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Año de la Consolidación del Mar de Grau

Cátedra: Derecho Monetario, Bancario

y de Seguros

Tema: El Sistema Monetario

Profesor: Hernán Figueroa Bustamante

Alumno: Fabian Arturo Villalta Machero

Código: 12020346
INTRODUCCION

A través del presente trabajo buscaré analizar el tema relacionado al Sistema


Monetario, el cual se encuentra conformado por un conjunto de instituciones
interrelacionadas entre si, normas, acuerdos e instrumentos que permiten la
existencia de las relaciones monetarias entre los países. En ese sentido,
repasaré de modo global y simplificado el concepto, historia y características del
Sistema Monetario, ya que este nos permitirá saber las vicisitudes y controversias
que surgen de las relaciones económicas que muchas veces se llevan a cabo en
las interacciones de sistemas económicos de distintos países, pero que gracias a
la regulación que se da a través del Sistema Monetario se puede lograr esa
interrelación, ya que permite tener una base solida y garantizadora que dicho
proceso se llevara de la mejor manera y sin ninguna complicación en las
transacciones que se lleven a cabo; asimismo que abraca la regulación del
régimen cambiario que existe a nivel internacional el cual busca la estabilidad
por defecto de esta fluctuación ya que es cambiante para así se desarrolle una
economía estable a nivel global para todos y por todos.
1.0.- HIPOTESIS
El Sistema Monetario hoy en día cuenta con una relevancia muy importante
dentro del desarrollo económico de los países que forman parte de este, ya que
será aquel que mantendrá una estabilidad adecuada para evitar el abuso que se
pudiera generar sin un control debido de la actividad comercial.
Por lo tanto nuestra interrogante es ¿será el Sistema Monetario verdaderamente
quien se encarga de regular la actividad comercial y financiera de carácter
internacional?

2.0.- DESARROLLO DEL MARCO TEORICO

2.1.- ¿QUE ES EL SISTEMA MONETARIO?


Podemos definirlo como el conjunto de elementos, instituciones, etc. que
intervienen en el ámbito monetario dentro de un determinado país. Expresando
cada una de las partes como una unidad. Se puede definir como el conjunto de
elementos representados por el patrón, por las formas de dinero, por las normas
monetarias y por las instituciones. Estos elementos están ordenados de manera
coherente y dirigidos a una finalidad común: contribuir, como medio de
financiamiento de la economía, dotándola de los recursos monetarios (dinero) en
cantidad acorde con las necesidades de la actividad económica con calidad,
garantizando, así, la fluidez requerida por esta actividad.
Por otro lado, definamos al sistema monetario internacional (SMI), que es el
conjunto de instituciones, normas y acuerdos que regulan la actividad comercial
y financiera de carácter internacional entre los países.
El SMI regula los pagos y cobros derivados de las transacciones económicas
internacionales. Su objetivo principal es generar la liquidez monetaria (mediante
reserva de oro, materias primas, activos financieros de algún país, activos
financieros supranacionales, etc.,) para que los negocios internacionales, y por
tanto las contrapartidas de pagos y cobros en distintas monedas nacionales o
divisas, se desarrollen en forma fluida.
• Constituye por tanto la componente oficial e institucional del Sistema
Financiero Internacional
• En el SMI: – Se fijan los sistemas de tipo de cambio: fijos vs. flexibles – Se
regula el comercio de bienes, servicios y capital – Se ajustan la Balanzas de Pagos
– Se establecen los mecanismos de pago
• Incluye las instituciones, los acuerdos y los instrumentos

2.2.- HISTORIA DEL SISTEMA MONETARIO


Desde 1870 hasta la actualidad, se han utilizado diversos esquemas organizativos
del SMI a partir de las seis funciones definidas en el segundo párrafo de este
artículo. Los tipos de SMI resultante han sido básicamente tres, habiéndose
reimplantado elementos de los tres para un segundo periodo: el patrón oro entre
1880 y 1914 y entre 1925 y 1931; el régimen de flotación dirigida entre 1918 y
1925, y nuevamente desde 1973 hasta la actualidad; y el sistema de Bretton
Woods, articulado institucionalmente en torno al FMI y operativo desde 1946
hasta 1973, aunque sus principales instituciones y algunas de sus normas perviven
en la actualidad. Los principales rasgos diferenciadores de cada modelo radican
en la mayor o menor flexibilidad de los tipos de cambio resultantes, así como en
el mecanismo de ajuste asociado a cada uno y en el funcionamiento de las
instituciones de decisión y supervisión.

2.2.1.- EL PATRÓN ORO


En los años del patrón oro (1870-1914 y 1925-1931), la clave del SMI radica en el
uso de las monedas de oro como medio de cambio, unidad de cuenta y depósito
de valor. Los bancos centrales nacionales emitían moneda en función de sus
reservas de oro, a un tipo de cambio fijo, pues expresaban su moneda en una
cantidad fija de oro, aunque a su vez pudieran establecer cambios con la plata o
algún otro metal. Esto estimulaba el desequilibrio inicial entre países que tenían
oro y los que no lo tenían; aunque con el tiempo el sistema tendió a ajustarse. La
cantidad de dinero en circulación estaba limitada por la cantidad de oro
existente. En un principio, el sistema funcionaba: la masa monetaria era
suficiente para pagar las transacciones internacionales, pero a medida que el
comercio y las economías nacionales se fueron desarrollando, se volvió
insuficiente para hacer frente a los cobros y pagos. Si las exportaciones de un
país eran superiores a sus importaciones, recibía oro (o divisas convertibles en
oro) como pago, y sus reservas aumentaban provocando a la vez la expansión de
la base monetaria. El aumento de la cantidad de dinero en circulación corregía
automáticamente el desequilibrio haciendo crecer la demanda de productos
importados y provocando inflación, lo que encarecía los productos nacionales
reduciendo sus exportaciones. Si el comercio exterior del país era deficitario, la
disminución de las reservas de oro provocaba contracción de la masa monetaria,
reduciendo la demanda interior de bienes importados y abaratando los productos
nacionales en el exterior. Pero el sistema tenía también serios inconvenientes. El
país cuyo déficit exterior provocaba contracción de la masa monetaria sufría una
fuerte reducción de su actividad económica, generalizándose el desempleo. Los
países con superávit podían prolongar su privilegiada situación "esterilizando el
oro", impidiendo que el aumento en sus reservas provocase crecimiento en la
circulación monetaria e inflación. De ahí que los principales países abandonaron
el patrón oro durante la primera Guerra Mundial, para financiar parte de sus
gastos militares imprimiendo dinero. A consecuencia de la guerra, la fuerza de
trabajo y la capacidad productiva se redujeron considerablemente, lo que hizo
subir los precios. El recurso generalizado al gasto público para financiar la
reconstrucción provocó procesos inflacionistas, agravados por aumentos de la
oferta monetaria. La vuelta al patrón oro tras la guerra agravó la situación de
recesión mundial, aunque en el periodo de entreguerras, por la aparición relativa
de la potencia estadounidense, tras 1922 se otorgó junto al oro un papel
importante tanto a la libra como al dólar, consagradas como instrumentos de
reserva internacional, si bien las devaluaciones de ambas y el retorno al
proteccionismo impidieron que el patrón resistiera. Los resultados se habían
manifestado en inestabilidad financiera, desempleo y desintegración económica
internacional. Ya en 1931, como moneda convertible en oro a efectos de
transacciones entre los Bancos centrales, sólo quedó el dólar.
2.2.2.- LOS OBJETIVOS DE LA POLÍTICA MACROECONÓMICA EN UNA ECONOMÍA
ABIERTA
En las economías abiertas los gestores de la política económica están motivados
por los objetivos de equilibrio interno y externo. Definido de modo sencillo, el
equilibrio interno requiere el pleno empleo de los recursos de un país y la
estabilidad interna de los precios. El equilibrio externo se obtiene cuando el
déficit por cuenta corriente de un país no es ni tan elevado que éste no sea
capaz de hacer frente a sus deudas exteriores futuras, ni su superávit sea tan
abultado que coloque a los extranjeros en una situación complicada.
En la práctica, ninguna de estas dos definiciones recoge el abanico completo de
cuestiones que afectan a las políticas económicas. Al mismo tiempo que se
desea el pleno empleo con estabilidad de precios, también puede existir un
objetivo interno específico sobre la distribución del ingreso. Dependiendo de los
acuerdos establecidos sobre tipos de cambios, las autoridades económicas
pueden estar preocupadas por alteraciones en otras cuentas de la balanza de
pagos distintas de las de la cuenta corriente. Para complicar aun más las cosas,
la línea divisoria entre los objetivos internos y externos puede ser borrosa y
confusa.
¿Cómo debería clasificarse un objetivo de empleo para las industrias de
exportación, por ejemplo, cuando el crecimiento de las exportaciones influye en
la capacidad global de la economía para pagar su deuda externa?
Las sencillas definiciones de equilibrio interno y externo dadas anteriormente
resumen, sin embargo, los objetivos que comparten la mayoría de las autoridades
económicas con independencia de su entorno económico concreto.

2.2.3.- EL EQUILIBRIO INTERNO: EL PLENO EMPLEO Y LA ESTABILIDAD DEL


NIVEL DE PRECIOS
Cuando los recursos productivos de un país están plenamente empleados y su
nivel de precios se encuentra estable, decimos que el país se encuentra en
equilibrio interno. El despilfarro y el desaprovechamiento de los recursos, que se
produce cuando estos no están plenamente utilizados es evidente. Sin embargo,
si la economía de un país esta “sobrecalentada” y los recursos están
sobreempleados, también tiene lugar una mala utilización pero de diferente tipo
(aunque probablemente menos nociva). Los trabajadores que hacen horas
extraordinarias, por ejemplo, podrían preferir trabajar menos y tener mayor
tiempo para disfrutar del ocio, pero sus contratos les exigen trabajar más
durante las épocas de demanda elevada. Las maquinas que están trabajando más
intensamente tendrán que sufrir averías frecuentes y a depreciarse más
rápidamente.

2.2.4.- EL EQUILIBRIO EXTERNO: EL NIVEL ÓPTIMO DE LA BALANZA POR


CUENTA CORRIENTE
La noción de equilibrio externo es más difícil de definir que la del interno,
porque no hay elementos de referencia como son el “pleno empleo” o la
“estabilidad de los precios” para aplicar a las transacciones externas de una
economía. Que el comercio de una economía con el exterior cree problemas
macroeconómicos depende de varios factores, entre los que se incluyen las
circunstancias propias de esa economía, las del resto del mundo y los acuerdos
institucionales que gobiernan las relaciones con los otros países. Un país que
esté comprometido a mantener fijo su tipo de cambio frente a las monedas
extranjeras, por ejemplo, puede muy bien adoptar una definición de equilibrio
externo diferente de la de aquellos que tengan tipos de cambio flotantes.
Los textos de economía internacional identifican a menudo el equilibrio externo
con el equilibrio de la balanza por cuenta corriente. Aunque esta definición es
apropiada en ciertas circunstancias, no es adecuada como regla general. Y es que
se debe tomar en consideración que un país con déficit por cuenta corriente esta
tomando prestados recursos del resto del mundo, que tendrá que devolver en el
futuro. Esta situación no es necesariamente indeseable. Por ejemplo, las
oportunidades de inversión dentro del país para los préstamos tomados del
exterior pueden resultar más atractivas que las existentes fuera de él. En este
caso, la devolución de los préstamos al exterior no representa ningún problema,
porque una inversión rentable puede generar los recursos suficientes como para
cubrir el pago de los intereses y del principal. De modo similar, un superávit por
cuenta corriente puede no suponer ningún problema, si el ahorro interno se
puede invertir de modo más rentable en el exterior que en el propio país.

2.2.5.- LA POLÍTICA MACROECONÓMICA BAJO EL PATRÓN-ORO, 1870-1914


De acuerdo con Paul Krugman y Maurice Obstfeld, el periodo del patrón-oro entre
1870 y 1914 se basó en ideas muy diferentes sobre la política macroeconómica
internacional, si lo comparamos con aquellas que han formado la base de los
acuerdos monetarios internacionales en la segunda mitad del siglo XX. Con todo,
el periodo merece atención a causa de que las tentativas subsiguientes de
reformar el sistema monetario internacional, sobre la base de los tipos de
cambio fijos, pueden considerarse como el intento de construir sobre la fortaleza
del patrón-oro evitando sus debilidades. Esta sección analiza como funcionó en
la práctica el patrón-oro antes de la Primera Guerra Mundial, y como podían los
países conseguir sus objetivos de equilibrio interno y externo con este sistema.

2.2.6.- LOS ORÍGENES DEL PATRÓN-ORO.


El patrón-oro tuvo su origen en el uso de las monedas de oro como medio de
cambio, unidad de cuenta y deposito de valor. A pesar de que el oro había sido
usado para estos propósitos desde tiempos antiguos, el patrón-oro, como
institución legal, tiene su origen en 1819, cuando el Parlamento Británico aprobó
la Resumption Act. Esta ley derivaba su nombre de la exigencia de que el Banco
de Inglaterra reanudara su practica interrumpida cuatro años después del
estallido de las guerras napoleónicas (1793-1815) de cambiar papel moneda por
oro a un tipo fijo. La Resumption Act fue el primer paso hacia un verdadero
patrón-oro porque, simultáneamente, abolía las restricciones que se habían
mantenido durante largo tiempo sobre la exportación de monedas de oro y
lingotes desde la Gran Bretaña.
Más entrado el siglo XIX, Alemania, Japón y otros países también adoptaron el
patrón-oro. En este momento, la Gran Bretaña era el líder económico en el
mundo, y los otros países tenían la esperanza de conseguir un éxito económico
similar imitando las instituciones británicas. Los Estados Unidos se unieron
efectivamente al patrón-oro en 1879 cuando fijo al oro los “billetes de banco”
(“Greenbacks”) emitidos durante la guerra civil. La ley del patrón-oro de los
Estados Unidos de 1900 institucionalizó los vínculos entre el dólar y el
oro. Debido a la supremacía británica en el comercio internacional y al avanzado
desarrollo de sus instituciones financieras, Londres se convirtió, naturalmente,
en el centro del sistema financiero internacional del patrón-oro.

2.2.7.- EL EQUILIBRIO EXTERNO BAJO EL PATRÓN-ORO


Con el patrón-oro la primera responsabilidad de un banco central era preservar
la paridad oficial entre su moneda y el oro; para mantenerse esta paridad, el
banco central necesitaba un stock adecuado de reservas de oro.
Consecuentemente, los administradores de la política económica veían el
equilibrio externo no en términos de un determinado objetivo en su cuenta
corriente, sino como una situación en la que el banco central no ganara ni (lo
que es mas importante) perdiera oro a una tasa demasiado rápida.
En la terminología moderna, los bancos centrales intentaban evitar las bruscas
fluctuaciones en la balanza de pagos (o en la balanza de operaciones oficiales),
esto es, la suma de la balanza por cuenta corriente mas los componentes de la
balanza por cuenta de capital que no son reservas. Dado que las reservas
internacionales en este periodo tomaban la forma de oro, los superávit o los
déficit en las balanzas de pagos tenían que ser financiados mediante el envió de
oro entre los bancos centrales, así que, para evitar grandes movimientos de oro,
los bancos centrales adoptaban políticas que aumentaran los componentes del
superávit (o del déficit) de la cuanta de capital que no fueran reservas en línea
con el déficit (o superávit) de la cuenta corriente. Un país se encuentra en una
situación de equilibrio en su balanza de pagos, cuando la suma del saldo de su
cuenta corriente más el saldo de su cuenta de capital es igual a cero, de manera
que la balanza por cuenta corriente se financie enteramente mediante prestamos
internacionales sin movimiento de reservas.
Muchos países tomaron una actitud de laissez-faire respecto de la cuenta
corriente. Los superávit de la cuenta corriente de Gran Bretaña entre 1870 y la
primera guerra mundial fueron, en promedio, de un 5.2 por ciento de su PNB,
cifra considerablemente alta comparada con la de los años posteriores a 1945.
(Hoy en día un coeficiente entre cuenta corriente y PNB de la mitad se considera
alto). Algunos países prestatarios, sin embargo, experimentaron dificultades en
un momento u otro para pagar sus deudas internacionales. Quizás, debido a que
Gran Bretaña era el líder mundial en la exportación de la teoría económica
convencional, además de la exportación de capitales durante estos años, la
literatura económica del periodo del patrón-oro puso menos énfasis en los
problemas del ajuste de la cuenta corriente.

2.3.- EL MECANISMO DEL AJUSTE “FLUJO DE ESPECIE-PRECIO”


El patrón-oro contiene algunos poderosos mecanismos automáticos, que
contribuyen a conseguir de manera simultánea el equilibrio de la balanza de
pagos en todos los países. El más importante de estos, el mecanismo del ajuste
“flujo de especie-precio” fue descubierto en el siglo XVIII (cuando a los metales
preciosos se les llamaba “especie”). David Hume, el filosofó escocés, describió
en 1752 este mecanismo como sigue:
“Suponga que las cuatro quintas partes de todo el dinero de la Gran Bretaña se
destruyeran de la noche a la mañana y que la nación viera reducida de la misma
manera sus monedas de oro y plata, como en los reinos de los Harry y los
Edward, ¿Cuál sería la consecuencia? ¿No deberían disminuir proporcionalmente
los precios del trabajo y de todos los bienes y venderse todo mas barato, como
en aquellos tiempos? ¿Qué nación podría competir con nosotros en los mercados
extranjeros, o vender productos a los mismos precios que a nosotros nos darían
un beneficio suficiente? ¿Cuánto tiempo necesitaríamos para recuperar el dinero
perdido y subir a los niveles de las naciones vecinas? Una vez que hubiéramos
llegado, perderíamos inmediatamente las ventajas de una mano de obra y de
unos precios mas bajos, y el flujo de entrada de dinero cesaría a causa de
nuestra abundancia y saciedad.
De nuevo, supongamos que todo el dinero de Gran Bretaña se quintuplicara en
una noche, ¿no debería ocurrir el efecto contrario? ¿No deberían subir los precios
del trabajo y de los bienes a altura tan exorbitante, que ningún otro país vecino
pudiera permitirse comprarnos; mientras que sus mercancías, por otro lado,
resultarían comparativamente tan baratas, que, a pesar de todas las leyes que
pudieran hacerse, nos arrollarían y nuestro dinero se iría al exterior, hasta que
cayéramos al nivel de los países extranjeros y perdiéramos la gran superioridad
de ricos que nos había conducido a una situación tan desventajosa?”
Es fácil traducir la descripción de Hume del mecanismo del ajuste “flujo de
especie-precio” a situaciones más actuales. Supongamos que el superávit por
cuenta corriente de Gran Bretaña es mayor que el déficit de su cuenta de
capital, excluidas las reservas. A causa de que las importaciones netas de los
extranjeros procedentes de Gran Bretaña no se financian enteramente con
préstamos británicos, el saldo debe ser complementado por entradas de reservas
internacionales -esto es, de oro- hacia Gran Bretaña. Estos flujos de oro reducen
automáticamente las ofertas monetarias en el exterior y aumentan la de Gran
Bretaña, empujando a la baja los precios exteriores y al alza los nacionales. El
aumento de los precios en Gran Bretaña junto con la caída simultanea de los
precios en el resto del mundo -es decir, una apreciación real de la libra dado el
tipo de cambio fijo- reduce la demanda extranjera de bienes y servicios
británicos e incrementa al mismo tiempo la demanda de productos
extranjeros. Esta desviación de la demanda actúa en el sentido de reducir el
superávit por cuenta corriente británico y el déficit de los países extranjeros. En
consecuencia, llegará un momento en que cesaran los movimientos de reservas,
equilibrándose las balanzas de pagos. El mismo proceso opera en sentido
contrario, eliminando una situación inicial de superávit extranjero y déficit
británico.

2.4.- LAS “REGLAS DE JUEGO” DEL PATRÓN-ORO: MITO Y REALIDAD


El mecanismo del ajuste “flujo de especie-precio” podía operar
automáticamente bajo el patrón-oro para equilibrar las cuentas corrientes y de
capital y eliminar los movimientos internacionales de oro. Pero las reacciones de
los bancos centrales a los flujos de oro a través de sus fronteras proporcionaron
otro mecanismo potencial para ayudar a restaurar el equilibrio de las balanzas de
pagos. Los bancos centrales que perdían oro continuamente, corrían el peligro de
no poder hacer frente a sus obligaciones de cambiar papel moneda por oro. Por
ello, se sintieron motivados para reducir sus tenencias de activos nacionales a
medida que perdían oro, empujando los tipos de interés al alza y atrayendo
capitales de otros países. Los bancos centrales que ganaban oro tenían muchos
menos incentivos para eliminar sus propias importaciones de ese metal. El más
importante de estos incentivos era la mayor rentabilidad de los activos
nacionales, que producían interés en comparación con la del oro en barras. Un
banco central que estuviera acumulando oro, podía verse tentado a adquirir
activos nacionales, incrementando así los flujos de salida de capital y
conduciendo el oro al exterior.
Estas medidas de crédito interno, si se llevaban a cabo por los bancos centrales,
reforzaban el mecanismo del ajuste-precio, al empujar a todos los países hacia el
equilibrio de sus balanzas de pagos. Después de la Primera Guerra Mundial, las
practicas de vender activos nacionales cuando había déficit y de comprarlos
cuando había superávit eran conocidas como las “reglas de juego” del patrón-
oro, frase que, al parecer fue acuñada por Keynes. Debido a que tales medidas
aceleraron el movimiento de todos los países hacia su objetivo del equilibrio
externo, aumentaron la eficiencia de los procesos de ajuste automático
inherentes al patrón oro.
Investigaciones posteriores han demostrado que las supuestas “reglas de juego”
del patrón-oro eran frecuentemente violadas antes de 1914. Como ya se ha
señalado, los incentivos para cumplir las reglas actuaron con mayor fuerza en los
países con déficit que en aquellos con superávit; así que, en la práctica, fueron
los países deficitarios los que soportaron la carga de conducir las balanzas de
pagos de todos los países hacia el equilibrio. Con el atesoramiento de oro, los
países con superávit, empeoraron el problema de la política de coordinación
internacional inherente al sistema: los países con déficit, que competían por una
oferta de oro limitada, podían adoptar políticas monetarias supercontractivas
que perjudicaran el empleo sin conseguir mejorar significativamente sus
reservas.
De hecho, muchos países invirtieron las reglas y esterilizaron los flujos de oro,
esto es, vendían activos nacionales cuando las reservas extranjeras estaban
creciendo y compraban activos nacionales cuando descendían. La intervención
generalizada de los países en las exportaciones de oro privado socavaron también
el sistema. La imagen del ajuste suave y automático hacia el equilibrio de las
balanzas de pagos antes de la Primera Guerra Mundial no responde a la realidad.
Los países ignoraron a menudo, tanto las “reglas de juego” como los efectos de
sus medidas sobre los otros países.

2.5.- EL EQUILIBRIO INTERNO BAJO EL PATRÓN-ORO


El sistema del patrón-oro pretendía, mediante la fijación de los precios de las
monedas en términos de oro, limitar el crecimiento monetario de la economía
mundial y estabilizar, de este modo, los niveles de precios mundiales. A pesar de
que los precios de los países dentro del sistema del patrón-oro no subieron tanto
en el periodo 1870-1914 como en el periodo posterior de la Segunda Guerra
Mundial, los niveles de precios nacionales se movieron a corto plazo de modo
impredecible, al sucederse los periodos de inflación y deflación. El éxito sólo
relativo del patrón-oro respecto de la estabilidad de los precios refleja el
problema del cambio en los precios relativos del oro y de los otros bienes.
Además, el patrón-oro no parece haber hecho mucho para asegurar el pleno
empleo. La tasa de desempleo de los Estados Unidos, por ejemplo, alcanzó, en
promedio, el 6.8 por ciento entre 1890 y 1913, mientras que estuvo por debajo
del 5.6 por ciento entre 1946 y 1988.
Una causa fundamental de la inestabilidad interna a corto plazo bajo el patrón-
oro antes de 1914 fue la subordinación de la política económica a los objetivos
externos. Antes de la Primera Guerra Mundial, los países no habían asumido la
responsabilidad de mantener el equilibrio interno tan plenamente como después
de la Segunda Guerra Mundial. La importancia de los objetivos de la política
interna aumentó después de la Primera Guerra Mundial, como consecuencia de la
inestabilidad económica del periodo de entre guerras, 1918-1939. Además, las
consecuencias internas de los intentos de restaurar el patrón-oro después de
1918, contribuyeron a moldear el pensamiento de aquellos que formularon el
sistema de tipos de cambios fijos, adoptado a partir de 1945. Para entender
como el sistema monetario internacional del periodo posterior a la Segunda
Guerra Mundial trató de compaginar los objetivos de equilibrio interno y externo,
debemos estudiar los acontecimientos políticos del periodo comprendido entre
las dos guerras mundiales.

2.6.- LOS AÑOS DE ENTREGUERRAS, 1918-1939


Los países abandonaron el patrón-oro durante la Primera Guerra Mundial y
financiaron parte de sus masivos gastos militares imprimiendo dinero. Además,
la fuerza de trabajo y la capacidad productiva se redujeron bruscamente a causa
de la guerra. Como resultado de esto, los precios subieron en todas partes al
concluir la guerra en 1918.
Algunos países experimentaron una inflación desbocada cuando sus gobiernos
intentaron ayudar al proceso de reconstrucción a través del gasto público. Estos
gobiernos financiaron sus compras simplemente imprimiendo el dinero que
necesitaban, tal y como habían hecho anteriormente durante los periodos de
guerra. El resultado de todo ello fue un fuerte aumento en las ofertas monetarias
y en los niveles de precios.

2.7.- EL SISTEMA DE BRETTON WOODS: PATRON ORO – DÓLAR


Tas la Segunda Guerra Mundial, se celebró una reunión en Bretton Woods (New
Hampshire) en 1944, en la que se establecieron las directrices para la definición
de un nuevo sistema monetario y financiero que permitiera la reconstrucción de
la economía mundial. En 1944, al crearse en Bretton Woods el Fondo Monetario
Internacional, se estableció un patrón de cambios dólar oro, que funcionó hasta
1972 como casi verdadera moneda universal. Así lo previó de hecho Mr. White, el
delegado estadounidense en Bretton Woods, cuando John Maynard Keynes, como
delegado británico, preconizó la idea de un Banco Mundial de emisión (que
habría sido el propio Fondo Monetario Internacional), y una moneda igualmente
universal, a la que incluso puso como nombre: Bancor. La respuesta de Mr. White
fue drástica: “¿Para qué crear una nueva moneda mundial si ya tenemos el dólar;
y para qué un Banco Mundial si ahí está el Sistema de la Reserva Federal?". Pero
allí se crearon el FMI y el Banco Mundial, el primero para coordinar y controlar el
SMI, y el segundo para facilitar financiación para el desarrollo. Sus objetivos eran
diseñar un SMI que pudiera promover el pleno empleo y la estabilidad de precios
de los países (equilibrio interior y exterior) sin perjudicar el comercio exterior.
Surgió así un sistema de tipos de cambio fijos pero ajustables, con el dólar como
eje central y con la referencia del oro, de modo que los países quedaban
obligados a mantener el tipo de cambio, aunque la paridad se podía modificar
hasta un 10% sin que el FMI pidiera explicaciones o pusiera objeciones. Los
Estados Unidos, que fijaban el precio del oro en dólares, se comprometían a
comprar y vender el oro que se le ofreciese o demandase a ese precio. Las demás
monedas fijaban sus tipos de cambio con respecto al dólar. Los bancos centrales
nacionales que se sumaron a los 44 iniciales se comprometían a intervenir en los
mercados de divisas para mantener el tipo de cambio de su moneda. Si las
compras de mercancías de su país eran superiores a las ventas, esa economía
demandaba más divisas que la cantidad de moneda nacional demandada por los
extranjeros. Eso presionaba hacia la depreciación de la respectiva divisa, y el
banco central debía intervenir para evitar la fluctuación en los tipos de cambio,
vendiendo divisas de sus reservas a cambio de su moneda. La solución era sólo
válida a corto plazo, porque las reservas de divisas eran limitadas. Si las causas
del déficit por cuenta corriente permanecían a largo plazo, el país debía
devaluar. Cuando las dudas sobre la estabilidad de una moneda generaban
expectativas de devaluación (o reevaluación), la oferta (o la demanda) de esa
moneda en los mercados de divisas presionaba con tanta fuerza que obligaba al
reajuste. Y al confirmarse las expectativas, los especuladores obtenían pringues
beneficios, por lo que el sistema incentivaba la especulación. Pero el problema
más grave fue que la expansión del comercio internacional requería una gran
liquidez que no podía seguir dependiendo de los Estados Unidos.

2.8.- EL FIN DEL RÉGIMEN DE CAMBIOS FIJOS


En efecto, como el dólar era el mayor instrumento de la liquidez internacional,
ya desde los años cincuenta y en el transcurso de la década de los sesenta
aparecieron los problemas de liquidez que hicieron necesario crear como nuevo
instrumento de reserva a partir de 1969: los Derechos Especiales de Giro emitidos
por el FMI. Pero el problema paso a ser que no todos los países tenían igualdad
de derechos y obligaciones, lo que unido a los propios problemas
norteamericanos (malas cosechas, efectos inflacionistas de la guerra de Vietnam,
necesidad de devaluar el dólar, etc.) llevó a los EEUU a suspender en 1971 la
convertibilidad del dólar en oro, dando lugar a ajustes cambiarios que llevaron a
la ruptura de uno de los principales pilares del SMI surgido en Bretton Woods, a
consecuencia de la falta de liquidez y de confianza, así como de la necesidad de
un ajuste cambiario. Durante un par de años más el SMI siguió teniendo
formalmente al dólar como patrón, hasta que en 1973 se decidió permitir la libre
flotación de las monedas en los mercados de divisas. La situación no ha cambiado
desde entonces. Lo ocurrido en las más de tres décadas posteriores confirma que
era inevitable la pérdida de referencia del oro y del dólar, pues los EEUU han
incurrido en persistentes déficit por cuenta corriente, hasta el punto de
convertirse en mayor deudor mundial que la suma de todos los demás países en
vías de desarrollo y con problemas de balanza de pagos que les han llevado a
incrementar también considerablemente la deuda, lo que ha causado desde
principios de los años ochenta periódicos episodios de suspensiones de pagos y
consiguientes renegociaciones e impagos de la deuda. Pero el sistema ha
sobrevivido gracias a las sucesivas reformas del FMI y, sobre todo, a que EEUU ha
encontrado siempre crédito para mantener su hegemonía económica,
tecnológica, cultural, militar e incluso política, primero con los superávit
europeos (sobre todo alemanes), luego con los de Japón, y desde los años
noventa en que ambas economías han atravesado también problemas con otros
países asiáticos, tarea financiadora a la que en los últimos años se han sumado
China (cuyas reservas rondan los 800.000 millones de dólares) e incluso
recientemente la India (cuyas reservas llevan camino de los 200.000 millones de
dólares). Por eso el euro, el yen, el yuan (cuya revaluación reclaman desde hace
años sin éxito los EEUU), y ahora la rupia india, han erosionado la hegemonía del
dólar.

2.9.- EL RÉGIMEN DE FLOTACIÓN


Entre tanto, e instalado el mundo desde los años setenta en un patrón fiduciario,
las reformas instrumentadas en el SMI desde el FMI no acabarían en la de los DEG
de 1969 para mantener tipos fijos. En 1975 hubo acuerdos para el aumento de las
cuotas del FMI un 32,5%, abolición del precio del oro y reajuste de las reservas de
oro y en 1978 hubo que pasar de tipos de cambio fijos a flexibles o múltiples, con
el fin de desmonetizar el oro, que desaparece como activo de reserva, mientras
que en 1992 el FMI se dota del poder de suspender los DEG a los países que no
cumplen sus obligaciones. De ahí que el FMI, surgido con los objetivos centrales
de regular el funcionamiento del SMI y ayudar a los países pobres con problemas
en balanza de pagos, haya tenido que reajustarse en función de los problemas de
cada etapa, para encajar los desafíos del derrumbe del sistema de paridades de
Bretton Woods, las crisis del petróleo en los setenta, la crisis de la deuda de los
años ochenta y las perturbaciones de los mercados asiáticos emergentes en la
década de 1990, el colapso de las economías estatistas de Europa oriental y
ahora los problemas de los países pobres muy endeudados (FMI, Libro 45 de
Organización y operaciones financieras del FMI, Fondo Monetario Internacional,
2001). Hoy lo integran 184 países con cuotas por valor de 312.000 millones de
dólares (al 31 de agosto de 2005) y préstamos pendientes de reembolso por
71.000 millones a favor de 82 países, de los cuales 59 reciben préstamos por
10.000 millones en condiciones concesionarias. Mientras que algunas voces
claman por su desaparición, siguen siendo necesarias funciones que se le
atribuyeron al nacer como fomentar la cooperación monetaria internacional,
facilitar la expansión y el crecimiento equilibrado del comercio internacional,
fomentar la estabilidad cambiaria, coadyuvar a establecer un sistema
multilateral de pagos y poner a disposición de los países miembros con
dificultades de balanza de pagos (con las garantías adecuadas) los recursos de la
institución. El penúltimo presidente, el español Rodrigo Rato, ha propuesto
algunas reformas para atender la necesidad de dar una nueva orientación al
asesoramiento que a sus miembros, nuevos rumbos en sus tareas de supervisión
para corregir desequilibrios, la mejora de su función en las economías
emergentes (prevención de las crisis y respuesta a las mismas), más eficaz
participación en los países de bajo ingreso. Y la actualización del propio
Gobierno del FMI, sin olvidar el Fortalecimiento de las capacidades.

3.0.- ELEMENTOS DEL SISTEMA MONETARIO


-La principal característica del sistema monetario internacional es que no existe
ningún sistema, y que de los mercados financieros internacionales en la
actualidad es la extrema volatilidad de los tipos de cambio.
Para cualquier país, la divisa extranjera es la moneda de otro país, siempre y
cuando esta moneda sea libremente convertible en otras monedas en el mercado
cambiario. Después del derrumbe del sistema comunista, la mayoría de los países
tienen monedas convertibles.
La convertibilidad de las monedas es muy importante para el comercio
internacional y para la eficiencia económica.
-Una característica importante en este sistema es su capacidad de crear liquidez
internacional que está relacionada con el conjunto de activos internacionales en
manos de los bancos centrales que pueden destinarse a compensar situaciones de
déficit en balanzas de pagos y mantener una determinada paridad de sus
monedas. En tiempos actuales las reservas internacionales están integradas por
oro, divisas convertibles, posición de las reservas frente al FMI y DEG.
-Otro elemento de este sistema es su capacidad de regular los desequilibrios a
través del manejo de los tipos de cambio fijos y variables, los mecanismo que se
emplean son el uso de tipos de cambio flexibles, el sistema de paridades fijas,
las variaciones en precio o renta, los controles directos, las variaciones de las
reservas y el régimen de flotación.

4.0.- ESTRUCTURA
Las cuatro principales funciones del sistema monetario son:
Ajuste (corregir los desequilibrios reales medidos por las balanzas de pagos que
afectan a las relaciones entre las divisas)
Liquidez (decidir los productos de reserva, formas de crearlos y posibilidad de
cubrir con ellos los desequilibrios en una balanza de pagos)
Gestión (repartir y atender competencias, más o menos centralizadas en
organizaciones como el actual Fondo Monetario Internacional y los bancos
centrales de cada país)
Generar con las tres anteriores confianza en la estabilidad del sistema.
Las funciones derivadas o secundarias de todo sistema son:
Asignar el señoreaje de las divisas (las ganancias por la emisión de dinero o
diferencias entre el coste de emisión y el valor del dinero)
Acordar los regímenes de tipo de cambio.
Esta última función (los mecanismos por medio de los cuales se fijan los tipos de
cambio) es el factor más discutido y variable; concretamente, en las últimas
décadas se ha discutido en torno a tres modelos: un sistema de tipos de cambio
flexibles, en el que los precios de cada divisa son determinados por las fuerzas
del mercado, un sistema de tipos de cambio fijos, y otro sistema mixto de tipos
de cambio 'dirigidos', en el que el valor de algunas monedas fluctúa libremente,
el valor de otras es el resultado de la intervención del Estado y del mercado y el
de otras es fijo con respecto a una moneda o a un grupo de monedas.

5.0.- CARACTERÍSTICAS DEL SISTEMA MONETARIO


- Una característica importante en este sistema es su capacidad de crear
liquidez internacional que esta relacionada con el conjunto de activos
internacionales en manos de los bancos centrales que pueden destinarse a
compensar situaciones de déficit en balanzas de pagos y mantener una
determinada paridad de sus monedas. En tiempos actuales las reservas
internacionales están integradas por oro, divisas convertibles, posición de
las reservas frente al FMI y DEG.
- Otra característica de este sistema es su capacidad de regular los
desequilibrios a través del manejo de los tipos de cambio fijos y variables,
los mecanismo que se emplean son el uso de tipos de cambio flexibles, el
sistema de paridades fijas, las variaciones en precio o renta, los controles
directos, las variaciones de las reservas y el régimen de flotación.
Hay que tener en cuenta que este sistema, si bien es el más adecuado en los
tiempos actuales de constantes flujos y movimientos de dinero y recursos, genera
inconvenientes tales como incertidumbre, inestabilidad del tipo de cambio con
variaciones hacia arriba o hacia abajo lo que promueve la especulación
desestabilizadora de determinados actores como los bancos o países poseedores
de recursos estratégicos (caso petróleo), promueve además la insolidaridad que
trae como consecuencia que un cambio en las economías y los tipos de cambio
internacionales genere más problemas a los países pequeños que los poderosos.
Sin embargo también debemos señalar que si bien es cierto estas desventajas
afectan a muchos países del tercer mundo, este sistema también los beneficia y
promueve entre todos los países una autonomía en la política interior de cada
uno de ellos con la consiguiente mayor libertad en sus lineamientos de comercio
internacional, aislando también de las tendencias inflacionistas y evitando que
los estados tengan problemas de liquidez internacional.

6.0.- PRINCIPIOS
Un Sistema Monetario empieza a existir cuando se pasa de relaciones económicas
bilaterales a una estructura que, además de reunir el carácter de internacional,
es susceptible de acuerdos o imposiciones más o menos multilaterales. De ahí
que todos los imperios hayan tenido un SMI incipiente, e incluso que algunos
emperadores antiguos concibieran como resultado la idea de una moneda única e
incluso mundial. Carlomagno, cuando introdujo el sistema monetario (libra,
sueldo y dinero) en su Imperio (hacia el año 800 D.C) albergaba la posibilidad de
ir extendiéndolo a otros países, lo mismo le había sucedido al Emperador
Diocleciano, en el siglo III, cuyo modelo inspiró el carolingio. Pero las únicas
divisas que se han aproximado a ese objetivo antes del actual dólar
norteamericano han sido el real de a ocho de plata español y la libra esterlina
durante el tiempo del patrón oro, desde mediados del siglo XIX hasta 1931, año
en que Londres abandonó definitivamente el sistema moneda mundial.
Por tanto, y al margen de algunos antecedentes más teóricos que prácticos como
los comentados durante el imperio romano, el carolingio o el español (baste
recordar que en su momento de máximo apogeo la economía y las exportaciones
españolas no llegaron a representar durante su imperio ni siquiera el 2% al que se
aproximan actualmente), la necesidad de un SMI sólo se hizo realmente evidente
cuando se empezaron a dar dos condiciones: un elevado grado de
internacionalización de la economía y la aparición del papel moneda como medio
de pago. Ambas se manifiestan ya con claridad hacia 1870, momento en que se
empieza a desechar como medio de pago el uso de los bienes y a generalizar la
utilización del papel moneda. Es entonces cuando se extiende la idea de que
resulta indispensable contar con unas reglas de valoración de las distintas
monedas, e incluso cuando empiezan a independizarse las decisiones
gubernamentales que en siglos pasados configuraban los sistemas monetarios
nacionales y el funcionamiento de un sistema monetario realmente internacional.

7.0.- PRINCIPALES FUNCIONES DEL SISTEMA MONETARIO


 Ajuste (corregir los desequilibrios reales medidos por las balanzas de pagos
que afectan a las relaciones entre las divisas)
 Liquidez (decidir los productos de reserva, formas de crearlos y posibilidad
de cubrir con ellos los desequilibrios en una balanza de pagos)
 Gestión (repartir y atender competencias, más o menos centralizadas en
organizaciones como el actual Fondo Monetario Internacional y los bancos
centrales de cada país)
 Generar con las tres anteriores confianza en la estabilidad del sistema.
8.0.- FUNCIONES SECUNDARIAS O DERIVADAS
 Asignar el señoreaje de las divisas (las ganancias por la emisión de dinero
o diferencias entre el coste de emisión y el valor del dinero)
 Acordar los regímenes de tipo de cambio.

9.0.- NECESIDAD DE UN SMI


La necesidad de un SMI se deriva de que las transacciones internacionales
(comercio, transferencias, inversiones, etc.) se realizan con diferentes monedas
nacionales, ligadas por tanto a la realidad económica de cada país y a la
confianza que ello genera en los demás, cuyas medidas son los precios relativos o
tipos de cambio de cada moneda. Las operaciones entre las monedas que se
utilizan como contrapartida de dichas transacciones reales o financieras se
realizan en el mercado de cambios. Los diferentes tipos dependen de la oferta y
de la demanda de cada moneda, reguladas a su vez por las intervenciones de los
diversos bancos centrales que controlan las fluctuaciones de cada divisa. La
demanda de cada moneda depende de los extranjeros que desean usarla para
comprar o invertir en la economía donde se utilice, mientras que la oferta
procede de los agentes nacionales que quieren operar en el exterior. Un
descenso del precio de mercado de una moneda es una depreciación; un aumento
una apreciación, aunque en una economía o subsistema donde existen tipos de
cambio oficiales (es el caso en un régimen de cambios fijos), una bajada se
denomina devaluación, mientras la subida se llama revaluación.

10.0.- OBJETIVOS

10.1.- Objetivo General


El objetivo del Sistema Monetario Internacional es el de asegurar una cierta
estabilidad en los tipos de cambio, por lo tanto no puede basarse en un sistema
de cambios flotantes, según el cual el valor de la moneda lo determina sólo
el juego de la oferta y la demanda en el mercado de cambio.
10.2.- Objetivos específicos
o Reconocer que es un mercado de cambios y ver como los países que
comercian con el extranjero pueden registrar un superávit o déficit
comercial.
o Conocer las reglas elaboradas por los estados para garantizar, con
respecto a la moneda, una estabilidad de los cambios.
o Ver de qué forma el Sistema Monetario Internacional interviene en
la economía de las naciones que lo integran.

11.0.- VENTAJAS
Permite a los países miembros el acceso a los recursos del fondo bajo adecuados
salvaguardias con el fin de acortar la duración y el grado de desequilibrio de
las balanzas de pagos entre sus miembros.

11.1.-PRINCIAPAL VENTAJA
Es la estabilidad (inflación, bajas tasas de interés) y la confianza. Un alto nivel
de confianza, aunado a las bajas tasas de interés, fomenta la investigación y el
crecimiento económico.

12.0.- DESVENTAJAS
Hay que tener en cuenta que este sistema, si bien es el más adecuado en los
tiempos actuales de constantes flujos y movimientos de dinero y recursos, genera
inconvenientes tales como incertidumbre, inestabilidad del tipo de cambio con
variaciones hacia arriba o hacia abajo lo que promueve la especulación
desestabilizadora de determinados actores como los bancos o países poseedores
de recursos estratégicos (caso petróleo).

12.1.- PRINCIPAL DESVENTAJA


Es un menor margen de maniobra frente a los choques externos. Un superávit en
la balanza de pagos genera presiones inflacionarias y déficit, es decir, recesión.
13.0.- OPCIONES PARA EL FUTURO DEL SMI
Son, pues, varias las alternativas propuestas para el futuro orden monetario
internacional. La mayoría de ellas permanecen en un ámbito estrictamente
académico. Otras se han manifestado ya en el terreno político, aunque sin
suscitar aún un apoyo mayoritario. Los hechos, sin embargo, tienden a imponer
su ley y no es imposible que nuevos acontecimientos económicos, vinculados o no
a la crisis actual, puedan dar un giro importante al SMI. Merece, por tanto, la
pena reflexionar, siquiera sea brevemente, sobre las alternativas hasta ahora
sugeridas. A) La primera (y más elemental) alternativa consistiría en la
continuidad del sistema actual, es decir, dejar las cosas como están y permitir
que evolucionen lentamente, al compás de los acontecimientos. Se trata, sin
duda, de la solución preferida por Estados Unidos, poder hoy dominante, a quien,
como antes se ha visto, conviene mantener su moneda como reserva
internacional, aplazar en lo posible la participación de otras divisas (el euro)
como referencias alternativas, y evitar la adopción de una moneda internacional,
a menos que constituya el único modo de evitar una amenaza real a su
hegemonía. Conviene, en definitiva, al Gobierno norteamericano maximizar el
señoriaje procedente de la emisión de su moneda, durante el mayor tiempo
posible. Desde una perspectiva más amplia y menos nacionalista, no falta
quienes aprecian méritos en la actual falta de sistema, es decir, en la
convivencia de distintos regímenes cambiarios y diferentes actitudes ante la
libertad de movimiento de capital, como se apreció en los Cuadros 1 y 2. Al
menos, esta postura de benign neglect, ante la reciente evolución del SMI,
parecía mayoritariamente compartida antes de la crisis global de 2007. Para los
que defienden esta solución el no sistema ha funcionado razonablemente. Es
cierto que no han faltado problemas desde la ruptura del patrón de cambios oro,
establecido por los integrantes de la Conferencia de Bretton Woods en 1944. Tras
la eliminación, en 1971, del mercado cambiario entre el dólar y el oro (en
realidad, ya existía desde 1968 un two-tier system) se produjo un período de
vacilaciones: todos los países pretendieron continuar con el anclaje de sus
monedas a la divisa norteamericana, pero el esquema resultó imposible. En 1973
se adoptó un sistema generalizado de tipos de cambio flotantes, aunque ello
tampoco resultó aceptable para varios Gobiernos, en particular, para los que
entonces estaban constituyendo el Mercado Común Europeo. Su adopción de una
«serpiente monetaria» y, posteriormente, la creación del SME sirvieron como
referencia para otros países emergentes que preferían volver a fijar las paridades
cambiarias, hasta desembocar en la actual situación, más arriba descrita.
Ciertamente, la ruptura del sistema de Bretton Woods terminó con la disciplina
de la convertibilidad y fueron varios, e importantes, los países que se
mantuvieron en programas de expansión inflacionaria. En la década de los
setenta, Estados Unidos registró la mayor tasa de inflación de su historia,
incluidos períodos de guerra. Su lamentable ejemplo fue seguido, e incluso
aplicado, por otros países menores. Sin embargo, la década de los ochenta, tras
la estabilización de Reagan y el énfasis en políticas de oferta, supuso un retorno
generalizado hacia la estabilidad, fervientemente apoyado por Japón y Alemania
que constituían, respectivamente, la segunda y tercera economía del mundo. La
adopción del euro y la independencia —recién estrenada— de muchos bancos
centrales aceleraron el proceso. Ya en el siglo actual, se afirmaba que «en una
dimensión importante hemos vuelto exactamente a aquellos principios que
fueron eliminados desde el fin de la primera década del Siglo XX hasta comienzos
de la última», en clara referencia a la estabilidad aportada por el patrón oro
hasta 1914 y, comparativamente, a la generada a partir de los años ochenta. Si
tal era la situación, ¿por qué modificar el «no-sistema»? Naturalmente, las cosas
han cambiado con la crisis de 2007, tras la cual no es posible seguir hablando de
una estabilidad inherente al esquema actual. El número de académicos y
políticos que abogan por una estrategia de simple continuismo ha disminuido
apreciablemente, y son varias las alternativas que sugieren o que, al menos,
parecen abrir otras vías de reflexión y análisis. Vías que no siempre resultan
nuevas, aunque aparecen ahora matizadas con originales aportaciones. B) En una
celebrada conferencia, pronunciada en St. Vicent College (Letrobe, Pa.) ante la
Gold Standard League, Robert Mundell (1997) había sugerido ya que el oro pasara
a desempeñar, nuevamente, una función en el Sistema Monetario Internacional,
aunque la naturaleza de esa función no habría de coincidir exactamente con la
que el noble metal ejerció hasta su abandono definitivo como activo monetario
en 1971. Al respecto, Mundell señalaba que, ya en los umbrales del Siglo XXI, el
oro constituía todavía una parte importante de las reservas de los bancos
centrales del mundo. Suponía, de hecho, el principal componente de tales
reservas, tras los saldos en dólares americanos. Todavía hoy, el volumen de oro
acumulado por los bancos centrales y los organismos monetarios internacionales
(1.000 millones de onzas) apenas difiere del existente a principios de la década
de los setenta, a pesar de que, desde entonces, se registraron ventas ocasionales
por parte de tales instituciones. ¿Por qué no reincorporarlo al sistema? Para
Mundell, el patrón oro, desde su triunfo definitivo sobre el bimetalismo (1870),
había constituido un sistema monetario altamente eficiente. A su amparo, el
mundo conoció una era de gran desarrollo. El sistema proporcionó una base de
certidumbre al comercio internacional y, con ella, una tasa apreciable de
crecimiento global, con alto nivel de empleo y sensible estabilidad en precios. La
libre movilidad de capitales fue casi absoluta, dada la certeza del valor de las
distintas monedas acuñadas y de los resguardos de oro emitidos. El sistema se
rompió al estallar la Primera Guerra Mundial (1914) por la financiación
inflacionaria de las operaciones bélicas. Parcialmente restaurado en los años
veinte, aunque ya en una nueva cultura económica, fue de nuevo abandonado en
la década siguiente. Desde 1944, el oro volvió a adquirir cierto protagonismo
monetario como anclaje último del dólar y, por lo tanto, del llamado «patrón de
cambios oro», hasta su abandono definitivo a principios de los setenta. Cabe
ciertamente preguntarse si las grandes inflaciones de activos, registradas en el
transcurso del Siglo XXI (valores asociados a las tecnologías de información y
comunicaciones, así como la posterior burbuja inmobiliaria) habrían sido posibles
bajo un sistema amparado por el oro. Como corolario, habría de aceptarse que la
crisis subprime y sus secuelas de recesión, desempleo y déficit públicos, nunca
habrían tenido lugar. Las propuestas de la «Gold Standard League» cobrarían,
pues, nueva actualidad. En sentido opuesto, Milton Friedman adujo en 2001
(como venía haciéndolo desde 1962) que cualquier posible retorno al patrón oro
no era deseable ni viable, y sus argumentos deben también ser considerados,
incluso después de la crisis actual. Un retorno al oro no sería, a su juicio,
deseable por su alto coste, en términos de recursos destinados a la producción
del mismo. Tampoco resultaría viable, porque exigiría un cambio muy profundo
en el orden cultural e institucional. A principios del Siglo XX, bajo el patrón oro,
los gastos públicos no representaban más del 10 por 100 del PIB mundial y los
Gobiernos ejercían un control muy débil sobre las economías nacionales. Hoy, el
gasto público supone más del 40 por 100 del PIB en grandes áreas del planeta, los
Gobiernos intervienen enérgicamente en la economía, y los ciudadanos —mucho
más demandantes de actuaciones públicas— dan por sentado que la provisión de
liquidez pertenece al área de responsabilidad de los bancos centrales, no al de
las compañías mineras. La propuesta de Mundell acepta estas observaciones de
Friedman, pero insiste en que el oro debe ejercer un papel moderador de la
política monetaria a nivel internacional. Está, en su opinión, generalmente
reconocido que las variaciones en el precio del oro constituyen un indicador
adelantado y fiable, tanto de los fuertes excesos de liquidez como de sus
inevitables consecuencias, en términos de grandes movimientos inflacionarios.
De alguna forma, el precio del oro debería, pues, integrarse en la función
objetivo de los bancos emisores de moneda de referencia, o en la de aquellas
instituciones que en el futuro puedan actuar como fuente creadora de dinero
internacional. De cualquier modo —concluía Mundell— el oro será parte de la
estructura del sistema monetario internacional del Siglo XXI, aunque hayan de
atribuírsele funciones distintas a las que desempeñó hasta principios de la
centuria anterior. Quede, pues, abierta la reflexión. C) Lejos de aceptar un
retorno al oro (cualquiera que sea su nueva misión), aunque igualmente
disconformes con la situación actual, otros economistas se declaran partidarios
de una nueva conferencia internacional (Bretton Woods II) que asegure la
estabilidad monetaria global, restableciendo algunos de los elementos básicos
del diseño alcanzado al término de la Segunda Guerra Mundial. Los recientes
episodios de crisis, extremadamente graves, abonarían —en su opinión— tal
propuesta, siempre que la conferencia fuera convocada con una decidida
intención de reforma. A tal efecto, se señala que el abandono de la paridad
oro/dólar por parte de la Administración Nixon, en agosto de 1971, no tenía por
qué haber supuesto una ruptura en el resto del esquema de Bretton Woods. De
hecho, y tras una breve crisis de desconcierto, todos los países volvieron a
establecer tipos de cambio fijos respecto al dólar en diciembre del mismo año,
aunque la moneda norteamericana hubiera perdido ya su anclaje con el oro. El
llamado patrón de cambios oro fue, por tanto, sustituido por un patrón dólar en
sentido estricto, sin alterar los restantes acuerdos de 1944, ni modificar la
misión, atribuciones o recursos del Fondo Monetario Internacional, como
institución central del sistema. Este nuevo esquema se rompió en junio de 1973
por los desacuerdos entre Estados Unidos y Europa respecto a la tasa de inflación
deseable o admisible. En efecto, para financiar la guerra de Vietnam, Estados
Unidos estaba dispuesto a admitir tasas inflacionarias que más tarde llegaron a
superar los dos dígitos. Por su parte, los países europeos se sentían incómodos
con tales tasas de inflación, a la vez que exigían paridades estables, para
constituir un Mercado Común en el que las posiciones competitivas no se vieran
alteradas por modificaciones de tipos de cambio. Conscientes de que vincular
todas sus monedas al dólar implicaba importar la tasa de inflación americana,
prefirieron romper sus vínculos cambiarios con Estados Unidos y usar sus propios
esquemas. Pero —argumentan los partidarios de un nuevo Bretton Woods— la
ruptura del sistema no era necesaria. El patrón dólar podía haberse mantenido si
Estados Unidos, como emisores de la moneda de reserva, hubieran aplicado una
política monetaria menos permisiva (como, de hecho, llevaron a cabo pocos años
después), o si los países europeos hubieran aceptado una tasa de inflación algo
mayor. En todo caso, nunca hubiera sido tan alta como la que experimentaron en
los años siguientes a la ruptura del acuerdo. Restablecer un sistema de paridades
constantes (o fijas, pero ajustables) tendría, según los partidarios de un nuevo
Bretton Woods, ventajas sustanciales, siempre que el emisor de la moneda de
referencia aceptara unos criterios mínimos de estabilidad en su política
monetaria, condición que —insisten— debería incorporarse al nuevo acuerdo con
la máxima claridad
En un abierto enfrentamiento dialéctico con Mundell, casi 50 años después de su
propuesta inicial, Milton Friedman (2001) subrayaba que la ruptura del sistema
de Bretton Woods no había sido casual, ni provocada por factores accidentales en
el comportamiento económico de los distintos países. Fue, en su opinión, debida
a intensas fuerzas tendenciales, tanto en el orden económico como en el
político. No tendría, por tanto, ningún sentido tratar de restablecer el esquema
de Bretton Woods, ni siquiera en versión revisada. En palabras de Friedman,
«bajo el esquema diseñado en 1944, diversos países trataron de utilizar el
impuesto inflacionario como instrumento de financiación del desarrollo
económico. Fueron impulsados a ello por el hecho de que, en un mundo de tipos
de cambio fijos, todo Gobierno puede beneficiarse de una excesiva expansión
doméstica, tal actuación continuarán mientras los otros países estén dispuestos a
aceptar la moneda del infractor a una tasa cambiaria constante. La evidente
facilidad para posponer el evil day hasta después de las siguientes elecciones,
supone un incentivo para cualquier político profesional». De acuerdo con este
argumento —en modo alguno desdeñable— la principal ventaja de generalizar, y
aún de imponer, una flexibilidad completa de los tipos de cambio estribaría en
que, bajo tal esquema, todo país experimentaría los beneficios y los costes
sociales de su propia política monetaria, sin penalizar indebidamente a los
demás, lo que reduciría seriamente la posibilidad de conflictos globales. En la
disyuntiva entre estabilizar los precios internos o estabilizar los tipos de cambio,
todos los Gobiernos habrían de optar por lo primero, para evitar efectos de
spillover sobre los demás. De cualquier forma, si todos actuaran con suficiente
prudencia monetaria, los propios mercados cambiarios generarían paridades
estables; en caso contrario, los infractores resultarían inmediatamente
penalizados con una depreciación de su moneda y con los efectos sociales
negativos que de ella se derivan. Ciertamente, las paridades fijas reducen los
costes de transacción cambiarias y, en ese sentido, facilitan tanto el comercio
como los movimientos internacionales de capital, en mayor medida que las
paridades flotantes. Los defensores de un sistema de flotación generalizada
subrayan, sin embargo, que los tipos de cambio artificialmente fijados
incrementan la frecuencia e intensidad de crisis financieras internacionales, a la
vez que dificultan el ajuste de distintos países ante shocks asimétricos,
tendiendo a perpetuar desequilibrios de balanza de pagos. De nuevo, en palabras
de Milton Friedman, «si los precios (y salarios) internos tuvieran la misma
flexibilidad potencial que los tipos de cambio, no habría ninguna diferencia entre
ajustes internos o modificaciones cambiarias. Pero tal condición no se da. Los
tipos de cambio son potencialmente mucho más flexibles y por tanto más
convenientes como mecanismo de ajuste, al igual que cambiar la hora oficial (lo
hacemos dos veces al año) resulta más eficaz que persuadir a todos los
ciudadanos para que modifiquen sus horarios de trabajo y descanso». En todo
caso, nótese que, para que el esquema de flexibilización generalizada funcionase
en su integridad, se requeriría también un acuerdo internacional (en Bretton
Woods u otro lugar) que permitiera a los bancos centrales cualquier tipo de
actuación, excepto la intervención en los mercados cambiarios, es decir, lo
opuesto a un currency board o a cualquier otro esquema de hard peg. En
ausencia de tal acuerdo mundial, nada podrá impedir, por ejemplo, que China y
otros países continúen manipulando el tipo de cambio y generando aquellos
desequilibrios permanentes que están en la base de todas las crisis financieras
internacionales registradas en las últimas décadas. E) Entre las alternativas
teóricas de reforma restaría, por último, la aspiración —tantas veces planteada—
de crear una moneda mundial de reserva, distinta de cualquiera de las divisas
nacionales utilizadas hasta ahora, y puesta en circulación por el Fondo Monetario
Internacional, a modo de banco emisor global. A este respecto, recuerda Mundell
(1997) que ya propuestas de este tipo fueron barajadas en la propia conferencia
de Bretton Woods. En efecto, a principios de 1944 Franklin D. Roosevelt dio
instrucciones a Henry Morgenthau (entonces secretario del Tesoro) para iniciar
«planes orientados a la implantación de una moneda internacional después de la
guerra». Tras la apertura de la conferencia, en New Hampshire, Harry Dexter
White y los técnicos de la Tesorería norteamericana presentaron un programa
que incluía la creación de una moneda mundial, denominada UNITAS. En Londres,
Lord Keynes había diseñado un plan paralelo, tendente a emitir una moneda
global, vinculada al oro y denominada BANCOR. En Bretton Wood, la delegación
británica mantuvo y defendió esta propuesta, pero los norteamericanos habían
abandonado ya la idea, e impusieron la utilización del dólar, guiados por un
interés nacional en capturar el señoriaje inherente a la emisión de la reserva
mundial poniendo, a través de ella, un coste a los restantes miembros del
sistema. Las ventajas de Tras la ruptura del esquema, en 1971, economistas
franceses intentaron resucitar la propuesta en el ámbito académico. Más
recientemente (tras la crisis de 2007), el Gobierno chino ha contestado a las
acusaciones de manipulación del tipo de cambio del renminbi, argumentando que
los fuertes desequilibrios de balanzas de pagos no se deben, en realidad, a las
intervenciones cambiarias de su banco central, sino a un exceso de gasto interno
norteamericano. Un gasto que —en su apreciación— ha llegado a alcanzar
proporciones exageradas, al amparo de la emisión de dólares como activo de
reserva. La creación de una nueva moneda internacional respondería, pues, no
sólo a una distribución más equitativa del señoriaje, ni sólo a una generación de
liquidez más acorde con parámetros económicos globales, sino también a
criterios de estabilidad y equilibrio de balanzas de pagos. En su discurso ante la
reunión anual del comité de Bretton Woods (26 febrero 2010) el director gerente
del FMI, Dominique Strauss-Kahn, subrayó que durante la crisis de 2007 varios
países emergentes no habían podido encontrar en el FMI el amparo de un
«prestamista de última instancia», por lo que habían tenido que dirigirse a la
Reserva federal norteamericana o a otros bancos centrales para realizar los
correspondientes swaps. El Fondo debería, en su opinión, jugar inmediatamente
un papel más activo en la provisión de liquidez internacional. A largo plazo, sin
embargo, el problema no es determinar la misión y recursos del FMI, sino
dilucidar en qué medida se necesita un nuevo activo de reserva global. La
creación de una moneda mundial plantearía obvios problemas, no sólo en cuanto
a la distribución del señoriaje, sino en cuanto a la gobernabilidad de la entidad
emisora y la toma de decisiones relativas a la política monetaria global. «Pero
algún día —concluyó Strauss Kahn— el Fondo puede ser llamado a proporcionar
ese activo, similar en algunos aspectos al DEG, aunque con importantes
diferencias en otros extremos. Todavía no ha llegado la hora, pero estimo que
explorar tal idea resulta intelectualmente sano». Entre los escépticos a este
proyecto, se subraya que el mundo está muy lejos de responder al modelo de un
área monetaria óptima, de acuerdo con los parámetros que definen tal situación
ideal. Los 186 países que integran el FMI tienen estructuras económicas muy
distintas y son proclives a shocks de diversa intensidad. Muy pocos de ellos gozan
de una razonable flexibilidad en precios y salarios. Por lo demás, no existe
perfecta movilidad de personas y capitales, ni se dispone de políticas fiscales
coordinadas. La experiencia del euro ha demostrado que una moneda única
requiere una estrecha interrelación política, que el mundo está muy lejos de
alcanzar. Paul Volcker señala que «una economía global necesita una moneda
global», pero es muy probable que tal moneda necesite, a su vez, un Gobierno
mundial o, al menos, un acuerdo político de alcance planetario. De nuevo es
Mundell (2001) quien aporta una solución de ruptura, al proponer una moneda
mundial, aunque no necesariamente (o no por el momento) una moneda mundial
única. Podría, en su opinión, establecerse un régimen de hard peg entre las tres
monedas dominantes (dólar, euro y yen) y utilizar una unidad, por ellas
integrada, como plataforma para lanzar una futura moneda mundial, bajo los
auspicios de la Junta de gobernadores del FMI. La propuesta, basada en otra
previa (1968), incluiría una moneda mundial (denominada INTOR), pero los países
podrían usar su propia moneda nacional, como subdivisión de aquella, en las
transacciones internas. Por supuesto, los tipos de cambio serían fijados al intor
siguiendo los principios de un auténtico currency board. El intor y las moneda
nacionales circularían en cada país, a condición de que las emisiones de estas
últimas no fueran superiores a una determinada proporción (quizá 75 por 100) del
total. Al menos en sus comienzos, el esquema de Mundell no sería obligatorio,
pero los países que se integraran en el mismo habrían de mantener disciplina
monetaria y fiscal. Si no lo lograran, podrían optar por abandonar el sistema,
aunque en tal caso habrían de sufrir las inevitables consecuencias de
inestabilidad monetaria y tipos de interés más altos para su deuda exterior.
Ciertamente, el mundo se encuentra lejos de la unidad monetaria reclamada por
la economía global, pero quizá convendría, como mínimo, seguir profundizando
en reflexiones tendentes a ello. Serían —ya lo decía Strauss-Kahn—
«intelectualmente sanas». Salvo que una nueva crisis —o fuerte agravamiento de
la actual— estimule ideas de ruptura, como algunas de las hasta aquí expuestas,
parece más razonable esperar una evolución pausada en la estructura del SMI, de
acuerdo con tendencias ya hoy observables. En muchos ámbitos financieros se ha
impuesto la clara conciencia de que existen demasiadas monedas en el mundo.
Un número reducido de ellas ha desaparecido ya, mediante el fenómeno de la
dolarización en el área latinoamericana. Por el mismo motivo, podría, quizá,
pensarse en una gradual «eurización» de países mediterráneos o africanos, y no
son escasas las voces alzadas a favor de una cierta integración monetaria
asiática. Entre las monedas subsistentes (todavía en número apreciable),
Eichengreen y Razo-García señalan que, a medida que la movilidad de capitales
se imponga, serán cada vez más los países que abandonen el régimen intermedio
de soft pegs o flotación sucia, en cualquiera de sus versiones. Los países
avanzados han abandonado en masa ese sistema, pero los emergentes, o las
economías en vías de desarrollo, tardarán algo más (quizá 20 años) en lograr una
situación equivalente a la de aquéllos. Después de todo, la libertad de
movimientos de capital requiere tiempo y esfuerzo para construir sólidas
entidades financieras e instituciones apropiadas de supervisión bancaria, aunque,
en ambos sentidos, los países en desarrollo hayan registrado avances graduales
en años recientes, mientras las economías del primer mundo evidenciaban
algunas deficiencias, antes insospechadas. Una vez agotados los movimientos de
dolarización o eurización, ¿hacia cuál de los extremos (paridades flexibles o hard
pegs) se producirá ese movimiento gradual? Muy probablemente hacia el modelo
de plena flotación cambiaria adoptado por las economías avanzadas. Sólo
cuando, además de sólidas instituciones domésticas, se disponga de firme
voluntad de integración política, será posible abandonar las monedas nacionales
en favor de una divisa común. Quizá el desarrollo futuro de la UME pueda servir
de guía para ello.
14.0.- CONCLUSIONES
Como bien se desprende del trabajo realizado el Sistema Monetario es el
conjunto de instituciones, normas y acuerdos que regulan la actividad comercial
y financiera de carácter internacional entre los países. Asimismo, se encarga de
regular los pagos y cobros derivados de las transacciones económicas
internacionales. Su objetivo principal es generar la liquidez monetaria (mediante
reserva de oro, materias primas, activos financieros de algún país, activos
financieros supranacionales, etc,) para que los negocios internacionales, y por
tanto las contrapartidas de pagos y cobros en distintas monedas nacionales o
divisas, se desarrollen en forma fluida.

A través de la historia el sistema monetario ha ido evolucionando por llamarlo de


alguna manera, en pro de la mejoría de las actividades comerciales y financieras
de carácter internacional, esto con el fin de buscar la estabilidad que todo
negociante quisiera lograr.

15.0.- BIBLIOGRAFIA
 Díez de Castro, Luis T. Mercados financieros internacionales. Editorial
Dykinson S.L.
 Alejandro Gómez Tamez, Centro de información y estudios económicos
colección de apuntes de economía y finanzas, HISTORIA DEL SISTEMA
MONETARIO INTERNACIONAL, No. 5, Abril de 2008.
 STRAUSS-KAHN, D. (2010): «An IMF for the 21 Century», Bretton Woods
Committee, Annual Meeting, 26 de febrero.
 EICHENGREEN, B. y RAZO-GARCÍA, R. (2005): «The International Monetary System
in the Last (and Next) 20 Years», paper presented at the meeting of the 20th
anniversary of Economic Policy
 MUNDELL, R. (2002): «The International Monetary System at the Beginning of the
New Millenium», Department of Economics, Columbia University, N.Y., marzo.
 ALESINA, A. y WAGNER, A. (2003): «Choosing (and Reneging on) Exchange Rate
Regimes», NBER Working Paper 9809.