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CAPITULO II

EL PASADO. NUESTRA HUELLA MNEMICA.

EL ORIGEN DE TODO

Porque es un hecho que los mitos de nuestras


diversas culturas operan sobre nosotros,
consciente o inconscientemente, como
liberadores de energía, motivantes de la vida,
y agentes direccionales, de tal modo que, aun
cuando nuestra mente racional éste en
acuerdo, los mitos por los que vivimos, por los
que vivieron nuestros padres, pueden estar
conduciéndonos, en ese mismo momento, de
forma diametralmente opuesta”.1

Joseph Campbell

1. Buscar las raíces.


Hemos intentado, en el capítulo anterior, vislumbrar el mundo que se
aproxima, observándolo a través de nuestro presente, para con ello entender, entre otras
cosas, el contexto en que el sistema judicial tiene que necesariamente evolucionar en su
relación con la sociedad, y el propio avance requerido para ponerse a tono con ese
nuevo mundo. Ahora nos toca ingresar en el pasado, en nuestro propio pasado, y lo será
con el objeto de aprehender las razones por las que se manifiesta ese presente, en tanto
se encuentra calcificado, para posibilitar una forma de habilitar la tan necesaria
evolución.

1
“For it is a fact that the myths of our several cultures work upon us, whether consciously or
unconsciously, as energy releasing, life motivating and directing agents; so than even though our rational
minds may be in agreement, the myths by which we are living –or by which our fathers lived-can be
driving us, at the very moment, diametrically apart.” Joseph Campbell
1
Quizás sea, por eso, esta, una parte capital del trabajo; permítaseme por
lo menos expresar mi hondo anhelo en ese sentido. Y hago tal afirmación porque creo
profundamente que tornar conscientes nuestras raíces más hondas, y poder trabajar con
ellas, es lo que nos permitirá la maduración como sociedad, lo que nos llevará a otro
plano de ejercicio institucional, en el que el poder judicial tiene mucho que aportar, en
relación al escenario en que hasta ahora ha actuado y en el que también ha tenido un
impacto que no alcanza a dimensionar. Principalmente, por no atender a las
implicancias institucionales, sociales, políticas que ha tenido su organización, su modo
de llegar a la sociedad, aun con todos los logros que en otros planos pudo haber tenido.
Más allá de ese punto particular, puede que, a primera vista, y en el
título, parezca tan sólo, este capítulo, uno más de los tantos lineamientos históricos que
tradicionalmente cualquier exposición doctrinaria contiene, bajo el remanido rótulo
de los antecedentes, usualmente sólo considerados “de relleno”, y circunscripto como
está el tema a reseñar puros datos de esa índole.
Sin embargo, le pido al lector, muy especialmente, que sobrepase ese
prejuicio y lea con atención y detenimiento esta sección, porque es posible – y yo lo
creo firmemente- que el conocimiento, y sobre todo el análisis profundo de nuestras
raíces más lejanas, pueda brindarnos la respuesta a muchos de los interrogantes que hoy
mantenemos en nuestra vida política e institucional, tan circular como es, tan repetitiva
como se ha tornado; y que ese análisis profundo nos habilite para modificar nuestros
pesados lastres, con el fin de cumplir el tan largamente esperado salto evolutivo como
sociedad. Ello, en un momento en que, como hemos visto en el capítulo anterior, se
requiere imperiosamente de ese cambio fundamental, por que la crisis ha tocado, a nivel
global, los basamentos de las sociedades.
Y en lo que hace a la materia más específica de este libro, pese a que más
de trescientos años han pasado, creo que debemos plantearnos y comprender el por qué
de la que es, a esta altura, una insufrible inercia de nuestro procedimiento judicial
nacional, así como captar las causas de la negada reforma sustancial por un tiempo tan
excesivamente alongado. Esto es básicamente en el proceso civil (es decir no penal),
pero también en el represivo, que soporta iguales falencias.

2
Si nos remontamos a nuestros orígenes históricos, encontraremos, creo,
una preciosa respuesta a la que nunca hemos acudido en cabalidad, en tanto análisis
profundo de nuestras raíces. Hallaremos, finalmente también, la explicación, a nuestra
perenne inestabilidad y dramático alumbramiento de cada uno de los cambios,
precedidos, una y otra vez, de profundas crisis y enormes dolores, que está
definitivamente en la historia, sin desmedro de que puedan existir muchas otras
conclusiones, todas muy plausibles y reales.
Las raíces no son sólo el basamento, el origen; viven en todos nosotros,
son nuestros cimientos, nuestro pie de equilibrio que nos compone y nos conforma.
Están presentes, activas, en el colectivo y en cada uno de sus integrantes, y al no
hacerlas conscientes logran mantenerse inmutables, como un cuerpo autónomo, jugando
su propio juego, tal como sucede para la mayoría de los pueblos. Si ese actuar
inconsciente –que tan bien describe Joseph Campbell en la cita del comienzo-
acompañara el progreso de la comunidad, no hay problema con su devenir; pero si
impide sistemáticamente la evolución, como sucede con nuestro país, es necesario
hacerlo ver la luz, no sólo para conocer esas raíces, sino para trabajar profundamente
sobre ellas.
Forman parte de nuestro ADN colectivo, no importa cuál sea nuestra
procedencia como individuos, se sostienen firmes y moldean la actuación de la
sociedad toda, una y otra vez. Por lo cual resulta doblemente trabajoso modificarlas, ya
que no es lo mismo que cuando opera la transformación individual, en la que la persona
cuenta con resortes de analisis y conscientización, a los que el colectivo no puede
acudir, teniendo que resignarse a ser operado por las fuerzas reflejas que lo rigen. Claro
que también compondrán ese marco todos los cambios que hemos sabido crear para el
acceso a las épocas de modernidad y posmodernidad, pero, en esencia, se han
mantenido vívidas las raíces sin demasiadas alteraciones desde el origen.
No desconozco que es mucho lo que se ha escrito acerca de nuestra
historia, en un continuo análisis obsesivo de nuestros orígenes; la literatura es vastísima
en ese sentido, pero es posible que, en nuestra materia, no pase del análisis más fáctico,
o por lo menos, que no se dé con la profundidad que requiere, en otro tipo de abordaje:
esto es, con la intención genuina de encarar las herramientas para un cambio. Es la llave
3
a nuestras raíces la que nos permite, reitero, lograr ese tan demorado salto evolutivo
como sociedad, en el paso a la madurez.
Se ha dicho con razón: 'Ningún pueblo puede existir sin mirar atrás, sin
dialogar con sus muertos, sin inspirarse en sus grandezas y apartarse de sus miserias, sin
reelaborar sus afanes y tener presente sus viejos sueños.”“Tenemos que ganarnos
nuestra propia huella. Ella es nuestro patrimonio común, de tal suerte que cuando se la
desconoce se nos desconoce a todos...”2

1. La primera marca indeleble. Concientización de las raíces históricas.

Si, para comenzar en este viaje, vamos desde lo particular a lo más


general, se me aparece, antes que nada, aquello que siempre me he preguntado, esto es,
el porqué de la matriz autoritaria que se exhibe clara, entre otras muchas
manifestaciones, en el sostenimiento de un sistema judicial escrito como el que hemos
mantenido desde el inicio y que, en definitiva, muestra y expresa a la sociedad toda,
como ya veremos.
Porque lo curioso es que esa matriz, más bien ese sesgo, sucede jugando
al mismo tiempo que otra característica equivalente en rango e importancia, y esa es la
defensa consciente y general de un régimen democrático, no ya desde lo meramente
formal, sino elegido genuinamente como forma de vida. Es decir, la matriz autoritaria
encuentra límites muy precisos en el diseño, en la normativa democrática y republicana
que siempre ha sido elegida por la sociedad, y que es y ha sido unánimemente aceptada
y querida por la ciudadanía desde sus inicios como sociedad independiente. No se trata
de una sociedad total y abiertamente autoritaria, asentada en esa característica; es en el
juego más democrático que nuestra comunidad se mueve más segura y con
desenvoltura, y el que ha elegido permanentemente en su joven historia, pero lo hace
con una impronta autoritaria que se despliega, también, más o menos en las sombras y
en la superficie, como un elemento fundacional que reverbera desde las profundidades.

2
Pandra Alejandro, “Origen y destino de la patria, Punto de Encuentro, 2013, pag.15
4
Si ampliamos la lente, entonces, a partir de esa contradicción, veremos
que es causa de las dificultades para sostener nuestras instituciones y volverlas, incluso,
más democráticas. Entre ellas, claro está, la que es objeto de este trabajo, es decir desear
y propender a la reforma del procedimiento judicial para un cambio profundo que otros
han encarado hace tanto tiempo: tantos otros países han evolucionado hacia ese sendero
hace ya varias décadas y, en el ámbito nacional, nosotros hemos quedado virtuaqlmente
estancados.
Esas razones, entre muchas otras, entiendo, muestran que es necesario
sumergirse en la profundidad de nuestras primeras huellas históricas que tan firmemente
se han fraguado (siempre es así, no somos la excepción), así como tenemos que hacerlo
en la turbulencia –ésta si muy nuestra- que nos ha acompañado desde los principios de
nuestra vida histórica, signada por una oscilación tumultuosa que hunde sus cepas en
nuestras más tempranas experiencias como comunidad.
Es obvio decir que, para desarticular esa matriz autoritaria que, sin dudas,
vamos a encontrar en los orígenes, es necesario, primero, entenderla a fondo. Para
lograr ese cometido de comprensión más profunda me ha resultado muy útil pensar la
evolución social e institucional de un colectivo en paralelo con los estadios de
crecimiento de una persona individual: ese paralelismo brinda sus frutos rápidamente
porque las similitudes son notables, sobre todo respecto de nuestros pueblos que han
tenido historias de dominación extranjera y las figuras así asemejadas a las parentales se
hacen tan evidentes. Pero, en cualquier caso, las comunidades tienen, creo, sus etapas y
ciclos de crecimiento que, en tanto humanas, sólo pueden responder a esa forma de
evolución que vemos a nivel individual. Y todo ello habilita a indagar y encontrar las
respuestas que se hacen imprescindibles en un momento de avance, con el fin último de
no repetir una y otra vez los mismos errores, que la vida se empeña en ponernos
enfrente, en un círculo que se muestra todo el tiempo como sin aparente salida.
Siguiendo esta propuesta de análisis, pensemos, entonces, cómo impacta
en el desarrollo de cualquier individuo su primer entorno, las relaciones parentales, su
vínculo con los adultos, si tuvo más o menos cercanía con los más próximos, si su
entorno fue exigente, amoroso, sombrío, si se valió por sí mismo, si necesitó ayuda y
qué respuesta recibió de los que rodearon al neonato y luego al niño, todo lo que
5
ciertamente marcará a fuego su personalidad y sellará la forma en que aquel se
conducirá en el afuera, así como sus reacciones más instintivas e inmediatas. Hasta que
la vida y la adultez – o la necesidad de arribar a ella- lo pongan en la necesidad de tomar
consciencia de sus conductas más dérmicas y entonces, encarar el camino de su
evolución consciente.
De similar modo, creo, es posible indagar en el proceso de evolución de
una sociedad, con sus primeras experiencias que la forjarán, en lo que será como grupo
social. Los pueblos jóvenes como el nuestro -cada uno en lo que tiene de peculiar-
todavía están transitando experiencias acorde con ese estadio de evolución; el
inconveniente está en que, a nivel internacional, lo es en paralelo con otros que ya
transitan la adultez, se encuentran en otro estadio porque tienen muchos siglos de
conflicto y crecimiento. De modo que los más jóvenes se ven obligados a apurar su
evolución, a quemar etapas, para convivir en un plano de más igualdad, en determinada
instancia de la historia universal que se da para todos, y más aún, porque las vivencias
colectivas son y tienden a ser cada vez más globalizadas.
Por otra parte, el camino de descubrimiento de sí mismo que puede hacer
el colectivo, a raíz de las experiencias a que lo enfrenta la vida, lo obligarán, en una
disyuntiva crucial, a elegir para sí la forma de perseguir su evolución, o de lo contrario,
seguir manteniendo eternamente, en un círculo interminable, la pesada y costosa carga
de responder siempre como en sus primeras experiencias, y cada vez con un precio más
alto, hasta que la vida se encarga de arrasar con esos resabios para producir el necesario
crecimiento. Para nuestro país, si los ciclos históricos de crisis continúan repitiéndose
sin solución de continuidad como hasta ahora, ello no sólo impide el necesario
crecimiento que la sociedad toda debe experimentar en cabalidad, sino que la sume en
una cada vez mayor decadencia y una espiral alarmantemente descendente. Por supuesto
que el cambio no es posible sino a partir de la consciencia adquirida por cada individuo
que la integra, y esto puede sonar desalentador, pero creo firmemente que sumando cada
consciencia aparece la tendencia hacia un cambio que cuanto más se extiende, más
factible de realización se torna.
En una interesante teoría, el sociólogo francés Elìas analiza dicha
relación expresando:“el proceso específico del “crecimiento” psíquico en las sociedades

6
occidentales, que suele participar hoy a los psicólogos y a los pedagogos, es idéntico el
proceso civilizatorio individual al que en las sociedades civilizadas se ve sometido todo
adolescente desde pequeño, con mayor o menor éxito...” y “La observación de los
sucesos actuales ilustra la comprensión de los pasados y la profundización en lo que ha
sucedido aclara lo que está sucediendo: muchos de los mecanismos de interdependencia
de nuestros días prosiguen los cambios del pasado…”3. Lo cual parece de toda obviedad
pero, visto en su reverso, al entender el pasaje por las más tempranas experiencias a la
manera de la vivencia individual de la persona que recién nace al mundo y cómo la
impacta, cómo hereda determinada forma de ser, y cómo es moldeada su personalidad
por el primer ambiente que la rodea, se vuelve, entiendo, mucho más asequible la
comprensión del proceso histórico en cuanto a sus consecuencias actuales.
Finalmente, y para no perder el hilo del tema que nos convoca en este
libro- tengo que reiterar que la pervivencia de un sistema vertical y encriptado que
refleja el proceso judicial escrito –y de lo que no se escapa aun en aquellos fueros o
jurisdicciones en que se ha instaurado el régimen oral de procedimiento-, y todo lo que
esa modalidad trae aparejada en su proyección institucional, cívica, política, y por un
período tan alongado de tiempo, es expresión de nuestra historia, en su huella más
profunda. Ha sido desplegada en los primeros años de formación del colectivo y
arrastrada hasta el presente. A ella acudimos, como destacara Campbell, aun cuando
nuestros pensamientos conscientes nos lleven en sentido contrario.
En el camino de análisis que vamos a comenzar ahora, entonces, me veo
en la necesidad de adelantar, desde ya, lo que entiendo es un nudo crucial en esa traza
histórica, a partir del cual puede ser que se desmembren muchos de los conflictos de
nuestra vida política e institucional. Leyéndolo por primera vez de Daniel Larriqueta4
(aunque ciertamente muchos han referido esta cuestión), no pude sino comenzar a
comprender, desde lo más profundo, la historia de reiteración histórica, de crisis, que
hemos llevado siempre sobre nuestras espaldas y esa dicotomía, en su último y esencial
significado, de democracia-autoritarismo que está presente en todas las manifestaciones
y a la que me refería al comienzo de este punto. Es que, hasta la actualidad, han existido

3
Elías Norbert “EL proceso de la civilización”, Fondo de Cultura Económica, Mexico, 2009, pag.75 y 618
4
Larriqueta Daniel, “La Argentina imperial” y “La Argentina Renegada”,
7
dos Argentinas que no han podido reconciliarse, oscilando en su enfrentamiento y
preeminencia, excluyente la una de la otra en el sentir de todos sus habilitantes, en una
disyuntiva a muerte, de “yo o el otro”, como si no compartiéramos el mismo ADN, el
inconsciente colectivo que nos marca, para imprimir una forma de ser peculiar en la
psiquis de todos, y que conforma una identidad propia y única. Tan tenaz ha sido esa
sutil y profunda división -o más que división, la exclusión del otro como necesidad de
supervivencia- que ha llegado al punto de no poder tolerar, siquiera, la idea de
escucharlo, menos comprenderlo, como si fuera la expresión misma del mal, siendo
nosotros los que tenemos la absoluta verdad. Ni siquiera la gigantesca ola inmigratoria
que se amalgamara desde casi el principio de la vida independiente, pudo con esa
dicotomía, y se ha mantenido casi intacta hasta nuestros días, manifestándose en las
distintas esferas del quehacer político, social e institucional. Agravada o reflotada, en la
última década, por el uso que se ha hecho desde el poder político de esa
desmembración, para generar una mayor división, en su mero provecho.
En una era de profundos cambios a nivel universal, como la que hoy
vivimos,5 las fuerzas históricas universales están comenzando su renovación, aun
cuando se haya intentado profundizar localmente, desde lo político en el último período,
aquella dicotomía basal (o quizás., obviamente sin quererlo, para hacerlas conscientes).
Y así, se hace imperioso, para acompañar ese proceso de traspaso que alcanza a todo el
mundo, dejar atrás el lastre que tantos momentos dramáticos ha costado al país, en una
reconciliación superadora. Entender su matriz, y conocer a fondo ese núcleo de nuestra
historia, nos permitirá -estoy segura de ello- reconciliarnos con ambas Argentinas que
conviven en todos nosotros, para poder evolucionar como sociedad, lo que, sin duda,
nos traerá paz a todos los argentinos, en el mundo nuevo que se asoma. En lo particular,
el avance de la organización y procedimiento judicial es, sin lugar a dudas, parte
fundamental de ello, aunque no lo parezca, aunque se minimice su influencia, como una
cuestión menor que puede pasar a segundo plano, y lo es por las implicancias
institucionales, políticas y sociales que posee; ya lo veremos pero, creo, es una de las
muchas formas que debe adoptar esa reconciliación en aras de la evolución de la
sociedad. De ese progreso depende la estabilización institucional que posibilite su

5
Ver Cap.I, ptos.
8
crecimiento y maduración. Y el ponerse a tono con la nueva época, frente a la cual
parecemos estar yendo bien en saga.

2. El fondo de la historia. Etapa prenatal.

Esa reconciliación entre las dos Argentinas, anticipada como conclusión,


necesita comenzar por un reconocimiento fundamental, que tendría que operar como
hito inicial, cualquiera sea el camino que se tome; y ese es que, en nuestra identidad
como sociedad, está impresa la psiquis colectiva de aquellos pueblos originarios que
habitaron estas tierras, desde varios siglos antes que llegara el conquistador español a
América, y que más tarde o más temprano, fueron diezmados. Conocer, y sobretodo
incluir cabalmente esa historia en nuestro haber, es parte del reconocimiento de nuestras
más profundas raíces, de nuestra huella más honda que reverbera en los cimientos.
Así como estamos también formados por el sistema colonial, en diferente
modo según la zona del país en el cual se estableció, y hemos sido moldeados por las
ulteriores corrientes inmigratorias, en una psiquis colectiva compleja, templada por
todas esas matrices, la huella de los primeros pobladores está en el alumbramiento
mismo de la sociedad. Si se quiere, en su etapa prenatal y primeros momentos de vida,
pero con la fuerza que esas circunstancias de vida implican. “Como los pensadores
democráticos y liberales no sabemos asumir la herencia cultural mayor de nuestra
indianidad, franqueamos las puertas a que todos los restauradores autoritarios se vistan
con las galas de la identidad indiana”6. Tener en cuenta esta premisa, como se verá,
puede resultar crucial. Pero además, el nacimiento de la sociedad encuentra esa
gestación y alumbramiento en las vivencias de los pobladores primeros de estas tierras.
En el territorio argentino, Martinez Sarasola distingue cuatro sectores de
ocupación que existían a la llegada de los españoles: la montaña, la llanura, la
mesopotamia y el extremo sur. En la primera, diversos grupos habitaban la zona
(diaguitas, huarpes, comechingones, atacamas etc), ubicada en el Noroeste con el eje de

6
Larriqueta Daniel “La Argentina Renegada”, Sudamericana, 2004, Buenos Aires, pag.251
9
las Quebradas y valles, Sierras centrales y Cuyo, y sus grupos conformaban
comunidades con fuertes jefaturas y sólidas organizaciones sociales; sus pobladores
eran agricultores y pastores sedentarios, con actividad de recolección y caza y centros
urbanos de hasta 10.000 personas. La agricultura era, no una actividad económica sino
ritual, ligada directamente a la concepción que tenían de su entorno y que se expresaba a
través del intento constante por organizar lo desorganizado, transformando el caos en
cosmos. El Noroeste, como eje de la montaña, exhibía una profunda interrelación
cultural, penetraciones bélicas o expansiones.
Por otra parte, la expansión incaica ejercería luego, en su momento, gran
influencia sobre estas culturas, dominando a algunos de los pueblos. Hacia el siglo XIII
el noroeste argentino, junto con los territorios vecinos de Chile, fueron testigos de un
gran aumento de la población y del surgimiento de sociedades más complejas cuya
organización estaba centrada en los pucarás, mientras en el resto del territorio se
diseminaban poblados dependientes y asentamientos rurales. En el pucara residía el jefe
militar que dirigía la actividad agraria y los intercambios a larga distancia.

Los incas basaban su economía en la agricultura, principalmente el maíz,


cuya obtención era una cuestión de Estado y la apropiación de los recursos era un
importante estímulo para la conquista. Esta expandía la red de caminos e impuso las
formas incaicas de explotaciòn del trabajo en la región. Las tierras pasaban a su directo
usufructo y las cargas del trabajo reducían la mano de obra, así como aumentaba el
número de individuos separados de sus comunidades. Numerosos enfrentamientos
tenían lugar, sobre todo en las zonas de frontera.
En el mundo andino, la vinculación del individuo con su familia y con la
comunidad era esencial para su vida; era a los parientes a quienes se podía acudir por
apoyo y ayuda. La familia era el ámbito de contención colectivo. En tanto miembro de
ella, el campesino contribuía a la comunidad o respondía por las obligaciones de esta
frente al Estado y al mismo tiempo se aseguraba los derechos como miembro de la
comunidad y de la familia: acceso a la tierra y principio de reciprocidad. Cuando los
incas incorporaban un territorio solían colmar de regalos a los señores locales, salvo los

10
rebeldes que eran ejecutados. Los obsequios se reiteraban de tiempo en tiempo y así,
como contrapartida, quedaban obligados los pobladores a servir al Inca7.
En la llanura –en dos subregiones, Pampa y Patagonia por un lado y
Chaco- (tehuelches guaycurúes, charrúas, querandíes, etc.) por la otra- los grupos eran
nómades, recolectores, cazadores y pescadores, con una forma de vida semejante,
sometidos a un proceso de continuo dinamismo, dado por los constantes movimientos
de los pobladores y la llegada de otras comunidades. La unidad mínima era la familia y
la familia extensa, la banda era la forma de organización más extensa, la que no excedía
del centenar de miembros. A su cargo estaba un cacique, de relativa autoridad, que
decidía la organización de las cacerías y la dirección de las marchas. Creían en un ser
supremo y un gran número de espíritus de la naturaleza, con la consiguiente
sacralización de esta y con una compleja red de relatos míticos.
En la Mesopotamia (guaraníes, caingang), los pobladores compartían
características de otros grupos más extensos, habitantes del Amazonia; eran sedentarios,
agricultores, en medio de comunidades de cazadores aguerridos, pero contaban con una
sólida organización. Habitaban una región muy particular, que por su geografía les
permitía entrar en fluida comunicación con otras comunidades a través de los ríos.
Hacia el año 1500 convivían diferentes grupos en un territorio densamente poblado; a
veces lo hacían en forma pacífica y otras involucradas en guerras y conflictos.
Mantenían contactos con poblaciones ajenas, como las que vivían en las selvas y
bosques del sur brasileño e incluso, de las tierras del noroeste argentino.
Respecto del extremo sur del territorio, en los canales fueguinos
(yamanas, alakuf), la vida integral de los grupos que allí habitaban estaba condicionada
por la presencia del mar, la organización social era laxa y territorialmente dispersa, y no
tenían contacto con otras comunidades, ni siquiera entre los grupos que la conformaban.
Las jefaturas no existían y solamente tenían alguna influencia los mayores y los
chamanes; los núcleos dispersos de asentamientos temporarios estaban integrados por

7
Mandrini Raul, “América aborigen, Siglo XXI, Buenos Aires, 2013, pag.59/60 y 244/46
11
chozas ubicadas, por lo general, en los mismos canales. Tenían la creencia de un ser
supremo dador de todo lo existente.8
Según el análisis efectuado por Charles Mann, todas las comunidades de
América mantenían muy poco contacto unas con otras, en el sentido que mientras las
sociedades euroasiáticas tenían un continuo intercambio que les permitía tomar para si
las innovaciones de cada pueblo, era muy escaso el intercambio de personas, bienes o
ideas entre Mesoamérica y los Andes, por ejemplo. Salvo el imperio incaico, según
hemos visto.
Discúlpeseme la simplificación excesiva frente a la extensión que este
tema merecería, pero que supera ampliamente el objeto en este capítulo, más allá de su
innegable trascendencia. Sin embargo, podemos rescatar, primeramente, que las culturas
originarias que habitaron nuestro territorio, tenían una diversidad acorde con cada lugar
que ocupaban, muy distintos entre sí, con una forma de vida muy propia, aunque
participaban de la cultura original de Sudamérica. Eran cazadores, recolectores,
agricultores, comerciaban entre ellos, se relacionaban de forma pacífica y bélica, en
relaciones de dominación y de invasión. Tenían un camino histórico hecho en común,
aunque cada grupo a su manera, al tiempo de la llegada de los españoles y aun cuando
fuera sin un intercambio fluido entre ellos, con influencia de la dominación incaica en el
norte y centro. Básicamente, es necesario entender que se nutrían de una cosmovisión
totalmente diferente, formada en su relación con la naturaleza y los lazos comunales y
familiares; los aglutinaba el sentir profundo respecto de la tierra, de manera
preponderante sobre otros valores que eran decisivos para el hombre y la mujer
occidental. Su choque dio lugar a la amalgama de las razas, originando un nuevo tipo de
habitante en el planeta.
Según la zona que habitaron y su relación con la tierra, los grupos
pobladores tenían características más pacíficas o de mayor belicismo, lo que marcó,
además, la relación con los españoles a su llegada, al producirse la colisión de ambos
mundos, aunque en uno u otro caso terminaron siendo excluidos.
Tenemos, entonces, como punto de partida, la evidente diversidad de los
pueblos que habitaban el hoy único territorio de nuestro país, cada uno con su propia

8
Martinez Sarasola Carlos, “Nuestros paisanos los indios”, del nuevo extremo, 2011, pags.102/200
12
organización y cultura, en pequeños colectivos, pero con una matriz común que se haría
trizas al llegar el conquistador español. Esa matriz implicaba una cosmovisión muy
distinta a la llamada occidental –y de ahí el tan duro choque-, basada en la relación
directa con la naturaleza, y con un abordaje de sensibilidad diferente, en el que los
valores para aquel mundo preponderantes no lo eran en absoluto para estos y en el que
los lazos colectivos eran superiores a los de cada individuo. La dificultad de inclusión y
de respeto por esa visión diferente que no se ha entendido cabalmente, como se verá,
marcó el derrotero posterior.

2.1. La conquista. Choque de cosmovisiones.

Es bien sabido, y tal como podemos suponer a partir de lo visto en


el punto anterior, la llegada del invasor fue dramática para los pueblos habitantes de
América; los europeos conformaban un mundo totalmente diferente, nunca imaginado.
Aparecieron por el oriente, desde el mar, que era el espacio donde la cultura de esos
pueblos colocaba la morada de los dioses. Su aspecto físico y sus vestimentas eran
extraños, empleando armas temibles y capaces de matar a distancia. No respetaban ni
las reglas ni los rituales a los que ellos estaban acostumbrados y que nucleaban en
general a todos los pueblos sudamericanos9. De todos modos, sugiere Mann que los
nativos estaban más preparados que los europeos para su encuentro, porque en su
cultura aparecía la idea de otros grupos humanos diversos esparcidos por el mundo. Y
sabían que existían ciertos hombres diferentes, el problema es que les otorgaban
cualidades supranaturales ya que, en su cosmovisión, esa posibilidad existía y
teológicamente estaban preparados para ello. Los europeos, por el contrario, no estaban
preparados para el encuentro y respondieron con toda la violencia y agresividad a la que
estaban acostumbrados, mirándolos desde su óptica y su cultura, acorde con la época.
Esa visión, que se ha mantenido hasta ahora, con otros matices claro está,
está sustentada en el éxito personal, en el combate por la supremacía y la valoración del

9
Mandrini Raul, “America…cit., pag,271
13
quehacer del hombre por sí, con exclusión del diferente, y basando su cosmovisión,
sobre todo en esa instancia de la historia, en la exaltación del logro, de la fuerza del
héroe individual. Eso implica una perspectiva totalmente diferente al que encuentra su
significación vital en el ámbito de un grupo familiar o comunitario, en tiempos,
realización, visión de futuro, etc.
Pero, además, el cambio que produjo ese encuentro fue brutal para
millones de habitantes de América que habían estado allí desde hacía milenios,
estabilizando su relación con la naturaleza, sirviéndose de la tierra. De repente, a partir
de la llegada de los españoles, todo el ecosistema se alteró y sucumbió; Sud América
fue especialmente golpeada en ese sentido, conforme también reseña Mann. Los
pueblos originarios habían limpiado la tierra, sembrado bosques completos, construido
canales y armado campos de sembrado, cazado bisones y pescado salmones, sembrado
maíz y mandioca, manejando, así, el entorno durante siglos, en un equilibrio que se
había logrado con el ecosistema. Con la invasión y la llegada de enfermedades letales y
masivamente esparcidas como la viruela, la tierra quedó yerma de repente, por que los
nativos ya no estaban para ocuparse de ella, ya no cazaban ni pescaban como lo habían
hecho. Así, desregulado de forma inesperada, el ecosistema empezó a alterarse, no sólo
por la invasión de especies que antes eran contenidas por otros predadores sino
porque faltaba la decisiva intervención de los humanos en esa faena. Y todo el
eccosistema se modificó a tal punto que nada de lo que había hasta el momento, tanto en
flora como en fauna, se mantuvo igual. Con el consecuente impacto sobre los
pobladores.
Puede decirse que los españoles ocuparon y poblaron, en la Argentina,
las zonas de la Montaña y el Litoral, no así la Llanura y el extremo sur, que se
transformaron en inaccesibles para ellos y quedarían en manos de los pueblos
originarios, con continuas luchas en las líneas de fronteras y tratando de resistir el
dominio de los peninsulares. En las zonas donde podían hacerlo, los colonizadores
consolidaron la ocupación a través de la urbanización, el trabajo impuesto sobre los
originarios y la “evangelización”.
La penetración del conquistador en las distintas regiones produjo otros
fenómenos: luchas a muerte, fusiones en la sangre, sometimiento en el trabajo,

14
encuentro pacífico, provocándose un trastocamiento de los valores tradicionales; donde
el español no llegó, la lucha denodada por la frontera ocasionó para los indígenas una
10
configuración cultural siempre dispuesta a la guerra. Ellos trataron de mantener sus
costumbres ancestrales y su identidad étnica; sin embargo, la cercanía con el extranjero
los obligó a producir cambios que impactaron en su modo de vida. Si se piensa en lo
que Toffler señalaba, -aunque refiriéndose a los cambios que produce la nueva era en
las sociedades acercándose al siglo XX- colocar a un individuo fuera de su cultura, en
un ambiente totalmente diferente al suyo, con conceptos totalmente extraños, relativos
al espacio, el tiempo, trabajo, amor, relaciones sexuales, etc., y quitándole toda
posibilidad de volver a su entorno social y familiar, significa que sufrirá una dislocación
doblemente severa, y no hay que analizar mucho más para darse cuenta de la
devastación que produjo la conquista en ese sentido.
Sumada o contando, además, con la masacre generalizada que provocó el
esparcimiento de la viruela a la que los europeos eran, lógicamente, ya adultos inmunes.
La epidemia llegó a todos los rincones de América al punto que, según el cálculo
efectuado por Dobyns, (quien propusiera la hipótesis de que fue ese virus la verdadera
razón por la cual triunfaron los españoles, siendo ellos tan superados en número por los
aborígenes), en los primeros 130 años, luego del primer contacto entre europeos y
americanos, el 95 por ciento de la población nativa murió.
En todo el proceso, que se llevó la vida de millares de pobladores
originarios, no puede olvidarse -siendo este un rasgo que pudo haberse marcado
también como huella colectiva- , entre otras razones por demás complejas como para
simplificarlas en esta reseña, muchos de los indígenas conocían bien la dominación, la
explotación, la estratificación social y la desigualdad, así como la conquista, antes de la
llegada de los españoles. La división entre las etnias de la región se hacía más marcada
cuando el Imperio Inca las sometió en el siglo XV y por eso, varios vieron la llegada de
aquellos como una oportunidad para combatir esa dominación, cambiando simplemente
de dominador. La mayoría se dio cuenta, más tarde que temprano, que el sometimiento
sería muy distinto al ya conocido, debido a las pautas culturales absolutamente

10
Martinez Sarasola Carlos, “Nuestros paisanos…”cit., pag.214.
15
diferentes con que se manejaban, y sobre ello no hubo retorno, agregándose a las
enfermedades traídas del Viejo Mundo y el quebrantamiento psíquico diezmante que
esa dominación produjo. 11
Y otra parte del drama de la Conquista fue que la resistencia se mantuvo
al lado de la incorporación forzada al trabajo, en beneficio de los colonizadores. Las
cosmovisiones indígenas fueron disolviéndose, en ese choque, con la pérdida de los
territorios, la aparición de elementos totalmente desconocidos para ellos, las
enfermedades para lo cual no tenían defensa alguna y la acción muy relevante de la
Iglesia12. En nuestro país, la Iglesia Católica ingresó con los conquistadores y ya para
1570 se creó la diocesis de Tucumán, imponiendo los principios propios y repudiando
las creencias particulares. 13
Por diversos factores, a más de los mencionados, llegados los españoles,
lograron someter a pràcticamente todos los pueblos sedentarios desde el Rio de la Plata
hasta México, en no más de 50 años. Las regiones menos densamente pobladas y menos
jerarquizadas, con mayor fragmentaciòn social y menor organización, como la Pampa o
el Centro-sur, quedaron fuera de la dominación europea, como ya destaqué, y se
sostuvieron en continuas luchas, manteniéndose inalterada esa trama hasta la mitad del
siglo XIX. Sus bríos y resistencia, su carácter indómito, entiendo, también dejaron
rastro en el entramado psíquico de nuestro colectivo y subyacen en nuestra tierra como
parte esencial de la misma.
Pero, para la mayoría de los aborígenes, el balance de los tremendos
cambios que experimentaron fue una gran desesperanza y abatimiento, colaborando ese
estado con la mortandad que se propagó entre todos los pueblos. Es lógico suponer que,
si, de un día para otro, seres humanos totalmente extraños, dotados de elementos
poderosos, y con una cosmovisión que hacía de la guerra sostenida en la religión su
porte de identidad y de su avance cultural la autoafirmación, lograban destruir la suya
propia, sin posibilidades de defensa real, eso no iba sino a echar abajo o mermar

11
Di Meglio Gabriel “Historia de las clases populares en la Argentina”, Sudamericana, Buenos Aires,
2012, pags.31/34
12
Martinez Sarasola Carlos, “Nuestros paisanos los indios”, Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2011
13
Martinez Sarasola Carlos, “Breve historia de lospueblos originarios, Del Nuevo extremo, Buenos
Aires, 2005, pag.80
16
psíquicamente su propia identidad. Sumando a ello que se les impuso su cultura como
única válida y como forma de vida, trasladándose y lapidando la propia con un
menosprecio en el que la mirada del así afectado no puede sino impregnarse de ese
desdén hacia sí mismo; con consecuencias que hasta hoy pueden advertirse en toda
América Latina, sobre todo para quienes son hijos de ambas culturas.
Es que el choque cultural, a más de la muerte y la sumisión, dio vida,
también, como ya adelantara, a una situación totalmente nueva: el mestizaje. Pocas
mujeres habían acompañado a los españoles y fueron botín las originarias, en una lucha
desigual. Con posterioridad, algunas veces la unión tuvo lugar en forma pacífica por el
acercamiento de ambos grupos, pero en muchos otros, lo fue de manera violenta. En un
principio, la situación de los hijos naturales fue indeterminada y algunas hijas mestizas
eran valoradas como posibilidad de ascenso social entre los españoles, aun cuando
fueran consideradas ilegitimas; pero, luego, empezaron los hijos a tener problemas para
heredar y finalmente, comenzaron a ser desplazados por su sangre indígena, recordando
los criterios discriminatorios de la Península y esa diferencia cultural de origen; así,
quedaron a cargo de las ocupaciones más desvalorizadas, en la base de la pirámide
social creada. Ello cuando hubiera podido constituirse una síntesis superadora de dos
mundos diferentes, herederos de esas dos cosmovisiones diferentes con sus ventajas y
sus desventajas, pero que creo no será hasta ahora, en esta nueva era, que podrá
desplegarse con éxito.
Es en el mundo de hoy que puede comenzar a entenderse y a valorarse de
otra manera la cosmovisión de los pueblos originarios, creo, sobre todo, en lo que hace a
su relación con la naturaleza. Ese contacto directo, esa vibración de sentido fuera del
racional comienza a ser entendido en este siglo, de otro modo al que podía
comprenderse tiempo atrás, aplicando meramente el raciocinio occidental. Pues se
empieza a aprehender la verdadera interconexión y vínculo estrecho del ser humano con
las demás entidades viventes y con el planeta Tierra, en un todo. Y allí esa cultura tiene
mucho que decir.
En definitiva, entonces, conforme con lo que hemos visto hasta acá, el
sustrato más profundo de nuestra historia -constituyente sin lugar a dudas de una parte
de nuestra psiquis colectiva- está dado por la dominación con pérdida de la identidad
17
psíquica y cultural de los habitantes de estas tierras; el exterminio sistemático, la lucha
por la supervivencia en el suelo que ya no podía tomarse como propio y la idea de que
esa tierra, su riqueza, es fuente para extraer todas sus posibilidades económicas en
exclusivo beneficio de los conquistadores, es decir en definitiva, de los que poseen el
poder, y no para beneficio de todos. Todos los que son sometidos y que no lucharán por
lograr ese beneficio como un derecho adquirido.
Y está conformado, también, ese sustrato basal, por la huellas que
dejaron los pueblos que, con una cosmovisión radicalmente diferente, no pudieron
contra esa invasión que se daba en una era en la que los valores de la agresividad, el
éxito personal y su concreción en la lucha descarnada (del más fuerte y bajo el nombre
de la cruzada religiosa en su caso) eran sobreestimados y especialmente valorados;
aquellos honraban una relación diferente con el mundo que los rodeaba, ajena a esos
valores y sustentándose, básicamente, como ya destaqué, en su relación con la tierra, en
su íntima vinculación con las fuerzas de la naturaleza y los lazos familiares y
comunitarios. En rigor, no había forma que se entendieran, dada la visión totalmente
contrapuesta que uno y otro significaficaban; solamente podía haberse hecho con un
esfuerzo consciente y de apertura de los invasores en tal sentido y esto no ocurrió, y era
muy difícil que ocurriera. Quedó marcada la tierra, también, por el espíritu indómito de
aquellos que se resistían luchando en las fronteras, aunque tratando de interactuar con
los pobladores, algunas veces de manera pacífica, por el comercio y el intercambio de
artículos, o bélicamente, hasta que fueron al final, desplazados y en épocas posteriores,
exterminados. Finalmente, y por sobre todo, quedó la marca indeleble como señal del
alumbramiento, de la muerte y la sumisión, para el nacimiento de nuestros pueblos.
Todos esos fantasmas sobrevuelan nuestro suelo y debemos darles su
lugar, reconocer nuestra raíz en ellos y descubrir cómo nos conformó como sociedad.
Nos moldeó en el dolor psíquico de los primeros pobladores, en el arrasamiento de su
identidad y cosmovisión Dice Tzvetan Todorov: “La primera reacción, espontánea,
frente al extranjero es imaginarlo inferior, puesto que es diferente de nosotros: ni
siquiera es un hombre o si lo es, es un bárbaro inferior: si no habla nuestra lengua, es

18
que no habla ninguna, no sabe hablar, como pensaba Colón”.14 Lo pensaba Colón como
el resto de ese mundo europeo que así veía su cultura y la interrelación entre los seres
humanos, en esa época.
Así se creó –y también cristalizó- la relación entre los pueblos originarios
y los peninsulares, cargada de subordinación y muerte a partir de una mirada
desvalorizante que invade, penetra y conforma en su esencia al así menospreciado: es la
mirada que denigra y hace preguntarse al sí mismo si ese es el espejo de la verdad. Es la
huella del daño psíquico para el alumbramiento, dado por el rechazo que se muestra en
la mirada del otro. Y es la mirada que, no sólo por aquel, sino por que no han podido los
pueblos desprenderse de ella en los siglos venideros, coloca en un lugar de baja estima,
de desdeño, de repulsa propia, con la que tiene que cargar el que así es mirado y que
acompañó, en mayor o menor medida, el devenir de todos nuestros pueblos.
Básicamente, podemos percibir la presencia insoslayable de la muerte y
sumisión como características fundacionales, lo que reverbera en la matriz más
profunda de la etapa de alumbramiento.
Reparemos, además, en el hecho que, según se ha observado: “se
configuraron dos tendencias en el mundo indígena: la primera, la de las culturas libres,
que seguiría sosteniendo su identidad constituyéndose en la posibilidad histórica de ser
la expresión auténtica de la forma de vida indígena; la segunda, la de las culturas
incorporadas y/o sometidas, cuyo núcleo de la montaña y el litoral-especialmente
diaguitas y guaraníes- es la base de sustentación del mestizaje, dinámica que da origen a
la matriz original hispano-indígena, y una primera vertiente en la conformación del
pueblo argentino desde el punto de vista étnico-cultural”.15
Tenemos, aquí, también, en la misma raíz, una dicotomía, una primera
división que, en otro plano, luego subsistirá sumada a la dupla “ellos y los
conquistadores”, siempre marcados por una duplicidad, por ese “yo o el otro”. Y me
pregunto: ¿No es esta otra manifestación de las divisiones que, luego adquiriendo
nuevas formas y tonos de expresión, campean como núcleos aislados y confrontados

14
Todorov Tzvetan , “La conquista de América. El problema del otro”, siglo XXI, Buenos Aires, 2da.ed.,
2012, pag.94
15
Martinez Sarasola Carlos, “Nuestros paisanos…”pag.235
19
hasta nuestros días en el país? Expresa Larriqueta: “Nuestros antepasados aymarás,
quechuas o diaguitas enarbolaron un rechazo silencioso, obstinado, renovado en cada
generación”, también frente a los cambios españoles en los aspectos no religiosos ni
políticos de la vida cotidiana”16. Esa repulsa, con esas condiciones, también y luego
ampliada o trasplantada a quienes podían encarnar la dominación como tal, articuló una
de las fases de la trama general de pugna en que se ha mantenido desdoblado y
tironeado el país.
Muerte, resignación, menosprecio, rechazo silencioso, se hunden en
nuestra primera impronta. Y porque no, tal como le sucede al ser humano que es objeto
de esa herida inicial, una profunda rabia e ira que no se canaliza como energía de
avance, sino como continuo boicot y menosprecio personal por lo que se cree ser, en esa
mirada desvalorizante.
Si buscamos un elemento subconsciente, más hondo en esa profunda
huella, ¿será que la impronta tanática que nos ha perseguido desde siempre a los
argentinos, esa obsesión y fascinación frente a la muerte que exhibimos continua y
persistentemente, es consecuencia de todos esos fantasmas que se mantienen sin
descanso? La muerte quedó impregnada en la tierra para siempre, dándonos vida en esta
tierra y nosotros seguimos venerándola de una manera oscura y dual.
Y finalmente, en algo aun más importante: ¿es que ese rechazo pasivo,
conformado, tolerante, cargado de miedo respecto de quien posee el poder está impreso
en el más inconsciente y profundo sentir colectivo? ¿Es esa la raíz última de nuestra
pasividad e insondable resignación que siempre se instala frente al poderoso, soportando
lo prácticamente insoportable? En la tierra, reitero una vez más, está impresa la huella
de la muerte y también, la de la sumisión. Es sobre la mirada que devalúa, que
desprecia, y que mata el que ha proveído los primeros cimientos sobre el que construirse
las sociedades latinoamericanas y este vínculo es el que se ha reiterado y en la que cayó
la sociedad en distintos períodos posteriores de la historia, con recurrentes crisis que
contuvieron altas dosis de resignación pasiva, por motivo de la cual medió una entrega
total al gobernante, su entronización y finalmente, su defenestración con la misma
vehemencia y rabia, que hubo tenido en esa entrega.

16
Larriqueta Daniel, “La Argentina renegada”, cit., pag.64.
20
Diversidad en conflicto, dolor, miedo, admiración y odio por el ser
sobrenatural que posee el poder y lo ejerce en plenitud, menosprecio en la mirada
propia. Todas ellas constituyen nuestra huella prenatal y marcaron nuestro nacimiento
de un modo particular.

2.2."La Madre Patria".

Podemos decir que la segunda huella -impresa esta con la fuerza


arrolladora que imponen los modelos parentales en el primer crecimiento del ser
humano- está dada a partir de la instalación en estas latitudes, por el reino de España, de
un sistema político social que si bien fue trasplantado a semejanza del originario,
adquirió características peculiares y que dejaría raíces muy profundas en toda América.
Con la invasión y colonización de la tierra, a partir de la creación de poblaciones, la
migración de españoles a estos territorios, el trasplante de sus instituciones y su forma
de vida se instaló el sistema político de la Península; en tan corta historia que hemos
tenido, todavía resulta determinante. No la hemos podido llegar a desmenuzar y
conscientizar lo suficiente, para poder finalmente superarla como parte de nuestra
experiencia de vida y consolidarnos en la nuestra.
España trasplantó su sistema de gobierno para ejercer un control directo
sobre los territorios que dominaba y en ese sistema -como en todo el mundo occidental,
en mayor o menor medida en la época- la idea política primordial era la de amor y
temor al Rey. El ideal de buen gobierno estaba sustentado en los conceptos básicos de
amor y temor desde las esferas de poder. Las Partidas exhibían las razones por las que
esa premisa resultaba crucial e imponía obligaciones jurídicas a los súbditos, graduadas
de la siguiente manera: era preciso conocer, amar, temer, honrar y guardar al Rey. 17
Menciona Bermejo Cabrero que se multiplican en la historiografía, sobre todo la
castellana (de mayor influencia aquí), las observaciones en ese sentido. Ilustrado el
autor con cita del siglo XVIII del español Jerónimo Feijoo, en su Teatro Crítico

Bermejo Cabrero José Luis, “Amor y temor al Rey (evolución histórica de un tópico político), en
17

Revista de Estudios políticos, , nov.dic 1973, Madrid, pags.107/109


21
Universal, que expone: “Bueno es que los ministros amen al Príncipe, pero juzgo más
útil al público el que le teman. Será felicísimo un reino donde los súbditos teman a los
ministros, los ministros al Rey y el Rey a Dios.” 18 Y recuerda aquel cómo, tanto en la
Edad Media como en el absolutismo, pesaban más en la vida política los planos
personales que las categorías abstractas y la política era, fundamentalmente, cosa del
Rey y de la Corte.
Está claro, así, que las facultades de legislar, ejecutar y juzgar estaban
concentradas en la persona del Rey, desde donde emanaba todo el poder, y a quien se
veneraba. De igual modo pasó a estos territorios con la misma concepción basal.Y esa
constituye, sin duda, nuestra segunda marca, forjada desde el primer momento en que se
organizó el sistema colonial, el que traía, en tal contexto, una sociedad clara y
ostensiblemente estratificada, tal como existía ya en España y que, con el mismo
pensamiento se impuso en América, donde los nuevos conquistadores deseaban escalar
y obtener nuevos honores que no podían asegurarse en sus tierras.
Es sabido que los hombres y mujeres que llevaron a cabo la conquista y
colonización de América hispana no provenían del más elevado estrato de la pirámide
social peninsular, altamente jerarquizada; por el contrario, y dada justamente esa
división social tan fuerte y muchas veces excluyente en la Península, anhelaban obtener
un mejor lugar en el Nuevo Mundo. Los sustentaba una ideología señorial cimentada en
el poder de la explotación de la tierra y de los hombres que la trabajaban. Así lo define
la historiadora Presta: “Los conquistadores imprimieron en la colonia marcadas
diferencias y los patrones culturales que reflejaban el estrato superior al que siempre
quisieron pertenecer pero al que sólo en el Nuevo Mundo como elite conquistadora,
pudieron acceder. Esos patrones socioculturales reflejaban dos paradigmas antagónicos
que se expresaban bajo los viejos valores peninsulares atados al status: el honor, la
fama, la gloria, los títulos y la propiedad de la tierra combinados con las nuevas
prácticas mercantiles que reconocían el valor del comercio y el dinero para ascender en
la escala social.”19 Y sostiene Moutoukias que las instituciones políticas y militares de
la Colonia estaban imbricadas en la estratificación social y su reproducción: “un aspecto

Citado en Bermejo Cabrero José Luis, “Amor y temor…”cit., pag.122.


18

Presta Ana María La sociedad colonial:raza etnicidad…”, en Tandeter Eduardo (dir) “Nueva Historia
19

Argentina, T.1, Sudamericana, Buenos Aires, 2000, pag.58.


22
de dicha imbricación, es la tenacidad con la cual los económicamente poderosos
buscaban el servicio al rey y el ejercicio de oficios que conferían honor y crédito
personal. Esta lógica social alimentaba la coexistencia de los objetivos generales de las
instituciones con los intereses locales de aquellos poderosos”20. Subraya, además, el
papel de la Corona como centro redistribuidor de gracias o mercedes a cambio de
servicios, en virtud de los cuales se aseguraba el concurso de las oligarquías urbanas,
Así, “la trama que organizaba la acción política unía a los actores sociales unos con
otros por los lazos recíprocos del crédito y la deuda, propios de la mediación. O sea,
favores a cambio de apoyo político y otros favores con los cuales satisfacer nuevas
demandas de favores a cambio de apoyo político”. ¿Suena esto conocido en la trama
histórica posterior de nuestro país?
Los funcionarios concebían su actividad como un servicio a la persona
del rey, a la par que los agentes de la monarquía estaban consagrados a toda suerte de
actividades empresariales, entendido esto como una progresiva construcción de la
notabilidad social que aumentaba la probabilidad de movilidad ascendente y de éxito en
los negocios”21 Movilidad necesaria porque las escalas inferiores eran objeto de
menosprecio y desdén en la Península El centro desde donde descendían esos favores,
apoyos y gracias era el núcleo del poder alrededor del monarca, por lo que cualquier
posibilidad de ascenso remitía casi directamente al mismo.
Para América, la figura del rey era, por otra parte, la de una
representación paternal que demandaba a distancia: a todos –en sus propias categorías
claro está- se los consideraba parte de la monarquía española, al cobijo de esa imagen
lejana y con un referente fundamental en esa pertenencia: el cabildo. Todas las ciudades
destacadas contaban con uno y algunas pequeñas también, así como los pueblos
indígenas. Eran municipalidades que se ocupaban de todo, aunque quienes accedían a
los cargos en ellas eran solamente la “gente decente”.
Finalmente, la unanimidad católica, su enorme influencia y el papel de la
justicia como posibilidad de expresión, resolución o atenuación de conflictos sostenía la

20
Tandeter Eduardo (dir.Tomo 2)”Nueva historia argentina. La sociedad colonial”, Sudamericana, Buenos
Aires, 2000, pag.384
21
Tandeter Eduardo, “Nueva historia…”, cit., pags.394/95 y 408
23
legitimidad del sistema colonial entre las clases populares.22, que crecieron bajo la
concepción de un sistema paternalista, así concebido.

2.2.1. Poder absoluto emanado de la concepción del derecho de dominio


sobre las tierras americanas.

La conquista tuvo características muy peculiares, y no puede soslayarse


que introdujo también una impronta religiosa muy fuerte y su aspecto continental. Otros
países europeos tuvieron colonias antes y después, en Asia y Africa, y las trataron como
factorías comerciales sin ninguna intención de cosechar y penetrar la tierra, levantar
escuelas o universidades como se hizo en América Latina. Hay quienes sostienen que
las colonias no fueron costeras sino mediterráneas, porque España se adentró en la tierra
y el soldado se transformó en agricultor, se construyeron templos, escuelas, hospitales.23
En definitiva, el vínculo que produjo tenía otra intensidad, en la influencia de España,
con lazos muchísimo más profundos, a otros niveles.
Para entender esto – de lo cual la construcción de hospitales, escuelas,
universidades, etc., no sería sino una derivación natural- me parece muy correcta la
apreciación y diferenciación que efectúan las autoras Facorro y Vittadini Andrés, al
distinguir los términos “dominio” y “colonia”, en relación a la dominación de la Corona
Española sobre América Latina, aun cuando erróneamente se utiliza siempre el término
“colonias”, dicen, para describir tal situación. Sostienen aquellas que esa diferencia,
más allá de los sistemas o estructuras teóricas, tiene sus raíces en el uso del poder como
elemento siempre presente en lo político y el deseo y ambición de tenerlo y retenerlo
para sí.
Advierten la diferenciación en elementos jurídicos como la Bula Inter
Caetera del año 1493, en la que se dejaba establecido que, con sustento en la obra
apostólica emprendida por los Reyes Católicos para lograr la difusión del catolicismo y

22
Di Meglio Gabriel “Historia de…”cit., pag.162/63.
23
Pandra Alejandro, “Origen y destino…”cit., pag.61.
24
conversión de los pobladores de las nuevas tierras, el Pontífice le hacía entrega a los
monarcas de esas tierras, que conformaban su dominio, por ser vicario de Cristo en la
Tierra (todas las tierras pertenecían a Dios y por tanto, a su representante terreno),
expresando que era para siempre “a vosotros y vuestros herederos y sucesores
investimos de ellas con plena, libre y omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción”.
Los términos referidos resultan inequívocos en cuanto al traspaso de
dominio que se manifestaba ahí realizar y, por lo tanto, las nuevas tierras habrían de
pertenecer a la Corona, directamente, como parte de su patrimonio personal. Prueba de
ello, indican también, es la mención en el testamento de Isabel de Castilla y, asimismo,
en el de Fernando de Aragón, con la ratificación expresa de los siguientes monarcas,
entre otros que refieren igual situación juridica 24.
La diferencia es sustancial: los territorios dominados bajo el status de
“colonia” implican una estructura de dominación administrativa, política, militar y/o
económica, según los grados en que tenga lugar, pero siempre existe una diferencia
basal con el dominio directo, y en ello coincido con las autoras citadas, porque aquel
sistema trae, en su esencia, un reconocimiento ineludible de la sociedad que se rige por
normas y estructuras gobernantes diferentes, aun cuando se la someta. Por el contrario,
el dominio implica un señorío directo sobre la cosa o tierra de que se es propietario, que
no reconoce a ningún otro; se es dueño de ellas, y ello significa un imperium absoluto,
un ejercicio irrestricto del derecho. Nadie que habite esas tierras puede tener derecho
mejor o nexo alguno con lo que es exclusivamente del dueño.
Reitero, me parece fundamental ese distingo, y no sólo porque muy en lo
profundo tiene que necesariamente mostrar una raíz excluyente respecto del que habita
al que, así, no le pertenece la tierra. Piénsese en ese sentido que, desde el punto de vista
jurídico, el dominio es el derecho real con todas las facultades de gozar, usar y disponer
material y jurídicamente de la cosa. Es perpetuo y es exclusivo. En definitiva, es el
derecho más absoluto que puede tenerse sobre un bien.

24
Cfr.Facorro Susana- Vittadini Andrés Susana N. Situación jurídica de laArgentina en 1810. Dominio o
Colonia en Alderete Avalos y otros, Debates sobre la emancipación, Asociación de Docentes de la
Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2011, pags.75/79
25
Entonces, a la concepción del Rey como gobernante supremo, que hemos
visto en el apartado anterior y la estratificación social que se imponía con tanto
dramatismo, se suma, en el control y conformación de las tierras de América, la del
derecho absoluto, exclusivo, excluyente y perpetuo de quien se considera dueño de
ellas. La relación sometidor-sometido, que también hemos tocado, corporizada a través
de los conquistadores, se ahonda hasta llegar a un terreno en que el sustento basal es la
propiedad absoluta sobre el suelo que se pisa y la idea omnipresente de que los que lo
habitan no poseen derecho alguno sobre ella, y por tanto, nunca les ha sido quitado. Así
concebido, no tienen ni han tenido derecho alguno sobre la tierra. Claro, los españoles
no se encontraron con Estados organizados a la usanza occidental de la época, los
pobladores fueron diezmados, y las tierras, para ellos, estaban vacías, por consiguiente,
no resultaba extraña esa concepción. Las poblaron con las corrientes migratorias que
mandaron desde la Península, diseñando luego un sistema férreo, cerrado en la idea
última de propiedad exclusiva para la Corona.
Para quienes nacían y vivían en la tierra, luego de la migración, del
mestizaje y de la muerte, importaba convivir, todo el tiempo, con esa idea
constituyente; implicando que no sólo se percibirían a sí mismos bajo la mirada
despectiva que tiene quien ejerce su imperium, sino sintiendo no ser otra cosa que
inquilinos en su tierra. Esto tiene un impacto profundo, y esa idea de dominio absoluto
debía expandirse a todos los efectos posibles de la actuación de la Corona y sus
representantes, además de ir generando, cada vez en mayor medida, enormes tensiones
en los territorios americanos que luego harían eclosión, más allá de conservar esa
percepción subterránea.
Me pregunto, entonces, si en todo ello tiene que ver que hablemos de la
“Madre Patria”. En primer término, indica un lazo fortísimo que no poseen las colonias
en general. El lazo filial es el más estrecho y carnal que puede tener la persona humana.
Y España estableció ese vínculo asentado en la religión, y también fue de poder; y lo
hizo a través e impregnando todo el sistema político, jurídico, económico, social Si
aquella consideraba que las tierras americanas conquistadas eran su dominio exclusivo,
esto es, eran de ella y de nadie más, los hijos de la tierra podían ser “hijos” en un
sentido amplio si se quiere, de ella misma.

26
En definitiva, siempre termina remitiendo a la figura parental que, como
los progenitores respecto de los hijos bajo su patria potestad, es dueña de las
propiedades en que viven y marca las normas de convivencia, decide sobre su crianza,
etc., etc. Como ellos, trataron de trasmitir y de inculcar a los pobladores, en una política
de adoctrinamiento intenso, sus estándares basados en las convicciones fuertes
religiosas que consideraban como formadoras, pero alejados muchas veces de la
realidad palpable y concreta (incluso de la propia ya que eran los representantes de la
Corona, los primeros en no poder sostenerla).
No cause extrañeza alguna, entonces, que América Latina toda haya
tenido tantas dificultades, en su joven historia, para evitar la entronización continua de
gobernantes totalitarios, actuando como figuras parentales de las que se espera todo, y
en un estado filial en el que no se puede hacer cargo de su propio destino. Se espera
todo, desde lo inconsciente, desde lo vivido en las primeras experiencias del colectivo
que tiene marcadas a fuego, a través del vínculo político con una figura netamente
parental que es la más estrecha que se puede tener entre sociedad y gobernante, dueño
este de la tierra, de sus recursos y de la vida de sus habitantes.

2.3. Tercera impronta. Lejanía del Rio de la Plata. Su escasa importancia


para España.

Finalmente, como tercera característica, al cuadro de situación hasta aquí


descripto y aun bajo la concepción ya vista, se agrega, con tipologías también muy
particulares, la geografía del nuevo mundo, imprimiéndole notas muy propias que
hacían que las instituciones trasplantadas no pudieran nunca -claro está- devenir y
resultar de la misma manera.
Particularmente en el Río de la Plata, la circunstancia de que la metrópoli
prestara muy poca atención a estas tierras, hacía que los pobladores se vieran obligados
a sustentarse por sí mismos, aislados de los intereses de lucro de España, y ello moldeó
fuertemente la personalidad del “criollo español” en esta latitud. Es que hasta 1776, en
que se creó el Virreinato del Río de la Plata, gran parte de nuestro territorio tenía una
importancia secundaria para los intereses del Reino, básicamente porque no era
27
redituable en productos que se pretendían obtener de América. Por otra parte, el
peninsular que arribaba al Nuevo Mundo olvidándose de sus orígenes humildes, era
conocido por detestar todos los trabajos manuales y oficios mecánicos, de modo tal que
el propósito de hacer fortuna fácil era la causa por la que no sentían estimación alguna
por las regiones rioplatenses, marcadas por la falta de minerales y de indios de
encomiendas, todo lo cual requería de un mayor esfuerzo y energía personal y no
brindaba réditos inmediatos que se perseguían en las nuevas tierras.
Así, a más de lo hasta aquí visto, desde ese particular ángulo, se hizo
sentir fuertemente una impronta propia, una huella “emocional” del territorio en sus
primeras experiencias, luego de su tan dramático nacimiento que fue dado en iguales
condiciones al resto de las zonas conquistadas. En su aislamiento, debió fraguarse el frío
“abandono” y la exigencia de la “Madre Patria” respecto de estas tierras, corporizada en
que los pobladores se abastecieran por sí mismos. sin generar otros inconvenientes (no
así en todas las zonas ya que las del Norte estaban en mayor medida asimiladas al
Virreinato del Perú).
¿Podemos extraer de esa impronta, la manifestación que siempre
exhibimos de recurrente cerrazón respecto del mundo en general, así como la necesidad
de autoabastecernos en el frío de nuestro único sustento y con un mundo a veces
imaginádamente hostil como escenario?
Es ilustradora la cita que hace Torre Revello de un consejero indiano,
Pedro de Rada, a fines del siglo XVIII (1781). Este último escribía: “ todo español ha
salido y sale para las Indias con el objeto de conseguir las comodidades que no tiene en
su patria; y como la Provincia del Río de la Plata presenta a los recién llegados los
espantosos desiertos desde el Cabo de Hornos, los de las Pampas, frecuentados sólo por
los indios bárbaros y la intransitable cordillera de Chile en mucha parte del año: de aquí
es que o se vuelven a España asustados o los que tiene proporción se dirigen tierra
adentro al distrito de la Audiencia de Charcas y Perú donde está la tierra más poblada,
las minas y el Comercio. Oyen igualmente que en el Paraguay, Cuyo, Tucumán, etc., no
hay más indios, pocos españoles ricos y suma pobreza en general: y que los escasos
recursos para vivir es a costa de muchos trabajos iguales a los que les ofrecía su propia
patria: de suerte que nada les convence de la verdad del estado de aquellas Provincias

28
como la ninguna o poca mejora que ha tenido en más de dos siglos y medio”25. A ello se
suma que los españoles, según se escribía en el año 1614, se dedicaban en las nuevas
tierras al gobierno político y “a la administración y beneficio de sus haciendas, crianzas
y labranzas, valiéndose para ese ministerio y trabajo, de naturales, porque los españoles
en las Indias no aran ni cavan como en España, antes tienen por presunción no servir en
las Indias donde se tratan como caballeros o hidalgos …”26
En la misma España –según se reseñara- la función pública, que se
confundía con el servicio al rey, el mar, camino de las conquistas y el comercio ofrecían
dignidad y servían para ella; los oficios mecánicos que suponen el uso continuo de las
manos, el comercio de dinero, fueron objeto de desprecio durante siglos y hasta, a
veces, de repulsión: el ideal coincidía perfectamente con la ausencia de trabajo, la vida
contemplativa, con la “fiesta y el paseo a la que todos aspiran para ser estimados”,
gracias a las rentas de los títulos, o a las de los bienes raíces. Estaban acostumbrados,
además, a esperar todo del poder, incluso la riqueza.27
Del mismo modo se trasplantó esa visión a América, esperándose todo
del poder, dando preeminencia a la escalación de la sociedad, según su posición en esos
valores. Y podemos, ciertamente, vernos reflejados en esta herencia general. Aunque
hay que decir, también, que en Buenos Aires y otras regiones del país, dadas las
condiciones de aislamiento mencionadas, aun con esa escasa simpatía por los trabajos
manuales, las características del lugar provocaba que los peninsulares debieran
dedicarse a ellos, en razón de las urgencias y coerciones de la vida en esas tierras. Se
registra en la historia el heroísmo de labriegos que pelearon contra mil adversidades
para permanecer en la tierra, combatiendo sequías, incendios, inundaciones, etc.
En definitiva, entonces, con las salvedades indicadas, el territorio que
hoy es la Argentina constituía, en gran parte, un espacio marginal en el imperio español
en América, ya que no contaba con riquezas acumuladas que fueran significativas, ni

25
Informe de Pedro Rada, 11-121781 A:G.I Sec.IX, Papeles de Estado, en Torre Revello José, “La
sociedad colonial. Buenos Aires entre los siglos XVI Y XIX”, ediciones Panedille, Buenos Aires, 1970,
pag.32.
26
Pedro Ordoñez de Ceballos citado por Torre Revello José, “La sociedad colonial…”cit., pag.31
27
Benassar Bartolomé, “Los españoles. Actitudes y mentalidad del s.XVI al XIX”, Torre de la Botica,
Madrid, 1985, pags.105 y 112.
29
minas para explotar, y debía sostenerse sobre sí mismo, aislado del interés económico
real. En el Río de la Plata, muy pocos grupos originarios podían ser dominados y, así,
no existían grandes incentivos para poblar el Sur, siendo además una zona de frontera.
Y los españoles, poco afectos a los trabajos manuales, como vimos, no sentían aliciente
alguno para poblar estos territorios que crecerían con una impronta rodeada de la figura
“parental” pero marcada en el abandono y la necesidad de abastecerse por sí mismos.
La misma ciudad de Buenos Aires, en sus orígenes llamada La Trinidad,
fue, para sus comienzos y por mucho tiempo, un conjunto de ranchos y chozas rodeados
de matorrales, en el que sus pobladores pasaron, sobre todo en las primeras décadas,
hambre y privaciones. Bosquejado con mucho humor por Balmaceda28, era una aldea
abandonada, mugrosa, y, mientras dependía de Asunción, tomada como lugar de
destierro. Asunción existía desde el año 1540 y los españoles y criollos habían logrado
cierta estabilidad política y económica; de ahí hasta el estuario sólo estaba la ciudad de
Santa Fe (1573), hostilizada por los indios chaqueños y poco promisoria. Los viajeros
de España preferían, entonces, llegar a Brasil, Santa Catarina, y caminar hasta la capital
paraguaya. El puerto se abría sobre un espacio vacío, como decía Luna. Tardaría dos
siglos en llenar cumplidamente su función: la tierra no tenía todavía un contenido
poblacional y económico y la intermediación porteña era mínima. No se conocían las
técnicas aptas para explotar las riquezas que vagaban por las pampas.
Pero una circunstancia fortuita le permitió a Buenos Aires, en particular,
modificar el destino marcado en los primeros años: el comercio entre España y Portugal,
anexando a esta última en esa operatoria cobró importancia y así , la falta de recursos
estaba compensada por la ubicación estratégica de su puerto. En los años siguientes, el
comercio ultramarino fue prohibido por la Corona Española y la aldea, con su puerto,
estaba condenada a desintegrarse. Por eso es que no se puede dejar de considerar que
Buenos Aires comenzó a depender del contrabando, muy activo en su puerto, para
lograr sobrevivir. Y esa circunstancia cambió por entero su historia y la historia del país.

28
Balmaceda Daniel “Oro y Espadas”, Marea, Buenos Aires, 2011, pags.70/80
30
Pero antes de continuar con esta somera reseña con el fin de penetrar en
la génesis que estamos tratando de hacer consciente, reitero y resumo lo ya adelantado–
y esto es crucial- para entender un escenario sustentado en tres núcleos fundamentales:
a) el despojo, la muerte y victimización de los pueblos originarios, con la mirada del
invasor hacia el otro considerado inferior, así despreciado en una era en que la
agresividad, la lucha y la conquista eran sobrevaloradas y por ende, subestimado el nexo
emocional y la convivencia en otros términos, sobre todo con la tierra, unido a otro
concepto de lo grupal y comunitario;
b) la conformación de la sociedad peninsular, que pasó a ser la “colonial”, con
características verticalistas y fuertemente estratificada, socialmente menospreciativa
hacia el considerado inferior y con un sistema político que tenía como vértice absoluto a
la figura del Rey, conformando, en consecuencia, tanto en a) como en b) una mirada
propia receptiva, lógicamente, de la repulsa y de minusvalía;
c) la idea basal de que las nuevas tierras eran dominio exclusivo y absoluto de la Corona
; no se conformaba una colonia en que la sociedad dominada es reconocida como tal,
sino un dominio en que todo pertenece al titular de ese derecho, otorgado a través,
además, del mandato divino del representante de Dios en la tierra.
d) la posición geográfico-política del territorio, impreso a lo largo y ancho del luego
designado Virreinato del Río de la Plata, que significaba aislamiento y necesidad de
abastecerse a sí mismo, pero, sobre todo, con características particulares por la posición
atlántica de Buenos Aires, que provocó, con el desarrollo posterior de los
acontecimientos, dos bifurcaciones histórica y culturalmente definitorias, ya como
organización independiente, y que, con el correr de los siglos, nos sumergió en una
turbulenta división interna que se ha mantenido obstinadamente en un círculo de
repetición interminable.
La posición estratégica de Buenos Aires, como se verá, dio lugar a una
forma de pensar y de relacionarse sensiblemente diferente respecto de la tradición
colonial, con la contracara de que esa misma apertura hizo que no reconocieran sus
pobladores que tenían, en definitiva, la misma raíz y la misma historia de sangre, con
los pobladores originarios y con la herencia colonial.

31
Así vieron su origen las dos Argentinas, dolorosamente separadas en la
raíz misma del sentir colectivo, sustentadas en dos formas socioculturales en apariencia
disímiles, pero que, en rigor, encubaban las mismas cualidades y defectos en ambas.
Si rastreamos en su germen, podemos advertir que ambas olvidaron,
fundamentalmente, que, con sus diferencias geográficas obvias, tienen la misma base,
una misma raíz fundacional común, aun cuando no lo podamos reconocer y las dos son
parte de una misma historia. Bien señaló Larriqueta: “No hay Argentina sin raíz indiana.
No la hay hoy, y mucho menos a mitad del siglo XIX. Todos los protagonistas de la
Independencia, de la Anarquía y de la Organización Nacional se han formado en la
tradición indiana, y el tejido cultural social de la Argentina de entonces es el resultado
de tres siglos de hispanidad: las ideas, las costumbres públicas y privadas y la
legislación, que es toda “de indias”.”29
La tradición indiana nos alcanza a todos por igual – más allá del devenir
posterior como se verá luego - porque moldeó nuestra psiquis colectiva a la manera que
sólo las primeras experiencias forjan, a fuego, la personalidad del sujeto individual, y
está en la base de nuestro comportamiento colectivo en sus muy variadas vertientes,
con muchos más puntos en común de los que pensamos, vivas esas raíces y actuando en
cada movimiento colectivo.

2.2.1. La estructura colonial.

Para indagar en los acontecimientos fundacionales, que fraguaron la


división, no es posible dejar de considerar como primordial la estructura colonial,
configurada de acuerdo con las características expuestas en el anterior, se mantuvo
compacta (bajo el ropaje de nuevas formas pero igual contenido a posteriori), sin
escisiones en gran parte del territorio. Ello tuvo lugar, sobre todo, en la extensa zona
cubierta por el este de los Andes, la meseta altoperuana y parte de las sierras
meridionales y orientales de la pampa. La sociedad allì formada era marcadamente

29
Larriqueta Daniel, “La Argentina renegada”, cit., pag.254.
32
estratificada, de vencedores y vencidos, con una organización paternalista que alcanzó a
todos sus confines, profundizada esa impronta por la intervención directa de la religión.
En todos los casos, con fuertes lazos económicos o no, se exhibía una
fuerte dependencia del sistema administrativo virreinal; allí donde las estructuras
económicas eran endebles, se marcaba más aún la dependencia del orden
administrativo. En ese entonces resultaba decisiva la participación en el orden político-
administrativo (ya hemos visto cómo se buscaba la relación con el poder en la propia
metrópoli) y se pretendía -recordemos que es como también ocurría en España- sacar
los mayores provechos de la cercanía al poder político. Podemos notar que, en muchos
sectores del actual territorio, esta concepción sigue manteniendo su plena vigencia.
En palabras otra vez de Larriqueta, “el encomendero militar, protagonista
casi único de la clase dirigente, admite poco freno a su autoridad y se adueña sin pudor
de los cargos de la administración civil…”30. ¿Suena esto conocido?
Tal situación presentaba ribetes más dramáticos en algunas de las
provincias antes mencionadas ,y en relación al Río de la Plata, por el carácter menos
dinámico de su realidad. La Iglesia sumaba y profundizaba ese juego autoritario y
verticalista, abrevando en similares principios, y desempeñando un papel preponderante,
con un poderío social y económico de resalto y un ascendente muy fuerte en la
sociedad, a todos los niveles.
En el sistema así moldeado, se iba formando, en el vértice, un grupo
señorial que tuvo su origen primero en los innumerables privilegios que se les otorgaron
a los conquistadores; estos recibieron no solamente grandes extensiones de tierra, sino
también mano de obra gratuita que fue el sustrato de su riqueza. De tal suerte que, con
el poder económico, social y político asentado en la posesión de las tierras y las
encomiendas, la jurisdicción sentó para ellos una posición tan sólida y elevada que el
tiempo no hizo sino consolidar y vigorizar, por lo que, para el siglo XVIII, se
encontraba afianzada una rígida sociedad dual31. Esta además, por transferencia directa,
se sentía dueña absoluta de la tierra.

30
Larriqueta Daniel “La Argentina renegada”, Buenos Aires, De Bolsillo, Buenos Aires, 2004, 187.
31
Romero Jose Luis, “El pensamiento político latinoamericano”, AZ editora, 1998, pags.31/34
33
En la zona antigua del Tucumán (abarcando un territorio mucho más
extenso que la provincia actual), nació una sociedad económicamente fuerte que generó
una aristocracia del dinero local, con actividad agrícola. Los indígenas encomendados o
reducidos conformaban, por su parte, un sector inestable; el trabajo temporal era lo
común y se realizaba de acuerdo con la demanda de los ciclos de siembra y cosecha. En
Salta, por ejemplo, gobernaba, según reseñara Tulio Halperín Donghi, una aristocracia
orgullosa y rica que le daba a la ciudad un esplendor difícil de igualar en el resto del Río
de la Plata; era dueña de la tierra desde la altiplanicie hasta las tierras tropicales del
Chaco, dedicada, en las tierras más altas, a la agricultura y el pastoreo. Ese grupo se
veía a sí mismo como antiguo y consolidado, y la hegemonía de su prestigio social no
reconocía fisuras.
En la provincia actual de Tucumán, la estructura económica basada en la
agricultura y la ganadería, orientadas hacia el comercio, con una pequeña industria de
sebo y jabón, garantizaban la hegemonía social de quienes se dedicaban a esos
menesteres. Catamarca emergía con una aristocracia viñatera y comerciante, dueña de la
tierra, y Corrientes vivía hasta cierto punto del comercio y la navegación. En definitiva:
“El orden colonial se identifica con la rigurosa separación entre un sector mínimo
incorporado a una economía de ambiente amplio y sectores más vastos, cuya vida
económica se inserta en circuitos más reducidos: entre unos y otros el arbitraje está en
manos de quienes dominan los procesos de comercialización y los utilizan para
mantener esa estructura diferenciada, que les asegura una porción muy alta en los
lucros”.32
Es decir, entonces, que la diferencia social se asentaba, definitivamente,
en la sangre, y la sociedad se fue conformando con las siguientes pautas: “La plebe
mestiza aparece caracterizada por una obediencia resignada y ciega y la aristocracia ve
con mayor recelo a las figuras marginales a quienes las estructuras urbanas permiten
afirmarse, a pesar de todas las precauciones, les achaca un origen servil, perpetuado en
su origen africano…”33 En un círculo que vuelve una y otra vez sobre sí mismo, el
victimario y sustentador del poder se reafirma todo el tiempo en su poderío y la

32
Halperin Donghi Tulio, “Revolución …”cit., pag.51
33
Halperín Donghi Tulio, “Revolución y guerra”, siglo XXI editores, Buenos Aires, reimp.2009, pag.20
34
superioridad sobre el otro, y a la víctima dominada no le queda sino mirarse en ese
profundo menosprecio, confirmando una y otra vez el vínculo vicioso que está
sustentado, tanto en uno como en otro de los sujetos que juegan esa relación, en la
mirada que desvaloriza y por ende, hace sentir el rechazo. Rechazo que conforma en la
propia psiquis colectiva, ser acreedora nada más que del desprecio y la indignidad.
La estratificación de la sociedad –al igual que en España- alcanzaba a los
que se llamaban a sí mismos “gente decente”, e incluía en su seno a un vasto sector
pobre, diferenciados económicamente, pero a los que había que asistir. Era un grupo
homogéneo, cerrado, aunque siempre abierto a la incorporación de peninsulares y
extranjeros, que cumplían teóricamente el requisito de la pureza de sangre. Ese grupo
aristocrático que se iba formando, buscando la identidad grupal a través del consumo
suntuario y la diferenciación social, se mantendría a lo largo de los años, perpetuándose
en el poder político, económico, cultural y social. Con una visión que divisaba la
Hispanidad pretendiendo su recreación verticalista, era tolerante con la violencia,
autoritaria en lo político, omnipresente en la influencia de la Iglesia y cerrada en la
economía.34
Y hay que recordar que, en la cúspide, se encontraban los gobernantes,
con enormes poderes y un carácter netamente autoritario, lo cual no era sino una
consecuencia directa de la concepción de poder que se tenía. En la gobernación del
Tucumán, por ejemplo, dice Larriqueta, a diferencia del virrey del Perú -sometido a un
control mucho más estricto- investía el gobernador la autoridad del gran Rey y su actos
eran sólo pesada y remotamente controlados por la Audiencia de Charcas. Así, al estar
alejado del poder central, con la jefatura militar en una región de frontera, el gobernante
estaba convencido de su legitimidad regia, y sería un modelo de autoritarismo. Es decir,
las características autoritarias adquirían un tono mayor y más profundo, al estar ausente
el control central del Virreinato. Quien gobernaba tenía el Cabildo bajo su ejido,
deshacía elecciones a su antojo para introducir regidores, justicias de grado, alcaldes,
construyendo un poder vertical que escapaba el control de los cuerpos

34
Larriqueta Daniel, “La Argentina renegada”, cit., pags.191/2
35
colegiados35.¿Puede advertirse alguna semejanza con prácticas ulteriores de quienes
detentaron y detentan el poder en nuestro territorio ? No se hizo otra cosa que repetir esa
misma historia, una y otra vez.
En ese esquema social y político se desarrollaba, bajo la misma
concepción, el sistema de gobierno colonial; la función pública originaba un estamento
completo encabezado por los virreyes, quienes ademàs de ostentar la representación del
vicepatronato de la Iglesia y de la persona del monarca, reunían los poderes de las
cuatro jerarquías burocráticas que ejercía el gobierno político y las profesionales,
concernientes a la justicia, la hacienda y la defensa. Los funcionarios tenían, a más del
prestigio social de sus cargos, poder político adicional en las facultades que se le
concedían para nombrar cargos menores de la administración y empleados subalternos.
Y dada, además, la vigencia del nepotismo, esos cargos favorecían a parientes,
dependientes, criados, allegados. Aunque no hay que olvidar que, en el siglo XVI, con
la monarquía en bancarrota y agobiantes necesidades de dinero para la corona española,
se comenzaron a recompensar ciertos cargos públicos, para luego venderlos al mejor
postor, revendiéndolos y negociándolos, ya sin importancia de la capacidad e idoneidad
del que ocuparía el cargo.36 El círculo se cerraba, siempre, sobre la base de una
estratificación en la que estaban los que detentaban el poder, los privilegios por una
parte y el pueblo, heredero de los vencidos, por el otro. Con una marcada influencia de
la iglesia, reitero, que regulaba las conductas y relaciones sociales desde un lugar de
máximo ascendente, ahondando, en términos generales, esa diferencia originaria.

2.2.2. “Obedezco pero no cumplo”. Estándares irreales y ejercicio del


poder.

Inicialmente, había sólo dos virreinatos –México y Perú- y dependiendo


de cada uno estaban los centros políticos regionales, o Audiencias, que mediaban
administrativamente entre las ciudades y el virrey. A cada una respondía un cabildo,
siendo esta, como dije, una de las instituciones más duraderas del período colonial, por

35
Larriqueta Daniel “La Argentina renegada” cit., pag.181.
36
Artola Miguel (director), Enciclopedia de Historia de España, Alianza, Madrid, 1988, pag.553
36
su asiento local. Los juristas españoles establecían con detalle exasperante las relaciones
del virrey, audiencias y cabildos pero, en la práctica, no podía sostenerse
esa complejidad administrativa y la pesada burocracia no alcanzaba a los poderes
locales, asentadas en los cabildos.37
Los cabildos eran lugares de élite, puesto que sólo los “vecinos” `podían
integrarlos y a medida que se fue afianzando la conquista en América, fueron
consolidándose como centro de poder. La elección de alcaldes cada año se erigía en el
ritual del ejercicio de poder, y los candidatos eran apoyados o recusados, en una trama
espesa, densa, de intereses en juego. Eran las cajas de resonancia de todos los problemas
que podían afectar a la sociedad y en muchos de los conflictos se revelaba la estrategia
de la población que intentaba mantenerse dentro del Estado monárquico, pero sin
cumplir totalmente las regulaciones (agrego, muchas veces alejadas las normas de la
realidad que debían contemplar, en un abismo idealista que profundizaba esa situación
particular de anomia) y sin reconocer –aunque no abiertamente- las autoridades
superiores cuando quedaban afectados sus intereses.38
En tal escenario político y social, con un marco de jurisdicciones
superpuestas y límites fluctuantes del poder, se hacía posible un sistema legal
llamémoslo flexible, por el cual no parecía relevante diferenciar lo legal de lo ilegal y se
presentaban muchos resquicios que eran aprovechados por los poderes locales.
Expresado por Shumway, en cuanto a la estructura política institucional de la Colonia,
de la siguiente manera: “De modo de asegurar la hegemonía española sobre sus
posesiones americanas, las colonias españolas fueron gobernadas durante casi 300 años
por una burocracia centralizada, bien que pesada, en la que todos los puestos de
importancia, políticos y eclesiásticos, eran ocupados mediante nombramiento desde la
Madre Patria. Aunque los colonizadores y sus descendientes los criollos solían ignorar
las ordenes de la metrópoli, rara vez cuestionaron en términos ideológicos la autoridad
de la Corona y de sus representantes. Su actitud ante la monarquía queda bien descripta
en el lema contradictorio “Obedezco mas no cumplo”, que significaba “Reconozco la

37
Shumway Nicolás, La invención de la Argentina, Emece, 2005, pag.29.
38
Lorandi Ana M. “Poder local…”, cit., pags.78/79.
37
autoridad de la Corona pero en un caso particular hago lo que me parezca” 39 (la
negrita me pertenece).
Esta característica, diría basal luego de la sociedad, surge de un haz muy
complejo de factores sociales, culturales y políticos, pero encuentro dos elementos que
no pueden dejar de ser considerados: uno está dado por la fascinación respecto de quien
ejerce el poder -no la autoridad- ya que esta se expresa básicamente en las normas, no
en el ejercicio arbitrario y puro del poder. Tal fascinación no podía sino tener asiento,
adeás, en la idea de que el que ejercía el poder era dueño absoluto de la tierra. El poder
estaba por encima de cualquier limitación legal.
Y el otro factor estaba dado, creo, por la existencia de reglas puestas por
España en un lugar muy alto de perfección ideal, pero tan sólo ofrecidas para la
declamación. Es decir, sin una visión práctica y querida para su efectivo cumplimiento,
así como de reconocimiento de la verdadera naturaleza humana y colectiva, que podían
tornar incumplible el mandato. Se amalgamaban ambos factores en la necesidad de
converger y no confrontar con ese poder al que se teme; establecido esto como raíz de
nacimiento, recreando las primeras experiencias de sometimiento.
En pocas palabras, en vez de batallar por lo que se consideraba justo, si la
norma impuesta lo era, se aceptaba tal como se presentaba, pero se la soslayaba,
ejecutando en concreto lo que se consideraba más conveniente para cada quien, aun
cuando fuere más allá o en contradicción con su mandato.
Se había comenzado a formar, además, en la Colonia, una suerte de
“resistencia institucionalizada”, de parte, sobre todo, de las altas capas sociales con
poder económico, como para trabar aquellas disposiciones gubernamentales que se
oponían a los intereses de las elites familiares formadas en cada región y que
acumulaban cargos administrativos; ello se hacía más notorio a medida que se
aumentaba la distancia desde los grandes centros coloniales. Luego, la corrupción o la
“ilegalidad tolerada” aquejaba el sistema colonial como una expresión más de aquel
sentir, y a su vez, era la manera de resistir las imposiciones de la Corona y la fijación

39
Shumway Nicolás, “La invención de la Argentina. Historia de una idea”, Emecé, 6ta ed., 2005, pag.21
38
del modelo colonial del antiguo régimen.40 Supone Smolensky, y coincido con ello,
estaba ausente en el hemisferio sur –a contrario de las colonias de América del Norte-
un mito cohesionador de origen, privilegiando el individualismo sobre el esfuerzo
compartido, y los entramados familiares y de amistad sustituían las redes comunitarias,
en desmedro del orden institucional.
Notemos que, para todo el país, esas características de ilegalidad tolerada
han costado no sólo las solidificadas bases para una anomia que nos tracciona
continuamente, sino que, instalada por siempre en el inconsciente colectivo,
retroalimenta la condición de transgresión.
En definitiva, se puso en juego a partir de esos momentos históricos, la
existencia de declamados altos estándares (aunque no siempre) en las normas legales
que dictaba la Corona, pero ajenos a la realidad práctica, y por tanto incumplidos y
transgredidos todo el tiempo, entre otras cosas, por ese desfasaje entre el ideal y la
realidad, que tampoco se intentaba modificar desde quienes la padecían. El reino
satisfacía sus exigencias éticas y religiosas con principio altos, tan sólo para la
declamación de la norma legal que así creía cumplir con la sola palabra. La realidad
corría por otro carril, que otro debería padecer, y sin reconocerlo como tal, en su
naturaleza humana. A más, claro está, de la distancia para su aplicación y que muchas
veces reflejaba la propia contradicción en que se sumía el reino, manteniendo esos
estándares al lado de los intereses económicos que movía su acción. Es evidente que
resulta muy distinto interpelar esa realidad de frente que saber que se está requiriendo
algo por fuera de ella, en una tolerancia provisoria que no dejará en algún momento de
marcar la transgresión.
Frente a esa situación, la idea de auto menosprecio que había cultivado la
conquista tomaba una nueva forma, la del embaucador e incumpliente de la norma, que
tan sólo transgrede, sin combatir el sistema que lo margina. Se eludía la aplicación de la
norma, lo que, en definitiva, claro está, no hacía sino confirmar, una y otra vez, en un
círculo interminable, la condición de ser meros transgresores de la ley. Esto es, en
definitiva, y en el marco de nuestra historia, de reafirmar la mirada rechazante y

40
Lorandi Ana María, Poder central, Poder local,Funcionarios borbónicos en el Tucuman colonial,
Prometeo, Buenos Aires, 2008, pags.35/40
39
menospreciativa que tiene el colectivo hacia sí mismo, con sustento en aquella mirada
desvalorizante en su origen.
Con el rechazo de los hidalgos hacia las actividades productivas y la
interdicción de ejercer el comercio y la industria para no perjudicar los intereses del
Alto Perú, se alentaba el contrabando y desdibujaba la noción de ética en la consciencia
colectiva, para justificar el doble discurso en boca de las autoridades.41
En ese contexto, la pertenencia a determinadas familias cerraba las redes
de poder y los circuitos sociales. Fuera de ellos, el resto de la población formaba, al
decir de Lorandi, una “nube” que rondaba a esos círculos familiares en condiciones de
subordinación incierta y aleatoria, directa e indirecta. Otros migraban de jurisdicción en
jurisdicción buscando mejores condiciones. Pero, en definitiva, no hacían sino
reproducir la impronta original del vínculo creado de sometimiento.
Aunque mucho ha cambiado en algunas provincias, fuera de los centros
urbanos en mayor medida, esa estructura vertical y diferenciada, fue replicándose con
distintos actores y se ha mantenido a lo largo del tiempo, con gobernadores imbuidos
de poderes paternalistas y absolutos, que han canjeado cargos y favores políticos para
sostener su preeminencia, reproduciendo matemáticamente esa vinculación originaria,
feudal, en la que pueblo era mantenido en estado de subordinación incierta,
menospreciado y sin que –hay que decirlo- tampoco se rebelara ni se hiciera cargo total
de su destino, para revertir tal situación.

Ahora bien, por otro lado, con el mismo sustrato de organización


gubernamental impreso a partir del sistema colonial que forjó las primeras huellas, el
Litoral, Buenos Aires, fueron adquiriendo, no obstante, características diferenciadas.
Primordialmente, porque no se exhibía la misma diferenciación social basada en la
“sangre”, entre españoles y mestizos, ni su misma composición social y económica,
aunque la diferenciación estuviera presente de todas maneras. Lo veremos a
continuación.

41
Smolensky Eleonora Maria,Colonizadores colonizados. Los italianos porteños, Biblos, Buenos Aires,
2013, pag.23
40
3. Buenos Aires. Su crecimiento y el comienzo de la distancia. El
contrabando y la apertura portuaria.

En las primeras épocas de la Conquista, los habitantes de la zona del Río


de la Plata, embrutecidos por la soledad y las condiciones de vida derivadas del
aislamiento en una zona marginal, aunque fueran en su mayoría españoles, es decir
blancos, se dedicaban al pastoreo de animales. No desdeñaban -a contrario de otras
regiones- los trabajos físicos y desempeñarse como jornaleros, trabajando a la par de
indios, mestizos y esclavos, con una tendencia igualitaria difícil de aparejar en el
continente, segun observara el marino Félix de Azara (recorrió el territorio en los años
1781-1801) 42.Del mismo modo sucedía en la campaña en la que ” el individualismo de
los pobladores que preferían la actividad de ganaderos, por ser análoga a su capricho de
galopar y de ir tras los toros, inclinados a la desconfianza y el engaño”. Las poblaciones
originarias casi faltaban en las ciudades, no había encomiendas y los africanos estaban
separados por la esclavitud.
La zona no seguía, así, el patrón general del sistema colonial, aún cuando
estaba enmarcado, sin lugar a dudas, en sus características generales; gozaba de bastante
autonomía, en sus condiciones de precariedad. Esta impronta específica, en Buenos
Aires sumada a la que brindaba el ser punto fundamental del comercio atlántico, daría
lugar, luego, tanto a un sector de altos dignatarios y comerciantes prósperos, muy
ligados entre sí, como a sectores medios relacionados con la vida administrativa y
mercantil en situación dependiente, a la par de otros como los artesanos; toda una
estructura móvil, cabe aclarar, en el marco, también aquí, de la diferencia que se hacía
entre españoles, criollos y mestizos. Pero suavizada, esa diferenciación que
caracterizaba el orden colonial, debido a las particulares condiciones de mayor
dinamismo en que se comenzaba a conformar la sociedad porteña.
Como ya hemos adelantado, Buenos Aires comenzó por ser un puerto
clandestino de la plata potosina, que buscaba acceso ilegal a Europa. Y se había
desarrollado en aislamiento como un rancherío humilde sujeto a privaciones, que veía

42
Luna Félix, Historia integral de la Argentina. La Argentina temprana”, Buenos Aires, 1994, pag.39
41
ahí su salida económica y de supervivencia. En 1595 una Real Cédula prohibió
introducir en la ciudad mercadería proveniente de las colonias portuguesas. Sé prohibió
el comercio internacional, debiendo ajustarse a la ruta por Lima. Esto impedía la
supervivencia de la ciudad, que no contaba, en principio, con otros recursos más que los
que venían del puerto.
Y ahí hizo su aparición el contrabando, llegando a ser luego casi
institucionalizado, ya que los pobladores no encontraban otra forma de sobrevivir, por
lo menos en el corto plazo, cuando podían recurrir a ese rápido medio de vida. Como lo
describe Felix Luna: “Todos usaban las mañas más sutiles para burlar las disposiciones
reales, desde desembarcar mercadería en parajes despoblados hasta denunciar navíos
cómplices a los que se les decomisaban los efectos para venderlos en pública y formal
subasta, en las que los únicos oferentes eran los contrabandistas “confederados”…”43
Con posterioridad, y a medida que el Alto Perú comenzó su decadencia
argentífera, cuando el oro ya no se insertaba con relevancia en la economía, fueron al
mismo tiempo las poblaciones costeras las que más pudieron beneficiarse de ese clima,
con un mercado distinto al tradicional. Desde entonces se pasó a constituir Buenos
Aires, según reseña Halperín Donghi, en una ciudad comercial y de asiento
administrativo, con ciertas actividades complementarias destinadas al consumo de la
propia ciudad. Su importancia económica fue, de ese modo, anterior a la reformas de la
década del 70 del siglo XVIII, aunque ellas facilitaron enormemente su ascenso,
estableciéndose un núcleo de grandes comerciantes que pronto adquirieron hegemonía
en la economía del virreinato. Esto fue así, aun cuando su forma de comerciar fuera
poco audaz y sin nada nuevo: eran consignatarios de casas españolas, realizando
diferencias en el contacto entre la relación con aquellas y el mercado interno. Según
aquel autor, las clases altas de la sociedad porteña encontraban otras maneras de
mantenerse menos dependientes de la actividad administrativa: los hijos se volcaban a
las profesiones liberales, con una frecuencia ya destacada por observadores
contemporáneos y en principal, en el foro. Esas profesiones eran, del mismo modo, polo
de atracción para las capas medias como un instrumento eficaz de ascenso. Y la
estructura de las clases más bajas también resultaba diferente de la que se constituía en

43
Luna Felix, “Buenos Aires y el país”, Sudamericana, Buenos Aires, 2000, pag.15.
42
otras zonas: había una gran proporción de esclavos y ello contribuía a mantener un
grupo blanco y pobre, sustancialmente ocioso.44 Poco se producía en la ciudad y la
campaña; no se cultivaba la tierra, y todo el que podía se dedicaba al comercio, aunque
fuere como modesto minorista, consignatario o pulpero. Igualmente la prosperidad
comercial no alcanzaba en ese período para transformarla de una factoría en una
ciudad45.
Si recordamos, otra vez, que las coronas de España y Portugal habían
prohibido el comercio en ambas márgenes del Río de la Plata, ello significaba lisa y
llanamente, para la ciudad, carecer de toda posibilidad de supervivencia sin el comercio
interdicto, el que, dada la falta de una actividad productiva, era visto como la única vía
plausible de crecimiento. Y, así, del contrabando terminaron participando, por igual,
españoles y criollos, involucrando el 80% de la exportación de cueros de la zona.
Buenos Aires se transformó pronto en una zona de frontera y en su puerto atracaban
navíos de todas las nacionalidades. Los mercaderes, en especial los portugueses,
empezaron a tomar decisiva influencia en la ciudad, emparentándose con los primeros
colonos.46
A la par, hay que notar que fue dando lugar, lentamente, a una psicología
muy particular: la de obtención de “ventajas” a través de una actividad de engaño como
es, en definitiva, el contrabando; esto sería muy difícil luego de erradicar, ya que se
sustenta, también, en la sensación de transgresión permanente y de ubicarse en el lugar
particular del que falsea, aunque en definitiva fuera en relación a una norma de
interdicción puesta por la Corona, en su beneficio, de casi imposible cumplimiento,
impráctica y de fines ruinosos para la región.
Es decir, la imposición de España, sustentada en fines de lucro propio,
impráctica y letal para la economía del puerto que así quedaba inoperante, era una
norma básicamente injusta para la prosperidad del lugar (sin considerar, por supuesto ,

44
Halperin Donghi Tulio, “Revoluciòn y …”cit., pag.40/45,52/55
45
Romero Jose Luis y Romero Luis A., Buenos Aires. Historia de cuatro siglos, Altamira,
2d.ed.actualizada, 2000, pag.64.

46
Fradkin Raúl- Garavaglia Juan Carlos, “La Argentina colonial”, siglo XXI, Buenos Aires, 2009, pag.37.
43
el comercio de esclavos que con el contrabando se generaba); pero no era combatida
mediante la consecuente lucha por obtener lo que se consideraba correspondía y, de ese
modo, sostenerse en la confrontación para lograr la reversión de la medida, sino que era
soslayada a través de la elusión de sus consecuencias. Expresión esta, otra vez, de lo ya
expuesto, se hacía cómo que la norma estaba vigente, pero se la socavaba desde su
incumplimiento solapado, esto es en definitiva, no aplicándola. Ahí muestra Buenos
Aires uno de los tantos aspectos de su fuerte impronta colonial, en el “obedezco pero no
cumplo”, pero también, y esto es propio, la subterránea formación de una mentalidad
sustentada en la “ventaja” obtenida a través de una actividad connotada como delito y
que no se combatía sino que se consideraba aceptable, a la luz de las normas impuestas
por la Corona.
Desde otro ángulo, por demás relevante para configurar la impronta
psíquica de Buenos Aires, los barcos traían noticias de todo el mundo, las ideas del
siglo, con o sin venia oficial. Y, de ese modo, con esas fuertes influencias e
intercambios, se iba conformando una sociedad abierta, donde el trabajo esclavo no
tenía significación económica y el comercio portugués ejercía gran injerencia, marcando
una impronta de gran apertura..
Mientras la política colonial estaba orientada a la creación de villas en la
que se concentraran pobladores y los capitales virreinales, las ciudades puerto como
Buenos Aires tenían una característica muy peculiar: el poder político, social, militar y
económico se encontraba concentrado en ellas. Y, dado ese intercambio comercial
intenso, se incorporaban todo tipo de ideas; se adicionaba un psiquismo “mercantilista”
para Buenos Aires, que siempre cobraría preeminencia en la ciudad; de ahí en más,
implicando, entre otras cosas, priorizar el rédito personal e inmediato, los intereses
individuales por sobre otros valores más generales.
Es decir, entonces, se va conformando una ciudad de contornos
totalmente diferentes para el marco colonial: igualitaria en la lucha por sobrepasar el
aislamiento, abierta y secular, permeable a los vientos del mundo ; y, por otra parte,
individualista. bajo un patrón eminentemente mercantil.
Buenos Aires crece en el siglo XVIII de forma inusitada y anormal,
caminando hacia su destino comercial, intermediario y financiero como ninguna otra

44
ciudad del Virreinato habría de hacerlo. Aumentan las actividades burocrático
administrativas y los grupos cuyas fortunas van acrecentándose demandan otros
productos. Los comerciantes, ricos, influyentes, cosmopolitas, imprimen valores, estilo
y moda particulares a la ciudad portuaria, con todo lo cual se va formando una
meritocracia que se desentiende de viejos pergaminos. Sin obsesiones jerárquicas, es
una ciudad con el éxito material como medida social y la permanente presencia de
extranjeros obliga a una postura más secular, tolerante en lo confesional e ideológica.
Significa una apertura inédita para el momento en la región, y marcará el rumbo de una
clara ruptura con el modelo indiano colonial porque es de alta movilidad social y
económica, con aceptación de la inmigración como fuente de progreso 47. A contrario de
la sociedad colonial, cerrada, estratificada y con diferencias basadas en “linajes”,
recelosa del extranjero, Buenos Aires se va formando con un sector dirigente que
ignora las reglas sociales vigentes en el interior del Virreinato del Río de la Plata y
conforma, en ese aspecto, una sociedad más abierta, tolerante y móvil.
Las familias tradicionales de Tucumán, Corrientes, Santa Fe, Paraguay
provenían de los conquistadores, como ya vimos, seguían su linaje sin fisuras y trataban
de mantener el lustre de esa descendencia, orgullosos de ella. Así se sostenía el vínculo
que originariamente se había creado y para ellos, el pueblo era el último escalón, no
reconocido en su condición. Buenos Aires, de su lado, no conocía de abolengos, lo que
le imprimía un sentido más dinámico que brindaba el sustrato para la aparición posterior
de la clase media urbana, en afinidad con la actitud libre y suelta del poblador rural. Los
criollos se distinguían por la ambición de poder, rebeldía y versatilidad.
El Colegio de San Carlos, la Casa de la Comedia primero y el Teatro
Coliseo después, los periódicos que se imprimían sobre todo a principios del siglo XIX,
fueron instrumentos para la renovación de las ideas a la vez que la movilidad favorecía
la receptividad. Los gustos, las modas, las costumbres comenzaban a diversificarse y a
diferenciarse del resto de las campañas. 48 Los intelectuales se nutrían de todas las ideas
que llegaban al puerto, las de Rousseau, los principios de las Revoluciones

47
Larriqueta Daniel, “La Argentina Imperial”, De Bolsillo, Buenos Aires, 2004, pags.204/14
48
vRomero Jose Luis Romero Luis A, “Buenos Aires…”cit, pags.42 y 89
45
Norteamericana y Francesa, las concepciones de los jesuitas, y todas ellas habían
colmado el puerto sin intermediarios.49
Al llegar a América las reformas borbónicas, las mutaciones en el cuerpo
social no le irían en zaga respecto de las modificaciones sufridas por la ahora capital del
Virreinato del Río de la Plata. Se cristalizaba una sociedad con perfil muy propio y
definido, anudando intereses totalmente identificables y contrapuestos. Los sectores
mercantiles se especializaban, los exportadores conformaban los grupos más
privilegiados, y se consolidaba el grupo de grandes propietarios rurales. Con el
estrechamiento de vínculos entre la ciudad y su hinterland, con la conformación de
círculos productivos, la comercialización externa de frutos del país y el comercio
interno del ganado se reforzaba. Los estratos medios estaban conformados por los
funcionarios administrativos, los profesionales liberales y los religiosos regulares. Y
otro más “bajo”, dentro de esa capa media, estaba formado por comerciantes al
menudeo, mercachifles, agricultores, artesanos y pequeños y medianos propietarios
rurales.50 Todos, en un esquema de alta movilidad, le otorgaban características únicas a
la ciudad.

A comienzos del siglo XIX, entonces, en vísperas de la Revolución, el


territorio rioplatense se organizaría comercial y administrativamente en torno de Buenos
Aires, capital y puerto, con un poder delegado de la metropoli. Para el año 1800,
conforme reseña Smolensky51, contaba con 38.000 habiltantes, y casi 500 de ellos eran
extranjeros, la mitad portugueses seguidos por 92 italianos, 54 franceses, 26
norteamericanos y 23 ingleses. Para 1810, y luego de las invasiones inglesas, las
milicias porteñas, que eran más de 3.000, respondían al virrey y no al monarca; siendo
esto ya de crucial significación en cuanto importaba quitar el origen primero del poder
al rey, aun cuando no fuera explícito o consciente. Sus habitantes tenían aspiraciones
igualitarias, con todo lo bueno y lo malo que ello implicaba: no querían, por ejemplo,
que los oficiales llevaran charreteras porque significaba vanidad –contaba un soldado en
su diario- y tenía raigambre ese rechazo en los comportamientos sociales de la época y

49
Luna Felix, “Buenos Aires…”cit., pags.47/50
50
Romero José Luis Romero Luis A., “Buenos Aires …”cit., pag.87
51
Smolensky Eleonora Maria,Colonizadores colonizados. Los italianos …”cit., pag.35.
46
en la mixtura y dinamismo de las capas sociales.52 Las ideas renovadoras eran
ampliamente bienvenidas, gozaban del aire de intercambio, y profundamente
trasvasada la ciudad por todas las influencias externas que el puerto permitía. Todo esto,
en un marco en que las ideas del siglo se hacían eco con ese mismo tono, en el puerto
habría de producirse el cambio.

4. El paso hacia la indepedencia. Revolución de Mayo, antecedentes y


consecuencias.

En la segunda mitad del siglo XVIII, el monarca español decidió, como


cabal representante que era del despotismo ilustrado de esa época, encarar una gran
reorganización administrativa en las Colonias. Lo hacía con el objeto de sanear las
finanzas del reino y evitar la marginación de España, intentando siempre el objetivo de
afirmar una única soberanía, la del monarca absoluto, y que había sido templada por el
mismo sistema colonial y la dificultad para mantener un contacto directo con sus
autoridades. De modo que la reforma no sólo apuntaba a reestructurar los ámbitos
militar y administrativo de las posesiones en América, sino también a uniformizar a los
diversos reinos. Para ese pensamiento, las colonias debían funcionar como el dominio
que eran, para lo cual debía dotárselas de una burocracia centralizada que eliminara los
compromisos con los grupos coloniales dominantes, a los que la Corona intentaba
53
quitarles poder. Se crearon, entonces, unidades administrativas bajo un sistema de
intendencias y los intendentes se hacían cargo de cuatro funciones: justicia,
administración general, hacienda y guerra, con la debida subordinación y dependencia
del virrey y de la Audiencia. Se proponía con estas medidas desplazar del control de la
administración, y en particular de los cargos de responsabilidad, respecto de las
familias de las elites criollas que ocupaban posiciones decisivas en muchas de las
instancias estatales.

52
Di Meglio Gabriel “Historia de…”cit., pag.188.
53
Fradkin Raul- Garavaglia Juan C., “La Argentina…”cit., pag.178
47
Se ha estimado que, para el Río de la Plata, sobre 158 personas
individualizadas que ocuparon cargos en la administración colonial, a fines del siglo
XVIII, el 64% eran peninsulares y el 29% porteños. A su vez, la mayor concentración
de porteños se encontraba en las escalas más bajas de la administración y los cargos
altos eran ocupados por españoles. Para asegurarse el alto nivel de eficiencia de los
funcionarios, la Corona adoptó algunas prevenciones: se reservó el nombramiento de los
intendentes, se les fijó salarios acordes, donde antes se había tenido la tradición de tener
servidores mal remunerados y los nombramientos quedaron reservados a los
peninsulares, quienes así monopolizaron los altos cargos de la Iglesia y el Estado.
Recordemos nuevamente, aquí, que, durante la primera parte del siglo
XVIII, los criollos habían llegado a desempeñar cargos importantes en todo el
continente, a medida que iban comprándolos en la administración pública que, exhausta
en sus arcas, había hecho cada vez más uso de esa modalidad de “adquisición” de
cargos. Podemos notar especialmente en este punto, que esa herencia específica, arrastra
sus consecuencias hasta hoy, ya que es muy poca la virtud y el respeto que otorgamos al
funcionariado público, en cualquiera de sus ramas, extendiendo ese prejuicio histórico –
a veces muy justificado-, basado en que no se accedía a un cargo por mérito personal.
Siguiendo en ese sendero, también, se explica la ausencia de un cuidado atento y
minucioso respecto de la forma de organización, y los recursos a brindar para el
cumplimiento de una función pública, sobreentendiendo que quien acceda lo hará para
su lucro personal y no para el bien de la comunidad toda. Cuando no, este cumple tal
expectativa social. Porque las más de las veces no se accede por el mérito, cerrando así
el círculo.
Pero volviendo al proceso revolucionario, con las reformas borbónicas
quiso revertirse la situación de transferencia de poder a los criollos, reduciendo al
mínimo su participación. Tales transformaciones tuvieron un efecto perturbador en
Buenos Aires, en palabras de Romero, aun cuando se la dotó de un gobierno más eficaz.
Las intendencias chocaban con los grupos más tradicionales del gobierno colonial y en
Buenos Aires, se enfrentaron a los virreyes, quienes eran renuentes a compartir el poder
con funcionarios subalternos. Desde España se veía, en la actitud de los cabildos, el
deseo de los criollos de obtener una mayor participación en el gobierno. Por eso es que

48
tuvo lugar la llegada de más funcionarios civiles, militares y eclesiásticos, desde la
Península, y tal situación tornó más sensible el hecho de la presencia española en
Buenos Aires y agudizó la división ya existente entre peninsulares y criollos,
tensionando altamente el ambiente. El efecto de la reformas borbónicas era el de
aumentar el poder del Estado, a la par de recordarles constantemente a los criollos su
condición colonial y que debían conformarse con cargos subalternos, que los españoles
no querían. En consonancia con la idea del dominio que hemos visto en el punto 2.3. se
negaba, conceptualmente, cualquier tipo de derecho a los criollos.
Y existían, para 1810, dos suerte de partidos en Buenos Aires: el español
y el revolucionario, nucleando este a los funcionarios y militares criollos que
desaprobaban el gobierno español, a los comerciantes que se dedicaban al tráfico
comercial con los neutrales y otras actividades no comprendidas en el monopolio, y a
los comerciantes minoristas. La política se estaba transformando, ello en un medio que
resultaba mucho más irritante por las cargas que imponía el gobierno y una mayor
explotación, provocando que los criollos comenzaran a estar muy alertas.54 El
favorecimiento ostensible hacia los españoles y la exclusión cada vez mayor de los
locales, empezaba a producir la reverberación necesaria para los acontecimientos
ulteriores.
Pero, además de esa situación coyuntural, y tal como lo describen
Fradkin y Garavaglia, y hemos visto ya, la sociedad bonaerense ofrecía rasgos propios
que favorecían la activación política. Una ciudad abierta con intensa circulación de
personas, ideas y noticias, y el conjunto de la población que seguia apasionadamente las
noticias y rumores que venían de otras partes del mundo era campo más que propicio.
Los sectores “decentes” eran demasiado amplios y diversos, creando un clima especial
para la fermentación de las nuevas corrientes que eran la marca del siglo, en otras partes
del mundo, donde similares cuestionamientos se estaban produciendo revelando el
tiempo histórico.
El área rural de Buenos Aires tampoco presentaba jerarquías sociales
firmes, ya lo vimos, dado que ni los sectores propietarios eran suficientemente

54
Romero Jose Luis y Romero Luis Alberto, Buenos Aires, Historia de cuatro siglos, Altamira, Buenos
Aires, ed.actualizada 2000, pag.51 y 58
49
poderosos, ni los poderes institucionales estaban suficientemente arraigados para
asegurar la obediencia de una población que se mostraba demasiado heterogénea para
ello, acostumbrada a disponer de un amplio margen de autonomía.55 Ese movimiento en
ciernes, esa amalgama, fue la que brindaría a la nación emergente las ideas de
republicanismo, nutriéndose de ellas en un proceso en que el puerto abría las puertas a
todo tipo de pensamientos, de los más avanzados de la época. Y, reitero, conforme lo
describe Félix Luna, existía en Buenos Aires una definida clase media (aun cuando no
se considerara tal), con diferencias de las restantes ciudades hispanoamericanas:
formada por comerciantes, hacendados, burocracia, clerecía menor. La clase media sería
el vehículo para el cambio que traería la Revolución de Mayo y que implicaba
sustitución de las autoridades coloniales, acceso a los cargos públicos, igualitarismo
institucionalizado, liberación del comercio. En las provincias, en términos generales, el
gobierno se ejercía como en la época del Virreinato, de forma centralizada, jerarquizada
y la cosa pública era manejada por los descendientes de los linajes conquistadores y
descendientes de españoles que se habían incorporado al sistema, manteniendo un
abismo con el pueblo, que carecía de derechos políticos.56
Por su parte, según reseñara José Luis Romero, las masas campesinas
apenas se enteraban de los cambios experimentados bajo el imperio Borbón, que
interesaba a comerciantes, ganaderos, propietarios. Félix de Azara, marino que narró sus
experiencias en la época, se sorprendía del “primitivismo” de la población rural en el
siglo XVIII. Expresaba que la existencia de esa clase transcurría al margen del orden
social y jurídico; las leyes se hallaban desvinculadas de la realidad y su situación era de
escaso contacto con los grupos que llevaban una existencia regular y se desarrollaba en
el ámbito de las pampas desiertas. “Así se fue creando entre la población campesina
cierto sentimiento de libertad incontrolada y anárquica, enmarcado dentro de los
principios del absolutismo político; este extraño contraste determinó la aparición y
fortalecimiento de un espontáneo sentimiento igualitario, al que acompañaba un
irreductible individualismo y una ausencia total de conciencia política…” 57 Y

55
Fradkin Raul-Garavaglia Juan C. “La Argentina…”cit., pags.234/35.
56
Luna Felix, BuenosAires …”cit, pags.48/51
57
Romero José Luis, EL drama de la democracia argentina, Centro Editor de América Latina, Buenos
Aires, 1983, pags.18/19
50
finalmente, destaca aquel autor que el cotejo entre las características de la población
campesina y la urbana, revelaba la peculiaridad de la sociedad colonial: “como masa
homogénea, económicamente, social y políticamente, el pueblo no tiene significación
ni eficacia en las colonias rioplatenses (la negrita me pertenece y lo destaco porque
ese sería uno de los factores (o yerros) fundamentales en el derrotero histórico
posterior).
La evidente incapacidad de España para proteger las tierras, que se
mostró a partir de las Invasiones Inglesas, y el orgullo de la ciudad por haber repelido
ese intento con éxito, fueron las circunstancias finales sobre las que se comenzó a
andamiar la revolución.
Es sabido que, en el complejo escenario de tensión acumulada, el factor
propulsor del cambio estuvo dado por el derrumbe en España del antiguo régimen que
abría una crisis dinástica que desembocaba, en muy grandes rasgos, en la pérdida de
Andalucía y la eliminación de la Junta Central. Por su parte, el dominio militar de
Buenos Aires estaba en manos de los cuerpos de milicia criolla que ya no apoyarían al
sistema instituido y comenzaban a discutir la vacancia y sucesión del poder, ahora
acompañados por hombres como Moreno, Castelli y Belgrano.

4.1. La Revolución.
Puede decirse, así, que, a partir de tales acontecimientos, y desde el 22 de
mayo de 1810, el orden colonial deja de existir y el germen está en Buenos Aires. En
muy apretada síntesis, se deja en manos del Cabildo la situación de crisis emergente a
partir del escenario español de vacancia de gobierno y es bien conocido su desarrollo: se
nombra una junta de gobierno con el virrey a la cabeza y esto último hace que el día 24
resurja el conflicto, ya que los oficiales no se resignan a dejar el mando militar en
manos de Cisneros. Se anuncia, entonces, la renuncia de aquel. La plaza surge el día 25
como un nuevo teatro de agitación popular y los concurrentes llevan el petitorio de
designar una junta más amplia que sustituya la autoridad del virrey. La presidirá
Saavedra, generando ahí, entonces, un nuevo orden.

51
A partir de ese momento y con el motor de un nuevo diseño político que
se genera ahí mismo, para lograr la consolidación del movimiento, los hombres de
mayo envían misiones con apoyo militar a las provincias, intentando llevar la buena
nueva y frenar posibles disidencias. La transformación, según Halperín Donghi, se hace
sentir, antes que nada, en la esfera político-administrativa: es el fin del predominio de
una burocracia de base metropolitana y excluyente del local.
La elite criolla de Buenos Aires, a la que los acontecimientos
comenzados en 1806 han entregado el poder local, debe ahora crear una clase política y
un aparato militar profesional del que carece, imponiéndose una modificación profunda
que no podrá darse sin desgarramientos y de la que surgirán aquellos que entrarán en la
que se da en llamar “la carrera de la revolución”.
Luego del ímpetu inicial y a medida que se van agolpando las muchas
adversidades, las luchas, la falta de recursos, resulta más difícil para la elite gobernante
reconocerse en los objetivos iniciales y aquellos principios que se han identificado con
la empresa que comenzó por parecer tan fácil, luego se revela casi desesperada 58. Esto
es lo que sucede normalmente en cualquier proceso revolucionario que rompe (no hay
duda que así lo hizo) con un orden que ha venido de siglos de imposición, y por el
sismo mismo que ese proceso provoca. Los jefes revolucionarios tienen, a partir de ahí,
que consolidar el poder adquirido y ello les impone establecer rápidamente nuevas
relaciones con la población, sólo en parte afectada por los procesos militares y políticos
que han dado lugar al surgimiento de la facción revolucionaria rodeada de un grupo
popular. “En esas vinculaciones, el estilo autoritario del viejo orden no ha de ser
abandonado; el prestigio y los medios de coacción derivados del uso tradicional del
poder eran, frente a los sectores marginales, una ventaja cierta”59. Esto es en todo el
país, y por supuesto, también en Buenos Aires que tenía la misma herencia, si
recordamos nuestros orígenes, ya expuestos en los acápites anteriores. De la muerte, la
sumisión, la estratificación, y la sensación de falta de pertenencia en la riqueza de la
propia tierra, ese sentimiento surge con la mayor naturalidad. Y sin dudas, eran tiempos

58
Halperín Donghi Tulio, “Revolución…”cit., ag.167
59
Halperín Donghi, “Revolución..”cit.,pag.171
52
difíciles, de una ruptura con un lazo casi parental, mucho más profunda de lo que suele
percibirse y con mayor dramatismo que el simple relato puede exponer.
Hace eclosión, además, la hostilidad entre americanos y peninsulares que
va subiendo de grado y poniéndose de manifiesto, sobre todo en la administración. Hay
una nueva imagen de las magistraturas y dignidades que son arrebatadas del orden
colonial. Los nuevos funcionarios de la Audiencia son privados de todo signo exterior
de prominencia, con salarios más reducidos, de manera de diferenciarse radicalmente de
ese orden que tanta discriminación había creado y que sentían tan dérmicamente. En
algún punto también, esta sensación permanente de rechazo a las manifestaciones
ostensibles de la autoridad estatal quedó fijado, en nuestro sentir colectivo, con esas
vivencias de ruptura.
En definitiva, el grupo criollo quiso imponer su ideario y llamó a las
provincias para que se incorporasen al movimiento revolucionario asi como también
acudió al pueblo; lo hizo a su manera y desde Buenos Aires, sin tratar de entender las
restantes posturas que emergían en el país, y sus razones. Observa Romero que cuando
el pueblo acudió, quedó en evidencia la incompatibilidad entre su naturaleza y la del
grupo dirigente, iniciándose, así, un conflicto entre dos formas diversas de democracia,
con el que se inaugura, en sus palabras, el drama de la Argentina criolla.60 Hace
referencia a los ideales de la masa campesina o semirrural, políticamente inexperta y de
concepciones más simplistas, tenía ideales nutridos en un “vigoroso sentimiento
democrático, oscilando entre la libertad incontrolada y anárquica y el atavismo del
respeto y la sujeción al jefe eficaz y reconocido como representante eminente de su
propias virtudes y pasiones(…) Frente a la masa rural, actuaban los grupos ilustrados –
preferentemente urbanos y especialmente porteños- para quienes emancipación y
organización institucional centralista y representativa parecían una misma cosa”.61
Pero, además, era claro y no reconocido suficientemente por la dirigencia
porteña, que todas las poblaciones de las provincias, sobre todo en las fronteras, estaban
poniendo el cuerpo a la revolución, literalmente, ya que los recursos eran,
aparentemente, por demás escasos y los ejércitos, en la lucha contra los realistas,

60
Romero José Luis, El drama…”cit., pag.19
61
Romero Jose Luis, El drama…”cit., pag.20.
53
quedaban casi abandonados a su suerte. Así, cuenta, por ejemplo, un extranjero, John
King, oficial norteamericano que había desembarcado a los 14 años en Buenos Aires, y
enrolado en el ejército patriótico, acerca de la escasez de recursos, las privaciones que
sufrían los hombres que encaraban la lucha en las fronteras, la falta de remesas de
dinero y reconocimiento desde el gobierno central, brindando una postal cruda de cómo
quedaban abandonados casi a su suerte.62
En ese espinoso proceso, con todas las ideas en el origen, la revolución
devino -quizás volviendo a las raíces comunes que se trataba de no reconocer como
propias- hacia una presencia autoritaria del Estado, como dije, que estaba en la más
íntima sustancia del sentir colectivo formado en ella, aun respecto de la población
marginal urbana que el orden colonial se había empeñado en ignorar, e incluso en
relación a los sectores mejor integrados en la sociedad, los más abiertos; los nuevos
mecanismos de control se les aplicarían en medida creciente. Dice Halperín Donghi, “el
nuevo orden sigue las huellas del antiguo: halla del todo natural gobernar por vía
autoritaria las expresiones de regocijo público, tal como en tiempo coloniales se
reglaban los festejos piadosos y dinásticos…” Pero esto sucede con un límite, esto es,
en la medida en que existe una gran movilización popular en Buenos Aires, como marea
de fondo a la que los revolucionarios no pueden dejar de evocar para no perder
legitimidad, no contarán con su docilidad sino hasta cierto punto: hay una opinión
pública que sigue creyendo con la apasionada fe de siempre, en la invencibilidad de su
ciudad (probado ya con las invasiones inglesas) y de su empresa revolucionaria y esto
no puede ser soslayado por los dirigentes.
La población de la ciudad porteña estaba orgullosa de su ciudad: había
logrado repeler la invasión de los ingleses y luego encabezado la llamada revolución.
Así se lo hacían saber, también, los extranjeros que se acercaban y no era para menos:
todos estaban politizados, hasta los niños; era la ciudad a la que no había podido tocar
siquiera los portugueses, los ingleses y los españoles, y la revolución importaba para
ellos una aventura excitante que podía aparejar progreso y emancipación. La necesidad
de una respuesta autoritaria tenía ese límite preciso.

62
ver King John Anthony, Veinticuatro años en la república Argentina (1817-1841), Editorial Claridad,
2013
54
Muy distinto era el sentir en las provincias, reitero, para las que la
revolución trajo, en rigor y en mayor medida, pérdida, pobreza y/o devastación. Una
vez producida la revolución de Mayo, las provincias surgen a lo largo de la década de
1810 como desprendimientos de las antiguas intendencias coloniales y al desaparecer el
gobierno central comienzan a organizar sus propias autoridades, en la mayoría de los
casos, con representantes de los grupos sociales y económicos más poderosos de las
sociedades provinciales. Y con las mismas diferencias de antaño. Pero, paralelamente,
lo hacen bajo –y adscribiendo a las bases del sistema republicano, conforme lo describe
Paz, la idea de un sustrato de ciudadanos iguales ante la ley constituye una verdadera
revolución política que incorpora a sectores anteriormente excluidos, así como la
posibilidad de elección de autoridades otorgaba una legitimidad diferente a estas.
Ahora, la realidad política allí era muy diferente de la declamada
igualdad. Los gobernadores eran frecuentemente caudillos, devenidos jefes militares
que imponían su propia voluntad por sobre las instituciones, valiéndose de la fuerza de
las armas, y manteniendo la cercanía con los gobernados. Repetían el mismo esquema
de poder de antaño, exigiendo absoluta sumisión. Y su poder estaba sustentado en los
sectores sociales rurales que les permitía movilizar milicias en su apoyo. El poder
económico se mantenía, además, en las familias que hasta ese momento lo habían
ostentado.63
A partir de esos momentos históricos, puede verse, ya, que dos fuerzas
igualmente poderosas se enfrentaban en el seno del país, esas dos corrientes que nos
marcarían por siempre. Respecto de la porteña, no existía, en los líderes de las
provincias, una comprensión general en cuanto a las dificultades que acarreaba la
revolución para sus dirigentes, el cambio de un orden que había existido por tres siglos
de manera harto intensa y profunda como hemos podido ver, y la necesidad que
seguramente se tenía de cohesionar bajo un único mando a fin de lograr la anhelada
independencia y poder establecer un gobierno del país, en su totalidad. El oficial
norteamericano, ya citado, con pragmatismo respondía, según su relato, a la expresión
de Bernabé Araoz, acerca de la lucha de su país y el nuestro, frente a la ambición de ese

63
Paz Gustavo “Las guerras civiles (1820-70), Eudeba, Buenos Aires, pag.29/30
55
último de contar con los estados divididos: “EL poder y la perpetuidad de mi país
derivan de su unidad de acción: si nuestros Estados se rebelasen contra el gobierno
general y combatiesen por su existencia separada, la prosperidad de ese país estaría
perdida para siempre”64. Esto no era comprendido desde la visión de los distintos
dirigentes provinciales, que querían preservar celosamente su autonomía y recelaban
con profundidad la acción de los porteños. Recordemos la marca histórica de la
prevención de los centros netamente hispanos, la necesidad de cerrarse en su propio
microclima y ejercer el poder en ese solo ámbito.
Pero también es cierto que los porteños, por su parte, contribuían
grandemente al rechazo. Buenos Aires pretendía imponer sus políticas, con una mirada
única y excluyente, sin permitir la participación activa de los dirigentes de las restantes
provincias, y sin reconocer, mucho menos, la pérdida que significaba para ellas el
proceso revolucionario, así como que se defendía el nuevo orden con la propia vida y
los recursos cada vez más escasos, en otro nivel mucho más comprometido. No se
destinaban recursos concretos desde el gobierno central más que en lo necesario, y no se
reconocía la valerosa lucha que se desplegaba en las fronteras. Tales fueron los
obstáculos que se le pusieron, una y otra vez, a Güemes en su lucha de frontera, siendo
esta crucial para lograr la victoria y sacar a los realistas.65
En definitiva, podemos rescatar las primeras experiencias revolucionarias
en el sentido que aquí nos interesa, como formadoras, en un nuevo escalón de
evolución, de la impronta colectiva: tenemos una elite porteña que encara el proceso
revolucionario y tiene luego que habérselas con la difícil construcción de una
organización política totalmente nueva y extraña, sustentada en el pleno rechazo de lo
anterior –de características totalmente diferentes en cuanto orden político, social y
cultural-; y debió hacerlo sin unanimidad de objetivos por detrás para apoyarla y sobre
todo, de comprenderla en lo tremendamente complejo del proceso que tenía que
afrontar, sin recursos suficientes y la necesidad de una cohesión básica para poder llevar
la novel nación adelante. A su vez, incurriendo en el gran error, desde una visión más
dogmáwtica y autoritaria, de carecer de suficiente elasticidad y practicidad para aunar

64
King John Anthony, “Veinticuatro años…”cit., pag.39.
65
ver en ese sentido Di Marco Miguel Angel, Guemes. Padre de los gauchos Martir de los
emancipados”, Emece, 2014.
56
criterios comunes superadores, con todos los demás que poseían visiones diferentes y
que llevaban adelante la defensa de la revolución en los hechos, con sus cuerpos y su
patrimonio exclusivo, para concretar esa empresa en un aspecto determinante de su
éxito inmediato.
En última instancia, de lo que se trataba era, para uno y otro grupo, de
integrar a quien no piensa igual. Por el contrario, se apelaba a la forma conocida de
autoritarismo estatal propia de la herencia negada por Buenos Aires y que tenía al igual
que el resto. Desentendiéndose de las consecuencias que la guerra por la independencia
creaba en todas los demás zonas del país, sobre todo las fronterizas. Y los dirigentes
provinciales, que eran quienes verdaderamente ponían el cuerpo en la revolución, no
eran escuchados, porque no comulgaban con las mismas ideas, generando ahí una
división que provocaba y mostraba una brecha que resultaría dramática para nuestro
país. Con ese pensamiento individualista que ya caracterizaba al puerto, formado en la
actividad netamente mercantil.
También hay que decir que esos caudillos, en muchos casos, no
comprendían ni comulgaban con la elite porteña porque su raíz de pensamiento era la
matriz hispana de ejercicio del poder, sin tamices de ideas igualitarias, concibiendo el
ejercicio de poder como absoluto y omnímodo. Y excluyente del otro. Recelaban las
ideas nuevas y quienes las encaraban, además, por que implicaban circunscripción a su
poder; las menospreciaban, moldeados en el pensamiento más autoritario, de las
primeras experiencias en el sistema colonial. Y en ambos casos, el pueblo quedaba
invisibilizado, ajeno en el lugar del siempre sometido.
Aparece, por primera vez reflejado de manera ostensible, el drama de la
Argentina, esto es, el no reconocimiento del otro, que al no poder ser resuelto en esa
instancia, a posteriori nos acompañaría por siempre haciendo crisis terminal en
determinados momentos cruciales de la historia con la misma virulencia del primer
rompimiento revolucionario.

4.2. Años posteriores. Liderazgos autoritarios. Rosas y Sarmiento.

57
No ahondaré, en profundidad, en los años tumultuosos que siguieron a la
experiencia de Mayo, básicamente, porque, en lo que aquí me interesa exponer,
entiendo que ya la matriz estaba constituida y bullía en el interior de esa sociedad en
ciernes para luego expresarse, en diferentes momentos históricos, en lo que sería el
eterno drama de nuestro país. Lo que siguió, sin restarle un ápice de importancia a todos
los momentos fundamentales del entramado institucional y la formación como nación,
ha sido, creo, manifestación y emergencia de esa partición bifronte que estaba en el
origen. Fue fruto de las experiencias iniciales forjadas a fuego en la psiquis colectiva, tal
como les sucede a todos los pueblos, pero necesitamos desembarazarnos de ellas, en un
análisis maduro que habilite la evolución de la sociedad. No han sido estos dos siglos
sino una basculación entre una y otra Argentina, predominando una primero, otra
después, volviendo siempre a repetir la misma historia. Aun cuando las características
de una y otra están presentes en ambas, sin siquiera saberlo.
De todas maneras, con lo dicho, no puedo dejar de recordar ciertos hitos
cardinales que, aunque con esa matriz ya expuesta, fueron profundizándola y/o
actuándola en forma manifiesta, para ir delineando cada etapa histórica. Le pido al
lector que trate de realizar el ejercicio de reconocer en cada uno de los hechos esa
dicotomía interna que se iba manifestando; quizás detectándola en cada paso, podamos
comenzar en ese dejarla atrás, para siempre, aceptando al otro como lo que es,
comprendiendo su origen y dándole cabida en un único destino.

4.2.1. La turbulencia de las primeras décadas. Se muestran las primeras colisiones


internas en la división.

En un esquema básico, podemos decir que la sucesión de gobiernos se


fue dando en la entendible turbulencia que debía seguir a la independización de un
régimen que llevaba, por lo menos, dos siglos de existencia en América, y tratando de
erigir una conducción propia, la que en varias ocasiones tuvo lugar con mezquino
predominio de Buenos Aires, tal como hemos visto. La primera Junta, la Junta Grande,
el primer y segundo Triunvirato, el Directorio, se sucedieron para tratar de dar un orden
interno, en medio del lógico caos que acaecía en lo que, no por no estar abiertamente
58
declarada, dejaba de ser una verdadera revolución. El movimiento triunfante en Buenos
Aires exigía un acatamiento completo para su progreso y en casi todas partes importaba
una tensión entre los delegados que aquella enviaba y los representantes locales, a veces
burócratas unidos a los poderosos clanes familiares con prerrogativas que venían de la
época colonial, en cada provincia. Otras, simplemente defendiendo el núcleo del
movimiento revolucionario, desde otra visión, y no los intereses porteños. Buenos
Aires, por su parte, embelesada de sí misma, deseaba el liderazgo absoluto y aun cuando
no lo deseara, su matriz de pensamiento, como hemos visto hasta aquí, era
sustancialmente diferente a aquella en la que se habían formado los dirigentes
provinciales; a lo que hay que sumar el dogmatismo en la postulación de los porteños y
que, sin hacer prevalecer la realidad práctica, no permitían llegar a una síntesis
superadora en esos momento de formación. Fueron constituyéndose, por último, los
delegados del nuevo gobierno, con locales que comenzaban a cimentar su poder, no ya
desde el centro de la revolución, sino sobre sí mismos, y que contaban con el apoyo
armado del lugar, canalizando los recursos humanos y económicos para la guerra. Un
nuevo grupo con nuevas posibilidades, que había quedado excluido en la etapa
prerrevolucionaria, iría formando un poder local muy particular que con los años iba a
adquirir otra gravitación fundamental. Y el gobierno central carecía de recursos y
estaba dispuesto, además, a imponer sus decisiones por encima de las necesidades de la
empresa revolucionaria.
La Asamblea del año XIII marcó, luego, un jalón de enorme
significación, ya que se excluyó por primera vez la fórmula de juramento de fidelidad al
rey Fernando VII; aunque la nueva fórmula por sí misma resultó una fuente de
conflictos. Los diputados electos en las ciudades llevaban instrucciones de representar a
sus respectivas comunidades y una vez abierto el Congreso, se propuso un juramento en
nombre de la nación por lo que surgieron tensiones entre la capital, sede del gobierno
central, y el resto de las jurisdicciones, exhibiendo dos tendencias: una que propugnaba
un gobierno indivisible y centralizado y otra que defendía una forma de gobierno con

59
amplia autonomía de las ciudades.66 En definitiva, podemos ver a partir de lo hasta aquí
desarrollado, que se ponía en juego mucho más que el centralismo o autonomía
políticos, porque eran dos modos muy diferentes de ver la vida, de encararla y encarar la
creación de un orden de conducción a partir de ello; se enfrentaban por ser naturalmente
antagónicas: una abierta, otra cerrada, una con un profundo sentimiento de amor por la
tierra y otra de individualismo mercantil, una estratificada con privilegios para quienes
ejercieran el poder, otra rechazando pergaminos y linajes; y que no podían sino
colisionar a la primera confrontación de sus respectivas visiones.
Para el año 1816, la situación era acuciante, por lo que se convocó a un
nuevo Congreso Constituyente que, reunido en Tucumán el 9 de julio de 1816, declaró
finalmente la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica. Así se trasladó
luego a Buenos Aires para redactar una constitución, aunque con prioridad debía
establecer la forma de gobierno que se adoptaría, siendo el problema más apremiante
definir la distribución del poder a nivel territorial. Aquellas dos tendencias no podían
ponerse de acuerdo y el Congreso constituyente fue deslizándose hacia posiciones cada
vez más centralistas. De ahí que la Constitución de 1819 no sólo no se pronunció sobre
la forma de gobierno, sino que tampoco lo hizo respecto de la organización de las
provincias.
Para las provincias, la guerra por la independencia importó un altísimo
costo, no sólo en vidas humanas sino también en lo económico, marcado por la
destrucción de bienes y medios de producción así como por el rápido deterioro de los
circuitos productivos y mercantiles, a través de los cuales había funcionado la
economía colonial, entre ellos la pérdida del Alto Perú. El aporte de las provincias
norteñas y andinas para la guerra, especialmente en ganado, fue decisivo; en el litoral
también la expoliación fue grande. La pérdida del Alto Perú privaba a las ciudades
cercanas del papel intermediario en que habían basado su prosperidad.
Por sobre todo, fue grandísimo el aporte de las distintas regiones del país en
esa guerra por los recursos con los que contribuyeron, de cuya pérdida costaría mucho
reponerse y que nunca fue reconocido en su magnitud por Buenos Aires, sujeta esta

Ternavasio Marcela “Historia de la Argentina. 1806-1852”, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2013,
66

pags.87/9
60
como estaba, además, a los individualismos que se sobreponían a la causa común. En
1818, informaba Güemes acerca del estado en que se encontraba su provincia: “Puesta
la Provincia de Salta en tan duras, prolijas y continuadas miserias, consumidas sus
estancias, extinguiendo su comercio, extenuados sus capitalistas, más breve,
transformada en un esqueleto descarnado, advertí que sus habitantes con un gozo casi
general admitián más bien en sus giros y comercios esta moneda ruin y falsa (…)”…
Porque Salta ha sostenido siete años la guerra contra los tiranos sin recibir auxilio
alguno y las demás han gozado de sus comodidades y adelantamientos; porque los
salteños han prodigado su sangre, sus vidas y sus haberes, al par que las otras han
gozado de quietud, sin sufrir costosas y penosas emigraciones…”67
Por el contrario, en Buenos Aires, la apertura del comercio trajo
aparejada una ampliación de las importaciones y convirtió a las rentas de la aduana del
puerto en el principal recurso fiscal. Es así que, pasados los primeros años, y ya para el
año 1820, – sin perjuicio de las tensiones internas- aquella estaban encontrando nuevas
formas de prosperidad con los ingresos de la Aduana, una vez libre de las cargas de la
guerra, mientras que las provincias tenían que lidiar con los efectos de la crisis
posrevolucionaria.

4.2.2 Década del 20. Manifestación expuesta de la dicotomía.

En el quinquenio 1820-25 el surgimiento como entidades autónomas de


las distintas provincias que conformaban el país y los acuerdos celebrados como
auténticos Estados soberanos, constituye un punto importantísimo en la historia, así
como lo fue la creación del Poder Ejecutivo Permanente y la constitución de 1826.68 Lo
habían precedido las disputas entre los caudillos del litoral, las tendencias centralistas y
la de los grupos federalistas, porteños, en un conflicto que hacía explotar las tendencias
subterráneas que se venían insinuando desde el principio de la revolución y en el que

67
citado en Di Marco Miguel, “Güemes …”cit., pags.246/7
68
Bianchi Alberto, Historia de la Formación Constitucional Argentina (1810-1860), Lexis Nexis, Buenos
Aires, 2007, pags.29/87
61
diversos grupos y facciones intentaron alzarse con el poder político que había
desaparecido luego de la batalla de Cepeda.
Para los porteños, con esa batalla en sus espaldas, la crisis del año 20
dejó una imagen amarga, en una visión individualista, pero también consciente de las
dificultades de liderar a un grupo irreductible en el uso del poder. La elite política a
cargo del gobierno provincial de Buenos Aires, así como los sectores económicamente
dominantes, querían un nuevo orden que se concentrara en dotar a esa provincia de las
condiciones necesarias para alcanzar, para ella, el progreso económico y social. Dice
Halperín Donghi:”…lo que se dirime no es la orientación general de la acción del
Estado, sino la distribución del poder y sus beneficios entre alianzas estrictamente
personales. La política de los intereses, que reemplaza a la que se había apoyado en la
solidaridad revolucionaria, termina entonces por reflejar, en toda su confusa
multiplicidad, el mundo de complicidades y rivalidades de una reducida oligarquía
urbana, de mente comercialista. Ese intrincado sistema político pudo sobrevivir a sus
insuficiencias mientras un acuerdo fundamental sobre los fines de la acción estatal
quitaba relevancia a los conflictos internos, que el carácter aproximativo de la disciplina
aceptada por el grupo gobernante debía necesariamente provocar”69. De intentar
conquistar el Virreinato como capital del nuevo orden político, descubría ahí Buenos
Aires los costos que pagaba por ello y los beneficios que podía obtener al abstenerse, al
menos por un tiempo, de ser el epicentro de un nuevo intento de unificación, con
territorios díscolos pero a su vez dependientes económicamente.
Las provincias establecieron, por su parte, regímenes representativos de
base electoral, con las excepciones de Córdoba y Mendoza, con ejecutivos
unipersonales y legislativos unicamerales. De todos modos, como ya destacara, este
entramado institucional estaba sujeto, en la realidad, y con distintas variantes según
cada región, al poder excluyente de los caudillos o gobernadores. Excepción hecha, en
cierto momento, de la provincia de Corrientes, en la que una vez declarada la
autonomía, se sucedieron los gobernadores con mandatos de tres años y cediendo su

69
Halperin Donghi”Revolución y …”cit,pag.375
62
cargo a personas pertenecientes a facciones políticas opuestas, en un marco de
estabilidad.70
Ahora bien, para entender los sucesos que sobrevendrían con
posterioridad hay que recordar esas distintas tensiones que se iban manifestando y
haciendo evidente, sobre todo, terminada la guerra contra los peninsulares; en ellas se
conjugaban -claramente entiendo- la vigencia de los dos factores genéticos que no se
podían conciliar, manifestándose de una u otra manera, siempre en dos bandos
antagónicos de exclusión.
Y, obviamente, la base hispano-colonial estaba ahí para todos , aunque la
elite porteña la negara como propia; era común a todos los habitantes del país, no
importa de dónde vinieran y cuál fuese su pensamiento. Así, la plebe porteña, al igual
que en otras regiones, exigía del gobierno una figuras parental, y el gobierno tendería a
responder de esa manera reclamada implícitamente. Recuérdese lo ya dicho en este
capítulo respecto de la idea del Rey como una figura paterna, con toda la autoridad que
se le otorgaba y cómo se vinculaba aquel con el pueblo, a más de considerarse dueño de
las tierras. Dice Di Meglio “A pesar de la desaparición de las instituciones del mundo
colonial, las concepciones de autoridad propias de él perduraron entre la plebe. La
noción de padre pervivió aplicada al gobierno porteño, surgido de un principio de
legitimidad diferente, el republicano”71. Diría, más que al gobierno porteño alcanzaba a
todo el país, ya que esa era la impronta a la que respondía por sus primeras experiencias.
Por otra parte, hay que notar también, que la idea republicana estaba
presente en la mayoría de las poblaciones como un derecho ganado, la legitimidad
provenía del pueblo y con los principios de justicia social que habían sustentado la
revolución, de la que todos eran plenamente conscientes aun cuando no se sintieran
identificados con la dirigencia revolucionaria, que no brindaba elementos coadyuvantes
para aglutinar a todas las tendencias. Y cada sector miraba su interés, con honrosas
excepciones. En esa contradicción ínsita, se buscaba un “padre” que volviera a cobijar
bajo el ala, distante pero allí existente -es decir, como siempre, se buscaba repetir lo

Ternavasio Marcela, Historia de …!”cit., pag.132/34


70
71
Di Meglio Gabriel, Vivia el bajo pueble! La plebe urbana en Buenos Aires y la poltica entre la
Revoluciòn de Mayo y el Rosismo, Prometeo, Buenos Aires, 2007, pag.245
63
conocido-, luego del caos que inevitablemente tenía que traer el proceso revolucionario
y que nadie estaba dispuesto a comprender en ese sentido; como que tenía que darse
bajo los principios del republicanismo y teniendo en cuenta las necesidades del bajo
pueblo, de la campaña, lo que la elite revolucionaria definitivamente no hacía ni
percibía como necesario, con el desdén de sentirse en otro estadio de evolución.
De esa contradicción manifestada, de la cerrazón de los porteños, del
recelo del resto y del sentimiento de estar siempre frente a la disyuntiva “orden vs.
caos”, claramente reiterando las experiencias originarias de caos generalizado, surgirían,
así, liderazgos locales como el de Dorrego que estaba sustentado en bases plebeyas, más
logradas a partir de signos superficiales de acercamiento al pueblo dejado de lado, a
contrario de las elites que marcaban la diferencia en una distancia sideral. Desde sus
hazañas guerreras hasta la vestimenta como símbolo de acercamiento (el poncho
contrapuesto a la levita) jugaban los líderes populares con esa diferencia basal, si bien
las facciones dirigentes derivaban, en definitiva, de las mismas elites y el federalismo
contaba con adherentes que eran poderosos sectores de la campaña. Con esa
pertenencia, al dedicarse a ganar el favor popular en esa simbología, Dorrego logró
infundir, con signos de acercamiento, la idea de ser “popular” y por tanto la adhesión
del pueblo, que ya emergía muy manifiestamente en la dicotomia en ese momento entre
“unitarios-federales”. Es decir, la eterna premisa, “yo o el otro”, en una cuestión
considerada como de neta supervivencia.
En palabras otra vez de Di Meglio, la hostilidad de la plebe hacia la
“aristocracia-unitarios” provenía de la caracterización como una elite que no había
respetado los viejos principios de la Revolución ni hacía esfuerzos inclusivos respecto
del bajo pueblo y esta antinomia no era nueva. Más allá del sentimiento dicotómico
impregnado en el inconsciente, el pueblo no había sido nunca escuchado ni siquiera
mirado, más bien menospreciado. Aunque, a diferencia de lo que piensa aquel autor,
entiendo que lo era por ambas facciones, que lo seguían viendo como “el sometido”.
Así, en una paradoja histórica que luego se repetiría tantas veces, por
ejemplo, el dorreguismo ganó el apoyo de la plebe, sustentado, no en la soluciones
profundas a los problemas concretos y reales del pueblo, que no brindaba por lo menos
en lo que le cupo de actuación, sino básicamente en el ataque a la “aristocracia” y en la

64
mirada dirigida a darle un lugar, pero que, como tantas veces luego en la historia, más lo
sería en las palabras que en los hechos. La población más culturizada menospreciaba y
trataba de separarse del pueblo lo más posible y esto, sin duda, creó una base
fundamental para la polarización, otra vez acudiendo al sustrato más inconsciente que
poseía en la estratificación colonial. Sin olvidar que el pueblo se mantenía, además, en
la búsqueda ya forjada de un padre, sin erigirse con sus propios medios, en su modelo,
sobre la base de la acción propia. Es así que, como sucede cn la vida cuando nos va
poniendo una y otra vez frente al mismo yerro, fue sucumbiendo en engaño tras engaño
a lo largo de la historia.
Finalmente, el aporte constante de los grupos subalternos a la guerra, se
daba de manera brutal y sobre todo, en el ámbito rural. Sus efectos, que diezmaron a la
baja plebe, así como las consecuencias de graves problemas económicos que surgieron,
dieron lugar, finalmente, a la crisis de los años 1828-1829. Y a la hegemonía de los
caudillos en las distintas zonas del país. Tengo que aclarar, aquí, que no me parece
necesario establecer si ya eramos en ese punto un Estado o una Nación, y cómo
quedaban las provincias ubicadas en tal contexto, como suele discutirse, en la teoría,
respecto de este período. Es lógico suponer que, en los primeros años despúes de la
revolución mantuvieran, en el sentir de todos los habitantes, la estructura que tenía el
Virreynato del Río de la Plata que elegía independizarse. Ahí estaba el núcleo de
cohesión, creo, así como la voluntad en los distintos sectores y regiones del país de
conformar un régimen político diferente al colonial, y en esta empresa estaban todos
unidos, considerando casi en su totalidad un mismo territorio. Así, no parece que sea
relevante determinar si estaba constituida la nación o el Estado. El problema real no era
ese, sino que, por detrás de esa empresa común y de ese pasado nucleante, se
enfrentaban con una fuerza arrolladora, dos modos diferentes de vida, dos visiones
profundas y distintas de captar el pasado y el presente, que se rechazaban mutuamente a
nivel pulsional, pero unidas por el pasado y la herencia común que se reconocía como
propia y única de esa región. Buenos Aires, y los centros urbanos que seguían sus
mismas ideas, negaban, con ella, el pasado hispano colonial, y sus consecuencias de
autoritarismo , cerrazón y diferenciaciones sociales. Y los que mantenían esa herencia
como propia, rechazaban las ideas “extranjerizantes” de los porteños y de los otros
65
centros urbanos que abrazaban tales principios, su menosprecio y escaso amor por el
terruño y su historia.
Las consecuencias extremas y más dolorosas de esa división nuclear
prorrumpirían en las luchas que se entablaron en este período, en la brutal resolución de
Lavalle al fusilar a Dorrego, en la igualmente brutal pelea de Quiroga, de Estanislao
López, para imponerse en los territorios díscolos que consideraban propios, no siendo ni
Quiroga ni López emergentes del pueblo sino hijos de las familias acomodadas,
herederas de los conquistadores. Y no es necesario, entiendo, hablar de unitarios y
federales, como dos partidos o grupos orgánicos enfrentados, porque la diferencia era
muchísimo más profunda y exhibía dos visiones diferentes y dos modos de vida
disímiles, generados en la época colonial, que no podían encontrar una síntesis
superadora que aunara a todos.
La idea base la da Alberdi, -bastantes años después- y creo porque
pasaron por la dura experiencia del gobierno de Rosas, al responder a una carta de
Sarmiento, . Dijo: “Si porque es incapaz de orden constitucional una parte de nuestro
pais, queremos anonadarla, mañana direis que es mejor anonadarla toda y traer en su
lugar poblaciones de fuera acostumbradas á vivir en órden y libertad. Tal principio os
llevará por la lójica á suprimir toda la nacion arjentina hispano colonial, incapaz de
república y á suplantarla de un golpe por una nacion arjentina anglo-republicana,la
única que estará exenta de caudilla- ge. Ese será el único medio de dar principio por la
liber tad perfecta; pero si quereis constituir vuestra ex-colonia hispano-arjentina, es
decir, esa patria que teneis y no otra, teneis que dar principio por la libertad
imperfecta, como el hombre, como el pueblo, que deben ejercerla, y no aspirar á la
libertad que tienen los republicanos de Norte-América, sino para cuando nuestros
pueblos valgan en riqueza, en cultura, en progreso, lo que valen los pue blos y los
hombres de New- York, de Boston, de Filadelphia, etc.”72 Para luego agregar: El dia
que creais lícito destruir, suprimir al gaucho por que no piensa como vos, escribís
vuestra propia sentencia de esterminio y renovais el sistema de Rosas. La igualdad en
nosotros es mas antigua que el 25 de mayo. Si tenemos derecho para suprimir al

72
Alberdi Juan Bautista, “Cartas sobre la prensa y la política militante de la República Argentina”. Carta
fechada en Quillota, enero de 1853.
66
caudillo y sus secuaces porque no piensan como nosotros, ellos' le invocarán mañana
para suprimirnos á nosotros porque no pensamos como ellos. Writh decia, que en el
uso de los medios violentos los federales de Rosas no habian sido sino la exajeracion de
los unitarios de Lavalle. El dia que este general fusiló á Dorrego por su orden, quedó
instalada la política que por veinte años ha fusilado discrecionalmente. ..”

4.3.Rosas. Primera crisis evolutiva general del país. Evolución posterior.

Así llegamos al gobierno de Rosas, sobre el que me detendré


particularmente, porque fue el preludio de la requerida organización nacional, ahí sí
como un Estado legalmente constituido. Pero, por sobre todo, porque entiendo es el
primer momento de crisis terminal en que se puso en evidencia, quizás cruelmente, las
consecuencias a las que llevó la desmembración, la división base entre esas dos
Argentinas, que ha sido sustento de toda nuestra inestabilidad institucional, social y
política. Y como estado de trance definitorio, se constituye en el antecedente para la
evolución de la sociedad, tal como sería en etapas posteriores. Sería, creo, un hito
fundamental en ese sentido, la primera marca de crisis terminal que luego repetiría la
sociedad históricamente, con otros contextos, en el dilema de división nunca superado.
Y pareciera que siempre hemos necesitado de una crisis terminal para
dar el correspondiente salto evolutivo, ¿quizás repitiendo la experiencia inicial de
revolución disruptiva, que llevaría al rompimiento con la “madre patria”, tal como un
individuo repite una y otra vez sus primeras experiencias dolorosas?
No puedo dejar de pensar en la necesidad de la sociedad, reiterada luego
en otras momentos clave de la historia, de entronizar un personaje de características
despóticas con el fin de “exorcizar” sus costados más oscuros para lograr el cambio,
colocándolos en ese alguien que se imbuirá, que se llenará, de todas esos negados
aspectos que es menester depurar. Paulatinamente, irá transformándose en un ser cuasi
monstruoso, tiránico, por virtud de una transferencia del colectivo que, así planteada,
llega a un momento en que torna inevitable el necesario salto evolutivo, el que surgirá

67
solamente transitando y sumergiéndose, antes, en la crisis extrema que, con el necesario
y recurrente dramatismo, llevará a la siguiente etapa de crecimiento.
Rosas era un terrateniente y representante de los intereses económicos
del sector ganadero de la provincia de Buenos Aires, pero captó la existencia de las dos
Argentinas y puso de manifiesto y ahondó en su provecho la división que ya
reverberaba entre ambas, y que a esa altura recibía la calificación de unitarios y
federales (luego serían autonomistas, conservadores y radicales, radicales y peronistas,
peronistas y antiperonistas, etc.), pero que, en su base, no han sido, como ya destacara,
sino renovadas expresiones de esa dicotomía, profundizándose de manera violenta hasta
quizás tomar propia vida (porque superaba la lógica división entre dos formas de
organizarse políticamente como sucede en otros pueblos). Rosas era heredero de los
directoriales, monarquistas, liberales, vestidos de federales: el grupo antes comerciante
devenido ganadero. Pero, reitero, tenía una profunda comprensión de la realidad y las
particularidades que guiaban a los caudillos emergentes, de los que siguió su modo de
operar para aprovecharlo en su favor. Pulsó a fondo la dicotomía, manifestando
interpretar (otra vez, como en el régimen colonial, se privilegian las palabras por sobre
los hechos) del mismo modo a las grandes masas campesinas y suburbanas, cegadas
por la aspiración de una libertad incontrolada, pero también afectadas por el desdén
urbano; era una visión diferente de la que eran tributarias directas y que entiendo,
provenía de las primeras experiencias y del encuentro de los originarios y los
conquistadores.
El sufrimiento en que se sumió el país entero, en sus dos vertientes
antagónicas, con el gobierno de tal personaje, fue el preludio para encontrar una primera
síntesis superadora que permitiera a ambas conciliarse, por lo menos, en el armado final
y formal de un Estado y una Constitucional Nacional. Ahí, su segundo escalón
evolutivo.
Con Quiroga y López logró Rosas someter, a través de la violencia, a las
poblaciones díscolas de Córdoba, Mendoza, San Juan, finalmente Tucumán, y mantenía
en los hechos el poder real, volcando esa violencia y el miedo por doquier.

68
Cuando estimuló lo suficiente la división, y en la declamación brindó la
ilusión de que existía algo mejor de lo que luego sería básicamente una mera
detentación de poder, construyó Rosas un régimen de absoluta sujeción.
Así reclamó para sí la suma del poder público, reiterando en cada
oportunidad su "manifestado" deseo de renunciar, para recobrar esos votos, en un doble
discurso a las que las poblaciones del país estaban tan acostumbradas. Y con la tradición
histórica a cuestas (tal como después se repetiría tantas veces en nuestra historia,
asentada esa división que ninguno de los actores históricos pudo o tuvo la intención de
revertir) el pueblo argentino todo cedió, tanto deslumbrado en el engaño o sometido por
la fuerza, otorgando el poder político total y despótico a un solo hombre, íntimamente
fascinado con ese poder. Se ha hablado mucho –y esto lo escucharíamos tantas veces en
las etapas posteriores- acerca de la necesidad que se tenía en ese momento de contar con
una “mano fuerte” que condujera el gobierno, frente al caos que lo había precedido por
las consecuencias de la etapa revolucionaria, y por el que se le otorgó a Rosas “la suma
del poder público por todo el tiempo que a juicio del gobernador electo fuese
necesario”.
Sin embargo, ello ha sido una ilusión, siempre, sobre la que asentar
gobiernos autoritarios, la necesidad de un liderazgo fuerte que restableciera el orden.
Nunca puede ser cimentado el poder delegado por el pueblo, en la base de la restricción
de libertades, la muerte de ciudadanos, la persecución, su expulsión, el engaño y la
pauperización. Esto nada tiene que ver con asentar un “orden” en beneficio de todos.
“Hay un momento fatal en la historia de todos los pueblos y es aquél en
que, cansados los partidos de luchar, piden antes de todo el reposo de que por largos
años han carecido, aun a expensas de la libertad o de los fines que ambicionaban; este
es el momento en que se alzan los tiranos que fundan dinastías e imperios”73Esto lo
expresó Domingo Faustino Sarmiento sin equivocarse, aun con toda su pasión sin
transigencias. Fue él quien describió con claridad el peor aspecto de ese período:
“Desde que Rosas logró enterrar a sus dignos compañeros, desde que quedó solo en el
campo y extendió su dominación desde las pampas del Sur hasta Jujuy, haciendo de

73
Sarmiento Domingo F. “Civilización y barbarie”, e-book, editorial La Biblioteca Digital, pag.208.
69
este modo la burla más completa de la palabra federación, comenzó entonces una era
nueva, y empezó recién a prepararse esta cuestión que hoy vemos en sus extremos.
¿De qué modo se preparó y por quién?. Cuando Rosas subió al mando por segunda vez
en el año 35, no había en el país ni asomos de guerra. La República Argentina estaba
gobernada por él y sus tenientes, y no presentaba otro espectáculo que el de una nación
exhausta y abatida, que aguardaba con los brazos cruzados que se cumpliesen sus
destinos. No había ningún aspirante al poder. (…) La palabra federación quedó desde
entonces absorbida en el nombre de Rosas. Ya no proscribía: al contrario, la policía
negaba pasaportes y empleó los más bárbaros medios para que no se le escapasen las
víctimas. En cuanto a su administración llevó el tesoro a su casa y cerró todos los
establecimientos de educación y de beneficencia: ni universidad, ni colegios, ni
hospitales, ni casas de expósitos, hubo en Buenos Aires…”74
Pongamos especial atención en el hecho que posteriormente, en la
historia, y hasta la actualidad, la “adhesión” –no la comprensión crítica de su actuación
en el momento histórico- a Rosas (y a Dorrego) o, por el contrario, a Sarmiento, se
tomaría como señal, para unos y otros, de la pertenencia a una u otra Argentina, a veces
hasta con fanatismo y sin tratar de abordar un análisis más objetivo de los personajes,
que pudiera darse sin idealizaciones ni demonizaciones. Defender a Rosas era
pertenecer a una Argentina, criticarlo y “adherir” a Sarmiento, a la otra. Como
peronistas-antiperonistas, boca-river, etc.etc., siempre reduciendo y conduciendo las
diferencias a esa dicotomía basal que no ha sido todavía resuelta.
La concreta realidad histórica, despojada de cualquier declamación, no
hace sino mostrar que en los 17 años que siguieron al ascenso de Rosas al poder, esa
entrega total que, por la fascinación o el miedo hizo el pueblo y la concentración única
de poder, se hizo sentir con todo el rigor, afectando muy seriamente derechos de los más
elementales de la persona humana, y en un gobierno que no tendía al bien del total de la
comunidad. La adhesión ciega y obediente al régimen implicaba contar con ciertas
prelaciones, la crítica u oposición, hasta la muerte civil. Y la división se hacía más
profunda a partir de otorgar pequeñas y no tanto, ventajas económicas que daba el

74
Sarmiento Domingo F. La Cuestión del Plata (Mercuro de 1842) en Política de Rosas, Claridad, Buenos
Aires, 2011, pags.8/9
70
rosismo a aquellos que adherían recompensando la adhesión con esas acciones
concretas. Reseña Santilli que las exenciones fiscales que se contemplaban podían hacer
una diferencia fundamental para las familias de escasos recursos y se retribuía a quienes
demostraban un apoyo incondicional a la facción. A través de la participación en el
ejército, demostrando participar en los enfrentamientos con unitarios o federales
doctrinarios o participando de los actos electorales, en forma activa. El rosismo pagaba
con tierras, premios y donaciones75, denigrando, en una práctica que nunca se iría luego
del todo, la dignidad de los que menos tenían, para ponerlos en la disyuntiva de elegir la
supervivencia o la libertad. De igual modo a cómo se había hecho en los siglos
anteriores, y sobre la base de la autoimagen de carencia absoluta de recursos y
abandono, que había sido nuestra marca histórica.
Rememora el oficial norteamericano King: “Todos los documentos
públicos, las guias de la aduana, etc., llevaban marcadas en caracteres rojos, las
palabras: “Mueran los salvajes unitarios!” la misma sentencia aparecía pintada
encima de las puertas del tribunal de justicia y otros edificios públicos, de modo que
todo lo que se hacía estaba destinado a despertar en los agentes un odio exterminador
contra sus antagonistas políticos. El club de la Mazorca estaba en reunión permanente
y cometía sus depredaciones de la manera más audaz y ultrajante; el terror asomaba en
todos los rostros; los negocios estaban paralizados; la gente abandonaba la ciudad por
millares y siguieron escenas de desolación que fueron verdaderamente terribles. ..”76
Paradójicamente -o no tanto porque Rosas representaba en realidad la
concepción del poder y riqueza económica más concentrados, y en consonancia con el
que en muchas regiones seguían manteniendo las familias tributarias de los linajes
conquistadores y más poderosos en ese sentido- los gobernadores de algunas provincias
apoyaron y adhirieron incondicionalmente al gobernador de Buenos Aires. Otras fueron
sujetadas por la violencia.
Después de largos años de privaciones, de los que da cuenta en forma
apasionada la prosa de Sarmiento, la Argentina más libertaria se comenzaría a preparar

75
Santilli Daniel, De proletarización, clientelismo y negociación. La perseverancia de los campesinos, en
Buenos Aires, una socieda que se transforma, Prometeo, Buenos aires, 2012, pags.125/26
76
King John Anthony, “Veinticuatro años..”cit.,pag.191.
71
tímidamente. Llegó finalmente la separación de Urquiza y la exigencia de convocar a un
Congreso Constituyente, al que Rosas se negaba de manera sistemática. Con
posterioridad, la victoria de Caseros contra Rosas, los esfuerzos de Urquiza por cumplir
el Pacto Federal, y la salida y posterior reingreso de Buenos Aires, a partir de un gesto
histórico, de enorme grandeza, que tuvo Justo José de Urquiza para lograr la unión del
país; no se atinaba a encontrar un justo medio entre la necesidad de compartir Buenos
Aires su posición estratégica con el resto del país, abusando de ella y cegada por sus
propios intereses, pero que tenía que implicar que tampoco se dependiera
exclusivamente de ese ingreso económico.
Y, a partir de ese gesto de una de las Argentinas que buscó el
acercamiento y la conciliación, el salto evolutivo que, como nación implicó la
consagración de la Constitución Nacional con la reforma de 1860, llegó para dar un
nuevo y verdadero orden a la sociedad argentina, más allá de que corresponda también
señalar las inequidades que permitió respecto de las dirigencias provinciales y sin
reconocer sus autonomías.
Comenzaron años de construcción, bonanza y crecimiento económico,
pero sin resolver nunca, menos comprender, esa división profunda que seguiría
manifestándose en las prácticas políticas y que luego fue, pasados los primeros años
desde ese salto evolutivo, nuevamente agudizándose. Porque se incurrió, otra vez, en el
mismo error de no interpelar y superar esa diferencia, y olvidando, además otra vez -y
esto ha sido crucial en el posterior devenir histórico- el sentir del pueblo, sus
verdaderas necesidades, para darle verdadera cabida y permitirle también una evolución
sostenida, es que esas experiencias de degradación de cada proceso, dramáticas crisis y
luego evolución se repitieron en una circularidad constante.
Esos años implicaron la preeminencia de la Argentina Atlántica, la de
Buenos Aires, y también emergieron, a la par del crecimiento y la expansión, los
hombres que representaban lo peor de ella: esto es el individualismo extremo, el interés
puramente personal por sobre el colectivo, al punto, a veces, de no trepidar en
comprometer al país para su propio beneficio. Se mostraron el menosprecio fanático
respecto de todo lo que representaba la otra postura, el desdén hacia el otro diferente, la
necesidad de reflejarse en el extranjero, sin amor hacia la tierra y nación propia. Sin

72
dejarse trasvasar por las notas característas de la Argentina colonial, en su amor por la
tierra, en su orgullo y defensa profunda de lo propio. Y otra vez, el mismo
autoritarismo.
Todo ello daría origen, a posteriori, al tránsito, por largos años, de una
profunda inestabilidad institucional, golpes de estado, violencia, gobiernos populistas,
etc. Los que ostentaban la riqueza y el poder en la otra Argentina, se plegaban a aquella,
la emulaban, con la intención de mantener sus privilegios intactos e incólume la división
que los sostenía en la cúspide de la escala social. Tal la división conquistador-
conquistado que se mantenía cristalizada, sin permearse de las ideas de la vertiente
porteña. El pueblo –tributario de aquella estratificación colonial que lo dejaba en los
peores lugares- era olvidado, relegado, una y otra vez, desde uno y otro lugar,
sintiéndose también invisible. Y sin poder zanjar la crisis de origen que cada hito ponía
nuevamente de manifiesto, ni lograr una resolución que diera paso a una evolución
sostenida.

5. Las dos Argentinas. Su sustrato. Recapitulación. Amalgamarnos y


reconciliarnos en una sola.

Como hemos visto suscintamente en el punto anterior, y venimos


analizando hasta acá, los años posteriores a la revolución de 1810 no hicieron otra cosa
que sacar a la luz la coexistencia de esas dos aparentemente escindidas Argentinas de la
que ya hablara al comenzar este capítulo, que convivían separadamente en la época
colonial y que al derrumbarse ese sistema, emergieron en abierta contradicción, bajo la
idea de una nación común (digo así, y reitero, aun cuando se discuta si las provincias se
consideraban independientes o había una idea de nación a ese momento; bastaba el
nucleamiento que significaba haber pertenecido todas al Virreynato del Rio de la Plata
con una historia y con un destino que querían fuera común). El derrotero histórico
posterior la polarizó en toda su cabalidad: la guerra, las luchas internas, la emergencia
de los caudillos, la ceguera de Buenos Aires respecto de un proyecto de país integrado,
73
cediendo en aquellas peticiones que hacían las demás provincias, el gobierno de Rosas
con ese largo calvario para toda la sociedad, la constitución definitiva de las bases de
organización constitucional, los partidos emergentes que olvidaron nuevamente las
necesidades del pueblo con todos los vicios desplegados en su beneficio.
Todo ello mostró, en su más patente expresión, el enfrentamiento
sustentado en una diferencia aparentemente irreconciliable, con una misma matriz
común. Con esa, y la maciza carga de la jerarquización colonial, hemos mantenido el
peso de nuestra historia hasta este siglo XXI, sin poder resolverla a fin de lograr, reitero,
una maduración y evolución sostenida como sociedad.
Conviviendo bajo una misma tradición histórica, desgarrada y polarizada,
hemos oscilado entre la preeminencia de una y otra, sin poder amalgamar ambas
Argentinas para llegar a un destino común, construido sin retrocesos, y sobre las cuales
pudiera mirarse al otro como parte de una misma comunidad, con una rica historia, que
podía prosperar aportando lo mejor de cada vertiente. Ha percibido Shumway tal
dicotomía y contradicción en la obra y pensamiento de Moreno y así lo destaca. Señala
que el prócer utilizaba la retórica de la libertad para proponer un reinado del terror; que
predicó la libre expresión mientras aplicaba la censura, contribuyó a la asunción de un
papel hegemónico de Buenos Aires aunque propiciaba la igualdad de las provincias;
apoyaba la formación de un congreso constitucional representativo pero trató de excluir
de él a los caudillos provinciales con cuyas ideas no coincidía; hizo grandes frases de la
soberanía popular pero prefirió el gobierno de una pequeña minoría ilustrada; apoyó la
idea de un Estado paternalista, aislacionista e intervencionista . Y, por otro lado,
expresa: "Moreno fue el gran transmisor de los grandes ideales del pensamiento político
occidental. Introdujo en el discurso argentino conceptos de igualdad universal, libertad
de expresión y disentimiento, libertad individual, gobierno representativo y
administración institucional bajo la ley 77".
Todos los pueblos han tenido una historia de luchas, invasiones, peleas
intestinas y choques culturales profundos, aunque quizás no tan profundo en esto último
como en América, por su impacto sobre las civilizaciones existentes y en una era en la
que la supervivencia, primero, y el poder sustentado en el fundamentalismo religioso

77
Shumway Nicolas, La invención…”cit., pag.59.
74
después, insuflaba y valorizaba la lucha, el combate y el sometimiento violento entre los
pueblos. Pero eso no ha sido óbice para que evolucionaran, en algún punto, en una
identidad propia, con el muy largo correr de los siglos.
La nuestra sigue ese derrotero como la humanidad ha hecho en cada
estadio, y no puede desconocerse la juventud de su historia. Sin embargo, a más de ser
novel, mantiene y está compelida a sostener la turbulencia de su origen que ha hecho
que el devenir histórico corriera en un círculo infinito de conflictos, en el que
parecemos volver siempre al punto de partida, impedidos así de crecer de manera
estable y continua. Ese es el salto evolutivo que tenemos que encarar ahora, con el
compromiso de todos, y que nos falta enfrentar: romper la inercia de ese círculo de
dramáticos conflictos en que siempre se vuelve al lugar de partida, por lo cual hemos
soportado crisis tras crisis con mucho dolor, y cada una en forma creciente y más
dramática. En cada momento histórico, la Argentina que predominó dirigió toda su
energía a defender su forma de verse y de entender al país, denostando o ignorando a la
opuesta, sin tratar de comprenderla para lograr su integración. Porque creía que, en ella,
se iba su propia supervivencia como tal. Que o deglutía o sería deglutida por la otra.
Esta es nuestra gran deuda histórica.
Para esa comprensión integradora tendremos que comenzar por entender
que todos provenimos de la misma y única raíz que sustenta nuestra psiquis colectiva:
hijos de la población indígena diezmada, de la española colonial, y de la enorme ola de
inmigración ulterior. Todos somos la Argentina indígena, la Argentina colonial, la
Argentina de la inmigración, todos tenemos sus notas salientes que han quedado como
impronta fraguada de manera indeleble, aun cuando la polarización hiciera pensar en
diferencias sin conciliación. Y a esta altura del recuento, podemos advertir claramente
sus características comunes.
En el sustrato más profundo, para nuestro colectivo, sobrevuelan los
fantasmas en la tierra, de la muerte violenta, de la sumisión obligada, del sismo cultural
que implicó la conquista, de la resistencia pasiva y no tanto, de la caparazón de los
pueblos invadidos, creando su microcosmos, de su sentimiento de minusvalía, baja
autoestima que provocaba el sometimiento del poderoso. Esto nos muestra la impronta
tanática con la que cargamos en forma permanente, la tendencia a una sumisión respecto
75
del poderoso sin una idea clara de nuestros derechos y, sobre todo, sin el fuego
profundo y el impulso para luchar por ellos que otorga la verdadera autoestima del
pueblo. El respeto por la relación con la tierra y la cosmovisión a ella unida, que es
diametralmente distinta a la europea occidental, es la deuda con los antepasados: la
sabiduría ancestral proveniente de esa cosmogonía especial, en el vínculo directo con la
naturaleza y con el colectivo.
Por encima de ese sustrato, está la formación de la estructura colonial,
rígida, piramidal, estratificada, con sus principios éticos aunque más que nada para la
declamación, puros en la pura teoría, y que la realidad torna incumplibles al no asumir
la naturaleza humana, en cualquier orden, como de verdad es. En el vértice de esa
estructura, se acomoda un “padre” lejano, dueño de toda la tierra y los dominios,
demandante, y que, en definitiva, es el que se lleva, como tal, la totalidad de sus
riquezas, para dejar, en contradicción, estándares en la ley escrita de suma e irreal
exigencia, en doble discurso. Doble discurso que genera un sentido de auto
menosprecio, en lo más profundo, por el incumplimiento sustentado en la irrealidad de
un mundo perfecto; y que no se acompaña, con toda lógica, del consecuente
comportamiento, donde la palabra y la realidad se bifurcan constantemente. Y dejando,
también, un fuerte pensamiento autoritario y la honda e íntima fascinación hacia el
poder, en sí mismo que ostenta el que gobierna, hacia la “necesidad de una mano
fuerte”, en un eterno estado filial.
Quizás, ese sentir autoritario pueda resumirse y/o buscarse en el temor
irracional al caos que afectaría, en tal creencia, la supervivencia misma, en su dinámica
más vital y primaria, y que solamente una figura paternal y omnipresente podría
conjurar. Con ello sobrevuela, siempre, la idea de que tan sólo de ese modo podría ser
expiado ese temor instintivo al caos. Caos cuando llegó el conquistador, caos cuando
luchó por establecerse, caos cuando rompimos con la “Madre Patria”. Y, en definitiva,
caos que sólo siente un niño o adolescente que no está en condiciones madurativas de
convencerse que puede hacer algo al respecto. Ya maduros, el aporte de cada uno de
los miembros que conforman la sociedad, pueden lidiar con ese desconcierto; es
esencial su contribución aunque no única y construye, tanto como la del otro, el destino

76
de la comunidad toda, tomándolo en sus propias manos, cada uno desde el lugar en que
le toca jugar.
Soslayando, a veces, e impresas a fuego, esas características comunes a
todos, en esa raíz que nos une, una Argentina creció manteniéndose fiel al sistema de
sus primeras experiencias, estratificada, con una sociedad diferenciada y un grupo
poderoso basado en el linaje que se remontaba a los mismos conquistadores (luego
reemplazado por otro tipo de linajes), a la vez que un pueblo olvidado recreaba esas
primeras impresiones históricas de sometimiento, una y otra vez. Pero consciente toda
ella, al mismo tiempo, y orgullosa de su historia y su tradición, a las que supo reconocer
como íntimamente propias; de su amor por el lugar, por la tierra y por las raíces, que
defendió sin fisuras, comprometiendo todo su patrimonio. Por otra parte, cerrada bajo
un sentido jerárquico muy acentuado, en el hábito del poder indiscutido, entronizado en
la Iglesia y secularizado por los hacendados, las familias que usufructuaban el poder
político y económico que se abroquelaban en sus derechos. Finalmente, a todo eso
sumada, la desconfianza ínsita respecto del que no pertenecía al terruño, su instintivo
recelo respecto de lo foráneo, que provenía de esa misma herencia española y la
necesidad de cercarse en relación al exterior que, como lo hacía la “Madre Patria”, se
consideraba prácticamente el enemigo.
Desde su otro lugar, campeaba, con el poderío del puerto, la Argentina
que miraba al mundo, cosmopolita, abierta a las nuevas ideas, sustentada en una
sociedad díscola a esas características hispanas y más flexible, por la gran movilidad
económica y social a que la situación portuaria la obligaba, principalmente en Buenos
Aires, pero que luego se extendería a las urbes que se fueron construyendo. Esa
impronta forjaba, desde el ángulo más oscuro, la necesidad que surgía del deseo de
mirarse sólo a sí misma, embelesada con su propia situación diferente y muy ansiosa en
seguir los ejemplos que otorgaban las viejas naciones de Occidente, Se consideraba
integrante de ese mundo y con desprecio hacia la tradición colonial, a la que veía como
parte de otro universo al que, por supuesto, no pertenecía ni le correspondía. Para esa
Argentina, ajena, abierta pero que rechazaba sus raíces, la mirada estaba puesta en el
exterior, siempre mejor que lo propio, en su afán y su anhelo perfeccionista por un
mejor sistema; y menospreciaba y ocultaba su historia y su rica tradición, con un
77
objetivo netamente individualista, que, en muchas oportunidades, hizo primar sobre
cualquier otro. Por ende, desdeñaba y desechaba los aportes de la Argentina tributaria
de la estructura colonial que, en su visión, representaba el atraso.
Puede advertirse, fácilmente, la evidente desmembración entre ambas
visiones, -aun cuando ambas poseen la misma matriz- forjada en un hondo rechazo por
lo que la otra representaba y que habría requerido de un arduo trabajo para llegar a un
punto de conciliación superadora, dadas las diferentes perspectivas de vida en que se
sustentaba.
Esto solamente podría darse con la profunda intención de incluir al otro
diferente, en un único proyecto común, entendiendo que todos tenemos la misma
historia y que el aporte de una sociedad más igualitaria, más móvil, que se supera a sí
misma implica, no el desprecio por lo propio, sino la evolución para todos.

5.1.1. La clasificación “civilización y barbarie”.

En todo el siglo XIX el país basculó de manera evidente entre las dos
corrientes hereditarias, como ya vimos. Buscaba cada grupo, apoyado sobre su única
vertiente, las definiciones que le dieran identidad y primacía y con un sentimiento
divisorio excluyente para todo el que estuviera por fuera, involucrando en ello hasta la
propia supervivencia.
Esta división fue también captada por la prosa de Sarmiento en el
momento histórico en que, como vimos, se hacía más patente frente a la primera crisis
terminal; las manifestaciones de esas diferencias se hacían cada vez más hondas y
violentas con Rosas, llegando al punto que culminaría con el paso evolutivo
consecuente. Seguramente, Sarmiento también captó, con crudeza y subjetividad, lo que
circulaba en el ambiente en ese momento y tradujo la dicotomía que es nuestro drama
nacional, en la famosa frase: “civilización y barbarie”. Esta verbalización, cruel, sería
un mojón histórico que penetraría en el próximo siglo en el inconsciente colectivo, por
interpelar ese profundo tajo de esa manera estigmatizante y ahondaría la división, que
quedaría inscripta y fraguada a fuego de ese modo, en el imaginario colectivo.

78
No fue Sarmiento el que, con esa frase, dio lugar a la división nuclear,
que es harto evidente que ya existía totalmente definida; él sólo atinó a identificarla con
un injusto estigma y, obviamente, desde una de las posturas que representaba a una de
las Argentina, y cómo veía a la otra. Y apelando para su verba, a la herencia cultural
hispánica: el sometido era el bárbaro, el atrasado y Buenos Aires quería despegarse de
esa huella con las ideas renovadoras y sintiéndose diferente. Para ella, esa misma
cultura era el bárbaro. Aunque también hay que entender que respondía a lo que el
hombre vivía en su tiempo, que debió ser por demás doloroso para quienes defendían la
libertad, el progreso genuino, la posibilidad de pensar y actuar por sí mismos, y se
enfrentaban con la limitación absoluta y total que podía implicar un gobierno despótico
y tiránico como el de Rosas.
Pero, como vehículo, esa expresión de Sarmiento quedó en el
inconsciente colectivo, en tanto corporización de una polaridad insalvable y por siempre
sostenida.
¿Cómo sería posible conciliar la civilización y la barbarie? Sarmiento
entendía que esas dos sociedades se habían desarrollado sin conocerse una a otra, que
habían guerreado juntas contra los españoles en los inicios de la revolución y que
después de la revolución se harían patentes en las diferencias de acción: para el caudillo,
la independencia había sido el liberarse de la tutela colonial; para las ciudades, alcanzar
un proceso de civilización, y dejar atrás los hábitos coloniales.78 Ahí cometía el gran
error, ya que en vez de buscar una fórmula de comprensión e inclusión que resultara
superadora, profundizaba la brecha.
El mirar al contrario como bárbaro es colocarlo en un lugar del que no
puede salir sin dañar su propia estima, si no lo hace antagonizándose con cuánto se
califica como progreso y civilización, lo que también, al polarizarse, lo coloca en un
lugar de exclusión, respecto del sentir colectivo, en su arquetipización universal. En
nuestra cultura, la categorización de “bárbaro” lo rebaja y lo denigra, debiendo cargar,
otra vez, con el menosprecio del otro.

78
Villavicencio Susana, “Sarmiento y la nación cívica, Eudeba, Buenos Aires, 2008, pag.75
79
Lamentablemente, en ella refleja el sentir de la Argentina cosmopolita
que rechazaba el otro mundo y así volvió a colocarlo en un lugar de menosprecio que,
por mover sentimientos de los más profundos, sería muy difícil superar.
En definitiva, aun siendo expresión de la época, eran nada más que
palabras. Sólo que corporizaron esa división; era nada más un hombre de su tiempo y
que respondía a lo que en él sucedía, y que, con su carácter pasional, aunque se
considere equivocado, padeció la crueldad del poder despótico que le dolía al ver el
retraso en que se sumía al país. Pero fue cruel también. Sarmiento proyectaba en sus
ideas la experiencia del momento histórico dado por el gobierno totalitario de Rosas, y,
viniendo de la otra Argentina, quería lograr lo mejor para la que sin dudas y toda, era su
amada patria. Despiadado en la verba, en los hechos aportó mucho, también para su
país.
Lo cual no deja de identificar esa dicotomía que aquel corporizó en la
frase “civilización y barbarie” y que parte de la sociedad necesitaba poner como tal, y
como vehículo quedó en el colectivo para ahondar la herida de la división en todo el
devenir histórico posterior.
A la situación de ese tiempo histórico habían llegado, ambas vertientes,
renegando del pueblo y de su historia, sin tratar de entenderlo en su derrotero histórico.
Aquellos que decían representarlo, en la Argentina tributaria de lo colonial, no hacían
otra cosa que mantener la dominación y los privilegios que querían conservar, así como
ahondar la matriz autoritaria, excluyéndolo verdaderamente. La polarización unitarios-
federales sería una de las primera divisiones, entre muchas ulteriores que marcarían la
eterna división. Reseña Di Meglio: “La fidelidad popular al federalismo (…) se
construyó sobre su asociación con elementos que interpelaban adecuadamente a las
clases populares: la defensa de la religión, la oposición a los europeos, el patriotismo y
cierta impugnación de las jerarquías sociales, una oposición a los ricos”79. Ahora, esa
“interpelación” que califica el autor como “adecuada” (y que surgía de una oposición
también menospreciativa, prejuiciosa, que conllevaba cualquier otra cosa menos
comprensión) en rigor, era más discursiva que en los hechos de la realidad: se leía muy
bien aquello en lo que esa Argentina se sustentaba en su identidad, por oposición a la

79
Di Meglio Gabriel “Historia de las clases …”cit., pag.440
80
otra, y se profundizaba la división en el discurso. Mas todo ello –discurso de oposición,
antagonismo y ataque al otro- no implicaban ni propendían a una mejora real y concreta
del pueblo así interpelado, ni a una evolución más que un intercambio de libertad por
prebendas.
Es decir, eran simples palabras, sin un correlato concreto de bienestar en
la realidad. Esa fue la otra visión que nunca quiso, tampoco, salir del recelo y la
sospecha que le provocaba la apertura de pensamiento, el mirar hacia afuera y a la
necesidad de libertad y progreso, la transigencia secular, la movilidad social y
económica, asociándolo, solamente, al olvido y el menosprecio frente al pueblo, que sí
había sido relegado, en definitiva, pero no por una, sino por ambas visiones. El pueblo
era francamente olvidado por unos, y arrobado solamente en el discurso por los otros, o
directamente menospreciado en quienes ejercían los poderes locales; en los hechos, los
dirigentes autoritarios le quitaban su dignidad misma y a la larga sus atributos
esenciales, sin que atinara tampoco a salir del sometimiento por una lucha abierta y
sostenida para obtener su lugar.

5.1.1 Aporte de la inmigración.

A esas dos polaridades en continua pugna se sumó posteriormente la


corriente inmigratoria, que se dio con la fuerte aceleración del crecimiento económica
de fines del siglo XIX y principios del XX: tal fue el impacto de ese movimiento
migratorio que, según Adamovsky, en 26 años, entre 1869 y 1895, la población total del
país pasó de poco menos de 1.800.000 a casi cuatro millones de habitantes, y para el
año 1914, el número se había duplicado de nuevo, llegando a más de 8.000.000, es decir
que casi un tercio de los pobladores de la Argentina, con contingentes italianos,
españoles, franceses, judíos, sirio libaneses y otras nacionalidades. 80 Buenos Aires
tenía, en el año 1914, el 50% de su población europea. Entre 1857 y 1926 llegaron

80
Adamovsky Ezequiel, Historia de la clase media argentina, Planeta, Buenos Aires, 2009, pag.35
81
5.742.000 inmigrantes, de los cuales un 75% eran españoles e italianos, asentándose en
diversos puntos del país.
Ellos trajeron su mentalidad, su propia visión, sus tradiciones y hábitos
que incorporaron, y rápidamente se amalgamaron con la población local que los
recibió81; más allá de que, por ser en su mayoría italianos y españoles, tenían una
sintonía similar con las raíces del país, ya habitaban muchos de ellos estas tierras, y todo
eso hizo más fácil la asimilación. Notemos que Buenos Aires ya tenía para 1856, según
reseña Smolensky, 10.257 italianos de los 32.000 extranjeros que allí vivían, con una
larga historia a ese momento de inmigración.82
En este punto, también, esto es en la posición frente al inmigrante, se
advierten las dos posturas antagónicas: una valorizaba en extremo, en demasía, al
extranjero, viéndolo como un instrumento para la realización de una comunidad política
moderna, la otra lo desdeñaba y básicamente recelaba. Conforme la cita de Halperín
Tonghi no había en Hispanoamérica, otro país que considerara la integración como
esencial para su formación, ocupando un lugar preponderante en el proceso de
construcción de la ciudadanía argentina. Para la otra, el extranjero era el otro radical,
respecto de la idea de nacionalidad; un ser extraño por definición y centro de todas las
reacciones extremas y de la desconfianza. Esa concepción que separa lo propio de lo
extraño, que tiene su matriz en el hecho que España rechazaba al extranjero como
adhesión al pasado.83
El inmigrante se asimiló, entonces, a una de las Argentinas, la que lo
aceptaba y emulaba, y se hizo carne de esa dicotomía, adoptando la postura que
esgrimía la de Buenos Aires y los centros urbanos, e incorporándose totalmente a la
misma. Por supuesto, no puede negarse que entregó nuevos valores, nuevas pautas
culturales, que pasaron a formar parte de una visión renovada, asentada sobre todo, en
las distintas ciudades del país y moldeando a las nuevas generaciones en otro tipo de
visión. Pero, en definitiva, la fuerte ola inmigratoria, si bien trajo muchas

81
Gallo Ezequiel, “La República en ciernes, surgimiento de la vida política y social”, siglo XXI, Buenos
Aires, 2013, pag.26.
82
Smolensky Eleonora Maria,Colonizadores colonizados. Los italianos porteños, Biblos, Buenos Aires,
2013,
83
Vllavicencio Susana, Sarmiento…, cit., pags.78 y 89
82
modificaciones en el sentir colectivo, se acopló y no pudo con esa división, haciéndose
parte de ella.
Sin adelantarnos por ahora más en la historia con el correr del siglo XX,
la tesis y su antítesis, que debiera resolverse en una síntesis. Aceptando una Argentina
sentirse profundamente parte de la que fue colonial e indígena, con su estructura, su
historia, sus virtudes y sus complejidades; la otra, admitiendo que la apertura al mundo,
las ideas de renovación, libertarias, de progreso y evolución, la flexibilidad social, son
valores a rescatar porque permiten, justamente, el crecimiento de la sociedad y que
conforman su propia impronta, aunque fuera como una sombra y para todo el país.
Quizás los primeros años del siglo XX mostraron la impronta de la amalgama
inmigratoria con la Argentina que la acogió y movimientos como el del partido radical,
sobre todo con Yrigoyen, intentaron un orden diferente, a partir de ella.; pero
desconociendo esa división orgánica y basal no pudieron vencerla.

5.1. Comprendiendo a la Argentina hispana y a la Argentina mundana.Superación


de la antinomia.

Como hemos visto ya, y quizás sin quererlo, Sarmiento le dio una
etiqueta implacable a la abismal dicotomía que marcó nuestra historia y nuestra psiquis
colectiva, acuñando la obra y frase que quedó fijada en nuestro ser nacional, al ponerlo
en los términos tan antagónicos de “civilización y barbarie”. Sus consecuencias
excedíeron sus motivos, y que Alberdi le hizo ver en sus respuestas tan conocidas, ya
citadas, aunque hay que decir que, fuera de la verba encendida -en definitiva el mero
discurso mordaz y cruel- en los hechos, en la realidad, hizo mucho Sarmiento por el
país, aun con los muchos errores que también cometió. No obstante, por sí, ya esa
etiqueta marcaba una dolorosa irreconciabilidad, aun cuando fuera una reacción a la
situación política del tiempo de Rosas que evidentemente lo marcó a fuego.
Quizás, aun cuando los pueblos hacen tan sólo lo que les es posible para
el momento que les toca vivir, faltó en todo el derrotero histórico el ejercicio de
entender los errores propios, y comprender, sobre todo, el punto de vista contrario,

83
mirando consciente y cabalmente a ese otro como parte de una única comunidad, en una
única huella histórica. Claro que este ejercicio no es tan fácil, en tanto no tiene el
colectivo la posibilidad que sí posee el individuo de reflexionar sobre sus acciones más
instintivas, y está inexorablemente condenado a pasar por las necesarias crisis que lo
pongan sobre aviso y le permitan el análisis y la reflexión sobre las mismas.
Por qué no, entonces, ahora, ya que esa circularidad histórica se ha
tornado tan dolorosa en los umbrales de la nueva era, propongámosnos encarar el
ejercicio de comprender a ambas visiones y en todo caso, el porqué de ellas, para lograr
su amalgama y superación.
Comencemos por la Argentina cosmopolita, mundana, de ideas
libertarias, liderada por Buenos Aires. Aquí sería bueno empezar por entender por qué
se formó bajo esos parámetros y surgió como lo hizo, sintetizando lo que ya hemos
visto.
Buenos Aires era una aldea más o menos abandonada a su suerte, un
rancherío pobre que no contaba con los recursos que interesaba a la Corona española y
que debía auto sustentarse en ese “abandono”, con una impronta militar por ser lugar de
frontera. Tenía el puerto, no la cultura del trabajo de la tierra. No podía gozar del
comercio imperial para no perjudicar la vía del Alto Perú y, por tanto, a diferencia de
otras ciudades de América hispana, tampoco tenía al alcance los privilegios que otorgan
poder y riqueza. En esa sombra, solo contaba con el comercio, ya fuere legal o a través
del contrabando. No existían encomiendas, el clero secular era escaso, lo que ponía en
evidencia su pobreza y su incapacidad para mantener una gran Iglesia diocesiana. Pero,
conforme destacara Romero, al negarle España a Buenos Aires el crecimiento y el
desarrollo, el corolario fue que la ciudad no tuvo que sufrir el peso de las instituciones
ni la presencia de un gran número de españoles84. Con el devenir y el progreso en base
a su posición de ciudad puerto, se fue constituyendo a posteriori, en el núcleo de la
reacción militar española en diversas oportunidades, dada su situación estratégica a
nivel internacional: cuando se sitió a Colonia, cuando en 1706 se ordenó al gobernador
que atacara esa ciudad, en el marco de la guerra de sucesión en España, cuando se

84
Romero Jose Luis-Romero Luis a., Buenos Aires, Historia de cuatro siglos, T.I, Altamira, Buenos
Aires, 2006, pag.48.
84
requirió su intervención en 1716,1724 y en 1735-37. En 1750 se vio envuelta en la
guerra Guaranítica. En 1762, en 1776, en el marco de la lucha entre los dos imperios. En
la primera mitad del siglo XIX, con las invasiones inglesas, la guerra de la
Independencia, la guerra contra Brasil y las guerras civiles la ciudad participó en
intervenciones militares. Es así que, tal como señalara Larriqueta, es fundamental para
entender su protagonismo ulterior, la visión de una Buenos Aires siempre pendiente de
los asuntos internacionales, que no era retórico, sino alcanzando consecuencias
concretas en lo económico y militar. Y era así por que estaba obligada a ello, y a tener
que mantenerse siempre lista para la guerra. Era, sin dudas, una zona de frontera con el
mundo. Naturalmente, quišiera o no ese destino, una ventana al exterior y el punto de
división y/o encuentro con el mundo.
Apenas entrada en la jerarquía virreinal, Buenos Aires ya contaba en su
haber con una economía de actividades terciarias, de servicios, se había constituido en
un centro comercial y financiero, es decir, llegó a tener un florecimiento propio, creado
a partir de su propia fuerza mercantil. El negociante de Buenos Aires, sin
especialización, sin atenerse al sistema productivo, y alternando con clientes de muy
variadas culturas y políticas -a diferencia del comerciante limeño que se movía dentro
del monopolio español y que raramente se conectaba con el mundo-, formaba una
sociedad meritocrática que no se llevaba bien con los viejos pergaminos y linajes y tenía
como medio de ascenso la carrera militar, la imperial y el éxito económico, desprovistas
de las obsesiones jerárquicas propias del mundo indiano. Necesariamente tenía que
existir así, una alta movilidad social y cultural en Buenos Aires y esto era motor
fundamental de la sociedad, con fortunas que se encumbraban y derrumbaban en una
sola década. La integración de las clases sociales era totalmente diferente al resto de
América hispana y también del interior del Virreinato del Río de la Plata: no porque no
existieran diferencias entre españoles y criollos, negros o mestizos, pero por que las
características mercantiles de la ciudad le otorgaban una gran flexibilidad a la estructura
social. A más de contar con una permanente población de extranjeros, oscilando entre el
15 y 20 del total de la ciudad, de manera que no lo quedaba otra opción que aceptar
como fuente de crecimiento y progreso a aquellos, para poder mantenerse y consolidar
el propio. Abierta, entonces, a recibir a los comerciantes del mundo, tenía que ser
85
inevitablemente secular y con una tolerancia religiosa e ideológica, que por su geografía
e historia, no tenía el mundo indiano.
Recibía de lleno los vientos del mundo, las distintas ideas que daban
vuelta en la época pululaban en su seno y estaba la ciudad obligada a ser diligente,
práctica y abierta.85, para mantenerse en su subsistencia. En ese contexto, era imposible
que se sometiera a un orden jerárquico, monopólico, estratificado y desconfiado del
extranjero, tal como estaba constituido el sistema colonial español, porque de su
apartamiento de esa estructura dependía su supervivencia. Y no podía nunca encajar ni
adaptarse a un esquema que la reducía a la mera supervivencia cuando necesariamente
quedaba permeada por la diversidad de ideas de las que no podía escapar aunque
quisiera; estaba impelida a tomar un rol de frontera, lista para defender, en una época de
disputas territoriales sin pausa, y abierta a la multiplicidad por el intenso comercio del
puerto que era su fuente de vida.
Todas estas características significaban que, por el contraste con el
mundo hispano y porque aquello se consideraba de avanzada en la época en que se
generó, apareciera una sociedad orgullosa de sí misma y de su progreso. Que advertía
las diferencias con el mundo colonial y ostentosa de sus riquezas, comenzó a exhibirlas,
pero -y ahí su grave error- renegando de su propia raíz y de su historia, que estaba
nutrida profundamente, también, en la matriz de la América indiana. En ese mirarse sólo
a sí misma, menospreciando su propio origen, estaba siempre vigente una de las aristas
de la división. A lo que se suma la visión netamente mercantilista que alcanzaba a todos
los pobladores del puerto, porque Buenos Aires se constituyó principalmente a partir
del comercio, del intercambio mercantil y con los extranjeros: esto generaba una
posición más individualista, tratando de obtener el rédito personal antes que nada,
aunque al mismo tiempo profundamente abierta, flexible e igualitaria. Sarmiento que
anhelaba se impusiera la visión de la Argentina Atlántica, decía: “El hombre de la
ciudad viste el traje europeo, vive de la vida civilizada tal como la conocemos en todas
partes; allí están las leyes, las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna
organización municipal, el gobierno regular, etc. Saliendo del recinto de la ciudad todo
cambia de aspecto: el hombre de campo lleva otro traje que llamaré americano por ser

85
Larriqueta Daniel, “La Argentina…”cit., pags.190,197,212/215
86
común a todos los pueblos, sus hábitos de vida son diversos, sus necesidades peculiares
y limitadas, parecen dos sociedades distintas, dos pueblos extraños uno de otro. Aun
hay más: el hombre de la campaña, lejos de aspirar a semejarse al de la ciudad,
rechaza con desdén su lujo y sus modales corteses, y el vestido del ciudadano, el frac,
la capa, la silla (…) Todo lo que hay de civilizado en la ciudad está bloqueado por allí,
proscripto afuera y el que osara mostrarse con levita, por ejemplo y montado en silla
inglesa, atraería sobre sí las burlas y las agresiones brutales de los campesinos”86
Resultaba así una ostensible diferenciación, pero la verdadera dicotomía
estaba en que los porteños se sentían muy diferentes y a su vez no querían asumir la
propia herencia indiana de la que eran también directos tributarios. Daniel Larriqueta,
citado en estos pasajes en varias oportunidades ha expresado con claridad: “Una de las
grandes herencias negativas de Buenos Aires es esta contrafigura de su cosmopolitismo:
la resistencia a asumir un compromiso profundo con las provincias y cultoras interiores
de su “imperio”. De ello deriva la distancia espiritual de los rioplatenses respecto de la
herencia indiana. Una distancia que será desprecio cuando los porteños anatematicen a
los inmigrantes provincianos con el mote de “cabecitas negras”…”.87 Los porteños se
negaban a compartir su futuro promisorio con los restantes connacionales, en un destino
común; se consideraban diferentes y hacían sentir su albergada superioridad, mirando
siempre a Europa, de la que se sentían hijos.Pero tenían, además, la flexibilidad y el
avance propios de una mirada de apertura, un profundo sentimiento republicano
democrático y la predisposición a incluir a todo aquel ajeno a su sociedad. Eran un
motor especial para el progreso del país.
Su error histórico fue, justamente, ese embelesamiento propio y no
comprender ni saberse parte de los territorios manifiestamente tributarios del orden
indiano, los que mostraban nada más y nada menos que su propia raíz, que permanecía
en las sombras de su propio ser, ya que, aun cuando lo negara, tenía impresa esa misma
huella, arrinconada en el mundo inconsciente de la propia sombra. Y su marcado
individualismo sustentado en el puro interés personal. Tuvo la oportunidad, por otro
lado, de promover y expandir esas ideas de progreso y libertad que la nutrían al

86
Sarmiento Domingo F, “Civilización y barbarie”, cit, pag.49
87
Larriqueta Daniel, “La Argentina imperial”, cit., pag.342.
87
momento de liderar la revolución y allí estaba en condiciones, en los años siguientes, de
incluir generosamente a sus hermanas provincias en un acuerdo integrador de todas las
voluntades. Esas ideas habrían permitido el progreso del país, se nutrían en una
flexibilidad igualitaria muy digna y que abonaba ese desarrollo. Pero no pudo, en el
fragor de la revolución, que siempre es un proceso doloroso, disruptivo, y que tenía que
liderar para su progreso; ahí no fue enteramente comprendida en lo muy difícil de la
empresa que se encaraba y después no quiso hacerlo, mirando más a su propio
crecimiento personal, con esa mente netamente mercantil. Poco hizo en la comprensión
de sus hermanas provincias en una sola nación que fuera la resultante de todas las
voluntades a lo largo del país.
Si vamos ahora a la otra Argentina, sostenedora del orden colonial, ella
no tenía la permeación del extranjero. Era una sociedad mediterránea, cerrada tal como
era la española; no dependía de un puerto y había construido su economía en base a la
primera relación entre conquistadores y conquistados. Los vientos del mundo no le
llegaban y forjaba su prosperidad en base al intercambio interno y con España, que
había fundado un lazo así de fuerte considerando la tierra y todo lo que en ella estaba,
de su propiedad. Porque España había impuesto, como hemos visto, un régimen cerrado
de economía y producción. Temía a todo lo foráneo como amenaza de su
supervivencia, y esto por herencia de los primeros pobladores que habían sentido ese
temor ya en las luchas contra el extranjero, el moro al que habían logrado expulsar
después de siete siglos de dominación.
Esa influencia directa y consistente, que no tenía la penetración de otros
influjos, implicaba sostener una sociedad tajantemente estratificada y siguiendo la
historia de la conquista, se otorgaba el poder a hombres autoritarios que respondían a
esa matriz, sin posibilidad aparente para la sociedad de ser trasvasada por otras ideas,
más que en una menor medida.
En ese microclima, en el que había surcado con tanta fuerza la muerte, el
exterminio, el sometimiento, el menosprecio, los gobernadores de la zona del Tucumán,
por ejemplo, tal como hemos visto, tenían un poder ilimitado, aun más que el propio
virrey, que estaba más controlado por la Audiencia y el Consejo de Indias. Aquellos
sólo lo eran lejanamente por la Audiencia de Charcas y remisos a su autoridad, con

88
perfil de jefes militares en una zona de frontera, de forma tal que constituían un modelo
de autoritarismo, sangrientos y arbitrarios. Cita Larriqueta a Levillier, brindando su
retrato del gobernador Hernando de Lerma: “…Ensoberbecido y absoluto, desatendió
las cédulas reales, las sentencias y provisiones de la Audiencia de Charcas, tuvo a los
cabildos bajo su imperio, deshaciendo elecciones para introducir regidores, alcaldes y
justicias de su agrado; y para mayor impunidad, puso de maese de campo a su
hermano y ocupó en los cargos de procurador, escribano y tenientes a paniagudos
suyos que no habían de ser censores de sus actos, sino dóciles ejecutores. Por si estos
puntos de apoyo de su despotismo no bastaran, rodeose de matasietes que le servían de
espías y sostenes dentro de las ciudades. Quedó así la provincia como un guante en su
mano”88
Parece historia muy conocida, con persecución, nepotismo, arbitrariedad
y violencia, en la que el conquistado se mira a sí mismo como el menospreciado, el
sometido a un poder omnímodo. Siguiendo a aquel autor, por su lado, recuerda que los
gobernadores que no ejercían tales poderes despóticos, igualmente acudían a la
violencia, sin controles de otros organismos, y regulando la vida de la comunidad, en
todos sus aspectos, con un sentido netamente paternalista que la sociedad aceptaba por
que no era sino la primera huella impresa. La figura del gobernador así delineada,
autoritaria, paternal, sin controles, ejercería su poder por más de doscientos años, sin
modificación alguna al respecto que en tal cerrazón no podía generarse. Y que se
amoldaba a la fascinación íntima por el “poder” en sí mismo y por quien lo ejercía.
Estaba el propio poder de la Iglesia, para reafirmarlo y consolidarlo, absoluto y eterno,
ingresando en cada resquicio de la vida cotidiana, para afianzarlo con toda la hondura
que su ascendente profundo sobre la sociedad podía lograr.
Finalmente, y sobre todo, la zona era, en sí, tributaria de la conquista.
Los que la ejercieron hacían sentir su condición de conquistadores, como había sido en
España en época de los moros. Y los dirigentes encomenderos ejercían el poder absoluto
sin ningún pudor, adueñándose de los cargos públicos y de la administración civil. Con
el tiempo, la zona se fue haciendo agrícola, y los nuevos terratenientes, con fuertes

88
Larriqueta Daniel, “La Argentina imperial”,cit., pag.182
89
capitales y relaciones de poder a través de alianzas, incluso familiares, ostentaban un
poder irrestricto, con desempeños militares y de policía regional, acumulando funciones
de gobierno, también delegadas por los gobernadores, sin freno alguno. Estos eran los
descendientes de aquellos conquistadores y primeros pobladores españoles que a sangre
habían impuesto su poderío, que habían venido para lograr las riquezas y privilegios a
los que no habían accedido en España y que dominaban a la población local. Porque se
consideraban dueños de la tierra era muy difícil que forjaran un escenario diferente.
En palabras de Larriqueta, el hacendado era el nuevo protagonista, no el
único pero el más raigal, y su existencia es una reproducción del aislamiento, su poder
estaba apoyado en el territorio y su evolución garantizada por la dinámica de la
economía cerrada. En definitiva, el poder pasaba a distintos personajes, pero con los
mismos caracteres: autoritarismo, violencia, conservadurismo, omnipotencia (es esta
vieja o nueva historia?). Por otra parte, las grandes familias de cada región, herederas de
los conquistadores y sus linajes, ostentaban orgullosas esa tradición, elevándose sobre el
resto y marcando una diferencia social y económica que era insalvable, para luego
hacerse de los espacios de poder que le asegurarían la plenitud de su posición en la
escala social y política. En esa sólida estructura social y económica no había lugar para
ideales de otro tenor, si ello significaba dejar de lado prerrogativas por mucho tiempo
adquiridas.
Y por último estaba el pueblo, que quedaba olvidado, ignorado,
mantenido siempre en un mismo lugar, pero también él sin poder hacer sentir su propia
voz, aceptando ese esquema de poder y con los fantasmas de ese sometimiento
originario que no podía revertir; ya fuera adaptándose sin cuestionamientos al estado de
cosas, o como en las pampas, adquiriendo un sentimiento de libertad anárquica, sin
límites y con simpleza política, que era su forma de rebelarse sin querer construir algo
mejor-. En la matriz estratificada, quedaba totalmente relegado, como lo habían estado
los pueblos originarios, los mestizos, y sus descendientes, sufriendo rechazo tras
rechazo. No había modo de avisorar otra forma de vida si no existía permeación alguna
de la sociedad y porque, de por sí, la española era lo suficientemente cerrada como para
repeler esa posibilidad, sustentada en una mirada de menosprecio que hay que poder
superar para avanzar.

90
Porque es la mirada del rechazo originario que condiciona y hace sentir
la auto repulsa, en algún punto. Pero, también, en esa completa exclusión,se aguardaba
y renovaba una y otra vez la esperada salvación paternal, sin hacerse cargo del destino
para luchar contra ese sino.
De todos modos, con todas las dificultades de ese contexto histórico
arrastrado por siglos, se hizo eco para sacarse de encima el yugo de la estructura
colonial, y comprometió su patrimonio, su fuerza humana y económica, su vida para
defender el nuevo orden, propuesto por Buenos Aires; quería un cambio y no siempre
fue escuchada, dando todo por él.
Con el transcurrir del proceso de independencia, los sectores no
comprendidos en las grandes urbes, hijos de la tradición colonial fuertemente arraigada,
fortalecieron su antagonismo sobre la base del sentimiento reactivo respecto de Buenos
Aires, sin quitar responsabilidad a esta última en cuanto a la situación general que se
había creado y el desconocimiento que manifestó respecto de la verdadera lucha que
llevaron adelante ellos, dejando sus vidas y sus fortunas, su patrimonio y la fuente de
riquezas, para la independencia de todo el país.
Pero, además, sin proponerse desarrollar, luego cabalmente, sus propias
potencialidades con muchas de las cualidades que ellas también poseían y que no
explotaban a partir de una reconstrucción de los recursos que habían exhibido en la
época colonial. Con el marco de la sociedad estratificada que se mantenía sin cambio
alguno, a lo largo de los años posteriores, era mucho más difícil lograr ese desarrollo
sin un plan general de progreso al que Buenos Aires se negaba si no lideraba como
quería.
Y la tradición autoritaria que nos alcanza a todos, por la que se mantenía
la impronta colonial, ahora bajo otros principios, propugnaba siempre el mismo orden
con un fuerte y concentrado ejercicio del poder. En cuanto a los caudillos, defensores de
la raíz histórica, del orgullo de nuestras bases y sobre todo de la tierra, no obstante,
compartían la matriz autoritaria y pensaban en términos netamente antagónicos,
haciéndose carne de la dicotomía existente; y si bien interpelaron el sentir de los que
eran olvidados en esa sociedad cerrada, actuaron, podrá verse, tal como los mismos
conquistadores habían querido hacerlo en su época. Entendían representar al pueblo,
91
frente al olvido de los demás, pero mantenían el mismo esquema, aunque con la defensa
de su tierra y su historia que no tenían los líderes porteños. Podemos observar esa
asimilación reflejada en la crónica que efectúa el historiador español, refiriéndose a los
conquistadores: “EL ideal político de los conquistadores fue una sociedad cuasi feudal
en la que ellos y sus descendientes se perpetuarían como aristocracia militar
hereditaria. Tendrían el deber, cual vasallos del rey de Castilla, de gobernar, defender
y mantener en paz sus respectivos territorios.”89 Los caudillos y hombres de los
gobiernos provinciales no hicieron otra cosa que reproducir esa impronta, una y otra
vez, en un esquema piramidal y feudal, de apego y defensa del territorio, pero también
de un ideario autoritario y de neto vasallaje.
Si acudimos otra vez a nuestras raíces más profundas, Bartolomé
Benassar, al describir a los españoles de la época en su obra homónima90, muestra como
se acostumbraba, siempre, a recibir todo del poder. Cuenta que a finales del siglo XVIII
y principios del XIX la influencia de la Corte era ilimitada en España y todo dependía
de sus favores, remontándonos al siglo XVI se esperaba que fuera el poder que otorgara
los favores porque era el poder el que permitía la rápida ascensión, no la capacidad o el
mérito. Esto no se limitaba a las capas más altas de la sociedad, ya que hasta los más
pobres esperaban su subsistencia de manos de los poseedores del poder y de la riqueza.
Persistiendo entre ricos y pobres una complicidad objetiva: “de los ricos los pobres
únicamente esperaban los medios de subsistencia, mientras que los pobres constituyen a
la vez el público y la justificación de los ricos quienes, al socorrerlos, pueden hacerse
perdonar su condición y ser merecedores del reino de los Cielos.” Esa íntima
fascinación por el poder y la idea de que sería la fuente de beneficios, no importa en qué
lugar de la escala se estuviera, se implantó en América Latina con toda crudeza,
haciendo de los que no tenían acceso a ese poder unos descastados, aunque necesarios
para ese doble juego.
Ya organizado el Estado Argentino, al finalizar el siglo XIX, en palabras
de la historiadora Lobato, los cargos de gobierno más relevantes en las distintas
provincias eran acaparados por un grupo selecto que ejercía la hegemonía sobre la base

89
Artola Miguel (dir.). Enciclopedia de Historia de España, Alianza, Madrid, 1988, pag.673/74
90
Bennassar Bartolomé, Los españoles. Actitudes y mentalidad, desde el siglo XVI hasta el XIX, Torre de
la Botica, Swan, Madrid, 1984, pags.112/13
92
de acuerdos entre diferentes grupos de notables, garantizada por el fraude electoral y el
control en el nombramiento de los gobernantes, tanto en el nivel provincial como
nacional. Esto demostraba el claro desprecio por la capacidad del pueblo para
gobernarse y reiteraba la misma relación de origen. La toma de decisiones estaba en
manos de individuos habilitados por la riqueza, la educación y el prestigio.91 Esto es, se
reproducía el esquema de reserva de los cargos públicos que imperaba en la Colonia,
para quienes estaban en la cúspide de la pirámide social, tanto en una como en otra
Argentina. Por supuesto que el fraude no fue patrimonio exclusivo de un sector, en un
lastre por demás pesado de erradicar y en él se consolidaban las estructuras para un
pueblo, todo, que se sentía siempre transgresor.
Es así que la aparente distancia entre las dos Argentinas, forjada en base
a una polarización ilusoriamente infranqueable, pero que tan solo podía expresar una
diversidad propia en nuestra conformación y devenir histórico pero con una matriz de
origen común forjada como sólo las primeras experiencias infantiles lo hacen respecto
de la personalidad individual. Nunca pudo ser zanjada hasta ahora, aun cuando luego
adquiriera otros ropajes, y la circunstancia de que el pueblo fuera siempre postergado y
jamás escuchado (tampoco haciéndose oír verdaderamente sino tras un jefe que siempre
pudo obnubilarlo en el discurso para decepcionarlo en la ejecución de la realidad),
provocó, en el siglo XX, una eclosión que bien pudo haberse anticipado, ya que era
lógico que en algún momento, emergiera de las entrañas mismas de esa enorme
distancia, el pueblo olvidado.

5.2.2. Reiteración de la antinomia en el siglo XX. Segundo hito histórico de crisis


terminal, en la división.

Comprendiendo estas dos vertientes y las razones que tuvieron para


conformarse como lo hicieron, podemos avanzar en el transcurrir del siglo XX, que

Lobato Mirta, Estado, gobierno y política en el regimen conservador en “Nueva Historia Argentina”,
91

T.2, Sudamericana, Buenos Aires, 2000, pags.190/91


93
marcó, un nuevo hito, una nueva vuelta a esa circularidad histórica que nos hace
transitar una y otra vez el mismo camino, con enorme dramatismo.
Como adelantamos, en los primeros años y hasta la década del treinta, el
movimiento del radicalismo, nutrido de la ola inmigratoria en una amalagama que de
todos modos se hacía eco de una parte de la división originaria, fue un intento de orden
diferente a aquel que había degenerado por las peores prácticas de la Argentina
Atlántica. Habría importado su superación, ya que pretendía la inclusión del pueblo más
necesitado; aunque sin comprenderlo cabalmente ni incluirlo en toda su expresión,
deseaba su mejoramiento y apuntaba a brindar una impronta sustancialmente ética en las
relaciones políticas. Pretendía un marco institucional fuerte, permitió un sistema de
elecciones libres que posibilitó el ascenso al Ejecutivo de Hipólito Yrigoyen. Los
gremios y las universidades florecían en la primera época y el motor fue la clase media.
Ya la política no sería el coto de una elite, esa era una impronta diferente en el
panorama nacional que sobrevino con ese movimiento.92 Pero devino, luego, en un
movimiento personalista que no se hizo cargo de la dicotomía que se matenía latente y
por ende, sin poder resolverla. Esa división de origen deglutió las posibilidades que traía
el movimiento del partido radical.
Ya instalado el siglo, con esa división a cuestas que a ese momento tenía
a una de las Argentinas en franca preeminencia -la Atlántica- las mujeres y los hombres
anónimos de la sociedad colonial empezaron a trasladarse hacia las ciudades, en busca
de un futuro que creían podía llegar a ser más promisorio que el que se les presentaba en
sus lugares de origen, ya que estos, por su estructura social y económica no generaba
posibilidades de crecimiento para todos. Los descendientes de la primera matriz hispano
indígena se incorporaban a las ciudades, principalmente a Buenos Aires, porque no
encontraban fuentes de progreso en sus propios lugares y ocupaban, siempre, esa
posición de menor acceso en las sociedades estratificadas de la Argentina colonial. Por
otro lado, se estaba dando la adaptación de las nuevas generaciones que comenzaban la
tarea de arraigo al suelo argentino, tratando de superar el desgarro producido por el
abandono de sus tierras que sufrieron sus abuelos, provenientes de distintos lugares de

92
cfr. Horowitz Joel, EL radicalismo y el movimiento popular (1916-1930), Edhasa, Buenos Aires, 2015
94
Europa.93 Desde las aldeas del interior, y llamados por el cordón industrial de Buenos
Aires, comenzaron entonces a migrar los diversos grupos, muchas veces amontonándose
en viviendas precarias, cortando el sustancial vínculo con el paisaje rural. Paisaje que,
no obstante, también era el de la exclusión por la estratificación y los privilegios de los
que estaban en las mejores posiciones y los poderosos hacían sentir a aquellos la falta de
un destino de progreso.
La migración desde las regiones más desabastecidas hacia la zona del
Gran Buenos Aires, su superpoblación, fue capaz de sostener, asi aglutinada, un
movimiento reactivo en el que, hay que entender, por primera vez se dirigía la mirada al
pueblo olvidado, sacándolo de su lugar invisibilizado; aunque, nuevamente, desde la
posición filial que ambas partes de esa relación aspiraban a conformar. Comenzaría ese
movimiento por dirigir el interés gubernamental, más allá de los intereses e intenciones
particulares, hacia las carencias nunca atendidas de ese vasto grupo, dándoles un lugar,
pero lo fue luego –como antes había sucedido -, a cambio de que se entregara el poder
total y absoluto al líder, reproduciendo, en definitiva, con mejoras, el esquema paterno-
filial de la antigua Colonia, que luego se reiteraría con Rosas.
El sistema presidencialista fue un muy buen escenario para la eclosión
del movimiento peronista; teniendo aquel fuerte arraigo en toda Latinoamérica y una
impronta centralista, como era de esperar, ya que todas sus naciones comparten esa
historia común de autoritarismo, conquista y sometimiento, en que tenía que emerger
así, la necesidad de líderes carismáticos y totalitarios en los primeros pasos de la
historia personal; y tal sistema no hubiera podido existir sino sobre la matriz paterno
filial ya expuesta. Se mantendría luego el sistema presidencialista, en el marco del
régimen democrático imperante -como avance del mundo occidental-, pero siempre
deviniendo en gobiernos legítimos en su origen, para luego acaparar el poder en forma
absoluta y apelando a la relación con la sociedad de un modo alegadamente directo. No
hay que aclarar que es una concepción en esencia antidemocrática, pero se nutre del

93
Martinez Sarasola Carlos, “Nuestros paisanos…”cit., pag.619
95
régimen institucional para poder llegar y de manera totalmente desvirtuada, mantener el
poder.94
Recordemos, entonces, que, alrededor del año 1930, la expansión
económica que hasta ese momento se había desplegado en el país, se detuvo: la
situación en el exterior se estaba modificando con la aproximación del período de
guerra y la suerte económica del país empezó a virar.
Comenzaban a sucederse los mencionados movimientos migratorios
internos que llegaban al conurbano bonaerense. Buenos Aires seguía viéndose a sí
misma diferente, con los ojos puestos cruzando el Atlántico, creyéndose hija de esa
cultura, y con una mirada de menosprecio e individualismo, que tenía que costarle luego
muy caro, mientras que la restante Argentina seguía en su propia matriz, sin luchar
tampoco por su propia valía, sino sustentada en la reacción a ese menosprecio, de una u
otra manera según la escala social. Conservando la misma estructura de antaño.
Y es evidente que el tiempo fue ahondando la división desde aquel
escalón evolutivo que significó el diseño constitucional, luego del dramático período
rosista. El gobierno del presidente Perón no hizo otra cosa que repetir la misma historia,
aunque hay que decir, por primera vez se puso la mirada reconocedora, en concreto, en
los miles y miles de postergados y también menospreciados que bregaban por ser
reconocidos como tales. El drama es que ese lugar se logró a costa de una verdadera
evolución, ya que se sustentó sólo parcialmente en la mejora de esa clase, a partir de
dádivas, también, que mantuvieran, como lo hace solamente una figura paternal, el
estado de subordinación.
Peron, como lo había hecho Rosas, se posicionó y sacó ventaja de la
polarización entre las dos Argentinas, aun cuando ella ya estaba impresa en su propia
matriz y no hizo otra cosa que reproducir, una vez más, lo que en otros momentos
históricos también había sucedido. Dice Svempa “La configuración amigo enemigo se
estructura así dentro de esta lógica que opone las distintas figuras de la Unidad
Nacional (Patria/Pueblo/peronistas)al Principio de División
(Antipatria/Antiperonistas/Oligarquía). La dimensión negativa del adversario queda, así,

Marque Restreto Martha, Pastrana Buelvas Eduardo y otr.” EL retorno eterno del populismo en América
94

Latina y el Caribe”, Clacso, Buenos Aires, 2012, pags.316/17


96
puesta de manifiesto: (…). Es la existencia del adversario la que se pone en cuestión su
condición de no-argentino, su contradicción con los valores esenciales de la patria. El
adversario, privado de toda positividad, entra en el terreno de lo impensable, queda
fuera de toda lógica que no sea la de la oposición por la oposición misma: es el
extranjero absoluto. ..”95
Por el otro lado, nada de lo que había sido Buenos Aires había sido
atemperado en el siglo XX, mirando siempre orgullosa a través del Atlántico y
menospreciando lo propio, que siempre actuaría en las sombras; a veces hasta con
sentimiento poco arraigado en su nacionalidad, aunque también escondiendo, en esa
inflación, la misma sensación de minusvalía que el resto del país. PerezAmuchástegui,
citado por Alejandro Pandra, expresando una de las miradas de esa división y en gran
crítica a la postura porteña, subrayó que “el porteño nació y creció sintiendo que Buenos
Aires era la Argentina. En la calle, en el café, en los diarios y en la escuela misma
aprendía, a fin de cuentas, que en el puerto estaba y había estado siempre el país: Todo
lo que quedada del pasado histórico era que Buenos Aires había dado en mayo el grito
de libertad y que desde Buenos Aires salieron los ejércitos libertadores, la propaganda
impresa, las instituciones políticas, las obras civilizadoras, todo lo bueno, en fin, que
apuntaba hacia el destino peraltado del país“ Esto es algo sobre lo que debemos hacer
una profunda introspección, con humildad, los porteños, porque ha sido un gran error
histórico, aunque es importante reconocer, también, que los golpes sufridos desde
mediados del siglo XX han hecho descender virulentamente ese “orgullo” porteño, de
la misma manera que nos ha obligado a tener que buscar una posición mucho más
madura e inclusiva que estamos comenzando a cimentar, y a dar muestras de, en este
nuevo siglo.
Reitero, una vez más se repitió el mismo círcuito histórico que ya en el
siglo XIX se había presentado y que iba germinando un proceso de crisis profunda: un
personaje carismático se enanca en la antinomia profunda, favorece a propios y persigue
a quienes no lo aceptan, al punto de crear un gobierno totalitario, represor, que termina
dilapidando cualquier posibilidad de verdadero progreso. Una figura parental muy

95
Svempa Mariselda, Civilización…”cit., pag.305.
97
demandante que aparece como benefactor para algunos, cuando le es posible en
términos reales, pero más que nada, en el relato de un mundo perfecto, imaginario, en la
ensoñación de algo que no existe; y para otros, como el absoluto opresor, generando
muerte y persecución a su alrededor.
Aquí me pregunto: ¿Será que somos nosotros, la sociedad misma, la que
crea ese personaje, que existe una íntima relación entre lo que la población en definitiva
y en lo más hondo espera de él y lo que él va creando de sí mismo para llegar a concebir
un “monstruo” de tales características que obligue a una dolorosa y cruenta crisis y esta,
a su vez, habilite finalmente la necesaria evolución?
En la fundada tesis de Silvia Mercado, el peronismo se sustentó
básicamente en un relato, alejado totalmente de la realidad que se vivía en ese momento,
comenzando en el año 1943 (agrego que no terminó, por lo menos hasta ahora, en tanto
no hubo una ulterior reconciliación como la que existió con el gesto de Urquiza y la
posterior inclusión de Buenos Aires para la definitiva Constitución Nacional). Dice la
autora que se construyó – más avanzado con los servicios de Apold- un imaginario
basado en cinco elementos centrales: una nueva era con la llegada del líder, creación de
un partido al que se le puso el nombre de “Peronista” y un sistema de símbolos
personalizados en la figura del líder, identificación del peronismo con la nacionalidad.
Y un solo puente para la ayuda concreta del pueblo necesitado, no institucional, sino
identificado con la esposa del lider. El pueblo sin nombre, sujeto indiferenciado, como
centro de la política de gobierno.”96 Esta increible construcción –también a tono con la
época de gobiernos fascistas, por supuesto- estaba sustentada no solamente en la
utilización descarnada y absoluta de los recursos del Estado para montar un gigantesco
aparato propagandístico que aquella autora también pone muy bien de manifiesto, sino,
creo, en la propia ilusión de un pueblo que -hay que decirlo también- prefirió
mantenerse en ese estado de niñez, donde un semidios benefactor baja para colmar sus
necesidades y nunca olvidará lo que ha sido dado por él. Es cierto que resulta mucho
más dífícil para quienes han sufrido carencia tras carencia efectuar una discriminación
más aguda, sobre todo cuando las cosas están puestas en términos de verdadera

Mercado Silvia D. “El relato peronista. Porque la unica verdad no es siempre la realidad”, Planeta,
96

Buenos Aires, 2015, pags.173/74


98
supervivencia. Ese pueblo carenciado, invisibilizado, quedó fijado en la idea del
sometimiento original, de su historia originaria de menosprecio, de la mirada
desvalorizante e invisibilizante, sin poder salir nunca de él, hasta ahora.
Y la historia se repitió en términos casi calcados; en una circularidad
eterna. En los últimos años del gobierno de Perón las persecuciones, la limitación de
derechos individuales, el acecho del que no se sometía al régimen totalitario fue feroz,
tal como lo había sido con Rosas. Reseña Mercado las pocas noticias que se tenían en la
época de la persecusión y tortura sufrida por los opositores, o simples disidentes,
sometidos todos a durísimas condiciones de censura. Dice: “La represión no fue un
hecho casual o esporádico, atribuible a perversos o forajidos que existen en todo tiempo
y lugar. Por el contrario, el sistema represivo se fue perfeccionando a traves de
estructuras más importantes en cantidad, presupuesto y salvajismo. El opositor podía ser
cualquiera que tuviera una idea diferente a la del gobierno, incluido un dirigente radical,
un estudiante, una obrera telefónica que se negara a fusionar su gremio con otro
vinculado al peronismo, un ferroviario que creyera merecer un aumento de sueldos.
Cualquiera de estas situaciones merecían la persecución, la tortura y la cárcel. En el
modelo peronista original, lo único que podía hacer el opositor para no ser considerado
un enemigo era aceptar lo que el gobierno decidía, callarse la boca si no lo aceptaba o
pasarse al oficialismo si quería servir al pueblo. De otro modo era un enemigo de la
Patria y no tenía derecho a nada”97
En definitiva, el esquema es siempre el mismo: un líder que va
engordándose de autoritarismo sin freno alguno por parte de la sociedad, la visión
relatada de una bonanza imaginada, de un padre redentor, reñida absolutamente con la
realidad, y sustentada, básicamente, en la profunda antinomía que nos sigue
persiguiendo; y apelando a las necesidades más básicas que se reciben como una dádiva
o un castigo, según el caso, para ir creando un gigante de totalitarismo que habrá que
luego erradicar con profundo dolor y una gran crisis. Unos contra otros, cargados ambos
de prejuicios, sin reconocerse mutuamente.

97
Mercado Silvia D., “ El relato …” cit., pags.228/29.
99
5.2.3. Intelectualización de la antinomia.

Con el tiempo, y a partir de aquellas experiencias históricas reseñadas,


que no terminaron en una reconcialición sino en una mayor y más profunda división, la
colisión se fue transformando, haciendo metamorfosis, afinando e incorporando
conceptos, ideas, que pretendían darle un marco racionalizado para la segmentación de
origen, basada, no obstante, en el puro instinto de conservación y a partir de mirar al
otro como enemigo, y que no produjo sino más alejamiento y división.
El rechazo a Buenos Aires, a su forma de ser, se asimiló a las ideas que
primaban y habían primado históricamente en la sociedad porteña, sin poder
diferenciarlas en lo mejor que tenían, y tomándolas como sinónimo automático e
impensado de la posición excluyente que había que combatir: la libertad, la democracia,
el republicanismo -a más de sumarle luego la concepción de que esas eran nociones
tributarias de una sociedad de mercado capitalista- eran, para algunos, ideas
“extranjerizantes”. Y recuérdese, en este punto, el recelo por todo lo extranjero de la
estructura colonial haciendo gala en todo su esplendor. Todo lo que implicara adscribir
a la posición porteña tenía ese odor, simplemente porque Buenos Aires abrazaba esos
principios, Para mantener y profundizar ese antagonismo con posturas que confluyeron
en ese concepto, se asimilaron irracionalmente las nociones de democracia,
republicanismo, liberalismo, a un pensamiento y a un discurso que se atacó como
contrario al verdadero “latinoamericanismo”. Variados intelectuales de esa corriente
unían la concepción de una de las Argentinas a la conclusión que representaba el
“verdadero pueblo” que así estaría enfrentado a las “elites”, muchas veces dejando de
lado la misma realidad, teñida para que se ajustara cómodamente al relato. Esas “elites”
eran calificadas como tales (oligarcas), a veces con razón y a veces con la sola
calificación subjetiva que colocaban los propios intelectuales, sin abonar su postura más
que en una eterna entronización del puro “relato” por sobre los hechos de la realidad y
de las antinomias por sí mismas. La Argentina colonial era la del pueblo olvidado, y
también y por las escalas más altas del poder en cada lugar, que profundizaban y
eternizaban la sociedad estratificada. No Buenos Aires.

100
A esa idea originaria se sumó la conclusión que todo deseo de
solidificación institucional era, y sigue siendo para algunos, tildado de adscripción a un
pensamiento “liberal” capitalista. Pero en definitiva, así polarizados, expresan esas ideas
no otra cosa que uno de los extremos de la originaria antinomía, revistiéndola de
conceptos más modernos, pero con la raíz, en ese caso, sumamente autoritaria que
nutrió las vertientes.
Y tales posturas estaban dispuestas a olvidar que la Argentina colonial,
Latinoamérica, no estaba integrada sólo por ese pueblo que efectivamente estaba
siempre postergado, sino por las clases dirigentes que siguiendo el sendero de los
primeros conquistadores, trataban de mantener sus privilegios en esa matriz, en la que
no había posibilidad de superación ni flexibilización alguna para los más postergados,
como sí podían ser bajo algunos de los principios que se rechazaban por
“extranjerizantes”, que venía de una concepción de mayor movilidad social y apertura.
Así, para ellos, la dicotomía líricamente presentada, era la de “pueblo” versus ”elite”,
cuando, en realidad, no era otra cosa que la misma división de origen, sin una visión
superadora de la historia de discordia y manteniendo fuertemente el eterno antagonismo
sobre la base de un relato que, por supuesto, no otorgaba una evolución genuina y real.
Fue abonada, esa concepción además, por una corriente historicista, tal como describió
y muy bien analizó Tulio Halperìn Donghi, que consideraba que la revisión del pasado
era “una tentativa de ofrecer el aval de la historia para la crítica de la Argentina del
presente y esa crítica se organiza en torno a dos ideas centrales: el primero es el repudio
a la democratización política, que ha entregado el destino del país a dirigentes cuya
deplorable habilidad para organizar invencibles máquinas electorales no puede ser
negada pero que no conservan intereses –a sus ojos- con los de la nación(…) el segundo
es el de la inserción en el mundo de la Argentina posindependiente –y en primer lugar
del vínculo desigual con Gran Bretaña…”98. Es decir, con fanatismo ciego se creía estar
encarnando el costado de la que fuera denominada “barbarie” por Sarmiento y
valorizada positivamente, primero a través de la reivindicación de sus líderes, según

Halperin Donghi Tulio “el revisionismo històrico argentino com visiòn decadentista de la historia
98

nacional”, Siglo XXI, Buenos Aires, pags.16/17


101
reseña Svempa, con una lógica de exclusión: América contra Europa, naturaleza contra
cultura, nativo contra extranjero, vasallaje contra soberanía.99
Es notable advertir cómo la intelectualidad que analizó esos hechos
históricos, desde una pretendida visión reivindicatoria, se sustentaba tan sólo en el
“discurso” de todos aquellos personajes que, extremos o no tanto, manifestaban la cierta
postura de irrespeto y menosprecio desde Buenos Aires, pero se quedaban ahí, sin
superar las palabras confrontándolas con la realidad, y para comprender su
contradicción con el fin de buscar un destino mejor para todos.
Esa era no más, reitero, y no otra cosa, que la misma y eterna división
llevada a su expresión supuestamente más extrema, en el campo intelectual, y que no
hizo sino ahondarla más, generando mucha violencia, al imponer la lógica de adversario
o enemigo para aquel que adscribiera a una postura diferente.

5.2.4. La tercer crisis no terminó. Prolongación en los años posteriores


sin resolución hasta ahora.

En el caso de esta tercera crisis terminal, con Perón, el relato, es decir, la


divergencia entre la realidad y lo que se quería hacer escuchar, y la profunda división no
pudieron hacer la catarsis de un nuevo paso evolutivo. Se mantuvo viva, vigente, luego
de que fuera destituido aquel, por los terribles acontecimientos políticos que lo
sucedieron, y como con tanta valentía la autora citada ha expuesto de manera tan clara
en sus dos libros.
Por otra parte, creo que eso se debió, a que no hubo una reconciliación
ulterior que permitiera el salto madurativo, ya que, esa otra Argentina cosmopolita, en
su peor individualismo, apeló a un gobierno militar que quiso borrar del mapa al
“enemigo” y, como tal, más allá de sus nefastas consecuencias por sí, lo subió a la
categoría de mito subsistente. La otra quedó mascullando su propio resentimiento. Y
los gobiernos militares y los democráticos interrumpidos en su interín, que lo siguieron,

99
Svempa Maristella “Civilización y barbarie”, Taurus, Buenos Aires, 2006, pag.241/42
102
fueron la peor cara de aquella Argentina que no quería verse más que a sí misma, en un
drama que la puso de rodillas, junto con la otra y sus propios dramas, sumidas ambas en
los peores dolores y tragedias que un pueblo puede pasar. Y, manteniendo el estado de
crisis terminal desde aquella primera destitución, sin la resolución consecuente, con los
gobiernos democráticos interrumpidos, los militares, el posterior gobierno de Perón, se
sostuvo la agonía de la crisis que no terminaba de resolverse como lo había sido en la
época de Rosas, en pocos años.
Y como no se terminaba la agonía devino finalmente en la irrupción de
las fuerzas más violentas e irracionales de uno y otro polo de la división, que
culiminaría en el desgarro de la muerte más cruel, de los suyos, que puede sufrir un
pueblo. Ese paso de extremo dolor dio paso a la necesidad de retomar el marco
institucional de la democracia. Tenían que llegar los posteriores gobiernos, en el
renovado período democrático para demostrar, desde el seno mismo del peronismo, la
lógica de crudo poder que lo sustentaba en gran parte y la base de un relato muchas
veces irreal, sin la vocación de una genuina evolución para todos y con la antinomia
entre las dos Argentinas como basamento raigal. Esa sería el comienzo del final de la
crisis.
Creo, ahora, esa crisis del tercer paso evolutivo, de nuestra historia, luego
de la revolución de Mayo y el gobierno de Rosas, está llegando, finalmente, a su fin. Es
hora de la renovación superadora, en un mundo en que ella puede tener plena cabida.
Para que ambas polaridades se acepten entre sí, conformando ese el estadio madurativo
que la sociedad ahora necesita.
Todos, ambas Argentinas, compartimos un íntimo y agudo sentimiento
de autocrítica y de perfección el que, obviamente, nunca podría ser alcanzado y, que,
por lo tanto, genera una constante frustración y paralización para la acción: podemos
rastrear su germen en la herencia hispana de stándares éticos altísimos y muchas veces
impracticables, en un doble discurso que obligaba a soslayar el cumplimiento de la
norma, con la sensación de culpabilidad que eso conlleva. Ese es el perfecto sustrato
para la crisis terminal. Y, como ya pudimos ver, no se lucha contra lo impracticable sino
que se elude, retroalimentando el mismo círculo de perfección nunca cumplida y el
mismo desprecio por la propia conducta. En ese marco, de amarga sensación de
103
perfección incumplida, hemos sido y somos feroces con nosotros mismos y con el de
enfrente, basculando en el rechazo de uno y otro. En esa diferenciación esta siempre
ausente el sano ejercicio de la comprensión. Quizás, la deuda para todos nosotros sea
justamente esa, la verdadera comprensión, que no es otra cosa que ponerse en el lugar
del otro.
Y tendrá que hacerse esa mirada introspectiva desde el lugar del otro, que
generara tanto odio sin matices, ambos en total interdependencia en un círculo sin fin.
Así como el extremo de esa bascularizacíon, en el porteño configuraba un personaje
pagado de sí mismo, ventajero, individualista, sin amor por su tierra y siempre tratando
de emular lo que creía que era y no era, del otro lado generó un personaje lleno de
fanatismo cuasi religioso, cerrado y receloso en la defensa de la pretendida concepción
“puramente hispana”, tomada esta como pretendido sinónimo de humanismo, justicia
social y genuino patriotismo. Siempre campeando la idea de que tienen que gobernar
unos sobre otros, para otorgar los verdaderos derechos de bienestar, a cambio de
entregar la libertad y el derecho a una vida autónoma, porque esas premisas son
“elucubraciones extranjeras” impuestas por el “liberal”.

5.2.5. La antinomia hoy. Deuda histórica y deuda actual.

La deuda histórica, arrumbada en los confines de cada sombra, pasa por


interpelar y superar la dualidad, en lo más profundo, con la aceptación de que ambas
Argentinas han compartido las mismas características comunes y que esa polarización
históricamente construida –con sus razones y sus errores que habrá que comprender en
su contexto- no poseía una base realmente sostenible en el tiempo, si ambas posturas
hubiesen podido escucharse en algún momento, en la comprensión y habilitación real y
profunda “del otro”.
La deuda con nuestra historia está en reconciliar ese pasado de división.
Vuelvo a Larriqueta, quien, como muchos otros, articuló hace muchos años la visión de
las dos Argentinas en su expresión que a ese momento histórico correspondía.
Reflexiona ese autor respecto de la historia de todos y como punto común que logró la
convergencia y las semillas para una identidad nueva, el establecimiento de la
104
Constitución Nacional, luego de la catarsis del gobierno dictatorial de Rosas. Aunque
hay que aclarar que esa instancia no significó que no mantuvieran cada una de las dos
Argentinas subyacentes su entera vigencia, reverberando en las profundidades, y
excluyendo a un sector importante de la población, implicó un primer punto de
coincidencia y avance. En la concepción de la que aquél llama la Argentina Atlántica, el
hermano vergonzante estaba en el fondo del patio (digo yo, llamándose, por ejemplo,
en forma indiferenciada “el interior” a los distintos estados provinciales que poseen
características tan diferentes entre sí), y para este, que también se miraba a sí mismo de
esa manera, aquella se consolidó sobre su exclusivo y pujante crecimiento económico,
olvidándose y negando su matriz colonial indiana.
En palabras de Félix Luna, Buenos Aires dio a la Argentina su carácter
distintivo, su personalidad única, acentuada e inconfundible; brindó su ritmo vivo a
formas de vida más pausadas de la herencia colonial y contribuyó a crear un sistema
competitivo, fundado en los valores reales de cada cual, en un igualitarismo
democrático típico del ámbito porteño desde sus orígenes y que responde al signo
plebeyo que siempre presidió su destino. Aunque, a la vez, hubiere comprendido la
fuente de un enorme desequilibrio en el conjunto nacional.100 Dijo Sarmiento: “Pero
Buenos Aires, en medio de todos estos vaivenes muestra la fuerza revolucionaria de que
está dotada. Bolivar es todo, Venezuela es la peana de aquella colosal figura. Buenos
Aires es una ciudad entera de revolucionarios. Belgrano, Rondeau, San Martín, Alvear
y los cien generales que mandan sus ejércitos son sus instrumentos, sus brazos, no su
cabeza y su cuerpo. En la República Argentina, no puede decirse el general tal liberó
el país, sino la junta, el directorio, el congreso, el Gobierno de tal o tal época mandó al
general tal que hiciese tal cosa, etc.”.101 Está bien, miraba al final a Europa,
menospreciando el mundo colonial, no forjaba su propia imagen sino por imitación de
otros que no eran la perfección y a veces con superficialidad. Pero implicó un motor de
ruptura y enorme avance, digno de reconocimiento.
Por su parte, la Argentina enriquecida por la tradición colonial ha sabido
reconocer y mostrarle a Buenos Aires su fructuosa historia de lucha, la ha defendido y

100
Luna Félix, “Buenos Aires …”cit., pag.130.
101
Sarmiento Domingo F, “Civilización y barbarie”, cit., pag.104.
105
con razón se ha mostrado orgullosa de su propia tierra, la ha hecho enteramente suya.
Ha sostenido al pueblo con esa raíz profunda, ha defendido su idioma, su origen y su
permanente contacto con la tierra; la conexión íntima y sus raíces verdaderas hasta el
final de los tiempos, frente a la mirada de Buenos Aires que, por querer solamente
reflejarse en el exterior, dejó de ennoblecerse en sus propios cimientos. Orgullosa de
ellos, aquella es tributaria de los más de 300 años de formación de nuestra sociedad, de
creación de nuestro país y luego aportó, en su mayor medida y en los momentos más
críticos, sus hombres y mujeres para forjar la independencia; lo hizo sin ningún reparo,
para ganar la guerra al colonialismo, dejando toda su riqueza en ese sendero y los
medios de desarrollo que luego fueron diezmados, pero que la tierra había ofrecido para
conformar un pais dotado de recursos. Ha sido orgullosa y respetuosa de su suelo y ha
brindado a la Argentina toda, los más hermosos paisajes y recursos, sin llegar a
reconocerse a sí misma en su propia y enorme riqueza y valía. La multietnicidad que
convive y brinda su amor por el suelo patrio es su marca más profunda y su legado
primero a la cultura y la fuente raigal del país.
Es que, como señalara Massuh en su momento, ni el desierto, ni la
población indígena o la española, ni la Colonia, son formas del mal. El aporte español
significó el legado de dos elementos invalorables de la unificación argentina y
americana: la lengua y la religión. Y tampoco la “europeización” lo es, ya que nos abrió
al mundo, nos dio el don de la apertura, la universalidad espontánea, ampliando nuestro
horizonte de percepción y adquiriendo el hábito de confrontar ideas, introducirnos en la
Modernidad. La inmigración, entre otras cosas, volcó sus expectativas sobre su
descendencia, volviendo la educación una obsesión que no cedía hasta que salieran de la
Universidad, con una fisonomía de trabajo y su más grande obra fue la clase media
argentina, en la que se mostraron los mejores experimentos de convivencia social102.
“En nuestra dicotomía histórica, una tiende a la valoración de lo propio, lo
comarcano, lo inmediato, lo que se tiene. La otra valora lo distante, lo europeo, lo que
viene de los centros prestigiosos(…) Se trata de limpiar a la actitud vernácula de su

102
Massuh Victor, La Argentina como sentimiento, Sudamericana, Buenos Aires, 1983, pags.32/33 Y 45.
106
desconfianza por lo europeo (y extensivamente por todo lo occidental y oriental) y a la
actitud europeista de su afán de desvalorizar lo propio y comarcano.”103

Quizás, en este punto particular de la historia, en los comienzos del siglo


XXI y en la fase final de la transición hacia una nueva era mundial, tal como vimos en
el capítulo anterior, siendo una nueva etapa en la historia universal, en la que el otro
será aceptado como es, la catarsis de la máxima división operada en la sociedad que hoy
sufrimos devenga en la amalgama final. Hemos llegado, luego de un largo sendero
descendente, al camino último que no puede subsistir en un marco planetario que no
acepta tales diferencias para la nueva era. Esa es la deuda para el hoy.

6. Llegamos al punto de reflexión y evolución en el siglo XXI. La


superación en el reconocimiento del otro.

Vuelvo, entonces, en este punto, al comienzo de este viaje histórico que


hemos emprendido y llega a su final. Más allá de la división histórica necesitamos
reconciliarla sobre la base de que, en el sustrato más profundo, subyace la comprensión
del otro, de la tolerancia y respeto por su propio camino histórico y de entender porqué
ha llegado dónde está en esta dicotomía, con los errores y virtudes de cada uno. Es la
sociedad la que puede realizar esta amalgama, neutralizando las expresiones extremas,
forjadas en conceptos falaces que luego sirven para encarar el gobierno y nuestra
representación en términos que no buscan nuestra verdadera superación. Esa amalgama
tiene que partir del entendimiento y de la empatía con el otro, en una misma raíz y
estructura de convivencia armónica e inclusiva.
Hoy los actores de ese drama están empezando a cambiar, cruzados por
los cambios que trae el nuevo mundo en su etapa transicional. Y, por tanto, la deuda
aparece con otras formas. Porque remite y en definitiva encubre, un lastre de prejuicios
respecto del que alza la postura contraria, o de cualquiera que pudiera, rápidamente –por
cierto-, ser catalogado en una u otra categoría. Porque en la división sentida como

103
Massuh Victor, La Argentina…, cit., pag.100
107
supervivencia, la categorización resulta absolutamente necesaria. A eso acudimos más
que rápidamente, como defensa.
Y digo que los actores están empezando a cambiar porque quienes
encuentran su raíz en la Argentina Hispana han sido cruzados por los vientos de todo el
mundo, se conectan a él como el resto de los ciudadanos del planeta y comienzan a
ampliar su visión y reconocimiento en su propia individualidad. Desde la tierra se abren
al mundo sin necesitar la intermediación de Buenos Aires y empezando, desde lo
político, a rechazar la imposición autoritaria. Desde el pueblo, la posibilidad misma de
acceder a Internet, en los sectores más carenciados, igualmente a través sobre todo de su
acceso por vía del celular, y a querer elegir otra cosa, cuando por supuesto es posible
hacer esa elección (por no estar excluidos del sistema económico general tal como
sucede a nivel mundial). Comienzan a ver algo diferente, y tímidamente a alzar su voz.
Ya no será posible, como antes, sustentarse en un relato falaz, ilusorio, sin que a la
postre le hagan rendir cuentas a quien lo sostiene.
Y desde Buenos Aires, la sociedad porteña ha sufrido estos años
sucesivas caídas de la mano de gobiernos hundidos en la corrupción, en el ejercicio del
poder por el poder mismo, en el desconocimiento absoluto hacia el ciudadano, y
advirtiendo cada vez más su propio individualismo y espejismo en la visión foránea.
Sobre ese dolor vivido ha podido, de rodillas, empezar a madurar con una mirada más
inclusiva, aun cuando todavía no se manifieste en totalidad.
Se mantiene igualmente la sensación de conflicto con el otro, para todos.
Adquiere otros rótulos, pero siempre está, más allá de algunas voces que se levantan
para tratar de señalar que se escuche al contrario y se lo respete como tal. Quizás pueda
parecer desactualizada esa antinomia histórica que he tratado de recordar en los puntos
anteriores, superada y fuera de nuestro alcance. Pero reverbera en las profundidades de
la sombra más escondida y por eso, creo, es necesario hacerla consciente otra vez.
Pero, además, en lo más profundo, lo que subsiste es la necesidad de
antagonizar. Es el adentro y el afuera como ámbitos excluyentes, atemorizantes, en los
que todos tenemos que resguardarnos. Porque todos tenemos esa herencia de núcleo
atemorizado y de defensa que necesita excluir al otro. Y que se sostiene muy bien a
través del prejuicio, rápidamente desenfundado. El prejuicio ha sido definido como “una

108
antipatía basada en una generalización defectuosa e inflexible” “un pensamiento no
fundado, sobregeneralizado, rígido, formando sin una evaluación sólida”104 El
estereotipo, por su parte, es una creación inflexible, generalizada sobre los atributos de
un grupo concreto y estereotipar significar atribuir ciertas características a la gente
simplemente sobre la base de su pertenencia a un grupo. Es una imagen mental
supersimplificada y rígida que en algunas ocasiones puede contener una “pizca de
verdad” pero la pizca es anegada por la falsa generalización que ha crecido de ella. 105
Puede verse que la categorización, el estereotipo y el prejuicio son
moneda corriente como mecanismo para ahuyentar aquello que nos produce temor.
Temor en la pertenencia, en el sentimiento tribal de un afuera hostil. Hasta que no
expurguemos ese temor intrínseco no podremos entender, cabalmente, que no hay
división entre adentro y afuera, que no es necesario reducir al “otro” para poder
mantener mi lugar, que el otro no es amenaza, sino una forma diferente de ver la vida y
que su inclusión enriquece profundamente la vida en común.
Hoy, en los albores de la nueva era, esa va a ser la impronta que
lentamente se está haciendo sentir. Todavía quedan muchos representantes de ese
sentimiento tribal que nos retrae, podemos verlo en la confrontación que a cada paso
político adquiere un nuevo rótulo, para ubicarse siempre en aquella originaria de no
aceptación del otro. El otro con el que se lucha, el otro que me quita el lugar.
La reconciliación superadora, luego del quizás necesario calvario
histórico que hemos padecido conteniendo la división y la antinomia, parte además del
hecho fundamental que significa que cada parte puede aportar aquello que la otra
necesita, para juntas sellar un destino de progreso común. Necesitamos nutrirnos del
impulso creativo, de la confianza para emprender el progreso, reconociendo las propias
condiciones y recursos, sin temor de tomar los ejemplos del mundo que puedan ayudarla
en ese sentido, que nos ha legado la historia de Buenos Aires y con una visión social y
política más igualitaria, sin basarse en privilegios y menosprecios, acostumbrada al
debate, a la tolerancia de lo diferente, democrática y con sentido de limitación
institucional al poder que, siempre, lo ejerza quien lo ejerza, si se otorga sin

104
Allport Gordon (1954) citado en Rodriguez Caamaño Manuel, “Temas de Sociología”, pag.76
105
Rodriguez Camaño Manuel, “Temas…”cit., pag.76/77
109
demarcaciones, devendrá en abusos, retraso y pérdida de la libertad. Porque la historia
de la humanidad así lo ha mostrado.
Necesita, también, de ese amor genuino y profundo por nuestra propia
historia y por la tierra, del orgullo de sus más hondas raíces, alcanzando a todos por
igual y que ha sido legado del pasado colonial. Reconociendo la valía de lo que desde
otros lugares del país se es capaz de dar, siendo integrante de la historia común del
continente Latinoamericano, con el orgullo de lo que nos caracteriza en esa nuestra
historia, que es netamente americana y que no tiene nada que anhelar respecto de los
viejos pueblos de Europa, aun cuando aprendamos y mucho de su propia historia.
Aprendiendo de la compasión que proviene del sentimiento profundamente religioso, la
ética que otorga un marco de superación, la humildad como virtud: todo eso ha brindado
la historia colonial en nuestro país.
Podemos así comprender que todos somos esta tierra, que todos
poseemos el mismo origen en ella, en nuestra psiquis colectiva formada por centurias de
historia. Pero con ciudadanos también formados en la libertad, la conformación de una
sociedad que no necesita de un gobierno autoritario, de pares que contribuyen cada uno
al destino común, lo cual no es propaganda ni baluarte del antilatinoamericanismo, así
como es el pueblo todo el que debe ser beneficiario del progreso y expansión del país, a
través del esfuerzo de la comunidad toda.
Quizás mirando a aquellos argentinos que han producido un impacto en
el mundo, en este siglo XXI podamos descubrir que son nuestra huella aquellas
características que nos pertenecen a todos y que resumen a ambas Argentinas, fundidas
ahí en una sola: la apertura, la inclusión del distinto y la solidaridad.

7. La división de las dos Argentinas traducida a la organización judicial nacional.


Historia del sistema judicial colonial y patrio. Su legado y su vigencia. La sombra.

A partir del fundacional escenario histórico que hemos visto hasta aquí,
y sobre todo las reflexiones que hemos podido desplegar en los puntos anteriores,
estamos en condiciones, ahora, de adentrarnos -en otros términos- en lo que ha sido la

110
conformación basal de nuestro sistema judicial nacional. Sin necesidad de entrar en los
datos históricos concretos, creo que, más allá de todas las demás explicaciones, muy
plausibles al respecto, es en la raíz histórica que encontraremos la razón última del
atraso que hoy exhibe el proceso judicial nacional y que, en definitiva y aunque no
resulte fácil advertirlo, está nutrido, es producto y refleja, muy claramente a mi
entender, esa dicotomía que nos ha perseguido hasta el presente.
¿Y porqué la búsqueda de la razón última? Es que a nivel nacional,
continuamos con el mismo procedimiento, el mismo tipo de proceso judicial que
teníamos hace tres siglos y a esta altura del siglo XXI nos sume en un atraso
inexplicable y sostenido; resulta inexplicable cuando ha devenido deficitario para
solidificar el plano político, democrático e institucional, así como la llegada directa a la
ciudadanía y su efectiva resolución de conflictos.
Sin perjuicio de que, como veremos en el capítulo IV, muchos países de
occidente se están planteando hoy, a través de la tecnología, volver, en parte, a un
sistema que en definitiva es el escrito, esto es porque ya poseen arraigado y
consolidado el escenario institucional a través de una forma diferente de encarar el
proceso judicial, a través del juicio oral. Muchas de las provincias argentinas han
buscado y logrado innovaciones a ese nivel y optaron por la oralización del proceso, en
diferentes épocas, siendo esa una clara ruptura con el sistema colonial y una evolución
en ese sentido. Pudieron acceder fácilmente a ello, no asi a nivel nacional. Entiendo que
aquellas aceptaban y reconocieron plenamente su pasado colonial y han podido, por tal
razón, ir evolucionando por sobre él como lo hicieron también, otros países de la región.
Tomaron como instrumento de mejora la reforma, se encontraron habilitadas para
instaurar un nuevo tipo de proceso judicial.
Veremos en los próximos capítulos la significación de un cambio en tal
sentido. Pero aquí es importante notar que para Buenos Aires, –y estoy hablando de la
justicia no penal (aunque esta con reservas ya que también mantiene la esencia)- eso no
fue posible y ahí se puede advertir claramente que ha jugado como una sombra su
pasado. Esa inacción, esa inercia deficitaria directamente es en el orden nacional, con la
repercusión que tiene, no sólo por su condición y asiento del gobierno nacional en la

111
ciudad, sino porque su jurisdicción posee el mayor número de pleitos, por lejos, y con
mucha influencia en los restantes tribunales del país.
Me explico. Tal como ha sucedido con toda Latinoamérica, el sistema
judicial fue encubado en su primera tradición colonial que era, a su vez, un trasplante
directo de la organización en España de esa época; lo absolutamente inexplicable es
que, en la elección del tipo de proceso, en su instrumentación y organización, así haya
permanecido, casi sin variaciones, a nivel nacional, reproduciendo, hasta el presente en
su verdadera esencia, el sistema originario tal y como fuera concebido para aquel
momento histórico. Esto sucede, cuando han pasado tres siglos y se ha probado
marcadamente deficitario en el plano de la resolución de los conflictos, esto es en el
social, y también y sobre todo en el político institucional, como veremos en el siguiente
capítulo; los restantes países, bajo la misma influencia, han podido evolucionar en ese
sentido. Nosotros no.
La estructura nacional, en Buenos Aires, no se ha hecho cargo de esa
situación porque ha mantenido en su propio seno la división, la bifurcación que hemos
analizado hasta aquí incrustada en el núcleo mismo del sistema judicial, La cuestión
es que, para evolucionar es necesario tener consciencia plena del sistema que se aplica,
por qué y para qué ha servido y cuándo ya no sirve más, sobre todo en una materia tan
dinámica y necesitada de adaptación a cada tiempo histório. Pero si ha renegado de su
herencia hispánica y permanece subyacente, innombrada, si su propia impronta histórica
ha sido rehusada, esta ha ido moviéndose, como una sombra inquieta, autónoma, no
reconocida, personificada en el procedimiento judicial colonial. Como toda sombra,
juega muy malas pasadas a la personalidad consciente hasta que pueda ver la luz.
Buenos Aires ha soslayado la fortísima tradición común a todo el país,
tributaria de los trescientos años inmersos en el sistema colonial. Ignoró esa impronta
considerándola “de retraso”, pero, al mismo tiempo, sosteniendo en un cristal intocable,
ese mismo sistema que la marcaba, que constituía su más profunda historia y que
también a ella había formado. Si menospreciaba a la Argentina colonial, si renegaba de
su huella histórica, no podía tener cabida, a la luz, ese aspecto formador; en el
procedimiento judicial, lo mantuvo virgen. Lo mantuvo así porque en la superficie lo
consideraba de segundo orden. Nunca el procedimiento judicial tuvo importancia

112
política e institucional, salvo en el fuero penal. Pero, en rigor, creo lo hizo como una
sombra que funciona por sí misma y que conscientemente no se considera propia y se
descarta del sistema general.
¿Porqué utilizo ese concepto psicológico de la sombra? Como hemos
visto en el punto 1, entiendo que bien pueden aplicarse al colectivo, que no hace sino
reproducir ese mecanismo humano a ese nivel. Se entiende hoy que “la sombra” refiere
a aquella parte del psiquismo inconsciente contiguo a la consciencia, aunque no
necesariamente aceptado por ella. De este modo, la personalidad de la sombra, opuesta a
nuestras actitudes y decisiones conscientes, representa una actitud psicológica negada
que mantenemos aislada en el inconsciente, donde termina configurando una especie de
personalidad disidente. Por lo que la sombra es una especie de compensación a la
identificación unilateral de nuestra mente consciente con aquello que le resulta
aceptable.106
Podría decirse que esa personalidad disidente, inaceptable en el mundo
consciente, ha reverberado con toda la fuerza en el inconsciente colectivo porteño y se
expresó a través del único canal posible en el ámbito judicial, que es el instrumental,
porque este fue siempre considerado, en nuestro medio, de menor significación, de
menor entidad, y, así, mantuvo sin fisuras la impronta originaria, inaceptable para lis
principios en que se sustentaba el sistema político y sin el menor análisis consciente al
respecto, con el fin de evolucionar sobre el mismo. Aislada en su inconsciente, quedó
cristalizado el sistema, como sin importancia, pero así, en su propio juego disidente del
resto.
Pagamos un precio muy caro por ello, en todas las contradicciones con
las que hemos tenido que cargar y con la deuda que mantenemos con la ciudadanía de
una justicia más cercana.
Porque esa sombra jugó al lado de ideas sustancialmente opuestas,
volcadas en la legislación material y en su organización de gobierno. Sólo así puede
explicarse que se hubiere conservado, en su misma concepción basal, un régimen sólo
aplicable hace tres siglos -obvio es decirlo- en un mundo totalmente diferente, que ha

106
Jung Carlo , Campell J y otros, Encuentro con la sombra. El poder del lado oscuro de la naturaleza
humana, , Keiros, Barcelona, 2008 12 ed, pag.35
113
cambiado de tantas y tan variadas maneras. Reitero, se ha mostrado marcadamente
deficitario por sus derivaciones en el plano político institucional y social, como ya
veremos en los próximos capítulos. Y la paradoja se hace más evidente cuando
pensamos que la legislación procesal es la más flexible y sujeta a reformas, en razón,
justamente, de la necesidad de adaptar a cada época el trámite judicial y el desarrollo de
los pleitos. Las modificaciones sufridas a lo largo de los años nunca tocaron el esquema
basal del juicio escrito continental.
No quiero significar con lo expuesto que no tuviera su importancia, su
valía, el procedimiento judicial colonial; sus bases han servido como sustento de
muchos institutos de gran importancia y hoy muchos de sus instrumentos nucleares son
utilizados para agilizar el proceso en otras partes del mundo. El tema es que estaba
pensado para un momento histórico particular, el siglo XVI, XVII, bajo un régimen
monárquico absoluto y por ende, obvio también es remarcarlo, mantenerlo intacto
significa no evolucionar con los muchos cambios políticos y sociales que luego se
darían para superar ese estado de gobierno.
Tampoco significa la expuesto que desconozca que han tenido lugar
sucesivas reformas que trataron de adaptar el procedimiento judicial, que, de lo
contrario, se escapaba de las manos, en épocas posteriores tan disímiles, y/o creaba
situaciones de manifiesta inequidad, siendo tan deficitario. Pero no puedo considerarlas
como cambios evolutivos de verdadera significación en la medida en que se
introdujeron como simples enmiendas para mantener en la raíz, el mismo sistema,
deglutidos finalmente por este y por su concepción raigal, para volver, finalmente, al
trámite de siempre, a través del expediente encriptado, secreto y ajeno. Su lenguaje
hermético, el ritmo desacompasado de las actuaciones, el juicio desarrollado en etapas
inaccesibles y eternas, son su marca.107 Algunas reformas implicaron modificaciones
importantes, sí, que fueron abriendo diferentes caminos, pero nunca con la fuerza
suficiente para romper con el régimen originario y su inercia y pesadez. La lejanía y
extrañeidad que sienten los ciudadanos frente a los tribunales tienen su claro origen en
ello.

107
para una mejor comprensión de estos aspectos remito al lector al Cap.III, punto 2.
114
El procedimiento judicial colonial, y la concepción basal que lo nutría, se
mantuvo, en los mismos términos, una vez producida la independencia mientras que se
elegiría para el vértice del ordenamiento jurídico nacional, es decir, como su Ley
Fundamental, la ideología de la otra Argentina, de la Argentina cosmopolita y que
seguía a aquellas ideas que imperaban en el mundo en ese tiempo histórico, con la
concepción de una evolución superadora que fue norte para los revolucionarios. Ambas
visiones se exhibieron e hicieron carne en la mentada dicotomía, sin noción alguna de la
huella tan profunda que imprimirían en el sistema o justamente, porque no hacían otra
cosa que expresarla cabalmente.
Fue -contradictorio como aparece- en Buenos Aires en que el sistema
colonial fue mejor y más fuertemente sostenido, increíblemente sin cuestionamiento
alguno sobre su vigencia hasta el día de hoy, y entiendo, reiterando lo ya expuesto, la
explicación está, justamente, en que actuó como una sombra nunca interpelada del
pasado que no se quería reconocer como propia, que resulta incómodo admitir como tal
y que ha sido, sin dudas, como vimos, formador nuclear de nuestra identidad. Vuelvo a
enfatizar que pudo mantener esa poderosa vigencia porque no se consideraba de
sustancial relevancia la organización del procedimiento judicial y de los tribunales, más
abocados en todos los tiempos, los dirigentes, y la ciudadanía también, a observar el
funcionamiento del Ejecutivo y eventualmente del Legislativo. Y en todo caso,
preocupándose por las personas que integraban el Poder Judicial, más que por su
organización. Por eso es que la sombra de esa herencia podía reverberar con total
autonomía.
Gran equivocación de la decisión consciente de las dirigencias y de la
sociedad misma. Porque no hay derecho ni reclamo, por más excelso que sea, que pueda
hacerse efectivo realmente, si no cuenta con jueces que los reconozcan en el marco de
un proceso que los habilite y habilitado para su concretización real. Y por más
magnífico que pueda ser ese reconocimiento, si no permite el juego del proceso judicial,
en todo su despliegue, hoy puede serlo y mañana no. Cuidando el proceso judicial,
como política primordial, obtenemos, como veremos en los siguientes capítulos,
genuina y profunda resolución de los conflictos por los que se autoregula la sociedad,
un plano institucional sólido y estable, independientemente de los avatares de los
115
gobiernos de turno y una democracia republicana consolidada. Mírese todo lo que
hemos perdido.
En definitiva, Buenos Aires, con sus deseos de superación y su
embelesamiento en el parecido con el afuera, no podía, o más bien no quería permitirse
ver en sí misma su rica tradición colonial y ella permaneció como sombra que juega
inconscientemente sin poder ser analizada en plenitud; dentro de la organización
judicial lo hizo a través de su procedimiento, de su organización que así, por esa razón,
permaneció inamovible, intocable, a lo largo de los siglos, y, consecuentemente, ajena
totalmente a la sociedad. Es sabido que cuando algo no se hace consciente, no se
interpela debidamente, permanece en su versión más pura y para el caso, ella era la
estructura judicial jerárquica establecida para un régimen monárquico absoluto que
apuntaba a una finalidad totalmente diferente, cuál es la de satisfacer ese régimen para
el logro de una monarquía fuerte, no para el pueblo. Es decir, el sistema escrito de
organización judicial que tenemos, secreto y con jerarquías de revisión burocrática.108,
permaneció intocable, por desconocer, a un nivel consciente, esa matriz en sombra que
convivía con las ideas de desarrollo a la que creía adscribir en forma plena.
Para su cabal comprensión, entonces, de cuanto estoy exponiendo, y que
creo, nos permitirá entender parte de nuestra realidad política y social, debemos
remontarnos, otra vez, a los orígenes del sistema judicial. Adelanto que me centraré,
básicamente, en la justicia ordinaria civil, no en la penal, aunque mucho de lo expuesto
se aplica del mismo modo; pero no deja de ser la que más conozco y aún con el carácter
definitorio del sistema represivo, entiendo que la justicia civil, comercial, laboral, son
las que están en contacto directo con el ciudadano común, en su vida cotidiana, aun
cuando la traducción a través de los medios masivos de comunicación de ese lazo con la
sociedad sea y se advierta solamente por medio de la justicia penal.

7.1. La estructura originaria. Organización judicial colonial.

108
Remito al lector al Cap.III, puntos respecto de la descripción del régimen jerárquico continental
116
Tal como destacara en su momento Ibañez Frocham, podemos encontrar
los antecedentes de la estructura judicial colonial en la organización judicial de Castilla
del siglo XII, dado que las instituciones creadas por España en América eran la
reproducción fiel de las que tenía su propia patria109, y, sobre todo, de la castellana. Es
lógico que así fuera, cuál sería la razón para imponer un régimen político y jurídico
diferente al propio, en base a la concepción absolutista imperante en la época. Menos
aún podía concebirse, en ese esquema de pensamiento, dejar librado a los propios
pueblos la administración de justicia que pertenecía al monarca.“El estudio del foro
colonial tiene un carácter especialísimo en la historia de los países americanos. La
revolución heredó las leyes y el derecho español, dijo Lucio Vicente López, y las
reformas que sufrió el cuerpo de su doctrina fueron parciales…”110
En un contexto histórico en el que el monarca era, por derecho divino, el
juez, legislador y gobernante supremo, como hemos visto en el punto 1., la pieza clave
del aparato administrativo de la monarquía española era la judicatura, a través de un
cuerpo de oficiales investidos de poderes jurisdiccionales, cada uno de los cuales
ostentaba, como representante de la Corona, la “vara de justicia” del rey, tal como
reseña Cutter.111
“Vicarios de Dios son los reyes cada uno en su regno puestos sobre las
gentes para mantenerlas en paz et en justicia et en verdad (…)ca así como el alma yace
en el corazón del home, et por ella vive el cuerpo e se mantiene, así en el rey yace la
justicia que es vida e mantenimiento del pueblo et de su señorío” decían las Partidas112.
Por supuesto redactadas por quien ostentaba ese poder. Y esta atribución exclusiva a la
autoridad regia tenía su razón de ser: en un marco teocrático y de máxima idealización
del valor justicia, en el que la distinción entre lo sagrado y lo profano se hacía muy
borrosa, para que pudiera darse la representación del ápice del poder escenificado como

109
Ibañez Frocham Manuel, “La organización judicial argentina”, La Facultad, Buenos Aires, 1938, pag-1.
110
Lopez Lucio V. “Derecho Administrativo Argentino”, citado por Mendez Calzada Luis “La función
judicial en las primeras épocas de la independencia”, Losada, Buenos Aires, pag.80.
111
Cutter Charles, “Legos o letrados:la cultura legal de los tribunales”, en Palacio Juan Manuel- Candioti
Magdalena (compiladores) Justicia Política y derechos en América Latina, Prometeo, Buenos Aires,
2007, pag.170
112
Partidas II, i, 5, citadas en Martiré Eduardo “Las Audiencias y la administración de justicia en las
Indias”, Histórica Emilio Perrot, Buenos Aires, 2da.ed.2009, pag.16.
117
una divinidad, ninguna manifestación podía hacerla más evidente que la posibilidad de
resolver los litigios entre los súbditos, con la palabra final. El rey, como Dios mismo,
debe ser ante todo juez.113 Y el único juez final, agrego, es el monarca. Pero además
mediaba una razón eminentemente práctica. Castilla y Aragón se afianzaron luego de
las luchas internas entre los reinos, y el avance para quitar al invasor moro. Y para esa
consolidación de la monarquía en toda España, requería de una justicia así concebida.
Desde ese vértice de concepción teocrática, no existía una nítida
separación entre funciones judiciales, políticas, administrativas, de quienes finalmente
no podían sino actuar por delegación del poder regio. En la actuación física, incluso, se
daba, aquí, en el Río de la Plata, un contacto diario entre los funcionarios
gubernamentales y los judiciales, ya que fue dispuesto asentar “la Audiencia en el
Palacio que habita el Virrey”. Y, así, los jueces podían tener cometidos administrativos
y de policía, mientras que los gobernadores y virreyes los tenían también de tenor
judicial. La función jurisdiccional quedaba entremezclada en otras, no estaba
nítidamente delimitada en la figura de un juez plenamente identificado como tal y se
fusionaba con las actividades administrativas, quizás como un trámite burocrático más,
tal como veremos en el capítulo siguiente. Escondida la figura del juzgador, como
sucedería en todos los períodos posteriores. Aunque esa época tenía una explicación:
aquel no era más que un funcionario representante del único poder real, el del rey.
Los recelos hacia el juez que tenía el propio sistema así concebido-en
tanto funcionario de menor orden- hacían que la principal cautela y reaseguro estuvieran
basados en la escritura, conforme con el proceso romano canónico, así como en el
aumento de formalidades para la acción judicial. La escritura y la “prueba legal”
pretendían brindar certeza en orden a la imparcialidad del juez y el reflejo objetivo de
los hechos acontecidos. La certeza no era perseguida para la población que recibía la
función jurisdiccional sino para el gobernante, que era el último juzgador. Aún más
marcado era este objetivo en las colonias, debido a que la resolución de los conflictos se
realizaba por “delegación” y la documentación de todo lo ocurrido era la que brindaba
seguridad a los funcionarios encargados de las cosas de la justicia, más aún a los que

113
Artila Miguel (dir.) “Historia del Estado…”, cit., pag.365
118
tenían que revisar, en uno y otro recurso.114 Tengamos en cuenta que la última palabra
la tenía el Consejo de Indias, en España, esto es, con un océano de por medio y miles de
kilómetros de distancia, y al no concebirse la justicia como un aspecto de gobierno a ser
resuelto por la población local, todo estaba pensado para garantizarle la máxima
seguridad a los últimos revisores.
Se me ocurre, al reseñar este aspecto, que no es extraño, entonces, que se
mantuviera como algo absolutamente natural hasta el presente -y no se cuestionara
nunca- por ejemplo, la delegación en la labor de los jueces durante el trámite judicial,
arraigada en nuestro ADN desde los mismos comienzos, bajo el amparo de una
concepción netamente burocrática. Por otra parte, y mucho más importante aún, el no
poder contar con un personaje que pudiera identificarse nítidamente con la función de
administrar justicia; este podía cumplir tareas administrativas y/o de otro tenor y
dependía en grado de apelación de la decisión de un gobernante cuya resolución se
mantenía secreta. Todo lo cual hizo que: 1) se arraigara con tanta mayor fuerza la
burocratización del trámite judicial; 2) se afianzara el pensamiento autoritario dentro y
fuera del Poder Judicial. La jerarquización del aparato judicial continental europeo fue
desarrollada de consuno con la Iglesia de Roma y sus ideas sobre el orden de la
autoridad en la tierra creían reflejar el orden celestial.115 ¿Quién podía cuestionar o
interpelar al orden celestial? Menos aún, controlarlo en una exposición pública, abierta
al conocimiento del pueblo.
Otra característica peculiar que hay que señalar en la justicia del Antiguo
Régimen era el nombramiento de jueces en comisión. De manera especial en Castilla, el
titular del trono tenía la potestad de enervar las competencias de los órganos judiciales y
ordenar la inhibición de los jueces ordinarios en los casos que estimara conveniente,
encomendando su resolución a jueces especiales. Esto reflejaba, en profundidad, la
insumisión del Rey al Derecho, la que le permitía reabrir procesos conclusos y
sentenciados, o cambiar los jueces cuando considerara que era menester. Ese empleo

114
Oteiza Eduardo “EL fracaso de la oralidad en la República Argentina”, en Carpi Federico-Ortells
Ramos Manuel, “Oralidad y escritura …”cit., pag.418.
115
Damaska Mirjan “Las caras de la justicia y la autoridad del estado”cit., pag.4
119
diario de tan formidable instrumento de poder estaba a cargo del Consejo de Castilla.116
¿ Podemos percibir en los jueces en comisión algún reflejo, alguna rémora respecto de
la relación que ha tenido acá siempre el poder político con el Judicial, a pesar de la
separación de poderes consagrada a nivel constitucional? ¿No hemos reproducido la
concepción basal de esa facultad, con los mecanismos a mano en nuestro sistema?
En la Colonia, en los procesos civiles y criminales, actuaban los alcaldes
de primero y segundo voto y en la campaña lo hacían dos alcaldes ordinarios. Estos
tenían también funciones administrativas y de policía y ejercían como escribanos
públicos. A los alcaldes ordinarios competía la primera instancia en los pleitos civiles y
criminales y de su decisión se apelaba ante los gobernadores o intendentes. La Real
Audiencia, organismo creado para cada virreinato, entendía en grado de apelación, en
todas las causas civiles y criminales falladas por los jueces de su distrito, jugando, así,
un papel muy trascendente.
La Audiencia de Buenos Aires fue instaurada como consecuencia de la
creación del Virreinato del Río de la Plata y el tribunal estaba compuesto por el virrey
como presidente, un regente, cuatro oidores, un fiscal, dos agentes fiscales, dos
relatores, dos escribanos y empleados subalternos. Los oidores también podían actuar de
modo individual, con funciones judiciales relevantes (por ej. en juicios verbales cuyo
monto no excediera la suma de 500 pesos).117 Es decir, la Audiencia no estaba integrada
por jueces elegidos para cumplir en forma exclusiva esa función; el poder político
estaba presente en la persona del virrey que presidía el cuerpo, a más de las funciones
que ostentaban los oidores y regentes. La Audiencia era un órgano complejo y político.
Por recurso extraordinario, o segunda suplicación, siendo esta la última instancia
formal, conocía en los procesos judiciales, el Consejo Supremo de Indias, situado en
España.
En Tucumán, para citar otro ejemplo, la “primera instancia” estaba en
manos de dos alcaldes (de primero y segundo voto), auxiliados por un escribano. Eran
legos que debían fallar según su “leal saber y entender”. Sus decisiones eran revisadas
por el Cabildo. Los gobernadores entendían en las apelaciones a las decisiones del

Arola Miguel “Enciclopedia de la Historia…”cit, pag.393.


116

Massoni José, “La justicia y sus secretos. Una persistente pulsión colonial”, Editorial del Puerto,
117

Buenos Aires, 2007, pags.28/30


120
Cabildo y esas a su vez, eran apelables ante la Real Audiencia de Charcas, hasta la
creación de la Real Audiencia de Buenos Aires, en 1783.118
Por lo que puede verse, entonces, y en definitiva, en la estructura colonial
el pueblo no estaba en condiciones de poder identificar a los jueces en esa función
específica y concreta, no podía visualizarlos, ocupados en menesteres de distinto tenor y
tampoco reconocer la fuerza, el imperium de sus decisiones, ya que eran revisadas, en
una y otra y otra instancia, por el mismo poder político, representando al rey. Es decir,
no había autonomía alguna en el trámite judicial, todo remitía al monarca para el que
los jueces (no llamados de ese modo) cumplían otras funciones y eran subordinados de
ese régimen político. Remito al lector al capítulo siguiente en que podrá verse
claramente el molde al que respondía ese sistema jerárquico, pero acá podemos ya
advertir que la injerencia del poder político en el judicial era parte sustancial de nuestra
matriz histórica más antigua, así como lo es que no se reconocía ni la estabilidad, ni la
imparcialidad, ni la visibilidad de los jueces como prerrogativas del pueblo, ni eran
características de lo que, se entendía, conformaba la judicatura. Era propio del sentir de
la época, que admitía la existencia de un rey de origen divino y de una iglesia católica
que contenía ese mismo sistema piramidal.
Por su parte, en tanto el trámite judicial estaba establecido para quienes
juzgaban no para el pueblo, las certezas y seguridades estaban pensadas para aquellos, y
la principal era la escritura en el marco de un procedimiento netamente formal. Un
expediente de actuaciones formales y escritas, comprobables una y otra vez, era el
contenedor adecuado, bajo esa concepción, para quienes tenían que revisar las
decisiones en un esquema de poder vertical claramente delimitado.

7.2. El foro colonial.

Los abogados que conformaban el foro colonial, según relata Leiva, eran
casi todos hijos del país, criollos, que en poco tiempo monopolizaron todo el

118
Montilla Zavalía Félix, Historia del Poder Judicial de Tucumán (1565-1950),Poder Judicial de
Tucumán, Tucuman, 2006, pag.24
121
movimiento jurídico, a pesar de la aversión con que los miraban los oidores que venían
de España a ocupar los más altos tribunales; estos, citando a David Peña, no eran por lo
general “lo más distinguido que por allá había, sino favoritos o segundos atrasados, a
quienes se les daba ese medio de que hicieran carrera para que regresaran con provecho
a sus tierras”.119 Es así que, por su parte, el concepto de los abogados litigantes hacia los
jueces no podía ser más despectivo, siendo estos peninsulares que habían venido a estas
tierras a ocupar los altos cargos y que los despreciaban a ellos por haber nacido en
América. Esa desconfianza, ese recelo, cimentado en la no identificación del juez como
tal, se ha mantenido sin fisuras a lo largo de nuestra historia y el secreto y ajenidad del
sistema, contribuyó a mantener escondidos a jueces que pudieran haber impreso una
huella diferente.
No obstante la aversión de los criollos, como señala aquel autor, a pesar
de ser los abogados los encargados de poner de relieve los defectos del régimen judicial
colonial, durante los días de Mayo, en ningún momento pensaron en modificarlo o
incorporaron, entre las justificaciones del movimiento de 1810, la mala administración
de justicia, como sí hicieron las 13 colonias de Norteamérica.120 Aquí podemos ver la
primera manifestación de esa sombra con que cargaban los hombres de Buenos Aires,
desdeñando la historia colonial pero manteniéndola intacta, en su parte no consciente.
Porque a pesar de rechazar a los hombres que formaban el sistema judicial, los
revolucionarios no se cuestionaron modificar la organización y trámite judicial, y
mantuvieron la raíz colonial en todo el procedimiento, tal como funcionaba hasta ese
momento. Cambiaron los hombres que allí se desempeñaban, no la organización del
trámite judicial.
No obstante, el procedimiento judicial en la época del Antiguo Régimen,
en España, era considerado pesado, infinito; había mantenido ya su corte más
tradicional y era descripto como un “proceso escrito, vertebrado por el principio
acusatorio y que se desarrolla en tres fases consecutivas, de iniciación, prueba y
sentencia. A la demanda del actor siguen la citación y contestación del demandado, así
como los escritos de réplica y dúplica. La prueba se verifica principalmente a base de

119119
Leiva Alberto David “Historia del Foro de Buenos Aires”, Ad-hoc, Buenos Aires, 2005, pag.78
120
Leiva Alberto D. “Historia..”cit., pag.79.
122
testigos y documentos (…). El período probatorio se cierra con el “alegato del bien
probado” que fija las posiciones de las partes y permite dar el pleito por concluso,
pendiente de la “sentencia definitiva” que resuelva el fondo del asunto. (…); merced al
encadenamiento de incidentes, trámites y plazos el proceso en cuestión era de hecho
increíblemente engorroso y complicado, largo y caro”.121
¿Puede advertirse alguna diferencia sustancial respecto de nuestro actual
procedimiento? No. Los hombres de Mayo y fundadores de la época revolucionaria no
consideraron siquiera su mínima modificación, manteniendo la raíz colonial que
conocían tan bien por haber sido formados en ella, y limitándose al cambio de los
hombres que ocupaban los cargos judiciales.
Las fuentes del derecho procesal español estaban contenidas en la Partida
III del año 1265, perpetuándose en los códigos posteriores y obviamente, esto fue de
aplicación directa en el Nuevo Mundo. En ellas abrevaban los juristas locales. En lo que
hace al procedimiento civil, se establecían normas puntillosas -que hoy todavía se
mantienen en los códigos procesales- como, por ejemplo, la ley XV, acerca de las
condiciones personales de los que pueden estar en juicio y la clase de ellos, exigiendo al
litigante indicar con toda precisión los objetos o las cosas sobre las que quería accionar
y, respecto del demandado, la identificación del actor, la cosa que se le demanda, ante
quien, el tiempo y de qué manera le hacen la demanda, si se demanda por derecho
propio o representando derechos de un tercero.122La ley 40, del mismo modo, establece
que la forma de presentar la demanda es por escrito o de palabra y que “es más cierta la
que se hace por escrito por que no se puede negar o cambiar, como la hecha
verbalmente”123
Traigo a colación, aun sin desconocer que expresará nada más que una
opinión individual -la del autor citado en la nota precedente-, que fuera efectuada a
mediados del siglo XX, en tanto muestra que, increíblemente -o no tanto conforme lo
que vengo exponiendo- se mantenía todavía, tantos años después, una sujeción bastante
acrítica a Las Partidas, manifestando que “nada se ha escrito tan completo en los

121
Gonzalez Alonso Benajmín, “Enciclopedia…”cit., pag.396.
122
Latella Frías Donato, ”Orígnese jurídicos argentinos”, Ediciones Assandri, Cordoba, 1949, pag.106.
123
Latella Frias Donato “Orígenes jurídicos argentinos” cit., pags.102/03
123
procedimientos civiles, ni de tanta substancia técnica y humana, como esta Partida, que
es un modelo en la materia, y que seguirá siendo, a través de todas las variaciones
futuras, el punto de referencia a la universal propensión por obtener el mayor adelanto
de la ciencia procesal”124 Lo traigo porque, sin quitarle valía a ese cuerpo normativo
para la época en que fue dado, pone en evidencia el “encariñamiento” de los juristas
locales respecto del sistema heredado, sin cuestionarse la necesidad de cambio alguno
en el mismo Podríamos encontrar un antecedente relevante en el carácter netamente
conservador que ostentaba la justicia civil en Castilla, de trayectoria histórica más
estable (en relación al penal más poroso frente al entorno político).
Se decía, de la justicia colonial, que era lenta, infectada de trámites
largos, desesperantes, llena de recursos y apelaciones, lo cual es de toda lógica suponer
si se analiza la legislación procesal y los trámites que imponía, así como la cantidad de
recursos que preveía el sistema; no había, además, comunicaciones rápidas, las partes
solicitaban plazos extraordinarios, los letrados retiraban los expedientes para
examinarlos y los tenían en sus casas por tiempo indefinido, interrumpiendo o
suspendiendo indefinidamente el trámite de las causas. Claro, el proceso era. El
expediente y podía hibernar o habitar en cualquier lugar, como un trámite
administrativo más. Los escribanos (hoy serían los secretarios) controlaban de manera
más que puntillosa los renglones de cada notificación y no se podía avanzar en el
procedimiento si no se pagaban los “derechos” de actuación. Se reseña: “En los litigios
de derecho común y en los procesos se guardaban infinitos formulismos y trámites, y en
cuanto a recaudos si pecaban era por exceso. El sentido de lo jurisdiccional estaba tan
desarrollado que llegaba en su puntillismo casi a ser una plaga, como lo demuestran las
inacabables cuestiones de competencia de Tribunal a Tribunal, de fuero a fuero, que nos
parecerían bizantinas si no tendiesen, como así era, a mantener incólume el sector de la
jurisdicción ordinaria”.125
Es que el sistema español, dentro del continental europeo, consistía
también en un cúmulo de normas en lo tocante al procedimiento, que contemplaba
formas lentas y complicadas de sustanciación en las que todos los actos procesales

Latella Frías Donato “Orígenes…”cit., pag.108.


124
125
Mendez Calzada Luis “La función judicial en las primeras épocas de la
independencia…”cit.,pags.90/94
124
debían consignarse por escrito de manera escrupulosa; así se trasplantó a la Colonia, con
recursos interminables y que los abogados del foro utilizaban hasta su extremo para
provocar dilaciones de toda naturaleza. Para entender este punto remito al lector al
capítulo siguiente y a la raíz que ahí podremos ver del sistema llamado jerárquico
continental.
Conforme reseñara Martiré, el escribano dejaba constancia de cada paso
del proceso escrito, las fechas de las presentaciones, las notificaciones, los traslados, la
entrega de los expedientes a las parte para presentar los memoriales, las declaraciones
de los testigos o de los litigantes, siguiendo los pasos del proceso romano canónico. Se
agregaban los escritos de demanda y contestación, las pruebas, los informes, los
alegatos y con la relación debida, quedaba el expediente en estado de dictar sentencia
por la Audiencia. Una vez que el Fiscal y el Protector, si era necesario, se pronunciaban
se cerraba el expediente y entraba en la etapa final. Y era de primordial importancia que
el juez- que había prestado juramento en tal sentido- se atuviera a ese arcano y al
procedimiento, paso por paso, por que era el procedimiento de Su Majestad a quien
representaba en el acto sublime de juzgar.126
¿Puede verse alguna semblanza con el procedimiento actual en nuestros
tribunales? Más bien, puede advertirse alguna diferencia relevante con nuestro proceso
actual? Han pasado tres centurias, el mundo ha cambiado tantas veces y de tantos
modos diferentes y sin embargo, el procedimiento descripto remite directamente al
actual, sin distinciones sustanciales. Hoy estamos sujetos de igual manera -en un marco
distinto por supuesto- a notificaciones, traslados, entrega de expedientes, audiencias
meramente formales para la declaración de testigos, realizadas en ámbitos descuidados,
etc.etc. sin que nadie, que no sea un interviniente profesional, tenga idea alguna de lo
que está sucediendo.
En lo que hace a las decisiones judiciales, Mendez Calzada recuerda
que una de las características del poder monárquico absoluto era la no necesidad de dar
explicaciones a los súbditos sobre cualquier acto de autoridad que se efectuase, y esto es
evidente consecuencia del hecho que las decisiones judiciales, al emanar por delegación

Martiré Eduardo, “Las Audiencias y la adminisración de justicia en las Indias, Histórica, Buenos Aires,
126

2009, 2da ed.,pag.240.


125
o mandato de la autoridad del poder soberano, personal e indiscutible del rey, no
requerían de mayores fundamentos; por el contrario, se exigía un riguroso secreto sobre
los términos en que se acordaba el fallo. Tampoco existía el menor asomo de publicidad
de los fallos127.
De ahí, entonces, la dificultad de imaginar un trámite judicial en el que la
comunidad participara en forma directa, que fuera público y transparente para todos,
desde los inicios de la historia colonial. La publicidad no era necesaria porque el
procedimiento no era para solucionar los conflictos del pueblo sino que desplegaba la
autoridad pura del rey y en torno a ello se conformaba todo el trámite.
Pero lo que es más importante.¿Qué significaba la escritura, la adopción
de un sistema encapsulado en un expediente? Es la cita de Martinez respecto del autor
Rama la que da una muy plausible respuesta: destacaba este que la respuesta estaba en
las elites letradas latinoamericanas que formaron parte del poder desde la inciación del
régimen colonial hasta avanzado el siglo XIX. Sostenía que la escritura era compañera
invariable de la dominación colonial, ”que expropia la voz de los pueblos del
continente, constituyendo en la distinción letra /voz (o escritura/oralidad) un eje
valorativo fuerte que, de hecho fue el principal blanco de las críticas recibidas. Rama
llamaba la atenciòn sobre la escritura como factor distintivo de un grupo de productores
de discurso y que contribuye a formar una ciudad imaginada que no es congruente con
la real”128
Y, sin duda, es ese uno de los puntos nucleares de la escritura, en tanto
ralea a una gran porción de la sociedad del conocimiento de los juicios llevados a cabo
para la defensa de sus derechos. Provoca una imagen distorsionada pero que nadie
puede interpelar directamente porque no hay posibilidad de un acercamiento concreto a
ella. Sólo la exposición a los ojos de la ciudadanía permite su cabal internalización, y a
todos los actores del sistema judicial, una actuación transparente . Clara para aquella
como soberana es de ese poder delegado. Y participando de manera directa en el control

127
Mendez Calzada Luis “La función judicial…”cit., pags.469/72.
128
Rama en Martinez Pablo, “Autores y publicistas entre la colonia y la Revolución de Mayo”, en Alabert
Mónica –Fernandez Maria A.-Perez Mariana (compiladores), Buenos Aires una sociedad que se
transforma, Prometeo, 2012, Buenos Aires, pag.174
126
de esa forma de procedimiento. No excluida por la incomprensión de un trámite que le
es totalmente ajeno.

7.3. En tiempos de la organización patria. Manteniendo el status quo.

Puede suponerse que la turbulencia política de las primeras épocas de


organización patria obligaría a los artífices del nuevo régimen a relegar a un distante
segundo plano la organización del procedimiento judicial, porque era necesario un
diseño urgente del nuevo orden que era imperioso consolidar y mucho más apremiante
que reformar el ya establecido sistema colonial judicial. Más allá de las declaraciones en
cuanto a la necesidad de instaurar principios republicanos y democráticos, plasmados un
quinquenio después en una Constitución que seguiría el modelo norteamericano, muy
pocas modificaciones se encararon en el Derecho Patrio concernientes al sistema
judicial, como ya destaqué, una vez asumida la independencia de la orbe europea. Las
modificaciones fueron encaradas y apuntaron en forma exclusiva a la completa
renovación de los hombres que ejercían la función de justicia, sin que se cuestionara en
modo alguno la estructura del sistema en el que esos hombres se insertaban, y si era
válido mantenerlo como había sido concebido hasta ese momento, pese a que ya a ese
momento era objeto de continuas críticas por la lentitud y pesadez del trámite impuesto.
Tampoco fue discutido desde la concepción raigal en que se sustentaba
para sostener el poder monárquico, aun cuando las ideas nucleares de la revolución –a
pesar de los movimientos monárquicos ulteriores- conducían a un republicanismo que
estaba totalmente alejado de la concepción de una justicia divina, por el rey.
Se dirigió la acción de cambio hacia una depuración del Cabildo, que
comenzó por el reemplazo de todos los alcaldes de barrio que, recuèrdese, también
tenían funciones judiciales. Y luego a los regidores, para lograr, finalmente, una
completa refinación de los cargos públicos de los que fueron totalmente excluidos los
peninsulares. Bien sostiene Candioti, “Si los discursos sobre división de poderes y
sujeción de la justicia a la ley se habían tornado omnipresentes entre los publicistas de
la revolución, si la retórica sobre las cualidades de los jueces se había modificado, ello

127
no se plasmó en un cambio en la relación de los jueces capitulares con la ley y menos
aún, en una separación de trayectorias políticas y judiciales”129.
Y aun cuando, reitero, las urgencias de la primera época pudieran
justificar la inacción referida en un primer tramo, no puede desconocerse que el sustento
de esa negativa era mucho más profundo y que luego se mantuvo del mismo modo sin
proponerse una reforma del procedimiento judicial ya asentada la nueva nación.. Pero
además, recuérdese lo ya expresado en cuanto a que ese núcleo intocado,, aunque se
pretendiera excluir, estaba ahí presente en el inconsciente de la colectividad y quedaba
como sombra que se exhíbía en el procedimiento judicial, a la par de ostentar un
conjunto de principios basados en una concepción diferente, que se aunaba a las nuevas
ideas de los revolucionarios. Así es que inconscientemente se mantenía intacta la
estructura colonial, en ese aspecto, fiel a la tradición no reconocida como tal.
En cuanto a la organización, la Real Audiencia de Buenos Aires funcionó
hasta el año 1812 en que se creó una Cámara de Apelaciones, sus miembros pasaron a
llamarse vocales. En las provincias del norte la Asamblea General Constituyente de
1813 decretó la extinción de la Real Audiencia de Charcas reemplazándola por la
Cámara de Apelaciones con jurisdicción en el territorio que comprendía a aquel
tribunal. En febrero de 1820, en Tucumán, se estableció un gobierno autónomo dividido
en tres órganos de gobierno y en lo que hace al judicial, se creó una “Alta corte de
Justicia” compuesta de tres jueces y un fiscal y una “Corte Primera de Justicia”,
suplantando la autoridad del Cabildo que fue suprimido.130 Más allá de las
denominaciones ya diferenciadas de las anteriores, y del nuevo diseño de gobierno, esto
es más allá del cambio de personajes, hay que notar que el trámite en los tribunales se
mantuvo con las mismas características.
La ausencia de jueces especializados fue, por otra parte, la nota aunque
era propia de la época, no sólo en nuestro país. Pero tenían no sólo competencia política
de todo tipo, sino también militar.
Con el correr del tiempo los alcaldes comenzaron a emerger de sectores
como el de los comerciantes y, en todos los casos, se trataba de funcionarios legos. Esto

129
C andioti Magdalena, Los jueces de la Revolución: pertenencia social, trayectorias, en Albert Mónica-
María A.-Perez Mariana, “Buenos Aires una sociedad…”cit., pag.296
130
Montilla Zavalía Féliz, “ Historia del Poder Judicial…”cit., pags.26/27.
128
iba complicando el funcionamiento del sistema, que, al mismo tiempo, comenzaba a
complejizarse cada vez más, al generarse otros tipo de conflictos, con una mayor
densidad demográfica y la aplicación de la ley, para lo que no estaban preparados
aquellos jueces legos. Por esa razón, con el tiempo, se fueron buscando asesores
letrados que auxiliaran a los alcaldes, defensores, etc., a fin de poder dar solución a los
conflictos que se iban generando en el marco del sistema jurídico ya establecido, que
era necesario que fuera conocido a los fines de su correcto funcionamiento. Entre 1811
y 1821 fueron designados 34 letrados con el fin de asistir a los jueces legos y esos
funcionarios, crecientemente especializados en las funciones judiciales, comenzaron a
dar mayor regularidad a la administración de justicia con la impronta de corte técnico y
burocrático. Basada en la misma idea que había constituido el sistema colonial, pero
ahora revestido de un mejoramiento técnico. Esto es acorde, también, con la evolución
de la época en ese aspecto.
Se sostenía la misma organización del proceso judicial que había regido
en el siglo anterior, en su básica sustancia, pero se consolidaba una incipiente
burocracia, anclada en la nueva cultura jurisdiccional, más técnica. Por otra parte, junto
con la imprevisibilidad de la permanencia de los cargos, se conservaba el acceso a la
judicatura a través de las relaciones personales y familiares, entrecruzadas por lealtades
facciosas, y estos aspectos también limitaban la proyección de una imagen
profesionalizada. De ahí que, con nuevas necesidades, los profesionales del derecho
empezaron a ocupar distintos cargos burocráticos, convirtiéndose, luego, esas camadas,
en los primeros jueces profesionales.
Según Candioti, ya citado, los asesores letrados se habían formado en el
derecho canónico y romano, rindiendo exámenes en latín y estudiando las correlaciones
entre el derecho foral peninsular, regio, civil y natural. El escolasticismo de su
educación jurídica formal no mantenía las tradiciones judiciales coloniales, pero fue la
multiplicación misma de los actores expertos la que profundizó un proceso que cambió
131
la configuración de los tribunales. Agrego, más que nada en su aspecto técnico,
preservando el trámite tal como había estado concebido en sus orígenes. Otra vez el

131
Candioti Mgdalena, Los jueces de la Revolución…”cit., pag.320
129
cambio sucedió por medio de las personas, no del tipo de proceso y del trámite, sin que
se le diera un cariz más cercano a la ciudadanía.
En la obra de un jurista renombrado de la época, Manuel Antonio Castro,
miembro del superior Tribunal de la Provincia de Buenos Aires (publicada luego de su
muerte, en el año 1834) puede observarse la incuestionada aceptación del statu quo, más
allá de las reglamentaciones puntuales: “Después de conquistada nuestra
independencia del gobierno español, han sancionado nuestros cuerpos legislativos
diversos reglamentos para el régimen de la administración de justicia: han derogado
varios de los códigos españoles; y han publicado otras nuevas sobre diversas materias.
Estas leyes patrias tienen el primer lugar tanto en el orden como en la decisión de las
causas. Después de las leyes patrias debe observarse lo dispuesto en las leyes de la
Recopilación de Indias (…) En lo que no estuviere prescripto por las leyes patrias, por
las cédulas sueltas o por las leyes de Indias, debe observarse el orden prefinido por la
L.3 Tit.1 Lb.2 de la Recopilación Castellana”.132
Es decir, ahí también, el Derecho Común seguía siendo el vigente hasta
ese momento; esa vigencia podría justificarse en la medida en que podía conferir, en
las primeras épocas de tan profundos cambios, cierta estabilidad, dada la fragilidad
política imperante y la necesidad de sostenerse en un ordenamiento jurídico conocido,
en el que estaban formados los profesionales del derecho que actuaban como dirigentes
y como basal estable para la sociedad. Pero ya no resultó luego tan explicable cuando
cesaron esas urgencias de las primeras épocas y en rigor, nunca más volvió a pensarse
en un cambio radical.
Por el contrario, siguiendo la misma impronta, en la que el cambio estaba
orientado a los personajes que ejercerían la función jurisdiccional y no al régimen a
aplicar en los tribunales, al suprimirse el Cabildo de Buenos Aires, quedó organizada la
justicia ordinaria administrada por cinco jueces ya letrados, rentados e inamovibles,
denominados jueces de primera instancia, dos en la capital y tres en la campaña (antes

132
Castro Manuel Antonio de “ Prontuario de práctica forense”, Colección de Textos y documentos para
la Historia del Derecho Argentino, Vol IV, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Buenos Aires, 1945,
Pag.10
130
se habían mantenido los alcaldes ordinarios elegidos por el Cabildo).133 Se estableció
que quienes ejercían el gobierno no podían cumplir funciones judiciales, en consonancia
con la división de poderes por la que se abogada en la época; ahí sí marcando la primera
diferenciación histórica. Recuérdese que en junio de 1810 se había suprimido la Real
Audiencia y se pasaría a llamar Cámara de Apelaciones compuesta de cinco jueces y un
fiscal.
Algunas voces surgen registradas, alzándose para modificar el sistema
imperante, pero por lo visto, no pasaban de meras críticas que nada podían contra la
inercia del sistema que habían conocido desde la primera infancia colectiva, inserta en
nuestra tradicional resistencia a cualquier cambio, obligado a transitar largos senderos
para poder cobrar forma. Por esa vía. se decía que la legislación debía cuidar de
disminuir los pleitos, abreviarlos y “facilitar el esclarecimiento de la justicia”134,
evidentemente entendiendo que el procedimiento tradicional era suficiente para
cumplimentar tales objetivos. No se planteaba la posibilidad de contar con jueces más
visibles a la ciudadanía, de concretar juicios en los que la sociedad fuera parte activa y
pudiera verlos y comprenderlos en cabalidad.
En el estudio que publicara Manuel Castro acerca del procedimiento
forense vigente en la época, podrá advertirse claramente las escasas diferencias y
adelantos respecto del actual. Dice: “La demanda ha de ponerse por escrito, a no ser de
trescientos pesos abajo en que el juicio debe ser verbal, debe firmarse con media firma
del abogado que lo patrocina (…) La demanda se instruye siempre con las escrituras y
documentos que hacen al derecho del actor para que de ellos pueda informarse el
demandado (…) Admitida la demanda el Juez provee su auto mandando dar traslado de
ella al demandado (…) Citado el reo, comparece por sí o por medio de procurador con
poder bastante, recibo los autos bajo de conocimiento y los pone en manos de su
abogado con la instrucción necesaria para que forme la contestación de demanda
(…)Dado el último escrito el juez llama los autos mandando citar a las partes para
determinar si del examen de ellos resulta probada la verdad por confesión de parte, o si

133
Barriera Dano “Justicias y fronteras. Estudios sobre historia de la justicia en el Rio de la Plata siglos
XVI-XIX, ediciones de la universidad de Murcia, 2009, pag.185.
134
Laplaza Francisco citado en Leiva Alberto D. “Historia…”cit., pag.93
131
la cuestión consiste solamente en derecho, sentencia definitivamente la causa, pero si
consiste en hechos provee auto interlocutorio mandando se reciba a prueba por el
término que juzgare conveniente (…) Vencido el término de prueba y de tachas si las
hubo, se publican y agregadas a los autos se comunican a las partes por su orden,
según se ha dicho. (…) Puesta la causa en estado de sentencia, y citadas las partes
para oirla debe el juez proceder a pronunciarla.”135
¿Alguna modificación respecto del anterior sistema colonial? Muy pocas,
y ninguna en la estructura nuclear del juicio ¿Alguna diferencia respecto del sistema de
organizaicón y procedimiento actual? Casi ninguna.
El problema es que, reitero, como sustrato fundamental del nuevo orden,
se estaba dando forma a un régimen que, siguiendo el modelo norteamericano y las
ideas más libertarias de la época en el mundo occidental, tendería luego a establecer tres
poderes independientes, previendo la existencia de jueces autónomos, encargados
también de controlar la legalidad y sumisión a la Constitución de los dos poderes
restantes, en un sistema de pesos y contrapesos y de control de constitucionalidad
difuso. Esos principios jurídicos y políticos tenían que pasar por el tamiz de la
organización judicial para hacerse efectivos en lo que a ese departamento de gobierno
concernía y quedaban, lógicamente, obturados por la sustancial diferencia del vigente
sistema colonial.
En rigor, en el terreno judicial, el diseño institucional pasaría a ser, más
que nada, y en mucho de esa nueva realidad, una “declaración de principios”, porque,
siendo el procedimiento y la organización judicial, el canal para efectivizar un
funcionamiento institucional determinado, este último se mantenía intacto. Y se hacía
sin dotar a los jueces de los resortes y el poder suficientes, frente y de cara a la
ciudadanía que no los conocía, en un esquema de raíz totalmente diferente, para que, en
definitiva, se adaptara al cumplimiento de tales principios y al rol que tenía en verdad.
El juez terminaba (y termina), en ese esquema, mañatado por la sucesión de recursos
que repetían aquella vieja concepción de revisión continua, en un muy limitado contexto
de actuación que seguía la estructura colonial; así, el poder de contralor del juez como
tal, sin las herramientas concretas en la realidad para que tuviera efectivo éxito, no

135
Manuel Antonio de Castro “Práctica forense…”, cit., pags.36/38, 54/56,61/62,65/68.
132
podía insertarse en cabalidad. Porque el expediente, y su marca burocrática, lo limitaba
en su poder si quedaba desconocido y ajeno dentro del legajo y se partía de la base de
que sus fallos serían invariablemente revisados por funcionarios superiores, con los
recursos que contemplaba el sistema, diluyendo esas posibilidades de actuación
autónoma y efectiva.
Podemos ver, también ahí, que asomaba una de las primeras
manifestaciones claras de la dicotomía con la que cargaba sobre todo Buenos Aires y
que podría luego advertirse claramente en el diseño de la Constitución. Se planeaba un
esquema de gobierno tripartito en consonancia con las ideas libertarias de la época y al
mismo tiempo, la sombra existente jugaba la mala pasada de no permitir advertir que se
sostenía la organización judicial tal y como fuera concebida en el derecho colonial
indiano, obstaculizando o encorsetando las facultades otorgadas a un juez que estaba
concebido de otra manera, en lo más profundo y más allá de la declaración legal.Es
decir, con un marco de actuación judicial sustentado en el procedimiento utilizado en la
Europa continental, de clara raigambre monárquica, y formando parte de la
Administración Pública, como funcionario de su aparato burocrático. Desde ahí se tenía
que insertar el programa de las nuevas ideas de los países republicanos que, por su
parte, desconocía también, hay que decirlo, las raíces profundas y la tradición de nuestro
territorio. Esas dos Argentinas enfrentadas se agitaban, también, en el interior del
sistema judicial con profunda fuerza, anulándose mutuamente. Quizás, no era la mejor
solución imponer sin más el diseño constitucional si la realidad iba a mostrar la
reverberación profunda de un sentir diferente, sino conscientemente adaptar ese, el
mejor sistema conocido para una democracia republicana, con los aportes de nuestra
propia historia, conscientemente hecha nuestra.
Y en ese cuadro de situación que se mantuvo luego de la gesta de
independencia, podemos rastrear, además, nuestro genoma autoritario, común a esas dos
visiones sociales y matriz para todo el país, en mayor o menor medida. Si bien la
Constitución de 1853 terminó finalmente por ganar la partida hacia una organización
republicana, y ese también era el sentir profundo de toda la población que no quería un
gobierno de otro tipo, los antecedentes desde 1810 marcan variados intentos (aunque
nunca prosperaran) de retornar a una monarquía, luego frustrados por el sentimiento
133
popular que podía ser refractario a la monarquía; tal como señala Bidart Campos,
existían ideas monárquicas también en juego (el movimiento carlotista procurando traer
al Rio de la Plata a Carlota de Borbón, las misiones diplomáticas de 1814 para gestionar
la coronación del infante Francisco de Paula, la misión García con los pliegos suscriptos
por el Director Alvear en 1815, etc.)136 Las ideas más autoritarias hacían que no fuera
extraño mantener un sistema judicial que tenía una neta impronta verticalista,
consonante con aquellas nociones.
La ínsita desconfianza respecto del juez, que ya vimos había sido
heredada de la época colonial por la concepción misma del sistema, nunca se quiso
discutir conscientemente para enfrentarla y modificarla con el objetivo de lograr su
evolución por lo que quedaba cristalizada. Con la consecuente tendencia a abultar los
trámites de la causa en razón del uso y abuso de infinitos recursos que se admitían: por
ejemplo, de la sentencia de las cámaras de apelaciones -antes reales audiencias- podía
interponerse el recurso de “súplica” y de “segunda suplicación” como revisión del
proceso. Plenamente utilizados y generadores de sucesivas dilaciones en los trámites,
expresa el autor antes citado respecto de los recursos: “el medio más natural y ventajoso
de reparar los agravios causados por la sentencia del juez inferior es el de la apelación
al superior a fin de obtener su enmienda y revocación. La apelación o Alzada en
concepto de la ley de Partida es “querella que alguna de las partes face del juicio que
fuese dado contra ella, llamando y recorriéndose a enmienda de mayor juez”Se dirige
este utilísimo remedio en primer lugar a reparar los agravios que el juez inferior haya
causado con su sentencia por ignorancia o por malicia como se explica la ley de
Partida”137 Es decir, en la jerarquía burocrática, era una realidad supuesta y admitida a
priori como tal, que las presumidas y/o esperadas equivocaciones del juez de grado,
debido a “su ignorancia o malicia”, así como también la propia del tribunal de
138
apelación, podían ser enmendadas en una nueva instancia recursiva.

136
Bidart Campos Germán, Historia Política y Constitucional Argentina”, T.1, Ediar, Buenos Aires, 1976,
pags.116/118.
137
Castro Manuel Antonio “Práctica forense …”cit., pag.78
138
remito aquí a lo expuesto en el capítulo siguiente y la delineación del sistema europeo continental con
su posibilidad de permanente revisión por un funcionario superior.
134
En síntesis, el sistema padecía los mismos déficits que hoy tiene la
justicia no penal, esto es: a) La falta de inmediación, sometido e invisibilizado el juez y
las partes, en las presentaciones escritas, traslados y resoluciones, la realización de la
prueba como actuaciones transformadas en escritas sin un escenario y despliegue
institucional democrático; b) los innumerables traslados, vistas y notificaciones para
garantizar en forma excesiva la defensa de cada parte con la consecuente pesadez de
todo el trámite; c) la seguridad puesta en toda la variación posible de recursos que, con
un concepto netamente burocrático, garantizará que el “superior” tendrá conocimientos
técnicos más precisos que los jueces inferiores y enmendará sus desaciertos. Todo lo
cual lleva, lógicamente, a una desconfianza basal en el procedimiento de primera
instancia, en las decisiones de un juez que no se ve y que son provisorias, así como que
el pueblo queda, totalmente ajeno a ese proceso, mediatizado por el expediente.
Una característica relevante de la época fue, también, la simultaneidad de
cargos en cabeza de los jueces de primera y segunda instancia. Aun cuando en la teoría
se proclamaba la estricta separación de poderes, a tono con los pensamientos más
modernos de la época ( Montesquieu), en los hechos las exigencias de la administración
estatal y los escasos recursos dieron lugar a la participación de aquellos en otras ramas
del gobierno. Según Mendez Calzada no había suficientes hombres de preparación
jurídica para otros puestos y los gastos que demandaban los salarios hacía preferible que
una misma persona ostentara ambos cargos, aunque como juez debía dejar lo que se
conocía como “sustituto” en su tribunal. Al respecto decía Valentín Gomez. “No puede
adoptarse una exclusión sumamente general de los talentos solamente por el recelo de
una dependencia excesiva. Meditemos, señor, ¿cuáles son los hombres que reúnen más
instrucción y conocimientos, especialmente en lo administrativo y político, sino los que
siguen la carrera de los empleos…?”139
Reconozco que los defectos que pueden fácilmente advertirse no son
otros que aquellos que exhibe todos los sistemas judiciales formados a la usanza del
continental europeo y que muy bien retratara Mirjan Djmaska, tal como describiremos
más en detalle en el capítulo siguiente. Era el tono de la época y esa huella no puede

Citado en Mendez Calzada Luis, “la función judicial en la época de la independencia”, Losada, Buenos
139

Aires, 1944, pags.401/402.


135
tampoco ser dejada de lado así como así. Pero para la naciente nación significaba
mucho más.

7.4. Epoca de Rosas. Constitución del Estado Argentino. La praxis judicial

No es posible omitir la etapa correspondiente al gobierno de Rosas


cuando las intervenciones del gobernador por sobre la judicatura marcaron una
modalidad que se repetiría luego a lo largo de nuestra historia como permanente
injerencia del Poder Ejecutivo sobre el Judicial. En esa época, la afiliación con el
federalismo reemplazaba el sentido “patriótico” en el nombramiento de los jueces. Su
relevancia estaba dada por el ejercicio de funciones políticas, además de las judiciales,
lo cual no era en absoluto extraño ya que así habían ejercido su magisterio los
funcionarios durante la época colonial, y también en España. La novedad era que se les
requería a los jueces la adscripción total a la postura gubernamental.
Constituía una práctica de la época que ciertos juicios, y en considerable
número, fueran sacados de sus jueces naturales por disposición de Rosas, confiándolos a
jueces “ad-hoc”, designados o comisionados por él mismo, lo cual en la última etapa se
convirtió en una institución permanente. Si el caso tenía interés para algún allegado del
gobernador, fuera civil, comercial o criminal, el caso era invariablemente sustraído al
conocimiento de los jueces naturales. Rosas se avocaba al conocimiento de las causas y
en los procesos criminales intervenía directamente.140 No hacía otra cosa que reiterar la
potestad del monarca en la época colonial, por eso es que no podìa resultar extraña su
aplicación. Pero en ese momento histórico, con todo lo hasta allí vivido era una
manifiesta herida al naciente régimen institucional, la imagen del juez natural, y ni que
hablar, su independencia decidiendo en el litigio, que se desdibujaba todavía más. En el
Buenos Aires de esa época “algunos hombres allegados al poder instaron la intervención
manifiesta o velada del gobernador en los asuntos judiciales, logrando a veces hacer del
Foro una prolongación de la arena política. Rosas justificó estas intervenciones como

Cháneton Abel citado en Mendez Calzada Luis “La función judicial en las primeras épocas de la
140

independencia”, Losada, Buenos Aires,1944, pag.385


136
una respuesta natural a la “exaltación del sentimiento popular”–sólo comprobada en
casos extraordinarios como el del proceso a los asesinos del general Facundo
Quiroga”.141
Algunos resabios de esa práctica pueden verse todavía hoy en día y ello
ha sido en claro desmedro de la ansiada independencia judicial. La matriz de jueces
integrantes de la administración central y removibles por voluntad del ejecutivo se
mantenía intacta. De ahí que no causara extrañeza que el gobernador pudiera sustraer
causas del conocimiento de sus jueces naturales. Y la división de los tres poderes era
más declamada que real.
Como toda grave crisis al llegar a ese punto, y parida con mucho dolor
en nuestro país, al culminar el duro período emergió la Constitución de 1853/61.
Volviendo, entonces, al proceso judicial de la época, otorgada la Carta
Fundamental el régimen siguió siendo el mismo, aun cuando la Constitución
proclamaba los principios republicanos y organizaba los poderes bajo esas premisas,
porque el sistema judicial y las prácticas judiciales se sostenían, como hasta entonces,
dentro del aparato burocrático del Estado, si no en su conformación, por lo menos en su
procedimiento. Explican Binder y Obando: “Poco a poco se reconstruyó el foro bajo los
viejos principios de la legislación colonial. El Estado no necesitaba un sistema judicial
fuerte, porque se fueron instaurando las prácticas dictatoriales del caudillismo. La
burguesía criolla tenía entonces el Poder Ejecutivo a su disposición por lo cual la
administración de justicia se volvió superflua; a los inversores extranjeros no les
interesaba la legislación local sino las garantías y privilegios que les podía otorgar el
Poder Ejecutivo.”142 Y agrego, el Ejecutivo no respetaba al Judicial, el ciudadano no
conocía a sus jueces, el trámite burocrático cansaba, y por tanto, resultaba indiferente a
todos.
Hay que decir, por otra parte, en términos generales, que el derecho
continental de raigambre romana entendía al proceso civil como “cosa de las partes”
esto es, que ellas tenían el poder monopolístico en relación al objeto del proceso y su
desarrollo, pudiendo prolongarlo indefinidamente y casi a su gusto, y el juez era

141
Leiva Alberto D., “Historia…”cit., pag.130.
142
Binder Alberto Obando Jorge “De las Repúblicas aéreas…” cit., pag.692.
137
llamado solamente a juzgar al final del proceso, produciendo su sentencia sobre la base
de los escritos que las partes (sus abogados) se habían “cambiado” entre ellos en el
curso del proceso. Se seguía manteniendo la idea que la escritura era considerada como
un escudo contra los peligros de la parcialidad y para lograr la objetividad. Aunque a
mediados del siglo XIX, en consonancia con los movimientos ideológicos y políticos
nacionalistas, se iba forjando la ruptura de la unidad medieval sustentada en aquellos
principios, comenzando a considerarse las falencias que ese sistema representaba,143 ello
no fue así en nuestros territorios, en los que sostuvo con todo su vigor el procedimiento
colonial.
Aquellos principios ideológicos y políticos fueron los que sustentaron
también, el pensamiento de los hombres que iban armando la estructura política de
nuestro país, evidentemente como parte incontrovertible de su realidad; pero, reitero, no
surgió aquel movimiento crítico al procedimiento judicial, considerando seguramente de
menor relevancia cualquier modificación a su respecto y con una raigambre que no se
refutaba ni se intentaba modificar, salvo ciertas voces aisladas que, obviamente, no
pudieron contra la resistencia más generalizada a cualquier cambio.
Respecto de la práctica judicial, transcribo las críticas de un abogado del
144
foro, que datan del año 1878, citadas por Leiva, no por creer que resultara fiel reflejo
de la realidad, sino por que trasunta la sensación que debía producir sin dudas en el
litigante –ya que es muy posible que hubiere jueces que dedicaban su vida a la labor y
otros que, como lo refería la crítica, no lo hicieran en absoluto (de esto puedo dar cabal
cuenta en la actualidad en que se mantienen los mismos cuestionamientos siendo que
muchos jueces dedicamos largas horas a leer y decidir en el despacho diario). Puede
verse en las palabras del abogado, con toda claridad, la distorsión profunda que creaba
(y crea) el sistema escriturario y la lógica desconfianza respecto de los jueces a los que
no se les ve actuar por no contar con un procedimiento público. Decía el autor, Angel
Floro Costa: “Tampoco se distinguen, por lo general, nuestros jueces por el talento,
salvo siempre algunas honrosas excepciones; el cual por otra parte, en la mayoría de
los casos, de bien poca utilidad es para el servicio público, pues todo el mundo sabe

143
Cappelletti Mauro, “El proceso civil en…”cit., pags.52/54
144
Leiva Alberto David “Historia del foro de Buenos Aires”, Ad Hoc, Buenos Aires, 2005, pags.184/85
138
que con excepción de una que otra definitiva en causas complicadas, los jueces no son
por lo general otra cosa que los editores responsables de todos los despropósitos que
inventa la insuficiencia jurídica combinada con el interés curial de sus secretarios. Son
estos los que leen las peticiones, no siempre de corrido: es ante estos ante quienes
alega el respetable gremio de abogados y demás aficionados a la ciencia forense.
Cuantas veces nos irritamos y pateamos contra lo que regularmente se llama una
pilatuna una barbaridad del juez… El verdadero Pilatos, el verdadero bárbaro no es el
juez, es el escribano secretario, autor de la pieza silbada, que algunas veces es
descendiente de los ostrogodos que no han soltado aún el pelo de la dehesa. El juez no
es más que una víctima taúrica. a quien la opinión pública como los antiguos egipcios,
lleva casi siempre al sacrificio”.
¿Alguna diferencia puede advertirse respecto de la “sensación” actual del
foro respecto del trabajo en los juzgados? Acépteseme que, con mínimas diferencias,
esto podía haber sido escrito hace muy pocos años. Es notable, por otra parte - y
requeriría, obviamente, un estudio sociológico más profundo- advertir cómo se trataba,
y se trata, de mantener la figura del juez ajena e impoluta respecto de un yerro que sería
en definitiva de él, que es quien lo suscribió, haciendo así ostensible la mediatización
que se marca con el procedimiento escrito y se reduce al juez hasta convertirlo en un
fantasma perezoso que mira el horizonte cuando ante sus ojos se le presenta el
expediente para firmar. Seguramente esto podía haber sucedido con algunos jueces, y
seguramente con otros no, pero ya la distorsión profunda de no poder verlo en acción y
de no participar activamente de un proceso dinámico y directo entre el justiciable y el
magistrado, horadaba, en ese tiempo ya totalmente instalado, el buen funcionamiento
del sistema judicial.
Desde otro ángulo hay que advertir, también, que la crítica se quedaba y
se queda en la mera diatriba, sin la más mínima intención de modificar el sistema, de
moverse hacia otro donde todos los intervinientes resultaran plenamente visibles. Por el
contrario, estaba todos los actores acomodados en él, sin intención alguna de cambio,
efectuando reformas, en su caso, que en el entender de quienes las promovían, lograrían
un mejoramiento del mismo procedimiento. El cambio no significaba la traspolación de

139
un sistema sin tener en cuenta nuestra propia historia, sino de integrar a ambas en una
síntesis superadora.
Me pregunto:¿la ausencia de un respeto profundo hacia la figura judicial,
que es consuetudinaria pero que tiene que ver con el más amplio concepto de autoridad,
parte solamente de la actuación de aquellos jueces o también de la necesidad social de
que así se mantuviera esa figura, bajo la constante crítica, para sostener minado
cualquier reflejo de autoridad en una sociedad que necesita eludir los límites que se le
puede imponer? Estamos hablando de autoridad, no de autoritarismo y la idea responde
a colocar ciertas normas de convivencia en alguien al que se obliga y que permite que se
hagan cumplir. Sin embargo, eso puede coartar la libertad de acción, entendida como
adolescente manera de no poseer límites, y en tal sentido resulta por demás conveniente
una figura restringida y degradada.

7.5. El siglo XX.

Volviendo a la reseña, el cambio de siglo no trajo, tampoco,


modificaciones en la práctica judicial. Es claro, por lo que vimos en el párrafo anterior,
que en términos generales el sistema era conveniente y estaban todos los actores
acomodados en él. Los abogados concurrían a las sedes de los diferentes tribunales a
llevar sus escritos y mirar los expedientes, en una práctica a esa altura indiscutida,
adaptados sin problemas al sistema de corte burocrático, al trámite a través del
expediente cerrado y encriptado; se empezaron a formar estudios más especializados y
los letrados de prestigio ya no sentían siquiera la necesidad de acudir a los tribunales,
sino que enviaban empleados o procuradores, delegando en ellos esa tarea. 145 Se
amoldaron los abogados plenamente en esa facilidad que les otorgaba, de tal modo, el
procedimiento escrito, y optaban por recluirse en sus estudios, o no tanto, pero siempre
mediatizados en su labor y esperando los favores de uno u otro conocimiento para, en
todo caso, hacer avanzar su causa conforme con el ritmo que le imprimieran ellos
mismos. La actividad escrituraria se había hecho carne, era parte de nuestra psiquis

145
Leiva Alberto David “Historia …”, cit,, pags 275 y 292
140
colectiva y así se mantuvo vigorosa durante todo el siglo XX, sin ningún tipo de
cuestionamiento efectivo (esto sin mengua de las críticas que siguieron produciéndose
como hasta entonces al sólo efecto de tales). Toda la actividad, tanto de los jueces,
funcionarios y empleados como de los abogados se adaptó al sistema escrito, muy
fácilmente, como algo que se supone inamovible y eterno, ahondando de ese modo las
deficiencias del sistema, cada vez más.
El Poder Judicial mantenía, por su parte, un rol de acompañamiento del
poder político que no honraba su independencia, también fiel a esa concepción
originaria y a pesar del diseño constitucional en contrario.
Menos aún tuvo lugar atisbo alguno de reforma profunda, más allá de las
ocasionales modificaciones a la ley procesal, algunas encaradas para aminorar los
efectos nocivos de ese sistema que podían ir apareciendo cada vez más masivamente, y
otras con la intención de acercar el proceso a actuaciones oralizadas, tratando de crear
una mayor inmediación del juez, a quien se lo advertía cada vez más lejano con el
transcurrir de cada época, por lo que se trataba de otorgar más amplios poderes de
dirección del procedimiento.

Las sucesivas reformas tuvieron, como muy loable norte, mejorar el


sistema ya que se advertía como un proceso pesado, lento y muy poco efectivo, pero se
hacían dentro de la cabalidad del procedimiento escrito, claramente asimilado al
funcionamiento de un aparato burocrático que mantenía una irremediable sensación de
lejanía en el ciudadano respecto de su sistema judicial y de falta de amparo, cada vez
más profundo, a medida que se iba complejizando la materia litigiosa. De ahí que, en
mayor o menor medida, tenían que fracasar las reformas, ya que, tal como se verá en
el capítulo siguiente, no es compatible la burocracia (a diferencia de la administración
pública) con aquellos principios que se trataba de instalar. Se intentó otorgar mayores
herramientas al juez e introducir actuaciones orales de algún tipo, más específicamente
contempladas para atemperar el sistema. Pero, en todos los casos, constituyeron
necesarios, aunque sòlo “parches” al mismo sistema incuestionable, y los
mejoramientos parciales terminaban siendo deglutidos por la concepción de origen que
no era revisada ni cuestionada, aun cuando no tenía ningún punto de contacto con las
141
necesidades de la sociedad moderna. Y fracasaban, ya que la mayor parte de los intentos
por colocar un juez más activo quedaban siempre ahogados en el aparato burocrático
que marcaba el devenir cotidiano en el trámite judicial de un expediente escrito.
Menos contacto posee con la sociedad del siglo XXI- cuando ha sido
creado para un momento específico de la historia que no podía ser más remoto en sus
características (porque otras instituciones pudieron perdurar en el tiempo sin que lo
antiguo sea condición de ineficacia). A partir del año 2000, empezando por España,
muchas naciones de Latinoamérica comenzaron a optar por el proceso judicial oral,
despegándose definitivamente de su pasado hispánico, y atendiendo a los cambios en el
pensamiento de la época y el nuevo sentir de los ciudadanos, mientras nosotros nos
hemos mantenido totalmente ajenos a esos vientos de reforma. Piénsese lo absurdo que
resultan horas y horas de discusión, ríos de tinta exponiendo una y otra postura, durante
décadas, para no llegar a nada concreto, definido de cambio sustancial, manteniendo la
concepción y el trámite de siempre. Esto que resulta inexplicable, no lo es tanto si existe
un espectro mucho más poderoso por detrás.

7.6. En los inicios del siglo XXI. Crisis final.

En la segunda mitad del siglo XX, los litigios comenzaron a desbordar


los juzgados, los expedientes se multiplicaban por cientos y la estructura de cada
tribunal se mantenía en los mismos términos, sujetas al mismo procedimiento
originario, con las variaciones que la época obligaban a encarar para que no sucumbiera.
Y en forma harto evidente mostró ese rebose el comienzo de este siglo
XXI, con la masificación y complejizaciòn ostensible de los conflictos, la mayor
apertura hacia los reclamos judiciales, una nueva era que brinda otras complejidades y
facilidades de información, en una creciente judicialización de la sociedad. Totalmente
cristalizado el procedimiento judicial, seguía rigiendo bajo los mismos parámetros que
para tres siglos atrás, con sus parches adaptados al mismo, con la misma estructura y
dotación de personal, y en el alud de nuevas y más complejas causas ya no puede
contenerse más la ineficacia del sistema.

142
Recién en la década del ‘90 del siglo pasado comenzó a movilizarse una
corriente oralizadora concreta y se llevó a cabo, relevantemente, la reforma del proceso
penal, instaurándose tribunales orales de juzgamiento penal; en ese ámbito se dio una
discusión enriquecedora al respecto que brindó sus frutos, aunque pueda requerir
muchas mejoras y cambios. Por el contrario, respecto de los juicios civiles, debido a las
resistencias de los distintos grupos a quienes importaba el mantenimiento del mismo
sistema y los distintos actores del proceso judicial, no pudo ser extendido ese
movimiento. Ha expresado Binder con razón que los distintos actores del proceso no
estaban dispuestos a correr los riesgos que conlleva toda modificación sustancial, que
medió un excesivo conceptualismo –lo cual no dudo en absoluto así sucedió dado que
solemos perdernos en discusiones de ese tipo que no llevan a ningún lado- y que en el
ámbito doctrinario se dio por superada rápidamente la discusión sobre la oralidad y
escritura, cambiando el debate hacia la cantidad de actividad oficiosa que podía tener
del juez. Destaca, asimismo, la postura de los profesionales del derecho, muy cierta,
señalando que “la formación del abogado común se encuentra totalmente adaptada al
sistema escriturario, sus despachos, estudios jurídicos, manejo de los tiempos,
organización de dependientes, formas de cobrar honorarios, etcétera se encuentran
adaptadas a esa forma de proceso. “146 En particular, entiendo que esa resistencia, si
bien puede ser comprensible en una primera aproximación, ya que implica un cambio
profundo al que siempre se es resistente, y una modificación en lo económico y en lo
profesional que no todos los abogados están dispuestos o están en condiciones de
afrontar, pierde de vista las grandes desventajas y problemas que ha traído el sistema
escrito de corte burocrático, que tan arraigado está en ellos. Parapetados en lo
coyuntural, no pueden advertir la creciente y a este momento casi insostenible
desconfianza de los clientes, con juicios de mala praxis, cambios continuos en la
representación letrada, no pago de los honorarios, entre otras cosas, porque no pueden
observar directamente su tarea en un procedimiento escrito, esto es, en concreto, cuánto
se ocupan o no de su tema, si siguen o no una buena estrategia, y la misma encriptación
de los expedientes torna sospechosa la actividad de los letrados para el ciudadano.

Binder Alberto M. “Estrategias y procesos de reforma en la justicia penal y civil”, en Oteiza Eduardo
146

Coord., Reforma Procesal Civil, Rubinzal Culzoni, Santa Fe, 2010, pag.39.
143
Desde otro ángulo, la profesión misma se ha venido desvirtuando en ese quehacer, sin
poder mostrar los buenos abogados su verdadera función y su metier profesional,
perdiéndose en la cantidad que, salidos de las facultades de Derecho, con ese solo
entrenamiento, comienzan sus primeros pasos escondidos entre las fojas de un
expediente y gestores del trámite burocrático.
La ineptitud del sistema se ha hecho palmaria a esta altura y sin embargo,
en el ámbito civil, aun cuando nadie discute las bondades de un sistema diferente,
oralizado, con el juicio tramitando de cara a la sociedad, y ríos de tinta y de palabras
corren para abonar ese cambio, nada ha sucedido hasta ahora. La actuación cotidiana en
los tribunales sigue manteniendo la misma inercia y adaptación a ese procedimiento
colonial originario, con cientos de expedientes moviéndose diariamente para agobiar a
todos los actores del proceso. Ninguno de los aspectos que forman su concepción basal
ha sido puesta en tela de juicio y la tramitación de los juicios exhibe la indolencia de
sostener un sistema que hace rato ya que ha demostrado que no da para más. Se me dirá
que se introdujeron reformas acordes con las nuevas épocas, tal como la notificación
electrónica en los últimos tiempos, o la consulta de las causas por via de la red de
Internet. Sin embargo, en la medida en que esas inmejorables herramientas no han
hecho otra cosa que adaptarse al trámite originario escrito, incluyéndose en él, es poco
lo que puede modificar desde el lugar de cambio nuclear que elimine la desconfianza de
la sociedad para con la judicatura.

7.7. Conclusiones históricas para el proceso judicial.


Ahora bien, luego de esta por demás sucinta reseña ¿Cuál es la impronta
que ha dejado nuestro andamiaje histórico?
1) La lógica jurídica se apoya incuestionable e instintivamente en la
seguridad de la escritura, seguimos albergando esa seguridad que nos tranquiliza; nos
amparamos, miembros del Poder Judicial y abogados, en la palpación de esos
documentos que se tornan certeros a partir de estar volcados en un papel, frente a una
sociedad que se percibe transgresora, desconfiando todos de todos. Más allá de la
explicación que yo he intentado dar en este capítulo, es necesario plantearse porqué no
se ha presentado, en tan largo tiempo, la necesidad de un cambio profundo, en lo interno
144
de cada uno de los actores, frente a las enormes desventajas de ese sistema, básicamente
pensado para servirle a un gobierno monárquico, a un rey que se encontraba a miles de
kilómetros de distancia y que necesitaba de esa seguridad más que de cualquier otra
cosa para poder gobernar tierras tan lejanas, además de seguirla concepción propia de la
época medieval de una justicia divina;.
2) el híbrido creado en nuestra base institucional, para la que se adoptó
un régimen constitucional republicano y democrático, con clara división de poderes y
deber de control para los jueces, confiriéndole una función política concreta, que estaba
obligada a convivir con un procedimiento judicial de raigambre continental europeo, y
que no ha permitido que aquellas funciones constitucionales del Poder Judicial pudieran
desplegarse como tales. Ni siquiera la experiencia histórica ha abierto la posibilidad de
que esa contradicción superara la crítica teórica, a fin de adecuar el sistema judicial a
tales fines fundamentales para la vida republicana, que es por lo menos hasta ahora,
único conocido, en un régimen democrático, de limitación del Poder. La tradición
continental europea estaba asentada en la centralización del poder político, obra de la
monarquía. Lo cual significaba que los jueces estaban incorporados al aparato del
Estado central y, luego de la Revolución Francesa, a la organización burocrática, no
muy distinta al resto de la Administración Pública. La función judicial quedaba
subordinada a los otros poderes del Estado y sin ningún control de constitucionalidad147
. Es así que la burocratización del procedimiento judicial no era extraña, más bien se
adecuaba a esa ideología.
En cambio, la justicia local tenía en la letra de la Constitución una
función mucho más amplia, política, y con otras características que eligieron nuestros
constituyentes con el mejor criterio, pero estaba enconsertada, claramente limitada, en el
procedimiento burocrático que nadie se cuestionaba, considerándolo un tema de menor
relevancia institucional. Y del que nadie ha querido seriamente desprenderse hasta
ahora. Aquí la duda original: ¿es que la falta del marco institucional que brinda un
proceso oral a la luz de toda la ciudadanía y para la vida diaria quitó la oportunidad de
mitigar o eliminar los males de anomia, fraude, desconfianza generalizada o es la

Guarnieri Carlo, “Judicialismo. ¿Cómo funciona la máquina judicial? El modelo italiano”, trad.Slokar y
147

Frontini, rev.Zaffaroni Eugenio, Hammurabi, Buenos Aires, 2003, pags.52/55.


145
necesidad de mantener estos los que han abortado, también, cualquier intento de
superación?
3) Cualesquiera hayan sido nuestros lastres en el sentido apuntado en la
parte final del punto anterior, y con plena responsabilidad de la ciudadanía en cuanto a
dejarse conducir paternalmente, siendo que es quien tiene el poder que ha sido
delegado, a esta altura puede decirse que ha sido históricamente maltratada. El camino
de acostumbrarse, lenta y afianzadamente a la transparencia de los actos judiciales, su
plena publicidad, de brindar completa información al ciudadano de los actos de
gobierno, entre ellos el judicial, ha brillado por su ausencia. A esa situación contribuía y
sigue contribuyendo la comodidad e inercia de preservar y preservarse en lo conocido. y
la histórica visión de que los cambios en el modo en que Poder Judicial puede llevar a
cabo su función, no resultan determinantes para el gobierno, que pasa por el Ejecutivo.
4) Puede verse, por último, el origen del sustrato verticalista que prima
dentro del Poder Judicial del tal manera que tanto la Corte como las Cámaras no
destinan sus mayores esfuerzos a la primera instancia, sino todo lo contrario, cuando en
realidad, es aquella la que contacta directamente con el ciudadano, es la justicia que
vive día a día que con más empeño debería cuidar. En un aparato burocrático,
organismo estatal de la Administración Pública, la primera instancia sería como la Mesa
de Entradas, las Cámaras de Apelaciones el nivel de funcionariado revisor y la Corte,
máxima jerarquía nucleadora de las decisiones fundamentales. Así, sin un respeto cabal
hacia la figura del juez con la función que la Constitución Nacional le asigna,
recluyéndose en los microcosmos respectivos, no se han preocupado por instalar en la
sociedad el sentido de una jurisdicción que ampara en su totalidad, excluidos claro está,
los jueces que desempeñan su cargo en forma deshonrosa para los cuales la ciudadanía
tiene en su engranaje institucional la forma de sanción. La jerarquía judicial ha
mantenido y fomentado esa natural desconfianza de la sociedad.
Creo que, a nivel nacional, la explicación para estas deficiencias está en
que ese foro remitible directamente al mantenimiento sin fisuras del originario colonial;
ha sido la sombra que ha campeado en Buenos Aires, al no reconocerse en su herencia
colonial, y sosteniendo en puridad, inmodificables aquellos aspectos que la
configuraban en tal sentido. La sombra –ese pasado colonial que se rechaza en lo más

146
profundo- que no se cuestiona jamás, porque no se conoce, no se jerarquiza,
considerándose sin repercusión política o social.

8. El establecimiento de la confianza pública como elemento fundacional.

He dejado para el final, y para este capítulo, una reflexión sobre la


confianza pública, y esta que solamente pueden surgir una vez culminado este viaje
histórico introspectivo, de rememoración de nuestras raíces. El sostén de un sistema
jerárquico más formal que práctico, en la plasmación de los principios republicanos y
democráticos, la veta autoritaria y paternalista que impide a la sociedad hacerse cargo,
maduramente de su propio destino, y sobre todo, la sombra de una dicotomía
representada en dos Argentinas que como drama irresuelto nos mantiene atados a las
primeras experiencias históricas, revelan hoy un aspecto de la mayor trascendencia, que
los miembros de la sociedad argentina hemos estado dispuestos a conquistar.
No es posible sustentar ningún sistema institucional sólido si no existe un
sustrato fuerte de confianza de cada uno de los escalones que lo componen, para
tornarlo en un sistema estable, en el que cada componente se encastre perfectamente con
el otro. Sabemos nosotros, como argentinos, que la desconfianza permanente respecto
de cada uno de los actos de los demás, tanto en el ámbito privado como en el público -
quizás plenamente justificada cuando hemos tenido el falseamiento, la obtención de
ventajas adicionales- resulta agotadora y devastante, más allá de la instintiva necesidad
de recurrir a dramáticas crisis para cada paso evolutivo. No sé si hemos tomado
conciencia de que todo nuestro sistema social, político, institucional, económico, se
sustenta en la ausencia de una confianza básica y que ha sido horadada en siglos de
crisis, dramas político-sociales y la imposibilidad de construir sobre una base de
engaños, desilusiones, estafas y el enfrentamiento dicotómico, de las que hemos sido
verdaderos artífices, nadie más que nosotros y que ha negado la genuina confianza en el
otro, con nuestras raíces históricas.

147
Es cierto que no es posible exigir una confianza que no puede sobrevenir
cuando siempre hemos soslayado el cumplimiento de la norma. El “obedezco pero no
cumplo”, la supervivencia en términos de “yo o el otro”, que vimos al principio de este
capítulo, tiene muchas otras implicancias y una de ellas es el precio que hemos debido
pagar por sostener esas premisas en términos de confianza pública. Los gobiernos que
han fracasado en mirar el mejor interés de la comunidad toda, por encima del propio, la
corrupción tolerada a todos los niveles, y sobre todo el saqueo descarnado del Estado, la
entrega de los valores a cambio de meros discursos, todo ello actuó como un
mecanismo de honda erosión de la confianza que es necesario restablecer a fin de poder
funcionar y crecer como sociedad. Pero también tiene que ver con lo que la sociedad
espera de si mismo y encuba en su propio seno, de validar o no “al otro”, de incluirlo o
no en nuestro sistema. Sistema que ha sido, en rigor, de histórica y permanente
exclusión del otro.
La confianza importa exigencias continuas, situaciones transparentes,
claras y obligaciones consecuentes. Responsabilidad en el hacer y en el exigir. En tal
sentido, ¿queremos eso? Porque implica madurez y tomar la sociedad las riendas de su
propio destino. En contrapartida, obtenemos nosotros mismos lo que queremos sin
comprometer nuestra calidad de vida, sin frustraciones y sin la sensación de permanente
fracaso. Sobre bases continuas y más sólidas.
En el trabajo publicado por la Pennsylvania State University Press,
editado por Steven Levintsky y María Victoria Murillo, ya citado en el capítulo anterior,
y que trata la debilidad institucional de la democracia argentina 148, se hace especial
hincapié en que el proceso de formulación de políticas carece de mecanismos
institucionales que permitan acuerdos inter temporales y provoca la desconfianza entre
los distintos actores políticos (presidente, legisladores, gobernadores, grupos de interés)
y alienta una ausencia de cooperación y coordinación vertical entre unidades federales y
horizontalmente la coordinación entre ministerios. Todos los actores trabajan con
objetivos a corto plazo y a cada momento las políticas tienden a ser cambiadas. Aunque
en una explicación mucho más extensa refieren los autores la falta de confianza y la

148
Levitsky Steven. Murillo María Victoria, Argentine Democracy, The politic of institucional weakness,
Pennsylvania State University Press, 2005, pag.47 y 48.
148
ausencia de cooperación en la formulación de políticas y cada actor actúa de manera
oportunista. Ellos perciben así una parte de esa ausencia sustancial de confianza entre
todos los integrantes de nuestra sociedad.
La confianza se logra en base a dirigentes que actúan en pos del bien de
la sociedad toda y no de ellos mismos, que no saquean el Estado y respetan las
necesidades de todos los grupos que conforman la comunidad. Pero esos dirigentes
solamente pueden surgir de una sociedad que así se los exige con toda la fuerza, porque
no tolera algo diferente y porque es así ella misma. Respetar la norma es también
respetar al otro, porque son reglas de convivencia y si esas reglas se han visto
transgredidas por gobernantes que no cumplen su función, entonces habrá que exigirlas,
no soslayarlas.
Un indicador también claro aun cuando puede parecer tangencial,
completa el panorama de un sistema que trata de mantenerse en niveles de mediocridad,
es que tenemos los argentinos un problema con la jerarquización del funcionario público
y del profesional a través de un pago adecuado que reconozca cabalmente su
responsabilidad e idoneidad. Y con la circunstancia de que a través de ello cuidamos
nuestros propios intereses, preservando los mejores funcionarios para exigirles el
máximo de su compromiso y su talento.
Reseña Leiva que, ya en la época colonial, se consideraba que, en el
ámbito de su estudio, podía concertar el abogado sus honorarios con mayor tranquilidad
ya que las tasaciones judiciales eran habitualmente bajas, aun en pleitos de importancia
o de tramitación muy prolongada o difícil. La tabla de aranceles que lucía expuesta en la
casa de la Audiencia por orden del Virrey Loreto desde el año 1786 rezaba “las partes
no sean tiranizadas ni ellos (los abogados) defraudados en su trabajo” , lo cual no
produjo los efectos esperados.149 Juegan hoy la valorización económica, sumado el
aumento desproporcionado de la matrícula y también, la circunstancia de que el trabajo
del abogado es cada vez menos visible para las partes, a más de no tener estas una
cultura de retribución adecuada del trabajo profesional.

149
Leiva Alberto David “Historia del Foro de Buenos Aires”, Ad-hoc, Buenos Aires, 2005, pag.29
149
Pero, otra vez, ¿es esta otra manera de horadar un sistema de autoridad,
para lograr la adolescente libertad de acción y el acomodamiento de la norma según la
conveniencia de cada cual?. Indudablemente, hace también a la confianza pública ya
que la falta de una paga adecuada a cualquier profesional, involucra un doble juego y la
imposibilidad de un reclamo total respecto de su actuación, quedando siempre la
situación, entre uno y otro, en una bruma que no permite establecer con claridad
derechos y obligaciones de ambas partes. Ahí está el paso de la adolescencia a la
madurez de la sociedad.
La instauración de la confianza institucional es un proceso, largo pero
cuanto más se alonga más se solidifica, y que se logra a partir de poder comenzar a
hacer girar la rueda de un entorno diferente, aceptándonos en nuestros puntos más
oscuros, como hemos podido ver hasta aquí, y en nuestras muchas habilidades, a fin de
que, en esa aceptación que importa validar lo positivo y modificar lo negativo, sobre el
sustento de esa historia que hemos transitado, se pueda construir un futuro diferente. En
ello, reitero, el Poder Judicial puede hacer un aporte fundamental, en una nueva época
que requerirá de su intervención más activa y para eso tiene que revisar y darle la
suficiente importancia alproceso, al trámite en juicio, en sí mismo, más allá de las
mujeres y hombres que lo componen.
Es así que, con el objeto de cumplir, de alguna manera, ese cometido,
propongo que veamos en el capítulo siguiente, las raíces y composición de nuestro
proceso judicial en la actualidad, sus falencias y la necesidad de su modificación.

Contenido
EL PASADO. NUESTRA HUELLA MNEMICA. .................................................... 1

EL ORIGEN DE TODO ................................................................................................. 1

1. La primera marca indeleble. Concientización de las raíces históricas. ..................... 4

2. El fondo de la historia. Etapa prenatal. ............................................................ 9

2.1. La conquista. Choque de cosmovisiones. ..................................................... 13

2.2."La Madre Patria". ........................................................................................ 21

150
2.2.1. Poder absoluto emanado de la concepción del derecho de dominio sobre las

tierras americanas. ................................................................................................... 24

La conquista tuvo características muy peculiares, y no puede soslayarse que

introdujo también una impronta religiosa muy fuerte y su aspecto continental.

Otros países europeos tuvieron colonias antes y después, en Asia y Africa, y las

trataron como factorías comerciales sin ninguna intención de cosechar y penetrar la

tierra, levantar escuelas o universidades como se hizo en América Latina. Hay

quienes sostienen que las colonias no fueron costeras sino mediterráneas, porque

España se adentró en la tierra y el soldado se transformó en agricultor, se

construyeron templos, escuelas, hospitales. En definitiva, el vínculo que produjo

tenía otra intensidad, en la influencia de España, con lazos muchísimo más

profundos, a otros niveles. ...................................................................................... 24

2.3. Tercera impronta. Lejanía del territorio. Su escasa importancia para España. .... 27

2.2.1. La estructura colonial. ................................................................................... 32

2.2.2. “Obedezco pero no cumplo”. Estándares irreales y ejercicio del poder. ...... 36

3. Buenos Aires. Su crecimiento y el comienzo de la distancia. El contrabando y la

apertura portuaria. ....................................................................................................... 41

4. El paso hacia la indepedencia. Revolución de Mayo, antecedentes y

consecuencias. ............................................................................................................ 47

4.2. Años posteriores. Liderazgos autoritarios. Rosas y Sarmiento. .................... 57

4.2.1. La turbulencia de las primeras décadas. Se muestran las primeras

colisiones internas en la división. ......................................................................... 58

4.2.2 Década del 20. Manifestación expuesta de la dicotomía. .............................. 61

4.3.Rosas. Primera crisis evolutiva general del país. Evolución posterior. ............ 67

5. Las dos Argentinas. Su sustrato. Recapitulación. Amalgamarnos y

reconciliarnos en una sola. ....................................................................................... 73


151
5.1.1. La clasificación “civilización y barbarie”. .................................................... 78

5.1.1 Aporte de la inmigración................................................................................ 81

5.1. Comprendiendo a la Argentina hispana y a la Argentina

mundana.Superación de la antinomia. .................................................................... 83

5.2.2. Reiteración de la antinomia en el siglo XX. Segundo hito histórico de

crisis terminal, en la división................................................................................ 93

5.2.3. Intelectualización de la antinomia............................................................... 100

5.2.4. La tercer crisis no terminó. Prolongación en los años posteriores sin

resolución hasta ahora. .......................................................................................... 102

5.2.5. La antinomia hoy. Deuda histórica y deuda actual. .................................... 104

6. Llegamos al punto de reflexión y evolución en el siglo XXI. La superación en el

reconocimiento del otro. ........................................................................................... 107

7. La división de las dos Argentinas traducida a la organización judicial

nacional. Historia del sistema judicial colonial y patrio. Su legado y su vigencia.

La sombra. ............................................................................................................... 110

7.1. La estructura originaria. Organización judicial colonial. ................................... 116

7.2. El foro colonial. ............................................................................................ 121

7.3. En tiempos de la organización patria. Manteniendo el status quo. ......... 127

7.4. Epoca de Rosas. Constitución del Estado Argentino. La praxis judicial 136

7.5. El siglo XX. ................................................................................................... 140

7.6. En los inicios del siglo XXI. Crisis final. .................................................... 142

7.7. Conclusiones históricas para el proceso judicial. ...................................... 144

8. El establecimiento de la confianza pública como elemento fundacional.............. 147

152
153