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Alejandro Morellón El sitio desde el que empiezo a entender el mundo es una isla, Mallorca, donde aprendo a leer, a caminar, a

contar hasta cien. En 2013 se publica el libro de relatos La noche en que caemos (Premio Fundación Monteleón). En 2015 quedo
finalista del Premio Nadal con la novela He aquí un caballo blanco. En 2016 se publica El estado natural de las cosas, (Caballo de Troya,
2016), antología de relatos con la que gano el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Actualmente resido en
Madrid. No sé silbar.
EL SEÑOR KARR, O LO QUE ES LA FIGURA ABOTARGADA DEL SEÑOR KARR, ES ENCONTRADO BAJO UN TUMULTO DE DINERO QUE EL CAJERO NO
HA CESADO DE ESCUPIR SOBRE EL CADÁVER.

A Félix Fénéon

Nada más retirar su tarjeta del cajero al señor Karr le llegan, procedentes del otro lado de la máquina, una serie de ruidos indefinibles que lo
confunden, chisporroteos metálicos que dan la sensación de que aquello va a estallar en cualquier momento, y que le ponen en situación de fuga y
«yo no he visto nada», como cuando el señor Karr es testigo de un robo, de un accidente en carreteras poco transitadas, de una pelea doméstica a
la que habría que poner denuncia, de un perro apaleado por unos chavales en el arrabal; en esa situación parecida a la que se encuentra cuando ha
gastado la última tira de papel higiénico en la oficina, y no sabe si avisar o no al servicio de limpieza, que al final acaba siendo que no, o cuando hay
un niño perdido en el supermercado y él prefiere desentenderse, fingirse despistado, mirar a otro sitio, todo con tal de no hacerse cargo de la
situación; ser, lo que se dice, un hombre miserable. El señor Karr es de los que miran las cartas al contrincante por el rabillo del ojo, de los que nunca
dejan propina, de los que acuden a los cumpleaños sin regalo, de los que se alegran cuando otros sufren.

El cajero tiembla y se encienden de forma intermitente todas las luces, y el señor Karr procede a marcharse sin avisar a nadie, sin dejar constancia
de su persona, no quiere estar allí cuando la máquina empiece a arder y tenga que elegir entre salir despavorido o llamar a los bomberos, al servicio
técnico, a la policía (sabe que escogería más bien lo primero y que luego tendría una leve sensación de ruindad, muy leve, de apenas unos minutos);
pretende darse la vuelta y reemprender la marcha cuando ve algo asomando por una de las ranuras del cajero, muy despacio, cada movimiento
acompañado de un chirrido como de impresora vieja, y parece que sí, que lo que sale es justo lo que parece: un billete de quinientos euros.

El aire en torno al señor Karr se hace más denso, la luz se intensifica, durante un segundo o dos le pitan los oídos. Vuelve a fijarse en la máquina. Un
centímetro tras otro se da el milagro, el divino alumbramiento: va asomando, cada vez con más presencia, el papel púrpura, y el señor Karr mira a
todos lados e inmediatamente se pone otra vez frente al cajero automático para que nadie más lo vea, rezando para que ninguno de los viandantes
se haya dado cuenta de que hay dinero de nadie saliendo de la ranura. Por un momento se pregunta si ese dinero bien puede ser suyo en realidad,
y se le cambia la cara por la de un hombre desalentado, pero se dice que no, ha retirado la tarjeta, lo recuerda perfectamente, el dinero no es suyo,
o no le pertenece, aunque ahora sí, ahora es suyo si nadie lo reclama, y nadie va a reclamarlo, no hay cámaras en ningún lugar, no habrá registro del
error. Se llevará el billete y ya está, será quinientos euros más rico, quizá invite a alguien a cenar, con vino de Rioja y todo. Falta poco para que el
billete salga y él pueda cogerlo y darse a la fuga. Un par de coches pasan despacio y él se pega más al cajero, como si quisiera hacerle el amor, como
si su cuerpo se sintiera atraído por el calor de las máquinas, por el olor del dinero. Sale, por fin, el billete, y el señor Karr lo agarra como si agarrara
una hebra de oro, apretando mucho los dedos en pinza para que el papel no se vuele (pero no hace ni pizca de aire). Vuelve a mirar hacia atrás y
sonríe, tiene el billete y nadie le ha visto, ahora lo más sensato es abandonar el sitio para que nadie del banco venga a reclamar el dinero y se le
acabe el milagro. Pero no. El señor Karr, como ya hemos dicho, es un señor de baja estofa moral, irremediablemente avaro, una de esas personas
que piensan en toda situación: «¿qué puedo sacar yo de todo esto?». Se queda, espera para ver si se produce un segundo milagro, se guarda
rápidamente el billete en el bolsillo y agudiza la vista, la dirige a la consabida y bendita ranura. Y sí, ocurre, otra vez el ruido, cientos de resortes
activándose detrás de la pared: otro billete.

Al tercer billete el señor Karr, algo perturbado, empieza a tener sudores fríos; se le contraen las manos de puro nervio y unos cuantos espasmos le
cruzan la cara (le hacen levantar la ceja derecha y el labio superior sin control ninguno). Cada vez que sale un billete, se sobresalta. Ha empezado a
respirar al compás del sonido del cajero. Abre y cierra las manos y cada tres segundos gira el cuello rápido para mirar atrás, arriba, a los dos lados;
comprueba que no hay nadie, sonríe, pero la sonrisa le dura más bien poco, vuelve a instalarse en él la duda, ¿le habrá visto alguien? ¿Será todo un
desafortunado montaje? ¿Una cámara oculta? Solo de pensarlo se le agarrota el cuello. Observa el nuevo billete púrpura (ya es el decimonoveno):
es verdadero y está liso, recién sacado del horno, a estrenar. Lo dobla con cuidado y se lo mete en el bolsillo, junto a los otros.

Cada vez salen más deprisa y a él cada vez le cuesta más esfuerzo doblarlos bien y metérselos en el bolsillo sin pliegues, así que pronto acaba
haciéndolo mal, los billetes empiezan a abultar en sus bolsillos, ya casi no dan más de sí y cuando no caben más se mete la camisa por dentro y
empieza a deslizarse los billetes por el cuello (nota el frescor del dinero en la piel, la riqueza colándosele en el pecho hasta el cinturón). Pronto, en
menos de diez minutos, la camisa va cediendo, el señor Karr se ensancha, se infla de billetes. Hace todo lo posible para seguir el ritmo de la máquina,
que ahora es más expeditivo, un billete, otro, otro más, y el señor Karr se los encaja como puede, bajo las axilas, dentro de los calzoncillos, en los
bolsillos traseros del pantalón. Maldice por no haber salido con el carro de la compra. Se dice que podría irse y sentirse satisfecho, pero no se va,
cada vez con más sudor, con la cara encendida del esfuerzo y los ojos estroboscópicos mirando los siguientes quinientos euros. Ah, ya sabe, en los
zapatos, bajo las suelas, por dentro de los calcetines, en la ranura del culo, a cada nueva idea se ríe y sus ojos brillan. Luego resopla, le caen gotas de
sudor por la frente y la espalda. Se están mojando los billetes, piensa. ¿Hasta cuándo saldrán? ¿No sería mejor irse, ahora que parece un muñeco
hinchable? Ya no le caben más en ningún sitio, ¿no? Sí, espera, en la boca; si abre mucho la boca puede caberle un buen fajo de quince o veinte
billetes, eso son diez mil euros más, para el Rioja, tal vez un viaje, se dice. Abre la boca todo lo que puede para meterse una nueva tanda de billetes,
dos, tres. Se oye un claxon a dos manzanas de allí y el señor Karr pega un respingo, da un salto y vuelve a encogérsele el cuello; por efecto del susto
sus pulmones han reaccionado aspirando lo más posible y uno de los billetes ha sido, lo que se dice, succionado, hasta quedarse a medio camino
entre la garganta y la tráquea. El señor Karr boquea, abre mucho los ojos, intenta toser y en ese intento se incrusta más el billete y le obtura toda
salida o entrada de aire. Los ojos le lloran y empieza a ejecutar aspavientos para que alguien le vea, pero no hay nadie. No hay nadie.

Fotografía: César Viteri

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