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LA ESTANCIA COLONIAL.

Carlos Mayo

Las estancias coloniales tenían siempre su frente sobre un curso de agua y en este sentido,
los “rincones” eran los lugares preferidos porque en ellos, al juntarse dos rios o dos arroyos,
era más fácil el control del ganado puesto que la propiedad carecía de cercos. Las
dimensiones de la unidad productiva eran muy variables. En la campaña bonaerense, si
bien había algunas estancias realmente grandes, éstas no predominaban. La mediana y
pequeña explotación rural era la norma.

Un prolijo examen de 66 inventarios de explotaciones ganaderas del norte, oeste y sur de


Buenos Aires, nos devuelve una imagen caracterizada por la extrema sencillez.

El ganado

El ganado y no la tierra se revelaron como la principal inversión en la gran mayoría de los


66 establecimientos analizados.

El ganado vacuno es prácticamente omnipresente. El 25,7% de los campos cuentras


además con vacas lecheras, lo que queda un indicio de la relativa difusión de los lácteos en
la estancia colonial. El vacuno representa la inversión más importante en el rubro ganado.
Mucho más numerosas son las explotaciones que tienen bueyes. Tanto más presentes que
el vacuno, el caballo y la yegua son casi infaltables, son criados en 93,92%. El mular parece
estar difundido en todas las regiones estudiadas y se delatan la existencia además de
burros hechores. No hemos encontrado las estancias de mulas, es decir, el mular es criado
junto a otras especies. Las estancias que contaban con mulas se hallaban así ligasas a tres
mercados: el Alto Perú (mulas), la ciudad de Buenos Aires (novillos) y el mercado externo
(cueros).

El ovino parece haber tenido una difusión mayor a la imaginada en la estancia colonial. El
63% de los establecimientos estudiados cuenta con este tipo de ganados. Su precio era
infimo, y no sólo el pellón, era aprovechado si no también la carne y la lana.
En cuanto al porcino, sólo tres campos tienen cerdos. De la misma manera, el estanciero
colonial parecía compartir con Juan Manuel de Rosas su desprecio por las aves de corral.
Solo dos estancias tenían gallinas, patos y pavos.
Por lo tanto, la estancia colonial no sólo era tierra y vacas, por el contrario, la diversificación
del stock ganadero parecia ser un rasgo característico.

La tierra y los esclavos

La tierra y los esclavos, cuando los había, se disputaban el segundo y tercer lugar en las
inversiones necesarias para explotar una estancia. La tierra era barata, con el agregado de
que solo se tasaba el frente sobre el rio y no el fondo de la propiedad, pues, la tierra no era
la principal inversión de la estancia colonial. Sobre el total de los 66 establecimientos, 41
tenían esclavos. La media de esclavos por estancia poseedora de mano de obra no libre era
de cuatro esclavos.

Edificios e instalaciones
La vivienda del estanciero o del mayordomo en la estancia prerrevolucionaria era bien
modesta; 38 campos contaban con casa y 34 apenas con un rancho como vivienda
principal. Las casas y los ranchos que conforman el caso de la estancia colonial eran poco o
nada pretenciosos. El precio de la casa podía oscilar entre seis y setenta pesos, pocas
estancias supera ese precio (ej. Januario Fernández). Se trata de construcciones de adobe
y paja muy pocas sotisficadas. Alguna que otra casa de estancia tenía techo de teja, señal
de cierto status. En algunas estancias la cocina estaba separada de la vivienda principal,
instalada en un rancho aparte.

El mobiliario de la estancia colonial no desentonaba con el conjunto: una mesa de madera,


un par de sillas baratas y algún que otro catre. También un baúl para guardar ropa y otros
efectos personales. No todas las estancias contaban con pozo de balde. Los campos de la
zona norte podían ostentar ademas un horno de cocer pan, dato que matiza la tan arraigada
tradición que habla de una dieta basada solo en carne.

La capilla brillaba por su ausencia en los establecimientos laicos. De los 66 campos


relevados sólo uno tenía un oratorio. En los inventarios abundan los nichos con imágenes
de santos y santas, así como los crucificados.

Los corrales (postes de ñandubay) eran más abundante .

Un rancho pobretón, probablemente un galpon para los cueros o la peonada, un corral o


dos, acaso un pozo de balde y horno de barro: he aquí la precaria y sencilla infraestructura
de la estancia colonia pampeana.

Equipamiento

En general, el equipamiento no representa más del 10% del capital invertido en la estancia.
El equipamiento de las estancias era muy elemental. Además de la infaltable marca de
herrar, incluía con mucha frecuencia hachas y también herramientas de carpinteria. La
mitad de los campos contaba, por lo menos, con un arado y la mayoría con implementos de
labranza. En general el precio asignado a estos ítems era bajo. Diferente era la situación de
las carretas, que eran mucho más caras. Además el 68% de las estancias, contaban por lo
menos con una carreta, osea, que más de la mitad de las propiedades analizadas tenía
medio de transporte propio. Ello explica cómo podían sembrar trigo en lugares alejados de
la ciudad y venderlos allí con provecho: de esta manera ahorraban el flete.

Pero lo más sorprendente fue encontrar en algunas estancias del norte de Buenos Aires los
rudimentos de un sector textil doméstico. Peines para tejer y hasta un telar atestiguan la
existencia de esa incipiente manufactura de la lana en la estancia porteña.

Sembrados y árboles
Las estancias que asociaban la ganadería y la agricultura debieron ser numerosas, dada la
frecuencia con que aparecen arados y otros instrumentos de labranza. Así, la presencia de
agricultura en el interior de las propiedades ganaderas no pueden ser desdeñada. Algunas
estancias tenian arboles y arbustos, y son fundamentalmente para, leña, corrales o fruta.

Las estancias de la iglesia

Prácticamente todas las órdenes religiosas con sede en Buenos Aires, eran propietarias de
estancias en la región pampeana. Los jesuitas se destacaban, como era de esperar, por las
dimensiones de su patrimonio rural (ej estancia de Areco). Los betlemitas también fueron,
para la región, fuertes propietarios rurales (ej. estancia de Arrecifes). En cambio los
dominicos y, probablemente, los mercedarios, eran dueños de estancias más reducidas
(ejemplo Nuestra señora del Rosario, del Convento de Santo Domingo). Las existencia de
ganado eran también variadas. Algunas estancias habían también diversificado su stock, no
solo criaban ganado, si no que cultivaban cereal y además contaban con herramientas de
carpinteria.

Todas las estancias eclesiásticas tenían esclavos. La iglesia podia asi cumplir el sueño de
todo estanciero: disponer de un plantel de esclavos que redujera sensiblemente su
dependencia de la errática y onerosa mano de obra libre asalariada. En las estancias
eclesiásticas en general, tenian cascos más sólidos y habían construido viviendas más
sólidas.

Infaltable era la capilla o el oratorio.

El mobiliario de las estancias de los religiosos no difiere mayormente del que exhiben las
explotaciones laicas.

Una comparación atenta de las estancias de la Iglesia y las de los empresarios laicos revela
diferencias más de escalas que de estructura interna. Las estancias religiosas, aún las más
modestas, más grandes que el promedio de las laicas. Todas tenian esclavos y tenían
capilla y caso algo más sólido que sin embargo estaba muy lejos de ser imponentes. En
cuanto a su organización interna, el tipo y las técnicas de producción no hay, en cambio,
diferencias visibles entre unas y otras.

Inversiones, gastos, ingresos y tasa de utilidad

Las inversiones necesarias para explotar una estancia a fines de la dominación española
eran mas bien modestas. La estructura de gastos de la estancia colonial: ahora sabemos
que la parte del león de los gastos se los llevaba el pago y la manutención de la mano de
obra. Y en menor medida, las compras de ropa para los esclavos y de alimentos
(mayormente yerba y sal) y la compra de útiles y el mantenimiento de las instalaciones.
Al analizar el componente de los ingresos totales de la estancia ( de Lopez Osornio) se
advierte la incidencia fundamental que la venta de novillos tenia en las entradas del
establecimiento, pues representaban el el 71,7% del total ingresado. Los ingresos derivados
de la explotación de la atahona no superan no superan el 12% del total, la venta de grasa y
sebo apenas alcanza a producir el 0,4% de los ingresos, en tanto que las entradas
derivadas de la venta de cueros no exceden el 7,3% del total de los ingresos de la estancia.
En resumidas cuentas, si la marca dependencia de la estancia colonial bonaerense del
mercado urban no puede en manera alguna negarse, no es menos cierto que aquella tenía
abiertas alternativas el mercado norteño y el ultramarino-que parecía dispuestos a explorar
simultáneamente o sucesivamente, según las fluctuaciones de la demanda y las de los
precios de sus productos. Queiza un análisis regional o microregional contribuya a afinar
nuestro compresión del tema.

La tasa de utilidad promedio entre 1785 y 1795 fue de 5% anual. Es decir que la producción
ganadera era rentable, mucho más racional de lo que se creía.

Las tareas y las técnicas agropecuarias

La estancia colonial desarrollaba básicamente dos tipos de actividades: unas que se


prolongaban todo o buenas parte del año -fundamentalmente ligadas a la cría y la guarda
del ganado- y otras de naturaleza temporaria, aunque no todas estas de índole
estrictamente estacional. El calendario era bastante lazo (con excepción de las faenas
agrícolas). Tareas temporarias: La marcación y la castración eran, entre las actividades
netamente pecuarias, las faenas importantes.

Cosecha y siembra, en las estancias que asociaban agricultura con ganadería, tenían lugar
en épocas del año mucho más precisas.

Las actividades más o menos permanentes giraban en torno de las recogidas y el pastoreo
del ganado y su vigilancia. Semanalmente se paraba el rodeo, esto es, se reunía el ganado
en lugares previamente elegidos de la propiedad para que se aquerenciase pues las
estancias (no tenían cerco). La ronda del ganado también era una faena anual así como el
amanse de los bueyes.

Las técnicas agricolas pampeanas durante el periodo colonial tardío: Para describir las
propiamente ganaderas tenemos un auxiliar invariable: las instrucciones de Rosas a sus
mayordomos. Había dos maneras de sembrar en la campaña bonaerense: mateada y a
chorro. Los que practicaban la primera empleaban el palo de cavador. Cavaban un hoyo
donde se colocaba la simiente. En el caso de emplear la segunda de las técnicas
nombradas, el productor sembraba a la volea en las melgas o surcos, y podia pasar luego la
rastra.
Pero eran las faenas realizadas en torno del ganado, es especial, el vacuno, las que definen
la rutina laboral de la estancia. Marcación y castración, eran en ese sentido dos actividades
fundamentales. Además el ganado vacuno deba ser “señalado” para su fácil
reconocimiento.

La faena de cueros era otra actividad básica de la estancia primitiva. Pero la actividad acaso
más característica de la estancia colonial eran las recogidas periódicas.La producción de
mulas era uno de las actividades más delicadas de la estancia colonial, una verdadera
proeza técnica para la época.
“LA POLILLA DE LOS CAMPOS”: LOS AGREGADOS

La idea se repite: el ocio, la choza, la fanega de trigo sembrada tras “arañar” la tierra, el
robo de ganado a los honorables hacendados de la vecindad. Es imagen oculta mal, sin
embargo, la intimidad y naturaleza de las relaciones sociales que caracterizan el
fenómeno de la agregación en la pampa colonial

Un caso de colonato

No es fácil analizar las características de la agregación porque se basaba en relaciones


informales, no escritas, entre el dueño de la tierra y el agregado. La fuerza de la costumbre
tenia ademas su peso en la determinación de aquéllas.

Era, en efecto, una relación básicamente consuetudinaria. El agregado era un caso típico de
colonato, sistema mediante el cual los terratenientes optan por compensar a sus
trabajadores, total o parcialmente, con la concesión del usufructo de un pequeño lote de
terreno. La agregación era precisamente una contraprestación: tierra a cambio de trabajo.
La relación entre el agregado y el estanciero es clara: el primero hacia prestaciones laboral
y el segundo, a cambio, de un derecho de pastaje, casa y comida. El agregado no recibía
un salario.

Tampoco la agregación implica el pago de un arrendamiento. Este sistema de reciprocidad


consiste en tierra a cambio de trabajo, se sustentaba ideológicamente en la noción de
intercambios de favores: el terrateniente se “compadecía” del agregado y le franqueaba una
parcela y aquél, en señal de “agradecimiento”, trabajaba para él. Por ejemplo se
desempeñaba en tareas de vigilancia. Además del usufructo de parcelas y pastos, como
vimos, los terratenientes ofrecían casa, comida, y en el caso de Bracamonte, ración de
yerba y un caballo en préstamos para efectuar sus rondas.

¿Cuánto duraban estos acuerdos? Como la relación no era contractual, la duración de


aquéllos dependía fundamentalmente de la voluntad y las necesidades del terrateniente.
Los agregados no eran, por lo que parece, muy duraderos, antes bien la nota dominante
parece haber sido la precariedad y, por momentos, la fugacidad. A veces el propietario
decidía deshacerse del agregado y pedía su desalojo. EL Agregado, ademas, se veía
expuesto a las arbitrariedades del estanciero. El agregado se encontraba en una situación
extremadamente precaria, pues su permanencia dependía de la voluntad del patrón. Pero
no estaba completamente desvalido: la misma abundancia de tierras le ofrecía alternativas
de refugio y todo hace pensar que, así como a veces eran despojados, otras veces se
marchaban por su propia cuenta.

Perfil de los agregados pampeanos

¿ quiénes eran estos agregados? El padrón de 1744 es algo explícito acerca de la índole
social, étnica y demográfica de los agregados. El total de agregados y sus hijos es de 469
para toda la campaña, de los cuales 469 para toda la campaña, de los cuales 295 son
adultos.
Predominan los migrantes del interior. Se trata de las mismas regiones que aportaron
peones a la campaña bonaerennse y no sería raro que más de uno de estos agregados
haya sido conchabado. Esta impresión se confirma al escudriñar la estructura por edades
de los agregados varones.

Los agregados son por lo general jóvenes; pero mas de la mitad excede los 30 años, es
decir, son algo mas viejos que los peones. Además la nupcialidad de los agregados es
considerablemente mayor que la de los peones.

El padrón 1744 es muy parco en lo que se refiere a la ocupación o actividad económica de


los agregados. Apenas conocemos las de 10% del total. Además de un zapatero, un
`pulpero, un militar, un maestro y un carreto, el resto está ligado a la actividad
agropecuaria, hay así un puñado de labradores y otros d

Los agregados de areco

Fuente de datos: el censo de 1739.

Predominaban los españoles, siguen los mulatos y luego los mestizos y finalmente los
indios. La gran mayoría no tienen derecho alguno sobre la tierra que ocupan, están o bien
agregados a tierras ajenas, a tierras de los bletemitas, o bien en tierras propietario
desconocido. Pero no todos son agregados a una parcela.
Hay asi agregados a la tierra, agregados a otra persona, agregados a casa o rancho y con
ganado agregado a rodeis ajenos. Pero además hay agregados con rancho y agregados sin
rancho, esto es, sin vivienda propia.
La situación de los agregados mestizos parece más precaria. La gran mayoría tiene ranchos
miserables con techos de paja, salvo excepciones.
¿Cual es la distribución del ganado según el grupo étnico que pertenecia el agregado?
Se advierte una correlación positiva entre la etnia y la cantidad de ganado en poder de cada
agregado. Asi los españoles tenían en conjunto y en promedio más cabezas de ganado
vacuno, caballar y ovino que los indios, los mestizos, y los mulatos tomados
separadamente. La distancia con las castas se acorta en el caso del ganado equino y el
ovino.
Está claro, empero, que el ganado de más valor es el vacuno y en este caso la primacía de
los agregados españoles es evidente.
La distribución del ganado según el acceso o no a una vivienda también revela que los
agregados con rancho se encontraban en situación algo más des-ahogada que los que no
tenían albergue propio.
Comparando los stocks ganaderos de los agregados de Areco con los de los arrendatarios
del mismo pago se nota de inmediato que los arrendatarios están en mejor situación (tenian
mucho más vacunos, caballos y ovejas) En el plano estrictamente económico al menos, el
status del arrendatario era más alto que el del agregado.
Como dice Garavaglia los agregados son el sector productor más empobrecido del pago
pues solo cuentan con el 7,04% del total de vacunos, el 11,00% de los caballos y el 7,24 de
los ovinos registrados en el empadronamiento del pago.
El estado, los agregados y los estancieros

¿Quiénes acogían agregados en sus tierras? Fuente: base de los datos del padrón de 1744,
revela que tanto estancieros como labradores los aceptan en sus explotaciones.

La razón para rodearse de ellos es ahora evidente: se economizaba trabajo a expensas de


la tierra. Se cambiaba un recurso escaso por otro abundante. El arreglo era más que
conveniente a primera vista pues el hacendado o el chacarero, al recurrir a esta forma de
colonato, se ahorraba el pago de salarios con la consiguiente reducción en los costos de
explotación. Sin embargo el trabajo asalariado era ineludible por dos razones: la primera es
que algunos estancieros se rehusaban a tener agregados por temor, evidentemente, a ver
evaporarse sus ganados. Pero aun los que estaban dispuestos a correr el riesgo debían
recurrir, muchas veces, a brazos alquilados porque el agregado, un productor agropecuario
en pequeño él mismo, podía no estar disponible para todas las faenas rurales, sobre todo
las permanentes, o a veces se marchaban dejando el estanciero en apuros. Es muy
probable que los agregados no cubrir toda la demanda de mano de obra de algunas
estancias, sobre las grandes. Habría un tercer motivo para no valerse de agregados: esta
práctica estaba rigurosamente prohibida, pero esta razon no arredraba a nadie.

El estado colonial tenía en la mira a los agregados, eran poco menos que las bestias
negras de la campaña para él. Se les acusaba de abigeato y de vagancia. Si la primera
acusación pudo, en más de un caso, tener ciertos asidero, la segundo, como vimos, era
infundada. El agregado trabajaba para su protector. El problema real, lo que se escondía
detrás de la acusación oficial de vagancia, era el hecho de que el agregado rara vez entraba
al mercado de trabajo.

El estado colonial -el Cabildo en particular- obsesionado como estaba por el problema del
orden rural y el abastecimiento adecuado de la ciudad, interesado como estaba por ello
mismo en garantizar el normal funcionamiento del sector agropecuario, veía en la
agregación un serio obstáculo que recortaba la oferta de trabajo y diezmaba el stock
ganadero destinado a fluir al mercado urbano. La persecusión a los agregados quiso pues
ser enconada pero tropezaba con el silencio boicoteo de los numeroso productores
agropecuarios que acogían arrimados en sus propiedades. En ningun lugar se advierte
mejor esta secreta tensión entre los intereses del Estado y los de los hacendados
infractores que en la política seguida por el Cabildo de Luján respecto de los agregados en
su jurisdicción. Luján es un buen punto de mira porque allí tuvieron los hacendados acceso
al poder político. En esa aldea bonaerense la tensión entre Estado y estancieros alcanzó
dimensiones esquizofrénicas. Los alcaldes hacendados lanzaban bandos iracundos contra
los agregados, mientras sus colegas seguían acogiéndolos silenciosamiente en sus
estancias.

La política del Cabildo de Luján contra los “vagos” y “malentretenidos” fracasó. Los
hacendados particulares sabotearon la política contra la gregación que sus colegas alcaldes
lanzaban, acaso sin mucha convicción, desde el Estado. En rigor, la lucha contra el colonato
pampeano debió dividir el frente de los hacendados. Por un lado los que ocupaban cargos
concejiles y los hacendados que se rehusaban tener agregados, por los motivos apuntados-
ambos bregando por eliminar o controlar el crecimiento del sector de los arrimados-,
mientras el resto, los que alentaban en su provecho propio,ignoraban sistemáticamente la
interdicción a tenerlos. La actitud de los primeros se debe porque eran, en ese momento, el
Estado mismo, necesitaban legitimarse ante la sociedad local y estaban obligados en tanto
magistrados a ocuparse del abasto y el orden rural so pena de perder aquélla. Su aliado, el
hacendado que se rehusaba a tener agregados, apoyaba su erradicación por dos motivos:
1)porque cada agregado que recibía a su vecino era un peón menos para él 2)porque ese
nuevo agregado se cernía amenazadoramente sobre sus rodeos. Perdía el peón y ganaba
un cuatrero. Eras raro el agregado que caía en manos de la justicia.

Alcances y límites de una relación clientelar: el surgimiento de Juan Manuel de Rosas


y una clientela política

En una pampa donde las actitudes deferenciales y la sumisión de la plebe rural hacia los
hacendado distaban de ser intensas, la agregación contribuía a crear y reforzar un modelo
de relación patrón-cliente que hundía sus raíces muy lejos en el tiempo y en el espacio. No
conviene exagerar la firmeza de lo lazos que vinculaban a los agregados con los
estancieros. Esas relaciones duraban poco tiempo y que lo molestos agregado pasaban a
engrosar, por momento, la población flotante de la campaña. ¿A qué se debía la difusión de
esta forma de colonato en el caso del orden colonial rioplatense? Al hecho de que aquella
economía pastoril economizaba trabajo-un insumo escaso-a expensas de otro mucho más
abundante, la tierra. La contraprestación tierra a cambio de otro parecia la estrategia más
conveniente para arraigar mano de obra en la estancia y a la vez evitar e pago de un alto
costo salarial. Pero en muchos casos el trabajo asalariado era ineludible, sólo porque los
agregados tenían la mala fama de alcanzarse con los ganado del hecendado que les daba
abrigo sino también porque, pequeño productor él mismo, podía no estar disponible para
todas las faenas de la estancia. Era también más fácil despedir peones o contratarlo por
temporadas que dehacerse de un agregado. Había otra razón que explica la recurrencia de
esta forma de relación: la expansión, aún acotada sin duda, de la economía pecuaria debida
al crecimiento del mercado urbano y también; aunque en menor medida, del mercado
externo. Esa expansión acentuó la demanda de brazo sembrando de agregados la pampa.

¿Era el acceso a una parcela bajo las condicione bien precarias que hemo examinado en
este capítulo una forma aunque sea modesta de ascenso social para los más
desheredados?
Sin duda si se era peón asalariado, devenir agregado podía implicar la posibilidad de poner
un pie en ese sector que se quiere campesino, y en ese sentido bien podía ser vivido como
una promoció social en un mundo rural y en una sociedad como la colonial donde trabajar
con las manos y estar en relación de dependencia de un patrón era considerado señal de
vileza social y pobreza. Pero la de agregado parece, a su vez, una condición más insegura,
y, en algunos pagos, menos próspera aún que la de arrendado.

Vía de ascenso social y también de descenso, no deben haber faltado los que resbalaron
así del arrendamiento a la agregación o siguieron el camino inverso en una estructura
agraria donde la estratificación de los sectores bajos era apenas incipiente. En todo caso el
pasaje de una condición a otra parece haber sido fluido y en absoluto irreversible. Si las
relaciones de dependencia personal, aún las de este tipo, eran, por momentos,
evanescentes; si el poder de las hacendados era, aun frente a estos clientes, acotado; si las
milicias rurales-hechas plebe, eran levantiscas y abandonaban sin más trámite al sargento
mayor.

El poder del caudillo Rosas sobre las masas rurales es ante todo personal y político, un
poder que ha sido hábilmente construido por él mismo y no heredado, un ascendiente que
no devenía primordialmente de su linaje, del control de un aparato estatal aún débil que
todavía no estaba en sus manos o de la misma estructura social que pudo quizá prefigurar,
en forma menos decisiva de lo que se cree, es liderazgo, pero no lo había determinado. No
solo la estructura de la sociedad agraria, surgido de la colonia tardía, no había determinado
ni producido aquel liderazgo sino que, me temo, estaba en realidad reclamandolo. Si
peones y gauchos seguían a ese hombre era menos por su condición de estanciero,
aunque los hacendados estaban en ascenso después de la revolución, que porque habia
sabido ganarse políticamente la adhesión personal de su clientela y lo había hecho, como él
mismo confesaba al diplomático oriental Santiago Vázquez, no invocando su condición de
rico señor de ganados que esperaba por ese solo hecho ser obedecido sino todo lo
contrario: contejando al gauchaje, mimetizándose en parte con él, haciéndose gaucho como
ellos, hablando como ellos, haciendo “cuando ellos hacían para ganar su influencia, su
confianza y adhesión. Había forjado una clientela política apelando, si hemos de creerle, a
una estrategia casi proselitista de captación personal de voluntades rústicas echando mano
para ello a una variada gama de recursos que ciertamente deben haber incluido el favor y
hasta la promesa de protección.

También había adoptado esa estrategia porque, en parte por lo que acabamos de decir, las
viejas redes clientelares, en su relativa precariedad, no bastaban para garantizarle el poder
aunque seguramente hizo pie en ellas para crearse su séquito rural. En todo caso aquellas
viejas relaciones clientelares no eran, por su misma naturaleza un tanto aleatoria suficientes
para asegurar y consolidar el férreo orden que soñaba con implantar en la arisca llanura que
lo vio crecer.

Para lograrlo no alcanzaba ni el terror ni la pertenencia a la nueva elite ganadera, debía


contarse además con cierta adhesión plebeya era mucho más necesaria y militante en la
ciudad pero no creo que no haya jugado ningún papel en el surgimiento y aun la
consolidación del orden rosista en la campaña.

El surgimiento del caudillismo rural bonaerense encarnado en la figura de rosas que, se


explica mejor desde el fracaso de los hacendados tardocoloniales en construir una sólida
hegemonía social, se entiende menor, en efecto, desde la perspectiva de una economía
pastoril que no había podido sujetar con éxito a los hombres y los ganados.