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3/3/2018 “Dopo il genere”[1] ...

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“Dopo il genere”[1] ...


Escrito por Gabriela Rodríguez.

“Dopo il genere” indica la obertura de un tiempo que se vislumbra como lo actual en la experiencia
contemporánea de la sexualidad, que a vuelta del boomerang que fragilizó las ficciones ordenadoras de la
distribución sexual, nos muestra el rostro caleidoscópico de una promovida diversidad en materia de sexos.
En una época designada como victoriana, Sigmund Freud inventó una vía que tomaba en su experiencia el
malestar de la época por boca de ciertas mujeres dispuestas a decir sobre el arreglo siempre fracasado entre
sexual e ideal. Nosotros, ya no victorianos, aunque igualmente empujados a hablar de sexo, discurrimos
sobre la reasignación del sexo quirúrgica y/o jurídica, sobre el reconocimiento de las identidades de género o
las variantes transgenero. El uso de un neutro que rechaza cualquier determinismo que venga del lenguaje
nos empuja a eliminar toda marca de género en la lengua, un resabio hetero-normado. “Dopo il genere” la
atmósfera de la época y su creciente relativismo nos quiere diversos, nómades, múltiples, queers…no se trata
ahora del arreglo fracasado entre sexual e ideal sino de un ideal sexual.

La vía freudiana que inaugura la presencia del discurso analítico, lejos del abrigo de las tradiciones se
mantendrá abierta si se sostiene en una posición doble, señalada recientemente por Eric Laurent [2], en la
que: no solo constata la fragilidad de las ficciones con las que se arma la época sino que además se plantea la
posibilidad de situar lo que en esa fragilización podría consonar con él.

I.
Il genere, emerge como resultado de algunas intervenciones que retroactivamente se han vuelto claves,
piedras lanzadas contra la imaginada quietud de un estanque cuya transparencia no es más que el
desconocimiento de la vía abierta por Freud. En 1955 un eminente endocrinólogo neozelandés, John Money
decide trasplantar el término gender desde la ciencia del lenguaje a la ciencia de lo sexual para producir con
este transplante un nuevo uso, si bien ya tenía una historia en el mundo anglosajón. [3] El término gender
ahora asociado a la teoría del rol crecida en el suelo de la sociología funcionalista norteamérica, consigue
atraer la atención sobre el papel que juega la interacción social como un elemento clave en la adquisición de
una identidad sexual sea masculina o femenina, con el consecuente conductismo social al que tal
consideración se presta.Este nuevo uso científico del término aparecía como el suplemento preciso al término
sexo [4], así lo declara el propio Money en la introducción a la edición española de su Desarrollo de la
sexualidad humana, un remedo capaz de sortear un obstáculo que comienza siendo terminológico, por caso:
cómo llamar a un niño, cuyo pene se presenta disminuido ya sea por una causa accidental o por alguna
malformación congénita, que se muestra sin embargo en todo evidentemente masculino, fuera de su
particularidad genital. En el colmo del malentendido suscitado por el error común [5]. Tras Money en 1968
Robert Stoller un destacado psicoanalista norteamericano, haciéndose eco de aquellos estudios, será quién
definitivamente establece la división de la identidad sexual en sexo y género, división que afectará a la
consideración de la sexualidad de allí en más. Esta vez, haciendo lugar al forzamiento que el transexual hace
del discurso sexual, por caso: “soy una mujer en el cuerpo de un hombre”. Es en el intento de salvar la
contradicción que introduce el enunciado, que Stoller plantea la división y así logra dar un lugar presumible
en el reparto de la sexualidad, a lo que viene de la biología y o lo que viene de lo social. El binario quedaría
instalado.
Mientras tanto por esos años Lacan en su Seminario, cortocircuitando ese binario y las categorías a las que
responde, construía la sexuación como un proceso en el que una “decisión inconciente”, que es inscripción
en la función fálica, consigue enlazar lo pulsional y el lenguaje. Claro está que ni lo pulsional se corresponde
con la biología ni el campo del lenguaje se recubre con la mera influencia social cuando se lo considera en su
faz de causar el goce para cada uno. “La identificación sexual no consiste en creerse hombre o mujer” podía
afirmar Lacan en 1974, despejando cualquier aporía que se pudiera suscitar entre los predicados del yo y una
supuesta evidencia anatómica que no es tal, sino a vuelta de la dependencia del lenguaje con la que se la
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mira. En todo caso, la sexuación propuesta por Lacan se separa tanto del expediente anatómico: sexo y
sexuación no se corresponden, tanto como de la teoría del género: sexuación y género no se recubren. Los
ejemplos opacan el binario mentado por su presencia en el Seminario: la identificación viril en una anatomía
de mujer cuya posición sexuada deberá ser esclarecida, la escritura mística testimonio paradigmático del
goce femenino en una anatomía de hombre, tal el caso de San Juan de la Cruz.
Sin género de duda la distancia zanjada entre estas posiciones: una que se ordena a partir del binario
sexo/género, otra que interroga la vía freudiana retomada por Lacan, se mantendría. El alcance de la noción
de género, elevada al estatuto de una categoría útil mostraría su fertilidad a la hora de explicar “los modos
posibles de atribución a los individuos de propiedades y funciones imaginariamente dependientes de su
sexo” [6]. La gender theory permaneció en el terreno de una lógica de atribución con la que develaba la
existencia de unos predicados presentes en la cultura, que funcionaban como atributos para cada sexo, lo que
la hizo confinar en la búsqueda de supuesta esencia. Al mismo tiempo, por este sesgo comenzara a mostrar lo
que la misma noción no consigue apresar: por un lado la existencia de sujetos que no se avienen a la
atribución asignada y por otro la dimensión de lo pulsional, la satisfacción que se excluye del atributo. Si el
sujeto se presenta en el origen como un polo de atributos por venir - afirmaba Lacan en 1958 [7] - y son
significantes ligados a un discurso los que le caerán encima por así decir, se tratara de cernir en cada caso
aquello que la identificación no satisface y que se expresa como “malestar de género” [8], puesto en pie de
igualdad con el malestar en la cultura freudiano.
Tras una década de marcada vigencia, la noción de género sería objeto de una crítica sistemática tanto por su
inadecuación teórica como por su naturaleza políticamente imprecisa [9], produciendo a ojos vista de Rossi
Braidotti un reordenamiento interno de las posturas teóricas del feminismo que se sostenía hasta ese
momento en la disputa entre género y diferencia, dos versiones antinómicas aunque conducentes a un cierto
esencialismo, la primera en el sostenimiento de una posición desexualizada ideal por fuera del dispositivo del
género, la segunda en la idealización de un polo femenino que aspira a hacer existir la diferencia.
De allí en más durante los años 90, la discusión circuló sobre las ruinas de la noción de género, creando las
condiciones de la llamada fase de posgenero en el feminismo. En esta línea avanzará Judith Butler en su libro
El género en disputa – una de las contribuciones más influyentes en este debate -, con el fin de poner al
descubierto lo que la operación del género encubre produciendo al mismo tiempo una exclusión. La
distinción sexo/género descansa para Butler en una relación mimética, la discontinuidad establecida entre
cuerpo sexuado y género culturalmente construido, permite otorgar al primero un carácter natural y una
condición de inmodificable al segundo. Atacar el binario despegando el sexo del género tiene el propósito de
mostrar el carácter de artificio vago de este último, indicando a la performance como lo propio del género. El
travestimo se convertirá en este sentido en un paradigma porque permite poner la cuestión en el terreno de
una abertura paródica, afín con la replica antinaturalista que la autora quiere sostener. La duplicidad
sexo/género en su versión tradicional no hace más que reproducir las condiciones de una hetero-
normatividad; para Butler la teoría de los géneros se vuelve en todo subsidiaria de la norma heterocentrada, y
bastaría con poner la lupa sobre una serie de prácticas sexuales calificadas como no-normativas para que se
produzca un efecto horadante capaz de revelar como una suerte de catalizador interrogantes más
fundamentales, que la gender theory saturaba con atributos, ¿qué es ser un hombre?, ¿qué es ser una mujer?.
Ahora bien que el sexo como diferencia sexual, ciertamente no sea ni natural, ni anatómico, ni cromosómico,
ni hormonal [10] Las preguntas de Butler, que son también preguntas que el psicoanálisis articula sin partir
del establecimiento de una norma - algo evidente después del freudiano Tres ensayos sobre teoría sexual -,
no hacen que concluya en consonancia con el psicoanálisis, un blanco electivo de sus críticas, antes bien su
conclusión deriva sin solución de continuidad en la eliminación de la diferencia sexual, saldo cínico de las
ruinas de la categoría de género que contribuye a la generación del contexto queer. – como bien señala
Judith Butler en consonancia con el psicoanálisis – no lo hace tampoco solo una construcción social, aunque
tenga su historia hecha de identificaciones [11], la sexuación es un resultado que desmiente tanto cualquier
presupuesto ontológico de base, como su reducción a una mera ficción paródica.

II.
Dopo il genere… lo que se abrió en el corazón del saber sobre la sexualidad con la caía de la categoría de
género, como bien señala Fabrizia Di Stefano [12] quién fuera la ocasión del título con el que se abre este
recorrido, nos hace entrar en una suerte de tierra de nadie donde solo crece la soledad subjetiva. Después del
género, sostiene la autora italiana, se despliega un campo nuevo de la subjetividad que entroniza la aporía de
una singularidad des-identificada - tal el vaciamiento de los atributos de género -, presumiblemente
autogenerada – marcada por un voluntarismo ingenuo -, que quiere ser nombrada con el término queer. Este
término que toma una valencia política busca articular la creciente paradoja de la comunidad de aquellos que
no tienen comunidad al nivel de lo sexualmente reconocido, paradoja que se extiende minando la duplicidad
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sexuada y secretando la figura de un eros descripto como inexorablemente nómade, rizomático, para el que
no obstante se multiplican los nombres, pues hay que advertir que no falta aquí el afán del catálogo.
La torsión operada por la queer theory, acentúa Di Stefano, busca desarticular la extensividad entre las dos
comunidades de género y el dato biológica inicial - las anatomías – lo que significa en efecto un
cuestionamiento de cualquier paradigma naturalista. Allí donde la gender theory presuponía la posibilidad de
la construcción plural y o divergente de la atribución originaria del sexo, en una redistribución de los papeles
sexuales por fuera de lo que Lacan llama la sexuación [13], una posibilidad que pronto mostró sus limite
debido a que se sostenía en la facticidad del sexo o bien en la comedia de errores montada sobre ella. La
queer theory se pretende radicalmente otra porque redefine la cuestión, antes bien como mezcolanza y o
alteración de las grandes narraciones sexuadas, fuera de la dimensión de los atributos y sus polémicas
esenciales.
En virtud de cierta operación político-epistémica propia de los movimientos pos-identitarios a los que la
queer theory pertenece, pudieron ser planteadas algunas intersecciones con el discurso analítico, sobre todo
cuando se subraya la impugnación de la noción de identidad como categoría fija, coherente y/o natural, cuyo
efecto consecuente de reducción de las marcas identificatorias que constituyen una identidad sexual es el
correlato necesario de que ésta sea concebida como puro semblante. Si bien es cierto, como piensa Di
Stefano, que el psicoanálisis y su arco de interrogación son un pasaje ineliminable de la interrogación queer,
conviene detenerse en un punto esencial que problematiza o incluso que podría objetar tal intersección, que
Di Stefano designa como el impasse queer.
La diagonal queer traza un terreno por fuera de la spaltung freudiana, haciendo una nueva apuesta, la de un
sujeto que se quiere completo, definido y habilitado a la performance sexual. Es la aporía irresoluble que
sostiene la posibilidad de una identidad real des-identificada plausible de ser manipulada a voluntad en el
ejercicio del poder de nombrarse y de determinar las condiciones de uso de ese nombre. Este pre-supuesto de
una singularidad des-identificada que se aísla como resultado de la operación de-constructiva, deja sin
embargo un resto intocado, genialmente destacado por la autora, el impasse surge de la elisión de aquello que
en el sujeto es un “núcleo duro” de la identidad y que aparece como un escollo alojado en la dimensión del
equivoco inconciente. La configuración compleja de identificaciones parciales que dibujan lo que aparece
como una identidad sexual coagulada y que algunos podrían llamar género, se sostiene en el inconsciente
como modalidad de goce no de-construible. Esta última difícilmente modificable por el repertorio de
estrategias políticas que se dan así mismas las multitudes queer: ni las afirmaciones puramente teóricas, ni
las practicas ortopédicas inspiradas en las llamadas prácticas contra-sexuales, que procuran obtener la
deconstrucción de los roles asignados socialmente a los sexos, la alcanzan porque se mantienen en el plano
conductual.
La afirmación de un eros que se obtiene de la abolición de todo determinismo que comprometa lo sexual no
se entera de lo irrenunciable que suele tomar la forma del objeto del amor, de lo indeleble de algunos puestos
libidinales o de las exquisitamente diseñas condiciones impuestas al deseo. Si el inconciente es queer, pues
no sabe de la diferencia sexual, algo que Freud señala desde el comienzo,la queer theory nada quiere saber
del inconsciente. La anulación de la dimensión inconciente muestra una proximidad no deseada con el
discurso capitalista en la sutura de cualquier vacío, como lo indica F. Di Stefano, con el imaginario
tecnológico o con las vías abiertas por la ciencia, en un empuje a vivirse como una especie de máquina
librada de los efectos del semblante - cyborg – o al contrario empeñarse en su manipulación paródica.
Así el espacio de intersección que identifica una vía común entre la teoría queer y el psicoanálisis en la
reducción progresiva de identificaciones con las que se viste el sujeto, encuentra en vistas de esta elisión,
puntos de llegada diversos. La ascesis analítica difiere del desmontaje queer en un sentido preciso, lo que se
obtiene como resultado de un psicoanálisis, aísla un elemento irreductible a lo simbólico, un nombre - marca
a-semántica - que ya no funcionará como índice del yo sino que deja al desnudo lo que resta de él. El uso
pragmático del mentado escollo permite la identificación de un modo de goce que no se confunde con la
identificación a un modo de gozar [14]. Una identificación liza y llana con el modo de gozar entendido como
práctica - performance - sexual es lo que se expresa hoy en estas sendas neo-identidades, cuyo resultado
ubica a lo queer y su invención como un síntoma de la contemporaneidad. La torsión planteada por el queer
inicialmente antiesencialista deriva en la promoción de la minimización cada vez mayor de pequeños
segmentos – micro-comunidades de goce – de cuyo efecto rebote neo-esencialista paradójicamente ya están
advertidos algunos de sus teóricos, tal el caso de Fabrizia Di Stefano.
Enrique Acuña [15] hacia notar el efecto del relativismo cultural con su rostro de construccionismo social
desde el que se impugna el presunto resabio esencialista del psicoanálisis. Su acción pone en marcha el
fenómeno de “hibridación del género”, borradura gradual de la diferencia sexual celebrada por el contexto
queer que hace de las retóricas del género [16] tecnología. La identidad presentada en su faz calidoscópica de

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multiplicidad identitaria, encaja bien con el mercado de los nombres ofertados para los “miles de sexitos”
[17] que se abren paso entre lo que queda de la tradición y las invenciones de la ciencia.
El psicoanálisis sigue recogiendo en su experiencia los restos de las identidades quebradas, cuando los
nombres propuestos por lo social de este relativismo, deja ver que no hay una descripción exhaustiva del
goce. Como la teoría queer, también señala el carácter múltiple de la identificación y su movilidad, sin
embargo no identifica a los sujetos con sus prácticas sexuales ni sostiene el fantasma de una sexualidad ideal
liberada del determinismo del semblante, le sale al paso al impasse queer revelando lo que la identificación
tiene de imposible.

Abril 2011

Notas

[1] Fabrizia Di Stefano. Il Corpo senza qualità. Arcipelago queer. “Dopo il genere”.. Cronopio (2010).
[2] Eric Laurent “El orden simbólico en el siglo XXI. Consecuencias para la cura”.
[3] Liana Borgui. “Postgender”. 2000, versión electrónica.
[4] John Money. Desarrollo de la sexualidad humana. Ediciones Morata (1982).
[5] Jacques Lacan. Seminario 19…Ou pire. Clase del 8 de diciembre de 1971. Lacan llama “error común” al
error que hace comunidad, fuente del discurso sexual que pasa la diferencia sexual a lo real por intermedio
del ógano y con ello consigue hacer consistir la naturaleza.
[6] Femenías, Gianella, Santa Cruz y otras. Mujeres y Filosofía. Teoría filosófica de género. “Aportes para
una crítica de la teoría del género. Centro editor de America Latina (1994).
[7] Jacques Lacan Escritos 2. “Observaciones sobre el informe de Daniel Lagache …”. Siglo XXI Editores.
1987.
[8] Femenías, Gianella, Santa Cruz y otras. Mujeres y Filosofía. Teoría filosófica de género. “Para
comprender el género: Precisiones epistemológicas”. Centro Editor de America Latina (1994).
[9] Rosi Braidotti. Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade. “Género y posgénero: ¿el futuro de
una ilusión?”. Editorial Gedisa. (2004).
[10] Judith Butler. El género en disputa. “Sujetos de sexo / género/ deseo”. Editorial Paidós. (2001).
[11] Graciela Musachi. “GLTTBI”. En Patologías de la identificación en los lazos familiares y sociales. XV
Jornadas Anuales de la Escuela de Orientación Lacaniana. EOL. Grama. (2007).
[12] Fabrizia Di Stefano Il Corpo senza qualità. Arcipelago queer. “Dopo il genere”.. Cronopio (2010).
[13] Eric Laurent en El Otro que no existe y sus comités de ética. Paidós (2005)
[14] Eric Laurent “El orden simbólico en el siglo XXI. Consecuencias para la cura”.
[15] Enrique Acuña. Resonancia y silencio. Psicoanálisis y otras poéticas. “Semblanzas reales. De los
meteoros a Internet” EDULP. La Plata. 2009
[16] Beatriz Preciado. “Retóricas de Género. Políticas de identidad, performance, performatividad y
prótesis”. (Versión electrónica).
[17]La expresión es retomada de un artículo de Graciela Musachi quién parafrasea a Elizabeth Grosz. Ver:
“Virgen-lobo-moth”.Primera noche preparatoria. Tercer Encuentro Americano del Campo Freudiano 2007.
(Versión electrónica).

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