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PUBLICACIÓN:

AUTORES, por orden de firma: FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, Mª Amelia


(1993)
TÍTULO: “Safo, Santa Teresa de Jesús y Carolina Coronado. El genio
romántico” Cinta Canterla (coord.) VII Encuentro de la Ilustración al
Romanticismo. Cádiz, América y Europa ante la modernidad. La mujer
en los Siglos XVIII y XIX, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la
Universidad de Cádiz, pp. 469-480.
REF. REVISTA/LIBRO: Depósito Legal: CA-464/94/LIBRO

La niña literata sabe el lenguaje de las flores y el sentido de los


colores, lee los folletines de los periódicos, tiene en su cartera de dibujo
lineal algunas escenas o capítulos copiados en borrador y conserva en su
memoria el prólogo y el desenlace de todas las catástrofes que ha
presenciado... (p.259).

Con estas palabras, y con otras muchas de igual intención y tono, retrata Antonio
Neira de Mosquera la infancia de lo que llama la "niña literata", después mujer,
igualmente peligrosa por lo inestable y superficial. Pertenecen a un artículo titulado "La
literata" que bajo la sección de Filosofía Social fue publicado en el Semanario
pintoresco español el 18 de agosto de 1850. Y no tendría más importancia si no fuera
porque antecede una cita de Carolina Coronado aunque la alusión crítica a la autora en
el artículo sea ambigua. Además la Coronado en ese mismo año de 1850, el 24 de
marzo, cinco meses antes y en esa misma publicación, ofrece un interesante paralelo
entre Safo y Santa Teresa de Jesús.
Las dos autoras separadas por veinte siglos son para Carolina Coronado “genios
gemelos”. Ambas simbolizan a la mujer que transforma su vehemente pasión en
escritura poética, oponiéndose a un medio declaradamente hostil. Safo diviniza al
amado, Santa Teresa personifica a Dios para amarle. Como dice textualmente:

Las dos pasan su juventud en el éxtasis de la pasión, y las dos


sucumben al vértigo que las domina" (p. 93).

Habla Carolina Coronado no de la Safo de Lesbos, habla de la desgraciada


amante de Faón que acaba suicidándose saltando desde una roca al río Leucades. De
Santa Teresa señala la sociedad pacata que ahoga las ansias de su amor humano, lo que
le impide alzar el vuelo poético. Así dice de la santa:

Teresa es un genio medio desarrollado... Adivinad cuál habría


sido su vuelo y libertad. Adivinad cómo hubiera cantado Teresa fuera de
aquellas cuatro mezquinas tapias que reducían a tan pequeñas
dimensiones todas las ideas poéticas". (p. 93).

Por lo que dejan traslucir estas citas espigadas el tono del paralelo es
profundamente apasionado y reivindicador. Las cosas cambian cuando el 9 de junio de
1850, tres meses después, publica en el mismo semanario unas escuetas advertencias
que titula Notas para la mejor inteligencia del paralelo de Safo y Santa Teresa de
Jesús.

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Lo que era amor apasionado de Safo se convierte en la nota segunda en amorosa
honestidad. Lo que era supremo acto de amor, el suicidio, se convierte en la nota
séptima en ritual pagano e incomprensible para la recta moral cristiana, pero virtud
heroica al fin y al cabo. Lo mismo ocurre para Santa Teresa en esta rectificación
apurada. Si se insistió en el cercenamiento de la pasión humana, con igual pasión se
insiste ahora en la condición inequívoca de santa. Es un ser humano, mujer por
añadidura, en teoría, pero santa, indiscutiblemente santa, en la práctica.
¿A qué se debe este sorprendente cambio de opinión? ¿De qué se defiende
Carolina Coronado? Quizá arroje algo de luz considerar brevemente la polémica
entablada desde Francia por Amelié Richard. La intelectual francesa dirige al semanario
una nota en la que acusa a Carolina Coronado de haberse olvidado de las escritoras
francesas, en favor de una mujer iletrada como Santa Teresa. Se publica el 23 de junio,
días después de la aparición de las notas, y culmina gloriosamente con las siguientes
palabras:

Yo admiro a las españolas por sus rostros graciosos. Pero las


mujeres célebres pertenecen a Francia, Francia tiene un ejército de
literatas. (p. 194).

La respuesta de Carolina Coronado a pie de la de la francesa es airada, a la


medida de la provocación:

Por lo que hace a las españolas, -responde- no ambicionamos


ejércitos de literatas; nos basta con haber tenido una poetisa más
inspirada que la francesas, y que ésta haya sido santa.

Lo más interesante en todo caso es la diferencia que establece Carolina


Coronado entre literata y poetisa:

La literata no es la poetisa -afirma- La poetisa no es la sabia. La


facultad poética es un talento innato. Rudo como el de Ossian, que
cantaba en los bosques a la llama de un tronco de encina; cultivado como
el de Lord Byron que escribía desde el fondo de la butaca. El talento
poético se robustece o se debilita en la instrucción según su índole, pero
no se adquiere.

Se refiere aquí Carolina Coronado a una vieja distinción retórica que contraponía
ingenium o talento frente a ars o instrucción, es decir ¿el poeta nace o se hace? La
importancia que adquiría uno de los dos elementos en cada época es índice, entre otras
oposiciones igualmente importantes, de una determinada tendencia en la teoría literaria.
Esta oposición adquiere una especial relevancia en el Romanticismo como bien
demostró Abrams en un magnífico estudio titulado El espejo y la lámpara (The Mirror
and the Lamp. Romantic Theory and the Critical Tradition, Oxford University Press,
1953). La atención en este momento se dirige al poeta, es el tiempo de la expresividad,
de la revelación del talento, de las vidas excéntricas tocadas por el genio, de la locura
creativa e iluminadora, en una palabra del ingenium con todos los rasgos del furor
platónico.
Queda atrás el énfasis renacentista en las virtudes de la obra en sí como mimesis,
al abrigo de la autoridad de Aristóteles principalmente. La transgresión final vendrá con
las vanguardias. El arte ya no es ciencia, como demostró Edgard Wind en " Arte y

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anarquía" (Art and anarchy, The Reith Lectures, 1960, Revised and Enlarged, Londres,
Faber and Faber, 1963) es expresión original y arrebatada del genio poético.

Es el Romanticismo la "edad del sentimiento" que sucede a la "edad de la razón"


y sería lógico suponer que las mujeres, dotadas por tradición o naturaleza de una mayor
sensibilidad y aptitud para la pasión, asumieran su voz poética y esta edad fuera la suya.
De hecho la eclosión de mujeres escritoras tanto en nuestro país como en Europa y
,América así parece atestiguarlo, pero no fue así, o al menos no fue así tan fácilmente.
Las dificultades con que se encuentren las mujeres al asumir su propia voz crean
una serie de contradicciones patentes u ocultas en su obra y en su vida que han sido
ampliamente analizadas por la crítica. Sin duda es importante la presión de una sociedad
patriarcal y las condiciones nefastas bajo las que sufre la mujer. Más importante resulta
sin embargo la interiorización de estas circunstancias cuando la mujer se encuentra sola
ante sí misma y ante la creación poética. Sobre todo esto versan los múltiples estudios
dedicados a este tema, el origen de este conflicto ha sido explicado desde diferentes
corrientes críticas, así por ejemplo desde supuestos psicoanalíticos, o en términos de la
"ansiedad de la influencia" de Harold Bloom, o bien desde el enfoque deconstructivo
donde la crítica feminista ha encontrado un fértil campo de análisis.
De entre la abundante bibliografía sólo citaré dos contribuciones: el famoso
trabajo publicado en 1979 por Sandra Gilbert y Susan Gubar cuyo título traducido del
inglés es La loca en el ático, la mujer escritora y la imaginación literaria en el siglo
XIX (The Madwoman in the Attic, the Woman Writer and the Nineteenth-Century
Literary lmagination, New Haven, Yale University Press, 1979). Para la literatura
española por ejemplo disponemos desde 1989 del trabajo de Susan Kirkpatrick, Las
románticas. Mujeres escritoras y subjetividad en España, 1835-1850 (Las Románticas.
Women Writer and Subjectivity in Spain 1835-1850, University of California Press,
Berkeley and Los Angeles, California, 1989).
Como hemos visto Carolina Coronado se decide claramente por la inspiración y
el talento, por el ingenium, por el furor al eco de su siglo. No es casualidad que compare
la desesperación de Safo con la de Lord Byron, la de Espronceda o la de Larra.
Tampoco es extraño que elija para describir el proceso creativo de Safo un testimonio
de Plutarco quien valora en la más añeja tradición del furor platónico la obra de la
poetisa griega en los siguientes términos:

¡Qué fuerza de genio! -exclama Plutarco- ¡Cómo nos arrastra


cuando nos describe los encantos, los transportes, la embriaguez del
amor! ¡Qué pintura! ¡Qué fuego! Dominada como Pithia por el Dios que
la agita y arroja en el papel sus expresiones inflamadas". (p. 90).

En ese decantarse, tan romántico, por el furor a Carolina Coronado se le olvida


un pequeño detalle, está hablando de dos mujeres y ella misma es una mujer. La altura
poética se mide como capacidad de entrega amorosa, pero esa pasión es sentida
culpablemente por su fuerza transgresora en una mentalidad en que la mujer adquiere
pleno derecho sólo como madre, no como individuo. La mujer-madre es el cimiento de
la familia, de la honorabilidad del hombre y finalmente de la sociedad entera. Esto no es
una valoración subjetiva. En el trabajo de Susan Kirkpatrick se ilustra con numerosos
testimonios esta realidad. Así por ejemplo el proyecto liberal había acuñado para la
mujer la siguiente frase:

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La mujer ha conquistado su independencia hasta donde lo han
permitido las leyes del pudor y del decoro (cit., p. 50).

El mismo Larra exclamaba hablando del Antonio de Dumas:

Desde el momento en que la mujer más despreciable se cree


autorizada a romper vínculos sociales, a desatar los nudos de la familia,
adiós últimas ilusiones que nos quedan... y lo que es peor, adiós
sociedad". (cit., p. 56).

Es quizá esta presión la que obliga a Carolina Coronado a corregir los posibles
excesos en términos morales cuando redacta las notas para una “mejor inteligencia”.
Pero la sombra de la contención moral ya planeaba sobre la primera entrega. Por
ejemplo cuando presenta a Safo:

...bajo la imagen de una poetisa vehemente y desgraciada, a quien


su propia elevación de pasiones la conduce a la deshonra". (p. 90).

La misma Santa Teresa no cobra la altura poética debida, como cité


antes, encerrada como está en el calabozo de la celda y después de haber vencido a las
tentaciones del amor humano tras una ardua lucha contra sí misma que la destroza,
literalmente. Carolina Coronado como mujer entiende esta lucha y saltando en el tiempo
establece un diálogo con Teresa:

...¡Esas noches de locos insomnios, -exclama- de sueños falsos en


que el dolor físico y el dolor moral reunidos en nuestro desventurado
cuerpo nos hace ver iluminado el aire, globos de luz en la oscuridad, y
nos hace escuchar ruidos sordos como un torrente lejano, como de una
rueda que gira! ¡Esos vértigos, esos delirios, esas ansias, esos desmayos,
esa postración que lentamente viene después que hemos consumido gota
a gota el caudal de nuestra sangre en la enfermedad, los comprendemos
nosotras, las mujeres." (p. 92).

En términos caricaturescos y burdos define Neira de Mosquera la peculiar


afección de la literata:

Una joven con esta interesante morbidez -dice Neira- se parece al


genio de la melancolía, es la Safo mitológica de una casa a la francesa, y
como interesan estos caprichos de casualidad o del arte, tiene la literata
oportunidad para hacer alarde de su tema de costumbre con variaciones
de ataques nerviosos o sueños espantosos. Los hombres y los nervios son
la pesadilla de la marisabidilla contemporánea. ¿Tendrá que emplear para
su bienestar la higiene médica o la higiene moral? Nosotros creemos que
ambas. (p. 258).

La burla no es casual. Philip Martin en 1987 y en su libro cuyo título es


Madwomen in Romantic Writing, The Harverster Press - St. Martin Press, Sussex- New
York 1987 describe la sospechosa floración creciente de tratados psiquiátricos desde la
segunda mitad del siglo XVIII y avanzado el XIX que tratan de una misma afección
padecida en exclusiva por las mujeres. Hablan de la erotomanía definida como locura

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de amor o melancolía erótica, desarreglo nervioso y finalmente furor uterino. No se trata
de la mítica “enfermedad de amor” hija de la melancolía y que protagonizó los
sufrimientos del sentir petrarquista, por ejemplo. La enfermedad de la que habla Philip
Martin es bastante más prosaica.
Los antecedentes históricos de este padecimiento son antiguos y apuntan a la
misma intención. En Egipto la demencia femenina se relacionó directamente con el
útero. Hipócrates recomendaba relaciones sexuales para la curación de la histeria. La
larga procesión de este etcétera, casi fundamentalismo biológico, llega hasta Freud. Pero
lo realmente interesante de este libro, entre lo mucho, es lo que se desprende de todo
esto; la mujer está enferma por naturaleza y de hecho no se tiende a su rehabilitación, se
observa en ella el proceso demencial que nace y vive en su propio cuerpo.
En último término persiste siendo la criatura nerviosa cuya sensibilidad y entrega, sin
duda más amable y conveniente patrimonio también de su naturaleza, ha de conducir
mansamente al benefactor matrimonio, además de justificar la juiciosa tutela legal y
sentimental del varón, ya padre, ya marido.
La locura del hombre, como apunta Philip Martin siguiendo de cerca a Foucault,
es valorada como el signo incomprensible para los mortales del iluminado de los dioses.
De aquí a la inspiración poética sólo queda un paso. La locura de la mujer, en cambio,
es padecimiento natural y sobre todo moral de ahí que sufra una marginación semejante
a la que sufrieron las brujas.
En los mismos términos de vergüenza y enfermedad se expresaba Carolina
Coronado en la cita anterior. Sin embargo a ratos trasluce una imagen luminosa de su
propia intimidad. Su interior se refleja en la simbólica morada interna de Santa Teresa
de quien elige la siguiente cita:

Antes que pase adelante os quiero decir que consideréis qué será
ver este castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este
árbol de vida, que está plantado en las mismas aguas vivas de la vida que
es Dios, cuando cae en el pecado mortal, no hay tinieblas más tenebrosas,
ni cosa tan oscura y negra que no lo esté mucho más (p. 92).

En la novela titulada Jarilla el 'locus amoenus' es el espejo del amor de la


protagonista donde aguarda en espera casi mística al amado. Ese lugar es descrito
también como hermosa fuente en medio de la cual crece un poderoso fresno, un árbol de
vida, un castillo. Pero este lugar vigoroso y luminosamente íntimo será devastado
también por oscuridad tenebrosa en la lenta agonía de ]arilla que muere de la
enfermedad del amor, descrita con todos los síntomas de una enfermedad orgánica.

Abrams registraba para la mente e inspiración románticas una constelación de


imágenes expansivas y optimistas como la lámpara, fuente de luz. Carolina Coronado
planta esa fuente luminosa en su interior, en su morada, su hondón íntimo, si se prefiere
a la manera de Santa Teresa. La inspiración poética cobra de esa fuente su fuerza y
poder, el impulso creativo es pujante árbol, sólido castillo. y sin embargo sigue
existiendo un reverso cuyo poder es igualmente tenebroso. En el poema del 'Castillo de
Salvatierra' la poetisa describe los efectos devastadores de una tormenta sobre un
castillo. La imagen del castillo derrumbado se repite por ejemplo en Jarilla. Susan
Kirkpatrick (cit., p. 240) interpreta el poema como la castración del impulso creativo
femenino por un dios colérico y masculino que extirpa cualquier propósito de
autoafirmación. A mi parecer el conflicto es puramente interno. Ese castillo, morada,
árbol, es arrancado de su cimiento por una fuerza oscura y vergonzante, un fantasma

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que nace del propio yo. Compárese solamente con la descripción de la enfermedad
amorosa que cité antes:

La torre estalla desprendida al trueno


La sierra desaparece de su planta
La torre entre las nubes se levanta
Llevando el rayo en su tonante seno.
El terrible fantasma hacia mi gira
Tronando me amenaza con su boca
Con ojos de relámpago me mira
y su luz me deslumbra y me sofoca.

El genio poético es fruto del genio amoroso, de la portentosa capacidad


apasionada de la mujer para Carolina Coronado. Pero si esta pasión es considerada
moral y socialmente inaceptable, incluso reflejo interesado de una enfermedad orgánica
y mental, la contradicción está servida. La fortaleza interior y luminosa o es derribada o
se transforma en prisión oscura, innombrable.
¿Cómo remediar este conflicto? En la obra poética observa Susan Kirkpatrick
una imagen recurrente que contrapone la expansión frente a la constricción y al
confinamiento, añado además su reflejo en la prisión en la
que se despedaza literalmente Santa Teresa. El vuelo es el ansia de la publicación y del
reconocimiento, de la inspiración poética pero también, a mi parecer, del deseo y del
cuerpo. En ese pasearse de Carolina Coronado al borde de la tradición clásica para
reconocerse elige para ese vuelo la voz de
los místicos.
Por el contrario, el confinamiento o prisión es el obligado silencio social
al que es sometido la mujer, también el silencio del cuerpo. De esa opresión social en
primer término da cuenta la angustia que se desgrana en la correspondencia que
Carolina Coronado dirige a Harzenbusch. La antitesis entre los dos movimientos la
condena a la disolución en silencio cuando no al distanciamiento irónico observable
sobre todo en sus novelas. Los ejemplos en la poesía de Carolina Coronado son
numerosos. El más interesante, a mi juicio, es el que se encuentra en La fe loca, fechado
en 1846 y publicado en la colección de 1852. En este poema se retrata la imagen del
héroe rebelde, romántico, masculino, y curiosamente se produce una confusión
gramatical ya que la propia voz de Carolina Coronado, voz de mujer, se abre paso en la
declaración poética.
Este tipo de confusión es en principio sólo gramatical y la hubiera corregido
diligente cualquier corrector de pruebas. Refleja en todo caso ese conflicto íntimo del
que vengo hablando porque es habitual en la poesía de la Coronado. No sólo aparece
entre género masculino y femenino también ocurre por ejemplo cuando se construye el
poema en una tercera persona bruscamente interrumpida por una fugaz referencia a la
primera. En el ejemplo que cito a continuación se hace explícita esa oposición entre luz
y oscuridad, esa pujanza por la expansión que repta sin luz porque está atada al suelo:

¡Inmensa confusión! El mundo es cielo


La Religión, la gloria, la poesía,
El amor, la amistad. El alma mía
Jamás reposa en su incesante vuelo;
Paso del entusiasmo al desconsuelo,
Del agudo pesar a la alegría

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Soy mucho para ser del hombre loco;
y para ser de Dios, ¡ay! soy muy poco.
¿Qué soy sino una pobre enredadera,
que en el oscuro patio emparedada
Huye la sombra de que está cercada,
Su cabeza elevando hacia la esfera ?
Pero el rayo de sol, por más que quiera,
No baña su raíz al suelo atada
Huyo el pesar del mundo: aspiro al cielo;
pero el bien celestial no baja al suelo.

En la producción novelística se refleja el conflicto con la misma intensidad. Me


voy a fijar especialmente en La Sígea. Esta novela ofrece la peculiaridad de haber sido
escrita en dos momentos bien distintos. La primera parte es de 1849, escrita un año
antes de la publicación del Paralelo. La firma la Señorita Carolina Coronado. La
segunda es de 1854 y la firma Doña Carolina Coronado de Perry ya esposa del
secretario de la embajada americana. Es sabido que tras su matrimonio Carolina
Coronado abandona la creación literaria durante casi veinte años. La segunda parte será
la antesala de este largo silencio.
La novela tiene como protagonista en apariencia a la poetisa Luisa Sigea y se
sitúa en 1550. Digo en apariencia porque el verdadero protagonista es Luis de Camoens.
En la primera parte de 1849 el optimismo de Carolina Coronado permanece intacto.
Luisa Sigea procura aliviar el sufrimiento de la infanta Doña María, hija del rey, por un
matrimonio no deseado, con el siguiente consejo:

Hay princesa, una raza de mujeres fecundas ,alma, estériles de


cuerpo, cuya producción es un canto, una oración, una poesía, un
perfume, como el de aquellas flores que no dan semilla. No pidamos a
estas mujeres amor para un esposo porque sólo darán un suspiro, una
lágrima y huirán. No las pidamos un hijo, porque son madres de todos los
niños que han dado a luz las otras mujeres. No les pidamos posteridad de
criaturas, sino posteridad de ideas, posteridad de virtudes". (1, pp. 55-56).

La única forma de acceder a la verdadera gloria del genio se sitúa en la renuncia


a la propia condición de mujer, sentida así por Carolina Coronado. En el Paralelo se
alude a Safo ya Santa Teresa sobre todo como mujeres pertenecientes a esta raza. En la
segunda parte todo cambia radicalmente; a la mujer le es imposible acceder a la gloria
del genio porque precisamente es mujer.
En la segunda parte de 1854, repito, después de una serie de avatares
argumentales Luis de Camoens pide consejo en una carta a su amiga Lujsa Sigea. Se
queja de la incomprensión hacia su propio genio poético. Luisa Sigea le recomienda que
abandone a su amada (a quien deja literalmente en estado de muerte en vida) y le insta a
abandonar Portugal en los siguientes términos:

Esto es, Camoens, lo único que tengo que deciros que cumpláis
con el deber del genio... Vos sabéis que Dios os ha encargado de
cumplirlo y basta... Ha habido en este siglo grandes héroes. Falta un
poema, escribidlo, olvidad vuestro infortunio. Los poetas como vos no
deben tener ni tiempo para ser infortunados." (11, p. 149)

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En el capítulo siguiente y final el balance es desolador e indicativo dcl
drama íntimo que está viviendo Carolina Coronado. La infanta doña María entra en el
convento. Su padre, Juan III no puede asistir a la ceremonia porque está despidiendo en
ese preciso momento a la flota que zarpa gloriosa. Camoens embarcado mira las aguas
del Atlántico y por rapto de inspiración se le ocurren los primeros versos Os Lusiadas.
Mientras tanto Luisa Sigea, que ha asistido al enclaustramiento de su amiga, le dirige
las siguientes palabras bastante menos jubilosas como se podrá comprobar que las que
le dirigió en la primera parte:

El sacrificio ha sido semejante al de la muerte. Habéis descendido


a la tumba con los ojos abiertos para ver únicamente las sombrías paredes
que los encierran y los míseros gusanos que bullen en derredor." (p. 164).

Pero la otra opción para la mujer es otra cárcel. Luisa Sigea, la gran poetisa,
mentora espiritual de Doña María, le trae además una noticia; su intención de contraer
matrimonio con un hombre del que no está enamorada:

No hay, Doña María, - le dice - sino dos maneras de justificar el


honroso nombre de mujer que nos da el mundo, o consagrándose como
vos a Dios sirviéndole con oraciones, con la pureza, con la penitencia, o
consagrándose a los deberes de esposa y madre.

¿Qué queda de aquellas mujeres fecundas pero estériles de cuerpo y entregadas


en solitario a la posterioridad de las ideas? A continuación de este pasaje Luisa Sigea le
cuenta a la infanta los riesgos de la mujer célibe. De las aguas vivas y fecundas queda
tan sólo un agua helada estéril y en abrumador silencio, textualmente,

Una mujer célibe fuera del claustro es como el arroyo helado que
ni sirve para fecundar los campos que atraviesa, ni sirve para calmar la
sed del pasajero. Las aves huyen de él, las flores no nacen a su orilla, su
murmullo no alegra la soledad. (pp. 467-468).

En este silencio final es en el que se ahoga Carolina Coronado al menos en


poesía. Lo que años antes había proclamado como divisa del genio poético es un genio
vedado a las mujeres por su propia condición ante el mundo pero, lo peor, ante ellas
mismas. Safo quedaba demasiado lejos y a pesar de los pesares fue posible su
glorificación. Santa Teresa más cerca históricamente es impedida dramáticamente en su
vuelo. Termino como empecé con una última y "prodigiosa" reflexión de Neira de
Mosquera,

... existe la verdadera literata, la elevada mujer de melancólica


imaginación y de íntima filosofía; después de la poetisa, encontramos la
mujer, tipo privilegiado, hoy amante, mañana madre, fecundo manantial
de delicados placeres y creación misteriosa donde se reserva la
Providencia el derecho de juzgarla con acierto". (p. 257)