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Viaje a dedo a Valpo: Solo y Sin dinero

Por Felipe. A. Kliebs


Lo primero que les contaré, es que desde el año pasado planeamos ir a Mil
Tambores con mis amigos. Este 2016 sería distinto. El Rodrigo, el Colli y el
Seba, viajarían desde Santiago. El Diego con la Yosi, partirían de Talca. La Eve
–mí polola- con la Pauli, se irían en bus, desde Curicó. Allá nos juntaríamos. Mi
viaje de ida, por lo tanto, era solo, pero más que eso. Literalmente: solo y sin
dinero. Una aventura personal, una estupidez innecesaria o como quieran
llamarlo. No había discusión. Además, si quería llegar a los Mil Tambores: esta
era mi única opción. Días antes, mi papá me dijo “¡No tengo plata! ¡Si quieres
ir, anda por las tuyas!”. Y así fue. Esa mañana, recién preparé una mochila a la
rápida: un polerón, una polera, un pantalón, ropa interior, una toalla, una
botella, papel higiénico, lápices, un cuaderno, una lata de sprite azul marino, un
saco de dormir de mi abuelita y una guitarra electroacústica de mi abuelo. De
casa salí con lo puesto: lentes oscuros, una gorra, polera, polerón, una
chaqueta de mezclilla, un cómodo pantalón, zapatillas y, por último, la billetera
sin ningún billete. Modifiqué un cartel que hice cuando viajé a dedo a Talca. El
letrero decía “Curicó” por un lado, y “Talca” por el reverso. Para ahorrar
materiales, usé una hoja de oficio y se la pegué con scotch por el lado que
decía “Talca”. Escribí: “Valpo”. Lo amarré al saco de dormir y me despedí con
un apretado abrazo de la Scarlett –mi hermana. Pasé donde el Kevin –mi
vecino de infancia- quién me dio unas empanadas de queso para el camino.
Una de la tarde; inicié mi travesía. Y bueno, como no tenía ni para la micro, el
primer paso fue caminar de mi casa a la carretera –una mierda. Caminé desde
el paso nivel de Santa Fe hasta salir por la Rauquén y apagué el teléfono, para
ahorrar batería. En la carretera se me ocurrió hacer otro letrero. Rayé un cartón
que encontré en el suelo. Decía: “A Valpo. Tengo empanadas”. No esperé
mucho hasta que un camionero vio mi letrero, toco la bocina e hizo señales.
Agarré mis cosas y me subí. Conversamos harto. Dijo que el cartel estaba bien,
aunque que sacara la parte de las “empanadas”, pues, según él “pensarán que
traes marihuana”. Me llevo desde Curicó a Requinoa, cerca de Rancagua, y me
dejo en un punto de descanso. Después de esperar quince minutos, en el sol
de la carretera, un auto elegante se detuvo. Era un hombre mayor, con pura
pinta de ser cuico, pero sencillo. Iba solo. Le echó un vistazo a mi letrero
actualizado y lentamente bajo el vidrio automatizado.
– ¿Vas a los Mil Tambores? –me dijo.
– ¡Si, pero donde pueda acercarme me sirve!
– La suertecita tuya –dijo sonriendo- ¡Yo voy a Viña!
Arriba. Nos fuimos por la Panamericana Sur y luego desvió por la Reserva
Nacional Robleria Cobre de Loncha, zigzagueando en caminos de tierra, cerca
de la laguna Aculeo e incluso pasamos por Melipilla –donde perdió su silla. Me
contó la media historia sobre un viaje que se mandó con un amigo después de
salir de la U, en el 77’. Se fueron seis meses mochileando por Sudamérica y
para cuando llegaron a Rio de Janeiro –en el último mes de viaje- no les quedó
nada de los cuatrocientos dólares que llevaron. Entonces me dijo que
sobrevivieron a lo buen chileno.
– ¿Cómo es eso? –pregunté.
– Robando en los supermercados.
Llegamos a las siete, por la ruta 68. Me dejó en la 1-Norte, en un solitario
paradero de Viña. Encendí el celular y hablé con el Kevin. Me enteré de que mi
mamá estaba súper preocupada y solo le faltó llamar a la PDI para saber si
estaba vivo. Envió un SMS: “Prende tu cagá de celular. ¡Hasta cuando vas a
aprender!”. Intenté pincharla y perdí mi saldo. Sin nada que hacer, solo caminé.
Repito: no tenía ni para la micro. Caminé, caminé y caminé. Con la guitarra, la
mochila, y el saco de dormir, por el estero de Viña, preguntando direcciones,
hasta que me cansé y llegué a una plaza a sentarme, detrás del Hotel
Sharaton. Miré al lado de la banca, donde –de milagro- encontré un carrito de
feria averiado, y en él acomode el saco de dormir y la mochila. La suerte me
sonríe -pensé. Seguí caminando, aunque mucho más ligero a como llegué.
Pasé por fuera de la Federico Santa María, y me dije “Ya estoy cerca”. Seguí
un poco más en esa oscura y fresca noche marina, hasta que –¡al fin!- un
letrero reconocía que había llegado a mi destino: Valparaíso. Me sentí feliz por
lograr el primer objetivo y saqué una foto para el recuerdo –flash. ¡Mil
tambores! Valparaíso. Diez de la noche. El centro, las plazas, toda la subida
Ecuador y cada rincón de la ciudad llenos de gente: grupos bebiendo en las
calles, músicos callejeros fumando marihuana en las esquinas, grafiteras
pintando a Fridah Kalo en el suelo, minas en calzas vendiendo queques
“mágicos” y parejas punk’s vendiendo chelas a luca. Inmerso en el mambo, el
siguiente paso era juntarme con los cabros: el Rodrigo, el Colli, el Seba y el
Diego. Los primeros tres, se fueron juntos en la tarde. Supuse que habían
llegado, aunque no sabía en qué parte exactamente. Intenté llamarlos, y nada.
Revisé mis bolsillos: vacíos. Luego, la chaqueta de mezclilla. Por suerte, tenía
un bolsillo roto y, dentro de las costuras, encontré una solitaria moneda de cien
pesos. ¡Salvado! Llamé de un teléfono público y los sapos culiados tenían los
celulares apagados. El Diego contestó, estaba en las Torpederas con la Yosi,
pero no estaba con los cabros. La verdad no entendí mucho. Se cortó la
llamada. No coordinamos nada. No llamó de vuelta. No tenía más dinero.
Estaba solo. Ni idea de los cabros o las Torpederas. Me frustré. Deambulé
calles más abajo, buscándolos, y nada. Era imposible saber dónde mierda
estaban. A las doce de la noche quería puro devolverme a Curicó. Sin
embargo, tenía que seguir. Se me ocurrió ir la playa San Mateo. El año pasado
carreteamos allí. Imagine que volverían. La esperanza no duró mucho. Los
marinos tenían la playa cerrada y no había nadie, claro, a excepción por grupos
de gente vacilando en la calle. Caminé solo hasta donde me dieron las piernas,
y me fui, con el carrito de feria y la guitarra, hasta unas solitarias bancas con
diseños de cerámica a colores. A deprimirme. Se veían las luces de todo Viña
hasta convertirse en Valpo; incluso podía ver la Federico Santa María que
minutos recorrí caminando. Llegué hasta la última banca y me tiré como un
vagabundo a dormir. Todos carreteando, y yo, odiándome por salir solo, y no
irme con amigos, y salir sin dinero, y… No. Mal. Derrotado. Intenté conciliar el
sueño. Me tapé con el saco de dormir, y usé la mochila de almohada. Tenía
miedo a que me asaltaran, y oculté la guitarra bajo la banca. En ese momento
me bajo la nostalgia: recordé mi casa, mi familia, la Eve, mis amigos, y con un
nudo en la garganta, lloré. Lloré con la cabeza adentro del saco de dormir. No
paré, hasta que se me secaron las lágrimas. Me sentí tan mal. Tan triste. Solo.
Cuando nada podría ser peor, y después de estar sin esperanza por una más
de hora, ocurrió lo inesperado: escuché una voz familiar. Se oía como la voz
del pololo de una prima. La misma risa, o eso aluciné. Saqué la cabeza, miré
hacia la otra banca, entre medio de un grupo de gente carreteando, y ahí los vi,
¡La Karen con el Gabriel! ¡No lo podía creer! Me paré sobre la misma y me uní
con ellos. Les conté mi historia y ellos la suya y yo feliz por encontrarme con
ellos. Ya no estaba solo y eran casi las dos de la mañana. ¡Todavía quedaba
patria por rescatar! Volvieron las esperanzas de pasarla bien. Nos pusimos al
corriente. La Karen venía de las Torpederas. Qué la llamo mi mamá. Qué mis
amigos me estaban buscando. ¡De verdad que no lo podía creer!
– Nos echaron los marinos. Llegamos a aquí, a seguir carreteando con el
Gabriel, y justo estabas tú. ¡Media coincidencia!
– ¿Y los cabros? –pregunté casi sin aliento mientras recién asimilaba todo.
– Te fueron a buscar al centro. Al Diego, eso sí, lo vi cerca, y… Espera –
pausó en cámara lenta-¿Ese de ahí no es el Diego?
Parecía una película. En las primeras bancas estaba el susodicho ¡Ni yo la me
creía! Nos reunimos con el Diego y se sacó un pack de Becker’s y unos Mobby
Dick’s para elevar el espíritu. ¡Un milagro en esa fría noche! Sobre-la-misma
llamó el Rodrigo al celular. Al rato llegaron con el Colli, el Seba y un
chimbombo. ¡Y se armó el mambo mierda! Es extraño. Por más raro que
parezca, todos mis amigos que quise encontrar en su momento llegaron justo a
la misma banca donde, minutos atrás, estuve solo y abandonado. No sé cómo,
no lo sabría explicar, pero pasó. Sigamos. Fuimos al centro a carretear, a la
plaza Aníbal Pinto: hablar con desconocidos, tocar guitarra, tomar, fumar e
incluso, ayudar a bajar a una mina que se subió a una estatua a bailar el caño.
Antes de sacar a esa mina, el Rodrigo se vistió de “Yisus”: una toga blanca de
cuerpo completo, un género rojo cruzando su hombro y una peluca negra. La
gente engancho de una. Fue casi como una reacción química.
– ¡Yisus! ¡Yisus! ¡Yisus! –gritó la multitud- ¡Sálvala Jesús! –gritó una entre
la multitud- ¡Salva a tu hija! –gritó otro.
– ¡Sácate los sostenes! –gritó Yisus.
Una locura. Se hizo día y quedamos los cuatro: Rodrigo, Seba y Colli. Nos
fuimos a las líneas del tren –o metro, no sé. Armamos la carpa del Seba, y
dormimos hasta que nos echaron los guardias. Caminamos a la plaza Victoria,
instalamos la carpa y tomamos desayuno. Una señora nos advirtió que
llegarían carabineros, no le hicimos caso, y en tres minutos llegaron.
– ¡Ya muchachos! ¡A desalojar! –dijo el más canoso de todos.
Empezamos a desarmar la carpa y, seguido de eso, llegó un retén móvil. Los
que estaban en las otras carpas empezaron a gritar con sutileza.
– ¡Pacos culiaos!
Nosotros piola. Un cabo se nos acercó –supuestamente- a hacer un control de
identidad y, entre todos, me pidió el carnet a mí. Media hora después, vamos a
ver qué onda y, mientras, le conté lo que paso a un desconocido.
– Es un parte, hermano. ¿Por qué se van a demorar tanto por un control?
Y tenía razón. Un parte, así tal cual. Sin explicación. Motivo de la infracción:
parte por efectuar camping. Una mierda. Intente dialogar, y era como hablar
con un muro. Nada que hacer. Juró que fue como un balde de agua fría. Pero
como les iba contando, después de dormir raja toda la mañana del sábado, en
las mismas bancas de la plaza donde me sacaron el parte, el Seba tenía que
irse a Santiago y le faltaba algo de dinero. El Rodrigo le pasó el disfraz de
Yisus y macheteo a la antigua. El segundo Yisus se hizo unas monedas para el
pasaje a Santiago, nos dejó la carpa, y se fue. Seguimos macheteando –por
diversión-, hasta que nos avispamos inventando un ingenioso y divertido
letrero. Decía: “¡Ayuda! Tengo que volver a ¡Jerusalén!”. La gente se reía,
pedían fotos, nos daban dinero, copete, cigarros y más de alguna puteada por
ser herejes. Nos turnamos con el Rodrigo el disfraz. Cuando fue mi turno –el
tercer Yisus-, pasé por varios grupos diciendo que tenía un largo viaje en avión
a Jerusalén, pero que con lo que tenía no me alcanzaba ni para Chimbarongo.
Conocí a unos locos de Temuco que me pidieron fotos y nos invitaron Bálticas
con los cabros. Conversamos las chelas en el pasto. Llegaron ese mismo día y
estaban en la U. Se rajaron con cigarros, y nos contaron de su vida. Después
de la cuarta Báltica, en la plaza Victoria, empezamos a tocar guitarra con el
Nico –amigo de Temuco-, y el otro –que no recuerdo su nombre- se disfrazó. El
cuarto Yisus tenía barba natural y, por lo tanto, el disfraz le quedó espectacular:
el cuarto Yisus bailaba cumbia con una Báltica de litro en la mano; el letrero de
Jerusalén conmovía a la gente; nosotros tocábamos guitarra y cantábamos; y
por último, el jockie del Colli recaudaba las limosnas de la gente. Nos
entusiasmamos tanto que incluso inventamos una canción.
– ¡A Jerusalén! ¡A Jerusalén! ¡A Jerusalén, Yisus va a Jerusalén! –a coro.
La gente se desbordó. El dinero llovía. Incluso una pequeña anciana que pasó
por ahí nos dio un billete de mil pesos. Dinero que por supuesto usamos para
comprar dos Bálticas más. ¡Milagro! Seguimos así durante toda la tarde y
perdimos la cuenta de las ganancias. Me llamó la Eve. Llegaron con la Pauli, y
una prima. Se sacaron fotos con Yisus y me junté con la Eve. Me distancie
mentalmente de los cabros. Éramos como “La Dama y el Vagabundo”. Yo era
un estropajo. Su sonrisa me alivio tanto. Ella me salvo con su dulzura y amor
de la indigencia. Dormí entre sus piernas, nos tapamos con el saco de dormir, y
nos besamos bajo las estrellas y los faroles de la plaza. Quién sabe cuántas
horas de amor. Cuando desperté, eran la una de la mañana. El Diego bajó del
cerro los Placeres –sin la Yosi- y se rajó con un “queque mágico”. Estaba de lo
mejor hablando con la Eve y ocurrió algo confuso: el Colli se perdió; y el
Rodrigo, disfrazado de Yisus, fue en su búsqueda. También se perdió. Los
fuimos buscar con el Diego y el queque mágico nos agarró. Estábamos en la
volá máxima. De verdad. En Mil Tambores transcurrían miles de historias
simultáneamente al mismo tiempo y yo estaba comprando sopaipillas para
bajar de la volá con el Diego. Volvimos. No encontramos a los cabros y las
chiquillas se fueron cerca de las cuatro de la mañana en un Uber. Los
Temucanos habían virado y, de un momento a otro, quedamos tirados. Nos
sentamos a espaldas de una palmera, y justo llamaron al Diego. Dijo que eran
los cabros. Se fue a buscarlos y nunca regresó. Muerto de sueño, me tapé con
el saco de dormir y quedé raja. El carrete seguía. Yo tenía sueño. En la
mañana siguiente, los pacos despejaron la plaza usando carros bombas. Viré
de una al terminal. Me llamó el Rodrigo con el Colli. Nos juntamos en la plaza
Aníbal Pinto y caminamos hasta el Líder. Compraron un pollo asado para
desayunar. Luego de comer, tuve un cargo de conciencia terrible: hace días
que no me lavaba los dientes. Me devolví al Líder y salí con un pack dos por
uno de cepillos de dientes: a lo buen chileno, obvio. En la tarde, caminamos a
ver el Pasa Calles en las Torpederas. Pasaron batucadas de todo Chile. El
carnaval se vivía con todo, y al final de la calle, arriba del escenario, tocaron
unas bandas que ni escuché porque dormimos raja en el pasto. A las siete de
la tarde, nos devolvimos al centro. Nos juntamos con el Diego y la Yosi. Se rajó
con la Junaeb, y pasamos a comprar la once al Jumbo. Luego se fueron a la
casa de una amiga y en ese lapso, al mismo tiempo, la Eve se fue a Curicó con
la Pauli. En resumen, solo quedamos los tres: el Rodrigo, el Colli y yo. En la
noche del domingo, ya estábamos cansados. Ni ahí con carretear. Solo dormir.
Por la Sotomayor fuimos al puerto de Valparaíso. Nos sentamos en las bancas
del Muelle Prat. Había el feroz barco Chino. Me di unas vueltas por el muelle, y
conversé con un grupo de señoras. Les conté que era de Curicó y que estaba a
la aventura. Sin querer, me dieron un par de monedas. No me lo esperaba. Al
final, un viejo nos aconsejó acampar atrás de la caseta turística.
– ¡Se tiran al rincón, por allí! Así se protegen del sereno del mar. Total,
esta cuestión está abierta toda la noche y no hay problema en que se
queden. Pero por las dudas, pregúntenle a los marinos. Ellos mandan.
Nos tiramos a dormir en el frío suelo, detrás de la caseta, sin permiso y a la
mala. Usamos parte de la carpa y un poco de ropa como colchón. Los tres
quedamos raja en un dos por tres. Tapados con el saco de dormir que durante
todo el viaje siempre nos cuidó. Temprano, por la mañana del lunes, partimos
directo al terminal. Nos juntamos con el Diego, para que le pasara unas cosas
al Colli. Los cabros sacaron pasaje a las diez en punto a Santiago. Ofrecieron
pagarme el pasaje, y les contesté que volver en bus “seria como hacer trampa”.
Porfiado el huevón, pero no tanto. Antes de que se fueran, les dejé mis cosas y
me bañé en el terminal de Valpo, usando el dinero que me dieron la noche
anterior y quinientos pesos que me pasó el Rodrigo. No tenía shampoo. Le
pedí Quix a la señora del baño para lavarme el pelo. Ella me paso un jabón
para el cuerpo, y, ni modo. ¡Quedé limpiecito! Nos despedimos con los cabros.
A su vez, el Diego y la Yosi, sacaron pasaje. Yo –por último-, estaba listo para
emprender mi viaje de vuelta. Antes de irme, el Diego me pasó una luca y un
preciado “regalo” para mi solitario viaje por la carretera. Vueltas de la vida –
pensé. Nos despedimos, y casi desde el terminal, inicié el regreso a casa.
Caminé por la avenida Argentina, y saqué una caja de Bear Beer de una
botillería. Pedí agua en una Copec en una botella de Gatorade que encontré en
el suelo. Vi unos a uno mochileros con un letrero a “Linares” y me inspiraron
para hacer el mío: “Curicó”. Más allá, había otros mochileros haciendo dedo.
Me contaron que eran de Santiago. Justo antes de irme, un camión ¾ se
detuvo. Iba a San Bernardo. De puro colado, me fui con ellos. Dentro, todo
estaba oscuro. Me sentí como si fuéramos contrabandistas que abandonan la
frontera, aunque no era nada de eso. Dormimos. Nos bajamos en una planta
de reciclaje. Me separé de los mochileros. Tenían que volver a sus casas, y yo
a la mía, por el otro lado de la carretera. Caminé por horas y ningún asqueroso
auto se dignó a llevarme. Me detuve a descansar bajo un árbol, bajo el sol, con
el viento, a fumar, escribir, tocar guitarra, y con las flores, a mirar la cordillera
de la Costa. Luego seguí caminando y hasta que encontré una Shell. Pregunté
por agua, y me ofrecieron un baño. ¡Genial! Me vi al espejo; lavé la cara; los
dientes; tomé agua; arreglé mi equipaje; y retomé energías antes de continuar.
Hice dedo a los camioneros y a los autos que pasaban por ahí. Ninguno se
detuvo. Mi cartel a Curicó no funcionó –pensé. Seguí exhausto, esperando que
de milagro que alguien me llevara. Media hora después, un camión frenó de
golpe.
– ¡Te vi hace rato en la Shell! ¡Estaba cargando el tanque! –gritó desde la
ventana y me acerqué- Te puedo dejar cerca. Voy a San Fernando.
Arriba. Nos fuimos conversando de sus aventuras de camionero y de mí viaje.
Me dejó en la entrada de Sanfer. Estaba a un paso de Curicó. Me abrigué con
la chaqueta de mezclilla y seguí por la carretera. El cielo se iba oscureciendo.
Tenía que apurarme. Iba muerto. Chato. La mochila me tenía los hombros
hechos trizas. Se me ocurrió dejar colgando el letrero en mi espalda, en caso
de que alguien lo viera y me llevara a Curicó. Seguí sufriendo por otro calvario
y les juro que a esas alturas ya no me quedaban recursos emocionales para
subirme el ánimo. Caminé muerto en vida por un puente. Al levantar la vista, en
un paradero, un tipo al lado de un camión pequeño comenzó a hacer señales
con el brazo. Lo miré sin esperar nada. Por curiosidad, le hice una seña de
vuelta. Me respondió el gesto alzando los brazos. En mi mente imaginé que
decía “¡Apúrate!”. Corrí tan incómodo como me lo permitía mi equipaje: la
guitarra colgada de la correa, la mochila super pesada, el saco de dormir ultra
carreteado y mi letrero a “Curicó” colgando del cuello. Sin aliento, los alcancé y
me subí. Trabajaban transportando verduras, por los alrededores. Vieron mi
letrero y se detuvieron. ¡Funcionó la idea! Pasaron a Sarmiento, a dejar al tipo
que me hizo la seña, y el chofer me dejo en el Boldo. Afuera de un potrero que
conecta con Santa Fé. A un paso. Caminé de noche la recta final. Con papas
en los calcetines y un dolor crónico en los pies. Recapitulando las experiencias
que viví en el viaje. Observando con cierta nostalgia las calles y el parque al
lado de mi casa. Casi me caen las lágrimas. Al llegar afuera de la reja, el
Juanito –amigo de mi hermano- estaba entrando con una Coca Cola de litro. Lo
saludé y pasé. Me sentí extraño. Mis mascotas se volvieron locas al verme
entrar. Salude al Javier –mi hermano- con un fuerte y apretado abrazo. Mis
papás no estaban. Me tiré de una a comer en la cocina. Comí hasta saciarme y
me relajé: estaba en casa. Mi casa. Vivo. Sano. Salvo. Y feliz. Fin.
Anexo 1: Parte
Anexo 2: Eve
Anexo 3: Foto Valparaíso

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