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Sobre la doctrina de Jesús: ¿es recuperable de un modo

fidedigno?
Antonio Piñero
Enero 2018
La crítica histórica lleva planteándose esta
pregunta desde los inicios de la investigación
histórica seria sobre Jesús a finales del siglo
XVIII. Y como es natural ha habido respuestas
para todo: desde las afirmaciones sin
demasiadas pruebas que se ha conservado todo
lo esencial y con grandísimas garantías, ya que
a) los apóstoles estaban acostumbrados a
memorizar desde pequeños, como todo los
judíos, y b) se esforzaron por transmitir las
palabras del Maestro con absoluta fidelidad,
hasta el escepticismo radical (también sin
demasiadas pruebas) de que dada la fragilidad
de la memoria humana y las reglas observables
de la tradición oral, con sus necesarias
mutaciones y cambios , etc., la necesaria
infidelidad de la versión de los dichos de Jesús
pronunciados al arameo y luego traducidos al
griego váyase a saber con qué fidelidad
incontrolable, etc., se llega a la postura de un radical escepticismo: es imposible saber qué
enseñó exactamente Jesús.
Charles Guignebert –en su libro de 1933, Jésus, republicado en 1966, en Paris, Editorial
Albin Michel, capítulo I de la Segunda parte, pp. 237 ss– expone las razones que llevan al
escepticismo y luego las contrarazones que conducen al estudioso a no desesperar del
todo.
Lo que sigue no es una traducción literal del texto francés, sino un resumen, que procura
ser absolutamente fidedigno dentro de la abreviación:
Comienza Guignebert constando el hecho: “Se ha afirmado que con lo que tenemos en los
Evangelios hay suficiente para hacernos una idea de lo que más sustancial que enseñó
Jesús; que no falta nada importante; que podemos hacernos una imagen bien clara y

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precisa de lo que enseñó Jesús, que la transmisión de estos dichos es absolutamente
fidedigna. Es más que de las palabas de Jesús se deduce que su doctrina es lo más
sublime, maravillosa, espléndida, única, propio de un ser divino que camina sobre la
tierra, etc. Se supone además que la transcripción de los evangelistas de los dichos de
Jesús es absolutamente correcta y precisa. Otros afirman que si consideramos el credo
niceno-constantinopolitano hay muchos elementos en él sobre los que la enseñanza de
Jesús es casi nula o totalmente ausente”.
Luego vienen las razones para la crítica y el escepticismo. Lo que podemos obtener de los
textos llegados hasta nosotros que son las siguientes, siempre según Guignebert:
1. Para defender que pisamos una base firme para reconstruir la enseñanza de Jesús
debido a que tenemos los Evangelios, se debe suponer que ya en vida de Jesús, o
inmediatamente después de su muerte, se empezaron a componer hojas de papiro o
librillos en los que se iban transcribiendo de memoria lo que se recordaba de Jesús. Se ha
dicho también que los seguidores de Jesús vivían en una atmósfera de traición oral donde
todos los discípulos aprendían de memoria lo que dictaba el maestro y lo transmitían con
toda fidelidad.
Pero este supuesto es inverosímil. Tras la muerte de Jesús, y conforme a lo que al parecer
él mantenía, todos sus seguidores no pensaban en otra cosa que en su retorno inminente
para establecer el reino de Dios. Si se iba a acabar el mundo conocido, ¿para qué
dedicarse a escribir sus palabras como recuerdo si todo iba a sr diferente de dentro de
unos pocos instantes? Además lo que les interesaría a sus discípulos eran las palabras que
se referían a la inmediata venida del reino de Dios a ese fin del mundo, al Juicio
consiguiente, a la salvación o condenación relacionada con lo hecho en esta vida. Por
tanto el interés por recoger palabras de Jesús era mínimo.
2. Era imposible que se hubieran aprendido de memoria todo lo que había dicho Jesús y
está recogido. Los discípulos no eran escribas o alumnos profesionales de un rabino,
acostumbrados a memorizar.
3. La transmisión oral tiene muchas variantes. Algunas dichos de Jesús son palabras
aisladas, ligadas a unas circunstancias específicas que no conocemos. Todo se dijo en
arameo y se ha transmitido en griego. Las reconstrucciones varían según cada autor.
4. Se ha perdido irremisiblemente la localización geográfica, las circunstancias y la
cronología de los dichos, con lo cual se ha desvirtuado su sentido originario.

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5. Los evangelios no son libros de historia para informar, sino que tratan de convencer y
de probar que Jesús es el mesías; son libros de apologética y polémica. Por tanto, aunque
se tengan los dichos, no sabemos si Jesús los empleó así.
6. Hay dichos puestos en boca de Jesús que evidentísimamente no salieron de su boca.
Ejemplo Mc 9,41: «Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que
sois del Mesías, os aseguro que no perderá su recompensa». Basta unos pocos casos de
esta clase para desconfiar de la mayoría de los dichos de Jesús transmitidos por gentes
que los desfiguraban o inventaban.
6. Hay razones serias para pensar que nociones y preocupaciones de la comunidad
posterior hayan determinado la recogida de dichos y los hayan transformado para
responder no a las necesidades del momento de Jesús sino a los de su tiempo. Por ello
pueden estar mezcladas las palabras de Jesús.
7. Y luego está el fenómeno del profetismo primitivo: las frases que ya desde los papiros
más antiguos están recogidos con la frase “Jesús dijo” pueden provenir no de Jesús sino
de los profetas que hablaban en su nombre.
8. Si se analizan los discursos recogidos en Mateo y Lucas, vemos que están llenos de
irregularidades, que no tienen estructura coherente, que contienen elementos
contradictorios, que fueron en su momento dichos aislados, ya que cada evangelista lo
coloca en el lugar que le conviene dentro de su evangelio y a veces con otro sentido
8.1 Ello se demuestra por un análisis meramente superficial del Sermón de la Montaña
(Mt 5,1-7,27 y la comparación con el Discurso del Llano en Lc 6,20-49: la longitud en cada
evangelista es totalmente diferente y el carácter de ambos discursos es tan artificial, de
modo que puede decirse que Jesús jamás lo pronunció tal como está: fue compuesto por
sentencias aisladas de Jesús que a veces están ligadas por la apariencia de una forma
semejante y de una enorme incoherencia interna. Parece –sobre todo el Sermón de la
Montaña– como un catecismo de frases de Jesús que los catecúmenos debían aprender.
Nadie pudo estar presente en un discurso semejante y que hubiera tenido la capacidad de
copiar lo esencial –y luego reconstruir los 170 versículos del discurso de Mateo, o e
retenerlo en la memoria tras una simple audición.
8.2 Un análisis de otro discurso, por ejemplo, el de Lc 12,1-7, y el resto del capítulo 12
veremos también que está formado de dichos aislados, sin marco o cuadro alguno del
momento en el que fueron pronunciados, de una parábola, de grupos de dichos sobre la
necesidad de prepararse para la venida del Reino, etc. Estos dichos no se recogieron hasta
que pasaron por lo menos 30 años y se hubo empezado a implantar la consciencia del
retraso de la parusía. Se discute la autenticidad incluso de frases de Jesús que son muy

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judías. Por ejemplo Mt 5,17: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No
he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”. El fondo sustancial encaja bien con el
pensamiento que creemos de Jesús, y probablemente las pronunció en algún momento en
el que se decía de él que podía tener algunas exégesis muy aventuradas o un tanto
novedosas de pasajes de la Escritura. Pero tenemos una especie de paralelo en Lc 16,17
que nos indica un contexto diferente: “Más fácil es que el cielo y la tierra pasen, que no
que caiga un ápice de la Ley”. En efecto, Lucas la coloca en un ambiente de disputa con los
discípulos del Bautista: v. 16: “La Ley y los profetas llegan hasta Juan; desde ahí comienza
a anunciarse la Buena Nueva del Reino de Dios, y todos se esfuerzan con violencia por
entrar en él”. Y al estar dentro del Sermón de la Montaña en Mateo tienen ciertamente un
sentido diverso.
8.3 Se ha argumentado que el lenguaje de Jesús tiene unas características especiales (cien
rasgos de estilo característicos) y que se pueden reconocer los rasgos esenciales de modo
que se puede estar seguro de que una palabra procede de Jesús y no de otra persona ya
que tienen un “aire” inconfundible. Pero este criterio es peligrosísimo, porque los profetas
cristianos primitivos podían efectivamente imitar el estilo de Jesús al estar transportados
por su mismo espíritu. No tenemos una regla absolutamente cierta para controlar su
autenticidad que la del análisis crítico llevado al extremo.
Siguen luego las razones en contra, las que llevan a que la crítica no esté en una situación
desesperada…, y haya visos serios de abrigar la esperanza de poder recuperar algo en
serio de lo que dijo Jesús. Expondremos estas razones positivas en la próxima postal

Guignebert ofrece razones para lo contrario: el crítico no está en una situación


desesperada. Las transcribo a continuación:
1. Lo que dijo Jesús no fue mucho. Todo lo que dijo Jesús –si eliminamos el discurso
escatológico de Mc 13 y sus paralelos– se puede decir en una hora más o menos.
2. Los temas sobre los que hablaba Jesús eran todos comunes en la doctrina judía y
eran bien conocidos por los oyentes. Eran, por tanto, fáciles de memorizar. Apenas
hay doctrina original en los Evangelios. Las sentencias morales de Jesús tienen
todas paralelos en la moral rabínica posterior, recogida hacia el año 200. Y no
puede decirse que los rabinos copiaran de Jesús dado el ambiente de hostilidad
entre los judeocristianos y el judaísmo normativo. Lo prueba el Evangelio de Mateo
y su dibujo de la hostilidad entre Jesús y los fariseos; lo prueba igualmente el mal
ánimo contra los judíos de la que está repleto el Evangelio de Juan.

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3. Además serían ideas elementales las ideas propias que repetiría Jesús: su
autoconciencia como profeta, la institución del reino de Dios y su pronta venida.
4. No hay razones para pensar que las comunidades primitivas, la de Jerusalén y de
Galilea, tuvieran necesidad de modificar la doctrina de Jesús, puesto que su
pensamiento era profundamente judío. Sabemos de sobra que al principio no se
diferenciabas de otros grupos de piadosos más que en su firme creencia de que el
Mesías había venido ya. Los posibles cambios en las sentencias jesuánicas tiene
lugar posteriormente, por influencia del ambiente y las necesidades (catequéticas,
litúrgicas…) en el que viven de los judeocristianos helenistas y los paganocristianos
que se incorporaron a ella, y que eran de lengua griega
5. El pueblo judío estaba acostumbrado a aprender de memoria. Algún evangelista,
como el que denominamos Mateo, eran escribas: parte de su oficio era memorizar.
6. La firme creencia en un fin del mundo inmediato no era óbice para que pronto se
escribieran al menos “hojas volantes” con sentencias de Jesús, parábolas, o listas
de milagros, necesarios para la predicación en general. Tenemos el ejemplo de las
gentes que habitaron el asentamiento de Qumrán: estaban firmemente
convencidos del fin del mundo inminente, pero a la vez recogían palabras del
“Maestro Justo”, quizás el ignoto fundador de la subsecta esenia (por ejemplo,
himnos), e interpretaciones de la Escritura y sentencias entorno a la interpretación
de la Ley.
7. Las sentencias y parábolas de Jesús eran fáciles de retener por su colorido,
metáforas, viveza, y ritmo semipoético, junto quizás juegos de palabras en arameo
8. Se han transmitido tantos dichos de Jesús, por ejemplo, los logia reunidos en la
“Fuente Q” que es imposible que hubieran sobrevivido, si no se hubieran
compuesto hojas volantes, o pequeños librillos muy al principio. O si no hubiera
habido una catequización esforzada, preparación para el bautismo que hubiera
obligado a los nuevos cristianos a memorizar palabras de Jesús.
9. Los evangelios no son tan largos como para que tratándose la obra de toda una
vida (como se supone que ocurre con cada uno de los evangelistas canónicos) no
se hubiera dedicado a la investigación seria de la tradición oral de los primeros
oyentes, ya viejos, que hubieran visto o aprendido de cosas de Jesús de sus
primerísimos seguidores. Es de suponer que esos evangelistas tenían cierto
discernimiento.
10. Cuando se piensa en la Fuente Q y se observa como está compuesta de dichos
aislados, de historietas, anécdotas inconexas que se parecen a bastante a las que
se cuentan de los rabinos de épocas posteriores, se puede observar que en ellas
está ausente la cristología de la iglesia posterior, el mejoramiento y la sublimación

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de la figura de Jesús. Por ello es de suponer que se han recogido simplemente
porque tenían detrás la fama de proceder del Maestro. Es difícil creer que sean
puramente inventadas.
Guignebert añade dos notas que sustentan esta suposición:
A. En los logia de Q cada vez que el crítico tiene la impresión de que un dicho ha
conservado su primitivo marco, ese dicho está situado en Galilea. Si su origen estuviera en
la segunda generación de cristiano es posible que tal dicho estuviera situado en Jerusalén
o en Judea. Esta tendencia se nota en el Evangelio de Juan que aumenta la presencia de
Judea y Jerusalén muchos sobre los Sinópticos).
B. Las indicaciones o mandatos de Jesús van dirigidos inmediatamente a sus discípulos sin
que pueda percibirse que van orientados a una organización o iglesia posterior.
12. Los argumentos expuestos se refieren en muchos casos a lo sustancial. En los detalles,
los críticos tiene suficientes herramientas intelectuales para caer en la cuenta –por la
comparación de las fuentes entre sí– que hay modificaciones del evangelista o de su
tradición. Esto se nota en los añadidos interpretativos o en las observaciones –que se
perciben que están intercaladas– que vienen bien a las circunstancias de las comunidades
posteriores, cuya teología se conoce. Se puede pues, suponer, que hay una tradición
primitiva que recoge, quizás con solo pequeños retoques lo que Jesús repetía, lo que Jesús
consideraba más importante y llamaba la atención a sus discípulos.
Conclusión: la crítica no está en una situación desesperada pues en todo caso tiene el
conocimiento suficiente como para eliminar lo posterior de lo que parece el pensamiento
genuino de Jesús.