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Francisco Socas La clave de la Sabiduría Un tratado clandestino del siglo XVII

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Julio 2017

En la Europa de los siglos XVII y


XVIII surgió una corriente que ha
venido en denominarse
literatura clandestina que hizo
circular un número considerable
de escritos heterodoxos. Entre
ellos se halla un tratado
anónimo que lleva el título
despistante de Symbolum
sapientiae / La clave de la
sabiduría (ed. bilingüe de
Francisco Socas, Universidad de
Huelva, 2016). Tiene tres partes
en las que 1) presenta a la
religión como una impostura
urdida en alianza por los
poderes civiles y la clerecía; 2)
defiende la licitud intelectual y
moral del ateísmo; y 3) propone
un orden moral y político
basado en la ley natural y el
pacto. En este blog, al que tan amablemente me da acceso el profesor Antonio Piñero, me
ocuparé del escrutinio de las Escrituras que el anónimo autor incluye en la primera sección
del Symbolum.
Estamos ante alguien para quien la religión es un engaño nocivo. Por tanto, no se reserva
para sí ni siquiera el respeto que muchos incrédulos profesan a la Biblia como gran
literatura. Son vanos sus prestigios artísticos o poéticos, y hay que ver en ella más bien
desorden, confusión, falta de estilo, maldad y necedad a veces. El texto bíblico podía al
menos haber sido claro, pero las propias polémicas de los teólogos y la aparición de
herejías innumerables dejan ver su frecuente ambigüedad y, por ahí, su falta de
inspiración. El anónimo establece que son andamiajes postizos los apoyos que busca la

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apologética cristiana en la antigüedad de los libros, la entereza de los mártires, los
milagros, el cumplimiento de las profecías, la suficiencia de la doctrina bíblica. Él parte de
dos principios básicos: que la razón es la norma y piedra de toque de la Biblia, y no al
revés, y que jamás hay que creer a testigos implicados en la propia causa. Luego se
adentra en un repertorio de puntos chocantes y controvertidos de las Escrituras, como
son el descarado carácter político de la república mosaica, el diluvio, las edades increíbles
de los patriarcas, la caída de Adán injustamente amortizada por la humanidad entera, el
carácter absurdo de algunos milagros, los errores cronológicos y las contradicciones. Un
marco moral más amplio que el extraído de la fe revelada permite denunciar sus errores
morales que van desde las órdenes de exterminio que emite Dios sobre poblaciones
enteras a la postergación de la mujer defendida por Pablo. Para un buen conocedor de la
Biblia -nos dice- son falsas y caprichosas las alegaciones del Antiguo Testamento que
hacen los autores del Nuevo y el propio Cristo. La llamada ‘analogía de la fe’, como criterio
de interpretación, constituye una flagrante petición de principio, pues lanza luz desde el
Nuevo hacia el Viejo Testamento.
Cuando el anónimo se adentra en su extenso análisis de las Sagradas Escrituras maneja las
armas de la erudición histórica y gramatical, pero sobre todo ejerce el poder irresistible de
una razón muy próxima al sentido común, íntimo baluarte que muchos hombres
conservan sin guarniciones teológicas. Se trata de una mezcla de inteligentes deducciones
y de certeros apuntes filológicos, ya que, si la palabra de Dios se transmite a través de un
texto, ese texto queda sometido inmediatamente a todos los avatares que podría sufrir
cualquier otro y, salvo que renunciemos a entenderlo, será objeto de estudio y examen:
"todas las polémicas desembocan a la postre en cuestiones de gramática" (cuncta enim
litigia in grammaticalia se tandem resolvunt, I §16).
Al indagar en la historia de las Escrituras, nos dice el Symbolum, pronto se echa de ver que
no conocemos a los autores ni podemos establecer el origen y la época de muchos textos.
Tenemos copias, fragmentos, traducciones de muchas obras. El autor discute algunos
problemas críticos muy filológicos y concretos del libro de Samuel, de los evangelios de
Juan y Marcos. No falta aquí una alusión al famoso comma Iohanneum, interpolación
evidentísima que introduce en una carta apostólica el tardío dogma de la Trinidad, tan
escandalosamente ausente en todas las Escrituras. Y luego están las alteraciones
materiales del texto. Hay quienes en un vano intento niegan una por una todas las pegas
que plantean esas corruptelas. Otros las admiten, pero aseguran que el sentido del
conjunto se salva. Esto, que en un texto meramente humano tiene plena validez, es
peligroso aplicarlo al texto divino, toda vez que en él una variante supone acaso un nuevo
dogma, punto de apoyo de alguna herejía. Y sabemos -insiste- que a pesar de la

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escrupulosidad de los judíos en el Antiguo Testamento se alteraron interesadamente o
por accidente muchos pasajes.
Al ocuparse de la constitución del canon afirma que no se sabe quién hizo el canon del
Antiguo Testamento y es legendaria la milagrosa reconstrucción de la Biblia tras la
cautividad de Babilonia; fueron los fariseos del Templo Segundo los que administraron
esos escritos. Las críticas del anónimo al canon tradicional del Nuevo Testamento apuntan
a la fuente o autoridad que lo configuró, esto es, los concilios. Ahora bien, los concilios no
fueron asambleas santas e independientes del poder político. La verdadera imagen
histórica de los concilios la dan los relatos de los propios autores cristianos: unas
asambleas tumultuosas llenas de obispos corruptos y vendidos al poder.
El capítulo acaba con una breve exhortación a la racionalidad y la tolerancia. Se da por
sentado que el único lugar de encuentro que pueden hallar los hombres para una
convivencia está delimitado por la razón. Es necesario, pues, acogerse a ella, pero cuidarse
de que esa razón conductora no se extravíe a su vez y cruce las lindes de la cordura; tal es
el sentido de la expresión ex sola ratione sana (I §16).
La historia da lugar a paralelismos irónicos: si la cristianización, –la construcción del
cristianismo paulino para ser más precisos–, fue un acto intelectual consistente en una
habilidosísima reinterpretación del Viejo Testamento en apoyo de un Jesús divinizado, el
acercamiento a una visión más exacta del Jesús histórico que llevan a cabo algunas sectas
reformistas y finalmente textos ya no cristianos como el Symbolum fueron también labor
de filología y reinterpretación de las Escrituras. Podemos recordar aquí el sucinto e
hiperbólico veredicto de George de Santayana: "El cristianismo es una mala interpretación
literal de metáforas judías".

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En su primera sección el Symbolum sapientiae (1668), además de hacer la crítica del
canon de libros sagrados y de las Escrituras en general, como hemos visto en la postal del
día anterior, relata los orígenes del cristianismo y lleva a cabo una crítica radical de sus
dogmas. Según la interpretación que los cristianos hacen de la historia del pueblo judío,
Israel fue tomado como un primer esbozo de la Iglesia al tiempo que Dios condescendía a
ser el pedagogo de su pueblo, usando para adoctrinarlo de símbolos ceremoniales.
El relato del Symbolum desarma por un lado estas visiones y por otro explica la idea del
mesías como un mero artificio político, una promesa hecha a un pueblo por sus dirigentes
para mover a los perezosos y compensar a los desgraciados. El cuadro no se aparta mucho
del que traza la historiografía de nuestro tiempo: en la época anterior a la aparición de
Cristo el judaísmo vive un periodo de mestizaje con otros pueblos y decadencia general,
mientras surgen en él desavenencias doctrinales y sectas de todo tipo. La sujeción
postrera a los romanos enardece todavía más el delirio compensatorio del mesianismo.
En tal ambiente aparece Jesús como filósofo que mediante parábolas enseña una moral
sencilla, no ceremonial. Lo suyo es una suerte de religión sin religión. Ciertamente se decía
hijo de Dios y mesías, practicaba los ritos para adaptarse a su auditorio, pero en modo
alguno intentaba fundar una religión nueva. En rigor no fue un ateo, sino un moralista y
maestro de felicidad. Predicó la resurrección, pero con ello se refería más bien a la
pervivencia de su doctrina tras la muerte. Aunque Cristo se llamara acaso mesías, el
mesías prometido no era así, habría de ser un héroe liberador de los judíos y un rey
triunfante sobre las otras naciones, no una imagen mística de Dios encarnado que trae un
reino celestial y –contra todo lo prometido a Israel– ecuménico.

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A la muerte de Cristo, los discípulos, hombres simples, deforman sus enseñanzas, inventan
misterios y ceremonias. Las conversiones en masa de judíos y gentiles van alterando poco
a poco el sentido inicial de la secta. Más adelante la ambición de los obispos y presbíteros
edifica un estado contrario a la sencillez cristiana, hasta que el clero con sus patrañas, sin
que falten violencias, da lugar a nueva monarquía teocrática, contraria en todo al espíritu
de Cristo: el papado.
El tratado corre luego a criticar el embrollo de los dogmas cristianos. No se priva de
enunciar ciertas paradojas morales, como los crueles castigos infligidos al pecador por
parte de un Dios que es amor, la figura del demonio como vencedor sobre el bien, la
contradicción entre la bondad esencial de las criaturas y la caída de Adán. Aborda un
batiburrillo de cuestiones, triviales unas y trascendentes otras: la infalibilidad del Papa, la
creación a partir de la nada, la virginidad de María, la resurrección de los cuerpos, el
infierno. Ve tan absurdas e irracionales esas creencias que apenas se preocupa de dar
unas cuantas pinceladas sarcásticas. Un misterio mayor que el de estos dogmas le pareció
tal vez el de los hombres que los elaboraron y creyeron en ellos.
Concluye que, a diferencia del paganismo, que a su modo es coherente, en el cristianismo
hay una mezcolanza irreconciliable de elementos judaicos y paganos. El cristianismo ha
olvidado que en su origen no fue más que "un modelo de la filosofía auténtica, un arte de
vivir, una escuela de bonhomía" (typus uerae philosophiae, ars uiuendi, schola pietatis).
Las tres religiones históricas, las religiones del Libro, veneran a unos héroes fundadores.
Pero al autor del Symbolum no le merecen los tres el mismo respeto. Mahoma obró tan a
las claras como impostor político que no puede seducir a nadie mínimamente ilustrado.
De Moisés hay que ocuparse porque no es, como Mahoma, una figura marginal o
extravagante, sino que pasa por ser el autor de los libros iniciales de la Biblia y es sin duda
el inventor de la peculiar teocracia hebrea. Pero la trama política y guerrera del montaje
mosaico es patente y grosera. En cambio, el anónimo simpatiza de algún modo con la
figura de Cristo al que considera una especie de filósofo y benefactor de su pueblo.
Jesús es solamente un impostor ocasional; más bien se limita a no desengañar a sus
oyentes cuando se hacen ideas sublimes del maestro, porque eso puede ayudar a la
asimilación de sus humanitarias doctrinas. Es también un liberador que actúa contra una
religión opresiva. Cristo, así, es el que sale mejor parado; en el fondo no practica el
engaño, sino que, como buen maestro, se amolda a los duros oídos de sus discípulos, que
lo malinterpretan ya en vida e inician tras su muerte una paulatina y descarada
deformación de sus enseñanzas.

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La imagen de Jesús que dibuja nuestro autor es sin duda desmitificadora, pero en el fondo
es tradicional y se extrae de una lectura ingenua de las fuentes. Estamos en los umbrales
de la que luego se ha llamado indagación sobre Jesús (Jesus Quest). La historiografía al uso
da por sentado que antes de Samuel Reimarus (1694-1768) la búsqueda del Jesús histórico
siempre estuvo alentada por la fe. Ello es verdad siempre que dejemos aparte la literatura
representada por textos como el Symbolum sapientiae y otros que espero presentar a los
lectores de este blog otro día. El tratado adquiere en este punto un aire moderno cuando
afirma que Jesús no quiso fundar una religión nueva y no instituyó nuevos ritos, que fue
más bien un reformador judío que tuvo que soportar a la fuerza, y no voluntariamente,
una muerte terrible. Se equivoca, en cambio, cuando, como tantos en el presente y el
pasado, contrapone la figura de Jesús, un alma benévola y sincera, a un judaísmo reseco e
hipócrita, o cuando considera a todos los de su entorno como necios. Y ello era casi
inevitable porque el autor del Symbolum no disponía de otra imagen de Jesús que la que
pintan los evangelios, fuente casi única, minuciosa en ocasiones, reticente las más de las
veces y parcial siempre, sobre los dichos y hechos del profeta de Galilea.
Saludos cordiales de Francisco Socas
Catedrático de Filología Latina de la Universidad de Sevilla
Viernes, 21 de Julio 2017
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