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San Ignacio Emprendedor

SAN IGNACIO EMPRENDEDOR

Mauro Marino Jiménez

Universidad San Ignacio de Loyola 1


San Ignacio Emprendedor

Autoridades USIL:

Raúl Diez Canseco Terry


Fundador USIL

Edward Roekaert Embrechts


Rector

Henry Barclay Rey de Castro


Vicerrector Académico

Carlos Bazán Leigh


Vicerrector de Formación por Competencias

Ramiro Salas Bravo


Vicerrector Internacional

© Mauro Marino Jiménez


mmarino@usil.edu.pe

© Universidad San Ignacio de Loyola


Avenida La Fontana 550, La Molina, Lima 12, PERU
Teléfono +511 3171000 anexo 3666
hmiranda@usil.edu.pe
Lima, noviembre de 2009
Primera edición

Diagramación, diseño y arte:


La Agencia - USIL

Fotografía:
Kenneth Quiroz Pantoja

Centro de Investigación y Desarrollo de Tecnología USIL

Coordinación de Producción:
Homero Miranda Coll-C.

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional 2009 - 14626

Impresión:
Impreso por demanda en Editorial Cordillera S.A.C.
en noviembre del 2009
Avda. Grau 1430 Barranco
Teléfono 2529025
editorialcordillera@gmail.com
www.editorialcordillerasac.com

El contenido del presente libro no puede ser reproducido por ningún medio, sin el reconocimiento de
la fuente.

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PRESENTACIÓN

Hemos celebrado en el 2008 el aniversario 40 de la Corporación Educativa San


Ignacio de Loyola. Sin duda, un sueño de 1968 hecho realidad cada año, forjado
piedra sobre piedra, ladrillo a ladrillo y con mucho esfuerzo a lo largo de cuatro
décadas. La evidencia nos demuestra que es posible empinarse desde nuestros
sueños y proyectos hasta peldaños como lo que es ahora nuestra corporación.

Sin embargo, en el crecimiento y desarrollo de la misma confluyeron muchas


circunstancias que la hicieron posible: desde aquella de tener que trabajar para
sufragar, como muchos jóvenes, mis estudios universitarios hasta la colaboración
generosa de amigos y familiares que me alentaron a seguir bregando.

Empero, adquiere ribetes claves en esta cuesta arriba la sustantiva participación


de gente noble, generosa y desinteresada como los sacerdotes miembros de la
Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola a mediados del siglo XVI.
Este componente espiritual, de credo y de fe; intangible, inorgánico, abstracto y
subjetivo, sería, al fin de cuentas, la piedra filosofal o el leitmotiv que nos propulsaría
permanentemente hasta lo que ahora somos.

¿Qué es lo que quiero decir? Que sin la ayuda de los sacerdotes jesuitas y sin la
bendición del fundador de esta congregación, sinónimo de austeridad, de entrega
y amor por el prójimo, tal vez no estaría hoy difundiendo este mensaje a manera de
reflexión. No olvidemos que San Ignacio consagró vigilias, oraciones y acciones para
que los hombres convivan en paz y con la fe que mueve montañas. Muy austero
en la contemplación y el peregrinaje, contestatario frente a la injusticia humana
e innovador en cada siembra de la fe cristiana, San Ignacio de Loyola ha logrado
contagiar al mundo y a sus prosélitos con su bondad y su visión del credo católica.

De allí su nombre para nuestra corporación educativa, cuyo compromiso es


la formación de los jóvenes en valores cristianos y humanistas. Igualmente, en
principios que promueven el emprendimiento, la construcción del camino propio y
la responsabilidad con el entorno natural y social.

Estas son palabras que nacen del corazón más que del raciocinio. Van dirigidas
también al emprendedor peruano, especialmente a los más jóvenes. Si nosotros lo
hicimos, por qué no podrían hacerlo ustedes, amigos lectores. Inténtenlo desde hoy,
pero sabiendo qué quieren hacer y hacia dónde van. El verdadero emprendimiento
–San Ignacio, reitero, fue un emprendedor y guerrero nato- es fruto de una cuestión
personal y privada, visión de futuro y esfuerzo de los agentes que impulsen nuestra
decisión, porque conlleva un proyecto de vida. Diría proyecto de vida maestra.

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Como la de nuestro querido santo patrono, nuestra filosofía de vida es luchar


contra la pobreza a través de la promoción incansable del emprendimiento. Es
un mandato moral y que cumplimos, reitero, en honor a San Ignacio de Loyola,
fundador de la Compañía de Jesús, escritor influyente, promotor de la fe divina y
liberador de las almas que conviven en zozobra bajo la influencia del egoísmo y de
la vanidad terrenal.

Como se señala más adelante en el Prólogo de este libro, cobra relieve la figura
de San Ignacio de Loyola, «quien hizo del amor una experiencia que permitiera
escuchar la voz del otro, del olvidado que espera, en medio del desierto, la cálida
palabra de un amigo». Para nosotros, esa cálida voz amical es nuestro llamado a la
solidaridad y la justicia social a través del impulso emprendedor.

Ahora se trata de motivarlos para construir un país de emprendedores. Lo que


significa actitud para emprender en pequeños proyectos empresariales concebidos
y desarrollados por una o dos personas. Al mismo tiempo, significa lucha contra el
desempleo y la pobreza que agobian al Perú y al mundo.

Aquella experiencia familiar dolorosa, de continuar mis estudios universitarios


becado por mis notas, porque mi padre, pese a sus anhelos, ya no podía ayudarme,
me dio la energía para avanzar y así empezamos a edificar la Organización San
Ignacio de Loyola.

Si la vida me había sometido a una dura prueba en plena adolescencia, debía ser
consecuente y alentar a no quedarme en el camino a quienes, quizá, hayan vivido
o vivan experiencias similares a la mía.

Es, pues, misión y objetivo nuestro el aliento a nuestros jóvenes a edificar


un destino laboral propio, distante del empleo asalariado en el sector privado o
en el sector público, porque, como es cada vez más visible, será más importante
conseguir una oportunidad de desarrollar algo personal que pensar en un empleo
fijo y estable.

A nivel institucional y por qué no decirlo como país tenemos, pues, el imperativo
de mejorar cada día en cualquier de las ocupaciones, técnicas y profesiones que
optemos. También en los estudios, en el trabajo o en el quehacer de la empresa
propia. Cada minuto cuenta, cada semana suma, cada año tiene que lograrse los
objetivos que uno se propone.

Por nuestra parte, todavía en los umbrales del nuevo siglo XXI nos permitimos
mirar el futuro con mayor confianza y seguridad. Como lo he dicho en numerosas

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ocasiones, labramos un destino burilado con espíritu emprendedor pero también


de justicia, el mismo que impulsó y motivó en su tiempo a nuestro patrono San
Ignacio de Loyola a recorrer nuevos y colosales desafíos que este libro desglosa al
detalle.

Pese al tiempo, el avance espectacular de la ciencia y la tecnología, a la nueva


economía y a la globalización, el espíritu guerrero y solidario, aventurero y
emprendedor, justo y bondadoso de San Ignacio sigue y seguirá incólume… por
la eternidad.

Que Dios y San Ignacio nos bendigan.

Raúl Diez Canseco Terry

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PRÓLOGO

La vida de San Ignacio de Loyola es un ejemplo invalorable. Cultor de los valores


éticos, espíritu emprendedor por antonomasia, el fundador de la Compañía de
Jesús supo hacer de su vida un paradigma de solidaridad y de entrega a los demás.
En algún momento de su fructífera existencia, decide cambiar su vida de peregrino
para dedicarse, con ahínco y dedicación, a trabajar por el bien de las almas. Deja de
lado el egoísmo que, a veces, roe el espíritu, con el fin de escuchar la voz del otro y
forjar una congregación que tuviera como norte el progreso de la humanidad en el
camino de la fe, de la justicia y la generosidad.

Diestro en el dominio de las armas (defendió la Corona de España con


inusual heroísmo), San Ignacio de Loyola cultivó el arte de la lectura y fue un
escritor influyente en las posteriores generaciones. De ello pueden dar testimonio
irrefutable los Ejercicios espirituales, libro que le tomó quince años de escritura, y
donde propone una serie de meditaciones que permitan al ser humano, libremente,
encontrarse con Dios a través de la oración y de la vida contemplativa, tan venida a
menos en la actualidad, donde damos excesiva importancia a los valores terrenales
y al ansia desmedida de riqueza.

Hoy vivimos en la sociedad del conocimiento y en la era de la globalización;


pero algunas voces se levantan para advertirnos que sin el cultivo de los valores
morales y del desarrollo sostenible, el ser humano puede sucumbir en el caos si
deteriora la ecología del planeta, comprometiendo así la vida de las generaciones
venideras.

En ese ámbito, cobra relieve la modesta, pero imponente figura de San Ignacio
de Loyola, quien hizo del amor una experiencia que permitiera escuchar la voz del
otro, del olvidado que espera, en medio del desierto, la cálida palabra de un amigo.
San Ignacio aún nos interroga y exige que hagamos de nuestro planeta un lugar
más humano, donde reinen la libertad, la solidaridad y la justicia.

Camilo Fernández Cozman


Miembro de número de la Academia Peruana de la Lengua

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SAN IGNACIO EMPRENDEDOR

- ¿Sabes quién fue San Ignacio de Loyola?

Mi hermana me conocía muy bien (más de lo que me imaginaba) cuando


formuló esta pregunta. Ya tenía casi un año estudiando mi carrera, había aprendido
mucho más que en los años de colegio y me sentía orgulloso por ello. Desconocía,
sin embargo, la vida y labor de San Ignacio de Loyola.

El hombre que –según supe más tarde- había sido célebre tanto por la historia de
su conversión como por su labor educativa, inspirando, incluso, a crear la universidad
en la que ella y yo estudiábamos y en la que lograríamos ser profesionales. Sin
embargo, con esa sola pregunta, mi hermana estaba iniciando una lección que me
conduciría a una búsqueda sobre mi propia vida.

Callé por un momento. Había visto esas iniciales tantas veces, pero nunca las
relacioné con una pregunta y menos aún con su respuesta. No podía responder lo
que no sabía y mi silencio parecía eterno.

De pronto recordé que muy cerca de donde estábamos había una placa en la
que había visto algo escrito. Me ilusioné con la idea de una biografía. Le señalé el
texto y mecánicamente repetí en voz alta la primera línea:

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ORACIÓN DE UN SOLDADO DE CRISTO

Era una oración de San Ignacio de Loyola que no terminé de leer. No había
resuelto su pregunta. A pesar de ello, y como si no reparase en mi falta de
conocimientos, mi hermana me brindó un nuevo presente:

- ¿Sabías que tú te pareces a San Ignacio de Loyola?


- ¿Cómo?
- Sí, San Ignacio era como tú: Le gustaba vestirse bien, ir a
buenos sitios y lucirse en todas partes.

Esas preguntas tenían el poderoso efecto de generarme nuevas interrogantes.


¿Cómo alguien como yo podría tener su rostro grabado en una placa? Cuando veía
esa imagen frente a nosotros me imaginaba que San Ignacio era una especie de
maestro bondadoso, dedicado a hacer mejores a las personas. Daba la impresión de
que todo él estaba entregado a ello. Definitivamente no era yo.

Mi hermana miró nuevamente la placa. Sabía la respuesta a mi mirada.

- San Ignacio fue un santo, hermano, pero no nació así. Así


como ni tú ni yo nacimos con una idea clara de qué hacer con
nuestras vidas y tuvimos que practicar durante mucho tiempo
para leer, escribir, hacer cálculos y aprender cosas nuevas. Le
costó mucho, pero logró todo lo que se proponía y mucho más.

Su respuesta me dio más curiosidad. Se aproximaba la hora del almuerzo y me


manifestó su hambre. Comimos en la cafetería sin un tema de conversación. Seguí
callado, tentando sus ganas de hablar cuando hay silencio:

- ¿Deseas que te cuente la historia de San Ignacio?


- Sí. Quiero que me expliques cómo es que se parece a mí. Él fue
cura, ¿no es cierto?
- Sí, lo fue. De hecho, tuvo una crianza profundamente religiosa
y, según algunos cronistas, su padre quería que fuese
sacerdote. Pero todos sus hermanos mayores eran militares y
tenían una vida aventurera. A él le gustaba más eso. ¡Pelear
en guerras! ¡Lograr proezas! Incluso tenían un escudo
familiar que representaba la valentía en el combate…

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- ¿Cómo era su escudo?

Mi hermana estaba contenta. Siempre la interrumpo bruscamente cuando me


empieza a hablar; pero esta vez la pregunta iba directamente al tema.

- Los Loyola eran representados por la imagen de dos lobos


erguidos en sus patas posteriores, en posición de lucha y
mirándose frente a frente. Sin embargo, en medio de ellos hay
una especie de caldero. Es muy parecida a esa figura.

Recordaba la imagen desde la primera vez que comí en la cafetería. Las paredes
consistían en vitrales adornados con el logo de la universidad, al que acompañaba
una ilustración distinta. La figura había estado frente a mí muchas veces, pero
los deberes y las distracciones de cada día habían hecho que no pasara de ser un
elemento decorativo.

- Sí. Esta imagen fue inspirada en el escudo de San Ignacio. Los


lobos representaban el arrojo en el combate. El caldero, en
cambio, la riqueza. Así eran conocidos los Loyola: valientes
en la lucha y de buena posición económica. Sin embargo, en el
escudo original, ambos lobos están mirando el caldero.
Aquí, en cambio, están como trabajando en equipo para
transportarlo. Tal es el espíritu que supone la vida profesional.
- ¿Y cómo era la vida de San Ignacio? ¿Cómo es que se volvió
sacerdote?

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- Cuando era muy joven, y su nombre no era Ignacio


sino Íñigo, su padre le pidió a un noble llamado Juan
Velásquez de Cuellar que lo educara en su palacio. Allí
aprendió a ser un caballero distinguido, mantener un buen
porte, ser un gran conversador, vestirse bien y usar las armas.
De adulto peleó por el duque de Nájera, viviendo una época de
juegos de cartas, de blandir lanzas y de estar con mujeres...
- ¿Qué? ¿Él era San Ignacio?
- Claro. Era un sibarita, pero la gente lo quería mucho porque
era sincero, trabajador y testarudo con todo lo que se proponía.
Poseía una voluntad férrea y consistente. Por eso me hace
recordar a ti.
- Pero… ¿Cómo entonces se volvió santo? Yo también puedo ser
santo, entonces...

Seguimos conversando del tema por poco tiempo. Algunos amigos llegaron con
las novedades del día y acabaron por distraernos. Mi hermana se ganaba la amistad
de la gente con mucha rapidez porque era rápida en sus respuestas y paciente para
hacerse entender, por lo que se volvió necesario postergar a San Ignacio para otro
momento. Sin embargo, sus preguntas me habían comprometido de tal forma que
quería saber tanto o más que ella misma acerca del tema.

A la mañana siguiente, tenía pocas clases y estaba libre desde el mediodía. Caminé
hacia la biblioteca de la universidad. Me habían hecho preguntas, preguntas ajenas, pero
que ahora se adherían a mi mente como parte de ella.

Busqué la biografía de San Ignacio en


las bases de datos. Me acercaba a portales
religiosos y veía, inicialmente, todo lo que
había hecho: fue autor de un libro llamado
Ejercicios espirituales, el cual se practica
en todo el mundo para el crecimiento
espiritual de los cristianos; fundó la
“Compañía de Jesús” con un grupo de
sacerdotes que compartían su visión de
la fe, y aquella se extendió a 127 países;
finalmente, se dedicó a enseñar la doctrina
cristiana a personas de diferente estrato

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social. No cabía duda: si hubiese seguido siendo cortesano, la gente no lo recordaría


como ahora, ya que, según decía en aquellos textos, las personas tratan de olvidar las
guerras, pero siempre queda en ella la memoria de las grandes obras.

Pensé en esta vida como la mía. Ya había decidido qué estudiar, cuándo más
o menos casarme, en dónde vivir, pero no me había hecho las preguntas más
importantes: ¿cómo vivir? ¿Qué hacer al conseguir todo esto? ¿A partir de cuáles
criterios tomar mis decisiones?

Parece que todo hubiera sido fácil para San Ignacio: era noble, valiente y sabía
ganarse a las personas porque era sincero con sus decisiones; pero también era
la imagen que mi hermana me describía: un hombre mundano, entregado a la
vanidad y a la vida disipada.

Cómo se volvió santo, sin embargo, fue un evento de lo más anecdótico y no


pudo ocurrir de una manera más increíble. Cuentan sus biografías que, en medio
de la batalla de Pamplona, una bala de cañón le destrozó la pierna y pasó una
temporada en el Castillo de Loyola mientras se recuperaba. Era tan vanidoso y
valiente, a la vez, que pasó por grandes molestias e incluso se hizo operar sin
anestesia para que su pierna se recuperase. Sin embargo, no pudo evitar quedar
parcialmente cojo.

En su convalecencia, pidió algunos libros de caballería. Esperaba, a falta de una


aventura militar, difícil con su pie en malas condiciones, vivir las de la literatura de
la época. Sin embargo, solo tenían la Vita Christi, un título que cuenta pasajes de la
vida de Cristo, inspirado en una auténtica reflexión espiritual y La Leyenda Dorada,
un recuento de anécdotas y pasajes de la vida de santos. Se relataba, en estos libros,
historias de hombres que habían influido positivamente en comunidades, culturas
y regiones. Hombres dotados de tal inspiración y fortaleza que no necesitaron de
armas o riquezas, sino de un bastón, ropas sencillas, un ideal y la dirección de Dios
en su vida para lograr lo imposible. Estos textos fueron para San Ignacio el inicio de
su conversión. Abandonó todas sus riquezas y se retiró a orar durante un año en
un pequeño pueblo llamado Manresa, donde comenzó la escritura de sus Ejercicios
espirituales y fue perdiendo el apego por el mundo material en el que vivía.

A pesar de contar con información al respecto, la relación entre una lectura y la


santidad me dejaba ciertas dudas. ¿Era tan sencillo que un hombre tan mundano
cambiara de la noche a la mañana con tan solo leer unos cuantos libros? Tal vez
era posible encontrar la respuesta leyendo un poco más, pero me convencí de que
necesitaba algunas referencias.

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Había pasado un día exactamente desde que mi hermana me comenzó a


relatar sobre la vida de San Ignacio y se acercaba, como el día de ayer, la hora del
almuerzo. Sin embargo, mi sed de conocimientos superó a mi hambre y decidí que,
antes de sentarme a la mesa, saciaría mi necesidad de comprender este cambio. La
universidad contaba con una capellanía y decidí que ese lugar sería mi siguiente
parada.

Pese a que tenía pocos conocimientos (o experiencias) con la fe, respetaba


mucho a los sacerdotes. Tenía buenos recuerdos de mi confirmación, así como
de los consejos que los hombres de la Iglesia me dieron en aquel entonces. Sin
embargo, era, como muchos, poco practicante de la vida cristiana. No era mi tema
de conversación favorito y no sabía cómo empezar a hacer mis preguntas. Empero,
ya estaba subiendo las escaleras en dirección a aquella puerta cerrada para mí hace
varios años y esperaba que me ayudaran como aquella vez.

La puerta de la capellanía estaba adelante. Solo un paso más. Me detuve. Tenía


la mente en blanco y ya estaba dando media vuelta en el umbral.

- Hola, ¿en qué puedo ayudarte?

Una voz se escuchaba justo en la dirección por la que mis pies estaban tomando.
Se trataba del seminarista que trabaja con el sacerdote.

- Bueno, estaba buscando al Padre…

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- ¡Ah! Llegaste justo a tiempo. La misa está por empezar. Por


favor, acompáñame por aquí.
- Bueno, es que…
- Me da gusto que más jóvenes vengan a misa.
- La verdad es que solo quería ver al Padre.
- Bueno, entonces lo verás en la misa – dijo mientras me sonreía.
- Hermano… de verdad quisiera conversar con el Padre.
- No te preocupes. Yo le diré que vendrás a verlo.
- Gracias, hermano.
- No tienes por qué. El Padre estará disponible después
de misa, pero si gustas puedes acompañarnos…

Dejé que el hermano me condujera hacia el auditorio donde se llevaría a cabo


la celebración. No esperaba asistir a misa en aquel momento y tampoco recordaba
haber asistido luego de la confirmación. Pero, en medio de las circunstancias, el
dirigirme a la Casa del Señor me resultó grato. Recuperé, poco a poco, la sensación
de aquellos buenos momentos.

Durante la misa tuve algunas sorpresas: muchos de mis amigos, a quienes


nunca les hablé sobre cosas de Dios, estaban presentes. Eran las mismas personas a
quienes juzgaba de modernos en las fiestas. Uno de ellos, dedicado a la música, era
integrante del coro. No pensé que la fe fuera lo suyo y no me imaginaba que fuese
algo mío. Sin embargo, este feliz evento, así como los momentos de tranquilidad
y recogimiento, me quitaron el hambre y la desazón de no comprender todavía el
cambio que se dio en San Ignacio. Sabía que tenía que alimentarme y llegar a una
explicación para mis preguntas, pero ello no me descorazonaba.

Durante la homilía, el padre habló acerca de cómo Dios nos brinda un regalo
maravilloso llamado libertad, y que debemos ponerlo siempre a su servicio. En
ese momento me imaginé a San Ignacio abandonando sus pertenencias y todo
aquello que le era importante, para encontrar algo mucho mayor que sí mismo.
Veía nuevamente la figura de la placa y recordaba que era un rostro tranquilo, muy
distinto al del cortesano orgulloso y de larga cabellera que cuentan sus historias de
juventud.

Al final de la misa, encontré al Padre conversando con varias personas. Se les


veía contentos. En ese momento el hermano aprovechó para presentarme con el
sacerdote:

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- ¡Hola! El hermano me comentó que tienes una inquietud.


- Sí, Padre. Tengo una interrogante acerca de San Ignacio de
Loyola.
- Bueno, vamos a conversar.

En ese momento estaba tan repasado en mis preguntas como en mi anterior


visita. Sin embargo, el Padre me propuso conversar en el patio de la universidad,
con lo que me dio algunos segundos de ventaja. Gracias a eso, pude manifestar mi
interrogante:

- Padre, quería preguntarle cómo es que San Ignacio se volvió


santo con las lecturas sobre la vida de Cristo.

Cuando terminé de formular mi pregunta la encontré extraña. Tenía la


sensación de que ya conocía una parte de la respuesta y hubiese querido integrar
esos elementos a mi interrogante, pero necesitaba de la orientación de alguien que
tuviese más conocimientos en dicho tema.

- Bueno, ese es un tema complejo. Seguramente sabrás que


San Ignacio fue un hombre que vivía en las cosas de este
mundo, ¿no?
- Sí, Padre. Incluso mi hermana me dijo que yo era como él.

El sacerdote me sonrió. Seguramente habría escuchado muchos comentarios


así. Sobre todo de gente como yo.

- Tú, que eres joven, sabes muy bien que los amigos, nuestro
entorno y el mundo en general, nos dicen que lo más
importante es el éxito personal, vivir bien y estar siempre
cómodos. Para San Ignacio fue algo parecido. Como ser
humano tenía prestigio, riquezas y siempre había una mujer
en su mente. Eso lo hacía importante para la gente que
lo rodeaba. Sin embargo, vivir así tiene un precio, que es el
depender siempre de todo eso. Si pierdes tu riqueza, tu
prestigio o tu atractivo, lo pierdes todo. Por eso, cuando
Ignacio estaba postrado y sin poder moverse, se daba cuenta
de la fragilidad de todo eso. El servir a un rey que era tan
mortal como él y que iba a morir como él, tener un cuerpo que
podría sufrir heridas, poseer riquezas que podrían acabarse...

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Me veía nuevamente a mí mismo pensando en todo lo que sabía. El día de ayer


tenía la seguridad de conocer más que mi hermana y eso me hacía sentir mejor. Ella
apenas había ingresado a la universidad y yo ya tenía casi un año de experiencias
que ella no tuvo. Sin embargo, con sus preguntas, me había conducido a nuevas
inquietudes. En el fondo me hacía sentir mejor. Había hecho un recorrido y ahora
sabía que dependía mucho de ciertas cosas que no eran tan importantes.

- Debió ser difícil ¿no es así, Padre?


- Sí. Como ser humano ese descubrimiento representaba una
pérdida muy grande. Pero es allí donde se manifiesta la gracia
de Dios, quien lo ayuda a encontrarlo por medio de la lectura
de la vida de Jesús y la de los santos. San Ignacio era un
hombre muy ambicioso y lleno de vanidad, por lo que siempre
buscaba la grandeza. Por eso, cuando leyó estas biografías, se
dio cuenta de que ellos no eran seres que estuviesen por
encima de los demás, que ostentasen cargos altísimos o
poseyesen riquezas extraordinarias: San Francisco de Asís,
pobre en riquezas materiales, logró la fundación de dos
órdenes porque el Señor se glorificó en él; San Bernardo, sin
poseer ejército alguno y hablando en nombre de Dios, logró
el apoyo de miles de personas para la Segunda Cruzada. Por
eso, San Ignacio ya no quería servir a un rey terreno.
- Pero, Padre, ¿no está mal ser vanidoso?
- Sí, está mal ser vanidoso. Pero San Ignacio aún no podía
llegar a comprender completamente la parte buena de lo que
estaba haciendo. Es un proceso de conversión en el que poco
a poco va abriendo los ojos a la Verdad que lo convertiría
en un hombre humilde y que hace todo por amor a Dios y
a su prójimo. Sin embargo, para comprender esto, cada uno
de nosotros debe pasar por una etapa de aprendizaje. Así como
cuando un enfermo se levanta después de meses de estar en
cama y no está acostumbrado a caminar, así le costaba
mantener su fe, orar y no pensar en ella como algo tedioso.
Luego de esa etapa, cuando ya se sentía más seguro, comenzó
a darse cuenta de todas las cosas que había hecho en su
vida anterior y le costó mucho renacer a su nueva vida. En
esos momentos se daba cuenta de lo orgulloso que había sido.
Sin embargo, Dios estaba allí para conducirlo y apoyarlo,

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para que pudiera levantarse de sus caídas y comprender aún


más el amor y la disposición que nuestro Señor tiene para
darnos su perdón y hacernos mejores. Por todo eso, su lema
fue: “todo para mayor gloria de Dios”. Esto quiere decir
que cada cosa que se haga para Dios debe ser siempre lo mejor
de uno mismo.
- Gracias, Padre. Creo que comienzo a comprender cómo
San Ignacio decidió seguir a Cristo.
- A ti. Me da gusto que me hayas preguntado del tema. Espero
verte en misa cada viernes.
- Gracias por invitarme, Padre. Hasta luego.
- Nos vemos pronto. Que Dios te bendiga.

Luego de la conversación, el almuerzo me pareció un evento completamente


nuevo. Me imaginaba el rostro de esa placa como iluminado por la alegría de
descubrir, de pronto, todo lo que iba a conocer y cómo la vida para San Ignacio no
dependía más de lo que dijesen u opinasen los demás. Estaba libre de todo eso.

Ya me estaba retirando de la mesa cuando recordé todo lo que tenía que hacer
el fin de semana: había dos monografías pendientes, teníamos que preparar una
exposición y apenas había leído los títulos de mi bibliografía. Me sentía abrumado
con lo mucho que debía hacer frente a la felicidad que quería seguir sintiendo en
ese momento.

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En la salida de la cafetería observé que todos caminaban rápidamente y era difícil


pasar. Era el cambio de hora y algunos de mis compañeros estaban cambiando de
salón y aprovechando para comprarse algo de comer antes de entrar nuevamente a
clases. Me provocaba detenerlos y hablarles acerca de lo importante que era el buen
uso de nuestra libertad. Una voz suave cumplió mi deseo:

- Buenas tardes, señor. Me da gusto verlo.


- Profesora, ¿qué tal? ¿cómo está?
- Muy bien. Justo acabo de terminar de dictar por el día de hoy.
Pero ¿cómo está usted? Se le ve contento.

Era una profesora que me había enseñado letras durante el primer ciclo. Tenía
un buen recuerdo de ella, contando a todos los buenos profesores con que había
llevado cursos. Siempre tenía una palabra amable y preguntaba a todos cómo
estaban. Sin duda, disfrutaba de su trabajo.

- Estoy muy bien. Nada más que tengo muchos cursos este ciclo.
- Me parece muy bien que quiera avanzar. Pero debe organizarse
para poder dar el ejemplo.
- Sí, profesora.
- Hay que aprovechar el tiempo cuando no se tiene hijos.
A San Ignacio le funcionó muy bien…

Era tan improbable que alguien me hubiese mencionado a San Ignacio en


ese momento como que me hubiese encontrado con él mismo en persona. Mi
profesora nunca había señalado conocer acerca de su biografía durante las clases,
pero, pensándolo bien, no había razón para que no conociera del tema. Por eso, la
situación me dio pie para arriesgarme a preguntar:

- Profesora… ¿San Ignacio era bueno en sus clases?


- Bueno, era un alumno perseverante.
- ¿Cómo así?
- Lo que pasa es que San Ignacio no tenía conocimientos profundos
en filosofía y teología. Así que a los 33 años de edad comenzó a
estudiar para ser sacerdote con muchachos mucho menores que
él y que siempre se burlaban por ser tan mayor. Lo bueno es
que era un estudiante modelo, con muchas ganas de aprender y
enseñar.

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- Yo creía que él, con todo su dinero, ya sabía de todo.


- No, el dinero no compra la educación y San Ignacio se había
despojado de su fortuna. Eso es lo maravilloso de la perseverancia.
Por eso, aprendió latín e hizo todos sus estudios paso a paso:
comenzó en Barcelona, luego pasó por la Universidad de Alcalá
y culminó con su posgrado en La Sorbona de Francia. Y durante
todo ese tiempo soportó burlas, arrestos y amenazas.
- ¿Por qué, profesora?
- Porque presentó una espiritualidad nueva, más cercana a la
gente y con el deseo de brindar educación a personas de toda
edad y condición social. Tuvo opositores, pero también gente
que veía en él un ejemplo de amor a Dios y valores éticos. Por eso,
al final de sus estudios ya se había ganado un grupo de seguidores
a quienes motivó a entregar sus vidas a Dios en el sacerdocio y
con los que hizo votos de pobreza, castidad y obediencia; unidos
con el propósito de enseñar religión a la gente. El mismo Papa
Pablo III oficializó su comunidad, llamada “Compañía de
Jesús”, ahora conocida con el nombre de “jesuitas”.
- Es increíble, profesora. No sabía que San Ignacio hubiese
comenzado a estudiar tan mayor y que hubiese sido tan difícil
para él.
- Sí. Me alegra que me hayas preguntado del tema. La vida de los
santos es algo que me interesa muchísimo.
- Gracias a usted, profesora. Tenía muchas dudas y usted llegó en
el momento justo.
- No hay de qué. Me dio gusto verlo y espero que le vaya muy
bien en sus estudios… Hasta luego.
- Hasta luego, profesora.

Todo lo vivido desde el día de ayer me brindaba un mensaje claro: la libertad, y todo
lo maravilloso que puede ser tenerla, implica también el asumir responsabilidades
y tratar de hacer lo mejor posible, aunque eso signifique comenzar tarde o estar en
“desventajas” frente al objetivo. San Ignacio enseñó magistralmente, pero para ello

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también tuvo que pasar por un largo período de aprendizaje espiritual y académico.
No vivió para sí mismo, pero su mensaje ha sobrevivido a lo largo de los años,
inspirándonos a hacer mejor las cosas. En tal sentido, antes de ir a mi casa y retomar
mis obligaciones, decidí hacer una última parada.

Caminé algunos metros en dirección a ese sitio. El día anterior había querido
refugiar mi ignorancia en una placa que nunca había terminado de leer y sobre
cuyo mensaje el hombre que inspira mi universidad depositó toda su confianza.
Dio un vuelco a su vida de aventuras y emprendió el gran proyecto de servir a otros
para la mayor gloria de Dios. Por esa razón, decidí brindarle un momento a esta
idea, esperando tomar un poco de su verdad para cuando emprendiera futuros
proyectos, para trazarme metas, por más lejanas y difíciles que parezcan:

ORACIÓN DE UN SOLDADO DE CRISTO

TOMA, SEÑOR Y RECIBE TODA MI


LIBERTAD, MI MEMORIA, MI
ENTENDIMIENTO Y TODA MI
VOLUNTAD. TODO LO QUE TENGO Y POSEO

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San Ignacio Emprendedor

TÚ ME LO HAS DADO. PARA TI, OH SEÑOR,


YO TE LO ENTREGO, SEÑOR, TODO ES TUYO, DISPÓN DE
ELLO ENTERAMENTE DE ACUERDO A TU VOLUNTAD. DAME
TU AMOR Y TU GRACIA, PORQUE ESTO ES
SUFICIENTE PARA MÍ.

Por la noche, mientras trabajaba en mis monografías, no podía dejar de observar


que en toda acción había un cambio, una consecuencia que poco a poco iba
tomando forma. Probablemente, en Manresa, donde comenzaron los quince años
de trabajo en sus Ejercicios espirituales, San Ignacio experimentó una sensación
similar, pero mucho más intensa, de libertad para emprender, asociada con una
infinita tranquilidad en cada uno de sus quehaceres.

Mi hermana me había llevado al inicio de una búsqueda de respuestas y de


perseverancia. Sin embargo, me parecía tan extraño que supiese tanto de la vida de
San Ignacio al apenas ingresar a la universidad. Por ello, durante la cena, no pude
evitar preguntarle la fuente de sus conocimientos.

- ¿Cómo sabía tanto de San Ignacio? Muy sencillo, hermano.


Me dieron este relato cuando me matriculé.

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DATOS BIOGRÁFICOS DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

Nació en 1491, en el castillo de Loyola, ubicado en la provincia


de Guipúzcoa, cerca de los montes Pirineos. A pesar de que su
nacimiento coincidió con el inicio del Renacimiento europeo, su
localidad aún tenía la apacibilidad de la Edad Media.

Sus padres fueron Bertrán de Loyola y Marina Sáenz, ambos de


familias de clase alta. Fue el menor de once hijos y se dedicó, como
toda su familia, a defender la corona de España. Por dicha causa,
sin embargo, perdería a tres de sus hermanos.

En su bautismo recibió el nombre de Íñigo. Posteriormente,


durante su ordenación, cambiaría su nombre por el de Ignacio,
probablemente en homenaje a San Ignacio de Antioquía.

A la muerte de su madre, es enviado con Juan Velásquez de Cuellar,


Contador Mayor de Castilla, con quien aprendería el dominio de
las armas, aunque también el ejercicio de su cuidado personal,
la galantería con las damas y la formación de una personalidad
ardiente, jovial, voluntariosa y testaruda.

Posteriormente, Íñigo se puso al servicio del duque de Nájera,


Antonio Manrique de Lara, participando en numerosas batallas.
Sin embargo, en 1521, mientras defendía el castillo de Pamplona
del ejército francés, recibió el impacto de una bala de cañón
que lo enviaría, con los respetos de sus enemigos, a una larga
recuperación en el Castillo de Loyola. El hecho coincidió con el
lunes de Pentecostés.

En su castillo natal fue sometido a tres operaciones sin anestesia


en la rodilla, en las que Íñigo no permitió que lo atasen ni que lo
sostuvieran. Luego de ellas, quedaría cojo para toda la vida.

En su lecho de convalecencia pidió que le llevaran novelas de


caballería, una pasión que disfrutaba desde siempre y que podría
transportarlo muy lejos de la cama en la que estaba postrado.
Sin embargo, solo tenían la Vita Christi, un título de auténtica
espiritualidad de Ludolfo el Cartujano y La Leyenda Dorada, un
recuento de anécdotas y pasajes de la vida de santos. A partir de
esas lecturas y luego de un constante debate entre el favor de una
dama y la entrega definitiva a Dios a través de una vida de obras,

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oración y penitencia, Íñigo abandonaría definitivamente la vida


militar y comenzaría la de santo. Adicionalmente, recibió como
gracia la visión de Nuestra Señora y de su Hijo Santísimo.

Tras su recuperación, Íñigo peregrinó al santuario de la Virgen de


Monserrat, donde un 25 de marzo de 1522 dejaría para siempre
su lujosa vestimenta para vestir atuendos mucho más humildes.
Luego de ello, recibió el Cuerpo de Cristo, durante la misa de la
Anunciación.

Después de su visita al santuario, Íñigo pasó todo un año refugiado


en una cueva ubicada junto al pequeño pueblo de Manresa, donde
se dedicará a hacer penitencias, orar y meditar. Fue en esta época
en la que surgió la idea de escribir sus Ejercicios espirituales y en
la que comenzó a darse cuenta de sus imperfecciones como ser
humano, así como de las faltas de su vida anterior.

En 1523, en un viaje lleno de accidentes pasó una corta estadía en


Jerusalén. Todavía era muy impulsivo y se mostraba poco tolerante
con quienes hablasen mal de la religión. Posteriormente, mejoraría
su carácter, alcanzando una gran paciencia con las personas.

Dándose cuenta de que para difundir la palabra de Dios necesitaba


de conocimientos, Íñigo decide comenzar su educación escolar a
los 33 años, en la ciudad de Barcelona. Durante esa época tuvo
que soportar la burla de muchos de sus compañeros de estudio,
quienes se mofaban de él debido a su edad.

Luego del colegio, Íñigo prosiguió sus estudios universitarios en la


carrera de filosofía en la Universidad de Alcalá, hacia 1526. En esta
época se dedicaba también a la educación de personas humildes,
con quienes ya se había identificado en los últimos años. También
sufrió de numerosas persecuciones y arrestos, debido a sospechas
de herejía en su prédica. Sin embargo, lo soportaba “todo para la
mayor gloria de Dios”.

Sus últimos estudios los cursó en la Universidad de la Sorbona,


donde formó un grupo con seis compañeros que compartían
sus valores y con quienes formó la Compañía de Jesús en 1534.
Sus nombres eran Pedro Fabro (28), Francisco Javier (28), Diego
Laínez (22), Alfonso Salmerón (19), Simón Rodríguez (24), Nicolás
Bobadilla (25) e Ignacio (43 años). Todos ellos fueron ordenados

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sacerdotes y el santo español adoptó el nombre que todos


conocemos.

En 1540, el Papa Pablo III reconoció la Orden y firmó la bula de


confirmación para la Compañía de Jesús. Se basaron en la consigna
de enseñar religión a la gente. Un año más tarde, Ignacio fue
nombrado Superior General por unanimidad.

En los años posteriores Ignacio se instalaría definitivamente


en Roma. En dicha ciudad predicó los Ejercicios Espirituales y
catequizó a su pueblo. Todos sus compañeros habían puesto en
práctica la misma consigna y dictaron clases en universidades
y colegios, teniendo especial cuidado en proteger la verdad del
cristiano, atacada en aquella época por numerosos pensadores
que tergiversaban la doctrina católica. Por esa razón, los fieles de
la Orden fundada por San Ignacio llegaron a ser los más sabios
adversarios de los protestantes. Él deseaba que todo apóstol
católico tuviese una buena educación.

San Ignacio murió el 31 de julio de 1556, a la edad de 65 años. En


1622 el Papa lo declaró santo, junto con San Francisco Javier, Santa
Teresa de Ávila, San Isidro Labrador y San Felipe. Pío XI lo declaró
Patrono de los Ejercicios Espirituales, cuyo texto original es leído
y practicado en todo el mundo. Asimismo, Juan Pablo II lo declaró
como uno de los grandes místicos de la Iglesia occidental, junto a
San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.
La Compañía de Jesús es, en la actualidad, una de las comunidades
más importantes en la Iglesia Católica.

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