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¿Qué nos hace humanos?

Para responder a esta pregunta es necesario abordar una serie de elementos que puedan constituir
en forma y contenido el homo fuera del perfil meramente ontológico, sino sobre un horizonte de
categorías filosóficas y políticas que posibiliten la reflexión antropológica de manera que nos
proporcione componentes sustanciales que coadyuven a sostener una respuesta sólida.

Considerando que el hombre es histórico, que trasciende su tiempo en términos de historicismo, es


decir, fuera del despliegue universal cuantitativo, nos adentraremos en un ejercicio pedagógico de
investigación sobre el trabajo que realizara Friedrich Engels 1

Según Engels, lo que nos hace humanos, es el trabajo. Ahora bien, no es un acto instantáneo en sí,
sino todo un proceso paulatino de desarrollo lo que vendría a elaborar la configuración y constitución
de lo humano. Dicho proceso constructivo primario inicia en la utilización de la mano como una
herramienta de necesidad, por tanto, de vida, cuyas funciones rústicas permitirán en el mismo acto la
toma-y-participación del cerebro en este proceso evolutivo de aprendizaje y adaptación según las
necesidades vitales del tiempo. Aquí, en la participación del cerebro, subyace una actividad
consustancial que permite el desarrollo, la existencia y la diferenciación entre especies de lo
humano-animal que atisba la constitución del hombre ya concretizado, humanizado: el
entendimiento.. De manera que no sólo ejercitan los músculos corporales brutos, digamos, sino
también la sapientia que derivada del sapere da una significación potencial y cargada de posibilidad
que proporciona el ‘conocimiento’ como una tenencia transferible, hereditaria, pero contingente,
prescrito a mutar para existir. Es decir, si el hombre inicia con ejercicios de práctica en la movilidad
de sus dedos durante su cotidianidad se va construyendo un hábito ya conocido, sabido y entendido
en cuanto a función y necesidad, pero el proceso evolutivo de aprendizaje no permuta las
habilidades ya consabidas, sino que se acumulan en términos empíricos de conocimiento que están
cargados de flexibilidad, lo que permitirá el desarrollo gradual pero potencial de sus actividades
como forma, dándole al mismo tiempo la capacidad de memoria como sustancia histórica de
contenido, siendo así todo un proceso de transversalidad que teje lo humano.

Ahora bien, la mano, o mejor dicho, el trabajo como desarrollo procesual puede verse en avanzada
al momento en que el hombre empieza a hacer uso de herramientas, como palos, piedras o huesos

1 Engels, Friedrich. El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Ediciones Quinto Sol.
de animales para ejercitar la caza, en un sentido demasiado primitivo, es decir, golpear sin
conciencia (en términos de planificación), sino como recurso instintivo de sobrevivencia… lo que le
permite ir acumulando técnicas que resultarán en estratagemas sofisticadas al pasar del tiempo. En
tanto, la caza en su fase inicial le permite al hombre nutrirse ya no sólo de hierbas, sino también de
animales que vendrán a fortalecer y cambiar la constitución física del hombre dándole un desarrollo
más completo del que hasta entonces había alcanzado. Una característica más de su acto de
vanguardia son las vestimentas que utiliza apropiadas de la caza, lo que le permitiría adentrarse en
horizontes nuevos, que generarían, nuevamente, cambios sustanciales en la fisionomía del hombre:
robustez adquirida por el desplazamiento en territorios, agilidad que le daría resistencia, pero
también el cerebro tendría sus pasos agigantados de transformación evolutiva al desarrollar
capacidades cognitivas durante los giros y cambios en su desplazamientos. También debemos
considerar el fuego como elemento proporcional en todos los frentes, como instrumento de defensa
frente a los peligros, pero también como herramienta cultural, es decir, como un producto que re-
producirá la vida de una manera significativa.

Tenemos, bien, el trabajo como fuente primaria de la constitución humana, sin embargo, todavía le
faltan elementos complementarios para categorizar de una manera más sólida aquello que nos hace
humanos.

Decíamos que al mismo tiempo en que la mano o el ejercicio del trabajo iba constituyendo la
exterioridad de lo humano en el hombre, paralelamente se iba gestando de igual magnitud el
entendimiento como un conocimiento empírico de características flexibles que permitirían el
desarrollo gradual de una conciencia que abarcaría no sólo la tenencia heredada de técnicas
rústicas, sino la capacidad de evolucionar en pensamiento y trascender su presente, formar un
ideario.

De manera que el conocimiento empírico únicamente tiene validez en tanto saber dado en un
margen delimitado por la necesidad, circunstancial, lo que resulta insuficiente para evolucionar de la
animalidad del hombre, sin embargo, dicho conocimiento es indispensable como propedéutico
histórico, pero el salto o giro que dará el baluarte de humanidad al hombre será la conciencia de sí,
lo que incluye una interiorización filosófica que desborda el carácter reflexivo del instinto animal, el
saberse uno, como diría Heidegger, también Berkeley, aunque éste último tenga connotaciones
teológicas. Berkeley acentúa una filosofía que se caracteriza por el idealismo con su famoso axioma:
esse est percipie et percipi – ser es percibir y ser percibido. 2 Si bien su postulado profesa un
idealismo maximalista, podríamos girar el término para configurar el trasfondo y dibujar elementos de
viabilidad para responder la cuestión que nos atañe.
2 Berkeley, George. Treatise on the principles of human knowledge, 1710, & 3.
Si para «Ser», como categoría antropológica, debemos ser «percibidos», se nos presenta una
coyuntura social, o de mundo, como dice Heidegger bajo el término Dasein, de forma que tengamos
un «exterior constitutivo» (a lo Derrida) que nos permita existir, percibirnos: el ser-ahí heideggeriano
aprehendido.

El quid de la categoría existencial humana radica en el reconocimiento desde el Otro como


constitución

, digamos: ‘El yo, la personalidad que emerge en interacción con otros yos […]. Aprendemos no sólo
a percibir y a interpretar percepciones, sino también a ser una persona, a ser en sí mismo.’3 De
manera que delimitamos la categoría berkeleyniana en su abstracción [del mundo] para
direccionarlo, precisamente, en la sociabilidad constitutiva4.Finalmente, tenemos cierta dilucidación
potencial que nos permite saber qué nos hace humanos: la conciencia de sí mediante el
reconocimiento de la Otredad.

3 Popper, K. y Eccles, J.C.: the self and it brain, Springer International, 1997. P.103
4 Lain, Entralgo, P. Teoria y realidad del otro. Revista de Occidente. Madrid. 1961