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María Fernanda Miranda González

Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo


Emmanuel Lévinas

El enfoque con el que Lévinas analiza el movimiento del nacionalsocialismo


ciertamente podría parecer extraño a las deliberaciones propias de su tiempo,
pero este autor consigue asir con sus reflexiones un hilo que marca la dirección
que la política llevaría muchos años después.

El hitlerismo no puede interpretarse meramente como ideología racista, hay


toda una tradición del pensamiento occidental que lo sostiene y lo posibilita. Lo
que se está jugando de fondo es la escisión cuerpo/espíritu que
tradicionalmente se ha asumido, y la primacía que se le ha dado al espíritu
sobre el cuerpo.

Los discursos del liberalismo y el cristianismo en favor del espíritu parten del
concepto de libertad. No sólo en el sentido ontológico en el que la materia (el
cuerpo) está sujeta al devenir, y entonces es paciente de una causalidad de la
que no tiene control; está, pues, determinada, sino también apelando a la
inevitable contingencia del cuerpo. En efecto, como cuerpos nos
desenvolvemos en un contexto histórico, social y cultural tan específico que
parece que estamos condenados a cargar en nuestra carne el peso de toda la
historia; estamos, pues, condenados. En cambio el espíritu promete salvación;
aquello que parecía insuperable es trascendido por una potencia que no
conoce ningún tipo de limitación. El espíritu puede renovarse eternamente,
ofrece la posibilidad.
Aquello que el cristianismo ha llamado “salvación”, el liberalismo lo ha llamado
“soberanía de la razón”: Ahí donde la promesa de un tiempo mesiánico en el
que el orden de las cosas que sufrimos se rescindirá ya suena corto para el
espíritu del tiempo, se sustituye por la apuesta de que la razón puede, y debe,
abstraer al sujeto trascendental de su contexto, liberarlo de sus cadenas
contingentes, mostrarle lo universal que somete al mundo y la tabula rasa que
son estructuras lógicas de las que siempre partirá.

Tratados amplios se escribieron como suerte de recetarios para purgar al


espíritu de las exigencias corporales, para tender a eso que ofrece la
posibilidad y la salvación y no perderse en la inmundicia de lo concreto y

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condenarse. Ni siquiera Marx, observa Lévinas, fue capaz de salirse por


completo de esta línea de pensamiento.

El hitlerismo apunta justamente a ese otro lado de la balanza que


instintivamente se había relegado; ensalza principios que los hombres como
raza alemana, es decir, como cuerpos que viven y aceptan lo concreto de su
contexto, deberían celebrar. El hombre ya no es sólo espíritu es también
cuerpo y, entonces, debe aceptar su “condena” pues de otro modo se estaría
negando a sí mismo. La universalidad que la razón como facultad separada y
de abstracción ofrecía ahora se instaurará desde su opuesto; se parte de lo
concreto para hablar de la verdad, y ese es el peligro de haber hecho al
hombre esencialmente cuerpo de manera tan repentina.

Ahora se renuncia a la idea de que a la verdad se llega separándose del


mundo; ésta será lo que biológicamente llame a serlo, lo que las circunstancias
más inmediatas proclamen que lo es. Y aún dotada de ese carácter
contingente, la verdad sigue apuntando a la validez universal, así el
nacionalsocialismo responde a la necesidad de propagar la verdad/su verdad,
de hacerla una y la misma para todos.

Los hechos del mundo (absolutos) que como raza se les presenta a los
alemanes son, pues, muy específicos, y por tanto, peligrosamente excluyentes
de los cuerpos de otros territorios y del orden de las cosas que a éstos, en su
contexto, les aparezca evidente.

La idea de partir de nuestras limitaciones históricas, sociales y culturales es


atractiva porque ofrece realización y satisfacción de una manera muy patente
en un medio que nos es inmediato. Mientras que el cristiano se resigna a vivir
mediocremente hasta el momento de la salvación, aquel que haga de su
condición biológica el marco de referencia para darle sentido al mundo que
habita, podrá experimentar aquí y ahora esa satisfacción que estaba negada
para los que no fueran puros de espíritu.

Por otra parte, las reflexiones del autor dan luz al desarrollo político que siguió.
En efecto, pensar en los hombres primordialmente como cuerpos abre la
posibilidad de hacer una política de la vida que esté permeada por la lógica del

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capital. Los cuerpos son cuantificables, caben en estadísticas y pueden


controlarse en su papel numérico. Además, si somos esencialmente cuerpo
nuestras necesidades biológicas exigen primacía; en otras palabras, podríamos
renunciar a todas nuestras libertades políticas y nuestros derechos si nuestra
seguridad vital y nuestra comodidad son aseguradas.

Asimismo, hacer al cuerpo el sujeto de la política faculta al soberano (sea este


una colectividad, un aparato, un Estado o un singular) a disponer de una esfera
que había permanecido privada; los hombres ya no pueden, en su autonomía,
decidir sobre su existencia (como cuerpos), es al soberano al que le
corresponde esta actividad.

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