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LA SEÑORA

DEL CUADRO

Madrid 08-03-2013
Regalo por mi 52 cumpleaños
Sobre la vida de la Señora de Delicado e Imaz nada
cierto he podido averiguar, a pesar de varias
indagaciones y pesquisas.

El cuadro lo vi por primera vez hace más de treinta


años, tal vez cerca de cuarenta, en el Casón del
Buen Retiro, antes Museo de Arte Romántico.
Estaba junto a un Madrazo imponente de la
Condesa de Vilches y otros cuadros de burgueses y
nobles que no recuerdo bien.

El contraste entre las pinturas de la de Vilches y la


de Delicado era impresionante y quedé
completamente impactado y absorto.

Muchas veces he vuelto a ver este cuadro de la


Señora de Delicado, uno de los que más me han
provocado eso que se suele llamar el goce estético.
Confieso que no siempre mis intenciones han sido
buenas, como las veces que he llevado a conocer
este cuadro a amigos y amigas por el gusto de ver
sus caras al contemplar la obra que, durante
horas y días, me había dedicado a ensalzar.

Lamentablemente el cuadro ya no se expone. Para


los fines comerciales del Museo del Prado es un
cuadro poco vendible, al parecer, de modo que,
junto al absoluto silencio en los catálogos sobre la
procedencia de la dama o cualquier otra pista que
pudiera valernos para ajustar la interpretación,
ahora contemplamos el silencio de la pinacoteca
que oculta su feísmo propio, enclaustrándolo a la
biblioteca on line, que no le hace justicia, y a la
vaguedad de una ficha ridícula que determina la
técnica pictórica, el autor y la probable fecha de
datación de la composición.

Este año, porque lo considero una especie de


provocación a conocer la obra, a lo que animo, he
querido hacer mi texto de celebración del
cumpleaños en referencia a dicho cuadro: a lo que
he conseguido saber, que es más bien poco, y lo
que he podido imaginar, que es el resto.
Probablemente nada de ello verdadero y nada de
ello falso: En todo caso, a lo hecho pecho.
Referencias a una época que es bien parecida a la
repetición constante de fracasos de nuestra
sociedad y de las élites que a sí misma se arrogan
el derecho de conducirnos y de representarnos.
Un fracaso repetido de una sociedad repetida que
es cautiva repetitivamente de sus élites, que son
cautivas a su vez de las élites de fuera que marcan
y planifican nuestras vidas y que han establecido,
como entonces, una especie de protectorado sobre
nosotros mismos. Un maleficio que es cautivo a su
vez de valores y ambiciones que construyen todo el
argumentario de nuestro vapuleado mundo, urgido
de cambios y de un amanecer diferente.

Un amanecer que, a su pesar, se percibe ya, como


un ruido de fondo, y al que merece la pena
prestarle nuestras energías.

Madrid 8 de marzo de 2013.


Y van 52.
1.- AQUEL DIA LEJANO

esde la primera vez que la vi, a lo

D lejos y en el tumulto apresurado de


una visita con mi padre al viejo
palacete, tuve el claro
convencimiento de que su vida y la
mía se cruzarían de nuevo. Y mil veces. Ella
sentada en un sillón, mirando al frente, con
ojos despiertos y desafiantes, abiertos al
mundo, y cubierta con su solemne traje azul
de imponente terciopelo, y con todas esas joyas
brillando sobre su cabeza. Yo, con mi padre,
tras de una puerta, discretamente asustado,
sorprendido por ese porte suyo y por el deje de
tristeza altiva en su mirada, sin atreverme a
levantar la vista. En distintos períodos su
destino y el mío se han cruzado o se han
separado. He vuelto varias veces al viejo
caserón, donde ha permanecido hasta su
muerte, por cerciorarme si ella seguía en pie.
Siempre he vuelto con una u otra excusa a
visitarla, incluso cuando su fortuna no le
permitía, y puede que ella no tuviera interés ya
en ello, hacer nuevos encargos. Ha sabido
envejecer. Sus días de mayor fortuna tal vez se
han borrado por completo y casi nadie la
recuerda ya. No es sujeto de comentarios ni
habladurías. Ni siquiera creo que, salvo
algunos viejos excéntricos a punto de
desaparecer, alguien sepa ni pueda saber nada
de ella. Pero ella sigue en mi memoria, como el
primer día, y como en aquel primer día sigue
siendo la misma en mi recuerdo.
Tenía mi padre un daguerrotipo donde la
Señora aparece al lado de Don Miguel, su
marido, y con Don Rafael, su hermano, en la
casa familiar de Torre del Mar, junto a Vélez.
Lleva un aparatoso sombrero y una sombrilla y
tal vez es ese el mejor retrato de ella que se ha
conservado. Lo más seguro es que sea de
cuando las particiones de la herencia, cuando
Don Miguel y Don Rafael acordaron consolidar
el negocio de los papeles pintados, algo antes
de la exposición de Londres. Pero no es esa la
imagen que retengo en mi memoria.

Ahora que los años son tantos que los


recuerdos se desdibujan, casi me cuesta
imaginar el día en que ella posó, por primera
vez, para ese viejo pintor valenciano tan amigo
de los Imaz. El pintor estaba enfrascado en
reparar los cuadros de la colección Real, como
le había encargado la Reina. En ese encargo
ocupaba el maestro la mayor parte de la
jornada desde que regresó a Madrid. Y el resto
en complacer los delirios de inmortalidad y
ostentación de la soberbia nobleza madrileña,
de esas marquesas engreídas, y de esos
espadones crueles y emperifollados, afanados
todos ellos en no hacer nada útil y en rivalizar
en conspiraciones y ruindades y en sacar
provecho a todo tipo de situaciones. Pero
encontró tiempo el pintor para tomar los
apuntes en sus cartones y pintarrajear el
retrato de Doña María vestida de sociedad, con
moño a la jirafa y mantilla española -para
remarcar su feminidad-, decía Don Vicente. Yo
estaba por entones acompañando a mi padre,
que confeccionaba los uniformes de gala de
Don Miguel, por aquel entonces enfrascado en
condenar insurrectos y perseguir carlistas que
fusilar y demasiado nervioso por los
tambaleantes cambios de fortuna de la guerra y
las intrigas de la Corte que tan pronto
enaltecían a los moderados y depuraban a los
progresistas, como todo lo contrario. Luego,
meses más tarde, el pintor hizo llevar el retrato
de Doña María al viejo caserón. Fue colgado en
el gabinete interior de la Señora. No era,
precisamente, un cuadro para exhibir en
público ni para exponer en el gran salón de la
casa. Hubiera dado lugar a más habladurías de
las que ya tenía la Señora. Tal vez en eso se
diferencia de todos los de la época, hechos para
ostentar, no para esconder. A decir verdad
nadie sabe a ciencia cierta por qué aquel
hombre poco amigable, siempre vestido con
gabanes raídos y grises, tan voluble en sus
criterios y al que no se le conocían
generosidades ni afectos, tuvo la ocurrencia de
pintar aquel lienzo de Doña María. - Presente
de Montaño-, ponía en el billete con el que lo
hizo llegar.

Si recuerdo bien, Doña María se dejaba ver


poco en aquel Madrid febril, agujereado por las
obras permanentes, inacabables, invisibles,
caóticas y solía hacerlo únicamente en actos
donde la acompañaba su padre, o Don Miguel,
o aquel antiguo embajador del Zar ruso de
cuando Alejandro Primero quiso ayudar a echar
a los liberales del poder, Tatischev creo que se
llamaba. Hacía menos de un año que por orden
del Corregidor habían tirado abajo gran parte
de la cerca que circundaba la villa. La ciudad
crecía por todos sus costados como aquejada
por urgencias febriles e invadida de hoyos y
socavones. Ya la poblaban más de doscientas
mil almas con sus doscientos mil ardores
levantiscos y toda su mala leche encima.
Tiempos duros en lo político, tras la represión
de diez años sin tregua mandada por el Rey y la
ligera apertura controlada que sucedió a la
muerte de este, para llegar ahora, en plena
regencia de Doña María Cristina, a las peleas y
banderías de los partidos políticos y de sus
amos en el extranjero. Malos tiempos en lo
económico, después de declararse la hacienda
real en bancarrota y de hundirse cualquier
expectativa de mejora para el pueblo y con
constantes cambios de fortuna en la guerra con
el infante Don Carlos y sus rebeldes que
sitiaban Bilbao. La propia faz de la villa lavaba
su rostro como queriendo olvidar su reciente
pasado cuando curas y órdenes religiosas eran
los principales terratenientes del término. La
piqueta tiraba abajo, día sí día no, conventos
ruinosos o huertas baldías. Nacían fábricas
modernas, chimeneas humeantes, ruidos
infernales, o plazuelas ampulosas, mientras
que los empujes de la desamortización ocupaba
violentamente censos, rentas, derechos, bienes
raíces o arriendos de sus antiguos propietarios,
pasando a la mano ágil de los nuevos y más
ávidos. Los albañiles desmontaban una
manzana de casuchas insalubres y aparecía
una corrala enlucida, donde vivían a renta los
menesterosos, gastando sus jornales en el pago
del arriendo, para mayor lucro de los cuatro
ricos enfrascados en el negocio locatario.
Fueron surgiendo bulevares donde antes hubo
conventos, retranquearon adefesios para
ampliar calles, sanearon fuentes y viajes de
agua insuficientes y, con las desamorti-
zaciones, surgieron predios vacíos a golpe de
mazo y subió la especulación del suelo, causa
de la fortuna de familias hoy tan en boga, como
Indo, o Andreu, o Cano, o la de Doroteo López,
o los Safonit, o Salamanca, sin descuidarnos de
los negocios de la propia Reina y su
amantísimo sargento y secreto marido. La
maldición de Madrid, según parece, es la
constante especulación y el expolio a que desde
siempre la someten sus clases codiciosas y su
desprecio al sufrido populacho. La mezquindad
y la extorsión de nuestra impresentable élite
oportunista, anclada en el privilegio y la
extorsión, unas veces sutil y otras violenta,
según se precise.

Doña María tenía entonces buena casa en la


calle de los Basilios, ya en las afueras de la
villa, y otra frente a los reales estudios, donde
año y pico antes mataron a sablazos al Padre
Artigas y a los otros frailes por el rumor de
haber envenenado las fuentes de la ciudad. Su
amante, Don Miguel, estaba construyendo un
palacete cerca de la fábrica de tabacos, donde
las cigarreras ya se habían levantado varias
veces contra los patronos y sublevado al
populacho.

Sólo en tres ocasiones pude hablar con ella


más de dos palabras por aquel entonces, pues
las veces que estuve a su lado me limité a
apuntar las medidas que mi padre me iba
diciendo: tanto de talle, tanto de sisa, tanto de
contorno... Nunca he sabido a ciencia cierta su
nombre verdadero, ni sus íntimas emociones y
puede que tampoco sepa nada de su vida
propiamente dicha. De hecho, nadie puede
saber nada de nadie si no es de forma
imprecisa, llena de malentendidos o de
ambigüedades.

Su padre, Don Juan José, había sido Alcalde


Mayor de lo criminal en Málaga por su probada
afección al rey Fernando y otras fechorías que
ahora no vienen a cuento, agradables méritos
en todo caso a ojos de aquel Rey soberbio. El
hombre amasó una fortuna más que modesta y
la acrecentó otro tanto después de su destino
madrileño. Don Juan José poseyó bines y
rentas en diversos pueblos de Málaga, desde
Vélez a Marbella y en la propia Ciudad y hasta
en Cádiz. Merced a su casamiento con Doña
Rosa de Zafra, explotó una boyante industria
de venta de productos de la región, la cual
industria fue la envidia de muchas fortunas
antiguas de toda la costa malagueña: uva
pasa, licores, caña, limones principalmente, y
de importación de productos traídos de Cuba y
otras colonias, entre otros, cacao, bucare, anís,
canela y tabaco.

Usó su cargo para imponer a los labriegos


malagueños leoninas condiciones de venta, lo
que motivó quejas y protestas, que supo apagar
sobornando a unos y otros y regalando al
mismo Rey esos enormes puros que tanta
fortuna hicieron en la corte, con los que Don
Fernando se complacía en regalar a sus
enemigos cuando los despachaba al tormento o
al exilio. De ahí le vino a la familia el
acercamiento más íntimo a la corte y la entrada
de Don Juan José en contacto con los
embajadores extranjeros para llevarles los
recados del Rey.
Reclamado más tarde por su socio, de quien
luego haremos mención, Don José Agustín de
Imaz, se estableció en la capital, con cargo de
fiscal Togado del Consejo y Tribunal Supremo
de Marina y Guerra. Es entonces, siendo sus
hijos tan niños, cuando Don Juan José y su
familia vinieron a atesorar una de las más
importantes fortunas capitalinas, uniendo sus
intereses a los de Don José Agustín, el padre de
Don Miguel, el marido secreto de Doña María.

Cuando Don Juan José vino a Madrid trajo


consigo a su prole: Don Diego, el menor, Don
José, Doña Juana, .... Nunca perdieron los
niños el amor ni el contacto con su tierra de
origen en este Madrid de advenedizos y
hombres de fortuna, donde tan bien supieron
hacerse respetar.

El anclaje de los pequeños Delicado con el reino


de Granada y con su tierra de Vélez fue en
parte el motivo de la extraña historia de Doña
María de Delicado y la razón de su prohibido
matrimonio con don Miguel de Imaz, el hijo
mayor de Don José Agustín de Imaz, socio de
su padre en el negocio de las frutas. antiguo
general y administrador general de la hacienda
de Málaga, luego Director de Aduana y
presidente de la junta de Aranceles y depurado
en dos ocasiones y vuelto a restituir, y hasta
ministro del reino y otros muchos cargos en la
hacienda real, hasta retirarse de todo cargo un
par de años antes de mi primer encuentro con
Doña María.
Una unión la de Doña María y Don Miguel
extraña, inverosímil, quizás tan oculta como lo
fuera la de la reina María Cristina, el otro palo
de esta singular historia.

C
2.- DON JUAN JOSEPH DE
DELICADO Y DON JOSE
AGUSTIN DE YMAZ

ue el caso que Don Juan José

F Delicado y Don José Agustín de


Imaz, como queda dicho, mantenían
intereses comunes a causa de la
vieja amistad de éstos cuando la
invasión de los franceses y por la camaradería
y mezcla de compromisos que se fue fraguando
a lo largo del tiempo.

Don Juan José era un malagueño dicharachero


y carnal. Gustaba de los placeres de la vida y
sabía aprovechar al vuelo sus oportunidades
para el goce o para el dinero. En su juventud
hizo carrera en el ejército y, como era avispado,
algo aprendió de leyes y hasta hizo estudios de
éstas más adelante. Su inquietud era mucha y
su capacidad de esfuerzo también, y como era
persona de simpatía y muy sociable, supo
valerse de sus capacidades para emprender
negocios y labrarse una posición y un
reconocimiento. Casó con mujer de posibles,
muy pegada a su pueblo de nacimiento y con
amplia herencia, que puso al servicio del
ingenio explosivo del esposo, mientras se
despreocupaba de todo lo que no fuera cuidar
de sus hijos y asistir a las convenciones
religiosas o sociales que exigía su rango.
Don José Agustín era persona rigurosa y
laboriosa. Su propio gesto mostraba tal
circunspección que de suyo se veía que era una
persona formal y cuidadosa de sus obligaciones
y puntillosa hasta la manía. Era un vasco
venido de Rentería que por vicisitudes de su
oficio militar se estableció en Málaga, de donde
era vecino. Cursó estudios de números y se
aplicó con las cuentas, de las que tanto sabía
que se hizo hombre imprescindible por los
puestos por donde fue pasando. No mostraba
otro ingenio que ese de los números y era
liberal de convicción en lo que de liberal pueda
significar apreciar la tolerancia con los demás,
siempre dentro de un orden, y creer en la
capacidad de las personas de bien para forjar
un porvenir con su propio ingenio y hacer
dinero, pero supo a su modo acomodarse, en
cada momento de los que le fueron llegando, a
los acontecimientos políticos. Como tantos
otros liberales de su tiempo pensaba que quien
era pobre era por su exclusiva culpa. Como
funcionario de la corte que llegó a ser, medró
cuanto fue necesario para sobrevivir a las
vicisitudes de sus cargos y llegó a ser grande de
España al fin de sus tiempos. Por lo demás, era
hombre de poca salud y algo flojo y obsesivo
para las enfermedades, que sufría con mucho
abatimiento.

Cuando se conocieron, antes de la invasión


francesa, Don José Agustín era Oficial de la
Contaduría principal del Ejército en Andalucía
y administrador interino de la aduana de
Málaga. En dicho cargo trabó amistad con don
Juan José, también oficial militar.
Este segundo, como se dijo, regentaba un
negocio de exportación y sacaba por el puerto
de Vélez uva pasa, cítricos y sobre todo. Tenía
sus factorías en Torre del Mar, y mandaba sus
productos hacia Inglaterra y las colonias, e
importaba productos de los virreinatos hacia
los refinados propietarios andaluces. En las
idas y vueltas hizo singular fortuna. Necesitó
para ello en muchas ocasiones contar con el
beneplácito del administrador de aduanas para
llevar adelante sus negocios, y le hubo de dar
alguna que otra astilla para agilizar los
trámites y permitir sacas no autorizadas o para
embargar las cargas de sus competidores. De
los constantes ires y venires, se llegó a
complicidades mayores y Don José Agustín
participo informalmente en el negocio, a título
de socio anónimo y secreto de Don Juan José.

Las camaraderías, las aficiones y la mutua


simpatía fraguaron una amistad perpetua y la
asociación de ambos en varios negocios muy
fructíferos.

Tras la toma de Málaga por el ejército del


General Sebastiani y el saqueo de la ciudad por
la soldadesca polaca, cuando la abdicación del
rey en Napoleón, los dos amigos supieron
contemporizar con los franceses y mantener a
resguardo sus mutuos intereses. A pesar de la
formal condena a muerte decretada por
Sebastiani sobre los oficiales rebeldes, entre los
que se encontraban ambos, fueron perdonados
y restituidos en sus oficios a condición de
servir tan bien al Rey José como lo hicieran
antes con su antecesor Carlos. Sebastiani
confirmó a José Agustín en su puesto de
aduanas y Juan José mantuvo su cargo de
alcalde de lo criminal y se concentró en sus
frutas y licores, manteniendo su considerable
fortuna, ahora sometida a las reglas de juego
de los nuevos amos, lo que no suponía grandes
cambios en realidad.

Los turbios negocios de la aduana y el doble


juego que por mor del dinero hicieron en ella,
favoreciendo negocios con la nueva monarquía
y también con los sublevados de la junta de la
regencia y con su proveedor militar, Don Juan
Álvarez de Mendizábal (mucho más tarde,
casualidades de la vida, ministro de la reina
Isabel) comprometieron tanto al Director de
Aduanas que hubo de fugarse una noche a
Gibraltar, de donde, capitulado el ejército del
Emperador, pasó a Algeciras a pedir perdón y
restitución, reclamando su patriotismo mas
que dudoso y consiguiendo la reposición en su
antiguo oficio aduanero ahora con la nueva
monarquía restaurada.

La reorganización que trajo consigo el final de


la guerra, a la espera de la vuelta del Rey, llevó
de inmediato a Don José Agustín a establecerse
en la Hacienda Real de Madrid con cargo de
Contador General de rentas. Pocos meses más
tarde, ya con el Rey Don Fernando campando
en la corte por sus reales, por Real Orden es
nombrado Director General de Rentas “para
que unidos con el tesorero general del reino que
se halle cesante, y con el de mi Real Casa, que
deberán ser considerados como Directores
generales natos, arreglen este interesante ramo
y me hagan presente cuanto consideren útil y
necesario para darle el sistema de orden,
sencillez y conveniente economía que se
necesita, así en su administración como en la
cuenta y razón” y poco más tarde, Presidente de
la Junta de Aranceles.

Con Imaz y su familia en Madrid, también


prosperaron los negocios de Delicado en
Málaga, y con ello los mutuos intereses de
ambos por doquier. Fue entonces cuando
también confirmaron bajo el nuevo Rey a
Delicado en su oficio de Alcalde de lo criminal
de Málaga, cargo que supo aprovechar para
amaños y extorsiones con que, fuera de la
regulación natural del mercado por la ley de la
oferta y la demanda, sometió a los productores
a sus intereses de exportador y modificó
precios y reglas de juego a su gusto, mostrando
que efectivamente el dogma liberal de la mano
invisible es cierto.

Por el apoyo de Imaz, Delicado vino a Madrid,


con oficio de fiscal del Consejo y Tribunal
Supremo de Marina y Guerra e, integrado en la
camarilla del rey, donde jugó un papel no
menor en los apoyos que el rey recabó de las
potencias extranjeras para sostener su propio
trono.

Pero Don Fernando Séptimo tenía un carácter


voluble y represalió a Don José Agustín tras el
Congreso de Verona y lo exilió primero a
Cuenca y luego a la provincia de Málaga, donde
aprovecho para enderezar los maltrechos
negocios de Delicado, mientras que éste
segundo medraba en la corte y era nombrado
caballero de la Orden de Carlos III, y Ministro
Honorario de la Real Audiencia de Cataluña,
uniendo a su gran fortuna y su espíritu
emprendedor la entrada en la rancia alta
sociedad de la cruel monarquía fernandina,
consiguiendo con el tiempo el perdón real para
el amigo y la vuelta de éste a la corte y a sus
cargos en la hacienda real.

Entre los males del reinado del más nefasto y


Borbón de los borbones, también vino el de la
cesión de los intereses españoles a Inglaterra y
a Viena y a Francia, según el pairo, y la
sumisión del reino al conservadurismo
dependiente de los intereses fijados en las
grandes fortunas extranjeras, de las que
nuestras propias élites dependen desde
entonces con paso firme y con celebrada
complacencia. Y entre los intereses entonces
cedidos se incluyeron los que hacían al
comercio de las colonias y a su propia unidad
política, con lo que el desastre colonial y el
abandono de los antiguos territorios a su
suerte, que no fue distinta que la de la
metrópoli, esto es, la de ser periferias
dependientes de quienes mueven los hilos del
mundo, hizo del reinado fernandino una ruina
económica y moral de la que somos,
tristemente, herederos vergonzantes y
renqueantes.

El derrumbe del negocio de los virreinatos


repercutió también en las economías de Imaz y
de Delicado. La exportación de la fruta perdió
mercado y luego se hundió por completo, por lo
que las familias tan bien avenidas en las vacas
gordas, entremezclaron más sus intereses y
complicidades en los tiempos de las flacas y, al
amparo del poder y de los privilegios de nuevos
cortesanos, cambiaron el negocio de las frutas
por ingenios fabriles y manufactureros
importados de Inglaterra.

Con todo este amasijo de intereses


compartidos, a fines del año 32, era de suyo
que ambas familias estrecharan el círculo de
sus mutuos intereses, uniendo sus destinos
con el indeleble lazo del matrimonio de sus
vástagos.

Y así empezaron los preparativos del enlace de


Doña Juana de Delicado, la hermana de la
Señora, y Don Miguel de Imaz, la unión de las
dos familias por motivo del matrimonio y el
principio de esta historia.

Z
3.-LA LARGA ESPERA DE
UNA BODA

on Miguel Benito Imaz, hijo de Don

D José Agustín de Imaz Baquedano,


era poco ingenioso, sencillo y
tremendamente atractivo y
agradable, hasta el punto de
hacerse apreciar por amigos y enemigos. Era
un hombre alto, fornido y de piel blanquísima y
delicada. A diferencia de su padre, su talante
liberal no era fingido, sino de ley, aunque no
era ni por carácter ni por convicciones de la
facción exaltada, y deploraba en su corazón la
represión y la tortura de los últimos años.
Como militar sometido a disciplina, acataba
apenado el cargo que mantenía y las
obligaciones represivas que le imponía el
mismo. Durante el tiempo en que sirvió a la
milicia, estudió derecho y consiguió titularse
como catedrático en la Universidad de Alcalá de
Henares y, merced a las influencias de su
padre y de Don Juan José Delicado, servir
como fiscal en el Tribunal Supremo. Apoyó en
vida a la facción moderada del liberalismo,
aunque supo también nadar y guardar la ropa,
como conviene a persona distinguida en los
tiempos de convulsiones.

Su hermano, Don José Rafael, era todo lo


contrario. Un hombre duro, cruel, interesado y
calculador. Alto como su hermano, pero
encorvado y tosco en sus formas y ambicioso
en extremo. Tal vez no se sintiera a gusto con
las malas artes reales, pero ese no era su
problema. Casó con mujer de alcurnia y heredó
un título nobiliario que engrandeció más aún a
la familia.

Ambos hicieron carrera en el ejército, como


artilleros. Los dos, a la sombra del poder de su
padre, hicieron carrera en la corte y tras la
proclamación de la reina niña Isabel, cuando el
rey felón murió para suspiro de tantos,
ascendieron por derroteros distintos a diversos
encargos, hasta obtener reconocimientos y
títulos y encumbramiento.

Y mientras el primero de los Imaz hizo parte del


partido de los doceañistas, con Don Agustín
Argüelles, Don Joaquín María López, Gómez de
la Serna o Patricio de la Escosura, el segundo
comulgó con las ideas de Donoso Cortés e hizo
bando con los cristinos, como su padre, y con
los hombres de Isturiz después, Con Don
Francico Zea Bermúdez, Don Florencio García
Goyena o el General Narváez.

Don Rafael Andrés, otro de los hijos de Ymaz,


era hombre de estudios y calculador. También
hizo del derecho su profesión y como sus
hermanos emparentó con gente de poder,
llegando a diputado de las cortes.

Cuando eran niños, los hermanos de Imaz y los


hermanos Delicado solían jugar con frecuencia,
ya en las fiestas de la familia de los Imaz, ya en
las de los Delicado, en las tierras malagueñas.
Pero mientras Don Rafael no llegó a intimar
con ninguno de ellos, y era retraído y receloso
ante estos, Don Rafael era demandado por
todos ellos, y con todos ellos fue compañero de
travesuras y cómplice de juegos. Intimó con el
tercero de los Delicado, de nombre Juan
Andrés, que se querían con afecto infinito, y
con el que mantuvo en su infancia una
grandísima amistad y eran inseparables.
Cuando se trasladaron los Imaz a Madrid, Juan
Andrés fue llevado a un lazareto por su padre,
por haber contraído tercianas por el contagio
que asoló la comarca, y allí quedó y nunca mas
se volvió a hablar del malogrado en la familia,
que guardó luto y riguroso silencio por el hijo
perdido.

Cuando Don Juan José se estableció en Madrid


con su familia, a instancias de su amigo Don
José Agustín, y tras recibir el despacho de
fiscal del Tribunal Supremo, fue la ocasión
para el reencuentro y es que, por una de esa
coincidencias que a veces cuesta tanto explicar
como fortuita, fue destinado al mismo cuerpo, y
bajo su tutela, Don Miguel de Imaz, el Hijo de
Don José Agustín, recientemente graduado en
la Universidad de Alcalá de henares.

Motivo fue ese para reunir de nuevo a las dos


familias y reencontrar a los viejos camaradas
de juegos, ahora ya en edad más formal y con
otras obligaciones.

Y como los negocios comunes fructificaban,


convinieron los amigos Imaz y Delicado qué
bueno sería que el azar hiciera que se unieran
las comunes suertes de sus vástagos en
matrimonio. Y la idea fue fermentando como un
buen pan y haciéndose evidente, y hasta
necesaria, y tomó concreción en la persona de
Doña Juana de Delicado, la hija mayor de Don
Juan José, y el mayor de los hijos de Imaz, don
Miguel.

Y como al deseo le faltaba un empujón para


volverse voluntad y llevarse a término,
quisieron comprometer formalmente a Don
Miguel con Doña Juana, sin esperar al milagro
del deseo libérrimo de estos, pero Don Miguel
retrasaba el compromiso una y otra vez
excusando responsabilidades y el inicio de la
guerra con el infante Don Carlos, que le hacía
trabajar con gran esfuerzo de cuerpo y alma.

Las familias pretendían el enlace y lo tenían ya


por seguro, y las dotes estaban pactadas y las
suertes marcadas con naipes ya sabidos, de
modo que lo que empezó siendo sutil
insinuación, se convirtió con el paso del tiempo
y la indefinición del asunto en un constante
ejercicio de acoso y derribo de la voluntad del
primogénito de los Imaz, quien se encerraba en
su caparazón de ostra para no dar curso al
reclamo.

Doña Juana, educada como estaba en la


escuela de la tradición silenciosa de las
mujeres, sufría en su silencio y aceptaba su
destino de natural esposa de Don Miguel de
Imaz, según sus padres tenían dispuesto, y
esperaba el emocionante momento del
compromiso, su anuncio en sociedad, los
parabienes, la preparación de la boda... Había
visto varias veces en las óperas del Teatro de la
Cruz o en el de los Caños del Peral el ardoroso
amor que pregonaban los artistas y tal vez
aspirara a sentir tales pasiones. Pero también
sabía por estos mismos libretos y por los libros
píos con que aprendía su oficio de mujer, que
tales espejismos sólo a veces ocurren a las
mujeres y deparan las más en desgracia y
desolación.

De este modo Doña Juana esperaba sus


suertes, previamente marcadas, de consumar
el compromiso dispuesto, pero veía pasar el
tiempo sin saber a ciencia cierta si acabaría de
madurar el fruto ansiado o habría de aspirar a
otros tratos.

Por su parte, Don Miguel tenía sus propias


ideas al respecto, y en este caso no eran
parejas a lo esperado por todos, sino más bien
sus antípodas, pues ni el matrimonio, ni la
bella de Doña Juana, ni mujer alguna siquiera
eran asuntos que conciliasen con el sentir ni
con sus preferencias.

Doña Juana se ajaba por la indecisión de Don


Miguel, y Don Miguel se embozaba cuanto
estaba en su mano para evitar el presentido
desenlace a que los compromisos familiares le
querían empujar contra su voluntad.

Fue en esa época de tiras y aflojas cuando Don


José Agustín, por entonces ministro de la Reina
porque su serenísimo padre había fallecido
poco antes, cayó enfermo y, como del árbol
caído se hace astilla, en habladurías en la
corte, y con tan quebrada salud y pareja
ojeriza, pidió el retiro a Málaga y marchó a una
especie de exilio interior hacia sus propios
pensamientos y amarguras políticos.
Mientras el otrora ministro de la regencia
desaparecía del quehacer diario, Delicado se
engrandecía como ministro honorario de la
Real Audiencia de Cataluña y tejedor de
alianzas y rumores con los embajadores
extranjeros, acrecentando su nombre y su
poder en la corte de la Reina niña y del
moderantismo liberal que le daba soporte.

Delicado e Imaz, y teniendo en cuenta la


malísima salud del segundo, estaban
predispuestos a precipitar el matrimonio de sus
hijos antes de que ambos siguieran el destino
del malogrado Fernando VII, a lo que por edad
ya les tocaba. Y el dicho matrimonio lo veían
con angustia desvanecerse por la actitud tan
esquiva y persistente de Don Miguel. Al parecer
fue entonces que acordaron reunirse en secreto
Torrox, en la casa de los Imaz en aquel pueblo,
a escasas leguas de la de los Delicado en Torre
de Mar, y zanjar así el asunto de una vez por
todas.

Delicado bajó a Torre del Mar y allí se alojó con


su familia con toda la comodidad de la que era
capaz aquella vieja casa centenaria.

Con la excusa de una visita al camarada


enfermo para interesarse por su frágil salud, se
propició el encuentro entre Don Miguel,
brigadier del ejército, con Doña Juana, primera
hija de la familia Delicado, para la solemne
petición de mano.

El encuentro de Don Miguel y Doña Juana fue


frío, formal, cortante incluso.
La casa de los Imaz en Torrox era amplia. Una
de las principales del pequeño pueblo. Con
aires de palacio. Tenía una gran huerta y finca
de frutales con una imponente acequia, y
explotaba un ingenio para la fábrica de azúcar.
Discurría hacia la carretera que llevaba a Torre
del Mar, junto al saladero que allí hay aún. Por
su fachada la casa era tosca y poco aparentaba
de su grandeza interna. Pasado el zaguán se
llegaba a un vestíbulo en el que había un
acceso a la casa de los criados y un estrecho
paseo que llevaba a un patio interior trufado de
columnillas y con una sencilla fuente en su
centro. Del patio arrancaba una segunda
entrada que llevaba al interior, esta vez más
ornamentada y bien dispuesta, y a una
escalera principal por la que se subía a unos
corredores volados sobre el patio. De allí se
llegaba un enorme salón de sociedad, y hacia
los recintos de las habitaciones privadas.
Destacaba la escalera principal toda ella
estucada imitando piedras nobles, o tal vez lo
fueran, y las pinturas de las paredes, muy al
gusto de la época, con angelotes, pegasos,
faunos y otras alimañas danzando en torno a
alegorías de las cuatro estaciones. Grandes
cortinajes adornaban ventanales abiertos al
exterior y servían para matizar el recinto o para
inundarlo de la vertical luz del Sur, según fuera
el momento. La decoración de bustos y
cachivaches de escayola cubierta de pan de
oro, los cuadros imitando la moda francesa y
toda la serie de cachivaches al uso era tal vez
excesiva. Como era época de primavera el olor a
azahar abrumador y la humedad del mar muy
penetrante.
Al reencuentro de los viejos amigos siguió el
acomodo de Doña Juana en habitación privada,
ventilada, amplia, con camerino y vestidor al
uso. Doña Juana estaba algo abrumada y
esperó el desenlace al que su destino la había
llevado.

Mientras la dama descansaba los amigos


pasearon por el huerto, frente al mar, con
pausado paso, pues la salud de Imaz era débil
en realidad, y dándose múltiples confidencias
mutuas y noticias de los graves, siempre
graves, acontecimientos de la Corte.

Fijadas las razones del encuentro, sólo


quedaba, por tanto, la reunión de los vástagos
y el compromiso público. Para Imaz sería
además una garantía de inmunidad frente a las
habladurías de depuración que venían de
Madrid y un motivo de descanso para una vejez
ya prematura y que se sabía en sus últimas.
Todo, como decimos, dispuesto y a punto,
excepción hecha del ánimo del brigadier, que
con muchos tiras y aflojas fue vencido, no sin
condiciones secretamente guardadas por las
familias, entre ellos la condición de cohabitar
junto con Doña Juana con la recientemente
venida del extranjero Doña María de Delicado,
por quien el joven sentía una pasión sin
término, para escándalo de las familias
entrelazadas por el nuevo compromiso.

Tras todo esto se anunció el compromiso que


llevó a la boda legítima que unió los destinos de
los Delicado de Torre de Mar y los Imaz de
Torrox.
h
3 .- EL CUADRO DE DOÑA
MARIA.
ermítanme que ahora vuele de

P nuevo sobre mis recuerdos,


interrumpiendo el relato de los
esponsales. Constantemente me
viene a la memoria el impacto de
aquel día ya tan lejano, pero tan
vivo en mi memoria, en que la vi sentada sobre
un gran butacón, frente al gran ventanal del
salón de recibir de la casa y afanada en
mantenerse rígida y erguida ante la mirada del
pintor.

Vestía doña María de oscuro, de lujoso


terciopelo brillante con florituras bordadas de
Lunéville y lentejuelas de hilo de plata, y
encajes de organdí y tules y gasas ricamente
elaborados. Era un traje de fiesta propio de
mujer casada, de amplia falda abombada.
Llevaba unos guantes de cabritilla pulcros y
sutiles y movía un abanico de madreperla
ricamente pintado por Jubany. Iba embozada
en una mantilla de encajes de blonda y con
muselinas de Dheli y calzaba unos zapatos de
seda y raso de Bombay con filigranas de plata.
Me impresionó el lujo oscuro de la Señora y la
grandeza de su desenfadado modo de portarlo.
Su pelo negro, Su tez morena. Sus morenos
brazos. Su lujoso traje azul casi negro. La
elegancia solemne de la dama que mi padre
reverenciaba con asombroso misterio.

En aquel tiempo las jóvenes de bien núbiles y


todavía por casar vestían con trajes de gran
luminosidad, de gasas, de colores vivos, de
muselinas y rasos, de transparencias que
dejaban adivinar sus formas. En cierto modo
imitaban a las ninfas teatrales; tan gráciles,
tan vaporosas, tan livianas y desenfadadas.
Pero a las mujeres casadas no les era dado
vestir ese desenfado, sino ropajes lujosos y
solemnes con guardainfantes, como los de Ana
Bolena, o María Estuardo, o Lucrecia Borgia,
tal como fueron representadas en las
manifestaciones operísticas de los teatros
madrileños. Los trajes de las damas ya casadas
eran de un extremado lujo, al estilo de Paris, y
para las mujeres de cuna que se preciaran,
eran traídos de allí, a ser posible del taller de
Madame Ninette, o copiados de los diseños de
moda del Journal des Trailleurs, redactados
por el inigualable Monsieur Compaigne. Trajes
rasos y desenfadados, escotados, con
muselinas y organdí, dejando los hombros
desnudos y el pecho insinuado sobre el escote
adornado, como los que gustaba en exhibir la
Condensa de Vilches, más seductora que
elegante y de radiante belleza. Trajes entallados
y armados con crinolinas, miriñaques y
zambras, para dar volumen a las faldas y
enmarcar más aún la extraña delgadez de las
damas, como los que gustaba vestir la Duquesa
de Osuna. Regios y claros, con un cierto aire
solemne y principesco, bordados con hilos de
oro o de plata, como los que adornaban la sutil
porte de la la Duquesa de la Roca o la galanura
de la Marquesa de Alcañices. Goyescos y
negros de encajes y mantillas, como los que
gustaban a la Marquesa de Santa Cruz o la de
Mortelo, o enjoyados en exceso y hasta la
zafiedad, como los que solía usar la Duquesa
de Carvallon, la Infanta Luisa Carlota o la
Princesa de Pastrana.

Trajes todos ellos cortados en los talleres de mi


padre y que valían sus buenos reales. No toda
la burguesía madrileña era capaz de pagarse
nuestros paños.

Ese día en que la conocí, Doña María acababa


de unirse con Imaz no ha más de un año.
Llevaba, digo, un rico traje mandado traer de
Francia y de la más ultimísima moda parisién.
Ni siquiera nosotros, los Utrilla, éramos
capaces de cortar un traje así de vanguardista.
Un traje entallado sobre un corpiño ceñidor
algo alto de cintura, lo que resaltaba su fingido
pecho, y sobre cuyo escote plano se ribeteaba el
trabajo de filigranas hechas en botones y
encajes de plata. Llevaba en su cintura una
hebilla ricamente trabajada y enjoyada con rica
guarnición de oro y diamantes, engarzado a un
fajín con lazo, de la que pendía un reloj de oro
amarrado a una larga cadena, como marcando
el tiempo inacabable. Las mangas del traje eran
cortas e hinchadas, tipo farol, y venían
rematadas en encajes sutiles de Gro de Cantón.
Relucían en sus brazos brazaletes de oro y
piedras preciosas. Llevaba unos guantes de
borreguillo y un elegante abanico nacarado con
incrustaciones de perlas y oro repujado. El
traje de elegante corte, hecho en terciopelo
traído de Génova, en color Prusia. Todo ello
resaltaba la solemnidad y también la tristeza de
la dama.
Doña María se había aderezado para el posado
ante el pintor Portaña con un tocado con
trenzas enlazadas y moño alto, al estilo que se
decía de jirafa, con dos amplios rodetes sobre
las mejillas y amplios y enjoyados pendientes
que relucían y se balanceaban. En el moño
traía enredada una larga cadena de eslabones
de oro blanco y con filigranas de joyería fina
representando estrellas y lazos. Sobre lo alto
del tocado, llevaba una joya imponente, de oro
y diamantes, representando una enorme media
luna turca. Según parece, la joya fue traída de
la misma Roma para Doña María.

Ropas imponentes que marcaban a las claras la


alta dignidad de la Señora y su poderío por
encima de las habladurías. Ropas femeninas
que reivindicaban la hembra que vivía en
aquellos ricos paños.

Si algo me impresionó esa primera vez es la


serenidad y el orgullo de Doña María. No había
rastro alguno de sus antiguos sufrimientos. La
fina coquetería, sutil y natural, con que Doña
María se afirmaba vestida de mujer. La
ambigüedad de su cara hombruna en ese traje
firme de mujer que resaltaba la expresión
varonil de su cara. Unas cejas amplias, negras,
profusas. Una frente despejada y estrecha por
el efecto de los rodetes. Unos ojos vivos,
escrutadores, tristes. Unos pómulos robustos,
desafiantes, angulados. Un mentón duro,
cuadrado, fuerte y musculoso, con una barbilla
partida por un ligero hoyuelo. Un cuello terso y
fuerte. Una nariz estrecha y algo torcida. El
bello del bigote y del mentón. Una faz varonil,
inconfundible e indisimuladamente hombruna
en un traje de mujer.

Un traje de mujer en un cuerpo de hombre. De


un hombre hecho mujer, vestido de mujer,
fingidamente mujer, con el relevante secreto de
que Doña María de Delicado, la hija del
Ministro honorífico de la Real Audiencia de
Cataluña, la hermana del diputado Delicado, la
hermana de Doña Juana de Delicado, la esposa
de su amante, la mujer secreta de Don Miguel
de Imaz...

La ocultada por los años Doña María de


Delicado era, en realidad, desde su infancia, un
hombre, un verdadero hombre con
sentimientos afeminados y amante, desde niño,
de su compañero de juegos, Don Miguel de
Imaz. Un hombre escondido por su propio
padre del escándalo de su inclinación en el
lazareto que había Málaga, entre la punta entre
Torre-Molinos y la del Río, de donde fuera
rescatado por Don Miguel de Imaz, su eterno
amor, mucho más tarde, cuando le impusieron
su matrimonio con Doña Juana.

Un eterno amor con quien le unió por toda su


vida, en el íntimo secreto reprimido por sus
familias y sus obligaciones de burgués, la
pasión y el arrojo de vivirla a su manera.

Porque Doña María de Delicado, señora de


Delicado, fue en realidad de niño Don Juan
Andrés de Delicado, amante de Don Miguel de
Imaz, casado morganáticamente con el mismo,
fingido mujer y hermana de la hermana Doña
Juana para guardar las apariencias y unir los
destinos familiares.
Un hombre hecho y derecho, secreto último y
no sabido sino por las familias y por nosotros,
sus sastres, como pude comprobar tantas
veces al tomarle medidas con mi padre para la
confección de sus padres.

D
4.- DOÑA MARÍA, LA
OCULTADA.
a unión de los Imaz y los Delicado

L no fue fácil y resultó, a los ojos de


la alta sociedad del momento, un
motivo más de habladurías y
envidias. El tiempo y el dinero lo
apagaron un tanto, y luego vinieron
otras circunstancias que lo acabaron de remitir
al baúl de los recuerdos, pero en aquel año de
1835 estaba en todo lo alto del candelero.

Se celebró la boda poco antes de la muerte de


Don José Agustín de Imaz. Como no podía ser
menos, fiesta de gala en la alta sociedad y
motivo de lucimiento de la burguesía del
momento. Parabienes, lujos y ostentación,
bailes y fiestas... Reseñas en la prensa
capitalina. Todo cuanto puede expresarse de la
unión de dos familias de prestancia, incluida la
dedicatoria de la regente a los esposos y la
presencia de gran parte de la nobleza de sangre
y del dinero burgués. Todo precipitado por la
frágil salud de Don José Agustín.

A la boda sucedió el establecimiento de los


esposos en la casa principal de Don Miguel.
Con la legítima fue a dicha casa la hermana,
Doña María, que vivió con la familia a partir de
ese momento.

No hubo fiesta, tertulia o paseo en los que no


se susurrase el rumor de aquel enlace. ¿Casó
Don Miguel con Doña Juana, pero qué hace
con la hermana?, ¿Se llevó a la esposa y se
llevó a la cuñada?, ¿Qué pensará hacer el gallo
con dos en el gallinero, cuando su amor es al
cero?. ¿La guapa y la fea en la misma cama?.

Sabida era en ciertos círculos la inclinación


socrática de Don Miguel en materias
concupiscentes, tan común por otra parte en el
ejército y entre las altas clases sociales de
entonces, que la mantenía dentro de los límites
de disimulo de rigor en la alta sociedad de
sombras chinescas donde nada era lo que
parecía y nada parecía lo que era. Por aquel
tiempo, debo aclarar, la afición socrática era
admisible entre las altas clases si era secreta y
no escandalosa y discreta. No había llegado a
más la corriente correctora, inspirada en el
nuevo abrazo clerical que sobrevoló más tarde
la política patria, y que reintrodujo el castigo
penal para los sodomitas, como había sido de
suyo desde las partidas de Alfonso X.

Pero, no suponiendo el afeminamiento,


problema a la reputación si era discreto,
suponía arrojo y no poco escándalo el
conocerse que el brigadier, fuera de sus
aficiones personales apolíneas, había llevado a
la boda a la legítima y a la alcoba a la hermana,
doña María, con quien hacía vida más que
marital conforme atestiguaba todo el servicio de
criados de la casa para la maledicencia general.

Doña María, la ocultada, la poco conocida, la


retraída que no iba a fiestas ni era presentada
por su padre en sociedad a pesar de su edad
propicia. La desconocida. La invisible. La triste
Doña María. La doña María que poco más
tarde yo iba a ver, cuando con mi padre acudí a
tomar medidas para los trajes de Don Miguel,
posando en un butacón frente a los grandes
cortinajes mientras el huraño de Montaño
tomaba apuntes y garabateaba sus papeles
para un cuadro imposible.

¿Quién era esa serena Doña María, comentada


en los círculos sociales del Madrid de entonces,
a quien tan pocos habían tratado? ¿Había
vuelto de una excelsa educación en
Inglaterra?.¿Volvía de Roma, donde uno de los
hijos de los Delicado hacía carrera eclesiástica?
¿Tal vez había sido exclaustrada, como se
decía, de un convento de Berlanga? ¿Era hija
secreta y natural de Don Juan José que ahora,
arrepentido, restituía y reconocía a su
manera?. Nada se sabía, fuera de la febril
protección de Don Miguel de Imaz, del pasado y
vida de Doña María.

Según decía mi padre, el brigadier Don Miguel


de Imaz impuso como condición para su
matrimonio el reencuentro de su amor infantil,
pues sospechaba, o sabía, que no había muerto
en su juventud y deambulaba por cualquier
lugar donde sus padres lo ocultaron cuando
conocieron su inclinación.

Es entonces cuando, con no poco esfuerzo y


mucho sigilo, pudo saber Don Miguel de su
destino atormentado. Pudo encontrar la Casa
de Misericordia donde lo habían encerrado para
ocultarlo a las ambiciones paternas. Pudo
comprar Don Miguel las voluntades precisas
para sacarlo de aquel miserable lugar de
encierro en el más absoluto silencio y
restituirlo, y devolverlo a la holgura de comer
todos los días y regalarse del tiempo y la
despreocupación. Pudo entonces llevarlo a una
vida más honesta, retornarle el recuerdo,
limpiarlo el cuerpo llagado y el alma
emponzoñada en el rencor y la incomprensión,
devolverlo a la estatura de humano, dejar que
recuperara sus ilusiones y su propio quicio,
devolverle la memoria de sus sueños y de su
tierna infancia, volverlo confiado, paciencioso y
traerlo en sí. Y con ello le vino el consuelo de
quien nada juzga y nada espera en
recompensa. Y se volvió el cautivo tierno,
afable, ilusionado por recuperar y afirmarse
cual es, y, con ello, cual pajarillo libre,
encontró la puerta abierta de su cautiverio y
salió del mismo, como sale de su clepsidra la
mariposa, para sentirse libre y recuperar sus
afectos y su propio recuerdo infantil de ser
quien fue y era y ver para sí un horizonte
esclarecido y libre.

Es entonces cuando la llama del amor nunca


perdido se hizo brasa calmosa en el recuperado
corazón de Delicado, y amó a Imaz, su tierno y
viejo compañero de juegos, que lo había
esperado tanto y sufrido, sin creer los bulos de
su muerte prematura, y unirse con él mismo en
el sacramento no prescrito del amor sin
ataduras, de simple amante, de amante por
encima de todos los límites y las restricciones,
como lo fue otrora el amor de Eloísa hacia
Abelardo, el de Dafnis por Cloe, el de Virginié
hacia Paul, el de Silvia por Amintas, el de Apolo
por Jacinto, el de David por Jonatán, el de
Artemis hacia Calixto, el de Zeus por
Gamínides, el de Set por Orus, el de Dante
hacia Beatriz, y así en una cadena interminable
que hace del géne4ro humano una raza
admirable.

Porque Doña María la única precaución


familiar que mantuvo a partir de entonces era
el de no poner en apuros ni a Don Miguel ni a
la reputación familiar y de su hermana. El de
aparecer como una mujer triste y discreta, que
acudía regularmente a actos sociales
imprescindibles y huía de los excesos y sólo
con personas de marcada calidad mantenía
trato.

Fue en esos actos sociales, los que tuvo a partir


de 1835, como la vida de Doña María daría un
giro más, el de compañera de los infortunios de
Maria Cristina, ya acosada por las
conspiraciones que querían derrumbarla de la
regencia, para velar después por el porvenir de
los otros siete hijos de la reina, ocultados y
llevados a Roma o a París a vivir lejos del tóxico
ambiente conspirativo de Madrid que quería
exhibirlos para denunciar el incumplimiento
testamentario del Rey por parte de la regenta.
Entonces Doña María adquirió otro papel: el
papel de confidente de los intentos de María
Cristina y de la casa de los borbones españoles
y franceses por recomponer los pactos de
familia, por recuperar la grandeza alterada
primero por Napoleón y después por los
repartos territoriales de Metternich y Humbodt,
y el Vizconde de Castlereagh y Cannig, y
Alejandro II y su ministro Novosíltsev... Por
servir a la causa del desesperado y fracasado
intento de María Cristina en emular a los
Braganza de Portugal, con el emperador Pedro
II en Brasil, y por recuperar las américas de los
virreinatos para coronas borbónicas, y
reunificar bajo estas las colonias escindidas de
España y los territorios de Nápoles y el
mediterráneo. Es entonces cuando Doña María
jugó el mejor papel, el papel de una secreta
diplomacia, el secreto y desconocido papel que
ahora yo, el sastre Utrilla, quien le
confeccionaba los trajes que precisaba para sus
emboscamientos o le traía y llevaba mensajes
ocultos, desvelo en esta especie de testamento
de recuerdos.

Solo nosotros, los sastres de Utrilla,


conocíamos el secreto íntimo de Doña María, la
amante, la hermana de la legítima, el verdadero
amor del hijo del Prócer del Reino Don José
Agustín de Imaz y Baquedano. Que doña María
no era hembra, sino hombre cabal y con todos
sus atributos en su lugar.
5.- LA CONSPIRACION
DEL REYNO DE QUITO

o mucho después de la fecha del

N
cuadro, en el año en que se suicidó
Don Mariano de Larra y dieron
garrote a Luís Candelas, Don
Miguel, por guardar las apariencias
y ya diputado de las Cortes, se hizo
a una vida de intrigas y apariencias, más
conforme a su condición de esposo y hombre
benefactor. Volvió Doña María al hogar de su
padre, ya hombre muy mayor y en sus últimas,
y empezó a tener hijos Don Miguel de la otra
hermana Delicado, la legítima, para que lo
heredaran.

Es entonces cuando Don Miguel trasladó su


residencia oficial a la casa que fuera de su
padre, ya egresado en el reino de las sombras,
en la calle de la Fuente Castellana, quedando
Doña María en la casa de la calle de Basilios, la
de su señor padre en Madrid, la que fue su
residencia oficial hasta sus fines.

La historia amorosa de Doña María y Don


Miguel fue discreta, intensa y duradera, llena
de separaciones a las que las circunstancias les
sometió y de reencuentros discretos y
felicísimos. Las vidas de ambos se separaron
por derroteros diferentes en la medida en que
los destinos del segundo y los compromisos de
la primera así lo impusieron. Don Miguel de
Imaz, junto con Don Diego de Delicado, uno de
los hermanos de Doña María, reconvirtió las
instalaciones de Torre del Mar en una lujosa
fábrica de papeles pintados, justo la que
concursó en la gran exposición de Londres y
ganó menciones y prestigio. Más tarde Diego y
Miguel emprendieron otros negocios de minería
y exportación de minerales, de abastecimiento
de pertrechos para los ejércitos, de compra-
venta de bienes raíces y otros muchos, y
participaron en accionariados diversos de los
recientes ferrocarriles que se habían de llevar
en Cataluña y Aranjuez, en negocios de áridos
y tantos otros que ahora no recuerdo. Los
intereses de los Delicado y de los Imaz
siguieron prosperando y engrandeciendo el
poder de las familias.

Doña María se afamó como un personaje


singular, cercana a la regente María Cristina y
a su secreto esposo, el Conde de Riánsares, y
preparaba en la calle de los Basilios veladas y
fiestas que convirtieron la quinta en uno de los
principales mentideros y círculos de la Villa.

Por esas fechas, también mi padre comenzó a


empeorar su salud. Perdió poco a poco la vista,
le empezó a temblar el pulso y heredé el
negocio. Un próspero y prestigioso negocio de
sastrería para la más selecta clase social
madrileña. Tuve establecimiento en la calle de
la Cruz y en el Progreso, además de la casa
principal. En muchas ocasiones acudí a la casa
de Doña María por cumplir los encargos de mi
profesión. Siempre me fascinó esa casa. Creo
que supe estar a la altura, tanto en la
confección de las prendas, como en la
confianza merecida por mi discreción y
fidelidad a la dama. Y ello viene a cuento
porque fue a partir de ese momento cuando,
con el sigilo debido a mi oficio, tuve
conocimiento confidencial de la digna y secreta
labor que primero Don Juan José de Delicado y
luego su hija Doña María hubieron de jugar,
como emisarios entre la Corte y las potencias
extranjeras, para los más diversos encargos.

No recuerdo si he dicho que Don Juan José


Delicado, el egregio Ministro honorífico de la
Real Audiencia de Cataluña, el miembro de la
Orden de Carlos III, el prudente miembro del
partido moderado que confraternizó con Isturiz,
Borrego, De la Rosa, Arrazola, Pacheco,
Moyano y con el Duque de Valencia, mantuvo
en nombre de la corona frecuente trato con con
Monsieur D'Ourd, y con el Barón de Reyneval,
dos hombres en realidad muy estirados y que
olían excesivamente a perfume, ambos clientes
de mi establecimiento y extremadamente
exigentes y elegantes, y con Jules de Polignac,
que el pobre tenía un oído algo duro y no podía
disimular los temblores de una de sus manos y
era blanco como la cera y algo calvo, y el Conde
de Brunette, autoritario y muy socarrón, que se
hacía traer las ropas de su Viena añorada y
nunca estaba triste, y con el Príncipe de
Pastrana, un hombre con hechuras a la
española, y con otros embajadores y ministros
asentados en la corte de Fernando VII desde su
restitución en el trono.

Don Juan José, en nombre del rey Fernando


hizo ofrecimientos a Tatischev para que
intervinieran las tropas del Zar de Rusia en
defensa de la corona sometida a los deseos de
los liberales de Don Rafael Del Riego y los
veinteañistas y mantuvo tratos con el Foreing
Office. Esto son cosas discretas que se llevan
con el máximo sigilo y de las que sólo a un
sastre pueden hacerse confidencias. Con el
mismo objeto y, cuando fracasó la esperanza de
ayuda de los rusos y los ingleses, más
interesados en mantener sus directrices e
intereses que en quitar y poner reyes en peleas
domésticas, negoció Don Juan José el apoyo
francés al Rey español con los próceres De
Villèle y Chateaubriand, que hicieron traer del
otro lado de los Pirineos un ejército para poner
fin al gobierno liberal y retomar el orden y la ley
contra todas las veleidades y exageradas
aspiraciones del populacho.

Muerto el Rey Fernando, siguió sus pesquisas


el dicho Don Juan José bajo los encargos de la
regenta María Cristina, y con su
consentimiento, propició el encuentro del
embajador inglés Villiérs con el Conde de
Toreno, de cuya reunión se acordó la dimisión
de Don José María y la entrada en la
presidencia del Consejo de Álvarez de
Mendizábal, quien hizo traer la libertad de
prensa y parar la guerra y desamortizar los
bienes baldíos de la Iglesia. Y después, a
instancias de Reyneval y sirviendo al interés
francés, ayudó a la sustitución de aquel por
Ísturiz. El mismo don Juan José intercedió
para que los barcos franceses e ingleses
cañonearan en los principales puertos de
Cataluña y Vascongadas, para rendir sus
ínfulas separatistas, y más tarde solicitó de los
embajadores ayuda para combatir los
desordenes de los anarquistas agrupados en
los ateneos obreros y de los republicanos que
se alzaban contra la regencia.

Las veladas que se tenían en su casa, con la


excusa de bailes y fiestas, o con recepciones
privadas y tertulias, permitían a los dichos
próceres comunicar, por medio del Duque de
Riánsares, consorte secreto de la regente, quien
acudía a dichos encuentros, de forma
confidencial con el gobierno de la nación y
expresarle los deseos de sus socios de negocios
y de bando político.

Que personalidades de tal alcurnia


frecuentaran la casa de los Delicado era, por
ello, parte de la cotidiana vida madrileña de
aquellos años y no levantaba más sospechas
que las que podían darse en otros conciliábulos
de los muchos que iluminaban la vida política
de este Madrid de chismes y fábulas. Y la
frecuencia de estas visitas hizo que Doña
María, por entonces restituida como hija
pródiga a la casa de su padre, entrara en esos
juegos y fuera de suma utilidad, por no
levantar sospechas su condición de dama
burguesa, en los enjuagues de unos con otros.

Quiero añadir que aquellas fechas del final de


la regencia eran un hervidero en la ciudad. La
decadencia de la corte era evidente y el
populacho estaba enardecido. La regenta era
abiertamente criticada por todos. Su vida
privada, sus siete innegables hijos, su
matrimonio morganático con el Sargento
Agustín Fernando Muñoz, ahora Conde de
Riánsares, sus negocios en los ferrocarriles, los
devaneos y la sumisión a las coronas de
Francia, Inglaterra y Prusia, según
conveniencia, la corrupción de la corte, el
bandolerismo de una nobleza opresiva, el
hambre del pueblo, la guerra que no acababa,
la quiebra de la hacienda, los mil un motivos
para el levantamiento de una sociedad
apaleada y maltratada. Se veía, en plena
decadencia, la pronta caída de la regente y
quién sabe si también, bajo la presión de las
nuevas ideas, de la propia reina y del ideal
monárquico que sólo con el apoyo de las
potencias se mantenía en pie.

La Regente, por evitar los muchos escándalos


que la acechaban, mandó llevar a sus hijos a
vivir a Roma, donde ponerlos a salvo de las
víboras del reino. De aquellas vino la confianza
que el Duque de Riánsares le hizo a Doña
María de cuidar de la educación de los
pequeños, por lo que hubo de desplazarse a
Roma por un tiempo.

Cuando el General Espartero depuso a la


regenta por la fuerza de las armas y la mandó
al exilio, Doña María volvió a Madrid para
cuidar de los intereses en juego e intentar
hacer de puente entre la Princesa de Asturias y
su madre. Ya entonces Esparteros, regente
ahora, tenía en su propia facción a los
detractores que acabarían con sus políticas y
traerían a los moderados servidores del interés
francés a sustituirlo.

En Madrid doña María, su casa volvió a ser,


nunca lo había dejado de ser, el círculo de
influencias y rumores de antaño.
Tras la caída de Espartero Doña Maria Cristina
no se decidió a volver a la corte, pero hizo de
algunos de los antiguos cristinos sus aliados
para influir en el humor de su hija, siempre
suspicaz hacia su madre, y mantuvo con ella
frecuente correo por medio de ellos. Entre otros
lazos, Doña María de Delicado, que como
institutriz que fue de los hermanos de la reina,
tenía fácil acceso a la Reina.

Fue así como, por contacto sugerido por el


embajador inglés y por Sir Henry Bowler,
conoció en 1845 Doña María a un singular
personaje venido a Madrid huyendo de una
revuelta de la república de Ecuador.

Era un hombre espigado y nervudo, de


pómulos salientes y frente amplia y con
grandes entradas. Se mostraba muy despierto y
avispado y era gran conversador y amigo de las
chanzas y chistes. También era hombre
enérgico y atrabiliario cuando lo contradecían y
se veía en él un cierto punto de locura. Llevaba
bigote y perilla y mordía pellizcos de un rape
muy oloroso al que llamaba chimó. De lejos se
veía que había sido militar. El mismo contaba
que había participado, bajos las órdenes de
Bolívar, caraqueño como él, en las campañas
de Carabobo y Bomboná, y que había sido
despojado de sus propiedades en el Ecuador y
había tenido que salir al exilio con otros
desafortunados.

Había llegado a Madrid acogido por la amplia


comunidad de navarros y vascos, la nación de
su padre, pidiendo ayuda para su empresa
visionaria. Anteriormente visitó, al parecer,
París y Londres y Nápoles buscando apoyos a
su causa, pero solo recibió buenas palabras.
Como tantos aventureros americanos esperaba
la ayuda de las potencias europeas para
realizar empresas colosales en América y
engrandecer los dominios y los negocios de los
grandes comerciantes. Al parecer venía
comisionado por un prócer ecuatoriano y
contaba con el respaldo de una de las facciones
de aquella república. Los navarros de Madrid lo
habían acogido, alimentando la esperanza de
riquezas y fortuna si la empresa salía a su
favor.

Intentaba llegar a la Reina y decía traer un


mensaje esencial y de suma trascendencia para
los intereses de los españoles. Decía venir en
nombre de un prócer cuyo nombre no le era
dado desvelar sino a la Corte.

Acudió varias veces, acompañado por Bowler, a


la casa de los Delicado. Bowler sabía, tras los
fracasos de concitar al caraqueño con alguien
de poder en la Corte, que Doña María podía ser
la pieza que le pusiera en contacto con la reina
madre, por aquel entonces en París.

Lo cierto es que Doña María escuchó con


desconfianza al caraqueño, tan natural y
desprevenido en sus expresiones, tan afable y
avasallador en el trato, tan desordenado en sus
exposiciones, tan fabulador en sus relatos, tan
acosador en sus intimidaciones y reclamos.
Solicitó Don Juan, que así se hacía llamar, el
contacto con la reina y trajo prueba de haberse
visto con Wellesley y Canning y otras muchas
referencias a su pasado con Bolívar y con los
estados del norte de América. Al parecer, los
ingleses había prestado apoyo a Bolívar, años
antes, en su intento de constituir un reino
americano bajo sangre real europea, al parecer
con el intento de engrandecer los intereses
ingleses en las Américas, pero el intento había
fracasado por la indecisión del General y el
estado de caos y conspiración interna de las
excolonias. Enseñó al respecto Don Juan una
nota autógrafa de Bolívar y dirigida al rey
inglés que más o menos explicaba que “Este
país no está en condiciones de ser gobernado
por el Pueblo, lo que uno debe admitir, después
de todo, que resulta mejor en la teoría que en la
práctica. Sudamérica es quizás el país menos
dotado de todos para gobiernos republicanos.
Debemos buscar alivio en Inglaterra, no tenemos
otro recurso. Si un día llegara cualquier
propuesta del Gabinete británico para establecer
un gobierno normal, es decir, una monarquía o
monarquías en el Nuevo Mundo, encontrarían en
mi a un promotor seguro y firme de sus deseos,
plenamente dispuesto a respaldar al Soberano
que Inglaterra pueda proponer instalar y
sustentar en el Trono. Si yo puedo, contribuiré a
lograr tan deseable cosa, pueden contar con mis
servicios. Si debemos tener un nuevo gobierno,
tengámoslo conforme a vuestro modelo y yo
estoy dispuesto a dar mi apoyo a cualquier
Soberano que Inglaterra pueda darnos”.

Doña Maria me hizo copiar la carta presentada


por Don Juan, pues estaba yo en su casa el día
que éste la trajo, y decía la Señora que los
sastres tenemos buena letra y enjuta.
Atisbando la gravedad de los asuntos, propició
una reunión en Nápoles, el país de nacimiento
de Doña María Cristina, entre el criollo Don
Juan y El embajador español, Su excelencia el
Duque de Rivas, a quien el personaje
misterioso desveló su identidad y su plan, a fin
de que se lo trasladara a la Reina española.
Como tantos otros alzados contra los
virreinatos, prefería ahora, visto el caos,
monarquías que aseguraran el puente de unión
de las ex-colonias con las potencias europeas y
garantizaran el orden y coincidía en sus
intereses con los de los muchos realistas,
decía, que aún quedan dispuestos a luchar por
la Corona.

Don Juan resultó ser el General Don Juan José


Flores Aramburu, antiguo auxiliar de Bolívar y
luego gobernador militar de Pasto, cuando la
proclamación de la Gran Colombia, y más tarde
alzado en armas contra ésta y fundador del
Estado de Ecuador, escindido de aquélla. El
General, ya presidente y fundador de la
República Ecuatoriana, había sido depuesto
por otra sublevación separatista en Guayaquil
y enviado al exilio con incumplimiento de los
compromisos de inmunidad y renta adquiridos
por los traidores. Traía entre manos el plan de
regresar a Ecuador, de la mano de un fuerte
ejército que ya estaba armando en Irlanda con
el peculio de comerciales interesados en la
aventura, y con el apoyo de sus partidarios en
Quito y de los realistas nostálgicos del pasado
de orden, deponer a Vicente Rocafuerte, el
hombre que ostentaba la autoridad de la
titubeante República ecuatoriana, e instaurar
una monarquía que solventara los problemas
de desordenes y ambiciones que dividían los
Estados y truncaban el ideal de una gran
Sudamérica, e inmediatamente ampliar la
guerra hacia el Sur, para anexionarse los
territorios del Perú y la recientemente fundada
Bolivia y hasta el Paraguay de los López,
integrando en un mismo trono, con rey Borbón
que los emparentara con españoles y franceses,
las caóticas repúblicas independientes. Se
reservaba el General, pues el Borbón a
entronizar era menor, el puesto de regente
perpetuo hasta la mayoría de edad del príncipe.

Don Ángel María de Saavedra, Duque de Rivas,


embajador de España en Nápoles y pariente de
Don Miguel, enseguida dio cuenta de tales
planes a la Corte española y aconsejó a Doña
María que propiciara con sigilo el encuentro de
María Cristina con Flores y con los ministros
del reino.

Dona María Cristina vivió con excitación esas


nuevas y vio de la tal promesa abierta en su
horizonte la restauración de la grandeza de las
Españas que ella contempló desmoronarse
años antes. Con su hija como reina en España,
con su otra hija como consorte del Rey Luis
Felipe de Francia, con la monarquía de Nápoles
en manos de sus sobrinos y con su hijo Agustín
Muñoz de Borbón, rey del nuevo reino de Quito
y con ella misma como punta de encuentro de
las familias borbónicas y tejedora de todos los
paños, veía Doña María Cristina restaurado el
prestigio de su familia.
Al parecer el General Flores contaba ya con
voluntarios en Irlanda para emprender una
invasión y estaban enrolados y acuartelados.
Su intención de derrocar al Presidente
Rocafuerte e instaurar la monarquía en
aquellos territorios estaba a punto de fraguarse
y, decía, contaba con el visto bueno inglés a
una eventual restauración borbónica, siempre
que se preservaran los derechos de libre
comercio y los intereses británicos en el
occidente americano, que se impidiera la
anexión de la Florida para las Colonias
desgajadas de Inglaterra y que se prohibiera
por tratado la expansión francesa hacia las
américas más allá de sus actuales
emplazamientos.

Los planes, confirmaban los espías de la Reina,


parecían sólidos. En Irlanda el General Wright
reclutaba armas, naves y tropa para el asalto y
ya había más de dos mil enrolados y cinco
buques artillados y debidamente pertrechados
y dispuestos a partir. Industriales interesados,
tanto de Quito como de Londres, de Madrid y
de Paris, alentaban la aventura y arriesgaban
sus dineros. El rey Luís Felipe de Orleáns
postulaba a su vez la consolidación de su casa
comprometiendo a una de sus hijas con el
futurible rey de Quito y aspirando a decidir los
futuros del reino por medio de su influencia en
la política hispánica.

María Cristina habló con su hija Isabel y


proveyó de un millón y medio de reales de su
propio peculio a Flores, dinero suficiente para
llevar adelante sus conspiraciones. Isabel
aprobó secretamente los planes y aseguró
apoyo español a un eventual protectorado
sobre el reino y las supuestas conquistas de
éste hacia el Sur, recuperando la influencia
española en aquellos territorios. Luís Felipe de
Orleáns, casado a su vez con la hermana de la
reina española, aceptó el trato por lo que podía
extender de la influencia francesa sobre las
américas, donde ya pugnaba con Inglaterra y
poseía la Luisiana.

La reina, con consentimiento primero del


presidente Narváez y más tarde, cunado lo hizo
caer por segunda vez, de Ísturiz y de los
ministros del reino, armó hombres en
Santander y los acuarteló con destino a la
invasión del Ecuador.

Doña María Cristina, ávida de volver a ejercer


el poder, y muy animosa de carácter, se prestó
a organizar con sus allegados la creación de
una corte que se desplazaría con el pequeño
Agustín y le asistiría en el nuevo reino de
Quito. Marquesas, Condes, nobles nuevos y
añejos, militares y partidarios suyos escalaron
en el escalafón de la supuesta y previsible corte
americana y comenzaron, con el mayor de los
desenfados, a prepararse para su pronta
travesía.

En estas, llegaron a Inglaterra nuevas de los


espías destacados en España. Eran fidedignas
las noticias de movimientos de tropas en
Santander con destino a la reconquista de
Ecuador. Flores era tratado en Madrid como
futuro regente y dictador perpetuo del nuevo
Estado. El proyecto no se conformaba con el
derrocamiento de los Guayacos, sino que su
intención próxima era extender la guerra hacia
el Sur del continente.

Lord Palmerston, alarmado por la magnitud del


propósito, orquestó la acción de los
embajadores de Ecuador, Francisco Michelena,
y Argentina, Manuel Moreno, para que
encabezaran las protestas en las cortes
europeas. También Iturregui, por Perú, formuló
sus protestas ante la corte inglesa y de Prusia.
Según él, los propósitos de coronación
borbónica que perjudicaban a su país, violaban
también el Tratado de Utrecht que regía los
términos territoriales del nuevo mundo y
facilitaban el expansionismo español con
provecho para Francia, poniendo en peligro al
propio continente europeo de nuevas
contiendas que tiraban por tierra el diseño
europeo de Metternich y del Congreso de Viena.

Por primera vez en su corta historia, la acción


diplomática de los americanos era tomada en
serio en las cortes europeas.

Con la discreta ayuda de los ingleses, desde


luego los mayores perjudicados de la aventura
de Flores, se dio publicidad en las prensas
española, francesa, inglesa y de Prusia y Viena
a las pretensiones de Flores y se predispuso a
la opinión pública continental contra este acto
de injerencia que se fraguaba.

La prensa inglesa se hizo eco del comunicado


de Iturregui a su gobierno “El general Flores se
halla organizando en Madrid unos batallones
que deben servir de base a una expedición que
prepara ostensiblemente contra el Ecuador. Los
periódicos de aquella capital aseguran que la
expedición enunciada amenaza también al Perú
y procede de un acuerdo hecho entre el Gobierno
Español y dicho General para invadir ambas
Repúblicas y formar de ellas una monarquía, a
cuyo frente se intenta colocar a uno de los dos
hijos habidos por doña María Cristina de Borbón
de su segundo matrimonio con el Duque de
Rianzares, -que el gabinete Español protege
visiblemente esta empresa, y se están sacando
Jefes, oficiales y centenares de soldados de los
mismos cuerpos del ejército Peninsular para
incorporarlos en lo que está levantando el
general Flores, -que Agentes de este se hallan
enganchando soldados de Irlanda para
engrosar las filas de los expedicionarios, -y en
fin que todos están ya listos y citados para
reunirse en Aspeitia, -de donde saldrán para
dar la vela para América. Los mismos
periódicos, examinado el proyecto bajo todas
sus fases, le dan abiertamente las bien
merecidas calificaciones de impolítico, injusto,
alevoso e irrealizable. Por cartas particulares se
me asegura, después de confirmarme las
anteriores noticias, que Don Andrés Santa Cruz,
que se halla en Burdeos, tiene también parte en
esta trama, y que Don José Joaquín de Mora,
redactor de “El Heraldo”, es uno de los
escritores que aboga por ella con más ardor,
pero con argumentos que por su futilidad dan
lástima”.

La opinión pública europea reaccionó contra la


pretensión realista y también en la propia
España, donde la capacidad de maniobra de los
ingleses, a través de los grupos más radicales
de liberales anglófonos, era considerable.
Los peruanos, en realidad muy expuestos a la
quiebra de su república si la aventura del
visionario Flores triunfaba en su propósito,
manifestaron su decisión de defender por las
armas al vecino Ecuador y promovieron la
firma de un tratado de mutuo apoyo de las
repúblicas americanas ante agresiones
exteriores, el cual fue firmado por las nuevas
repúblicas, dando así excusa definitiva al
Primer Ministro inglés para que, en nombre de
su Serenísima Alteza mandara confiscar las
naves ya pertrechadas del General Flores,
situadas en el puerto irlandés de Limerick, y al
alcalde de aquel puerto para, con la autoridad
y la policía por medio, desbarata los
reclutamientos en marcha.

Inglaterra abortaba así, por personas


interpuestas, los intentos restauracionistas de
los realistas y de sus nuevos socios en las
antiguas colonias y consolidaba la supremacía
de la Isla en las nuevas repúblicas americanas.

De segundas, la implicación de la reina Isabel y


de su gobierno trajo como consecuencia la
exigencia inglesa de dimisión del presidente
Martínez de Irujo y la irrupción en el control de
facto del Estado por parte del General Serrano,
a así como el control más decidido de los
ingleses sobre los mentideros y los partidos
españoles, de cuyos miembros destacados
consiguieron compromisos de fidelidad a
cambio de sobornos directos, grandes sumas
de dinero, participación en negocios ingleses y
ventajas con las que se compraron las
voluntades precisas.
No fue esta la última vez en que conspiradores
y hasta autoridades de las repúblicas
establecidas sobre las ex-colonias intentaron la
restauración de monarquías que dieran solidez
a las titubeantes y frágiles repúblicas. Los
males del desacuerdo y del caudillismo siguen
en pié y propician fuerzas centrípetas hacia la
concentración del poder soberano en manos de
un Rey o un botarate cualquiera que ejerza de
tal, y de hecho el inconcluso proceso de los
antiguos virreinatos sigue a fecha de hoy
amorfo y pendiente de nuevos bríos que
conviertan al Nuevo Mundo en nueva
esperanza de una sociedad unida y fructífera y
no sometida a los vaivenes de las grandes
potencias.

Tras el fracaso de la nueva Corte, donde Doña


María se preparaba para acompañar al Jóven
Rey a coronar, nuestra Dama se retiró de forma
discreta de la escena. La propia Maria Cristina,
desengañada de la falta de coraje mostrado por
los gobiernos de Isabel, se refugió en Paris y en
sus negocios y fue declinando en su aspiración
de siempre de imprimir su impronta en los
gobiernos de España.
6.- LA MUERTE DE DON
MIGUEL

eo ahora el billete que mandó

L
imprimir Doña Juana comunicando
la muerte de Don Miguel. “por efecto
de una inflamación cerebral aguda,
adquirida por el excesivo trabajo y
esmerado celo desplegado en el
desempeño de sus funciones como fiscal militar
del Tribunal Supremo de Marina y Guerra”.

Rogaba un oración por el alma del difunto. Un


recuerdo que nunca me ha abandonado.

Era el día 21 de mayo de 1851. Hacía calor en


Madrid y, como de costumbre, la ciudad vivía
enfebrecida en las mil actividades de un día
cualquiera. El cielo brillaba de intenso azul y
los campos de los alrededores, salidos ya por
detrás del ensanche, verdecían de trigos tiernos
que era un primor.

Hacía unos días, no muchos, había regresado


Don Miguel de Imaz y Don Diego Delicado, su
socio, de la Exposición Universal de Londres,
donde los papeles pintados de la fábrica de
Torre de Mar habían obtenido menciones y
éxitos rotundos.

Don Miguel venía contento de su paso por


Londres. -Una ciudad imponente, decía. La
fortuna le sonreía. Sus negocios prosperaban.
Los hijos crecían sanos y fuertes. Las
medrosidades en la corte del padre Fulgencio y
Sor Patrocinio, que le habían causado más de
un disgusto en su papel de fiscal, habían
cesado y se había restaurado un cierto orden
tras la tercera caída de Narváez y del
Presidente títere Coleonard. Bravo Murillo, el
nuevo y católiquísimo presidente, era hombre
de sentido práctico y dispuesto a traer la calma
y a sosegar la política. La reina, diluida en sus
pasiones, dejaba el gobierno a los políticos y no
parecía interesada por el momento en los
conciliábulos de quita y pon. Pretendía el
Presidente traer cambios en la gobernación del
país, desterrando viejos privilegios apolillados,
despachando a los intrigantes especializados de
vivir del erario público, devolviendo a los
generales a los cuarteles y alejándolos del
gobierno y rodeándose de personas
competentes y no significadas en la etapa de
Narváez. El nombre de Don Miguel sonaba para
este período por su competencia y por estar
limpio de mácula. Don Miguel se sentía fuerte y
confiado, en una nueva y personal primavera
vital.

Tras el regreso de Londres, Don Miguel y Doña


María se habían reencontrado con la discreción
de siempre. La felicidad se veía en la cara de la
Señora. Nada hacía presagiar el mal agüero del
malogrado fin del buen hombre.

El día fatídico un criado llegó a la casa de Doña


María con recado de su hermana. Don Miguel
estaba postrado y pedía en sus últimos
suspiros el aliento de la dama. Doña María
salió con el coche de camino. Cuando llegó era
tarde. La muerte lo embargaba todo. Su ala
extensa se posó en la casa del difunto y la
ensombreció. Lo estaban ya amortajando. El
olor de la muerte es un olor penetrante y sordo
y aún más en los interminables y dolorosos
velatorios. Mi recuerdo de aquel día es uno de
los más tristes que me quedan ahora, cuando
veo venir mi propio deceso.

Los funerales fueron, como eran los de toda


persona de posibles, concurridos y solemnes.
Se abrió el libro de condolencias del difunto en
el propio Tribunal donde ejerció su cargo. Abría
el libro Don Francisco Martínez de la Rosa, Don
Francisco Del Acebal y Arriatia, Don Manuel de
Bárbara, Don Facundo Goñi, el Marques de la
Vega de Armijo, Don Diego de Delicado, Don
Manuel de Capallería, Don Luis María de la
Torre, Don Manuel Medina, Don José Juaquin
Mateos, Don Emilio Bernar, Don Ramón
Llorente, Don Isidro Wall, otras muchas
personalidades.

Acabados los duelos y ritos funerarios, Doña


María se ensimismó en su propio mudo de
recuerdos, como si volviera al lazareto de su
infancia, y perdió el vínculo que la unía al
mundo de la alta sociedad donde nadie es
imprescindible y todo es voluble para los que se
dejan ir. Dejó de acudir a actos sociales, de
visitar a los embajadores, de recibir recados, de
alentar mentideros, de estar en el lugar
adecuado, metida como quedó en un luto
interior serenísimo. Pasó entonces por una
excéntrica hasta ser, poco a poco, olvidada de
casi todos y, como un mueble de tristeza,
arrumbada a la pared.
El carácter de la dama fue hacia su
metamorfosis mientras se evanescía para su
antiguo mundo. Ni siquiera su familia lograba
sacarla de su anamnesis del ultramundo, de su
desmemoria amfibológica y su desaprensión
abandonada. No conoció, o no tuvo interés en
ello, del final del reinado de Isabel, ni el breve
reino de su sucesor Amadeo y los tiras y aflojas
de las potencias para controlar el caos español,
ni el advenimiento de la república y el bloqueo
de ésta por parte de las potencias y el posterior
golpe de estado que trajo de nuevo la peste
borbónica a estas tierras. Ya nada de eso era
importante en la mente de Doña María, que la
perdió en parte en el momento infinitamente
pequeño en que murió Don Miguel. Desde
entonces ella se vio tan ajena al mundo de
bambalinas en que había vivido que adrede lo
olvidó tanto como aquel a ella.

Tal vez por consolar su vacío, al poco de


enviudar a su manera, comenzó a interesarse
la Dama por los niños pobres que pululaban
las calles. Madrid era un pobrerío de gentes
malsanas y sin instrucción, pero por una de
esas leyes de la naturaleza, la pobreza no se ve
cuando no se quiere y los pobres de Madrid, en
su fragilidad, eran transparentes a la burguesía
salvo cuando protestaban con malos y
destemplados aires. Como queda dicho,
deambulaban medio hambrientos cientos de
niños desempleados, ociosos y roñosos.

Doña María acogió al primero de ellos después


de despedirse de su vida acolchada, cuando
Don Rafael de Imaz ya era Conde y su hermana
Juana casó de segundas y ella le perdió el
interés a la vida en sociedad.

La adopción del pequeño rufián puso a Doña


María en contacto con el grito de pobreza de
una ciudad inhumana. Como si se le
desvelaran unas duras escamas que la
impedían ver la miseria, descubrió ésta el
submundo que ninguno queríamos ver en la
dulce escena isabelina. Un submundo que grita
sordo más allá de las bambalinas de nuestras
comodidades y vanas preocupaciones de
molicie. Gentes desnutridas, embrutecidas,
convertidas a la mezquindad por la maldad
envolvente y contagiosa de una ciudad
inhumana. Enfermos arrastrando sus dolen-
cias con el signo en la cata de la próxima
muerte. Angustiadas madres que no
encuentran pan para sus hijos y sufren la más
desesperada tristeza. Hijos que roban un par
de nabos en el mercado para amortiguar el
hambre y que son apaleados por la policía de
mercados. Rústicos que perdieron todo y
vienen a la villa, huyendo de su destino, a
servir por un plato de sopa insalubre y que
ahora ni sopa ni vuelta al pueblo les queda.
Mujeres malvendidas para paliar la miseria de
sus padres, músculos trabajando como bielas
para llenar los bolsillos de los dueños de todo.
Trabajadoras del tabaco que se desmigajan en
jornadas de más de doce horas de destajo para
servir los caprichos de los orondos padres de la
patria...

Se acercó Doña María a la obra de socorros


mutuos de las cigarreras y de los algodoneros y
prestó allí sus energías. Entró en contacto con
Ramón de la Sagra, un tipo de prominente
calva y voz grave y melosa, con ojos
centelleantes e inquietos y convencido de la
necesidad de desembrutecer a los españoles y
de dar la batalla contra la codicia de los
capitalistas. Ayudó en su escuela de lactancia y
en el Asilo de Cigarreras que éste formó para la
instrucción de pobres. Prestó dinero para
implantar falansterios y cooperativas, todos
ellos fracasados por la lógica de propiedad que
todo lo envuelve. Conoció más tarde al
grabador González Morago, que tenía un taller
en la calle de Gracia, y le ayudó a difundir sus
creencias y a sufragar sus viajes en pro de un
mundo sin amos. Se envolvió en la maraña de
las utopías de un mundo fraterno y adoptó éste
como su credo.

Mas tarde, Doña María se centró en el auxilio


de los obreros y pobres de los arrabales y
adoptó otros tres menesterosos. Y puso su casa
y su fortuna al servicio de esta causa, siendo
por todo ello repudiada y olvidada de su
familia, de sus antiguas amistades, del
ambiente de bamblinas y orgulloso lujo que
acompañó su vida por unos años.

Sólo yo, un sastre fiel y admirador de su


entereza, desde el primer día en que la ví, la he
seguido visitando en su deslizamiento y sus
desvelos por los despreciados de nuestra alta y
engreída sociedad madrileña. Y así hasta que
ella misma murió contagiada, con el cuerpo
lacerado, lleno de hidropesía, delirante,
acompañada solo por los pupilos asustados
que fueron su último consuelo y de un
servidor, que fui su único contacto con el
mundo de sus familiares.
Doña María ya murió, murió hace ya tiempo
abandonada. A mi me dejó en legado el cuadro
pintado por el huraño de Portaña. Sabía ella
que admiraba aquella obra que a ella le sirvió
de bálsamo para recordar otros tiempos
mejores.

Ahora yo, a punto de morir también, con la


mano temblorosa por la fatiga, ciego de la vista,
con la cabeza perdida y sin poderme casi valer,
lo daré en herencia a mi hijo.

El nada sabe de su significado y probablemente


ya nadie pueda hablarle de su personaje con
cabalidad.

Por eso escribo este pliego de mis recuerdos de


Doña María de Delicado, que fue secreta mujer
de Don Miguel de Imaz, en matrimonio
prohibido, imposible, amantísimo, fiel,
admirable por tantas razones y que vivió una
vida de entereza que le es dado vivir a tan
pocas personas.

Espero que mi hijo respete la reverencia de este


legado y estime con el debido respeto la lección
de vida de Doña María.
7.- EL LEGADO DE PUNCEL

l señor Pouncel Bouet:


E
En el año de 1927.

Estimado Señor

Cumpliendo las mandas que en el testamento de


mi difunta esposa Doña María de la Cruz
Ángeles Fermina de Mugiro y Berruete ha
dejado hechas, le participo que ha legado a esta
institución del Museo de Nacional de Puntura del
Prado varios cuadros de su colección que
acompaño a esta comunicación, con el deseo de
que sean admitidos en donación y para
incrementar el patrimonio de pintura posterior a
Don Francisco de Goya de ese Museo.

Mi amada esposa, como también lo fue su padre


que en gloria esté, Don Fermín de Mugiro, Primer
Conde de Mugiro y benefactor de ese Museo, ha
admirado mucho la pintura y el arte y desea que
su nombre quede incorporado al de los
benefactores y mecenas de nuestra amada
Patria.

Mi amada esposa ha muerto. Mi amada María,


tras una vida en unión cristiana, quien ha
compartido alegrías y calamidades, ha fallecido.

Con mucha estima guardó en vida diversas


obras de pintura, que la inculcó el aprecio por
ello su difunto padre, Don Fermín, y Doña
Ángela, su madre.

Repaso ahora el mandato que me da de donar


en legado de su testamento varias obras
valiosas de pintura y en particular varios
cuadros de su admirado Vicente López y otros
menores. Mucho ha estimado mi amada esposa
estos cuadros que han colgado en nuestras
paredes durante tanto tiempo. A mi me parece
que este López no era gran cosa como pintor,
claro que no soy un entendido. Tal vez un
retratista de la época dorada de nuestra
boyante burguesía de hace casi un siglo. Un
buen pintor de joyas y de ropas pintipuestas y
poco más mérito le veo yo a éste, si lo
comparamos con los que Don Fermín tenía en
su palacio de la calle del Turco.

Concretamente este, el de la señora reclinada


en una silla y vestida de gala que mira al
frente. La primera vez que lo vi me causó
extrañeza y risa. Parecía un torero. Nunca me
ha causado otro sentimiento. Un cuadro
inquietante, de una extraña fealdad y poco
decoroso para el honor de la Señora que
aparece pintada. Me pregunto por el hombre
que lo mandó pintar, señor de Imaz dice en el
anverso del lienzo. ¿Qué agravio haría ese al
pintor para que López hiciera semejante
irrisión?, ¿Sería tan estrepitosa la Señora que
posa?, ¿Pagaría el cuadro el precio convenido el
señor Imaz? No me imagino este cuadro
luciendo en una sala principal de la casa. No es
un cuadro de ostentación, sino de equívocos.
Ahora veo que trae un pliego de hojas en su
reverso que al parecer explican la vida de la
protagonista. No tengo tiempo para leerlo. La
letra es apretada y menuda y mi vista ya está
muy cansada.

Me conformo con cumplir lo dispuesto. Hacer


llevar las obras como se manda, ¿qué otra cosa
puedo hacer?.
8.- LA ACEPTACION DEL
LEGADO

G aceta de Madrid. Año de 1953. Mes


Octubre. Día 23.

Orden Ministerial. Ministerio de Educación y


Cultura

“Ilustrísimo Señor:

Este Ministerio ha resuelto aceptar el legado de


dos cuadros pintados por Vicente López,
entregados en el Museo Nacional del Prado por
los albaceas testamentarios de Don Enrique
Puncel Bruet, cumpliendo la voluntad de dicho
señor, y disponer que se den las gracias a los
referidos albaceas por el cumplimiento de su
misión y patriótico proceder.

Dios Guarde a V.I. muchos años.

Madrid 23 de noviembre

Fd. Joaquín Ruiz Jiménez.


Ministro de Educación y Cultura.”