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Tema 10 EBAU. Revolución liberal en el reinado de Isabel II.

Carlismo y guerra civil. Construcción y evolución del Estado liberal

Introducción.

Con la muerte de Fernando VII desapareció el absolutismo monárquico y se inició


un proceso de cambio político hacia un sistema de carácter liberal en España. Este
tránsito hacia el liberalismo, que siempre fue incierto y estuvo amenazado por la
posibilidad de una victoria militar de los carlistas, se produjo durante el reinado de Isabel
II. El marco legal necesario para llevarlo a cabo lo proporcionaron el Estatuto Real de
1834 y, posteriormente, las Constituciones de 1837 y 1845. A lo largo de su reinado se
produjeron modificaciones sustanciales en todos los ámbitos: en primer lugar, se
configuró una monarquía constitucional, inspirada en los principios del liberalismo
político; en segundo lugar, se sentaron las bases de una economía capitalista; por último,
y como consecuencia de lo anterior, desapareció la vieja sociedad estamental y se
estructuró una nueva sociedad de clases. Pero la monarquía isabelina se fue volviendo
cada vez más reaccionaria, y acabó sin más apoyos que el Partido Moderado y la
oligarquía económica del país.

Finalmente, en 1868 se produjo una revolución de carácter marcadamente popular


que provocó el derrocamiento de la reina, y comenzó entonces un proceso de
democratización, conocido históricamente como Sexenio Democrático o Revolucionario.

Desarrollo

1. La Regencia de M aría Cristina (1833 -1840)

Los años comprendidos entre 1833 y 1843 fueron decisivos en la evolución política
de España. En ellos se produjo la instauración definitiva del Liberalism o en
nuestro país, venciendo la oposición armada de los tradicionalistas, agrupados en el
Carlismo.

El movimiento carlista apoyaba las pretensiones al trono de Don Carlos M aría


Isidro, hermano de Fernando VII, en contra de la línea sucesoria de Isabel II. El
Carlismo defendía a ultranza el mantenimiento de las tradiciones del Antiguo Régimen,
en oposición a una modernidad identificada con la Revolución Liberal.

El núcleo ideológico del Carlismo se articulaba en torno a cuatro puntos


fundamentales: la tradición del absolutismo monárquico; la restauración del poder de la
Iglesia y de un catolicismo excluyente; la idealización del medio rural y el rechazo a la
sociedad urbana e industrial; la defensa de las instituciones y fueros tradicionales de
vascos, navarros y catalanes frente a las pretensiones liberales de uniformidad política y
jurídica.

Entre los apoyos sociales del Carlism o destacaban el sector m ás


conservador del clero y una parte del cam pesinado que veía amenazadas sus
tradiciones y su situación económica por las reformas liberales. En cuanto a su ámbito
geográfico, arraigó principalmente en las zonas rurales de las Vascongadas, Navarra,
Aragón, la Cataluña interior y el M aestrazgo.

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1.1. La Prim era G uerra Carlista (1833-1839).

Los primeros levantamientos carlistas ocurrieron a los pocos días de morir


Fernando VII, pero fueron sofocados con facilidad, excepto en las zonas rurales de las
regiones anteriormente citadas.

En una prim era fase, los ejércitos se organizaron y la iniciativa quedó en


manos de los carlistas, cuyo jefe más destacado fue Zum alacárregui. No obstante, en
la segunda fase el conflicto se extendió del ámbito regional al nacional. En el bando
isabelino destacó el general Espartero y en el carlista, el general Cabrera. Por otra
parte, en la tercera fase se produjo una ofensiva isabelina que provocó el repliegue
de las fuerzas carlistas. Esto provocó una división interna en este bando entre los
intransigentes y los m oderados, liderados por el general M aroto, quienes eran
partidarios de llegar a una paz honrosa con el enemigo.

Las negociaciones entre Maroto y Espartero culminaron en el Convenio de


Vergara en 1839, que marcó el fin de la guerra en el Norte. No obstante, Cabrera
resistió en el Maestrazgo casi un año más. La acción de los carlistas se reactivaría de
forma discontinua a lo largo del siglo XIX, demostrando la persistencia del movimiento
tradicionalista en España.

1.2. El Sistem a de partidos.

Con respecto a los liberales, se constató la división en dos grupos diferenciados:


los moderados y los exaltados, que empezaron a denominarse progresistas.

Por un lado, el Partido M oderado, cuyo espadón era el general Narváez, se


apoyaba en los grandes terratenientes, la alta burguesía y las clase m edia-alta.
Defendía las concepciones del liberalism o doctrinario francés, partidario de la
soberanía compartida entre el rey y las Cortes, así como de dotar al monarca de
amplios poderes y de limitar los derechos individuales de los ciudadanos.

Por otro lado, el Partido Progresista, cuyo espadón era el general Espartero,
tenía su base social en la pequeña y m ediana burguesía y, en general, en las clases
medias, empleados y artesanos. Seguía la tradición de los exaltados del Trienio Liberal,
propugnaba la soberanía nacional, representada en las Cortes, cuyo protagonismo
político debía lim itar el poder del rey.

Ante la falta de una burguesía fuerte sobre la que apoyarse, la monarquía liberal
recurrió al único grupo fuerte y capaz de defenderla de las amenazas del Carlismo: los
m ilitares liberales. El reinado de Isabel II se caracterizó por la alternancia en el
gobierno de progresistas y moderados, en un clima de inestabilidad política
acentuado por los continuos pronunciamientos militares.

1.3. Las regencias de M aría Cristina y de Espartero. (1833 -


1843)

Durante la minoría de edad de la reina, actuaron como regentes, en primer lugar


su madre, María Cristina (1833-1840) y, tras los altercados revolucionarios de 1840, el
general Espartero (1840-1843). En este período de regencias se alternaron en el poder
moderados y progresistas, aunque la reina mostraba cierta preferencia por los primeros.

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En conjunto, fue una etapa fundamental en la im plantación del liberalism o
en España, en un contexto de auténtica guerra civil. Durante estos años se llevó
a cabo la división provincial en 1833, obra de Javier de Burgos; la
desamortización eclesiástica iniciada en 1836, llevada a cabo por el ministro de
Hacienda, el progresista M endizábal, con el fin de allegar fondos a la Hacienda; la
abolición de instituciones del Antiguo Régimen como el régimen señorial, los
gremios, la supresión de mayorazgos, etc.

Este período se caracterizó por una intensa actividad legislativa, tanto por
parte de los moderados como de los progresistas. A comienzos de la regencia de María
Cristina se promulgó el Estatuto Real (1834), que representaba una solución de
compromiso entre el absolutismo y el liberalismo. No era propiamente una constitución,
sino una carta otorgada. Su contenido se basaba en la reforma de las Cortes del
Antiguo Régimen. En lo sucesivo, éstas serían bicamerales y estarían compuestas por
un estamento de Próceres, elegidos por la Corona y un estamento de
Procuradores. Ambas cámaras tenían una función más consultiva que legislativa, pues
eran convocadas, suspendidas y disueltas por el monarca, y sólo podían deliberar sobre
asuntos planteados por él mismo.

La vigencia del Estatuto Real fue breve. El 12 de agosto de 1836, un


pronunciam iento progresista, protagonizado por un grupo de sargentos de la
Guardia Real en el Palacio de La Granja obligó a la regente a proclamar la
Constitución de Cádiz y a nombrar un nuevo gobierno que convocó elecciones a Cortes
Constituyentes.

En estas nuevas Cortes, los progresistas tenían un predominio absoluto. En 1837


se redactó un nuevo texto constitucional con el fin de que pudiera ser aceptado por
progresistas y moderados. La im portancia de la Constitución de 1837 radica en
que im plantaba definitivam ente el régim en constitucional en España,
estableciendo un régimen parlamentario similar al francés o al belga.

Presentaba semejanzas con la Constitución de Cádiz en cuanto al principio de


soberanía nacional, el reconocimiento de un am plio repertorio de derechos
de los ciudadanos, la división de poderes, la importancia de las Cortes o la
lim itación del poder de la M onarquía. Pero también recogía aspectos típicos del
moderantismo como las Cortes bicam erales, la concesión de poderes al rey en cuanto
a la convocatoria y disolución de las Cortes y el derecho a veto. También se mantenía
el sufragio censitario.

Los progresistas llevaron a cabo una serie de reformas económicas entre las que
destaca la Desamortización, un proceso que consistió en la expropiación, por parte del
Estado, de las tierras eclesiásticas para su posterior venta a particulares en pública
subasta. Los objetivos que se perseguían eran financiar la guerra civil contra los carlistas
y convertir a los nuevos propietarios en adeptos para la causa liberal.

2. El reinado personal de Isabel II (1844-1868)

Hubo un período de transición entre 1840 y 1843, en el que la regencia estuvo a


cargo de Espartero y en el que incluso María Cristina tuvo que exiliarse, que culminó con
un pronunciamiento encabezado por Narváez. La mayoría de edad de Isabel II abrió una
etapa política caracterizada por el predominio absoluto de los moderados, quienes
gobernaron durante la mayor parte del reinado.

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En la llamada “Década moderada” (1844-1854), el régimen político dio un giro
notable hacia posiciones conservadoras, que quedaron fijadas en la Constitución de
1845. Esta constitución se presentó como simple reforma de la de 1837, pero su
verdadero objetivo era ajustar el sistema político a las pretensiones del Partido Moderado
para garantizarle el gobierno. Anuló los aspectos más progresistas de la anterior,
sustituyó la soberanía nacional por la soberanía compartida por el rey y las
Cortes, se aumentaron los poderes del rey, se hizo una declaración de
confesionalidad y unidad religiosa, etc.

Los logros más importantes de la etapa moderada fueron: la creación de un


orden jurídico unitario, manifestado en la elaboración de un nuevo Código Penal
(1848), la Ley de Enjuiciam iento Civil y el proyecto de Código Civil; la creación de
una fuerza de policía eficaz para el medio rural, la Guardia Civil (1844), una institución
que representaba el centralismo y la uniformidad; un sistema moderno de
im puestos uniforme para toda España, creado por el ministro de Hacienda, Mon.
También se reorganizó la Administración provincial y local.

En estos años se solucionó la cuestión eclesiástica. Se llegó a un acuerdo con


la Iglesia por medio de la firma del Concordato de 1851, en el que se reconoció la
exclusividad de la Religión Católica. La Santa Sede reconoció la validez de las
expropiaciones pasadas a cambio del mantenimiento estatal del clero.

La oposición política al régimen moderado vendría de los progresistas, quienes a


raíz de las revoluciones de 1848, sufrirían una escisión en dos tendencias: progresistas
y demócratas.

El Partido Demócrata integraba a socialistas radicales, republicanos y


simpatizantes del incipiente Socialismo, y aspiraba a tener su base social en las clases
populares, sin desdeñar a destacados intelectuales. Su programa político defendía la
soberanía nacional y el sufragio universal, la libertad de conciencia, el
derecho de reunión y asociación, la instrucción primaria universal y
gratuita, la intervención del Estado en otros ámbitos de la asistencia social. Pero
por su oposición a la monarquía de Isabel II, no participó nunca en su sistema político.

De hecho, la monarquía isabelina fue adquiriendo un carácter cada vez más


reaccionario y excluyente, bajo el control de los moderados, que sólo estuvieron fuera del
gobierno en dos ocasiones: durante el Bienio Progresista (1854-1856) y durante el
gobierno centrista de la Unión Liberal (1858-1863).

El Bienio Progresista (1854-1856) supuso un nuevo impulso para las


transformaciones económicas de signo liberal, pero los progresistas, para acceder al
gobierno, tuvieron que recurrir, una vez más, al pronunciamiento militar, protagonizado,
esta vez, por el general O’Donnell en Vicálvaro. Este acontecimiento es conocido
como “la Vicalvarada” (1854), y fue acompañado de un levantamiento popular en
ciudades como Madrid, Barcelona, Zaragoza y San Sebastián. La reina entregó el poder a
Espartero, quien lo compartió con O’Donnell. Los progresistas elaboraron una
constitución en 1856 que no llegó a entrar en vigor, pero que recogía los
principios esenciales del progresismo español: soberanía nacional, Milicia Nacional,
alcaldes de elección popular, limitación de las facultades de la Corona, etc.

Entre las reformas económicas del Bienio Progresista, destaca sobre todas las
demás, la Desamortización General, llevada a cabo por el ministro de Hacienda,
Pascual M adoz, a partir de 1855, que incluía a todo tipo de tierras

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am ortizadas, las de la Iglesia aún no vendidas y las de bienes de propios y tierras
com unales de los m unicipios. Los objetivos de la misma eran reducir la deuda
pública y destinar la mayor parte de los ingresos a financiar la construcción de
infraestructuras, especialmente, la red de ferrocarriles.

El Bienio Progresista fue un régimen inestable regido por dos espadones,


Espartero y O’Donnell, de mentalidad muy diferente. Este último fue el líder de una
nueva formación política, La Unión Liberal, que se constituyó en estos años como
partido de centro. Se componía de miembros del ala derecha del Partido Progresista y,
sobre todo, de los del ala izquierda del Partido Moderado. Aspiraba a ser una alternativa
política al progresismo radical y al moderantismo reaccionario.

El período de la Unión Liberal y el m oderantism o (1856-1868) supone


una vuelta al m oderantism o político pero con un cierto eclecticismo. O’Donnell y
Narváez presidieron los gobiernos que se turnaban en el poder durante los últimos
doce años del reinado de Isabel II. El rasgo más sobresaliente de esta etapa fue la activa
política exterior con la que O’Donnell pretendió devolver a España el prestigio
internacional que había perdido. Para ello, embarcó al país en una serie de intervenciones
militares de escaso interés y pobres resultados, como fueron la expedición a la
Cochinchina, la guerra contra M arruecos o la intervención en M éxico.

En política interior, la labor del gobierno de la Unión Liberal se manifestó en la


reorganización de diputaciones y ayuntamientos, en la disolución de la
M ilicia Nacional y de las Cortes, en la suspensión de la desamortización
eclesiástica y en la restauración de la Constitución de 1845. En este período se
otorgaron las principales concesiones para la construcción de infraestructuras
ferroviarias a com pañías extranjeras, que importaron el material ferroviario, con lo
que la construcción de la red española no estimuló apenas la industria siderúrgica
nacional.

Al final del período, el régimen de Isabel II estaba desacreditado y el clímax se


alcanzó en 1866, cuando confluyeron una aguda crisis económ ica con una crisis
política, que acentuó el descontento social y abrió el camino a la Revolución de 1868.
Los problemas económicos fueron provocados por la quiebra de las compañías
ferroviarias por falta de rentabilidad. A esto se le añadió una crisis agraria que hizo
subir los precios de los productos agrícolas. En cuanto a los problemas políticos, hay que
destacar el agotamiento del régimen isabelino, que se había vuelto más reaccionario en
manos de una cam arilla de m oderados, hacia los cuales la reina no ocultaba su
favoritismo. Esta situación creaba tensión entre unionistas y m oderados.

En agosto de 1866, progresistas y dem ócratas firmaron el Pacto de


Ostende, en el que decidieron aunar esfuerzos para derrocar a la reina y establecer un
nuevo sistema político. Al año siguiente, se añadió a este bloque opositor la Unión Liberal,
tras la muerte de O’Donnell. De este modo, Isabel II y el Partido Moderado estaban
políticamente aislados, sin más apoyo que el que se ofrecían mutuamente. Finalmente, en
septiembre de 1868, con la sublevación del alm irante Topete en la Bahía de Cádiz
se iniciaba el movimiento insurreccional conocido como “La Gloriosa”, que pondría fin
al reinado de Isabel II y daría paso al período conocido como Sexenio Democrático.

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Conclusión.

Durante el reinado de Isabel II se produjo la instauración del liberalismo en


España. Fue un proceso largo y costoso, que encontró un primer obstáculo en los
tradicionalistas carlistas, que negaban la legitimidad de su reinado y provocaron una
guerra civil. Esta situación fue clave para que la reina se apoyase definitivamente en los
liberales y se desarrollase una monarquía liberal. El marco legal que permitió la creación
del Estado liberal lo representaron las Constituciones de 1837, de signo progresista, y de
1845, de carácter moderado, que tuvo una vigencia más prolongada.

El liberalismo español sufrió durante este período diferentes escisiones que


crearon diversos partidos políticos: progresistas y moderados, demócratas y unionistas.
El principal problema era que no se trataba de partidos de masas, sino más bien de
agrupaciones de notables que tenían que buscar en el Ejército a un general, un espadón,
que les liderase. De este modo, cuando algún partido de la oposición quería acceder al
gobierno, tenía que recurrir, en muchas ocasiones, a la práctica del pronunciamiento
militar.

Los progresistas llevaron a cabo las reformas más radicales en la Economía, tales
como las grandes desamortizaciones de Mendizábal y de Madoz, mientras que los
moderados llevaron a cabo una política económica más conservadora. La reina mostraba
su claro favoritismo hacia los moderados y esto acabó aislándola del resto de partidos,
quienes, finalmente, optaron por sublevarse en 1868, dando paso al Sexenio Democrático,
el primer intento democratizador de la Historia Contemporánea de España.

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Texto 3. El convenio de Vergara. 31 de agosto de 1839. Cuartel
general de Vergara.

Convenio celebrado entre el Capitán General de los Ejércitos Nacionales, don Baldomero Espartero,
y el Teniente General don Rafael Maroto.

Art. 1o.- El Capitán General don Baldomero Espartero recomendará con interés al Gobierno el
cumplimiento de su oferta de comprometerse formalmente a proponer a las Cortes la concesión o
modificación de los fueros.

Art. 2o.- Serán reconocidos los empleos, grados y condecoraciones de los generales, jefes y oficiales,
y demás individuos dependientes del ejército del mando del Teniente General don Rafael Maroto,
quien presentará las relaciones con expresión de las armas a que pertenecen, quedando en libertad de
continuar sirviendo defendiendo la Constitución de 1837, el trono de Isabel II y la regencia de su
augusta madre, o bien de retirarse a sus casas los que no quieran seguir con las armas de fuego.

Art. 4o.- Los que prefieran retirarse a sus casas siendo generales y brigadieres obtendrán su cuartel
para donde lo pidan con el sueldo que por reglamento les corresponda: los jefes y oficiales obtendrán
licencia limitada o su retiro según reglamento [...].

Ratificado este convenio en el cuartel general de Vergara, a a 31 de agosto de 1839. El Duque de la


Victoria. Rafael Maroto. Vitoria.

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