continuarla la que viene en seguida.
El señor Guerra (don J. Guillermo) hace presente que la dispo
sición propuesta por el señor Maza se encuentra establecida en la
Constitución Alemana, si mal no recuerda, y en algunas otras más.
El señor Yáñez (don Eliodoro) estima que no se debe alterar la
práctica establecida.
La labor del Congreso consiste, es cierto, en aprobar los pro
yectos de ley sometidos a su consideración; pero muchas veces se
hace obra patriótica deteniendo el despacho de leyes que pueden ser
contrarias al interés público. A veces por apasionamientos momen
táneos o en consideración a intereses políticos transitorios, se pro
cura dictar leyes que pueden ser contrarias al interés nacional. En

estos casos, sin producir choques ni violencias, y dando lugar a que


la opinión cambie y vea después con más serenidad que se trataba
de hacer algo inconveniente, las Cámaras suelen detener el despacho
de asuntos que llegan a su conocimiento.
Cree que es preferible quedarse dentro de las tradiciones, dentro
de las costumbres ya establecidas entre nosotros a este respecto.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, entiende que la
indicación del señor Yañez sería para dejar este artículo tal como
está sin plazo para que la Cámara Revisora se pronuncie sobre los
proyectos que la otra le remite,
El señor Yañez (don Eliodoro) cree que podría darse al Pre
sidente de laRepública la facultad constitucional de solicitar la
urgencia de los proyectos, cuando lo estime conveniente.

232 —

Es necesario reconocer que actualmente no se encuentra en los

Parlamentos uniformidad de miras, de pareceres, en cuanto a ciertos


intereses fundamentales de la sociedad o del Estado. Hoy tienen
representación en los Parlamentos intereses que van contra el Estado,
contra el concepto de patria, contra el sistema social que hoy im
pera. Y hay leyes que por su naturaleza no pueden ser detenidas en
el Congreso. Supongamos un proyecto de ley declaratorio de guerra
contra un país extranjero, que puede ser obstaculizado por hombres
que por doctrina se opogan a toda guerra.
Podrían también presentarse casos como el ocurrido el año 78
en que el país se encontró ante el peligro de que todos los Bancos

cerraran sus puertas. Un día se supo que a la mañana siguiente iban

a clausurarse todos. Entonces el Ejecutivo hizo pasar en el Congreso

en la noche de ese mismo día una ley que salvó la situación, y que

fué la primera sobre emisión de papel moneda, aunque ojalá nunca


se hubiera dictado. Como éstos, pueden presentarse casos en que el

Presidente de la República, que tiene la responsabilidad del Estado


en el interior, y en el exterior se vea obligado a solicitar el concurso
inmediato, el pronunciamiento rápido del Congreso en un determi
nado asunto.
Es por esto que cree que el Presidente de la República debe
tener el derecho de solicitar, en un momento dado, un sí o un nó del
Congreso.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, recuerda que res

pecto al artículo anterior ya se acordó que la ley periódica sobre los


gastos de la administración pública se presentara al Congreso con
seis meses de anticipación y que si el Congreso no la hubiese despa
chado al término de este plazo, regirían los Presupuestos del año
anterior.
Habrá que agregar que esta ley debe tener origen en la Cámara
de Diputados.
El señor Yáñez (don Eliodoro) dice que el año último se cam
bió la iniciativa de la discusión del Presupuesto, sin ventaja, por
lo demás. En todos los países del mundo los presupuestos empie
zan a discutirse en la Cámara de Diputados.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, manifiesta que
los presupuestos, según la Constitución actual, pueden tener origen
en cualquiera de las dos Cámaras, aunque se había establecido la
costumbre de que los presupuestos fueran primero al Senado.
Conforme a la reforma introducida actualmente, los presupues
tos deben tener su origen en la Cámara de Diputados.
El señor Zañartu (don Héctor) pregunta al señor Maza si dentro
de las reformas ya aprobadas se ha acordado que la ley de presu
puestos autorice también el cobro de las contribuciones.

233 —

El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, contesta que se


autoriza únicamente el cálculo de entradas.
El señor Yáñez (don Eliodoro) dice que en todos los países del
mundo los presupuestos tienen origen en la Cámara de Diputados,
porque se estima que este sistema es el más lógico y conveniente;
pero que en Chile ha dado mejores resultados el sistema contrario,
pues se ha visto que los presupuestos son estudiados en forma más
eficiente por la Cámara de Senadores, debido tal vez a la experien
cia y menor número de sus miembros.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, no se extraña de
que el Senado los estudiara en mejor forma, pues los retenía en
su poder durante largo tiempo, y sólo a última hora los remitía a
Cámara de Diputados, la que tenía que despacharlos siempre apre
miada por todos aquellos a quienes perjudicaba su retardo.
El señor Barros Borgoño (don Luis) recuerda que era la Co
misión Mixta de Presupuestos la que estudiaba, en realidad, el pro
yecto de gastos de la Nación.
El señor Guerra (don J. Guillermo) dice que según la reforma,
los presupuestos se presentarán al Congreso con seis meses de anti
cipación a la fecha de su vigencia, y si el 31 de Diciembre no estu
vieren aprobados por las dos Cámaras, regirán automáticamente.
Nota en esto un vacío que no ha sido llenado por el proyecto
de reforma. ¿Cómo se distribuyen estos seis meses entre las dos Cá
maras? Cree que sería conveniente establecer que podrían estar a lo
más tres meses en la Cámara de Diputados y tres en el Senado,- por
que bien, podría suceder que una Cámara retuviera el proyecto de
presupuestos y le quitara a la otra el tiempo necesario para su dis
cusión.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) cree que el Presidente
de la República podría mandar el proyecto a las dos Cámaras a la
vez, a fin de que ambas pudieran discutirlo con la amplitud nece
saria.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, manifiesta
que la reforma parte de la base de que la Cámara de Diputados ten
drá cinco meses para la discusión de los presupuestos un mes el Se
nado.
El señor Guerra (don J. Guillermo) estima que si la ley de pre
supuestos tiene origen en la Cámara de Diputados, es justo darle más
tiempo a esta Cámara para su discusión que a la Cámara Revisora:
pero no cinco meses a una Cámara y uno a otra.
Lo conveniente sería darle cuatro meses a la Cámara de origen
y dos a la revisora.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) cree necesario darle
mayor tiempo a la Cámara de origen, por su propia composición.

234 —

El señor Montenegro (don Pedro N.) agrega que también hay


que tomar en cuenta el tiempo que emplea la Comisión Mixta
en el estudio de los Presupuestos.
El señor Guerra (don J. Guillermo) dice que hay que suprimir
la Comisión Mixta porque es un rodaje inútil.
El señor Zañartu (don Héctor) contesta que la Comisión Mix
ta esla única que estudia verdaderamente los presupuestos.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, pregunta sí se

deja como Cámara de origen para los presupuestos la Cámara de


Diputados.
El señor Barros Borgoño (don Luis) responde que hay que
dejar. al Presidente de la República la facultad de enviarlos a la Cá
mara que convenga.
El señor Guerra (don J.Guillermo) entonces pide que se acuerde
que el Presidente de la República enviará los presupuestos a la Cá
mara que estime conveniente; que la Cámara de origen tendrá cua
tro meses para pronunciarse sobre ellos, y la revisora dos.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, según la indica
ción del señor Yáñez, este artículo 32 quedaría así:
«Aprobadoun proyecto de ley en la Cámara de su origen, pasará

inmediatamente a la otra Cámara para su discusión.»

Se suprimiría, en consecuencia, la frase final que dice que la


otra Cámara debe pronunciarse en cierto plazo.
El señor Guerra (don J. Guillermo) recuerda que la fórmula pro
puesta es la de que si la Cámara revisora no se pronuncia sobre el
proyecto, éste se entenderá aprobado.
Este sistema de fijar un aprobado o recha
plazo para entender
zado un proyecto por la Cámara revisora, tiene la gran ventaja de
que de tal manera se obliga a la Cámara que quiere detener un pro
yecto a manifestarlo francamente.
En esta forma los proyectos que llegan a las Cámaras no serán
encarpetados indefinidamente.
S. E. estima que esta frase de la Constitución actual «y apro
bación en el período de aquella sesión», que aparece en el art. 32,
obedece al propósito de obligar a la Cámara revisora a que se pro
nuncie sobre un proyecto dentro de la legislatura en que ha llegado

a ella.
El señer Yáñez (don Eliodoro) como decía antes, manifiesta
que hace muchos años, hubo en la Cámara de Diputados un deba
te sobre esta cuestión, y se sostuvo por muchos miembros de esa
Cámara la interpretación que expresa S. E., pero prevaleció el cri
terio contrario, sostenido por don Jorge Huneeus, entre otros, y se
mantuvo la práctica que existía desde el comienzo de la República.

Agrega que todas las deficiencias de nuestro régimen institucio-



235 —

nal se han
debido, en gran parte, a los intereses políticos que han
primado en el Congreso ; pero una vez que el interés político desapa
rezca o se vea disminuido, la labor
legislativa será más fecunda.
S. E. cree que, como se le van a quitar sus atribuciones políticas
al Senado, buscará éste sus trincheras en la dictación de las leyes.
Es necesario entonces adoptar medidas eficaces para evitar este
peligro.
El señor Yáñez (don Eliodoro) considera que la manera de
impedir peligro está en dar al Presidente de la República la fa
este
cultad de pedir la urgencia.
S. E.quiere que se resuelva esta cuestión: ¿Se pone o no plazo
para la aprobación o para el rechazo automático de las leyes que
pasan de la Cámara de origen a la revisora?
El señor Vidal Garcés (don Francisco) estima que se podría
poner este plazo para el rechazo.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) halla un poco grave
aquello deestar legislando por la mera acción del tiempo.
S. E. cree que debe establecerse un plazo para que se dé auto
máticamente por aprobada o rechazada la ley, con el fin de que se
resuelvan los asuntos.
El señor Yáñez (don Eliodoro) estima que si se aceptara lo
primero unaminoría podría aprovecharse de esta disposición obstru
yendo, fin de que un proyecto quedara automáticamente aprobado.
a

Toda la dificultad que esta cuestión presenta se salvaría con la


facultad constitucional del Presidente de la República para solicitar
la declaración de urgencia respecto de cualquier proyecto.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) manifiesta que no es
posible establecer que con el solo trascurso del tiempo, de años si
se quiere,
pueda darse vida a proyectos de los cuales a veces nadie
se' acuerda. Pone el caso del proyecto sobre superintendencia de ins

trucción pública, aprobado por el Senado en 1906, que está dur


miendo hasta hoy en la otra Cámara, y que muy bien pudiera
transformarse más tarde en ley, mediante la disposición que ahora
se propone.
El señor Zañartu (don Héctor) está de acuerdo en que conven

dría reducir el plazo de un año, pero en la


de que el pro
inteligencia
yecto respectivo quedaría rechazado, si hubiera ha
en ese
lapso, no

bido un" pronunciamiento expreso de la Cámara revisora sobre él.


El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) dice que no hay que
olvidar que la ley es la manifestación de la voluntad soberana, y no
de voluntad caprichosa. Agrega que se aprovecharía del trascur
una

so del tiempo para convertir en ley cualquier proyecto.


El señor Guerra (don J. Guillermo) es partidario de toda me
dida que estimule la acción legislativa, y una de ellas sería la de

236 —

consultar esta facilidad de que las Cámaras, sin pronunciarse so


bre ciertos proyectos, les presten suaprobación tácitamente. Tal
aprobación sólo se prestaría a proyectos de poca importancia, que
merecieran ocupar mayormente la atención de la Cámara; pero tra
tándose de proyectos de importancia, es claro que nunca faltaría un
representante que pidiese que se pusieran en tabla y fueran discuti
dos.
El procedimiento franco y honrado en este caso es el del rechazo
explícito de lo que no se acepta, y a esto tendería esta reforma.
El señor Yáñez (don Eliodoro) dice que las cosas no se presen
tan así en la práctica. Si una Cámara aprueba un proyecto, y se es
tablece que la otra, por no pronunciarse sobre él en el término de un
año, lo da tácitamente por aprobado, inmediatamente se crearía el
interés de no tratar los proyectos, para que queden aprobados sin
debate; a la inversa, si se establece que los proyectos no tratados o
sobre los que no recae pronunciamiento en cierto plazo, quedan auto
máticamente rechazados, se crearía el interés de aprobarlos. Tales
actitudes no serían, ciertamente, dignas de un Parlamento. Dentro
de la estructura institucional de los países, es a los jefes de Estado
a quienes corresponde atender las necesidades públicas, y las tareas
legislativas no son sino complementarias de aquel deber.
Dejando independencia absoluta a cada Cámara como corres

a un Poder Soberano
ponde y dando al Presidente de la República
el derecho de pedir la urgencia de los proyectos porque se interese,
es decir, de constreñir al Parlamento a pronunciarse sobre ellos, se

salva toda dificultad.


El señor Guerra (don J. Guillermo) considera que se pueden
conciliar las dos tesis que se han enunciado, estableciendo que el
Presidente de la República puede solicitar el pronto despacho o
pronunciamiento sobre cualquier proyecto, y que si respecto de estos
proyectos despachados ya por una Cámara, no hay pronunciamiento
en la otra dentro del plazo de un año, se entenderían aprobados al

cabo de él.
El señor Yáñez (don Eliodoro) estima que no se necesitaría
establecer esta última disposición consultando la primera, ya que
al solicitar el Presidente la urgencia de un proyecto, tiene el dere
cho de exigir un pronunciamiento inmediato sobre él.
El señor Zañartu (don Héctor) hace presente que establecido
el procedimiento de que cuando un proyecto pase un año en una
Cámara sin que recaiga un pronunciamiento sobre él se entienda
rechazado, las cosas quedarían ajustadas a lo que dispone o quiso
disponer nuestra Constitución respecto a la forma en que deben
aprobarse las leyes.
El procedimiento actualmente consignado en nuestra Consti-

237 —

tución, es el de que los dos tercios de una Cámara con el tercio de la


otra hagan una ley; pero como la Cámara revisora puede ahora
no pronunciarse sobre un proyecto, resulta en la práctica que
no da ocasión a la otra para insistir sobre él, y así la mitad más uno

de una Cámara puede impedir su despacho.


Con la disposición que se propone, entendiéndose rechazado un
proyecto si la Cámara revisora no se pronuncia sobre él dentro del
plazo de un año, se da ocasión a la Cámara de origen para insistir
sobre él y agitar de esta manera su despacho.
El señor Maza (don José) Ministro de Justicia, cita disposiciones
,

de la Constitución Checoeslovaca, que dicen así:


«Los proyectos de iniciativa gubernamental, concernientes al
presupuesto o a la defensa nacional, deben ser sometidos en primer
término a la Cámara de Diputados.»
Una de las innovaciones de la Constitución Checa es la preci
sión con la cual determinó las obligaciones recíprocas de las dos Cá
maras en lo concerniente al voto de las leyes, para arreglar los con

flictos que pudieran surgir entre ellas a este respecto. El Senado está
obligado a tomar una resolución sobre los proyectos de ley votados
por la Cámara de Diputados en el plazo de un mes después de su
entrega si se trata del Presupuesto o de la defensa nacional, y de seis
semanas en los demás casos. La Cámara tiene, por el contrario, un

plazo de tres meses para resolver sobre los proyectos de ley votados
por el Senado. Estos plazos pueden ser prolongados mediante acuer
dos de ambas Cámaras, salvo para el presupuesto y las leyes mili
tares.
Una Cámara que no ha tomado resolución en el plazo fijado.
es considerada como aceptante del voto de la otra Asamblea.
sUn proyecto votado por los Diputados toma fuerza de ley, a
pesar del voto contrario del Senado, cuando la Cámara, por mayoría
absoluta de todos sus miembros, mantiene su primitivo acuerdo.5'
El señor Guerra (don J. Guillermo) llama la atención hacia la
situación que se produciría estableciendo el sistema de que un pro
yecto queda rechazado si la Cámara revisora no se pronuncia sobre
él en cierto plazo, en el caso de que se produjera alguna rivalidad
entre las dos ramas del Congreso, situación que ya se ha producido
entre nosotros. Hace poco el Senado, por sistema, transformaba radi
calmente los proyectos que le enviaba la Cámara. Si mañana se pro
dujera una rivalidad semejante, con la disposición que se propone,
ninguna de las dos ramas trataría los proyectos que le llegaran de
la otra, y el resultado sería que el país sufriría de la falta de legis
lación.
S. E. hace presente al señor Guerra que rechazado un proyecto
en una Cámara, pasa inmediatamente a la otra para que insista o
no en él.

238 —

El señor Guerra (donj. Guillermo) insiste en que es más sencillo


el procedimiento señalado en la disposición que se estudia, de fijar
un plazo determinado para entender aprobado un proyecto en caso
de que la Cámara revisora no se pronuncie.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, cree convenien
te fijar un plazo para la aprobación de los proyectos, cuya urgen
cia solicitara el Presidente de la República.
S. E. dice que solicitada la urgencia por el Presidente de la
República, las Cámaras deberían pronunciarse sobre el proyecto res
pectivo en un plazo de treinta días.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) pregunta si se esta
blecería que el Presidente de la República puede solicitar la urgencia
de un proyecto en cualquiera de las dos Cámaras y en cualquier trá
mite constitucional.
S. E. dice que sí.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) observa que habría
que fijarse en la naturaleza de las leyes respecto de las cuales proce
dería la petición de urgencia. No se solicitaría, por ejemplo, para
proyectos extensos, para códigos, sino para proyectos cortos y apre
miantes.
El señor Barros Borgoño (don Luis) manifiesta que esta pe
tición sólo se usaría para leyes de urgencia.
El señor Yáñez (don Eliodoro) es del mismo parecer que el
señor Barros,
El señor Zañartu (don Héctor) quiere dejar constancia de que
estima conveniente establecer un plazo dentro del cual las leyes
debieran entenderse rechazadas si no se pronuncia sobre ellas la

Cámara revisora.
S. E. da por sentado que hay unanimidad de pareceres para
acordar que el Presidente de la República tendrá derecho a solicitar
la urgencia de los proyectos de ley en cualquiera de las dos ramas
del Congreso y en cualquier trámite constitucional en que éstos se

encuentren.
Así se acordó.
En consecuencia, el art. 32 quedó en la siguiente forma:
«Aprobado un proyecto en la Cámara de origen, pasará inme
diatamente a la otra Cámara para su discusión.
«El Presidente de la República tendrá el derecho a pedir la urgen
cia de un proyecto de ley en cualquiera de las Cámaras y de sus
trámites.
«Solicitada la urgencia por el Presidente de la República, la Cá
mara en que esté el proyecto deberá resolver sobre él en el
plazo
máximo de treinta días.»
Se da lectura al art. 33 qué dice:

239 —

«El proyecto que fuere desechado en la Cámara no podrá reno


varse sino después de un año.»
Queda en esta forma.
Se lee en seguida el art. 34 que dice:
«Aprobado un proyecto por ambas ramas del Congreso o pro
ducida su aprobación en la forma tácita prevenida en el art. 32 será
remitido por la Cámara al Presidente de la República, quien, si tam
bién lo aprueba, dispondrá su promulgación como ley.»
Queda en igual forma.
El señor Guerra (don J. Guillermo) en el art. 34 se presenta
una cuestión, y es la referente a qué Cámara le corresponde remitir

al Presidente de la República el proyecto de ley aprobado. En algu


nos casos se ha sostenido que es la Cámara de origen la que debe

remitir el proyecto al Presidente de la República y, en otros, la Cá


mara revisora; pero estima que, a su juicio, es la Cámara de origen

la que debe remitir. Eso es lo más correcto.


Los señores Yáñez (don Eliodoro) y Maza (don José), Ministro
de Justicia, le observan que en la práctica se hace así.
Se da lectura al art. 35.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) formula indicación para
suprimirlo.
El señor Yáñez (don Eliodoro) cree que este artículo es nece
sario. Es una facultad de que se hace uso muchas veces para corre
gir errores o irregularidades que suelen deslizarse en las leyes. Por
lo demás, en otros países, como en Estados Unidos, existen disposi
ciones constitucionales análogas y que son inherentes al carácter de
colegislador que tiene el Presidente de la República.
S. E. hace presente en la conveniencia de mantener la disposición,
aunque en la práctica han surgido dificultades en la aplicación del
actual artículo constitucional.
En algunos casos el Presidente de la República ha formulado
observaciones que, en realidad de verdad, han sido modificaciones
a la ley y ha resultado que, en el estado de tramitación constitucio

nal en que el respectivo proyecto se hallaba, ya las Cámaras no po


dían pronunciarse sino por sí o, por no. De modo que cree que vale
la pena modificar esta disposición.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, diee que el plazo
de treinta días de queeste artículo se habla, puede reducirse a
en

diez, por cuanto ha sido suprimido el Consejo de Estado y los pro


yectos de ley ya no tienen que correr el trámite correspondiente.
S. E. manifiesta que en este artículo no está consultada la
idea que ha propuesto, o sea, la de que el Presidente de la Repúbli
ca pueda hacer no sólo observaciones a los proyectos de ley, como

dice el artículo, sino también modificaciones y enmiendas. Ha ha-



240 —

bido cuestiones sobre este particular. Se ha dicho que el Presiden


te de la República no puede hacer observaciones que modifiquen la

ley.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) estima que esa inter
pretación no es la correcta, porque en el derecho de formular ob

servaciones va comprendido el de proponer enmiendas.

El señor Barros Borgoño (don Luis) cree que debe aclararse


el artículo.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) cree conveniente decir
en lugar de «observaciones», «correcciones o enmiendas», o mejor,
«adiciones o correcciones», para usar las mismas palabras que emplea
la Constitución en otros artículos sobre este mismo tópico.
El señor Barros Borgoño (don Luis) recuerda se ha hecho
uso varias veces de esta disposición.

El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que la úl


tima ley vetada fué una referente a la Cruz Roja, y que lo fué por
el actual Presidente de la República. El Presidente hizo presente al
Congreso que un artículo de esa ley había quedado mal redactado
y el Congreso lo corrigió.
Cree que se podría modificar el artículo en el sentido de que el
Presidente de la República pueda vetar la totalidad de la ley o pro
poner correcciones o enmiendas.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) estima que debería
declararse que el Presidente de la República puede hacer adiciones o
correcciones, es decir, lo mismo que hace la Cámara revisora.
Se acordó dejar testimonio de esta interpretación en el acta.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) considera que, según
la interpretación que se ha dado a este artículo, el Presidente de
la República puede dejar sin valor alguno una ley; porque no signi
fica otra cosa vetarla. De modo que basta que el Presidente de la
República haga observaciones a una determinada ley para que la vo

luntad del legislador quede burlada.


El art. 35 quedó en la siguiente forma:
«Si el Presidente de la República desaprueba el proyecto de ley,
lo devolverá a la Cámara de origen haciendo las observaciones con
venientes dentro del término de treinta días.>
S. E. lee el art. 36 de la actual Constitución que dice lo si
guiente :
»Si las dos Cámaras aprobaren las observaciones hechas por el
Presidente de la República, el proyecto tendrá fuerza de ley y se
devolverá al Presidente para su promulgación.
«Si las dos Cámaras no aceptaren las observaciones del Presi
dente de la República e insistieren por los dos tercios de sus miem
bros presentes en el proyecto aprobado por ellas, éste tendrá fuerza
de ley y se devolverá al Presidente para su promulgación.»

241 —

El artículo de la reforma dice lo siguiente :


«Si las dos ramas del Congreso aprobaren las observaciones
hechas por el Presidente de la República, el proyecto tendrá fuerza
de ley y se devolverá al Presidente para su promulgación.
«Si las dos ramas del Congreso no aceptaren todas o algunas
de las observaciones del Presidente de la República e insistieren por
los dos tercios de sus miembros presentes en la totalidad del proyecto
aprobado por ellas, se devolverá al Presidente para su promulgación,
o para que éste, dentro del término de treinta días, consulte a la
Nación los puntos en desacuerdo por medio de un plebiscito. El
proyecto que se apruebe en el plebiscito se promulgará como ley de
la Repúblicas
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, recuerda que
actualmente sucede que las observaciones que el Presidente de la
República hace a los proyectos despachados por el Congreso, deben
ser aceptadas o rechazadas en su totalidad
por éste; por consiguien
te, falta la elasticidad en el sistema del veto, y a eso tiende la re
forma que se propone. En adelante el Congreso podrá aprobar o
rechazar parte de las observaciones del Jefe del Estado, y si a éste
no le satisface la acogida que el Congreso haya hecho a sus observa

ciones, puede recurrir a un plebiscito.


El señor Zañartu (don Héctor) acepta la primera parte de la
reforma propuesta, porque la considera justa; pero de ninguna ma
nera puede dar su asentimiento a la idea del plebiscito.
Durante este debate ha aceptado la conveniencia de dar al Pre
sidente de la República todas las facultades necesarias para que
pueda gobernar; pero estima que, tratándose de leyes, debe primar
la voluntad del Congreso, esto es, debe mantenerse una separación
absoluta entre los dos Poderes.
S. E. responde que no hay ninguna razón para temer a la idea
del plebiscito en estos casos. Piensa que esta institución es esen
cialmente democrática, y sobre todo está basada en el pensamiento
que nos ha guiado en toda esta discusión, cual es el de hacer impo
sibles los conflictos entre los Poderes del Estado, el de no colocar
a un Poder sobre el otro

El señor Yáñez (don Eliodoro) es partidario del referéndum,


porque cree que es una solución para salvar conflictos posibles.
Por lo demás, dice, el Presidente de la República, no hará uso
del referéndum sino cuando esté muy seguro de contar con la vo
luntad del país y representar el interés nacional.
S. E. agrega que, por lo mismo que se ha quitado al Congreso
muchas de sus facultades políticas, los conflictos pueden ser más
graves. Así, supongamos que haya un núcleo de Diputados que esté
en desacuerdo con el Presidente de la República, y que forme, den-
(Actas 16)
242 —

tro de la Cámara, un block dispuesto a obstaculizar su la


que esté
bor, por todos los medios posibles.
¿Quién resolverá los conflictos que la actitud de esos Diputados
puede producir? El soberano, el pueblo. Por lo demás, el Presidente
de la República hará uso de esta facultad con mucha moderación.
en casos excepcionales: pero si no establecemos esta válvula del ple

biscito, dejaremos al Jefe del Estado subordinado a la voluntad del


Congreso.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) dice que si se con
sidera la cuestión en conjunto, parece mal planteada, porque las le
yes admiten una cierta clasificación.
Hay algunas respecto de las cuales tiene algo que ver el sobe
rano, y otras en tiene nada que ver, o están muy lejos de su
que no

apreciación. Desde las leyes técnicas y financieras no las en


luego,
tienden sino muy pocas personas, ni aun las que se dan de letradas,
y en estos casos un plebiscito sería, simplemente, desastroso.
Pero hay otro conjunto de leyes que miran a nuestros senti
mientos, a nuestras opiniones, a cosas sobre las cuales todos tenemos
noción. Por ejemplo, la ley que pretendió dictar hace poco el Con
greso para disolver el vínculo matrimonial, ley que no puede pasar
en un país sin una consulta a la voluntad popular.

Estimaría una tiranía no establecer en la Constitución el sí o el


no popular sobre leyes que como la de Ubertad de testar, afectan

directamente al pueblo. Pero, en cambio, encontraría, muy peligroso


que sometieran al veredicto de la voluntad popular leyes que,
se

como a la organización del Estado, deben ser estudiadas


las relativas
sólo por técnicos en la materia.
S. E. contesta que no puede aceptar, en teoría jurídica, que
haya leyes que no interesen al soberano, pues todas las leyes tienen
interés .para el pueblo.
I'or lo deniá.-. el l're-idcnte de la República no usará de esta
facultad todos los días, sino seguramente una vez que otra, muy a
lo lejos. Cree que hay conveniencia manifiesta, en dejar en la Cons
titución esta válvula de seguridad para evitar conflictos entre los
poderes públicos.
Va
a citar un caso concreto a este respecto: el del Protocolo.

Puede asegurar que el Senado de la República, al combatir el


Protocolo, no interpretaba el sentir del pueblo, y si el Congreso hu

biera rechazado este Tratado y el Presidente de la República lo


hubiera sometido a la consulta plebiscitaria, el 90% de los ciudada
nos lo habría
aprobado. Sin embargo, si no hubiera habido en el Se
nado hombres de verdadero patriotismo, como el señor Silva Cortés,
por ejemplo, que trabajaron patrióticamente para que esa Cámara
lo aceptara, el Senado habría tenido los dos tercios para rechazarlo,
y nuestro prestigio internacional habría decaído mucho.

243 —

El señor Zañartu (don Héctor) como ya ha dicho, es parti

dario de que al Presidente de la República se le deje toda la libertad


necesaria para gobernar; pero, al mismo tiempo, estima que en ma
teria de leyes, el Congreso debe tener la misma libertad, porque aun
representa más genuinamente la voluntad popular.
Cree que la única manera de evitar los conflictos sería que hu
biera unsolo Poder; pero como hemos establecido dos, siempre se
producirán estos desacuerdos. Se habla de que puede haber Congre
sos
que obren bajo el impulso de la pasión política; pero también
debemos ponernos en el caso de que haya un Presidente de la Repú
blica apasionado, que quiera someter a la consulta plebiscitaria cada
ley que produzca un desacuerdo entre los dos poderes, con lo cual
se
podrían producir también graves trastornos en el país.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos), disiente de la opinión
manifestada por el señor Zañartu, pues cree que los poderes públi
cos no representan nunca la opinión del país, ya que sólo les encar

gamos la gestión de nuestros intereses, pero nunca les delegamos la


representación de nuestros sentimientos, de nuestras opiniones. Dice
que por mucho respeto que le tengamos al Diputado por el cual he
mos votado y aun trabajado, jamás pensamos que pueda tener en

su corazón nuestros mismos sentimientos y en su cerebro nuestras

mismas opiniones. Le parece, por consiguiente, que cuando se trata


de cuestiones que afecten a los sentimientos y a la opinión púbbca,
es conveniente recurrir al plebiscito, y que, en cambio, cuando se

trata de la gestión de negocios, de intereses simplemente políticos, etc.,


debemos confiarnos en gente honrada y capaz para tales asuntos.
Por eso se debería hacer una clasificación, de las leyes, separando
aquellas que afectan a la opinión pública y al sentimiento del pueblo,
de las que son de otro orden. Entre las primeras podrían figurar los
problemas de vialidad, de policía, de finanzas, etc., y entre las se
gundas, los protocolos internacionales, la declaración de guerra, las
modificaciones del estatuto personal de los individuos, la libertad
de testar, etc.Ojalá, agrega, que las Cámaras por sí solas nunca se
creyeran autorizadas para dictar leyes referentes a los asuntos que
ha indicado en segundo término.

Al señor Guerra (don J. Guillermo) no le parece mal el plebis


cito y no lo teme. Recuerda que Suiza fué la primera en implantarlo.

Después siguió Bélgica, y después de la Guerra Europea, las naciones


que han modificado su Constitución también lo consignan. Es claro

que él no compara la situación moral e intelectual de Chile con la de

los países más adelantados en que rige el sistema de plebiscitos ; pero


no duda deque, encaso de que aquí se llegara a consultar al pueblo,
éste llegaría al fin a estudiar y a comprender los asuntos que se some
tieran a su decisión. En una cuestión de actualidad, en la de reduc-
-
244 —

ción de los derechos al salitre, por ejemplo, ya la prensa ha empezado


a discutirla, y la gente a penetrarse de ella, de modo que si mañana

se consultara a la opinión sobre la manera de resolverla, seguramente

que se pronunciaría con bastante conciencia. Sin embargo, en la


redacción propuesta observa un inconveniente: el de establecer en
forma imperativa que devuelto un proyecto al Presidente para su
promulgación, éste consultaría a la Nación dentro del plazo de treinta
días. Esta disposición puede dar lugar, en la forma propuesta, a gra
ves dificultades. Lo conveniente sería facultar simplemente al Pre

sidente de la República para que hiciera uso de este resorte consti


tucional cuando lo estimara conveniente.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, considera que
esta es una disposición consultativa.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) pregunta si una cuestión
como la que se ha apuntado, de la rebaja de los derechos del salitre
podría ser sometida a consulta popular.
S. E. dice que, evidentemente sí, ya que esa sería una de las leyes
que más vivamente interesaría al pueblo, por ser de carácter tribu
tario.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) insiste en preguntar si
resultaría conveniente para el país semejante consulta.
S. E. responde que, teóricamente hablando, hay que suponerlo.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) manifiesta que es con
trario a las buenas prácticas el que las funciones de Gobierno estén
en manos del pueblo, porque para eso éste tiene sus gobernantes,
El señor Zañartu (don Héctor) desea dejar constancia de que
en todos los países en que este sistema del plebiscito existe, impera
el régimen parlamentario.
S. E. observa que, con el sistema que se propone, en el futuro la
lucha entre el Presidente y el Congreso se va a dar alrededor de la
dictación de las leyes; de modo que si no se consulta esta medida de
la apelación al pueblo, no va a haber solución satisfactoria posible
para esos conflictos.
El señor Zañartu (don Héctor) cree que no se pueden producir
conflictos si se establece que en materia de legislación debe predomi
nar la voluntad del Congreso, así como en materias de gobierno
debe predominar la del Presidente de la República.
S. E., teme que, en los casos en que el Presidente de la Repú
blica pida el despacho de leyes de interés público inmediato, los par
lamentarios que no tienen influencias administrativas y quieran te
nerlas, puedan decirle que esas leyes no se despachan si no se les
concede lo que ellos piden. Dado nuestro modo de ser, no es aventu
rado prever que los parlamentarios usen de este medio para entrabar
la acción del Presidente de la República. El ve venir estos conflictos
-
245 -

y considera que ya que no fué aprobada la idea de la disolución del

Congreso, la consulta plebiscitaria es en tales casos una válvula de


seguridad que tenderá a hacerlos desaparecer o a solucionarlos cuan
do se produzcan.
Por lo demás, el Presidente de la República no podrá abusar de
esta facultad, porque su uso es cuestión muy grave, para él mismo,
porque si el pueblo da un veredicto contrario a la tesis que sostenga
el Presidente de la República, a éste no le quedaría otra cosa que
renunciar.
El señor Zañartu (don Héctor), no cree que puedan subsanarse
las dificultades que anota S. E. con esta disposición ; porque el Con
greso, a pesar de ella, podrá desechar siempre los proyectos que crea
conveniente.
El señor Guerra (don J. Guillermo) dice que esta consulta plebis
citaria es solamente una válvula pequeña y que él, a falta de la vál
vula grande, o sea, la disolución del Congreso, es partidario de ésta.
S. E. agrega que, ahora que no se van a poner grandes difi
cultades para reformar la Constitución, convendría que, para ciertos
puntos fundamentales, se pusiera un tope a las reformas; porque de
lo contrario, lo bueno que hagamos ahora, puede ser destruido con
excesiva facilidad más tarde.
El señor Zañartu (don Héctor) manifiesta que en estos casos
estaría perfectamente de acuerdo con S. E. en la necesidad de la
consulta plebiscitaria.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) expresa su opinión
contraria a la consulta popular por las razones alegadas por el señor
Zañartu; y, además, porque a su juicio, aunque esa consulta y la
votación popular pudieran tener un fundamento teórico, en la rea

lidad práctica no serían buenas medidas en Chile ya que no existen


en pueblo la educación moral e intelectual y el civismo de otras
el
viejas naciones las más civilizadas, de Europa; y, además, porque
todavía no hemos llegado al desiderátum de un sistema electoral
perfecto.
Si para elegir Diputados y Senadores no se ha conseguido un
régimen exento de defectos, para hacer votar leyes en sufragio popu
lar universal e igualitario, el régimen, por ahora, no sería mejor. En
subsidio, le parece bien que, si se insiste por la Comisión en esa re
forma, se limite esta por ahora a los casos de conflictos entre los
poderes colegisladores sobre una reforma constitucional y no a los
casos de leyes.

El señor Vidal Garcés (don Francisco) dice que ya que se


ha muerto la preeminencia del Congreso en el terreno político, no
cabe matar ahora la que le correspnde en el terreno legislativo,
aprobando esta reforma.

246 —

S. E. pregunta si la Subcomisión aceptaría que se reservara


esta fórmula de la consulta plebiscitaria para los casos en que las
Cámaras aprueben reformas constitucionales.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) aceptaría con mucho
gusto.
El señor Cárdenas (don Nolasco) acepta las reformas propues
tas por S. E., como un medio de hacer que la opinión se interese por
los negocios públicos. Y si bien la consulta plebiscitaria no es una

se usará en todo proyecto, sino en limitados casos,


facultad de la cual
le parece que servirá de incentivo para que el pueblo tome interés
en lacosa pública.

Quedó aprobado el artículo en discusión en la forma siguiente:


«Si las dos ramas del Congreso aprobaren las observaciones
hechas por el Presidente de la República, el proyecto tendrá fuerza
de ley y se devolverá al Presidente para su promulgación.
«Si las dos ramas del Congreso no aceptaren todas o algunas de
las observaciones del Presidente de la República e insistieren por los
dos tercios de sus miembros presentes en la totalidad o parte del
proyecto aprobado por ellas, se devolverá al Presidente para su pro
mulgación.»
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

EDEcro Torreblanca.
DÉCIMANOVENA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE
REFORMAS CONSTITUCIONALES

8 DE JUNIO DE 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, No-
lasco Cárdenas, Guillermo Edwards Matte, J. Guillermo Guerra,
Enrique Oyarzún, José Maza, Ministro de Justicia, Romualdo, Sil
va Cortés, Francisco Vidal Garcés, Carlos Vicuña Fuentes, Elio
doro Yáñez, Héctor Zañartu, y del Subsecretario del Interior, don
Edecio Torreblanca, que actuó como Secretario; se abrió la sesión
a las Zy% P. M.

Excusaron su inasistencia los señores Ramón Briones Luco y


Pedro X. Montenegro.
Se puso en discusión el art. 41 del proyecto de reforma, que dice:
«Art. 41. El proyecto que, aprobado en una Cámara fuere
desechado en su totalidad por la otra, volverá a la primera, donde se
tomará nuevamente en consideración, y si fuere en ésta aprobado
con las dos terceras partes de sus miembros presentes, pasará al Pre

sidente.»
El señor Silva Cortés (don Romualdo) el señor Barros Bor
goño (don Luis) y otros miembros de la Subcomisión, estimaron que
no convendría innovar en el sistema establecido en la actual Cons

titución, y así se acordó, quedando el artículo en la misma forma


que tiene en la Constitución vigente.
en discusión el nuevo art. 42 que diría así:
Se puso
<E1 proyecto que fuere adicionado o corregido por la Cámara
revisora, volverá a la de su origen, y si en ésta fueren aprobadas las
adiciones o correcciones por la mayoría absoluta de sus miembros
presentes, pasará al Presidente de la República.
A continuación, vendría el inciso 2.° del actual art. 42.
El señor Barros Borgoño (don Luis) manifiesta, respecto de
este artículo, que no ha habido dificultades para su aplicación sino
cuando una de las Cámaras ha cambiado fundamentalmente el
proyecto que le ha sido remitido. Cree que convendría establecer
algún procedimiento para los casos en que un proyecto sea corre

gido en tal forma, que lleguea transformarse en uno totalmente


diferente.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) estima que si una pro
posición de ley es cambiada completamente, debe tramitarse como
si se tratara de una nueva.
-
248 —

El señor Barros Borgoño (don Luis) dice que hay casos, como
el del proyecto del Banco del Estado, que fué transformado en otro
por la Cámara de Senadores, y la Cámara de Diputados también lo
cambió en forma tal, que actualmente pende de la consideración del
Senado un proyecto completamente diverso del primitivo.
El señor Oyarzún (don Enrique) considera que en estos casos
esos proyectos modificados deben tramitarse como si se tratara de

algo nuevo. A su juicio éstos son, en realidad, los verdaderos y más


graves conflictos que hoy se pueden producir entre las Cámaras.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) cree que este mal
sistema se ha debido a la dificultad que hasta ahora había para le
gislar; pero como las Cámaras van a disponer de reglamentos expe
ditos para el despacho de las leyes, no va a ser tan frecuente ahora
el conflicto, y, si se presenta, lo podrían tal vez resolver las Mesas
de las dos Cámaras.
El señor Barros Borgoño (don Luis) propone que para estos
casos se entregue la solución a una Comisión mixta de Senadores y

Diputados.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) cree que sería mejor
qué hiciera por las Mesas directivas de ambas Cámaras reunidas.
se

El señor Zañartu (don Héctor) recuerda que en la Constitución


de Estados Unidos está realizada la idea propuesta por el señor Ba
rros, Borgoño.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, salva su opi
nión. A su juicio, dentro del sistema adoptado para la elección de
las Cámaras, debe predominar la de Diputados, a fin de que el Se
nado pueda llegar a constituir un alto Tribunal superior, revisor de
las leyes.
que tener presente, según el señor Maza, dos clases
Además, hay
de conflictos: cuando por insistencia de una de las Cámaras, no se

produce ley en cuanto a los puntos principales del proyecto y éste


queda incompleto, caso en que procede que las Cámaras estén auto
rizadas para nombrar una Comisión Mixta que proponga un nuevo

proyecto; y, cuando la Cámara revisora modifica el proyecto de la


de origen en tal forma que éste llega a ser uno diverso, caso en el
cual debe dársele la tramitación de un nuevo proyecto de ley,
Se podría, en consecuencia, agregar un inciso que dijera más o
menos: «En caso de que hubiera diferencias fundamentales entre los

proyectos de las dos Cámaras (o bien, en caso de conflicto entre


ambas Cámaras), por considerarse que las adiciones o modificaciones
importan un proyecto de ley diferente, se nombrará una Comisión
Mixta de igual número de Senadores y Diputados, para que deter
mine el procedimiento que ha de seguirse.

249 —

Se aprobó el artículo con el inciso nuevo, propuesto por el señor


Maza.
Se puso en discusión el capítulo «De la Administración de Jus
ticia».
Se leyó el art. 99 actual y la reforma propuesta por el señor Ma
za, que dice así:
«La facultad de juzgar, salvo los casos exceptuados en esta
Constitución, corresponde exclusivamente al Poder Judicial, por me
dio de los Tribunales, y con arreglo a los procedimientos establecidos
por la ley.
Ni el Presidente de la República, ni el Congreso, pueden, en caso
alguno, ejercer funciones judiciales, o avocarse causas pendientes o

hacer revivir procesos fenecidos.»


Se dio tácitamente por aprobada la reforma.
Se leyó el art. 100 vigente y se acordó agregarlo al art. 105.
Se leyó el art. 101 actual.
Se dio por aprobado.
Se leyó el art. 112 en vigencia.
El señor Cárdenas (don Nolasco) dice que cuando se discutió
el artículo 10 de la Constitución, olvidó proponer una disposición
que tal vez puede tener cabida en el artículo en discusión.
Cree conveniente establecer la responsabilidad del Estado y de
los particulares en los casos de detención indebida.
Es preciso considerar la situación de aquellos individuos expues
tos a llegar a la cárcel por los delitos llamados sociales. Por una huel
ga, por un discurso inconveniente, o por cualquier otro motivo insig
nificante, esos ciudadanos van a veces a la cárcel y se les tiene allí
largo tiempo, mientras se instruye el sumario, para decirles al fin
que son inocentes y dejarlos en libertad. Igual cosa sucede en algu
nos juicios criminales por delitos comunes. Entre tanto los reos y

sus hogares han tenido que sufrir, sin razón, perjuicios graves que
nadie indemniza.
Así también ocurre, por ejemplo, en algunos fundos, cuando,
por cualquier circunstancia, el dueño o administrador se enemista
con algún pequeño propietario o inquilino. Si al propietario se le

pierde una oveja o un vacuno, recurre a los carabineros, y éstos,


siguiendo su investigación, con justicia o no, toman preso a aquel
que el dueño sindica como autor del robo. Ese pobre individuo, como

no tiene medios de defensa, va a la cárcel, se le quita lo que tiene,


y, después de largo tiempo, los Tribunales de Justicia lo ponen en
libertad por no haberle encontrado culpa. Pero ese hombre pierde
días o meses de trabajo y nadie lo indemniza ni le devuelve su repu
tación de hombre honrado.
En vista de estas consideraciones, propone que en el artículo

250 —

en debate establezca: «La responsabilidad del Estado y de los


se

particulares en caso de prisión indebida».


Si no fuera posible consignar este principio en el artículo en
discusión, apelaría a la buena voluntad de la Comisión para que
acordara establecerlo en uno de los puntos del art. 10 ya aprobado.
El señor Barros Borgoño (don Luis) observa que, a primera
vista, parece un tanto superfluo consignar en la Constitución una dis
posición como la insinuada, puesto que la ley de Garantías Individua
les, que es una de las mejores que tenemos, es muy precisa al respec
to, y aun obliga al Ministerio Público a acusar en los casos indica
dos; sin embargo, no estaría distante de aceptar que como principio
general pusiera
se en la Constitución alguna idea en tal sentido, en
la parte que se refiere a las irrisiones arbitrarias.

Se acordó consignar la idea del señor Cárdenas en la parte


correspondiente.
El señor Guerra (don J. Guillermo) volviendo a una idea que
bahía expresado en sesión anterior, recomienda que se revise al final,
la redacción de todas las reformas que se introduzcan, y desea espe
cialmente que los títulos de cada capítulo correspondan más exacta
mente a las ideas o materias tratadas en ellos. Cree que debería
haber un capítulo que se titulara simplemente «Poder Ejecutivo»,

otro que se titulara «Poder Legislativo», otro «Poder Judicial». En


el art. 3.". donde la Conjunción establece que la soberanía reside en
la Nación, que delega su ejercicio en las autoridades que ella esta
blece, debería decirse «Poderes- en vez de «Autoridades .

El señor Oyzahzún (don Enrique) manifiesta que la soberanía


no la ejerce jamás el Poder Judicial, de modo que ahí no cabría el

cambio propuesto por el señor Guerra.


El señor Guerra (don ,1. Guillermo) cree que convendría también
disponer que ningún Juez debe permanecer en la misma localidad más
de cinco años. Se ha visto que algunos Jueces empiezan por adquirir
propiedades en la región donde ejercen sus funciones, se van arrai
gando después cada vez más y terminan por abanderizarse en los
partidos políticos y hasta llegan a ser directores de ellos en el hecho,
ejerciendo así una influencia enorme en el departamento, todo ello
con grave perjuicio para la correcta administración de justicia.
Esto se subsanaría con la disposición que propone, que permitiría
trasladar a los jueces de un punto a otro, sin dejar por eso de ser
inamovibles en su carácter de magistrados. Este sistema está im
plantado con buenos resultados en el Ejército, porque las ordenanzas
fijan un límite de tiempo para que los militares puedan estar en una
guarnición; está igualmente implantado en el servicio diplomático.
en la Dirección de Impuestos Internos, en las Aduanas, en las Visi
taciones de Escuelas, etc. Si en estos servicios ha sido conveniente
-
251 -

implantar tal sistema, mucho más lo será tratándose de la magis


tratura judicial, de la cual depende el honor, la vida y los intereses
de los ciudadanos.
Naturalmente la reforma propuesta sería sin perjuicio de man
tener toda la inamovilidad que se quiera para los Jueces: lo único
que se perseguiría sería poder trasladarlos cada cierto tiempo para
evitar que, con intención o sin ella, se constituyan en verdaderos
caudillos políticos de una región. Recuerda que la legislación espa
ñola prohibía a los jueces aun casarse con personas radicadas dentro
de su jurisdicción, adquirir allí bienes raíces, etc.
Propone otra idea que, indirectamente, se relaciona con el Con
sejo de Estado, que ya se ha suprimido, y de cuya subsistencia él
era partidario, quitándole solamente la atribución de formar
las ternas judiciales. Se refiere a la constitución del Poder Ju
dicial, el que debería generarse en parte por sí mismo, y en parte
por la acción de otros Poderes. Esto puede hacerse según diversos
sistemas. El sistema ideal sería el de elección popular, que sólo se
encuentra implantado en países pequeños y de elevadísima cultura,
Otro sería el de generación directa por el Poder Ejecutivo mismo.
que se practicó en Chile durante largos años y que dio malos resul
tados. Otro, el de la formación del Poder Judicial por el Legislativo,
que también es malo, porque la influencia excesiva de éste desmora
liza al Poder Judicial.
Convendría un sistema en otros países para la
mixto, ya adoptado
generación del Poder Judicial, el sistema que consiste en que este
osea

Poder se
genere parte por
en sí mismo y en parte por otros Poderes.
Somete a la Subcomisión este sistema: «el nombramiento de los
Jueces Letrados y de Ministros de Corte de Apelaciones, se hará por
la Corte Suprema a pluralidad de votos escritos, fundados y firma
dos, como las sentencias, expresándose los antecedentes, años de
servicio, capacidad, etc., que se han tenido en vista para hacer la
designación^, de modo que, si los funcionarios resultan malos, se
pueda ver quiénes tienen la responsabilidad de su nombramiento,
Pero éste debería forzosamente recaer en los funcionarios que figu
rarán en un escalafón formado para toda la República y no sólo para
cada asiento de Corte. De modo que cuando vacare un Juzgado, la
Corte de la respectiva jurisdicción propondría a la Corte Suprema
una terna de jueces tomados del escalafón general.

Con esto se conseguiría establecer el escalafón judicial, necesi


dad que ha sido representada por muchos políticos, por mucha gente
respetable del país, a fin de que los funcionarios judiciales tengan
seguridad en sus ascensos.
Contra la idea de este escalafón se ha hecho la observación de
que daseguridad de ascenso a funcionarios incapaces o inmorales.

252 -

Es cierto que existe este peligro, pero hay medios de evitarlo. Den
tro, por ejemplo, de la organización militar, existe escalafón en ei
cual cada Jefe u Oficial tiene asignado un número de orden de as
censo; de modo que cada uno sabe que dentro de tantos años tiene
la probabilidad de ascender a tal o cual grado, si logra ser bien con
ceptuado como profesional en su carrera. Allí se asigna cierta pro
porción a la antigüedad y otra al mérito.
Recuerda que en Inglaterra existen los Almirantes de Bandera
Azul, que son los que han ascendido por simple antigüedad, y los
Almirantes de Bandera Roja, que son los que han ascendido por
mérito o
por otras consideraciones especiales.
Por esto, propone, en primer lugar, que se establezca el escala
fón judicial, que da garantías de ascenso a los jueces sin necesidad
de hacer antesalas en los Ministerios y visitas a los personajes polí
ticos, fin de que influyan para poder ascender. Por lo demás, estos
a

ascensos no deben hacerse por estricto orden de antigüedad, porque


así dejaría poco campo de elección a las Cortes de Apelaciones.
se

Estos podrían elegir entre todos los jueces de cabecera de de


partamento, proponiendo una lista de tres de ellos. Formada así la
terna, pasaría a la Corte Suprema, la cual elegiría en la forma que ya
he indicado. Se da así al Poder Judicial una gran independencia que
le permitirá resistir a los empeños y presiones de todas clases a que
hoy está sujeto.
En cuanto a los nombramientos de Ministros de la Corte Su
prema, se ha visto ya que no sería posible entre nosotros hacerlos

por elección popular. Se ha objetado también el sistema de entregar


esosnombramientos al Ejecutivo, por considerarlo peligroso, aunque
no ve.el peligro, ni en el caso del Presidente actual, ni en el de los
que hayan de venir después, porque teme a los grupos de hombres,
pero no a un hombre, ya que a éste es más fácil responsabilizarlo
por sus actos.
En Estados Unidos estos nombramientos los hace el Presidente
de la República, con acuerdo del Senado, según me apunta el señor
Barros Borgoño; pero al señor Guerra no le gusta este sistema,
lo encuentra peligroso, porque estos actos que se confían al acuerdo
de dos voluntades, abren camino a las componendas y diluyen la
responsabilidad.
Se atrevea hacer, respecto a esto, la siguiente proposición:

"Que quede la Corte Suprema tal como está, y que, a medida que
se produciendo las vacantes, la primera la llene por sí y ante
vayan
sí el Presidente de la República, sin consultarse con nadie; que la
segunda la llene el Senado a pluralidad de votos escritos y firmados,
y que la tercera la llene la Cámara de Diputados, con las mismas
formalidades».

253 -

Entonces resultaría que, pasado cierto número de años, la ter


cera parte de los miembros de la Corte Suprema habría sido nom
brada por el Presidente de la República; otra tercera parte por el
Senado, y la otra, por la Cámara de Diputados, asumiendo el Presi
dente de la República hoy, el Senado mañana y la Cámara pasado,
la responsabilidad en los respectivos nombramientos.
Se dirá que con este sistema se fomentan la inmoralidad y el
desorden, por cuanto bien pudieran el Presidente de la República, el
Senado o la Cámara, hacer nombramientos orijinados en pre
siones políticas o en un interés de cualquiera otra naturaleza ; pero
estima que este peligro se puede salvar estableciendo la regla de que
el Presidente de la República, el Senado y la Cámara hagan las de
signaciones tomando los nombres del escalafón judicial de que ya
he hablado, con una condición: que los nombrados sean jueces que
tengan veinte años de servicio, a lo menos, sin especificar que sean
Ministros de Corte, o jueces de letras.
Todos conocemos casos de jueces que han sido postergados pre
cisamente por ser hombres cargados de virtudes y de méritos que
no han recurrido a las influencias políticas para alcanzar el ascenso.
En esos casos puede el Presidente de la República, el Senado o la
Cámara, reparar la injusticia, designándolos miembros de la Corte
Suprema.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que de las
observaciones del señor Guerra, una se refiere a la ordenación y
títulos de los capítulos de la Constitución, que se puede resolver
después. Otra, a la organización de los Tribunales y Juzgados, que
se puede considerar al discutir el art. 105; y otra, a la conveniencia

de que los Jueces permanezcan sólo durante algún tiempo en el terri


torio de su jurisdicción, la cual se podría consignar en el art. 101.
S. E. aceptaría esta idea del traslado de los Jueces si se esta
bleciera como una facultad, no como una obligación de la autoridad
que debiera hacerlo.
Reconoce que puede haber casos en que no hay manera de arre
glar una situación sino sacando al Juez de la localidad ; pero no acepta
que este traslado sea obligatorio cada cierto tiempo, ni que sea fa
cultad exclusiva del Presidente.
El señor Guerra (don J. Guillermo) cree que se podría dar esa

facultada la Corte Suprema.


El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, manifiesta que
podría agregarse al artículo en discusión el siguiente inciso :
«No obstante, el Presidente de la República, a propuesta o con
acuerdo de la Corte Suprema, podrá autorizar u ordenar el traslado
de un Juez a otro asiento de la misma categoría.»
Así quedó acordado.

254 —

Se aprobó el actual art. 103.


En la discusión del art. 104, vigente, el señor Guerra observa
que no está bien empleada palabra «habrá», y el señor Barros
la
Borgoño propone entonces decir: «la Corte Suprema deJusticia tie
ne a su cargo la superintendencia directiva de todos los Tribuna
les, etc.*
S. E. recuerda que, en conformidad a acuerdos tomados en se
siones anteriores, correspondo agregar aquí la siguiente disposición:
«La Corte Suprema velará especialmente por el respeto de esta
Constitución y en el caso especial en que conozca, podrá declarar
sin efecto cualquier precepto legal contrario a ella».
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) estima necesario que
la Corte Suprema pueda declarar la inconstitucional ¡dad de una

ley sólo en casos particulares, sino también en general.


no

S. E. cree que, con tal disposición se daría a ese Tribunal


un poder superior al del Presdente de la República y al del Con

greso, pues como existe la tendencia humana a acentuar las propia


facultades, dicho Tribunal enmendaríaa menudo la obra legislativa,
declarando sin fuerza, por inconstitucionales, las leyes que se dicta
sen, es decir asumiendo en el hecho todo el poder, cuando su papel
debe ser pasivo y no activo.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que, a su
juicio,la Corte Suprema no debe poder declarar la inconstitucio-
nalidad de una ley sino en los casos particulares en que se preten
da aplicarla.
Edwards Matte (don Guillermo) observa que hay
El señor
juieiosque no van a la Corte Suprema en ningún grado, como al
gunas casaciones de que sólo puede conocer la Corte de Apelacio
nes; de modo que habría que decir que puede recurrirse a la Corte
Suprema en los casos de que se trata.
S. E., propone al respecto el siguiente inciso:
-Cualquier ciudadano que considere lesionados sus derechos
por un fallo de los Tribunales basado en una ley inconstitucional,
podrá recurrir a la Corte Suprema.»

El señor Silva Cortés (don Romualdo) estima que esta redac


ción resuelve en la mejor forma la dificultad,
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) cree que convendría
establecer la idea de poder recurrir a la Corte Suprema antes de en

tablar el juicio, pues sería inútil perder tiempo en trámites judiciales


preliminares; y estos recursos podrían servir praa paralizar los
juicios.
S. E. propone que se agregue que este recurso no suspenderá
la tramitación del juicio.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, insinúa un in
ciso que dijera:

255 —

«Este
recurso se podrádniciar en cualquier estado del juicio, sin

que suspenda su tramitación.»


se

Así quedó aprobado.


Se pasó a discutir el art. 105.
S. E. recuerda que en este artículo tiene cabida la cuestión
a que se ha referido el señor Guerra.

Podría establecerse que los Ministros de la Corte Suprema y


los de las Cortes de Apelaciones fueran nombrados por el Presidente
de la República a propuesta, en terna, de la Corte Suprema y que.
los Jueces Letrados fueren también designados por el Presidente de
la República, a propuesta en terna de la Corte de Apelaciones de la
respectiva jurisdicción. El señor Maza, dice que las listas formadas
para el nombramiento de estos funcionarios irían a la Corte Suprema
y que ellas serían formadas con uno de los Ministros más antiguos
y con otros dos elegidos por voto acumulativo.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) va a formular una
proposición un poco rara : la de que el Presidente de la Corte Supre
ma sea elegido en votación popular y que él nombre todo el personal

de la administración de justicia de la República, con absoluta inde


pendencia.
S. E. responde que este funcionario sería entonces más poderoso
que el Zar de Rusia.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) manifiesta que hay
especial conveniencia en garantir la independencia del Poder Judicial,
El señor Guerra (don ,1. Guillermo) estima que la proposición
del señor Vicuña sería ideal si fuera realizable, porque la cabeza del
Poder Judicial debiera ser elegida en votación popular, como los
demás Poderes Públicos; pero cree que dado el estado actual de nues
tra cultura, no estaremos preparados pai a ello ni en cincuenta años
más .

S. E. prefiere el sistema de las ternas formadas por la Corte


Suprema y no por el Senado, a pesar de que en esta forma hay mucho

de generación del Poder Judicial por sí mismo.


El señor Guerra (don J. Guillermo) aplaúdeosla opinión de S. E.
El señor Zañartu (don Héctor) cree conveniente establecer
el sistema de doble terna que existe en Bélgica, una hecha por la
Corte Suprema y la otra por el Senado, porque así se establece cierta
emulación o compensación entre un Poder y otro. En cada vacante
que se produce en la Corte Suprema, este Tribunal presenta una
terna y el Senado otra, y entonces el Presidente de la República elige
libremente de cualquiera de las dos S.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) dice que las ternas son,
a su juicio, inconvenientes y poco morales, porque producen la lu

cha de empeños.

256 —

S. E. hace indicación formal para que la terna sea formada por

la Corte Suprema, o, bien, que el Presidente de la República nombre


ad-Hbitvm a los Ministros de esa Corte.

El señor Barros Borgoño (don Luis) agrega: pero con acuer


do del Senado.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) estima que lo mejor
sería que el Presidente de la República nombrara a los Ministros
de la Corte Suprema y que este Tribunal designara a todo el de
más personal, por sí y ante sí, sin sujeción a ternas ni a nada.
El señor Zañartu (don Héctor) halla muy peligroso el sistema
de que el Poder Judicial se genere a sí mismo, como propone el señor
Vicuña Fuentes.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) no lo cree así, porque
los Ministros de la Corte Suprema serán nombrados por el Presi
dente de la República.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) prefiere que la Corte
Suprema pase una terna al Presidente de la República, pero que ésta
se forme por voto acumulativo, para no llegar de nuevo al sistema

de las ternas cerradas.


El señor Vidal Garcés (don Francisco) acepta, por su parte,
que se designe a los Ministros de la Corte Suprema de una lista de
quince miembros, formada por voto acumulativo, y que el Presidente
de la República elija libremente de entre estos nombres, sometiendo
después los nombramientos a la aprobación del Senado.
S. E. cree que el Jefe del Estado debe nombrar al que quiera
dentro de la lista, sin acuerdo del Senado, porque hay que ponerse
en el caso de que desee designar Ministro de la Corte Suprema a un

magistrado que haya herido, con una sentencia, los intereses de un


partido político con representación fuerte en el Senado, es muy po
sible que éste no prestará su aprobación a tal nombramiento.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, declara que él
dejaría en completa libertad al Presidente de la República para
nombrar a quien quisiera, porque tiene la responsabilidad de la de
signación.
S. E. observa que eso tendría un peligro. Como el Poder Judi
cial casi se va a generar a sí mismo, el Presidente de la República
podría inclinarse a nombrar sólo a sus amigos en la Corte Suprema,

El señor Oyarzún (don Enrique) cree que lo mejor es que la


Corte Suprema forme una lista de cinco miembros nada más, y que
el Presidente de la República elija libremente de esta lista.
S. E. propone que se diga:
«Los Ministros de la Corte Suprema serán designados por el
Presidente de la República, de una lista de diez nombres que le pa
sará el mismo Tribunal. Estas listas se formarán por voto acumu
lativo. »

257 —

El señor Cárdenas (don Nolasco) pregunta si no se podría hacer


la elección por sorteo, sobre la base de una lista de quince personas.
S. E. no considera conveniente entregar a la suerte intere
ses tan
capitales.
Propone en seguida la siguiente redacción :
«Una ley especial determinará la organización y atribuciones
de los Tribunales y Juzgados que fueren necesarios para la pron
ta y cumplida administración de justicia en todo el territorio de
la República.
Sólo en virtud de una ley podrá hacerse innovación en las atri
buciones de los Tribunales o en el número de sus individuos.
En cuanto a los nombramientos de los Jueces, la ley se ajustará

a los siguientes preceptos generales:


Los Ministros de la Corte Suprema serán designados por el
Presidente de la República, escogiéndolos de una lista de diez nom
bres y formada en cada caso por la misma Corte por voto acumu
lativo ;
Los Ministros de las Cortes de Apelaciones serán designados por
el Presidente de la República a propuesta en terna de la Corte Su
prema;
Los Jueces Letrados serán nombrados por el Presidente de la
República a propuesta en terna de la Corte de Apelaciones de la
jurisdicción respectivas
Se aprobó el art. 105 en esa forma.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) habría preferido que
todas estas designaciones se hicieran por la Corte Suprema.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) es partidario de que
siempre figure en las ternas uno de los jueces más antiguos.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, propone el si
guiente artículo nuevo.
*105a: La Corte Suprema tiene la iniciativa para proponer a la
Cámara la innovación en las atribuciones de los Tribunales; en el
número y calidades de sus individuos; en los años que debe haber
ejercido la profesión de abogado o en la remuneración de que go
zaren.

La proposición de la Corte Suprema se entenderá aprobada, si


la Cámara no se pronunciare sobre ella en el término de seis meses
o si el Senado no lo hiciera en el de tres.»
El artículo fué rechazado.
Se dio lectura al art. 1056, que dice:
«En los lugares que indiquen las leyes habrá tribunales admi
nistrativos para amparar a las personas contra las ordenanzas o dis
posiciones arbitrarias de las autoridades políticas o administrativas.
Su organización y atribuciones son materia de ley.s
(Actas 17)

258 —

El señor Guerra (don J. Guillermo) insinúa la conveniencia de


crear los que podrían llamarse Jueces in partibus, es decir, funeio-

nariosque sin tener una zona determinada bajo su jurisdicción, estén


sin embargo a disposición de la Corte Suprema, para que, sin pérdida
de tiempo, puedan ser designados suplentes o interinos en casos de
vacancias, ya sea por motivo de licencia, renuncia o fallecimiento
de un Juez titular. De esta manera jamás se interrumpiría la admi

nistración de justicia, como suele pasar actualmente por las demoras


en los nombramientos de reemplazantes. Tales funcionarios podrían

aún ser enviados a Juzgados que tuvieran recargo de trabajo para


salvar una situación de atraso, por ejemplo.
Cuando un Juez estuviera retardado en su labor por cualquier
motivo, sería conveniente que hubiera una especie de juez adjunto,
que lo ayudara a salir del apuro. Otra función que podrían desem
peñar estos Jueces sería la de avocarse el conocimiento de juicios
especiales se les designaran cuando por cualquier causa no pu
que
dieran atendidos por el juez titular, a fin de evitar las visitas
ser

judiciales,visitas que, sobre todo en los últimos tiempos, han sido


muy numerosas, debido a que los miembros del Congreso, por cual
quier causa, han obligado al Ministerio de Justicia a ordenarlas,
En efecto, ha habido veces en que salen en visita dos y hasta
tres Ministros de una Corte, con lo cual ésta se ve perturbada en su
trabajo y no puede fallar oportunamente los asuntos que penden de su
consideración. f |. f ■

Por estas razones es partidario de que se creen estos Jueces


in partibus para las suplencias, interinatos, visitas y ayuda a los
Jueces que están muy recargados de trabajo. Estos serían nombra
dos por un período de dos a tres años.
El señor Barros Borgoño (don Luis) cree que deben ser ina
movibles como los demás.
Después de un corto debate, se acordó agregar un inciso que
consulte la idea de crear, a propuesta de la Corte Suprema, Jueces
Adjuntos o Visitadores, sin jurisdicción especial.
S. E. hace presente que se!ha adoptado la medida de la trasla
ción de los Jueces, sin perjuicio de mantener la permanencia de los
funcionarios que observan buena conducta. No obstante sería parti
dario de establecer la amovilidad de los Jueces, en forma que pudie
ran ser suspendidos o separados por'el Presidente de la República,
de acuerdo con la Corte Suprema.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) considera profundamen
te inconveniente la inamovilidad de los Jueces. Estima pernicioso y
corruptor este sistema, porque los Jueces en esta forma se sienten
dueños de la situación, cualquiera que sea su conducta.
Cree que los Jueces deben ser nombrados por períodos cortos
cinco o diez años.

259 —

El señor Vidal Garcés (don Francisco) estima peligrosa la


fórmula.
El señor Guerra (don J. Guillermo) observa que puede ser buena
dentro de unos veinte años más.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) cree menester que haya
medios de impedir que un mal Juez se entronice en el cargo. Dada
nuestra apatía, nuestra falta de iniciativa para tomar resoluciones,
hoy es casi imposible eliminar a los malos Jueces.
Por esto encuentra conveniente que esos funcionarios sean nom
brados por cinco años. Si durante este tiempo se han hecho acree
dores al respeto de las autoridades superiores, se les vuelve a nom
brar, si no, no se les renueva el nombramiento.
S. E. consulta la opinión de los miembros de la Subcomisión
respecto a la idea de la amovilidad de los Jueces en la forma que se
tai propuesto y manifiesta que parece que hay mayoría por la ina-
movilidad.
El señor Barros Borgoño (don Luis) dice que es un principio
fundamental en una Constitución el de la inamovilidad de los Jue
ces ; sin él, el Poder Judicial pierde toda su independencia.

El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, observa que con


el sistema de que la Corte Suprema proponga al Presidente de la
República la remoción de los Jueces, quedan bien garantidos todos
estos funcionarios, porque la Corte sólo propondría la remoción en

los casos enque haya motivos muy justificados.


El señor Amunátegui (don Domingo) recuerda que el Poder
Judicial es el cimiento más sólido de la tranquilidad pública. Recuer
da que don Andrés Bello decía: «Yo concibo que haya una sociedad
sin Presidente de la República, sin Congreso, pero no concibo una
sociedad civilizada sin Poder Judicial*.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) responde: no estamos
tratando de anular el Poder Judicial sino de mejorarlo en cuanto
sea posible.
El señor Barros Borgoño (don Luis) agrega qué los casos
de malos magistrados son excepciones.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) cree que el remedio
está en facilitar la declaración de mal comportamiento de los Jueces.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) propone que se esta
blezca en la Constitución que después de cinco años de ejercicio de
la magistratura haya un plebiscito en la jurisdicción del Juez para
que le confirme o no en sus funciones.
S. E. dice que eso sería de lo más inconveniente e inmoral,
porque el Juez se convertiría en Jefe de un bando para atraerse
simpatías y conseguir así la ratificación de su puesto, comprome
tiendo intereses en su favor.

260 —

El señor Vidal Garcés (don Francisco) manifiesta que la ver


dad es que los Jueces malos son pocos, y que, si son malos, es porque
los Tribunales Superiores demuestran suma debilidad en el castigo
de las faltas de sus subordinados.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) propone que sea el Se
nado el que declare la amovilidad de los Jueces, porque esta Corpo
ración no iría, por consideraciones de baja política, a echar fuera de
la magistratura a un hombre, sin tener razones poderosas para ello.
El señor Zañartu (don Héctor) declara que es partidario de la
amovilidad de los Jueces, pero estableciendo garantías eficaces, a fin
de que esto se haga correctamente. Hay Jueces que dejan mucho
que desear en el desempeño de sus funciones, y es muy difícil hacer
los salir, porque los abogados de la localidad no se atreven a acusar
los por temor a las represalias, en caso de que el Juez se quede en el
lugar.
El señor Barros Borgoño (don Luis) cree que lo más acer
tado en este caso es reglamentar lo que debe entenderse por buena

comportación de los Jueces.


S. E. propone que la próxima sesión sea el Miércoles próximo,
a fin de darse tiempo para pensar una fórmula que resuelva la cues
tión en debate.
Así se acordó.
Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreblanca,
VIGÉSIMA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE REFORMAS
CONSTITUCIONALES

10 de junio de 1925

Presidida por S. E. el Presidente de la República y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño,
J. Guillermo Guerra, José Maza, Ministro de Justicia, Pedro N. Mon
tenegro, Enrique Oyarzún, Romualdo Silva Cortés, Carlos Vicuña
Fuentes, Francisco Vidal Garcés, Eliodoro Yáñez, Héctor Zañartu,
y del Subsecretario del Interior, don Edecio Torreblanca, que actuó
como Secretario; se abrió la sesión á las 3 P. M.

Excusó su inasistencia don Ramón Briones Luco.


Se leyeron y aprobaron las actas de las sesiones del 1." y 2 del
actual.
Se entró a tratar de la cuestión relativa a la amovilidad de los
jueces.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) lee la siguiente exposi
ción al respecto :
'Así como me conveniente, para asegurar la unidad, la
parece
continuidad, la responsabilidad, el prestigio y la eficacia de la Admi
nistración Pública, libertarla de la perturbación incoherente, anár
quica, mediocre y mezquina del parlamentarismo absorbente y des-
quiciador, del mismo modo estimo que para asegurar la libertad de
los ciudadanos, el respeto a sus bienes, y el predominio efectivo de
la justicia sobre los abusos del poder, de la fuerza, del dinero, o de
la mera influencia político-social, es indispensable organizar los Tri
bunales sobre una base de responsabilidad, de dignidad y de inde
pendencia,
Para esto propongo:
1." Que los Tribunales de Justicia no puedan tener otras fun
ciones que las establecidas taxativamente por la Constitución;
2.° Que la suprema potestad disciplinaria y económica sobre
todos los Tribunales de la República corresponde a un solo funcio
nario, el Presidente de la Corte Suprema, el cual será elegido por los
pueblos en votación directa;

3." Que el Poder Político sólo tenga ingerencia en el nombra


miento de los miembros de la Corte Suprema;
4.° Que el Presidente de la Corte Suprema nombre a los miem
bros de las Cortes de Apelaciones, y el Presidente de cada Corte de
Apelaciones a los Jueces y funcionarios de su jurisdicción ;

262 —

5.° Que todos los magistrados de la Administración de Justicia


sean temporales;
Que la justicia sea gratuita;
6."
7."
Que sea activa.
En miopinión, las únicas funciones propias de los Tribunales
de Justicia son las siguientes: fallar todas las cuestiones que se pro
movieren entre particulares en el orden temporal dentro del territorio
de la República; aplicar a las personas las leyes penales por crimen
o simple delito; establecer las reparaciones que sean debidas a ter

ceros por los daños o perjuicios de que fueren víctimas; apreciar la

responsabilidad pecuniaria del Estado u otras entidades de derecho


público, en sus relaciones con los particulares; señalar la responsa
bilidad de los funcionarios públicos por sus actos políticos que dañen
a terceros; declarar la inconstitucionalidad de las leyes o la ilegalidad

de los decretos del Gobierno u otras autoridades; pronunciar la ine


ficacia de la cosa juzgada en materia civil y rever los procesos crimi
nales fenecidos.
Transitoriamente, mientras se organiza un mejor servicio admi
nistrativo, debe corresponderles también entender en las cuestiones
de jurisdicción no contenciosa que les encomiende la ley.
Entregar a la justicia otras funciones, tiende a desnaturalizar
y a
corromper a los Tribunales.
Opino también que hay que separar la facultad moral de juzgar
de la potestad política de corregir los abusos de la propia magistra
tura, y que esta última debe darse a un solo funcionario, para que
no diluya su responsabilidad en el anonimato de un cuerpo colegiado,
y debe ella residir en un ciudadano que tenga una alta investidura,
para lo cual es conveniente que sea designado por el voto de los
pueblos.
Estimo también que los miembros de la Corte Suprema no deben
ser todos nombrados por el Presidente de la República, para que la

emulación haga siempre recaer estos cargos en hombres superiores,


sobre todo en lo que a integridad moral se refiere. La mitad de ellos,
por ejemplo, serían nombrados por el Presidente de la República, y
la otra mitad por el Senado.
Creo también que los magistrados inferiores deben ser designa
dos por sus Jefes directos, para evitar la larga y desmoralizante serie
de influjos personales, que han presidido al desquiciamiento moral
de los Tribunales de la República.
Todo nombramiento debe ser, en lo posible, no el producto de
una transacción mezquina, sino un acto libre, personal y responsable
del funcionario llamado a efectuarlo. Para esto propongo que el Pre
sidente de la Corte Suprema nombre a los miembros de las Cortes
de Apelaciones, y el Presidente de cada una de éstas, nombre a los
funcionarios de su jurisdicción.

263 —

Enprincipio, toda función pública debe ser perpetua, y termi


nar sólo por la incapacidad o muerte del
titular; pero en Chile se
hace indispensable buscar un medio siquiera transitorio, pero fácil,
de eliminar de la Administración de Justicia a miembros de ella que
se hayan hecho indignos por venalidad, conducta torpe, ignorancia
o falta de integridad moral.
Dentro de la general falta de carácter y del espíritu de amistad
privada, inaceptable en materias de la vida pública,— que puede

presidir secretamente los actos de los altos funcionarios, es indispen


sable recurrir a un medio automático de saneamiento de las institu
ciones judiciales. El más sencillo es la temporalidad de las funciones.
Los magistrados cesantes serán siempre reelegidos cuando estén ro
deados de una merecida aureola de prestigio; los demás podrán vol
ver a la vida privada sin necesidad de mancharlos con una condena

judicial, que pudiera ser excesiva o contraproducente.


Estimo que la justicia pagada, y sobre todo a los precios locos
recién establecidos, importa prácticamente una denegación de jus
ticia, sobre todo para los pobres, que son precisamente los que más
la necesitan.
También es conveniente reemplazar la justicia pasiva, que apro
vecha a los poderosos, a los detentadores de bienes ajenos, a los ca
lumniadores y a los hombres de mala fe, por una justicia activa, que
investigue cada queja por medio de un funcionario ad hoc, y resuelva
en plazo breve la cuestión propuesta, para no dejar enredos pendien

tes, que perturban los negocios, prolongan la injusticia o dañan in


merecidamente la buena fama de los ciudadanos-1
El señor Silva Cortés (don Romualdo) cree que el sistema de
inamovilidad establecido es bueno, pero que ha faltado el comple
mento, o sea una legislación que haga fácil y expedito el procedi
miento para declarar que un juez malo no tiene la buena compor
tación requerida.
Formula la siguiente indicación: «Habrá acción popular sumaria
para pedir al Tribunal Superior respectivo la declaración de que un
Juez no tiene la buena comportación necesaria para permanecer en
su cargo.
«En todo, caso, para que un Juez Letrado o Ministro de un Tri
bunal Superior sea depuesto de su destino, será necesario que la Corte
Suprema, por el voto de los dos tercios de sus miembros dicte la
sentencia o apruebe la resolución que decreta la remoción.»

Ajuicio del señor Yáñez (don Eliodoro) el art. 101 de la Cons


titución es tan claro y comprensivo, que no necesita modificación,
porque establece el principio de la buena comportación como base
de la permanencia en el cargo, y, en consecuencia, posibilita la separa
ción de los funcionarios que no tienen ese requisito. Da también

264 —

garantías a los funcionarios judiciales cuando dice «que no podrán


ser depuestos de sus destinos sino por causa
legalmente sentenciada».
Este precepto da a la ley toda la amplitud necesaria para regular
las funciones judiciales y ha permitido la dictación de la de 1911
sobre amovilidad de los jueces, que es bastante para el caso.
S. E. propone decir: «En todo caso, de oficio o a petición de
parte podrá la Corte Suprema, por el voto de los dos tercios de sus
miembros, declarar que un Juez no tiene buena comportación».
El señor Yáñez (don Eliodoro) manifiesta la existencia de casos
que escapan a la disposición constitucional, como el de un Juez que
se haya hecho poco grato en su
jurisdicción, y que haya pervertido
su autoridad moral por causas
independientes al ejercicio mismo de
su cargo. Para estos casos
podría darse a la Corte Suprema ciertas
facultades discrecionales y restringidas en la forma que propone Su
Excelencia.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, recuerda con
este motivo, que se ha aprobado una disposición que autoriza al
Presidente de la República, para trasladar a los Jueces a otro asien

to de la misma categoría, a propuesta o con acuerdo de la Corte


Suprema.
S. E. dice que hay que otorgar a los Jueces la inamovilidad, a fin
de garantir su independencia y rodearlos del ambiente de prestigio
indispensable para el buen cumplimiento de sus deberes; pero que
también hay que buscar el medio de impedir que esta situación excep
cional que la ley les crea, llegue a permitirles abusar de sus facultades
impunemente, recordando que la naturaleza humana es débil e in
clinada a extralimitarse cuando no
hay control,
Los Jueces quedarían bien garantidos siendo la Corte Suprema
la que declarara si es bueno o malo el funcionario judicial. El espíritu
de cuerpo, la solidaridad profesional y la independencia de que gozan
los miembros de ese alto Tribunal, serían suficiente seguridad de que
no se obraría con injusticia. Además, podría exigirse el voto de las

dos terceras partes de la Corte, para acordar una declaración de esta


naturaleza.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, propone re
dactar la indicación así: «En todo caso, la Corte Suprema, a re
querimiento del Presidente de la República, de oficio o a petición
de parte, podrá, previo informe de la Corte de Apelaciones respec
tiva y del inculpado, acordar la remoción de un Juez por el voto
de las dos terceras partes de los miembros de aquella Corte. Este
acuerdo se comunicará al Presidente de la República para su cum
plimiento».
Esta indicación fué aprobada,

265 —

Se entra a estudiar el capítulo que trata del «Gobierno y la Ad


ministración Interior».
S. E. propone dividir este en dos, bajo los siguientes
capítulo
títulos: «Del Gobierno interior del Estado», en el cual se compren
derían desde el artículo 106 hasta el 112 inclusive, con las modifica
ciones que oportunamente indicará: y «Del Régimen Administrativo
Interior» que comprendería las materias hoy tratadas en los artículos
,

113 a 122 inclusive.


Se entró a estudiar lo referente al Gobierno Interior del Estado.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) estima conveniente que
en la Constitución sólo se mantenga la división en
provincias y de
partamentos, dejando a la ley la subdivisión en comunas, subdele-
gaciones y distritos, porque considera que aquella debe consignar
únicamente las grandes divisiones. Aparte de que algunas de esas
subdivisiones, por ejemplo los distritos, que deben ser gobernados
por un Inspector, no tienen casi aplicación práctica.
El señor Zañartu (don Héctor) deja testimonio de su anhelo
de que la Constitución estableciera grandes provincias, que es la
única forma de llegar a la descentralización, pero como esta idea fué
desechada, salva su opinión en todo el título.
Así se acordó.
S. E. propone dejar el art. 107, quitándole la frase «en todos
los ramos de la Administración» y agregar un inciso que diga: «El
Intendente, dentro de la provincia de su mando, y como represen
tante del Presidente de la República, tendrá la vigilancia y fiscali
zación de todos los servicios púbücos del territorio provincial. La
tendrá también, especialmente, sobre los trabajos públicos que se
ejecuten en la provincia».
Esto serviría de base para lograr el ideal de la descentralización
administrativa, dando a los Intendentes atribuciones que hoy han

perdido por obra de las leyes que les han ido cercenando facultades.
En la forma propuesta, tendrían poder efectivo y podrían desarrollar
verdadera labor en bien de la provincia.
Se aprobó el art. 107 en la forma propuesta por S. E.
Se leyeron y fueron aprobados los actuales arts. 108, 109 y 110.
Se aprobó el art. 111 reemplazando, a indicación del señor Yá
ñez, la palabra «nombrados» por «reelegidos».
Se leyó y aprobó el actual art. 112.
S. E. propone una serie de disposiciones nuevas que reempla
zarían a los arts. 113 a 122 inclusive y encaminadas a obtener la
descentralización administrativa, mediante el robustecimiento de la
autoridad del Intendente, la creación de Asambleas Provinciales que
asesoren a éste en su administración y el establecimiento de facu

tades que permitan a estas Asambleas hacer una labor eficaz.



266 —

Las nuevas disposiciones dicen así:

«Capítulo ....

Del régimen administrativo interior

Art. A. Para la administración interior, el territorio nacional


se divide provincias y las provincias en comunas.
en

Habrá cada provincia el número de comunas que determine


en

la ley, debiendo cada territorio comunal comprender territorios com


pletos de subdelegaciones.

De la administración provincial

Art. B. La administración de cada provincia reside en el In


tendente, quien será asesorado por una Asamblea Provincial, en la
forma y en los casos que la ley determine.
Art. C. Cada Asamblea Provincial se compondrá de represen
tantes designados por las Municipalidades de la provincia en su
primera sesión y por voto acumulativo. La duración de estos cargos
es de tres años.

Las Municipalidades designarán el número de representantes


que para cada una determine la ley, pudiendo repetirse el nombra
miento indefinidamente,
Art. D. Para ser representante se requieren las mismas cali
dades que para ser Diputado, y, además, tener más de un año de
residencia en la provincia.
Art. E. Las Asambleas Provinciales funcionarán en la capital
de la respectiva provincia y designarán anualmente de entre sus
miembros, en la primera sesión y por mayoría de votos, un Vicepre
sidente de la Asamblea
Art. F. Las Asambleas Provinciales celebrarán sesión con la
mayoría de sus miembros en ejercicio; tendrá las atribuciones admi
nistrativas y dispondrán de las rentas que determine la ley. Estas
Asambleas podrán proponer al Presidente de la República la distri
bución de la parte de las rentas públicas que sea necesaria para los
servicios de la provincia.
Estas corporaciones podránser disueltas por el Presidente de la

República con acuerdo del Senado y por las causales que la ley esta
blezca. Disuelta una Asamblea Provincial se procederá al reemplazo
de sus miembros en la forma indicada en el art. C, por el tiempo
que les falte para completar su período.
Art. G. Las ordenanzas o resoluciones que dicte la Asamblea
Provincial, deberán ser puestas en conocimiento del Intendente quien

267 —

podrá suspender su ejercicio, dentro de diez días, si las estima con

trarias a la Constitución o a las leyes de la República, o perjudiciales


ai interés de la provincia.
La ordenanza o resolución suspendida por el Intendente volverá
a ser considerada por la misma Asamblea.

Si ésta insistiera en su anterior acuerdo por el voto de los dos


tercios de sus miembros presentes, el Intendente la mandará promul
gar y llevar a efecto.
Pero, cuando la suspensión se haya fundado en que la ordenanza
o resolución sean contrarias a la Constitución o a las leyes, el Inten

dente remitirá los antecedentes a la Corte Suprema para que resuelva


en definitiva.

De la administración comuna!

Art. H. La administración de cada comuna, o agrupación de


comunas, establecida por ley, reside en una Municipalidad.
Al renovarsecada Municipalidad, el Presidente de la República
designará unAlcalde para que la presida. Su nombramiento y remo
ción serán reglamentados por la ley.
Art. I. Las Municipalidades tendrán los Regidores que para
cada una de ellas determine la ley, con arreglo a la población del
territorio de su jurisdicción. La duración de estos cargos es por tres
años y podrá repetirse el nombramiento indefinidamente.
Art. J. Para ser elegido Regidor se requieren las mismas cali
dades que para ser Diputado, y, además, figurar en el rol de contri
buyentes de la respectiva comuna y tener residencia en ella por más
de tres años.
La propiedad de un inmueble se tendrá como suficiente resi
dencia.
Art. K. La elección de Regidores se hará en votación directa y
con arreglo a las disposiciones especiales que indique la ley de Orga
nización y Atribuciones de las Municipalidades. Habrá para este
efecto, registros particulares en cada comuna y, para inscribirse en
ellos, se exigirá haber cumplido veintiún años de edad, saber leer y
escribir y figurar en el rol de contribuyentes de la respectiva comuna.
La calificación de las elecciones de Regidor, el conocimiento de
los reclamos de nulidad que ocurran acerca de ellas, y la resolución
de los casos que sobrevengan posteriormente, corresponderá al Tri
bunal que determine la ley.
Art. L. Las Municipalidades celebrarán sesión con la mayoría
de sus Regidores en ejercicio, tendrán las atribuciones administra
tivas y dispondrán de las rentas que determine la ley. Esta podrá

268 —

señalar a cada Municipalidad proporcional a sus entradas


una cuota
anuales, para contribuir
a los gastos generales de la provincia.

Art. M. Las Municipalidades estarán sometidas a la vigilancia


correccional y económica de la respectiva Asamblea Provincial, con
arreglo a la ley.
Las facultades que el art. G otorga al Intendente respecto de
la Asamblea Provincial, corresponderán a ésta en lo relativo a las
Municipalidades de su jurisdicción.
Las Municipalidades podrán ser disueltas por la Asamblea Pro
vincial, por las causales que la ley establezca, con el acuerdo de la
mayoría de los representantes, citados especialmente al efecto y sin
perjuicio de lo dispuesto en el art.G.

Descentralización adm inistra Uva

Art. N. Las leyes confiarán paulatinamente a los organismos

provinciales y comunales que la Constitución establece," las atribu


ciones y facultades administrativas que ejerzan otras autoridades o
personas, con el fin de propender a la descentralización del régimen
administrativo interior
Los servicios generales de la Nación se descentralizarán me
diante la formación de las zonas que fijen las leyes.
En todo caso, la fiscalización de los servicios de una provincia
corresponderá al Intendente y la vigilancia superior de ellos al Pre
sidente de la República.»
S. E. expresa que ha tomado la reforma propuesta de la orga
nización italiana, que es la mejor, a su juicio, porque, manteniendo
la unidad nacional, contempla una debida atención de los intereses
regionales, sin congestionar el gobierno central con preocupaciones
y detalles de carácter local.
El señor Vidal Garcés (don Francisco) no incompatibilizaría
el cargo de Regidor con el de miembro de la Asamblea Provincial.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) sería aún partidario de
que cada provincia hiciera sus servicios con sus propios fondos. Sin
embargo teme un poco a las Asambleas de carácter parlamentario.
Las Municipalidades, por sí solas, ya son pequeños Congresos que
encienden las pasiones regionales; por lo tanto, le parece mejor crear
administraciones unipersonales y establecer que las provincias pue
dan elegir sus Intendentes. El sistema de Asambleas Provinciales ha
producido graves perturbaciones en la Argentina, por la contradic
ción que suele resultar entre las leyes nacionales y las provinciales.
S. E. recuerda que en Italia la administración provincial tiene
a su cargo funciones tales como la construcción de caminos y de obras

269 —

hidráulicas, el mantenimiento de algunos servicios de beneficencia,


la supervigilancia de las finanzas, etc.
Por lo demás, la aspiración general en el país es que lleguemos
a la descentralización administrativa.
El señor Oyarzún (don Enrique) cree que con las atribuciones
propuestas por S. E., los organismos provinciales darían buenos
resultados.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) considera mejor que el
Intendente sea elegido por la provincia.
S. E. estima que eso nos empujaría hacia el federalismo.
El señor Zañartu (don Héctor) deja testimonio de su escepti
cismo respecto a que con las medidas propuestas se alcance la des
centralización perseguida.
Las provincias deben tener la mayor autonomía posible y por
eso patrocinaba la formación de provincias grandes, con población
numerosa e intereses comunes importantes. Allí el Intendente y la
Asamblea Provincial deberían tener la facultad de nombrar emplea
dos, de administrar fondos, de intervenir en los servicios de policía
y de supervigilar todos los demás servicios.
El señor Oyarzún (don Enrique) halla razón al señor Zañartu
en sus observaciones. Hay servicios que abarcan dos o tres de nues

tras actuales provincias y que serían mejor atendidos si las Asam


bleas proyectadas comprendieran una zona de mayor extensión.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) estima que vale la pena
aprovechar esta oportunidad para reformar la organización muni
cipal. Con una Junta de tres Alcaldes rentados, elegidos en votación
popular por un período más o menos largo y con cierta independen
cia la administración comunal, se haría obra local más eficaz que
en

con nuestras actuales


Municipalidades de tantos miembros, en que
la iniciativa de los Alcaldes está supeditada por los regidores. Es
partidario, en último caso, de las Juntas de Vecinos cortas en núme
ro, que han empezado reemplazar a las Municipalidades.
a

El señor Vidal Garcés (don Francisco) considera pocos tres


Municipales para las comunas de mucha extensión e importancia.
Expresa que hay comunas grandes en que existen corrientes de
opinión e intereses encontrados en donde conviene que todos estén
representados en el Gobierno local.
El señor Yáñez (don Eliodoro) dice que siempre ha creído que
nuestra ley de Municipalidades tiene el defecto de la uniformidad
en la organización y atribuciones de esas Corporaciones, prescindien

do de que la mayor parte de los servicios locales tienen un interés


más amplio que la comuna. A su juicio la Municipalidad de la cabe
cera de la provincia debiera ser compuesta de miembros elegidos por
votación comunal y de representantes de las Municipalidades de los

270 —

departamentos; y éstas, a su vez, integradas con representantes de las


comunas, estableciendo además alguna gradación en el número de
miembros y en sus atribuciones, para crear cierta conexión entre las
Municipalidades de la provincia y atender así los intereses que afec
tan a toda ella. Acepta, sin embargo, la idea propuesta de las Asam
bleas Provinciales, porque cree que en esa forma podrán llenarse
los fines que indica para dar a las provincias mayor garantía en la
atención de sus necesidades.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, dice que la ley
fijará el número de regidores que deba tener cada Municipalidad y
el número de representantes que debe enviar a la Asamblea Provin
cia], en atención a su territorio, población, etc.
El señor Vicuña Fuentes (don Carlos) observa que el régimen
municipal urbano debe ser diferente al rural,
Cree que convendría establecer un solo funcionario, como los
corregidores en España, en quien estuvieran centralizadas las fun
ciones municipales en los campos. Kn lugares de escasa población
no siempre hay muchos elementos para servir estos cargos. Las fun
ciones de Oficial Civil, Alcalde, Jefe de Policía, etc., pueden ser
servidas por una sola persona que así dedicaría todo su tiempo a
dichos cargos que podrían recaer, en esta forma, en alguna persona
lidad respetable de la comuna, con lo cual se haría un gran bien y se
eliminarían en gran parte las rencillas lugareñas.
El señor Guerra (don J.Guillermo) aplaude aS. E.yal Ministro
señor Maza por haber propuesto la idea de exigir que para tomar
parle en la elección de Municipales, se en el rol de
requiera figurar
contribuyentes y dice que ésta es una idea que él acaricia desde
mucho tiempo.
El voto político y el municipal tienen objetos diferentes. El
último deben tenerlo sólo aquellos que poseen intereses materiales
en la comuna.

Cree, además, que en la elección de Municipales debe darse


voto a las mujeres, haciendo así el primer ensayo del voto femenino

en Chile. Por ejemplo, la mujer soltera, viuda, divorciada o separada


de bienes, que tiene y administra intereses propios, debe tener voto
y capacidad para poder ser elegida para cargos concejiles, si paga
contribuciones.
Igual piensa con respecto a los extranjeros con cinco años
cosa

de residencia en el territorio nacional, que posean propiedades o

ejerzan unaprofesión, industria o comercio que contribuya al pro


greso y bienestar del país.
En cuanto a las demás proposiciones leídas, estima que si trata
nios de organizar el régimen municipal en la Constitución, ños vamos
a exponer a grandes dificultades y tal vez al fracaso. Hay que recor-

271 —

dar que en Chile


hay buen régimen comunal desde más de treinta
no

años, no porque el sistema


sea malo sino porque no se adapta a nues

tras costumbres idiosincrasia.


e

Por esto cree que lo más conveniente es reemplazar todo el título


relativo a las Municipalidades por un solo artículo que diga:
«La organización del gobierno local se determinará por la ley
respectiva.»
En esta forma podría el Congreso estudiar después con mayor
detenimiento una organización municipal que corresponda a nues
tras necesidades.
Se acordó dejar en estudio estas materias hasta la próxima
sesión que se celebrará el viernes próximo .

Se levantó la sesión.

ARTURO ALESSANDRI.

Edecio Torreelanca,
VIGÉSIMAPRIMERA SESIÓN DE LA SUBCOMISIÓN DE
REFORMAS CONSTITUCIONALES

15 DE JUNIO DE 1925

Presidida por S. E. el Presidente de laRepública y con asisten


cia de los señores Domingo Amunátegui, Luis Barros Borgoño, Ra
món Briones Luco, Nolasco Cárdenas, Guillermo Edwards Matte,
J. Guillermo Guerra", Pedro N. Montenegro, José Maza, Ministro
de Justicia, Enrique Oyarzún, Romualdo Silva Cortés, Francisco
Vidal Garcés, Carlos Vicuña Fuentes, Eliodoro Yáñez, Héctor Zañar
tu, y del Subsecretario del Interior, don Edecio Torreblanca, que
actuó como Secretario; se abrió la sesión a las 4 P. M.
S. E. pone en discusión los capítulos referentes al Gobierno y
Administración Interior.
El señor Silva Cortés (don Romualdo) acepta en general el
proyecto de S. E. que contempla muchas ideas aprobadas en la re

ciente Convención Conservadora. Le parece muy bueno en todo lo


relativo a las Asambleas Provinciales, a sus facultades y organiza
ción. Pero cree que debe pensarse con más detenimiento lo relativo
al nombramiento de Alcaldes.
3. E. da lectura a los artículos del capítulo «Del Gobierno In
terior del Estado» con las modificaciones que se acordaron en la
sesión anterior.
El señor Maza (don José), Ministro de Justicia, no ve e objeto
de fijar período a los Intendentes, Gobernadores y Subdelegados,
tratándose de representantes naturales e inmediatos del Presidente
de la República, que, en realidad, son removidos cuando el Presidente
de la República lo quiere. Por esto propone que se diga: «permane
cerán en sus cargos mientras cuenten con la confianza del Presidente
de la República».
El señor Barros Borgoño (don Luis) encuentra buena la dis
posición actualque da cierta estabilidad a estos funcionarios y, ade
más que permite al Presidente cambiarlos cuando termine su período
sin necesidad de pedirles la renuncia.
Los artículos 106 a 110 quedaron en la forma aprobada en la
sesión anterior.
Los artículos 111 y 112 quedaron en la forma actual.
Se entró a tratar el capítulo 'Del Régimen Administrativo In
terior» y se comenzó la lectura de sus disposiciones.

273 —

S. E. dice que los artículos que se acaban de leer están reali


zando, en una esfera más limitada, lo que proponía en otra sesión
el señor Zañartu con respecto a las agrupaciones provinciales.
El señor Zañartu (don Héctor) dice que para llegar a la des
centralización administrativa es indispensable la división del terri
torio en grandes provincias, que formen entidades de importancia
por su riqueza y población y que tengan comunidad de intereses.
por la calidad de su producción y actividades, vías fáciles que las
unan entre sí, etc. ; que tengan ciudades capitales con institu
ciones de crédito, comercio, industrias, sociabilidad y comodidad
bastantes para que la vida pueda ser en ellas útil y agradable. Debe
darse, además a la provincia mucha autonomía y libertad para nom
brar a las autoridades inferiores, funcionarios judiciales de poca ca
tegoría, personal de instrucción primaria, beneficencia y policía.
La provincia necesita también contar con recursos propios para,
lo cual debe poder aplicar contribuciones autorizadas por la ley,
crear circunscripciones comunales, aprobar presupuestos municipa
les y comunales, y las cuentas de inversión de las mismas, deter
minar la cuota que debe pagarse por los servicios municipales,
aprobar empréstitos y propender a la municipalización de servicios,
sometiendo sus acuerdos en ciertos casos a la ratificación del Se
nado, autorizar la construcción de caminos, puentes y también fe
rrocarriles particulares, con excepción de los internacionales.
Para hacer esto sería necesario quitar a algunas de las actuales
Direcciones Generales parte de sus atribuciones para entregarlas a
la provincia.
Esta es, más o menos, la organización administrativa descen
tralizada que propuse cuando se discutió la forma de elección del
Senado y que no fué aceptada. Dicha indicación está redactada de
acuerdo con los proyectos presentados por don José Manuel Balma-
ceda el año 1890; por don Ramón Briones, en 1916; por don Alberto
Edwards, en 1919; y por varios Senadores Conservadores, en 1924.
El señor Edwards Matte (don Guillermo) piensa que se deben
tomar las mayores precauciones al fijar las atribuciones de las Asam
bleas Provinciales; estimando sí, que, en todo caso, la proposición de
S. E. es menos peligrosa que el proyecto del señor Zañartu.
Nosotros tuvimos Asambleas Provinciales durante el período
más agitado de nuestra historia, el de 1820 a 1830. En este lapso
todos los trastornos, todas las tentativas revolucionarias tuvieron
su cuna en esas Asambleas.

Y esto no sólo sucedió mientras fueron tres: las de Santiago,


Concepción y Coquimbo, sino que también después, cuando se im
plantó el sistema federal, dividiendo el país en ocho provincias. La
Carta Fundamental de 1828 mantuvo esas Asambleas con atribu-
(Actas 18)

274 —

ciones considerablemente limitadas. No hay duda, sin embargo, que


la revolución de 1829 tuvo gran parte de su origen en las actividades
de esas corporaciones.
Las Asambleas que se quiere crear tenderán en el futuro a trans
formarse en pequeños Congresos, que aspirarán a tener mayores
facultades que las constitucionales, y que, en todo caso, serán campo
propicio para los que intenten crear dificultades al Gobierno Cen
tral, a fin de obligarlo a ceder ante la presión de los descontentos
con la política de la capital.

En los tiempos que recuerdo, las Asambleas Provinciales lle


garon a enviar al Poder Central comunicaciones inconvenientes y
altaneras. Hay una, por ejemplo, en que se condena la Independen
cia de Chile.
En otro orden de ideas, estas corporaciones serán una nueva
fuente de gastos, que contribuirá a complicar y a dificultar nuestras
finanzas, porque, naturalmente, necesitarán pagar personal de Se
cretaría, lo cual, agregado a la remuneración que es muy posible que
tengan sus miembros, significará un costo apreciable para el erario
público.
Por eso prefiere otorgar a los Intendentes y Gobernadores atri
buciones especiales de vigilancia y fiscalización respecto a los servi
cios públicos de la zona de su respectiva jurisdicción, para que asu
man ellos la responsabilidad de esos servicios. Las Direcciones Cen
trales de servicios sólo tienen completa justificación cuando se trata
de ramos de carácter técnico, que requieren preparación especial,
pero, en los demás casos, esas Direcciones sólo contribuyen a aumen
tar el papeleo y a complicar innecesariamente la administración.
Reconoce, sí, que manteniendo la división del país en 23 provin
cias disminuyen considerablemente los inconvenientes de las Asam
bleas de provincias grandes auspiciadas por el señor Zañartu y que
serían más poderosas y, por consiguiente, envolverían mayor peligro
de perturbación.
El señor Briones Luco (don Ramón) dice que es partidario de
las Asambleas Provinciales desde hace muchos años, y por eso el
año 1916 presentó un proyecto sobre la materia a la Cámara de Di
putados. Las razones que lo movieron a presentar ese proyecto fue
ron los anhelos de descentralización de casi todas las provincias,

especialmente de las del norte. Tomó la idea de la Constitución del


año 28, persiguiendo el principio de la descentralización administra
tiva dentro de la unidad política y su idea fué bien recibida en casi
todo el país. Las distintas zonas de Chile están claramente diseñadas
por la naturaleza, así es que no es difícil formar grandes provincias,
tomando en cuenta las condiciones naturales de producción, intereses
económicos, etc., de las actuales.

275 —

Están bien demarcadas en nuestro territorio


las zonas salitrera,
minera, agrícola, carbonífera, maderera, pecuaria. Su propósito era
darles existencia política, dotándolas de Asambleas Provinciales que
atendieran los intereses regionales. Sin embargo, como ve que no
hay mayoría para aceptar la creación de grandes provincias, se limita
a proponer que se diga, en vez de la disposición pertinente que se

ha leído, lo siguiente: «La administración de cada provincia reside


en el Intendente y en la Asamblea Provincial», a fin de que ésta

tenga función propia y no sólo la de asesorar a aquel funcionario.


Hace indicación, además, para que las Asambleas sean elegidas
por voto popular y no por las Municipalidades, porque entre las
atribuciones de la Asamblea está la de fiscalizar a las Municipalida
des y no cree que las Asambleas vengan a fiscalizar a los propios
organismos que las eligen.
El señor Zañartu (don Héctor) expresa que las Asambleas Pro
vinciales grandes no pueden ser un peligro de revoluciones, como lo
cree el señor Edwards, sino que, al contrario, las harían más difíciles

ya que entonces no bastaría con tomarse la Moneda para que las


revoluciones triunfasen. Le parece indispensable el régimen de las
grandes provincias para atenuar los males que puede significar el de
un Ejecutivo demasiado
poderoso. Los abusos del parlamentarismo
dieron lugar a los lamentables sucesos de Septiembre: hay que evitar
que el exceso de poder del Ejecutivo dé lugar a sucesos tanto o más
lamentables.
Refiriéndose a otra observación del señor Edwards Matte, dice
que no cree que los gastos que originarían las Asambleas Provincia

les fueran tan grandes y, en todo caso, estarían compensados por la


supresión, en parte, del ejército de inspectores y visitadores fiscales
que hoy se necesita.
Agrega que está de acuerdo con lo expresado por el señor Brio
nes Luco, en cuanto a las atribuciones de las Asambleas. Por esto
en la indicación que había formulado decía: «El gobierno y adminis
tración interior de cada provincia, será ejercido por un Intendente y
una Asamblea Provincial. La Asamblea Provincial se compondrá de
miembros elegidos cada tres años en votación popular directa en la
forma que establezca la ley*.
El señor Guerra (don J. Guillermo) está en desacuerdo con las
ideas del señor Briones Luco. No es partidario de la formación de
grandes provincias y, precisamente, por las mismas razones
que ha
dado el señor Briones Luco.
Reconoce que hay en el
país diferentes regiones, perfectamente
demarcadas por sus condiciones naturales, por su producción, por
sus intereses económicos, etc., pero ésta es una razón, a su juicio,

para no acentual' estas divisiones, porque eso sería contribuir a des-



276 —

arrollar un mal del cual han sufrido otros países; el mal del regiona
lismo, pendiente fácil para deslizarse hacia el fraccionamiento de los
países; del regionalismo a la secesión no hay más que un paso.
No se debe olvidar que estos países de América no tienen más
de un siglo de vida independiente y son, por lo tanto, verdaderas
criaturas entre los demás Estados de la tierra; son países que están
en vías de formación todavía.

Es, pues, contrario a la creación artificial de grandes provincias


Después de algunas observaciones de S. E. en que se manifiesta
de acuerdo con las ideas vertidas por el señor Guerra y en que agre
ga observaciones personales sobre el punto en debate, el señor Gue
rra reitera su opinión en el sentido de que establecer estas grandes
divisiones territoriales, es peligroso para un país nuevo como Chile,
que aún no ha alcanzado sus características definitivas, y cita el ca
so de Centro América, que nació a la vida independiente el 15 de
Septiembre de 1821, formando una sola entidad que antes se llama
ba Capitanía General de Guatemala. Dentro de ésta se habían for
mado grandes intereses regionales, se habían desarrollado oligarquías
locales, etc., como consecuencia de lo cual en 1842 se dividió en cinco
Repúblicas, y a pesar del anhelo patriótico de muchos de sus hom
bres, hasta ahora no se ha podido reconstruir la unidad nacional.
Esta observación no va contra el proyecto presentado por S. E.,
sino contra la idea propiciada por los señores Briones Luco y Za
ñartu. Si hemos de tener provincias, dice el señor Guerra, tengá
moslas lo más pequeñas posibles y no olvidemos el caso de Centro
América, ni lo que pasó a Colombia con Panamá, a México con
Tejas, ni al Virreinato de Buenos Aires con las que hoy son las
Repúblicas de Uruguay y Paraguay.
Continuando en sus observaciones, el señor Guerra agrega un
punto de la proposición de S. E. que trató el señor Edwards Matte,
es el relativo a que estas Asambleas Provinciales van a multiplicar
los gastos de la Nación. Si se va a autorizar la dieta de los miem
bros del Parlamento, estas Asambleas también van a pedirla; para
evitarlo, debe establecerse en la Constitución que estos cargos son
concejiles. Dice más adelante el proyecto que la administración de la
provincia corresponde al Intendente, asesorado por la Asamblea
Provincial. Esto nos conducirá, a un grave mal, porque vamos a
crear el parlamentarismo local, en los precisos momentos en que