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Líneas sobre la Comunicación Comunitaria1


Patricia Fasano
Diciembre de 2005.-
Lo que quiero decir hoy acá es muy sencillo.
En primer lugar, agradecer la invitación de Silvana, Mauro y la gente del Hospital Roballos.
Para nosotros es muy importante que el trabajo de los comunicadores comience a tener una
visibilidad y una presencia institucional en otros ámbitos que no sean estrictamente los de los
medios de comunicación.
Básicamente, interpreto que fui invitada para compartir con ustedes en qué consiste
exactamente ese otro modo de entender el ejercicio profesional de la comunicación, que es lo
que se denomina “Comunicación Comunitaria”.
Como aquí la mayoría de los presentes no están formados en Comunicación, es preciso
aclararles que la “Comunicación Comunitaria” no es una línea de trabajo nueva en
Comunicación. Por el contrario, yo diría que es la línea que con más fuerza tiene que ver con
una trayectoria latinoamericana sobre el modo de entender la importancia política de la
comunicación en contextos de pobreza como son los que predominan en nuestros continentes.
Es más: en las décadas del ’60 y el ’70 la Comunicación Comunitaria, de la mano de la
Educación Popular, recibieron un fuertísimo desarrollo sobre todo en países como Brasil, Perú,
Chile, Colombia. En nuestro país, esas corrientes ingresaron de alguna medida a las carreras
de Comunicación Social en la década del ’80.
Pero como por ese entonces lo que ocupaba el centro de la mirada eran los procesos políticos
latinoamericanos, la Comunicación Comunitaria –también llamada Popular- era entendida por
entonces como una herramienta para la consolidación de esos procesos políticos; y una
herramienta, fundamentalmente, de tipo difusionista, entendiendo el objeto de la
comunicación sólo a la elaboración del mensaje, y básicamente por la vía mediática.
Más allá de la fuerte desvalorización intelectual que en la academia latinoamericana en general
y en la argentina en particular ha recibido esta corriente 2, lo cierto es que en los últimos años
de la mano, por un lado, del aumento terrible de la pobreza en la Argentina y, por el otro, de
una fuerte problematización en torno del campo de la comunicación que se viene dando
fundamentalmente desde la década del ’90, vuelve a aparecer la necesidad de volver a mirar
este campo llamado la Comunicación Comunitaria3, pero ahora entendido de otro modo.
En este marco de cosas es que surge nuestro trabajo y trataré de explicarles brevemente
cómo entendemos el trabajo profesional de la Comunicación Comunitaria, haciendo la salvedad
de que en absoluto se trata de elaboraciones conceptuales concluidas, sino de borradores en

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Estas líneas fueron el borrador de lo presentado en el Encuentro organizado por la gente del Hospital Robillos, al que
fuimos invitadas como Área de Comunicación Comunitaria. La audiencia estaba compuesta mayormente por
trabajadores sociales, psicólogos, terapistas ocupacionales y estudiantes; razón por la cual todo está dicho en un
lenguaje muy sencillo y despojado de vocabulario técnico específico. Decidí dejar el escrito en el mismo tono en que
fue concebido originariamente porque me pareció claro y me gustó.
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Esta descalificación académica se debió, en la opinión de Alfaro (2000) y otros especialistas –a la que personalmente
adhiero-, al fuerte divorcio existente entre los “militantes” de la comunicación comunitaria y la Academia: predominó
por entonces la negación de toda fructuosidad que pudiese tener la investigación académica en aras de enriquecer la
práctica profesional, y viceversa.
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los que venimos trabajando como resultado de un permanente ejercicio reflexivo y articulatorio
entre la praxis de la comunicación comunitaria y su elaboración conceptual.
Para eso, es necesario que estemos de acuerdo en un punto de partida, que es el siguiente:
todo, absolutamente todo lo que constituye la vida social, en el momento mismo en que
ingresa a nuestra esfera de experiencia, recibe una significación. Es decir: no hay nada en
nuestra vida cotidiana que no reciba alguna interpretación de nuestra parte. Todo existe para
nosotros en la medida en que tiene un sentido, que significa algo.
Y esto es así para nosotros y para todos los seres humanos, porque ese trabajo de
significación no es un trabajo solitario, voluntario, individual, sino algo que está ocurriendo
todo el tiempo por el sólo hecho de pertenecer a una u otra cultura determinada. Una cultura
es un modo de entender todo lo que nos rodea; pero un modo entre otros posibles.
Ahora bien, como diría un estudioso argentino de la comunicación que se llama Eduardo Vizer
(2003), la cuestión del “sentido” es algo que ocupa a todas las ciencias sociales. ¿qué es
entonces lo específico del campo de la comunicación social? Pues bien: lo específico de la
comunicación es el poder reconocer de qué modo, en cada lugar específico, en cada grupo
específico, ese sentido es “puesto en forma”. Porque el modo de entender lo que nos rodea,
en algún momento, es “puesto en forma” a través de algún lenguaje: de las palabras, de las
imágenes, de los gestos, de los silencios, etcétera.
Y lo que puede hacer por excelencia el comunicador es reconocer los procesos de puesta en
forma y contribuir a producir nuevos.
Pasa que la elaboración de las formas no siempre es una tarea participativa; más bien,
pocas veces lo es. Hay empresas, como los medios de comunicación masivos, que trabajan
todo el tiempo en la elaboración de “formas” (de signos) a través de las cuales todo el tiempo
producen o reproducen determinados valores culturales. Así, por ejemplo, se nos dice cuál es
la marca de zapatillas que tenemos que usar para ser aceptados socialmente, etcétera. El otro
día en un taller de radio barrial queríamos hacer una encuesta a la gente del barrio, y entonces
un joven dijo “tendríamos que ir hacer la encuesta a la peatonal, porque acá la gente no sabe
nada”. ¿De dónde saca ese joven la idea –el “valor”- de que la gente de su barrio, sus vecinos,
que son también sus padres, sus tíos, sus hermanos, “no saben nada”, cuando vienen
sosteniendo con gran esfuerzo sus vidas desde hace años para que el propio joven pudiese
estudiar, y así…?
Entonces, para nosotros el primer paso de cualquier trabajo de comunicación comunitaria es
un trabajo tendiente a poner en evidencia cómo los significados que atribuimos a las cosas la
mayoría de las veces nos vienen dados, es decir que son construidos. Y si fueron construidos
una vez, pueden ser re-construidos permanentemente. Una vez que logramos esa toma de
conciencia –que no es una toma de conciencia intelectual sino emocional, vivencial-, recién ahí
empieza el trabajo de construcción de nuevas significaciones.
Y este primer paso se logra a través de algo muy sencillo: la expresión. Nosotros tiramos las
temáticas, a veces temáticas sobre las que nunca se ha charlado antes, y la gente comienza a

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También identificada como Comunicación Popular o Alternativa.
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expresarse; y al expresarse, hay algo que estaba adentro guardado y que deja de estar
adentro: pasa a estar afuera, a través de una palabra, de un dibujo, de un gesto. Una vez que
está afuera, es el primer paso para poderlo “ver”, para reconocerlo como significación. Es
decir: el primer paso es poder hacer que la gente reconozca hasta qué punto los procesos de
comunicación forman parte de sus vidas, o sea, reconocer a la comunicación como un
ingrediente de sus vidas sobre el cual se puede trabajar, como se pueden trabajar los tipos de
vínculos, como se pueden trabajar los modos de participación, etcétera, etcétera.
Técnicamente, a esta primera etapa podríamos identificarla con el objetivo de
“desnaturalizar las significaciones instituidas”.
El segundo paso de este trabajo profesional del comunicador consiste entonces en estimular la
construcción de nuevos procesos de significación, es decir, en resignificar la vida cotidiana.
Esto puede hacerse de muchas maneras, a través de distintas modalidades de intervención:
puede hacerse a través del trabajo en talleres, puede hacerse a través de la creación de un
medio de comunicación alternativo, puede hacerse a través de un trabajo de comunicación
dentro de una institución – “comunicación institucional”-, en fin, este trabajo de resignificación
puede adoptar distintas modalidades.
La que caracteriza el trabajo de la Comunicación Comunitaria tiene que ver, justamente, con
este denominador: lo comunitario, lo comunitario como espacio de referencia de construcción
de la identidad y, por ende, de los procesos de significación y resignificación de la vida social.
Cuando decimos “lo comunitario” no nos referimos solamente a un ámbito delimitado
espacial y socialmente, sino fundamentalmente a un modo de entender la vida social (y de
experimentar la vida cotidiana) como ligada íntimamente a la pertenencia a un conjunto 4; cosa
que en los sectores de pobreza no tenemos que explicarla porque las propias condiciones de
vulnerabilidad social hacen que el espacio de lo comunitario ocupe un lugar imprescindible en
la vida de las personas. Conjunto que, en cada caso particular, reúne condiciones que le son
propias.
Una ley básica del trabajo del comunicador es conocer esas condiciones, reconocer esas
condiciones, que son específicas y que en cada caso forman parte de las características
culturales del grupo con el que se está trabajando.
Por eso es que digo que si en los últimos años ha comenzado nuevamente a aparecer la
Comunicación Comunitaria, creo que es por el impresionante aumento de la pobreza.
El concepto de “comunidad” es pues el contexto a la vez socio-espacial y ético para un trabajo
de comunicación como el que proponemos. En este trabajo, la idea no es poner a funcionar a
la comunicación en pos de un objetivo político que está en otro lado (en la esfera política): en
este trabajo, la mayor riqueza política está en la posibilidad de producir procesos de
comunicación donde haya lugar para otros modos de significar las mismas cosas; donde haya

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Agregado posterior: este conjunto es un “nos-otros”, una dimensión de la subjetividad en la que somos parte de un
todo inclusivo (“nos”) en el que tienen lugar las diferencias (“otros”). Este argumento es desarrollado por Espósito
(2003).
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lugar para los “otros” que habitan este país, en cada barrio, en cada institución, en cada
colectivo social.
Hay muchos modos de relacionarse con lo radicalmente “otro”, con lo diferente; pero desde el
punto de vista de la comunicación, a grandes rasgos podemos diferenciar básicamente dos: o
tenemos en cuenta al “otro”, al diferente, para persuadirlo, para imponerle un modo de
significar sus propias cosas (es decir, estableciendo con el otro una relación jerárquica); o bien
intentamos con el “otro” establecer un diálogo, y esto significa estar abiertos al mundo de
significaciones que el “otro” tiene para aportar desde su experiencia de vida, lo que significa
estar abiertos nosotros mismos a ser por un instante “otros”5.
Siempre cuento una anécdota que para mí habla más que muchos libros de comunicación. Una
vez, trabajando en un programa social, vino de Buenos Aires una campaña de vacunación,
creo, con afiches impresionantes por su calidad y su tamaño, que se pusieron en todos los
Centros de Salud para convocar a las madres embarazadas a vacunarse. Resulta que las
madres no respondieron a la convocatoria en la misma proporción de pasividad que la
campaña. Al tiempo hicimos unos talleres con algunas de esas madres y les preguntamos por
qué no habían asistido a vacunarse, si es que acaso no habían visto los afiches; a lo que una
de ellas respondió: “sí, yo lo ví, pero a mí no me invitaron”.
Esto habla de un modo culturalmente diferente de entender, de significar, la interpelación:
esa palabra que seguramente decía el afiche pegado en el centro de salud, “venga”, no les
movía un pelo. Esto también habla de que esa campaña de comunicación había sido diseñada
sin tener en cuenta ese modo (que no es sino un modo de “puesta en forma”); y habla,
lamentablemente, de que los comunicadores somos formados para trabajar sólo en un espacio
social y cultural muy chiquito de nuestra sociedad. Seguramente, a esas mujeres las hubiera
movilizado más la palabra directa de las enfermeras o de las agentes de salud o de otros
vecinos con autoridad para hablarles sobre sus vidas cotidianas a través de algún medio de
comunicación alternativo.
En fin, eso es lo que tratamos de hacer nosotros con la Comunicación Comunitaria, que es un
tipo de ejercicio profesional de la comunicación en el que, a diferencia de otros, nuestras
herramientas profesionales están puestas al servicio de que “otros” se expresen y, de esa
manera, colaborar, atizar el fueguito, para que la “otredad” cultural (cualquiera fuere)
encuentre un lugar más amplio en los procesos de significación socialmente autorizados,
creando nuevos canales de expresión y contribuyendo a que la gente produzca, reconozca y
legitime sus propios modos de nombrar lo que las rodea. En fin, para contribuir a ampliar, en
el mundo de las significaciones, los lugarcitos para lo no-hegemónico, lo diferente.

Referencias bibliográficas

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Agregado posterior: reencuentro ahora que lo más esencial sobre esta cuestión estuvo planteado por Pablo Freyre en
la década del ’60 (fíjese cuánta agua debió pasar por debajo de este puente para que nuestra Academia llegara a esa
conclusión: claro, lo hizo por la vía del “dialogismo bachtiniano”, mucho más a tono con el enciclopedismo vernáculo).
Al respecto, creo que urge releer (o leer) a Freyre; especialmente ¿Extensión o Comunicación? (Siglo XXI, Buenos
Aires, 1973).
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ALFARO, Rosa María (2000); “Culturas populares y comunicación participativa: en la ruta de


las redefiniciones”; Revista Razón y Palabra Nº 18.-
ESPOSITO, Roberto (2003); Communitas. Origen y destino de la comunidad; Amorrortu
Editores, Buenos Aires.-
VIZER, Eduardo (2003): La trama (in)visible de la vida social; La Crujía Ediciones, Buenos
Aires.