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Se observa a las democracias occidentales, en especial aquellas ubicadas en el

hemisferio norte como sistemas políticos perfectos, pero no se hace


profundización sobre los problemas existentes en Estados Unidos e Italia, de esta
manera se descalifica las demás democracias del planeta tachándolas de tercera
clase o más o menos defectuosas.

No obstante, muchos autores han criticado el paradigma que existe entre el primer
y el tercer mundo como algo ficticio e ideologico, primero porque este paradigma
sugiere una cercanía estructural entre Asia, África y Latinoamérica, cuando la
realidad demuestra que América Latina aparece, junto a Europa Oriental: “en la
segunda clase de los Estados altamente desarrollados (…) lo que significa que la
distancia entre Francia y Colombia es mucho menor de la que existe entre
Colombia y Mali”1

Por otro lado, el pasado socio – económico comprueba que las direcciones de flujo
de migración existentes entre el primer y tercer mundo en la década de 1950 fue
en mayor medida desde Europa hacia Hispano – América y no en dirección
contraria, lo anterior se puede verificar en la reconstrucción comparativa de
ANGUS MADDISON de 2006 sobre el producto interno bruto y el poder adquisitivo
entre 1940 y 1950 lo cual mostro que países como Venezuela, Argentina,
Uruguay, Colombia y México, tenían una mejor calidad de vida comparado con
países como Francia, Italia, la ex Unión Soviética y España.

De igual manera se debe abordar el tema del autocratismo y caudillismo en


América Latina, tomando como experiencias las sucesivas dictaduras militares
ocurridas entre 1960 y 1990. Por ejemplo en Colombia en el año de 1957 fue la
caída de la última dictadura militaren el poder la cual estaba en cabeza del general
Gustavo Rojas Pinilla, desde este punto comenzó una larga transformación hacia
la democracia la cual, actualmente, no se ha podido consolidar.

Así mismo, no se puede negar la existencia de caudillos en el republicanismo


moderno. Primero se de verificar si el termino caudillo es una categorización de

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Los dos siglos del Estado constitucional en América Latina (1810 – 2010). Pág. 81
gobierno seria. Segundo, como las repúblicas hispano – americanas han tenido un
relativo éxito en evitar líderes excesivos, en virtud de la rotación estricta de los
gobiernos en un ciclo de cuatro años, y la reconocida prohibición constitucional de
la reelección presidencial.

Los defensores del caudillismo en Iberoamérica, tratan de nivelar las


concepciones de líderes tiránicos a presidentes democráticos, siempre y cuando
sus gobiernos tuvieran un relativo éxito, algo que no es prohibido por el
constitucionalismo moderno. Lo anterior demuestra la gran capacidad de
autorregulación que existe en los países Latino Americanos al poner un límite de
tiempo a los gobiernos de turno, algo que la historia política de Europa no ha
conocido.

Algo importante de observar es que tanto las democracias Europeas como las
Latinoamericanas presentan una tendencia a un autoritarismo moderado y a la
formación: “de elites funcionales que pueden describirse como oligarquías”2, pero
aun así frente a esta gran similitud entre las estructuras de gobierno, las
democracias Europeas siempre tratar de desacreditar a las democracias
Latinoamericanas repitiendo sin cesar el paradigma que existe entre el primer y
tercer mundo.

UN problema que presenta la crítica y estudio por parte de los Europeos a las
democracias Latinoamericanas es la vía que utilizan de menospreciarlas y
eliminarlas, omitiendo que deben existir unos mismo parámetros de investigación
frente a Norteamérica, Latinoamérica y Europa, esto requiere una descolonización
del pensamiento académico europeo.

Los autores casi siempre hablan notoriamente mal de la tradición suramericana,


mostrando su constitucionalismo como: “un injerto extranjero e ignora la tradición
de dos siglos de derecho fundamentales, de separación de poderes, de soberanía
popular, etc.”3, presentando un contra-modelo caudillista apoyando

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Los dos siglos del Estado constitucional en América Latina (1810 – 2010). Pág. 86
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Los dos siglos del Estado constitucional en América Latina (1810 – 2010). Pág. 88
negligentemente gobiernos de tendencia neo-autocarista y violadores de derecho
humanos. La ciencia no puede ignorar la responsabilidad que le asiste de los
efectos sociales que esta provoca.

El investigador critico debe acercarse al constitucionalismo Hispanoamericano


bajo la siguiente pregunta: ¿Por qué el constitucionalismo hispanoamericano pudo
adelantarse, en el largo siglo XIX (1776 – 1916), al de Europa?, es necesario tener
en cuenta el factor militar en las guerras revolucionarias entre 1776 y 1825, en
donde se enfrentaban no directamente a las monarquías coloniales, si no a
centros dinásticos propios donde el rango más alto a ocupar era el de virrey.

Las revoluciones en América se caracterizaron por tener una perspectiva del


autogobierno en Estados propios, además de que eran dirigidas por las elites
americanas del siglo XVI que no carecían de armamento. La exportación de la
revolución (En el norte de Suramérica por Simón Bolívar y en el sur por José de
San Martin), permitió que en 1826 no existieran más estados pro – crono española
que puedan confrontarse a la revolución, incluso las elites urbana – burguesía y
rural – latifundista se apreciaban como pro republicanas. Así mismo la renuncia
por parte de Hispano – América a cualquier política exterior permitiría que la
pentarquía europea no viera en ellas competencia seria a su poder.

Ahora bien, es pertinente hacer una distinción entre los países con dinámicas de
poder y culturas políticas muy diferentes, en Colombia y Chile se desarrolló un
cultura política relativamente estable del cambio de gobierno bajo un marco
constitucional, prohibiendo la reelección hasta el 2004 en Colombia y 1871 y 1973
en Chile. En Venezuela se presentaron más accesos violentos al poder,
calificando el perfil presidencial de ese entonces como “cesarismo democrático”,
en México el liberal José de la Cruz Porfirio Díaz fue elegido ocho veces en un
sistema constitucional que toleraba la reelección indefinidas. En el caso de Bolivia
y Uruguay hubieron largas fases de sucesión violenta de la presidencia, aunque el
más caracterizo es Bolivia con más de 189 ataques violentos.
Una de las diferencias más latentes entre los Estados latinoamericanos está
relacionada con el número de constituciones, por el ejemplo en el largo siglo XIX
Colombiana tuvo nueve cartas nacionales, Venezuela quince y Ecuador trece, es
similar el caso con Francia que tuvo doce. Sin embargo el alto número de
constituciones no quiere decir que existió un gran problema de estabilidad política
y social.

Las constituciones cambiaron en el siglo XIXI principalmente por: “temas de


conflictos claves, especialmente en la cuestión territorial entre federalismo,
regionalismo o unitarismo, así como en la pregunta secular entre variantes del
laicismo y formas de catolicismo estatal”4, además de que también se buscaba un
consenso entre los poderes ejecutivo y legislativo.

Así pues las constituciones latinoamericanas del siglo XIX pueden calificarse como
un poco más liberal o un poco más conservador, así como su influencia por
acontecimientos bélicos y revolucionarios, pero este fue el caso de casi la mayoría
de las constituciones europeas. Por otro lado se deben observar seis fases del
constitucionalismo moderno en Hispano – América:

1. La transformación originaria al Estado republicano de la Ilustración Política


(1810 – 1847).
2. El constitucionalismo del alto liberalismo suramericano (aprox. 1848 –
década de 1880).
3. El Estado constitucional en la era de la consolidación nacional (Aprox. 1880
– 1916).
4. La fase del complemento del republicanismo ilustrado por el
constitucionalismo socio-económico (1917 – 1949).
5. El Estado hispanoamericano en la crisis de las transformaciones
industriales y el anti-constitucionalismo dictatorial. (aprox. 1950 – década de
1930).
6. El restablecimiento del Estado constitucional en Hispano – América y la
transformación al constitucionalismo pluralista (desde 1985).
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Los dos siglos del Estado constitucional en América Latina (1810 – 2010). Pág. 93