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PREMIO NACIONAL DE CRÍTICA

ESTÉTICA ACTUAL
Represión y libido emergente
(Teoría crítica)

Gina Panzarowsky

Ensayo largo
ESTÉTICA ACTUAL

Represión y libido emergente

La acusación de pansexualista por la que fue señalado Sigmund Freud en su tiempo, revela

una condición persistente en la vida psíquica del hombre contemporáneo: la fluctuación

irregular de la libido en las fronteras que definen la dimensión sexual del deseo debilitando

las decisiones éticas que gobiernan la vida social. Se puede considerar que en el cuerpo de

esta vida social se acopla otro componente: la vida privada, y en la conjunción de estos

engranajes se traman delicados hilos que fijan patrones y rigen comportamientos al deseo,

afectando la libertad del individuo, pieza clave para el emprendimiento que gobierna el

componente estético en las mercancías simbólicas del arte.

Subsiste el interrogante de si esta energía erótica es suprimida por la normatividad

imperante o la tensión instintiva se desplaza mediante el ocultamiento que desarrolla como

dispositivo de supervivencia, convirtiéndose en un simple acto de desequilibrio finamente

controlado por la voluntad, donde la energía volitiva aparece controlada por la ética social,

como apéndice de una biopolítica que reglamenta la circulación de precursores simbólicos

en el campo de la libido.

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Esa dimensión erótica que parece estar en el centro de acción del individuo, genera

mecanismos que transgreden el ordenamiento integrado de la cultura y son ajustados a un

conjunto de normas que definen la organización social.

El individuo emocionalmente equilibrado, perfectamente integrado a este orden, parecería

ser un producto social de adaptación a la normatividad, mediante la supresión del conflicto

que provoca el deseo subversivo que pervive en su sistema erótico.

La consideración estética básica habla de una afiliación de los sentidos frente a los

artefactos del arte, es decir, cuando se activa la emoción de los sentidos en una especie de

concordancia con el deseo reprimido, emerge al plano de la conciencia una especie de

reconciliación entre el ser social y el ser íntimo. Este mecanismo que dispara esta

experiencia que producen los bienes tangibles del arte los hace auténticos, activando la

recompensa que ofrece la sublimación y su capacidad para desatar la tensión erótica

reprimida. De esta manera se formaliza una vieja promesa - la reconciliación – que cumple

su fin en el objeto elevado a la categoría de obra de arte.

¿Cómo ha evolucionado este deseo?, ¿cuáles son esos mecanismos de adaptación que ha

encontrado mediante la norma para incrustarse en la vida cotidiana de la psiquis social, en

unos tiempos que atrevidamente podría definir post-foucaultianos?

Ese deseo que se transfigura en una especia de sexualidad ilegítima - en términos de

Foucault - ha encontrado nuevos espacios, nuevos lugares para colonizar expresiones a

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través de las diferentes revoluciones de carácter sexual que las sociedades han integrado en

sus legislaciones de lo público, como expresiones de órdenes privados que han perdido su

latencia y su aislamiento.

Mediante el reconocimiento de la libido reprimida que converge en ciudadanos dispersos -

considerados como sujetos que actúan por fuera del ordenamiento - las esferas de lo erótico

migran hacia espacios de auto-reconocimiento, lo que les permite erigirse en actores

contestatarios de la norma que excluye sus apetitos particulares. Sin embargo, estas nuevas

categorías de la libido emancipada definen comportamientos que atrapan a los géneros, las

inclinaciones sexuales y los apetitos eróticos en códigos que alcanzan zonas de afectación

dentro del contexto general que regula la vida social.

Una zona afectada no infiere una geografía completa, tan sólo una pequeña porción, una

especie de micro esfera que se identifica por su carácter minoritario, marginal, que se

descubre ante el territorio como una extrañeza ligeramente aceptada dentro de un orden que

digiere estas especialidades sin renunciar a las consideraciones éticas del pasado.

En la evolución territorial de las identidades eróticas aparecen categorías como la

homosexualidad, la bisexualidad y el transexualismo en una suerte de amplia

generalización. Una válvula de escape para el deseo voluptuoso que integra en la

conciencia social viejas demandas de reivindicación. Aun así el deseo persiste, obstinado,

en una continua emergencia por desafiar cualquier institucionalización de lo prohibido

mediante las clásicas dicotomías entre eros y tánatos, la vida y la muerte, al dibujar con

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precisión los signos habituales de un tejido que se modula por el absurdo y que es inherente

a la condición humana.

La evolución y adaptación de esta nueva reglamentación del deseo insertada en la matriz

social, entraña una revisión a los diferentes movimientos, luchas y desarrollos de estos

códigos al interior de las comunidades implicadas en su aspiración de inclusión. No me

detendré ahí. Para el objetivo de esta discusión no es vital esa revisión sociológica. Sólo

tomaré algunos elementos aleatorios de la nueva reglamentación.

En este nuevo contexto de emergencia para que las sexualidades ilegítimas aborden el

espacio social surge un grupo de preguntas que inquieren por la forma y los alcances de

tales aperturas. ¿Queda superada la culpa mediante la inclusión? En el mapa de la nueva

jurisprudencia que acepta los códigos de la libido emancipada por medio de su inclusión en

el espacio social, ¿qué cambios operan para que la sanción social desaparezca

efectivamente del lenguaje cotidiano, por ejemplo?

La culpa se puede ver, más allá de su consideración teológica, como un universo que

corporiza las alarmas de control interno en el individuo cuando sus maquinaciones llevan

las cosas al límite de lo aceptado en la norma de convivencia. Transgredir el límite tiene

para sí la interiorización del código ético que rige la vida en sociedad, es decir, la ética

social construye un mecanismo de alarma a partir de la experiencia que provee la culpa y en

este nuevo mapa de los hábitos sociales permitidos, el individuo, en estado de

emancipación erótica frente al statu quo, debe escoger entre la ética del discurso que

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ofrecen los nichos recién aceptados por la sociedad: homosexualidad, transexualismo y

bisexualidad.

Estas categorías ya no son consideradas según la premisa de la enfermedad sino como

manifestaciones legítimas del comportamiento humano, y expresiones originales de una

libido, vista en el pasado como defectuosa a la hora de integrarse en los códigos que la

sociedad acepta de la conducta sexual.

Ahora bien, ¿quién legisla y ordena estos regímenes? ¿Hablamos de un saber que se define

por la experiencia que aportan estas minorías, cuando emergen al espacio social y se

enfrentan con los saberes, derechos y obligaciones que la legitimidad operante les ofrece

como espejo de lo que es y no debe ser su propia naturaleza actuante?

Un ejemplo clásico para ordenar la traza que guía esta disertación se da cuando los

homosexuales reclaman para sí el derecho legítimo al matrimonio, aceptando un código

supremo del canon imperante; es decir, la ley soberana de la monogamia es también

formato de identidad sagrada para ellos. En estas negociaciones, los órdenes viejos y

nuevos operan una suerte de simbiosis en donde cada uno de los componentes se integra

felizmente, dejando por fuera algunos aspectos radicales que se ignoran en cuanto no son

significantes para cada una de estas especialidades. El aspecto clave de esta negociación

reside en la incorporación de la identidad homoerótica en los discursos sociales de

aceptación sexual, integrando casi toda la normatividad imperante: monogamia, fidelidad,

circunscripción de las categorías sexuales en dicotomías cerradas: hombre – mujer,

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heterosexual – homosexual, sacralización de la pareja como soporte económico, captura de

la emergencia sexual en unos marcos estrechos liderados por el discurso dominante de la

cultura homosexual, etc.

Cabe anotar además, que esta emergencia del discurso gay permite a otras comunidades

visibilizar sus necesidades, amparadas en la apertura ofrecida por la lucha de los

homosexuales.

Las tendencias, los comportamientos y la identidad transexual tienen un alto componente

científico en la medida que se incorpora para su análisis no sólo al cuerpo social sino al

cuerpo físico como materia que se revela o desafía las presunciones de género a partir de la

genitalia.

El hombre que aspira ser mujer o viceversa implican un necesario desafío de la naturaleza a

sus propias creaciones, pero en el ámbito de la cultura social no amenazan los patrones

imperantes. Su mayor reto es a la forma de unos componentes sociales y no a los

contenidos con que la cultura y la legislación social definen roles y modelan estructuras de

comportamiento.

Su mejor marca es el maquillaje como elemento clave del disfraz. Y en esta breve

definición se integran legislaturas clásicas de identidad de género en los códigos sociales, al

culturizar el deseo y sus peligrosos clisés representados en la voz fuerte, la rudeza y la

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ausencia de maquillaje que caracterizan al hombre cultural; y la voz suave, la delicadeza y

la presencia del maquillaje que identifican a la mujer cultural.

Un esquema puntual que cimienta esta estructura del deseo ilegítimo reside en el carácter

perturbador que tiene para la legislación dominante la apariencia de mujer en el cuerpo de

un hombre.

El transexual con sus tetas grandes, la exageración de los gestos femeninos, la exaltación de

la parafernalia que alimenta a la feminidad oprimida (vestuario insinuante, maquillaje,

modales), sugiere una bofetada a las presunciones que el establecimiento hetero sexocial1

conserva como marca de identidad. Sin embargo, el transexual opera en un campo que

desafía a las formas de identidad sexual establecidas, sin cuestionar los contenidos

culturales con que se han estatuido estos modelos de legitimación del deseo, entre lo que

entendemos por un hombre y lo que entendemos por una mujer.

El temperamento subversivo que pone en escena la conducta transexual no cuestiona los

patrones que edifican los sustentos de género, sino que los enfatiza como esquemas

aceptados e incuestionables. En este caso, hay que subrayar que existen dos fenómenos

importantes que se deben aclarar antes de continuar: por una parte, el rol físico que juega la

biología en el caso del transexual, al momento de considerar la formación del cerebro en la

etapa prenatal; y por otra, las consideraciones que ofrece el transgenerista, pues los hábitos

que desarrolla este comportamiento tienen aspectos mayoritariamente psicológicos. Para el

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Neologismo que integra los conceptos sexual y social.

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transexual las operaciones quirúrgicas de reasignación de sexo pueden ser un hecho vital,

para el transgenerista no son fundamentales.

Se podría argumentar que la naturaleza humana y sus diferencias biológicas y genitales

entre hombre y mujer presuponen un ordenamiento en hábitos y costumbres que la cultura

se encarga de implementar a partir de comportamientos definidos por la ética, y en otros

casos por la tiranía de usos y costumbres sociales. La habitual dicotomía entre el nacer

mujer y hacerse mujer mediante las costumbres culturales, que en su momento expresó

Simone de Beauvoir, implican una superación de esta contradicción que incorpora

modulaciones de ambas partes, es decir, tanto del componente biológico como del cultural.

En el transexual y el transgenerista media una tensión entre lo biológico y lo psicológico,

que en cualquiera de los dos casos permite una primacía de alguna de estas dos categorías,

hacia uno de estos extremos, en uno de ellos se ubica lo biológico y en el opuesto lo

psicológico.

Ahora, ¿cómo responde la ética social cuando se enfrenta a estos fenómenos?

El aspecto nodal sugiere la inversión de valores. La posibilidad de que un hombre pretenda

ser mujer o lo contrario, activa la puesta en escena de mecanismos de contención social

frente al desafío que plantea el cuestionamiento en la migración de géneros y conductas

sexuales; simboliza el cuestionamiento más puro que se le puede hacer al edificio que

sustenta la cultura del macho y de la hembra y a las máquinas de dominación que legislan

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sobre lo que supuestamente somos cada uno de nosotros, estratificados en el binomio

hombre - mujer. La mirada pública que se detiene frente a este espectáculo sabe sancionar -

mediante los códigos éticos de la vida social - que el individuo transexual es lo que no se

debe ser, y en este caso puntual la normatividad se asegura un triunfo como mecanismo

interiorizado de control social.

El transexual cuestiona la base directa que sustenta la condición hombre-mujer pero no

repara en los mecanismos de construcción que implementan tales roles, especialmente los

culturales, convertidos en piezas de dominación mediante la sumisión, como ha sido el caso

del rol femenino o en la sujeción a criterios de falsa superioridad como en el caso del rol

masculino y que impiden la emergencia de lo femenino, tanto en su expresión interna como

en sus relaciones con la contraparte.

En la evolución de las costumbres masculinas y femeninas se producen intercambios entre

los géneros primarios, donde los dispositivos masculinos aparecen como señales

progresistas que se incorporan en el espacio femenino, mientras que en la situación opuesta,

lo femenino aparece como una regresión que invade negativamente el espacio masculino.

La homosexualidad femenina, por ejemplo, genera menor resistencia que la

homosexualidad masculina.

De las tres categorías enunciadas, los bisexuales provocan la mayor resistencia de

integración porque son los menos estudiados y son los que ofrecen mayor reparo a la hora

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de negociar sus propios códigos de comportamiento con la normatividad imperante, aun

después de que ésta integra la legislación gay.

Este tercer grado de las economías sexuales emergentes es una condición que, más que

enfrentar una crisis del cuerpo, representa una crisis de los modelos culturales de

relacionarnos mediante el deseo y el afecto, y una manera crítica frente a las construcciones

de género a partir de su componente psicológico; componente este último que supone una

interrelación entre sociedad (cultura pública) e individuo (psicología personal).

Si el campo de la homosexualidad significa la reivindicación de un grupo social de su

derecho a establecer vínculos entre miembros de su propio sexo, y la transexualidad supone

una exaltación maniquea del género contrario, sin afectar el statu quo en que se realiza, la

bisexualidad plantea una crítica a los modelos de interrelación afectiva dicotómicos

hombre-mujer o hetero-homo, incorporando categorías que cuestionan principios tan

fuertes para la sociedad como la convivencia monógama y la aceptación de

entrecruzamientos culturales y reordenamiento de fronteras frente a lo que es una relación

homosexual o heterosexual.

Los estudios de género en el campo bisexual destacan los permanentes clisés que enfrentan

los miembros de esta comunidad, en lo que significa relacionarse en los espacios sociales

hetero y homo. Un bisexual en una comunidad hetero será calificado como un gay indeciso

que aun discute con sus propias preferencias sexuales; y en una comunidad gay será visto

como un bicho que se refugia en la confortabilidad de la vida hetero para mejorar su propia

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aceptación social, sin asumir a plenitud la responsabilidad que su orientación sexual

implica, considerando la exclusividad de sus inclinaciones homoeróticas.

En este caso la ética social sufre un ataque desde dos puntos de vista: por un lado, el de los

códigos afectos a la supremacía legislativa amparada en las clásicas relaciones de hombre y

mujer; y por otro, el de los mecanismos legales emergentes conquistados por los grupos

homosexuales. Un tercer espacio, en este caso, entra a discutir la legitimidad ética de lo

social para estos grupos sexuales, y presupone la construcción de una nueva legislación que

incorpore novedosas maneras de establecer relaciones en un mundo monogámico.

12
II

Estos nuevos mapas que trazan las economías sexuales emergentes, donde la identidad, la

orientación y el género sufren trasgresiones respecto de su condición tradicional, católica y

cristiana, admiten la incidencia de una figura dionisiaca con unas novedosas herramientas

que simbolizan la ruptura a partir de un deseo anhelante, y en permanente contradicción

con el mundo cultural de la normatividad dada a partir de las legitimidades clásicas en el

orden del deseo y la sexualidad.

Apolo entra en el reino de Dionisos y domestica sus figuras revolucionarias que se expresan

mediante el deseo - que sigue siendo ilegítimo para el mundo de la ética social establecida –

y para sancionar esa legitimidad de lo ilegítimo.

Aquí se configura la dialéctica planteada por Nietzsche en su libro “El nacimiento de la

tragedia” cuando contrasta las figuras de Apolo y Dionisos, que más tarde Freud resume en

el principio de la realidad y principio del placer. En un texto que retoma estas discusiones

(“Eros y civilización”) Herbert Marcuse añade: Si la ausencia de represión es el arquetipo

de la libertad, la civilización es entonces la lucha contra esta libertad.

El deseo aparece para estos autores como una fuerza primaria que integra los instintos

sexuales que ponen en peligro la estabilidad de la cultura en su gratificación.

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Dentro del conjunto de los instintos sexuales, existen algunas fuerzas originales que son

sublimadas y puestas al servicio de la cultura, donde el arte actúa como una central de

recepción para traducir, domesticar y regular la corriente instintiva de la dimensión erótica.

Esta inclusión de sexualidades reprimidas permite una ampliación estratégica del marco

que gobierna la estética actual, en la medida que este orden se afirma mediante la

circulación de zonas revolucionarias en el terreno del deseo y el instinto sexual. Se podría

hablar en este caso de un deseo evolucionado, aún en su forma sublimada, que se reconoce

en la inscripción de nuevas emergencias de orden sexual.

Aparece en este punto un componente que podría desafiar la presunción de la represión

instalada en el espacio de la fantasía, es decir, afirmar la necesidad de exteriorizar la

fantasía en la realidad, considerándola como deseo anhelante en espera de satisfacción

mediante su concreción en el espacio de lo real.

Este pasaje que circunscribe una instancia entre fantasía y realidad normalmente es

considerado en la teoría clásica como un momento de represión, cuando el deseo y el

instinto sexual deben quedar resguardados de toda exteriorización porque infringen los

códigos que alimentan la vida en sociedad.

Es importante puntualizar una breve aclaración entre el deseo expresado en la fantasía y su

posibilidad en el mundo real: parece por momentos que aquí siempre surge un imperativo

que obliga y empuja al individuo en la inaplazable urgencia de concretar al deseo, de

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hacerlo aparecer en la escena de la vida cotidiana, de hacer surgir del botín que se expresa

por medio del deseo fantasioso la insobornable necesidad de exteriorizarlo, porque en su

aplazamiento la angustia promueve la frustración que provoca su aparente represión.

Es la escenificación más crítica que se da entre aspiración imaginaria, que supuestamente

responde a aspiraciones de carácter físico, que impelen su concreción en el terreno de lo

real, ya que de ahí se deriva una represión.

Probablemente en este punto, surja la necesidad de revisar la condición operativa de la

represión desde Freud hasta ahora.

¿Cuales son esos elementos constitutivos de la fantasía erótica? ¿Qué los puede situar en el

terreno de lo real?; o mejor, ¿de dónde obtienen esa legitimidad ficticia, que obliga a

situarlos en el espacio de lo real como ejes paralelos de un deseo que sólo encuentra su fin,

en la concreción física y real del acto invocado? ¿Por qué aceptamos, con literalidad

extrema, que lo imaginario es un deseo reprimido que encuentra la libertad – y la liberación

del individuo - en su traducción al espacio de lo real, de lo concreto, de los cuerpos?

En estas urgentes traducciones de fantasía a realidad del mundo erótico, se pueden dar

correspondencias con la obra de arte y la superación de la crisis que supone el coeficiente

personal artístico encerrado en la obra, según afirma Marcel Duchamp en su texto “El

acto creativo”.

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Este coeficiente es una brecha – dice Duchamp –, lo que queda faltando entre la intención

expresada como idea en la mente del artista y su concreción en el objeto que simboliza tal

deseo. En ese tránsito entre la intención y la realización queda faltando algo, se abre un

espacio de angustia, en la medida que el objeto real nunca cumple la promesa del deseo

original propuesto por la fantasía creativa.

Es aquí – entonces – donde se puede entrelazar la posibilidad del deseo erótico y su

afiliación como productor del imaginario creativo que nutre a las mercancías estéticas.

La estética en este caso aparece como un mecanismo que incorpora en sus discursos, los

trazos latentes de una sexualidad en crisis, compuesta por un imaginario constituido no sólo

a partir de un deseo reprimido, sino de violencia transmutada en energía erótica.

El instinto sexual y las tensiones que estos provocan, no son sólo apariciones exclusivas de

un orden que aspira a su liberación inmediata en el espacio de lo social, sino que involucran

esquemas de memoria inspirados en hechos concretos que no siempre se alimentan de

aspiraciones eróticas. La violencia física, por ejemplo, en algunos casos evoluciona en

anhelo erótico, como una manera de transformar el dolor en placer.

En tiempos pasados el castigo con el garrote podría ser visto como una forma de agresión

sexual, en la que el garrote simboliza el miembro masculino erigido como modelo de

opresión en los accesos de violencia sexual. Dependiendo de quien ejecutara el acto –

hombre o mujer – se podrían considerar pretensiones de orden homosexual, si el agresor es

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un hombre que comete el acto contra un niño, o de orden incestuoso, si es la madre quien

ejecuta la agresión contra su hijo.

Sobre este esquema, del deseo inspirado como demanda autónoma del instinto sexual o

como transformación del dolor, se puede elaborar un acercamiento a la estética actual del

arte contemporáneo, y al papel que puede jugar la violencia transmutada en fantasía erótica,

como mecanismo precursor de procesos donde la creatividad transforma el deseo en arte.

Generalizar que detrás de toda conducta artística hay una motivación sexual puede ser

excluyente y peligroso. Sin embargo, considero importante resaltar el carácter omnipresente

que la libido y el deseo pueden jugar en aspectos de la vida cotidiana, sin llegar a

considerarlos definitivos. Como expresa Lyotard en sus conferencias, lo importante es que

Freud saca a Eros de su guetto, y sin reducir las demás actividades a la libido, profundiza

en la estructura de las conductas, revelando una simbología común a todas ellas2.

Por lo tanto, en esa vida psíquica, donde lo erótico asume características dominantes, la

presencia de la libido multiplica sus valores hasta generar una economía sexual en el

individuo, en que la tasa de cambio transmuta y erige sus valores mediada por un

imaginario sexual, instintivo y obsesivo.

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Lyotard. Jean Francois. ¿Por qué filosofar? Cuatro conferencias. 1964. Edición electrónica de www.philosophia.cl/escuela
de Filosofía Universidad ARCIS. Cuatro conferencias dadas a los estudiantes de propedéutica en la Sorbona (octubre –
noviembre de 1964)

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En este surgir de valores y demandas, la oferta sexual ofrece inventarios que se inspiran en

los modelos clásicos de la sexualidad confinada a las relaciones de la pareja hetero,

gobernadas por la exigencia de fidelidad y circunscripción exclusiva al otro, las nuevas

economías emergentes de la sexualidad representan una ampliación y variedad en los stocks

de la demanda privada, aquella que perpetúa la emergencia de modelos disonantes para los

códigos que rigen la ética sexocial imperante.

Pero persiste el agotamiento. La demanda supera la oferta. Por doquier emergen las huellas

de unos instintos sexuales que nunca encuentran concordancia en los códigos que rigen la

vida social, porque muchos de ellos exceden la capacidad ética para asimilar tales

presiones.

Allí vemos al hombre que carga un prontuario de más de 400 niños violados y asesinados;

acá el padre que convivió incestuosamente con su hija durante varios años, manteniéndola

encerrada y violándola; más allá el hombre que devora a sus amantes homosexuales, la

madre que posee a su propio hijo adolescente, el padre sustituto que convive sexualmente

con la madre y sus hijas, el hombre celoso que descuartiza a su amante, los sodomitas que

violan en grupo a un adolescente, las pandillas que acechan tras el matorral en espera de su

víctima, etc.

Una suerte de frenesí público dominado por el instinto sexual, aquel que transmuta sus

aspiraciones en demandas reales gobernado por una psiquis que supera cualquier control

racional frente a las exigencias de Eros.

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En esta espiral de patologías eróticas – así lo ve nuestra ética sexocial – los límites entre

fantasía y realidad quedan superados, y en esta paradoja surge la revisión de la fantasía

como un elemento desligado de la realidad, y más bien aparece la posibilidad de su

emergencia como un resultado de experiencias físicas del pasado con las que nutre su

maquinaria ficcional. Es decir, la ficción es un juego con elementos reales del pasado.

Las imágenes del pasado son como cartas de naipe con las que la fantasía juega,

interpretando las posibilidades del futuro. La pulsión erótica se exacerba en la medida que

el pasado es traumático, mediando como sustituto del dolor, trocado en placer por medio de

la libido en estado de latencia. Si aceptamos – con algo de simpleza – que el placer es Eros

y el dolor Tánatos, se puede ver que Eros transmuta el impacto del dolor en energía

libidinal, aquella misma que configura actos regresivos que superan al entendimiento de las

prácticas sexociales, elaborando de esta manera conductas auto destructivas que no logran

redimir su promesa: la posibilidad de alcanzar un estado original en el que la violencia no

existe o es superada.

En este orden de ideas, el arte aparece como un precursor que permite elaborar, en la

proposición simbólica, artefactos que canalizan, regulan y domestican las fuerzas de una

libido exacerbada. E iría un poco más lejos: el arte no es su medium¸ es la expresión de esa

misma tensión, es decir, tensión y expresión vendrían siendo los mismos módulos de una

máquina de representación idéntica en sus pares.

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Algunos aspectos del arte actual se podrían equiparar con esta figura de la representación

como máquina que incorpora en su diseño categorías duales: belleza - fealdad, placer -

dolor, amor - odio, figuración - abstracción, privado – social, ontogénesis – filogénesis.

La clásica concepción de la estética como orden que habla de lo bello, ha sido superada

desde hace mucho tiempo, por una discursividad que incorpora como binomio integrado

(viejas referencias de un mundo dualista) a Eros y Tánatos.

El impulso estético sería entendido entonces como una superación del dolor o como una

expresión de la belleza, por el que los componentes de su discursividad aparecerían

nuevamente entrelazados con las tensiones del instinto sexual.

También y retomando la expresión de Lyotard, se haría necesario el rastreo por parte de la

crítica de arte, de aquellas tensiones que se revelan de orden erótico en el objeto de arte, e

igualmente de aquellas que sin tener una tangencialidad con la libido, generan tejido hacia

diferentes actividades humanas sin que por ello dejen de estar permeadas por la presencia

de un deseo que recorre la vida psíquica en sutiles imbricaciones que trascienden al espacio

económico, social y político.

La erótica - por ejemplo – del arte político tiene que ver con la violencia ejercida sobre el

cuerpo, sobre su carne, al extremo de extinguirla. Los cuerpos sociales en el arte político

aparecen desdibujados o torturados, porque aluden a situaciones donde la figura pública

representada por el cuerpo no está en concordancia con el resto del grupo social; es decir, la

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intolerancia ejerce una agresión brutal que transforma el placer de la convivencia social en

dolor, mediante las diferentes formas de discriminación.

La estética del deseo convertida en arte habla de lo que no está presente, de aquello que el

imaginario colectivo – para el caso del arte político – descubre que no aparece en la

contabilidad de unas sociedades que se hacen llamar incluyentes. La erótica de lo político

nace desde una tensión antagónica, donde el deseo se transforma en dolor, el contacto físico

del uno con el otro, del dominante y el dominado constituyen relaciones fundadas a partir

de la violencia ejercida sobre uno de ellos. El garrote como forma de dominación, en esta

metáfora fálica, está presente también en la exclusión social por el color, por el acento, por

el pasaporte, por el pensamiento social, por el activismo político, etc.

La erótica del arte devendría en una suerte de estética actual, en cuanto incorpora la

transformación del dolor en energía sexual sublimada en el ejercicio artístico, ya no como

expresión de un inconsciente reprimido a partir del instinto libidinal, sino como

elaboración, mediante la metáfora del objeto arte, de una figura erótica precedida por la

violencia física o emocional del pasado.

En buena medida, la teoría psicoanalítica explicó a la enfermedad como una consecuencia

de las adaptaciones del individuo frente a su entorno y a la carga perturbadora de sus

pulsiones sexuales. Pero es interesante analizar y considerar que las expresiones de la libido

no son sólo expresiones autónomas del instinto sexual, sino que su manifestación puede ser

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una construcción derivada de algún tipo de agresión física o emocional al individuo en su

etapa de formación.

No considero que la represión sexual sea en sí una máquina productora de angustia, porque

asocio otros elementos que configuran la fantasía erótica en su producción, en su darse

como una obsesión imperativa que busca en apariencia, mediante su adhesión a lo real, su

liberación en este acto de traducción del deseo en suceso (happening) que debe ser agotado

en el espacio de lo real.

Lo que expresa Eros no está implícito en la metáfora sexual que configura la angustia

reprimida, sino en los procesos que constituyen dicha elaboración de la ficción, y estas

complejas elaboraciones hallan una interesante transferencia en el mundo del arte.

El instinto sexual encuentra un camino a través de la ficción erótica, y en su

implementación en el lugar de lo real, pierde validez como compulsión, es decir, la

máquina del cuerpo tampoco halla ahí su completa liberación. La angustia persiste en la

medida que entre ficción y realidad erótica los componentes de su construcción están en

otra parte, al igual que sucede cuando el arte traduce sus impresiones sobre la materia,

dejando un vacío que Duchamp insiste en llamar el “coeficiente artístico” encerrado en la

obra.

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¿Es la concreción del acto erótico una garantía para su liberación? ¿Es tal la carga de

dominio y represión que me ofrece el principio de realidad, que agota cualquier signo de

liberación frente al síntoma? ¿Es la estética una forma igualmente atrapada por el principio

de realidad (la cultura), donde las mercancías son simples traducciones de un síntoma que

nunca es posible nombrar? ¿Es el artista un enfermo social que encuentra redención en el

espacio económico de las mercancías simbólicas, sin otra posibilidad de encontrar mayor

cohesión en el imperio de la cultura dominante?

Casi todas estas preguntas, que merecen una soberbia extensión para desarrollar sus

implicaciones, tienen un sí por respuesta, excepto la primera.

Ese precepto que gobierna este anhelo instintivo recorre tenazmente sus demandas. El

imperativo de lo concreto, tangible y corpóreo, la sacudida de las fibras más íntimas del ser

en procura de su concreción en lo real, la aspiración que negocia entre un mundo de ficción

y otro real las memorias de un deseo histórico, expulsado de la sociedad por políticas de

ordenamiento que condenan lo sexual al reino de lo prohibido de una parte; pero de otra,

surge la realidad de ese deseo ya no como materia biológica, sino como transformación de

estrategias de la violencia, que traducen el dolor en placer mediadas por las mitologías

eróticas que insisten en una réplica sobre lo real de la ponencia ficcional. En el primer caso

la aspiración del impulso sexual entra en el reino de la ética social, aquella que me dice lo

que está permitido y lo que permanece en el reino de lo prohibido, como lo eran hasta hace

poco las condiciones sexuales emergentes ya señaladas; en el segundo caso emerge la

psiquis en contraposición con lo biológico. Esa parte del cuerpo que incorpora los vocablos

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de un lenguaje excluido y aquella que tiene lugar en la ficción como expresión de un

síntoma que se expresa en la imaginación del sujeto, en algunos casos sin una conexión real

con su cuerpo.

En estas ondulaciones de la frecuencia que mueve a la libido la estética incorpora esas

mismas conductas como dispositivos subliminales.

De una parte, los elementos constitutivos y de otra, las fantasmagorías de una psiquis

golpeada, que muta en deseo unas imbricaciones de orden agresivo, ya sean sociales o

personales en el sujeto artístico, que son la matriz que nutre la ficción erótica como

precursora del acto a sublimar. El dolor muta en placer por medio del sexo y el arte recoge

a éste como prueba de un registro que está en otra parte.

Esos elementos constitutivos y fantasmagóricos se pueden rastrear en la mediación que

hace el cuerpo del gesto artístico, a partir de algunos aspectos de la historia del arte, porque

en ella vemos cómo en la medida que el cuerpo se acerca o se aleja de su objeto de deseo –

la obra de arte – su materialización transita por concreciones o por conceptualizaciones,

entendidas cada una como un acto de mediación por el cuerpo o mediación de la máquina

psíquica.

Por ejemplo, en esa vieja discusión, nunca superada adecuadamente, entre viejos y nuevos

medios. Hablamos del dibujo, de la pintura, de ese tránsito entre representación, figuración

y abstracción, tanto de la tela pintada como de la imagen fotografiada, y en ésta última

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sobreviene el collage que abre el mundo a la objetualidad por medio del ensamble, como

sujeto que representa y de representación, referente y significante; y en esta elaboración

entre el ojo que es engañado y el objeto que evidencia, la discusión sale del marco de la

obra y del espacio de la galería y del museo, para trasplantar el lugar de la discusión al

espacio de lo real. Ya no es el cuerpo el que pinta sino que la pintura es el cuerpo (body

art), ya no es el paisaje que se representa en la ficción pintada sino que el paisaje deshace la

mediación y se presenta tal cual (land art); los hechos de la vida no aparecen suspendidos

en el tiempo del objeto que representa, sino que quedan congelados en la memoria del

sujeto que observa, mediante el happening. La instalación se convierte en la nueva realidad

que metaforiza, a través de la ficción de los objetos suspendidos en el espacio, la realidad

de acá. En el performance, cuerpo y espacio, sujeto y objeto, meditan sobre un tiempo real,

en el que la tensión de la memoria actúa como un voyeur para el espectador, revelando en

su traza instantánea los jirones que quedan de una realidad donde el deseo se escapa,

porque ya no responde a una libido reprimida, sino que refleja las huellas de un dolor que

está más allá de la ficción erótica.

Esta relación entre cuerpo que pinta o pintura del cuerpo, entre deseo que incorpora al

cuerpo y sus lenguajes internos, en contraste con la ficción erótica como expresión del

dolor, juega en estas dicotomías de la estética actual como sintaxis entre el deseo y su

circunscripción ética.

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Cuando el cuerpo desaparece como mediador entre sujeto que pinta y objeto pintado, ese

acto que lo hace constitutivo de este proceso, como un puente, recuerda la unión entre

deseo y sustancialidad biológica, como puede ocurrir en el caso de algunas emergencias

sexuales que hallan espacio en los códigos sociales.

Lo fantasmagórico deshecha al cuerpo como mediador, e invoca a la psiquis, haciéndose

rigurosamente cerebral el gesto expresivo en la figura estética. Esa idea de la mente que

actúa como precursora de la obra de arte, está atada a un deseo que nace desde la metáfora

que troca el dolor en energía libidinal. Para huir de la barbarie, la figura del torturador

asume posibilidades eróticas a través del modelo estético que trueca a la crueldad en placer.

La carga que asume la disciplina estética, como elemento que recoge la energía erótica

reprimida, se observa en este análisis como una función con dos posibilidades: como

representación de un eros reprimido y como representación de un eros que muta al dolor en

placer, provocando que las elaboraciones de la segunda posibilidad correspondan a

reelaboraciones de otra instancia que tiene un origen violento.

En el primer caso se habla de un componente biológico, es decir, de la sexualidad en

cartografías que encuentran espacios de expresión en las economías emergentes de la libido

reprimida.

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Los avances de la sociedad en la incorporación de estos nuevos lenguajes, al eliminar el

componente que criminalizaba estas conductas, supone que la condición de enfermedad

asignada a tales comportamientos está superada.

De otra parte, se tiene a la libido como disfraz que construye sobre el dolor unas

fantasmagorías de carácter erótico, que fácilmente caen en la categoría de la libido

reprimida, y que construyen en apariencia todo un tejido de emergencia y expresión en el

espacio de lo real. Pero la metáfora sexual esconde otra situación, que la psiquis muta en

placer enajenando un dolor aún más impreciso, perdido en la memoria del sujeto individual

o social.

Y en estas condiciones, la experiencia artística asume posturas mediadas por el cuerpo, de

una parte, o por un sujeto que actúa como dispositivo del mismo cuerpo: la mente.

Las correspondencias que se pueden dar entre la imagen pensada que se convierte en arte y

la expresión que emerge de la acción artística, donde actúa más el cuerpo que la percepción

en su producción, suponen paralelismos inquietantes con la modulación del instinto sexual

como expresión de la libido reprimida o como mutación de la agresión en placer erótico.

Estas consideraciones proponen un lugar de discusión abierto, en donde los contenidos

modulan un conjunto de operaciones complejo para su viabilidad.

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En su investigación como elementos hipotéticos válidos, o sus posibles derivaciones desde

diferentes instancias asociadas, implican una aspiración que el tiempo y el espacio de la

escritura permitirá concretar.

Gina Panzarowsky

La Candelaria, Agosto 15 de 2010

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