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Caravelle

Literatura colombiana, 1940. Un texto precursor de Brugés


Carmona
Jacques Gilard

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Gilard Jacques. Literatura colombiana, 1940. Un texto precursor de Brugés Carmona. In: Caravelle, n°82, 2004. pp. 225-244;

doi : 10.3406/carav.2004.1471

http://www.persee.fr/doc/carav_1147-6753_2004_num_82_1_1471

Document généré le 01/06/2016


/

n° 82, p.C.M.H.LB.
225-250, Toulouse,
Caravelle 2004

Recouvrâmes

Textes oubliés et retrouvés

Literatura colombiana, 1940.

Un texto precursor de Bruges Carmona

Una trayectoria colombiana

Antonio Bruges Carmona nació el 7 de enero de 1911 en Guamal, un


pueblo situado en la ribera derecha del Magdalena, en el departamento
del mismo nombre, cerca de la vieja ciudad colonial de Mompósl. Muy
pronto sus padres se trasladaron a un pueblo más importante de la misma
zona, también situado en la ribera del gran río, Santa Ana: siempre es de
Santa Ana de la que habla Bruges cuando dice «mi pueblo», en algunos
de los artículos de prensa que publicó a lo largo de los años 1940.
Efectuó sus estudios de bachillerato en el colegio Pinillos de Mompós y
se fue luego a Bogotá, probablemente un poco antes de 1935, a estudiar
derecho en la Universidad Libre. Su natural simpatía de costeño, su
talento de cuentero y su gusto por las cuestiones literarias le habían
permitido recibir una acogida muy cálida en un medio que era a la vez de
jóvenes intelectuales, de jóvenes colaboradores de free lance en la prensa
escrita y de jóvenes liberales2. En su calidad de dirigente de las
juventudes liberales del Magdalena es como lo encontramos mencionado

1 Para los datos biográficos, cuando no mencionamos una fuente impresa, nos fundamos
en las informaciones suministradas en 1982 por la señora Ana de Bruges, viuda de
Antonio Bruges Carmona, al entonces profesor de la Alianza Colombo-Francesa de
Bogotá, Loïc Gourdon.
2 Nota anónima, «El doctor Antonio Bruges Carmona», El Tiempo, Bogotá, 12 de
diciembre de 1942, p. 5.
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por El Heraldo de Barranquilla con motivo de uno de sus pasos por esta
ciudad3.

Su implicación en la política señala de entrada lo que tenía que ser


una remora en la trayectoria intelectual que, al menos potencialmente, se
anunciaba. Brugés se vería sumido en una situación de dependencia, que
podía llegar a ser de simple sumisión, con relación a protectores políticos
que no daban nada sin esperar una contraparte. La colaboración en El
Tiempo, la obtención de modestos cargos burocráticos (en un país sin
cuerpo estable de funcionarios), la amistad con un escritor «terrigenista»
y colaborador de El Tiempo como Cardona Jaramillo y la concomitante
defensa de posturas nacionalistas en literatura, la muy episódica
participación en revistas de Arciniegas, la ceguera o miopía respecto de la
evolución del mundo: todo indica que Brugés Carmona quedaba inscrito
en el exiguo campo que el liberalismo derechista, el de El Tiempo y de su
dueño (Eduardo Santos, presidente de la República entre 1938 y 1942),
dejaba abierto a los intelectuales que aceptaban una relación clientelar.
Prácticamente, no había otra solución en esos años, o resultaba muy cara
la libertad, y Brugés no escapó de la suerte común. Frente a la
democratización que proponía el otro líder liberal, Alfonso López
Pumarejo, el «santismo» tenía muy bien controlada la situación: el
«nacionalismo literario», el regionalismo, un terco costumbrismo
suministraban una línea de muy bajo perfil, garantía de que no habría
renovación tampoco en el campo de las ideas y de la creación. Fueron su
origen geográfico y su amor a la cultura de su tierra, articulados con las
condiciones en que vivió Colombia los años de guerra, lo que contribuyó
a que Brugés siguiera un camino que termina distinguiéndolo de alguna
manera entre sus compañeros de generación.

Es fácil suponer que los estudios se alargaron más de la cuenta,


interferidos por esas actividades políticas y por la necesidad en que
también debía encontrarse Brugés de mantenerse materialmente. Podría
suscitar alguna extrañeza el ver a este hombre de la Costa convertido en
una suerte de especialista del departamento andino del Huila, sobre el
que escribió más de una crónica en las grandes publicaciones de Bogotá^,

3 Nota anónima, «Antonio Brugés Carmona», El Heraldo, Barranquilla, 21 de enero de


1939, p. 3.
4 Antonio Brugés Carmona, «El Huila», Revista de las Indias, Bogotá, n° 31, julio de
1941, p. 259-264. «El huilense y su paisaje», El Tiempo, Bogotá, 24 de agosto de 1941,
Segunda Sección, p. 3. «El Huila», El Tiempo, Bogotá, 24 de mayo de 1942, Segunda
Sección, p. 1 y 2.
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pero es que había sido por un tiempo inspector de enseñanza elemental


en Neiva y su región, probablemente antes de 19405.

Además de esas actividades vinculadas con las amistades políticas de


Bruges, se dispone de algunos datos sobre una actividad periodística que,
puede suponerse, también debió de ser intermitente y a la que se
dedicaría no menos por motivos materiales que por motivos de prestigio:
en ocasión de un viaje de Bruges a Bogotá, una nota anónima de El
Tiempo lo presenta como «antiguo camarada nuestro de labores»^, lo cual
indica que había sido, durante algún tiempo, después de 1935,
colaborador del gran diario liberal, sin conseguir o sin intentar
convertirse en redactor de planta. No hay duda en todo caso que, de
haber sido colaborador de planta, se encontraría su firma con regularidad
y por un buen periodo de tiempo —lo cual no es el caso—. Ese acceso de
Bruges a las páginas del principal periódico colombiano, incluso en
calidad de redactor de free lance, era a la vez señal y fuente de aprecio y se
comprueba que, durante bastantes años, sus notas, cartas abiertas y
artículos salieron sin dificultad en el suplemento dominical y en las
páginas editoriales de las ediciones de entresemana. A esas publicaciones
en El Tiempo se añadían otras en un semanario como Sábado. La pluma
de Bruges gozaba de una buena cotización en el mundo intelectual y
periodístico de Bogotá.

Bruges tenía además unas actividades de las que solamente conocemos


algunos aspectos: en 1941, lo mencionan como rector del regionalmente
prestigioso colegio Pinillos, de Mompós, el mismo donde efectuara sus
estudios secundarios^: debía haber asumido ese cargo en 1940. Una vez
más se perciben los vínculos entre actividades intelectuales, políticas y
burocráticas. Es al final del año 1942 cuando Bruges concluye sus
estudios al presentar una tesis titulada «La Doctrina Monroe y la
solidaridad americana»8 y en adelante podía por lo tanto usar del título
de doctor que algunas notas de prensa —según una muy colombiana
costumbre— ya le habían atribuido más de una vez con generosidad.

5 En su testimonio de 1982, la viuda de Bruges situaba ese episodio en 1941; la fecha de


publicación del primer trabajo sobre el Huila, en Revista de las Indias, indica que hay que
situarlo en una fecha notablemente anterior. Por otra parte hay que tener en cuenta la
época en que Bruges fue rector del colegio Pinillos, en Mompós.
"Nota anónima, «Antonio Bruges Carmona», El Tiempo, Bogotá, 11 de enero de 1941,
p.5.
7 Ibid.
8 Nota anónima, «El doctor Antonio Bruges Carmona», El Tiempo, Bogotá, 12 de
diciembre de 1942, p. 5.
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Fue probablemente entonces cuando empezó a ejercer la profesión de


abogado, en la que se mantuvo hasta su muerte, aunque se note que en
los primeros tiempos se dedicó a actividades muy diversas, de las que
algunas huellas aparecen en la prensa. El tono de nostalgia que se advierte
en algunos de sus artículos posteriores a la obtención de su grado
demuestra en todo caso que Bruges se instaló entonces en Bogotá y no
volvió más que en breves viajes a su tierra natal, a la que representó como
parlamentario liberal en el Congreso, durante un periodo cuyas fechas
desconocemos; también fue por un tiempo secretario general del
ministerio de agricultura.

Los años 1940 constituyen el momento más activo de Bruges en el


campo periodístico. Es entonces cuando se convierte en el propagandista
de los valores folklóricos de su región de origen y especialmente de esa
música de acordeón que aún no habían empezado a llamar «vallenata»,
así como en el defensor del también costeño ritmo del porro. Con el final
del decenio se desdibuja la figura pública de Bruges, un hecho que podía
deberse a diversos factores. De orden personal: su actividad en el foro
debía ocupar todo su tiempo. De orden político: en el contexto de la
«Violencia» desatada por el poder conservador, eran muchos los
intelectuales liberales, masivamente separados de la administración
pública, que se replegaban hacia actividades periodísticas de las que
excluían en cierto modo quienes disponían de recursos propios. De orden
más general, por fin: pese a la «Violencia» Colombia cambiaba y se
modernizaba, y un pionero como Bruges ya no podía perpetuarse en un
papel de propagandista y promotor cultural que el continuo auge del
disco y de la radio volvían paulatinamente inútil, o que él mismo no
sabía adaptar a las nuevas condiciones. En los años 1950, salvo un
artículo nuevo sobre música de acordeón^, Bruges queda en silencio o se
contenta con reeditar bajo un título levemente modificado un trabajo
publicado años antes 10.

En 1952, cuando Manuel Zapata Olivella aparece en Bogotá con su


primera tropa folklórica costeña, Bruges ya no podía ser sino un
comparsa muy de segunda fila y un espectador entre otros. En una reseña
de la función dada por la tropa en la Biblioteca Nacional, se le ve

9 Antonio Bruges Carmona, «Noticias de los últimos juglares», El Tiempo, Bogotá, 19 de


marzo de 1950, Segunda Sección, p. 4.
10 Antonio Bruges Carmona, «Danzas de Nochebuena en el Litoral», Dominical de El
Espectador, Bogotá, 19 de diciembre de 1954, p. 7. Este artículo se había publicado
anteriormente como «Las danzas de Navidad», El Tiempo, Bogotá, 23 de diciembre de
1 946, Segunda Sección, p. 1 y 4.
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aparecer brevemente como buen conocedor de ese folklore: «Antonio


Bruges Carmona hablaba entre acto y acto, del último paseo vallenato de
Escalona». Y un poco más adelante:

Antonio Fernández, analfabeto, dio una emocionante y emocionada


demostración de la piquería contra otro compañero de grupo, en una
pugna de décimas improvisada con evidente contenido poético y
patriótico, sobre el tema de su viaje a Bogotá, propuesto por Bruges
Carmona, el hombre del Magdalena!!.

Bruges era «el hombre del Magdalena», pero la defensa y promoción


de los valores de su tierra les incumbía ahora a otros. Ya había pasado su
época; él no había sabido sobreponerse al paso del tiempo, cuando el
escritor que era potencialmente habría podido dejar en la literatura
colombiana una huella duradera y cambiar en parte el curso de las cosas.
Murió en un accidente aéreo el 11 de junio de 1956, dejando una obra
dispersa y, con demasiada frecuencia, superficial, a pesar de la existencia
de algunos textos que quedan como promesas muy incompletamente
cumplidas.

Regionalismo, nacionalismo, terrigenismo

Las primeras manifestaciones notables de Bruges Carmona, en el


suplemento literario de El Tiempo, lo habían revelado como un buen
conocedor de la vida provinciana. Las que dedicaba al departamento del
Huila no tenían nada muy especial, en la medida en que hacía en ellas
más o menos lo que hacía todo el mundo en ese campo muy colombiano
que llamaban entonces «la geografía literaria»!^: de tanto mirarse a través
de su sola capital, Colombia se desconocía a sí misma en su variedad y el
desarrollo rápido de los medios de comunicación imponía una
apresurada puesta al día. A propósito del Huila hizo Bruges lo que otros
hacían a propósito de otras regiones: hablar de una tierra que había
recorrido sin poder profundizar sus observaciones, aunque su mirada de

H Nota anónima (probablemente de Gonzalo González), sección «Día a día», «Eso es


folklore», El Espectador, Bogotá, 15 de mayo de 1952, p. 4.
12 Se inició una serie así llamada («Geografía literaria de Colombia») en el n° 25 de
Revista de las Indias en enero de 1941; colaboraron varios autores por algún tiempo, uno
para cada región o ciudad, pero no se agotó la materia. Al aparecer el semanario Sábado,
en julio de 1943, también intentó poner en marcha un proyecto parecido; se habló
nuevamente de una «Geografía literaria de Colombia», esta vez asumida por un solo autor
(Armando Solano), y también se interrumpió la serie al cabo de algún tiempo sin haber
dado lugar a un resultado de apreciable calidad.
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costeño y de militante liberal sobre una región muy católica y


conservadora lo llevaba a percibir con alguna nitidez un proceso histórico
que la geografía literaria solía descuidar. De mucho mayor interés eran
sus crónicas sobre su propia tierra, esa parte de la amplia Costa Atlántica
que los colombianos llaman a veces «mediterránea», organizada en torno
a su vieja capital del tiempo de la Colonia, Mompós. Bruges tenía
entonces la ventaja de expresarse en nombre de un mundo desconocido,
de ser el orgulloso portador de una geografía y una cultura y apasionarse
por una poesía popular más desconocida aún que su marco natural.

Es evidente que Bruges, jurista y literato, no disponía de mejores


instrumentos científicos que la mayoría de los que se interesaron por el
folklore de la Costa. No tenía la formación histórica suficiente (pero
¿quién la tenía entonces en Colombia?) y desconocía las virtudes de la
investigación documental, lo cual lo exponía a las mismas confusiones y
aproximaciones que se encuentran en todo el material publicado sobre
esa temática por la prensa y las revistas de los años 1940. Tampoco era
musicólogo, grave limitación para quien, como él, pretendía estudiar y
divulgar las características de la música de su región, pero es una
limitación que se encuentra, idéntica, en los que, cuarenta o cincuenta
años después de él, han querido hablar de la música vallenata. Resulta
casi nulo el valor científico de los artículos y notas de Bruges, pero la
calidad de su aporte tampoco puede ignorarse o negarse: el testimonio
que suministran sobre el estado de esa música en una fecha dada es de
suma utilidad y permite, entre otras cosas, refutar o precisar muchos
puntos en los libros que hoy circulan sobre esas cuestiones -libros
habitualmente escritos sin tener en cuenta los aportes de Bruges. Se
encuentra además en los artículos de éste un importante eslabón de ese
proceso de toma de conciencia de una identidad costeña frente a una
hipotética identidad nacional, entonces pregonada desde Bogotá y nada
fundamentada por quienes la proclamaban y usufructuaban. Son los
primeros pasos, aún balbuceantes, de la orgullosa manifestación de una
diferencia frente a los estereotipos y prejuicios entonces reinantes. Bruges
se arriesgaba a dar los confusos primeros pasos de un proceso en el cual
quedaría inevitablemente rezagado y que culminaría con los definitivos
éxitos de García Márquez, más de treinta años después.

Su principal limitación radicaba en lo ideológico, precisamente en lo


que era también el motor de sus actividades de intelectual y escritor: su
regionalismo. Ese apego a unos valores locales se agotaba en sí mimo, por
falta de visión y de ambición. Bruges aceptaba en realidad las exiguas
normas culturales de la Colombia de su tiempo y su promoción del
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folklore costeño nada tenía de subversivo o irrespetuoso. Se trataba para


él de conseguir que admitieran una realidad marginal en la cultura oficial
del país, e incluso de exportarla (el éxito nacional de la música del porro,
visto como paso previo a una difusión más allá de las fronteras), pero sin
poner nada en tela de juicio. Siendo costeño, Bruges no proponía un
regionalismo diferente en esencia del que cultivaban los intelectuales de
Caldas o Boyacá, para tomar los ejemplos dominantes en la Colombia de
aquel entonces. Proponía una tierruca nueva que era solamente una
tierruca más, para colocarla al lado de otras tierrucas, y minimizaba o
pasaba por alto el elemento más universal que distinguía a su región de
origen: el elemento negro. No lo llegaría a poner de realce, como a
regañadientes, sino en momentos de lucha, cuando los prejuicios de la
cultura dominante intentaran negar la colombianidad de la Costa,
precisamente con el pretexto de esa presencia del elemento negro 13.

Bruges aceptaba todo lo que se consideraba entonces como la esencia


de la nacionalidad, concepto cuanto más vago que aún no existía una
simple imagen del país abarcado en su totalidad, pero concepto también
rígido e intolerante por esa misma razón. Bruges pensaba que había que
entrar, sin cuestionar nada. Así es como se le ve exaltar una idea de la
americanidad que no es más que la de los costumbristas, una
americanidad hecha de tradiciones mal entendidas y clichés, de simple
folklore y oropel. Carece por completo de modernidad y amplitud su
concepto del continente. La hora de América Latina había llegado
—pensó Bruges— gracias a la Segunda Guerra Mundial (y no reflexiona
más sobre este punto capital), porque, una vez que había entrado Europa
en letargo, por fin, al cabo de cuatro siglos, el continente iba a poder
aportar sus propios valores al mundo. El motivo era sin embargo un
hecho de los que a duras penas llegan a ser siquiera ínfimo: una cadena
de grandes almacenes de Estados Unidos usaba en sus colecciones de
ropa de venta masiva unos motivos incaicos y aztecas (así al menos lo
debía afirmar el cable de agencia que comentaba Bruges). Se deja aquí a
un lado la divertida confusión entre latinidad e indianidad (de la que
abundan los ejemplos) para observar que el intelectual Bruges tomó la
pluma para celebrar un hecho que solamente merecía llamar la atención
de un comentarista aquejado por la falta de temaH Esta frivola y
confusa noción de la identidad continental, y relacionada además con un

13 Antonio Bruges Carmona, «Defensa del porro», El Tiempo, Bogotá, 23 de enero de


1946, p. 5.
14 Antonio Bruges Carmona, «La hora de Latinoamérica», El Tiempo, Bogotá, 6 de junio
de 1942, p. 5.
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hecho tan nimio, demuestra que Brugés seguía enredado en las telarañas
del pasado. Según él, el continente sólo tiene que afirmarse tal como fue
y tal como ha llegado a ser, como si no hubiera que seguir deviniendo,
como si una cultura pudiera subsistir sin acoger aportes nuevos y sin
cotejarse con valores foráneos. Se vuelven a encontrar aquí, incluso con la
alusión a la guerra y a la Europa moribunda, los pronunciamientos del
poeta, cuentista y ensayista Tomás Vargas Osório en su alegato por el
nacionalismo literario, y también los del novelista José Antonio Osório
Lizarazo en la misma línea: una total ceguera frente al mundo y a las
horas que estaba viviendo la especie humana^.

La visión de Brugés admite la difusión, pero descarta la innovación y


el enriquecimiento. Es todo lo contrario de evolutiva. En este sentido,
coincide perfectamente con la de los intelectuales del interior, salvo sobre
un punto: Brugés quiere integrar la Costa a la noción que ellos tienen de
la nacionalidad y la «continentalidad», esa Costa suya que los demás
rechazan por causa del elemento negro; por ello, cada vez que este litigio
queda entre paréntesis, Brugés puede reunirse con la línea dominante del
regionalismo colombiano. Brugés exalta, sin haberla visto aún, la región
natal de su amigo el periodista y escritor caldense Antonio Cardona
Jaramillo, por conocerla a través de los escritos de éste y por compartir
los criterios históricos e ideológicos que subyacen a su visión 1(* un
mundo rural, donde flotan aún la historia y la leyenda de la tierruca, sin
adulteración modernizante. Cardona Jaramillo era el más intransigente e
intolerante escritor «terrigenista», además de un intelectual oficial muy

15 Nos referimos a la polémica sobre el nacionalismo literario, del año 1941. Vale la pena
citar aquí un fragmento del primer artículo que publicó Tomás Vargas Osório en El
Tiempo para sustentar su tesis «nacionalista»: «... entre el escritor europeo y el americano
hay una diferencia radical de posiciones: el europeo se encuentra ante un mundo
exhausto, agotado en largos siglos de creación cultural, en tanto que el creador literario o
artístico de América se encuentra ante un mundo nuevo y rebosante, henchido de secretas
potencialidades ecuménicas. ¿Cómo explicarse, pues, que el creador americano desprecie
esta cantera milionária de instrumentos y de motivos para ir en busca de residuos y
desechos extraños?» (Tomás Vargas Osório, «Del nacionalismo literario», El Tiempo,
Bogotá, 24 de mayo de 1941, p. 5). Un año después (con la batalla de Stalingrado en
curso y con los Estados Unidos entrados en guerra después de Pearl Harbor), José
Antonio Osório Lizarazo continuó, en forma más deleznable aún, la argumentación de
Vargas Osório: «... el viejo continente, hundido ahora en las neblinas del ocaso... una
oportunidad perfecta para que nos decidiéramos a expresarnos por nuestra propia
cuenta... fundar la nueva cicilización sobre las ruinas de la que perece en Europa...» («Del
nacionalismo en literatura», Revista de las Indias, n° 41, mayo de 1942, s. p.). Además de
la comunidad de posturas, resulta llamativa la relación de fechas: Brugés parece haber
escrito su frivola nota con el ensayo de Osório Lizarazo a la vista.
16 Antonio Brugés Carmona, «Camino del Quindío», El Tiempo, Bogotá, 28 de julio de
1944, p. 5.
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hábil en la autopromoción: nefasta amistad y peor inspiración para el


costeño Bruges.

Cuando se trata de expresión artística culta, es la novedad lo que


rechaza Bruges. Incluso en un campo sobre el cual no estaba preparado
para manifestar una opinión, el de la crítica pictórica: así es como
condena las prometedoras audacias del que llegaría a ser uno de los
importantes pintores colombianos de la época, Marco Ospina,
haciéndolo además en muy toscos términos 17. Pero es en materia de
literatura donde Bruges demuestra con la mayor soltura y claridad su
hostilidad a lo novedoso. Otra vez se trata de su amigo Cardona
Jaramillo, en una nota típica de esa sociedad bogotana de «bombo
mutuo» de la que habían de burlarse unos años después García Márquez
y sus amigos del grupo de Barranquilla, una nota cuyo contenido de
amistosa solidaridad no debe ocultar el muy revelador significado. Bruges
escribía:

Cardona Jaramillo, como Pérez Galdós, como Rómulo Gallegos, como


Jorge Icaza, no necesita recurrir a los trucos de la libre invención, o a la
ayuda de los estupefacientes, fuera de la tierra que pisa. Los cuentos de
Cordillera son la mejor reacción contra la literatura para colegialas
bobaliconas que invadió nuestras publicaciones y desvió la inteligencia de
gran parte de los escritores nacionales hacia temas de cartulinas de
turismo internacional con la torre de Eiffel o los rascacielos neoyorquinos
al fondo.

Concluía su desafortunada nota afirmando que los cuentos de


Cardona Jaramillo «sirven de derrotero a los artistas que han venido
menospreciando el barro con que está amasada nuestra propia
nacionalidad para hacer la literatura colombiana»!8.

Las obras que esta muy mal pensada y peor escrita nota de Bruges
denunciaba (puede pensarse en Hernando Téllez, en Jorge Zalamea) no
son obras de tema exótico, como podría creerse al leerlo, sino las que
intentaban salir de los caminos trillados de la narración ruralista y se
internaban en la vía del análisis sicológico y de un universo urbano.

17 Antonio Bruges Carmona, «El V Salón de artistas», El Tiempo, Bogotá, 26 de octubre


de 1944, p. 5. Escribía entonces Bruges: «De Marco Ospina sí que podríamos decir que
nos defraudó en esta ocasión con sus 'Raíces secas'. Tenemos entendido que Salvador
Dalí no firmaría ese cuadro, a menos que le pusiera una vaca con cara de fraile y una
guitarra sin cuerdas ni clavijas». Citado por Alvaro Medina, Procesos del arte en Colombia,
Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1978, p. 364).
18 Antonio Bruges Cardona, «Cordillera», El Tiempo, Bogotá, 27 de febrero de 1945,
p.5.
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Según Bruges toda búsqueda de lo novedoso era alienación, traición,


vicio o enfermedad, y —perfecto absurdo, común en el discurso de los
nacionalistas y terrigenistas— era negándose a cambiar como llegaría la
literatura colombiana a un grado de perfección. La encerraba en un
marco geográfico y en una actitud ideológica inmutables. Con
presupuestos tan reaccionarios fue como Bruges se esforzó por promover
los valores de su región natal. Para hacerlo con algún éxito, habría debido
cometer buen número de transgresiones, pero no tuvo la suficiente
conciencia de esa necesidad.

Bruges Carmona y la música costeña

Las condiciones de la Segunda Guerra acentuaron para Colombia los


efectos de la novedad que habían sido la aparición de la radio y la
expansión del disco. Se combinaron esos efectos con el desarrollo de los
transportes: la construcción de las carreteras «troncales» por los gobiernos
liberales de los años 30 y el auge de la aviación (también Colombia
pasaba entonces «de la mula al avión») pusieron al país en contacto
consigo mismo, cuanto más que la guerra impedía que las élites viajaran
al extranjero y la joven clase media tenía algún acceso al turismo interior.
Esa Colombia fragmentada que se veía a sí misma con los ojos de los
criollos bogotanos, tuvo que descubrir cuan distinta era en verdad a ese
país blanco que creía ser. La realidad indígena, de tanto verse y
desconocerse a la vez, incluso en la parte central del país (el altiplano
«cundiboyacense»), no constituía ningún problema. En cambio hubo un
verdadero choque al descubrirse que el país también tenía una población
negra, con un fuerte influjo en la cultura de vastas regiones, y sobre todo
con una música que se puso de pronto a sonar, insistente y exitosamente,
hasta en las emisoras capitalinas. El 21 de marzo de 1942 se estrenó en
La Voz de la Víctor (la emisora de propiedad de la RCA- Victor) un
programa dominical titulado «La hora costeña», donde se difundieron
aires de la Costa Atlántica, sobre todo alegres porros, y alguna que otra
cumbia -pero fue el porro el que entonces más llamó la atención y desató
el escándalo.

No bastaba que fuera música negra para que surgiera la indignación,


pues se sabía que el jazz y el negro spiritual eran de buen recibo en las
élites cultas de los países centrales. Lo inaceptable era que esa música de
negros fuera colombiana, o al menos que hubiera nacido en el territorio
de Colombia, pues le negaron por largo tiempo el derecho a ser
Recouvrances 235

considerada como «nacional». Admitirla hubiera sido admitir también


que se era un país con negros, un país de negros. Mientras la juventud
acomodada se entusiasmaba con el porro, la inteligencia del interior
andino dejaba libre curso a sus reacciones racistas: «En la orquesta de
porros sólo suenan, por regla general, tres instrumentos: el clarinete, los
tambores y el negro de los alaridos», escribía en 1943 un pésimo
humorista de El Tiempo^. El salvajismo era un argumento fácil y por lo
tanto frecuente, y hubo otro, que dejó una huella profunda hasta en los
intelectuales costeños entre quienes -racismo vigente en el lugar de los
hechos- no eran muchos lo que aceptaran que la «costeñidad» que
pretendían cultivar tuviera alguna deuda con el aporte negro: como lo
único parecido a esas músicas (el porro, la cumbia, también se
mencionaba a veces el mapalé) era la música antillana —la afrocubana,
sobre todo, traída por la moda del son en años anteriores-, se pretendió
que era música «foránea», y para colmo nacida en el antro de africanía y
consumo marihuanero que eran, en opinión de muchos, las islas
hispanoparlantes, Cuba sobre todo. Bruges Carmona amaba la música de
su tierra; le era familiar el porro y le inspiraba un afecto especial la música
de acordeón. Se hizo el propagandista de la segunda, sin éxito pues no
había aún grabaciones comerciales, y las circunstancias -difusión, éxito y
escándalo— lo convirtieron en el abogado del primero.

Las numerosas intervenciones de Bruges Carmona en los debates


sobre el porro tienen un indudable interés en la medida en que muestran
las incertidumbres de la conciencia costeña en ese periodo:
desconocimiento de los procesos históricos regionales, timidez hacia la
cuestión negra, desconfianza hacia la cultura de las Antillas
hispanoparlantes (faltaba, n sólo en Bruges sino en todos, la conciencia
de pertenecer al mundo caribeño, una conciencia que formularía con
vigor García Márquez unos años después). Pero todo ello estaba
vinculado con un fenómeno de moda que Bruges, intelectual costeño, se
veía más o menos obligado de acompañar, aportando explicaciones hasta
donde se lo permitían sus nociones y los medios de que disponía.

Por gusto personal, es probable que no habría hablado más que de la


música de acordeón, la que mejor definía su región natal y la que le
inspiró sus artículos más serios y convincentes. Se adivina que, sin tener
muchas probabilidades de desembocar en elementos muy seguros, se
dedicó al menos a unas cuantas indagaciones sobre ese aspecto del
folklore costeño. Por ahí fue por donde empezó en ese campo y por ahí

19 Trivio, «La dulce música del porro», El Tiempo, Bogotá, 23 de octubre de 1943, p. 5.
236 C.M.H.LB. Caravelle

fue por donde terminó: su primer artículo de alguna importancia


aparecido en el suplemento literario de El Tiempo versaba sobre esa
música^O y todavía fue el caso, unos diez años después, cuando él mismo
iba a entrar en un silencio casi total21. A lo largo de ese decenio, también
le ocurrió desviarse hacia la música de acordeón en unos artículos que en
principio dedicaba al porro22.

También es en la temática del acordeón donde Bruges manifiesta más


audacia y más independencia hacia los criterios bogotanos, por tratarse de
una poesía oral en la que es su propia identidad la que está en juego: se
encuentran en sus escritos, entonces, unas actitudes desacomplejadas que
anuncian bastante bien las que tomaría unos años después el joven e
iconoclasta García Márquez, tal vez porque el conocimiento que Bruges
tenía de los hechos evocados lo ponía más en contacto con el aliento de
los «contextos» (en el sentido carpenteriano) del mundo caribeño. En
ello, tratándose de la promoción de la música costeña de acordeón,
resultaba ser Bruges el primer y principal y muy digno antecesor del
futuro premio Nobel de literatura -aunque no deba hacerse caso omiso
del geógrafo Enrique Pérez Arbeláez, quien se manifestó algo
tardíamente, en 194523.

Podría detallarse largamente esa serie de artículos, algunos de ellos


muy circunstanciales, que Bruges fue escribiendo a lo largo de esos años
sobre la música y otras realidades de su tierra de origen, pero se ha dicho
aquí lo esencial sobre el papel histórico, a la vez modesto y real, de ese
intelectual costeño. En realidad, a pesar de la desproporción cuantitativa
y del nulo impacto de su producción literaria, es el escritor Bruges
Carmona el que más atención merece.

20 Antonio Bruges Carmona, «El merengue», El Tiempo, Bogotá, 21 de enero de 1940;


Segunda Sección, p. 5-
21 En particular: Antonio Brugés Carmona, «Noticias de los últimos juglares», op. cit.
22 Antonio Brugés Carmona, «Vida y pasión del porro», Sábado, Bogotá, n° 99, 2 de
junio, p. Il y 14.
23 El sacerdote, botánico y geógrafo Enrique Pérez Arbeláez escribió en 1945 dos
importantes artículos, ambos titulados «Literatura popular del Magdalena», en los que
evocaba con bastante acierto el folklore de la región de Valledupar (en Revista de América,
Vol. II, n° 6, junio de 1945, p. 378-384, y Vol. IV, n° 12, diciembre de 1945, p. 360-
367). Es probable que sea también el autor de una interesante crónica sin firma, «Semana
Santa en Valledupar», Sábado, Bogotá, n° 92, 14 de abril de 1945, p. 7.
Recouvrances 237

Bruges Carmona, el escritor

No hay, al parecer, sino tres textos dignos de llamar la atención: «Los


milagros de El Enviado»2^, «Vida y muerte de Pedro Nolasco Padilla»25
y «De Francia a las selvas del Sinú»26. Presentan notables características
comunes, consistiendo la principal en el hecho de privilegiar las
informaciones de la voz popular unificadas por un narrador muy activo
pero respetuoso del material trasmitido y de la mentalidad que subyace a
los testimonios recogidos. Aunque el tercero de esos textos queda un
poco aparte, por llevar la marca de una actitud más científica —de
historiador- y aunque no se haya de tratar aquí por pertenecer a una
época tardía con relación al texto que más interesa, importa subrayar que
«De Francia a las selvas del Sinú» sigue muy cercano a los dos anteriores y
participa de una gran intuición que, en Colombia, el solo García
Márquez lograría, unos años más tarde, concretar plenamente.

Esto último da la medida de los otros dos textos de Bruges Carmona,


«Los milagros de El Enviado» y «Vida y muerte de Pedro Nolasco
Padilla», aunque el primero no se ciñera a intenciones propiamente
literarias, porque sólo se trataba entonces para su autor de reconstituir un
episodio del pasado regional. Era la historia de un «enviado», uno de esos
profetas vagabundos que marcan la historia de la Costa Atlántica de
Colombia como el «santo» marca la del Nordeste brasileño, aunque el
impacto del «enviado» se sitúa a un nivel infinitamente más modesto que
el del «santo». Ese «enviado» había hecho su aparición en el pueblo de
Guamal unos años antes del nacimiento de Bruges; en muy poco tiempo
había trastornado la vida de la comunidad rural, realizando curaciones
milagrosas y haciendo vivir a los habitantes en una suerte de comunismo
primitivo que las autoridades toleraron por un tiempo antes de
restablecer brutalmente el orden institucional.

En este relato, se observa enseguida que el narrador —claramente el


intelectual y jurista Bruges Carmona- construye su historia con ayuda de
su memoria: se funda en lo que oyó contar de niño por sus abuelos y por
la gente del pueblo que presenció la aventura del «enviado» o participó en
ella. Escribe: «Hoy asisto, como en un juego de oca, a la reconstrucción

24 Antonio Bruges Carmona, «Los milagros de El Enviado», El Tiempo, Bogotá, 30 de


agsto de 1936, Segunda Sección, s. p.
25 Antonio Bruges Carmona, «Vida y muerte de Pedro Nolasco Padilla», El Tiempo,
Bogotá, 3 de noviembre de 1940, Segunda Sección, p. 2.
26 Antonio Bruges Carmona, «De Francia a las selvas del Sinú», Revista de América,
Bogotá, Vol. XVI, n° 52, abril de 1949, p. 357-362.
238 C.M.H.LB. Caravelle

inteligente de lo que recogí en ciento y tantas referencias.» Al anotar el


papel -negativo en cierto modo- desempeñado por la inteligencia en esa
reconstrucción y al marginarlo o descartarlo, eempieza a establecerse una
relación con García Márquez, pero no se verá sino más adelante, a
propósito del texto siguiente, pues el elemento clave aún aparece como
bastante tenue aquí. Más importancia tiene la insistente afirmación de ser
veraz la historia referida (para recordar al paso la diferencia que el habla
de la Costa hace entre «referir» y «contar»). Adulto fiel a su niñez, Bruges
cree y quiere hacer creer en la veracidad del relato popular, y por lo tanto
refuta todos los relatos y todas las interpretaciones que se fundarían en
los criterios de la razón y no tendrían suficientemente en cuenta lo que
es, para Bruges, la «realidad». Por ejemplo, descarta las explicaciones
científicas sobre el personaje del profeta, porque éste, según él, no entra
en ninguna de las categorías que podría establecer la sicología:
Hermógenes Ramírez, el «enviado», no era un místico, ni un mitómano,
ni un perverso: «Es que el Enviado tiene su parcela propia, fuera de las
clasificaciones acomodaticias de los profesores de psicología».

De la misma manera, Bruges refuta el relato de los periódicos de


aquella época, por ser solamente «breve y desfigurada historia». Llegados
a este punto, se hace inevitable recordar «Los funerales de la Mamá
Grande», de García Márquez, relato en el que la crónica se narra «antes
de que tengan tiempo de llegar los historiadores»; en otros términos,
antes de que la razón se apodere de una historia que el pueblo tiene
derecho de contar a su manera.

Lo corrobora Bruges cuando afirma que sí es posible lo que la razón y


la ciencia considerarían como imposible:

Mil veces me río de la maraña teórica de Marx y Engels. Tremendo error


aquellos tratados que admiten en todas las ocasiones que se interpreten
como a cada cual le da la gana. Y dan margen para que se escriban miles
de volúmenes para explicarlos. En las teorías de El Enviado, todo
quedaba al alcance de aquellos abuelos analfabetos, que llegaron a ser
legítimos comunistas.

Así se va pasando a otro aspecto: la aceptación de lo irracional, una


aceptación muy displicente hacia la ciencia occidental. La realidad puede
ser prodigiosa, salirse de todas las normas admitidas. Es un paso hacia el
realismo mágico —o hacia lo real maravilloso, pero aquí no se entrará en
el consabido debate-, elemento decisivo en la historia de la literatura
costeña, aunque entonces (1936) nadie podía ver en ello nada llamativo,
quizás nada particular siquiera, salvo tal vez una sonrisa cuya dimensión
Recouvrances 239

humorística (otro anuncio de García Márquez) se confundiría, en la


percepción del lector corriente de la época, con la indulgencia bonachona
de los relatos costumbristas. Y, sin embargo, en la visión propuesta por
Bruges, la superstición dejaba de ser una componente entre otras de la
vida de los personajes evocados y se convertía en la lógica rectora de su
universo, una lógica también asumida sin la menor reticencia por la voz
narradora.

Es lo que aparece como esencial en este texto de Bruges, lo que


también parece ser el principal anuncio de la postura de García Márquez
—catorce años antes de que publicara éste sus primeros cuentos
propiamente macondianos (éstos salieron en 1950)—, aunque también se
pueda notar al paso que el fenómeno del «enviado» es una presencia
capital en buena parte de la obra garciamarquina, desde los visitantes de
los cuentos y notas de prensa de 1950 hasta la figura del patriarca. Es la
aceptación de los hechos y de su explicación irracional lo que resulta ser
el elemento más importante de esta simple crónica de Bruges Carmona
—la cual, por otra parte, obviamente padece de un grave desaliño formal.

«Vida y muerte de Pedro Nolasco Padilla»27 presenta más interés aún


y constituye sin lugar a dudas la obra maestra de Bruges. Es la evocación
de una figura (el «acordeonero» Pedro Nolasco Martínez) que inspiró al
autor una verdadera devoción, sin duda porque estaba vinculada con
fuertes impresiones infantiles, así como debía decirlo brevemente años
más tarde en un artículo aparecido en el semanario Sábado. 28 Es un texto
difícil de tratar en la misma medida en que la tentación sería definirlo de
entrada como un llamativo anticipo del universo y de la manera de
García Márquez. Una vez analizado, sigue apareciendo como tal: no
propiamente un cuento, pero sí una historia una historia que García
Márquez habría podido firmar.

No se trata de comparar aquí dos talentos literarios que poca cosa


tienen en común, pero no hay duda que este relato, llamativo bajo varios
aspectos -que se distingue claramente de lo que podía leerse en 1940 en
el soporífero y conformista suplemento de El Tiempo-, demuestra que
Bruges Carmona sacaba su materia de lo que sería más tarde el propio
alimento cultural de García Márquez. El problema fue que Bruges no

27 El relato que se reproduce a continuación resulta levemente incompleto, en forma


irremediable: por una falla en el armado de la galerada, se perdió al menos un renglón del
texto en su edición del suplemento literario (la «Segunda Sección») de El Tiempo de
Bogotá.. Quedará señalada la pérdida por un paréntesis y puntos suspensivos.
28 Antonio Bruges Carmona, «Vida y pasión del porro», op. cit.
240 C.M.H.LB. Caravelle

supo ver cuánto valía lo que tenía entre manos ni el opulento campo que
ante él se abría. La clave radica en efecto en la realidad evocada: la vida
cotidiana, cruzada de rumores imposibles de comprobar pero poderosos y
amasada en creencias mágicas, de esa región del bajo Magdalena cercana
al pueblo natal de García Márquez. Era anticipadamente el mundo de
Cien años de soledad y Bruges, que disponía de un material prometedor
pero no tenía ejemplos literarios que le sirvieran de guía, lo explotó de
manera decorosa en esa oportunidad, aunque sin ver más allá de ésta. Así
es como «Vida y muerte de Pedro Nolasco Padilla» —garciamarquino
avant la lettre— queda aislado entre la mediocre producció que nutría
entonces las publicaciones literarias bogotanas, pues Bruges no continuó
en esa vía. La novedad era demasiado grande, tal vez demasiado
deslumbrante. Las facultades de percepción de la época —la conciencia
autocrítica del propio Bruges y la lectura de su público- estorbaban de
antemano el camino que se abría y lo iban a estorbar aún por bastante
tiempo.

Resumamos la historia: el narrador asiste al velorio de Pedro Nolasco,


un velorio que, dada la importancia del muerto, reúne al pueblo entero
en una atmósfera solemne (es difícil no pensar en «Los funerales de la
Mamá Grande»). Por medio de los múltiples y fragmentarios relatos de
quienes conocieron a Pedro Nolasco, el narrador reconstituye su
biografía. Joven de origen modesto, Pedro Nolasco empezó trabajando
como vaquero y luego, apenas salido de la adolescencia pero ya
endurecido por las labores ganaderas, escogió la aventura y se fue de su
pueblo. Durante bastante tiempo nada se supo de su suerte, sobre la que
corrían rumores contradictorios. Después empezaron a circular canciones
que decían que estaba vivo (y en las que, según suelen hacer los cantores
tradicionales, él mismo se mencionaba como autor) y así se supo que
había comprado un acordeón, que componía sus propios cantos y se iba
convirtiendo en un trovador afamado. Luego reapareció Pedro Nolasco,
en toda la fuerza de su juventud. Anima con sus canciones y las notas de
su acordeón una fiesta de ocho días, mostrándose gran bebedor, buen
cantor, buen jinete y gran seductor. Al salir de esta parranda descomunal,
se conchaba como mayoral de la principal hacienda local, la que termina
comprando. Su riqueza no cesa de crecer y asegura el rumor que es
porque le vendió su alma al diablo. Y así, en medio de la abundancia, de
las parrandas y las canciones, lo viene a golpear la muerte, bajo la forma
de una serpiente cuyo veneno resiste todos los contravenenos y todos los
ritos mágicos porque esa serpiente fue enviada por el mismo diablo que
quería entrar en posesión del alma que le había sido vendida.
RECOUVRANCES 241

Un discreto detalle da su unidad al relato de Bruges. En la


introducción, que es un cuadro general del velorio, se extraña el narrador
al notar que hay un vaso de agua en el altar improvisado al lado del
cadáver. Este vaso de agua vuelve a aparecer al final de la evocación
biográfica y se sabe entonces que Pedro Nolasco sufría de una sed atroz
en el momento de su muerte: una mano caritativa depositó el vaso de
agua cerca de su cuerpo para que pudiera aliviar esa sed durante su viaje
hacia el otro mundo.

No es intachable este relato de Bruges, del que no se puede afirmar


que sea propiamente un cuento^. La intervención del pensamiento
racional -como en la crónica sobre el «enviado»- genera algunas fallas en
la escritura. El deseo de dar a conocer el folklore de su tierra —motor de
casi toda la producción de Bruges— y, por lo tanto, su afán de explicar las
cosas llevan al autor a quebrantar el tono del relato con unas
consideraciones extrañas a lo legendario. Evocando la llegada de los
merengues de Pedro Nolasco por el camino de El Paso a Santa Ana, el
narrador (demasiado cercano al autor en este momento) se siente en la
obligación de añadir:

... ese camino que ha sido la arteria de penetración de todos los aires
marinos que ahora influyen en nuestra música criolla. Ese camino por
donde llegaron al corazón del Magdalena el acordeón de la Europa
central, las maracas antillanas y el grito totémico de los tambores
africanos.

Ocurre un poco lo mismo, más adelante, cuando al referirse al pasado


de Pedro Nolasco, el narrador lo designa como «nuestro héroe»
—estereotipada fórmula de folletín, en las antípodas de la vox populi que
entonces recoge— y cuando define su actividad de creador de caminos
nuevos como «saludable anticipo de ingeniería». El sentido convencional
del escribir bien y el regreso a las normas de lo racional perturban como
escorias el desarrollo del relato -que de cuento que podría ser retrocede
entonces hacia el nivel de la crónica.

Pero, en conjunto, el relato no deja de tener grandes aciertos y sería


absurdo reprochar a Burgés Carmona el no escribir como García
Márquez cuando su texto es de una fecha tan temprana como 1940. No

29 Apareció, sin embargo, en la sección «El cuento colombiano». Un poco más tarde, a
raíz de la polémica de 1941 sobre el «nacionalismo literario», el suplemento de El Tiempo
preferiría anunciar casi siempre esa sección como «El cuento nacional». Huelga decir que
fueron pocos los textos así anunciados, antes y después de la polémica, que merecieran la
definición de cuento.
242 C.M.H.LB. Caravelle

son tantas esas ingenuidades, debidas a un exceso de seriedad -que


imponían, en cierto modo, los convencionalismos de la época—.
Sobresale en el texto la originalidad de una voz narradora capaz de dejarse
arrastrar por el aliento de los informantes, el aliento de múltiples voces
que capta, reúne y combina, compartiendo plenamente por un momento
las supersticiones del grupo: no solamente se explota la vena popular,
sino que hay una identificación y un como extravío en sus vericuetos.
Mientras que sus frases suelen ser breves, entrecortadas, telegráficas casi
en ciertos momentos, Bruges termina suscitando la misma impresión de
un estilo torrencial que dará años después García Márquez. También
acumula detalles, en una suerte de puja continua, y su brevedad debe
seguramente menos a los preceptos de un periodismo moderno a la
norteamericana (poco apreciado, si no simplemente desconocido, en la
Colombia de entonces) que a una hábil reproducción de un discurso oral
y plural en el que cada testigo aporta su detalle, su rectificación, su
exageración. La hipérbole es también un rasgo fuerte de este relato, señal
de un rasgo cultural del que García Márquez había de sacar después el
mayor provecho.

«Vida y muerte de Pedro Nolasco Padilla» es ante todo el rescate


escrito de la vox populiy confirma plenamente una observación en la que
no se puso énfasis al tratar de «Milagros de El Enviado». Ahora, parece, sí
puede establecerse sin reticencia el vínculo con García Márquez: éste iba
a proceder de la misma manera, rescatando las voces de la comunidad,
que ello se diga abiertamente y se haga formalmente perceptible, como
en Crónica de una muerte anunciada, o que sea implícito y quede
disimulado detrás de un inasible narrador anónimo, como en Cien años
de soledad. La relativa o aparente sencillez del suceso reconstituido en
Crónica... y la muerte de Santiago Nasar, puede hacer perder de vista la
magia del relato coral y más bien centrar la atención en sus
incertidumbres, pero la indagación sobre el suceso y la restitución de éste
no difieren, en esencia, de lo que proponía Cien años de soledad, donde la
narración pone el acento en el contenido y no en el mosaico de la vox
populi. Por una profunda intuición que, desafortunadamente, no tuvo
continuación en su caso personal, Bruges Carmona había experimentado
la misma vía y usado las mismas voces en su relato de 1940.

Por otra parte, no basta con pensar en Crónica de una muerte


anunciada; también vuelve a salir a flote el cuento «Los funerales de la
Mamá Grande», un texto garciamarquino que, por lo tanto, vuelve a
hacerse presente en esta lectura del texto de Bruges Carmona. La
enumeración de los gremios y corporaciones que figura en los funerales
Recouvrances 243

de la matriarca de Macondo ya asomaba en «Vida y muerte de Pedro


Nolasco Padilla», si bien era con desniveles ya señalados:

Pero pronto habría de saberlo todo. Allí estaban los oráculos, los
balsameros de «El Difícil», los capataces de «La Caimanera», los
corraleros y vaqueros del playón de «Calzón Blanco», los que
acompañaron a nuestro héroe en sus primeras correrías por entre la selva,
siguiendo los borrosos senderos de las fieras, los que le acompañaron a
abrir los caminos de penetración y de enlace de regiones separadas, en un
saludable anticipo de ingeniería.

En cambio es en Crónica de una muerte anunciada en lo que hace


pensar el siguiente pasaje:

De los relatos de todas estas bocas, zurciendo aquí y allá, por entre
cendales de olvido, yo reconstruiría la soberbia arquitectura de aquella
vida fantástica, amasada con sangre, amor y superstición.

En cuanto a la vida misma de Pedro Nolasco, remite inevitablemente


al universo de Cien años de soledad y permite medir mejor hasta qué
punto toda una época de la obra de García Márquez se nutre en una
herencia cultural bien delimitada. Pedro Nolasco hace surgir
inmediatamente hasta en la mente del profano en cuestiones de acordeón
costeño al personaje legendario de Francisco el Hombre que venció un
día al diablo en un duelo de acordeones30) personaje para el cual García
Márquez no hace más que retomar una leyenda difundida en toda la
región, en Valledupar, en las riberas del Magdalena y en la Zona
bananera. Pero el contacto (¿cómo llamar las cosas, alcanzado un cierto
grado?) con Cien años de soledad se hace más nítido aún cuando, mucho
tiempo después de publicado el texto de Bruges, su lector debe
«reconocer» en la vida de Pedro Nolasco unos hechos que en la novela
vive el parrandero Aureliano Segundo, «acordeonero» y criador de

30 Son muchos los «acordeoneros» costeños a quienes la leyenda atribuye una victoria
musical sobre el diablo y que por lo tanto pueden reivindicar el ser Francisco el Hombre.
Entre los nombres citados, además del Francisco Moscote recordado en Cien años de
soledad, figura el de Pedro Nolasco Martínez, trovador entrevisto y admirado por el niño
Bruges Carmona, quien, años más tarde, solamente le cambió el apellido para este texto
de cuasi ficción. Valdría la pena desarrollar una reflexión no sobre la leyenda de Francisco
el Hombre sino sobre el abultamiento chovinista a que ha dado lugar en el discurso de los
«vallenatólogos»; éstos, tal vez conocedores de su región, de su mitología y de su música,
saben demasiado poco de la poesía oral en general, de la poesía oral hispánica en
particular y, más particularmente aún, del folklore latinoamericano (donde abunda la
creencia de que tal cantor de pueblo ha vencido al diablo en un duelo can toril). Y no se
hable de literatura hispanoamericana: el Santos Vega de Hilario Ascasubi y Rafael
Obligado es para ellos letra muerta.
244 CM.H.LB. Caravelle

ganados mágicamente favorecido por Petra Cotes, la mujer estéril cuya


fecundidad no se manifiesta sino delegada en las vacas de su concubino.
Ayudado por su pacto con el diablo, Pedro Nolasco pronto se ve dueño
de una inmensa vacada: «Los ganados se reproducían por cientos. Los
corrales anochecían vacíos y a la mañana no daban cabida a la
producción fantástica.»

Estos son solamente los puntos de contacto más notables entre esta
historia olvidada en las páginas del suplemento de El Tiempo y una obra
narrativa de primera importancia en la literatura del siglo XX. Hay que
apuntar que las relaciones son más numerosas aún, evidentes para quien
conoce o al menos ha podido entrever las realidades de la cultura
parrandera en las tierras del acordeón costeño —pero se ha visto aquí lo
esencial de lo que debía verse. El buen conocimiento que Bruges tenía de
su región natal le había permitido vislumbrar unas cuantas soluciones
básicas en lo que podía ser la expresión literaria de la humanidad costeña,
pero un acervo insuficiente de lecturas y cavilaciones y sobre todo una
evidente falta de ambición artística no le permitieron aventurarse más
lejos en esta ruta ni sistematizar sus intuiciones y observaciones. Sin bases
sólidas, había acertado un poco por casualidad, pero era creyendo que lo
principal radicaba en otras cosas —y tampoco recogió de sus compañeros
de generación los ecos críticos que habrían podido guiarlo. Hay que
recalcarlo: Bruges Carmona se había anticipado a sus contemporáneos, la
Costa era una realidad nueva y la literatura hispanoamericana -al menos
la que en Colombia se conocía y se tomaba por la única posible— no
había terminado con las tareas descriptivas. El momento aún no había
llegado de aceptar el papel primordial de lo irracional en la expresión de
ese universo.
Jacques GILARD
Université de Toutouse-Le Mirail