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Filosofía: una oscilación productiva entre la


ciencia y el arte

“En el gobierno anterior, la divulgación era una política pública


concreta”
El filósofo Darío Sztajnszrajber es uno de los máximos referentes en
la divulgación argentina. El despertar de su vocación como docente
y una filosofía en zapatillas que camina las relaciones entre el saber
y el poder. Popularización del conocimiento y democratización del
acceso.

Darío Sztajnszrajber es licenciado en Filosofía por la Universidad de


Buenos Aires. (Imagen: Pablo Piovano)

Por Pablo Esteban


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La religión, la literatura y sus grandes relatos, motores


que encienden la usina de la reflexión. Una filosofía
que lo interroga todo y la vocación de enseñar para
transformar. La divulgación, un proceso que oxigena
las relaciones entre el saber y el poder. Una
circulación de doble vía que cuestiona la idea de
público-recipiente y rechaza la educación restringida.
Diversos modos de conocer que interrogan a la
ciencia, sus acciones de autovalidación y su castillo
incorruptible. La filosofía, un ejercicio emancipador
para abrir las venas de la academia. Sobre todo esto se
expresa Darío Sztajnszrajber, un auténtico todoterreno.
Recibido como licenciado en Filosofía (UBA), llevó la
docencia a todos los niveles educativos y dictó cursos
desde la escuela primaria hasta el posgrado. Su
capacidad divulgativa tampoco conoce barreras y es
tan maleable que se adapta a todos los ecosistemas
habidos y por haber. Publicó el libro ¿Para qué sirve la
filosofía? (2013) y editó otros tantos, conduce
programas de TV como Mentira la verdad (Canal
Encuentro), es columnista en Metro y Medio (Radio
Metro) y también trepa los escenarios porteños con su
obra Desencajados: filosofía música (ND Teatro).
La Biblia, Cortázar y el despertar de una vocación
–De muy pequeño se interesaba por las
problemáticas existenciales. ¿De qué manera
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estudiar en un colegio religioso estimuló su


curiosidad al respecto?
–En mi biografía personal, la educación religiosa que
tuve en la primaria fue clave. La religión tradicional,
más allá de sus dogmas, instala un espacio de reflexión
sobre el sentido y permite asumir las problemáticas
existenciales como propias de la vida. Desde muy
pequeño, me sentí inmerso en un lenguaje en que las
palabras “origen”, “Dios”, “creación” y “muerte” eran
cotidianas.
–En este sentido, ¿qué rol ocupó la lectura de la
Biblia?
–Pienso que la lectura y la comprensión de la Biblia
me produjo cierta erotización con los escritos. Sin
embargo, desde el comienzo, no me interesó tanto la
verdad de los textos sino el usufructo por parte de los
administradores de la religión para generar sus propias
normativas. Es decir, tenía más inconvenientes con los
rabinos que con la palabra escrita. En la actualidad,
aunque mi racionalidad me permite afirmar que la
verdad no existe, confío en un aspecto existencial que
no puede dejar de buscarla.
–Así como la religión y sus temas existenciales, la
literatura le sirvió de puente para conectar con la
filosofía. De adolescente leía a Julio Cortázar.
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–Sí, claro. No tuve un acceso directo a la filosofía sino


que ingresé por diversos caminos como la religión, la
música y, por supuesto, la literatura. En ese despertar
típico de un adolescente en época de restauración
democrática, Cortázar fue quien me acercó a los
asuntos filosóficos. En esta línea, el primer texto que
leí fue “Humano, demasiado humano” de (Friedrich)
Nietzsche, gracias a una bibliotecaria que funcionó
como mediadora.
–Tan conmovido que ingresó en la carrera de
Filosofía en la UBA. Pronto, descubrió su vocación
como docente…
–Por supuesto. Mi primera vocación fue la docencia.
Incluso, hoy en día, me siento más docente que
filósofo. La docencia marca un dispositivo de
transferencia con los estudiantes que excede al
contenido. Podría dar clases de historia o de literatura,
no así de matemáticas. Desde muy joven me atraía la
idea de explicarles algún concepto a mis compañeros
para un examen. Siempre me sentí muy cómodo con la
posibilidad de desplegar una idea y explicarla.
– ¿Cómo fue su primer día de clases?
–Entré a la carrera y enseguida me convocaron de la
cátedra de Pensamiento Científico en el CBC. Me
fascinaba la posibilidad de comprender y explicar
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teoremas. El primer día significó una experiencia


crucial porque me permitió advertir que podía conectar
con los estudiantes que intentaban entender
razonamientos lógicos. Recuerdo que recurría a
ejemplos disparatados y logré comprender que no
importaba tanto el qué se explica, sino el cómo se
explica.
– ¿Piensa que habría que rever los procesos de
formación docente?
–Entiendo que el punto nodal de cualquier
transformación educativa estructural pasa por la
formación de formadores. Y además creo que los
docentes son muy ávidos y abiertos a este tipo de
cambios que invitan a la reinvención permanente. Para
eso habría que comenzar por abandonar ciertas
categorías como “formación”, porque “formar” supone
que el docente tiene la propiedad de un saber, una
“forma” frente a un alumno considerado “deforme”.
Se desposee a los estudiantes de clase, memoria e
historia.

La filosofía, un invento griego, hoy más


cotidiano y popular
–¿Se puede vivir sin filosofía?
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–Contesto desde el propio vicio filosófico. Primero


habría que definir qué es “vivir”. Entiendo que la vida
es uno de los conceptos más difíciles para la filosofía,
pues, si bien se han tratado cuestiones como “el ser” y
“el existir”, no ocurre de igual manera con “la vida”.
De modo que, ¿se puede vivir sin filosofía? En tanto
cuerpos orgánicos biológicos, diría que sí. La filosofía
no existió siempre y, al menos del modo en la
caracterizamos, es un hecho de Occidente. Un
fenómeno griego.
–Y entonces, ¿cuál sería su aporte?
–La filosofía complejiza aquel concepto instituido
asociado al buen vivir. Es decir, entra en tensión con
las formas normalizadas con las que concebimos “la
buena vida”. Por ello, en general, el pensamiento
filosófico se soslaya, se domestica y se lo vincula con
lo lúdico. Negar la filosofía equivale a otorgarle
entidad como un lenguaje enemigo que,
potencialmente, podría problematizar la comprensión
de la realidad. En verdad, se puede vivir sin todo.
Podríamos ser plantas, por ejemplo, y seríamos más
felices.
–Usted plantea que es muy difícil ser felices cuando
se practica la filosofía. ¿A qué se refiere?
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–Si se toma la idea de felicidad que aparece en las


publicidades, la filosofía no nos hace felices. En
contraposición, con sus regodeos permanentes, escapa
a ese ideal farmacológico de la felicidad que se define
a partir de la inexistencia de problemas. Por mi parte,
encuentro en las angustias existenciales algo que me
hace feliz, un argumento que me reconcilia con el
interrogante por el sentido.
–Desde aquí, ¿cómo vive un filósofo como usted una
vida como la de hoy?
–En la actualidad, estoy tomado por las lecturas de
(Jacques) Derridá. Hoy ser de izquierda es ser
deconstruccionista, frente a diferentes ordenamientos
normalizantes de un sistema de instituciones en
beneficio de algunos y la exclusión de otros. Entonces,
como docente, filósofo y divulgador, lo que me place
es la idea de deconstrucción asociada al proceso de
desnaturalización. En la actualidad, como nunca antes,
se visualiza de una manera muy clara la alianza entre
el saber y el poder. Mi tarea es socavar esa alianza a
partir de su exhibición, y su cuestionamiento. Para los
que no creemos en la verdad, todo puede ser de otra
manera.
–Si los temas por los que se preocupa el ser humano
son recursivos, ¿de qué manera una contribución al
campo filosófico puede ser original?
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–Creo que hay una sobreevaluación del ser humano


que somos. Los temas se repiten hace unos 3 o 4 mil
años, lapso que para una estructura temporal más
amplia de lo viviente es nada. Estoy convencido de
que en un futuro cercano, a partir de los avances
tecnológicos, se acabará la muerte. Entonces,
dejaremos de morir y, en efecto, ya no seremos
humanos. Pasaremos a otro estadio y los problemas
que en la actualidad se asocian al género se
difuminarán. Por otro lado, encontré un punto muy
interesante en esa protodialéctica de (Charles)
Baudelaire, cuando explica la modernidad y desarrolla
esa búsqueda de lo eterno en lo contingente. Desde
aquí, la muerte y el amor atraviesan la condición
humana, pero nunca son idénticos a sí mismos, porque
los condicionamientos materiales modifican de raíz el
modo en que nos relacionamos.
– ¿Un ejemplo?
–Un ejemplo es Dios. Hace 3 mil años, las metáforas
judeo-cristianas lo asociaban con la luz porque no
había electricidad y la noche era motivo de miedos.
Entonces, en la actualidad, ¿tiene sentido pensar a
Dios como luz, cuando la noche ya no existe?
Probablemente no. Se puede ser original si
comprendemos la originalidad como una relectura
permanente de nuestras proveniencias en relación al
acaecimiento, siempre inédito, de lo imprevisible. No
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pienso que algo pueda ser radicalmente nuevo, pero


tampoco creo que siempre repitamos lo mismo.

La divulgación, entre el saber y el


poder
–Antes señalaba que la relación entre el saber y el
poder nunca había estado tan cristalizada como
sucede en la actualidad. En esta línea, ¿por qué
cree que es importante promover la
democratización del acceso al conocimiento?
–Porque creo que en esa alianza entre el saber y el
poder, la divulgación se transforma en política. Y, en
este sentido, en los últimos años, hubo un intento muy
directo de hacer de la divulgación un asunto político, a
través de distintos proyectos cuyo objetivo era ampliar
la apropiación del saber por parte de sectores
anteriormente excluidos. La divulgación está ligada a
la popularización del conocimiento, que lejos está de
infantilizar los contenidos.
– ¿Cómo definiría la relación entre la academia y la
divulgación?
–Pienso que se puede explicar a partir de su relación
de poder histórica. La academia siempre monopolizó
un acceso privilegiado, al tiempo que denostó otros
modos de acceso y circulación. No es lo mismo contar
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con un curso durante un año y ejercer la docencia, que


tener una columna de radio para un público masivo.
Sin embargo, para la academia es todo lo mismo. Más
bien, todo lo que no se relaciona con el desarrollo
académico es bastardismo.
– ¿Cuál es su vínculo con la academia?
–Todo lo que hago de divulgación se nutre de la
academia. No podría completar el trabajo divulgativo
sin esa retroalimentación con investigaciones
académicas que, muchas veces, facilitan y ayudan a
procesar los conceptos.
– ¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, el tiempo. Hay un investigador
argentino llamado (Angel) Garrido Maturano que ha
realizado un trabajo de análisis clave que contempla
nueve concepciones del tiempo de Kant a Heidegger.
De modo que la investigación es ordenadora. No hace
falta generar competencias para definir qué ámbito de
producción de conocimiento prevalece. La academia
reacciona frente a la actividad divulgativa porque
siente que pierde espacio. Uno puede hacer de la
divulgación algo soez, mercantil y funcional al poder,
del mismo modo que se puede hacer todo lo contrario.
En simultáneo, los académicos pueden ser burócratas y
banalizadores del conocimiento al llenar planillas de
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informes para recibir los próximos subsidios. No hay


mayor banalidad en uno u otro.
– ¿Es lo mismo hacer filosofía que contar la
filosofía? En la ciencia, esta división es casi
infranqueable…
–No, no es lo mismo. Uno puede ser docente de
matemáticas y hacer filosofía, del mismo modo que se
puede ser docente de filosofía y no promover en el
aula un hecho filosófico. En el colegio secundario, en
un tiempo tan tecnológico como el actual, no tiene
sentido dar clases de filosofía desde el contenido.
–Usted señala que el pensamiento científico es
hegemónico. ¿Qué hay de los saberes que se quedan
a orillas de la ciencia?
–El ser humano es un plexo de fragmentos muy
diversos en pugna. El conocimiento científico se
autovalida de una manera excelsa. El pensamiento
científico es hegemónico y se desmarca de todas
aquellas búsquedas ligadas a lo corporal, a lo
espiritual, a la experiencia artística que pueden
también dotar sentido. Si hay luz, también habrá
sombra.
–Desde aquí, ¿cómo son los vínculos entre el campo
científico y la filosofía?
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–Pienso que hay de todo. La filosofía se ubica entre la


ciencia y el arte. Habrá corrientes muy asociadas a la
ciencia que conciben a la filosofía como la
fundamentación de todo conocimiento científico y
existen posiciones filosóficas que reniegan de la
cuestión científica y vinculan a la filosofía más con
aspectos literarios. Entonces la filosofía es ni ciencia
ni arte. A mi juicio, una oscilación muy productiva.
–Por último, en la actualidad ¿cómo cree que se
divulga en Argentina?
–Lo que sucedió en Argentina en el último Gobierno
fue haber hecho por primera vez de la divulgación una
política pública concreta. Esto, sin dudas, marca una
diferencia. En los 90, la divulgación era un género
bastardo y muy mal visto. La politización de la
divulgación supone un paso muy importante, en la
medida en que recuperó su cotidianización. En
definitiva, su potencia transformadora para las
experiencias de vida.
poesteban@gmail.com