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ALAIN PATIN

LA AVENTURA DE JESÚS DE NAZARET


(Selección)

Sumario
Origen de los textos
Observaciones concretas sobre los cuatro evangelios
El Reino de Dios
El año «santo»
Las curaciones
«El asunto de los panes»
El por qué de las curaciones
Jesús liberador
La «Buena Noticia»
El proyecto de Jesús
La oración de Jesús
Personalidad de Jesús
¿Sabes la noticia? Arroja fuera este mundo insensato.
Testimonios sobre Jesús, provenientes de fuera del circulo de
creyentes

También nosotros buscamos a Jesús. ¿Por qué no caminar algún


tiempo hacia el descubrimiento de Jesús con el convencimiento de que
no se le descubre más que comprometiéndose personalmente?: no se
puede percibir su presencia desde fuera.

Todos los testigos afirman que a Jesús se le descubre caminando


juntos y comprometiéndose en la acción. Es verdad: el único medio
para encontrarle vivo es buscarle donde está la vida: cuando se
comienza a amar, cuando uno deja de estar encerrado en sí mismo,
cuando se intenta responder a las necesidades de los demás, entonces
uno está vivo y hace surgir la vida; en el corazón de una vida así,
Alguien se dará a conocer. Hay que comenzar escuchando,
comprometiéndose, dando tiempo y vida, y en ese camino
aprenderemos a descubrir, a reconocer y a amar a Jesucristo.

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS DE


NAZARET COLECCIÓN ALCANCE, 7. SAL
TERRAE SANTANDER-1979. Pág. 10

ORIGEN DE LOS TEXTOS

Jesús no escribió. Cuanto sabemos de El proviene de los testigos


que le acompañaron en su aventura humana. Tampoco ellos
comenzaron escribiendo; los escritos fueron apareciendo muy
lentamente; veinte, treinta, cuarenta años después de la muerte de
Jesús.

En aquella época el principal medio de comunicación y de


información era la palabra; la mayor parte de la gente no sabía leer ni
escribir.

Además los primeros cristianos se reunieron alrededor de una


experiencia vital y no alrededor de un texto, de una especie de
«manifiesto cristiano» que fuera como la piedra fundacional de su
movimiento. No tenían la preocupación de escribir porque era en ellos
mismos donde experimentaban la novedad de algo que les acontecía:
a través de Jesús, sus amigos y compañeros iban descubriendo una
vida nueva.

Comprendieron que esa experiencia no era algo que debiera


quedar reservado para unos pocos, sino que todos podían hacerla: no
era necesario saber leer y escribir, ni ser capaz de largas reflexiones;
tampoco era preciso ser judío, ni, incluso, ser de una moralidad
irreprochable. Características éstas muy importantes, pues sin ellas la
renovación que traía Jesús hubiera quedado reservada a una élite
intelectual, racial o moral. Pero no: todos podían sumergirse
(bautizarse) en una vida diferente y reconocer que el Espíritu de Jesús
era capaz de transformarles. Esta experiencia les marcaba con tal
fuerza que no pensaron en ponerla por escrito; no era necesario.
Pero a medida que las comunidades se multiplicaban, aparecían
también nuevas cuestiones y era necesario darles respuesta. Entonces
hombres como Pablo, Pedro, Santiago y otros enviaban cartas a las
comunidades: los escritos más antiguos son estas cartas; el lugar en
que ahora se las sitúa en el Nuevo Testamento podría inducirnos a
pensar que son posteriores a los Evangelios: en la mayor parte de los
casos es justamente al revés.

Los Evangelios, que trazan más sistemáticamente las palabras y


acciones de Jesús, fueron redactados más tarde para responder a las
necesidades de la segunda generación cristiana (hacia los años 70-
80): los primeros testigos, los que habían visto a Jesús, estaban ya
muriendo y se sintió entonces la necesidad de poner por escrito lo que
decían de El para garantizar la solidez de las enseñanzas recibidas.

Hoy, como ayer, el texto de la Biblia no es lo primero: no es una


recopilación de consejos válidos para cualquier circunstancia, ni una
especie de «libro rojo» para uso de cristianos.

No: la Biblia está ahí para ayudarnos a descifrar las señales que
Dios nos presenta cada día a través de los acontecimientos, de las
personas con quienes nos encontramos y de los proyectos que
hacemos. Y por tanto es necesario buscar juntos la luz que aporta a
nuestra vida; la Biblia no se comprende en su verdadero sentido si no
es leída, penetrada y trabajada con otros (en Iglesia), pues es así como
nació.

OBSERVACIONES CONCRETAS SOBRE LOS CUATRO


EVANGELIOS

El texto de los Evangelios va a ser, sobre todo, nuestra guía para


descubrir la aventura de Jesús: no se escribieron de un tirón; lo que
narran había sido, precedentemente, dicho y repetido: unos u otros se
sabían de memoria este o aquel pasaje. Pero cada vez se sentía más
la necesidad de fijar por escrito lo que decía tal o cual de los misioneros
que, como Pablo, iban de pueblo en pueblo. Así se fueron creando
grupos de hechos y gestos de Jesús y recopilaciones de sus palabras.
Para que se pudiera recordar más fácilmente, se hacían como
pequeños cuadernillos sobre un mismo tema: por ejemplo, palabras de
Jesús sobre el dinero, narraciones de actuaciones de Jesús...

Cuando algunos se pusieron a redactar un texto seguido, utilizaron


todos estos fragmentos ya existentes: así se explican las agrupaciones
que encontramos ahora en los Evangelios: por ejemplo, el que en el
Evangelio de Mateo se presente a Jesús pronunciando todas las
parábolas seguidas y de una vez; este hecho no quiere decir que Mateo
afirme que realmente así sucedió, que Jesús dijo todas las parábolas
seguidas y de una vez, sino que muestra simplemente que para
construir esos capítulos se sirvió de una «recopilación de parábolas»
ya existente.

Estas breves observaciones nos bastan para comprender que los


Evangelios ni son, ni pretendieron ser, una «historia de Jesús». Aunque
parece que presentan los hechos y las palabras con cierto orden
sucesivo, no pretenden reconstruir los pasos de Jesús, día a día; ésta
es una perspectiva completamente extraña, tanto a los evangelistas
como a la concepción sobre la historia que existía en aquella época.

Marcos, Mateo y Lucas organizaron sus materiales en un marco


rígido: para lograr una presentación sencilla de la aventura de Jesús
los primeros predicadores la habían resumido en cuatro etapas: -en
primer lugar, la época de Jesús junto a Juan, un «profeta» de aquella
época; -luego, Jesús en Galilea, primera etapa de su vida pública; -a
continuación, la larga marcha hacia Jerusalén, la capital; -finalmente,
sus últimos días.

Cuando los evangelistas toman también este esquema para


construir su Evangelio, no afirman que la aventura de Jesús se
desarrolla estrictamente de este modo, sino que más bien proponen
una lectura determinada de su vida, mediante la cual se pueda llegar a
comprender lo que realmente pasó «en profundidad».

El Evangelio de Juan, escrito para la generación siguiente, no


sigue este mismo marco de presentación: aporta una luz nueva sobre
Jesús. Intenta poner de manifiesto y que el lector descubra, a través
nada más de algunos acontecimientos, quién es Jesús, cuál es su
intento y cuál su propuesta.

Es el testimonio de alguien que ha dedicado toda su vida a dar


cuenta de su encuentro con Jesús y de la experiencia formidable que
transformó su vida; quiere comunicar este descubrimiento, como él
mismo lo dice: «Jesús realizó en presencia de sus discípulos otros
muchos signos que no han sido narrados en este libro. Estos se han
escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios y para
que creyendo tengáis la Vida en su nombre» (Jn 20 30-31).

El que los Evangelios se formaran así, nos muestra bien a las


claras que es inútil querer escribir una «vida de Jesús»; efectivamente,
no poseemos los materiales que serían necesarios para ello. Los
testimonios que tenemos (particularmente los Evangelios, permiten,
nada más, evocar el itinerario de Jesús y descubrir quién fue y cómo
se dio a conocer. Esto es mucho más importante que si tuviéramos una
especie de reportaje, porque nos posibilita el acceso a un contacto
interior con su Persona, tal y como le tuvieron sus amigos.

PATIN-ALAIN._ALCANCE. .Págs. 15-19

El Reino de Dios

Según Marcos, Mateo y Lucas, permanece siempre en Galilea


recorriendo pueblos y aldeas en todas direcciones. Leyendo el cuarto
Evangelio se le ve, en ocasiones dadas, en Jerusalén. Lo importante
es captar el sentido que Jesús da a su misión durante este período, y
esto sí lo testimonian con claridad los Evangelios. Marcos lo dice así:
«Después del encarcelamiento de Juan Bautista, Jesús se vuelve a
Galilea y proclama la Buena Noticia de Dios, diciendo: "Se ha cumplido
el plazo y el Reino de Dios ya está aquí; cambiad vuestros corazones
y vinculaos a la Buena Noticia"» (Mc/01/14-15).

Jesús tomó este término «Reino de Dios» en primer lugar porque


correspondía a lo que el pueblo esperaba febrilmente; ¿cómo podía
darse a entender sin emplear las palabras que eran portadoras de
esperanza? Un Reino, lo que evocaba claramente la grandeza de los
tiempos pasados, pero un Reino de justicia y de paz, como el que
habían anunciado los profetas. La afirmación de Jesús es que El realiza
la promesa que Dios hizo a su pueblo: ¡qué carga de resonancias debía
tener esta Buena Noticia... ! Anunciar un Reino es lanzar una llamada
dirigida no sólo a un cambio personal, sino a una renovación total de
los hombres y de la sociedad construida por ellos: el orden social
tendría que transformarse por completo para dejar espacio al «universo
nuevo de Dios». Todos y cada uno reciben la invitación de participar
con todos los demás en esta transformación.

Pero se trata del Reino «de Dios»: Dios mismo se inserta en este
mundo para hacerle nuevo; su presencia, su vida, su amor son las
fuerzas dinamizadoras que lo van a renovar todo, si los hombres
consienten en vivir de ellas. Entrar en el «movimiento» del Reino de
Dios no es dedicarse a soñar en otro mundo «de alguna otra parte»
que cada cual conseguirá individualmente después de su muerte, sino,
por el contrario, acoger, desde ahora mismo, este anuncio formidable:
Dios está aquí, con el poder de su amor, para renovar totalmente este
mundo: es la levadura que va a hacer fermentar toda la masa, es el
manantial del que brotará una floración infinita, la certeza de una
felicidad constantemente renovada para todos los hombres.

Esta es la Buena Noticia del Reino, de la que Jesús irá haciendo


traducciones concretas con su palabra y sus actos: embriagado por
este mensaje, Jesús habla por todas partes, en las sinagogas, en pleno
campo, al borde del lago.

La llamada de Jesús se parece a la de Juan: acaba de empezar


una era nueva, urgentemente cada cual debe corresponder a la nueva
era cambiando su manera de vivir y acogiendo el Reino de Dios tan
inmediatamente cercano. El aspecto nuevo reside precisamente en esa
proximidad del Reino de Dios; por fin ya está ahí: ha comenzado el final
del viejo mundo. Por tanto es la hora en que cada cual debe decidir.

Esta urgencia queda constantemente subrayada: hay que hacerse


libre para acoger la renovación; nada debe retener a quien ha
escuchado la llamada, ya no cuentan ni las riquezas, ni la situación, ni
los afectos, ni los pecados, ni el desprecio que los demás nos tengan.
Todo el mundo puede volver a comenzar desde cero; no hay pasado;
la fuerza de Dios se ofrece con toda seguridad a todos: todo puede
cambiar radicalmente.

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS DE


NAZARET COLECCIÓN ALCANCE, 7. SAL
TERRAE SANTANDER-1979.Págs. 47-48

El año «santo» /Lc/04/19

Lucas sugiere que Jesús se sirvió de un acontecimiento religioso


para dar resonancia a su llamada pública. La cosa sucedió en Nazaret.
Jesús propuso un modo nuevo de leer un texto de Isaías: no verle como
un sueño del pasado, sino ponerle en práctica hoy mismo. Estableció
un vehículo de relación entre un año «santo» que debía estarse
celebrando por entonces y la palabra del profeta que anunciaba un año
«de gracia, de favor» del Señor, un año de renovación,

La celebración del año «santo» estaba integrada en la Ley de


Moisés y tenía sus normas bien determinadas: en él había que dar la
libertad a los esclavos, perdonar las deudas, facilitar que todo el mundo
pudiera recobrar su capital inicial vinculado a una parcela de tierra. El
núcleo de esta idea era que cada 50 años todo el mundo tuviera la
posibilidad de volver a comenzar sobre bases nuevas; quedaba claro,
de esta forma, que las relaciones humanas no deben ser ocasión de
explotación, sino de desarrollarse comunitariamente. Así unos y otros
recobraban su libertad: el pobre porque había sido reducido a la
esclavitud; el rico porque se ahogaba bajo el peso de la acumulación
de bienes.

Normalmente cada 50 años el sumo sacerdote debía decretar en


Jerusalén un año «santo» y proponer a todos la renovación que exigía
la Ley de Moisés pero de hecho tomaban buenas precauciones para
no llevarlo a la práctica. Por eso se comprende perfectamente que la
llamada de Jesús a entrar en un verdadero año «santo» era,
simultáneamente, una interpelación a todo el pueblo (la Biblia les
concernía a todos), la propuesta de una transformación social y un
desafío a la autoridad religiosa. Con toda justicia podía Jesús
comenzar su predicación con este anuncio: «Felices los que sois
pobres, vuestro es el Reino de Dios; felices los que ahora tenéis
hambre, seréis saciados felices los que ahora lloráis, reiréis. Sí. Si
todos respondían a la llamada del Reino, si todos cambiaban su
manera de vivir, los pobres conocerían la felicidad; muerto el egoísmo,
todos podrían vivir como hermanos. Nada extraño que ya desde el
comienzo Jesús inquietara a los mantenedores del orden establecido:
el Reino de Dios amenazaba con desestabilizar a muchas gentes muy
bien establecidas.

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS DE


NAZARET COLECCIÓN ALCANCE, 7. SAL
TERRAE SANTANDER-1979.Págs. 49-50

Las curaciones

La exigencia de renovación no era cosa muy original puesto que


fundamentalmente consistía en recordar algo que estaba en la Biblia.
Esto era tan verdad que se decía de él: «Es un profeta, como los
profetas antiguos». Pero Jesús va a mostrar que era realmente posible
responder a la llamada, y esto sí era nuevo.

Dios estaba cerca, y entregaba profusamente su potencia


renovadora; todo el mundo podía cambiar; esta posibilidad se traducía
concretamente en las numerosas invitaciones a la curación que marcan
todo este período.

Recordemos cuál era la situación social de los enfermos y


disminuidos; una Buena Noticia para ellos tenía que integrar
necesariamente el aspecto de su curación. ¿Qué verdadera novedad
habría existido sin esta posibilidad de que sanaran cuantos se
encontraban con Jesús? Fuera cual fuera la situación en que uno se
encontraba, podía experimentar una transformación: el paralítico podía
recobrar la agilidad de sus miembros, el pecador quedaba libre del
pecado que pesaba sobre su conciencia; el rico aprendía a compartir;
todo el mundo era alcanzado por la nueva vida, en la situación en que
se encontrara.

Las curaciones eran un lenguaje directo y concreto, adaptado a


gentes que creen lo que ven, apto para manifestar con claridad que
una potencia renovadora habitaba ya el mundo. Jesús daba testimonio,
de esta forma, del secreto de Dios al que El llamaba su «Padre»: el
Reino que está ya aquí es el amor de Dios que se ha hecho vida de los
hombres. Esta es la razón de que Jesús fuera con todos y no temiera
andar con los pecadores, las prostitutas y los bribones de los
«publicanos»: era preciso que todos supieran que podían cambiar.

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS DE


NAZARET COLECCIÓN ALCANCE, 7 SAL
TERRAE. SANTANDER-1979.Págs. 50-51

«El asunto de los panes»

Durante todo este período galileo lo que más llama la atención es


el éxito que rodea a Jesús: un considerable número de galileos siguen
sus enseñanzas; encuentra un eco muy favorable en las capas sobre-
explotadas de la población. Su llamada a los más explotados encuentra
la adhesión popular, sobre todo en aquella provincia en que la
influencia de los zelotas es mayor. Por este mismo motivo, las razones
por las que se vinculan a Jesús pueden ser muy ambiguas: un episodio
va a sacarlas a plena luz.
Debió ser algo tan importante para los testigos, que los Evangelios
han guardado nada menos que seis narraciones del acontecimiento
(/Mc/06/35-44; /Mc/08/01-09; /Lc/09/12-17; Mt 14,13-21; /Mt/15/32-38;
/Jn/06/01-03); de ordinario se llama a este episodio la multiplicación de
los panes; Marcos lo llama simplemente «el asunto de los panes» (Mc
6,52).

Las narraciones cuentan que una gran multitud seguía a Jesús


desde hacía varios días; comenzaban a tener hambre y la necesidad
de tomar algún refrigerio era ya urgente. Entonces Jesús dio a aquellos
varios miles de hombres el alimento que necesitaban y
sobreabundantemente: fue una comida de fiesta, una inmensa
comunión. Para Jesús era la ocasión de mostrar, en una acción que
tenía repercusiones sobre todos ellos, que el Reino de Dios estaba allí:
Dios alimentaba a su pueblo; le daba lo que necesitaba para cambiar
de vida; la respuesta debía consistir en acoger el Reino de Dios y
renacer a otros modos de ver, de vivir y de pensar.

CRISIS GALILEA:

Pero Jesús cayó inmediatamente en la cuenta de cierta agitación


en la multitud; surgían gritos por todas partes; iban hacia El para
levantarle en triunfo: era una tentativa de insurrección y se le requería
para que se pusiera en cabeza. En lugar de vincularse a la llamada al
Reino, el pueblo volvía a sus viejas tentaciones: las que Jesús había
rechazado al comienzo de su misión. En lugar de oír la llamada a ser
creativos, se contentaban con un mago que les diera pan a golpe de
varita. En lugar de atender la llamada a ser responsables de nuevas
estructuras, le votaban como nuevo rey del que podrían esperarlo todo.
En lugar de prestar atención a la llamada a liberarse, se alienaban de
nuevo. Jesús, el «testigo» del Padre, no podía soportar aquellas
ambigüedades. Aquello le decidió a romper; iba a cambiar su manera
de actuar; por aquel camino no cumpliría su misión. Empleó lo que le
quedaba de autoridad, para mandar a aquella multitud que se
dispersara y se retiró para tener un nuevo período de reflexión.

Tiempo de reflexión

Hubo otro motivo que impulsó a Jesús a alejarse, al menos


momentáneamente, de las multitudes galileas: el rey Herodes
comenzaba a inquietarse; quería «ver» a Jesús, es decir, hacerle correr
la misma suerte que corrió Juan: cárcel y quizá muerte. El poder no
podía soportar una agitación de aquel volumen, tanto menos cuanto
que los temas que desarrollaba Jesús no eran precisamente neutros...
Un rey no encuentra sus delicias precisamente en oír hablar de
«otro Reino». Algunos avisaron a Jesús que Herodes lo buscaba para
matarlo.

Estas razones llevaron a Jesús a dejar Galilea y a irse al norte, a


territorio pagano: allí nadie le molestaría; sus discípulos se fueron con
él, aunque no comprendían apenas lo pasado en el «asunto de los
panes»; no podían comprender cómo Jesús había cortado,
precisamente en el mejor momento, aquel éxito sin precedentes.

Con esta postura Jesús provoca una toma de nueva postura


colectiva; les invita a hacer balance (/Mc/08/27-30): «¿Qué dicen las
gentes de mí?» Los discípulos le cuentan lo que han oído a unos y
otros: las gentes ven en Jesús un profeta como lo era Juan Bautista, o
como otros de los profetas antiguos... Entonces Jesús les interpela
directamente: «Y vosotros ¿quién creéis que soy?» Pedro responde en
nombre de los Doce: «Tú eres el Mesías»: aceptan que el Mesías
esperado sea como Jesús le muestra, al contrario que la multitud que
quería dictar a Jesús el comportamiento que tendría que seguir,
imponiéndole ser el Mesías que ellos soñaban. La esperanza en el
Mesías se había convertido para los discípulos en fe en Jesús, y a
pesar de que no lo comprendían todo, a pesar de todas sus
oscuridades, le daban su voto de plena confianza: «¿A qué otro
iremos? Tú tienes las palabras de vida eterna» (/Jn/06/68).

Un camino nuevo

Después de esta proclamación de fe, Jesús piensa que ya son lo


suficientemente fuertes como para escuchar todo el contenido de sus
propias reflexiones, los últimos acontecimientos de Galilea, la amenaza
de Herodes, el resultado de su meditación de las Escrituras, le han
afianzado en esta convicción: para que su mensaje pueda ser recibido
sin ambigüedades, para que su misión pueda ir hasta el final y producir
como fruto un mundo nuevo, es preciso cambiar la manera de actuar.

La hostilidad de sus adversarios que iba en aumento, la huida de


las masas cuando vieron que rechazaba ponerse al frente de una
insurrección, le hacen vislumbrar cada vez con mayor claridad que su
camino desemboca en la muerte. La meditación del profeta Isaías y del
salmo 22 que presentan la figura de un «Siervo» del Señor que con sus
sufrimientos da la vida a la multitud de los hombres (Mt/08/17 y
Jn/12/38), le hacen caer en la cuenta que hay otro camino posible para
cumplir su misión.
Esto es lo que dice el profeta: «Por sus sufrimientos, mi Siervo
justificará a la multitud, tomando sobre sí sus pecados. Por eso yo le
daré en herencia la multitud». Jesús asimila esta idea para sí mismo:
«Si el grano de trigo no muere, queda solo; pero si muere da fruto
abundante» Jn 12,24).

Aceptando llegar hasta el riesgo de la vida, transparentará el


verdadero rostro de Dios, un Dios que no quiere imponer desde el
exterior la felicidad a los hombres, sino que da a todos y cada uno, y
en todo momento, la fuerza necesaria para ponerse en pie, si quieren,
y empezar a construir un universo distinto Emprendiendo este camino,
Jesús da también su total voto de confianza a su Padre, que es capaz
de conducirle más allá de la muerte.

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS DE


NAZARET COLECCIÓN ALCANCE, 7 SAL
TERRAE. SANTANDER-1979.Págs. 55-59

El por qué de las curaciones

Jesús curaba y perdonaba; unía estos dos tipos de acciones,


porque ambas eran un mismo combate contra todo lo que mutila al
hombre. Era un lenguaje en actos; una forma simple y clara de
interpelar a los paisanos galileos. Hoy tenemos dificultades para
comprender estos signos y seguramente hoy Jesús no emplearía ese
mismo lenguaje. Sus acciones curativas corresponden a lo que
anunciaba la Biblia: los antiguos profetas habían dicho que eso sería
uno de los signos de la venida de Dios: Jesús realiza esos signos.
Cuando cura, cuando perdona, la actuación de Jesús infunde confianza
para ser libre. No busca maravillar a las gentes, ni atraer hacia sí las
miradas, sino que intenta que nazca en cada cual este convencimiento:
han llegado unos tiempos nuevos en los que lo imposible es posible;
yo puedo andar, yo puedo ver, yo puedo hablar, yo puede vivir, yo he
sido liberado. Y para subrayarlo Jesús encomienda a éste y a aquél
que hagan algo: «Ve y lávate en la piscina» (/Jn/09/07), «Coge tu
camilla y anda» (Mt/09/06), «Id a presentaros a los sacerdotes»
(/Lc/17/14). Su acción es una llamada, una invitación a actuar en la
misma dirección que El, en la medida de las posibilidades de cada cual.

El Reino que anuncia como totalmente cercano, cobra realidad y


consistencia cada vez que los poderes de la muerte, de la enfermedad,
del pecado ceden terreno, cada vez que un hombre sale liberado y
renovado del encuentro con Jesús: «Puesto que arrojo los espíritus del
mal por el Espíritu de Dios, el Reino de Dios ha llegado con toda
seguridad a vosotros» (/Mt/13/28). Al incitar a las personas con quienes
se encuentra a andar, a ver, a hablar, a cambiar, a vivir, Jesús las invita
a hacerse creativos y responsables. Ya no existen situaciones de
muerte definitiva: con El la vida puede brotar de nuevo en todas partes.
Es la Buena Noticia en acción. Jesús con sus milagros hace a la gente
libre para una vida nueva.

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS


DE NAZARET COLECCIÓN ALCANCE, 7
SAL TERRAE. SANTANDER-1979.Pág.
83s.

JESÚS LIBERADOR

Dios es, en el corazón del hombre y de la historia, el recordatorio


continuo de la grandeza del hombre que no puede estar satisfecho del
orden existente, que debe luchar incesantemente por un mundo nuevo.
Así vivió Jesús la situación de su tiempo. Poniendo en evidencia que
los pobres de la sociedad, los excluidos, revelan la otra cara de un
mundo mal hecho: por eso hay que estar con ellos, son el motor de
toda transformación, incitación a un universo nuevo. Si Jesús hubiera
aceptado ser un Mesías político, hubiera quedado encerrado en una
relación falseada con los hombres y con el mundo (/Jn/18/33-37). Su
acción consistió en abrir el corazón del hombre de tal forma que en
adelante todos los interrogantes sean más quemantes y ya no se pueda
vivir sin darles respuesta (Jn/15/09-17).

Su manera de actuar

Cristo no vino a establecer un nuevo poder, suscitó, por el


contrario, el nacimiento de una nueva vida, una vida que ya no se deje
vencer por nadie, ni sofocar por nadie. No vino a reemplazar la iniciativa
personal y colectiva de los hombres; creó un nuevo pueblo, fermento y
avanzadilla para el mundo entero. Este es el sentido con el que
podemos entender hoy aquella frase suya: «Yo he venido a traer fuego
a la tierra, y cómo me gustaría que ya estuviera ardiendo» (/Lc/12/49).

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS


DE NAZARET COLECCIÓN ALCANCE, 7. SAL
TERRAE. SANTANDER-1979 .Pág. 88
La «Buena Noticia»

Jesús anuncia una Buena Noticia: los pobres, los hambrientos, las
gentes de corazón transparente, los constructores de la paz, los
disponibles, pueden considerarse felices (Mt 5,1): de ellos es el Reino,
un tesoro (Mt 13,44), una perla preciosa ofrecida a todos (Mt 13,45); la
semilla da el ciento por uno (Mt 13,8), la abundante cosecha requiere
muchos obreros (Mt 9, 37); la minúscula semilla se ha convertido en un
árbol gigantesco (Mt 13, 31; el tiempo ha llegado a su plenitud: el Reino
está ahí. Felices quienes han elegido la mejor parte, como María la
hermana de Marta, que lo dejó todo para acoger la Buena Noticia (Lc
10.38).

Algo nuevo ha sucedido; algo que jamás había sucedido en los


tiempos anteriores; es una pieza de paño nuevo que no se puede pegar
a un vestido viejo (Mc 2,21); es un vino nuevo que hay que meter en
odres nuevos (Mc 2, 22). Jesús puede poner en circulación reglas
nuevas: «Pero yo os digo....» (Mt 5, 22). Inútil hacer del pasado el punto
de referencia; con sola su presencia Jesús cambia el viejo mundo; hay
que discernir los signos de los tiempos nuevos, como se lee en el
crepúsculo qué tiempo hará mañana (Mt 16, 2).

Es un mensaje destinado al mayor número posible de gente: hay


que proclamarlo desde los tejados (Mt 10, 27). Quienes lo escuchan
están llamados a ser, desde ese mismo momento, la sal de la tierra (Mt
5, 13), la luz del mundo (Mt 5, 14); los que entran en el movimiento del
Reino son una ciudad iluminada, situada en la cima de una montaña
(Mt 5, 15); su vida es una luz para todos los hombres. Jesús manifiesta
y hace experimentar que su palabra, cuando es aceptada, es
resurrección y vida propuestas para toda la humanidad (Jn 11, 25): su
pretensión es de carácter universal.

Este es el mensaje portador de felicidad: un amor inmenso habita


el mundo de los hombres, el amor del Padre; inútil irse lejos para
encontrar a Dios: el Padre está cerca de cada uno de nosotros. El
Padre conoce nuestras necesidades, ¿por qué inquietarse y tener
miedo? (Mt 7, 7-11). Anda errante buscándonos a todos, como el padre
que espera el retorno del hijo perdido (Lc 15, 20), como el pastor que
se echa al campo en busca de la oveja extraviada (Lc 15, 3). El Padre
trabaja en este mundo y Jesús también (Jn 5, 17). Como un buen
amigo, está presto para dar a todos lo necesario para su vida (Lc 11,
5); contrata para su viña a cuantos están en paro (Mt 20, 1); que nadie
se quede fuera (Lc 14, 16-24): todo el mundo está invitado, perdonado,
acogido de antemano, reestructurado en su dignidad: puede volver a
ser capaz de vivir realmente.

Dios da gratis a todos y cada uno la posibilidad de vivir una vida


nueva, de construir un mundo nuevo; al hombre le queda responder
con la misma gratuidad (Mc 4, 24).

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS DE


NAZARET COLECCIÓN ALCANCE, 7. SAL
TERRAE SANTANDER-1979.Págs. 91 ss.)

EL PROYECTO DE JESÚS

1. ¿Qué quería?

DESCRIPCIÓN

Para describir lo que quería Jesús hay que apoyarse a la vez en


sus palabras y en sus actitudes, en aquello por lo que optó y en lo que
rechazó. En este punto, más que en los demás, las primeras
comunidades han retenido, subrayado y coloreado según sus
necesidades, lo que ellas captaban del proyecto de Jesús: tendremos
que mantenernos atentos a esta observación.

-Reunir a todos los hombres en el movimiento del Reino Jesús


toma los medios más adecuados para reunir al mayor número posible
de personas en el movimiento del Reino: proclama por todas partes la
Buena Noticia 1, se dirige a las multitudes y no a un grupo de iniciados
2, quiere incidir en todas las categorías de su época; nadie queda
excluido de su llamada a reunirse; más aún, El mismo se desplaza para
llegar hasta los más maltratados, los que sufren bajo el peso de la vida
o de sus pecados 3 y para lograr que también ellos entren en la reunión;
dirige su invitación a los individuos que encuentra, pero también a las
ciudades y pueblos tomados en conjunto y se extraña de su respuesta
negativa 4. Manifiesta, sin embargo, una paciencia a toda prueba y
alienta a sus discípulos para que hagan lo mismo cuando les cuenta,
por ejemplo la parábola del trigo y la cizaña 5 o la de la higuera estéril
6: antes de pronunciar un juicio definitivo hay que tener una enorme
paciencia.
Siempre con un mismo anhelo: expresarse de manera que todos
puedan comprender; por eso las parábolas están sacadas, todas ellas,
de la vida cotidiana. Habla también por sus actos: curaciones y perdón
hacen libre a la gente para que puedan unirse al Reino. La invitación
está lanzada a todos los vientos, no se pueden diferir las decisiones
para mañana: palabras incisivas, actos provocadores, todo incita a
tomar partido ahora mismo. Esperando no se sabe a qué, en vez de
decidirse, se corre el peligro de quedar fuera de la gran asamblea, fuera
de la vida nueva ofrecida a todos.

Por lo demás, este Reino es algo hecho de antemano: no es un


lugar en el que estar, ni una recompensa que se puede ganar. Jesús
rehúsa ser rey a la manera de los hombres 7; desconfía cuando se
pretende dar al Reino contornos demasiado precisos en el espacio y
en el tiempo 8: su Reino no es de este mundo 9. Jesús subraya la idea
de que el Reino es una realidad que hay que acoger; y a partir de ese
momento un nuevo universo podrá construirse, pero habrá que romper
con muchos egoísmos y superar muchos obstáculos para realizarlo.
Por eso Jesús tiene conciencia de que su mensaje de unidad no traerá
necesariamente la paz 10.

-Iniciar los últimos tiempos de la humanidad

Al incitar a reunirse en el Reino, Jesús declara que con El se


inaugura un período nuevo de la humanidad: «los últimos tiempos».
Los testigos entendieron estas palabras como el anuncio de un final
muy cercano: esperaban el advenimiento del mundo nuevo en aquella
misma generación o en la siguiente 11, pero de hecho no sucedió como
lo esperaban. ¿Que pasaba? Aparte de algunas alusiones poco claras
durante la vida de Jesús, los Evangelios colocan estos anuncios en los
últimos días de la vida de Jesús, en la época de sus más vivas
discusiones con sus enemigos; se presentan, pues, como palabras de
esperanza dirigidas a los discípulos 12. Evocan un cataclismo que
afectará a todo el universo y que traerá consigo el establecimiento
definitivo del Reino y la «vuelta» de Cristo triunfante entre los suyos.
Estos «anuncios» requieren en el lector un particular esfuerzo de
comprensión: tras las palabras hay un mensaje más profundo 13 que
hay que descubrir.

El sol y la luna se oscurecerán, las estrellas caerán, terremotos,


guerras, hambres desolarán la tierra: es una manera habitual de
expresarse en el pueblo judío de aquella época para manifestar su
convencimiento de que Dios interviene en el mundo y que Dios es tan
grande que su intervención provoca necesariamente un trastorno
universal. Muchos libros intentan describirlo. Jesús no hace más que
usar las imágenes usuales entre las gentes cuando quieren decir que
Dios les va a visitar y a traer la renovación total; y que esto sucederá
con toda certeza.

Toda la historia de los hombres puede entenderse a esta luz.


Cuando todo quede transformado se verá claramente quién es la
fuente de tal renovación: Cristo volverá habiendo reunido todo en torno
a sí.

Por extrañas que hoy nos puedan parecer estas «predicciones»,


esclarecen diversos aspectos de lo que pretendía Cristo. En primer
lugar, aparece claro que Jesús no propone a cada hombre como final
un «cielo» como un lugar que cada uno alcanza individualmente tras
su muerte. Su perspectiva es distinta: es, en primera instancia,
colectiva, orientada a la construcción del universo nuevo de Dios en el
que todos podrán, por fin, alcanzar su desarrollo integral, los unos
mediante los otros. Existe ya la posibilidad de trabajar en esa dirección
porque el Espíritu de Dios ha penetrado el mundo de los hombres.
Desde ahora se puede y se debe adoptar los nuevos modos de vivir
propios del Reino.

En ese trabajo, el Reino está como en germen y jamás se le puede


identificar con una determinada realización humana: está más allá de
nuestros más bellos proyectos: aun éstos tienen siempre necesidad de
salvación. Y la historia nos lo demuestra hasta la evidencia: ¡cuántos
crímenes cometidos en nombre de los más bellos ideales! Finalmente,
estos textos nos dicen que la victoria de toda la humanidad es segura,
tanto a nivel de cada hombre como a nivel del universo en su conjunto.
La muerte puede inducir a pensar momentáneamente que la victoria es
del mal; pero de hecho, si se la vive como lo hizo Jesús, es la ocasión
de manifestar la plena confianza en el Padre que es fiel y que conoce
los caminos que nos llevarán a todos a una vida nueva.

Los primeros testigos

captaron esta perspectiva con una mentalidad fixista: para ellos las
realidades del mundo eran inmutables. Para que se diera una
transformación era necesario que se produjera un cataclismo radical
que hiciera explotar a todo el conjunto: y así lo describen. La
destrucción de Jerusalén el año 70, tras la insurrección de los judíos,
fue para algunos la señal de que aquello estaba ya próximo, para otros
la señal fue la persecución que empezaron a sufrir los cristianos.

Hoy tenemos otra mentalidad: y necesariamente el proyecto de


Cristo se nos presenta de un modo diferente. Hoy, y cada vez más,
sabemos que los hombres pueden construir su destino; sabemos que
todo tiene una causa y que podemos actuar sobre esas causas.
Certezas científicas y técnicas nos dan la seguridad de que podemos
transformar este mundo. La «vuelta» de Cristo no se nos presenta
como algo que hay que esperar pasivamente, sino como la meta a la
que se orienta el trabajo por la construcción de una humanidad nueva.
Construiremos el Cuerpo de Cristo, anhelaremos su retorno trabajando
cada día en el alumbramiento del universo nuevo de Dios.

-Organizar el nuevo pueblo de Dios

Jesús quiso desde el comienzo organizar en una comunidad viva


a quienes se quisieran poner al servicio de este gran proyecto: no se
conformó simplemente con que éste o aquél le siguieran
individualmente; él mismo eligió discípulos y les invitó a seguirle. Lucas
cuenta cómo les lanzó esta llamada tras una pesca sobreabundante
14: Jesús les había facilitado aquella pesca extraordinaria y les
propuso seguir aquel trabajo, pero con hombres y no con peces: reunir
a los hombres en el movimiento del Reino será una «pesca» mucho
más interesante y abundante. Entonces empieza a formarles para la
acción, confiándoles tareas muy concretas: proclamar la Buena Noticia
en otros pueblos y ciudades, curar y hacer retroceder al espíritu del mal
15; en una palabra: extender su propia acción 16. Al comienzo Jesús
les envía nada más a los judíos 7, pero después de la resurrección les
abre la perspectiva de una misión universal: «id, enseñad a todas las
naciones...» 18.

Entre todos ellos distingue a los Doce: serán los cimientos del
nuevo pueblo de Dios 19: su papel será el de conducirle como lo hacía
El mismo, es decir, siendo los servidores de todos 20. Jesús dedica
tiempo a darles explicaciones; vive comunitariamente con ellos y se
sirve de los pequeños acontecimientos cotidianos para formarles en
ese espíritu de servicio. Cambia a Simón el nombre y le da el papel de
«roca» 21: deberá ser cimiento sólido y firme para sus hermanos 22,
será la piedra sobre la que se asiente su «Iglesia» que reunirá a
quienes respondan a la invitación misionera del Reino.

En la última cena que tomaron juntos, después de darles a


compartir el pan y el vino, su Cuerpo y su Sangre, les manda hacer
aquello en memoria suya 23. Ciertamente quería que renovaran
aquellos gestos y aquellas palabras, pero sobre todo que renovaran lo
que significaban: dad también vosotros vuestro cuerpo, verted vuestra
sangre, no escatiméis vuestro sufrimiento por la vida del mundo 24.
Con todos sus gestos, con todas sus palabras, Jesús pone los
fundamentos de un pueblo nuevo, con elementos de organización y
señales de identificación. Pero aquella comunidad no tomó verdadera
consistencia hasta el día en que los discípulos experimentaron que el
Espíritu de Jesús habitaba en ellos: habían recibido el aliento, la fuerza
y el fuego de los que vivía Jesús. Sumergidos en este Espíritu,
renovados desde el interior, fueron entrando cada vez más a fondo en
el proyecto de Jesús: y consagraron toda su existencia a comunicar y
llevar a todos la buena Noticia. Sabían que todo había quedado en sus
manos. Todavía hoy este impulso hacia el Reino es lo único que puede
sostener a la Iglesia.

PARA SEGUIR REFLEXIONANDO

Jesús fue juzgado y condenado a muerte: durante su proceso se


le acusó de muchas cosas: ¿quería ser el Mesías, el rey de los judíos?
Fue el motivo de la condena de Pilato, que mandó se pusiera en la
cruz: «Jesús de Nazaret, el rey de los judíos» 25. ¿Quería Jesús
presentarse como el Hijo de Dios? La respuesta que El mismo dio a
esta pregunta encolerizó al tribunal judío y le encaminó a la muerte 26.

¿Quería destruir el templo como manifestaron algunos testigos


poco dignos de crédito? 27. Vamos a intentar responder a estas
cuestiones y así podremos conocer mejor el proyecto de Jesús.

-¿El salvador supremo?

¿Quería que le reconocieran como el Mesías, como el rey de los


judíos? Es decir, ¿quería identificarse con la esperanza de un Mesías-
Rey que venciera a los romanos invasores y formara un reino judío?
28; en el mejor de los casos los demás pueblos serían invitados a
integrarse en él, si adoptaban las prácticas judías.

Cuando anuncia la absoluta proximidad del Reino de Dios, Jesús


se expone al peligro de que se le entienda en esa clave: ajusta su paso
a la esperanza inquieta de todo el pueblo. Pero lo hace de un modo
extraño: en primer lugar, no se afirma claramente como el Mesías:
cuando alguien lo proclama ante El, le exige silencio 29; jamás da alas
al nacionalismo judío; trata, por el contrario, con gentes sospechosas
como los samaritanos 30; reclama amor para los enemigos 31.
Además, en vez de apoyarse en las fuerzas sanas de la nación, en los
que han dado pruebas de su fidelidad a la causa de Dios como los
fariseos, los zelotas y otros grupos fervorosos, va en busca de los
ignorantes, de los pecadores 32, de gentes en connivencia con los
ocupadores 33; ¡curiosos métodos, en verdad, para instaurar el Reino
puro y exigente en que se soñaba!

Jesús muestra con claridad que se trata de otra cosa: reducir su


Reino a la dimensión política, a un pueblo, a una categoría de
personas, es lo contrario de lo que El quiere. Quiere un mundo en el
que Dios con toda su potencia de vida y amor, pueda hacerse cercano
a todos; pretende que una sangre nueva riegue toda la realidad entera
para darla nueva vida 34. El Reino de Dios es Dios hecho vida de los
hombres; es el punto final a un mundo insensato: los oprimidos
liberados 35, los pecadores perdonados 36, el sufrimiento eliminado
37, se acabó la muerte 38, ya sólo queda una permanente resurrección,
nuevas relaciones entre los hombres, se acabaron los primeros y los
últimos 39, los amos y los esclavos 40, sólo compartir, hacer fiesta,
tener una alegría exultante 41. Jesús quiere lograr que todos estén
disponibles para acoger esta novedad del Reino 42. El Reino de Dios,
lejos de ser dimisión de la necesidad de crear un pueblo humano,
dejándolo todo en manos de un Mesias-Rey, justo y bueno del que se
pueda esperar todo, es una llamada a construirle, llamada dirigida a
cada persona, a cada grupo humano, a cada ciudad. Que ante el amor
del Padre que se muestra tan cercano, cada cual invente un «sí»
portador de un amor que le renueve por completo, a él y al mundo del
que cada uno es responsable.

-¿Hijo de Dios?

¿Quería que se le reconociera como Hijo de Dios? Muchos en


aquella época pretendían que este título correspondiera sólo al
Emperador de Roma. La mayor parte de las veces consistía nada más
en que el tal emperador imponía su voluntad sin explicaciones, exigía
señales de respeto, de veneración y adoración verdaderamente
humillantes. A eso se añadían, por supuesto, buenas ofrendas y
regalos de todo tipo, plata, oro. La llegada de este «Hijo de Dios»
señalaba, se decía, el comienzo de una edad de oro, cosa que era muy
verdadera sobre todo para él, claro está.

Estos modos de proceder eran insoportables para la mentalidad


judía: para ellos Dios era el Totalmente-Otro: nadie podía arrogarse su
representación 43. Jesús, perdonando los pecados 44, estableciendo
reglas distintas a las de la Ley de Moisés 45, se mete en el terreno
reservado a Dios. Sin embargo, no se vislumbra en El señal alguna de
explotación y de dominio 46: reconocer que Jesús es Dios no consiste
en curvarse bajo la ley, sino en acoger el poder divino para renovar,
para ponerse en pie y vivir en plenitud 47. En Jesús muere la imagen
de un Dios cuyo poder consistiría en aplastar al hombre. Jesús nos da
a conocer a un Dios, amigo de los hombres, que goza viendo liberarse
a la humanidad 48 y que pone a disposición de todos su Espíritu para
que puedan desarrollarse plenamente y puedan convertirse, también
ellos, en hijos de Dios. Dios no necesita esclavos que estén de rodillas
ante El, Dios quiere encontrar ante El personas con las que pueda
entablar un diálogo de amor. Para Jesús ser Hijo de Dios no es cubrirse
de privilegios, sino trabajar por animar a todos a convertirse, con El, en
hijos de Dios.

-¿Destruir o construir?

¿Quería, en fin, destruir el templo 49 y todo lo que significaba?


Algunos testigos levantaron su voz en el proceso de Jesús, para
manifestar esta acusación: sabiendo lo que representaba el templo
como poder económico, político y religioso, no nos puede extrañar que
la gente espigara cuidadosamente las palabras y actitudes de Jesús
referentes al tema.

Cuando Jesús arrojó a los mercaderes del templo proclamó que


se convertiría en casa de oración para todas las naciones, dijo algunas
palabras ambiguas: El podía reconstruir en tres días aquel templo, y
daba con ello argumentos a sus adversarios. Pero la cuestión era otra
bien distinta: para El destruir o reformar el orden antiguo no significaba
nada. El venía a crear novedad 50.

Por eso desde el comienzo establece las bases de una nueva


manera de reunirse; cuando escoge a sus discípulos, no asume nada
de la antigua estructura religiosa: entre los Doce no hay sacerdotes,
todos son gente común y corriente 51. No son hombres del culto, sino
enviados en misión y llamados a dar su vida 52. Son los cimientos de
una comunidad fundada sobre la llamada permanente de Dios y sobre
la libre respuesta de cada uno. Ni ellos ni la comunidad nueva tienen
privilegios que reclamar: ellos y ella están al servicio del Reino, como
Cristo que lava los pies a los suyos como un esclavo 53. Su papel será
el de preparar a toda la humanidad para que sea capaz de recibir la
renovación. Se pasaba de una comunidad formada por la pertenencia
social, y vuelta sobre su pasado, «los hijos de Abrahán», a una
comunidad abierta, de libre elección y vuelta hacia el mundo entero y
hacia el futuro del Reino 54.

Revelar a Alguien

¿Qué resultados quería obtener Jesús? No es fácil responder,


pues Jesús no se expresó claramente sobre esta cuestión. Pero eso
mismo nos da ya una pista.
Jesús no vino a darnos un catálogo de respuestas prefabricadas.
Al contrario: en la narración de las tentaciones vemos que rechaza la
imagen de un Dios que dispensa al hombre de buscar, de crear y de
vivir. Todo en El es llamada a la responsabilidad, a la creatividad
colectiva y a la liberación.

Jesús quiere que los hombres vivan con mayor plenitud; quiere
que el mundo sea más humano. Para ello nos sitúa ante su Padre; nos
enseña que el secreto de este mundo está en una Persona, en un Amor
55. Toda esta masa de átomos, estas constelaciones innumerables,
estas especies infinitas de animales y de plantas, estos miles de
millones de rostros humanos que ya vivieron o vivirán, todo esto no
tiene más que una explicación: el Amor; quien se adhiera libre y
voluntariamente a ese Amor encontrará la alegría perfecta 56. El
proyecto de Cristo es poner a cada hombre, a cada grupo humano, a
cada generación, en presencia de este «Padre» de forma que juntos
puedan inventar un Mundo Nuevo. Cuando los hombres colectiva y
libremente, digan sí a este Amor, la creación entera estallará de alegría
57. Para acelerar esta reconciliación que transformará las gentes y las
cosas, Jesús anuncia el Reino y simultáneamente funda la comunidad
de los convocados: tal es el sentido de la palabra «Iglesia»:
convocados y enviados en misión de reconciliación universal 58.

Con las palabras y a través de las realidades de su tiempo, Jesús


levanta el velo del plan de Dios. Las primeras comunidades fueron
profundizando su mensaje: encontramos las huellas en los Evangelios.

Sobre todo Pablo y sus compañeros se esforzaron en comprender


el proyecto que Jesús quiso revelarnos: sus cartas testimonian sus
profundas reflexiones al respecto. También hoy los hombres estamos
invitados a profundizar en el plan de Dios en función de las realidades
actuales invitados a crear colectivamente las condiciones precisas para
su realización, invitados a vivir, ya ahora, de la esperanza de su éxito.

ALGUNOS PUNTOS CONCRETOS

Socialismo y Evangelio

Los trabajadores se enfrentan hoy con nuevas cuestiones; la clase


obrera ha ido forjando poco a poco su concepción de la sociedad; la
denomina socialismo, nombre que engloba datos comunes y diferentes
según las diversas corrientes del movimiento obrero. Supuesto esto,
los creyentes se preguntan con todo derecho, si existen lazos de unión
entre ese proyecto de sociedad y la esperanza admirable del Reino.
Para evitar simplificaciones hemos de comenzar afirmando que los
Evangelios no pueden pronunciarse acerca de una cosmovisión
elaborada dos mil años más tarde. Es una ingenuidad querer deducir
el socialismo de lo que nos transmiten los Evangelios, o si no, una
tentativa recuperacionista. Son varios los textos de obreros creyentes,
organizados en movimientos, que toman claramente postura acerca de
este punto. «Presentar un proyecto de organización de la sociedad
como la puesta en práctica del Evangelio es un bloqueo político-
religioso que nosotros rechazamos» 59.

«La fe no nos dice nada sobre la sociedad que hemos de construir,


ni sobre el modo de llegar a ella. La fe no se puede poner al nivel de
una ideología; no existe un proyecto de sociedad cristiana» 60.

«Existe la tentación de querer poner a Dios «de nuestra parte»; la


fe va más allá de nuestros proyectos humanos» 61.

En este mismo sentido, los trabajadores cristianos no quieren


enuclear proyectos socialistas propios. En las organizaciones del
movimiento obrero elaboran con los demás trabajadores su concepción
de la sociedad y los medios que hay que poner en práctica para llegar
a ella. Cuando se reúnen como cristianos no es para reintroducir en
aquellos proyectos principios cristianos, sino para descubrir los signos
de Dios: «Nosotros no añadimos nada a lo que viven los trabajadores,
no hacemos más que leer las señales de Quien nos precede en medio
de ellos; no hacemos más que descubrir su iniciativa a la luz de la
Palabra de Dios» 62.

Liberados de las pistas falsas, pueden ya situarse ante algunas


convicciones positivas: «Dios se manifiesta en los asuntos de los
hombres, en todos ellos recordemos que es ahí donde debemos
encontrarle» 63. Esta búsqueda es un deber y una exigencia para todo
creyente; no hay que extrañarse de que «en sus esfuerzos por crear
una sociedad socialista, los hombres y la mujeres de la clase obrera
anden a tientas en su experiencia de encuentro con el Señor» 64.

«Constatamos algunas consonancias entre los esfuerzos de


liberación de la clase obrera y la Buena Noticia que Dios nos revela y
a la que damos nuestra cordial adhesión» 65.

Todos esos esfuerzos no son solamente ocasión de un


descubrimiento de Dios vivo, sino que construyen algo del Reino de
Dios: «Creemos que al interior del dinamismo liberador de la acción
obrera, los trabajadores están en marcha hacia la Iglesia y construyen
el Reino» 66. «La acción que se realiza por la participación activa de
los trabajadores, les ayuda a entrar en el plan de Salvación de Dios»
67.

«Mediante esa acción, efectivamente, los trabajadores caminan


hacia su liberación y se transforman en un pueblo» 68. A través de esa
empresa colectiva que intenta el nacimiento de una sociedad nueva,
estamos seguros de que se viven ya algunos elementos importantes
del proyecto del Reino. Porque «estamos llamados a cambiar el mundo
de forma que se haga conforme a la alianza que Dios ha propuesto a
la humanidad» 69. Cuando se trabaja por un universo nuevo, cuando
no se está satisfecho con el orden social existente, ¿no es verdad que
se está en el camino de aquella «gran reconciliación» que no podrá
lograrse sin que cambie el mundo? Sin embargo, la propuesta de Dios
no se agota con la puesta en existencia de una sociedad socialista. En
primer lugar, porque «sabemos que los resultados que obtenemos
mediante nuestra lucha son limitados. No hay revolución, no hay
sistema económico, político o social que pueda resolver el misterio de
la muerte» 70.

«La Biblia lanza un constante desafío al statu quo, porque invita a


los creyentes -aunque estén, y deben estarlo, plenamente
comprometidos en la construcción del mundo- a poner en tela de juicio
cualquier tipo de sistema... La esperanza no deja de cuestionar a
nuestras realizaciones, porque se fundamenta en una promesa que
supera los límites de nuestros proyectos humanos» 71. Cuando
constatamos que el socialismo es una construcción humana, cuando
rehusamos hacer de él una palabra mágica, no nos desolidarizamos,
sino que es nuestra ocasión de tomarlo más en serio para mejorar
continuamente los análisis de situación y sus perspectivas de
realización.

Constatamos que los Evangelios nos invitan a la iniciativa: este


dinamismo, aunque no entre en concurrencia con el compromiso en la
realidad humana, ha de tener sus propias manifestaciones. «Los
motivos humanos que impulsan a los jóvenes trabajadores
comprometidos en la lucha, adquieren una riqueza suplementaria
cuando esos jóvenes saben que el amor al prójimo que comparten en
la lucha se identifica con el amor de Dios» 72. Hacer posible que los
jóvenes trabajadores descubran al Dios vivo, para que su vida quede
iluminada por El, requiere inventiva y trabajo de búsqueda». ¿Nos sería
lícito guardar para nosotros solos la gran noticia del amor de Dios y de
la Salvación en Jesucristo? 73.

«Estoy seguro de encontrar a Dios en el fondo de las


reivindicaciones de justicia absoluta, aun cuando se crean materialistas
y ateas. Los verdaderos creyentes son los obreros que quieren abolir
la explotación del hombre por el hombre, y además el odio de unos
hombres a otros, de una raza a otra, de una nación a otra, todos los
odios, y quieren crear una sociedad que todavía no existe... Algo saldrá
de esta pasión de la humanidad, que será más grande que la misma
humanidad y en la ardiente nube de la humanidad relampagueará la
luz divina 74.

1. Mc 1,36-39; 3,7-8. 30. Jn 4,1-42.


2. Mc 2,7-10; 3,21. 31. Mt 5,44-45.
3. Mt 11,28-30. 32. Lc 19,1-10.
4. Lc 10,13-16; Mt 23,37-39. 33. Mt 9,9-13.
5. Mt 13,24-30. 34. Mt 26,28.
6. Lc 13,6-9. 35. Lc 4,18-19.
7. Jn 6,15. 36. Jn 81-10.
8. Lc 17,22-37. 37. Jn 5,9.
9. Jn 18,36. 38. Mc 5,39-42. 10. Lc 12,51. 39. Lc 13,30; Lc 14,7-
11 11. Mc 13,30-31. 40. Mt 23,8.
12. Mc 13; Lc 21; Mt 24,141. 41. Mt 22,2.
13. Mc 13,14. 42. Lc 13,10-17.
14. Lc 5,1-11. 43. Jn 5,18. 15. Mc 6,12-13. 44. Mc 2,7. 16. Lc 9,14.
45. Mt 5,21. 17. Mt 10,5-6. 46. Jn 13,13. 18. Mt 28,18-20. 47. Jn 10,10.
19. Mc 3,16. 48. Lc 10,17-22.
20. Mc 10,42. 49. Jn 2,18-22.
21. Mt 16,18. 50. Mc 2,20-22.
22. Lc 22,32. 51. Hech 4,13-14.
23. Lc 22,19. 52. Jn 15,16-20.
24. Jn 1315. 53. Jn 13,15. 25. Jn 1819. 54. Mt 8,10-12. 26. Mt
26,63-64. 55. Jn 17,1.
27. Mt 26,61-62. 56. Jn 15,15-17.
28. Le 24,21; Mt 20,21; Hech 1,6. 57. Jn 16,20-23. 29. Mc 3,11-12.
58. Colosenses 1,20-21.
................... .......................
59. Testimonio ACO, n. 251, nov. 1976.
60. Orientaciones del 52 Congreso Nacional Joc-nov. 1976.
61. Orientaciones del 47 Consejo Nacional Joc-julio 1972.
62. Orientaciones ACO, mayo 1974.
63. Orientación Moral ACO-mayo 1974.
64. Ibidem.
65. Orientaciones ACO, mayo 1974.
66. Orientaciones Jocf, julio 1972.
67. Chercheurs de Dieu, p. 38.
68. Ibidem, pg. 96.
69. Orientaciones ACO, mayo 1974.
70. Orientaciones Joc-noviembre 1976.
71. Ibidem.
72. Ibidem.
73. Chercheurs de Dieu, p. 77.

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS


DE NAZARET COLECCIÓN ALCANCE, 7. SAL
TERRAE SANTANDER-1979 .Págs. 109-125

La oración de Jesús

En la investigación que estamos haciendo del proyecto de Jesús,


¿no prestamos ninguna atención a su oración? La oración expresa
frecuentemente los deseos y las esperanzas más profundas de los
hombres. La oración que Jesús enseñó y confió a sus discípulos
resume perfectamente lo esencial de su testimonio. Así nos la dejó el
Evangelio de Mateo: «Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en
la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy; y perdónanos nuestras


deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos
dejes caer en tentación, más líbranos del Mal.» /Mt/06/09-13.

Bueno será recordar que los judíos acostumbraban a empezar por


lo que hoy más bien pondríamos como conclusión. Por eso para
comprender mejor esta oración, seguramente nos ayudará a intentar
leerla al revés.

Líbranos del Mal...

Lo primero que existe en Dios es un proyecto de liberación: librar


del mal, es decir, de las raíces del mal, a todo hombre y a toda la
realidad. Jesús vivió ese proyecto a todo lo largo de su aventura: todas
sus acciones se orientaron a liberar a las personas que se encontraba,
del mal físico, moral y social que las tenía encadenadas; por donde El
pasaba surgían hombres nuevos.

No nos dejes caer en tentación...

Es seguro que esta liberación choca con la oposición que se


manifiesta ante cualquier cambio: las personas situadas no ven bien
que se ponga mucha atención en lo que no funciona en el orden
establecido, y que alguien se proponga transformarlo. Ante esas
dificultades son grandes las tentaciones de abandonar la tarea y de
encadenarse de nuevo a los poderes del mal: Jesús rechazó y venció
todas esas tentaciones.

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a


nuestros deudores...

También en cada uno de nosotros existen los obstáculos; si uno


está dominado por los cálculos y por las deudas, si uno se dedica a
contabilizar sus esfuerzos, a compararse con los demás, a reprocharse
su mediocridad, ¿cómo podrá vivir libre? El proyecto de Dios es el del
año «santo»: se perdonan las deudas de una vez por todas y entre
todos. En adelante otro sistema entra en vigor, el de la gratuidad, el del
regalo generoso, el de la alegría compartida.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy...

Esta liberación total necesita alimentarse cotidianamente para


estar fuerte. Como aquel famoso día de Galilea, como la tarde de su
última cena, Jesús quiere alimentar a su pueblo. Ante el inmenso
trabajo que tiene por delante el hombre necesita fuerza a todos los
niveles: físico, moral, social. Necesita pan, amistad, solidaridad
compartida; necesita el dinamismo liberador de Dios, necesita una
sobrealimentación: Dios mismo se hace alimento del hombre.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo; venga tu


Reino; santificado sea tu nombre, ¡Padre nuestro!...

Cuando los hombres se comprometen en ese trabajo de


renovación, ponen en evidencia lo que Dios quiere para todo el
universo, y el Reino y Reinado de Dios se encuentran en vías de
realización. Todo bulle, todo cambia y entonces Aquel que es el
manantial de aquella inmensa transformación puede darse a conocer,
su nombre puede ser reconocido y aclamado, es el liberador de los
hombres, el Dios que da vida, el Padre, el Amor.

Llegados a este punto, habiendo descubierto el plan de Amor de


Dios a los hombres y su rostro de Padre, ¿por qué no responder a la
llamada de Jesús?, ¿por qué no repetir con El esta oración cuyo
contenido El vivió entre los hombres, para adherirnos más plenamente
a este proyecto de renovar el mundo y revelar el verdadero rostro de
Dios? «Que vuestra luz brille ante los hombres y que viendo vuestro
trabajo por el bien, reconozcan a Dios, vuestro Padre» (Mt 5, 16).
ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS DE
NAZARET COLECCION ALCANCE, 7 SAL
TERRAE. SANTANDER-1979.Págs. 125-127

PERSONALIDAD DE JESÚS

¿Quién era Jesús? ¿Quién es Jesús?

Sería muy seductor ponerse a hablar de Jesús de manera distinta


a como lo hacen los Evangelios; decir de El: es el mayor de los genios,
el mayor de los educadores, etc. pero sería lo más opuesto a la imagen
que El dio de sí mismo. Puestos a buscar en El las cualidades-tipo
haríamos de El el personaje ideal, el Hombre, con mayúscula. Pero los
Evangelios nos testimonian que se trataba de una personalidad muy
concreta, de la que se pueden diseñar algunos trazos antes de
expresar la profundidad de lo que los testigos captaron 1.

Una «autoridad»

Lo que más les impresionó de Jesús es la autoridad que


transparentaba a través de lo que decía y hacía: los testigos lo
testimonian varias veces. No necesitaba pruebas para apoyar sus
palabras, le bastaba con afirmar: «Yo os digo....». En lo tocante a su
misión, dirige a las personas con quienes trata invitaciones vigorosas:
dejar sus riquezas, abandonar a sus seres queridos; invitación breve y
frecuentemente sin explicación alguna: «Sígueme», y algunos lo dejan
todo para seguirle 2. Pero su autoridad no es de esas que machacan,
sino que, al contrario, da la posibilidad a cada cual de aclararse él
mismo y de liberarse 3: cada cual descubre en el encuentro con Jesús
la calidad de su propio espíritu; nadie puede quedar indiferente: hay
que tomar partido a favor o en contra de Jesús 4. Su autoridad no está
basada en una función o en una situación oficial: Jesús no reivindica
ningún título y con frecuencia tiene como compañero el menosprecio,
«ese galileo» 5; ¿puede salir algo bueno de aquella provincia
retrasada? 6. Su autoridad se basa en la calidad interior de su
personalidad: está seguro de su misión; sabe de dónde viene y adónde
va 7, aun cuando tenga que ir descubriendo el camino a seguir entre
esos dos puntos.

Su vida está por completo dedicada a su misión, lo que da carácter


absoluto a lo que hace y a lo que es; esa capacidad suya de entrega le
sitúa en una inmensa libertad en relación con todos los
convencionalismos. Incluso sus adversarios lo subrayan: «Sabemos
que eres sincero y que enseñas con sinceridad el camino de Dios, sin
preocuparte de esto o aquello, porque no haces acepción de personas»
8.

El episodio del soldado romano resume perfectamente la


impresión que hizo a sus contemporáneos 9. Aquel militar tenía un
enfermo en su familia, y hace a Jesús esta petición: «Di solamente una
palabra y mi criado sanará», y traduce su confianza en Jesús según su
modo de hablar de soldado: una orden breve y concreta basta para que
un subordinado ejecute una orden; se le dice vete y va, ven y viene; a
Ti, Jesús, te basta también una sola palabra para que la enfermedad
te obedezca. Jesús pone entonces de relieve la fe de aquel hombre:
«Que te suceda como has creído». Queda así expresado todo el modo
de actuar de Jesús: autoridad en su manera de ser, discreción sobre
su persona; no hay necesidad de afirmarse, ni de decir muchas cosas
sobre uno mismo; sus actos hablan suficientemente de El. La autoridad
y libertad que manifiesta ante todo tipo de reglas hace que surjan las
preguntas sobre El mismo: «¿Quién es éste que actúa de este modo?»
10 y tanto más cuanto que sigue viviendo de una manera bien ordinaria;
las gentes se acordaban de aquellos hombres de Dios, de los
«profetas», tan entregados a su tarea que resultaban personas muy
originales, tensas, desmesuradas: Juan mismo era de esa contextura
11. En Jesús no hay nada de eso: su autoridad va emparejada con una
existencia completamente sencilla; esto es lo que llama la atención; su
manera de ser no se corresponde con los esquemas habituales.

Un hombre de relaciones

Jesús es, efectivamente, un hombre de relaciones: le gusta estar


en medio de las gentes del pueblo 12; treinta años de vida ordinaria en
Nazaret, luego unos años por los caminos rodeado de multitudes 13,
siempre dispuesto a compartir la comida y la amistad cuando se le
invitaba 14. Participa de las alegrías y de las penas de los demás.

Se siente profundamente afectado cuando se encuentra con


aquella viuda que va a enterrar a su hijo único 15; siente hambre lo
mismo que la multitud que le acompaña 16; se alegra con sus
discípulos cuando vuelven de la misión 17. Se admira con facilidad y
comparte su alegría con los que están con El: ante las flores de los
campos 18, ante el trabajo de los hombres 19, ante el niño y su
capacidad de acogida 20, ante la fe que manifiestan los paganos 21,
ante la disponibilidad de los sencillos 22; siempre surgen ante El
ocasiones de gozo.
Sufre también con las incomprensiones y a veces hasta el límite
de lo soportable: «¡Generación incrédula y perversa!, ¿hasta cuándo
tendré que soportaros?, ¿hasta cuándo tendré que estar con
vosotros?» 23, Con tristeza y cólera va viendo cómo los fariseos se
cierran cada vez más a sus requerimientos 24; a veces constata con
irritación que incluso sus discípulos le comprenden perfectamente mal;
están embotados para escuchar su mensaje 25.

La amistad ocupa un lugar destacado en su vida; sus discípulos


son, en primer lugar, amigos 26; les considera como su propia familia
27. Y entre ellos tiene amistad más íntima con uno: hay uno que era el
preferido de Jesús 28. Lázaro, Marta y María acogen a Jesús cuando
necesita descansar 29. En el grupo de íntimos hay también mujeres 30:
esto estaba en contra de las costumbres de la época, pero Jesús está
libre de todo prejuicio; ¿qué importa que la samaritana a la que
encontró junto al pozo sea mujer, una herética, una prostituta? Jesús
ve en ella una persona, que como cualquier otra tiene necesidad de la
salvación que viene por el anuncio de la Buena Noticia 31.

Aunque tiene una mayor simpatía por los excluidos y rechazados,


no rehúsa otros contactos; va incluso a casa de sus enemigos; acepta
las invitaciones de los fariseos 32. Recibe también a «notables» que
vienen a verle al caer la tarde 33. Cualquier situación es buena para
recibir a los hombres que ama.

Espontáneamente aparece en El una calidad en sus contactos con


las gentes: ¡qué respeto y qué amistad testimonia incluso a Judas, el
traidor, hasta en los últimos momentos...! 34.

Un realista

Pero Jesús no es un soñador; no se hace ilusiones respecto a los


hombres, es realista, ve el mundo tal cual es, ni mejor, ni peor. Las
parábolas nos ofrecen un cuadro exacto de la sociedad de entonces y
con frecuencia Jesús añade alguna pincelada de humor: los que
ocupan los primeros puestos en los banquetes y tienen que irse delante
de todos hasta los últimos 35, el estafador desenmascarado que
consigue provecho de la situación hasta el final y saca las máximas
ventajas 36, el molesto que golpea la puerta de su vecino en plena
noche 37, el constructor que tiene que dejar la obra a medio hacer 38,
las jóvenes que se duermen y no están en el momento de la boda 39,
el ladrón que se ríe de las cerraduras 40, los guardias nocturnos que
se duermen 41, el accidentado de la carretera que es socorrido por el
extranjero y desatendido por los especialistas de la caridad 42...
Hace referencia también a las condiciones concretas de la
existencia: el pequeño agricultor aplastado por las deudas y a merced
de los acreedores 43, los parados que esperan en la plaza a que
alguien les contrate para la jornada 44, la viuda sin recursos 45, el
sistema de grandes propietarios a los que gestionan sus bienes unos
administradores 46, el juez que sólo se preocupa de los casos que le
reportan beneficios 47; los ricos y los pobres separados por barreras
infranqueables 48...

Valora a los hombres con sus inmensas posibilidades: el


campesino atento a la semilla que crece 49, el pescador que saca los
peces 50, el criado que cumple sus tareas con esmero 51, el
constructor que verifica los cimientos 52, el hijo que aprende el oficio
observando a su padre 53... Subraya la competencia en el trabajo, pero
más todavía la riqueza en los sentimientos: el pastor preocupado por
cada una de sus ovejas 54, el padre deseoso de dar cosas buenas a
sus hijos 55, la mujer que da a luz y olvida todos sus dolores ante la
alegría de ver nacer una vida 56....

Jesús es hombre de sentido común; la mayor parte de las veces


no intenta decir cosas nuevas u originales, sino que recuerda verdades
conocidas por todos; un hombre vale más que un animal: lo que se
hace por un animal, aun en sábado, ¿no lo vamos a hacer por un
hombre? 57. Lo que hace a uno impuro no es lo que come, sino lo que
sale del corazón: palabras injuriosas, envidias, juicios temerarios, etc.
58. Con su lenguaje lleno de imágenes de la vida de todos los días,
Jesús se esfuerza por dar consejos que puedan llevarse a la práctica.
¿Para qué sirve cargar a las gentes con fardos insoportables? 59. Su
carga es ligera 60: con un gran sentido común, Jesús propone a cada
uno el peso de que es capaz en aquel momento. «Dame de beber»,
dice a la samaritana; no la invita de golpe a cambiar de vida
radicalmente; la propone un servicio que puede realizar: El tiene sed y
no puede sacar agua; ella le puede dar agua: este paso tan simple en
apariencia, es el comienzo de una transformación mayor 61.

Un hombre en búsqueda

Como hombre en búsqueda que es, Jesús hierve de iniciativas


para dar con los medios que le permitan cumplir con su misión: explora
procedimientos desde el primer anuncio en Galilea hasta la cruz en
Jerusalén. Su imaginación está siempre en actividad para conducir a
todos a la aceptación de la Buena Noticia 62; jamás piensa que un
hombre, una situación estén definitivamente perdidas 63, cree que
cualquier realidad tiene posibilidad de renovación. No tiene esquemas
prefabricados; con cada uno empieza el camino partiendo del punto en
que se encuentre. Su manera de actuar más frecuente es la de dar la
posibilidad a su interlocutor de que él mismo encuentre la solución;
recordemos cómo procede con el hombre que le pregunta quién es su
prójimo 64. Las parábolas que cuenta le dan ocasión de provocar una
búsqueda: ¿qué quiere decir con aquella historia?; es necesario
ponerse a descubrir el sentido de aquello. Las primeras comunidades
continuaron este trabajo de profundización y al contarnos las palabras
de Jesús añadían lo que ellas mismas habían llegado a comprender en
el contexto nuevo en que vivían aquellos cristianos 65.

En su propia aventura humana, Jesús se mantiene también en


búsqueda: no aplica un programa preestablecido cuyos detalles
estuvieran perfectamente reglamentados: las Escrituras en que ha
profundizado no son un código de circulación 66. Son luz para su vida,
porque esclarecen los acontecimientos que se le presentan y le
cuestionan, porque le dan la posibilidad de descifrar los signos de los
tiempos 67. Frecuentemente los Evangelios nos presentan a un Jesús
atento, en silencio, observando 68: intenta leer en el corazón de los
hombres, en el núcleo central de los acontecimientos y busca cómo ser
fiel a su misión de liberación y de reunión, cómo realizar el encuentro
de Dios y de los hombres que provocará la renovación de toda la
realidad.

Un hombre de oración

Discretamente, Marcos, Mateo y Lucas nos testimonian esta


dimensión de la vida de Jesús, su relación con el «Padre»: es un
hombre de oración, aunque a su manera, sin grandes demostraciones
69. Todos los aspectos de su personalidad quedan impregnados por
ella: ahí está la fuente de su misión, de su convencimiento y de su
entusiasmo: «Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre» 70. El
Evangelio de Juan da gran importancia a este aspecto de la vida de
Jesús: está en diálogo permanente con Alguien: incomprendido por
todos, incluso por sus discípulos, abandonado aun por sus más
íntimos, rechazado por el pueblo que debería haberle acogido, ¿cómo
mantenerse en pie sin «Aquel que está siempre con El? 71. La vida de
Jesús es incomprensible sin ese Otro, sin aquel al que llama «Abba»
72, es decir, «Papá»; inexplicable también la decisión con que se
encamina a la muerte.

Sólo una clara conciencia de su vinculación única con el «Padre»


puede explicar la actitud de Cristo ante los acontecimientos trágicos de
su condena y de su muerte.
Jesús quiso hacer de su existencia un servicio a su Padre y a los
hombres: se comprendió a sí mismo como quien iba a lograr que de
nuevo pasara la corriente de Dios a los hombres y de los hombres a
Dios. En El se realiza una alianza nueva y definitiva, un impulso nuevo
que inserta en el corazón de los hombres la vitalidad de Dios.

Realiza una especie de transfusión que salva al enfermo, al mundo


de los hombres, dando su vida para cumplir la misión recibida del
Padre. Su oración es el espacio en que comulga íntimamente con esa
misión y en el que renueva su acuerdo total con lo que quiere el Padre:
el espacio en que ambos se encuentran en un mismo Espíritu que les
une.

Y PARA VOSOTROS, ¿QUIEN SOY YO?

Estos trazos de la personalidad de Jesús nos revelan quién era en


profundidad. No dijo muchas cosas de sí mismo; no se definió mucho
a sí mismo; dejó que fueran las gentes quienes se hicieran una idea de
El mediante su forma de vida. Su libertad de actitudes, su dominio, su
autoridad, cuestionaban a los demás; se le atribuyeron algunos títulos
para descifrar lo que realmente era: profeta, mesías, rey de los judíos,
hijo de David, hijo del hombre...

Ninguno se le acomodaba a la perfección. Sólo después de la


resurrección se levanta el velo y aparece ante los ojos de los testigos
el rostro verdadero de Cristo.

El «Siervo-sufriente»

Las primeras comunidades investigaron las Escrituras para


intentar comprender a Jesús y su misión: el acontecimiento de la
resurrección necesitaba de una explicación. Colocados ante lo
inesperado, ante lo inaudito, los testigos tenían que intentar
explicárselo; ¿qué significaba esta experiencia de Jesús resucitado? El
mismo Jesús había buscado en las Escrituras el sentido de su vida y
de las opciones que tomaba: siguiendo sus pasos los discípulos
profundizan en algunos textos, en particular en el salmo 22 y en
algunas páginas del profeta Isaías que contienen los llamados
«poemas del Siervo». Escritos quinientos años antes, presentan un
personaje con un destino chocante: «el Siervo sufriente».

He aquí algunos extractos: «Mi Siervo prosperará, será enaltecido,


levantado y ensalzado sobremanera. Así como se asombraron de él
muchos -pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre,
ni su apariencia era humana- tanto se admirarán muchas naciones...,
pues lo que nunca se les contó verán, y lo que nunca oyeron
reconocerán. Creció como raíz en tierra árida; no tenía apariencia, ni
presencia; despreciable y desecho de los hombres, varón de dolores y
sabedor de dolencias. Eran nuestras dolencias las que él llevaba y
nuestros dolores los que soportaba. Ha sido herido por nuestras
rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos
trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Fue arrancado
de la tierra de los vivos, por nuestra rebeldía fue entregado a la
muerte... Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia,
alargará sus días y lo que plazca a Yahvé se cumplirá mediante él. Mi
Siervo justificará a muchos...» 73.

Leyendo estos textos, los testigos descubren más y más el sentido


de la aventura de Jesús: El era este «siervo» que sana a la humanidad
tomando sobre El sus taras, sus enfermedades, sus pecados. De esa
forma abría al mayor número posible de gentes las puertas de una vida
nueva. Su muerte, de otra forma incomprensible, daba sentido a toda
su existencia. La resurrección fundamentaba la convicción de los
discípulos de que, en adelante y para siempre, Dios había dado su
amistad a los hombres y de que, a pesar de todas las recaídas y de
todas las vueltas hacia atrás, la victoria de Cristo sobre el mal, el odio,
el pecado y la muerte, un día se convertiría en la victoria de todos.

Palabra de Dios, Hijo de Dios

Los discípulos comprenden que en la resurrección de Jesús ha


entrado en acción un poder que no es de orden humano, un poder
capaz de cambiar la muerte en vida: sólo Dios puede hacer esto. La
resurrección avala toda la aventura de Cristo; mediante ella Dios
manifiesta su acuerdo con las palabras, con los actos y con el proyecto
de Jesús; El es el hombre en quien Dios se reconoce plenamente,
quien ha transmitido con exactitud lo que Dios quería decir: es su
Palabra que ha tomado Cuerpo en el universo humano.

En adelante se convierte en la referencia absoluta, aquel por el


que el mundo de los hombres se convierte en Reino de Dios. Pablo
manifestará esta convicción en sus cartas: «Cristo es imagen de Dios
invisible... primogénito de toda la creación... porque en El fueron
creadas todas las cosas... El existe con anterioridad a todo y todo tiene
en El su consistencia... Dios tuvo a bien hacer las cosas, pacificando,
mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos»
74.

Siendo así las cosas, muchas actitudes de Jesús se aclaran: su


autoridad que tanto impresionó a sus contemporáneos se basa en su
convencimiento de estar unido a Dios de un modo único. Su confianza
en Dios se explica porque participa de la realidad misma de Dios: no
hay distancias entre su convencimiento de hombre y la voluntad de
Dios. Nada puede romper esta unidad, ni la muerte que podría parecer
significar o abandono de Dios o error de Jesús.

Jesús se da a conocer progresivamente a sus discípulos: Marcos


nos propone que les acompañemos en sus descubrimientos; y
continuamente surge la pregunta: «¿Quién es Jesús?», y se nos va
conduciendo como de la mano a decir con Pedro en el capítulo 8: «Tú
eres el Mesías»; luego, avanzado siempre, nos hace encontrarnos con
el soldado romano para confesar ante Jesús en cruz:
«Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios». Juan en el cuarto
Evangelio, parte directamente de los descubrimientos que habían
hecho más tarde: Dios mismo, en Jesucristo, ha venido a habitar con
los hombres. Esta explicación es a la vez la más sencilla y la más
verdadera para los testigos y explica la experiencia que ellos vivieron.
Juan lo dejará por escrito en una de sus cartas: «De esta forma Dios
nos mostró su amor: envió su Hijo único al mundo, para que tengamos
vida por El» 75.

Hablar de Jesús, hoy

Nadie ha visto a Dios jamás con evidencia; los mismos apóstoles


no se encontraron sólo con el hombre Jesús; reconocer en El la
presencia de Dios era para ellos, como para nosotros, hacer un acto
de fe. La experiencia de los discípulos en este punto es como la
nuestra. También hoy Dios actúa de la misma manera: Cristo
resucitado llega a nosotros a través de los demás, a través de la historia
personal colectiva de los hombres. Es ahí donde El se da a conocer y
donde se deja encontrar. También nosotros le buscamos ayudados por
las Escrituras y tenemos mucho nuevo que descubrir sobre Jesucristo:
«Tengo todavía muchas cosas que deciros, pero ahora no podéis con
todo» 76. Nosotros estamos hoy enfrentados con otros problemas, con
otros interrogantes y tenemos que hablar de Jesús a la luz de nuevos
contextos. Los acontecimientos, la búsqueda comunitaria de los
creyentes, nos llevan a percibir nuevas resonancias de las palabras
evangélicas: no es extraño, puesto que en verdad Jesús es una
persona viva y su Espíritu trabaja nuestros corazones.

PARA SEGUIR REFLEXIONANDO

¿Por qué la muerte de Jesús?


Jesús fue entregado a la muerte por su pretensión de ser «de
Dios» y simultáneamente por su pretensión de liberar al pueblo. Un
Dios que se queda en su esfera propia, que no se preocupa de los
hombres más que de vez en cuando, no es peligroso. Pero un Dios que
quiere liberar al pueblo, que se mezcla en los avatares de este mundo,
no puede ser soportado ni por el poder económico y político, ni por el
poder religioso.

Efectivamente, para el poder religioso existe el mundo de Dios y el


mundo de los hombres y están bien separados; la religión consiste en
organizar cierto tránsito entre los dos; los sacerdotes son los
especialistas de ese tránsito, y en ello reside su poder. Pero si Dios
quiere habitar por sí mismo el mundo de los hombres, todo se replantea
de nuevo y queda en tela de juicio: ya no hay necesidad de religión 77.

Para el poder económico y político la separación de esos dos


mundos supone también su seguridad; mientras que las gentes sueñan
en otro mundo, no se detienen demasiado a mirar de cerca la realidad...
Pero si Dios está en esta realidad de acá abajo, si se le lesiona a El
mismo cada vez que se lesiona, menosprecia o excluye a un hombre,
entonces ya no existe ningún poder absoluto, ni hay manera de poder
invocar la razón de Estado. Si Dios quiere que cada hombre sea libre
y creativo, es un Dios muy incómodo.

Jesús, al mostrar con sus actos y con sus palabras que no hay
más que un solo mundo, el mundo reconciliado de Dios y de los
hombres, arrebata a los especialistas de Dios sus privilegios y a los
especialistas del mundo sus poderes absolutos. Esto resulta tan
insoportable para unos y para otros que necesariamente la muerte de
Jesús viene como la cosa más natural del mundo.

Por lo demás Jesús, al morir, revela lo que realmente es la muerte:


la muerte jamás es un accidente o algo normal. Aun cuando no
acontezca en circunstancias trágicas, tiene siempre algo de inmundo e
injusto: es, por algunos momentos, la victoria de los poderes del mal
sobre la vida. Está, pues, en profunda contradicción con Dios: es el
último enemigo que hay que vencer. Con su resurrección, Cristo
muestra que efectivamente puede ser vencida: viviéndola con Cristo y
como El, en una total confianza en el Padre, la muerte pierde su
mordiente y aun cuando siga siendo desgarradora, se convierte en
ocasión de diálogo con el Padre. La resurrección es entonces una
violenta llamada a todos para ponerse en pie y luchar contra todas las
formas del mal y de la muerte.
Finalmente, si Jesús murió tan joven, con menos de cuarenta
años, no fue solamente por la batalla que le presentaron los poderosos
de su época. Jesús murió «a su hora», como dice el cuarto Evangelio.
Sus treinta años de formación en Nazaret, sus pocos años de vida
trepidante por los caminos de Galilea y Judea, le bastaron para revelar
plenamente lo que Dios tenía que decir a los hombres: que El quería
construir con ellos un mundo nuevo y que para conseguirlo era preciso
lograr que estallara este mundo presente y comenzar completamente
de nuevo. Jesús, viendo que sus contemporáneos no podían asumir
toda esta tarea de transformación, echa sobre sus hombros la carga de
abrir camino: acepta la muerte, el estallido necesario para que todos
puedan entrar en el universo nuevo de Dios. De esta forma su muerte
es la prueba de un amor absoluto que nada ni nadie, absolutamente
nadie ni nada, podrá tener en menos.

El Espíritu de Jesús resucitado, dado gratuitamente a quienes le


habían abandonado cobardemente, es la prueba de este amor; las
puertas de la vida quedan abiertas de par en par para que la humanidad
encuentre por ellas, perpetuamente, su camino. Por eso todavía hoy
esos pocos años que vivió Jesús bastan a muchos para ver iluminada
su existencia y la historia del mundo.

Sin fe en la resurrección, ¿cómo explicar el nacimiento de la Iglesia


que surge del abandono y de la desesperanza? ¿Cómo explicar que la
causa de Jesús siga hoy provocándonos todavía, a pesar del rostro
tantas veces descorazonador de su Iglesia? Sin el convencimiento de
que Dios ha venido a nosotros y ha abierto una era de renovación que
nadie podrá ya cerrar, ¿cómo lograr dar cuenta exacta de todo lo que
pasó y pasa con la persona de Jesús? O Jesús es «Dios-con-nosotros»
(EMMANUEL), Dios a nuestro favor para siempre, una amistad
subversiva, que se nos ha dado para siempre y que nos propone
cambiar el mundo, o hay que colocarle en las vitrinas de algún museo
de antigüedades: tarde o temprano cada uno tiene que hacer su
elección.

.................

1. Mc 6, 3
2. 2. Lc 5,27-28.
3. Jn 8,12.
4. Lc 9,49.
5. Jn 7 52.
6. Jn 1,45.
7. Jn 8,14.
8. Mt 22,16.
9. Mt 8,5.
10. Mc 1,27.
11. Mc 2,18.
12. Mc 2,15.
13. Mc 3,7-10.
14. Mc 1,29.
15. Lc 7,11.
16. Mc 8,3.
17. Lc 10,21.
18. Lc 12,27.
19. Mc 4,3-20.
20. Mt 18,1.
21. Mt 15 28.
22. Lc 21,1.
23. Mt 17,17.
24. Jn 9,40.
25. Mc 6,52.
26. Jn 15,14-15.
27. Mt 12,46-50.
28. Jn 12.23.
29. Lc 10,38.
30. Lc 8,1.
31. Jn 4,1-42.
32. Lc 7,31.
33. Jn 3,2.
34. Mt 26,50.
35. Lc 13,7.
36. Lc 16,1.
37. Lc 11,5.
38. Lc 14,28.
39. Mt 25,1-13.
40. Mt 24,43.
41. Me 13,33.
42. Le 10,29 37.
43. Mt 18,23; Lc 16,1.
44. Mt 20,1.
45. Mc 12,41.
46. Mt 25 14.
47. Lc 18,1.
48. Lc 16,19.
49. Mc 4,26.
50. Mt 13 47.
51. Mt 25 45.
52. Mt 7,24.
53. Jn 5,19.
54. Jn 10,1.
55. Mt 7,11.
56. Jn 16,21.
57. Mt 12,11-12.
58. Mt 7,18.
59. Mt 23,4.
60. Mt 11,28.
61. Jn 4,7.
62. Lc 13,34.
63. Lc 15,10.
64. Lc 10,25.
65. Lc 8,11.
66. Lc 13,33
67. Lc 13,1.
68. Jn 8;3.
69. Mt 6,5-15.
70. Jn 4,34.
71. Jn 10,38.
72. Mc 14,36.
73. Isaías 52,13; hasta 53,12, extractos.
74. Colosenses 1,15-20. 75. 1 Jn 4,9.
76. Jn 16,12.
77. En los primeros tiempos de la Iglesia, en las persecuciones, se
acusaba a los cristianos de ser ateos, por este motivo.

(·PATIN-ALAIN._ALCANCE. .Págs. 129-144)

¿Sabes la noticia?

Arroja fuera este mundo insensato.

Amando a los otros, amando al Otro aprende a cambiar 1.

Esta canción actual, ¿no es una llamada a que sepamos decir, en


lenguaje fuerte y claro, el mensaje de Jesús? ¿Sabes la Noticia?
¿Sabes proclamar la Noticia con tus hechos y con tus palabras?
«Amando al Otro»

«Amando al Otro, aprende a cambiar». Sí, en compañía de Cristo,


todos, o sea, tú, yo, nuestros amigos y compañeros, todos podemos
acoger el amor del Padre. Esta es la gran noticia, en nuestro punto de
partida: Dios con todo su poder de renovación está cerca de cada uno
de nosotros. Responderle no consiste en difíciles ejercicios, sino en
hacerle un lugar en la propia vida. Lo decía el apóstol Juan: «El que
ama conoce a Dios»2. Cuando experimentamos un amor humano o
una amistad profunda y notamos cómo cambia nuestra vida, tenemos
un camino abierto para comprender lo que quiere decir abrirse al amor
del Padre. En vez de darnos una doctrina, una explicaci6n del mundo
o explicarnos el sentido de todas las cosas, Jesús nos pone en
presencia de una persona y del amor a que nos invita. Creer es, sobre
todo, vivir-con-Alguien y cambiar movidos por ese con-vivir;
transformarse en un ser nuevo a impulso de El.

Amando a los otros

«Amando a los otros, amando al Otro, aprende a cambiar». Acoger


a Dios correría el peligro de ser una evasión sentimental si no se
tradujera en actos. Quien ha encontrado al Padre ya no puede vivir
como antes: tiene que convertirse también él en fuente y centro de
amor. Tiene que repartir con la misma generosidad aquel amor gratuito
que ha recibido, y de un modo particular mediante el acto creador y
revolucionario que es el perdón. Ahora tiene que comunicar alrededor
de sí la llamada que en él resonó a ponerse en pie y a caminar: ¡en pie
los excluidos!, ¡en pie los machacados!

Las nuevas energías que surgen del amor harán que nazca poco
a poco un mundo nuevo: tenemos que construir sólidamente los
cimientos de un universo distinto; no podemos quedarnos en bellos
sentimientos individuales. A esto nos convoca el Apocalipsis, el último
libro de la Biblia: «Esta es la morada de Dios entre los hombres; pondrá
su morada entre ellos y ellos serán su pueblo, y El, Dios-con-ellos, será
su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni
habrá llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» 3.

Juntos, en Iglesia

Para fortalecer nuestras respuestas personales Jesús quiso,


desde el comienzo, crear un compromiso colectivo: formar un cuerpo
vivo de discípulos. Como a miembros de un mismo cuerpo, se nos
invita a vivir la doble fidelidad que vivió Jesús: fidelidad al amor del
Padre y fidelidad a la tarea de liberación de los hombres y de
construcción de un mundo nuevo, y vivir las dos de manera que una
apoye a la otra. La vida en Iglesia como participación de fe y
provocación a la accion, forma parte de nuestra respuesta al proyecto
de Dios. La Iglesia es también el lugar donde buscamos, juntos, los
medios aptos para dar a conocer el mensaje de Cristo. Invitar al mayor
número posible de personas a entrar conscientemente en la renovación
del Reino no es un lujo, sino una necesidad: ¿Cómo amar a Dios sin
trabajar porque su amor sea reconocido y acogido por el mayor número
de personas? ¿Cómo amar a los hombres sin trabajar porque
descubran el sentido total de su aventura humana y porque reconozcan
a su «Padre»? Una llamada para hoy

Hoy, como en otro tiempo en Galilea, resuena la llamada: «En pie,


levántate y anda» 4. ¿Ha resonado ya en nuestras vidas? ¿Estamos
todavía esperando oírlo? Inútil atormentarse: lo que hay que hacer es
comenzar por responder a las llamadas de nuestros hermanos los
hombres. Jesús pidió a Zaqueo, el «publicano», que le invitara a su
mesa, y aquello fue para Zaqueo el comienzo de una aventura
formidable. Hoy, grupos de trabajadores, jóvenes y adultos, nos piden
a nosotros que seamos sus delegados, grupos de adolescentes nos
piden que seamos sus responsables; con ello nos piden mayor
disponibilidad, mayor amistad, mayor compromiso por la justicia:
respondamos a sus esperanzas, comprometámonos con ellos... y en el
camino Jesús se dará a conocer, cuando le parezca...

Sí, porque Jesús resucitado es contemporáneo de cada hombre.


Por su victoria sobre la muerte, su presencia ha florecido y tiene las
dimensiones del mundo. En adelante puede ser nuestro compañero de
camino, y nos propone su amistad. Cristo vivo está allí donde bulle la
vida: dejemos pronto este libro para salir a su encuentro... en la vida.

Como aquella tarde en el camino de Emaús

Como guía de nuestra búsqueda, conservemos en nuestro


corazón este episodio del Evangelio de Lucas: dos hombres tristes y
decepcionados van por el camino de Emaús; se vuelven a su pueblo,
se alejan de Jerusalén, hace tres días que Jesús fue condenado y
matado; hay que volver la página, aquello se ha terminado; una
esperanza más, frustrada. Pero alguien se les acerca en el camino, se
mezcla en su conversación, les hace preguntas, les ayuda a
expresarse y les ayuda a aclararse sirviéndose de las Escrituras.

Llegan los tres a la aldea, el desconocido parece dispuesto a


continuar su camino, pero los otros dos le invitan: «Quédate con
nosotros, ya es tarde». Entonces todo cambia; cuando parte el pan le
reconocen: es Jesús, está vivo, y ellos transformados. Inmediatamente,
sin perder un momento, se ponen de nuevo en camino para ir a
anunciar la Buena Noticia.

Esta historia resume toda la aventura de los primeros testigos.


Unos hombres al borde del Jordán encontraron a un tal Jesús,
descubrieron en El a un gran profeta, poderoso en obras y en palabras,
una autoridad como jamás habían visto en ningún otro. Pusieron en El
sus esperanzas; iba a restablecer el Reino y a destrozar a los
ocupadores romanos (periodo en Galilea). Pero aquel Jesús veía las
cosas de otro modo y comprendía de otro modo su misión. Como en el
camino de Emaús, les mostraba con la ayuda de las Escrituras que
tendría que morir para comunicar a los hombres una liberación mucho
más radical: (tiempos de la «crisis» y del largo «ascenso a Jerusalén»).

Cuando, después de su muerte, descubren el rostro verdadero de


Cristo y su poder de renovación, Jesús ya no está con ellos: su
presencia es distinta; pero caen en la cuenta de que el fuego que Jesús
quería encender en la tierra, ha invadido sus vidas: «¿No es verdad
que ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?» 6, y
parten por los caminos del mundo a anunciar la Buena Noticia....
trabajo que ya no se ha detenido nunca...

Este episodio de Emaús, ¿no es también la historia de nuestra


propia vida? Nuestra existencia es un camino en el que vamos con
otros, más o menos hermanados. Alguien está ahí, al lado,
desconocido todavía, pero cuya presencia nos acompaña; llegará un
dia en el que gracias a los demás, interpretando los acontecimientos y
las Escrituras, podamos reconocerle y descubrir en nosotros el fuego
que su amor encendió. Entonces la tarea de anunciar la Buena Noticia
será, para nosotros, una necesidad y una alegría. ¿Lo hemos
experimentado ya alguna vez?

¿No está en ese episodio, finalmente, resumida toda la historia del


mundo? La larga marcha de los hombres, como la de los dos
discípulos, lleva consigo montones de esperanzas y montones de
decepciones. Desde siempre, en sus proyectos y en sus obras, los
hombres han intentado traducir sus esperanzas y muchas veces sus
propias realizaciones les han decepcionado. A la vista de tantas y
tantas decepciones, ¿no sería mejor resignarse, bajar la guardia?
¿Quién será capaz de traer la paz, las relaciones fraternas entre todos,
la liberación de todas las esclavitudes, la felicidad universal? ¿Por qué,
a pesar de todos los fracasos, cada generación sigue alimentando el
anhelo de un mundo nuevo?

Dios se ha mezclado, por Jesús, en este largo camino de los


hombres: escucha, hace preguntas, comparte con ellos los
interrogantes, despierta en sus espíritus las más «locas» esperanzas.

En las Escrituras les propone un sentido para su historia: ¿no era


necesario este largo proceso de gestación de la humanidad para lograr
desembocar en un mundo nuevo? ¿No eran necesarios todos esos
ensayos, esos tanteos, para que los hombres inventaran libremente su
respuesta al amor de Dios edificando un mundo salvado? La meta
pretendida explica todo el camino; no es una vana esperanza: un
universo nuevo se construirá con los hombres, porque existe en el
corazón de su historia una potencia renovadora que es la amistad de
Dios. Jesús nos ha demostrado, en su misma muerte, que nada la
puede hacer retroceder y en su resurrección que nadie la puede
sofocar: esa amistad de Dios es el sentido mismo de la historia.

El signo del pan compartido, aquel signo que Jesús entregó a sus
amigos la víspera de su muerte, nos asegura esa amistad siempre
presente de Dios: cada vez que hacemos ese signo, comulgamos en
esa inmensa esperanza. Nuestra alegría es la misma que la de los
discípulos de Emaús: ¿no ardía nuestro corazón cuando juntos, un día
u otro, compartíamos los signos de la presencia del amor del Padre?
..................

1. F. Solleville.
2. /1Jn/04/07.
3. Apoc, 21,3-4.
4. Mc 2,9-11.
5. /Lc/24/13-35.
6. Lc 24,32.

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS DE


NAZARET COLECCIÓN ALCANCE, 7. SAL
TERRAE SANTANDER-1979.Págs. 146-151

TESTIMONIOS SOBRE JESÚS, PROVENIENTES DE FUERA


DEL CIRCULO DE CREYENTES

¿Quién podría interesarse por este hombre fuera de aquellos que


le seguían? En un mundo en el que no existían los medios de
comunicación de que ahora disponemos, nadie habló de Jesús durante
su vida: pasó desapercibido; e incluso su muerte en una cruz no fue
sino un acontecimiento más: ¡por aquel entonces no se prestaba
mucha atención a un crucificado! Más tarde, cuando los cristianos
fueron ya muchos, los historiadores y gobernadores hablaron algo de
El.
Tres son los historiadores, un judío y dos romanos, que aluden a
Cristo. En primer lugar Josefo, judío adherido a la causa romana,
escribió entre los años 80 y 90 la historia de las guerras judías. Hay un
pasaje corto que se refiere a Jesús: «En esta época vivió Jesús, un
hombre excepcional porque hacía cosas prodigiosas. Maestro de
gentes muy bien dispuestas a dar favorable acogida a buenas
doctrinas, se ganó a muchos de entre los judíos y también de entre los
paganos. Cuando, denunciado por los notables, Pilato le condenó a la
cruz, los que le habían entregado su afecto desde el comienzo, no
dejaron de amarle, porque se les apareció al tercer día, vivo de nuevo,
como los profetas lo habían anunciado, lo mismo que otras mil
maravillas en relación con El. En nuestros días no se ha agotado
todavía la raza de los que, a partir de El, se llaman cristianos».

Más tarde, hacia el año 120, Suetonio, un historiador romano,


cuenta que el año 50 el emperador Claudio publicó un decreto por el
que expulsaba de Roma a los judíos, ya que andaban revueltos por
causa de un tal Cristo, esto nos indica que 20 años después de la
muerte de Jesús ya había cristianos en Roma.

Tácito, otro historiador de la misma época, cuenta que en tiempos


de Nerón, emperador el año 64, hubo un gran incendio en Roma.

Se corrió el rumor de que había sido el mismo emperador quien lo


había provocado para reconstruir la ciudad a su manera. Era necesario
encontrar quien cargara con el muerto: se acusó a los cristianos, que
según Tácito, eran ya una multitud inmensa. Con esta ocasión Tácito
habla de ellos, sin ninguna simpatía, como de discípulos de «Cristo,
cierto criminal ejecutado por Pilato, gobernador de Judea», unos treinta
años antes.

Hay otro eco que procede de un gobernador: Plinio, encargado de


mantener el orden en una provincia alejada, escribe al emperador
Trajano el año 112. Tiene algunos problemas: ya no hay gente que
compre animales destinados a los sacrificios y la situación está creando
un clima de descontento. Según un sondeo que ha realizado, la causa
son los «cristianos»: estas gentes no participan en los cultos paganos.
Se ha procedido, por tanto, a algunas detenciones, pero no se ha
podido descubrir nada de cierta gravedad: se reúnen en días fijos, por
la mañana, para cantar himnos a Cristo, como a su Dios, y luego se
reúnen en una comida ordinaria: ¡esto es todo!...

Existe también, finalmente, una alusión procedente de judíos que


no han reconocido a Jesús: en un libro, el Talmud, se puede leer:
«Jesús de Nazaret fue suspendido de una cruz, porque practicaba la
magia y sacaba del buen camino al pueblo».

Todos estos textos están más alejados de los acontecimientos que


los testimonios que tenemos de los cristianos y no añaden gran cosa a
nuestro conocimiento de Cristo.

ALAIN PATIN LA AVENTURA DE JESÚS DE


NAZARET COLECCION ALCANCE, 7 SAL
TERRAE. SANTANDER-1979.Págs. 156-158