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DE TARTESSOS A MANILA

SIETE ESTUDIOS COLONIALES


Y PoscolonialES

Glòria Cano
Ana Delgado
(eds.)

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
2008
«COLONIALISMOS» FENICIOS EN EL SUR DE IBERIA:
HISTORIAS PRECEDENTES Y MODOS DE CONTACTO

Ana Delgado Hervás


Universitat Pompeu Fabra

Introducción: la arqueología del colonialismo

Desde finales de los años noventa, el término colonialismo se ha inte-


grado con gran éxito en el análisis de situaciones coloniales anteriores a la
expansión europea del siglo xvi d. C. En los últimos años, colonialismo ha
dejado de ser un concepto histórico exclusivo del mundo moderno y se ha
incorporado al vocabulario cotidiano de historiadores e historiadoras de la
antigüedad (van Dommelen 1997, 1998; Kristiansen y Rowlands, 1998;
Dietler, 1998; Lyons y Papadopoulos, 2002; Gosden, 2004; Stein, 2005).
La arqueología del colonialismo tiene su punto de partida en el pensa-
miento poscolonial y en la crítica a las visiones tradicionales de los encuen-
tros y de las relaciones coloniales. Desde perspectivas poscoloniales se ha
cuestionado que el colonialismo sea un fenómeno histórico exclusivo del
mundo moderno. Esta lectura, señalan sus críticos, sólo ha sido posible por-
que el colonialismo se ha presentado como un fenómeno singular y único,
se ha metahistorizado y esencializado, y se ha obviado la enorme variedad
de historias distintas que tras de sí esconden las historias coloniales (Dirks,
1992: 12; Pels, 1997; Gosden, 2004). Para estos críticos, el colonialismo
responde «a una gran variedad de relaciones asimétricas entre comunidades
humanas, por lo que parece haber estado presente a lo largo de gran parte de
la historia del mundo de una u otra forma» (Thomas, 1994: 3).
Esta redefinición es la que ha permitido prescindir de los estrictos lí-
mites temporales que han acompañado tradicionalmente al concepto colo-
nialismo y ha abierto una nueva perspectiva comparativa entre tiempos y
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espacios distintos que cuestiona la linealidad histórica construida desde el


imaginario occidental. En ningún caso, sin embargo, hablar de colonialis-
mo en el mundo antiguo significa establecer un continuismo entre pasado y
presente (Rowlands, 1998a: 327), ni formular paralelismos directos con los
fenómenos coloniales modernos (van Dommelen, 1997: 308; Rowlands,
1998a: 329). El colonialismo en la Antigüedad –como en las eras Moderna
y Contemporánea– responde a contextos socio-históricos específicos y, por
tanto, forzosamente distintos.
Arqueólogos e historiadores de la Antigüedad, tanto críticos poscolonia-
les como partidarios de enfoques más tradicionales, se han incorporado de
forma entusiasta a este nuevo diálogo (véase, por ejemplo, Lyons y Papado-
poulos, 2002; Stein, 2005) y han integrando el término colonialismo en sus
lecturas sobre los encuentros y las relaciones coloniales de la Antigüedad,
aunque no siempre con la carga conceptual que este término exige. Es en
este punto donde considero que debe hacerse una reflexión. Colonialismo,
en ocasiones, se ha usado simplemente como sinónimo de contacto, co-
mercio o intercambio, confundiendo, así, colonialismo y contacto cultural
(cf. Silliman, 2005). Pero, principalmente, colonialismo ha sido una nueva
palabra que ha venido a sustituir a viejos términos como aculturación o co-
lonización o relaciones centro-periferia –un concepto muy del gusto de la
arqueología protohistórica–, sin que en la mayoría de los casos su inclusión
haya implicado cambios relevantes en los discursos sobre el pasado, que es
en definitiva lo que nos interesa.
Esta utilización abusiva o inadecuada del concepto colonialismo ali-
menta justamente aquello que los críticos poscoloniales, que son quienes lo
han introducido en los análisis históricos de la Antigüedad, han pretendido
combatir –la colonialidad del pensamiento moderno– y ha restado valor a
la deconstrucción que nosotros podemos realizar desde nuestra periferia,
que no es geográfica, pero sí temporal. De hecho, una parte importante de
la literatura integrada en la denominada arqueología del colonialismo pue-
de acabar teniendo efectos contrarios y reforzar, a través de determinadas
narrativas del pasado, el discurso colonial. Este es el caso, por ejemplo, de
aquellas lecturas que niegan u olvidan que una relación colonial es siempre
una relación de poder y de dominación, porque convierten al colonialismo
en un término vacío de significado; o bien, de quiénes asumen a priori que
toda relación entre grupos que pertenecen a comunidades con estructuras
y prácticas económicas y sociales distintas son siempre y desde un inicio
forzosamente desiguales, porque naturalizan las relaciones de dominación
y de explotación coloniales. Debemos estar atentos y ser críticos con estas
representaciones del pasado porque, como señala Dietler (1998: 289-90),
«colonialismos» fenicios en el sur de iberia... 21

la historia colonial de la Antigüedad tiene una relevancia excepcional en


la construcción de los fundamentos ideológicos del colonialismo europeo
moderno.
El estudio de los fenómenos coloniales de la Antigüedad requiere una
reflexión crítica porque los discursos dominantes sobre el colonialismo an-
tiguo siguen atrapados en la óptica de los colonizadores y, demasiado a
menudo, narran la historia oficial de los administradores coloniales. Las
relaciones coloniales o comerciales o los procesos de contacto se leen ex-
clusivamente a partir de las motivaciones, los intereses y las estrategias
de los colonos –búsqueda de materias primas, necesidad de nuevas tierras,
conflictos sociales y/o políticos en la región de origen...–, pero generalmen-
te se olvida que estos «proyectos» no tuvieron lugar, como diría Thomas
(1991: 36), sobre una «tabula rasa». Frente a ellos, comerciantes y colonos
encontraron una serie de comunidades con sus propios intereses y moti-
vaciones que indefectiblemente negociaron y moldearon esos «proyectos
coloniales». El resultado de estas complejas relaciones es una multitud de
historias «coloniales» distintas e incluso divergentes, generalmente ocultas
bajo el reduccionismo y el determinismo de los enfoques dominantes en las
lecturas de los encuentros culturales de la Antigüedad –llámense acultura-
ción, sistemas-mundo o colonialismo.
Desde estas líneas, pretendo contribuir a este debate analizando desde
una óptica comparativa alguna de las denominadas historias coloniales de
la Antigüedad. Me centraré en las relaciones que se establecieron entre co-
munidades locales y grupos de comerciantes y colonos fenicios asentados
durante los siglos ix-vi a. C. en dos escenarios geográfica y socialmente
distintos del sur de la península Ibérica: por un lado, la Andalucía atlánti-
ca, donde se sitúa tradicionalmente el mítico Tartessos y, por otro, el área
comprendida entre la bahía de Málaga y la Axarquía malagueña, donde se
documenta una de las mayores concentraciones de asentamientos fenicios
de todo el Mediterráneo.
La comparación de estos dos escenarios históricos permite poner en evi-
dencia la diversidad de las historias «coloniales» del mundo antiguo, una
diversidad que, en buena medida, parece responder a los distintos intereses
tanto de las comunidades locales como de los colonos y comerciantes que
se establecieron en una y otra zona y a la distinta capacidad de cada uno de
los grupos locales en la negociación de las relaciones de poder.
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Comunidades fenicias en la Andalucía atlántica:


la Ría Huelva

Entre los siglos ix y vi a. C. los fenicios crearon una vasta red de asen-
tamientos y estaciones comerciales. El principal propósito, al menos en las
centurias iniciales, parece haber sido económico: la construcción de una
extensa red de comercio que abarcaba desde el Levante mediterráneo a las
costas atlánticas de Iberia y el norte de África (fig. 1). Esta red comercial
estaba basada en el establecimiento permanente de grupos de orientales en
territorios lejanos que mantenían una estrecha conexión con sus áreas de
origen y con otros centros de la red fenicia atlántico-mediterránea. Estas co-
munidades mantenían una identidad diferencial de las poblaciones locales
que se expresaba en su cultura material, su escritura, sus casas, sus talleres,
sus vajillas, sus prácticas rituales… Es lo que se ha llamado la diáspora feni-
cia (Aubet, 1994).
La costa atlántica andaluza fue una de las primeras áreas occidentales
que despertaron el interés de los comerciantes fenicios (fig. 2). Estas tierras
ricas en minerales, como el cobre y la plata, y en productos agropecuarios
acogieron a comerciantes y artesanos orientales al menos desde finales del
siglo ix a. C., tal y como demuestran los recientes hallazgos efectuados en
las zonas bajas de la ciudad de Huelva (González de Canales et al., 2004;
Nijboer y van der Plicht, 2006).
En el casco urbano de Huelva se localiza uno de los principales asen-
tamientos protohistóricos del sur de Iberia. Enclavada en una península en
el estuario de los ríos Tinto y Odiel (fig. 3), Huelva está formada por un
conjunto de pequeñas colinas o cabezos separados por vaguadas y torren-
tes. La población protohistórica de Huelva, siguiendo el mismo patrón que
se observa en otros asentamientos tartésicos, se distribuye en las cimas y
laderas de distintas colinas, principalmente en los denominados Cabezo de
San Pedro y Cabezo de la Esperanza y, posiblemente también, en los ac-
tualmente desaparecidos cabezos del Molino de Viento, Cementerio Viejo
y del Pino (fig. 4) (Belén et al., 1977; Fernández Jurado, 1988-89; Campos
y Gómez Toscano, 2001).
En esta comunidad tartésica se establecieron desde tiempo muy tempra-
no mercaderes y artesanos orientales, quizá acompañados en los momentos
iniciales de otras gentes mediterráneas. Las principales evidencias de la ins-
talación de estas comunidades de mercaderes las encontramos en las áreas
bajas de Huelva, cercanas a la antigua línea de mareas, principalmente en
torno a las actuales calles de Puerto y de Méndez Núñez (fig. 4). Las ex-
cavaciones que se han realizado en estas zonas han permitido documentar
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«colonialismos» fenicios en el sur de iberia...

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Figura 1. La diáspora fenicia en el Mediterráneo (siglos ix-vi a. C.)


23
24 ana delgado hervás

Figura 2. Asentamientos del Bronce Final (siglos x-viii a. C.) y enclaves fenicios
(siglos ix-viii a. C.) en la Andalucía atlántica (elaboración propia)

diferentes construcciones realizadas con técnicas arquitectónicas que


contrastan vivamente con la arquitectura tradicional de cabañas de las
comunidades locales de Andalucía occidental (entre otros, Fernández Ju-
rado, 1988-89; García Sanz, 1988-89; Garrido y Orta, 1994; Osuna et al.,
2000).
Muchos de los espacios excavados son áreas donde se llevaron a cabo
actividades artesanales. Destacan especialmente los trabajos de beneficio
«colonialismos» fenicios en el sur de iberia... 25

Figura 3. La ría de Huelva en los siglos x-viii a. C.


(elaboración propia a partir de Ruiz Gálvez, 1995)

Huelva
Depósito
de bronces

o refino de la plata y, en menor medida, del cobre,1 metales que llegaban


a Huelva procedentes de las minas del Andévalo y de la Sierra onubense.
Estos minerales eran explotados por grupos domésticos locales que esta-

1
Entre las distintas áreas en las que se han localizado evidencias de actividades metalúr-
gicas destacan Puerto 6 (Fernández Jurado, 1988-89), Puerto 9 (Fernández Jurado, 1988-89),
Puerto 29 (Fernández Jurado et al., 1990), Méndez Núñez 4-6 (Fernández Jurado, 1988-89),
Méndez Núñez 7-13 (Osuna et al., 2000: 181) y Botica 10-12 (García Sanz 1988-89: 154),
todas ellas relacionadas con procesos de refinado por copelación de plata, y Puerto 10, donde
se documentan trabajos de fundición de cobre (Rovira, 1994). En Huelva, estas actividades
se concentran principalmente en las laderas del Cabezo del Molino de Viento, donde debió
situarse el barrio comercial. Otros sectores del asentamiento, como el Cabezo de San Pedro y
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Figura 4. El asentamiento de Huelva (elaboración propiaa partir de Fernández


Jurado, 1988-89)

Cementerio Viejo

San Pedro
La Joya

Molino del Viento


Puerto /
Méndez Núñez

La Esperanza

antigua línea
de mareas

blecían campamentos temporales junto a los filones superficiales y, a partir


del siglo vii a. C., desde algunos poblados mineros permanentes. La explo-
tación del cobre para el intercambio se llevaba a cabo en estos territorios al
menos desde los siglos xi-x a. C. y desde el siglo ix y, especialmente, desde
el siglo viii a. C., las comunidades tartésicas empezaron a extraer minerales
de plata que canalizaban hacia las redes de comercio exterior (Pérez Ma-
cías, 1996; Hunt, 2003).
En Huelva, los trabajos metalúrgicos coexistieron con otras actividades
artesanales cruciales para el comercio fenicio con las comunidades tartési-
cas. Se conocen talleres dedicados a la elaboración de objetos de marfil, a la
ebanistería y marquetería, a la glíptica, así como a la producción de objetos

el de la Esperanza, también participaron, aunque en menor medida, en estas tareas (Fernán-


dez Jurado, 1988-89: 193-194; Kassianidou et al., 1995: 32).
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y de joyas de bronce, oro y plata.2 Todos estos productos gozaban de una


alta demanda entre ciertos sectores sociales de las comunidades locales y
aparecen frecuentemente depositados en sus tumbas.
Junto a estos artesanos orientales –o gentes de otras procedencias que
trabajan con técnicas orientales– se instalaron comerciantes de origen feni-
cio, como prueban los juegos de pesos de plomo hallados en Huelva, que se
corresponden con el sistema metrológico sirio-fenicio, el shekel (González
de Canales et al., 2004: 154-55 y lám. XXXVIII, n. 10-13 y LXIV, n. 21-
24). Estas pequeñas piezas son conocidas en Oriente, donde eran usadas por
los mercaderes para pesar pequeñas cantidades de oro y plata en transac-
ciones comerciales (Aubet, 2002). Entre las pertenencias de un mercader
oriental, también cabe citar una tablilla de madera usada para escribir sobre
cera, similar a la localizada en el barco de Uluburun (González de Canales
et al., 2004: 160 y lám. XL, n. 7).
En esta área de mercado de Huelva se concentran instalaciones de carác-
ter comercial y administrativo, como son almacenes y santuarios. La cons-
trucción monumental de Puerto 8-10-12 disponía de distintas áreas para el
almacenamiento y el depósito de mercancías (Sanz, 1988-89: 163; Garri-
do y Orta, 1994). Junto a productos locales y coloniales fenicios, en estas
estancias se depositaron vajillas griegas que aparecen en concentraciones
poco frecuentes en otras áreas excavadas del núcleo onubense. Otro depósi-
to comercial se localiza en Puerto 29 (Fernández Jurado et al., 1990). Cerca
de estas dos instalaciones comerciales se situaban edificios interpretados
como santuarios, que acogían tanto prácticas rituales, como actividades ar-
tesanales (Osuna et al., 2000).
La evidencia arqueológica de las actuales calles del Puerto y Méndez
Núñez parece dibujar en este sector de la Huelva tartésica el paisaje típico
de un barrio comercial oriental, organizado en torno a santuarios y otros
edificios comerciales y administrativos. Los templos son antiguas institu-
ciones orientales ligadas al comercio exterior que otorgaban préstamos,
servían de lugar de acogida a comerciantes y de depósito de los bienes y
documentos de estos mercaderes, estandarizaban pesos y medidas, actua-

2
El material recuperado por González de Canales, Serrano y Llompart (2004) constituye
actualmente el mayor cuerpo de información sobre estas actividades. Estos investigadores
recuperaron varios kilos de desechos procedentes de la talla de marfil y los restos de un
colmillo de elefante (2004: 165 y lám. XLI-XLII, LXVII-LXVIII). Localizaron también nú-
cleos y cantos rodados de ágata, posibles restos de un taller de glíptica (2004: 141), así como
lo que han interpretado como desechos de piezas de taracea (2004: 159). La elaboración de
objetos de oro y plata se conoce en el contexto santuárico de Méndez-Núñez 7-13 (Osuna
et al., 2000: 181 y ss).
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ban como notarios en determinadas relaciones contractuales, constituían


depósitos de información geográfica utilizada en expediciones comerciales
y concentraban en sus inmediaciones lugares de mercado y centros artesa-
nales (véase, entre otros, Silver, 1995; Aubet, 1994; 2000).
Este barrio mercantil y artesanal también dispuso de áreas residenciales
y son frecuentes los espacios donde coexisten actividades artesanales con
actividades domésticas y de consumo. En estas áreas la cultura material
asociada a la preparación, cocción y consumo de alimentos, a otras prácti-
cas cotidianas ligadas al cuerpo –adorno, vestido, cuidado, purificación–,
así como a prácticas rituales o a celebraciones sociales, denota que estamos
ante espacios culturalmente heterogéneos en los que convivieron gentes
locales y orientales y, posiblemente también, mestizos. La cultura material
asociada a este tipo de prácticas nos muestra que estamos ante contextos
étnica, cultural y socialmente complejos.
Ollas de cocina de tradición local3 se asocian a enseres e instalaciones
para la cocción de alimentos netamente orientales, como son las torteras
(González de Canales et al., 2004: 78-79) y las tahonas utilizadas para la
elaboración del pan (García Sanz, 1988-89: 151; Fernández Jurado y Rufe-
te, 1990: 284; Fernández Jurado et al., 1991; Rufete y García, 1999). Cuen-
cos, fuentes, copas o soportes vivamente bruñidos y, en algunos casos, pro-
fusamente decorados, conviven en estas áreas con platos, cuencos, copas
o jarras de engobe rojo que guardan estrechas similitudes –aunque no son
idénticos– con la vajilla típica de los asentamientos fenicios occidentales.
Junto a estas dos vajillas, son comunes las producciones claramente híbri-
das –entre las que destacan las cerámicas grises4– y algunas importaciones
mediterráneas –fenicias, griegas y etruscas, entre otras.5
Esta heterogeneidad en la vajilla utilizada para el consumo de alimen-
tos y, en especial, la importancia de los vasos locales o de apariencia local
en las prácticas de consumo de comida y bebida hasta momentos relativa-
mente tardíos, señalan una diferencia con las pautas que se observan en
otros ámbitos fenicios occidentales, que después analizaremos. La vajilla

Los recipientes de cocina modelados a mano con formas y decoraciones locales son
3

mayoritarios en estos contextos –véase, por ejemplo, Puerto 6 (Fernández Jurado, 1988-89:
lám. IX, XIV, XVIII)–. En Huelva, sin embargo, se conocen también ollas de cocina de tradi-
ción fenicia oriental (González et al., 2004: 78), así como otros recipientes de cocina tornea-
dos propios del mundo colonial fenicio de occidente (Fernández Jurado et al., 1990: 26).
4
Sobre estas producciones híbridas en Andalucía occidental, véanse los trabajos de J. I.
Vallejo (1999; 2005).
5
Véase, entre otros, contextos Puerto 6 y los niveles datados en la primera mitad del
siglo vii a. C. de Méndez Núñez 4 (Fernández Jurado, 1988-89).
«colonialismos» fenicios en el sur de iberia... 29

de mesa es un elemento crítico en la construcción de las identidades socia-


les, tanto en las comunidades coloniales fenicias (Delgado y Ferrer, 2007)
como en las tartésicas (Aubet et al., 1996), donde son utilizadas en fiestas
de comensalidad y en banquetes, un tipo de prácticas cruciales en las estra-
tegias de movilidad social y en la construcción de identidades comunales
en los distintos territorios de Andalucía occidental al menos desde el siglo
ix a. C. (Delgado, 2002).
Las vajillas de mesa de los espacios domésticos de este barrio mercantil
y artesanal dibujan un panorama social en el que convivieron gentes de
orígenes heterogéneos que mantuvieron identidades múltiples. Esta mul-
tiplicidad de identidades debe entenderse en el marco de unas complejas
relaciones de poder en las que los grupos locales ejercieron una clara he-
gemonía.

Comercio colonial y poder local

Los datos arqueológicos obtenidos en las excavaciones bajo la actual


ciudad de Huelva muestran el establecimiento de una comunidad de mer-
caderes y artesanos con viviendas, almacenes, talleres e incluso santuarios
propios, en un enclave local bajo una autoridad política local. Este modo de
asentamiento, propio del comercio fenicio, lo encontramos en otros ámbi-
tos de Oriente y del Mediterráneo: Kommos, en la isla de Creta, o Samaria,
en el vecino estado de Israel, por citar tan sólo dos ejemplos (Shaw, 1989;
Shaw y Shaw, 2000; Aubet, 1994: 51-52; 2000).
La expresión material de ese poder local es especialmente visible en los
cementerios. Las tumbas, en estos ámbitos culturalmente complejos, son
magníficos indicadores étnicos porque, como señala Hall, nos remiten a los
ancestros (Hall, 1997; 2002). Sus moradores expresan por medio del entie-
rro unas relaciones de descendencia que pueden ser reales o inventadas, y
reclaman, a través de ellas, unos derechos sobre unas gentes, un espacio o
un territorio concreto.
Huelva, como otros asentamientos tartésicos, dispone de distintas áreas
de enterramiento que podrían corresponderse con espacios funerarios asig-
nados a diferentes linajes o grupos gentilicios (Torres, 1999: 163-166;
2005: 430; Delgado, 2002). Son cementerios que cuentan cada uno de ellos
con un reducido número de tumbas, que estarían reservadas a una minoría
social, posiblemente a ciertas personas pertenecientes a linajes conectados
con el poder político, claros beneficiarios de las relaciones establecidas con
los mercaderes fenicios.
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En las comunidades tartésicas entre los siglos viii y vii a. C. se produje-


ron importantes transformaciones en los modos de legitimar el poder y en
su simbología, en buena medida ligadas a la relación entre determinados
individuos y grupos sociales tartésicos y gentes de origen oriental, tal y
como se aprecia en algunos aspectos del ritual funerario y en parte de los
ajuares depositados en estas tumbas. Sofisticados rituales de libación y de
purificación realizados con vajillas de bronce de manufactura fenicia –bra-
seros, quemaperfumes, jarras– se convierten en uno de los nuevos elemen-
tos identitarios de las elites tartésicas. Nuevas prácticas rituales, tomadas de
Oriente, expresan una conexión especial de estos personajes con dioses y
espíritus, y, al mismo tiempo, con las elites de las comunidades originarias
de Oriente.
En la necrópolis onubense de la Joya (Garrido, 1970; Garrido y Orta,
1978), junto a estos nuevos elementos, se aprecian claras continuidades con
la representación del poder del período precedente. La vajilla cerámica y
los grandes vasos contenedores aparecen en cantidades importantes en las
principales tumbas. En la tumba 17 de la Joya se apilan hasta 17 cuencos
de cerámica que forman parte del ajuar funerario. De ellos, 15 son vasos
locales a mano y 2 son cuencos a torno de cerámica gris. Aparecen acom-
pañados de soportes de carrete –uno de cerámica y dos de bronce–, otra de
las formas ligadas a la vajilla de banquete en el mundo del Bronce Final
tartésico. Ánforas de morfología fenicia, que quizá contuvieron vino, y dos
platos de engobe rojo son testimonio de la introducción de nuevos produc-
tos y formas de consumo de origen fenicio en estas antiguas prácticas so-
ciales. En la tumba 17, asimismo, junto a bienes adquiridos a comerciantes
y mercaderes fenicios, se depositaron algunos de los principales elementos
que en la fase precedente simbolizaban el poder: el carro y el espejo que
aparecen representados, junto a otros elementos, en las denominadas es-
telas de guerrero, como la espada y la lanza, que aparecen en otra de las
tumbas de la joya, la denominada tumba 16 (fig. 5). De hecho, la mímesis,
la adopción y la emulación reelaborada de objetos y de prácticas relaciona-
dos con los modos de representación del poder de los socios de intercambio
entre las elites tartésicas, no son sino una continuidad de las formas en las
que se legitimaba el poder en los períodos inmediatamente anteriores a la
presencia fenicia.
La ría de Huelva fue un área de intercambio antes de que llegaran los
fenicios a la zona. La mejor evidencia es el depósito de la ría de Huelva
fechado por radiocarbono entre la segunda mitad del siglo xi y el siglo x
a. C., que responde, como en otras áreas atlánticas, a la destrucción inten-
cional en un acto ritual de una serie de objetos ligados principalmente a la
«colonialismos» fenicios en el sur de iberia... 31

representación del poder (Ruiz Gálvez, 1995). Más de 400 objetos de metal
fueron recuperados de sus aguas, un conjunto formado principalmente por
espadas, puñales, lanzas y donde no faltan cascos cónicos, arreos de caballo
y elementos de vestido como fíbulas de codo de tipo chipriota. Todos estos
objetos, aunque muchos de ellos parecen estar elaborados con cobre local,
responden a formas foráneas que nos hablan de un marco de relaciones y
contactos que va desde las islas británicas hasta Chipre.

Figura 5. Principales elementos de la tumba 17 de la Joya


(elaboración propia a partir de Garrido y Orta, 1978)

La Joya: tumba 17
Bebida y banquete

Vestido y cuidado corporal

Equipo ritual

Carro y montura
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Esos intercambios, que están muy poco definidos tanto en sus formas
como en sus participantes, parecen tener un escenario físico en el área de
Huelva, tal y como ha defendido Ruiz Gálvez, que se convertiría en este
momento en un cruce entre los ámbitos mediterráneos y atlánticos (Ruiz
Gálvez, 1995; 1997).
Cuando se asientan los primeros mercaderes fenicios, determinados gru-
pos sociales del área de Huelva y, en general, de las comunidades de Anda-
lucía occidental están participando de un modo muy activo en esta red de
intercambios y contactos. Su poder se legitima, en parte, a través de estas
relaciones que ostentan portando objetos foráneos. Es, por tanto, un grupo
social interesado en establecer relaciones de intercambio con nuevos socios
que llegan a sus costas, como son los fenicios.
De hecho, estas gentes no sólo facilitaron el establecimiento de mercade-
res en su territorio, sino que colaboraron activamente en la creación de la red
comercial fenicia en Occidente, tal y como sugieren las cerámicas tartésicas
que se localizan en cantidades relativamente importantes en niveles antiguos
de algunos centros fenicios occidentales. Es el caso principalmente de Lixus
(Gómez Bellard et al., 2001; Escacena et al., 2001) o de Cartago, aunque en
este caso con una significación mucho menor, si tenemos en cuenta que aquí
llegaron en cantidades muy reducidas (Mansel, 2000: 174).
Antes de la llegada de los fenicios a la zona, se produce entre las comu-
nidades de Andalucía occidental un importantísimo cambio social y econó-
mico que explica el dinamismo social de estos grupos de finales de la Edad
de Bronce (Delgado, 2000; 2002). Este cambio afecta a las comunidades de
prácticamente toda Andalucía occidental y no se limita al área minera.
La temprana llegada de mercaderes fenicios posiblemente se relacio-
na con su interés en adquirir metales, fundamentalmente plata, pero muy
pocos años después los intereses del comercio fenicio en el extremo Occi-
dente se amplían, tal y como revela la amplia distribución de importaciones
fenicias que se produce a partir de los inicios del siglo viii fuera de áreas que
disponen de minerales susceptibles de ser comercializados.
En la primera mitad del siglo viii llegan las primeras importaciones a la
antigua desembocadura del Guadalquivir y a la campiña gaditana. Las en-
contramos en asentamientos tartésicos como Campillo, Pocito Chico, Mesas
de Asta, La Compañía o Painobo, entre otros (López Amador et al., 1996;
Ruiz Gil y López Amador, 2002; González et al., 1995; 2000). En esas dos
áreas tiene lugar en la primera mitad de ese siglo el asentamiento de grupos
de fenicios en enclaves o territorios tartésicos, reproduciendo estrategias en
cierto modo similares a las que hemos visto en la ría de Huelva. Es el caso,
por ejemplo, del monumental enclave de Carambolo en Sevilla, localizado
«colonialismos» fenicios en el sur de iberia... 33

en la antigua desembocadura del Guadalquivir (Belén y Escacena, 1998;


Fernández y Rodríguez, 2005), o del Castillo de Doña Blanca en Cádiz, en
la paleodesembocadura del Guadalete (Ruiz Mata y Pérez, 1995) (fig. 2).
La estrategia comercial fenicia en el área de la Andalucía atlántica se
articuló en torno a esta serie de instalaciones fenicias ubicadas estratégi-
camente en los principales enclaves portuarios del territorio tartésico y,
posiblemente también, en algunos centros interiores que, como Carmona
(Belén et al., 1997), estaban situados en los principales caminos de la re-
gión, muchos de ellos antiguos escenarios en las relaciones de intercambio
durante el Bronce Final. Pero en esta estrategia que hemos dibujado falta
una pieza clave: Cádiz, la mítica y polémica fundación tiria de Occidente.
Los resultados de las distintas excavaciones que se han efectuado en los
últimos años en el casco urbano de Cádiz y en la bahía gaditana han llevado
a releer el papel otorgado por las fuentes clásicas a la Gadir fenicia (Ruiz
Mata, 1999; Córdoba y Ruiz Mata, 2005). El papel que tuvo el asentamien-
to de Cádiz está ahora en discusión, pues si bien para algunos constituyó la
referencia del estado tirio en el extremo Occidente, para otros no fue más
que una atalaya para la pesca del atún hasta los últimos años del siglo vii
a. C. Las escasas evidencias de áreas domésticas de carácter estable y per-
manente datadas en época arcaica son argumentos de peso para quienes de-
fienden que Cádiz no fue la gran colonia tiria que describen las fuentes. Sin
embargo, los elementos de arquitectura monumental, los objetos asociados
a prácticas de culto localizados en varios puntos de Cádiz y en el islote de
Sancti Petri (entre otros, Blanco, 1985; Muñoz, 1995-96; Perdigones, 1991;
Sáez Romero et al., 2005) y las tumbas que allí se depositan posiblemente
desde el siglo viii a. C., pero especialmente a partir de finales del siglo vii
a. C. (Muñoz, 1998; García Alfonso, 2005; Perdigones et al., 1990), nos
indican que, junto a su posible función como atalaya pesquera, Cádiz fue
el escenario de un conjunto de prácticas sociales y rituales cruciales en la
construcción de la identidad colectiva de unas comunidades fenicias que vi-
vían dispersas en distintos enclaves occidentales. Al mismo tiempo, Cádiz
debió de ser la sede de un conjunto de instituciones que, como el templo de
Merlqart, actuaron apoyando las actividades fenicias en Occidente, y, a la
vez, controlando los negocios de los mercaderes fenicios en estas tierras.
Cádiz concentró instituciones y prácticas cruciales en una estrategia de
tipo diaspórico como es la fenicia, pero la evidencia arqueológica, tanto de
la propia Cádiz como de otras comunidades locales o fenicias del área tar-
tésica, sugiere que no fue el centro de poder de una comunidad colonial que
ejercía su dominio y su control sobre las sumisas poblaciones que habitaban
34 ana delgado hervás

el territorio tartésico, tal y como defienden quienes hablan de un colonialis-


mo fenicio en estas áreas atlánticas.

Enclaves fenicios del área de Málaga

La arqueología fenicia de la Andalucía mediterránea y, en concreto, del


área situada entre los ríos Guadalhorce y Algarrobo (fig. 6) nos muestra
una dinámica totalmente diferente en lo que respecta tanto a los modos
de asentamiento fenicio en el área, como a las formas de relación con los
grupos locales.
Dinámicas históricas distintas en esta área del litoral malagueño y en
los territorios de Andalucía occidental en el período previo a la llegada
fenicia son posiblemente la causa de las grandes diferencias en los modos
de contacto entre gentes nativas y mercaderes y colonos fenicios que se de-
sarrollan en una y otra zona. Cuando los fenicios se instalan en este tramo
del litoral, se encuentran con comunidades locales relativamente pequeñas,
dispersas en un territorio con una baja densidad de población y con modos
de agregación y de movilidad social distintos a los que caracterizan a las
comunidades tartésicas. En estos territorios de la costa mediterránea no se
aprecian las profundas transformaciones sociales, demográficas y territoria-

Figura 6. Asentamientos del Bronce Final (siglos x-viii a. C.)


y colonias fenicias (siglo viii a. C.) en el litoral de Málaga (elaboración propia)
«colonialismos» fenicios en el sur de iberia... 35

les que tienen lugar en muchas de las áreas de Andalucía occidental entre
los siglos x y viii a. C.
Son pocos los asentamientos estables que se conocen en ese tramo del
litoral malagueño datables entre los siglos x y viii a. C. (fig. 6): la Alcazaba
de Vélez Málaga, en la paleodesembocadura del río Vélez, y el Cerro de
Capellanía, algo más al interior; el poblado de San Pablo, en la antigua
desembocadura del Guadalmedina, y el Cerro de la Era, cerca de la actual
localidad de Benalmádena, y, posiblemente, el núcleo de Cártama, en el
interior del valle del Guadalhorce (Gran Aymerich, 1981; Martín Córdoba,
1993-94; Fernández Rodríguez et al., 1997; Fernández Rodríguez, 2003;
Suárez Padilla y Cisneros, 1999; Suárez Padilla et al., 2001; García Alfon-
so, 2007).
Los valles de los ríos donde se concentra prácticamente la poca tierra de
alta calidad agrológica de la región están prácticamente desocupados y la
mayoría de la población se establece preferentemente en zonas montañosas,
junto a recursos más apropiados para la práctica de una ganadería extensi-
va. Además, las comunidades litorales del entorno de la bahía de Málaga
y la Axarquía malagueña parecen menos implicadas que las tartésicas en
los intercambios atlántico-mediterráneos que surcan sus aguas y, probable-
mente, varan en sus costas. En todo este tramo del litoral se conocen muy
pocos hallazgos que puedan relacionarse con esas redes de intercambio.
Entre ellos, destacan el pequeño conjunto de orfebrería de Jorox (Schubart,
1975: 96; García Alfonso, 2007), el molde de espada de Ronda (Del Amo,
1983) y la estela de guerrero y espada de Almargen (Villaseca, 1993), que
se localizan en áreas interiores, más conectadas con las áreas tartésicas de
Andalucía occidental que con el litoral mediterráneo.
La dinámica social de esta área durante el Bronce Final parece condi-
cionar también el modo de asentamiento y las estrategias seguidas por los
colonos fenicios en esta zona, pero de un modo muy diferente al que hemos
visto en la Andalucía atlántica.
En las inmediaciones de la bahía de Málaga, el establecimiento de
comunidades fenicias también es relativamente temprano. En la primera
mitad del siglo viii a. C. –o a finales del siglo ix a. C., como indica el ra-
diocarbono– se establece una pequeña comunidad fenicia en el Morro de
Mezquitilla, un lugar situado en la antigua desembocadura del río Algarro-
bo, un río corto y de cauce estacional (entre otros, Schubart, 1985; 2006;
Maass-Lindemann, 1997). El espacio elegido debió de ser entonces un buen
fondeadero, que posiblemente contó con buenos puntos de agua.
Los grupos de fenicios que llegaron a esta zona a finales del siglo ix
o en los inicios del siglo viii a. C. se asentaron en un lugar despoblado,
36 ana delgado hervás

situado en un territorio con una bajísima densidad de población, donde no


se conocen asentamientos de comunidades locales. El Algarrobo, además,
es un corto y estrecho valle, sin buenos accesos a otros territorios interiores
que se sitúan tras las sierras de Tejada y la Almijara, donde sí se conocen
importantes asentamientos locales, como es el caso de la Mesa de Fornes,
el Cerro de la Mora o el Cerro de los Infantes, por citar sólo algunos. Muy
cerca del asentamiento de Morro de Mezquitilla, a tan sólo 2 km de distan-
cia, fundaron algunos años después, en la segunda mitad del siglo viii a. C.,
un asentamiento, Chorreras, en una atalaya rocosa que de nuevo mira –y
vigila– el mar y da la espalda al interior del territorio (Aubet, 1974; Aubet
et al., 1979; Martín Córdoba et al., 2005).
Las características del lugar elegido para establecer el primer asenta-
miento fenicio en el área malagueña sugieren que el intercambio con las
poblaciones del territorio inmediato no fue la principal finalidad de esta
fundación, al menos en sus primeras décadas de funcionamiento. Posible-
mente, en sus inicios Morro de Mezquitilla fue un lugar de recalada de
las naves que se dirigían al Atlántico o que regresaban hacia otros pun-
tos del Mediterráneo central u oriental. Morro de Mezquitilla fue, en este
sentido, una estación clave en las estrategias comerciales fenicias y en la
consolidación y ampliación de las redes de intercambio en estos ámbitos
occidentales. En las décadas posteriores, este enclave, junto a las nuevas
instalaciones fenicias del área malagueña, se convertirá en un activo centro
que estimulará la aparición de nuevos patrones de consumo y de nuevas
demandas entre algunas de las comunidades locales de las áreas mediterrá-
neas del sur de Iberia.
A finales del siglo viii, varias décadas después del establecimiento de los
primeros grupos de fenicios en este tramo del litoral mediterráneo, fundan
Toscanos (Schubart, 2002: 15), ahora sí, en la desembocadura de un río, el
Vélez, por el que transita una de las pocas vías de comunicación entre la
costa de Málaga y los territorios interiores de Andalucía oriental, adonde en
la segunda mitad del siglo viii a. C. están llegando importaciones fenicias.
En este caso, aunque eligen al parecer un lugar desocupado, se sitúan re-
lativamente próximos a núcleos de población local (fig. 6). Quizá por esa
razón, Toscanos se fortifica (Schubart et al., 1972; Niemeyer, 1985: 116)
y se dota de torres vigías o fortines, como el de la Casa de la Viña y el del
Alarcón, desde donde se domina visualmente el territorio interior del valle
del Vélez (Schubart, 2000; 2002).
La otra gran vía de comunicación con los territorios interiores en las
inmediaciones de la bahía de Málaga transcurre próxima al cauce del Gua-
dalhorce, en cuya desembocadura, quizá en ese mismo momento, a finales
«colonialismos» fenicios en el sur de iberia... 37

del siglo viii a. C., quizá antes –los niveles más antiguos del asentamiento
todavía no se han excavado–, grupos de fenicios fundan un nuevo asenta-
miento (Aubet et al., 1999). En el siglo vii a. C. la red de establecimientos
fenicios de la bahía de Málaga se completará con la fundación de Malaka,
la actual Málaga, frente al poblado de San Pablo, situado en la otra orilla de
la desembocadura del Guadalmedina.

Espacios de dominación: cultura material y poder


colonial en los enclaves fenicios de la Andalucía
mediterránea

Todos estos asentamientos muestran un patrón muy diferente al que


hemos visto en la Andalucía atlántica: se trata de asentamientos en áreas
desocupadas donde o bien no se conocen poblaciones locales en las inme-
diaciones o bien se dotan de límites físicos –Toscanos– o naturales –una
isla rodeada de marismas en el caso del Cerro del Villar– que amplifican su
distancia, su separación.
Estos centros parecen acoger a un núcleo de población estable integrado
principalmente por gentes que trabajan en actividades mercantiles, artesa-
nales y portuarias. En los enclaves fenicios de la costa de la Axarquía y
de la bahía de Málaga se levantan viviendas y estructuras domésticas que
traducen un paisaje colonial socialmente diverso, así como infraestructuras
portuarias y comerciales –como tiendas y almacenes– y pequeños talleres
artesanales dedicados principalmente a la producción cerámica y a la meta-
lurgia del hierro y del bronce, y, en menor medida, de la plata (fig. 7).
Al igual que en Huelva o el Castillo de Doña Blanca, en estos enclaves
fenicios del área malagueña residían gentes de orígenes heterogéneos, tal y
como se deriva de los vasos de uso culinario, que en su mayoría presentan
formas típicas de la vajilla local (Martín Ruiz, 1995-96; Delgado, 2005).
En asentamientos como Cerro del Villar, Morro de Mezquitilla, Chorreras o
Toscanos, una parte de la vajilla de uso cotidiano que encontramos tanto en
las casas, como en las calles y en los talleres reproduce las formas, facturas
y patrones decorativos de la vajilla tradicional de distintas comunidades
locales del occidente mediterráneo, principalmente del sur de Iberia. Entre
esta vajilla, abundan principalmente las ollas de cocina, pero también se en-
cuentran pequeños y grandes contenedores y, en menor medida, recipientes
como cuencos o fuentes para el servicio o consumo de alimentos.
38 ana delgado hervás

Figura 7. Planta del asentamiento fenicio de Toscanos


(a partir de Arteaga y Schulz 1997)

Ensenada portuaria

Casa A/B

Casas E,F,G Casa H


Almacén

Casa K

En las colonias fenicias del área malagueña, estos elementos se restrin-


gen a ámbitos y a prácticas muy concretos: algunos elementos de vestido,6
el uso de determinadas tecnologías o formas de hacer propias de grupos
locales,7 y determinados vasos de cerámica destinados principalmente a la
preparación y cocción de alimentos. En este sentido, la cultura material

6
Entre estos elementos destacan las fíbulas de doble resorte, que forman parte de la
vestimenta de hombres y mujeres de algunos sectores sociales de las comunidades locales
del sur de Iberia (Martín Ruiz, 1995-96).
7
Es el caso, por ejemplo, de determinadas técnicas de elaboración de cerámica, el uso
de vasijas horno en la fundición de cobre, algunas técnicas arquitectónicas o los modos de
preparación de comida.
«colonialismos» fenicios en el sur de iberia... 39

de estos asentamientos revela una importante diferencia con respecto a los


barrios con población fenicia que hemos visto en el enclave onubense: la
cultura material ligada a prácticas sociales con una alta visibilidad pública y
que es crítica para la construcción de determinadas identidades y jerarquías
sociales en las colonias remite prácticamente siempre a modelos fenicios,
que pueden ser netamente orientales o reelaboraciones propias de estos ám-
bitos occidentales (Delgado y Ferrer, 2007).
Esta utilización de la cultura material manifiesta, por un lado, una clara
intención por parte de los residentes de estos enclaves en construir una iden-
tidad comunitaria, propia y diferenciada con respecto a la población local
que vive en asentamientos no coloniales, y, por otro, la intención de estable-
cer unas jerarquías sociales en la colonia que pivotan en torno a identidades
de tipo étnico. En estos ámbitos, estas identidades sociales se establecieron,
posiblemente, a través de la descendencia, pero principalmente a través del
uso de una cultura material que subjetivamente identificaban como «feni-
cia», tal y como sugieren los enterramientos.
Varias décadas después del establecimiento de los primeros colonos en
esta área, se erigen los primeros cementerios. Los más antiguos, como el de
Lagos, datan de finales del siglo viii a. C. (Aubet et al., 1991), cuando pare-
ce consolidarse el proyecto colonial en la zona. Todos los grupos de tumbas
se sitúan a cierta distancia de los asentamientos e insinúan que ya a finales
del siglo viii a. C. las colonias se han apropiado de un pequeño territorio
que se extiende a su alrededor. Estos cementerios coloniales son siempre
agrupaciones de muy pocas tumbas –entre dos y una veintena en el mayor
de los casos–, por lo que criterios muy restrictivos (López Castro, 2006:
76-77), posiblemente de descendencia, debieron de definir el enterramiento
en estos espacios.
La importancia de la genealogía en el establecimiento de las jerarquías
sociales de estos ámbitos coloniales se manifiesta asimismo en la necró-
polis de Trayamar, un pequeño cementerio formado por cinco tumbas de
cámara en las que se depositaron restos de distintos difuntos, a modo de
panteones familiares (Schubart y Niemeyer, 1976). Esta necrópolis monu-
mental se levanta en un altozano situado en las inmediaciones de Morro de
Mezquitilla, el primer asentamiento fenicio fundado en la zona. La comu-
nidad colonial o algunos de sus miembros construyeron estos monumentos
en una época tardía, ya en la segunda mitad del siglo vii a. C. La situación
y la monumentalidad de este espacio funerario podrían sugerir que fue eri-
gido en memoria de «los ancestros fundadores». Las tumbas de cámara de
Trayamar debieron de estar reservadas para familias que formaban parte de
40 ana delgado hervás

la elite colonial y que, posiblemente, reclamaban ser descendientes de los


primeros colonos.
En la necrópolis de Trayamar y en otras tumbas fenicias del litoral de
Málaga los funerales son una reelaboración de rituales fúnebres orienta-
les, donde el banquete y, especialmente, la libación tienen un protagonismo
esencial que se expresa a través de la deposición en las tumbas de platos
de engobe rojo, jarras que contienen vino o aceites aromáticos y lucernas.
En todas las necrópolis fenicias de la costa malagueña los ajuares excluyen
deliberadamente enseres que remiten a modos nativos de hacer las cosas,
pero que, sin embargo, encontramos frecuentemente en las casas de estos
ámbitos coloniales, ya que son utilizados en la vida cotidiana de la gente.
En las tumbas no se depositan cerámicas a mano, ni tampoco cerámicas
grises, ni otras producciones híbridas que reproducen formas, decoraciones
o tecnologías locales. La única excepción son las fíbulas de doble resorte,
como la que aparece en una de las tumbas de cámara de Trayamar.8
Esta cultura material está ausente no sólo de los ajuares funerarios, sino
también de otros actos fúnebres que tenían lugar en estos espacios. En la
necrópolis de Trayamar se conservan evidencias de la celebración de ban-
quetes fúnebres. En el exterior de las tumbas se acumulan decenas de restos
de vasos de cerámica usados en estas prácticas, unas celebraciones que se
realizaron incluso una vez clausuradas las cámaras sepulcrales. La vajilla
utilizada en estas ceremonias se compone básicamente de platos de engobe
rojo (Schubart y Niemeyer, 1976: 142-143 y láms. 20-23), estando exclui-
das las vajillas cerámicas asociadas a modos de consumo tradicionales en
las comunidades locales del área malagueña.
La vinculación que se establece en los ritos fúnebres de las necrópolis
del área de Málaga con las formas que adopta la representación del poder
en Oriente la encontramos también en el uso de vasos de alabastro (López
Castro, 2006; Aubet, 1994: 283-285) (fig. 8). Estos recipientes fueron utili-
zados como elemento de ajuar o como urnas cinerarias en muchas de las ne-
crópolis fenicias del litoral mediterráneo –Lagos, Cerro del Mar, Trayamar,
Almuñécar–. Algunos de estos vasos, que en su origen debieron contener
vino y perfumes de alta calidad, son de producción egipcia y excepcional-
mente disponen de inscripciones jeroglíficas.

8
Esta fíbula aparece en la tumba 4 de Trayamar, junto a una caja de marfil, un ánfora y
dos jarras (Schubart y Niemeyer: 225 y fig 17: 655). En la necrópolis de Jardín se conoce
otra tumba en la que se depositó otra de estas fíbulas (Schubart y Mass Lindemann, 1995:
152 y figs. 13 y 2).
«colonialismos» fenicios en el sur de iberia... 41

Figura 8. Urna de alabastro de la necrópolis de


Lagos (Aubet et al., 1991)

Las urnas y los vasos de alabastro depositados en las tumbas de estos


cementerios fueron usados en estos ámbitos por una elite colonial que cons-
truyó su identidad de estatus mirando a Oriente. Se apropió de símbolos,
como el alabastro, asociados en Egipto a la realeza y a la divinidad (López
Castro, 2006) y legitimó su poder y su diferencia social en estos ámbitos
coloniales a través de prácticas sociales que expresaban su vinculación con
las elites orientales.
Las tumbas y los asentamientos fenicios del área de Málaga manifiestan
unas relaciones de poder entre grupos fenicios y gentes locales distintas a
las que hemos visto en la zona de Huelva. Los colonos del área de Málaga
se apropiaron de un territorio y ejercieron sobre él una soberanía en la que
las jerarquías coloniales se establecían y legitimaban a través del origen, un
principio, por otro lado, fácilmente manipulable. Por ello consideramos que,
a diferencia de lo que ocurre en el mundo tartésico, en los establecimientos
fenicios del litoral de Málaga sí cabe hablar de una relación de tipo colonial,
al menos dentro de los límites del territorio de las colonias. En estos espa-
cios, el discurso del poder que expresa la cultura material nos habla de unas
comunidades social y étnicamente heterogéneas en las que las relaciones de
dominación que ejerce la comunidad de colonos están efectivamente «basa-
das en acciones y percepciones de desigualdad» (Silliman, 2005: 59).
42 ana delgado hervás

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