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UN PROFESIONAL DE LA PESADILLA

Natanael es un profesional de la pesadilla. Lo único que en su vida ha

podido hacer con propiedad y hasta con cierto toque de maestría, es

eso: tener pesadillas. Al principio, en las primeras manifestaciones

de la vocación, soñaba con un Frankenstein de mayor calidad que el

monstruo cinematográfico, con el cual llegó a tener relaciones casi

íntimas. En sueños, Frankenstein, que al principio era una pesadilla

horrorizante, llegó a ser el mejor amigo de Natanael: el más fiel, el

más puntual; una especie de monstruoso ángel guardián de su reposo.

No hay pesadilla, por vertiginosa y complicada que sea, que no

haya sido experimentada por Natanael, que no haya sometido a un

cuidadoso análisis, a un procedimiento técnico de laboratorio.

Durante veinte años, ha estado provocándose toda clase de trastor-

nos digestivos, toda clase de voluntarias irregularidades nerviosas, que

lo pongan en condiciones de penetrar impunemente a toda clase de

sueños por extraños y difíciles que sean. A la hora de acostarse, Nata-

nael penetraba a su habitación y lo preparaba todo con la solemnidad

de quien va a asistir a una ceremonia religiosa, como un Freud criollo,

cuyas experiencias se realizaban en el terreno mismo de los aconte-

cimientos.

Los estimulantes eran ya conocidos; no había uno que no estuviera téc-

nicamente clasificado por su paciente erudición. Un bistec de media

libra, con cebolla y pimienta picante, era, según él, el mejor estímulo

para viajar en ferrocarril durante el sueño. Si al bistec se agregaban

unas gotas de salsa fuerte, podía estar seguro de que el viaje con-
cluía siempre en un acantilado, con un pueblo marino al fondo y un coro

de mujeres peinándose en la playa. Algunas veces Natanael llegaba hasta

la orilla del acantilado, se detenía allí, sintiendo el olor salobre de la

brisa marina y oyendo, abajo, el coro desordenado de las mujeres en

fiesta.

Transcurrió mucho tiempo antes de que Natanael encontrara la fór-

mula precisa para descender del acantilado hasta las márgenes del

pueblo. Hizo múltiples experimentos. Agregó algunas hojas de le-

chuga al bistec, lo que hace el sueño más profundo y duradero, pe-

ro esa noche advirtió que había perdido vitalidad. Y el ferrocarril,

bufando, logró llegar hasta la curva final, pero no pudo subir hasta el

acantilado y Natanael despertó en la madrugada, sobresaltado, con la

sensación de haber realizado un viaje inútil.

Al día siguiente, preocupado por el fracaso de la noche anterior, re-

solvió preparar el bistec con los mismos ingredientes, pero agregan-

do dos huevos fritos en manteca de cerdo. La nueva experiencia fue

catastrófica. Natanael se durmió y comenzó a soñar que el tren salía

de la estación con dos horas de retraso. Cuando se dio la primera pitada

de partida, estaba fatigado, físicamente agotado por la espera. Pero por

fin el vagón se movió. El soñador advirtió que aquella noche viajaba mu-

cha más gente que en las noches anteriores y que había algunos com-

pañeros oscuros, desconocidos, nada familiares. Y a la primera vuelta,

cuando Natanael empezó a soñar con el mismo campo -con los mis-

mos árboles de todas las noches que le indicaban la cercanía del

acantilado- sintió el sacudimiento brusco y no había acabado de des-

pertar cuando el ferrocarril se iba precipitando hacia el abismo, roto apa-

ratosamente contra el acantilado.


Claro que ése no fue el peor de los experimentos llevados a cabo por

Natanael. El último, el definitivo, el que lo dejó trastornado para toda

su vida, fue el de los sueños superpuestos. Ese sueño tremendo del cual

no acaba aún de despertar. Ya lo veremos en próxima ocasión, no sea

que se le prolongue el cuello a esta jirafa hasta una dimensión de pesadi-

lla.

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